Tres Comedias Modernas en un Acto y en Prosa by Mariano Barranco - HTML preview

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25

ATILANO ( Tira y saca la muela sin que Peláez se queje).— Consumatum

est.

PELÁEZ.—¡Gracias

á

Dios!

( Se

enjuaga. )

ATILANO ( Asombrado mirándola).—¡Se la saqué, se

la

saqué!

30

[Pg 33]PELÁEZ ( Muy sonriente).—No he sentido nada.

( Se

levanta y durante el diálogo va á enjuagarse varias

veces. )

ATILANO.—¡De

veras!

PELÁEZ.—Ni el más leve dolor. Tiene usted unas

manos

admirables.

5

ATILANO.—Sí,

¿eh?

PELÁEZ.—Nada, nada, como que retiro mi

promesa

de

emplearle

á

usted.

ATILANO.—¡Eh!

¿Qué

dice

usía?

PELÁEZ.—Un hombre que tiene esa habilidad no

debe

10

depender de un empleo. ¡Qué afán de destinos!

Usted

debe

dedicarse

á

esto

exclusivamente.

ATILANO.—¡Crea usía que ha sido una casualidad!

PELÁEZ.—Yo he ido á los mejores dentistas de

España

y del extranjero y ninguno lo ha hecho como usted.

15

Si

no

lo

he

sentido...

ATILANO.—¡Yo sí! Por eso no puedo ejercer esta

profesión. Sufro mucho, me pongo nervioso y yo

suplico

á usía, por lo que más ame en este mundo, ( Casi afligido. )

que no me niegue ese modesto destino que

pretendo.

20

Tengo una hija... crea usía que nos hace felices...

( Conmovido. )

PELÁEZ ( Riéndose).—Bueno, hombre, bueno.

Vaya

usted mañana por el ministerio á recoger la

credencial.

ATILANO.—¡Ah, señor! ¿Cómo podré pagarle?...

25

PELÁEZ.—Á propósito de pagar... ¿Cuánto le

debo?

ATILANO.—¡Nada!

PELÁEZ.—Eso no: usted está supliendo al señor

Raigón,

y no es justo que lo ponga de su bolsillo. Dígame

30

[Pg

34]usted

lo

que

es.

ATILANO.—Lo

que

usía

quiera.

PELÁEZ.—Tome usted. ( Le da dos billetes de

veinticinco

pesetas. )

ATILANO.—¡Diez

duros!

Es

demasiado...

PELÁEZ.—Me parece baratísimo. Estoy como en la

5

gloria.

ATILANO.—(¡Santa Polonia bendita, yo te pondré

seis

velas!) ( Ayuda á Peláez á ponerse el sobretodo y le

da

el sombrero. )

ESCENA XX

DICHOS, INOCENCIA y LELIS

INOCENCIA.—¡Ay,

Dios

mío,

Dios

mío!

( Llorando. )

10

LELIS.—Aguanta un poco, monina. Se conoce que

hay

gente

dentro.

INOCENCIA.—¡Ay!

LELIS.—Eso ha sido del cabello de ángel.

INOCENCIA.—¿Por qué lo habré comido? ¡Ay! ( Se

15

sienta. )

ATILANO.—Tome

usía

el

bastón.

PELÁEZ.—Vaya, adiós. Hasta mañana, ¿eh?

ATILANO.—No faltaré. Descuide usía. ( Salen del gabinete. )

20

INOCENCIA.—¡Esa voz!... ¡Mi papá! ( Inocencia y Lelis se ocultan detrás de la mampara. ) LELIS.—(¡Su

papá!)

ATILANO.—Ya verá usía, ( Acompañándole hasta

la

puerta. ) en la nota que debe tener, que he sido auxiliar

25

tercero

de

la

clase

de

quintos...

[Pg 35]PELÁEZ.—Quede usted tranquilo. Y conste

que,

aunque usted esté empleado, será siempre mi

dentista

y

el

de

mi

familia.

ATILANO.—(¡Pobre

familia!)

PELÁEZ.—Adiós.

ATILANO.—Vaya usía con Dios. ( Se vuelve de

pronto

5

bailando y castañeando los dedos. ) ¡Qué felicidad, qué

felicidad! ( Repara en Inocencia y Lelis, que están aterrados

y como pegados á la pared. ) ¡Inocencia! ¡Tú aquí!

¡Y

usted!

INOCENCIA.—Oye,

papá...

10

LELIS.—Don Atilano, yo soy el culpable. Yo la he

traído. Ya comprenderá usted que aquí no

podíamos

venir

con

malas

intenciones...

ATILANO.—Pero

tú...

pero

usted...

LELIS.—Yo, que la amo, sí; yo que no podía verla

15

padecer,

porque

es

mi

vida,

mi

bien...

INOCENCIA.—Perdón,

papá...

LELIS.—Perdón, don Atilano. ( Arrodillándose ante

él. )

ESCENA XXI

DICHOS, FRANCISCO por la puerta del foro

FRANCISCO.—¿Qué

es

esto?

20

INOCENCIA

y

LELIS.—¡Perdón!

ATILANO.—Sí, hijos míos, hoy es día de que nos perdonen

á todos... ¡Á todos! ( Á Francisco con intención. )

¡Francisco,

tráeme

la

levita!

FRANCISCO.—Pero...

25

ATILANO.—Tráeme la levita... ( Vase Francisco y vuelve al instante con la levita de don Atilano al hombro. )

[Pg 36]INOCENCIA.—Papá, ¿quieres explicarme?

ATILANO.—Luego, en casa lo sabréis todo...

FRANCISCO.—Aquí está esto, y dígame usted...

( Ayuda á don Atilano á ponerse la levita. ) ATILANO.—Mira:

diez

duros.

Cinco

te

corresponden.

Toma... Me los ha dado el subsecretario, á 5

quien

he

sacado

una

muela.

LELIS.—¡Usted!

INOCENCIA.—¡Tú!

Pero

sabías

eso...

ATILANO.—¡Sin

dolor!

LELIS ( Á Inocencia).—Pues que te la saque... 10

ATILANO.—¡No,

no

quiero

ser

parricida!

INOCENCIA.—Si

ya

no

me

duele.

FRANCISCO ( Á don Atilano).—Pero, ¿quiere usted decirme?...

ATILANO ( Á Inocencia).—Tu muela del juicio ha sido

15

mi fortuna. Por ella vine aquí, por ella seré

colocado

mañana

mismo.

FRANCISCO.—¿Sí?

INOCENCIA.—¡De

veras!

ATILANO.—Sí. Ahora me voy con la conciencia 20

tranquila. Esto me lo he ganado yo con mi trabajo,

( Enseñándole el billete. ) ¡ay!, con muchísimo trabajo.

ESCENA XXII

DICHOS. EL CABALLERO, que entra mugiendo como antes CABALLERO.—¡Berr! ¡Esto no se puede aguantar!

FRANCISCO.—¡El

de

antes!

CABALLERO.—¿Hay

alguien

dentro?

25

[Pg 37]FRANCISCO.—Nadie, pase usted. ( Entra el Caballero

en el gabinete y resueltamente se sienta en el sillón.

Francisco

á

don

Atilano. )

Ande

usted

con

él.

ATILANO.—¡De

ninguna

manera!

FRANCISCO.—Pues yo no pierdo esto. ( Se pone el batín. )

ATILANO.—¡Allá

tú!

5

FRANCISCO.—Al momento acabo. ( Entra en el

gabinete.

El Caballero sigue quejándose. Francisco le mira

la boca: figura preguntarle qué muela le duele, busca

el

instrumento, etc. Todo esto mientras se dice el diálogo

siguiente. ) 10

ESCENA ÚLTIMA

DICHOS, una Señora y un Caballero. Luego dos Caballeros.

Luego Otro, ydespués dos Señoras que van sentándose como para esperar turno.

ATILANO ( Mirando á los que entran).—¡Más

víctimas!

LELIS.—Don Atilano, ya comprenderá usted que

mis

intenciones...

ATILANO.—Ya hablaremos de eso. ¿Cómo se

llama

usted?

15

LELIS.—Camilo de Lelis; pero todos me llaman

Lelis.

ATILANO.—Hacen bien. ( Asustado al ver la gente

que entra. ) ¡Dios mío! ¡Los innumerables mártires de

Zaragoza! ( Francisco da un tirón al Caballero, que

da

un

grito. Ha de verse que no le ha sacado la muela, Francisco

20

retrocede asustado con el «forceps» en alto y el Caballero

queda en actitud amenazadora hasta que baja el telón. )

¡Jesús! ( Á Inocencia y Lelis. )

[Pg 38]

Vámonos ya, basta de horrores.

( Al público. ) 25

Perdonad al autor y á los actores.

[Pg 39]

LAS SOLTERONAS

JUGUETE CÓMICO EN UN ACTO Y EN PROSA

ORIGINAL

por

LUIS COCAT Y HELIODORO CRIADO

[Pg 40]

REPARTO

Personajes

PURA

PROCOPIO

CASTA

CLAUDIO

SANDALIA

La escena en Madrid.—Época actual

[Pg 41]

ACTO ÚNICO

Gabinete lujosamente amueblado. Puertas laterales á la derecha yotra en el fondo. Á la izquierda chimenea y al lado de ella dosbutacas. Mesa de escritorio á la derecha, y una butaca delante deella.

ESCENA PRIMERA

PURA, CASTA, SANDALIA y PROCOPIO. Al alzarse el telón aparecenProcopio sentado á la mesa escribiendo; Sandalia y Pura sentadas en lasbutacas de junto á la chimenea; la primera haciendo calceta, y lasegunda leyendo en un devocionario. Casta, sentada en la butaca dedelante de la mesa, lee un periódico.

PROCOPIO ( Escribiendo).—Cinco, y me llevo

seis...

seis, y me llevo siete... siete, y me llevo ocho...

SANDALIA.—Pero, Procopio, veo que siempre te

llevas

más

de

lo

que

dejas.

PROCOPIO.—¿Qué sabes tú? Ésta es la aritmética,

5

mujer.

Ajajá.

( Sumando. )

Cincuenta

mil

seiscientos

setenta y cuatro. Nuestra renta ha tenido este año un

aumento de diez mil setenta y cuatro reales. Por ahora

puede contar cada una de nuestras hijas con una renta

de

unos

veinticinco

mil

realitos.

10

SANDALIA.—Más

vale

así.

[Pg

42]PROCOPIO.—¿Qué

haces,

Pura?

PURA.—Padre mío, leo los ejercicios del día.

PROCOPIO.—¿Los ejercicios? ¿Ha venido tropa?...

¿Y

tú,

Casta?

CASTA.—Estoy

saboreando

una

magnífica

composición

que se titula: « El día del juicio, ó el acabose. » El 5

mundo no es más que un inmenso espacio lleno de

calaveras.

Los

pelos

se

ponen

de

punta...

PROCOPIO.—¿Los pelos de las calaveras? No lo

entiendo. ¿Y tú, Sandalia, haces calceta al amor de

la

lumbre?

10

SANDALIA.—Ya

lo

estás

viendo.

PROCOPIO ( Levantándose y contemplándolas con

regocijo).—Bien;

perfectamente

bien.

aquí

un

cuadro

de familia en que todo respira felicidad, paz y sosiego.

Pero esto no puede seguir así, y no seguirá. 15

SANDALIA.—¿Qué dices, Procopio? ¿Te disgusta

ver

á

tu

familia

feliz?

PROCOPIO.—Al contrario, mujer. Quiero decir que

aun cuando éste es un espectáculo hermoso, tierno

y

conmovedor, no me satisface por completo. Me

preocupa

20

mucho el porvenir de nuestras hijas, quedándose

solteras, y es necesario que piensen seriamente en

el

matrimonio.

CASTA.—¡Horror!

( Haciendo

un

gesto

de

disgusto. )

PURA.—¡Ave

María!

( Santiguándose. )

25

PROCOPIO.—Ya me van cargando vuestros

repulgos

y aspavientos siempre que se habla de casaros.

¿Qué

os proponéis de seguir así? Tú, Casta, pasas tu tiempo

ocupada en la literatura, en la música y en echarle

alpiste

al canario. Tú, Pura, estás con tus rezos, novenas y

30

místicas ideas de tal modo abstraída, que ya todo

[Pg 43]el mundo te llama la monjita. Es, pues, preciso

que

salgáis

de esta monotonía que os imprime cierta antipática

seriedad. Para desterrarla, nada como el amor, que

os

brinda con... en fin, que hay que hacer algo.

SANDALIA.—Procopio, no seas majadero. 5

PROCOPIO ( Como siguiendo el hilo de su

discurso).—Eso

es. El amor llena la imaginación de gratas

ilusiones,

nos hace amables, alegres, comunicativos. Dormir

y

comer tranquilamente; como hacéis, no es bastante

para

la vida, pues no sólo de pan se alimenta el hombre:

es

10

preciso

además...

SANDALIA.—La

carne.

PROCOPIO.—Y el vino. ¿Te quieres callar? ¿No

ves que estoy filosofando? Pues como decía: es

preciso

además atender á la vida del espíritu. Tú, Casta, tienes

15

ya

veintinueve

años.

CASTA

( Protestando

rápidamente).—¿Yo?

¡Imposible!

¡Qué

atrocidad!

PROCOPIO.—Lo dicho. Y tú, Pura, treinta.

PURA ( Con ira).—¡Falta usted á la verdad! 20

PROCOPIO.—¿Eh?

¡Miren

la

monjita!

PURA ( En tono dulce).—Perdone usted. He

querido

decir

que

se

equivoca.

SANDALIA.—Pero, hombre, ¿á qué viene hablar de

edades? Eso no hace al caso ni está decente. 25

PROCOPIO.—¿También tú? ¡Lo que son las

mujeres!

¡Que no hace al caso!... Pues entonces no sé para cuándo

van

á

dejar

el

casarse.

SANDALIA.—¿Pero tienen la culpa las pobres de

que

sus novios hayan dado media vuelta? 30

[Pg 44]PROCOPIO.—Puede que sí. Generalmente,

cuando

un hombre deja á su novia, es porque ésta no tiene

lo

que vulgarmente se llama gancho. ¿Y qué es el gancho?

me diréis. Entre otras cosas, es la afabilidad, el cariño,

la dulzura; cierta estudiada sumisión que consiste en

aparentar ceder siempre, haciendo que él sea quien

5

transija inconscientemente con vuestros menores

caprichos.

Hacer pequeñas concesiones; por ejemplo: que

él os estrecha la mano apasionadamente; pues no la

retiréis con indignación: al contrario, abandonadla

como

si no os dierais cuenta de ello; que os pisa

suavemente

el

10

pie, contestad en la misma forma y no le apartéis rápidamente

á no ser que os diera en un callo. ¿Tenéis

vosotras

callos?

CASTA.—¡Qué pregunta, papá! ¿Quién tiene eso?

PROCOPIO.—Toma; pues cualquiera. Yo, tu 15

madre...

SANDALIA.—Pero,

Procopio...

PROCOPIO.—Déjame. Estoy poniendo los puntos

sobre

las

íes.

SANDALIA.—Di más bien: los pies sobre los callos.

20

PROCOPIO.—Y últimamente. Si la mujer tuviera un

poco más de sentido práctico, no se quedarían

tantas

solteronas

por

perseguir

fantasmas

y

no

aprovechar

bien

las ocasiones. La mayor parte de las niñas de buen

palmito y bien parecidas, y esto no hay ninguna que

no

25

se lo crea al mirarse al espejo, sueñan á los quince

años

con casarse con un título de Castilla: á los veinte, ceden

y se conforman con un banquero; á los veinticinco

transigen

por fin con un empleado, abogado, comerciante,

etcétera, etcétera, y á los treinta, todos los hombres les

son

30

[Pg 45]igualmente simpáticos y agradables; hasta el aguador.

SANDALIA.—¿Sabes que estás hoy elocuentísimo?

PROCOPIO.—Es que la verdad se abre paso y hace

listos á los más imbéciles; y no es esto decir que yo

lo

sea. ( Dirigiéndose á Pura y Casta. ) Conque, ¿qué opináis

vosotras?

Hablad.

5

CASTA.—Francamente; yo encuentro al hombre

sumamente antipático. En su exterior es grosero, ordinario.

( Animándose con ira mal reprimida. ) ¡Moralmente es aleve, traidor, falso, perjuro!... ( Transición. ) Hago una excepción en favor de usted porque es mi

10

padre.

PROCOPIO.—Gracias, hija. ( Á Pura. ) Y tú, ¿qué dices?

PURA ( Levantándose y con misticismo).—Yo,

padre

mío, no juzgo al hombre físicamente. Bajo este

punto

15

de vista son para mí todos iguales; me son

indiferentes.

En cuanto á lo moral, no veo en él más que un fiel

trasunto

del demonio, de quien hay que huir en absoluto.

Su palabra es engañadora, diabólica su sonrisa, y su

mirada... ¡ah! su mirada es tan satánica y

penetrante

20

que hace asomar á la mejilla el color de la

vergüenza.

¡Oh! Yo le aborrezco tanto, que lamento que usted,

padre mío, sea hombre. ( Vuelve á sentarse. ) PROCOPIO.—¿Pues qué había de ser siendo padre?

¿Sabéis lo que os digo? Que más que horror lo que

25

sentís es despecho porque no ha habido todavía

quien

cargue

con

vosotras.

CASTA.—¡Qué

disparate!

PURA.—¡Dios

me

libre!

[Pg

46]PROCOPIO.—¿De

modo

que

pensáis

permanecer

solteras?

30

SANDALIA.—Pero, hombre, déjalas que hagan de

su

capa un sayo. Además, lo primero que se necesita

para

casarse es novio, y ellas no lo tienen.

CASTA.—Por

fortuna.

PURA.—Tienes

razón.

( Á

Casta. )

5

PROCOPIO ( Á Pura).—No te pareces á tu madre, que me atrapó siendo viuda y teniéndote á tí.

SANDALIA.—Yo tuve siempre mucho gancho,

como

dices.

PROCOPIO ( Á Casta).—Ni tú á la tuya, que en paz 10

descanse; que se casó conmigo en terceras nupcias,

siendo tú el fruto de nuestro tierno amor.

SANDALIA.—Ésa tuvo más gancho todavía.

PROCOPIO.—En fin, me aflige y me desatina veros

por

ese camino. Parece mentira, que el elemento joven,

15

relativamente, de la casa, goce en el aburrimiento.

El

día menos pensado, para alegrar esto, voy á tener que

salir bailando el cancán con vuestra madre.

PURA

( Santiguándose).—¡Jesús!

SANDALIA.—¡Pero

qué

cosas

dices!...

20

PROCOPIO.—Déjame,

Sandalia.

Estoy

desesperado.

¿Ves? ( Haciendo contorsiones con los brazos. )

¡Tengo

los nervios como las cuerdas de un violín!... Ven, y

hazme una taza de tila para calmarlos.

SANDALIA.—Vamos allá. Lo que es hoy, parece

que

25

tienes el diablo en el cuerpo. ( Vanse Sandalia y Procopio

por la segunda puerta lateral. )

[Pg 47]

ESCENA II

PURA, CASTA y á poco CLAUDIO

CASTA.—¡Qué empeño en que seamos víctimas

de esos malvados! ¡Pues bonitos son los hombres!

PURA.—¡Qué han de ser bonitos! ¡Horribles!

CASTA.—Mis convicciones son tan arraigadas, que

no

cedo.

5

PURA.—Ni

yo.

CLAUDIO ( Presentándose en la puerta del foro).—

Muy

buenos

días...

CASTA.—¿Eh?

¿Quién

es?

CLAUDIO.—¿El señor don Procopio Canchalagua?

10

( Avanzando. )

CASTA.—¿Busca

usted

á

nuestro

padre?

CLAUDIO.—Sí,

señora.

CASTA

( Muy

marcado).—Señorita.

PURA ( Lo mismo).—Señoritas. Las dos somos señoritas.15

( Desde que apareció Claudio, Casta y Pura le examinan

con

atención. )

CLAUDIO.—Perdonen ustedes, no había reparado...

Pues bien, señoritas, yo deseo hablar con su papá;

pero

si

incomodo...

20

CASTA.—Nada de eso. Tome usted asiento, que

vamos á avisarle. ¿Su gracia de usted?

CLAUDIO.—Ninguna.

CASTA.—¿No

tiene

usted

nombre?

CLAUDIO.—Ah,

sí;

Claudio

Pasalodos.

25

CASTA.—Está bien. ( Fijándose en él. ) (Es muy

[Pg

48]simpático...)

PURA

( Lo

mismo).—(Tiene

unos

ojos

interesantes...)

( Vanse las dos por la segunda puerta lateral. ) ESCENA III

CLAUDIO y á poco PROCOPIO

CLAUDIO.—Pero, ¿por qué me mirarán de ese

modo

estas señoritas? No son feas. Y se han incomodado

porque las he llamado señoras... Yo quisiera saber

5

cómo va uno á conocer á la simple vista el estado

de

las

mujeres. ( Examinando la habitación. ) ¡Cuánto lujo!

No hay una casa así en el pueblo. Se conoce que don

Procopio

tiene

guita.

PROCOPIO ( Apareciendo).—Señor mío... Me han 10

dicho que me buscaba usted, y por cierto que su apellido

no

me

es

desconocido.

CLAUDIO.—Ya lo creo que no. Yo soy hijo de su amigo

don

Policarpo

Pasalodos.

PROCOPIO.—Cuánto celebro... Pero siéntese usted.

15

( Se

sientan. )

¿Y

está

bueno

el

papá?

CLAUDIO.—Baldado: y con unos dolores, que le

hacen poner el grito en el cielo; pero por lo demás,

está

completamente

bien.

PROCOPIO.—Lo

siento

mucho.

20

CLAUDIO.—¿Que

esté

bien?

PROCOPIO.—No;

que

esté

baldado.

CLAUDIO.—Pues como él no podía venir conmigo

á Madrid, me dijo:—toma esta carta ( Saca una carta

que

entrega á Procopio, y éste la lee. ) para mi amigo Canchalagua,

25

que tiene muy buenas aldabas, y él te acompañará

[Pg

49]como

un

perro

á

todas

partes.

PROCOPIO.—(¡Qué animal!) ¿Por lo que dice en la

carta viene usted á gestionar un asunto?...

CLAUDIO.—Sí, señor. Como mi padre es ahora

alcalde, quiere que me nombren secretario del

Ayuntamiento

de

Matalauva,

nuestro

pueblo.

5

PROCOPIO.—¡Ya; vamos! Sin duda para estar de

acuerdo

y

moralizar

más

fácilmente

la

administración.

CLAUDIO.—¡Cá;

no

es

eso!

PROCOPIO.—¿Qué

no?

CLAUDIO.—No señor. El otro día me llamó y me

10

dijo:—Mira, Claudio; es menester que te calces la

Secretaría; porque siendo yo alcalde y tú

secretario,

haremos la mar de chanchullos y comeremos á dos

carrillos.

PROCOPIO.—¡Ya! Veo que á Policarpo los dolores

15

no le han quitado el apetito. (¡Qué salvaje

ingenuidad!)

CLAUDIO.—Y para eso vengo á ver al diputado del

distrito...

PROCOPIO.—Pues nada; yo le acompañaré á usted

al

Congreso y á cuantas partes sea necesario. ¿Usted

no

20

ha

estado

nunca

en

Madrid?

CLAUDIO.—Sí, señor, pero hace muchos años. Á

propósito; ¿sabe usted que sus hijas son muy

guapas?

PROCOPIO.—¡Que si lo sé!... (¡Le han parecido

guapas! ¡Bravo!) Calle usted, llaman la atención de

25

todo el mundo; tanto, que me violenta ir con ellas

por

la

calle, pues cuantos hombres vienen en dirección

opuesta

á nosotros se quedan parados como estatuas y con

el

cuello

tieso

viéndolas

alejarse

llenos

de

admiración.

Han

producido

muchas

tortícolis.

30

[Pg

50]CLAUDIO.—¡Digo,

digo!...

PROCOPIO.—Son dos ángeles, amigo mío, dos

verdaderos

ángeles. Casta, es la belleza romana. Pura, la

belleza griega. Y ambas por sus cualidades

morales,

dignas de figurar entre las vestales más famosas.

CLAUDIO.—¿Las qué? ( Como no entendiendo lo

que

5

oye. )

PROCOPIO.—Yo las amo con delirio. Y el día que

cualquiera de ellas me diga;—Papá, me caso—será

un golpe terrible para mí. (¡Así fuese mañana!) Pero,

en fin, si se trata de un hombre honrado que las haga

10

dichosas...

CLAUDIO.—¿Uno

para

las

dos?

PROCOPIO.—¡Picarillo! ( Dándole un golpecito en la

mejilla. ) Ellas por su parte labrarían la felicidad de cualquiera, pues además de sus prendas físicas,

reunen

15

otras cualidades de orden económico. Cuentan con

una

buena dote, que unida á lo que tengan sus maridos,

les

proporcionará

vivir

con

cierto

desahogo.

CLAUDIO.—Eso

está

bien.

( Levantándose. )

Conque,

don

Procopio,

yo

me

voy.

20

PROCOPIO

( Lo

mismo).—¿Tan

pronto?

CLAUDIO.—Mañana

volveré

por

aquí...

PROCOPIO ( Reflexionando).—(¡Le han parecido guapas!...)

¿Dónde

para

usted?

CLAUDIO.—Como mi padre no quiere que repare

en

25

gastos, me he alojado en la mejor fonda de

Madrid;

y

ahí me tiene usted en la Posada del Peine.

PROCOPIO.—(¡Oh, qué idea!) Pues yo no puedo

consentir...

CLAUDIO.—¿Por

qué?

30

[Pg 51]PROCOPIO.—Nada; que no puedo consentir

que

el

hijo de mi buen amigo Policarpo vaya á parar á una

fonda. ¡No faltaba más! Se instalará usted en mi casa

por todo el tiempo que necesite estar en Madrid.

Supongo

que aceptará usted. Luego mandaremos por el

equipaje,

y...

5

CLAUDIO.—Bueno.

Eso

me

ahorro.

PROCOPIO

( Indicándole

la

primera

puerta

lateral).—Mire

usted. Esta alcoba es independiente. La tenemos

destinada precisamente á estos casos. Ahí

encontrará

usted cuanto necesite. Ea; voy á participar á la 10

familia esta combinación. ¡Sandalia; niñas!...

( Acercándose

á

la segunda puerta lateral. )

ESCENA IV

DICHOS, SANDALIA, PURA y CASTA

SANDALIA ( Que aparece seguida de Pura y

Casta).—¿Qué

quieres?

PROCOPIO ( Á las tres).—Tengo el gusto de presentaros15

al hijo de mi querido amigo Policarpo Pasalodos.

SANDALIA.—Muy

bien

venido...

PROCOPIO.—Le trae un negocio á Madrid, y le he

rogado que se aloje desde este momento en nuestra

casa.

El me ha hecho la merced de aceptar, y... 20

SANDALIA.—Así debe ser. ¡No faltaba más!...

PROCOPIO.—Pero,

sentémonos.

( Aparte

á

Sandalia. )

Le han parecido guapas. ¡Hay que pescar este

congrio!

CASTA.—(¡Se queda en casa!...) ( Se sientan; Casta

25

al lado de Claudio. Sandalia al de Procopio, Pura

junto

á

la

chimenea. )

[Pg

52]CLAUDIO.—(¡Es

que

son

guapas!...)

( Mirando

á

Casta

y

Pura. )

PROCOPIO ( Señalándolas).—Aquí las tiene usted.

Casta es hija mía. Pura, de mi mujer. Nos casamos

siendo viudos, y no hemos tenido sucesión. Nos

habíamos

5

reproducido ya anticipadamente y por separado.

( Pausa. Pura, Sandalia y Procopio miran á

Claudio,

Pura revelando cierto despecho; Casta mira con cierto

coquetismo

á Claudio. A parte á Sandalia. ) Mira qué ojos le echa á Casta. ¡Se conoce que es la que le ha flechado!

10

SANDALIA ( Por Pura. Á Procopio).—¡Si esta otra es

una

boba!

CASTA ( Á Claudio, con coquetería).—¿Y á usted le

gusta

la

poesía?

CLAUDIO.—No, señorita; me cargan los versos.

Me

15

armo un lío con el sol, la luna, las estrellas y los luceros.

No me caben tantas cosas en la cabeza. La música,

sí;

tanto, que en el pueblo me paso todo el día dale que

le

das

al

acordeón.

PROCOPIO ( Por Casta).—Pues ahí tiene usted una 20

gran profesora. Toca el piano durmiendo.

CLAUDIO.—¿Es

sonámbula?

PROCOPIO.—Quiero decir... (¡Qué materialista es

este

hombre!)

SANDALIA ( Dándole á Procopio con el codo).—

¡Calla!

25

CASTA ( Por Claudio).—(No es un Apolo; pero vestido

á

la

moda...)

PURA.—(¡Miren la de las convicciones arraigadas!

¡Cuánta gazmoñería! ¡Que le causan horror los

hombres!...

¡Hipócrita!)

( Claudio

bosteza. )

30

[Pg 53]SANDALIA ( Aparte á Procopio).—Suspira...

PROCOPIO ( Lo mismo á Sandalia).—Sí; un rebuz...

digo,

un