Tres Comedias Modernas en un Acto y en Prosa by Mariano Barranco - HTML preview

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Tres Comedias Modernas

EN UN ACTO Y EN PROSA

LA MUELA DEL JUICIO

POR

MIGUEL RAMOS CARRIÓN

LAS SOLTERONAS

POR

LUIS COCAT Y HELIODORO CRIADO

LOS PANTALONES

POR

MARIANO BARRANCO

EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY

by

index-2_1.jpg

FREDERIC WILLIAM MORRISON, M.A.

United States Naval Academy

NEW YORK

HENRY HOLT AND COMPANY

COPYRIGHT, 1909,

December, 1925

PRINTED IN THE U. S. A.

LA MUELA DEL JUICIO

o ES

CE

NA

PR

IM

ER

A,

II,

III,

IV,

V,

VI,

VII

,

VII

I,

IX,

X,

XI,

XII

,

XII

I,

XI

V,

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XV

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XX

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LAS SOLTERONAS

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VII

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XI,

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LOS PANTALONES

o ES

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II,

III,

IV,

V,

VI,

VII

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VII

I,

IX,

X,

XI,

XII

,

XII

I,

XI

V,

XV

,

ES

CE

NA

ÚL

TI

M

A,

NOTES

VOCABULARY

PREFACE

It is hoped that this collection of modern Spanish comedies may be founduseful as a contrast to the heavier reading material provided by theSpanish novel and short story. The novel should be studied in ourcourses as the great literary achievement of Nineteenth Century Spain;the short story, because it possesses the virtue of concentration.

ButSpanish prose, whether of the novel or the short story, offers peculiardifficulties to the English-speaking student.

The periodic sentence, asurfeit of qualifying epithets, inversion, rhetorical and sententiousmonologues (cf.

Galdos's novels), and, in the longer novels,complication and elaboration of plot, are obstacles in the way of thestudent's appreciation of the real beauties of this literature.

The language of these prose comedies, slightly

embellished as allliterary expression must be, is that used in conversation by theSpaniard of to-day, and on that account should prove valuable infurnishing the student with those living idioms and constructions thatare rarely found in the longer novels.

In deference to American propriety, an occasional word or two, and intwo cases entire scenes, have been omitted.

In La Muela del Juicio onescene has been omitted and another shortened on account of the presenceof dialect; elsewhere, with a few exceptions, dialect forms have beengiven their Castilian equivalents. These changes have in no wiseaffected the plot or general interest of the plays.

It has not been thought necessary to furnish biographical sketches ofthe authors. With the exception of Ramos Carrión, who has attained anational reputation as a writer of comedies in prose and verse, theyhave not distinguished themselves from the many facile playwrights whoentertain the public of Madrid.

The editor wishes to acknowledge his indebtedness to Dr.

J. A. Ray, whowas originally associated with him in the undertaking, but was compelledto withdraw from it at an early stage. About a third of the vocabularyis to be credited to him.

F. W. M.

U. S. NAVAL ACADEMY, September, 1909.

BIBLIOGRAPHICAL NOTE

Padre Francisco Blanco García, La Literatura en el Siglo XIX, Madrid1891-4, 3 vols., in vol. 2, Cap. XXIV, Últimas

evoluciones

de

laliteratura

dramática

( conclusión) = Los géneros cómico ybajo-cómico.

Jacinto Octavio Picón, Prólogo to selections of Ramos Carrión's playsin Teatro Moderno, vol. 1, Madrid, 1894.

E. Gómez de Baquero, in Letras é Ideas, Barcelona, 1905, pp. 9-22,article entitled Filosofía del Género Chico, pp.

9-22.

LA MUELA DEL JUICIO

PASILLO CÓMICO ORIGINAL Y EN PROSA

por

MIGUEL RAMOS CARRIÓN

REPARTO

Personajes

ISIDRA

RAIGÓN

ROCÍO

PELÁEZ

INOCENCIA

EL GARLOPA

DON ATILANO FRANCISCO

UN CABALLERO LELIS

Caballeros y señoras

[Pg 1]

ACTO ÚNICO

La escena dividida. Á la derecha del actor sala de espera,lujosamente amueblada. Frente á la puerta del foro, en el centro,un velador con libros y periódicos. Al foro puerta, á la derechaotra y á la izquierda una que comunica con el gabinete. Ésta debetener mampara con muelle, que se cierra por sí sola. El gabinete deoperaciones, también amueblado con lujo. Á la

izquierda balcón y alforo puerta. Sillón de operaciones.

Armario con instrumentosquirúrgicos apropiados. Cuadro lleno de moldes metálicos paradentaduras. El título de profesor dentista en un marco dorado.Lavabo con

palangana y varios frascos. Enseres de gran lujo.Aparato de luz eléctrica. Plantas tropicales en los ángulos de lasala.

ESCENA PRIMERA

RAIGÓN, con batín ( en el gabinete). luego FRANCISCO

RAIGÓN.—¡Francisco! ¡Francisco! ( Á voces. ) Esto no puede seguir así; no hay paciencia que baste.

¡Franciscoo!

FRANSISCO.—¿Qué

manda

usted?

RAIGÓN.—Voy á ponerte á la puerta de la calle. 5

FRANSISCO.—Señorito...

RAIGÓN.—¡Á callar! ( Pausa. ) Tú eres listo...

FRANSISCO.—Gracias.

RAIGÓN.—Demasiado

listo,

tal

vez.

[Pg

2]FRANSISCO.—Es

favor.

10

RAIGÓN.—Pero no he visto hombre más

descuidado

ni más holgazán. Yo quiero orden, y sobre todo orden,

y mira como tienes todo esto... Los instrumentos mezclados

con los cepillos, los frascos fuera de su lugar, la cocinilla sin alcohol y todo embrollado, todo lleno

de

5

polvo...

FRANCISCO.—Pero,

señorito...

RAIGÓN.—¡Basta! Si no te corriges, date por

despedido.

Unos por torpes y otros por haraganes, no se os puede sufrir. ¡Vaya con los criados! No basta

pagarles

10

bien y tratarles bien y ser amable y cariñoso con ellos...

( Gritando.

Pausa. )

FRANCISCO.—(¡Se

necesita

más

paciencia!)

RAIGÓN.—Voy á salir. Tengo que hacer una

operación

importante en El Escorial y no volveré hasta la 15

noche...

FRANCISCO.—En ese caso quitaré la mampara de

la

escalera...

RAIGÓN.—No; déjala como si yo estuviese. No

conviene

nunca cerrar la puerta. Recibes á los que vengan, 20

les dices que estoy en cama algo enfermo y que vuelvan

mañana.

¿Has

entendido?

FRANCISCO.—Sí,

señor,

sí.

RAIGÓN.—Lo creo: á listo no te gana nadie; pero á

descuidado

y

á

sinvergüenza

tampoco.

25

FRANCISCO.—Muchísimas

gracias.

RAIGÓN.—Saca el estuche de operaciones. ¡El

grande!

FRANCISCO.—Al

momento.

RAIGÓN.—Voy á vestirme. Si viene algún cliente

antes de que me marche, no le dejes pasar, porque

no

30

[Pg

3]puedo

entretenerme.

FRANCISCO.—Está

bien.

RAIGÓN.—¡Y cuidado conmigo! ( Vase Raigón por

la puerta del foro.—Francisco pasa á la sala. ) ESCENA II

FRANCISCO. luego DON ATILANO

FRANCISCO.—¡Pero qué tío más insoportable! Ya

estoy deseando perderlo de vista. ¡Qué palabrotas y

5

qué modales, y qué...! Vamos, hombre, que no es para

mi

genio.

ATILANO ( Asomando la cabeza).—¿Se puede?

FRANCISCO.—¡Don

Atilano!

ATILANO.—¡Francisco! ¡Tú en esta casa! 10

FRANCISCO.—Estoy sirviendo aquí hace tres

meses.

ATILANO.—Ya supe por tus compañeros que te

habían

dejado

cesante.

FRANCISCO.—Suprimieron dos ordenanzas y me

tocó

la

china.

15

ATILANO.—¡Cuánto

me

alegro!

FRANCISCO.—Hombre...

ATILANO.—De

que

estés

aquí.

FRANCISCO.—¡Ah! ¿Y usted sigue lo mismo?

ATILANO.—Peor.

20

FRANCISCO.—¿Y yendo al Ministerio todos los

días?

ATILANO.—Sin faltar uno. Allí me siento en el

banco de la paciencia para saber cuando salen el señor

ministro ó el señor subsecretario, y darles un

avance.

25

Ahora confío en que me repondrán pronto, porque

el

[Pg 4]nuevo subsecretario... ¿Tú no le conoces?

FRANCISCO.—No, señor; fué nombrado después de

quedar

yo

cesante.

ATILANO.—Pues me ha recibido ya tres veces y ha

estado

conmigo

muy

afectuoso...

FRANCISCO.—¿Sí,

eh?

5

ATILANO.—Es muy amable y muy simpático. Y

yo, ya lo sabes, sigo la máxima del pobre

porfiado...

Erre

que

erre.

FRANCISCO.—Lo que es á paciencia no hay quien

le

gane

á

usted.10

ATILANO.—¿Verdad que no? Las horas que me

has visto pasar en aquella portería, junto á la estufa,

fumando un cigarrillo y otro cigarrillo... Y á

propósito

de cigarrillos... ( Francisco echa mano como si fuera

don Atilano á darle uno. ) No; iba á preguntarte si 15

tienes uno, porque me he venido sin ellos.

FRANCISCO.—Tome usted un susini. ( Se lo da. ) ATILANO.—Gracias. ¿Me das una cerillita?

FRANCISCO.—Sí,

señor.

ATILANO.—Gracias.

20

FRANCISCO.—Por lo visto sigue usted á la cuarta pregunta.

ATILANO.—No, hijo mío; ya he llegado á la

quinta.

FRANCISCO.—Pero siempre de buen humor.

ATILANO.—Es lo único que tengo bueno. 25

FRANCISCO.—Mucho nos hacía usted reir á todos

con

las

cosas

que

nos

contaba...

ATILANO.—No se pasa mal el rato en aquella

portería,

no. Te aseguro que en cuanto me empleen, casi, casi,

voy á echarla de menos. Aquel entrar y salir de 30

gente...

Diputados,

senadores,

periodistas,

pretendientes,

[Pg

5]señoras...

de

todas

clases...

¡Qué

maremagnum!

Y los ordenanzas sin cesar de traer y llevar vasos de

agua

con azucarillo. ¡Cuidado con lo que beben los

empleados

públicos! Parece que no comen más que bacalao.

FRANCISCO.—¡Ja, ja! ¡Qué cosas tiene don

Atilano!

5

ATILANO.—Son

observaciones

de

cesante

crónico...

FRANCISCO.—¿Y qué le trae á usted por aquí?

ATILANO.—Pues... necesito ver al señor Raigón.

FRANCISCO.—Hoy

es

imposible.

ATILANO.—¿Cómo?

10

FRANCISCO.—Me ha dado orden de decir á todo el

que venga que está enfermo y que no recibe,

porque

tiene que salir y no volverá hasta la noche.

ATILANO.—No importa; vas á pasarle recado.

FRANCISCO.—¡Quiá, no, señor! Me lo ha

prohibido,

15

y

tiene

un

genio

que

ya,

ya.

ATILANO.—A mí me recibe inmediatamente.

Somos

amigos de la niñez y hace que no nos vemos

muchos

años.

FRANCISCO.—Dispense usted; pero la orden ha

sido

terminante.

20

ATILANO.—Vamos, Francisquito, sé amable;

hazme

ese favor. Necesito con urgencia hablarle dos

minutos.

FRANCISCO.—No

puedo.

ATILANO.—Pero, hombre, tú que me has hecho

tantas

veces ver al ministro, nada menos que á su

excelencia,

25

vas

á

negarte

ahora...

FRANCISCO.—No

me

atrevo,

la

verdad.

ATILANO.—Yo te aseguro que no te regaña, que

me

recibe al momento. ¡Pues poquito gusto que tendrá

en

verme!

Anda,

pásale

recado.

30

[Pg 6]FRANCISCO.—Mire usted que va á ser inútil.

ATILANO.—No lo creas. Anda, Frasquito, anda.

Ya sabes; Atilano Fuentesaúco; acuérdate de los

garbanzos.

FRANCISCO.—Bueno, le complaceré á usted.

( Vase por el foro. ) 5

ESCENA III

DON

ATILANO

Yo espero que me reciba bien. Le hablaré de

nuestra

infancia... Estos recuerdos son siempre gratos y llegan

muy adentro. ( Sentido. ) Y si veo que se conmueve...

le pido diez duros. ¿Qué menos? Un hombre que

gana tanto no creo que se niegue á favorecer á un

amigo

10

tan antiguo... y tan desgraciado. Por lo menos

lograré

lo de mi pobrecita hija; á eso no ha de negarse.

ESCENA IV

DICHO, RAIGÓN y FRANCISCO, en el gabinete

RAIGÓN.—¡Eres un torpe, un animal! Ya te dije

que

no

estaba

para

nadie.

FRANCISCO.—Como insistió de esa manera... 15

RAIGÓN.—Dile que entre... (Venir á entretenerme

ahora...)

FRANCISCO.—Pase

usted.

( Sosteniendo

la

mampara. )

ATILANO.—Gracias, Francisquito. ( Aparte al

entrar

en el gabinete. Francisco sale á la sala y se queda escuchando

20

junto á la puerta.—Mirando á Raigón y puesto casi en cuclillas, como cuando se hace fiestas á un niño. )

[Pg

7]¡Je,

je,

je!

FRANCISCO.—(¡Para bromitas está el hombre!)

RAIGÓN

( Muy

serio).—Servidor

de

usted.

ATILANO ( Abriendo los brazos y yendo hacia

él).—¡Raigoncillo!

FRANCISCO.—(¡Así lo entretenga dos horas!)

( Vase

5

por

el

foro. )

RAIGÓN

( Dejándose

abrazar

y

muy

serio).—Caballero...

ATILANO.—Pero, ¿qué es esto? ¿No me conoces?

RAIGÓN.—Sí,

me

parece

recordar.

10

ATILANO.—Fuentesaúco, Atilano, tu amigo de la

infancia, tu compañero del colegio de don Cosme.

( Abrazándole. )

RAIGÓN.—¡Ah!

Sí,

sí.

( Con

frialdad. )

ATILANO.—Ya lo creo, hombre, estas cosas no se

15

olvidan nunca. Muy transformado estás; pero te

hubiera

reconocido

al

momento.

RAIGÓN.—Bien,

pues

usted

dirá...

ATILANO.—¿Qué es eso de usted? Trátame con

toda confianza como yo á tí. ¡No faltaba más! Dos

20

amigos íntimos, que no se separaban nunca, que

han

estudiado juntos todo el bachillerato... Siéntate, hombre,

siéntate.

( Sentándose. )

RAIGÓN.—Es

que

tengo

mucha

prisa.

( Sentándose. )

25

ATILANO.—Ya me lo ha dicho el criado; pero

tranquilízate,

porque seré muy breve. No he venido más

que para tener el gusto de darte un abrazo. Más despacio

otro día, hablaremos de aquellos tiempos felices...

¡Qué dichosos éramos entonces! Con la alegría de

la

30

[Pg 8]niñez, soñando un porvenir de color de rosa...

¡Ay!

Tú lo has realizado; pero yo... ( Suspirando. ) En fin,

no quiero entristecerte refiriéndote mis desgracias.

Hoy,

por una casualidad, hablando con otro compañero

nuestro,

aquél que llamábamos Pandereta, ¿te acuerdas?

¡Pandereta!

5

RAIGÓN.—No.

ATILANO.—(Éste no quiere acordarse de nada.)

Pues

bien; hablando con ése en esta misma calle, ahí, frente

á esta casa, me dijo señalando á la muestra que tienes

en

los balcones: «¡Ése sí que ha hecho suerte! Ahí le

10

tienes, el más famoso, el mejor dentista de España,

Manolito Pérez.»—«¡Manolito!» exclamé yo muy

sorprendido.—«¿Pero

ese

renombrado

Raigón

es

Manolito

Pérez?»—«El

mismo.»

RAIGÓN.—Sí; como es menos común, uso el

apellido

15

de

mi

madre.

ATILANO.—Y muy bien usado. ¡Raigón! El

apellido

más propio para un dentista. Siempre tuviste

disposición para estas cosas: en la clase de

matemáticas

eras una especialidad para la extracción de raíces.

¡Je,

20

je! (No le ha hecho gracia el chistecito.)

RAIGÓN.—Yo siento mucho no poder detenerme

más;

pero

me

aguardan

y...

ATILANO.—Acabo al instante. ¿Sigues soltero?

RAIGÓN.—Siempre.

25

ATILANO.—Yo no. Soy viudo y tengo una hija,

un ángel, que es mi único consuelo en este mundo.

Cose para las tiendas y con eso vamos viviendo mientras

no

me emplean. Trabaja la infeliz, dale que le das á la

máquina, una silenciosa que voy pagando á plazos.

30

¡Ay! ( Suspira. ) Pero hace dos semanas, mi pobrecita

[Pg 9]hija, apenas puede coser, porque de noche y de

día

está

en

un

grito.

RAIGÓN.—¿Pues?

ATILANO.—Le ha salido la muela del juicio un

poco

torcida y la hace sufrir de un modo horrible. No hay

5

más remedio que extraerla; pero, ¿cómo? Yo me

encuentro

sin recursos, en una situación deplorable, puedes creerlo, deplorable; ni aun dispongo para llevarla á

un

mal

dentista.

RAIGÓN ( Levantándose).—¡Acabáramos! Pues si no

10

es

más

que

eso...

ATILANO.—Nada

más.

RAIGÓN.—Los jueves, de tres á cinco, tengo

consulta

gratis

para

los

pobres.

ATILANO.—¿Eh?

( Levantándose. )

15

RAIGÓN.—Ven con tu hija y se la operará como

sea

preciso. ¡Vaya, adiós! ¡Francisco! ( Llamando. ) ATILANO.—Adiós, hombre, adiós. ( Con amargura.

Pasa

á

la

sala. )

RAIGÓN.—¡Adiós! (Y para esto me ha entretenido

20

media hora.) ( Poniéndose el sombrero. )

ESCENA V

DICHOS y FRANCISCO

RAIGÓN.—Me marcho por la escalera interior para

no encontrarme con otro posma como ése, y por

haberle

dejado entrar estás despedido. Puedes buscar casa desde

hoy;

ya

lo

sabes.

( Vase. )

25

FRANCISCO.—Está bien, señorito.[Pg 10]

ESCENA VI

DON ATILANO y FRANCISCO, que pasa á la sala ATILANO.—¡Inhumano, grosero! ¡Sacamuelas!

Si siempre fué un adoquín, desde chico. ¡Y

pensaba

yo

pedirle diez duros!... ¡Cualquiera le pide nada á ese

hombre!

FRANCISCO.—¡Don Atilano! ¿Todavía está usted 5

aquí?

ATILANO.—¡Todavía!

FRANCISCO.—¿Qué

le

pasa

á

usted?

ATILANO.—¿Qué ha de pasarme? Que tu amo es el

tío

más

soez

de

la

tierra.

10

FRANCISCO.—Eso

ya

lo

sabía

yo.

ATILANO.—Me ha recibido de la manera más

descortés,

y al decirle que me encontraba sin medios y que mi hija necesitaba sacarse una muela, ¿sabes lo que

ha

dicho?

15

FRANCISCO.—¡Qué

yo!

ATILANO.—Que los jueves tiene consulta para los

pobres; así, en seco. ( Afligido. De pronto y con ira. )

¡Me han dado intenciones de saltarle dos muelas de

una

bofetada!

20

FRANCISCO.—Pues á mí me ha despedido por

haberle

dejado

pasar

á

usted.

ATILANO.—¿De

veras?

FRANCISCO.—Ahora mismo me ha dicho que

busque

casa.

25

[Pg 11]ATILANO.—Hombre, cuánto siento haberte

perjudicado...

FRANCISCO.—No señor, no; si me despide cada

dos

ó

tres días; tiene un genio insufrible; pero ya no le sufro

más, ahora va de veras y me largo. ¡Que lo aguante

su

abuela!

Siempre

está

furioso.

ATILANO.—¡Parece mentira, ganando tanto 5

dinero!...

FRANCISCO.—¿Dinero? Eso no lo sabe usted bien.

Esta casa es una romería. Días hay en que saca más

de

quinientas

pesetas.

ATILANO.—¡Qué

barbaridad!

10

FRANCISCO.—Si por cualquiera cosa lleva un

dineral.

Y

cada

vez

más

gente.

ATILANO.—Sí,

¿eh?

FRANCISCO.—Desde las once de la mañana hasta

las

seis de la tarde esta sala está llena de señoras y de

caballeros...

15

Y cada uno dos duros, ó cuatro ó diez;

conque

eche

usted

la

cuenta.

ATILANO.—¡Qué suerte! ¡Un hombre tan bruto!

FRANCISCO.—¿Y tacaño? Es de lo que no hay.

Con decirle á usted que para todo ese trabajo no quiere

20

un ayudante. ¡Nada! Todo para él. Es así.

( Cerrando

el puño. ) Y figúrese usted si le convendría tener quien le ayudase; un día como hoy, por ejemplo, que

necesita ausentarse para hacer una operación en El

Escorial, pues pierde aquí todo ese dinero... y los 25

enfermos

se

van

disgustados...

ATILANO.—Naturalmente.

FRANCISCO.—Hoy se marcharán Dios sabe

cuántos...

( De pronto, como asaltado por una idea feliz. )

¡Caracoles!

30

[Pg

12]ATILANO.—¿Qué?

FRANCISCO.—¡Caracoles!

ATILANO.—Ya

lo

he

oído;

caracoles.

FRANCISCO.—¿Quiere usted vengarse de ese tío

grosero?

ATILANO.—No deseo otra cosa. Desde que me dijo

5

aquello de los jueves, tengo las tripas como una devanadera.

FRANCISCO.—Pues hay un medio de que usted y

yo

nos venguemos de sus groserías, ganándonos

quince

ó

veinte

duros.

( Muy

alegre. )

10

ATILANO.—¿Qué

dices?

FRANCISCO.—Él no volverá hasta la noche, y

tenemos

todo

el

día

por

nuestro.

ATILANO.—¿Para

qué?

FRANCISCO.—Para recibir á los pacientes que

vengan.

15

Usted espera ahí dentro, muy serio y muy grave, como

sustituto

del

señor

Raigón...

ATILANO.—Pero, hombre, si yo no sé sacar

muelas...

FRANCISCO.—Ni hace falta. Á la mayoría de los

que vienen les pone un algodoncito empapado en

un

20

elixir y cocaína. Yo estoy enterado de todo esto.

Una

mechita, enjuáguese usted.—¡Dos duros!—¿Á ver

cómo va eso? Perfectamente. Siga usted con lo

mismo.

¡Dos

duros!—Abra

usted

la

boca.

Hay

inflamación;

no debe operarse: ¡dos duros!—¡Y así, un jubileo 25

y

venga

guita!

ATILANO.—¡Francisco, por Dios!... ( Dudando,

pero

deseoso

de

aceptar. )

FRANCISCO.—No sea usted tonto. Usted no ha de

volver

por

aquí...

30

[Pg

13]ATILANO.—¿Yo?

En

mi

vida.

FRANCISCO.—Y yo me voy mañana, conque...

ATILANO.—Paquito,

que

me

comprometes...

( Como

antes. )

FRANCISCO.—Vamos al comedor; tomará usted

una copita de Pedro Jiménez para animarse. 5

ATILANO.—¡Frasquito!

FRANCISCO.—Que nos sacamos lo menos veinte

duros

y nos los repartimos como buenos hermanos...

ATILANO.—¡Diez

duros!

¡La

felicidad!

FRANCISCO.—Yo le indicaré á usted lo que debe

10

hacer.

Andando,

que

ya

sube

alguien...

ATILANO.—¡Frasquito! ¡Frasquito!... ( Dudando

y resolviéndose de pronto. ) Andando. ( Vanse. ) ESCENA VII

INOCENCIA y LELIS

LELIS.—Vamos,

entra,

no

seas

tonta.

INOCENCIA.—¿No

hay

nadie?

15

LELIS.—Nadie.

INOCENCIA.—Eso

me

tranquiliza.

LELIS.—Pero, por Dios, ¿á qué viene ese miedo?

INOCENCIA.—Temo

encontrarme

con

algún

conocido.

LELIS.—No hemos de tener esa desgracia. 20

INOCENCIA.—Si mi papá llegase á saber esto, yo

creo

que del disgusto se moría y después me mataba.

LELIS.—No,

mujer,

sería

antes.

INOCENCIA.—Eso es; no sé lo que digo, estoy

trastornada.

25

LELIS.—¡Claro! Sin dormir hace tres noches.

[Pg

14]INOCENCIA.—Cuatro.

LELIS.—¿Y querías que te dejara así, pudiendo

librarte de ese tormento? No, vida mía.

INOCENCIA.—¿Y cómo te has proporcionado esos

tres duros? Dime la verdad, porque tú... tú no sueles

tener

mucho

dinero.

5

LELIS.—Ni poco. Te lo contaré con toda

franqueza.

Voy á abrirte mi corazón. ( Deja el sombrero sobre

el

velador. )

INOCENCIA.—Bueno,

ábrelo.

LELIS.—Verás. Como ya te he dicho, todas las 10

noches te oigo quejarte á través del tabique.

¡Maldito

tabique! ¿Por qué la suerte ingrata nos ha colocado

pared por medio? Es decir, ¿por qué ha colocado esa

pared

entre

nosotros?

INOCENCIA.—Lelis; no digas eso. ¡Ay! ¡Ya me 15

vuelve! ( Llorando y llevándose la mano al

carrillo. )

LELIS.—Así, así te oía anoche, y dije: de mañana no

pasa. Si su pobre padre no puede sacrificar un par

de

duros, yo los buscaré. Hoy me levanté muy

temprano,

cogí una americana y unos pantalones... 20

INOCENCIA.—Y te los pusiste. Abrevia, hombre,

abrevia.

LELIS.—No me los puse, es decir, me puse otros y

aquéllos los llevé á una casa de préstamos. Por las

dos

prendas

me

han

dado

tres

duros.

25

INOCENCIA.—¿Y si tu mamá descubre lo que has

hecho?

LELIS.—Si lo descubre, lo descubro todo. Estoy

resuelto. Yo soy así, no me atrevo á nada; pero cuando

me

atrevo

soy

atroz.

30

[Pg

15]INOCENCIA.—Ya

lo

sé.

LELIS.—Pues para todo igual. Si mi mamá ó tu

papá se enteran de nuestras relaciones, yo soy muy

hombre para decirles: sí, la quiero con toda mi alma.

La vecinita de la derecha me ha robado lo que tengo

á

la izquierda. ( Señalando el sitio del corazón. ) Suyo es

5

y

suyo

será...

INOCENCIA.—¡Ay,

Lelis!

LELIS.—¿Qué?

INOCENCIA.—Que me duele mucho. ( Llorando. ) LELIS.—Ten paciencia, monina, ya poco podemos

10

tardar.

Somos

los

primeros.

INOCENCIA.—¿Me

hará

mucho

daño?

LELIS.—No, no tengas miedo, un tirón nada más.

Dicen que no hay mejor dentista en Madrid. Por eso

te he traído aquí, aunque cueste más caro... 15

INOCENCIA.—Gracias, gracias, no sé cómo

corresponder...

LELIS.—Ya te lo he dicho; dándome la muelita...

Quiero conservarla. ¡Tu muela del juicio! Sólo de pensar en poseerla, pierdo yo el juicio. ( Va á abrazarla. )

20

INOCENCIA.—Vamos,

juicioso.

LELIS.—Me voy á hacer con ella un alfiler para la

corbata. ( Se sienta Inocencia. )

ESCENA VIII

DICHOS, DON ATILANO, con el batín de raigón, y

FRANCISCO, en elgabinete.

INOCENCIA.—¡Ay! ( Sigue quejándose en voz baja.

Lelis, de espaldas á la puerta del gabinete, enjuga á

Inocencia

25

las lágrimas con su pañuelo y lo besa. )[Pg 16]

ATILANO.—Con esa copita de Pedro Jiménez me

he

animado mucho. Creo que tendré valor para todo.

FRANCISCO.—¡Pues claro! Buena bobada sería

perder

esta ocasión... Creo que hay alguien esperando.

ATILANO

( Asustado).—¿Ya?

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FRANCISCO.—Veré. ( Entreabriendo la puerta. ) INOCENCIA.—¡Ay!

LELIS.—¿Te

duele

mucho?

INOCENCIA.—¡Muchísimo!

ATILANO.—¿Hay

alguien?

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