Trafalgar by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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—¡Qué diablura!—murmuró mi amo recreándose con tan chuscasinvenciones.

—Cuando estuve en Inglaterra...—continuó el viejo Malespina—, yasabe usted que el Gobierno inglés me mandó llamar para perfeccionar laArtillería de aquel país... Todos los días comía con Pitt, con Burke,con Lord North, con el general Conwallis y otros personajes importantesque me llamaban el chistoso español. Recuerdo que una vez,estando en Palacio, me suplicaron que les mostrase cómo era una corrida de toros, y tuveque capear, picar y matar una silla, lo cual divirtió mucho a toda laCorte, especialmente al Rey Jorge III, quien era muy amigote mío ysiempre me decía que le mandase a buscar a mi tierra aceitunas buenas.¡Oh!, tenía mucha confianza conmigo. Todo su empeño era que le enseñasepalabras de español y, sobre todo algunas de ésta nuestra graciosaAndalucía; pero nunca pudo aprender más que otro toro y vengan esos cinco, frase con que me saludaba todos los díascuando iba a almorzar con él pescadillas y unas cañitas de Jerez.

—Era lo que le gustaba más. Yo hacía llevar de Cádiz embotellada lapescadilla: conservábase muy bien con un específico que inventé, cuyareceta tengo en casa.

—Maravilloso. ¿Y reformó usted la Artillería inglesa?—preguntó miamo, alentándole a seguir, porque le divertía mucho.—Completamente.Allí inventé un cañón que no llegó a dispararse, porque todo Londres,incluso la Corte y los Ministros, vinieron a suplicarme que no hicierala prueba por temor a que del estremecimiento cayeran al suelo muchascasas.

—¿De modo que tan gran pieza ha quedado relegada al olvido?

—Quiso comprarla el Emperador de Rusia; pero no fue posible moverla delsitio en que estaba.

—Pues bien podía usted sacarnos del apuro inventando un cañón quedestruyera de un disparo la escuadra inglesa.

—¡Oh!—contestó Malespina—. En eso estoy pensando, y creo que podrérealizar mi pensamiento. Ya le mostraré a usted los cálculos que tengohechos, no sólo para aumentar hasta un extremo fabuloso el calibre delas piezas de Artillería, sino para construir placas de resistencia quedefiendan los barcos y los castillos. Es el pensamiento de toda mivida».

A todas éstas habían concluido de comer. Nos zampamos en un santiaménMarcial y yo las sobras, y seguimos el viaje, ellos a caballo, marchandoal estribo, y nosotros como antes, en nuestra derrengada calesa. Lacomida y los frecuentes tragos con que la roció excitaron más aún lavena inventora del viejo Malespina, quien por todo el camino siguióespetándonos sus grandes paparruchas. La conversación volvió al tema pordonde había empezado: a la guerra del Rosellón; y como D. José seapresurara a referir nuevas proezas, mi amo, cansado ya de tanto mentir,quiso desviarle de aquella materia, y dijo:

«Guerra desastrosa e impolítica. ¡Más nos hubiera valido no haberlaemprendido!

—¡Oh!—exclamó Malespina—. El Conde de Aranda, como usted sabe,condenó desde el principio esta funesta guerra con la República. ¡Cuántohemos hablado de esta cuestión!... porque somos amigos desde lainfancia. Cuando yo estuve en Aragón, pasamos siete meses juntos cazandoen el Moncayo. Precisamente hice construir para él una escopetasingular...

—Sí: Aranda se opuso siempre—dijo mi amo, atajándole en el peligrosocamino de la balística.

—En efecto—continuó el mentiroso—, y si aquel hombre eminentedefendió con tanto calor la paz con los republicanos, fue porque yo selo aconsejé, convenciéndole antes de la inoportunidad de la guerra. MasGodoy, que ya entonces era Valido, se obstinó en proseguirla, sólo porllevarme la contraria, según he entendido después. Lo más gracioso esque el mismo Godoy se vio obligado a concluir la guerra en el verano del95, cuando comprendió su ineficacia, y entonces se adjudicó a sí mismoel retumbante título de Príncipe de la Paz.

—¡Qué faltos estamos, amigo D. José María—dijo mi amo—, de un buenhombre de Estado a la altura de las circunstancias, un hombre que no nosentrometa en guerras inútiles y mantenga incólume la dignidad de laCorona!

—Pues cuando yo estuve en Madrid el año último—prosiguió elembustero—, me hicieron proposiciones para desempeñar la Secretaría deEstado. La Reina tenía gran empeño en ello, y el Rey no dijo nada...Todos los días le acompañaba al Pardo para tirar un par de tiros...Hasta el mismo Godoy se hubiera conformado, conociendo mi superioridad;y si no, no me habría faltado un castillito donde encerrarle para que nome diera que hacer. Pero yo rehusé, prefiriendo vivir tranquilo en mipueblo, y dejé los negocios públicos en manos de Godoy. Ahí tiene ustedun hombre cuyo padre fue mozo de mulas en la dehesa que mi suegro teníaen Extremadura.

—No sabía...—dijo D. Alonso—. Aunque hombre obscuro, yo creí que elPríncipe de la Paz pertenecía a una familia de hidalgos, de escasafortuna, pero de buenos principios».

Así continuó el diálogo, el Sr. Malespina soltando unas bolas comotemplos, y mi amo oyéndolas con santa calma, pareciendo unas vecesenfadado y otras complacido de escuchar tanto disparate. Si mal norecuerdo, también dijo D. José María que había aconsejado a Napoleón elatrevido hecho del 18 brumario.

Con éstas y otras cosas nos anocheció en Chiclana, y mi amo, atrozmentequebrantado y molido a causa del movimiento del fementido calesín, sequedó en dicho pueblo, mientras los demás siguieron, deseosos de llegara Cádiz en la misma noche. Mientras cenaron, endilgó Malespina nuevasmentiras, y pude observar que su hijo las oía con pena, como abochornadode tener por padre el más grande embustero que crió la tierra.Despidiéronse ellos; nosotros descansamos hasta el día siguiente por lamadrugada, hora en que proseguimos nuestro camino; y como éste era muchomás cómodo y expedito desde Chiclana a Cádiz que en el tramo recorrido,llegamos al término de nuestro viaje a eso de las once del día, sinnovedad en la salud y con el alma alegre.

-VIII-

No puedo describir el entusiasmo que despertó en mi alma la vuelta a Cádiz. Encuanto pude disponer de un rato de libertad, después que mi amo quedóinstalado en casa de su prima, salí a las calles y corrí por ellas sindirección fija, embriagado con la atmósfera de mi ciudad querida.

Después de ausencia tan larga, lo que había visto tantas vecesembelesaba mi atención como cosa nueva y extremadamente hermosa. Encuantas personas encontraba al paso veía un rostro amigo, y todo erapara mí simpático y risueño: los hombres, las mujeres, los viejos, losniños, los perros, hasta las casas, pues mi imaginación juvenilobservaba en ello no sé qué de personal y animado, se me representabancomo seres sensibles; parecíame que participaban del general contentopor mi llegada, remedando en sus balcones y ventanas las facciones de unsemblante alborozado. Mi espíritu veía reflejar en todo lo exterior supropia alegría.

Corría por las calles con gran ansiedad, como si en un minuto quisieraverlas todas. En la plaza de San Juan de Dios compré algunas golosinas,más que por el gusto de comerlas, por la satisfacción de presentarmeregenerado ante las vendedoras, a quienes me dirigí como antiguo amigo,reconociendo a algunas como favorecedoras en mi anterior miseria, y aotras como víctimas, aún no aplacadas, de mi inocente afición almerodeo. Las más no se acordaban de mí; pero algunas me recibieron coninjurias, recordando las proezas de mi niñez y haciendo comentarios tanchistosos sobre mi nuevo empaque y la gravedad de mi persona, que tuveque alejarme a toda prisa, no sin que lastimaran mi decoro algunascáscaras de frutas lanzadas por experta mano contra mi traje nuevo. Comotenía la conciencia de mi formalidad, estas burlas más bien me causaronorgullo que pena.

Recorrí luego la muralla y conté todos los barcos fondeados a la vista.Hablé con cuantos marineros hallé al paso, diciéndoles que yo tambiéniba a la escuadra, y preguntándoles con tono muy enfático si habíarecalado la escuadra de Nelson. Después les dije que Mr.Corneta era un cobarde, y que la próxima función sería buena.

Llegué por fin a la Caleta, y allí mi alegría no tuvo límites. Bajé ala playa, y quitándome los zapatos, salté de peñasco en peñasco; busqué a misantiguos amigos de ambos sexos, mas no encontré sino muy pocos: unoseran ya hombres y habían abrazado mejor carrera; otros habían sidoembarcados por la leva, y los que quedaban apenas me reconocieron. Lamovible superficie del agua despertaba en mi pecho sensacionesvoluptuosas. Sin poder resistir la tentación, y compelido por lamisteriosa atracción del mar, cuyo elocuente rumor me ha parecidosiempre, no sé por qué, una voz que solicita dulcemente en la bonanza, ollama con imperiosa cólera en la tempestad, me desnudé a toda prisa y melancé en él como quien se arroja en los brazos de una persona querida.

Nadé más de una hora, experimentando un placer indecible, y vistiéndomeluego, seguí mi paseo hacia el barrio de la Viña, en cuyas edificantestabernas encontré algunos de los más célebres perdidos de mi gloriosotiempo. Hablando con ellos, yo me las echaba de hombre de pro, y comotal gasté en obsequiarles los pocos cuartos que tenía. Preguntéles pormi tío, mas no me dieron noticia alguna de su señoría; y luego quehubimos charlado un poco, me hicieron beber una copa de aguardiente queal punto dio con mi pobre cuerpo en tierra.

Durante el periodo más fuerte de mi embriaguez, creo que aquellostunantes se rieron de mí cuanto les dio la gana; pero una vez que meserené un poco, salí avergonzadísimo de la taberna.

Aunque andaba muydifícilmente, quise pasar por mi antigua casa, y vi en la puerta a unamujer andrajosa que freía sangre y tripas. Conmovido en presencia de mimorada natal, no pude contener el llanto, lo cual, visto por aquellamujer sin entrañas, se le figuró burla o estratagema para robarle susfrituras. Tuve, por tanto, que librarme de sus manos con la ligereza demis pies, dejando para mejor ocasión el desahogo de mis sentimientos.

Quise ver después la catedral vieja, a la cual se refería uno de los mástiernos recuerdos de mi niñez, y entré en ella: su recinto me parecióencantador, y jamás he recorrido las naves de templo alguno con tanreligiosa veneración. Creo que me dieron fuertes ganas de rezar, y quelo hice en efecto, arrodillándome en el altar donde mi madre habíapuesto un ex-voto por mi salvación. El personaje de cera que yo creía miperfecto retrato estaba allí colgado, y ocupaba su puesto con lagravedad de las cosas santas; pero se me parecía como un huevo a unacastaña. Aquel muñequito, que simbolizaba la piedad y el amor materno,me infundía, sin embargo, el respeto más vivo. Recé un rato de rodillasacordándome de los padecimientos y de la muerte de mi buena madre, queya gozaba de Dios en el Cielo; pero como mi cabeza no estaba buena, acausa de los vapores del maldito aguardiente, al levantarme me caí, y unsacristán empedernido me puso bonitamente en la calle. En pocas zancadasme trasladé a la del Fideo, donde residíamos, y mi amo, al verme entrar,me reprendió por mi larga ausencia. Si aquella falta hubiera sidocometida ante Doña Francisca, no me habría librado de una fuerte paliza;pero mi amo era tolerante, y no me castigaba nunca, quizás porque teníala conciencia de ser tan niño como yo.

Habíamos ido a residir en casa de la prima de mi amo, la cual era unaseñora, a quien el lector me permitirá describir con alguna prolijidad,por ser tipo que lo merece. Doña Flora de Cisniega

era una vieja que seempeñaba en permanecer joven: tenía más de cincuenta años; pero ponía enpráctica todos los artificios imaginables para engañar al mundo,aparentando la mitad de aquella cifra aterradora. Decir cuántoinventaba la ciencia y el arte en armónico consorcio para conseguir talobjeto, no es empresa que corresponde a mis escasas fuerzas. Enumerarlos rizos, moñas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y demásextraños cuerpos que concurrían a la grande obra de su monumentalrestauración, fatigaría la más diestra fantasía: quédese esto, pues,para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora delas grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto. Respecto a sufísico, lo más presente que tengo es el conjunto de su rostro, en queparecían haber puesto su rosicler todos los pinceles de las Academiaspresentes y pretéritas. También recuerdo que al hablar hacía con loslabios un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era, o achicar congracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyasfilas desertaban todos los años un par de dientes; pero aquella supinaestratagema de la presunción era tan poco afortunada, que antes laafeaba que la embellecía.

Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes, ycomo no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el anchoescote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeñoconsistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa accióndel tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso.

Era Doña Flora persona muy prendada de las cosas antiguas; muy devota,aunque no con la santa piedad de mi Doña Francisca, y grandemente sediferenciaba de mi ama, pues así como ésta aborrecía las gloriasnavales, aquélla era entusiasta por todos los hombres de guerra engeneral y por los marinos en particular. Inflamada en amor patriótico,ya que en la madurez de su existencia no podía aspirar al calorcillo deotro amor, y orgullosa en extremo como mujer y como dama española, elsentimiento nacional se asociaba en su espíritu al estampido de loscañones, y creía que la grandeza de los pueblos se medía por libras depólvora. Como no tenía hijos, ocupaban su vida los chismes de vecinos,traídos y llevados en pequeño círculo por dos o tres cotorrones comoella, y se distraía también con su sistemática afición a hablar de lascosas públicas. Entonces no había periódicos, y las ideas políticas, asícomo las noticias, circulaban de viva voz, desfigurándose entonces másque ahora, porque siempre fue la palabra más mentirosa que la imprenta.

En todas las ciudades populosas, y especialmente en Cádiz, que eraentonces la más culta, había muchas personas desocupadas que erandepositarias de las noticias de Madrid y París, y las llevaban y traíandiligentes vehículos, enorgulleciéndose con una misión que les daba granimportancia. Algunos de éstos, a modo de vivientes periódicos,concurrían a casa de aquella señora por las tardes, y esto, además delbuen chocolate y mejores bollos, atraía a otros ansiosos de saber lo quepasaba. Doña Flora, ya que no podía inspirar una pasión formal, niquitarse de encima la gravosa pesadumbre de sus cincuenta años, nohubiera trocado aquel papel por otro alguno, pues el centro general delas noticias casi equivalía en aquel tiempo a la majestad de un trono.

Doña Flora y Doña Francisca se aborrecían cordialmente, como comprenderáquien considere el exaltado militarismo de la una y el pacíficoapocamiento de la otra. Por esto, hablando con su primo en el día denuestra llegada, le decía la vieja:

«Si tú hubieras hecho caso siempre de tu mujer, todavía serías guardiamarina. ¡Qué carácter!

Si yo fuera hombre y casado con mujer semejante,reventaría como una bomba. Has hecho bien en no seguir su consejo y envenir a la escuadra. Todavía eres joven, Alonsito; todavía puedesalcanzar el grado de brigadier, que tendrías ya de seguro si Paca no tehubiese echado una calza como a los pollos para que no salgan delcorral».

Después, como mi amo, impulsado por su gran curiosidad, le pidiesenoticias, ella le dijo:

«Lo principal es que todos los marinos de aquí están muy descontentosdel almirante francés, que ha probado su ineptitud en el viaje a laMartinica y en el combate de Finisterre. Tal es su timidez, y el miedoque tiene a los ingleses, que al entrar aquí la escuadra combinada enAgosto último no se atrevió a apresar el crucero inglés mandado porCollingwood, y que sólo constaba de tres navíos. Toda nuestraoficialidad está muy mal por verse obligada a servir a las órdenes desemejante hombre. Fue Gravina a Madrid a decírselo a Godoy, previendograndes desaires si no ponía al frente de la escuadra un hombre másapto; pero el Ministro le contestó cualquier cosa, porque no se atreve aresolver nada; y como Bonaparte anda metido con los austriacos, mientrasél no decida... Dicen que éste también está muy descontento deVilleneuve y que ha determinado destituirle; pero entre tanto... ¡Ah!Napoleón debiera confiar el mando de la escuadra a algún español, a tipor ejemplo, Alonsito, dándote tres o cuatro grados de mogollón, que afe bien merecidos los tienes...

—¡Oh!, yo no soy para eso—dijo mi amo con su habitual modestia.

—O a Gravina o a Charruca, que dicen que es tan buen marino. Si no, me temo queesto acabará mal. Aquí no pueden ver a los franceses. Figúrate quecuando llegaron los barcos de Villeneuve carecían de víveres ymuniciones, y en el arsenal no se las quisieron dar. Acudieron en quejaa Madrid; y como Godoy no hace más que lo que quiere el embajadorfrancés, Mr. de Bernouville, dio orden para que se entregara a nuestrosaliados cuanto necesitasen. Mas ni por esas. El intendente de marina yel comandante de artillería dicen que no darán nada mientras Villeneuveno lo pague en moneda contante y sonante. Así, así: me parece que estámuy bien parlado. ¡Pues no falta más sino que esos señores con sus manoslavadas se fueran a llevar lo poco que tenemos! ¡Bonitos están lostiempos! Ahora cuesta todo un ojo de la cara; la fiebre amarilla por unlado y los malos tiempos por otro han puesto a Andalucía en tal estado,que toda ella no vale una aljofifa; y luego añada usted a esto losdesastres de la guerra. Verdad es que el honor nacional es lo primero, yes preciso seguir adelante para vengar los agravios recibidos. No mequiero acordar de lo del cabo de Finisterre, donde por la cobardía denuestros aliados perdimos el Firme y el Rafael,dos navíos como dos soles, ni de la voladura del RealCarlos, que fue una traición tal, que ni entre moros berberiscospasaría igual, ni del robo de las cuatro fragatas, ni del combate delcabo de...

—Lo que es eso—dijo mi amo interrumpiéndola vivamente...—. Espreciso que cada cual quede en su lugar. Si el almirante Córdova hubieramandado virar por...

—Sí, sí, ya sé—dijo Doña Flora, que había oído muchas veces lo mismoen boca de mi amo—.

Habrá que darles la gran paliza, y se la daréis. Meparece que vas a cubrirte de gloria. Así haremos rabiar a Paca.

—Yo no sirvo para el combate—dijo mi amo con tristeza—. Vengo tansólo a presenciarlo, por pura afición y por el entusiasmo que meinspiran nuestras queridas banderas».

Al día siguiente de nuestra llegada recibió mi amo la visita de unbrigadier de marina, amigo antiguo, cuya fisonomía no olvidaré jamás, apesar de no haberle visto más que en aquella ocasión. Era un hombrecomo de cuarenta y cinco años, de semblante hermoso y afable, con talexpresión de tristeza, que era imposible verle sin sentir irresistibleinclinación a amarle. No usaba peluca, y sus abundantes cabellos rubios,no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de alade pichón, se recogían con cierto abandono en una gran coleta, y estabaninundados de polvos con menos arte del que la presunción propia de laépoca exigía. Eran grandes y azules sus ojos; su nariz muy fina, deperfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara, antes bien,parecía ennoblecer su expresivo semblante. Su barba, afeitada conesmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico desu rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía. Este noblecontinente era realzado por una urbanidad en los modales, por una gravecortesanía de que ustedes no pueden formar idea por la estirada fatuidadde los señores del día, ni por la movible elegancia de nuestra doradajuventud. Tenía el cuerpo pequeño, delgado y como enfermizo. Más queguerrero, aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que sin dudaencerraba altos y delicados pensamientos, no parecía la más propia paraarrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitución, que sinduda contenía un espíritu privilegiado, parecía destinada a sucumbirconmovida al primer choque. Y, sin embargo, según después supe, aquelhombre tenía tanto corazón como inteligencia. Era Churruca.

El uniforme del héroe demostraba, sin ser viejo ni raído, algunos añosde honroso servicio.

Después, cuando le oí decir, por cierto sin tono dequeja, que el Gobierno le debía nueve pagas, me expliqué aqueldeterioro. Mi amo le preguntó por su mujer, y de su contestación dedujeque se había casado poco antes, por cuya razón le compadecí,pareciéndome muy atroz que se le mandara al combate en tan felices días.Habló luego de su barco, el San Juan Nepomuceno, al quemostró igual cariño que a su joven esposa, pues según dijo, él lo habíacompuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo deél uno de los primeros barcos de la armada española.

Hablaron luego del tema ordinario en aquellos días, de si salía o nosalía la escuadra, y el marino se expresó largamente con estas palabras,cuya substancia guardo en la memoria, y que después con datos y noticiashistóricas he podido restablecer con la posible exactitud:

«El almirante francés—dijo Churruca—, no sabiendo qué resolucióntomar, y deseando hacer algo que ponga en olvido sus errores, se hamostrado, desde que estamos aquí, partidario de salir en busca de losingleses. El 8 de octubre escribió a Gravina, diciéndole que deseabacelebrar a bordo del Bucentauro un consejo de guerra paraacordar lo que fuera más conveniente. En efecto, Gravina acudió alconsejo, llevando al teniente general Álava, a los jefes de escuadraEscaño y Cisneros, al brigadier Galiano y a mí. De la escuadra francesaestaban los almirantes Dumanoir y Magon, y los capitanes de navíoCosmao, Maistral, Villiegris y Prigny.

»Habiendo mostrado Villeneuve el deseo de salir, nos opusimos todos losespañoles. La discusión fue muy viva y acalorada, y Alcalá Galiano cruzócon el almirante Magon palabras bastante duras, que ocasionarán un lancede honor si antes no les ponemos en paz. Mucho disgustó a Villeneuvenuestra oposición, y también en el calor de la discusión dijo frasesdescompuestas, a que contestó Gravina del modo más enérgico... Escurioso el empeño de esos señores de hacerse a la mar en busca de unenemigo poderoso, cuando en el combate de Finisterre nos abandonaron,quitándonos la ocasión de vencer si nos auxiliaran a tiempo. Además hayotras razones, que yo expuse en el consejo, y son que la estaciónavanza; que la posición más ventajosa para nosotros es permanecer en labahía, obligándoles a un bloqueo que no podrán resistir, mayormente sibloquean también a Tolón y a Cartagena. Es preciso que confesemos condolor la superioridad de la marina inglesa, por la perfección delarmamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por launidad con que operan sus escuadras. Nosotros, con gente en gran partemenos diestra, con armamento imperfecto y mandados por un jefe quedescontenta a todos, podríamos, sin embargo, hacer la guerra a ladefensiva dentro de la bahía. Pero será preciso obedecer, conforme a laciega sumisión de la Corte de Madrid, y poner barcos y marinos a mercedde los planes de Bonaparte, que no nos ha dado en cambio de estaesclavitud un jefe digno de tantos sacrificios. Saldremos, si se empeñaVilleneuve; pero si los resultados son desastrosos, quedará consignadapara descargo nuestro la oposición que hemos hecho al insensato proyectodel jefe de la escuadra combinada. Villeneuve se ha entregado a ladesesperación; su amo le ha dicho cosas muy duras, y la noticia de queva a ser relevado le induce a cometer las mayores locuras, esperandoreconquistar en un día su perdida reputación por la victoria o por lamuerte».

Así se expresó el amigo de mi amo. Sus palabras hicieron en mí grandeimpresión, pues con ser niño, yo prestaba gran interés a aquellossucesos, y después, leyendo en la historia lo mismo de que fui testigo,he auxiliado mi memoria con datos auténticos, y puedo narrar conbastante exactitud.

Cuando Churruca se marchó, Doña Flora y mi amo hicieron de él grandeselogios, encomiando sobre todo su expedición a la América Meridional,para hacer el mapa de aquellos mares. Según les oí decir, los méritos deChurruca como sabio y como marino eran tantos, que el mismo Napoleón lehizo un precioso regalo y le colmó de atenciones. Pero dejemos al marinoy volvamos a Doña Flora.

A los dos días de estar allí noté un fenómeno que me disgustósobremanera, y fue que la prima de mi amo comenzó a prendarse de mí, esdecir, que me encontró pintiparado para ser su paje. No cesaba dehacerme toda clase de caricias, y al saber que yo también iba a laescuadra, se lamentó de ello, jurando que sería una lástima queperdiese un brazo, pierna o alguna otra parte no menos importante de mipersona, si no perdía la vida. Aquella antipatriótica compasión meindignó, y aun creo que dije algunas palabras para expresar que estabainflamado en guerrero ardor. Mis baladronadas hicieron gracia a lavieja, y me dio mil golosinas para quitarme el mal humor.

Al día siguiente me obligó a limpiar la jaula de su loro; discreto animal, que hablabacomo un teólogo y nos despertaba a todos por la mañana, gritando: perro inglés, perro inglés. Luego me llevó consigo a misa,haciéndome cargar la banqueta, y en la iglesia no cesaba de volver lacabeza para ver si estaba por allí. Después me hizo asistir a sutocador, ante cuya operación me quedé espantado, viendo el catafalco derizos y moños que el peluquero armó en su cabeza. Advirtiendo elindiscreto estupor con que yo contemplaba la habilidad del maestro,verdadero arquitecto de las cabezas, Doña Flora se rió mucho, y me dijoque en vez de pensar en ir a la escuadra, debía quedarme con ella paraser su paje; añadió que debía aprender a peinarla, y que con el oficiode maestro peluquero podía ganarme la vida y ser un verdaderopersonaje.

No me sedujeron tales proposiciones, y le dije con cierta rudeza que másquería ser soldado que peluquero. Esto le agradó; y como le daba elpeine por las cosas patrióticas y militares, redobló su afecto hacia mí.A pesar de que allí se me trataba con mimo, confieso que me cargaba amás no poder la tal Doña Flora, y que a sus almibaradas finezas preferíalos rudos pescozones de mi iracunda Doña Francisca.

Era natural: su intempestivo cariño, sus dengues, la insistencia con quesolicitaba mi compañía, diciendo que le encantaba mi conversación ypersona, me impedían seguir a mi amo en sus visitas a bordo. Leacompañaba en tan dulce ocupación un criado de su prima, y en tanto yo,sin libertad para correr por Cádiz, como hubiera deseado, me aburría enla casa, en compañía del loro de Doña Flora y de los señores que ibanallá por las tardes a decir si saldría o no la escuadra, y otras cosasmenos manoseadas, si bien más frívolas.

Mi disgusto llegó a la desesperación cuando vi que Marcial venía a casay que con él iba mi amo a bordo, aunque no para embarcarsedefinitivamente; y cuando esto ocurría, y cuando mi alma atribuladaacariciaba aún la débil esperanza de formar parte de aquellaexpedición, Doña Flora se empeñó en llevarme a pasear a la alameda, ytambién al Carmen a rezar vísperas.

Esto me era insoportable, tanto más cuanto que yo soñaba con poner enejecución cierto atrevido proyectillo, que consistía en ir a visitar porcuenta propia uno de los navíos, llevado por algún marinero conocido,que esperaba encontrar en el muelle. Salí con la vieja, y al pasar porla muralla deteníame para ver los barcos; mas no me era posibleentregarme a las delicias de aquel espectáculo, por tener que contestara las mil preguntas de Doña Flora, que ya me tenía mareado.

Durante elpaseo se le unieron algunos jóvenes y señores mayores. Parecían muyencopetados, y eran las personas a la moda en Cádiz, todos muy discretosy elegantes. Alguno de ellos era poeta, o, mejor dicho, todos hacíanversos, aunque malos, y me parece que les oí hablar de cierta Academiaen que se reunían para tirotearse con sus estrofas, entretenimiento queno hacía daño a nadie.

Como yo observaba todo, me fijé en la extraña figura de aquelloshombres, en sus afeminados gestos y, sobre todo, en sus trajes, que meparecieron extravagantísimos. No eran muchas las personas que vestíande aquella manera en Cádiz, y pensando después en la diferencia quehabía entre aquellos arreos y los ordinarios de la gente que yo habíavisto siempre, comprendí que consistía en que éstos vestían a laespañola, y los amigos de Doña Flora conforme a la moda de Madrid y deParís. Lo que primero atrajo mis miradas fue la extrañeza de susbastones, que eran unos garrotes retorcidos y con gruesísimos nudos. Nose les veía la barba, porque la tapaba la corbata, especie de chal, quedando varias vueltas alrededor del cuello y prolongándose ante loslabios, formaba una especie de cesta, una bandeja, o más bien bacía enque descansaba la cara.

El peinado consistía en un artificioso desorden,y más que con peine, parecía que se lo habían aderezado con una escoba;las puntas del sombrero les tocaban los hombros; las casacas, altísimasde talle, casi barrían el suelo con sus faldones; las botas terminabanen punta; de los bolsillos de su chaleco pendían multitud de dijes ysellos; sus calzones listados se atacaban a la rodilla con un enormelazo, y para que tales figuras fueran completos mamarrachos, todosllevaban un lente, que durante la conversación acercaban repetidas vecesal ojo derecho, cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran muybuena vista.

La conversación de aquellos personajes versó sobre la salida de laescuadra, alternando con este asunto la relación de no sé qué baile ofiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de grandesalabanzas por lo bien que hacía trenzas con sus ligeras piernas bailandola gavota.

Después de haber charlado mucho, entraron con Doña Flora en la iglesiadel Carmen, y allí, sacando cada cual su rosario, rezaron que se laspelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos me aplicólindamente un coscorrón en la coronilla, porque en vez de orar tandevotamente como ellos, prestaba demasiada atención a dos moscas querevoloteaban alrededor del rizo culminante del peinado de Doña Flora.Salimos, después de haber oído un enojoso sermón, que ellos celebraroncomo obra maestra; paseamos de nuevo; continuó la charla más vivamente,porque se nos unieron unas damas vestidas por el mismo estilo, y entretodos se armó tan ruidosa algazara de galanterías, frases y sutilezas,mezcladas con algún verso insulso, que no puedo recordarlas.

¡Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban de fijar día y hora paratrasladarse definitivamente a bordo! ¡Y yo estaba expuesto a quedarmeen tierra, sujeto a los antojos de aquella vieja que me empalagaba consu insulso cariño! ¿Creerán ustedes que aquella noche insistió en quedebía quedarme para siempre a su servicio? ¿Creerán ustedes que aseguróque me quería mucho, y me dio como prueba algunos afectuosos abrazos ybesos, ordenándome que no lo dijera a nadie? ¡Horribles contradiccionesde la vida!, pensaba yo al considerar cuán feliz habría sido si mi amitame hubiera tratado de aquella manera. Yo, turbado hasta lo sumo, le dijeque quería ir a la escuadra, y que cuando volviese me podría querer a suantojo; pero que si no me dejaba realizar mi deseo, la aborrecería tantoasí, y extendí los brazos para expresar una cantidad muy grande deaborrecimiento.

Luego, como entrase inesperadamente mi amo, yo, juzgando llegada laocasión de lograr mi objeto por medio de un arranque oratorio, que habíacuidado de preparar, me arrodillé delante de él, diciéndole en el tonomás patético que si no me llevaba a bordo, me arrojaría desesperado almar.

Mi amo se rió de la ocurrencia; su prima, haciendo mimos con la boca,fingió cierta hilaridad que le afeaba el rostro amojamado, y consintióal fin. Diome mil golosinas para que comiese a bordo; me encargó quehuyese de los sitios de peligro, y no dijo una palabra más contraria ami embarque, que se verificó a la mañana siguiente muy temprano.

-IX-

Octubre era el mes, y 18 el día. De esta fecha no me queda duda, porqueal día siguiente salió la escuadra. Nos levantamos muy temprano y fuimosal muelle, donde esperaba un bote que nos condujo a bordo.

Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mientusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del SantísimaTrinidad, el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera, quevisto de lejos se representaba en mi imaginación como una fábricaportentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de losmares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío, yo le examinaba concierto religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que meparecían tan pequeñitos desde la muralla; en otras ocasiones me parecíanmás chicos de lo que mi fantasía los había forjado. El inquietoentusiasmo de que estaba poseído me expuso a caer al agua cuandocontemplaba con arrobamiento un figurón de proa, objeto que más queotro alguno fascinaba mi atención.

Por fin llegamos al Trinidad. A medida que nos acercábamos,las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se pusoal costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual ennegro y horrible cristal, la sombra del navío; cuando vi cómo sesumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente loscostados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de cañones asomandosus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo,púseme pálido, y quedé sin movimiento asido al brazo de mi amo.

Pero en cuanto subimos y me hallé sobre cubierta, se me ensanchó elcorazón. La airosa y altísima arboladura, la animación del alcázar, lavista del cielo y la bahía, el admirable orden de cuantos objetosocupaban la cubierta, desde los coys[4] puestos en fila sobre la obramuerta, hasta los cabrestantes, bombas, mangas, escotillas; la variedadde uniformes; todo, en fin, me suspendió de tal modo, que por un buenrato estuve absorto en la contemplación de tan hermosa máquina, sinacordarme de nada más.

Los presentes no pueden hacerse cargo de aquellos magníficos barcos, nimenos del Santísima Trinidad, por las malas estampas en quelos han visto representados. Tampoco se parecen nada a los buquesguerreros de hoy, cubiertos con su pesado arnés de hierro, largos,monótonos, negros, y sin accidentes muy visibles en su vasta extensión,por lo cual me han parecido a veces inmensos ataúdes flotantes. Creadospor una época positivista, y adecuados a la ciencia náutico-militar deestos tiempos, que mediante el vapor ha anulado las maniobras, fiando eléxito del combate al poder y empuje de los navíos, los barcos de hoy sonsimples máquinas de guerra, mientras los de aquel tiempo eran elguerrero mismo, armado de todas armas de ataque y defensa, peroconfiando principalmente en su destreza y valor.

Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre la costumbre de asociar,hasta un extremo exagerado, ideas con imágenes, cosas con personas,aunque pertenezcan a las más inasociables categorías. Viendo más tardelas catedrales llamadas góticas de nuestra Castilla, y las de Flandes, yobservando con qué imponente majestad se destaca su compleja y sutilfábrica entre las construcciones del gusto moderno, levantadas por lautilidad, tales como bancos, hospitales y cuarteles, no he podido menosde traer a la memoria las distintas clases de naves que he visto en milarga vida, y he comparado las antiguas con las catedrales góticas. Susformas, que se prolongan hacia arriba; el predominio de las líneasverticales sobre las horizontales; cierto inexplicable idealismo, algode histórico y religioso a la vez, mezclado con la complicación delíneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, handeterminado esta asociación extravagante, que yo me explico por lahuella de romanticismo que dejan en el espíritu las impresiones de laniñez.

El Santísima Trinidad era un navío de cuatro puentes. Losmayores del mundo eran de tres.

Aquel coloso, construido en La Habana,con las más ricas maderas de Cuba en 1769, contaba treinta y seis añosde honrosos servicios. Tenía 220 pies (61 metros) de eslora, es decir,de popa a proa; 58 pies de manga (ancho), y 28 de puntal (altura desdela quilla a la cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces notenía ningún buque del mundo. Sus poderosas cuadernas, que eran unverdadero bosque, sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eranfortísimas murallas de madera, se habían abierto al construirlo 116troneras: cuando se le reformó, agradándolo en 1796, se le abrieron130, y artillado de nuevo en 1805, tenía sobre sus costados, cuando yole vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y carronadas. El interior eramaravilloso por la distribución de los diversos compartimientos, yafuesen puentes para la artillería, sollados para la tripulación, pañolespara depósitos de víveres, cámaras para los jefes, cocinas, enfermería ydemás servicios.

Me quedé absorto recorriendo las galerías y demásescondrijos de aquel Escorial de los mares.

Las cámaras situadas a popaeran un pequeño palacio por dentro, y por fuera una especie defantástico alcázar; los balconajes, los pabellones de las esquinas depopa, semejantes a las linternas de un castillo ojival, eran comograndes jaulas abiertas al mar, y desde donde la vista podía recorrerlas tres cuartas partes del horizonte.

Nada más grandioso que la arboladura, aquellos mástiles gigantescos,lanzados hacia el cielo, como un reto a la tempestad. Parecía que elviento no había de tener fuerza para impulsar sus enormes gavias. Lavista se mareaba y se perdía contemplando la inmensa madeja que formabanen la arboladura los obenques, estáis, brazas, burdas, amantillos ydrizas que servían para sostener y mover el velamen.

Yo estaba absorto en la contemplación de tanta maravilla, cuando sentíun fuerte golpe en la nuca. Creí que el palo mayor se me había caídoencima. Volví la vista atontado y lancé una exclamación de horror al vera un hombre que me tiraba de las orejas como si quisiera levantarme enel aire. Era mi tío.

«¿Qué buscas tú aquí, lombriz?—me dijo en el suave tono que le erahabitual—. ¿Quieres aprender el oficio? Oye, Juan—añadió dirigiéndosea un marinero de feroz aspecto—, súbeme a este galápago a la vergamayor para que se pasee por ella».

Yo eludí como pude el compromiso de pasear por la verga, y le expliquécon la mayor cortesía que hallándome al servicio de D. Alonso Gutiérrezde Cisniega, había venido a bordo en su compañía. Tres o cuatromarineros, amigos de mi simpático tío, quisieron maltratarme, por lo queresolví alejarme de tan distinguida sociedad, y me marché a la cámara enbusca de mi amo.

Los oficiales hacían su tocado, no menos difícil abordo que en tierra, y cuando yo veía a los pajes ocupados en empolvarlas cabezas de los héroes a quienes servían, me pregunté si aquellaoperación no era la menos a propósito dentro de un buque, donde todoslos instantes son preciosos y donde estorba siempre todo lo que no seade inmediata necesidad para el servicio.

Pero la moda era entonces tan tirana como ahora, y aun en aquel tiempoimponía de un modo apremiante sus enfadosas ridiculeces. Hasta elsoldado tenía que emplear un tiempo precioso en hacerse el coleto.¡Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila unos tras otros, arreglandocada cual el coleto del que tenía delante, medio ingenioso que rematabala operación en poco tiempo.

Después se encasquetaban el sombrero depieles, pesada mole, cuyo objeto nunca me pude explicar, y luego iban asus puestos si tenían que hacer guardia, o a pasearse por el combés siestaban libres de servicio. Los marineros no usaban aquel ridículoapéndice capilar, y su sencillo traje me parece que no se ha modificadomucho desde aquella fecha.

En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque,Don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, Don BaltasarHidalgo de Cisneros. Según lo poco que oí, no me quedó duda de que elGeneral francés había dado orden de salida para la mañana siguiente.

Esto alegró mucho a Marcial, que junto con otros viejos marineros en elcastillo de proa, disertaba ampulosamente sobre el próximo combate. Talsociedad me agradaba más que la de mi interesante tío, porque loscolegas de Medio-hombre no se permitían bromas pesadas con mi persona.Esta sola diferencia hacía comprender la diversa procedencia de lostripulantes, pues mientras unos eran marineros de pura raza, llevadosallí por la matrícula o enganche voluntario, los otros eran gente deleva, casi siempre holgazana, díscola, de perversas costumbres, y malconocedora del oficio.

Con los primeros hacía yo mejores migas que con los segundos, y asistíaa todas las conferencias de Marcial. Si no temiera cansar al lector, lereferiría la explicación que éste dio de las causas diplomáticas ypolíticas de la guerra, parafraseando del modo más cómico posible lo quehabía oído algunas noches antes de boca de Malespina en casa de misamos. Por él supe que el novio de mi amita se había embarcado en el Nepomuceno.

Todas las conferencias terminaban en un solo punto, el próximo combate.La escuadra debía salir al día siguiente, ¡qué placer! Navegar en aquelgigantesco barco, el mayor del mundo; presenciar una batalla en medio delos mares; ver cómo era la batalla, cómo se disparaban los cañones, cómose apresaban los buques enemigos... ¡qué hermosa fiesta!, y luegovolver a Cádiz cubiertos de gloria... Decir a cuantos quisieran oírme:«yo estuve en la escuadra, lo vi todo...», decírselo también a mi amita,contándole la grandiosa escena, y excitando su atención, su curiosidad,su interés... decirle también: «yo me hallé en los sitios de mayorpeligro, y no temblaba por eso»; ver cómo se altera, cómo palidece y seasusta oyendo referir los horrores del combate, y luego mirar con desdéna todos los que digan: «¡contad, Gabrielito, esa cosa tan tremenda!...»¡Oh!, esto era más de lo que necesitaba mi imaginación paraenloquecer... Digo francamente que en aquel día no me hubiera cambiadopor Nelson.

Amaneció el 19, que fue para mí felicísimo, y no había aún amanecido,cuando yo estaba en el alcázar de popa con mi amo, que quiso presenciarla maniobra. Después del baldeo comenzó la operación de levar el buque. Se izaron lasgrandes gavias, y el pesado molinete, girando con su agudo chirrido,arrancaba la poderosa áncora del fondo de la bahía. Corrían losmarineros por las vergas; manejaban otros las brazas, prontos a la vozdel contramaestre, y todas las voces del navío, antes mudas, llenaban elaire con espantosa algarabía. Los pitos, la campana de proa, eldiscorde concierto de mil voces humanas, mezcladas con el rechinar delos motones; el crujido de los cabos, el trapeo de las velas azotandolos palos antes de henchirse impelidas por el viento, todos estosvariados sones acompañaron los primeros pasos del colosal navío.

Pequeñas olas acariciaban sus costados, y la mole majestuosa comenzó adeslizarse por la bahía sin dar la menor cabezada, sin ningún vaivén decostado, con marcha grave y solemne, que sólo podía apreciarsecomparativamente, observando la traslación imaginaria de los buquesmercantes anclados y del paisaje.

Al mismo tiempo se dirigía la vista en derredor, y ¡qué espectáculo,Dios mío!, treinta y dos navíos, cinco fragatas y dos bergantines, entreespañoles y franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado, secubrían de velas y marchaban también impelidos por el escaso viento. Nohe visto mañana más hermosa. El sol inundaba de luz la magnífica rada;un ligero matiz de púrpura teñía la superficie de las aguas haciaOriente, y la cadena de colinas y lejanos montes que limitan elhorizonte hacia la parte del Puerto permanecían aún encendidos por elfuego de la pasada aurora; el cielo limpio apenas tenía algunas nubesrojas y doradas por Levante; el mar azul estaba tranquilo, y sobre estemar y bajo aquel cielo las cuarenta velas, con sus blancos velámenes,emprendían la marcha, formando el más vistoso escuadrón que puedepresentarse ante humanos ojos.

No andaban todos los bajeles con igual paso. Unos se adelantaban, otrostardaron mucho en moverse; pasaban algunos junto a nosotros, mientraslos había que se quedaban detrás. La lentitud de su marcha; la altura desu aparejo, cubierto de lona; cierta misteriosa armonía que mis oídos deniño percibían como saliendo de los gloriosos cascos, especie de himnoque sin duda resonaba dentro de mí mismo; la claridad del día, lafrescura del ambiente, la belleza del mar, que fuera de la bahía parecíaagitarse con gentil alborozo a la aproximación de la flota, formaban elmás imponente cuadro que puede imaginarse.

Cádiz, en tanto, como un panorama giratorio, se escorzaba a nuestravista presentándonos sucesivamente las distintas facetas de su vastocircuito. El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores,salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacabatan limpia y pura sobre las aguas, que parecía haber sido creada enaquel momento, o sacada del mar como la fantástica ciudad de San Genaro.Vi el desarrollo de la muralla desde el muelle hasta el castillo deSanta Catalina; reconocí el baluarte del Bonete, el baluarte del Orejón,la Caleta, y me llené de orgullo considerando de dónde había salido ydónde estaba.

Al mismo tiempo llegaba a mis oídos como música misteriosa el son de lascampanas de la ciudad medio despierta, tocando a misa, con esa algazaracharlatana de las campanas de un gran pueblo. Ya expresaban alegría,como un saludo de buen viaje, y yo escuchaba el rumor cual si fuese dehumanas voces que nos daban la despedida; ya me parecían sonar tristes yacongojadas anunciándonos una desgracia, y a medida que nos alejábamos,aquella música se iba apagando hasta que se extinguió difundida en elinmenso espacio.

La escuadra salía lentamente: algunos barcos emplearon muchas horas parahallarse fuera.

Marcial, durante la salida, iba haciendo comentariossobre cada buque, observando su marcha, motejándoles si eran pesados,animándoles con paternales consejos si eran ligeros y zarpaban pronto.«¡Qué pesado está D. Federico!—decía observando el Príncipe deAsturias, mandado por Gravina—. Allá va Mr.Corneta—exclamaba mirando al Bucentauro, navíogeneral—. Bien haiga quien te puso Rayo—decíairónicamente mirando al navío de este nombre, que era el más pesado detoda la escuadra...—Bien por papá Ignacio—añadíadirigiéndose al Santa Ana, que montaba Álava—. Echa toda lagavia, pedazo de tonina—decía contemplando el navío de Dumanoir—;este gabacho tiene un peluquero para rizar la gavia, y carga las velascon tenacillas».

El cielo se enturbió por la tarde, y al anochecer, hallándonos ya a grandistancia, vimos a Cádiz perderse poco a poco entre la bruma, hasta quese confundieron con las tintas de la noche sus últimos contornos. Laescuadra tomó rumbo al Sur.

Por la noche no me separé de él, una vez que dejé a mi amo muy bienarrellanado en su camarote. Rodeado de dos colegas y admiradores, lesexplicaba el plan de Villeneuve del modo siguiente:

«Mr. Corneta ha dividido la escuadra en cuatro cuerpos. La vanguardia,que es mandada por Álava, tiene siete navíos; el centro, que lleva sietey lo manda Mr. Corneta en persona; la retaguardia, también de siete,que va mandada por Dumanoir, y el cuerpo de reserva, compuesto de docenavíos, que manda Don Federico. No me parece que está esto mal pensado.Por supuesto que van los barcos españoles mezclados con los gabachos,para que no nos dejen en las astas del toro, como sucedió en Finisterre.

»Según me ha referido D. Alonso, el francés ha dicho que si el enemigose nos presenta a sotavento, formaremos la línea de batalla y caeremossobre él... Esto está muy guapo, dicho en el camarote; pero ya... ¿El Señorito va a ser tan buey que se nos presente asotavento?... Sí, porque tiene poco farol (inteligencia) suseñoría para dejarse pescar así... Veremos a ver si vemos loque espera el francés... Si el enemigo se presenta a barlovento y nosataca, debemos esperarle en línea de batalla; y como tendrá quedividirse para atacarnos, si no consigue romper nuestra línea, nos serámuy fácil vencerle. A ese señor todo le parece fácil. (Rumores.) Dicetambién que no hará señales y que todo lo espera de cada capitán. ¡Siiremos a ver lo que yo vengo predicando desde que se hicieron esosmalditos tratados de sursillos, y es que... más valecallar... quiera Dios...! Ya les he dicho a ustedes que Mr. Corneta nosabe lo que tiene entre manos, y que no le caben cincuenta barcos en lacabeza. Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el día antesde una batalla, y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana... Pos pá eso... (Grandes muestras de asentimiento.) En fin,allá veremos... Pero vengan acá ustedes y díganme: si nosotros losespañoles queremos defondar a unos cuantos barcos ingleses, ¿no nosbastamos y nos sobramos para ello? ¿Pues a cuenta qué hemosde juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos salede dentro, sino que hemos de ir al remolque de sus señorías? Siempre di cuando fuimos con ellos, siempre dicuando salimos destaponados... En fin... Dios y laVirgen del Carmen vayan con nosotros, y nos libren de amigos francesespor siempre jamás amén».

(Grandes aplausos.)

Todos asintieron a su opinión. Su conferencia duró hasta hora avanzada,elevándose desde la profesión naval hasta la ciencia diplomática. Lanoche fue serena y navegábamos con viento fresco. Se me permitirá que alhablar de la escuadra diga nosotros. Yo estaba tan orgullosode encontrarme a bordo del Santísima Trinidad, que me lleguéa figurar que iba a desempeñar algún papel importante en tan altaocasión, y por eso no dejaba de gallardearme con los marineros,haciéndoles ver que yo estaba allí para alguna cosa útil.

-X-

Al amanecer del día 20, el viento soplaba con mucha fuerza, y por estacausa los navíos estaban muy distantes unos de otros. Mas habiéndosecalmado el viento poco después de mediodía, el buque almirante hizoseñales de que se formasen las cinco columnas: vanguardia, centro, retaguardia y losdos cuerpos que componían la reserva.

Yo me deleitaba viendo cómo acudían dócilmente a la formación aquellasmoles, y aunque, a causa de la diversidad de sus condiciones marineras,las maniobras no eran muy rápidas y las líneas formadas poco perfectas,siempre causaba admiración contemplar aquel ejercicio. El viento soplabadel SO., según dijo Marcial, que lo había profetizado desde por lamañana, y la escuadra, recibiéndole por estribor, marchó en direccióndel Estrecho. Por la noche se vieron algunas luces, y al amanecer del 21vimos veintisiete navíos por barlovento, entre los cuales Marcialdesignó siete de tres puentes. A eso de las ocho, los treinta y tresbarcos de la flota enemiga estaban a la vista formados en dos columnas de Nelson.Nuestra escuadra formaba una larguísima línea, y según las apariencias,las dos columnas de, dispuestas en forma de cuña, avanzaban como siquisieran cortar nuestra línea por el centro y retaguardia.

Tal era la situación de ambos contendientes, cuando el Bucentauro hizo señal de virar en redondo. Ustedes quizá noentiendan esto; pero les diré que consistía en variar diametralmente derumbo, es decir, que si antes el viento impulsaba nuestros navíos porestribor, después de aquel movimiento nos daba por babor, de modo quemarchábamos en dirección casi opuesta a la que antes teníamos. Las proasse dirigían al Norte, y este movimiento, cuyo objeto era tener a Cádizbajo el viento, para arribar a él en caso de desgracia, fue muycriticado a bordo del Trinidad, y especialmente por Marcial,que decía:

«Ya se esparrancló la línea de batalla, que antes era mala yahora es peor».

Efectivamente, la vanguardia se convirtió en retaguardia, y la escuadrade reserva, que era la mejor, según oí decir, quedó a la cola. Como elviento era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulación pocodiestra, la nueva línea no pudo formarse ni con rapidez ni conprecisión: unos navíos andaban muy a prisa y se precipitaban sobre eldelantero; otros marchaban poco, rezagándose, o se desviaban, dejando ungran claro que rompía la línea, antes de que el enemigo se tomase eltrabajo de hacerlo.

Se mandó restablecer el orden; pero por obediente que sea un buque, noes tan fácil de manejar como un caballo. Con este motivo, y observandolas maniobras de los barcos más cercanos, Medio-hombre decía:

«La línea es más larga que el camino de Santiago. Si el Señorito la corta, adiós mi bandera: perderíamos hasta elmodo de andar, manque los pelos se nos hicieran cañones.Señores, nos van a dar julepe por el centro. ¿Cómo pueden venir aayudarnos el San Juan y el Bahama, que están ala cola, ni el Neptuno ni el Rayo, que están ala cabeza? (Rumores de aprobación.) Además, estamos a sotavento, y loscasacones pueden elegir el punto que quieran para atacarnos.

Bastanteharemos nosotros con defendernos como podamos. Lo que digo es que Diosnos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jamás amén Jesús».

El sol avanzaba hacia el zenit, y el enemigo estaba ya encima.

«¿Les parece a ustedes que ésta es hora de empezar un combate? ¡Las docedel día!»

exclamaba con ira el marinero aunque no se atrevía a hacerdemasiado pública su demostración, ni estas conferencias pasaban de unpequeño círculo, dentro del cual yo, llevado de mi sempiterna insaciablecuriosidad, me había injerido.

No sé por qué me pareció advertir en todos los semblantes ciertaexpresión de disgusto. Los oficiales en el alcázar de popa y losmarineros y contramaestres en el de proa, observaban los navíossotaventados y fuera de línea, entre los cuales había cuatropertenecientes al centro.

Se me había olvidado mencionar una operación preliminar del combate, enla cual tomé parte.

Hecho por la mañana el zafarrancho, preparado yatodo lo concerniente al servicio de piezas y lo relativo a maniobras, oíque dijeron:

«La arena, extender la arena».

Marcial me tiró de la oreja, y llevándome a una escotilla, me hizocolocar en línea con algunos marinerillos de leva, grumetes y gente depoco más o menos. Desde la escotilla hasta el fondo de la bodega sehabían colocado, escalonados en los entrepuentes, algunos marineros, yde este modo iban sacando los sacos de arena. Uno se lo daba al quetenía al lado, éste al siguiente, y de este modo se sacaba rápidamente ysin trabajo cuanto se quisiera. Pasando de mano en mano, subieron de labodega multitud de sacos, y mi sorpresa fue grande cuando vi que losvaciaban sobre la cubierta, sobre el alcázar y castillos, extendiendo laarena hasta cubrir toda la superficie de los tablones. Lo mismo hicieronen los entrepuentes. Por satisfacer mi curiosidad, pregunté al grumeteque tenía al lado.

«Es para la sangre—me contestó con indiferencia.

—¡Para la sangre!» repetí yo sin poder reprimir un estremecimiento deterror.

Miré la arena; miré a los marineros, que con gran algazara se ocupabanen aquella faena, y por un instante me sentí cobarde. Sin embargo, laimaginación, que entonces predominaba en mí, alejó de mi espíritu todotemor, y no pensé más que en triunfos y agradables sorpresas.

El servicio de los cañones estaba listo, y advertí también que lasmuniciones pasaban de los pañoles al entrepuente por medio de una cadenahumana semejante a la que había sacado la arena del fondo del buque.Los ingleses avanzaban para atacarnos en dos grupos. Uno se dirigíahacia nosotros, y traía en su cabeza, o en el vértice de la cuña, ungran navío con insignia de almirante.

Después supe que era el Victory y que lo mandaba Nelson. El otro traía a su frenteel Royal Sovereign, mandado por Collingwood.

Todos estos hombres, así como las particularidades estratégicas delcombate, han sido estudiados por mí más tarde.

Mis recuerdos, que son clarísimos en todo lo pintoresco y material,apenas me sirven en lo relativo a operaciones que entonces nocomprendía. Lo que oí con frecuencia de boca de Marcial, unido a lo quedespués he sabido, pudo darme a conocer la formación de nuestraescuadra; y para que ustedes lo comprendan bien, les pongo aquí unalista de nuestros navíos, indicando los desviados, que dejaban un claro,la nacionalidad y la forma en que fuimos atacados. Poco más o menos, eraasí:

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Eran las doce menos cuarto. El terrible instante se aproximaba. Laansiedad era general, y no digo esto juzgando por lo que pasaba en miespíritu, pues atento a los movimientos del navío en que se decía estabaNelson, no pude por un buen rato darme cuenta de lo que pasaba a mialrededor.

De repente nuestro comandante dio una orden terrible. La repitieron loscontramaestres. Los marineros corrieron hacia los cabos, chillaron losmotones, trapearon las gavias.