Trafalgar by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Trafalgar

Benito Pérez Galdós

edición ilustrada por

Enrique y Arturo Mélida

Administración de La Guirnalda y Episodios Nacionales

1882

Capítulos:

-I--II--III--IV--V--VI--VII--VIII--IX--X--XI--XII--XIII--XIV--XV--XVI--XVII-

-I-

Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo,diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extrañamanera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terriblecatástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los quecuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando suparentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no sedicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en estaparte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mimadre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno demis ascendientes, si no es de Adán, cuyo parentesco me pareceindiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscónde Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nosparezcamos.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, nimenos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me daluz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde laedad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a unsuceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de SanVicente, acaecido en 1797.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interéspropios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro delas cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de miedad poco más o menos. Aquello era para mí la vida entera; más aún, lavida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían comoyo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en miinfantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia deque el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado laProvidencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y comoconstante empleo de su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles yvender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propiasatisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.

La sociedad en que yo me crié era, pues, de lo más rudo, incipiente ysoez que puede imaginarse, hasta tal punto, que los chicos de la Caletaéramos considerados como más canallas que los que ejercían igualindustria y desafiaban con igual brío los elementos en Puntales; y poresta diferencia, uno y otro bando nos considerábamos rivales, y a vecesmedíamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosaspedreas, que manchaban el suelo de heroica sangre.

Cuando tuve edad para meterme de cabeza en los negocios por cuentapropia, con objeto de ganar honradamente algunos cuartos, recuerdo quelucí mi travesura en el muelle, sirviendo de

introductor de embajadores a los muchos ingleses queentonces como ahora nos visitaban. El muelle era una escuela ateniensepara despabilarse en pocos años, y yo no fui de los alumnos menosaprovechados en aquel vasto ramo del saber humano, así como tampoco dejéde sobresalir en el merodeo de la fruta, para lo cual ofrecía anchocampo a nuestra iniciativa y altas especulaciones la plaza de San Juande Dios. Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia, pues hoyrecuerdo con vergüenza tan grande envilecimiento, y doy gracias a Diosde que me librara pronto de él llevándome por más noble camino.

Entre las impresiones que conservo, está muy fijo en mi memoria elplacer entusiasta que me causaba la vista de los barcos de guerra,cuando se fondeaban frente a Cádiz o en San Fernando.

Como nunca pudesatisfacer mi curiosidad, viendo de cerca aquellas formidables máquinas,yo me las representaba de un modo fantástico y absurdo, suponiéndolasllenas de misterios.

Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicoshacíamos también nuestras escuadras, con pequeñas naves, rudamente talladas, a queponíamos velas de papel o trapo, marinándolas con mucha decisión yseriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta. Para que todofuera completo, cuando venía algún cuarto a nuestras manos porcualquiera de las vías industriales que nos eran propias, comprábamospólvora en casa de la tía Coscoja de la calle del Torno de Santa María,y con este ingrediente hacíamos una completa fiesta naval. Nuestrasflotas se lanzaban a tomar viento en océanos de tres varas de ancho;disparaban sus piezas de caña; se chocaban remedando sangrientosabordajes, en que se batía con gloria su imaginaria tripulación;cubríalas el humo, dejando ver las banderas, hechas con el primer trapode color encontrado en los basureros; y en tanto nosotros bailábamos deregocijo en la costa, al estruendo de la artillería, figurándonos serlas naciones a que correspondían aquellos barcos, y creyendo que en elmundo de los hombres y de las cosas grandes, las naciones bailarían lomismo presenciando la victoria de sus queridas escuadras. Los chicos ventodo de un modo singular.

Aquélla era época de grandes combates navales, pues había uno cada año,y alguna escaramuza cada mes. Yo me figuraba que las escuadras se batíanunas con otras pura y simplemente porque les daba la gana, o con objetode probar su valor, como dos guapos que se citan fuera de puertas paradarse de navajazos. Me río recordando mis extravagantes ideas respecto alas cosas de aquel tiempo. Oía hablar mucho de Napoleón, ¿y cómo creenustedes que yo me lo figuraba? Pues nada menos que igual en todo a loscontrabandistas que, procedentes del campo de Gibraltar, se veían en elbarrio de la Viña con harta frecuencia; me lo figuraba caballero en unpotro jerezano, con su manta, polainas, sombrero de fieltro y elcorrespondiente trabuco. Según mis ideas, con este pergenio, y seguidode otros aventureros del mismo empaque, aquel hombre, que todos pintabancomo extraordinario, conquistaba la Europa, es decir, una gran isla,dentro de la cual estaban otras islas, que eran las naciones, a saber:Inglaterra, Génova, Londres, Francia, Malta, la tierra del Moro,América, Gibraltar, Mahón, Rusia, Tolón, etc. Yo había formado estageografía a mi antojo, según las procedencias más frecuentes de losbarcos, con cuyos pasajeros hacía algún trato; y no necesito decir queentre todas estas naciones o islas España era la mejorcita, por lo cuallos ingleses, unos a modo de salteadores de caminos, querían cogérselapara sí. Hablando de esto y otros asuntos diplomáticos, yo y mis colegasde la Caleta decíamos mil frases inspiradas en el más ardientepatriotismo.

Pero no quiero cansar al lector con pormenores que sólo se refieren amis particulares impresiones, y voy a concluir de hablar de mí. El únicoser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresadoafecto, era mi madre. Sólo recuerdo de ella que era muy hermosa, o almenos a mí me lo parecía. Desde que quedó viuda, se mantenía y memantenía lavando y componiendo la ropa de algunos marineros. Su amor pormí debía de ser muy grande. Caí gravemente enfermo de la fiebreamarilla, que entonces asolaba a Andalucía, y cuando me puse bueno mellevó como en procesión a oír misa a la Catedral vieja, por cuyopavimento me hizo andar de rodillas más de una hora, y en el mismoretablo en que la oímos puso, en calidad de ex-voto, un niño de cera queyo creí mi perfecto retrato.

Mi madre tenía un hermano, y si aquélla era buena, éste era malo y muycruel por añadidura.

No puedo recordar a mi tío sin espanto, y por algunosincidentes sueltos que conservo en la memoria, colijo que aquel hombredebió de haber cometido un crimen en la época a que me refiero. Eramarinero, y cuando estaba en Cádiz y en tierra, venía a casa borrachocomo una cuba y nos trataba fieramente, a su hermana de palabra,diciéndole los más horrendos vocablos, y a mí de obra, castigándome sinmotivo.

Mi madre debió padecer mucho con las atrocidades de su hermano, y esto,unido al trabajo tan penoso como mezquinamente retribuido, aceleró sufin, el cual dejó indeleble impresión en mi espíritu, aunque mi memoriapuede hoy apreciarlo sólo de un modo vago.

En aquella edad de miseria y vagancia, yo no me ocupaba más que en jugarjunto a la mar o en correr por las calles. Mis únicas contrariedadeseran las que pudieran ocasionarme un bofetón de mi tío, un regaño de mimadre o cualquier contratiempo en la organización de mis escuadras.

Miespíritu no había conocido aún ninguna emoción fuerte y verdaderamentehonda, hasta que la pérdida de mi madre me presentó a la vida humanabajo un aspecto muy distinto del que hasta entonces había tenido paramí. Por eso la impresión sentida no se ha borrado nunca de mi alma.Transcurridos tantos años, recuerdo aún, como se recuerdan las medrosasimágenes de un mal sueño, que mi madre yacía postrada con no sé quépadecimiento; recuerdo haber visto entrar en casa unas mujeres, cuyosnombres y condición no puedo decir; recuerdo oír lamentos de dolor, ysentirme yo mismo en los brazos de mi madre; recuerdo también,refiriéndolo a todo mi cuerpo, el contacto de unas manos muy frías, peromuy frías. Creo que después me sacaron de allí, y con estas indecisasmemorias se asocia la vista de unas velas amarillas que daban pavorosa claridad en mediodel día, el rumor de unos rezos, el cuchicheo de unas viejascharlatanas, las carcajadas de marineros ebrios, y después de esto latriste noción de la orfandad, la idea de hallarme solo y abandonado enel mundo, idea que embargó mi pobre espíritu por algún tiempo.

No tengo presente lo que hizo mi tío en aquellos días. Sólo sé que suscrueldades conmigo se redoblaron hasta tal punto, que cansándome de susmalos tratos, me evadí de la casa deseoso de buscar fortuna. Me fui aSan Fernando; de allí a Puerto Real. Junteme con la gente más perdida deaquellas playas, fecundas en héroes de encrucijada, y no sé cómo ni porqué motivo fui a parar con ellos a Medinasidonia, donde hallándonoscierto día en una taberna se presentaron algunos soldados de Marina quehacían la leva, y nos desbandamos, refugiándose cada cual donde pudo.

Mibuena estrella me llevó a cierta casa, cuyos dueños se apiadaron de mí,mostrándome gran interés, sin duda por el relato que de rodillas, bañadoen lágrimas y con ademán suplicante, hice de mi triste estado, de mivida, y sobre todo de mis desgracias.

Aquellos señores me tomaron bajo su protección, librándome de la leva, ydesde entonces quedé a su servicio. Con ellos me trasladé a Vejer de laFrontera, lugar de su residencia, pues sólo estaban de paso enMedinasidonia.

Mis ángeles tutelares fueron D. Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán denavío, retirado del servicio, y su mujer, ambos de avanzada edad.Enseñáronme muchas cosas que no sabía, y como me tomaran cariño, al pocotiempo adquirí la plaza de paje del Sr. Don Alonso, al cual acompañabaen su paseo diario, pues el buen inválido no movía el brazo derecho ycon mucho trabajo la pierna correspondiente. No sé qué hallaron en mípara despertar su interés. Sin duda mis pocos años, mi orfandad ytambién la docilidad con que les obedecía, fueron parte a merecer unabenevolencia a que he vivido siempre profundamente agradecido. Hay queañadir a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el decirlo, queyo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con la másdesarrapada canalla, tenía cierta cultura o delicadeza ingénita que enpoco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que algunosaños después, a pesar de la falta de todo estudio, hallábame endisposición de poder pasar por persona bien nacida.

Cuatro años hacía que estaba en la casa cuando ocurrió lo que voy areferir. No me exija el lector una exactitud que tengo por imposible,tratándose de sucesos ocurridos en la primera edad y narrados en elocaso de la existencia, cuando cercano a mi fin, después de una largavida, siento que el hielo de la senectud entorpece mi mano al manejar lapluma, mientras el entendimiento aterido intenta engañarse, buscando enel regalo de dulces o ardientes memorias un pasajero rejuvenecimiento.Como aquellos viejos verdes que creen despertar su voluptuosidad dormidaengañando los sentidos con la contemplación de hermosuras pintadas, asíintentaré dar interés y lozanía a los mustios pensamientos de miancianidad, recalentándolos con la representación de antiguas grandezas.

Y el efecto es inmediato. ¡Maravillosa superchería de la imaginación!Como quien repasa hojas hace tiempo dobladas de un libro que se leyó,así miro con curiosidad y asombro los años que fueron; y mientras durael embeleso de esta contemplación, parece que un genio amigo viene y mequita de encima la pesadumbre de los años, aligerando la carga de miancianidad, que tanto agobia el cuerpo como el alma. Esta sangre, tibioy perezoso humor que hoy apenas presta escasa animación a mi caducoorganismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en misvenas con acelerada pulsación. Parece que en mi cerebro entra deimproviso una gran luz que ilumina y da forma a mil ignorados prodigios,como la antorcha del viajero que, esclareciendo la obscura cueva, da aconocer las maravillas de la geología tan de repente, que parece que lascrea.

Y al mismo tiempo mi corazón, muerto para las grandes sensaciones,se levanta, Lázaro llamado por voz divina, y se me sacude en el pecho,causándome a la vez dolor y alegría.

Soy joven; el tiempo no ha pasado; tengo frente a mí los principaleshechos de mi mocedad; estrecho la mano de antiguos amigos; en mi ánimose reproducen las emociones dulces o terribles de la juventud, el ardordel triunfo, el pesar de la derrota, las grandes alegrías, así como lasgrandes penas, asociadas en los recuerdos como lo están en la vida.Sobre todos mis sentimientos domina uno, el que dirigió siempre misacciones durante aquel azaroso periodo comprendido entre 1805 y 1834.Cercano al sepulcro, y considerándome el más inútil de los hombres,¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! Encambio yo aún puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruinescéptico que te niega, y al filósofo corrompido que te confunde con losintereses de un día.

A este sentimiento consagré mi edad viril y a él consagro esta faena demis últimos años, poniéndole por genio tutelar o ángel custodio de miexistencia escrita, ya que lo fue de mi existencia real. Muchas cosasvoy a contar. ¡Trafalgar, Bailén, Madrid, Zaragoza, Gerona, Arapiles!...De todo esto diré alguna cosa, si no os falta la paciencia. Mi relato noserá tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que seaverdadero.

-II-

En uno de los primeros días de Octubre de aquel año funesto (1805), minoble amo me llamó a su cuarto, y mirándome con su habitual severidad(cualidad tan sólo aparente, pues su carácter era sumamente blando), medijo:

«Gabriel, ¿eres tú hombre de valor?»

No supe al principio qué contestar, porque, a decir verdad, en miscatorce años de vida no se me habíapresentado aún ocasión de asombraral[1] mundo con ningún hecho heroico; pero el[2]

oírme llamar hombre me llenó de orgullo, y pareciéndome al mismo tiempoindecoroso negar mi valor ante persona que lo tenía en tan alto grado,contesté con pueril arrogancia:

«Sí, mi amo: soy hombre de valor».

Entonces aquel insigne varón, que había derramado su sangre en ciencombates gloriosos, sin que por esto se desdeñara de tratarconfiadamente a su leal criado, sonrió ante mí, hízome seña de que mesentara, y ya iba a poner en mi conocimiento alguna importanteresolución, cuando su esposa y mi ama Doña Francisca entró de súbito enel despacho para dar mayor interés a la conferencia, y comenzó a hablardestempladamente en estos términos:

—No, no irás... te aseguro que no irás a la escuadra. ¡Pues no faltabamás!... ¡A tus años y cuando te has retirado del servicio por viejo!...¡Ay, Alonsito, has llegado a los setenta y ya no estás para fiestas!

Me parece que aún estoy viendo a aquella respetable cuanto iracundaseñora con su gran papalina, su saya de organdí, sus rizos blancos y sulunar peludo a un lado de la barba. Cito estos cuatro detallesheterogéneos, porque sin ellos no puede representársela mi memoria. Erauna mujer hermosa en la vejez, como la Santa Ana de Murillo; y subelleza respetable habría sido perfecta, y la comparación con la madrede la Virgen exacta, si mi ama hubiera sido muda como una pintura.

D. Alonso, algo acobardado, como de costumbre, siempre que la oía, lecontestó:

«Necesito ir, Paquita. Según la carta que acabo de recibir de ese buenChurruca, la escuadra combinada debe, o salir de Cádiz provocando elcombate con los ingleses, o esperarles en la bahía, si se atreven aentrar. De todos modos, la cosa va a ser sonada».

—Bueno, me alegro-repuso Doña Francisca—. Ahí están Gravina, Valdés,Cisneros, Churruca, Alcalá Galiano y Álava. Que machaquen duro sobreesos perros ingleses. Pero tú estás hecho un trasto viejo, que no sirvespara maldita de Dios la cosa. Todavía no puedes mover el brazo izquierdoque te dislocaron en el cabo de San Vicente.

Mi amo movió el brazo izquierdo con un gesto académico y guerrero, paraprobar que lo tenía expedito. Pero Doña Francisca, no convencida con tanendeble argumento, continuó chillando en estos términos:

«No, no irás a la escuadra, porque allí no hacen falta estantiguas comotú. Si tuvieras cuarenta años, como cuando fuiste a la tierra del Fuegoy me trajiste aquellos collares verdes de los indios... Pero ahora... Yasé yo que ese calzonazos de Marcial te ha calentado los cascos anoche yesta mañana, hablándote de batallas. Me parece que el Sr. Marcial y yotenemos que reñir...

Vuélvase él a los barcos si quiere, para que lequiten la pierna que le queda... ¡Oh, San José bendito! Si en mis quincehubiera sabido yo lo que era la gente de mar... ¡Qué tormento! ¡Ni undía de reposo!

Se casa una para vivir con su marido, y a lo mejor viene un despacho deMadrid que en dos palotadas me lo manda qué sé yo a dónde, a laPatagonia, al Japón o al mismo infierno. Está una diez o doce meses sinverle, y al fin, si no se le comen los señores salvajes, vuelve hechouna miseria, tan enfermo y amarillo que no sabe una qué hacer paravolverle a su color natural... Pero pájaro viejo no entra en jaula, y derepente viene otro despachito de Madrid... Vaya usted a Tolón, a Brest,a Nápoles, acá o acullá, donde le da la gana al bribonazo del PrimerCónsul...

¡Ah!, si todos hicieran lo que yo digo, ¡qué pronto laspagaría todas juntas ese caballerito que trae tan revuelto al mundo!»

Mi amo miró sonriendo una mala estampa clavada en la pared, y que,torpemente iluminada por ignoto artista, representaba al EmperadorNapoleón, caballero en un corcel verde, con el célebre redingoteembadurnado de bermellón. Sin duda la impresión que dejó en mí aquellaobra de arte, que contemplé durante cuatro años, fue causa de quemodificara mis ideas respecto al traje de contrabandista del grandehombre, y en lo sucesivo me lo representé vestido de cardenal y montadoen un caballo verde.

«Esto no es vivir—continuó Doña Francisca agitando los brazos—. Diosme perdone; pero aborrezco el mar, aunque dicen que es una de susmejores obras. ¡No sé para qué sirve la Santa Inquisición si noconvierte en cenizas esos endiablados barcos de guerra! Pero vengan acáy díganme: ¿Para qué es eso de estarse arrojando balas y más balas, sinmás ni más, puestos sobre cuatro tablas que, si se quiebran, arrojan almar centenares de infelices? ¿No es esto tentar a Dios? ¡Y estos hombresse vuelven locos cuando oyen un cañonazo! ¡Bonita gracia! A mí se meestremecen las carnes cuando los oigo, y si todos pensaran como yo, nohabría más guerras en el mar... y todos los cañones se convertirían encampanas. Mira, Alonso—añadió deteniéndose ante su marido—, me pareceque ya os han derrotado bastantes veces. ¿Queréis otra? Tú y esos otrostan locos como tú, ¿no estáis satisfechos después de la del 14?[3]

D. Alonso apretó los puños al oír aquel triste recuerdo, y no profirióun juramento de marino por respeto a su esposa.

«La culpa de tu obstinación en ir a la escuadra—añadió la dama cadavez más furiosa—, la tiene el picarón de Marcial, ese endiabladomarinero, que debió ahogarse cien veces, y cien veces se ha salvado paratormento mío. Si él quiere volver a embarcarse con su pierna de palo, subrazo roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buenhora, y Dios quiera que no vuelva a parecer por aquí...; pero tú noirás, Alonso, tú no irás, porque estás enfermo y porque has servidobastante al Rey, quien por cierto te ha recompensado muy mal; y yo quetú, le tiraría a la cara al señor Generalísimo de mar y tierra losgalones de capitán de navío que tienes desde hace diez años... A fe quedebían haberte hecho almirante cuando menos, que harto lo merecíascuando fuiste a la expedición de África y me trajiste aquellas cuentasazules que, con los collares de los indios, me sirvieron para adornarla urna de la Virgen de Carmen.

—Sea o no almirante, yo debo ir a la escuadra, Paquita—dijo mi amo—.Yo no puedo faltar a ese combate. Tengo que cobrar a los ingleses ciertacuenta atrasada.

—Bueno estás tú para cobrar estas cuentas—contestó mi ama—: un hombreenfermo y medio baldado...

—Gabriel irá conmigo—añadió D. Alonso, mirándome de un modo queinfundía valor.

Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad con tan heroico proyecto;pero cuidé de que no me viera Doña Francisca, la cual me habría hechonotar el irresistible peso de su mano si observara mis disposicionesbelicosas.

Ésta, al ver que su esposo parecía resuelto, se enfureció más; juró quesi volviera a nacer, no se casaría con ningún marino; dijo mil pestesdel Emperador, de nuestro amado Rey, del Príncipe de la Paz, de todoslos signatarios del tratado de subsidios, y terminó asegurando alvaliente marino que Dios le castigaría por su insensata temeridad.

Durante el diálogo que he referido, sin responder de su exactitud, puessólo me fundo en vagos recuerdos, una tos recia y perruna, resonando enla habitación inmediata, anunciaba que Marcial, el mareante viejo, oíadesde muy cerca la ardiente declamación de mi ama, que le había citadobastantes veces con comentarios poco benévolos. Deseoso de tomar parteen la conversación, para lo cual le autorizaba la confianza que tenía enla casa, abrió la puerta y se presentó en el cuarto de mi amo.

Antes de pasar adelante, quiero dar de éste algunas noticias, así comode su hidalga consorte, para mejor conocimiento de lo que va a pasar.

-III-

D. Alonso Gutiérrez de Cisniega pertenecía a una antigua familia delmismo Vejer.

Consagráronle a la carrera naval, y desde su juventud,siendo guardia marina, se distinguió honrosamente en el ataque que losingleses dirigieron contra la Habana en 1748. Formó parte de laexpedición que salió de Cartagena contra Argel en 1775, y también sehalló en el ataque de Gibraltar por el Duque de Crillon en 1782.Embarcose más tarde para la expedición al estrecho de Magallanes en lacorbeta Santa María de la Cabeza, que mandaba Don Antonio deCórdova; también se halló en los gloriosos combates que sostuvo laescuadra anglo-española contra la francesa delante de Tolón en 1793, y,por último, terminó su gloriosa carrera en el desastroso encuentro delcabo de San Vicente, mandando el navío Mejicano, uno de losque tuvieron que rendirse.

Desde entonces, mi amo, que no había ascendido conforme a su trabajosa ydilatada carrera, se retiró del servicio. De resultas de las heridasrecibidas en aquella triste jornada, cayó enfermo del cuerpo, y másgravemente del alma, a consecuencia del pesar de la derrota. Curábale suesposa con amor, aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y alos navegantes era en su boca tan habitual como los dulces nombres deJesús y María en boca de un devoto.

Era Doña Francisca una señora excelente, ejemplar, de noble origen,devota y temerosa de Dios, como todas las hembras de aquel tiempo;caritativa y discreta, pero con el más arisco y endemoniado genio que heconocido en mi vida. Francamente, yo no considero como ingénito aqueliracundo temperamento, sino, antes bien, creado por los disgustos que laocasionó la desabrida profesión de su esposo; y es preciso confesar queno se quejaba sin razón, pues aquel matrimonio, que durante cincuentaaños habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo quecontentarse con uno solo: la encantadora y sin par Rosita, de quienhablaré después. Por éstas y otras razones, Doña Francisca pedía alcielo en sus diarias oraciones el aniquilamiento de todas las escuadraseuropeas.

En tanto, el héroe se consumía tristemente en Vejer viendo sus laurelesapolillados y roídos de

ratones, y meditaba y discurría a todas horas sobre untema importante, es decir: que si Córdova, comandante de nuestraescuadra, hubiera mandado orzar a babor en vez de ordenar la maniobra aestribor, los navíos Mejicano, San José, San Nicolás y San Isidro no habrían caído enpoder de los ingleses, y el almirante inglés Jerwis habría sidoderrotado. Su mujer, Marcial, hasta yo mismo, extralimitándome en misatribuciones, le decíamos que la cosa no tenía duda, a ver si dándonospor convencidos se templaba el vivo ardor de su manía; pero ni por ésas:su manía le acompañó al sepulcro.

Pasaron ocho años después de aquel desastre, y la noticia de que laescuadra combinada iba a tener un encuentro decisivo con los ingleses,produjo en él cierta excitación que parecía rejuvenecerle. Dio, pues, enla flor de que había de ir a la escuadra para presenciar la indudablederrota de sus mortales enemigos; y aunque su esposa trataba dedisuadirle, como he dicho, era imposible desviarle de tan estrafalariopropósito. Para dar a comprender cuán vehemente era su deseo, bastadecir que osaba contrariar, aunque evitando toda disputa, la firmevoluntad de Doña Fransisca; y debo advertir, para que se tenga idea de la obstinaciónde mi amo, que éste no tenía miedo a los ingleses, ni a los franceses,ni a los argelinos, ni a los salvajes del estrecho de Magallanes, ni almar irritado, ni a los monstruos acuáticos, ni a la ruidosa tempestad,ni al cielo, ni a la tierra: no tenía miedo a cosa alguna creada porDios, más que a su bendita mujer.

Réstame hablar ahora del marinero, Marcial, objeto del odio más vivo por parte deDoña Francisca; pero cariñosa y fraternalmente amado por mi amo D.Alonso, con quien había servido.

Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marinerosMedio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durantecuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe delos mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrenseustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con unapierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo,un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todasdirecciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentesclases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos,con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningúnhabitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de estepersonaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, puesa fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir sisu aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez,y según como se le mirase.

Puede decirse que su vida era la historia de la marina española en laúltima parte del siglo pasado y principios del presente; historia encuyas páginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas.Marcial había navegado en el Conde de Regla, en el SanJoaquín, en el Real Carlos, en el Trinidad, y en otros heroicos y desgraciados barcos que, alparecer derrotados con honra o destruidos con alevosía, sumergieron consus viejas tablas el poderío naval de España.

Además de las campañas en que tomó parte con mi amo, Medio-hombre habíaasistido a otras muchas, tales como la expedición a la Martinica, laacción de Finisterre y antes el terrible episodio del Estrecho, en lanoche del 12 de julio de 1801, y al combate del cabo de Santa María, en5 de octubre de 1804.

A la edad de sesenta y seis años se retiró del servicio, mas no porfalta de bríos, sino porque ya se hallaba completamente desarbolado yfuera de combate. Él y mi amo eran en tierra dos buenos amigos; y comola hija única del contramaestre se hallase casada con un antiguo criadode la casa, resultando de esta unión un nieto, Medio-hombre se decidió aechar para siempre el ancla, como un viejo pontón inútil para la guerra,y hasta llegó a hacerse la ilusión de que le gustaba la paz.

Bastabaverle para comprender que el empleo más difícil que podía darse a aquelresto glorioso de un héroe era el de cuidar chiquillos; y en efecto,Marcial no hacía otra cosa que cargar, distraer y dormir a su nieto,para cuya faena le bastaban sus canciones marineras sazonadas con algúnjuramento, propio del oficio.

Mas al saber que la escuadra combinada se apercibía para un grancombate, sintió renacer en su pecho el amortiguado entusiasmo, y soñóque se hallaba mandando la marinería en el alcázar de proa del Santísima Trinidad. Como notase en D. Alonso igualessíntomas de recrudecimiento, se franqueó con él, y desde entoncespasaban gran parte del día y de la noche comunicándose, así las noticiasrecibidas como las propias sensaciones, refiriendo hechos pasados,haciendo conjeturas sobre los venideros y soñando despiertos, como dosgrumetes que en íntima confidencia calculan el modo de llegar aalmirantes.

En estas encerronas, que traían a Doña Francisca muy alarmada, nació elproyecto de embarcarse en la escuadra para presenciar el próximocombate. Ya saben ustedes la opinión de mi ama y las mil picardías quedijo del marinero embaucador; ya saben que D. Alonso insistía en poneren ejecución tan atrevido pensamiento, acompañado de su paje, y ahora meresta referir lo que todos dijeron cuando Marcial se presentó a defenderla guerra contra el vergonzoso statu quo de Doña Francisca.

-IV-

«Señor Marcial—dijo ésta con redoblado furor:—si quiere usted ir a laescuadra a que le den la última mano, puede embarcar cuando quiera; perolo que es este no irá.

—Bueno—contestó el marinero, que se había sentado en el borde de unasilla, ocupando sólo el espacio necesario para sostenerse—: iré yosolo. El demonio me lleve, si me quedo sin echar el catalejo a lafiesta.»

Después añadió con expresión de júbilo:

«Tenemos quince navíos, y los francesitos veinticinco barcos. Si todosfueran nuestros, no era preciso tanto... ¡Cuarenta buques y muchocorazón embarcado!»

Como se comunica el fuego de una mecha a otra que está cercana, así elentusiasmo que irradió del ojo de Marcial encendió los dos, ya por laedad amortiguados, de mi buen amo.

«Pero el Señorito—continuó Medio-hombre—, traerá muchostambién. Así me gustan a mí las funciones: mucha madera donde mandarbalas, y mucho jumo de pólvora que caliente el aire cuandohace frío.»

Se me había olvidado decir que Marcial, como casi todos los marinos,usaba un vocabulario formado por los más peregrinos terminachos, pues escostumbre en la gente de mar de todos los países desfigurar la lenguapatria hasta convertirla en caricatura. Observando la mayor parte de lasvoces usadas por los navegantes, se ve que son simplemente corruptelasde las palabras más comunes, adaptadas a su temperamento arrebatado yenérgico, siempre propenso a abreviar todas las funciones de la vida, yespecialmente el lenguaje. Oyéndoles hablar, me ha parecido a veces quela lengua es un órgano que les estorba.

Marcial, como digo, convertía los nombres en verbos, y éstos en nombres,sin consultar con la Academia. Asimismo aplicaba el vocabulario de lanavegación a todos los actos de la vida, asimilando el navío con elhombre, en virtud de una forzada analogía entre las partes de aquél ylos miembros de éste. Por ejemplo, hablando de la pérdida de su ojo,decía que había cerrado el portalón de estribor; y paraexpresar la rotura del brazo, decía que se había quedado sin la serviola de babor. Para él el corazón, residencia del valory del heroísmo, era el pañol de la pólvora, así como elestómago el pañol del viscocho. Al menos estas frases lasentendían los marineros; pero había otras, hijas de su propia inventivafilológica, de él sólo conocidas y en todo su valor apreciadas. ¿Quiénpodría comprender lo que significaban patigurbiar,chingurria y otros feroces nombres del mismo jaez? Yo creo, aunqueno lo aseguro, que con el primero significaba dudar, y con el segundotristeza. La acción de embriagarse la denominaba de mil manerasdistintas, y entre éstas la más común era ponerse la casaca,idiotismo cuyo sentido no hallarán mis lectores, si no les explico que,habiéndole merecido los marinos ingleses el dictado de casacones, sin duda a causa de su uniforme, al decir ponerse la casaca por emborracharse, quería significarMarcial una acción común y corriente entre sus enemigos. A losalmirantes extranjeros los llamaba con estrafalarios nombres, ya creadospor él, ya traducidos a su manera, fijándose en semejanzas de sonido. ANelson le llamaba el Señorito, voz que indicaba ciertaconsideración o respeto; a Collingwood el tío Calambre,frase que a él le parecía exacta traducción del inglés; a Jerwis lenombraba como los mismos ingleses, esto es, viejo zorro; aCalder el tío Perol, porque encontraba mucha relación entrelas dos voces; y siguiendo un sistema lingüístico enteramente opuesto,designaba a Villeneuve, jefe de la escuadra combinada, con el apodo de Monsieur Corneta, nombre tomado de un sainete a cuyarepresentación asistió Marcial en Cádiz. En fin, tales eran losdisparates que salían de su boca, que me veré obligado, para evitarexplicaciones enojosas, a sustituir sus frases con las usuales, cuandorefiera las conversaciones que de él recuerdo.

Sigamos ahora. Doña Francisca, haciéndose cruces, dijo así:

«¡Cuarenta navíos! Eso es tentar a la Divina Providencia. ¡Jesús!, y lomenos tendrán cuarenta mil cañones, para que estos enemigos se matenunos a otros.

—Lo que es como Mr. Corneta tenga bien provistos los pañoles de lapólvora—contestó Marcial señalando al corazón—, ya se van a reír esosseñores casacones. No será ésta como la del cabo de San Vicente.

—Hay que tener en cuenta—dijo mi amo con placer, viendo mencionado sutema favorito—, que si el almirante Córdova hubiera mandado virar ababor a los navíos San José y Mejicano, el Sr.de Jerwis no se habría llamado Lord Conde de San Vicente. Deeso estoy bien seguro, y tengo datos para asegurar que con la maniobraa babor, hubiéramos salido victoriosos.

—¡Victoriosos!—exclamó con desdén Doña Francisca—. Si pueden ellosmás... Estos bravucones parece que se quieren comer el mundo, y encuanto salen al mar parece que no tienen bastantes costillas pararecibir los porrazos de los ingleses.

—¡No!—dijo Medio-hombre enérgicamente y cerrando el puño con gestoamenazador—. ¡Si no fuera por sus muchas astucias y picardías!...Nosotros vamos siempre contra ellos con el alma a un largo, pues, connobleza, bandera izada y manos limpias. El inglés no se larguea, y siempre ataca por sorpresa, buscando las aguasmalas y las horas de cerrazón. Así fue la del Estrecho, que nos tienenque pagar. Nosotros navegábamos confiados, porque ni de perros herejesmoros se teme la traición, cuantimás de un inglés que es civil y al modo de cristiano. Pero no: el que ataca atraición no es cristiano, sino un salteador de caminos. Figúrese usted,señora—añadió dirigiéndose a Doña Francisca para obtener subenevolencia—, que salimos de Cádiz para auxiliar a la escuadrafrancesa que se había refugiado en Algeciras, perseguida por losingleses.

Hace de esto cuatro años, y entavía tengo tal coraje que lasangre se me emborbota cuando lo recuerdo. Yo iba en el RealCarlos, de 112 cañones, que mandaba Ezguerra, y además llevábamosel San Hermenegildo, de 112 también; el SanFernando, el Argonauta, el San Agustín yla fragata Sabina. Unidos con la escuadra francesa, quetenía cuatro navíos, tres fragatas y un bergantín, salimos de Algeciraspara Cádiz a las doce del día, y como el tiempo era flojo, nos anocheciómás acá de punta Carnero. La noche estaba más negra que un barril dechapapote; pero como el tiempo era bueno, no nos importaba navegar aobscuras. Casi toda la tripulación dormía: me acuerdo que estaba yo enel castillo de proa hablando con mi primo Pepe Débora, que me contabalas perradas de su suegra, y desde allí vi las luces del SanHermenegildo, que navegaba a estribor como a tiro de cañón. Losdemás barcos iban delante. Pusque lo que menos creíamos eraque los casacones habían salido de Gibraltar tras de nosotros y nosdaban caza.

¿Ni cómo los habíamos de ver, si tenían apagadas las luces y se nosacercaban sin que nos percatáramos de ello? De repente, y anque la noche estaba muy obscura, me pareció ver...

yosiempre he tenido un farol como un lince... me pareció queun barco pasaba entre nosotros y el San Hermenegildo. «JoséDébora—dije a mi compañero—; o yo estoy viendo pantasmas,o tenemos un barco inglés por estribor».

José Débora miró y me dijo:

«Que el palo mayor se caiga por la fogonadura y me parta, si hay porestribor más barco que el San Hermenegildo.

—Pues por sí o por no—dije—, voy a avisarle al oficial que está decuarto».

No había acabado de decirlo, cuando pataplús... sentimos el musiqueo de toda una andanada que nos soplaron por elcostado. En un minuto la tripulación se levantó... cada uno a supuesto...

¡Qué batahola, señora Doña Francisca! Me alegrara de que ustedlo hubiera visto para que supiera cómo son estas cosas. Todos jurábamoscomo demonios y pedíamos a Dios que nos pusiera un cañón en cada dedopara contestar al ataque. Ezguerra subió al alcázar y mandó disparar laandanada de estribor... ¡ zapataplús! La andanada de estribordisparó en seguida, y al poco rato nos contestaron... Pero en aquellatrapisonda no vimos que con el primer disparo nos habían soplado a bordounas endiabladas materias comestibles (combustibles queríadecir), que cayeron sobre el buque como si estuviera lloviendo fuego. Alver que ardía nuestro navío, se nos redobló la rabia y cargamos de nuevola andanada, y otra, y otra. ¡Ah, señora Doña Francisca! ¡Bonito se pusoaquello!... Nuestro comandante mandó meter sobre estribor para atacar alabordaje al buque enemigo. Aquí te quiero ver... Yo estaba en misglorias... En un guiñar del ojo preparamos las hachas y picas para elabordaje... el barco enemigo se nos venía encima, lo cual me encabrilló (me alegró) el alma, porque así nos enredaríamosmás pronto... Mete, mete a estribor... ¡qué julepe!

Principiaba aamanecer: ya los penoles se besaban; ya estaban dispuestos los grupos,cuando oímos juramentos españoles a bordo del buque enemigo. Entoncesnos quedamos todos tiesos de espanto, porque vimos que el barco con quenos batíamos era el mismo San Hermenegildo.

—Eso sí que estuvo bueno—dijo Doña Francisca mostrando algún interésen la narración—.

¿Y cómo fueron tan burros que uno y otro...?

—Diré a usted: no tuvimos tiempo de andar con palabreo. El fuego del Real Carlos se pasó al San Hermenegildo, yentonces... ¡Virgen del Carmen, la que se armó! ¡A las lanchas!,gritaron muchos. El fuego estaba ya ras con ras con la SantaBárbara, y esta señora no se anda con bromas... Nosotrosjurábamos, gritábamos insultando a Dios, a la Virgen y a todos lossantos, porque así parece que se desahoga uno cuando está lleno decoraje hasta la escotilla.

—¡Jesús, María y José!, ¡qué horror!—exclamó mi ama—. ¿Y sesalvaron?

—Nos salvamos cuarenta en la falúa y seis o siete en el chinchorro:éstos recogieron al segundo del San Hermenegildo. JoséDébora se aferró a un pedazo de palo y arribó más muerto que vivo a lasplayas de Marruecos.

—Los demás... la mar es grande y en ella cabe mucha gente. Dos mil hombres apagaron fuegos aquel día, entre ellos nuestro comandanteEzguerra, y Emparán el del otro barco.

—Válgame Dios—dijo Doña Francisca—. Aunque bien empleado les está,por andarse en esos juegos. Si se estuvieran quietecitos en sus casascomo Dios manda...

—Pues la causa de este desastre—dijo Don Alonso, que gustaba deinteresar a su mujer en tan dramáticos sucesos—, fue la siguiente. Losingleses, validos de la obscuridad de la noche, dispusieron que el navío Soberbio, el más ligero de los que traían, apagara sus lucesy se colocara entre nuestros dos hermosos barcos. Así lo hizo: disparósus dos andanadas, puso su aparejo en facha con mucha presteza, orzandoal mismo tiempo para librarse de la contestación. El RealCarlos y el San Hermenegildo, viéndose atacadosinesperadamente, hicieron fuego; pero se estuvieron batiendo el unocontra el otro, hasta que cerca del amanecer y estando a punto deabordarse, se reconocieron y ocurrió lo que tan detalladamente te hacontado Marcial.

—¡Oh!, ¡y qué bien os la jugaron!—dijo la dama—. Estuvo bueno,aunque eso no es de gente noble.

—Qué ha de ser—añadió Medio-hombre—. Entonces yo no los quería bien;pero dende esa noche... Si están ellos en el Cielo, noquiero ir al Cielo, manque me condene para toda la enternidad...

—¿Pues y la captura de las cuatro fragatas que venían del Río de laPlata?—dijo D. Alonso animando a Marcial para que continuara susnarraciones.

—También en esa me encontré—contestó el marino—, y allí me dejaronsin pierna. También entonces nos cogieron desprevenidos, y comoestábamos en tiempo de paz, navegábamos muy tranquilos, contando ya lashoras que nos faltaban para llegar, cuando de pronto...

Le diré a usted cómo fue, señora Doña Francisca, para que vea las mañasde esa gente.

Después de lo del Estrecho, me embarqué en la Fama para Montevideo, y ya hacía mucho tiempo que estábamosallí, cuando el jefe de la escuadra recibió orden de traer a España loscaudales de Lima y Buenos Aires. El viaje fue muy bueno, y no tuvimosmás percance que unas calenturillas, que no mataron ni tanto así dehombre... Traíamos mucho dinero del Rey y de particulares, y también loque llamamos la caja de soldadas, que son los ahorrillos dela tropa que sirve en las Américas. Por junto, si no me engaño, erancosa de cinco millones de pesos, como quien no dice nada, y ademástraíamos pieles de lobo, lana de vicuña, cascarilla, barras de estaño ycobre y maderas finas... Pues, señor, después de cincuenta días denavegación, el 5 de Octubre, vimos tierra, y ya contábamos entrar enCádiz al día siguiente, cuando cátate que hacia el Nordeste se nospresentan cuatro señoras fragatas.

Anque era tiempo de paz, y nuestro capitán, D. Miguel deZapiaín, parecía no tener maldito recelo, yo, que soy perro viejo en lamar, llamé a Débora y le dije que el tiempo me olía a pólvora... Bueno:cuando las fragatas inglesas estuvieron cerca, el general mandó hacerzafarrancho; la Fama iba delante, y al poco rato nosencontramos a tiro de pistola de una de las inglesas por barlovento.

Entonces el capitán inglés nos habló con su bocina y nos dijo... ¡puesmire usted que me gustó la franqueza!... nos dijo que nos pusiéramos enfacha porque nos iba a atacar. Hizo mil preguntas; pero le dijimos queno nos daba la gana de contestar. A todo esto, las otras tres fragatasenemigas se habían acercado a las nuestras, de tal manera que cada unade las inglesas tenía otra española por el costado de sotavento.

—Su posición no podía ser mejor—apuntó mi amo.

—Eso digo yo—continuó Marcial—. El jefe de nuestra escuadra, D. JoséBustamante, anduvo poco listo, que si hubiera sido yo... Pues, señor, el comodón (quería decir el comodoro) inglés envió a bordo dela Medea un oficialillo de estos de cola de abadejo, elcual, sin andarse en chiquitas, dijo que anque no estabadeclarada la guerra, el comodón tenía orden de apresarnos.Esto sí que se llama ser inglés. El combate empezó al poco rato; nuestrafragata recibió la primera andanada por babor; se le contestó al saludo,y cañonazo va, cañonazo viene...

lo cierto del caso es que no metimosen un puño a aquellos herejes por mor de que el demonio fuey pegó fuego a la Santa Bárbara de la Mercedes, que se volóen un suspiro, ¡y todos con este suceso, nos afligimos tanto,sintiéndonos tan apocados...!, no por falta de valor, sino por aquelloque dicen... en la moral... pues... denque elmismo momento nos vimos perdidos. Nuestra fragata tenía las velas conmás agujeros que capa vieja, los cabos rotos, cinco pies de agua enbodega, el palo de mesana tendido, tres balazos a flor de agua ybastantes muertos y heridos. A pesar de esto, seguíamos la cuchipanda con el inglés; pero cuando vimos que la Medea y la Clara, no pudiendo resistir lachamusquina, arriaban bandera, forzamos de vela y nos retiramosdefendiéndonos como podíamos. La maldita fragata inglesa nos daba caza,y como era más velera que la nuestra, no pudimos zafarnos y tuvimostambién que arriar el trapo a las tres de la tarde, cuando ya nos habíanmatado mucha gente, y yo estaba medio muerto sobre el sollao porque auna bala le dio la gana de quitarme la pierna. Aquellos condenados nosllevaron a Inglaterra, no como presos, sino como detenidos; pero cartava, carta viene entre Londres y Madrid, lo cierto es que se quedaroncon el dinero, y me parece que cuando a mí me nazca otra pierna,entonces el Rey de España les verá la punta del pelo a los cincomillones de pesos.

—¡Pobre hombre!... ¿y entonces perdiste la pata?—le dijocompasivamente Doña Francisca.

—Sí señora: los ingleses, sabiendo que yo no era bailarín, creyeron quetenía bastante con una.

En la travesía me curaron bien: en un pueblo quellaman Plinmuf (Plymouth) estuve seis meses en el pontón,con el petate liado y la patente para el otro mundo en el bolsillo...Pero Dios quiso que no me fuera a pique tan pronto: un físico inglés mepuso esta pierna de palo, que es mejor que la otra, porque aquélla medolía de la condenada reúma, y ésta, a Dios gracias, no duele aunque laechen una descarga de metralla. En cuanto a dureza, creo que la tiene, aunque entavía no se me ha puesto delante la popa de ningúninglés para probarla.

—Muy bravo estás—dijo mi ama—; quiera Dios no pierdas también laotra. «El que busca el peligro...»

Concluida la relación de Marcial, se trabó de nuevo la disputa sobre simi amo iría o no a la escuadra. Persistía Doña Francisca en lanegativa, y D. Alonso, que en presencia de su digna esposa era mansocomo un cordero, buscaba pretextos y alegaba toda clase de razones paraconvencerla.