Tradiciones Peruanas by Ricardo Palma - HTML preview

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III

Aquí deberíamos dar por terminada la tradición; pero el plan de nuestraobra exige que consagremos algunas líneas por vía de epílogo al virreyen cuya época de mando aconteció este suceso.

El excelentísimo señor don Agustín de Jáuregui, natural de Navarra y dela familia de los condes de Miranda y de Teba, caballero de la Orden deSantiago y teniente general de los reales ejércitos, desempeñaba lapresidencia de Chile cuando Carlos III relevó con él, injusta ydesairosamente, el virrey don Manuel Guirior. El caballero de Jáureguillegó a Lima el 21 de junio de 1780, y francamente, que ninguno de susantecesores recibió el mando bajo peores auspicios.

Por una parte, los salvajes de Chanchamayo acababan de incendiar ysaquear varias poblaciones civilizadas; y por otra, el recargo deimpuestos y los procedimientos tiránicos del visitador Areche habíanproducido serios disturbios, en los que muchos corregidores yalcabaleros fueron sacrificados a la cólera popular. Puede decirse quela conflagración era general en el país, sin embargo de que Guiriorhabía declarado en suspenso el cobro de las odiosas y exageradascontribuciones, mientras con mejor acuerdo volvía el monarca sobre suspasos.

Además en 1779 se declaró la guerra entre España e Inglaterra, yreiterados avisos de Europa afirmaban al nuevo virrey que la reina delos mares alistaba una flota con destino al Pacífico.

Jáuregui (apellido que, en vascuence, significa residencia del señor),en previsión de los amagos piráticos, tuvo que fortificar y artillar lacosta, organizar milicias y aumentar la marina de guerra, medidas quereclamaron fuertes gastos, con los que se acrecentó la penuria pública.

Apenas hacía cuatro meses que don Agustín de Jáuregui ocupaba el soliode los virreyes, cuando se tuvo noticia de la muerte dada al corregidorArriaga, y con ella de que en una extensión de más de trescientas leguasera proclamado por Inca y soberano del Perú el cacique Tupac-Amaru.

No es del caso historiar aquí esta tremenda revolución que, como essabido, puso en grave peligro al gobierno colonial.

Poquísimo faltó paraque entonces hubiese quedado realizada la obra de la Independencia.

El 6 de abril, viernes de Dolores del año 1781, cayeron prisioneros elInca y sus principales vasallos, con los que se ejercieron los másbárbaros horrores. Hubo lenguas y manos cortadas, cuerposdescuartizados, horca y garrote vil. Areche autorizó barbaridad y media.

Con el suplicio del Inca, de su esposa doña Micaela, de sus hijos yhermanos, quedaron los revolucionarios sin un centro de unidad. Sinembargo, la chispa no se extinguió hasta julio de 1783, en que tuvolugar en Lima la ejecución de don Felipe Tupac, hermano del infortunadoInca, caudillo de los naturales de Huarochirí. «Así—dice el deánFunes—terminó esta revolución, y difícilmente presentará la historiaotra ni más justificada ni menos feliz.»

Las armas de la casa de Jáuregui eran: escudo cortinado, el primercuartel en oro con un roble copado y un jabalí pasante; el segundo degules y un castillo de plata con bandera; el tercero de azur, con tresflores de lis.

Es fama que el 26 de abril de 1784 el virrey don Agustín de Jáureguirecibió el regalo de un canastillo de cerezas, fruta a la que era suexcelencia muy aficionado, y que apenas hubo comido dos o tres cayó alsuelo sin sentido. Treinta horas después se abría en palacio la granpuerta del salón de recepciones; y en un sillón, bajo el dosel, se veíaa Jáuregui vestido de gran uniforme.

Con arreglo al ceremonial del casoel escribano de cámara, seguido de la Real Audiencia, avanzó hasta pocospasos distante del dosel, y dijo en voz alta por tres veces:¡Excelentísimo señor don Agustín Jáuregui! Y luego, volviéndose alconcurso, pronunció esta frase obligada: Señores, no responde.¡Falleció!

¡Falleció! ¡Falleció! En seguida sacó un protocolo, y losoidores estamparon en él sus firmas.

Así vengaron los indios la muerte de Tupac-Amaru.

LA GATITA DE MARI-RAMOS QUE HALAGA CON LA

COLA Y ARAÑA CON LAS MANOS

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL TRIGÉSIMO CUARTO VIRREY DEL

PERÚ

(A Carlos Toribio

Robinet.)

Al principiar la Alameda de Acho y en la acera que forma espalda a lacapilla de San Lorenzo, fabricada en 1834, existe una casa de ruinosoaspecto, la cual fué, por los años de 1788, teatro no de uno de esoscuentos de entre dijes y babador, sino de un drama que la tradición seha encargado de hacer llegar hasta nosotros con todos sus terriblesdetalles.

I

Veinte abriles muy galanos; cutis de ese gracioso moreno aterciopeladoque tanta fama dió a las limeñas, antes de que cundiese la maldita modade adobarse el rostro con menjurjes, y de andar a la rebatiña y comoalbañil en pared con los polvos de rosa arroz; ojos más negros que nochede trapisonda y velados por rizadas pestañas; boca incitante, como unazucarillo amerengado; cuerpo airoso, si los hubo, y un pie que daba piepara despertar en el prójimo tentación de besarlo; tal era, en el año degracia de 1776, Benedicta Salazar.

Sus padres, al morir, la dejaron sin casa ni canastilla y al abrigo deuna tía entre bruja y celestina, como dijo Quevedo, y más gruñona quemastín piltrafero, la cual tomó a capricho casar a la sobrina con un sucompadre, español que de a legua revelaba en cierto tufillo ser hijo deCataluña, y que aindamáis tenía las manos callosas y la barba máscrecida que deuda pública.

Benedicta miraba al pretendiente con el mismofastidio que a mosquito de trompetilla, y no atreviéndose a darlecalabazas como melones, recurrió al manoseado expediende de hacersearchidevota, tener padre de espíritu y decir que su aspiración era amonjío y no a casorio.

El catalán, atento a los repulgos de la muchacha, murmuraba: niña

de

los

muchos

novios,

que

con

ninguno

te

casas;

si

te

guardas

para

un

rey

cuatro tiene la baraja.

De aquí surgían desazones entre sobrina y tía. La vieja la trataba degazmoña y papahostias, y la chica rompía a llorar como una bendita deDios, con lo que enfureciéndose más aquella megera, lagritaba:—¡Hipócrita! A mí no me engatusas con purisimitas. ¿A quévienen esos lloriqueos? Eres como el perro de Juan Molleja, que antesque le caiga el palo ya se queja.

¿Conque monjío? Quien no te conozcaque te compre, saquito de cucarachas. Cualquiera diría que no rompeplato, y es capaz de sacarle los ojos al verdugo Grano de Oro. ¿Si noconoceré yo las uvas de mi majuelo? ¿Conque te apestan las barbas?¡Miren a la remilgada de Jurquillos, que lavaba los huesos parafreírlos!

¡Pues has de ver toros y cañas como yo pille al alcance de misuñas al barbilampiño que te baraja el juicio! Miren, miren a la gatitade Mari-Ramos, que hacía ascos a los ratones y engullía los gusanos!¡Malhaya la niña de la media almendra!

Como estas peloteras eran pan cotidiano, las muchachas de la vecindad,envidiosas de la hermosura de Benedicta, dieron en bautizarla con elapodo de Gatita de Mari-Ramos; y pronto en la parroquia entera losmozalbetes y demás niños zangolotinos que la encontraban al paso,saliendo de misa mayor, le decían:

—¡Qué modosita y qué linda que va la Gatita de Mari-Ramos!

La verdad del cuento es que la tía no iba descaminada en sus barruntos.Un petimetre, don Aquilino de Leuro, era el quebradero de cabeza de lasobrina; y ya fuese que éste se exasperara de andar siempre al morro porun quítame allá esas pajas, o bien que su amor hubiese llegado a extremode atropellar por todo respeto, dando al diablo el hato y el garabato,ello es que una noche sucedió... lo que tenía que suceder. La gatita deMari-Ramos se escapó por el tejado, en amor y compaña de un gatopizpireto, que olía a almizcle y que tenía la mano suave.

II

Demos tiempo al tiempo y no andemos con lilailas y recancanillas. Esdecir, que mientras los amantes apuran la luna de miel para dar entradaa la de hiel, podemos echar, lector carísimo, el consabido parrafillohistórico.

El excelentísimo señor don Teodoro de Croix, caballero de Croix,comendador de la muy distinguida orden teutónica en Alemania, capitán deguardias valonas y teniente general de los reales ejércitos, hizo suentrada en Lima el 6 de abril de 1784.

Durante largos años había servido en México bajo las órdenes de su tío(el virrey marqués de Croix), y vuelto a España, Carlos III lo nombró surepresentante en estos reinos del Perú. «Fué su excelencia—dice uncronista—hombre de virtud eminente, y se distinguió mucho por sucaridad, pues varias veces se quedó con la vela en la mano porque elcandelero de plata lo había dado a los pobres, no teniendo de prontomoneda con que socorrerlos; frecuentaba sacramentos y era un verdaderocristiano.»

La administración del caballero Croix, a quien llamaban el Flamenco,fué de gran beneficio para el país.

El virreinato se dividió en siete intendencias, y éstas en distritos osubdelegaciones. Estableciéronse la Real Audiencia del Cuzco y eltribunal de Minería, repobláronse los valles de Víctor y Acobamba, y elejemplar obispo Chávez de la Rosa fundó en Arequipa la famosa casa dehuérfanos, que no pocos hombres ilustres ha dado después a la república.

Por entonces llegó al Callao, consignado al conde de San Isidro, elprimer navío de la Compañía de Filipinas; y para comprobar el grandesarrollo del comercio en los cinco años del gobierno de Croix, bastaráconsignar que la importación subió a cuarenta y dos millones de pesos yla exportación a treinta y seis.

Las rentas del Estado alcanzaron a poco más de cuatro y medio millones,y los gastos no excedieron de esta cifra, viéndose por primera y únicavez entre nosotros realizado el fenómeno del equilibrio en elpresupuesto. Verdad es que, para lograrlo,

recurrió

el

virrey

al

sistemade

economías,

disminuyendo empleados, cercenando sueldos, licenciandolos batallones de Soria y Extremadura, y reduciendo su escolta a latercera parte de la fuerza que mantuvieron sus predecesores desde Amat.

La querella entre el marqués de Lara, intendente de Huamanga, y el señorLópez Sánchez, obispo de la diócesis, fué la piedra de escándalo de laépoca. Su ilustrísima, despojándose de la mansedumbre sacerdotal, dejódesbordar su bilis hasta el extremo de abofetear al escribano real quele notificaba una providencia. El juicio terminó, desairosamente para eliracundo prelado, por fallo del Consejo de Indias.

Lorente, en su Historia, habla de un acontecimiento que tiene algunasemejanza con el proceso del falso nuncio de Portugal.

«Un pobregallego—dice—que había venido en clase de soldado y ejercido despuéslos poco lucrativos oficios de mercachifle y corredor de muebles,cargado de familia, necesidades y años, se acordó que era hijo naturalde un hermano del cardenal patriarca, presidente del Consejo deCastilla, y para explotar la necedad de los ricos, fingió recibir cartasdel rey y de otros encumbrados personajes, las que hacía contestar porun religioso de la Merced.

La superchería no podía ser más grosera, ysin embargo engañó con ella a varias personas. Descubierta la imposturay amenazado con el tormento, hubo de declararlo todo. Su farsa seconsideró como crimen de Estado, y por circunstancias atenuantes saliócondenado a diez años de presidio, enviándose para España, bajo partidade registro, a su cómplice el religioso».

El sabio don Hipólito Unanue que con el seudónimo de Aristeo escribióeruditos artículos en el famoso Mercurio peruano; el elocuentemercedario fray Cipriano Jerónimo Calatayud, que firmaba sus escritos enel mismo periódico con el nombre de Sofronio; el egregio médicoDávalos, tan ensalzado por la Universidad de Montpellier; el clérigoRodríguez de Mendoza, llamado por su vasta ciencia el Bacón del Perú yque durante treinta años fué rector de San Carlos; el poeta andaluzTerralla y Landa, y otros hombres no menos esclarecidos formaban latertulia de su excelencia, quien, a pesar de su ilustración y delprestigio de tan inteligente círculo, dictó severas órdenes para impedirque se introdujesen en el país las obras de los enciclopedistas.

Este virrey, tan apasionado por el cáustico y libertino poeta de lasadivinanzas, no pudo soportar que el religioso de San Agustín fray JuanAlcedo le llevase personalmente y recomendase la lectura de unmanuscrito. Era éste una sátira, en medianos versos, sobre la conductade los españoles en América.

Su excelencia calificó la pretensión dedesacato a su persona, y el pobre hijo de Apolo fué desterrado a lametrópoli para escarmiento de frailes murmuradores y de poetas deaguachirle.

El caballero de Croix se embarcó para España el 7 de abril de 1790, ymurió en Madrid en 1791 a poco de su llegada a la patria.

III

¿Hay

huevos?

A la otra esquina por ellos.

(Popular).

Pues, señores, ya que he escrito el resumen de la historiaadministrativa del gobernante, no dejaré en el tintero, pues con suexcelencia se relaciona, el origen de un juego que conocen todos losmuchachos de Lima. Nada pondré de mi estuche, que hombre verídico es elcompañero de La Broma[3] que me hizo el relato que van ustedes aleer.

Es el caso que el excelentísimo señor don Teodoro de Croix tenía lacostumbre de almorzar diariamente cuatro huevos frescos pasados por aguacaliente; y era sobre este punto tan delicado, que su mayordomo, Juliánde Córdova y Soriano, estaba encargado de escoger y comprar él mismo loshuevos todas las mañanas.

Mas si el virrey era delicado, el mayordomo llevaba la cansera y laavaricia hasta el punto de regatear con los pulperos para economizar unpiquillo en la compra; pero al mismo tiempo que esto intentaba había deescoger los huevos más grandes y más pesados, para cuyo examen llevabaun anillo y ponía además los huevos en la balanza. Si un huevo pasabapor el anillo o pesaba un adarme menos que otro, lo dejaba.

Tanto llegó a fastidiar a los pulperos de la esquina del Arzobispo,esquina de Palacio, esquina de las Mantas y esquina de Judíos, queencontrándose éstos un día reunidos en Cabildo para elegir balanceador,recayó la conversación sobre el mayordomo don Julián de Córdova ySoriano, y los susodichos pulperos acordaron no venderle más huevos.

Al día siguiente al del acuerdo presentóse don Julián en una de laspulperías, y el mozo le dijo:—No hay huevos, señor don Julián. Vaya sumerced a la otra esquina por ellos.

Recibió el mayordomo igual contestación en las cuatro esquinas, y tuvoque ir más lejos para hacer su compra. Al cabo de poco tiempo, lospulperos de ocho manzanas a la redonda de la plaza estaban fastidiadosdel cominero don Julián y adoptaron el mismo acuerdo de sus cuatrocamaradas.

No faltó quien contara al virrey los trotes y apuros de su mayordomopara conseguir huevos frescos, y un día que estaba su excelencia de buenhumor le dijo:

—Julián, ¿en dónde compraste hoy los huevos?

—En la esquina de San Andrés.

—Pues mañana irás a la otra esquina por ellos.

—Segurito, señor, y ha de llegar día en que tenga que ir a buscarlos aJetafe.

Contado el origen del infantil juego de los huevos, paréceme que puedodejar en paz al virrey y seguir con la tradición.

IV

Dice un refrán que la mula y la paciencia se fatigan si hay apuro, y lomismo pensamos del amor. Benedicta y Aquilino se dieron tanta prisa que,medio año después de la escapatoria, hastiado el galán se despidió a lafrancesa, esto es, sin decir abur y ahí queda el queso para que se loalmuercen los ratones, y fué a dar con su humanidad en el Cerro dePasco, mineral boyante a la sazón. Benedicta pasó días y semanasesperando la vuelta del humo o, lo que es lo mismo, la del ingrato quele dejaba más desnuda que cerrojo; hasta que, convencida de sudesgracia, resolvió no volver al hogar de la tía, sino arrendar unentresuelo en la calle de la Alameda.

En su nueva morada era por demás misteriosa la existencia de nuestragatita. Vivía encerrada, y evitando entrar en relaciones con lavecindad. Los domingos salía a misa de alba, compraba sus provisionespara la semana y no volvía a pisar la calle hasta el jueves, alanochecer, para entregar y recibir trabajo. Benedicta era costurera dela marquesa de Sotoflorido, con sueldo de ocho pesos semanales.

Pero por retraída que fuese la vida de Benedicta y por mucho que alsalir rebujase el rostro entre los pliegues del manto, no debió latapada parecerle costal de paja a un vecino del cuarto de reja, quiendió en la flor siempre que la atisbaba, de dispararla a quemarropa unpar de chicoleos, entremezclados con suspiros, capaces de sacar dequicio a una estatua de piedra berroqueña.

Hay nombres que parecen una ironía, y uno de ellos era el del vecinoFortunato, que bien podía, en punto a femeniles conquistas, pasar por elmás infortunado de los mortales. Tenía hormiguillo por todas lasmuchachas de la feligresía de San Lázaro, y así se desmerecían yocupaban ellas de él como del gallo de la Pasión que, con arrozgraneado, ají mirasol y culantrillo, debió ser guiso de chuparse losdedos.

Era el tal—no el gallo de la Pasión, sino Fortunato—, lo que seconoce por un pobre diablo, no mal empatillado y de buena cepa, como quepasaba por hijo natural del conde de Pozosdulces. Servía de amanuense enla escribanía mayor del gobierno, cuyo cargo de escribano mayor eradesempeñado entonces por el marqués de Salinas, quien pagaba a nuestrojoven veinte duros al mes, le daba por pascua del Niño Dios un decenteaguinaldo y se hacía de la vista gorda cuando era asunto de que elmocito agenciase lo que en tecnicismo burocrático se llama buscaslegales.

Forzoso es decir que Benedicta jamás paró mientes en los arrumacos delvecino, ni lo miró a hurtadillas y ni siquiera desplegó los labios paradesahuciarlo, diciéndole: «Perdone, hermano, y toque a otra puerta, quelo que es en ésta no se da posada al peregrino».

Mas una noche, al regresar la joven de hacer entrega de costuras, hallóa Fortunato bajo el dintel de la casa, y antes de que éste le endilgaseuno de sus habituales piropos, ella con voz dulce y argentina como unalluvia de perlas y que al amartelado mancebo debió parecerle músicacelestial, le dijo:

—Buenas noches, vecino.

El plumario, que era mozo muy socarrón y amigo de donaires, díjose parael cuello de su camisa:—Al fin ha arriado bandera esta prójima y quiereparlamentar. Decididamente tengo mucho aquel y mucho garabato para lashembras, y a la que le guiño el ojo izquierdo, que es el del corazón,no le queda más recurso que darse por derrotada.

Yo

domino

de

todas

la

arrogancia,

conmigo no hay Sagunto ni Numancia...

Y con airecillo de terne y de conquistador, siguió sin más circunloquiosa la costurera hasta la puerta del entresuelo. La llave era dura, y elmocito, a fuer de cortés, no podía permitir que la niña se maltratase lamano. La gratitud por tan magno servicio exigía que Benedicta, entreruborosa y complacida, murmurase un—Pase usted adelante, aunque la casano es como para la persona.

Suponemos que esto o cosa parecida sucedería, y que Fortunato no se dejódecir dos veces que le permitían entrar en la gloria, que tal es paratodo enamorado una mano de conversación a solas con una chica como unpiñón de almendra. El estuvo apasionado y decidor:

Las

palabras

amorosas

son

las

cuentas

de

un

collar,

en

saliendo

la

primera

salen todas las demás.

Ella, con palabritas cortadas y melindres, dió a entender que su corazónno era de cal y ladrillo; pero que como los hombres son tan pícaros yreveseros, había que dar largas y cobrar confianza, antes de aventurarseen un juego en que casi siempre todos los naipes se vuelven malillas. Eljuró, por un calvario de cruces, no sólo amarla eternamente, sino lasdemás paparruchas que es de práctica jurar en casos tales, y parafestejar la aventura añadió que en su cuarto tenía dos botellas delriquísimo moscatel que había venido de regalo para su excelencia elvirrey. Y rápido como un cohete descendió y volvió a subir, armado delas susodichas limetas.

Fortunato no daba la victoria por un ochavo menos. La familia quehabitaba en el principal se encontraba en el campo, y no había que temerni el pretexto del escándalo. Adán y Eva no estuvieron más solos en elparaíso cuando se concertaron para aquella jugarreta cuyasconsecuencias, sin comerlo ni beberlo, está pagando la prole, y siglosvan y siglos vienen sin que la deuda se finiquite. Por otra parte, elgalán contaba con el refuerzo del moscatelillo, y como reza el refrán,de menos hizo Dios a Cañete y lo deshizo de un puñete.

Apuraba ya la segunda copa, buscando en ella bríos para emprender unataque decisivo, cuando en el reloj del Puente empezaron a sonar lascampanas de las diez, y Benedicta con gran agitación y congoja exclamó:

—¡Dios mío! ¡Estamos perdidos! Entre usted en este otro cuarto y sucedalo que sucediere, ni una palabra ni intente salir hasta que yo lobusque.

Fortunato no se distinguía por la bravura y de buena gana habría queridotocar de suela; pero sintiendo pasos en el patio, la carne se le volvióde gallina, y con la docilidad de un niño se dejó encerrar en lahabitación contigua.

V

Abramos un corto paréntesis para referir lo que había pasado pocas horasantes.

A las siete de la noche, cruzando Benedicta por la esquina de Palacio,se encontró con Aquilino. Ella, lejos de reprocharle su conducta, lehabló con cariño, y en gracia de la brevedad diremos que, como dondehubo fuego siempre quedan cenizas, el amante solicitó y obtuvo una citapara las diez de la noche.

Benedicta sabía que el ingrato la había abandonado para casarse con lahija de un rico minero; y desde entonces juró en Dios y en su ánimavivir para la venganza. Al encontrarse aquella noche con Aquilino yacordarle una cita, la fecunda imaginación de la mujer trazó rápidamentesu plan. Necesitaba un cómplice, se acordó del plumario, y he aquí elsecreto de su repentina coquetería para con Fortunato.

Ahora volvamos al entresuelo.

VI

Entre los dos reconciliados amantes no hubo quejas ni recriminaciones,sino frases de amor. Ni una palabra sobre lo pasado, nada sobre ladeslealtad del joven que nuevamente la engañaba, callándola que ya noera libre y prometiéndola no separarse más de ella. Benedicta fingiócreerlo y lo embriagaba de caricias para mejor afianzar su venganza.

Entretanto el moscatel desempeñaba una función terrible.

Benedicta habíaechado un narcótico en la copa de su seductor.

Aquí cabe el refrán: másmató la cena que curó Avicena.

Rendido Leuro al soporífero influjo, la joven lo ató con fuertesligaduras a las columnas de su lecho, sacó un puñal, y esperó impasibledurante una hora a que empezara a desvanecerse el poder narcótico.

A las doce mojó su pañuelo en vinagre, lo pasó por la frente delnarcotizado, y entonces principió la horrible tragedia.

Benedicta era tribunal y verdugo.

Enrostró a Aquilino la villanía de su conducta, rechazó sus descargos yluego le dijo:

—¡Estás sentenciado! Tienes un minuto para pensar en Dios.

Y con mano segura hundió el acero en el corazón del hombre a quien tantohabía amado...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El pobre amanuense temblaba como la hoja del árbol. Había oído y vistotodo por un agujero de la puerta.

Benedicta, realizada su venganza, dió vuelta a la llave y lo sacó delencierro.

—Si aspiras a mi amor—le dijo—empieza por ser mi cómplice. El premiolo tendrás cuando este cadáver haya desaparecido de aquí. La calle estádesierta, la noche es lóbrega, el río corre en frente de la casa... Veny ayúdame.

Y para vencer toda vacilación en el ánimo del acobardado mancebo,aquella mujer, alma de demonio encarnada en la figura de un ángel, dióun salto como la pantera que se lanza sobre su presa y estampó un besode fuego en los labios de Fortunato.

La fascinación fué completa. Ese beso llevó a la sangre y a laconciencia del joven el contagio del crimen.

Si hoy, con los faroles de gas y el crecido personal de agentes depolicía, es empresa de guapos aventurarse después de las ocho de lanoche por la Alameda de Acho, imagínese el lector lo que sería ese sitioen el siglo pasado y cuando sólo en 1776 se había establecido elalumbrado para las calles centrales de la ciudad.

La obscuridad de aquella noche era espantosa. No parecía sino que lanaturaleza tomaba su parte de complicidad en el crimen.

Entreabrióse el postigo de la casa, y por él salió cautelosamenteFortunato, llevando al hombro, cosido en una manta, el cadáver deAquilino. Benedicta lo seguía, y mientras con una mano lo ayudaba asostener el peso, con la otra, armada de una aguja con hilo grueso,cosía la manta a la casaca del joven. La zozobra de éste y las tinieblasservían de auxiliares a un nuevo delito.

Las sombras vivientes llegaron al pie del parapeto del río.

Fortunato, con su fúnebre carga sobre los hombros, subió el tramo deadobes y se inclinó para arrojar el cadáver.

¡Horror!... El muerto arrastró en su caída al vivo.

Tres días después unos pescadores encontraron en las playas de Bocanegrael cuerpo del infortunado Fortunato. Su padre, el conde de Pozosdulces,y su jefe, el marqués de Salinas, recelando que el joven hubiera sidovíctima de algún enemigo, hicieron aprehender a un individuo sobre elque recaían no sabemos qué sospechas de mala voluntad para con eldifunto.

Y corrían los meses y la causa iba con pies de plomo, y el pobre diablose encontraba metido en un dédalo de acusaciones, y el fiscal veíapruebas clarísimas en donde todos hallaban el caos, y el juez vacilaba,para dar sentencia, entre horca y presidio.

Pero la Providencia que vela por los inocentes, tiene resortesmisteriosos para hacer la luz sobre el crimen.

Benedicta, moribunda y devorada por el remordimiento, reveló todo a unsacerdote, rogándole que para salvar al encarcelado hiciese pública suconfesión; y he aquí cómo en la forma de proceso ha venido a caer bajonuestra pluma de cronista la sombría leyenda de la Gatita deMari-Ramos.

¡A LA CÁRCEL TODO CRISTO!

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY INGLÉS

I

Por los años de 1752 recorría las calles de Lima un buhonero o mercachifle, hombre de mediana talla, grueso, de manos y faccionestoscas, pelo rubio, color casi alabastrino y que representaba muy pocomás de veinte años. Era irlandés, hijo de pobres labradores y, según subiógrafo Lavalle, pasó los primeros años de su vida conduciendo haces deleña para la cocina del castillo da Dungán, residencia de la condesa deBective, hasta que un su tío, padre jesuíta de un convento de Cádiz, lollamó a su lado, lo educó medianamente, y viéndolo decidido por elcomercio más que por el santo hábito, lo envió a América con unapacotilla.

Ño Ambrosio el inglés, como llamaban las limeñas al mercachifle,convencido de que el comercio de cintas, agujas, blondas, dedales yotras chucherías no le produciría nunca para hacer caldo gordo, resolviópasar a Chile, donde consiguió por la influencia de un médico irlandésmuy relacionado en Santiago, que con el carácter de ingeniero delineadorlo empleasen en la construcción de albergues o casitas para abrigo delos correos que, al través de la cordillera, conducían lacorrespondencia entre Chile y Buenos Aires.

Ocupábase en llenar concienzudamente su compromiso, cuando acaeció unaformidable invasión de los araucanos, y para rechazarla organizó elcapitán general, entre otras fuerzas, una compañía de voluntariosextranjeros, cuyo mando se acordó a nuestro flamante ingeniero. Lacampaña le dió honra y provecho; y sucesivamente el rey le confirió losgrados de capitán de dragones, teniente coronel, coronel y brigadier; yen 1785, al ascenderlo a mariscal de campo, lo invistió con el carácterde presidente de la Audiencia, gobernador y capitán general del reino deChile.

Ni tenemos los suficientes datos, ni la forma ligera de nuestrastradiciones nos permite historiar los diez años del memorable gobiernode don Ambrosio O'Higgins. La fortaleza del Barón, en Valparaíso, ymultitud da obras públicas hacen su nombre imperecedero en Chile.

Habiendo reconquistado la ciudad de Osorno del poder de los araucanos,el monarca lo nombró marqués de Osorno, lo ascendió a teniente general ylo trasladó al Perú como virrey, en reemplazo del bailío don FranciscoGil y Lemus de Toledo y Villamarín, caballero profesor de la orden deSan Juan, comendador del Puente Orgivo y teniente general de la realarmada.

En 5 de junio de 1796 se encargó O'Higgins del mando. Bajo su brevegobierno se empedraron las calles y concluyeron las torres de laCatedral de Lima, se creó la sociedad de Beneficencia, y seestablecieron fábricas de tejidos. La portada, alameda y caminocarretero del Callao fueron también obra de su administración.

En su época se incorporó al Perú la intendencia de Puno, que habíaestado sujeta al virreinato de Buenos Aires, y fué separado Chile de lajurisdicción del virreinato del Perú.

La alianza que por el tratado de San Ildefonso, después de la campañadel Rosellón, celebró con Francia el ministro don Manuel Godoy, duque deAcudía y príncipe de la Paz, trajo como consecuencia la guerra entreEspaña e Inglaterra.

O'Higgins envió a la corona siete millones de pesoscon los que el Perú contribuyó, más que a las necesidades de la guerra,al lujo de los cortesanos y a los placeres de Godoy y de su real mancebaMaría Luisa.

Rápida, pero fructuosa en bienes, fué la administración de O'Higgins, aquien llamaban en Lima el virrey inglés. Falleció el 18 de marzo de1800, y fué enterrado en las bóvedas de la iglesia de San Pedro.

II

Grande era la desmoralización de Lima cuando O'Higgins entró a ejercerel mando. Según el censo mandado formar por el virrey-bailío Gil yLemus, contaba la ciudad en el recinto de sus murallas 52.627habitantes, y para tan reducida población excedía de setecientos elnúmero de carruajes particulares que, con ricos arneses y soberbiostroncos, se ostentaban en el paseo de la Alameda. Tal exceso de lujobasta a revelarnos que la moralidad social no podía rayar muy alto.

Los robos, asesinatos y otros escándalos nocturnos se multiplicaban ypara remediarlos juzgó oportuno su excelencia promulgar bandos,previniendo que sería aposentado en la cárcel todo el que después de lasdiez de la noche fuese encontrado en la calle por las comisiones deronda. Las compañías de encapados o agentes de policía, establecidaspor el virrey Amat, recibieron aumento y mejora en el personal con elnombramiento de capitanes, que recayó en personas notables.

Pero los bandos se quedaban escritos en las esquinas, y los desórdenesno disminuían. Precisamente los jóvenes de la nobleza colonial hacíangala de ser los primeros infractores. El pueblo tomaba ejemplo de ellos;y viendo el virrey que no había forma de extirpar el mal, llamó un día alos cinco capitanes de las compañías de encapados.

—Tengo noticias, señores—les dijo—que ustedes llevan a la cárcel sóloa los pobres diablos que no tienen padrino que les valga; pero quecuando se trata de uno de los marquesitos o condesitos que andanescandalizando el vecindario con escalamientos, serenatas, estocadas yholgorios, vienen las contemporizaciones y se hacen ustedes de la vistagorda. Yo quiero que la justicia no tenga dos pesas y dos medidas, sinoque sea igual para grandes y chicos. Téngalo ustedes así por entendido,y después de las diez de la noche... ¡a la cárcel todo Cristo!

Antes de proseguir refiramos, pues viene a pelo, el origen del refránpopular a la cárcel todo Cristo. Cuentan que en un pueblecito deAndalucía se sacó una procesión de penitencia, en la que muchos devotossalieron vestidos con túnica nazarena y llevando al hombro una pesadacruz de madera. Parece que uno de los parodiadores de Cristo empujómaliciosamente a otro compañero, que no tenía aguachirle en las venas yque, olvidando la mansedumbre a que lo comprometía su papel, sacó arelucir la navaja. Los demás penitentes tomaron cartas en el juego yanduvieron a mojicón cerrado y puñalada limpia, hasta que apareciéndoseel alcalde, dijo:—¡A la cárcel todo Cristo!

Probablemente don Ambrosio O'Higgins se acordó del cuento cuando, alsermonear a los capitanes, terminó la reprimenda empleando las palabrasdel alcalde andaluz.

Aquella noche quiso su excelencia convencerse personalmente de la maneracomo se obedecían sus prescripciones. Después de las once y cuandoestaba la ciudad en plena tiniebla, embozóse el virrey en su capa ysalió de palacio.

A poco andar tropezó con una ronda; mas reconociéndolo el capitán lodejó seguir tranquilamente, murmurando:

—¡Vamos, ya pareció aquello! También su excelencia anda en galanteo, ypor eso no quiere que los demás tengan un arreglillo y se diviertan.Está visto que el oficio de virrey tiene más gangas que el testamentodel moqueguano.

Esta frase pide a gritos explicación. Hubo en Moquegua un ricachonombrado don Cristóbal Cugate, a quien su mujer, que era de la piel deldiablo, hizo pasar la pena negra. Estando el infeliz en laspostrimerías, pensó que era imposible comiese pan en el mundo hombre degenio tan manso como el suyo, y que otro cualquiera, con la décima partede lo que él había soportado, le habría aplicado diez palizas a suconjunta.

—Es preciso que haya quien me vengue—díjose el moribundo; y haciendovenir un escribano, dictó su testamento, dejando a aquella arpía porheredera de su fortuna, con la condición de que había de contraersegundas nupcias antes de cumplirse los seis meses de su muerte, y de noverificarlo así, era su voluntad que pasase la herencia a un hospital.

Mujer joven, no mal laminada, rica y autorizada para dar prontoreemplazó al difunto—decían los moqueguanos—,¡qué gangas detestamento! Y el dicho pasó a refrán.

Y el virrey encontró otras tres rondas, y los capitanes le dieron lasbuenas noches, y le preguntaron si quería ser acompañado, y sederritieron en cortesías, y le dejaron libre el paso.

Sonaron las dos, y el virrey, cansado del ejercicio, se retiraba ya adormir, cuando le dió en la cara la luz del farolillo de la quintaronda, cuyo capitán era don Juan Pedro Lostaunau.

—¡Alto! ¿Quien vive?

—Soy yo, don Juan Pedro, el virrey.

—No conozco al virrey en la calle después de las diez de la noche. ¡Alcentro el vagabundo!

—Pero, señor capitán...

—¡¡Nada!! El bando es bando y ¡a la cárcel todo Cristo!

Al día siguiente quedaron destituidos de sus empleos los cuatrocapitanes que, por respeto, no habían arrestado al virrey; y los que losreemplazaron fueron bastante enérgicos para no andarse encontemplaciones, poniendo, en breve, término a los desórdenes.

El hecho es que pasó la noche en el calabozo de la cárcel de laPescadería, como cualquier pelafustán, todo un don Ambrosio O'Higgins,marqués de Osorno, barón de Ballenari, teniente general de los realesejércitos, y trigésimo sexto virrey del Perú por su majestad don CarlosIV.

NADIE SE MUERE HASTA QUE DIOS QUIERE

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL TRIGÉSIMO SÉPTIMO VIRREY DEL

PERÚ

I

Cuentan que un fraile con ribetes de tuno y de filósofo, administrandoel sacramento del matrimonio, le dijo al varón: Ahí

te

entrego

esa

mujer:

trátala

como

a

mula

de

alquiler,

mucho garrote y poco de comer.

Otro que tal debió ser el que casó en Lima al platero Román, sólo quecambió de frenos y dijo a la mujer:

Ahí

tienes

ese

marido:

trátalo

como

a

buey

al

yugo

uncido

y procura que se ahorque de aburrido.

Viven aún personas que conocieron y trataron al platero, a quienllamaremos Román; pues causa existe para no estampar en letras de moldesu nombre verdadero. El presente sucedido es popularísimo en Lima y telo referirá, lector, con puntos y comas, el primer octogenario con quientropieces por esas calles.

La mujer de Román, si bien honradísima hembra en punto a fidelidadconyugal, tenía las peores cualidades apetecibles en una hija de Eva.Amiga del boato, manirrota, terca y regañona, atosigaba al pobrete delmarido con exigencias de dinero; y aquello no era casa, ni hogar, niCristo que lo fundó, sino trasunto vivo del infierno. Ni se dabaescobada, ni se zurcían las calcetas del pagano, ni se cuidaba delpuchero, y todo, en fin, andaba a la bolina. Madama no pensaba sino endijes y faralares, en bebendurrias y paseos.

A ese andar, la tienda y los haberes del marido se evaporaron en menosde lo que se persigna un cura loco, y con la pobreza estalló la guerracivil en esa república práctica que se llama matrimonio. Los cónyugesandaban siempre a pícame Pedro que picarte quiero. Por quítame allá estapaja se tiraban los cacharros a la cabeza, a riesgo de descalabrarse, yno quedaba silla con palo sano. A bien librar salía siempre el bonachóndel marido llevando en el rostro reminiscencias de las uñas de suconjunta persona.

Este matrimonio nos trae al magín un soneto que escribimos, allá por losalegres tiempos de nuestra mocedad, y que, pues la ocasión es tentadorapara endilgarlo, ahí va como el caballo de copas:

Caséme

por

mi

mal

con

una

indina,

fresca

como

la

pera

bergamota;

trájome

suegra

y

larga

familiota

y

por

dote

su

cara

peregrina.

A

trote

largo

mi

caudal

camina

a

sumergirse

en

una

sirte

ignota;

pronto

he

de

hacer

con

ella

bancarrota,

salvo

que

encuentre

una

boyante

mina.

Un

diablo

pedigüeño

anda

conmigo;

es

¡dame!

su

perenne

cantinela,

y

así

estoy

en

los

huesos,

caro

amigo.

¿Qué

me

dices?