Tradiciones Peruanas by Ricardo Palma - HTML preview

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Era la noche del 10 de febrero de 1678.

Su excelencia se encontraba arrodillado en el escabel que un lego delconvento tenía cuidado de alistarle frente al altar de la Virgen. Apocos pasos de él, y de pie junto a un escaño se hallaban el secretarioy el capitán de la escolta.

A pesar de la semiobscuridad del templo, llamó la atención del último unbulto que se recataba tras las columnas de la vasta nave. De pronto, lamisteriosa sombra se dirigió con pisada cautelosa hacia el escabel delvirrey; y acogotando a éste con la mano izquierda, lo arrojó al suelo, ala vez que en su derecha relucía un puñal.

Por dicha para el virrey, el capitán era un mancebo ágil y forzudo, quecon la mayor presteza se lanzó sobre el asesino y le sujetó por lamuñeca. El sacrílego bregaba desesperadamente con el puño de hierro deljoven, hasta que, agolpándose los frailes y devotos que se encontrabanen la iglesia, lograron quitarle el arma.

Aquel hombre era Juan de Villegas.

Prófugo del presidio, hacía una semana que se encontraba en Lima; ydesde su regreso no cesó de acechar en el templo al virrey, buscandoocasión propicia para asesinarlo.

Aquella misma noche se encomendó la causa al alcalde don Rodrigo deOdría, y tanta fué su actividad que, ocho días después, el cuerpo deVillegas se balanceaba como un racimo en la horca.

—¡Lástima de pícaro!—decía al pie del patíbulo don Rodrigo a sualguacil—. ¿No es verdad, Güerequeque, que siempre sostuve que estebellaco había de acabar muy alto?

—Con perdón de usiría—contestó el interpelado—, que ese palo es depoca altura para el merecimiento del bribón.

AMOR DE MADRE

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY «BRAZO DE PLATA»

(A Juana Manuela

Gorriti.)

Juzgamos conveniente alterar los nombres de los principales personajesde esta tradición, pecado venial que hemos cometido en La emplazada yalguna otra. Poco significan los nombres si se cuida de no falsear laverdad histórica; y bien barruntará el lector qué razón, y muy poderosa,habremos tenido para desbautizar prójimos.

I

En agosto de 1690 hizo su entrada en Lima el excelentísimo señor donMelchor Portocarrero Lazo de la Vega, conde de la Monclova, comendadorde Zarza en la Orden de Alcántara y vigésimo tercio virrey del Perú porsu majestad don Carlos II.

Además de su hija doña Josefa, y de sufamilia y servidumbre, acompañábanlo desde México, de cuyo gobierno fuétrasladado a estos reinos, algunos soldados españoles. Distinguíaseentre ellos, por su bizarro y marcial aspecto, don Fernando de Vergara,hijodalgo extremeño, capitán de gentileshombres lanzas; y contábase deél que entre las bellezas mexicanas no había dejado la reputaciónaustera de monje benedictino.

Pendenciero, jugador y amante de darguerra a las mujeres, era más que difícil hacerlo sentar la cabeza; y elvirrey, que le profesaba paternal afecto, se propuso en Lima casarlo desu mano, por ver si resultaba verdad aquello de estado mudacostumbres.

Evangelina Zamora, amén de su juventud y belleza, tenía prendas que lahacían el partido más codiciable de la ciudad de los Reyes. Su bisabuelohabía sido, después de Jerónimo de Aliaga, del alcalde Ribera, de Martínde Alcántara y de Diego Maldonado el Rico, uno de los conquistadores másfavorecidos por Pizarro con repartimientos en el valle del Rimac.

Elemperador le acordó el uso del Don, y algunos años después losvaliosos presentes que enviaba a la corona le alcanzaron la merced de unhábito de Santiago. Con un siglo a cuestas, rico y ennoblecido, pensónuestro conquistador que no tenía ya misión sobre este valle delágrimas, y en 1604 lió el petate, legando al mayorazgo, en propiedadesrústicas y urbanas, un caudal que se estimó entonces en un quinto demillón.

El abuelo y el padre de Evangelina acrecieron la herencia; y la joven sehalló huérfana a la edad de veinte años, bajo el amparo de un tutor yenvidiada por su riqueza.

Entre la modesta hija del conde de la Monclova y la opulenta limeña seestableció, en breve, la más cordial amistad.

Evangelina tuvo así motivopara encontrarse frecuentemente en palacio en sociedad con el capitán degentileshombres, que a fuer de galante no desperdició coyuntura parahacer su corte a la doncella; la que al fin, sin confesar la inclinaciónamorosa que el hidalgo extremeño había sabido hacer brotar en su pecho,escuchó con secreta complacencia la propuesta de matrimonio con donFernando. El intermediario era el virrey nada menos, y una joven biendoctrinada no podía inferir desaire a tan encumbrado padrino.

Durante los cinco primeros años de matrimonio, el capitán Vergara olvidósu antigua vida de disipación. Su esposa y sus hijos constituían toda sufelicidad: era, digámoslo así, un marido ejemplar.

Pero un día fatal hizo el diablo que don Fernando acompañase a su mujera una fiesta de familia, y que en ella hubiera una sala, donde no sólose jugaba la clásica malilla abarrotada, sino que, alrededor de unamesa con tapete verde, se hallaban congregados muchos devotos de losculbículos. La pasión del juego estaba sólo adormecida en el alma delcapitán, y no es extraño que a la vista de los dados se despertase conmayor fuerza. Jugó, y con tan aviesa fortuna, que perdió en esa nocheveinte mil pesos.

Desde esa hora, el esposo modelo cambió por completo su manera de ser, yvolvió a la febricitante existencia del jugador.

Mostrándosele la suertecada día más rebelde, tuvo que mermar la hacienda de su mujer y de sushijos para hacer frente a las pérdidas, y lanzarse en ese abismo sinfondo que se llama el desquite.

Entre sus compañeros de vicio había un joven, marqués a quien los dadosfavorecían con tenacidad, y don Fernando tomó a capricho luchar contratan loca fortuna. Muchas noches lo llevaba a cenar a la casa deEvangelina y, terminada la cena, los dos amigos se encerraban en unahabitación a descamisarse, palabra que en el tecnicismo de losjugadores tiene una repugnante exactitud.

Decididamente, el jugador y el loco son una misma entidad. Si algoempequeñece, a mi juicio, la figura histórica del emperador Augusto esque, según Suetonio, después de cenar jugaba a pares y nones.

En vano Evangelina se esforzaba para apartar del precipicio aldesenfrenado jugador. Lágrimas y ternezas, enojos y reconciliacionesfueron inútiles. La mujer honrada no tiene otras armas que emplear sobreel corazón del hombre amado.

Una noche la infeliz esposa se encontraba ya recogida en su lecho,cuando la despertó don Fernando pidiéndole el anillo nupcial. Era ésteun brillante de crecidísimo valor. Evangelina se sobresaltó; pero sumarido calmó su zozobra, diciéndola que trataba sólo de satisfacer lacuriosidad de unos amigos que dudaban del mérito de la preciosa alhaja.

¿Qué había pasado en la habitación donde se encontraban los rivales detapete? Don Fernando perdía una gran suma, y no teniendo ya prenda quejugar, se acordó del espléndido anillo de su esposa.

La desgracia es inexorable. La valiosa alhaja lucía pocos minutos mástarde en el dedo anular del ganancioso marqués.

Don Fernando se estremeció de vergüenza y remordimiento.

Despidióse elmarqués, y Vergara lo acompañaba a la sala; pero al llegar a ésta,volvió la cabeza hacia una mampara que comunicaba al dormitorio deEvangelina, y al través de los cristales vióla sollozando de rodillasante una imagen de María.

Un vértigo horrible se apoderó del espíritu de don Fernando, y rápidocomo el tigre, se abalanzó sobre el marqués y le dió tres puñaladas porla espalda.

El desventurado huyó hacia el dormitorio, y cayó exánime delante dellecho de Evangelina.

II

El conde de la Monclova, muy joven a la sazón, mandaba una compañía enla batalla de Arras, dada en 1654. Su denuedo lo arrastró a lo másreñido de la pelea, y fué retirado del campo casi moribundo.Restablecióse al fin, pero con pérdida del brazo derecho, que hubonecesidad de amputarle. El lo substituyó con otro plateado, y de aquívino el apodo con que, en México y en Lima lo bautizaron.

El virrey Brazo de plata, en cuyo escudo de armas se leía este mote: Ave María gratia plena, sucedió en el gobierno del Perú al ilustre donMelchor de Navarra y Rocafull. «Con igual prestigio que su antecesor,aunque con menos dotes administrativas—dice Lorente—, de costumbrespuras, religioso, conciliador y moderado, el conde de la Monclovaedificaba al pueblo con su ejemplo, y los necesitados le hallaronsiempre pronto a dar de limosna sus sueldos y las rentas de su casa».

En los quince años y cuatro meses que duró el gobierno de Brazo deplata, período a que ni hasta entonces ni después llegó ningún virrey,disfrutó el país de completa paz; la administración fué ordenada, y seedificaron en Lima magníficas casas. Verdad que el tesoro público noanduvo muy floreciente; pero por causas extrañas a la política. Lasprocesiones y fiestas religiosas de entonces recordaban, por sumagnificencia y lujo, los tiempos del conde de Lemos. Los portales, consus ochenta y cinco arcos, cuya fábrica se hizo con gasto de veinticincomil pesos, el Cabildo y la galería de palacio fueron obras de esa época.

En 1694 nació en Lima un monstruo con dos cabezas y rostros hermosos,dos corazones, cuatro brazos y dos pechos unidos por un cartílago. De lacintura a los pies poco tenía de fenomenal, y el enciclopédico limeñodon Pedro de Peralta escribió con el título de Desvíos de lanaturaleza un curioso libro, en que, a la vez que hace una descripciónanatómica del monstruo, se empeña en probar que estaba dotado de dosalmas.

Muerto Carlos el Hechizado en 1700, Felipe V, que lo sucedió,recompensó al conde de la Monclova haciéndolo grande de España.

Enfermo, octogenario y cansado del mando, el virrey Brazo de plata instaba a la corte para que se le reemplazase. Sin ver logrado estedeseo, falleció el conde de la Monclova el 22 de septiembre de 1702,siendo sepultado en la Catedral; y su sucesor, el marqués de CasteldosRíus, no llegó a Lima sino en junio de 1707.

Doña Josefa, la hija del conde de la Monclova, siguió habitando enpalacio después de la muerte del virrey; mas una noche, concertada yacon su confesor, el padre Alonso Mesía, se descolgó por una ventana ytomó asilo en las monjas de Santa Catalina, profesando con el hábito deSanta Rosa, cuyo monasterio se hallaba en fábrica. En mayo de 1710 setrasladó doña Josefa Portocarrero Lazo de la Vega al nuevo convento, delque fué la primera abadesa.

III

Cuatro meses después de su prisión, la Real Audiencia condenaba a muertea don Fernando de Vergara. Este desde el primer momento había declaradoque mató al marqués con alevosía, en un arranque de desesperación dejugador arruinado.

Ante tan franca confesión no quedaba al tribunal másque aplicar la pena.

Evangelina puso en juego todo resorte para libertar a su marido de unamuerte infamante; y en tal desconsuelo, llegó el día designado para elsuplicio del criminal. Entonces la abnegada y valerosa Evangelinaresolvió hacer, por amor al nombre de sus hijos, un sacrificio sinejemplo.

Vestida de duelo se presentó en el salón de palacio en momentos dehallarse el virrey conde de la Monclova en acuerdo con los oidores, yexpuso: que don Fernando había asesinado al marqués, amparado por laley; que ella era adúltera, y que, sorprendida por el esposo, huyó desus iras, recibiendo su cómplice justa muerte del ultrajado marido.

La frecuencia de las visitas del marqués a la casa de Evangelina, elanillo de ésta como gaje de amor en la mano del cadáver, las heridas porla espalda, la circunstancia de habérsele hallado al muerto al pie dellecho de la señora, y otros pequeños detalles eran motivos bastantespara que el virrey, dando crédito a la revelación, mandase suspender lasentencia.

El juez de la causa se constituyó en la cárcel para que don Fernandoratificara la declaración de su esposa. Mas apenas terminó el escribanola lectura, cuando Vergara, presa de mil encontrados sentimientos, lanzóuna espantosa carcajada.

¡El infeliz se había vuelto loco!

Pocos años después, la muerte cernía sus alas sobre el casto lecho de lanoble esposa, y un austero sacerdote prodigaba a la moribunda losconsuelos de la religión.

Los cuatro hijos de Evangelina esperaban arrodillados la postrerabendición maternal. Entonces la abnegada víctima, forzada por suconfesor, les reveló el tremendo secreto:—El mundo olvidará—lesdijo—el nombre de la mujer que os dió la vida; pero habría sidoimplacable para con vosotros si vuestro padre hubiese subido losescalones del cadalso. Dios, que lee en el cristal de mi conciencia,sabe que ante la sociedad perdí mi honra porque no os llamasen un díalos hijos del ajusticiado.

LUCAS EL SACRÍLEGO

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIGÉSIMONONO VIRREY DEL PERÚ

I

El que hubiera pasado por la plazuela de San Agustín a la hora de lasonce de la noche del 22 de octubre de 1743, habría visto un bulto sobrela cornisa de la fachada del templo, esforzándose a penetrar en él poruna estrecha claraboya. Grandes pruebas de agilidad y equilibrio tuvosin duda que realizar el escalador hasta encaramarse sobre la cornisa, yel cristiano que lo hubiese contemplado habría tenido que santiguarsetomándolo por el enemigo malo o por duende cuando menos. Y no seolvide que, por aquellos, tiempos, era de pública voz y fama que, enciertas noches, la plazuela de San Agustín era invadida por unaprocesión de ánimas del purgatorio con cirio en mano. Yo ni quito nipongo; pero sospecho que con la república y el gas les hemos metido elresuello a las ánimas benditas, que se están muy mohinas y quietas en elsitio donde a su Divina Majestad plugo ponerlas.

El atrio de la iglesia no tenía por entonces la magnífica verja dehierro que hoy la adorna, y la policía nocturna de la ciudad estaba enabandono tal, que era asaz difícil encontrar una ronda.

Los buenoshabitantes de Lima se encerraban en casita a las diez de la noche,después de apagar el farol de la puerta, y la población quedabasumergida en plena tiniebla, con gran contentamiento de gatos ylechuzas, de los devotos de la hacienda ajena y de la gente dada aamorosas empresas.

El avisado lector, que no puede creer en duendes ni en demonioscoronados, y que, como es de moda en estos tiempos de civilización,acaso no cree ni en Dios, habrá sospechado que es un ladrón el que seintroduce por la claraboya de la iglesia.

Piensa mal y acertarás.

En efecto. Nuestro hombre con auxilio de una cuerda se descolgó altemplo, y con paso resuelto se dirigió al altar mayor.

Yo no sé, lector, si alguna ocasión te has encontrado de noche en unvasto templo, sin más luz que la que despiden algunas lamparillascolocadas al pie de las efigies, y sintiendo el vuelo y el graznarfatídico de esas aves que anidan en las torres y bóvedas. De mí sé decirque nada ha producido en mi espíritu una impresión más sombría y solemnea la vez, y que por ello tengo a los sacristanes y monaguillos enopinión, no diré de santos, sino de ser los hombres de más hígados de lacristiandad.

¡Me río yo de los bravos de la Independencia!

Llegado nuestro hombre al sagrario, abrió el recamarín, sacó la Custodiaenvolvió en su pañuelo la Hostia divina, dejándola sobre el altar ysalió del templo por la misma claraboya que le había dado entrada.

Sólo dos días después, en la mañana del sábado 25, cuando debía hacersela renovación de la Forma, vino a descubrirse el robo. Habíadesaparecido el sol de oro, evaluado en más de cuarenta mil pesos, ycuyas ricas perlas, rubíes, brillantes, zafiros, ópalos y esmeraldaseran obsequio de las principales familias de Lima. Aunque el pedestalera también de oro v admirable como obra de arte, no despertó la codiciadel ladrón.

Fácil es imaginarse la conmoción que este sacrilegio causaría en eldevoto pueblo. Según refiere el erudito escritor del Diario de Lima,en los números del 4 y 5 de octubre de 1791, hubo procesión depenitencia, sermón sobre el texto de David: Exurge, Domine, et judicacausam tuam, constantes rogativas, prisión de legos y sacristanes, ycarteles fijando premios para quien denunciase al ladrón. Se cerraronlos coliseos y el duelo fué general cuando, corriendo los días sindescubrirse al delincuente, recurrió la autoridad eclesiástica altremendo resorte de leer censuras y apagar candelas.

Por su parte el marqués de Villagarcía, virrey del Perú, había llenadosu deber, dictando todas las providencias eme en su arbitrio estabanpara capturar al sacrílego. Los expresos a los corregidores y demásautoridades del virreinato se sucedieron sin tregua, hasta que a finesde noviembre llegó a Lima un alguacil del intendente de Huancavelica donJerónimo Solá, ex consejero de Indias, con pliegos en los que éstecomunicaba a su excelencia que el ladrón se hallaba aposentado en lacárcel y con su respectivo par de calcetas de Vizcaya. Bien dice elrefrán que entre bonete y almete se hacen cosas de copete.

Las campanas se echaron a vuelo, el teatro volvió a funcionar, losvecinos abandonaron el luto, y Lima se entregó a fiestas y regocijos.

II

Ciñéndonos al plan que hemos seguido en las TRADICIONES, viene aquí acuento una rápida reseña histórica de la época de mando delexcelentísimo señor don José de Mendoza Caamaño y Sotomayor, marqués deVillagarcía, de Monroy y de Cusano, conde de Barrantes y Señor de VistaAlegre, Rubianes y Villanueva vigésimonono virrey del Perú por sumajestad don Felipe V, y que, a la edad de sesenta años, se hizo cargodel gobierno de estos reinos en 4 de enero de 1736.

El marqués de Villagarcía se resistió mucho a aceptar el virreinato delPerú, y persuadiéndolo uno de los ministros del rey para que norechazase lo que tantos codiciaban, dijo:

—Señor, vueseñoría me ponga a los pies de Su Majestad, a quien venerocomo es justo y de ley, y represéntele que haciendo cuentas conmigomismo, he hallado que me conviene más vivir pobre hidalgo que morir ricovirrey.

El soberano encontró sin fundamento la excusa, y el nombrado tuvo queembarcarse para América.

Sucediendo al enérgico marqués de Castelfuerte, la ley de lascompensaciones exigía del nuevo virrey una política menos severa. Así, afuerza de sagacidad y moderación, pudo el de Villagarcía impedir quetomasen incremento las turbulencias de Oruro y mantener a raya alcuzqueño Juan Santos, que se había proclamado Inca.

No fué tan feliz con los almirantes ingleses Vernon y Jorge Andson, quecon sus piraterías alarmaban la costa. Haciendo grandes esfuerzos eimponiendo una contribución al comercio, logró el virrey alistar unaescuadra, cuyo jefe evitó siempre poner sus naves al alcance de loscañones ingleses, dando lugar a que Andson apresara el galeón de Manila,que llevaba un cargamento valuado en más de tres millones de pesos.

Bajo su gobierno fué cuando el mineral del Cerro de Pasco principió aadquirir la importancia de que hoy goza, y entre otros sucesos curiososde su época merecen consignarse la aurora boreal que se vió una noche enel Cuzco, y la muerte que dieron los fanáticos habitantes de Cuenca alcirujano de la expedición científica que a las órdenes del sabio LaCondamine visitó la América. Los sencillos naturales pensaron, al verunos extranjeros examinando el cielo con grandes telescopios, que esoshombres se ocupaban de hechicerías y malas artes.

A propósito de la venida de la comisión científica, leemos en unprecioso manuscrito que existe en la Biblioteca de Lima, titulado Viajeal globo de la luna, que el pueblo limeño bautizó a los ilustresmarinos españoles don Jorge Juan y don Antonio de Ulloa y a los sabiosfranceses Gaudin y La Condamine con el sobrenombre de los caballerosdel punto fijo, aludiendo a que se proponían determinar con fijeza lamagnitud y figura de la tierra.

Un pedante, creyendo que los cuatrocomisionados tenían la facultad de alejar de Lima cuanto quisiesen lalínea equinoccial, se echó a murmurar entre el pueblo ignorante contrael virrey marqués de Villagarcía, acusándolo de tacaño y menguado; puespor ahorrar un gasto de quince o veinte mil pesos que pudiera costar laobra, consentía en que la línea equinoccial se quedase como se estaba ylos vecinos expuestos a sufrir los recios calores del verano. Trabajilloparece que costó convencer al populacho de que aquel charlatán ensartabadisparates. Así lo refiere el autor anónimo del ya citado manuscrito.

Después de nueve años y medio de gobierno, y cuando menos lo esperaba,fué el virrey desairosamente relevado con el futuro conde de Superundaen julio de 1745. Este agravio afectó tanto al anciano marqués deVillagarcía, que regresando para España, a bordo del navío Héctor, murióen el mar, en la costa patagónica, en diciembre del mismo año.

III

Lucas de Valladolid era un mestizo, de la ciudad de Huamanga, queejercía en Lima el oficio de platero. Obra de sus manos eran las mejoresalhajas que a la sazón se fabricaban. Pero el maestro Lucas pecaba degeneroso, y en el juego, el vino y las mozas de partido derrochaba susganancias.

Los padres agustinos le dispensaban gran consideración, y el maestroLucas era uno de sus obligados comensales en los días de mantel largo.Nuestro platero conocía, pues, a palmos el convento y la iglesia,circunstancia que le sirvió para realizar el robo de la Custodia, talcomo lo dejamos referido.

Dueño de tan valiosa prenda, se dirigió con ella a su casa, desarmó elsol, fundió el oro y engarzó en anillos algunas piedras. Viendo laexcitación que su crimen había producido, se resolvió a abandonar laciudad y emprendió viaje a Huancavelica, enterrando antes en la faldadel San Cristóbal una parte de su riqueza.

La esposa del intendente Solá era limeña, y a ésta se presentó elmaestro Lucas ofreciéndole en venta seis magníficos anillos.

En uno deellos lucía una preciosa esmeralda, y examinándola la señora, exclamó:«¡Qué rareza! Esta piedra es idéntica a la que obsequié para la Custodiade San Agustín».

Turbóse el platero, y no tardó en despedirse.

Pocos minutos después entraba el intendente en la estancia de su esposa,y la participó que acababa de llegar un expreso de Lima con la noticiadel sacrílego robo.

—Pues, hijo mío—le interrumpió la señora—, hace un rato que he tenidoen casa al ladrón.

Con los informes de la intendenta procedióse en el acto a buscar almaestro Lucas; pero ya éste había abandonado la población. Redobláronselos esfuerzos y salieron inmediatamente algunos indios en todasdirecciones en busca del criminal, logrando aprehenderlo a tres leguasde distancia.

El sacrílego principió por una tenaz negativa; pero le aplicarongarrotillo en los pulgares o un cuarto de rueda, y canto de plano.

Cuando el virrey recibió el oficio del intendente de Hancavelicadespachó para guarda del reo una compañía de su escolta.

Llegado éste a Lima, en enero de 1744, costó gran trabajo impedir que elpueblo lo hiciese añicos. ¡Las justicias populares son cosa rancia porlo visto!

A los pocos días fué el ladrón puesto en capilla, y entonces solicitó lagracia de que se le acordasen cuatro meses para fabricar una Custodiasuperior en mérito a la que él había destruido. Los agustinosintercedieron y la gracia fué otorgada.

Las familias pudientes contribuyeron con oro y nuevas alhajas, y cuatromeses después, día por día, la Custodia, verdadera obra de arte, estabaconcluída. En este intervalo el maestro Lucas dió en su prisión tanpositivas muestras de arrepentimiento que le valieron la merced de quese le conmutase la pena.

Es decir, que en vez de achicharrarlo como a sacrílego, se le ahorcó muypulcramente como a ladrón.

RUDAMENTE, PULIDAMENTE, MAÑOSAMENTE

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY AMAT

I

En que el lector hace conocimiento con una hembra del coco, deRechupete y Tilín

Leonorcica Michel era lo que hoy llamaríamos una limeña de rompe yrasga, lo que en los tiempos del virrey Amat se conocía por una mocitadel tecum y de las que se amarran la liga encima de la rodilla.Veintisiete años con más mundo que el que descubrió Colón, colorsonrosado, ojos de más preguntas y respuestas que el catecismo, nariz deescribano por lo picaresca, labios retozones, y una tabla de pecho comopara asirse de ella un náufrago, tal era en compendio la muchacha.Añádase a estas perfecciones brevísimo pie, torneada pantorrilla,cintura estrecha, aire de taco y sandunguero, de esos que hacenestremecer hasta a los muertos del campo santo. La moza, en fin, no era boccato di cardinale, sino boccato de concilio ecuménico.

Paréceme que con el retrato basta y sobra para esperar mucho de esapieza de tela emplástica, que

era

como

el

canario

que

va

y

se

baña,

y

luego

se

sacude

con arte y maña.

Leonorcica, para colmo de venturanza, era casada con un honradísimopulpero español, más bruto que el que asó la manteca, y a la vez másmanso que todos los carneros juntos de la cristiandad y morería. Elpobrete no sabía otra cosa que aguar el vino, vender gato por liebre yganar en su comercio muy buenos cuartos, que su bellaca mujer seencargaba de gastar bonitamente en cintajos y faralares, no para másencariñar a su cónyuge, sino para engatusar a los oficiales de losregimientos del rey. A la chica, que de suyo era tornadiza, la habíaagarrado el diablo por la, milicia y... ¡échele usted un galgo a suhonestidad! Con razón decía uno:—Algo tendrá, el matrimonio, cuandonecesita bendición de cura.

El pazguato del marido, siempre que la sorprendía en gatuperios y juegosnada limpios con los militares, en vez de coger una tranca yderrengarla, se conformaba con decir:

—Mira, mujer, que no me gustan militronchos en casa y que un día mepican las pulgas y hago una que sea sonada.

—Pues mira, ¡arrastrado!, no tienes más que empezar—

contestaba lamozuela, puesta en jarras y mirando entre ceja y ceja a su víctima.

Cuentan que una vez fué el pulpero a querellarse ante el provisor y asolicitar divorcio, alegando que su conjunta lo trataba mal.

—¡Hombre de Dios! ¿Acaso te pega?—le preguntó su señoría.

—No, señor—contestó el pobre diablo—, no me pega..., pero me lapega.

Este marido era de la misma masa de aquel otro que cantaba: mi

mujer

me

han

robado

tres

días

ha:

ya

para

bromas

basta:

vuelvanmelá.

Al fin la cachaza tuvo su límite, y el marido hizo... una que fuésonada. ¿Perniquebró a su costilla? ¿Le rompió el bautismo a algúngalán? ¡Quia! Razonando filosóficamente, pensó que era tontuna perderseun hombre por perrerías de una mala pécora; que de hembras está máspoblado este pícaro mundo, y que como dijo no sé quién, las mujeres soncomo las ranas, que por una que zambulle salen cuatro a flor de agua.

De la noche a la mañana traspasó, pues, la pulpería, y con los realesque el negocio le produjo se trasladó a Chile, donde en Valdivia pusouna cantina.

¡Qué fortuna la de las anchovetas! En vez de ir al puchero se las dejatranquilamente en el agua.

Esta metáfora traducida a buen romance quiere decir que Leonorcica,lejos de lloriquear y tirarse de las greñas, tocó generala, revistó asus amigos de cuartel, y de entre ellos, sin más recancamusas, escogiópara amante de relumbrón al alférez del regimiento de Córdoba don JuanFrancisco Pulido, mocito que andaba siempre más emperejilado que rey debaraja fina.

II

Mano de Historia

Si ha caído bajo tu dominio, lector amable, mi primer libro deTRADICIONES,

habrás

hecho

conocimiento

con

el

excelentísimo señor donManuel Amat y Juniet, trigésimo primo virrey del Perú por su majestadFernando VI. Ampliaremos hoy las noticias históricas que sobre élteníamos consignadas.

La capitanía general de Chile fué, en el siglo pasado, un escalón parasubir al virreinato. Manso de Velazco, Amat, Jáuregui, O'Higgins yAvilés, después de haber gobernado en Chile, vinieron a ser virreyes delPerú.

A fines de 1761 se hizo Amat cargo del gobierno. «Traía—

dice unhistoriador—la reputación de activo, organizador, inteligente, rectohasta el rigorismo y muy celoso de los intereses públicos, sin olvidarla propia conveniencia». Su valor personal lo había puesto a prueba enuna sublevación de presos en Santiago. Amat entró solo en la cárcel, yrecibido a pedradas, contuvo con su espada a los rebeldes. Al otro díaahorcó docena y media de ellos. Como se ve, el hombre no se andaba conrepulgos.

Amat principió a ejercer el gobierno cuando hallándose más encarnizadala guerra de España con Inglaterra y Portugal, las colonias de Américarecelaban una invasión. El nuevo virrey atendió perfectamente a poner enpie de defensa la costa desde Panamá a Chile, y envió eficaces auxiliosde armas y dinero al Paraguay y Buenos Aires. Organizó en Lima miliciascívicas, que subieron a cinco mil hombres de infantería y dos mil decaballería, y él mismo se hizo reconocer por coronel del regimiento denobles, que contaba con cuatrocientas plazas.

Efectuada la paz, CarlosIII premió a Amat con la cruz de San Jenaro, y mandó a Lima veintidóshábitos de caballeros de diversas Ordenes para los vecinos que más sehabían distinguido por su entusiasmo en la formación, equipo ydisciplina de las milicias.

Bajo su gobierno se verificó el Concilio provincial de 1772, presididopor el arzobispo don Diego Parada, en que fueron confirmados los cánonesdel Concilio de Santo Toribio.

Hubo de curioso en este Concilio que habiendo investido Amat alfranciscano fray Juan de Marimón, su paisano, confesor y aun pariente,con el carácter de teólogo representante del real patronato, se vió enel conflicto de tener que destituirlo y desterrarlo por dos años aTrujillo. El padre Marimón, combatiendo en la sesión del 28 de febreroal obispo Espiñeyra y al crucífero Durán, que defendían la doctrina delprobabilismo, anduvo algo cáustico con sus adversarios. Llamado al ordenMarimón, contestó, dando una palmada sobre la tribuna:—

Nada de gritos,ilustrísimo señor, que respetos guardan respetos, y si su señoría vuelvea gritarme, yo tengo pulmón más fuerte y le sacaré ventaja—. En uno delos volúmenes de Papeles varios de la Biblioteca de Lima se encuentranun opúsculo del padre agonizante Durán, una carta del obispo fray PedroÁngel de Espiñeyra, el decreto de Amat y una réplica de Marimón, asícomo el sermón que pronunció éste en las exequias del padre Pachi,muerto en olor de santidad.

El virrey, cuyo liberalismo en materia religiosa se adelantaba a suépoca, influyó, aunque sin éxito, para que se obligase a los frailes ahacer vida común y a reformar sus costumbres, que no eran ciertamenteevangélicas. Lima encerraba entonces entre sus murallas la bicoca de miltrescientos frailes, y los monasterios de monjas de pigricia desetecientas mujeres.

Para espiar a los frailes que andaban en malos pasos por los barrios deAbajo el Puente, hizo Amat construir el balcón de palacio que da a laplazuela de los Desamparados, y se pasaba muchas horas escondido tras delas celosías.

Algún motivo de tirria debieron darle los frailes de la Merced, puessiempre que divisaba hábito de esa comunidad murmuraba entre dientes:«¡Buen blanco!» Los que lo oían pensaban que el virrey se refería a latela del traje, hasta que un curioso se atrevió a pedirle aclaración, yentonces dijo Amat: «¡Buen blanco para una bala de cañón!»

En otra ocasión hemos hablado de las medidas prudentes y acertadas quetomó Amat para cumplir la real orden por la que fueron expulsados losmiembros de la Compañía de Jesús. El virrey inauguró inmediatamente enel local del colegio de los jesuítas el famoso Convictorio de SanCarlos, que tantos hombres ilustres ha dado a la América.

Amotinada en el Callao a los gritos de ¡Viva el rey y muera su malgobierno! la tripulación de los navíos Septentrión y Astuto, porretardo en el pagamento de sueldos, el virrey enarboló en un torreón labandera de justicia, asegurándola con siete cañonazos.

Fué luego abordo, y tras brevísima información mandó colgar de las antenas a losdos cabecillas y diezmó la marinería insurrecta, fusilando diez y siete.Amat decía que la justicia debe ser como el relámpago.

Amat cuidó mucho de la buena policía, limpieza y ornato de Lima. Unhospital para marineros en Bellavista; un templo de las Nazarenas, encuya obra trabajaba a veces como carpintero; la Alameda y plaza de Achopara la corrida de toros, y el Coliseo, que ya no existe, para laslidias de gallos, fueron de su época.

Emprendió también la fábrica, queno llegó a terminarse, del Paseo de Aguas y que, a juzgar por lo que aunse ve, habría hecho competencia a Saint-Cloud y a Versalles.

Licencioso en sus costumbres, escandalizó bastante al país con susaventuras amorosas. Muchas páginas ocuparían las historietas picantes enque figura el nombre de Amat unido al de Micaela Villegas, laPerricholi, actriz del teatro de Lima.

Sus contemporáneos acusaron a Amat de poca pureza en el manejo de losfondos públicos, y daban por prueba de su acusación que vino de Chilecon pequeña fortuna y que, a pesar de lo mucho que derrochó con laPerricholi, que gastaba un lujo insultante, salió del mando millonario.Nosotros ni quitamos ni ponemos,

no

entramos

en

esas

honduras

y

decimoscaritativamente que el virrey supo, en el juicio de residencia, hacerseabsolver de este cargo, como hijo de la envidia y de la maledicenciahumanas.

En julio de 1776, después de cerca de quince años de gobierno, loreemplazó el excelentísimo señor don Manuel Guirior.

Amat se retiró a Cataluña, país de su nacimiento, en donde, aunqueoctogenario y achacoso, contrajo matrimonio con una joven sobrina suya.Las armas de Amat eran: escudo en oro con una ave de siete cabezas deazur.

III

Donde el lector hallará tres retruécanos no rebuscados sino históricos

Por el año de 1772 los habitantes de esta, hoy prácticamenterepublicana, ciudad de los Reyes, se hallaban poseídos del más profundopánico. ¿Quien era el guapo que después de las diez de la noche asomabalas narices por esas calles? Una carrera de gatos o ratones en el techobastaba para producir en una casa soponcios femeniles, alarmasmasculinas y barullópolis mayúsculo.

La situación no era para menos. Cada dos o tres noches se realizabaalgún robo de magnitud, y según los cronistas de esos tiempos, talesdelitos salían, en la forma, de las prácticas hasta entonces usadas porlos discípulos de Caco. Caminos subterráneos, forados abiertos por mediodel fuego, escalas de alambre y otras invenciones mecánicas revelaban,amén de la seguridad de sus golpes, que los ladrones no sólo eranhombres de enjundia y pelo en pecho, sino de imaginativa y cálculo. Enla noche del 10 de julio ejecutaron un robo que se estimó en treinta milpesos.

Que los ladrones no eran gentuza de poco más o menos, lo reconocía elmismo virrey, quien, conversando una tarde con los oficiales de guardiaque lo acompañaban a la mesa, dijo con su acento de catalán cerrado.

—¡Muchi diablus de latrons!

—En efecto, excelentísimo señor—le repuso el alférez don JuanFrancisco Pulido—. Hay que convenir en que roban pulidamente.

Entonces el teniente de artillería don José Manuel Martínez Ruda leinterrumpió:

—Perdone el alférez. Nada de pulido encuentro; y lejos de eso, desdeque desvalijan una casa contra la voluntad de su dueño, digo queproceden rudamente.

—¡Bien! Señores oficiales, se conoce que hay chispa—añadió el alcaldeordinario don Tomás Muñoz, y que era, en cuanto a sutileza, capaz desentir el galope del caballo de copas—. Pero no en vano empuño yo unavara que hacer caer mañosamente sobre esos pícaros que traen alvecindario con el credo en la boca.

IV

Donde se comprueba que a la larga el toro fina en el matadero y elladrón en la horca

Al anochecer del 31 de julio del susodicho año de 1772, un soldado entrócautelosamente en la casa del alcalde ordinario don Tomás Muñoz y seentretuvo con él una hora en secreta plática.

Poco después circulaban por la ciudad rondas de alguaciles y agentes dela policía que fundó Amat con el nombre de encapados.

En la mañana del 1º de agosto todo el mundo supo que en la cárcel decorte y con gruesas garras de grillos se hallaban aposentados elteniente Ruda, el alférez Pulido, seis soldados del regimiento deSaboya, tres del regimiento de Córdoba y ocho paisanos. Hacíanlestambién compañía doña Leonor Michel y doña Manuela Sánchez, queridas delos dos oficiales, y tres mujeres del pueblo, mancebas de soldados. Erajusto que quienes estuvieron a las maduras participasen de las duras.Quien comió la carne que roa el hueso.

El proceso, curiosísimo en verdad y que existe en los archivos de laexcelentísima Corte Suprema, es largo para extractarlo.

Baste saber queel 13 de agosto no quedó en Lima títere que no concurriese a la Plazamayor, en la que estaban formadas las tropas regulares y miliciascívicas.

Después de degradados con el solemne ceremonial de las ordenanzasmilitares los oficiales Ruda y Pulido, pasaron junto con nueve de suscómplices a balancearse en la horca, alzada frente al callejón dePetateros. El verdugo cortó luego las cabezas que fueron colocadas enescarpias en el Callao y en Lima.

Los demás reos obtuvieron pena de presidio, y cuatro fueron absueltos,contándose entre éstos doña Manuela Sánchez, la querida de Ruda. Elproceso demuestra que si bien fué cierto que ella percibió losprovechos, ignoró siempre de dónde salían las misas.

V

En que se copia una sentencia que puede arder en un candil

«En cuanto a doña Leonor Michel, receptora de especies furtivas, lacondeno a que sufra cincuenta azotes, que le darán en su prisión de manodel verdugo, y a ser rapada la cabeza y cejas, y después de pasada tresveces por la horca, será conducida al real beaterio de Amparadas de laConcepción de esta ciudad a servir en los oficios más bajos y viles dela casa, reencargándola a la madre superiora para que la mantenga con lamayor custodia y precaución, ínterin se presenta ocasión de navío quesalga para la plaza de Valdivia, adonde será trasladada en partida deregistro a vivir en unión de su marido, y se mantendrá perpetuamenteen dicha plaza.—Dió y pronunció esta sentencia el excelentísimo señordon Manuel de Amat y Juniet, caballero de la Orden de San Juan, delConsejo de su Majestad, su gentilhombre de cámara con entrada, tenientegeneral de sus reales ejércitos, virrey, gobernador y capitán general deestos reinos del Perú y Chile; y en ella firmó su nombre estandohaciendo audiencia en su gabinete, en los Reves, a 11 de agosto de 1772,siendo testigo don Pedro Juan Sanz, su secretario de cámara, y don JoséGarmendia, que lo es de cartas.— Gregorio González de Mendoza,escribano de su majestad y Guerra.»

¡Cáscaras! ¿No le parece a ustedes que la sentencia tiene tres pares deperendengues?

Ignoramos si el marido entablaría recurso de fuerza al rey por la parteen que, sin comerlo ni beberlo, se le obligaba a vivir en ayuntamientocon la media naranja que le dió la Iglesia, o si cerró los ojos y aceptóla libranza, que bien pudo ser; pues para todo hay genios en la viña delSeñor.

EL RESUCITADO

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL TRIGÉSIMO SEGUNDO VIRREY

A principios del actual siglo existía en la Recolección de los descalzosun octogenario de austera virtud y que vestía el hábito de hermano lego.El pueblo, que amaba mucho al humilde monje, conocíalo sólo con elnombre de el Resucitado. Y he aquí la auténtica y sencilla tradiciónque sobre él ha llegado hasta nosotros.

I

En el año de los tres sietes (número apocalíptico y famoso por laimportancia de los sucesos que se realizaron en América) presentóse undía en el hospital de San Andrés un hombre que frisaba en los cuarentaagostos, pidiendo ser medicinado en el santo asilo. Desde el primermomento los médicos opinaron que la dolencia del enfermo era mortal, yle previnieron que alistase el bagaje para pasar a mundo mejor.

Sin inmutarse oyó nuestro individuo el fatal dictamen, y después derecibir los auxilios espirituales o de tener el práctico a bordo, comodecía un marino, llamó a Gil Paz, ecónomo del hospital, y díjole, sobrepoco más o menos:

—Hace quince años que vine de España, donde no dejo deudos, pues soy unpobre expósito. Mi existencia en Indias ha sido la del que honradamentebusca el pan por medio del trabajo; pero con tan aviesa fortuna que todomi caudal, fruto de mil privaciones y fatigas, apenas pasa de cien onzasde oro que encontrará vuesa merced en un cincho que llevo al cuerpo.

Sicomo creen los físicos, y yo con ellos, su Divina Majestad es servidallamarme a su presencia, lego a vuesamerced mi dinero para que lo goce,pidiéndole únicamente que vista mi cadáver con una buena mortaja delseráfico padre San Francisco, y pague algunas misas en sufragio de mialma pecadora.

Don Gil juró por todos los santos del calendario cumplir religiosamentecon los deseos del moribundo, y que no sólo tendría mortaja y misas,sino un decente funeral. Consolado así el enfermo, pensó que lo mejorque le quedaba por hacer era morirse cuanto antes; y aquella misma nocheempezaron a enfriársele las extremidades, y a las cinco de la madrugadaera alma de la otra vida.

Inmediatamente pasaron las peluconas al bolsillo del ecónomo, que era unavaro más ruin que la encarnación de la avaricia. Hasta su nombre revelalo menguado del sujeto: ¡¡Gil Paz!! No es posible ser más tacaño deletras ni gastar menos tinta para una firma.

Por entonces no existía aún en Lima el cementerio general, que, como essabido, se inauguró el martes 31 de mayo de 1808; y aquí es curiosoconsignar que el primer cadáver que se sepultó en nuestra necrópolis aldía siguiente fué el de un pobre de solemnidad llamado Matías Isurriaga,quien, cayéndose de un andamio sobre el cual trabajaba como albañil, sehizo tortilla en el atrio.

Dejemos por un rato en reposo al muerto, y mientras el sepulturero abrela zanja fumemos un cigarrillo, charlando sobre el gobierno y lapolítica de aquellos tiempos, mismo del cementerio. Los difuntos seenterraban en un corralón o campo santo que tenía cada hospital, o enlas bóvedas de las iglesias, con no poco peligro de la salubridadpública.

Nuestro don Gil reflexionó que el finado le había pedido muchasgollerías; que podía entrar en la fosa común sin asperges, responsos nisufragios; y que, en cuanto a ropaje, bien aviado iba con el raídopantalón y la mugrienta camisa con que lo había sorprendido la flaca.

—En el hoyo no es como en el mundo—filosofaba Gil Paz—, donde nospagamos de exterioridades y apariencias, y muchos hacen papel por latela del vestido. ¡Vaya una pechuga la del difunto! No seré yo, en misdías, quien halague su vanidad, gastando los cuatro pesos que importa lajerga franciscana.

¿Querer lujo hasta para pudrir tierra? ¡Hase vistopresunción de la laya! ¡Milagro no le vino en antojo que lo enterrasencon guantes de gamuza, botas de campana y gorguera de encaje!

Vaya alagujero como está el muy bellaco, y agradézcame que no lo mande en eltraje que usaba el padre Adán antes de la golosina.

Y dos negros esclavos del hospital cogieron el cadáver y lotransportaron al corralón que servía de cementerio.

II

El excelentísimo señor don Manuel Guirior, natural de Navarra y de lafamilia de San Francisco Javier, caballero de la Orden de San Juan,teniente general de la real armada, gentilhombre de cámara y marqués deGuirior, hallábase como virrey en el nuevo reino de Granada, donde habíacontraído matrimonio con doña María Ventura, joven bogotana, cuando fuépromovido por Carlos III al gobierno del Perú.

Guirior, acompañado de su esposa, llegó a Lima de incógnito el 17 dejulio de 1776, como sucesor de Amat. Su recibimiento público severificó con mucha pompa el 3 de diciembre, es decir, a los cuatro mesesde haberse hecho cargo del gobierno. La sagacidad de su carácter y susbuenas dotes administrativas le conquistaron en breve el apreciogeneral. Atendió mucho a la conversión de infieles, y aun fundó enChanchamayo colonias y fortalezas, que posteriormente fueron destruidaspor los salvajes.

En Lima estableció el alumbrado público con pequeñogravamen de los vecinos, y fué el primer virrey que hizo publicar bandoscontra el diluvio llamado juego de carnavales. Verdad es que, entoncescomo ahora, bandos tales fueron letra muerta.

Guirior fué el único, entre los virreyes, que cedió a los hospitales losdiez pesos que, para sorbetes y pastas, estaban asignados por realcédula a su excelencia siempre que honraba con su presencia una funciónde teatro. En su época se erigió el virreinato de Buenos Aires y quedóterminada la demarcación de límites del Perú, según el tratado de 1777entre España y Portugal, tratado que después nos ha traído algunasdesazones con el Brasil y el Ecuador.

En el mismo aciago año de los tres sietes nos envió la corte alconsejero de Indias don José de Areche, con el título de superintendentey visitador general de la real Hacienda, y revestido de facultadesomnímodas tales, que hacían casi irrisoria la autoridad del virrey. Laverdadera misión del enviado regio era la de exprimir la naranja hastadejarla sin jugo. Areche elevó la contribución de indígenas a un millónde pesos; creó la junta de

diezmos;

los

estancos

y

alcabalas

dieronpingües

rendimientos; abrumó de impuestos y socaliñas a los comerciantesy mineros, y tanto ajustó la cuerda que en Huaraz, Lambaveque, Huánuco,Pasco, Huancavelica, Moquegua y otros lugares estallaron seriosdesórdenes, en los que hubo corregidores, alcabaleros y empleados realesajusticiados por el pueblo. «La excitación era tan grande—diceLorente—que en Arequipa los muchachos de una escuela dieron muerte auno de sus camaradas que, en sus juegos, había hecho el papel deaduanero, y en el llano de Santa Marta dos mil arequipeños osaron,aunque con mal éxito, presentar batalla a las milicias reales.» En elCuzco se descubrió muy oportunamente una vasta conspiración encabezadapor don Lorenzo Farfán y un indio cacique los que, aprehendidos,terminaron su existencia en el cadalso.

Guirior se esforzó en convencer al superintendente de que iba por malcamino; que era mayúsculo el descontento, y que con el rigorismo de susmedidas no lograría establecer los nuevos impuestos, sino crear elpeligro de que el país en masa recurriese a la protesta armada,previsión que dos años más tarde y bajo otro virrey, vino a justificarla sangrienta rebelión de Tupac-Amaru. Pero Areche pensaba que el rey lohabía enviado al Perú para que, sin pararse en barras, enriqueciese elreal tesoro a expensas de la tierra conquistada, y que los peruanos eransiervos cuyo sudor, convertido en oro, debía pasar a las arcas de CarlosIII. Por lo tanto, informó al soberano que Guirior lo embarazaba paraesquilmar el país y que nombrase otro virrey, pues su excelencia malditosi servía para lobo rapaz y carnicero.

Después de cuatro años degobierno, y sin la más leve fórmula de cortesía, se vió destituido donManuel Guirior, trigésimo segundo virrey del Perú, y llamado a Madrid,donde murió pocos meses después de su llegada.

Vivió una vida bien vivida.

Así en el juicio de residencia como en el secreto que se le siguió,salió victorioso el virrey y fué castigado Areche severamente.

III

En tanto que el sepulturero abría la zanja, una brisa fresca y retozonaoreaba el rostro del muerto, quien ciertamente no debía estarlo enregla, pues sus músculos empezaron a agitarse débilmente, abrió luegolos ojos y, al fin, por uno de esos maravillosos instintos del organismohumano, hízose cargo de su situación. Un par de minutos que hubieratardado nuestro español en volver de su paroxismo o catalepsia, y laspaladas de tierra no le habrían dejado campo para rebullirse yprotestar.

Distraído el sepulturero con su lúgubre y habitual faena, no observó laresurrección que se estaba verificando hasta que el muerto se puso sobresus puntales y empezó a marchar con dirección a la puerta. El buho decementerio cayó accidentado, realizándose casi al pie de la letraaquello que canta la copla: el

vivo

se

cayó

muerto

y el muerto partió a correr.

Encontrábase don Gil en la sala de San Ignacio vigilando que lostopiqueros no hiciesen mucho gasto de azúcar para endulzar las tisanascuando una mano se posó familiarmente en su hombro y oyó una vozcavernosa que le dijo: ¡Avariento! ¿Dónde está mi mortaja?

Volvióse aterrorizado don Gil. Sea el espanto de ver un resucitado detan extraño pelaje, o sea que la voz de la conciencia hubiese hablado enél muy alto, es el hecho que el infeliz perdió desde ese instante larazón. Su sacrílega avaricia tuvo la locura por castigo.

En cuanto al español, quince días más tarde salía del hospitalcompletamente restablecido, y después de repartir en limosnas laspeluconas, causa de la desventura de don Gil, tomó el hábito de lego enel convento de los padres descalzos, y personas respetables que loconocieron y trataron nos afirman que alcanzó a morir en olor desantidad, allá por los años de 1812.

EL CORREGIDOR DE TINTA

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL TRIGÉSIMO TERCIO VIRREY

Ahorcaban

a

un

delincuente

y decía su mujer:

—No tengas pena,

pariente,

todavía

puede

ser

que

la

soga

se

reviente.

ANÓNIMO.

I

Era el 4 de noviembre de 1780, y el cura de Tungasuca, para celebrar asu santo patrón, que lo era también de su majestad Carlos III, teníacongregados en opíparo almuerzo a los más notables vecinos de laparroquia y algunos amigos de los pueblos inmediatos que, desde elamanecer, habían llegado a felicitarlo por su cumpleaños.

El cura don Carlos Rodríguez era un clérigo campechano, caritativo ypoco exigente en el cobro de los diezmos y demás provechos parroquiales,cualidades apostólicas que lo hacían el ídolo de sus feligreses. Ocupabaaquella mañana la cabecera de la mesa, teniendo a su izquierda a undescendiente de los Incas, llamado don José Gabriel Tupac-Amaru, y a suderecha a doña Micaela Bastidas, esposa del cacique. Las libaciones semultiplicaban y, como consecuencia de ellas, reinaba la más expansivaalegría. De pronto sintióse el galope de un caballo que se detuvo a lapuerta de la casa parroquial, y el jinete, sin descalzarse las espuelaspenetró en la sala del festín.

El nuevo personaje llamábase don Antonio de Arriaga, corregidor de laprovincia de Tinta, hidalgo español muy engreído con lo rancio de sunobleza v que despotizaba, por plebeyos, a europeos y criollos. Groseroen sus palabras, brusco de modales, cruel para con los indios de la mitay avaro hasta el extremo de que si en vez de nacer hombre hubiera nacidoreloj, por no dar no habría dado ni las horas, tal era su señoría. Ypara colmo de desprestigio, el provisor y canónigos del Cuzco lo habíanexcomulgado solemnemente por ciertos avances contra la autoridadeclesiástica.

Todos los comensales se pusieron de pie a la entrada, del corregidor,quien, sin hacer atención en el cacique don José Gabriel, se dejó caersobre la silla que éste ocupaba, y el noble indio fué a colocarse a otroextremo de la mesa, sin darse por entendido de la falta de cortesía delempingorotado español.

Después de algunas frases vulgares, de haberrefocilado el estómago con las viandas y remojado la palabra, dijo suseñoría:

—No piense vuesa merced que me he pegado un trote desde Yanaoca sólopara darle saludes.

—Usiría sabe—contestó el párroco—que cualquiera que sea la causa quelo trae es siempre bien recibida en esta humilde choza.

—Huélgome por vuesa merced de haberme convencido personalmente de lafalsedad de un aviso que recibí ayer, que a haberlo encontrado real,juro cierto que no habría reparado en hopalandas ni tonsuras paraamarrar a vuesa merced y darle una zurribanda de que guardara memoria enlos días de su vida; que mientras yo empuñe la vara, ningún monigote meha de resollar gordo.

—Dios me es testigo de que no sé a qué vienen las airadas palabras desu señoría—murmuró el cura, intimidado por los impertinentes conceptosde Arriaga.

—Yo me entiendo y bailo solo, señor don Carlos. Bonito es mi pergeniopara tolerar que en mi corregimiento, a mis barbas, como quien dice, selean censuras ni esos papelotes de excomunión que contra mí reparte elviejo loco que anda de provisor en el Cuzco, y ¡por el ánima de mipadre, que esté en gloria, que tengo de hacer mangas y capirotes con elprimer cura que se me descantille en mi jurisdicción! ¡Y cuenta que seme suba la mostaza a las narices y me atufe un tantico, que en un verbome planto en el Cuzco y torno chafaina y picadillo a esos canónigosbarrigudos y abarraganados!

Y enfrascado el corregidor en sus groseras baladronadas, que sólointerrumpía para apurar gordos tragos de vino, no observó que donGabriel y algunos de los convidados iban desapareciendo de la sala.

II

A las seis de la tarde el insolente hidalgo galopaba en dirección a lavilla de su residencia, cuando fué enlazado su caballo; y don Antonio seencontró en medio de cinco hombres armados, en los que reconoció a otrostantos de los comensales del cura.

—Dése preso vuesa merced—le dijo Tupac-Amaru, que era el queacaudillaba el grupo.

Y sin dar tiempo al maltrecho corregidor para que opusiera la menorresistencia, le remacharon un par de grillos y lo condujeron aTungasuca. Inmediatamente salieron indios con pliegos para el Alto Perúy otros lugares, y Tupac-Amaru alzó bandera contra España.

Pocos días después, el 10 de noviembre, destacábase una horca frente ala capilla de Tungasuca; y el altivo español, vestido de uniforme yacompañado de un sacerdote que lo exhortaba a morir cristianamente, oyóal pregonero estas palabras: Esta es la justicia que don José Gabriel I, por la gracia de Dios,Inca, rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y continente delos mares del Sur, duque y señor de los Amazonas y del gran Paititi,manda hacer en la persona de Antonio de Arriaga por tirano, alevoso,enemigo de Dios y sus ministros, corruptor y falsario.

En seguida el verdugo, que era un negro esclavo del infeliz corregidor,le arrancó el uniforme en señal de degradación, le vistió una mortaja yle puso la soga al cuello. Más al suspender el cuerpo, a pocas pulgadasde la tierra, reventó la cuerda; y Arriaga, aprovechando la naturalsorpresa que en los indios produjo este incidente, echó a correr endirección a la capilla, gritando: ¡Salvo soy! ¡A iglesia me llamo! ¡Laiglesia me vale!

Iba ya el hidalgo a penetrar en sagrado, cuando se le interpuso el IncaTupac-Amaru y lo tomó del cuello, diciéndole:

—¡No vale la iglesia a tan pícaro como vos! ¡No vale la iglesia a unexcomulgado por la Iglesia!

Y volviendo el verdugo a apoderarse del sentenciado, dió pronto remate asu sangrienta misión.