Tradiciones Peruanas by Ricardo Palma - HTML preview

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RICARDO PALMA

TRADICIONES PERUANAS

INDICE

LOS DUENDES DEL CUZCO

LOS POLVOS DE LA CONDESA

EL JUSTICIA MAYOR DE LAYCACOTA

RACIMO DE HORCA

AMOR DE MADRE

LUCAS EL SACRÍLEGO

RUDAMENTE, PULIDAMENTE, MAÑOSAMENTE

EL RESUCITADO

EL CORREGIDOR DE TINTA

LA GATITA DE MARI-RAMOS QUE HALAGA CON LA

COLA Y ARAÑA CON LAS MANOS

¡A LA CÁRCEL TODO CRISTO!

NADIE SE MUERE HASTA QUE DIOS QUIERE

EL FRAILE Y LA MONJA DEL CALLAO

POR BEBER UNA COPA DE ORO

UNA EXCOMUNION FAMOSA

ACEITUNA, UNA

OFICIOSIDAD NO AGRADECIDA

EL ALMA DE FRAY VENANCIO

LA TRENZA DE SUS CABELLOS

DE ASTA Y REJON

LOS ARGUMENTOS DEL CORREGIDOR

LA NIÑA DEL ANTOJO

LA LLORONA DEL VIERNES SANTO

¡A NADAR, PECES!

CONVERSION DE UN LIBERTINO

EL REY DEL MONTE

TRES CUESTIONES HISTORICAS SOBRE PIZARRO

LOS DUENDES DEL CUZCO

CRÓNICA QUE TRATA DE CÓMO EL VIRREY POETA ENTENDÍA LA JUSTICIA

Esta tradición no tiene otra fuente de autoridad que el relato delpueblo. Todos la conocen en el Cuzco tal como hoy la presento. Ningúncronista hace mención de ella, y sólo en un manuscrito de rápidasapuntaciones, que abarca desde la época del virrey marqués de Salinashasta la del duque de la Palata, encuentro las siguientes líneas:

«En este tiempo del gobierno del príncipe de Squillace, murió malamenteen el Cuzco, a manos del diablo, el almirante de Castilla, conocido porel descomulgado».

Como se ve, muy poca luz proporcionan estas líneas, y me afirman que enlos Anales del Cuzco, que posee inéditos el señor obispo de Ochoa,tampoco se avanza más, sino que el misterioso suceso está colocado enépoca diversa a la que yo le asigno.

Y he tenido en cuenta para preferir los tiempos de don Francisco deBorja; y Aragón, no sólo la apuntación ya citada, sino la especialísimacircunstancia de que, conocido el carácter del virrey poeta, son propiasde él las espirituales palabras con que termina esta leyenda.

Hechas las salvedades anteriores, en descargo de mi conciencia decronista, pongo punto redondo y entro en materia.

I

Don Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y conde deMayalde, natural de Madrid y caballero de las Ordenes de Santiago yMontesa, contaba treinta y dos años cuando Felipe III, que lo estimaba,en mucho, le nombró virrey del Perú. Los cortesanos criticaron elnombramiento, porque don Francisco sólo se había ocupado hasta entoncesen escribir versos, galanteos y desafíos. Pero Felipe III, a cuyo regiooído, y contra la costumbre, llegaron las murmuraciones, dijo:—Enverdad que es el más joven de los virreyes que hasta hoy han ido aIndias; pero en Esquilache hay cabeza, y más que cabeza brazo fuerte.

El monarca no se equivocó. El Perú estaba amagado por flotasfilibusteras: y por muy buen gobernante que hiciese don Juan de Mendozay Luna, marqués de Montesclaros, faltábale los bríos de la juventud.Jorge Spitberg, con una escuadra holandesa, después de talar las costasde Chile, se dirigió al Callao. La escuadra española le salió alencuentro el 22 de julio de 1615, y después de cinco horas de reñido yferoz combate frente a Cerro Azul o Cañete, se incendió la capitana, sefueron a pique varias naves, y los piratas vencedores pasaron a cuchilloa los prisioneros.

El virrey marqués de Montesclaros se constituyó en el Callao paradirigir la resistencia, más por llenar el deber que porque tuviese laesperanza de impedir, con los pocos y malos elementos de que disponía,el desembarque de los piratas y el consiguiente saqueo de Lima. En laciudad de los Reyes dominaba un verdadero pánico; y las iglesias no sólose hallaban invadidas por débiles mujeres, sino por hombres que, lejosde pensar en defender

como

bravos

sus

hogares,

invocaban

la

proteccióndivina contra los herejes holandeses. El anciano y corajudo virreydisponía escasamente de mil hombres en el Callao, y nótese que, según elcenso de 1614, el número de habitantes de Lima ascendía a 25.454.

Pero Spitberg se conformó con disparar algunos cañonazos que le fuerondébilmente contestados, e hizo rumbo para Paita.

Peralta en su Limafundada, y el conde de la Granja, en su poema de Santa Rosa, traendetalles sobre esos luctuosos días. El sentimiento cristiano atribuye laretirada de los piratas a milagro que realizó la virgen limeña, quemurió dos años después, el 24

de agosto de 1617.

Según unos el 18 y según otros el 23 de diciembre de 1615, entró en Limael príncipe de Esquilache, habiendo salvado providencialmente, en latravesía de Panamá al Callao, de caer en manos de los piratas.

El recibimiento de este virrey fué suntuoso, y el Cabildo no se paró engastos para darle esplendidez.

Su primera atención fué crear y fortificar el puerto, lo que mantuvo araya la audacia de los filibusteros hasta el gobierno de su sucesor, enque el holandés Jacobo L'Heremite acometió su formidable empresapirática Descendiente del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y de SanFrancisco de Borja, duque de Gandía, el príncipe de Esquilache, comoaños más tarde su sucesor y pariente el conde de Lemos, gobernó el Perúbajo la influencia de los jesuítas.

Calmada la zozobra que inspiraban los amagos filibusteros, don Franciscose contrajo al arreglo de la hacienda pública, dictó sabias ordenanzaspara los minerales de Potosí v Huancavelica, y en 20 de diciembre de1619 erigió el tribunal del Consulado de Comercio.

Hombre de letras, creó el famoso colegio del Príncipe, para educación delos hijos de caciques, y no permitió la representación de comedias niautos sacramentales que no hubieran pasado antes por su censura. «Deberdel que gobierna—decía—es ser solícito por que no se pervierta elgusto».

La censura que ejercía el príncipe de Esquilache era puramenteliteraria, y a fe que el juez no podía ser más autorizado. En la plévadede poetas del siglo XVII, siglo que produjo a Cervantes, Calderón, Lope,Quevedo, Tirso de Molina, Alarcón y Moreto, el príncipe de Esquilache esuno de los más notables, si no por la grandeza de la idea, por lalozanía y corrección de la forma. Sus composiciones sueltas y su poemahistórico Nápoles recuperada, bastan para darle lugar preeminente enel español Parnaso.

No es menos notable como prosador castizo y elegante. En uno de losvolúmenes de la obra Memorias de los virreyes se encuentra la Relación de su época de mando, escrito que entregó a la Audiencia paraque ésta lo pasase a su sucesor don Diego Fernández de Córdova, marquésde Guadalcázar. La pureza de dicción y la claridad del pensamientoresaltan en este trabajo, digno, en verdad, de juicio menos sintético.

Para dar una idea del culto que Esquilache rendía a las letras, nos serásuficiente apuntar que, en Lima, estableció una academia o club literario, como hoy decimos, cuyas sesiones tenían lugar los sábados enuna de las salas de palacio. Según un escritor amigo mío y que cultivóel ramo de crónicas, los asistentes no pasaban de doce, personajes losmás caracterizados en el foro, la milicia o la iglesia. «Allí asistía elprofundo teólogo y humanista don Pedro de Yarpe Montenegro, coronel deejército; don Baltasar de Laza y Rebolledo, oidor de la Real Audiencia;don Luis de la Puente, abogado insigne; fray Baldomero Illescas,religioso franciscano, gran conocedor de los clásicos griegos y latinos;don Baltasar Moreyra, poeta, y otros cuyos nombres no han podidoatravesar los dos siglos y medio que nos separan de su época. El virreylos recibía con exquisita urbanidad; y los bollos, bizcochos de garapiñachocolate y sorbetes distraían las conferencias literarias de susconvidados.

Lástima que no se hubieran extendido actas de aquellassesiones, que seguramente serían preferibles a las de nuestrosCongresos».

Entre las agudezas del príncipe de Esquilache, cuentan que le dijo a unsujeto muy cerrado de mollera, que leía mucho y ningún fruto sacaba dela lectura:—Déjese de libros, amigo, y persuádase que el huevo mientrasmás cocido, más duro.

Esquilache, al regresar a España en 1622, fué muy considerado del nuevomonarca Felipe IV, y murió en 1658 en la coronada villa del oso y elmadroño.

Las armas de la casa de Borja eran un toro de gules en campo de oro,bordura de sinople y ocho brezos de oro.

Presentado el virrey poeta, pasemos a la tradición popular.

II

Existe en la ciudad del Cuzco una soberbia casa conocida por la del Almirante; y parece que el tal almirante tuvo tanto de marino, comoalguno que yo me sé y que sólo ha visto el mar en pintura. La verdad esque el título era hereditario y pasaba de padres a hijos.

La casa era obra notabilísima. El acueducto y el tallado de los techos,en uno de los cuales se halla modelado el busto del almirante que lafabricó, llaman preferentemente la atención.

Que vivieron en el Cuzco cuatro almirantes, lo comprueba el árbolgenealógico que en 1861 presentó ante el Soberano Congreso del Perú elseñor don Sixto Laza, para que se le declarase legítimo y únicorepresentante del Inca Huáscar, con derecho a una parte de las huaneras,al ducado de Medina de Ríoseco, al marquesado de Oropesa y varias otrasgollerías.

¡Carillo iba a costarnos el gusto de tener príncipe en casa!Pero conste, para cuando nos cansemos de la república, teórica opráctica, y proclamemos, por variar de plato, la monarquía, absoluta oconstitucional, que todo puede suceder, Dios mediante y el trotecitotrajinero que llevamos.

Refiriéndose a ese árbol genealógico, el primer almirante fué don Manuelde Castilla, el segundo don Cristóbal de Castilla Espinosa y Lugo, alcual sucedió su hijo don Gabriel de Castilla Vázquez de Vargas, siendoel cuarto y último don Juan de Castilla y González, cuya descendencia sepierde en la rama femenina.

Cuéntase de los Castilla, para comprobar lo ensoberbecidos que vivían desu alcurnia, que cuando rezaban el Avemaría usaban esta frase: SantaMaría, madre de Dios, parienta y señora nuestra, ruega por nos.

Las armas de los Castilla eran: escudo tronchado; el primer cuartel engules y castillo de oro aclarado de azur; el segundo en plata, con leónrampante de gules y banda de sinople con dos dragantes también desinople.

Aventurado sería determinar cuál de los cuatro es el héroe de latradición, y en esta incertidumbre puede el lector aplicar el mochueloa cualquiera, que de fijo no vendrá del otro barrio a querellarse decalumnia.

El tal almirante era hombre de más humos que una chimenea, muy pagado desus pergaminos y más tieso que su almidonada gorguera. En el patio de lacasa ostentábase una magnífica fuente de piedra, a la que el vecindarioacudía para proveerse de agua, tomando al pie de la letra el refrán deque agua y candela a nadie se niegan.

Pero una mañana se levantó su señoría con un humor de todos los diablos,y dió orden a sus fámulos para que moliesen a palos a cualquier bicho dela canalla que fuese osado a atravesar los umbrales en busca delelemento refrigerador.

Una de las primeras que sufrió el castigo fué una pobre vieja, lo queprodujo algún escándalo en el pueblo.

Al otro día el hijo de ésta, que era un joven clérigo que servía laparroquia de San Jerónimo, a pocas leguas del Cuzco, llegó a la ciudad yse impuso del ultraje inferido a su anciana madre.

Dirigióseinmediatamente a casa del almirante; y el hombre de los pergaminos lollamó hijo de cabra y vela verde, y echó verbos y gerundios, sapos yculebras por esa aristocrática boca, terminando por darle una soberanapaliza al sacerdote.

La excitación que causó el atentado fué inmensa. Las autoridades no seatrevían a declararse abiertamente contra el magnate, y dieron tiempo altiempo, que a la postre todo lo calma. Pero la gente de iglesia y elpueblo declararon excomulgado al orgulloso almirante.

El insultado clérigo, pocas horas después de recibido el agravio, sedirigió a la Catedral y se puso de rodillas a orar ante la imagen deCristo, obsequiada a la ciudad por Carlos V.

Terminada su oración, dejóa los pies del Juez Supremo un memorial exponiendo su queja y demandandola justicia de Dios, persuadido que no había de lograrla de los hombres.Diz que volvió al templo al siguiente día, y recogió la querellaproveída con un decreto marginal de Como se pide: se hará justicia. Yasí pasaron tres meses, hasta que un día amaneció frente a la casa unahorca y pendiente de ella el cadáver del excomulgado, sin que nadiealcanzara a descubrir los autores del crimen, por mucho que lassospechas recayeran sobre el clérigo, quien supo, con numerosostestimonios, probar la coartada.

En el proceso que se siguió declararon dos mujeres de la vecindad quehabían visto un grupo de hombres cabezones y chiquirriticos, vulgoduendes, preparando la horca; y que cuando ésta quedó alzada, llamaronpor tres veces a la puerta de la casa, la que se abrió al terceraldabonazo. Poco después el almirante, vestido de gala, salió en mediode los duendes, que sin más ceremonia lo suspendieron como un racimo.

Con tales declaraciones la justicia se quedó a obscuras y no pudiendoproceder contra los duendes, pensó que era cuerdo el sobreseimiento.

Si el pueblo cree como artículo de fe que los duendes dieron fin delexcomulgado almirante, no es un cronista el que ha de meterse enatolladeros para convencerlo de lo contrario, por mucho que la gentedescreída de aquel tiempo murmurara por lo bajo que todo lo acontecidoera obra de los jesuítas, para acrecer la importancia y respeto debidosal estado sacerdotal.

III

El intendente y los alcaldes del Cuzco dieron cuenta de todo al virrey,quien después de oír leer el minucioso informe le dijo a su secretario:

—¡Pláceme el tema para un romance moruno! ¿Qué te parece de esto, mibuen Estúñiga?

—Que vuecelencia debe echar una mónita a esos sandios golillas que nohan sabido hallar la pista de los fautores del crimen.

—Y entonces se pierde lo poético del sucedido—repuso el de Esquilachesonriéndose.

—Verdad, señor; pero se habrá hecho justicia.

El virrey se quedó algunos segundos pensativo; y luego, levantándose desu asiento, puso la mano sobre el hombro de su secretario:

—Amigo mío, lo hecho está bien hecho; y mejor andaría el mundo si, encasos dados, no fuesen leguleyos trapisondistas y demás cuervos deTemis, sino duendes, los que administrasen justicia. Y con esto, buenasnoches y que Dios y Santa María nos tengan en su santa guarda y noslibren de duendes y remordimientos.

LOS POLVOS DE LA CONDESA

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL DECIMOCUARTO VIRREY DEL PERÚ

(Al doctor Ignacio

La-Puente.)

I

En una tarde de junio de 1631 las campanas todas de las iglesias de Limaplañían fúnebres rogativas, y los monjes de las cuatro órdenesreligiosas que a la sazón existían, congregados en pleno coro, entonabansalmos y preces.

Los habitantes de la tres veces coronada ciudad cruzaban por los sitiosen que, sesenta años después, el virrey conde de la Monclova debíaconstruir los portales de Escribanos y Botoneros, deteniéndose frente ala puerta lateral de palacio.

En éste todo se volvía entradas y salidas de personajes, más o menoscaracterizados.

No se diría sino que acababa de dar fondo en el Callao un galeón conimportantísimas nuevas de España, ¡tanta era la agitación palaciega ypopular! o que, como en nuestros democráticos días, se estaba realizandouno de aquellos golpes de teatro a que sabe dar pronto término lajusticia de cuerda y hoguera.

Los sucesos, como el agua, deben beberse en la fuente; y por esto, convenia del capitán de arcabuceros que está de facción en la susodichapuerta, penetraremos, lector, si te place mi compañía, en un recamarínde palacio.

Hallábanse en él el excelentísimo señor don Luis Jerónimo Fernández deCabrera Bobadilla y Mendoza, conde de Chinchón, virrey de estos reinosdel Perú por S. M. don Felipe IV, y su íntimo amigo el marqués deCorpa. Ambos estaban silenciosos y mirando con avidez hacia una puertade escape, la que al abrirse dió paso a un nuevo personaje.

Era éste un anciano. Vestía calzón de paño negro a media pierna, zapatosde pana con hebillas de piedra, casaca y chaleco de terciopelo,pendiendo de este último una gruesa cadena de plata con hermosísimossellos. Si añadimos que gastaba guantes de gamuza, habrá el lectorconocido el perfecto tipo de un esculapio de aquella época.

El doctor Juan de Vega, nativo de Cataluña y recién llegado al Perú, encalidad de médico de la casa del virrey, era una de las lumbreras de laciencia que enseña a matar por medio de un récipe.

—¿Y bien, don Juan?—le interrogó el virrey, más con la mirada que conla palabra.

—Señor, no hay esperanza. Sólo un milagro puede salvar a doñaFrancisca.

Y don Juan se retiró con aire compungido.

Este corto diálogo basta para que el lector menos avisado conozca de quése trata.

El virrey había llegado a Lima en enero de 1639, y dos meses más tardesu bellísima y joven esposa doña Francisca Henríquez de Ribera, a la quehabía desembarcado en Paita para no exponerla a los azares de unprobable combate naval con los piratas. Algún tiempo después se sintióla virreina atacada de esa fiebre periódica que se designa con el nombrede terciana, y que era conocida por los Incas como endémica en el vallede Rimac.

Sabido es que cuando, en 1378, Pachacutec envió un ejército de treintamil cuzqueños a la conquista de Pachacamac, perdió lo más florido de sustropas a estragos de la terciana. En los primeros siglos de ladominación europea, los españoles que se avecindaban en Lima pagabantambién tributo a esta terrible enfermedad, de la que muchos sanaban sinespecífico conocido, y a no pocos arrebataba el mal.

La condesa de Chinchón estaba desahuciada. La ciencia, por boca de suoráculo don Juan de Vega, había fallado.

—¡Tan joven y tan bella!—decía a su amigo el desconsolado esposo—.¡Pobre Francisca! ¿Quién te habría dicho que no volveríais a ver tucielo de Castilla ni los cármenes de Granada?

¡Dios mío! ¡Un milagro,Señor, un milagro!...

—Se salvará la condesa, excelentísimo señor—contestó una voz en lapuerta de la habitación.

El virrey se volvió sorprendido. Era un sacerdote, un hijo de Ignacio deLoyola, el que había pronunciado tan consoladoras palabras.

El conde de Chinchón se inclinó ante el jesuíta. Este continuó:

—Quiero ver a la virreina, tenga vuecencia fe, y Dios hará el resto.

El virrey condujo al sacerdote al lecho de la moribunda.

II

Suspendamos nuestra narración para trazar muy a la ligera el cuadro dela época del gobierno de don Luis Jerónimo Fernández de Cabrera, hijo deMadrid, comendador de Criptana entre los caballeros de Santiago, alcaidedel alcázar de Segovia, tesorero de Aragón, y cuarto conde de Chinchón,que ejerció el mando desde el 14 de enero de 1629 hasta el 18 del mismomes de 1639.

Amenazado el Pacífico por los portugueses y por la flotilla del pirataholandés Pie de palo, gran parte de la actividad del conde de Chinchónse consagró a poner el Callao y la escuadra en actitud de defensa. Envióademás a Chile mil hombres contra los araucanos, y tres expedicionescontra algunas tribus de Puno, Tucumán y Paraguay.

Para sostener el caprichoso lujo de Felipe IV y sus cortesanos, tuvo laAmérica que contribuir con daño de su prosperidad.

Hubo exceso deimpuestos y gabelas, que el comercio de Lima se vió forzado a soportar.

Data de entonces la decadencia de los minerales de Potosí yHuancavelica, a la vez que el descubrimiento de las vetas de Bombón yCaylloma.

Fué bajo el gobierno de este virrey cuando, en 1635, aconteció la famosaquiebra del banquero Juan de la Cueva, en cuyo Banco—diceLorente—tenían

suma

confianza

así

los

particulares como el Gobierno.Esa quiebra se conmemoró, hasta hace poco, con la mojiganga llamada Juan de la Cova, coscoroba.

El conde de Chinchón fué tan fanático como cumplía a un cristiano viejo.Lo comprueban muchas de sus disposiciones.

Ningún naviero podía recibirpasajeros a bordo, si previamente no exhibía una cédula de constancia dehaber confesado y comulgado la víspera. Los soldados estaban tambiénobligados, bajo severas penas, a llenar cada año este precepto, y seprohibió que en los días de Cuaresma se juntasen hombres y mujeres en unmismo templo.

Como lo hemos escrito en nuestro Anales de la Inquisición de Lima, fuéésta la época en que más víctimas sacrificó el implacable tribunal de lafe. Bastaba ser portugués y tener fortuna para verse sepultado en lasmazmorras del Santo Oficio.

En uno solo de los tres autos de fe a queasistió el conde de Chinchón

fueron

quemados

once

judíos

portugueses,acaudalados comerciantes de Lima.

Hemos leído en el librejo del duque de Frías que, en la primera visitade cárceles a que asistió el conde, se le hizo relación de una causaseguida a un caballero de Quito, acusado de haber pretendido sublevarsecontra el monarca. De los autos dedujo el virrey que todo era calumnia,y mandó poner en libertad al preso, autorizándolo para volver a Quito ydándole seis meses de plazo para que sublevase el territorio;entendiéndose que si no lo conseguía, pagarían los delatores las costasdel proceso y los perjuicios sufridos por el caballero.

¡Hábil manera de castigar envidiosos y denunciantes infames!

Alguna quisquilla debió tener su excelencia con las limeñas cuando endos ocasiones promulgó bando contra las tapadas; las que, forzoso esdecirlo, hicieron con ellos papillotas y tirabuzones. Legislar contralas mujeres ha sido y será siempre sermón perdido.

Volvamos a la virreina, que dejamos moribunda en el lecho.

III

Un mes después se daba una gran fiesta en palacio en celebración delrestablecimiento de doña Francisca.

La virtud febrífuga de la cascarilla quedaba descubierta.

Atacado de fiebres un indio de Loja llamado Pedro de Leyva bebió, paracalmar los ardores de la sed, del agua de un remanso, en cuyas orillascrecían algunos árboles de quina. Salvado así, hizo la experiencia dedar de beber a otros enfermos del mismo mal cántaros de agua, en los quedepositaba raíces de cascarilla.

Con su descubrimiento vino a Lima y locomunicó a un jesuíta, el que, realizando la feliz curación de lavirreina, prestó a la humanidad mayor servicio que el fraile que inventóla pólvora.

Los jesuítas guardaron por algunos años el secreto, y a ellos acudíatodo el que era atacado de terciana. Por eso, durante mucho tiempo, lospolvos de la corteza de quina se conocieron con el nombre de polvos delos jesuítas.

El doctor Scrivener dice que un médico inglés, Mr. Talbot, curó con laquinina al príncipe de Condé, al delfín, a Colbert y otros personajes,vendiendo el secreto al gobierno francés por una suma considerable y unapensión vitalicia.

Linneo, tributando en ello un homenaje a la virreina condesa deChinchón, señala a la quina el nombre que hoy le da la ciencia: Chinchona.

Mendiburu dice que, al principio, encontró el uso de la quina fuerteoposición en Europa, y que en Salamanca se sostuvo que caía en pecadomortal el médico que la recetaba, pues sus virtudes eran debidas a pactode dos peruanos con el diablo.

En cuanto al pueblo de Lima, hasta hace pocos años conocía los polvos dela corteza de este árbol maravilloso con el nombre de polvos de lacondesa.[1]

EL JUSTICIA MAYOR DE LAYCACOTA

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL DÉCIMONONO VIRREY DEL PERÚ

(Al doctor don José

Mariano Jiménez.)

I

En una serena tarde de marzo del año del Señor de 1665, hallábasereunida a la puerta de su choza una familia de indios.

Componíase éstade una anciana que se decía descendiente del gran general Ollantay, doshijas, Carmen y Teresa, y un mancebo llamado Tomás.

La choza estaba situada a la falda del cerro de Laycacota. Ella conquince o veinte más constituían lo que se llama una aldea de cienhabitantes.

Mientras las muchachas se entretenían en hilar, la madre contaba alhijo, por la milésima vez, la tradición de su familia.

Esta no es unsecreto, y bien puedo darla a conocer a mis lectores, que la hallaránrelatada con extensos y curiosos pormenores en el importante libro quecon el título Anales del Cuzco, publicó mi ilustrado amigo y compañerode Congreso don Pío Benigno Mesa.

He aquí la tradición sobre Ollantay:

Bajo el imperio del Inca Pachacutec, noveno soberano del Cuzco, eraOllantay, curaca de Ollantaytambo, el generalísimo de los ejércitos.Amante correspondido de una de las ñustas o infantas, solicitó dePachacutec, y como recompensa a importantes servicios, que le acordasela mano de la joven.

Rechazada su pretensión por el orgulloso monarca,cuya sangre, según las leyes del imperio, no podía mezclarse con la deuna familia que no descendiese directamente de Mango Capac, elenamorado cacique desapareció una noche del Cuzco, robándose a suquerida Cusicoyllor.

Durante cinco años fué imposible al Inca vencer al rebelde vasallo, quese mantuvo en armas en las fortalezas de Ollantaytambo, cuyas ruinas sonhoy la admiración del viajero.

Pero Rumiñahui, otro de los generales dePachacutec, en secreta entrevista con su rey, lo convenció de que, másque a la fuerza, era preciso recurrir a la maña y a la traición parasujetar a Ollantay. El plan acordado fué poner preso a Rumiñahui, con elpretexto de que había violado el santuario de las vírgenes del Sol.Según lo pactado, se le degradó y azotó en la plaza pública para que,envilecido así, huyese del Cuzco y fuese a ofrecer sus servicios aOllantay, que viendo en él una ilustre víctima a la vez que un generalde prestigio, no podría menos que dispensarle entera confianza. Todo serealizó como inicuamente estaba previsto, y la fortaleza fué entregadapor el infame Rumiñahui, mandando el Inca decapitar a losprisioneros[2].

Un leal capitán salvó a Cusicoyllor y su tierna hija Imasumac, y seestableció con ellas en la falda del Laycacota, en el sitio donde en1669 debía erigirse la villa de San Carlos de Puno.

Concluía la anciana de referir a su hijo esta tradición, cuando sepresentó ante ella un hombre, apoyado en un bastón, cubierto el cuerpocon un largo poncho de bayeta, y la cabeza por un ancho y viejo sombrerode fieltro. El extranjero era un joven de veinticinco años, y a pesar dela ruindad de su traje, su porte era distinguido, su rostro varonil ysimpático y su palabra graciosa y cortesana.

Dijo que era andaluz, y que su desventura lo traía a tal punto que sehallaba sin pan ni hogar. Los vástagos de la hija de Pachacutec leacordaron de buen grado la hospitalidad que demandaba.

Así transcurrieron pocos meses. La familia se ocupaba en la cría deganado y en el comercio de lanas, sirviéndola el huésped muy útilmente.Pero la verdad era que el joven español se sentía apasionado de Carmen,la mayor de las hijas de la anciana, y que ella no se daba por ofendidacon ser objeto de las amorosas ansias del mancebo.

Como el platonismo, en punto a terrenales afectos, no es eterno, llegóun día en que el galán, cansado de conversar con las estrellas en lasoledad de sus noches, se espontaneó con la madre, y ésta, que habíaaprendido a estimar al español, le dijo:

—Mi Carmen te llevará en dote una riqueza digna de la descendiente deemperadores.

El novio no dio por el momento importancia a la frase; pero tres díasdespués de realizado el matrimonio, la anciana lo hizo levantarse demadrugada y lo condujo a una bocamina, diciéndole:

—Aquí tienes la dote de tu esposa.

La hasta entonces ignorada, y después famosísima, mina de Laycacota fuédesde ese día propiedad de don José Salcedo, que tal era el nombre delafortunado andaluz.

II

La opulencia de la mina y la generosidad de Salcedo y de su hermano donGaspar atrajeron, en breve, gran número de aventureros a Laycacota.

Oigamos a un historiador: «Había allí plata pura y metales, cuyobeneficio dejaba tantos marcos como pesaba el cajón. En ciertos días sesacaron centenares de miles de pesos».

Estas aseveraciones parecerían fabulosas si todos los historiadores noestuvieran uniformes en ellas.

Cuando algún español, principalmente andaluz o castellano, solicitaba unsocorro de Salcedo, éste le regalaba lo que pudiese sacar de la mina endeterminado número de horas. El obsequio importaba casi siempre por lomenos el valor de una barra, que representaba dos mil pesos.

Pronto los catalanes, gallegos y vizcaínos que residían en el mineralentraron en disensiones con los andaluces, castellanos y criollosfavorecidos por los Salcedo. Se dieron batallas sangrientas con variadoéxito, hasta que el virrey don Diego de Benavides, conde de Santisteban,encomendó al obispo de Arequipa, fray Juan de Almoguera, la pacificacióndel mineral.

Los partidarios de los Salcedo derrotaron a las tropas delobispo, librando mal herido el corregidor Peredo.

En estos combates, hallándose los de Salcedo escasos de plomo, fundieronbalas de plata. No se dirá que no mataban lujosamente.

Así las cosas, aconteció en Lima la muerte de Santisteban, y la RealAudiencia asumió el poder. El gobernador que ésta nombró para Laycacota,viéndose sin fuerzas para hacer respetar su autoridad, entregó el mandoa don José Salcedo, que lo aceptó bajo el título de justicia mayor. LaAudiencia se declaró impotente y contemporizó con Salcedo, el cual,recelando nuevos ataques de los vascongados, levantó y artilló unafortaleza en el cerro.

En verdad que la Audiencia tenía por entonces mucho grave de queocuparse con los disturbios que promovía en Chile el gobernador Menesesy con la tremenda y vasta conspiración del Inca Bohorques, descubiertaen Lima casi al estallar, y que condujo al caudillo y sus tenientes alcadalso.

El orden se había por completo restablecido en Laycacota, y todos losvecinos estaban contentos del buen gobierno y la caballerosidad deljusticia mayor.

Pero en 1667, la Audiencia tuvo que reconocer al nuevo virrey llegado deEspaña.

Era éste el conde Lemos, mozo de treinta y tres años, a quien, según loshistoriadores, sólo faltaba sotana para ser completo jesuíta. En cercade cinco años de mando, brilló poco como administrador. Sus empresas selimitaron a enviar, aunque sin éxito, una fuerte escuadra en persecucióndel bucanero Morgán, que había incendiado Panamá, y a apresar en lascostas de Chile a Enrique Clerk. Un año después de su destrucción porlos bucaneros (1670), la antigua Panamá, fundada en 1518, se trasladó allugar donde hoy se encuentra. Dos voraces incendios, uno en febrero de1737 y otro en marzo de 1756, convirtieron en cenizas dos terceraspartes de los edificios, entre los que algunos debieron sermonumentales, a juzgar por las ruinas que aun llaman la atención delviajero.

El virrey conde de Lemos se distinguió únicamente por su devoción. Confrecuencia se le veía barriendo el piso de la iglesia de losDesamparados, tocando en ella el órgano, y haciendo el oficio de cantaren la solemne misa dominical, dándosele tres pepinillos de lasmurmuraciones de la nobleza, que juzgaba tales actos indignos de ungrande de España.

Dispuso este virrey, bajo pena de cárcel y multa, que nadie pintase cruzen sitio donde pudiera ser pisada; que todos se arrodillasen al toque deoraciones; y escogió para padrino de uno de sus hijos al cocinero delconvento de San Francisco, que era un negro con un jeme de jeta y famade santidad.

Por cada individuo de los que ajusticiaba, mandaba celebrar treintamisas; y consagró, por lo menos, tres horas diarias al rezo del oficioparvo y del rosario, confesando y comulgando todas las mañanas, yconcurriendo al jubileo y a cuanta fiesta o distribución religiosa sele anunciara.

Jamás se han vista en Lima procesiones tan espléndidas como las deentonces; y Lorente, en su Historia, trae la descripción de una que setrasladó desde palacio a los Desamparados, dando largo rodeo, una imagende María que el virrey había hecho traer expresamente desde Zaragoza.Arco hubo en esa fiesta cuyo valor se estimó en más de doscientos milpesos, tal era la profusión de alhajas y piezas de oro y plata que loadornaban. La calle de Mercaderes lució por pavimento barras de plata,que representaban más de dos millones de ducados. ¡Viva el lujo y quienlo trujo!

El fanático don Pedro Antonio de Castro y Andrade, conde de Lemos,marqués de Sarria y de Gátiva y duque de Taratifanco, que cifraba suorgullo en descender de San Francisco de Borja, y que, a estar en susmanos, como él decía, habría fundado en cada calle de Lima un colegio deJesuítas, apenas fué proclamado en Lima como representante de Carlos IIel Hechizado, se dirigió a Puno con gran aparato de fuerza yaprehendió a Salcedo.

El justicia contaba con poderosos elementos para resistir; pero no quisohacerse reo de rebeldía a su rey y señor natural.

El virrey, según muchos historiadores, lo condujo preso, tratándolodurante la marcha con extremado rigor. En breve tiempo quedó concluídala causa, sentenciado Salcedo a muerte, y confiscados sus bienes enprovecho del real tesoro.

Como hemos dicho, los jesuítas dominaban al virrey. Jesuíta era suconfesor el padre Castillo, y jesuítas sus secretarios. Las crónicas deaquellos tiempos acusan a los hijos de Loyola de haber contribuidoeficazmente al trágico fin del rico minero, que había prestado no pocosservicios a la causa de la corona y enviado a España algunos millonespor el quinto de los provechos de la mina.

Cuando leyeron a Salcedo la sentencia, propuso al virrey que lepermitiese apelar a España, y que por el tiempo que transcurriese desdela salida del navío hasta su regreso con la resolución de la corte deMadrid, lo obsequiaría diariamente con una barra de plata.

Y téngase en cuenta no sólo que cada barra de plata se valorizaba en dosmil duros, sino que el viaje del Callao a Cádiz no era realizable enmenos de seis meses.

La tentación era poderosa, y el conde de Lemos vaciló.

Pero los jesuítas le hicieron presente que mejor partido sacaríaejecutando a Salcedo y confiscándole sus bienes.

El que más influyó en el ánimo de su excelencia fué el padre Franciscodel Castillo, jesuíta peruano que está en olor de santidad, el cual erapadrino de bautismo de don Salvador Fernández de Castro, marqués deAlmuña e hijo del virrey.

Salcedo fué ejecutado en el sitio llamado Orcca-Pata, a poca distanciade Puno.

III

Cuando la esposa de Salcedo supo el terrible desenlace del proceso,convocó a sus deudos y les dijo:

—Mis riquezas han traído mi desdicha. Los que las codician han dadomuerte afrentosa al hombre que Dios me deparó por compañero. Mirad cómole vengáis.

Tres días después la mina de Laycacota había dado en agua, y suentrada fué cubierta con peñas, sin que hasta hoy haya podidodescubrirse el sitio donde ella existió.

Los parientes de la mujer de Salcedo inundaron la mina, haciendo estérilpara los asesinos del justicia mayor el crimen a que la codicia losarrastrara.

Carmen, la desolada viuda, había desaparecido, y es fama que se sepultóviva en uno de los corredores de la mina.

Muchos sostienen que la mina de Salcedo era la que hoy se conoce con elnombre del Manto. Este es un error que debemos rectificar. Lacodiciada mina de Salcedo estaba entre los cerros Laycacota yCancharani.

El virrey, conde Lemos, en cuyo período de mando tuvo lugar lacanonización de Santa Rosa, murió en diciembre de 1673, y su corazón fuéenterrado bajo el altar mayor de la iglesia de los Desamparados.

Las armas de este virrey eran, por Castro, un sol de oro sobre gules.

En cuanto a los descendientes de los hermanos Salcedo, alcanzaron bajoel reinado de Felipe V la rehabilitación de su nombre y el título demarqués de Villarrica para el jefe de la familia.

RACIMO DE HORCA

CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIGÉSIMO VIRREY DEL PERÚ

I

Mi buen amigo y alcalde don Rodrigo de Odría: Hanme dado cuenta de que, en deservicio de Su Majestad y en agravio dela honra que Dios me dió, ha delinquido torpemente Juan de Villegas,empleado en esta Caja real de Lima. Por ende procederéis, con la mayorpresteza y cuidando de estar a todo apercibido y de no dar campo paragrave escándalo, a la prisión del antedicho Villegas, y fecha que sea ydepositado en la cárcel de corte, me daréis inmediato conocimiento.

Guarde Dios a vuesa merced muchos años.

EL

CONDE

DE

CASTELLAR.

Hoy 10 de septiembre de 1676.

Sentábase a la mesa en los momentos en que, llamando a coro a loscanónigos, daban las campanas la gorda para las tres, el alcalde delcrimen don Rodrigo de Odría, y acababa de echar la bendición al pan,cuando se presentó un alguacil y le entregó un pliego, diciéndole:

—De parte de su excelencia el virrey, y con urgencia.

Cabalgó las gafas sobre la nariz el honrado alcalde, y después dereleer, para mejor estimar los conceptos, la orden que dejamos copiada,se levantó bruscamente y dijo al alguacil, que era un mozo listo comouna avispa:

—¡Hola, Güerequeque! Que se preparen ahora mismo tus compañeros, quenos ha caído trabajo, y de lo fino.

Mientras se concertaban los alguaciles, el alcalde paseaba por elcomedor, completamente olvidado de que la sopa, el cocido y la ensaladaesperaban que tuviese a bien hacerles los honores cotidianos. Como seve, el bueno de don Rodrigo no era víctima del pecado de gula; pues sucomida se limitaba a sota, caballo y rey, sazonados con la salsa de SanBernardo.

—Ya me daba a mí un tufillo que este don Juan no caminaba tan derechocomo Dios manda y al rey conviene. Verdad que hay en él un aire de tunoque no es para envidiado, y que no me entró nunca por el ojo derecho apesar de sus zalamerías y dingolodangos. Y cuando el virrey que ha sidosu amigote me intima que le eche la zarpa, ¡digo si habrá motivosobrado! A cumplir, Rodrigo, y haz de ese caldo tajadas, quien manda,manda, y su excelencia no gasta buenas pulgas.

Adelante, que no hay másbronce que años once, ni más lana que no saber que hay mañana.

Y plantándose capa y sombrero, y empuñando la vara de alcalde, se echó ala calle, seguido de una chusma de corchetes, y enderezó a la esquinadel Colegio Real.

Llegado a ella, comunicó órdenes a sus lebreles, que se esparcieron endistintas direcciones para tomar todas las avenidas e impedir queescapase el reo, que, a juzgar por los preliminares, debía ser pájaro decuenta.

Don Rodrigo, acompañado de cuatro alguaciles, penetró en una casa en lacalle de Ildefonso, que según el lujo y apariencias no podía dejar deser habitada por persona de calidad.

Don Juan de Villegas era un vizcaíno que frisaba en los treinta y cincoaños, y que llegó a Lima en 1674 nombrado para un empleo de sesentaduros al mes, renta asaz mezquina aun para el puchero de una mujer ycuatro hijos, que comían más que un cáncer en el estómago. De repente, ysin que le hubiese caído lotería ni heredado en América a tíomillonario, se le vió desplegar gran boato, dando pábulo y comidilla alchichisbeo de las comadres del barrio y demás gente cuya ocupación esaveriguar vidas ajenas. Ratones arriba, que todo lo blanco no es harina.

Don Juan dormía esa tarde, y sobre un sofá de la sala, la obligadasiesta de los españoles rancios, y despertó, rodeado de esbirros, a laintimación que le dirigió el alcalde.

—¡Por el rey! Dése preso vuesa merced.

El vizcaíno echó mano de un puñal de Albacete que llevaba al cinto y selanzó sobre el alcalde y su comitiva, que aterrorizados lo dejaron salirhasta el patio. Mas Güerequeque, que había quedado de vigía en la puertade la calle, viendo despavoridos y maltrechos a sus compañeros, se quitóla capa y con pasmosa rapidez la arrojó sobre la cabeza del delincuente,que tropezó y vino al suelo: entonces toda la jauría cayó sobre elcaído, según es de añeja práctica en el mundo, y fuertemente atadodieron con él en la cárcel de corte, situada en la calle de laPescadería.

—¡Qué cosas tan guapas—murmuraba don Rodrigo por el camino—hemos dever el día del juicio en el valle de Josafat!

Sabios sin sabiduría,honrados sin honra, volver cada peso al bolsillo de su legítimo dueño, ya muchos hijos encontradizos del verdadero padre que los engendró.Algunos pasarán de rocín a ruin. ¡Qué bahorrina, Señor, qué bahorrina!Bien barruntaba yo que este don Juan tenía cara de beato y uñas degato... ¡Nada! Al capón que se hace gallo, descañonarlo; que como dicela copla: Arbol

tierno

aunque

se

tuerza

recto

se

puede

poner;

pero

en

adquiriendo

fuerza

no basta humano poder.

Tres meses después, Juan de Villega, que previamente recibió doscientosramalazos por mano del verdugo, marchaba en traílla con otros criminalesal presidio de Chagres, convicto y confeso del crimen de defraudador delreal tesoro, reagravado con los de falsificación de la firma del virreyy resistencia a la justicia.

Cuando el virrey conde de Castellar, que a la sazón contaba cuarenta yseis años, vino a Lima, trajo en su compañía, entre otros empleados quehabían comprado sus cargos en la corte, a don Juan de Villegas. Duranteel viaje tuvo ocasión de frecuentar el trato del virrey, que le tomóalgún cariño y lo invitaba a veces a comer en palacio... Pero caigo encuenta que estoy hablando del virrey sin haberlo presentado en forma amis lectores.

Hagamos, pues, conocimiento con su excelencia.

II

Don Baltasar de la Cueva, conde de Castellar y de Villa-Alonso, marquésde Malagón, señor de las villas de Viso, Paracuellos, Fuente el Fresno,Porcuna y Benarfases, natural de Madrid, hijo segundo del duque deAlburquerque, caballero de Santiago, alguacil mayor perpetuo de laciudad de Toro, alfaqueque de Castilla y vigésimo virrey del Perú, entróen Lima el 15 de agosto de 1674, ostentando—dice un historiador—

enacémilas lujosamente ataviadas la opulencia que solían sacar otrosvirreyes. El pueblo pensó, y pensó juiciosamente, que don Baltasar novenía en pos de logros y granjerías, sino en busca de honra, y lo acogiócon vivo entusiasmo.

Sus primeros actos administrativos fueron organizar la escuadra enprevisión de ataques piráticos, artillar Valparaíso, fortificar Arica,Guayaquil y Panamá, y reparar los muros del Callao, aumentando a la vezsu guarnición.

En el orden civil y en el orden religioso dictó acertadísimasdisposiciones. Dió respetabilidad a los tribunales; fué celoso guardiándel patronato, sosteniendo graves querellas con el arzobispo; reformó laUniversidad; creó fondos para el sostenimiento del hospital de SantaAna, y promulgó ordenanzas para moderar el lujo de los coches ytumultos, para impedir los desafíos y mejorar otros ramos de policía.

En Hacienda realizó varias economías en los gastos públicos, castigó conextremo rigor los abusos de los corregidores, y practicó minuciosainspección de las cajas reales. Por resultado de ella marcharon alpresidio de Valdivia varios empleados fiscales, se ahorcó al tesorero deChuquiavo, y confiscados los bienes de los culpables, recuperó el tesoroalgunos realejos.

Ningún libramiento se pagaba si no llevaba el cúmplase de letra del virrey, y con su firma al pie. Muchos de estosdocumentos fueron falsificados por Villegas.

Hablando de tan ilustre virrey, dice Lorente:

«Oía a todos en audiencias públicas y secretas, sin tener horasreservadas ni porteros que impidieran hablarle, y daba por sí mismodecretos y órdenes, con admiración de los limeños, que ponderaban nohaber observado actividad igual en el trabajo, ni forma semejante deadministración en ninguno de los virreyes anteriores.

Pocos años hace que un prestidigitador (Paraff) ofreció sacar del cobreoro en abundancia. Establecióse en Chile, donde organizó una Sociedadcuyos accionistas sembraron oro, que fué a esconderse en las arcas deParaff, y cosecharon cobre de mala ley.

Algo parecido sucedió en tiempo del conde de Castellar, sólo que allí nohubo bellaco embaucador, sino inocente visionario.

Sigamos a Mendiburuen la relación del hecho.

Don Juan del Corro, uno de los principales azogueros del Potosí, expusoal gobierno que había encontrado un nuevo método de beneficiar metalesde plata, dando de aumento en unos la mitad, en otros la tercera ocuarta parte, y en todos un ahorro de azogue de cincuenta por ciento,solicitando en pago de su descubrimiento mercedes de la corona. Elpresidente de Charcas, el corregidor, los oficiales reales de Potosí, ymuchos mineros y azogueros informaron favorablemente. El virrey puso enduda la maravilla, y envió a Potosí comisionados de su entera confianzapara que hiciesen nuevos experimentos prácticos.

Tres o cuatro meses después llegaba una tarde a Lima un propio,conduciendo cartas y pliegos de los comisionados. Estos informaban queel descubrimiento de don Juan del Corro no era embolismo, sinoprodigiosa realidad.

Entusiasmado el virrey se quitó la cadena de oro que traía al cuello yla regaló, por vía de albricias, al conductor de las comunicaciones. Enseguida mandó repicar campanas y que se iluminase la ciudad.

Esto produjo general alboroto, Tedéum en la Catedral, misa solemne degracias celebrada por el arzobispo Almoguera, lucidas comparsas demáscaras y otros regocijos públicos. No paró en esto. Castellar dispusose llevase a la Catedral las imágenes de la Virgen del Rosario, SantoDomingo y Santa Rosa en procesión solemne, que atravesó muchas callesricamente adornadas y en las que había altares y arcos de mucho costo.Hízose un novenario suntuoso, costeando de su propio peculio la devotavirreina doña Teresa María Arias de Saavedra los gastos de tanmagníficas fiestas.

El virrey mandó imprimir y distribuyó entre los mineros del Perú lainstrucción escrita por el autor del nuevo método. En todas partes fuéobjeto de prolijos ensayos que probaron mal, e hicieron ver que losprovechos eran tan pequeños y aun dudosos, que no merecían la pena. Elvirrey creía hasta cierto punto desairado su amor propio con esteresultado; y don Juan del Corro no se daba por vencido, atribuyendo sudesventura a ardides de enemigos y envidiosos. El de Castellar,acompañado de todos los funcionarios y gente notable de Lima, presencióal fin, un ensayo, y quedó convencido de que eran nulas las ventajas, ysoñadas las utilidades del nuevo sistema que a tantos había alucinado;pero quedó memoria—bien risible por cierto—

del entusiasmo y fiestascon que fué acogido.

Su intransigencia con arraigados abusos le concitó poderosísimosenemigos, que gastaron su influjo todo y no economizaron expediente paradesquiciar al virrey en el ánimo del soberano.

El 7 de julio de 1678, cuando tenía lugar en Lima una procesión derogativa, a consecuencia de un terrible terremoto que en el mes anteriordejó a la ciudad casi en escombros, recibió el conde de Castellar unareal orden de Carlos II en que se le intimaba la inmediata entrega delmando al orgulloso y arbitrario arzobispo don Melchor de Liñán yCisneros. Este lo sujetó a un estrecho juicio de residencia, y duranteél tuvo la mezquindad de mantenerlo, por cerca de dos años, desterradoen Paita.

Cuando en 1681 reemplazó el excelente duque de la Palata al arzobispoCisneros, don Baltasar de la Cueva, absuelto en el juicio, presentó su Relación de mando, fechada en el pueblecillo de Surco, inmediato aChorrillos, que es una de las más notables entre las Memorias queconocemos de los virreyes.

El conde de Castellar trajo al Perú gran fortuna, cuya mayor partepertenecía a la dote de su esposa, dama española que se hizo querermucho en Lima, por su caridad para con los pobres y por los valiososdonativos con que favoreció a las iglesias. De él se decía que entrórico al mando y salió casi pobre.

Las armas del de la Cueva eran: escudo cortinado; el primero y segundocuartel en oro con un bastón de gules; el tercero en plata y un dragón ogrifo de sinople en actitud de salir de una cueva; bordura de plata conocho aspas de oro.

En 1682, Carlos II, en desagravio del desaire que tan injustamente leinfiriera, lo nombró consejero de Indias.

Desempeñando este cargofalleció don Baltasar en España, tres o cuatro años después.

III

El conde de Castellar acostumbraba todas las tardes dar un paseo a piepor la ciudad, acompañado de su secretario y de uno de los capitanes deservicio; pero antes de regresar a palacio, y cuando las campanastocaban el Angelus, entraba al templo de Santo Domingo para rezardevotamente un rosario.