Tormento by Benito Pérez Galdós - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

—Entra, Felipe—murmuró ella, con la dificultad de voz que resultacuando el corazón parece que se sube a la laringe.

—¿Cómo lo pasa usted?

—Bien... ¿y tú?

—Vamos pasando. Tome usted.

—¿No te sientas?

Tomó la carta. No acertaba a abrirla y el corazón le dijo que nocontenía, como otras veces, billetes de teatro. Luego venía tan pegadoel sobre, que le fue preciso meter la uña por uno de los picos paraabrir brecha y rasgar después... ¡Jesús!... Si no acertaba tampoco asacar lo que dentro había... ¡Dedos más torpes!... Por fin salió unpapel azul finísimo, y dentro de aquel papel dejáronse ver otros papelesverdes y rojos y no muy aseados. Eran billetes del Banco de España.Amparo vio la palabra escudos, ninfas con emblemas industriales y decomercio, muchos numeritos... Le entró tal estupidez que no supo quéhacer ni qué decir. Tuvo la idea de meter todo otra vez dentro del sobrey devolverlo. ¿Pero se enfadaría...? Puso la carta y su contenido en lamesa y sobre todo apoyó el brazo. Tanta era su emoción, que necesitabatomarse algún tiempo para adoptar el mejor partido.

«Siéntate, hombre... a ver, cuéntame qué es de tu vida».

Hablando, hablando, quizás se restablecería el orden en su cabezatrastornada.

«Dime, ¿qué tal te va con tu amo?».

—Tan bien que no sé lo que me pasa. Yo digo que estoy durmiendo.

—¿Tan bueno es?

—¿Bueno?, no señora; es más que bueno, es un santo—afirmó Centeno conentusiasmo.

—Ya, ya. Bien se conoce que estás en grande. Pareces un señorito. Ropanueva, sombrerito nuevo.

—Es un santo, un santo del cielo—repitió el doctor con ciertoarrobamiento.

—¿Y estudias?

—Ya lo creo... Tengo poco trabajo y voy al Instituto... Le digo a ustedque me vino Dios a ver.

—¡Cuánto me alegro!

Por un instante se apartó la mente de Amparo del interés de lo que oíapara pensar así:

«¿Qué cantidad será esta? Me da vergüenza de mirarlo ahora delante delmuchacho».

Mientras esto pensaba ella, Centeno se entretenía en contemplar a susabor la perfecta cara, las acabadas manos y brazos de la Emperadora.Era Felipe uno de los admiradores más fervientes que ella tenía, y sehabría estado mirándola sin pestañear tres semanas seguidas.

«Pero cuéntame, ¿cómo tuviste la suerte de conocer a ese señor?».

—¡Ah!... vea usted.... Yo estaba el año pasado en un oficio muyperro.

—Sí, tocando la trompeta con el del petróleo.

—Después entré en la tienda de la calle Ancha, ya sabe usted, el número17, donde dice: Ultramarinos de Hipólito Cipérez. No me iba mal allí.D. Agustín era amigo de mi amo; le había conocido en las Américas...Cuando se ponían a hablar no concluían.

D. Agustín registraba toda latienda, y como es tan entendido en comercio, preguntaba:

«¿A cuánto subeel arroz sobre vagón en Valencia? ¿Cómo se detalla aquí el azúcar?

¿Acuánto sale la galleta inglesa? ¿Es buen negocio las conservas deRioja?». Y

Cipérez le enteraba de todo. Muchos días comían juntos en latrastienda, y siempre que mi amo mandaba un recado a D. Agustín iba yo allevarlo. Me gustaba mucho aquel caballero, y decía él que yo le habíacaído en gracia. Oiga usted lo mejor. Un día entró D. Agustín en latienda y dijo: «Caramba, estoy tan aburrido, que una de tres: o me pegoun tiro o me caso o me pongo a trabajar, es decir, una de tres: o memato o me alegro o me embrutezco para no sentir nada... Lo primero especado, lo segundo es difícil; vamos a lo tercero. Tengo ganas de haceralgo; déjeme usted que le ayude». Y

poniéndose en mangas de camisa sefue al almacén ¡qué salero!, y empezó a pesar sacos, a apartar cajas depasas y a confrontar facturas para sacar los precios. El otro chico y yono podíamos menos de echarnos a reír; pero don Agustín no seenfadaba. Al otro día, que era domingo, nos dio para que fuéramos alteatro. Una noche, hablando con Cipérez de las cosas de su casa, dijoque necesitaba un criado y que yo le gustaba, y me fui con él. Yo dije:«Aquí es la mía», y le enseñé mis libros y le pedí que me dejara librealgunas horas para volver al Noviciado. Se puso muy contento:

«Hombresí, hombre sí...». Poco trabajo tengo, porque hay dos criadas. Una deellas, que es la que manda, hermana de la mujer de Cipérez, es muy buenaseñora, muy buena señora. Y allí ha de ver usted abundancia, sin que sepueda decir que hay despilfarro. La casa es un palacio. No crea usted...cortinas de seda, alfombras y candeleros de plata... En la cocina haymáquina para hacer helado y en el comedor un servicio de huevos pasadosque es una gallina con pollos, todo de plata. La gallina se destapa yallí se ponen los huevos pasados. A los pollos se les levanta la cabezay son las hueveras, y en el pico se pone la sal. ¡Oh!, ¡pues si ustedviera...! En uno de los cuartos hay una pila de mármol con dos llaves,una de agua fría, otra de agua caliente.

Da gusto ver aquello... Lacocina es de hierro, con muchas puertas, tubos, hornillas y horno ydemonios... ¡Vaya que ha gastado el amo dinerales en arreglar la casa!Es suya; ¿pues qué cree usted? La compró por tantos miles de miles deduros. Vivimos en el principal. ¡Si usted la viera! El amo tiene cama grande, muy grande. Dicen que se quiere casar... y luego haymuchas alcobas, muchas, que, según Doña Marta, serán para los niños...Hay un armario de tres espejos para ropa de señora. Está vacío. Yo metoen él la cabeza para oler el cedro, que huele muy bien... Síguele otroarmario, lleno de montones de ropa blanca, que el señor trajo de París.Aquello no se toca. Hay allí mantelerías y otras cosas muy ricas, peromuy ricas; telas con mucho encaje

¿sabe?... Es cosa para que no latoquen manos. Pues también tenemos un cajón de cubiertos de plata que nose usan nunca y vajillas que están todavía metidas dentro de paja. DiceDoña Marta que hay allí avíos para una casa de cuarenta de familia. Ytodos los días están trayendo cosas nuevas. D. Agustín, como no tienenada que hacer, se entretiene en ir a las tiendas a comprar cosas. Elotro día llevaron una lámpara grande de metal. Parece de oro y plata, ytiene la mar de figuras y ganchos para luces. ¡Ah!,

¡si viera usted unalicorera que es un barco con sus velas, y está cargado de copas...!, enfin, monísimo. En el cuarto que va a ser para la señora hay muchos,muchísimos monigotitos de porcelana. No pasa día sin que el amo traigaalgo nuevo; y lo va poniendo allí con un cuidado... ¡Y qué sofá, quésillas de seda ha puesto en el tal cuarto! Nosotros decimos: «Aquí tieneque venir una emperatriz...». ¡Ah!, también hay en el cuarto de laseñora una jaula de pájaros, todo figurado, con música, ycuando se le da al botón que está por abajo, tiriquitiplín...empiezan a sonar las tocatas dentro, y los pájaros mueven las alas yabren el pico...

Centeno se reía; Amparo se echó a reír también y al mismo tiempo susojos se humedecieron.

«¿Y tu amo qué hace?... ¿En qué se ocupa?».

—Madruga mucho, escribe sus cartas para América, y después sale a darun paseo a caballo. Monta muy bien. ¿Le ha visto usted? Es un granjinete. Después que vuelve de pasear lee el correo... Suele ir por lastardes a casa de los señores de Bringas.

Algunos días le entra la murriay no sale de casa. Se está todo el santo día dando vueltas en sudespacho y en el cuarto de la señora.

—¿Y tiene mal genio?

—¿Que está usted diciendo, señora? ¿Mal genio? Lo dicho, o mi amo essanto o no creo en santo ninguno. Conmigo tiene bromas. No me riñe sinoasí: «hombre, hombre,

¿qué es eso?». Otras veces viene y me dice:«Felipe, formalidad». Y punto... Yo me porto bien, aunque me esté mal eldecirlo. Cuando estoy estudiando en mi cuarto, porque tengo mi cuartito,suele entrar de repente y coge mis libros y los lee... Como ha estadotantos años trabajando, no sabe mucho, sino es de cosas de comercio,quiero decir, que no ha tenido tiempo de leer. A mí mepregunta de vez en cuando alguna cosa, y si la sé le contesto; pero casisiempre da la condenada casualidad de que yo también me pego, y nosquedamos los dos mirándonos el uno al otro.

—¿Van muchos amigos a su casa?

—¡Quia!, no señora. Constantes no van más que tres: el Sr. de Arnáiz,el Sr. de Trujillo y el Sr. de Mompous. Toman café en casa y juegan albillar con el amo. Son buenas personas. Lo que no falta nunca allí atodas horas del día es gente que va a pedir limosna, porque el señor esmuy caritativo ¡Ay, Dios mío, qué jubileo! Unos van con cartitas, estoscon un papel lleno de nombres y otros se presentan llorando. Van viudas,huérfanos, cesantes, enfermos. Este pide para sí, aquél para unos niñosmocosos. Dice Doña Marta que la casa parece un valle de lágrimas. Y elamo es tan buenazo que a todos les da más o menos. Las monjas van así...en bandadas. Unas piden para los viejos, otras para los niños, estaspara los incurables, aquellas para los locos, para los ciegos, para loslisiados, para los tiñosos y para las arrepentidas. Van artistas que sehan estropeado una mano y bailarinas que se han descoyuntado un pie;cantantes que se quedaron roncos y albañiles que se cayeron de losandamios. Van clérigos de la parroquia que piden para las monjas pobres,y señoras que juntan para los clérigos imposibilitados. Algunospiden con la pamema de una rifa, y llevan una fragata dentro de sufanal, colchas bordadas o una catedral hecha de mimbres. Ciertos sujetosclamorean para el beneficio de un cómico pobre o para redimir delservicio militar a un joven honrado. Hay mujer que va pidiendo para unamisa que ofreció, o para una enferma a quien le han recetado talesbaños. Las murgas están siempre soplando a la puerta de casa, y en fin,mi amo, como dice Doña Marta, es el segundo Dios de los necesitados...¡Y como es tan rico...! Porque usted no sabe bien lo rico que es mi amo.Tiene más millones, más millones... (Al llegar aquí, Felipe se habíaentusiasmado tanto, que se levantó y gesticulaba como un orador.) ¿Quécree usted? El Banco le debe mucho, y cuando quiere dinero, pone sufirma en un papelito y se lo da al cobrador de Arnáiz, el cual le traeluego una espuerta de billetes...

Ambos se reían con natural y expansivo gozo.

«Me parece, amigo Felipe, que exageras mucho».

—¿Qué está usted diciendo?... Si es más que millonario. Al Gobierno leha prestado la mar de dinero, sí señora, al Gobierno. En Londres, enBurdeos y en América tiene...

no se acierta a contar.

Centeno expresó con indescriptible gesto la imposibilidad en que estabade apreciar por medio de la aritmética los fabulosos caudalesde su amo.

Por grande que fuera el interés con que Amparo oía las maravillascontadas por Felipe, mayor era su curiosidad por examinar a solas elcontenido de la carta y ver si aquel bendito hombre había escrito algoen ella. Abrasada de impaciencia, dijo al muchacho:

«Mira, Felipe, es tarde. ¿No te reñirá tu amo si te entretienes? Creoque debes retirarte».

—Las nueve menos cuarto—dijo el doctor sacando del bolsillo con ciertaafectación, un bonito remontoir americano.

—Hola, hola, ¿tienes reloj? ¡Chico!...

—Y de plata. Me lo dio el amo el día de San Agustín... Tiene razón laseñorita.

Debo marcharme. D. José Ido me dijo que, al bajar, entrara ensu cuarto para charlar un poquito; pero es tarde...

—Sí, más vale que te vayas a tu casa—indicó Amparo, temerosa de queIdo y su mujer, que eran muy chismosos, se enteraran del recado queFelipe había traído—.

Pórtate bien con tu amo y no le des disgustos,entreteniéndote fuera de la casa. No encontrarás otro arrimo como ese.Debes traerlo en palmitas, debes ponerlo sobre tu corazón...

—En mis propias entretelas, señorita... Con que...

—Adiós, hijo.

—Que usted lo pase bien... Que usted se conserve siempre tan buena...

—Adiós, hombre.

—Y tan guapa—añadió el doctor, que ya iba aprendiendo a ser galante.

XII

En cuanto Amparo se quedó sola, faltole tiempo para ver y examinar loque había recibido. En blanco estaba el papel que envolvía los billetes,los cuales, ¡oh prodigio!, representaban suma doscientas veces mayor quela que Bringas acostumbraba darle todos los sábados... Ella miraba elpapel azul creyendo encontrar algún signo, alguna cifra que fuesenexpresión de la magnanimidad de aquel hombre santo, angelical, único;pero no había nada, ni un rasgo de pluma. Tal laconismo superaba enelocuencia a los mejores párrafos. Amparo le trajo a su memoria con vivoesfuerzo del espíritu, y creía estarle viendo, al través de la puertadel despacho, sentado y con un periódico en la mano, mientras Bringas ledecía a ella las desabridas palabras: «¡hija, otra vez será!».

Grandísima fue la confusión de la joven al pensar qué haría con aqueldinero.

Devolverlo era un acto orgulloso que ofendería al donador. ¡Yverdaderamente le hacía tanta, tantísima falta...! El casero la acosabay no la dejaban vivir acreedores igualmente feroces. Sí, sí,lo mejor que podía hacer era humillarse ante la majestad de aquella almagrande y aceptar el socorro para atender a sus congojosas necesidades.Él no lo hacía por vanidad de hombre rico; hacíalo por puro anhelo decaridad y amor.

¿Cómo desairar estos dos sentimientos que, según lareligión, son uno solo?

Esta consideración llevó sus ideas por otro camino. Lo que Agustín lehabía dicho algunas noches antes era de gran valor. Antes de oír aquellasustanciosa frase, ya ella había comprendido, con su penetración dehembra, que el señor de Caballero no la miraba como se mira a laspersonas que nos son indiferentes. Había sabido ella interpretar conseguro tino aquella frialdad de estatua, aquel silencio grave,hallándoles un sentido atrozmente expresivo. Luego él de improviso habíadicho: «me volveré a Burdeos cuando pierda la esperanza, cuandousted...». ¡Oh!, no, no; no podía ser; caso tan feliz salía fuera de losjustos términos de la ambición humana... Pero ¿qué significaba entoncesaquel regalo, que si a primera vista no parecía delicado, revelabafranqueza noble y el deseo de atemperarse a las circunstancias? Y siendoella pobre, pobrísima, ¿por qué no había de auxiliarla quien aspirabanada menos que a...?

Sueño, delirio, esto no podía ser... No obstante,un secreto instinto le decía que sí. Bien claro habían hablado aquellos ojos negros. Y el consabido socorro debía entenderse como unintento de ponerla en condiciones de igualarse a él... Otra confusión:siendo indudable que Caballero la quería para sí, ¿en qué condicionessería esto? Quería hacerla su esposa o su... Él había dicho varias vecesque deseaba casarse. A más de esto, aquella frase que dijo a Rosalía,aquel yo la dotaré, encerraba un sentido enteramente matrimonial.

Más se confundía Amparo al pensar lo que debía decir a su protectorcuando le viera en la casa de Bringas. ¿Le daría las gracias lo mismoque si hubiera recibido la butaca de un teatro o una caja de dulces?No... ¿Se callaría? Tampoco. ¿Le contestaría con un largo y bienestudiado discurso? Menos. No era caso de decir: «¡Ave María!

D.Agustín, ¡qué cosas tiene usted!». La respuesta al gallardo obsequio eratan difícil y compleja, que lo mejor sería confiarla al papel. ¡Unacarta! Feliz idea. Amparo tomó papel y pluma... Pero las dificultadesfueron tales desde la primera palabra, que arrojó la pluma convencida desu incapacidad para obra tan delicada. Todo cuanto se le ocurríaresultaba pálido, insulso y afectado, como si hablara por ella unpersonaje de las novelas de D. José Ido. Nada, nada de papeles escritos.El estilo es la mentira. La verdad mira y calla.

Las cosas que bullían en su cabeza, los disparates que pensaba, losproyectos que hacía, los desfallecimientos que sentía depronto, pusiéronla en tal estado de sobrexcitación, que si no era lamisma locura, poco le faltaba para llegar a ella.

Añadíanse a tantosmotivos de frenesí las maravillas contadas por Felipe aquella noche, queno parecían sino las Mil y una noches refundidas a estilo casero. Enel rebullicio que tenía en su cabeza vio Amparo los grifos del baño, lacocina con tantas puertas y hornillos, los montones de ropa y devajilla, las figuritas de porcelana y los pájaros de la caja de música.Ya se paseaba por la sala, dando aire y espacio a todo aquel efluvio depensamientos vanos, ya se sentaba para mirar atentamente a la luz, yaiba de una parte a otra de la casa. La una sonó en el reloj de laUniversidad y ella no pensaba en pedir reposo al sueño.

Refugio entró. Sorprendida de ver a su hermana levantada, temblóesperando una reprimenda por haber venido tan tarde. Tenía el rostroencendido y de sus ojos brotaban resplandores de fiebre o de alegría.

«¿Qué hay?»—preguntó Refugio, antes de quitarse la toquilla con que seabrigaba.

Tenía tan poco imperio el egoísmo en el alma de la mayor de lasEmperadoras que hizo entonces, como otras muchas veces, una cosa de todopunto contraria a su conveniencia personal. ¡Era tan débil! Dejándosearrastrar de su índole generosa, mostró los billetes.

Refugió abrió los ojos, enseñó los dientes en un reír de loca, y dijocon toda su voz, que con el frío de la noche se había puesto algo ronca:

«¡Chica, chica!».

—¡Ah!, poco a poco—dijo Amparo guardándose el dinero en el seno conrápido movimiento—. Esto ha venido para mí. Que yo como buena hermanalo parta contigo, no quiere decir que tengas derecho...

—¿Pero quién?...

—Eso no te lo puedo decir... Lo sabrás más adelante... Pero te juro quees el dinero más honrado del mundo. Se pagarán todas las deudas. Y si teportas bien, si haces lo que te mande, si me prometes trabajar y nosalir de noche, te daré algo... Acuéstate, estarás cansada.

Refugio, sin decir nada, entró en la alcoba. Desde la sala se la podíaver colgando su ropa en una percha.

Amparo se acostó también. En la oscuridad, de cama a cama, las doshermanas hablaban.

«Se entiende que has de portarte bien... hacer todo lo que yo te mande.Tu decoro es mi decoro; y si tú eres mala, mi opinión ha de padecertanto como la tuya».

—Es que para que yo sea buena, hermana—replicó la otra desde el huecode sus sábanas—, lo primero que has de hacer es suprimir los sermones.No prediques, que eso no conduce a nada. ¿Por qué es mala una mujer? Porla pobreza... Tú has dicho:

«si trabajas...». ¿Pues no hetrabajado bastante? ¿De qué son mis dedos? Se han vuelto de palo detanto coser. ¿Y qué he ganado? Miseria y más miseria... Asegúrame lacomida, la ropa, y nada tendrás que decir de mí. ¿Qué ha de hacer unamujer sola, huérfana, sin socorro ninguno, sin parientes y que se hacriado con cierta delicadeza?

¿Se va una a casar con un mozo de cuerda?¿Qué muchacho decente se acerca a nosotras viéndonos pobres?... Y yasabes, desde que la ven a una tronada y sola ya no vienen a cosabuena... La costura ¿para qué sirve? Para matarse... ¿Ese dinero lo hasganado tú haciendo camisas, bordando o poniendo cintas a lossombreros?... ¡Qué risa! ¿Te lo han dado los Bringas?... ¡Tendría sal!¿Pues de dónde lo has sacado? ¿Hay debajo de las tejas quien dé dineropor darlo, por hacer favor, por caridad pura?... No, hija; a mí no mevengas con hipocresías... ¿Es que puede suceder que lluevan billetes deBanco? Tampoco. Pues entonces habla claro... Chica, yo necesito treintaduros, pero los necesito mañana mismo. Es que los debo, hija, los debo,y yo tengo mucha conducta. Si me los das...

Poco a poco se fueron entrecortando las palabras de Refugio. Estaba tanfatigada, que la excitación cerebral, producida por la vista de aquelinexplicable tesoro, fue vencida del cansancio. Se durmió profundamente,como ella dormía, con la tranquilidad del injusto, resultadode una fácil conciencia.

Por la mañana, Amparo, que estaba despierta, sintió que su hermana selevantaba despacito, procurando no hacer ruido, y metía con sigilo ycautela la mano entre las almohadas...

«Chica, no seas mala—dijo la Emperadora mayor, aplicándole ligerabofetada—.

Estoy despierta. No he dormido en toda la noche. ¿Buscas eldinero? Sí, para ti estaba...».

Refugio volvió a su cama riendo. Toda la mañana, ya después delevantadas, estuvieron cuestionando, a ratos en broma, a ratos conseriedad. Negábase Amparo a dar dinero a su hermana si no prometíavariar de costumbres, y Refugio, para conseguir su objeto sin renunciara su libertad, empleaba toda suerte de halagos y carantoñas, o bien detiempo en tiempo las amenazas, revolviéndolas con mentiras muy bienurdidas. Tenía un gran compromiso con las de Rufete, y cuando lospintores a quienes servía de modelo le pagaran, devolvería a su hermanala cantidad que le anticipase. De este enredo pasó a otro y luego aotro, hasta que, Amparo, cansada de oírla, la mandó callar, por lo cual,irritada la pequeña, dejose arrebatar de la ira, y con la voz de sus yaindomables pasiones increpó a su hermana de esta manera:

«Guarda tu dinero, hipocritona... No lo quiero... Me quemaría las manos.Es de pie de altar».

Tanta impresión hicieron en el ánimo de la otra estas palabras, queestuvo a punto de caer al suelo sin sentido. Sin responder nada corrió ala alcoba y se reclinó sobre la cama, rompiendo a llorar. En la salita,Refugio desbocada prosiguió de este modo:

«Tiempo hacía que no parecían por aquí dineritos de la lotería deldiablo...».

Después de una pausa lúgubre, Refugio vio que por entre las cortinillasde la alcoba asomaba el brazo de su hermana. La mano de aquel brazoarrojó dos billetes en medio de la sala.

«Toma, perdida»—dijo una voz, ahogada por los sollozos.

Refugio tomó el dinero. Sabía conseguir de su hermana todo lo que queríamanejando un hábil resorte de vergüenza y terror. Amparo no había sabidosustraerse a este execrable dominio.

Aplacado su furor con la posesión de lo que deseaba, la hermana menorsintió en su alma cosquilleos de arrepentimiento. Era su carácter prontoy como explosivo, y tan fácilmente se remontaba a las cumbres de la iracomo caía deshecho en el llano de la compasión. Había ofendido a suhermana, le había dado terrible golpe en la misma herida sangrienta ydolorosa; y afligida del recuerdo de esta mala acción, esperó a que laagraviada saliese para decirle alguna palabra conciliadora. Pero nosalía; sin duda no quería verla, y Refugio al cabo, másvencida de la impaciencia que de la consideración hacia su hermana,salió a la calle.

Aquel día, por ser domingo, no fue Amparo a la casa de Bringas.Entretúvose en arreglar la suya y coser su ropa, y después de una breveexcursión a la calle para comprar varias cosillas que le hacían muchafalta, volvió a su trabajo doméstico con verdadero afán. Hizo propósitode establecer el mayor arreglo y limpieza en su estrecha vivienda. Pero¡ay!, con aquella loca de su hermana no era posible el orden.

«¿Qué sacode comprar nada—pensó—, si el mejor día me lo vende o me lo empeñatodo?».

Comió sola, porque la andariega no fue a la casa en todo el día. Entróde noche ya muy tarde; pero las dos hermanas no se hablaron una palabra.Amparo estaba muy seria, Refugio parecía sumisa y deseosa de perdón.Viendo que su hermana no se daba a partido, bajó a casa de D. José yestuvo charla que charla toda la noche. Estas tertulias de la pequeña encasa de los vecinos desagradaban mucho a su hermana.

XIII

Al día siguiente, lunes, se presentó Amparo a Rosalía, después dedesempeñar diferentes comisiones que esta le había encargado. Una de lasprimeras conversaciones que Rosalía tuvo con ella fuele horriblementeantipática, en términos que de buena gana habría puesto una mordaza enla boca de su excelsa protectora.

«Hoy estuve en San Marcos—le dijo esta—, y me encontré a DoñaMarcelina Polo... ¡Qué desmejorada está la pobre señora! Será por losdisgustos que le ha dado su hermano, que, según dicen, es una fiera conhábitos... Me preguntó por ti y le dije que estabas buena, que quizásentrarías en un convento. ¿Sabes cómo me contestó...?».

Amparo aguardaba más muerta que viva.

«Pues no me dijo nada; no hizo más que persignarse. Entró en lasacristía y oí mi misa».

Cuando llegó la hora en que acostumbraba ir Caballero, la joven no sabíasi era temor o deseo de verle lo que embargaba su ánimo... Pero elgeneroso no fue aquel día, ¡cosa extraña!, y Amparo no se explicabaaquella falta sino suponiendo en él algo de lo que ella misma sentía,temor, cortedad, timidez. Él también era débil, sobre todo en asuntosdel corazón, y no sabía afrontar las situaciones apuradas. En vez deCaballero fue aquel día un señor, amigo de a casa, el cual era el hombremás cargante que Amparo recordaba haber visto en todos los días de suvida. Era un presumido que se tenía por acabado tipo de guapeza y buenaapostura, y se las echaba de muy pillín, agudo y gran conocedor demujeres. Mientras estuvo allí no apartó de Amparo sus ojos, que erangrandísimos, al modo de huevos duros y con expresión de carneromoribundo. La vecindad de una nariz pequeñísima dabaproporciones desmesuradas a aquellos ojos que, en opinión del propioindividuo, su dueño, eran las más terribles armas de amorosasconquistas. Dos chapitas de carmín en las mejillas contribuían alestrago que tales armas sabían hacer. Sonrisa con pretensión de irónicaacompañaba siempre al despotrique de miradas que aquel señor echabasobre la joven; y sus expresiones eran tan enfatuadas, reventantes yestúpidas como su modo de mirar. Llamábase Torres, y era un cesante quese buscaba la vida sabe Dios cómo. La impresión que este individuo y susmiradas hacían en la huérfana quedan expresadas diciendo, a estilopopular, que esta le tenía sentado en la boca del estómago.

Fuera de este suplicio de ojeadas y sandeces, nada ocurrió aquel díadigno de contarse; mas cuando la joven volvió a su casa, ya entrada lanoche, recibió de la portera una carta que habían traído en su ausencia,y al ver la letra del sobre sintió temor, ira, rabia; estrujola, y alsubir a su vivienda la rompió en menudos pedazos, sin abrirla. Lostrozos de la carta metidos unos dentro de los fragmentos del sobre yotros sueltos, estuvieron algún tiempo en el suelo, y cada vez queAmparo pasaba cerca de ellos parecía que solicitaban su atención. Hastase podía sospechar que sobrenatural mano los dispuso sobre la estera demodo que expresasen algo y fueran signo de alguna muda peroelocuente solicitud. Mirábalos ella y pasaba, pisándolos; pero lospedacitos blancos le decían: «Por Dios, léenos». Para borrar todo rastrode la malhadada epístola, Amparo trajo una escoba, emblema del aseo, quetambién lo es del menosprecio. Pero a los primeros golpes pudo lacuriosidad más que el desdén.

Inclinose, y de entre el polvo tomó unpapel que decía: moribundo. Después vio otro que rezaba: pecado. Untercero tenía escrito: olvido que asesina. Barrió más fuerte y bienpronto desapareció todo.

Mas concluida la barredura, el desasosiego de la Emperadora fue tangrande que no pudo comer con tranquilidad. A media comida levantose dela insegura silla; no podía estar en reposo; sus nervios iban a estallarcomo cuerdas demasiado tirantes. Levantó manteles; púsose las botas, elvelo, y se dirigió a la puerta; pero desde la escalera retrocedió comoasustada, y vuelta a descalzarse y a guardar el velo. Aunque estaba solay con nadie podía hablar, la viveza de su pensamiento era tal que arrojóa la faz de la tristeza y de la penumbra reinantes en su casa estasextravagantes cláusulas: «No, no voy... Que se muera».

Mas tarde debieron de nacer nuevamente en su espíritu propósitos desalir. Cada suspiro que daba haría estremecer de compasión al quepresente estuviera. Después lloraba. Era de rabia, de piedad,¿de qué...? Acostose al fin y durmió con intranquilo sueño, entrecortadode negras, horripilantes pesadillas. Medio dormida, medio despierta,oyéronse en la angosta alcoba ayes de dolor, quejidos lastimosos, cualsi la infeliz estuviese en una máquina de tormento y le quebrantaran loshuesos y le atenazaran las carnes, aquella carne y aquellos huesos quecomponían, según Doña Nicanora, la más acabada estatua viva queprodujera el cincel divino. Despierta antes del día, en su cerebro, comoluz pendiente de una bóveda, estaba encendida esta palabra: «iré». Y laoscilación y el balanceo de esta palabra encendida eran así: «Debo ir;mi conciencia me dice que vaya, y mi conveniencia también para evitarmayores males. Voy como si fuera al cadalso».

Lo primero que tuvo que hacer fue inventar la explicación de su ausenciade la casa de Bringas. Cuando no las pensaba con tiempo, estasmentirijillas le salían mal, y en el momento preciso se embarullaba,dando a conocer que ocultaba la verdad. Inventado el pretexto se dispusoa salir, no verificándolo hasta que se hubo marchado su hermana. Lasdiez serían cuando se echó a la calle, digámoslo en términosrevolucionarios, y tan medrosa iba, que se consideraba observada y aunseguida por todos los transeúntes.

«Parece que todos saben a dónde voy—pensaba andando más quede prisa para recorrer el penoso camino lo más pronto posible—. ¡Quévergüenza!».

Y la idea de que pudiera encontrar a alguna persona conocida la hacíapasar bruscamente de una acera a otra y tomar las calles más apartadas.Habría deseado, para ir tranquila, ponerse una careta, y si aquellosdías fueran los de Carnaval seguramente lo habría hecho. Atravesó todoMadrid de Norte a Sur. Las once serían cuando entraba en la calle de laFe, que conduce a la parroquia de San Lorenzo, y reconoció desde lejosla casa a donde iba por una alambrera colgada junto a una puerta, comoinsignia del tráfico de trapo y cachivaches. Se compra trapo, lana, panduro y muebles, decía un sucio cartelillo colgado en la pared. Elportal no tenía número. Amparo, que no había estado allí más que unavez, cuatro meses antes, no podía distinguirlo de los demás portalessino por aquel emblema de la alambrera y del rótulo. Ya tan cerca deltérmino de su carrera, vacilaba; pero al fin, pasando junto a la mamparade un memorialista, penetró en feísimo patio, por un extremo del cualcorría un arroyo de agua verde, uniéndose luego a un riachuelo delíquido rojo. Eran los residuos de un taller de tintorería de paja desillas que había en aquellos bajos.

Atravesó la joven apresuradamente el patio de un ángulo a otro. Muchotemió que unas mujeres que estaban allí le dijesen algunainsolencia; pero no hubo nada de esto.

En el rincón del patio había unapuerta que daba paso a la escalera, cuyo barandal era de fábrica.Paredes, escalones y antepechos debieron ser blanqueados en tiempo deCalomarde; mas ya era todo suciedad y mugre lustrado por el roce detantos cuerpos y faldas que habían subido por allí. Silencio tristereinaba en la escalera, que parecía una cisterna del revés. Se subía porella al abismo, porque mientras más alta era más oscura. Por fin llegóAmparo a donde pendía un cordón de cáñamo. Era menos limpio que el de sucasa, por lo que hubo de cogerlo también con el pañuelo. Llamó quedito yno tardó en abrirse la puerta, pintada de azul al temple, dejando vercolosal figura de mujer anciana, cuya cara morena, lustrosa y curtidaparecía una vieja talla de nogal.

Sus cabellos de color de estopa sincardar salían por debajo de un pañuelo negro, y era también negro elvestido con visos de ala de mosca que declaraban antecedentes de sotana.La voz cascada de aquella mujer dijo estas palabras acompañadas de unreír menudo, semejante al rumor de un sonajero:

«¡Gracias a Dios! Que haya repique de campanas... Poco contento se va aponer».

—¿Hay alguien, Celedonia?, ¿hay alguna visita?—preguntó Amparo conmuchísimo recelo.

—Aquí no viene nadie, hija... Está solo y dado a losdemonios. Cuando la vea a usted... Adelante. Si no tiene nada, nada másque soledad y tristeza. Le digo que pase y no quiere... Pase, pase, ¿aqué viene ese miedo? Ahora que tiene compañía, me voy a casa deltintorero.

Amparo entró en una sala no muy grande cuyas dos ventanas daban alpatio.

Contenía esta pieza el mueblaje de otra que había sido mayor, yde aquí su aspecto de prendería. El polvo dominaba absolutamente todo,envolviendo en repugnante gasa los objetos. Parecía un domicilio cuyosdueños estuvieran ausentes, dejándolo encomendado al cuidado de lasarañas y de los ratones. En el rincón opuesto a la puerta, detrás de unamesilla de salomónicas patas, colocada junto a la ventana, había unsillón de hule negro y roto. En el sillón estaba un hombre, más quesentado hundido en él, cubierto de la cintura abajo con una manta.

Al verle, la Emperadora fue hacia él ligera. La fisonomía del hombreenfermo era toda dolor físico, ansiedad, turbación. Ella, turbadatambién, le alargó su mano, que el tal tuvo entre las suyas mientrasdecía:

«Alabado sea Dios... ¡tantos meses sin parecer por aquí! Me hubieramuerto... me quería morir. ¡Ah, Tormento, Tormento!... ¡Abandonarme así,como a un perro; dejarme perecer en esta soledad....!».

—Yo no debía venir... Había hecho propósito de no venirmás... Pecado horrible, que no puede tener perdón.

Diciendo esto, parecía que se ahogaba. Rompió a llorar, ¡y de quémanera!... Vertía lágrimas antiguas, lágrimas pertenecientes a otrosdías y que no habían brotado en tiempo oportuno. Por eso teníansalobridad intensa y le amargaban horriblemente cuando se las bebía.Vuelta la espalda al enfermo, estaba inmóvil y en pie como una de esasbonitas imágenes que, vestidas de terciopelo, barnizada la cara y con unpañuelo en la mano, representan con su llanto eterno la salvación por elarrepentimiento.

Mirábala él con torvos y asustados ojos. También él lloraba quizás, peropor dentro.

Su cara era cual mascarilla fundida en verdoso bronce, y loblanco de sus ojos amarilleaba al modo del envejecido marfil. Queriendodominar la situación, el enfermo desechaba con violento esfuerzo latristeza y duelo del caso. Oídle decir en tono de impaciencia:

«Tormentito, deja eso por ahora. Estoy muy mal y me afecto mucho. Laalegría de verte después de tanto tiempo se sobrepone a todo. Siéntate».

—Sí—dijo volviéndose la que el doliente llamaba con nombre tanextraño—. He venido por cumplir una obra de misericordia; he venido avisitar a un amigo enfermo, y nada más. Se acabaron para siempreaquellas locuras.

—Bueno, bueno; se acabaron. Pero sosiégate ahora y siéntate.

Tormento miró a todos lados con rápido y atento examen. Sus ojosencendidos pestañeaban y el pañuelo no había secado todo el llanto queabrasaba sus mejillas.

Sonrisa ligeramente burlona animó sus labios, ydijo así:

«Que me siente... ¿Y dónde? Si todo está lleno de polvo. Si aquí pareceque no se ha barrido en tres meses. Esto es un horror».

—Yo no he permitido que se barra ni se toque nada...—replicó elmisántropo, hasta que tú vinieras.

—Hasta que yo viniera... ¡Jesús!

—De modo que si no vienes... me dejo morir en este abandono. Ya vescuánta falta me haces.

Tormento buscó con qué limpiar una silla, y hecho esto, se sentó en ellafrente al enfermo.

«¿Y qué dice el médico?».

—¡El médico!... Celedonia ha querido varias veces traer uno, pero yo lehe dicho siempre que si le traía le echaría por la ventana. Mi médico esotro, mi medicina es que me mire una persona que conozco, que venga averme, que no se olvide de mí.

Decía esto como un niño quejumbrón, a quien la enfermedad da derecho aser mimoso.

—Basta, basta... todo pasó, pasó, pasó—dijo Tormento pugnando porarrojar el peso que sobre su alma tenía.

—No me riñas...

—Es que me marcharé.

—Eso no... Seré bueno. Pero es tan verdad lo que te he dicho, es tanverdad que tú, alejándote, eres mi mal y volviendo mi salud, que hoy,sólo con verte, parece que estoy bueno y que me vuelven las fuerzas.¡Qué días he llevado! Hace un mes que apenas tomo alimento. Paso semanasenteras sin dormir... Dice Celedonia que esto es cosa del hígado, y yole digo: «Que me la traigan, que me la traigan... y verás cómoresucito...». ¡Y tú tan inhumana, tan olvidadiza...! ¿Cuántas cartas teescribí hace tres meses? Qué sé yo. Viendo que no me respondías ni mevisitabas, me resigné. Pero hace días, creyendo morirme, no puderesistir más, y te puse cuatro letras.

«¡Por Dios!...—exclamó Tormento, sin fuerzas para resistir el de suconciencia—, que no me arrepienta de haber venido. Aquello pasó, seborró, es como si no hubiera sucedido... Y la vida entera dedicada alarrepentimiento, ¿bastará, digo yo, bastará para que Dios perdone?...».

Su espanto la obligaba a decirlo todo en impersonal, porque las palabras yo, tú, nosotros, le quemaban los labios.

«Si los padecimientos purifican, si el dolor quema—manifestó elenfermo, dándose fuerte golpe en la cabeza con la palma de la mano—, siel dolor sana el alma, más puro estoy que un ángel... Ahora,si es preciso el propósito de ahogar sentimientos ya muy arraigados, sino basta con hacer como si no se quisiera y es necesario dejar de quererrealmente, entonces no hay remisión para mí. Ni puedo, ni quierosalvarme».

Tormentito no tuvo fuerzas para decir nada contra esto. Su carácterdébil sucumbía ante resolución tan categórica. Bajó los ojos inclinandola cabeza. El peso aquel se hizo tan grande que no podía soportarlo.

Un minuto después, en el tono más sencillo y pedestre del mundo, el taldijo así:

«¿Sabes? Me he puesto tan bien desde que te vi, que me alegraría detener qué almorzar».

—Pero que... ¿no hay...?

—¡Oh!, hija, estoy tan pobre, pero tan pobre... Vivo, si esto es vivir,de limosna.

Hace algunos días que se acabaron todos mis recursos. Cobréalgo de las cantidades, que me debía Pizarro el fotógrafo ¿te acuerdas?;parte empleé en socorrer a esa desgraciada familia del sillero que vivearriba; el resto lo he ido gastando. Aún debo cobrar tres mil y pico dereales que me debe Juárez, y además tendré lo que produzca la venta delos muebles y material de la escuela. Me lo ha tomado el Ayuntamiento;pero esta es la hora en que no me han dado un ochavo. Si no fuera por elpadre Nones, ya me habría hecho llevar a un hospital.

Amparo se internó en la casa y al poco rato volvió diciendo:

«Si no hay nada, ni siquiera carbón».

—Nada, nada, ni siquiera carbón—repitió él cruzando las manos.

Tormento volvió a desaparecer. Sintiola el enfermo trasteando en lacocina, y oyó la simpática voz que decía: «Esto es un horror».

—¿Qué haces?

—Limpiar un poco—replicó ella desde lejos, confundiendo su voz con elsonido de calderos y loza.

Poco después entró en la sala, diligente. Se había quitado el velo y elmantón, y la mujer de gobierno se revelaba en toda ella.

«Pero esa Celedonia ¿dónde está?»—preguntó con mucha impaciencia.

—¿Celedonia?, échale un galgo... Cómo haya encontrado con quiéncharlar... ¿Para qué la quieres?

—Para mandarla a la compra, avisar al carbonero, al aguador... No puedover la casa tal como está, ni que, pudiéndolo yo remediar, está sincomer una persona...

—Que te quiere tanto... Has hablado como el Evangelio... No, no tearrepientas.

—Una persona que nos ha socorrido a mí y a mi hermana en días demiseria...

—¡Bah!... No cuentes con Celedonia. Esa pobre mujer es muy buena paramí, pero no sirve más que para comerme lo poco que tengo.Cuando le dan los ataques de reuma y se tumba y se pone ella a gritarpor un lado mientras yo gimoteo por otro, sin podernos consolar niayudar el uno al otro, esta casa es un Purgatorio... Mira, hija, másvale que vayas tú misma a comprar lo que deseas darme. De tus manoscomería yo piedras pasadas por agua... ve...

—¿Y si me conocen?—dijo ella temerosa.

Meditó un instante. Variando después de parecer y poniéndose el mantónpor los hombros y en la cabeza un pañuelo que antes tenía al cuello,tomó la cesta de la compra y se dispuso a salir.

—Me atreveré—afirmó sonriendo con tristeza—. Hago con esto otra obrade misericordia, y Dios me protegerá.

—¡Divina y salada!...—pensó el infeliz señor viéndola salir—. Se meparece a las seráficas majas que gozan un puesto en el cielo... digo, enel techo de San Antonio de la Florida.

Y el suspiro que echó fue tal, que hubo de resonar en Roma.

XIV

¿Qué se hizo de la brillante posición de don Pedro Polo bajo losauspicios de las señoras monjas de San Fernando? ¿Qué fue de su escuelafamosa, donde eran desbravados todos los chicos de aquelbarrio? ¿A dónde fueron a parar sus relaciones eclesiásticas y civiles,el lucro de sus hinchados sermones, el regalo de su casa y su excelentemesa? Todo desapareció; llevóselo todo la trampa en el breve espacio deun año, quedando sólo, de tantas grandezas, ruinas lastimosas.¡Enseñanza grande y triste que debieran tener muy en cuenta los que hansubido prontamente al catafalco de la fortuna! Porque si rápido fue elencumbramiento de aquel señor, más rápida fue su caída. Se desquiciócasi de golpe todo aquel mal trabado edificio bien pronto ni rastro, niruido, ni polvo de él quedaron, siendo muy de notar que no se debió estacatástrofe a lo que tontamente llama el vulgo mala suerte, sino a lasasperezas del mismo carácter del caído, a su soberbia, a sus desbocadaspasiones, absolutamente incompatibles con su estado. Pereció como Sansónentre las ruinas de un edificio, cuyas columnas derribara él mismo consu estúpida fuerza.

Está averiguado que antes de la muerte de Doña Claudia empezó eldesprestigio de la escuela. El contingente de chicos disminuía de semanaen semana. Alarmados los padres por los malos tratos de que eran objetoaquellos pedazos de su corazón, les retiraban de la clase, poniéndolesen otra de procedimientos más benignos. Y en la misma calle seestableció otro maestro que propalaba voces absurdas sobre los horrores

que

hacía

Polo

con

los

muchachos,

descoyuntándoles

los

brazos,hendiéndoles el cráneo, despegándoles las orejas y sacándoles tiras depellejo.

Más tarde, la gente que pasaba por la calle vio que por una delas ventanas bajas salía volando una criatura como proyectil disparadopor una catapulta. Otras cosas se referían igualmente espantables; perono todo lo que se dijo merece crédito. Los pasantes contaban que algunosdías estaba el maestro como loco furioso, dando gritos y echando poraquella boca juramentos y voquibles impropios de un señor sacerdote.

La muerte de Doña Claudia, acaecida inopinadamente, fue como unaprolongación de aquel sueño pesadísimo que le entraba después de comer yde cenar. Sobre esto se hablaba más de lo regular. El tabernero deenfrente parece que vio con disgusto el acabamiento de aquella dama porla buena parroquia que perdía. Desde que sucedió esta desgracia, las señoras y don Pedro empezaron a ponerse de punta como dos sustanciasque

rechazan

la

combinación.

Todos

los

días

cuestiones,

rozamientos,recados importunos, disgusto aquí y allá, ellas muy tiesas, él másestirado aún. Cuenta la mandadera, mujer de gran locuacidad digna de serllevada a un parlamento, que un día tuvieron las señoras y D. Pedro un coram vobis en el locutorio, del cual resultó, tras muchos dimes ydiretes, que el capellán mandó a las monjas al...

(al infiernono debió de ser), en las propias barbas de la madre abadesa. Con esto yotras cosas, D. Pedro se vio obligado a desocupar la casa y a dejar elcapellanazgo a otro clérigo de temperamento más dócil. Él había nacidopara domar salvajes, para mandar aventureros, y quizás, quizás paraconquistar un imperio como su paisano Cortés. ¿Cómo había de servir para afeitar ranas, que esto y no otra cosa era aquel menguado oficio?...Se marchó contento y renegando de las monjas, a las cuales ponía de talmanera, que no había en verdad por dónde cogerlas.

Instalose en casa propia, hacia la calle de Leganitos, y allí laincompatibilidad de su carácter con el de su hermana empezó a ser de talnaturaleza, que la existencia común se hizo difícil. Marcelina Polo, queen vida de su madre había tenido paciencia, mucha paciencia y despreciode sí misma, se había hecho el cargo de que pudiendo ganar el cielo conla oración, no había necesidad de conquistarlo con el martirio. Cuentala criada que por entonces tuvieron, segoviana, astuta y chismosa, queel hallazgo de no sé qué papeles hizo descubrir a Doña Marcelinadebilidades graves de su hermano, y que enzarzados los dos en agriadisputa, sobrevino la ruptura. «Todo lo paso—decía—

; paso que me tirelos platos a la cabeza; paso que me diga palabras mal sonantes; pero unpecado tan atroz y sacrílego, eso sí que no se lo paso». Y sefue a vivir con una tal Doña Teófila, señora mayor, que se le parecíacomo una gota a otra gota. Poco después embaucaron a Doña Isabel Godoy(que había perdido a su fiel criada), y la trajeron a vivir consigo,instalándose en una casita que tomaron en la calle de la Estrella. Cadauna de las tres tenía su especial demencia: la Godoy consagraba sushoras todas a las prácticas de un aseo frenético; el desvarío de DoñaTeófila era la usura, y el de Marcelina la devoción contemplativa, conmás un cierto furor por la lotería, que heredó de su madre.

Las relaciones de esta señora con su hermano fueron desde entonces muyfrías. Rara vez le visitaba para informarse de su salud, y no leprestaba servicio alguno doméstico ni le cuidaba en sus enfermedades.Creía sin duda cumplir con su conciencia rezando por él a troche y mochey pidiendo a Dios que le apartase de los malos caminos. Casi todo el díase lo pasaba en las iglesias, asimilándose su polvo, impregnándose de suolor de incienso y cera, por lo cual D. Pedro, cuando recibía la visitade ella, ponía muy mala cara diciéndole: «Hermana, hueles a sacristía.Hazme el favor de apartarte un poco».

Desde que se malquistó con su hermana fuese a vivir Polo a los barriosdel Sur. Era ya tan visible su decadencia, que no lograba disimularla. Ya no había parroquia ni cofradía que le encargasen un tristesermón, ni tampoco él, aunque se lo encargaran, tenía ganas depredicarlo, porque las pocas ideas teológicas que un día extrajo, sinentusiasmo ni calor, de la mina de sus libros, se le habían ido de lacabeza, donde parece que estaban como desterradas, para volverse a laspáginas de que salieron.

Polo, en verdad, no las echaba de menos ni tuvointento de volver a cogerlas. Su mente, ávida de la sencillez yrusticidad primitivas, había perdido el molde de aquellos hinchados yvacíos discursos, y hasta se le habían olvidado las mímicas teatralesdel púlpito. Era un hombre que no podía prolongar más tiempo lafalsificación de su ser y que corría derecho a reconstituirse en sunatural forma y sentido, a restablecer su propio imperio personal, ahacer la revolución de sí mismo y derrocar y destruir todo lo que en síhallara de artificial y postizo.

Cuentan que en la sacristía de las iglesias a donde solía ir a celebrarmisa armaba reyerta con los demás curas, y que un día él y otro decarácter poco sufrido hablaron más de la cuenta y por poco se pegan.Hubo de manifestar en cierta ocasión ideas tan impropias de aquelloslugares santos, que, según dicen, hasta las imágenes mudas o insensiblesse ruborizaron oyéndole. El rector de San Pedro de Naturales le dijo que no volviera a poner los pies allí. Algún tiempo rodó desacristía en sacristía, malquistándose con toda la sociedad eclesiásticay dando motivo a maliciosas hablillas. Su peculio, que ya veníasufriendo considerables mermas, entró en un período de verdadero ahogo.La pobreza enseñole su cara triste, anunciándole la miseria, más tristeaún, que detrás venía. Aún pudo haber encontrado su salvación; pero sualma no tenía fortaleza para arrancar de raíz la causa de trastorno tangrave y profundo. Las grandes energías que su alma atesoraba y que lehabrían valido para ganar épicos laureles en otros días, lugares ycircunstancias, no le valieron nada contra su desvarío. Todas las armasse embotaban en la dureza de aquella sangre y vida petrificadas, queprotegían su pasión como una coraza inmortal a prueba de razones moralesy sociales.

Sobrevinieron entonces el desaliento, el malestar, la despreocupación yuna pereza invencible. Levantábase tarde; huía espantado de la iglesiaque creía profanar con su sola presencia; pasaba semanas enterasencerrado como un criminal que a sí mismo se condenara a reclusiónperpetua. Otras veces salía, esquivando a sus pocos amigos, y se pasabael día solo, vagando por las afueras, mal vestido de paisano, conempaque tal que se le habría tomado por presidiario que acaba de rompersus cadenas. En la clase eclesiástica no conservaba más que unamigo, el padre Nones, quien con dulzura le exhortaba a enmendarse y arestablecer la vida normal. La querencia de este buen sacerdote llevolea vivir a la humilde casa de la calle de la Fe, y por algún tiempo hizotímidos esfuerzos para regularizar sus costumbres. Entonces le retiraronlas licencias, y roto el débil lazo que aún sujetaba su voluntad alcuerpo robusto de la Iglesia, se desprendió absolutamente de ella y cayóen abismos de perdición, ruina, miseria. Vivía estrechamente, apurandolos pocos dinerillos que tenía, haciendo esfuerzos por cobrar lascantidades que le adeudaban algunas personas desde los tiempos de suprosperidad. Repartiendo cartitas y recados iba cobrando lentamente desus deudores sumas mezquinas. Concertó la venta del material de laescuela, que era suyo, con el Ayuntamiento; pero si este tuvo prisa paraposesionarse de lo comprado, no la tuvo para pagar.

Por ser desgraciado en todo, fuelo también D. Pedro en la elección delama de llaves que lo servía, mujer de mucha edad, bondadosa y sinmalicia, pero que no sabía gobernar ni su casa ni la ajena. Era madre desacristanes, tía y abuela de monaguillos, y había desempeñado laportería de la rectoral de San Lorenzo durante luengos años.

Sabia deliturgia más que muchos curas, y el almanaque eclesiástico lo tenía enla punta de la uña. Sabía tocar a fuego, a funeral y repiquede misa mayor, y era autoridad de peso en asuntos religiosos. Pero contanta ciencia, no sabía hacer una taza de café, ni cuidar un enfermo, niaderezar los guisos más comunes. Su gusto era callejear y hacer tertuliaen casa de las vecinas.

Estos hechos y circunstancias, el extravío de Polo, su falta de dinero,la incapacidad doméstica de Celedonia, llevaron la tal casa al gradoúltimo de tristeza y desorden.

Pero cierto día entró inopinadamente enella alguien que parecía celestial emisario, y aquel recinto muerto ylóbrego tomó vida, luz. Pronto se vio aparecer sobre todo esa sonrisa delas cosas que anuncia la acción de una mano inteligente y gobernosa, yquien con más júbilo se alzaba del polvo para gozar de aquella dulcecaricia era el doliente, aterido, desgarrado y mal trecho D. Pedro Polo.

XV

Al cual le retozaba el alma en el cuerpo cuando vio entrar a Tormentocon el cesto de la compra bien repleto de víveres.

«¡Qué opulencia!—exclamó con alegres fulguraciones en sus ojos—.Parece que vuelven los buenos tiempos... Parece que ha entrado enmi choza la bendición de Dios en figura de una santa...».

Detúvose aquí, cortando el hilo de aquel concepto que se le salía delalma. Tormento nada dijo y se internó en la casa. Pronto se sintieronlos fatigados pasos de Celedonia y luego los del carbonero y delaguador. Movimiento y vida, el delicioso bullicio del trajín domésticoreinaban en la poco antes lúgubre vivienda. Era agradable oír el rumordel agua, el repique del almirez, el freír del aceite en la sartén.Siguió a esto un estruendo de limpieza general, choque de pucheros ycacharros, azotes de zorro y castigo del polvo. De improviso entró lajoven en la sala con un pañuelo liado a la cabeza, cubierta de undelantal y con la escoba en la mano. Ordenó al enfermo que se metiese enla pieza inmediata, lo que él hizo de muy buena gana, y abiertas de paren par las ventanas de la sala, viose salir en sofocante nube traspasadapor rayos de sol la suciedad de tantos días. Infatigable, no permitíaTormento que le ayudase Celedonia, la cual entró renqueando para ofrecersu débil cooperación.

«No es preciso—le dijo la otra—. Váyase usted a la cocina a cuidar delalmuerzo».

—Para todo hay lugar,—replicó la vieja—.Voy a llevarle agua tibia aver si quiere afeitarse. Dos semanas hace que no lo hace, y está queparece el Buen Ladrón.

Cuando la sala quedó arreglada, Tormento volvió a la cocina, y entoncesse oyó el tumulto del agua revolcándose en el fregadero entre montonesde platos. Con los brazos desnudos hasta cerca de los hombros, la jovendesempeñaba aquella ruda función, deleitándose con el frío del agua ycon el brillo de la loza mojada. Sin descansar un momento, en todoestaba y no abría los labios más que para reprender a Celedonia supesadez. La reumática sacristana más bien servía de estorbo que deayuda. Luego acudió Tormento a poner la mesa en la sala. El sol entrabade lleno, haciendo brotar chispas de las recién lavadas copas. Losplatos habrían lucido como nuevos si no tuvieran los bordesdesportillados y en todas sus partes señales de la mala vida quellevaban en manos de Celedonia.

D. Pedro, bien afeitado y vestido de limpio, volvió a ocupar su sillón,y se reía, se reía, henchido de un contento nervioso que le hacíaparecer hombre distinto del que poco antes ocupara el mismo lugar.

«Me parece—decía tocando el tambor con los dedos sobre la mesa—, quede golpe se me ha renovado el apetito de aquellos tiempos... ¡Poder deDios! ¡Qué día tan dichoso! He aquí los domingos del alma».

Tormento entraba y salía sin descanso. Hablaba poco y no participaba dela alegría del buen Polo. En la cocina faltaba aún mucho quehacer, por causa del abandono en que había encontrado todo. Así pues, elalmuerzo, que pudo haber sido dispuesto a las once, tardó aún trescuartos de hora más. D. Pedro se asomaba de cuando en cuando a la puertade la cocina para dar broma y prisa, y ningún contraste puede verse másduro y extraño que el que hacía su semblante tosco y amarillo, de colorde bilis, de color de drama, con su reír de comedia y el júbilo puerilque le dominaba. Sus bromas inocentes eran así:

«¿Pero no se almuerza en esta casa? Señora fondista, ¿en qué piensa, queasí deja morir de hambre a los huéspedes?».

Y luego prorrumpía en triviales carcajadas, que sólo hallaban eco en lacandidez de Celedonia. Terminados los preparativos del almuerzo, quitoseTormento el pañuelo de la cabeza y el delantal, diciendo:

«Vamos, ya es hora».

Cuando empezó a almorzar, Polo parecía el mismo de marras, con ladiferencia del peor color y de la pérdida de carnes. Pero su espíritudiscretamente jovial, su cortesía un poco seca a estilo castellano, sumirar expresivo y su apetito reproducían los dichosos días pasados.Tormento comía al otro extremo de la mesa, y ya era comensal yasirviente, atendiendo unas veces a su plato, otras al servicio delamigo, para lo cual se levantaba, salía y entraba condiligencia. Incapaz de prestar ninguna ayuda, Celedonia no hacía más quecharlar de la función religiosa del día, del Oficio Parvo que sepreparaba para el siguiente y de lo mal que cantaba el padre Nones, aquien remedó con bastante fidelidad. D. Pedro la mandó varias veces a lacocina, sin ser obedecido.

Quería Polo entablar con la joven conversación larga; pero ella sedefendía contra ese empeño, cortando la palabra del misántropo con subrusco levantarse para traer alguna cosa. No quería de ningún modoentrar en materia; se consideraba como visita, como persona extraña a lacasa, que había entrado en ella con propósitos de un orden semejante alos de la Beneficencia Domiciliaria. Batallaba en su mente porconvencerse de que había ido a socorrer a un enfermo, a consolar a untriste, a dar de comer a un hambriento; y compenetrándose del espírituque dictó las Obras de Misericordia, se atrevía a crear una nueva: la de Limpiar el polvo y barrer la casa de los que lo hayan menester... Había encontrado allí tanta miseria, tanta basura, que no podía verlocon indiferencia. Agregaba a estas ideas, para tranquilidad completa desu conciencia por el momento, el propósito de que tal visita sería laúltima, y un adiós definitivo y absoluto a la nefanda amistad que era elmayor tropiezo y la única mancha de su vida.

Tormento sabía hacer muy bien el café. Aprendió este arte difícil con sutía Saturna, la mujer de Morales, y aquel día puso gran esmero en ello.Cuando Polo miraba delante de sí la taza de negro y ardiente licor, lajoven, acordándose de algo muy importante, sacó un paquetito delbolsillo de su traje:

«¡Ah! También he traído cigarros. Me había olvidado de sacarlos. Puedeque se hayan roto. Peseta de escogidos... Este de las pintitas debe deser bueno».

Cuando mostraba el abierto envoltorio de papel con los puros, D. Pedro,traspasado el corazón de un dardo de gratitud inefable, no sabía quédecir. Si fuera hombre capaz de llorar con lágrimas, las habríaderramado ante aquel ejemplar de previsión, de dulzura y delicadeza.Volvió a pensar en la Providencia, de quien él antaño había dicho tantascosas buenas en el púlpito; pero no gastando de asociar ninguna ideareligiosa al orden de ideas que entonces reinaba en su espíritu, creyómás del caso acordarse de las hadas, ninfas o entidades invisibles quetenían el poder de fabricar en un segundo encantados palacios, y deimprovisar comidas suculentas, como él había leído en profanos libros.

Con grandísima tristeza vio, cuando aún no había concluido de apurar lataza, que Tormento se levantaba, cogía su mantón y su velo,disponiéndose para marchar. De este modo se desvanecen en elaire y en el sueño las ninfas engendradas por la fantasía o por lafiebre.

«¡Cómo!... ¿qué es eso?... ¿ya?»—balbució angustiado.

—Me voy. Nada tengo ya que hacer aquí. Hago falta en mi casa.

—¡En tu casa! ¿Y cuál es tu casa?—murmuró severamente, no atreviéndosea decir:

«tu casa es esta».

—¡Por Dios!... Esa no es la mejor manera de agradecerme el habervenido.

—Siéntate,—ordenó el misántropo imperiosamente, hablando conforme a sucarácter.

—Me voy.

—¿Que te vas? Es temprano. La una y media. Si insistes, saldré contigo,¡ea!.. ¿Vas para arriba?, yo detrás. ¿Vas para abajo?, detrás yo... Note dejaré a sol ni sombra.

Tormento, asustadísima, no tuvo fuerzas para protestar de aquellapersecución. El peso que sentía sobre su alma debía de ser bastantegrande para gravitar también sobre su cuerpo, porque se desplomó sobrela silla con los brazos flojos, la cabeza aturdida.

«No creas que vas a hacer lo que se te antoje—manifestó Polo entrefestivo y brutal—. Aquí mando yo».

—Hay personas con quienes no valen los propósitos buenos...—replicóella tratando de mostrar carácter—. Yo recibí una carta que decía:«moribundo» y vine... Yo quería consolar a un pobre enfermo, y loque he hecho es resucitar a un muerto que me persigue ahora y quieroenterrarme con él... Por débil me pasó lo que me pasó. Esto de ladebilidad no se cura nunca. Hoy mismo, al querer venir, una voz me decíaaquí dentro: «no vayas, no vayas». Dichosos los que han nacido crueles,porque ellos sabrán salir de todos los malos trances... Dios castiga alas personas cuando son malas, y también cuando son tontas, y a mí mecastiga por las dos cosas, sí, por mala, y por necia... ¡Cuántos delitoshay que, bien mirados, son una tontería tras otra! Haber venido aquí¿qué es?... Sospecho que Dios me ha de castigar mucho más todavía.

Yovivo en medio de la mayor congoja. Mi vida es una zozobra, un susto, untemblor continuo, y cuando veo una mosca me parece que la mosca viene amí y me dice...

No pudo seguir. El llanto la sofocaba otra vez.

«No llores, no llores—dijo Polo un poco aturdido, mirando al mantel—.Cuando te veo tan afligida no sé qué me da. Verdaderamente, sobrenosotros pesa una maldición...».

Y echando de su pecho un suspiro tan grande que parecía resoplido deleón, meditó breve rato, apoyando la cabeza en la mano. Tanto le pesabauna idea que tenía.

XVI

«Tengo una idea, Tormento; tengo una idea—murmuró con voz semejante aun quejido—. Te la diré, y no te rías de ella. Es una idea nacida en misoledad, criada en mi tristeza, y por tanto te parecerá un pocosalvaje... Es que como no hay remedio para mí en esta sociedad, como soymenos fuerte que mis pasiones y he tomado en tan grandísimo horror miestado, se me ha venido a las mientes poner tierra, pero mucha tierra,entre mi persona y este país y se me ha ocurrido dar con mis huesos alláen lo último del mundo, en una isla del Asia, o bien en la California oen alguna colonia inglesa... Hay tierras hermosas por allá, tierras queson paraísos, donde todo es inocencia de costumbres y verdaderaigualdad; tierras sin historia, chica, donde a nadie se le pregunta loque piensa; campos feraces, donde hay cada cosecha que tiembla elmisterio; tierras patriarcales, sociedades que empiezan y que se parecena las que nos pinta la Biblia. Sueño con romper por todo y marcharmeallá, olvidando lo que he sido y matando de raíz el gran error de mivida, que es haberme metido donde no me llamaban y haber engañado a lasociedad y a Dios, poniéndome una máscara para hacer el bu a la gente».

Al oír esto, relámpago de alegría brilló en los ojos deTormento, que en aquel propósito de emigrar veía solución fácil alterrible problema que entorpecía su vida y su porvenir. Mas pronto setrocó su alegría en repugnancia, cuando Polo añadió esto:

«Sí, esa es mi idea... irme allá; pero llevándote conmigo... ¿Qué?, ¿teasustas?

¡Pusilánime! Miras demasiado las cosas que están cerca y tienesmiedo hasta de las moscas. El mundo es muy grande, y Dios es más grandeque el mundo... ¿Vendrás?».

—¡Yo!—exclamó la joven haciendo esfuerzos por disimular su horror ynegando con la cabeza.

—Dame una razón.

—Que no.

—Pero una razón...

—Que no.

—Yo te contestaré con mil argumentos que de fijo te convencerán. ¡Hepensado tanto en esto!... ¡he visto tan clara la pequeñez de lo que nosrodea!... Instituciones que nos parecen tan enormes, tan terribles, tanuniversales, se hacen granos de arena, cuando con el pensamiento rodamospor esta bola y nos vamos a donde ahora está siendo de noche. ¡Cuidadoque es grande el planeta, cuidado que es grande, y hay en él variedad decosas, de gente!... Échate a pensar...

Tormento no se echó a pensar nada, y si algo pensaba no lo quería decir.Silenciosa, miraba sus propias manos cruzadas sobre las rodillas.

«Dame alguna razón—repitió Polo—; dime algo que a ti se te hayaocurrido. ¿No tienes tú una idea?... ¿cuál es?».

—Arrepentimiento...

—Sí, pero... ¿nada más?

—Arrepentimiento—volvió a decir la Emperadora, sin mirarle ni moverse.

—Pero di una cosa; ¿a ti no te molesta esta sociedad, no te ahoga estaatmósfera, no se te cae el cielo encima, no tienes ganas de respirarlibremente?

—Lo que me ahoga es otra cosa...

—La conciencia, sí... Pero la conciencia... te diré... también seensancha saliendo a un círculo de vida mayor.

—La mía no.

—Me parece—dijo D. Pedro en un arrebato de mal humor cercano a laira—, me parece que eres algo egoísta.