Tormento by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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«yo doy ladote para esa señorita monja»?

Rosalía miró al primo revelando la seguridad de obtener respuestacategórica y feliz a la indirecta que acababa de dirigirle. Agustín,herido en su sensible corazón, respondería infaliblemente: «Aquí está elhombre». Pero la de Bringas vio fracasado por aquella vez su astutoplan, porque el primo, sin revelar haberlo comprendido, se levantó desúbito y dijo:

«Pues yo, prima, tengo que marcharme».

Con mal disimulado despecho, Rosalía no pudo menos de exclamar:

«Eso es... siempre tan brutote... Abur, hijo, que te vaya bien:expresiones en llegando».

VI

Caballero dio un paso hacia la puerta. Pero en aquel instante entraronlos dos niños pequeños de Rosalía, que venían del colegio. Corrieronambos a abrazar a su mamá y después a Amparo.

«Un besito al primo».

—Ven acá, mona—dijo Caballero, que tenía pasión por los niños.

—La merienda, mamá—clamaron los dos a un tiempo.

—La merienda, mamá—repitió Caballero, tomando a cada uno de una mano ysaliendo con ellos hacia el comedor.

Isabelita, cubierta la cabeza con una toquilla roja, calzados los piesde zapatillas bordadas, andaba a saltos, colgándose del brazo deAgustín. El pequeño, fajado en una especie de carrik que learrastraba, con la cara mocosa y enrojecida por el frío, andaba como unviejo, haciéndose el cojo y el jorobado. Pero de repente daba unosbrincos tales y tan fuertes estirones al brazo de su tío, que este nopodía menos de quejarse.

«Juicio, muchachos, juicio».

Un momento después cada uno de los Bringas del porvenir atacabacon furia un pedazo de pan seco. Caballero se sentó en una silla junto ala mesa del comedor, y les miraba embelesado, considerando y envidiandoaquel soberano apetito, aquella alegría que rebosaba de ellos como deltazón de una fuente el agua henchida y rumorosa.

Alfonsito, que habíaido el domingo anterior con su tío al Circo de Price, dedicaba todas lashoras libres a hacer volatines. Sintiéndose con furiosas ganas de ser clown, quería imitar los lucidos ejercicios que había visto. Sinquitarse el carrik que le ahogaba, hacía difíciles cabriolas en losrespaldos de las sillas.

«Niño, que te caes... Este pillo se va a matar el mejor día... Como levuelvas a llevar al Circo, verás»—decía su madre, corriendo tras él.

Isabelita, sentada sobre las piernas de su tío, y cogiendo el pan con lamano izquierda, enseñábale con la derecha un sobado librejo, donde teníavarias calcomanías.

La Pipaón de la Barca, luego que le quitó el abrigo a Alfonsito y loscalzones y los zapatos, para que no destrozara la ropa con su endiabladofuror acrobático, volvió a donde estaban su hija y el primo.

«¿Quieres tomar alguna cosa, Agustín? ¿Quieres una copita demanzanilla?... Es de la misma que nos has regalado. Así es que de lotuyo bebes».

—Gracias, no tomo nada.

—Supongo que no lo harás de corto...

Desde el otro lado de la mesa, la dama contempló largo rato en silencioel bonito grupo que hacían el salvaje y la niña, y fue acometida de unpensamiento muy suyo, muy propio de las circunstancias y que se habíahecho consuetudinario y como elemental en ella. Era un desconsuelo quese había constituido en atormentador y en perseguidor de la buenaseñora, y como tal se le ponía delante muchas veces al día.

Helo aquí:

«Si yo tuviera poder para quitarle al primo diez años y ponérselos a miniña... ¡qué boda, Santo Dios, qué boda y qué partido! Ya lo arreglaríayo por encima de todo, y domaría al cafre, que, bajo su corteza, escondeel mejor corazón que hay en el mundo.

¡Ay!, Isabelita, niña mía lo quete pierdes por no haber nacido antes... ¡Y tú tan inocente sobre esassalvajes rodillas sin comprender tu desgracia!... ¡tan inocente sobreese monte de oro, sin darte cuenta de lo que pierdes!... ¡Oh!, sihubieras nacido a los nueve meses de haberme casado yo con Bringas, yatendrías diez y seis años.

¡Pobre hija mía, ya es tarde! Cuando tú seascasadera, el pobre Agustín estará hecho un arco... ¡Qué cosas hace Dios!Ay, Bringas, Bringas... ¡por qué no nació nuestra hija en el Otoño del51!... ¡Una renta de veinte, treinta mil duritos!... me mareo...

lobastante para ser una de las primeras casas de Madrid... Yahora, ¿a dónde irán a parar los dinerales de este pedazo debárbaro?...».

Era tan enérgico, tan vivo este pensamiento, que la ambiciosa dama leveía fuera de sí misma cual si tomase forma y consistencia corpóreas. Latarde caía, el comedor estaba oscuro. El pensamiento revoloteaba por loalto de la sombría pieza, chocando en las paredes y en el techo, como unmurciélago aturdido que no sabe encontrar la salida. La de Pipaón, acausa de la creciente oscuridad, no veía ya el grupo. Oía tan sólo losbesos que daba Caballero a la niña, y las risas y chillidos de estacuando el salvaje le mordía ligeramente el cuello y las mejillas.

Otro pensamiento distinto del antes expuesto, aunque algo pariente deél, surgía en ocasiones del cerebro de la esposa de Bringas, sin darse aconocer al exterior más que por ligerísimo fruncimiento de cejas y porla indispensable hinchazón de las ventanillas de la nariz. Estepensamiento estaba tan agazapado en la última y más recóndita célula delcerebro, que la misma Rosalía apenas se daba cuenta de él claramente.Helo, aquí, sacado con la punta de un escalpelo más fino que otropensamiento, como se podría sacar un grano de arena de un lagrimal conel poder quirúrgico de una mirada:

«Si por disposición del Señor Omnipotente, Bringas llegase a faltar... ysólo de pensarlo me horripilo, porque es mi esposo querido... perosupongamos que Dios quisiese llamar a sí a este ángel... Yo losentiría mucho; tendría una pena tan grande, tan grande, que no haypalabras con que decirlo... Pero al año y medio o a los dos años, mecasaría con este animal... Yo le desbastaría, yo lo afinaría, y así mishijos, los hijos de Bringas, tendrían una gran posición y creo, sí... lodigo con fe y sinceridad, creo que su padre me bendeciría desde elCielo».

«Luz, luz»,—dijo a este punto una fuerte voz.

Era Bringas que volvía de su paseo vespertino. Todas las tardes, alsalir de la oficina, iba al Ministerio de Hacienda, donde se le reuníandon Ramón Pez y el oficial mayor del Tesoro. Los tres daban la vuelta dela Castellana o del Retiro y regresaban a sus respectivos domicilios alpunto de las seis o seis y media.

«Hola... ¿estás aquí?»—preguntó D. Francisco tropezando con Caballero.

—¿Sabes que vamos al teatro esta noche? Agustín nos ha traído butacas.

—Lo siento—manifestó Bringas—; pensaba trabajar esta noche... ¡Ah!,gracias a Dios que traen luz... Mira, mirad qué bisagras tan bonitas hecomprado para componer la arqueta de la marquesa de Tellería. Quedarácomo nueva... Pero oye tú; si vamos al teatro, hay que comer temprano.Hija, son las siete menos cuarto.

Rosalía, atenta a activar la comida, fue en busca de Amparo, y con aquelcariño que se desbordaba en ella siempre que se disponía aengalanarse para ir de fiesta, le dijo:

«Hijita, no trabajes más... Pon esta luz en mi tocador, que voy aempezar a arreglarme, y date una vuelta por la cocina a ver si esacalamidad de Prudencia ha hecho la comida... Lo mejor es que pongas túla mesa... ¿Qué vestido crees que debo llevar?».

—Lleve usted el de color de caramelo.

—Eso es, el de color de caramelo.

Amparo pasó a la cocina.

«Luz a mi cuarto»—repitió Bringas.

El señorito, que estaba en su cuarto estudiando con Joaquinito Pez,pidió también luz. Porque su aplicado hijo no se quedase oscuras, D.Francisco renunció a alumbrar su cuarto, y con paternal abnegación dijoasí:

«Yo me vestiré a oscuras... Agustín, ¿por qué no te quedas a comer connosotros?

Comeremos más y comeremos menos».

Rosalía, que en aquel momento pasaba con un gran jarro para ir a lacocina en busca de agua, dio un disimulado golpe en el brazo de sumarido. Bien entendió Bringas aquel mudo lenguaje que quería decir «noconvides hoy, hombre».

«Señores—dijo Amparo sonriendo—, apartarse. Voy a poner la mesa».

Y mientras extendía el mantel, Caballero, mirándola, contestabamaquinalmente:

«Hoy no puedo. Me quedaré otro día».

En esto llegaba al comedor un rumorcillo oratorio, procedente delinmediato cuarto en que encerrados estaban el estudioso hijo de Bringasy el no menos despierto niño de Pez. Ambos habían principiado la carrerade Leyes, y se adestraban en el pugilato de la palabra, espoleados desdetan temprana edad por la ambicioncilla puramente española de sernotabilidades en el Foro y en el Parlamento. Paquito Bringas no sabíaGramática ni Aritmética ni Geometría. Un día, hablando con su tíoAgustín, se dejó decir que Méjico lindaba con la Patagonia y que lasCanarias estaban en el mar de las Antillas. Y no obstante, esta lumbreraescribía memorias sobre la Cuestión Social, que eran pasmo de suscompañeritos. La tal criatura se sentía con bríos parlamentarios, y comoJoaquinito Pez no lo iba en zaga, ambos imaginaron ejercitarse en elarte de los discursos, para lo cual instituyeron infantil academia en elcuarto del primero, lo mismo que podrían establecer un nacimiento o unaltarito. Pasábanse las horas de la tarde echando peroratas, y mientrasel uno hacía de orador, el otro hacía de presidente y de público.Algunas veces concurrían a aquel juego otros amigos, el chico deCimarra, el de Tellería, y mejor repartidos entonces los papeles, no sedaba el caso de que uno mismo tocara la campanilla y aplaudiese.

Agustín y D. Francisco se acercaron a la puerta y oyeron de lapropia boca de Joaquinito estas altisonantes palabras: «Señores,volvamos los ojos a Roma; volvamos a Roma los ojos, señores, ¿y quéveremos? Veremos consagradas por primera vez la propiedad y laslibertades personales...».

«Estos chicos de ahora son el demonio...—dijo el padre sin disimular sugozo—. A los quince años saben más que nosotros cuando llegamos aviejos... Y lo que es este hará carrera. Pez me ha prometido que encuanto el niño sea licenciado, le dará una placita de la clase dequintos... A poco más que se ejercite hablará mejor que muchosdiputados...».

—A estos condenados muchachos—observó Agustín—, parece que les hatraído al mundo la diosa, el hada o la bruja de las taravillas...

—Y en la manera de educarles, querido—indicó Bringas frotándose lasmanos—, no soy de tu parecer. Lo que tantas veces me has dicho deenviarle a una casa de Buenos Aires o de Veracruz con buenasrecomendaciones sería malograr su brillante porvenir burocrático ypolítico... Ea, niños,—añadió abriendo la puerta del cuarto—. Selevanta la sesioncita. Venga esa luz...

Joaquinito, saliendo del cuarto con un rimero de libros debajo delbrazo, despidiose de don Francisco, y el primogénito de Bringas entrególa luz a su padre, que se dirigió al despacho. Este tenía una comoalcobilla que servía al buen señor de taller y de vestuario.Allí estaban sus herramientas, su lavabo y su ropa.

«Ven para acá, Agustín»,—decía, luz en mano, marchando con grave pasohacia su cuarto.

Iluminado de lleno aquel semblante, que pertenecía también a una de lasmás insignes personalidades del siglo, semejaba mi D. Francisco el farode la historia derramando claridad sobre los sucesos. Luego quellegaron, puesto el humoso quinqué sobre la mesa, Thiers dijo a suprimo:

«Paquito será un funcionario inteligente, y después... sabe Dios qué.Ahora, lo que más me preocupa es la educación de Isabelita, que dentrode algunos años será una mujer. Es preciso ponerle maestro de piano...de francés. La música y los idiomas son indispensables en la buenasociedad».

Caballero debía de pensar en las musarañas, porque no respondió cosaalguna.

En tanto Rosalía tan pronto llamaba a Amparo para que le prestase algúnservicio de tocador, como la mandaba a la cocina para que la comida nose retrasase. Por no tener dos cuerpos, atendía difícilmente a cosas tandiversas. La señora, después de arreglarse el pelo, se había restregadomuy bien el cuello y los hombros con una toalla mojada, y luego empezócon esmero el aliño de su rostro, que en verdad no necesitaba de muchoarte para ser hermoso.

«Por Dios, hija, da una vuelta por allá... No, alcánzame antes ese lazoazul... Ve, corre pronto. Ya pueden poner la sopa. Comerás con nosotros;luego acuestas a los chicos y te vas».

Poco después Prudencia ponía la sopera humeante en la mesa del comedor,y los pequeños daban voces por toda la casa llamando a comer. Ellosfueron los primeros que tomaron asiento, metiendo mucha bulla; vinoluego D. Francisco, vestido ya y muy limpio, mas con el chaquetón decasa en vez de levita; siguiole Paquito leyendo un librejo, y por últimoapareció Rosalía.

«¡Qué guapa estás, mamá!».

—Silencio... os voy a dar azotes.

—Qué blanquita estás, mamá... ¡y qué rebonita!

Y era verdad. Rosalía, compuesta y emperifollada, no parecía la mismaque tan al desgaire veíamos diariamente consagrada al trajín doméstico,a veces cubierta de una inválida bata hecha jirones, a veces calzada conbotas viejas de Bringas, casi siempre sin corsé, y el pelo como si lahubiera peinado el gato de la casa. Mas en noches de teatro setrasformaba con un poco de agua, no mucha, con el contenido de losbotecillos de su tocador y con las galas y adornos que sabía ponerartísticamente sobre su agraciada persona. Tenía en tales casos másblanco el cutis, los ojos con cierta languidez, y lucía su bonito cuellocarnoso. Fuertemente oprimida dentro de un buen corsé, sucuerpo, ordinariamente flácido y de formas caídas, se trasfigurabatambién, adquiriendo una tiesura de figurín que era su tormento por unascuantas horas, pero tormento delicioso, si es permitido decirlo así.Presentose en el comedor con su peinador parecido a sobrepelliz, y no lefaltaba más que el vestido de color de caramelo para igualar a unaduquesa.

«¿Llegaremos tarde?»...—dijo, haciendo atropelladamente las cortasraciones de sus hijos y de Amparo.

—Creo que estaremos allí a la mitad del primer acto. Echan Dar tiempoal tiempo.

—De Pipaón de la Barca... digo, de Calderón. ¡Cómo tengo la cabeza! Aprisa, a prisa, comer a prisa... ¿Y Agustín?

—Se fue... Estábamos hablando de poner maestro de piano a la niña,cuando de repente, sin mirarme, dice: «Yo le compraré el piano a tu hijay le pagaré el maestro», y sin darme las buenas noches salió como unasaeta. Yo creo que Agustín no tiene la cabeza buena.

La comida era escasa, mal hecha, y el comer presuroso y sin amenidad.Antes de concluir, Rosalía se levantó de la mesa para darse la últimamano, y tras ella corrió Amparo, que casi casi no había comido nada. Semiraba y se remiraba la dama en el espejo de su tocador, manejando connerviosa presteza la borla de los polvos. Luego se puso elvestido, y concluida esta difícil operación, siempre quedaba un epílogode alfileres y lazos que no tenía fin.

«Ahora—dijo a Amparo—, acuestas a los niños y te vas a tu casa. No sete haga tarde... ¡Ah! Mañana me traes dos manojos de trencilla encarnaday no te olvides del cold-cream de casa de Tresviña... Te traes tambiéncuatro cuartos de raíz de lirio, y luego te pasas por la pollería y mecompras media docena de huevos... Vaya, no más».

Los chicos seguían enredando en el comedor.

«¿Qué ruido es ese? Paco, diles que si voy allá... A ver; el abrigo, losguantes, el abanico. Bringas, ¿te has arreglado?».

—Ya estoy pronto—dijo el padre de familia, que se acababa de enfundaren un gabán color de café con leche... ¿Será cosa de llevar paraguas? Lollevaremos por si acaso.

—Vamos, vamos... ¡qué tarde es!... ¿Se olvida algo?

Y desde la puerta volvía presurosa.

«¡Jesús!, ya me dejaba los gemelos... Vamos... Abur, abur...».

VII

Iban a pie, porque los gastos de coche habrían desequilibrado elrigurosísimo presupuesto de D. Francisco, que a su cachazudo métododebía la ventaja de atender a tantas cosas con su sueldo de veintemil reales. En el teatro pasaba Rosalía momentos muy felices, gozando,más que en la función, en ver quién entraba en los palcos y quién salíade ellos, si había mucha o poca concurrencia, si estaban las de A o lasde B

y qué vestidos y adornos llevaban, si la marquesa o la condesahabían cambiado de turno. En los entreactos leía Bringas la Correspondencia, luego subía a este o el otro palco para saludar a talo cual señora, y Rosalía, desde su butaca, cambiaba sonrisas con susamigas. Era ella dama de buenas vistas, sin que llegara a ser contadaentre las celebridades de la hermosura; era simplemente la de Bringas,una persona conocidísima, entre vulgar y distinguida, a quien jamás lamaledicencia había hecho ningún agravio. Madrid, sin ser pequeño, loparece a veces (entonces lo parecía más) por la escasa renovación delpersonal en paseos y teatros. Siempre se ven las mismas caras, ycualquier persona que concurra con asiduidad a los sitios de públicadiversión, concluye por conocer en tiempo breve a todo el mundo.

A Rosalía le gustaba, sobre todas las cosas, figurar, verse entrepersonas tituladas o notables por su posición política y riquezaaparente o real; ir a donde hubiera bulla, animación, trato falaz ycortesano, alardes de bienestar, aunque, como en el caso suyo, estosalardes fueran esforzados disimulos de la vergonzante miseriade nuestras clases burocráticas. Era hermosa, y le gustaba ser admirada.Era honrada, y le gustaba que esto también se supiera.

Merece ser notado el heroísmo de los Bringas para presentarse en lasociedad de los teatros con aquel viso de posición social y aquel airede contento, como personas que no están en el mundo más que paradivertirse. Todo el sueldo del oficial segundo de la Comisaría de losSantos Lugares no habría bastado a aquel derroche de butacas, si estasse hubieran comprado en el despacho. Sobre que D. Francisco era hombrede probidad intachable, la índole de su destino no le habría permitidomanipularse un sobresueldo, como es fama que hacían los Peces otrosfuncionarios de la casta ictiológica. No, los Bringas iban al teatro,digámoslo clarito, de limosna. Aquellos esclavos de la áurea miseria no se permitían tales lujos sino cuando esta o la otra amiga de Rosalíales mandaba las butacas de turno, porque no podía ir aquella noche;cuando el Sr. de Pez o cualquier otro empleado pisciforme les cedía elpalquito principal. Pero eran tantas y tan buenas las relaciones de laventurosa familia, que los obsequios se repetían muy a menudo. Luego laliberalidad del primo Caballero aumentó estos zarandeos teatrales.

El desnivel chocante que se observa hoy entre las apariencias fastuosasde muchas familias y su presupuesto oficial, emana quizás de unsistema económico menos inocente que la maña y el arte ahorrativo delangélico Thiers y que la habilidad de Rosalía para explotar susrelaciones. Hoy el parasitismo tiene otro carácter y causas más dañadasy vergonzosas. Existen todavía ejemplos como el de Bringas, pero son losmenos. No se trate de probar que la mucha economía y un poco deadulación hacen tales prodigios, porque nadie lo creerá. Cuando algúnextranjero, desconocedor de nuestras costumbres públicas y privadas,admira en los teatros a tantas personas que revelan en su cara desdeñosauna gran posición, a tantas damas lujosamente adornadas; cuando oyedecir que a la mayor parte de estas familias no se les conoce más rentaque un triste y deslucido sueldo, queda sentado un principio económicode nuestra exclusiva pertenencia, al cual seguramente se le ha deaplicar pronto una voz puramente española, como el vocablo pronunciamiento, que está dando la vuelta al mundo y anda ya por losantípodas.

Esto no va con los pobres y menguados Bringas, que por no bajar un ápicede la línea social en que estaban, sabían imponerse sacrificiosdomésticos muy dolorosos.

En el verano del 65, recién abierto elferrocarril del Norte, la familia no consideró decoroso dejar de ir aSan Sebastián. Para esto D. Francisco suprimió el principio enlas comidas durante tres meses, y el viaje se realizó en Agosto, porsupuesto consiguiendo billetes gratuitos. Por no poder sostener doscriadas, el santo varón se embetunaba todas las mañanas sus propiasbotas, y aun es fama que se atrevió a componerlas alguna vez,demostrando así su prurito económico como su saber en toda clase deartes. Rosalía barría y arreglaba su cuarto. Cuando Amparo dio en ir ala casa, esta la peinaba, y antes la propia señora se arreglaba elcabello, pues Bringas declaró guerra a muerte a los gastos de peinadora.Las comidas eran por lo general de una escasez calagurritana, por cuyomotivo estaban los chicos tan pálidos y desmedrados.

D. Francisco erahombre que si veía en la calle un tapón de corcho o un clavo en buenestado, se bajaba a cogerlo, si iba solo. Las hojas blancas de lascartas que recibía servíanle las más de las veces para escribir lassuyas. Tenía un cajón que era la sucursal del Rastro, y no había cosavieja y útil que allí no se encontrara. No estaba suscrito a ningúnperiódico, ni en su vida había comprado un libro, pues cuando Rosalíaquería leer alguna novela, no faltaba quien se la prestase. Y la mismaescuela económica era tan bien aplicada al tiempo, que a Bringas nuncale faltaba el necesario para cepillar su ropa y quitarle el lodo a lospantalones. Cuando Prudencia estaba muy afanada con la comida yel lavado de la ropa, el jefe de familia, acudiendo a la cocina enmangas de camisa, no se desdeñaba de aviar las luces de petróleo o dehacer la ensalada; y en días de limpieza, él mismo ponía las cenefas depapel picado en la cocina. Saca a relucir indiscretamente estas cosillasel narrador para que se vea que si aquella pareja sabía explotar a lasociedad, no dejaba de hacerse merecedora, por su arreglo sublime, delas gangas que disfrutaba.

VIII

Tres noches después, el primo repitió el obsequio de las butacas; peroRosalía vaciló en aceptarlas, porque al pequeñuelo le había entrado unatos muy fuerte y parecía tener algo de fiebre. A todo el que a la casallegaba, decía la señora: «¿Qué le parece a usted, tendrádestemplanza?». Y a su marido le preguntaba sin cesar: «¿Qué hacemos,vamos o no al teatro?». El amor a las pompas mundanas no excluía en ladescendiente de los Pipaones el sentimiento materno, por lo cual,después de muchas dudas, resolvió no salir aquella noche. Pero despuésde las seis estaba el chiquitín tan despejado que ganó terreno laopinión contraria, y con ingeniosas razones Rosalía la hizo prevaleceral fin.

«Bien, iremos, aunque no tengo ganas de salir de casa—dijo, preparandosus atavíos—. Pero tú, Amparo, te quedas aquí esta noche. Nome fío de Calamidad.

Quedándote tú, voy tranquila. Se te arreglará tucama en el sofá del comedor, donde dormirás muy ricamente como aquellasnoches, ¿te acuerdas?... cuando Isabelita estuvo con anginas. Fíjatebien en lo que te digo. Le das el jarabe antes de que se duerma y sidespierta, otra cucharadita».

No dejemos pasar, ya que se habla de medicinas, un detalle de bastantevalor que puede añadirse a los innúmeros ejemplos de la sabiduríavividora de los Bringas.

Aquella feliz familia traía gratis losmedicamentos de la botica de Palacio, por gracia de la inagotablemunificencia de la Reina. Sin más gasto que un bien cebado pavo porNavidad, les visitaba en sus indisposiciones uno de los médicosasalariados de la servidumbre de la casa Real.

Los chicos se durmieron después de mucha bulla y jarana, y a las nueve ymedia de la noche todo era silencio y paz en la casa. Cansada deltrabajo de aquel día, sentose Amparo junto a la mesa del comedor, dondehabía quedado la lámpara encendida, y se entretuvo en hojear unvoluminoso libro. Era la Biblia, edición de Gaspar y Roig, con láminas.Habíala regalado a nuestro D. Francisco un amigo que se fue a Cuba, yconstituía, con el Diccionario de Madoz, toda la riqueza bibliográficade la casa, fuera de los libros de Paquito el orador. Más atendía alas láminas que al texto la fatigada joven; pasaba hojas y más hojascon perezoso movimiento, y así trascurrió algún tiempo hasta que lacampanilla de la puerta anunció una visita... Amparo pensaba quiénpudiera ser, cuando se presentó Caballero dándole las buenas noches entono muy afectuoso.

«¿Fueron al teatro?—preguntó con sorpresa sentida o estudiada, que estono se puede saber bien—. Esta tarde les vi inclinados a no ir. Por esohe venido. ¿Y el nene?».

—Sigue bien; no tiene nada... Me he quedado aquí para que Rosalíapudiera salir tranquila.

—Más vale así. Pues señor...—murmuró Agustín, dejando capa ysombrero—. Este comedor está abrigadito. ¿Qué lee usted?

Amparo alargó sonriendo el libro.

—¡Ah!... buena cosa... Yo tengo una edición mejor... ¿A ver esa lámina?Un ángel entre dos columnas rodeado de luz... ¿Qué dice? Y he aquí unvarón cuyo aspecto era como el de un bronce. Bien, eso está bien.

La fisonomía del salvaje era poco accesible generalmente a lasinterpretaciones del observador; pero el observador en aquel caso ymomento se podía haber arriesgado a dar a la expresión de aquel rostrola versión siguiente: «Ya sabía yo que esos majaderos estaban en elteatro y que la encontraría a usted solita».

«Pues señor...».

Y no salía de esto, si bien tenía fuerte apetito de hablar, de deciralgo. Solo ante ella, sin temor de indiscretos testigos, el hombre mástímido del mundo iba a ser locuaz y comunicativo. Pero las burbujas deelocuencia estallaban sin ruido en sus morados labios, y...

«¿A ver esa lámina?... Dice ¿Quién es este que viene de Edón?... Puesseñor...».

La dificultad en estos casos es hallar un buen principio, dar con laclave y fórmula del exordio. ¡Ah!, ya la había encontrado. Los negrosojos de Caballero despidieron fugitivo rayo, semejante al que precede ala inspiración del artista y del orador. Ya tenía la primera sílaba ensu boca, cuando Amparo, con franco y natural lenguaje que él no habríapodido imitar en aquel caso, le mató la inspiración.

«Diga usted, D. Agustín, ¿cuántos años estuvo usted en América?».

—Treinta años—replicó el tal, descansando de sus esfuerzos deiniciativa parlante, porque es dulce para el hombre de pocas palabrascontestar y seguir el fácil curso de la conversación que se le impone—.Fui a los quince, más pobre que la pobreza. Mi tío estaba establecido enel Estado de Tamaulipas, cerca de la frontera de Texas. Pasé primerodiez años en una hacienda donde no había más que caballos y algunosindios.

Después me fijé en Nueva León, hice varios viajes a la costa delPacífico, atravesando la Sierra Madre. Cuando murió mi tío meestablecí en Brownsville, junto al río del Norte, y fundé una casaintroductora con mis primos los Bustamantes, que ahora se han quedadosolos al frente del negocio. Yo he venido a Europa por falta de salud ypor tristeza... ¡Oh!, es largo de contar, muy largo, y si usted tuvierapaciencia...

—Pues sí que la tendré... Habrá usted pasado muchos trabajos y tambiéngrandes sustos, porque yo he oído que hay allá culebras venenosas yotros animaluchos, tigres, elefantes...

—Elefantes no.

—Leopardos, dragones o no sé qué, y sobre todo unas serpientes demuchas varas que se enroscan y aprietan, aprietan... Jesús, ¡quéhorror!... ¿Y piensa usted volver allá?—prosiguió, sin dar tiempo a queCaballero diera explicaciones sobre la verdadera fauna de aquellospaíses.

—Eso no depende de mí—contestó el indiano mirando al hule que cubríala mesa.

—¿Pues de quién ha de depender, D. Agustín?—indicó Amparo quizás condemasiada familiaridad—. ¿No es usted libre?

Caballero la miró un momento, ¡pero de qué manera! Parecía que laabrasaba con sus ojos y la suspendía sacándola del asiento. Despuésrepitió con visible embarazo el no depende de mí y tan quedo, taninarticulado, que antes fue sentido que dicho.

«¿Es cierto que se va usted a meter monja?»—preguntó luego.

—Eso dice Rosalía,—replicó ella con gracia—. Tanto lo dirá, que alfin quizá salga cierto. ¡Ay!, D. Agustín, dichoso el que es dueño de símismo, como usted. ¡En qué condición tan triste estamos las pobresmujeres que no tenemos padres, ni medios de ganar la vida, ni familiaque nos ampare, ni seguridad de cosa alguna como no sea de que al fin,al fin, habrá un hoyo para enterrarnos!... Eso del monjío, qué quiereusted que le diga, al principio no me gustaba; pero va entrando poquitoa poco en mi cabeza, y acabaré por decidirme...

En el cerebro del tímido surgió bullicioso tumulto de ideas; palabrasmil acudieron atropelladas a sus secos labios. Iba a decir admirables yvehementes cosas, sí, las diría... O las decía o estallaba como unabomba. Pero los nervios se le encabritaron; aquel maldito freno que suser íntimo ponía fatalmente a su palabra le apretó de súbito consoberana fuerza, y de sus labios, como espuma que salpica de los delepiléptico, salpicaron estas dos palabras:

«Vaya, vaya».

Amparo, con su penetración natural, comprendió que Agustín tenía dentroalgo más que aquel vaya vaya tan frío, tan incoloro y tan insulso, yse atrevió a estimularle así:

«¿Y usted, qué me aconseja?».

Antes de que el consabido freno pudiera funcionar, la espontaneidad,adelantándose a todo en el alma de Caballero, dictó esta respuesta:

«Yo digo que es un disparate que usted se haga monja. ¡Qué lástima! Esque no se lo consentiremos...».

Arrojado este atrevido concepto, Agustín sintió que el rubor ¡cosaextraña!, subía a su rostro caldeado y seco. Era como un árbol muertoque milagrosamente se llena de poderosa savia y echa luego en su másalta rama una flor momentánea. El corazón le latía con fuerza, y trasaquellas palabras vinieron estas:

«¡Hacerse monja! Eso es de países muertos. Mendigos, curas, empleados;¡la pobreza instituida y reglamentada!... Pero no; usted está llamada aun destino mejor, usted tiene mucho mérito».

—¡D. Agustín!

—Sí, lo digo, lo vuelvo a decir... usted es pobre, pero de altas, dealtísimas prendas.

—D. Agustín, que se remonta usted mucho,—murmuró ella hojeando ellibro.

—¡Y tan guapa!...—exclamó Caballero con cierto éxtasis, como si talespalabras se hubieran dicho solas, sin intervención de la voluntad.

—¡Jesús!

—Sí, señora, sí.

—Gracias, gracias. Si usted se empeña, no es cosa de que riñamos. Esusted amable.

—No, no—dijo el cobarde envalentonándose—. Yo no soy amable, yo nosoy fino, no, no soy galante. Yo soy un hombre tosco y rudo, que hepasado años y más años metido en mí mismo, al pie de enormes volcanes,junto a ríos como mares trabajando como se trabaja en América. Yodesconozco las mentiras sociales, porque no he tenido tiempo deaprenderlas. Así, cuando hablo, digo la verdad pura.

Amparo, sin dejar de aparentar un mediano interés por las láminas de la Biblia, pareció querer variar la conversación, diciendo:

«Por nada del mundo iría yo a esas tierras».

—¿De veras?... ¡Quién sabe! Mucho se pierde en la soledad; pero tambiénmucho se gana. Las asperezas de esa vida primitiva entorpecen losmodales del hombre; pero le labran por dentro.

—¡Ay!, no. No me hable usted de esa vida. A mí lo que me gusta es latranquilidad, el orden, estarme quietecita en mi casa, ver poca gente,tener una familia a quien querer y quien me quiera a mí; gozar de unbienestar medianito y no pasar tantísimo susto por perseguir una fortunaque al fin se encuentra, sí, pero ya un poco tarde y cuando no se puededisfrutar de ella.

¡Qué buen sentido! Caballero estaba encantado. La conformidad de lasideas de Amparo con sus ideas debía darle ánimo para abrir de golpe ysin cuidado el arca misteriosa de sus secretos. El soberano momentollegaba.

«Pues señor»...—murmuró recogiendo sus ideas y auxiliándose de lamemoria.

Porque, al venir a la casa, había preparado su declaración; tenía unmagnífico plan con oportunas frases y razonamientos. Los mudos suelenser elocuentísimos cuando se dicen las cosas a sí mismos.

IX

Lo que había pensado Caballero era esto:

«Llego, y como los primos se han ido al teatro, me la encuentro sola.Mejor coyuntura no se me presentará jamás. Es preciso tener valor yromper este maldito freno. Entro, la saludo, me siento frente a ella enel comedor, hablamos primero de cosas indiferentes. Ella estarácosiendo. Le diré que por qué trabaja tanto. Contestará, como si laoyera, que le gusta el trabajo y que se fastidia cuando no hace nada.Direle entonces que eso es muy meritorio y que... Adelante: de buenas aprimeras le suelto esto: «Amparo, usted debe aspirar a una posiciónmejor, usted no está bien donde está, en esta servidumbre maldisimulada; usted tiene mérito, usted...» Y ella, como si la oyera,llena de modestia y gracia, se echará a reír y contestará: «Don Agustín,no diga usted esas cosas.» Volveré entonces a hablar del trabajo, que espara mí una necesidad, y diré que hallándome sin ocupación en Madrid y aburridísimo, me marché a Burdeos para establecer allí elnegocio de banca. Al oír eso, es indudable, es infalible, como si loviera, que se echará a reír otra vez y mirándome muy de frente dirá:«Pero D.

Agustín, ¿cómo es que al mes de estar en Burdeos se volvióusted a Madrid a aburrirse más y a no hacer nada?.»

»Oída por mí esta pregunta, ya tengo el terreno preparado. La respuestaes tan fácil, que no tengo que hacer más que abrir la boca y dejar salirlas palabras, sin que el miedo me sofoque ni la cortedad me embargue lavoz. Hilo a hilo fluirán corriendo las frases de mis labios y le diré:«Ya que usted me habla de ese modo, le voy a contestar con franqueza,descubriendo todo lo que hay dentro de mí. Usted me comprenderá...

Eltedio de Madrid me siguió a Burdeos, y mi espíritu era allí tan incapazde ordenar un negocio como aquí lo fue. Usted no lo entenderá, y voy aexplicárselo. Pasé lo mejor de mi vida trabajando como se trabaja enAmérica, en un mundo que se forma. La soledad fue mi compañera, y en lasoledad se nutrían mis tristezas a medida que crecía el montón frío demis caudales. Amigos pocos, familia ninguna. ¡Ay!, niña, usted no sabelo que es vivir tantos años, lo mejor de la vida, privado del calor delos sentimientos más necesarios al hombre, habitando una casa vacía,viendo como extraños a todos los que nos rodean, sin sentirotro cariño que el que inspira el cajón del dinero, sin otra intimidadque la de las armas que nos sirven para defendernos de los ladrones,durmiendo con un rifle, despertando al gemir de las carretillas en quese llevan y traen los fardos... Para abreviar: yo me vine a Europaseguro de tener un capital con que pasar la vida, y por el viaje medecía: ¿Pero tú has vivido en todo este tiempo? ¿Has sido un hombre ouna máquina de carne para acuñar dinero?.»

»Cuando yo esté diciendo esto, me oirá con toda su alma, fijos en mí susbellos ojos.

Yo me animaré más, y libre ya de todo miedo, continuaréasí: «No debo ocultar nada de lo que encierra mi corazón, lleno deltristísimo desconsuelo de su virginidad. Yo no he vivido en Méjico, lacapital, donde seguramente habría conocido mujeres que me hubieraninteresado. Aquella ciudad de pesadilla, aquella Brownsville, que no esmejicana ni inglesa; donde se oyen mezcladas las dos lenguas formandouna jerga horrible, y donde no se vive más que para los negocios; pueblocosmopolita, promiscuidad de razas; aquella ciudad de fiebre y combateno podía ofrecerme lo que yo necesitaba. La corrupción de costumbres,propia de un pueblo donde el furor de los cambios lo llena todo, haceimposible la vida de familia. Las grandes fortunas que en aquel malditosuelo se improvisaron tuvieron por origen la cruel guerra de secesión,el abastecimiento de las tropas del Sur y el contrabando deefectos militares. Por las vicisitudes de la guerra, que hacían variarcada día el rumbo del negocio, los especuladores no podíamos tenerresidencia fija. Tan pronto estábamos en Matamoros como en Brownsville.A veces teníamos que embarcar nuestros víveres atropelladamente yremontar el río Grande del Norte hasta cerca de Laredo. ¡Y qué confusiónde intereses, qué desorden moral y social! Americanos, franceses,indios, mejicanos, hombres y mujeres de todas castas revueltos yconfundidos, odiándose por lo común, estimándose muy rara vez... Aquelloera un infierno. Allí el amancebamiento y la poligamia y la poliviriaestaban a la orden del día. Allí no había religión, ni ley moral, nifamilia ni afectos puros; no había más que comercio, fraudes de género yde sentimientos... ¿Cómo encontrar en semejante vida lo que yo ansiabatanto? Cuando me vi rico, dije: 'ahora ellos', y me embarqué paraEuropa. Por la travesía pensaba así: 'Ahora, en la vieja España, pobre yordenada, encontraré lo que me falta, sabré redondear mi existencia,labrándome una vejez tranquila y feliz...'.

Llegué a España. En Cádiz,no quedaba nadie de la un tiempo numerosa familia de Caballero. Quisever a Bringas, hermano de mi madre. Vine a Madrid, y Madrid me gustó,créalo usted. Este pueblo donde es una ocupación el pasearse, meagradaba a mí, que me había resecado el alma y la vida en untrabajo semejante a las empresas de los héroes y caballeros, si se lasdesnuda de poesía y se las reviste de egoísmo. Las relaciones entre laspersonas son aquí dulces y fáciles. Se ven mujeres bonitas, graciosas yfinas por todas partes. Donde tanto abunda el género (perdóneme ustedeste vocablo comercial), fácil es encontrar lo bueno. A los pocos díasde estar aquí, vi una...»

»Al llegar a este punto tan delicado, debo reunir todas las fuerzas demi espíritu para no decir una tontería. Adelante... «Vi una mujer que mepareció reunir todas las cualidades que durante mi anterior vidasolitaria atribuía yo a la soñada, a aquella grande, hermosa, escogida,única, que brillaba dentro de mi alma por su ausencia y vivía dentro demí con parte de mi vida. Cuando lo que se ha pensado durante muchotiempo aparece fuera de uno, en carne mortal, llega la hora de creer enla Providencia y de hallar justificada la vida. Tuve grandísima alegríaal ver a la tal mujer, y desde el primer momento me gustó tanto,tanto... Diré las cosas claras, con toda la llaneza de mi carácter. Puesoiga usted, la vi un sábado y me hubiera casado con ella el domingo.Parecíame haberla visto y conocido y tratado desde muchos años antes,casi desde que ella era tamañita así y apenas alcanzaba a poner lasmanos sobre esta mesa. Figurábame que poseía todos sus secretos y que ninguna particularidad de su vida me era ignorada. No sé porqué, su semblante y sus ojos eran su alma, su historia, y tenían unadiafanidad admirable y como milagrosa. Cosa rara, ¿verdad?

Todo lo quede ella necesitaba saber lo sabía sólo con mirarla. Sospechas de engaño,de doblez, de mentira... ¡oh!, nada de esto cabía en mí viéndola. Elamor y la confianza eran un mismo sentimiento, como en otros casos loson el amor y el recelo. No necesitaba yo de rebuscados antecedentespara saber que era virtuosa, prudente, modesta, sencilla, discreta, comono necesitaba de ojos ajenos para saber que era hermosa. Y créalo usted,por ser ella de cuna humilde me gustaba más; por ser pobre muchísimomás. Aborrezco esas niñas llenas de pretensiones y de vanidad quecontrasta con el mediano pasar de sus padres; aborrezco las redichas,las compuestas, las noveleras, las que llevan en su frivolidad la ruinade sus futuros maridos... Bien, adelante... Quise decirle lo que sentía,y no tuve ocasión ni lugar adecuados a mi objeto. Mi timidez me impedíabuscar aquella ocasión y apartar los testigos... Yo soy poco hablador;me falta el D., mejor dicho, la iniciativa de la palabra. Mi corazón seespanta del ruido, y se sobrecoge azorado cuando la voz se esfuerza ensacarlo a la vergüenza pública. Pensé escribir una larga carta, peroesto me parecía ridículo. No, no; era preciso hacer un esfuerzo yencararme con ella y plantear la cuestión en estos términos tanenérgicos como breves: Yo me quiero casar con usted. Dígame ustedpronto sí o no. Esta resolución la tomó en Burdeos, y sin pérdida detiempo me vine escapado. Allá estaba más triste que aquí, y cada día quepasaba sin realizar aquel sueño érame la vida más insoportable. No seapartaba nunca la imagen querida de mi imaginación. La veía tan clara,tan clara cual si la tuviera delante, con sus ojos hermosísimos, mañanay tarde de mi vida, su cabello castaño, su expresión dulce y triste, yaquella graciosa conformidad con su estado pobre, que tanto la enalteceen el concepto mío... Por el tren pensaba yo: «Llego, se lo digo,acepta, me caso y nos vamos a Burdeos a vivir, a vivir y a vivir'. Perollegué, la vi... ¡demonio de freno!, y no le dije nada.»

»Al llegar a esto, Amparo habrá comprendido perfectamente. Me oirá todaturbada sin saber qué decir. Casi, casi no necesitaré añadir una solapalabra, ni pronunciar las frases sacramentales y cursis «yo la amo austed» que no se usan más que en las novelas. Concluiré con estassustanciosas palabras: «Si le soy poco agradable, dígamelo confranqueza. Un pormenor añado que no creo esté de más. Soy rico, y siusted se quiere casar conmigo, nos estableceremos donde a usted leagrade. ¿En Burdeos? Pues en Burdeos. ¿En la Meca? Sea. ¿Quiere ustedvivir en Madrid? Me es igual. Le dejo a usted la elección depatria, pues hoy por hoy me considero desterrado... ¿He dicho algo?¡Ay!, los mudos que rompen a hablar son terribles. Lo que falta le tocaa usted.»

Esta era la estudiada declaración de Caballero; este era el discurso queen la memoria traía, mutatis mutandis, como orador que va al Congreso,pronto a consumir turno parlamentario. Pero cuando llegó el momento deempezar, fuele tan difícil a nuestro buen indiano dar con el principio,que se le embarullaron en el cerebro todas las partes y conceptos de subien dispuesta oración, y no supo por dónde romper.

Todo, ideas ypalabras, se evaporó, se fue, dejándole tan sólo una congoja profunda yel sentimiento tristísimo de su propio silencio. El tiempo, no se sabecuánto, se deslizó entre aquellas dos figuras mudas, y mientrasCaballero miraba a la lámpara cual si de su luz quisiera extraer elremedio de tan gran confusión, Amparo dejaba caer perezosamente sus ojossobre los renglones del libro y leía frases como esta de los Salmos: Estoy hundido en cieno profundo donde no hay pie; he venido a abismosde agua, y la corriente me ha anegado.

Cerró bruscamente el libro, y como prosiguiendo un coloquio interrumpidodijo así:

«¿Y piensa usted volver a Burdeos?».

¡Dios de los mudos, qué feliz ocasión! La respuesta era tannatural, tan fácil, tan humana, que si Agustín no hablaba merecía perderpara toda su vida el uso de la palabra. Por su cerebro pasó unrelámpago. Era una breve, ingeniosa y trasparente contestación. Alsentirla en su mente, se conmovió su ser todo, punzado por sobrehumanoestímulo. Como habla el teléfono articulando palabras trasmitidas porórgano lejano, dejó oír el bueno de Caballero esta gallarda respuesta:

«Sí... pienso retirarme a Burdeos cuando pierda toda esperanza... cuandousted se haga monja».

Amparo lo oyó espantada; púsose muy pálida, después encendida. No sabíaqué decir... Y él tan tranquilo, como el que ha consumado con bruscoesfuerzo una obra titánica. Lanzado ya, sin duda iba a decir cosas másconcretas. Y ella ¿qué respondería?... Pero de improviso oyeron unmetálico y desapacible son...

¡Tilín!... la campanilla de la puerta. Bringas y consorte volvían delteatro.

X

No causó sorpresa a Rosalía hallar a su primo en la casa tan a deshora.Había ido a ver cómo seguía el pequeñuelo. ¿Qué cosa más natural?Agustín quería tanto a los niños, que cuando estaban enfermitos seacongojaba como si fueran hijos suyos, y se aturdía y queríallamar a todos los médicos de Madrid. ¡Qué padrazo sería si secasara!... demasiado aprensivo y meticuloso quizás, pues no había quetomar tan a pecho las ronqueras, las fiebrecillas y otras desazones sinimportancia propias de la edad tierna.

El sábado de aquella semana, hallándose Amparo y Rosalía en el cuarto dela costura, la dama habló así con su protegida:

«¿Sabes lo que nos ha dicho hoy Agustín? Que no tengamos cuidado, que élte dotará... que él te dotará. ¿Oyes? Ahora decídete».

Amparito no dijo nada, y su silencio turbó tanto el espíritu de laaugusta señora, que esta no pudo menos de enojarse un poco.

«Parece que lo tomas con poco calor. Pues mira, para ti haces. Yo heconocido mujeres tontas o irresolutas; pero como tú ninguna. Como noquieras que te salga por ahí un marqués... A fe que están buenos lostiempos».

Amparito, deseando llevar el sosiego al alma de su protectora, dijo quelo pensaría.

«Sí, pensándolo puedes estar toda la vida. Entre tanto sabe Dios lo quepodrá pasar...

Madrid está lleno de acechanzas. Déjate ir, déjate ir yverás...».

Llegada la hora de marcharse recogió Amparo su costura, se puso su veloy se despidió:

«Toma—le dijo Rosalía saliendo de la despensa y entregándolecon ademán espléndido dos mantecadas de Astorga que, por las muchashormigas que tenían, parecía que iban a andar solas—. Están muybuenas... ¡Ah!, espera. Llevas estas botas viejas de Paquito al zapaterode tu portal para que les ponga palas. Líalas en el pañuelo grande. Ellunes no te olvides de pasar por la tienda de sombreros. Luego vas a lapeluquería y me traes el crepé y el pelo, que Bringas me hace losañadidos, y también hará uno para ti».

Un ratito se detuvo aún, dando vueltas por la casa con disimulo.Esperaba a que Bringas le diera la corta cantidad que acostumbraba poneren sus manos todos los sábados; pero con gran sorpresa y aflicción vioque D. Francisco no le daba aquella noche más que un afectuoso «adiós,hija», pronunciado en la puerta de su despacho.

Como ella expresara deun modo muy discreto la sospecha de que su digno patrono padecía unolvido, Bringas se vio en el duro caso, con gran dolor de su corazón, deformular categóricamente la negativa, diciendo como se dice a lospedigüeños de las calles:

«Por hoy, hija, no hay nada. Otra vez será».

D. Francisco se ajustaba las gafas con la mano derecha y con laizquierda sostenía la cortina de la puerta de su despacho. Por el cortohueco que resultaba, vio Amparo, al salir, al Sr. de Caballero, sentadoen un sillón y más atento a la descrita escena que al periódicoque en su mano tenía.

Aquel día estaba Agustín convidado a comer en la casa, y ocioso es decirque sus agradecidos primos se desvivían en casos tales por obsequiarle yatenderle.

Angustiosos sacrificios, consumados sin gloria en el forointerno del hogar, conducían a aquel resultado; y en ellos podríaencontrarse la explicación de la imposibilidad en que estuvo Bringasaquel sábado de ser tan caritativo como lo fuera otros. Sí; la adiciónde un plato de pescado o de un ave flaca a la comida de diario,perturbaba horrorosamente el presupuesto de la familia y obligaba a D.Francisco a hacer transferencias de un capítulo a otro, hasta que lacuestión aritmética se resolvía castigando el capítulo último, que erael de beneficencia.

Mientras la dichosa familia sentábase alegre a la mesa bien provista,entre la risueña algazara de los niños, Amparito subía lentamente,abrumada de tristeza (que me digan que esto no es sentimental) laescalera de su casa. Abrió la puerta su hermana, en traje y facha quedeclaraban hallarse ocupada en vestirse para salir a la calle, esto es:en enaguas, con los hombros descubiertos, bien fajada en un corsé viejo,con el peine en una mano y la luz en la otra.

La salita en que entraron, pequeña y nada elegante, contenía parte delos muebles del difunto Sánchez Emperador; un sofá que pordiversas bocas padecía vómitos de lana, dos sillones reumáticos y unespejo con el azogue viciado y señales variolosas en toda su superficie.El tocador ocupaba lugar preferente de la sala, por no haber en la casaun sitio mejor, y sobre el mármol de él puso Refugio el anciano quinquépara continuar su obra. Se estaba haciendo rizos y sortijillas, y a cadarato mojaba el peine en bandolina, como pluma en el tintero, paraescribir sobre su frente aquellos caracteres de pelo que no carecían degracia.

Frontero al tocador estaba el retrato, en fotografía de gran tamaño, delpapá de las susodichas niñas, con su gorra galonada y el semblante másbonachón que se podía ver. Le hacían la corte otros retratos degraduados de la Facultad en medallones combinados dentro de una orla,que debía de estar compuesta con medicinales hierbas y atributos defarmacia. Sobre la cómoda pesaba descomunal angelote de yeso en actitudde sustentar alguna cosa con la mano derecha, si bien ya no se le dabamás trabajo que tener la pantalla del quinqué cuando no estaba en suverdadero lugar.

Amparo se sentó en uno de aquellos sillones de 1840, cuyo terciopelo eradel que había sobrado cuando se hicieron los divanes del decanato; yrespirando fuerte, a causa del cansancio de subir tantos escalones, nocesaba de mirar a su hermana. Esta, alzando los brazos, seguíaconsagrada con alma y vida a la obra de su pelo, que era lo mejor de supersona, una masa de dulce sombra que daba valor a su rostro tan blancocomo diminuto. La falta de un diente en la encia superior era la notadesafinada de aquel rostro; pero aun este desentono dábale cierta graciapicante, parecida, en otro orden de sensaciones, al estímulo de lapimienta en el paladar. Con burlesca vivacidad miraban sus ojospicaruelos, y su nariz ligeramente chafada tenía la fealdad más bonita yrisueña que puede imaginarse. Cuando se reía, todos los diablillos delInfierno de la malicia serpenteaban en su rostro con un tembloreo comoel de los infusorios en el líquido. De sus sienes bajaban unas patillasnegras que se perdían disfuminadas sobre la piel blanca, y el labiosuperior ostentaba una dedada de bozo más fuerte de lo que en buena leyestética corresponde a la mujer. Pero lo más llamativo en esta joven erasu seno harto abultado, sin guardar proporciones con su talle yestatura. La ligereza de su traje en aquella ocasión acusaba otrasdesproporciones de imponente interés para la escultura, semejantes a lasque dieron nombre a la Venus Calipiga.

Con tales encantos Refugio no podía sostener comparación con su hermana,cuya hermosura grave, a la vez clásica y romántica, llena de melancolíay de dulzura, habría podido inspirar las odas más remontadas,idilios tiernísimos, patéticos dramas, mientras que la otra era unagraciado tema de Anacreónticas o de invenciones picarescas. Decía DoñaNicanora, la esposa del vecino D. José Ido, hablando de Amparito, que sia esta la cogiesen por su cuenta las buenas modistas, si la ataviaran depies a cabeza y la presentasen en un salón, no habría duquesas niprincesas que se le pusieran delante.

«¡Y qué cuerpo tan perfecto!—añadía la señora de Ido, poniendo, segúnsu costumbre, los ojos en blanco—. He tenido ocasión de verla cuandoíbamos juntas a los baños de los Jerónimos... Me río yo de las estatuasque están en el Museo».

Refugio fue la primera que habló diciendo:

«¿Cuánto traes hoy?».

—Nada—replicó Amparo sin despecho.

—Anda, anda a casa de los parientes... Sírveles. Yo te lo digo y no mehaces caso. A ti te gusta ser criada, a mí no. Ahí tienes el pago.

Volviose hacia su hermana, y articulando mal las palabras porque teníados alfileres sujetos entre los dientes, siguió la filípica:

«Humíllate más, sírveles, arrástrate a los pies de la fantasmona,límpiale la baba a los niños. ¿Qué esperas? Tonta, tontaina, si enaquella casa no hay más que miseria, una miseria mal charolada...Parecen gente, ¿y qué son? Unos pobretones como nosotros. Quítales aquelbarniz, quítales las relaciones, ¿y qué les queda?

Hambre,cursilería. Van de gorra a los teatros, recogen los pedazos de tela quetiran en Palacio, piden limosna con buenas formas... No, lo que es yo noles adulo. En mí no machaca la señora Doña Rosalía, con sus humos demarquesa. Por eso le dije aquel día cuatro verdades y no he vuelto alláni pienso volver... Ella no me puede ver, ni el bobito de su maridotampoco, que parece un pisa hormigas... Ya sé que dice herejías de mí...me lo ha contado la criada... ¡Ay!... vamos, me he enfadado tantohablando de esa gente, que... casi, casi, me trago un alfiler».

Amparo no contestó nada.

«¿Qué traes ahí?—prosiguió Refugio, explorando el lío que Amparoconservaba aún en la mano derecha—. Lo menos un potosí... ¿A ver? Mediopanecillo, dos mantecadas de Astorga, tres pedazos de cinta... ¿Teparece que tiremos todo esto al tejado?».

Amparo hizo un movimiento como para defender su lío.

«Ya ves lo que sacas del arrimo de esos pobretes... Mírate y mírame. Túparece que acabas de salir de un hospital; yo voy sin lujo, peroapañadita; tú llevas las botas rotas, y... Mira las que estreno hoy».

Alzó un pie para que su hermana examinara las bonitas botas con queestaba calzada.

«¿Con qué dinero las has comprado?»—dijo Amparo cogiendo labota y ladeándola como si no estuviera dentro de ella un pie.

Refugio tardó mucho en contestar.

«Que me haces daño... Vaya»—dijo al fin, volviéndose al tocador.

—¿Cuánto te han costado? ¿De dónde has sacado el dinero?

Al cabo de un rato, Refugio dio esta respuesta:

«Vendí aquella falda de raso... ¿sabes?... además, yo tenía unoscuartos...».

—¿Tú?... ¿qué tiempo hace que no das una puntada? ¿Has vuelto por latienda? ¿Te han dado trabajo?

—No hay ahora nada. Está Madrid muy malo—replicó la joven, queriendoesquivar el asunto—. Como la gente no habla más que de revolución ydice Cordero que no entra una peseta...

Amparo, quitándose su velo, lo doblaba cuidadosamente para guardarlo enla cómoda. La otra se lavaba los brazos con verdadero furor.

«Ahora, si te parece, comeremos».

Amparo salió al pasillo y fue a la cocina. Al poco rato, volvió diciendocon enfado:

«Cada vez que entro en mi casa, se me caen las alas del corazón. ¡Quédesorden!

Esto parece una leonera. Ninguna cosa está en su sitio. Eresuna desastrada... Dios mío, ¡qué cocina! Tú no piensas más que encomponerte. ¿Qué has puesto para comer?».

—¡Oh!, no te apures... el cocidito de siempre. ¡Ah!... Doña Nicanora meprestó tres huevos.

—Y aquí noto alguna variación. Siempre estás llevando los trastos de unlado para otro. ¿En dónde has puesto las planchas?

—¿Las planchas?...—balbució Refugio un poco turbada—. Te diré... noqueda más que una. Las otras dos las he vendido. ¿Para qué lasnecesitábamos? Ya sabes que ayer vino el carbonero hecho un demonio. Elcasero estuvo hoy... No te enfades, hermanita—añadió pasándole la manopor la cara con zalamería—. He tenido que empeñar tu mantón...

Amparo se enojó de veras; pero la otra no halló para aplacarla mejoresrazones que estas:

«Para evitarlo, hijita, no tienes más sino traer muchos miles de casa delos señores Bringas... Abre la boquirrita preciosa y pide, pide... Paraellos lo querrían... Dime una cosa, si no hubiera hecho lo que hice ¿quécomeríamos hoy?, ¿nos mantendríamos con tus mantecadas de Astorga y tuvara y media de cinta?».

Amparo, silenciosa y abrumada de pena, había extendido un mantel sobreel hule de una mesa con faldas. Encima puso algunos platosdesportillados, cucharas con el mango roto y dos tenedores cuyos mangosde hueso parecían teclas arrancadas de un piano viejo. Al poco ratoapareció Refugio con un puchero de cuya boca salía humo y cuya

panza,cubierta

de

ceniza,

conservaba

algunas

ascuas

que

se

extinguíanrápidamente. Lo volcó sobre una bandeja y se lo llevó enseguida.

Poco tardó en volver y sentarse. De un cesto sacó varios pedazos de pan,y a medida que los iba poniendo sobre la mesa, decía con sorna: «pastelde foie gras... jamón en dulce... pavo en galantina».

Con estas tonterías, hasta la hermana mayor, que no estaba para bromas,se sonrió un instante diciendo:

«Siempre has de ser tonta».

—Pues si una se va a poner triste...

Amparo comía poco de aquel pobre, insustancial e incoloro cocido.Refugio, que había estado en la calle casi todo el día y hecho muchoejercicio, tenía buen apetito.

«Todos los días no son iguales—dijo la menor—. Puede que cuando menoslo pensemos se nos entre la fortuna por las puertas... ¡Ah!, verás quésueño tuve anoche...

Antes te diré que ayer por la tarde estuve más deuna hora en casa de Ido. El buen señor, muy entusiasmado y con los pelostiesos, se empeñó en leerme un poco de las novelas que está escribiendo.¡Qué risa!... Vaya unos disparates... No lo entiendo; pero me parece...Yo le decía: «D. José, sabe usted más que Salomón» y él se ponía tanhueco. Dice que sus heroínas somos nosotras, dos huérfanas pobres,pobres y honradas, se entiende... Resulta que somos hijas de unseñor muy empingorotado... y cosemos, cosemos para ganar la vida...¡Ah!, y hacemos flores. Tú, que eres la más romántica y hablas por lofino diciendo unas cosas muy superfirolíticas, te entretienes por lanoche en escribir tus memorias... ¡qué risa! Y vas poniendo en tu diariolo que te pasa y todo lo que piensas y se te ocurre. Él figura que copiapárrafos, párrafos de tu diario... Nunca me he reído más... El hombre mepuso la cabeza como un farol... Por la noche, como tenía elentendimiento lleno de aquellas papas, soñé unos desatinos...

¡quécosas, chica!, soñé que te había salido un novio millonario...».

Amparo, que oía la relación con indiferencia, al llegar a lo del sueñose sonrió de improviso con la mayor espontaneidad. Aquella sonrisa lesalía del fondo del alma. Su hermana expresaba su buen humor con sonorascarcajadas.

«Es tarde...—dijo levantándose impaciente—. Me acabaré de vestir enseguida».

—¿A dónde vas?

—¿Que a dónde voy?—replicó Refugio sin saber qué contestar o tomándosetiempo para urdir la contestación—. Ya te lo dije... ¿No te lo dije?...Pues creí que te lo había dicho.

—¿Vas al teatro?

—Justamente. Me han convidado las de Rufete. Después vamos al café,donde hay un cursi que nos convida a chocolate.

—¿A qué teatro vas?

—A la Zarzuela... Entramos en el escenario. Una de las de Rufete escorista.

—Esa gente no me gusta—indicó Amparo de malísimo humor—. Siempre hagopropósito de no permitirte ir a ninguna parte, y mucho menos de noche.Pero no tengo carácter... soy lo más débil...

Ya Refugio se había puesto la falda y se estaba poniendo el cuerpo,estirando la tela con esfuerzo de brazo y manos, para poder engancharlos broches. Así resultaba un cuerpo tan fajado y ceñido que parecíahecho a torno.

«Para sujetarme—dijo la del diente menos con cierto tonillo desoberbia—, sería preciso que atendieras a mis necesidades. Tú puedesvivir de cañamones como los pájaros y vestirte con los pingajos que teda la Rosaliona, pero yo... Francamente, naturalmente, como diceIdo...».

Se retorcía el cuerpo, cual si tuviera un pivote en la cintura, paraverse los hombros y parte de la espalda. El vestido era bonito, nuevo,cortado con elegancia y de forma y adornos un poco llamativos. Otra vezcon alfileres en la boca, dijo a su hermana:

«Y si quieres que te hable clarito, no me gusta que me mandes como si yofuera una chiquilla. ¿Soy yo mala? No. Me preguntas que cómo he compradolas botas y he arreglado mi vestido. Pues te lo diré. Estoysirviendo de modelo a tres pintores...

modelo vestido, se entiende. Ganomi dinero honradamente...».

—Mejor sería que cosieras y estuvieras en casa. ¡Ay!, hermana, túacabarás mal...

—Pues tú... ¿sabes lo que te digo?, tú acabarás en patrona de casa dehuéspedes...

No iré yo por ese camino. Yo me porto bien.

—No te portas bien, yo te he de enderezar—dijo Amparo, venciendo sudebilidad y mostrando energía.

—¿Y con qué autoridad?...

—Con la de hermana mayor.

—¡Valiente bobería!... Si fueras mejor que yo, pase—observó la díscolaRefugio, revolviéndose provocativa, irritada, blandiendo su argumento,cual si fuera una espada, ante el pecho indefenso de su hermana—; perocomo no lo eres...

Y untando luego la punta de su arma con veneno de ironía, siguiódiciendo:

«Paso a la señorita honrada, al serafín de la casa... ¡Ah!, no quierohablar, no quiero avergonzarte; pero conste que yo no soy hipócrita,señora hermana. Aunque estamos solas, no quiero decir más... no quieroque se te ponga la cara del color del terciopelo de ese sillón... Abur».

Amparo se quedó fría y Refugio se fue. Iba tan elegantita, tan bienarreglada que daba gusto verla. Tenía el culto de su persona, el orgullo de ponerse guapa y de ser vista y admirada. Decía de ella DoñaNicanora en son de menosprecio:—«Esta que emplea tanto tiempo enlavarse no puede ser cosa buena... Digan lo que quieran, la mujerhonrada no necesita de tanta agua».

XI

Quedose Amparo sola, sentada en el sillón apoyado el brazo en el veladory la mejilla en la palma de la mano. En esta postura dejaba ir el tiempoen lenta corrida, y la meditación era en ella como somnolencia. Por sumente discurrían cosas presentes y pretéritas, las unas agradables, lasotras terriblemente feas, y daban vueltas en infalible serie como lashoras en el círculo del reloj. Cada idea y cada imagen perseguían a lasque pasaron primero y eran acosadas de otras. Variaba el color y elsentido de ellas, pero el maldito círculo no se rompía. A ciertosintervalos se presentaba una sombra negra, y entonces la pensadora abríalos ojos como espantada, buscando la luz. Y la claridad hacía su efecto;la sombra huía, mas con engañosa retirada, porque el solemne yterrorífico movimiento del círculo la volvía a traer. Abría Amparo losojos y sacudía un poco la cabeza. Hay ocasiones en que puede uno llegara figurarse que las ideas se escapan por los cabellos cual si fueran unfluido emparentado con la electricidad. Por esto tiene la razahumana un movimiento instintivo de cabeza, que es como decir:

«márchate,recuerdo; escúrrete, pensamiento».

No podía apreciar bien la pensadora el tiempo que pasaba. Sólo hacía derato en rato la vaga apreciación de que debía de ser muy tarde. Y elsueño estaba tan lejos de ella que en lo profundo de su cerebro, detrásdel fruncido entrecejo, le quemaba una cosa extraña... el convencimientode que nunca más había de dormir.

Dio un salto de repente y el corazón le vibró con súbito golpe. Habíasonado la campanilla de la puerta. ¿Quién podía ser a tal hora? Porqueya habían dado las diez y quizás las diez y media. Tuvo miedo, un miedoa nada comparable, y se figuró si sería... ¡Oh!, si era, ella searrojaría por la ventana a la calle. Sin decidirse a abrir, estuvoatenta breve rato figurándose de quién era la mano que había cogidoaquel verde cordón de la campanilla, nada limpio por cierto. El cordónera tal, que siempre que llamaba se envolvía ella los dedos en supañuelo. La campana sonó otra vez...

Decidiose a mirar por elventanillo, que tenía dos barrotes en cruz.

«¡Ah!... es Felipe».

—Buenas noches. Vengo a traerle a usted una carta de parte de miamo—dijo el muchacho, cuando la puerta se le abrió de par en par y vioante sí la hermosa y para él siempre agradabilísima figura de laEmperadora.