Tormento by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Tormento

Benito Pérez Galdós

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII,

XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX,

XXXI, XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX,

XL, XLI

I

Esquina de las Descalzas. Dos embozados, que entran en escena poropuesto lado, tropiezan uno con otro. Es de noche.

EMBOZADO PRIMERO.—¡Bruto!

EMBOZADO SEGUNDO.—El bruto será él.

—¿No ve usted el camino?

—¿Y usted no tiene ojos?... Por poco me tira al suelo.

—Yo voy por mi camino.

—Y yo por el mío.

—Vaya enhoramala. (Siguiendo hacia la derecha.)

—¡Qué tío!

—Si te cojo, chiquillo... (Deteniéndose amenazador.) te enseñaré ahablar con las personas mayores. (Observa atento al embozado segundo.)Pero yo conozco esa cara. ¡Con cien mil de a caballo!... ¿No eres tú...?

—Pues a usted le conozco yo. Esa cara, si no es la del Demonio, es lade D. José Ido del Sagrario.

—¡Felipe de mis entretelas! (Dejando caer el embozo y abriendo losbrazos.)

¿Quién te había de conocer tan entapujado? Eres el mismísimoAristóteles. ¡Dame otro abrazo... otro!

—¡Vaya un encuentro! Créame, D. José; me alegro de verle más que si mehubiera encontrado un bolsón de dinero.

—¿Pero dónde te metes, hijo? ¿Qué es de tu vida?

—Es largo de contar. ¿Y qué es de la de usted?

—¡Oh!... déjame tomar respiro. ¿Tienes prisa?

—No mucha.

—Pues echemos un párrafo. La noche está fresca, y no es cosa de quehagamos tertulia en esta desamparada plazuela. Vámonos al café deLepanto, que no está lejos.

Te convido.

—Convidaré yo.

—Hola, hola... Parece que hay fondos.

—Así, así... ¿Y usted qué tal?

—¿Yo? Francamente, naturalmente, si te digo que ahora estoy echando elmejor pelo que se me ha visto, puede que no lo creas.

—Bien, Sr. de Ido. Yo había preguntado varias veces por usted, y comonadie me daba razón, decía: «¿qué habrá sido de aquel bendito?».

Entran en el café de Lepanto, triste, pobre y desmanteladoestablecimiento que ha desaparecido ya de la Plaza de Santo Domingo, sindejar sombra ni huella de sus pasadas glorias. Instálanse en unamesa y piden café y copas.

IDO DEL SAGRARIO.—(Con solemnidad, depositando sobre la mesa sus doscodos como objetos que habrían estorbado en otra parte.) Tan deseososestamos los dos de contar nuestras cuitas y de dar rienda suelta alrelato de nuestras andanzas y felicidades, que no sé si tomar yo ladelantera o dejar que empieces tú.

ARISTO.—(Quitándose la capa y poniéndola muy bien doblada en unabanqueta próxima a la suya.) Como usted quiera.

—Veo que tienes buena capa... Y corbata con alfiler como la de unseñorito... Y

ropa muy decente. Chico... tú has heredado. ¿Con quiénandas? ¿Te ha salido algún tío de Indias?

—Es que tengo ahora, para decirlo de una vez, el mejor amo del mundo.Debajo del sol no hay otro, ni es posible que lo vuelva a haber.

—¡Bien, bravo! Un aplauso para ese espejo de los amos. ¿Pero es tandesordenado como aquel D. Alejandro Miquis?

—Todo lo contrario.

—¿Estudiante?

(Con orgullo.) ¡Capitalista!

—Chico... me dejas con la boca abierta. ¿Es muy rico?

—Lo que tiene... (Expresando con voz y gesto la inmensidad.) no seacierta a contar.

—¡Otra que tal! ¿No te dije que Dios se había de acordar de tialgún día?.. Y dime ahora con franqueza: ¿cómo me encuentras?

(Sin disimular sus ganas de reír.) Pues le encuentro a usted...

(Con alborozo y soltando del inferior labio hilos de transparentebaba.) Dilo, hombrecito, dilo.

—Pues le encuentro a usted... gordo.

(Con inefable regocijo.) Sí, sí; otros me lo han dicho también.Nicanora asegura que aumento dos libras por mes... Es que la felizmudanza de mi oficio, de mi carrera, de mi arte de vivir, ha deexpresarse en estas míseras carnes. Ya no soy desbravador de chicos; yano me ocupo en trocar las bestias en hombres, que es lo mismo quefabricar ingratos. ¿No te anuncié que pensaba cambiar aquel menguadotrabajo por otro más honroso y lucrativo?... Tomome de escribiente unautor de novelas por entregas. Él dictaba, yo escribía... Mi mano unrayo... Hombre contentísimo... Cada reparto una onza. Cae mi autorenfermo y me dice: «Ido, acabe ese capítulo». Cojo mi pluma, y

¡ras!, loacabo y enjareto otro, y otro. Chico, yo mismo me asustaba. Mi principaldice:

«Ido colaborador»... Emprendimos tres novelas a la vez. Él dictabalos comienzos; luego yo cogía la hebra, y allá te van capítulos y máscapítulos. Todo es cosa de Felipe II, ya sabes, hombres embozados,alguaciles, caballeros flamencos, y unas damas, chico, másquebradizas que el vidrio y más combustibles que la yesca...; elEscorial, el Alcázar de Madrid, judíos, moriscos, renegados, el talAntoñito Pérez, que para enredos se pinta solo, y la muy tunanta de laprincesa de Éboli, que con un ojo solo ve más que cuatro; el CardenalGranvela, la Inquisición, el príncipe D. Carlos, mucha falda, muchohábito frailuno, mucho de arrojar bolsones de dinero por cualquierservicio,

subterráneos,

monjas

levantadas

de

cascos,

líos

y

trapisondas,chiquillos naturales a cada instante, y mi D. Felipe todo lleno deungüentos... En fin, chico, allá salen pliegos y más pliegos...Ganancias partidas; mitad él, mitad yo... Capa nueva, hijos biencomidos, Nicanora curada (Deteniéndose sofocado...) yo harto ycontentísimo, trabajando más que el obispo y cobrando mucha pecunia.

—¡Precioso oficio!

(Tomando aliento.) No creas; se necesita cabeza, porque es una liornia de mil demonios la que armamos. El editor dice: «Ido,imaginación volcánica: tres cabezas en una». Y es verdad. Al acostarme,hijo, siento en mi cerebro ruidos como los de una olla puesta alfuego... Y por la calle cuando salgo a distraerme, voy pensando en misescenas y en mis personajes. Todas las iglesias se me antojanEscoriales, y los serenos corchetes, y las capas esclavinas. Cuando meenfado, suelto de la boca los pardiezes sin saber lo quedigo, y en vez de un carape, se me escapa aquello de ¡Con cien mil dea caballo! A lo mejor, a mi Nicanora la llamo Doña Sol o Doña Mencía.Me duermo tarde; despierto riéndome y digo: «Ya, ya sé por dónde va asalir el que se hundió en la trampa». (Con exaltación que pone encuidado a Felipe.) Porque has de saber, amiguito, que hay una mina muylarga, hecha por los moros, la cual pone en comunicación la casa delPlatero, vivienda de Antonio Pérez, con el convento de religiosascarmelitas calzadas de la Santísima Pasión de Pinto.

—Vaya que es larga de veras... (Disimulando la risa.) ¡Qué cosas! ¡Enqué enredos se ha metido usted! Pero lo que importa es ganar dinero.

—¡Moneda! Toda la que quiero. Ahora me sale a ocho duros por reparto.Despabilo mi parte en dos días. Pronto trabajaré por mi cuenta, luegoque despachemos la nueva tarea que se nos ha encargado ahora. El editores hombre que conoce el paño, y nos dice: «Quiero una obra de muchosentimiento, que haga llorar a la gente y que esté bien cargada demoralidad». Oír esto yo y sentir que mi cerebro arde es todo uno.

Micompañero me consulta... le contesto leyéndole el primer capítulo quecompuse la noche antes en casa... ¡Hombre entusiasmado! Francamente, lacosa es buena. Figuro que rebuscando en unas ruinas me encuentro unaarqueta. Ábrola con cuidado, y ¿qué creerás que hallo? Unmanuscrito. Leo y ¿qué es?, una historia tiernísima, un libro dememorias, un diario. Porque o se tiene chispa o no se tiene... Puestoslos dos en el telar, ya llevamos catorce repartos, y la cosa no acabaráhasta que el editor nos diga:

«¡ras, a cortar!». (Apurando la copa decoñac.) Francamente, este licor da la vida.

(Mirando el reloj del café.) Es un poco tarde, y aunque mi amo es muybueno, no quiero que me riña por entretenerme cuando llevo un recado.

(Excitadísimo y sin atender a lo que habla Felipe.) Como te decía, hepuesto en la tal obra dos niñas bonitas, pobres, se entiende, muypobres, y que viven siempre con más apuro que el último día de mes...Pero son más honradas que el Cordero Pascual.

Ahí está la moralidad, ahíestá, porque esas pollas huerfanitas que solicitadas de tanto goloso,resisten valientes y son tan ariscas con todo el que les hable de pecar,sirven de ejemplo a las mozas del día. Mis heroínas tienen los dedospelados de tanto coser, y mientras más les aprieta el hambre, más seencastillan ellas en su virtud. El cuartito en que viven es una tacitade plata. Allí flores vivas y de trapo, porque la una riega los tiestosde minutisa, y la otra se dedica a claveles artificiales. Por lasmañanas, cuando abren la ventanita que da al tejado... Quisieraleértelo... Dice: «Era una hermosa mañana del mes de Mayo. Parecíaque la Naturaleza...». (Con desvarío.) En esto tocan a la puerta. Esun lacayo con una carta llena de billetes de Banco. Las dos niñasbonitas se ponen furiosas, le escriben al marqués en perfumado pliego...y me le ponen que no hay por donde cogerlo. Total, que ellas quieren másla palma que el dinero. ¡Ah!, me olvidaba de decirte que hay una duquesamás mala que la mala landre, la cual quiere perder a las chicas por laenvidia que tiene de lo guapas que son... También hay un banquero que norepara en nada. Él cree que todo se arregla con puñados de billetes.¡Patarata! Yo me inspiro en la realidad. ¿Dónde está la honradez?

En elpobre, en el obrero, en el mendigo. ¿Dónde está la picardía? En el rico,en el noble, en el ministro, en el general, en el cortesano... Aquellostrabajan, estos gastan.

Aquellos pagan, estos chupan. Nosotros lloramosy ellos maman. Es preciso que el mundo... Pero ¿qué haces, Felipe, teduermes?

(Despabilándose y sacudiéndose.) Perdone usted, Sr. D. José querido.No es falta de respeto; es que con lo poco que bebí de ese malditoaguardiente parece que la cabeza se me ha llenado de piedras.

(Con creciente desazón febril, que rompe el último dique puesto a sulocuacidad.) Si esto da la vida... si con este calorcillo que corre pormi cuerpo, tengo yo numen para toda la noche, y ahora me voy a casa y deun tirón despacho sesenta cuartillas... (Saltando de suasiento.) Eres un verdadero Juan Lanas. Bebe más.

(Frotándose los ojos.) Ni por pienso. Me caería en la calle. Vámonos,D. José.

—Aguarda, hombre. No seas tan vivo de genio. ¿Qué prisa tienes?

(Metiéndose la mano en el bolsillo del pecho.) Voy a llevar estacarta.

—¿A quién?

—A dos señoritas que viven solas.

(Pasmado.) ¡Felipe!... ¡A dos niñas guapas, solas, honradas! Sin dudauna carta llena de dinero. Tu amo es banquero, un pillo que quieredeshonrarlas.

—Poco a poco... Usted ha bebido demasiado.

—¿Lo ves, lo ves? (Echando los ojos fuera del casco.) ¿Ves como pormucho que invente la fantasía, mucho más inventa la realidad?... Chicashuérfanas, apetitosas, tentación, carta, millones, virtud triunfante. (Gesticulando enfáticamente con el derecho brazo.) Fíjate en lo quedigo. ¿Qué apuestas a que te dan con la puerta en los hocicos? ¿Quéapuestas a que vas a ir rodando por la escalera? Capítulo: «De cómo elemisario del marqués le toma la medida a la escalera».

—Si mi amo no es marqués... Mi amo es don Agustín Caballero, a quienusted conocerá.

(Con penetración.) Sea lo que quiera, la carta que llevas encierra uninstrumento de inmoralidad, de corrupción. La carta contienebilletes.

—Sí, pero son de teatro para la función de mañana domingo por la tarde.Es que los primos de mi amo, los señores de Bringas, no pueden ir,porque tienen un niño malo.

—¡Bringas, Bringas!... (Recordando.) Amigo Aristóteles, déjame ver elsobre de la carta...

—Véalo.

(Leyendo el sobrescrito, lanza formidable monosílabo de asombro y selleva las manos a la cabeza.) «Señoritas Amparo y Refugio». Si son misvecinas, si son las dos niñas huérfanas de Sánchez Emperador...

—¿Las conoce usted?

—¡Si vivimos en la misma casa, Beatas, 4, yo tercero, ellas cuarto! Sien esa parejita me inspiro para lo que escribo... ¿Ves, ves? La realidadnos persigue. Yo escribo maravillas, la realidad me las plagia.

—Son guapas y buenas chicas.

—Te diré... (Meditabundo.) Nada dan que decir a la vecindad, pero...

—¿Pero qué?...

(Con profundo misterio.) La realidad, si bien imita alguna vez a losque sabemos más que ella, inventa también cosas que no nos atrevemos nia soñar los que tenemos tres cabezas en una.

—Pues ponga usted en sus novelas esas cosas.

—No, porque no tienen poesía. (Frunciendo el ceño.) Tú no entiendes dearte.

Cosas pasan estupendas que no pueden asomarse a las ventanas de unlibro, porque la gente se escandalizaría... ¡prosas horribles, hijo,prosas nefandas que estarán siempre proscritas de esta honrada repúblicade las letras! Vamos, que si yo te contara...

—Cuénteme usted esas prosas.

—¡Si tú supieras guardar un secretillo!...

—Sí que sé.

—¿De veras?

—Échelo, hombre.

—Pues... (Después de mirar a todos lados, acerca sus labios al oído deFelipe, y le habla un ratito en voz baja.)

(Oyendo entristecido.) Ya... ¡Qué cosas!

—Esto no se debe decir.

—No, no se debe decir.

—Ni se debe escribir. ¡Qué vil prosa!

(Reflexionando.) A menos que usted, con sus tres cabezas en una, no laconvierta en poesía.

(Con enérgica denegación.) Tú no entiendes de arte. (Intentandohoradarse la frente con la punta del dedo índice.) La poesía la saco yode esta mina.

—Vámonos, D. José.

—Vamos; y pues tú y yo llevamos el derrotero de mi casa...hablaremos... camino.

Luego que desempeñes... comisión,entrarás en mi cuarto. Nicanora se alegrará mucho de verte. Apretón demanos... tertulia, recuerdos, explicaciones... (Con lenguaje cada vezmás incoherente y torpe.) Yo... hablarte Emperadoras... tú... de ese amoinsigne...

preclaro... opulentísimo...

II

D. Francisco de Bringas y Caballero, oficial segundo de la RealComisaría de los Santos Lugares, era en 1867 un excelente sujeto queconfesaba cincuenta años.

Todavía goza de días, que el Señor leconserve. Pero ya no es aquel hombre ágil y fuerte, aquel temperamentosociable, aquel decir ameno, aquella voluntad obsequiosa, aquellacortesanía servicial. Los que le tratamos entonces, apenas lereconocemos hoy cuando en la calle se nos aparece, dando el brazo a uncriado, arrastrando los pies, hecho una curva, con media cara dentro deuna bufanda, casi sin vista, tembloroso, baboso y tan torpe de palabracomo de andadura. ¡Pobre señor! Diez y seis años ha se jactaba de poseerla mejor salud de su tiempo; desempeñaba su destino con puntualidadinverosímil en nuestras oficinas, y llevando sus asuntos domésticos conintachable régimen, cumplía como el primero en la familia y en lasociedad. No sabía lo que era una deuda; tenía dos religiones, la deDios y la del ahorro, y para que todo en tan bendito varónfuera perfecciones, dedicaba muchos de sus ratos libres a diversosmenesteres domésticos de indudable provecho, que demostraban así laclaridad de su inteligencia como la destreza de sus manos.

Desde sus verdes años fue empleado, empleados fueron sus padres yabuelos, y aún se creo que sus tatarabuelos y los ascendientes de estossirvieron en la Administración de ambos mundos. No tiene conexiones esteseñor con la conocida familia comercial de Madrid que llevaba el mismonombre y lo dio también a unos muy afamados soportales. Los Bringas deeste D. Francisco, amigo nuestro queridísimo, procedían de la Mancha, yel segundo apellido venía de aquellos Caballeros gaditanos, familiaopulenta del pasado siglo, la cual se arruinó después de la guerra.Había hecho el bueno de D. Francisco su carrera con paso tardo peroseguro, en dependencias a las cuales rara vez llegaban entonces lainconstancia y tumulto de la política. Asido a los mejores faldones quehabía en su época, no vio nunca Bringas la pálida faz de la cesantía, yera ciertamente el empleado más venturoso de españolas oficinas.

Estaba él asegurado en la nómina como la ostra que yace en profundísimobanco a donde no pueden llegar los pescadores; suerte peregrina en laburocracia de Madrid, que perturbada constantemente por lapolítica, la ambición, la envidia, la holganza y los vicios, es campo deinfinitos dolores.

No era político Bringas, ni lo había sido nunca, aunque tenía sus ideas,como todo español, por cierto muy moderadas. No sentía ambición, y porno tener vicios, ni siquiera fumaba. Era tan trabajador que sin esfuerzoy contentísimo desempeñaba su trabajo y el de su jefe, que era muyharagán. En su casa no perdía el tiempo, y sus habilidades mecánicaseran tantas que no nos será fácil contarlas todas. Naturaleza puso en élútiles y variados talentos para componer toda suerte de objetos rotos.Cualquier desvencijada silla que cayera en sus manos quedaba como nueva,y sus dedos eran milagroso talismán para pegar una pieza de finaporcelana que se hubiera hecho pedazos. Se atrevía hasta con los relojesque no querían andar, y con los juguetes que en manos de los chicosperdieran la virtud de su mecanismo. Restauraba libros cuyaencuadernación se deteriorase, y barnizaba un mueble a quien el tiempo yel uso hubieran gastado el lustre. Lo mismo remozaba un abanico decabritilla o una peineta de concha, que la más innoble pieza de lacocina. Hacía nacimientos de corcho para Navidad, y palillos de dientespara todo el año. En su casa no se llamaba nunca a un carpintero.Bringas sabía mejor que nadie clavar, unir, tapizar,descerrajar, y le obedecían el hierro y la madera, la chapa ebúrnea y elpedazo de suela, la cola y el engrudo, el tornillo y la punta de París,el papel de lija y el esmeril. Tenía herramientas de todas clases, yprovisiones y pertrechos mil; y si se ofrecía manejar una aguja gordapara empalmar piezas de la alfombra, tampoco se quedaba atrás.

Forrabasoberanamente un mueble con telas viejas de otro mueble invalido ya ydeshuesado. Al mismo tiempo, Bringas era hombre que no se desdeñaba, endía de apuro y de convidados, de ponerse en mangas de camisa y limpiarlos cubiertos. Hacía el café en la cocina a estilo de gastrónomo, y silo apuraban, se comprometía a poner un arroz a la valenciana quesuperara a las mejores obras de su digna esposa y de la cocinera de lacasa.

Era nuestro buen señor excelente y aun excelentísimo padre de familia.Su mujer, Doña Rosalía Pipaón, le había dado tres hijos. El primogénito,de quince años, era ya un bachillerazo muy engreído de su ciencia, y sele destinaba a estudiar Leyes, para seguir, de un modo más glorioso, lashuellas burocráticas de su señor padre.

Completaban la familia una niñade diez años y un niño de nueve, herederos de las gracias maternas.Porque la señora de Bringas era una dama hermosa, mucho más joven que sumarido, que en edad la aventajaba como unos tres lustros. Su flaco eracierta manía nobiliaria, pues aunque los Pipaones no descendíande Íñigo Arista, el apellido materno de Rosalía, que era Calderón, laautorizaba en cierto modo para construir, aunque sólo fuese con lafantasía, un frondosísimo árbol genealógico.

Observaciones precisas nosdan a conocer que Rosalía no carecía de títulos para afiliarse, por lalínea materna, en esa nobleza pobre y servil que ha brillado en loscargos palatinos de poca importancia. Ella no recordaba, al sacar arelucir su abolengo, timbres gloriosos de la política o las armas, sinoaquellos más bajos, ganados en el servicio inmediato y oscuro de la RealPersona. Su madre había sido azafata, su tío alabardero, su abueloguardamangier, otros tíos segundos y terceros, caballerizos, pajes,correos, monteros, administradores de la cabaña de Aranjuez, etcétera,etc.

Se explica que Rosalía añadiese a su segundo apellido la apostilla dela Barca; pero toda la ciencia heráldica del mundo no dará fundamentoal trasiego y combinación que hacía llamándose, para que el nombre fueraredondo y sonante, Rosalía Pipaón de la Barca. Esto lo pronunciaba dandoa su bonita y pequeña nariz una hinchazón enfática, rasgo físico quemarcaba con infalible precisión lo mismo sus accesos de soberbia que lasresoluciones de su bien templada voluntad.

Para esta señora había dos cosas divinas: el Cielo, o mansiónde los elegidos, y lo que en el mundo conocemos por el lacónicosustantivo de Palacio. En Palacio estaba su historia y también suideal, pues aspiraba a que Bringas ocupase un alto puesto en laadministración del Patrimonio y a tener casa en el piso segundo delregio alcázar.

Cualquier frase, palabrilla o pensamiento contrarios a lasuperioridad omnímoda y permanente de la Casa Real entre todo lo creadopor Dios y los hombres, ponía a la buena señora tan fuera de sí, quehasta su hermosura como que se eclipsaba y oscurecía; tanto era elahuecamiento de la nariz bonita, tal la descomposición que la ira daba asus rojos labios. Era Rosalía, para decirlo de una vez, una de esashermosuras gordas, con semblante aniñado y facciones menudas, labradas ygraciosas que prevalecen contra el tiempo y las penas de la vida. Suvigorosa salud, defendiéndola de los años, dábale una frescura que loenvidiarían otras que, a los veinticinco y con un solo parto, parece quehan sido madres de un regimiento. Se había oído comparar tantas vecescon los tipos de Rubens, que, por un fenómeno de costumbre y deasimilación, siempre que se nombraba al insigne flamenco, le parecía oírmentar a alguno de la familia... entiéndase bien, de la familia dePipaón de la Barca.

A principios de Noviembre, obligado Bringas, por las crecientesnecesidades de la familia, a un aumento de local, se mudó de lacasa de la calle de Silva, en que había vivido durante diez y seis años,a otra en lo más angosto de la Costanilla de los Ángeles. La mudanza deuna casa en que había tan diversos objetos algunos de mérito, dos o trescuadros buenos, bronces, espejos, guarda-brisas, y cortinajes riquísimosque eran despojos de la ornamentación de Palacio, no se hizo sindificultades ni quebranto.

Con mucha razón repetía Bringas la exactafrase de Franklin: «tres mudanzas equivalen a un incendio». Y se poníanervioso y airado viendo tanta cosa rota, tanta rozadura, deterioros tangraves y en tanto número. La suerte era que allí estaba él paracomponerlo todo. Los carros estuvieron trasportando objetos desde lasseis de la mañana hasta muy avanzada la noche. Los zafios y torpísimosganapanes que hacen este servicio trataban los muebles sin piedad, ytodo era gritos, esfuerzos, brutalidades de palabra y de obra. Mientrasse verificaba la mudanza, Bringas desempeñaba por sí mismo funcionesaugustas, propias de un amo hacendoso y listo. Ayudado de dos personasde toda su confianza, esteraba y alfombraba toda la casa, porque no sefiaba de los estereros asalariados, que todo lo echan a perder y no vanmás que a salir del paso, haciendo mangas y capirotes. Después de biensentadas las alfombras (ocupación que tiene la poca gracia depresentarnos a este dignísimo personaje andando en cuatropies), se proponía colocar por sí mismo todos los muebles en su sitio,armar las camas de hierro, colgar todo lo que debía estar en lasparedes, fijar lo útil, distribuir con arte y gracia lo decorativo. Estatarea cansada y desesperante no se realiza nunca por completo en dosdías ni en tres, pues aun después de que parece terminada, quedan restosinsignificantes, que son tormento del aposentador en las jornadassucesivas, y al fin de la fiesta siempre queda algo que no se coloca enla vida.

Es quizás gran contrariedad que la primera vez que nos encaramos coneste interesante matrimonio sea en día tan tumultuoso como el de unamudanza, en medio del desorden de una casa sin instalar y en el senosofocante de polvorosa nube. No es culpa nuestra que la personarespetabilísima de D. Francisco Bringas resulte un tanto cómica alpresentársenos dentro de un chaquetón viejo, con un gorro más viejo aúnencasquetado hasta cubrir las orejas, la fisonomía desfigurada por elpolvo, los pies en holgados pantuflos; a veces andando a gatas porencima de las alfombras para medir, cortar, ajustar; a veces subiéndosecon agilidad en una silla, martillo en mano; ya corriendo por aquellospasillos en busca de un clavo, ya dando gritos para que le tuvieran laescalera.

Bringas usaba gafas de oro y se afeitaba totalmente. Unacoincidencia feliz nos exime de hacer su retrato, pues bastan dospalabras para que todos los que lean esto se lo figuren y le puedan vervivo, palpable y luminoso cual si le tuvieran delante. Era la imagenexacta de Thiers, el grande historiador y político de Francia. ¡Quésemejanza tan peregrina! Era la misma cara redonda, la misma nariz corvay el polo gris, espeso y con su copete piriforme, la misma frente anchay simpática, la misma expresión irónica, que no se sabe si proviene dela boca o de los ojos o del copete, el mismísimo perfil de romanoabolengo. Era también el propio talle, la estatura rechoncha y firme.

Nofaltaba en Bringas más que el mirar profundo y todo lo que es de lapeculiar fisonomía del espíritu; faltaba lo que distingue al hombresuperior que sabe hacer la historia y escribirla, del hombre común queha nacido para componer una cerradura y clavar una alfombra.

III

Rosalía, por su parte, rivalizaba aquel día en fecunda actividad con susin par marido. Con un pañuelo liado a la cabeza, cubierto el cuerpo deajadísima bata, trabajaba sin descanso ayudada de una amiga y de lacriada de la casa. Perseguían las tres el polvo con implacable saña, ymientras una la emprendía a escobazos con el suelo, la otraazotaba los trastos con el zorro. La nube las envolvía y cegaba como elhumo de la pólvora envuelve a los héroes de una batalla; mas ellas, conindomable bravura, despreciando al enemigo que se les introducía en lospulmones, se proponían no desmayar hasta expulsarle de la casa.Funcionaba después lo que un aficionado a las frases podría llamar laartillería del aseo, el agua, y contra esto no tenía defensa elsofocador enemigo. La moza convirtió en lago la cocina, y era de vercómo lo vadeaba Rosalía, recogidas las faldas, y calzada con unas botasviejas de su marido.

Maritornes, de rodillas, lavaba los baldosines,recogiendo con trapos el agua terrosa y espesa para exprimirla dentro deun cubo, mientras las otras dos fregoteaban los cacharros, haciendo unruido de cencerrada que era la música de aquel áspero combate. La señorametía todo el brazo dentro de la tinaja para acicalar bien su cavidadoscura, y la amiga sacaba lustre al latón y al cobre con segovianatierra y estropajo. Ver como del fondo general de suciedad iban saliendoen una y otra pieza el brillo y fineza del aseo, era el mayor gusto delas tres hembras, y el éxito les encalabrinaba los nervios y las hacíatrabajar con más ahínco y fe más exaltada. El agua negra del cuboarrastraba todo a lo profundo. Así el polvo vuelve a la tierra despuésde haber usurpado en los aires el imperio de la luz; pero,¡ay!, la tierra le envía de nuevo desafiando las energías poderosas quele persiguen, y esta alternativa de infección y purificación es emblemadel combate humano contra el mal y de los avances invasores de lamateria sobre el hombre, eterna y elemental batalla en que el espíritusucumbe sin morir o triunfa sin rematar su enemigo.

Por inveterada costumbre de dar órdenes, Rosalía no cerraba el picodurante el trabajo, aunque el de las otras dos mujeres fuera tal que nonecesitase ninguna suerte de estímulo. La diligente amiga que la ayudabaoía su nombre cada medio minuto.

«Amparo, ¿pero qué haces? Te tengo dicho que no empieces una cosa antesde acabar otra. Más fuerza, hija, más fuerza. Parece que no tienesalma... Vamos, vivo...

Yo quisiera que todas tuvieran este genio mío...¿Pero qué haces, criatura? ¿No tienes ojos?».

A la criada, mujer seca y musculosa, no la dejaba tampoco en paz ni unsolo momento.

«Por Dios, Prudencia, mueve esos remos... ¡qué posma!... Es unadesesperación...

¡Que siempre he de estar yo rodeada de gente así!».

En tanto, el gran Thiers... digo, Bringas, allá en otra región de ladescompuesta casa, no paraba ni callaba un solo instante.

«Felipe, el martillo... Pero hombre, te quedas como un bobo mirando losretratos y no atiendes a lo que te digo... Dame la tuerca...Mira, allí está. Todo lo pierdes, todo se te olvida... ¡Qué cabeza,hijo, te ha dado Dios! Se lo contaré todo a tu amo para que te tire delas orejas y te despabile... ¿Qué se te ha perdido en la cómoda para quemires tanto a ella? ¡Ah!, las figuritas de porcelana... Vamos, hijo,formalidad. Aguanta ahora la escalera... ¡Eh!, chiquillo, trae lastenazas, el destornillador... pronto, menéate».

Un viejo, protegido de la casa, ayudaba también; pero a este no se lepermitía poner sus manos en nada, como no fuera para levantar grandespesos, porque era muy torpe y en todas partes dejaba huella tristísimade su inhabilidad destructora.

Muy a menudo uno de los consortes necesitaba del autorizado dictamen delotro para colocar cualquier objeto, y se oían a lo largo de aquelpasillo gritos y llamamientos como de quien pide socorro. «Bringas, ven,ven acá. No podemos colocar esta percha». O bien entraba Amparosofocadísima en la sala, diciendo:

«Don Francisco, que a estos clavos se le han torcido las puntas».

—Hija, yo no puedo estar en todo. Esperar un poco.

A pesar de ser tan supino el criterio decorativo de Bringas, este no sefiaba de sí mismo, y quería consultar con su mujer peliagudosproblemas.

«Rosalía... ven acá, hija... A ver dónde te parece que coloque estoscuadros. Creo que el Cristo de la Caña debe ir al centro».

—Poco a poco; al centro va el retrato de Su Majestad...

—Es verdad. Vamos a ello.

—Se me figura que Su Majestad está muy caída. Levántala un poquito, unpar de dedos. ¿Así?

—Bien.

—¿En dónde pongo a O'Donnell?

—A ese le pondría yo en otra parte... por indecente.

—¡Mujer...!

—Ponle donde quieras.

—Ahora colgaremos a Narváez... Por este lado irá el retrato de D. Juande Pipaón.

¡Felipe!... ¿En dónde está ese condenado chico?

Un momento después:

«Bringas, Bringas, acude acá».

—¿Qué hay?

—¡Que se nos viene encima la percha!

—Allá voy.

—Bringas, entre las tres no podemos con la piedra del lavabo.

—Que vaya el señor Canencia. Cuidado, cuidado... Canencia, eche ustedallá una mano con mil demonios... ¡Cómo me rompan la piedra...!

En presencia de estas dificultades, Bringas decía como Napoleón cuandosupo que se había perdido la batalla de Trafalgar: «Yo no puedoestar en todas partes».

Felipe Centeno, que servía a un pariente de D. Francisco, estaba allíaquel día como prestado para ayudar a los señores en su grande faena. Niun momento de respiro le daban aquel señor tan activo y aquella dama,que era la misma pólvora. Si hubiera tenido tres cuerpos, no le bastaranpara atender a todo: «Felipe, coge con mucho cuidado el florero y ponlosobre el entredós. Ahora vamos a colocar los guardabrisas...

Felipe,vete a la cocina y trae agua... Eh, Juanenreda, ven aquí; lleva laescalera a la alcoba, que vamos a emprenderla con la corona de lacolgadura de la cama».

¡Qué fatigas!, pero al mismo tiempo, ¡qué triunfos!... Llegada la noche,satisfechos y envanecidos los dos esposos de su obra, se sentabanestropeadísimos, y la contemplaban lisonjeándose mutuamente conencomiásticas apreciaciones. «La sala ha quedado muy bien. ¡Lástima queno cupiera el árbol genealógico de los Pipaones y el Santo TomásApóstol, copia de Mengs!.. ¿No estará un poco alta la lámpara?...

Paramañana quedarán algunos perfiles. La verdad es, hija, que tenemos unacasa magnífica. ¡Vaya un golpe de gabinete! Mirado desde aquí, con todala puerta abierta, tiene algo de regio. ¿No te parece que estás viendola sala de Gasparini? Será ilusión, pero se podría jurar queestá más guapo tu abuelo, y que luce más aquí con su uniforme dealabardero, haciendo juego con el manto rojo del Cristo de la Caña.

Laalfombra no tiene nada que pedir. Yo empalmé tan bien el pedazo que tedieron hace dos años en Palacio con el que lograste hace un mes, y casécon tanto cuidado las piezas, que no se conoce la diferencia dedibujo... Ya te podían haber dado la pareja completa de los candelabrosde bronce... pero en aquella casa todo se hace con el mayor desorden...Las velas de colores dentro de los guarda-brisas hacen un efecto mágico.Si se encendieran parecería cosa de las Mil y una noches».

La comida se trajo aquel día, por ser de mucho tráfago, de la fonda máscercana, y los niños, que habían pasado todo el día en la casa deCaballero, vinieron por la noche a acostarse. Enredaban tanto con lanovedad de la casa y de su cuarto, que Rosalía tuvo que administrarlesalgunos azotes para que entraran en razón, y de esta suerte no concluyósin lágrimas un día de tantas satisfacciones.

En los sucesivos, el gozo, el orgullo, la hinchazón de los Bringas porlas ventajas de su nuevo domicilio se manifestaban en el acto deenseñarlo y ofrecerlo a los amigos que les visitaban. D. Francisco y suseñora acompañaban las visitas por toda la casa, mostrando pieza porpieza sin omitir ninguna, y encareciendo la holgura, lacapacidad y adecuada aplicación de cada una.

«Es la mejor casa de Madrid—decía con la nariz ahuecada Rosalía,guiando por aquellos laberintos a la señora de García Grande, su amigacariñosa—. Yo digo que si la hubiéramos fabricado nosotros no habríamosrepartido mejor todas las piezas».

Uno y otro consorte se quitaban alternativamente la palabra de la bocapara encomiar su casa, que era única y sin segundo, al decir de ambos;pues en este matrimonio, y particularmente en ella, se había arraigadola creencia de que los bienes propios eran siempre muy superiores a losque disfrutaban los demás tristes mortales.

«Vea usted la alcoba, Cándida... ¡qué hermosa pieza y qué abrigadita! Noentra aquí el aire por ninguna parte».

—Note usted... rara vez se ve un estucado más bien puesto.

—En este otro cuartito es donde yo me lavo. ¿Ve usted qué mono? Espequeñín, pero sobra espacio.

—Ya lo creo que sobra. Note usted estos pasillos. Si esto parece laPlaza de Toros...

Lo menos tienen vara y media de ancho.

—Aquí podrán correr caballos. En este cuarto es donde tengo mi costura,y aquí estaremos todo el día Amparo y yo. Sigue la habitación de Paquito, con luces al patio.

Ahí tiene él sus libros tan bienpuestitos, su mesa para escribir los apuntes de clase, su cama y supercha.

—Note usted, Cándida, qué hermosas luces. Aquí, en verano, se ve a leerhasta las cuatro a la tarde.

—Ahora vea usted qué comedor, qué desahogo. Cabe perfectamente la mesade ocho personas. En la otra casa estábamos tan estrechos que elaparador parecía venírsenos encima, y cuando la criada pasaba con losplatos Bringas tenía que levantarse.

—Note usted, Cándida, este papel imitando roble... Cada día inventanesos extranjeros cosas más bonitas...

—En este otro cuartito, que da también al patio, es donde Bringas tienetodo su instrumental... Esto es un taller en regla. Ha de ver ustedtambién la cocina. Es quizás...

—Y sin quizás la más hermosa que hay en Madrid... Ahora el cuarto de lamuchacha... oscurito sí, pero ella ¿para qué quiere luces?

Volviendo a la sala, después de esta excursión apologética y triunfal,la Pipaón de la Barca, nunca saciada de alabar su vivienda y defelicitarse por ella, no daba paz a la lengua.

«Porque a mí, querida Cándida, que no me saquen de estos barrios. Todolo que no sea este trocito no me parece Madrid. Nací en la plazuela deNavalón, y hemos vivido muchos años en la calle de Silva.Cuando paso dos días sin ver la plaza de Oriente, Santo Domingo el Real,la Encarnación y el Senado, me parece que no he vivido. Creo que no meaprovecha la misa cuando no la oigo en Santa Catalina de los Donados, enla capilla Real o en la Buena Dicha. Es verdad que esta parte de laCostanilla de los Ángeles es algo estrecha, pero a mí me gusta así.Parece que estamos más acompañados viendo al vecino de enfrente tancerca, que se le puede dar la mano. Yo quiero vecindad por todos lados.Me gusta sentir de noche al inquilino que sube; me agrada sentir alientode personas arriba y abajo. La soledad me causa espanto, y cuando oigohablar de las familias que se han ido a vivir a ese barrio, a esaSacramental que está haciendo Salamanca más allá de la Plaza de Toros,me dan escalofríos. ¡Jesús qué miedo!... Luego este sitio es un cocheparado. ¡Qué animación! A todas horas pasa gente. Toda, toda, todita lanoche está usted oyendo hablar a los que pasan, y hasta se entiende loque dicen. Créalo usted, esto acompaña. Como nuestro cuarto esprincipal, parece que estamos en la calle. Luego todo tan a la mano...Debajo la carnicería; al lado ultramarinos; a dos pasos puesto depescado; en la plazuela botica, confitería, molino de chocolate, casa devacas, tienda de sedas, droguería, en fin, con decir que todo... Nopodemos quejarnos. Estamos en sitio tan céntrico, que apenastenemos que andar para ir a tal o cual parte. Vivimos cerca de Palacio,cerca del Ministerio de Estado, cerca de la oficina de Bringas, cerca dela capilla Real, cerca de Caballerizas, cerca de la Armería, cerca de laplaza de Oriente... cerca de usted, de las de Pez, de mi primoAgustín...».

En el momento de nombrar a esta persona sonó la campanilla de la puerta;alguien entró en la casa.

«Es él—dijo Bringas—; pero se ha ido adentro pasito a paso para que nose le sienta».

—Ha comprendido que hay visita—indicó Rosalía riendo—, y ni a trestiros le harán entrar en la sala. Es tan raro...

IV

Difícil es fijar el escalón social que en la casa de Bringas ocupabaAmparo, la Amparo, Amparito, la señorita Amparo, pues de estas cuatromaneras era nombrada.

Hallábase en el punto en que se confunden lasrelaciones de amistad con las de servidumbre, y no podía decir si lasubyugaba una dulce amiga o si un ama despótica la favorecía. Lasobligaciones de esta joven en la casa eran tantas y la retribución deafecto tan tasada y regateada, que desde luego se puede asegurar queentraba allí en calidad de pariente pobre y molesto. Este es elparentesco más lejano que se conoce, y conviene declarar que elde sangre, entre las familias de Sánchez Emperador y Pipaón, era deaquellos que no coge el galgo más corredor. La madre de Amparo eraCalderón como la madre de Rosalía, pero de ramas muy apartadas, cuyoentronque se hubiera encontrado (si algún desocupado lo buscara) en unmontero de Palacio que pasó al servicio de la Vallabriga y del infanteD. Luis.

Poco trato tenía Bringas con Sánchez Emperador; pero aquél habíarecibido antaño del padre de Rosalía inestimable servicio, y fueconstante en el agradecimiento. Poco antes de morir llamó a D. Franciscoel desgraciado conserje de la Escuela de Farmacia y le dijo: «Todos misahorros los he gastado en mi enfermedad. No dejo a mis pobres hijas másque los treinta días del mes. Si usted me promete hacer por ellas todolo que pueda, me moriré tranquilo». Bringas, que era hombre de buencorazón, prometió ampararlas según la medida de su modesto pasar, y supocumplir su promesa.

Luego que dieron tierra a su padre, instaláronse las dos huérfanas en lacasa más reducida y más barata que encontraron, e hicieron ese voto deheroísmo que se llama vivir de su trabajo. El de la mujer sola,soltera y honrada era y es una como patente de ayuno perpetuo; peroaquellas bien criadas chicas tenían fe, y los primeros desengaños no lasdesalentaron. Muy mal lo hubieran pasado sin la protecciónmanifiesta de Bringas, y la más o menos encubierta de otros amigos ydeudos de Sánchez Emperador.

La posición social de Rosalía Pipaón de la Barca de Bringas no era, apesar de su contacto con Palacio y con familias de viso, la más apropósito para fomentar en ella pretensiones aristocráticas de altovuelo; pero tenía un orgullete cursi que le inspiraba a menudo, conahuecamiento de nariz, evocaciones declamatorias de los méritos ycalidad de sus antepasados. Gustaba asimismo de nombrar títulos, dedescribir uniformes palaciegos y de encarecer sus buenas relaciones. Enuna sociedad como aquella, o como esta, pues la variación en diez y seisaños no ha sido muy grande; en esta sociedad, digo, no vigorizada por eltrabajo, y en la cual tienen más valor que en otra parte losparentescos, las recomendaciones, los compadrazgos y amistades, lainiciativa individual es sustituida por la fe en las relaciones. Losbien relacionados lo esperan todo del pariente a quien adulan o delcacique a quien sirven, y rara vez esperan de sí mismos el bien quedesean. En esto de vivir bien relacionada, la señora de Bringas nocedía a ningún nacido ni por nacer, y desde tan sólida base se remontabaa la excelsitud de su orgullete español, el cual vicio tiene porfundamento la inveterada pereza del espíritu, la ociosidad demuchas generaciones y la falta de educación intelectual y moral. Y siaquella sociedad anterior al 68 difería algo de la nuestra y consistíala diferencia en que era más puntillosa y más linfática, en que era aúnmás vana y perezosa, y en que estaba más desmedrada por los cambiospolíticos y por la empleomanía; era una sociedad que se conmovía todapor media docena de destinos mal retribuidos y que dejaba entrevercierto desprecio estúpido hacia el que no figuraba en las altas nóminasdel Estado o en las de Palacio, siquiera fuesen de las más bajas.

Por eso Rosalía no podía perdonar a las hijas de Emperador que fuesenramas de arbusto tan humilde como el conserje de un establecimiento deenseñanza ¡un portero!

Además Sánchez Emperador había sido colocado enla Farmacia por D. Martín de los Heros, y su filiación progresistabastaba para que Rosalía abriera mentalmente un abismo entre las libreasdel Estado y las de Palacio.

Cuando Amparo y Refugio se sentaban a la mesa de Rosalía lo queacontecía tres o cuatro veces al mes no perdía ocasión esta demostrarles de un modo significativo la superioridad suya. Mas no sabíahacerlo con la delicadeza y el fino tacto de las personas marcadas deese sello de nobleza que está juntamente en la sangre y en la educación;no sabía hacerlo de modo que al inferior no le doliese laherida de su inferioridad; hacíalo con formas afectadas que ocultabanmal la grosería de su intención. Al mismo tiempo solía tener Rosalía conellas rasgos de impensada crueldad que brotaban de su corazón como lamala yerba de un campo sin cultivo. Este detalle pinta a la señora deBringas y da completa idea de su limitada inteligencia así como de superversa educación moral, vicio histórico y castizo, pues no lo anula niaun lo disimula el barniz de urbanidad con que resplandecen, a la luz delas relaciones superficiales, la gran mayoría de las personas de levitay mantilla. Además la lucha por la existencia es aquí más ruda que enotras partes; reviste caracteres de ferocidad en el reparto de lasmercedes políticas; y en la esfera común de la vida, tiene por expresiónla envidia en variadas formas y en peregrinas manifestaciones. Se da elcaso extraño de que el superior tenga envidia del inferior, y ocurre quelos que comen a dos carrillos defiendan con ira y anhelo una tristemigaja. Todo esto, que es general, puede servir de base para unconocimiento exacto de las humillaciones que aquella señora imponía asus protegidas, y de la sequedad con que les hacía sentir el peso de sumano al darles la limosna.

Bringas no era así. Cuando Amparo llegaba muerta de cansancio a la casay la de Pipaón con desabrido tono le decía: «Amparo, ve ahoramismo a la calle de la Concepción Jerónima y tráeme los delantalitos deniño que dejé apartados»; cuando la hacía recorrer distancias enormes, yluego la mandaba a la cocina, y por cualquier motivo trivial lareprendía con aspereza, el bueno de D. Francisco sacaba la cara endefensa de la huérfana, pidiendo a su mujer tolerancia y benignidad.

«Déjala que trabaje—observaba Rosalía—. ¿Pues qué?, si al fin ha devivir de sus obras. ¿Crees tú que va a tener alguna herencia?Acostúmbrala a los mimos, y entonces verás de qué se mantiene cuandonosotros por cualquier motivo le faltemos.

Están muy mal acostumbradasesas niñas... Es preciso, Bringas, que cada cual viva según suscircunstancias».

Refugio, la más pequeña de las dos, se cansó pronto de la protección desu vanidosa pariente. Era su carácter algo bravío y amaba laindependencia. El tono, el aire de su protectora, así como los trabajosque les imponía, la irritaban tanto, que renunció al arrimo de la casa ydespidiose un día para no volver más. Amparo, que era humildísima y decarácter débil, continuó amarrada al yugo de aquella gravosa protección.Tenía además bastante buen sentido para comprender que la libertad eramás triste y más peligrosa que la esclavitud en aquel singular caso.

Cuando se retiraba por las noches a su domicilio, después de hacerrecados penosos, algunos muy impropios de una señorita; después de coserhasta marearse, y de dar mil vueltas ocupada en todo lo que la señoraordenaba, esta le solía dar unas nueces picadas, o bien pasas queestaban a punto de fermentar, carne fiambre, pedazos de salchichón ymazapán, dos o tres peras y algún postre de cocina que se había echado aperder. En ropa de uso, rarísimas eran las liberalidades de Rosalía,porque ella la apuraba tanto que al dejarla no servía para maldita cosa.Pero no faltaba algún jirón sobrante, algún pedazo de faya deshilachadao de paño sucio, los recortes de un vestido, retazos de cinta, botonesviejos. Bringas, por su parte, no regateaba a su protegida las mercedesde su habilidad generosa, y estaba siempre dispuesto a componerle elparaguas, a ponerle clavo nuevo al abanico o nuevas bisagras alcajoncito de la costura. Fuera de esto (conviene decirlo en letras demolde para que lo sepa el público), Amparo recibía semanalmente de suprotector una cantidad en metálico, que variaba según las fluctuacionesdel tesoro de aquel hombre ahorrativo y económico en altísimo grado.Bringas tenía en el cajón de la derecha de su mesa (que era de las quellaman de ministro), varios apartadijos de monedas. De allí salía todolo necesario para los diferentes gastos de la casa con unapuntualidad y un método que quisiéramos fuese imitado por el Tesoropúblico. Allí lo superfluo no existía mientras no estuvieran cubiertastodas las atenciones. En esto era Bringas inexorable, y gracias a tansaludable rigor, en aquella casa no se debía un maravedí ni al SursumCorda (expresión del propio Thiers). Los restos de lo necesario pasabansemanalmente a la partida y al cestillo de lo superfluo, y aun habíaotro hueco a donde afluía lo sobrante de lo superfluo, que era ya, comose ve, una quinta esencia de numerario, y la última palabra del ordendoméstico. De esta tercera categoría rentística procedían losalambicados emolumentos de Amparo, que generalmente tenían adecuadaforma en pesetas ya muy gastadas y en los cuartos más borrosos. Todo loapuntaba D. Francisco en su libro, que era hecho por él mismo con papelde la oficina, y muy bien cosido con hilo rojo. El bendito hombre teníala meritoria debilidad de engañar a su mujer cuando le pedía cuenta deaquellos despilfarros semanales, y si había dado catorce, decía en tonotranquilizador guardando el libro:

«Sosiégate, mujer. No le he dado más que nueve reales... Ni sé yo cómose arreglará la pobre para pagar la casa este mes, porque la gandulonade su hermana no le ayudará nada... Pero no podemos hacer más por ella.Y milagro parece que vayamos saliendo adelante con tantas atenciones. Este mes el calzado de los niños nos desequilibra un poco.Espero que Agustín se acuerde de lo que prometió respecto al pago delcolegio y del piano de Isabelita. Si lo hace, vamos bien. Si no,renunciaré a gabán nuevo para este invierno. Y lo mismo digo de tusombrero, hijita... Ya ves; el tonto de mi primo podría regalarte uno dealto precio; pero él no se hace cargo de las verdaderas necesidades, yno conviene darle a entender que confiamos en su generosidad.

Muchotacto con él, que estos caracteres huraños suelen tener una perspicaciay una desconfianza extraordinarias».

V

Como no tuviera quehaceres de consideración, o algún trabajoextraordinario bien retribuido, lo que sucedía muy contadas veces,Amparo no dejaba de acudir ningún día al principal de la Costanilla delos Ángeles. Allí la vemos puntual, siempre la misma, de humor y genioinalterables, grave sin tocar en el desabrimiento, callada, sufrida,imagen viva de la paciencia, si esta, como parece, es una imagenhermosa; trabajadora, dispuesta a todo, ahorrativa de palabras hasta laavaricia, ligeramente risueña si Rosalía estaba alegre, sumergida enprofundísima tristeza si la señora manifestaba pesadumbre o enojo.

Oigamos la cantinela de todos los días:

«Amparo, ¿has traído la seda verde? ¿No? Pues deja la costura y ponte elmanto: ahora mismo vas por ella. Pásate por la droguería y trae unashojas de sanguinaria.

¡Ah!, se me olvidaba; tráeme dos tapaderas de acuarto... ¿Ya estás de regreso? Bien: dame la vuelta de la peseta. Ahoradate un paseo por la cocina, a ver qué hace Prudencia. Si está muyafanada, ayúdale a lavar la ropa. Después vienes a concluirme estecuello».

Y llena de espíritu de protección, se remontaba otras veces a lasalturas del patriarcalismo, como un globo henchido de gas se eleva alempíreo, y decía en tono muy cordial:

«Amparo, a la sombra nuestra puedes encontrar, si te portas bien, unaregular posición, porque tenemos buenas relaciones y... ¡Ah!... ¿nosabes lo que se me ocurre en este momento? Una idea felicísima. Puessencillamente que debías meterte monja.

Con tu carácter y tus pocasganas de tener novios, tú no te has de casar, y sobre todo, no te has decasar bien. Con que piénsalo; mira que te conviene. Yo haré porconseguirte el dote. Creo que si se le habla a Su Majestad, ella te lodará. Es tan caritativa, que si estuviera en su mano, todo el dinero dela nación (que no es mucho, no creas), lo emplearía en limosnas».

Y otro día es fama que dijo:

«Oye, tú... se me ha ocurrido otra idea feliz... Hoy estoy de vena. Site decides por el monjío, me parece que no necesitamos molestar a LaSeñora, que hartas pretensiones y memoriales de necesitados recibe cadadía, y la pobrecita se aflige por no poder atender a todos. ¿Sabes quiénte puede dar el dote? ¿No se te ocurre? ¿No caes?... El primo Agustín,que está siempre discurriendo en qué emplear los dinerales que ha traídode América. Yo se lo he de decir con maña a ver qué tal lo toma. Es laflor y nata de los hombres buenos; pero como tiene esas rarezas, hay quesaberle tratar. Siendo, como es, tan dadivoso, no se le puede pedir nadaa derechas. Es desconfiado como todos los huraños, y a lo mejor te salecon unas candideces que parece una criatura.

Hay que saberla tratar, hayque ser, como yo, buena templadora de gaitas para sacar partido de él...Ya ves, ayer me regaló un magnífico sombrero... Todo porque me vioafanadísima arreglando el viejo y me oyó renegar de mis pocosrecursos... Como tú ayudes, tendrás la dote... Me parece que es él quienllama... Hoy quedó en traerme billetes para el Príncipe... Y esacalamidad de Prudencia no oye... ¡Prudencia!...

Tendrás que salir tú...No, ya va a abrir esa acémila... Es él... ¿No lo dije? Buenos días,Agustín; pasa, da la vuelta por allí. Da un puntapié a la cesta de laropa. Ahora una bofetada a la puerta. Aproxima el baúl vacío.Aparta ese mantón que está sobre la silla. No te quites el sombrero, queaquí no hace calor».

Esto pasaba en el cuartito de la costura, el cual era además guardarropade Rosalía y estaba lleno de armarios y perchas, con cortinas de percalque defendían del polvo los montones de faldas y vestidos. Baúlesenormes ocupaban el resto, dejando tan poco sitio para las personas, queestas, al entrar y al salir, tenían que buscarse un itinerario y muchasveces no lo encontraban.

«¿Y qué es de tu vida?—le pregunto Rosalía—. ¿Has dado ya tu paseo acaballo?...

Mira, ponte bien la corbata, que al paso que lleva, el lazollegará pronto al cogote...

¡Ay, qué desgarbado eres! Si te dejasesgobernar, qué pronto serías otro. Tú mismo no te habías de conocer».

—Ya estoy viejo para reformas—replicó Caballero sonriendo—. Déjamecomo soy.

¿Está bien así la corbata? Vaya unos melindres. Pásmate de loque te digo: he vivido quince años sin ver un espejo, o lo que es lomismo, sin verme la fisonomía y sin saber cómo soy.

—¡Jesús!, qué hombre... Y un día por fin te miraste y dijiste, como elde Caspe:

«Otra que Dios, yo conozco esa cara...». ¿Oyes, Amparo?

Las dos se reían.

Agustín Caballero no era ya mozo; pero sin duda el cansancio y losafanes de una penosa vida tenían más parte que los años en ladecadencia física que expresaba su rostro. En su barba negra brillabanhilos de plata distribuidos desigualmente, pues debajo de las sienesdominaban las canas casi por entero, mientras el bigote y todo lo quecaía bajo el labio inferior era negro. El pelo, cortado a punta detijera, ofrecía también caprichoso reparto de aquellos infalibles signosdel cansancio vital: en los temporales escarcha, en lo demás intensanegrura ligeramente salpicada de rayitas argénteas. El color de surostro era malísimo, color de América, tinte de fiebre y fatiga en lasardientes humedades del golfo mejicano, la marca o insignia delapostolado colonizador que, con la vida y la salud de tantos noblesobreros, está labrando las potentes civilizaciones futuras del mundohispano-americano.

Siempre vi en Caballero una vigorosa constitución física, medio vencidaen ásperas luchas con la Naturaleza y los hombres, una fuerte saludgastada en mil pruebas, una hermosura tostada al sol. Aquella cabeza yaquel cuerpo bien cuidados por peluqueros y sastres, habrían sido algomás que medianamente hermosos. Pero el retraimiento social y un trabajode Hércules quitaron para siempre a una y otro toda fineza y elegancia,y hasta la posibilidad de adquirirlas. Por esto Caballero, con muy buensentido, había comprendido que era peor afectar lo que no teníaque presentarse tal cual era a las vulgares apreciaciones de laafeminada sociedad en que vivía. En verdad aquel hombre, que habíaprestado a la civilización de América servicios positivos si nobrillantes, era tosco y desmañado, y parecía muy fuera de lugar en unacapital burocrática donde hay personas que han hecho brillantes carreraspor saberse hacer el lazo de la corbata. No es esta la primera vez quetrasplantado aquí el yankee rudo, ha tenido que huir aburridísimo y singanas de volver más. Caballero permaneció más tiempo que otros, ydesafiaba lo que podríamos llamar su impopularidad. Había hecho sonreírcon trivial malicia a muchas personas; era torpe para saludar o incapazde sostener una conversación sobre motivos ligeros y agradables. Enmedio de las expansiones de alegría se mantenía seriote y taciturno.

Sino ignoraba las fórmulas elementales del vivir social, era lego en otrasmuchas de segundo orden, que son producto del refinamiento de costumbresy de las continuas innovaciones suntuarias.

Su despreocupación no era tanta que le permitiese mirar con indiferenciala ridiculez que caía sobre él en ocasiones, y para evitarla, atento asu dignidad, que en mucho estimaba, huía del trato de las personasbulliciosas. Hacía vida muy retirada, y no sostenía relacionesconstantes más que con sus primos los Bringas y con dos o tresamigos del comercio y banca de Madrid, a quienes conoceremos másadelante.

En Octubre de aquel año, cansado Agustín de la tediosa vida que enMadrid hacía, marchó a Burdeos, donde tenía algunos negocios. Peroinopinadamente volvió sin explicar el motivo de su pronto regreso. Tansólo dijo a Bringas: «Allí me aburría más.

Pero pienso volver si Dios meda vida y me sale un proyecto que tengo».

Cuando Rosalía con vivas instancias le retenía en su casa después decomer, y casi por fuerza le introducía en la modesta tertulia de susala, se pasaba toda la noche en un rincón, más callado que si estuvieraen misa, o bien aguantando la verbosidad de algún señor mayor o señoraentrada en años, de las que hablan a borbotones. Respecto a su fortuna,nadie sabía la verdad. Quien la suponía colosal, quien regularcita y muysaneada; pero el propio misterio en que esta circunstancia estabaenvuelta, hacíale más interesante a los ojos de muchos, y familia hubo,entre las relaciones de los Bringas, que le puso con bélico ardor lasparalelas de la estrategia social para conquistarle. Pero él, revelandouna sutil agudeza, más propia del salvaje que del cortesano, resistíatan valerosamente que los sitiadores levantaban el asedio sin ganas devolverlo a poner. No hay que decir que se le dispensaba mucho por laidea que todos tenían de su desmedida riqueza y de su noble yelevado carácter. Verdaderamente si él hubiera querido ceder a tantasasechanzas amables, sus rudezas habrían pasado como donaires y susequedad por la más cumplida elegancia.

«Puedes fumar si quieres—le dijo Rosalía—. Ni a Amparo ni a mí nosmolesta el humo del cigarro. Repítenos eso del espejo para que nosriamos otro poco. ¡Quince años sin verte la cara!».

—Es cierto... Y durante dos años y medio, estuvimos un amigo y yo en unmonte de la Sierra Madre sin tener el disgusto de ver lo que llamamosuna persona.

—Eso no necesitas jurarlo para que lo crea. Bien se te conoce. Y cuandollegaste a ver un ser humano echaste a correr, ¿verdad? Esas mañas tehan quedado, primo. La otra tarde, cuando estabas en la sala y entraronlas de Pez, pegaste un brinco, y te faltaba tierra por donde huir. Yocreí que te tirabas por el balcón. ¿Por qué eres así, por qué tienesmiedo a la gente? Haces mal, muy mal. Sin duda crees que no gustas, quese ríen de ti. ¡Ay, bobo, no, no! Todos te respetan y te alaban. Yo séque no eres desagradable ni mucho menos. Gustas, chico, gustas, yo te lodigo. Eres simpático a muchas que yo me sé, y si tú no fueras tanencogido...

—No me fío, no me fío—murmuró Caballero, como quien sigue una broma.

—¡Qué timidez la tuya! Cuidado que con cuarenta y cincoaños... ¿Me equivoco en la cuenta?

—Por ahí...

—Con cuarenta y cinco años no saber... no gustar de los placeres de lasociedad...

—Cada hombre—manifestó Agustín—es hechura de su propia vida. Elhombre nace, y la Naturaleza y la vida le hacen. El mismo derecho quetiene esta sociedad para decirme «¿por qué no eres igual a mí?» tengo yopara decirle a ella «¿por qué no eres como yo?». A mí me han hecho comosoy el trabajo, la soledad, la fiebre, la constancia, los descalabros,el miedo y el arrojo, el caballo y el libro mayor, la sierra deMonterrey, el río del Norte y la pútrida costa de Matamoros... ¡Ay!Cuando se ha endurecido el carácter, como los huesos, cuando a uno se leha pintado su historia en la cara, es imposible volver atrás. Yo soyasí; la verdad, no tengo maldita gana de ser de otra manera.

—Ya comprendo, sí... Pero no se te pide que hagas el pollo; lo que sete pide es...

Rosalía, que con grandísimo contento se metía en las honduras de estetema sabroso, por la autoridad y tino que en él sabía revelar,interrumpía con no menor disgusto a cada momento sus observaciones paraatender a asuntos domésticos. No pasaban cinco minutos sin que entrasePrudencia con un recado tan enojoso como importante:

«Señora, elmielero».

—Que hoy no tomo.

—Señora, el del arrope... Señora, el carbonero... Señora, el panadero.¿Cuánto tomo?... Señora, haga el favor de sacar la sopa... Señora, elvinatero... Señora, un recado de las señoras de Pez preguntando si vausted al teatro esta noche... Señora, jabón... Señora, ¿voy por mineral?

Y la atormentada dama contestaba sin confundirse, y tenía que salir yentrar, y sacar cuartos, y dar órdenes, y pasar a la despensa, y dale yvuelve, y otra vez, y torna y vira... Pero no soltaba en medio dellaberinto casero el hilo de su tema, y en un respiro siguió de estemodo:

«Lo que se te pide es que seas amable, atento... y no eches a corrercuando entran visitas...».

—Basta, prima...—dijo Caballero, fatigado ya del sermón—. Hablemos deotra cosa. Aquí tienes las butacas para la función de esta noche en elPríncipe.

—¡Oh!, gracias... Eso sí, a obsequioso no te gana nadie. ¿Pero qué?...¿has traído tres?... ¿vas tú?

—Yo no pienso... La tercera es para que vaya también...

—Hizo un gesto mostrando a Amparo, pues su timidez era tal que a vecesno se atrevía a nombrar a las personas que tenía delante.

«¿Esta?... Por los clavos de Cristo, Agustín. Si ella no va, ni quiere,ni le gusta, ni puede»—manifestó Rosalía, dando a las ventanillas de sunariz toda la dilatación posible.

La idea sola de presentarse en el teatro con la chica de Sánchez, cuyohumilde guardarropa era incompatible con toda exhibición mundana, poníaa la señora de Bringas en un estado de vivísima irritación. Nicomprendía que a su primo se le ocurriera tal dislate. Bastaba estasalida de tono, si no hubiera otras, para que Caballero mereciera laborla de doctor en ignorancia social.

Amparo se reía sin decir nada, mirando a Caballero con indulgentedesaprobación, como se mira a un niño, merecedor por su buena índole deque se le perdonen las tonterías propias de la edad.

«Pues a oportuno no te gana nadie—dijo la Pipaón ensañándose un pococon su primo—. Buena cosa le propones a esta. La ofendes... sin maliciase entiende... le das una puñalada proponiéndole ir al teatro. ¿De quécrees que hablábamos las dos ahora, y no sólo ahora sino otras veces?¿Cuál es la afición, el deseo de esta infeliz? ¿No sabes? Tú qué has desaber si siempre estás en Babia. No tienes penetración. Otro cualquierahabría comprendido que Amparo está demente por hacerse monja... Eso secae de su peso, porque verdaderamente, no puede, no debe, no está encircunstancias de aspirar... Si no hablamos en casa de otra cosa...».

—Poco a poco, señora mía—observó Caballero sonriendo—. A mí no me handicho nada.

—Pero eso se comprende, eso se adivina—replicó ella con la vehemenciaque ponía siempre en sus apreciaciones sobre la cosa más absurda—. Elhombre de sociedad caza las ideas al vuelo. Tú, si no te ponen las cosasdelante, así, en la punta de la nariz, no las ves.

—Acabáramos.

—Otro hombre listo habría conocido la dificultad que hay para realizareste pensamiento, la dificultad de la dote... Esto se cae de su peso.Amparo es pobre.

Nosotros somos ricos de buena voluntad nada más. Esverdad que tenemos buenas relaciones, y las buenas relaciones allananlos peores caminos. Nosotros tenemos muchos amigos, entre ellos algunosque son poderosos. ¿Seremos tan desgraciados que no encontremos algúnsolterón rico que tenga un arranque de generosidad y diga: