Thespis by Carlos O. (Carlos Octavio) Bunge - HTML preview

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Y se retiró majestuosamente, ante un público boquiabierto yaterrorizado...

En la vida monótona de aquellas pampas la tremenda noticia circuló bienpronto. ¡El ahijado del patrón se comería esa noche, como quien se bebeun vaso de agua, cuatro cisnes y un ganso viejo! Había que ir a verlocomer, esa era la palabra de orden en la estancia y sus alrededores.

Llegada la hora, el infeliz Juanillo fue a sentarse, como de costumbre,solo ante la mesa de los amos. En las ventanas y puertas del comedorpululaban en enjambre cabezas ávidas de curiosidad... Los chicoslloraban porque los grandes no les dejaban ver... Las mujeres empujabany codeaban a la par de los hombres...

Juanillo desplegó la servilleta con toda tranquilidad; estaba solamenteun poco pálido. Y la cocinera sirvió la sopa, como siempre... MientrasJuanillo tomaba unas pocas cucharadas, los curiosos se comunicaban susimpresiones:

—¡Quién lo diría, al verlo tan flacuchín!...

—¡Y la sopa no estaba en el programa!...

—¡Ya tendría preparada una droga para evitar la indigestión!...

Terminó Juanillo la sopa como si tal cosa. Y la cocinera, seguida demuchos ayudantes, fue depositando en la mesa las cinco enormes fuentescon sus correspondientes volátiles. Para acompañarlas, trajo tambiéntres no menos enormes palanganas llenas de ensaladas de lechuga yescarola, que alcanzarían para una comida de cien cubiertos.Inmediatamente cundió por el comedor el olor fétido de la carne decisne... Los curiosos se llevaron los pañuelos a las narices, al menos,aquellos que tenían pañuelos... Juanillo ensayó cortar un alón con eltrinchante, inútilmente: la negra carne parecía madera... El capataz seadelantó entonces ofreciéndole su facón, que, recién afilado, cortabacomo navaja de afeitar... Con él, a costa de penosos esfuerzos,consiguió Juanillo servirse una ración que apenas cabía en el plato...

Anhelantes, todas las bocas exclamaron:

—¡Ah!...

Tomó Juanillo un vaso de vino para darse coraje, y medio mareado ya porla fetidez de aquella carne horrible, se puso de pie y gritó a laconcurrencia:

—¿Qué les importa a ustedes que yo coma o no coma?

¡Mándense mudarahora mismo, si no quieren que los eche como perros!

Estaba terrible, con el cabello revuelto, los ojos saliéndose de susórbitas y el facón en la mano... Los chicos, las mujeres y hasta loshombres lanzaron un grito de terror y huyeron despavoridos... ¿Cuál noserían la cólera y la fuerza de un hombre que tenía su apetito? Quedandosolo en el comedor, Juanillo cerró herméticamente las puertas, lasventanas y los postigos... Lo que así oculto hizo para hacerdesaparecer, como si la hubiera comido, tanta carne nauseabunda, mejores no contarlo, para no meternos en cosas sucias, ni entrar en gabinetesreservados.

...Su hazaña, que se dio por hecha, extendió pronto su nombre de ogro enveinte y treinta leguas a la redonda. El empresario del

«círco de lona»de Pehuajó soñó con contratar al «ogro de los cisnes», en reemplazo de«la mujer que come vidrio, espadas y fuego», pues el público ya estabacansado de esta mujer. Lo contuvo la posición social de Juanillo, y laconsideración de la dificultad que había en proporcionarle todas lasnoches tanta alimaña para que la comiera en público. Las piezas, una vezcomidas, no podían repetirse, como ocurría con el vidrio, las espadas yhasta el fuego de la mujer tragona...

Rodeado de esta alta fama culinaria, mal que bien, Juanillo escribió su«Canto del Cisne». Volviose con él a la capital y se lo leyó con suquejumbrosa voz a del Laurel y su inseparable Aristarco López...

—Mejor, mejor, va mejor, muchacho—afirmó del Laurel.—

Pero todavía nisueñes en publicarlo. No está escrito, no.

El juicio de Aristarco fue más severo:

—Ya que eres bueno y confiado, quiero hablarte con franqueza,Juanillo—dijo a Simplón.—Tu cuento-poema se define en una solapalabra: es un mamarracho. Déjate de simplezas; reconoce que no tienestalento, como tenemos yo y del Laurel; y ocúpate de derecho y política,en los cuales no se necesita tanta inteligencia, o es, por lo menos, másfácil simularla. ¡Considera tu «Canto del Cisne» como el verdadero cantodel cisne de tus ambiciones literarias!

Juanillo miró a del Laurel, ansioso de que contradijera a Aristarco;pero del Laurel estaba en ese momento bastante ocupado en acariciarse lamelena... Desalentado, con la muerte en el alma, Juanillo se retiróentonces a su casa. Por el camino compró seis cajas de fósforos,resuelto a desleír el veneno en algún vinillo dulce, para que noresultase el mortal brebaje demasiado feo...

EL CAPITÁN PÉREZ

I

A modo de fiera en un redil, la desgracia se había encarnizado con lafamilia de Itualde. Primero perdió en especulaciones toda la fortuna elpadre y jefe, don Adolfo. Poco después murió, dejando «en la calle» a suviuda, doña Laura, y sus cuatro hijos: Adolfo, Ignacio, Laurita y Rosa,la pequeña, a quien llamaban

«Coca».

Doña Laura, que amaba a su esposo, lo lloró inconsolable. Y

más todavía,si cabe, sintió su antigua fortuna, perdida precisamente entonces,cuando su hija mayor iba a ser una señorita. Cayó en profundoabatimiento y languideció un año más, al cabo del cual fue a reunirsecon su esposo, en el sepulcro de la familia.

Adolfo, que fuera educado en la abundancia y la holgazanería, tomó sobresí las deudas de su padre, púsose a trabajar empeñosamente, y casó conuna niña modesta y bella... Pero estaba escrito que el destino probaríala paciencia de aquella familia. Al nacer el que sería primogénito deAdolfo, murió la madre y murió el chico...

«La desgracia no viene sola—pensaba Adolfo.—¿Qué nos esperará despuésde estos nuevos golpes? ¿O habrá terminado ya la «racha negra»?...

Pues la «racha negra» no había terminado, y otro golpe le esperabatodavía: fracasó en sus negocios y se enfermó del pecho...

Dejándose vencer del desaliento, pronto hubiera muerto también Adolfo,sin la enérgica y generosa decisión de su hermana Laura. Habían recetadoal enfermo campo y descanso o trabajo metódico y moderado.Importándosele poco su vida, ya sin halagos, pensó él descuidar losconsejos médicos... Pero Laura no lo permitió. Facilitó la liquidaciónde su casa en la ciudad. Solicitó y obtuvo para su hermano el destino degerente de una pequeña sucursal del Banco de la Nación, en el Tandil,interesante pueblo de la provincia de Buenos-Aires. Y

fuese con él y conCoca a establecerse en el pueblo.

Adolfo había protestado.

—Yo no puedo permitir, Laura, que tú vayas a soterrarte, en plenajuventud, en un pueblo de campo. Quédate más bien en casa de cualquierade nuestros tíos, como te lo pidieron, y déjame a mi solo...

Laura replicó:

—De ningún modo. No te cuidarías, a pesar de que todavía estás atiempo... Iremos a cuidarte con Coca. Te haremos allá un confortablehogar... Para nosotras no será sacrificio alguno, porque llevaremos unlargo luto antes de podernos distraer y divertir. Y en ninguna parte selleva mejor el luto que en el campo.

Accedió Adolfo, y fue a instalarse con sus dos hermanas en una modestacasa-quinta del pueblo donde debía desempeñar su nuevo cargo. Ignaciono los acompañaba porque, siendo alférez, vivía en el cuartel su vidamilitar.

Hizo Laura prodigios con el poco dinero que llevaran y con el escasosueldo de su hermano. Poco a poco, comprando un mes un mueble y otro mesotro, amuebló toda la casa. La hizo pintar, empapelar, decorar. Llenólas habitaciones de tiestos, moños, grabados ingleses, mecedoras,almohadones, lámparas con delicados abat-jours... Hizo arreglar eljardín, improvisó una huerta, cuidó un corral de aves domésticas... Ytodo esto, agregado a su biblioteca, su subscripción a varias revistas,y a sus habilidades caseras, hicieron de la casita un verdadero oasis enel desierto de Tandil.

Adolfo olvidó allá su perdida mujer, que no fuera, por cierto, undechado de diligencia... De carácter tranquilo, acostumbrose pronto a lasosegada vida de un burócrata de aldea. Puso todo su empeño en elservicio del banco y encontró allí una distracción y un rumbo. Llegó asíotra vez a comprender el bonheur de vivre y a amar la vida. Enconsecuencia, su sangre tuvo vigor bastante para cicatrizar lasincipientes llagas de sus pulmones, y se sintió fortalecido y casicurado.

En aquella monótona existencia campestre de la familia de Itualde,también corría el tiempo. Y Laura cumplió los treinta años, Coca losveinte. Como la sociedad mejor del Tandil era rústica y cuentista, lahabían evitado en su vida discreta y retirada. Temían, y con razón, quesu superioridad chocase demasiado en aquel medio y que la maledicenciatomase pronto el desquite...

Por ahora, las «morochas» del pueblo se contentaban con llamarlas «esasorgullosas de Itualde». ¡Y había que ver con cuánto menosprecio lascalificaban de «orgullosas», sabiendo que no eran ricas!... Poco lesimportaba a ellas este menosprecio, con tal de que las habladurías nopasaran a mayores...

Constituían la única verdadera diversión de las dos muchachas huérfanaslas cortas temporadas que pasaban en Buenos-Aires, en las casas de susparientes. Pero nunca quisieron, especialmente Laura, prolongar esasausencias, por no dejar largo tiempo solo a Adolfo.

Laura no era bonita. Con su alma deliciosamente tierna y femenina, susformas parecían demasiado rígidas y sus maneras demasiado decididas. Encambio, Coca, que no poseía un temperamento tan femeninamente abnegado,se había hecho una mujer elegante, flexible, de agraciados modales yhermosa fisonomía. Era la beauty del Tandil. Tenía no menos de quinceadmiradores silenciosos, que iban todos los domingos y fiestas deguardar a lanzarle sus incendiarias miradas en el atrio de la iglesia,cuando salía de misa de nueve. No tenían más remedio que admirarla delejos, pues ella esquivaba toda ocasión de tratarlos. Sin embargo, nofaltó quien la acusara de

«coqueta»...

De vuelta de una de estas idas a misa, las recibió una vez su hermanocon una noticia importante. Había llegado al Tandil, a organizar unaestancia inmediata al pueblo, que acababa de comprar, un antiguo amigosuyo, don Mariano Vázquez, soltero y de buena familia, excelente personaque iban a tratar con frecuencia...

—Le he invitado a comer para esta noche—dijo a Laura.—¡Y

es todo unnovio el que te anuncio!—agregó bromeando.

Laura se había puesto escéptica en materia de novios. Pensaba que no secasaría, ella que naciera madre, por sus sentimientos, de todo ser quenecesitase su auxilio o protección.

Como no frecuentaba la sociedad, no conocía las rivalidades femeninas ysu carácter de soltera de treinta años no parecía agriado... Por eso nohubo el más leve sarcasmo en su clara y bien timbrada voz cuandocontestó a Adolfo:

—Mil gracias. Pero si tu don Mariano es un candidato a novio... lo seráa novio de Coca.

Coca preguntó entonces:

—¿Qué edad tiene?

Adolfo repuso:

—No sé bien... Creo que cuarenta años.

—¡Cuarenta años!—exclamó Coca.—Pues se lo dejo a Laura.

Arreglando la casa para recibir la visita anunciada, Laura y Cocaconversaban y se divertían a costa del candidato todavía desconocido...

—Es preciso que usemos de todas nuestras armas—decía riéndoseCoca,—para vencerlo y que quede en casa, contigo, y si tú no quieres ono puedes, aunque sea conmigo... Dime, Laura,

¿y qué harás tú paraconquistar a ese don Mariano?

—¿Yo?—contestaba distraída y complacientemente la hermana mayor.—Loque tú quieras. Le pondré ojitos tiernos...

le diré palabras dulces...

—¡Qué mala idea! ¡Cómo se ve que no conoces a los hombres!

—Y tú, ¿los conoces acaso?...

—Por lo menos sé que deben ser tratados enérgicamente para que se lesvenza y domine... ¡Con ojitos tiernos, con palabras dulces, poco ha dehacerse!...

Laura

miró

sorprendida

a

su

hermana,

diciéndole

irónicamente:

—Habrá que tratarlos a rebencazos...

Encogiose de hombros Coca y rectificó:

—¡Tonta! No quiero decir eso, y bien lo sabes... Quiero decir que paraenamorar a los hombres no es conveniente ser buena y franca. Hay que sercoqueta y mentirosa.

—Según con qué hombres...

—¡Con todos! ¡Todos son iguales!

—Pues no te aconsejo que ensayes el sistema...

—¿Con ese Mariano Vázquez?...

—Con ése.

—¿Y por qué no con ése?...

—Por lo que yo me sé...

Y Laura dijo lo que se sabía, habiéndolo oído contar en casa de su tíaViviana. Don Mariano Vázquez tuvo en sus mocedades una novia, a quienidolatraba... Pero ella, la muy picara, rompió un buen día el compromisopara casarse con su primo, un calavera «de siete suelas»... Don Marianodebía ser pues un hombre melancólico y escarmentado...

—Sea como sea—afirmó esa locuela de Coca—es un hombre, y hay queemplear con él los recursos que sirven para con todos...

—¿De dónde tú tan enterada?...

—Es que tengo dos orejas que oyen bien y dos ojos que no ven mal.

—Tu cabeza es la que piensa mal, tu cabeza de chorlito...

Coca se picó y repuso prontamente:

—Hagamos entonces una apuesta. Pongamos en práctica los dos sistemas,el tuyo y el mío, a ver cuál da mejor resultado con Vázquez. Tú harás laniña buena y yo haré la niña mala... La que le trastorne primero el sesose casará con él y... como es muy rico... dotará a su hermanita, si sequeda soltera. ¡Trato hecho!...

¡Nada de echarse atrás!...

Como no podía enfadarse, Laura se rió de la malicia de su hermana... Ysu hermana, tomando esta risa por su aceptación de la apuesta, exclamótriunfante:

—¡Aceptas!... ¡Pues ya verás!... Pero tendrás que ayudarme en todo...Yo fingiré novios y coqueterías, ¡y tú vas a desmentirme!... En cambioyo no me cansaré de hacerte

«réclame», insinuando tus condiciones dehacendosa y casera...

¿Estamos?... ¡Pues ya verás!...

Y para que Laura no se arrepintiese del pacto tácitamente consentido,Coca se lo estuvo recordando constantemente... Tú harás esto... Yo harélo otro... Tú te pondrás bonita, pero con tu traje azul de ama de llavesy hasta con un delantalcito muy mono... Yo me emperejilaré con todas misgalas: me pondré flores y polvos; aun me pintaría un lunarcillo en lacara si Adolfo no fuera a notarlo...

Sugestionándose por su propia charla, Coca se hizo, mientras hablaba, elcuidadoso aliño de una prometida para su primera entrevista con elnovio. Laura tampoco se descuidó, no viendo gran peligro en laschanceras intenciones de Coca... Y así fue que todavía estaban riendo yproyectando, cuando sonó, a las siete en punto, un breve campanillazo.Era don Mariano Vázquez que llamaba a la puerta de calle.

II

Don Mariano, un cuarentón bien parecido y mejor conservado, se presentócomo amable hombre de mundo. Manifestose alegre y decidor. Si tuvo unanovia inconstante en otro tiempo, esa novia parecía ya harto olvidada.

Dio durante la comida alguna broma a Adolfo, con una

«elegante señorita»que había visto en la ventana de una casa vecina. Adolfo protestóingenuamente; él no volvería a casarse...

—Se encuentra usted demasiado bien así—dijo Vázquez—con unas hermanascomo las que usted tiene... ¡Feliz de usted!... Pero esta felicidad nopuede durarle toda la vida... Ellas se casarán alguna vez...

—¡Oh no!...—interrumpió Coca.

—¿Y por qué no se casa usted?—preguntó Adolfo a su amigo.

—En cuanto a mí—contestó Vázquez, con un vago dejo de tristeza—debodecir que siento no haberme casado... ¡Sobre todo cuando visito un«home» tan alegre y cariñoso como éste!

—¡Pero aun está usted a tiempo de casarse, señor Vázquez!—

interrumpióotra vez Coca, como distraídamente y como arrepintiéndose luego de sudistracción...

Vázquez no se dio por entendido, y siguió hablando, ahora de temasindiferentes. Describió su establecimiento, exponiendo sus planes yproyectos con juvenil animación. Terminó insinuando su deseo de que lohonrasen pronto con su visita de buenos vecinos de campo...

—Aunque mi hospitalidad y mi mesa de solterón—añadió—

no serán tanconfortables como las de esta casa...

Coca hizo un gesto como diciendo que no les importaba la casa y la mesa,sino el dueño de casa y amigo... Mientras éste, saboreando

el

postre,

undulce

de

fresas,

exclamaba

sinceramente:

—¡En mi vida comí nada más delicado!

—Es obra de Laura—observó Coca, faltando impudentemente a la verdad,porque ella era la autora del dulce.—Esta Laurita tiene unas manos deoro para la cocina... Yo la envidio; pero prefiero pasear o leer aperder mi tiempo en esas labores caseras.

Y miró a su hermana mayor paraque no la fuera a desmentir.

¡Cada cual debía desempeñar hasta el fin elpapel que se impusieran!

Y desempeñando su papel, por seguir la broma, Laura ofreció más dulce aVázquez... Luego le convidó con un licor de su cosecha... y dejó queadmirara su habilidad—esta vez verdadera—en el arreglo de la casa...

A su vez, Coca no olvidó un momento de hacerse la coquetuela, melindrosay casquivana. Dijo que la música le atacaba los nervios, que detestabael campo, que su ideal era el dolce far niente, y cien necedadesmás...

Vázquez le preguntó si tenía novio, y ella se puso muy colorada alcontestar débilmente que no, como si dijera: «Los tengo a montones».

—Supongo que todavía hay jóvenes de buen gusto en el mundo—dijogalantemente Vázquez.

Con femenina impertinencia, Coca le repuso:

—Los jóvenes de buen gusto no me han de querer a mí, pobre y rústicacampesina...

Después de comer, Coca ofreció bombones al estanciero, en su rica cajade porcelana de Saxe, resto de los antiguos lujos de la casa.

—¡Hermosa bombonera!—observó Vázquez, admirándola.

—Un recuerdo del corso de las flores, en la última temporada quepasamos en Buenos-Aires...—aclaró Coca, afectando cortedad.

—¿Regalo de quién?...

—¡Oh, no suponga usted nada!... De un buen amigo y compañero de armasde mi hermano Ignacio... el capitán Pérez...

Y así soltó, aprovechando la ausencia de su hermano Adolfo, que se habíalevantado a traer cigarros, el primer nombre que se le vino a lacabeza... Dijo «Pérez» como podría haber dicho

«Fernández», «Rodríguez»o «Martínez». Lo importante era inventarse un novio, ya que no lo teníaverdadero, para despertar celos en Vázquez... ¡Los hombres debían sentirlos celos antes del amor!...

Laura miró con asombro a su hermana, y no se atrevió a aclarar el punto,dejando correr la invención del «capitán Pérez», el pretendientefantasma...

Despidiose Vázquez y volvió al cabo de tres o cuatro días. Sus visitasmenudearon desde entonces. Venía a jugar al ajedrez con Adolfo. Se hizoíntimo de la casa...

En presencia de Coca, nunca se olvidaba de mentar al capitán Pérez, concualquier pretexto...

Una vez, Adolfo preguntó:

—¿Quién es ese capitán Pérez?

Levemente turbada, sin mirarle, Coca le repuso:

—Un amigo de Ignacio... Creemos que ahora está con él en el campamentode Mendoza, pues era de su mismo batallón...

Viniendo en auxilio de su hermana, Laura agregó:

—Lo conocimos y tratamos mucho en casa de tía Viviana, a donde iba casidiariamente.

«Es extraño que no hablaran antes de tal capitán Pérez», pensó unmomento Adolfo, sin dar al militar mayor importancia...

Por el contrario, Vázquez parecía darle importancia... Y nunca seolvidaba de colocar a su respecto alguna palabrita, que Coca escuchabasimulando una displicencia afectada...

El personaje imaginario llegó así a ser familiar en la casa. La mismaLaura, que afirmaba haberlo conocido y tratado en casa de la tíaViviana, se prestaba a una broma que parecía inocente...

El capitánPérez era simpático, buen mozo, alegre, en fin, poseía numerosascondiciones que la buena voluntad pudiera suponer en cualquier sujetomilitar joven... Tenía un brillante porvenir...

Se había batido una vezen duelo... Y el capitán Pérez esto... y el capitán Pérez aquello...

Estando una tarde Vázquez de visita, recibieron del campamento deMendoza la fotografía de los oficiales del cuerpo, que les enviabaIgnacio, últimamente ascendido a teniente primero. Laura lo buscó en elgrupo y se lo indicó a don Mariano... Y Coca, anticipándose a un deseode éste, señaló con su dedito rosado un oficial cualquiera, diciendo,con agradable sorpresa:

—Y aquí está el capitán Pérez...

—¿Cuál? ¿cuál?—preguntaron a un tiempo Adolfo y don Mariano, nopudiendo precisar la indicación de Coca.

Coca, imperturbable, señaló:

—El tercero a la izquierda de Ignacio... Ese que tiene la mano puestaen la cintura.

El «que tenía la mano puesta en la cintura» era uno de tantos, sin señasparticulares, de bigote y de uniforme como los demás...

—Está bastante parecido—observó Laura, dando un pellizco en el brazo asu traviesa hermanita.

—Regular...—contestó ésta.—Es más buen mozo.

Con más sorna que ironía, intervino Vázquez:

—Pues en el retrato parece un negro...

—¡Un negro! ¡un negro!—exclamó Coca indignada.—¡Si es más blanco queusted!...

—Es que la fotografía es bastante mala—observó Adolfo, con suacostumbrada buena fe.

Los originales son sin duda mejores que el retrato—agregó Vázquez.—¿Noes verdad, Rosa?

Sólo después de un rato, Coca se dio por entendida:

—¿Me habla usted a mí, Vázquez?... Llámeme «Coca»

entonces, como todoel mundo, ¡por favor!... Yo no sabría a quién habría hablado usted, sime llama «Rosa»... «Coca» me llaman todos mis amigos... ¡Y creo quetengo bien el derecho de pensar que usted es uno de ellos, y de losmejores!

Don Mariano asintió, inclinándose con galantería y sonrojándoselevemente:

—Mil gracias por considerarme un amigo, aunque un poco paternal...¡Pues «Coca» llamaré mientras viva a la más bonita niña que he conocido!

Al oírle, Coca le amenazó graciosamente con su abanico chinesco...

—Si es usted un amigo tan paternal, principie por no hacermecumplimientos ni adularme. ¡Los piropos son un veneno para las niñasfrívolas y coquetas como yo!

Y miró a Vázquez con la más tierna de sus miradas y le sonrió con la másmona de sus sonrisas, como diciéndole: «Pero no importa que las lisonjassean un veneno. Yo soy golosa de ese veneno como un ratoncillo... ¡Sobretodo cuando viene de persona tan simpática como tú!»

¡Era demasiado para don Mariano!... ¡Con qué gusto se cambiaría poraquel afortunado capitán Pérez!... ¡Y pensar que tan odioso militarejopudiese llegar de un momento a otro a destruir el pequeño e inocenteplacer de su amistad con la deliciosa criatura, como un asno que arrancacon los dientes, al pasar por un jardín, una florida mata de claveles!

III

Mientras don Mariano se desvelaba recordando las gracias y donaires deCoca, Coca conversaba largamente con Laura sobre don Mariano. Las doshermanas dormían en la misma habitación desde que muriera su madre. Y,una vez apagadas las luces, antes de dormirse, aprovechaban ese momentode silencio e intimidad para hacerse sus inocentes confidencias ycomunicarse sus temores y esperanzas.

—Tú no has cumplido bien con nuestro pacto—decía Coca a Laura.—En vezde tomar la «pose» de niña buena y hacer gala de tus caseros talentos,te achicas y enmudeces cuando viene Vázquez... Te limitas a sonreírte demis manejos, y en el fondo los execras, hallándome indigna de ti...

—¡Indigna de mí!...

—No me vas a decir que apruebas mi proceder, porque yo sé que pordentro me lo desapruebas... ¡Pero no podrás ya pensar que no seaexcelente mi sistema de hacer la niña mal criada!... A don Mariano se lecae la baba cuando me mira...

Después de un momento, con voz ligeramente sorda, Laura repuso:

—Si resultas vencedora no es por tu «sistema», como dices, sino porqueeres más joven y más bonita que yo...

—¡Más joven y más bonita que tú!—interrumpió fogosamente Coca.—¡Si túeres la más buena, la más inteligente y la más linda de todas lasmujeres del mundo! Ese tontuelo de don Mariano no ha de tener ojos niseso cuando no te elige a ti, que pareces mandada hacer para él!... ¡Losdos sois generosos y tranquilos, los dos aficionados a la lectura y a lamúsica, los dos de una edad correspondiente!...

Dejando pasar otra pausa, y con voz todavía más apagada, dijo Laura:

—Pues ya lo ves, él te ha elegido... y me ha desairado.

—Ni te ha desairado, ni me ha elegido... Soy yo quien no le ha dadotregua un momento... Y si alcanzara el triunfo, tú tendrías un poco laculpa de mi triunfo... ¿Por qué no has aplicado tú también tu sistema deconquistarlo, como convinimos?... Es necesario no dejarse andar. Ayúdatey Dios te ayudará..... ¡Pues yo quiero que te ayudes, hermanita! Y paraempezar, mañana harás algún postre exquisito, que mandaremos aVázquez...

Con más energía de la que al caso correspondiera, protestó Laura:

—¡No faltaba más!... ¡Puedes estar segura de que no haré semejantecosa!

—Entonces, yo lo haré por ti. Fabricaré algo bueno y se lo enviaré entu nombre... El inconveniente es que no sé si contaré mañana con loselementos indispensables. En todo caso, se me ocurre prepararle unasempanadas de vigilia, de esas

«especiales» que yo sé amasar...

—¡Por Dios, Coca!—exclamó alarmada Laura.—¡No vayas a mandarempanadas de vigilia! ¡Mira que hemos pasado la Cuaresma!

—¡Empanadas de vigilia o cualquier otra cosa! ¡Mañana mismo las tendráVázquez en tu nombre!.....—afirmó Coca con decisión.

Deseó luego las buenas noches a su hermana para cortar toda réplica,diose vuelta hacia el lado de la pared, y quedó pronto dormida como unpajarito. Entretanto, escuchando su fácil y rítmica respiración, Laurase revolvía insomne entre las sábanas.

Agitábanla pensamientos tanvagos y tristes, que no acertaba ni hubiera querido confesárselos a símisma...

A la mañana siguiente Coca se puso muy temprano a la obra.

Sin atender alas protestas de su hermana, que amanecía con dolor de cabeza, amasó ycoció unos delicados pastelitos criollos.

Y, escondiéndose de Laura,mandóselos en su nombre a don Mariano, «para que los probase, ya quehabía sido tan amable de elogiar en dos o tres ocasiones sus habilidadesde repostera.»

En la misma tarde pasó don Mariano por la casa de sus amigos a agradecerla atención.

—Eran deliciosos sus pastelitos. Se notaban en ellos las manos de unahada benéfica—dijo a Laura.

Sin atreverse a aceptar un agradecimiento que no mereciera, Lauraparecía turbada... Adolfo, que estaba presente, contestó entonces porella:

—No son obra de Laura, Vázquez, sino de Coca...

—Laura fue quien los hizo y los mandó—afirmó ésta osadamente.

—¡No me explico entonces cómo es a ti, Coca, a quien se los he vistoamasar esta mañana, cuando pasaba por el jardín!—

exclamó Adolfo sin lamenor malicia.

Hízose un silencio embarazoso... Observando que también se sonrojabaCoca, don Mariano pensó: «Parece que la chica es la de los pasteles...Es muy extraño que me los mandara con el nombre de su hermana...» Y,aunque quisiera desecharla, desarrollábase en su espíritu una idea bienhalagadora para su vanidad de cuarentón. Coca debería sentir hacia élviva y juvenil simpatía... ¿Por qué, sino por eso, le enviara su pequeñoobsequio? ¿Por qué, sino por eso, ocultaba su nombre bajo el de suhermana, ruborizándose luego de su ingenuo subterfugio?...

Y en la memoria de Vázquez fueron precisándose una serie de pequeñosdetalles, que bien pudieran considerarse síntomas de la simpatía deCoca... El agrado con que siempre le recibiera, el rubor que solíaenrojecerle las mejillas cuando le hablaba, las cariñosas miradas quemás de una vez sorprendió en sus ojos claros y límpidos... ¡El obstáculoera ese maldito capitán Pérez!

Evidentemente, algo había pasado entreella y él... De otro modo no se explicaban las frecuentes alusiones ychanzas que acerca del oficial provocaba la misma Coca, ¡sin duda portenerlo siempre presente!...

Preocupado con estos pensamientos salió Vázquez de la casa de Itualde, ytan preocupado, que tropezó en la calle con un transeúnte...

—¡Vamos, don Mariano—lo interpeló éste—que me atropella usted!...Anda usted distraído... Las malas lenguas dicen que está ustedenamorado, y casi me siento en disposición de creerlo...

Levantó Vázquez la cabeza. Viendo que era el juez de paz quien lehablaba, se apresuró a disculparse y a preguntarle, con voz cortante,casi con fastidio:

—No veo cómo pueden las malas lenguas decir que yo esté enamorado,señor juez... ¿De quién?...

—No podría ser sino de alguna de las señoritas de Itualde, puesto queellas son las únicas personas que le interesan a usted en Tandil...

—Visito a Adolfo; siempre fui su amigo... No veo nada de particular enello... Y, por otra parte, las señoritas de Itualde son dos: ¡Con lasdos no he de casarme!...

—Al principio—explicó el juez de paz—se creyó que usted pretendía ala mayor, a Laura. Después hemos sabido que es a la Coca...

—¿Cómo han podido saber tal cosa?

—Muy fácilmente... Observándolo a usted las pocas veces que se haencontrado con ellas en público, al salir de la iglesia o en la plaza...Entonces se ha visto que usted hablaba más con la menorcita que con lamayor, y la gente ha notado lo que pasaba...

—¿Qué importa a la gente lo que pasaba... si es que algo pasaba?

—Es que en estos pueblos de campo no hay más distracción que ocuparsede lo que hacen los demás...

Vázquez rectificó:

—Y de lo que no hacen... ¡Bonita ocupación!—Y añadió, cambiando detono:—Pues sépase usted que Coca tiene un novio, o festejante...

—¡Cómo!—replicó incrédulo el juez de paz.—¡Si no se ve con nadie enTandil!

—Podría tener el novio ausente... Y le diré a usted que presumo lotenga... Para más datos, puedo asegurarle que él le ha regalado unapreciosa bombonera de Saxe... ¿Aun duda usted?...

Para que no dude másle agregaré que, según creo, es militar...

Viendo que todavía vacilaba el juez de paz, Vázquez no pudo contenerse,y dijo:

—Se llama el capitán Pérez.

Apenas enunciado este nombre, arrepintiose de enunciarlo don Mariano...Pero se arrepintió tarde... Se desmintió, y no le creyeron...

No

lequedaba

más

recurso

que

pedir

encarecidamente silencio y reserva al juezde paz... Hacíalo así cuando el juez le interrumpió despidiéndose:

—Vaya tranquilo, don Mariano, que no lo diré a nadie... ¿Por quién metoma usted?... ¡Detesto los cuentos e intrigas como al propio demonio!

No habría andado veinte pasos el juez de paz después de despedirse dedon Mariano, cuando tropezó con el médico. Y no habría hablado veintepalabras, cuando ya le dio la noticia, muy confidencial y secretamente,de que la menor de las de Itualde, la beauty del Tandil, tenía unnovio en Buenos-Aires, el capitán Pérez... No se sabía eso con certeza;pero había muchos datos para presumirlo. ¿Cómo explicar de otro modo sudesvío para con la juventud dorada del pueblo?...

El médico contó la noticia esa misma tarde, pidiendo reserva, en latertulia del boticario... De la tertulia del boticario pasó ella al ClubSocial, donde fue la novedad del día...

Esa noche era jueves, y había concierto popular y paseo en la plazaprincipal del pueblo. Todo Tandil estaba allí. La novedad del día,saliendo del Club Social, cayó como una bomba entre la

«selecta ynumerosa concurrencia». Los admiradores y cortejantes de Coca recibierongeneral rechifla...

Entre ellos sobresalían dos periodistas: Publio Esperoni, secretario deredacción de La Mañana, y Jacinto Luque, cronista de El Correo de lasNiñas.

Publio Esperoni recibió la noticia sin pestañear, con ostensibleincredulidad, tirándose los negros mostachos...

Jacinto Luque, poeta barbilampiño y melenudo, tal vez por contradecir asu execrado rival, dijo que la noticia era cierta... Él la sabía desdealgún tiempo atrás... No había querido publicarla para que «otros»persistieran en el desairado papel de pretendientes...

—¡Qué maldad!—exclamó Lolita Sartori.

Y Filomena Lorenzana preguntó:

—¿Qué tal persona es ese capitán Pérez?

Dándose aires de hombre de mundo, Jacinto repuso:

—¡Excelente sujeto!... No lo he tratado mucho; pero lo encontré amenudo durante mis permanencias en la capital federal. ¡Frecuenta lamejor sociedad bonaerense!

—¡Claro!—interrumpió

sarcásticamente

Publio.—¡Si

frecuenta la mejorsociedad bonaerense, tiene que haberse encontrado a menudo con Luque enlos salones elegantes!

Riose Lolita Sartori de la impertinencia de Publio, y Jacinto comprendióque se burlaban de él... Dudaban de que hubiera conocido al capitánPérez... Para vencer esa incredulidad, hombre de rápida y fogosaimaginación, ipso facto inventó él y contó cómo le conociera, ¡oh, deun modo bastante chusco!...

Estaba él en un baile, conversando con lajoven y distinguida dueña de casa, sentados ambos en el comedor... Comohablaba al oído de su compañera, tenía agachada la cabeza...

—¡Las cosas que le estaría diciendo el muy pícaro!—

interrumpió Lolita.

Jacinto prosiguió impávido su historieta. Tenía agachada la cabeza, demodo que el cuello de la camisa se le separaba un poco del pescuezo, enla parte de atrás, dejando algo como una rendija... ¡Pues por esarendija sintió de pronto que se le colaba un líquido helado y le corríaa lo largo de la espina dorsal!... Dio vuelta la cabeza dispuesto acastigar severamente al bromista, encontrándose con un apuesto capitánque tenía en la mano una botella de champaña «frappé»... ¡Era el capitánPérez!... El lo increpó duramente pidiéndole su tarjeta para mandarle alsiguiente día sus padrinos...

Otra vez Lolita, esa pizpireta incorregible, tan movediza como la«Piedra movediza» de su pueblo, dijo burlonamente:

—¡Así me gustan los hombres, altivos y valientes!

—Verá usted—terminó Jacinto.—No hubo tal duelo... El capitán Pérez,que es un cumplido caballero a quien conoce toda la sociedad bonaerense,me dio sus explicaciones. Estaba sirviéndose champaña y le empujaron elcodo... ¡Debía, pues, disculparlo!... Y como lo cortés no quita a lovaliente, ¡lo disculpé!... ¿Tenía él acaso la culpa de que le empujaranel codo?

IV

Habiendo afirmado Jacinto Luque la suma distinción del capitán Pérez,todos los «dandies» del Tandil, declararon conocerlo, siquiera de vista.El presunto novio de la beldad local llegó así a tener cierto renombreen el pueblo. Los innumerables pretendientes de Coca excusaban suderrota adornando al vencedor de excepcionales cualidades. Por lo menos,era buen mozo y rico...

La prueba de su riqueza era el espléndido regalo que enviara últimamentea su novia... La bombonera que mencionó don Mariano

Vázquez

se

habíaconvertido,

para

aquellas

imaginaciones meridionales, en un cofreartístico lleno de piedras preciosas; perlas, diamantes, rubíes,zafiros... ¿Quién podía hacer semejantes obsequios en el Tandil?...¡Esas mujeres!

¡Bien las conocería Mefistófeles cuando aconsejó a Faustoque regalara aquellas magníficas joyas a la pequeña y modesta Margarita!

No pudiendo guardar secreto por más tiempo, Jacinto Luque publicó en ElCorreo de las Niñas, la siguiente noticia:

«Aunque temamos pecar de indiscretos, nuestros buenos deseos deinformar al amable público tandilense que nos favorece, impídenosguardar silencio más tiempo sobre una novedad sensacional. Se tratade un noviazgo últimamente concertado entre una de las másdistinguidas señoritas de esta localidad y un conocido caballerobonaerense. He ahí sus respectivas siluetas: Ella. —Tiene la belleza de una hurí del séptimo cielo de Mahoma yla gracia de una andaluza. Es joven como una mañana y fresca comola flor cuyo nombre lleva y que suele reputarse «la reina de lasflores». Más que por este nombre, conócesela por un graciosodiminutivo, que consta de cuatro letras, principia por la terceradel alfabeto y rima con «boca» y con «tapioca».

Él. —Es oficial del ejército argentino. Aunque joven, ostenta yalos galones de capitán, y pronto será sargento mayor, y luegoteniente coronel. Tiene aire marcial, no es alto ni bajo, usabigote. Goza de verdadero prestigio entre los compañeros ysuperiores que han sabido avalorar sus excelentes prendas. Suapellido, de cinco letras, es uno de los más comunes ygeneralizados en gente de origen español. Termina con la últimaletra del alfabeto y principia con la misma que «prócer» y«pueblo». ¡Feliz coincidencia, que bien podemos reputar comoaugurio de que alguna vez será un Prócer del Pueblo!»

Tan precisos eran los datos y tan claras las señas, que ningún lector nilectora de El Correo de las Niñas dudó un instante de quiénes fueranlos «silueteados». Hasta las modistas y los almaceneros del Tandilsabían perfectamente que el suelto se refería a Coca Itualde y elcapitán Pérez.

Por si alguno dudaba todavía, La Mañana, el diario de Publio Esperoni,confirmó la noticia, esta vez con nombres y apellidos.

El suelto, brevey displicente, limitábase a decir que «el capitán Pérez había pedido lamano de la señorita Rosa Itualde». El casamiento iba a verificarse a finde año y el matrimonio fijaría su residencia en la capital federal...¡Nada más decía La Mañana!

¡Cuál no sería el asombro de Laura y Coca cuando, sin preparación previaa causa de su vida retirada, leyeron las noticias de El Correo de lasNiñas y La Mañana!

—¿Será éste el Pérez que yo he inventado?—preguntaba Coca, entredivertida y fastidiada.

—¡Vaya una gracia con el Pérez que inventaste!—respondió Laura.

—Sí, pero lo inventé en familia,—agregaba Coca,—para nosotras y nopara que estos indiscretos de los periódicos la creyeran y repitieran...¡Sólo Vázquez puede haberla contado!...

¡Francamente, yo lo creía másdiscreto!... ¡Ya me las pagará!

—Deja tranquilo a Vázquez, que él no tiene la culpa. La culpa es tuya ynada más que tuya, que estabas continuamente insistiendo con la bromitade tu Pérez... ¡Alguna vez iba a divulgarse la noticia, si tú, lainteresada, parecías hacer para ello lo posible!... ¿Querías que Vázquezte guardara eternamente el secreto?... Además, todavía no sabemos si hasido él... ¡Y

debemos presumir que en ningún caso él ha dado la noticiaa esos papeluchos, y menos en esa forma asertiva y categórica!

—¡Es para morirse de risa... esto de que me casen con un personaje demi propia invención!