Thespis by Carlos O. (Carlos Octavio) Bunge - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

—¿Estás loco?—prorrumpió Nanela.—¿Quién habla de morirse? Teequivocas si piensas que todavía no nos queda bastante hilo que enrollaren nuestros viajes alrededor de la madeja de la Tierra. Y es mejor queno pienses ahora, ¡oh mi ídolo! en ver a Tucker. Porque tiene lepra y tela contagiaría si lo vieras.

—Pero cuando que es tu tío y tutor no tiene lepra—objeté a Nanela.

—No lo niego. Sólo tiene lepra cuando es un extraño para mí.

Cuando esmi padre, unas veces la tiene y otras no.

Bien sabía yo que en aquel momento Tucker no era ni padre ni extrañopara Nanela, antes bien, por el estado de su temperamento, el verdaderotío y tutor. No quise sin embargo contradecirla, porque nunca convienecontradecir a la mujer amada, cuando ella es una mujer pálida ynerviosa. El tiempo me daría razón. Por entonces seguiríamos dandovueltas alrededor del mundo como mulos vendados alrededor de una noria.

Y cada vez gastábamos más y más el hilo de nuestras vidas.

Enardecíameesta preocupación extraordinariamente. Por eso me sentía enflaquecer porminutos. Me palpé las manos, los brazos, el rostro, y sentí que no mequedaba carne y ni siquiera pellejo.

Era yo un simple esqueleto andante.Díjeselo así a Nanela...

—¿De qué te asombras y qué te importa?—me replicó.—

Tampoco yo soy másque un esqueleto andante.

La miré, y la vi como siempre la viera. Nanela no podía ser sino lamujer más hermosa, más pálida y más alta del mundo. Sin embargo, ellatampoco conservaba carne y ni siquiera pellejo...

Nos quisimos besar ynuestros dientes chocaron contra los huesos de nuestras calaveras,produciendo un extraño crac-crac.

Si conserváramos nuestros nervios, noshubiera horrorizado este crac-crac, tan siniestro como el croar de lossapos en el pantano de un castillo en ruinas... También las órbitasdonde tuvimos las narices

aspiraron

el

nauseabundo

hedor

de

nuestraspodredumbres...

Con todo, lejos de pararnos, tomé de la cintura a Nanela,

¡Nanela, lamujer única de mi universo!... Ella recostó su cráneo sobre mi hombro, yseguimos como Paolo y Francesca en las profundidades del infierno.

—Aspiremos el aire de la montaña—me dijo—para fortalecernos.

Aspiramos, en efecto, mientras marchábamos, un aire lleno del estruendode las batallas y de los resplandores del incendio. Muy vivificantedebía ser este aire, pues nos repuso en nuestras antiguas figurashumanas.

Ya no podíamos más de fatiga. Para mejor, a cada instante se hundía elpiso bajo nuestras plantas... Caíamos bruscamente y surgíamos de nuevo,como si nuestro camino fuese cruzado por innumerables zanjas invisibles.O, más bien, como si flotáramos en un viscoso mar de sombras líquidasque a cada instante abriera sus abismos para tragarnos y, por nuestromenor peso, nos hiciese flotar después de zambullirnos... Y así deseguido...

Algunas veces continuábamos durante años caminando y caminando sin poderadelantar un paso. Estábamos estacionarios, y el hilo seguía sin embargogastando nuestras vidas... Entonces nuestro suplicio era másespeluznante si cabe, porque chocaban dentro de nuestros organismos lasespadas de dos principios contrarios, ¡el movimiento y el reposo! ¡lavida y la muerte!... El choque de esas espadas arrancaba a nuestrosnervios chispas que eran rayos y centellas.

Pensé que ya no nos quedaba más que poquísimo hilo que devanar, yprotesté, con la energía de un dios pagano...

—¡Basta, basta, basta!... ¡No quiero morirme sin haber visto aTucker!... ¡Debo verlo ahora mismo!

—¡Qué! ¿No sabes que ha muerto?—me objetó Nanela soltando unacarcajada como un rebuzno.

Miré entonces nuestros trajes de riguroso luto y me di una palmada en lafrente. Una palmada tan sonora como el martillo de un titán al caersobre el yunque de una altiplanicie. Fuéronla repitiendo los ecosindefinidamente... Cuando ya estaban bastante amortiguados para dejaroír mi voz, lancé un funesto juramento y grité colérico:

—¡Es verdad!... ¡No me acordaba!... ¡Tucker ha muerto!...

¡Pero quieroverlo de todos modos, de todos modos quiero verlo!

Deseaba seguir vociferando, y tuve que callarme, pues la mandíbula se mecaía sobre el pecho...

Eva (Nanela debía llamarse ahora «Eva» sin duda alguna), Eva sí podíahablar, y consintió fervorosamente:

—Vamos a verlo. Está en el cementerio.

Y fuimos al cementerio. Destacábase en el pórtico, secular cancerbero,una Esfinge de piedra, ¡una viva y rugiente Esfinge de piedra!... En vezde proponernos cuestiones insolubles para devorarnos si no lasresolvíamos, como a Edipo y a tantos otros mortales, huyó a nuestravista arrastrando el rabo. Un rabo tan pesado, que hacía un surco en latierra que se dijera el lecho seco de un torrente.

—¡Gracias a los dioses que la Esfinge nos abrepaso!—

exclamé.—¡Gracias!

Porque desde tiempo inmemorial veníanos siguiendo, a cientos, a miles, amillones, una bandada de hambrientos lobos con ojos de fuego... Pormucho que corriéramos, ellos ganaban cada vez más y más terreno... Yasentíamos sus dientes en nuestros muslos... ¡Y eran tantos, que cubríanla superficie de la Tierra!

Apenas entramos al cementerio, echamos los cerrojos de sus pórticos,para que los famélicos lobos innumerables quedasen al otro lado. Susaullidos formaban un trueno infinito.

Tuvimos que echar a vuelo todas las campanas del cementerio, lascolosales campanas de bronce del cementerio, para cubrir el trueno desus aullidos. Cubre así a veces la cancerosa llaga de una princesa elpeplo de lino recamado de rubíes.

—¡El descanso, al fin!—prorrumpió mi esposa sollozando.

—El cementerio es el descanso. Sí, Rosalinda de mi vida.

Porque había llegado el momento de que Nanela se llamase

«Rosalinda», yola llamaba «Rosalinda»... Después la llamé, ¡y siempre

tanacertadamente!

Isaura,

Dioclecia,

Xantippa,

Agripina, Isabel de Hungría,Delia, Valentina y María de los Dolores.

—Siempre me aciertas el nombre que corresponde al instante en que mehablas. ¡Eso prueba que me quieres y comprendes!—

me dijo.—Pero el casoes que yo todavía no sé tu nombre...

—¡Adivínalo!

Esperaba yo que ella me bautizara de mil modos. No fue así.

Sólo meobservó, sonriendo con tristeza:

—No puedes engañarme. ¿Para qué voy a darte mil nombres, malos ybuenos, propicios y funestos, alegres y terribles, si tú mismo, nosabiendo cómo te llamas, no podrás advertirme cuando acierte odesacierte?...

Hice yo un doloroso esfuerzo de memoria... Un largo y doloroso esfuerzode memoria... Y no conseguía acordarme de mi nombre. Pude decirentonces:

—Nunca tuve nombre. O, si lo tuve, ya no lo tengo. Lo he perdido. Y,aunque salamandra para los órganos materiales de mi cuerpo, ¡no séretoñar mi nombre!

Clotilde (así se llamaba ahora Nanela) se rió al escucharme.

Ytransformose sucesivamente en una pantera, una garza, una culebra, unamosca, una corsa...

—Déjate de fastidiarme con tus mutaciones—le observé severamente.—Esinútil que pretendas lucirte, porque el ruido de las campanas queechamos a vuelo me obscurece la vista como una niebla... ¡no olvides queestamos en el cementerio, y que hemos venido a ver a Tucker!

¿Y cómo dudar que nos hallábamos en el cementerio?... Y

debía de ser undía de difuntos, porque el cementerio estaba lleno de gente y de flores.Lo malo es que la gente parecía flores y las flores parecían gente. Peroyo no paré mientes en este pequeño detalle insignificante. Gente oflores, flores o gente... ¿qué importaban al mundo?

Lejos, bastante lejos, muy lejos, inconmesurablemente lejos, a través deflores de cardo que eran cabezas de mercachifles y cabezas de doncellasque eran rosas y anémonas, en fin, más allá de todo lo que fue ysería—inconmensurablemente lejos, como he dicho,—vi la misma placa queantes viera en la casa en que encontré a Nanela (ahora Nanela eraNanela). Vi la placa de cobre, la insignia mortal de todas mis penas ydesdichas: TUCKER

P R O C U R A D O R

—Aquí está enterrado—nos dijimos en silencio mi mujer y yo.

Yo sentí una opresión de agonía, un ansia de llorar que era como ansiade morirme... ¡Y no podía llorar, y no podía morirme!

Por no poder llorar ni morirme me sentí sonámbulo. Y di un puntapié contoda mi fuerza a la puerta del sepulcro, una encantadora capillitagótica. Aunque era de hierro, la puerta voló en astillas y pavesas.

Adentro del sepulcro había un ataúd cerrado con llave. Como yo llevabala llave en mi llavero, lo abrí y levanté la tapa. Las bisagras debíanestar muy enmohecidas, pues al abrirse gimieron y silbaron. Adentro delataúd había un hombre...

Había un hombre vivo, enteramente vivo, hasta sano y de buen color. Sele conocía el oficio en su afeitado rostro de curial y en sus grandesanteojos azules. Su negra y raída levita estaba arrugada por la incómodapostura que tuviera en el féretro. Era Tucker. Al reconocerlo me reí unbuen rato de la sorpresa... ¿No había temido que ese hombre fuera yaputrefacto cadáver?...

Nanela (de este modo continuaba llamándose ahorami mujer, acaso ab eternam), Nanela se reía también. Reíase y aplaudíade todo corazón...

Esperaba yo que Tucker, una vez sentado en el féretro, bostezara y sedesperezase... ¡Pues nada de eso!... Una vez sentado en el féretro, medio un abrazo y me besó paternalmente, diciendo:

—¡Oh mi querido sobrino! ¡Oh mi querido hijo!

Sus labios de carne de víbora, al posarse en mi frente, me dieron tantoasco y tanta risa, que no me atreví a increpar a Tucker por susinfamias. Además, yo no podía recordar sus infamias... Al agarrarlas conlos dedos del recuerdo, ellas se deslizaban bajo mis manos comoanguilas... La misma Nanela, en vez de enfadarse, seguía riéndose,riéndose... ¡La verdad es que era chusco ver a un hombre vivo metido ensu ataúd a modo de un saltaperico de elástico resorte en su cajita demadera!

Quiso Tucker aprovechar la distracción de nuestra hilaridad paraescaparse del ataúd e irse. Muy a tiempo nos percatamos de su pérfidointento mi mujer y yo. Y lo tendimos en el cajón, a la fuerza... Y nossentamos arriba de la tapa para que no pudiera levantarla...

Nanela gritó:

—¡Sepulturero, sepulturero, aquí hay un muerto que quiere escaparse!...

Yo gritó también:

—¡Socorro, que un muerto quiere escaparse, socorro!...

Pero Nanela y yo, como no pesábamos mucho, teníamos miedo de que,forcejeando con la rodilla, Tucker pudiera abrir la tapa del cajón... Yono podía volver a echarle llave, por haber perdido el llavero...

A nuestros gritos acudieron los guardianes y acudió mucha genteemparentada con los muertos de aquel cementerio. Entre todos claveteamossólidamente el cajón de Tucker. Uno pudo echarle llave con la llave desu reloj... (¿Sería un ataúd su reloj?... ¿Qué reloj no es un ataúd deesperanzas e ilusiones?...) Después, Nanela y yo nos persignamos y nos fuimos. Pero la Fatalidad nosperseguía, una Fatalidad indescriptible... Debíamos seguir... Y cadapaso era una brazada menos del hilo de nuestras vidas, ¡una brazadamenos!...

Tan corto nos quedaba ya el hilo, que me parecía tener atados mis dospies a una soga... ¡Y la Fatalidad tiraba de la soga para atrás!... Yano veía sino un mar de luz... Y oía la luz... Y sentía mi cabeza llenade una luz que pesaba como plomo derretido...

Aunque Nanela me exhortara:—¡Adelante! ¡Adelante!—la Fatalidad tirabapara atrás del hilo de mi vida, cada vez con más fuerza... Y yo avanzabacada vez con menos fuerza... Tanto me pesaban las piernas que creíaechar raíces en el océano de luz que me rodeaba, que me asfixiaba, queme devoraba como a una gota líquida más... Dejé de sentir mis pies...mis manos... mis brazos... mi cuerpo... Ya era sólo una cabeza flotanteen aquel océano de luz, ¡una miserable cabeza que se disolvía como unterrón de azúcar!... Perdí el pensamiento, la vista, el tacto...

Lo último que debí perder eran los tímpanos... Porque todavía alcancé aescuchar la furibunda voz con que clamaba Nanela:

—¡Tucker, el demonio de Tucker tiene la culpa!

SEGUNDA PARTE

MÁSCARAS CÓMICAS

EL MÁS ZONZO

Por no fijarse en las coqueterías y devaneos de su mujer, el pobreMarcos Ruiz tenía fama de zonzo. Pero más zonza era ella, Currita, puesque, siendo en realidad una buena muchacha, hacía lo posible para noparecerlo. Y aún más zonzo que ella era Paco del Val, que malgastabamiserablemente su tiempo siguiéndola como su sombra, mientras ella sereía de él con todo el mundo, incluso con su propio marido.

Apercibido de la triple y creciente zoncera que pesaba como unafatalidad

sobre

esas

tres

vidas,

desquiciando

y

esterilizándolas, JacoboTéllez resolvió desfacer el entuerto.

Porque Jacobo Téllez estaba muyvinculado a los esposos Ruiz y a del Val, y era un excelente sugeto,lleno de justicia y caridad cristiana...

Dirigiose pues a casa de su amigo Marcos, y, hallándolo sólo en suescritorio, le dijo solemnemente:

—Bien sabes, Marcos, la amistad que nos profesamos desde la infancia.En nombre de esa amistad vengo a prestarte algo que reputo un positivoservicio... Quiero ponerte en guardia contra cuentos y

calumnias

quecirculan

en

sociedad,

harto

injustamente, respecto de tu mujer...Currita es toda una señora, lo sé; pero no siempre lo parece... Espreciso que cortes los abusos de su libertad, ¡pues que te pone enridículo!

Esa misma tarde, Jacobo se encontró con Paco, y le observó, sinsubterfugios ni preámbulos:

—Paquito querido, no hay en ti miga para un don Juan. No te hagasinútiles ilusiones. Es hora ya de que busques una buena niña y te cases,dejando de correr detrás de Curra. Curra se ha burlado siempre de ti, ¡yse burlará mientras viva! En todas partes se habla de tu impermeabilidady loca obstinación. Eres el hazmerreír

de

círculos

y

clubs...

En

cambio,aunque

calumniosamente, se supone a otros más afortunados que tú con ladama de tus pensamientos y desvelos.

A los pocos días, hallándose en tête-à-tête con Curra, Jacobo sepermitió aconsejarla a ella también:

—Curra—le dijo,—usted no ignora que soy el más respetuoso de susamigos. La aprecio a usted y soy íntimo de su marido. Por eso me creo enel deber de advertirla que corren acerca de usted historietas perversas.Siendo usted una señora intachable, pienso que poco le costaríaevitarlas...

Jacobo hizo una pausa, algo cortado; y Curra, con su voz más dulce, lepreguntó:

—¿Cómo?

—Alentado por la blandura de Curra, Jacobo precisó sus consejos:

—Tal vez convendría que usted evitara ciertos afeites y tinturas... Sustrajes son quizás demasiado elegantes... Entre sus amigas hay un grupode damas con quienes no debiera juntarse tan a menudo...

¡Y ese tontuelo de Paco! Sería prudente evitar sus comprometedorasasiduidades... Disculpe usted mi franqueza, Currita. Ya sabe que sólohablo por servirla... ¡Y si estoy equivocado, perdóneme también!

Las advertencias de Jacobo no fueron recibidas como debieran... Marcosle intimó que no debía meterse en lo que no le importaba... Paco lomandó sencillamente a paseo... Y Curra, esa admirable y bondadosa Curra,aunque escuchara sus palabras con gracia y simpatía, conocedora de susadmoniciones a su marido y su amigo, insinuoles que Jacobo hablaba dedespecho. ¡Él se le había declarado, ella le había puesto en su lugar,pero muy en su lugar!...

—Y cavilando sobre el resultado de sus gestiones, Jacobo pensaba:

—No cabe duda. Ellos son unos zonzos, los tres, ¡pero yo soy el mászonzo de todos!

ALMAS Y ROSTROS

Había una vez una princesa que se llamaba Cristela y estaba siempretriste. No tiene esto último nada de extraño si se considera que sólo enun cuento modernista puede llamarse

«Cristela» una princesa, y que lasprincesas de los cuentos modernistas generalmente están tristes. Lo quesí era extraño es que Cristela ignoraba la causa de su tristeza...

Mas nunca falta quien nos endilgue las cosas desagradables que nosatañen. Por esto, una noche se le apareció a Cristela un enano de largasbarbas blancas, uno de esos enanos que trabajan los metales en el senode la tierra... Y le dijo:

—Yo sé por qué estás triste, Cristela.

Cristela repuso, displicente:

—Muy curioso sería, caballero, que usted supiese más de lo que yo sé demí misma.

Sin inmutarse, continuó el enano:

—Los viejos conocemos a los jóvenes mejor que ellos se conocen.—Yrepitió:—Yo, Bob el enano, sé por qué estás triste, Cristela...

Cristela se encogió de hombros, como diciendo: «Pues si usted lo sabe,guárdeselo para usted. No le pido yo que me lo diga.»

Como si no advirtiera el desvío de la princesa, dijo todavía el enano:

—Estás triste, Cristela, porque tienes una mala costumbre...

Miró Cristela al enano de pies a cabeza, con mirada tan despreciativa,que a no llevar Bob puesta su cota de hierro bajo el mandil de cuero,hubiérale partido en dos mitades como la espada de un gigante. ¿Cómo seatrevía esa rata de las montañas a suponer que ella, Cristela, laprincesa mejor educada de la cristiandad y sus alrededores, tuviera unamala costumbre?...

Verdad que de pequeña tuvo algunas, como la depellizcarse la nariz, comerse las uñas y empujar con el dedo la comidaservida en el plato... Pero todas fueron corregidas por las reprensionesy castigos que le impusiera la reina, su agusta madre.

A pesar de su silencio, lleno de principesca dignidad, el odioso enanose explayó:

—Tu mala costumbre, Cristela, consiste en no contentarte con mirar elrostro de la gente, y mirarles también el alma. ¡Nunca mayorimprudencia! El rostro es, generalmente, la máscara del alma. Losrostros suelen ser agradables o interesantes; las almas son casi todasdesagradables y vulgares. En ellas se lee egoísmo, concupiscencia yvanidad.

Hizo el enano una pausa para que Cristela se sondara a sí misma, yCristela descubrió que el enano tenía razón. Estaba ella triste porquesu curiosidad de mirar las almas la había desengañado de hombres ycosas.

Y Bob le observó:

—A ti, Cristela, los rostros te sonríen como rosas, blancas, amarillasy encarnadas. Pero las almas son siempre rosales llenos de espinas...¡Mira las rosas y no toques los rosales!

«Es verdad—pensó Cristela.—El rostro es la flor, el alma es la planta.Flores hermosas como el jacinto, el clavel y la orquídea, provienen deplantas pequeñas y miserables. El arbusto de la rosa es mediocre yespinado. En cambio, pobres e insignificantes son las flores del laurel,el roble, la palma, la encina, de todas las plantas más grandes, fuertesy nobles.»

Penetrada pues de la perspicacia del enano, clavóle Cristela sus ojosazules con sorpresa y hasta con benevolencia. Sus ojos azules parecíanpreguntar cómo pudiera curarse su mala costumbre de arrancar las rosasde los rosales...

—¡No mires más las almas, Cristela, sino los rostros!—

insistióBob.—Los rostros bellos encantan por su belleza; en los feos hayinteligencia y audacia... Conténtate con la máscara, gózate de su muecay su pintura; pero no penetres en los sentimientos y las ideas. Tal esel desinteresado consejo de tu amigo Bob el enano.

Hizo Bob una irónica y profunda reverencia y desapareció, tragado por latierra. (Es de advertirse que el aposento de Cristela estaba en el pisobajo y que el palacio no tenía allí sótanos.) Reconociendo la utilidad del consejo de Bob, Cristela lo siguióescrupulosamente. No volvió ya a mirar las almas. No vio las almas feastras los rostros hermosos, las almas cínicas tras los rostros severos,las almas tristes tras los rostros cómicos... Sin pensar en las almas,deleitábase ahora con los rostros hermosos, se edificaba con losseveros, se divertía con los cómicos, y en todos hallaba su mérito y suinterés. La alegría volvió a su corazón. Y no necesitó más darsecolorete a las mejillas, porque ellas recuperaron su natural carmín.

Al verla por fin tranquila y alegre, el rey su padre le dijo un día:

—Cristela, ya tienes edad de casarte y debes elegir un marido sintardanza. Recuerda que eres mi única hija y que yo soy un anciano.

Cristela se sintió perpleja. ¿Cómo debía elegir marido, sólo por elrostro, o también por el alma? ¡Era tan grave esto de decidirse por uncompañero para toda la vida!... Pensó entonces que lo mejor fueraconsultar a Bob el enano, puesto que tanto sabía. Y le llamó con los másíntimos deseos de su corazón...

Bob vino y le dijo:

—¿Qué quieres, Cristela?

Cristela contestó:

—Quiero consultarle, buen hombre. Mi padre el rey me manda que elija unmarido. ¿Miraré el rostro o el alma de los candidatos?

El caso debía ser peliagudo, porque Bob se tiró de la barba un buenrato, respondiendo al cabo:

—Para casarse, casarse por amor... El amor entra por los ojos y sealberga en las almas... Haz lo que te parezca, Cristela.

Así contestó el malicioso enano. Y desapareció enseguida para no verseen el apuro de responder más clara y categóricamente.

Cristela daba vueltas y más vueltas en su imaginación la sibilinarespuesta del enano, y no la comprendía. «El amor entra por losojos...—pensaba.—Esto quiere decir que es el rostro lo que enamora.Pero el amor se alberga en el alma... ¿Puede entonces haber amor si nose conocen las almas en que ha de albergarse?...»

Después de mucho cavilar, díjose Cristela: «El rostro es la puerta delamor, el alma su albergue. Prefiero un palacio con puerta de cárcel auna cárcel con puerta de palacio. Miraré, pues, las almas antes que losrostros.»

Vinieron a pedir su mano cientos, millares de príncipes más o menosdesocupados. Pero ella leyó siempre en sus almas jactancias yambiciones, llegando a desesperar de que pudiera hallarse un almaverdaderamente hermosa...

Como rechazara uno por uno los candidatos, su padre insistió:

—¿En qué piensas, Cristela, que por nadie te decides?...

Y al sentir que el tiempo pasaba en vacilaciones y negativas, concluyócon amenazar a su hija con el cetro, como un viejo mendigo que levantael bastón en el medio de la calle para intimidar a los rapaces que learrojan cascaras y carozos.

Cristela sabía que el rey amenazaba con el cetro sólo cuando estaba muyenojado. Tres veces no más le vio hacerlo, y las tres en gravescircunstancias. Una, cuando el primer ministro le presentó una renunciainsolente; otra, cuando el mariscal en jefe le hizo traición, y latercera, cuando perdió el gran diamante de su corona...

Como él no se quitaba la corona más que al ponerse el gorro de dormir,forzosamente habíaselo arrancado alguien tomándola de la percha dondecolgaba la ropa... ¿Quién?...-¡Aunque no lo sabía, bastante lomaldijo!... Cierto que el diamante era falso, por no haberse podidoencontrar uno verdadero de ese tamaño, y que él no lo ignoraba,cierto... Mas después de usarlo tantos años como verdadero, porverdadero lo sentía. Su único consuelo era pensar en el chasco que sellevaría el pícaro ladrón.

Cristela sabía, pues, que si su padre la amenazaba pegarle con el cetrode oro macizo, es porque se hallaba dispuesto, no precisamente apegarle, pero sí a tomar una resolución extrema.

La resolución seríacasarla con el primer príncipe que llamara a la puerta del palacio enuna noche de lluvia, pidiendo alojamiento...

¿Y quién le garantizaba que este príncipe no fuera tuerto o picado deviruelas?... ¡Había que evitar resolución tan inconsulta!... Y paraevitarla, no veía otro medio que dejar de mirar las almas y mirar sólolos rostros... ¿No era al fin y al cabo eso lo que le aconsejó el enanocuando le dijera: «mira las rosas y no toques los rosales?...»

Resignose así Cristela a no fijarse más que en el rostro y a elegir elpríncipe más hermoso que encontrara. Y como muy pronto descubriera queel príncipe más hermoso del mundo era el príncipe de Marruecos,comprometiose con el príncipe de Marruecos sin mirarle el alma.

Y pensaba: «Por lo menos el rostro es hermoso. ¿Qué sería de mí si nisiquiera fuera hermoso el rostro?...»

Concertado su matrimonio, enamorose perdidamente del príncipe. Su amorfulguraba y la enceguía como el sol. Por eso se forjó otra vezilusiones, a pesar de su experiencia. Su experiencia, como las gotas derocío que la aurora vierte en los cálices de las flores con su ánforade nácar, se evaporó cuando el sol de su amor llegó al meridiano... Yesperaba todavía que el alma de su novio respondiera a su rostro y fueragrande como la encina, fuerte como el roble o gloriosa como el laurel...Sin embargo, aun no se atrevía a descubrirla cara a cara...

Pero la pobre princesa había adquirido desde niña la mala costumbre demirar las almas, y las malas costumbres renacen cuando menos se piensa.Imposible era que hiciera vida común con su marido sin verle el alma. ¡Yse la vio, ya al día siguiente de casarse se la vio!...

¡Horrible desengaño!... Si el rostro del príncipe de Marruecos era bellocomo la flor de un tulipán, su alma era débil y pequeña como la planta,y tenía por raíz una cebolla venenosa.

El alma hermosísima de Cristela no podía simpatizar con alma semejante.Su antiguo amor se trocó en verdadera repulsión. La vida matrimonial sele hacía inaguantable... Por eso se separó de su marido y se echó allorar sin consuelo...

Felizmente, en la azotea del palacio anidaba una pareja de cigüeñas.Eran curiosas, y como tenían las patas muy largas y muy largo el cuello,parándose en la punta de las patas y estirando el cuello, veían por lasventanas lo que pasaba adentro del palacio. Vieron así llorar a Cristelade día y de noche...

Eran

tan

buenas

como

curiosas

esas

cigüeñas.

Compadeciéndose de laprincesa, resolvieron hacerle un regalo para que se distrajese. Y, yaque era casada, trajéronle de París un hijito, en una canasta de mimbre.

Al recibirlo, Cristela olvidó su pena dando un grito de alegría.

Púsosetan contenta, que tarareó la canción de «Mambrú se fue a la guerra»,palmoteo y tocó las castañuelas, bailó en un pie, hizo reverencias alespejo y besó en la frente al viejo rey, que venía incomodado a indagarla causa de tanto barullo. ¡Al mismo príncipe de Marruecos hubierabesado en la nariz si en ese momento entrara en su habitación a ver a suprimogénito!

Es que el princesillo era realmente encantador, tan bello de rostro comode alma. Festejando el raro consorcio de ambas bellezas, Cristela quisollamarle el príncipe «Unico»... Pero con mucha cordura pensó luego queel nombre de «Unico» se prestaría un poco a las chungas de los liberalesy demócratas...

Deseosa de librar al niño hasta de la sombra de estepequeño ridículo, le llamó entonces el príncipe «Fénix». Y con talnombre lo

bautizó

el

gran

cardenal

arzobispo

de

palacio,

oficiandoayudado por veintitrés monaguillos.

Protegido por el cariño maternal, el príncipe Fénix creció tanprovechosamente, que a los veinte años era el más gallardo infante.Veneraba a sus mayores, amaba al pueblo y sabía derecho, astrología yalquimia.

Vivía aún el viejo rey. Estaba tan achacoso que para caminar tenía queapoyarse en su cetro de oro macizo como en una muleta. Su cabeza calvase le caía sobre el pecho, por el enorme peso de la corona. Y la vejez,antes había aguzado que disminuido su celo casamentero... Fue así quedijo a Cristela:

—Casa cuanto antes a tu hijo, Cristela, si no quieres que se corrompaen las tentaciones de la corte. Como eres una madre ejemplar, premio yotu conducta dándote plena libertad para que lo cases a tu guisa ycriterio.

Aleccionada por su propia vida, Cristela resolvió elegir su nuera por elalma y no por el rostro. Lo malo es que el príncipe no lo deseaba así.Con la imprudencia de su juventud, gustaba de las mujeres bonitas, sinimportársele un comino de las bellezas del alma.

Pero Cristela era mujer enérgica y hábil, si la hubo. Además era madre,vale decir, doblemente enérgica y doblemente hábil, y de tal modo secondujo, que conminó al príncipe a que pidiese por esposa la novena hijacasadera del duque de los Siete Castillos. Llamábase Isaura y era unainfanta modesta, harto más hermosa de alma que de rostro...

El príncipe Fénix había objetado:

—Tiene pecas.

Cristela le repuso:

—Haz de cuenta que sus pecas son las monedas de oro de su dote.

El príncipe Fénix añadió:

—Su pelo es rojo y su cuerpo parece agobiado...

Mas Cristela le dijo:

—Piensa que si tiene el pelo rojo es porque no sabe teñirse y no legusta engañar... si su cuerpo se agobia, es porque siente sobre suespalda las penas de todos los desgraciados... ¡Alégrate, hijo mío, deque sea verdadera y buena!

No se alegró mucho el príncipe Fénix. Sólo aceptó la infanta Isaura parano entristecer a su madre... Y el Papa mismo vino de Roma expresamentepara casarlos, cabalgando sobre su caballo blanco y coronado con sutiara. Seguíalo un cortejo de rojas sotanas cardenalicias y violetascapas episcopales, tan largo y compacto como un río que baja de lascumbres.

La princesita Isaura quería tanto a su esposo, que cuando lo miraba sequedaba mirándolo como un mirasol que se aduerme mirando el sol. Notenía otro pensamiento que servirlo. En su bastidor le bordó unaszapatillas con sus iniciales de perlas y rubíes. También le bordó unarelojera para el día de su santo, pero no le puso iniciales para que nose confundiese con las zapatillas...

Cada noche que el príncipe colgaba su reloj en la relojera y cada mañanaque se ponía las zapatillas para ir al cuarto de baño, no podía menos derecordar conmovido el cariño de su mujer. Y

llegó a idolatrarla. Fue muyfeliz. Fue también un buen rey, porque tuvo la suerte de que murierapronto su abuelo y le dejase el trono. Y Dios bendijo la unión de losreyes Fénix e Isaura, colmándoles de hijos y prometiéndoles una vida tanlarga que, si no han muerto han de vivir todavía.

Observando la felicidad de sus hijos Cristela llegó a ser una viejitamuy pulcra, que hilaba para sus nietos de la mañana a la noche en unarueca de plata.

Mientras hilaba inventó un aforismo que haría enseñar en todas lasescuelas del reino. Decía así: «El amor que entra por los ojos, seescapa por los ojos, porque, los ojos son dos ventanas que están siempreabiertas. El amor que se refugia en el alma, en el alma queda, porque elalma es una torre cerrada.»

Y al inventar el aforismo, recordó a Bob el enano. Con ser un sabio, élla había engañado miserablemente, favoreciendo su desgraciado casamientocon el príncipe de Marruecos.

Como si la oyera, apareció una última vez Bob y le dijo:

—¿De qué te quejas, Cristela?... Ningún mortal puede ser del todofeliz, y tú has pagado, con la desgracia de tu juventud, la felicidad detu vejez. Debes estar contenta. Aunque tu experiencia no te aprovecharaa tí, ha aprovechado a tu hijo, a quien quieres más que a tí misma... ¡Yno puedes reprocharme que te aconsejara mal por malicia o mala voluntad!Te aconsejé como pude y como supe. Si me equivoqué, merezco tu perdón.

Cristela paró la rueca, suspiró, y repuso, con más tristeza queamargura:

—¿Para qué te sirve entonces tu sabiduría, Bob? ¡Linda cosa es sersabio!

Bob se sonrió, tirose de la larga barba blanca, como acostumbraba, ydijo:

—Ser sabio... es tener el derecho de equivocarse.

LA TIRANÍA DEL BRIDGE

Siempre que tuve noticia de un suicidio, lamenté que su autor no nosexpusiera en público testamento, para ejemplo de sus semejantes, lascausas de su funesta determinación de quitarse la vida... ¡Y he aquí queyo mismo me siento próximo a eliminarme del mundo! ¿Por qué no indicarentonces, a los muchos hombres que dejo detrás de mí, el escollo contrael cual chocara mi barca y puede chocar la de ellos? ¡Oidme pues, oh misamigos, mis conciudadanos, mis prójimos, y creedme cuanto me oigáis, ymeditadlo! Creedlo, porque con un pie en la tumba, no podré deciros másque la verdad; meditadlo, porque tengo, ¡ay! la amarga experiencia dequien viera fracasar todas sus ilusiones y esperanzas.

El caso es que la Muerte se me ha presentado con un disfraz amable. Meavergüenzo de confesarlo; pero el caso es que la Muerte vino a buscarmey me tentó en la forma... ¿cómo decirlo?... de un juego de naipes, ¡elbridge! Supondréis que fui un jugador desgraciado, que perdí mi fortuna,mi crédito, lo que tenía y lo que no tenía, y que me resuelvo asuicidarme por no sobrevivir a la deshonra de mi bancarrota... ¡Nada deeso! Mi historia

carecería

entonces

de

toda

originalidad

y

pudieracontarse en dos palabras... El bridge no es un juego peligroso, como elpocker y el baccarat, y, además, desde ya os adelanto que he sido másbien un jugador afortunado... ¡Y aun os declaro que no soy jugador portemperamento, y, si mucho me apuráis, que hasta detesto el juego! No esel amor y la práctica del bridge la causa de mi desgracia, ¡antes bienmi antigua ignorancia y mi odio actual!

Era yo administrador de una de las mejores «cabañas» del país. Despuésde pasar en ella, para acreditar mis servicios ante mis tíos lospropietarios del establecimiento, una larga temporada, vine el añopasado a Buenos Aires, a presentar los mejores productos de mi industriaen la Exposición Rural.

Obtuve varios premios, y el éxito me decidió atomarme un mes de vacaciones en la capital, distrayéndome comocorrespondía a mi juventud y a la buena posición social de mi familia.

Ya el día que llegué de la estancia, me preguntó mi cuñada si sabíajugar al bridge... Como yo le dijera que no, me dio un consejo:

—Debes aprenderlo cuanto antes... Ahora todo el mundo lo juega... No telo enseño yo porque es demasiado difícil y soy todavía bastante«chambona». Pero como se juega en todas las casas de nuestros parientes,no te faltarán oportunidades de aprenderlo.

Al día siguiente asistí a una comida del llamado «gran mundo».

Habíamuchos

caballeros

de

frac

y

damas

elegantemente vestidas de baile. Comoen la mesa no se habló más que de noticias sociales que yo ignoraba, yde bridge, tuve que guardar un desairado silencio. En cuanto acabaron decomer, todos pasaron al salón a jugar al juego de que hablaban.

Meinvitaron y tuve que rehusar, por ignorarlo...

—¡Cómo! ¿V. no sabe jugar al bridge?—exclamó la dueña de la casa,mirándome de pies a cabeza con su impertinente... Y

luego añadió, antesus invitados:—¡Este señor no sabe jugar al bridge!

Su exclamación, dicha del modo más despreciativo, produjo consternacióny casi espanto. Todos me rodearon, mirándome asombrados, como a unanimal extraño o un criminal terrible. La distinguida dueña de casallegó a disculparse con excelente mímica, mirando a su marido, como sile dijera: «¿Y estos son los amigos que traes a tu hogar?...»

Me disculpé balbuciendo débiles excusas sobre mi rusticidad.

Y todos sesentaron a jugar, sin hacer más caso de mí... Erré solitario como unaánima en pena, de un lado a otro, de mesa en mesa, sin saber dóndeocultar mi ignorancia y mi vergüenza.

Hubiera deseado que me tragara latierra, porque la empresa de interrumpir a aquellos fanáticos paradespedirme era harto difícil.

Y tanto, que al fin salí huido como unladrón...

De vuelta en casa, hallé sobre mi mesa de luz la amable esquela de unestanciero inglés que me invitaba a otra comida, para la próxima semana.Al pie de la tarjeta decía: «Se jugará al bridge.» ¡Qué prácticos sonestos ingleses! ¡Cuánto mal rato y cuánto aburrimiento se me evitabancon este sencillo agregado:

«Se jugará al bridge»! Naturalmente, meexcusé... por cualquier motivo, pues ya no me atrevía a confesar queignoraba el jueguito de moda...

Fui al club, a encontrarme con mis amigos. Y, salvo en el comedor, nopude cambiar dos palabras con ninguno; todos estaban siempre jugando albridge...

Y estar jugando al bridge era como estar en la luna. Su majestad elBridge resultaba el más absorbente de los déspotas.

Vi que susjugadores, cuando tenían las cartas en la mano—es decir, en todas lashoras que les dejaban libres sus ocupaciones más apremiantes,—eranciegos, sordos y mudos para el mundo...

Mis parientes en sus casas, misrelaciones en sus tertulias, mis amigos en el club, todos parecíanolvidarme por completo, para entregarse a su ocupación favorita.Entonces comprendí la paciencia de Job y compadecí a los leprososabandonados en islas solitarias.

Sólo mi amigo Joaquín Villalba interrumpió alguna partida para decirme,como oportuna advertencia:

—No salude usted nunca a los que juegan al bridge, Alberto, porque nolo ven... Ni les hable, porque no lo oyen... Y hasta es bueno que ni losmire, porque si no tienen suerte, pueden pensar que usted les traedesgracia, ¡y no hay peor reputación que la del

«jettatore»!

—¡«Jettatore»! ¡Yo, «jettatore»! ¡Pues no faltaba más!—

exclaméamoscado, agregando:—Pero, ¿qué placer pueden encontrar esos...ingenuos, en pasarse la vida cavilando y cavilando sobre los naipes, yaque, según dicen, ese juego no da nunca gran provecho al bolsillo?

—¿Qué placer?—me replicó Villalba mirándome con más lástima queira.—¿No sabe usted que al bridge es un juego intelectual, casicientífico, propio de estadistas y filósofos? O, mejor dicho, que no esun juego, ni un placer...

—¿Y qué es, entonces?—pregunté en el colmo del pasmo.

Dándome la espalda, Villalba me repuso, con la solemnidad de un neófito:

—El bridge es una religión.

Este último argumento me pareció tan contundente, que dejando misantiguas preocupaciones contra las cartas, resolví profesar esa nuevareligión de ases y damas. Pero yo nunca había tocado una barajafrancesa. Detestábalas de todo corazón. No conocía más juegos que el«burro» y la «cara sucia». Con tan pobres conocimientos y tan escasaafición, pedí a unos parientes que me lo enseñaran, siquiera por el buennombre de la familia...

Diéronme dos o tres explicaciones sobre «triunfos» y «sin triunfos»,«arrastres» y «descartes», «bazas» y «honores»,

«tricks» y «schelems»,en fin, sobre mil cosas extrañas, para mí tan difíciles como si meexpusieran, en japonés, teoremas de mecánica celeste...

Llegué a acobardarme. Pero mi amigo y compañero de club JoaquínVillalba, me estimuló de nuevo, dándome preciosos datos.

—Es un juego griego—me dijo.—Tiene la sutileza propia de ese pueblogenial y decadente. Se presta a admirables combinaciones. En toda Europano juega hoy otra cosa la gente que se aprecia y respeta. Y es tal elentusiasmo que despierta, que no sólo se juega en los salones, clubs ycasinos, sino también en los trenes, los tranvías, los antepalcos de losteatros durante las representaciones, las antesalas de los dentistas...

—¿Y en los despachos de los ministros? ¿Y en las sacristías de lascatedrales?...—pregunté, por preguntar cualquier cosa.

Mi interlocutor prosiguió como si no me oyera:

—El rey Eduardo VII tomó un maestro para aprenderlo, y lo ha puesto demoda. En Inglaterra, en Francia, en Bélgica, en Turquía y en Holanda, sehan abierto cátedras de la asignatura.

Fue esto último para mí como un rayo de luz. ¿No podría yo tambiénasistir a una cátedra de bridge, o tomar, por lo menos, un profesorparticular, como Eduardo VII, rey del Reino Unido y emperador de lasIndias? ¿Acaso debía considerarme yo algo más importante y solemne queun emperador de las Indias?...

Como adivinando mi pensamiento, Villalba me observó: