Thespis by Carlos O. (Carlos Octavio) Bunge - HTML preview

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acabé...—contestó

Peñálvez,

verdaderamente

sonámbulo.

El Chucro dejó su asado sobre un madero, acercose, vio que la obraestaba terminada, se rió, tomó la pala de manos de Peñálvez y le asestóun golpe mortal en la cabeza. Luego, hundiole varias veces en el cuerpola misma cuchilla con que comiera, y tiró a la fosa el ensangrentadocadáver del escribiente...

Limpiado que hubo la cuchilla en el césped, volvió a comer su churrasco,mezclando en el acero las mal limpiadas gotas de la sangre de Peñálvezcon el jugo del churrasco. De cuando en cuando se empinaba el porrón deaguardiente de caña, hasta quedarse medio borracho, según su costumbre,a la caída del sol.

Como el crepúsculo se obscurecía ya, fue a tenderse en el rancho. Y vioque la Pepa estaba cortando dos palos.

—¿Qué estás haciendo?—le preguntó.

Después de vacilar un momento, ella contestó, trémula de miedo:

—Una cruz para los muertos.

—¡Dejáte de cruces, gallega, y sacá pronto las ropas del mocito queestá en la zanja todavía vestido!

La Pepa despojó también el cadáver de Peñálvez, y después, creyendo yadormido al Chucro, fue a terminar su cruz. Es que ella sabía que losmuertos se levantan como ánimas en pena cuando no tienen una cruz sobresu tumba, y temía a las ánimas en pena casi tanto como al Chucro...

Extrañando que se retardara tanto afuera, el Chucro salió del rancho abuscarla... La halló de rodillas colocando su cruz al comisario. ¡Era laprimera vez que Pepa le desobedecía! Púsose tan furioso, que tomó lapala allí tirada, y pegó a la mujer el mismo golpe que antes pegase aPeñálvez. La Pepa cayó como muerta, y él la arrojó, refunfuñando, en lamisma fosa de Peñálvez, todavía destapada.

Acostose de nuevo; pero no podía dormirse. ¡Había cometido una granestupidez! ¡Ahora que la borrachera se le despejaba un poco, ibacomprendiéndolo. La Pepa le vendía a los isleños los cueros de lasnutrias y las plumas de los mirasoles que cazara. La Pepa le comprabalas provisiones. La Pepa le hacía la comida...

¿Qué haría él ahora sinla Pepa?

Ocurriósele que la gallega podría no estar muerta, y sólo desmayada,como que no se la había aún cubierto la tierra. Por eso fue a sacarla dela fosa y la tendió en el rancho. Rociole la cara con agua fría, ledesprendió la bata y le volcó en la boca las últimas gotas delaguardiente de caña que quedaban en el porrón.

Pero su corazón parecíano latir de nuevo, ella no recuperaba la vida. Irritado por esaobstinación de morirse, le dio un puntapié, se acostó otra vez bajo suraído poncho y a los pocos instantes irrumpió en ronquidos...

Sin embargo, la mujer no estaba más que desvanecida.

Incomodada por lashormiguitas que invadían su cuerpo e iban a libar en ciertas secrecionesde sus ojos, a media noche ya, hizo un esfuerzo, se apoyó sobre susmanos, se sentó, se puso de pie.

Tomó agua de una vasija, se cerró labata, se arregló el enmarañado cabello y miró al Chucro con una supremamirada de amor y de miedo, castañeteándole los dientes. Con grandesprecauciones para no despertarlo, metiose bajo su poncho, se acostó a sulado, apoyando la cabeza contra su pecho...

El Chucro, como hombre salvaje, tenía el oído alerta aun durante elsueño. Sintiola perfectamente, despertose, y al saberla junto a sí, ledijo, con su recia voz de siempre:

—¿Has resucitao, gallega perra? ¡Esto te enseñará a no morirte otravez!

Diose vuelta al otro lado, y, mientras ella se acurrucaba a susespaldas, como un polluelo friolento bajo el ala de la madre, estallaronde nuevo sus ronquidos.

LA MADRINA DE LITA

I

Lita era una pobre niña que no podía caminar y ni siquiera tenerse enpie. Atacada a la medula por incurable enfermedad, su cintura eradeforme y sufría dolores que le arrancaban diariamente quejas ylágrimas. Toda su vida parecía concentrarse en los dos grandes ojosazules que iluminaban su carita de ángel.

Sentada en su sillita rodante,con un libro de estampas en la mano, fijaba esos dos ojos en su mamá,que bordaba junto a ella...

—¿Quieres que te cuente un cuento, Lita?—preguntábale la señora,acariciándole la rubia cabellera.

—No, mamá. Ya sé todos los cuentos.

Muy raro era que Lita no quisiera que le contaran un cuento, porqueprefería los cuentos a las golosinas, a los juguetes y hasta a loslibros de estampas. Por eso su mamá se los contaba todos los días,inventando a veces algunos muy bonitos.

Después de quedarse un rato pensativa, dijo Lita:

—Mamá, quiero que me digas quién es mi madrina...

Los padrinos de Lita habían sido sus abuelos, los padres de su mamá, ylos dos murieron antes de que Lita cumpliera un año.

Así es que la niña,como no llegó a conocerlos, no podía acordarse de ellos.

La mamá no quería decirle que habían muerto, porque Lita era muyimpresionable. Podía pensar: «Los padrinos de mis hermanitos viven, yellos viven y se mueven. Mis padrinos han muerto, y yo, que no puedomoverme, debo morir también.»

Valía más contestarle, como otras veces,cuando hiciera la misma pregunta:

—Lita, tu madrina está de viaje.

Lita pensaba: «Es muy extraño que mi madrina esté siempre de viaje...»Pero, no atreviéndose a decir sus dudas y temores, limitábase apreguntar a su mamá:

—¿Y cómo se llama?

La mamá le contestaba:

—María—porque efectivamente «María» fue el nombre de la abuelita.

—¿Era muy buena?

—Muy buena.

—¿Me traerá muchos juguetes?

—Muchos y muy lindos...

—¿Y por qué no me los trae ya?

—Porque está muy lejos y porque eres una preguntona.

Lita volvía a quedarse pensativa. La madre dejaba entonces el bordado,para mirarla...

—¿Quieres que te saque al patio a jugar con tus hermanitos?—

le decía.

—No, mamá—contestaba Lita, preguntando al rato:—Mamá,

¿las hadaspueden lo que los médicos no pueden?

La mamá miraba a Lita como si fuera a llorar, y le decía, besándola enlos ojos y bañándole la carita con sus lágrimas:

—Dios puede todo lo que quiere, mi hijita del alma... ¿Por qué mepreguntas eso?

—Por nada, mamá.

Pero Lita sabía por qué preguntaba eso. Lo preguntaba porque había oídodecir a los sirvientes que los médicos no podían curar su enfermedad. Yella esperaba que su madrina fuera una hada y la curase. ¿Qué hubierasido de la Bella-Durmiente-en-el-Bosque sin su hada madrina?...

La mamá de Lita, que era muy linda y bien vestida, diole un beso en lamejilla y salió a visitas y compras. Miss Mary, la niñera inglesa, llevóa Lita a la plaza, en su cochecito de manos, con sus hermanitos y susprimos. Más ella no se divertía en la plaza, porque no podía correrdetrás de un arco como los demás niños y porque siempre veía las mismascasas, los mismos árboles, la misma gente.

Cuando sus hermanitos y sus primos se fueron a jugar y la dejaron sola,ella preguntó a la niñera:

—Miss Mary, ¿cree usted que hay hadas?

Sin entenderle, sin escucharla siquiera, miss Mary repuso:

—«Yes, my dear, yes».

—«¡Qué tontas son estas inglesas!—pensó Lita.—Aunque no entiendan unapalabra dicen siempre «yes, yes, yes», alzando y bajando la cabeza comoel asno de cartón que me trajo papá el otro día.»

Después de jugar en el paseo, los niños volvieron a casa muy contentos.Muy contentos todos, menos Lita, que sentía en su cabecita

aletear

unapequeña

preocupación,

como

una

mariposilla prisionera bajo una copa decristal.

Más que todos los paseos del mundo, gustábale que la llevaran, en sucasa, al patio de servicio. Pues allí estaba casi siempre Ramón. Ramónera el hijo de la cocinera, un muchachote de su misma edad, doce años;pero que parecía su padre. Ramón la idolatraba como si fuera una santitade madera, le contaba historias preciosas, y le traía del mercado unosjuguetes tan chuscos, que bastaba verlos para reírse a carcajadas.

Esperábala esa tarde con un saltaperico de retorcidos cuernos y barbasde chivo. Para sorprenderla, lo abrió de repente, pegándose en la narizcon la cabeza del saltaperico. Pero como ella no tenía ganas de reírse,no se rió. Guardó distraída el juguete y dio las gracias a su amigo,preguntándole después:

—Dime, Ramoncito, ¿crees tú que en este mundo hay hadas?

Ramón abrió tamaños ojos, se puso muy serio, metiose ambas manos en losbolsillos del pantalón, y repuso:

—Yo creo que en este mundo no hay hadas, niña Lita.

Como Ramón iba al colegio, hacía cuentas en su pizarra y leía libros deestudio, Lita creía en su ciencia. Después de su mamá, nadie leinspiraba mayor confianza. Sin embargo, desencantada esta vez por surespuesta, protestó, con cierta reserva de gran dama ofendida:

—Pues yo creo que hay hadas.

Mírola Ramón casi con lástima...

Ella prosiguió, con un vago temblor en la voz:

—Sí creo, sí creo, sí creo... ¿Qué razón tienes tú, malo, para nocreer?

Tímidamente, el chico contestó:

—Yo nunca las he visto...

—¿Y no crees en Dios?

—Sí...

—¿Y has visto alguna vez a Dios?—exclamó Lita triunfalmente,burlándose de la poca lógica de su amigo.

Creyó Ramón mejor no tocar más el punto. ¿Cómo iba a discutirle esachiquilla que nada sabía, a él, que estudiaba historia de Roma ymultiplicaba por sumas de cinco y de seis números?... Pero ellainsistía:

—Dime, malo, remalo, ¿crees o no crees en las hadas?

Ramón hizo una concesión, entre respetuoso e irónico:

—Si me lo manda usted, niña...

Sin contestarle, Lita dijo, en voz baja y misteriosa:

—Pues oye... ¡Oye, que tengo que decirte un secreto muy grande!...Acerca la oreja... ¡Más!... ¿Sabes qué secreto? ¡Mi madrina es una hada!

Creyó Lita que Ramón quedaría deslumbrado con semejante revelación, ysólo parecía perplejo...

—Es una hada que viene a verme todas las noches, en cuanto meduermo—continuó confidencialmente.—Entra en puntillas y se para al piede mi cama. Es todavía más linda que mamá. Tiene una estrella en lafrente y el pelo suelto. Arrastra, como la cola de los vestidos de bailede mamá, un manto de tul bordado de oro, perlas y brillantes. En la manolleva siempre levantada su varita mágica...

Aquí hizo Lita una pausa, para gozar del efecto de su descripción... Ensu entusiasmo no vio que el chico, con sus infantiles ojos negroshúmedos de piedad y de ternura, meneaba incrédulo la cabeza... Y ellaprosiguió, alzando su vocecilla de plata:

—Yo sé que esa hada va a curarme y entonces podré saltar y correr, ycuando seamos grandes, ¡los dos nos casaremos!...

Ahora sí que parecía deslumbrado Ramón, aunque objetó:

—Pero yo soy el hijo de la cocinera, Lita, y usted es la niña de lacasa...

—¿Qué importa?—respondió Lita con generosidad de reina.—

Además, túmismo me lo has dicho... Cuando seas grande, tú trabajarás para tu mamá,y ella no será más cocinera... ¿Qué importa que lo haya sido? ¡Mejor!¡Así nos hará dulces muy ricos!...

—Pero su mamá...

—Yo no soy orgullosa y mi mamá hace todo lo que yo quiero.

Sin darse por vencido, no ocultando su triste escepticismo, Ramón objetótodavía:

—Su mamá hace ahora todo lo que V. quiere, niña, porque V.

estáenfermita; pero cuando V. sane, será otra cosa...

Lita contestó muy seriamente:

—¿Prefieres entonces, para casarte conmigo, que yo siga enferma,clavada en mi silla como los pajaritos embalsamados en los sombreros demamá?

—¡Oh, no, niña, no!—afirmó Ramón con toda su alma.—

Prefiero morirme.Se lo juro.

—No digas tonterías.

Se hizo una pausa, que cortó Ramón, después de suspirar:

—Tengo algo que mostrarle, además del saltaperico, niña Lita...

—¿Qué?

El chico salió corriendo y volvió triunfante con una ratonera, dondeestaba presa una lauchita...

—Mirela, niña, qué preciosa...

—¡Uf, da asco! ¿Qué vas a hacer con eso?

—Mi mama la va a matar... Yo quería que V. la viera antes.

—¡No, que no la mate! ¡Suéltala, suéltala, pobre lauchita!...

¡Si tereprenden, di que yo te lo he mandado, Ramón!...

Ante orden tan perentoria, Ramón comprendió que había hecho mal enmostrar a la niña la pequeña prisionera... Y la soltó, porque sabía quelos deseos de la niña debían siempre respetarse. La laucha corrió aesconderse debajo de un armario...

—¡Es una monada!—exclamó Lita batiendo palmas con alegría.—¡Su mamáva a ponerse muy contenta cuando la laucha vuelva a la cuevita!—Ycambiando repentinamente de tema y de tono, agregó:—Tenía que decirteotra cosa, Ramón... y es que puedes tutearme como mis hermanitos y misprimos.

Luego de pensarlo formalmente, Ramón contestó:

—Eso nunca, niña Lita. Mi mama diría que es una insolencia, y seenojará.

Lita se encogió de hombros:

—Tutéame cuando tu mamá no te oiga.

—Tampoco... Yo no hago nunca escondido de mi mama nada que no puedahacer delante de ella...

—¡Tu mamá es la cocinera y yo soy la niña, y te lo mando!

—No podría, niña, no podría—gimió Ramón con voz tan compungida que lamisma Lita soltó la carcajada, una de esas sonoras carcajadas que sólosabía arrancarle el chico de la cocinera.

—¡Bueno!—dijo, cambiando el giro de la conversación.—Yo te trataré deusted... Cuéntame... o cuénteme usted lo que ha hecho hoy en la escuelaese pícaro de... ¿cómo se llama?... Luis Matheu... Ese que se pelea contodos y está todos los días en penitencia... Ese que en cuanto se pierdeun coscorrón, dices que lo encuentra siempre en su cabeza...

Tuvo que interrumpirse aquí el coloquio, porque se oyó el recio y bienconocido taconeo de miss Mary que se acercaba...

Ramón, cuya únicaantipatía en el mundo era esa miss Mary, se hizo humo...

Lita simuló dormitar y despertarse sobresaltada...

—¿Viene usted a buscarme, miss... «Yes»?—preguntó, no sin altanería.

—«Yes, Lita. Your mother is coming»...

Ante tal argumento, Lita cedió. Hizo una mueca amistosa a Ramón, queasomaba la cabeza por la puerta de la cocina, a espaldas de la niñera yse dejó arrastrar en su sillita al encuentro de su mamá.

Por la noche, durante el sueño, volvió a aparecérsele a Lita su hadamadrina. Pero ahora, en lugar de estarse ahí callada mirándola comootras veces, la habló en un lenguaje que parecía una música decampanillas de oro. Dijole que iba a sanarla con su varita mágica y quedespués se la llevaría a viajar a su país, que era naturalmente el Paísde las Hadas, en un cochecito de marfil tirado por dos grandes mariposasazules. Pero para eso era menester que su ahijada demostrara antes queera buena...

—¿Cómo?—preguntó anhelante Lita, tapándose después la cara con lasábana, llena de vergüenza por su osadía de interrogar a una hada...

El hada le contestó que ser buena es ser hacendosa y caritativa con losniños pobres. Los niños pobres se mueren de frío en las noches deinvierno. Una niña hacendosa y caritativa debía tejerles, así como sumamá tejiera a su papá una colcha de seda el verano pasado, tres colchasde lana: una blanca, otra celeste y otra rosada. Ella vendría abuscarlas una noche, dentro de treinta días justos. Si no estaban listaslas colchas se volvería a su país, donde andaba siempre viajando... ¡Ypara no volver más! Pues como su ahijada no era bastante buena, no laconsideraba digna de curarse y viajar con ella por el País de las Hadas,en un cochecito de marfil arrastrado por dos mariposas azules.

Tanto se asustó la pobre Lita al oír esta amenaza de su querida hadamadrina, que levantó la cabeza y se despertó sobresaltada...

Pero elhada ya había desaparecido, con su estrella sobre la frente, su pelosuelto, su varita mágica siempre levantada y su manto de tul bordado deoro, perlas y brillantes.

II

Una vez despierta, Lita no pudo volverse a dormir. Con los ojos abiertoscomo los de un ratoncillo, esperó que llegase el día.

Esa noche dormíaen su cuarto, con miss Mary. Porque, cuando no sintiera dolores, dormíaen su cuarto, con miss Mary, esa dormilona que roncaba como un fuelle.Cuando los sentía, dormía junto a la cama de su mamá, y esto era unconsuelo. Y

era tan buena Lita que, delirando por dormir junto a sumamá, para no afligirla, nunca exageró sus dolores. A veces hasta losdisimulaba...

Esa mañana se sentía sin embargo dispuesta a usar de toda su energíapara imponer su voluntad. En cuanto se coló la luz por las rendijas dela puerta, llamó a miss Mary. Miss Mary se levantó medio dormida, miróel reloj, dijo que era demasiado temprano y pidió a Lita que durmiese unpoco más... Lita protestó... hizo abrir los postigos... ¡y ordenó a missMary, en el tono más conminativo, que fuese en el mismo momento acomprarle agujas de tejer y lana blanca, celeste y rosada!

Miss Mary se negó, probablemente sin comprender bien.

Todavía no estabanabiertas las tiendas... Esperaría a que se levantase la señora...Insistió Lita... Y entre niña y niñera entablose una tremenda disputa,de la cual resultó llorando la niña... Al oírla, su mamá, que dormía enel cuarto contiguo con el oído siempre despierto, se apareció envueltaen elegantísimo peinador de blondas. Besó a Lita en los cabellos,escuchó estupefacta su petición, y le observó:

—¡Pero si tú no sabes tejer, mi tesoro!

Mimosa y llorosa, contestó la niña:

—No importa, mamá. Tú me enseñarás.

—¡Tejer tu!... ¡No es posible!... Eres muy chica. ¡Y te gastarías esoslindos ojitos míos y esas queridas manitas!... Yo he de tejerte cuántome pidas: una carpeta para tu mesita, un pañolón para tu muñeca... Di,¿qué más quieres?

—¡Por favor, mamá!—rogaba la niña, sollozando casi.—

¡Enséñame a tejera mí, tú que eres tan buena! ¡Ten lástima de mí!

—¿Y qué quieres tejer?

—Tres colchas para los niños pobres. Una blanca, y otra celeste, y otrarosada. ¡Pero quiero tejerlas pronto yo sola, solita!... Después, mamá,¡escucha bien, mamá!... Después Dios me curará y podré correr como losdemás chicos... ¡Mándame comprar ya lo que necesito, mamita querida!

Como miss Mary, la señora no se movía... Parecía enternecida yasombrada... Y Lita, desconsolándose por tales retardos y vacilaciones,comenzó a derramar el más amargo llanto de su vida, de su pequeña vidasiempre llena de lágrimas.

También despertó al papá con su llanto. Y el papá vino a verla, vestidocon una bonita «robe-de-chambre» de seda azul rameada de negro. ¡Parecíaun chino con esa «robe-de-chambre»!... Pero como era también muy bueno,se enteró de lo que quería su hijita inválida, y cambió con su mamáalgunas palabras. Aunque hablaban en voz baja y en el otro extremo de lapieza, Lita les oyó perfectamente...

La voz ronca del padre decía:

—Está demasiado agitada. Es necesario tranquilizarla. ¿No tiene fiebre?

La voz fina de la madre contestaba:

—Parece que no; ahora le pondremos el termómetro... ¡Pobre chica!...¡Tiene demasiada imaginación para su estado!... Ha soñado curarse...Habla de curarse... Yo creo que tejer no le haría mal.

—Habrá que consultar al médico. Tú sabes que no quiere que se fatigue,¡ni que te fatigues tú tampoco!

La señora suspiró... El señor parecía preocupado por la obstinación deLita. Pues Lita no era caprichosa. Le gustaba contradecir a veces; peroera dócil y reposada como una viejita de cien años. Como su capricho detejer era una cosa rara, el padre ordenó a miss Mary que llamase almédico por teléfono.

Oyendo la orden, Lita la desaprobó:

—¿Para qué el médico?... Si los médicos no pueden lo que Dios puede, ¡yyo me curaré sin médico!...—Y luego pensó en voz alta,consolándose:—De todos modos, aunque miss Mary lo llame, él no va a oírni entender, porque ese teléfono es para hablar español y miss Mary nosabe hablar más que en inglés.

Su padre se sonrió y le dijo:

—El teléfono sirve para todos los idiomas, Lita. Además, miss Mary sabehablar español como yo y como tú. Habla inglés con los chicos para quelo aprendan.

Lita se burló a través de sus lágrimas del español de miss Mary... Locual no impidió que ésta volviera pronto trayendo la contestación delmédico: hasta las cuatro de la tarde no podría venir... «¡Hasta lascuatro de la tarde!—pensó Lita.—¡Perderé, entonces, todo el día dehoy, y si no cumplo en los treinta días fijados por mi madrina!...» Y sepuso a llorar otra vez, porque no le traían pronto los útiles pedidos.Su mamá la consolaba. Su papá fue a hablar él mismo por el teléfono, areprender al médico y a mandarle, muy enojado, que viniese en seguida aver a Lita.

Hubo todavía que esperar un buen rato. La mamá hizo rezar a Lita susoraciones de la mañana y le besaba las manitas. Después la hizodesayunarse con una gran taza de chocolate. Y el médico vino al fin.Tenía anteojos de oro y un reloj muy grande, que hacía tic-tac hastacuando estaba en el bolsillo.

Consultado, examinó a Lita y opinó:

—Pienso que no hay inconveniente en que se le dé lo necesario paratejer.—Agregando después, cuando creyó el muy tonto que la enfermita nole oía:—De todos modos, me parece que no llegará a anudar dos puntos detejido. Tratará de aprenderlo, y al ver que no es tan fácil comoimaginara, tirará las agujas. Si aprende a tejer, lo que no me pareceprobable, hará unos cuantos puntos, y en cuanto la labor pierda sunovedad, la dejará de lado... ¡Tengan por seguro que ya mañana no seacordará de su capricho!

—¿Y si por rara eventualidad se empeña en tejer su colcha—

preguntó lamadre—y llega a esforzarse y se fatiga?

—No creo que eso ocurra, señora—aseguró el médico.—

Cuide en todo casode que no se incorpore mucho... ¿Lleva siempre su corsé de yeso?

—Todos los días se le pone al vestirla, y todas las noches se le sacaal acostarla.

—Que siga lo mismo. Y si llegara a excitarse demasiado, dele unacucharadita de la receta calmante que le prescribí la vez pasada.

—¡Eso la postra!...

—Disminuya la dosis.

Y se fue el médico, con sus anteojos y su reloj.

Requerida por Lita, miss Mary salió a comprar las agujas de madera ylana blanca, celeste y rosada. Se hizo esperar mucho, ella también.Pero, mientras volvía, la madre vistió a Lita, la lavó, la peinó, lepuso agua de Colonia y la sentó en su silla rodante.

Poca lana trajo miss Mary... Como no alcanzaba para las tres colchaspedidas por el hada madrina, Lita reclamó el doble más de lana de cadacolor... Su mamá le dijo que aprendiese primero a tejer lo que teníadelante, y comenzó a enseñarle...

Con gran sorpresa de su mamá, en un momento aprendió Lita, toda ojos,los puntos del tejido. Antes de la hora de almorzar ya tejía; bien queimperfectamente, ¡ya tejía!... Como primeros ensayos fabricó unas tiraslargas y desparejas y unos cuadraditos, aunque sucios de dedos y no sinnudos que acusaban tropiezos y equivocaciones.

Inmediatamente quiso comenzar su colcha blanca. Nada pudo detenerla: nilas súplicas de su mamá para que descansase, ni siquiera la severidad deque se armó su padre, todavía vestido con su bonita bata azul rameada denegro.

Rodeada de su padre, su madre, sus hermanitos y miss Mary, ella seguíaen su labor como una brujita, teje que teje, teje que teje, teje queteje... Por su boquita, contraída por la atención, acechaba su lengua amanera de una curiosa que se asoma por la ventana. Sus pequeñas manosparecían dos arañas de cinco patas, apuradísimas en reconstruir una telarota por el viento.

III

Interrumpiose para almorzar, y después, casi a la fuerza, la obligó lamamá a descansar un buen rato. Quísola llevar de paseo en carruaje; perola niña se resistió de tal modo, que también la señora se quedó en casa.Y en cuanto pudo, volvió Lita al trabajo, y lo continuaba, aunque conlos intervalos que su mamá le imponía...

Llevaba ya tejido un buen principio a la hora en que Ramón volvía de laescuela. Deseó verle, mostrárselo y hacerlo su confidente esta vezmás... Por eso pidió ella misma un nuevo descanso para que la llevasenal patio del servicio. La señora accedió, encantada.

Estallando por hablar, en cuanto estuvo cerca de Ramón, le preguntó, coninusitada formalidad:

—¿Tienes honor, Ramón?

Ramón contestó, no muy seguro:

—Creo que sí, niña...

—¿Puedes darme tu palabra de honor?

—Sí, niña, si usted lo manda...

—¡Dame tu palabra de honor de que no dirás nada a nadie de lo que voy adecirte!

—Le doy mi palabra de honor, sí...

—Pues escucha...

Y Lita contó a su modesto amigo todo lo que había pasado desde la nocheanterior: la aparición del hada madrina, su oferta y promesa, cómo habíapuesto ella manos a la obra...

—Ahora tienes que decirme—terminó,—¿cuántos días faltan para lostreinta días?

Ramón, que la escuchara pensativo, rió como un loco a esta pregunta,respondiendo:

—Para los treinta días faltan... ¡treinta días!

Lita se impacientó:

—¡Tonto! Pregunto en qué día de qué mes se cumplirán los treintadías... ¡Parece increíble que un grandulón que multiplica por milnúmeros en su pizarra no sepa sacar esta cuenta!

—Sí sé, sí sé—repuso Ramón vivamente.—Hoy estamos a cinco dejunio... junio debe tener treinta días... Será entonces el cinco dejulio...

—¿El cinco de julio estaré sana?

—Si Dios quiere...

—Pues apunta la fecha para no olvidarla...

Ramón sacó una libreta y un lápiz del bolsillo, y apuntó la fecha...

Lita le dijo, dando un suspiro de satisfacción:

—Gracias.—Y añadió:—¿El cinco de julio? ¿Eh? ¡El cinco de Julio!

—Ya está apuntado... Estese tranquila, niña, que no lo olvidaré...¿Quiere que le muestre un abanico de papel de colores que le he traídodel mercado? ¡Voy corriendo a buscarlo!...

Disponíase Ramón a correr en busca del abanico; pero Lita lo contuvo,con aire importante:

—Me lo mostrarás otro día, Ramón. Ahora estoy muy apurada. Debocontinuar pronto mi trabajo. Llévame pues al otro patio...

Mientras la arrastraban, Lita iba repitiéndose la mágica fecha, para queno la olvidase su memoria de pajarito... Todavía al despedirse de Ramónhasta el día siguiente, le recomendó otra vez:

—¡No vayas a perder el apunte!

Ramón se alzó de hombros ante tanta insistencia, y se volvió a la cocinaligeramente disgustado por la poca atención que mereciera su abanico depapel de colores...

La mamá sufrió un desencanto al ver que Lita no quería jugar más tiempocon Ramón, y trató en vano de distraerla para que no se fatigasedemasiado...

Al acostarse, Lita hizo que le dejaran junto a la cama su cesta detrabajo. Pues su mamá le había regalado una lindísima, con floresartificiales y moños de cinta punzó. Y antes de cerrar los ojos, Litamarcó con la uña una señal en la baranda de la cama, para anotar quehabía transcurrido el primer día...

Pero no podía dormirse. Estaba demasiado nerviosa con las agitacionesdel día. Su mamá, aunque lo notara, no quiso darle el remedio recetadopor el médico. Sabía que su regazo era el mejor calmante para la hijitaenferma. Por eso colocó muchos almohadones en una «chaisse longue», sacóa Lita de la cama, y se acostó con ella sobre los almohadones. Puso sucabeza muy alta

para

no

dormirse,

pues

si

se

dormía

un

movimientocualquiera podía quebrar la cintura de la niña inválida y matarla. Litarecostó su cabeza febril en el pecho de su mamá, y dejándose cantarlindas canciones en voz baja, quedose más profunda y tranquilamentedormida que si le hubieran propinado todo el frasco del remedio recetadopor el médico de los anteojos de oro y del reloj que hacía tic-tac hastaen el bolsillo.

IV

¡Siete días, sólo siete días bastaron a Lita para concluir su colchablanca! Y no parecía muy desmejorada la niña, no. Al contrario, aunqueun poco enflaquecida, tenía mejor color, más animación que antes, hastasu poco de alegría. El médico y la madre se mostraban más bien contentosde su estado. Quien parecía descontento era el padre. Había comprado asu hijita un teatro de títeres y otros muchos juguetes ingeniosos, sinconseguir distraerla de su incesante labor...

Apenas concluida la colcha blanca, pretendió Lita empezar inmediatamentela celeste... Aquí intervino formalmente el papá.

La enfermita necesitapor lo menos un día de descanso, pues que ni el mismo domingo se habíaresignado a descansarlo todo entero. Y con su autoridad de amo, el padrehizo vestir con trajes de calle a su señora, a Lita y a mis Mary, pidióel carruaje descubierto para después de almorzar, se puso guantesamarillos y una galera muy grande, y salió a dar un paseo con sufamilia, aprovechando el hermoso día. Detrás iba Ramón en un fiacre, conel cochecito de Lita, para cuando se bajasen en el paseo.

Anduvieron por el bosque y por el Jardín Zoológico. Miss Mary arrastró aLita en su cochecito, páranse ante las jaulas de los animales. Litaadoraba los animales. Y ese día, a pesar de su deseo de reanudar cuantoantes la labor, tuvo más gusto que nunca en ver leones, jirafas,avestruces, serpientes, de cuánto Dios crió. Porque pensaba que antes deque se cumpliese el plazo de los treinta días, ella podría presentar asu hada madrina las tres colchas. Entonces sanaría y caminaría sola yderecha, aunque tuviera un cochecito de marfil tirado por dos grandesmariposas azules. Visitaría el País de las Hadas, donde se ven en jaulasde oro los animales que aquí faltaban: sirenas, unicornios, dragones...

De vuelta en su casa, preguntó a Lita su papá:

—¿Te has divertido, Lita?

—Mucho, papá.

—Pues pasado mañana repetiremos el paseo.

Lita se afligió mucho, porque si cada dos días obligaba a descansaruno, no acabaría a tiempo las dos colchas que le quedaban por hacer. Asífue que rogó a su padre, con lágrimas en los ojos y sollozos en la voz:

—No me vuelvas a sacar a pasear hasta que termine la colcha celeste,papá... ¡Sé buenito, papá!... ¡Te lo pido por Dios y por la Virgen,papá!...

Para tranquilizar a la pobre mártir exaltada y no perjudicar el buenefecto del paseo, tuvo que prometérselo así su padre...

El día siguiente era el octavo día. En cuanto amaneció, Lita pidió amiss Mary los útiles y la lana celeste, y se puso a tejer y tejer...Otra semana más de trabajo, y quedó concluida la colcha celeste... Otrasemana más, ¡y también la colcha rosada!... ¡Ya no le restaba nada quehacer, sino guardar celosamente su obra, su tesoro!...

Ramón le dijo que estaban a 27 de junio, y que faltaban todavía sietedías para la fecha de redención, el 5 de julio...

¿Cómo pasar todo esetiempo para no impacientarse ni aburrirse?... Pues ahora fue la mismaLita quien invitó a su padre a ir todas las tardes a Palermo y al JardínZoológico, y hasta más de lo que él podía, por sus quehaceres... Y lamamá se apresuró a hacerle el gusto, gozosa de ver al fin a su hijaquerida descansada y contenta:

—¿Cuándo llevaremos a los niños pobres tus colchas?—le habíapreguntado un día su mamá.

—Ya lo verás, mamá, ya lo verás. Por ahora sólo quiero que estén bienguardadas en mi armario, ¡muy bien guardadas!

Se pasaron así los días que faltaban y llegó la noche del 4 de julio,las ansiadas vísperas. Lita contó las marcas que había señalado en labaranda de su cama. Eran treinta justas, y su cuenta coincidía con la deRamón. Besó a su papá, a su mamá, a sus hermanitos y hasta a miss Mary.Se hizo acostar muy temprano. Rezó largamente sus oraciones, pidiendo ala Virgen y a San José que velasen por su madrina... Y se durmió,mirando las tres colchas, que se había hecho poner junto a su camita.

Costole mucho dormir. Pero, en cuanto se durmió, se le apareció en susueño el hada madrina. Venía como siempre, con su estrella, su varitamágica, su pelo suelto, su magnífico manto... Sonriendo con ternura a suahijada, le dijo:

—Veo que eres buena, Lita. Te agradezco tu labor en nombre de los niñospobres, a quienes les llevaré tus colchas, para que no se mueran de fríoen las noches de invierno.

El paje del hada, que era un gnomo, salió del seno de la tierra, cargóen las espaldas con los tejidos de Lita, y desapareció...

El hada hizo entonces unos garabatos en el aire con su varita mágica,diciendo a su ahijada:

—Y porque eres buena, te curo ahora para siempre.

Apenas dicho esto, Lita se sintió curada y se sentó en la cama,completamente derecha. Sin darle tiempo ni para decir gracias, sumadrina la tomó de la mano...

—Ven conmigo, Lita. Te llevaré a dar una vuelta por el País de lasHadas, donde viven Caperucita Roja y Pulgarcillo.

Así como estaba, en su blanca camisita de batista, Lita saltó del lechosola y adelantó de la mano de su madrina...

Atravesaron la habitaciónsin hacer ruido, en puntitas de pie, luego el dormitorio de la mamá, elcuarto de vestir, una sala...

iban directamente a la puerta de calle...

Lita misma abrió la puerta que comunicaba la sala con el vestíbulo.Cruzaron el vestíbulo y abrió también la puerta cancel... Llegaron alzaguán... Ya estaban ante la puerta de la calle... Lita hizo un esfuerzopara abrirla... ¡Era un pestillo muy duro y bien cerrado!... Y sintió depronto que le faltaba el apoyo de su madrina y cayó sobre el frío umbralde mármol...

V

A la mañana siguiente, antes de que aclarara del todo, Ramón fue, comode costumbre, a abrir la puerta de calle a los proveedores de la casa.Iba tan preocupado con el cuento que le repetía diariamente Lita de suhada madrina, pensando si se le habría realmente aparecido durante lanoche, que no se fijaba donde ponía el pie... Al ir a meter la llave enla cerradura de la puerta, pisó una cosa blanda... se agachó a ver loque era, y lanzó un berrido estridente... ¡Ahí estaba Lita, en sucamisita de dormir, que mostraba horriblemente la miseria de sudeformidad!

¡Ahí estaba Lita, yerta, blanca, verdosa, helada!

Sin saber lo que hacía, loco de dolor, salió corriendo Ramón y entró enlas habitaciones interiores por una puerta que daba al vestíbulo yestaba entreabierta...

—¡La niña Lita está en la puerta de la calle!...—gritaba.—¡La niñaLita está muerta en la puerta de la calle!...

El padre, la madre, miss Mary, los chicos, todos saltaron de la cama yacudieron... El padre fue quien levantó en los brazos el preciososaquito de huesos... Ramón corrió a llamar al médico...

Y el médico delos anteojos de oro vino, y dijo que la niña estaba muerta.

—Es una felicidad para ella, la pobrecita—agregó con voz grave.—Yhasta una liberación para sus padres. No tenía remedio y sufriríainútilmente toda su vida.

Pero los padres no parecían pensar que esa muerte fuera una felicidad yuna liberación. La señora gritaba desconsolada... El señor estaba fuerade sí... Llegaba a dudar de la muerte de esa frágil y tierna criatura.Conservando algo como la sombra de una esperanza, explicó al médicodónde y cómo la encontraran. La niña parecía haberse levantado por símisma, como si estuviera sana, tal vez sonámbula...

El médico negó radicalmente semejante hipótesis. La niña no hubierapodido dar un paso por sí misma... Pero, ¿quién la llevó hasta allí,mientras miss Mary y los padres dormían?... ¡Pues el chico ese que decíahaberla encontrado muerta! Él la había sacado de la cama para jugar,dejándola caer después en la puerta de calle. En la caída, la enfermitase había quebrado la columna vertebral... La niña estaba ya fría porqueel chico que la sacara no se atrevió a avisar en el primer momento, portemor al castigo que le esperaba. Si se le avisara entonces, tal vez laciencia la hubiera podido salvar. ¡Esa era la opinión del médico!

Al oírla, creyéndola en todo verdadera, el padre interpeló a Ramón conla ira de la desesperación:

—¿Cómo has podido hacer eso, miserable?

Ramón sintió que se le helaba la sangre de horror y de vergüenza... Sumadre se puso a llorar... Y exaltándose más y más en su dolor, repetíael señor:

—¿Cómo has podido hacer eso, miserable? ¿Cómo has podido dejar dellamarnos a tiempo siquiera, canalla, desagradecido?

A Ramón le flaquearon las rodillas, y cayó sobre ellas,desfalleciendo... El padre de Lita creyó ver en ese desfallecimiento laconfesión del crimen, pues se le presentaba el caso como un crimen, yvociferaba a la criada y a su hijo, en el paroxismo de su cólera:

—¡Fuera de aquí!... ¡Que yo no vea más la cara de ustedes!...

¡Pronto,fuera, si no quieren que los haga echar por la policía!

Después de diez años de servicios fieles, así fueron echados la madre deRamón y su hijo, como ladrones, como asesinos... Y

nadie dudó en esemomento de las palabras del médico, a quien el hecho dio tema paradisertar largamente sobre los sentimientos perversos de la canalla.

Cuando Ramón estuvo solo con su madre en la pobrísima fonda donde serefugiaron, la abrazó sollozando... Iba a jurarle que el médico mentía,pero su madre le contuvo:

—¡Hijo querido! No necesitas decirme nada, porque yo sé que no escierto. Tú no eres insensato ni cobarde para dejar morir a la niña sinavisar, ¡hijo querido!

Ramón gritó:

—¡Qué malos son en haber creído a ese médico, qué malos!

—No son malos—rectificó dulcemente la madre.—Los hombres no son malosni buenos... Unos son ricos y otros son pobres... Eso es todo. ¡Cálmate,hijo mío!

Las crueles emociones de esa trágica mañana enfermaron gravemente aRamón. Su madre tuvo que llevarlo al hospital, donde pasó muchos díasentre la vida y la muerte. En sus noches de fiebre deliraba con la pobreLita y su pérfida madrina, que no era una hada sino una bruja... A cadamomento creía que esa bruja venía a robarlo a él también... Pero sunaturaleza robusta venció la dolencia. A las tres semanas lo llevó sumadre consigo a la nueva casa en que se conchabara, ya convaleciente,amarillo, altote, muy triste, y tan flaco como un espectro...

Él no volvió a hablar más de su amarga experiencia. Parecía olvidado deLita y de la injuria mortal que recibiera... Mas una noche dijosencillamente a su madre:

—Mañana hará un mes de la muerte de Lita, mamá... Quisiera comprarleunas flores y llevárselas al cementerio... Iremos los dos antes de ir almercado, mamá...

En vez de enfadarse, como temía Ramón, su madre se lo prometió, despuésde abrazarlo. Compraron así al día siguiente un hermoso ramo de rosasblancas en el mercado y lo llevaron al cementerio. El guardián lesindicó la tumba de Lita. Ya estaba cubierta de otras flores frescas,flores finas y raras.

—Mamá—preguntó Ramón divagando todavía con los pensamientos delirantesde su enfermedad—¿quién habrá puesto ahí esas flores tan temprano?...¿No podría ser el hada madrina?...

—No, hijo mío. Esas flores las puso la madre de Lita, que estuvo aquíantes que nosotros; no lo dudes.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque soy tu madre.

Ramón se arrodilló, se persignó y dejó sus rosas blancas junto a lasotras flores. Hubiera querido quedarse allí mucho rato, pues le parecíaestar en la casa de Lita, que era un poco como su casa... Mas su madrelo apremió a que se despidiera; debían volverse porque era tarde...Entonces Ramón quiso llevarse, como recuerdo, un flor de la tumba deLita...

Ella era tan generosa que me las daría todas si yo se las pidiera—dijocon los ojos llenos de lágrimas.

Su madre le prohibió que tomara la flor, porque las flores de losmuertos traen desgracia...

—Las flores de Lita—imploró todavía Ramón,—a mí no pueden traermedesgracia, sino hacerme bueno, porque ella es como mi ángel de laguardia...

—No importa, hijo mío—concluyó su madre.—Las flores de los muertosson para los muertos.

Oyendo esto, Ramón se arrodilló por despedida ante el umbral delsepulcro, donde dejaba enterrados sus castos sueños de adolescente.Instintivamente acercó sus labios a un manojo de no-me-olvides que sedestacaba entre las flores de la niña muerta... Y al besarlo creyó besarlos ojos de Lita, creyó besar por primera y última vez los ojos azulesde Lita.

LA AGONÍA DE CERVANTES

Indigentemente cuidado por manos mercenarias, más envejecido que viejo,se moría Cervantes. Buen cristiano, despedíase del mundo con laconciencia limpia, después de recibir los últimos auxilios de lareligión. Y, aunque sólo agonizante, por muerto habíanle dejado en lasórdida guardilla.

No estaba todavía muerto, no, si es que él podría morir alguna vez. Ensu imaginación febricitante pululaban sus recuerdos, casi todos delágrimas y amargura. Rememoraba envidias, pobrezas, calumnias,prisiones... Pero, ¿cómo? ¿qué no había tenido él ninguna dicha en lavida?... ¡Ah, sí! La tuvo, sí, la tuvo, cuando en sus horas solitariasviviera el mundo de su fantasía que describió en sus libros. ¡Feliceshoras aquellas en que la fiebre de la concepción lo levantaba a unaesfera tan superior a las humanas miserias! Bien dijo entonces: «Para mísólo nació don Quijote y yo para él...» Bien dijo entonces, asimismo,como alguien le tildara de envidioso: «Descríbaseme la envidia, que yono la conozco». En cambio, otros, y bien ilustres, la conocían por él...

No estaba todavía muerto, no, pues que pensaba... Y sintió que se abríauna puerta y entraban en tropel, como legión de espectros, conocidísimasfiguras...

Venía adelante don Quijote de la Mancha, seguido de su escudero SanchoPanza; luego el bachiller Sansón Carrasco, el cura, el barbero, Dulcineadel Toboso, Teresa Panza, Camacho, la dueña Rodríguez, los duques... Ytambién Persiles y Segismunda, Rinconete y Cortadillo, la Gitanilla...En fin, toda la caterva de los personajes que aparecían en sus obras...

Don Quijote, como jefe de la caterva, acercándose al mísero lecho, lanzaen ristre y visera caída, habló primero:

—Este es don Miguel de Cervantes Saavedra, el malandrín que nos crearay tuviese cautivos en sus libros, como las alimañas enjauladas quepresentan los histriones de la feria, para risa y escarnio del vulgosoez y malicioso. Este es Cide Hamete Benengeli, el atrevido burlador denuestras mejores fazañas y el cuentista charlatán de nuestros amoríos ysecretos.—Y

encarándose

con

el

moribundo,

agregó:—Ha

llegado

elmomento, oh Cervantes, de que nos rindáis cuenta de las burlas einjurias que tan despiadadamente nos habéis inferido, y que he devengar, ¡vive Dios! por el valor de mi esforzado brazo, en un hecho comono vieran los pasados siglos ni verán los venideros...

Sansón Carrasco no parecía menos iracundo:

—Mal hicisteis, don Miguel, en divulgar tanta confidencia amistosa yreservada que depositamos en el seno de vuestra confianza ycaballerosidad. Mal hicistéis, don Miguel, en contar al público losyerros y debilidades de nuestros mejores amigos.

Aunque no soy yo elpeor presentado, poco hablasteis de mis muchas letras, y mucho de mispocos donaires y bellaquerías.

Hubierais de haber sido siquiera másimparcial y justo, no abultando lo malo o indiferente y disimulando lobueno y lo mejor. ¿Por qué no escribisteis nada de mis glosas aAristóteles, nada de mis traducciones de Horacio, nada de mis purosamores con Casilda de Ricarte?...

Quejábase también el cura:

—Sana habrá sido vuestra intención, don Miguel, pero, al hablar de mí,¡bien pudisteis enaltecer mis virtudes y no pasarlas en tan displicentesilencio!

Camacho clamaba:

—Tal fama de rico me distéis al describir mis bodas, que no hay enveinte leguas a la redonda pobre que no me pida... Y si le doy mucho, nome lo aprecia; si poco, se retira descontento; si nada, me acusa detacañería y maldad... ¡Flaco servicio os debo, señor de Cervantes!

Teresa Panza, la mujer de Sancho, vociferaba a su vez:

—¿Para qué ha cantado vuesa merced tantas aleluyas y gastado tantatinta, sin sacarnos al fin y al cabo de nuestra pobreza?... ¡Hubiérasemetido vuesa merced con los ricos y los orgullosos, y no con los pobresy los humildes, que nada le pedimos ni para nada le llamamos!

La mentada doña Dulcinea del Toboso, por su verdadero nombre AldonzaLorenzo, gritaba a la par de Teresa Panza, al doliente caballero:

—¿Qué os hice para que también os metierais conmigo, según se me hadicho, en esas historias mentirosas que corren impresas por ahí?...¡Nada os importa, ni a vos, ni al mundo, que yo huela o no huela aámbar, que sea soberbia princesa o zafia labradora!...

Maritornes, con los brazos en jarras, era otra furia. ¿A qué perpetuarel cuento de su extravío de una época pasada, arrojando la nota dedeshonra sobre una moza que después podía ser, y ahora lo eraefectivamente, honestísima madre de familia?...

El barbero decía también:

—Aquí traigo mi navaja, no para afeitar a vuesa merced, sino paravengarme de ella por las bromas que ha dado a mi cliente don AlonsoQuijano y a sus parientes y amigos...

La dueña Rodríguez clamaba llorosa:

—Yo no soy fantasma, ni visión, ni alma del purgatorio, sino doñaRodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa, y vengo ainculparos de vuestra sátira contra todas las dueñas, encarnadas envuestra falsa y mentirosa Dueña Dolorida!...

Los mismos duques estaban descontentos, pues que la duquesa decía:

—A gente de nuestra alcurnia y grandeza, mejor fuera dejarla tranquilacuando no se trata de históricos hechos. Contar nuestras accionesprivadas es dar pábulo a las habladurías de plebeyos y villanos...

Persiles y Segismunda hubieran deseado el discreto velo del silenciosobre sus antiguos amores...

Rinconete y Cortadillo protestaban por su fama de ladrones.

¡Tanconocida era esta fama, que todos estaban ahora en guardia contra ellos,y ya no podían seguir robando a gusto!...

La Gitanilla, hasta la Gitanilla se quejaba de su cervantino renombre,presumiendo de honrada y pudorosa...

Y así, uno por uno, los personajes fueron exponiendo sus crueles ydestempladas quejas. Llegaron a gritar todos juntos, tandesaforadamente, que el divino Cervantes se creyó expiando algunospecadillos en las profundidades del purgatorio...

Sólo Sancho guardaba un pensativo silencio, sentado a los pies de lacama... Quiso decir algo a don Quijote, y no lo pudo, cubierta supalabra por la infernal algarabía...

De pronto, don Quijote hizo un molinete con la lanza obligando a quetodos se alejaran del lecho, y clamó con voz colérica e imperativa:

—¡Basta ya, chusma cobarde y desenfrenada! ¡Apartaos! ¿No veis que esun solo hombre al que todos acosáis? ¡Dejadlo que combata conmigo soloen singular batalla, y Dios dirá de qué parte están la razón y lajusticia!... He ahí mi guante, Cide Hamete Benengeli, y salgamos aluchar en campo abierto, si no miente vuestro nombre y corre aún sangreen vuestras venas.

El moribundo hizo un esfuerzo para incorporarse, sin conseguirlo... YSancho, poniéndose de pie, increpó a Don Quijote:

—¿No ve vuestra merced que don Miguel es inválido por carecer de unbrazo, y que en este momento se nos muere? Antes le debemos socorro queinsultos y ataques. Lo cortés no quita lo valiente, una mano lava laotra y cada oveja con su pareja...

Viendo que, efectivamente, Cervantes era ya casi un cadáver, don Quijoteexclamó:

—Tienes razón, que te sobra, Sancho amigo. ¡Oh desgraciado de mí!Cuando al fin alcanzó el más encarnizado de mis enemigos, aquél conquien contara al mundo mi historia convirtiendo mi valor en hazmerreírde perversos e ignorantes, aquél cuya péñola implacable hace irrisión demis nobles pasiones y befa de mis mejores hazañas, he aquí que lo halloenfermo, postrado y agonizando, por obra y gracia de los pérfidosencantadores que me persiguen, y que no han querido que vengue de unavez por todas sus burlas y ultrajes, para eterna gloria de mi nombre.

Después de un silencio, Sancho repuso, con inacostumbrada melancolía:

—Cría cuervos para que te saquen los ojos. El señor don Miguel no esnuestro enemigo, que es nuestro padre.

Al oír esto, Don Quijote quedó completamente absorto en sí mismo, unrato largo, muy largo, sin atender a la creciente farándula con que losdemás personajes mortificaban al solitario moribundo... Luego se irguióy dijo muy recio:

—Cierto. Él es nuestro padre. Él nos ha dado la posteridad y la gloria,¡la verdadera vida!

Y sin más, arremetió contra la legión de importunos que antescapitaneara, arrojándolos de la habitación como a perros, a golpes delanza... Cuando salieron todos, cerró la puerta detrás de ellos,quedando solo con el moribundo y Sancho...

Cervantes, que haciendo un último esfuerzo se había levantado a echartambién a los incómodos visitantes, cayó entonces sobre Alonso Quijanoel Bueno... Y mientras Sancho, arrodillado, le cubría las manos delágrimas, rindió su alma a Dios en los brazos de don Quijote. En su bocadescolorida acentuábase una sonrisa de infinita ternura, como si dijeraa sus dos creaciones más ilustres:

—¡Bien sabía que habíais de venir vosotros, hijos míos, a socorrerme enla hora de la muerte!

EL JUSTICIERO

«Catalina de Aragón», así como suena, nada menos que

«Catalina deAragón» se firmaba y se hacía llamar Felipa Danou, francesa deMontmatre. Y con ese nombre histórico, presumiendo de noble y española,se inscribía en los programas de los circos y teatros donde se lacontrataba como «domadora de vampiros».

Hay que reconocer que los vampiros eran más verdaderos que su nombre.Habíalos comprado en Argelia a un cazador marroquí, y se exhibía enpúblico con ellos, en una gran jaula de fieras, pretendiendo haberlosdomesticado y educado...

Sin embargo, los chupadores de sangre estaban muy lejos de poseer ladócil inteligencia de tantos perros, focas o elefantes

«sabios». Apenassi reconocían a Catalina, su cuidadora, cuando los llamaba por suspintorescos apodos: «¡Sanguijuela!...

¡Borracho!... ¡Lucifer!...» Eléxito de la domadora, harto dudoso por cierto, extribaba más bien en unadanza serpentina que bailaba dentro de la jaula, envuelta en negroscrespones.

Mientras

torrentes

de

luz

roja

y

azul

le

daban

maticesfantasmagóricos,

revoloteaban

a

su

alrededor,

electrizados por su vozaguda y dominante, los enormes murciélagos hambrientos, ávidos desorberle la sangre bajo su piel pintada y sudorosa.

Pronto se cansó el público parisiense de Catalina y sus vampiros. Sehacía necesario inventar cuanto antes otra cosa, porque los empresariosno se arriesgaban ya a contratar un espectáculo tan gastado, y ella nose decidía a abandonar su querido París...

Mejor dicho, su marido o amigo, el lindo Raguet, era quien no lepermitía abandonar a París. Este Raguet era un parisiense incurable. Noconcebía la vida sino vagando por los bulevares, teatro de sus fácilesconquistas...

Como lo fuera con muchas otras, Raguet era un tirano para Catalina.Siempre insaciable de dinero amenazábala y pegábale brutalmente cuandoella no se lo proporcionaba. Por eso Catalina, al notar el crecientedescrédito de sus vampiros, se veía obligada a resolver un dilemainsoluble: o contratarse en barracones de tercero y cuarto orden, dondese pagaba poco a las

«artistas», y exponerse por consiguiente a lasdiarias sobas de Raguet, o bien abandonarlo y marcharse con susanimalejos en jira por las provincias y el extranjero...

Esto último hacíasele imposible. Los golpes y las caricias de Raguet leeran tan indispensables como el aire. Prefería morir insultándolomartirizada por sus manos implacables, a obtener lejos de él éxitos ycontratas...

Felizmente vino a socorrerla una casualidad propicia. Sucedió que unanorteamericana millonaria y extravagante le ofreció comprarle susvampiros... Pidió ella un precio disparatado, justo el que le pidieranpor un joven y gigantesco mono chimpancé que deseaba domesticar... Y lanorteamericana, encaprichada con los vampiros, después de regatear envano, acabó por pagarle a Catalina el precio que fijara.

Adquirido el mono, liquidó Catalina su última contrata, y se retiró conél a una casita de los alrededores de París, dispuesta a amansarlo yenseñarlo. Con la idea de las ganancias que pudiera proporcionarle

suadquisición,

Raguet

le

disculpó

este

alejamiento del centro de laciudad. Con frecuencia iría a visitarla, siquiera en las noches que nocontase con ningún otro refugio.

«Cónsul», tal era el clásico nombre del mono, prometía los mejoresaplausos y considerable provecho, si llegaba a presentarse amaestrado enla escena. Era un bello ejemplar de su raza, alto, membrudo, fuerte, demirada inteligente y viva, de suave y aterciopelado pelaje. Lo malo erasu humor hosco, impulsivo y variable. En su boca bestial se sucedíanrápidamente salvajes contracciones de cólera y perrunas sonrisas. En losdías de «spleen» mordía y quebraba cuanto hallase a su alcance.

Muyprudentemente, Catalina lo tenía pues encerrado en una sólida jaula dehierro, al menos hasta que se mostrase más tranquilo y sociable.

Todos los medios conocidos empleó la domadora para domesticar a Cónsul:el hambre, los golpes, el fuego, la electricidad, los gritos, lascaricias... Pero sólo consiguió que el antiguo gigante de los bosques,la conociese, respetase y siguiera. Con los extraños, Cónsul se manteníasiempre en su antigua ferocidad, y tanto, que no se le podía sacar de sujaula...

Una vez lo intentó Catalina, para enseñarle a comer en su mesa. Mientrasestaba en tête-à-tête con ella sola, la lección no marchó del todomal. El mono obedecíale como podía; al equivocarse, le pedía perdón consus ojos húmedos como los de un enamorado... Mirándola, solía distraersey desobedecer sus órdenes. Entonces ella lo reprendía y castigabaseveramente con una varita de metal...

Conforme adelantaba la lección de comer, y menudeaban las reprimendas ycastigos, Cónsul se ponía más huraño y nervioso, gruñendo sordamente conlos dientes apretados. En otros momentos gemía y se mordía las uñas,conteniendo su furor...

Catalina, como se diese cuenta, con su instintode mujer, que el mono nunca se atrevía a atacarla, continuaba elamaestramiento impávida y decidida... En un momento en que, después devarias equivocaciones del discípulo y de los consiguientes golpes de lamaestra, Cónsul se clavaba las garras en los muslos para desahogar sufuria, entró el sirviente con un plato en las manos...

No bien lo vio,abalanzose el enfurecido animal sobre él como dispuesto a matarlo... Ungrito a tiempo de Catalina lo contuvo, y el criado pudo retirarse bienlibrado, a costa de unos pocos rasguños.

A Raguet era a quien profesaba Cónsul su odio más terrible.

Hastaolfateábalo desde lejos. Pues, en cuanto pisaba la casa, de día o denoche, aunque para nada se acercase a la habitación donde se hallaba lajaula, Cónsul se ponía como fuera de sí.

Gruñía, daba grandes manotonesal aire, se sacudía contra los barrotes de hierro... Muchas veces, antesde que Catalina viera a Raguet, conocía su aproximación por lasdemostraciones del mono, quien ni escuchaba entonces sus voces...

—Tiene celos de ti—decía después a Raguet.

Y Raguet le contestaba, meneando la cabeza y como si él hubieracontribuido en la compra:

—Me temo que hayamos hecho un mal negocio con el animalucho. ¿Por quéno lo vendemos?

Catalina sabía que venderlo era dejar la suma casi íntegra en las manosde ese disipado de Raguet; además, ella no desesperaba de amaestrar aCónsul, y hasta le tenía algún afecto... Por eso respondía:

—Tengamos paciencia. Es muy inteligente. Parece un hombre.

No le faltamás que hablar... Con el tiempo ha de aprenderlo todo. Dejará lejos aPichón, el elefante de Niní de Montecristo.

¿Y sabes cuánto le pagan aNiní en el Olimpia?... ¡Mil francos por noche!

Ante el convincente argumento del caso de Niní, Raguet se callaba, nosin rezongarle antes a Catalina:

—Si es así, debes apurarte en amaestrar a tu Cónsul. ¡Van ya para tresmeses que estás de haragana, sin hacer nada!

Raguet iba para treinta años, justo su edad, que vivía de haragán, sinhacer nada más que gastar lo que pidiere o trampeare... No obstante desaberlo muy bien Catalina, se limitaba a pedirle perdón:

—¡No te enojes, Raguet! Cada uno hace lo que puede... La gente yaestaba cansada de los vampiros...

Sin contestar a la domadora domada, Raguet, con un hambre de diez o docehoras de vagabundeo, replicaba con voz tonante:

—¡Basta de Cónsul! Dame pronto lo que tengas de comida...

Y Catalina corría a la cocina, de donde volvía triunfante a la mediahora, con alguna cazuelilla improvisada. Servíale a su hombre, con elmejor vino que encontraba, y lo miraba mientras él comía disimulando suapetito con nuevas quejas:

—¡Esto es una porquería!... Apenas si puede probarse... ¡Es estúpidoque no tengas nada mejor, cuando Niní convida con champaña y gallina aSansón, el hombre de las pesas falsas y de los músculos postizos!

Catalina lo tranquilizaba entonces, como diciéndole con su miradacariñosa:

—Espérate a que eduque a Cónsul, para convidarte con champaña ygallina, como Niní a Sansón, el hombre de las pesas falsas y de losmúsculos postizos...

Una noche estuvo Raguet más exigente que de costumbre.

Necesitaba en esemismo instante trescientos francos...

—¿De dónde quieres que los saque?...—gemía la infeliz Catalina.—Ya nome quedan diez céntimos de lo último que cobré... Debo un mes dealquiler... Ayer pedí prestados quinientos francos a Blondeau elempresario, y ese gordo tacaño no me quiso prestar más que cientocincuenta... ¡Alhajas no tengo, ni crédito, ni trabajo!... ¡Perdóname,Raguet, ten lástima de mí!...

—¡Mientes!—vociferó Raguet.—Debes tener más dinero guardado... ¿Conqué comes, pues?...

—Te juro que no tengo más, ¡te lo juro por las cenizas de mi madre,Raguet!... Yo no puedo volverme monedas...

—Dame entonces esos ciento cincuenta francos que te prestó el imbécilde Blondeau...

—¡No los tengo ya! ¡no los tengo!... He pagado con ellos al panadero,al mercado, al sirviente, que se fue hoy y me ha dejado sola...

El lindo Raguet, frenético de impaciencia, apostrofó a Catalina con suspeores injurias, ¡y tenía un buen repertorio de ellas! Y

cuando se cansóde insultarla, le asestó feroces bofetones y puntapiés, practicando sumáxima favorita: «Las mujeres son como las aceitunas. Hay que batirlasduro para que den aceite, y cuanto más se las bate, más aceite dan».Esta máxima, repetida a los compañeros del vermut ante la mesa del café,en el preciso momento de escupir el hueso pelado de una aceituna a dosvaras de distancia, tenía siempre un éxito loco. También lo teníaaplicada en las nalgas enrojecidas y en las mejillas ensangrentadas deCatalina de Aragón, la domadora de vampiros...

Como realmente esa noche la pobre mujer no podía proporcionarse dinero,los golpes fueron más recios que de costumbre. Y ella gritaba y gemíacomo si la desollasen viva...

De pronto se sintió en el silencio y en las sombras de la desoladacasita, ruido de hierros y maderas que crujían... unos pasos pesados ytorpes que se acercaban... un formidable golpe contra la puerta...

Raguet y Catalina se miraron pálidos de terror; la puerta se abrió...Ante la vacilante luz de la bujía vieron un demonio inmenso que seadelantaba lentamente sobre sus dos patazas, con los ojos fosforescentesde cólera... Era Cónsul, el mono chimpancé. Al apercibir los gritos deCatalina había sacudido con tal fuerza la puerta de su jaula, que habíacedido... ¡Venía a socorrer a su ama!

De un golpe derribó a Raguet... Tomó a Catalina en sus brazos...Lamiole con su lengua rugosa las heridas... Y llevola cargada como unacriatura a su jaula...

Al volver en sí, Raguet recordó que en la casa no había nadie a quienpedir auxilio. Tomó su sombrero y huyó cobardemente, sintiendo siempredetrás de sí los pasos vengadores de Cónsul...

A la mañana siguiente, requerida por un vecino que oyera durante lanoche extraños gritos, la policía entró en la casa desierta...Registrándola, sólo halló al mono gigantesco en su jaula, sentado sobrela paja, arrullando tiernamente en sus brazos a una mujer pálida,muerta, ¡muerta de terror!

PESADILLA DROLÁTICA

(Impresiones de veinticuatro horas de fiebre) I

Yo no podía dormir... En vano regularizaba mi respiración, trataba deapaciguar mi pensamiento, me oprimía el pecho para contener sus latidos,¡en vano!... ¡Yo no podía dormir!

El insomnio acabó por vencerme y desmoralizarme. Me abandoné a él comoun náufrago que pierde las fuerzas en la corriente. No pudiendo yacontener mi intranquilidad, me revolvía en las sábanas, me sentaba,fumaba, encendía y apagaba la luz... Cuando la encendía, no vislumbrabamás que sombras...

Cuando la apagaba, en la obscuridad más completa,veía unos vagos arabescos, como de humo, que se agrandaban y achicaban,subiendo y bajando en el aire.

En mi cabeza penetró, poco a poco, el clavo ardiendo de una idea fija.Yo lo sabía perfectamente... Y lo que supiera era esto, que me repetíaa cada instante, a cada minuto, a cada segundo:

—Tucker, ese bribón de Tucker tiene la culpa.

¿Quién era Tucker? ¿Cómo era Tucker? ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba?... Nadade eso sabía yo; pero sabía bien, ¡ah, muy bien!

que él solo, que sóloél tenía la culpa... ¿La culpa de qué? Yo lo ignoraba asimismo.Comprendía únicamente que eso debía ser Algo Terrible, macabramenteterrible, diabólicamente terrible.

Sería como una inconmesurable esferade barro que debía aplastarnos; sería como si todos, hombres yespíritus, me burlasen y despreciaran; sería, en fin como una cosa queno cupiese en el mundo ni pudiera decirse en lenguaje humano...

¿Había ocurrido ya? ¿Iba a ocurrir más adelante? ¿Estaba ocurriendoentonces? ¡Tampoco sabía yo eso!... Mas nunca, jamás me sentí tanagitado, ¡y con tanta razón agitado! como aquella noche fatal en que merepetía, arracándome los pelos:

—¡El malvado de Tucker tiene la culpa!

Consolábame, empero, el vago pensamiento de que aquello no sucedíarealmente. Yo sabía que estaba soñando. ¡Y sin embargo no podíadormirme!... ¿Quién hubiera dormido con semejante preocupación? ¡No, nodormí un instante en toda la noche!

Cuando amaneció, el sirviente me trajo el desayuno. ¡El sirviente!...¿Qué venía a buscar a mi habitación ese espía odioso?... Yo lo maldije ylo eché con voz de trueno (con una voz muy rara, que no era mi voz):

—¡Váyase al infierno!

Puso él la bandeja sobre una mesa, y salió disparado, cerrando lapuerta. Al cerrarla dio un chillido, porque se apretó la cola.(Indudablemente tenía cola, una larga y peluda cola de mono.)

Dejé que el desayuno se enfriara en la taza durante todo el día.

Era undesayuno de hirviente sangre humana, y yo no podía olvidar que la sangrehumana tarda mucho en enfriarse.

Esperando pues que se enfriara el desayuno, me lo pasé todo el día encama. Felizmente tenía caramelos de goma en la mesita de luz, porqueestaba muy resfriado. Tan resfriado que la respiración se me habíadetenido por completo. Esto me daba, naturalmente, mucha risa. ¡Vivirsin respirar, como los muertos!

¡Qué cosa más ridícula!...

Y todo el día me estuve repitiendo:

—¡El infame de Tucker tiene la culpa! todo el día, hasta que anocheció.

Cuando anocheció, esta idea llegó a hacerse más dolorosa que nunca.Comprendí que debía ver a Tucker para enrostrarle su infamia... Por esome vestí y salí a la calle.

Advertí en la calle que me había olvidado de ponerme el saco, aunqueestaba muy bien peinado y llevaba una estrella verdadera prendida en lacorbata. Esta estrella, que era como la cabeza de un clavo, yo la habíaarrancado del cielo con mi propia mano, parándome en puntas de pies yestirando enormemente el brazo derecho. Tenía así el brazo derecho algodescoyuntado y andaba sin saco por la calle... ¡Pero lo peor era laestrella que me quemaba el pecho como una brasa!

Afuera de mi casa noté una cosa bien tonta. Noté que el cielo era ungran toldo negro. Y el toldo se caía, por haberle quitado yo la estrellaque lo sostuviera, en el cenit. Había que caminar levantando la tela delcielo con las manos, como dentro de una carpa de techo muy bajo. ¡Eraesto muy incómodo! Mas sucedió lo que debía suceder. Caído el cielosobre las luces de la ciudad, se incendió cómo estopa y voló enlevísimas partículas de ceniza.

(No tan levísimas, diré de paso, puesuna que me entró en el ojo derecho era del grandor de una avellana.)

Yo estaba apresuradísimo por ver a Tucker. Tan rápidamente iba, quecaminaba por el aire sin notarlo. La tierra se había hundido en unabismo sin fin y yo seguía corriendo por el plano vacío que antes fuerasu superficie. No importaba. La cuestión estribaba en ver cuanto antesal canalla de Tucker.

De pronto sentí tierra firme bajo mis pies. Estaba en una ciudadextranjera, pero habitada por mis conciudadanos. En las calles habíamucha luz amarillenta y mucha gente que reía, corría, gesticulaba. Todosestaban tan contentos que bailaban desarticulándose y rearticulándosecomo títeres. Yo mismo me daba cuenta de que perdía en el camino, ora unpie, ora un brazo, ora parte del tronco... No me tomaba el trabajo derecoger estos órganos cuando los veía caerse, y los dejaba detrás de mí,porque iba muy apurado y sabía que ellos solos—el pie, el brazo, laparte del tronco,—volverían a incorporarse a mi persona.

Además, todoera un sueño. Además, yo tenía el privilegio de la salamandra, de hacerretoñar los muñones para recuperar los órganos perdidos.

La gente seguía riendo, corriendo, gesticulando... Vi algunos amigos queme reconocieron y me saludaron con gestos extravagantes, quién sacándomela lengua, quién escupiéndome una ranita verde en la cara. No me paré apreguntarles la razón de su loca alegría, porque mi prisa arreciaba comoun ciclón.

Mi prisa por arrancarle los ojos a Tucker, ¡el miserable! era tal, querecorrí muchas veces aquella dilatadísima ciudad de punta a punta. (Ydigo «dilatadísima» sin hipérbole, porque ocupaba muy bien una terceraparte y más de la Tierra.)

¡Por fin!... Por fin descubrí en la puerta de una casa de dos pisos unatablilla de cobre que decía:

TUCKER

P R O C U R A D O R

—Aquí vive—me dije inmediatamente.

Y traté de pararme. Pero el impulso que llevaba de tanto correr, me hizoseguir, por la ley de la inercia, varias leguas más allá de la puerta deTucker. Así un automóvil a toda velocidad no puede detenerse de repente,aunque el «chauffeur» descubra en el camino un obispo de mitra y grancapa pluvial, seguido de una veintena de monaguillos con rojassobrepellices.

Después de desandar lentamente en diez o doce horas las leguas querodara sin poder pararme, me volví a encontrar ante la casa de Tucker.Justo en la puerta me detuve esta vez. ¡Para ello había vuelto paso apaso!...

En el tiempo de mi vuelta, la casa había cambiado bastante.

Ahoraparecía una ruina y una cueva. Pero no había cómo equivocarse por lachapa de cobre, que siempre decía: TUCKER

P R O C U R A D O R

Di dos o tres aldabonazos, que retumbaron como truenos y fulguraron comorelámpagos...

—¡Santa Bárbara!—me dije, persignándome a modo de vieja gruñona.

Y como nadie saliera a recibirme y la puerta estaba abierta, me coléadentro de la casa de Tucker. El rojo fulgor de los relámpagosproducidos por los aldabonazos, en medio de una profunda obscuridad, meguiaron hacia la escalera. Era una angosta escalera de caracol. Comencéa subirla, y no terminaba nunca...

—Es realmente curioso—pensaba mientras subía—que una casa tan baja,de dos pisos, tenga una escalera tan alta... como de diez... deveinte... de cien pisos...

Y, bien agarrado de un pasamanos de hierro, seguí subiendo, subiendo,subiendo... Para distraerme me puse a contar los escalones... Al pasarde los quince mil perdí la cuenta y me sentí un poco mareado... Masestaba tan contento que pude llegar hasta el final de aquella nuevaescala de Jacob.

Terminada la escalera interminable, penetré como por escotillón en unaancha pieza cuadrada. Una pieza cuadrada, muy grande, con los muros, eltecho, el piso, todo de un blancor de nácar. No habla allí muebles nipuertas, ni personas, ni el más leve objeto, mancha o sombra. Me sentídeslumbrado, pues aunque

no

se

veían

lámparas,

focos

ni

bujías,

estabailuminadísima, estaba enteramente iluminada a giorno.

Pasado el primer deslumbramiento, miré mejor y vi que allá, en el fondode la pieza, me aguardaba Nanela. Aunque jamás la viera ni oyese hablarde ella, yo la reconocí en seguida. Era Nanela. Era una alta yhermosísima mujer pálida—la más alta, más hermosa y más pálida mujerdel mundo,—toda vestida de blanco, sin joyas, flores ni cintas,llamada Nanela. Sobre su frente exangüe brillaba una cabellera tannegra, que se diría un cuervo incubando allí sus ideas.

—Hace ya siete años que te estoy esperando—me dijo.

Como era mi prometida, yo la abracé, la besé en sus rojos labios, y lerepuse:

—¡Siete años!... ¡Pobre Nanela!... Pero tú sabes...

—Sí, yo también sé—me interrumpió ella—que el pérfido de Tucker, mitío y tutor, tiene la culpa.

—¡Cómo!—exclamé lleno de asombro.—Yo creía que Tucker era tu padre.

Riéndose con sus dientes centellantemente blancos, ella me informó:

—Algunas veces es mi padre, otras un extraño, otras mi tío y tutor. Esodepende del estado de ánimo.

—Cierto, ciertísimo—le contesté, convencido.—Pero también es cierto,ciertísimo—agregué atemorizado—que él está en el fondo de la casa,mirándonos a través de las paredes con sus ojos de ahorcado o debasilisco.

—Huyamos, entonces—me propuso Nanela, echándose apresuradamente unamantilla de encajes sobre el cuervo de sus cabellos.

—Huyamos.

Y salimos del brazo, bajando juntos una recta y amplia escalera demármol blanco, de la escasa altura que convenía a aquella casita de dospisos.

—Yo subí por una escalera mucho más alta, obscura y de caracol—le dijea mi acompañada.

—Verdad—me aseguró Nanela.—Pero cuando se la baja, esa escalera escomo mil veces más corta, y es cómoda y derecha.

Yo me alcé de hombros... ¿Qué tenía que ver eso conmigo?...

Recorrimos en silencio, siempre del brazo, unas callejuelas imposibles.Las casas, aunque rígidas e inmobiles, hacíannos al pasar muecas ygestos, unas veces de paz y amor, otras de odio y cólera. Pululaban allílechuzas, viejas y ánimas en pena.

—¿Has notado, Nanela—pregunté a mi amada—que en esta ciudad siemprees noche?

—Hay una razón para ello. Sus habitantes son todos noctámbulos.

No sé por qué me hizo enormemente gracia, me hizo como cosquillas en elalma, la idea de que Tucker fuera, ¡al mismo tiempo! procurador ynoctámbulo. Por no afligirla no hice notar esta coincidencia a Nanela...Quien en cambio dijo:

—Muy obscura está la noche.

Quise entonces contarle que el cielo se había quemado; pero noencontraba palabras para contarlo... Cuando las encontré, me habíaolvidado de lo que quería contar. Por eso guardé un largo silencio, enel cual me dijo Nanela, ¡oh querida y dulce Nanela!

que, por raracasualidad, algunas veces amanecía en esa población...

El sol debía estarla escuchando. De otro modo no puede explicarse cómoamaneció de pronto, en cuanto ella dijera que algunas veces amanecía enla ciudad.

Todos los habitantes se metieron en sus cuevas y en sus sepulcros alaparecer la luz indiscreta. Como era la madrugada, la ciudad parecía uncementerio.

—No bien se abra una iglesia, entramos a casarnos—murmuró Nanela.

—Claro.

Fue así que entramos en la iglesia de un convento de franciscanos, dondeoraban muchos caballeros medioevales con la visera calada. A través dela penumbra, los acordes del órgano parecían sollozos e imprecaciones.En el altar mayor decía misa, parándose en puntas de pie, un frailecitorechoncho, con dientes como de perro o de lobo. En su boca estabasiempre estereotipada la doble risa de un hombre satisfecho de su mesa yde sí mismo. No era más alto que mis rodillas. Para alcanzar al santotabernáculo tenía que subirse a un banquillo que le colocaba al efectoel sacristán. Cuando se subió al banquillo para bendecir a los fieles,Nanela y yo nos arrojamos a sus pies... Y

aprovechamos su bendición paracasarnos. Él nos convidó después con el vino del cáliz, un empalagosovinillo azucarado.

Y nos dio la enhorabuena con la doble sonrisa de susdientes de perro y de lobo.

Al salir de la iglesia, me dijo Nanela:

—Haremos un largo viaje de bodas. Tenemos que irnos lejos, muy lejos.Pues ten por seguro que ese canalla de Tucker nos persigue.

Yo contesté:

—Por seguro lo tengo. ¿Quién se atrevería a dudarlo, quién?—

Y lancéhondísimo suspiro, exclamando:—¡Oh, miserable Tucker! ¡oh Tucker nuncabastante execrado, vos tenéis la culpa, nadie más que vos!

—Huyamos.

Y huímos de nuevo, dando varias veces la vuelta al mundo, como siarrolláramos un hilo inacabable alrededor de un ovillo redondo.

II

Andábamos a pie, en dromedarios, en ferrocarriles, trineos, diligencias,globos... ¡qué sé yo!... Y siempre veloces, más veloces que el viento.

Recorríamos la Siberia, la España, el Sahara, Alaska, Groenlandia,Siria, Siracusa, Macedonia, Tierra del Fuego, Holanda, Antioquía... Ymares, bosques, hielos, estepas, montañas, desiertos, pampas...

También

atravesábamos

tierras

sumergidas,

Lemuria,

Atlántida,

Sudlandia,Cracatoa...

Y

asimismo

ciudades

subterráneas, en Nicomedia, enBabilonia, Pompeya, Herculano.

Veíamos hombres rojos como el fuego y negros como la noche, hombrespeludos como monos y cuadrúpedos como perros, pigmeos del tamaño de unauña y gigantes más grandes que montañas... Y faunas y florasindescriptibles... Y hombres piedras, hombres árboles, hombres líquidos,hombres gases, hombres luminosos, hombres translúcidos y quebradizoscomo el cristal...

Veíamos pueblos de animales más inteligentes que hombres y pueblos decíclopes, centauros, ninfas, sátiros... Y los jardines del ParaísoTerrenal, y las cumbres rosáceas del Olimpo, y la Ciudad de la Muerte...¡La Ciudad de la Muerte! ¿Qué indiscreto mortal dijera una palabra deella? Al decirla, por el solo hecho de decirla, mataría su almainmortal... ¿Y qué mayor suplicio que el suplicio del No-Ser?

¡El suplicio del No-Ser! Esto me sugirió una idea estrambótica, queinmediatamente comuniqué a Nanela.

—¡Esposa mía!—le dije.—¿No podría ser Tucker el Fantasma delRemordimiento?

Al oírlo, mi mujer se descuajeringaba de risa, diciéndome:

—¿Cómo crees, menguado, que Tucker pueda ser una frase hecha?

—Muchos hombres conozco que son una frase hecha, nada más que una frasehecha,—murmuré.

¡Pero no! Tucker no podía ser un remordimiento... ¿Por qué?

Yo no sabíapor qué, ¡y sin embargo sabía que no era un remordimiento!

Y seguimos y seguimos... y yo vi que si seguíamos así, pronto íbamos aacabar el hilo que enrollábamos alrededor de la Tierra, que era nadamenos que el hilo de nuestras vidas.

Con harta razón alarmado, supliqué a Nanela que nos detuviéramos... Ellano me escuchó, ocupada en cantarme su canto de amor a través de nuestraruta vertiginosa. Y yo la miraba enamorado, tan enamorado que se mecayeron los ojos...

—Se me han caído los ojos—le dije.—Parémonos a recogerlos.

Así le dije, deseoso de detenerla y detenerme, aunque no hubieraolvidado que yo era una salamandra hombre... ¡No era preciso recoger misojos, pues que ellos retoñarían solos!

—Baja los párpados y vuelve a levantarlos—me insinuó Nanela.

Hícelo así y me retoñaron los ojos... Nanela me los besó, cantándome consu voz de sirena:

—¡Cuán bellos ojos!... Has ganado en el cambio, esposo mío.

Antes eranpardos y ahora son más negros y expresivos que los de un arcángeldespués de rebelarse.

—Por bellos que sean, estos ojos deben cerrarse pronto—

observédesalentado—si continuamos nuestro desenfrenado viaje de bodas...

—Nuestra huida—rectificó ella.

—Nuestra huida, perfectamente.—Pero los hilos de nuestras vidas seacaban, se acaban si los seguimos devanando... ¡Y para qué morir tanjóvenes!... Además, antes de morir, yo quiero conocer a Tucker. Tú losabes.