Thespis by Carlos O. (Carlos Octavio) Bunge - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

CARLOS-OCTAVIO BUNGE

———

T H E S P I S

(NOVELAS CORTAS Y CUENTOS)

BUENOS AIRES

1907

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.—Buenos Aires ÍNDICE

———

PRÓLOGO

MÁSCARAS TRÁGICAS

El último grande de españa

El chucro

La madrina de Lita

La agonía de Cervantes

El justiciero

Pesadilla drolática (Impresiones de veinticuatro horas de

fiebre)

MÁSCARAS CÓMICAS

El más zonzo

Almas y rostros

La tiranía del bridge

Monsieur Jaccotot

El canto del cisne

El capitán Pérez

PRÓLOGO

Al volver Baco de las vendimias, seguíale brillante séquito de faunos yninfas. Y los corifeos del dios ventrudo y coronado de pámpanos, deldios de los árboles frutales y las viñas, cantaban su canción báquica,narrando hechos y casos...

Thespis, el «divino» creador, inventó entonces la sustitución del coropor un hombre viviente, de carne y hueso, que simulara y mimase loshechos y los casos. Él fue este hombre. Y para representar

su

serie

deencarnaciones,

cambiábase

sucesivamente de trajes y de máscaras de lino.Actor único, personificaba hombres y mujeres, viejos y niños, reyes ymendigos. El coro se limitaba a replicarle.

Autor al mismo tiempo que actor, Thespis es el padre del teatro griego,la tragedia y la comedia, la máscara de Esquilo y la de Aristófanes. Poreso pudo Dioscoride escribir en su tumba el siguiente epitafio:

Aquí estoy yo, Thespis. Fui el primero en inventar el canto trágico,cuando Baco traía el carro de las vendimias, y era propuesto en premioun lascivo macho cabrío, con un cesto de higos áticos. Nuevos poetashan cambiado la forma del canto primitivo; otros, con el tiempo, loembellecerán todavía. Pero el honor de la invención siempre queda paramí.

Tendrás eternamente razón, oh glorioso Thespis. El honor de lainvención te pertenecerá siempre. Yo, hijo de tierras que no hasconocido y de una civilización que no pudiste sospechar, lo reconozco; yte rindo homenaje, poniendo tu nombre al frente de este libro...

Pues este libro es un manojo de cuentos y fantasías, escrito en los másvarios estados de ánimo. Presenta, puedo decirlo, distintos personajes ydiversos estilos. Por mi rostro han pasado también las máscaras de lino,ya trágicas, ya cómicas... ¿No es acaso todo escritor—poeta, dramaturgoo novelista,—la sucesiva encarnación de sus personajes? Él siente,actúa y habla por ellos, ellos por él. Un autor es un actor ensilencio... Su

«sinceridad» no es más que su aptitud de sugestionarsecon las máscaras que se suceden sobre su rostro.

¡Sedme pues propicios, oh manes de Thespis, padre común de todos lospoetas, dramaturgos y novelistas!... Al poner mi libro bajo tu nombre,pido al buen árbol buena sombra.

Buenos Aires, Diciembre de 1906.

PRIMERA PARTE

MÁSCARAS TRÁGICAS

EL ÚLTIMO GRANDE DE ESPAÑA

I

Pablo Gastón Enrique Francisco Sancho Ignacio Fernando María, duque deSandoval y de Araya, conde-duque de Alcañices, marqués de la Torre deVillafranca, de Palomares del Río, de Santa Casilda y de Algeciras,conde de Azcárate, de Targes, de Santibáñez y de Lope-Cano, vizconde deValdolado y de Almeira, barón de Camargo, de Miraflores y de Sotalto,tres veces grande de España, caballero de las órdenes de Alcántara y deCalatrava, señor de otros títulos y honores, era, ¡cosa extraña enpersona de tan ilustre abolengo y alta jerarquía! un joven modesto,sensato y virtuoso.

Huérfano desde temprana edad, fue educado por su única hermana, Eusebia,quien, por los muchos años que le llevaba, podía ser su madre, y demadre hizo. Desmedrado, rubio, paliducho, con incurable aspecto de niño,de facciones finas, de ojos dulces y claros y porte de principescamansedumbre, contrastaba el joven con la igualmente interesante figurade su hermana. Era ésta una mujer alta, huesosa, de dura y viejafisonomía, coronada por abundante masa de negrísima cabellera.Aristócrata y célibe empedernida, en cuanto él cumplió la mayor edad,profesó ella en la orden de las ursulinas.

No sin decirle antes,sintetizando su obra educativa:

—Por tu nombre y antepasados, eres el primer noble, el primer grande denuestra siempre noble y grande España. Después del rey nadie tiene másaltos deberes que tú. Modelo debes ser, en virtudes y sentimientos, detanto hidalgo indigno de su prosapia y de tanto plebeyo blasonado por eldinero y la vanidad. No olvides jamás lo que a ti mismo te debes, y atus gloriosos predecesores. Ellos fueron virreyes, generales, cardenalesy hasta reyes y santos; conquistaron tierras para su patria, laurelespara sus sienes y almas para el cielo. En nuestros tiempos tu acciónserá forzosamente más reducida y simple. Tu vida, pura y retirada, nosólo será ejemplo de verdaderos hidalgos, sino también muda protestacontra estos tiempos corrompidos y vulgares.

Así dijo, en el tono austero y profético de una sibila. Y sin más,permitiendo apenas que por toda despedida el joven besararespetuosamente su mano de abadesa, cubriéndola de lágrimas, se retiródel mundo.

Pablo, Pablito, como ella cariñosamente le llamara, quedó solo. Aunqueemparentado con los mismos Borbones y con toda la nobleza antigua, nomantenía con sus parientes más que ceremoniosas relaciones de etiqueta;chocábale la excesiva familiaridad propia de las cortes modernas.Reservando en el fondo de su corazón tesoros de ternura, creía torpederrocharlos en afectos pasajeros y advenedizos. Por eso vivía retraídoy hasta huraño, en su palacio de familia.

Era éste, más que palacio, convento, por su arquitectura sobria y macizay por sus vastas dimensiones. El ala central había sido levantadadurante el reinado de Carlos III, en un extremo de la calle del ReyFrancisco, que pertenecía entonces a los suburbios de Madrid. Completadoy reconstruido luego, era todavía grandiosa morada.

Por las muchas deudas que contrajera el último duque de Sandoval, viejoy disipado solterón, tío del heredero, el palacio había sido embargadoen la liquidación testamentaria de sus bienes. Ocurrió esto en laminoría de Pablito. Y aquí fue donde primero se manifestó la entereza desu hermana Eusebia, a cuyos esfuerzos y diligencias debiose en granparte la salvación de la finca, con sus magníficas reliquias. Apenasheredara Pablo los blasones, dio ella en desplegar la perseverancia yhasta el buen criterio comercial que se revela en el epistolario deSanta Teresa de Jesús. ¡Había que salvar de la ruina que lo amenazara elducal mayorazgo, honra y prez de la patria historia! Y tanto bregó,luchó, suplicó, transigió y aun especuló, que al cabo de algunos añosiban en vías de salvarse de las garras de los acreedores las tierras mástradicionales y las dos más ricas dehesas de la opulenta casa. Al jovenduque no le tocaba ahora más que seguir las operaciones iniciadas yaconsejadas por su hermana, para que, al cumplir los treinta años, seviera en posesión de fortuna suficiente al decoro de su rango.

—Mira a nuestro primo Osuna—habíale dicho Eusebia.—Por lamagnificencia de su padre, digno embajador de España ante el zar, hadebido liquidar en pública almoneda los honrosos trofeos de su estirpe.Hay que evitar decadencia semejante. Y no podemos evitarla sino contrabajo y ahorro. El comercio y los negocios no son para nosotros.¡Recuerda al duque de Gandía!

Los deportes, que convendrían a tusgustos, no convienen aún a tu fortuna. No olvides que Alba, propietariode cuantiosos bienes, ha gastado una mitad de ellos en los llamados«sports», que nos traen las modas de Inglaterra. Tampoco te aconsejaríaque

esperes

aumentar

tus

caudales,

como

Montesclaros, uniéndote a laheredera de algún rico comerciante bilbaíno. Esa gente no participa denuestros sentimientos, no es capaz de desinterés ni de delicadeza. Hastaen ideas políticas te concedo que puedas a veces templar las pasionestradicionales con los nuevos tiempos, puesto que tu abuelo y tu tíodisimularon su fidelidad a don Carlos; pero nunca en cuanto a tucasamiento... ¡Una verdadera duquesa de Sandoval es tan difícil deencontrar como una reina de España!

Y después de una larga pausa, con una emoción que nunca, antes nidespués, le notara su hermano, había concluido:

—No me he casado yo, tal vez por que no hallé un marido para missentimientos y mi linaje. Dios sabe que sólo quería nobleza, no dinero.Pero tú, mejorada la suerte de nuestra casa y heredero de sus títulos,te encontrarás un día en ocasión de poder elegir una princesa. Esperodel cielo que ella exista entre la miseria y corrupción de nuestrosiglo. ¿No has visto nunca crecer, pura y lozana, en montones deestiércol, una azucena blanca?

Mucho meditó Pablo sobre tan excelentes advertencias. Y

después deguardar durante algún tiempo el duelo que sentía por la profesión de suhermana, comenzó a frecuentar, de cuando en cuando, si no la sociedadbullanguera y aparatosa, las recepciones de Palacio, donde era bienquisto por su ejemplar conducta. Allí conoció las beldades de la corte,cuyas «toilettes»

y modos le chocaron, a veces hasta la indignación.Encontrábales cierta desfachatez que se le antojaba canallesca, biendistante de la casta y severa majestad de las grandes damas de otrostiempos.

Llegó a pensar que hallaría la esposa soñada en las soledadesde provincia y hasta en otras cortes menos modernas, como las de ciertospequeños principados de la feudal Alemania. Pero, ¡ay!

esas infantaseran generalmente herejes... Y al defecto de la herejía innata, cuyodejo subsiste aún después de la conversión, era casi preferible eldefecto del modernismo parisiense, del modernismo Revolución Francesa!

Decíase que, avalorando su nobleza y señorío, la reina madre llegó ainsinuarle, por discreto intermediario, la proposición de que casara conla menor de las infantas reales... Él la conocía, él sabía de memoria superfil borbónico... Debió pensar si podría amarla... ¡No, nunca laamaría, a pesar de su adhesión y su respeto! ¿Cómo engañar, entonces, auna princesa real ante el altar divino? ¿No sería eso faltar doblementea su Dios y a su rey? Fue así que, según se contaba, rechazó elofrecimiento en agradecidos y leales términos.

Parece que el emisario de Palacio insistió a pesar de su negativa. Creyóque ésta fuese inspirada por la modestia; y debió llegar hastaofenderle, con su moderno espíritu comercialista, encareciendo lasventajas de la alianza, como si el joven duque fuese una mercancía quese ofreciera... Esto acabó por indignarle en su íntimo y concentradoorgullo, y tan hondamente que, para terminar el enojoso asunto, dioPablo una réplica digna de los antiguos tiempos de la grandeza española:

—Diga usted a su majestad la reina que, siendo yo el primer grande deEspaña, no quiero ser el último infante.

Picado, el proponente preguntó:

—¿Es ésa la última palabra del señor duque?

Pablo se encogió de hombros:

—El duque de Sandoval no tiene más que una palabra. Lo mismo dallamarla primera que última.

Y, diciendo esto, se puso de pie, para significar a su interlocutor quehabía terminado la entrevista.

Poco a poco, disgustado por el ambiente, fue retirándose otra vez a supalacio. Maldecía allí a las nuevas invenciones, que le obligaban avivir continuamente preocupado en el saneamiento económico de su casa,cuyas deudas estaban todavía a medio amortizar. En los reinados deCarlos V y de Felipe II, ¡cuánto mejor aprovechamiento tuvieran susjuveniles energías, al frente de los tercios de Flandes y de Italia, ode las huestes conquistadoras de las Indias! ¡Felices tiempos aquellosen que el sol no se ponía nunca en los dominios del Rey Católico!

Cansado por los tráfagos de la administración harto del inacabablecálculo de intereses y amortizaciones, pensó en distraerse viajando porel extranjero. Mas desistió por entonces de la idea, en parte porahorro, en parte porque todavía no estaban los asuntos de su casa comopara delegarlos en manos de procuradores o intendentes. Seguiría puesaun en el puesto que su hermana le indicara, cumpliendo las tareas máscontrarias a su carácter generoso y altivo, en aras de esa mismagenerosidad y esa altivez.

II

Hallábase una noche después de cenar, solo como de costumbre, hojeandodistraídamente periódicos y revistas, en la habitación que eligiera paragabinete de trabajo. Era ésta una amplia sala, decorada con cincoantiguos retratos de familia, los mejores de la colección, verdaderaspiezas de museo, obras de grandes maestros. Terminada la lectura, dejócaer al suelo la última revista y absorviose en la contemplación delcuadro, firmado

por

el

Tiziano,

que

tenía

frente

a

su

poltrona.Representaba él a don Fernando, el primer duque de Sandoval, fundador dela grandeza de su casa, en traje de gran maestre de la orden deCalatrava... Y, por súbita y peregrina ocurrencia, Pablo dirigiómentalmente a don Fernando, esta breve, pero sentida alocución:

—Ya ves. Llevo por ti, ¡oh mi glorioso abuelo! una vida lánguida yaburrida, una verdadera vida de sacrificio. Sólo espero que tú, ya queeres el dios tutelar de nuestra casa, me apruebes y bendigas.

Pareciole entonces ver al joven duque que su abuelo don Fernando,soltando la preciosa empuñadura de su espada, le tendía, en la tela delTiziano, ambas manos, como para bendecirle y protegerle...

—Esto es ilusión de mis ojos—se dijo.—El viento que penetra por laventana entreabierta la ha producido, sacudiendo la luz de las bujías.

Y se levantó bruscamente, para cerrar la ventana, volviendo aarrellanarse después en su asiento. Pero, realmente, don Fernandoparecía haber cambiado de postura y estar poco dispuesto a tomar denuevo la que le diera el pintor...

—Me siento mal—se repitió su último heredero.—No, no puede ser así.Es tarde... Acaso estoy soñando ya. Debo irme a acostar... Mañanadesaparecerá la alucinación.

Efectivamente, era ya entrada la noche, pues en una habitación vecina elreloj dio la una. Hizo entonces el joven un esfuerzo para levantarse,aunque sin conseguirlo, saludando al retrato, entre burlón y respetuoso:

—De todos modos, don Fernando, os agradezco en el fondo de mi almavuestra bendición. Y me despido hasta mañana, porque ya es tarde y mevoy a dormir. ¡Buenas noches... o buenos días!

Los labios de don Fernando parecieron desplegarse en el retrato,mientras en la misma habitación decía vagamente una voz engolillada:

—Dios te ayude, hijo mío.

Al oír esta voz, estremeciose Pablo, alarmado.

—Debo de tener fiebre—pensó.—Decididamente, esta vida que llevo esantihigiénica para cualquiera, y más para mí, que pertenezco a unafamilia de guerreros y de ascetas, es decir, de nerviosos. Estoyfatigado por las preocupaciones y el trabajo. Me siento medioneurasténico... Es preciso que mañana mismo haga mis maletas y me dé unavuelta por Roma o por París, para reponerme.

Quiso levantarse otra vez, y le faltaron fuerzas. Quedó así clavado,siempre

en

su

sillón,

agitándolo

extraños

e

indefiniblespresentimientos...

De las tres bujías que alumbraban la estancia, apagose una, yaconsumida... Al disminuir la luz, Pablo dirigió una mirada a losretratos que colgaban en los muros, y vio que todos, hombres y mujeres,lo miraban y sonreían cariñosamente, como saludándolo. El único que nole hiciera manifestación alguna de simpatía era la efigie de undominico, fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II. La adustarigidez de este fraile, que permanecía tal cual fuera pintado hacíasiglos, infundió a Pablo todavía mayor temor que las sonrisas y losmovimientos de las demás figuras...

Junto al fraile estaba el retrato de su hermana doña Brianda, la esposade don Fernando, en un traje de terciopelo negro de severidad casimonástica. Y destacábase enfrente, atribuida al pincel del Tintoretto,la arrogante imagen del joven caballero gascón vizconde Guy de laFerronière, que cayó prisionero del emperador en la batalla de Pavía.Embajador más tarde ante Carlos V, aunque por unas semanas, en rápidamisión secreta, habíase enamorado y casado con una española, doñaBárbara de Aldao. De cuyo matrimonio naciera doña Mencía, la que fuesegunda duquesa de Sandoval, por casarse con el primogénito de donFernando y doña Brianda. Doña Bárbara, doña Mencía y su esposo y demásascendientes de ese tronco no estaban representados en la galería delsalón. En cambio, hechizaban los ojos de demonio de un ángel pintado porGoya.

Este ángel era una mujer descendiente de los nombrados,tía-tatarabuela de Pablo, llamada doña Inés de Targes y Cabeza de Vaca,dama admirable que trastornaba los afeminados corazones de lospalaciegos de Carlos IV y María Luisa. Diz que el mismo príncipe de laPaz se enamorara de ella, y que el rey, a pesar de las insinuaciones dela reina no llegó nunca ni a fruncir el ceño ante su triunfante belleza.Al verla, Pablo no pudo menos de sonreír con intensa ternura, lo que talvez no le ocurriera desde que profesara su hermana...

Pasándose largas horas, bajo la escasa luz de la última bujía que durabaencendida, acabó el joven por familiarizarse con el raro caso deaquellas figuras que se movían y hasta hablaban...

—Vamos, yo os agradezco vuestros saludos—les dijo,—y os invito a quebajéis de vuestros cuadros, a tomar conmigo una copa de vino Oporto. Lotengo bastante bueno, del que olvidara en la bodega mi tío, que en pazdescanse. Esto os reconfortará y servirá de distracción. Pues debéissentiros un tanto aburridos de estaros quietos tantos años y hastasiglos colgados de las paredes...

—Aceptamos—repuso en seguida don Fernando.

—Todo sea a la mayor gloria de Dios—dijo fray Anselmo, el dominico.

—«C'est gentil!»—exclamó el vizconde de la Ferronière.—

«J'en meurspour le bon vin du Porto, et de Bourgogne aussi.»

¡Gracias, gracias!

—Has tenido una piadosa idea, mi querido nieto, digna de la generosahospitalidad de tus abuelos—articuló la voz de doña Brianda.

Y doña Inés nada dijo, pero sonrió con tal encanto a su sobrino-nieto,que su sonrisa era una flecha de amor...

Recibida con tanto gusto la invitación, Pablito se adelantó hacia sunoble antepasado don Fernando, tendiéndole la mano para que descendieseel primero. El anciano tomó formas corpóreas, y saltó del cuadro alsuelo con la agilidad de un hombre acostumbrado a los hípicos ejerciciosde combate. Su joven descendiente, con una rodilla en tierra, le besó lavelluda y callosa diestra, que midiera su fuerza alguna vez con el mismoFrancisco I.

Luego ayudó al inquisidor, quien, materializado a su vez, se persignó ymasculló alguna oración en ininteligible latín.

Doña Brianda, tocándole inmediatamente el turno, descendió condificultad, por sus años y su respetable peso de matrona española. Hastaparece que se dislocó un poco el tobillo izquierdo, sin que el dolor leimpidiera acomodarse el zapato con serio y recatado ademán, dandoamablemente las gracias a Pablito.

Al contrario, la bella doña Inés sólo apoyó ligeramente su mano en elhombro del joven duque, y saltó con tanto salero y coquetería, que elmismo gran maestre don Fernando hubo de sonreírle.

Por fin, el vizconde de la Ferronière, tocando apenas y como por bromala cabeza de Pablo, bajó con la elegancia de un gimnasta. Riosefrancamente, y exclamó, luego, con marcado acento gascón:

—«Mais, c'est drôle!» Ya se me había dormido la pierna derecha de estartanto tiempo en la incómoda postura en que me puso en el lienzo ese«brigand» de Tintoretto. ¡Si estuviera aquí, ya le calentaría un pocolas orejas!

Altamente turbado, Pablo no sabía cómo hacer los honores de su casa...El vizconde intervino, muy oportunamente:

—¿Y no nos habías ofrecido buen vino de «Bourgogne»... o de

«Porto»?

—Voy a buscarlo con el mayor gusto, si lo deseáis, caballero...

—¡Eh! Yo no soy español. Puedes tutearme, muchacho. Los franceses,entre iguales, nos tratamos como iguales.

Dejando instalados a sus extraños huéspedes, todos como en cuerpo yalma, bajó Pablo a la bodega, y volvió al rato con copas de cristal ybotellas cubiertas de polvo y telaraña. Estaba pálido y tembloroso, puesen el estado de sobreexcitación en que se hallaba, habíale asustado comoespectros un par de lauchas que corrieran en la obscuridad de la bodega.

—Vamos, tranquilízate, «mon cher»—le dijo el gascón.—¿Te hanaterrorizado las ratas del sótano? En mi tiempo, los jóvenes eran másanimosos. Cuando yo tenía quince años...

—Dejad vuestra historia para otro momento, vizconde, si os place. Ahorabeberemos—interrumpió con serena autoridad don Fernando.

—Tenéis razón, querido consuegro. Bebamos a la salud del último duquede Sandoval.

Y el mismo gascón descorchó las botellas y sirvió a los presentes congallarda alegría. Entonces pudo ver Pablo que las cinco visitas habíantomado completa posesión de su casa.

Encendidas nuevas luces, estabandiseminadas por la sala, en familiares posturas y cómodos sitiales. Elúnico que permanecía en un rincón, fosco y como inspirado, era frayAnselmo.

—Yo me siento aquí tan a «mon aise», como si estuviese

«chezmoi»—decía el gascón.—Siempre me encontré bien en España, porque silos españoles son un poco orgullosos, también son valientes, valientescomo los mismos franceses. ¡Y nunca vi mujeres más lindas que las deEspaña!—Doña Inés agradeció con su mejor sonrisa, mientras proseguía elvizconde:—¡Sobre todo, que las mujeres de España cuando tienen tambiénsu poquito de sangre francesa, como mi nieta doña Inés!

—No seáis adulador, vizconde—repuso ésta, irónicamente.—

Tal vez si mevierais bajo mi estatua yacente que está en la catedral de Ávila...

—Estos franceses—murmuró doña Brianda, con la severidad de unadueña,—más que galantes, parecen deschabetados.

—El hecho es—dijo don Fernando a Pablo, como para cortar laconversación,—que nos encontramos muy bien en tu casa y que gozaremosalgún tiempo de tu castellana hospitalidad.

Aquí se oyó la gruesa voz del fraile, con entonación casi iracunda:

—No es por encontrarnos bien por lo que nos quedaremos un tiempo envuestra casa, joven duque, sino para cumplir un designio de Dios. Él nosdio la vida, Él nos la quitó, Él nos la devuelve hoy. No somos más queinstrumentos de su Voluntad omnipotente, que acaso nos llama a cumpliruna grande acción en su pueblo predilecto, el reino católico.

—Amén—agregó doña Inés, más devota que burlona.

—Para servir mejor a mi Dios—continuó el fraile,—

permitidme que meretire a mi habitación... No tenéis por qué incomodaros acompañándome,joven duque; yo conozco el aposento que me destináis y puedo ir solo yabrirlo, con la gracia de Dios, llave que abre todas las puertas. Buenasnoches.

—Buenas noches, padre—repuso a coro la compañía.

Y fray Anselmo se retiró, haciendo sonar entre sus magros dedos lasgruesas cuentas negras del rosario que pendía en la cintura de su hábitoblanco.

—Es uno de los más preclaros varones de nuestra casa, un verdaderosanto—exclamó con unción doña Brianda.

—¿Está limpia y ventilada la habitación que se le destina?—

preguntózumbonamente el gascón.

—Hace algún tiempo que no se abre...—repuso Pablo.

—Algún tiempo... un par de añitos, por lo menos... Pues en tal caso, siel fraile pasa la noche de rodillas, «saperbleu!», se va a ensuciar suhábito blanco, y cuando vuelva al retrato, dará asco.

Doña Inés lanzó una alegre carcajada; doña Brianda estiró su labio conuna mueca de desdén y de fastidio...

—Tantas veces os dije, vizconde—observó don Fernando,—

que en Españano debéis nunca burlaros o hablar ligeramente de sacerdotes y cosas dereligión...

—Sois insufrible, caballero—aseguró a Guy doña Brianda.

—¿Cuándo aprenderéis a estaros con juicio?—preguntole el primer duquede Sandoval.

—¿Cuándo? ¿Y todavía me lo preguntáis? ¿No me he pasado tres siglosquieto, quietecito, colgado siempre de la pared, sin moverme, sinpediros en préstamo ni un maravedí, mi querido consuegro, sin hacerosuna guiñada, «sage comme une image»?

¡Bien sabéis que muchas veces meha picado la nariz, porque se paraba una mosca encima, y que ni aescondidas he desprendido la mano de la cintura para rascarme!

—Lo cierto es que mi abuelito el vizconde—intervino graciosamente doñaInés—debe haberse aburrido de lo lindo en su cuadro, habiendo llevadoantes una vida tan divertida en Gascuña, en París y hasta en Toledo. ¿Osdistraíais recordando vuestras aventuras?

—A veces, cuando no flechaba el corazón de la respetable matrona quetenía en frente—repuso Guy, aludiendo a doña Brianda.

—Estáis faltando a una dama... ¡y a una dama de vuestra familia!—clamóindignada la aludida.

—Pensad más bien en vuestros pecados, vizconde—dijo gravemente donFernando,—para que Dios os perdone en el día del juicio final.

—Felizmente, don Fernando, todavía llevo la espada al cinto para pelearal Demonio si se atreve conmigo—repuso gallardamente el gascón,desnudando su toledano estoque y acometiendo con él a un enemigoinvisible... Cuando lo volvió a envainar,

agregó,

decidor:—Pero

esridículo

que

no

aprovechemos

estas

cortas

vacaciones

y

que,

mientraspudiéramos divertirnos, nos quedemos aburriéndonos aquí, con lassolemnes caras de tontos que teníamos en los retratos... ¡Bebamos pormis pecados!

—¡Por vuestros pecados!—exclamó indignada doña Brianda.

—No, por el perdón de los pecados de abuelito el vizconde—

intercedióseductoramente doña Inés.

—Vamos, perdonadme, oh duquesa, mi ilustre consuegra, por el amor denuestros hijos—solicitó galantemente Guy de la Ferronière a doñaBrianda, que, en prueba de su buena voluntad, le tendió la mano para quela besara.—Bastante reñimos ya en el siglo XVI, para que volvamos a lasandadas. La cosa no nos divertiría ahora, porque ya no tiene novedad.¿No es cierto?

Suspiró doña Brianda dignamente, por única respuesta. Y

todos bebierondespués; todos menos uno, el anfitrión, pues no le alcanzaron las copas,habiendo él roto dos, de puro nervioso, al tomarlas para que sirviera elvizconde...

—No os apuréis por eso, amado sobrino—díjole doña Inés, tendiéndole supropia copa, después de haber sorbido en ella dos o tres traguitos.

Bebiose el joven el resto, y sintió mirando a su bella tía, que un fuegointerno le abrasaba, como si el añejo Oporto fuera un filtro de amor.

—Parece que nuestro querido sobrino no pierde el tiempo—

observómaliciosamente el vizconde, refiriéndose a doña Inés y al jovenduque.—Haznos los honores de tu casa, Pablo. Piensa que sentimosnuestros músculos un poco entumecidos de las posturas que nos dieron lospintores. Para desentumecernos nos vendría muy bien danzar un poco. ¿Notienes por acá un laúd?

—¡Bailar! ¡Excelente idea!—interrumpió palmoteando doña Inés.—Ahí nosé por qué capricho, pues yo nunca amé la música ni supe tocar una nota,me ha puesto Goya un laúd sobre una consola, en el fondo de mi cuadro.¡Tomadlo, vizconde, y tocadnos algo para que bailemos!

Guy tomó en efecto el indicado laúd, sentose sobre una mesa y preludióunos bonitos acordes. Se formaron en seguida dos parejas, una de donFernando y doña Brianda y la otra de doña Inés y Pablo, y pusiéronse abailar pausada y alegremente. Sin saber por qué, Pablo pensó de prontoen la sorpresa que sufriría su hermana si pudiese verlo en tan curiosacompañía, ¡y en las caras que pondrían, si lo vieran, su confesor, y susprimos, y sus acreedores, y sus arrendatarios! Este pensamiento le causótal alborozo, que se puso a reír como si le hicieran cosquillas.

—Estáis alegre, sobrino—le observó doña Inés.

—¿Cómo podría yo estar a vuestro lado, mi tía, sino contento con lafelicidad de veros?

El gascón, que había oído muy bien, intervino:

—¿Qué decís?... ¡Más despacio, jovenzuelos! Hace apenas media hora queos tratáis... Esperad siquiera a estar solos, que faltáis al respeto avuestros mayores.

Y sin más ni más, tiró el laúd, levantose, dio dos o tres volteretas, ybesó en las mejillas a doña Brianda y a doña Inés.

Doña Brianda selimpió el beso con el pañuelo de encajes; pero doña Inés miró sonriendoamablemente a Pablo, como invitándole a que hiciera otro tanto... Todos,hasta la anciana duquesa, parecían de buen humor, y siguieron luegodanzando y riendo... Mas de pronto, como convidado de piedra, seapareció en el dintel de la puerta la imponente figura de fray Anselmo.Y

habló:

—Vergüenza me da contemplaros y pensar que sois de mi sangre y de miraza, ¡oh humanas criaturas! Tenéis apenas, por divina gracia, horas odías, de una vida especial, y en vez de aprovecharla en la oración y elrecogimiento, armáis una batahola del infierno, interrumpiendo missantas meditaciones.

¿No os dije que Dios nos llama a portentosa obra?Dejad de revolcaros en el fango de la concupiscencia y de laimprevisión, y seguidme a la capilla, que Jesús nos espera, con losbrazos abiertos y tendidos.

No sin echar antes una melancólica mirada al fondo desierto de susrespectivos cuadros, todos siguieron al fraile, como dominados por suojo aquilino. Llegaron en solemne y lenta procesión, después de cruzarvarios corredores, a la gótica capilla del palacio, que parecíaaguardarlos con sus mortecinas luces encendidas. Se descubrieron.Entraron. Persignáronse. Y fray Anselmo subió al púlpito, desde el cualproclamó, con su calurosa palabra de vidente, la necesidad de extirparen España hasta las últimas raíces de herejía, si se deseaba salvar elreino...

Tan extraña y arrebatadora fue su elocuencia, que todoslloraron.

Hasta el vizconde, si bien en su llanto parecía haber un pocode risa, porque durante el sermón, con un alfiler y una tirilla de papelque encontrara por casualidad en el suelo, había prendido una pequeñacola en las abultadas polleras de doña Brianda. Por suerte,

nadieadvirtió

su

impiedad,

«nadie—diría

fray

Anselmo,—¡menos Dios!»

Terminado el sermón, el dominico bajó del púlpito, y se dirigió alaltar... Interrumpiole el vizconde, antes de que se arrodillara:

—Padre, todos nos sentimos un poco fatigados de haber estado nada másque la friolera de unos doscientos o trescientos años metidos ennuestros cuadros... ¿No podríamos dejar para mañana nuestras devociones,e irnos ahora a estirar nuestros cuerpos en las frescas y finas sábanasde Holanda que nos ha de ofrecer el joven duque?

El fraile ni se dignó responder, prosternándose ante el ara...

—«Ces spagnols catholiques son entêtés comme des huguenots!»—murmuróentonces el gascón.

Y comenzó el rosario. Fray Anselmo iniciaba las Avemarías, que luegocoreaban sus catecúmenos. Era interminable aquel rosario... Atraído porlas luces y la curiosidad, entró en la capilla un gato negro, familiarde la casa. Pensó el dominico que el animal fuera una encarnación deldemonio mismo, y se disponía a hisoparlo... Pero como el gato era muymanso, restregose contra las pantorrillas de Guy, el primero que topara.Y Guy aprovechó la oportunidad para pisarle la cola y hacerlo mayar, congran refocilamiento de doña Inés... Huyó atemorizado el gato, terminó eldominico su rosario, y Pablo despidió a sus huéspedes, instalándolos ensus respectivas habitaciones. Tiempo era, pues la aurora se desperazabaya en el horizonte, y pronto empezaría el tragín de la mañana.

Satisfecha el alma por el santo cumplimiento de sus devociones, ysatisfecho el cuerpo por los varios tragos de viejo Oporto que se echaraentre pecho y espalda, durmió muy bien el joven duque. No hay para quédecir si los demás dormirían a gusto en las «finas y frescas sábanas deHolanda», que dijera Guy. Hasta fray Anselmo las aprovechó, a pesar dehaber anunciado que prefería una tarima y aun el duro suelo...

¡Estabantodos tan cansados!

III

Pocos servidores tenía Pablo: un intendente general, un ayuda de cámaray un cocinero, tres viejos catarrosos, más gordos y reservados quecanónigos, los cuales a su vez manejaban tres o cuatro galopines paralos barridos y fregados. Mujeres, ni para muestra las había en la casa.Tal había sido la voluntad de Eusebia, quien consideraba que la mujersólo debe servir a su familia o a su monasterio.

Embrutecidos por la monotonía del servicio y acostumbrados a ver en suamo un ente perfecto, incapaz de humanos yerros, ni pizca se asombraronlos tres antiguos criados del brusco cambio sobrevenido en la casadurante la última noche. Los nuevos huéspedes eran casi tan tranquiloscomo sombras; diríase que apenas tocaban el suelo. Y se imponían: donFernando y doña Brianda por su prestancia, fray Anselmo por suausteridad, doña Inés por su belleza y Guy por su donaire.

Naturalmente, en las sobremesas de la antecocina se explicó el caso dela manera más natural. Doña Inés era la prometida del amo; venía acasarse con él. Don Fernando y doña Brianda eran sus padres. FrayAnselmo bendeciría la boda. El vizconde era un confianzudo amigo de lacasa, que serviría de testigo. Se trataba de una familia de altaalcurnia, que llegaba de provincia, con los históricos y vistosos trajesde sus antepasados, conservados por puro orgullo, en una vida devoluntario aislamiento. ¡Al fin había encontrado el señor duque ladeseada esposa, que parecía como mandada a hacer a su medida!

Y no podía concebirse gente más cómoda y discreta. El único quefastidiaba un poco, a veces bastante, era el franchute.

Teníaocurrencias de demonio... De buenas a primeras preguntó a Bautista, elintendente, si vivía en la casa alguna doncella, porque, desde unostrescientos años atrás, tenía el capricho de volver a pellizcar blancasy rollizas formas femeninas... Bautista, con la dignidad propia de unalto servidor de casa ducal, dijo que allí no había hembra alguna, ni seestilaban mujeres con semejantes formas... ¿Qué hizo entonces laextravagante visita?

Gritó a Bautista que se quedara quieto; que nohuyese si deseaba conservar la vida; desenvainó el estoque, ¡y loacribilló a amagos y fintas, enganches y desenganches, quites yestocadas! ¡Y

todavía, porque «ce frippon de Batiste» no gritaba a cadamomento «touché», lo corrió hasta la cocina, cruzándole la espalda acintarazos!

También Manuel, el ayuda de cámara, tenía quejas no menos serias delvizconde extranjero. Solía éste darle unas «latas»

formidables, en lascuales barajaba duelos, raptos, batallas, letanías, torneos y mildemonios. Y hasta recordaba unas señoritas

con

nombres

estrafalarios...algo

como

de

Montmorency

y

de

Rohan...

de

quienes

decía

haberseenamoriscado en su juventud. Hablaba también de un tal

«François» oFrancisco, al que llamaba «rey de Francia»... ¡Ante ignoranciasemejante, Manuel no había podido contenerse!

—Señor vizconde—le replicó,—en Francia ya no hay reyes.

Hay unarepública gobernada por un presidente...

—¡Una república!... Esas son cosas de Venecia y locuras de la noblezade Polonia... ¡República en Francia!... ¿Negarás,

«cochon du diable»,que en Francia reina el muy grande y generoso rey «François I»?—Ysacando su espada como de costumbre cuando se enfadaba, lo que ocurríamuchas veces en medio de sus bromas, agregó con ademán hartoamenazador:—

¡Contesta, villano de España, si no quieres que manche miacero en cortar tu lengua de perro!

Temblando de miedo ante furia semejante, el viejo servidor tuvo quetartamudear:

—Es cierto, señor vizconde, es cierto... En Francia hay un rey...

—Hay un grande y magnánimo rey, «François I».

—Hay... un grande... y magnánimo... rey... «François I»...

—¡A quien Dios guarde muchos años!

—A quien Dios guarde muchos años...

La infantil docilidad del criado pareció encantar a su verdugo, que lepalmoteó la espalda con mano de plomo, exclamando:

—Eres un buen garzón, villano. Vete corriendo a buscar dos botellas delmejor vino de Borgoña que encuentres, y trae dos vasos. Quiero que tútambién bebas por las glorias del rey de Francia.

Sin comprender claramente y todavía paralizado de terror, no se movióManuel... Nuevamente impacientado el hidalgo gascón, le aplicó un levepuntapié en un sitio que por decoro nadie nombra, salvo los gascones,gritando:

—¡Anda pronto a traer esas botellas, holgazán del infierno!

Ni tres minutos pasaron antes de que Manuel volviera con las botellas ydos copas. Guy tomó las copas riéndose a mandíbula batiente...

—¿Y a esto llamas vasos para beber vino de Borgoña, maese Manuel?

—Sí... señor... si el señor no se enfada...

—¿Y crees tú que un francés honesto puede beber sangre de Cristo enestos dedales de muñeca?

—Sí... no...

—Por la primera vez, cuando tu amo nos convidó, los he tolerado. ¡Peroya no los toleraré más! ¡Por los clavos de Cristo, que no los tolerarémás!... ¡Llévaselos a fray Anselmo para cuando diga misa, o a mi buenaamiga la abadesa del convento de Saint Etiene, madame de Montballon!

Pero, sin dar tiempo de que se llevaran los «dedales de muñeca» a frayAnselmo o a la abadesa madame Montballon, desnudó la espada, tomó lasdos copas con ambas manos, e intentó con ellas unos ejercicios comojuegos malabares, dándolas muy pronto contra el suelo, donde se hicieronañicos.

Inmediatamente increpó a maese Manuel, que le miraba azorado:

—¿Qué haces ahí, zopenco, que no destapas las botellas?

Pareces elarcángel Gabriel que esculpió maese Nicolás para la capilla de la reinaMargarita. ¿Soy acaso la Virgen para que me anuncies el nacimiento delniño Jesús?

En un abrir y cerrar los ojos, las botellas estuvieron abiertas.

Guyenvainó la espada, tomó una, la alzó, la miró, tendió el brazo, y dijo:

—¡Por las glorias del rey de Francia!

Mas viendo que no se movía Manuel, lo increpó de nuevo:

—¡Toma pues la otra botella, animal, y no me mires así! Te he dicho queno soy la Virgen María.

Empuñó Manuel tembloroso la otra botella y la acercó a los labios...

—Repite antes, ¡por San Clemente de Alejandría! que bebes por lasglorias del rey de Francia, si no quieres que te rompa la cabeza de unbotellazo.

Manuel repitió:

—Por la gloria del rey de Francia...

Y el vizconde y el ayuda de cámara empinaron cada cual su botella. Pocoacostumbrado a este deporte, a Manuel le faltó pronto el aliento,interrumpiose y erutó rociando el rostro del gascón con un gran buche devino.

—Esto trae suerte—dijo Guy, riéndose.—Sigue, muchacho...

Había terminado su botella el vizconde y el ayuda de cámara, que nopodía ver el vino y jamás lo probaba, iba apenas por la mitad de lasuya...

—¡Si no bebes hasta la borra, insultas al rey de Francia, y yo, que soysu embajador, te castigaré como mereces!—exclamó el gascón, requiriendootra vez su espada...

Más muerto que vivo, y todavía más borracho que muerto, Manuel se bebió«hasta la borra», dejando luego caer al suelo estrepitosamente labotella...

—¡Bravo, bravísimo!—aplaudió Guy.

Surgiendo en la puerta, don Fernando observó severamente a su alegreconsuegro:

—¡Pero vizconde! Os olvidáis de vuestro rango...

—¡Un francés no se olvida nunca de su rango ni en los torneos ni en lasbatallas!

—Sois un embajador y parecéis un juglar...

—¡Y vos sois un grande de España y parecéis un fraile mendicante!

—Me insultáis...

—Decid más bien, ¡nos insultamos!

Hízose una pausa, que interrumpió el anciano duque:

—Guardemos compostura, vizconde. Recordad que tenemos una alta obra quecumplir. Dejad para otro momento vuestros arrebatos y vuestras bromas.

—¡Para otro momento, querido consuegro? ¿Para cuándo?

¿Para cuándotenga que estarme otra vez años y siglos, ahí, rígido en el cuadro,aunque me pique la nariz o se me duerma una pierna?

Y cambiando en seguida de tono, sacó Guy de un bolsillo de terciopeloverde una grande y pesada moneda de oro, y se la tiró a Manuel,diciéndole:

—Anda, buen hombre. Ahí tienes para poner gallina en tu puchero todoslos domingos durante un año. No la vayas a jugar como un bellaco.

—Mejor que estar departiendo con los criados, vamos al salón,vizconde—interrumpió don Fernando.—Hay allí un complicado y curiosoinstrumento moderno, que Pablo, creyéndolo antiguo, lo ha hecho traer,para tocarnos en él no sé qué danzas, también muy modernas... pavanas ygavotas. El instrumento es llamado «clavicordio». Doña Inés lo conocía yestá encantada.

—¡Cómo! ¿Doña Inés y Pablo están tocando el clavicuerno?...

—¡Cla-vi-cor-dio!

—¿Y no está colgado en esa sala algún retrato de nuestro amado parienteel conde de Targes?

Don Fernando se alzó de hombros y salió, seguido del vizconde, endirección a la sala del clavicordio. Manuel volvió a la cocina,bamboleándose y creyendo haber soñado; pero la arcaica monedaatestiguaba la realidad del supuesto sueño... ¡y más que la moneda, suborrachera!

—Se han querido reír de tí—le observó Bautista.

Al día siguiente también se quisieron reír de Bautista. Pues Guy lepidió una tintura, con estas enigmáticas palabras:

—Búscame pronto algo para teñirme el bigote otra vez de negro, pues seme está destiñendo; y no quiero volver al cuadro del Tintoretto sinocomo él me pintó, con los mostachos ennegrecidos por la pasta quefabrica maese Sabino, el barbero del rey.

Parece que una caja de betún ordinario sustituyó bastante pasablementela antigua industria de maese Sabino...

Todas

estas

cosas

raras

se

comentaban,

aunque

parsimoniosamente, en laantecocina. La ausencia de las figuras en los cuadros del gabinete detrabajo del amo había pasado hasta entonces inadvertida. ¿Acaso lossirvientes se ocupan de obras de arte cuando no se les manda limpiarlas?Contentábanse, pues, con decir que esos nobles de provincia eranincansables bromistas... ¡y nada más!

Donde se decía mucho más era en la corte. Corrían las versiones másextraordinarias. Hablábase vagamente de una secreta compañía detitiriteros, que el joven duque albergaba en su palacio. Otros suponíanuna comparsa de bufones, cuyo oficio era distraer, a la antigua usanza,los ocios del magnate moderno.

Creíase también en un tropel de locos yde idiotas que, por caridad más que por humorismo, cuidaba el joven ensu propia casa. En fin, no faltó quien recordase la presencia de unabeldad desconocida, que mantenía a Pablo cautivo de sus hechizos...Alguien pensó en hacer intervenir la policía... Pero los antecedentes yla conducta del duque se impusieron. El palacio permaneció cerrado ysilencioso, hasta para los más allegados parientes.

IV

Lejos de las cortesanas habladurías, Pablo pasaba una vida casi feliz,una vida de ensueño. Había cobrado verdadera afición a sus huéspedes.Respetaba las virtudes un tanto agresivas de fray Anselmo, aprobaba lagravedad de don Fernando y doña Brianda, reía de las ocurrencias de Guy,enamorábase de las gracias de doña Inés... Y también se sentía entreellos, que una tarde llegó hasta disgustarse seriamente con una bromadel vizconde...

—Creo que ya debemos volver a nuestros cuadros, por San Luis rey deFrancia—había exclamado Guy, metiéndose, sin más ni más, en el que lecorrespondía...

—Vamos, dejaos de chanzas, Guy...—díjole Pablo.

—Pero el gascón se hacía el muerto, o, mejor dicho, se hacía elretrato, en la misma o semejante postura en que el Tintoretto lopintara.

—Bajad de una vez...—suplicaba Pablo.

Como si no lo oyera, lo mismo que antes de la noche memorable, elvizconde de la Ferronière se estaba quieto y silencioso, «sage comme uneimage».

—No seáis terco, abuelito—intervino doña Inés.—Ved que inquietáis aPablo.

—Dios podría castigaros—manifestole doña Brianda—

dejándoos allí otravez para siempre.

El hecho es que no sólo Pablo, sino que todos estaban alarmados,temiendo fuera ya llegado el momento fatal de despedirse de su últimosueño de vida humana...

—Siempre con bromas de mal gusto, vizconde—refunfuñó don Fernando.

Haciendo oídos sordos, el porfiado gascón permanecía impávido, sinfruncir ni la punta de la nariz... De pronto, doña Inés soltó unacarcajada cristalina:

—¡Se ha equivocado de postura! En vez de cruzar la pierna derecha, quees la que se le había dormido, como estaba antes, ha cruzado laizquierda... ¡Si lo sabré yo, que lo he tenido tantos años ante misojos... ¡En la pierna izquierda es donde le dará ahora no más uncalambre!

Así fue; le dio tan fuerte y repentino calambre en la pierna derecha alpobre vizconde, que tuvo que saltar del cuadro... Y

con tanta torpeza lohizo, que con todo su peso le pisó un pie a doña Brianda...

—¡Grosero!—exclamó ésta, sin poder contener su dolor.

Para tranquilizarla, dobló Guy la rodilla en tierra y le suplicó:

—«Pardón, madame!»

Fray Anselmo, que musitando sus oraciones había vislumbrado la escenadesde los corredores, vociferó:

—¡Esto es intolerable, ya!—Y dirigiéndose a Pablo:—¿No sabéis cuándohabrá recepción en Palacio?

—No...

Como era hora de cenar, pasaron al comedor. Después del

«Benedicite», eldominico preguntó al dueño de casa:

—¿Quién se sienta ahora en el trono de España?

—Felipe II—repuso doña Brianda.

—Carlos IV—afirmó doña Inés.

Fray Anselmo impuso silencio, con su mirada de águila, a tanta ligerezafemenina...

—Alfonso XIII—respondió entonces Pablo.

—¿De la casa de Austria todavía?

—No... de la casa de Borbón... rama de la antigua casa de Francia...

—¡Luego la España de hoy pertenece a Francia, como la Navarra!—exclamóalegremente el vizconde.—¡Ya lo había previsto el rey Francisco!

—¡Bah!—interrumpió despreciativamente don Fernando.

—¡Después de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, la casa de Austria seextinguió sin sucesión en Carlos II el Hechizado...—

aclaró Pablo.

—Justo—confirmó doña Inés.—Y después vinieron los Borbones, peroBorbones españoles, con Felipe V, Carlos III y nuestro buen rey CarlosIV.

—Desde Carlos IV hasta ahora—terminó Pablo—se han sucedido muchosgobiernos... Hoy reina Alfonso XIII de Borbón.

—¿Estos gobiernos fueron siempre católicos?—interrumpió fray Anselmo.

—Naturalmente, padre...

—¿Alfonso XIII es joven?

—Muy joven; pero tiene la prudencia y la ilustración de un viejo.

—¿Es casado?

—Hace meses.

—¿Con una princesa de cuál casa?

—De la casa... de Inglaterra—contestó Pablo, algo confuso.

Fray Anselmo se puso de pie, como si se le apareciera el demonio...

—¿De la herética casa de Enrique VIII y de Isabel?

—Sí, padre. Pero la princesa se ha convertido... se ha convertidopreviamente, según los cánones...

—Se ha convertido. ¡Sí... si!... ¿Pero se la ha exorcizado?

—...En su religión protestante llamábase Ena de Battenberg.

En su nuevareligión de los Reyes Católicos se llama Victoria...

¡Es una bella yvirtuosa reina!

Nada más quiso oír el gran inquisidor de Felipe II; agarrándose lacabeza gritó:

—¡Una hereje en el trono de Carlos V! ¡Una hechicera, llamada Ena,usurpando la corona de Isabel de Castilla! ¡Oh Dios mío, apiádate de tudesgraciada España, apiádate de tu desgraciada ahora y otrora tan fiel ygloriosa España!—Y se retiró a su aposento con lágrimas en los ojos yfuego en los labios.

En un silencio de tumba sintiose como un soplo de destrucción yprofecía...

—«Sacrement de Dieu!»—interrumpió el gascón, después de unapausa.—«Jamais je ne pourrais comprendre cet esprit d'exaltationhugonotte qu'on trouve dans le catolicisme d'Espagne.»

—Más os valiera no hablar de ello, si no lo comprendéis—

observole donFernando.—Y agregó, dirigiéndose a toda la compañía:—Buenas noches.

—Buenas noches—respondieron uno a uno, levantándose todos antes deconcluir la comida, no sin empinarse el gascón dos o tres copas más devino tinto.

Sintiendo un vago e indefinible malestar, retirose cada cual a suaposento, a hacer sólo las oraciones, que las demás noches hicieranjuntos, bajo la dirección del dominico, en la polvorosa capilla.

Al siguiente día, después de oír, como de costumbre, la misa que frayAnselmo dijera a las seis, Pablo anunció:

—Esta noche hay una gran recepción en Palacio. Acabo de recibir lainvitación...

—Pues todos iremos a Palacio, como corresponde a nuestrasdignidades—decidió el inquisidor con voz de trueno.—

¡Dios lo manda!

La proposición fue acogida con júbilo general. Don Fernando, doñaBrianda y Pablo tuvieron como un presentimiento de que prestarían uninapreciable servicio a la dinastía. Guy y doña Inés vieron al finllegado el momento de salir de la casa solariega, echar un vistazo porel mundo, a ver si habían cambiado mucho las cosas y los hombres... Nose atrevió el vizconde a exteriorizar su gusto, por temor de que lodejaran en casa; mas doña Inés, riendo como una loca, no pudocontenerse:

—¡Qué suerte!... ¡Luciré todavía ante ese Alfonso XIII o XIV

miprecioso vestido blanco con encajes de Inglaterra!—Y dio unos saltitos,aunque con moderación, para no desarreglarse el moño del peinado, ygolpeó el hombro del gascón con su abanico de nácar, si biencuidadosamente, para no descuajaringarlo, pues como era viejo estabaalgo estropeado y pegoteado.

Esperando impaciente que llegase la hora de presentarse en Palacio, cadacual se retiró a su habitación. Pablo pasó el día entero poniendo enorden sus papeles, como si se despidiera del mundo; fray Anselmo,postrado en oración; don Fernando y doña Brianda, platicando sobre elpoderío del primer Carlos y el segundo Felipe, que imponían al mundo suley... El vizconde de la Ferronière se atusaba el bigote y ensayabapasos y sobrepasos, danzas y contradanzas... Doña Inés se sonreía anteel espejo...

Sentáronse a la mesa en la hora de la cena; pero nadie probó bocado,absorbidos, quiénes en altas y graves ideas, quiénes en pensamientosfrívolos y galantes... Y a las once en punto de la noche, presentábansetodos ante la escalinata de Palacio.

Centinelas y guardias dejáronlespasar, deslumbrados por sus brillantes uniformes; los alabarderosgolpearon el suelo con sus lanzas, pues que los seis de la comitiva erancinco grandes de España y un embajador... Y anunciados por los ujieres,corrieron sus nombres produciendo general estupefacción:

—¡Fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe II!...

—¡Don Fernando y doña Brianda, primeros duques de Sandoval!...

—¡El vizconde Guy de la Ferronière, embajador de S. M. el rey FranciscoI ante S. M. el emperador Carlos V!...

—¡Doña Inés, condesa de Targes y Cabeza de Vaca!...

—¡El duque de Sandoval y de Araya!...

Bastaba mirar a los nombrados para comprender que no se trataba de unabroma irreverente; nadie se atrevió ni a pensarlo...

El misterio de losobrenatural y lo inexplicable se cernía, como una grande ave negra,sobre las frentes, pálidas y sudorosas...

Los mismos reyes se pusieronde pie... Y fray Anselmo dobló una rodilla en tierra, besó la mano delmonarca, levantose, y habló... Sus palabras eran como sombras depalabras.

Comprendiose que se referían a la reina, hacia quien tendíasus manos escuálidas, entre amenazadoras y suplicantes... ¡Lo mandabanlas augustas reliquias del Escorial, para que exorcizara a la princesaque antes fuera hereje!

Pasó algo indefinible... Todos se sintieron como aletargados...

La reinaVictoria se arrodilló ante el fraile; el fraile la tendió como uncadáver a los pies del trono; rezó las oraciones del exorcismo... Ydijo:

—«Exi, Wycliffe!»

Y surgió, revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la sombra,un murciélago... Era el espíritu de Wycliffe.

El fraile dijo:

—«Exi, Calvine!»

Y surgió, también revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en lasombra, otro murciélago... Era el espíritu de Calvino.

El fraile dijo:

—«Exi, Luthere!»

Y un tercero y último murciélago surgió, revoloteando en ampliaelipsis, hasta perderse en la sombra... Era el espíritu de Lutero.

Entonces la reina se arrodilló otra vez, volviendo en sí. El fraile labendijo y colocó sobre su cabeza una como diadema de estrellas.

—Ya estás purificada, Ena de Battenberg. Ahora puedes ser reina deEspaña, reina Victoria. En nombre del monje imperial de San Yuste y deFelipe, su hijo, yo os bendigo. ¡Que Dios os guarde en su santa graciacon vuestro digno esposo, Alfonso rey!

Como un inmenso murmullo de marea, todas las bocas confirmaron a coro:

—Amén.

La reina se levantó, y se sentó en el trono, junto al rey,resplandeciendo de santidad y de hermosura. Y en la atmósfera vibró uncoro de invisibles ángeles, mientras se retiraban lentamente el graninquisidor de Felipe II y sus demás acompañantes, de vuelta al palaciode la calle del rey Francisco.

Y las cinco figuras volvieron a sus respectivos cuadros, sepultando enun silencio eterno este acontecimiento inaudito.

Nadie dirá nunca nadade él, porque su propio recuerdo se desvaneció milagrosamente de lamemoria de quienes lo presenciaran. Si alguno vislumbra vagamente algo,lo desecha como reminiscencia de inoportuna y trágica pesadilla. Lahistoria lo ignorará siempre, ¡la Historia, la ignorante ineducable, laincorregible mentirosa! Un solo espíritu hay todavía bastante castizopara poder comprender y recordar el Hecho. Pero este espíritu vive yaretirado de los hombres, enfermo de nostalgia y de hipocondría, entrelas cuatro paredes de su gabinete de estudio. En el armorial español sele registra—después de la reciente

muerte

de

su

hermana

Eusebia—comoúnico

representante de una de las más gloriosas familias de la noblezaeuropea, con el nombre de Pablo Gastón Enrique Francisco Sancho IgnacioFernando María, último duque de Sandoval y de Araya, conde-duque deAlcañices, marqués de la Torre de Villafranca, de Palomares del Río, deSanta Casilda y de Algeciras, conde de Azcárate, de Targes, deSantibáñez y de Lope-Cano, vizconde de Valdolado y de Almería, barón deCamargo, de Miraflores y de Sotalto, tres veces grande de España,caballero de las órdenes de Alcántara y Calatrava...

EL CHUCRO

I

Casi diariamente desaparecía alguna res vacuna o lanar de las haciendasesparcidas sobre la orilla del Paraná, cinco o seis leguas al sur de laciudad del Rosario.

Por muchas diligencias que hiciera la policía del departamento, no pudodarse con los ladrones que se apropiaran de las reses, sin dejarsiquiera el cuero. La imaginación popular explicó entonces las diariasdesapariciones por causas o fuerzas sobrenaturales. Decíase que en lasislas vecinas vivía una especie de ogro insaciable. Este ogro atravesabatodas las noches el río a nado, apoderábase de una res cualquiera, y sela devoraba viva,

¡se la tragaba íntegra!... Y lo peor del caso era que,cuando no encontraba reses sino «cristianos», tragábase lo mismo a los«cristianos». De otro modo no podría explicarse la súbita desapariciónde dos o tres peones que vigilaran nocturnamente en los campos ribereñosla hacienda, por orden de sus dueños.

Hasta una mujer, «Pepa laGallega», la cocinera del estanciero don Lucas, habíase también esfumadouna noche, como llevada por el diablo...

El diablo debía andar sin duda metido en el asunto. Sería el padrino oel compadre del ogro...

Y como tenía padrino, tenía también el ogro su nombre propio.Llamábasele «el Chucro», sin que nadie supiese quiénes, cuándo y cómo lobautizaran.

De todos los robos del Chucro ninguno consternó más que el de Pepa laGallega. Su marido y sus hijos ayudados por los gendarmes, buscáronlasin descanso, hasta en las islas más próximas a la costa. No se la hallóni viva ni muerta, y diósela por muerta.

Como las desapariciones de reses, ya que no de personas humanas,continuaran impunemente durante todo el año, los estancieros apremiarona la policía para que diese una nueva

«batida» en las islas. Buenosburgueses comerciantes, ellos no creían en las supersticiones populares.Para ellos, el Chucro, si existiese, era un hombre mortal, de carne yhueso, y no el espeluznante fantasma que se figurara la imaginacióngauchesca.

Especialmente encargado por el jefe de policía de la provincia, elcomisario Rodríguez fue a revisar prolijamente las islas donde debíahabitar el ogro. Acompañábalo un corto piquete de cuatro o cincohombres. Todos iban murmurando. ¿Para qué desafiar al diablo, o alahijado del diablo? ¡Nada más vano que luchar contra vestiglos yfantasmas!

En su incursión a las islas se internaron el comisario Rodríguez,seguido del escribiente Peñálvez, mientras los demás hombres estaban«mateando» junto a la canoa que los trajera, a través de una tupidaselva de helechos, ceibos y espinillos.

Después de andar unaconsiderable distancia, extraviáronse ambos completamente. Y mientrasbuscaban el rumbo con la brújula, sonó un tiro en la espesura... Elcomisario cayó muerto instantáneamente de un balazo en el pecho, y elescribiente echó a correr...

No tenía muy robustas piernas el escribiente, muchachón enclenque ylarguirucho; y a breve distancia perdió fuerzas, tropezó con un tronco,cayó de bruces... Tendido en el suelo sintió que se acercaba un hombre yque dos hercúleos brazos lo ataban codo con codo, lo registraban y lequitaban el revólver...

Pidió gracia por la vida... Nadie le contestó...Pero un violento puntapié lo obligó a levantarse... Vio entonces quetenía enfrente un gaucho forajido. Era el gaucho alto, nervioso, decejas espesas, cutis cetrino y nariz aguileña. Poblábanle el rostrolargas e hirsutas barbas; bajo el rústico chambergo caíale una melenagrasienta y enmarañada. Llevaba una carabina en la mano y un enormefacón en la cintura...

—¡Ya verán quién es el Chucro!—dijo a Peñálvez—y lo obligó a que lesiguiera dándole culatazos con la carabina.

Después de caminar un cuarto de hora, llegaron a un estrecho claro quese abría en medio de la maleza, junto a un arroyo disimulado porgigantescas plantas acuáticas. En medio del claro alzábase un misérrimoranchito de barro, ramas y paja. A primera vista todo parecíadesoladamente desierto; ni se oía ladrar un perro... Mas, fijándosemejor, vio Peñálvez que al borde del arroyo, pescaba una sucia ydesgreñada mujer... A pesar de su aspecto salvaje, él la reconoció. EraPepa la Gallega, la antigua cocinera de don Lucas, la desaparecida hacíaunos ocho o diez meses...

El Chucro silbó, imitando a la perfección el estridente grito de unaave acuática. Al oírlo, la Pepa tiró su anzuelo y corrió a su encuentrocomo

un

perro.

Peñálvez

se

sorprendió

extraordinariamente de su actitudde esclava. Pues antes, en la vida civilizada de la estancia de donLucas, había sido la gallega más gruñona y colérica. Respondía a sumarido, pegaba a sus hijos, insultaba a los peones, encarábase con elmismo patrón y vociferaba el día entero. Propios y extraños tenían miedoa su lengua ponzoñosa y a su genio luciferino. Tolerábanla sólo porqueera honesta y muy trabajadora. En sus habilidades de cocinera no leconocían rival...

No bien vio a Peñálvez pareció reconocerlo por un leve fruncimiento decejas; pero no dijo palabra, esperando en silencio las órdenes de su amoy señor... Él le preguntó:

—¿Lo conoces?

Ella repuso, bajando los ojos:

—Sí. Es Peñálvez, el escribiente de la policía.

El Chucro ató a Peñálvez contra un árbol, y, después de un silencio,dijo a Pepa:

—Ha venido policía a la isla. Voy a ver si ya se fue. Cuidá entretantode ese maula para que no se escape. Tomá la pala y si quiere irse, lepartís la cabeza. ¿Has oído?...

Era imposible una entonación de voz más despótica y absoluta que el queusara el Chucro con la Pepa. Y la Pepa acataba sus órdenes como siemanasen de un dios, ¡ella, que antes impusiera siempre su voluntad a sumarido y le mandara a modo de dueña.

Hasta a don Lucas, un solterónbondadoso y tranquilo, recordó Peñálvez que lo intimidaba muchas veces,disponiendo y arreglando a su gusto las cuestiones caseras...

Comprendiendo Peñálvez que su salvación dependía de la Pepa, esperóconmoverla y propiciársela... Al efecto, tomó la actitud más triste,dejando correr las lágrimas del miedo. Pensó que ella, la sempiternacharlatana de antaño, hablase en cuanto se alejase el Chucro...

Alejose el Chucro con su carabina, agachado como una fiera en acecho.Ella tomó la pala de hierro, se sentó en un árbol caído, y se puso asilbar entre dientes...

Viendo que la Pepa no dijera nada, Peñálvez se atrevió a hablarle y ledijo muy quedo, con su voz más tierna e insinuante:

—Pepa, ¿no me conoces ya?...

Pepa seguía silbando como si no le oyese...

—Pepa, soy Peñálvez, el escribiente de la policía y amigo de don Lucas.¿No te acuerdas de cuando iba a visitarlo?

Pepa continuaba sin responder...

—El Chucro me va a matar, Pepa, y si eres buena debes ayudarme... Nosescaparemos los dos en su canoa... Yo sé remar bien...

Pepa seguía en su misma actitud...

—¡Escúchame, Pepa, por Dios!... ¡Si me salvas, te juro por las cenizasde mi madre y por mi salvación, que te regalaré los cinco mil pesos quetengo en el banco!... ¡Piénsalo bien, Pepa!...

Podrías comprarte con esouna quintita y vivir feliz...

Pepa silbaba siempre...

—¿Cómo, Pepa?... ¿Te has olvidado ya de tus hijos y de tu marido?...Ellos te han buscado de día y de noche... Se les ha dicho que has dehaber muerto ahogada en el río y te han hecho un funeral... Te hanllorado; todavía andan de luto...

Pepa, impasible...

—Tu marido, creyéndose viudo, podría casarse con Juana, la hija delcapataz, por ejemplo... Si tú vuelves impedirás ese casamiento, porqueél te ha querido mucho, mucho...

Pepa oía como quien oye la lluvia...

—Juana, la hija del capataz, te ha sustituido en la cocina de donLucas. Pero don Lucas está muy descontento; dice que no volverá a tenerotra cocinera como tú... Y esa Juana es una desfachatada, que provocasin cesar los festejos de tu marido...

Felizmente, tu marido no te haolvidado aún. Estás en tiempo de volver...

Pepa, como antes...

—Tus hijos están bien todos, Pepa... Sólo Perico, el chiquitín, hatenido últimamente escarlatina o sarampión... ¡El pobrecito está muydébil y no tiene quien lo cuide!... La que está hecha una señorita es tuhija mayor, la Pepeta. Ha cumplido los quince años y se ha puestovestido largo... Don Lucas teme que se case pronto con Roque Torres, elcompadrito aquel que echaste con cajas destempladas, como que ahora noestás para echarlo...

Y Pepa, silbaba, como si nada se le dijera...

—Todos te recibirán con los brazos abiertos, Pepa, si quieres volver...Se sabe que el Chucro te robó contra tu voluntad...

¡Nadie te diría unapalabra!

Pepa, siempre lo mismo...

—¡Recuerda, Pepa, la buena vida que antes llevabas y que pudierasllevar de nuevo!... Compárala con tu vida actual, tan llena de peligrosy privaciones... Además, cualquier día, en un momento de rabia, elChucro te matará de una puñalada... ¡Ya que no por mí, por tí misma,Pepa, que siempre has sido una mujer buena, y por tu marido y tus hijos,escapémonos!...

¡Quizás no se te presente en mucho tiempo otra ocasiónmejor que esta!...

Y Peñálvez siguió gimiendo, implorando, aconsejando largas horas, sinque Pepa la Gallega pareciera apercibirse de sus gemidos, imploracionesy consejos...

II

Ya el sol empezaba a declinar, cuando volvió el Chucro...

—Los policías se han ido—dijo a Pepa.—Priende fuego y poné agua acalentar pa' el mate.

Pepa hizo como se le dijo. Y, puesta ya el agua al fuego, el Chucroagregó:

—Ahora andate a buscar el cuerpo del comisario. Está a unos pasos delseibo grande, donde enterramos a Pancho el isleño.

Cargalo y tráilo pa'acá, mientras se calienta el agua.

Con su habitual reserva y obediencia, Pepa fue a buscar el cuerpo delcomisario... Entretanto, el Chucro tomaba mate tras mate. Y su aspectoera tan torvo y sombrío, que Peñálvez no se atrevía a hablarle...

Al rato volvió Pepa, jadeante, arrastrando el cadáver. Arrojolo sumisa alos pies del Chucro, dicióndole en un tono de ternura ilimitada:

—Aquí está.

El Chucro le repuso:

—Dejalo ahí.

Se levantó, sacó el facón y se dirigió a Peñálvez. Peñálvez creyó que loiba a acribillar a puñaladas, atado al árbol, y se echó a llorar como unniño... Pero el Chucro se limitó a cortarle, sus ligaduras; diole lapala que antes tuviera Pepa y le dijo:

—Cavá pronto un hoyo pa' enterrar al comisario.

Sin hacerse repetir la orden, Peñálvez se puso a cavar con todas susfuerzas. Mientras cavaba recordó, sin saber por qué, la defectuosainstalación que se había dado a su mesa de trabajo en la comisaria...«Cuando vuelva, la mudaré de sitio», pensó. Mas al ver el cadáver delcomisario Rodríguez se dijo que bien podían nombrar para suceder almuerto a un extraño que le pidiera renunciara él su puesto, así colocabaallí algún pariente o amigo... «En tal caso—dijose,—me ofreceré demayordomo a mi buen amigo don Lucas.»

Después se le ocurrió que acaso le asesinaran allí mismo, como aRodríguez. Pero hacía una tan hermosa tarde de primavera, que la idea demorir le pareció absurda, verdaderamente absurda.

Miró al Chucro y vio que no le sacaba los ojos, siempre con la carabinacargada en la mano...

«Si intento escaparme—agregose Peñálvez,—me fulmina de un tiro, con suexcelente puntería de cazador profesional. A no ser que me ayude laPepa, no podré huir de la isla...»

Entonces imaginó Peñálvez la odiosa vida de servidumbre a que losometería quizás el Chucro en aquel desierto lugar de salvajes ybandoleros. Su esclavitud sería aún más dolorosa y miserable que la dela mujer aquella, que tan resignada parecía de su suerte, ¡y hastasatisfecha!

En ese momento Pepa alcanzaba un nuevo mate al Chucro, que le decía, ensu tiránica forma acostumbrada:

—Con la carne que sobró de ayer haceme un churrasco al asador.

Otra vez obedeció servilmente la Pepa. Puso el churrasco en el asador yse quedó contemplando a su amo y señor en una actitud que rayaba enfrenética adoración...

—¿Qué estás mirando, gallega bruta?—preguntole de pronto el Chucro,con colérica voz—¿Por qué no ponés salmuera al asado?

—Se me olvidaba...—repuso ella.—Voy a ponerle.

Sin manifestar su atención, Peñálvez seguía mientras tanto cavando lafosa del comisario... «¡Pobre comisario!—decíase.—

Era demasiadopueblero... ¿Por qué no haría caso cuando le advertimos que no debíainternarse así no más en los matorrales de las islas?... ¡Yo fui untonto en seguirlo! Podría haberme excusado diciendo que estabaenfermo... Pero, ahora que no tiene remedio nuestra imprudencia, ¡sabeDios lo que me espera!...»

Al rato, el Chucro volvió a preguntar a la mujer:

—¿Hay galleta?

Ella contestó:

—Sí. Todavía nos queda una de las que compré la vez pasada a losisleños.

El Chucro preguntó aún:

—¡Cómo! ¿Queda una sola? ¿Te habrás comido vos las demás?...

Con la indiferencia de su absoluta pasividad, Pepa repuso:

—Yo nunca he comido galleta sino cuando tú me das un pedazo...

—¿Y hay caña?

—Sí.

—Poné entonces la galleta y la caña cerca del fogón, que en cuanto estéel churrasco, comeré...

—Voy...

Al contemplar a la Pepa, Peñálvez rememoraba las frecuentes visitas quehacía a don Lucas. No faltaba un domingo a su mesa.

¡Se comía antestambién en aquella casa!... ¡Lástima que desapareciera la Pepa! PorqueJuana, su sucesora, no tenía la habilidad de la española...

Lo malo de la española era entonces su geniazo. Y recordó algunasescenas que presenciara, en las que se demostraba ese geniazo de laPepa. ¿No había llegado una vez a tirar una cacerola a la cabeza de sumarido, el cochero de la casa, porque éste pellizcara a Juana, la hijadel capataz?... ¡Cómo había cambiado esta mujer bajo el dominiofascinante del Chucro!...

Un poco cansado de tanto cavar, Peñálvez hizo una pausa y miró al cielo.Muy alto, bajo las nubes algodonosas, pasaba una larguísima bandada depájaros blancos, volando con majestad de serafines. Luego, bajó lavista, y vio que, en la maleza, daban su alegre nota las flores de losceibos, rojas de un rojo húmedo, como encías de mujer. A lo lejos oíaseel monótono grito de un ave zancuda... ¡Él no podía morir en medio deaquella Naturaleza exuberante de vida!

Advertido de su distracción, apostrofolo el Chucro, apuntándole al pechocon la carabina:

—¿Por qué te quedas papando moscas? ¡Acabá de una vez el pozo, si noquerés que te entierre antes que al comisario!

Peñálvez se secó el sudor de la frente y siguió cavando. Entre losgolpes de pala cavilaba cómo daría, cuando volviera, la noticia de suviudez a la mujer del comisario. Era bastante simpática esta muchacha.La última vez que la vio llevaba un traje de muselina blanca con pintasazules y unas rosas thé en el pecho. Sería la viuda más apetecible delpueblo...

Después de cavar un momento más, vio que la fosa ya era bastante grande,aunque el comisario fuera hombre alto y grueso.

Fue así que dijotímidamente al Chucro:

—Creo que ya podríamos enterrarlo...

El Chucro miró la fosa, pareció satisfecho, y ordenó a la Pepa:

—Quítale al muerto las prendas que lleva.

La Pepa sacó al muerto el dinero, las alhajas y la ropa, dejándole sólola camisa...

—¡Sácale también la camisa!—gritole el Chucro.

Y cuando la Pepa había cumplido su orden, él mandó a Peñálvez:

—Enterrálo.

Peñálvez tendió el cadáver en el fondo del hoyo y comenzó a arrojarlepalada tras palada de tierra... Sorbiéndose las lágrimas que le corríanpor dentro de la nariz, pensaba: «¡Lástima de hombre, tan guapo y tanjoven!... Pero, «como no hay mal que por bien no venga», tal vez sumuerte sea una felicidad para mí...

Si el gobierno es justo, puedenombrar para suceder a Rodríguez, al sub-comisario... Entonces yodebiera ser también ascendido.

Le pediré a don Lucas que me recomiendeal jefe político... Seré sub-comisario y ganaré cincuenta pesosmensuales más. Con esto ya podré casarme, si Rogelia me acepta... ¡Y meaceptará! ¿Por qué no? ¡Me aceptará!... Si me muero aquí, tal vez secase con el borrachón de Manolo... ¡Pero no me moriré! ¿Cómo dejará laPepa que se me asesine?...»

No bien arrojara Peñálvez la última palada de tierra sobre el cuerpotodavía caliente del comisario, díjole el Chucro:

—Ahora cavá otro pozo para enterrarte vos mismo.

Tan alelado sentíase Peñálvez, que no le extrañó esta nueva orden. Comoen un sueño doloroso y febril, obedeció a su destino, y, pocos pasos máslejos, púsose a cavar la otra fosa...

El Chucro preguntó entonces a la Pepa:

—¿Está ya el asado?

La Pepa repuso:

—Todavía no. Dentro de un momento estará...

Al oír esta respuesta, el Chucro intimó a Peñálvez:

—Apúrate, así te entierro antes de que esté el asado.

Y Peñálvez se apuró...

El Chucro le añadió en seguida, riéndose sonoramente por primera vez:

—Como sos flaco, basta una zanja larga...

Peñálvez cavaba sin darse cuenta de lo que hacía... Y la Pepa dijo:

—El asado ya va a estar...

Apremiado por esta advertencia, el Chucro se plantó con su carabina apocos pasos de su víctima, cuidando sin embargo, de no ponerse alalcance de la pala, y le gritó:

—¡Apúrate más, maulón!...

Apresurose nuevamente Peñálvez, aunque sin terminar todavía...

La Pepa dijo:

—Si el asado no se come ahora, se reseca y se quema...

Viendo que la segunda fosa no se concluía, decidiose el Chucro a comerantes de enterrar a Peñálvez... Pero estaba en los primeros bocados,cuando éste se detuvo...

—¿Por qué no seguís?—preguntole.

—Ya