Su Único Hijo by Leopoldo Alas - HTML preview

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Para él era el suplicio la presencia de Emmay de Nepomuceno.

El guitarrista dejó a Luis XVI en el panteón, y saltó a la jotaaragonesa.

Se lo agradeció Bonis, porque aquello edificaba; era el himno del valorpatrio. Pues bien, lo tendría, no patrio, sino cívico... o familiar... ocomo fuese; tendría valor. ¿Por qué no? Es más, pensó que su pasión, sugran pasión, era tan respetable y digna de defensa como la independenciade los pueblos. Moriría al pie del cañón, a los pies de su tiple, sobrelos escombros de su pasión, de su Zaragoza....

—No disparatemos, seamos positivos—se dijo.

Y se llevó las manos a los bolsillos con gesto de impacienteincertidumbre... ¿Si habría dejado aquellas onzas en casa del infame?...No... estaban allí, en el bolsillo interior del gabán... ¡lo que era elinstinto! No recordaba cómo ni cuándo las había recogido y envuelto otravez en su cucurucho.

Después que palpó su tesoro, empezó a sentirlo por el peso, peso que leoprimía dulcemente el pecho. Daba el dinero, aunque pareciera mentira aun ser tan romántico, daba cierto calorcillo suave. «¡Siete mil reales!»se decía; y experimentaba consuelo en sus tribulaciones; y sobre todo leanimaba la conciencia de un valor cívico que nacía de la presión deaquellas onzas... ¡Oh! Es indudable lo que dice el catedrático deeconomía y geografía mercantil en la tienda de Cascos:

«La riqueza esuna garantía de la independencia de las naciones». Si estos siete milreales fueran míos, yo afrontaría con menos miedo mi terrible situación.Huiría al extranjero; sí, señor, me escaparía... ¡Y si ella meacompañaba! ¡Oh!... ¡Qué felicidad!... Juntos... en aquel rincón deToscana o de Lombardía que ella conoce. Pero ¡ay!, siete mil reales eranmuy pequeña cantidad para compartirla con una dulce compañera. Enrealidad, ¡qué pobre había sido él toda la vida! Había vivido delimosna... y quería ser amante de una gran artista llena de necesidadesde lujo y de fantasía... ¡Miserable!... Se puso colorado recordandociertas reticencias maliciosas y alusiones tan embozadas como venenosasde sus amigos envidiosos. El día anterior, el lechuguino, que en vanohabía querido conquistar a la Gorgheggi, había dicho en la tienda deCascos:

—Estos señores creen que usted se entiende con la tiple, Sr. Reyes; peroyo defiendo la virtud de usted... y le ayudo en su campaña para desarmarla calumnia. Y mi argumento es este: «El Sr.

Reyes sabe que una mujer deestas es muy cara, y él no ha de querer arruinarse y arruinar a su mujerpor una cómica. Y sin regalos, y de los caros, es ridículo obsequiar auna artista de tales pretensiones. Es usted demasiado discreto».

La verdad era que si hasta la fecha no había necesitado más dinero queel prestado a Mochi, en adelante, si aquellas relaciones seformalizaban... Sí, era indispensable disponer de cuatro cuartos. Pormuy desinteresada que se quisiera suponer a Serafina, y él la suponíatodo lo desinteresada que puede ser la mujer ideal (el bello ideal), eraindudable que si seguían tratándose y crecía la intimidad, llegaríanocasiones en que alguno de los dos tendría que pagar algo, hacer algunosgastos... y el ideal no llegaba al punto de exigir que pagase la mujer.No, tendría que pagar él. Pero ¿con qué? «Con el dinero que tenía en elbolsillo». Esto le dijo la voz de la tentación, pero la voz de lahonradez, antipática por cierto, contestó: «¡Ese dinero no es tuyo!». Laguitarra, que seguía hablando al alma de Bonis, se inclinaba al partidode la tentación.

La música le daba energía y la energía le sugería ideasde rebelión, deseo ardiente de emanciparse... ¿De qué? ¿De quién? Detodo, de todos; de su mujer, de Nepomuceno, de la moral corriente, sí,de cuanto pudiera ser obstáculo a su pasión. Él tenía una pasión, estoera evidente.

Luego no era rana, por lo menos tan rana como añosseguidos había pensado.

Salió del café en un arranque de actividad que le sugirió también laenergía reciente, y tomó el camino de su casa dispuesto a afrontar lasituación y a no soltar los cuartos por lo pronto. Es claro que élacabaría por hacer ingresar aquellos siete mil reales en caja; pero,¿cuándo? No corría prisa.

Como en la calle ya no oía la guitarra del mozo del café, se le empezó aaflojar el ánimo, y sin darse clara cuenta de sus pasos, en vez deentrar en su casa se encontró en el vestíbulo del teatro.

Era hora deensayo. Allí estaría Serafina de fijo. Tampoco le desagradó aquel cambioinstintivo de rumbo. Era otra prueba de que estaba muy enamorado.Siempre había leído que los buenos amantes, en casos análogos, hacían loque él, seguir el misterioso imán del amor. ¡Oh!, y lo que él necesitabaera estar bien seguro de que experimentaba una pasión fatal, invencible.Averiguado esto, todas las consecuencias, fatales también, las reputabalegítimas.

Ocho días después Bonis no se conocía a sí mismo, y se alegraba: es más,ni pensaba en conocerse.

Serafina era suya, y él, por supuesto, era de Serafina, hasta dondepodía serlo aquel mísero esclavo de su mujer. Caricias como las de laitaliana-inglesa, Reyes ni las había soñado. «¡Nunca creí que el placerfísico pudiera llegar tan allá!», se decía saboreando a solas, rumiando,las delicias inauditas de aquellos amores de artista. Sí, ella se lohabía asegurado, el amor de los artistas era así, extremoso, loco en lavoluptuosidad; pasaba por una dulcísima pendiente del arrobamientoideal, cuasi místico, a la sensualidad desenfrenada....

En fin, él veía visiones; pero ¡qué hermosas, qué sabrosas! Tenía queconfesar que «la parte animal, la bestia, el bruto, estaba en él muchomás desarrollado de lo que había creído». No pensaría Bonis que elinofensivo flautista que olía a aceite de almendras, tenía dentro de síaquel turcazo voluptuoso que se dejaba querer al estiloartístico-oriental tan ricamente. Y, sin embargo, el alma, el espíritupuro, velaba, ¡sí, velaba!, y Serafina era la primera en mantener aquelfuego sagrado de la poesía. «¡Besos con música! El que no sabe lo que esesto no sabe lo que es bueno.

Niego que haya moralista con derecho areprenderme por mi pasión, si el tal nunca ha gustado esta delicia,¡besos con música!...». Pero el mayor encanto, el éxtasis de la dicha,estaba en otra parte; en la íntima alegría del orgullo satisfecho.

—Serafina me ama, me ama; estoy seguro; llora de placer en mis brazos,no hay fingimiento, no; en la escena no sabe hacerlo tan bien; me quierede veras, le gusto, le gusto como físico y como moral, digámoslo así.

¿Y dónde cabría mayor gloria que gustarle a ella, a la mujer soñada, ala que él amaba como amante y madre y musa en una pieza?

Lo cierto era que la Gorgheggi, corrompida en muy temprana juventud porMochi, su maestro y protector, se vengaba de su tirano y de la pícarasuerte, y no sabía de quién más, arrojándose a la mayor torpeza, aldesenfreno loco en los amores temporeros que su infame corruptor yamante insinuaba, favorecía y explotaba.

Mochi había seducido a su discípula para dominarla; mucho tiempo creyótener en ella una gloria futura y una renta de muchos miles de liras,que pronto se empezarían a cobrar. La corrompió para unirla a su suerte;después, cuando el desencanto llegó, las frías lecciones de la realidadle hicieron ver que se había equivocado, que a su hermosa discípula lafaltaba algo y la faltaría siempre para llegar a verdadera estrella....le faltaba la voz y la flexibilidad suficiente de garganta. Tenía muchogusto,

sentía infinito,

en el

timbre había una extraña

pastosidadvoluptuosa, que era lo que llamaba Bonis voz de madre; sí, hablaba aqueltimbre de salud, de honradez, de discreción femenina, de dulzuradoméstica; pero... era poca voz para los grandes teatros. Y, además, semovía poco la garganta: como una virgen demasiado gruesa se parece a unamatrona, la voz de la Gorgheggi tenía, siendo ella aún muy joven, un enbonpoint, decía Mochi, que la quitaba la agilidad, la esbeltez.... Enfin, ello era que, a pesar de estar él seguro de que allí había uncorazón y un talento de gran artista y un timbre originalísimo,seductor... no teníamos verdadera estrella de primera magnitud. Estaconvicción que adquirió antes Mochi, llegó al cabo a la conciencia deSerafina; mas fue el secreto mutuo, si vale decirlo así, de que jamás sehablaba. Fue la tristeza común quien los unió más que su trato amoroso ysus intereses; pero fue también el origen y causa permanente de ocultosrencores, de humillaciones viles. Mochi, por amor propio, por vanidad dehombre de negocios, no quiso dar su brazo a torcer, confesarse que sehabía equivocado uniéndose a Serafina para explotarla. ¿No era una granartista? Pues era mediana, y era además una mujer muy hermosa, y, másque hermosa, seductora. Pensando, como en una prueba de habilidad, enque no se había casado con ella, en que podía separarse de su negocio encuanto fuese gravoso, se atrevió a comerciar con su hermosura y él mismole puso delante la tentación. Serafina, la primera vez que cayó en ella,cayó, como tantas otras, seducida por la vanidad, por la lujuriaexaltada de la mujer de teatro, por el interés: su primer amante, aquien quiso un poco, de quien estuvo muy orgullosa, fue un Generalfrancés, Duque, millonario. La venganza que Mochi se reservó para hacerpagar a su discípula la infidelidad espontánea, que él mismo habíaprovocado, pero que le dolía, fue dejarla ver que él lo sabía todo y queel Duque era su mejor amigo y protector. Los regalos que Serafinaocultaba no eran la mitad del provecho que de tales relaciones habíasacado la compañía.

Siempre sereno, siempre risueño, feroz y cruel en elfondo, Mochi hizo comprender a su amiga que aquella tolerancia delmaestro continuaría, y que era indispensable para tener nivelados lospresupuestos de la sociedad. Lo que no hacía falta era explicarsedirectamente; lo que allí hubiera sido repugnante, según el tenor, eraun pacto explícito; no hacía falta. Además, él continuaba siendo amantede su discípula, y por rachas le entraba un verdadero amor a que elladebía corresponder, o fingirlo a lo menos. Pero lo principal era loprincipal, y cuando se presentaba un partido, Mochi se reducía al papelde marido que no sabe nada; esto ante Serafina; ante el nuevo galán noera ni más ni menos que para el público, el maestro, il babbo adoptivo.

El segundo devaneo de Serafina, en Milán, ya no fue espontáneo. Aceptócomo aceptaba una contrata en un teatro, porque lo exigía el otro,Mochi. También ella creía de buen gusto guardar las formas; hacía comoque engañaba a su amante y director artístico. Y algo le engañaba,porque, vengándose a su vez de aquel miserable comercio a que se lacondenaba, daba a entender a Mochi que sólo por interés y obedienciaaceptaba los galanteos provechosos, y que en el fondo sólo a su maestroquería.

Mochi creía algo de esto. «Sí, ella me quiere ya; y me quiere a mí sólo:si no fuera así, se escaparía; con los demás finge por interés y porobedecerme».

Lo cierto era que la Gorgheggi no amaba a su tirano y le había sidoinfiel de todo corazón desde la primera vez; pero al verse vendida, ledolió el orgullo; creía que Mochi estaba loco por ella, y cuandoadvirtió que era cómplice de sus extravíos, lo cual demostraba que nohabía tal pasión por parte del tenor, se sintió más sola en el mundo,más desgraciada, y experimentó el despecho de la mujer coqueta que, sinquerer ella, desea que la adoren. Aquel comercio infame la dolía más quela repugnaba; en su vida de teatro, en la que entró ya seducida,enamorada del vicio, no había tenido ocasión de adquirir nociones dedignidad ni de amor puro; aquella mezcla del amor y el interés leparecía sólo producto de su oficio; que la hermosura tenía que ser elcomplemento del arte para ganar la vida, lo admitía, sobre todo desdeque ella misma estuvo convencida de que jamás llegaría a ser prima donnaassolutissima en los grandes teatros.

Pero lo que lastimaba lo que llamaba ella su corazón, era la complicidadde Mochi. «Yo hubiera hecho lo mismo sola y él hubiera conservado mirespeto y mi amistad y mis caricias cuando las quisiera, y el provechode estas infidelidades mías también se habría repartido. ¿Qué faltahacía que él se mezclase en esto? No me dice nada, pero me empuja, meecha en brazos de los que debiera considerar como rivales...».

Y esto era lo que ella quería que él pagase. ¿Cómo? Suponía la Gorgheggique aunque él no estuviera ya enamorado, se creía querido todavía; yengañarle, arrojarse con ardor al vicio, al amor lucrativo; remachar losbesos que vendía, era su venganza.

Eso hacía, sin darse cuenta de que tomaba parte en aquellos furores delubricidad con aires de pasión, la lascivia, la corrupción de sutemperamento fuerte, extremoso y de un vigor insano en los extravíosvoluptuosos. Se entregaba a sus amantes con una desfachatez ardienteque, después, pronto, se transformaba en iniciativa de bacanal, es más,en un furor infernal que inventaba delirios de fiebre, sueños del hachísrealizados entre las brumas caliginosas de las horribles horas dearrebato enfermizo, casi epiléptico.

Cuando su cuerpo macizo y bien torneado, suave y palpitante, cayó en losbrazos de Bonifacio Reyes, ya estaba ella un poco cansada de aquellacampaña terrible de su venganza, pero todavía sus arrebatos eróticoseran manjar muy superior al estómago empobrecido por tibias aguascocidas del mísero escribiente de D. Diego.

Él estaba pasmado, además de vivir en perpetua embriaguez, casi enalucinación constante.

Creía sentir aquellas caricias sin nombre (él alo menos no sabía cómo llamarlas), a todas horas, en todas partes; se lefiguraba estar bañándose todo el día en los besos de Serafina; la veía,la oía, la olía, la palpaba en todas partes, hasta en el cuarto de Emma,entre las medicinas y mal olientes intimidades de la esposa enferma ypoco limpia. Le extrañaba a veces que su mujer no conociese que la otraestaba allí, entre los dos, más cerca de él que ella misma.

«¡Qué mujer!—pensaba el infeliz a cualquier hora, en cualquier parte—.¡Quién había de imaginar que había mujeres así! ¡Oh!... todo esto es elarte... sólo una artista puede querer en esta forma tan....deliciosamente exagerada».

Lo que más picante le parecía, lo que venía a remachar el clavo de lafelicidad, era el contraste de Serafina, quieta, cansada y meditabunda,con Serafina en el éxtasis amoroso: esta mujer, toda fuego, que asustabacon sus gritos y sus gestos de furiosa de amor; que hablaba, mientrasacariciaba, con una voz ronca, gutural, que parecía salir de la faringesin pasar por la boca, y que decía cosas tan extrañas, palabras que,aunque pareciera mentira, aún eran excitantes en medio de los hechos másextremosos de la pasión; esta mujer, diablo de amor, cuando el cansanciomaterial irremediable sobrevenía y llegaban los momentos de calmasilenciosa, de reposo inerte, tomaba aire, contornos, posturas, gestos,hasta ambiente de dulce madre joven que se duerme al lado de la cuna deun hijo. Las últimas caricias de aquellas horas de transportes báquicos,las caricias que ella hacía soñolienta, parecían arrullos inocentes delcariño santo, suave, que une al que engendra con el engendrado. Entonces la diabla se convertía en la mujer de la voz de madre, y las lágrimas devoluptuosidad de Bonis dejaban la corriente a otras de enternecimientoanafrodítico; se le llenaba el espíritu de recuerdos de la niñez, denostalgias del regazo materno.

Cuando, al separarse, ella recomponía su tocado, con ademán tranquilo,familiar, echaba a la cabeza, en posturas de estatua, sus brazos deJuno, sonreía con reposada placidez, dejando los rizos de la sonrisarodar en su boca y sus mejillas, como la onda amplia de curva suave ygraciosa del mar que se encalma; pensaba, mirando el rostro pálido delaturdido amante, más muerto que vivo a fuerza de emociones, pensaba enMochi y se decía:

—¡Si le dijeran a ese miserable lo dichoso que acaba de ser este pobrediablo! Todo, todo por venganza. ¡Él cree que este infeliz tiene quecontentarse con desabridas caricias; no sospecha que le estoy matando deplacer y que va a morir entre delicias!

Bonis también creía que aquella vida no era para llegar a viejo; pero, apesar de cierto vago temor a ponerse tísico, estaba muy satisfecho desus hazañas. Se comparaba con los héroes de las novelas que leía alacostarse, y en el cuarto de su mujer, mientras velaba; y veía con granorgullo que ya podía hombrearse con los autores que inventaban aquellasmaravillas. Siempre había envidiado a los seres privilegiados que, aménde tener una ardiente imaginación, como él la tenía, saben expresar susideas, trasladar al papel todos aquellos sueños en palabras propias,pintorescas y en intrigas bien hilvanadas e interesantes. Pues ahora, yaque no sabía escribir novelas, sabía hacerlas, y su existencia era tannovelesca como la primera. Y buenos sudores le costaba, porque habíaratos en que su apurada situación económica, sus remordimientos y susmiedos sobre todo, le ponían al borde de lo que él creía ser la locura.No importaba; la mayor parte del tiempo estaba satisfecho de sí mismo.Aquella ausencia de facultades expresivas, que según él era lo único quele faltaba para ser un artista, estaba compensada ahora por la realidadde los hechos; se sentía héroe de novela; no había sabido nunca darexpresión a lo que era capaz de sentir; mas ahora él mismo, todos susactos y aventuras, eran la viva encarnación de las más recónditas yatrevidas imaginaciones. Y si no, se decía, no había más que repasar suexistencia, fijarse en los contrastes que ofrecía, en los riesgos a quele arrastraba su pasión y en la calidad y cantidad de esta. Emma, cadadía más aprensiva y más irascible, exigente y caprichosa, había llegadoa complicar el tratamiento de sus enfermedades reales e imaginariashasta el punto de que, el mismo Bonifacio, a pesar de su gran retentivay experiencia, había necesitado recurrir a un libro de memorias en queapuntaba las medicinas, cantidades de las tomas y horas deadministrarlas, con otros muchos pormenores de su incumbencia. Como laenferma no estaba muy segura de padecer todos los males de que sequejaba, temerosa muchas veces de que las pócimas recetadas no fuesennecesarias dentro del estómago y acaso sí perjudiciales, prefería porregla general el uso externo, con lo cual se aumentaban las fatigas delcónyuge curandero, porque todo se volvía untar y frotar el cuerpodelgaducho y quebradizo, quejumbroso y desvencijado, de su media naranjao medio limón, como él la llamaba para sus adentros; porque losdesahogos de Bonis eran de uso interno, al contrario de lo que sucedíacon las medicinas de su mujer. Pulgada a pulgada creía conocer elantiguo escribiente la superficie de aquel asendereado cuerpo de sumujer, donde él daba friegas con fuerza y con delicadeza a un tiempo,según lo exigía la paciente, esparcía ungüento con justiciadistributiva, amoroso tacto, pulcritud y suavidad; así como en la regióndel pecho, y en la espalda y sobre el hígado había pasado un pincelimpregnado de yodo.

Antojábasele aquel mísero conjunto de huesos ypellejo y de importunas turgencias, edificio ruinoso que el dueñodefiende contra la piqueta municipal a fuerza de revoques de cal y manosde pintura y recomposición de tejas. «¡Ay!, en vano la retejo, y launto, y la froto, y la pinto; esta mujer mía hace agua por todas partes,y el viento de la ira entra en ella por mil agujeros; esta destartaladamáquina, inútil para mí, en cuanto legítimo esposo, sirve sólo, yservirá tal vez muchos años, para albergue del espíritu sutil de ladiscordia y de la contradicción: poca materia necesita el ángel malopara encaramarse en ella como un buitre en una horca, un búho en untorreón escueto y abandonado, y desde su miserable guarida hacerme crudaguerra».

Lo cierto era que Bonis exageraba, lo mismo que en el lenguaje, en losachaques de su mujer.

Emma, que había estado en peligro de muerte mesesantes, poco a poco se reponía, y la nueva energía que iba adquiriendoempleábala en inventar más exigencias, más achaques y en procurarseunturas que no la comprometían a estar enferma de verdad, y en cambiohabían llegado a ser para ella una segunda naturaleza; no se sentía biensin grasa alrededor del cuerpo, sin algodón en rama aplicado a cualquiermiembro; y en cuanto al resquemillo del yodo y a las cosquillas delpincel, habían llegado a ser uno de sus mejores entretenimientos. Todoello servía para multiplicar los trabajos de Reyes, su responsabilidad yalarde de paciencia. Aquella resignación de su marido llegó a ser tanextremada, que a Emma acabó por parecerle cosa sobrenatural y diole malaespina. No sabía por qué le olía mal aquella sumisión absoluta; tiempoatrás, antes de sufrir las últimas humillaciones, protestaba tímidamentepor medio de observaciones respetuosas; pero ahora, ni eso: callaba yuntaba. A un insulto, a una provocación, respondía con una obra decaridad de las que inmortalizaban a un santo; allí hacía falta, no sóloel sacrificio del corazón, sino el del estómago, pues todo sesacrificaba. Bonis no tenía ni amor propio ni náuseas; el olfato parecíahaber desaparecido con el sentimiento de la propia dignidad.

¿Qué eraaquello? Lo que antes era para la esposa autocrática la única gracia desu marido, ahora comenzaba a convertirse en motivo de sospechas, decavilaciones. ¿Por qué calla tanto? ¿Por qué obedece tan ciegamente? ¿Esque me desprecia? ¿Es que encuentra compensación en otra parte a estosmalos ratos? Un día Emma, a gatas sobre su lecho, se recreaba sintiendopasar la mano suave y solícita de su marido sobre la espalda untada yfrotada, como si se tratase de restaurar aquel torso miserable sacándolebarniz. «¡Más, más!», gritaba ella, frunciendo las cejas y apretando loslabios, gozando, aunque fingía dolores, una extraña voluptuosidad queella sola podía comprender.

Bonis, sudando gotas como puños, frotaba, frotaba incansable, con unasonrisa poco menos que seráfica clavada en el apacible rostro: sus ojos,azules y claros, muy abiertos, sonreían también a dulces imágenes y adeleitosos recuerdos. En vano Emma refunfuñaba, se quejaba, le increpabay con palabras crueles le ofendía; no la oía siquiera; cumplía su debery andando.

Volvió ella la cabeza hacia arriba, y al ver la expresión de beatitud deaquella cara, quedose pasmada ante semejante alarde de paciencia yhumildad absoluta.

—A este algo le pasa, algo muy raro.... Parece más tonto que decostumbre, y al mismo tiempo en esa cara hay una expresión que yo no hevisto nunca.

—¿Sabes que andas distraído, joven?

Aquel joven era la tremenda ironía de la mujer que, viéndose mustia yenfermiza, recordaba al tierno esposo que él envejecía, gracias, no sóloa los años, sino también a los disgustos de aquella servidumbreconyugal.

El joven no contestaba cosa de sustancia y entonces ella le miraba dehito en hito, y daba vueltas alrededor de él, para ver si por algún ladoestaba abierto y se le veía el secreto que debía de tener entre pecho yespalda. Después le olfateaba. Le daba el corazón que por el olfatohabían de empezar los descubrimientos... ¿A qué olía aquel hombre? Olíaa ella, a los ungüentos con que la frotaba, al espliego y alcanfor de sujurisdicción ordinaria. «Habrá que olerle cuando venga de fuera, de lacalle». Y le despachó, como casi siempre, con cajas destempladas.

Emma dormía mucho, y aun despierta tenía necesidad de estarcompletamente sola muchas horas, porque además de las intimidades a quepodía y debía asistir Bonifacio, había otras más recónditas que no podíapresenciar ni el marido; eran unas las del tocador, secreto de secretos,y otras misteriosas manías de cuya existencia no quería ella que supiesenadie. Añádase a esto que había conservado la mala costumbre de soñardespierta horas y horas en su lecho, antes de levantarse, y en talesdeliquios de la pereza, así como en las frecuentes rachas de murria,Emma no toleraba la presencia de ningún semejante. Por todo lo cual,Bonis, a pesar de la estricta sujeción de sus tareas de maridoenfermero, tenía por suyo mucho tiempo; el caso era ser exacto a lashoras de servicio; de las demás no pedía cuentas el tirano. Todas lasque, tiempo atrás, vivía Reyes olvidado por el mundo entero, sin tenerque dar noticia de su empleo a nadie, a fuerza de ser él personainsignificante, ahora las dedicaba, siempre que había modo, a su amor.Veía a Serafina en el teatro, en la posada y en los largos paseos quedaban juntos por parajes muy retirados o lejos de la ciudad.

Aquel día, después de lavarse bien con esponjas grandes y finas, génerode limpieza que había aprendido observando a la Gorgheggi en su tocador,salió saltando las escaleras de dos en dos.

Y se decía: «¿Qué me importa ser aquí esclavo y oler a botica queapesto, si en otra parte soy dueño del más hermoso imperio, árbitro dela voluntad más digna de ser rendida, y me aguarda lecho de rosas y dearomas, que no sé si serán orientales, pero que enloquecen?».

Seguro estaba Bonis de que era aquel vivir suyo un rodar al abismo; queno podía parar en bien todo aquello era claro; pero ya... preso poruno... y además, en los libros románticos, a que era más aficionado cadadía, había aprendido que a «bragas enjutas no se pescan truchas»; que unhombre de grandes pasiones, como él estaba siendo sin duda, y metido enaventuras extraordinarias, tenía que parar en el infierno, o, por lomenos, en las garras de su mujer y en un corte de cuentas de D. JuanNepomuceno. Al pensar en D. Juan tembló de frío, porque se acordó de quelos siete mil reales de la restitución providencial habían idoevaporándose, hasta quedar reducidos, en el día de la fecha, a dos mil.Lo demás había parado en manos de Serafina, ya en forma de regalos, yaen dinero, pues cierta clase de gastos indispensables no había tenidovalor para hacerlos por sí mismo, temiendo que el secreto de sus amorespudiera ser conocido y divulgado por los comerciantes. ¿Con qué cara ibaél a pedir en una tienda de su pueblo polvos de arroz de los más finos,ligas de seda, medias bordadas y pantalones de mujer con el jaretón poraquí o por allá?

En cuanto a Mochi, no se había vuelto a acordar para nada de dinero, nipara pedirlo, ni para pagar lo que debía. «En la cuestión de cantidades»no quería pensar Reyes; se figuraba que toda la deuda del Estado eracosa suya, la debía él. ¡Primero mil reales, después seis mil, ahora lossiete mil de la restitución... el mundo, el mundo entero en forma deguarismos! No, no contaba él así; no se representaba las cantidadesfijas, ni menos la suma de todas; él recordaba que primero habíaprestado lo que no tenía; después muchísimo más, y, por último, quehabía cometido el gran sacrilegio de profanar una cantidad sagrada,producto del secreto del confesonario, empleándola en un corsé regente,en unos búcaros con chinos pintados, en sortijas, flores y pantalones deseñora... ¡Horror! «Sí, horror, pero ¿y qué se le iba a hacer? Preso poruno.... Aquella misma atrocidad de haber gastado tanto dinero que no erasuyo demostraba la intensidad, la fuerza irresistible de su pasión. Puesadelante». Cierto era que quedaba el rabo por desollar. D. JuanNepomuceno le tenía cogido por las narices, y podía hacer de él lo quele viniese en voluntad.

Poco a poco la figura de Nepomuceno, del odiado y odioso Nepomuceno,había ido creciendo a los ojos de la imaginación espantada de Bonis;sobre todo, las patillas cenicientas, en que el desgraciado veía elsímbolo de todas las matemáticas aplicadas a la hacienda, el símbolo delos aborrecibles intereses materiales, del negocio, de la previsión ydel ahorro... y la trampa si a mano viene; aquellas patillas habíansubido, tocado las nubes, y en el inmenso abismo hundían los lacioshilos grises de sus puntas. ¡Rayo en ellas! Bonis, que amaba las letras,aborrecía los guarismos, y en punto a aritmética, decía él que todo loentendía menos la división; aquello de calcular a cuántos cabían tantosentre tantos, siempre había sido superior a sus fuerzas; al llegar a lode tantos entre tantos no caben (o no cogen, como él solía decir),sudaba y se volvía estúpido y sentía náuseas; pues bien, Nepomuceno,sólo con su presencia, hasta en idea, le producía el mismo efecto queuna división en que sobraba algo; no le cogía el tal Nepomuceno.

Y eso que el muy taimado callaba como un bellaco. Ni una palabra lehabía dicho después de haber descubierto y pagado el préstamo famoso deD. Benito. Es claro que tampoco Bonis había abordado la cuestión; eneste particular estaba el escribiente como el condenado a muerte que,con los ojos tapados, aguarda el golpe del verdugo, y con gran sorpresa,pero sin perder el miedo, siente que el tiempo pasa y el golpe no llega.De otra manera también se figuraba su situación Reyes, fecundo siempreen alegorías y toda clase de representaciones fantásticas; se figurabaque a sus pies había una gran mina, que él estaba seguro de que el fuegohabía prendido en la mecha... ¿Por qué no venía el estallido? ¿Se habíamojado la pólvora? ¿Se había mojado la mecha? No; él estaba convencidode que Nepomuceno estaba seco y bien seco; sería que la mecha era máslarga que él había pensado; el fuego iba dando rodeos, pero el estallidovendría,

¡no podía faltar! Aun así, daba gracias a Dios por aquel plazo,que le permitía entregarse a su gran pasión sin complicacioneseconómicas, que todo lo hubieran aguado.

Llegó Bonis al ensayo oliendo a agua de colonia, risueño y arrogantehasta el punto que él podía serlo. Gran algazara había en el escenario.Aquel día era de los de sol allí dentro, a pesar de que poca luz podíaentrar hasta la escena y la sala por las puertas de los palcos y losventiladores del techo; el sol que vio allí Reyes era un sol moral(quería decirse que todos estaban contentos); Mochi había pagado y lasrencillas habían concluido, o, por lo menos, quedaban escondidas; elbarítono embromaba a la contralto, el director de orquesta al bajo,Mochi a una señora del coro, y la Gorgheggi iba y venía repartiendosonrisas y saludos con voz de pájaro; para todos tenía inocentescoqueterías, agasajos de voz y de gesto: para los de la escena, para losseñores de las bolsas o faltriqueras, y hasta para tal o cual músico quehabía desafinado o perdido el tiempo.

Serafina, radiante, se loperdonaba con una interjección o una inclinación de cabeza, y cargabacon la responsabilidad. Tal vez el director decía: «¡Cristo!» y mirabacon fingido enojo al trompa, y entonces ella encogía los hombros ymordía la punta de la lengua con picardía de colegiala, para decirenseguida, llena de abnegación:

—Maestro, maestro... senti, non e'colpevole, questo signore, sono io.

¡Qué música de voz! ¡Qué corazón!, pensaba Bonis, que entraba en elpalco de sus amigos.

-VIII-

En el café de la Oliva se dispuso cierta noche una cena para docepersonas, en el comedor de arriba; un cuarto oscuro que a los calaverasdel pueblo y al amo del establecimiento les parecía muy reservado, y muymisterioso, y muy a propósito para orgías, como decían ellos.

El camarero de la guitarra y otros dos colegas se esmeraban en elservicio de la mesa, porque eran los de la ópera los que venían a cenar;y... ¡colmo de la expectación!, se aguardaba también a las cómicas;vendrían la tiple, la contralto, una hermana de esta y la doncella deSerafina, que en los carteles figuraba con la categoría dudosa de otratiple.

El único profano a quien se invitó fue Bonifacio; él, lleno de orgulloartístico, pero recordando que la hora señalada para la tal cena era delas que su esposa le tenía embargadas para las últimas friegas, ofrecióir a los postres y al café, reservándose el cuidado de echar a correr asu tiempo debido. No sabía que a lo que él iba era a pagar. Esto lo supodespués, cuando, ebrio de amor y un poco de benedictino non sancto,había caído en el panteísmo alalo a que le llevaban todos losentusiasmos de su organismo, más empobrecido de lo que prometían lasbuenas apariencias de su persona.

Llegó cuando los músicos y cantantes saboreaban el ponche a la romanaque Mochi había incluido en la lista de la cena. Fue recibido con unaaclamación, en que tomaron parte las señoras.

Sin saber cómo, y cuandola emoción producida por tal recibimiento aún le tenía medio aturdido,se vio Reyes al lado de su ídolo, Serafina, que había comido mucho ybebido proporcionadamente. Estaba muy colorada y de los ojos le saltabanchispas. En cuanto tuvo junto a sí a Bonis, le plantó un pie encima, unpie sin zapato, calzado con media de seda.

—¡Nene—dijo acercándole la cara al oído—, apestas a colonia!

Y le azotó un tobillo, por encima del pantalón, con el pie descalzo.Bonis se ruborizó no por lo del pie, sino por lo de la colonia; aquelolor era el rastro de su esclavitud doméstica.

«Si yo no oliese a colonia, ¡a qué olería!» pensó. Pero olvidó enseguidasu vergüenza al oír a Serafina que, quedándose muy seria, con la vozalgo ronca con que le hablaba siempre en la intimidad de su pasión, ledijo, otra vez, al oído casi:

—Acércate más, aquí nadie ve nada... ya todos están borrachos.

Y sin esperar respuesta, y antes que Bonis se moviese, ella,bruscamente, sin levantarse, hizo que su silla chocara con la delamante, y ambos cuerpos quedaron en apretado contacto. El olor a coloniadesapareció, como deslumbrado por el más picante y complejo, que era unaatmósfera casi espiritual de Serafina; aquel olor a perfumes fuertes,pero finos, mezclado con el aroma natural de la cantante, era lo quedeterminaba siempre en Bonis las más violentas crisis amorosas.

Perdióel miedo, aturdido por aquella proximidad ardiente y olorosa de suamada, y como si esto fuera escasa borrachera, se dejó seducir por lastretas de Mochi, que le invitaban sin cesar a beber de todo. Bebió Reyesponche, champaña, benedictino después, y ya, sin conciencia despiertapara reprobar las demasías que se permitían el barítono y la contralto yalguna otra pareja, consintió en brindar, por último, cuando de todaspartes salían exclamaciones que le invitaban a desahogar su corazón enel seno de aquella amistad artística, «no por nueva, pensaba él, menosfirme y honda».

Borracho del todo nunca lo había estado Bonifacio; un poco más quealegre, sí, aunque no muchas veces; y en tales trances era cuando se lesoltaba la lengua un poco, y decía aproximadamente algo parecido a lomucho que le bullía en el pecho.

Consultó con los candorosos ojos a su amada si haría bien o mal enbrindar; la Gorgheggi aprobó el brindis con un apretón de manossubrepticio, y el flautista frustrado se levantó entre aplausos.

—Señoras y señores—dijo con una copa de agua en la mano—, es tanto miagradecimiento, es tal la emoción que me embarga, que... lo digo yo y nome arrepiento, yo, Bonifacio Reyes, pago todo el gasto... eso es, todala comida y toda la bebida... botillería inclusive.... Benito (a uncamarero), ya lo oyes, todo esto es cuenta mía. (Bravos y exclamaciones.Mochi sonreía satisfecho, como pudiera estarlo un profeta que vecumplida su profecía.) Yo lo pago todo, y no hay que preguntarme dedónde salen las misas. Preso por uno, preso por ciento, y uno... esoes....

Nadie me toque a la vida privada. ¡Ahí le duele!... La vidaprivada de la vida ajena es un sagrado, arca santa, arca sanctorum....

—Sancta Sanctorum!—interrumpió un apuntador que había sido seminarista.(Voces de:

¡silencio!, ¡fuera!)

—Bueno; sanctorum omnium. Señores, yo no puedo... yo no sé decir, nidebo, ni puedo ni quiero, todo lo que para mí significa vuestrocariño.... Yo amo el arte... pero no lo sé expresar; me falta la forma,pero mi corazón es artístico; el arte y el amor son dos aspectos de unamisma cosa, el anverso y el reverso de la medalla de la belleza,digámoslo así. (Bravos; asombro en los cómicos.) Yo he leído algo... yocomprendo que la vida perra que he llevado siempre en este pueblomaldito es mezquina, miserable... la aborrezco. Aquí todos medesprecian, me tienen en la misma estimación que a un perro inútil,viejo y desdentado... y todo porque soy de carácter suave y despreciolos bienes puramente materiales, el oro vil, y sobre todo la industria yel comercio....

No sé negociar, no sé intrigar, no sé producirme ensociedad... luego soy un bicho, ¡absurdo!, yo comprendo, yo siento... yosé que aquí dentro hay algo.... Pues bien, vosotros, artistas, a quientambién tienen en poco estos mercachifles sedentarios, estas lapas,estas ostras de provincia, me comprendéis, me toleráis, me agasajáis, meaplaudís, admitís mi compañía y....

Bonis estaba pálido, se le atragantaban las palabras, hacía pucheros, ysu emoción, de apariencia ridícula, no les pareció tal por algunosmomentos a los presentes, que sin gritar ni moverse siquiera, escuchabanal pobre hombre con interés, serios, pasmados de oír a un infeliz, a unbotarate, algo que les llegaba muy adentro, que les halagaba yenternecía. Al orador no le faltaban palabras, pero las lágrimas lesalían al camino y querían pasar primero; además, las malditas piernasse le desplomaban, según costumbre, y así, se le veía ir doblándose, ycasi tocaba con la barba en el mantel, cuando siguió diciendo:

—¡Ah, amigos míos! Mochi amigo, Gaetano carísimo (el barítono), vosotrosno podéis saber cuánto me halaga que al pobre Reyes abandonado,despreciado, humillado, le comprendan y quieran los artistas. Si yo meatreviera huiría con vosotros, sería el último, pero artista,independiente, libre, sin miedo al porvenir, sin pensar en él, pensandoen la música...

¿Creéis que no os comprendo? ¡Cuántas veces leo envuestro rostro las preocupaciones que os afligen, los cuidados delmañana incierto! Pero poco a poco el arte os devuelve a vuestratranquilidad, a vuestra descuidada existencia; un aplauso os sirve deopio, el puro amor del canto os embelesa y saca de la miserable vidareal.... Y el último de vosotros, Cornelio, que no tiene más que un trajede verano para invierno, olvida o desprecia esta miseria, y seentusiasma al gritar, lleno de inspiración artística, en su papelmodesto de corista distinguido, aquello de la Lucrezia: Vivva il Madera!(Bravos y aplausos interrumpen al orador. El corista aludido, que estápresente y, en efecto, luce un traje digno de los trópicos y muy usado,abraza a Reyes, que le besa entre lágrimas.)

Quiso continuar, pero no pudo; cayó sobre su silla como un saco, ySerafina, orgullosa de aquella oratoria inesperada y de la discrecióncon que su amante se abstuvo de aludirla, le felicita con un apretón demanos y otro de pies más enérgico.

Mochi se aproxima al héroe, le abraza y le dice al oído, rozándose losrostros:

—Bonifacio, lo que te debo, lo que vales, nunca lo olvidará este pobreartista desconocido y postergado.

Las lágrimas de Mochi, mezcladas con los polvos de arroz que no halimpiado bien aquella noche, caen sobre las mejillas del improvisadoanfitrión.

Al cual apenas le quedan fuerzas para pensar.... Mas de repente da unbrinco, lívido, y con el brazo en tensión, señala con el índice a laesfera del reloj que tiene enfrente.

—¡La hora!—grita aterrado, y procura separarse de la mesa y echar acorrer....

—¿Qué hora?—preguntan todos.

—La hora de.... Bonis miró a Serafina con ojos que imploraban compasión yser adivinados.

Serafina comprendió; sabía algo, aunque no lo más humillante, de aquellaesclavitud doméstica.

—Dejadle, dejadle salir, tiene que hacer a estas horas, sin falta... nosé qué, pero es cosa grave; dejadle salir.

Bonis besó con la melancólica y pegajosa mirada a su ídolo, ya que nopodía de otro modo, y enternecido por el agradecimiento, tomó laescalera....

Los cómicos le dejaron ir, pero miraron a Mochi como preguntándole algoque él debía adivinar.

Mochi, risueño, tranquilo, retorciéndose el afilado bigote, adivinó enefecto, y dijo:

—¡Oh, señores, no hay cuidado! Palabra de rey; aquí le conocen y sabenque no hay dinero más seguro que el del Sr. Reyes. Si no ha pagado ahoramismo, habrá sido por olvido... o por no ofendernos.

—Claro—dijo el barítono—; eso sería limitar el gasto....

—Sí, se conoce que es un caballero.

Todos convinieron en que Bonis pagaría todo el gasto que se hicieraaquella noche.

En cuanto a Bonifacio, comprendía, muy a su placer, que por el camino sele iba aliviando la borrachera. Estaba seguro de que aquella buenaacción que había comenzado el fresco de la noche, la llevaría a remateel miedo que le daba su mujer.

—Sí, estoy tranquilo, debo estar tranquilo; cuando entre en su cuarto,el instinto de la conservación, llamémoslo así, me hará recuperar el usode todas mis facultades, y Emma no conocerá nada. Además, puede que sehaya dormido, y en tal caso hasta mañana no habrá riña por mi tardanza;y lo que es mañana, ya estaré yo tan limpio de vino como el Corán.

Llegó a casa, abrió con su llavín, encendió una luz, subió de puntillasy entró en las habitaciones de su mujer. Una triste lamparilla,escondida entre cristales mates de un blanco rosa, alumbraba desde unrincón del gabinete; en la alcoba en que dormía Emma, las tinieblasestaban en mayoría; la poca luz que allí alcanzaba servía sólo para darformas disparatadas y formidables a los más inocentes objetos.

Bonis se acercó al lecho a tientas, estirando el cuello, abriendo mucholos ojos y pisando de un modo particular que él había descubierto paraconseguir que las botas no chillasen, como solían.

Esta era una de lasfatalidades a que se creía sujeto por ley de adverso destino; siemprelas suelas de su calzado eran estrepitosas.

Al acercarse a su mujer se le ocurrió recordar al moro de Venecia, decuya historia sabía por la ópera de Rossini; sí, él era Otello y sumujer Desdémona... sólo que al revés, es decir, él venía a ser unDesdémono y su esposa podía muy bien ser una Otela, que genio para ellono le faltaba.

Lo principal, por lo pronto, era averiguar si dormía.

Él se lo pidió al Hacedor Supremo con todas las veras de su corazón.Había pasado un cuarto de hora de la señalada para las últimas friegasde la noche.

—Por lo menos calla—pensó, cuando ya estaba quieto, porque sus pieshabían tropezado con los de la cama.

Por desgracia, el silencio no era prueba del sueño; es más, aunquetuviese los ojos cerrados no había prueba; porque muchas veces, pormortificarle, por castigarle, callaba, así, con los ojos cerrados, y norespondía aunque la llamase; no respondía a no ser ¡terrible erapensarlo!, pero

¿cómo negárselo a sí mismo?, a no ser con una bofetada yun

—¡Toma! ¡Vete a asustar a tu abuela!... ¡Infame, traidor, mal marido,mal hombre! etcétera, etc.

Todo esto era histórico; ya sabía Bonis que si algún día se le ocurríaescribir sus Memorias, que no las escribiría, ¿para qué?, habría queomitir lo de las bofetadas, porque en el arte no podían entrar ciertastristezas de la realidad excesivamente miserables, y lo que es susMemorias, o no serían, o serían artísticas; pero omitiéralas o no, lasbofetadas eran históricas. No habían sido muchas, pero habían sido. Ymás tenía que confesarse, que en rigor, en rigor, no le ofendían mucho;más quería un cachete, si a mano viene, que una chillería; el ruido loúltimo de todo.

Además, Emma cuando le insultaba, se repetía; sí, serepetía cien y cien veces, y aquello le llegaba a marear. Verdad era quecuando le pegaba se repetía también; bueno, pero no tanto.

Emma tenía los ojos cerrados. Su esposo no se fiaba y le acercó un oídoa la boca. Su respiración tenía el ritmo regular del sueño. Podía serfingido. No se sabía si dormía o no. En cuanto a llamarla, hacía tiempoque había renunciado a semejante prueba. Prefería estar allí, con lacabeza inclinada sobre el rostro de la supuesta enferma, porque, en todocaso, constaría que él, Bonis, había cumplido con su deber procurandoindagar si el sueño de su esposa era real o fingido. Si pasaban tres ocuatro minutos, declaraba a Emma en rebeldía y se retiraba satisfechopor haber cumplido con su deber. Podía al día siguiente echarle en carasu abandono, el olvido en que la tenía, etcétera, etc.; pero él estabaseguro de que se quejaba sin razón, porque se decía: «Si estabadespierta, demasiado sabe que no falté de mi puesto; si dormía, ¿paraqué necesitó de mí?».

Pasaron los cuatro minutos de espera y Bonis quiso, por lo excepcionalde las circunstancias, prolongar la experiencia.

A los cinco minutos Emma abrió los ojos desmesuradamente, y con unatranquilidad fría y perezosa, dijo, en una voz apagada que horrorizabasiempre a Bonis:

—Hueles a polvos de arroz.

En las novelas románticas de aquel tiempo usaban los autores muy amenudo, en las circunstancias críticas, esta frase expresiva: «¡Un rayoque hubiera caído a sus pies no le hubiera causado mayor espanto!».

Sin querer, Bonis se dijo a sí mismo muy para sus adentros elsustancioso símil «un rayo que hubiera caído a mis pies, etc.», y poruna asociación de ideas, añadió por cuenta propia: «¡Mal rayo me parta!¡Maldita sea mi suerte!».

—Hueles a polvos de arroz—repitió Emma.

Tampoco ahora contestó Bonis en voz alta. Pensó lo siguiente: «En todosoy desgraciado, hasta la Providencia es injusta conmigo; me castigacuando no lo merezco: cien veces habré olido a polvos de arroz, ynada... y hoy... hoy que no hay de qué... hoy que no lo he...». Derepente, se acordó de Mochi, de su abrazo y de que, en efecto, laslágrimas de borracho con que le había mojado, le olían a polvos dearroz. «¡Malditísimo marica!—pensó—; fue él, el sobón del tenor Mochi....y ahora, ¡qué conflicto!, ¡qué tormenta! Porque ¿quién le dice a esta....'Mira, sí, huelo a polvos de arroz, pero es porque... me abrazó y mebesó... ¡el tenor de la Compañía italiana!'?».

—Hueles a polvos de arroz—dijo por tercera vez la esposa desvelada.

Y con gran sorpresa del marido, un brazo que salió de entre la ropa dellecho no se alargó en ademán agresivo, sino que suavemente rodeó lacabeza de Bonis y la oprimió sin ira. Emma entonces olfateó muy de cercasobre el cuello de Reyes, y este llegó a creer que ya no le olía con lanariz, sino con los dientes. Temió una traición de aquella gata; temió,así Dios le salvase, un tremendo mordisco sobre la yugular, una sangríasuelta... pero al retroceder con un ligero esfuerzo, sintió sobre lanuca el peso de dos brazos que le apretaban con tal especie de ahínco,que no podía confundirse con la violencia ni el dolo malo; y acabó deentender, con gran sorpresa, de qué se trataba, cuando oyó un gemidoronco y mimoso, de voluptuosidad soñolienta, imperativa en medio delabandono, gemido que él conocía perfectamente y cuyo significado nopodía confundirse con nada. Significaba todo aquello el renacimiento deuna iniciativa conyugal largo tiempo abandonada. En la intimidad de lasintimidades no tenía Bonis mando superior al que le había sido conferidoen los demás quehaceres domésticos; de su espontaneidad no se esperabani se admitía cosa alguna. Un rayo que hubiera caído a sus pies... y derepente se hubiese convertido en lluvia de flores, no hubiera causadomayor sorpresa al amante de Serafina, que la actitud de su mujersoñolienta y caprichosa; pero sin andarse en averiguaciones de causaspróximas o remotas, echó sus cuentas Bonifacio, y se dijo en el fuerointerno, sin pararse a examinar la exactitud de la frase, «lo echaremostodo a barato»; y a la invitación de su hembra hecha por señasinfalibles, que levantaban en el alma nubes melancólicas de recuerdosque se deslizaban delante de una luna de miel muy hundida en elfirmamento oscuro, contestó con otras señas que fueron estimadas en loque valían.

«Esto no es infidelidad—pensaba Bonis—, esto es un 'sálvese el quepueda'». Su conciencia de amante, la falsa conciencia del románticoapasionado por principios, le acusaba, le decía que los recientesvapores de la orgía le prestaban un fuego que no era fingido; fueseresto de borrachera, agradecimiento, nostalgia de la luna de miel o loque fuese, ello era que aquel panteísta de la hora de los brindis nosentía repugnancia ni mucho menos al cumplir aquella noche sus másrudimentarios deberes de esposo; a la sorpresa que le causó la extrañaactitud de Emma, sucedieron pronto muchas sorpresas de un ordeninenarrable, llámese así, sorpresas que le enseñaron allá entre sueños,que el que más cree saber no sabe nada, que las apariencias engañan, quela aprensión hace ver lo que no hay, y viceversa; en fin, ello era que,o los dedos se le antojaban huéspedes, o veía visiones, o su mujer noestaba tan en los últimos como ella decía, ni las gallinas y chuletasque juraba no digerir, ni los vinos exquisitos que aseguraba ella que laenvenenaban, dejaban de surtir sus efectos en aquella «naturaleza»; quelas unturas y el algodón en rama habían producido una... palingenesia....algo así como una vegetación de la oscuridad, pálida, pero no mezquina.La torcida y dañada conciencia del fiel amante y del marido infiel, sequejaba, no admitía sofismas, allá en los adentros más nublados delturbado Bonis, que entre el sueño y la vigilia se entregaba, mitad pormiedo, por desorientarla, como él se decía, mitad por una especie devoluptuosidad nueva y que juzgaba monstruosa, se entregaba a losarrebatos del amor físico, no con gran originalidad por cierto, pero sícon una espontaneidad que era lo que más le remordía en la citadaconciencia de amante. Originalidad no la había, no; frases, gritosahogados, actitudes, novedades íntimas del placer, que Emma recibía contibias protestas y acababa por saborear con delicia epiléptica, y poraprender con la infalibilidad del instinto pecaminoso; todo esto era unacopia de la otra pasión, todo revelaba el estilo de la Gorgheggi.

Sinpasar de aquella misma noche, Bonis oyó a su mujer en el delirio delamor, que él siempre llamaba para sus adentros físico (por distinguirlede otro), oyó a Emma interjecciones y vocativos del diccionario amorosode su querida; y vio en ella especies de caricias serafinescas; todoello era un contagio; le había pegado a su mujer, a su esposa ante Diosy los hombres, el amor de la italiana, como una lepra; y de esto, laconciencia que protestaba era la del marido, la del padre de familia....virtual que había en él, en Bonifacio Reyes. «Esto es manchar el tálamocon una especie de enfermedad secreta... moral... se decía, y esto esademás faltar a mis deberes... de fiel amante romántico y artístico».Pero todos estos remordimientos mezclados y confusos se revolvían alláen el fondo del pobre cerebro, entre vapores de la borrachera que habíacreído desvanecida y que sólo se había descompuesto: por un lado eraplomo que se le agolpaba a la cabeza, por otro lado lujuria exaltada,enfermiza, que amenazaba derretirle. Entre los brazos de Emma, Bonis oíade cuando en cuando gritos que le estallaban dentro del cráneo.«¡Bonifacio! ¡Reyes! ¡Bonifacio!» le decían aquellos tremendosestallidos, y reconocía la voz del barítono, y la del bajo, y la del quecantaba en Lucrezia: Vivva il Madera!

Vino el día y se durmió la triste pareja. A las diez despertó Emma, seacordó de todo, sonrió como una gata lo haría si pudiera, y dio a sumarido un puntapié en la espinilla, diciendo:

—Bonis, levántate, que va a venir Eufemia.

Eufemia era la doncella que debía traerla el chocolate a Emma a las diezy cuarto en punto. No quería que la chica se enterase de que elmatrimonio había dormido de aquella manera.

Cuando Bonis abrió los ojos a la realidad, como se dijo a sí mismo a lospocos segundos de despierto, lo primero que hizo fue bostezar, pero losegundo... fue sentir una sed abrasadora de idealidad, de infinito, deregeneración por el amor, y además sed material no menos intensa, ygrandísimos deseos de seguir durmiendo. Por lo demás, no quería pensaren su situación; le horrorizaba, por varios conceptos. Sideo, se leocurrió decir acordándose de una de las siete palabras del Mártir deGólgota, como él llamaba a Nuestro Señor Jesucristo; pero como Emmarepitiese el puntapié con el pie desnudo en el hueso de la piernaderecha, Bonis tradujo su exclamación, diciendo: «Tengo mucha sed....¡algo líquido, por Dios!... ¡aunque sea jarabe!...».

—¡Oye, tú!; ¿sabes lo que te digo? Que te levantes antes que venga lachica... si tú no tienes vergüenza, la tengo yo....

Y con aquella actividad y energía que caracterizaban a Emma y que habíanhecho pensar mil veces a Bonis que su mujer hubiera sido un magníficohombre de acción, un político, un capitán, digo que usando de estascualidades, la esposa arrojó al esposo del tálamo a patada limpia.

Notuvo más remedio Reyes que vestirse provisionalmente deprisa ycorriendo, y salir del cuarto de su media naranja sin más explicaciones:medio desnudo, descalzo, pues llevaba las botas en las manos (¿cómocalzar botas y no zapatillas al levantarse de la cama?), fue tropezandocon todo por los pasillos, atravesó el comedor, bebió en un vaso de aguaolvidado allí la noche anterior, llegó a su cuarto, se desnudó deprisa ymal, rompiendo botones; y en cuanto se vio en su lecho, en aquel que éltenía por propiamente suyo, pensó en entregarse a la reflexión y a losremordimientos de varias clases y harto contradictorios que leasediaban; pero la parte física pudo más; y la dulce frescura de la camatersa, la suavidad del colchón bien mullido, le arrojaron, como sirenasvencedoras, en lo más hondo del mar del sueño, haciendo rodar sobre sucabeza olas de reposo y olvido.

-IX-

Durmió como un muerto, pero no mucho. Como un resucitado volvió a lavida haciendo guiños a la luz cruda de un rayo del sol del mediodía, quepor un resquicio de la ventana mal cerrada, se colaba hasta la punta desus narices, hiriéndole además entre ceja y ceja.

Aquel rayo de luz le recordaba los rayos místicos de las estampas de loslibros piadosos; él había visto en pintura que a los santos reducidos aprisión, y aun en medio del campo, les solían caer sobre la cabeza rayosde sol por el estilo del que le estaba molestando. Si él fuese idólatra(que no lo era), vería en aquello la mano de la Providencia. No eraidólatra, pero creía en el Hacedor Supremo y en su justicia, que teníapor principal alguacil la conciencia.

Indudablemente su situación, la deBonis, se había complicado desde la noche anterior. «Hueles a polvos dearroz», había dicho la engañada esposa, tres veces lo había dicho, y envez de irritarse...

de envenenarle o ahorcarle... ¡cosa más rara!...

Y al llegar aquí se le pusieron delante de la imaginación las carnes desu mujer tales como de soslayo y a escape las había vislumbrado por lamañana, al salir del lecho conyugal. No era lo mismo lo que había creídover en el delirio o exaltación de la borrachera y la realidad que se lehabía presentado por la mañana; pero aun esta realidad excedía con muchoal estado que verosímilmente se hubiera podido atribuir a lo que éldenominaba encantos velados y probablemente marchitos de su mujer. Sí,él mismo, a pesar de que, con motivo de las unturas y otros menesteresanálogos, veía cotidianamente gran parte del desnudo de su Emma, nopodía observar jamás, porque ella lo prohibía con sus melindres,aquellas regiones que, en la topografía anatómica y poética de Bonis,correspondían a las varias zonas de los encantos velados. En estas zonasera donde él había visto sorpresas, inesperados florecimientos, unaespecie de otoñada de atractivos musculares con que no hubiera soñado elmás optimista. ¿Cómo era aquello? Bonis no se lo explicaba; porqueaunque filósofo como él solo, amigo de reflexionar despacio y por suspasos contados, sobre todos los sucesos de la vida, importáranle o no,era de esos pensadores que tanto abundan, que no hacen más que darvueltas a ideas conocidas, alambicándolas; pero no descubría, nopenetraba en regiones nuevas, y, en suma, en punto a sagacidad paraencontrar el por qué de fenómenos naturales o sociológicos, era tan romocomo tantos y tantos filósofos célebres que, en resumidas cuentas, nohan venido a sonsacarle a la realidad burlona ninguno de sus utilísimossecretos. Mucho discurrió Bonifacio, pero no logró dar en el quid de quesu mujer, dándose por medio difunta, tuviera aquellas reconditeces nadadespreciables, aunque pálidas y de una suavidad que, al acercar la piela la condición del raso, la separaba de ciertas cualidades de la materiaviva. Parecía así como si entre el algodón en rama, los ungüentos y eltibio ambiente de las sábanas perfumadas, hubiesen producido unaartificial robustez... carne falsa.... En fin, Bonis se perdía enconjeturas y en disparates, y acababa por rechazar todas estashipótesis, contra las cuales protestaban todas las letras de segundaenseñanza que él había leído de algunos años a aquella parte, con elpropósito (que le inspiró un periódico, hablando del progreso y de lasabiduría de la clase media) de hacerse digno hijo de su siglo yregenerarse por la ciencia. No, no podía ser; todas las leyesfísico-matemáticas se oponían a que el algodón en rama fuera asimilabley se convirtiera en fibrina y demás ingredientes de la pícara carnehumana.

No hay para qué seguir a Bonis en sus demás conjeturas, sino irse a locierto directamente.

Cierto era, muy cierto, que Emma había amenazadoruina, que sus carnes se habían derretido entre desarreglos originadosde sus malandanzas de madre frustrada, influencias nerviosas,aprensiones, seudohigiénicas medidas y cavilaciones, rabietas y falta deluz y de aire libre; pero también era verdad que no faltaba fibra alcuerpo eléctrico de aquella Euménide, que sus nervios se agarrabanfuriosos a la vida, enroscándose en ella, y que al cabo el estómago,llegando a asimilar las buenas carnes, y los buenos tragos produciendosano influjo, habían dado eficacia al renaciente apetito, y la saludvolvía a borbotones inundando aquel organismo intacto a pesar de tantaslacerías.

Pensaba Emma, al verse renacer en aquellos pálidos verdores, que eraella una delicada planta de invernadero, y que el bestia de su marido ytodos los demás bestias de la casa, querrían sacarla de su estufa ytransplantarla al aire libre, en cuanto tuvieran noticia de talrenacimiento. Su manía principal, pues otras tenía, era esta ahora: quetenía aquella nueva vida de que tan voluptuosamente gozaba, a condiciónde seguir en su estufa, haciéndose tratar como enferma, aunque, enresumidas cuentas, ya no lo estuviera. Además, con las nuevas fuerzashabían venido nuevos deseos de una voluptuosidad recóndita y retorcida,enfermiza, extraviada, que procuraba satisfacerse en seres inanimados,en contactos, olores y sabores que, lejos de todo bicho viviente, podíanofrecerle, como adecuado objeto, las sábanas de batista, la camacaliente, la pluma, el aire encerrado en fuelles de seda, el suelomullido, las rendijas de las puertas herméticamente cerradas, el heno,las manzanas y cidrones metidos entre la ropa, el alcanfor y los cienolores de que sabía ya Celestina.

Como un descubrimiento saboreaba Emma la delicia de gozar con los tressentidos a que en otro tiempo daba menos importancia, como fuentes deplacer. En su encierro voluntario ni la vista ni el oído podíandisfrutar grandes deleites; pero en cambio gozaba las sensaciones nuevasdel refinamiento del gusto y del olfato, y aun del contacto de todo sucuerpo de gata mimosa con las suavidades de su ropa blanca, dentro de lacual se revolvía como un tornillo de carne.

En los días en que sus aprensiones, mezcladas con su positiva enfermedadnerviosa, la habían puesto en verdadero peligro, camino de la muerte,por la debilidad no combatida, había llegado a sentir una soledadterrible, la de todo egoísta que presiente el fin de su vida; todas lascosas y todos los hombres la dejaban morirse sola, irse con Dios; y condoble vista de enferma adivinaba el fondo de la indiferencia general, laproximidad del peligro.

«¡Se muere uno solo, completamente solo, los demás se quedan muysatisfechos en el mundo; ni por cumplido se ofrecen a morirse también!».Bonifacio, Sebastián, que tanto la había querido, según él decía, el tíoNepomuceno, todos se quedaban por acá, nadie hacía nada para ayudarla ano morir, nadie decía: «Pues ea, yo te acompaño».

Emma era una atea perfecta. Jamás había pensado en Dios, ni paranegarlo; no creía ni dejaba de creer en la religión; cumplía con laIglesia malamente, y eso por máquina. En su tiempo no se solía discutirasuntos religiosos en su tierra; los que no eran devotos gozaban de unatolerancia completa; como tampoco eran descreídos, ni faltaban a lascostumbres piadosas y guardaban las principales apariencias, por nadieeran molestados.

«Yo no soy beata», decía Emma: y no pensaba más en estas cosas. LaIglesia, los curas, bien; todo estaba bien; ella no era aficionada a lasnovenas; pero todo ello estaba en el orden, como el haber reyes, ycontribución, y Guardia civil. Sobre todo, no se pensaba en nada de eso,no se hablaba de ello, ¿para qué? «Yo no soy beata». Y era ateaperfecta, porque vivía en perpetuo pensamiento de lo relativo. Jamáshabía meditado acerca de negocios de ultratumba; el infierno se lofiguraba como un horno probable; pero a ella ¿qué? Al infierno iban losgrandes pícaros que mataban a su padre o a su madre o a un sacerdote, oque pisaban la hostia o no se querían confesar.... Además, no se sabíanada de seguro. Pero el morirse era horroroso, no por el infierno, porel dolor de morir y por la pena de acabarse.

Sí, de acabarse; sin pensar en la contradicción de su conciencia íntimacon el dogma del cielo y el infierno, Emma veía con toda seriedad, coníntima convicción, con la conciencia de su propio espanto, elaniquilamiento doloroso en la tumba; y, poco amiga de discernir, no separaba a separar lo racional de lo imaginado; y así, algo también sentíala muerte por las paletadas de cal, y por la tierra húmeda, y la cajacerrada, y el cementerio solo, y la eternidad oscura.

Sin ver esta otra contradicción, padecía con la idea del aniquilamientoy la imagen de la sepultura. Pensaba en la muerte con ideas de vida, yde vida ordinaria, usual, la de todos los días de su vulgar existencia,y el horror del contraste crecía con esto.

Ni una vez sola se le ocurrió encomendarse a ningún santo, ni ofreciónada a la Virgen ni a Jesús por si sanaba; la primera energía que tuvoal convalecer, la empleó en sonreír, con terrible sonrisa de resucitada,a un propósito firme y endiablado: su tremendo egoísmo de convaleciente,mundano, prosaico y rastrero, se agarró a la resolución inconmovible devengarse de los miserables parientes que la iban a dejar morirse sola.

Emma, como la mayor parte de las criaturas del siglo, no tenía vigorintelectual ni voluntario más que para los intereses inmediatos ymezquinos de la prosa ordinaria de la vida; llamaba poesía a todo lodemás, y sólo tenía por serio en resumidas cuentas lo bajo, el egoísmodiario, y sólo para esto sabía querer y pensar con alguna fuerza. Talespíritu, era más compatible con aquel romanticismo falso y aquellasextravagancias fantásticas de su juventud, de lo que ella misma hubierapodido figurarse, a ser capaz de comparar el fondo de su alma mezquinacon el fondo de los ensueños de sus días de primavera.

El renacimiento de su carne lo guardaba como un secreto; era unahipócrita de la salud; seguía fingiendo achaques corporales como sifuese virtud el tenerlos. Eufemia, su doncella, era confidente parcialde sus engaños: como una trampa que hiciera a todos los suyos, Emmasaboreaba a solas con su criada los pormenores de aquel fingimiento. Lahija de Valcárcel se robaba a sí misma por mano de Eufemia que, detapadillo, traía de tiendas y plazas los mejores bocados y laschucherías más caras de la moda en materia de ropa interior, perfumes ymanjares.

En todos los comercios y puestos de comestibles principales,llegó a tener Emma cuentas enormes. «Ni el tío Nepomuceno, ni Bonis, niSebastián, sospechaban que existiera aquel agujero que ella iba haciendocon las uñas en el fortunón que ellos tal vez habían creído heredar deun día a otro».

Así lo pensaba ella, y gozaba como de una voluptuosidad de las sorpresasfuturas que reservaba a sus deudos. Saborear la mejor perdiz y la mejorlamprea de la plaza y usar con codos y rodillas la mejor batista, yenredar los dedos entre los mejores encajes, y derramar por sábanas,camisas, corsés, medias y pantalones, las esencias más caras, conprofusión, causando el asombro de Eufemia, era género de delicia que seaumentaba con la idea de la mala pasada que les estaba jugando a todosaquellos parientes, en particular a Bonis y a su tío.

—D. Nepo—se decía ella a solas, sonriendo con malicia—, róbeme usted,róbeme, que yo tampoco me descuido.

Aunque entregada por completo a la vida material, no tenía el menorinstinto de conservación de la fortuna, no había pensado jamás en elorigen de su dinero; creía vagamente que el capital de que gozaba erauna fuente inagotable que estaba en algún paraje misterioso, que nohabía para qué indagar ociosamente: allí, entre los papeles del tío,estaba la mina; él se quedaría con gran parte del filón; pero ¿quéimportaba?, no valía la pena de echar cuentas, desconfiar, administrarpor sí misma; ¡absurdo!, por lo visto había para todo; él robaba, ellatambién; le engañaba, y el mejor día vendrían a casa unas cuentas que ledejarían patidifuso al buen D. Nepo, pues es claro que tenía quepagarlas.

Las cuentas ya habían venido y algunas se habían pagado. D. JuanNepomuceno seguía con Emma la misma conducta que con Bonis desde quecada cual por su lado se habían entregado a la prodigalidad, como él sedecía. La de Emma sí era prodigalidad verdadera, aunque no lo parecía.Para ella era como la sensación de un lujo enorme extravagante la perezaque sentía de echar cuentas y atar corto a Nepomuceno: comprendía que élhacía su Agosto con el caudal de su sobrina, que iba pasando a poder deladministrador gran parte del capital administrado, pues bien claroestaba que todos los días D. Juan hablaba de sus propias rentas, que pormilagros de la suerte o por bondad de la Providencia, prosperaban, ytodos los días también hablaba de desventuras sin cuento que caían sobrelos predios de la Valcárcel y la parte de su capital colocada en manosindustriosas de España y del extranjero.

Las minas de hierro y de carbón que empezaban a explotarse en aquellaprovincia por entonces, daban mil chascos a cada momento, y no pocos deellos redundaron en perjuicio de las acciones de Emma que Nepomucenohabía comprado, siempre diligente en el cuidado de la hacienda de suantigua pupila.

Pero ¡oh casualidad portentosa y fijeza de los hados!, las minas en quetenía el mismo D. Juan sus miserables ahorrillos, no quebraban, dejabanun rédito sano y constante. En montón comprendía Emma que todo aquellosignificaba que la robaba el tío.... Y aquí estaba lo que ella entendíapor lujo refinado.... No la importaba; y le dejaba hacer, le dejabarobar, prefiriendo no calentarse los cascos, calculando lo caro que lesalía este placer de no meterse a pedir cuentas ni a reñir por cuestiónde ochavos, ella que improvisaba una verrina a grito pelado sobremotivos de un caldo demasiado caliente.

Mas notaba Emma, con una extraña delicia y cierta vanidad por lo queella creía su espíritu singular, único, notaba una complacencia, como lade sentir cosquillas inaguantables capaces de ponerla enferma, entolerar y hasta hurgar las flaquezas del prójimo, siquiera en algo laperjudicasen. El descubrimiento de la maldad ajena la embelesaba, laenorgullecía y la animaba a abandonarse a sus perversiones caprichosas.Además, tenía los sentidos y el gusto muy afinados para saborear ydiscernir la belleza que hay en la energía y en la habilidad del mal; unpícaro gracioso, redomado, hábil y suelto para sus picardías, le parecíaun héroe: Luis Candelas, según se lo presentaban librotes de imaginaciónmuy populares, era un héroe con quien hasta soñaba.

Leía con avidez lascausas célebres y reservaba toda su compasión para los criminales encapilla.

Para los delitos de amor su lenidad era infinita; y si bien enlos días en que la debilidad la tuvo tan postrada que sintió como laconciencia física de un agotamiento de deseos y facultades sexuales,miraba con desprecio y repugnancia, y hasta ira, todo lo que serefiriese a respetar, consagrar y propagar el amor, cuando se viorenacer dentro de su pálido pellejo, suave y fofo, volvió a su ánimoaquella piedad sin límites por las flaquezas amorosas y la admiraciónpara todos los grandes atrevimientos y extravagancias de este orden,especialmente si eran hembras las que llevaban a cabo tales osadías.

De su tío Nepomuceno sabía, por murmuraciones del primo Sebastián y deEufemia, que tenía una pasión de viejo por una alemana, hija de uningeniero industrial, M. Körner, químico notable que había venido aciertos trabajos metalúrgicos.

—Sin duda el tío quiere hacerse rico a todo trance, y pronto, paraseducir con su fortuna, ya que no puede con sus patillas cenicientas, ala hija de ese alemán.

Y Emma gustaba con delicia, casi material, casi del paladar, como la deuna lectura picante, figurándose al buen señor, con sus cincuenta ypico, enamorado como un cadete y picado de veras y en lo vivo por eldemonio del amor.

Largos ratos se dedicaba ella a pensar en las contingencias de aquellosgraciosos amores, y llegaba, imaginando, al día de la boda, y pensaba enla verosimilitud de una cencerrada, pues el tío era viudo, cencerrada enque ella colaboraría a cencerros tapados, sin perjuicio de haberleregalado antes a la novia un magnífico aderezo.

Y después serían muy amigas, y a paseo irían juntas, y llegarían aburlarse juntas del ridículo señor de las patillas, su deudor y esposorespectivamente... y hasta llegaba a pensar en los cuernos que su señoratía acabaría por ponerle al infiel administrador, ¿con quién?, con elprimo Sebastián, por ejemplo.... Y hasta enredaba la madeja en sufantasía de modo que resultaba que ella, Emma, tenía alguna culpa en ladesgracia de su tío... y ¿qué?, mejor. ¿No la había él engañado a ella?¿No la había robado? Pues entonces, las pagaba todas juntas.

Porque además Emma se reservaba el derecho de vengarse de los antiguosdespojos que había tolerado antes, sacándole a relucir sus trampas a D.Nepo, justamente en aquellos días de sus desgracias conyugales... ¡Quérisa! ¡Qué oportunidad para ponerle en un apuro! En esta como en todaslas demás flaquezas ajenas que a ella podían mortificarla, y que por lopronto toleraba, por amor al arte de las picardías, la mujer de Bonis sereservaba vagamente el derecho de vengarse del modo más refinadamentecruel, allá más adelante, no sabía cómo ni cuándo, pero algún día; ysentía una alegría y excitación semejantes a las que produce laesperanza de ser feliz, con la conciencia de estos aplazados desquites,de estos castigos y tormentos vengadores, representados y proyectadosentre las brumas de la voluntad y del pensamiento.

Para explicar su conducta con el tío y con Bonis, hay que añadir a esteexamen de sus pervertidos sentimientos, su comezón de lo raro, originale inesperado. La irritaba que nadie pudiera prever sus enfados yrabietas, odios y venganzas; prefería incomodarse y enfurecerse pormotivos de los que nadie esperase tales resultados, y desorientar al másexperto observador quedándose fría, tranquila, impasible, ante injuriasy daños que los demás podrían creer que la iban a sacar de sus casillas.

Con Eufemia, su confidente, ejercitaba este prurito a menudo, ya en susmutuas relaciones, ya en lo que se refería a un tercero.