Su Único Hijo by Leopoldo Alas - HTML preview

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Su único hijo

Por

Leopoldo Alas, «Clarín»

Librería de Fernando Fé, Madrid

1890

Capítulos:

-I-,-II-,-III-,-IV-,-V-,-VI-,-VII-,-VIII-,-IX-,-X-,-XI-,-XII-,-XIII-,-XIV-,-XV-,-XVI-

-I-

Emma Valcárcel fue una hija única mimada. A los quince años se enamoródel escribiente de su padre, abogado. El escribiente, llamado BonifacioReyes, pertenecía a una honrada familia, distinguida un siglo atrás,pero, hacía dos o tres generaciones, pobre y desgraciada. Bonifacio eraun hombre pacífico, suave, moroso, muy sentimental, muy tierno decorazón, maniático de la música y de las historias maravillosas, buenparroquiano del gabinete de lectura de alquiler que había en el pueblo.Era guapo a lo romántico, de estatura regular, rostro ovalado pálido, dehermosa cabellera castaña, fina y con bucles, pie pequeño, buena pierna,esbelto, delgado, y vestía bien, sin afectación, su ropa humilde, no deltodo mal cortada. No servía para ninguna clase de trabajo serio yconstante; tenía preciosa letra, muy delicada en los perfiles, perotardaba mucho en llenar una hoja de papel, y su ortografía eraextremadamente caprichosa y fantástica; es decir, no era ortografía.Escribía con mayúscula las palabras a que él daba mucha importancia,como eran: amor, caridad, dulzura, perdón, época, otoño, erudito, suave,música, novia, apetito y otras varias. El mismo día en que al padre deEmma, don Diego Valcárcel, de noble linaje y abogado famoso, se leocurrió despedir al pobre Reyes, porque « en suma no sabía escribir y leponía en ridículo ante el Juzgado y la Audiencia», se le ocurrió a laniña escapar de casa con su novio. En vano Bonifacio, que se habíadejado querer, no quiso dejarse robar; Emma le arrastró a la fuerza, ala fuerza del amor, y la Guardia civil, que empezaba a ser benemérita,sorprendió a los fugitivos en su primera etapa. Emma fue encerrada en unconvento y el escribiente desapareció del pueblo, que era unamelancólica y aburrida capital de tercer orden, sin que se supiera de élen mucho tiempo. Emma estuvo en su cárcel religiosa algunos años, yvolvió al mundo, como si nada hubiera pasado, a la muerte de su padre;rica, arrogante, en poder de un curador, su tío, que era como unmayordomo. Segura ella de su pureza material, todo el empeño de suorgullo era mostrarse inmaculada y obligar a tener fe en su inocencia almundo entero. Quería casarse o morir; casarse para demostrar la purezade su honor. Pero los pretendientes aceptables no parecían. La deValcárcel seguía enamorada, con la imaginación, de su escribiente de losquince años; pero no procuró averiguar su paradero, ni aunque hubiesevenido le hubiera entregado su mano, porque esto sería dar la razón a lamaledicencia.

Quería antes otro marido. Sí, Emma pensaba así, sin darsecuenta de lo que hacía: « Antes otro marido». El después que vagamenteesperaba y que entreveía, no era el adulterio, era... tal vez la muertedel primer esposo, una segunda boda a que se creía con derecho. Elprimer marido pareció a los dos años de vivir libre Emma. Fue unamericano nada joven, tosco, enfermizo, taciturno, beato. Se casó conEmma por egoísmo, por tener unas blandas manos que le cuidasen en susachaques. Emma fue una enfermera excelente; se figuraba a sí mismaconvertida en una monja de la Caridad. El marido duró un año. Alsiguiente, la de Valcárcel dejó el luto, y su tío, el curador-mayordomo,y una multitud de primos, todos Valcárcel, enamorados los más en secretode Emma, tuvieron por ocupación, en virtud de un ukase de la tirana dela familia, buscar por mar y tierra al fugitivo, al pobre BonifacioReyes. Pareció en Méjico, en Puebla. Había ido a buscar fortuna; no lahabía encontrado. Vivía de administrar mal un periódico, que llamabachapucero y guanajo a todo el mundo. Vivía triste y pobre, pero callado,tranquilo, resignado con su suerte, mejor, sin pensar en ella. Por uncorresponsal de un comerciante amigo de los Valcárcel, se pusieron estosen comunicación con Bonifacio. ¿Cómo traerle? ¿De qué modo decente sepodía abordar la cuestión? Se le ofreció un destino en un pueblo de laprovincia, a tres leguas de la capital, un destino humilde, pero mejorque la administración del periódico mejicano. Bonifacio aceptó, sevolvió a su tierra; quiso saber a quién debía tal favor y se le condujoa presencia de un primo de Emma, rival algún día de Reyes. A la semanasiguiente Emma y Bonifacio se vieron, y a los tres meses se casaron. Alos ocho días la de Valcárcel comprendió que no era aquel el Bonifacioque ella había soñado. Era, aunque muy pacífico, más molesto que elcurador-mayordomo, y menos poético que el primo Sebastián, que la habíaamado sin esperanza desde los veinte años hasta la mayor edad.

A los dos meses de matrimonio Emma sintió que en ella se despertaba unintenso, poderosísimo cariño a todos los de su raza, vivos y muertos; serodeó de parientes, hizo restaurar, por un dineral, multitud de cuadrosviejos, retratos de sus antepasados; y, sin decirlo a nadie, se enamoró,a su vez, en secreto y también sin esperanza, del insigne D. AntonioDiego Valcárcel Merás, fundador de la casa de Valcárcel, famoso guerreroque hizo y deshizo en la guerra de las Alpujarras. Armado de punta enblanco, avellanado y cejijunto, de mirada penetrante, y brillando comoun sol, gracias al barniz reciente, el misterioso personaje del lienzose ofrecía a los ojos soñadores de Emma como el tipo ideal de grandezasmuertas, irreemplazables. Estar enamorada de un su abuelo, que era elsímbolo de toda la vida caballeresca que ella se figuraba a su modo, eradigna pasión de una mujer que ponía todos sus conatos en distinguirse delas demás. Este afán de separarse de la corriente, de romper toda regla,de desafiar murmuraciones y vencer imposibles y provocar escándalos, noera en ella alarde frío, pedantesca vanidad de mujer extraviada porlecturas disparatadas; era espontánea perversión del espíritu, pruritode enferma.

Mucho perdió el primo Sebastián con aquella restauración dela iconoteca familiar. Si Emma había estado a tres dedos del abismo, queno se sabe, su enamoramiento secreto y puramente ideal la libró de todopeligro positivo; entre Sebastián y su prima se había atravesado unpedazo de lienzo viejo. Una tarde, casi a oscuras, paseaban juntos porel salón de los retratos, y cuando Sebastián preparaba una frase que enpocas palabras explicase los grandes méritos que había adquirido amandotantos años sin decir palabra ni esperar cosa de provecho, Emma se lepuso delante, le mandó encender una luz y acercarla al retrato delilustre abuelo.—Sí, os parecéis algo—dijo ella—; pero se ve claramenteque nuestra raza ha degenerado. Era él mucho más guapo y más robusto quetú. Ahora los Valcárcel sois todos de alfeñique; si a ti te cargaran conesa armadura, estarías gracioso.

Sebastián continuó amando en secreto y sin esperanza. El guerrero de lasAlpujarras siguió velando por el honor de su raza.

Bonifacio no sospechaba nada ni del primo ni del abuelo. En cuanto sumujer dio por terminada la luna de miel, que fue bien pronto, como seencontrase él demasiado libre de ocupaciones, porque el tío mayordomoseguía corriendo con todo por expreso mandato de Emma, se dio a buscarun ser a quien amar, algo que le llenase la vida. Es de notar queBonifacio, hombre sencillo en el lenguaje y en el trato, frío enapariencia, oscuro y prosaico en gestos, acciones y palabras, a pesar desu belleza plástica, por dentro, como él se decía, era un soñador, unsoñador soñoliento, y hablándose a sí mismo, usaba un estilo elevado ysentimental de que ni él se daba cuenta. Buscando, pues, algo que lellenara la vida, encontró una flauta. Era una flauta de ébano con llavesde plata, que pareció entre los papeles de su suegro. El abogado delilustre Colegio, a sus solas, era romántico también, aunque algo viejo,y tocaba la flauta con mucho sentimiento, pero jamás en público. Emma,después de pensarlo, no tuvo inconveniente en que la flauta de su padrepasara a manos de su marido. El cual, después de untarla bien conaceite, y dejarla, merced a ciertas composturas, como nueva, se consagróa la música, su afición favorita, en cuerpo y alma. Se reconocióaptitudes algo más que medianas, una regular embocadura y muchosentimiento, sobre todo. El timbre dulzón, nasal podría decirse,monótono y manso del melancólico instrumento, que olía a aceite dealmendras como la cabeza del músico, estaba en armonía con el carácterde Bonifacio Reyes; hasta la inclinación de cabeza a que le obligaba eltañer, inclinación que Reyes exageraba, contribuía a darle ciertoparecido con un bienaventurado. Reyes, tocando la flauta, recordaba unsanto músico de un pintor pre-rafaelista.

Sobre el agujero negro, entreel bigote de seda de un castaño claro, se veía de vez en cuando la puntade la lengua, limpia y sana; los ojos, azules claros, grandes y dulces,buscaban, como los de un místico, lo más alto de su órbita; pero no poresto miraban al cielo, sino a la pared de enfrente, porque Reyes teníala cabeza gacha como si fuera a embestir. Solía marcar el compás con lapunta de un pie, azotando el suelo, y en los pasajes de mucha expresión,con suaves ondulaciones de todo el cuerpo, tomando por quicio lacintura. En los allegros se sacudía con fuerza y animación, extraña enhombre al parecer tan apático; los ojos, antes sin vida y atentos nadamás a la música, como si fueran parte integrante de la flauta odependiesen de ella por oculto resorte, cobraban ánimo, y tomaban calory brillo, y mostraban apuros indecibles, como los de un animalinteligente que pide socorro. Bonifacio, en tales trances, parecía unnáufrago ahogándose y que en vano busca una tabla de salvación; latirantez de los músculos del rostro, el rojo que encendía las mejillas yaquel afán de la mirada, creía Reyes que expresarían la intensidad desus impresiones, su grandísimo amor a la melodía; pero más parecíansignos de una irremediable asfixia; hacían pensar en la apoplejía, encualquier terrible crisis fisiológica, pero no en el hermoso corazón delmelómano, sencillo como una paloma.

Por no molestar a nadie, ni gastar dinero de su mujer, puesto que propiono lo tenía, en comprar papeles de música, pedía prestadas las polkas ylas partituras enteras de ópera italiana que eran su encanto, y él mismocopiaba todos aquellos torrentes de armonía y melodía, representados porlos amados signos del pentagrama. Emma no le pedía cuenta de estasaficiones ni del tiempo que le ocupaban, que era la mayor parte del día.Sólo le exigía estar siempre vestido, y bien vestido, a las horasseñaladas para salir a paseo o a visitas. Su Bonifacio no era más queuna figura de adorno para ella; por dentro no tenía nada, era un alma decántaro; pero la figura se podía presentar y dar con ella envidia amuchas señoronas del pueblo. Lucía a su marido, a quien compraba buenaropa, que él vestía bien, y se reservaba el derecho de tenerle por unalma de Dios. Él parecía, en los primeros tiempos, contento con susuerte. No entraba ni salía en los negocios de la casa; no gastaba másque un pobre estudiante en el regalo de su persona, pues aquello de laropa lujosa no era en rigor gasto propio, sino de la vanidad de sumujer; a él le agradaba parecer bien, pero hubiera prescindido de estelujo indumentario sin un solo suspiro; además, creía ocioso y gastoinútil aquello de encargar los pantalones y las levitas a Madrid, excesode dandysmo, entonces inaudito en el pueblo. Conocía él un sastremodesto, flautista también, que por poco dinero era capaz de cortar nopeor que los empecatados artistas de la corte. Esto lo pensaba, pero nolo decía. Se dejaba vestir. Su resolución era pesar lo menos posiblesobre la casa de los Valcárcel, y callar a todo.

-II-

Emma era el jefe de la familia; era más, según ya se ha dicho, sutirano. Tíos, primos y sobrinos acataban sus órdenes, respetaban suscaprichos. Este dominio sobre las almas no se explicaba de modosuficiente por motivos económicos, pero sin duda estos influíanbastante.

Todos los Valcárcel eran pobres. La fecundidad de la raza erafamosa en la provincia; las hembras de los Valcárcel parían mucho, y noles iban en zaga las que los varones hacían ingresar en la familia,mediante legítimo matrimonio. Procrear mucho y no querer trabajar, esteparecía ser el lema de aquella estirpe. Entre todos los Valcárcel nohabía habido más hombre trabajador en todo el siglo que el padre deEmma, el abogado, que también había sido, dentro del matrimonio, menosprolífico que sus parientes. Ya se ha dicho que Emma era hija única, y,por tanto, heredera universal del abogado romántico y flautista. Perolos ahorros del aprovechado jurisconsulto llegaron a su hija un tantomermados. Parece ser que la castidad de D. Diego Valcárcel no era tanextremada como se creía; su verdadera virtud había consistido siempre enla prudencia y en el sigilo; sabía que el mal ejemplo y el escándalo sonlos más formidables enemigos de las sociedades bien organizadas, y él,visto que no le era posible conservarse en casta viudez, entre seducir alas criadas de casa y a las doncellas de su hija, y, tal vez, como latentación le había apuntado varias veces a la oreja, a las respetablesclientes, desamparadas señoras que acudían a su despacho en demanda deluces jurídico-morales, como él decía; entre esto y reglamentar elvicio, las inevitables expansiones de la carne flaca, optó por loúltimo, organizando con sabia distribución y prudentísimo secreto elservicio de Afrodita, como decía él también. Y allí, fuera del pueblo,en las aldeas vecinas adonde le llevaban a menudo los cuidados de lahacienda propia y negocios ajenos, llegó a ser, valga la verdad, elAbraham— Pater Orchamus—irresponsable de un gran pueblo de hijosnaturales, muchos adulterinos. Ni su conciencia, ni la del cura que leconfesó, que en vida le había ayudado a veces a evitar escándalos, niciertas amenazas de bochornosas confesiones por parte de algunaspecadoras, le consintieron, a la hora un tanto apurada de hacertestamento, dejar en completo olvido ciertas obligaciones de la sangre;y como se pudo, guardando los disimulos formales que fueron del caso, sedejaron mandas aquí y allá, que disminuyeron en todo lo que la leyconsentía la herencia de Emma. No fue esto lo peor, sino que, previaconsulta del mismo director espiritual, D. Diego había hecho antessubrepticiamente muchas enajenaciones inter vivos, a que, muy a supesar, le obligó el miedo al escándalo, que era su gran virtud, según seha dicho. En suma, Emma se vio con bastante menos caudal que su padre,pero ella apenas lo supo casi, porque la daban jaqueca los papeles,síncopes los números y grima la letra de los curiales. Allá el tío,decía siempre que se trataba de intereses. Ella no entendía de nada másque de gastar. Bien hubiera querido D. Juan Nepomuceno, antes curador deEmma y actual mayordomo, sacudir todas las moscas que en forma deparientes zumbaban alrededor del mermado panal de la herencia; mas noera esto hacedero, porque el entrañable cariño que a los Valcárcelpretéritos y presentes y futuros había cobrado la sobrina, exigía que lahospitalidad más generosa acogiera a todos los suyos. D. Juan tuvo quecontentarse con ser el único administrador de aquella prodigalidadgentílica, pero no llegó su influencia a evitar el despilfarro, nisiquiera a conseguir que redundara sólo en provecho propio lagenerosidad excesiva de su antigua pupila.

Emma, que tuvo un mal parto, salió de una crisis de la vida lisiada delas entrañas, con el estómago muy débil, y perdió carnes y ocultóprematuras arrugas. Mas no podía esconder un brillo frío y siniestro dela mirada, antipático como él solo; en aquel brillo y en la expresiónrepulsiva que le acompañaba, se había convertido el misterioso fulgor deaquellos ojos que habían cantado, a la guitarra, varios parientes de laenfermucha mujer, nerviosa, irascible. De aquellos parientes, enamoradoslos más en secreto tiempo atrás, cada cual según su temperamento, hizosu corte Emma, que cada día despreciaba más a su marido, a quien sóloestimaba como físico, y sentía más vivo el cariño por los de su raza.

Reyes comprendía bien que, sin culpa suya, se iba convirtiendo en elenemigo de sus afines, enemigo vencido y humillado gracias a que sumujer le entregaba indefenso, atado de pies y manos, a cuantos parientesquisieran hacer de él un pandero.

Los Valcárcel, oriundos de la montaña, habían bajado a las villas de lasvegas y de la llanura a procurarse vida más holgada y muelle, y por todorecurso acudían al expediente de buscar matrimonios de ventaja,seduciendo a los ricachos de pueblo con pergaminos y escudos de piedralabrada, allá en los caserones de los vericuetos, y a las tiernasdoncellas con las buenas figuras de arrogante vigor y señoril gentilezaque abundaban en la familia. Casi todos los Valcárcel eran buenos mozos,aunque no tanto como el abuelo heroico, esbeltos; pero de palabra tarda,ceño adusto, voz ronca, trato oscuro y orgullosos sin disimulo;distinguíanse también por su apego exagerado a la capa, cuyo uso eraexcusado la mayor parte del año en los poblachones bajos, templados yhúmedos, donde solían buscar novias. Algunos llevaron su audacia, sindejar la capa, a extender sus correrías de caballeros pobres hasta laspuertas de la misma capital de la provincia, y por fin, D. Diego, elpadre de Emma, el genio superior de la familia sin duda alguna, entró enla ciudad sin miedo, fue estudiante emprendedor y calavera, y al llegara la mayor edad y tomar el grado, cambió de carácter, de repente, sehizo serio como un colchón, abrió cuarto de estudio, acaparó laclientela de la montaña, aduló a los señores del margen, magistradosserios también y amigos de las fórmulas más exquisitas, hizo buena boda,salió de pobre, brilló en estrados con fulgor de faro de primera clase,y, sin perjuicio de ser romántico en el fuero interno, y hasta deescribir octavillas en el seno del hogar, y dejar válvulas de seguridada los vapores del sentimentalismo en las llaves de la flauta, en quesoplaba con lágrimas en los ojos, fue con todo el más rígido amador dela letra y enemigo del espíritu y de toda interpretación arriesgada eirreverente de la ley sacrosanta. Y no se cuenta que una sola veztuviera la Sala que dirigirle el más comedido apercibimiento; ni de lapulcritud de su lenguaje en estrados se hizo la magistratura sinolenguas, llegando en este punto a caer D. Diego, valga la verdad, encierto culteranismo, disculpable, eso sí, porque mediante él procurabaque su elocuencia saliese como el armiño de las cenagosas aguas de la podredumbre privada, adonde le arrastraban, en ocasiones, lasnecesidades del foro. Alguna vez tuvo que acusar, mal de su grado, a unsacerdote indigno, de delitos contra la honestidad; y si bien en elfondo procuró estar fuerte, terrible, implacable, no hubo modo de que sulengua usase epítetos duros, ni siquiera enérgicos ni aun pintorescos,llegando en el mayor calor del ataque a llamar a su contrario «el malaconsejado presbítero, si se le permitía calificarle así». «Malaconsejado—decía después D. Diego explicando el adjetivo—; esto es, queyo supongo que el presbítero no hubiese caído en tales liviandades a noser por consejo de alguien, del diablo probablemente». Tenía el abogadoValcárcel que luchar en sus discursos forenses con el lenguaje ramplón ysobrado confianzudo que se usaba en su tierra, y que aun en estradospretendía imponérsele; mas él, triunfante, sabía encontrar equivalentescultos de los términos más vulgares y chabacanos; y así, en una ocasión,teniendo que hablar de los pies de un hórreo o de una panera, que en elpaís se llaman pegollos, antes de manchar sus labios con semejantepalabrota, prefirió decir «los sustentáculos del artefacto, señorexcelentísimo». A estas cualidades, que le habían conquistado lassimpatías y el respeto de toda la magistratura, unía el don nodespreciable de una felicísima memoria para recordar fechas conexactitud infalible, y así, había más números en su mollera que en unatabla de logaritmos. Llegó, sí, llegó el apellido de los Valcárcel,gracias a D. Diego, a un grado de esplendor que no había tenido desdelos siglos remotos en que había brillado por las armas. Honra y provechohabía ganado el ilustre jurisconsulto, y, de una y otra ventaja, queríangozar los parientes, que, por culpa de la fecundidad de sus hembras y delas afines, incurrían en un doloroso proletariado que amenazaba llenarde Valcárceles el mundo. No había matrimonios ventajosos que bastasen,con esta desmedida facultad prolífica, a sacar a la raza del temor muyracional de dar al fin en la miseria. Aquel movimiento de expansión enbusca de la prosperidad, que se había señalado en la dirección del vendamont, bajando de la montaña al valle, ya volvía a indicarse en unareacción proporcionada en sentido de vendaval, echando otra vez almonte, a los caserones de los vericuetos, a las proles numerosas de losValcárcel, multiplicadas sin ton ni son, incapaces de trabajar; porqueno se puede llamar propiamente trabajo, a lo menos en el sentidoeconómico, los mil apuros que en redor de los tapetes verdes pasaban losparientes de Emma, casi todos jugadores, y muchos de ellos víctimas desu pasión, que estalló en forma de aneurisma. Muerto D. Diego, losValcárcel perdieron su único apoyo, y el movimiento de retroceso enbusca de la montaña se aceleró en toda la familia. Cuando bajaban alllano venían cada vez más montaraces, más orgullosos; su odio a lacortesía, a las fórmulas complicadas de la buena sociedad de provincia,se acentuaba. Cuanto más pobres se iban quedando, más vanidad solariegatenían y más despreciaban la vida en poblado y en tierra llana. En laribera, como llamaban allá arriba a las regiones bajas, sólo una cosarespetable reconocían los Valcárcel del monte: el tapete verde. Se iba alas ferias a jugar, a perder, a empeñarse... y a casa.

Por el camino de retroceso que llevaba aquella raza se volvía a lahorda; era aquel el atavismo de todo un linaje. Por algún tiempo contuvoen gran parte tan alarmante tendencia el espíritu exaltado de Emma. Elcariño gentilicio que en ella despertó con tan exagerada vehemencia,sirvió para reconciliar a muchos de sus parientes con la civilización yla tierra llana. Las visitas a la capital fueron más frecuentes, tal vezporque eran más baratas y más cómodas. Ya se sabía que la casa delfamoso y ya difunto abogado D. Diego Valcárcel, era, como él la hubierallamado si viviese, jenodokia, jenones, o sea, en cristiano, albergue deforasteros. Emma, que en algún tiempo había desdeñado, no sincoquetería, la adoración de sus primos y tíos—pues también tenía tíosapasionados—ahora, es decir, después de haber perdido la flor de lahermosura, sobre todo la lozanía, por culpa del mal parto, gozábase enrecordar los antiguos despreciados triunfos del amor, y quería rumiarlas impresiones deliciosas de aquella adoración pretérita. Rodeábase convoluptuosa delicia, como de una atmósfera tibia y perfumada, de lapresencia de aquellos Valcárcel que algún día se hubieran tirado decabeza al río por gozar una sonrisa suya.

El amor aquel en algunos de ellos tenía que haber pasado por fuerza, sopena de ser ridículo; los años y la grasa, y la terrible prosa de laexistencia pobre y montaraz de allá arriba, habían quitado todo carácterde verosimilitud a cualquier tentativa de constancia amorosa; pero noimportaba: Emma se complacía en ver a su lado a los que todavíarecordaban con respeto y cariño el amor muerto, y consagraban al objetode tal culto todos los obsequios compatibles con el natural huraño ybrusco de la raza montés. Aquellos cortesanos del amor pretérito, talvez al rendir sus homenajes, pensaban sobre todo en la munificenciaactual de la heredera de D. Diego, única persona que aún tenía cuatrocuartos en toda la familia; pero ella, la caprichosa cónyuge del infelizBonifacio, no se detenía a escudriñar los recónditos motivos por que eraacatada su indiscutible soberanía sobre los suyos. Es muy probable queya ninguno de los parientes viese en su prima la belleza que, en efecto,había volado; pero algunos fingían, con mucha delicadeza en el disimulo,ocultar todavía una hoguera del corazón bajo las cenizas que el deber ylas buenas costumbres echaban por encima. Emma gozaba también, sin darsecuenta clara de ello, creyéndolo vagamente; saboreaba aquel holocaustode amor problemático con la incertidumbre de una música lejana que yasuena, no se sabe si en la aprensión o en el oído. Lo que era un dogmafamiliar, que tenía su fórmula invariable, era esto: que por Emma nopasaban días, que lo del estómago no era nada, y que después de parir,de mala manera, estaba más fresca y lozana que nunca. Nadie creía talcosa, porque saltaba a la vista que no era así; pero lo asegurabantodos.

Los cortesanos de aquella sultana caprichosa y de carácterviolento y variable, se vengaban de su humillación ineludibledespreciando a Bonifacio Reyes sin ningún género de disimulo. Emma llegóa sentir por su esposo un afecto análogo en cierto modo al que hubierapodido inspirar al Emperador romano su caballo senador. Otro dogma de lafamilia, pero éste secreto, era que « la niña había labrado su desgraciauniéndose a aquel hombre». El primo Sebastián confesaba entre suspirosque el único acto de su vida de que estaba arrepentido (y era hombre quese había jugado la hijuela materna a una carta), se remontaba a la épocade su pasión loca por Emma, pasión que le había hecho caer en ladebilidad de consentir en dar todos los pasos necesarios para buscar,encontrar, emplear y casar al estúpido escribiente de D. Diego. Aquelladebilidad, aquella ceguera de la pasión, no se la perdonaría nunca. Ysuspiraba Sebastián, y suspiraban los demás parientes, y suspiraba Emmatambién a veces, gozando melancólicamente con aquella afectación devíctima resignada que sufre por toda una vida las consecuenciasdesastrosas de una locura juvenil.

-III-

El buen esposo durante mucho tiempo no paró mientes en tales injurias.En el fondo del alma, y a pesar de los elegantes trajes de paño inglésque se le había hecho vestir, continuaba considerándose el antiguoescribiente de D. Diego, a quien había pagado sus favores con la másnegra ingratitud.

Todos los Valcárcel eran para él los señoritos. En vano, allá en losrápidos días, ya remotos, de aquella luna de miel que Emma habíadecretado que fuese tan breve, en vano la enamorada esposa le habíaexigido más dignidad y tesón en el trato con los primos y tíos; él,Bonifacio, no podía menos de estimarlos siempre muy superiores a él porla sangre, por los privilegios de raza en que confusamente creía. D.Juan Nepomuceno le aterraba con sus grandes patillas cenicientas, susojos fríos de color de chocolate claro y su doble papada afeitada conesmero cancilleresco; le aterraba sobre todo con sus cuentasembrolladas, que él miraba como la esencia de la sabiduría.

Siempre queD. Juan daba noticia somera de las mermas de la hacienda a su aturdidasobrina, exigía que Bonifacio estuviese delante; era inútil que Emma yel mismo Reyes quisiesen excusar esta ceremonia.—De ningún modo—gritabael tío—; quiero que lo presenciéis todo, para que el día de mañana nodiga ese (Bonifacio) que os he arruinado por inepto o por otra cosapeor. El todo que había de presenciar por fuerza ese, no era nada; allíno se podía ver cosa clara, y aunque se pudiera, no la vería Reyes, queni siquiera miraba. Si era una escena molesta, irritante para Emma la deasistir a las cuentas del tío, sin atender, sin sacar en limpio más que«aquello iba muy mal», para el marido era el tormento más insoportable.En vez de pensar en los números, pensaba en lo que le querrían deciraquellos ojos del administrador pariente. Le querían decir, en suopinión, «¿quién eres tú para pedirme cuentas, para fiscalizar miadministración? ¿Por qué estás tú metido en la familia, plebeyomiserable?». Sí, plebeyo, pensaba el infeliz; porque si bien sabía, congran oscuridad en los pormenores, que sus ascendientes habían sido de buena familia, casi lo tenía olvidado, y comprendía que los demás, losValcárcel especialmente, no querrían recordar, ni casi casi creer,semejante cosa.

Tan fuerte llegó a ser el disgusto que le causaban aquellas inútilesentrevistas, que, por primera vez en su vida, se decidió a cumplir enalgo su propia voluntad, y se cuadró, como él dijo, y no quisopresenciar más la insoportable escena. Con gran extrañeza y mayor placerse vio victorioso en este punto sin gran resistencia por parte del tío.En cuanto a Emma, tampoco insistió mucho en contrariar el deseo de suesposo. Y fue porque se le ocurrió que detrás de la emancipación delotro vendría la suya. En efecto, a los tres meses de haber prescindidode la presencia de Bonifacio, Emma consiguió que se prescindiera tambiénde la suya. Y el tío, sin que lo supiera nadie más que él y la sobrina,dejó de rendir cuentas de gastos y de ingresos a bicho viviente. Cadacual firmaba lo que tenía que firmar, sin leer un renglón ni una cifra,y no se hablaba del asunto.

Dos preocupaciones cayeron después sobre el ánimo encogido de Bonifacio:la una era una gran tristeza, la otra una molestia constante. Del malparto de su mujer nacían ambas. La tristeza consistía en el desencantode no tener un hijo; la molestia perpetua, invasora, dominante, proveníade los achaques de su mujer. Emma había perdido el estómago, y Bonifaciola tranquilidad, su musa. El carácter caprichoso, versátil de la hija deD. Diego, adquirió determinadas líneas, una fijeza de elementos quehasta entonces en vano se pretendía buscar en él; ya no fue mudableaquel ánimo, no iba y venía aquella voluntad avasalladora, peroinsegura, de cien en cien propósitos. Emma, con una seriedad extraña enella, se decidió a ser de por vida una mujer insoportable, el tormentode su marido. Si para el mundo entero fue en adelante seca, huraña, laflor de sus enojos la reservó para la intimidad de la alcoba. Molestabaa su esposo como quien cumple una sentencia de lo Alto. En aquellapersecución incesante había algo del celo religioso. Todo lo que lesucedía a ella, aquel perder las carnes y la esbeltez, aquellas arrugas,aquel abultar de los pómulos que la horrorizaba haciéndola pensar en lacalavera que llevaba debajo del pellejo pálido y empañado, aquel desganotenaz, aquellos insomnios, aquellos mareos, aquellas irregularidadesaterradoras de los fenómenos periódicos de su sexo, eran otros tantoscrímenes que debían atormentar con feroces remordimientos la concienciadel mísero Bonifacio. «¿No lo comprendía él así?». No. Su imaginación nollegaba tan lejos como quería su mujer. Él no pasaba de confesar quehabía sido un ingrato para con D. Diego dejándose robar por su hija. Detodo lo demás no tenía él la culpa, sino Emma o el diablo, que secomplacía en que él no tuviese hijos, ni su mujer las necesariascondiciones para ser como todas las hembras. En cuanto se quedaban solosen la habitación de la enferma, ella cerraba la puerta con estrépito, yacto continuo se oía la voz chillona, estridente, que gastaba las pocasfuerzas de la anémica en una catilinaria de cuya elocuencia y facundiano era posible dudar. La disputa, si a estas verrinas se les podía dartal nombre, solía comenzar por una consulta médica.

—Me sucede esto—decía ella—, y hablaba de sus irregularidades íntimas;¿qué te parece que será? ¿Qué debo hacer? ¿Continuaré con talmedicamento o tendré que suspenderlo?

Bonifacio palidecía, la saliva se le convertía en cola de pegar... ¿Quésabía él? Compadecía a su esposa (por supuesto, mucho menos que a símismo), pero no sabía ni podía saber lo que la convenía; es más, nisiquiera tenía una idea exacta de los males de que ella se quejaba;estaba seguro de que tenían cierta gravedad y de que eran origen de lapropia desesperación, porque le cerraban la esperanza de ser padre, detener hijos legítimos; pero de medicamentos y pronósticos

¿qué podíadecir él? Nada; y se echaba a temblar pensando en los oscuros fenómenospatológicos de que ella le hablaba, y barruntando la tormenta que traíaaparejada su ignorancia del caso.

—Mujer, yo no puedo decirte... yo no entiendo... llamaremos al médico....

—¡Eso es, al médico! ¡Para estas cosas al médico! Ya que tú no tienespudor, déjame a mí tenerlo. Estas son intimidades del matrimonio: almédico no se debe recurrir sino en el último apuro.... Tú debieras saber,tú debieras afanarte por averiguar lo que me conviene; aunque no fuerapor cariño, por pudor, por vergüenza; y si no tienes vergüenza, porremordimientos, por....

Ya se ha indicado que la facundia de Emma, llegados estos momentos, notenía límites.

Un día, en que a ella se le antojó que tenía una inflamación delhígado... en el bazo, fue en busca de su esposo y le encontró en sualcoba tocando la flauta. Su indignación no encontró palabras; allí nohabía elocuencia posible, a no ser la del silencio... y la de loshechos. «Ella muriendo de un ataque al hígado y él... ¡tocando laflauta!». Aquello merecía testigos, y los tuvo.

Acudieron a la citaciónde Emma D. Juan Nepomuceno, Sebastián y otros dos primos. La indignacióncundió por todos los presentes. El delito era flagrante: la flautaestaba allí, sobre la mesa, y el hígado de Emma en su sitio, pero hechouna laceria. Bonifacio, que a pesar de todo quería a su mujer más quetodos los tíos y primos, olvidando el propio crimen, quiso enterarse delmal que padecía la víctima; a duras penas pudo conseguir que Emma,tendida en un sofá y ahogando los sollozos, señalase con una mano en ellado izquierdo la región del bazo.

—Pero, hija... se atrevió a decir, si eso... no es el hígado. El hígadoestá al otro lado.

—¡Miserable!—gritó la esposa—. ¿Todavía te atreves a hablar? ¿No dicesque tú no eres médico? ¿Que tú no entiendes de eso? Y ahora porcontradecirme....

D. Juan Nepomuceno, amante de toda verdad, como no fuera del ordenaritmético, en el cual prefería las lucubraciones de la fantasía,declaró, con la mano sobre la conciencia, que en aquella ocasión ¡ raraavis! (dijo) Bonifacio tenía de su parte la razón; que el hígado estabaal otro lado, en efecto.

—No importa—dijo Sebastián—; puede ser un dolor reflejo.

—¿Y qué es eso?

—No lo sé; pero me consta que los hay.

No era tal cosa; era un dolorcillo reumático ambulante; pocos momentosdespués lo sintió Emma en la espalda. Resultó, en fin, que no era nada;pero siempre sería cierta una cosa: que Bonifacio estaba tocando laflauta en el instante en que su esposa se creía a las puertas delsepulcro.

No dormían juntos, sino en habitaciones muy distantes; pero el marido,en cuanto se levantaba, que no era tarde, tenía la obligación de correra la alcoba de su mujer a cuidarla, a preparárselo todo, porque lacriada tenía irremediable torpeza en las manos; y en esta parte Emmahacía a su Bonifacio la justicia de reconocerle buena maña y dedos decera. Rompía mucha loza y cristal, y buenas reprimendas le costaba; perotenía dotes de enfermero y de ayuda de cámara. Y también reconocía ellade buen grado, y pensando a veces en pasadas ilusiones, que a pesar deser tan hábil en aquellos manejos, su marido no era afeminado de figurani de gestos; era suave, algo felino, podría decirse untuoso, pero todoen forma varonil. Aquel plegarse a todos los oficios íntimos de alcoba,a todas las complicaciones del capricho de la enferma, de lasvoluptuosidades tristes y tiernas de la convalecencia, parecían enBonifacio, por lo que toca al aspecto material, no las aptitudesnaturales de un hermafrodita beato o cominero, sino la románticaexageración de un amor quijotesco, aplicado a las menudencias de laintimidad conyugal.

Emma seguía sintiéndose orgullosa del físico de su Bonis, como llamaba aReyes; y al verle ir y venir por la alcoba, siempre de agradable y noblecatadura a pesar de los oficios humildes en que allí se empleaba,experimentaba la alegría íntima de la vanidad satisfecha. Mas antes laharían pedazos que dejase traslucir semejantes afectos, y cuanto másguapo, más esclavo quería al mísero escribiente de D. Diego, máshumillado cuanto más airoso en su humillación. Reñir a Bonifacio llegó aser su único consuelo; no pudo prescindir ni de sus cuidados ni depagárselos con chillerías y malos modos. ¿Qué duda cabía que su Bonishabía nacido para sufrirla y para cuidarla?

Sus pocos momentos de buen humor relativo los gastaba Emma en cultivarlos resabios de sus pretéritas coqueterías; todavía pretendía parecerbien a los parientes a quienes un día desdeñara; un poco de romanticismopuramente fantástico, alambicado, enfermizo, era lo único que, enpresencia de los Valcárcel, y sólo entonces, revelaba la existencia deun espíritu dentro de aquella flaca criatura pálida y arrugada: lo demásdel tiempo, casi todo el día, parecía un animal rabiando, con elinstinto de ir a morder siempre en el mismo sitio, en el ánimo apocado ycalmoso del suave cónyuge.

Bonifacio no era cobarde; pero amaba la paz sobre todo; lo que le dabamayor tormento en las injustas lucubraciones bilioso-nerviosas de sumujer, era el ruido.

«Si todo eso me lo dijera por escrito, como hacía D. Diego cuandoinsultaba a la parte contraria o al inferior en papel sellado, yo mismolo firmaría sin inconveniente». Las voces, los gritos, eran los que lellegaban al alma, no los conceptos, como él decía.

Había temporadas en que, después de los ordinarios servicios de laalcoba, para los que era irreemplazable el marido, Emma declaraba que nopodía verlo delante, que el mayor favor que podía hacerla era marcharse,y no volver hasta la hora de tal o cual faena de la incumbenciaexclusiva de Bonifacio. Entonces él veía el cielo abierto, tomando lapuerta de la calle.

-IV-

Se iba a una tienda. Tenía tres o cuatro tertulias favoritas alrededorde sendos mostradores.

Repartía el tiempo libre entre la botica de laPlaza, la librería Nueva, que alquilaba libros, y el comercio de pañosde los Porches, propiedad de la viuda de Cascos. En este últimoestablecimiento era donde encontraba su espíritu más eficaz consuelo; unverdadero bálsamo en forma de silencio perezoso y de recuerdos tiernos.Por la tienda de Cascos había pasado todo el romanticismo provincianodel año cuarenta al cincuenta. Es de notar que en el pueblo deBonifacio, como en otros muchos de los de su orden, se entendía porromanticismo leer muchas novelas, fuesen de quien fuesen, recitar versosde Zorrilla y del duque de Rivas, de Larrañaga y de D. Heriberto Garcíade Quevedo (salvo error), y representar El Trovador y El Paje, Zoraida yotros dramas donde solía aparecer el moro entregado a un lirismo llorón,desenvuelto en endecasílabos del más lacrimoso efecto:

¿Es

verdad,

Almanzor,

mis

tiernos

brazos

te

vuelven

a

estrechar?

¡Pluguiera al cielo!, etc.

decía Bonifacio y decían todos los de su tiempo con una melopea pegajosay simpática, algo parecida a canto de nodriza. Y decían también, estocon más energía:

¡Boabdil, Boabdil, levántate y despierta!... etc.

Esta era la mejor y más sana parte de lo que se entendía porromanticismo. Su complemento consistía en aplicar a las costumbres algode lo que se leía, y, sobre todo, en tener pasiones fuertes, capaces dellevar a cabo los más extremados proyectos. Todas aquellas pasionesvenían a parar en una sola, el amor; porque las otras, tales como laambición desmedida, la aspiración a algo desconocido, la profundamisantropía, o eran cosa vaga y aburrida a la larga, o tenían escasocampo para su aplicación en el pueblo; de modo que el romanticismopráctico venía a resolverse en amor con acompañamiento de guitarra y deperiódicos manuscritos que corrían de mano en mano, llenos de versossentimentales. ¡Lástima grande que este lirismo sincero fuera las másveces acompañado de sátiras ruines en que unos poetas a otros seenmendaban el vocablo, dejando ver que la envidia es compatible con elidealismo más exagerado! En cuanto al amor romántico, si bien comenzabaen la forma más pura y conceptuosa, solía degenerar en afecto clásico;porque, a decir la verdad, la imaginación de aquellos soñadores eramucho menos fuerte y constante que la natural robustez de lostemperamentos, ricos de sangre por lo común; y el ciego rapaz, que nuncafue romántico, hacía de las suyas como en los tiempos del Renacimiento ydel mismo clasicismo, y como en todos los tiempos; y, en suma, segúnconfesión de todos los tertulios de la tienda de Cascos, la moralidadpública jamás había dejado tanto que desear como en los benditos añosrománticos; los adulterios menudeaban entonces; los Tenorios, un tantoaveriados, que quedaban en la ciudad, en aquella época habían hecho suagosto; y en cuanto a jóvenes solteras y de buena familia, se sabía demuchas que se habían escapado por un balcón, o por la puerta, con unamante; o sin escaparse se habían encontrado encinta sin que mediaraningún sacramento. La tertulia de Cascos y la tienda de los Porcheshabían sido, respectivamente, ocasión y teatro de muchas de aquellasaventuras, que se envolvían en un picante misterio y después venían aser pasto de una murmuración misteriosa también y no menos picante.Aunque en nombre de la religión y de la moral se condenasen talesexcesos, no cabe negar que en los mismos que murmuraban y censuraban(tal vez cómplices, por amor al arte, de tales extremos) se adivinabauna recóndita admiración, algo parecida a la que inspiraban los poetasen boga, o los buenos cómicos, o los cantantes italianos—buenos omalos—o los guitarristas excelentes. Aquel romanticismo representado enla sociedad (entonces todavía no se había inventado eso de hablar tantode la realidad) era como un grado superior en la común creenciaestética. En cambio, si los antiguos partidarios del clair de lune de latienda de paños tenían que declarar la inferioridad moral—relativamenteal sexto mandamiento no más—de aquellos tiempos, recababan para ellos elmérito de las buenas formas, del eufemismo en el lenguaje; y así, todose decía con rodeos, con frases opacas; y al hablar de amores deilegales consecuencias se decía: «Fulano obsequia a Fulana», v. gr. Detodas suertes, la vida era mucho más divertida entonces, la juventud másfogosa, las mujeres más sensibles. Y al pensar en esto suspiraban los dela tienda de Cascos; de Cascos, que había muerto dejando a la viuda laherencia de los paños, de la clientela y de los tertulios ex románticos,ya todos demasiado entrados en años y en cuidados, y muchos en grasa,para pensar en sensiblerías trascendentales. Pero no importaba; seseguía suspirando, y muchos de aquellos silencios prolongados quesolemnizaban la ya imponente oscuridad de la tienda con aspecto decueva; muchos de aquellos silencios que tanto agradaban a Reyes, estabanconsagrados a los recuerdos del año cuarenta y tantos. La viuda, señorarespetable de cincuenta noviembres, tal vez había amado y se habíadejado amar por uno de aquellos asiduos tertulios, un D. CríspuloCrespo, relator, funcionario probo y activo e inteligente, de muy malgenio; sí, se habían amado, aunque sin ofensa mayor de Cascos; y enopinión de los amigos, seguían amándose; pero todos respetaban aquellapasión recóndita e inveterada; rara vez se aludía a ella, y se la teníapor único recuerdo vivo de tiempos mejores; y el respeto a tal documentopóstumo del muerto romanticismo se mostraba tan sólo en dejarinvariablemente un puesto privilegiado, dentro del mostrador, para D.Críspulo.

Bonifacio, que había sido uno de los más distinguidos epígonos de aquelromanticismo al pormenor, ya moribundo, se sentía bien quisto en latertulia y se acogía a su seno, tibio como el de una madre.

Una tarde que Emma le arrojó de su alcoba por haber confundido losingredientes de una cataplasma—¡caso raro!—, Bonifacio entró en latienda de paños más predispuesto que nunca a la voluptuosidad de losrecuerdos. Don Críspulo estaba en su asiento privilegiado. La viudahacía calceta enfrente del relator. Ambos callaban. Los demás exrománticos, entre toses y largos intervalos de silencio que parecíanparte del ceremonial de un rito misterioso, soñoliento, hablaban en lasemioscuridad gris, fuera del mostrador, y repasaban sus comunesrecuerdos.

¿Quién vivía en aquella plaza que tenían delante, el añocuarenta? El habilitado del clero, allí presente, hombre de prodigiosamemoria, recordaba uno por uno los inquilinos de todos aquellosedificios tristes y sucios, grandes caserones de dos pisos. «Las deGumía habían muerto en la Habana, donde era el año cuarenta y seismagistrado el marido de la mayor; en el piso segundo de la casa grandede Gumía habitaba el secretario del Gobierno civil, que se llamabaEscandón, era gallego, muy buen poeta, y se había suicidado en Zamoraaños después, porque siendo tesorero se le había hecho responsable de undesfalco debido al contador. En el número cinco vivían los de Castrillo,cinco hermanos y cinco hermanas, que tenían tertulia y comedias caseras;la casa de Castrillo era uno de los focos del romanticismo del pueblo;allí se escribía el periódico anónimo y clandestino, que después semetía por debajo de las puertas.

Perico Castrillo había sido untalentazo, sólo que entre las mujeres y la bebida le perdieron, y murióloco en el hospital de Valladolid. Antonio Castrillo había sido el mejorjugador de tresillo de la provincia, después se había ido a jugar aMadrid, y allí se agenció de modo, siempre jugando al tresillo, que sehizo un nombre en la política y fue subsecretario en tiempo de Istúriz.Pero este y los demás Castrillos habían muerto tísicos. En cuanto aellas, se habían dispersado, mal casadas tres, monja una y perdida laotra por un seductor del provincial de Logroño, el capitán Suero».

Al llegar a la casa número nueve el habilitado del clero suspiró congran aparato.

—Ahí... todos ustedes recuerdan quién vivía el año cuarenta....

—La Tiplona, dijeron unos.

—La Merlatti, exclamaron otros.

La Tiplona, la Merlatti había sido el microcosmos del romanticismomúsico del pueblo. Era una tiple italiana que aquellos provincianoshubieran echado a reñir con la Grissi, con la Malibrán, sin necesidad dehaber oído a estas. No concedían aquellos señores formales que en estemundo se hubiera oído cosa mejor que la Merlatti... ¡Y qué carnes! ¡Yqué trato! Era más alta que cualquiera de los presentes, blanca como lanieve, suave como la manteca y de una musculatura tan exuberante comobien contorneada; montaba a la inglesa, tiraba la pistola, y habíaabofeteado en medio del paseo a la Tiplona, su rival la Volpucci, quetambién tenía sus aficionados. Esta era delgada, flexible como un mimbrey lucía más que la Tiplona en las fioriture; pero como voz y como carnesy buena presencia, no había comparación. La Tiplona había vencido, yhabía vuelto a la ciudad en varias temporadas, y por último se habíacasado con un coronel retirado, dueño de aquella casa de la plaza delteatro, el coronel Cerecedo; y allí había vivido años y años dandoconciertos caseros y admirada y querida del pueblo filarmónico,agradecido y enamorado de los encantos, cada vez más ostentosos, de laex tiple. Y

¡quién lo dijera!, también había muerto tísica, después deun mal parto. ¡La Tiplona! El que más y el que menos de aquellos señoresla había amado en secreto o paladinamente, y el mismo Bonifacio, muyjoven entonces, tenía que confesarse que su afición a la ópera seriahabía crecido escuchando a aquella real moza, que enseñaba aquellablanquísima pechuga, un pie pequeño, primorosamente calzado, y unosdientes de perlas.

El habilitado del clero siguió pasando revista a los inquilinos del añocuarenta; de aquella enumeración melancólica de muertos y ausentes salíaun tufillo de ruina y de cementerio; oyéndole parecía que se mascaba elpolvo de un derribo y que se revolvían los huesos de la fosa común, todoa un tiempo. Suicidios, tisis, quiebras, fugas, enterramientos en vida,pasaban como por una rueda de tormento por aquellos dientes podridos yseparados, que tocaban a muerto con una indiferencia sacristanesca quedaba espanto. El vejete terminó su historia al por menor con los ojosencendidos de orgullo. ¡Qué memoria la suya!, pensaba él. ¡Qué mundoeste!, pensaban los demás.

A Bonifacio aquella narración le había hecho recordar el espectáculotristísimo de las ruinas de la casa donde él había nacido; sí, él habíavisto desprenderse las paredes pintadas de amarillo y otras cubiertas depapel de ramos verdes; él había visto como en un plano vertical lachimenea despedazada, al amor de cuya lumbre su madre le había dormidocon maravillosos cuentos; allá arriba, en un tercer piso... sin piso,quedaba de todo aquel calor del hogar el hueco de una hornilla en unamedianería agrietada, sucia y polvorienta. ¡Al aire libre, siempreexpuesta a las miradas indiferentes del público, estaba la alcoba en quehabía muerto su padre! Sí; él había visto en lo alto los restosmiserables, la pared manchada por las expectoraciones del enfermo, lasseñales del hierro de la cama humilde en la grasa de aquella pared....¿Qué quedaba de toda aquella vivienda, de aquella familia pobre, perofeliz por el cariño? Quedaba él, un aficionado a la flauta, en poder desu Emma, una furia, sí, una furia, no había para qué negárselo a símismo. La casa había desaparecido; aquellas ruinas de su hogar habíanestado siendo el escándalo de la gacetilla urbana. «¿Pero cuándo sederriba la inmunda fachada de la esquina asquerosa de la calle delMercado?». Esto había gritado la prensa local meses y meses, y al fin elMunicipio había aplicado la piqueta de doña Urbana, como decía elperiódico, a los últimos restos de tantos recuerdos sagrados. ¿Y élmismo, pensaba Bonifacio, qué era más que un esquinazo, una ruinaasquerosa que estaba molestando a toda una familia linajuda con suinsistencia en vivir, y ser, por una aberración lamentable, el marido desu mujer? Todas aquellas ideas tristes y humillantes las habíadespertado en su espíritu el diablo del habilitado con aquella ojeadaretrospectiva al año cuarenta. ¡La historia! ¡Oh!, la historia en lasóperas era una cosa muy divertida... Semíramis, Nabucodonosor, LasCruzadas, Atila... magnífico todo... pero las de Gumía, las deCastrillo... tanta muerte, tanta vergüenza, tanta dispersión ypodredumbre... esto encogía el ánimo. Por fortuna la conversación volvióa la Tiplona, y con motivo de esto se recordó las óperas que secantaban entonces y las que se cantaban ahora en comparación conaquellas. La verdad era que ahora no se cantaban óperas en el pueblo,pues casi hacía ocho años que no parecía por allí un mal cuarteto.Entonces el habilitado, que tanto había entristecido al concurso, sedignó dar una noticia de actualidad, contra su costumbre. Su costumbreera despreciar altamente todos los sucesos próximos, pasados o futuros,que no exigían, para ser referidos o inducidos, gran retentiva, como élllamaba a la memoria. Con aire displicente dijo el buen hombre:

—Pues ópera la van ustedes a tener ahora, y buena; porque me ha dicho elalcalde que han pedido el teatro desde León el famoso Mochi y laGorgheggi.

—¡La Gorgheggi!—gritaron a una los presentes.

Y hasta el relator hizo un movimiento de sorpresa en su silla, metido enla sombra, y la viuda de Cascos le miró y suspiró discretamente.

Ocho días después estaban en el pueblo el tenor Mochi, famoso en todoslos teatros de provincia del reino, y su protegida y discípula laGorgheggi. Cantaron La Extranjera la primera noche, y aunque el diariomás filarmónico de la capital «no se atrevió a emitir juicio por unasola audición», el público, menos circunspecto (verdad es también quecon menos responsabilidad ante la historia del arte), se entusiasmódesde luego y juró en masa que «desde la Tiplona acá no se había oídoprodigio por el estilo. La Gorgheggi era un ruiseñor; y además, ¡quéguapa, qué amable, qué atenta con el público, qué agradecida a losaplausos!». Sí que era guapa; era una inglesa traducida por su amigoMochi al italiano, dulce y de movimientos suaves, de ojos claros yserenos, blanca y fuerte; tenía una frente de puras líneas, que lucíamodestamente, con un peinado original, en que el cabello, de castañoclaro y en ondas, servía de marco sencillo a aquella blancura pálida, enque, hasta de día, como pensaba Bonifacio, parecía haber reflejos de laluna. Bonifacio vio dos actos de La Extranjera la noche del estreno, ycon un supremo esfuerzo de la voluntad se arrancó de las garras de latentación y volvió al lado de su esposa, de su Emma, que, amarillenta ydesencajada y toda la cabeza en greñas, daba gritos en su alcoba porquesu esposo la abandonaba, acudiendo tarde, muy tarde, media hora despuésde la señalada, a darle unas friegas sin las cuales pensaba ella que semoría en pocos minutos. Llegó Reyes, dio las friegas con gran ahínco, ensilencio, oyendo resignado los gritos, mezclados de improperios, de sumujer, y pensando en la frente y en la voz de la Gorgheggi y en el finalde La Extranjera, que estarían entonces cantando.

Y se acostó Bonifacio, discurriendo: «¡Sí, es muy hermosa, pero lo mejorque tiene es la frente; no sé lo que dice a mi corazón aquella curvasuave, aquella onda dulce!... Y la voz es una voz... maternal; canta conla coquetería que podría emplear una madre para dormir a su hijo en susbrazos: parece que nos arrulla a todos, que nos adormece... es... aunqueparezca un disparate, una voz honrada, una voz de ama de su casa quecanta muy bien: aquella pastosidad, como dice el relator, debe de ser laque a mí me parece timbre de bondad; así debieran cantar las mujereshacendosas mientras cosen la ropa o cuidan a un convaleciente... ¡qué séyo!, aquella voz me recuerda la de mi madre... que no cantaba nunca.¡Qué disparates! Sí, disparates para dichos, pero no para pensados.... Enfin, ¿qué tengo yo que ver con ella? Nada. Probablemente Emma no medejará volver al teatro...». Y se durmió pensando en la frente y en lavoz de la Gorgheggi.

Al día siguiente, a las doce de la mañana había ensayo, y allí estabaBonifacio, más muerto que vivo, barruntando la escena que le preparaba,de fijo, su mujer, a la vuelta. Se había escapado de casa. Y tenía queconfesarse que el placer de estar allí era mayor, por lo mismo que eraun acto de rebeldía su presencia en tal sitio.

Los ensayos siempre habían sido el encanto de Reyes. No se explicaba élbien por qué los prefería a las funciones más solemnes y magníficas. Asu manera, venía a pensar esto: «El teatro verdadero, el teatro pordentro, era el del ensayo; a Reyes no le gustaba la ficción en nada, nien el arte; decía él que los tenores y tiples no debían cantar delantede las candilejas, entre árboles de lienzo y vestidos de percal ante unpúblico distraído y en una sala estrecha donde el aire era veneno; lostenores y tiples debían andar, como los ruiseñores o las sirenas,esparcidos por los bosques repuestos y escondidos, o por las islasmisteriosas, y soltar al aire sus trinos y gorjeos en la clara noche deluna, al compás de las melancólicas olas que batían en la playa, y delas ramas de la selva que mecía la brisa...». Bueno; pero ya que esto nopodía ser, Bonifacio prefería oír a los cantantes en el ensayo. Porqueallí veía al artista tal como era, no como tenía que fingir que era. Porun instinto de buen gusto, de que él no podía darse cuenta, lo queaborrecía en las representaciones públicas era la mala escuela dedeclamación, la falsedad de actitudes, trajes, gestos, etc., etc., delos cómicos que iban por aquel pobre teatro de provincia. En el ensayono veía un Nabucodonosor que parecía el rey de bastos, ni un Atila semejante a un cabrero, sino un caballero particular que cantaba bien yestaba preocupado de veras con sus cosas, verbigracia, la mala paga, elmal tiempo que le tomaba la voz, o el correo que le traía malasnoticias. Bonifacio amaba el arte por el artista, admiraba a aquellagente que recorría el mundo sin estar jamás seguros del pan de mañana,preocupados con los propios y los ajenos gorgoritos.—¡Cómo hayvaliente—pensaba él—, que se decida a fiar su existencia del fagot, odel cornetín o del violoncello, verbigracia, o de una voz de bajosegundo, con veinte reales diarios, que es lo más bajo que se puedecantar! Yo, por ejemplo, sería un flauta pasable, pero ¡por cuanto hayno me atrevería a escaparme de casa y a ir por esos mundos hasta Rusia,tapando huecos en una orquesta! Acaso a mi dignidad y a mi independenciales estuviera mejor emprender esa carrera; pero ¡antes me tiro al agua!El azar... lo imprevisto... el pan dudoso, ¡qué miedo! Y por lo mismoque él se creía incapaz de ser artista, en el sentido de echar a corrersin más que la flauta, por lo mismo admiraba más y más a aquelloshombres, que eran indudablemente de otra madera.

Ya la cualidad de extranjero, y aun la menos extraordinaria deforastero, era para Bonifacio muy recomendable; no ser de su pueblo, deaquel pueblo mezquino donde habían nacido él y su mujer, constituía unaventaja; ser de muy lejos era una maravilla.... El mundo... el resto delmundo

¡debía de ser tan hermoso! Lo que él conocía era tan feo, tan pocacosa, que las bellezas que había soñado y de que hablaban los versos ylos libros de aventuras, deberían de estar, de fijo, en todos esoslugares desconocidos.... En Méjico había visto poco bueno; pero al finMéjico había sido colonia española, y se le había pegado la pequeñez depor acá. El verdadero extranjero era otro. Y de este venían losartistas, los cantantes.... Ser italiano, ser artista... ser músico, estoera miel sobre hojuelas y néctar sobre la miel. Y cuando el extranjero,el artista, el músico... era hembra, entonces el respeto y admiración deBonifacio llegaban a ser religión, idolatría.... Por todo lo cual, y porlo antes apuntado, prefería con mucho ver a los cómicos tal como eran, averlos pintados de reyes o de sacerdotisas respectivamente. En elensayo, en el ensayo era donde se conocía al artista....

Entró en el palco proscenio, a que estaban abonados desde tiempoinmemorial sus amigos de la tienda de Cascos; era el más bajo de los claros, que así se llamaba entonces a los que después se denominóplateas, y tenía, por ser de proscenio y estar medio escondido por unapared maestra, el apodo vulgar de faltriquera (años adelante bolsa). Nohabía nadie en el palco. Reyes abrió la puerta, procurando evitar elmenor ruido. Para él era el teatro el templo del arte, y la música unareligión. Se sentó con movimientos de gato silencioso y cachazudo; apoyólos codos en el antepecho y procuró distinguir los bultos que comosombras en la penumbra cruzaban por el oscuro escenario. No habíaentonces baterías de gas y no podía llevarse la luz por delgados tubos,como años adelante se vio allí mismo, a una altura discrecional; lashumildes candilejas alumbraban lo poco que podían, desde el tablado,como estrellas... de aceite, caídas. A la derecha del actor (así pensabaReyes), alrededor de una mesa alumbrada apenas por un quinqué de luztriste, había un grupo de sombras que poco a poco fue distinguiendo.Eran el director de escena, el apuntador, un traspunte y un hombre gordoy pequeño, de panza extraordinaria, vestido con suma corrección, muyblanco, muy distinguido en sus modales; era el signor Mochi, empresarioy tenor primero... y último de la Compañía. Otros grupos taciturnosvagaban por el foro, eran los coristas: el cuerpo de señoras estabasentado en corro a la izquierda. Donde quiera que se juntaban aquellasdamas pálidas y mal vestidas tendían, por la fuerza de la costumbre, aformar arcos de círculo, semicírculos y círculos según lascircunstancias.

Reyes había leído la Odisea en castellano y recordaba la interesantevisita de Ulises a los infiernos; aquella vida opaca, subterránea delErebo, donde opinaba él que tanto debían de aburrirse las almas de losque fueron, se le representaba ahora al ver a los tristes cómicos,silenciosos y vagabundos, cruzar el escenario oscuro, como espectros. Yasabía él que otras veces reinaba allí la alegría, que aquello iríaanimándose; pero había siempre en los ensayos cuartos de hora tristes.Cuando al artista no le anima esa especie de alcohol espiritual delentusiasmo estético, se le ve caer en un marasmo parecido al que abrumaa los desventurados esclavos del hachís y del opio.... Reyes había hechoa su modo un profundo estudio psicológico de los pobres tenores exnotables que venían a su pueblo averiados, como barcos viejos que buscanuna orilla donde morir tranquilos, acostados sobre la arena; tambiénsabía mucho de tiples de tercer orden que pretendían pasar porestrellas: aunque era muy joven todavía cuando había tenido ocasión dehacer observaciones, la reflexión serena le había ayudado no poco.Observaba compadeciendo, y compadecía admirando, de modo que el análisisllegaba verdaderamente al alma de las cosas. Lo que él no veía era ellado malo de los artistas. Todo lo poetizaba en ellos.

Los contrastesfuertes y picantes de sus ensueños de gloria y de su vida de bastidorescon la mezquina prosa de una existencia difícil, llena de los rocesásperos con la necesidad y la miseria, le parecían a Reyes motivos depoética piedad y daban una aureola de martirio a sus ídolos.

Aquel día procuró, como siempre, atraer hacia sí la atención de laspartes (el tenor, la tiple, el barítono, el bajo y la contralto), y estosolía conseguirlo sonriendo discretamente cuando algún cantante lemiraba por casualidad después de atacar con valentía una nota, o dehacer cualquier primor de garganta, o también después de decir unchiste.

Mochi, el tenor bajo y gordo, era como una ardilla y hablaba más que unsacamuelas, pero en italiano cerrado, y con suma elegancia en losmodales. Hablaba con el maestro director que se reía siempre, y Reyes,que no entendía a Mochi, pero que creía adivinarle, sonreía también.Como no había nadie más que él en calidad de mero espectador del ensayo,el tenor no tardó en notar su presencia y sus sonrisas, y al poco ratoya le consagraba a él, a Reyes, todos sus concetti. Tanto se loagradeció Bonifacio, que al tiempo de levantarse para salir del palcodeliberó consigo mismo si debía saludar al tenor con una ligerainclinación de cabeza. Miró Mochi a Reyes... y Reyes, poniéndose muycolorado, sacudió su hermosa cabellera con movimientos de maniquí, y sefue a su casa... impregnado del ideal.

-V-

Por la noche Emma le echó del seno del hogar por algunas horas, yBonifacio volvió al ensayo.

Ahora no estaba sólo en calidad de público;en todas las faltriqueras había abonados, y en la de los tertulios deCascos se destacaba la respetable personalidad del Gobernador militar,que honraba a aquellos señores aceptando un asiento en lo oscuro. Reyesse sentó en primera fila, y en cuanto Mochi miró hacia el palco, lesaludó con el sombrero. No contestó el tenor por lo pronto, lo cualdesconcertó al buen aficionado, principalmente por lo que pensarían susamigos; mas ¡oh gloria inmortal, oh momento inolvidable!, al lado deMochi, frente a la cáscara del apuntador, había una mujer, una señora,con capota de terciopelo, debajo de la cual asomaban olas de cabellocastaño claro y fino; y aquella mujer, aquella señora que había notadoel saludo de Reyes, tocó familiarmente con una mano enguantada en unhombro del tenor, y le debió de decir:

—En aquel palco te han saludado.

Ello fue que Mochi se volvió con rapidísimo gesto, vio a Reyes y sedeshizo en cortesías....

En el palco todos envidiaron aquello, hasta el brigadier Gobernadormilitar de la provincia; y más envidiaron la sonrisa con que la dama dela capota se atrevió a acompañar el saludo de Mochi, muy satisfecha, alparecer, de haberle advertido su distracción.

Reyes encontró en sus ojos la mirada de la Gorgheggi—que no era otra ladama—y muchas veces, muchas, pensando después en aquel momento solemnede su vida, tuvo que confesarse que impresión más dulce ni tan fuerte nola había experimentado en toda su juventud, tan romántica por dentro.

«Una mirada así—se dijo en aquel instante—, sólo puede tenerla unaextranjera que sea además artista. ¡Qué modestia en el atrevimiento, quécastidad en la osadía! ¡Qué inocente descaro, qué cándidacoquetería!...».

De las sonrisas y los saludos poco se tardó en pasar a las buenaspalabras: Bonifacio y otros señores de su palco reían discretamente loschistes con que Mochi se burlaba con disimulo de la orquesta, que eraindígena y desafinaba como ella sola; un lechuguino, que tenía fama dehacer grandes y muy valiosas conquistas entre bastidores, se atrevió aservir de intérprete, a su modo, entre el tenor y un trompa a quien elartista dirigió una cortés reprimenda en italiano. No era que ellechuguino supiera mucho de la lengua del Dante, pero sí lo suficientepara comprender que al hablar de missure, Mochi se refería a loscompases; mas los conocimientos lingüísticos del trompa no llegabanallí. Poco después Bonifacio se arriesgó, poniéndose muy colorado, atraducir otra observación humilde—esta de la Gorgheggi—al idioma deltrompa pertinaz, un hombre de tan mal genio como oído; la tiple habíahablado en español, había dicho «compás» como, de hablar, podría decirloun canario; pero el hombre del bronce no había querido entender tampoco;la traducción de Bonifacio consistió en repetir a gritos las palabras dela cantante, inclinándose desde el palco sobre la cabeza calva delmúsico.

—¡Mil gracias... oh... mil gracias!, había dicho la artista,despidiendo, entre miradas y sonrisas, chispas de gloria para el corazónde Reyes, que estuvo viendo candelillas un cuarto de hora. Le zumbabanlos oídos, y pensaba que si en aquel momento aquella mujer le proponíaescaparse juntos al fin del mundo, echaba a correr sin equipaje ni nada,sin llevar siquiera las zapatillas; y eso que no concebía cómo hombrenacido podía echarse por la mañana de la cama y calzarse las botas debuenas a primeras. Siempre que leía aventuras de viajes lejanos, grandespenalidades de náufragos, misioneros, conquistadores, etc., etc., lo quemás compadecía era la ausencia probable de las babuchas.

Sin faltar a un solo ensayo, y yendo también al teatro todas las nochesde función en que podía robar algunas horas a sus quehaceres domésticos,llegó Bonifacio a intimar con las partes, como él decía, de tal manera,que los amigos de la tertulia de Cascos llegaron a suponerle enrelaciones amorosas con la Gorgheggi.

—Yo les digo a ustedes que la obsequia—aseguraba el relator.

—Yo sostengo que no la obsequia—decía el lechuguino, envidioso.

La verdad era que la simpatía, y a los pocos días la más cordialamistad, habían llegado a tal punto entre Mochi y Bonifacio, que eltenor, después de tomar juntos café una tarde, no había vacilado enpedir al suo nuovo magià carissimo amico, duecento lire, o seancuarenta duros en el lenguaje que entendía Reyes. Pidió el italiano contal sencillez y desenfado aquellos ochocientos reales, acto continuo dehaber contado una aventura napolitana que le había costado cerca de dosmil duros, que Bonifacio tuvo que decirse: «Para este hombre cuarentaduros son como para mí un cigarrillo de papel; me ha pedido esos cuartoscomo quien pide lumbre para el cigarro; lo que le sobra a él, de fijo,es dinero; pero no lo tiene aquí, en este momento; lo malo es quetampoco lo tengo yo. Pero hay que buscarlo corriendo, no hay másremedio. Si se lo doy, no me lo agradecerá, aunque bien sabe Dios que nosé de dónde sacarlo; pero a él ¿qué? ¿Qué son ochocientos reales paraeste hombre? En cambio, si no se los busco inmediatamente medespreciará, me tendrá por un miserable... ¡Antes la muerte!».

Colorado como un pimiento declaró el español que, por una casualidad quelamentaba, no traía consigo aquella insignificante cantidad; pero que enun periquete corría a su casa... que estaba muy cerca, y volvía con loscuartos.

Y echó a correr sin oír las palabras de Mochi que, por no molestarle,renunciaba al préstamo.

En efecto, la casa de Emma no estaba lejos; pero llegar a ella, entrar,era más fácil que volver al teatro, al cuarto del tenor, con loscuarenta duros. ¿De dónde iba a sacarlos el infeliz esclavo de su mujer?¡Ay! ¡Con qué amargura contempló entonces, por la primera vez, su tristedependencia, su pobreza absoluta! No era dueño ni de los pantalones quetenía puestos, y eso que parecía que habían nacido ajustados a suspiernas; ¡tan bien le sentaban! No tenía dos reales que pudiera decirque eran suyos. ¿Qué hacer? ¿Renunciar para siempre al ideal? Mochi leaguardaba con aquellos ojos punzantes, risueños y maliciosos: sin eldinero no se podía volver: detrás de Mochi estaba la Gorgheggi, sudiscípula, su pupila. Bien; puesto que no tenía aquellos cuarenta durosni de donde sacarlos, como no robase los candelabros de plata que teníadelante de los ojos, sobre la mesa del despacho (el despacho de D.Diego, que seguía siendo despacho sin adjudicación singular: el de donJuan Nepomuceno, el de Emma, el de todos); como no tenía cuarenta durosni de donde le vinieran, renunciaría a su felicidad; no volvería apresentarse ante los queridos amigos italianos, ante los artistassublimes, se sacrificaría en silencio; cualquier cosa menos volver allácon las manos vacías....

En aquel momento D. Juan Nepomuceno se presentó en el despacho con unsaquito de dinero entre las manos; saludó a Reyes con solemnidad, y sepuso a contar pesos fuertes sobre la mesa; se trataba de la renta de laComuña, una casería que entregaba limpios todos los años cuatro milreales. Mientras don Juan, sin hacer caso del importuno, iba haciendopilas de pesos en correcta formación hasta el punto de recordar al pobre dilettante de todas las artes las ruinas de un templo griego, Reyespensaba:

—Esas columnas argentinas debía formarlas yo: ¡yo debía ser eladministrador de los bienes de mi mujer!

Una ola de dignidad retrospectiva le subió al rostro y le dio valorsuficiente para decir:

—D. Juan, necesito mil reales.

Años después, recordando aquel golpe de audacia, para el cual sólo elamor podía haberle dado fuerzas, lo que más admiraba en su temerariaempresa era el piquillo de su pretensión, los doscientos reales en quesu demanda había excedido a su necesidad. «¿Por qué pedí mil reales envez de ochocientos?». No se lo explicó nunca.

D. Juan Nepomuceno miró, sin contestar, a su afín. ¡Mil reales! Aquelmentecato se había vuelto loco.

—Sí, señor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo selos devolveré a usted mañana mismo; se trata de sacar de un apuro a unamigo de la infancia... paga segura....

—Amigo de la infancia... paga segura.... No lo entiendo.

Esto fue todo lo que dijo el tío administrador. ¿Cómo un amigo de lainfancia de aquel pelagatos podía ser paga segura? Esto quería dar aentender, y Bonifacio, comprendiéndolo, rectificó:

—De la infancia... precisamente... no... es uno de los amigos de laviuda de Cascos....

Y se puso otra vez muy colorado.

D. Juan clavó una mirada puntiaguda en los ojos claros... y turbados desu afín; adivinó algo, echó sus cuentas en un segundo, y, tomando dosmontones de plata, se los puso entre los dedos al pasmado Reyes, sindecir más que:

—Tome usted; son mil justos.

—Bueno, gracias. Mañana mismo....

—Eso... allá usted.

—Y que Emma no sepa....

—Por ahora no hace falta que sepa nada.

—¿Cómo por ahora?

—Y si usted reintegra a la caja (así hablaba el tío) esa cantidad enbreve, no sabrá nada nunca.

—Bien, bien; mañana mismo.

Ni mañana, ni pasado, ni al otro. Mochi recibió sus doscientas liras,como él las llamaba, con más expresivas muestras de agradecimiento queesperaba su nuovo amico; pero de devolución no dijo nada. ¡Cuáles seríanlas emociones que se amontonaron en el pecho del pobre flautista enaquellos días, que durante algunos, ni siquiera pensó en la deuda ni enla promesa de reintegrar a la caja aquellos cuartos, ni en el peligro deque se enterase Emma de todo, ni siquiera en la existencia deNepomuceno!

Con la generosidad de Reyes coincidió (pura coincidencia) la mayoramabilidad de Serafina Gorgheggi. Por un privilegio, de que gozaban muypocos, a Bonifacio le consentía el empresario permanecer entrebastidores durante la función. Solía colocarse el buen flautista muyoportunamente, pero como al descuido, en las entradas y salidas pordonde él sabía, gracias a los ensayos y al traspunte, que tenía quepasar la tiple. Serafina siempre se inmutaba al entrar en escena; él laanimaba con una sonrisa que ella parecía agradecerle con los ojos,cariñosos, maternales, como pensaba el marido de Emma. Cuando salía dela escena entre aplausos, por pocos que fueran, veía a Reyes que batíapalmas entusiasmado; entonces sonreía ella, inclinaba la cabezasaludando y pasaba discretamente cerca del infeliz enamorado. ¡Quéperfume el que dejaba tras de sí aquella mujer! Era un perfumeespiritual, según él; no se olía con las groseras narices, sino con elalma.

Aquella noche, la correspondiente al día del préstamo, Serafina tuvo unaovación en el segundo acto, y salió de la escena por la puerta lateralde una decoración cerrada de modo que los bastidores dejaban en unaespecie de vestíbulo, cerrado también por todos lados, a Bonifacio, queaguardaba allí como solía; para salir de aquella garita de lienzo, habíaque levantar un cortinón pesado, que se usaba para el foro en otrasdecoraciones. La Gorgheggi y su adorador se vieron un momento solos enaquel escondite; ella, después de saludar y sonreír al galán como solía,radiante ahora de justa satisfacción por los aplausos que aún resonabanallá afuera, se turbó un punto, buscando con torpe mano el éxito deaquella especie de trampa; y no lo encontró, como si anduviera ciega.

No era Bonifacio hombre capaz de aprovechar ocasiones; pero como si lofuese y la hubiese aprovechado y se hubiera arrepentido de la demasía,se echó a temblar también; y se puso a buscar la puerta y tampoco supolevantar el tapiz pesado al primer intento. En estas maniobras,tropezaron los dedos de uno y otro; pero como él no sabía qué decir yella lo comprendió así, la tiple, por hablar algo, dijo:

Il Mochi m'ha detto... Ah! siete un galantuomo...

Y aludió vagamente, con delicadeza, al préstamo.

Serafina, inglesa, hablaba italiano en los momentos solemnes, cuandoquería dar expresión de seriedad a sus palabras; ordinariamentechapurraba español con disparates deliciosos. En inglés no hablaba másque con Mochi.

—Señorita... eso... no vale nada.... Entre amigos.... Ha estado ustedsublime... como siempre....

Es usted un ángel, Serafina.

Sus palabras le enternecieron, le sonaron a una declaración; además, seacordó de su mujer y del mal trato que le daba; ello fue que doslágrimas como puños, muy transparentes y tardas en resbalar, le saltaronde los hermosos ojos claros; se quedó muy pálido y daba diente condiente.

Oh amico caro!—dijo ella con dulcísima voz temblona—; come sietebuono...

Y le cogió la mano que andaba tropezando en la cortina, y se la apretócon franca cordialidad.

—Serafina... yo no sé... lo que me hago... usted creerá...

Ella no le contestó, encontró la salida, levantó el cortinón, y con unamirada intensa, llena de caridad y protección, le dijo que la siguiera.Pero Bonis no se atrevió a traducir la mirada, y no siguió a la tiple.En cuanto quedó solo en aquel escondite, sintió que las piernas se lehacían ajenas, cayó sentado sobre las tablas, casi perdió el sentido, y,como entre sueños, oyó un silbido y voces y blasfemias que sonaban en loalto; cayó un telón a una cuarta de su cabeza, desaparecieron algunosbastidores arrastrados, y Reyes se vio entre un corro de tramoyistas yseñoritas que gritaban: ¡Un herido... un herido!... ¡Un telón haderribado a un caballero!

—¡Ah, el Sr. Reyes!...

—¡Reyes herido!...

—¡Una desgracia!...

Antes que él pudiera desmentir la noticia, había llegado al cuarto deMochi y al de la Gorgheggi.

Ambos acudieron a todo correr, asustados. Serafina se puso en primerafila; y como Reyes, con el susto que le habían dado los que le rodearon,y las emociones anteriores, y la vergüenza de confesar la verdad, noacababa de hablar, por contuso se le tuvo, se le supuso víctima de unvahído, pues tan pálido estaba, y las monísimas manos cuyo contacto depoco antes aún sentía en la piel, las de la Gorgheggi, le aplicaronesencias a las narices y le humedecieron las sienes.

Un minuto despuésse vio sentado en el confidente de raso azul que había en el tocador dela tiple.

Reyes se dejó compadecer, cuidar, mimar podría decirse, y notuvo valor para negar el accidente.

¿Cómo decir que se había caído alsuelo de gusto, de amor, no derribado por aquella decoración de monteespeso?

Serafina parecía adivinar la verdad en los ojos de su apasionado. Loscuriosos los dejaron solos a poco; Mochi no más entraba y salía,felicitándose de que no hubiera habido una desgracia; y por fin semarchó porque le llamaba el traspunte. La doncella de la Gorgheggi, queera partiquina, tuvo que presentarse también en escena; la tiple nocantaba hasta el final del acto.

Para hacerle la operación peligrosa de la declaración, a lo que laardiente inglesa estaba resuelta, tuvo que cloroformizarle con miradaseléctricas y emanaciones de su cuerpo, muy próximo al del paciente.Reyes, en efecto, allá entre sueños, se dejó abrir el pecho, y habló sinsaber lo que decía, aturdido y hecho un mar de lágrimas. La Gorgheggi,si hubiera sido más observadora, hubiera podido aprender en aquellaconfesión de su adorador lo que eran los Valcárcel y adónde conducíanlos matrimonios desiguales. Bonifacio en aquel estado no era responsablede sus dichos ni de sus hechos; y así, no se le pudo llamar traidor alpan que comía, aunque habló de Emma, la llamó por su nombre y tuvo quequejarse de la vida que semejante mujer le daba; y aun aturdido y todo,medio loco, no maltrató a su cónyuge; refirió los hechos tal como eran,pero los comentarios fueron favorables a Emma; Serafina pudo oír queaquella señora tenía gran talento, imaginación, un carácter enérgico dehombre superior; hubiera sido un gran caudillo, un dictador; pero lasuerte quiso que no tuviese a quien dictar nada, a no ser a él, al pobreescribiente de D. Diego Valcárcel.

Ocho días pasaron sin que Mochi volviera a pedir dinero a Reyes. Duranteuna semana se juzgó este el hombre más feliz del mundo, a pesar de quejamás había experimentado hasta entonces tantos y tan graves apuros,acompañados de insufribles remordimientos a ciertas horas.

Fue en uno deaquellos tormentosos días cuando pensó por vez primera en su vida queuna pasión fuerte todo lo avasalla, como había leído y oído mil vecessin entenderlo. Se creía a veces un miserable, el más miserable de todoslos maridos ordinariamente dóciles; y, a ratos, se tenía por un héroe,por un hombre digno de figurar en una novela en calidad de protagonista.

De los cuarenta duros no había vuelto a acordarse Mochi, ni Reyes seatrevió a pedírselos; mas todas las noches, pasados pocos días, los deceguedad completa para todo lo que no fuese el amor de la inglesa, alvolver a casa temblando por varios motivos, iba pensando en los milreales de la renta de la Comuña.

«¿Pero cómo reclamar aquel dinero por cuyo préstamo su ídolo le habíallamado galantuomo?». Por cierto que, cuando podía discurrir con algunatranquilidad, Bonifacio extrañaba un poco dos cosas: primera, pensabaque Serafina estuviese enterada del favorcillo hecho a Mochi, a Julio,se decía él; segunda, que ella hubiera dado a un servicio taninsignificante tanto valor. «¿Habrá sido un pretexto para provocar mideclaración? Eso debe de haber sido».

Las cavilaciones de Reyes en estepunto no pasaron de ahí.

A los ocho días de la declaración, cuando Julio se atrevió a pedirledinero otra vez a Bonifacio, los amores de este con la Gorgheggi nohabían pasado de los deliciosos preliminares que, por culpa del carácterdel varón que en ellos tenía interés, amenazaban prolongarseindefinidamente.

En cuanto al segundo préstamo, Bonifacio tuvo que confesarse a símismo que lo había tomado por un escopetazo, y que este era el apelativoque le había aplicado en sus adentros.

Julio pidió cinco mil reales para pagar a un bajo profundo que estabamal con el público, porque aplaudían más al bajo cantante que a él, ydejaba la Compañía por tesón... y, dicho fuera en secreto, porexigencias de los abonados. No llegaba a cinco mil reales, ni con mucho,lo que había que darle al bajo que se iba, pero... había que adelantarleparte del sueldo a la notabilidad que venía a sustituirle... en fin,ello eran cinco mil reales: la Empresa no los tenía en aquel momento....pero la renovación del abono daría un resultado seguro y... eran habascontadas. Y él, Mochi, sonreía con la tranquilidad comunicativa con quesonríe el titiritero sano y forzudo que hace trabajar en lo alto de unapercha a un pobre niño dislocado, que en el programa se llama su hijo.«Esa sonrisa—pensaba Reyes—, equivale a una hipoteca... pero no esconfianza lo que me falta a mí, sino dinero».

No se le ocurrió pensar que negar aquel nuevo préstamo al tenor no eradesairar a la tiple: un secreto escozor, de que no quería hacer caso, ledecía siempre que entre los intereses de la Gorgheggi y los de sumaestro había una solidaridad misteriosa. «Negarle ese dinero a él eranegárselo a ella», se decía sin poder remediarlo. «Y yo a ella... enestas circunstancias, no puedo negarle nada, ni siquiera lo que notengo».

Pensó en D. Juan Nepomuceno, y hasta entró en casa una noche con elpropósito de pedirle cinco mil reales. «Sí, no cabía duda, hubiera sidoel colmo del heroísmo. Yo le he prometido a usted devolverle mil realesa las veinticuatro horas de recibidos, ¿eh? ¿No es eso? Pues bien; aquíme presento, a los ocho días, no a entregar esos cincuenta duros, sino apedir cinco veces otro tanto». ¡Absurdo! El colmo del heroísmo, sí; peroabsurdo.

Y se acostó y apagó la luz, entregándose a sus remordimientos, que yaiban siendo una costumbre casi necesaria para conciliar el sueño. Antesde dormirse resolvió esto: que, sucediera lo que sucediera, él,Bonifacio Reyes, no pediría ni un cuarto más al tío de su mujer. Perocomo había prometido llevar al teatro al día siguiente los cinco milreales, y lo había ofrecido con una petulancia que nunca se perdonaría,sin titubear, como si lo que a él le sobrara fueran miles de reales;como había que buscarlos, no decía encontrarlos, buscarlos sin falta, selevantó temprano y se dirigió... a la plaza de la Constitución, lugar decita de todos los mozos de cuerda del pueblo.

—¿Qué hago yo aquí?—se dijo—. No parece sino que uno de estos gallegosme va a prestar cinco mil reales por mi cara bonita—. Los barrenderoslevantaban nubes de polvo que un sol anaranjado teñía del mismo color dela niebla que se arrastraba sobre los tejados.

—Pues lo que es uno de estos señores de escoba tampoco creo yo que me délo que necesito.

¿Qué hago yo aquí?

Y entonces vio que por una calle estrecha, la de Santiago, subía D.Benito el Mayor, escribano, hombre delgado y muy pequeño, que veníasoplándose las manos y traía un rollo de papel debajo del brazoizquierdo. Le llamaban D. Benito el Mayor para distinguirle de donBenito el Menor, otro escribano, éste muy buen mozo, que se apellidabacomo el Mayor, García y García. Al pequeño le llamaban el Mayor porqueera el más antiguo o porque era el más rico. Prestaba dinero a laspersonas distinguidas, no era muy tirano en materia de réditos y plazos,y su discreción y sigilo eran proverbiales en la provincia.