Sexo Público by Jacobo Schifter - HTML preview

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Caperucita rosa y el lobo feroz

 

Jacobo Schifter Sikora

 

Editorial ILPES

 

 

Índice

 

Prólogo......................................................................................................... 9

Introducción......................................................................................... 13

La revolución de la pornografía_______________________ 13

El sida como detonante______________________________ 21

La revolución del cuerpo____________________________ 24

1.  Metodología del estudio_____________________ 29

El primer estudio (1989)____________________________ 29

Origen del estudio y organización (1998)_______________ 30

Objetivo__________________________________________ 32

El calendario de trabajo_____________________________ 32

El estudio cuantitativo______________________________ 33

El estudio cualitativo_______________________________ 36

2.  La geografía del deseo: I989__________________ 41

Los parques y sus tributarios__________________________ 41

El cine___________________________________________ 47

Los saunas________________________________________ 50

3.  La geografía del deseo: I998 __________________ 59

Parque Monumental________________________________ 59

Nuevos parques de ligue_____________________________ 61

Los “Malls”_______________________________________ 63

Universidades_____________________________________ 64

Parques recreativos_________________________________ 65

La Llanura________________________________________ 66

Cine porno________________________________________ 67

Videos pornos_____________________________________ 70

Saunas___________________________________________ 71

Números_________________________________________ 72

4.  Al hombre... Sin la palabra____________________ 75

El lenguaje de la metáfora___________________________ 77

La escuela del sexo público___________________________ 84

El lenguaje y la “différance”_________________________ 86

5.  LA CLIENTELA GAY_______________________________ 89

El modelo gay de sexo público________________________ 90

6.  LA VIOLENCIA Y EL SEXO PUBLICO_______________ 109

No comunicarás (la historia de Juan)__________________ 112

Cuerpos invadidos (la historia de Alberto)______________ 114

Lo erótico del peligro (la historia de Pepe)_____________ 116

Sexo no verbal (la historia de Emilio)_________________ 118

La necesidad de desconectarse
(la historia de Miguel)_____________________________ 120

7.  Cacheros y chapulines_______________________ 123

Los cacheros_____________________________________ 126

Los “chapulines”__________________________________ 130

El cuerpo vulnerable_______________________________ 132

Caperucita se enfrenta al lobo feroz___________________ 135

La mirada: de “chapulines” a príncipes________________ 136

8.  Choque de culturas__________________________ 141

El lenguaje del crimen_____________________________ 144

10 reglas que podrían salvar la vida___________________ 150

La visita al castillo________________________________ 151

¿Es revolucionario el sexo público?___________________ 156

9.  Los policías___________________________________ 159

El cuerpo educado_________________________________ 162

Homofobia______________________________________ 166

Si vives con hombres..._____________________________ 168

Dios, líbranos de la tentación de todos los días...________ 171

Conclusiones....................................................................................... 175

Prólogo

 

Las preguntas que queremos contestar en este libro son varias: ¿Qué fue necesario para que una cultura gay latina tradicional haya cambiado drásticamente las reglas del juego y haya tomado los lugares públicos para exhibir lo que antes era prohibido? ¿Cuál ha sido el o los detonantes que provocaron el cambio? ¿Son peligrosos o no estos lugares para la infección con el VIH? ¿Cómo es que la comunidad gay costarricense pudo reducir la infección con el VIH y el número de hombres gays con sida? ¿Es posible para los homosexuales hacer cambios significativos en sus deseos y en sus prácticas sexuales? ¿De dónde se originó el lenguaje? ¿Cuáles son, cómo funcionan y cómo evolucionan los lugares de sexo público en un país latinoamericano? ¿Quiénes son los actores principales, sus motivaciones y sus problemas? ¿Cómo interactúan y se influyen entre sí los diferentes grupos que participan y cuáles son los problemas principales de comunicación? ¿Por qué se cometen asesinatos de hombres gays y cómo se podrían prevenir? ¿Es siempre “progresista” el sexo público en un país latino?

Para contestar estas preguntas, el Departamento de Investigación de ILPES inició en 1989 una investigación cualitativa y cuantitativa que ha durado casi una década. Nuestra misión principal, como siempre, ha sido investigar los patrones de conducta gay para realizar prevenciones efectivas en contra de la infección del VIH. Nunca ha sido nuestro interés denunciar estas actividades, ni perseguir a quienes las practican. Por el contrario, creemos que el sexo público ofrece una serie de oportunidades para que un sector de la población “trabaje” algunos problemas en la comunicación sexual y hasta se eduque en el sexo seguro. Por lo tanto, hemos cambiado por nombres ficticios los lugares y los personajes, su ubicación y algunas de sus características con el fin de proteger a las personas que tanto nos ayudaron en esta investigación. También estamos conscientes de los grandes peligros que acechan a los participantes y de ahí que les prestemos una gran atención. En los últimos años, muchos hombres gays han sido asesinados por clientes de estos lugares y creemos que nuestro estudio sugiere algunas reglas básicas de seguridad.

Entre los objetivos del ILPES está la empoderación de las minorías sexuales. Pero creemos que éstas no han contado con mucha voz y menos en la investigación social latinoamericana. Los estudios tradicionales suelen hacer citas de sus entrevistados pero continúan bajo la dictadura del autor. Es él o ella quien nos da las grandes y últimas interpretaciones. En nuestro caso, hemos intentado dar una mayor participación a nuestros informantes, respetando su lenguaje y su forma de ver las cosas, como también dándoles la voz en muchos de nuestros análisis. Hemos encontrado, por ejemplo, que los delincuentes pueden ellos mismos analizar el delito mejor que nosotros, y también que los participantes activos de los lugares públicos pueden ser excelentes etnógrafos. Esta democratización del proyecto de investigación tiene sus problemas. En algunos momentos nos hubiese gustado que mucho de lo recopilado fuera más “políticamente correcto” y que las minorías tuvieran un lenguaje menos rudo y grosero para los oídos sensibles. También, que mucho del humor que tienen fuese menos homofóbico, inclusive el de los gays mismos. Pero creemos que es mejor mostrarlos tal como son, sin la terrible censura de su lenguaje que es característico de la ciencia social latinoamericana.

Esta investigación tuvo la participación de un equipo profesional que está a la vanguardia del trabajo en minorías. Entre ellos, Rodrigo Vargas, estadístico y organizador clave de este estudio; Dino Starcevic, periodista; Luis Villalta, coordinador del proyecto para ex privados de libertad “Escucha Su Voz”, quien realizó el trabajo con la policía; Antonio Bustamente, director del proyecto “El Salón”, un programa para delincuentes juveniles de la calle; Abelardo Araya, coordinador del programa “Movimiento 5 de Abril”, para gays y lesbianas quien ayudó en la observación etnográfica en los lugares públicos; Lidia Montero, directora de la Editorial ILPES, y Héctor Elizondo, coordinador del “2828”, programa para jóvenes gays de la calle y quien me ayudó a contactar a muchos de los trabajadores del sexo. Como siempre, Julián González, principal editor de nuestros trabajos y David Gorn, el diseñador de portadas y encargado del levantamiento del texto.

A todos ellos mi más sincero reconocimiento por su gran labor.

Aunque la democracia es nuestra meta es importante tener una sola víctima que pueda ser demandada por lo que a continuación se escribe. De ahí que la responsabilidad, a pesar de la deuda enorme que tengo con todos los que participaron en esta investigación, es del todo mía.

Jacobo Schifter Sikora

Introducción

 

La revolución de la pornografía

 

Para Michel Foucault, la historia no tiene un desarrollo predeterminado, ni existe evidencia de que el conocimiento y la experiencia sean acumulativas, ni que los cambios se den por el avance científico1. El filósofo más bien cree que son los accidentes y las interrupciones los que los provocan. En su análisis del nacimiento de la clínica, el filósofo-historiador nos demuestra cómo serían la peste y la concentración de cadáveres, y no los descubrimientos científicos, los que llevaría a los médicos a realizar las autopsias para estudiar la enfermedad. Este hecho fortuito sería el responsable de que se pasara de una medicina de síntomas en que la enfermedad era una lectura social de la vista y el oído, hacia la medicina moderna en que se pasaría al tacto y a los órganos internos. Solo cuando se dio este salto mental, se sintió la necesidad de abrir los cadáveres.2

De la misma manera que Foucault, creemos que son accidentes y hechos fortuitos los que generan pequeñas revoluciones en el pensamiento. Es probable que la cultura homosexual costarricense, y posiblemente la latina en general, de no haber sido confrontada con un trauma histórico, hubiese continuado encerrada en el closet.

Costa Rica es un pequeño país de América Central y uno de los pocos lugares en el mundo donde existe una religión oficial. Igual que en Irán, no hay separación entre la religión y el Estado. De ahí que la educación pública incluya clases de religión para todos los estudiantes. Todos los costarricenses contribuyen con sus impuestos a pagar los salarios del alto clero. La Iglesia está representada en los actos oficiales del gobierno y no existe un sector de la vida del país que no esté influido por ella. Durante las fiestas cristianas, la nación entera se paraliza para dar campo a las celebraciones. Hasta hace pocos años, la gente le tiraba piedras a los vehículos que circulaban durante la Semana Santa y en los edificios estatales abundan imágenes religiosas. En las instituciones públicas y privadas se tienen rezos; la mayoría de los pueblos tiene nombre de algún santo y los periodistas invocan a Dios hasta en sus informes meteorológicos. “Lloverá mañana, Si Dios quiere”, se dejan decir en la televisión.

Cuando un nuevo gobierno comienza su gestión, su primer acto oficial es hacerle una visita a la Virgen de los Angeles, la “patrona del pueblo”. Una vez al año, cuando la Virgen es trasladada en helicóptero desde Cartago, lugar donde se encuentra, hasta la capital del país, San José, los arzobispos le piden al pueblo que saque espejitos para que la saluden cuando pasa encima de los techos de sus casas. En un artículo publicado por el diario costarricense La Nación3, se informa de que la Virgen, como si fuera un ser vivo, “estará este fin de semana en Talamanca”. Un lector no familiarizado con las costumbres del pueblo costarricense podría creer que la estatuilla de piedra se fue de vacaciones o está de “shopping” (compras).

La Iglesia tiene un poder de veto en muchas de las decisiones públicas y privadas. Cuando en 1987 un grupo de lesbianas quiso realizar un congreso en el país, la Iglesia protestó ante el gobierno por haber otorgado el permiso y fustigó a las masas en su contra. El entonces Ministro de Seguridad, que unos años después llegaría a ser Presidente del Congreso, declaró que no dejaría que las participantes extranjeras ingresaran en el país. Según este personaje, las lesbianas eran fáciles de reconocer en un aeropuerto internacional. Mucha gente se burló de él aduciendo que el brillante político había inventado un “lesbómetro” para reconocer a las lesbianas.4

En Costa Rica, el gobierno no ha podido brindar educación sexual en los colegios. La Iglesia Católica se ha opuesto a los manuales que se elaboraron para tal fin. Sus argumentos son que las guías tienen “irregularidades morales”. La Iglesia exige cambios, como incluir su visión de la sexualidad que se opone a las relaciones sexuales prematrimoniales, las prácticas sexuales no reproductivas, el aborto provocado, los métodos de planificación familiar, el respeto a la diversidad sexual y el uso del condón. También se pide que las guías sean impartidas, entre otros, por los más inexpertos en el tema: los profesores de religión.

No es de extrañar que la censura religiosa fomente la ignorancia. Por ejemplo, aproximadamente el 40% de los jóvenes duda o no sabe si con la primera regla una muchacha inicia su etapa fecunda y solo el 30% conoce cuándo es más probable que la mujer pueda quedar embarazada. Además, existen mitos: aproximadamente el 55% de los jóvenes de ambos sexos cree que la masturbación es dañina y un porcentaje levemente menor, que existen vacunas para prevenir las ETS (enfermedades de transmisión sexual)5

La manera tradicional en que los costarricenses llevan su vida sexual ha sido compartimentalizándose. En otras palabras, separando en sus cabezas la teoría de la práctica. El discurso sexual de la Iglesia no es cuestionado pero la gente hace, en el campo heterosexual, otra cosa. Este patrón se asemeja a lo que los criollos (españoles nacidos en el Nuevo Mundo) hacían durante la época colonial con respecto a las leyes de la Madre Patria: “Obedezco pero no cumplo”, o sea, no cuestiono la autoridad pero hago lo que me da la gana.

En el Nuevo Mundo, la esclavitud, la subordinación de los indígenas y la necesidad de mano de obra hicieron imposibles las normas cristianas sobre la sexualidad solo en el matrimonio. En Costa Rica, la pobreza colonial y su alejamiento del poder político que se encontró durante siglos en Guatemala, conformó una Iglesia Católica más pobre y con menos recursos para imponer su visión de la sexualidad.6

La Iglesia Católica predicaba la castidad sexual antes del matrimonio y la prohibición del adulterio y el divorcio. Sin embargo, tuvo que convivir con una población expuesta a una realidad que favorecía más bien lo contrario. La falta de mano de obra durante el período colonial y la incorporación del país en la economía internacional por medio del café en el siglo XIX, crearon una gran demanda de mano de obra y de poblaciones migrantes, que a su vez estimuló la aceptación de los hijos nacidos fuera del matrimonio.

La realidad económica y política distinta determinó que la gente optara por no hacer caso de muchas de las interdicciones. En lo espiritual, los mismos escritores católicos admiten que los costarricenses se preocupaban más por la forma que por el contenido. La Iglesia Católica tuvo que adaptarse a la realidad de que “la conversión nunca fue total”. Con respecto a la población hispánica, Blanco menciona que la religión cristiana se asimiló más por la forma que por el intelecto.7

Ser católicos de fe y no obedecer su moral religiosa han sido característicos de la nacionalidad costarricense y latina en general: el 42% de los nacimientos se da fuera de matrimonio; los hombres tienen en promedio 10 parejas más que las mujeres; el 18% de los hijos son de madres menores de 20 años; el 45% de los embarazos no es deseado8; la tasa de divorcios es del 20% anual; el 35% de las mujeres ha sido víctima de agresión física o psicológica por parte de su pareja; el 27% de la población universitaria ha sido víctima de abuso sexual infantil9 y se producen anualmente, cerca de 5 mil abortos inducidos10.

En Costa Rica, las personas con una escasa escolaridad y una baja condición socioeconómica, son las que, en promedio, tienen tasas de natalidad más elevadas. La tasa de fecundidad de los sectores medios es 3.01 y la de los bajos, 4.17, o sea un 30% más alta11. Este sector de la población es precisamente el más religioso y el más afectado por las políticas anticonceptivas de la iglesia.12 Para las clases medias y altas, cuando las alternativas de planificación fallan, existe siempre la posibilidad de hacerse un aborto en Miami.

Sin embargo, para la Iglesia Católica, ir en contra de la infidelidad de la mayoría de la población es como nadar contra corriente. Su actitud ha sido la de hacerse la vista gorda con respecto a las “fallas morales” de los costarricenses y de sus propios sacerdotes, que incluso tienen hijos reconocidos públicamente.

Si existe una doble moral heterosexual, no es difícil imaginar lo que sucede con la homosexualidad.

En este campo, también se dice una cosa y se hace otra, aunque en una relación de poder muy distinta. Durante los años cincuentas, por ejemplo, la policía hacía redadas en los bares gays y rapaba la cabeza de los clientes para que éstos fueran reconocidos en la calle. Estas prácticas continuaron sin resistencia formal hasta 1987.

Hasta mediados de la década de 1980 la actitud de los gays costarricenses no difería de la de los heterosexuales: no se cuestionaba el discurso dominante católico sobre la sexualidad pero tampoco se seguía al pie de la letra. Los gays ticos, de la misma manera que sus semejantes en el resto de Latinoamérica, aprendieron a vivir una doble vida en la que esconder la homosexualidad era tan importante como practicarla. Aunque nunca se explicitó un acuerdo entre el Estado, la Iglesia y los homosexuales, ciertas reglas de convivencia, o tolerancia mínima, se establecieron:

1.     No se permitía cuestionar el discurso religioso principal, ni la ausencia de respeto a los derechos minoritarios, ni la normalidad y la moralidad de la heterosexualidad.

2.     El sexo gay debía mantenerse totalmente escondido del público. El tema de la homosexualidad estaba vedado en la prensa, la educación sexual y en las producciones artísticas.

3.     Como toda información era censurada, no existía otro modelo que el heterosexual: la penetración se consideraba el verdadero sexo y los gays se dividían en pasivos y en activos, de acuerdo con sus preferencias en el coito anal.

4.     Solo se aceptaría un número pequeño de bares con el fin de evitar que los homosexuales ligaran en la calle. Ninguno de ellos contaría con reconocimiento oficial de su actividad. Mucho menos se aceptarían lugares gays públicos como restaurantes, centros recreativos, hoteles y otros. Los bares que se toleraran debían encargarse ellos mismos de pagar “mordidas” (sobornos) para seguir funcionando.

5.     No se permitiría establecer organizaciones públicas de homosexuales.

6.     La Iglesia podía arremeter contra los homosexuales de una manera distinta de como lo hacía con los heterosexuales. A diferencia de los últimos, los primeros eran una minoría pequeña que podía ser acusada de todos los problemas morales del país.

Estas reglas, nunca oficializadas pero sí cumplidas fielmente, hacían que la vida gay costarricense estuviera sumida en un “closet” profundo. Los clientes de los bares vivían con el temor de ser detenidos. Los dueños, pagando mordidas para operar y la clase media gay, socializando más en fiestas privadas. Ser revelado como gay era una vergüenza social y un peligro económico mientras que estar en el closet deparaba cierta privacidad y beneficios. En la encuesta realizada en 1989, encontramos que los gays costarricenses vivían muy escondidos. Ante la pregunta de quiénes conocían su identidad sexual, el 55% de los que asistían a bares admitía que su padre no sabía de ella. El 40% de las madres tampoco conocía la identidad, ni el 49% de sus médicos de cabecera, y el 68% de los vecinos13.

La vida en el closet era una fuente de problemas pero también tenía sus beneficios:

1.     En vista de que el tema de la homosexualidad era censurado, ésta se retrataba como un acto criminal en los medios de comunicación. Para el público heterosexual, ser homosexual equivalía a ser un ladrón o asesino.

2.     Dada esta imagen de la orientación sexual, ningún gay tenía beneficio de revelar su identidad. Por el contrario, ser expuesto como homosexual llevaba a la persona a ser despedida de su trabajo y expulsada de su familia. El precio que pagar por la revelación era la muerte social.

3.     Esta imagen distorsionada ayudaba a los mismos homosexuales: la gente tenía problemas en reconocer a los gays porque los asociaba con los criminales y no podía concebir que una persona corriente lo fuera. Pocos homosexuales eran entonces perseguidos y la mayoría pasaba inadvertida. Ellos podían vivir juntos, viajar y socializar con otros hombres sin que los demás sospecharan que eran parejas. El machismo latino, o sea la existencia de una cultura que excluye a la mujer, trabajaba en este campo a su favor: los hombres heterosexuales u homosexuales solían socializar más entre ellos que con ellas.

Foucault no cree que los cambios en el pensamiento se susciten por acumulaciones de experiencias, o desarrollos científicos. Ésto se demuestra por el hecho de que Stonewall (el levantamiento armado gay en Nueva York) en 1969, el auge del movimiento gay norteamericano, el debate de la psiquiatría sobre la homosexualidad y la lucha por la paz centroamericana, no cambiaron el statu quo de los gays en Costa Rica. Mientras Oscar Arias, presidente del país en 1986-1990, recibía el Premio Nobel de la Paz por su mediación en el conflicto centroamericano, su gobierno realizaba las peores redadas en contra de los bares gays. Mientras el precio de la revelación de la identidad se mantuviera alto (o sea que la represión fuese imponente) y el closet ofreciera ciertos beneficios (la posibilidad de ciertos y reducidos espacios para la homosexualidad), la población gay no daría muestras de cuestionar el statu quo.

George Simmel14 opina que los grupos oprimidos que optan por “acomodarse” a una situación desventajosa, siempre obtienen menos de lo que desean. Este “acomodo” puede durar años, siglos o milenios, pero es un frágil arreglo. Los sectores subordinados han aceptado una situación no óptima y estarán siempre alertas a cualquier intento por parte de los grupos dominantes de alterar los términos del “acomodo”. También considerarán cualquier oportunidad para mejorar la situación desventajosa en que se encuentran, cuando su poder se haya incrementado o la subordinación se haya vuelto intolerable. Toda situación subordinada es, para Simmel, prerrevolucionaria. Un detonante se encarga, en cierto momento, de hacer estallar las cosas.

En Costa Rica no se dio una guerra como la de Vietnam, ni un movimiento de liberación de los negros y las mujeres que promoviera un “Stonewall” a la norteamericana15. De ahí que aunque el movimiento gay norteamericano tuvo alguna influencia en el país, las cosas siguieron igual en la década de los setentas y parte de los ochentas. Sin embargo, a mediados de los ochentas la situación cambiaría radicalmente. El closet dejaría de ser un lugar seguro y la homosexualidad se haría visible de dos maneras: la organización política (que no es tema de este libro) y el auge del sexo público.

El sida como detonante

 

En el caso costarricense, la información sobre el sida había llegado antes de que aparecieran, en 1983, los primeros casos. A pesar de ello, la epidemia se desarrolló rápidamente. En vista de su homofobia, los gobernantes pensaron que mientras ésta cobrara solo víctimas homosexuales, ¿para qué detenerla? La reacción hostil, de pánico y de repugnancia, de odio y de rechazo que sufrieron los gays con sida en los hospitales, hizo más evidente que nunca la opresión homosexual. Las historias de enfermeros y enfermeras que rehusaban acercarse a los pacientes, de doctores que se mofaban de sus maneras, de microbiólogos que rehusaron hacerles exámenes de sangre a los homosexuales, hicieron patente que la situación no era un lecho de rosas. La persecución que hizo la Iglesia Católica contra los gays no fue menos virulenta. Se aprovechaba la epidemia para culpar la “inmoralidad” sexual como su causa:

El sida es... una advertencia. Existe un plan divino, cierto orden; si los hombres no lo siguen hay advertencias de que las cosas andan mal. El problema del sida ya nosotros sabíamos que venía: en la Biblia está escrito, lo que pasa es que la gente no lo conoce, lo ignora. En un mundo como el nuestro, tan lleno de maldad, destrucción, los hombres se matan, hay vicios, homosexualidad... Por eso apareció el sida16.

 

Pero el sida tuvo un impacto aún más amenazante que la hostilidad social: el fin del anonimato. Pronto el Ministerio de Salud empezaría a rastrear los ligues sexuales de las personas enfermas con el supuesto fin de pedirles que se hicieran el examen del VIH. En vista de que se solicitaban los nombres de los compañeros sexuales de los últimos diez años, pronto media comunidad gay estaba en las listas. En un pequeño país como Costa Rica, en donde no existe ni confidencialidad ni anonimato para tirarse un pedo, la mayoría de los homosexuales activos estaban en las manos de un homofóbico ministro de salud.

El mismo examen del VIH era una fuente de información. El que varias personas participaran en el proceso de rastreo, entrevistas, tomas de pruebas de sangre, exámenes y resultados, hacía imposible garantizar la confidencialidad. Para muchos hombres gays, solo el hecho de ser llamados a una entrevista por sospechas de infección con el VIH era una forma de ser sacados del anonimato. La misma población heterosexual llegó a enterarse de que la imagen que tenía de los homosexuales era falsa y perdió su “inocencia” acerca de quienes lo eran. Ahora dos hombres que vivían juntos y que parecían “decentes” eran vistos como homosexuales. El tío soltero de cuarenta años dejaba de ser percibido solo como un excéntrico.

El gran número de personas gays con sida se encargó de revelar los nombres de la mayoría de los gays. Cada persona que se enfermaba y moría, dejaba una cadena de amigos y conocidos que ahora eran vinculados con su orientación sexual. Los costarricenses homosexuales serían sacados del closet por la pandemia.

Para un país pequeño y para una comunidad gay aún más reducida, la epidemia tendría un efecto devastador. De 1983 a julio de 1998, 923 homo-bisexuales desarrollaron la enfermedad. Si calculamos un subregistro de un 30 a un 50%, de 276 a 461 más individuos se enfermaron sin que las autoridades fueran informadas. Cada año entre 26 a 127 hombres homo-bisexuales desarrollaron la enfermedad. Los que fallecieron en este período fueron 506, o sea aproximadamente 2 hombres homo-bisexuales por semana17. La asociación del sida con la comunidad que hasta 1996 representaba más del 67% de los casos, revelaba la orientación sexual. También la de los amigos, conocidos y compañeros de las personas con sida.

El trauma de perder a casi un millar de personas y el hecho que otros miles se contagiaron, tendría un gran impacto en la comunidad gay y en la manera en que ésta se relacionaba con la mayoría heterosexual. Los homosexuales se dieron cuenta de que el escondite y el disimulo a la latina no servía más. La epidemia prometía avanzar sin tropiezos en vista de que el gobierno no estaba dispuesto a realizar ninguna campaña de prevención y más bien su política inicial fue aumentar el número de redadas y crear un pánico ante el sida.

El cinco de abril de 1987, el Ministerio de Salud, ante el avance del sida en los gays, decidió hacer una redada, con el fin de “prevenir” la epidemia, en el Bar La Torre, la discoteca gay más popular en ese entonces.

Cientos de gays fueron conducidos a la cárcel sin que presentaran su protesta. Algunos me dijeron que se sentían como los judíos que iban para el matadero. Las risas irónicas de los policías, el trato como si fueran criminales, el Viceministro de Gobernación Ramos, dirigiendo y observando los acontecimientos y disfrutando del espectáculo bochornoso18.

 

A diferencia con Stonewall en los Estados Unidos, no hubo un levantamiento armado esa noche, ni la siguiente, ni ninguno hasta ahora. Pero las cosas cambiarían. Por vez primera en la historia del país, los gays y las lesbianas se unieron para formar la primera organización política y protestar en la prensa por la redada. De este movimiento surgirían varias organizaciones políticas y de lucha contra el sida, como programas de prevención y una serie de instituciones y negocios gays que nada tienen que envidiarle a las grandes urbes latinoamericanas.

La Asociación de Lucha contra el Sida, fundada en 1987 y el ILPES, en 1993, tendrían como objetivo realizar la prevención en la comunidad que el gobierno no estaba dispuesto a hacer. A partir de ese año, se programaron cursos de prevención y concientización para gays con el fin de incentivar el sexo seguro.

Incentivar el sexo seguro implicaba algo más que el uso del condón. En la sesión de sexo más seguro (los talleres tienen 12 sesiones de 3 horas cada una), los facilitadores estimulan la consideración de otras formas de hacer sexo que no sea la penetración. Uno de los ejercicios, por ejemplo, consiste en imaginarse qué pasaría si los hombres no tuvieran genitales y quisieran aún así tener relaciones sexuales. Otra sesión valora la masturbación como sexo completo.

El sexo oral como alternativa segura (a pesar del debate sobre el asunto) es incentivado. Las películas pornográficas también. Sin embargo, uno de los temas más importantes es el de la culpa cristiana y la persecución de la homosexualidad. Los talleres tratan de analizar por qué la Iglesia cristiana persigue a los gays y cómo se les invisibiliza y hostiga por medio de una moral sexual arbitraria.

Unos 3000 hombres gays y bisexuales han cursado los talleres del ILPES19. En una comunidad pequeña, ésta es una cifra importante porque la información, el cuestionamiento y las alternativas se comparten con otros compañeros y la diseminación de las ideas va más allá del número oficial de participantes.

Los talleres no solo incentivan la organización gay, sino que también cuestionaban la sobrevalorización de la penetración en la cultura latina. Como nos dice uno de los facilitadores, “era hora que los latinos dejáramos de pensar que sexo era solo coger”.

En la encuesta que realizamos en 1989 encontramos que la penetración era la práctica sexual preferida. De acuerdo con 162 hombres gays que acudían a bares y que fueron escogidos al azar, solo el 23% admitía sentirse muy excitado por felar a un hombre con condón. Si no se usaba el condón, el número subía a 48%. Cuando se les preguntaba por la penetración anal activa, los que admitían sentirse muy excitados con ella subían a 41% con y 64% sin condón. En otras palabras, casi el doble prefería la penetración al sexo oral20.

La revolución del cuerpo

 

A pesar de la organización política gay en el país, la membresía en todas ellas no llega en 1998 a las 100 personas. A una generación que creció en los años sesentas y setentas no le es fácil dar la cara abiertamente en un país tan pequeño como Costa Rica. Como la represión social es aún imponente, la mayoría de los gays que han tomado los cursos siente temor de exponerse por medio de su participación política. Sin embargo, el sida no ha dejado de tener un impacto en ellos. Por un lado, los talleres dieron la teoría para cuestionar el modelo de penetración que imperaba en el país. Por el otro, la pornografía daría la práctica de cómo llevarlo a cabo.

De acuerdo con Gary W. Dowsett21, algunos estudios en los Estados Unidos habían sostenido que la organización y la participación en la comunidad gay no era un factor importante para explicar los cambios en el sexo seguro. Sin embargo, la “participación” se definía como el interés o el activismo en organizaciones gays. En Australia, por el contrario, se consideró que ésta debía incluir no solo lo político, sino lo social y lo sexual. En otras palabras, “participación” no significaba solo militancia, sino también cuánto la gente socializaba en bares y en centros públicos reconocidos como áreas homosexuales. Cuando esta información se incluyó, se descubrió que el factor más importante para explicar la reducción del sexo inseguro era el grado de “participación” en la comunidad gay.22

La renuencia de los científicos sociales a incluir en el rubro de “organización” lo no político en el mundo gay, ha llevado a descuidar los cambios importantes que los centros sociales y sexuales han propiciado. En Costa Rica, al igual que en Australia, los centros de ligue homosexuales sufrieron una especie de “revolución sexual del deseo”. Los homosexuales realizaron cambios enormes en sus prácticas y en sus fantasías sexuales, demostrando que la sexualidad es algo que se construye todos los días y que no es un estado mental fijo, como postularían algunos psiquiatras.

En la encuesta de 1989, durante los cinco primeros años de la epidemia, la gente gay había empezado a hacer cambios en sus prácticas sexuales. Los asistentes a bares habían reducido varias prácticas con los compañeros casuales o esporádicos (personas que no eran la pareja) y habían bajado la frecuencia de la penetración con los siguientes porcentajes:

Penetración anal activa:                34%

Penetración anal pasiva:                37%

Por otro lado, la masturbación había sido significativamente incrementada en el 60% de los casos. El 40% nunca había hecho el sexo oral.23

De los informes de los talleres de prevención se deriva que hubo un período de pánico durante los primeros años de la epidemia en que los gays prefirieron alquilar películas pornos y masturbarse en el hogar, que hacer ligues en bares o lugares públicos. Sin embargo, después de una lenta aceptación del condón y con el aprendizaje que hicieron de los talleres y las películas, ellos optaron por hacer cambios. Según Carlos, un asistente a los talleres, “los primeros años fueron muy difíciles para mí. Le tenía terror al sida y a contagiarme. Prefería tener sexo solo. Sin embargo, en la medida en que me sentí cómodo con el sexo seguro, lo empecé a disfrutar otra vez y a salir a bares y a lugares públicos”. Ernesto confirma que “mi escuela fue la porno. Ahí fue dónde aprendí a disfrutar otras cosas que no fueran la penetración. Recuerdo que antes no se me ocurría que se pudiera hacer otra cosa. A mí me daba asco el semen y no me agradaba hacer el sexo oral. Sin embargo, aprendí y empecé a disfrutarlo. A todo se acostumbra uno”. En el caso de Pepe, el cambio fue más fácil: “Yo entré en el ambiente cuando estaba el sida y era más común masturbarse y hacer sexo oral que antes. Me inicié con otra escuela de la de los que se habían hecho gays antes de la epidemia”.

Después del “shock” inicial de los gays, momento en el que aún no se sabía el peligro del sexo oral como forma de contagio, la información de que éste no era peligroso, ni siquiera sin protección del condón, fue un factor para propiciar una especie de revolución sexual. Tanto la masturbación como el sexo oral se convertirían en las prácticas más seguras y favorecidas en las relaciones ocasionales y aún más importante, se realizarían de acuerdo con guiones aprendidos de la pornografía en lugares públicos. En un período difícil de definir con exactitud pero que se remonta a los últimos diez años, la homosexualidad dejó de seguir el modelo heterosexual latino con su énfasis en la penetración, la discreción, la vergüenza del cuerpo y la doble moral24. El pacto de años con la Iglesia y el Estado llegaba a su fin: la práctica de la homosexualidad se saldría del “closet” y se haría pública en pleno centro de la ciudad. Además, no se haría de acuerdo con el patrón tradicional latino que favorecía la penetración como el sexo verdadero. De ahora en adelante, el sexo oral y la masturbación serían las prácticas preferidas. Ésto traería enormes beneficios: a partir de 1995 el número de nuevos casos de sida en hombres gays y bisexuales inició un brusco declive.25

Obviamente, los cambios no fueron generales y siempre existe un grupo de vanguardia que los llevó a cabo. No todos aprendieron del cine porno ni tampoco todos acudieron a los lugares públicos, como veremos más adelante. Sin embargo, un mayor número de gays empezaron a “tomarlos” y a convertirlos en una especie de escuela de la sexualidad. Otros los buscaron para “trabajar” aspectos de su personalidad que se implantaron cuando niños. Por las razones que fueran, ni los lugares ni los gays serían más los mismos.

El cine porno, que se puede mirar cómodamente en la casa, ha sido importado principalmente de los Estados Unidos. A diferencia de la cultura tradicional latinoamericana, tiene otros valores:

1.     El lenguaje es mínimo y los diálogos son un pretexto para el sexo. Aún cuando existe diálogo, éste es en inglés y la mayoría de los ticos no lo entiende.

2.     El sexo oral adquiere gran importancia. Los actores demuestran cómo se hace y parecen disfrutar largos períodos haciéndolo. En algunos videos, todo el sexo se basa en ésta práctica.

3.     El sexo en grupo, la masturbación, el voyerismo y cierto sadismo son promovidos. Los actores gozan mirando a otros realizando el sexo, por medio de cortinas, huecos o telescopios.

4.     Es importante que se muestre a los hombres eyaculando. El cine porno convence que es “real” por medio de la filmación cuidadosa de la eyaculación. Sin embargo, no todos lo hacen al mismo tiempo. Se enseña que no tiene por qué haber sincronización.

5.     Los lugares en que se filma son particulares. Se buscan espacios no tradicionales como los sitios públicos.

6.     Existe cierto grado de expectativa y hasta de peligro por no saber la orientación sexual de alguno de los actores. Parte de lo erótico es la seducción de hombres aparentemente no identificables como gays.

7.     El tamaño da poder. El órgano sexual masculino es grande. Si no fuera de buenas proporciones, los actores no encontrarían trabajo. El hombre con el pene más grande es el que generalmente penetra o recibe sexo oral.

8.     La masculinidad es privilegiada. Los actores son machos. El cine porno norteamericano excluye a los hombres afeminados.

9.     La belleza física otorga beneficios. Aunque los actores pornos son generalmente atractivos, los más hermosos reciben más atención de las cámaras y de los otros actores.

Estas reglas son las que se siguen en los lugares públicos, como veremos en los próximos capítulos. Irónicamente, lo que empezó como un cambio en la cultura sexual gay y que terminó con el acuerdo implícito de que la práctica de la homosexualidad se escondiera de la luz pública, ha llevado cambios a otras comunidades no homosexuales.

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Metodología del estudio

 

El primer estudio (1989)

 

Para realizar este estudio se tomó en cuenta la investigación realizada en 1989 con hombres que tienen prácticas sexuales con hombres, cuyo objetivo fue explicar las razones para la práctica del sexo seguro en la población homosexual costarricense. Este estudio fue dividido en dos grandes áreas: una comprendió el aspecto cuantitativo, es decir, una encuesta por muestreo de cuota, aplicada a diferentes grupos de hombres que tienen sexo con hombres, mediante el uso de un cuestionario estructurado. La otra, un estudio etnográfico, dirigido a aquéllos que, por las características de los lugares en que residían o visitaban, era poco probable el éxito de llevar a cabo un cuestionario estructurado.

Para el estudio cuantitativo se diseñó un cuestionario, que incluyó temas relacionados con la práctica sexual, socialización, uso y actitud hacia el condón, conocimiento, actitud, creencias y fuentes de información sobre sida, percepción del riesgo de infección, estado de seroconversión, infección con otras enfermedades de transmisión sexual, consumo de drogas, turismo sexual, características sociodemográficas, contexto social, estilo de vida sexual, las primeras experiencias homosexuales y heterosexuales, comercio sexual y factores de personalidad, tales como la homofobia, el sexo compulsivo, la autoeficacia y la negación. Éste se aplicó a una muestra de 443 hombres que tenían prácticas sexuales con hombres en todo el país, al momento de la encuesta.

En la parte etnográfica, uno de los sectores al que se dirigió fue el de los practicantes de sexo anónimo, es decir, aquellos que tienen prácticas sexuales en sitios públicos, tales como saunas, parques, cines y orinales, con personas que les son poco conocidas.

En los saunas se hicieron un total de 22 entrevistas a profundidad durante tres meses. Tuvieron una duración aproximada de dos horas cada una. En otros sectores de sexo anónimo, se hicieron diferentes visitas para observar el ambiente y se obtuvieron narraciones de algunos entrevistados.

Para realizar este trabajo se contrató a un hombre gay que había investigado estas actividades y que sirvió de observador participativo, entrevistador a profundidad y analista de la situación, en cuatro lugares específicos: parques y callejones, orinales, cines y saunas. Obviamente, debido a lo delicado de su labor, no se pudo llenar el cuestionario. En este lapso el etnógrafo participó en actividades en estos sitios y recabó, sin revelar su calidad de investigador, la información.

Se consideró necesario mantener en secreto su labor por varios motivos. Uno de ellos es que de haberse revelado como observador, hubiese levantado sospechas, recelos y desconfianza, lo que habría incidido en distorsionar la información. En segundo lugar, en vista de que algunos de estos lugares son sumamente peligrosos, cualquier persona vista como ajena a la actividad que realiza, puede ser blanco de ataques. Esto sucedió de todas maneras ya que el etnógrafo fue asaltado dos veces. Adicionalmente, una forma de lograr las entrevistas fue por medio del interés de los entrevistados por el etnógrafo.

Origen del estudio y organización (1998)

 

El estudio de 1998 se llamó “Lugares Públicos de Sexo Anónimo” (LPSA). Fue una investigación llevada a cabo por el Departamento de Investigación del Instituto Latinoamericano de Prevención y Educación en Salud, ILPES, en el Área Metropolitana de San José.

La investigación estuvo a cargo de un investigador principal, el Dr. Jacobo Schifter, Director Regional del ILPES y, adicionalmente, se contó con un coordinador general, Rodrigo Vargas, que, además de supervisar las diferentes etapas del estudio, se encargó de redactar, en conjunto con otras personas y con la supervisión del Dr. Schifter, las diferentes guías y cuestionarios que se aplicaron.

Otras personas estuvieron involucradas temporalmente en las diferentes fases del estudio, tales como la realización de las entrevistas a profundidad, la observación etnográfica y la aplicación de encuestas. En términos generales, el Diagrama 1 resume la organización adoptada institucionalmente para desarrollar el estudio.

Objetivo

 

El objetivo general del estudio fue realizar una actualización de las situaciones que se presentan en los lugares públicos de sexo anónimo, ocho años después de que se efectuó el primer acercamiento.

Como lugares públicos de sexo anónimo denominamos a todos aquellos lugares de acceso público, tales como parques, balnearios, servicios sanitarios públicos, saunas, centros de estudio, cines y servicios de masajes, estén al aire libre o no, a los cuales acuden los hombres que tienen prácticas sexuales con hombres para hacer sus contactos o tener relaciones sexuales.

El calendario de trabajo

 

En el Diagrama 2 se muestran los pasos sistemáticos para realizar el estudio, abarcando seis meses de trabajo, que incluye hasta la entrega de la información. Posterior a esos seis meses se inició el análisis de la información.

La primera fase del proceso incluyó el planteamiento de la propuesta de investigación, la construcción de los instrumentos y del marco muestral, la selección de la muestra y la contratación y capacitación de los entrevistadores y del personal colaborador en la aplicación de las guías de entrevistas a profundidad, las guías para la observación etnográfica y los cuestionarios. Esta fase tuvo una duración aproximada de dos meses.

La segunda fase, el desarrollo del trabajo de campo, se realizó en dos meses, a la vez que se construía la base de datos para ingresar la información de los cuestionarios y se realizaba la transcripción de las entrevistas. Este proceso, en conjunto, tuvo una duración de cuatro meses.

Finalmente, la tercera fase incluye el tratamiento y la entrega de la información (tabulación y preparación de las transcripciones de las entrevistas a profundidad) y la redacción del informe final al investigador principal del estudio, para su posterior análisis.

En lo que se refiere al ámbito geográfico del estudio, éste se localizó en el Área Metropolitana de San José.

Debido a que la presencia de hombres que tienen relaciones sexuales con hombres se da en todos los ámbitos sociales, culturales y geográficos, se hizo necesario redefinir el marco geográfico en los lugares públicos de sexo anónimo del Área Metropolitana de San José (aunque uno de ellos no pertenece a tal, decidiendo incluirse debido a su importancia).

El estudio cuantitativo

 

Para realizar el estudio cuantitativo se diseñó un cuestionario cuyo objetivo fue recolectar la información necesaria para determinar las posibles causas por las cuales las personas acuden a tener relaciones sexuales a los lugares públicos. El cuestionario se estructuró y precodificó en su mayoría.

Contiene aproximadamente 90 preguntas divididas en las siguientes partes: identificación de la entrevista, variables sociodemográficas, definición sexual y personas que saben sobre la definición sexual, primera relación sexual, relaciones sexuales y parejas, comunicación sexual, violencia en la relación sexual, asistencia a LPSA y motivaciones, uso del condón, alcohol y drogas en los LPSA, familia, maltrato emocional, físico y abuso sexual, autopercepción y preguntas para el entrevistador.

Los resultados relacionados con la duración de la entrevista se encuentran en la Tabla 1

Para realizar la encuesta se contrató un equipo de cinco entrevistadores, a quienes se les brindó una capacitación previa. El proceso duró aproximadamente cuatro semanas y no se presentaron mayores problemas en su realización.

El estudio cuantitativo se realizó con la población de hombres que tiene prácticas sexuales con hombres y que asistía a los centros de reunión social ubicados en el Área Metropolitana de San José al momento de la encuesta.

Como centros de reunión social se definieron todos aquellos lugares o establecimientos comerciales, que fungen como bares, restaurantes o discotecas, a los que acuden mayoritariamente los hombres que tienen prácticas sexuales con hombres. Tomando en consideración las limitaciones obvias de tiempo y recursos, se decidió concentrar la encuesta en estos lugares, ya que el acceso sería relativamente sencillo. Una vez que se obtuvo la lista de todos los establecimientos, los días y las horas a la semana en que permanecían abiertos y el número de clientes que llegaba por día, se procedió a la elaboración del marco muestral y finalmente de la muestra.

La realización de la encuesta en centros de reunión social no solo significó aprovechar las ventajas prácticas que presentaban, sino que la muestra estuvo delimitada a su parte más visible, porque la permanencia en estos establecimientos puede traducirse en un reconocimiento público de la identidad sexual. Por lo tanto, en ellos se reúne el sector que más asume su identidad.

Para seleccionar la muestra no existía un marco muestral que permitiera establecer un proceso de selección. No obstante, fue factible construirlo.

Para su construcción, se tomaron en cuenta los siguientes aspectos:

1.     Elaborar un listado de los bares, cantinas, discotecas y restaurantes a los que asiste la población.

2.     En cada establecimiento había que sostener una entrevista con su propietario/a o administrador/a, para presentar el estudio y ganar la colaboración.

3.     En el listado de centros de reunión social se debían anotar los días en que el establecimiento estaba abierto, el horario con que trabajaba y una aproximación del número de personas que asistía por día. En ocasiones, el número de personas era un tanto difícil de calcular, principalmente cuando el establecimiento era grande, como los restaurantes y discotecas. Por esta razón, era indispensable ganar la colaboración del/la dueño/a o alguien influyente para tener el dato más exacto posible.

Fueron incluidos en el marco muestral un total de 7 establecimientos con las características deseadas.

Para saber si la muestra era factible, se estimó el número de visitantes los días que los establecimientos permanecían abiertos. Los resultados indicaron que sí era posible lograr el tamaño de muestra propuesto. Se insiste en que las estimaciones fueron realizadas solo para analizar la posibilidad de cumplir con el tamaño de muestra deseado. El por qué no podría tomarse como un dato válido del número de personas que asisten a estos centros de reunión social se explica porque la gente que acude a estos lugares no siempre es la misma, ni llega con la misma frecuencia. Además, el horario de apertura difiere entre éstos y el número de visitantes puede fluctuar debido a la apertura o cierre de estos centros.

Una vez construido el marco muestral, el asunto por resolver consistió en designar cuántas entrevistas serían realizadas en cada establecimiento.

Debido a que se obtuvo un listado de los establecimientos con un número aproximado de visitantes por día, la muestra fue asignada en forma proporcional a esta variable.

La aleatoriedad de la muestra quedó determinada por la escogencia de horas al azar y porque se consideró que el flujo de personas que ingresaba a un establecimiento específico también se da en forma aleatoria. En realidad, la selección de un grupo de horas específicas al azar se hizo por cuestiones de orden y para evitar que el entrevistador tuviera una carga de trabajo que no pudiera manejar.

Finalmente, se hicieron 301 entrevistas en centros de reunión social. En este caso, el procedimiento de muestreo se aplicó con Probabilidad Proporcional al Tamaño (cantidad de personas que llegaban al lugar respectivo) del establecimiento (PPT). El tamaño de la muestra fue determinado tomando en cuenta el tiempo necesario para contar con los resultados y la disponibilidad de los fondos.

En general, el grado de cooperación durante la entrevista fue aceptable, pues el 95.3% de los entrevistadores lo calificó como muy bueno a bueno. Además, el 87% de los entrevistadores reportó que calificaba las respuestas de igual manera.

El estudio cualitativo

 

Esta fase estuvo dividida en dos partes. En la primera de ellas se aplicó una guía de observación etnográfica para estudiar la cultura de las personas que acuden a los lugares públicos de sexo anónimo, lo que llevó a vivir día a día en éstos. Específicamente, se estudiaron los modos concretos de comportamiento, las reglas del juego, las prácticas sexuales riesgosas y las formas de ligue que se dan en estos lugares.

Para esto, se aplicó la observación en diez parques, cinco saunas, tres cines, un centro de estudios, cuatro orinales públicos, una sala de video, un balneario, un callejón y un establecimiento comercial. Este proceso tuvo un mes de duración.

Las poblaciones a las cuales interesaba observar en este proceso fueron las siguientes:

Los hombres en prostitución que acuden a los LPSA, mayores o menores de edad, que tienen prácticas sexuales con hombres y que asisten a estos lugares para contactar a sus clientes. Este grupo es el que, dentro del estudio, se denomina como “chapulines”, en los cuales su característica principal es que roban pero además se prostituyen.

Los hombres que asisten a saunas son todos aquéllos, mayores de 18 años, que tienen prácticas sexuales con hombres y que asisten a los diferentes saunas del Área Metropolitana de San José a mantener relaciones sexuales.

El conjunto de hombres que asiste a los LPSA, mayores o menores de edad, que tiene prácticas sexuales con hombres y que acude a estos para realizar sus relaciones o sus contactos sexuales.

La observación etnográfica consistió en acudir a los diferentes lugares y efectuar una labor de involucramiento con las diversas poblaciones que interesaban. Para esto se contó con la colaboración de tres personas, que siempre acudieron juntas a los lugares, debido a que algunos de éstos presentan altos grados de peligrosidad, no solo por las zonas en que algunos están ubicados, sino por los riesgos que existen de asaltos debido a las horas en las cuales había que acudir (noche y madrugada en la mayoría de los casos). Solo en el caso de los saunas una de estas personas se encargó de realizar el trabajo sola, debido a las mismas características de los clientes que acuden a ellos, aparte de que éstos no representaban mayor peligro y además, quien efectuó estas observaciones tenía mejores posibilidades de lograr información al acudir solo, porque le permitía una mayor interacción con los clientes.

En casi todos los lugares las personas encargas de realizar la observación se toparon con diversas situaciones difíciles, tales como abordajes para tener relaciones sexuales, escuchar a un par de “chapulines” planear el asalto, o presenciar robos. Una vez que salían del lugar, se reunían para grabar sus observaciones e impresiones.

La segunda fase del estudio cualitativo consistió en aplicar una guía de entrevistas a profundidad, la que también estuvo dividida en dos partes.

En la primera de ella se aplicó una guía a los hombres en prostitución, y los policías y el personal de seguridad que efectúan labores de vigilancia en los lugares públicos de sexo anónimo y que pertenecen a las diferentes comisarías del Área Metropolitana de San José, incluyendo a la policía montada y a los patrulleros.

Con los hombres en prostitución se abordaron temas relacionados con los antecedentes personales y familiares del entrevistado, prácticas iniciales y deseo sexual, lugares públicos de sexo anónimo, autodefinición sexual del entrevistado, orientaciones sexuales y homosexualidad, prostitución y cultural sexual en los lugares públicos de sexo anónimo, dinero y prostitución, VIH/sida, otras ETS y la prevención, la violencia, relación con la policía y consumo de cigarrillos, alcohol y drogas.

Con los policías y personal de seguridad se abordaron los antecedentes personales y familiares, comportamiento y práctica sexual, la homosexualidad, los lugares públicos de sexo anónimo, VIH/sida, otras ETS y la prevención, la violencia y los derechos humanos y consumo de cigarrillos, alcohol y drogas.

En esta parte, las guías tardaron en aplicarse de tres a cinco horas en promedio.

Luego se consideró necesario profundizar en otras situaciones con las dos poblaciones anteriores (en el caso de los hombres en prostitución, se tomaron aquéllos de los cuales se tenía cierto conocimiento que habían agredido o asesinado a alguno de sus clientes), por lo que fue necesario aplicar otra guía de entrevistas a profundidad, incluyéndose la población de hombres que tienen prácticas sexuales con hombres y que acuden a los lugares públicos de sexo anónimo para realizar sus contactos sexuales.

Para estas tres poblaciones, se abordaron tres temas principales: la familia y la violencia familiar, la moralidad y la inmoralidad y, respectivamente, el cliente y la violencia hacia el cliente o hacia el entrevistado; relaciones sexuales, transacciones y violencia en los LPSA; y la relación sexual ideal y la asistencia a los LPSA. Para la última de las poblaciones mencionadas la entrevista se concentró en las prácticas violentas de los entrevistados. En esta segunda fase, las guías se aplicaron en un promedio de dos horas.

Las entrevistas con los hombres en prostitución se realizaron en El Salón, gracias al apoyo que brindó el M.Sc. Antonio Bustamente Ledó. Las de los policías y el personal de seguridad fueron hechas en las comisarías respectivas y las de los hombres que tienen prácticas sexuales con hombres y que acuden a los LPSA se hicieron en el Movimiento 5 de Abril, programa gay y lésbico del ILPES, coordinado por Abelardo Araya. Se realizaron 60 entrevistas en total.

Los mayores problemas se presentaron con los policías y el personal de seguridad, debido a que las condiciones para realizar la entrevista eran bastante adversas, ya que había que hacerla en alguna oficina o dormitorio, lo cual nunca garantizó un total aislamiento. Comenta el entrevistador que “siempre existió una sensación de mucha agitación y expectación”.

Finalmente, uno de los etnógrafos participó como miembro en los cuatro talleres para hombres gays víctimas de abuso sexual y físico. Se obtuvo el permiso para grabar únicamente dos sesiones del taller en que se hablaba del abuso sufrido y las relaciones más eróticas en los lugares públicos, con el fin de que los mismos participantes identificaran las semejanzas y las diferencias que veían en ambas historias.

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La geografía del deseo: I989

 

Cuando iniciamos el estudio etnográfico encontramos un mundo pequeño y poco especializado. Hace 9 años los lugares de sexo público se podían contar con los dedos de la mano y la gente invertía bastante tiempo en realizar los ligues. El número de participantes era relativamente pequeño para un país con una zona metropolitana de más de un millón de personas. Además, la práctica sexual era más individual que de grupo y realizada con alguna discreción.

 A continuación, presentamos un resumen de los informes tal como los escribieron los etnógrafos y los testigos oculares:

Los parques y sus tributarios

 

El Parque Monumental se encuentra situado al Este de San José. Fue construido a finales del siglo XIX, en el sitio conocido antiguamente como “Plaza de la Libertad”. Está constituido por dos manzanas de terreno sembradas de árboles. Algunos de ellos son higuerones de más de cincuenta años de edad, con raíces enormes que luchan por invadir nuevos territorios. A diferencia de los parques europeos, no existe un patrón de orden en el tamaño, tipo o corte de los árboles. Un pino, un higuerón, un árbol de mangos, un eucalipto, son vecinos de zona. “Aquí los que siembran los árboles son los pájaros que cuitean las semillas”, nos dice Ernesto, un estudiante de secundaria. La Municipalidad de San José es la responsable de su cuido pero ésta se contenta con enviar a sus jardineros una que otra vez al año. “Cuando llegan, nos cuenta Ernesto, hacen una limpieza tan rápida que uno no sabe si es que cayó un rayo o es que podaron los árboles”. Tampoco queda claro si les ponen algo de abono. “ El único abono que les echan a estos árboles son los orines de las locas y los chulos que vienen a coger por aquí”, nos añade nuestro entrevistado. El olor de orines en las raíces confirma sus aseveraciones. “Las locas abonan de las mil maravillas estos árboles. Como toman tanto licor y vienen medio borrachas, alimentan el suelo. Estos árboles están también alimentados de coca. ¡Que no me digan que el crack no hace crecer a las plantas!”, exclama él.

En el centro del parque, se encuentra un monumento al heroísmo costarricense. Unos fornidos hombres de bronce sostienen la bandera nacional en una hazaña militar. “Este es un monumento importante porque representa la batalla en la que los costarricenses impidieron la anexión a los Estados Unidos”, nos relata otro entrevistado que acude al parque. “¿Pero es que Estados Unidos iba a invadir a Costa Rica?”, preguntamos con curiosidad. “Pues no el gobierno directamente, pero sí unos bandidos gringos jefeados desde Nicaragua”, nos agrega un trabajador del sexo26. “Los gringos siempre han querido invadirnos y cogernos a los ticos”, añade él. “Bueno, pero al fin no pudieron, decimos para continuar la conversación”. “Sí, pero vea usted , ahora vienen y se cogen a las locas detrás de este monumento”, nos dice con indignación. “Además, continúa él, ¿qué mierda ganamos con la independencia? Los pobres no ganamos nada. Para tener que poner el culo a los extranjeros nos pagarían más en Miami que aquí”.

Hay banquetas de cemento (poyos) distribuidas en todo el terreno. El diseño del sitio corresponde al estilo arquitectónico llamado “paisajista”, característico de finales del siglo pasado. “Estos poyos son tan duros que le dejan a uno el rabo todo plano”, nos dice una estudiante que los usa de día para hacer sus lecturas. “Además, continúa ella, son tan viejos que están llenos de humedad y moho. Aquí llueve seis meses al año y los poyos se mojan todos los días y nadie los limpia. Bueno, pues uno sí los limpia cuando se sienta. ¿No ve que la gente es descuidada y riegan las sodas en los poyos?.” La inocente estudiante no se ha dado cuenta de que se ha sentado en una mancha de semen que quedó de la noche anterior.

Los poyos son el único sitio en dónde sentarse, fuera de las gradas del monumento. Son unos ochenta en todo el parque. Unos poyos están más expuestos a las aceras que los rodean y otros se esconden entre los frondosos árboles. “Este poyo, nos dice un gay que acude al parque de noche, es mi preferido. Tiene una hermosa vista y está muy bien situado. Además, es muy discreto ya que lo tapa una rama que cayó hace un año. Tengo que venirme temprano porque un reguero de locas me lo quieren quitar. En este país nadie respeta lo ajeno. Cuando me voy dejo unos chinches para que la loca que se siente después se pinche el culo.”

Aunque el Parque Monumental cuenta con iluminación artificial, es frecuente que la mitad de la zona se encuentre a oscuras por desperfectos eléctricos que duran muchos días.

Como informa un entrevistado de nombre Mario, estudiante de 17 años:

El comportamiento de los grupos que se establecen en el parque tiene mucho que ver con el hecho de la iluminación. Si el área está alumbrada o no, o si es de día o de noche, determina lo que ahí sucede. Cuando no hay alumbrado, se presta para que la gente entre en el Parque y haga su ligue, para el acople con otras personas. Es muy interesante hacer notar que en los períodos de oscuridad, la gente se libera un poco más. Esto en el sentido de que puede participar abiertamente de una relación sexual, inclusive hasta con penetración. Otras veces, por la misma oscuridad, se hace posible quedar encubierto y hacer orgías con 3 o 5 personas.

 

Cuando el parque está bien alumbrado, la gente es más recatada y aunque siempre se ligue en un poyo o caminando, se hace más cautelosamente. La gente se acerca, se habla, se saluda y se dice las frases introductorias para conocerse un poco. “Los gays son enemigos de la iluminación”, agrega Mario, existe toda una tradición de romper los focos. Una loca famosa es conocida como la beisbolera porque se la pasa quebrándolos. Algunas parejas hasta le pagan para que se vuele una lámpara”.

Pero el parque no es el único territorio de ligue. Existen lugares como callejones aledaños que por su oscuridad permanente, se convierten en sitios muy concurridos. “Los parques tienen sus propias raíces como los árboles, nos cuenta Eduardo, otro cliente gay, o sea que se extienden hacia callejones aledaños, casas vacías o lotes baldíos”.

Este es el caso de un callejón cercano a una institución pública. Ahí van las parejas que se conocen en el parque antes mencionado y que buscan un poco más de privacidad. Es un sitio oscuro que cruza diagonalmente la manzana, detrás de un edificio. Tiene salida por ambos extremos, y a un costado del callejón pasa la línea del tren. “A muchas de las locas que les gusta hacer sexo en este callejón se les llama ´las locomotoras´ porque les gusta hacer ´trencito´ en la mera línea del ferrocarril. Un día las van a aplastar a todas juntas”, nos dice Carlos, un gay de 28 años de edad y asiduo del callejón.

Al otro costado, hay muros de los patios de algunas casas. Es un lugar maloliente porque algunos indigentes defecan a la orilla de los muros y hay mucha basura que tiran los vecinos. En algunas épocas, crecen zacatales altos que son cortados regularmente.

La actividad gay comienza apenas cae la noche. De 6 a 6:30 de la tarde ya hay bastante acción. A diferencia del parque, la clientela es eminentemente gay y la zona está menos expuesta a los transeúntes.

Por otra parte, a 200 metros del parque, existe una parada de buses que tiene un orinal muy popular. Éste tiene escasos 2 x 2 metros de tamaño, y no cuenta con iluminación. Es un sitio de sexo anónimo muy concurrido todos los días, especialmente en horas de la noche.

Durante el día hay un muchacho que cobra dos colones (1989) por el derecho de usar el orinal. Ésta ha sido una medida adoptada recientemente como una forma de controlar la intensa actividad sexual. Después de las 6 de la tarde, la persona encargada de cobrar se va y el lugar se torna en un centro de ligue y de encuentros sexuales.

Este orinal ha llegado a ser tan conocido como sitio de ligue gay, que en varias oportunidades el etnógrafo escuchó cuando llegaron hombres heterosexuales a hacer uso del servicio y por estar el orinal lleno de gente gay (tiene capacidad para 8 personas incómodamente ubicadas), éstos dijeron: “mejor orine aquí afuera, porque ahí adentro está lleno de playos” o “no entre ahí porque lo violan los sodomos que están adentro”. “Pero es que tengo ganas de orinar”, les replicó para hacerlos revelar cuánto sabían del lugar. “Pues mejor orine en una botella de Coca Cola, le respondieron, porque en ese orinal le van a sacar la leche y hasta la sangre”. Cuando vieron que ingresó en el orinal oyó cuando decían “ese hijueputa es también un sodomo”. Así lo describe el etnógrafo:

El orinal huele mal ya que nadie le pone desinfectante. Hay cuatro hombres haciendo que orinan pero se la pasan viendo los penes de los otros. Como no me puse a orinar y me quedo viendo a los usuarios, uno me dice: “Bueno, ¿qué le pasa? Ésto es un orinal y aquí no se viene a mirar”. “Si éste es un orinal, entonces, ¿qué están haciendo ustedes porque no veo a nadie orinando?”, le respondo con firmeza. “¿Pues no ve que tenemos la pinga afuera”?, me dice de mal modo. “Sí, pero no entiendo para qué la tiene afuera si solo se la pasa viendo la del maje de a la par, ¿es que va a orinar con la de él? les digo irónicamente. Los otros tres se ponen a reír y uno se vuelve y me toca el órgano y le dice al otro: “¿No ve que él está asustado y que lo que quiere es que su papito le ayude a mear?”. Preferí terminar la observación etnográfica y salir corriendo antes de que mi “papito” cumpliera su promesa. Sin embargo, los heterosexuales aún seguían afuera haciendo que esperaban entrar. “¿Cómo le fue con la miadita?”, me gritaron burlándose.

 

Después de las 11 u 11:30 de la noche, el orinal se cierra. Aún así, en horas de la madrugada, el etnógrafo observó masturbaciones mutuas y sexo oral afuera del lugar, junto a la puerta metálica.

“Aquí no se viene a orinar”, nos cuenta Eduardo. Éste es un lugar mágico en que la gente sabe que se viene a hacer el sexo, estén las puertas abiertas o cerradas”.

A tres cuadras está ubicada una casa destruida por un incendio. Los alcohólicos y las personas que viven en la calle derrumbaron la puerta hace uno o dos años. Aparentemente, los herederos del inmueble están en juicio para determinar a quién le pertenece. Mientras las lentas cortes costarricenses determinan su legítimo dueño, los clientes del parque lo han hecho su segundo hogar. La casa no tiene techo y solo se puede usar cuando no llueve. Sin embargo aún mantiene las divisiones de los que eran tres dormitorios, la sala, la cocina y el vestíbulo.

Cuando se ingresa en esta casa no es posible ver más que sombras. Sin embargo, la gente se ha ingeniado una manera de mirar a quién entra: prendiendo el fósforo o el encendedor y así crear una luz que alumbra por unos cortos segundos. Otra forma de hacer lo mismo es inhalar el cigarrillo. De esta manera, por unos instantes, se puede apreciar a la persona que está cerca y permitir, al mismo tiempo, ser visto. Juan, un joven gay de 22 años, nos relata que una vez llegó un tipo con un foco. “La gente estaba molestísima porque parecía que era la policía. La loca alumbraba groseramente a todo el mundo. No había privacidad. Los mismos clientes se lo rompieron esta misma noche”. La regla del lugar es la total oscuridad, interrumpida nada más que por los fósforos o los cigarrillos.

La casa huele a humedad y está llena aún de pedazos de madera quemados en el piso. Cuando el etnógrafo se acostumbró a la oscuridad y a las luces de los cigarrillos, contó a unas 12 personas. La mitad de los clientes estaban en el vestíbulo. Se acercó y constató que se equivocó de número. Seis de los hombres con cigarrillos tenían compañeros que les brindaban sexo oral. Ninguno se inmutó con su presencia. Uno inhala el cigarrillo y le mira fijamente mientras su pareja está de espalda y arrodillado. Volvió a inhalar y continúa mirándolo. Tiene sexo con otro pero su interés es ahora con él. Es un hombre guapo y masculino. Sus ojos son hermosísimos y el etnógrafo no puede dejar de sentir atracción. “¿Qué estará sintiendo ahora que estoy mirando?”, piensa. No existe trabajo de etnografía que no cambie la cultura que observa.

El cine

 

Otro sitio frecuentado por gays en busca de ligues y contactos sexuales es la sala del cine. Una de éstas se encuentra ubicada en la llamada “zona roja”, el área de mayor peligrosidad de la capital. En sus alrededores, existen prostíbulos de mujeres y de travestis. El local es un edificio antiguo y muy deteriorado, notoriamente sucio en su interior. Una mujer de sesenta años, muy maquillada pero que podría pasar por una burócrata del gobierno, nos vende el tiquete. “¿A qué horas empieza la película?, le preguntamos. “No se preocupe, aquí hay película a toda hora”, me responde de mala manera. “¿Sabrá o no esta mujer lo que pasa adentro?”, pensamos al tomar el vuelto. La respuesta no es fácil de contestar. Los alemanes aún se debaten acerca de si sabían o no lo que hacían en los campos de concentración. Muchas de las víctimas de Treblinka, cuando llegaban en tren de toda Europa, se maquillaban y se arreglaban el pelo antes de bajar. Aunque tenían evidencia de que les esperaba la muerte, se engañaban hasta el final. La mente humana es una caja de sorpresas y, como dice el refrán, “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Las películas son de mala calidad, generalmente mexicanas, o antiguos éxitos cinematográficos ya muy dañados. El precio de entrada es 440 colones. Hay tres tandas: 3, 7 y 9 p.m. Ese día están exhibiendo una película de Cantinflas. La clientela no muestra divertirse con el cómico. “Aquí lo único que nos gusta de Cantinflas, nos dice un travesti, es que anda con los pantalones abajo. A la gente solo le interesa si la película tiene tomas de noche o de día. Cuando son de noche, la luz baja y uno se le tira al hombre que quiere. Cuando hay más luz, se mira nomás”. El humor costarricense es, además, distinto del mexicano y aún más lejano para el gay. “Los ticos no tenemos tanto el complejo del subdesarrollo”, nos dice el travesti. “Nuestro problema es más bien que no estamos lo desarrollados que creemos”.

El interior del edificio se encuentra totalmente descuidado. Huele a polvo, a orinal. Las butacas se hallan rayadas, y algunas, quebradas. “Nadie se va a quejar porque no puede sentarse, nos señala Víctor, un asiduo al local. “La verdad es que la misma gente las quiebra de tanto bacanal. Ésta la rompió la Rhino, una loca gorda que se le sentó encima a un pachuco. ¿Cómo va a aguantar un pobre pedazo de madera a una ballena de 220 libras que brinca como una ardillita en un palo?”.

El público que asiste al sitio ha establecido distintas zonas de actividad sexual. Como se analizará más adelante, el cine se divide en lugares en donde se practican distintas actividades sexuales, y se reúnen distintos grupos de homosexuales, cada uno con características que varían por edad, deseo sexual y clase social. Los clientes han designado las secciones de acuerdo con las divisiones del Teatro Nacional: luneta, butaca y palco. Sin embargo, las diferencias no tienen nada que ver con la cercanía o lejanía del escenario. “El palco es más bien la zona más oscura y lejana de la pantalla”, nos informa Víctor.

El período anterior al inicio de la proyección de la cinta sirve a los clientes para ver los posibles contactos sexuales. Una vez apagadas las luces, comienza el desplazamiento por las distintas áreas del cine.

Como te comenté anteriormente, creo que el cine Beirut es un lugar inadecuado para mucha gente, pero sin embargo es un lugar gay. La entrada no es nada agradable por la zona donde está situado -la zona roja de San José- es un lugar sucio desde el principio.

 

Cuando se ingresa, al frente, están los servicios sanitarios, a la izquierda, unas gradas que suben a la planta alta y a la derecha, la entrada a la sala del cine. “Se pesca en cualquiera de estos sitios”. Todo lo que es la parte de atrás del cine en la sección de abajo, también es de ligue. Según Víctor, es “la zona de los viejitos que pagan, ofrecen dinero por darte una mamada o te ofrecen invitarte a comer si te vas con ellos. No sé cuánto pagan. Te lo dicen en la cara: Mirá, ¿te irías a dormir hoy conmigo? Yo te pago algo”. Se mira a uno que otro hombre mayor saliendo con uno más joven del cine. “¿Adónde van?”, le preguntamos a nuestro informante. “Se van a los hoteles de mala muerte de la zona”. “¿Y cuánto les pagan a los jóvenes?”, lo interrogamos. “Pues poco porque los viejos no tienen plata. Algunos muchachos se van con ellos porque no tienen dientes y así los prefieren para el sexo oral. Aquí tener chapas de dientes no es mal visto. Por el contrario, algunos prostitutos rechazan a los que tienen dientes”.

Entrando al cine hay unas cortinas en la planta baja, todas sucias, viejas, de unos cincuenta años y detrás de esas cortinas se sientan unos individuos. Víctor nos explica quiénes son : “Son las locas mamadoras. Son las que tienen opción de ver quién va entrando al baño porque nada más las cortinas se corren un poquito y uno se da cuenta quién ingresa. Entonces ahí se sienta esa gente e inmediatamente después de que alguien entra en el baño, sea quien sea, ellos se levantan y van a ver si lo logran felar”.

En esta parte de abajo, muy cerca de la pantalla, hay una puerta que se mantiene usualmente entreabierta. Esa puerta da directamente al baño. “Ahí es donde se sienta mucha gente también a pescar, a masturbarse... Esa parte de abajo es tétrica, completamente sucia. Te sentás y parece que te están picando piojos, todo te da picazón, como un tipo de rasquiña”, indica Alberto, un amigo de Víctor. “Ahí se mantienen relaciones sexuales, continúa Alberto, pero no tan obvias sino que todo es oculto porque ahí está el tipo del foco y entonces ves un manejo de manos, la masturbación mutua, el sexo oral.”

En la parte de arriba, el cine está conformado de tres zonas. La parte izquierda no es tan concurrida. En la parte del centro llega muy poca gente a sentarse. En la sección a mano derecha, que queda oculta cuando uno entra, “ahí es Sodoma y Gomorra”, nos dice Víctor.

Me siento en la parte de arriba y hago que miro la película. Sin embargo, el verdadero cine está fuera de la pantalla. Un fornido hombre de unos treinta años se sienta a la par mía. Mientras en la pantalla Cantinflas hace el ridículo de torero, mi vecino se empieza a tocar mientras me clava la mirada. Siento temor porque no sé qué hacer. Continúo con mi vista en la pantalla. Mientras Cantinflas hace sus piruetas, el vecino ya se ha sacado su órgano y se lo toca suavemente. Como no hago ningún intento, otro hombre se le acerca y le pone un abrigo encima. Mete su mano y empieza a masturbarlo. Ninguno dice nada. Pasan dos empleados con focos en busca de una billetera que se perdió. Aunque hacen que no miran más que el suelo, uno le dice al otro: “Es la primera vez que veo un abrigo con el baile de Sambito”.

Los saunas

 

Los saunas se diferencian de los lugares anteriores en que son centros privados. Las personas que ahí ingresan son exclusivamente homosexuales o bisexuales y conocen el tipo de actividad que se practica. En lo que se refiere a la clientela, las personas que asisten a los saunas se asemejan a los que asisten a los bares. Son hombres gays o bisexuales que prefieren estar en centros reconocidos como tales. Sin embargo, a diferencia de las discotecas gays, los saunas tienen una finalidad: el sexo.

Para esta parte se estudiaron tres saunas gays en San José.

El primero, conocido como Decoro, está ubicado en el centro de San José en una antigua casa de habitación bastante deteriorada. Una pequeña placa metálica a un lado de la puerta es el único indicador del negocio. El precio de entrada era de 300 colones (en 1989) y el negocio abre a las 2 de la tarde y cierra a las 9 de la noche. Es atendido por toda una familia de un hombre gay casado: la esposa, la madre y el hijo. Cuando la madre atiende, se comporta como si el local fuera de verdad un spa. “Aquí tiene señor su toalla y su jaboncito para que se limpie bien y le ayude en su salud”, nos dice la señora. La mujer lleva un crucifijo y tiene una imagen de la Virgen en su pequeña oficina. “Muchas gracias”, le contestamos. “¿Me puede decir qué tiene el sauna?”, le preguntamos inocentemente. “¿Pues qué va a tener? Un sauna y un baño y un cuarto de descanso”, la mujer contesta con incomodidad.

Ella misma tiene que limpiar los cubículos y los baños. “La vieja tiene que ser muy estúpida para no saber lo que pasa adentro. Si a veces tiene que sacar condones y sábanas sucias, ¿qué va a creer que es ésto?”, nos informa uno de sus clientes a quien no le impresiona su devoción religiosa.

Al ingresar en el sitio se le entrega al cliente una pequeña manta, una toalla de baño, un candado y una llave para el casillero. Ahí mismo es cobrado el precio de la entrada.

Cuando uno empieza a desvestirse se da cuenta de la diferencia con otros lugares públicos. Aquí todos los hombres saben a lo que vienen. No existe el misterio de los parques y de los cines. La desnudez del cuerpo y del deseo son totalmente evidentes. Sin embargo, la modestia latina perdura. Dos hombres gays se ponen, por ejemplo, la toalla antes de quitarse el calzoncillo. De esta manera, esconden sus genitales. Otros, por el contrario, se desnudan totalmente antes de ponerse el paño. “Los tipos que se ponen los paños antes de deschingarse generalmente tienen la pinga pequeña”, dice Pepe, un muchacho que limpia los servicios. “Los que la tienen grande más bien duran horas para ponerse la toallita”. Otros hacen como que no han venido a hacer el sexo. “Esa loca, continúa Pepe, hace que es una ejecutiva. Coge una revista y se pone a leer afuera de la cámara de vapor, como si estuviera en una reunión de negocios”.

La cultura latina carece de la honestidad de los saunas norteamericanos. A pesar de que es un lugar para hacer sexo, se hace como que no, como que uno está solo por estar. “¿Y vos a qué viniste?, me pregunta Pepe. “A hacer un estudio de los saunas”, le respondo. “Y yo soy, entonces, Oprah”, me responde irónicamente mi informante. “Ahorita te veo con el bolígrafo en la mano.” Pepe se despide y se pone a pasar el trapo.

Hay una pequeña cámara de sauna, una sala de televisión con muebles viejos, cuatro duchas, dos servicios sanitarios y dos pequeños cuartos, en los que las parejas pueden tener sus relaciones sexuales. Estos cuartos tienen cada uno una cama metálica con colchoneta forrada de vinil. No poseen iluminación eléctrica. “El vinil es todo un problema, nos dice Claudio, un cliente de veintiún años de edad. Uno suda como una mona y se le pega en la espalda y se siente horrible.”

Además, existe otra pequeña habitación en donde se hacen los masajes por parte de la persona encargada de esta labor. El masajista es generalmente un cachero, un hombre heterosexual que hace el sexo solo por dinero. La puerta está cerrada, lo que indica que hay un cliente. Genaro, un muchacho de unos 20 años, nos dice que adentro está un peluquero con David, el masajista más bien dotado del lugar. “¿Cómo sabés que se trata de un peluquero?”, le preguntamos con curiosidad. “Pues es que la loca entra con cepillo y pistola para peinarse e irse al trabajo. Ella se hizo un transplante y tiene que taparse los huecos que le hicieron adelante. Cuando se despeina parece una muñeca chocha”, nos dice con seguridad absoluta.

El lugar es sucio y en la cámara del sauna pueden observarse cucarachas desplazándose libremente. “Cuando no hay nada que hacer, nos entretenemos matando cucarachas”, nos informa Claudio. “Una vez sentí que un hombre me estaba acariciando la espalda y era una infeliz cucaracha gorda y negra, un chinche, que no se puede aplastar porque huele a diablos”. “¿Pero no te da asco coger con tanto bicho?”, le preguntamos. “A mí me morbosea más bien el lugar cuando hay tanto animal. Me siento como Jane en la selva.”

Las instalaciones no poseen un solo afiche de información sobre el sida, no obstante que su dueño asistió a uno de los cursos de prevención. “No puedo poner afiches porque la gente se preocupa y aquí vienen a divertirse y a relajarse y a pensar en nada malo”, nos dice. “¿Pero no te conviene más bien que la gente no se infecte y no perder así a tu clientela?”, le preguntamos. “De todas maneras, habrán más y más locas en este país. ¿No ves que aquí se reproducen como cuilos y cada semana salen miles de locas nuevas?”

El otro sauna se llama Jolón. Se encuentra situado en el centro de San José. En el segundo piso de un antiguo edificio hay un rótulo grande arriba de la puerta de entrada que dice únicamente el nombre del local, sin indicar que es un sauna. Ésto con el fin de evitar la asistencia de personas no homosexuales. Tiene un horario también de 2 de la tarde a las 9 de la noche.

Al subir las escaleras, es necesario tocar un timbre para que el encargado abra el portón de hierro.

Al ingresar, se cobran 300 colones y se entrega la manta para cubrirse, la toalla de baño y la llave del candado del casillero respectivo. Luego se abre otra puerta que está con llave y se ingresa en el local. A la par de la puerta se encuentra la oficina de una abogada. Algunas veces, sus clientes y los del sauna se topan en las escaleras. “Un día estoy subiendo y no voy viendo a mi tía que va para donde la abogada”, nos revela Joaquín, un cliente. Casi me muero porque esa vieja es de lo más chismosa.” “¿Pero qué hiciste?”, le preguntamos. “Pues me metí donde la abogada para que no se diera cuenta que iba para el sauna. ¡Tuve que pagar una cita para nada y me quedé sin plata!”

El negocio cuenta con un bar amplio donde hay un televisor en el que se pasan videos pornográficos todos los días. Además, existe otra habitación que cuenta con un televisor que pasa la programación habitual. En este aposento, no hay asientos, únicamente tres colchonetas de espuma forradas con vinil, puestas en el suelo. “En este vinil me hice periodista, nos dice un hombre joven y afeminado. La Susanita, el dueño del local, tiene unos masajistas prostitutos que les encanta su trabajo. Estaba viendo las noticias locales cuando uno de ellos se puso a verlas conmigo. Cuando me di cuenta, me dijo que la Adelia Cuadrada, una presentadora de noticias, le ponía cachondo. “¿Pero si ese bicho es más malo que una boa”, le dije. “Pues el tipo se alborotó tanto que nos echamos un polvo tan bueno, responde, que ahora me llamo Adelia y hasta aprendí a hablar como esa bruja para enloquecer al masajista.”

Hay cuatro pequeños cuartos con el espacio suficiente para una colchoneta en el suelo. Es ahí donde se sostienen las relaciones sexuales más privadas.

Este sauna está en mejores condiciones que el primero. Es más limpio y cuenta con dos duchas sin división entre ellas. Tiene un solo servicio sanitario y en la puerta de éste hay un afiche del Ministerio de Salud que dice “Sexo seguro. Una sola compañera o compañero sexual sano”.

Al igual que los otros, el sauna Latón está ubicado en el centro de San José. Sobre la puerta de entrada existe un letrero que dice “Gimnasio”. Antiguamente, la calle en donde se ubica, tenía poco tránsito. Actualmente, tiene una parada de buses. Ésto se ha convertido en un problema para algunos clientes que temen ser vistos al entrar.

Para ingresar por la puerta principal, es necesario tocar un timbre y José, el encargado, abre la puerta de rejas. Esta persona hace una selección de quién entra. No se permite el ingreso de personas desconocidas o poco atractivas. “No señor, le dice a un cliente entrado en años, este gimnasio es solo para gente joven. Mejor busque uno para personas mayores.” “Pero es que no hay ´gimnasios’ para gente mayor, muchachito. Además, ésto no es un gimnasio”, replica el hombre indignado. “¡Pues usted tampoco es un físicoculturista!”, le responde José.

Media hora después, el mismo José hace una excepción. Esta vez se trata nada menos que de seis jugadores de fútbol de un equipo holandés que está en el país. “¡Welcome to Laton! How can I help you?”, dice el encargado con buen inglés. “We want sex!”, replicó uno de los jugadores. José está como anonada ante tanta belleza y virilidad. “Pasen, pasen y siéntansen como en su casa. Aquí en Latón es como estar en Amsterdam. Tenemos unos canales y unos quesos que los van a hacer sentir de maravilla”. No habían pasado cinco minutos del ingreso de los futbolistas cuando José llama por teléfono a sus clientes: “¡Véngansen inmediatamente! Acaban de llegar unos papacitos holandeses y les prometí muchos clientes”. El sauna se llena horas después. Se ha corrido la bola en todo San José que han llegado a Latón futbolistas rubios, altos y grandes. Este día hay más de cincuenta clientes. “¿Pero por qué estás cobrando hoy más por entrar?, se queja uno de ellos. “Pues es que tenemos carne importada y leche holandesa”, responde el administrador.

Al ingresar, la persona deja sus objetos de valor en una bolsa engrapada que queda en el mostrador y se le entrega una llave para su casillero, además del jabón, la toalla y la manta. A diferencia de los otros saunas, la toalla es muy corta. “Esta toallita no me queda, se me salen los huevos”, se queja otro de los clientes. “Mirá Luis, meté la panza y dejá de joder.”, responde José. “Además, así engañás a los clientes con esos huevotes. Pensarán que el resto de la mercancía es del mismo tamaño”.

Tiene un bar muy amplio, con un televisor en el que se proyectan películas pornográficas los viernes. Hay una sala oscura que el encargado llama sala de música, junto al bar. Cuando se ingresa en la sala, me doy cuenta de que tres personas se están masturbando. Salgo y me quedo mirando la película de tanda. Dos supermachos norteamericanos están en plena acción. “¿No sé para qué esa loca de José pone estas películas. Aquí no llegan hombres con esos tamaños”, comenta Gerardo, un cliente de 26 años de edad que mira la película sin interés. “¡Callate la boca, le responde Juan, un hombre de unos 40 años. ¿No ves que llegaron holandeses y jugadores de fútbol?”. No había terminado de hablar cuando ya el otro había desaparecido.

El sitio cuenta con dos cámaras de sauna: una grande y una pequeña con capacidad para tres personas. Ambas carecen de iluminación. En éstas también se establecen las relaciones sexuales.

Los clientes se han concentrado en la sala grande donde han ingresado los holandeses. Cuando el ambiente entra en calor, los futbolistas se quitan las toallas y muestran su mercancía. Tres clientes se les acercan y hacen lo mismo. Todos están desnudos. Las miradas se hacen más penetrantes y se hace evidente la pasión. Uno de los clientes locales que no aguanta más calor hace como que se queja y dice cuando sale: “¡Estoy harto del subdesarrollo. Hasta en el tamaño de los chunches nos ganan los europeos! ¡Qué humillación!”

Existe una sala de televisión con colchonetas forradas de vinil. Tiene dos servicios sanitarios y dos duchas. En ambos servicios sanitarios hay afiches del Ministerio de Salud sobre el sida. Una escalera conduce al segundo piso donde están los casilleros. Otra escalera conduce al “gimnasio”. En este hay unos pocos aparatos de pesas bastante deteriorados. Los aparatos sirven para convencer a las autoridades despistadas que el local es un gimnasio. Carlos así lo relata:

Un día cayó aquí el Ministerio de Salud y los empleados que barren y limpian los baños corrieron a las máquinas y se pusieron a hacer ejercicio para que creyeran que estaban en un gimnasio. Hasta la encargada que es la loca más floja y enemiga de los ejercicios se puso a levantar pesas. La pobre no pudo sentarse por una semana. Sin embargo, los mismos funcionarios sabían que todo era una pantalla. Cuando salían le dijeron a José, la encargada, que el único músculo que tenía desarrollado era el esfínter.

 

Junto a este gimnasio hay dos pequeñas habitaciones. En la que tiene puertas hay un letrero que dice “Bodega”, aunque en realidad se emplea para las prácticas sexuales. El otro no cuenta con puertas. Existen en ambas una colchoneta de vinil. Antonio, un cliente asiduo del sauna, nos dice que hasta matrimonios, aunque cortos, se han gestado detrás de sus paredes:

Un día encontré un hombre campesino, masculino, hermoso y caliente en el sauna. Nos fuimos a este mismo cuarto y tuvimos una relación maravillosa. Creí sinceramente que había encontrado al hombre de mi vida. El tipo sabía cómo hacer el amor y además, hacer sentir que se era querido. Nuestra relación fue tierna cuando tenía que serlo y feroz cuando no. Me dijo que había sido el mejor polvo de su vida y que no podía dejarme jamás. Estuve totalmente de acuerdo. Existía una química tan misteriosa y sentía que ese hombre tenía que ser mío. Le acepté una invitación a cenar después de que nos bañáramos. Me fui a la ducha y soñaba con salir del sauna y llevarme a este macho a la casa. Cuando regresé a la habitación me di cuenta que no estaba y pensé que se bañaba. Lo esperé con el ansia con que se espera el verdadero amor. Mientras lo hacía, oigo una pareja que ingresa en el otro cubículo. Pronto se oían gemidos de éxtasis. Como mi macho no llegaba aún, me asomé por un huequito. ¡No me voy dando cuenta de que ahí estaba mi gran amor pero ésta vez siendo poseído por otro!

 

A diferencia de los saunas anteriores, en éste se cobran 350 colones al salir.

En una encuesta realizada en 1989, en hombres que acuden a bares gays, un 24% admitía haber asistido a los saunas y haber invertido unas 2 horas de promedio semanal27. No hicimos preguntas sobre otros lugares públicos en esa ocasión. De acuerdo con las observaciones etnográficas, unos cientos iban a los parques, orinales y cines. En un día corriente, el etnógrafo reportó el número de clientes de la siguiente manera:

Parque Monumental:               43

Callejón:                                18

Orinal:                                   46

La Casa:                                 12

Cine:                                     50

Sauna Latón:                          32

Sauna Decoro:                        18

Sauna Jolón:                          28

Total:                                  247

En un día de mayor concurrencia, ésta era la cifra:

Parque Monumental:              78

Callejón:                               34

Orinal:                                  66

La Casa:                                31

Cine:                                   129

Sauna Latón:                          70

Sauna Decoro:                       78

Sauna Jolón:                         48

Total:                                  534

Para 1990, éste era el panorama geográfico  más importante del sexo público en San José. Existían otros lugares pequeños que no fueron analizados: los servicios sanitarios de las universidades principales y el parque de La Llanura que no era aún un lugar de mucha actividad. Uno que otro cine tenía también su movimiento. Sin embargo, éstos eran los principales. Para 1998, como veremos más adelante, la situación cambiaría drásticamente.

3

 

La geografía del deseo: I998

 

El sexo público ha tenido un desarrollo significativo en los últimos 8 años tanto en el número, la diversidad y en las prácticas. En 1990, solo el cine Beirut tenía una división de la clientela de acuerdo con las preferencias sexuales específicas. Ahora todos los lugares se han dividido el espacio de acuerdo con los gustos sexuales. La especialización tiene como fin reducir el tiempo del ligue y hacerlo más fácil. En un mundo globalizado en que el tiempo se acorta, tiene sentido que los prostitutos se dividan los poyos y los espacios entre los que son nicaragüenses, los que son heterosexuales, los que son gays, los que son activos y los que son pasivos. Los clientes pueden así escoger mejor su mercancía. La integración de los mercados y el derrumbe de las trabas tarifarias han llegado, por fin, al subdesarrollo. Uno de los “Chicago boys” es ahora director del Banco Central y en los bancos del Parque Principal se muestran los penes de acuerdo con el tamaño.

Parque Monumental

 

De los parques de la capital es el único que no ha sido remodelado ni reconstruido en los últimos años. En sus inmediaciones hay ahora teléfonos públicos ubicados en los costados norte y sur, y en el costado norte existen paradas de autobuses y taxis. Lo más notable del parque es que sigue sin iluminación. Aunque el callejón sigue en vigencia, no así La Casa que ha sido convertida en un parqueo privado.

Uno de los cambios más importantes ha sido que el ligue se da ahora durante todo el día. Otro es que el parque se ha especializado. Los costados sur y oeste son frecuentados por trabajadores sexuales, cuyas edades oscilan entre los 17 y los 25 años aproximadamente, que ofrecen sus servicios allí por las noches. Ellos se ubican geográficamente según su inclinación sexual: los del sector sureste son predominantemente gays dedicados a la prostitución, en tanto los del sector suroeste son prostitutos bisexuales o heterosexuales.

Otro grupo particular que acude al parque son los “chapulines”, grupos de delincuentes y asaltantes que, entre otros, lucran del sexo gay. Estos jóvenes de la calle asaltan tanto a los gays como a los trabajadores del sexo. Sin embargo, como veremos más adelante, la división entre asaltante y trabajador del sexo es a veces inexistente.

Uno de los puntos de mayor atracción ahora es el pabellón metálico ubicado en el centro del parque, y los árboles a su alrededor. Allí es donde se escenifica lo que se conoce como “ballet”: sexo en grupo de hombres. Vemos a un muchacho de unos veintiún años que se sacó el pene y empezó a masturbarse. Unos veinte hombres, entre participantes y espectadores, se involucraron en la orgía.

Otro cambio ha sido la generalización de la micción. Orinar o pretender hacerlo es asunto grupal ahora. En ciertas ocasiones, se miran unos diez hombres haciendo que orinan, fenómeno que antes era más raro de ver.

La prostitución se ha hecho más común y abierta. En vista de que los trabajadores sexuales tienen su espacio, los clientes no tienen que perder tiempo descifrando personalidades. Ellos se aproximan en su vehículo y, tras inspeccionar el “material” de la noche, hacen contacto con los prostitutos. La tarifa general ronda entre ¢3.000 y ¢5.000 ($12 y $18) , según acepten o no penetrar o ser penetrados.

Los teléfonos públicos se han convertido en instrumentos de sexo público. Los clientes se han aprendido los números y suelen llamar para conseguir ligues o para tener sexo telefónico. El etnógrafo grabó una de las llamadas que recibió:

     Aló, ¿con quién hablo?

     Soy Armando, para servirle.

     ¿De veras quiere servirme? Tengo la picha toda parada.

     Me parece estupendo pero estoy haciendo un trabajo sobre sexo público.

     ¡Ay no me agarrés de maje! ¿Puedes describirte?

     Pues tengo 23 años, soy alto, no muy grueso, de pelo negro.

     ¿Y cómo la tenés?

     ¿Cómo tengo qué?

     Pues la picha.

     La tengo donde siempre está, si es que no se ha caído.

     Bueno, ¿va a jugar o va a ponerse serio?

     Es que quiero saber unas cosas nada más. Te cuento cómo tengo la picha si me respondés unas preguntas.

     ¿Cómo qué? (La voz suena molesta)

     ¿Cuántas veces llamas por semana a este número?

     Llamo todas las noches.

     ¿Y siempre tenés sexo por teléfono?

     Sí. Algunas veces me cito con la gente para irnos a otro lado.

     ¿Desde hace cuánto estás llamando aquí?

     Desde hace dos años. Es muy excitante. ¿Bueno, ¿me va a decir cómo la tiene?

     Mi picha es pequeña y es del tamaño apenas de un dedo.

(Se oye que tiraron el teléfono y se ha cortado la llamada)

El callejón, por su lado, continúa en pleno auge. Tanto en el parque como en éste, el número de participantes se ha incrementado.

Nuevos parques de ligue

 

El sexo público lentamente se ha extendido a otros parques públicos de San José. En el corazón de la ciudad se extiende el más importante parque de la ciudad, el Principal. Ubicado frente a una iglesia, ocupa una manzana de terreno recientemente restaurado como parte del proceso de embellecimiento de la Municipalidad capitalina.

Los ligues se establecen primordialmente entre trabajadores sexuales y sus clientes, aunque es también notorio que en las inmediaciones de un restaurante de comidas rápidas cercano suelen reunirse gays, especialmente jóvenes, por razones sociales.

En la zona de teléfonos ubicada al oeste, por ejemplo, se desarrollan numerosos ligues; allí se finge telefonear y comienzan a intercambiarse miradas ya sea con quienes usan el teléfono o quienes pretenden esperar que alguno se desocupe. “Vos sabés que estoy muy templado, se le oye decir a un muchacho por teléfono, y existe un hombre que está esperando hacer llamada”. Ésto es una forma de insinuarse al tipo que espera. Miramos cómo una vez que cuelga y se aleja, el hombre que hacía que esperaba lo sigue y se ponen de acuerdo.

Mención especial merecen los baños públicos de un restaurante de comidas rápidas ubicado en el costado norte del Parque Principal, en el cual tienen lugar algunos encuentros sexuales que comienzan en aquel sitio. Los baños se encuentran ubicados al fondo del local del restaurante, que por cierto se señala como un lugar de cita de la comunidad gay capitalina. Los baños ofrecen una notoria privacidad. Uno de los etnógrafos fue testigo de un encuentro sexual en el sitio. Al ingresar, pudo observar a varios individuos ocupando tanto el lavamanos como los orinales de pared. Uno de ellos, situado en un orinal, mostraba su pene a un joven a su lado, quien extendió la mano para proceder a masturbarlo. Aunque se mostraban ansiosos por la posible aparición de algún miembro de la seguridad, la presencia del etnógrafo no significó para ellos mayor incomodidad. Este tipo de encuentro parece ser muy común en el sitio.

Al oeste del Parque Principal se ubica otro sitio de similares características, el Parque de La Misericordia. Ubicado frente a la iglesia de la que toma el nombre, ha sido igualmente reconstruido como parte del plan municipal, por lo que presenta una estructura similar al anterior, aunque es un sitio mucho más cuidado y aseado que aquél, especialmente debido a un menor flujo de personas.

Aquí los trabajadores sexuales de origen nicaragüense son la mayoría absoluta. La mecánica del ligue es igual a la del Parque Principal, y aquí los trabajadores sexuales suelen ubicarse en los múltiples poyos existentes en La Misericordia, donde los clientes llegan a buscarlos.

Hacia la parte norte del centro de San José se encuentran localizados otros dos parques que forman parte de esta geografía del deseo: el Parque Colombia y el Parque Pinochet.

Se ubican ambos en uno de los sectores más tradicionales y conservados de la capital; en esa zona se ubican edificios de primordial importancia urbana; en ambos se encuentran situadas numerosas estatuas, como la de “La Loba”, una guerrillera y escritora lésbica- feminista que escribió un solo cuento extraordinario: “La historia de un cuerpo que nunca publicó”.

En el costado sur del Parque Pinochet se ubica Thai Pei, uno de los principales prostíbulos femeninos de la capital, por lo que el flujo de personas, principalmente hombres -nacionales y extranjeros- en el sitio es constante incluso en horas de la noche. Desde hace unos años, el Parque Pinochet se ha convertido en lugar de contacto para trabajadoras sexuales y sus clientes, e incluso recientemente han empezado a ubicarse en sus proximidades travestis dedicados a la misma actividad. Tanto travestis como prostitutas tienen sexo oral y masturbaciones rápidas en los alrededores.

En cuanto al Parque Colombia, éste ha sido mencionado por algunos trabajadores sexuales masculinos como sitio de ligue. Según ellos, en horas de la tarde acostumbran situarse en las inmediaciones del parque donde esperan la llegada de sus clientes, en auto o a pie.

Los “Malls”

 

San José ha vivido, recientemente, un período de auge en la construcción de los llamados “malls”, o centros comerciales al estilo estadounidense. Uno de los más populares de la capital es el Mall Santa Pámela, ubicado al inicio del sector este de San José.

En los primeros meses de haberse abierto el Mall, los baños públicos del sitio eran el punto escogido para mantener ciertas relaciones sexuales, sobre todo masturbaciones y sexo oral, razón por la cual la administración adoptó medidas restrictivas, como la clausura de la mayoría de los baños de los pasillos laterales y mantener un estricto control con los baños para hombres en las zonas de comidas. No obstante, el sexo público continúa en los servicios de los cines, principalmente cuando se inician las películas. Lo mismo sucede en otros centros comerciales.

Universidades

 

Los campus universitarios se han convertido en lugares muy populares para el sexo público, tanto para heterosexuales como homosexuales. Los servicios sanitarios de las universidades privadas y públicas tienen actividad sexual a todas horas.

En San Pablo se localiza el campus de la Universidad de la República , una casa de enseñanza pública del país. Quienes acuden para ligar empiezan a llegar al sitio alrededor del mediodía, y pueden prolongar su permanencia durante algunas horas. A diferencia de otros lugares, la interacción se da aquí a plena luz del día, por lo que los códigos varían sensiblemente. Quienes acuden al campus visten usualmente ropas deportivas o lycras, lo que permite enseñar más los genitales.

Algunos sitios son especialmente reconocidos para entablar el ligue o para demostrar que se está disponible. Tal es el caso del teléfono público ubicado en las afueras de la Escuela de Geometría (sector noroeste), que los propios miembros de seguridad de la Universidad catalogan como el “teléfono gay”. Este teléfono suena constantemente y si el que contesta está dispuesto, el que llama se vendrá inmediatamente. Es un “telemarket”, nos cuenta un agente de seguridad, porque la gente puede “pescar desde la casa”.

Otros de los puntos de ligue más conocidos en el campus universitario son los servicios sanitarios de varones. Basta visitarlos para descubrir en las paredes grafitis o leyendas con insinuaciones de sexo y números telefónicos para citas, entre otros, que demuestran que son lugares apetecidos por la población gay universitaria. Esta tarde algo inusual ocurre. Vemos cómo una mujer ingresa con dos hombres en el servicio. Nos vamos detrás de ellos y cuando entramos, uno de los que orinan nos dice en voz baja: “¿No ve que la vieja entró en un cubículo y los dos majes en otro?”. Nuestro confidente se queda oyendo. Se oyen gemidos de los dos cubículos. “Esa vieja se la está sobando oyendo a los dos playos”, nos dice. Él se dirige al cubículo de ella y le dice: “Mamita, ¿le ayudo? ¿Por qué no me abre la puerta y la acompaño?”. La mujer no contesta y sigue gimiendo. El muchacho regresa al orinal y empieza a masturbarse y le dice en voz alta: “¡Qué desperdicio, sádica! ¡Tengo que hacer ésto solo!”. Me mira como si quisiera que le tuviera lástima. Cuando se apagan los gemidos de los cuatro (a ritmos muy diferentes), los dos varones salen del cubículo y nos dicen: “Majes, por favor, salgan para que nuestra compañera pueda hacerlo sin ser vista”. Todos salimos del servicio.

Parques recreativos

 

Caso aparte es el Balneario del Fuego, el único sitio dentro de nuestro mapa del deseo que se encuentra fuera de San José. Acude al lugar mucha gente joven, adolescentes o niños, así como familias y grupos de amigos, aunque no faltan individuos de mayor edad, todos ellos dentro de la marginalidad social.

El Balneario se ha convertido en un sitio de reunión de algunos estratos de la comunidad gay, especialmente entre semana. Los observadores pudieron identificar a algunos hombres reconocidos como gays, incluso un trabajador sexual masculino bastante popular en algunos de los bares gays de la capital; entre los comentarios recopilados en el lugar se indicó que los lunes son los días en que el balneario tiene una gran afluencia de “estilistas”, individuos dedicados a la peluquería, que acostumbran tomar el lunes como día de descanso.

Una forma de mostrar los genitales es usar tangas pequeñísimas o vestidos de baño bien tallados. Cuando dos hombres se gustan, se van hacia las duchas y los vestidores. Unos vigilan la entrada de clientes para que otros puedan tener relaciones. En las duchas, vemos que el trabajador del sexo se enjabona y está totalmente erecto. Un hombre afeminado, estilista conocido, se baña a la par de él y le hace una seña para que lo siga a su vestidor. Ambos ingresan mientras que otros cuatro ayudan a vigilar mientras observan el acto sexual. En medio de la acción, dos deportistas ingresan en las duchas y miran desde lejos el movimiento en el vestidor. “¡No te acerqués que están culeando ahí!”, grita en voz alta para que todo el mundo lo oiga. Más tipos llegan a mirar.

La Llanura

 

Si existe un sitio nuevo y casi mítico, fijado en la mente de casi toda la población gay costarricense, ese es La Llanura , apodado por muchos como “La finca”, y uno de los paraísos del sexo anónimo del país. El sitio es completamente accesible. No hay ninguna restricción perimetral que limite la entrada y es fácil accesar al lugar a pie y en vehículo; hay cinco grandes accesos para autos y todo el lugar se encuentra atravesado por carreteras asfaltadas que llevan a cuatro grandes áreas de parqueo internas. La iluminación es la gran ausente.

Por las noches, La Llanura es tierra de hombres, quienes llegan al lugar en busca de sexo. Las edades de los usuarios son variadas, desde jóvenes de 18 y 19 años hasta adultos de 60 o 70 años. Es gente ubicable en una escala social más alta que en otros sitios, ya que la mayoría de los clientes acuden en autos muchas veces nuevos, de marcas reconocidas como caras (BMW, Pathfinder, Toyota).

Usuarios del sitio han indicado que apenas cae la tarde la actividad sexual comienza en La Llanura. En las canchas de fútbol y béisbol ubicadas en el sector suroeste del lugar, apenas se han retirado los deportistas (alrededor de las 5 o 6 p.m.) se dan encuentros sexuales entre personas que llegan a pie al sitio, y que utilizan una espesa hilera de árboles del lugar para ocultarse de posibles miradas.

Pero es por las noches, especialmente durante los fines de semana, cuando La Llanura -sobre todo el sector oeste- se convierte en “la finca” de hombres que buscan sexo anónimo con otros hombres.

Quien accede a La Llanura debe conocer el código de comportamiento. En primer lugar, es casi indispensable tener auto. El cliente viaja a baja velocidad por las calles, con las luces encendidas, mientras a su alrededor circulan otros autos en las mismas condiciones; así se establecen los primeros contactos.

El siguiente paso en este ritual es promover un contacto más directo. Para ello, el cliente recorre los estacionamientos para observar quiénes han detenido allí sus autos, o coloca el suyo en alguno. Acto seguido se procede a apagar las luces y a detenerlo: esa es la primera señal clara de que se busca un ligue; en poco tiempo habrá uno o más autos que se aproximen y sigan la misma conducta.

Tras dejar sus vehículos, dos o tres individuos rondaban alrededor de uno de los vestidores cerca de la cancha de fútbol. Un joven, de unos 20 años, era el centro de atención de los otros dos. Los dueños del carro se le acercan. No dicen nada. El joven deja que uno lo bese profundamente. El otro, se le pone atrás y le restriega el pene erecto sin quitarse el pantalón. Luego, le retira suavemente la faja y le baja el pantalón. El hombre que lo besa le termina de bajar el calzoncillo. Le acaricia las nalgas y lo agarra de la cintura y le pide que se vuelva. Mientras el muchacho lo hace, el otro hombre empieza a felar al que se ha puesto el condón, como para lubricarlo. El muchacho se inclina y el hombre lo empieza a penetrar. Para este momento, 15 carros más se han estacionado en el lugar y un círculo de espectadores rodea a los dos hombres y el muchacho. La mayoría están masturbándose mientras miran el espectáculo. Luego, el hombre que penetra le pide que caminen alrededor del círculo. Cada uno puede tocar y besar a cualquiera de los dos. El otro varón ha terminado haciendo sexo oral con uno de los mirones.

Cine porno

 

Otros puntos nuevos en este viaje por la geografía del deseo anónimo son los cines, especialmente aquellos que proyectan material que puede catalogarse como pornográfico, varios de los cuales existen en la capital. Hace 8 años, el único cine de sexo público era el Beirut, actualmente desaparecido. Sin embargo, las películas que se exhibían no eran de pornografía y el lugar no calificaba “oficialmente” como sexual. En estos últimos años, los nuevos cines de ligue no ocultan el erotismo. Tampoco discriminan por orientación sexual. Los heterosexuales y homosexuales se han dividido los espacios para tener sus relaciones.

El Limon City está en una de las “zonas rojas” de la capital, a pocas cuadras al sur de la Avenida Segunda, y es uno de los cines más antiguos de San José. Con su fachada color celeste y puertas rosadas, no se caracteriza precisamente por su buen gusto en materia de decoración: bastante deteriorado, presenta grandes afiches de películas que se adivinan paupérrimas y algunos otros, engomados a las paredes seguramente de hace cuarenta o más años, de viejas películas del cine “rojo” mexicano.

El sitio está mal iluminado, excepto por cuatro lámparas interiores de color naranja y la luz que proviene de la pantalla. Frente a ésta hay un cubo negro donde se ubica el actual equipo de proyección, un reproductor de videos (el cine ya no proyecta películas, sino este tipo de material). Esa noche se proyectaba “La insaciable”.

Un poco en la misma línea del anterior, aunque con notables diferencias, el viajero del deseo tiene a su disposición el Cinema 545. Aunque es un cine de material pornográfico -europeo, especialmente italiano, como es el caso de “Éxtasis flamenco” que se proyectaba la noche de la observación- está en mucho mejores condiciones que el Limon City. Limpio y bien atendido, a la entrada se encuentra la boletería donde se pagan los ¢ 700 de la tarifa.

A diferencia del Limon City, aquí sí se proyecta cine. Aunque el material es igualmente pornográfico, la calidad es mayor, con guiones más elaborados, intérpretes más atractivos y, en general, algo más que simples encuentros sexuales sin secuencia.

El mundo del cine es también predominantemente masculino. Entre la cincuentena de personas en el Limon City solo asistió una mujer, acompañada de su pareja, en tanto en el Cinema 545 había alrededor de tres de ellas, siempre acompañadas. Y es un mundo predominantemente adulto: el promedio de edad se sitúa alrededor de los 30 a 50 años, aunque también fue posible observar individuos muy jóvenes o mayores.

El aislamiento de las salas, sobre todo en el Limon City, va acompañado de una extrema polarización, según prácticas y orientación sexual. El sector posterior derecho es la zona donde se ubica la clientela gay, donde acuden a mantener varios tipos de relaciones sexuales; el resto del cine, en cambio, es territorio de hombres aparentemente heterosexuales.

Cuando las películas se tornan “calientes” se mira un flujo de hombres que van a los servicios. En el Limon City, hay tres servicios sanitarios con las puertas abiertas. Unos hombres se sientan en las tres tazas. Pronto otros varones deciden abrirlas. Uno de ellos se para y empieza a bajarse los pantalones. Saca su pene erecto y mira al que está afuera. Éste abre la puerta siguiente y compara la “mercancía”. El primero tiene un pene más grande y grueso que el segundo. Escoge entonces su cubículo. Ingresa y se baja sus pantalones. El que esperaba decide felarlo. Sin embargo, no cierran la puerta. Otros clientes, inclusive el del cubículo contiguo, miran la escena. Los actores disfrutan de los mirones. Cuando el hombre felado está a punto de eyacular, quita abruptamente su pene y decide regresar a sentarse. Una media hora después, vuelve a los baños para iniciar otro encuentro.

En el Cine 545, la actividad más fuerte se da en las sillas. En la parte más oscura, una de las tres mujeres que asiste es besada apasionadamente por un hombre que aparentemente es su compañero. Sin embargo, éste la deja por unos minutos para ir al servicio. Otro varón que está dos filas atrás se para de su silla y se sienta a la par de la mujer. La mujer lo mira y parece no importarle; vuelve a clavarle los ojos y le sonríe. El hombre la besa y le mete la mano debajo de la blusa. Como ésta es de algodón con botones en el frente, puede quitársela totalmente y también el tallador. El compañero anterior regresa del servicio. En vez de enojarse, se sienta sin decir palabra. Mientras el otro besa a su compañera, él le abre la bragueta y le saca su pene. Lo empieza a felar. En unos segundos, la mujer dice algo que sugiere que se va a levantar. El que la besa deja que el otro siga dándole sexo oral mientras ella se retira al servicio de las mujeres.

Videos pornos

 

Caso aparte merece la mención de un negocio de alquiler de videos pornográficos que sirve también como sitio de sexo anónimo. Video Pop, que es el nombre del lugar, está ubicado en el corazón de la capital. Se trata de una casa vieja pintada con colores chillones (amarillo, naranja) con un gran rótulo que anuncia su nombre; el lugar se ubica en una zona frecuentada por prostitutas, donde existe mucho edificio comercial o de departamentos, y circula gran cantidad de vehículos.

Video Pop se inició como un sitio de alquiler de videos pornográficos, que amplió eventualmente sus servicios para incluir su proyección, así como ofrecer espectáculos en vivo de contenido sexual e incluir reservados donde mantener diversas formas de encuentros sexuales. En el sitio hay muchas sillas de plástico y bancas donde los clientes se ubican. La casa es vieja y su principal característica parece ser una constante remodelación que siempre queda a medias: desde que abrió existen paredes sin pintar, divisiones de madera y pisos sin concluir. En términos generales es un sitio sucio.

El lugar abre a las 2 p.m. y cierra a las 11 p.m. y los servicios que ofrece se dividen según la población: homo o heterosexual. El alquiler de videos es de ¢ 500 para los heterosexuales y el doble para las homosexuales, lo que el dueño justifica aduciendo que son “más difíciles de conseguir y muchos clientes se las roban”. El costo por ver una película proyectada, sin alquilarla, es de ¢500.

Tras ingresar el cliente se encuentra con una recepción atendida por el dueño del local, y más allá hay una sala grande donde se ubica la colección de videos para que pueda ser seleccionada por el cliente. Siguiendo por un pasillo es posible llegar a las dos salas de proyección: la pequeña, con un televisor grande, videocasetera y sillas, es para gays, y en ella hay también un cuarto oscuro donde se mantienen relaciones sexuales de toda índole y un cuarto pequeño que utiliza una trabajadora sexual para mantener relaciones con hombres no gays. La sala más grande proyecta películas heterosexuales. Esta última tiene un baño en la parte posterior.

Ingresamos en la sala gay. Quince muchachos entre 18 y 25 años miran una película porno. El dueño del local entra por ratos y utiliza un lenguaje sexual para “calentar” a los clientes. “Bueno, bueno, vamos quitándonos los pantalones que quiero ver pichas”, les dice a los clientes. Algunos de ellos se ríen nerviosamente y no saben qué hacer. “El que no me muestre la picha lo llevo donde la sádica que está en la sala para bugas”, dice como si estuviera enojado. “Vamos, Carlos, sé que a vos te gusta que te miren templado, bajate los pantalones”. El dueño es heterosexual pero sabe que entre más rápido los clientes pierdan su vergüenza, otros podrán ingresar y pagar por ello. Solo el joven que él llama por Carlos se atreve a quitarse el pantalón. El dueño se vuelve hacia un muchacho afeminado que mira con ojos de miedo lo que sucede. “Vení vos, ¿no me digás que no querés que te metan todo ésto?”, le dice y lo levanta de la silla de la mano. “Aquí hoy yo decido lo que hace cada uno porque a mí no me engañan”, dice el dueño sonriente. Le da un condón a Carlos. Los muchachos se ríen. “Vos empezá a mamar a éste que tiene buen aparato”, le dice a un joven que parece estudiante y que, increíblemente, le hace caso. A tres que no quieren participar los lleva a la cortina que separa la sala heterosexual para que, como él mismo les dice, “ se calienten viendo”. En esa sala, la trabajadora del sexo tiene relaciones con cuatro hombres que se turnan para penetrarla. Los tres muchachos, después de mirar un rato, regresan a la sala y empiezan a masturbarse. El dueño los incentiva: “Adelante muchachos, no se agüeven, no se desanimen, solo acuérdense de llevar el condón”.

Saunas

 

Los mismos saunas de antes continúan en operación. El número de clientes ha aumentado y también los precios. Ahora la entrada oscila entre 1100 y 1300 colones ($5 y $6). Sin embargo, el fenómeno más importante ha sido la especialización y la apertura de nuevos saunas.

Uno de ellos es Adonis. Está ubicado en la planta alta de un estrecho edificio, y se entra tocando un timbre ubicado en una puerta negra, que da paso a unas escaleras. Al final de éstas hay un portón eléctrico que se abre desde el interior. El horario de trabajo es similar al de otros saunas, de 2 a 10 p.m. En el lugar se vende licor, cervezas o gaseosas, aunque no haya refrigeradora para conservarlas, a excepción de una hielera cuyo contenido se agota rápidamente y debe ser reabastecido en las inmediaciones.

Adonis es el único de los saunas donde las relaciones sexuales no ocurren entre los clientes, sino con trabajadores sexuales que hacen las funciones de masajistas. Ellos se concentran en la sala de televisión del lugar, vistiendo cortas y ajustadas pantalonetas de lycra, trajes de baño o calzoncillos. Uno de ellos, el más cotizado, era un joven de casi 1.80 metros de estatura, moreno y de cuerpo bien definido, cuyos atributos genitales eran notables. “¿Cuánto cobrás?, le preguntamos? “Depende de lo que hagamos”, me responde. “Si quiere que se la meta, son siete mil colones y con condón. No hago excepciones. Si se la sobo, son tres rojos”. “¿Por qué cobrás tanto?, le interrogamos. “Imagínese ésta templada”, me dice mostrándome el pene.

Números

 

Finalmente, no solo los lugares públicos se han diversificado y especializado sino que sus clientelas se han duplicado. En un día corriente, casi 600 personas tienen relaciones y en uno de los más concurridos, más de mil:

Lugar                                           Mínimo            Máximo

Parque Monumental                                80                  150

Callejón                                                 40                    80

Parque Principal                                     60                     90

Servicios de restaurante                           30                    50

Parque de la Misericordia                        40                    80

Parque Colombia                                    20                    40

Parque Pinochet                                      20                     40

Cine Limon City                                     30                     60

Cine 245                                                25                    50

Sauna Latón                                           30                     70

Sauna Decoro                                         20                     50

Sauna Jolón                                           30                     60

Sauna Adonis                                         30                     60

Balneario El Fuego                                 30                     50

Universidad de la República                     25                    50

Malls                                                     15                     30

Video Pop                                              40                     80

Totales                                                565                 1030

4

 

Al hombre... Sin la palabra

 

En el principio ya existía la palabra; y aquél que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.

(Juan: 1:1)

 

Los lugares descritos se caracterizan por la ausencia de la palabra. Ya sean parejas heterosexuales u homosexuales, las personas la usan poco. Cuando se habla es de cosas intrascendentes. Ninguna de las conversaciones se aproxima a la realidad de lo que sucede. Un hombre habla del tiempo con otro. Aquél pregunta la hora; éste pide un fósforo...

El que no hayan palabras no significa que la comunicación sea más o menos íntima, o que las personas se interesen más o menos en los demás. Para Derrida, la tradición occidental de pensamiento se ha centrado en la superioridad de la palabra hablada sobre la escrita28. Ésto es lo que él llamó “logocentrismo”, o sea la idea de que la verdad está más cerca del lenguaje hablado. Además, nuestro pensamiento occidental también está influido por lo que él llamó la “metafísica de la presencia”. Ésto significa que creemos estar más cerca de la verdad cuando las personas se hablan entre sí y expresan directamente lo que piensan. Solo se escribe si no se está presente y ésto se prestaría a errores. El lenguaje escrito es así visto como el gran ausente y un simple, e imperfecto, sustituto del oral.

Nuestra cultura nos enseña que para tener relaciones sexuales debemos primero “conocer” a la persona. “Conocer” es, pues, hablar. Si no hablamos, no conocemos y nuestra conducta es tachada de inmoral. De ahí que Hollywood nos acostumbre a tener que oír una serie de estupideces primero antes de darnos la primera escena de sexo. Cuando no sucede así, como en la película “Atracción fatal”, el precio por pagar es muy alto. Pero si pusiéramos atención a la verborrea de los actores de cine antes de quitarse la ropa y mostrarnos sus tetas o traseros, nos daríamos cuenta de que utilizan metáforas para comunicarse. “Me has roto el corazón”, dice una actriz. Nadie a quien se le haya roto el corazón puede seguir actuando. Ésta es otra de las muestras de que decimos cosas que aunque salgan de nuestra boca provienen de libros de ficción, o sea de la palabra escrita, la gran ausente.

Si la gente llega a un lugar público para hacer sexo pensamos que son promiscuos y vulgares porque no llegan a conocer a sus parejas sexuales “de verdad”. Sin embargo, el mismo filósofo nos demuestra que esta hipótesis es falsa. Derrida no cree que exista niguna diferencia real entre lo escrito y lo hablado, lo presente o lo ausente. No conocemos a nadie mejor porque nos exprese sus pensamientos directamente o porque lo haga por medio de una carta, un poema o un guión de cine. Todos usamos un lenguaje que está ya determinado por lo escrito. El sexo público es un lenguaje que se escribe con el cuerpo. Podríamos más bien aducir que llegamos a conocer más íntimamente a una persona que nos representa un guión de sus deseos más profundos que a otra que nos habla como una cotorra.

Para ilustrarlo, hagamos una visualización con los ojos cerrados (pídale a alguien que se la lea):

Pensemos que estamos en el parque público de nuestras fantasías. Una persona que nos atrae se nos acerca. Nos mira a los ojos y nos pide, sin decir nada, que le revelemos una fantasía sexual, una historia que el pensamiento judeocristiano nos ha hecho sentir como vergonzosa y que a nadie se la hemos contado. Nos resistimos a hacerlo pero nos fijamos bien en esta persona y pensamos que sería ideal para realizarla. Nos gusta, se nos parece al modelo que hemos perseguido desde niños, nos revuelve las hormonas. Tratamos de huir y empezamos a caminar. Sin embargo, los pies están pesados. El cuerpo no quiere partir. La persona nos sigue con paciencia y nos vuelve a mirar a los ojos. “¿Para qué luchar contra este deseo?”, pensamos. Sí, estamos decididos a revelarla. Mas no se puede hacer con palabras. Tenemos que inventar un lenguaje para comunicársela. Nadie más que esta persona lo sabrá. En unos minutos, empezamos a realizarla. ¿Es esta persona una extraña? ¿Sabe algo que nadie más sospecha?

 

¿Es ésto íntimo o no?

El lenguaje de la metáfora

 

Recordemos que una metáfora es una palabra que se usa para referirse a otra y que la sustituye sugiriéndonos una similitud entre ambas. Cuando alguien nos dice en el parque que “aquí se viene a ligar” nos está hablando con el lenguaje de la metáfora, el lenguaje de la literatura y de la ficción. Las ligas son instrumentos de hule para unir cosas, no personas. “Ligar” es una metáfora que nos dice que conocer a compañeros sexuales se parece al hecho de unir cosas estrechamente. Aunque el informante esté presente, está usando un lenguaje de la literatura y para entenderlo, debemos buscar su significado en un diccionario o en la palabra escrita de una novela.

Los lugares de sexo público dan prioridad a lo que conocemos como mensajes no verbales. Sin embargo, no debemos concluir que porque no se utiliza la palabra, no existe el lenguaje. Cuando hablamos con una persona tampoco llegamos a conocer más allá de los discursos que ésta ha aprendido o leído en otro lugar. “Yo creo en el amor y creo que sos la luz de mi vida”, me dijo una vez un pretendiente en un bar. “¿Es que me vio cara de foco o qué?”, pensé yo. “Seguro tengo mucha grasa en la cara y brillo mucho”. Para entender esta linda y cursi metáfora, hubiese tenido que leer sobre los cátaros y sus ideas acerca de que somos cuerpos que encierran la luz divina. ¿Conocí mejor al individuo romántico porque me haya dicho esta cursilería literaria o hubiese sido mejor conocerlo en un parque, haciendo el papel de una fantasía sexual, también de una obra literaria?

Por ahora, de la mano de nuestros informantes, para usar una metáfora, haremos unas de las muchas posibles interpretaciones del lenguaje de los lugares públicos.

A partir de las 4 de la tarde, al Parque Monumental empiezan a llegar parejas heterosexuales que se sitúan en los poyos, especialmente en aquellos donde hay menos luz. Ahí pasan muchas horas conversando, besándose y cuando es posible, masturbándose. El parque entonces, no es solo un centro de actividad homosexual, sino que también heterosexual.

Julio, un trabajador del sexo que acude al parque nos hace un recorrido semanal de las parejas heterosexuales. Armando, por ejemplo, es un joven universitario de 22 años, amigo de Julio, que estudia medicina. Se mira algo mayor para su edad y es bastante atractivo. Celina, su novia es una estudiante de colegio de dieciséis años que vive en la Zona Este de la ciudad. El joven la espera a las seis y treinta minutos todos los lunes para acompañarla a tomar el bus. Se sientan en un poyo y se miran los ojos. “Ambos saben que ella tiene que estar en la casa a las siete y treinta para la cena. Sus padres son muy estrictos y no le permiten tener novio”, nos cuenta Julio.

Como todos los lunes, los novios se sientan en el poyo del costado sur. Empiezan a besarse apasionadamente. Observamos desde la distancia que él le mete la mano debajo de la enagua. Podríamos interpretar que él toca las partes íntimas pero no lo tenemos claro porque se preocupa de que la enagua tape lo que hace su mano. Ella la toma y con delicadeza la saca. La mano en la enagua podría significar que hoy él quiere tener relaciones sexuales. La mano afuera daría a entender que todavía ella no quiere o que no es del todo fácil o que quizás hoy no quiere o que quizás cuando esté más caliente sí quiera. Derrida nos diría que es imposible determinar el número infinito de posibilidades, o sea “indecidible”.

Julio nos enseña otra pareja dos poyos a la distancia. “Esa es una vieja que trabaja en el edificio gubernamental de enfrente. Se viene al parque y se encuentra con un funcionario del hospital. La mujer saca un pañito blanco de su cartera. Cuando éste es sacado, el hombre se desabrocha la bragueta. Pareciera que el pañito que es sacado de la cartera significa que el órgano sexual puede salir de la “jareta”. Él le toca los senos y ella empieza a masturbarlo. Ni siquiera se dirigen la palabra. La mano en los senos significa que ella puede agarrar y sobar su pene. Cuando él termina, ella recoge su pañito blanco, lo dobla y lo vuelve a poner en la cartera. El semen en la cartera parece implicar que se acabó la relación sexual. ¿Es la relación ilícita? Pareciera que sí porque unos minutos después otro hombre recoge a la mujer en un automóvil. El funcionario se regresa al hospital sin mirarla. Se podría creer que el paño en la cartera es una metáfora para hablarnos de una relación que se debe mantener encerrada, ilícita. Tanto es así que el mismo Julio lo comprende. “Cuando veo alguno en la calle hago que no lo conozco, que no lo he visto nunca jamás en el parque.”

 “La pareja más atrevida es la que se sienta en aquél poyo al este”, nos indica nuestro informante. Venga el miércoles a las 8 de la noche y la verá”. Estamos el miércoles con Julio exactamente cinco para las ocho. Uno o dos minutos después llegan al poyo una mujer de unos cuarenta años y un muchacho de apenas dieciocho. Cada uno viene por separado. Se sientan y apenas se saludan. La mujer parece una oficinista o secretaria. Ella saca una cobija de cuadros de colores y se la pone a él en los regazos. La cobija insinúa que algo importante va a suceder. El muchacho se mueve debajo de ella para quitarse, aparentemente, la faja y bajarse el pantalón. Una vez que él termina, ella entiende que él está sin ropa. La mujer se arrodilla y se mete debajo de la cobija. “La bruta debe mamar riquísimo”, nos dice Julio.

Las parejas heterosexuales vienen a hacer lo mismo que las homosexuales. Sin embargo, el mismo Julio lee correctamente sus metáforas distintas: “Los bugas (heterosexuales) cogen con trapos encima”. Ésto significa que han aprendido por algún lado que los genitales no deben ser expuestos afuera, aunque se tengan relaciones públicas. Los penes, bustos y vulvas están cubiertos de enaguas, pañitos blancos o cobijas de colores. Éste es un lenguaje distinto del de los gays. “Los playos andan con la picha, el culo y los huevos afuera. Entre más pichas y más grandes al aire libre, más lo gozan. Ustedes los ven, cuando quieren tener sexo, exhiben todo lo que tienen”, nos cuenta el entrevistado. Los heterosexuales, además, no muestran ni tamaños ni órganos.

Aunque las parejas estén de cuerpo presente, no es así su lenguaje. Para comprenderlo, debemos hacer como Julio, aprenderlo como cualquier lengua extranjera. Sin embargo, no encontraríamos un diccionario en la casa que nos explique el sentido de un paño en la cartera o una cobija de colores en los regazos.

Después de las 10 de la noche, las parejas heterosexuales abandonan el parque y se convierte en área de ligue gay. Existe un código no verbal para establecer el primer contacto. Cuando dos gays se topan en su recorrido, una señal para demostrar interés de tener relaciones sexuales, es tocarse individualmente los genitales por encima del pantalón. Éste es un gesto característico de los heterosexuales del país que lo hacen, generalmente, como definición de hombría. En el caso de los gays, tiene una connotación distinta en estos sitios de ligue. El mensaje podría ser: “Todo esto puede ser tuyo” o “quiero que me toques y tocarte” o “mira qué buen tamaño tengo para vos, apenas me cabe en la mano”.

Los novatos pronto aprenden la clave. Algunas personas con las que habló el etnógrafo, reconocieron que al principio, no sabían el significado del gesto. Uno de ellos afirmó lo siguiente:

Para mí es corriente ver eso a cualquier hora del día en los machones y no entendía que aquí la cosa es distinta. Mis amigos, que son expertos en pescar aquí, me enseñaron que cuando alguien lo hace frente a uno, entonces uno tiene que hacer lo mismo. Es la forma de contestar: ‘a mí también me interesa’, sin tener que hablar. Es comodísimo y además, muy excitante. (Gerardo)

 

Otra señal para ligar es andar unas llaves en la mano que se hacen tintinear mientras se camina. Ésto significa: “tengo casa donde ir a estar juntos” o también “tengo carro”.

Una vez establecido el contacto visual con la persona que interesa y después de las preguntas de rutina: ‘¿en qué trabajas?’, ‘¿vivís solo o con la familia?’, ‘¿dónde vivís ?’, se estudia el carácter. Se pone atención en el acento, la manera de hablar el español, el nerviosismo, la carga de enojo en las respuestas. Si de esta “lectura” se concluye que no hay peligro, se establece el ligue y se busca un lugar más oscuro. En el parque, nos dice Mario, “en la parte más oscura de la glorieta, se sientan otros en las banquetas a tocarse, a excitarse. Los tipos que están sentados solo gustan de que les hagan el sexo oral. Sentarse con las piernas abiertas significa ´Yo no me muevo de aquí, si querés algo, tenés que agacharte...”

Otra forma usual de ligar, de acuerdo con Gerardo, es llegar en automóvil. Los conductores recorren en auto los alrededores del parque a baja velocidad. Algunos se estacionan al costado oeste o al sur del sitio y se quedan dentro del auto, esperando que alguien se acerque a hablarles o bajan del auto y hacen “una gira de inspección”, como llaman al recorrido a pie.

Pedro relata:

Por el parque pasan regularmente chavalos en carro, a veces buenos automóviles dan la vueltita, paran. Alguien que se arriesgue y va y se monta y hace el ligue. Hay otros que se estacionan al costado oeste y esperan que alguien pase o que alguien llegue y les hable.

 

El automóvil parqueado en un parque significa que se tiene una habitación privada. Una vez que el conductor y el caminante se ponen en contacto, el último entra al carro y en ocasiones ahí mismo se masturban y tienen sexo oral, aunque lo más frecuente es ir a algún sitio alejado, tener relaciones sexuales y luego volver al parque, donde vuelve a bajar quien ahí fue recogido. La manera de ligarse en el callejón es ligeramente distinta. En primer lugar, muchas de las parejas que se conocen en el parque terminan realizando sus relaciones sexuales en esta calle y de ahí que el lugar es más directo y con menos cortejos que el anterior.

El orinal es otro sitio que se torna muy directo para el contacto sexual por la estrechez del local que hace que los hombres estén en un espacio muy reducido y realizando una necesidad fisiológica que los incita a tocarse. La gente que asiste al orinal no habla entre sí. Todas las acciones se desarrollan rápidamente. Si uno orina, quiere decir que no está interesado en la otra persona. Si no lo hace, que sí. Como existe la posibilidad de que llegue un heterosexual o la policía, el juego es la rapidez. Parte de la emoción del lugar es esa sensación de lo prohibido, de lo fugaz, “...no hay necesidad de entrar en largas conversaciones y fastidiosos cortejos”, como dice Mario.

En distintas observaciones realizadas desde un punto cercano al sitio, pudo verse que frecuentemente también llegan hombres en auto que lo estacionan al frente, van al orinal, tienen prácticas sexuales, y vuelven al auto y se van. Otros, estacionan el auto, van al orinal, contactan a alguno que les interese, vuelven los dos y se marchan en el auto.

Muchas personas acuden a los tres lugares. Hay hombres que inician el recorrido por los tres sitios desde las nueve de la noche y se están por ahí hasta la una y a veces hasta las tres de la madrugada. El movimiento de gente aumenta durante los fines de semana, aunque el resto de los días siempre hay hombres deambulando por el área.

Aunque las reglas de ligue en el cine no varían significativamente, el que existan distintas zonas de acción, hace que cada una funcione distinto. En el servicio público, por ejemplo, las relaciones se dan de una manera rápida como en el orinal. La disponibilidad se expresa con el pene afuera. En los sectores más oscuros, los hombres pueden realizar actos más de la tónica del callejón, y en los asientos en ciertos lugares, se puede dar el cortejo, la conversación y la invitación para ir a un motel. Sin embargo, el lenguaje inicial es no verbal. Si uno tiene interés en un hombre, se le sienta a la par y lo mira fijamente. “Eso quiere decir que me gustás y que quiero estar contigo”, nos dice Víctor. Si la persona asiente, se queda en la silla.

Así lo narra uno de los clientes asiduos:

La gente entra y sale, baja las escaleras y deambula por todos los sectores. No se puede ver la película tranquilo. Si alguien llegara ahí a sentarse, que no sea de ambiente a ver una película, no podría verla porque la pasadera de la gente es tal que no se puede ver nada. Sentarse a la par de un tipo y mirarlo significa interés. Si uno no quiere tener relaciones con la persona que se sentó a la par, se cambia de lugar.

 

Existen muchas formas de ligar. En los asientos de abajo están los hombres mayores que directamente ofrecen dinero para que alguien se vaya con ellos a un hotel de las cercanías. Es más, sentarse ahí significa que se busca un prostituto. Un hombre mayor sentado a la par de uno joven significa que la relación es pagada. “El hombre mayor solo tiene que tocar los genitales del muchacho para indicar que está interesado”, nos confiesa nuestro informante. El prostituto da su precio sin decir mucho más. Si el cliente se levanta y espera que el muchacho haga lo mismo admite estar de acuerdo. Si le parece muy caro, se queda sentado y vuelve a ver la película. “Eso significa que no le interesa el trato”, nos dice Víctor. Si es así, el joven pronto buscará otro hombre mayor para sentársele a la par.

En el orinal, con solo entrar, otros hombres se acercarán y tocarán los genitales sin decir una palabra. En la parte trasera, algunos hombres más atractivos esperarán que otros se acerquen a su asiento para iniciar una relación sexual. Estar atrás, pues, significa “Soy tan hermoso que no necesito buscar a nadie. Si querés algo bueno, hacé vos el trabajo”. Aquí nuevamente la comunicación verbal es mínima. En la planta alta, como se realizan orgías, lo único que hay que hacer es ingresar en ellas. Sin embargo, no todos son bienvenidos. Si tres hombres, por ejemplo, están teniendo relaciones y un cuarto se acerca a participar y no es gustado por alguno, los tres se corren a otro lugar. “Esto significa que no tienen interés en más gente”, explica Víctor.

Los saunas dan más oportunidades para la conversación. Se puede conocer a un hombre en el bar y llevárselo a una habitación privada. También puede darse la alternativa de ingresar en la cámara del sauna y esperar, como sucede en el Decoro, que se apague la luz y entonces acercarse y tocar a la persona que está a la par, sin decir una palabra. La forma de asentir es quitarse la toalla. “Ésto significa que estoy a tu disposición”, nos informa Pedro.

Otra forma de ligue es ingresar en una de las habitaciones y dejar la puerta entreabierta para esperar a alguien y anunciar así la disponibilidad. Si alguien entra en el cubículo y no es del agrado de quien está ahí, se le dice que no con la mano. “Si la persona no tiene preferencias, se acuesta vuelta con el trasero para atrás. Ésto quiere decir que es pasiva en el sexo anal y que cualquiera que sea activo es bienvenido”, agrega Pedro.

El lenguaje de los lugares públicos es tan complejo que cualquiera puede equivocarse y cometer serios errores.

Álvaro, un cliente reciente, nos cuenta uno de ellos:

La primera vez que llegué al parque no sabía qué significaban todas estas claves. Camino por uno de los senderos y me encuentro un hombre que se toca los genitales y se queda mirándome. ¡Qué cochino! Pensé. ‘Seguro tiene picazón porque está lleno de piojos’ me dije para mis adentros. Sigo caminando y otro hace exactamente lo mismo. ‘¡Ay no, todas estas locas están pegadas de piojillo!’, pensé y decidí salir corriendo.

 

Alberto, un muchacho de 23 años de edad tuvo un error similar en el sauna.

Siempre he querido ayudar a mis compañeros. Como era el mayor de mis hermanos, a mí me tocaba abrigarlos cuando dormían y asegurarme que no tuvieran frío. Pues la primera vez que fui a Decoro me fijo en que hay dos cubículos con las puertas abiertas y dos tipos están dormidos de espalda y desnudos. Me dio tanta pena que decidí entrar al cuarto, cubrirlos con una sábana y cerrar la puerta para que no les entrara una ráfaga de viento. ¡Ráfaga de cólera fue la que recibí! “¿Qué le pasa loca de mierda, me dijo uno de ellos, es que se cree usted una nodriza o qué? ¡Vaya a taparle el culo a su abuela!”

La escuela del sexo público

 

En un lugar en que el sexo debe hacerse rápidamente y el lenguaje verbal está ausente, ¿cómo es que se determinan las prácticas? En las relaciones heterosexuales, los “guiones” siempre han sido claros porque la penetración es prerrogativa de los hombres. ¿Pero qué pasa con el sexo anal y el oral entre varones? ¿Cómo se decide, en cuestiones de segundos, quién le hace qué a quién? Antes de que los lugares públicos ganaran adeptos, estas decisiones se tomaban más por consideraciones de clase. En América Latina, los pobres siempre han estado más al servicio social, económico y sexual de los ricos.

Pero el factor de clase resulta irrelevante en muchos lugares públicos. Por el peligro de un asalto, la riqueza no puede hacerse visible y la ropa es incapaz de determinarla. La educación no se intuye cuando no existe un lenguaje hablado. De ahí que los criterios tradicionales en que los gays latinos se relacionaban históricamente, dejaron de funcionar. En otras palabras, el dinero no determina aquí la práctica, ni sirve para enseñarle a cada uno su función. La excepción de la regla es quizás los conductores que pueden impresionar con sus autos. Pero éstos son una minoría.

Un lenguaje más conveniente para estos lugares es el de la pornografía norteamericana. Las reglas que predominan son las del tamaño, la belleza y la juventud y éstas permiten fácilmente establecer jerarquías claras para el sexo público. Por otro lado, la misma pornografía no solo sirve como lenguaje sino como maestra. De tanto ver estas películas, la gente va asimilando sus valores. Pronto lo que antes se consideraba sexo asqueroso, como el oral, pasa a convertirse en la técnica preferida.

Tanto en la pornografía como en los lugares públicos el tamaño del pene es ahora el criterio principal para establecer la penetración. Hace quince años, se consideraba vulgar o ridículo mostrar los genitales como forma de atraer compañeros sexuales. Aún en 1989, se mostraba el pene disimuladamente agarrándolo dentro del pantalón. Solo en los orinales se abría la bragueta y se exponía. Sin embargo, ahora está afuera. En el parque, los hombres caminan con el pene erecto.

¿Para qué la necesidad de mostrarlo? Pues porque el tamaño determina la función. Aquellos que tienen el pene grande, son los que recibirán los “servicios” orales o anales. No es necesario otro criterio para que dos varones se pongan de acuerdo rápidamente. “Cuando saco mi picha y comparo y veo que la tengo más grande que mi ligue, él sabe que tiene que chuparme o darme el trasero”, nos cuenta Julio. “¿Pero qué pasa si el tipo es mayor que vos o se mira más educado?”, preguntamos. “No pasa nada. Aquí es la ley de la selva. Si mi verga es más grande, o se adapta a ella o se busca otro”.

Otro criterio es la belleza física. De la misma forma que la pornografía, los hombres más hermosos reciben más atención de los demás. “Aquí llega un tipo muy guapo y se sienta en la butaca de atrás”, nos cuenta Ernesto en el Cine 545. “Los tipos se turnan para chuparlo solo porque es muy lindo”. Cuando los criterios de arriba no son suficientes, la juventud sirve de parámetro. Los muchachos más jóvenes suelen recibir más el sexo oral de los mayores que a la inversa. “A menos que sean prostitutos, nos dice Víctor, los muchachos buscan los cines para que los viejos los mamen. Si usted está pasado de años, su labor es ponerse a mamar”, concluye él.

Aunque estas reglas no son universales y suelen ser irrespetadas, permiten que en cuestión de segundos las personas se pongan de acuerdo. Cuando éstas no son seguidas es cuando se presentan los problemas, las discusiones y las negociaciones que atrasan la relación sexual.

El lenguaje y la “différance”

 

Para Derrida, el lenguaje oral y la palabra no están menos ni más presentes que un guión de cine o una novela de García Marquez. Cuando no sabemos el significado de una palabra y lo buscamos en el diccionario, éste nos da otra palabra de referencia. Sin embargo, podemos no saber lo que ésta significa y debemos continuar la búsqueda. Cada palabra de nuestro lenguaje oral está, pues, referida a otra y a otra hasta el infinito. De ahí que cada una de ellas, cuando se expresa, esté habitada de los fantasmas de todas las palabras a las que se parece y de las que se diferencia. A ésto el lo llamó la “différance”, una forma muy sutil de decirnos que cada palabra necesita de la otra, es “referida a”, y a la vez, “diferenciada de” ella.

Los idiomas también están ocupados o habitados por otros idiomas de referencia y de diferencia. En cada uno de ellos se encuentra un gran ausente: otro idioma con el que se relaciona. El lenguaje de la pornografía no es la excepción: está habitado por el lenguaje de la globalización.

El único evento importante en este país centroamericano durante los últimos ocho años ha sido su incorporación a un mercado global, simbolizado por el Internet, en que la integración implica especialización. Costa Rica ha tenido que dejar a un lado sus políticas proteccionistas para “competir” en igualdad de condiciones en el mercado mundial. Todas aquellas cosas en que el país no tiene ventaja competitiva por su pequeño mercado interno, como hacer refrigeradoras, por ejemplo, deben ser abandonadas para especializarse en aquellas en que sí la tiene, como sembrar chayotes o el turismo sexual, para dar dos ejemplos. Las estrictas leyes de la oferta y la demanda sentarán los criterios y las guías.

Un prostituto de pene pequeño, para el que hay menos demanda, reza la teoría de los mercados, no podrá competir con el que tiene uno grande: “En promedio, los acompañantes (escorts) tienen el pene más grande. Si no, no harían bien en el mercado.”29 Tarde o temprano el trabajador del sexo de pocas pulgadas se adaptará a la realidad: será mejor dedicarse a asaltar a los clientes que a cogérselos. Los que tienen más de ocho pulgadas, por el contrario, lucrarán del sexo más que del robo. Sus órganos serán una microempresa que les permitirá hasta tener empleados. “Mi amigo tiene una gran picha y cobra cinco mil quinientos colones”, nos dice un asaltante del parque. “¿Y por qué los quinientos colones?”, preguntamos maravillados por el coeficiente. “Esa es mi comisión”, nos responde.

El lenguaje del porno está habitado por el de la economía de la Universidad de Chicago. Milton Friedman30 nunca se imaginó que cuando los clientes de los lugares públicos de Costa Rica aprendieron del cine rojo el lenguaje del sexo público, también “importaron” sus teorías económicas, que como fantasmas lo habitaban. De ahí que no solo se aprendió a chupar penes, sino también a establecer un precio para cada uno de ellos. Los más grandes, los más bonitos y los más jóvenes, serán los más caros, los más apetecidos, y los más buscados. En el mercado de la carne, el tamaño sí importa.

Sin embargo, como veremos más adelante, el lenguaje del porno, o el de los “Chicago boys”, o el del capitalismo postindustrial, al aplicarse al subdesarrollo, generaría tensiones. En una cultura latinoamericana, obsesionada por las diferencias de clase, en que un sector de la población se encuentra más a gusto en Miami que en sus barrios marginales, el modelo pornográfico sajón crea una ilusión del capitalismo democrático. Por unos pocos momentos al día, el asaltante nicaragüense, inmigrante ilegal y desposeído que es buscado por los agentes de inmigración para deportarlo, se convierte, por el tamaño de su órgano sexual, en un actor de porno público. Sus dotes físicas le deparan el respeto, la admiración y la demanda de la clientela del parque, del cine o del orinal. Aunque no sienta atracción sexual por los hombres, no puede dejar de sentir satisfacción por su popularidad y su alta cotización. El joven siente que tiene su valor, que el mundo se vuelca por un instante y le da un sorbo de lo que podrían ser las cosas si tuviera dinero. Todos quieren estar con él, desde el político que ha dejado el auto en un parqueo y se ha quitado toda marca de distinción, hasta el burócrata del gobierno que durante el día se la ha pasado planeando redadas en contra de los indocumentados.

Sin embargo, el sueño , igual al de Blanca Nieves, tiene su fin. Cuando el prostituto, o Blanca Nieves, finalmente despierta, se encontrará con un montón de enanos a los que no quería ver. El sexo público, contrario a lo que hipotetiza Pat Califia31 para Estados Unidos, no tiene nada revolucionario ni radical en Costa Rica. No se ha hecho ningún avance en la revolución contra la tradición judeocristiana porque la gente haga sexo oral en un parque en vez de su dormitorio. Lo verdaderamente revolucionario es que le demuestra a algunas de sus víctimas que el mundo se podría ordenar de otra manera. El prostituto que ha sido sacado de su sopor por el beso de un príncipe todo cachondo, no volverá a mirar las cosas de igual manera.

5

 

LA CLIENTELA GAY

 

Hay un grupo que concurre casi a diario a los lugares de sexo público. Es generalmente de homosexuales abiertos que se conocen entre sí. A cualquier hora de la noche y cualquier día de la semana, es posible encontrar a este grupo que resultará familiar para el visitante asiduo.

Existen otros grupos que no tienen relación social con la gente de los parques, cines u orinales. Por ejemplo, en el día, es muy usual ver a jóvenes estudiantes universitarios o colegiales, estudiando en grupos o individualmente. En los cines, llega todo tipo de clientes y muchos no son homosexuales. Lo mismo sucede en orinales, campus universitarios y centros recreativos. Los saunas son los únicos lugares en que estos grupos no homosexuales están ausentes. En los cines y parques, algunas mujeres acuden y participan en el sexo público.

Otro grupo de hombres que llegan es el de los hombres bisexuales, o de homosexuales muy escondidos, que no pueden darse el lujo de ser vistos en bares de homosexuales. Muchos de los hombres escondidos que llegan a estos lugares son, en general, más masculinos y menos “reconocibles”, lo que atrae a algunos gays.

Un sector importante de asiduos es el de los maleantes y el de los trabajadores del sexo, que en ciertos casos son los mismos y en otros, no. Los trabajadores del sexo acuden a hacer sus ligues y participan por dinero en actos sexuales. Los delincuentes, por el contrario, tienen como fin robar a los clientes. Finalmente, están los policías. Éstos vienen a reprimir tanto la sexualidad como el comercio sexual y el crimen. Muchos de ellos, como veremos más adelante, participan también en la vida sexual de los lugares públicos, especialmente en los parques y en los campus universitarios.

El modelo gay de sexo público

 

Como hemos visto, los gays que asisten a bares es uno de los varios grupos que participan en el sexo público. Este sector de la población homosexual es el grupo más accesible para la investigación cuantitativa. El hecho de que miles de ellos acudan a las decenas de bares gays en San José, hace posible entrevistarlos en el formato de encuesta. De ahí que es un grupo crucial para entender las razones, motivaciones y expectativas de uno de los actores.

Como veremos a continuación, el modelo de sexualidad que este grupo persigue es uno que llamaremos “Del cuerpo y sus placeres”. Este modelo tiene dos componentes: existe una identidad homosexual y ésta incorpora todo el cuerpo.

Los entrevistados tienen conciencia de que su sexualidad es también algo más que una práctica: una forma de vida. Casi más del 90% de los gays que asiste a bares se define mayoritariamente como homosexual o bisexual y no existe diferencia entre los que asisten y no asisten a lugares públicos (Cuadro 1). Ésto significa que comparten la creencia, primero, que la gente se divide de acuerdo con el objeto del deseo: los homosexuales son los que gustan de su mismo sexo. En segundo lugar, que la homosexualidad es un estado más o menos permanente y que se localiza en la mente de las personas. Al estar en ella, no habita en ninguna parte específica del cuerpo, ni excluye ningún órgano y por lo tanto, no existen zonas vedadas para el placer. El sexo público es una forma más de disfrutar los cuerpos homosexuales. En otras palabras, se busca estimular y satisfacer todos los sentidos y todos los órganos.

En este modelo “del cuerpo y los placeres”, las fantasías son los guiones que permiten recibir y dar los mayores estímulos a los sentidos. Los lugares públicos se convierten así en el escenario en donde las fantasías promueven el goce de los cuerpos.

Una mayoría de los gays de bares asiste a los lugares públicos. Cuando les preguntamos por su asistencia, encontramos que el 54. 5% lo ha hecho (Cuadro 2). Además, como se lee en el Cuadro 9, el 36% va una o más de dos veces por semana. Entre los lugares favoritos están los saunas (27%), el parque de la Llanura (17.9%), el Balneario del Fuego (15.6%) , el campus de la Universidad de la República (11.3%) , los cines (12.3%) y los orinales públicos (11%).

Los que asisten a estos lugares son jóvenes que buscan nuevas experiencias. En el Cuadro 3, podemos identificar algunas de sus características sociodemográficas. En primer lugar, los gays que acuden a lugares públicos tienen, en su mayoría, entre 20 y 29 años de edad. Sin embargo, un tercio está entre los 30 y 39 años.

Tampoco son gente inculta o sin educación. La mayoría, por el contrario, tiene estudios universitarios. A diferencia de los otros participantes, que no tienen más que algunos años de escuela, los gays pertenecen a un grupo privilegiado. En un país subdesarrollado, solo una fracción de la población puede acudir a un centro de educación superior. Su motivación, pues, para acudir a estos lugares no tiene nada que ver con el dinero, como sucede con los otros grupos de este estudio.

Los usuarios no son homosexuales escondidos. En el Cuadro 4, podemos leer que son bastante abiertos con respecto a su orientación. Si tomamos en cuenta el conocimiento que tienen los jefes, madres y padres, notamos una diferencia entre los dos grupos. El 60% de las madres de los que asisten conoce la orientación sexual de sus hijos (51% de los que no asisten); también el 45% de los padres (30% de los que no) y el 45% de los jefes (30% de los que no). Los que acuden a tener sexo público son, pues, más abiertos con las personas más importantes en sus vidas que los que no. Ésto pone en duda el mito de que son solo los gays del closet los que acuden a estos lugares.

Finalmente, los usuarios no son un grupo de hombres solos. Los que asisten a estos lugares están en menor proporción en relaciones “cerradas” o de fidelidad que los que no (49% versus 38%). Sin embargo, el 38% de los que sí asisten están en relaciones supuestamente monogámicas, lo que insinúa que sus parejas no saben de la actividad sexual ilícita.

En el Cuadro 5 podemos leer que el grupo que va a estos lugares se inició algo más precozmente que los que no. El 28% de los que sí van, mientras el 20% de los que no, se inició sexualmente entre los 10 y 14 años de edad.

Con respecto a las parejas fijas y ocasionales de los usuarios (Cuadro 6), se encuentra lo esperado: los que van a estos lugares tienen más compañeros que los que no. El 20% de los usuarios, y solo el 5.1% de los no usuarios, han tenido entre 5 y 9 compañeros sexuales el último año. Tres veces más de ellos (8.5%) han tenido más de 10 parejas que los que no (2.9%). Durante los últimos 30 días, el 57% de los que no van, pero solo el 35% de los que sí van, ha sido célibe. Más del doble (12%) de los que van que de los que no van (6,6%) han tenido más de dos contactos sexuales en el último mes. Más de los usuarios (53%) que de los no usuarios (41%) han tenido sexo, en el último mes, con otras personas que no son la pareja.

Sin embargo, carecer de pareja fija no parece ser una razón de peso para acudir, ya que tanto los que van como los que no, tienen porcentajes similares: el 22% de los que van y el 29% de los que no van, no han tenido una pareja fija en los últimos 12 meses. El 45% de los que van y el 51% de los que no, han tenido una pareja fija.

Los que asisten tienen mejor comunicación sexual que los que no (Cuadro 7). Las diferencias entre los usuarios y los no usuarios se evidencian en lo que al sexo oral se refiere. Para los que van, es más fácil comunicarle al compañero varios gustos sobre esta práctica: lamer o no los pezones, no eyacular o eyacular en la boca y no usar el condón en el sexo oral. Ésto sugiere que la visita a los parques incrementa la comunicación relacionada con el sexo oral o que los que van a estos lugares son los que disfrutan y conocen mejor de cómo hablar sobre éste.

Cuando preguntamos cuáles son las razones para acudir a los lugares públicos, se presentaron diferencias significativas entre los que sí y los que no van (Cuadro 8). Para los primeros, estos lugares son significativamente más eróticos por su peligrosidad (asisten: 30.6%; no asisten: 23.4%). Sienten ellos, a la vez más deseos incontrolables de tener sexo (asisten: 41.5% ; no asisten: 19.3%) y les gusta más tener relaciones con desconocidos (asisten: 29.8%; no asisten: 12.4%) y en grupo (asisten: 15.3%; no asisten: 6.3%). Por último, solo un 16.4% de los que asisten se considera poco atractivo (21.2% de los que no asisten).

Tener relaciones con personas nuevas es un atractivo para los clientes de estos lugares. Ésto es muy claro de entender. ¿Pero qué significa la “sensación del peligro”? La vida gay, de todas maneras, conlleva una serie de peligros en Costa Rica, y no es de sorprenderse que muchas personas que se iniciaron en estos lugares hayan desarrollado un gusto por este tipo de ligue.

Kenneth así lo dijo:

Me preocupa que esto se me está volviendo una necesidad. Es como un vicio que no puedo dejar. Cuando pasan unos días sin venir aquí, me siento como ahogado. Vengo a escondidas de mi amante, pero me han contado mis amigos -que él no conoce- que lo han visto por aquí pescando. Creerás que soy medio masoquista y tal vez no te equivoqués. Puede ser que ande buscando ser asesinado. No sé si viste una película que se llamaba ‘Looking for Mister Goodbar’ con Diane Keaton. A mi me encantó esa película y me identifiqué con la protagonista. Si algún día vez mi nombre en una esquela del periódico, ya sabrás cómo morí.

 

Juan, conductor de vehículos, admite:

Yo hago ésto frecuentemente. Es ya como un vicio porque tengo amante y nos llevamos muy bien. El problema es que nos vemos solo los fines de semana porque él vive fuera de San José. Entre semana me entretengo con ésto. Debo decirte que es muy peligroso. Uno nunca puede estar completamente seguro de quién se está montando en el carro. Por aquí hay mucho maleante... la sensación de peligro me atrae.

 

Heriberto cuenta: “Detrás del parque hay un callejón oscuro donde he visto muchas cosas. Llegan muchos tipos con carro, lo estacionan y se meten ahí. Es muy peligroso el sitio. Es muy excitante estar ahí. A mí el miedo me excita; el que llegue la policía o algún guarda particular, ese temor me gusta”. Parte de la emoción del lugar es esa sensación de lo prohibido, de lo fugaz, “...no hay necesidad de entrar en largas conversaciones y fastidiosos cortejos”, como dice Mario.

Algunos gays que son clientes asiduos del cine, desde hace muchos años, dicen también que les gusta porque el peligro les resulta morbosamente atractivo.

Una vez estaba conversando con un amigo que frecuenta ese lugar y me decía que para él, es como ir a un safari, un sitio de escape. Me contó anécdotas del cine que me dejaron con el pelo parado, casi no le creo lo que dijo pero podría ser verdad...

 

Estas respuestas se pueden corroborar con los datos del Cuadro 9. Cuando se les preguntó cuáles son las razones principales para acudir, los entrevistados favorecen las siguientes: tener relaciones sexuales sin compromiso (63.4%), poder ligar con alguien rápidamente (54.9%), conocer personas nuevas (53.7%), hacer algo que se considera prohibido (48.2%), le gusta ver a otras personas teniendo relaciones sexuales (46%), le excita la sensación de peligro de ser descubierto (45%) y tener relaciones sexuales rápidas (40.2%).

Un incentivo es, pues, conocer hombres que no frecuentan los bares. El que la comunidad gay de Costa Rica que asiste a bares sea una minoría, permite a los centros públicos ofrecer caras nuevas y hombres no reconocidos como homosexuales. Ésto hace que muchos gays se exciten con la idea.

Ésto se evidencia en el número de hombres bisexuales que acude a tales sitios como única manera de desahogo sexual.

No sé por qué lo hago. Es algo más fuerte que yo mismo. No entiendo lo que pasa. En mi casa tengo una vida sexual plena. Hago el amor con mucha frecuencia. Pero más o menos cada mes y medio se van acumulando los deseos y entonces necesito un hombre para hacer el amor... (Gerardo)

 

Otro atractivo es el de socializar. Casi el 63% admite asistir a estos lugares para hacer amigos (Cuadro 9). En el caso de los saunas, los gays abiertos que asisten a ellos, lo hacen más por una necesidad de socializar y tener relaciones sexuales, sin tener que participar en los complicados cortejos de los bares. No existe, en realidad, esa sensación de peligro que caracteriza a los otros lugares públicos, ni la policía irrumpe en ellos.

La verdad es que no sé por qué vengo a un lugar como éste. Tal vez es la soledad que a ratos se vuelve demasiado pesada... Me duele que la gente gay viva sumergida en un mundo ficticio... Cuando vas a los bares, siempre están hablando de viajes, carros, y cosas así, aunque no tengan nada. Te miden por la marca del pantalón o la camisa. Aquí, como todos sabemos a qué venimos, las cosas son más fáciles. (Carlos)

 

Finalmente, otras razones son la de observar a otros haciendo el sexo (78%), que alguien lo masturbe (54.3%), o que le haga el sexo oral (53.8%), y masturbar a alguien (50%) (Cuadro 9). Es importante recalcar que más del 35% de los que acuden a estos lugares acude una vez a la semana o más (Cuadro 9).

Al pedirle a ambos grupos que evaluaran los lugares de acuerdo con su erotismo (Cuadro 10), encontramos que los lugares preferidos para ambos son: orinales, parques urbanos, callejones, cines, saunas y vehículos, en orden de prioridad. Los menos eróticos son la casa, el departamento, el campo, el motel y el vehículo, en el mismo orden. Sin embargo, los que no asisten encuentran los lugares públicos más eróticos que los que no y éstos últimos consideran los lugares privados más excitantes. En otras palabras, cada uno se imagina las cosas más interesantes del otro lado de la barrera. Y en el caso de las personas que no asisten, se activa la fantasía al considerar como más eróticos los lugares públicos.

Con respecto al peligro de contagio con el VIH, los lugares públicos, solo el 25% de los que asistieron la última vez realizaron la penetración anal, a pesar de que un 45% había consumido alcohol antes de ir a estos lugares. El 83.3% que realizó la penetración utilizó el condón en su última visita. Un 75% admite no penetrar a nadie cuando va a estos lugares y mucho menos ser penetrado. (Cuadro 11). Aunque los datos estadísticos se refieren a la última visita solamente, se puede inferir que la penetración no es la práctica más popular y que cuando se realiza, la mayoría usa el condón. Ésto mismo lo sugiere la información etnográfica: los lugares de sexo público no son los más peligrosos con respecto a la práctica sexual insegura.

En general, las actividades sexuales preferidas son la masturbación y el sexo oral. En los lugares como parques, orinales o callejones, el peligro a ser descubierto o expuesto es tan grande, que desincentiva el sexo anal.

En el caso de los saunas y el cine, el que los lugares sean exclusivamente homosexuales, o que cuenten con la indiferencia de sus dueños, permite actividades sexuales más prolongadas, como lo son las orgías y el sexo anal. A pesar de ello, algunos lugares tienen más actos peligrosos en cuanto al sida que otros. Sin embargo, el que los saunas tengan cubículos cerrados hace imposible estimar cuán corriente es esta práctica.

Un factor por tomar en cuenta, antes de llegar a estimar grados de riesgo por lugar, es el que se refiere a las clientelas. En el caso de que los clientes pertenezcan a sectores profesionales y con altos niveles de educación, es posible que sea un factor que incida en una menor práctica sexual riesgosa.

Otro factor que podría diferenciar la actividad sexual de un lugar al otro es la actitud de la administración hacia el sexo inseguro. En algunos existen mensajes sobre el sexo más seguro y una apertura mayor a distribuir esta información. En los que ésto sucede, el sexo inseguro es más desincentivado.

En los parques, la práctica más común es la masturbación entre homosexuales. Pero el sexo oral –nos dice Guillermo, un cliente.- también es común. En ocasiones, la penetración anal es practicada:

Ayer me tocó ver algo que me dejó pasmado. En la banqueta cercana a donde yo estaba, había un tipo sentado y con el pene afuera. En eso, llegó otro y me dijo que viera qué rico y que si no me gustaría sentármele encima. Creí que me bromeaba ya que era un abogado que parecía muy respetable. Además, lo había visto distribuyendo información en los bares. Le dije, como siguiéndole la broma, que por qué no lo hacía él y cuando vi, él se fue y se le sentó encima. Lo que me pareció increíble fue ver que ni siguiera se hablaron, simplemente se bajó los pantalones y comenzó a metérsela sin ninguna protección, sin condón. Así estuvieron hasta que el otro se le regó adentro.

 

Lo mismo reporta Ernesto, otro asiduo de los parques:

En la parte más oscura, una vez me tocó ver ya tarde en la noche, como a las tres de la mañana tal vez, que se cogieron a un tipo. Fijate vos que el tipo -bueno- yo venía dando la vuelta y en eso vi a la orilla de un pequeño arbusto a alguien que estaba agarrado, dándose como contra el arbusto. Fijé la atención y vi que era que al chavalo se lo estaba cogiendo otro tipo ahí. Era una cuestión que se podía haber visto si alguien prestaba atención.

 

Las personas que se montan a los carros, pueden tener sexo oral o masturbarse en él, aunque lo más frecuente es ir a algún sitio alejado, tener relaciones sexuales y luego volver a los parques, donde vuelve a bajar el que fue recogido ahí.

Lo más frecuente de observar en el orinal es la masturbación mutua y el sexo oral. Sin embargo, en una de las visitas realizadas, pudo observarse a un hombre de unos cuarenta años abriendo un preservativo y colocándolo en su pene. Iba a penetrar a otro que tenía los pantalones bajos. Cuando se iniciaba el acto, llegó un heterosexual. La pareja, rápidamente disimuló, salió del oscuro orinal, afuera hablaron y se fueron juntos.

Gerardo confirma que solo de vez en cuando se da el sexo inseguro:

...me contó hace poco un amigo que pasó a la parada de buses, dice que eran como las siete de la noche y había un muchachito joven, tal vez de unos 19 años, con un pene grande y había otro tipo ahí que le dijo que se lo cogiera. Se bajó los pantalones y el calzoncillo se lo echó a medio lado por en medio de las nalgas y el maje se lo cogió. Dice que sin preservativo, sin nada.

 

Sin embargo, estos son casos excepcionales, nos dice Heriberto:

No se usa el preservativo en las penetraciones anales que he visto pero se puede decir que la mayoría de las veces lo que hace la gente es acariciarse los genitales, excitarse y eyacular. De vez en cuando, hay gente osada que hace sexo oral pero no es lo común, generalmente termina en masturbación y en eyaculación y acaba la relación, lo que llaman relación, que no es relación completa.

 

La masturbación mutua es muy frecuente en el cine, pero el etnógrafo vio sexo anal sin preservativo en algunas raras ocasiones. Un hecho observado en la segunda planta merece destacarse: un joven de unos 18 a 20 años fue penetrado consecutivamente por 6 hombres que hacían fila para efectuarlo. Ninguno usó el preservativo. Esto ocurrió en el espacio que hay al subir las gradas. Había 10 observadores alrededor, masturbándose mutuamente y también individualmente.

En los saunas las prácticas más comunes son también la masturbación y el sexo oral, pero el etnógrafo también reporta “prácticas de penetración sin el uso del condón”. Sin embargo, el uso del condón es también confirmado por otros y pareciera ser más común que en el cine y otros lugares públicos: “No me gusta usarlo, pero es igual que a los conductores de carros que no les gusta usar el cinturón de seguridad, pero éste les salva la vida”, nos dice Gilberto, un cliente.

El modelo del cuerpo y sus placeres se caracteriza por buscar la satisfacción de los sentidos y de los deseos. Los hombres gays de bares que acuden a los lugares públicos lo hacen como un estímulo más de su vida sexual. Son hombres jóvenes, conscientes de su homosexualidad, educados, atractivos y que tienen buena comunicación sexual. Practican, en su mayoría, el sexo seguro y toman sus precauciones ante el peligro que acecha en estos lugares. Sin embargo, como veremos en el próximo capítulo, existen otras posibles razones para asistir: los lugares públicos se convierten en un escenario en donde se representan traumas sexuales, algunos de ellos inconscientes, con el fin de “resolver” algunos de sus conflictos.

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LA VIOLENCIA Y EL SEXO PUBLICO

 

Un elemento que sugiere que en el modelo del sexo y sus placeres existen otras motivaciones fuera de la satisfacción de los sentidos, es la violencia.

El cuadro 12 nos dice que existe una diferencia significativa entre los asiduos y no asiduos a los lugares públicos con respecto a la violencia sexual. En otras palabras, los que asisten han tenido más violencia en sus relaciones que los que no. Existen diferencias importantes entre los usuarios y los no usuarios con respecto de haber sido golpeado (asisten: 20.1%; no asisten: 8%), haber sido insultado (asisten: 19.5%; no asisten: 7.3%) ; forzado (asisten: 18.3%; no asisten: 9.5%); insultar (asisten: 14%; no asisten: 6.6%) y haber practicado juegos violentos con la pareja (asisten: 13.4 %; no asisten: 2.9%). En todos estos casos, la violencia ha sido mayor en los que asisten a los lugares públicos.

De esta última información se puede hipotetizar que los que asisten han tenido más violencia en su vida sexual o que asistir a estos lugares la aumenta. Sin embargo, es más probable que lo primero sea el caso.

El Cuadro 13 nos confirma nuestra hipótesis: los que asisten a los lugares públicos fueron más castigados y abusados sexualmente cuando adolescentes y niños que los que no. Los asistentes han recibido significativamente más maltrato emocional intenso antes de los 12 años (asisten: 42.1%; no asisten: 27%) y entre los 12 y 18 que los que no (asisten: 42.7%; no asisten: 27%). También lo reciben actualmente (asisten: 6.7; no asisten: 0.7%). Con respecto al maltrato físico se dan diferencias significativas similares: los que asisten recibieron más antes de los 12 años que los que no (asisten: 22 %; no asisten: 5.8%) y también más entre los 12 y 18 años (asisten: 17.1%; no asisten: 5.1%). Finalmente, los que asisten han sido más víctimas de violencia sexual antes de los 12 años que los que no (asisten: 20.1%; no asisten: 8.8 %) y también entre los 12 y 18 años (asisten: 15.9%; no asisten: 6.6%).

Los varones que asisten a los lugares públicos han sufrido más abuso y más violencia en sus relaciones sexuales. Aparentemente, han continuado algunos patrones que aprendieron cuando niños y adolescentes. Esta historia de abuso se relaciona también con la asistencia a los lugares públicos. Con el fin de aprehender la relación, reunimos a un grupo de hombres gays que asisten a los lugares públicos para ligar y que, a la vez, hayan experimentado abuso sexual y violencia física cuando niños. Dejamos por fuera a aquellos que tuvieron solo abuso psicológico porque nos costó encontrar hombres gays en Costa Rica que no lo hayan sufrido.

A los cuarenta jóvenes que se reunieron en cuatro talleres de apoyo para hombres gays víctimas de abuso, en los meses de setiembre a noviembre de 1998, les pedimos, entre otras cosas, tres tareas específicas. La primera sería que nos narraran el abuso sexual o físico que vivieron. Estas grabaciones se transcribieron con códigos para mantener la confidencialidad. Cuatro semanas después, se les pidió que describieran las escenas más eróticas que hayan tenido en los lugares públicos. Queríamos comparar ambas narraciones sin que los participantes estuvieran conscientes de las semejanzas o diferencias. Una vez que se hicieron las dos tareas, se les pidió que reaccionaran ante las narraciones y que nos relataran, con sus propias palabras, las conexiones que ven entre las dos historias.

A continuación, queremos presentar algunos de estos relatos, que sugieren algunas razones para sentirse atraído hacia el sexo público. Sin embargo, no queremos insinuar que exista algo patológico en él. En vez de mirar el sexo público como resultado de un trauma de la niñez, debemos considerarlo un escenario en donde se vuelven a representar los traumas con el fin de llegar a tener más control sobre ellos. Consideramos que el sexo público podría ayudar a muchos de estos jóvenes a resolver sus secuelas de violencia.

No comunicarás (la historia de Juan)

 

El abuso

 

Mi relación con el jardinero empezó a los seis años de edad. Lo recuerdo porque aún no había ingresado en la escuela. Él era un hombre fornido, campesino, muy masculino. No tengo muchos recuerdos del tema pero sí ciertas imágenes de lo que hacíamos. Por ejemplo, un día en la tarde me llamó para que lo visitara en la bodega del jardín donde guardaba sus herramientas. Había una cama en el cuarto, además de los instrumentos de jardinería. Me pidió que me escondiera con él debajo de la cama para jugar un rato. El juego consistió en que él me empezaba a tocar los genitales y yo los de él. Recuerdo el gran susto cuando toqué su pene que era enorme comparado con el mío. No podía entender tanta diferencia y le pregunté: “¿Por qué éste es tan grande?”. Él me respondió: “Es más grande porque mi papá me lo metía por atrás y así creció tanto. Si querés que el tuyo crezca, te lo tengo que meter”. En realidad, no me lo metió del todo pero me lo puso en la entrada del esfínter y me hacía moverme. No recuerdo nada más. Sin embargo, sentí placer. Hubo mucho en lo que hacíamos. Pero amenazas también. El hombre me dijo que no debía contar nada a nadie, que no debía hablar. Si lo hacía, haría lo mismo con mi madre y mi hermana. Nunca pude decir nada de lo que pasaba. La relación duró por años. Aunque traté de pedir ayuda en algunos momentos, tenía miedo de que me castigaran o de que el jardinero me abandonara. Había cariño entre nosotros y además, placer. ¿Pero por qué lo hacíamos a escondidas? Siempre recibí el mensaje que no podía hablar y que lo que hacíamos no era debido.

La relación más erótica

 

Hace un año me fui al parque Pinochet a las 9 de la noche. Caminaba y miraba los escaparates de las tiendas cuando se me acercó un hombre de unos treinta años, masculino y de extracción rural y se me quedó viendo. Me preguntó mi nombre y me dijo que si no quería ir a un lugar más seguro, como el parque Monumental. Cuando caminamos hacia el parque apenas me dijo una palabra. Sin embargo, se tocaba los genitales y me miraba fijamente. Quería demostrarme que tenía un pene de gran tamaño. No puedo negar que me alboroté todo. Siempre me han gustado los penes grandes. Cuando llegamos, me empezó a tocar mis genitales y me llevó a la parte más oscura del parque. Ahí me bajó los pantalones y empezó a jugar con mi trasero. Hacía que me la ponía atrás pero no me penetraba aún. Tengo que confesar que me encanta sentir el pene atrás pero no disfruto la penetración. Mi gran placer radica en el juego anterior. Cuando él empezó a penetrarme, el dolor era muy grande. Ésto no lo estaba disfrutando. En algunas ocasiones anteriores me había callado este malestar. Sin embargo, cuando trataba de entrar en mí, se acercaron otros dos hombres. Uno de ellos, al verme la cara de dolor, le dijo: “¡No sea bruto! ¿No ve que le duele? ¡Sáquela y riéguese afuera!”. El tipo obedeció y yo disfruté montones. Aprendí a decir las cosas claritas desde esa vez.

Las comparaciones de Juan

 

Ahora que leo mi historia sexual cuando niño y mis gustos eróticos, encuentro algunas cosas en común:

     Me gusta tener sexo en lugares escondidos y oscuros pero relacionados con lo verde: la bodega del jardín o el parque urbano.

     Me atraen los penes grandes: el del jardinero es el modelo.

     Me gusta que jueguen con mi trasero pero que no me penetren: lo que hacía cuando niño.

     Tengo problemas en pedir claramente lo que quiero. Sin embargo, las experiencias en el parque me están ayudando a poder hablarlas. El abuso que tuve fue el que me había enseñado a callarme. El parque, por el contrario, me ha ayudado a superarlo.

Cuerpos invadidos (la historia de Alberto)

 

El abuso

 

A los diez años de edad, mi tío me cogió. Fue una noche en un fin de semana en que mi papá y mi mamá se fueron al cine. En mi casa, solo estábamos mi hermana que tenía ocho años y yo. Mi tío era un hombre de unos 25 años de edad y no vivía en San José. Él aún estaba con sus papás en San Isidro de Heredia. Algunas veces venía a nuestra casa en la capital y se quedaba a dormir en el cuarto de visitas. A mí me gustaba mucho mi tío porque era más joven que papá y nos llevaba al cine y a comer helado. Él tenía una novia, Anita, que venía a visitarlo a la casa. Ese fin de semana, ambos estaban solos en su recámara y tenían la puerta cerrada. Yo oía ciertos suspiros en su cuarto pero no entendía lo que pasaba. Ahora pienso que él estaba tratando de cogérsela en la habitación. Solo llegaba a oír que él le decía: “Dejate mi amor, dejate” y ella decía: “No, no puedo. No lo hagás que me duele”. De un momento a otro, Anita salió del cuarto y se fue corriendo de la casa. Mi tío la siguió y algo hablaron afuera pero no entendí de qué. Era ya de noche y estaba en mi cama. Unos minutos después, mi tío entra en mi recámara y me pregunta que si quiero dormir con él en su cama. Le dije que sí y no pensé en nada malo porque lo habíamos hecho anteriormente. Cuando me metí en su cama, él me empezó a tocar y me di cuenta que estaba desnudo. Le dije que no me tocara más pero él no me hizo caso. Pronto se untó crema en la verga y me agarró y tapó la boca. No entendí qué era lo que pasaba. Sentí un dolor horrible y me traté de zafar pero no pude. No recuerdo más. Sé que él lo repitió por algún tiempo y siempre me amenazó de que me mataría si hablaba con mis papás. Jamás lo hice. Nunca pude volver a dormir bien porque tenía miedo en la noche. Creía que el diablo me iba a castigar por lo que hacía.

La relación más erótica

 

Pasó hace dos años en el parque de la Llanura. Llegué y parquee mi carro cerca de la cancha de fútbol. Me di cuenta que había un grupo de hombres en un círculo. Cuando me acerqué, veo que un tipo bastante atractivo se está cogiendo a un muchachillo de unos 16 años. Me morbosea ver que a un muchachillo le estén dando por atrás. Es una especie de sadismo que tengo. Como el carajillo se quejaba de que le dolía, más me alborotaba. Me acerqué a la pareja y empecé a besar al hombre que penetraba. Sentí una gran atracción por él. Después de un rato, dos de los majes que estaban viendo se me acercaron y me preguntaron que por qué no le daba yo el trasero al tipo que besaba. Sin que dijera nada, me quitaron entre todos la ropa. A mí me daba vergüenza pero sentía un gran placer cuando me bajaron los pantalones y me agacharon. El tipo se sacó su pene del muchachillo y me empezó a coger a mí. Sentía un gran dolor pero también una gran satisfacción porque me sentía humillado, usado y tratado como una puta. Sin embargo, cuando uno de los dos majes trató de hacerme lo mismo, le dije que no, que no quería y no lo dejé. No me gustaba el maje y no iba a dejar que me cogiera.

Las comparaciones de Alberto

 

¿En qué se me parecen estas dos historias? Bueno, lo primero es que me gusta que me traten como una puta. Mi tío me buscó a mí porque sus novias no le daban lo que él quería. Yo, en cambio, no tenía el poder para decirle que no. Además, ¿para qué negarlo?, me gustaba. Entonces, cuando me tratan como una vulgar puta, me pongo como tonto. Veo que me gusta ser el sustituto. Como le daba el culo que Anita no le prestaba a mi tío, así me gusta que el hombre que se vuele a otro siga conmigo y me trate como un sustituto. En el fondo, creo que veo mi papel como el del “otro”. Me sentía así superior a Anita o a las otras novias que él tuvo.

Finalmente, veo que me gusta que me digan lo que tengo que hacer y que tomen mi cuerpo sin permiso. Cuando los tipos me quitaron la ropa, fue una experiencia riquísima. A ellos no les importaba lo que yo quería y solo buscaban ver una película de porno en vivo. Siempre he respondido de acuerdo con lo que los otros quieren de mí. Creo que eso lo aprendí de mi tío: mi cuerpo puede ser invadido sin permiso.

A pesar de que disfruto ésto, siento que puedo parar las cosas cuando no quiero. Me doy cuenta que sentí una gran satisfacción cuando le dije al maje ese que no quería que él me cogiera. ¡Seré una puta pero con voz y voto!

Lo erótico del peligro (la historia de Pepe)

 

El abuso

 

No sé si llamar mi historia “abuso”. Lo que sí sé es que cuando niños mis primos y yo teníamos relaciones sexuales. De los cinco primos que participaban, unos tenían 15, 16 y 17 años. Los otros dos teníamos 8 y 9 años. Los mayores se aprovechaban de nosotros y nos ponían a chuparlos y a masturbarlos. Generalmente, nos daban licor para atontarnos. Nunca practicamos la penetración. Sin embargo, varias veces algunos de nuestros tíos nos descubrieron y nos dieron una paliza a todos. Una vez, mi primo de 8 años y yo estábamos mamando a mi primo de 17 años. Estábamos en el baño y él nos metía ahí con el cuento que nos tenía que bañar porque estábamos muy sucios. Cuando estábamos adentro, se sacaba su “guaba” y nos pedía a cada uno que la chupáramos. Si no queríamos, nos volaba un trompazo. Si lo mordíamos, también. Edwin, como se llamaba, fue quien nos obligaba a hacerle lo mismo a los otros primos mayores. Cada vez que él nos decía que Ernesto o Pedro nos iban a bañar, nosotros sabíamos lo que se tenía entre manos. Pues un día estábamos con él y mi tío Carlos, su papá, entró en el baño y nos sorprendió. Nos voló una paliza a los dos y me dio terror que nos fuera a matar.

La relación más erótica

 

Mi sueño erótico lo he satisfecho en el orinal. A mí los orinales me remueven todas las hormonas. Siempre llego tomado. Necesito el licor para darme la fuerza de hacer lo que voy a hacer. Un día entré y estaban tres tipos haciendo que orinaban. Me les quedé viendo los penes y uno de ellos, sin decirme nada, me agarró la cabeza y me la llevó hacia el suyo. Lo mamé hasta que se regó. Luego, el otro me dio el suyo y empecé a hacerle lo mismo. En ese momento, entró otro tipo al orinal. Los tres tuvimos que hacer que orinábamos, aunque el hombre sospechó algo porque salió inmediatamente. Intuí que no era homosexual y que posiblemente nos estaba reportando a la policía. Mientras decidíamos qué hacer, el otro tipo me agarró y me insertó su pene en la boca otra vez. Sentí un gran miedo porque en cualquier momento podía entrar la policía. El miedo a mí me erotiza mucho. Cuando hago cosas indebidas, las siento más ricas. De ahí que me gusten los orinales porque en cualquier momento hay peligro. Pues esa vez el tipo se regó sin que pasara nada. Sin embargo, apenas terminamos, llegó un paco (policía) a ver qué pasaba.. Como no vio nada raro se fue y terminé haciendo el sexo oral con el tercero. Entre más sabía que nos habían estado vigilando pero que no nos agarraban, más me gustaba lo que hacía.

Las comparaciones de Pepe

 

¡Ay, averigué el origen de mi mamadera! También de que tomo siempre que voy a los orinales y que la tomadera seguro me empezó desde temprano. Es muy claro que aprendí a mamar desde chiquito y que lo hice en medio de la vigilancia de mis tíos que medio sabían lo que pasaba. También me doy cuenta que los orinales me vuelven loco. Cuando niño, hacía el sexo en el baño y ahora busco los orinales. Me gusta hacer el amor en lugares en que tengo que estar vigilando lo que pasa. Aún cuando lo hago en el dormitorio, estoy consciente de la puerta y del teléfono, como si alguien fuera a entrar o a llamar.

Sin embargo, lo que más he aprendido es que ir a los lugares peligrosos es mi gran pasión. Siento que mi cuerpo necesita de una gran cantidad de adrenalina para disfrutar del sexo. Cuando tengo la posibilidad de estar en un orinal con un hombre siempre está la incógnita de quién podrá entrar y qué nos irán a hacer. Esto mismo sentía cuando estaba con mis primos en el baño. Pero en aquellas ocasiones temía mucho por los castigos. Creía que me irían a matar si me agarraban. Ir ahora a los orinales es recordar y revivir ese miedo. Sin embargo, siento una gran satisfacción cuando tengo sexo en el baño y nadie me agarra. Es como decirme: “Todo está bien, seguí mamando que sos lo suficientemente vivo como para que nada te pase”.

Sexo no verbal (la historia de Emilio)

 

El abuso

 

Mi historia de abuso se dio con mi propio padre. No me acuerdo cuándo empezó porque no tengo buena memoria. Padezco de lagunas mentales en todo lo que tiene que ver con la infancia. Solo me recuerdo tres veces en que mi papá me llevó, como a los 12 años, a pasear con él a la playa. Estábamos los dos solos en una habitación en un hotel barato. Todo lo que pasaba en la habitación contigua se oía. Ahora pienso que me llevó por esa razón. Mi papá era un hombre joven aún (ya murió) y tenía unos treinta y dos años en ese entonces. Pues llegamos en la mañana y nos fuimos a nadar. Lo habíamos pasado muy bien en la playa y regresamos a la habitación para cambiarnos. Juro que no sospechaba nada de lo que pasaría. Algunas veces anteriores, mi papá jugaba conmigo y me tocaba los genitales pero en son de broma. Ahora pienso que me decía cosas morbosas como “¡qué grande que estás!” o “¿cuánto te mide cuando se te tiempla?” pero yo no le daba importancia. Pues llegamos al cuarto y me pide que nos desvistiéramos para bañarnos. Cuando estamos desnudos, mi papá me enseña su pene que estaba todo parado. A mí me dio miedo pero él me dijo que eso era común cuando se tenía que enjabonar. En ese momento, me agarró el mío y me dijo que si lo había medido ya parado. Le dije que no. Él hizo como que quería hacer un examen y se fue a su maletín de médico y sacó un centímetro. Para ese entonces tenía miedo y no podía decir ni una palabra. Se me acercó con el centímetro y empezó a embarrarme la loción solar y me pidió que tuviera una erección. Aunque estaba petrificado y sudaba del miedo, se me fue parando hasta que él empezó a chuparme. Le pedí que no lo hiciera pero él me dijo: “¡Calláte la boca que todo el hotel se va a dar cuenta! ¿No ves que todo se oye?” Sentí un miedo atroz. El miedo me paralizó para que no emitiera ni un sonido.

La relación más erótica

 

Pasó en un sauna. Un muchachillo de unos 18 años llegó ese día en compañía de un amigo. A mí siempre me han gustado los chiquillos adolescentes e inocentes. Éste era muy hombrecito pero tenía una cara de ángel. Creo que era la primera vez que entraba a un sauna y seguro lo hacía por curiosidad. Me fijé que se metió a la sala de vapor e hice lo mismo. Entré en ella y lo vi que se tocaba los genitales. Me le acerqué y sin decirle nada, me agaché y empecé a felarlo. El muchachito terminó siendo cubano y hablaba más de la cuenta. Cuando lo chupaba me decía: “¡Disfrútala bárbaro, disfrútala!”. A mí cuando la gente habla en el sexo me pone mal. No soporto las palabras. Pues le dije que si quería que nos fuéramos a un cubículo. Cuando entró conmigo, empecé a besarlo para que se callara. El muchachillo me dijo que quería que se la metiera. Le dije entonces: “Si usted quiere verga, se me va a callar. ¿Va a querer usted que todo el sauna se dé cuenta que me lo estoy cogiendo?”, le dije de mala manera. El cubanillo se quedó callado y aceptó que lo penetrara. Lo hice pero de la manera más suave posible: le unté un poco de coca en el esfínter que traía escondida en el paño y ésto hizo que no le doliera para nada. Me dijo que había sido la cogida más sin dolor y rica que había tenido.

Las comparaciones de Emilio

 

Veo que mis fallas en la memoria se pueden deber a que la relación con mi padre tuvo más cosas de las que no quiero acordarme. Me doy cuenta también que me gusta hacerle a los carajillos lo mismo que me hizo mi padre a mí. El hecho que haya obligado al muchacho a callarse y que lo haya disfrutado, me deja saber que estoy repitiendo mi propia historia. Para mí, el sexo debe hacerse en silencio, sin que nadie se de cuenta, como me lo enseñó mi padre. Si tengo la oportunidad de obligar a alguien a cerrar la boca, me parece más excitante. Es lo que mi padre hizo conmigo: me llevó a un lugar en donde no podía quejarme ni decir nada. Tuve entonces que protegerlo a él tanto como a mí. Me doy cuenta que busco hacer el sexo en lugares que me recuerden el hotel barato en donde mi padre me inició. Los saunas, con sus cubículos en que todo se oye, es lo más cercano a ese hotel. Finalmente, siento como que tengo la responsabilidad de proteger a los muchachos que me cojo, haciendo las cosas con cariño y no como mi padre que lo hizo sádicamente.

La necesidad de desconectarse (la historia de Miguel)

 

El abuso

 

Mi papá era un alcohólico. Tuvo 8 hijos y nunca pudo mantener a ninguno. Sus trabajos duraban muy poco y lo único que pudo hacer fue limpiar jardines. No me recuerdo cuándo fue la primera vez que le pegó a mi madre, a mí y a mis hermanos. Creo que fue desde siempre. Venía borracho y sacaba la cólera contra ella. La acusaba de acostarse con otros hombres ya que él era muy celoso. Cuando empezaba a pegar, no paraba. Como era el mayor, tenía que defender a mi madre y quedarme con ella. La manera en que lo hacía era desconectándome de la situación. No sentía los golpes, ni los alaridos, ni veía la sangre. De eso me daba cuenta hasta el otro día. Era como estar en “automático”: podía hablar, ver lo que pasaba, pero no estaba presente. Mi mente estaba por los cielos.

La relación más erótica

 

Soy un cliente fiel de los cines. A mí me encanta empezar a ver una película porno y dejarme llevar por el deseo. Hace unos tres meses fui al Limon City a ver una película caliente. En ésta actuaba un hombre con una gran verga que se cogía a tres mujeres en una orgía. El tipo era bastante rudo y le gustaba maltratarlas. Pues esa tarde, estaba la película en lo mejor, cuando me voy como loco al servicio de varones. Veo que hay cuatro tipos esperando. Ninguno estaba con el otro. Los cuatro eran muy masculinos. Cuando veo una escena de éstas, pierdo totalmente la compostura y mi decencia. Me les acerqué y me bajé los pantalones sin decir nada y empecé a caminar con las nalgas al aire. Sé que debía haber pensado en lo peligroso de lo que hacía pero me dominaba el placer. Veo que uno de ellos se me acerca y sin pedir permiso, me dobla para que me agache. Estando agachado, me dice que es un policía y que estoy arrestado por faltas a la moral. Los otros tres se identifican como policías. Sin embargo, cierran el servicio y se quedan adentro. Uno de ellos saca el pene y me dice: “¿Querías picha, loca? Pues aquí tenés lo que buscabas”. Otro me dice: “Vamos a cogerte los cuatro y a empezar desde la más pequeña a la más grande, para ver cuánto aguantás”. Aunque técnicamente estaba siendo violado, no te voy a mentir y decir que no me gustaba. Los cuatro me poseyeron durante una hora, aproximadamente. Cuando me dejaron salir, estaba lleno de sangre y sentía un gran dolor. Sin embargo, aún recuerdo esta historia y me masturbo con ella.

Las comparaciones de Miguel

 

Volviendo a oír ambas historias, siento que tengo un problema de desconecte en el sexo y en muchas áreas de mi vida. Las películas me hacen entrar en un estado de inconsciencia en que busco situaciones violentas y peligrosas. Es estar en otro mundo. Una vez en ellas, mi cuerpo y mi mente se separan. Ésto era probablemente lo mismo que me sucedía cuando mi padre nos pegaba: mi mente se iba del cuarto y no me daba cuenta del daño hasta tiempo después. Lo mismo siento que pasa en las escenas violentas de sexo. Me doy cuenta que en ambas termino lleno de sangre, aunque mi cuerpo no ha sentido el daño. Sin embargo, me digo que soy yo el que se mete, por su propia voluntad, en estos líos.

Las peores pesadillas

 

Todas las historias aquí narradas muestran síntomas que han sido identificados con el abuso sexual infantil. Mike Lew en su trabajo en hombres que han sufrido abuso, menciona que las víctimas sufren de pérdida de la memoria, hipervigilancia, problemas de límites, negaciones del abuso, adicciones al sexo, drogas o licor que sirven para anestesiar el dolor, desconexiones emocionales (numbing) y problemas en el sueño.32 Lew también cree que de no tratarse el trauma, la persona lo recreará inconscientemente para ganar algún control sobre éste.

Algunos de nuestros entrevistados tienen conciencia de que en los lugares públicos recrean situaciones difíciles que tuvieron cuando niños. Es probable que acudir a estos lugares les haya ayudado a mejorar la comunicación y su apertura sexual, como se evidenció anteriormente. En este campo, la experiencia de “jugar” y conocer hombres distintos, es positiva. Volver a revivir escenas traumáticas permite “resolverlas” o vivirlas desde una perspectiva adulta, divorciada de la vulnerabilidad de la infancia.

Sin embargo, como veremos a continuación, grandes peligros acechan en estos lugares. De no apreciar que el modelo del cuerpo y sus placeres es apenas uno de los modelos sexuales de los lugares públicos, los gays pueden encontrar que sus mayores fantasías se pueden convertir en sus peores pesadillas.

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Cacheros y chapulines

 

En la película “El violinista en el tejado”, se nos muestra primero una imagen llena de colorido y música para presentarnos la supuesta vida bucólica de las comunidades judías de Europa del Este. Sin embargo, la música y el colorido se detienen para, como antesala de problemas, enseñarnos a los “otros”, los problemáticos cristianos, muchos de ellos antisemitas. Si no fuera por ellos, se sugiere, la vida en Rusia o en Polonia no hubiese sido tan trágica para esta perseguida minoría. No obstante, Levinas nos dice que la mirada del “otro” determina el conocimiento de nosotros mismos. Sin el otro, no somos nada.33

Nosotros tenemos que hacer lo mismo. Debemos presentar a los “otros”. Si no fuera por ellos, los gays la pasarían de maravilla en los lugares públicos, danzando y jugando al son de Eros. Sin embargo, como aves de mal agüero, circulan en el cielo buitres que acechan la felicidad homosexual. Ellos tienen en común provenir de las clases bajas y poco educadas. La gran mayoría ni siquiera ha terminado el segundo grado de la escuela. Muchos son analfabetos. Un grupo importante no tiene casa dónde dormir y lo hace en los mismos parques y lugares baldíos. Son producto de familias desintegradas, resultado de la falta de educación sexual que provoca el terrorismo demográfico de la Iglesia Católica. La mayoría tiene adicciones a múltiples drogas: cemento, marihuana, crack, alcohol y cigarrillos. Nadie los quiere y la clase media sueña con alguna calamidad que se los lleve a todos. Sin embargo, el promedio de vida de estos pobres diablos es cortísimo. Antonio Bustamante, coordinador del ILPES del único programa de prevención de sida para ellos, nos lo dice: “La mayoría estará muerta antes de los 25 años”.

Es importante entender que la percepción sobre la homosexualidad varía mucho entre ellos y los homosexuales. Para los sectores populares latinos, ser homosexual no es visto como una condición psicológica. La idea de que nuestra sexualidad está de alguna manera “escondida” en nuestras cabezas, como aduce la psicología moderna, es incomprensible. Ésta es una visión más acorde con los sectores medios para los que existen atributos no físicos, como la clase y la educación, que tienen importancia. Para el vulgo, lo que la tiene es precisamente lo tangible y de lo que carecen: ropa, casa, comida y, no podía faltar, control del cuerpo.

Foucault considera que la homosexualidad es una creación reciente vinculada a la modernidad34. El “descubrimiento” de la homosexualidad (o su invención) se asoció, desde su inicio, con el deseo médico de “conocerla” y regularla. En otras palabras, no solo se empezó a dividir a la población por el objeto sexual (lo que antes no se hacía), sino que se le atribuyó a una parte de ella la categoría de enfermedad sexual. Ésto nos sugiere que no todo el tiempo la gente se ubicó por su objeto del deseo. Es más, en la Grecia Clásica, los ciudadanos podían cambiar de objeto sexual sin problema. Lo que no se podía hacer era variar la práctica: los hombres honorables no podían dejarse penetrar. Pero ellos sí podían hacerlo con mujeres, hombres y bestias.35

Para los jóvenes de la calle, igual que para los griegos de la Antigüedad, la homosexualidad es vista como una inversión del género que no responde a un desarrollo psicológico. Las personas homosexuales son las que trocan lo masculino por lo femenino. Un hombre puede ser heterosexual siempre que sea masculino y lo mismo para la mujer. De ahí que los “cacheros”36 y los “chapulines”37 no sean percibidos como homosexuales, ni que se acepte la idea de una “psicología” o un mundo interior específico.

Los jóvenes y los adultos de las comunidades marginales que tienen pocas posibilidades de estudios, dinero y prestigio social, centran entonces el ejercicio del poder por medio de lo único que poseen: sus cuerpos. El género está definido en él y es éste el centro de las batallas que libran estos sectores por controlarlo. Cuando se les pregunta a las jóvenes cómo debe vestir una mujer, la respuesta es generalmente “muy femenina” : vestidos cortos, shorts, blusas apretadas al cuerpo. Los hombres deben vestir como tales: pantalones, camisas, ropa de “macho”. Ellas deben “menear” el cuerpo; ellos caminar “rectos”. Las voces deben distinguirse: unas finas y suaves para ellas; otras graves y duras para ellos. Lo mismo sucede con la orientación sexual. Al centrarla en el cuerpo, la homosexualidad se hace visible por los manerismos. El deseo no es una experiencia subjetiva, sino una sustancia química que, como nos dice Alberto un delincuente juvenil, está en el recto: “Los playos desarrollan hormonas en el culo que los hace disfrutar del sexo anal”.

En las clases bajas la sexualidad, entonces, no se define por medio del objeto sexual. La división del mundo no se da por atributos psicológicos, sino más bien por quién domina a quién. Todos aquellos individuos que son “activos” y “agresivos” son hombres y todos aquellos que son “pasivos” y “dominados”, mujeres. El género y la misma orientación sexual lo determina la actividad física.

Cuando se narra cómo la gente se hace homosexual, se analiza como el resultado de la confusión de actividades activas o masculinas con femeninas o pasivas. Los hombres se hacen “homosexuales” porque jugaron excesivamente con cosas de mujeres y las lesbianas, por las razones contrarias. Pedirle a los muchachos que limpien la casa o que laven la ropa, puede cambiarlos de orientación sexual.

Los “playos” u homosexuales son “mujeres” ante la vista de todos y las “tortilleras”, “marimachas” o “machonas” son hombres en cuerpos de mujeres. Los individuos que no calzan en este patrón, o sea los “cacheros” y las amantes femeninas de las “tortilleras”, no pertenecen a una categoría distinta de la heterosexualidad. De esta manera, se invisibilizan las contradicciones y el mundo se mantiene polarizado entre los fuertes y los débiles. El “machismo” de las clases bajas es muy distinto al que encontraría Mirandé en las comunidades hispánicas en los Estados Unidos en dónde se relaciona con valores familiares, lealtad y religiosidad.38

El modelo de masculinidad vulnerable se aplica más a comunidades en donde los discursos tradicionales están en crisis y los hombres se sienten más amenazados ante la pérdida de su trabajo y su capacidad de “jefear” los hogares. El ejercicio de la fuerza física se convierte en la última arma para continuar con las prerrogativas del género. Los hombres se hacen hombres por medio de la violencia y el sometimiento de las mujeres o de otros hombres. Los varones son entrenados desde pequeños a que toquen, abusen, se burlen, silencien, fuercen, sometan, induzcan o, finalmente, violen a las mujeres.

Los cacheros

 

Cuando realizamos la investigación etnográfica en 1989 encontramos dos subculturas marginales en los lugares públicos. Uno de los grupos que asistía era el de los “cacheros” dedicados a la prostitución. Éstos son hombres heterosexuales que tienen sexo con hombres por dinero. En la cultura latina popular, no son considerados homosexuales, siempre y cuando, en teoría o en apariencia, sean penetradores en el sexo anal. En vista de que son la actividad y la pasividad las que determinan el género en las clases bajas, los “cacheros” eran vistos como activos y, por ende, machos. Para éstos, la motivación era obtener dinero por medio del sexo.

Muchos de ellos tenían sus áreas específicas de ligue. Pero si la demanda era baja y no había clientela, la manera más fácil de buscarla era en los parques, orinales, callejones y cines.

Vi una loca pagar ¢1000 a un tipo para mamarlo. El tipo se estaba fumando el puro de marihuana parado en la puerta esa con el pene afuera. Después de mamar, la loca le pagó (Víctor)

 

Otros acudían a estos centros, hacían el ligue, y ya en el hotel o en el departamento del otro, ponían sus cartas sobre la mesa y el precio por cobrar por distintos actos sexuales. Los trabajadores del sexo preferían así a los hombres que acudían en carro, ya que era más fácil negociar en otro lugar y no en estos centros de ligue.

Estaba muy excitado esa noche y me fui a dar una vuelta por el parque. Ahí conocí a un joven muy atractivo que se me quedó viendo cuando yo hacía la parada en el alto. Cuando di la vuelta, se montó y no sería hasta que estábamos en mi departamento que me dijo que cobraba y que la cuenta variaba de acuerdo con lo que hiciéramos. (Luis)

 

Los trabajadores del sexo cometían crímenes solo cuando los clientes no les pagaban lo acordado o cuando éstos se emborrachaban o drogaban y se descuidaban. Sin embargo, no era su interés ser tachados como ladrones. Su clientela dependía de que se brindara un buen servicio y una fama de asaltante, sacaba del mercado a cualquiera de ellos.

Existía un grupo aún más particular que era el de los delincuentes comunes:

Por aquí hay mucho maleante. Lo que nunca hago es llevar a ninguno a mi departamento. Una vez lo hice y me robaron más de una cosa, la sensación de peligro me atrae (Gerardo)

 

Él me contó que una vez en el parque, un tipo le sacó un puñal y le robó una pistola. Ésto te lo cuento para que veas que en estos lugares se manejan armas y que la gente está temerosa. Entonces, el tipo me enseñó un puñal grande. Yo me quedé frío y me eché para atrás. Eso fue algo que me dio miedo. Para disimularlo, le hablé como él hablaba; me puse a su nivel. Es una forma de hacerte parecer una persona del mismo gremio, del mismo estrato sociocultural, si se le puede llamar así. (Eduardo)

 

Carlos fue asaltado dos veces. José informa que...

El 16 de febrero de 1990, andaba buscando aventura por el parque. Eran como las dos de la mañana. En la orilla de la acera, me encontré un chavalillo de unos 18 años. Estaba llorando. Me acerqué y me contó que lo acababan de asaltar un par de tipos; le sacaron un puñal y lo dejaron sin reloj, camisa, joyas, dinero y lo peor de todo, sin zapatos. Estaba desconsolado y muy nervioso. Vive lejos de San José, y no le quedó plata ni para el taxi. Como andaba en carro, me ofrecí a llevarlo. Le dije que lo dejaba a 200 metros antes de su casa para no verme involucrado en el enredo que se le iba a hacer con su familia.

 

En la observación realizada en el parque, el etnógrafo, en compañía de unos amigos, vio a un conocido sordomudo gay, caminando por los alrededores durante varias horas. Al día siguiente, el amigo informó al etnógrafo que el sordomuno se encontraba en el hospital. A las 2 de la mañana del lunes, había sido asaltado y recibió dos puñaladas en el vientre y una en el cuello. El martes, fue asaltado otro gay. Le pusieron un puñal en el cuello y le robaron todos los objetos de valor.

Otra práctica frecuente en los asaltantes en estos sitios era robar la billetera a la víctima mientras se practicaba el sexo oral. En el orinal, el 14 de Enero de 1990, a las 8 de la noche, el etnógrafo vio cuando un tipo que estaba agachado practicándole el sexo oral a otro de pie, le sacó el dinero del bolsillo del pantalón. Cuando el etnógrafo le trató de avisar a éste que le estaban robando, un tercer individuo se acercó y le puso un puñal en la espalda, diciéndole en voz baja: “quédese callado”. El etnógrafo salió del lugar, sin poder hacer nada.

Así también lo reportó Jesús:

Un amigo mío, una vez que fuimos a una fiesta, decidió dar la vuelta por el parque y cuando veníamos super borrachos, decidió internarse ahí. Yo no quise ir. Como cinco días después lo vi en San José y me contó que esa noche lo asaltaron. Lo dejaron en calzoncillos. Tuvo que esperar a que pasara alguien para que le llamara un taxi.

 

Ignacio nos dijo:

La primera vez que me asaltaron fue hace 6 ó 7 años. Venía saliendo de una disco y fui al parque. Se me acercó un tipo, un moreno que ahora vende lotería. Sentí cierta desconfianza porque usaba cierto léxico que no utilizo. Andaba algo tomado pero no muy loco. Me fui hablando con el chavalo. Me dijo que él tenía un departamento cerca del Hospital, por la línea del tren y que fuéramos ahí y tomáramos un trago. Me trató de sacar información de dónde trabajaba, cómo me llamaba, muy insistentemente. Le di nombre y lugar de trabajo falsos. Me pidió varias veces el número de teléfono del trabajo pero no se lo di. Antes de llegar al departamento, me dijo que posiblemente iba a estar ocupado por una amiga gringa. Si estaba ocupado, me comentó, iba a haber una luz encendida. Hizo la pantomina de llegar y había una luz encendida. Me dijo que fuéramos entonces a un sitio deshabitado, cerca del hospital. Llegamos y él empezó a mamármela y yo a tocársela. La billetera se me salió del bolsillo trasero y la volví a guardar. Como tenía los pantalones por media pierna, el tipo cogió la billetera y me dijo que él me la guardaba. Yo confié. Al rato me entró la desconfianza y me sentí nervioso. Andaba mucho dinero ese día. No me quiso devolver la billetera. Se volvió y me dijo: ‘Me acabo de fugar de La Reforma (cárcel), así que me la voy a llevar’. Al final, lo convencí de que me dejara algo de dinero. Me dio ¢500 y la billetera. Se fue corriendo. Me sentí muy mal y me fui llorando.

 

A Carlos le pasó lo mismo:

Otra vez, venía muy tomado, completamente borracho. Vi un tipo cruzando el parque. Me abordó y me dijo que habláramos. No me gustó mucho, pero talvez por el alcohol como que se me fue el gusto. Pasados unos días lo volví a encontrar, no recordaba conocerlo, yo venía muy borracho, caminamos. Me llevó al mismo lugar que el otro tipo. Nos masturbamos. Él me estaba mamando y me sacó la billetera. Yo lo vi. Él estaba agachado y yo de pie. No hice nada porque estaba tan borracho que pensé si hacía algo, este tipo me mataba. Pensé que era preferible que se llevara la plata y no que me hiciera daño; muy hábilmente sacó la billetera del pantalón, con dos dedos sacó los billetes y volvió a ponerla en su sitio. Salió corriendo. Preferí no hacer nada. El tipo lo hace usualmente con otros.

 

Tanto es el peligro en estos lugares que una manera de protegerse era siempre estar con dos o más amigos.

De igual forma, el peligro de asalto era también latente en el cine y se escuchaban comentarios sobre el asunto, principalmente en los que tenían poco tiempo de asistir. Un cliente de mucha experiencia contó al etnógrafo acerca de un amigo que llegó muy bien vestido y con joyas de valor, hace un tiempo. Fue asaltado en el orinal del lugar por dos hombres que lo amenazaron con un puñal. Le quitaron todo, se quedó en calzoncillos y el relator tuvo que ir a la casa suya y traerle ropa. El asaltado dejó de asistir al cine por un tiempo, aunque ahora lo hace de nuevo, pero con ropa menos llamativa.

Según corroboraba Víctor:

Me contaron que roban. Una loca amiga mía me contó que en el baño una vez lo asaltaron a él unos tipos de ambiente. Al principio dejaron que los felara. Él estaba haciéndolo cuando sintió un golpe en la nuca. No fue tan duro porque reaccionó inmediatamente. Lo agarraron del cuello y lo asaltaron. Le quitaron las cadenas y la plata que andaba.

Los “chapulines”

 

Para 1998, la delincuencia no había disminuido. Más bien había aumentado severamente. Más de 25 hombres gays serían asesinados en los últimos años. Muchos “cacheros” y trabajadores del sexo gays también serían asaltados y heridos por los delincuentes. No obstante, el patrón continuo de violencia no nos puede cegar y hacer borrar los cambios significativos que se han dado en los lugares de sexo público. Uno de ellos es la aparición de los llamados “chapulines”. Éstos se llaman así metafóricamente, porque el pueblo los asemeja a las pestes que azotan las siembras. Los chapulines son bandas juveniles dedicadas al robo y al asalto. Sin embargo, en lugar de invadir el campo, su radio de acción es la ciudad. Estos jóvenes actúan en manadas: mientras uno hace un “candado” que inmoviliza a la víctima, los demás le roban sus pertenencias. En algunas ocasiones, parte de “inmovilizar” significa clavar la cuchilla. Existen tanto “chapulines” como “chapulinas” pero son los primeros los que nos interesan porque son los que tienen relaciones sexuales con los gays.

Los “chapulines” son objeto de atención en este estudio porque representan también el modelo más antagónico de los gays en los lugares públicos y por la razón de que son los responsables de la mayoría de los asesinatos que se han producido en los últimos años. Ellos, como los gays, han ido tomando los lugares públicos para imponer su cultura particular. Su aparición en la sociedad costarricense se remonta a unos diez años, aproximadamente el mismo tiempo de auge de los lugares públicos de sexo.

Hace ocho años existía una división del trabajo entre “cacheros” o prostitutos y los delincuentes. Los primeros lucraban de los gays a cambio de sexo; los segundos, les robaban tanto a unos como a los otros. Los antiguos delincuentes eran ladrones puros. Su fin era asaltar y nada más. En contadas ocasiones hacían ciertos avances sexuales con el fin de engañar a las futuras víctimas. Pero huían del contacto sexual con ellas.

En 1998, las cosas habían cambiado significativamente. Los delincuentes principales son ahora los “chapulines” que han ahuyentado a los delincuentes tradicionales. Éstos, al operar en pandillas, han desarrollado toda una cultura de la calle. Cuando se les pregunta por su identidad, aseguran ser orgullosamente “chapulines”, una forma de vida. El auge de una conciencia de minoría entre ellos merece un libro aparte. En el caso que nos interesa, los “chapulines” muestran una significativa diferencia con los antiguos delincuentes y con los “cacheros” tradicionales: su evolución hacia una combinación de sexo, asalto y muerte. En algún impreciso momento durante los últimos años los “chapulines” dejaron de ser exclusivamente delincuentes para convertirse en “cacheros” de tiempo parcial. En otras palabras, muchos dejaron de asaltar a los gays y pasaron a robarles y a “cogérselos”, una combinación letal.

La pregunta que se nos viene a la mente es qué pasó en estos últimos años para que se diera esta evolución por parte de los “chapulines” y qué hace de su cultura un peligro tan enorme para sus clientes homosexuales.

El cuerpo vulnerable

 

Los “chapulines” comparten una historia de abuso y violencia en sus hogares. De todos los participantes en el proyecto El Salón39, se obtiene de las entrevistas que el abuso fue general. Los niños fueron castigados con todo tipo de abusos. Los que los criaron se ensañaron contra ellos por medio del uso de cables de grabadora (Alberto), varillas (David), el chirrión de las calabazas (Antonio), mangueras llenas de arena (Heriberto), cables eléctricos (Josué), trompadas, azotes y pedradas (Mario). Algunos vivieron con madres dedicadas a la prostitución o con padres que abusaron sexualmente de ellos (Deni, Rolando). El caso de Mario sobresale, aunque no es nada extraño:

Mi papá era un alcohólico y le sacaba plata a mi mamá para el vicio. Como él no trabajaba, si ella no le daba plata, le pegaba y a nosotros también. Un día la atacó a puñetazos y la forzaba a abrir la boca. Ella le suplicaba: “¡No, ¿cómo me va a dejar sin la chapa?” Pues el hijueputa le abrió a punta de golpes la boca, le sacó la chapa de los dientes y la vendió luego por una botella.

¿Para qué tanta violencia? Cuando les preguntamos por qué les pegaban tanto, no nos pueden dar una explicación: se quedan viendo para el ciprés. Sus hogares no tenían una misión para ellos. El “chapulín” de familia más pequeña tenía 7 y el que más 18 hermanos. El gran tamaño de ésta era el resultado de la política natalista de la Iglesia Católica. Los que los criaron perdían la paciencia fácil y rápidamente. No había cómo mantener a tanta prole y los recursos y el trabajo se hacían cada vez más especializados y escasos. Eran los padres, los padrastros o los compañeros de sus madres los más sádicos y brutales. Ellos, hombres sin trabajo y adictos a las drogas y al alcohol, imponían su poder por el cuerpo. Al no proveer más el alimento diario, mantenían sus prerrogativas de machos con la violencia. De ahí que la “escuela de violencia chapulina” esté muy ligada con asuntos de género: sirve para su preservación. Este fenómeno será importante para entender por qué los “chapulines” usan tanto la violencia con sus clientes cuando se irrespetan sus reglas del género.

En algún momento, el futuro “chapulín” tiene que hacer su propia revolución del cuerpo: huir del hogar. No había ni comida ni estructura para ellos. Las familias se deshicieron: “cada uno tomó por su lado”, nos dice Girasol. La mayoría se escapó antes de los 10 años de edad. Con una o dos excepciones, todos los entrevistados carecen de hogar, han sido expulsados o huyeron de éste y viven en las calles, tugurios o “bunkers” de drogadictos. “En este parque vivimos más de veinte chapulines, nos dice Guillermo. Cuando llueve, nos mojamos. Cada uno agarra una banca de cama. Si viene la policía les decimos que para qué nos van a echar si no tenemos dónde ir”. Sobra decir que viven del robo, del tráfico sexual y de las drogas.

Los “chapulines” contaron con una “escuela” de violencia que los sensibilizó a la penetración de sus cuerpos por feroces e incapaces cuidadores. Ningún castigo podía ser aceptado como racional cuando no tenían qué comer ni un espacio para hacerlo. Los tugurios no daban abasto para tanto niño y cada uno que llegaba desplazaba al anterior. Cuando huyeron, se prometieron que nunca más dejarían que alguien les pusiera una mano encima. “Ningún hijueputa me vuelve a poner una mano encima, nos dice Guillermo. Ya me dieron suficiente como para aguantar un toque más”. Luis así lo comparte: “Nadie me toca si yo no quiero. Nadie que quiera seguir vivo”.

En la calle desarrollaron un gran conocimiento de las debilidades de las ciudades latinas. Para hacerse expertos en una guerra urbana de guerrillas debieron estudiar las zonas y las mentes de sus habitantes. Los terrenos abiertos y públicos se perfilaron como los más vulnerables: parques, centros comerciales, calles, cines, servicios sanitarios y centros recreativos. Al mismo tiempo, las víctimas se identificaron por su descuido: una señora que mira una vitrina, un joven que se entretiene con su novia, una pareja de amantes en un cine o en una carretera oscura, un funcionario apresurado... Todos serían presas fáciles de estos jóvenes por estar en lugares públicos y porque sus mentes divagaban. Mientras la señora que mira la vitrina y piensa cómo se le vería puesta una blusa, o el joven le da un beso a su compañera y cierra los ojos para sentirlo mejor, unos chapulines se les tirarán encima y les robarán sus pertenencias.

La preocupación de los “chapulines” por las zonas abiertas y vulnerables de las ciudades y sus gentes, los llevaría a compartir una imagen muy particular sobre los cuerpos y la sexualidad. De la misma forma que los grupos de clase marginal a que pertenecen, los “chapulines” consideran que el género y la sexualidad están inscritos en el cuerpo. Sin embargo, es un cuerpo visto como un campo de batalla. Igual que una ciudad tiene espacios abiertos y atractivos para el público, así los tiene el cuerpo. La diferencia entre víctima y victimario estará en la capacidad de abrir y cerrar estas puertas. Los “chapulines” están, pues, obsesionados por los orificios. Los de ellos, deben mantenerse cerrados ante el mundo; los de los demás, listos para ser tomados.

Cuando la sexualidad está fijada en el cuerpo y no en una conciencia o en una personalidad etérea, nada visible, la homosexualidad se determina por los órganos y sus funciones. Para un “chapulín”, el homosexual es aquél que deja su cuerpo ser invadido. La orientación sexual no es un fenómeno aprendido desde la infancia, o heredado en misteriosos cromosomas, es simplemente un orificio invadido. Cualquiera puede sufrir esta invasión; todos tenemos orificios. Cuando ésto sucede, los órganos mismos se transforman y se “homosexualizan”. “Esa loca que me cojo la domina el culo. Tiene un culo maricón, insaciable. Ella ha perdido control de su propio recto”. “Y el tuyo, José, le preguntamos a este “chapulín”, ¿cómo es tu culo?”. “El mío es un culo de hombre, nos responde con orgullo, lo tengo entrenado a que solo cague”. “Me parece que me estuvieras hablando de una mascota y no una parte tuya”, le contestamos. “Sí, el culo es como un perro. A punta de patadas entiende que no se debe ir más que con su dueño”, concluye él.

Caperucita se enfrenta al lobo feroz

 

Es probable que el encuentro entre gays y “chapulines” haya sido algo fortuito que nadie quería o esperaba. A diferencia con los “cacheros”, los “chapulines” no habían tenido una relación con los homosexuales, que se remonta a tiempos inmemorables. Los “cacheros” se han relacionado con los gays en las cárceles, buques, ejércitos y policías y en todos los lugares latinos en que escasean las mujeres. En las clases marginales, los hombres pueden penetrar a otros hombres cuando no hay mujeres o cuando hay mucho licor, sin sufrir el estigma de la homosexualidad. Un chiste común en Costa Rica es precisamente preguntar cuál es la diferencia entre un hombre homosexual y un heterosexual latino. La respuesta: tres cervezas de por medio.

Pero las bandas de “chapulines” cuentan con suficientes “chapulinas” como para que no exista comparación con los marineros, prisioneros, bananeros o camioneros que viven gran parte del tiempo sin compañía femenina. Alguna razón más debió haber para que copiaran algunos patrones de estos grupos y la única que podemos encontrar de las respuestas es que la relación nació por compartir el mismo espacio físico. Los “chapulines” y los gays invadieron, en una misma década, por distintas razones, los lugares públicos. El encuentro tenía que ser inevitable: los parques, orinales, cines, lugares recreativos se convirtieron en sus hogares.

Pero ésto no nos explica el por qué los “chapulines” pasaron de asaltantes a “cacheros”. ¿Qué encontraron en este campo común que los llevaría más allá de los antiguos delincuentes?

La mirada: de “chapulines” a príncipes

 

Los “chapulines” no recuerdan el momento preciso en que se dedicaron al trabajo sexual. En algún impreciso momento de sus vidas, pasaron de ser delincuentes a ser delincuentes que trabajan en el sexo. El único patrón común en sus historias es el recuerdo de que estando en un lugar público, un homosexual volvió a verlos. Esta primera mirada es la que aún perdura en sus cabezas, las que están ahora llenas de crack y cemento y no son ya del todo precisas.

Lo único que recuerdo es que estaba en el Parque Pinochet listo para asaltar y robarme una cadena. De un momento a otro, veo que un tipo se me queda viendo, como sombreándome. El tipo me pone nervioso. “¿Por qué me está viendo este comemierda? ¿Será un paco?”, pensé yo. Pero sé reconocer a un policía. Se les nota en la mirada de odio que nos tienen. Este tipo no me miraba con odio. Pero no entendía para qué me veía. Me molestó y me echó a perder el asalto. (Miguel)

 

Para ser un buen “chapulín” uno tiene que pasar sin ser “vigiado” (mirado). O sea, la gente no lo tiene que notar a uno. Cuando se descuidan es que uno hace su trabajo. Pero cuando hay alguien viendo lo que uno hace, todo se complica y ya no hay la privacidad para hacer un buen robo. Ésto me empezó a pasar en el Parque Monumental. Cuando me di cuenta que alguna gente me notaba, me puse mal. (Armando)

 

Descifrar el significado y el deseo de la mirada del otro toma su tiempo. Produce intriga y curiosidad. También confusión: “No entendía, dice José, por qué me clavaban la mirada en la pinga. Nunca nadie me había visto así ahí. ¿Qué tengo raro en ella?, pensaba yo”. Ernesto se extrañaba cuando veía que lo miraban a los ojos: “A mí me decían las muchachas que tengo ojos bonitos, ¿pero qué veían en ellos los hombres?”

La mirada y la observación de los gays tenían un impacto en la cultura de la delincuencia. La supuesta invisibilidad ante el público de mente distraída llegaba a su fin. Un actor más entraba en la escena del crimen. ¿Cuál sería su papel? ¿Hablarían ellos o no con la policía? ¿Ayudarían o no a las víctimas?

Pero éste no sería el más importante impacto de la mirada del gay en el “chapulín”. En la observación había dos cosas ajenas a su experiencia hasta la fecha: atención y deseo. Una mirada del experto en belleza masculina descubría lo que los “chapulines” ni sospechaban: algunos eran jóvenes atractivos. Lo que las mujeres de su clase ni soñaban, los gays tenían la imaginación para pensar: de este sucio y haraposo sapo, se encontraba un hermoso príncipe. Lo que hacía falta era una forma de romper el hechizo en que se encontraba.

Un cuento de hadas empezó por esta mirada: los lugares públicos embrujaron a sus habitantes:

No sé cuándo fue que empecé a putear, pero sí recuerdo que me di cuenta que podía ganar cinco rojos solo sacando la pinga y dejando a una loca que me la mamara. A mí nunca se me hubiera ocurrido que por tenerla grande, la gente pagara por ella. Pero la bola se regó en el parque de que yo era un pingón y así me aumentó la clientela. Una noche hice cincuenta mil colones solo dejando que me la chuparan. ¡Eso era mejor que arriesgarse a que lo lleven a la cárcel por un cadenazo! (Luis)

 

Descubrí que mi cuerpo era un buen negocio. Cuando camino por el parque los hombres me vuelven a mirar, sé que les provoco deseo sexual. Algunos me dicen que soy un hombre riquísimo. A mí ni se me hubiera ocurrido. Cuando llego, los tipos se pelean por que les dé pelota. (Horacio)

Soy muy culón. Cuando camino, los majes se quedan viéndome con ganas. Hasta siento las miradas que me calientan el rabo. (Pedro)

 

Los “chapulines” atractivos y bien dotados tendrían nuevos beneficios. Como todo mercado de la carne, los buenos “cortes” se hicieron más apetecibles y obviamente, más caros. El nuevo dinero incidió en la diferenciación social en la comunidad “chapulina”. Antes, los más agresivos y rápidos eran los más poderosos y los jefes de las pandillas. Ahora, una nueva clase emergía: la de los chapulines lindos, pingones y con grandes traseros. Los que no cumplían con las demandas del mercado, quedaban en el papel de intermediarios de los buenos bifes:

Le dije a mi “compa” de atracos la verdad: “Usted no tiene una buena pinga y la cara es fea. Mejor me promueve la mía y le doy una comisión. Así mientras le pongo la mía a un cliente, usted me va a traer más”. El maje aceptó que le diera quinientos pesos por cliente.

No todos los “chapulines” son bonitos. Algunos por machones pueden ganar plata pero generalmente somos los bonitos los que la hacemos toda. A mí me sobran clientes porque dicen que parezco modelo de cine. (Angel)

 

La mirada de los gays hizo surgir una nueva clase de “chapulines” y también creó un encanto en los parques y en los lugares públicos. Por unas horas, los delincuentes indocumentados, drogadictos y criminales, despreciados y temidos por la gente decente se tornaron en estrellas del porno público. Nacía una nueva Cenicienta. La nueva heroína de este cuento de hadas ya no tenía más que barrer y limpiar a las víctimas: ahora podía cogérselas y ganar bien con ellas.

No te lo voy a negar que me gusta la atención. Llego ahora al parque y sé que la gente dice: “Ahí viene ese maje que está riquísimo”. Cuando camino, los hombres me siguen por todo lado. Me siento como el rey pingón. Aunque a mí no me gustan los majes, sí me gusta que estos comemierdas de plata me busquen y me rueguen para que les dé por el culo. Me gusta que se humillen por mí. (Horacio)

No entiendo cómo es que les gusta tanto mamar “pinga”. Cuando la saco en el parque hasta fila hacen. Un día dejé a seis que me lo hicieran. Les cobré quinientos pesos a cada uno y apenas dos minutos por turno. Hasta tuve que regañarlos y decirles que hicieran fila y que todos tendrían su oportunidad. Hasta he pensado en dar fichas con números para que no se haga tanto desorden. (Fabricio)

Ésto es un buen negocio. La semana pasada dos tipos querían que me fuera con ellos. Uno me ofrecía 7 rojos y el otro 8 rojos. El primero quería solo mamarme. El segundo, que me lo cogiera. Estábamos en esas y viene un tercero y me ofrece 10 rojos por toda la noche. “¿Qué quiere usted que hagamos?”, le pregunto. “Pues a mí me gusta ver porno y que usted me la sobe”, me propone. Entonces les dije a los tres: “¿Qué les parece si nos vamos los cuatro y yo le hago a cada uno lo que quiere y me pagan, entre los tres, 25 rojos?” ¡No, no!, me dice uno de ellos. Todo por 20 rojos” Acepté hacer la rebajita. (Pedro)

 

La nueva clase “chapulina” dedicada a la prostitución empezaría a “invertir” en sus microempresas:

Aquí uno tiene que arreglarse y vestirse mejor para ganar clientes. Se puede ser pobre pero hay que estar limpio y oler bien. Yo me baño aquí en El Salón y me compro una camisilla media bonita para ir a los cines o a los parques. También me corté las marañas de pelo que tenía y ando un corte moderno. (Horacio)

 

El que quiera ganar en este negocio tiene que presentarse mejor. Mi truco es comprarme blue jeans viejos y desteñidos para usarlos sin calzoncillo. Así los clientes pueden ver los tamaños y las formas. Si usted no usa el calzoncillo, el calor le va destiñendo el pantalón y se nota perfectamente el tamaño. De esta manera, se cotiza uno mejor y la gente ve la mercancía. (Fabricio)

Ando siempre una botellita de fragancia. Cuando alguien me chupa, deja su olor en mi cuerpo. Con un poco de fragancia, queda uno listo para el próximo sin que se den cuenta que ya estuvo uno con alguien. (Ricardo)

 

Pero todo cuento de hadas tiene sus problemas. En algún momento, el hechizo que transformó la horrible y triste realidad en un sueño, llega a su fin. Los príncipes regresan a su estado de sapos y las reinas a sus castillos de clase media en los suburbios de San José. El hombre que ayer se peleaba por conseguir al “chapulín” de su vida, regresa a su trabajo público y se olvida de él. El que le entregó anoche su cuerpo en un arrebato de pasión, ahora cruza la calle cuando se encuentran en el centro de San José. Sin embargo, las cosas no pueden ya ser las mismas. Cenicienta ha visto el castillo y ha probado el elixir que la llevó a un mundo inimaginable: sabe ahora cómo pudieron haber sido las cosas de haber nacido en él. Siente además un valor que antes no tenía: diríamos que su autoestima ha aumentado. ¿Pero, se hace necesario el crimen por ésto?

8

 

Choque de culturas

 

Podrán tener el mejor de los sexos, pero “chapulines” y gays no podrían habitar en planetas más distintos. Para los gays con su modelo sexual del cuerpo y sus placeres y los “chapulines” con su visión de cuerpos vulnerables, la comunicación es un tortuoso camino. Palabras iguales no significan lo mismo; las prácticas tampoco. Cualquier simple deseo, cualquier pequeño toque corporal, puede desatar el caos. En un momento se puede estar llevando a un hombre al orgasmo y en el otro, a la muerte. En segundos, lo que era una pasión tórrida desemboca en un baño de sangre. Lo que es ahora amor puede ser cólera después. Un piropo cariñoso puede ser recibido como el mayor de los insultos. Si unos hablaran chino y otros ruso, habría menos problemas. Resulta más peligroso cuando creemos que hablamos el mismo idioma y no lo hacemos.

Una muestra de ésto es la cadena de asesinatos de hombres gays en los últimos años. Aproximadamente 25 han sido víctimas de los “chapulines”. Los delincuentes cacheros han sido responsables de la mayoría de los crímenes. Éstos van más allá del simple robo. Son formas de torturas que están impregnadas de una cólera inusitada.

Un caso típico ha sido el asesinato de Klaus, un hombre gay de más de cuarenta años. Según nos cuenta su amigo Luis, fue encontrado en un hotel de la capital exclusivo para parejas. Tenía 35 puñaladas en todo el cuerpo. El recto estaba cortado en varios pedazos. La lengua también. El pene apareció en un florero. Había tanta sangre en la cama que hubo que limpiarla con un balde. Las paredes estaban pringadas: Klaus había dado una feroz lucha por su vida. Se encontró la sangre de los victimarios en toda la habitación. Varios jarrones y vasos estaban hechos pedazos. Algunos tenían las huellas de Klaus, quien probablemente trató de defenderse. Aunque había gritado por ayuda, sus alaridos se habían confundido con la música. La policía cree que Klaus peleó unos diez minutos antes de caer muerto. Varias puñaladas lo fueron debilitando hasta que no pudo más. Hubo más de dos hombres en la habitación fuera de la víctima. Hasta la fecha, no se ha encontrado a sus asesinos.

Otro fue Eduardo. De acuerdo con Héctor, amigo suyo y confidente, este hombre de 41 años vivía solo en un condominio al Sur de la ciudad. Enfrente de la puerta de entrada en el segundo piso, estaba el departamento de doña Clotilde, una amiga. Algo molesta porque Eduardo dejaba entrar al edificio a todo tipo de hombres, siempre tenía el cuidado de asomarse para ver quién lo visitaba. Ella misma oyó el timbre cuando tres hombres pidieron ingresar. El dueño de la casa les abrió y los hizo pasar. Unos minutos después doña Clotilde oyó que encendían el equipo de sonido. “¡Qué pereza!”, pensó ella. “¿Quién sabe hasta qué horas irán a hacer ruido?”, le dijo a su marido. “No te metás en lo que no te importa”, le replicó él. Ambos sabían que Eduardo era gay y tenían una buena relación con él. Fuera de invitar a sus amigos, él les ayudaba en lo que podía y les cuidaba la casa cuando salían de la ciudad. Hasta tenían llave de su departamento. Sin embargo, unos minutos después, el equipo fue puesto aún más alto. “Álvaro, algo no me está gustando”, dijo la vecina a su marido.

Doña Clotilde oyó cuando los tres hombres salieron del departamento con una gran bolsa. Se les notaba agitados y apresurados. Uno veía para todo lado como queriendo cerciorarse de que no habían sido vistos. Ella cerró la cortina para que no la vieran. Intrigada, convenció a su marido de que fuera a tocar el timbre. “Pregúntele a Eduardo si se le ofrece algo”, le dijo ella angustiada. Álvaro tocó el timbre pero no hubo respuesta. Esperó un minuto y volvió a tocar. “Clotilde, Eduardo no contesta, traete la llave del departamento”, le dijo entonces a su esposa. Ésta corrió a buscarla. “¿Dónde la había metido?”, se preguntaba. Eduardo le había dado esa llave hace más de un año para alguna emergencia y nunca la había usado. Al fin la encontró en una gaveta de su dormitorio. Estos minutos de búsqueda aún la atormentan: “Si hubiese ido más rápido, nos cuenta, tal vez hubiéramos podido hacer algo”.

Cuando la pareja entró en el departamento, el caos era total. No había una sola cosa en su lugar. “Pero, ¿cómo se pudo quebrar tanto en tan poco tiempo?”, pensaron en un instante. Corrieron hacia el dormitorio y abrieron la puerta. Doña Clotilde narra lo que vio:

Había sangre en todo el dormitorio. Cuando me fijé en la cama, Eduardo estaba totalmente amputado: no tenía ni brazos ni pene. ¡Dios mío!, grité como loca. Solo estaba el tronco entero. La carne de los brazos y las piernas guindaba de los huesos. Él aún estaba vivo y tuvo tiempo para decirme: “Mis amigos me han matado. Dígale a mi madre que la quiero mucho” y cayó muerto en el piso.

 

Doña Clotilde empezó a pegar gritos y trató de socorrer a su vecino. Sin embargo, su marido vio que nada había que hacer:

Clotilde estaba en estado de histeria. Cuando trató de levantarlo, se quedó con un pedazo de carne en la mano. Tenía tantas puñaladas que se veía como un colador. Yo la obligué a salir y le dije que llamara a la policía. Cuando ellos llegaron, me dijeron que Eduardo tenía 12 puñaladas en el recto y que le habían cortado no solo los brazos sino que hasta una pierna.

 

El caso de Julio, de 49 años de edad, fue similar. Su antiguo amante y amigo nos cuenta que la última vez que lo vieron fue a las 9:30 de la noche cuando dejó entrar a tres tipos a su departamento. Abajo, vivían otros hombres gays que esa noche de viernes tenían visita. El ruido de la música no dejó oír nada de lo que sucedió arriba. Julio sería encontrado al día siguiente por su antiguo compañero:

A mí me llamó la hermana de Julio, preocupada porque él no había llegado al bautizo de su sobrino. Me pidió que fuera a ver si estaba bien. Le dije que no se preocupara y que iría inmediatamente. Cuando entré en el departamento, vi que habían entrado a robar. Todo estaba hecho un desastre: las gavetas abiertas, el equipo de sonido desaparecido y los adornos quebrados. Sin embargo, no vi a Julio. Lo busqué por todo lugar, inclusive en su dormitorio. Había un motete de ropa en la cama pero nada de señales de él. Decidí tomar el teléfono que estaba en la mesita de noche para llamar a la policía y aparté algunas sábanas para sentarme en la cama. ¡Horror de los horrores! Al retirar las sábanas me di cuenta que Julio estaba debajo de ellas. ¡Estaba muerto! Tenía una sábana insertada en la garganta, las manos atadas con un mecate grueso y chingas de cigarrillos en sus posaderas. Había sido asfixiado y torturado. La policía me dijo después que le encontraron los dos testículos en la garganta. Le habían quemado las nalgas con los cigarrillos.

El lenguaje del crimen

 

Para tratar de entender la mentalidad criminal buscamos estudios sobre homófobos que asesinan a hombres gays. Martin Kantor tiene la clasificación más elaborada de los diversos tipos de criminales40. Para el autor, el tipo de crimen que aquí tratamos se relaciona con asesinos de “desórdenes afectivos”. Kantor opina éstos son generalmente hombres que tienen poco concepto de sí mismos y que sienten que sus vidas no tienen “sentido”. Al compararse con los gays, suelen sentir una gran envidia y deseo de destruirlos para enseñarse a sí mismos que nadie debe estar por encima de ellos y mucho menos hombres que pertenecen a una minoría. El autor cree que este tipo de homófobo es paranoide porque proyecta un bienestar exagerado a sus enemigos.41

Aunque la envidia y la cólera que sienten los “chapulines” contra los gays se asemeja a la de estos trabajadores de cuello azul que estudia Kantor, sería injusto tacharlos de paranoides: la verdad es que ellos están en lo cierto. “¿Cómo es eso que nosotros nos imaginamos que los homosexuales tienen todo lo que nosotros no tenemos?”, nos dice Girasol. “La verdad es que sí lo tienen”. Además, los “chapulines” buscan a los gays tanto como éstos lo hacen con ellos. A diferencia de los trabajadores de cuello azul norteamericanos que buscan solo a los homosexuales para atacarlos físicamente (gay bashing), los “chapulines” son tan perseguidos como perseguidores: “Nosotros no andamos buscando a los ´playos´ para joderlos; ellos nos buscan a nosotros”, asegura Pepe.

Con el fin de entender y prevenir tan horribles asesinatos, decidimos mejor preguntarles a los “chapulines” que nos los expliquen. Después de todo, ellos son los expertos en el tema. Gracias a la cooperación del director de El Salón escogimos a 10 “chapulines” que trabajan en el sexo y que habían estado a punto, o que lo hicieron, de matar a un cliente gay, o “pagador” como ellos los llaman. En primer lugar, les describimos los crímenes y les pedimos que nos “leyeran” el guión del asesinato.

La mayoría de los “chapulines” concuerda en que el móvil en los tres casos fue el robo. “Es claro que los majes querían robarles”, nos dice Girasol. “Seguramente se pusieron de acuerdo esta vez entre dos o tres “chapulines” y fueron a visitar a un cliente antiguo. Éste había cogido con alguno de ellos y le tenía confianza como para dejarlo entrar con los demás”, continúa él. “El error más grande, nos dice Pepe, es dejar entrar a más de un maje a la casa. Cuando los “chapulines” andamos en grupo, es que planeamos un asalto. Jamás vamos a coger delante de los “compas”, asegura él. “¿Pero por qué decidieron matar a este tipo si antes habían cogido con él?”, les preguntamos. “Porque un “chapulín” no mata la primera vez. Debe estudiar el lugar, la persona, las costumbres para luego dar el golpe. Muchas veces pasan años antes de poder darlo”, nos dice Gerardo. “Porque seguro el maje ese era un pinche y no soltaba la harina”, añade Carlitos. Eduardo cree que pudo haberse dado un altercado: “Esos tres majes que mataron en fila eran todos borrachos y malcriados. Eran locas con una lengua venenosa. Quizás insultaron a algún chapulín o le hicieron un toque raro”, agrega él.

“Si lo iban a asaltar o a robar únicamente, les preguntamos, ¿por qué lo mataron y por qué se ensañaron con el cuerpo?”. Julio cree que estos crímenes suceden cuando los “chapulines” han hecho un “cruce” de drogas: crack, marihuana y alcohol. “Cualquier cosa lo pone a uno como loco. Seguro que estaban todos pijiados y luego vino algún altercado por plata y se pusieron como fieras y empezaron a atacar. Una vez que empieza uno, no puede parar”. Girasol, por el contrario, opina que todo estaba premeditado. “El que llegaran tres significa que lo iban a asaltar. Ya lo tenían todo planeado”, nos dice con seguridad.

Con respecto a las mutilaciones existe más consenso: a todos les llenaron los orificios. “A los tres les clavaron cuchillos en el culo, en la boca, en la pinga”, asegura José. “Ésto significa que los “chapulines” querían castigarlos por “playos”, o sea por dejarse coger.” Girasol está de acuerdo: “Uno no comprende cómo un hombre puede querer que le metan una picha en el culo o en la boca. No es natural. Ni siquiera los sacerdotes los perdonan por eso. Creo que los majes querían dar un mensaje de que estos majes eran enfermos y que por eso los mataron”, asegura él. Pepe considera, por su lado, que las manos cercenadas puede indicar que el cliente hizo un toque inapropiado en las partes íntimas del “chapulín”. Un pene cortado sugiere que el cliente se había aprovechado de las circunstancias y lo había poseído anteriormente. Esta excesiva violencia está, pues, relacionada con la que los “chapulines” vivieron cuando niños: se castiga a quienes no quieren respetar las reglas del género. En la misma forma que ellos vieron a sus padres “poner en su lugar” a sus madres cuando éstas no les daban el dinero para el vicio, así ellos castigan a los “pagadores” que se dejan hacer cosas que no son propias de hombres y que rehusan darles el dinero que desean.

Les pedimos, luego, que nos den una lista de “disparadores” para pasar del sexo al crimen. Como los “chapulines” no habían entrado a ninguno de estos sitios a la fuerza, nos intrigaba qué factores encienden la mecha. Era evidente que no había sido la primera ocasión en que habían interactuado con su víctima. En algunos casos, los “pagadores” eran clientes fijos de los “chapulines”. Otros, como el caso de Klaus, habían tenido relaciones sexuales con más de 1.000 “chapulines” antes de encontrar la muerte con tres de ellos. ¿Qué hacía la diferencia entre hacer el sexo en una noche y matar en la otra? Los “chapulines” nos dieron una larga lista de “disparadores”:

1. No respetar el precio o pedir rebajas injustificadas.

 

Es casi unánime entre los “chapulines” la creencia de que muchos gays acuerdan pagarles una suma y luego tratan de estafarlos. También que ésto es la causa principal de los ataques violentos. Juan José casi mata a un gay que lo hizo sacarse su pene para masturbarlo en un parque y luego huir sin pagarle los tres mil colones prometidos. Luis le dio un botellazo a un hombre que le ofreció 5 mil colones para que lo poseyera y que después de que lo hizo, le dijo que solo tenía 3 mil. Mikol se puso furioso cuando le hizo una rebaja a un cliente que le dijo no tener más de 2 mil colones, después de bajarle los pantalones y que la billetera cayera al suelo por accidente, vio que había más de 20.000 colones en ella. Ahí sacó el puñal, lo hirió y huyó con el dinero. Pepe fue invitado a una orgía. Después de haber tenido sexo con tres gays, le ofrecieron un poco de ropa vieja. Ahí mismo cogió la pecera y se la quebró en la cabeza al anfitrión. Tanta cólera tenía que no pudo contenerse y lo mandó a cuidados intensivos. En otros casos, los clientes pagan lo acordado pero hacen alarde de tener mucho dinero: los llevan a sus hogares llenos de lujos o andan mucho dinero a cuestas. Ante este derroche, cualquier precio acordado se vuelve ridículo para los “chapulines” y el asalto es inminente. La adicción de los chapulines al crack incrementa la necesidad de dinero. Todo acto sexual es visto como la antesala para fumarse una o varias piedras. Si el dinero no se materializa, la cólera es enorme. “No ve que está uno con hambre, sin haber comido nada por un día. Viene un pagador y le promete un tucán por un polvo. Uno hace números y se mira fumándose una piedra. Si el tipo no materializa la plata, uno tiene ganas de matarlo y algunas veces lo hace”, confiesa Girasol.

2. Humillaciones.

 

Los “chapulines” aducen que muchos gays los desprecian y los tratan sin respeto. Carlos, por ejemplo, nos cuenta que le dio una gran cólera cuando uno de sus clientes se quejó del tamaño de su pene. En este momento, sacó el puñal y acuchilló el del hombre gay. “Nadie se burla de mi tamaño y vive para contarlo”, nos dice. Otros los hacen sentirse mal por los olores. Juan Antonio agarró a trompadas a un cliente cuando éste le dijo que no soportaba el olor de sus pies. “El hijueputa no le importaba que le metiera todo el tuco en el parque pero en su casa, se quejaba de mis pies”, nos confía. “Le metí un puñal en el culo para que dejara de quejarse por el olor”. Luis fue a comer a un restaurante chino con su cliente, después de haber hecho el amor en el parque. “El tipo se quejó de la manera en que tomaba la sopa”, nos dice con cólera. “Pues agarré la sopa caliente y se la tiré en la cara para que aprenda a cerrar la boca”, nos dice con satisfacción.

3. Irrespeto de los roles.

 

Hemos visto que los “chapulines” comparten la idea de que la homosexualidad es una conducta inscrita en el cuerpo. Las personas se vuelven homosexuales porque cambian el papel masculino y agresivo del macho. De ahí que los “hombres hombres” como ellos se autodenominan, son los que no son penetrados y los que no hacen cosas de mujeres. Hacer cosas de mujeres es besar, dejarse penetrar y dar sexo oral. Cuando un cliente trata de poseerlos o tocarlos indebidamente es severamente castigado. “Ese maje trató de cogerme. Le había dicho muy claro que era un macho y que jamás daba mi trasero. Cuando fuimos a su departamento, me trató de violar. ¡Ni para qué lo hizo! Agarré mi puñal y se lo clavé en el estómago. ¡Ningún hijueputa me toca el culo!”, asegura Pedro. Con el auge del crack, los mismos chapulines comentan que han tenido que “poner las nalgas” y “hacer lo que uno no quiere” por la desesperación del dinero. Aunque en teoría lo hagan voluntariamente, sienten una gran cólera por haber tenido que claudicar. En algún momento, cualquier chispa enciende el fuego: “Ese hijueputa me obligó a que lo mamara por 6 rojos. Cuando el tipo se durmió, le eché gasolina en el culo y lo prendí”, aduce Pepe.

    ¿Que significa para los “chapulines” cambiar los roles? Ésto no es siempre fácil de adivinar. Para un “chapulín” que lo pongan a lavar platos en un departamento o a ayudar en la cocina puede ser visto como un intento de feminizarlo. Carlitos casi le rompe la boca a su cliente cuando éste le pidió que le ayudara a cortar cebollas. “Ese desgraciado, nos dice, me quería tratar como una vieja, nos revela. Si quería una empleada, que se busque una mujer”. Otra forma de sentirse “feminizados” es ser llevados a bares gays o a reuniones homosexuales. June le quebró dos dientes a un cliente cuando éste invitó, sin su permiso, a tres amigos gays a conocerlo: “Ese desgraciado quería regarme el dulce y presentarme como su marido”, nos confiesa.

4. Desconsideraciones laborales.

 

Para los “chapulines”, los clientes son una fuente de ingresos. A diferencia de los gays, el placer sexual es totalmente irrelevante. La mayoría es heterosexual y no disfruta del sexo con hombres. Cuando un cliente o un pagador establece una relación con un “chapulín”, este último espera una compensación cuando la relación se rompe. Para el delincuente, no existe justificación de terminar una relación por causas pasionales o amorosas. Juan mató a Víctor cuando después de tres años de ser su cliente, éste se buscó otro “chapulín”. Gerardo le cortó un testículo a su cliente cuando supo que le pagaba más a otro “chapulín” que a él. En el caso de Ricardo, cuando se dio cuenta de que su cliente decidió vivir con otro “chapulín”, le prendió fuego al departamento “con toda y loca adentro”, nos admite.

5. Homofobia.

 

Los “chapulines”, en su mayoría, aducen “odiar a las locas”, como nos dice Fernando. Ésto significa que participan en el desprecio que la sociedad enseña contra los homosexuales. Tener que depender de ellos para comer o para comprar drogas, crea una hostilidad permanente. Cuando un gay, en los ojos del “chapulín”, se torna muy femenino, o llama la atención en la calle, lo hace, según él, para “humillarme”. Si el gay es pasivo sexualmente, los “chapulines” lo desprecian por dejarse penetrar. En algunas ocasiones, generalmente cuando se cruzan las drogas, cualquier “quiebre raro”, como ellos denominan un manerismo, puede provocar un asalto. Según Carlitos, cuando se coge a un gay y lo mira tan femenino y tan contento con su pasividad “quiero agarrarlo a pichazos para que se haga hombre”. Una vez que se fumó unas piedras, empezó a darle a su cliente con un garrote. Según los mismos “chapulines”, el momento más peligroso para provocar un ataque homofóbico es después de la eyaculación: “Cuando me riego, me siento con una cólera enorme por haber tenido que hacer sexo por dinero. En ese momento, confiesa Pedro, tengo ganas de matar al cliente. Me da asco y me da cólera. Con cualquier mate, lo hago papilla”.

Finalmente, les pedimos que se pusieran en el lugar de los “pagadores”. ¿Qué recomendaciones les darían ellos para evitar ser asesinados por los “chapulines”? Ésta fue la lista que nos dieron:

10 reglas que podrían salvar la vida

 

1.     Es mejor tener sexo en un lugar público que en su casa. En estos lugares, los “chapulines” tienen menos oportunidades de matar al cliente. Lo podrán asaltar pero le quitarán solo lo que anda puesto y no todo lo que tiene. Tampoco acepte irse a otro lugar público “más privado”, o sea más desierto. La gente es su protección.

2.     Nunca haga alarde del dinero, ni lleve joyas ni ropa fina. Ésto es lo que más cólera provoca para la gente que no tiene nada. Lo mejor es que lleve únicamente el dinero suficiente para pagar por el ligue. No se le ocurra utilizar su auto como motel o montar a nadie en él.

3.     Pague siempre lo convenido. No negocie después del sexo, ni haga cambios en lo pactado. Tampoco cambie de forma de pago: el “chapulín” quiere efectivo.

4.     No haga toques o pida cosas que no se acordaron. Principalmente, tenga cuidado con todo lo que se refiere al sexo anal.

5.     Si va a invitar a un “chapulín” a la casa, pídale la cédula y dígale que anotará el número y se lo dará a un amigo por si algo malo pasa. Informe a sus amistades de estas visitas.

6.     Jamás deje entrar a su casa a más de un “chapulín”. Cuando viene más de uno, es que hay un plan. Tampoco acepte “chapulines” referidos. Aunque usted deje entrar solo uno a la casa, ellos se pueden poner de acuerdo y esperar afuera por un descuido.

7.     No use drogas con ellos. Los “cruces” son fatales y explosivos. Si usted no está tomado o drogado, es presa más difícil de ataque.

8.     Tenga un arma que pueda usar. Los “chapulines” siempre andan con cuchillas o pistolas. Sin embargo, esté seguro de que usted sabe pelear. Muchos clientes creen que son más hábiles de lo que son. Los “chapulines” son profesionales en la lucha.

9.     No discuta con un “chapulín”. Ellos tienen problemas con el lenguaje verbal y usted siempre les podrá “ganar” en un argumento. Sin embargo, con el lenguaje del cuerpo y de la calle, está usted en desventaja.

10.    Nunca haga comentarios sobre olores o faltas de educación. Mucho menos critique tamaños o la forma de hacer las cosas.

La visita al castillo

 

La visión de los gays con respecto a la sexualidad es “moderna” en oposición a la de los “chapulines”. Según éstos, las personas se determinan por el objeto del deseo. Para ellos, éste es un fenómeno interno y fijo que no lo determina la práctica. Si uno es activo o es pasivo, siempre puede ser gay. El cuerpo no es para ellos una zona de guerra sino una fuente de placer: tanto los orificios como los órganos salientes forman parte de la sexualidad. De ahí que si van a la cama con un hombre, no ven la necesidad de protegerlos con fortalezas como las de Masada. La feminidad y la masculinidad son vistas no como estructuras permanentes y rígidas, sino como características que cambian en el tiempo y en el espacio. Si ayer los hombres no cocinaban hoy pueden hacerlo, sin que el mundo se venga a pique. Lo que ayer era masculino hoy puede no serlo. Si un gay prepara una cena para su pareja, ésta no se “feminiza” porque tenga que lavar los platos.

Este modelo tiene que chocar con el de los “chapulines”. Cada palabra entre ambos grupos adquiere un significado distinto. Para los gays, un homosexual y un “chapulín” que se acuesta con hombres es la misma cosa. En muchas ocasiones, llaman gays a los trabajadores del sexo. Si se va a tener sexo con otro hombre, los gays consideran que ambos cuerpos están para ser tocados y disfrutados. Para ellos, la homosexualidad no está concentrada en el trasero, ni regida por hormonas o por substancias químicas. No pueden entender cómo para un “chapulín” el recto sea el altar sagrado de la masculinidad, la ciudad prohibida del cuerpo. Cuando adquieren confianza con el “chapulín”, tratarán de meterle mano y creerán que si éste no lo disfruta es porque se trata de un homosexual frustrado. Sobra decir que ésto lleva a cometer los errores de apreciación que los “chapulines” resienten.

Sin embargo, de limitarse el problema a lo lingüístico, cualquier diccionario “Cachero-Gay” y “Gay-Cachero” eliminaría el conflicto. En este supuesto diccionario tendríamos, por ejemplo, las siguientes explicaciones:

Cachero-Gay

 

Homosexual: hombre
que se deja penetrar

 

Loca: mujer en el cuerpo
de hombre

 

Hombre: macho que
se coge a todo el mundo

 

 

Mujer: individuo
delicado y pasivo

 

Pagador: toda loca

 

Cachero: hombre-hombre

 

Macho: hombre activo

 

Trasero: zona de
acceso restringido

 

Pene: arma para
dominio de los débiles

 

Lugares públicos: hogar.

 

 

Gay-Cachero

 

Homosexual: que tiene
sexo con el mismo sexo

 

Loca:  todos los gays
que me caen mal

 

Hombre: loca machona

 

 

Mujer:  ser representado
por los travestis

 

Pagador: todo gay viejo

 

Cachero: loca frustrada

 

Macho: hombre antes
de tomarse tres cervezas

 

Trasero: parque turístico

 

Pene: comida típica

 

Lugares públicos: primeros territorios liberados
de la República Gay

 

Pero aún con este diccionario, los malentendidos continuarían. Ambos grupos comparten un territorio que sirve de lazo común para realizar sus fantasías unos y ganar dinero, otros. Mientras los territorios se limiten a los lugares públicos, el hechizo parece surtir el efecto deseado: el nivel de asesinatos en estos sitios es mínimo. Pero cuando se comete el error de salir de los lugares públicos hacia los privados, es cuando los asesinatos se suceden uno tras otro.

Una de las razones es que al salir de los parques, cines u orinales, los “chapulines” y los gays vuelven a mirarse antes del hechizo que los hizo olvidar, por unos breves momentos, las diferencias de clase. Al salir de Sexolandia, la cruel realidad se hace evidente: unos son los favorecidos y otros los oprimidos. Pongamos atención a la historia de Joselito, un chapulín de 21 años cuando fue llevado al departamento:

Estaba sentado en un poyo la otra noche en el Parque Colombia. Tenía hambre y frío. Era de noche, como las doce. No había pescado nada y estaba mal de tanto esperar. De repente un tipo se me acerca y se sienta a la par. Me pregunta si estoy solo y qué hago. Le digo que espero a un amigo. Me doy cuenta que el hombre me ve fijamente. “¿Qué, le gusto?”, le pregunto. “Sí, claro, me dice, usted está riquísimo”. Le sonrío para que se dé cuenta que me interesa. Es un viejo de unos cincuenta años. Me pregunta si me quiero ir con él. Le digo que si lo hago, cobro 5 mil colones y que solo me gusta hacer de hombre. Veo que el maje no se queja. “Bueno, ¿entendió lo que quiero decirle”, le digo. “Sí, claro que entiendo. ¿Pero no cree usted que estoy muy viejo para eso, después de todo usted es un carajillo. ¿Cómo me lo va a hacer usted a mí?”, pregunta. “Pues usted sabrá si quiere que se lo haga o que no. Pero no hago otra cosa. Ni tampoco chupar”, le respondí. Me dice que como le gusto tanto está dispuesto a todo. Nos vamos caminando y me dice que tiene su carro cerca. ¡No va siendo un BMW! Me monto y nos jalamos para su casa. Vive en Rohrmoser en un chozón enorme y solo. Cuando llegamos, veo un lujo que nunca había visto en mi vida. La casa estaba llena de chunches por todo lado. Parecía un museo. Me dio una cólera enorme ver tanto lujo y yo muriéndome de hambre. “Tengo que robarle a este hijueputa”, pensé. Una vez en el dormitorio, el viejo me dice que por qué huelo tan mal, que mejor me vaya a bañar, que no me pone nada si no me limpio. En ese momento, saqué el puñal y se lo clavé en el brazo para asustarlo. Cogí todo lo que pude y salí corriendo.

 

¿Hubiese Joselito robado y acuchillado si no hubiese sido transportado a una realidad que para él sería mejor no ver? le preguntamos. “No sé qué decirle. Si el viejo me pone el trasero en el parque y me da cinco rojos, no le hubiera hecho nada. Pero cuando me llevó a su casa y además, me hace sentir como una “chusma” (clase baja), me dio coraje”, nos dice.

Veamos ahora la versión del cliente:

El año pasado me fui para el Cine 545. Me senté en las filas de atrás en donde estaban varios hombres solos. Veo uno masculino y rubio como a mí me gusta. Me paso y me siento a la par de él y pongo mi codo en el brazo que nos separa. Él pone el suyo y me vuelve a mirar sonriéndome. Durante unos 10 minutos no hacemos nada más que dejar los codos juntos. Siento el cosquilleo por todo el cuerpo y el calor de su brazo. Me gusta que el tipo no haga nada apresurado. Después de un corto tiempo que se me hizo eterno, se me acerca y me besa riquísimo. Me dice que se llama Pablo y que quiere estar conmigo. “¿Cobra usted?”, le pregunté discretamente. “Sí. Pero si hace lo que quiero y me lo hace bien, no le cobro nada, me dice”. Me quedo totalmente confundido porque siento que es una persona muy especial. No me importa ya si cobra o no. Le invito a que se venga conmigo porque tengo un departamento cerca del cine. Cuando salimos a la luz, el hombre se muestra ojeroso y mal vestido. Llegamos a mi departamento y veo que se queda viendo demasiado mis compactos y mis cuadros: “¿Cuánto le cuestan a usted todos estos compactos?”, me pregunta. Trato de cambiar el tema. Sin embargo, empiezo a mirar la cólera en su cara y la vulgaridad. Cuando se desnuda, veo que está sucio y que quiere que le haga el sexo oral. Tengo que admitir que sentí un gran asco y tuve que pedirle que se fuera. Por dicha no me hizo un tumulto aunque le entregué 5 mil colones para evitar problemas. Luego, me di cuenta que me había robado tres compactos. ¡Qué agüevazón! Hubiera preferido no haberlo sacado del cine.

 

Esta mutua decepción es la que provoca llevar un “chapulín” al hogar. Uno de los misterios es la razón del por qué algunos gays, como aducen los “chapulines”, los llevan a sus casas y no les pagan lo prometido. Una explicación podría ser, como responden algunos gays que “los maleantes no tienen nunca un precio fijo en mente. Están para ver qué más pueden sacar. Usted les da lo convenido y ellos dicen que era más lo prometido. Ellos quieren ver hasta dónde le pueden sacar” (Esteban). Este deseo de modificar los precios convenidos también lo encontró McNamara en su estudio de los prostitutos callejeros de la ciudad Nueva York.42 Sin embargo, los “chapulines” mismos reconocen que muchas transacciones se dan sin problemas y que solo algunas son problemáticas. El hecho que todos los entrevistados concuerden en que los clientes a veces los tratan de estafar, sugiere que hay verdad en ello.

Una explicación del fenómeno radica, posiblemente, en el desencanto de los gays. En el modelo de los cuerpos y los placeres, y en el de la pornografía sajona, no existe la prostitución. El porno nunca nos muestra el pago a los actores, ni hombres comprando el sexo. Todo es deliciosamente voluntario. Así mismo debían ser, en teoría, los ligues en los lugares públicos: buenos, bonitos y ...gratis. Sin embargo, después del duro trabajo de ligar, la tórrida pasión y vivir una excelente fantasía, aparece una mano mendiga que pide dinero y que nos dice que nada era como parecía, que el sueño no era tal y quizás lo peor para los oídos de una minoría perseguida: “Vos no me gustás. Lo que hicimos tiene un precio”. Ante los ojos del príncipe, Cenicienta se convierte de nuevo en una simple empleada, andrajosa y advenediza. Él ahora quiere venganza y retribución porque Cenicienta lo engañó y no tenía ni educación ni clase: “El polvo no valió la pena. Vos no sabés hacer las cosas. Además, ¿cuánto querés por esa mierda que hicimos?”, dice el cliente con desprecio.

El momento poseyaculatorio es el más peligroso de todos. Al acabarse el elixir que nos hace olvidar que vivíamos en el subdesarrollo, que los príncipes jamás se casarán con la “chusma” (población marginal) y que las Cenicientas van a los bailes a robar, los compañeros de sexo se tornan en los peores enemigos.

¿Es revolucionario el sexo público?

 

Pat Califia considera que el sexo público es revolucionario en los Estados Unidos43. El hecho que la gente se rebele en contra de miles de años de opresión sexual judeocristiana y que saque afuera lo que debía estar escondido, por considerarse sucio y pecaminoso, es una de las principales revoluciones modernas. Ella considera que el “sexo vainilla”, o sea la penetración vaginal como única forma de sexualidad permitida, es una forma de control de los cuerpos de los hombres y de las mujeres. La autora, quien se califica a sí misma como sadomasoquista, opina que todo aquello que vaya en contra de los roles establecidos, promueve una fluidez revolucionaria que libera a las personas de las estructuras del patriarcado. Con cada chilillazo en el trasero a una compañera o a un compañero (ella no discrimina), la autora suena las trompetas que derribarán las murallas de la Jericó cristiana y de la clase media. Cada chupada en un parque público, en un sauna o en un cine, es el primer paso hacia la revolución del proletariado sexual. ¡Viva la Revolución!

Pero a la autora se le olvidó mirar el asunto de clase. Después de todo, en estos tiempos posmodernistas en que solo se habla de clase en Cuba y en Corea del Norte, no pareciera ser un factor importante. No obstante, en la misma forma que el “sexo vainilla” reprime los otros sexos, así el sexo de la clase media lo hace con el de las otras clases sociales. Para una sociedad terriblemente dividida por la acumulación de la riqueza, chupar un pene en un parque no tiene el mismo significado para un hombre gay de clase media que para un “chapulín” muerto de hambre. El acto puede mirarse igual. Después de todo, ¿cómo se puede chupar un pene de manera proletaria o burguesa? Pero como nos advierte Derrida, los significados del lenguaje son “indecidibles”: unos chupan la gloria y otros el infierno. Por eso el filósofo usaba la palabra “Pharmakon” para referirse al lenguaje: puede ser un fármaco o puede ser un veneno.

El sexo público en América Latina usa el lenguaje de la pornografía. Por unos minutos de placer, pareciera que se han borrado las terribles desigualdades económicas de los países subdesarrollados. El “chapulín” andrajoso se convierte en estrella porno, perseguida por hombres de clase media, educados, ricos y poderosos. Pero una vez que se eyacula, termina el encanto. La Cenicienta debe irse para la calle y esperar a otro cliente. Los pobres y miserables de esta tierra deben volver a la realidad. La mano que se extiende y pide el dinero es la misma de siempre en estos países ¿Es ésto revolucionario o es la misma explotación y abuso que ya conocíamos?

9

 

Los policías

 

Un tercer actor juega un papel importante en los lugares públicos: los policías. Ellos deben evitar que estos lugares se utilicen para el sexo y para el crimen. De ahí que los lugares descritos tienen diferentes cuerpos policiales que intervienen allí. Parte del embrujo de estos lugares para los gays es el peligro, no solo de los delincuentes, sino de la misma policía. Ésta los detiene a veces, en ciertas ocasiones, los agrede y en otras, acepta dinero para dejarlos en libertad. Julio cuenta cómo afecta la policía al callejón:

Un día de estos iba yo hacia el callejón, cuando un conocido me paró y me dijo que mejor no me acercara por ahí porque hacía tres días había habido una redada y que era mejor despistarse por un tiempo. Me contó que ese día llegaron dos patrullas y se ubicaron una en cada salida del callejoncillo. Adentro, había 15 chavalos que quedaron fríos por la sorpresa. Detuvieron a dos menores de edad porque todavía no tenían cédula de identidad, el resto quedó libre pero temblando del susto. Cuando ésto ocurre, el callejón deja de ser frecuentado por algunos días.

 

Tener contacto sexual en el parque implica la posibilidad de ser descubierto. Algunos días, una radiopatrulla se estaciona al costado norte y se queda ahí por varias horas. De vez en cuando, uno o dos policías salen del auto y caminan por el parque, aunque lo más usual es que se queden adentro. Ésto lo saben los gays que frecuentan el sitio y han aprendido a comunicarse entre sí. Se comienza a observar un desplazamiento inusual de la gente que estaba en las partes más oscuras y el resto sabe que hay problemas. “¡Corran, corran muchachos que viene la paca!”, dice en voz baja un cliente. En el sector sur el lenguaje es el silbido de una de las canciones de la película “West Side Story”. Cuando se silba significa que la acción debe terminar. En este momento, los gays y los “chapulines” hacen un pacto de solidaridad y cada uno protege al otro. “¿Cómo se le ocurre oficial que nosotros somos maricones?”, dice Ernesto, un chapulín. “Mi compa (señala al gay) ha venido al parque a tener un diálogo muy serio conmigo y estábamos discutiendo el alza de la gasolina esta semana”, dice sin inmutarse. “Sí claro, responde el oficial, me imagino que esta zorrita (señalando al gay) estaba alzando el rabo para mostrarle a usted como todo sube”, responde. “¡Vamos, que no estoy para bromas! ¡Saquen las cédulas o me los cargo a los dos!”

Todos los días, entre la una y dos de la mañana, hay cambio de guardia de las embajadas y edificios públicos cercanos. Los policías, de dos en dos, cruzan diagonalmente el parque Monumental hacia la comisaría cercana. En este lapso, la zona queda prácticamente vacía. Una vez realizado el cambio de guardia, la actividad gay se reinicia.

En una oportunidad en que el área del parque Monumental estaba a oscuras completamente y había mucha actividad sexual, el etnógrafo observó cómo llegaron tres radiopatrullas. Los policías bajaron de sus autos y encendieron focos de mano. Rápidamente, se percibió el desplazamiento de varias parejas de hombres saliendo de todas partes. En pocos minutos, el parque quedó solitario:

La rapidez de la acción fue fulminante. Vi como salían parejas de todo lado. Parecían las cucarachas de la cocina cuando se rocía el veneno. Un tipo salió corriendo con el calzoncillo en la mano. Aparentemente, se subió el pantalón tan rápido que se le olvidó ponérselo. Otro iba con la camisa al revés. Una pareja cayó en el hueco de la alcantarilla. Un “chapulín” aprovechó para robarle los tenis a su cliente. El otro corría en medias por todo el parque.

 

Mario nos relata que no siempre la gente que es sorprendida in fraganti, es detenida.

... no me di cuenta de lo que estaba pasando... eran las 11 de la noche. Yo estaba con otro carajo, masturbándonos. Los dos teníamos los pantalones bajos, cuando vimos la luz de un foco alumbrándonos la cara. No hubo tiempo de hacer nada. Se nos acercaron tres policías y nos pidieron la cédula de identidad. Por suerte, los dos la andábamos, pero aún así nos dijeron que quedábamos detenidos. Yo tenía mil pesos. En un momento determinado me acerqué a dos de ellos y les dije que aceptaran ese dinero para que no nos detuvieran y tuve suerte: nos dejaron ir. Ahora cuando vengo al parque no ando tan despistado como ese día.

 

También al orinal se presenta la policía de vez en cuando. Dice Roberto:

Una noche, para ser más exactos el 13 de noviembre, estaba yo y cinco chavalos más en el orinal, en una pura tocadera. Eran como las siete de la noche sin que ninguno se diera cuenta, aparecieron dos policías y nos obligaron a salir. Yo sentí mucho miedo. Nos pararon a los cinco contra la pared del orinal, nos hicieron abrir los brazos y poner las manos contra el muro; nos hicieron abrir las piernas y comenzaron a requisarnos, como se hace con los maleantes. Sentía que se me caía la cara de vergüenza porque a esa hora hay en la parada mucha gente esperando el bus. Al final de la requisa, nos dejaron ir, después de insultarnos y llamarnos corrompidos. Esos cabrones lo hicieron a propósito, para avergonzarnos. Como por dos días no volví, pero ahora voy más tarde en la noche.

 

En el parque La Llanura existe ahora policía montada a caballo. Los responsables del orden nos cuentan que detienen a muchas parejas:

Aquí en la noche es un carnaval gay. Cuando uno se acerca a los carros, ve gente masturbándose o haciendo el sexo oral. Los homosexuales se las han ingeniado tanto para despistarnos que tiran heno por todo lado para que los caballos se detengan a comer y no podamos alcanzarlos. ¡Lo único que falta es que se traigan yeguas en celo para distraerlos!

 

En el caso de los saunas y de los cines, por ser negocios, las redadas son más raras. Sin embargo, en varias ocasiones la policía ha ido a visitarlos y a buscar menores de edad o indocumentados. Según nuestro etnógrafo, una vez cayó la policía en el Sauna Latón:

     Señor, podría abrirnos su cubículo para hacerle unas preguntas. Somos de la policía.

     Mirá pachuco, ya te dije que no te iba a dejar entrar. ¿No ves que estoy ocupado?

     ¿Se puede saber que está haciendo en ese cubículo?

     ¿Pues qué voy a estar haciendo? Estoy mostrándole mi jacuzi a un cliente.

     ¿Un qué?

     ¡Pues una mamada, bruto!

     Señor, usted está detenido. Salga para ponerle las esposas.

     ¡Lo único que me faltaba! ¡Una pachuca sadomasoquista!

El cuerpo educado

 

Los policías costarricenses provienen de los sectores económicos bajos. Muchos de ellos son de origen rural que se mudaron a la ciudad para buscar mejor vida. Sus familias son numerosas. Los entrevistados tienen muchos hermanos. Uno de ellos vivió con 18: 11 hermanos de un mismo padre y 7 de otro. Su escolaridad es apenas algo superior a la de los “chapulines”. La gran mayoría solo cursó la escuela. Algunos tienen estudios secundarios incompletos y unos pocos los completaron. El salario promedio de $200 mensuales es uno de los más bajos del país.

En nuestras entrevistas a profundidad surge un tema común con los gays y los “chapulines”: la violencia física infantil. Nuevamente, una mayoría fue severamente castigada. Luis, por ejemplo, recibió “palo” (literalmente utilizaron una varilla del árbol de tamarindo) durante toda su niñez y su adolescencia por parte de su padre. Carlos fue pateado tan salvajemente por su madre que le quebró en más de una ocasión las costillas. Noé le tenía tanto terror a las palizas de su padrastro que se la pasó gran parte de su niñez escondido debajo de la cama. En el caso de Miguel, su hermano mayor se encargó de romperle tres dientes y diez veces la boca. “Ésto es apenas lo que me recuerdo porque olvidé mucho de lo que pasó durante esos años”. Sergio tuvo que salir huyendo de su casa por la violencia de su abuelo: “Él fue mi verdadero padre. Pero era un campesino a la antigua y fue muy severo con nosotros”, nos cuenta. Cuando le preguntamos qué significa “severo” para él, nos dice: “Era estricto. Si uno no trabajaba desde las cuatro de la mañana a las diez de la noche, le quemaba las manos en el fuego”.

Sin embargo, existen diferencias entre los policías y los “chapulines”. Los primeros no provienen de hogares desintegrados. A pesar de la pobreza, tuvieron por lo menos un padre, una madre o un familiar que los criaron. Existe, por lo tanto, un agradecimiento y una lealtad hacia los cuidadores. Ésto hace que les sea muy difícil conceptualizar la violencia como abuso y que deseen proteger la reputación de sus padres. Edwin racionaliza así los castigos:

Fueron muy duros. Sin embargo, los agradezco porque me enseñaron a convertirme en lo que soy, un hombre de bien, que quiere que las cosas se hagan como tienen que ser. Si no me hubieran pegado, estaría ahora en la cárcel o en las drogas.

 

Lo mismo sucede con Arón. Él cree que su familia actuó bien cuando lo castigaron: “En ese entonces quizás no entendía por qué me daban fajazos, pero ahora sí. Era un niño muy tequioso y era importante que me educaran bien”. Benito considera que su padre obró correctamente cuando le daba trompadas en la cara: “Me enseñó a no decir nunca una mala palabra”.

En ninguno de los entrevistados se presenta una queja formal contra la violencia de sus padres. Aparentemente, se ha interiorizado la idea de que la violencia fue “educación”. El concepto, muy de clase media y urbano, que los niños tienen derechos y que sus cuerpos no deben ser sometidos a castigos excesivos, no parece ni siquiera considerarse. Cuando les preguntamos si creían inapropiada la conducta de sus cuidadores, la respuesta general es que no.

La modalidad de abuso de los padres o cuidadores parece haber sido distinta de la vivida por los “chapulines”. La violencia podía ser la misma pero las motivaciones eran distintas. En los policías, los padres utilizaron la violencia para “educar” el cuerpo; en el caso de los de los “chapulines”, como hemos visto, para establecer el poder del género.

Los padres de los policías querían que los niños aprendieran a controlar sus necesidades y sus deseos. En una sociedad pobre y con familias numerosas, la vida infantil es rigurosa: los niños no son seres “infantiles”, sino pequeños adultos. En las zonas rurales o urbanas pobres, ellos deben contribuir con la manutención del hogar y el cuidado de la casa. De ahí que la violencia doméstica se dirige a reprimir los deseos infantiles. Los peores castigos se imponen cuando los niños quieren hacer cosas de niños: jugar, pasear, comer más de lo estipulado o experimentar sexualmente. Para ninguna de estas actividades, según José Alberto, había tiempo:

El día que me dieron la peor paliza fue cuando me escapé para ir a nadar a la poza. Tenía que haber hecho la limpieza de la casa y como no lo hice, mi papá agarró un chilillo y me dio la peor tunda que recuerdo.

 

Tampoco se permitía que estos niños hablaran “vulgaridades”. Por ellas se conocían todas aquellas palabras relacionadas con el sexo. No solo no recibieron ninguna educación sexual sino que la curiosidad era totalmente reprimida. En el caso de Ernesto, un oficial de la policía montada, averiguar lo que era “masturbación” le costó un diente:

Había oído en la escuela la famosa palabra. Es más, me cuesta pronunciarla hasta hoy día. Cuando fui donde papá a preguntarle qué era, me dio un golpe en la boca, me quebró un diente y me dijo: “Nunca vuelvas a venir con palabras cochinas a esta casa”.

 

Los policías cuando niños aprendieron que “el cuerpo es como un caballo”, como asegura Fernando, que “debe ser educado para cabalgarlo” (la comparación es distinta a la de los “chapulines” que lo miran como un perro). El cuerpo educado es, entonces, uno que aprende por el castigo. Los padres son los domadores y los hijos, los aprendices. Un buen hijo debe saber controlar los deseos que son imposibles de satisfacer en una economía pobre. Es más, no los debe siquiera exteriorizar.

¿Existe trauma cuando la gente ni siquiera lo reconoce? El que los policías no verbalicen críticas contra sus cuidadores, no significa que no haya habido daño en sus vidas. Su lealtad hacia el hogar y su agradecimiento por los cuidados recibidos, no quiere decir que la violencia haya sido resuelta. Existe mucha evidencia de lo contrario.

En primer lugar, cuando les preguntamos si educan de la misma forma a sus hijos, la respuesta es que no. Genaro, por ejemplo, nos dice que él no les pega a sus dos hijos. “No, no creo que sea conveniente”, nos dice. “¿Pero no nos acabás de decir”, le replicamos, “que vos creés que fue muy bueno que te criaran con castigos?” “No, esos eran otros tiempos. Ahora no es bueno hacerlo”, concluye él. Arón cree lo mismo: “A mis hijos nunca les he pegado”. “¿No creés que de vez en cuando se merecen unos chilillazos como los que te dieron a vos?”, indagamos. “Para nada. La violencia física no está bien conmigo”, responde sin chistar. Aun cuando algunos sí la ejerzan, el sentimiento no es del todo similar al de sus padres. Luis le dio un pescozón a su chiquita de 6 años de edad “pero me puse a llorar después de haberlo hecho. Me sentí tan mal que nunca más quiero volver a hacerlo”, nos confiesa.

En segundo lugar, la mayoría de estos hombres ha escogido probablemente esta ocupación porque es la más vinculada con una educación por medio del castigo. Ellos no solo disfrutan castigando a los infractores de los deseos sino que también resuelven, de la misma forma que lo hacen los gays y los “chapulines”, sus problemas con la violencia. En otras palabras, los hombres de la ley buscan recrear el abuso con dos fines: en el primer caso, para hacer entender a los demás lo que a ellos les enseñaron a golpes cuando niños; en el segundo, para hacerlo de una manera distinta. Al cambiar la modalidad de violencia excesiva hacia una más moderada, los policías tratan de decirse a sí mismos que no existe la necesidad de dar los golpes que a ellos les dieron.

Homofobia

 

Los policías no gustan de los homosexuales. En las entrevistas a profundidad demuestran una gran hostilidad. La mayoría de ellos percibe la homosexualidad como un vicio de la gente que no ha sabido aprender el buen camino. Una minoría considera que la condición es heredada, producto de desórdenes hormonales y que los que la sufren poco pueden hacer para cambiarla. Este grupo es algo más tolerante con ella. “Son enfermitos”, nos dice el Cabo Pérez, “nada pueden hacer al respecto. Hay que tenerles lástima”. Sin embargo, ésta es la excepción. Para la gran masa policial, los homosexuales son pervertidos que han escogido el crimen, de la misma manera en que los ladrones aprendieron a robar. “Nadie nace con la tendencia al robo, nos dice el sargento Fernández, ni a la droga o la homosexualidad, son los malos pasos que se dan los que lo llevan a eso”.

La homofobia de la policía se manifiesta más veladamente. Cuando les preguntamos si por creer que la homosexualidad es un crimen ellos actuaban diferente con los gays, la respuesta es que no. “Porque sean así no significa que se les va a discriminar”, dice Arón. Luis opina que todo ciudadano merece el mismo respeto “aunque sea un maleante”. Sin embargo, los policías en sus acciones revelan una fuerte discriminación.

Una forma de hacer diferencias en los lugares públicos tiene que ver con la orientación sexual de las parejas. En el caso heterosexual, los policías confiesan que son más tolerantes. Esta mayor tolerancia se manifiesta en dos formas: un nivel mucho más bajo de arrestos a parejas heterosexuales por tener relaciones en estos lugares y una consideración, como dice el Cabo Fernández, “para dejarlos terminar antes de intervenir”. En otras palabras, cuando los policías encuentran una pareja heterosexual en medio del acto sexual, “uno espera hasta que finalicen para llamarles la atención”, nos dice Roberto, un policía raso.

Solo en una entrevista tuvimos evidencia de un arresto heterosexual por tener sexo público. El caso fue el del policía de apellido Chávez. Él mismo nos dice que detuvo a una pareja de menores en un parque público porque “apenas empezaba trabajar y tenía poca experiencia”. Un joven de dieciséis años tenía relaciones con una muchacha de catorce. El policía los detuvo, los llevó a la Comisaría y llamó a los padres de ambos. “Mi jefe me dijo que para qué nos metíamos en eso ya que a la muchachita la iban a quebrar cuando se enteraran”. Sin embargo, lo hicieron y les narraron a los padres lo que habían visto. “A la muchacha la agarraron a patadas y se la llevaron al doctor a ver si la habían desflorado”, nos dice Chávez.

Pero en el caso de las parejas homosexuales, las consideraciones están ausentes. Ellos mismos reconocen que cuando ven a dos hombres teniendo sexo, sienten “asco” (Arón), “repulsión” (Chávez), “ganas de vomitar” (Carlos), “cólera” (Gutiérrez), “náusea” (Ortega). La intervención es inmediata y no se tiene ninguna consideración para que terminen el acto. En muchos casos, los arrestos son inevitables y en otros, se presentan casos de violencia. Luis admite que les da unos “bastonazos” para que aprendan a no hacer esas “cochinadas”; Pérez los regaña “fuertemente” por “asquerosos”; Ortega les pide con mucha cólera que se “pierdan rápido de mi vista” y Fernández les pone la pistola en la cara “para que se asusten”.

Para el policía, el gay es un hombre de una clase superior a la suya que no ha sido bien educado. Esta falta de disciplina es el resultado de muchas comodidades y de la pérdida de los valores morales. Si los gays fueran pobres como ellos, nos dice Fernández, “aprenderían que la vida no es una fiesta en que uno hace lo que le da la gana”. Lo mismo cree Mario: “los homosexuales no tuvieron una educación como la que yo tuve y aprendieron a dejarse llevar por el vicio y las drogas”. Pérez es de la opinión que la homosexualidad es “puro carabarrismo”, o sea la falta de vergüenza y temor a Dios.

Los policías se ven, entonces, como los nuevos educadores de los gays. La mayoría se la pasa largos períodos tratando de explicarles que “es una cochinada lo que están haciendo”, como dice Gutiérrez o que “aprendan que el sexo es solo entre el hombre y la mujer y que es un desperdicio la mariconería”, como nos cuenta Arón. En todos los arrestos o requisas existe un elemento de educación y de “formación ciudadana”.

Los policías están posiblemente recreando el abuso que vivieron cuando niños en pos de la “educación”, o sea el control del deseo. En otras palabras, desean disciplinar a los gays como lo fueron ellos: por medio del castigo del cuerpo. No es de extrañar, entonces, que algunos policías lleven esta “enseñanza” a los mismos niveles de abuso que sufrieron. Muchos de los entrevistados gays narran historias de gran violencia en su confrontación con los policías: golpes, torturas, intimidaciones y violaciones. Lo mismo sucede con los “chapulines”. Éstos son vistos como seres dominados por los deseos materiales indebidos y que deben aprender a vivir como ellos, con sus aspiraciones bajo control: “Los maleantes son seres que no han aprendido a controlar su vicio por el dinero, como si se pudiera robar todo lo que se quiere”, nos dice el Cabo Madrigal.

A pesar de lo verídico de estas historias, no creemos que representen la mayoría de las intervenciones. Los mismos entrevistados “gays” y “chapulines” reconocen que no todos los policías son violentos con ellos y que muchos tienden más a aconsejarlos que a pegarles. Otros les piden que se vayan de los lugares públicos para evitar problemas y algunos se hacen de la vista gorda respecto del sexo que ocurre. Ésto sugiere que los policías se conducen con ellos con cierta mesura. Cuando se les preguntó en qué situaciones era justificable la violencia, los policías no mencionaron el caso del sexo público homosexual. Aparentemente, la homofobia policial funciona bajo el modelo de disciplina de sus hogares: se castiga el cuerpo con el fin de educarlo. A veces se dan excesos, pero la “disciplina” es el fin.

Si vives con hombres...

 

Cuando les preguntamos a ellos las razones de los asaltos en los lugares públicos, los que se atrevieron a manifestar opiniones “políticamente incorrectas” nos dicen que la culpa la tienen los homosexuales. Miguel, uno de los policías menos homofóbicos, nos confiesa que cuando los llaman por un asalto en alguno de los parques “mis compañeros van de mala gana porque dicen que los playos se lo buscaron por ir a coger en esos lugares”. El sargento Sánchez es de la misma opinión: “¿Qué tiene que hacer un chiquito de papá a las tres de la mañana en un parque público? ¿No es una charlatanería que tenga uno que ir a sacarlos de un lío?”, continúa él. Estas actitudes revelan que la policía preferiría no intervenir en la guerra de los “chapulines” y sus clientes y que cuando lo hacen, sus simpatías no están con ninguno.

Sin embargo, los lugares públicos cuentan con muchas intervenciones policiales. Los garantes de la seguridad ciudadana no se pierden un día sin hacer un recorrido. A pesar de la gran cantidad de crímenes en todo el país y la falta de policías en las calles, ellos no descuidan los parques. Le preguntamos al Cabo Fernández por qué la policía vigila tanto el Parque de la Llanura que hasta policía montada tiene. Él nos responde con toda claridad:

Mire, la verdad es que lo hacemos por los niños. La esperanza de todo país son sus chiquitos. Los parques deben ser lugares para que ellos jueguen con sus familias. ¿Cómo vamos a permitir que uno de ellos vea una escena homosexual en un lugar de éstos? ¿A qué grado de incultura hemos llegado para que una chiquita que juega con su muñeca en un parque termine viendo a dos hombres mamándose el pene? ¿Cómo es que uno no va a intervenir para quitar esta lacra de los centros recreativos?

 

Fernández nos da un argumento razonable. Sin embargo, le preguntamos extrañados: “¿Pero qué chiquita estará en un parque jugando con su muñeca a las tres de la mañana?”. “¡No sea ingenuo! Al parque llegan menores de edad para prostituirse y para consumir crack”, nos responde con un aire de superioridad. “Sí, le replicamos, pero entonces no son niños que los gays van a pervertir sino que ya lo están por sus padres heterosexuales”, le respondemos. “Estoy de acuerdo, nos dice a regañadientes, pero aún así, ¿usted cree que es bueno que una chiquita prostituta vea a dos majes besándose?”.

El celo de Fernández por erradicar el sexo en los lugares públicos es compartido por los agentes de seguridad de la Universidad de la República. Según Muñoz, con el fin de erradicarlo, tiene que hacer grandes esfuerzos:

Para terminar con tanta cochinada se tiene que estar muy pendiente. En las noches, me subo a una de las azoteas del edificio más alto con unos binoculares. De ahí miro toda acción extraña, poniéndole atención particular a las parejas de hombres. Cuando miro una muy junta, bajo rápidamente y me pongo a seguirla. Espero algunos minutos y me fijo a dónde se va a ir a meter. Una noche de estas una pareja se fue a una quebradilla que hay en el campus y los dos tipos se metieron debajo del puente. Para llegar por arriba del puente, tuve que arrastrarme para no hacer ruido con mis zapatos y esperar a que empezaran a hacer el sexo. Una vez que se habían bajado los pantalones, salté con el foco y los detuve.

 

Ernesto, un policía raso, ha desarrollado una gran experiencia en prevenir el sexo en el cine:

Me siento atrás en el Cine 545 y me dejo la capa puesta para que la gente no sepa que soy policía. Como me ven seguramente atractivo, nunca falta un tipo que se me siente a la par. Hago que veo la película pero estoy en todas. El hombre me mira varias veces y le devuelvo solo una vez la mirada, para que crea que tengo interés. Cuando el cochino me toca el pene, me levanto y me voy al servicio. Él me sigue con la idea de que estoy anuente. Entro en el servicio y me siento en la taza, dejando la puerta entreabierta. Cuando el hombre ingresa, ahí es cuando lo detengo.

 

Una posible explicación a tanto esmero está en las mismas características del cuerpo policial. Los policías son hombres solos, como los gays: viven, comen, trabajan, juegan, matan y pelean entre varones. Sus camas están pegadas unas con las otras, las duchas son comunes. La interacción es tan íntima que ellos mismos tienen un dicho para explicar cómo viven: “En el cuartel, uno deja los huevos guindados en la puerta”. Ésto significa que la masculinidad agresiva debe controlarse y que la vida en común es “femenina”, o sea íntima, cercana, amorosa. Si uno deja los “huevos” en la puerta, pierde la prerrogativa de macho y puede caer en la misma tentación de los gays que, como dice el Sargento Chávez, “no llevan los huevos puestos”. De ahí la necesidad de mantener bajo control la homosexualidad potencial en el cuerpo policial. Una forma de hacerlo es castigando a los homosexuales para que los policías aprendan el precio por dar rienda suelta a los deseos.

A mí me llevaron a un bar de playos sin decírmelo. Me dijo el capitán que fuera a hacer una ronda con mis compañeros. Cuando entramos, veo solo hombres y unas pocas mujeres. Sin embargo, creía que era algo normal y no le presté atención. Pronto me voy fijando que los hombres bailan juntos y que unos besan a los otros. ¡Qué asco! Tanto sentí que me dio un dolor horrible en el estómago y me fui a vomitar al baño. Cuando salí, mis compañeros tenían a todos los clientes en contra de la pared pidiéndoles la cédula de identidad. No entiendo por qué no me dijeron que iban a ir a un bar de homosexuales y qué ganaron con darme ese susto.

 

El “susto” es una lección más al cuerpo: si vives íntimamente con hombres, nos quieren decir, aprende lo que se hace con aquellos que caen en la tentación de amarlos.

Dios, líbranos de la tentación de todos los días...

 

A pesar de todos los intentos de reprimir una homosexualidad latente en muchos, o de prohibir la de los que ya la tienen, los cuerpos policiales alcanzan su objetivo a medias. Existe una gran actividad homosexual en la policía y además, una gran influencia del sexo público en ella. Ésto se manifiesta de varias maneras: voyerismo, participación y lucro. Los policías se convierten, entonces, en otro grupo que participa directamente del sexo público.

Los policías fueron, en su mayoría, educados para controlar el deseo. Sin embargo, cuando se enfrentan con los gays y los “chapulines” miran el rostro de aquellos que optaron por darles rienda suelta. Tanto los homosexuales como los delincuentes luchan por las cosas que sus cuerpos quieren: sexo y placer. Los “chapulines” roban dinero y artículos para venderlos y para poder comprar la droga que les dará placer a sus cuerpos.

Un primer paso hacia la participación en el sexo público se da con el voyerismo. Los policías empiezan a ser seducidos por las escenas sexuales. Ernesto nos cuenta cómo aprendió a “dejar terminar el acto” a las parejas heterosexuales. Sin embargo, no nos dice sino hasta más adelante en la entrevista que suele ir a descubrirlas “más de lo que me piden que lo haga”. En otras palabras, él aprendió a disfrutar ver a una pareja en pleno acto sexual. Mario ha sentido lo mismo. Aún en los días libres se va para el cine a observar a las parejas que tienen relaciones. “Es que uno aprende mucho para su oficio con la experiencia”, nos dice. El Cabo Morales siente una predilección por descubrir los travestis en el parque. “A mí no me gusta el acto homosexual, pero cuando se trata de un travesti con un hombre, no puedo negar que me quedo un poco mirando para ver cómo es que hacen la cosa. Si un hombre está vestido de mujer no me parece tan repugnante”, nos dice.

Un segundo paso es invitar a sus compañeras, novias o ligues a estos lugares. Así lo admite el Sargento Pérez:

Después de ver tanta porquería en La Llanura, uno como que se morbosea. Hace tres meses me topé con una muchacha que trabaja en un almacén cercano. Nos citamos en el parque y decidimos ir a dar una vuelta. Era de noche y había muchas parejas homosexuales. Uno los reconoce porque se estacionan en los carros y empiezan a caminar en busca de un ligue. Mi pareja era muy tímida pero me decía que los policías le gustaban mucho. “¿Por qué mamita, le pregunté, será porque somos muy rudos?”. “No, me dijo ella, es porque son muy masculinos y atrevidos”, me dijo. Como vi que me daba algo de permiso para la acción, le di un largo beso ahí, enfrente de las parejas. Pasaban muchos playos y se nos quedaban viendo. Pero quería demostrarles cómo es que se hacen las cosas. En fin, la mujer permitió que la tocara toda y le dije que se sentara en el zacate. Cuando había ciertos majes cerca, me saqué el pene y se lo metí alzándole la enagua. Era algo incómodo porque nunca lo había hecho en un lugar público y porque los majes se masturbaban viéndonos.

 

Gregorio también ha aprendido a disfrutar la oscuridad del parque Colombia. Durante los últimos meses se ha convertido en su sitio de ligue y sexo. Cuando está libre, se cita con sus novias y hace cosas que nunca se hubiera imaginado:

Me he ido convirtiendo en más audaz cada día. Nunca se me hubiera ocurrido tener sexo en el parque. Por meses más bien mi trabajo ha sido detenerlo. Sin embargo, desde hace un tiempo para acá encuentro excitante hacerlo. La semana pasada me llevé a un lance para el parque. La muchacha tenía mucho miedo porque nunca lo había hecho. Pero le dije que no se preocupara, que yo era policía y que nada nos podía pasar. Entre más temor le veía cuando la tocaba, más me gustaba quitarle la ropa. Para no cansarte con el cuento, la dejé desnuda totalmente. Solo le puse la capa encima.

 

Un tercer paso, que no todos dan, es la participación en el sexo homosexual y en el comercio sexual. Ningún policía reconoció haber participado, pero sí admitieron que algunos compañeros lo hacían. Los “chapulines” y los gays son firmes en aducir que muchos los obligan a tener sexo con ellos y a pagarles comisiones por no detenerlos o por dejarlos continuar. Así lo corrobora Jaime, un “chapulín”:

Estaba con un cliente y cayeron dos policías. Me dieron un garrotazo y me dijeron “Loca de mierda, si le gusta la soda, empiece a mamar o nos lo cargamos”. Además, me robaron todo el dinero.

 

José Julio, un trabajador del sexo, afirma que los policías le roban el dinero que se ha ganado y algunos, lo han violado en la “perrera” (carro cerrado policial para transportar sospechosos):

Me dijeron que estaba detenido por faltas a la moral. Me metieron en la perrera y me llevaron como una hora antes de que pararan el carro. Ahí se metieron tres pacos, me amordazaron y me violaron.

 

Juan, un cabo, estima que un policía que acepte “regalos”, como él denomina a los sobornos, puede hacer hasta 2 millones de colones ($8,000) en los lugares públicos. “Es una gran tentación para gente que no tiene dinero y que ha estado toda la vida limitada. Después de todo, nos dice, ¿qué importa si alguien se echa un sobo en un parque a las tres de la mañana?”.

No existe observación que no afecte la cultura que mira.

Conclusiones

 

En un país latinoamericano en donde la Iglesia Católica ha prohibido la educación sexual y la planificación familiar es accesible solo a quienes más se han liberado del pensamiento religioso (la clase media y alta), los pobres siguen teniendo más hijos de los que pueden mantener. Estar rodeado de ellos en una economía cada vez más competitiva, en que los precios suben constantemente mientras que las fuentes de trabajo continúan reducidas, es una acumulación de estrés que se ventila contra los críos. Como analizamos, casi la mitad de los niños costarricenses no es deseada ni planeada, lo que nos aclara el nivel de violencia infantil en las familias entrevistadas. No nos debe extrañar que muchos de ellos busquen avenidas para “resolver” o para “sobreponerse” al abuso sufrido en los lugares públicos. Pero no solo son los pobres los afectados por las posiciones antisexuales de la Iglesia. Los homosexuales, la minoría que es suficientemente débil como para no constituir una amenaza, es la que recibe el blanco de los ataques por inmoralidad. El clero, en lugar de concentrarse en la infidelidad y en la promiscuidad heterosexual, se especializa en promover la homofobia. Con ésto nos quiere dar a entender que lucha por una moral “cristiana” a pesar de que se hace de la vista gorda con los excesos de la mayoría de la población. De ahí que los gays experimenten también una gran violencia en una sociedad homofóbica y que busquen “resolverla” cuando adultos.

La desintegración de las familias pobres ante el tamaño incontrolable que alcanzaron y la inserción de la economía a un mercado global, ha llenado al país de delincuentes y de “chapulines”. También el sida ha llenado el país de gays disconformes con la forma en que han sido tratados, conscientes de que la moral religiosa tradicional los ha dejado morir como animales. En algún momento impreciso en los últimos años ambos grupos gestaron una pequeña revolución en sus cuerpos reprimidos. Sin habérselo propuesto y sin siquiera tener idea de lo que hacían, tomaron los lugares públicos de este pequeño país para protestar en contra de la represión sexual y social en que viven las minorías. Porque lo que aparece como una fuente sólo de placer no puede estar divorciado de lo político. Para que dos varones se atrevan a tener sexo oral en un parque se necesita algo más que el deseo: la conciencia de que la moral tradicional y los discursos sexuales predominantes no los incluyen. Este rompimiento que gays y “chapulines” hacen todos los días en los lugares públicos de este país con los discursos tradicionales, es un mensaje para sus compañeros y para todos los que presten atención. Podrá ser expresado de manera física y no verbal (después de todo, los pobres y las minorías tienen un problema particular con el lenguaje que los excluye), pero es lo suficientemente claro como para que otros, como los policías, lo hayan entendido. ¿O es que creemos que el agente de seguridad que opta por hacer sexo público no nos está diciendo algo al oído?

Pero la protesta social que representa el sexo público no puede ser vista solo como una voz de liberación. En alguna terrible forma, éste repite la opresión de los pobres y de los marginados. El “chapulín” que tiene que vender su pene en un parque público no está haciendo nada distinto de lo que hacía su padre cuando limpiaba los parabrisas de los autos de la clase media. Una vez más, está al servicio de los que tienen el dinero para comprarlo. También está listo para ser abandonado cuando aparece un “car wash” o un pene más grande. El gran número de hombres gays asesinados por los participantes del sexo en lugares públicos es otra forma de lenguaje. Algo están diciendo los “chapulines” con estos monstruosos crímenes. No puede haber una verdadera liberación de la opresión mientras unos continúen dictando los discursos.

Sin embargo, no quiero terminar este libro con tan sombrío paisaje. Quizás hemos cometido un gran error: haber puesto mucho más énfasis en la violencia que en las relaciones cordiales que también existen entre los participantes del sexo público. Hemos mencionado que la mayoría de las transacciones se dan sin violencia y que los altercados y crímenes son una pequeña minoría. No estudiamos en este libro muchos aspectos positivos de estas transacciones. No obstante, los gays parecen adquirir en estos lugares destrezas en su comunicación sexual y una mayor apreciación de la potencialidades de su orientación sexual. Solo el hecho de tomar un lugar público y hacer visible la homosexualidad en una sociedad que los había condenado al closet, es un acto valiente. Además, han cambiado la forma tradicional en que el deseo y la práctica homosexual se expresaban. Ésto nos demuestra que las orientaciones sexuales no son construcciones inalterables y que más bien se negocian todos los días, lo cual resulta positivo y hace de la comunidad gay de Costa Rica una de las pocas que ha podido hacer los cambios para detener el avance de la epidemia del sida.

Los “chapulines” aprenden también mucho de los gays. Han podido observar cómo la opresión no es un estado permanente y cómo ellos han podido defender sus derechos. Fueron precisamente los gays quienes llevaron su protesta a la Corte Constitucional del país y lograron que ésta prohibiera las redadas indiscriminadas y las detenciones arbitrarias. De ésto se han beneficiado directamente los “chapulines” y otros grupos de la calle.

1      Chel Foucault, Histoire de la Sexualité. La Volonté de Savoir, Vol. 1, Paris: Gallimard, 1976.

2      Michel Foucault, El nacimiento de la clínica, Mexico: Siglo XXI, 1991.

3      Periódico La Nación, Sección Viva, 18 de abril de 1998, p.1.

4      Jacobo Schifter, La formación de una contracultura. Homosexualismo y sida en Costa Rica, San José: Guayacán, 1989.

5      Jacobo Schifter y Johnny Madrigal, Las gavetas sexuales del costarricense y el riesgo de infección con el VIH, San José: Imediex, 1996, p.5.

6      Víctor Hugo Acuña, “Historia económica del tabaco en Costa Rica”, Anuario de Estudios Centroamericanos, No4, 1978.

7      Ricardo Blanco, Historia eclesiástica de Costa Rica. Del descubrimiento a la erección de la diócesis (1502-1850), San José: Editorial Costa Rica, 1994.

8      Jacobo Schifter y Johnny Madrigal, Las gavetas sexuales del costarricense y el riesgo de infección con el VIH, San José: Imediex, 1996, p.5

9      Jeannette Cover, Abuso sexual infantil en poblaciones universitarias, Tesis para optar por el grado de licenciatura en psicología. Universidad de Costa Rica, 1995.

10    Isabel Brenes, Actitudes y prácticas del aborto inducido en Costa Rica. Tesis para optar por el grado de Maestría en Estadística, Universidad de Costa Rica, 1994.

11    Victor Gomez, Encuesta Nacional de Salud Reproductiva. Fecundidad y formación de la familia. San José: Departamento de Medicina Preventiva, Programa Salud Reproductiva, CCSS, 1994.

12    Ibid.

13    Jacobo Schifter y Johnny Madrigal, Hombres que aman hombres, San José: Editorial Ilep-sida, 1992, p.390-391.

14    George Simmel, “Die Grosstäudte und das Geistelesben”, en Die Grsstadt, Dresden, 1903.

15    John D´Emilio, Sexual Politics, Sexual Communities. The Making of a Homosexual Minority in the United States, 1940-1970, Chicago-London: The University of Chicago Press, 1983.

16    Jacobo Schifter y Johnny Madrigal, Las gavetas sexuales del costarricense y el riesgo de infección con el VIH, San José: Imediex 1996, p. 99.

17    Departamento de Control del Sida, Ministerio de Salud de Costa Rica. Informe a julio de 1998.

18    Jacobo Schifter, La formación de una contracultura, Editorial Guayacán, San José: 1989, pp. 272-273.

19    ILPES. Informes semestrales y anuales de trabajo. 1993 a 1998.

20    Jacobo Schifter y Johnny Madrigal, Hombres que aman hombres, San José: Editorial Ilep-sida, 1992, p.447.

21    Gary W. Dowsett, Practicing Desire. Homosexual Sex in the Era of AIDS, Stanford: Stanford University Press, 1996.

22    Ibid, p. 46.

23    Ibid, pp. 439-442.

24    Jacobo Schifter y Johnny Madrigal, Las gavetas sexuales del costarricense y el riesgo de infección con el VIH, San José: Imediex, 1996.

25    Estadísticas del Departamento de Control del Sida, Ministerio de Salud, San Jose, Costa Rica 1998.

26    Se refiere a la invasión de William Walker en 1856 , un sureño que invadió Nicaragua y que luego trató conquistar Costa Rica.

27    Jacobo Schifter Sikora y Johnny Madrigal, Hombres que aman hombres, San José: Editorial ILEP-SIDA, 1992, p. 381.

28    Jacques Derrida, Of Grammatology, Baltimore y London: The John Hopkins University Press, 1976.

29    Matt Adams, Hustlers, Escorts and Porn Stars. The Insider´s Guide to Male Prostitution in America, Nevada: Adams, 1999, p.62.

30    Profesor de la Universidad de Chicago y Premio Nobel de Economía.

31    Pat Califia, Public Sex. The Culture of Radical Sex, San Francisco: Cleis Press, 1994.

32    Mike Lew, Victims no Longer. Men Recovering from Incest and Other Sexual Child Abuse, New York: HarperCollins, 1988.

33    Emmanuel Levinas, Outside the Subject, London: The Atholone Press, 1993.

34    Michel Foucault, La historia de la sexualidad, Vol. 1, Mexico: Siglo XXI, 18 ed., 1991.

35    Ibid

36    Un cachero es un hombre heterosexual que es activo en la práctica sexual y que en la cultura latinoamericana no se considera homosexual. Para más

        información sobre el tema está el libro del autor Lila´s House. A Study on Male Prostitution, New York: Haworth Press, 1998, próximo a publicarse por la misma editorial, Macho Love. Love Behind Bars.

37    Un “chapulín” es un joven de la calle que se dedica al robo y al asalto en las zonas urbanas.

38    Alfredo Mirandé, Hombres y Machos. Masculinity and Latino Culture, Boulder, Colorado: Westview Press, 1997.

39    El Salón es un proyecto de prevención de sida del ILPES para jóvenes de la calle. Fundado en 1997 se ha convertido en un centro de reunión para los “chapulines” de San José. Por razones de confidencialidad, no se dan datos de su ubicación.

40    Martin Kantor, Homophobia. Description, Development and Dynamics of Gay Bashing, Westport Conn.: PRAEGUER, 1998.

41    Ibid, p. 97.

42    Robert P. McNamara, The Times Square Hustler. Male Prostitution in New York City. Wesport Conn.: PRAEGER, 1994.

43    Pat Califia, Public Sex. The Culture of Radical Sex, Pittsburgh: Cleis Press, 1994.

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