Sangre y Arena by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Y los sombreros volaban a la arena, y un redoble gigantesco de aplausos,semejante a una lluvia de granizo, corría de tendido en tendido conformeavanzaba el matador por el redondel, siguiendo el contorno de labarrera, hasta llegar frente a la presidencia.

La ovación estalló estruendosa cuando Gallardo, abriendo los brazos,saludó al presidente. Todos gritaban, reclamando para el diestro loshonores de la maestría.

Debían darle la oreja. Nunca tan justa estadistinción. Estocadas como aquella se veían pocas. Y el entusiasmo aúnfue mayor cuando un mozo de la plaza le entregó un triángulo obscuro,peludo y sangriento: la punta de una de las orejas de la fiera.

Estaba ya en el redondel el tercer toro y duraba aún la ovación aGallardo, como si el público no hubiese salido de su asombro, como sitodo lo que pudiera ocurrir en el resto de la corrida careciese devalor.

Los otros toreros, pálidos de envidia profesional, se esforzaban poratraerse la atención del público. Sonaban los aplausos, pero eran flojosy desmayados después de las anteriores ovaciones. El público estabaquebrantado por el delirio de su entusiasmo, y atendía distraídamente alos lances que se desarrollaban en el redondel. Se entablaban vehementesdiscusiones de grada a grada. Los devotos de otros matadores, serenos yay libres del arrebato que los había arrastrado a todos, rectificaban suespontáneo movimiento, discutiendo a Gallardo. Muy valiente, muyatrevido, un suicida; pero aquello no era arte. Y los entusiastas delídolo, los más vehementes y brutales, que admiraban su audacia aimpulsos del propio carácter, indignábanse, con la cólera del creyenteque ve puestos en duda los milagros de su santo.

Cortábase la atención del público con incidentes obscuros que agitabanlas gradas.

De pronto movíase la gente en una sección del tendido:poníanse los espectadores en pie, volviendo la espalda al redondel;arremolinábanse sobre las cabezas brazos y bastones. El resto de lamuchedumbre dejaba de mirar a la arena, fijándose en el sitio de laagitación y en los grandes números pintados en la valla de lacontrabarrera que marcaban las diferentes secciones del graderío.

—¡Bronca en el 3!—gritaban alegremente—.¡Ahora riñen en el 5!

Siguiendo el impulso contagioso de las muchedumbres, todos se agitaban yse ponían en pie, queriendo ver por encima de las cabezas de losvecinos, sin poder distinguir otra cosa que la lenta ascensión de lospolicías, los cuales, abriéndose paso de grada en grada, llegaban algrupo en cuyo seno se desarrollaba la reyerta.

—¡Sentarse!—gritaban los más prudentes, privados de la vista delredondel, donde seguían trabajando los toreros.

Poco a poco se calmaban las oleadas de la muchedumbre; las filas decabezas tomaban su anterior regularidad, siguiendo las líneas circularesde los bancos, y continuaba la corrida. Pero el público parecía con losnervios excitados, y su estado de ánimo manifestábase con una injustaanimosidad contra ciertos lidiadores o un silencio desdeñoso.

El público, estragado por la gran emoción de poco antes, encontrabainsípidos todos los lances. Entretenía su fastidio comiendo y bebiendo.Los vendedores de la plaza iban entre barreras, arrojando con pasmosahabilidad los artículos que les pedían. Las naranjas volaban como rojaspelotas hasta lo más alto del tendido, yendo de la mano del vendedor alas del público en línea recta, como si un hilo tirase de ellas.Destapábanse botellas de bebidas gaseosas. El oro líquido de los vinosandaluces brillaba en los vasos.

Circuló por el graderío un movimiento de curiosidad. Fuentes iba abanderillear su toro, y todos esperaban algo extraordinario de habilidady de gracia. Avanzó solo a los medios de la plaza con las banderillas enuna mano, sereno, tranquilo, marchando lentamente, como si fuese acomenzar un juego. El toro seguía sus movimientos con ojos curiosos,asombrado de ver ante él un hombre solo, después de la anterior baraúndade capotes extendidos, picas crueles clavadas en su morrillo y jacos quevenían a colocarse cerca de los cuernos, como ofreciéndose a su empuje.

El hombre hipnotizaba a la bestia. Se aproximaba hasta tocar su testuzcon la punta de las banderillas; corría después con menudo paso, y eltoro iba tras él, como si lo hubiera convencido, llevándoselo al extremoopuesto de la plaza. El animal parecía amaestrado por el lidiador, leobedecía en todos sus movimientos, hasta que éste, dando por terminadoel juego, abría sus brazos con una banderilla en cada mano, erguía sobrelas puntas de los pies su cuerpo esbelto y menudo, y marchaba hacia eltoro con majestuosa tranquilidad, clavando los palos de colores en elcuello de la sorprendida fiera.

Por tres veces realizó la suerte, entre las aclamaciones del público.Los que se tenían por inteligentes desquitábanse ahora de la explosiónde entusiasmo provocada por Gallardo. ¡Esto era ser torero! ¡Esto eraarte puro!...

Gallardo, de pie junto a la barrera, limpiábase el sudor del rostro conuna toalla que le ofrecía Garabato. Después bebió agua, volviendo laespalda al redondel para no ver las proezas de su compañero. Fuera de laplaza estimaba a sus rivales, con la fraternidad que establece elpeligro; pero así que pisaba la arena todos eran enemigos, y sustriunfos le dolían como ofensas. Ahora, el entusiasmo del públicoparecíale un robo que disminuía su gran triunfo.

Cuando salió el quinto toro, que era para él, se lanzó a la arenaansioso de asombrar al público con sus proezas.

Así que caía un picador, tendía él la capa y se llevaba el toro al otroextremo del redondel, aturdiéndolo con una serie de capotazos, hastaque, turbada la fiera, quedábase inmóvil. Entonces Gallardo la tocaba elhocico con un pie, o quitándose la montera la depositaba entre suscuernos. Otras veces abusaba de la estupefacción del animal,presentándole el vientre con audaz reto, o se arrodillaba a cortadistancia, faltándole poco para acostarse bajo sus hocicos.

Los viejos aficionados protestaban sordamente. ¡Monerías! ¡payasadas queno se hubieran tolerado en otros tiempos!... Pero tenían que callarse,abrumados por el griterío del público.

Cuando sonó el toque de banderillas, la gente quedó en suspenso al verque Gallardo quitaba sus palos al Nacional y con ellos se dirigíahacia la fiera. Hubo una exclamación de protesta. ¡Banderillear él!...Todos conocían su flojedad en tal suerte.

Esta quedaba para los quehabían hecho su carrera paso a paso, para los que habían sidobanderilleros muchos años al lado de sus maestros antes de llegar amatadores; y Gallardo había comenzado por el final, matando toros desdeque salió a la plaza.

—¡No! ¡no!—clamaba la muchedumbre.

El doctor Ruiz gritó y manoteó desde la contrabarrera:

—¡Deja eso, niño! Tú sólo sabes la verdad... ¡Matar!

Pero Gallardo despreciaba al público y era sordo a sus protestas cuandosentía el impulso de la audacia. En medio del griterío se fue rectamenteal toro, y sin que éste se moviese, ¡zas! le clavó las banderillas. Elpar quedó fuera de sitio, torpemente prendido, y uno de los palos secayó con el movimiento de sorpresa de la bestia. Pero esto no importaba.Con la debilidad que las muchedumbres sienten siempre por sus ídolos,excusando y justificando sus defectos, todo el público celebraba risueñoesta audacia. El, cada vez más atrevido, tomó otras banderillas y lasclavó, desoyendo las protestas de la gente, que temía por su vida. Luegorepitió la suerte por tercera vez, siempre con torpeza, pero con talarrojo, que lo que en otro hubiese provocado silbidos fue acogido congrandes explosiones admirativas. ¡Qué hombre! ¡Cómo ayudaba la suerte aaquel atrevido!...

Quedó el toro con sólo cuatro banderillas de las seis, y éstas tanflojas, que la bestia parecía no sentir el castigo.

—Está muy entero—gritaban los aficionados en los tendidos aludiendo altoro, mientras Gallardo, empuñando estoque y muleta, con la monterapuesta, marchaba hacia él, arrogante y tranquilo, confiando en su buenaestrella.

—¡Fuera toos!—gritó otra vez.

Al adivinar que alguien se mantenía cerca de él, no atendiendo susórdenes, volvió la cabeza. El Fuentes estaba a pocos pasos. Le habíaseguido con el capote al brazo, fingiendo distracción, pero pronto aacudir en su auxilio, como si presintiese una desgracia.

—Déjeme usté, Antonio—dijo Gallardo con una expresión colérica yrespetuosa a la vez, como si hablase a un hermano mayor.

Y era tal su gesto, que Fuentes levantó los hombros cual si repeliesetoda responsabilidad, y le volvió la espalda, aloyándose poco a poco,con la certeza de ser necesario de un momento a otro.

Gallardo extendió su trapo en la misma cabeza de la fiera, y ésta leacometió. Un pase. «¡Olé!», rugieron los entusiastas. Pero el animal serevolvió prontamente, cayendo de nuevo sobre el matador con un violentogolpe de cabeza que arrancó la muleta de sus manos. Al verse desarmado yacosado, tuvo que correr hacia la barrera; pero en el mismo instante elcapote de Fuentes distrajo al animal. Gallardo, que adivinó en su fugala súbita inmovilidad del toro, no saltó la barrera: se sentó en elestribo y así permaneció algunos instantes, contemplando a su enemigo apocos pasos. La derrota acabó en aplausos por este alarde de serenidad.

Recogió Gallardo muleta y estoque, arregló cuidadosamente el trapo rojo,y otra vez fue a colocarse ante la cabeza de la fiera, pero con menosserenidad, dominado por una cólera homicida, por el deseo de matarcuanto antes a aquel animal que le había hecho huir a la vista de milesde admiradores.

Apenas dio un pase creyó llegado el momento decisivo, y se cuadró, conla muleta baja, llevándose la empuñadura del estoque junto a los ojos.

El público protestaba otra vez, temiendo por su vida.

—¡No te tires! ¡No!... ¡Aaay!

Fue una exclamación de horror que conmovió a toda la plaza; un espasmoque hizo poner de pie a la muchedumbre, con los ojos agrandados,mientras las mujeres se tapaban la cara o se agarraban convulsas albrazo más cercano.

Al tirarse el matador, su espada dio en hueso, y retardado en elmovimiento de salida por este obstáculo, había sido alcanzado por uno delos cuernos. Gallardo quedó enganchado por la mitad del cuerpo; y aquelbuen mozo, fuerte y membrudo, con toda su pesadumbre, viose zarandeadoal extremo de un asta cual mísero maniquí, hasta que la poderosa bestia,con un cabezazo, lo expulsó a algunos metros de distancia, cayendo eltorero pesadamente en la arena, abiertos los remos, como una ranavestida de seda y oro.

—¡Lo ha matado! ¡Una cornada en el vientre!—gritaban en los tendidos.

Pero Gallardo se levantó entre las capas y los hombres que acudieron acubrirle y salvarle. Sonreía; se tentaba el cuerpo; levantaba despuéslos hombros para indicar al público que no tenía nada. El porrazo nadamás y la faja hecha trizas. El cuerno sólo había penetrado en estaenvoltura de seda fuerte.

Volvió a coger los «trastos de matar», pero ya nadie quiso sentarse,adivinando que el lance iba a ser breve y terrible. Gallardo marchóhacia la fiera con su ceguedad de impulsivo, como si no creyese en elpoder de sus cuernos luego de salir ileso: dispuesto a matar o a morir,pero inmediatamente, sin retrasos ni precauciones. ¡O el toro o él! Veíarojo, cual si sus ojos estuviesen inyectados de sangre. Escuchaba, comoalgo

lejano

que

venía

de

otro

mundo,

el

vocerío

de

la

muchedumbreaconsejándole serenidad.

Dio sólo dos pases, ayudado por un capote que se mantenía a su lado, yde pronto, con celeridad de ensueño, como un muelle que se suelta delafianzador, lanzose sobre el toro, dándole una estocada que susadmiradores llamaban de relámpago. Metió tanto el brazo, que al salirsede entre los cuernos todavía le alcanzó el roce de uno de éstos,enviándolo tambaleante a algunos pasos; pero quedó en pie, y la bestia,tras loca carrera, fue a caer en el extremo opuesto de la plaza,quedando con las piernas dobladas y el testuz junto a la arena, hastaque llegó el puntillero para rematarla.

El público pareció delirar de entusiasmo. ¡Hermosa corrida! Estaba ahítode emociones. Aquel Gallardo no robaba el dinero: correspondía conexceso al precio de la entrada. Los aficionados iban a tener materiapara hablar tres días en sus tertulias de café. ¡Qué valiente! ¡Québárbaro!... Y los más entusiastas, con una fiebre belicosa, miraban atodos lados como si buscasen enemigos.

—¡El primer matador del mundo!... Y aquí estoy yo, para el que diga locontrario.

El resto de la corrida apenas llamó la atención. Todo parecía desabridoy gris tras las audacias de Gallardo.

Cuando cayó en la arena el último toro, una oleada de muchachos, deaficionados populares, de aprendices de torero, invadió el redondel.Rodearon a Gallardo, siguiéndole en su marcha desde la presidencia a lapuerta de salida. Le empujaban, queriendo todos estrechar su mano, tocarsu traje, y al fin, los más vehementes, sin hacer caso de las manotadasdel Nacional y los otros banderilleros, agarraron al maestro por laspiernas y lo subieron en hombros, llevándolo así por el redondel y lasgalerías hasta las afueras de la plaza.

Gallardo, quitándose la montera, saludaba a los grupos que aplaudían supaso.

Envuelto en su capote de lujo, se dejaba llevar como unadivinidad, inmóvil y erguido sobre la corriente de sombreros cordobesesy gorras madrileñas, de la que salían aclamaciones de entusiasmo.

Cuando se vio en el carruaje, calle de Alcalá abajo, saludado por lamuchedumbre que no había presenciado la corrida, pero estaba ya enteradade sus triunfos, una sonrisa de orgullo, de satisfacción en las propiasfuerzas, iluminó su rostro sudoroso, en el que perduraba la palidez dela emoción.

El Nacional, conmovido aún por la cogida del maestro y su tremendobatacazo, quería saber si sentía dolores y si era asunto de llamar aldoctor Ruiz.

—Na: una caricia na más... A mí no hay toro que me mate.

Pero como si en medio de su orgullo surgiese el recuerdo de las pasadasdebilidades y creyera ver en los ojos del Nacional una expresiónirónica, añadió:

—Son cosas que me dan antes de ir a la plaza... Argo así como losvapores de las mujeres. Pero tú llevas razón, Sebastián. ¿Cómo dices?...Dios u la Naturaleza, eso es: Dios u la Naturaleza no tieen por quémeterse en estas cosas del toreo. Ca uno sale como puede, con suhabilidad o su coraje, sin que le valgan recomendaciones de la tierra nidel cielo... Tú tiees talento, Sebastián: tú debías de haber estudiaouna carrera.

Y en el optimismo de su alegría, miraba al banderillero como un sabio,sin acordarse de las burlas con que había acogido siempre susenrevesadas razones.

Al llegar al alojamiento encontró en el vestíbulo a muchos admiradoresdeseosos de abrazarle. Hablaban de sus hazañas con tales hipérboles, queparecían distintas, exageradas y desfiguradas por los comentarios en elcorto trayecto de la plaza al hotel.

Arriba encontró su habitación llena de amigos, señores que le tuteaban,e imitando el habla rústica de la gente del campo, pastores y ganaderos,le decían golpeándole los hombros:

—Has estao mu güeno... ¡Pero mu güeno!

Gallardo se libró de esta acogida entusiasta saliéndose al corredor con Garabato.

—Ve a poner el telegrama a casa. Ya lo sabes: «Sin noveá.»

Garabato se excusó. Tenía que ayudar al maestro a desnudarse. Los delhotel se encargarían de enviar el despacho.

—No; quiero que seas tú. Yo esperaré... Debes poné otro telegrama. Yasabes pa quién es: pa aquella señora, pa doña Zol. También «Sin noveá».

II

Cuando a la señora Angustias se le murió su esposo, el señor JuanGallardo, acreditado remendón establecido en un portal del barrio de laFeria, lloró con el desconsuelo propio del caso; pero al mismo tiempo,en el fondo de su ánimo latía la satisfacción del que reposa tras largamarcha, librándose de un peso abrumador.

—¡Probesito de mi arma! Dios lo tenga en su gloria. ¡Tan güeno!... ¡Tantrabajaor!

En veinte años de vida común no la había dado otros disgustos que losque sufrían las demás mujeres del barrio. De las tres pesetas que unosdías con otros venía a sacar de su trabajo, entregaba una a la señoraAngustias para el sostén de la casa y la familia, destinando las otrasdos al entretenimiento de su persona y gastos de representación.

Habíaque corresponder a las «finezas» de los amigos cuando convidan a unascañas; y el vino andaluz, por lo mismo que es la gloria de Dios, cuestacaro. También debía ir a los toros inevitablemente, porque un hombre queno bebe ni asiste a las corridas...

¿para qué está en el mundo?

La señora Angustias, con sus dos hijos, Encarnación y Juanillo, teníaque aguzar el ingenio y desplegar múltiples habilidades para llevar lafamilia adelante. Trabajaba como asistenta en las casas más acomodadasdel barrio, cosía para las vecinas, correteaba ropas y alhajas enrepresentación de cierta prendera amiga suya y hacía pitillos para losseñores, recordando sus habilidades de la juventud, cuando el señorJuan, novio entusiasta y zalamero, venía a esperarla a la salida de laFábrica de Tabacos.

Nunca pudo quejarse de infidelidades o malos tratos de su difunto. Lossábados, cuando el remendón volvía borracho a casa a altas horas de lanoche, sostenido por los amigos, la alegría y la ternura llegaban conél. La señora Angustias tenía que entrarlo a empellones, pues seobstinaba en permanecer a la puerta batiendo palmas y entonando con vozbabosa lentas canciones de amor dedicadas a su voluminosa compañera.

Ycuando al fin se cerraba la puerta tras él, privando a los vecinos de unmotivo de regocijo, el señó Juan, en plena borrachera sentimental, seempeñaba en ver a los pequeños, que ya estaban acostados, los besaba,mojándolos con gruesos lagrimones, y repetía sus trovas en honor de laseñora Angustias—¡olé! ¡la primera hembra del mundo!—, acabando labuena mujer por desarrugar el ceño y reírse, mientras lo desnudaba ymanejaba como si fuese un niño enfermo.

Este era su único vicio. ¡Pobrecillo!... De mujeres y de juego, niseñal. Su egoísmo, que le hacía ir bien vestido, mientras la familiaandaba harapienta, y su desigualdad en el reparto de los productos deltrabajo, compensábalos con iniciativas generosas. La señora Angustiasrecordaba con orgullo los días de gran fiesta, cuando Juan la hacíaponerse el pañolón de Manila, la mantilla de casamiento, y llevando losniños por delante marchaba a su lado, con blanco sombrero cordobés ybastón de puño de plata, dando un paseo por las Delicias, con el mismoaire de una familia de comerciantes de la calle de las Sierpes. Los díasde toros baratos la obsequiaba rumbosamente antes de ir a la plaza,ofreciéndola unas cañas de manzanilla en La Campana o un café en laplaza Nueva. Este tiempo feliz no era ya mas que un pálido y gratorecuerdo en la memoria de la pobre mujer.

El señor Juan enfermó de tisis, y durante dos años la esposa tuvo queatender a su cuidado, extremando aún más sus industrias para compensarla falta de la peseta que le entregaba antes el marido. Finalmente murióen el hospital, resignado con su suerte, convencido de que la existencianada vale sin manzanilla y sin toros, y su última mirada de amor y deagradecimiento fue para su mujer, como si le gritase con los ojos:«¡Olé! ¡la primera hembra del mundo!...»

Al quedar sola la señora Angustias no empeoraba su situación; antesbien, considerábase con mayor desembarazo en los movimientos, libre deaquel hombre que en los dos últimos años pesaba más sobre ella que elresto de la familia. Mujer enérgica y de prontas resoluciones, marcóinmediatamente un camino a sus hijos.

Encarnación, que tenía ya diez ysiete años, fue a la Fábrica de Tabacos, donde pudo introducirla sumadre gracias a sus relaciones con ciertas amigas de la juventudllegadas a maestras. Juanillo, que de pequeño había pasado los días enel portal del barrio de la Feria viendo trabajar a su padre, iba a serzapatero por voluntad de la señora Angustias. Le sacó de la escuela,donde había aprendido a mal leer, y a los doce años entró como aprendizde uno de los mejores zapateros de Sevilla.

Aquí comenzó el martirio de la pobre mujer.

¡Ay, aquel muchacho! ¡Hijo de unos padres tan honrados!... Casi todoslos días, en vez de entrar en la tienda del maestro, se iba al Mataderocon ciertos pillos que tenían su punto de reunión en un banco de laAlameda de Hércules, y para regocijo de pastores y matarifes, osabanechar un capote a los bueyes, siendo volteados y pateados las más de lasveces. La señora Angustias, que velaba aguja en mano muchas noches paraque el niño fuese decentito al taller, con las ropas limpias, leencontraba en la puerta de su casa, temeroso de entrar y sin valor almismo tiempo para huir, por la servidumbre del hambre, con lospantalones rotos, la chaqueta sucia y chichones y rasguños en la cara.

A los magullamientos del buey traidor uníanse las bofetadas y escobazosde la madre; pero el héroe del Matadero pasaba por todo con tal que nole faltase la pitanza.

«Pega, pero dame que comer.» Y con el apetitoexcitado por el ejercicio violento, engullía el pan duro, las judíasaveriadas, el bacalao putrefacto, todos los víveres de desecho que lahacendosa mujer buscaba en las tiendas para mantener a la familia conpoco dinero.

Atareada todo el día en fregar pisos de casas ajenas, sólo de tarde entarde podía ocuparse de su hijo, yendo a la tienda del maestro paraenterarse de los progresos del aprendiz. Cuando volvía de la zapateríabufaba de coraje, proponiéndose los más estupendos castigos quecorrigiesen al pillete.

La mayor parte de los días no se presentaba en la tienda. Pasaba lamañana en el Matadero, y por las tardes formaba grupo a la entrada de lacalle de las Sierpes con otros vagabundos, admirando de cerca a lostoreros sin contrata que se juntaban en La Campana, vestidos de nuevo,con flamantes sombreros, pero sin más de una peseta en el bolsillo yhablando cada cual de sus propias hazañas.

Juanillo los contemplaba como seres de asombrosa superioridad,envidiando su buen porte y la frescura con que piropeaban a las mujeres.La idea de que todos ellos tenían en su casa un traje de seda bordado deoro, y metidos en él marchaban ante la muchedumbre al son de la música,producíale un escalofrío de respeto.

El hijo de la señora Angustias era conocido por el Zapaterín entre susdesarrapados amigos, y mostrábase satisfecho de tener un apodo, comocasi todos los grandes hombres que salen al redondel. Por algo seempieza. Llevaba al cuello un pañuelo rojo que había sustraído a suhermana, y por debajo de la gorra salíale el pelo amontonado sobre lasorejas en gruesos mechones, que se alisaba con saliva. Las blusas dedril queríalas hasta la cintura, con numerosos pliegues. Los pantalones,viejos restos del vestuario de su padre acomodados por la señoraAngustias, exigíalos altos de talle, con las piernas anchas y lascaderas bien recogidas, llorando de humillación cuando la madre noquería ceñirse a estas exigencias.

¡Una capa! ¡Poseer una capa de brega, no teniendo que implorar a otrosmás felices el préstamo del ansiado trapo por unos minutos!... En uncuartucho de la casa yacía olvidado un viejo colchón con las tripasflácidas. La lana habíala vendido la señora Angustias en días de apuro.El Zapaterín pasó una mañana encerrado en el cuarto, aprovechando laausencia de su madre, que trabajaba aquel día como asistenta en casa deun canónigo. Con la ingeniosidad del náufrago que, entregado a susiniciativas, tiene que fabricárselo todo en una isla desierta, cortó uncapote de lidia en la tela húmeda y deshilachada. Después hirvió en unpuchero un puñado de anilina roja comprada en una droguería, y sumió eneste tinte el viejo lienzo. Juanillo admiró su obra. ¡Un capote del másvivo escarlata, que iba a despertar muchas envidias en las capeas delos pueblos!... Sólo faltaba que se secase, y lo puso al sol entre lasropas blancas de las vecinas. El viento, al mecer el trapo chorreante,fue manchando las piezas inmediatas, y un concierto de maldiciones yamenazas, de puños crispados y bocas que proferían las más feas palabrascontra él y su madre, obligó al Zapaterín a recoger su manto de gloriay salir por pies, cubiertas de rojo cara y manos, como si acabase decometer un homicidio.

La señora Angustias, hembra fuerte, obesa y bigotuda, que no temía a loshombres e inspiraba respeto a las mujeres por sus resolucionesenérgicas, mostrábase descorazonada y floja ante su hijo. ¡Qué hacer!...Sus manos habíanse ensayado en todas las partes del cuerpo del muchacho;las escobas se rompían sin resultado positivo. Aquel maldito tenía,según ella, carne de perro. Habituado fuera de casa a los tremendoscabezazos de los becerros, al cruel pateo de las vacas, a los palos depastores y matarifes, que trataban sin compasión a la pilleríatauromáquica, los golpes de la madre parecíanle un hecho natural, unacontinuación de la vida exterior, que se prolongaba dentro de su casa, ylos aceptaba sin propósito de enmienda, como un escote que había depagar a cambio del sustento, rumiando el pan duro con famélico regodeo,mientras las maldiciones maternales y los puñetazos llovían en susespaldas.

Apenas saciaba su hambre huía de la casa, valiéndose de la libertad enque le dejaba la señora Angustias ausentándose para sus faenas.

En La Campana, ágora venerable del toreo, donde circulan las grandesnoticias de la afición, recibía avisos de sus compañeros que leproducían escalofríos de entusiasmo.

Zapaterín, mañana corrida.

Los pueblos de la provincia celebraban las fiestas del santo patrón concapeas de toros corridos, y allá marchaban los pequeños toreros, con laesperanza de poder decir a la vuelta que habían tendido el capote en lasplazas gloriosas de Aznalcollar, Bullullos o Mairena. Emprendían lamarcha de noche, con la capa al hombro si era verano y envueltos en ellaen el invierno, el estómago vacío y hablando continuamente de toros.

Si la marcha era de varias jornadas, acampaban al raso o eran admitidospor caridad en el pajar de una venta. ¡Ay de las uvas, de los melones ylos higos que encontraban al paso en la buena época!... Su únicainquietud era que otro grupo, otra «cuadrilla», hubiese tenido igualpensamiento y se presentase en el pueblo, entablando ruda competencia.

Cuando llegaban al término de su viaje, con las cejas y la boca llenasde polvo, flojos y despeados por la marcha, se presentaban al alcalde, yel más desvergonzado, que llenaba las funciones de director, hablaba delos méritos de su gente, dándose todos por felices si la generosidadmunicipal los aposentaba en la cuadra del mesón, regalándolos encima conuna olla, que quedaba limpia a los pocos instantes. En la plaza dellugar, cerrada con carros y tablados, soltábanse toros viejos,verdaderos castillos de carne, llenos de costras y cicatrices, concuernos astillosos y enormes; reses que llevaban muchos años de sertoreadas en todas las fiestas de la provincia; animales venerables que«sabían latín», tanta era su malicia, y habituados a un continuo toreo,estaban en el secreto de las habilidades de la lidia.

Los mozos del pueblo pinchaban a las fieras desde lugar seguro, y lagente buscaba motivo de diversión, más aún que en el toro, en los«toreros» venidos de Sevilla.

Tendían éstos sus capas con las piernastemblorosas y el ánimo reconfortado por el peso del estómago. Revolcón,y grande algazara en el público. Cuando alguno, con repentino terror,refugiábase en las empalizadas, la barbarie campesina le acogía coninsultos, golpeándole las manos agarradas a la madera, dándole varazosen las piernas para que saltase a la plaza. «¡Arre, sinvergüenza! ¡Adarle la cara al toro, embustero!...»

Alguna vez sacaban de la plaza a uno de los «diestros» entre cuatrocompañeros, pálido con una blancura de papel, los ojos vidriosos, lacabeza caída, el pecho como un fuelle roto. Acudía el albéitar,tranquilizando a todos al no ver sangre. Era una conmoción sufrida porel muchacho al ser despedido a algunos metros de distancia, cayendo alsuelo como un talego de ropa. Otras veces era la angustia de haber sidopisado por una bestia de enorme pesadumbre. Le echaban un cubo de aguapor la cabeza, y luego, al recobrar los sentidos, obsequiábanle con ungran trago de aguardiente de Cazalla de la Sierra. Ni un príncipe podríaverse mejor cuidado.

A la plaza otra vez. Y cuando no le quedaban al pastor toros que soltary se aproximaba la noche, dos de la cuadrilla cogían el mejor capote dela sociedad, y sosteniéndole por las puntas, iban de tablado en tabladosolicitando una gratificación.

Llovían sobre la tela roja las monedas decobre según el gusto que habían dado a los vecinos las proezas de losforasteros, y terminada la corrida emprendían la vuelta a la ciudad,sabiendo que en la posada se había agotado su crédito. Muchas vecesreñían en el camino por la distribución de la calderilla guardada en unpañuelo anudado.

Luego, en el resto de la semana, recordaban sus hazañas ante los ojosabsortos de los compinches que no habían sido de la expedición. Hablabande sus verónicas en El Garrobo, de sus navarras de Lora, o de unaterrible cogida en El Pedroso, imitando los aires y actitudes de losverdaderos profesionales que a pocos pasos de ellos consolaban su faltade contratas con toda clase de petulancias y mentiras.

Cierta vez, la señora Angustias estuvo más de una semana sin saber de suhijo. Al fin tuvo vagas noticias de que había sido herido en una capeaen el pueblo de Tocina.

¡Dios mío! ¿Dónde estaría aquel pueblo? ¿Cómo ira él?... Dio por muerto a su hijo, le lloró, quiso, sin embargo, irallá, y cuando disponía el viaje vio llegar a Juanillo, pálido, débil,pero hablando con alegría varonil de su accidente.

No era nada: un puntazo en una nalga; una herida de varios centímetrosde profundidad. Y con el impudor del triunfo, quería mostrarla a losvecinos, afirmando que metía en ella un dedo sin llegar al fin. Sentíaseorgulloso del hedor de yodoformo que iba esparciendo a su paso, yhablaba de las atenciones con que le habían tratado en aquel pueblo, queera para él lo mejor de España. Los vecinos más ricos, como quien dicela aristocracia, se interesaban por su suerte; el alcalde había ido averle, pagándole después el viaje de vuelta. Aún guardaba en su bolsillotres duros, que entregó a su madre con una generosidad de grande hombre.¡Y tanta gloria a los catorce años! Su satisfacción fue todavía mayorcuando en La Campana, algunos toreros—pero toreros de verdad—fijaronsu atención en el muchacho, preguntándole cómo marchaba de su herida.

Después de este accidente ya no volvió a la tienda de su maestro. Sabíalo que eran los toros; su herida había servido para acrecentar suaudacia. ¡Torero, nada más que torero! La señora Angustias abandonó todopropósito de corrección, juzgándolo inútil.

Se hizo la cuenta de que noexistía su hijo. Cuando se presentaba en casa por la noche, a la hora enque la madre y la hermana comían juntas, hacíanle plato silenciosas,intentando abrumarle con su desprecio. Pero esto en nada alteraba sumasticación. Si llegaba tarde, no le guardaban ni un mendrugo, y teníaque volverse a la calle lo mismo que había venido.

Era paseante nocturno en la Alameda de Hércules con otros muchachos deojos viciosos, mezcla confusa de aprendices de criminal y de torero. Lasvecinas le encontraban algunas veces en las calles hablando conseñoritos cuya presencia hacía reír a las mujeres, o con gravescaballeros a los que la maledicencia daba motes femeniles. Unastemporadas vendía periódicos, y en las grandes fiestas de Semana Santaofrecía a las señoras sentadas en la plaza de San Francisco bandejas decaramelos. En época de feria vagaba por las inmediaciones de los hotelesesperando a un «inglés», pues para él todos los viajeros eran ingleses,con la esperanza de servirle de guía.

—¡Milord!... ¡Yo torero!—decía al ver una figura exótica, como si sucalidad profesional fuese una recomendación indiscutible para losextranjeros.

Y para certificar su identidad se quitaba la gorra, echando atrás lacoleta: un mechón de a cuarta que llevaba tendido en lo alto de lacabeza.

Su compañero de miseria era Chiripa, muchacho de su misma edad,pequeño de cuerpo y de ojos maliciosos, sin padre ni madre, que vagabapor Sevilla desde que tenía uso de razón y ejercía sobre Juanillo eldominio de la experiencia. Tenía un carrillo cortado por la cicatriz deuna cornada, y esta señal considerábala el Zapaterín como algo muysuperior a su herida invisible.

Cuando, a la puerta de un hotel, alguna viajera ávida de «color local»hablaba con los pequeños toreros, admirando sus coletas y el relato desus heridas, para acabar dándoles dinero, Chiripa decía con tonosentimental:

—No le dé usté a ese, que tié mare, y yo estoy solito en er mundo. ¡Elque tié mare no sabe lo que tiene!

Y el Zapaterín, con una tristeza de remordimiento, permitía que elotro se apoderase de todo el dinero, murmurando:

—Es verdá... es verdá.

Este enternecimiento no impedía a Juanillo continuar su existenciaanormal, apareciendo en casa de la señora Angustias muy de tarde entarde y emprendiendo viajes lejos de Sevilla.

Chiripa era un maestro de la vida errante. Los días de corridaafirmábase en su voluntad el propósito de entrar en la Plaza de Toroscon su camarada, apelando para esto a las estratagemas de escalar losmuros, deslizarse entre el gentío o enternecer a los empleados conhumildes súplicas. ¡Una fiesta taurina sin que la viesen ellos, que erande la profesión!... Cuando no había capea en los pueblos de laprovincia, iban a echar su trapo a los novillos de la dehesa de Tablada;pero todos estos alicientes de la vida de Sevilla no bastaban asatisfacer su ambición.

Chiripa había corrido mundo, y hablaba a su compañero de las grandescosas vistas por él en lejanas provincias. Era hábil en el arte deviajar gratuitamente, colándose con disimulo en los trenes. El Zapaterín escuchaba con embeleso sus descripciones de Madrid, unaciudad de ensueño con su Plaza de Toros que era a modo de una catedraldel toreo.

Un señorito, por reírse de ellos, les dijo a la puerta de un café de lacalle de las Sierpes que en Bilbao ganarían mucho dinero, pues allí noabundaban los toreros como en Sevilla, y los dos muchachos emprendieronel viaje, limpio el bolsillo y sin otro equipo que sus capas, unas capas«de verdad», que habían sido de toreros de cartel, míseros desechosadquiridos por unos cuantos reales en una ropavejería.

Introducíanse cautelosamente en los trenes y se ocultaban bajo losasientos; pero el hambre y otras necesidades les obligaban a denunciarsu presencia a los viajeros, que acababan por compadecerse de estasandanzas, riendo de sus raras figuras, de sus coletas y capotes,socorriéndolos con los restos de sus meriendas. Cuando algún empleadoles daba caza en las estaciones, corrían de vagón en vagón o intentabanescalar los techos para esperar agazapados a que el tren se pusiera enmarcha. Muchas veces les sorprendieron, y agarrándolos de las orejas,con acompañamiento de bofetadas y puntapiés, quedaban en el andén de unaestación solitaria, mientras el tren se alejaba como una esperanzaperdida.

Aguardaban el paso de otro, vivaqueando al aire libre, y si se veíanvigilados de cerca, emprendían la marcha hacia la inmediata estación porlos desiertos campos, con la certeza de ser más afortunados. Asíllegaron a Madrid, después de varios días de accidentado viaje y largasparadas con acompañamiento de golpes. En la calle de Sevilla y en laPuerta del Sol admiraron los grupos de toreros sin contrata, entessuperiores, a los que osaron pedir, sin éxito, una limosna paracontinuar el viaje.

Un mozo de la Plaza de Toros, que era de Sevilla, seapiadó de ellos y les dejó dormir en las cuadras, proporcionándolesademás el deleite de presenciar una corrida de novillos en el famosocirco, que les pareció menos importante que el de su tierra.

Asustados de su audacia y viendo cada vez más lejano el término de laexcursión, emprendieron el regreso a Sevilla lo mismo que habían venido;pero desde entonces tomaron gusto a los viajes a escondidas en elferrocarril. Dirigíanse a pueblos de poca importancia en las diversasprovincias andaluzas cuando oían vagas noticias de fiestas con suscorrespondientes capeas. Así llegaban hasta la Mancha o Extremadura; ysi los azares de la mala suerte les imponían el marchar a pie, buscabanrefugio en las viviendas de los campesinos, gente crédula y risueña, quese extrañaba de sus pocos años, de su atrevimiento y su charlaembustera, tomándolos por verdaderos lidiadores.

Esta existencia errante les hacía emplear astucias de hombre primitivopara satisfacer sus necesidades. En las inmediaciones de las casas decampo arrastrábanse sobre el vientre, robando las hortalizas sin servistos. Aguardaban horas enteras a que una gallina solitaria seaproximase a ellos, y retorciéndola el cuello continuaban la marcha,para encender una hoguera de leña seca en mitad de la jornada yengullirse el pobre animal chamuscado y medio crudo con una voracidad depequeños salvajes.

Temían a los mastines del campo más que a los toros.Eran bestias difíciles para la lidia, que corrían hacia ellos enseñandolos colmillos, como si los enfureciese su aspecto exótico y husmeasen ensus personas a enemigos de la propiedad.

Muchas veces, cuando dormían al aire libre cerca de una estación,esperando el paso de un tren, llegábase a ellos una pareja de guardiasciviles. Al ver los rojos envoltorios que servían de almohadas a estosvagabundos, tranquilizábanse los soldados del orden.

Suavemente lesquitaban las gorras, y al encontrarse con el peludo apéndice de lacoleta, se alejaban riendo sin más averiguaciones. No eranladronzuelos: eran aficionados que iban a las capeas. Y en estatolerancia había una mezcla de simpatía por la fiesta nacional y derespeto ante la obscuridad de lo futuro. ¡Quién podía saber si alguno deestos mozos desarrapados, con costras de miseria, sería en el porveniruna

«estrella del arte», un gran hombre que brindase toros a los reyes,viviera como un príncipe, y cuyas hazañas y dichos reprodujeran losperiódicos!...

Una tarde, el Zapaterín quedó solo en un pueblo de Extremadura. Paramayor asombro del público rústico que aplaudía a los famosos toreros«venidos adrede de Sevilla», los dos muchachos quisieron clavarbanderillas a un toro bravucón y viejo.

Juanillo puso sus palos a lafiera y quedó junto a un tablado, gozándose en recibir la ovaciónpopular en forma de tremendos manotazos y ofrecimientos de tragos devino.

Una exclamación de horror le sacó de esta embriaguez de gloria. Chiripa no estaba ya en el suelo de la plaza. Sólo quedaban en él lasbanderillas rodando por el polvo, una zapatilla y la gorra. Movíase eltoro como irritado ante un obstáculo, llevando enganchado de uno de suscuernos un envoltorio de ropas semejante a un monigote.

Con losviolentos cabezazos el informe paquete se soltó del cuerno, expeliendoun chorro rojo, pero antes de llegar al suelo fue alcanzado por el astaopuesta, que a su vez lo zarandeó largo rato. Por fin el triste bultocayó en el polvo, y allí quedó, flácido e inerte, soltando líquido, comoun pellejo agujereado que expele el vino a chorros.

El pastor, con sus cabestros, se llevó el toro al corral, pues nadieosaba aproximarse a él, y el pobre Chiripa fue conducido sobre unjergón a cierto cuartucho del Ayuntamiento que servía de cárcel. Sucompañero le vio con la cara blanca como si fuese de yeso, los ojosmates y el cuerpo rojo de sangre, sin que pudieran contener ésta lospaños de agua con vinagre que le aplicaban, a falta de algo mejor.

—¡Adió, Zapaterín!—suspiró—. ¡Adió, Juaniyo!

Y no dijo más. El compañero del muerto emprendió aterrado la vuelta aSevilla, viendo sus ojos vidriosos, oyendo sus gimientes adioses. Teníamiedo. Una vaca mansa saliéndole al paso le hubiese hecho correr.Pensaba en su madre y en la prudencia de sus consejos. ¿No era mejordedicarse a zapatero y vivir tranquilamente?... Pero estos propósitossólo duraron mientras se vio solo.

Al llegar a Sevilla sintió la influencia del ambiente. Los amigoscorrieron hacia él para saber con todos sus detalles la muerte del pobre Chiripa. Los toreros profesionales le preguntaban en La Campana,recordando con lástima a aquel pilluelo de cara cortada que muchas vecesles hacía recados. Juan, enardecido por tales muestras de consideración,daba suelta a su potencia imaginativa, describiendo cómo se había élarrojado sobre el toro al ver cogido a su pobre compañero; cómo habíaagarrado al bicho de la cola, y demás hazañas portentosas, a pesar delas cuales el otro había salido del mundo.

La medrosa impresión se desvaneció. ¡Torero, nada más que torero! Ya queotros lo eran, ¿por qué no serlo él? Pensaba en las judías averiadas yel pan duro de su madre; en las vilezas que le costaba cada pantalónnuevo; en el hambre, inseparable compañera de muchas de susexpediciones. Además, sentía un ansia vehemente por todos los goces yostentaciones de la existencia: miraba con envidia los coches y loscaballos; deteníase absorto en las puertas de las grandes casas, altravés de cuyas cancelas veía patios de oriental suntuosidad, conarcadas de azulejos, enlosados de mármol y fuentes parleras quedesgranaban día y noche sobre el tazón rodeado de verdes hojas unsurtidor de perlas. Su suerte estaba echada. Matar toros o morir.

Serrico, y que los periódicos hablasen de él y le saludase la gente, aunquefuera a costa de la vida. Despreciaba los grados inferiores del toreo.Veía a los banderilleros exponer la vida lo mismo que los maestros acambio de treinta duros por corrida, y luego de una existencia defatigas y cornadas llegar a viejos, sin más porvenir que una míseraindustria montada con los ahorros o un empleo en el Matadero. Algunosmorían en el hospital; los más pedían limosna a los compañeros jóvenes.Nada de banderillas ni de pasar años en una cuadrilla sometido aldespotismo de un maestro. Matar toros desde el principio; pisar la arenade las plazas como espada.

La desgracia del pobre Chiripa dábale cierto ascendiente sobre suscompañeros y formó cuadrilla, una cuadrilla de desarrapados quemarcharon tras él a las capeas de los pueblos. Le respetaban porque erael más valiente y el mejor vestido. Algunas mozas de vida airada,atraídas por la varonil belleza del Zapaterín, que ya iba en los diezy ocho años, y por el prestigio de su coleta, disputábanse en ruidosacompetencia el honor de cuidar de su garbosa persona. Además contaba conun «padrino», un viejo protector, antiguo magistrado, que sentíadebilidad por la guapeza de los toreros jóvenes, y cuyo trato indignabaa la señora Angustias, haciéndole soltar las más obscenas expresionesaprendidas en sus tiempos de la Fábrica de Tabacos.

El Zapaterín lucía ternos de lana inglesa bien ajustados a la esbeltezde su cuerpo, y su sombrero era siempre flamante. Las «socias» cuidabanescrupulosamente de la blancura de sus cuellos y pecheras, y en ciertosdías ostentaba sobre el chaleco una cadena de oro, doble, igual a la delas señoras, préstamo de su respetable amigo, que había ya figurado enel cuello de «otros muchachos que empezaban».

Alternaba con los verdaderos toreros; podía pagar copas a los viejospeones que hacían memoria de las hazañas de los maestros famosos. Dábasepor seguro que ciertos protectores trabajaban en favor de este «niño»,esperando ocasión propicia para hacerle debutar en una novillada en laplaza de Sevilla.

El Zapaterín era ya matador. Un día, en Lebrija, al salir a la plazaun torito vivaracho, sus compañeros le habían empujado a la suertesuprema. «¿Te atreves a meterle la mano?...» Y él le metió la mano.Después, enardecido por la facilidad con que había salido del trance,acudió a todas las capeas en las que se anunciaba novillo de muerte y atodos los cortijos donde se lidiaban y mataban reses.

El propietario de La Rinconada, rico cortijo con pequeña plaza detoros, era un entusiasta que tenía la mesa dispuesta y abierto el pajarpara todos los aficionados famélicos que quisieran divertirle lidiandosus reses. Juanillo fue allá en días de miseria con otros compañeros,para comer a la salud del hidalgo campestre aunque fuese a costa dealgunos revolcones. Llegaron a pie tras dos jornadas de marcha, y elpropietario, al ver a la tropa polvorienta, con sus líos de capotes,dijo solemnemente:

—Al que quee mejó le pago er billete pa que güerva a Seviya enferrocarrí.

Dos días pasó el señor del cortijo fumando en el balconcillo de su plazamientras los chicos de Sevilla lidiaban toretes, siendo muchas vecesalcanzados y pateados.

—Eso no vale na, ¡embustero!—decía reprobando un capeo mal dado.

—¡Arza der suelo, cobardón!... A ve, que le den vino pa que se le paseer susto—

gritaba cuando un muchacho persistía en seguir tendido luegode pasarle el toro sobre el cuerpo.

El Zapaterín mató un novillo tan a gusto del dueño, que éste lo sentóa su mesa, mientras los camaradas quedaban en la cocina con los pastoresy mozos de labranza, metiendo la cuchara de cuerno en la humeante caldereta.

—Te ganaste la güerta en ferrocarrí, gachó. Tú irás lejos si no tefarta er corazón.

Tiés facurtaes.

El Zapaterín, al emprender su regreso a Sevilla en segunda clase,mientras la cuadrilla marchaba a pie, pensó que comenzaba para él unanueva vida, y tuvo una mirada de avidez para el enorme cortijo, con susextensos olivares, sus campos de granos, sus molinos, sus prados que seperdían de vista, en los que pastaban miles de cabras y rumiaban,inmóviles, con las piernas encogidas, toros y vacas. ¡Qué riqueza!

¡Siél llegase un día a poseer algo semejante!...

La fama de sus proezas en las novilladas de los pueblos llegó a Sevilla,haciendo fijarse en su persona a los aficionados inquietos einsaciables, que siempre esperan un nuevo astro que eclipse a losexistentes.

—Paece que es un niño que promete—decían al verle pasar por la callede las Sierpes con paso menudo, moviendo arrogante los brazos—. Habráque verlo en el terreno de la verdá.

Este terreno era para ellos y para el Zapaterín el redondel de laplaza de Sevilla.

Pronto estaba el muchacho a verse cara a cara con laverdad. Su protector había adquirido para él un traje de «luces» algousado, desecho de un matador sin nombre.

Se organizó una corrida denovillos con un fin benéfico, y aficionados influyentes, ganosos denovedades, consiguieron incluirlo en el cartel, gratuitamente, comomatador.

El hijo de la señora Angustias se opuso a que figurase en los anunciossu apodo de Zapaterín, que deseaba hacer olvidar. Nada de motes, ymenos de oficios bajos.

Deseaba ser conocido con los nombres de supadre; quería ser Juan Gallardo y que ningún apodo recordase su origen alas grandes personas que indudablemente serían sus amigos en elporvenir.

Todo el barrio de la Feria acudió en masa a la corrida con un fervorbullicioso y patriótico. Los de la Macarena también llevaban su parte deinterés, y los demás barrios populares se dejaron arrastrar por el mismoentusiasmo. ¡Un nuevo matador de Sevilla!... No hubo entradas paratodos, y fuera de la plaza quedaron miles de personas esperando ansiosaslas noticias de la corrida.

Gallardo toreó, mató, fue volteado por un toro, sin sufrir heridas, ytuvo al público en continua angustia con sus audacias, que las más delas veces resultaron afortunadas, provocando colosales berridos deentusiasmo. Ciertos aficionados respetables en sus decisiones sonreíancomplacidos. Aún le faltaba mucho que aprender, pero tenía corazón ybuen deseo, que es lo importante.

—Sobre todo, entra a matar de veras y no se sale del terreno de laverdad.

Las buenas mozas amigas del diestro agitábanse borrachas de entusiasmo,con histéricas contorsiones, los ojos lacrimosos, la boca chorreante,agotando en plena tarde el léxico de palabras amorosas que sólo usabanpor la noche. Una arrojaba su mantón al redondel; otra, por ser más,añadía la blusa y el corsé; otra llegaba a despojarse de la falda, y losespectadores agarrábanlas riendo para que no se arrojasen a la arena ono quedaran en camisa.

En otro lado de la plaza, el viejo magistrado sonreía enternecido altravés de su barba blanca, admirando la valentía del muchacho y lo bienque le sentaba el traje de

«luces». Al verle volteado por el toro seechó atrás en su asiento, como si fuese a desmayarse. Aquello erademasiado fuerte para él.

En una contrabarrera pavoneábase orgulloso el marido de Encarnación, lahermana del diestro, un talabartero con tienda abierta, hombre sesudo,enemigo de la vagancia, que se había casado con la cigarrera prendado desus gracias, pero con la expresa condición de no tratar al «maleta» desu hermano.

Gallardo, ofendido por el mal gesto del cuñado, no se había atrevido apisar su tienda, situada en las afueras de la Macarena, ni a apearle elceremonioso usted cuando de tarde en tarde le encontraba en casa de laseñora Angustias.

—Voy a ver cómo corren a naranjazos al sinvergüenza de tuhermano—había dicho a su mujer al ir a la plaza.

Y ahora, desde su asiento, saludaba al diestro, llamándole Juaniyo,tratándole de tú, pavoneándose satisfecho cuando el novillero, atraídopor tantos gritos, acabó por fijarse en él, contestándole con unmovimiento de su estoque.

—Es mi cuñao—decía el talabartero, para que le admirasen los queestaban junto a él—. Siempre he creío que este chico sería argo en ertoreo. Mi señora y yo le hemos ayudao mucho...

La salida fue triunfal. La muchedumbre se abalanzó sobre Juanillo, comosi fuese a devorarlo con sus expansiones de entusiasmo. Gracias queestaba allí el cuñado para imponer orden, cubrirle con su cuerpo yconducirlo hasta el coche de alquiler, en el cual se sentó al lado delnovillero.

Cuando llegaron a la casucha del barrio de la Feria iba tras el carruajeun inmenso grupo, a modo de manifestación popular, dando vítores quehacían salir las gentes a las puertas. La noticia del triunfo habíallegado allí antes que el diestro, y los vecinos corrían para verle decerca y estrechar su mano.

La señora Angustias y su hija estaban en la puerta de la casa. Eltalabartero casi bajó en brazos a su cuñado, monopolizándolo, gritando ymanoteando en nombre de la familia para que nadie lo tocase, como sifuese un enfermo.

—Aquí lo tienes, Encarnación—dijo empujándolo hacia su mujer—. ¡Ni elpropio Roger de Flor!

Y Encarnación no necesitó preguntar más, pues sabía que su marido, envirtud de lejanas y confusas lecturas, consideraba a este personajehistórico como el conjunto de todas las grandezas, y sólo osaba unir sunombre a sucesos portentosos.

Ciertos vecinos entusiastas que venían de la corrida piropeaban a laseñora Angustias, admirando devotamente su abultado abdomen.

—¡Bendita sea la mare que ha parió un mozo tan valiente!...

Las amigas la aturdían con sus exclamaciones. ¡Qué suerte! ¡Y poquitodinero que iba a ganar su hijo!...

La pobre mujer mostraba en sus ojos una expresión de asombro y de duda.Pero ¿era realmente su Juanillo el que hacía correr a la gente con tantoentusiasmo?... ¿Se habían vuelto locos?...