Sangre y Arena by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Al ver a Gallardo después de larga ausencia, lo abrazó, estrujando suflácido abdomen contra aquel cuerpo que parecía de bronce. ¡Olé losbuenos mozos!

Encontraba al espada mejor que nunca.

—¿Y cómo va eso de la República, doctó? ¿Cuándo viene?—preguntóGallardo con sorna andaluza—. El Nacional dice que ya está al caer;que será un día de estos.

—¿Y a ti qué te importa, guasón? Deja en paz al pobre Nacional. Másle valdría banderillear mejor. A ti lo que debe interesarte es seguirmatando toros como el mismísimo Dios... ¡Buena tardecita se prepara! Mehan dicho que el ganado...

Pero al llegar aquí, el joven que había visto el apartado y deseaba darnoticias interrumpió al doctor para hablar de un toro retinto que «lehabía dado en el ojo», y del que esperaba las mayores proezas. Los doshombres, que habían permanecido largo rato solos en el cuarto ysilenciosos después de saludarse, quedaron frente a frente, y Gallardocreyó necesaria una presentación. Pero ¿cómo se llamaría aquel amigo alque hablaba de tú?... Se rascó la cabeza, frunciendo las cejas conexpresión reflexiva; pero su indecisión fue corta.

—Oye, tú: ¿cómo es tu grasia? Perdona... ya ves, ¡con tanta gente!...

El joven ahogó bajo una sonrisa de aprobación su desencanto al verseolvidado del maestro y dio su nombre. Gallardo, al oírle, sintió que elpasado venía de golpe a su memoria, y reparó el olvido añadiendo tras elnombre: «rico minero de Bilbao». Luego presentó al «famoso doctor Ruiz»;y los dos hombres, como si se conociesen toda la vida, unidos por elentusiasmo de la común afición, comenzaron a charlar sobre el ganado dela tarde.

—Siéntense ustés—dijo Gallardo señalando un sofá en el fondo de lahabitación—.

Ahí no estorban. Hablen y no se ocupen de mí. Voy avestirme. ¡Me paece que entre hombres!...

Y se despojó de su traje, quedando en ropas interiores. Sentado en unasilla, en medio del arco que separaba el saloncito de la alcoba, seentregó en manos de Garabato, el cual había abierto un saco de cuerode Rusia, sacando de él un neceser casi femenil para el aseo delmaestro.

A pesar de que éste iba cuidadosamente afeitado, volvió a enjabonarle lacara y a pasar la navaja por sus mejillas con la celeridad del que estáhabituado a una misma faena diariamente. Luego de lavarse, volvióGallardo a ocupar su asiento. El criado inundó su pelo de brillantina yesencias, peinándolo en bucles sobre la frente y las sienes; despuésemprendió el arreglo del signo profesional: la sagrada coleta.

Peinó con cierto respeto el largo mechón que coronaba el occipucio delmaestro, lo trenzó, e interrumpiendo la operación, lo fijó con doshorquillas en lo alto de la cabeza, dejando su arreglo definitivo paramás adelante. Había que ocuparse ahora de los pies, y despojó allidiador de sus calcetines, dejándole sin más ropas que una camiseta yunos calzones de punto de seda.

La recia musculatura de Gallardo marcábase bajo estas ropas convigorosas hinchazones. Una oquedad en un muslo delataba la profundacicatriz, la carne desaparecida bajo una cornada. Sobre la piel morenade los brazos marcábanse con manchas blancas los vestigios de antiguosgolpes. El pecho, obscuro y limpio de vello, estaba cruzado por doslíneas irregulares y violáceas, que eran también recuerdo de sangrientoslances. En un tobillo, la carne tenía un tinte violáceo, con unadepresión redonda, como si hubiese servido de molde a una moneda. Aquelorganismo de combate exhalaba un olor de carne limpia y brava mezcladocon fuertes perfumes de mujer.

Garabato, con un brazo lleno de algodones y blancos vendajes, searrodilló a los pies del maestro.

—Lo mismo que los antiguos gladiadores—dijo el doctor Ruiz,interrumpiendo su conversación con el bilbaíno—. Estás hecho un romano,Juan.

—La edá, doctó—contestó el espada con cierta melancolía—. Nos hacemosviejos.

Cuando yo peleaba con los toros y con el hambre no necesitaba deesto, y tenía pies de hierro en las capeas.

Garabato introdujo entre los dedos del maestro pequeñas vedijas dealgodón; luego cubrió las plantas y la parte superior de los pies conuna planchuela de esta blanda envoltura, y tirando de las vendas comenzóa envolverlos en apretadas espirales, lo mismo que aparecen envueltaslas antiguas momias. Para fijar esta operación, echó mano de las agujasenhebradas que llevaba en una manga y cosió minuciosamente los extremosde los vendajes.

Gallardo golpeó el suelo con los pies apretados, que parecían más firmesdentro de su blanda envoltura. Sentíalos en este encierro fuertes yágiles. El criado se los introdujo en altas medias que le llegaban amitad del muslo, gruesas y flexibles como polainas, única defensa de laspiernas bajo la seda del traje de lidia.

—Cuida de las arrugas... Mira, Garabato, que no me gusta yevarbolsas.

Y él mismo, puesto de pie, intentaba verse por las dos caras en unespejo cercano, agachándose para pasar las manos por las piernas yborrar las arrugas. Sobre las medias blancas Garabato introdujo las deseda color rosa, las únicas que quedaban visibles en el traje de torero.Luego, Gallardo metió sus pies en las zapatillas, escogiéndolas entrevarios pares que Garabato había puesto sobre un cofre, todas con lasuela blanca, completamente nuevas.

Ahora comenzaba realmente la tarea de vestirse. El criado le ofreció loscalzones de lidia cogidos por sus extremos: dos pernales de seda colortabaco con pesados bordados de oro en sus costuras. Gallardo seintrodujo en ellos, quedando pendientes sobre sus pies los gruesoscordones que cerraban las extremidades, rematados por borlajes de oro.Estos cordones, que apretaban el calzón por debajo de la rodilla,congestionando la pierna con un vigor artificial, se llamaban los«machos».

Gallardo recomendó a su criado que apretase sin miedo, hinchando almismo tiempo los músculos de sus piernas. Esta operación era una de lasmás importantes. Un matador debe llevar bien apretados los «machos». Y Garabato, con ágil presteza, dejó convertidos en pequeños colganteslos cordones enrollados e invisibles bajo los extremos del calzón.

El maestro se metió en la fina camisa de batista que le ofrecía elcriado, con rizadas guirindolas en la pechera, suave y transparente comouna prenda femenil. Garabato, luego de abrocharla, hizo el nudo de lalarga corbata, que descendía como una línea roja, partiendo la pechera,hasta perderse en el talle del calzón. Quedaba lo más complicado de lavestimenta, la faja, una banda de seda de más de cuatro metros, queparecía llenar toda la habitación, manejándola Garabato con lamaestría de la costumbre.

El espada fue a colocarse junto a sus amigos, al otro lado del cuarto, yfijó en su cintura uno de los extremos.

—A ver: mucha atención—dijo a su criado—. Que haiga su poquiyo dehabiliá.

Y dando vueltas lentamente sobre sus talones, fue aproximándose alcriado, mientras la faja, sostenida por éste, se arrollaba a su cinturaen curvas regulares, que iban dando al talle mayor esbeltez. Garabato,con rápidos movimientos de mano, cambiaba la posición de la banda deseda. En unas vueltas la faja se arrollaba doblada, en otrascompletamente abierta, y toda ella ajustábase al talle del matador,lisa y como de una pieza, sin arrugas ni salientes. En el curso delviaje rotatorio, Gallardo, escrupuloso y descontentadizo en el arreglode su persona, detenía su movimiento de traslación para retroceder dos otres vueltas, rectificando el trabajo.

—No está bien—decía con mal humor—. ¡Mardita sea!... ¡Pon cuidao, Garabato!

Después de muchos altos en el viaje, Gallardo llegó al final, llevandoen la cintura toda la pieza de seda. El ágil mozo había cosido y puestoimperdibles y alfileres en todo el cuerpo del maestro, convirtiendo susvestiduras en una sola pieza. Para salir de ellas debía recurrir eltorero a las tijeras y a manos extrañas. No podría despojarse de unasola de sus prendas hasta volver al hotel, a no ser que lo hiciese untoro en plena plaza y acabasen de desnudarlo en la enfermería.

Sentose Gallardo otra vez y Garabato la emprendió con la coleta,librándola del sostén de las horquillas y uniéndola a la moña, falsorabo con negra escarapela que recordaba la antigua redecilla de losprimeros tiempos del toreo.

El maestro, como si quisiera retardar el momento de encerrarsedefinitivamente en el traje, desperezábase, pedía a Garabato elcigarro que había abandonado sobre la mesita de noche, preguntaba lahora, creyendo que todos los relojes iban adelantados.

—Aún es pronto... Entoavía no han yegao los chicos... No me gusta irtemprano a la plaza. ¡Le dan a uno cada lata cuando está allíesperando!...

Un criado del hotel anunció que esperaba abajo el carruaje con lacuadrilla.

Era la hora. No había pretexto para retardar el momento de la partida.Se puso sobre la faja el chaleco de borlaje de oro, y encima de éste lachaquetilla, una pieza deslumbrante, de enormes realces, pesada cual unaarmadura y fulguradora de luz como un ascua. La seda color de tabacosólo quedaba visible en la parte interna de los brazos y en dostriángulos de la espalda. Casi toda la pieza desaparecía bajo la gruesacapa de muletillas y bordados de oro formando flores con piedras decolor en sus corolas. Las hombreras eran pesadísimos bloques de áureobordado, de las que pendían arambeles del mismo metal. El oro seprolongaba hasta en los bordes de la pieza, formando compactas franjasque se estremecían a cada paso. En la boca dorada de los bolsillosasomaban las puntas de dos pañuelos de seda, rojos como la corbata y lafaja.

—La montera.

Garabato sacó con gran cuidado de una caja ovalada la montera delidia, negra y rizosa, con sus dos borlas pendientes a modo de orejas depasamanería. Gallardo se cubrió con ella, cuidando de que la moñaquedase al descubierto, pendiendo simétricamente sobre la espalda.

—El capote.

De encima de una silla cogió Garabato el capote llamado de paseo, lacapa de gala, un manto principesco de seda del mismo color que el trajey tan cargado como éste de bordados de oro. Gallardo se lo puso sobre unhombro y se miró al espejo, satisfecho de sus preparativos. No estabamal... ¡A la plaza!

Sus dos amigos se despidieron apresuradamente, para tomar un coche yseguirle.

Garabato se metió bajo un brazo un gran lío de trapos rojos,por cuyos extremos asomaban las empuñaduras y conteras de variasespadas.

Al descender Gallardo al vestíbulo del hotel, vio la calle ocupada pornumeroso y bullente gentío, como si acabase de ocurrir un gran suceso.Además, llegó hasta él el zumbido de la muchedumbre que permanecíaoculta más allá del rectángulo de la puerta.

Acudió el dueño del hotel y toda su familia con las manos tendidas, comosi le despidieran para un largo viaje.

—¡Mucha suerte! ¡Que le vaya a usted bien!

Los criados, suprimiendo las distancias a impulsos del entusiasmo y laemoción, también le estrechaban la diestra.

—¡Buena suerte, don Juan!

Y él volvíase a todos lados sonriente, sin dar importancia a la cara deespanto de las señoras del hotel.

—Grasias, muchas grasias. Hasta luego.

Era otro. Desde que se había puesto sobre un hombro su capadeslumbrante, una sonrisa desenfadada iluminaba su rostro. Estabapálido, con una palidez sudorosa semejante a la de los enfermos; peroreía, satisfecho de vivir y de marchar hacia el público, adoptando sunueva actitud con la facilidad instintiva del que necesita un gesto paramostrarse ante la muchedumbre.

Contoneábase con arrogancia, chupando el puro que llevaba en la manoizquierda; movía las caderas al andar bajo su hermosa capa, pisandofuerte, con una petulancia de buen mozo.

—¡Vaya, cabayeros... dejen ustés paso! Muchas grasias, muchas grasias.

Y procuraba librar su traje de sucios contactos al abrirse camino entreuna muchedumbre de gentes mal vestidas y entusiastas que se agolpaban ala puerta del hotel. No tenían dinero para ir a la corrida, peroaprovechaban la ocasión de dar la mano al famoso Gallardo o tocarsiquiera algo de su traje.

Junto a la acera aguardaba un coche tirado por cuatro mulasvistosamente enjaezadas con borlajes y cascabeles. Garabato se habíaizado ya en el pescante con su lío de muletas y espadas. En el interiorestaban tres toreros con la capa sobre las rodillas, vistiendo trajes decolores vistosos, bordados con igual profusión que el del maestro, perosólo de plata.

Gallardo, entre empellones de la ovación popular, teniendo quedefenderse con los codos de las ávidas manos, llegó al estribo delcarruaje, siendo ayudado en su ascensión por un entusiasmo que leacariciaba el dorso con violentos contactos.

—Buenas tardes, cabayeros—dijo brevemente a los de su cuadrilla.

Se sentó atrás, junto al estribo, para que todos pudieran contemplarle,y sonrió, contestando con movimientos de cabeza a los gritos de algunasmujeres desarrapadas y al corto aplauso que iniciaron los chicuelosvendedores de periódicos.

El carruaje arrancó con todo el ímpetu de las valientes mulas, llenandola calle de alegre cascabeleo. La muchedumbre se abría para dejar paso alas bestias, pero muchos se abalanzaron al carruaje como si quisierancaer bajo sus ruedas. Agitábanse sombreros y bastones: unestremecimiento de entusiasmo corrió por el gentío; uno de esoscontagios que agitan y enloquecen a las masas en ciertas horas, haciendogritar a todos sin saber por qué:

—¡Olé los hombres valientes!... ¡Viva España!

Gallardo, siempre pálido y risueño, saludaba, repitiendo «muchasgrasias», conmovido por el contagio del entusiasmo popular y orgullosode su valer, que unía su nombre al de la patria.

Una manga de «golfos» y greñudas chicuelas siguió al coche a todo correrde sus piernas, como si al final de la loca carrera les esperase algoextraordinario.

Desde una hora antes, la calle de Alcalá era a modo de un río decarruajes entre dos orillas de apretados peatones que marchaban hacia elexterior de la ciudad. Todos los vehículos, antiguos y modernos,figuraban en esa emigración pasajera, revuelta y ruidosa: desde laantigua diligencia, salida a luz como un anacronismo, hasta elautomóvil. Los tranvías pasaban atestados, con racimos de gentedesbordando de sus estribos. Los ómnibus cargaban pasajeros en laesquina de la calle de Sevilla, mientras en lo alto voceaba elconductor: «¡A la plaza! ¡a la plaza!» Trotaban con alegre cascabeleolas mulas emborladas tirando de carruajes descubiertos con mujerespuestas de mantilla blanca y encendidas flores; a cada instante sonabauna exclamación de espanto viendo salir incólume, con agilidad simiesca,de entre las ruedas de un carruaje, algún chicuelo que pasaba a saltosde una acera a otra, desafiando la veloz corriente de vehículos. Gruñíanlas trompas de los automóviles; gritaban los cocheros; pregonaban losvendedores de papeles la hoja con la estampa e historia de los toros queiban a lidiarse, o los retratos y biografías de los toreros famosos, yde vez en cuando una explosión de curiosidad hinchaba el sordo zumbidode la muchedumbre.

Entre los obscuros jinetes de la Guardia municipalpasaban vistosos caballeros sobre flacos y míseros rocines, con laspiernas enfundadas de amarillo, doradas chaquetas y anchos sombreros decastor con gruesa borla a guisa de escarapela. Eran los picadores, rudosjinetes de aspecto montaraz, llevando encogido a la grupa, tras la altasilla moruna, una especie de diablo vestido de rojo, el «mono sabio», elservidor que había conducido la cabalgadura hasta su casa.

Las cuadrillas pasaban en coches abiertos, y los bordados de lostoreros, reflejando la luz de la tarde, parecían deslumbrar a lamuchedumbre, excitando su entusiasmo.

«Ese es Fuentes.» «Ese es el Bomba.» Y las gentes, satisfechas de la identificación, seguían conmirada ávida el alejamiento de los carruajes, como si fuese a ocurriralgo y temiesen llegar tarde.

Desde lo alto de la calle de Alcalá veíase la ancha vía en todarectitud, blanca de sol, con filas de árboles que verdeaban al soplo dela primavera, los balcones negros de gentío y la calzada sólo visible atrechos bajo el hormigueo de la muchedumbre y el rodar de los cochesdescendiendo a la Cibeles. En este punto elevábase otra vez la cuesta,entre arboledas y grandes edificios, y cerraba la perspectiva, como unarco triunfal, la puerta de Alcalá, destacando su perforada mole blancasobre el espacio azul, en el que flotaban, cual cisnes solitarios,algunas vedijas de nubes.

Gallardo iba silencioso en su asiento, contestando al gentío con unasonrisa inmóvil.

Después del saludo a los banderilleros no había habladopalabra. Ellos también estaban silenciosos y pálidos, con la ansiedad delo desconocido. Al verse entre toreros, dejaban a un lado, por inútiles,las gallardías necesarias ante el público.

Una misteriosa influencia parecía avisar a la muchedumbre el paso de laúltima cuadrilla que iba hacia la plaza. Los pilluelos que corrían trasel coche aclamando a Gallardo habían quedado rezagados, deshaciéndose elgrupo entre los carruajes; pero a pesar de esto, las gentes volvían lacabeza, como si adivinasen a sus espaldas la proximidad del célebretorero, y detenían el paso, alineándose en el borde de la acera paraverle mejor.

En los coches que rodaban delante volvían sus cabezas las mujeres, comoavisadas por el cascabeleo de las mulas trotadoras. Un rugido informesalía de ciertos grupos que detenían el paso en las aceras. Debían serexclamaciones entusiastas. Algunos agitaban los sombreros; otrosenarbolaban garrotes, moviéndolos como si saludasen.

Gallardo contestaba a todos con su sonrisa de mueca, pero parecía nodarse cuenta, en su preocupación, de estos saludos. A su lado iba el Nacional, el peón de confianza, un banderillero, mayor que él en diezaños, hombretón rudo, de unidas cejas y gesto grave. Era famoso entre lagente del oficio por su bondad, su hombría de bien y sus entusiasmospolíticos.

—Juan, no te quejarás de Madrí—dijo el Nacional—.Te has hecho conel público.

Pero Gallardo, como si no le oyese y deseara exteriorizar lospensamientos que le preocupaban, contestó:

—Me da er corasón que esta tarde va a haber argo.

Al llegar a la Cibeles se detuvo el coche. Venía un gran entierro por elPrado, camino de la Castellana, cortando la avalancha de carruajes de lacalle de Alcalá.

Gallardo púsose aún más pálido, contemplando con ojos azorados el pasode la cruz y el desfile de los sacerdotes, que rompieron a cantargravemente, al mismo tiempo que miraban, unos con aversión, otros conenvidia, a toda esa gente olvidada de Dios que corría a divertirse.

El espada se apresuró a quitarse la montera, imitándole susbanderilleros, menos el Nacional.

—Pero ¡mardita sea!—gritó Gallardo—. ¡Descúbrete, condenao!

Le miraba furioso, como si fuese a pegarle, convencido por una confusaintuición de que esta rebeldía iba a atraer sobre él las mayoresdesgracias.

—Güeno, me la quito—dijo el Nacional con una fosquedad de niñocontrariado, luego que vio alejarse la cruz—. Me la quito... pero es almuerto.

Permanecieron detenidos mucho tiempo para dejar pasar al largo cortejo.

—¡Mala pata!—murmuró Gallardo con voz temblona de cólera—. ¿A quiénse le ocurre traer un entierro por el camino de la plaza?... ¡Marditasea! ¡Cuando digo que hoy pasa argo!

El Nacional sonrió, encogiéndose de hombros.

—Superstisiones y fanatismos... Dios u la Naturaleza no se ocupan deesas cosas.

Estas palabras, que irritaron aún más a Gallardo, desvanecieron la gravepreocupación de los otros toreros, los cuales comenzaron a burlarse delcompañero, como en todas las ocasiones en que sacaba a colación su frasefavorita

«Dios u la Naturaleza».

Al quedar libre el paso, el carruaje emprendió una marcha veloz a todocorrer de sus mulas, pasando entre los otros vehículos que afluían a laplaza. Al llegar a ésta, torció a la izquierda, dirigiéndose a la puertallamada de Caballerizas, que daba a los corrales y a las cuadras,teniendo que marchar a paso lento entre el compacto gentío. Otra ovacióna

Gallardo

cuando

descendió

del

coche,

seguido

de

sus

banderilleros.Manotazos

y

empellones

para

salvar

su

traje

de

sucios

contactos;sonrisas de saludo; ocultaciones de la diestra, que todos queríanestrechar.

—¡Paso, cabayeros! ¡Muchas grasias!

El amplio corral entre el cuerpo de la plaza y el muro de lasdependencias estaba lleno de público que antes de ocupar sus asientosquería ver de cerca a los toreros.

Sobre las cabezas del gentío emergíana caballo los picadores y los alguaciles con sus trajes del siglo XVII.A un lado del corral alzábanse edificios de ladrillo de un solo piso,con parras sobre las puertas y tiestos de flores en las ventanas: unpequeño pueblo de oficinas, talleres, caballerizas y casas en las quevivían los mozos de cuadra, los carpinteros y demás servidores delcirco.

El diestro avanzó trabajosamente entre los grupos. Su nombre pasaba deboca en boca con exclamaciones de entusiasmo.

—¡Gallardo!... ¡Ya está ahí el Gallardo! ¡Olé! ¡Viva España!

Y él, entregado por completo al culto del público, avanzabacontoneándose, sereno cual un dios, alegre y satisfecho, como siasistiese a una fiesta en su honor.

Dos brazos se arrollaron a su cuello, al mismo tiempo que asaltaba suolfato un fuerte hedor de vino.

—¡Cachondo!... ¡Gracioso! ¡Vivan los mozos valientes!

Era un señor de buen aspecto, un burgués que había almorzado con susamigos y huía de la risueña vigilancia de éstos, que le observaban apocos pasos de distancia.

Reclinó su cabeza en el hombro del espada, yasí permaneció, como si en tal posición fuese a dormirse de entusiasmo.Los empujones de Gallardo y los tirones de los amigos libraron al espadade este abrazo interminable. El borracho, al verse separado de su ídolo,rompió en gritos de entusiasmo. ¡Olé los hombres! Que vinieran allítodas las naciones del mundo a admirar a toreros como aquél y a morirsede envidia.

—Tendrán barcos... tendrán dinero... pero ¡todo mentira! Ni tienentoros ni mozos como éste, que le arrastran de valiente que es... ¡Olé miniño! ¡Viva mi tierra!

Gallardo atravesó una gran sala pintada de cal, sin mueble alguno, dondeestaban sus compañeros de profesión rodeados de grupos entusiastas.Luego se abrió paso entre el gentío que obstruía una puerta, y entró enuna pieza estrecha y obscura, en cuyo fondo brillaban luces. Era lacapilla. Un viejo cuadro representando la llamada Virgen de la Palomaocupaba el frente del altar. Sobre la mesa ardían cuatro velas. Unosramos de flores de trapo apolillábanse polvorientos en búcaros de lozaordinaria.

La capilla estaba llena de gente. Los aficionados de clase humildeamontonábanse dentro de ella para ver de cerca los grandes hombres.Manteníanse en la obscuridad con la cabeza descubierta, unos acurrucadosen las primeras filas, otros subidos en sillas y bancos, vueltos en sumayoría de espaldas a la Virgen y mirando ávidamente a la puerta paralanzar un nombre apenas columbraban el brillo de un traje de luces.

Los banderilleros y picadores, pobres diablos que iban a exponer su vidalo mismo que los maestros, apenas levantaban con su presencia un levemurmullo. Sólo los aficionados fervorosos conocían sus apodos.

De pronto, un prolongado zumbido, un nombre repitiéndose de boca enboca:

—¡Fuentes!... ¡Ese es el Fuentes!

Y el elegante torero, con su esbelta gentileza, suelta la capa sobre elhombro, avanzó hasta el altar, doblando una rodilla con eleganciateatral, reflejándose las luces en el blanco de sus ojos gitanescos,echando atrás la figura recogida, graciosa y ágil. Luego de hecha suoración y de persignarse se levantó, marchando de espaldas hasta lapuerta, sin perder de vista la imagen, como un tenor que se retirasaludando al público.

Gallardo era más simple en sus emociones. Entró montera en mano, la caparecogida, contoneándose con no menos arrogancia; pero al verse ante laimagen puso las dos rodillas en tierra, entregándose a su oración, sinacordarse de los centenares de ojos fijos en él. Su alma de cristianosimple estremecíase con el miedo y los remordimientos. Pidió proteccióncon el fervor de los hombres sencillos que viven en continuo peligro ycreen en toda clase de influencias adversas y proteccionessobrenaturales. Por primera vez en todo el día, pensó en su mujer y ensu madre. ¡La pobre Carmen, allá en Sevilla, esperando el telegrama! ¡Laseñora Angustias, tranquila con sus gallinas, en el cortijo de LaRinconada, sin saber ciertamente dónde toreaba su hijo!... ¡Y él con elterrible presentimiento de que aquella tarde iba a ocurrirle algo!...¡Virgen de la Paloma! Un poco de protección. El sería bueno, olvidaría«lo otro», viviría como Dios manda.

Y fortalecido su espíritu supersticioso con este arrepentimiento inútil,salió de la capilla, emocionado aún, con los ojos turbios, sin ver a lagente que le obstruía el paso.

Fuera, en la pieza donde esperaban los toreros, le saludó un señorafeitado, vestido con un traje negro que parecía llevar con ciertatorpeza.

—¡Mala pata!—murmuró el torero, siguiendo adelante—. ¡Cuando digo quehoy pasa argo!...

Era el capellán de la plaza, un entusiasta de la tauromaquia, quellegaba con los Santos Oleos bajo la chaqueta. Venía del barrio de laProsperidad, escoltado por un vecino que le servía de sacristán a cambiode un asiento para ver la corrida. Años enteros llevaba discutiendo conuna parroquia del interior de Madrid que alegaba mejor derecho paramonopolizar el servicio religioso de la plaza. Los días de corridatomaba un coche de punto, que pagaba la empresa, metíase bajo laamericana el vaso sagrado, escogía por turno entre sus amigos yprotegidos uno a quien agraciar con el asiento destinado al sacristán, yemprendía la marcha a la plaza, donde le guardaban dos sitios dedelantera junto a las puertas del toril.

El sacerdote entró en la capilla con aire de propietario,escandalizándose de la actitud del público: todos con la cabezadescubierta, pero hablando en voz alta, y algunos hasta fumando.

—Caballeros, que esto no es un café. Hagan el favor de salir. Lacorrida va a empezar.

Este aviso fue lo que generalizó la dispersión, mientras el sacerdotesacaba los Oleos ocultos, guardándolos en una caja de madera pintada. Eltambién, apenas hubo ocultado el sacro depósito, salió corriendo, paraocupar su sitio en la plaza antes de la salida de la cuadrilla.

La muchedumbre había desaparecido. En el corral sólo se veían hombresvestidos de seda y bordados, jinetes amarillos con grandes castoreños,alguaciles a caballo, y los mozos de servicio con sus trajes de oro yazul.

En la puerta llamada de Caballos, bajo un arco que daba salida a laplaza, formábanse los toreros con la prontitud de la costumbre: losmaestros al frente; luego los banderilleros, guardando anchos espacios;y tras ellos, en pleno corral, pateaba la retaguardia, el escuadrónférreo y montaraz de los picadores, oliendo a cuero recalentado y aboñiga, sobre caballos esqueléticos que llevaban vendado un ojo.

Comoimpedimenta de este ejército, agitábanse en último término las trincasde mulillas destinadas al arrastre, inquietos y vigorosos animales delimpio pelaje, cubiertos con armaduras de borlas y cascabeles, yllevando en sus colleras la ondeante bandera nacional.

En el fondo del arco, sobre las vallas de madera que lo obstruían amedias, abríase un medio punto azul y luminoso, dejando visible unpedazo de cielo, el tejado de la plaza y una sección de graderío con lamultitud compacta y hormigueante, en la que parecían palpitar, cualmosquitos de colores, los abanicos y los papeles.

Un soplo formidable, la respiración de un pulmón inmenso, entraba poresta galería.

Un zumbido armónico llegaba hasta allí con lasondulaciones del aire, haciendo presentir cierta música lejana, más bienadivinada que oída.

En los bordes del arco asomaban cabezas, muchas cabezas: las de losespectadores de los bancos inmediatos, avanzando curiosas para vercuanto antes a los héroes.

Gallardo se colocó en fila con los otros dos espadas, cambiándose entreellos una grave inclinación de cabeza. No hablaban; no sonreían. Cadacual pensaba en sí mismo, dejando volar la imaginación lejos de allí, ono pensaba en nada, con ese vacío intelectual producto de la emoción.Exteriorizaban sus preocupaciones en el arreglo del capote, que no dabannunca por terminado, dejándolo suelto sobre un hombro, arrollando losextremos en torno de la cintura y procurando que por debajo de esteembudo de vivos colores surgiesen, ágiles y gallardas, las piernasenfundadas en seda y oro. Todas las caras estaban pálidas, pero no conpalidez mate, sino brillante y lívida, con el sudoroso barniz de laemoción. Pensaban en la arena, invisible en aquellos momentos, sintiendoel irresistible pavor de las cosas que ocurren al otro lado de un muro,el temor de lo que no se ve, el peligro confuso que se anuncia sinpresentarse. ¿Cómo acabaría la tarde?

A espaldas de las cuadrillas sonó el trotar de dos caballos que veníanpor debajo de las arcadas exteriores de la plaza. Eran los alguaciles,con sus ferreruelos negros y sombreros de teja rematados por plumajesrojos y amarillos. Acababan de hacer el despejo del redondel, dejándololimpio de curiosos, y venían a ponerse al frente de las cuadrillas,sirviéndolas de batidores.

Las puertas del arco se abrieron completamente, así como las de labarrera situada frente a ellas. Apareció el extenso redondel, laverdadera plaza, el espacio circular de arena donde iba a realizarse latragedia de la tarde para emoción y regocijo de catorce mil personas. Elzumbido armónico y confuso se agrandó ahora, convirtiéndose en músicaalegre y bizarra, marcha triunfal de ruidosos cobres, que hacía moverlos brazos marcialmente y contonearse las caderas... ¡Adelante losbuenos mozos!

Y los lidiadores, parpadeando bajo la violenta transición, pasaron de lasombra a la luz, del silencio de la tranquila galería al bramar delcirco, en cuyo graderío agitábase la muchedumbre con oleajes decuriosidad, poniéndose todos en pie para ver mejor.

Avanzaban los toreros súbitamente empequeñecidos al pisar la arena porla grandeza de la perspectiva. Eran como muñequillos brillantes, decuyos bordados sacaba el sol reflejos de iris. Sus graciosos movimientosenardecían a la gente con un entusiasmo igual al del niño ante unjuguete maravilloso. La loca ráfaga que agita a las muchedumbres,estremeciendo sus nervios dorsales y erizando su piel sin saberciertamente por qué, conmovió la plaza entera. Aplaudía la gente,gritaban los más entusiastas y nerviosos, rugía la música, y en medio deeste estruendo, que iba esparciéndose por ambos lados, desde la puertade salida hasta la presidencia, avanzaban las cuadrillas con unalentitud solemne, compensando lo corto del paso con el gentil braceo yel movimiento de los cuerpos. En el redondel de éter azul suspendidosobre la plaza aleteaban palomas blancas, como asustadas por el bramidoque se escapaba de este cráter de ladrillo.

Los lidiadores sentíanse otros al avanzar sobre la arena. Exponían lavida por algo más que el dinero. Sus incertidumbres y terrores ante lodesconocido los habían dejado más allá de las vallas. Ya pisaban elredondel; ya estaban frente al público: llegaba la realidad. Y lasansias de gloria de sus almas bárbaras y sencillas, el deseo desobreponerse a los camaradas, el orgullo de su fuerza y su destreza, lescegaba, haciéndoles olvidar temores e infundiéndoles una audacia brutal.

Gallardo se había transfigurado. Erguíase al andar, queriendo ser másalto; movíase con una arrogancia de conquistador; miraba a todos ladoscon aire triunfal, como si sus dos compañeros no existiesen. Todo erasuyo: la plaza y el público. Sentíase capaz de matar cuantos torosexistiesen a aquellas horas en las dehesas de Andalucía y de Castilla.Todos los aplausos eran para él, estaba seguro de ello. Los miles deojos femeniles sombreados por mantillas blancas en palcos y barrerassólo se fijaban en su persona, no le cabía duda. El público le adoraba;y al avanzar, sonriendo con petulancia, como si toda la ovación fuesedirigida a su persona, pasaba revista a los tendidos del graderío,sabiendo dónde se agolpaban los mayores núcleos de sus partidarios yqueriendo ignorar dónde se congregaban los amigos de los otros.

Saludaron al presidente montera en mano, y el brillante desfile sedeshizo, esparciéndose peones y jinetes. Después, mientras un alguacilrecogía en su sombrero la llave arrojada por el presidente, Gallardo sedirigió hacia el tendido donde estaban sus mayores entusiastas, dándolesel capote de lujo para que lo guardasen. La hermosa capa, agarrada porvarias manos, fue extendida en el borde de la valla como si fuese unpendón, símbolo sagrado de bandería.

Los partidarios más entusiastas, puestos de pie y agitando manos ybastones, saludaban al matador, manifestando sus esperanzas. ¡A ver cómose portaba el niño de Sevilla!...

Y él, apoyado en la barrera, sonreía satisfecho de su fuerza, repitiendoa todos:

—Muchas grasias. Se hará lo que se puea.

No sólo los entusiastas mostrábanse esperanzados al verle. Toda la gentefijábase en él, aguardando hondas emociones. Era un torero que prometía«hule», según expresión de los aficionados; y el tal hule era el de lascamas de la enfermería.

Todos creían que estaba destinado a morir en la plaza de una cornada, yesto mismo hacía que le aplaudiesen con entusiasmo homicida, con uninterés bárbaro, semejante al del misántropo que seguía a un domador atodas partes esperando el momento de verle devorado por sus fieras.

Gallardo reíase de los antiguos aficionados, graves doctores de latauromaquia que juzgan imposible un percance mientras el torero seajuste a las reglas del arte. ¡Las reglas!... El las ignoraba, y notenía empeño en conocerlas. Valor y audacia eran lo necesario paravencer. Y casi a ciegas, sin más guía que la temeridad ni otro apoyo queel de sus facultades corporales, había hecho una carrera rápida,asombrando al público hasta el paroxismo, aturdiéndolo con su valentíade loco.

No había ido, como otros matadores, por sus pasos contados, sirviendolargos años de peón y banderillero al lado de los maestros. Los cuernosde los toros no le daban miedo. «Peores cornás da el hambre.» Loimportante era subir de prisa, y el público le había visto comenzar comoespada, logrando en pocos años una inmensa popularidad.

Le admiraban por lo mismo que tenían su desgracia como cierta.Enardecíase el público con infame entusiasmo ante la ceguera con quedesafiaba a la muerte. Tenía para él las mismas atenciones y cuidadosque obtiene un reo en capilla. Este torero no era de los que sereservan: lo daba todo, incluso la vida. Valía el dinero que costaba.

Yla muchedumbre, con la bestialidad de los que presencian el peligro enlugar seguro, admiraba y azuzaba al héroe. Los prudentes torcían elgesto ante sus proezas; le creían un suicida con suerte, y murmuraban:«¡Mientras dure!...»

Sonaron timbales y clarines, y salió el primer toro. Gallardo,sosteniendo en un brazo su capote de faena sin adorno alguno, permanecíacerca de la barrera, junto al tendido de sus partidarios, en unainmovilidad desdeñosa, creyendo que toda la plaza tenía los ojos puestosen su persona. Aquel toro era para otro. Ya daría señales de existenciacuando llegasen los suyos. Pero los aplausos a los lances de capa de loscompañeros le sacaron de esta inmovilidad, y a pesar de sus propósitos,se fue al toro, realizando varias suertes en las que era más la audaciaque la maestría. La plaza entera le aplaudió, a impulsos de lapredilección que sentía por su atrevimiento.

Cuando Fuentes mató el primer toro y fue hacia la presidencia saludandoa la multitud, Gallardo palideció aún más, como si toda muestra deagrado que no fuese para él equivaliera a un olvido injurioso. Ahorallegaba su turno: iban a verse grandes cosas. No sabía ciertamente quépodrían ser, pero estaba dispuesto a asustar al público.

Apenas salió el segundo toro, Gallardo, con su movilidad y su deseo delucirse, pareció llenar toda la plaza. Su capote estaba siempre cerca delos hocicos de la bestia.

Un picador de su cuadrilla, el llamado Potaje, fue derribado del caballo, quedando al descubierto junto a loscuernos, y el maestro, agarrado a la cola de la fiera, tiró con hercúleafuerza, obligándola a girar hasta que el jinete quedó a salvo. Elpúblico aplaudió entusiasmado.

Al llegar la suerte de banderillas, Gallardo quedó entre barrerasesperando el toque para matar. El Nacional, con los palos en la mano,citaba al toro en el centro de la plaza. Nada de graciosos movimientosni de arrogantes audacias. «Cuestión de ganarse el pan.» Allá en Sevillahabía cuatro pequeños que si moría él no encontrarían otro padre.Cumplir con el deber y nada más: clavar sus banderillas como unjornalero de la tauromaquia, sin desear ovaciones y evitando silbidos.

Cuando dejó puesto el par, unos aplaudieron en el vasto graderío y otrosincreparon al banderillero con tono zumbón, aludiendo a sus ideas.

—¡Menos política y «arrimarse» más!

Y el Nacional, engañado por la distancia, al oír estos gritoscontestaba sonriendo, como su maestro:

—Muchas grasias, muchas grasias.

Cuando Gallardo saltó de nuevo a la arena al sonar las trompetas ytimbales que anunciaban la última suerte, la muchedumbre se agitó conzumbido de emoción. Este matador era el suyo. Iba a verse lo bueno.

Tomó la muleta de manos de Garabato, que se la ofrecía plegada desdedentro de la barrera, tiró del estoque que igualmente le presentaba sucriado, y con menudos pasos fue a plantarse frente a la presidencia,llevando la montera en una mano. Todos tendían el pescuezo, devorandocon los ojos al ídolo, pero nadie oyó el brindis. La arrogante figura deesbelto talle, con el tronco echado atrás para dar mayor fuerza a suspalabras, produjo en la muchedumbre el mismo efecto que la arenga máselocuente. Al terminar su peroración con una media vuelta, arrojando lamontera al suelo, el entusiasmo estalló ruidoso. ¡Olé el niño deSevilla! ¡Ahora iba a verse la verdad!... Y los espectadores se mirabanunos a otros, prometiéndose mudamente sucesos estupendos.

Unestremecimiento corrió por las filas del graderío, como en presencia dealgo sublime.

El silencio profundo de las grandes emociones cayó de pronto sobre lamuchedumbre, cual si la plaza hubiese quedado vacía. La vida de tantosmiles de personas estaba condensada en los ojos. Nadie parecía respirar.

Gallardo avanzó hacia el toro lentamente, llevando la muleta apoyada enel vientre como una bandera y agitando en la otra mano la espada con unmovimiento de péndulo que acompañaba su paso.

Al volver un instante la cabeza, vio que le seguían el Nacional y otrode su cuadrilla con el capote al brazo para ayudarle.

—¡Fuera too er mundo!

Sonó su voz en el silencio de la plaza, llegando hasta los últimosbancos, y un estallido de admiración lo contestó... «¡Fuera too ermundo!...» ¡Había dicho fuera todo el mundo!... ¡Qué hombre!

Llegó completamente solo junto a la fiera, e instantáneamente se hizootra vez el silencio. Calmosamente deshizo su muleta, la extendió,avanzando así algunos pasos, hasta pegarse casi al hocico del toro,aturdido y asombrado por la audacia del hombre.

El público no se atrevía a hablar ni a respirar siquiera, pero en susojos brillaba la admiración. ¡Qué mozo! ¡Se iba a los mismísimoscuernos!... Golpeó impacientemente la arena con un pie, incitando a lafiera para que acometiese, y la masa enorme de carne, con sus agudasdefensas, cayó mugiente sobre él. La muleta pasó sobre los cuernos, yéstos rozaron las borlas y caireles del traje del matador, que siguiófirme en su sitio, sin otro movimiento que echar atrás el busto. Unrugido de la muchedumbre contestó a este pase de muleta. ¡Olé!...

Se revolvió la fiera, acometiendo otra vez al hombre y a su trapo, yvolvió a repetirse el pase, con igual rugido del público. El toro, cadavez más furioso por el engaño, acometía al lidiador, y éste repetía lospases de muleta, moviéndose en un limitado espacio de terreno,enardecido por la proximidad del peligro y las exclamaciones admirativasde la muchedumbre, que parecían embriagarle.

Gallardo sentía junto a él los bufidos de la fiera; llegaban a sudiestra y a su rostro los hálitos húmedos de su baba. Familiarizado porel contacto, miraba al bruto como a un buen amigo que iba a dejarsematar para contribuir a su gloria.

Quedose inmóvil el toro algunos instantes, como cansado de este juego,mirando con ojos de sombría reflexión al hombre y al trapo rojo,sospechando en su obscuro pensamiento la existencia de un engaño que, deacometida en acometida, le empujaba hacia la muerte.

Gallardo sintió la corazonada de sus mejores éxitos. ¡Ahora!... Lió lamuleta con un movimiento circular de su mano izquierda, dejándolaarrollada en torno del palo, y elevó la diestra a la altura de sus ojos,quedando con la espada inclinada hacia la cerviz de la fiera. Lamuchedumbre se agitó con movimiento de protesta y escándalo.

—¡No te tires!...—gritaron miles de voces—. ¡No... no!

Era demasiado pronto. El toro no estaba bien colocado: iba a arrancarsey a cogerlo.

Movíase fuera de todas las reglas del arte. Pero ¿qué leimportaban las reglas ni la vida a aquel desesperado?...

De pronto se echó con la espada por delante, al mismo tiempo que lafiera caía sobre él. Fue un encontronazo brutal, salvaje. Por uninstante, hombre y bestia formaron una sola masa, y así marcharon juntosalgunos pasos, sin poder distinguirse quién era el vencedor: el hombrecon un brazo y parte del cuerpo metido entre los dos cuernos; la bestiabajando la cabeza y pugnando por atrapar con sus defensas el monigote deoro y colores, que parecía escurrirse.

Por fin se deshizo el grupo, la muleta quedó en el suelo como un harapo,y el lidiador, libres las manos, salió tambaleándose por el impulso delchoque, hasta que algunos pasos más allá recobró el equilibrio. Su trajeestaba en desorden; la corbata flotaba fuera del chaleco, enganchada yrota por uno de los cuernos.

El toro siguió su carrera con la velocidad del primer impulso. Sobre suancho cuello apenas se destacaba la roja empuñadura del estoque, hundidohasta la cruz. De pronto, el animal se detuvo en su carrera, agitándosecon doloroso movimiento de cortesía; dobló las patas delanteras, inclinóla cabeza hasta tocar la arena con su hocico mugiente, y acabó poracostarse con estremecimientos agónicos...

Pareció que se derrumbaba la plaza, que los ladrillos chocaban unos conotros, que la multitud iba a huir presa de pánico, según se ponía enpie, pálida, trémula, gesticulando y braceando. ¡Muerto!... ¡Quéestocada! Todos habían creído, durante un segundo, enganchado en loscuernos al matador; todos daban por seguro verle caer ensangrentadosobre la arena; y al contemplarle de pie, aturdido aún por el choque,pero sonriente, la sorpresa y el asombro aumentaban el entusiasmo.

—¡Qué bruto!—gritaban en los tendidos, no encontrando nada más justopara expresar su admiración—.¡Qué bárbaro!