Sangre y Arena by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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V i n c e n t e B L A S C O I B A Ñ E Z

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SANGRE

Y ARENA

(NOVELA)

135.000 EJEMPLARES

PROMETEOGermanías, 33.—VALENCIA(Published in Spain)

Es propiedad.—Reservados todos los derechos de reproducción, traduccióny adaptación.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.

Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X

I

Como en todos los días de corrida, Juan Gallardo almorzó temprano. Unpedazo de carne asada fue su único plato. Vino, ni probarlo: la botellapermaneció intacta ante él.

Había que conservarse sereno. Bebió dostazas de café negro y espeso, y encendió un cigarro enorme, quedando conlos codos en la mesa y la mandíbula apoyada en las manos, mirando conojos soñolientos a los huéspedes que poco a poco ocupaban el comedor.

Hacía algunos años, desde que le dieron «la alternativa» en la Plaza deToros de Madrid, que venía a alojarse en el mismo hotel de la calle deAlcalá, donde los dueños le trataban como si fuese de la familia, ymozos de comedor, porteros, pinches de cocina y viejas camareras leadoraban como una gloria del establecimiento. Allí también habíapermanecido muchos días—envuelto en trapos, en un ambiente densocargado de olor de yodoformo y humo de cigarros—a consecuencia de doscogidas; pero este mal recuerdo no le impresionaba. En sussupersticiones de meridional sometido a continuos peligros, pensaba queeste hotel era «de buena sombra» y nada malo le ocurriría en él.Percances del oficio; rasgones en el traje o en la carne; pero nada decaer para siempre, como habían caído otros camaradas, cuyo recuerdoturbaba sus mejores horas.

Gustaba en los días de corrida, después del temprano almuerzo, dequedarse en el comedor contemplando el movimiento de viajeros: gentesextranjeras o de lejanas provincias, rostros indiferentes que pasabanjunto a él sin mirarle y luego volvíanse curiosos al saber por loscriados que aquel buen mozo de cara afeitada y ojos negros, vestido comoun señorito, era Juan Gallardo, al que todos llamaban familiarmente el Gallardo, famoso matador de toros. En este ambiente de curiosidaddistraía la penosa espera hasta la hora de ir a la plaza. ¡Qué tiempotan largo! Estas horas de incertidumbre, en las que vagos temoresparecían emerger del fondo de su ánimo, haciéndole dudar de sí mismo,eran las más amargas de la profesión. No quería salir a la calle,pensando en las fatigas de la corrida y en la precisión de mantenersedescansado y ágil; no podía entretenerse en la mesa, por la necesidad decomer pronto y poco para llegar a la plaza sin las pesadeces de ladigestión.

Permanecía en la cabecera de la mesa con la cara entre las manos y unanube de perfumado humo ante los ojos, girando éstos de vez en cuando concierta fatuidad para mirar a algunas señoras que contemplaban coninterés al famoso torero.

Su orgullo de ídolo de las muchedumbres creía adivinar elogios y halagosen estas miradas. Le encontraban guapo y elegante. Y olvidando suspreocupaciones, con el instinto de todo hombre acostumbrado a adoptaruna postura soberbia ante el público, erguíase, sacudía con las uñas laceniza del cigarro caída sobre sus mangas y arreglábase la sortija quellenaba toda la falange de uno de sus dedos, con un brillante enormeenvuelto en nimbo de colores, cual si ardiesen con mágica combustión susclaras entrañas de gota de agua.

Sus ojos paseábanse satisfechos sobre su persona, admirando el terno decorte elegante, la gorra con la que andaba por el hotel caída en unasilla cercana, la fina cadena de oro que cortaba la parte alta delchaleco de bolsillo a bolsillo, la perla de la corbata, que parecíailuminar con lechosa luz el tono moreno de su rostro, y los zapatos depiel de Rusia dejando al descubierto, entre su garganta y la boca delrecogido pantalón, unos calcetines de seda calada y bordada como lasmedias de una cocota.

Un ambiente de perfumes ingleses suaves y vagorosos, esparcidos conprofusión, emanaba de sus ropas y de las ondulaciones de su cabellonegro y brillante, que Gallardo se atusaba sobre las sienes, adoptandouna postura triunfadora ante la femenil curiosidad. Para torero noestaba mal. Sentíase satisfecho de su persona. ¡Otro más distinguido ycon mayor «ángel» para las mujeres!...

Pero de pronto reaparecían sus preocupaciones, apagábase el brillo desus ojos, y volvía a sumir la barba en las manos, chupando tenazmente elcigarro, con la mirada perdida en la nube de tabaco. Pensabacodiciosamente en la hora del anochecer, deseando que viniese cuantoantes; en la vuelta de la plaza, sudoroso y fatigado, pero con laalegría del peligro vencido, los apetitos despiertos, una ansia loca deplacer y la certeza de varios días de seguridad y descanso. Si Dios leprotegía cual otras veces, iba a comer con el apetito de sus tiempos dehambre, se emborracharía un poco, iría en busca de cierta muchacha quecantaba en un music-hall, y a la que había visto en otro viaje, sinpoder frecuentar su amistad. Con esta vida de continuo movimiento deun lado a otro de la Península, no quedaba tiempo para nada.

Fueron entrando en el comedor amigos entusiastas que antes de ir aalmorzar a sus casas deseaban ver al diestro. Eran viejos aficionados,ansiosos de figurar en una bandería y tener un ídolo, que habían hechodel joven Gallardo «su matador» y le daban sabios consejos, recordando acada paso su antigua adoración por Lagartijo o por Frascuelo.Hablaban de tú al espada con protectora familiaridad, y éste lesrespondía anteponiendo el don a sus nombres, con la tradicionalseparación de clases que existe aún entre el torero, surgido delsubsuelo social, y sus admiradores. El entusiasmo de aquellas gentes ibaunido a remotas memorias, para hacer sentir al joven diestro lasuperioridad de los años y de la experiencia. Hablaban de la «plazavieja» de Madrid, donde sólo se conocieron toros y toreros de «verdad»;y aproximándose a los tiempos presentes, temblaban de emoción recordandoal «negro». Este «negro» era Frascuelo.

—¡Si hubieses visto aquéllo!... Pero entonces tú y los de tu épocaestabais mamando o no habíais nacido.

Otros entusiastas iban entrando en el comedor, con mísero pelaje y carafamélica: revisteros obscuros en periódicos que sólo conocían loslidiadores a quienes se dirigían sus elogios y censuras; gentes deproblemática profesión, que aparecían apenas circulaba la noticia de lallegada de Gallardo, asediándolo con elogios y peticiones de billetes.El común entusiasmo confundíales con los otros señores, grandescomerciantes o funcionarios públicos, que discutían con ellosacaloradamente las cosas del toreo, sin sentirse intimidados por suaspecto de pedigüeños.

Todos, al ver al espada, le abrazaban o le estrechaban la mano, conacompañamiento de preguntas y exclamaciones.

—Juanillo... ¿cómo sigue Carmen?

—Güena, grasias.

—¿Y la mamita? ¿La señora Angustias?

—Tan famosa, grasias. Está en La Rinconá.

—¿Y tu hermana y los sobrinillos?

—Sin noveá, grasias.

—¿Y el mamarracho de tu cuñado?

—Güeno también. Tan hablador como siempre.

—¿Y de familia nueva? ¿No hay esperanza?

—Na... Ni esto.

Hacía crujir una uña entre sus dientes con enérgica expresión negativa,y luego iba devolviendo sus preguntas al recién llegado, cuya vidaignoraba más allá de sus aficiones al toreo.

—¿Y la familia de usté, güena también?... Vaya, me alegro. Siéntese ytome argo.

Luego preguntaba por el aspecto de los toros que iban a lidiarse dentrode unas horas, pues todos estos amigos venían de la plaza de presenciarel apartado y enchiqueramiento de las bestias; y con una curiosidadprofesional pedía noticias del Café Inglés, donde se reunían muchosaficionados.

Era la primera corrida de la temporada de primavera, y los entusiastasde Gallardo mostraban grandes esperanzas, haciendo memoria de lasreseñas que habían leído en los periódicos narrando sus triunfosrecientes en otras plazas de España. Era el torero que tenía máscontratas. Desde la corrida de Pascua de Resurrección en Sevilla—

laprimera importante del año taurino—que andaba Gallardo de plaza enplaza matando toros. Después, al llegar Agosto y Septiembre, tendría quepasar las noches en el tren y las tardes en los redondeles, sin tiempopara descansar. Su apoderado de Sevilla andaba loco, asediado por cartasy telegramas, no sabiendo cómo armonizar tanta petición de contratascon las exigencias del tiempo.

La tarde anterior había toreado en Ciudad Real, y vestido aún con eltraje de luces metiose en el tren, para llegar por la mañana a Madrid.Una noche casi en claro, durmiendo a ratos, encogido en el pedazo deasiento que le dejaron los pasajeros apretándose para dar algún descansoa aquel hombre que al día siguiente iba a exponer su vida.

Los entusiastas admiraban su resistencia física y el coraje temerariocon que se lanzaba sobre los toros en el momento de matar.

—Vamos a ver qué haces esta tarde—decían con su fervor de creyentes—.La afición espera mucho de ti. Vas a quitar muchos moños... A ver siestás tan bueno como en Sevilla.

Fueron despidiéndose los admiradores, para almorzar en sus casas yllegar temprano a la corrida. Gallardo, viéndose solo, se dispuso asubir a su cuarto, a impulsos de la movilidad nerviosa que le dominaba.Un hombre llevando dos niños de la mano transpuso la mampara decristales del comedor, sin prestar atención a las preguntas de loscriados. Sonreía seráficamente al ver al torero, y avanzaba tirando delos pequeños, fijos los ojos en él, sin percatarse de dónde ponía lospies. Gallardo le reconoció.

—¿Cómo está usté, compare?

Y a continuación todas las preguntas de costumbre para enterarse de sila familia estaba buena. Luego, el hombre se volvió a sus hijos,diciéndoles con gravedad:

—Ahí le tenéis. ¿No estáis preguntando siempre por él?... Lo mismo queen los retratos.

Y los dos pequeños contemplaron religiosamente al héroe tantas vecesvisto en las estampas que adornaban las habitaciones de su pobre casa:ser sobrenatural, cuyas hazañas y riquezas fueron su primera admiraciónal darse cuenta de las cosas de la vida.

—Juanillo, bésale la mano al padrino.

El más pequeño de los niños chocó contra la diestra del torero un hocicorojo, recién frotado por la madre con motivo de la visita. Gallardo leacarició la cabeza con distracción. Uno de los muchos ahijados que teníaen España. Los entusiastas le obligaban a ser padrino de pila de sushijos, creyendo asegurar de este modo su porvenir. Exhibirse de bautizoen bautizo era una de las consecuencias de su gloria.

Este ahijado letraía el recuerdo de su mala época, cuando empezaba la carrera,guardando al padre cierta gratitud por la fe que había puesto en élcuando todos le discutían.

—¿Y los negocios, compare?—preguntó Gallardo—. ¿Marchan mejor?

El aficionado torció el gesto. Iba viviendo gracias a sus corretajes enel mercado de la plaza de la Cebada: viviendo nada más. Gallardo mirócompasivamente su triste pelaje de pobre endomingado.

—Usté querrá ver la corría, ¿eh, compare?... Suba a mi cuarto y que ledé Garabato una entrada... ¡Adiós, güen mozo!... Pa que os compréisuna cosilla.

Y al mismo tiempo que el ahijado le besaba de nuevo la diestra, elmatador entregó con la otra mano a los dos muchachos un par de duros. Elpadre tiró de la prole con excusas de agradecimiento, no acertando aexpresar en sus confusas razones si el entusiasmo era por el regalo alos niños o por el billete para la corrida que iba a entregarle elcriado del diestro.

Gallardo dejó transcurrir algún tiempo, para no encontrarse en su cuartocon el entusiasta y sus hijos. Luego miró el reloj. ¡La una! ¡Cuántotiempo faltaba para la corrida!...

Al salir del comedor y dirigirse a la escalera, una mujer envuelta en unmantón viejo salió de la portería del hotel, cerrándole el paso conresuelta familiaridad, sin hacer caso de las protestas de losdependientes.

—¡Juaniyo!... ¡Juan! ¿No me conoses?... Soy la Caracola, la señáDolores, la mare del probesito Lechuguero.

Gallardo sonrió a la vieja, negruzca, pequeña y arrugada, con unos ojosintensos de brasa, ojos de bruja, habladora y vehemente. Al mismotiempo, adivinando la finalidad de toda su palabrería, se llevó una manoal chaleco.

—¡Miserias, hijo! ¡Probezas y agonías!... Denque supe que toreabas hoy,me dije:

«Vamos a ver a Juaniyo, que no habrá olvidao a la mare de suprobesito compañero...»

Pero ¡qué guapo estás, gitano! Así se van lasmujeres toítas detrás de ti, condenao...

Yo, muy mal, hijo. Ni camisayevo. Entoavía no ha entrao hoy por mi boca mas que un poco de Cazaya.Me tienen por lástima en casa de la Pepona, que es de allá... de latierra. Una casa muy decente: de a cinco duros. Ven por allí, que teapresian de veras. Peino a las chicas y hago recaos a los señores...¡Ay, si viviera mi probe hijo!

¿Te acuerdas de Pepiyo?... ¿Te acuerdasde la tarde en que murió?...

Gallardo, luego de poner un duro en su seca mano, pugnaba por huir deesta charla, que comenzaba a temblar con estremecimientos de llanto.¡Maldita bruja! ¡Venir a recordarle en día de corrida al pobre Lechuguero, camarada de los primeros años, al que había visto morircasi instantáneamente de una cornada en el corazón en la plaza deLebrija, cuando los dos toreaban como novilleros! ¡Vieja de peorsombra!... La empujó, y ella, pasando del enternecimiento a la alegríacon una inconsciencia de pájaro, prorrumpió en requiebros entusiastas alos mozos valientes, a los buenos toreros que se llevan el dinero de lospúblicos y el corazón de las hembras.

—¡La reina de las Españas te mereces, hermoso!... Ya pué tener losojiyos bien abiertos la señá Carmen. El mejor día te roba una gachí y note degüerve... ¿No me darías un billete pa esta tarde, Juaniyo? ¡Con lasganas que tengo de verte matá, resalao!...

Los gritos de la vieja y sus entusiastas arrumacos, haciendo reír a losempleados del hotel, rompieron la severa consigna que retenía en lapuerta de la calle a un grupo de curiosos y pedigüeños, atraídos por lapresencia del torero. Atropellando mansamente a los criados, se coló enel vestíbulo una irrupción de mendigos, de vagos y de vendedores deperiódicos.

Los pilluelos, con los paquetes de impresos bajo un brazo, se quitabanla gorra, saludando con entusiástica familiaridad.

—¡El Gallardo!¡Olé el Gallardo!... ¡Vivan los hombres!

Los más audaces le cogían una mano, se la estrechaban fuertemente y laagitaban en todas direcciones, deseosos de prolongar lo más posible estecontacto con el grande hombre nacional, al que habían visto retratado enlos papeles públicos. Luego, para hacer partícipes de esta gloria a loscompañeros, les invitaban rudamente.

—¡Chócale la mano! No se enfada. ¡Si es de lo más simpático!...

Y les faltaba poco, en su respeto, para arrodillarse ante el matador.Otros curiosos, de barba descuidada, vestidos con ropas viejas quehabían sido elegantes en su origen, movían los rotos zapatos en tornodel ídolo e inclinaban hacia él sus sombreros grasientos, hablándole envoz baja, llamándole «don Juan», para diferenciarse de la entusiasta eirreverente golfería. Al hablarle de sus miserias solicitaban unalimosna, o, más audaces, le pedían, en nombre de su afición, un billetepara la corrida, con el propósito de revenderlo inmediatamente.

Gallardo se defendió riendo de esta avalancha que le empujaba y oprimía,sin que bastasen a libertarle los dependientes del hotel, intimidadospor el respeto que inspira la popularidad. Rebuscó en todos susbolsillos hasta dejarlos limpios, distribuyendo a ciegas las piezas deplata entre las manos ávidas y en alto.

—Ya no hay más. ¡Se acabó el carbón!... ¡Dejadme, guasones!

Fingiéndose enfadado por esta popularidad que le halagaba, abriose pasocon un impulso de sus músculos de atleta, y se salvó escalera arriba,saltando los peldaños con agilidad de lidiador, mientras los criados,libres ya de respetos, barrían a empujones el grupo hacia la calle.

Pasó Gallardo ante el cuarto que ocupaba Garabato, y vio a su criadopor la puerta entreabierta, entre maletas y cajas, preparando el trajepara la corrida.

Al encontrarse solo en su pieza, sintió que se desvanecíainstantáneamente la alegre excitación causada por la avalancha deadmiradores. Llegaban los malos momentos de los días de corrida; laincertidumbre de las últimas horas antes de marchar a la plaza.

¡Torosde Miura, y el público de Madrid!... El peligro, que visto de cercaparecía embriagarle, acrecentando su audacia, angustiábale ahora, alquedar solo, como algo sobrenatural, pavoroso por su mismaincertidumbre.

Sentíase anonadado, como si de pronto cayesen sobre él las fatigas dela mala noche anterior. Tuvo deseos de tenderse en una de las camas queocupaban el fondo de la habitación, pero otra vez la inquietud por loque le aguardaba, incierto y misterioso, desvaneció su somnolencia.

Anduvo inquieto por la habitación y encendió otro habano en los restosdel que acababa de consumir.

¿Cómo sería para él la temporada de Madrid que iba a comenzar? ¿Quédirían sus enemigos? ¿Cómo quedarían los rivales de profesión?...Llevaba muertos muchos miuras: al fin unos toros como los demás; peropensaba en los camaradas caídos en el redondel, casi todos víctimas delos animales de esta ganadería. ¡Dichosos miuras! Por algo él y losotros espadas ponían en sus contratas mil pesetas más cuando habían delidiar este ganado.

Siguió vagando por la habitación con paso nervioso. Deteníase paracontemplar estúpidamente objetos conocidos que pertenecían a suequipaje, y después se dejaba caer en un sillón, como si le acometieserepentina flojedad. Varias veces miró su reloj.

Aún no eran las dos.¡Con qué lentitud pasaba el tiempo!

Deseaba, como un remedio para sus nervios, que llegase cuanto antes lahora de vestirse y marchar a la plaza. La gente, el ruido, la curiosidadpopular, el deseo de mostrarse sereno y alegre ante la admiraciónpública, y sobre todo la cercanía del peligro real y corpóreo, borrabaninstantáneamente esta angustia del aislamiento, en la cual, el espada,viéndose sin el auxilio de las excitaciones externas, se encontraba conalgo semejante al miedo.

La necesidad de distraerse le hizo rebuscar en el bolsillo interior desu americana, sacando junto con la cartera un sobrecito que despedíasuave e intenso perfume. De pie junto a una ventana, por la que entrabala turbia claridad de un patio interior, contempló el sobre que lehabían entregado al llegar al hotel, admirando la elegancia de loscaracteres en que estaba escrita la dirección, finos y esbeltos.

Luego sacó el pliego, aspirando con deleite su perfume indefinible. ¡Oh!Las personas de alto nacimiento y que han viajado mucho, ¡cómo revelansu señorío inimitable hasta en los menores detalles!...

Gallardo, como si llevase en su cuerpo el acre hedor de miseria de losprimeros años, se perfumaba con una abundancia escandalosa. Sus enemigosse burlaban del atlético mocetón, llegando en su apasionamiento acalumniar la integridad de su sexo.

Los admiradores sonreían ante estadebilidad, pero muchas veces tenían que volver la cara, como mareadospor el excesivo olor del diestro. Toda una perfumería le acompañaba ensus viajes, y las esencias más femeniles ungían su cuerpo al descender ala arena, entre caballos muertos, tripajes sueltos y boñigas revueltascon sangre.

Ciertas cocotas entusiastas, a las que conoció en un viaje alas plazas del Sur de Francia, le habían dado el secreto de mezclas ycombinaciones de extraños perfumes; pero ¡aquella esencia de la carta,que era la misma de la persona que la había escrito!

¡aquel olormisterioso, fino e indefinible, que no podía imitarse, que parecíaemanar del aristocrático cuerpo, y que él llamaba «olor de señora»!...

Leyó y releyó la carta con una sonrisa beatífica, de deleite y deorgullo. No era gran cosa: media docena de renglones; un saludo desdeSevilla, deseándole mucha suerte en Madrid; una felicitación anticipadapor sus triunfos. Podía extraviarse la tal carta sin compromiso algunopara la mujer que la firmaba. «Amigo Gallardo» al principio, con unaletra elegante que parecía cosquillear los ojos del torero, y al final«su amiga Sol»; todo en un estilo fríamente amistoso, tratándole deusted, con un amable tono de superioridad, como si las palabras nofuesen de igual a igual y descendiesen misericordiosas desde lo alto.

El torero, al contemplar la carta con su adoración de hombre del pueblopoco versado en la lectura, no podía evitar cierto sentimiento demolestia, como si se viese despreciado.

—¡Esta gachí!—murmuró—. ¡Esta mujer!... No hay quien la desmonte.¡Mia tú que hablarme de usté!... ¡Usté! ¡Y a mí!...

Pero los buenos recuerdos le hicieron sonreír satisfecho. El estilo fríoera para las cartas: costumbres de gran señora, preocupaciones de damaque había corrido mucho mundo. Su molestia se trocaba en admiración.

—¡Lo que sabe esta mujer! ¡Vaya un bicho de cuidao!...

Y en su sonrisa asomaba una satisfacción profesional, un orgullo dedomador que, al apreciar la fuerza de la fiera vencida, alaba su propiagloria.

Mientras Gallardo admiraba la carta, entraba y salía su criado Garabato llevando ropas y cajas, que dejaba sobre una cama.

Era un mozo silencioso en sus movimientos y ágil de manos, que parecíano reparar en la presencia del matador. Hacía algunos años queacompañaba al diestro en todas sus correrías como «mozo de estoques».Había comenzado en Sevilla toreando en las capeas al mismo tiempo queGallardo; pero los malos golpes estaban reservados para él, así como losadelantos y la gloria para su compañero. Pequeño, negruzco y de pobremusculatura, una cicatriz tortuosa y mal unida cortaba cual blancuzcogarabato su cara arrugada y flácida de viejo. Era una cornada que lehabía dejado casi muerto en la plaza de un pueblo, y a esta herida atrozhabía que añadir otras que desfiguraban las partes ocultas de sucuerpo.

Por milagro salió con vida de sus aficiones de lidiador; y lo más cruelera que las gentes reían de sus desgracias, encontrando un placer enverle pateado y destrozado por los toros. Al fin, su torpeza testarudacedió ante la desgracia, conformándose con ser el acompañante, el criadode confianza de su antiguo camarada. Era el más ferviente admirador deGallardo, aunque abusaba de las confianzas de la intimidad,permitiéndose advertencias y críticas. De encontrarse él en la piel delmaestro, lo hubiese hecho mejor en ciertos momentos. Los amigos deGallardo hallaban motivos de risa en las ambiciones fracasadas del mozode estoques, pero él no prestaba atención a las burlas. ¿Renunciar a lostoros?... Jamás. Para que no se extinguiese del todo la memoria de supasado, peinábase el recio pelo en brillantes tufos sobre las orejas yconservaba luengo en el occipucio el sagrado mechón, la coleta de lostiempos juveniles, signo profesional que le distinguía de los otrosmortales.

Cuando Gallardo se enfadaba con él, su cólera ruidosa de impulsivoamenazaba siempre a este adorno capilar.

—¿Y tú gastas coleta, sinvergüensa?... Te voy a cortá ese rabo de rata,¡desahogao!

¡maleta!

Garabato acogía con resignación estas amenazas, pero se vengaba deellas encerrándose en un silencio de hombre superior, contestando conencogimientos de hombros a la alegría del maestro cuando éste, al volverde la plaza en una tarde feliz, preguntaba con satisfacción infantil:

—¿Qué te ha paresío? ¿Verdá que estuve güeno?

De la camaradería juvenil guardaba el privilegio de tutear al amo. Nopodía hablar de otro modo al maestro; pero el tú iba acompañado de ungesto grave, de una expresión de ingenuo respeto. Su familiaridad erasemejante a la de los antiguos escuderos con los buscadores deaventuras.

Torero desde el cuello al cogote, el resto de su persona tenía a la vezde sastre y ayuda de cámara. Vestido con un terno de paño inglés, regalodel señor, llevaba las solapas cubiertas de alfileres e imperdibles yclavadas en una manga varias agujas enhebradas. Sus manos secas yobscuras tenían una suavidad femenil para manejar y arreglar losobjetos.

Cuando hubo colocado sobre la cama todo lo necesario para la vestimentadel maestro, pasó revista a los numerosos objetos, convenciéndose de quenada faltaba.

Luego se plantó en el centro del cuarto, y sin mirar aGallardo, como si hablase consigo mismo, dijo con voz bronca y cerradoacento:

—¡Las dó!

Gallardo levantó la cabeza nerviosamente, como si no se hubiesepercatado hasta entonces de la presencia de su criado. Guardó la cartaen el bolsillo y aproximose con cierta pereza hacia el fondo del cuarto,como si quisiera retardar el momento de vestirse.

—¿Está too?...

Pero de pronto, su cara pálida se coloreó con un gesto violento. Susojos se abrieron desmesuradamente, como si acabase de sufrir el choquede una sorpresa pavorosa.

—¿Qué traje has sacao?

Garabato señaló a la cama, pero antes de que pudiese hablar, la cóleradel maestro cayó sobre él, ruidosa y terrible.

—¡Mardita sea! Pero ¿es que no sabes na de las cosas del ofisio? ¿Esque vienes de segar?... Corría en Madrid, toros de Miura, y me pones eltraje rojo, el mismo que llevaba el pobre Manuel el Espartero... ¡Nique fueras mi enemigo, so sinvergüensa!

¡Paece como que deseas mimuerte, malaje!

Y su cólera agrandábase así como iba considerando la enormidad de estedescuido, que equivalía a un reto a la mala suerte. ¡Torear en Madridcon traje rojo después de lo pasado!... Chispeaban sus ojos con fuegohostil, como si acabase de recibir un ataque traicionero; se coloreabansus córneas, y parecía próximo a caer sobre el pobre Garabato con susrudas manazas de matador.

Un discreto golpe en la puerta del cuarto cortó esta escena.

—Adelante.

Entró un joven vestido de claro, con roja corbata, y llevando el fieltrocordobés en una mano ensortijada de gruesos brillantes. Gallardo lereconoció al momento, con esa facilidad que tienen para recordar losrostros cuantos viven sujetos a las muchedumbres.

Pasó, de golpe, de la cólera a una amabilidad sonriente, como siexperimentase dulce sorpresa con la visita. Era un amigo de Bilbao, unaficionado entusiasta, partidario de su gloria. Esto era todo lo quepodía recordar. ¿Pero el nombre? ¡Conocía a tantos!

¿Cómo se llamaba?...Lo único que sabía ciertamente era que debía tutearle, pues entre losdos existía una antigua amistad.

—Siéntate. ¡Qué sorpresa! ¿Cuándo has venío? ¿La familia güena?

Y el admirador se sentó, con la satisfacción de un devoto que entra enel santuario del ídolo, dispuesto a no moverse de allí hasta el últimoinstante, recreándose al recibir el tuteo del maestro, y llamándole Juana cada dos palabras, para que muebles, paredes y cuantos pasasen por elinmediato corredor pudieran enterarse de su intimidad con el grandehombre. Había llegado por la mañana de Bilbao, y regresaba al díasiguiente.

Un viaje nada más que para ver a Gallardo. Había leído susgrandes éxitos: bien empezaba la temporada. La tarde sería buena. Por lamañana había estado en el apartado, fijándose en un bicho retinto, queindudablemente daría mucho juego en manos de Gallardo...

Pero el maestro cortó con cierta precipitación estas profecías delaficionado.

—Con permiso, dispénsame; ahora mismo güervo.

Y salió del cuarto, dirigiéndose a una puertecilla sin número, en elfondo del pasillo.

—¿Qué traje pongo?—preguntó Garabato con voz que aún parecía másbronca por el deseo de mostrarse sumiso.

—El verde, el tabaco, el azul, el que te dé la gana.

Y Gallardo desapareció tras la puertecilla, mientras el servidor,viéndose libre de su presencia, sonreía con malicia vengadora. Conocíaeste rápido escape al llegar el momento de vestirse. La «meada delmiedo», según decían los del oficio. Y su sonrisa expresaba satisfacciónal ver una vez más que los grandes hombres del arte, los valientes,sufrían las angustias de una doble necesidad, producto de la emoción, lomismo que él en los tiempos que descendía a los redondeles de lospueblos.

Mucho rato después, cuando volvió Gallardo a su pieza, resignado a nosufrir necesidades dentro de su traje de lidia, encontró a un nuevovisitante. Era el doctor Ruiz, médico popular, que llevaba treinta añosfirmando los partes facultativos de todas las cogidas y curando acuantos toreros caían heridos en la plaza de Madrid.

Gallardo le admiraba, teniéndole por el más alto representante de laciencia universal, al mismo tiempo que se permitía cariñosas bromassobre su carácter bondadoso y el descuido de su persona. Su admiraciónera la misma del populacho, que sólo reconoce la sabiduría de un hombremal pergeñado y con rarezas de carácter que le diferencien de los demás.

Era de baja estatura y prominente abdomen, la cara ancha, la nariz algoaplastada, y una barba en collar, de un blanco sucio y amarillento, todolo cual le daba lejana semejanza con la cabeza de Sócrates. Al estar depie, su vientre abultado y flácido parecía moverse con las palabrasdentro del amplio chaleco; al sentarse, subíasele esta parte de suorganismo sobre el flaco pecho. Las ropas, manchadas y viejas a poco deusarlas, parecían flotar como prendas ajenas sobre su cuerpo inarmónico,obeso en las partes dedicadas a la digestión y pobre en las destinadasal movimiento.

—Es un bendito—decía Gallardo—. Un sabio... un chiflao, güeno como elpan, y que nunca tendrá una peseta... Da lo que tiene y toma lo quequieren darle.

Dos grandes pasiones animaban su vida: la revolución y los toros; unarevolución vaga y tremenda que había de venir, no dejando en Europa nadade lo existente; un republicanismo anarquista que no se tomaba la penade explicar, y sólo era claro en sus negaciones exterminadoras. Lostoreros le hablaban como a un padre; él los tuteaba a todos, y bastabaun telegrama llegado de cualquier punto extremo de la Península, paraque al momento el buen doctor tomase el tren y fuese a curar la cornadarecibida por uno de sus «chicos», sin más esperanza de recompensa que loque buenamente quisieran darle.