Riverita by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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RIVERITA

NOVELA DE COSTUMBRES

POR

ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID

TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ

Libertad, 16 duplicado

1886

ES PROPIEDAD

RIVERITA TOMO I:

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII

RIVERITA TOMO II:

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII

TOMO I

I

La primera noticia que Miguel tuvo del matrimonio de su padre se la dioel tío Bernardo, persona de extremada respetabilidad y carácter. Tomolede la mano gravemente momentos antes de comer, y le llevó a suescritorio, una pieza de aspecto sombrío, llena de cachivaches antiguos,grandes armarios de libros y cuadros al óleo que el tiempo habíaoscurecido hasta no percibirse siquiera las figuras. Las sillas eran deroble viejo, las cortinas de terciopelo viejo también, la alfombra másvieja todavía, la mesa de escribir un verdadero prodigio de vejez.Miguel sólo dos veces en su vida había visto este aposento sagrado yaugusto para la familia. Una vez se lo había enseñado su primo Enriquedesde la puerta alzando discretamente la cortina y mirando con temorhacia atrás para no ser sorprendido en flagrante profanación. Otra vezhabía sido residenciado por su tío en aquel recinto en compañía delmismo Enrique por haber ambos maltratado de palabra y de obra a lacocinera de la casa bajo el pretexto infundado de que no eransuficientes dos peras por barba para merendar. No es fácil imaginar,pues, el respeto que esta pieza le merecía a Miguel, aunque sutemperamento no fuese demasiadamente respetuoso, según constaba de modoincontestable en la escuela y en otros diversos parajes de la villa.

D. Bernardo dejó a su sobrino arrimado a la mesa de escribir y comenzó apasear silenciosamente y con las manos atrás; sopló con fuerza tres ocuatro veces, desgarró otras tantas, y dijo al fin parándose uninstante:

—Miguel, tú tienes uso de razón, ¿no es cierto?

Miguel le miró, abriendo mucho los ojos, sin contestar.

—¿Has cumplido los siete años?—manifestó su tío poniendo el conceptomás al alcance del niño.

—Tengo ocho.

—Tanto mejor... En efecto, tu padre se casó diez años después queyo... hace nueve aproximadamente... Muy niño eres aún para entenderciertas cosas. ¡Muy niño! ¡Muy niño!

Y D. Bernardo contempló con expresión de lástima a su sobrino, queapenas podía posar, estirándose mucho, la barba sobre la mesa, y meditóbreves momentos: después continuó paseando.

—Sin embargo, pienso, Miguel, que harás un esfuerzo para entenderme...¿no es verdad que lo harás?... No es menester que penetres por completoel sentido de mis palabras, porque en edad tan tierna no es posible;basta con que te hagas cargo de lo que voy a decirte... de lo que tengoencargo de decirte—añadió rectificando.—Has tenido la desgracia deperder a tu madre cuando naciste, de no haberla conocido; era unaverdadera dama, noble, distinguida, de modales muy finos, y que se hacíarespetar de todos. En este concepto, nuestra familia nada tuvo queoponer al matrimonio de Fernando, por más que tu madre no fuese rica,que no lo era en verdad: la distinción, los modales, las relacionescompensan muy bien la falta de fortuna. Mercedes estaba relacionada conla mejor sociedad de Madrid y sabía hacer los honores de un salón comola primera. Desgraciadamente para tu padre, falleció al año de estarunidos, cuando el tapicero no había terminado aún de arreglar los dossalones que habían destinado para recibir, cuando aún no se habíanrepartido todas las papeletas de enlace.

Si algo pudo mitigar el dolorde Fernando, fue el testimonio de respeto que en aquella ocasión seapresuró a darle la espuma de la sociedad madrileña: más de doscientoscoches particulares siguieron el entierro de la pobre Mercedes; S. M.mandó el coche de respeto con los lacayos enlutados; después serecogieron a la puerta más de seiscientas tarjetas de pésame, y a losfunerales que por el eterno descanso de su alma se celebraron en SanIsidro, acudió un sinnúmero de personas de calidad, y en representaciónde S. M., el mayordomo de Palacio. Yo presidí el duelo de familia, elsegundo cabo el de militares, y Monseñor Giner el de sacerdotes. Sobreeste punto no hay más que decir: todo fue conforme a los usosestablecidos y a lo que exigía el decoro de nuestra familia.

D. Bernardo se detuvo para echar una mirada a Miguel, quien al compásque escuchaba a su tío, o no lo escuchaba (que esto nunca pudoaveriguarlo D. Bernardo), daba infinitas vueltas entre los dedos a unvaso griego de barro que servía de prensa-papeles. Quitóselo de la manosuavemente, colocolo en su sitio y tornó a recoger con el paseo el hilode su interrumpido discurso.

—El dolor que tu padre experimentó fue grande, y supo guardar comoquien es todo el tiempo de su viudez el respeto que debía a la memoriade una dama tan principal como tu madre. Por espacio de dos años, nosolamente gastó luto él, sino que lo hizo llevar a toda la servidumbre,al coche y a los caballos; no pisó los salones hasta bien trascurrido elaño, ni recibió en los suyos más que a los amigos de entera confianza;de este modo se adquiere el respeto y la consideración de la gente. Perocomo las cosas no deben ni pueden llevarse al extremo, pasados dos otres años, tu padre entró nuevamente en la vida de la sociedaddistinguida, donde por su nombre, por su grado en el ejército y por sufortuna tiene derecho a brillar entre los primeros. Entonces empezó atocar los verdaderos inconvenientes de su estado. En una casa de laimportancia de la de Fernando una señora es absolutamente indispensable;tú no puedes comprender esto porque eres muy niño, Miguel, ¡muy niño!...

D. Bernardo consideró de nuevo a su sobrino con profunda compasión.

—La presencia de una señora, de una dama, comunica a la casa ciertobrillo que ni el nombre ni el dinero por sí solos pueden alcanzar. Tupobre papá se ha visto privado hace ocho años de dar bailes, comidas, niun té siquiera... ¿Quién había de hacer los honores?... Y vuestra casaes una de las mejores de Madrid, está decorada con mucho gusto, aunqueun tanto abandonada de algún tiempo a esta parte. Es lástima y grandeque no haya podido aprovecharse hasta ahora el espacioso y elegantesalón que tenéis. Además, por lo que he podido observar y han observadotambién algunas personas de la familia y de fuera, en casa de Fernandoreina cierto desconcierto inevitable; por buena que sea una ama dellaves, por buenos que sean los criados, no es posible que atiendan comocorresponde a todos los pormenores... Tu misma educación, Miguel, andabastante descuidada al decir de la gente. Me han dicho que juras en casacomo un carretero...

Estas últimas palabras las dijo D. Bernardo con más alta entonación yparándose frente a su sobrino. Éste sonrió avergonzado; pero al ver queel tío fruncía las cejas, quedose otra vez serio.

—¡Claro está! un padre por más que se esfuerce no puede conseguirinculcar a sus hijos ciertas reglas de urbanidad, so pena de noperderlos de vista un solo instante.

Esto sólo puede hacerlo una señora,una madre... Así que desde largo tiempo vengo aconsejando a mi hermano,y conmigo toda la familia, y no sólo la familia, sino cuantos amigos seinteresan por él, que de nuevo tome estado, organice su casa sobre elpie que le corresponde y salve el decoro de la familia... Al fin,cediendo a mis reiteradas súplicas, y repito que no solamente a lasmías, sino a las de todos sus parientes y amigos, tu papá ha pensado endar a su casa una señora y a ti una mamá...

Pero entiéndelo bien,Miguel, sólo por las razones antes apuntadas, no por otra alguna, tupadre ha consentido en tomar estado... ¿Te haces bien el cargo?....

Miguel le miraba y le remiraba con los ojos muy abiertos, sin moverse;sentía deseos atroces de irse a jugar con su primo Enrique.

—Ahora bien; lo mismo tu padre que yo, que toda la familia, esperamosque con la presencia de tu nueva mamá se opere en tu conducta un cambiofavorable; que dejes esos modales, propios de gentuza, no de caballeros;que no pases el día metido en la cocina, escuchando las sandeces de loscriados; que no te arrastres por los suelos como un perro, estropeandolos vestidos; que seas, en fin, menos cerril y desvergonzado.

A Miguel se le figuró que su tío le estaba insultando, por lo que,aprovechando una de sus vueltas, le hizo algunas muecas despreciativas,y, no satisfecho con esto, a otra vuelta una seña harto más grosera quele había enseñado el lacayo, y que a poder verla hubiera dejado absortoal respetable caballero.

—Con eso contamos, Miguel, aparte de otros muchos cambios beneficiososque en vuestra casa se han de efectuar seguramente, y que tú no tienesedad aún para comprender..... Y, nada más por hoy. He cumplido elencargo que tu padre me ha dado, el cual, entre paréntesis, es muy débilcontigo..... ¡pero muy débil! más de cien veces se lo he dicho..... Túeres un chico que hay que educar virga férrea, y si no, llegarás a darmuchos disgustos.....

Miguel no entendió el latín, pero calculó bien que aquello debía seralgo como palos o azotes, y lleno de ira volvió a enseñar los puños a sutío por la espalda.

—Vamos, vete ahora con tus primos, y cuidado con lastravesuras—concluyó diciendo D. Bernardo mientras empujaba al niñohacia la puerta.

Era aquel señor alto, seco, aguileño, bajo de color, de edad decincuenta años, poco más o menos, pelo ralo y entrecano, cejas espesas,las mejillas cuidadosamente rasuradas, dejando solamente debajo de lanariz un exiguo bigote, que cada día iba siendo más exiguo merced a lostrabajos invasores que por entrambos lados llevaba a cabo la navaja: laexpresión de su rostro, severa e imponente, a lo cual ayudaban en nopequeña parte aquellas cejas pobladas que el buen caballero habíarecibido del cielo, y que solía arquear y extender en la conversación deun modo prodigioso; y en mayor porción todavía cierta maneraextraordinaria de hinchar los carrillos y soplar el aire lenta ysuavemente, que infundía en el interlocutor respeto y veneración.

Habíadesempeñado algunos cargos de importancia en la administración pública,y había estado a pique una vez de ser nombrado senador ministerial: esteera el sueño de su vida; tenía bienes de fortuna, y gozaba muchaconsideración entre sus deudos y amigos: para coronar, no obstante, eledificio de su respetabilidad, que piedra sobre piedra había idolevantando con trabajo durante muchos años, faltaba aquel remate; perolo alcanzaría, no había quien lo dudase; la familia lo esperaba conafán; los amigos lo daban como seguro en un plazo más o menos breve.

II

En el pasillo aguardaba Enrique a su primo Miguel, el cual, así que levio levantó los brazos y sonando las castañuelas dio tres o cuatrozapatetas en el aire para acercarse a él.

—¿Quieres que bajemos a la cochera hasta la hora de comer?

—¿Y si viene mamá?

Miguel hizo un gesto de desprecio. Enrique vaciló algunos instantes, masal fin se decidió a abrir con sigilo la puerta y escaparse por laescalera de servicio.

Era Enrique un muchacho que guardaba en aquella época semejanzaincreíble con un perro ratonero de los que hoy tienen prestigio entrelas damas; después se compuso bastante, pero aún es feo hasta donde unhombre de bien puede serlo. Traía por lo común el cabello hecho greñas yaborrascado, las narices llenas de mocos, las manos sucias y el vestidoroto y cuajado de lamparones. Sólo cuando a doña Martina su madre levenía en mientes sacarlo a paseo o llevarlo a misa o de visita a algunacasa se le podía ver; mas para esto era necesario que aquella señora lecondujese al piso segundo y se encerrase con él en un cuarto que pudierallamarse de las abluciones; al cabo de media hora después de habersufrido una razonable cantidad de repelones, estirones de orejas ybofetadas, que doña Martina creía indispensable asociar siempre a sutarea, salía el buen Enrique lloroso y suspirando, pero más limpio queuna patena.

Y hasta otra. En la casa, donde imperaba la pulcritud, se lemiraba de mal ojo y era a menudo víctima por su aversión a aquellapreciosa cualidad, no sólo de las correcciones paternales, sino de lascrueles e impensadas arremetidas de su hermana mayor Eulalia, joven dediez y seis abriles no muy floridos, casta, limpia, hacendosa,diligente, llena, en fin, de virtudes domésticas, el mimo de sus papás yel blanco del odio de Enrique y del primo Miguel.

—Oyes, Miguel—le dijo Enrique en voz baja, mientras descendíancautelosamente por la escalera del patio;—¿para qué te quería papá?

—Para decirme que mi papá va a casarse—respondió Miguel alzando loshombros con indiferencia.

—¿Con quién?

—Con una señora.

—¿Entonces vas a tener mamá pronto?

Miguel no juzgó necesario contestar.

—¿Estás contento?

—¿A mí qué me importa?

—¿No tienes miedo que haya?... (Enrique hizo una seña expresiva devapuleo.) Miguel le miró un poco turbado.

—¿Por qué?

—Las mamás pegan siempre más que los papás—afirmó sentenciosamenteEnrique.

Miguel calló unos instantes y al fin dijo:

—Si me pegase, le pegaría a ella papá.

Enrique no quiso insistir.

En esto cruzaron el patio y entraron en la cochera. Lo que allí hicieronno es para contado y menos para descrito; un sinnúmero de travesuras,todas en manifiesta oposición con la integridad y aseo de los trajes:baste decir que a última hora entraron en la cuadra, montaron loscaballos, les llenaron los pesebres de paja, les barrieron la porquería,y no satisfechos aún, tomando el cepillo y el rascador, se pusieron asacarles el polvo (y a echárselo a sí mismos encima). Cuando se fueacercando la hora de comer, estaban ambos que daba asco mirarlos; tanto,que Enrique, el cual, como ya hemos dicho, no tenía inclinación biendeterminada hacia la limpieza, quedó un momento pensativo mirándose ymirando a su primo.

—¿Sabes que estamos muy puercos, Miguel?

Éste asintió con la cabeza, mirándose y mirando a su primo también.

—Si vamos al comedor así, me da mamá una tocata... ¡Recontra quétocata!

Miguel, con quien no había de ir el asunto, se contentó con sacudirse unpoco el polvo.

—Mira, vamos al cuarto de Eulalia, al piso segundo, y allí nos podemoslavar... Yo con estas manos no voy al comedor.

En efecto, las manos de Enrique en aquella sazón no estaban visibles.

Subieron con la misma cautela que habían bajado por la escalera deservicio, echó Enrique una ojeada al gabinete de su madre, y enterándosede que estaba allí Eulalia, subieron ya sin temor alguno al piso segundoy se posesionaron del cuarto de aquella señorita. Lo primero quehicieron fue echar el pasador a la puerta a fin de que no lossorprendiesen. Después comenzaron a usar y a abusar de los copiososmedios de aseo que allí existían; sumergieron ambos las manos en lajofaina, que trasvertía de agua clarísima; apoderáronse de unamagnífica pastilla de jabón de almendras, y en pocos minutos, a fuerzade sobarse con ella, la redujeron casi una tercera parte; tomaron lasesponjas, las empaparon en el agua del jarro y se las pasaron repetidasveces por el rostro y la cabeza; no contentos con esto, llevaron susmanos sacrílegas al tarro de la pomada, al frasco del aceite y a lospomos de las esencias, adobándose y perfumándose con todo ello sin dueloalguno; no satisfechos aún, osaron coger la misma borla de los polvos dearroz que servía a la pulcrísima sultana para ocultar ciertas rosetasimportunas que la erisipela había hecho nacer en su rostro, y seembadurnaron con ella en medio de groseras carcajadas; después llevarontodavía su audacia a usar de un frasco de colorete, pintándose loslabios, las narices y hasta las orejas, como cerdos inmundos que eran;después tornaron a lavarse con la esponja y a secarse con lasinmaculadas toallas colgadas de entrambos lados del tocador; finalmente,se lavaron los dientes y las muelas esmeradísimamente con los cepillosque para este efecto allí estaban, frotándolos primero en una cajita depolvos dentífricos.

Este magnífico y escrupuloso lavatorio del aparatodental, coronó, en opinión de ambos, la obra de aseo que con tan buenéxito habían emprendido, y se decidieron a bajar al comedor. Pero antesde salir, se les ocurrió casualmente que tenían los pantalones cubiertosde polvo y porquería; vuelta a echar mano de la esponja, porque nohallaron cepillos, y a frotarse con ella hasta tapar las manchas. Lasbotas se hallaban también, y aún más que los pantalones, en estado demerecer, y Miguel acudió solícito con la esponja a limpiarlas; peroEnrique, no encontrando el medio bastante adecuado, entró en la alcobade su hermana y se las limpió muy bien con la colcha de la cama.

¡Ea! yaestán arreglados aquel par de pájaros; se miran en la luna del armario ydejan escapar un suspiro de satisfacción. Sin embargo, Miguel medita unmomento, y dice:

—¡Mira, tú, que si Eulalia viniera ahora!...

—Ya no sube hasta la hora de dormir... ¿No ves que vamos a comer eneste momento? Y si viene, ¿qué, recontra? El día que me vuelva a pegar,le doy en las narices con esta badila (aquí Enrique sacó una de bronceque tenía escondida ad hoc en el forro de la chaqueta). ¡Ella no tienepor qué pegarme, contra! ¿Es mi madre por si acaso? ¡Ah, recontra; pegaporque sabe meter baza a papá! Cuando está mamá delante, ya se guardaella de tocarme el pelo de la ropa. ¡Y que lo diga! ¡Menudo coscorrón seha mamado ayer!... Ya me dijo mamá: «no seas tonto, Enrique; el día quete pegue tu hermana, tírale a la cabeza con lo que tengas a mano.» Aquíestá la badila; ¡que venga, que venga!... ¡Vaya, hombre, que ya no sepuede sufrir! ¡todo el día pega que te pegarás, como si yo fuese un mulode artillería!...

—¡Pero chico, si la das con la badila la matas!

—¡Que la mate, recontra! ¿Para qué sirve en el mundo esa puerca?¡Siempre metiéndose donde no la llaman! ¡Caciplándolo todo! ¡Metiendolas narizotas en las cosas de sus hermanos!... ¡Ya no la aguanto más,recontra!

Apesar de las disposiciones belicosas de Enrique respecto a su hermana,quedose un instante suspenso y pálido escuchando pasos en el corredor,lo cual probó a su primo Miguel que aún no le había abandonadoenteramente el instinto de conservación. Los pasos se alejaron al finsin dar el resultado desastroso que fue de temer, y Enrique con voz mássosegada dijo:

—Me parece que ya es hora de comer. Vamos abajo antes que nos llamen.

En efecto, cuando los dos primos llegaron al piso principal, la familiaestaba ya en el comedor, que era una pieza espaciosa, amueblada tambiéna la antigua. En el centro una gran mesa de roble tallado cubierta conel mantel y atestada de platos, copas, fruteras y dulceras; a juzgar porel número de cubiertos, había convidados. Sobre la mesa ardía unalámpara de bronce colgada del techo. Los aparadores casi tocaban en él yeran también de roble tallado; las sillas de roble igualmente; todo deroble. Esta madera dura, maciza y adusta, parecía el símbolo de aquellarespetable familia.

Sentado ya a la mesa leyendo un periódico, estaba el dueño de la casa,D. Bernardo Rivera, con la frente espantosamente fruncida, no porqueestuviese disgustado, sino porque tal era su costumbre siempre que leíaalgo; guardaba frente a los periódicos y los libros la actitud preveniday hostil del que no quiere ser juguete de sofismas o frasesrelumbrantes. Doña Martina, su esposa, daba vueltas por la estancia,atenta a que nada faltase, ni sobrase, en la mesa y en los aparadores.Era mujer de unos cuarenta años, de regular estatura, metida en carnes,que no habría sido fea a los veinte, de fisonomía abierta y simpática,pero ordinaria; el talle y la figura más ordinarios aún, porque elvientre le había crecido en los últimos años mucho más de la cuenta y nohabía corsé que lo sujetase; la voz aguda y desentonada, los ademanesbruscos y el mirar dulce y halagüeño: vestía un traje de terciopelo decolor castaño, que en aquella época era el sumo lujo entre las señorasde calidad; mas advertíase que aquel terciopelo no estaba tan bienpegado a sus carnes como era de esperar, dado el aspecto imponente y elconcertado gusto y elegancia que reinaban en la casa. Consistía esto(vamos a decirlo en secreto al lector, porque en secreto y al oído se lodecían los amigos de la familia cuando tocaban este asunto), en que doñaMartina había sido planchadora en sus juveniles años, planchadora de lacasa de su esposo, o por mejor decir, de los padres de su esposo. CómoD. Bernardo Rivera había descendido tan abajo y doña Martina habíasubido tan arriba, no era fácil de explicar en aquel tiempo; años atrásno había tal dificultad para los que apreciaban, en su justo valor, lascarnes macizas y sonrosadas de la buena señora. Se contaban a estepropósito mil anécdotas más o menos chistosas, que todas redundaban enelogio de ella; doña Martina había sido, en sus tiempos floridos, unafortaleza inexpugnable; el fuerte de Figueras y la ciudadela de Santoña,eran castillitos de naipes al lado suyo; sus condiciones de resistenciala habían llevado al término feliz en que hoy la vemos. Verdaderos ofalsos estos dichos maliciosos, el resultado es que D. Bernardo seencontró casado, y fue necesario que su esposa salvase de un golpe laenorme distancia que mediaba entre su humildad y la grandeza y autoridadque habían acompañado al Sr. de Rivera desde sus más tiernos años. ¿Lasalvó en efecto esta señora? En concepto de D. Bernardo no, y esta erala espina más dolorosa de su vida, la que le amargaba las muchassatisfacciones que la sociedad le había proporcionado.. Sin embargo, hayque convenir en que ella había hecho todo lo que estaba de su parte; sino lo había conseguido, acháquese a todo menos a falta de buenavoluntad. Y todavía creemos que andaba su esposo algo exagerado en estepunto; porque doña Martina supo muy bien, al cabo de pocos años, recibira los amigos de su esposo con dignidad, ya que no con distinción, y supotambién preparar una mesa con elegancia y pasear en carretela por laCastellana sin ir rígida e incómoda en el asiento; aprendió igualmente ano dormirse en el Teatro Real y a saludar a sus amigas desde lejosabriendo y cerrando repetidas veces la mano; ofrecía la casa bastantebien, aunque siempre con las mismas frases; se enteraba de las últimasmodas y se las aplicaba; se echaba polvos de arroz y se pintaba lascejas cuando iba a algún sarao; por último, aunque con marcado acentoespañol, había llegado a hablar medianamente el francés.

Apesar de todo esto, el Sr. de Rivera no estaba satisfecho. No que lomanifestase tontamente y al primero que llegase, pues la circunspecciónera una de sus cualidades predominantes, pero lo dejaba traslucir a susíntimos amigos. Hallaba don Bernardo que su cara esposa reñía demasiadocon los criados y a voces, que sus frases de cortesía eran siempre lasmismas y pronunciadas en retahíla como una lección, que daba confianza acualquier amiga y la iniciaba sin reparo en los asuntos domésticos, queno observaba, en fin, con las personas que frecuentaban la casa, aquelladignidad y reserva, aquel sosiego imponente propios de una perfectaseñora. Este capítulo de cargos que el Sr. de Rivera tenía guardadocontra su esposa, había ocasionado serios disgustos matrimoniales.

Sentada en una butaca trabajando con aguja de marfil en una colcha deestambre estaba Eulalia, cuya fisonomía semejaba notablemente a la de supapá: era también larga de cara, aguileña, de cejas pobladas y labioscolgantes que expresaban un profundo desprecio a todo lo que abarcabansus ojos: como él, tenía fruncida la frente casi siempre, lo cual daba asu rostro una expresión hostil, no muy común por fortuna en lasdoncellas de sus años; porque Eulalia estaba en la edad del amor, de lasilusiones, de la ternura, del rubor y la inocencia, por más que ningunade estas cosas se advirtiesen en ella.

Cuando los dos primitos pisaron el comedor, levantó la cabeza y lesclavó una intensa mirada escrutadora, que ellos por tácito acuerdofingieron no advertir. Mas contra lo que esperaban, en vez deconvertirla de nuevo a la labor, siguió cada vez más fija y másescrutadora sobre ellos, hasta el punto de turbarlos. Para evitar sufascinadora influencia se acercaron a los señores que allí había, loscuales les saludaron con palmaditas en el rostro. Doña Martina, despuésde dar a Miguel un beso sonoro en la frente, les preguntó que dóndehabían estado: contestó Miguel en voz alta, para que lo oyese Eulalia,que se habían pasado la tarde en el cuarto de Enrique y Carlos jugandocon el mapa de rompe-cabezas. Al oír esto Carlos, que tenía un año másque Enrique, se puso hecho un energúmeno, diciendo que si le enredabanotra vez con sus mapas, iba a hacer una en las narices de su hermano ysu primo que fuese sonada; pero aquél le tranquilizó en seguida,manifestándole por lo bajo que no habían andado con su rompe-cabezas,sino con los frascos de Eulalia: no sólo se sosegó, sino que tuvo unaverdadera satisfacción, porque para odiar a Eulalia estaban todos deacuerdo en la casa, menos su padre y su madre.

Carlitos era el hijo más guapo que tenían los Sres. de Rivera, y el másaplicado también. Cara redonda y sonrosada, facciones correctas, ojosnegros y expresivos y poblados de largas pestañas. Todos sus estudios enla escuela fueron coronados por un éxito lisonjero; diplomas con orlade colores, libros, medallas de metal azogado, hasta una corona delaurel con cintas de seda que hizo llorar y moquear copiosamente a doñaMartina, cuando de las manos del maestro la vio bajar solemnemente a lacabeza de su hijo. Pero su estudio favorito había sido siempre lageografía, sobre todo la astronómica. Los globos terráqueos y lasesferas armilares que había hecho comprar a su padre, no puedenfácilmente contarse; apesar de ser un hombre de ciencia, estosartefactos duraban poco tiempo íntegros en sus manos; y consistía en queCarlitos no se limitaba a estudiar la lección, como cualquier chicovulgar, sino que la alteza de su pensamiento le arrastraba a escudriñarlos secretos topográficos de nuestro planeta, para lo cual ideabagrandes vías de comunicación que tenía cuidado de señalar con tintasobre el globo, atravesando las montañas más altas y salvando mares ylagos por medio de asombrosos puentes que ningún ingeniero del mundo sehubiera atrevido siquiera a imaginar. Muchas veces, sin embargo, latinta se corría sobre la piel de que estaba revestido y quedaba el globohecho un asco, y vuelta a comprar otro su padre, para que el fuego de lapasión geográfica no se extinguiese en el niño. Pues tocante a lasesferas, pasaba lo propio. Carlitos no consideraba los espacios celestescon el asombro del hombre ignorante ni respetaba debidamente las leyesinmutables que determinan las revoluciones de los astros; familiarizadocon todos sus movimientos de rotación y traslación, formaba cuando se leantojaba nuevos sistemas planetarios, convirtiendo a un simple satélite,a la luna, verbi y gracia, en estrella fija y haciendo girar a sualrededor a todos los planetas, incluso la tierra: o bien imaginabanuevos y caprichosos eclipses, poniendo en conjunción astros que jamásse vieran, ni fuera posible, en tal postura. De todo lo cual resultaba amenudo que cuando más embebecido en su obra estaba Carlitos, hacía elaparato ¡crac! saltaban algunas de las piezas más importantes,dislocábanse con esto otras cuantas, y la bóveda celeste padecía uncompleto trastorno, como si fuese llegado el día del juicio final. Perocomo Carlitos manifestaba vocación tan decidida para Gran Arquitecto delUniverso y su papá no quería de modo alguno contrariársela, al díasiguiente ya tenía otra esfera en que proseguir sus experienciasastronómicas.

Enrique había conseguido sosegar a su hermano; no de la misma suerte aEulalia, quien, después de alzar muchas veces la cabeza y tragárselo amiradas, se resolvió a levantarse de la butaca y acercarsedisimuladamente a él y a su primito; con gran disimulo también puso lanariz sobre la cabeza de ambos, y cerciorándose de que despedían untufo aromático muy marcado, salió repentina y apresuradamente de laestancia. Enrique y Miguel se miraron consternados; mas sacando fuerzasde flaqueza, se acercaron a Vicente, el primero de los hijos varones delSr. de Rivera, y se pusieron a examinar atentamente la cadena de relojque recientemente le había comprado su papá.

Tenía Vicente tres años más que Carlos; esto es, trece; pero semejabatener diez y seis por la estatura, y treinta por su extraordinariagravedad. Era un muchacho de rostro largo y amarillo, seco de carnes yanguloso, mirada fija y opaca, cabeza erguida y ademanes reposados, dehombre ya maduro. No era tan aplicado ni tenía las felices disposicionesde su hermano para las ciencias y las artes; mas en cambio poseía unaelegancia y una distinción de modales, que tenía completamente subyugadoa D.

Bernardo. Hablaba muy poco; no jugaba nunca; sus placeresconsistían en salir de paseo con su papá y otros señores mayores, y queasí le viesen sus amigos y compañeros de Instituto. Preocupábale laindumentaria muy más de la cuenta, al decir de su mamá, que le mirabapor esto con alguna ojeriza: no había sastre que le hiciese bien laropa, ni planchadora que le diese gusto; con tal motivo, siempre queestrenaba un traje o unas botas o se ponía camisa limpia, armaba unjollín que se oía en toda la casa; verdad que estos eran los únicosmomentos en que daba cuenta de sí y mostraba algún arranque, porque todolo demás de este mundo parecía tenerle sin cuidado; pero de todos modos,era un posma que molestaba mucho; y lo que decía doña Martina conmuchísima razón:—Si este niño es tan impertinente ahora para la ropa,¡qué hará cuando tenga veinte años! En efecto; cuando tuvo veinte años,no había quien lo aguantase. Hay que decir que D. Bernardo noparticipaba de la ojeriza de su esposa hacia Vicente; antes considerabaaquella pulcritud como una preciosa cualidad, que le recordaba las quele adornaban a él en su infancia. Regalábale a menudo, unas veces con unbastón, otras con un alfiler de corbata, otras con alguna sortija depoco precio, y el día que cumplió los trece años le compró reloj deplata con cadena de doublé. Este regalo había puesto frenéticos lomismo a Enrique que al Gran Arquitecto, los cuales venían ya muyagriados por las preferencias injustificadas de su señor padre; así quetan pronto como tuvieron noticia de la injuria que se les hacía, armaronun formidable pronunciamiento, que, por fortuna, hubo de sofocarsepronto, gracias a una ballena larga y bastantemente gruesa que doñaMartina poseía para los casos difíciles.

Después de todo, D. Bernardotenía razón en no entregar a sus hijos menores ningún objeto delicado,porque hubiera durado muy poco en sus manos; en las del mayor durabatodo eternidades. Cuando para disimular mejor el miedo se fueronaquéllos a jugar con su cadena, no pudo reprimir la indignación y lesadvirtió con un manotazo de que aquello era de «mírame y no me toques,»y para evitar más conflictos, se levantó de la silla y se puso a darvueltas por la estancia, sin perder un átomo de su ingénita gravedad.

Además de Miguel, que comía todos los domingos en casa de su tío, habíaotros dos señores convidados, los cuales conversaban en un rincón. Ajuzgar por la confianza que D. Bernardo y su señora hacían de ellos,dejándolos solos, debían ser amigos íntimos, de la casa. El uno era ungigante, sin pecar de exagerados al decirlo; en todo Madrid no sehallarían seguramente dos hombres que le aventajasen en estatura.Llamábase D. Pablo Bembo, pero nadie le conocía sino por el coronelBembo, porque lo era, hacía ya bastantes años, de caballería. Lasfacciones de su rostro abultadas, talladas en colosal, como la figura;la voz tan áspera y gruesa que daba miedo; por fortuna hablaba poco:gastaba patillas, entrecanas ya, unidas al bigote a la moda de algunosaños atrás. Las manos y los pies eran cosa de ver; no había halladohormas para los zapatos en ninguna parte; por lo que siempre queviajaba llevaba en el baúl unas que había mandado hacerse a la medida.Pasaba por hombre rico, a quien el sueldo no importaba nada, y estabacasi siempre de reemplazo para vivir en la corte a su gusto. Sus modalestorpes y bruscos como los de un elefante, la palabra estropajosa, lainteligencia tarda y oscura al parecer: sin embargo, después de tratarlese comprendía que era más socarrón que lerdo: rara vez miraba de frentea la persona con quien hablase.

El otro era un caballero de mediana estatura y edad, delgado, pálido,ojos hermosos, de mirar suave y humilde, cara rasurada enteramente, asemejanza de los clérigos y comediantes; frente espaciosa, aumentada poruna calva brillante, y modales tímidos.

Se llamaba D. Facundo Hojeda yera el amigo íntimo y el adlátere eterno del señor de Rivera; no seconcebía a D. Bernardo paseando por el Retiro o el Prado sin llevar a suizquierda a D. Facundo: éste le daba siempre la derecha o le dejaba laacera según los casos, reconociendo la inmensa superioridad de aquél.Tal superioridad se había mostrado ya desde la infancia, cuando ambosasistían a la escuela; no que D. Bernardo fuese un discípulo másaventajado, pues aunque los dos gozaran opinión de aplicados, todavíaHojeda le sacaba alguna ventaja en estudiar con ahínco las lecciones yescribir las cuentas con limpieza; pero D. Bernardo, toda su vida habíatenido un nosequé de alto y superior, que infundía respeto. Estasuperioridad se fue señalando cada vez más con el trascurso del tiempo;los caminos que los dos amigos tomaron contribuyeron poderosamente aello. Mientras D. Bernardo, por virtud de la riqueza heredada de suspadres, comenzó desde muy joven a figurar en la sociedad madrileña y aser un factor indispensable en los salones y teatros, Hojeda veíasenecesitado a seguir la modesta carrera de farmacéutico y a abrir botica,una vez terminada, en la calle de Fuencarral. Aunque su amistad, merceda estas circunstancias, parecía bastante dispuesta a entibiarse por loque tocaba a la parte de D. Bernardo, los esfuerzos de Hojeda no loconsintieron. Todos los momentos que la farmacia le dejaba libre,aprovechábalos para correr a casa de su amigo y prestarle cualquierservicio que estuviese a su alcance: era tan bueno, tan cariñosote, tanrespetuoso, que apesar de la distancia que los separaba y que elboticario se complacía en reconocer, D. Bernardo condescendiómagnánimamente a tratarle, a dejar que le acompañase en el paseo y hastaa dar alguna que otra vez una vuelta por la botica y jugar allí untresillo. No es posible figurarse la profunda gratitud que el bueno deHojeda guardaba a su amigo por estas mercedes. Había permanecidocélibe, y gracias a sus economías, consiguió formar en algunos años uncapitalito, cuyas rentas debían ir acumulándose a él, porque lo mismogastaba hoy que el día en que abrió al público su farmacia. No podíanser más sencillas sus costumbres: habitaba un cuartito bajo detrás de latienda en compañía del mancebo y una cocinera vieja que arreglaba susfugaces refacciones: dos o tres veces por semana comía en casa deRivera, y una que otra se autorizaba el lujo de entrar en un restaurant y engullirse un cubierto de diez reales; jamás iba alteatro, pero tenía dos pasiones decididas, los toros y los sermones, lascuales procuraba ocultar porque entendía que la primera era unaflaqueza, y dejar ver la segunda acusaba vanidad o jactancia. De nadahuía D. Facundo como de esto último; jamás le había oído nadievanagloriarse de cosa alguna ni hablar siquiera de sus asuntos, con talque de la conversación resultase él en buen lugar por cualquierconcepto; su reserva era proverbial en casa de Rivera y en las demás quefrecuentaba, que no eran muchas; esta cualidad, en vez de respeto,inspiraba risa a sus amigos, los cuales se complacían en mortificarlehaciéndole preguntas referentes a su vida y negocios, y hasta leespiaban los pasos para decir después en plena tertulia lo que habíahecho, dónde había entrado, con quién le habían visto hablar, etcétera.Lo que esto molestaba a Hojeda no es decible: al principio se turbaba yle venían los colores a la cara; más adelante, cuando advirtió que erabroma, se negaba a contestar al impertinente, limitándose a alzar loshombros en señal de resignación o a masticar alguna frase de disgusto.Por lo demás, su candor rayaba en lo inverosímil: cualquier disparate,por grande que fuese, con tal que se lo dijesen en serio, lo creía; nole entraba en la cabeza que una persona de años y de carácter seatreviese a decir delante de gente una patraña por sólo el placer deembromar a un amigo; no obstante, tanto abusaron de las mentiras con él,que andando el tiempo llegó a no creer siquiera las verdades, o pormejor decir, éstas eran las que se le atravesaban con más frecuencia.

III

A comer, a comer—dijo doña Martina.

Y en el mismo instante un criado apareció con la humeante sopera entrelas manos.

D. Bernardo se levantó para ofrecer el asiento al coronel Bembo; peroéste, conociendo las costumbres de la casa, se guardó muy bien deaceptarlo; si el anfitrión hubiera cambiado de sitio, quizá no lesentase tan bien la comida. Ocupó un puesto a su derecha; sentáronseVicente, Carlos y Miguel en las sillas que doña Martina les fuedesignando, mientras Hojeda aguardaba en pie a que todos estuviesencolocados para acomodarse.

Faltaba Eulalia.

—¿Dónde está Eulalia?—preguntó su madre.

El criado manifestó que la había visto hacía un instante subir a sucuarto. Enrique y Miguel se miraron y sonrieron como cazurros; peroestaban un poco pálidos.

—A ver—dijo doña Martina al criado,—suba usted al cuarto de laseñorita y dígale que ya estamos a la mesa.

No hubo necesidad. En aquel momento apareció Eulalia, toda sofocada, conlos ojos llorosos y una jofaina entre las manos.

—¿Qué es eso?—preguntó doña Martina con sorpresa.

—¡Mamá, no sabes lo que han hecho en mi cuarto esos chicos!—profirióEulalia con trabajo y dispuesta a sollozar.—¡Todo lo han revuelto yestropeado!... ¡Los polvos de los dientes llenos de agua!... ¡Losfrascos de esencia abiertos y menos de mediados!... ¡El jabón hecho unarepla!... ¡Los cepillos de dientes por el suelo!... ¡La esponja llena deporquería!... ¡La colcha de mi cama llena de betún! Y la toalla

¡miracómo la han dejado!...

Y exhibió a los circunstantes con una mano la toalla donde estabanseñalados como carbón los dedazos asquerosos de su primo y hermano, ycon la otra la jofaina, conteniendo un licor negro y espeso, que almoverse la dejaba teñida.

—¿Pero quién ha hecho eso?—preguntó doña Martina.

—Enrique y Miguel.

—¡Se habrá visto muchacho más cerdo!—exclamó, dando la vuelta a lamesa para acercarse al primero.

Y luego que se hubo acercado le arrimó un par de bofetadas que se oyeronen la cocina, y sobre éste otro par, y otro después, y asísucesivamente, hasta que D.

Bernardo exclamó en voz alta e imperiosa:

—¡Mujer!

Doña Martina suspendió la corrección y volvió los ojos a su esposo consorpresa.

—Observa—dijo éste bajando la voz y señalando al coronel—que haypersonas delante...

—Dispénseme V., coronel—manifestó la señora sofocada aún por laira;—pero no lo puedo remediar... ¡Este hijo con sus cochinerías mequita la vida!

El hijo, en tanto, daba tales gritos, que no diré en la cocina, sino entoda la vecindad debieran oírse perfectamente.

Se había levantado de la silla, y en el colmo del furor pegaba allá enun rincón patadas horrendas en el suelo.

—¡Contra! ¡recontra! ¡me c... en diez!... ¡Por esa cochina!... ¡por esasinvergüenza!... ¡por esa metebaza!...

—¡Chis! ¡chis!... ¡Silencio, niño!—dijo D. Bernardo, frunciendo aúnmás la frente, lo cual, en verdad, parecía imposible.

—¡Vamos, Enrique!—exclamó doña Martina, procurando reprimirse.

—¿Y por qué no le pegan a Miguel que hizo más que yo, recontra?—gritócon furor.

—¡Vamos, Enrique!—volvió a exclamar doña Martina.—¡Tengamos la fiestaen paz!

Y acercándose a él y metiéndole la voz por el oído, comenzó a decirle:

—¿No comprendes, mentecato, que Miguel no es hijo mío?... Si lo fuesele pegaría como a ti... Pero tú eres mayor qué él, y estás en tu casa...Debieras dar ejemplo... ¡A quién se le ocurren sino a ti esas cosas,majadero!... Eres capaz tú solo de revolver esta casa y todas las deMadrid... ¿Es eso lo que te enseña el maestro en la escuela?

¿Di,gaznápiro, di?...

Le tenía cogido por un brazo, y cada una de estas frases iba acompañadade una fuerte sacudida. Cuando hubo concluido su filípica, le dejóllorando en el rincón y se fue detrás de Eulalia, que se había subido denuevo al cuarto, para cerciorarse del número y de la clase de estragosallí ejecutados.

Mientras tanto, D. Bernardo, de malísimo talante, no tanto por latravesura de su hijo como por las incorrecciones de su esposa, sirvióla sopa a todos los comensales, llenando también el plato de aquélla yel de su hija ausente. Al llegar al de Enrique, dijo en tono perentorio:

—Niño, ven a sentarte a la mesa.

Pero Enrique se hizo el sueco y siguió gimiendo y pataleando a ratos.

—¡Niño!—gritó D. Bernardo con voz estentórea.—¡Ven ahora mismo asentarte a la mesa!

El muchacho levantó la cabeza atemorizado y mirando a su padre que teníalos ojos clavados en él con terrible expresión de cólera, comenzó acaminar a regañadientes y como arrastrado hacia la mesa. Y acaso hubierallegado a ella sin novedad si en aquel momento no viese aparecer por lapuerta a la causante de los bofetones, a Eulalia, que entraba en elcomedor seguida de su mamá. Verla y sentirse poseído de insano furor fuetodo uno.

—¡Indecente! ¡por ti me han pegado! ¡Ya me las pagarás todas juntas,recontra!...

¡Te he de romper esas narizotas de trompeta! ¡Metebaza!...¡Fea!... ¡Feona!...

¡Chula!...

Al oírse insultar de este modo, Eulalia no pudo contenerse y se arrojócomo una fiera sobre su hermano, dándole tal estirón de pelos, que elberrido de Enrique, al sentirlo, hizo levantare asustados a lospresentes. Doña Martina, que apesar de sus travesuras tenía pasióndecidida por aquél y que ya estaba medio arrepentida de haberlecastigado, se indignó muchísimo.

—¡Oyes, mentecata! ¿quién eres tú para pegar a tu hermano? ¿No estamosaquí tu padre y yo para eso? ¡Aguarda, aguarda un poco, que yo te bajarélos humillos!...

Y se dirigió a su hija con la mano levantada: esta circunspecta joven lohubiera pasado mal a no ponerse en salvo corriendo en torno de la mesa;doña Martina no pudo atraparla: al mismo tiempo, lo mismo Hojeda que elcoronel, procuraron poner paz.

D. Bernardo estaba tan irritado con las tosquedades de su esposa, que nopudo decir ni hacer nada: siguió sentado con los ojos clavados en elplato mientras un enjambre de pensamientos sombríos y melancólicosrelacionados con su desigual matrimonio, le bullía en la cabeza.

Finalmente, fuéronse calmando poco a poco los ánimos que estabanirritados. Doña Martina dejó de perseguir a su hija y se sentó a lamesa, aunque murmurando amenazas; aquélla también se sentó mirandorecelosa a su madre; D. Bernardo, haciendo un prodigioso esfuerzo dediplomacia para sobreponerse a su justo desabrimiento, entablóconversación con el coronel. El único que pagó los vidrios rotos fue elmísero Enrique: la autoridad del padre y de la madre, de común acuerdo,decidieron que se quedara sin comer, ¡por insolente! Mas, como sucedesiempre que en España se castiga a un criminal, no faltaron empeños enseguida para que la sentencia se casara; los ruegos de Hojeda y elcoronel lograron al fin que la pena se redujera solamente a la privacióndel postre. Y el buen Enrique (a quien hay que agradecer por lo menos elque en medio de su cólera rabiosa no sacase la badila homicida que teníaen el forro de la chaqueta) vino a sentarse a la mesa con las mejillascoloradas de los cachetes, los ojos y las narices húmedas y los peloscaídos por la frente. Estaba tan horroroso, que su primo Miguel,compadeciéndole muy de veras, sintió unos deseos atroces de reír; loscuales, como es natural, trató de contener por cuantos medios estuvierona su alcance, mordiéndose los labios, mirando hacia otro sitio, etc.,etc. Pero quiso su mala suerte que Enrique vino a entender, por lacontracción del rostro sin duda, las ganas que le retozaban por elcuerpo, y con tal motivo empezó a lanzarle unas miradas feroces,envenenadas. Entonces Miguel ya no fue dueño de sí, y de improviso, enun momento de silencio, soltó el trapo de la risa, y con él achorretazos por boca y narices la cucharada de sopa que acababa detragar.

Todos los rostros se volvieron con asombro.

—¿De qué te ríes, Miguel?—le preguntó su tía.

—¡De mí, recontra, de mí!—gritó Enrique desesperado.

—¡Vamos, silencio!—le dijo doña Martina encarándose severamente conél.—

¿Tienes ganas de llevarlas otra vez? Miguel no se ríe de ti... ¿Porqué se ha de reír, tontuelo?...

—Porque sí... yo bien lo sé... ¡Porque es un hipócrita!...

—¡Silencio, te digo... y a comer!

Miguel se había puesto muy serio, comprendiendo que había cometido unagrosería, y que se la disimulaban por ser convidado. Durante un ratolargo pudo conseguir reprimirse, haciendo para ello titánicos esfuerzos.Enrique tenía fijos en él sus ojazos saltones cargados de ira,adivinando perfectamente lo que le andaba por dentro. Si levantaba lavista y veía aquel rostro mocoso, más feo aún por la cólera, estabaperdido. Por eso no la movía un instante del plato, devorando el cocidoque su tía le había servido, sin mascar los bocados. Llegó un instante,sin embargo, en que por casualidad o por atracción magnética seencontraron sus ojos. Y ya no pudo más.

Otro flujo de risa; losgarbanzos esparcidos por la mesa; los rostros de los comensales vueltosde nuevo hacia él. Pero esta vez había más severidad que asombro pintadaen ellos, mayormente en el de su tío.

—¿Qué es eso, Miguel?—le dijo con aparente calma.—¿Por qué estamostan risueños?

Miguel se puso muy colorado, y no contestó.

—¿Te ríes acaso porque han castigado a tu primo por faltas que los doshabéis cometido?... No está bien eso, Miguel, no está bien eso....Debieras ser un poco más generoso..... Si a ti no te han pegado, no esporque no lo merecieses, bien lo sabes, sino porque tu tía no tieneautoridad para hacerlo. Pero afortunadamente para todos, y para titambién—añadió mirando al coronel con sonrisa maliciosa,—no faltarádentro de poco tiempo quien la tenga y ponga las cosas en orden, quebuena falta está haciendo. Entonces, amiguito, quizá le toque a Enriquereírse de ti, aunque tampoco haría bien..... La buena educación y lamoral cristiana prohíben reírse de los males del prójimo.....

Miguel, que se había ido poniendo cada vez más colorado, al llegar aeste punto rompió a llorar, y se echó de bruces sobre la mesa. D.Bernardo sonrió satisfecho del triunfo obtenido por su oratoria. DoñaMartina acudió inmediatamente a consolar al niño.

—Vamos, Miguelito, no llores, tonto.... Si tu tío te quiere mucho.....No tomes a mal lo que te dice..... Si él..... Tú eres un buen chico, yalo sé, y lo saben todos..... Eres incapaz de reírte de Enrique porquele hayan pegado..... ¿Verdad que no te ríes de eso?

Miguel se abstuvo de hablar, porque no quería mentir, ni tampoco llamarfeo a su primo. Siguió todavía algunos momentos con las narices metidaspor el mantel como en son de protesta contra las reticencias malintencionadas de su tío. Al fin, vencido de los ruegos y los halagos dela tía, levantó la cabeza: aquélla se apresuró a secarle las lágrimas ylos mocos con su propio pañuelo. Tomó otra vez el tenedor y siguiócomiendo.

La conversación giró en seguida, por iniciativa del mismo D. Bernardo,sobre la necesidad absoluta que tenía su hermano de llevar a casa unaseñora, opinión que ya le oímos emitir no hace mucho tiempo.

—Si mi hermano se empeña en permanecer soltero, mucho más valdría quese deshiciese de los muebles y se fuese a vivir a una fonda.....

Hay que advertir que D. Bernardo consideraba lo de vivir en fonda puntomenos que una deshonra: por no pisar estos establecimientos vulgares,donde las personas se confunden ridículamente en torno de la mesaredonda, procuraba tener siempre en las poblaciones que visitaba unacasa de respeto (así la llamaba) donde no hubiera más huéspedes que él.De este modo se comprenderá fácilmente la inflexión desdeñosa que dio ala palabra fonda cuando pasó por sus labios.

—No sé si V. habrá observado, D. Pablo—siguió dirigiéndose al coronel(a Hojeda rara vez le concedía este honor),—qué desbarajuste hay encasa de Fernando..... Rara vez se encuentra una cosa en su sitio: elpolvo anda esparcido por los muebles: los criados por donde les parece.A mí me ha pasado más de una vez ir a ella y no haber uno para quitarmeel abrigo. ¡Si le dijese a V., coronel, que en cierta ocasión mi hermanofue a mudarse de camisa, y no pudo, porque no había ninguna planchada!

—¡Hum!—gruñó el gigante en señal de admiración, pero sin apartar lossentidos del roast-beef que tenía delante.

—¡Qué horror!—exclamó doña Martina, como siempre que se hablaba deeste suceso inaudito: ya sabemos que su fuerte era la plancha.

—¡Vea V., vea V. cómo come su hijo!..... soltando la carne ya mascadaen el plato!

Miguel se puso colorado otra vez hasta las orejas.

—¡Vamos, Bernardo, déjale ya!—manifestó su esposa; y dirigiéndosedespués al coronel:—Aprenda V., amigo Bembo; las mujeres hacen másfalta en las casas de lo que a V. se le figura.

—No lo dudo, no lo dudo—murmuró el gigante sin apartar los ojos delplato.

—Y si no lo duda V., picaronazo, ¿por qué no sigue V. el ejemplo de micuñado?

—Señora, no me siento aún preparado.

Doña Martina soltó una carcajada estrepitosa, burda, que hizo arquearlevemente las cejas a D. Bernardo.

—No lo estará V. nunca, si Dios no pone en ello la mano, ¡que ojalá laponga pronto!

—Esa felicidad, primero le ha de tocar a don Facundo que a mí—murmurócon voz cavernosa.

Hojeda levantó la cabeza turbado. Pocas cosas le molestaban tanto comoverse aludido en este asunto de mujeres: por eso el socarrón del coronello hacía siempre que hallaba oportunidad.

—¡Yo!..... coronel..... ruego a V..... el matrimonio.....

—¡A buena parte va V., amigo Bembo!..... Hojeda es un egoistazo.....Más de veinte veces le he querido casar, y siempre me ha dado calabazasa la novia.

—Permítame V., Martinita—se apresuró a decir D. Facundo,—yo no hedado calabazas a nadie..... Estas son cosas muy graves, Martinita.....

—Hojeda no se casa—prosiguió la señora,—por no abandonar su vida desolterón egoísta. ¿Quién le quita a él de dar su paseíto por la mañanaen el Retiro, su sermoncito por la tarde en las Calatravas o en laEncarnación, sus toros o novillos los domingos, etc., etc.?

—Sepamos lo que está comprendido en esas etcéteras, D.Facundo—manifestó el coronel.

Hojeda le miró con ira, y no contestó.

—Pero V. es otra cosa, coronel; V. es un hombre de mundo, menosarregladito que Hojeda, y puede hacer feliz a cualquier muchacha.

—Ya lo oye V., D. Facundo—dijo el coronel.—Los hombres arregladitosno pueden hacer felices a las muchachas.

—No, hombre, no; no quiero decir eso—manifestó doña Martina riendo...

Pero en aquel instante entraron en el comedor dos nuevos tertulios y sesuspendió la conversación. Ninguno de los dos llegaría a veinticincoaños: dieron la mano con gran confianza a los señores y besaron a losniños, lo cual testimoniaba su amistad con la familia de Rivera. El unoera delgado, pálido, ojos pequeños, bastante feo todo él, aunque vestidocon gran pulcritud y elegancia: se llamaba Juan Romillo, hijo de un ricocamisero de la calle del Príncipe: su padre le había destinado al foro,en el cual no había hecho grandes adelantos; en cambio desde muy niñohabía despuntado en el arte de vestirse y en el conocimiento pleno,absoluto, de cuantas noticias verdaderas o falsas corrían por la villa:en las casas donde él entraba no se leían los diarios noticieros,porque eran inútiles: a esto se reducía su ciencia y sus partes. El otroera un guapo chico, rubio, sonrosado, de barba rala e incipiente, ojosazules y húmedos, los labios siempre plegados con sonrisa tierna yhumilde, los ademanes respetuosos sin ser encogidos. Había nacido enCuba de una familia opulenta, que después se arruinó en el juego deBolsa al establecerse en España. Era abogado también, como su amigo ycondiscípulo Romillo, pero mucho más estudioso y aprovechado, lo cualera de necesidad, pues Romillo tenía en perspectiva una fortunaconsiderable, mientras él solamente la que adquiriese con su trabajo.Figuraba en la Academia de Jurisprudencia como orador de esperanzas, yhabía fundado en compañía de otros una sociedad para la abolición de laesclavitud, y otra para abolir las quintas y matrículas de mar. En estosasuntos de interés humanitario mostraba Valle (Arturo del Valle era sunombre) una actividad y un interés tan laudables como prodigiosos: elnúmero de asambleas, o meetings, como se decía en los periódicos, y debanquetes que por su iniciativa se habían promovido, era incalculable;el de artículos y folletos que había escrito en apoyo de sus ideasgenerosas, tampoco podía apreciarse con exactitud. En estos folletossolía venir debajo del título, a modo de sello, un pésimo grabadorepresentando un negrito de rodillas y aherrojado con las manoslevantadas al cielo. En los banquetes figuraba también otro negrito,pero de carne y hueso: a los postres de estos festines humanitarios raravez dejaba Valle de levantarse diciendo en voz alta y solemne:

—Se me dise, señore, que ahí afuera hay un hombre de coló que deseafraternisá con nosotros. ¿Tenéis inconveniente en que esta víctima de lainjustisia sosial entre a saludaros?

—¡Que entre, que entre ahora mismo!—gritaba la asamblea como un solohombre, presa de entusiasmo abolicionista.

Entonces Valle abría la puerta y sacaba de la mano al negrito, el cualse dejaba abrazar de todos los comensales entre vítores y aplausos. Ydespués se emborrachaba como cualquier blanco, y aun mejor algunasveces. Este personaje oportuno, que llegaba siempre por casualidad alfinal de los banquetes abolicionistas, andando el tiempo llegó a serconocido en Madrid. La gente solía decir cuando pasaba por la calle:«Ahí va el negrito de Valle.»

Las ideas políticas de éste, aunque muy democráticas, estaban templadaspor aquella eterna y dulce y amable sonrisa de que hemos hecho mención:esta sonrisa era el mejor salvo-conducto para entrar y ser bien acogidoen todos los salones de la corte: gracias a ella, D. Bernardo Rivera,que no tenía pizca de demócrata ni abolicionista, se dignaba otorgarlesu amistad protectora:—«Es un muchacho excelente—solía decir,—

salvosus ideas...; pero ya las irá modificando con el tiempo.» Con aquellasonrisa, beneficiada con acierto, se podía hacer una gran carrera.

Los dos pollos (como doña Martina los llamaba) fueron saludados conefusión por los presentes. D. Bernardo les entregó generosamente sumano, aunque sin perder un punto la gravedad que tan bien le sentaba. Alinstante se entabló una conversación animadísima acerca de los asuntosque entonces embargaban la atención de la corte: uno de ellos era lallegada reciente del célebre tenor Mario. Romillo lo esclareció de unmodo notabilísimo; entre otros datos importantes, hizo saber que Mariohabía dado orden a L'Hardy, el pastelero de la Carrera de San Jerónimo,de que no vendiese más botellas de champagne, pues probablementenecesitaría él las existencias que hubiese.

—¡Ave María purísima! ¿Pero se las va a beber todas?—exclamócándidamente Hojeda.

—Sí señor—repuso gravemente Romillo.—Se bebe por término medio unadocena de botellas todos los días.

—¡No haga V. caso, hombre!—exclamó doña Martina riendo.—Este Romillosiempre tiene ganas de bromas. Se las beberán entre él y sus amigachos.

Estaban a los postres. Romillo y Valle fueron invitados a tomar café yse sentaron a la mesa. Después del tenor Mario, versó la plática sobrelos fusilamientos de algunos sargentos que se habían sublevado. Romillodio acerca de este punto pormenores no menos interesantes: uno de losreos no había quedado muerto en el acto; se levantó pidiendomisericordia; el confesor trató de interponerse entre él y los cañonesde los fusiles; pero el General que mandaba las tropas acudió, y alzandola espada lleno de cólera, le dijo:

—¡Padre cura, a su puesto, o le fusilo a V. en el acto!

—¡Qué horror!—exclamó Valle, poniendo los ojos en blanco y posándolosdespués blandamente sobre Eulalia.

—En efecto—dijo D. Bernardo,—es muy triste todo eso, pero de absolutanecesidad. ¿Dónde iríamos a parar si no se castigase con mano fuerte larebelión?

—Que se castigue de otro modo señó; la pena de muerte debe serproscrita de los códigos.

—No vayamos a las declamaciones, amigo Valle: la pena de muerte debe desubsistir mientras haya criminales que la merezcan. V. es muy joven,querido, y tiene las ideas generosas, pero irreflexivas, propias de lajuventud. Cuando V. haya vivido más, verá que no puede gobernarse con elcorazón, sino con la inteligencia.

—Tal ves sea lo que usté dise... pero yo no lo puedo remediá... ¡mecausan horró todas las penas corporale!

Al pronunciar estas palabras sus labios estaban contraídos por unasonrisa de inefable dulzura, mientras sus ojos seguían mirando a laprimogénita de Rivera.

D. Bernardo todavía se dignó contradecir otras cuantas veces al jovenabolicionista, favor que éste supo apreciar en lo que valía, procurandodar a sus argumentos un sesgo sentimental que no molestase poco ni muchoal respetable prohombre: dejábase acorralar algunas veces, otras seescapaba por medio de un sofisma evidente, otras se confesaba vencido,aunque persistiendo en sus creencias.

—Sus rasone son poderosa, no tienen vuelta de hoja, lo comprendoperfectamente; pero no puedo juzgá a la humanidad tan mal; sigo creyendoque lo medio suave son preferible.

La discusión de esta suerte era sabrosa para don Bernardo, y nada perdíacon ello el joven cubano. Doña Martina le contemplaba con admiración ysimpatía, participando de sus opiniones caritativas. Eulalia leescuchaba sin disgusto, que era lo mejor que podía esperarse de estasevera doncella.

Al fin Romillo llamó la atención de todos, sacando del bolsillo delgabán un lindo artefacto, que según dijo le acababan de enviar de París.Era un estereoscopio de nuevo sistema; de otro bolsillo sacó unacolección de vistas, iluminadas unas, otras sin luz, representando lospaisajes y monumentos más notables del universo. En torno de él seagruparon inmediatamente todos, exceptuando el jefe de la familia, aquien no podían interesar tales bagatelas, y Romillo fue colocando lasvistas y mostrándoselas, explicando previamente lo que significaban.

—Alrededores de Nápoles... Ahí tienen VV. el Vesubio a un lado... elgolfo debajo...

—¡Hermoso país!—exclamó D. Facundo, que después de los niños, y acasoantes, era el que con más afán ponía los ojos en los cristales.—Hombre,qué ganas tengo yo de hacer un viaje por Italia.

—Pues a ello.

—¡Si no se gastase tanto!

—Pero, hombre de Dios, ¿para quién quiere usted ese gatazo que tiene encasa? ¿No es mejor que se divierta por cuenta de los herederos?—dijodoña Martina.

—Mi gato está más flaco de lo que V. piensa, Martinita.

—La torre inclinada de Pisa.

—¡Vaya una cosa rara y sorprendente!—exclamó el coronel.—Yo no sécómo ha podido construirse esa torre.

—Haciendo que la vertical que pasa por el centro de gravedad, caigadentro de la base—manifestó Carlitos, que había estudiado su poquito defísica en la escuela.

—Muy bien, chico, muy bien—repuso el coronel mirándole.—Eres ya unsabio.

Carlitos se puso colorado de gusto. Pero Enrique, que estaba detrás, seindignó con aquella prueba de sabiduría que acababa de dar su hermano, yle dijo al oído:

—¡Farol! ¿Ya has metido la cucharada? ¡Farol de retreta!

El Gran Arquitecto, que tenía mucho puntillo y no estaba avezado asufrir injurias tan manifiestas, le alumbró por toda contestación unasoberana morrada en las narices.

Pero Enrique, que conocía a dóndellegaban las fuerzas de su erudito hermano, sin proferir una queja, searrojó sobre él como un león, y le hubiera despedazado a no intervenirmuy oportunamente en la contienda doña Martina.

—Envía esos niños a la cama—ordenó D. Bernardo.

—Ahora, ahora; en cuando lleven a Miguel a su casa—repuso laseñora.—Estoy esperando que el criado concluya de comer.

—El puerto de la Habana—dijo Romillo poniendo el estereoscopio delanteal coronel.

—Su país de V.—dijo Eulalia a Valle, con un amago de sonrisa.

—¿Tiene V. deseos de ver su tierra?—preguntó doña Martina.

—¡Y cómo no, señora!—respondió el cubano poniendo otra vez los ojos enblanco y con afluencia admirable.—¿No he de tener deseo de ver a mipaí, lo sitio donde se han deslisado lo año de mi infansia? ¿No he detener grabado en mi corasón aquello paraje tan delisioso, aquellanaturalesa tan rica? ¿No he de apetesé encontrarme otra ves en medio deaquella selva vírgene, bajo un sielo siempre asul, y bebé el agua delcoco y comé la piña y el plátano y la guayaba?

Hablaba de carrera y sin detenerse cual si le hubiesen dado cuerda.

Cuando terminó el panegírico, volvió a poner los ojos en su sitio, y elrostro perdió repentinamente su expresión animada, como si el mecanismointerior se hubiese parado.

—Paisaje de las orillas del Nilo—manifestó Romillo.

—De aquí salieron las siete vacas gordas y las siete flacas que vioJosé en sueños,

¿no es verdad?—preguntó doña Martina mientras mirabacon atención por los cristales.

—Justamente—contestó Hojeda,—las que simbolizaban los años deabundancia y de miseria. ¿No anda por ahí el palacio de Faraón,Martinita?

—No señor, no le veo; lo que sí hay son unos animales muy feos, asícomo serpientes grandes...

—A ver, mamá, déjame ver...—dijo Carlitos con mucho afán.

Su mamá le puso el estereoscopio delante.

—Son cocodrilos—manifestó enseguida el niño consuficiencia.—Pertenecen a la clase de los reptiles, orden de los saurios, familia de los crocodílidos.

—¡Mucho, mucho, chico!—manifestó el coronel con la misma sorna.

—Todos los animales se dividen en cinco tipos...

—¿Nada mas?

—No señor, nada más: vertebrados, articulados, moluscos, radiados y heteremorfos... Lo que hay es que después se dividen enclases, órdenes, familias, géneros y especies... Los vertebrados sedividen en cinco clases: mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces; los mamíferos en catorce órdenes: bimanos, cuadrumanos, quirópteros, insectívoros, fieras, pinnípedos...

—Vamos, niño, basta—dijo a esta sazón don Bernardo, que comenzaba aver lo ridículo de todo aquello.

Roedores, desdentados, proboscideos, paquidermos...

—¡Basta te digo, niño!

Solípedos, rumiantes, sirenios y cetáceos.

—¡Si no te callas, Carlitos, voy allá y te arranco las orejas! Cuidadocon lo cargante que se pone este chiquillo algunas veces!

—¡Anda, bien empleado te está, por farol!—le dijo por lo bajo Enrique.

—Déjele V., amigo Rivera, déjele V. esplayarse. ¿V. no sabe que laciencia a veces produce indigestiones?—manifestó el coronel.

Carlitos cerró la boca muy mohíno.

—El templo de Santa Sofía en Constantinopla—vea V., coronel—dijoRomillo.

—¡Hombre, muy hermoso!... No sabía yo que en Constantinopla hubiese untemplo semejante. ¡Qué columnas tan preciosas! ¡qué columnas!...

—Vea V., D. Facundo, vea V.—dijo Romillo quitándoselo al coronel yponiéndoselo delante al boticario.

Al mismo tiempo apretó un resorte que el aparato tenía, y trocó la vistadel templo por la de una figura obscena. Sólo para esta broma habíacomprado y traído el estereoscopio.

Hojeda apartó instantáneamente los ojos horrorizado, y encarándose conel coronel, le preguntó con retintín:

—¿Y le gusta a V. esto, coronel?... ¡No están malas columnas!

El coronel le miró sorprendido.

—A ver, a ver...—dijeron todos.

Romillo volvió a colocar la vista primitiva, que fue muy celebrada.Entonces D.

Facundo, viéndole sonreír, cayó en la broma y comenzó adirigirle miradas iracundas; y hasta se acercó a él disimuladamente paradecirle por lo bajo con voz irritada:

—¡Parece mentira que un joven bien educado traiga aquí esas porquerías!

—¿Qué tiene V., D. Facundo?—preguntó Juanito en voz alta.

El boticario, desconcertado con la audacia de aquel mequetrefe, contestólleno de confusión:

—Nada, nada; le preguntaba a V. si aún faltaban muchas vistas... porquedeseo retirarme temprano esta noche.

—Si no te molesta mucho, Facundo—dijo don Bernardo,—desearía que tequedases un ratito aún con nosotros. Tengo una sorpresa que darte...

—Molestarme... de ningún modo... aguardaré lo que tú quieras...

El estereoscopio continuó dando juego algún tiempo, y mientras lo daba,apareció en el comedor el último retoño de los Sres. de Rivera, quevenía dormido en brazos de la nodriza. Era una niña de catorce meses, decarita ovalada y pálida, con cierta expresión triste y reflexiva.

—Aquí está mi Serafina—exclamó la madre llena de gozo y orgullo.

Los tertulios fueron depositando un beso en la frente de la criatura,procurando no despertarla, y la nodriza se retiró.

Terminaron al fin las vistas. Romillo guardó su estereoscopio, no sinrecibir antes algunas miradas como saetazos del indignado Hojeda. Vallehabía conseguido acercarse a la primogénita de los Rivera, y procurabaentretenerla agradablemente hablándole de sus muchísimas ocupaciones, lorequerido y solicitado que era de todo el mundo, los aplausos que ganabadonde quiera que pedía la palabra, etc., etc. Los niños habían formadoun grupo y se divertían en un rincón, exceptuando el comedido Vicente,que se paseaba silenciosamente a lo largo de la estancia, bien resueltoa no ser confundido con aquella chiquillería. Doña Martina, elcoronel, Romillo y Hojeda, formaban el núcleo de la tertulia,departiendo alegremente en torno de la mesa, mientras el señor de Riverase mantenía un poco alejado de ellos con un periódico en la mano. Alcabo, dejándolo sobre la mesa y acercándose, les dijo soplando antesrepetidas veces:

—Voy a darles a VV. una noticia que creo ha de serles grata, dada laamistad que me profesan y el cariño y el interés con que han compartidohasta ahora, lo mismo nuestros pesares que nuestras alegrías.

Todos alzaron la cabeza con sorpresa.

—Pero antes de dársela, les ruego que me aguarden aquí algunosinstantes. Trataré de ser breve, para que la curiosidad no les piquemucho tiempo.

Y salió del comedor.

—¿De qué se trata, doña Martina, de qué se trata?—preguntaron a unavoz todos.

—Señores, yo no lo sé tampoco—repuso ésta, dejando no obstanteadivinar en sus ojos gozosos que lo sabía perfectamente.

—Vamos, Martinita, dígalo V.

—¡No lo sé, Hojeda, no lo sé!...

—Señores, aguardemos, ya que doña Martina no quiere decirlo—

manifestóRomillo.—D. Bernardo no puede tardar mucho.

Tardó, sin embargo, más de lo que contaban; un buen cuarto de hora lomenos. Al fin se oyó en el pasillo algo como repiqueteo de armas yespuelas, y apareció en la puerta el Sr. de Rivera vestido de máscara.

Gran asombro en todos los circunstantes.

—Pero, ¿qué es eso, D. Bernardo?

—Señores—dijo éste solemnemente;—el capítulo de caballeros de laorden de San Juan de Jerusalem, me ha hecho la honra de recibirme en suseno. Aquí me tienen VV.

de gran uniforme...

—Muy lindo, Rivera, muy lindo... está V. admirablemente—dijo elcoronel, sin poder comprenderse bien, por la entonación, si hablabaseria o irónicamente. Lo más cierto debía ser lo último, porque D.Bernardo estaba hecho un verdadero adefesio. El uniforme era de colorrojo subido. Parecía una langosta cocida; y para que la semejanza fuesemás notable, la muchedumbre de cordones y correas que le envolvíanremedaban bastante bien las antenas de aquel animalucho. Un espadóndisforme le colgaba de la cintura; el tricornio estaba adornado conplumas.

—¡Y qué calladito se lo tenía!—dijo Valle.

—Yo lo sabía ya hace días, pero no me atrevía a publicarlo,comprendiendo que D.

Bernardo se estaba haciendo el uniforme para daruna sorpresa a sus amigos, como así resultó—repuso Juanito Romillo, aquien molestaba muchísimo el ignorar cualquier noticia.

—Está muy bien, ¿no es verdad?—preguntó doña Martina, llena de cándidoorgullo.

—Admirable, señora, admirable—contestó el coronel con vozcavernosa.—A ver Rivera, dé V. la vuelta para que le examinemos portodas partes...

D. Bernardo giró gravemente en redondo, haciendo sonar el terribleespadón y las espuelas. En aquel instante se oyó un resuello singular enla estancia, al cual siguió una explosión de carcajada contenida. Era elpobre Miguel que, después de haber trabajado como un héroe para contenerla risa, poniéndose colorado como un pimiento, había reventado al fin,con gran dolor de su alma. Su tío le clavó una mirada capaz de dejarleseco en el acto; los demás le miraron también severamente y con asombro;nadie dijo nada, sin embargo. Después que se hubo desahogado, bajó lacabeza lleno de confusión y vergüenza. D. Bernardo se retiróinmediatamente, y en el comedor hubo unos momentos de silencioembarazoso. Hojeda, para templar el mal efecto de la imprudencia delniño, se apresuró a entablar conversación acerca de la orden de SanJuan, haciendo de ella y de sus miembros calurosos elogios. Sin embargo,doña Martina, que estaba realmente enojada, al cabo de pocos minutosllamó al ayo de los niños para que subiera a acostarlos, y ordenó allacayo que condujese a Miguel a su casa.

El chico se despidió, todavía confuso, de la tertulia, y dejó la casa desu tío, situada en la calle del Prado, y se fue paso entre paso con ellacayo hasta la suya, que estaba en la del Arenal.

IV

El abuelo de Miguel había sido uno de los negociantes más ricos deMadrid durante el reinado de Fernando VII. Al morir dejó a cada uno desus tres hijos, Bernardo, Manuel (de quien hablaremos en seguida) yFernando, una renta de catorce o quince mil duros, que sólo D. Bernardohabía conseguido, merced a ciertas negociaciones con el Tesoro, aumentarconsiderablemente. La de Fernando permanecía en tal estado; y en cuantoa la de Manuel, se había mermado bastante.

Fernando, el último de los hermanos y padre de Miguel, era un hombre derostro enjuto y avinagrado, como D. Bernardo, cejas espesas y terriblesbigotes. Nadie diría que detrás de este rostro imponente y marcial, seocultaba un espíritu fino y sensible como el de una damisela, y quedebajo de la cruz laureada de San Fernando, ganada por un acto de arrojoque asombró a la nación, latía un corazón de paloma. Nada más cierto,sin embargo. Aquellos bigotes terribles no servían, en realidad, más quepara que todo el mundo se subiese a ellos: y el más encaramado de todosera Miguel, a quien su padre no sabía negar nada, que hacía cuanto se leantojaba, fuese tuerto o derecho, y que con su mala educación daba pie aque se dijese lo que su tío le había dicho aquella tarde.

Cuando llegó a casa y fue a dar las buenas noches a su papá, encontró aéste sentado en una butaca de su gabinete, fumando y envuelto en lasombra que proyectaba la pantalla del quinqué.

—Buenas noches, papá.

—Buenas noches, hijo mío.

Miguel se acercó para darle un beso. El brigadier le retuvo entre susrodillas acariciándole los cabellos.

—¿Cómo lo has pasado en casa de tu tío?

—Bien.

—¿Te has divertido mucho?

—Bastante.

—¿Supongo que no habréis hecho ninguna travesura que enfadase a la tíaMartina?

—No, papá—respondió el chico sin vacilar, y le contó todo lo que habíahecho aquella tarde, omitiendo lo que bien le pareció.

—Bien, así me gusta. Ahora tendrás ya deseos de irte a la cama,¿verdad?... Vaya, pues a la cama, hijo mío, a la cama..... No quieroretenerte más..... a la cama, a la cama.....

Sin embargo, seguía reteniéndole entre las rodillas. Al fin Miguel,forzándolas un poco, logró salir de ellas, y se dirigió a la puerta.Cuando ya estaba cerca, volvió a llamarle su padre.

—Oyes, Miguel..... ¿No te ha hablado tu tío Bernardo?... preguntole convoz algo alterada.

Miguel se detuvo y no contestó.

—¿No te ha hablado de cierto asunto?

—Sí—murmuró el chico, también cortado.

—¿Y qué te ha dicho?... Cuenta.....

Miguel comenzó a colocarse los dedos de la mano izquierda unos sobreotros y no dijo palabra.

—¿No te ha dicho que ibas a tener pronto una mamá?—articuló elbrigadier cada vez más turbado.

—Sí—murmuró sordamente el niño.

—¿Y qué te parece a ti de eso, Miguel?....

Silencio sepulcral por parte de éste.

—Vamos, ven aquí, tonto, ven aquí—le dijo con voz cariñosa; ymetiéndole de nuevo entre sus rodillas, comenzó a besarle con afán.

—¿No es verdad que a ti no te disgusta tener una mamá?... ¿No ves cómotodos tus amigos la tienen menos tú?... Ya verás cómo la quieres... peronunca más que a mí,

¿no es cierto?... Y cuando vayas al colegio yapodrás decir a los compañeros:—Tengo una mamá, como vosotros... Y lomismo a tus primos Enrique y Carlos... Y saldrás con ella a paseo encoche para que todos la vean. Ella, que es muy buena, te ha de querermucho, y tú no la darás ningún disgusto, ¿verdad? Ya te conoce por elretrato...

Y tú la conocerás muy pronto a ella... ¿Quieres conocerlaahora mismo?

Y con mano febril, por donde se podía adivinar el grado deapasionamiento a que el brigadier había llegado, sacó del bolsillo unacartera y de la cartera un retrato de mujer, que puso delante de losojos a su hijo.

—Mírala, ¿te gusta?

Miguel la echó una rápida mirada por complacer a su padre y bajó lacabeza en señal afirmativa.

—Vamos—dijo el brigadier en voz baja y temblorosa,—dala un beso.

El chico obedeció posando levemente los labios sobre el retrato. Su papále pagó este acto de galantería con un sinnúmero de caricias y le fue adespedir hasta la puerta muy conmovido.

Al día siguiente el brigadier anunció a su hijo que se marchaba enbusca de la mamá y que tardaría en volver cuatro o cinco días;recomendole con mucho encarecimiento la formalidad durante su ausencia,el respeto al ama de llaves, la mesura con los demás criados, la puntualasistencia al colegio, el estudio, etc., etc.

—Aquí llega tu tío Manolo—dijo viendo entrar a su hermano,—a quien tedejo recomendado: él se encargará de dar una vuelta por aquí todos losdías y enterarse de cómo sigues y qué tal te portas...

El tío Manolo, que acababa de entrar, era, con mucho, el mejor mozo delos tres hermanos. Apesar de sus cuarenta y cinco años, conservaba unafrescura de cutis y una gallardía de talle que ni en sus mocedadeshabían ellos disfrutado: era un hombre verdaderamente notable por sufigura: alto como sus hermanos, pero mejor proporcionado, de faccionescorrectas y varoniles, cabello negro y naturalmente rizado, donde apenasse advertía aún tal cual hebra de plata, patillas negras también,largas, sedosas, el cuello blanco y redondo como el de una mujer, el piemenudo y las manos finas y aristocráticas. En honra y gloria de estafigura, para regalarla y darla el debido esplendor, había sacrificado D.Manuel Rivera todo su tiempo y casi todo su capital. D. Bernardo hablabade él con poco respeto y le trataba con cierto despego: el mismobrigadier, aun queriéndole bien, no se mostraba muy impresionado poraquella famosísima estampa, y solía reprenderle suavemente algunas cosasque llamaba puerilidades. En cambio, su sobrino Miguel le adoraba: ya deniño ansiaba volar a él desde los brazos de la nodriza: el tufo de losperfumes que gastaba, el roce de aquellas sedosas patillas al besarle, ysobre todo, la franca alegría que respiraba, le habían seducido siemprey aún le tenían completamente subyugado.

—Pierde cuidado, Fernando—dijo gravemente el real mozo.—Yo haré queMiguel cumpla con sus deberes y se porte como una persona formal... Nitú, ni Bernardo—

añadió dirigiéndose a su hermano en tonoconfidencial—sabéis tratar a los chicos.

Bernardo con su rigorinoportuno, y tú con tu debilidad, no servís para el caso... Yo hubierasido un gran padre... A los chicos es menester tratarles confamiliaridad, darles expansión, hablarles como amigos... y cuando llegael momento de ponerse serios, se les echa un terno redondo y se lesdice: ¡c... chico, no hay más remedio que hacer esto!... ¡y se hace!¡vaya si se hace!

El brigadier sonrió al oír aquel discurso, y dijo:

—Bueno, Manolo, tú te encargas de dar algunas vueltas por esta casa yvigilar que todo marche bien... Y si quieres y tienes tiempo para sacara Miguel a paseo, sácale...

—Nada, hombre, pierde cuidado, te digo.

En efecto, el brigadier partió aquella noche para Sevilla dejando aMiguel al cuidado de los criados y bajo la vigilancia de su tío. Este aldía siguiente vino a enterarse de cómo había pasado la noche, y tuvo laamabilidad de conducirle hasta el colegio; al dejarlo a la puerta, leprometió venir a buscarle y llevarle a almorzar consigo. Y así fue; peroen vez de llevarle a la fonda donde alojaba, prefirió irse a almorzar al restaurant del Iris. Comieron y bebieron alegremente como doscamaradas: el tío puso en práctica su tema pedagógico de la expansión. Alos postres tenía las mejillas bastante coloradas y hablaba por loscodos.

—¿Sabes, Miguel?... Ahora, por la tarde te perdono el colegio. Unatarde más o menos importa poco. Vamos a dar un paseíto en coche, que esmuy higiénico después de almorzar bien... porque hemos almorzado bien;¿no es verdad, Miguel? Es lástima que no te encuentres en edad defumar... te daría un cigarro... Pero ya llegarás a allá...

Al levantarse del asiento, Miguel se tambaleó un poco, lo cual hizo reíra su tío.

Como éste ya no tenía coche, se fueron a casa del brigadier, ymandó enganchar el tílbury, y subiéndose a él y poniendo al sobrino asu lado, empuñó con muy gentil disposición las riendas, y enderezó lospasos del caballo hacia la Casa de Campo. El tío Manolo era uno de losprimeros mayorales de España; daba lástima que aquellas extraordinariasfacultades hubiesen quedado tan pronto oscurecidas por falta de materiadonde aplicarlas. Miguel iba en sus glorias, admirado de ver al tíoaflojar y recoger las riendas y fustigar al caballo, con tanto arte,para ponerle al trote corto o largo, y hacerle revolver en poco espacio.

—¿Qué tal, Miguel?—le preguntó muy complacido de aquellaadmiración.—¿Quién lo entiende mejor, Pedro el cochero o yo?

—¡Tú!—contestó el chico con entusiasmo.

—Pues aún no has visto nada... Guiar con un caballo lo hace cualquiera.Mañana pondremos los dos, el Centauro y el Veloz, a la tendée, y veráscómo me las sé arreglar.

Desde la Casa de Campo vinieron a dar una vueltecita al Prado. El tíoManolo fue enseñando a Miguel los trenes más lujosos y nombrándole susdueños: también le enseñó las bellezas de la corte.

—¡Guapa mujer esa que acabo de saludar! ¿eh? Es hija de Bustamante elbanquero...; ligerita..., ligerita!... Allá va la Condesa deFuenteseca... no me ha visto... a la otra vuelta la saludaré... ¡Cuidadoque se conserva bien esa mujer!... Adiós, Lucía, a los pies deV.,—dijo, quitando el sombrero, a una joven rubia que venía encarretela con otras señoras.—Esa chica que acabo de saludar essevillana y muy amiga de la que va a ser tu mamá... ¡muy romántica!¡muy espiritual!... No tiene una peseta, ¿sabes?... Si va en coche, esporque la convidan las amigas... De eso hay mucho en Madrid, chico...¡Te digo que a este caballo le han estropeado la boca! ¡Ese Pedro!...¡ese Pedro!... No sé cómo tu padre se ha encaprichado por él... yo lehabía recomendado otro magnífico que había sido muchos años deVillamejor, pero no me ha hecho caso, y ha preferido ese bruto...

Miguel echó una mirada atrás porque estaba seguro de que el lacayo se loiba a contar todo a Pedro.

—Espérate un poco... ahí viene la Albini...

El tío Manolo saludó a la última moda agitando el sombrero en el aire.La blonda y obesa cantante, que venía arrellanada en una carretela, lecontestó con sonrisa amistosa.

—Es la primera tiple absoluta del Teatro Real... ¡Una hermosa mujer!...y nada arisca... Si te parece, vamos a dar la vuelta para que la veasbien...

Y sin más aguardar, hizo revolver al caballo y se puso a seguir el cochede la Albini, y en toda la tarde no le perdió de vista. Cuando oscurecióse fueron a tomar un sorbete al Iris y después a casa.

Al día siguiente no hubo colegio tampoco por la tarde, y salieron encoche como habían convenido a la tendée, luciendo el tío Manolo susaptitudes prodigiosas en el Prado. Miguel iba embelesado y orgulloso dever que la gente les miraba mucho.

Aquella manera de enganchar loscaballos era todavía rara y un poco peligrosa no contando con jacasamaestradas. Por la noche el tío le llevó al Teatro Real a un palco quetenían abonado entre varios amigos, le presentó a todos ellos y fue muybesuqueado y obsequiado de dulces. El tío desapareció del palco duranteun acto, y Miguel supo por los amigos que debía de estar en el cuarto dela Albini. En efecto, al cabo de una hora vino muy sonriente ysatisfecho y sufrió con alegría la matraca que sus amigos le dieron porhaber dejado al sobrino abandonado. Al otro día después de paseo lellevó a casa de unos amigos, donde se ensayaban hacía ya tiempo dosactos de ópera que debían cantarse y representarse en el cumpleaños dela señora. Esta era una gran música y tocaba el piano admirablemente; devoz andaba tal cual. Su hija la tenía penetrante y bastantedesagradable, pero sabía cantar. El Sr. de Trujillo, esposo y papárespectivamente de las mencionadas damas, intendente de ejército, nitenía voz ni sabía cantar, pero cantaba. Había otra porción detertulianos que con las mismas disposiciones para el arte musical que elintendente, se habían prestado a tomar parte en la función. Entre todosellos descollaba como la robusta encina en bosque de madroños, el tíoManolo. Miguel pudo convencerse en seguida de que era el gallo de laquintana. Rivera para aquí, Rivera para allí, Rivera esto, Rivera lootro, en todas partes hacía falta y para todo se le consultaba. ¡Cómono, si sabía casi tanta música como la intendenta y poseía una vozaceptable de tenor! Así que de hecho él era el director de la fiesta,por más que aquella lo fuese de derecho.

Se iba a cantar un acto de la Lucía, de Donizetti, y otro del Coradino, de Rossini.

Los ensayos hacía ya mas de tres meses quehabían comenzado; todo el invierno había estado el tío Manolopreguntando a la intendenta: « ¿Son tue cifre? A me risponde