Reseña Veridica de la Revolución Filipina by Emilio Aguinaldo - HTML preview

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RESEÑA VERÍDICA DE LA

REVOLUCIÓNFILIPINA

POR DON EMILIO AGUINALDO Y FAMY

Presidente de la República Filipina.

TARLAK (ISLAS FILIPINAS.)

Imprenta Nacional a cargo del Sr. Zacarías Fajardo

1899

ÍNDICE

I. LA REVOLUCIÓN DE 1896

II. EL TRATADO DE PAZ DEBIAK-NA-BATÓ

III. NEGOCIACIONES

IV. LA REVOLUCIÓN DE 1898

V. EL GOBIERNO DICTATORIAL

VI. LOS PRIMEROS TRIUNFOS

VII. LA BANDERA FILIPINA

VIII. EXPEDICIÓN ÁVISAYAS

IX. EL VAPOR «COMPAÑÍA DEFILIPINAS»

X. LA PROCLAMACIÓN DE LAINDEPENDENCIA

XI. LA COMISIÓN ESPAÑOLA

XII. NUEVAS TROPAS AMERICANAS

XIII. EL 13 DE AGOSTO

XIV. PRIMEROS NUBARRONES

XV.ESPERANZAS FALLIDAS

XVI. LA COMISIÓN AMERICANA

XVII. ACTOS IMPOLÍTICOS

XVIII. LA COMISIÓN MIXTA

XIX. RUPTURA DE HOSTILIDADES

RESEÑA VERÍDICA DE LA REVOLUCIÓNFILIPINA

I.

LA REVOLUCIÓN DE 1896

España dominó las Islas Filipinas por másde Tres siglos y medio, durante los cuales, abusos de lafrailocracia y de la Administración acabaron con lapaciencia de los naturales, obligándoles en los días26 al 31 de Agosto de 1896, á sacudir tan pesado yugo,iniciando la revolución las provincias de Manila yCavite.

En tan gloriosos días levantáronse Balintawak,Santa Mesa, Kalookan, Kawit, Noveleta y San Francisco de Malabon,proclamando la independencia de Filipinas, seguidos, á loscinco días, por todos los demás pueblos de laprovincia de Cavite; sin que para ello existiera conciertoprévio para ejecutar el movimiento, atraídos sin dudaalguna por el noble ejemplo de aquellos.

Por lo que toca á la provincia de Cavite, si bien secircularon órdenes de llamamiento por escrito firmadas porD. Agustin Rieta, D. Cándido Tirona, y por mí,Tenientes de las tropas revolucionarias, sin embargo, nohabía seguridad de que fueran atendidas, ni recibidassiquiera; como en efecto, una de estas órdenes cayóen manos del español D. Fernando Parga, GobernadorPolítico Militar de la provincia, que dió cuenta alCapitán General Don Ramón Blanco y Erenasquién ordenó á seguida, combatir y atacará los revolucionarios.

La Providencia que había señalado sin duda la horade la emancipación filipina, protegió á losrevolucionarios; pues solo así se explica que hombresarmados de palos y gulok, sin disciplina niorganización, vencieran á fuerzas españolas deEjército regular, en los rudos combates de Bakoor, Imus yNoveleta, hasta el extremo de arrebatarles numerosos fusiles; loque obligó al General Blanco á suspender lasoperaciones y tratar de sofocar la revolución por lapolítica de atracción, pretextando que no le gustaba«hacer carnicería en los filipinos.»

El Gobierno de Madrid, no aprobando esta clase depolítica del General Blanco, envió al TenienteGeneral don Camilo Polavieja para relevarle del cargo, mandando alpropio tiempo, tropas regulares de españolespeninsulares.

Polavieja con 16 mil hombres armados de Maüser y unabatería de cañones, atacó á losrevolucionarios, con energía; apenas reconquistó lamitad de la provincia de Cavite; y habiéndose enfermado,dimitió el cargo en Abril de 1897.

Relevado D. Camilo Polavieja por el Capitán General D.Fernando Primo de Rivera, éste anciano guerreropersiguió en persona á los revolucionarios con tantafirmeza como humanidad, logrando reconquistar toda la provincia deCavite y arrojando á los rebeldes á lasmontañas.

Entónces senté mis reales en la abrupta ydesconocida sierra de Biak-na-bató, dondeestablecí el Gobierno Republicano de Filipinas, áfines de Mayo de 1897.

II.

EL TRATADO DE PAZ DE BIAK-NA-BATÓ

Don Pedro Alejandro Paterno estuvo várias veces en Biak-na-bató á proponer la paz, quedespués de cinco meses y largas deliberaciones, quedóconcertada y firmada en 14 de Diciembre de dicho año 1897,bajo las bases siguientes:

1.a Que era yo libre de vivir en el extrangero con loscompañeros que quisieran seguirme, y habiendo fijado laresidencia en Hong kong, en cuyo punto debería hacerse laentrega de los 800,000 pesos de indemnización, en tresplazos:—400,000 á la recepción de todas lasarmas que había en Biak-na-bató—200,000cuando llegáran á 800 las armas rendidas y losúltimos 200,000

pesos al completarse á 1,000 elnúmero total de las mismas y después de cantado el Te Deum en la Catedral de Manila, en acción degracias.—La segunda quincena de Febrero se fijó comotiempo máximo para la entrega de las armas.

2.a El dinero sería todo entregado á mi persona,entendiéndome con entera libertad con mis compañerosy demás revolucionarios.

3.a Antes de evacuarse Biak-na-bató por losrevolucionarios filipinos, el Capitán General Sr.

Primo deRivera me enviaría dos Generales del Ejércitoespañol, que permanecerán en rehenes hasta que yo ymis compañeros llegásemos á Hong-kong, y serecibiera el primer plazo de indemnización, ó seanlos 400,000 pesos.

4.a También se convino suprimir las Corporacionesreligiosas de las Islas y establecer la autonomía en elórden político y administrativo, aunque ápetición del General Primo de Rivera, éstos extremosno se consignaron por escrito, alegando que era muy humillantehacerlo así para el Gobierno Español, cuyocumplimiento por otra parte, garantizaba él con su honor decaballero y militar.

El General Primo de Rivera entregó el primer plazo de400,000 pesos mientras aún permanecían los dosGenerales en rehenes.

Nosotros, los revolucionarios, cumplimos por nuestra parte conla entrega de armas, que pasaron de mil, como consta á todoel mundo por haberse publicado la noticia en los periódicosde Manila.

Pero el citado Capitán General dejó decumplir los demás plazos, la supresión de frailes ylas reformas convenidas, no obstante haberse cantado el TeDeum; lo que causó profunda tristeza á míy á mis compañeros; tristeza que se convirtióen desesperación al recibirse la carta del Teniente CoronelD. Miguel Primo de Rivera, sobrino de dicho General y su Secretarioparticular, avisándome que mis compañeros y yonó podríamos ya volver á Manila.

¿Es justo éste proceder del representante delGobierno de España?—Contesten las concienciashonradas.

III.

NEGOCIACIONES

No hube de permanecer con mis compañeros por mucho tiempobajo el peso de tan crítica situación, porque en elmes de Marzo del referido año 1898 se me presentó unjudío á nombre del Comandante del buque de guerranorte-americano Petrell, solicitando conferencia por encargodel Almirante Dewey.

Celebráronse varias con el citado Comandante en lasnoches del 16 de Marzo al 6 de Abril, quien solicitando demí volviera á Filipinas para reanudar la guerra de laindependencia contra los Españoles, ofrecióme laayuda de los Estados Unidos, caso de declararse la guerra entreésta nación y España.

Pregunté entónces al Comandante del Petrell lo que Estados Unidos concedería á Filipinas,á lo que dicho Comandante, contestó que EstadosUnidos era nación grande y rica, y nó necesitabaColonias.

En su vista, manifesté al Comandante la conveniencia deextender por escrito, lo convenido, á lo que contestóque así lo haría presente al Almirante Dewey.

Estas conferencias quedaron interrumpidas por haber, el 5 deAbril, recibido cartas de Isabelo Artacho y de su Abogado,reclamándome 200,000 pesos de la indemnización, parteque le correspondía percibir como Secretario del Interiorque había sido en el Gobierno Filipino de Biak-na-bató, amenazándome llevar ante losTribunales de Hong kong, si no me conformaba con susexigencias.

Aunque de paso haré constar que Isabelo Artachollegó á Biak-na-bató éingresó en el campo de la revolución el 2 deSeptiembre de 1897, y fué nombrado Secretario, áprincipios de Noviembre, cuando la paz propuesta y trabajada por D.Pedro Alejandro Paterno, estaba casi concertada, como lo prueba elque en 14 de Diciembre siguiente sefirmára.—Véase, pues, la injusta y desmedidaambición de Artacho al pretender la participación de200.000 pesos por los pocos días de servicios que ála Revolución prestára.

Además se había convenido entre todos nosotros losrevolucionarios, en Biak-na-bató, que, en el caso deno cumplir los españoles lo estipulado, el dinero procedentede la indemnización, no se repartiría, y sedestinaría á comprar armas para reanudar laguerra.

Artacho, pues, obraba entónces como un espía,agente del General Primo de Rivera, toda vez que queríaaniquilar la revolución, quitándola su máspoderoso elemento, cual era, el dinero. Y así fuéconsiderado el asunto por todos los Revolucionarios,acordándose en junta, saliera yó inmediatamente deHong-kong, evitando la demanda de Artacho, á fin de que losdemás tuvieran tiempo de conjurar éste nuevo peligropara nuestros sacrosantos ideales, consiguiéndolo asíen efecto: Artacho convino en retirar su demanda por medio de unatransacción.

En cumplimiento de dicho acuerdo, marchéme sigilosamentede Hong-kong, el dia 7 de Abril, embarcándome en el Taisan, y pasando por Saigón fuí áparar con la mayor reserva á Singapore, llegando áeste puerto en el Eridan el 21 de dicho mes,hospedándome en casa de un paisano nuestro. Tal fuéla causa de la interrupción de las importantisimasconferencias con el Almirante Dewey iniciadas por el Comandante del Petrell.

Pero «el hombre propone y Dios dispone»,refrán que en ésta ocasión se cumplióen todas sus partes; porque no obstante lo incógnito delviaje, á las cuatro de la tarde del dia de mi llegadaá Singapoore, presentóse en la casa, donde mehospedaba, un inglés que, con mucho sigilo, dijo que elCónsul de Estados Unidos de aquel punto, Mr. Pratt, deseabaconferenciar con D. Emilio Aguinaldo, á lo que se lecontestó que en dicha casa no se conocía áningún Aguinaldo; pues así se había convenidoresponder á todo el mundo.

Pero habiendo vuelto el inglés repetidas veces con lamisma pretensión, accedí á la entrevista conMister Pratt, la cual, se verificó, con la mayor reserva de9 á 12 de la noche del dia 24 de Abril de 1898, en un barrioapartado.

En la entrevista aludida manifestóme el CónsulPratt, que no habiendo los españoles cumplido con lo pactadoen Biak-na-bató, tenían los filipinos derechoá continuar de nuevo su interrumpida revolución,induciéndome á hacer de nuevo la guerra contraEspaña, y asegurando que América daría mayoresventajas á los filipinos.

Pregunté entonces al Cónsul qué ventajasconcedería Estados Unidos á Filipinas, indicando alpropio tiempo la conveniencia de hacer por escrito el convenio,á lo que el Cónsul contestó quetelegráficamente daría cuenta sobre el particulará Mr. Dewey, que era Jefe de la expedición paraFilipinas, y tenía ámplias facultades del PresidenteMac-Kinley.

Al dia siguiente, entre 10 y 12 de la mañana, sereanudó la conferencia, manifestando el Cónsul MisterPratt que el Almirante había contestado acerca de mis deseosque, Estados Unidos por lo menos reconocería laIndependencia de Filipinas bajo protectorado naval y que nohabía necesidad de documentar éste convenio, porquelas palabras del Almirante y del Cónsul Americano eransagradas y se cumplirían, no siendo semejantes á lasde los Españoles, añadiendo por último,que, el Gobierno de Norte América era un Gobierno muyhonrado, muy justo y muy poderoso.

Deseoso de aprovechar tan providencial ocasión pararegresar á mi país y reanudar la santa empresa de laIndependencia del pueblo filipino, presté enterocrédito á las solemnes promesas del CónsulAmericano, y le contesté que podía desde luego contarcon mi cooperación de levantar en masa al pueblo filipino,con tal de que llegára á Filipinas con armasofreciendo hacer todo cuanto pudiera para rendir á losEspañoles, capturando la plaza de Manila, en dos semanas desitio, siempre que contára con una batería de 12cañones.

Replicó el Cónsul que me ayudaría parahacer la expedición de armas que yo tenía proyectadaen Hong-kong; pues telegrafiaría enseguida al AlmiranteDewey lo convenido, para que por su parte prestára suauxilio á la citada expedición.

El día 26 de Abril se llevó á cabo laúltima conferencia en el Consulado americano, á dondefuí invitado por Mr. Pratt, quien me notició que laguerra entre España y Estados Unidos estaba declarada, y portanto, que era necesario me marchára á Hong-kong enel primer vapor, para reunirme con el Almirante Dewey que sehallaba con su escuadra en «Mirs bay», puerto de China;también recomendóme Mr. Pratt le nombraseRepresentante de Filipinas en América para recabar conprontitud el reconocimiento de la Independencia. Contestéque desde luego marcharía yo á Hong-kong áreunirme con el Almirante, y que en cuanto se formara el Gobiernofilipino le propondría para el cargo que deseaba, si bien loconsideraba insignificante recompensa á su ayuda; pues parael caso de tener la fortuna de conseguir la Independencia, leotorgaría un alto puesto en la Aduana, además de lasventajas mercantiles y la ayuda de gastos de guerra que elCónsul pedía para Estados Unidos; y que los filipinosestarían conformes en conceder á América enjusta gratitud á su generosa cooperación.

Luego que hube tomado pasaje en el vapor Malacca volví á despedirme del Cónsul Pratt, quienaseguró, que antes de entrar en el Puerto de Hong-kong merecibiría secretamente una lancha de la escuadra americanacon el fin de evitar la publicidad, sigilo que también yo lodeseaba. Partí para Hong-kong en dicho vapor las 4 de latarde del mismo dia 26.

A las dos ménos cuarto de la madrugada del dia 1.° deMayo fondeábamos en aquel puerto sin que saliera áencontrarnos ninguna lancha. A invitación del Cónsulde esta colonia, Mr. Wildman dirijíme al consulado y de 9á 11 de la noche del mismo dia de mi llegadaconferencié con él, diciéndome que elAlmirante Dewey se había marchado á Manila sinesperarme, por haber recibido órden perentoria de suGobierno para atacar la escuadra española, dejando recado deque me mandaría sacar por medio de una cañonera. Enaquella conferencia traté con el indicado Cónsulacerca de la expedición de armas que tenía enproyecto y convenimos en que dicho Cónsul y el filipino Sr.Teodoro Sandico quedaban encargados de la expedición,dejando en la misma noche en poder de dichos señores lacantidad de 50.000 pesos, en depósito.

Pudo adquirirse á seguida una lancha de vapor por 1.000pesos, y se contrató la compra de 2.000

fusiles árazón de $ 8'50 uno, con 200.000 cartuchos árazón de $ 33'50 el millar.

Al cabo de una semana, el 7 de Mayo, llegó de Manila elcañonero americano Mac-Cullock, trayendo la noticiade la victoria del Almirante Dewey sobre la escuadraespañola, pero no traía órden de llevarmeá Manila y á las nueve de la noche tuve con el mismoCónsul, á su invitación, una segundaconferencia.

El 15 del mismo mes volvió de nuevo el Mac-Cullock que trajo la órden de trasladarme á Manila con miscompañeros, habiendo sido inmediatamente notificado delembarque por el Cónsul Wildman, y á las diez de lanoche del dia 16 en el pantalan City Hall, de Hong-kong,acompañado del mismo, en unión del Comandante de lacañonera y de Mr. Barrett, ex-Secretario de la embajadaamericana del Reino de Siam, según propio decir del mismo,nos dirijimos en una lancha americana á un puerto de ChineseKowloon, donde se hallaba aquel cañonero. Mr. Barrett en elacto de la despedida, ofreció visitarme en Filipinas,cumpliendo más tarde su promesa en Cavite y Malolos.

Encargóme el Cónsul Wildman que tan pronto llegaseá Filipinas, estableciera el Gobierno filipino bajo formaDictatorial, y que él procuraría, por todos losmedios posibles enviar pronto la expedición de armas comoasí lo cumplió en efecto.

Partiendo el Mac-Cullock á las 11 de lamañana del 17 de Mayo para Filipinas, fondeábamosentre doce y una de la tarde del 19, en aguas de Cavite; éinmediatamente la lancha del Almirante con su Ayudante y Secretarioparticular vino á sacarme para el Olimpia, dondefuí recibido con mi Ayudante Sr. Leyva con honores deGeneral por una sección de guardias marinas.

El Almirante acogióme en su salón y despuésde los saludos de cortesía, preguntéle si eranciertos todos los telégramas que había éldirigido al Cónsul de Singapore, Mr. Pratt, relativosá mi; contestándome afirmativamente, yañadiendo que, Estados Unidos había venido áFilipinas para protejer á sus naturales y libertarles delyugo de España.

Dijo además que América era rica en terrenos ydinero, y que no necesitaba colonias, concluyendo porasegurarme no tuviera duda alguna sobre el reconocimiento de laIndependencia Filipina, por parte de Estados Unidos. Yenseguida me preguntó, si podría levantar el pueblocontra los Españoles y hacer una rápidacampaña.

Contestéle que los sucesos darían prueba de ello;pero mientras no llegára la expedición de armasencomendada al Cónsul Wildman en uno de los puertos deChina, nada podría hacer; pues sin armas cada victoriacostaría muchas vidas de valientes y temerariosrevolucionarios filipinos.

El Almirante, ofreció enviar unvapor para activar la referida expedición de armas aparte delas órdenes que tenía dadas al Cónsul Wildman,poniendo inmediatamente á mi disposición todos loscañones que había en los buques de la escuadraespañola y 62 fusiles Maüser con muchas municiones, queestaban en el Petrell procedentes de la Isla delCorregidor.

Expreséle entonces mi profundo reconocimiento por lagenerosa ayuda que Estados Unidos dispensaba al pueblo filipino,así como mi admiración á las grandezas ybondad del pueblo Americano. Le expuse también que antesde salir de Hong-kong, la colonia filipina había celebradouna junta en que se deliberó y discutió laposibilidad de que, después de vencer á losEspañoles, los Filipinos tuvieran una guerra con losAmericanos por negarse á reconocer nuestra Independencia,seguros de vencer por hallarnos cansados y pobres de municionesgastadas en la guerra contra los Españoles;suplicándole dispensase mi franqueza.

El Almirante contestó, que se alegraba de mísinceridad; y creía que así, filipinos y americanosdebíamos tratamos como aliados y amigos, exponiendo conclaridad todas las dudas para la más fácilinteligencia entre ambas partes, añadiendo que, segúntenia manifestado, Estados Unidos reconocería laIndependencia del pueblo filipino, garantida por la honradapalabra de los Americanos, de mayor eficacia que los documentos quepueden quedar incumplidos, cuando se quiere faltar áellos, como ocurrió con los pactos suscritos por losEspañoles, aconsejándome formara enseguida labandera nacional filipina, ofreciendo en su virtudreconocerla y protegerla ante las demás Naciones, queestaban representadas por las diferentes escuadras que se hallabanen la bahía, si bien dijo, que debíamos conquistar elpoder de los españoles, antes de hacer ondear dicha bandera,para que el acto fuera más honroso á la vista de todoel mundo, y sobre todo, de los Estados Unidos, y para que cuandopasaran los buques filipinos con su bandera nacional pordelante de las escuadras extranjeras infundieran respeto yestimación.

De nuevo agradecí al Almirante sus buenos consejos ygenerosos ofrecimientos, haciéndole presente que, sinecesario fuera el sacrificio de mi propia vida para honrar alAlmirante cerca de Estados Unidos, pronto estaba dispuesto ásacrificarla.

Añadí que con tales condiciones podíaasegurar que todo el pueblo filipino se uniría á larevolución para sacudir el yugo de España, no siendode extrañar que algunos pocos estuvieran aún de suparte por falta de armas, ó por convenienciaspersonales.

Así concluyó esta primera conferencia con elAlmirante Dewey, á quien anuncié, queresidiría en la Comandancia de Marina del Arsenal deCavile.

IV.

LA REVOLUCIÓN DE 1898

Volví al Mac-Cullock para ordenar la descarga delequipaje y efectos de guerra que traía, habiendotenido ocasión de encontrar en aquellas aguas de Caviteá varios revolucionarios de Bataan, á quienesentregué dos pliegos que contenían órdenes delevantamiento para la citada provincia y la de Zambales.

Antes de fondear en el Arsenal, encontré tambiénvarias bancas llenas de revolucionarios de Kawit, mi pueblo natal,los cuales me manifestaron que hacía dos semanas esperabanmi llegada, anunciada por los mismos americanos. No pocaalegría sentí al ver á mis paisanos yparientes, antiguos compañeros de la temerariacampaña del 96 al 97. Aproveché aquella primeraocasión, pisando apenas la Comandancia de Marina en elArsenal á las 4 de la tarde, para entregarles lasdemás órdenes de levantamiento.

Continué toda aquella noche con mis compañerosescribiendo más y más órdenes y circularespara el mismo fin; pues sin explicar cómo ni de quémanera, aglomerábanse despachos de todas partes, pidiendonoticia de mi llegada, á la vez que consignas paralevantarse contra los españoles.

Dios, sin duda alguna, tenía señalado aquelmomento para el derrumbamiento del imperio español enFilipinas, porque mí inesperada llegada no podía sersaludada ni sabida, con la rapidez y publicidad que aquellos hechosdemuestran. Sesenta y dos voluntarios de San Roque y Caridad,armados de Remington y Maüser, organizados por losespañoles, se presentaron al día siguiente,poniéndose incondicionalmente á mis órdenes.Al principio se alarmaron las fuerzas americanas por la llegada dedichos voluntarios y por precaución tomaron posiciones paradefender la entrada del Arsenal; mas, enterado yo del caso,bajé á ver á dichos voluntarios,trasmitiéndoles órdenes de guardar el puesto deDalajican, al objeto de impedir la entrada de las tropasespañolas, que, según recientes noticias, asílo intentaban.

Sabedores los americanos de lo ocurrido, se tranquilizaron, ydando la consigna correspondiente á toda la tropa americana,se ordenó al Comandante del Petrell para que mefueran entregados los 62 fusiles y municiones ofrecidos por elAlmirante, como así, en efecto, se llevó ácabo; pues al poco tiempo, á eso de las 10 del dia, laslanchas del Petrell traían y desembarcaban en eldique del Arsenal el referido armamento, que fue enseguidadistribuido á los presentados, que por millaresacudían pidiendo un puesto en las filas de larevolución y un fusil para ir á las avanzadas.

En la noche de aquel dia, 20 de Mayo, se me presentó elantiguo Jefe revolucionario, Sr. Luciano San Miguel, hoy General deBrigada, á recibir órdenes, que le fueron dadas, parael levantamiento, de las provincias de Manila, Laguna, Batangas,Tayabas, Bulakan, Morong, Pampanga, Tarlak, Nueva Ecija y otras delNorte de Luzón, saliendo aquella misma noche, elSeñor San Miguel á ejecutarlas.

Los dias 21, 22, 23 y demás del propio mes hubo uncontinuado desfile de revolucionarios presentados para tomar parteen el movimiento, de tal modo, que tuve necesidad de salir delArsenal y pasar á otra casa del mismo Cavite, para dejartranquilos á los marinos que guarnecían aquelestablecimiento.

V.

EL GOBIERNO DICTATORIAL.

El dia 24 se estableció el Gobierno Dictatorial,circulándose la 1.a proclama, que suscribí, como Jefedel citado Gobierno. De este documento se entregaron ejemplares alAlmirante Dewey, y por su mediación, á loscónsules extrangeros residentes en Manila, no obstante laincomunicación en que nos hallábamos con dichaciudad.

Á los pocos dias, se trasladó el GobiernoDictatorial á la casa que fué Gobierno Civil de losespañoles en Cavite, porque la aglomeración depersonas que de todas partes acudían, hacía estrechala primera que se tomó de un particular, y en estafué donde recibí la grata noticia de la llegada de laexpedición de armas, que fueron desembarcadas en el mismodique del Arsenal á la vista del cañonero Petrell siendo 1.999 el número de rifles, y 200.000el de municiones con otros armamentos particulares.

Inmediatamente envié una Comisión á dargracias al almirante Dewey por la pronta llegada de laexpedición, merced á sus gestiones,participándole á la vez, que se había fijadoel día 31 del citado mes de Mayo, para comenzar lasoperaciones. El almirante envió á su Secretario parafelicitarme, así como á mi Gobierno, por laanimación y actividad que se notaban á favor de lacampaña, manifestándome al propio tiempo, queentendía muy próximo el día fijado paraempezar el levantamiento, y que debía transferirlo para otromás lejano en el que las tropas revolucionarias estuvieranmejor organizadas. Le contesté por dicho Secretario, quepodía estar tranquilo el señor almirante, porqueestaba todo preparado, y los filipinos tenían muchasánsias de sacudir y librarse del yugo de losespañoles, y esto suplía la disciplina, como lojustificaría el tiempo, agradeciendo, no obstante, susbuenos consejos.

Ordené enseguida la distribución á variasprovincias, de las armas recibidas, destinando algunas para losrevolucionarios de Káwit, que fueron introducidas en lanoche del 27 de Mayo, en el barrio Alapang.

VI.

LOS PRIMEROS TRIUNFOS

Al día siguiente, (28 Mayo 1898) y á la hora deentregarse las armas á los de Káwit en el citadobarrio, presentóse una columna de más de 270 soldadosespañoles de Infantería marina, enviados por elGeneral español Sr. Peña en persecución dedichas armas.

Allí fué donde se entabló el primer combatede la revolución filipina de 1898, que podemos llamar lacontinuación de la campaña de 1896 á 97,combate que duró desde las diez del dia hasta las tres de latarde, en que por falta de municiones se rindieron losespañoles con todas sus armas á los revolucionariosfilipinos, que entraron en Cavite con los prisioneros, cuyagloriosa ocasión aproveché para sacar á luz yhacer ondear la bandera nacional, que fue saludada por un inmensogentío, con aclamaciones de delirante alegría ygrandes vivas á Filipinas independiente y á lagenerosa nación de los Estados Unidos, habiendo presenciadoel acto varios oficiales y marinos de la escuadra americana, quedemostraron claramente sus simpatías por la causa de losfilipinos, tomando parte en su natural júbilo.

Este glorioso triunfo fué el preludio de continuadasvictorias; pues llegado el dia 31 de Mayo, fecha fijada para elalzamiento general, Filipinas entera se levantó como un solohombre, á sacudir el poder de España.

El segundo triunfo se realizó en Binakayan, en el sitiollamado Polvorin, donde fué atacado por losrevolucionarios, el destacamento español, compuesto de unos250 hombres, rindiéndose á las pocas horas por faltade municiones.

De nuevo tomé ocasión de esta victoriosa jornadapara hacer ondear nuestra bandera nacional en los altos del cuarteldel Polvorín, que se halla á orillas del mar,á fin de que la santa enseña de nuestra libertadé Independencia, fuese vista y contemplada por todos losbuques de guerra, que representando todas las naciones másgrandes y civilizadas del mundo, se hallaban congregadas en labahía, observando los acontecimientos providenciales que severificaban en Filipinas, después de más detrescientos años de dominación española.

Apenas había transcurrido una hora cuando otra banderanuestra se vió ondear en la torre de la iglesia de Bakoor,que también se halla á orillas del mar, señalde nuevo triunfo de las tropas revolucionarias contra las fuerzasespañolas que guarnecían dicho pueblo, compuestas deunos 300 hombres, los cuales por igual falta de municiones serindíeron al ejército revolucionario.

Y así la revolución marchó de triunfo entriunfo, justificando el pueblo filipino su poder y suresolución de librarse de todo yugo extrangero, para vivirindependiente, tal como yo le había afirmado al almiranteDewey, por lo que este señor y los Jefes y oficialesamericanos felicitaron calurosamente á mi y alejército filipino por los innegables triunfos, comprobadospor el gran número de prisioneros que llegaban de todaspartes de Luzón á Cavite.

VII.

LA BANDERA FILIPINA

El día 1.º de Septiembre ordené que en todaslas embarcaciones filipinas enarbolaran nuestro pabellón;hecho que se cumplió en primer término, por losmarinos de nuestra pequeña flota, compuesta de unas ocholanchas de vapor españolas y de otros cinco buques de mayorporte intitulados Taaleño, Balayan, Taal, Bulusan, y Purísima Concepción, donados al Gobiernofilipino por sus respectivos dueños, los cuales fueronenseguida arreglados en nuestro Arsenal para el servicio decañoneras, dotándoles de piezas de 9 y 8centímetros, que se sacaron de los buques de la escuadraespañola.

¡Oh! qué hermosa y gallarda es nuestra bandera alaire desplegada desde los topes de nuestros buques, sobre las aguaspropias de la bahía da Manila, alternando con lasenseñas de otras grandes naciones, ante cuyos navíosiban y venían los nuestros con la reciente enseña delibertad é independencia! ¡Cuán respetada yadmirada como nacida entre legítimos ecos triunfales delbisoño ejército filipino ante las rendidas fuerzasregulares del gobierno español!

El corazón se dilata de gozo; el alma se enardece deorgullo; y el patriotismo se vé complacido en medio de tangrandiosa contemplación!

A fines del mes de Junio visité al almirante Dewey, quiendespués de cumplimentarme por los rápidos triunfosde la revolución filipina, me manifestó que losalmirantes alemán y francés habíanlepreguntado porqué consentía á los filipinosusar bandera no reconocida en sus embarcaciones, y que ásemejante interpelación había él contestado que con su conocimiento y consentimiento usaban los filipinosdicha bandera; aparte de que por su valor y resoluciónen la guerra contra los españoles, merecían desdeluego usar de dicho derecho.

Prorrumpí entonces en muestras de vivo agradecimientoante tan valiosa y decidida protección del almirante, yordené inmediatamente que la flota filipina llevara tropasá las demás provincias de Luzón é islasdel Sur, para hacer la guerra contra los españoles que lasguarnecían.

VIII.

EXPEDICIÓN Á VISAYAS

Hízose esta expedición con mucha suerte,regresando nuestros vapores sin novedad alguna después dedejar las tropas en los puntos convenidos. Pero el Bulusan que fué á Masbate para recoger la columna del CoronelD. Mariano Riego de Dios y trasladarla á Samar, fuévisto por los cañoneros españoles Elcano y Uranus, atacándole el primero hasta el punto dehacerle zozobrar en aquellas aguas, no sin experimentar los vaporesespañoles, daños de alguna consideración,causados por nuestras tropas. La tripulación del Bulusan se salvó afortunadamente, ganando la playa anado.

IX.

EL VAPOR «COMPAÑÍA DE FILIPINAS»

Al poco tiempo se presentó en Cavite el vaporespañol Compañía de Filipinas, apresadopor los revolucionarios en aguas de Aparri. Inmediatamentefué artillado y despachado con tropas para Olongapó;pero hubo de darse orden á otro cañonero nuestro paraque volviera á petición del almirante Dewey, áfin de resolver la reclamación del cónsulfrancés acerca de dicho vapor.

Enterado el almirante de queel Compañía de Filipinas había sidoapresado con bandera española, se abstuvo de entender en elasunto, remitiéndome la carta reclamación delcónsul francés, afirmando el Almirante que él y sus fuerzas nada tenían que ver en elasunto.

Asi concluyó este incidente, que demuestra con claridadel reconocímiento y la protección que dispensaba elalmirante Dewey á la revolución filipina.

El «Filipinas», que así se llamó desdeentonces el vapor en cuestión, siguió en viajeá Olongapó, y á su vuelta llevó laexpedición de tropas para libertar del poder deEspaña las provincias del valle de Gagayán y lasislas Batanes.—Este vapor que de nuevo cambió denombre y que hoy se llama Luzón, se encuentra en elrio grande de Cagayán, varado por haber sufridoaveriaavería, en su máquina.

En todas las expediciones, nuestros barcos antes de zarparsaludaban al Olimpia como buque insignia, cumpliendoasí deberes de cortesía internacional, siendocontestados nuestros saludos con iguales demostraciones deamistad.

X.

LA PROCLAMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA

El Gobierno Dictatorial dispuso la proclamación de laIndependencia filipina en el pueblo de Káwit, para el 12 deJunio. Al efecto envié una Comisión para darconocimiento de ella al almirante, invitándole al propiotiempo para asistir al acto, que se verificó con todasolemnidad.

El almirante mandó á su Secretario paraexcusar su asistencia, alegando que era día de correo.

A fines del mismo Junio, el cañonero español Leyte huyó para Manila, de los rios de Macabebe endonde estaba sitiado por fuerzas del General Torres, y llevabaparte de las tropas y voluntarios que mandaba el coronel filipinoD. Eugenio Blanco; pero habiendo sido visto por un cruceroamericano, se rindió voluntariamente. El almirante Dewey meentregó todos los prisioneros y todas las armas, menos elvapor, pero más tarde reclamó la devolución delos prisioneros, después de la Capitulación deManila.

En 4 de Julio llegó la primera expedición militarde Estados Unidos al mando del General Anderson, siendo alojados enel Arsenal de Cavite.

Poco antes de llegar esta expedición militar, y las quedespues vinieron con el General Merrit, el almirante Dewey,envió á su Secretario, al Gobierno Dictatorialpidiéndome permiso para colocar las tropas americanas enTambò y Maytubig, lugares de los pueblos de Parañaquey Pasay; á todo lo que el Gobierno Dictatorialaccedió debido á las honradas promesas del almiranteDewey arriba consignadas.

En el mismo mes de Julio, se presentó en Cavite elalmirante acompañado del General Anderson, y despues de lossaludos de cortesía, me dijo:—Ha visto V. confirmadotodo cuanto le he dicho y prometido.—Qué bonita esvuestra bandera.—Tiene un triángulo y se pareceá la de Cuba.—Me dará V. una de recuerdo cuandoyo regrese á América?

Le contesté que estaba convencido de su honrada palabra yde la ninguna necesidad de extender en documento sus convenios; yque en cuanto á la bandera, podía contar con ellaaunque fuera en el momento.

Dewey continuó: Los documentos no se cumplencuando no hay honor, como ocurrió con lo que Vd.pactó con los españoles que faltaron á loescrito y firmado. Confíen Vds. en mi palabra, que yorespondo de que Estados Unidos reconocerá la Independenciadel país.—Pero les recomiendo guarden por ahora muchareserva en todo cuanto hemos hablado y convenido.—Yademás, les suplico tengan paciencia, si nuestros soldadosatropellan á algún filipino; pues como voluntarioscarecen aún de disciplina.

Contesté al almirante que tendría presente todassus recomendaciones de reserva, y que en cuanto á los abusosde los soldados, ya se habían dado las órdenesconvenientes sobre el particular, haciendo al almirante igualadvertencia con respecto á nuestros soldados.

XI.

LA COMISIÓN ESPAÑOLA

El almirante cambiando repentinamente el curso de laconversación, me preguntó: ¿porqué nose alzan los vecinos de Manila, como lo han hecho ya los deprovincias? ¿Será verdad que aceptan la autonomía ofrecida por el General Augustín conAsamblea de Representantes? ¿Será cierto el aviso quehe recibido, que ha salido de Manila una Comisión defilipinos para proponerles la aceptación de dicha autonomía, y reconocer á V. el empleo deGeneral, así como á sus compañeros, el quedisfrutan?

Le contesté que los de Manila no se alzan porque notienen armas, y porque como comerciantes y propietarios que son,temen que de levantarse, los españoles se apoderen de susriquezas, quemando y distruyendo lo demás, por lo queaparentan aceptar la autonomía por política deengaño.

Pero que yo confiaba en que todos los filipinos de Manila eranpartidarios de la Independencia, como se comprobaría eldía de la toma de Manila por nuestras tropas. Paraentónces creo que los vecinos de Manila vitorearáncon nosotros la Independencia de Filipinas, haciendo nuevasdemostraciones de adhesión á nuestro Gobierno.

Díjele también que era cierto había venidouna Comisión mixta á nombre del General Agustin y delarzobispo Nozaleda, la cual Comisión me habíamanifestado que venía obligada por los españoles,pero que hacía constar su adhesión á nuestracausa. Los individuos de la Comisión me expusieron que losespañoles les habían recomendado dijeran quevenían de motu propio, sin misión concreta niexcitación de los autoridades españolas, figurandoser fieles intérpretes de todos los vecinos de Manila, peroque aseguráran que con tal de que se aceptara la autonomía, el General Agustin y el arzobispo Nozaledame reconocerían el empleo de General y los de miscompañeros, dándome un millón de pesos, lasindemnizaciones no percibidas del pacto de Biak-na-bató, y un buen puesto con gran sueldo en laAsamblea de Representantes, promesas á las que los mismoscomisionados no prestaban crédito aunque algunos opinaban,que debía recibirse el dinero para restarlo de la caja delGobierno español y como procedente de la contribuciónde los filipinos. Los comisionados concluyeron por asegurarme queellos se alzarían en Manila, si se les proporcionaban armas,y que lo mejor que podía yo hacer era atacar Manila por loslugares que señalaban como puntos débiles, defendidospor destacamentos españoles fáciles de copar.

Dí las gracias á la Comisión por susinceridad y franqueza, y les dije, que se retiren tranquilos,haciendo presente á los que les habían mandado que nohabían sido recibidos por falta de credencial, y que, aunquelas hubieran tenido según lo habían visto y oido deotros revolucionarios, D. Emilio Aguinaldo no aceptaría susproposiciones de autonomía, porque el pueblo filipinotenía la suficiente ilustración para gobernarse porsí mismo y estaba cansado de ser martirizado por los abusosdel poder extrangero, por lo que, no desea más que suIndependencia, y así los españoles podíanprepararse para defender su Soberanía, porque elejército filipino les atacaría duramente y conconstancia hasta tomar Manila.

También encargué á los comisionados dijeraná Nozaleda, que abusaba mucho en el ejercicio de su elevadocargo, conducía contraria á los preceptos del SumoPontífice, que si no la enmendaba me vería, eldía menos pensado, precisado á sacar á luzcosas que le llenarían de vergüenza, y que sabíaque unido á Augustín habían comisionadoá cuatro alemanes y cinco franceses que disfrazados measesinarían bajo la equivocada esperanza, sin duda, de quemuerto yo, el pueblo filipino se sometería tranquilamenteá la Soberanía de España; errorcrasísimo, porque si hubiera sido asesinado, el pueblofilipino hubiera seguido con mayor calor la revolución,surjirían otros hombres como yo que vengaran mi muerte. Ypor último, les recomendé á los comisionadosque dijeran á los vecinos de Manila se ocuparan en susindustrias y comercios, pudiendo estar tranquilos con respecto alGobierno nuestro, cuya norma de conducta era la rectitud yjusticia, pues no teníamos frailes que corrompan aquellasvirtudes cívicas, que el Gobierno filipino procura ostentarante los ojos de todas las naciones. Que trabajaran, pues, en susnegocios y no pensasen en salir de Manila para este campo, dondehabía escasez de recursos, y porque ya habrádemasiado gente que servía al Gobierno y al ejército;si algo nos faltaba eran armas.

La Comisión me preguntó qué condicionesimpondrían los Estados Unidos y qué ventajasdarían al pueblo filipino, á lo que contestéque era difícil responder á la pregunta en vista delcompromiso que tenía de callar los términos delconvenio; concretándome á manifestarles se fijaran enlos actos de Soberanía que ejercía nuestro GobiernoDictatorial, especialmente en las aguas de la bahía.

Estas palabras hicieron mucha impresión en el almirante,hasta el extremo de interrumpir la traducción de mispalabras por el intérprete señor Leyva, y meinterpeló diciendo: ¿Porqué ha revelado V.nuestro secreto? ¿Quiere decir que V. no cumple con miconsigna y el silencio ofrecido?

Le contesté que ninguna revelación habíahecho del secreto referente á él y al Cónsul.El almirante, dándome las gracias por mi reserva, sedespidió en unión del General Anderson, no sinsuplicarme suspendiera por entonces el ataque contra Manila, porqueellos estaban estudiando un plan; para tomar con sus fuerzasIntramuros, dejando la toma de los arrabales para las nuestras.

Encargóme, sin embargo, que estudiara por mi parte otroplan para combinarlo con el suyo, con todo lo cual meconformé.

XII.

NUEVAS TROPAS AMERICANAS

Al poco tiempo, llegaron tropas americanas y con ellas elGeneral Merrit, presentándose al Gobierno Dictatorial elSecretario del almirante con dos jefes para pedir que se lesconcediera ocupar nuestras trincheras de Maytubig, desde la playahasta el camino Real, donde se unirían en cordon con lastropas filipinas que ocupaban Pasay y Singalong; á lo quetambién accedí, debido á las solemnes promesasdel repetido almirante y naturales esperanzas de ellas nacidassobre el apoyo y reconocimiento de nuestra Independencia.

Diez dias después de ocupado por las fuerzas americanas,Maytubig, sabedores de ello los españoles que estaban enfrente fortificados en el polvorín de San Antonio Abad,durante la noche sorprendieron las avanzadas americanas quecompuestas de pocos individuos no tuvieron más tiempo quepara saltar de la cama y replegarse hácia su centro,abandonando sus fusiles y 6

cañones.

Oído el tiroteo por nuestras tropas acudieroninmediatamente en auxilio de los amigos y aliados, haciendo huirá los españoles y recuperando los fusiles ycañones de su poder, cuyos armamentos ordené fuerandevueltos á los americanos en ley de buena amistad.

El General Noriel se oponía á éstadevolución, alegando que dicho armamento ya no era de losamericanos, cuando lo ocuparon las fuerzas filipinas del poder delos españoles, pero, desatendí esta razonadaoposición de mi General, ordenando terminantemente ladevolución de las armas á los americanos, demostrandocon ello clara y evidentemente la sincera amistad de los filipinos.Dichos fusiles y cañones con abundantes municiones, fueron,pues, devueltos á los que entonces eran nuestros aliados,apesar de que el General Noriel y sus fuerzas los habíanconquistado á costa de la vida de muchoscompañeros.

Poco después llegaron más refuerzos americanos yotra vez el almirante Dewey, por medio de su Secretariointeresó más trincheras para su ejército,alegando que eran ya cortas las que antes les había dado,concediéndoseles entonces su continuación hasta cercade Pasay.

XIII.

EL 13 DE AGOSTO

Llegó el día 13 de Agosto en que noté unmovimiento general de ataque contra Manila por parte de la escuadraamericana y de las fuerzas de tierra que estaban al mando delGeneral Anderson en Parañaque.

Seguidamente ordené á mis tropas, para queatacaran en todas las líneas, consiguiendo el General Piodel Pilar entrar por Sampalok y atacar á las tropasespañolas que defendían el puente Colgante, lascuales se retiraron hacia el puente de España. La columna denuestro General Gregorio H. del Pilar tomó los arrabales delPretil, Tondo, Divisoria y Paseo de Azcárraga al Norte deManila, y la del General Noriel, por la parte de Pasay, tomólos arrabales de Singalong y Pako, siguiendo detrás lacolumna americana y flanqueando las fuerzas españolas quedefendían la línea de S. Antonio Abad; lo que vistopor los jefes españoles, ordenaron la retirada de sus tropashácia Intramuros, con lo cual las fuerzas americanas queocupaban las trincheras del frente, entraron, sin pegar un tiro,por los arrabales de Malate y Ermita; pero allí seencontraron con las tropas del General Noriel que se habíanposesionado de los referidos arrabales y establecido sus cuartelesen el convento de Malate y Ermita, en los edificios que fueron dela Exposición regional de Filipinas, en la Escuela Normal yen la casa del Sr. Perez, en Pako.

En Santa Ana, parte Este de Manila, logró copar elGeneral Ricarte cinco columnas españolas, auxiliado portropas del General Pio del Pilar.

XIV.

PRIMEROS NUBARRONES

Los nuestros veían desembarcar fuerzas americanas en lasplayas de la Luneta y paseo de Santa Lucía, llamando laatención de todos el que los soldados españoles quehabía en la muralla de la Ciudad no tiraran contra aquellas,misterio que al anochecer de este dia, se explicó por lanoticia de la capitulación de la plaza hecha por el Generalespañol, señor Jáudenes, al General americano,Mr. Merrit; capitulación que se reservaron los Generalesamericanos, con infracción de lo convenido con el almiranteDewey, sobre formación de planes para atacar y tomar Manila,juntos y en combinación los dos ejércitos, americanoy filipino.

Esta inexplicable conducta de los jefes americanos se hizomás evidente con los telegramas que el General Anderson endicho dia 13, me dirigió desde Maytubig, rogando queordenara á nuestras tropas no entrasen en Manila,petición, que fué denegada, toda vez que eracontraria á lo pactado y á los altos fines delGobierno revolucionario, que al tomarse el inmenso trabajo desitiar Manila durante dos meses y medio, sacrificando miles devidas y millones de intereses materiales, no podía ser,seguramente, con otro objeto más que con el de capturarManila y la guarnición española que defendíacon firmeza y tenacidad la plaza.

Pero el General Merrit tenaz en su propósito,rogóme ya no por medio del almirante, si no por el del MayorBell, retirase mis tropas de los arrabales, á fin deprevenir peligros y conflictos que son siempre de temer en unadoble ocupación militar y evitar también en elloá las tropas americanas, el ridículo; ofreciendo ensus tres escritos, negociar, después de realizados susdeseos, á lo que accedí, pero no de pronto y de unasola vez, sino haciendo retirar gradualmente á nuestrastropas, hasta llegar á los blokhaus, con objeto de que lodoslos habitantes de Manila fueran testigos de nuestros hechosmilitares, y de tan consecuente conducta con nuestros aliadosamericanos.

Hasta entonces y hasta la fecha en que rompieron los americanosabiertamente las hostilidades contra nosotros, habíaabrigado en mi sima las más fundadas esperanzas de que losjefes americanos harían valer ante su Gobierno, los pactoscelebrados verbalmente con el jefe de la Revoluciónfilipina; no obstante las señales en contrario que senotaban en su conducta, sobre todo, en la del almirante Dewey que,sin motivo alguno, un día del mes de Octubre seincautó, de todos nuestros buques y lanchas.

Enterado de tan extraño proceder, estando ya el GobiernoRevolucionario en Malolos, envió una Comisión alGeneral Otis para tratar del asunto, quien remitió yrecomendó al almirante á nuestros comisionados, loscuales no fueron recibidos por el almirante, no obstante larecomendación del General Otis.

Apesar de este proceder de los jefes americanos, tan contrarioá todos los pactos y antecedentes arriba referidos,seguí observando con ellos, la misma conducta amistosa,enviando una Comisión que fué á despedirle alGeneral Merrit, cuando su marcha para París; acto que alagradecerlo dicho General, tuvo la bondad de manifestar ánuestros comisionados, que defendería á los filipinosen los Estados Unidos: así mismo envié al almiranteDewey un puñal con su vaina, todo de plata, y unbastón de caña finísima con puño de orolabrado por el mejor platero filipino, recuerdos de afecto yantigua amistad, que el almirante aceptó, consolando de estamanera y en cierto modo mi alma afligida y la de todos losfilipinos que formaban el Gobierno Revolucionario, haciendo denuevo renacer en el corazón de todos, lasalhagüeñas esperanzas de un arreglo con el almiranteDewey.

XV.

ESPERANZAS FALLIDAS

Pero desvanecidas quedaron tales esperanzas, cuando serecibió la noticia de que Mr. Dewey había obrado yobraba así contra el Gobierno Revolucionario porórden del Exemo. Mr. Mac-Kinley, que sugestionado por elpartido imperialista, había decidido anexionar lasFilipinas, cediendo tal vez á la ambición de explotarlas inmensas riquezas naturales que oculta nuestro virgensuelo.

Esta noticia cayó como un rayo en el campo de larevolución.—Unos maldecían la hora y el dia dehaber tratado verbalmente con los americanos; otros, censurabanhaber cedido los arrabales.—

Y los más, optaban porenviar una Comisión al General Otis para provocardeclaraciones francas sobre la situación,formalizándose el tratado de amistad, si Estados Unidosreconocía nuestra Independencia,—ó serompían en el acto las hostilidades, si se negaba áello.

En tan grave situación á todos aconsejabamoderación y prudencia, pues aun esperaba en la justicia yrectitud del Congreso de los Estados Unidos que no aprobaríalas tendencias del partido imperialista, y escucharía la vozdel almirante Dewey, que, como alto representante de Américaen estas islas, concertó y pactó conmigo y el pueblofilipino, el reconocimiento de nuestra Independencia.

No de otra manera, con efecto, se debe pensar en tan graveasunto; pues si América confió en el almirante Dewey,el honor de sus armas en tan lejanas tierras, bien pudierontambién los filipinos confiar en las honradas promesas detan cumplido caballero como bravo marino, seguros de que el grandey noble pueblo americano no desautorizaría niexpondría al ridículo, al ilustre vencedor de laescuadra española.

Del mismo modo induce a hacer este juicio la circunstancia nomenos evidente y notoria, de que los demás jefes americanos,que vinieron después de las sonadas victorias del almirante,los Generales Merrit Anderson y Otis proclamaron al pueblo filipinoque América no venia á conquistar territorios sino á librar á sus habitantes de la opresión dela Soberanía española.

Sería, por tanto,exponer también el honor de estos jefes al ridículouniversal, si Estados Unidos desautorizando su oficial ypública conducta se anexionara las islas por conquista.

XVI.

LA COMISIÓN AMERICANA

Con tan prudentes como bien fundadas reflexiones,conseguí calmar los ánimos de mis compañerosrevolucionarios, á tiempo que vino la noticia oficial de queel Gobierno de Washington, á moción del almiranteDewey había dispuesto la venida de una Comisióncivil, que se entendería con los filipinos para llegará un arreglo en el Gobierno definitivo de las islas.

La alegría y la satisfacción volvieron árenacer en el ánimo de todos los revolucionarios filipinos,y entonces dispuse el nombramiento de una Comisión querecibiera á los Comisionados americanos, al propio tiempoque daba órden estricta á todos, para que guardarancon los americanos la mejor armonía, tolerando y disimulandolos abusos y atropellos de la soldadesca; pues no seria de buenelecto para la Comisión que se esperaba, el que nos hallasedesavenidos con las fuerzas de su nación.

Pero los abusos de los americanos se hacían en muchoscasos intolerables: en el mercado de Arroceros, á pretextode un juego, mataron á una muger y un niño,produciendo la indignación de toda la multitud que llenabael lugar.

A mis Ayudantes que tenían pases para entrar en Manilaarmados y de uniforme, se les molestaba con repetidas detencionesen todos los cuerpos de guardia donde transitaban, viéndoseclaramente la intención de provocarles con elridículo público.

¡Y mientras estas molestias se hacían con losnuestros, los jefes y oficiales americanos que entraban en nuestrocampo eran atendidos y agazajados!

En la calle de Lacoste, un vigilante americano mató de untiro á un chiquillo de siete años, por haberlequitado á un chino, un plátano.

Los registros en las casas menudeaban como en tiempo de losespañoles y las avanzadas de las fuerzas americanasinvadían nuestras líneas, provocando ánuestros centinelas; en fin sería darle á esteescrito una extensión desmedida si yo continuara relatandouno á uno los abusos y atropellos cometidos por lasoldadesca americana en aquellas días de ansiedadgeneral.

Parecían mandados ó por lo menos oficialmentetolerados los abusos con intención evidente de provocarnosá la lucha.—Los ánimos estaban muy excitados,pero el Gobierno Filipino, que había asumido laresponsabilidad de los actos de su pueblo, con prudentesórdenes continuadamente repetidas procuraba conservar lapaz, aconsejando á todos los atropellados, paciencia ycordura hasta la llegada de la Comisión civil.

XVII.

ACTOS IMPOLÍTICOS

En tan apurada como crítica situación y antes deque llegara la ansiada Comisión civil americana, se leocurre al General Otis, gobernador militar de las fuerzasamericanas, llevar á efecto dos actos á cualmás impolíticos.—Uno, la orden de requisar lasoficinas de nuestro telégrafo en la calle de Sagunto, enTondo, embargando los aparatos y deteniendo al oficial señorReyna en la fuerza de Santiago, bajo el pretexto de que conspirabacontra los americanos.

¿Cómo y porqué conspiraba el Sr. Reyna?¿No hubiera bastado al Gobierno filipino haber dado la ordende atacar, para que nuestros ocho mil hombres hubieran entrado enlucha inmediata con las fuerzas de los Estados Unidos? ¿Sehabía de conspirar cuando se tenía el poder en lasmanos? ¿Y

sobre todo, un telegrafista se había demeter en cosas de guerra, cuando existía un ejércitoque tenía aquel deber?

Se veía, pues, la intención de zaherir y deridiculizar directamente al Gobierno filipino para provocar lalucha, siendo de notar que este acto, ya no era de la soldadesca,sino del mismo General Otis, á cuya políticaimperialista no convenía la llegada de la Comisióncivil; y mucho menos, que encontrara á Filipinas en estadode paz, porque era evidente para dicho General como, para todo elmundo, que los filipinos se hubieran entendido y arregladoamistosamente con la citada Comisión, si hubiera éstallegado y alcanzado el estado de paz.

Los filipinos hubiéramos recibido á dichaComisión con muestras de verdadero cariño y completaadhesión como honrados agentes de la gran América.Los comisionados se hubieran paseado por todas nuestras provincias,viendo y observando directamente el órden y la tranquilidad,en todo nuestro territorio.

Hubieran visto los campos labrados y sembrados. Hubieranexaminado nuestra Constitucion y Administraciónpública, con perfecta tranquilidad, y habrían sentidoy gozado ese inefable encanto de nuestro trato oriental, mezcla deabandono y de solicitud, de calor y de frialdad, de confianza y desuspicacia, que hace cambiar de mil colores, á cualmás agradables, nuestras relaciones con los extranjeros.

¡Ah! pero ni al General Otis ni á losimperialistas, convenía este paisaje. Era mejor para sucriminal intención el que los comisionados americanosencontraran las desolaciones de la guerra en Filipinas, sintiendodesde su llegada el fétido olor despedido por loscadáveres de americanos y filipinos confundidos. Era mejorá sus propósitos que el caballero Mr.

Shurman,Presidente de la Comisión, no pudiera salir de Manila,limitándose sólo á oír á lospocos filipinos que, reducidos por las razones del oro, eranpartidarios de los imperialistas. Era mejor que la Comisióncontemplara el problema filipino, al través de losincendios, al silvar de las balas y al trasluz de todas laspasiones desencadenadas, para que no pudiera formar ningúnjuicio exacto ni cabal de los términos propios y naturalesde dicho problema. ¡Ah! era mejor, en fin, que laComisión se retirara vencida de no haber obtenido la paz yme inculpara, á mí y á los demásfilipinos; cuando yo y todo el pueblo filipino anhelábamosque esa paz, se hubiera hecho ayer, antes que hoy, pero paz digna yhonrosa para Estados Unidos y la República Filipina,á fin de que fuera sincera y perpétua.

El otro acto impolítico cometido por el General Otis, fuela publicación de la Proclama del 4 de Enero, estableciendoá nombre del Presidente Mr. Mac-Kinley la Soberanía de América en estas islas, conamenazas de ruina, muerte y desolación á todo el queno la reconociera.

Yo, Emilio Aguinaldo, humilde servidor de todos, pero Presidentede la República Filipina, encargado, por tanto, de velar porlas libertades y la Independencia del pueblo que me ha elegido paraaquel elevado y espinoso cargo, desconfié por primera vezdel honor de los americanos, comprendiendo desde luego, queésta Proclama del General Otis había rebasado loslímites de toda prudencia, y que no había másremedio que rechazar con las armas tan injusto como inesperadoproceder del Jefe de un ejército amigo.

Protesté, pues, contra dicha Proclama, amenazandotambién con romper inmediatamente las hostilidades; pues elpueblo entero clamaba, «traición», diciendo confundamento, que la anunciada Comisión civil pedida por elalmirante Dewey, era una farsa y que lo que había pretendidoel General Otis era entretenernos para traer refuerzos y másrefuerzos de los Estados Unidos, con objeto de aplastar de unsólo golpe nuestro novel y mal armado ejército.

Pero el General Otis actuó por primera vez dediplomático, y me escribió, por conducto de susecretario Mr. Carman, una carta, invitando al Gobierno filipinoá que enviara una Comisión para entenderse con otrade americanos, sobre un arreglo amistoso entre ambas partes; yaunque no confiaba en la sinceridad de los amistosospropósitos de dicho General, cuya decidida intenciónde impedir que la Comisión alcanzara el estado de paz, eraya probada, accedí, sin embargo á la citadainvitación, tanto porque la vi oficialmente confirmada enórden de 9 de Enero, dada por el indicado General, como parademostrar ante el mundo, mis evidentes deseos de conservar la paz yamistad con los Estados Unidos, solemnemente pactados con elalmirante Dewey.

XVIII.

LA COMISIÓN MIXTA

Celebráronse en Manila las conferencias de laComisión mixta de americanos y filipinos, desde el dia 11 al31 de dicho mes de Enero. Los últimos manifestaron conclaridad los deseos de nuestro pueblo de ser reconocidos comoNación independiente.

También expusieron con franqueza las quejas del pueblofilipino contra los abusos y atropellos de la soldadesca, siendoescuchados atenta y benévolamente por los comisionadosamericanos. Estos contestaron que ellos carecían defacultades para reconocer el Gobierno filipino, concretando sumisión á la de oir, recoger las fórmulas de lavoluntad de nuestro pueblo para transmitirlas fielmente al Gobiernode Washington, quien solamente podía decidir, en definitiva,del asunto, concluyendo así estas conferencias en la mejorharmonía, augurando mejores y más difinitivosdías de paz para la fecha en que contestara Mr. Mac-Kinleyá los telegramas del General Otis, transcribiendo nuestrosdeseos con recomendaciones favorables segun se dijo, por loscomisionados americanos.

XIX.

RUPTURA DE HOSTILIDADES

Y cuando yo, el Gobierno, el Congreso y el pueblo enteroesperábamos tan deseada contestación,entregándose la mayor parte á las máshalagüeñas impresiones, vino el fatal día 4

deFebrero, en cuya noche las fuerzas americanas atacaron de repentetodas nuestras líneas, que estaban por cierto casiabandonadas, porque como sábado, víspera de fiesta,nuestros Generales y algunos jefes de los más caracterizadoshabían pedido licencia para retirarse al lado de susrespectivas familias.

El General don Pantaleón García fué elúnico que en tan crítico momento se encontraba en supuesto de Maypajo, Norte de Manila; pues los Generales Noriel,Rizal y Ricarte y los coroneles San Miguel, Cailles y otros,estaban fuera, disfrutando de sus licencias.

El General Otis, segun informes verídicos,telegrafió á Washington que los filipinoshabían agredido al ejército americano. El PresidenteMac-Kinley leyó el telegrama ante el Senado, donde sedebatió para su ratificación el Tratado deParís de 10 de Diciembre de 1898, en cuanto serefería á la anexión de las Filipinas,obteniendo por tan criminal medio, la aprobación total delreferido Tratado, solamente por tres votos, los cuales se dieroncon la protesta de hacerlo, en consideración al estado deguerra en estas islas.

Tan singular comedia no podía subsistir por mucho tiempo,porque los filipinos nunca podíamos ser los agresores de lasfuerzas americanas, cuya amistad habíamos jurado, y en cuyopoder esperábamos hallar la protección necesaria pararecabar de las otras potencias el reconocimiento oficial de nuestraIndependencia.

La ofuscación de los primeros momentos fué grande,pero luego fué cediendo ante la luz de la verdad quearrojaban serenas y graves reflexiones.

Cuando las personas sensatas repasaron los hechos de Mr.Mac-Kinley, enviando tropas y más tropas á Maniladespues de celebrado el armisticio y aún la paz conEspaña; cuando reflexionaron que había ido retardandoel envío de la Comisión civil para ajustar con losfilipinos el tratado amistoso; cuando conocieron los antecedentesde mi alianza con el almirante Dewey, preparada y arreglada por loscónsules Pratt y Wildman de Singapoore y de Hong-kong;cuando se enteraron del verdadero estado de las cosas en Filipinasel día 4 de Febrero, sabiendo que los filipinos esperaban lacontestación de Mr. Mac-Kinley al telegrama del GeneralOtis, transmitiendo los deseos pacíficos del pueblofilipino, de vivir como Nación independiente; cuando, enfin, se fijaron en los términos del tratado de Paríscuya aprobación en lo referente á la anexiónde Filipinas, fué saludada con gritos de júbilo ysatisfacción por el partido imperialista dirigido por Mr.Mac-Kinley, entonces abrieron los ojos, á la referida luz dela verdad, percibiendo con claridad la política baja,egoista y poco humanitaria, que Mr. Mac-Kinley había seguidocon nosotros los filipinos, sacrificando despiadadamente ásus inmoderadas ambiciones, el honor del almirante Dewey,exponiendo á este digno caballero é ilustre vencedorde la escuadra española, al ridículo universal, puesno otra deducción se puede hacer del hecho de que, ámediados del mes de Mayo de 1898, el Mac-Cullock, vapor deguerra de los Estados Unidos, me trajera, con mis compañerosrevolucionarios, de Hong-kong por órden del mencionadoalmirante, y esté hoy dedicado á bombardear lospuertos y poblados de la misma revolución, cuyo lema es lalibertad y la Independencia.

Los hechos relatados son recientes, y deben retenerse aúnfrescos sus recuerdos, en la memoria de todos.

Los que en Mayo de 1898 admiraron el valor de los marinos delalmirante Dewey, y los sentimientos humanitarios de este ilustrejefe, prestando apoyo visible á un pueblo oprimido para quefuera libre é independiente, no podrán seguramentecohonestar la presente inhumana guerra, con aquellos elevados yhonrados sentimientos.

Pasaré por alto las crueldades con que desde elrompimiento de hostilidades trató el General Otis álos filipinos, fusilando sigilosamente á muchos que noquisieran firmar el escrito, pidiendo la autonomía; nadadiré de los abusos de fuerza, que los soldados americanoscometieron contra inocentes é indefensos vecinos de Manila,fusilando á niños y mujeres por estar asomadosá los balcones; allanando domicilios á media noche;descerrajando arcas y aparadores, y llevándose dinero,alhajas y cuantos objetos de valor encontraban, rompiendo sillas,mesas y espejos que no se podían llevar, porque al fin y alcabo, son consecuencias de la guerra, aunque impropias de unejército culto; pero lo que no pasaré por alto, es lainhumana conducta observada por dicho General con elejército filipino, cuando para arreglar un tratado de pazcon la Comisión civil presidida por Mr. Schurman,envié por tres veces mis mensajeros, pidiéndolesuspensión de hostilidades.

El General Otis negó á mis enviados tan justa comoprudente petición, contestando, que no suspendíahostilidades mientras el ejèrcito filipino no depusiera lasarmas.

Pues qué, ¿no merecía este ejércitoninguna consideración de parte del General Otis y de lasfuerzas americanas? ¿Se habían olvidado ya de losimportantes servicios que el ejército filipino prestóal americano, en la pasada guerra contra los españoles?

¿Se había olvidado ya el General Otis del favorque el ejército filipino le dispensara, cediéndoleá él y á sus fuerzas, los arrabales yblockhaus que con tantos sacrificios se tomaron?

¿Porqué imponía el General Otis para lapaz, condición tan humillante á un ejércitoque juntamente con el americano había derramado su sangre ycuya bravura y heroismo fueron celebrados por el almirante Dewey yotros jefes americanos?

Esta inexplicable conducta del General Otis, evidentementecontraria á todas las leyes del Derecho internacional y delhonor militar, es la prueba más elocuente de su decididaintención de inutilizar la pacificadora misión de Mr.Schurman.

¿Qué paz puede concertarse al estruendo de loscañones y al silbido de las balas?

¿Qué procedimiento ha seguido y sigue el GeneralBrooks en Cuba? ¿No siguen hasta ahora armados los cubanos,sin embargo, de estarse tratando de la paz y del porvenir deaquella isla?

Y ¿somos por ventura menos dignos, que aquellosrevolucionarios, de la libertad y de la Independencia?

¡Oh, amada Filipinas! inculpa á tus riquezas,á tu hermosura, la inmensa desgracia que pesa sobre tusfieles hijos.

Has despertado la ambición de los imperialistas yexpansionistas del Norte de América, y unos y otros hanechado sus afiladas garras sobre tus entrañas!

¡Madre amada, madre querida, estamos aquí paradefender tu libertad é Independencia, hasta morir! Noqueremos guerra; por el contrario, deseamos la paz, pero paz dignaque no colore tus mejillas ni manche de vergüenza ni rubor tufrente; y te juramos y prometemos, que América con su podery sus riquezas, podrá quizás aniquilarnos matandoá todos; pero esclavizarnos, jamas!!!

No; no es ésta humillación el pacto que yocelebrara en Singapoore con el Consul americano Mister Pratt. Noera tal el convenio que yo estipulara con mister Wildman,Cónsul de Hong-kong.

No es, en fin, la sumisión de miamada pátria á nuevo yugo extranjero, lo que meprometiera el almirante Dewey.

Cierto és que los tres me han abandonado, olvidando quefuí yo por ellos buscado y sacado de mi destierro ydeportación, olvidando también, que ninguno de lostres había solicitado mis servicios en favor de laSoberanía americana, pagando los gastos de larevolución filipina, para la que, evidentemente, me hanbuscado y traido á tu amado seno!

Si hay, como creo, un Dios, raiz y fuente de toda justicia, yjuez eterno y único de las contiendas internacionales, notardará mucho, madre querida, en que seas salvada de lasgarras de tus injustos enemigos. Yo, así lo espero del honordel almirante Dewey. Yo así lo espero de la rectitud delgran pueblo de los Estados Unidos, donde si hay ambiciososimperialistas, tambien existen honrados círculos defensoresde las humanitarias doctrinas de los inmortales Monroe, Franklin yWashington, salvo que la raza de virtuosos ciudadanos, gloriososfundadores de la actual grandeza de la Repúblicanorte-americana, haya decrecido tánto, que sulegítima y benéfica influencia esté supeditadapor la poderosa ambición de los expansionistas; en cuyodesgraciado y último caso ¿no es más dulcemorir que nacer esclava?

¡Oh sensato pueblo americano!

Honda es la admiración producida en todo el pueblofilipino y su novel ejército, por el valor de todos vuestrossoldados y jefes. Débiles somos ante tan titánicosadalides de la ambiciosa política cesarista de vuestroactual Gobierno, para resistir á su valeroso empuje; escasosson nuestros elementos; pero continuarémos en esta luchainjusta, sangrienta y desigual, no por amor á la guerra, quela detestamos, sino por defender nuestros innegables derechosá la libertad é Independencia, tán caramenteconquistados, y nuestro territorio amenazado por las ambiciones de un partido que trata de sojuzgarnos.

¡Sensible es la guerra! ¡horror nos causa susestragos! ¡infelices filipinos perecen en el fragor de loscombates, dejando madres, viudas é hijos! Podrá paraNorte-América pasar desapercibida las desgracias que ellanos acarrea; pero lo que no consentirá indudablemente elpueblo norte-americano, és que continúensacrificándose sus hijos, llorando madres, viudas éhijas, por el sólo capricho de sostener una guerra contrariaá sus honrosas tradiciones proclamadas por Washington yJefferson.

Volved, pues, pueblo norte-americano, por vuestras legendariaslibertades; llevad la mano á vuestros corazones, y decidme:¿Os sería agradable que en el curso de los sucesos,Norte-América se encontrara en la triste situación deun pueblo débil y oprimido, y Filipinas nación librey poderosa, en guerra con vuestros opresores, solicitara vuestroauxilio, prometiéndoos libertar de tan pesado yugo, ydespués de vencer á su enemiga con vuestra ayuda, ossojuzgara, negándoos esa libertad?

Pueblos civilizados, honrados habitantes de los Estados Unidos,á cuya elevada y recta consideración someto este malpergeñado documento; ahí teneis los hechosprovidenciales, que prepararon la injustamente combatida existenciade la actual República Filipina y de los que, aunqueindigno, Dios me ha hecho el agente principal.

La veracidad de los mismos descansa en mi palabra de Presidentede esta República, y en el honor de todo un pueblo de ochomillones de almas, que hace más de tres años llevasacrificando vidas y haciendas de sus heróicos hijos porobtener el debido reconocimiento á sus naturales derechos delibertad é Independencia.

Y si me otorgáreis el honor de recibir y de leer esteescrito y juzgárais luego con imparcialidad, declarandosolemnemente de qué lado están la justicia y elderecho, os quedará eternamente agradecido vuestrorespetuoso servidor,