Relacion Historial de las Misiones de Indios Chiquitos que en el Paraguay Tienen los Padres de la Compañía de Jesús by Padre Juan Patricio Fernández - HTML preview

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V.I–i

COLECCIÓN DE LIBROS

RAROS Ó CURIOSOS

QUE

TRATAN DE AMÉRICA

—————

V.I–ii

TOMO DUODÉCIMO

Imp. de T. Minuesa de los Ríos, Juanelo, núm. 19.

V.I–iii

RELACIÓN HISTORIAL

DE LAS MISIONES

DE INDIOS

CHIQUITOS

QUE EN EL PARAGUAY TIENEN LOS PADRES

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

ESCRITA POR

EL P. J. PATRICIO FERNÁNDEZ. S. J.

REIMPRESA FIELMENTE SEGÚN LA PRIMERA EDICIÓN

QUE SACÓ A LUZ EL P. G. HERRÁN, EN 1726

MADRID

LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ, EDITOR

Preciados, núm. 48

1895

V.I–iv

INDICE

DE MATERIAS CONTENIDAS EN LOS

TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS QUE

TRATAN DE AMÉRICA.

INDICE

POR ORDEN ALFABÉTICO DE LAS COSAS

NOTABLES CONTENIDAS

EN LOS TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS

QUE TRATAN DE AMÉRICA.

VOLUMEN I

VOLUMEN II

V.I–v

ADVERTENCIA PRELIMINAR

DEL EDITOR

Ya los PP. Backer y Carayón han trazado, aunque no con la debidaextensión, las biografías del autor de este libro y del P.

JerónimoHerrán que lo sacó por primera vez á luz, por lo que creemos excusadorepetir lo que de todos los americanistas y personas á quienes pudierainteresar, es tan sabido.

Si las vidas de los dos insignes Misioneros son bien conocidas, nosucede lo mismo con la obra que sacamos nuevamente á luz, pues hallegado á hacerse tan rara, que es punto menos que imposible el hallarun ejemplar de la edición príncipe.

Poco hay que decir respecto al valor histórico que este libro encierra,después de lo que han dicho las respetables autoridades que se han V.I–viocupado de él; sólo se ha de añadir que el P.

Fernández, en lasdescripciones, pintura, detalles de la vida íntima, supersticiones, usosy costumbres de los indios Chiquitos, encuéntrase, por el vigorosorelato que nos da y el colorido exacto con que pinta las escenas, á laaltura de los más graves historiadores. Inapreciables y de indiscutiblemérito descriptivo son los retratos que nos hace de los principalescaciques de los Guaraníes, Zamucos, Manacicas, Morotocos y Chiriguanás.Bajo este punto de vista y como manantial inagotable de datosbiográficos, creemos que es obra de sumo interés; en los encuentros queunas tribus de indígenas tienen con otras, en el relato de las terriblesy grandiosas luchas que entre sí sostienen los caciques, así como el delas solemnes, lucidas y pintorescas fiestas de aquellos idólatras, ánuestro humilde juicio hay poquísimos escritores de su mismo género,que, tratando asuntos análogos, le aventajen.

Este libro es más leído en el extranjero que en la nación en cuya lenguase escribió, pues corren varias ediciones, en alemán, latín, italiano,etc., que se imprimieron poco después de su aparición en Madrid.

Véase el título de la edición publicada en alemán: Erbauliche und V.I–vii angenehme Geschichten derer Chiquitos, und anderer von denen Patribusder Gesellschafft Jesu in Paraquaria neube kehrten Volker... Wienn, P.Straub, 1729. Volúmen en 8.º con frontis grabado, seis hojaspreliminares sin numerar, 744 páginas y siete hojas de índice. A estatraducción alemana, que fué hecha por un Padre de la Compañía de Jesús,acompaña la obra del P.

Acuña, Nuevo descubrimiento del gran río de lasAmazonas, que ya publicamos y forma el tomo II de esta Colección.

Título de la edición italiana: Relazione istorica della Nuovacristianitá degl'Indiani detti Cichiti.... Tradotta in italiano da Gio.Bat. Memmi, della Compagnia di Gesú. Roma. Ant.

de'Rosi, 1729. En 4.º

He aquí el título de la edición latina: Historica relatio deApostolicis missionibus patrum soc. Jes. apud Chiquitos, Paraquariapopulos... hodie in linguam latinam translata ab alio ejusdem soc. Jes.sacerdote. Aug. Vindelicorum, M. Wolff 1733.

Es en 4.º mayor y constade 19 hojas preliminares sin numerar, 276 páginas y 49 para el índice.

El elocuente hecho de haber sido trasladada á estos idiomas, aun cuandono tuviese las innumerables bellezas que en ella se hallan, bastaba, ánuestro parecer, para ser merecedora del honor de la reimpresión. Encuanto á ésta, heV.I–viii mos tratado que salga de nuevo en absoluto igual(salvo la ortografía, que se ha modernizado) á la príncipe, que aparecióen Madrid en sendo volumen en 4.º, por el impresor Manuel Fernández, en1726.

En general son raras las obras referentes á América anteriores á 1750;mas las relativas al Paraguay no ceden, en punto á escasez, á ninguno delos libros que tratan de las demás regiones del continente americano.

Madrid 8 de Abril de 1895. V.I–ix

RELACIÓN

HISTORIAL

DE LAS MISSIONES DE LOS

Indios, que llaman Chiquitos, que

están á cargo de los Padres de la

Compañía de Jesvs de la Provincia

del Paraguay.

ESCRITA

Por el Padre Juan Patricio Fernández,

de la misma Compañía.

SACADA A LUZ

Por el Padre Geronimo Herrán, Procurador General de la misma Provincia.

QUIEN LA DEDICA

Al Serenissimo Señor Don Fernando,

Príncipe de Asturias.

Año 1726.

CON LICENCIA

En Madrid: Por Manuel Fernández, Impressor

de Libros, vive en la Calle del

Almendro.

V.I–x

AL SERENÍSIMO V.I–xi

SEÑOR DON FERNANDO

PRÍNCIPE DE ASTURIAS

SEÑOR:

La pequeñez del don desalienta mucho á quien ofrece; esto es común; peroen quien ofrece (como yo) á aquel respeto, de cuya magnitud nada quedacapaz de llamarse grande, falta desde luego este motivo al temorreverente y se excitan todos los que hay para el cariño respetoso. Entrelos astros, unos nos parecen grandes y otros pequeños, cuandoprecisamente ponemos en ellos los ojos; lo mismo sucede entre losmontes; y entre éstos, algunos, por su agigantada elevación, se hangrangeado sin disputa el título de altísimos; pero en dejándose ver laluciente majestad del sol, y en poniendo la atención en la desmedidaaltura del cielo, losV.I–xii astros todos son pequeños y los montes dejan deser gigantes. El sol, sólo en la Escritura Sagrada, tiene el renombre degrande, luminaré mains y sólo el cielo es alto, entre los que sabenque respecto de él todo el orbe de la tierra se debe considerar como unpunto.

¿Quién puede dudar que hay estimables preciosidades en la naturaleza,curiosas máquinas en el arte, sutilísimas invenciones del ingenio,eruditas y profundas operaciones de la ciencia, y hermosas y floridascomposiciones de la retórica y de la poesía?

Entre todas estas cosas, sehallarían muchas muy grandes, consideradas en sí; pero al elegir entreellas alguna que ofrecer á V. A., nada se hallaría, no sólo grande, peroni aún digno de emplear vuestro Real ánimo, mayor que todo. Entonces lomás precioso parecería despreciable, la curiosidad, desaliño, lasutileza, tosquedad y barbaridad la erudición. Se hallaría la cienciaruda é ignorante, muda la retórica y la poesía balbuciente. Tanto minorasiempre, aun á lo más excelso, la comparación con lo sumo.

Y no obstante la innegable verdad de este principio, yo me atrevo,señor, á llamar grande lo que os ofrezco. Hoy pongo yo en vuestra altacomprehensión los trabajos de los Jesuitas, en la espiritual conquistade las desconocidas, inV.I–xiii cultas y bárbaras provincias del Paraguay, en elpaís que llaman de los Chiquitos. Ved aquí ya, señor, lo que con todaverdad puede llamarse grande, aun puesto á los Reales piés de V. A. y ávuestra vista; para lo que les bastaba al saberse mantener con el nombrede trabajos y fatigas, contra todo el golpe de la dicha, que lesocasiona el haber llegado á vuestra noticia y merecer vuestra atenciónpiadosa. Prueba es esta que no necesitaba de otra alguna, y más cuandoen nombre de los demás Jesuitas puedo confiadamente decir yo que fuerade la gloria de Dios, que debe ser en ellos (como hijos de Ignacio), elprimer timbre de sus empresas, esta sola felicidad los hace y los haráarrojarse gustosos al casi inevitable tropel de los riesgos, y á lafatiga inmensa de tan continuados afanes. Mucho padecen, señor, como enesa sucinta relación se puede ver brevemente; pero les llena de un gozoindencible y de un consuelo inexplicable, el ver á costa de sus sudores,hijos de Dios, los que eran esclavos del demonio, y felices vasallos deun Príncipe como V. A. los que padecían una miserable libertad en laindómita servidumbre de su desdicha. Ya son deliciosos jardines del Reydel cielo, las enmarañadas selvas de la idolatría, y ya delicadas floresy tiernas plantas que produce y adelanta el riego evangélico, seatreV.I–

xiv ven á recrear divertidamente vuestros primeros años, si antespudieran asustar y asustaban temerosamente los años más endurecidos.

No habrá quien niegue (si ha tenido alguna vez la dicha de veros) queles quita lo más de la realidad á los afanes y fatigas la fortunaapetecible de llegar á vuestra presencia, que aunque por lo común sondescorteses los males y poco atentos los trabajos, hay dichas de tansuperior esfera, á quien no se atreve su osadía, y se deja vencer,aunque precisada su obstinación, de su grandeza. En la realidad, yadesde hoy, somos los Jesuitas del Paraguay dichosos, aunque en esarelación que os presento, fuesen todavía como fatigados. Y no ellossolos, que también los que al nacer hijos de la predicación evangélica,se cuentan al mismo tiempo hijos vuestros, por sujetos á vuestroapetecible imperio, ni les queda más á que aspirar, ni harán nuevafelicidad que apetecer. Por las puertas de la gracia de Dios verdaderoentraron dichosamente á la del Príncipe más poderoso y más amable (quede otro modo no fuera posible) y ya que no tuvieron la dicha de nacerespañoles para nacer vasallos de tanto Príncipe, tuvieron la inestimablefortuna de que los españoles Jesuitas (que creo que lo son dos veces)los hiciesen renacer para hacerlos lograr en una muchas felicidades.V.I–xv Vuelvo á decir, señor, que es grande lo que os ofrezco, aun ofrecido áV. A., á cuya vista sólo los trabajos, afanes y fatigas de los Jesuitasen cualquiera línea, pueden ser grandes, y en esta, del mayor aprecio devuestra alta estimación. Y vuelvo á decir que basta esta sola pruebapara desempeño de mi proposición que en otro sentido debiera con razónjuzgarse osadía. Pero además de esta, tengo otra, no menor, que dar enel sublime juicio

del

generoso

padre

de

V.

A.,

nuestro

amabilísimoMonarca. También su elevado dictamen ha juzgado grandes los afanes delos Jesuitas, y los frutos de ellos han merecido su aprobación, supatrocinio, sus influjos y sus liberalidades, y no puede ser pequeño loque ha podido merecer tanto. Así lo publica nuestro reconocidoagradecimiento, pues aunque en su católico celo nada hay en estaespecie, que su generosidad lo juzgue exceso, verdaderamente que losfavores y expresiones hechas á los Jesuitas del Paraguay, pudieranparecer exceso en otro amor y en otro Rey.

Esto hace, señor, que V. A. haya de mirar como estimables efectos de lagenerosa piedad de vuestro padre, lo que se os ofrece como á tan amado ytan amante hijo, y este título lo hace crecer tanto, que fué en mí loque últimamente resolvió mi respetuosa timidez, para ofrecer á V.I–xvi unFernando, Príncipe de Asturias, aquello que se dignó mirar como suyo unPhilipo, Rey de las Españas. Confiadamente me atrevo ya á suplicaros queprosiga vuestra dignación los favores de vuestro gran padre, para lo quenos basta sólo que admitais benigno esta breve noticia de nuestrasfatigas; que bien se yo y sabemos todos los Jesuitas, que la sombra sólode vuestro augusto nombre, templará nuestros afanes, enjugará nuestrossudores y hará que respetuosa aun la envidia de tanta fortuna, pronunciey para como aplausos y alabanzas, aun lo que aprenda y conciba comodicterios y calumnias.

Y

asegurados

los

Jesuitas

(no

digo

envanecidos,aunque lícitamente pudiera), asegurados digo, en tanto patrocinio, nonos quedará más que desear, sino es el que aquel Dios, para cuya gloriay servicio contribuye vuestra feliz vida tanto, dilate por siglosvuestros años, os colme de felicidades y de triunfos, hasta que se veala España envidiada de todas las demás naciones, sólo por la dicha delograr en vuestra alteza tan singular Príncipe.

Muy rendido vasallo de V. A.,

JERÓNIMO HERRÁN.

V.I–1

APROBACIÓN

DEL

PADRE ALBERTO PUEYO

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Calificador

de la Suprema general Inquisición de España, etc.

De orden de V. A. he visto con gusto la Relación historial de losindios que llaman Chiquitos, etc., y me persuado que el ministroevangélico que fuere menos fervoroso, la leerá con sentimiento y rubor,comparando el apostólico celo de aquellos incomparables misioneros consu tibieza, y sólo sentirá alivio en su dolor pidiendo á Dios que por suinfinita piedad se compadezca de los años que ha mal empleado enociosidad. Me sirve también de singular consuelo el ver, que por mediodel fuego de la mayor gloria de Dios que arde en los corazones V.I–2

de mishermanos los Jesuitas, misioneros de la provincia del Paraguay obra Dioslos milagros que obraba en la primitiva Iglesia, porque cumplen estos ála letra lo que Cristo manda á los que profesan la vida apostólica,discurriendo por las inmensas campañas de aquella parte de América,trepando inaccesibles selvas y bosques venciendo la fragosidad de losmontes, arrestados siempre á perder mil vidas, sólo por darla áinfinitos bárbaros, que ciegos con las tinieblas de la gentilidad, vivenmás como fieras que como racionales. Y al mismo tiempo correspondeCristo nuestro dueño, como infalible que es en sus promesas, con lo quenos dice por San Marcos, consolando y premiando abundantemente en estavida las gloriosas tareas de sus siervos, comunicándoles el don denuevas lenguas, que son infinitas como las naciones, que los nuestrosaprenden casi milagrosamente para que prediquen el Evangelio, y esmaravilla ver cómo aquellos bárbaros, á pocas razones de los misioneros,y viendo enarbolado el inestimable madero de la Cruz y la imagen deMaría Santísima, pasan á ser, casi de repente, no sólo cristianos en eldeseo, sino misioneros fervorosos, apostados á perder la vida,derramando la sangre por la ley Evangélica, y al heroico creer, así demisioneros como de recién conver V.I–3 tidos, se sigue lo que nos dice Cristoen el Evangelio, que es echar los misioneros, á vista de todos, losdemonios de las Rancherías, que son sus pueblos, de que han estado enpacífica posesión por muchos siglos, con sólo decir aquellos fervososJesuitas el Evangelio ó poner las manos sobre los enfermos, sedesvanecen los contagios frecuentes en aquellos países, obrando otrasmilagrosas curaciones; ni los venenos, ni la comida casi corrompida ymuchas veces tan escasa, que se reduce á alguna frutilla silvestre,ocasiona el menor daño á la más delicada salud del misionero. El blanco,pues, que tienen estos Jesuitas en sus fatigas, es sólo convertir almaspara Dios, y al mismo tiempo aumentar vasallos á nuestro gran Monarca,agregando nuevas provincias á su Corona, cumpliendo con la obligación deJesuitas y de vasallos, en señal de la justa gratitud que debemos á estegran Príncipe que se ha dignado y digna tanto en favorecer á laCompañía, expendiendo al mismo tiempo su Real piedad muchos caudales,con que se ha fundado en tiempo de su reinado, mantenido y aumentado másy más aquella numerosa y nueva cristiandad de los Chiquitos. Aunque losJesuitas, que se ocupan en estas gloriosas tareas son muchos, como esabundantísima la mies, son pocos los obreros: V.I–4 Messi multa operariiautem pauci. Quiera Dios, que es el dueño de la mies, mover loscorazones de muchos, para que multiplicándose los operarios, sea muchasveces más copioso el precioso fruto, que tan felizmente se coje. Sobretodo, me parece que en ningún tiempo mejor que en este se pueden decir,pero con lágrimas en los ojos, aquellas divinas palabras de Cristo: Parvuli petierunt panem, et non erat qui frangeret eis, porque en lamisiones, que llaman de los Chiquitos, ó de los Parvulillos, hay muchos,por no decir innumerables indios, que claman por Padres, y como ellos seexplican, que les enseñen la verdadera ley. Pero, ¡oh lástima!

No haybastantes operarios que les repartan el inestimable y necesario Pan delEvangelio, que con tanta ansia desean: Et non erat, qui frangeret eis.¿Qué Jesuita habrá á quien tan justos como lastimosos clamores no hieranel corazón ó no le saquen lágrimas á los ojos? ¿Y á quién no encenderáen vivos deseos de socorrer necesidad tan extrema? Pudiera dilatarmemucho más en ponderar las fatigas gloriosas de los Jesuitas: pero acabo,por no ser cansado, diciendo: que no habiendo hallado en este libro cosaque se oponga á las regalías de S. M. ni á nuestra Santa fe católica, niá las buenas costumbres, juzgo que se debe dar al autor la licencia quepide. Y V.I–5 quizás Dios moverá los corazones á muchos de los que leyerenesta historia, para que afervorizados, pongan los más eficaces mediospara ir á ayudar á la salvación de aquellos infelices indios, que porfalta de quien les comunique la luz del Evangelio, miserablementeperecen.

Este es mi sentir. De este Colegio Imperial de Madrid, á veintey cuatro de Agosto de 1726.

ALBERTO PUEYO.

V.I–6

APROBACIÓN

DEL

PADRE JOSEPH DE SILVA

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Predicador de S. M. y del Colegio Imperial.

De orden de V. S. he visto y leído con gran gusto la Relación historialde las misiones de los indios que llaman Chiquitos, que están á cargo dela Compañía de Jesús, en la provincia del Paraguay; y si lasquisiésemos cotejar con las conquistas Evangélicas del Oriente, quefueron el glorioso empleo de San Francisco Xavier, por las cualesmereció el título de Apóstol de la India, tendríamos muy poco que hacerpara igualarlas; ya se miren las naciones bárbaras, que en tan dilatadocampo de la idolatría han reconocido á Jesucristo y á su Santa ley, yala diversidad de genios y costumbres de estas gentes, más propias debrutos que de racionales, cultivadas por nuestros misioneros con tantoafán y fatiga en estos tiempos, al parecer más reñidos V.I–7 con los cuidadosde salvación agena; me parece que ha renovado Dios en su iglesia, pormedio de estos operarios suyos, las señales de la primitiva, confirmandola predicación del Evangelio con los milagros que dijo San Marcos[I.]que

acreditaban la predicación de los Apóstoles en la conquista delmundo. Toda la relación está llena de esta verdad, y confirmada con lasangre de muchos misioneros, muertos cruelmente á manos de los bárbaros,por conservar y mantener en su pureza la fe de Jesucristo.

Puedo decir sin violencia, que atendidos sus trabajos y su celo enadelantar las conquistas, como se pueden ver en las innumerablesreducciones ó pueblos que han hecho de los convertidos á la fe, quebastarían sin duda para enjugar las lágrimas de aquel siglo, en que SanGregorio lloraba la falta de operarios en la Iglesia, siendo tanabundante la mies en las naciones: Ad messem multam operarij suntpauci, quod non fine nœrore et lachrymis loqui possumus[II.]. Paraestos obreros evangélicos reservó Dios sin duda gran parte de aquellagloria, que señaló al Apóstol de las gentes en su vocación, y destinó ála promulgación de la ley de Gracia,V.I–8 marcándole en la elección para quellevase su nombre á tantas y tan diversas naciones:[III.] Ut porletnomen meum coram gentibus et regibus et filijs Israel. Y á la verdad,en esta Relación historial se verá que han introducido la fe deJesucristo los misioneros Jesuitas en la otra parte del mundo, queconfina con la Tierra Austral incógnita, tocando en la que loscosmógrafos dicen que aún no está descubierta, y la llaman Tierra delFuego. Dignos por cierto de aquél premio, que tiene Dios destinado paralos que á costa de afanes, fatigas y sudores, hicieron adorar su nombreen los últimos términos del mundo, como lo dejó escrito Isaías y loexplicó San Pablo, que fué el mas fiel testigo de la predicación delEvangelio. Dejo para menos apasionadas plumas la confirmación de estedictamen mío, que podrá parecer sospechoso por interesado, y pongo porconclusión de la censura la que se merece una obra toda de la gloria deDios, para que en la luz pública logren todos ejemplos de la virtud másheroica y del más apostólico celo. Este es mi dictamen, salvo, etc. Eneste Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid y Agosto 21 de1726.

JOSEPH DE SYLVA.

V.I–9

Michael Angelus Tamburinus, praepositum generalis Societatis Jesu.

Cum relationem Missionum á Patribus nostrae Societatis apud Chiquitos,in Paraquria, á Patre, Joanne Patritio Fernández, Societatisconscriptam, aliquot eiusdem Societatis Theologi recognoverint et inlucem edi posse probaverint; facultatem facimus, ut typis mandetur; fiijs, ad quos pertinet ita videbitur; cuius rei gratia, has litteras manunostra subscriptas, et Sigillo nostro munitas, dedimus Romae 16 Aprilis1726.

MICHAEL ANGELUS TAMBURINUS.

V.I–10

LICENCIA DEL ORDINARIO

Nos el Dr. D. Cristóbal Damasio, canónigo de la insigne Iglesia colegialdel Sacro Monte Ilipulitano Valparaiso, extramuros de la ciudad deGranada, inquisidor ordinario y Vicario de esta villa de Madrid y supartido, etc. Por la presente, y por lo que á Nos toca, damos licenciapara que se pueda imprimir é imprima la Relación historial de lasmisiones de los Chiquitos, que están á cargo de los Padres de laCompañía de Jesús de la provincia del Paraguay, escrita por el PadreJuan Patricio Fernández, de la misma Compañía; por cuanto habiéndosereconocido, parece no tiene cosa que se oponga á nuestra santa fecatólica y buenas costumbres. Dada en Madrid á 13 días del mes de Agostoaño 1726.

DOCTOR DAMASIO.

Por su mandado,

LORENZO DE SAN MIGUEL.

V.I–11

LICENCIA DEL CONSEJO

D. Baltasar de San Pedro Acevedo, escribano de Cámara del Rey nuestroseñor y del Gobierno del Consejo, certifico que por los señores de él seha concedido licencia por una vez al P. Juan Patricio Fernández, de laCompañía de Jesús, para que por una vez pueda imprimir y vender un libroque ha compuesto, intitulado: Relación historial de las Misiones de losindios que llaman Chiquitos en la provincia del Paraguay, con tal quela dicha impresión se haga por el original que va rubricado y firmado alfin, de mi mano; y que antes que se venda se traiga al Consejo concertificación del corrector de estar conforme á él, para que se tase alprecio á que se ha de vender, guardando en la impresión lo dispuesto porlas leyes de estos reinos. Y para que conste, doy la presente en Madridá 12 de Agosto de mil setecientos veintiséis.

DON BALTASAR DE SAN PEDRO.

V.I–12

SUMA DE LA TASA

Tasaron los señores del Consejo Real este libro intitulado: Relaciónhistorial de los indios que llaman Chiquitos en la provincia delParaguay, á seis maravedís cada pliego como más largamente consta de suoriginal, despachado en el oficio de D.

Baltasar de San Pedro Acevedo,escribano de Cámara del Rey nuestro señor y del Gobierno de su Consejo,en Madrid á nueve de Septiembre de mil setecientos veintiséis años.

DON BALTASAR DE SAN PEDRO.

V.I–13

PRÓLOGO PARA ESTA OBRA

—————

En una breve relación de tan dilatadas y gloriosas empresas de losMisioneros Jesuitas que trabajan incesantemente en predicar la fe deJesucristo á tan innumerables é incultas naciones del Paraguay y susprovincias, no es fácil poder escribir, como era razón, las vidas demuchos apostólicos obreros que han padecido martirio á manos de losinfieles, y así me es preciso referir muy sucintamente parte de susheroicas virtudes, dejando para mejor ocasión el sacarlas á luz con másextensión. En este supuesto, y en el de no ser historia con lasformalidades que piden sus reglas, como de esta provincia la escribió elerudito P. Nicolás del Techo en lengua latina, sólo refiero las regionesen donde se han formado los pueblos de los nuevamente convertidos, y almismo tiempo se describen sus situaciones, sus genios y sus diversosidiomas, para que se pueda comprender con menos V.I–

14 dificultad el asunto deesta pequeña obra; que si se lograse con ella el encender en el corazónde los que ó tienen por instituto la conversión de las almas, ó porfervor cristiano la salvación de los infieles, un celo de dilatar lagloria de Dios en las conquistas del Evangelio, se dará por bienempleado el trabajo de sacarla á la luz pública, sin cuidado de que ó lacensura ó la malicia le imponga aquellas acostumbradas notas que en eljuicio prudente y cristiano sólo pueden servir para el desprecio y nuncapara la atención; ojalá tenga yo muy frecuentes las noticias de estasapostólicas tareas para emplear con nuevo gusto el trabajo depublicarlas para mayor gloria de Dios, que es el fin principal de lasMisiones de los Jesuitas.

PROTESTA DEL AUTOR V.I–15

Siendo preciso tocar en esta Relación historial, aunque de paso, lasMemorias de algunos varones apostólicos que murieron á manos de losinfieles por la fe que predicaban, dejando en su muerte aquel olor desantidad que correspondía á sus heroicas virtudes, así como se refierenotros sucesos milagrosos que en confirmación de la fe parece que loshacía Dios por medio de sus siervos para alentarlos á los trabajos de sumayor gloria; no es mi ánimo en estos puntos y en otros semejantes quecontiene esta Relación el que se les dé más que aquella fe humana quese merecen los fundamentos que se refieren para escribirlos; y así estoymuy lejos de prevenir en la relación de ellos el juicio de la Iglesia;antes bien, protesto, el que los sujeto á la corrección de la SantaSede, obedeciendo á los decretos de los Sumos Pontífices y de laIglesia.

CAPÍTULO PRIMERO V.I–17V.I–16

Su principio, fundación y progresos.

No es mi intento por ahora escribir la historia de la provincia delParaguay de la Compañía de Jesús, la cual comprende cinco Gobiernos yotros tantos Obispados, en la longitud de cerca de seiscientas leguas.El que quisiere saber más por extenso lo que en esta dilatada provinciahan trabajado gloriosamente los PP. de la Compañía de Jesús y padecidopor la conversión de los gentiles, podrá leer la Historia que de estaprovincia escribió el P. Nicolás del Techo; advirtiendo que al tiempo, ycuando escribió dicha Historia, sólo se habían fundado veinte y cuatroReducciones de indios á las riberas de los ríos Paranná y Uruguay, queV.I–18 componen el caudaloso y celebrado río de La Plata. Hoy llegan á treintay una las reducciones de sólo los indios Guaranys, mucho más numerosasque las antecedentes, pues en el año de 1717 se contaban en dichasreducciones ciento y veintiún mil ciento sesenta y ocho almas,bautizadas únicamente por los PP. Misioneros de la Compañía de Jesús dedicha provincia. Los nombres de las reducciones ó pueblos de esta nuevacristiandad, son el pueblo de los Santos Apóstoles, el de la Concepción,el de los Santos Mártires del Japón, el de Santa María la Mayor, el deSan Francisco Xavier, el de San Nicolás, el de San Luis Gonzaga, el deSan Lorenzo, el de San Juan Bautista, el de San Miguel, el del Ángel dela Guarda, el de Santo Tomás Apóstol, el de San Francisco de Borja, elde Jesús María, el de Santa Cruz y el de los Santos Reyes. Estos á lasriberas del gran río Uruguay. Los que se han fundado á la ribera delgran río Paranná, son el pueblo de San Ignacio, que llaman el Mayor, elde Nuestra Señora de la Fé, el de Santiago Apóstol, el de Santa Rosa, elde la Anunciación, el de la Purificación, el de San Cosme y San Damián,el de San Joseph, el de Santa Ana, el de Nuestra Señora de Loreto, el deSan Ignacio, que llaman el menor, el del Corpus, el de Jesús, el de SanCarlos y el de laV.I–19 Trinidad, aumentándose cada día más el número deconvertidos y floreciendo en todos el primitivo fervor de la fe, querecibieron en el bautismo.

El fin, pues, de esta Relación, se reduce á dar noticia de las nuevasmisiones que esta apostólica provincia tiene al presente en la nación deindios, que llaman Chiquitos.

Por donde la provincia de Tucumán confina por el Occidente con losreinos del Perú, se descubre un espacio de tierra que desde Santa Cruzde la Sierra, donde remata, y desde Tarija, donde empieza, tienetrescientas leguas de largo. Por el lado de Levante tiene aquella partedel Chaco, que va á hacer punta en el Tucumán; por el Poniente elMarañón, ó por mejor decir, á Santa Cruz de la Sierra, con quien más seafronta; por el Mediodía la provincia de las Charcas, y por laTramontana mira de lejos á la provincia de los Itatines. Corre por mediode ella, de Septentrión al Austro, una cadena de montes, que empezandodesde el Potosí llega hasta las vastísimas provincias del Guayrá. Enellos tienen su nacimiento tres grandes ríos, el Bermejo, el Pilcomayo yel Guapay, que bañan las campañas que están sitas á la falda, por una yotra parte de ambos montes, y de allí, atravesando un casi inmensoespacio de tierra, des V.I–20 embocan en el río Paraguay.

Escogieron losChiriguanás para su habitación este país, habrá como cosa de dos siglos,abandonando el nativo del Guayrá, y me parece no será fuera de propósitoreferir aquí la causa de esta mudanza. Al tiempo que las dos Coronas deCastilla y Portugal procuraban dilatar su imperio en estas IndiasOccidentales, Alejo García, alentadísimo portugués, deseoso de servir alrey D. Juan el II, su amo, con las conquistas de nuevas provincias,tomando en el Brasil tres compañeros de su mismo ánimo y valor, despuésde haber caminado por tierra trescientas leguas hasta llegar á lascostas del Paraguay, alistó por soldados dos mil indios: y habiendocaminado con ellos otras quinientas leguas por aquel río, aportó á losconfines del imperio del Inga, donde, habiendo recogido mucho oro yplata, se volvió al Brasil; pero los bárbaros le quitaron á traición lavida.

Temerosos éstos, ó de que viniesen sobre ellos las armas portuguesas ávengar la muerte de los suyos, ó llevados del interés, se pasaron yvinieron á vivir en el país ya dicho; y aunque pocos entonces, puesapenas pasaban de cuatro mil, ahora están muy numerosos, pues pasan deveinte mil, viviendo sin forma de pueblo, en tropas, y dándose á correry robar las tierras V.I–21 circunvecinas; y por el deseo de carne humana, deque gustaban mucho, hacían á muchos de ellos cautivos; y cebados pormuchos días, como se hace en Europa con los animales de cerda,celebraban banquetes de cruelísima alegría, con lo cual se hicieronformidables á los confinantes; y sólo con la venida de los españolesolvidaron la inhumana costumbre de comer carne humana, pero no lacrueldad; de suerte que se dice haber destruído y aniquilado hasta elpresente más de ciento y cincuenta mil indios.

A reducir á estos bárbaros á vida política y cristiana, encaminaron susdesignios, desde los principios del siglo pasado, los apostólicos PadresManuel de Ortega, Martín del Campo, Diego Martínez, y sucesivamenteotros; pero por más industrias de que se valió su ardiente celo, jamáspudieron ablandar la dureza de corazones tan obstinados, ni domesticarla ferocidad de ánimos tan salvajes, causa porque los abandonaron, comotierra en que se ha derramado inútilmente el grano Evangélico, paraemplear sus fatigas en país que correspondiese á su cultura, con frutomás digno de sus trabajos; hasta que el año de 1686, habiendo ido dosMisioneros de esta provincia á ejercitar los ministerios de nuestraApostólica Vocación á Tierra de TaV.I–22 rija, hicieron eco en aquellosdesiertos las maravillas que obraba la divina palabra en las costumbresbien rotas y perdidas de aquella tierra.

Entraron, pues, en acuerdo algunos caciques, y de común consentimientoenviaron mensajeros á los Padres, suplicándoles con eficacísimos ruegosse moviesen á compasión de sus almas, poniéndolas en el camino de lasalvación; pero no tuvieron por entonces otra respuesta, sino que nopodían asistirles hasta dar aviso á su Provincial, que á la sazón era elPadre Gregorio de Orozco, natural de Almagro, en la Mancha, sujeto demucho celo y fervor, quien no pudo tan presto condescender con tanjustas súplicas hasta abrir colegio, como lo hizo en la villa de Tarija.En escoger entre todos los sujetos que habían de dar principio á aquellaMisión, tuvo el buen Provincial no poco que hacer para aquietar losdeseos, súplicas y lágrimas de tantos como se le ofrecieron á esta arduaempresa; pero no había quien con más ardor lo desease, ni á quien conmás razón se debiese hacer esta gracia, como el V. P. Joseph de Arce,natural de las islas Canarias, hombre de gran corazón y de igual celo,premiado de Nuestro Señor con una muerte gloriosa, de que daremosnoticia adelante. Parece que San Francisco Xavier, antes que losSuperiores, le destiV.I–23 nó para esta empresa, pues viéndole éstos dotado degran talento y feliz ingenio para las cátedras, aunque con increíbledolor del buen Padre, le habían aplicado á ellas; pero no tardó mucho enque se vieron precisados á mudar de parecer, porque siéndole alhumildísimo Padre de intolerable peso esta lustrosa ocupación, no podíarecabar con súplicas y lágrimas le aliviasen de ella, con que recurrióal asilo de San Francisco Xavier, suplicándole con muchas lágrimas elcumplimiento de sus deseos. Tuvo feliz despacho con tan poderosointercesor su súplica, porque cayendo luego enfermo, le dieron, pordescuido del enfermero, un remedio recetado para otros, el cual leredujo á los últimos períodos de la vida. Viéndose en este lance, pidiólicencia al P.

Provincial Tomás Baeza para hacer voto á su grandeAbogado San Francisco Xavier, de que si alcanzaba la vida, la emplearíaen la conversión de los infieles. El P. Provincial, reconociéndole yadesahuciado, le dió grata licencia para hacer su voto; y luego que lehizo, le aceptó el Santo desde el cielo, pues remitiendo de su fuerza elmal, en breves días quedó sano del todo.

Y como en aquel tiempo se trataba con gran calor de la conversión ánuestra Santa Fé de las naciones que están hacia el estrecho deV.I–24 Magallanes, que descubiertas pocos años antes por el V. P. NicolásMascardi, italiano, sujeto de la provincia de Chile y mártir del Señor,pedían predicadores de nuestra Santa Ley, y por orden de nuestropiadosísimo Monarca Carlos II, estaban ya á punto algunos fervorososmisioneros para entrar en las tierras de los Patagones, fué tambiénseñalado el P. Arce.

Pero á lo mejor de la obra se atravesó el infiernopor medio de algunos Ministros del Rey, que atendiendo más á susparticulares intereses que al servicio de Dios y de la Monarquía,pretendieron sujetarlos con armas para hacerlos después esclavos suyos.

Desvanecida, pues, esta misión con incomparable dolor de todos losbuenos, fué destinado á llevar la luz del Evangelio á los Chiraguanás, yabrir camino en otras provincias á tantos hermanos suyos, que conducidosde su mismo espíritu y celo habían de seguirle, para sembrar en ellas lasemilla de la predicación evangélica, los cuales, para hacerla másfecunda, la habían de regar, no sólo con sus sudores, sino también consu sangre. Pero antes de emprender esta obra, procuró armarse yfortalecerse con aquellas virtudes que reconocía necesarias para tanardua y difícil empresa, porque le adivinaba presagioso su corazón queel común V.I–25 enemigo se había de poner en armas para no perder la tiránicaposesión y señorío de una gente, que hasta entonces, con injuria de DiosNuestro Señor, había estado siempre á su devoción.

En el ínterin, pues, que el Padre estaba con todo su espíritu recogidoen Dios tratando este negocio, vino del Pilcomayo un cacique con seisvasallos suyos, pidiéndole no difiriese un punto de ir á darles noticiade Dios Nuestro Señor; y luego manifestaron las veras con lo que decíanlas obras, oyendo con gusto y atención la explicación de la DoctrinaCristiana, y estando siempre obedientes á su voluntad.

Las muestras que dieron de sí estos pocos, le encendió en su corazón unardiente deseo de poner luego manos á la obra, pareciéndole estasdisposiciones muy á propósito para introducir la fé en gente tan bieninclinada. Y á la verdad podía bien esperar esto de los Chiriguanás, queviven á la orilla del río Pilcomayo, pero no de los del río Bermejo,pues antes éstos, renovando las antiguas canciones, porque otras veceshabían echado á los misioneros porque queríamos hacerlos esclavos de losespañoles y obligarlos al servicio personal y otras mil mentiras de estejaez, le miraban con malos ojos y le decían que si pusiese el pie en sustierras se V.I–26 había de salir luego, ó que para quitarle de una vez de susojos, le habían de quemar vivo.

Por eso, antes de pasar más adelante, me es preciso pintar aquí á lovivo el genio y natural de esta gente, para reconocerle siempre elmismo, porque se transforman en tan diversos y contrarios semblantes,que de otra suerte sería imposible el conocerlos. Son de genioinconstante, más de lo que se puede creer, mudables á todo viento, noguardan la palabra que dan, hoy parecen hombres y cristianos y mañanaapóstatas y animales, amigos de todos, aun de los españoles, cuando lesestá á cuento para sus intereses, pero por la más leve causa rompen laamistad. Y con todo eso, no es ese el mayor contraste que tienen paraintroducir en ellos el conocimiento de los misterios y observancia de laley de Dios. El más fuerte impedimento es el mal ejemplo de loscristianos viejos, gente ruda como los indios; no entiende otro lenguajemejor que el del ejemplo, y de la vida de los fieles infiere lascalidades de nuestra Santa Fé, y muchas veces les echan en la cara losMisioneros que son demasiado duros con ellos en no permitirlos el uso demuchas mujeres, cuando ven que los europeos tienen á su gusto cuantas seles antoja; y por más que se les procura responder, nunca se les dicetanto que baste á aquieV.I–27 tarlos. Por lo cual, con sapientísimo yprudentísimo acuerdo, los primeros operarios de esta provincia seprocuraron apartar lejos de las ciudades, buscando para sembrar elEvangelio provincias remotas, si no del comercio, á lo menos de lahabitación de los forasteros, para que éstos no deshiciesen con su malejemplo lo que ellos hacían con su predicación.

Y se practica esto hasta el día de hoy con tanto rigor, mediante lapiedad de nuestros Católicos Reyes, que á ningún europeo ó español de latierra, si no es de paso, se le permite poner el pie en las Reduccionesde los Guaraníes, excepto á los Gobernadores y Prelados eclesiásticos, áquien por su oficio les incumbe el visitarlos. Ahora, pues, esteimpedimento en los Chiriguanás, es gravísimo.

Comercian

continuamentecon

las

ciudades

confinantes, y como más fácilmente se pegan los viciosde los malos á los buenos que las virtudes de los buenos á los malos yviciosos, al ver á unos ocupados en sacar el dinero de los paisanos, áotros darse sin freno á los deleites de la carne, y en algunos, aunquepocos, tan muerta la fé que no hacen escrúpulo de faltar á los Divinospreceptos, y en mostrar menos reverencia á los misterios de la Iglesia,no es fácil decir cuánto crédito gana con ellos lo malo, y cuánto odio ydespreV.I–28 cio cobran, así á las personas como á la religión que profesan.

Y aunque la innata piedad de los españoles resplandezca aquí tanto comoen cualquiera otra parte, que en ella se pierde la malicia toda dealgunos, con todo eso, como dije, en los corazones de estos bárbaros seimprimen más fácilmente los vicios y maldades que las virtudes ydevoción. Y si tal vez, al oir la explicación de la doctrina cristiana,ó alguna de aquellas incontrastables verdades que tienen fuerza de hacervolver en sí á quien de sí vive olvidado, despierta en ellos algún buenpensamiento,

apenas

nace

cuando

le

sofoca

su

inconstantísimo genio, y elmal ejemplo de los forasteros, como muchas veces lo vemos y tocamos conlas manos. Esto supuesto, volvamos ya á nuestra narración.

Habiendo el P. Arce probado y experimentado por muchos días el fervor deeste cacique y sus vasallos, le pareció fundar aquí Reducción conesperanza de feliz suceso. Con este fin los remitió á su tierra,acompañados de cuatro indios Guaranís que llevaba consigo, dándolesorden á éstos de que explorasen la voluntad del pueblo y corriesen lasRancherías situadas en la orilla del Pilcomayo, que en breve lesseguiría, junto con D.

Diego Porcel, piísimo caballeV.I–29 ro, y muy amado delos infieles, por su afabilidad y buen trato, para que le ayudase enaquel negocio, y con su autoridad tuviese refrenados á los caciques delrío Bermejo; pero Dios no quiso de éste más que la buena voluntad, parapremiarla eternamente en el cielo; porque siendo ya muy viejo y de edaddecrépita, á pocas leguas de camino, sorprendido de un accidente, le fuépreciso volver atrás; pero en su lugar sustituyó á un hijo suyo, conquien poniéndose en camino el P. Joseph por el mes de Mayo de 1690,después de algunas jornadas, llegó á ciertas rancherías que estaban áorillas del Pilcomayo, donde fué recibido con singular afecto de lospaisanos, que actualmente estaban llorando la muerte de algunos de lossuyos, por causa de las discordias que había entre Cambaripa yTataberiy. Eran estos los dos Caciques de mayor nombre y poder de latierra; y para dar principio á la nueva cristiandad, era necesarioconcordarlos entre sí, y apagada toda malevolencia, volverlos á haceramigos.

A este fin quería el santo varón ir en persona á meterse de por medio yhacer las paces, y hubiéralo hecho á no ver que era manifiestamenteecharse á morir entre las armas de los Tobas, confederados conTataberiy, que infestaban los caminos. V.I–30

En esta coyuntura vino un mensajero de Cambaripa, pidiéndole le diese desu parte, si pudiese hallar algún pronto y eficaz remedio á su ruina, yá la de aquellos sus vasallos, porque no tenía tiempo para detener óresistir á un mismo tiempo á tantos enemigos ni de buscar escape á suvida con la fuga, por estar mal herido de los contrarios.

Atravesó esta nueva el corazón del P. Arce; y para repararle aquelfracaso al país, volvió luego atrás á fin de recoger de la piedad de losespañoles algún socorro de armas; y á la vuelta templó Dios conalternados consuelos el dolor de aquel accidente, porque los Chiriguanásdel río Bermejo, que antes se habían mostrado tan adversos y duros,ablandados ya sus corazones con las influencias del Espíritu Santo, lesalieron al encuentro, y Cambichuri, el cacique más poderoso, le mostrógrandes finezas de amor, convidándole á que fuese á predicar á susvasallos y que haría de él cuanto el Padre gustase.

Llegó á Tarija, y alcanzando de los Regidores una compañía de soldados,se volvió lo más presto que pudo, llevando por su compañero al P. JuanBautista de Zea; y aunque el camino era áspero y peligroso y la pocacomodidad con que trataban su cuerpo estos Evangélicos operaV.I–31 rios leshacía más trabajoso el caminar, con todo eso estaban insensibles á todamolestia y trabajo por la abundante copia de delicias celestiales de quegozaban, bautizando en aquellas soledades gran número de niños y nopocos adultos que viéndose ya cercanos á la muerte, cambiaban de buenagana la vida con esperar la eterna bienaventuranza. Finalmente, á 26 deSeptiembre, entraron en las rancherías de Tataberiy, donde se había detratar la paz.

Salió éste á cumplimentarle, acompañado de cuarenta de los suyos, yhospedóle en la casa más acomodada del pueblo, y empezando desde luego átratar del negocio de la paz, supo darse tan buena maña el P. Arce, queredujo á los dos caciques á que se prometiesen mútuamente la paz yrenovasen entre sí su antigua amistad; y fuera de eso concluyó, sehiciesen también las amistades entre los parientes de los muertos y losmatadores, que fué lo más difícil de alcanzar.

Celebró el pueblo estas paces con solemnidad y alegría incomparable;pero sobre todos, quien dió mayores muestras de contento fué Cambaripa;y Tataberiy se aficionó increíblemente á los misioneros, y por medio deellos á la Santa ley de Cristo; pidióles que se quedasen allí paraenseñarles los Divinos Preceptos, proV.I–32 metiendo alistarse cuanto antes enel número de los fieles; y en prendas de eso le dió para que bautizaseun hijo único que tenía. Pero los Padres, antes de hacer pie firme enalgún lugar, querían correr toda la provincia; por lo cual, dándolesbuenas esperanzas, se partieron, asistidos siempre del hijo de aquelbuen caballero, que jamás quiso apartarse de su lado en aquellaperegrinación; y pasando luego á las riberas del río Parapití y,pobladas de muchas rancherías, fueron recibidos de todos con señas degrande afecto y tratados lo mejor que la pobreza y penuria del paíspermitían.

De aquí tiraron hacia las montañas del Charaguay á cuyas faldas viven lamayor parte de los Chanés y muchos Chiriguanás.

Tuvieron aquí no pocoque hacer en componer á los paisanos con los vasallos de Taquiremboti;pero puestos éstos en acuerdo, prosiguieron su viaje, no encontrandootra cosa que rancherías destruídas, habiéndose retirado á otras partesla gente, por no padecer los infortunios y desventuras que trae consigola guerra.

Finalmente, padecidos no pocos ni ligeros peligros de perecer, llegaronal río Guapay, donde fueron recibidos de sus moradores con increíblesfinezas, y los Caciques Manguta y Fayo les suplicaron vivamente sequedasen en V.I–33 aquel paraje para instruirlos en los misterios de nuestraSanta Fe y enseñarles el camino del cielo.

El P. Arce, que por entonces tenía otros designios, les prometió que enotra ocasión les cumpliría sus deseos, con que administrando el Santobautismo á cuatro que estaban en peligro de muerte, se prevenía ya parala partida.

A este tiempo vino una india, hermana del cacique Tambacurá, y se echó ásus piés muy afligida y desconsolada porque el gobernador de Santa Cruzde la Sierra enviaba á prender á su hermano para castigarle; ymanifestando su dolor le dijo tantas razones y le enseñó tales ruegos ysúplicas el amor á la sangre, para que le librasen de aquel golpe que,como decía, le habían maquinado por rencor y envidia sus enemigos, quehubieron de condescender los Padres á sus peticiones para que tocasencon las manos y viesen aquellas gentes que ellos no miraban sino á suutilidad y que en las ocasiones eran su escudo y refugio, paraaficionarlos por este camino á nuestra santa ley. Este fué su designio éintento, pero no el de Dios, que muchas veces se vale de los intereseshumanos para llevar á su fin las disposiciones de su eterna providencia.Y tal fué la ida de estos misioneros á Santa Cruz de la Sierra, porqueyendo solamente á impetrar la vida temporal de un indio, V.I–34 los llevabaDios para que fuera de toda esperanza rescatasen á innumerables pueblosde la esclavitud del demonio. Partieron, pues, del Guapay con Tambacuráá Santa Cruz, donde recibidos con mucha cortesanía del gobernador donAgustín de Arce piísimo caballero, alcanzaron por merced y gracia lavida de aquel pobre hombre, que de otra manera lo hubiera pasado muymal.

Estas demostraciones de estima y afecto obligaron á nuestros Padres áque con confianza le manifestasen su designio de convertir á la fé á losChiriguanás y á que se dignase interponer su autoridad contra cualquieraque osase oponerse á esta empresa. Parecióle al sabio gobernador que eragastar inútilmente el tiempo y el trabajo con aquellos indios, por locual les empezó á persuadir con sólidas razones enderezasen á otra partesus pensamientos y apostólico celo, porque eran gente obstinada en laidolatría, salvaje en las costumbres, y sobremanera adversos á las leyesy pureza de la vida cristiana, é inconstantes en lo que emprenden; queya en otras ocasiones habían probado á reducirles fervorosísimosMisioneros, y después de grandes trabajos y fatigas no habían sacadootro fruto de sus sudores sino escarnios, oprobios y malostratamientos. V.I–

35

Vivía entonces muy fresca la memoria del fervorosísimo P.

Martín delCampo, de la provincia del Perú, que después de haber gastado con ellosalgunos meses, vista su obstinación, se vió precisado á irse á otraparte á emplear sus fervores. Por tanto les aconsejaba pusiesen la miraen otros países donde no se perdiesen á sí mismos, y ganasen felizmenteá los otros.

Confinaban con aquella ciudad los indios Chiquitos que poco antes habíanhecho paces con los españoles y pedían predicadores del Evangelio, queles enseñasen la ley divina. No podía el buen gobernador darles gusto,enviando misioneros de la provincia del Perú por estar estos empleadosen cultivar las naciones de los Moxos, por lo cual ofreció á nuestrosmisioneros la copiosa mies de esta gentilidad, donde su fervor hallaríaen qué satisfacerse á su gusto, y su celo campo donde acrecentar lagloria divina, que aquí no serían mayores los trabajos que el fruto, niderramarían gota de sudor en esta tierra, que no fuese semilla de quecogiesen la conversión de muchas almas. Y que para que emprendiesen conmás calor esta misión, escribiría de su mano cartas muy eficaces alProvincial de esta provincia, á nuestro Padre general Tirso González, suíntimo amigo.

Este razonamiento del buen gobernadorV.I–36 despertó en el corazón deaquellos varones apostólicos un júbilo incomparable, viendo se lesdescubría otro campo en que padecer otro tanto en servicio de Dios: porlo cual, en cuanto á ellos tocaba, se ofrecieron al bien de aquellanación, sin hacer caso de su vida ni temer á los trabajos y fatigas queles pudiese costar aquella nueva empresa, sólo con que la insinuación delos superiores les destinase á ella; y así dijeron, que obtenidalicencia de sus superiores, correrían allá gustosos para domesticaraquellos bárbaros y reducirlos al conocimiento del verdadero Dios y á laobediencia de la Majestad Católica. Y con esto, despedidos delgobernador dieron la vuelta.

Al pasar el río Guapay, de vuelta para Tarija, les cercaron una granmultitud de infieles, rogándoles fundasen una Reducción en aquel parajepara cuidar y atender al bien de sus almas, que les daban palabra que enbreve abrazarían todos la ley de Cristo.

No les pareció bien á los Misioneros dejarlos descontentos, por lo cual,levantando en aquel sitio un Rancho, celebraron, á vista del pueblo, elSanto sacrificio de la Misa; y por ser aquel día consagrado á laPresentación en el templo de la Virgen Nuestra Señora la pusieron debajode su patrocinio; y esto con tanto aplauV.I–37 so y contento de los naturales,que corriendo la voz de lo sucedido por las otras Rancherías, seofrecieron muchos caciques á fundar allí Ranchos con todos sus vasallos.

Partiéronse de aquí los Padres para disponer en Tarija lo necesario parallevar adelante aquella empresa, y Dios Nuestro Señor, para premiar lostrabajos pasados en su servicio y animarlos en las fatigas que habían depadecer en adelante, les concedió luego un fruto de bendición, queapenas nació cuando se trasplantó en los jardines celestiales, este fuéun niño que apenas fué lavado de mancha de la culpa original con lasaguas del Santo Bautismo, cuando incontinenti voló á gozar eternamentede Dios.

Incomparable fué el consuelo de estos santos varones con tan nobleganancia, pero no menor la rabia del demonio que de tan buenosprincipios adivinaba el gran menoscabo que se había de seguir á susintereses, y que si la fé cristiana fuese ganando crédito y seguidores,perdería en poco tiempo el dominio del país; y como su mal y daño estabaá los principios y le podía reparar, procuró, con todo su esfuerzoarrancar de raíz aquellos buenos principios, para lo cual tenía allí desu bando ciertos apóstatas muy poderosos, tanto peores que los otros ensu vida, cuanto es ordinario que sea más per V.I–38 dido en sus costumbresquien abandona la fé que quien jamás la profesó en su vida.

Entre estos había dos caciques llamados Urbano Garnica y Pedro de SantaMaría, que teniendo para su placer muchas concubinas, llevaban muy maltomase campo en aquella tierra Cristo Nuestro Señor y su ley santísima,con lo cual ellos se habían de ver precisados á desamparar el país ó ásalir del cieno de la deshonestidad. Por tanto, conmovidos estos delenemigo infernal, y mucho más del amor á la carne, empezaron á esparcirpor el vulgo mil calumnias contra los misioneros, y mucho más aquellasque mejor les estaba creyese el pueblo; decían que eran espías de losenemigos, que no pretendían otra cosa que sujetarlos á los españoles, ycon pretexto de reducirlos á la fé católica, privarlos de su antigualibertad, que en breve se verían hambrientos y deseosos de aquellosplaceres de que ahora á su gusto se saciaban; verían sus carnes flacas,sus espaldas acardenaladas de los golpes de los nuevos señores, cuyoyugo cargaban sobre sus cuellos, junto con el de Cristo; y en prueba deeso, tenían ellos aún en el cuerpo las cicatrices de los cruelísimosazotes que llevaron cuando cristianos, por más que trabajaban de día yde noche sin ninguna compasión, para llenar á su costa las bolsas de V.I–39 sus amos, y semejantes á estas decían otras innumerables mentiras, comoles venía á cuento el fingirlas para su intento. No se dijeron al aire,porque ahora el deseo que tenían los bárbaros de hacerse cristianosestaba en sus primeros fervores, no hicieron en ellos mucha mella estosdichos; no obstante, resfriándose de allí á poco aquel primer fervor,consiguieron los apóstatas su intento de alborotar el país y enfurecerel pueblo para que echasen á los Padres y los remitiesen á donde habíanvenido.

Entrado ya el año de 1691, partieron los PP. Juan Bautista de Zea yDiego Centeno por el río Guapay, á cultivar el nuevo pueblo de laPresentación, y el P. Arce al valle de las Salinas, á donde acudió grannúmero de infieles, de los cuales muchos se le mostraban aficionados yotros le mostraban mal rostro, señal de lo que maquinaban en su corazón,que era darle muerte, como lo hubieran ejecutado á no haberles disuadidode tan malvado intento los indios de Tariquea.

Procuraba aquí el apostólico Padre poner forma á las cosas de lareciente iglesia; pero el demonio, que soplaba en el corazón de losapóstatas, cuanto el buen Padre trabajaba en muchas semanas, lo deshacíaen pocas horas; y por apéndice de estos desastres, tuvo noticia deV.I–40 quelos Tobas, cruelísimos enemigos de Dios y de los españoles, vistos susintentos, se habían puesto en armas, y en gran número venían destruyendoel país; con lo cual, esperando de hora en hora sus furias, seesforzaban á recibir con gran ánimo la muerte si fuese voluntad de DiosNuestro Señor, imitando á sus súbditos, de quien corría fama que habíancaído en las manos de aquellos malvados y sido muertos con crueldadigual á su fiereza.

Pero como Nuestro Señor, con estas desgracias, no quería de su siervootra cosa sino las primeras pruebas y noviciado de una vida apostólica,hizo desvanecer en breve aquellos temores y hubo luego aviso de que losPP. Zea y Centeno habían llegado á salvamento en el pueblo de laPresentación, y de que los Tobas se habían retirado á sus tierras, conlo cual pudo seguramente pasar á Tariquea para disponer más apriesa losánimos de la gente para abrazar la santa fé.

Aquí fué recibido y hospedado con mucho amor y benevolencia del señordel lugar, quien entendida la causa de su ida, mandó luego echar bandopor todas las Rancherías del contorno, que se juntasen día señaladotodos los caciques á Concejo, para resolver el negocio de su conversión;y se ejecutó así el día último de Julio, V.I–41 consagrado á nuestro granPadre y Patriarca San Ignacio.

Y porque será del gusto de los lectores saber las ceremonias y modo deque usaron en su Asamblea, daré de ellos una breve y sucinta noticia.

Entrados á parlamento en lo más oscuro de la noche, dieron principio ála función con una sinfonía de flautas y pífanos, y cantando y bailandoal son de ellos discurrían sobre el negocio, concluyendo cada baile queduraba tres ó cuatro credos con brindis.

Al rayar el alba, aunque hacía viento muy frío que helaba, por ser aquíeste mes el corazón del invierno, se fueron todos á bañar al río; y parahacer más alegre la fiesta, adornaron sus cabezas con hermosos penachosafeitándose el rostro con colores muy feos, imaginando crecían enbelleza y hermosura, cuando parecían otros tantos diablos.

Habiendo ya esclarecido el día, tomaron un desayuno para cobrar alientoy brío para proseguir su acuerdo en la forma que antes. ¿Quién creía, ópor mejor decir, quién se atrevía á esperar resolución nada favorable enun Concejo semejante? Pero no obstante eso, determinaron de comúnconsentimiento admitir en sus tierras á Cristo y á su ley santísima, yenviaron á dar aviso de su resolución al P. Arce, quien debajo V.I–42 de unaenramada estaba encomendando á Nuestro Señor con fervor este negocio;pero le pusieron tres condiciones: La primera, que la Reducción sefundase en aquel paraje. La segunda, que no fuesen obligados ádesterrarse de sus tierras los que quisieren vivir en el gentilismo, ómantener muchas mujeres para su uso; y la tercera finalmente, que sushijos no fuesen destinados al servicio de la Iglesia.

Aceptó el santo varón el partido, esperando que el tiempo, y mucho másla sangre de Jesucristo les ablandaría los corazones y darían aquellosfrutos de bendición que su celo y sus fatigas les prometían; ni eran malfundadas sus esperanzas porque Taricú, principalísimo, en nombre detodos, le dió las gracias de querer emplearse en provecho de sus almas;y las dió también á Nuestro Señor porque se había dignado de enviarlesquien sin ningún interés suyo les enseñase el camino del cielo. Y porquetodo esto sucedió, como dije, en el día consagrado á N. P. S. Ignacio,puso el P. Arce la Reducción debajo de su patrocinio.

Mientras que las cosas corren aquí con algún viento favorable, me espreciso dar una sucinta relación de la provincia de los Chiquitos, enque al mismo tiempo se fundó, aunque con fin más feliz, una nuevacristiandad, y será el blanco principal de esta mi Relación.V.I–43

CAPÍTULO II.

Situación de la provincia de Chiquitos, costumbres ycalidades de los naturales.

La provincia, á quien vulgarmente llamamos de los Chiquitos, es unespacio de tierra de doscientas leguas de largo y ciento de ancho; porel Poniente mira á Santa Cruz de la Sierra, y algo más lejos á lasmisiones de los Moxos, que pertenecen á nuestra provincia del Perú. PorLevante baja hasta el famoso lago de los Xarayes, á quien con razónllamaron el mar Dulce los primeros conquistadores, por su amplitud ygrandeza. Por la Tramontana la cierra una gran cadena de montes bienlarga, que corriendo de la parte de Levante á Poniente, remata en estelago. Por el Mediodía mira al Chaco y á un gran lago, ó por mejor decir,golfo del V.I–44 río Paraguay, que forma aquí una bellísima ensenada, cuyasriberas están pobladas de gran multitud de árboles y se llamó desde susprincipios este seno ó ensenada el puerto de los Itatines.

Bañan á esta provincia de Chiquitos dos ríos: uno el Guapay, quenaciendo en las montañas de Chuquisaca baja por una llanura abierta porjunto á un pueblo de los Chiriguanás llamado Abapó, y corriendo haciaOriente, ciñe á lo largo en forma de media luna, á Santa Cruz de laSierra; y tirando de aquí entre Septentrión y Poniente, riega y baña lasllanuras que están á la falda por ambas partes; y finalmente desagua enla laguna Mamoré, en cuya costa están fundados algunos pueblos, yacristianos, de los Moxos. El otro, el Aperé ó San Miguel, que nace enlos Alpes del Perú, y atravesando por los Chiriguanás (en cuyas tierrasmuda su nombre en el de Parapity), se pierde finalmente en unos bosquesmuy espesos, por las muchas vueltas que da hasta cerca de Santa Cruz laVieja, donde los años pasados se fundó la Reducción de San Joseph, ygirando entre Septentrión y Poniente, baña las Reducciones de SanFrancisco Xavier y de la Concepción, desde donde tira derechamente áMediodía; y recibiendo en su madre muchos arroyos del contorno,V.I–45 pasapor las Reducciones de Baurés, que pertenecen á las misiones de losMoxos, y de aquí va á desaguar en el Mamoré, y este en el gran ríoMarañón ó de las Amazonas.

El país, por la mayor parte es montuoso y poblado de espesísimosbosques, muy abundantes de miel y de cera por la gran multitud de abejasde varias especies, entre las cuales hay una casta que llaman Opemús,la más semejante á las de Europa, cuya miel es odorífera y fragante, yblanquísima su cera, aunque algo blanda. Abundan también de muchosmonos, gallos, tortugas, antas, ciervos, cabras monteses y también deculebras y víboras de extraños venenos, porque hay algunas que luego quemuerden se hinchan los cuerpos de los pacientes y destilan sangre portodos sus miembros, ojos, oídos, boca, narices y aun de las uñas; peroel doliente, como echa por tantas partes aquel pestilente humor, nomuere. Otras hay cuyo veneno (aunque hayan mordido en la punta del pie)se sube al punto á la cabeza, quitando las fuerzas y privando deljuicio, y de aquí extendiéndose por dentro de las venas matairremediablemente, causando delirio, y hasta ahora no se les ha podidoencontrar eficaz remedio.

El terruño de suyo es seco, pero en tiempo V.I–46 de lluvias, que duran desdeDiciembre hasta Mayo, se anega tan disformemente la campaña, que secierra el comercio y se forman muchos ríos y grandes lagunas, queabundan de muchos géneros de pescado, los cuales pescan con cierta pastaamarga con que atontados salen á la superficie del agua.

Pasado el invierno se secan luego los llanos y para sembrar es menesterdesmontar con gran trabajo los bosques y cultivar las colinas y cumbresde los montes que rinden muy bien el maíz ó trigo de las Indias, arroz,algodón, azúcar, tabaco y otros frutos propios del país, como plátanos,piñas, maní, zapallos (que es una especie de calabazas, mejores y mássabrosas que las de Europa); el grano, empero, y la vita, no se puedecoger en estas tierras.