Quince Minutos de Fama by Jacobo Schifter - HTML preview

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En esta novela histórica el autor analiza lo que significó crecer en los años cincuentas en sociedades en que la represión de la diferencia era la norma y los inconformes eran torturados por medio de la persecución abierta de la policía y la sociedad civil o la encubierta de la ciencia y de la psiquiatría. Schifter-Sikora, quien es reconocido como uno de los principales autores latinoamericanos en el campo de la sexualidad, ofrece una denuncia de cómo los mismos grupos perseguidos se convierten en verdugos de sus propias minorías. La irracionalidad del odio hace que ninguno, cristiano o judío, costarricense o norteamericano, esté exento de  hacer un infierno la vida de los demás. Sin embargo, esta obra no es solo una denuncia sino que también un reconocimiento de que el racismo, la homofobia y el antisemitismo no son eternos y las luchas de las minorías han logrado hacer cambios y mejoras. Finalmente, un fino humor y un análisis perspicaz de las diferencias entre la homofobia judía y cristiana, entre la latinoamericana y la norteamericana y europea, y cómo la teoría freudiana falla en su análisis de la orientación sexual, hace la obra de consulta obligatoria para aquellos interesados en el estudio de la construcción sexual.


Quince minutos de fama

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Una novela de

Jacobo Schifter-Sikora

Capítulo 1

 

A los seis años se me apareció el diablo. Un rayo de luna que se filtraba por la ventana de mi habitación iluminó su rostro peludo y dos cachos grandes, colmillos de lobo y una lengua roja repleta de saliva que se dilataba hacia fuera. Los ruidos de los grillos, abejones y chicharras que solían venir del jardín se aquietaron.  Sus ojos negros y redondos -brillaban como la noche tropical- se clavaron en los míos, aterrados, inmóviles. Cuando el monstruo se acercó al borde de mi lecho, el cuarto se transformó en una réplica del infierno del que salían llamas de las almohadas de ganso de Polonia. Belcebú salió por la ventana y subió por los árboles de aguacate; el sudor de mi frente se impregnó de azufre.

Había visto esa mañana una foto en el periódico La Nación de un hombre muerto con una gran barba a la usanza antigua y una mirada maléfica. Su familia rogaba por el alma y lo describía como un venerable varón, pero su cara producía miedo: había una ausencia en su rostro como si la fotografía se hubiera tomado en el cementerio. Que le tuviera miedo a los difuntos me lo había infundido la criada católica que creía en un dios que llevaba cuentas: “Los perversos y los aberrados se mueren y se queman en el infierno. Como nunca descansan, vienen a llevarse a los niños malos”.

Mis padres habían dejado de creer en un todopoderoso que retribuyera a los maléficos y protegiera a los buenos. Cuando los confronté un día de tantos, me respondieron: “Si un dios nos protegiera, hubiera arrasado con las cámaras de gas”.

Muchos años después, haría mis elucidaciones. No esa noche en que mi respiración se agitó, mis ojos se encontraron con dos garras y un rabo de rata gigante que me perseguía desde el suelo. Durante unos segundos no pude moverme, ni gritar, ni reaccionar; apenas pude emitir un pequeño aullido, luego otro más grande y finalmente salí corriendo hacia el cuarto de mis padres. “¿Pero qué te pasa?”- preguntó mi mamá, medio dormida y embarrada de crema de pepino, que según ella, era la máscara de la eterna juventud. No adivinaba la razón de mis gemidos, los que cuando me metí en su cama, y empujé a un lado a mi padre, habían crecido a tal magnitud que la casa se estremeció.

Electra dijo que mi escándalo se asemejaba al bombardeo de Varsovia y que me callara porque despertaría a mi padre, que como de costumbre, dormía plácidamente o se hacía el ruso, como decimos  por estas villas de los que se hacen de la vista gorda.  No pude callarme; seguí aullando como loco. Mis hermanos que dormían en habitaciones contiguas, oyeron tal conmoción y fueron a la mía para averiguar qué había provocado tanto escándalo, pero no encontraron ningún rastro  y me dirían- días después- que había tenido una alucinación; me explicaron que seguramente me había asustado un gato o un zorro, animales que venían del jardín y que había escapado por la ventana.

Nunca les creí. Desde esa fatídica noche, sentí que ese jardín de mi progenitora, inserto en lo que en esa época eran los suburbios de una ciudad capital en expansión, guardaba los peores bichos de la tierra. No volvería a asomarme de noche a ese jardín, que –en cuestión de minutos- pasaba del verde impetuoso al negro azabache y cuarenta y cinco años después, cualquier ruido nocturno me asusta y si volví a vivir en casas con enormes vergeles, es porque aprendí a enfrentar los demonios.

Después de mucho analizarlo, he llegado a la conclusión de que este monstruo fue creado por mi propia mente para representar lo que me estaba mortificando: mi primera experiencia sexual. El hecho de que la asociara con el demonio se debía a que era con el jardinero y vivía en un país centroamericano en la década de 1950 en que la homosexualidad la traía el  pisuicas. En las tardes en que mis padres no estaban, Ramón, el robusto jardinero de frente ancha, boca de labios carnosos, pelo negro peinado hacia atrás y quien nunca llevaba zapatos, me tomaba de la mano y me llevaba a su cuarto. En medio de pequeños árboles que sembraría otro día y sacos de cuita de gallina, tenía su gran cama blanca; nos metíamos debajo de ella para bajarnos los pantalones y tocarnos los pipíes.

Otros días Ramón me pedía que lo acompañara a hacer un mandado por La California. Esta zona estaba llena de cafetales, pequeñas comarcas de árboles de sombra y plantas llenas de frutos verdes y rojos. El jardinero sacaba su miembro que para mí era tan grueso como un tronco de café y empezaba a masturbarse con hojas de plátanos. 

Nuestros juegos continuaron hasta que un día me dijo que no más: ni deslices debajo de la cama, ni paseos a los cafetales. Los besos cariñosos y los abrazos fuertes se acabaron. Una tormenta tropical se me vino en la cabeza y aunque no hubo lágrimas de mi parte, sentía que llovía en el interior, como ríos subterráneos.

Capítulo 2

 

Amé a mis paisanas y odié a los varones. Mis padres, en 1951, nos llevaron a vivir a Los Yoses, el elegante barrio residencial al Este de San José. Aunque incómoda en virtud de su lejanía de la sinagoga, nuestra casa era una hermosísima construcción en Art Decó, que llamaría la atención hasta nuestros días. Nuestro jardín era espacioso porque Electra esperaba sembrar flores y frutas, cosa que nunca había podido hacer en Duglosiodlo. La habitación de mis padres era cómoda y llena de ventanales, con amplios clósets, un precioso baño interno de baldosas rojas y el lujo de la época: bañera. Mi madre, a diferencia de sus hijos que nos acostumbramos a bañarnos en la mañana y con agua caliente, otro invento moderno, se metía en ella en la tarde y duraba su buen rato. Esto siempre me pareció extraño porque las duchas eran la regla en este país centroamericano.

Las habitaciones de los niños daban al jardín; la mía frente a dos inmensos árboles de aguacate, que eran las delicias de ardillas y de zorros.  Nuestra sala era enorme, con un rojizo piso de madera de caoba que reflejaba como un espejo la cara de envidia de todos los que nos visitaban. Los sillones eran largos y albergaban hasta cuarenta socias de la WIZO, la organización que presidía mi progenitora y su calidad se hacía evidente en el hecho que solo doña Perla pesaba unas doscientas libras y si tomamos en cuenta que cada sillón albergaba quince tuges, hablamos de más de una tonelada.

En teoría, debíamos tener una fortuna para vivir en el barrio más prestigioso y ser los primeros judíos en hacerlo, y además, ¡era propia! Los demás paisanos debían contentarse con aposentos más sencillos y alquilados lejos de la aristocracia cafetalera y de las embajadas, casi todas alrededor de nuestra casa. “¿Quién diría que nosotros terminaríamos viviendo en un castillo tan soñado?”- nos decía nuestra tía Esther, que se ufanaba que un familiar suyo lograra el éxito que nunca llegó en Polonia. Sin embargo, la mujer vivía en El Paso de la Vaca, cerca del Mercado Central y su orgullo no era más que una pobre transferencia, como diría nuestro amigo Freud.

¿Éramos ricos? Solo en apariencia.

Aunque la casa valía una fortuna, vivíamos sencillamente. Paquita, la empleada, nos servía en vasos cortados de botellas de Coca Cola o en platos corrientes del Mercado Central; nunca llevó a la mesa algo fino como camarones, langosta, uvas, cerezas, vino o un buen licor. Cuando aparecía un plato suculento, era porque nuestra vecina, Eulalia, nos lo regalaba.

 

Esta no era la única contradicción.

Otra más espinosa era vivir en un barrio lejos del resto de la comunidad judía, lo que nos convertía en doblemente extraños. Por un lado, al residir al Este de la ciudad, nuestras opciones de kinders y escuelas se limitaban a aquellos en que no había otros judíos. El contacto con los demás paisanos se producía entonces en dos formas: las visitas de las compañeras de mi madre, alguna que otra fiesta y la asistencia a la escuela hebrea.

Los té de las tres de la tarde eran memorables. Unas treinta o cuarenta correligionarias asistían mensualmente a las reuniones de la WIZO, una organización sionista de mujeres. Para la ocasión, la sala – la que solo se usaba para nuestros invitados- se engalanaba. Las convidadas eran tratadas como reinas y princesas, la aristocracia de La Sabana. “Electra, no sé cómo haces para vivir tan lejos del shil” –decía doña Rebeca- que pensaba que venir a Los Yoses era una travesía como la de Marco Polo.

Eran personalidades avasallantes; maquilladas y peinadas se miraban mucho más exquisitas que sus maridos, gordos, calvos y feos, con la excepción de Ernesto.  Además, eran artistas de la repostería.  Traían queques y postres que no se veían en la capital: tarta de chocolate, mousse de limón, pastel de cerezas, suspiros de leche, canastas de pistachos, famosos struddles, arrollados de tallarines dulces con pasas y una interminable lista de golosinas.

Las pláticas eran apasionadas. Cada señora tenía su punto de vista acerca del país. Doña Sarita, la que figuraba como intelectual, pero su verdadera pasión era el juego de naipes, consideraba a Costa Rica como el paraíso, el mero Gan Eiden y su marido, que laboraba de buhonero en Turrialba, decía que la democracia recién instalada nos protegería. Mientras se echaba un pastel de piña en la boca, doña Sisa la refutaba. Para ella, el gobierno de Figueres estaba repleto de ex nazis y de alemanes que habían apoyado a los antisemitas criollos: estaríamos mejor con el Doctor Calderón Guardia, al que habían expulsado del país. La mujer que vivía en Puntarenas y olía a palo de almendras, se había casado con un industrial que le triplicaba la edad; se ufanaba de ser la única polaca calderonista.

Poo! ¿Cómo se te ocurre decir tal tontería?”-irrumpía doña Golche, la que siempre padecía de jaqueca. Según ella, si regresaba Calderón, seríamos enviados al extranjero, cosa que ya había intentado en 1940. “Gedenkst?”- preguntaba.  De un momento a otro, doña Regina y doña Raquel que conversaban sobre la peluquera española antisemita que no las quiso atender, interrumpieron para estar en discordancia con todas y sugerir que lo mejor era irse algún día a Israel. “Pisk-malogeh!”- respondía doña Pepa –quien no creía en promesas vanas- con desdeño. En ese momento, reinaba el pandemonium y cada una apoyaba a la que su marido le debía plata. 

“¡Sha, compañeras!”- gritaba Electra que usaba su poder de anfitriona. Ninguna chistaba porque no quería quedarse en la lista negra de los Tzipora, que significaba el ostracismo político.

Para muchas, las reuniones eran un respiro en sus vidas, condenadas a pequeñas tiendas o fábricas de ropa. En algunos momentos, entre un pedazo de struddle y un suflé de banano, alguna de ellas fijaba los ojos en la ventana, pensando quizás en algún familiar mientras que la otra suspiraba por algún pueblo polaco-judío. Otra pasaba de un mal español a un ídish nada mejor, o entonaba algunas canciones, de las que sus amigas se habían olvidado. 

Las invitadas eran besuconas, amables y me hacían sentir como el varoncito más lindo. Madres judías que querían sobre todo a los niños, aunque consideraban que ninguno era mejor que el suyo. No se cansaban de hablar de la shainkeit (belleza) de Evita, o las aptitudes artísticas de Rebequita o la inteligencia de Lazarito. Cada una había engendrado un genio, un nuevo Einstein que dominaría la matemática y la física. Si tenían niñas, eran tan hermosas como Elizabeth Taylor o Ava Gardner.

 

Si los te de la tarde eran maravillosos, nada semejante sería mi experiencia en la Escuela Hebrea. No era propiamente una institución porque consistía en un moré o maestro que nos contaba, en un viejo salón contiguo a la sinagoga, historias sobre la Biblia Judía. Nuestro moré se llamaba Pablo Koplovich, un hombre renco de agraciadas facciones, una mueca de sonrisa y el peor aliento del mundo. Ruth era su esposa y maestra también, una mujer rubia y agraciada, algo sumisa, de la que apenas tengo recuerdos. La pobre moriría en un accidente automovilístico en Guatemala.

Asistir a estas clases era una odisea porque se impartían en el Centro Israelita, situado ahora en el Paseo Colón, cerca del barrio judío. Para los ojos de los compañeros, nosotros, los que vivíamos en el Este, constituíamos bichos raros, una sub especie de judíos rusos, que habitaban en la periferia de la patria ídishe.

No sé si fue por los orígenes geográficos distintos, el amaneramiento incipiente, una timidez acentuada, o alguna razón desconocida, lo que hizo convertirme en blanco de burlas. Jacques, para mi moré, era el niño tonto al que le costaba aprender hebreo y que no entendía las moralejas de sus charlas bíblicas. Al ridiculizarme, los demás niños se echaban risotadas como hienas flatulentas. Odiaba ir a esta escuela y les temía a estos pequeños monstruos, nada diferentes de los diablos que veía en el lecho de mi cama.

Para evitarlos, muchas tardes me quedaba en un poyo en el Parque Morazán. Otras veces, me hacía el enfermo. Sin embargo, por desgracia, no podía caer en cama diariamente y cuando agotaba los resfríos y las diarreas, le suplicaba a Electra que no me mandara más.

Samuelito, un compañero gordo, blanco y feo, me daba una cachetada; Tuqui, su primo, aún más deforme, me empujaba. Abrahamcito, un matoncito pequeño, me tocaba la cara; Johnny, un pelirrojo pecoso y flaco como un fideo, me remedaba. El peor de todos era Mono Rubio quien me perseguía con una tenacidad enfermiza y que solía hacerlo con los hijos de Ernesto, un buen amigo de mi madre.

Las niñas no eran crueles; a ellas no les molestaba que viniera del otro lado del mundo, o que fuera tímido y callado, o que tuviera exceso de kilos. Mucho menos Lisa, mi amor de la infancia. Era la hija de una amiga de mi madre. Tenía el pelo rubio, la mirada pícara y una sonrisa apacible y juguetona; no se burlaba de mi forma de hablar, ni creía que fuera un niño tonto.

Cuando observamos las quemas en las montañas que rodeaban a San José, le decía que eran de los indios que venían a liberar Los Yoses. La convencí de que nos les uniéramos ya que en la nueva república indio-judía, ningún niño sería forzado a aprender hebreo, ese extraño idioma que se escribía al revés. 

Miro mis fotos a los seis y siete años de edad y observo que era un niño llamativo. Tenía los ojos negros de mi madre y sus enormes pestañas.  Los que ven estas fotografías concuerdan en que debí haber sido el polaquito más bonito de ese tiempo. Sin embargo, me sentía grotesco y despreciable. 

Capítulo 3

 

La entrada al cristianismo estaba en la puerta de la Escuela Buenaventura Corrales. Mi madre, consciente de mi renuencia a asistir, me dijo que tuvo que hacer fila y dormir toda la noche en un saco de café para conseguir espacio en lo que era la mejor escuela pública del país. La Buenaventura Corrales estaba en el Edificio Metálico, una construcción que terminó en Costa Rica porque los belgas no supieron enviarla correctamente al país sudamericano que la encargó. Era una aglomeración de cuadros de metal unidos por grandes tornillos, un Frankenstein tropical. Dentro de sus frías y altas paredes había un gran patio  en que debíamos congregarnos para conocer a nuestras maestras; cientos de varones esperábamos con ansiedad.

Existía un orgullo generalizado de que la educación obligatoria y gratuita era uno de los grandes triunfos de este país centroamericano. Electra me dijo que en Polonia los niños judíos no habían ingresado hasta hace poco en las escuelas públicas y que los cristianos les tiraban piedras. En Costa Rica, por el contrario, teníamos la obligación y el derecho de asistir.

Después de unos minutos que parecieron horas, una mujer madura, de complexión blanca y de mirada profunda, con una expresión de enojo y un toque de amargura, traje de sastre negro y blusa blanca, empezó su discurso. Era la directora de la Escuela, la señorita Virginia, quien nos dio la bienvenida. “Para los costarricenses la educación es lo más importante y estamos felices de tenerlos aquí con nosotros. Esperamos que se porten bien y que obedezcan a sus niñas, las que van a ser sus segundas mamás. Para empezar, vamos a oír nuestro himno nacional y pido el mayor silencio”.

Tan pronto como acabó, la señorita Victoria nos pidió que rezáramos el Padre Nuestro. No sabía qué hacer ya que nunca lo había oído: “Padre Nuestro que estás en los Cielos”.  Miré para todo lado y cientos de niños repetían: “Santificado sea tu nombre”. Moví mis labios sin emitir ningún sonido: “No nos dejes caer en la tentación maligna”.

Al finalizar el rezo, la directora empezó a leer nuestros nombres y a enviarnos donde nuestra maestra. Doña Virginia no pudo dejar de fingir una expresión de repugnancia cuando se encontró el Schirano y luego, aún más evidente, el Jacques. “No había dudas -debió pensar- se nos introdujo un polaco”. “¿Cómo se pronuncia este apellido?”- alzó la voz con doblez. Cientos de ojos, me volvieron a ver. Sentí una gran vergüenza. “Con sh”- respondí tímidamente. Doña Virginia no la pudo entonar y le salió el “ch” de chorizo y de chupeta; todos se rieron a carcajadas. Desde este entonces la mujer no me lo perdonaría.

La señorita Virginia dijo que “Chirano” iba con la niña María del Carmen, la maestra “de ojos gatos” que estaba a un costado del piano. Era preciosa: ojos verdes, pelo castaño, piel de porcelana y la sonrisa más dulce. Aún no entiendo por qué los pequeños reaccionamos a la belleza física, que no es otra cosa que una simple simetría.

La mujer nunca me fallaría. Fue una amiga fiel y la mayor defensora de los derechos polacos en la escuela. Desde el primer momento, me consideró tico y ningún compañero se atrevería jamás a mandarme para Palestina, a Polonia o la Cochinchina. “Jacques nació aquí, solía decir, y es tan tico como el camote”. María del Carmen amaba su país y no era para menos: éramos un oasis de tranquilidad en medio de una América Latina convulsionada. La niña pudo haber notado, igual que Pablo, mi timidez. Pero distinto de la crueldad del moré, nunca respondió con un trato diferente.

Las cosas cambiarían cuando empezaron las clases de religión.  Estela, la maestra, le gustaba condenar a los pecadores y a los que habían “matado” a Cristo:

-                   ¿Quiénes mataron a Cristo?

-                   ¡Los judíos!, gritaban mis compañeros.

-                   ¿Por qué lo mataron?

-                   ¡Porque no creyeron que era el Hijo de Dios!, volvían a chillar.

-                  Pero maestra –pregunté- ¿si hay un crimen hoy en Costa Rica, diríamos que   fueron los ticos los que lo cometieron?

-                   ¡Jamás! Porque no todos participaron.

-                   Pero, ¿acaso lo hicieron todos los judíos? ¿Hubo una encuesta?

-                   Estaban aclamando en la calle.

-                  ¿Cómo iban a estar todos en contra si los apóstoles eran judíos y también la familia de Cristo y la Magdalena y los discípulos y el mismo Jesús?

-                   ¡Bueno, ya! Faltaba uno que otro pero ustedes lo mataron.

-                   ¿Cómo lo iba a matar si no estuve ahí?

-                   Pues su abuela sí estuvo de seguro.

-                   Pero si la pobre vende calzones en el mercado, ¿de dónde sacaría tiempo?

Un día nos preparábamos para celebrar el Día de la Independencia. Ese año me había portado muy bien y María del Carmen me escogió para llevar el estandarte de Costa Rica. Para mí era un gran honor. Sin embargo, una mañana, mientras ensayábamos, no pudimos dejar de oír la conversación de María del Carmen con doña Virginia:

-                   María del Carmen, ¿no esperará que un polaco lleve la bandera?

-                   Pues sí, doña Virginia, él nació en Costa Rica.

-                   Pero viene de un pueblo maldito.

-                  No sé cómo se atreve usted a hablar de un niño de esta manera. Él es un ciudadano más.

-                  Este es un país cristiano y no de judíos. ¿No ve que nadie los quiere porque mataron a Jesús y andan de pueblo en pueblo?

-                  Doña Virginia, perdóneme si le falto al respeto, pero si tienen que ir de pueblo en pueblo es precisamente por gente como usted.

-                  Mire María del Carmen, si sigue con sus malacrianzas, usted se va a ir de escuela en escuela.

Observé a mi niña en una actitud muy sospechosa esa semana. Por un momento pensé que había cedido, pero no fue así: estaba preparando un plan de rescate. Tuvo que aceptar que no llevara la bandera porque no era tonta, pero nunca olvidaré sus palabras:

-                   Jacques, ¿usted sabe que hay gente que no quiere que un polaquito lleve la                                        bandera?

-                   Sí, maestra, lo sé. En realidad, no la quiero llevar.

-                  Claro que quiere, no me diga mentiras. Yo también lo deseo. Pero la directora está empeñada en que no. ¿Qué le parece si hacemos un plan? Usted no lleva la bandera pero canta el Himno Nacional.

Pusimos a funcionar nuestro plan: “Noble Patria, tu hermosa bandera…”.

Capítulo 4

 

Hanna Arendt en su libro, Los orígenes del totalitarismo, cuenta un chiste de la Primera Guerra Mundial. Un antisemita le dice a otro que la guerra ha sido iniciada por los judíos. El otro está de acuerdo y agrega: “La culpa es de estos y de los ciclistas”. “¿Por qué los ciclistas?”- indaga el primero. “¿Por qué los judíos?”- cuestiona el segundo. De la misma manera podríamos decir que la homosexualidad es causada por los padres y por los genes. Freud apoyó lo primero, aunque nunca presentó una teoría desarrollada acerca de la naturaleza de la homosexualidad.

 

Como todo jogem, el hombre tuvo contradicciones y él dijo cosas diferentes en tiempos distintos sin preocuparse por resolverlas.  El científico postuló que uno se hace homosexual por problemas con el Complejo de Edipo, o sea el supuesto deseo del niño por su madre.  Según su tesis principal, el crío tiene una tarea que llevar a cabo cuando antes de los tres años se enamora de su progenitora y desea eliminar a su competidor, el padre. Al temer el castigo, en lugar de desear su liquidación, opta por identificarse con este último y termina reprimiendo su amor por la mamá. Este saldrá nuevamente durante la adolescencia cuando se traslada a otras mujeres. El fracaso de resolver el Complejo de Edipo en esta forma puede tomar muchas formas que se convierten en la base de una amplia variedad de desórdenes de la personalidad, entre ellos la homosexualidad.

 

Una de las vías sexuales para explicar la homosexualidad, según este teórico, era la relación con la madre.  En 1921, Freud llega a la siguiente conclusión: "La génesis del homosexual es la siguiente: el joven ha permanecido con gran frecuencia fijado a su madre, en el sentido del Complejo de Edipo, durante un lapso mayor del ordinario y muy intensamente.  Con la pubertad llega el momento de cambiar a la madre por otro objeto sexual y entonces se produce un súbito cambio de orientación;  el joven no renuncia a la madre, sino que se identifica con ella, se transforma en ella y busca objetos susceptibles a reemplazar a su propio yo y a los que amar y cuidar como él ha sido amado y cuidado por su madre”. Freud no responde cuáles son los mecanismos y causas específicas que llevan a una identificación "intensa" con la madre.

En mi caso, la teoría freudiana parecía explicar mi latente homosexualidad. Mi padre, un Galitsianer, distante, frío, indiferente, solo obsesionado con el trabajo, era el clásico padre del triángulo amoroso. Mi progenitora, dominante, narcisista y vigorosa, era la otra pieza del rompecabezas. El matrimonio, cuando nací, no servía y ninguno quería un hijo más. Electra me contaría que mi padre le solicitó que se hiciera un aborto. No sé si los fetos perciben estos deseos herodianos pero no me extrañaría que cuando dio a luz, salió un bebé que miraba con recelo: “¿Estás segura que puedo salir?”

Tenía, al nacer, igual que mi padre, ojos celestes y el cabello rubio. A los pocos meses, no sé si producto o no del rechazo, me volví moreno y empecé a perder peso hasta quedar casi en esqueleto. Ningún doctor supo lo que tenía y más bien culparon a Electra porque me forzaba la comida. Al verme como  uno de los niños de los guetos polacos, surgió la idea salvadora: irnos a Nueva York. Electra, que le temía a los aviones más que a los alemanes, decidió -para ver si podían hacer algo por mí- llevarme al Hospital Roosevelt. La partida dio resultados. Según ella, después de una semana de exámenes, me puse amarillo y los médicos norteamericanos dieron con el origen de la enfermedad: hepatitis.

Opino, como Lacán, que Freud no le dio importancia a otros factores no sexuales. Por mucho tiempo pensé que los hijos de inmigrantes tienen serios problemas en las relaciones con sus progenitores. Si uno lee del lenguaje las leyes del patriarcado, como dice Lacán, el idioma podría ser un factor que influya en la identificación ya que en mi caso, el español de Electra –por ejemplo- era impecable, sin acento, con la excepción de un casi imperceptible susurro en la erre, mientras que el de Antonio sonaba a un tractor descompuesto.  Él hablaba y la gente se reía o nos gritaba cosas; su español me ponía en peligro. El antisemitismo hacía que prefiriera hablar como Electra. Obviamente, que con el acento se adherían las entonaciones y manierismos femeninos.

En mi infancia, la religión fue el problema principal, no la homosexualidad ya que me alejaba de las personas que amaba. Un caso fue mi amiga Lisa que su madre decidió llevársela de mi barrio para que se mantuviera judía. Así perdía a la niña querida, mi amiga y compañía; en mi mente infantil, secuestrada por esa religión con acentos extraños.  

No solo Freud descuidó el factor del lenguaje, sino que no llevó a buen término sus propias hipótesis. Si el niño entra en su etapa edípica con una sexualidad poliforme, o sea, el objeto sexual es binario y no es hasta su "resolución" que opta por uno u otro progenitor como objeto amoroso, ¿qué hace a Freud presumir que el objeto único de amor en la fase edípica sea la madre? 

Mario Mieli ha señalado que también está presente el deseo homosexual. La "rivalidad" que, según Freud, siente el crío hacia su padre debe entenderse así como un deseo erótico "transformado" por el inconsciente.  Si se sigue un desarrollo lógico de las premisas freudianas, el Complejo de Edipo es una tríada: el niño bisexual y poliformemente perverso siente atracción por ambos progenitores o por otros que lo cuidan. Mieli postula que en los casos en que uno de los progenitores, o un cuidador, no resiste de plano el deseo erótico del niño, la homosexualidad encuentra una avenida para evitar la represión.

Mi homosexualidad, pensé, fue promovida por una seducción cristiana. Ramón no solo me iniciaba sino que me prometía el español perfecto y el amor  por la conversión;  mi padre, por el contrario, me invitaba al mundo de las burlas y el ostracismo; mi identificación con él hubiera sido con el exilio.

Capítulo 5

 

En cuestiones de amor, una cruzada se gestó en esta apacible casa de Los Yoses. Mi padre sentía una suspicacia genética hacia todo aquello que no fuera judío; nunca creyó que una amistad era posible entre personas de credos distintos. Siglos de persecución lo habían convencido de que, tarde o temprano, los cristianos lo repudiarían. Electra, también víctima del antisemitismo polaco, tuvo una experiencia menos traumática. Después de todo, era una hermosa niña y la belleza da pasaporte para el buen trato, aún en sociedades intolerantes.

La hermosura de mi progenitora tenía una contraparte. Electra gustaba de lo bonito y apreciaba que había llegado a uno de los lugares más exóticos de la tierra. No era un secreto que los ticos eran tan lindos como la fauna y la flora; la mujer se encariñó tanto con su nuevo país que, en seis meses, se olvidó del polaco. 

Amaba su judaísmo y sentía una lealtad hacia el pueblo sufrido. Sin ser religiosa, disfrutaba las ceremonias y respetaba los días más sagrados, como lo eran el Día del Perdón y la Semana Santa.

 

No obstante, dejó de hacer algo que sería, a la larga, crucial: cambiar de barrio.  Una razón era que Electra solía decir que no quería vivir en un gueto. Tampoco quiso testigos paisanos de sus problemas sentimentales. Se había casado con Antonio porque el hombre que amó prefirió a una mujer tonta pero rica. Este shidaj, o matrimonio arreglado, era frecuente en Europa Oriental en donde los padres escogían a los maridos de sus hijas y las razones tenían poco que ver con el atractivo físico.  En Costa Rica, harían lo mismo; después de todo, el número de los correligionarios no pasaba las mil almas y no había mucho qué elegir. Nadie la obligaría a casarse pero cuando se es pobre uno compra en la sección de baratillos.

Mi mamá sentía hacia su pueblo una ambivalencia. Por un lado, amaba el judaísmo pero aquél de la historia, la filosofía y la justicia social. Por otro lado, detestaba en lo que se había convertido en los shteitls polacos: una minoría atemorizada, indefensa y pasiva.

Su integración en la cultura del amor romántico que llegaba por el cine desde Hollywood y que, además, contaba con una rica tradición en América Latina, la convirtió en una apasionada empedernida. Si uno defendía el amor pasional y la libertad de escoger, había un corto brinco a optar por otra religión o género. Electra, sin embargo, aspiraba a una reforma y no una revolución social. Sus metas eran limitadas: que sus hijos se casaran con los judíos que amaban. Algo parecido a las de Tevie, el lechero de los cuentos de Sholem Aleijem.

La primera que hizo la conexión fue mi hermana Derek. Cursó sus estudios en el famoso Colegio Superior de Señoritas y perdió su título de señorita, con un don Juan,  antes de graduarse. Electra estaba horrorizada; sus deseos de tener una profesional se veían amenazados por un don nadie. Le imploró a mi hermana que lo dejara y que como estímulo, la enviaría a estudiar a los Estados Unidos de América.  

Mucha gente gana batallas para perder la guerra y pronto desde Washington D.C. llegaría una carta que, como dice la canción, “traen noticias que destrozan el alma”. Derek se enamoró de un sajón protestante que con tal de que no lo mandaran a Viet Nam, quería casarse inmediatamente.

Nunca podré olvidar los quejidos en mi casa el día en que  Electra comunicó el matrimonio de su hija querida.  Anita, mi abuela, solo podía decir que se desmayaba: “Es vert mir finster in di oygen”; mi  Zaideh (abuelo), don David, se quejó de que ni a sus enemigos le deseaba esta suerte: “Oif maine sonim” para luego llamar a mi madre desde kurveh hasta nazi. Imploró que la boda se evitara por medio de secuestros, chantajes, raptos y amenazas, pero Electra estaba decidida a escudar el amor de mi hermana, tan firme y sólido como un suflé de guanábana. “Si Derek considera que este es el amor de su vida, ¿quién soy yo para evitarlo?”- decía mi madre.  Antes que a mi abuela le dieran otras jaloshes y soltara lágrimas de cocodrilo, imploraba mirando el cielorraso: “¡Vamos a desaparecer como pueblo si continuamos entregando nuestras hijas!”. “Pero madre, ¿no era que en Polonia no te preocupaba tanto nuestro pueblo?”- le cuestionaba Electra, quien sabía cómo parar su manipulación. “No sé de qué hablas”- respondía mi abuela y se callaba, demostrando que algo la hacía sentir culpable.

Mi padre pegó otros gritos similares y amenazó, cosa que cumplió, con no ir al matrimonio, ni nunca hablarle al hombre que se robaba el corazón de su hija, lo cual no cumplió. Aunque nunca se ocupó de la vida de sus retoños, el hombre culpó a Electra de no haber educado apropiadamente a su primogénia. “En Galicia, fusilaríamos a una hija que no obedece a sus padres”- decía con cólera. Mi zaideh estaba de acuerdo: “Y también liquidaríamos al padre que consiente”.

No obstante la unión masculina en contra del matrimonio, mi abuela se había pasado de lado y haciéndose la mártir, opinaba ahora que nada podía hacerse:“Gai shlog zich mit Got arum” (¡Vaya a pelear contra los molinos de viento!) y le aconsejaba a mi padre que no rompiera con su hija porque algún día dependería de ella. “Cuando estés viejo y enfermo, Derek será quién te cuide y no permitirá que termines en un asilo de ancianos”- le amenazó. Probablemente esto que era su miedo mayor, lo convenció de que no se opusiera  a la boda.

Capítulo 6

 

Un problema, fuera del sexo, era tabú para los judíos. Era una cuestión que se evitaba, que  daría pena, que se reprimía y que se guardaba en gavetas mentales secretas.  A cuenta gotas, tuve que descubrirlo. Una vez enfrentado, produciría cambios inexorables.

Carecía de algo que les sobraba a mis compañeros de escuela. Como inmigrantes, nuestra familia era reducida. Había casos de niños que tenían decenas de tíos, de primos, y de otros parientes cercanos. En mi casa, solo conocía a mis abuelos maternos. Una nube negra cubría el pasado.

Con mi padre, ella hablaba ídish y no polaco, pero me decía que era un idioma que apenas dominaba. Después de unas palabras elementales, mi progenitora intercalaba el español y demostraba que su ídish era igual de malo. Con mi padre, las cosas no eran nada distintas; su acento hacía evidente que el hombre no dominaba el castellano pero tampoco lo oía balbucear nada mejor.

Si la historia familiar era un hoyo negro del universo que todo se tragaba, los fantasmas del pasado se hacían presentes. El único rezo al que Electra no faltaba era el kadish, el de los muertos. “¿Por qué lloras mamá?”- le cuestionaba. “Por nada, ni nadie”- respondía.

Luego, estaban las miradas y los suspiros. En ciertos momentos, alguna remembranza hacía, sin ninguna explicación, que mi madre clavara los ojos en el vacío; si le preguntaba, me respondía que cuando se da el silencio, es que un ángel pasaba por la alcoba. La música no hacía las cosas mejor porque en ciertas canciones en ídish, una que otra ópera en que la heroína se moría de tos, un bolero que hablaba de un pueblo perdido, o una sinfonía de Tchaikowsky, principalmente la que escribió después de sus intentos de suicidio, provocaban depresiones.

Había un gran secreto y duraría en descubrirlo. A pesar de lo bien guardado, lo saqué del clóset en las actividades culturales de la WIZO. Un evento anual tenía una importancia enorme: El Levantamiento del Gueto de Varsovia. Este conmemoraba la resistencia judía armada y era generalmente vedado a menores. Pero un día asistí gracias a la ventaja de ser el hijo de la organizadora y observé que la mujer no rendía homenaje para congraciarse ni con dios ni con el diablo.  Electra enfrentaría sus peores tragedias estoicamente, sin flaquezas, lágrimas o súplicas; pero no a esta ceremonia. El acto contaba con discursos de dirigentes que hablaban de cómo Polonia con sus tres millones y medio de judíos había sido la Jerusalén del exilio, la patria de sus padres, la que los recibió cuando fueron expulsados de España y de Europa Occidental, la que no creó guetos obligatorios y en la que vivieron buenos y malos mil años de historia. Luego, vinieron los nazis y tres millones de ellos fueron liquidados.

Tan pronto como los líderes nos daban las recetas de lo que podría y no volver a suceder, nuestra obligación de ayudar al nuevo Estado de Israel y de mantenernos judíos para el momento en que el Mesías le diera la gana de venir a rescatarnos, continuaban las narraciones de los sobrevivientes de los campos de concentración. “¿Qué puedo decirles?-  hacía la pregunta retórica doña Lodka, que había estado cuatro años en Auschwitz.

Ella estuvo empleada en una factoría textil y narró cómo llegó a tal estado de desnutrición que hizo fila cuatro veces para que la gasearan. No tuvo suerte o tuvo suerte, de acuerdo con la interpretación, porque las cámaras estaban llenas. Cuando dinamitaron una de ellas y los nazis buscaron  a los culpables, la interrogaron y en vista de que no sabía la identidad de los saboteadores, le cortaron los dedos de la mano. Mientras la mujer relataba su historia, miro a las madres judías, sobre protectoras y amorosas, y a las amigas de la WIZO que me empachaban con sus dulces y pasteles, y pienso en el gas de las duchas.

Resulta irónico que los nazis contemporáneos nieguen el Holocausto y culpen a los judíos de inventar las cámaras de gas. En la época en que crecí, los principales negadores de la Shoa o Jurbn eran los mismos paisanos que como mis padres, sentían una vergüenza infinita sobre la manera en que nos masacraron. Nada más irónico que ahora nos toque a los judíos servir de testigos de que las cámaras existieron y a los nazis, de negar que las hicieron.

Después de esa función, empecé a entender.

Electra, como los presentes, había quedado golpeada por la Jurbn. Pudo salir antes de 1939, sin anticipar lo que se vendría. Las cosas empezaron a calzar: la culpa de la supervivencia, ganada por chiripa, por decisiones intrascendentes, sin ningún mérito específico, la había llevado a enterrar su pasado, su familia, su país, su lengua. Además, para protegernos, había optado por borrarlo, lo que fue una decisión de dudosos resultados. Por un lado, me ofrecía la posibilidad de empezar, como Adán en el paraíso, desde cero. No obstante, estaba consciente de que si hubiera nacido en Dlugosiodlo, una década antes, habría terminado en una cámara de gas.

Cuando terminó la ceremonia y nos dirigimos en silencio para la casa, tomé una decisión: como recomienda Fackenheim, no le daría a Hitler una victoria póstuma: no abandonaría mi identidad judía.

Capítulo 7

 

Cuando se publicó en Estados Unidos mi libro sobre prostitución masculina, este fue criticado porque algunos no podían creer que los prostitutos que se vendían a hombres gays, fueran en realidad heterosexuales. La idea de que uno puede tener relaciones sexuales con hombres y no considerarse homosexual, era insólita para muchos en la cultura sajona. Creían que los muchachos  me habían engañado y que me había tragado la historia de que no sentían deseos por sus clientes. Sin embargo, en la cultura latina, la división entre la teoría y la práctica sexual es más marcada y tiene raíces históricas antiguas.

El hecho de que países como Costa Rica fueran conquistados por España, un imperio que buscó explotar más que colonizar, y que la migración desde la Madre Patria, contraria a la de los ingleses hacia los Estados Unidos, fue relativamente pequeña, hizo que la creación de mercados de manufactura dependiera de la mano de obra local.

Los indios empezaron a sucumbir ante el embate de las enfermedades y los trabajos forzados, lo que redujo su población en lo que se ha llamado la catástrofe demográfica: se cree que millones de aborígenes murieron. En el caso de Costa Rica, cuando los españoles colonizaron el país, la influenza había llegado desde Guatemala y no quedaban más de unos pocos miles. Los conquistadores se encargaron de reducir aún más este número.

España era un reino católico que luchó por siglos contra los musulmanes y, en 1492, expulsó a medio millón de judíos. Su intolerancia religiosa no fue menos severa que su mojigatería sexual. Al imponer los dictados del Vaticano, la única reproducción permitida sería la que se diera dentro del matrimonio. Al racionalizar su ocupación y destrucción de las civilizaciones nativas con base en la evangelización de los paganos, la Corona Española impuso su restrictiva sexualidad. Sin embargo, a diferencia de la España continental, la americana empezó a quedar despoblada. De ahí que para crear un mercado de trabajo y utilizar la mano de obra local, se utilizaron tres alternativas: la traída de esclavos, la tolerancia de la sexualidad no monogámica y la aceptación de los hijos ilegítimos.

Pronto se daría un desfase entre la teoría y la práctica. La primera decía que se vivía en una sociedad católica en que toda trasgresión sexual sería condenada con el ostracismo, la cárcel y la persecución, inclusive la de la temida Inquisición. Pero la práctica apuntaba a que, si se quería progresar, la monogamia era imposible.  El resultado sería hacerse, como se dice, de la vista gorda, o sea no aplicar las leyes y dejar que la población, en materia de sexualidad, tuviera amplias libertades. Hasta un refrán crearon: “Obedezco pero no cumplo”.

Es lo que he llamado en otros trabajos, la compartamentalización de las cabezas, o sea la creación de gavetas sexuales, muchas desconectadas de las otras. Se podía ser casto en público y promiscuo en privado; se podía ser religioso y tener hijos regados; se podía ser virgen y haber practicado sexo oral; se podía practicar la sodomía y no ser homosexual.

Mi vida sexual después de la iniciación temprana se mantuvo en gavetas inconexas: el deseo y la práctica. Por un lado, siempre supe que me atraían los varones; por el otro, no llegué a aceptar hasta los dieciocho años que era homosexual.

Por la homofobia, los gays tienen grandes dificultades en admitir su orientación sexual. Sin embargo, cuando optan por hacerlo y “salir del armario”, como dicen los norteamericanos, existen dos patrones distintos de acuerdo con la cultura. Los sajones hacen pública una verdad que ya sabían; los latinos reconocen que lo que venían haciendo, constituye una identidad.

Para los europeos, los homosexuales constituyen una personalidad y una historia. Tan pronto como se establece la orientación sexual, la persona asume características particulares que se vuelven permanentes. Si se es o no afeminado, no cambia la realidad sexual porque tanto uno como el otro es miembro de la comunidad homosexual.

En América Latina, existe una interpretación distinta que el mismo Foucault refiere como la dicotomía entre lo “activo” y lo “pasivo”. Como los griegos lo entendieron, es la práctica, no el objeto del deseo, lo que importa: el hombre es hombre siempre y cuando sea el que penetre. En este marco, uno puede poseer a otro hombre sin ser homosexual: el objeto es irrelevante. Esta tolerancia hacia el activo permite que más de ellos puedan practicar la homosexualidad sin que, por hacerlo, se les vea como gays. Los cacheros, o activos sexualmente, pueden, a la vez, buscar jovencitos que independientemente de la práctica sexual, son vistos como no hombres. En ninguno de estos contactos, los socios son estigmatizados.

Al crecer en una comunidad basada en el modelo europeo de sexualidad, estaba más consciente de las consecuencias de mis acciones. Temía que lo que hacía determinaría mi futuro y tuve muy pocas experiencias genitales.

Capítulo 8

 

Después de Ramón, se presentó una relación erótica con el limpiabotas del Parque Central al que mi padre me llevaba todos los domingos. Este hombre solía pellizcarme y sobarme las piernas mientras Antonio, que siempre estaba más allá del bien y del mal, no se percatara.

Luego, estuvo Pepe, el famoso paidófilo de Barrio Escalante. Jorge –mi compañero de escuela- me contó que ese hombre tenía un equipo de béisbol de niños y que tarde o temprano, “los terminaba tocando”.

Otro lugar de juegos eróticos era el cine. Las famosas salas en San José, como el Cine Rex, el Cine Raventós y el Cine Capri, eran hervideros, en sus funciones de las tres de la tarde, de amantes de los muchachitos. Uno de ellos era un atractivo ingeniero al que le encantaba asistir a las películas de Drácula. En estas, hacía que se asustaba por los brincos y mordidas del conde de Transilvania, se corría del asiento y tropezaba con mis piernas. En el Cine Capri, se proyectaban películas europeas y los muchachos jugábamos entre los asientos. Uno ponía el brazo en la silla y tocaba el del compañero; el roce era sutil y no se pasaba a más.

Y si no eran los cines, los buses públicos eran pequeños bares gays ambulantes. Al ingresar, buscaba siempre el lugar contiguo al del hombre más guapo. Sabía que con las calles llenas de huecos y con los camiones viejos y destartalados, uno terminaría encima del pasajero. “¡Perdón señor!”, decía con mendacidad, mientras le ponía la mano en la pierna.

En este paraíso de paidófilos, lo lógico hubiera sido que terminara en la cama con alguno. Soñé muchas veces con esta posibilidad, pero nunca la llegué a realizar. No lo hice porque estaba consciente del modelo europeo de sexualidad que me decía que cuando hiciera algo malo, se me convertiría en una tara permanente.

Los judíos no teníamos esta división entre la teoría y la práctica. La rigidez de la sociedad polaca y la obsesión por respetar las leyes religiosas, que nos hace el pueblo de las regulaciones, creaban una actitud más intolerante.

 

Mi religión era  inflexible en todo lo sexual y tenía condenas severas contra el adulterio y los hijos ilegítimos. Si los padres eran mamzerim, o sea que estaban casados con otros o relacionados por parentesco, los hijos se consideraban no personas, sin identidad. Los hijos ilegítimos eran percibidos como defectuosos, igual que los homosexuales: no tenían personalidad definida. Algunos historiadores nos dicen que por esta vinculación, ambos grupos prefirieron ingresar en las artes del disimulo como el teatro y el espionaje.

Los matrimonios eran arreglados y el sexo no era visto como un factor crucial para ser feliz y aunque no era interpretado como pecaminoso, se percibía como algo Prost, vulgar. Si así veían lo heterosexual, peor sería con lo homosexual. Cuando se pertenece a una minoría amenazada, ni el rabino podía eximirse de la reproducción; la obsesión por los hijos era enorme y quedarse Bocher, soltero, una catástrofe.  Doña Sarita, por ejemplo, mostraba sus nietos como uno se enorgullecería de haber descubierto la cura contra el cáncer y doña Perla era de la opinión que no existía mejor naches que una gran familia.

Finalmente, no había dispensas para los activos. La visión hebrea de la homosexualidad no era basada, como lo indica la historia bíblica de Yonatán y David, en parejas de uno masculino con otro femenino. Estos dos famosos héroes bíblicos que se amaron “más que  a las mujeres” eran ambos guerreros y no tenían nada de amanerados. En ningún lugar de la Biblia se nos dice que uno cocinaba latkes al otro o que el rey David se vistiera de mujer.

Estas actitudes se hacían evidentes en la homofobia. La comunidad judía que vino de Polonia perseguía a los homosexuales u Feiguelehs porque veía el celibato como una enfermedad. Los Feiguelehs eran, según ella, fallidos en la reproducción.

El famoso Beto, que mis compañeros con desprecio llamaban Cápale, era visto como un soltero empedernido, y por ello, un maniático sexual. El hombre fue el único judío gay público en la década de 1950 y era dueño de una de las cafeterías de la capital. Mis compañeros solían montarse encima uno del otro al grito de Cápale, que se convirtió en el sinónimo de “sodomía”. La burla no era porque fuera femenino, sino porque tenía sexo solo por placer.

Más grave sería el caso de otro homosexual paisano.

Era un amigo de mi familia y su nombre era Otto, un hermoso muchacho de ojos negros, cabello ondulado y de una inteligencia aguda.

A broj! Lo encontraron un día con dos compañeros en la cama. Su madre interpretó que de no hacer algo drástico, se haría homosexual y nunca podría tener el gusto de casarlo; no le pasó por la mente que si él lo era, también sus socios de cama y que los padres cristianos de sus novios, por el contrario, miraban estas prácticas como inocentes.

Las palizas fueron tan horrendas y las intervenciones de especialistas tan acertadas que pronto oí en mi casa que se había tratado de suicidar. Dos días después, como si nada hubiera pasado, llegó a visitarnos y le contó a Electra que se había comido unos camarones descompuestos. En otra ocasión, llegó con golpes en la cara y con su cigarrera, de metal, partida en la mitad; me dijo que lo habían atacado. Luego, vino con sangre en la boca. “Me peleé con un tipo”- sería su respuesta. Derek le contó a mi madre que sus padres habían decidido, como última medida, mandarlo a una escuela militar en Florida, Estados Unidos: ahí lo reformarían.

Un día, después de que Otto partió, fuimos invitados donde Eulalia a conocer a los perritos que habían nacido. Su casa estaba llena de parientes y amigos. Además, estaba mi amiga Lisa con su hermana y aprovechamos para jugar con las lámparas fluorescentes. Mientras prendíamos y apagábamos las luces, suena el teléfono: la mamá de Lisa contesta y se oye el chillido más horrible.

No fue un grito sino decenas y, después, golpes en la pared, desmayos, llantos y frases cortadas: “Eulalia está descompuesta, que llamen a Alexis, que mejor traigan un médico, que no sé qué hacer, que Alda, su hermana, se descompuso, que alguien cuide a los cachorritos, que dejen que Marieta, la otra hermana, se encargue de todo”.

Minutos que hicieron que se olvidaran de nosotros y nos quedáramos impávidos, aterrorizados. En lo que pareció horas, irrumpe mi progenitora y nos dice que una tragedia ha sucedido. Vemos personas corriendo, una ambulancia y de un momento a otro, el rabino. Después de unas horas, Electra entra en busca de un suéter, le pregunto qué había sucedido: ¡Otto se mató!”

El mundo se me vino encima. “Mamá, mamá, ¿cómo es eso que se mató? ¿Por qué?, ¿por qué?” Electra, que estaba de mal genio, irritable, confusa y adolorida, tuvo la torpeza de responderme: “Era homosexual y no podía tener familia”. En la interpretación de los hechos, unos se reproducen y los que no, se pegan un tiro.

                                                                        

 

Capítulo 9

 

En América Latina la gente gusta de la asimetría. Si uno acude en San José a un restaurante notará que en vez de parejas de la misma edad, encontrará más comúnmente al jefe con la secretaria, al marido rico con la amante pobre, al viejo verde con la adolescente, a la mujer madura con su chofer, o a un paidófilo con un niño. Las personas gustan de complementarse.

En el caso norteamericano, mostrado hasta la saciedad en el cine, las parejas son similares. La gente se enamora más por cosas en común, como las  revelaciones sentimentales. Antes de darse cuenta de su pasión, los filmes norteamericanos nos presentan una escenita de confesión de sentimientos. Quien oye se enternece: el macho comparte algo íntimo, un secreto, una vulnerabilidad. En este momento, después de la musiquita cursi, se da el primer beso.

En la cultura latina, esta revelación de fragilidades no es el pasaporte para el amor. Basada más en el cuerpo y en la acción, la forma de demostrar cariño es a través de las cosas que se hacen, no las que se comparten. Cuando se está enamorado, la persona debe hacer: lo más típico es darse de golpes con un rival o, en el caso de una desilusión, tomar licor hasta más no poder.

Estos dos modelos de amor estuvieron, desde niño, presentes en mi cabeza. Prevaleció el norteamericano porque en una familia tan influida por el psicoanálisis, la mayor interacción de los corazones tenía que darse por medio de las revelaciones y no por el contacto físico. Pero hubo también influencia latina: mis relaciones se construyeron con personas de religión y de clase distintas.

Había problemas que los niños sentíamos necesidad de confrontar. Estábamos conscientes de que nuestros padres enfrentaban un desafío que se llamaría modernidad. Costa Rica, gracias a los altos precios del café en los años cincuentas, sufría una transformación de una sociedad pobre a una más desarrollada. Con solo mirar programas como El Doctor Ben Casey, Yo quiero a Lucy o Mister Ed, se avistaban los artículos producidos por una modernidad creciente. Pronto estos se mostraban en las vitrinas del centro de San José, pero a precios que la mayoría no podía adquirir. Estas demostraciones de riqueza iniciaron divisiones sociales nuevas; los niños que tenían televisión pertenecían a una clase social distinta; los que habían adquirido una lavadora, habían llegado al rango de la aristocracia, y los que compraron auto, a la nobleza josefina.

Diferencias siempre hubo. Aunque debíamos llevar el pantalón azul y la camisa blanca, existían contrastes enormes entre las telas de algodón y las de lino y entre los casimires y las gabardinas. 

La aristocracia costarricense, contrariamente al fenómeno hoy día, era muy antisemita. Costa Rica contó, por ejemplo, antes de la guerra, con un partido nazi conformado de la clase gobernante y además, había aprobado, en 1942, la expulsión de los hebreos después del conflicto mundial. La clase popular era más democrática y más abierta a los judíos.  Habiendo aprendido de mi mamá que amar era oír y que para hacerlo había que preguntar, empecé un largo camino de confesor de niños; esta carrera se convirtió, a la vez, en mi vida amorosa principal.

Uno de ellos, mi primera relación después de la partida de Lisa, era Vieto. El niño era una réplica de Daniel El Travieso, inquieto, atrevido, cazador de bichos y excursionista en los ríos y en los tajos de la ciudad de San José. Éramos inseparables  y más nos unimos cuando su madre enfermó; la mujer tenía leucemia y el pobre Vieto se quedaba huérfano a los ocho años de edad. Pude ofrecerle el apoyo que necesitaba en momentos tan terribles.

 Otro era Marcelino, hijo de inmigrantes españoles dueños de una cafetería en el centro de la ciudad. De tez blanca y cachetes rosados, una voz aguda, pelo absolutamente liso y peinado en flequillo, el niño era rebelde y objeto de las peores palizas. Marcelino me confiaba sobre la disciplina militar con la que querían educarlo: una nota mala en la escuela, le deparaba las peores tundas. Lo ayudé en lo que podía para que mejorara sus calificaciones. 

Luego, estaba Jorge, el hijo de un fotógrafo protestante que había realizado una pequeña revolución al cambiarse de religión en un pueblo tan católico. Habló mal de los curas y de la virgen; criticó al Papa y al Vaticano. Traté de hacerle ver que nosotros teníamos un problema similar y que no todos éramos católicos.

Finalmente, tenía a Daniel. Este muchacho era judío y opuesto a mí: ostentaba la libido heterosexual más alta del universo y tocaba a cuanta polaquita podía. El niño era bonito, con ojos enormes y una boca exquisita. Me encantaba su compañía porque envidiaba su virilidad y su seguridad en sí mismo.

Desde niño, he sostenido relaciones asimétricas y he disfrutado de ellas. En vez de encontrar regocijo en compartir lo mismo, hallo más interés en lo distinto. Si me relaciono con alguien de baja clase social aprendo cosas importantes acerca de la sobre vivencia que me enseñan a mejorar mi vida; si la persona es cristiana, logro comparar y mirar lo relativo del factor religioso.

 

No creo que las relaciones adultas tengan que ser todas genitales. Desde pequeño he continuado con el platonismo como alternativa a no tener nada con ciertos individuos. Si uno de ellos es heterosexual, ¿para qué perder el tiempo en seducirlo? Por otro lado, ¿por qué no establecer una relación emocional? Los hombres heterosexuales pueden amar a los homosexuales, aunque no se acuesten con ellos y he tenido una gran lista de este tipo de relaciones.

La asimetría latina en las relaciones no es producto del subdesarrollo o la inmadurez, como se mira en Estados Unidos o en Europa. Es más bien una forma de aprovechar en la pareja las fortalezas de cada uno de sus miembros y neutralizar las debilidades. Si uno tiene dinero y el otro no, por ejemplo, la relación –en lugar de analizarse como explotadora- se construye para mejorar los recursos de ambos: el más rico obtiene apoyo emocional y el más pobre, recursos para avanzar.

Solo el que juega con la asimetría sabe la realidad. 

Capítulo 10

 

¡Qué Dios nos salve de nuestros deseos!

No fui el preferido de mi madre. Electra se identificó con su hija primogénita y estuvo obsesionada con ella hasta el día de su muerte. Derek era una niña en la que puso sus esperanzas para que consiguiera lo que a ella le había sido negado: cultura y educación.  Sin embargo, las cosas y los hijos nunca salen como se planean.  

Experimenté preferencias también con mi maestra. La mujer, de la misma manera que mi madre, adoraba la belleza y la inteligencia y en mi clase, un niño sobresalía en ambos rubros: Castro. De rizos de oro, perfil griego y ojos cafés, el pequeño era hermoso. Sin embargo, era también, para la matemática y para la ciencia, un diminuto Einstein. María del Carmen lo adoró porque era el alumno perfecto.

Lo odié, por supuesto. 

No podía competir con su habilidad matemática y tampoco era, en los primeros dos años, un excelente estudiante. Sin embargo, mi anticastrismo fue compartido. De la misma forma en que Fidel Castro gestó una reacción política en su contra, nosotros formamos nuestra célula y conté con un gran aliado: Chavarría, el niño aristocrático. Sentía celos de Castro y adoraba a la niña, la que como una amante infiel, lo traicionaba con otro. Para luchar contra esta predilección, Chavarría me necesitaba y yo lo quería de mi lado. Como el Hamas y el Jihad Islámico contemporáneos, gestamos planes terroristas. Un día a Castro se le desapareció el cuaderno de vida; en otra ocasión, lanzamos su examen al basurero.

El movimiento anticastrista, a diferencia del que se gestó en Miami, creció y me enseñó a organizarme. Mis reuniones para planear los próximos atentados, que iban desde dejar un chicle en la silla, manchar los dibujos, o cambiar una respuesta en un quiz, fueron una escuela en empoderamiento. Sin embargo, la madre de mi aliado decidió no dejarme jugar más con su hijo porque no quería a un polaco.

Después de él, me dediqué con Vieto y Marcelino a rondar por los parques, los ríos, los trenes y los barrios alejados de la ciudad de San José. 

Una de esas tardes en que caminábamos por el centro, una escena nos llamó la atención. Un negro y extraño carruaje, con dos caballos blancos, se había detenido en una tienda. Desde adentro se oían los peores alaridos que me recordaron los de la casa de Eulalia. “¡Quiero ir en el carro, quiero ir en el carro!”- imploraba la mujer agarrada al ataúd. Una muchedumbre se acercó, nosotros incluidos. Pronto noté que se trataba de una familia judía; sentí vergüenza por estar como espectador, sin intervenir para calmarla.

Oí que se llamaba Ivonne y que su madre había muerto.  También que “era una polaca y que este espectáculo no era acostumbrado por los cristianos”. Estuve sobrecogido. Percibí hostilidad del público. Una invisible pared de alteridad hacía que la gente solo mostrara interés morboso. Por último, me observé como un impostor, del otro lado de la barrera.

Este incidente sería una señal de tormentas en la mira. Mis dos años de aventura escolar, con amigos cristianos que no hacían diferencias y que me aceptaban como era, estaban por terminar. María del Carmen anunciaba que pronto empezarían las clases de religión y en mi casa, que tendría que asistir a la Escuela Hebrea.

Estudio mis notas en la escuela y observo un cambio radical de los dos primeros años al tercero. En los primeros, había sietes, ochos y nueves; en los siguientes, solo nueves y dieces; esto significa que me quedé más en mi hogar. De segundo a tercer grado, la nota de conducta se deteriora; lo que insinúa que estudio más pero me siento prisionero. Leo un cinco en un semestre y una observación de la niña: “Jacques, a la maestra se le respeta. Usted se ha puesto algo malcriado en clase”.

Existe mucho cacareo con respecto al abuso sexual y físico de los niños pero muy poco sobre el emocional. Defino este último como obligar a los pequeños a oír temas para los que no están preparados. Esto es lo que pasaría ahora con mi mamá: me tornó en su confidente. Mis pequeños oídos no estaban listos para estas confesiones: problemas de intimidad, de aislamiento, de frustración y de desesperación.  Además, tenía que entretener a un adulto con una cabeza infantil: sentí que una caja de cartón se me insertó en ella, un objeto artificial con bordes que me hacían sentir estrechez.

Mi papel de consejero me creó serios problemas porque no estaba listo para resolver una sola de las tragedias. Si la relación con Antonio era mala, ¿qué podía hacer? Si nadie la entendía, ¿podía yo? Si la casaron por dinero, ¿era mi culpa? ¿Podía anular el matrimonio? Como nada podía hacer, más poquita cosa me sentía.

Si este incesto emocional no fuera suficiente, mi otro mundo alterno, el de la escuela, empezaría a convulsionarse con la aparición de Jesucristo. Una vez en clases de religión, mis relaciones se agriaron, por razones distintas, con los cristianos y con los judíos.

Capítulo 11

 

Doy varias vueltas a la manzana y espero para ingresar en el edificio. He llegado varios minutos antes de las dos de la tarde pero no quiero esperar y prefiero dar una vuelta.

Me quedo mirando las ventanas de la Avenida Central y observo, cuidadosamente, si no hay algún comerciante conocido. Para colmo de males, me encuentro con doña Sarita, la más Yenteh de la comunidad. “Hola Jacques, ¿qué hatzes por aquí?”- pregunta con su fuerte acento. “Vengo a comprar un cuaderno para la escuela”- le respondo.

Decido meterme en el edificio. La ventaja es que hay oficinas de varios especialistas y si me encuentro a otro paisano, me muevo a la del cardiólogo. Ingreso lleno de aprensión al consultorio. La mujer me mira de reojo y me pide mi nombre, la edad, la dirección de la casa, el colegio en que estudio, los nombres de mis padres. Hago que leo una revista Bohemia y me pongo a echar un vistazo a mis alrededores. El lugar es lúgubre, no tiene adornos; el título del doctor está en la pared, detrás de la secretaria.

No puede escribir mi apellido. “¿Cómo se deletrea Schirano?”  “¿De dónde viene?” – indaga la asistente. Deseo mandarla a la escuela para que aprenda español. Luego, comenta que no parezco judío, que le recuerdo a un sobrino... Pienso que la señora habla más de la cuenta y que medio San José sabrá que vine.

En los años cincuentas, acudir a un loquero no era fácil para adultos y mucho menos para los niños. La gente estaba acostumbrada solo a confesarse con los sacerdotes. Por suerte, suena el teléfono y la secretaria se ocupa de la llamada: “Consultorio del doctor Castro, para servirle”.

En una trifulca con Electra le había dicho que me gustaban los hombres. La mujer, furiosa, me hizo la pregunta equivocada: “¿Te gustaría darle un beso en la boca a Pita?” “¡Pues claro que no!”, le contesto sinceramente porque era un gordo feo. Pienso que de haberme preguntado por Daniel le hubiera dicho que sí. Mi madre es astuta; quiere oír lo que le conviene. Mi franqueza me trajo nefastas consecuencias: la mujer acudió a su médico de huesos y le preguntó qué podía hacer. 

El doctor Chavarría me ordenó testosterona. Según la explicación de Electra, necesitaba crecer pero el galeno me dijo la verdad: la hormona era para hacerme masculino. Aunque especialista en problemas de fracturas, se decía perito en sexualidad de la Universidad Autónoma de México. Duramos dos años con sus inyecciones, las que esperaba como mi tabla de salvación; las secuelas no se hicieron esperar: dejé de crecer y mi cepillo contenía más y más cabellos. 

Electra se tragó el engaño de su médico, quien vio la oportunidad de hacer su aguinaldo. Los tratamientos de este tipo habían sido descontinuados en los Estados Unidos y las teorías de que la homosexualidad era producto de la falta de hormonas, estuvieron de moda cuarenta años atrás. El doctor Chavarría estaba convencido de que su fórmula servía: “Fíjese, Electra, cómo ha cambiado su voz”- le señalaba mientras le pasaba la cuenta. Y mi madre no tuvo tiempo de acudir donde un experto; después de todo, el doctor Chavarría tenía su oficina a la par de su peluquera y era la mar de conveniente.

Nadie me pregunta cómo me siento con las inyecciones. Me las hubieran dado hasta el Día del Juicio Final si no fuera por mi calvicie prematura. Lo que pasa en la mente debajo de esos cabellos no importa.  Un niño calvo de diez años hace que la gente murmure y para una mujer narcisista, las críticas son una afrenta; de ahí que, finalmente, acudió al doctor Castro, el primer psicoanalista graduado en los Estados Unidos de América, para “una segunda opinión”. “Ahora tenemos grandes avances como los choques eléctricos y la lobotomía, pero mi especialidad es el psicoanálisis y creo que este ofrece grandes oportunidades de cura”, le comentó.

¿Qué registra uno cuando recibe hormonas? En primer lugar, la certeza de estar defectuoso, como un fular que se rompe fácilmente. Pero a diferencia de una tela rota, mi mal no es visible. Me miro en el espejo y no entiendo en qué lugar está.  Años después un abogado homosexual lo puso en perspectiva: “El amaneramiento es como el mal aliento; uno es el último en enterarse”.

Cada uno de nosotros tiene una vocecita interna, un diálogo incesante con uno mismo que identificamos con el yo. Esta voz a veces nos engaña y juega con nosotros. En mi confusión sexual, los juegos eran incesantes. La Voz de Que No Sirvo Para Nada, me dice que estoy podrido; luego, la Voz del Fin del Mundo, augura una catástrofe; finalmente, la Voz de la Muerte, insinúa que el suicidio es la única alternativa.  

Mi cabeza es un campo de batalla. Cree que las voces quieren lo mejor aunque buscan mi destrucción. ¿Pero cómo dudar de ellas?

Si esto no fuera suficiente, tengo que preocuparme por Electra. Desde que le hablé de mis gustos, no puede dormir. Dice que me aceptará pase lo que pase, en las buenas y en las malas, en la salud y como en mi caso, en la enfermedad, pero si no hago un esfuerzo por cambiar, no tendrá descanso.  Promete que no se lo dirá a mi padre porque si se entera, le dará un patatús. ¡Qué santa es mi madre! ¡Qué buena! ¡Si tan solo hubiera tenido mejores hijos!

El doctor Castro es parco. Me siento frente a su escritorio que no tiene más que una foto de dos niños; me imagino que son sus hijos. Me hace unas pocas preguntas generales y luego se calla. No sé qué hacer, ni qué decir.

“¿Sabes por qué estás aquí?”- finalmente, después de minutos de silencio, me pregunta. “Creo, doctor, que es porque le dije a mi mamá que me gustan los hombres”.  Yo siento un gran alivio: ha salido de mi boca y ahora solo tengo que esperar el fin del mundo.  El psiquiatra no reacciona; por lo menos, no me grita y no me dice que le arruino su vida; me siento mal, nada querido.

Siguen preguntas sobre mi madre. Quiere que le cuente mi relación con ella. ¿La quiero mucho? ¿Estamos juntos a menudo? ¿Me gusta jugar con muñecas? ¿Qué pasa con mi padre? ¿Por qué no lo quiero? Empiezo a figurar por qué el doctor Castro quiere que esté menos tiempo en mi casa; me sugiere que vaya más a la tienda y visite a don Antonio. ¡No eran las hormonas, es Electra!

Obedezco pero mi padre no está contento de verme en el negocio; se siente abrumado con el niño a la par y no sabe qué hacer. “ Gai Avek! ¿Por qué no vatz a dar una volta y se compra un helado?”- me dice para deshacerse de mí. No solo no hay futuro con Antonio sino que Electra, lo más cercano que tengo, la única que dice amarme y aceptarme como soy, es mi supuesta enemiga.  ¿Cómo puedo alejarme de ella? El doctor Castro me está quitando el único apoyo que tengo; es lo que entiendo. Empiezo a descubrir el juego: la homosexualidad, según el galeno, se suscita por mi estrecha relación con la madre.

Hay cierto alivio porque Electra no puede ahora hacerme sentir culpable. Después de todo, ella me hizo así.

-                            Mamá, me siento bien, ¿no crees que podría dejar la terapia?

-                            Eso depende de vos. ¿Cómo te sientes con respecto a Pita?

-                            Pues bien. No siento atracción por él. Fue una locura lo que dije.

-                            Si es así, me siento contenta. Después de todo, el doctor Castro cuesta una             

fortuna. Haz lo que te parezca mejor y díselo en la próxima sesión.

No hubo más sesiones.

Capítulo 12

 

La situación en la comunidad judía se tornó en un infierno. Si en la escuela pública la maestra me protegía, conté con pocos aliados en la hebrea. Durante los primeros años, el acoso era principalmente del moré Pablo. Sin embargo, pronto me matricularon en el Ken, una especie de Boy Scouts sionistas. Era  un centro más de carácter  militar que deportivo o recreativo: marchas, himnos,  visitas al campo, majanés, defensa personal,  uniformes y liderazgo vertical.

La nueva generación nacida en el país había asimilado el discurso machista. Lo que a sus padres no les importó de los gestos o las formas de hablar de otros hombres, en ellos se convirtió en obsesión. Este cambio de mentalidad estuvo ligado al trauma de la guerra. Después de 1945, la Shoa promovió un activismo sionista ya que la comunidad quedaba en shock ante la desaparición del noventa por ciento de la judería polaca; sentía que debía hacer algo al respecto. El cambio se planeó para sus hijos y trajeron del extranjero a instructores militares que trataron de formar una nueva generación que nunca más fuera como ovejas al matadero.

La reacción de los jóvenes fue primero contra sus padres: en primer lugar, si el  machismo significa poder y control, estos, como inmigrantes, conocían menos el nuevo idioma, la cultura y la sociedad que sus mismos hijos; se tornaron en dependientes en ellos. Además,  no eran súper viriles, no jugaban más deporte que los naipes, no tomaban ni bailaban, recibían insultos sin chistar y le huían a los enfrentamientos callejeros; finalmente, vendían cosas femeninas, como ropa, telas y artículos para el hogar.

Los críos rechazaron la construcción polaca del género: fumaron, bebieron, bailaron, cogieron y, por supuesto, pelearon.  Esta generación de muchachos era una versión ídishe de las pandillas norteamericanas: adolescentes rebeldes que odiaban a sus padres y, finalmente, a ellos mismos; adoptaron modismos de pachucos, trataron mal a las mujeres y buscaron  “playos” para castigarlos. En uno de los manuales se da una interpretación:

Una de las pocas cosas que se han encontrado en los estudios comparativos entre gays y heterosexuales es la disconformidad con el género. Los niños gays, en mayor proporción, -aunque no en forma universal- suelen realizar juegos de forma más libre con respecto al género y rechazar los que están más asociados con los de los varones. Principalmente aquellos como deportes rudos y peleas. Es probable que la atracción sexual se inicie primero y que influya en las prácticas del género y no al revés, como suele aducirse.  Así que no sería tanto que los niños gays nacen “femeninos” sino que más bien lo aprenden porque quieren atraer a su mismo sexo. Sin embargo, esto no explicaría la gran cantidad de homosexuales que son masculinos. No obstante, este gusto por el género femenino y sus actuaciones constituye muchas veces una fuente de burla y agresión por parte de los demás niños y de sentimientos de anormalidad en los gays.

Particularmente perversos eran Mono Rubio y los hijos de Ernesto. El primero, tal y como lo dice su apodo, era feo, prehistórico y bestial. Los de Ernesto eran más agradables de ver pero no menos execrables; esperaban que bajara del camión para tocarme la cara, darme de porrazos, llamarme maricón o burlarse de mi manera de caminar. Con este recibimiento, que se hacía en público, me daban la bienvenida al mundo sionista.

Luego, estaba Abraham, que era un pequeño monstruo de corta estatura que trataba de compensarla con una súper masculinidad. Después de darme una tunda en la que me rompía la nariz, o la boca,  traía a Mono Rubio y a los hijos de Ernesto. “¡Maricón, maricón!- cantaba con ellos al unísono. “¡Jacques es un maricón!”-mientras que en son de broma, les tocaba la verga. 

En el año 1960 tuvimos la primera sesión sobre el caso Eichman y el Holocausto. Nuestro madrij nos explicó acerca de la Shoa, asunto que nuestros padres no habían tocado. La masacre de seis millones de judíos fue, finalmente, reportada con detalle, quizás demasiado para niños de ocho años y se nos detalló, además,  que el nazi que había deportado a nuestro pueblo al matadero, había sido capturado en Argentina y enviado a Israel. Nos pidió, como encargo de su gobierno,  que sugiriéramos la sentencia y la manera de implantarla; esta sería nuestra contribución a la causa sionista.            

Algunos niños ni siquiera sabían lo que les estaban departiendo, de ahí que las puniciones que imaginaron  no se equipararon con el tamaño de los crímenes. Unos pidieron la cámara de gas; otros el azote y la mayoría que lo colgaran. En mi caso, tenía una alternativa más acorde con sus acciones: deberían traerlo al Ken y dejarlo en manos de Mono Rubio y sus amigos; no podía concebir peor castigo. Los demás compañeros se quedaron callados.

Se dio el silencio porque no pudieron hacer la conexión. Estábamos en una organización que nos decía que debíamos aprender a luchar por nuestros derechos, que la pasividad nos había llevado al peor de los destinos. Sin embargo, conmigo, estos mismos niños y adolescentes actuaban como nazis.

 

El nacionalismo hebreo empezó a tener un impacto. Empecé a visualizar la posibilidad, por pequeña que fuera, de que con la homosexualidad pasara lo mismo. ¿No era que decían también que era algo del demonio, una depravación, un acto criminal? 

Hanna Arendt que asistió al proceso de Eichman en Israel,  nos habla de la banalidad del mal. El hombre que deportó a nuestro pueblo no resultó ser el monstruo que esperaba: era más bien un absurdo y pequeño burócrata que siguió órdenes y que nunca las cuestionó porque como la mayoría de su pueblo, había sido entrenado para obedecer. No reveló nada que no se supiera sobre el alma humana; no añadió una nueva perspectiva de la mente criminal y mucho menos se arrepintió, ni tuvo conciencia, de haber entrado en la dimensión desconocida. Pero si Hanna se hubiera quedado durante todo el juicio, y no escrito su libro con base en las primeras impresiones, se hubiera dado cuenta que Eichman no era un simple burócrata sino un ser profundamente malo y perverso que buscó a los judíos con una devoción religiosa para matarlos a todos. En Argentina, existen grabaciones que se le hicieron en que lamentaba que no pudo hacerlo.  Y tal vez como ella se enredó con un nazi, su profesor de filosofía, el famoso Heidegger, trató así de excusarlos a todos.

No solo los criminales no ofrecen una respuesta clara de sus actos, tampoco los rescatadores. Los europeos que salvaron judíos durante la Jurbn, a costa de sus propias vidas, no tienen nada en común. Algunos fueron protestantes y otros católicos, unos mujeres y otros hombres, unos comunistas y otros monárquicos, unos ricos y otros pobres; en fin, toda la gama humana. Fueron personas que por razones distintas, ante el mal, lucharon en su contra.  Y si queremos más contradicciones, muchos polacos antisemitas, como los de la organización Zegota, decidieron que una cosa era odiar a los judíos y otra, matarlos. Pues ellos se dedicaron a salvarlos y miles les deben la vida. Como se decía antes en Costa Rica: ¡Chingo de contradicciones!

Hubo cientos de miles de campesinos polacos que delataron a los judíos. Sin embargo, los vecinos de mi tía, nada más ricos, pobres, cultos, inteligentes o católicos que los demás, decidieron sujetarla, meterle un pañuelo en la boca para que no gritara, mientras veía, horrorizada desde la ventana, lo que hacían con sus padres e hijo y la escondieron, por cuatro años, en el sótano de la casa. Este sótano lo descubriría una prima mía que era directora de cine y aún está en este pueblito ucraniano.

Muchos libros y análisis después, seguimos sin poder predecir quién  tomará uno u otro camino.

Capítulo 13

 

En el caso de la homofobia se han hecho algunos estudios. Contrario a lo que se cree, muchos hombres machistas no son homofóbicos. No todos los católicos fervientes lo son; gente rica y  gente pobre pueden serlo o no.

En resumen, las investigaciones han creado un perfil de las personas que odian a los gays. Los homofóbicos han sido menos expuestos al contacto personal con lesbianas y hombres gays. De ahí que la homofobia sea mayor en las zonas rurales que en las urbanas. En aquellos grupos en que la homosexualidad es más reprimida, como en los ejércitos o en la policía, la intolerancia es mayor. Trabajan con personas que también son homofóbicas y han vivido en lugares conservadores donde la norma es el prejuicio; tienen menos educación y más edad que el promedio de la población. Suelen asistir a la iglesia, ser más religiosos y políticamente más conservadores. Sus ideas acerca de los papeles sexuales son más tradicionales. En otras palabras, creen que los hombres deben ser masculinos y las mujeres femeninas; están menos liberados sexualmente y sienten más culpa y desencanto con la sexualidad. Tienen personalidades autoritarias y son más propensos a la violencia. Asisten a iglesias fundamentalistas y están más inseguros respecto a su heterosexualidad

Siempre hubo personas no homofóbicas. Un compañero de la comunidad, Mario, cuyo hermano se convertiría en un líder político, nunca hizo nada en mi contra; más bien siempre me brindó su amistad y cuando emigró a Israel, fue una gran pérdida. Otro fue Daniel que como pequeña bomba heterosexual aceptó fácilmente otras alternativas. Finalmente, está Gilbert que también fue mi amigo. Fueron pocos pero seres importantes para mantener mi sanidad; no sé cuál era el factor que los hacía más humanos: me dio vergüenza preguntarles.

El juicio de Eichman marcó mi camino. Intuí que para salvarme, debía huir a una Argentina imaginaria, refugio de nazis y de judíos.  No podía exponerme a más embates porque terminaría como Otto. Empecé a quedarme más a menudo en el poyo del Parque Morazán y a huir de mi casa. Mi mundo se hizo más y más cristiano, lejos de La Sabana y del movimiento sionista.

El punto final llegaría con la Bar Mitzvah o la confirmación de los trece años, la que lo convierte a uno en un judío  adulto. 

Para ese tiempo, estaba harto de los abusos en el Ken. En la Escuela Hebrea tuve más suerte porque el moré Koplovich se fue del país y en el sector Este de San José el horario para los niños y las niñas era opuesto al de La Sabana. Esto significó un alivio: me tocaron las clases con mis compañeras. En un salón absolutamente femenino, el acoso se redujo.

La Bar Mitzvah implica leer, en la sinagoga, una parte de la Biblia en hebreo. Como mi dominio del idioma era pobre, hubo que contratarme un moré para que me hiciera memorizar los versos; no era asunto fácil porque eran más de dos páginas y fueron necesarios  seis meses de preparación.

La ceremonia constituía mucho más que un deber religioso. Los padres debían mostrar a tirios y a troyanos que podían ofrecer y costear un gran banquete en el Centro Israelita, actividad  para ser evaluada sin misericordia. Había que entretenerlos, darles de beber y además, prepararles los más suculentos platos como el Guefilte fish, kreplajs, férfeles, pan jale, arenque, pepinos agrios, borscht, sopa de pollo con matza balls, latkes, struddles y un sinfín de Mejeihes o exquisiteces judías.

Un error en la cocción del pollo,  un poco más de azúcar en el pescado, unas tortas de papa demasiado blandas, o unos pepinos cocidos con demasiado vinagre,  podían hacer perder una o dos estrellas en el riguroso Michelín Judío. Los paisanos eran críticos implacables y como venían de pueblos y cocinas diferentes, de lo más quisquillosos. El examen más difícil de aprobar era el del Guefilte fish, que como emblema de la identidad, se hacía, en las regiones distintas de Polonia, dulce o salado.

Mi madre brilló con esta fiesta. Como no sabía cocinar, contrató a la galitziana, una enana que venía del mismo pueblo de mi padre y que se dedicaba a organizar eventos. La mujer era grande en su oficio. Miré cómo, para ablandar los pollos, los inyectaba de una fórmula secreta, que recé no fuera testosterona y para hacer los latkes más compactos, les sacaba a las papas el agua con un trapo y luego, les devolvía el almidón. Escogía las mejores corvinas para el Guefilte fish y decía que el arte de hacer que la carne se adhiriera era lo que determinaba si las albóndigas de pescado servirían o no.  

La comida era un aspecto nada más; otra dimensión era la ropa. Las Bar Mitzvahs, igual que la fiesta de Año Nuevo, eran la ocasión para el desfile de modas y las paisanas aprovechaban para lucir sus mejores galas y mostrar si sus negocios prosperaban. Si una de ellas usaba la misma prenda en dos ocasiones, los rumores podían llevarla a la quiebra.

Electra adquirió para mí un traje entero de gabardina que tenía un brillo sutil y un color entre verde y café, que no estaba nada mal. Sin embargo, la inversión principal, como siempre, sería en ella misma. Acudió donde Cápale a comprarle un exquisito traje de algodón de color verde esmeralda, que debió costarle una fortuna. Sin embargo, Electra terminaría de color morado cuando se enteró que Beto le cobró tres veces el precio original. “¡Este desgraciado que se dice mi amigo le subió el monto cuando supo que me gustaba!”.

La dimensión final  de esta ceremonia religiosa era la fiesta para los jóvenes. En la noche, uno recibía a sus amigos en la casa; debía tener orquesta y nuevamente, comida. ¡Dios Guarde que fueran sobros de la mañana! El anfitrión tenía ahora un menú de arroz con pollo, empanadas, pejibayes con mayonesa, aguacate, cóctel de ceviche y otras delicias de la cocina local. Los amigos venían y traían ahora los regalos, con los que

mis padres esperaban recuperar algo de su gran inversión.   

La Bar Mitzvah es una ceremonia para los demás. En la sinagoga, los compañeros vienen a descubrir los errores. Si uno fallaba en la lectura memorizada de los  párrafos de la Biblia, lo anotaban para  burlarse. Después de la ceremonia, venía el discurso en el Centro Israelita. En este me comprometía a respetar la religión hasta el final de los días.

Lo único que me hacía feliz era saber que la ceremonia tendría, en algún momento,  su fin. No quería ser el centro de atención de la comunidad, ni disfrutar de los quince minutos de fama. No cometí un solo error en mi rezo; di el discurso sin la intención de cumplir con sus promesas. Recibí abrazos y dinero de personas que no quería y finalmente, esperé por mis supuestos amigos quienes, por vez primera, hicieron incursión en el Barrio Los Yoses.

 

Esa noche, en mi casa, no hubo sarcasmos, golpes o burlas. Los paisanitos venían, como los tres reyes magos, en son de paz -¡Sholem aleijum y Mazel Tov! -; las cosas parecía que saldrían bien y no anticipaba ningún desaire. Había revisado con cuidado la lista de invitados y no incluí a ninguno de mis enemigos; no quería sorpresas. Pero, ¡horror de los horrores!, ante mi absoluta incredibilidad, Mono Rubio cayó, como se decía, de paracaídas: había llegado por presiones de los hijos de Ernesto. El tipo entró como Pedro en su casa y me dio una de sus sarcásticas sonrisas; se fue directo a la mesa y como refugiado de guerra, se tragaba la comida.

Fui, desesperado, corriendo donde Electra a pedir ayuda pero la mujer me dijo que no hiciera nada, que después de todo, el muchacho estaba solo hambriento. Pensé en las interminables tardes en que me había hecho sentir el ser más infeliz sobre la tierra y sopesé las consecuencias. “Si lo echo de mi casa, las cosas empeorarían”, me dije.

Sin embargo, no pude más. Busqué a mi hermano y le conté que Mono Rubio estaba en mi fiesta, arruinándome el único espacio propio y mortificándome la vida. Isaac no tuvo reparos,  lo buscó y ante el asombro de los invitados, lo agarró del cuello y lo puso de patitas en la calle. Con Mono Rubio afuera, mi Bar Mitzvah concluida y con mis trece años que para la religión judía significaban la madurez y el derecho a contar en la minián, me aproveché para tomar una decisión: no más Ken, no más Escuela Hebrea, no más Mono Rubio, Abraham e hijos de Ernesto, no más La Sabana; a partir de esa noche, Los Yoses se declaraba como barrio independiente.

Capítulo 14

 

Las paisanas, para los meses de enero y febrero, hacían su peregrinación, no a la Tierra Santa, sino a la playa de Puntarenas. Unos correligionarios habían adquirido el famoso hotel Las Olas, convenientemente ubicado frente al mar y el lugar se convirtió en una especie de Meca paisana, a la que se visitaba anualmente. Igual que los musulmanes, los judíos daban vueltas, no alrededor de una piedra negra, sino por el Paseo Cortés, la vía frente al mar y en vez de orarle a Alá y arrepentirse de sus actos pecaminosos, lucían sus mejores trajes y sus tuges en pantaloneta.

El hotel no era lujoso y en Miami solo habría obtenido media estrella; contaba con una pequeña piscina, dos pisos de habitaciones, y un gran comedor en donde, al estilo de un kibutz, nos servían las tres comidas. Una simpática campana las anunciaba y pronto, a lo Pavlov, un alud de hambrientos huéspedes respondía.  “¡Herman apuráte y cogé la mesa del frente!- gritaba la encantadora Jalina, que sabía que ahí se podía obtener las comidas más calientes. Antes que el pobre muchacho pudiera sentarse, doña Mishke había llegado primero y ocupado las mesas delanteras. “Lo siento Herman, pero los Rubinshtick somos muchos y tenemos niños pequeños”- se excusaba.

La playa frente al hotel se convertía en un espacio social y también en un centro de comentarios políticos, análisis de la situación económica, y de los últimos chismes comunitarios. “Desde que su primo Luis asesora al Presidente, ¿no te has fijado que doña Sarita ya ni nos saluda. A la mujer se le subieron los humos a la kop- comentaba doña Esther. “La verdad es que nos huye más bien porque nos debe plata”- apuntaba doña Perla.

La realidad  era que pocos paisanos sabían nadar por lo que preferían el ejercicio bucal. Y como la mayoría venía de pueblos del interior de Polonia, nunca habían visto tanta agua junta. Los caballeros preferían ni arrimarse y se dedicaban a realizar ejercicio físico en la playa: el póquer. Las mujeres, más osadas, se metían en el mar y como Esther William desempleada, se agachaban, se pringaban con un poco de agua de sal y creían que habían cruzado el Canal de la Mancha. “He nadado toda la mañana”- decía doña Masha, quien solo había ingresado por treinta segundos. “Me merezco una banana split porque me siento débil”.

La partida al Pacífico era un safari. En primer lugar, la aventura se iniciaba con el tren en la Estación al Pacífico. Como el periplo duraba unas cuatro horas y se pasaba por un sinnúmero de pueblos, uno aprovechaba para comer todo lo que ofrecían miles de campesinos; el bufé fenicio se iniciaba con gallos de huevo duro, de pollo, de carne y de chorizo. Cuando llegábamos a Orotina, el plato principal y más polémico era el de muslos de pollo amarillo, cocinados con achiote, que Electra no comía porque decía que tenían hepatitis. De un momento a otro, del carro de adelante, corría Goyo con un pedazo en su boca: “¡Goyito, Goyito, gritaba doña Marisha, suéltalo que no es kósher!”

Más importante que la comida era el montón de ropa que llevábamos porque Puntarenas era un pequeño desfile de modas: ninguna mujer podía darse el lujo de ponerse dos veces una blusa, un vestido de baño, o un pantalón. Me darf nit zein shain; me darf joben gein (No hay necesidad de ser bonita si se tiene encanto). Para más complicaciones, los trajes cambiaban de acuerdo con la hora del día: shorts y blusa de algodón ligera en la mañana; pantalón y marinera de organza en la tarde; traje de noche para la cena, y exquisitas pijamas antes de retirarse a las habitaciones. En cualquier momento inesperado, salía doña Golche con un hermosísimo traje de algodón tallado que la hacía verse como un tamal navideño. “Jacques, ¿creés que el color verde me sienta bien?”- preguntaba la ilusa. “¡Claro que sí!”, le respondía y me sentía el muchacho más mentiroso sobre la tierra. “¿Me dices la verdad porque no quiero verme como Ofelia que se le salen las tsitskes hasta por las mangas?”- insistía ella.

 

No sería justo si no reconociera que las señoras tenían momentos de estrecha comunicación con la naturaleza. A las cinco de la tarde, al ponerse el sol, Electra y alguna de sus amigas, corrían hacia La Punta, fin de la lengüeta que era Puntarenas, para mirar el espectáculo. El astro se lo tragaba el mar, no sin antes despedirse con una serie de rayos de colores rojos, violetas, morados, que dejaban a todos sin aliento. “Ni un pintor podría capturarlos”- solía decir mi madre en un arrebato de kitsch.

 

Las madres no solo traían medio San José en latas, cajas o valijas, sino que para mi gran insatisfacción, a sus retoños ya que el viaje era para kind un kait (jóvenes y adultos); esto significaba, en otras palabras, que la tortura urbana se trasladaba a la playa y que tenía que enfrentar a mis enemigos, sin poder escaparme a Los Yoses o al poyo del Parque Morazán.  Una ventaja era que Mono Rubio no tenía plata para venir, pero el enano de Abraham y los hijos de Ernesto eran ricos.

Una noche me fui al Paseo de los Turistas, una vía para caminar frente al mar, llena de sodas y juegos de salón. En una de las mesas de futbolín, miré a un grupo de cuatro muchachos que disputaban un torneo. Me acerqué como espectador y eché un vistazo a los contrincantes. Uno me llamó la atención porque era el hombre más guapo que había visto; su cara era la de actor de cine, parecido a Montgomery Clift, uno de esos ángeles bañados por el sol y la perfección: ojos cafés, pelo negro, boca italiana, nariz perfecta, dientes blancos y un cuerpo atlético. Tenía una camisa de algodón, de cuadros rojos y blancos, la moda en aquella época; usaba unos jeans blancos y apretados.  El futbolín, lo jugaba a la perfección.

El muchacho, mucho mayor que yo, me saludó y me preguntó mi nombre. Le pareció simpático que tuviera un nombre bíblico. El Puerto tenía una gran población china, lo que los acostumbraba –me dijo- a compartir con otras nacionalidades y credos. En ese momento, noté que sonaba la famosa canción de Rafael “Yo soy aquél” y, como era de imaginarse, sentí amor. 

Como típico niño proto gay, odié el fútbol y no era nada bueno para los deportes, pero con la barra de Puntarenas, aprendí los trucos de este juego de salón y pronto me convertiría en un pequeño Pelé. Practiqué todos los días y Álvaro y yo nos convertimos en un equipo imbatible.  El juego tiene dos posiciones, la de defensa o la de delantero; desarrollé una habilidad para tirar a meta de manera cruzada que se hizo legendaria.

Después de mi Bar Mitzvah, Electra no pudo controlarme y me apunté como miembro honorario, y único josefino en los torneos del Puerto. No importaba si llovía, tronaba o se venía un maremoto: los fines de semana tomaba el tren y me dirigía a mi nueva patria. Álvaro y su pandilla me adoptaron como su mascota y nunca hubo nada sexual entre nosotros; más bien eran los tipos más machistas que he conocido. Pero no eran homofóbicos, me estimaban y me lo llegarían a demostrar.  

El fatídico momento en que Abraham y los hijos de Ernesto toparon conmigo solo en el Puerto, ocurrió  en el camino hacia el hotel, por una avenida paralela a la que usan los turistas.

-                   ¡Grandísimo maricón!- espetó Abraham- ¿a dónde creés que vas?

Nunca me creí en la irrazonable historia de Moisés y la partida del Mar Rojo, pero esa noche en Puntarenas, hubo un milagro no menos espectacular. Álvaro y su cuadrilla salieron de la nada y se pararon entre mi persona, que temblaba de vergüenza y los paisanos. Le preguntaron a Abraham “¿Qué mierda le pasa?”. El enano, matón irremediable, no quiso ceder porque su propio orgullo estaba en juego. “Este no es problema de ustedes”- les respondió de mala manera, adjudicándose el monopolio de los castigos a los judíos, como cualquier miembro de la Judenrat.

¡Ni para qué lo hizo! Antes de que pudiera emitir otro sonido, tenía a Álvaro encima; le dio y le dio como nunca probablemente le habrían golpeado en su vida. Los otros compañeros del Puerto patearon en el culo a los hijos de Ernesto y los demás salieron huyendo; la guerra terminó más rápido que una estrella fugaz en el cielo del Pacífico. Quise llorar ya que en este pogromo en el Puerto los cristianos salvaron a un judío de manos de los perseguidores, que no eran otros que miembros de su mismo pueblo.

Años después quise averiguar qué hacía distinta esta región del resto del país. Encontré que en Puntarenas la visión de la homosexualidad es esencialista, o sea que la consideran innata: creen que la gente nace homosexual por diferencias hormonales y nadie puede hacer nada al respecto.  ¿La visión biológica de la homosexualidad hace a la gente más comprensiva? Es probable que sí: cuando se nace homosexual, sostiene esta interpretación, ningún golpe o burla cambia a un niño. De ahí que perseguirlo y acosarlo no sirve para nada. En sociedades en que predominan las teorías freudianas, por el contrario, la gente es responsable de su condición y por eso consideran que la represión puede curarla.

La cultura, ya sea religiosa o geográfica, lee cosas distintas de una misma conducta y reacciona de manera que hacen de ella un cielo o un infierno. Nadie mejor que yo para saberlo.

Capítulo 15

 

No he podido entender, y eso que he tratado, cuáles son los agentes que explican la orientación sexual. Era evidente que los otros sabían algo que yo mismo ignoraba. Había recibido tratamiento hormonal y psiquiátrico; los compañeros de ambos credos me rechazaban y se burlaban de mí; buscaba en los cines y en los buses a varones y apenas podía controlar las voces internas que me lo decían abiertamente: ¡Eres homosexual, no vas a cambiar! 

La memoria es otra quimera porque se construye de la misma manera que la identidad. Uno recuerda lo que quiere. Si la persona ha asistido a terapia, o simplemente leído un artículo sobre la homosexualidad, recordará cosas que lo prueben o no.  Tan pronto como Freud formuló su teoría, es imposible averiguar cuánto de los propios recuerdos infantiles ha sido colonizado. Los psiquiatras empezaron a indagar sobre supuestos deseos sexuales, que tal vez nunca estuvieron presentes, y los pacientes, empezaron a dar importancia a cosas intrascendentes; de ahí que el pasado es plástico, sujeto a la hermenéutica.

Pensé que mi orientación era resultado de mi rechazo hacia mi padre, algo de mi propia elaboración. Sabía que había cortado con él y que lo odiaba porque, producto de mi actitud, Antonio se había aliado a mi hermano. Una tarde de verano papá me llevó a dar una vuelta por el Barrio La California; nos sentamos a ver caer las hojas de los árboles y algo debió pasar. No tengo acceso a la memoria, solo a una gran tristeza y no sé qué se dijo o qué se hizo, pero a partir de ese día, la relación se estropeó.

En mi vida adulta, traté de entender la etiología de la homosexualidad.  Gracias a la influencia del doctor Castro y los que vendrían después, acepté la visión freudiana. Sin embargo, nuevas y contradictorias ideas estarían presentes y causarían en mí una mayor confusión. En el caso freudiano, la relación de mis padres era responsable de la orientación y había que analizarla, entenderla y transcenderla.  Mi interpretación de la vida tenía que cambiar y sin esto, no había cura posible.

Nada más opuesto diría John Money que propone una tesis más compleja de la interacción entre la biología y la cultura para explicar el fenómeno de la orientación sexual. Su propuesta es que el proceso de formación de género y de orientación sexual se establece muy temprano, a los dieciocho meses de edad y que en él intervienen factores hormonales (lo biológico) y el proceso de socialización (lo cultural). Pero tan pronto como el género y la orientación sexual se establecen, durante estos dieciocho meses, es imposible modificarlos. Por consiguiente, la estructura familiar es inconsecuente y la variación de una orientación sexual, imposible.

Otro de los pioneros en la actual ola de investigaciones biológicas es Günter Dörner, que nos dice que el  amaneramiento se debe a la influencia, durante el embarazo,  de desórdenes hormonales. Algo distinto encontraría el profesor D.F.Swaab, investigador de la Universidad de Amsterdam que argumentó que una región particular del hipotálamo, conocida como la región supraquiasmática era “sexualmente disfórmica”. En otras palabras, variaba de tamaño en hombres y mujeres y tenía más células en las mujeres. Lo mismo encontró en hombres homosexuales: esta región era más grande y tenía más células.

En 1991, la revista Science publicaría un reporte sobre el hipotálamo de otro científico, por cierto también gay, Simón LeVay. Él encontró otro núcleo del hipotálamo (el INAH 3) que tenía más tamaño ahora en los hombres heterosexuales que en las mujeres o en los homosexuales. Laura Allen, profesora de anatomía de la Universidad de California en Los Ángeles,  en 1992, descubriría otra área del cerebro que difería en tamaño entre hombres y mujeres. Esta se llama la Comisura Anterior, un grupo de fibras adjuntas al hipotálamo que conecta a los lóbulos temporales. Allen dijo que su estudio sugiere que “el cerebro entero está organizado de forma diferente en los hombres gays en esta región y no solo en la que afecta la conducta sexual”. La implicación era que los gays son físicamente y conductualmente como las mujeres.

Estos hallazgos insinúan componentes químicos que inciden en la orientación sexual durante el embarazo, por lo que la supuesta “terapia correctiva” sería el control de los flujos hormonales.

En esa misma línea se encuentran las teorías de la sociobiología asociadas con los trabajos de E.O.Wilson. En su libro Sociobiology: The New Synthesis, el autor infiere patrones de conducta culturales con base en las leyes de la genética y la sobre vivencia del más fuerte. La homosexualidad podía ser causada por un gene “homosexual” que continúa transmitiéndose porque su combinación con el gene heterosexual produce una persona más resistente, pero el “precio” por pagar por esta superioridad heterocigota es que un pequeño porcentaje de individuos recibirán dos genes “homosexuales”, lo que determinará su orientación sexual.

En 1993, la revista Science publicó un artículo que dice haber descubierto las marcas genéticas en la punta del cromosoma X que “influye” en la orientación sexual homosexual en los hombres.  De ser esto cierto, la identificación de las marcas genéticas podría hacer que los padres abortaran los fetos. Para saber si es en realidad lo genético el factor principal, tendríamos que recurrir a la clonación y enterarnos de una vez por todas, si los clones tienen o no la misma orientación sexual.

Aunque a la distancia opuestas,  las teorías sociobiológicas y las freudianas podría trabajar juntas. Si un niño nace con “estructuras mentales” femeninas, es posible que –en vez de Complejos de Edipo mal resueltos- el padre lo rechace y haga que este busque el amor de otros hombres.  En otra situación, el niño podría identificarse con la madre, no por el temor al castigo del padre, sino por que comparten intereses mentales particulares. 

Aunque suena todo esto con mucha lógica, la realidad es que las senderas femeninas o masculinas en el cerebro nunca han sido descubiertas y que la mayoría de estos hallazgos, una vez vueltos a investigar, han resultado falsos y no se han encontrado ni partes del cerebro distintas, ni siquiera evidencia de que las hormonas tengan una influencia en la orientación sexual. Tienen impacto en los genitales y su desarrollo, pero no en la subjetiva atracción sexual.

No sabemos aún cuáles son los factores que producen la homosexualidad, ni tenemos herramientas para trabajar con ella. Con lo que sí contamos es con historias de tortura acerca de los intentos fallidos de cambiarla.

Capítulo 16

 

El doctor Castro y los que le seguirían, partían de la premisa de que mi condición era pasajera y curable.  Con revelar mi historia y analizar mi vida familiar, podría entender las causas de mis deseos y en teoría, cambiarlos; esto provocaría que pusiera mi cabeza en manos de profesionales y que desconfiara de mis pensamientos.

En Costa Rica, aunque algunos psiquiatras hayan estudiado en los Estados Unidos, la mayoría estuvo imbuida en el discurso cristiano: nunca se sabía en dónde terminaba la ciencia y comenzaba la religión. Ninguno de los doctores que me trataron tuvo una visión positiva de la homosexualidad y su percepción, similar a la de los curas, era que debía ser eliminada. 

Foucault nos dice que la psiquiatría la miró como una personalidad, equivalente a la del criminal, que sólo los especialistas podían curar.  Este cambio le quita el control de su vida al paciente que cae en las peligrosas interpretaciones de los terapeutas. La psiquiatría puso así fin a mi libertad. Al asumir una postura “objetiva” que uno percibe, desde el cuerpo, como hostil, ellos aumentan la desesperación.  El doctor Castro, por ejemplo, decía ser neutral y si uno entiende, a nivel celular, que la persona tiene de uno la peor opinión y esto no se reconoce, la confusión es mayor. Siempre sentí el desprecio de mi primer psiquiatra.

El psicoanálisis en América Latina comete otro grave error. Al centrar su atención en la madre, corroe la única fuente de apoyo disponible a los hombres gays.  Si los estudios revelan que los jóvenes homosexuales en Costa Rica buscan primero ayuda en su mamá, el hecho de que los profesionales la miren como la causa del mal, hace que su solidaridad sea vista como otra forma de manipulación.

Y no hablemos sólo de fuente de apoyo. El cuestionamiento del papel de la progenitora incide en que uno desconfíe de lo que siente. ¿Cómo es que se ama a alguien que supuestamente ha hecho tanto daño? 

La psiquiatría ha cambiado, afortunadamente, en las últimas dos décadas. Pero no tanto en nuestro medio. Cuando dirigía talleres para hombres gays, encontré que la situación era tan mala como durante mi infancia. Un muchacho me relató que al contarle a su psicólogo su condición, el hombre le pidió que se desvistiera y caminara por su oficina.

Las tesis sociobiológicas son iguales de peligrosas.  Los tratamientos hormonales, la lobotomía, las descargas eléctricas para modificar conductas, son su consecuencia. Las teorías actuales han renunciado a cambiar orientaciones sexuales establecidas porque se basan en la idea de que después de los dieciocho meses, nada puede hacerse.  Pero esto significa que antes de esa edad, el cielo es el límite. No es un secreto que en Costa Rica castran y operan a los niños que nacen con ambivalencia sexual, algo que se ha descontinuado en países más desarrollados.

Mi experiencia con hormonas, como he narrado, fue brutal. No solo hacen que el niño se mire como enfermo y fracasado sino que promueven la dependencia en las drogas y en los que las suministran. Una de las consecuencias es el deterioro de la confianza. Si a uno le dan drogas para “arreglarlo” cuando el defecto es invisible, la reacción es dejar de creer en la calidad de las percepciones personales. En uno de los manuales se dice de esta manera:

Si ha habido un blanco en donde la homofobia se ha concentrado es en nuestros cuerpos. Los gays hemos sufrido los primeros ataques en él ya sea porque no representábamos el ideal masculino o porque nuestros cuerpos hablaban lenguajes distintos de los de los heterosexuales. Muchos los hemos querido cambiar, controlar, destruir, transformar. Solo el hecho de querer variar la orientación sexual ha sido una manera de irrespetarlo. Es difícil que estemos contentos con nuestros cuerpos. Hemos consumido demasiado alcohol, comida, nicotina, drogas, sexo, medicinas y todo lo que adormezca en alguna forma el dolor.

 

Capítulo 17

 

La homofobia cambia la química de un cerebro y la mente enferma es la misma que nos tiene que curar. Hasta mis doce años tuve mundos separados. Si la Escuela Hebrea y el Ken habían sido un centro de discriminación, la Escuela Buenaventura Corrales se mantuvo libre de homofobia; no tengo un solo recuerdo de haber sido acosado.  Pero llegó el momento de graduarme e ingresar en la secundaria. Como vivía en San Pedro, el distrito al que pertenecía la mitad del Barrio Los Yoses, mis padres hicieron cola, otra vez, para matricularme en el que había sido el primero y más prestigioso centro de educación secundaria, el Liceo de Costa Rica.

Este colegio era toda una institución por la que pasaron desde ministros hasta presidentes de la nación. El colegio admitió solo a un grupo selecto de los estudiantes de primaria y a los hijos de los ricos y famosos. Pero no en 1960.  Surgieron nuevos y mejores centros de educación secundaria privada y los retoños de la clase adinerada optaron por las más refinadas instituciones religiosas como el Seminario, el Saint Francis, La Salle o las bilingües como el Metodista y la Lincoln.  El nivel social del alumnado del Liceo tuvo un declive. La mayoría de los nuevos estudiantes pertenecía a sectores de clase media, clase baja o marginal; tuve compañeros que venían descalzos y otros sin desayunar.

No fui enrolado en los colegios religiosos, aunque pertenecía a su grupo social; tampoco en los bilingües porque eran caros.  A pesar de su fama de contar con un alumnado difícil y agresivo, me enviaron al Liceo y la decisión fue, como las muchas que tomaron, descuidada: era el lugar que llevó a Otto al suicidio.

La clase social de los profesores era también baja. Muchos no tenían el título superior que les hubiera permitido enseñar en la más prestigiosa Universidad de Costa Rica, ni en los colegios privados. Aunque eran los mejores profesores de la secundaria pública, esto no era gran cosa en una más moderna Costa Rica.

El desarrollo del país en los años de 1960 fue uno de los más acelerados. El aumento de los precios del café, del banano y la carne, mejoró las finanzas públicas y ayudó a crear una gran clase media que demandó servicios nuevos.  Este progreso no fue equilibrado y como suele suceder en países pequeños y subdesarrollados, los frutos se distribuyeron de manera poco equitativa. El sociólogo George Simmel consideró que, contrario a lo que se presupone, los períodos de desarrollo y progreso son los más violentos. Cuando se da una recesión económica, todas las clases sociales sufren, pero –según él- en los momentos de incrementos en la riqueza, los sectores más desposeídos - si miran que una minoría se ha beneficiado más -resienten el progreso. Simmel no creía que las revoluciones se daban por el hambre, sino por la envidia.

Este preámbulo es necesario porque en el Liceo encontré la homofobia y el antisemitismo mezclados. Lo que había estado separado en mis años de primaria, en este caso se hizo difícil saber cuándo empezaba uno y terminaba el otro. Para mis profesores y compañeros el hecho de que procediera de Los Yoses, barrio identificado con la burguesía josefina, les hizo enfrentarse a los nuevos cambios económicos. La aristocracia cafetalera había sido muy precavida en esconder su riqueza y construir sus mansiones en fincas, lejos del escrutinio de la población. Pero la nueva burguesía que surgía del comercio y una industrialización por substitución de importaciones, era más fachendosa.

Entre los nuevos sectores estaba el de los judíos. Para esa época, varios de mis paisanos habían avanzado del comercio a la industria; algunos, como mi tío Salomón Schirano, con su Industria de Tejidos El Loro, eran pioneros del boom de los textiles.  Tanto dinero hizo que se compró el edificio más alto de San José al que bautizó “Edificio Schirano”. Otros tuvieron injerencia en industrias como las de los plásticos, ropa manufacturada, sombrillas, construcción y otras. Nosotros –contrario a lo que decía mi apellido en la Avenida Central- nos habíamos quedado estancados: mis padres continuaron vendiendo telas.

La fama de rico, entonces, me precedía y como representante de la nueva y odiada clase social, heredé el resentimiento de todos. Si a esto le añadimos la aparente falta de masculinidad, la combinación sería una bomba.

La confusión o cruce de cables que tenían mis compañeros se me hizo evidente con Jorgito, quien había sido mi compañero de escuela. El muchacho había conocido mi hogar y yo el suyo. La comparación debió ser dificultosa porque le empecé -desde tiempos atrás- a sentir resentimiento; por esta razón, lo evité. Pero en el colegio, éramos los dos únicos compañeros de la Buenaventura Corrales.

En el momento en que los otros compañeros empezaron a notarme afeminado, lo que en parte asociaban con sus prejuicios acerca de lo que eran los niños ricos, me torturaron de la misma forma que mis compañeros judíos. Jorgito, o Jorge como se le conocería en el Liceo, en lugar de solidarizarse conmigo, empezó más bien a promover las burlas, a ridiculizar mi manera de hablar y a hacer que todos los demás empezaran a cantar –en tono afeminado- mi apellido.

Fueron dos años difíciles. No podía engañarme con que el rechazo era de un grupo en particular; por otro lado, no tenía una María del Carmen que me defendiera. Sospechaba que sin Jorge o los hijos de Ernesto, quizás los demás me hubieran ignorado e intuía que otros factores estaban en juego.

Tuve éxito en descifrar los motivos de mis maestros ya que en el colegio cada materia tenía su propio profesor y unos eran homofóbicos y los otros antisemitas. Algunos eran las dos cosas. La profesora de Estudios Sociales tenía fama de nazi y se decía que nunca había dado un diez de nota a un judío. Cuando pronunciaba mi apellido, lo hacía como si escupiera la “Sch”. Un día le reclamé que por qué me había puesto un ocho en un examen casi perfecto; de acuerdo con ella, no puse correctamente el nombre completo del primer colonizador de Costa Rica: perdí dos puntos porque se me olvidó su segundo apellido.

La de matemáticas, una solterona amargada, se decía descendiente de alemanes y opinaba que Hitler había sido mal entendido. “Fue un gran líder que puso orden en su país, no como en este que cada uno hace lo que quiere”- indicó la mujer. El profesor de religión despreciaba tanto a los protestantes como a los judíos que pedíamos ser eximidos. “Perdónalos porque no saben lo que hacen”- señalaba cuando nos salíamos del salón. 

La forma de sobrevivir fue dedicarme al estudio y evitar cualquier contacto social. Empecé a pedirle a mi madre que me sacara de ese colegio y me dio vergüenza revelarle mis razones, aunque me imagino que ella las sabía y –como siempre- no hizo nada.

Empecé a deprimirme. El acoso es una fuente de estrés que termina cambiando la química cerebral. Algunos consideran que la ansiedad modifica las sendas de neuronas del cerebro de tal manera que se tornan irreparables. La secreción de adrenalina constante, que es la reacción del cuerpo ante las amenazas, ocasiona: hiper vigilancia, dificultades en el sueño, problemas de memoria y concentración, recuerdos angustiosos recurrentes, pesadillas, flashbacks, cambios de humor, disociaciones, cólera y depresión.

Si nuestra mente se enferma, ¿cómo podemos esperar que ella nos salve? La discriminación se vuelve tan seria como el virus del sida: destruye nuestro sistema inmunológico primero; luego, deja que las infecciones hagan su tarea.

No en mi caso.  Estuve consciente, gracias a Otto, de mi destino. Los judíos, hostigados por miles de años, hemos sobrevivido y las personas y pueblos perseguidos incrementan el poder de observación. Es lo mismo que sucede con los ciegos que mejoran su olfato y su oído; en mi caso, empecé a estudiar la personalidad de mis agresores para descubrir su Talón de Aquiles.  

La profesora de español, por ejemplo, sufría de asaltos de paranoia; tenía una relación con un compañero de trabajo y gustaba darnos cátedra sobre la importancia de la sexualidad. En el momento en que ella tocaba el tema del coito, los estudiantes, por nerviosismo, nos reíamos a carcajadas. Ella interpretaba que lo hacíamos porque la considerábamos promiscua; de ahí que se enfurecía con los que se reían más de la cuenta. ¿Cuánto era el exceso? Pues nadie lo sabía pero aprendí a medir los segundos exactos que eran de más y pronto, la antisemita profesora se tornó en mi amiga.

El profesor de Física apoyó a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, no porque fuera antisemita, sino porque era de ascendencia italiana. Cuando le traje un libro sobre cómo los italianos nunca mataron a un judío y más bien los protegieron de los nazis, el hombre cambió de actitud.  Para ganarme al de religión, empecé a quedarme en sus clases y le dije que “disfrutaba enormemente sus conocimientos”; el hombre no volvió a mencionar que nuestro pueblo había matado a Jesucristo.

Otra estrategia exitosa fue la falsa modestia. La aprendí de una paisana algo paranoica. Opté por contar la patraña a mis compañeros de que mi padre se había arruinado y que pronto tendríamos que dejar nuestra casa. En una sociedad en que la mayoría aparentaba más de lo que tenía, yo pertenecía a la minoría que mostraba menos de lo que poseía. 

Estos cambios no eran suficientes: tenía que llevarlos al mismo cuerpo; decidí enfrentarme al espejo. ¿Qué era lo que me hacía afeminado?

En primer lugar, estaba gordo y tenía grandes caderas y trasero. Al caminar, me contornaba demasiado; luego, me fijé en la voz y en el acento; hablaba demasiado rápido y con una excesiva pronunciación de las elles y las erres. Los muchachos masculinos conversaban con la boca casi cerrada.  Luego, los ojos: parpadeaban en exceso.  Hacía mucha gesticulación con las manos y la muñeca no la ponía recta. La forma de vestir era otro problema: demasiado perfecta.

No tuve compasión. Primero, a punta de dietas, carreras y laxantes, rebajé un montón de kilos. En cuestión de dos meses me convertí en un muchacho delgado, cuyas caderas y trasero no llamaron más la atención. Luego, empecé a hablar con la boca poco abierta y como pachuco –“maje, picha, verga, me cago en tu abuela, qué te pasa come mierda”. Dejé de parpadear como un letrero de neón y empecé a usar ropa de mala calidad, los zapatos sucios y las camisas por fuera. Mis temas se diversificaron: conversaba sobre muchachas que me había cogido (cosa que era falsa) y pleitos que había ganado (aún más falso). En un corto tiempo, ni yo mismo me reconocía.

Capítulo 18

 

En mis años de colegio, solo alcancé la etapa de negociación. La aceptación de la identidad gay fluctúa por las etapas que Elizabeth Kübler Ross modeló para explicar el proceso de la muerte. Los pacientes terminales pasan, según ella, por estados de negación, aislamiento, cólera, negociación, depresión y aceptación.

Lo primero que hace el hombre o mujer gay ante la gradual conciencia de que siente atracción sexual por alguien de su mismo sexo, es negarla y reprimirla. Aunque la mayoría, desde edad temprana, es consciente de su homosexualidad –entre los tres y seis años de edad- la realidad no es aceptada hasta el período avanzado de la adolescencia.

La negación se puede dar de varias maneras. Una forma es no aceptar el deseo. A pesar de sentir la atracción sexual, se opta por no discutirla consigo mismo. Otra forma es verla como algo temporal que se dejará de hacer cuando grande. En la medida en que el deseo aumenta, la cólera sustituye la negación. Disgusto contra uno mismo por ser diferente, por considerarse anormal. Existen ansias de castigo físico y mental, incluyendo el suicidio. Algunos eligen vidas de sacerdocio o de intelecto.

Cuando falla lo punitivo, se pasa a la negociación y a las promesas: “Si dejo de ser gay, prometo a Dios ser bueno”, “Si logro tener relaciones sexuales con mujeres, me haré heterosexual”. Cientos de plegarias se elevan a vírgenes, santos, diablos o dybbucks. Pero las visitas a la Virgen de los Ángeles, ayunos en el Día del Perdón Judío, o las panderetas protestantes, no hacen el milagro. Entonces, viene la negociación por medio de la acción.

Tan pronto como realicé los cambios y Jorge desapareció del mapa, por el inicio de su esquizofrenia, los compañeros del Liceo de Costa Rica me dejaron en paz. Es más, ante mi consternación, escogieron a otro como blanco de ataques.

Hice amigos y tuve, por vez primera, vida social. Ahora me agradaba ir al colegio, cosa que era en sí una revolución.  Los mismos profesores, angustiados por nuestra quiebra económica, se identificaron con un polaco pobre. “¡Es tan difícil quedarse sin plata!”- me comentó la profesora de Estudios Sociales. Lo que se hizo evidente es que dejó de escupir el “Schirano” y no me volvió a preguntar si fue lunes o martes cuando Colón llegó a Costa Rica. 

Las hormonas empezaron a fluir y quizás por haber tomado más testosterona que un  equipo de físico-culturistas del Gimnasio Los Troyanos, los deseos sexuales se incrementaron. Soñaba con mis compañeros y fantaseaba relaciones. La atracción era tan fuerte que la combatía igual de ferozmente. Mientras los jóvenes experimentaban, yo huía de masturbarme con alguno, cosa que era común.  

Mis relaciones en el colegio, en vista de mi miedo, fueron platónicas y salí -en materia homosexual- tan casto como entré. Toda una hazaña en un colegio de hombres cachondos. Sostuve la esperanza de que algún día me gustaran las mujeres. Después de todo, me dijeron que con el desarrollo, arribaría la bendita heterosexualidad.

La misma idea pasaba por la cabeza de Electra. Mi madre me pidió que visitara a mi primo Luis. El cardiólogo era brillante, guapo e inteligente y, además, asesor del mismo Presidente de la nación.

Cuando llegué a su consultorio, frente al Hospital San Juan de Dios, me di cuenta de que la discusión se relacionaba con otro órgano. Mi primo no habló de la supuesta anomalía que iba a tratar sino más bien – como era su costumbre en la Casa Presidencial- del remedio: una cita con una amiga. La mujer, según él, era especialista en iniciar a jóvenes.

Me contó que era lógico que, a mi edad, tuviera dudas, pero que con una mano experta, el inconveniente se resolvería. No mencionó jamás “el problema”. Pese a que Luis era un hombre brillante, antiguo militante comunista y ávido lector freudiano, la homosexualidad le era un tema desagradable, algo similar a la plusvalía. Si quien asesoraba al Presidente Figueres y tenía su show en televisión sobre temas políticos, psicológicos y filosóficos, era de la opinión que una prostituta me haría heterosexual, ¿quién era yo para discutirlo? 

No sé qué pasó por mi cabeza. Por un lado, quería que me tragara la tierra y por el otro, probar este remedio. Si las cosas salían bien, olvidaría mis fantasías sexuales y mi madre, mis compañeros, mis profesores y hasta los paisanos del Ken me recibirían con los brazos abiertos.

Tiritando, acudí a la cita. Cuando llamé al timbre, Luis me llevó a su oficina. Ahí estaba mi lazarillo: la mujer era de cuerpo aceptable pero de cara fea. Tenía un pequeño quiste en la nariz y le faltaba un diente. Pensé en cómo era posible que Luis, tan atractivo, recomendara a una dama tan desagradable.

Nos presentó y la tipa me sonrió con amabilidad. Al mirar mi timidez, Luis me pidió que los dejara solos. No sé qué le habrá dicho pero me imagino que debió haberle pagado. Cuando salieron, mi pariente me informó que iríamos a un motel. Pensé que el verbo plural significaba los tres y que el tiempo era otro día, lo que me hizo la perspectiva más llevadera.

Me di de cuenta que solo dos nos montaríamos en el taxi y que el tiempo era ahora, en este momento. ¡Horror de los horrores! Por infortunio mío, el taxista era uno de esos bombones latinos. El hombre estaba impresionado de ver a un muchacho tan joven con esta mujer de cuarenta años, su socia en estos discretos servicios. Me preguntó si era la primera vez y le dije que sí. Recuerdo que le quise pedir que entrara con nosotros.

Los moteles de San Francisco de Dos Ríos eran ingeniosos inventos en un país mojigato: sin que nadie lo viera, uno entraba en la habitación. Se pagaba por un casillero y ahí mismo servían la comida, los tragos, los condones o los medicamentos. Las alcobas eran agradables y con música romántica. Ponían una ligera sábana en la cama para que, después de un rato, el frío ahuyentara a los amantes. Una vez en este nicho de amor, la mujer ordenó dos güisquis y me llevó inmediatamente a la cama. Cuando la besé, tuve que cerrar los ojos y pensar primero en Luis y luego en el taxista; no sentía la menor atracción.  Creía que el hombre debía abrir las piernas y ella me enseñó que era al revés.

Pese a la gran paciencia de mi compañera, no hubo manera. La mujer, después de horas de intentonas, me dijo que me haría algo solo reservado para los grandes dignatarios: bajó su cabeza y me dio sexo oral. No sentí nada y la verdad es que la instructora metió sus dientes.  Después de varias horas, nos dimos por vencidos y me sentí como Napoleón después de Waterloo; al dejarla en su casa, la meretriz me dijo que intentaríamos otra vez el próximo sábado.

La desilusión fue enorme. Si no podía tener relaciones, ¿qué sentido tenía la vida? Me dije que si fallaba la semana entrante, me pegaría un tiro. Al ingresar en mi hogar, mi madre, que lo había planeado, me preguntó cómo me había ido. No pude hacer otra cosa que llorar.

El otro sábado, fuimos con el mismo taxista y esta vez me atreví a invitarlo a la cama. El hombre se rió pero declinó la propuesta. Sin embargo, su picardía y el coqueteo me servirían con la mujer. Mientras pensaba en él, tuve la erección y mi primera relación sexual.  La dejé luego en su casa y seguí hasta la mía. El taxista me preguntó cómo me había ido y le conté los detalles. Además, le pregunté por qué no me había ayudado. Me dijo que como era socio de la mujer, no quería mezclar los negocios con el placer. Además, agregó: “Con usted, sin ningún problema hubiera entrado, pero me da asco la vieja”.

Capítulo 19

 

El mejor regalo que recibí en mi Bar Mitzvah fue el viaje a los Estados Unidos. Nunca me había montado en un avión y fue toda una odisea. No tenía idea dónde estaban esas ciudades mágicas como México, Washington y Nueva York. Pensaba que como los aviones despegaban, estas urbes habitaban las nubes ya que nadie me había dicho que todo lo que sube, baja.

El periplo fue excitante y el avión bimotor se movió como una cafetera. Como no sabía lo que era la turbulencia, no me asusté pero si un avión se moviera así ahora, me tiraría en paracaídas.

La ciudad de México me llamó la atención. Mi madre escogió el Hotel Vermont cerca de la Avenida Insurgentes: sórdido, pequeño y oscuro. Sin embargo, tan barato que pronto otros costarricenses, quienes como Electra venían a dejar a sus hijos en la Universidad mexicana, se nos unieron; la marcha nada tuvo que envidiar a la de Moisés por el Mar Rojo. “¿Incluyen todos los huevos que uno quiera comer en el desayuno?”- indagaba doña Marisha en recepción, mientras llamaba por teléfono a doña Henchita: “Vengan para acá que es una metsieh; se paga la mitad que en el Regis y además, dan hasta tres huevos”. 

Mi anonimato se dio por terminado: abría la puerta del ascensor y salía doña Ofelia, que traía a su retoño a estudiar medicina; me sentaba a desayunar y me aparecía doña Clara, quien le gritaba a Gori, su hijo, que dejara de comer mantequilla porque se iba a poner como un marrano: “Fressen vi a jazzer!”. En recepción estaba doña Rosa haciendo una llamada a Costa Rica: “¡Diga que sí grandísimo shmuck! – le pedía a su marido que del otro lado no sabía lo que era una llamada a cobrar.

En las noches, el hotel se convertía en un centro de información sobre las últimas noticias de Costa Rica o los sufrimientos de las madres que abandonaban a sus críos.  “¡Oy, exclamaba doña Perla, no sé si Pepito podrá adaptarse!”. “Claro que se va a adaptar –contestaba doña Gisele- ¿no ves que ya habla como mexicano?”. En el caso de Malcha, le recomendaba a su hijito que no se le ocurriera relatar a los mexicanos nada de su familia: “Recuerda que tu papá es un erudito litvak –le decía- y los demás nos envidian por nuestra cultura”- decía mientras se sacaba un moco de la nariz. Las cosas de la mishpuje, según ella, no se contaban a nadie; ni siquiera le permitía llevar un diario porque podía caer en manos ajenas.

Las madres eran sacrificadas porque dejaban a sus retoños en este enorme país con el fin de obtener una cosecha de médicos que sería la respuesta a quién sabe cuántas enfermedades incurables. “Estoy segura que Julio acabará con el cáncer”- pronosticaba doña Esther, la que se olvidaba que su hijo logró su bachillerato a costa de forros. “Bufi será un cirujano famoso”- auguraba doña Ofelia, quien sabía que el muchacho solo había sacado cincos en sus notas. Según ella, su fracaso se debía a que en el Liceo Luis Dobles Segreda no supieron apreciar su inteligencia. Bufi, estaba su madre segura, revolucionaría la salud pública de nuestra patria. Además, serviría de candidato matrimonial de primera fila ya que el título de galeno era lo más apetecido en el duro mercado de los shidajs.

Al venir de una urbe de medio millón de habitantes, estar en otra con catorce veces ese tamaño, fue una revelación. Para personas perseguidas, las ciudades grandes son los lugares más favorables. Tanto así que la urbanización se asocia con la homosexualidad; M. Foucault y J. Weeks han sostenido que la cultura homosexual solo pudo surgir en lugares anónimos, en que los individuos no se encontraran bajo el escrutinio familiar.

Sin embargo, ante la invasión a mi hotel, bajo la supervisión de la Mossad tica, no pude tener ningún contacto con la vida gay. Notaba que más hombres me miraban y lo hacían con descaro, sin las preocupaciones de lugares pequeños. Para este viaje, había crecido bastante y el patito feo se había tornado en un adolescente atractivo. No obstante, en el momento en que se daba la posibilidad de intercambiar algunas palabras, aparecía doña Golde y se me acababa la privacidad: “¡Sholem Aleijem Jacques!, ¿qué hatzes solo por aquí en la cafetería? Te acompaño para que no te aburras”. Si no era ella, doña Ofelia salía no sé de dónde y me seguía en mis caminatas: “Debo verme como toda una chachque con este color de pelo naranja porque mira cómo nos siguen los muchachos”- me decía creyendo que era a ella a la que buscaban.

Miro ahora mis fotos de México y me doy cuenta de que no estaba nada mal, pero no me sentía así en ese momento. Las miradas de los hombres me confundieron porque al no considerarme bonito, no entendí lo que querían. Sin embargo, los ojos me seguían, principalmente en los Sanbors, cafeterías que eran famosas por su clientela homosexual.  

Como Electra odiaba los aviones, tan pronto como conocimos la ciudad de México, decidió que nos fuéramos en bus hasta la capital de Estados Unidos. Este periplo duraba tres o cuatro días y atravesaríamos el Sur norteamericano. Pasar por las ciudades sureñas resultó fascinante porque aún estaban segregadas y las estaciones de la Greyhound tenían servicios y restaurantes para blancos y para negros.

Estaba lleno de curiosidad por echar un vistazo a esta dimensión de la sociedad norteamericana. Cuando pasamos la frontera con México, esperé con ansia a los negros; nos detuvimos en la primera estación de buses en el Sur y ahí topé con ellos.  Me encantó el bullicio y la amabilidad de la gente; muy parecido a lo que era América Latina. El sector blanco, por el contrario, era menos cálido. Pensé que el color daba más alegría a las personas.

En el bus, nos sentamos atrás; no sé si por comodidad o porque nuestra tez ahí nos ubicó. Las mujeres obesas afroamericanas me servían de cama y generalmente despertaba acostado sobre ellas.  En este viaje por el Sur, pude apreciar la segregación a punto de morir. Mi madre me contó que a los judíos tampoco los dejaban entrar en ciertos restaurantes u hoteles de primera clase. 

Llegamos finalmente a la capital de los Estados Unidos en donde mi hermana estudiaba y tenía un departamento por Dupont Circle, no muy lejos de la Casa Blanca. Para ese entonces, el matrimonio de Derek andaba mal y Electra quería saber qué podía hacer para salvarlo.

La entrada en la ciudad era impresionante para un muchacho que no había visto edificios de mármol, avenidas tan amplias y obeliscos fálicos. Electra me dijo que los capitalinos consideraban que con su monumento a Washington tenían la potz (verga) más grande del mundo. Pasamos por La Casa Blanca y esperé en vano que Kennedy se asomara. Mi madre me consoló con la noticia de que pronto iría a visitar a Don Chico, nuestro presidente.

Mi cuñado era un típico norteamericano de Virginia, de clase media y de poca soltura. Sin embargo, era cariñoso y solía llevarme a los supermercados en donde conocí una de las revoluciones más importantes de la vida norteamericana: los famosos TV dinners. Detecté una tristeza en el hombre y pronto me di cuenta de sus orígenes. Desde su alcoba solían oírse chillidos y bramidos. No supe de lo que se trataba pero mi madre me decía, al otro día, que la relación estaba tensa. En el desayuno, mi cuñado se miraba cabizbajo.

La madre platicó con su hija antes de regresar a Costa Rica.  Por más que trató de disuadirla, Derek estaba decidida a divorciarse.  Electra me dijo que se iba a la casa porque la “hartaba el melodrama” pero me dejaría solo en Estados Unidos para que visitara Nueva York. Sin embargo, antes de partir, me solicitó una misión. Me contó que mi hermana le había hablado de una amiga que conoceríamos en esa otra ciudad y me dijo que cuando regresara, le contara sobre ella porque “la relación no era conveniente”.

Mi cuñado se quedó en Washington mientras nosotros nos fuimos de fin de semana a la Gran Manzana. Llegamos a la Estación Central de Nueva York y de ahí caminamos al Hotel Taft.  

Al caminar y dirigirme a Broadway y Times Square, sentí algo extraño. Había estado en ciudades grandes como México, Atlanta y Washington. Sin embargo, el ritmo acelerado de la gente que lo hacía uno creer que había un premio que recoger en cada esquina, las luces de neón que insinuaban que la vida nunca terminaría y las personalidades excéntricas, que hablaban solas consigo mismas o que paseaban a perros imaginarios,  no tenían parangón. Nueva York era algo más que una ciudad, era un estado mental y una muestra de lo que sería el mundo más allá de las nacionalidades y los credos: el paraíso de las personas que como las bromelias, tenían en el aire las raíces.

La ciudad de Nueva York se convirtió en la alternativa geográfica. De la misma forma que Ricardo, aprehendí que tendría que irme de mi país. El exilio gay a los Estados Unidos tiene una larga historia no escrita todavía.

Muchos hombres gays y lesbianas de la época optaron por irse a vivir a otros países más liberales o donde el anonimato era más factible. Algunos parientes o hasta los mismos psicólogos costarricenses les recomendaron esta salida a sus pacientes. Es imposible estimar la magnitud del éxodo gay durante los decenios de los cincuentas y sesentas. Pero no debió ser insignificante. Algunos regresarían años después y muchos otros no. El país perdía así a mentes brillantes, ya que solo los más preparados tenían medios para establecerse en culturas diferentes.

Aún hoy día tengo amigos gays que viven en México, en Estados Unidos, en España o hasta en Dinamarca. No sé si ellos tuvieron mejor vida por irse del país. Por un lado, se evitaron una serie de atropellos y de rechazo social. Por otro lado, se perdieron la oportunidad de hacer cambiar nuestro país y de la satisfacción que da mirar cómo la homosexualidad en Costa Rica pasó de ser un serio problema.

Capítulo 20

 

Desde que Derek se fue, Electra quedó sola con su marido y los dos varones. En razón de que mi hermano tomó la decisión de irse a México, la elección de asesor espiritual, nada adecuado para la edad, recayó en mi persona. Nuestra relación se hizo más estrecha y pude mirar más profundo: la mujer tenía una inteligencia superior que había sido desperdiciada. Contrario a Freud, diría que se necesita un hijo homosexual para apreciar el verdadero valor de una mujer y entendí que la discriminación era responsable, y no una absurda envidia de pene, de su subordinación. Mi madre tenía la inteligencia para convertirse en una gran profesional, pero había sido obligada a casarse y a tener hijos y para canalizar su frustración, lo hizo por medio de la organización de mujeres sionistas.

 

Las reuniones de la WIZO eran, en realidad, un pretexto para promover –con el velo del sionismo- los valores feministas.  Mi progenitora, por ejemplo, les pedía a las compañeras que dieran una contribución para los niños pobres. Pronto se hizo evidente que ninguna tenía una chequera personal. “Un momento señoras, decía Electra, ¿cómo es esa carajada que ustedes trabajan igual que los hombres y ninguna tiene un cinco en el banco?”  Las paisanas entraban en crisis y se quedaban calladas. Se ocupaban tanto o más que sus maridos y estos les decían que no sabían manejar los asuntos de los bancos.

“La verdad es que Samuel me da la plata que necesito”- le respondía doña Sarita, la amiga turrialbeña. “Pues cuando se vaya con una kurveh el gran sátiro de tu marido, quiero ver a quién le vas a pedir prestado”- le decía mi madre con ironía. La próxima semana, doña Sarita mostraba su chequera.

Doña Golche insistía en que lo que importaba era la confianza. “Estoy de acuerdo contigo –le respondía mamá- así que anda y le pides a Ismael que ponga todo el dinero a tu nombre”.  Mónica argumentaba que no se quería meter en los asuntos del negocio porque no tenía tiempo. “No te preocupes- sería la respuesta- lo tendrás cuando te quedes sin un cinco”.

Doña Perla, por ejemplo, había puesto el capital inicial para crear una tienda de electrodomésticos, pero a la hora de divorciarse, se quedó sin nada. Electra no dejaba de recordárselo cada vez que alguna mencionaba no saber nada “de los enredos financieros del marido”. Luego, estaba el problema de transporte. Las señoras no manejaban y para venir a San Pedro, debían pedirles a sus esposos que las llevaran. Los varones lo hacían a disgusto porque les echaba a perder el juego de naipes; otros llegaban tan tarde que las pobres creían que las habían abandonado. “Rosa, ¿cómo es eso que necesitas que Abraham te venga a dejar?”- vendría el regaño de la anfitriona. Doña Rosa conseguía un chofer y no volvíamos a mirar a su marido.

Las discusiones sobre la educación de las mujeres eran más acaloradas. Muchas no veían la necesidad de mandar a sus hijas a la universidad. “Pero Electra, Folg mir a gang! ¿para qué matricular a Miriam si ella misma lo que quiere es casarse?”  “Porque si no lo haces, terminará como vos, con dolores de cabeza de los gritos que te pega tu marido”- sería su respuesta. 

Lo que más la humillaba y lo tomaba como una afrenta personal era la prohibición del voto femenino. Electra aceptó sin chistar la división por género en la sinagoga, como había sido costumbre en Polonia. Pero la decisión del Centro Israelita de no dar participación a las mujeres y dejar que los maridos votaran por ellas, la miró como medieval. “Ninguna institución sobreviviría si no fuera por nosotras”- indicaba en sus numerosas peticiones para cambiar la regla. Habló con las demás compañeras de la WIZO para luchar contra esta iniquidad pero en 1950 no había movimiento feminista: esta batalla no la ganó.

Sus observaciones eran acuciosas. Cuando las reuniones eran mixtas, mi madre me indicaba que me fijara cómo comían las mujeres solas y cómo lo hacían cuando venían con los maridos. Ella tenía razón: con sus esposos apenas tocaban los platos y se servían como pequeños pajaritos. En las reuniones solas, parecían aspiradoras. 

                                                                                                                                                            

No sería de extrañar que la WIZO se convirtiera en la enemiga de los maridos. Después de cada reunión en nuestra casa, sus esposas venían con preguntas relacionadas con el género. “Móishele, ¿por qué siempre tengo que servirte el desayuno? ¿No crees que sería buena idea que lo hicieras vos alguna vez?”- preguntaba doña Ivón.

La WIZO no era una simple organización de caridad. Llevaba a cabo las actividades culturales y la recaudación de fondos y el Comité Ejecutivo manejaba a veces mucho más guelt que el Centro Israelita. Además, era una organización que contaba con miles de mujeres en todo el mundo, reconocida en Israel y en las mismas Naciones Unidas. No se podía ignorar, ni hacer que desapareciera. 

Al principio, los recelosos maridos empezaron a decirles a sus mujeres que no votaran más por Electra. Si ellas cambiaban de líder, sugirieron, las relaciones serían más armoniosas. “Zair Gut, mi amor- le dijo Toña a Samuel- voy a votar en contra de Electra cuando ustedes nos dejen cambiar la directiva del Centro”.

No pudieron evitar que mi madre ganara trece elecciones. Sin embargo, los hombres no se dieron por vencidos. “Electra necesita saber lo que es trabajar”- comentaba don Isaac. “Esa vieja loca lo que hace es manipular a las demás porque no tiene qué hacer”- añadía don Luis. “Es una gran kurveh”- seguía don Samuel. “Lo que necesita es una buena potz”-concluía don José. La última agresión era arruinarle sus actividades culturales. Como compartían el mismo centro comunal, los jugadores de cartas le saboteaban sus eventos culturales. A pesar que imploraba por el silencio, la mujer tenía que aguantarse un concierto de Chopin en medio de gritos de paisanos que pedían carta, un trago, o que les pagaran la última partida de póquer.

 

Nada la amedrentada. Ella me decía que la llamaban puta porque no sabían qué hacer con sus ideas. Por soportar las humillaciones, aprendí a respetarla y me di cuenta de lo injusto que había sido que Electra no estudiara y cómo el sistema trabajaba en contra de las mujeres. Tomé conciencia de que ellas tenían una agenda de liberación, pero me cuesta entender, sin embargo, por qué mi madre no logró salirse de su gueto de mujeres y echar un ojo a una más grave opresión que se daba bajo su mismo techo.

Capítulo 21

 

“Todos tenemos nuestros quince minutos de fama”. Andy Warhol

 

En el quinto año de colegio mi vida había cambiado. Los compañeros se olvidaron de mi pasado y tenía varios amigos. Solía ir a los partidos de fútbol, a pescar en los ríos, a tomar unas cervezas a escondidas y a jugar futbolín.  Tuve un amor platónico con un compañero. Era uno de esos jóvenes que a los diecisiete años se miraba de veinte y pico: cuerpo fornido, nariz semita, ojos cafés y una hermosa boca. Su madre había muerto dos años atrás. Nos hicimos íntimos: comíamos, estudiábamos y hasta dormíamos en mi casa.

No le conté mis deseos. Me imagino que él intuyó que estaba enamorado, sin embargo, la interacción era estupenda y llenaba un gran vacío de juventud.  A veces añoro esas relaciones, ubicadas en una zona intermedia entre la heterosexualidad y la homosexualidad, llenas de conflictos y de dudas, pero mantenidas por una energía sexual sutil.  En ese año 1969 en que el hombre llegó a la luna, la sociedad costarricense había sufrido transformaciones no menos dramáticas.  El antisemitismo que había predominado en los años treintas, cuarentas y cincuentas, empezó a ceder ante una preocupación mayor: el comunismo. Fidel Castro amenazaba con exportar su revolución a toda América Latina. En Costa Rica, el Partido Comunista se había reorganizado y enseñaba las uñas al convertirse en una fuerza electoral. La clase alta lo temió y se olvidó de los judíos.

Por otro lado, nació el movimiento hippie. La revolución sexual y la de las drogas, principalmente la marihuana, empezó a sentirse y algunos alumnos llevaron su cabello largo y fumaron mota. La música de Los Beatles se escuchaba en las radios, en las fiestas y en las discotecas del centro de San José y al principio, esta sociedad centroamericana reaccionó alarmada: esta moda –se temió- traería las drogas, la promiscuidad y, obviamente, la homosexualidad. 

El cambio del antisemitismo al anticomunismo y al antihipismo, trajo como resultado el fin de las campañas antijudías. Los reportes de que cobrábamos más por los artículos,  de que éramos explotadores de los pobres, de que tramábamos tomar el poder, dieron paso a informaciones sobre la usurpación roja de los sindicatos, los deseos de la Unión Soviética de desestabilizar el país y la infiltración en las universidades. Este olvido temporal repercutió en todas las esferas.

En el Colegio Superior de Señoritas, una judía ganó las elecciones y se convertía en la primera Presidenta del Gobierno Estudiantil: Jenny H. El rumor de que una polaca había ganado las elecciones, llegó a nuestro Liceo que se alistaba para las suyas. El puesto de Presidente en ambos colegios era codiciado y no pude dejar de oír algunos comentarios: “Es el colmo que las señoritas hayan elegido a una extranjera”, o “las del Seño -como se les conocía- se han vuelto locas. El año entrante elegirán a una puta”.

Cuando conocí a Jenny, me pareció una de las mujeres más lindas. Tenía humildad que contrastaba con su vivacidad y energía y poder de liderazgo. Me impresionó conocer su hogar, tan humilde y pequeño, y a sus padres, ancianos pero cariñosos. Nunca me había sentido tan a gusto con una muchacha y nos hicimos inseparables. Podíamos hablar abiertamente sobre cómo algunos nos hicieron sentir: a ella por humilde y a mí por… bueno la verdad es que nunca le dije exactamente por qué.  Y esto nos llevó a una intimidad que no era nada diferente del amor.

 

Lo que no había hecho hasta la fecha, visitar el Colegio Superior de Señoritas, se me hizo costumbre. Me encantaba esperar la salida para “marcar” con las muchachas y ahora, mis compañeros, me molestaban porque me decían que “estaba pepeado”. Tenían razón.

No podía, sin embargo, cambiar mi orientación sexual. No importa cuánto soñé con hacerlo; finalmente, mi amiga se cansó y se enamoró de un judío de Guatemala; esto me partiría el corazón. Uno puede no desear sexualmente a una persona y experimentar el mismo dolor, desesperación, humillación y pérdida que si lo hiciera. Me culpé del fracaso y en vez de admitir la realidad, más la odié y la negué. ¡Esta maldita homosexualidad me quita lo que quiero!

Jenny me dejaría algo hermoso. Si una polaca había sido electa en el principal colegio de mujeres –razonó Carlos- ¿por qué no otro en el Liceo de Costa Rica?  “¿Estás loco?, respondí, ¿quién va a votar por mí? Una cosa es que me hayan dejado en paz y otra que me convierta en su líder”. Después de todo, indiqué, no tenía habilidad para la oratoria y mucho menos las cualidades de los líderes de la época.

Para probar la locura de esta sugerencia estaban los dos candidatos preferidos: Mario, el presidente del quinto año B, y Eric, el del C. Uno contaba con dominio escénico y terminaría, años después, de locutor de radio y comentarista de televisión. El otro era un rubio que volvía locas a las muchachas, el típico deportista que todos admiran. Mi quinto año D estaba compuesto de los nada populares y que hoy llamaríamos nerds.

No entendía por qué algunos querían que me lanzara. No me veía como presidente y no creía que mi amistad con Jenny me diera algún atributo especial. Pero, después de cierto análisis, observé que el apoyo no era solo de Carlos y tenía que ver con algo más amplio.

Nuestro país estaba cambiando y nuevos sectores, hasta la fecha ignorados, surgieron. Los muchachos que venían de hogares pobres, que usaban pelo largo y gustaban del rock, que no eran populares, que no eran católicos, que no jugaban fútbol, que apreciaban los libros y los estudios,  querían votar por mí. Antes de que pudiera decir que no, se habían organizado y me tenían un jefe de campaña. Mi grupo –compuesto por los verdes y los sapos del colegio- empapeló las paredes con el “Vote por Schirano- Vote contra la argolla”.

Cuando Eric y Mario se dieron cuenta de que un polaco amenazaba sus aspiraciones, empezaron a movilizarse y pronto, el colegio rivalizaba con las campañas electorales nacionales. “Vote por un tico. No se venda”- decían los anuncios rivales. Tan pronto como se inició la campaña y miré mi cara en todas las puertas y ventanas, no pude dar marcha atrás. Mi primer discurso fue sobre los derechos de los que nunca estuvimos en la argolla, que significaban la mayoría. Imitando a Evita Perón, hablé de la injusticia de no recibir las notas que uno merecía, no poder vestir como uno quiere y no tener el apoyo de la Administración. Como llevaba las faldas afuera y los zapatos sucios, la oposición les tomó una foto y la sacó en un afiche: “¿Votaría por alguien que no se limpia sus zapatos?”- rezaba el encabezado.

Algunos profesores pidieron que no votaran por mí. “Este es un país católico y el Liceo es su principal colegio de secundaria, ¿cómo vamos a permitir que un polaco los represente?”- decía la profesora de Estudios Sociales.

En la primera vuelta, quedé en segundo lugar y derroté a Eric y a su partido de los bonitos. Para las finales, llegué a la clase de los perdedores, los felicité por una campaña limpia y les pedí el apoyo. “Mario es un buen candidato –les dije- pero siempre ha sido el favorito de la Administración y es hora de que elijamos a quien nos represente”. En la elección final gané por un voto. La diferencia, averiguaría después, la hizo, a última hora, Jorge, antes de sumergirse en la locura.

Capítulo 22

 

La victoria en el Liceo ha sido uno de mis mayores éxitos. Después de ser el hazmerreír, era el presidente de todos y me convencía de que las cosas podían cambiar y de que podían superarse los obstáculos más formidables. Como en todo, hubo su lado bueno y su lado malo.

Quise hacer lo que nadie había hecho. El puesto en sí no significaba más que hablar y asistir a eventos oficiales. No obstante, mi promesa conmigo mismo era que no se olvidaran de que eligieron a un polaco. Sacando lecciones de Electra y su WIZO, busqué cómo hacer algo por mi colegio. Me di a la tarea de visitar los comercios y pedirles que nos regalaran pintura. “Nuestro Liceo está horrible y es una vergüenza. Si usted nos dona cinco galones, haré que el colegio compre los otros veinticinco que necesitamos para pintarlo”- le dije a los de la Glidden. Hice lo mismo con la Protecto y otras compañías y pronto tuve, sin invertir un cinco, la pintura. Al mes de mi inauguración, logramos dejar como nuevo nuestro Liceo.

No poseíamos oficina y se me ocurrió organizar bailes para construirla. El Director me prestó el Gimnasio y sin que se diera cuenta, me organicé el primer festival rock. La idea era tan nueva que cuando abrimos las puertas, mil personas llenaron el local. Las ganancias serían invertidas en las oficinas que todavía están a la par de la piscina y llevan una placa con los nombres del Consejo Estudiantil. Luego, se me ocurrió hacer y vender carnés. Con estos, los alumnos obtenían hasta veinte por ciento de descuento en los cines, ropa escolar, restaurantes y discotecas y el comercio fue tan bueno que compramos teléfono, máquina de escribir y equipo de sonido. Las cosas iban viento en popa cuando un grupo de estudiantes me reclamaron una promesa de campaña: la tolerancia del pelo largo.

En mi primer mes como presidente, varios profesores habían mandado a la casa a quienes llevaran melena. Esto causó un gran desánimo en el estudiantado ya que cada instructor tenía su definición en qué consistía el pelo largo: unos solo toleraban una pulgada debajo de la oreja y otros, dos o tres. De ahí que, en un mismo día, se podía asistir a Matemática con un peinado y ser expulsado de Religión. Con el deseo de congraciarme con los estudiantes “hippies”, apoyé irnos a la huelga. Una mañana fría de agosto, cerramos la entrada al Colegio y nos tiramos a las calles. Sobra decir que los medios de comunicación estaban en contra y así también la Administración y la mayoría de los padres de familia.

En una turbulenta reunión, en que nos amenazaban con la expulsión, opté por explicar que la huelga no era tanto por usar o no el pelo largo sino por la falta de criterio. Los profesores que pedían mi cabeza se dieron cuenta de lo razonable de mi proceder y terminaron felicitándome. Se llegó al consenso de que el pelo largo era prohibido, pero se establecería un criterio más tolerante.

Las victorias y la notoriedad son también peligrosas. Estaba tan feliz de ser el presidente, que el puesto me metió aún más en el clóset. “¿Cómo defraudar a mis electores?”- pensé. No respondí a ninguna propuesta indecorosa. Sin embargo, no pude evitar el escándalo.

Marcos, un muchacho atractivo que le encantaba tomar café en mi casa y oír música rock, se hizo mi amigo. Como había traído afiches sicodélicos de Estados Unidos, siempre me decía que por qué no invitábamos a unas amigas de Guadalupe, pero yo no estaba interesado en ellas.

Días después, mientras Jenny, Carlos y yo estudiábamos para los exámenes de bachillerato, me llamó Marcos por teléfono, en estado de gran nerviosismo y me pidió que leyera el periódico La Prensa Libre. Cuando lo adquirí, miré un título escandaloso: “Drogas en colegios de secundaria” y un subtítulo aún peor: “Antros de vicio en barrios residenciales”.  Pero si esto me espantó, lo que decía me dejó aún más frío: narraba la historia de dos jóvenes del Anastasio Alfaro, otro colegio de señoritas, que habían sido invitadas por un alumno del Liceo de Costa Rica de nombre Marcos y otro de nombre Jacques, para que fueran a fumar marihuana y a tener una orgía en su cuarto sicodélico.

Aparentemente, las dos alumnas reportaron a su directora la invitación y esta llamó a la policía. De acuerdo con el periodista, las muchachas y el joven se encontrarían en el Parque Morazán para luego irse a Los Yoses. El artículo tenía una descripción de mi habitación y concluía que los tres fueron aprendidos por la policía.  Aunque no daba mi apellido, ¿cuántos Jacques vivían en Los Yoses y asistían al Liceo de Costa Rica? Traté de llamar a Marcos, pero estaba detenido.

El periódico había creado un escándalo tal que se hablaba de redes de narcotraficantes y de abusadores de menores. En mi caso, la máxima ironía: se me acusaba de dar marihuana a jóvenes vírgenes. Mis padres se escandalizaron pero sabían que no podía ser cierto: mi abuela vivía con nosotros y solo durmiéndola con éter hubiéramos podido, sin que se diera cuenta, hacer orgías.

El caso llegó al Consejo de Profesores para estudiar los castigos. Después de todo, habíamos arruinado la reputación del Liceo. En las tensas discusiones con la Administración, llegamos a una interpretación de los hechos: Marcos invitó a las dos muchachas a ir a mi casa porque Los Yoses era más chic que Guadalupe. Les inventó lo de la marihuana para tentarlas y ellas lo reportaron a su directora.  La mujer llamó a la policía y ésta considerando la posibilidad de un escándalo por involucrar a judíos, pasó la información a la prensa. La policía y los periodistas se pusieron de acuerdo con las muchachas para que aceptaran la invitación y encontrarnos en flagrante. Marcos, al llegar al Parque Morazán, trató de llamarme pero yo no estaba. Les dijo –entonces- que fueran a su casa y se estropeaba así la posibilidad de caer en Los Yoses. La policía optó, entonces, por atraparlos ahí mismo. Si no hubiera sido así, ¿por qué no esperaron llegar a mi casa? Según me dijeron los profesores, Marcos juró que la marihuana que le encontraron, la puso la policía.

Marcos nunca me defendió ni me atacó. Sin embargo, de haberme llamado y dicho que venía a visitarme (sin decirme sus propósitos), le hubiera abierto como siempre la puerta y con ello, terminado tan embarrado como él. Nunca más lo vería porque lo expulsaron del colegio y de la secundaria. En mi caso, los profesores creyeron en mí y me absolvieron de toda culpa. Sin embargo, no pude usar la verdad para liberarme: decir que era homosexual era peor que ser drogadicto. El acoso de la prensa me despertó acerca del supuesto fin del antisemitismo ya que no haber tenido ese apellido, La Prensa Libre no se hubiera interesado en mí.

Capítulo 23

 

Llegó, finalmente, el día de graduación. Quise ocultar que había sacado el primer promedio de quinto año y también del bachillerato. Había tratado en los últimos meses de lucir pobre y también estúpido. Pero era costumbre distinguir al mejor estudiante en la noche de graduación y la Administración insistió. Mis compañeros se sorprendieron que su líder, con tan poco tiempo para estudiar, hubiera sacado diez corrido. Necesitaba buenas notas porque había aplicado a más de diez universidades americanas. Las escogí, no porque tuviera ningún conocimiento de ellas, sino porque los nombres me parecieron llamativos y mágicos: Universidad de Tulane, Universidad de Maryland, Universidad de Carolina del Norte, Universidad de Texas, Universidad de Carolina del Sur, Universidad de Luisiana, Universidad de Florida.

Me encantaba oler los sobres con un aroma de Norteamérica y leer las amigables cartas que empezaban con el “Dear Jacques” y con el mensaje de que esperaban verme pronto. De las diez a las que apliqué, nueve me aceptaron y ahora tenía que decidirme por una. Tomé la decisión de esperar. Tenía que aprender el inglés para pasar el examen del TOEFL y decidí matricularme en el programa de español para estudiantes extranjeros de la Universidad de Luisiana en Baton Rouge. El lugar me parecía el más exótico de todos ya que quedaba a dos horas de Nueva Orleáns y tenía fama de ser un pueblo (aunque era la capital del Estado) con un campus hermoso.

Electra, que no estaba nada convencida de que era buena idea que partiera, me exigió que buscara el Sur porque era “más libre de drogas” y “más seguro que el Norte”. La fama de que los estudiantes norteamericanos estaban consumiendo marihuana y que practicaban una sexualidad más abierta, había llegado al trópico. No objeté porque tuve dudas, a última hora, de la conveniencia de partir.  Mi hermana, que tanto insistió en que me fuera, nunca me dijo para qué y esto me confundía más. Electra, que en algunos momentos aceptaba la sugerencia de su hija, tampoco habló claro. Los objetivos de mi viaje eran confusos: sabíamos que sería lo mejor que me largara, pero no decíamos las razones.

Electra me acompañó, junto con Gilbert y su madre, doña Amalia, que iban a la misma universidad.  La mujer era más atrevida que nosotros y alquiló un carro en Nueva Orleáns para hacer el viaje a Baton Rouge. Miramos los grandes campos verdes que unen las dos ciudades y las suntuosas casas de fincas de algodón, de tabaco y de ganado. El campus era uno de los mejores. Tenía grandes jardines y estructuras de ladrillo rojo, típico de las universidades americanas. El centro estudiantil, recién construido, era una estructura moderna de grandes ventanales; el estudiantado era de quince mil almas.

Después de registrarme y pagar la matrícula, las dos mujeres partieron. ¡Horror de los horrores! Ahora, me tocaba quedarme solo y sin hablar casi nada de inglés en un lugar a miles de kilómetros de mi patria. Tengo aún grabado el miedo con que entré en el estadio de fútbol y me dirigí a los dormitorios. Subí al segundo piso, memorizando mi frase de entrada: “Hello, my name is Jacques Schirano and I am from Costa Rica”.

Entré y miré dos sureños en la habitación.  Uno de ellos me dio una ojeada como si hubiera llegado un mono de la selva amazónica. Mike era el típico gordo, blanco, rubio, gringo de malas pulgas, ni chistó, ni hizo el intento de darme la mano. El otro, Jacques, un descendiente de los franceses de Luisiana, conocidos como cajun, era todo lo contrario: James Dean o un Troy Donahue contemporáneo, el joven perfecto. Este me sonrió y me dio la bienvenida. Las dos caras de la vida norteamericana.

Para los compañeros de cuarto, era un muchacho latino: un integrante de la banda de los Sharks de la película West Side Story. El gordo Mike me veía como amenaza ya que era de clase media baja y vivir con latinos, era una humillación. Jacques, el muchacho de facciones de Hollywood, era otra cosa. Descendía de franco hablantes y había experimentado, probablemente, el rechazo de los sajones.

Para socializar me busqué a dos compañeros centroamericanos que vivían en mi dormitorio, uno hondureño y el otro salvadoreño. Carlos, el catracho, era un sagaz observador de la cultura norteamericana y me dio las primeras reglas del juego: los latinos no podían coquetear con mujeres blancas, no debían asistir a los bailes estudiantiles, jamás debían poner un pie en las fraternidades, mucho menos ir a bares o discotecas sureñas. En el comedor estudiantil, debíamos –como los negros pero no con ellos- tomar mesas aparte.

Horacio, el salvadoreño, me explicó la manera en que nos veían: los hispanos éramos ingenuos, impredecibles, bebedores e irresponsables, católicos y adeptos a seguir figuras autoritarias, nada analíticos y la mar de vulgares. Como subdesarrollados, éramos sucios y mal educados y por eso no nos querían en los dormitorios blancos. Si nos habían dejado entrar, era porque el Gobierno Federal prohibía la segregación.

Las enseñanzas continuaron. Los norteamericanos –según Carlos- estaban obsesionados con la limpieza “¡Jamás, me dijo, jamás se te olvide ponerte desodorante!”. “Cuando te bañes, muestra que usas jabón y además, un buen champú. No te vistas tallado y mucho menos con colores fuertes como el rojo o el amarillo. Solo los maricones visten así”- agregó.

No debíamos, agregó Horacio, hablar fuerte y hacer gesticulaciones. “Solo los negros hacen eso”- dijo con desprecio. Y no debía mirar a los ojos a ningún blanco. “Detestan que piropees a las mujeres o siquiera las mires más de la cuenta”. En términos de conversación, lo más apropiado era hablar del tiempo. “No toques a la gente, ni te rías demasiado fuerte, o te les acerques menos de medio metro”- intercedió Carlos con el metro para que aprendiera la distancia exacta.

“Con respecto a la comida, no abras la boca, no comas demasiado, no eructes, escupas y ¡horror de los horrores!, liberes gases”- concluyó Horacio. “La comida sureña es pesada, usan mucho aceite y productos derivados del maíz como el grits en el desayuno (que se convertiría en mi primera adicción), por lo que debes tener cuidado”-finalizó mi guía.  Para un muchacho que había aprendido a mostrarme lo más latino posible, la nueva situación no podía ser más irónica.

Lo que me golpeó fue los excusados: no tenían puertas. Lo hacían para evitar el contacto sexual entre hombres ya que hubo varios escándalos de estudiantes encontrados con las manos en la masa. Sin embargo, nadie chistó cuando quitaron las puertas porque la cultura sureña era tan homofóbica como la latina. No me quejé de las duchas públicas porque me permitía observar de gratis.

Había números impresionantes de hombres rubios de ojos azules y atractivos. Lo primero que me llamó la atención fue que usaban el pelo corto, vestían con chamarras y camisas de colores pasteles, más conservadores que los jóvenes de San José. Las mujeres llevaban faldas y blusas también de suaves tonalidades. La bandera confederada ondeaba por todos lados y la música en los salones estudiantiles era de rock suave, como el gran hit Bridge Over Troubled Waters.

Una noche hicimos lo que no debíamos. Mis dos compinches centroamericanos nos fuimos a un bar de la zona. Entramos en un lugar en que se tocaba música country, repleto de lo que se conoce allá como rednecks. El bar estaba hasta el copetillo y no habíamos siquiera ordenado una cerveza cuando majé, por accidente, a un marine. Mi inglés había mejorado lo suficiente para pedir perdón pero de un momento a otro, el hombre se me abalanzó y me empezó a golpear. Mis dos amigos se quedaron inmovilizados porque sintieron el oprobio general: el problema no era haber tropezado sino estar ahí. Los otros marineros alentaban para que me dieran una lección y no volviera a poner un pie en un bar blanco.

Después de varios golpes, corrí hacia afuera. El marinero se me puso al corte y como no podía decir nada, ni suplicarle que parara, creía que no me había dado suficiente. Sacó un puñal de su bolsa y me acorraló en el parqueo. No tenía ya dónde ir. En el momento en que me lo iba a clavar, como en una película del Oeste, salió su compañero y lo detuvo. “No vale la pena ir a la cárcel por un spik”, le dijo (según me lo contó Horacio) y se fueron. Este susto me llevó a la conclusión de que no había dejado Costa Rica para quedarme en una zona así de salvaje. No importa lo que dijera Electra, la que ahora estaba a dos mil kilómetros de distancia, mi objetivo sería buscar el Norte, lo más cerca posible de Nueva York.

Capítulo 24

 

Mi inglés mejoró en Luisiana. No tanto por el curso ni por el contacto con los americanos, con los que no socialicé, sino por la práctica con los estudiantes extranjeros, en primer lugar, y luego, con mi propia fórmula mágica: leer y ver televisión. Me estudié el famoso libro The Animal Farm de George Orwell, que tuve, con diccionario en mano, que traducir palabra por palabra. De esto obtuve más de los quinientos puntos necesarios en el TOEFL, último requisito para ingresar en la universidad.

Tomé la decisión de que como el curso empezaba en setiembre, me iría a estudiar inglés a otra de las universidades. Esta vez opté por Southern Illinois University, situada cerca de Chicago. Era la misma universidad en que mi hermana estudiaba su doctorado. En mayo de 1970, tomé el bus para el Norte. El viaje en Greyhound duraba más de quince horas y se cruzaba una gran parte del Sur y del Centro de esta gran nación; el paisaje empezó a cambiar lentamente: más ciudades grandes y más fincas de trigo y de ganado.

Carbondale era un pueblo más pequeño que Baton Rouge que solo contaba con una gran universidad. El resto era un downtown pequeño que servía a una población mayoritariamente campesina; las casas, igual que en el Sur, estaban llenas de banderas, pero estas de la Unión. Derek vivía en un trailer cerca del campus. Ahí me quedé la primera noche para irme, al otro día, a uno de los dormitorios. Para la cena, la mujer invitó a sus compañeros de la carrera. La Universidad tenía fama de tener una buena escuela conductista y mi hermana trabajaba de asistente de uno de los principales investigadores. Su labor era observar ratas y analizar sus reacciones a los colores.

Los estudiantes de psicología eran la mayoría de Chicago. Para mi sorpresa, su apariencia no tenía nada que ver con la de los de Baton Rouge. Usaban los hombres el pelo largo y la barba larga y vestían con pantalones de algodón de colores brillantes. Las mujeres portaban trajes largos de manta de color, collares y aretes de tonos elevados. La mayoría se veía como hippie. Cada uno llevó su botella de vino y un puro de marihuana. La música era de los Beatles, trajeron el disco del Seargent Pepper y se sentaron en el piso. No podía este grupo ser nada más opuesto a los americanos que había conocido en Luisiana. En primer lugar, eran amables y la fiesta era mixta, lo que incluía negros, latinos y sajones. Luego, me convidaron a fumar mota, la que, por el escándalo anterior, pensé dos veces antes de probar. Una vez alzados, se reían y gritaban a todo pulmón: nada que ver con la moderación sureña.

Estaba en otro país y no solo el Norte era diferente sino que los campus universitarios eran hervideros de radicalismo.  La guerra de Viet Nam ardía y así la oposición de los jóvenes. Los estudiantes llevaban insignias de paz y en contra de la representación del aparato militar en la universidad: los centros de reclutamiento del Ejército, los ROTC. Entre trago de vino y jalada de puro, se oía una maldición contra Johnson y su política exterior.

La marihuana no me produjo ningún efecto. ¿Qué tanto cacareo, pensé, con esta hierba? Me consolaron con que el miedo me hacía no sentirla: “No puede ser porque sin haberla fumado en mi país, tuve fama de marihuano”- les respondí. Al otro día, me pasé a los dormitorios; esta vez eran más cómodos y bonitos.

El pueblo me gustó. Existía una gran tensión entre los lugareños y los estudiantes: los primeros eran conservadores y apoyaban la guerra; los segundos, revolucionarios y dispuestos a hacer lo que fuera por pararla: había llegado a uno de los campus más revolucionarios de los Estados Unidos. Al tercer día, se dio una manifestación en contra de Viet Nam. Pronto el ROTC estaba en llamas y los estudiantes bloquearon las calles y los edificios de la Administración. La policía estatal hizo su entrada y las cosas se fueron poniendo más difíciles. Al siguiente día, hubo otra demostración estudiantil en el centro del pueblo; de pronto, la policía lanza gas lacrimógeno y reina el pandemónium. Los estudiantes corren hacia el campus y más edificios arden; los guardianes del orden echan más gas. “Tírense en la piscina, metan la cabeza en el agua”- alguien grita mientras la nube envuelve mi habitación.

Estaba absolutamente maravillado. No había visto jamás algo así: una muchedumbre enfrentando a la policía. Un cuestionamiento del poder, de los padres, de los sectores conservadores, de las iglesias y de los medios de comunicación. ¡Y todo a tres días de mi llegada! Me zambullí en el agua porque estaba llorando, aunque no sé si era por el gas.

Después de un toque de queda, que nos encerró en el dormitorio por dos días, se anunció lo impensable: el campus de Carbondale, por el resto del año, se clausuraba. Los estudiantes deberían regresar a sus ciudades de origen. En mi caso, no podía quedarme y tampoco esperar. Debía irme pero no a los lugares conservadores que estaban en mi lista y ahora, sabía la diferencia entre las Universidades del Sur y las del Norte. Mi mejor opción era la Universidad de Maryland, en College Park ya que el campus estaba a solo cuatro horas en tren de Nueva York.

Le comuniqué a mis padres que –en vista de las lamentables circunstancias- tenía que optar por otra universidad y que había elegido Maryland. “No te preocupes, Electra, le dije, es todavía una universidad en el Sur”. Mi madre no estaba convencida porque “habían sures y tzures”, según ella. Otras quince horas después, ingresaba en la ciudad de Washington D.C. y de ahí tomé un bus para College Park. El campus era enorme, la universidad tenía unos treinta mil estudiantes y el pueblo era otro Carbondale, pero a quince minutos de la ciudad capital.

No había terminado de instalarme en mi dormitorio, cuando me entero de que se ha programado otra manifestación estudiantil. La convocatoria era para tomar la Ruta 1, la arteria que unía a Maryland con la ciudad capital: había arribado a la segunda universidad más radical del Este norteamericano. Al día siguiente, fui a la manifestación en la que miles de estudiantes se sentaban en medio de la gran avenida y cualquiera podía anticipar problemas. Noté cómo la vestimenta, el pelo, las consignas, los afiches y los gritos eran aún más radicales de los que presencié en Illinois. La mitad de la manifestación vestía como hippie y lo demás, me era conocido: la policía estatal estaba lista para enfrentarse con los estudiantes. Traían gas lacrimógeno, bastones, mangueras de agua y todo tipo de armas.

Nuevamente, se dio el proceso: unos estudiantes fueron al ROTC y le tiraron piedras, aunque no lo incendiaron.  Los demás no se inmutaron cuando la policía les dio la orden de despejar la carretera. De un momento a otro, hubo gases lacrimógenos, enfrentamientos, estudiantes golpeados y arrastrados hacia las perreras y finalmente, toque de queda; esta vez, yo estaba tirando piedras. Sin pensar las consecuencias de que esta acción podría ganarme la cárcel y la deportación, me había integrado a la muchedumbre. No era mi país, mi guerra, mi problema, pero por otro lado, era todo eso.

No fui el único costarricense en asistir a Maryland. Como la Universidad tiene una prestigiosa escuela de agronomía, era popular entre los ticos. Pero mi identificación inmediata con los problemas norteamericanos fue quizás única. La Guerra de Viet Nam propició un despertar de la conciencia de los que estábamos oprimidos; la conexión era evidente hasta para personas que como yo, no la quería ver. Si uno era considerado un traidor a la patria por no apoyar una guerra injusta, lo mismo podría pasar con los negros, las mujeres y los homosexuales.

Capítulo 25

 

Mis primeros meses en Maryland fueron difíciles. No dominaba el inglés y estudiar cuando no se entiende, es un gran desafío. Leía, eso sí, lo que se me asignaba y estudié arduamente porque no quería fracasar. En cuestiones sexuales, seguía en lo mismo. Stonewall no tuvo repercusión inmediata en nuestra universidad o en la ciudad de Washington. La noticia ocupó un pequeño espacio en algún periódico que pocos leyeron. En cuanto a mi persona, traté de adaptarme a la vida heterosexual y es más, fui a fiestas de algunas fraternidades que terminaban en orgías o en levantes fáciles. 

Después del período de adaptación, empecé a deprimirme. Había abandonado mi país y mi casa, ingresado en una institución extranjera y aún no tenía la menor idea de cuál era mi razón de estar ahí. Contaba con apenas diecisiete años, y era prácticamente casto en una sociedad en que las prácticas sexuales se iniciaban en el colegio. En vista de que mi desánimo aumentaba, observé que en la Clínica ofrecían grupos de terapia gratuitos y después de mucho pensarlo, me apunté en uno.

Entré en una sala pequeña con solo sillas, dos para los conductores, un psicólogo y una psicóloga y diez para los participantes. Se nos dieron las reglas del juego: las sesiones serían grabadas, debíamos solicitar la palabra y exponer nuestros problemas; nadie nos forzaría a hablar. Después, un silencio inundó la habitación. La mayoría de los participantes era mayor que yo; uno que otro estaba casado. Los conductores, una pareja de unos cuarenta años de edad: él, típico psiquiatra, con barba y pipa; ella con pelo gris y anteojos, con una dulce sonrisa. Nadie chistó por varios minutos y los participantes nos sentíamos incómodos, no sabíamos dónde poner la mirada.

No aguanté más y tomé la palabra. Hablé de mi experiencia con mis compañeros, la persecución, las burlas, las hormonas, la prostituta, el exilio. No lloré pero cada palabra salía bañada de sudor y de sangre. Los participantes sintieron un alivio, primero, porque alguien rompía el hielo pero luego, les miré expresiones que iban desde el horror, la simpatía, hasta las lágrimas.

Los compañeros reaccionaron. Indicaron que cuando decidieron enrolarse en terapia, no imaginaron la gravedad de los abusos. Creían que lo que pasé en Costa Rica fue un acto salvaje; no dejaron de cuestionar el papel pasivo de mis padres, ni la capacidad profesional de los que me atendieron. Sentí que mis compañeros estaban dispuestos a fusilarlos:

-          ¿Dónde estaba tu madre cuando te pegaban en el Ken?- increpó una paisana de Nueva York.

-          ¿Cómo es que nadie consultó sobre las hormonas? -agregó una violinista.

Estaba tan ansioso que apenas los oía. Lo que capté era suficiente como para provocar un torbellino: abuso no era solo volar patadas; era invasión de privacidad, tormentos mentales, tratamientos experimentales, indiferencia al dolor, la no aceptación, hablar con niños de cosas de adultos, usarlos para atacar a la pareja, forzarlos a situaciones degradantes y la lista seguía. La doctora me dijo, además, que la orientación sexual no era problema de mis padres.

-Es que si me hago gay nadie va a gustar de mí- fue lo único que me atreví a replicar.

-I like you Jacques- respondió la terapeuta.

Palabras nuevas para mis oídos. Me quedo en silencio. “¿Que la conductora ha dicho que gusta de mí?”- me pregunté. No había oído algo semejante. Tal vez me lo habían demostrado pero no con palabras, no directamente. La sesión se acabó y al salir, guardé el comentario, como cuando uno se lleva bajo el brazo un bollo de pan.

Siguieron otras reuniones con temas tan dolorosos como los míos: la vida está repleta de injusticias y de buenas intenciones que terminan en absolutos desastres. Aunque tenía tan corta edad y tan mal inglés, pude dar apoyo a muchos de ellos. Admiré esta sociedad norteamericana que sacaba sus monstruos a la luz pública y que tenía fe ciega en la comunicación. Después de varias semanas, se me recomendó que buscara terapia particular y me refirieron a Richard Diz, un psiquiatra.

“Debes decidir qué vas a hacer Jacques, argumentó la terapeuta y una vez por semana con otras diez personas, no es suficiente tiempo para que lo logres”. Buen razonamiento motivado por amor que no rechazaría.

En el edificio de la nueva escuela de Psicología leí, antes de ingresar en la oficina de mi nuevo terapeuta, un afiche que anunciaba algo insólito: “Baile Gay en el salón de fiestas del dormitorio Washington”.

El nuevo especialista era de lo más hermoso: rubio, atlético, ojos azules y de unos veinticinco años. Le gustaba jugar tenis y hacía su especialidad en sexualidad. Hizo de mis sesiones lo más cercano a tener un padre. En ese momento había encontrado una nueva Jenny en Washington, una compañera uruguaya de nombre Carmen. Aunque salíamos los fines de semana y la pasábamos felices, no había tratado siquiera de besarla.

-¿Qué le parece Jacques si trata con un hombre?- me preguntó Richard.

Esto era revolucionario. ¿Un terapeuta promoviendo la homosexualidad? ¡Mi mamá caería de espaldas!  Le dije que había visto el afiche que decía que la Gay Student Alliance  había sido establecida en Maryland. “Sé que el sábado tienen una actividad social, me dijo, ¿vas a ir?”.

Lo pensé una y otra vez. Ese sábado a las siete de la noche me dirigí al salón; me fijé por todos lados para no ser visto por ningún compañero, mucho menos los latinoamericanos. Desde lejos di una ojeada por la ventana y apenas pude observar siluetas. Intenté ingresar pero no pude; pasaron uno, diez, quince minutos y estaba ahí, frente a la puerta, petrificado. Me llenaba una vergüenza que no me dejaba caminar.

“¿Fuiste?”- fue la pregunta de Diz la próxima semana. Le conté que no había podido. “Pues si no vas el otro sábado solo, el próximo te acompaño”- sería su advertencia.

Me imaginé el bochorno que sería entrar de la mano del terapeuta y decidí que mejor lo hacía sin él. La semana siguiente tuve ansiedad; pero decidí dar el paso. Esta vez respiré profundo y pasé el umbral de la puerta como lo hace un sentenciado a muerte. Miré alrededor, buscando monstruos y criminales, seres con tres ojos y cachos y solo percibí gente corriente. Había unas treinta personas, aparentemente normales. Decidí sentarme en un largo sillón cerca de la sala de baile y volver a respirar; no tenía ni quince minutos de haber llegado, cuando se me acercó un hippie de pelo rubio, anteojos, blanco como una papa. Me dijo que se llamaba Larry Lawton y era el presidente de la nueva organización.

Hablamos dos horas y me explicó que había fundado el grupo inspirado por Stonewall, la insurrección gay.  El complejo industrial y militar de Estados Unidos, según él, manejaba el mundo y promovía la homofobia y los homosexuales éramos perseguidos porque representábamos las contradicciones del sistema patriarcal. Nos odiaban por política, no por la práctica sexual y nuestra alianza natural era con las mujeres, los negros, los latinos y el Tercer Mundo. Con la victoria de la izquierda, lograríamos la ansiada libertad.

Me quedé -otra vez- con la boca abierta. “¿Qué demonios era este discurso? ¿Cómo es que no había hecho estas clarísimas conexiones?” Me percibí -por vez primera- como un político, igual que el Ché Guevara, que Martín Luther King, que los guerrilleros en los países bolivarianos.  Larry me recomendó leer a un autor francés que había escrito sobre la locura. El hombre era nada menos que Michel Foucault, uno de los padres intelectuales de la nueva izquierda y también me sugirió los libros de Thomas Sasz y de Evelyn Hooker, que cuestionaban la idea de que la homosexualidad era una enfermedad.

Al aterrizar de nuevo en la fiesta, noté que me miraban. Era un muchacho virgen, lo que se consideraba un bocado exquisito. Observé de reojo a los asistentes y desafortunadamente, ninguno me gustó. El mismo Larry era poco atractivo y torpe, una gran lástima. Podía haber cumplido el cometido de mi psiquiatra e iniciado mi vida sexual, pero decidí irme para mi dormitorio con todas las ideas revolucionarias en mi cabeza: “¿Un guerrillero? ¿Un luchador anticapitalista como Fidel Castro?”

Capítulo 26

 

Tres semanas después del ingreso en la fiesta, era miembro de la junta directiva de la Gay Student Alliance. Aún ahora me parece una osadía; algo similar a lanzar piedras, apenas recién llegado. Sin embargo, tengo explicaciones. Los miembros activos de la organización no eran más de siete u ocho. A las fiestas, venían treinta o cuarenta individuos pero a las reuniones, no más de una docena. No había un gran número de voluntarios y para ese año, en todos los Estados Unidos, los miembros de los grupos no superaban los cinco mil.

Por otro lado, cuando politicé mi vida sexual, todo parecía encajar con el encuadre de otras luchas como las de la liberación femenina, la judía, la negra y la del Tercer Mundo. La homosexualidad era una más de las mentalidades oprimidas. Las recetas estaban prescritas.

Esto no sería así de fácil. Las otras minorías, como la judía, tenían padres que los apoyaron, personas de respeto a las que podían emular y que les demostraban que, contrario a las opiniones, tenían el mismo valor. Cuando experimenté el antisemitismo siempre pude recurrir a mi familia y a mis amigos paisanos. Pero con la homosexualidad, ¿qué apoyo teníamos en nuestras casas?

Cuando me propusieron trabajar en el movimiento, sentí un gran honor. Me unía a algo que me afectaba más que otra cosa y pensé que con las primeras charlas teóricas, estaba listo para el reto. No era más judío, ni latino, sino un activista gay.  

La lucha política no sería pan comido. La homofobia era tan intensa que el Gobierno Estudiantil rehusó darnos oficina. Por años, se opuso a que obtuviéramos parte de los fondos comunes de los estudiantes. Pertenecer a la organización nos exponía a amenazas y a acosos: cada vez que se organizaba una fiesta, topábamos con pintas de odio y lluvias de latas de cerveza.

 

La asociación, por su parte, imbuida en la lucha “principal” contra la guerra de Viet Nam, puso toda su energía en la política nacional. En lugar de dedicarnos a mirar cómo superar miles de años de opresión histórica, nos enfrascamos en participar en cada una de las grandes cruzadas contra el gobierno. Obviamente, existía la necesidad de parar la inútil pérdida de vidas en esa impopular gesta militar.

Peleamos también en contra de los terapeutas. Al encontrarnos cerca de Washington en donde vivía el líder de la Mattachine Society, Frank Kameny, Larry quiso que participáramos en la cruzada de este hombre por sacar la homosexualidad del Manual de Diagnóstico de Enfermedades Mentales (DSM 3). Para ello, saboteamos las reuniones de los psiquiatras en la Universidad de Maryland con pancartas que los equiparaba con los nazis. De la misma manera que Hitler los utilizó para implantar políticas de “eutanasia” con los enfermos mentales, así servían estos –con sus tesis de patología- para racionalizar la opresión de los homosexuales.

La primera víctima de mi radicalismo fue mi terapeuta. Después de mi liberación, el hombre quería que tratara la heterosexualidad, lo que significaba que me acostara con mi amiga Carmen. Richard reconoció que él había tenido relaciones homosexuales, pero que como quería una familia y no vivir en la clandestinidad, había buscado casarse. Me quedé, obviamente, boquiabierto. El galán, con el que hubiera querido iniciarme y que había visto como fruto prohibido, resultaba ser bisexual. El hecho de que mi idealizado consejero me ocultara por meses su homosexualidad, me recordó la traición de mi hermana. Ahí estaba yo abriendo mis heridas y compartiendo el sentimiento de ser el único en el mundo y las dos personas que decían estimarme se quedaban calladas.

Con la influencia de Larry y mi interés en Foucault, mi percepción de la orientación sexual no era la de un simple shopping en el Mall. Para mí, el asunto era ahora política internacional. La homosexualidad se convertía en algo que se comparaba con los pagos justos por los granos del café o con los sobreprecios que por los artículos manufacturados se le imponían al Tercer Mundo. “Usted no ensayó ni comparó nada –le dije de mala manera- lo que hizo fue venderse”. Terminé así con mi tratamiento.

Richard quiso que eligiera pero, ¿cómo iba a hacerlo si no había probado? Era parte de una organización de liberación sexual pero no había tenido una relación. Era como si la Madre Teresa fuera presidenta de un club de prostitutas. Un problema era que mi atracción sexual estaba basada en consideraciones de género: me gustaban hombres viriles. Además, tenía un fuerte componente geográfico: quería a personas del lugar, con los pies sobre la tierra. Esto significaba que en Estados Unidos, me atraían los norteamericanos típicos. Nuestra organización recibía, por el contrario, la gente más femenina y fea del mundo. Posiblemente porque no eran apetecidos en los bares, en donde reinaba la ley de la selva, estos pescaban en terrenos menos competitivos. 

No era reprimido pero como niño abusado, ejercí la moderación. Lo miré como un ejercicio de temple, una especie de yoga erótico. Mientras Cenicienta no hallara el zapato que le calzara, pensé, mantendría el interés en el reino de los cachondos.

Larry, que no tenía ni un pelo de tonto, me dio el puesto de ombudsman, que era una especie de hostess en las fiestas. En tierra en que los adolescentes eran reyes y más si eran bonitos, mi gestión era atraer hombres a los bailes: me paraba en la puerta y les daba la bienvenida. La tarea era respetada porque atraía a mucha gente y nosotros vivíamos, como cualquier prostíbulo, de los ingresos de licor. Así que fui conociendo más y más gente y tenía más invitaciones a la cama que declinar.

Un problema era que no tenía auto. Esto me obligaba a quedarme en el pueblo de College Park que era tan excitante como la ciudad de Cartago en Semana Santa. En aquellas fechas, había pocos buses que iban desde Maryland a Washington y el último salía a las seis de la tarde. No existía forma de regresar en la noche por lo que no conocía los bares gays. Me empezaron a decir que mi castidad era una enfermedad, algo tan poco americano como la pobreza y la humildad.

-Jacques, si sigues así, nunca vas a tener sexo. Vas a morir como Gandhi, sin un polvo en tu vida- me aconsejaba un miembro de la Asociación.

Decidí, entonces, acostarme. ¿Pero con quién? No me gustaba ninguno de los compañeros de la Asociación. La manera en que lo planeé fue como Electra con su boda. Ella sabía que era una farsa y que no estaba enamorada por lo que decidió mostrarlo con el vestido: no quiso nada especial, ni encajes o velos, para que el consorcio no pareciera real. En mi caso, el traje sería el novio: escogí el menos feo, la loca con la cartera más pequeña (porque usaba una pequeña de tirantes en donde llevaba sus cigarrillos y tarjetas).

Mi lazarillo sexual era colombiano, delgado, pelo largo, blanco y el tipo de hombre que uno se imagina en el teatro, en el ballet o en una peluquería.

Odié esa relación. No hicimos nada más que regarnos uno encima del otro. Pero esto no era lo que tanto había esperado; el polvo no valía la pena. Nuevamente, había tenido relaciones que no quería. Me dio asco el olor de Chanel Número 5 del colombiano y cuando llegué a mi departamento, me bañé una hora, como cualquier víctima de violación. Sentía en la cara la marca de la homosexualidad y me fijé si los compañeros de piso me miraban distinto. Una vez perfumado (con Aramis de hombre) y repuesto, me hice un juramento: sin estar seguro, nunca volvería a la cama.

Capítulo 27

 

Llamé a Derek para revelarle mi orientación sexual ya que me sentía confundido y los pensamientos de suicidio, nuevamente afloraron en mi cabeza.  En la ciudad capital era común que los agentes de la ley –de manera encubierta- acosaran a los homosexuales: entraban en los servicios, se ponían a orinar y esperaban que un hombre les hiciera una propuesta. Tan pronto como alguno cayera (y los que participaban en esta noble misión eran los más atractivos), lo esposaban y se lo llevaban detenido. 

Mi tabla de salvación serían los estudios y la organización gay; le di prioridad a la carrera en la universidad. Era la razón para estar en Estados Unidos y mi carta para quedarme. Además, había empezado a dominar el inglés y lo académico llegó a entusiasmarme; ingresé en la Escuela de Estudios Latinoamericanos y en la de Ciencias Políticas. La primera me gustaba porque mantenía contacto con la cultura latina y la segunda, me parecía más una carrera de verdad.

Mi verdadera pasión y lo que me motivaba a comprar libros era la psicología. Me leí a Freud, a sus discípulos, las escuelas opuestas al psicoanálisis, Jung, Winnicot, Melanie Klein, Thomas Sasz, Eric Fromm, Otto Rank y muchos más. Sin embargo, era la carrera de mi hermana. En Ciencias Políticas, me reía de los profesores y de los estudiantes. No podía entender qué podrían contribuir al mundo estos expertos de clase media que se decían amigos de los países pobres mientras discutían sobre sus viajes a París o a Cancún.

Mi papel de ombudsman era un antifaz más porque no era la persona dulce e ingenua que aparentaba. Los americanos reaccionaban conmigo desde su percepción estereotipada de lo latino. No se sentían del todo cómodos con acentos y extranjerías y me trataban con demasiada condescendencia. “¿En Costa Rica tienen teléfono?”- me decía uno para hacer la conversación. “¿Qué comen por allá, en Puerto Rico?”- indagaba otro. “¿Conocen la televisión?”- preguntaban. Estaba acostumbrado a que la gente no me descifrara. Es más, me gustaba. Tenía la ventaja de estar detrás de un espejo de los que se usan en las salas de interrogatorios. No obstante, un evento cambiaría mi vida: me invitaron a uno de los bares gays del centro de Washington.

Era uno de esos lugares pequeños, oscuros y clandestinos que manejaba la mafia. El bar, el Eagle´s Nest, estaba cerca del FBI, lo que insinuaba que tenía protección. Cuando ingresé y perdí el miedo inicial, observé que la clientela era completamente distinta: hombres viriles y atractivos. Por vez primera, me enteré de que los gays no tenían que ser afeminados, histriónicos, peluqueros, maquilladores o travestidos, en otras palabras, la fauna que llegaba a nuestra asociación.

Me serví un trago y me senté a mirar. Había muchos tipos de hombres atractivos: blancos, negros, morenos; sajones, latinos y europeos. Conocí desde policías, bomberos, abogados, médicos hasta futbolistas, nadadores, finqueros y trabajadores de la construcción.

A quince minutos de haber llegado, observo a un tipo que me recuerda a mi antiguo amigo Daniel: blanco sajón de nariz larga, boca carnosa, cuerpo atlético, pelo negro, dientes grandes y unos ojos llamativos. La atracción fue inmediata. Vino hacía mí y sin que pudiera decir que no, me sacó a bailar. “Eres el joven más bonito que ha ingresado hoy aquí”- me dijo. Miré en el espejo y observé que hacíamos una hermosa pareja, pero no pude verme lindo; nunca lo sentí por dentro. Pensaba que el reflejo no decía la verdad: si me viera de cerca y con la luz prendida, encontraría imperfecciones.

Se llamaba Mark y vivía en una finca en las zonas rurales de Maryland. Me confesó que tenía un amante pero que su relación era abierta. Era agrónomo y le gustaba arrear ganado y sembrar. ¡Qué diferencia hace la atracción sexual! Me invitó a su finca y esto significaba que dormiría, por vez primera, fuera del dormitorio y en el pleno campo, rodeado de trigo y de vacas. No dudé ni un segundo. La finca me recordó las de San Carlos en Costa Rica. La casa era de madera rústica y amplia; tenía una chimenea en su habitación, cerca de la cama. Desde un gran granero se oían los mugidos de las vacas y los perros que ladraban constantemente.

El beso aún lo recuerdo. Para entender lo que esto significa uno debe pensar en una espera de diecisiete años. Sus labios grandes, simétricos y calientes hacían que me aferrara a ellos como al último tren hacia una Puntarenas imaginaria. Sus manos eran grandes, llenas de callos. La relación con Mark duró algunas semanas, sin embargo, había experimentado hacer el amor con alguien que me atraía.

Más relaciones de este tipo conocería al abrir, unas semanas después, la mejor discoteca gay de la Costa Este: el Pier Nine. Situado en los guetos negros, cerca del muelle, este lujoso club representó, en la ciudad capital, el cambio de la cultura del escondite a la apertura. El lugar tenía dos pisos y una amplia pista de baile con la mejor música en el país. Cada mesita contaba con un teléfono para recibir llamadas. Para mí, este bar se convirtió en mi segunda casa. Llegaban los hombres más atractivos y poderosos de la ciudad de Washington y la gente hacía cola para entrar y pronto, se me hizo adicción: si no conseguía un ride, sufría como cualquier alcohólico sin su trago.

Lo primero que el Pier Nine saboteó fue el activismo. A diferencia de los otros miembros de nuestra Asociación, fui aceptado inmediatamente por la elite de Washington y me llovían las invitaciones a fiestas, a cruceros y a viajes. Podía darme el lujo de escoger y seleccionaba lo mejor; coleccioné amantes como ropa en el armario.

Para mantener esta atención, ingresé en el gimnasio y desarrollé un cuerpo atlético: nadaba, hacía pesas y corría dos horas diarias. La ropa la usaba ajustada y las camisas de seda, abiertas. Mostraba buen pecho y músculos y mis piernas y mi trasero estaban mejor que nunca, lo mismo mi cintura. El grupo de la Universidad, compuesto por hippies poco atractivos, no aceptó bien mi fama. “Has cambiado para lo peor –me dijo Larry- y te has hecho plástico, interesado nada más en llamar la atención”.

No lo pude refutar y no volví nunca más. Después de años de ser el centro de atracción para las burlas, ¿quién podría culparme por gozar mis quince minutos de fama?

Capítulo 28

 

Mi observación de la vida gay norteamericana se basaría en mis ligues: hombres viriles y atractivos. Si hubiera salido más con muchachos amanerados, otra historia sería. El grupo tenía sus características especiales. Contrario a mi historia, la mayoría de mis conquistas, en su niñez, no fue identificada como gay y no hubo feminidad que hiciera a nadie sospechar; sus relaciones con sus padres fueron más normales. Por otro lado, eran niños hermosos y esto los llevó a experimentar con ambos géneros. La primera de sus reglas era no expresar más cariño de lo prudente: esto significaba que el compañero sexual era un amigo de juegos, que aceptaba una caricia en el pelo, una sacudida amorosa o unas cosquillas juguetonas y nada más. Era inapropiado mirar más de la cuenta, dormir en el pecho, y ¡jamás!, decir un te quiero. Muy poca gente bonita estaba dispuesta a comprometerse ya que, como decían, “tantos hombres, tan poco tiempo”.

En cuanto a la intimidad, predominaban la reciprocidad y la simetría, lo que significaba compartir las tareas, inclusive en la cama. El sexo menos complicado era el oral: la penetración estaba imbuida de relaciones de poder heterosexual y se realizaba con menos frecuencia. Después de cada encuentro amoroso, se intercambiaban los teléfonos para, si era posible, no ser marcados; si el tipo lo merecía, se hacía una sola excepción. En el caso de que aceptara volver a salir, bien y si no, también: las personas que insistían eran vistas como las más patéticas del mundo. Era mejor llamar con la excusa de que uno había olvidado un anillo o una tarjeta en su habitación.

Después de unos meses de tan intensas relaciones, estaba en crisis. Era excitante tener tantos amores y tantas buenas experiencias sexuales pero –en el fondo de mi cabeza- estaba una pequeña Electra que quería romance, que añoraba compartir la vida y dejar la soledad; así que dejé de salir con adolescentes y busqué hombres mayores.

No duraría mucho en tener mi primer amante, David Deschaine, un canadiense francés que trabajaba en el bar de Mr Henry´s en Capitol Hill. Este lugar bohemio, especializado en cerveza y en hamburguesas, con música de piano, era el eje social del Congreso de los Estados Unidos. En el día, era predominantemente heterosexual y en la noche, gay; en el área de entretenimiento estaba nada menos que Roberta Flack, que se haría famosa con su canción Killing Me Softly. Nadie lo anticipaba: la mujer tenía que competir con las cervezas, humo de cigarrillos, chillidos y el flirteo de los hombres.

Nos conocimos en un baile al que asistí: pelo lacio castaño, ojos café claro, nariz puntiaguda, boca de líneas rectas y una personalidad cautivante. Me atrajo que fuera mesero y su exposición a la elite política de la capital. Después de todo, quería integrarme en la sociedad norteamericana y el grupo del Congreso estaba en el ojo de la tormenta. David tenía un townhouse en la Calle 4 y G del Capitolio, que compartía con Sandy, un líder del Grupo de Paz Mundial por Medio de la Ley Internacional. A esta casa acudían senadores, empresarios, miembros del Gobierno, del Pentágono, de la FBI o de los círculos diplomáticos.

Las primeras semanas me sentí como en mi propia casa. David era apasionado y cariñoso y también promiscuo y pronto tuvimos las primeras crisis porque él quería continuar su vida como antes y yo me había hartado de tanta relación inconsecuente. En una de las fiestas de Sandy conocí al Senador de Virginia, que llamaremos Ted. El hombre era de clóset y auténticamente bisexual, con dos hijos pequeños y con un futuro prometedor. Esta tórrida relación duraría meses mientras David y yo discutíamos sobre el tipo de arreglo al que podíamos llegar.

El trío me confundía y Ted no podía más que dedicarme unas horas por semana, sin embargo, me llevaba en helicóptero a su finca en Virginia y para mí, un judío de Costa Rica, cuyo padre había viajado en mula a Turrialba, esto era un sueño hecho realidad. Con él conocí el mundo gay de la política norteamericana: mucho más amplio de lo que me podía imaginar y lo que más se me pareció a Costa Rica: escondido y paranoico. Peor era aún la subcultura del Ejército en que si se averiguaba la orientación, implicaba una expulsión deshonrosa. El mismo director de la FBI, Hoover, un homosexual de armario, llevaba listas para delatarlos y por eso las fiestas privadas eran los canales preferidos para socializar. No obstante, la FBI mandaba a sus agentes y un día me encontré con uno y su pequeña cámara y cuando Ted se enteró, llamó directamente a Hoover: “Si vuelves a enviar espías, grandísimo maricón, publicaré las fotos que tengo de ti vestido de mujer”- le gritó y con esto se terminó el asunto.

No estaba enamorado de Ted, quería una relación permanente pero no una del tipo de las que se establecían en San José. Le exigí a David que se decidiera pero antes de hacerlo, solicitó una condición: nuestra relación sería abierta. Le dije que no, que estaba harto de ese arreglo. Me hizo una contrapropuesta: iríamos juntos a los baños. Cuando lo oí, casi le pego. Los baños, esa famosa institución gay, no eran bien vistos en los años setentas. Era una estructura basada en las orgías romanas en que llegaba uno a un club, le daban un paño, caminaba en pasajes de cuartos diminutos con puertas abiertas y si le interesaba uno de sus ocupantes, entraba y tenía relaciones sexuales. En algunos, había piscina y sala de vapor y el eje principal era el cuarto oscuro para las orgías.

Me negué rotundamente. Ninguno de mis amigos iba a estos lugares, que se asociaban con los hombres poco atractivos. “¿Qué de interesante puede haber en pescar hombres con toallitas en lugares desagradables y sucios?”- le dije con furia. David me convenció de que fuéramos a la institución en su mejor forma: los Baños Continentales de Nueva York. Este acababa de abrir sus puertas y era una construcción fabulosa de cientos de cubículos alrededor de una enorme pista de baile, piscina, peluquería, sala de masajes, bar y cafetería, a la que llegaban –como era de esperarse en la Gran Manzana- los hombres más atractivos del mundo. Además, ese fin de semana debutaba una nueva cantante: Bette Midler.

Me convenció porque nunca pude decirle no a Nueva York ya que para los amigos míos de Washington, la urbe era una especie de Meca. Los neoyorquinos tenían a Fire Island y nosotros a la Gran Manzana.  Nos fuimos en tren y el plan era quedarnos los tres días en los baños; una idea descabellada porque este no era un hotel y nadie podía dormir cuando en los cuartos contiguos había dos orgasmos cada media hora.

Cuando entré, el sitio me pareció hermoso. David notó mi nerviosismo y me dijo que no sintiera que tenía que tener sexo y que si no me gustaba, nos iríamos a un hotel. Le dije que se ocupara de lo suyo: me quedaría viendo el show. Para mi sorpresa, antes del evento, ingresaba el público: hombres y mujeres, ancianos y hasta niños se sentaban junto a parejas de hombres en toallas. Mientras los párvulos saboreaban sus chupetas, los gays iban y venían a succionar las suyas. A una loca se le caía la toalla y quedaba en pelotas ante una abuelita. “Disculpe madame, es que estoy moteada”- se disculpaba la Eva involuntaria.

Cuando hizo su debut Bette Midler, no cabía un alma. La estrella sería la segunda, después de Roberta Flack, que –antes de la fama- descubriría. Aunque no era mi cantante preferida, observé que su dominio del público, su voz y su humor histriónico, la llevarían lejos. Los gays la adoraban; habían perdido a Judy Garland recientemente y necesitaban una nueva diva. “¡Hola Locas!”- gritaba la cantante al estilo de mujer fatal y el público se destornillaba de la risa. Si esto mismo lo dijera un redneck en la calle, se armaría un tumulto.

Después del show, me quedé en el bar y pedí una copa de vino. Miré a los neoyorquinos y su forma de ser, mucho más abierta y directa que la de los de Washington. No estaba preparado para la intensidad del acoso ya que a los ojos de los clientes, mi color y mi cuerpo les eran exóticos; aún más que en Washington donde predominaba el gusto por lo pálido. Tuve muchas invitaciones y para mi mayor y completa incredulidad, una de un cantante.

Al principio, no lo identifiqué. Siempre adoré su música pero no lo había visto hablar y al pasar al frente mío, me miró, me evaluó y me pidió que lo acompañara. Le dije que no; después de decenas de invitaciones de tipos más atractivos y masculinos que él, era una pérdida de tiempo y cuando se fue, un puertorriqueño me dijo: “Oye chico, ¿cómo se te ocurre resistir a nuestra madre superiora, la Rafaela, la única?” 

-Pues te digo la verdad que no lo reconocí. Es que se mira muy loca en persona. Es una lástima porque “Yo soy aquél” era mi canción preferida- le respondí.

-Te perdiste que te la cantara en tus oídos, niño tonto- agregó el hombre antes de subir las escaleras en pos del cantante.

-¡Buena suerte con las tortillas!- le grité a la distancia.

Ese día, tuve mejores solicitantes. El pobre David, al contrario, había tenido más rechazos que ofertas y tuvo que terminar en el cuarto de orgías, echando mano a lo que pudiera. No nos quedamos más que un día. Después de guardar decenas de teléfonos que me dieron a mí, partimos de regreso para Washington. Me senté en el tren de Amtrak, cansado pero extasiado del triunfo en la ciudad. Cuando me di cuenta, David me trajo un regalo, que compró en la Estación de Grand Central. Era un anillo de jade con oro. “Te amo, me dijo. No más baños, te lo juro. Quiero que seas mi amante”.

Capítulo 29

 

Mi madre me llamó desde Costa Rica para anunciarme su expedición a Europa. Acompañada de doña Golche y doña Esther y sus maridos, don Ismael y don Tigre,  junto con mi padre, harían el viaje a quién sabe cuántas ciudades. El primer paso era la escala en Miami para volar luego a Londres y esto según ella, le daba una bonita oportunidad de encontrarnos. Decidí hacer el viaje porque quise confrontarla.

Electra se quedaba en un pequeño hotel en Miami Beach, el Sagamore, que para esa fecha, era un lugar de retiro. Cientos de viejecitos judíos deambulaban por los pasillos y la zona era ahora un gran hospital que vivía de los cheques de la Seguridad Social. La compañía no podía ser peor. En primer lugar, venía con don Antonio, quien –desde que salió- tenía miedo de quedarse sin efectivo y su apreciación de la cultura europea prometía ser tan amplia como la de los Hunos. Luego, estaban las dos mujeres. Doña Golche venía con un dolor de cabeza que no se le quitaría en todo el trayecto y la otra, doña Esther, era una mujer primitiva, amargada y conocedora de que su marido don Tigre, le era infiel con todas las shiksehs de Heredia. Este periplo era una especie de recompensa para ella por tolerar y para él  para reposar de tanta actividad sexual.

Al llegar con David al hotel, la delegación, con la excepción de mi progenitora, se había ido de compras, el único placer después de la comida. Le presenté a David y Electra se portó amable; después de todo, era un hombre guapo y simpático. Luego, aprovechando que él quería visitar a unos amigos, nos fuimos a cenar a un buen restaurante en la calle Lincoln y ahí, le anuncié “que tengo algo que decirte”.

-Mamá, soy gay y David es mi amante- le dije de sopetón.

 Electra no mostró sorpresa. Era una actriz consumada.

-¿Estás seguro de lo que me dices?- me preguntó como si fuera retrasada mental.

-Bueno, tengo seis meses de vivir con él pero podría estar equivocado- le respondí con ironía.

-No sé qué decirte. Sabes que te quiero como a nadie en el mundo y esto nada cambia- me respondió.

-Claro que vas a cambiar, no seas mentirosa. Lo que no sabes es cómo. Pero estoy contento con lo que soy.

Electra estaba fuera de su territorio. El viaje la tenía mortificada y la noticia le parecía una más de las muchas cosas desagradables que anticipaba. Además, estaba feliz de tenerme con ella y haberse librado de los demás.

-No te apresures. Esto puede ser una etapa en tu vida. No sabes si durará y si seguirás en lo mismo- fue lo único que dijo.

Quedé contento y regresé a Washington. En el año 2002 haría una encuesta sobre las relaciones de los homosexuales con la familia y encontré que mi madre reaccionó mucho mejor que otros:

El  65%   de   los  travestís  y    aproximadamente el  40%  de    los  gays  y  las   lesbianas, dicen haber sufrido burlas por parte de su familia.  6 de cada 10 travestidos y aproximadamente 2 de cada 10 lesbianas o gays ha sido expulsado del hogar. Entre un 10 y un 15% está incomunicado con su familia. En el caso de los travestidos, es el 28%. 

Años después, con más confianza, Electra me dijo que le había estropeado el viaje y que pensó tirarse del avión. No pudo compartir su dolor con sus amigas porque eran tan homofóbicas que doña Esther comentó que no quería volver a Miami Beach porque habían demasiados feigelehs. “La vida la castigará por eso”- me dijo mi madre. Y no estaría equivocada porque años después, su nuera daría luz a un transexual. Esta misma bendición o naches caería en los descendientes de los Tzipora y los Schirano que se burlaron de nosotros y que luego tendrían el ramillete de lesbianas y gays más amplio de la comunidad. “¿Pero por qué no me das una muestra de sangre para hacer un estudio?”- me pediría mi amigo Diamond, sociobiólogo que ha estudiado el supuesto gene de la homosexualidad, después de contar cuántas lesbianas y homosexuales había en las dos familias. “O tenemos el gene o las maldiciones de Electra funcionan”- le repliqué.

Semanas después, para la primera vacación que tuve, con mi progenitora notificada, opté por hacer mi propio viaje a Costa Rica y descubrir su mundo homosexual. Había salido del armario en los Estados Unidos y tenía un año de haberlo hecho; mi construcción fue norteamericana porque una vez que se aprende un lenguaje, es difícil olvidarlo. Tenía, sin embargo, un gran interés por compararlo con el de mi patria en donde encontré grandes diferencias con Estados Unidos: los gays ticos tenían serios problemas de espacio, de relaciones con su familia, de clandestinidad y de relaciones asimétricas.

En Costa Rica, la familia extendida, es decir aquella que incluye el padre, la madre y los hermanos y además, primos, tíos, sobrinos y parientes más lejanos, ejercía un papel vital. Esto significaba que para obtener empleos, préstamos, oportunidades y ventajas económicas, se hacía necesario el apoyo de un número amplio de parientes. Nadie podía darse el lujo de romper con ella. (Treinta años después, la encuesta en gays y lesbianas confirma que el miedo continúa: entre el 35% y el 40% teme que su familia se entere de su orientación sexual).

No había, por lo pequeño del país, la posibilidad de asistir a centros universitarios en otro estado o lograr fácilmente un trabajo en conglomerados urbanos distintos de aquél en que habitaba la familia. Aún cuando se pudiera dar una buena razón para salir de la casa, sin que esta significara una revelación de la homosexualidad, los recursos para alquilar un apartamento eran escasos.

Los lugares para gays no gozaban de ninguna seguridad. Eran bares clandestinos que en cualquier momento, podían cerrarse por “inmorales”. Cuando ingresé en el bar Jai Alai, cerca del Morazán, una luz interna anunciaba la entrada de la policía y los clientes debían separarse y actuar como “hombres”. Sin embargo, varias veces se llevaron a todos detenidos.

La situación en el trabajo era aún peor. Los hombres que conocí sufrían por el temor de que se dieran cuenta de su identidad. Usualmente mentían sobre lo que hacían para ganarse la vida pero, sin embargo, siempre hubo despidos por llamadas anónimas y en la encuesta que realicé en el año 2002 encontré que treinta años después,  un tercio de los gays teme ser echado de su trabajo.

Un problema mayor era la confrontación con los padres. Conocí casos muy distintos de reacción, la mayoría más negativa que la de Electra. Cuando Heriberto, un amigo, le reveló a su madre que era gay, ella se descompensó y le gritó que no aceptaría jamás que se vistiera de mujer, que se prostituyera en la calle y que terminara como "carne de presidio". En el caso de María, una mujer liberal y adinerada, la reacción fue más civilizada, pero no menos letal. Aunque le dijo que no se alarmaba, si quería quedarse en la casa, debía ir a terapia.

Otras mamás, quizás la mayoría, preferían “hacerse las tontas”- como se decía. Lorena, la madre de Bernardo, era un ejemplo de ojos que no quieren ver. Él era amanerado y nunca había salido, en plan romántico, con una mujer. A su casa lo llamaban solo hombres; tenía 30 años y estaba soltero. Un día la mujer lo encontró besándose con un amigo en la sala. Lorena cayó al suelo desmayada y tuvo que ser internada en el hospital; al ingresar, un sobrino que es médico la reconoció y corrió a preguntarle qué le había pasado.

                                                                           

-Es que me enteré de algo horrible acerca de mi hijo- le dijo Lorena.

-¿Es lo que ya sé?- le preguntó el sobrino.

-Sí, es lo que vos sabés- admitió ella.

De una u otra manera, los padres -después de períodos de negación, negociación, aceptación y resignación- terminaban aceptando la homosexualidad, siempre y cuando no se hablara más del asunto. La preocupación principal no era el estado mental de los hijos sino los comentarios en el barrio; mientras no se diera mucho de qué hablar, la gente los dejaba en paz.

No solo sentí que tenía que enfrentarme a los parientes y a las madres en un juego al que no estaba acostumbrado, sino que además, el tipo de relaciones existentes era también distinto al norteamericano.

Capítulo 30

 

Papá Freud revolucionó la psicología al decirnos que la atracción sexual no era biológica: no son los órganos genitales lo que nos atrae del otro.  Para que los seres humanos lleguemos al coito, que según Master y Jonson no es la experiencia sexual más intensa y más bien ocupa un pálido segundo lugar frente a la masturbación, teníamos que agregar algo, o sea un poco de teatro.

 

La necesidad de perpetuar la especie, siempre en peligro ante una epidemia generalizada del placer solitario, hace que inventemos artificios para atraernos. La creación de la masculinidad y la feminidad, por ejemplo, es obra de los seres humanos: mi perra tiene cachorritos pero no es femenina; en caso de que un extraño ingrese en mi casa, reacciona como el macho. Nosotros, por el contrario, necesitamos dividir las cualidades en dos sexos para que cada uno busque en el otro, como intuyó Sócrates, lo que perdió. 

 

Cuando analizamos el erotismo judío y lo comparamos con el latino, debemos tomar en cuenta que ambos se construyen con base en los recursos disponibles. En Costa Rica, por ejemplo, la cultura se ha desarrollado en la abundancia, lo que significa que la población no ha padecido hambrunas: el país es tan rico, que para comer, reza la sabiduría popular, hay que tirar las semillas al vuelo. Una sociedad pródiga promueve más el artificio y los roles sexuales, por ejemplo, pueden decorarse como un árbol de navidad: existen recursos para que las mujeres acentúan la feminidad y los hombres, su virilidad.

 

En el caso de los inmigrantes judíos, la sociedad de origen era insegura y pobre. Cada cierto tiempo, una hambruna terminaba con media población y la que quedaba, era diezmada por un pogromo, a su vez producto de culpar a los judíos de la escasez de los alimentos.  En estas condiciones, no existían los recursos para establecer feminidades y masculinidades exageradas: las mujeres no se diferenciaban mucho de los hombres. La atracción entre los sexos se azuzaba con la escasez: uno gustaba de aquél que lo hiciera sentir a salvo y esto era considerado erótico.

 

A algunos les cuesta entender cómo es posible que los inmigrantes hayan tolerado que otros escogieran sus parejas. Sin embargo, a pesar de algunos desastres como el de mis padres, la mayoría no se quejó. Los paisanos no buscaban la feminidad o la coquetería en las mujeres, sino hogares estables que los protegieran del caos externo. El erotismo estaba en el único lugar seguro que era el dormitorio de la casa. En Costa Rica, por el contrario, la alcoba era un altar y el espacio menos excitante, mientras que Eros estaba en la calle y en lo prohibido. Las mujeres y los hombres gustaban seducirse en los espacios públicos: cines, retretas, parques, teatros, centros de baile y desfiles.

 

El machismo, por su parte, no era otra cosa que una actuación pública y exagerada al estilo de las telenovelas mexicanas. Nadie puede ser, en realidad, tan femenino o tan viril, pero la actuación crea el fenómeno y así cautiva: como nos dice Baudrillard, es una simulación y como tal, real.  Nada más lejos de la masculinidad judía que acepta debilidades en el hombre y que promueve la lectura.

 

Los gustos de los homosexuales no eran del todo diferentes de los heterosexuales. La verdad es que los dos somos más parecidos de lo  que creemos y los cristianos y los judíos copiamos los patrones de nuestras culturas.

Cuando conocí los primeros gays, me preguntaron inmediatamente si era activo o pasivo; al principio, no entendí de qué me hablaban. Luego, averigüé que para que hubiera atracción, era necesario oponerse. Unos eran activos: penetración anal, múltiples aventuras sexuales, no hacer las labores domésticas y tomar en exceso. Otros eran pasivos: afeminados, dedicados al hogar y receptivos. El "macho" era percibido  como un hombre heterosexual, o cachero, que significaba que penetraba a otros hombres. En esto, Costa Rica seguía la llamada tradición mediterránea, que dice que es menos homosexual, o no lo es, el activo.

Los modelos influían, a su vez, en la conducta de las personas. Si la opción para tener una relación significaba circunscribirse a un patrón masculino o femenino, cada individuo debía hacer su circo. Aquél, por ejemplo, que disfrutaba una práctica sexual pasiva, aunque no lo fuera, se hacía "femenino". La misma presión funcionaba, en sentido contrario, sobre aquél que buscaba la penetración: no debía echar plumas, que significaba actuar como una loca.

La rigidez del modelo latino imponía, así, una tensión permanente porque una cosa es un hombre y una mujer haciendo estos papeles y otra, dos hombres.

En el caso de mis amigos, aún los que hacían el papel de sumisos,  la infidelidad era intolerable y tampoco habían interiorizado los valores de la domesticidad o del cuido. Siempre les era más fácil terminar con una relación que les deparara injusticias, aunque estas formaban parte del acuerdo inicial.

Un caso típico de esta relación eran  Jorge y Miguel. El primero, un ejecutivo de una empresa internacional, era masculino y el homosexual del que nadie sospecha ya que  sostenía relaciones sexuales con mujeres. Quince años atrás, había conocido a un muchacho afeminado, Miguel, su compañero, y como tenían recursos económicos, optaron por alquilar un apartamento. Ambos integraban la pareja tradicional: el primero, masculino, activo, empresario; el segundo, amanerado, pasivo y de la casa. Su relación no se diferenciaba de la de cualquier pareja heterosexual. Incluso, utilizaban entre sí y sus amigos gays, los pronombres de "él" y "ella". Miguel se llamaba “Chepa” y era quien cocinaba, lavaba, planchaba y cosía. Jorge era Jorge, su marido. La farsa llegaba al extremo de que trataban como hijos a sus mascotas. “Mañana tengo que llevar a Pepito –decía la Chepa- a la escuela porque ya tiene la edad”. El tipo no explicaba que la institución era para perros y que lo que aprendería era defecar en el jardín.

Otro tipo de pareja de las llamadas tradicionales, era la de un hombre mayor con uno más joven o cabrito. La oposición no era por género sino por edad: el adolescente actuaba como hijo-amante. Aunque el primero llevaba la iniciativa en lo sexual, no había una dicotomía masculina-femenina. Esta variación le sustraía muchas tensiones a la pareja porque ambos podían ser viriles,  pero también propiciaba contradicciones: los hombres, jóvenes o no, suelen estar acostumbrados a ejercer el control. Brian, por ejemplo, tuvo muchos jovencitos de amantes, pero si uno de estos lo encontraba con otro, le rompía los dientes y le partía la cara: cuando llegó a los cuarenta años,  solo le quedaba un molar.

A los que les atraían los jóvenes, se les hacía inevitable, al madurar sus polluelos, emprender una nueva búsqueda. Otto era uno a quien le gustaban los jovencitos y los convertía en sus pupilos en cuestiones de arte, de música y de literatura pero una vez maduros, les perdía el interés. Su vida amorosa era una lucha contra el reloj y contra los primeros pelos de los jóvenes imberbes.

Una nueva forma de relacionarse llegó de los Estados Unidos. La nueva filosofía decía que los gays no debían imitar a las parejas heterosexuales y que debían aspirar a la simetría. Se aducía que ambos debían emular un solo patrón, el de la masculinidad y que las parejas opuestas eran reaccionarias.  El amor era un contrato republicano en que los votos estaban repartidos y en esta nueva democracia ateniense, la pareja se dividiría las funciones de manera equitativa: nadie zurciría o cocinaría con exclusividad, ni sería empleada doméstica del otro.

Ser democrática no la eximió de problemas. En primer lugar, no establecía, como las anteriores, ningún criterio para tomar decisiones.  Una cosa era sostener que cada uno lavaría los calzoncillos y otra esperar que la vida emocional se dividiera acorde. La masculinidad no se construye para cuidar a nadie y en caso de crisis, la pareja tenía dos machos que no sabían qué hacer con sus sentimientos. Carecía de  alguien que pudiera amortiguar los problemas y ejerciera el papel moderador, regulador y nutriente que en las sociedades sexistas, es de la mujer.

Como judío, no encontré gusto en ninguna de estas relaciones. Por un lado, la asimetría me era intolerable y no estaba para que alguien me mandara, me instruyera o me pusiera a usar pronombres femeninos. Por otro, no veía que la relación norteamericana, en su encuadre democrático y participativo, satisficiera  mi ansia de integración. Creía que existe cierta sabiduría en las relaciones complementarias y que estas sirven mejor en sociedades subdesarrolladas. Si cada persona tiene algo que carece la otra, la unión hace la fuerza y promueve el progreso de ambas. Si se aporta algo distinto, la gente crece; si se contribuye con lo mismo, se estanca.

No soñaba con una persona igual a mí para jugar, en pequeño, a la casita de muñecas empoderizadas. Ansiaba, como hijo de inmigrantes, obtener un oasis interior que me diera seguridad frente a la homofobia y el antisemitismo. Mi atracción erótica era por la tierra y por las raíces, no por dividir las labores hogareñas y repartir mi salario con un alma gemela. En Costa Rica, esto se me hizo difícil no tanto por la asimetría de las relaciones, sino por la gran homofobia interiorizada.

Capítulo 31

 

La homofobia es un fenómeno universal. Sin embargo, se acentúa en unos lugares más que otros. En los países latinoamericanos es más difundida que en los Estados Unidos y así sus consecuencias. Las personas gays conocen, aún antes de aceptar su identidad, el odio contra la homosexualidad y con diferentes intensidades, lo acepta y lo interioriza. Recordemos que la mayoría no se da cuenta, de manera consciente, de su orientación sexual distinta en la adolescencia. La homofobia interiorizada se graba en la infancia y algunos de los mensajes negativos son cuestionados por medio de la experiencia mientras que otros, en cambio, quedarán indelebles.

Al regresar a Costa Rica, descubrí una serie de patrones de odio contra la homosexualidad. Mis primeros contactos me lo hicieron evidente cuando me decían que los demás no eran de confiar, que me mantuviera alejado de las "locas", que eran promiscuos y que uno debía, lo más pronto posible, aspirar a salirse del ambiente.

 

El paso del amor al odio era una estrella fugaz. Era impresionante ver cómo personas que en un momento me quisieron, se tornaron, en términos de horas, en los peores enemigos. Cuando una pareja termina una relación, experimenta el enojo normal por un sueño que se acaba, pero en el caso de los homosexuales, costaba más aceptar el rechazo y este enfado se traducía, entonces, en acciones belicosas. Un ejemplo era Rolando, un un hombre masculino que vivía en uno de los barrios del centro de San José. Cuando terminamos el romance, fue presa de una cólera enorme porque lo rechazaba un homosexual que él mismo, en el fondo, no aceptaba; luego, interpretaba el abandono como producto del trabajo de otro gay. Él procuró, entonces, algo típico: vengarse y "regarme el dulce", o sea revelar mi homosexualidad. Llamó a mi madre y se lo dijo. “¡Lo sé hace mucho!” –respondió Electra- y le tiró el teléfono.

Muchas personas perdieron, en esa época, su trabajo o su familia porque una pareja despechada utilizó esta arma, la más letal en una sociedad homofóbica. Un ejemplo de acción homofóbica era el matrimonio heterosexual. Amigos míos,  sin ser bisexuales, para cumplir con los requisitos del patriarcado, se casaron. Roberto me confesaba que para tener una erección con su esposa, pensaba en mí. “Vas a pasar toda tu vida con los ojos cerrados”- le dije.

Otra forma de homofobia era la desvalorización de las parejas. Ernesto, un abogado de treinta y nueve años, me aconsejó que nunca hablara de mis relaciones. En término de cinco segundos, según él, las amistades a las que se les confiesa esta aventura, obtendrán su ‘currículum vitae': "Ese tipo roba"; "de masculino no tiene nada"; "es una gran loca y se ha acostado con medio San José"; "yo que vos me andaba con cuidado"; "es una persona muy creída y no te conviene"; "anda mal de plata, por eso anda con vos"- me daba como ejemplos.

Si no se respetaban los compañeros, menos sus cosas. Una señal de odio se manifestaba  en las fiestas: los invitados  solían romper, robar o ensuciar adrede o cometer abusos contra los artículos personales y la gente se orinaba en las plantas,  robaba los artículos finos, rompía la ropa y rayaba los muebles; uno apagó su cigarrillo en mi sofá. Los robos aún continúan y algunos más sutiles se han puesto de moda como es apropiarse del protagonismo histórico. Los activistas que hacen casa aparte, por ejemplo, recientemente se adjudican los logros del movimiento gay y las victorias legales que no se hubieran logrado sin el aporte de otros.

La última grada de esta cadena destructiva era la muerte. Chulos y maleantes que racionalizan su homosexualidad con la excusa del dinero, solían ventilar su sentimiento de culpa con una serie de asesinatos. Varias veces me encontré con tipos que enseñaban las uñas con puñales y hasta pistolas. En otros casos, mataron a sus compañeros; algunos gays terminaron degollados, mutilados y sus restos esparcidos en ríos y en tajos, por quienes en otro día, les prometieron amor eterno. Un amigo mío apareció, un día, cortado en pedazos en una bolsa plástica.

Era homofobia la intolerancia hacia el proceso normal de la vida. La cultura gay exaltaba la belleza física y la única democracia era la del cuerpo. Las personas se evaluaban de cuerdo con sus atributos físicos y aquellos que no eran lindos, eran rechazados sin misericordia. Ser bonito era ser adolescente  y esto significaba, a partir de los treinta años, dejar de asistir a los bares; un varón cuarentón era viejo. Cada cinco años desaparecía, de un plumazo, toda una generación de ellos.

 

Otra era la división tajante entre las lesbianas y los hombres gays. Como ambos tenían poca conciencia, era lógico que los papeles se volvieran antagónicos. Para los gays más estereotipados, las lesbianas, por no ser femeninas, eran una aberración y para ellas, los gays eran débiles y cobardes. Si uno estaba en un bar, pronto recibía un codazo: generalmente era una mujer que no sabía el significado de la palabra perdón.

Formas indirectas de homofobia se exteriorizaban en la negación de la realidad. Una consecuencia era el número de personas descompensadas. Tuve amigos, como mi compañero de escuela,  que terminaron en el psiquiátrico; otros con agarofobia y un gran grupo que consumía pastillas tranquilizantes. Otros fumaban mota de día y de noche, sin saber nunca más qué era la sobriedad. De sus bocas salían las interpretaciones más alocadas del mundo. “La Dona tiene poderes mágicos”- me decía Carlos sobre un gay que odiaba. “La Chepa está casada con Belcebú y hace entierros en las casas”- me informaba un ingeniero.

Señales menos severas de persecución se daban en individuos que aparentaban funcionar normalmente. Un ejemplo eran aquellos que hacían el papel de "locas" o sea que desempeñaban la conducta de "mujeres fatales" y les gustaba actuar ante el público gay, haciendo fonomímica u otras actividades artísticas. Aunque graciosos, muchos terminaban procediendo igual, dentro y fuera del show y el papel se convertía en una máscara permanente; uno les huía porque el teatro, como todo en abundancia, desespera.

Otra manera de desconectarse era por medio de la fantasía. Las personas distorsionaban la realidad al darle una importancia exagerada a aspectos personales o al supuesto poder que tenían. Se engañaban con recursos que no existían y conocí así a embajadores, hijos de reyes y príncipes, cantantes famosos y empresarios multimillonarios que eran una farsa. Un día me presentaban al hijo homosexual de Marlon Brando y el otro, a la prima no reconocida del rey Juan Carlos.

La paranoia era otra respuesta. Los gays que la utilizaban como estrategia culpaban a fuerzas poderosísimas por todos los males. Creían que sus teléfonos estaban intervenidos y que la CIA tenía un informe de sus actividades. “No me llames porque el gobierno norteamericano me tiene en la lista negra”- me advertía Enrique. “No nos veamos en la Farmacia Fishel porque la Embajada Americana tiene un telescopio”- me advertía un profesor de filosofía.

No razonar adecuadamente era una defensa. Existían personas que no podían aceptar un argumento lógico y lo rechazaban con ideas descabelladas. “Los gays no estamos oprimidos porque tenemos el poder: el presidente, el arzobispo, los ministros, son todas locas”- me decía Julio.

El excesivo emocionalismo era otro problema porque impedía pensar correctamente. Se daban tantos conflictos, entre gays y lesbianas,  gays de izquierda y de derecha, los que provenían de diversas clases sociales, que el trabajo en grupo era imposible. “Si a la reunión va la Moca, la Juana, la Cotí, la Pepsi, la Mica, la María Bonita, la Pepa, yo no voy”- me decía una travestí. “Ni me inviten si asiste Aida,  la borracha violenta, Rosemary, la machona, Gracia, la desgraciada o Esther, la sicópata”- advertía una lesbiana. “No participaré en el caso de que Richard, ese tipo que huele mal, o Marco, el abogado con mal aliento, o José, el que solo lee pornografía, estén involucrados”- amenazaba un gay.

Algunos se enfrentaban a su homofobia  con compensaciones. El ejemplo clásico era el  "síndrome de super tío", o sea aquél en que se asumían estoicamente las obligaciones del hogar. Marcos, un hombre estupendo que mantenía a sus sobrinos como si fueran hijos suyos, era su mejor ejemplo. No solo era generoso, sino que se sacrificó para que ellos pudieran asistir a colegios privados y cuando le dio sida, para evitarles un escándalo, se escondió y no buscó tratamiento.

La práctica religiosa no era excepción. Pese a la nada cálida bienvenida que tenían en la Iglesia Católica e iglesias protestantes, los gays continuaban su lucha para ser aceptados por los clérigos y los feligreses. Si alguna iglesia exteriorizaba una leve aceptación (que siempre era bajo la admonición de que "te acepto porque eres enfermo y pecador"), ahí estaban mis amigos para demostrar su gratitud. Lo mismo sucedía con su participación en grupos de izquierda, que luchaban por los derechos de todos los sectores oprimidos pero, obviamente, jamás por los de los homosexuales.

Existían muchos caminos para congelar los sentimientos y amortiguar el dolor. Entre estos, la incapacidad de enamorarse, el alcoholismo, la drogadicción y el sexo compulsivo. El alcoholismo y el consumo de drogas no era  insignificante y es sabido que triplica al de los heterosexuales. Mario, jamás se catalogaría a sí mismo como alcohólico. Bebía, según él, ocasionalmente; no obstante, cada vez que podía, tomaba más de la cuenta y generalmente, lo hacía cuando iba a los bares gays porque llegaba a esos sitios muy consciente de que buscaba su príncipe azul.

No solo las drogas y el alcohol provocaban adicción. El sexo, una de las pocas fuentes de placer, se convirtió en una obsesión. Se tenía sexo de día y de noche y la gente vivía de orgasmo en orgasmo. Mis amigos se quejaban de que la mayor parte no era satisfactorio, pero no lo podían dejar. Algunos iban a los baños diariamente y otros vivían prácticamente en los servicios sanitarios; los que ligaban en parques rivalizaban, en su permanencia, con los árboles.

El “veneno”, o sea los comentarios mordaces, generalmente hechos en presencia de la víctima, ventilaba la homofobia. Era inteligente, es decir requería de cierto grado de observación y de conocimiento de la persona y las actividades sociales eran el espacio para despedazar a cada uno de los asistentes con chismes que iban desde el tamaño de los órganos genitales hasta las deudas en el banco. 

Las burlas, a diferencia de los “venenos”,  eran comentarios que se hacían generalmente a espaldas de una persona y que se referían a alguna actividad o característica muy particular. No tenían la inteligencia del “veneno” y en la mayoría de los casos, señalaban defectos físicos o mentales. Formaban, eso sí,  parte de la conversación en los bares. “No beses a Martín porque tiene una chapa por dientes”- indicaba Rodrigo. “No te vayas con Mario porque tiene un meneíto entre las piernas”- aconsejaba Roy.

Una expresión de homofobia era “serruchar el piso”. La  frase describe su objetivo: hacer caer a la persona a través de  un hueco. Significaba hacer que la víctima fracase por medio de una acción solapada. Una era la falta de confidencialidad,  o sea no guardar secretos. “¿Sabes que la Dona es epiléptica? Me contaron que no se sabe si es que tiene un ataque o se está regando”- señalaba Paul. “Arturo dice que es activo en la cama, pero creo que es porque una vez con vos sabés qué adentro, la loca esa brinca como una cabra”- se mofaba Juan.

Finalmente, cuando existe homofobia interiorizada se siente mucha culpa de ser homosexual y esto lleva a castigos inconscientes. La violencia física, por ejemplo, traducía el odio en golpes; tarde o temprano, cundía el pandemónium en fiestas o bares. Y si no era en lo público, más en lo privado y es probable que muchos de los accidentes de automóvil, laborales o domésticos, fueran expresiones homofóbicas.

Capítulo 32

 

Después de David, siguió una cadena de relaciones. Me acostumbré a la realidad de la vida norteamericana: experiencias mentales intensas pero cortas.

Mis estudios y deseos de prepararme para la Escuela Graduada, no me dejaban mucho tiempo para el amor. En realidad, la universidad se tornó en un tiempo completo, sin poder aspirar a una vida de adulto: vivía en cuartos diminutos en dormitorios estudiantiles. Las personas iban y venían; sin tener algo estable más que libros y calificaciones.

Un legado de la infancia vendría a acosarme. Después de años de testosterona, mi cabello empezó a caerse, más temprano de lo normal. Esto fue otro trauma porque noté que, en la vida competitiva de los bares, ningún defecto sería tolerado. Las entradas se pronunciaron y así mi inseguridad: el joven hermoso y exótico se tornaba en un ser común, uno más del montón.

Empecé a desesperarme. Primero, me corté el pelo; luego dejé los blowers y los rizos artificiales. Luego, siguieron las cremas, los remedios caseros, las pastillas, los exámenes médicos, infusiones de vitaminas y otras locuras. Nada pudo hacerse y siguieron acciones más drásticas: como no se habían popularizado los trasplantes, vinieron las pelucas, tanto aquellas amarradas al pelo, al cráneo o a la piel. El problema era que sí hacían diferencia. Empecé a notar que cuando usaba algún peluquín no escudriñable, la gente me perseguía como siempre. Sin él, ni me volvían a ver. Se me tornó entonces, a los veinte años de edad, en un accesorio permanente. El pelo artificial se convirtió en otra máscara de las muchas que tenía; una imagen para el consumo público.

Los peluquines provocaban las situaciones más incómodas. En ciertas ocasiones, se corrían y lo hacían a uno preocuparse más de cómo amarrarlos o pegarlos que lucirlos. Luego, se desteñían y como estaban combinados con mi cabello, se notaba la diferencia. Si uno se iba a la cama, había que esperar el momento para quitarlo, o si no, tener relaciones con este puesto. Si se elegía esta opción, uno la pasaba más pensando en el peluquín que en el polvo.

Mi personalidad no era típica del gay norteamericano. Tenía, en primer lugar, un legado de observación y análisis, que me llevaba a buscar respuestas a las grandes preguntas de la vida. A mis amigos de la época, por el contrario, lo único que les importaba era ver qué gadget nuevo aparecía en los Malls, o qué gay resort estaba de moda. Los compañeros de la Universidad eran tan desarraigados como mi persona y no me podían ofrecer lo que buscaba.

Por otro lado, era latino. Había sido moldeado en una cultura más cálida y con conceptos distintos de la amistad y del amor. Después de tratar de parecer gringo, me di cuenta de que mi físico me traicionaba y más lo hacía mi espíritu. No soportaba a los latinos que hablaban con acento en español y que se hacían más lógicos, racionales y de clase media que sus modelos norteamericanos. Es más, nunca aprendí bien el inglés y lo hablé siempre con acento.

La amistad con Carmen tuvo un gran efecto. La mujer odiaba de forma visceral la cultura norteamericana. Estaba consciente de la vacuidad de la vida de los suburbios, de la obsesión por las compras, de la ignorancia del mundo ajeno, del racismo contra negros y latinos y de la poca lectura de nuestros compañeros.

Mi relación con la cultura norteamericana había sido más positiva. Después de todo, la sociedad gay era más inclusiva y no experimenté el repudio abierto. Pero la mujer era culta, brillante y ávida lectora, conocedora de la literatura francesa, su especialidad. Esto me dio a conocer un pensamiento más acorde con mis propios intereses. No solo estaba Foucault, sino ahora Lyotard, Deleuze, Lacán, Baudrilliard, Barthes, Bourdieu, Virilio y otros pensadores posmodernistas.

Un viaje haría más cambios que todos estos factores juntos. Aprovechando los precios bajos de una nueva aerolínea a España conocida como Spantax, decidí ir a conocer Europa, específicamente Madrid en 1972. Esto iniciaría mis relaciones geográficas, o sea la búsqueda ya no del amante sino del país ideal.

Me interesó, desde niño la Guerra Civil Española. La presencia de un movimiento secular me hacía ver que la latinidad no tenía que ser reaccionaria. Por otro lado, Electra me había instruido que la guerra civil había sido el preámbulo del avance nazi y de la Segunda Guerra Mundial. Era importante conocerla para entender lo que siguió.  Me atraían héroes como La Pasionaria, la que defendió hasta el final su ciudad; o el único poeta que amé, García Lorca, asesinado por los falangistas. Además, sentía empatía por el exilio español.

Sería poco decir que Madrid me cautivó, es más me sedujo como el mejor amante: desde ese año, no dejé de visitarlo, una, dos o hasta tres veces al año. Franco estaba en el poder y el país, en lo gay, era más conservador que Costa Rica. Mientras en San José había tres o cuatro bares ese año, en Madrid solo uno: el Olivier. El local era pequeño y recatado: ¡Los clientes venían con saco y corbata!

Se da cierta química entre diferentes nacionalidades y no he encontrado una más fuerte que la que he tenido con los españoles. Físicamente, me parece un pueblo hermoso. La palidez de su rostro y el contraste con el pelo negro, se me hace explosivo. Lo que más me atrajo fue la calidez, la apertura y el temperamento fuerte. A las veinticuatro horas de haber llegado, estaba invitado a la casa de un ligue, incluyendo su familia, ni siquiera los ticos solemos abrir nuestros hogares de esta manera. Así fue mi experiencia en toda España; tomaba el tren donde sea y pronto tenía amigos como si hubiera ahí vivido siempre.

El país entero es precioso. Sin embargo, cuando me fui al Sur, a Toledo, a Granada, a Sevilla y a Córdoba, encontré ecos de las raíces judías. La comunidad judía española, expulsada en 1492, pudo ser la mía de origen y una explicación de mi tez morena. El flamenco me atrapó y me recordó los gemidos de dolor de mi abuelo cuando cantaba en la sinagoga. Los barrios de Santa Cruz, Sacromonte y el Albacín, se me hicieron familiares, como si siglos atrás hubiese vivido en ellos. De ahí me fui para Cataluña y el País Vasco.

Barcelona fue la última en caer ante el franquismo. El bar El Elefante Rosado, situado en Las Ramblas, era lo más parecido a los bares norteamericanos. La gente venía en jeans y era más bohemia. Su opresión como pueblo, que se traducía en la prohibición del catalán, los hacía más subversivos. Más de izquierda era Bilbao ya que este pueblo vasco, que se decía único en Europa por no haberse mezclado, y contar con una de las culturas más antiguas, era la cuna de la oposición a Franco. Los hombres gays tenían una preocupación nacional inexistente en Estados Unidos y una identificación ambivalente con España. No los consideraban españoles por tener un idioma e historia diferentes y les prohibían expresarlos.

Sobra decir que tuve relaciones intensas. Anduve con personas comprometidas con la liberación de sus naciones, miembros de los partidos prohibidos y de extracción anárquica y comunista; conocían de historia, de geografía, de idiomas extranjeros y de todas las revoluciones, menos la homosexual. Me impresionó que, a pesar de su politización, no tuvieran interés en el movimiento gay y creyeran que era un producto burgués, aislado de las luchas de liberación o del Tercer Mundo.

La razón era que su homofobia interiorizada era tan grande como la de los ticos. En las organizaciones de izquierda, ocultaban su homosexualidad. José, un miembro de la insurrección armada, me confesó que si sus compañeros se enteraban de nuestra relación, lo expulsarían.

Las relaciones con los padres me parecieron aún más distantes que las de los costarricenses. Los tipos que conocí vivieron con hombres enérgicos, machistas e intolerantes; ninguno de ellos había revelado su orientación. Contrario a lo que pasaba en Costa Rica, los padres no conocían la homosexualidad de sus hijos, no porque se hacían de la vista gorda, sino porque ellos se habían largado del hogar.   

La influencia de España no la pude superar. Una vez de regreso en los Estados Unidos, solo pensaba en cómo volver. Y lo hice tantas veces que esto intensificó mi confusión. El antisemitismo que sentí por parte de la izquierda española, me hizo tener recelo. Aunque les dije mi extracción, me veían como latino, como hijo de sus colonias.  No podían relacionarse con el judaísmo y creo que nunca se han enfrentado con el decreto de 1492.

Capítulo 33

 

Durante estos años siempre seguí muy de cerca la situación en Israel. Me interesé en el desarrollo de la economía y el de su población. La seguridad del Estado, se sostenía, dependería de llegar a unos tres o cuatro millones de judíos. De ahí que contaba el ritmo de la reproducción y de la aliá.

No me había pasado por la mente que migraría. Mi experiencia con el judaísmo había sido negativa y era poco lo que mantenía de la religión o de la tradición. Desde mi Bar Mitzvah, no había puesto un pie más en la sinagoga, ni siquiera celebrado una fiesta religiosa. Sin embargo, la conexión con el pueblo continuaba.

La verdadera identificación se dio con la Jurbn. Algunos especialistas aducen que en cada familia de sobrevivientes, se escoge a uno de los hijos para llevar una simbólica candela, el legado del acontecimiento. En mi caso, Electra me eligió como el hijo al que le heredó la misión de analizarlo. Leí con devoción la literatura del Holocausto, a Levi, a Wiesel, a Szpilman, a Poliakov, a Frankl, a Dawidowicz, a Hannah Arendt y a los que les siguieron.

Mi crisis de identidad, pensé, estaba muy relacionada con el hoyo negro en la historia personal. Mi búsqueda, irónicamente, no tocó, al principio, a Israel. La nueva nación era otro comienzo desde la nada: no tenía pueblos, casas, templos, mercados en que mis antepasados cercanos habitaron, rezaron, trabajaron. Yo quería parientes de carne y hueso y cosas materiales.

Mi viaje a Israel no fue de mi entera elección. Una amiga mía colombiana, cristiana, había iniciado una relación con un judío ortodoxo y se fue a Israel para aprender el hebreo y conocer más la historia del pueblo. Desde el kibutz Ein Shemer, cerca de Hadera, me enviaba cartas sobre su rica experiencia e invitándome a que me le uniera. En mi confusión geográfica acerca de si debía quedarme o no en los Estados Unidos, decidí emprender el periplo.

Primero, me fui de vacaciones a San José y desde allí haría los preparativos. Le dije a Electra que necesitaba probar suerte en Israel y que con ello, haría realidad su sueño sionista. Noté que no estaba tan entusiasmada y que para esa fecha, la mujer se había hartado de la WIZO. Así que mi racha de sionismo no le pareció nada loable, aunque no se opuso.

Haría escala en París en donde mi hermano hacía sus estudios de doctorado en química. La capital francesa no dejó de impresionarme; era un país áspero pero sofisticado. Los museos, las librerías y los restaurantes eran de lo mejor que había visto. Los franceses eran, sin embargo, más racistas que los gringos. En el edificio de departamentos de mi hermano, los nacionales odiaban a los latinos. No se podía invitar a nadie a oír música porque los inquilinos golpeaban las paredes, sonaban el timbre o llamaban por teléfono para lanzar improperios.

Los bares me parecieron antipáticos. La clientela fumaba como desesperada y para esa fecha, en Estados Unidos, se empezaba a regular el consumo. No estaba acostumbrado a sumergirme en una nube de nicotina y la apariencia de los parisinos era más afeminada que en los bares norteamericanos.  Así que me despedí de mi hermano y tomé el vuelo de Air France para Tel Aviv. En el aeropuerto de Orly noté –mientras esperaba- que un hombre moreno me hacía una inspección. Averiguaría sus designios en Israel porque al llegar, el agente de seguridad israelí, me había fichado. Me sacaron de la fila de 350 pasajeros y solo dos fuimos interrogados. ¡Era el colmo de los colmos! Mi apariencia en Israel era de palestino.

Los oficiales de seguridad no podían creer que era judío y el pasaporte de Costa Rica, cualquiera podía adquirirlo. Les traté de explicar en hebreo que era un nice jewish boy, les enseñé la carta del Presidente del Centro Israelita que me identificaba como judío y voluntario de un kibutz. No hubo manera de convencerlos, querían saber qué había hecho en París, si conocía organizaciones clandestinas y si tenía familia en Israel (cosa que no sabía). Me pidieron que me desvistiera para ver si estaba circuncidado; tres horas después, me soltaron.

Así empezaría mi nueva vida: desde que salí del aeropuerto, noté que los árabes me saludaban y los paisanos me huían. Era la mayor ironía que podía experimentar; la cara equivocada en el lugar equivocado. Mayor aún sería la decepción al llegar, horas después, al kibutz. Después de caminar por las calles de París, llegaba a una finca llena de barro, casuchas baratas y olor a caca de gallina.

Mi amiga Pitina me describió la situación: como miembro del Ulpán, o sea del instituto de clases de hebreo, se esperaba que trabajara cinco horas al día. Debía laborar en aquellas actividades que ningún kibutznik hacía: limpiar platos y servicios sanitarios, cuidar gallinas, barrer y aspirar pisos, arreglar tanques sépticos y otras maravillas. La gente, continuó mi interlocutora, estaba deprimida por las consecuencias de la Guerra de Iom Kippur: muchos del kibutz habían muerto y esta había calado en la moral.

Pitina había sido electa como supervisora del trabajo de los ulpanim y era responsable de enviarnos a las industrias. Por su papel la llamamos Ilse Koch, la infame policía de Buckenwald. En vista de su puesto, podría usar sus influencias para ofrecerme algunas de las mejores chambas, como trabajar en la fábrica de llantas.

En una factoría anticuada, tenían una enorme máquina que procesaba el hule hasta arrojarlo en una banda sin fin, similar a las de los gimnasios, en donde debía ser cortado, arrollado y empacado. El proceso era largo porque el hule pasaba primero por baños de agua, y no sé qué otros procesos químicos. Cuando llegué, el instructor me dio las señas en hebreo de cómo debía cortar el hule y no perder tiempo porque pronto saldría la segunda llanta. En materia de segundos, tenía que empacarla y esperar por la otra; el hombre no sospechó del tipo de ayudante que le había caído de la diáspora.

En mi vida había trabajado en una fábrica de hule y sabía tanto de hacer llantas como una chancha de aviación, según decimos los ticos; además, no entendí nada del hebreo. El supervisor me dejó solo con esta infernal máquina; en pocos segundos, había empacado, como un chorizo mal acomodado, la primera llanta y me quedé sin tiempo para encargarme de la segunda. Pronto, había tres llantas haciendo fila que bloqueaban la lengua de hule. Finalmente, la máquina se atoró y empezó a calentarse; momentos después, explotó. Me echaron de la fábrica y lo bueno es que no entendí las maldiciones.

Pitina se las ingenió para darme otro empleo “privilegiado”: las gallinas. La granja exportaba aves hacia Tel Aviv y debían ser enjauladas a las cinco de la mañana. Los bichos andaban sueltos en el gallinero y nuestra labor consistía en meterlos por una pequeña abertura en cajas de madera. Tan estrecho era el hueco y tan grandes y agresivas las aves, que daban una lucha mortal; al mismo tiempo, se cuiteaban y picaban sin misericordia.

Mi experiencia con estos animales se había limitado a comérmelos y de su psicología, no sabía nada. Las malditas gallinas, reconociendo mi impericia, no solo me picaban como palestinos en la intifada, sino que huían como ratas. No me dieron ninguna hudna y atrasé los embarques a los restaurantes de Tel Aviv. Ese mismo día, llamaron a Pitina para que no me mandara más.

La mujer no sabía qué hacer. Sobornó, chantajeó y finalmente consiguió que me recibieran en los naranjales. Este era el sueño de todos los voluntarios del kibutz ya que no se requería más pericia que subirse a una escalera, cortar la fruta de manera que no se rompiera su cáscara para depositarla en los canastos y la labor debía hacerse rápido porque los contaban.

Hubo un problema. Antes de migrar a Israel me había hecho un transplante de pelo. Es más, había sido el pionero de la operación en Costa Rica ya que con tal de no llevar un peluquín a Israel, había invertido todos mis ahorros en el nuevo procedimiento. Cada plug había costado la suma astronómica de diez dólares y al llegar a la Tierra Prometida, los primeros pelos habían crecido. Al subirme a los árboles, los pequeños e indefensos nuevos pelitos se atoraban en las malditas espinas y me quedaba prensado. Como el precio de cada pelo rivalizaba con el de todas las naranjas juntas, me puse a desenredarlos con delicadeza; esto tomaba tiempo y cada vez que me subía a otro árbol, otro plug caía en sus redes. Así siguió la procesión hasta que el supervisor descubrió que no había llenado ni un canasto. Otra llamada a Pitina. No hubo más remedio que dejarme lavando platos, que fue lo único que aprendí; esto significaba limpiar más de 300 unidades tres veces al día. 

Si mi participación laboral fue un fracaso, peor sería la social. Los voluntarios éramos vistos como mano de obra barata, sin derecho a reclamar. Nos pagaban una miseria y solo nos daban cigarrillos Gitanos sin filtro, café y jabón. Las únicas que disfrutaban la estadía eran las mujeres que cogían con los maridos infieles.

La vida gay era de clóset profundo. Había uno que otro hombre con toda la pinta gay pero aún la más loca, estaba casada y con hijos. La compulsión al matrimonio era más fuerte en Israel que en los judíos costarricenses. Acostumbrado a una vida social activa, busqué la manera de salir del kibutz e irme a Jerusalén y a Tel Aviv. Solo podía hacerlo para el Shabat que se iniciaba el viernes en la tarde hasta el sábado en la noche. Ese día, desafortunadamente, todo estaba cerrado, inclusive los night club. No conocí una sola alma y decidí, entonces, frecuentar los restaurantes árabes que eran los únicos abiertos. Después de todo, los musulmanes me veían como uno de ellos                                                                                                y cuando se daban cuenta

 de que no les entendía, asumían que era latino, pero nunca judío. Tengo que reconocer que los árabes me simpatizaron y se parecían más a los latinos que a los israelíes. Eran sumamente cariñosos y abiertos con los extranjeros; además, más adeptos a la sodomía.

La situación de seguridad era tensa. Durante mi estadía, estalló una bomba terrorista en uno de los parques en Jerusalén. En Tel Aviv, un guerrillero ingresó en un hotel y liquidó a una docena de huéspedes. En el kibutz, había intentos de saboteo constantes.

Me gustó, sin embargo, Israel. Las ciudades me impresionaron por su belleza, especialmente Jerusalén, Haifa y Cesárea. Quise quedarme, pero no se me iba a dar. En una de mis visitas a Jerusalén, fui a comer a un restaurante árabe en el que me dieron un falafel que devoré porque había llegado con mucha hambre; horas después, empezaron los peores retortijones. En el camino a mi kibutz, empecé a descomponerme. Pude llegar –arrastrándome- a mi habitación y al abrir y cerrar la puerta, perdí el conocimiento: había sido envenenado.

Pasé dos días sin que nadie se diera cuenta. Finalmente, al cobrar conciencia, pude emitir un leve gemido y alguien me descubrió; terminé en cuidados intensivos en el hospital. Al recuperarme, había perdido quince kilos y parecía un esqueleto. Ni siquiera me explicaron qué hicieron para salvarme; lo que sí aprendí era que a nadie le importaba mi presencia.

No era la manera de hacer aliá, ni empezar una vida nueva. A las veinticuatro horas de salir del hospital, llamé a mi hermano y le indiqué que regresaría a Costa Rica, pero que tenía que recuperarme primero en Francia. Ocho semanas después, regresaba a mi casa.

Capítulo 34

 

Los primeros días en Costa Rica no salí de Los Yoses. Tenía vergüenza de que vieran al olé de más corta duración. Una vez en público, decidí enrolarme en la nueva Universidad Nacional y me matriculé en la Escuela de Relaciones Internacionales y en el Instituto de Estudios Latinoamericanos. La UNA estaba llena de profesores chilenos exiliados que me nutrieron de la teoría de la dependencia económica.

No solo había un despertar político, sino que muchos extranjeros habían decidido radicar y hacer cambios en el país. Un grupo de estos, los pensionados norteamericanos, contribuían con una mayor tolerancia. Otro sector, el del turismo ecológico, empezaba a asomarse y a transformar el sector hotelero; el auge de visitantes ayudó a liberalizar la sociedad.

En el campo gay, los cambios no se dejaron esperar. Uno de ellos fue el crecimiento del número de bares. Gracias al desarrollo económico, una nueva clase media emergía y demandaba más centros de entretenimiento. En 1974, había más bares de homosexuales en San José que en Madrid o en la ciudad de México.  Y no eran los lugares de la década atrás, pequeños y oscuros, sino discotecas grandes y lujosas como La Bota, situada cerca del Parque Morazán o el Timarkhos, vecino del Hotel Europa, en el mero centro de la capital.

No podía decir que la sociedad producía más homosexuales, aunque así parecía, sino que un número creciente de hombres optaba por este estilo de vida. No hubo un conato de movimiento gay, pero la repercusión de Stonewall llegó al trópico ya que muchos, como yo, estudiamos o vivimos en los Estados Unidos y éramos testigos directos de la revolución sexual.

Otro factor de gran importancia sería el crecimiento de San José y la construcción de edificios de departamentos para las clases populares. Por vez primera en este siglo, se ofrecían unidades para la clase media, financiadas por los bancos del estado o a precios módicos para alquilar. Una de las cadenas de departamentos, los Blanco Umaña, se convirtió en el primer gueto homosexual; decenas de hombres solos adquirieron unidades y las transformaron en refugios homosexuales.

En los barrios residenciales, otros abrían las puertas de sus casas. Uno de ellos sería Mario Losano, un ingeniero, que fundaría La Directiva, la primera organización de homosexuales. Esta no tuvo fines políticos y se dedicó a organizar grandes fiestas de transformistas. Sin embargo, fueron los primeros en alquilar salones públicos y en hacer sentir el poder económico.

En la medida en que la nueva clase se afianzaba, así lo hacían los extorsionadores. Los bares sufrían de acoso permanente y la policía ingresaba en cualquier momento y se llevaba a la clientela. La acusación era por “faltas a la moral”, una oscura contravención que podía interpretarse como diera la gana. Aunque la homosexualidad no era un crimen en el Código Penal, era vista como inmoral. Esta contradicción entre el auge de la nueva clase media profesional y la represión estatal, creaba una situación de ansiedad. Consciente de que algo debía hacerse, se me ocurrió la idea de organizar un primer grupo de terapia.

Invité a doce amigos profesionales: abogados, jueces, médicos, contadores, profesores, arquitectos e ingenieros, para reunirnos una vez por semana. Copié el modelo del grupo de terapia de Washington, aunque esta vez sin coordinadores; hablaríamos de las cosas que nos preocupaban y trataríamos de ofrecernos apoyo. Una de las reglas era que mientras durara el grupo, los integrantes no tendríamos relaciones sexuales; esto para evitar celos y saboteos.

¿Qué quería? Para ser sincero, esperaba un movimiento gay. Deseaba repetir la historia que viví en los Estados Unidos y estaba convencido de que de no organizarnos, el sistema nos destruiría.

La terapia me serviría para entender más la herida de la experiencia gay costarricense y prepararme, años después, para una segunda oportunidad.                                          Para mí, sería importante darme

cuenta que mi sufrimiento no había sido el único. Para quienes nacieron en hogares más tradicionales que el mío, la aceptación de la identidad sería aún peor y de no haber nacido homosexuales, pensaban ellos, tendrían las oportunidades de los privilegiados. En mi caso, estaba el “otro” problema, o sea el judaísmo; no pude culpar a la homosexualidad solamente por la discriminación.

La ironía y la burla eran los instrumentos que los miembros de nuestro grupo copiaban de su medio y usaban para luchar contra el gran dolor que sentían por haber traicionado a sus padres; bebían demasiado; fumaban mota; buscaban sexo constantemente. Como conductor del grupo, no estaba preparado para tanto trauma; no sabía qué hacer ante el consumo de drogas. Después de unas sesiones, el grupo se acabó y nunca más se volvió a reunir.

Mi fracaso por concienciar a mi gente tuvo mejores resultados en mi casa. La relación con mi madre había mejorado notablemente. Electra había terminado por aceptar que mi homosexualidad no era un asunto temporal. A nivel teórico, la tolerancia no le fue difícil ya que las lecciones de la lucha feminista la convencieron de que el movimiento gay tenía razón de ser; Electra empezó a conocer mis amistades y a quererlos. Descubrir que ella amó a Ernesto y que aún se encontraba con él, fue un factor que nos unió y aunque no pude hacer nada por su vida amorosa, la ayudaría a tomar decisiones importantes, como lo fue volver a la escuela.

-Mamá- le dije. ¿No crees que deberías renunciar a la idea de que la felicidad la dé un hombre y dedicarte a lo que te interesa, que sería estudiar?

-Pero es que tengo más de cuarenta años, no terminé siquiera la primaria, nunca aprendí bien la gramática, y me cuesta mucho el álgebra- me contestó

- No te creo. Has leído toda tu vida. Tienes una cultura enorme y estás interesada en lo que ocurre dentro y fuera del país. Yo que vos, me inscribía en cursos de primaria y secundaria por madurez y me buscaba luego una carrera.

Al principio, no me hizo caso, pero el destino le haría una jugada. Electra asistía de oyente a las clases de la Universidad de Costa Rica y tenía que pedir permiso a los profesores que solían darlo porque admiraban su deseo de aprender. Un día, sin embargo, en la clase de una profesora antisemita, topó con una pared:

“No señora, le dijo la mujer, esto no es una asociación de caridad, si no está matriculada, no puede quedarse.”

¡Ni para qué se lo dijo! Electra, muy digna, tomó su cuaderno y su lápiz y salió, humillada, del salón. Llegó con lágrimas en los ojos y me contó lo sucedido. “Te juro que esto nunca más me vuelve a pasar. La próxima vez que ingrese en la Universidad de Costa Rica, lo haré por la puerta grande”.



Capítulo 35

 

No solo mi progenitora tomó decisiones académicas. Después de un año de haber regresado, apliqué a la Fundación Fulbright para una beca en los Estados Unidos. Decidí obtener mi Maestría en Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago; esperaba con ansia la suculenta vida nocturna de las grandes ciudades. Al llegar a Chicago, me mudé a Hyde Park, el campus universitario al Sur de la ciudad. La Universidad, rodeada de los guetos negros más pobres de los Estados Unidos, era un búnker; no se podía caminar en la noche y en cada cuadra, había un teléfono blanco para pedir auxilio. Las violaciones y asesinatos de estudiantes eran frecuentes y la gran actividad social del campus era ir a su biblioteca.

Apenas pude escaparme, corrí al downtown para conocerlo. Esta ciudad del Medio Oeste era la competidora de Nueva York y Los Ángeles, por lo que prometía aventuras solo posibles en urbes de más de siete millones de personas. Cuando tomé el tren para el Loop a las seis de la tarde, soñaba con las calles llenas de peatones y repletas de negocios abiertos. Mi decepción no podía haber sido mayor. El downtown, de noche, moría; se convertía en un antro de alcohólicos y de drogadictos; la gente de Chicago se escondía en los suburbios y no volvería a salir hasta el día siguiente.

 

La minoría mexicana de Chicago era discriminada y por ende, mi persona. Los gays tenían sus bares en los barrios en donde no residían ni negros ni latinos. El bar principal de la comunidad gay mexicana, El Gato Negro, era un pequeño lugar que me recordaba los bares de San José de décadas anteriores.

Las ideas de izquierda y de la dependencia que había estudiado en Heredia, fueron rápidamente puestas en entredicho. La Universidad de Chicago era conocida por su Escuela de Economía que contaba no sé con cuántos premios Nóbel y que tenía la reputación de haber entrenado a los economistas de Pinochet. Mis ideas de reforma agraria, de industrialización por sustitución de importaciones, de redistribución del ingreso, fueron hechas añicos en las discusiones con estos expertos. Estas políticas, según ellos, solo traían más subdesarrollo.

 

La Escuela de Ciencias Políticas era más progresista pero contaba con pocos expertos en América Latina. Decidí hacer, en cuestión de cursos, la especialización en Europa Occidental y mi tesis de Maestría en la Guerra Civil de 1948.

Si la ciudad era una desilusión y la Universidad demasiado conservadora, los estudiantes eran de lo peor. Para competir, destruían los libros y los artículos en reserva; así los otros se atrasaban. Tengo que admitir que estaba asustado. La diferencia entre la Universidad de Maryland y la de Chicago era tan grande que, al principio, no me sentí capaz.

Tuve problemas de notas en el primer semestre; no sabía en qué consistía un buen trabajo, qué era lo que se esperaba de mí y los profesores no tenían el mejor concepto de los estudiantes latinos, aunque contaban con lo mejor de América Latina. Para sobrevivir, me encerré, como todos, en la biblioteca y no hice más que leer. La persecución en Costa Rica, sin embargo, me había dado armas para sobrevivir. Analicé el carácter de mis profesores y encontré lo que los movía: la originalidad. Y yo con mi bagaje cultural, mis distintas máscaras y mi percepción, podía darles toda la que buscaban. Fue una especie de jugada peligrosa: dejé de asistir a la biblioteca y opté por leer otras disciplinas. Después de todo, Ciencias Políticas no me interesaba y al leer filosofía e historia, se me ocurrieron ideas de cómo volver al revés una escuela de pensamiento. Estos cambios me dieron una lluvia de buenas notas y pasé a convertirme en asistente del mejor profesor de mi escuela. 

Hice mi tesis sobre el 48 en Costa Rica, haciendo lo que había aprendido: interpretar las cosas al revés. En vista de que la academia percibía a Figueres como un social demócrata, mi interpretación era que el hombre estaba más cerca del fascismo; el libro fue un éxito rotundo de ventas y aún hoy día se vende bien. Tanto le molestó la crítica a este mandatario, o dije una verdad que nadie se había atrevido, que me lo cobraría años después.

Una vez con la Maestría, regresé a Costa Rica, al Instituto de Estudios Caribeños. En 1978, fui electo director y con el mismo agradecimiento que sentí en el Liceo, trabajé de manera desproporcionada para levantar esa unidad académica. En un año, la producción de investigaciones era la mayor de toda la universidad. Sin embargo, por influencia de los Chicago boys, me había distanciado de la izquierda. Los profesores chilenos me parecían ahora amargados, envenenados e intolerantes. Resentí la poca libertad académica en la UNA que existía por la alianza entre los social demócratas y el Partido Comunista; más que una universidad era un proyecto socialista.

Con mi identificación con las minorías, me asocié con los sectores social cristianos que querían despolitizar la institución. Así que terminé dirigiendo la campaña de la oposición en las elecciones de ese año. La pelea fue dura y perdimos, pero en esa Universidad, como me enteraría próximamente, las derrotas no se perdonaban.

 

Para setiembre de 1979, me anunciaron que Columbia me aceptaba como becario y debía regresar a los Estados Unidos.  Como dejaría mi puesto, busqué a alguien que pudiera sustituirme y la única persona interesada era una profesora que venía de Tulane, oriunda de Cartago. La mujer era desconocida para mí, pero era cariñosa y parecía que traía un título afín. Una vez arreglados mis asuntos, partí a Nueva York.

No había podido instalarme cuando empezaron a llegar las cartas de que la nueva directora se había aliado, políticamente y sentimentalmente con el decano, uno de los sudamericanos de izquierda. Los dos iniciaron una cacería de brujas, destituyendo a los profesores que me apoyaban. Lo peor del asunto es que empezaron a difundir la información de que era homosexual y en 1979, nadie había dado un paso en el frente jurídico: demandar. No tenía interés en regresar a mi puesto y mucho menos en seguir en la política universitaria, pero consideré que era hora de que alguien parara en seco a los que se aprovechaban de nuestra vulnerabilidad. 

La definición de difamación es usar información para desprestigiar a una persona. No importa, como en Estados Unidos, que sea falsa o verdadera, sino que haya habido mala intención. Mi defensa tenía, entonces, que probar que Tailandia había hablado con los profesores de mi homosexualidad; la demandada, por el contrario, lo negaría. En la lista de personas que la apoyaban, estaban las máximas autoridades.

El proceso fue terrible. Esta profesora utilizó las más bajas técnicas; repartió panfletos en la Universidad de Costa Rica de que se le acusaba “injustamente” de decir que yo era, y lo subrayaba, homosexual. Mandó a amenazar testigos; trató de intimidar al personal que testificaría en su contra y envió a hampones a golpear a los profesores.

Estaba solo. Había conseguido a un abogado gay que estaba más en el clóset que yo y a quien el juicio le removía su propia homofobia. Las autoridades estaban en mi contra y sentí como nunca que los gays necesitábamos organizarnos ya que si una profesora podía hacer que toda una universidad persiguiera a un director por su homosexualidad, ¿qué podía esperarse de otras instituciones?

Mis amigos me aconsejaron que retirara la demanda. “Jacques, nunca más vas a poder trabajar en Costa Rica”- me dijo uno de mis compañeros. “Si continúas con esto, te van a cobrar lo de judío, lo de gay y lo de no apoyar a la izquierda, que es la que está detrás de ella”- me advirtió otro profesor.

No voy a negar que sintiera vergüenza antes, durante y después del proceso. No era fácil convertirse en el primer homosexual público y la mujer usó sus influencias: llevó al juicio nada menos que al ex presidente Figueres. El político, molesto por mi libro, decidió darle apoyo público: entró al juzgado y le dio un beso.

 

Gané el proceso en primera instancia, pero por un error del juez, sería luego anulado. Tailandia perdería la elección de directora y nunca más ocuparía un cargo de dirigencia; los que la apoyaron se dieron cuenta de que la mujer era capaz de todo. Regresé a los Estados Unidos a continuar con mi carrera. Sin embargo, me había quitado una máscara importante: mi homosexualidad era del dominio público.

 

Capítulo 36

 

Había elegido inteligentemente: Nueva York había embellecido mucho desde la última vez. El sector del Upper West Side, en donde me mudé, había tenido una renovación: restaurantes, cines, gimnasios, librerías, universidades, delis, tiendas y cafés. Columbia era una excelente universidad, pero a diferencia de Chicago, más llevadera. El cambio a la carrera de Historia me dio más libertad académica.

Después de la experiencia en Heredia, tomé la decisión de quedarme en los Estados Unidos. En Nueva York, no tenía que pertenecer a ningún grupo, religión, nacionalidad, orientación sexual, para sentirme a gusto. Además, estaba el teatro, la ópera, la música clásica y el jazz. Mientras me preparaba para las fiestas de Navidad, llamé a mi hermana que para este tiempo, vivía en Sebastopol, un pueblo insignificante en California. Tenía una nueva amiga, Liliana, una venezolana judía que no conocía.

Cuando conversábamos, una operadora interrumpió y dijo que mi hermana tenía una llamada de Costa Rica. Me pidió que volviera a llamar más tarde. Esperé quince minutos y volví a marcar; el teléfono estaba ocupado. Me leí un artículo e intenté más adelante; seguía ocupado. Me puse incómodo y llamé un cuarto de hora más tarde; no pude comunicarme. Empecé a sentir nauseas: algo no estaba bien. Las llamadas internacionales eran usualmente cortas, nunca de cuarenta y cinco minutos. Los nervios aumentaron; traté de marcar una y otra vez hasta que el maldito teléfono se desocupara. 

-¿Qué pasó? ¿Por qué hablaron más de una hora?-, le dije ansioso a mi hermana.

-Tengo malas noticias –me dice una voz fría y severa- a mamá le encontraron cáncer en el seno.

-¿Qué qué?… ¿qué me estás diciendo?- respondo en shock.

-Que tiene cáncer. Le han cortado el pecho. Está en el hospital y no la puedes llamar. La prognosis es mala porque le han encontrado ganglios afectados.

-¿Qué podemos hacer?- imploro desesperado.

- Lo mejor es que ella se venga aquí al Hospital de Stanford para que la traten. Es importante que traiga una muestra de la biopsia e información sobre el tamaño del tumor.

La peor noticia del mundo: mi madre con cáncer. ¿Cómo puedo mantener la sanidad? Empiezo a llorar y no puedo parar. Esa noche tomé dos Valium para poder dormir; soñé que mi progenitora estaba en Auschwitz, calva.

No lo pensé dos veces. Tomaría el avión al otro día por la noche. La aeronave de Lacsa llevaba cientos de ticos para las fiestas navideñas y la gente estaba jovial y deseosa de ver a sus familias. El viaje se me hizo eterno; cuando finalmente aterrizamos, los demás aplaudían. “No llore –me dijo la compañera de asiento- si ya estamos en San José”. La mujer creía que lo hacía de alegría.

Me recibieron en el aeropuerto una prima que vivía en nuestra casa y su novio, un médico. “Tu madre tiene los ganglios con cáncer. En menos de cinco años estará muerta”- fue su dictamen. Aún hoy no entiendo cómo es que la gente puede ser tan cruel o estúpida; le pedí que detuviera el auto porque me iba a vomitar.

Llegamos y mi mamá estaba en su cuarto. Entré y la abracé.

-      ¿Cómo estás?, le dije llorando. Noté que llevaba todavía un pañuelo en donde estuvo el seno derecho. Después me diría que ella misma se lo puso en el hospital.

-      Me siento bien- contestó Electra extrañada y preocupada por mi estado-. Esperé demasiado tiempo. Tenía una pelota desde el año pasado y fui donde el médico y me dijo que no era nada. Ahora, un año después, resulta que era positiva- añadió como si tuviera que darme una explicación de su error.

-      Lo importante es que ya pasó- le respondí sin creérmelo. Derek me dice que sería buena idea que nos fuéramos a Estados Unidos a que te chequearan allá.

Electra, que había reiniciado sus estudios, tuvo dudas en irse tan pronto; la mujer estudiaba en la escuela por madurez y quería seguir en el colegio. La convencí de que llamara a sus maestros y que pidiera permiso, como yo mismo lo había hecho.

Al otro día, fui donde su médico. El hombre tampoco me dio ningún aliento: las esperanzas eran pocas porque Electra había esperado mucho tiempo. “Si hubiera llegado hace un año –me dijo- el cáncer se hubiese contenido, pero ahora estaba en los ganglios y posiblemente, en otros órganos. No creo –finalizó- que en Estados Unidos puedan hacer más de lo que humanamente he hecho”.

“¡Cuánto hace falta un amigo en estos momentos!”- pensé. Mi padre, era un dependiente más: no entendía qué pasaba y no podía dejar su tienda. Mi hermano, en México, buscó no sé qué excusa para no venir. Mi hermana esperó que yo hiciera el viaje porque tenía “exámenes que revisar”.

Cuando vienen crisis como estas, se entra en piloto automático. Tenía que recoger exámenes de laboratorio, hacer reservaciones, comprar tiquetes, sacar permisos de viajes, comprar dólares, obtener medicinas, sacar radiografías, conseguir muestras de la biopsia y partir para California. No dejé un detalle por fuera.

Esa noche, pasé a recoger mi pasaporte que había dejado en el negocio. Aunque tarde, papá estaba porque miré la luz del baño; toqué la puerta y no recibí respuesta; lo volví a hacer y otra vez, nada. Empecé a golpear la vitrina y finalmente el hombre salió del servicio; se venía subiendo la bragueta del pantalón. Para mi absoluto espanto, le siguió la empleada.

Al otro día, nos fuimos al hospital norteamericano. El periplo en avión se hizo eterno. Cuando uno no tiene una buena razón para llegar a otro lugar y tiene que hacerlo, pues el tiempo crece de manera desproporcionada. Una vez en Standford, los médicos, mejor entrenados que en Costa Rica, nos dijeron que nos olvidáramos de las estadísticas; la prognosis hubiera sido mejor si no hubiera habido ganglios comprometidos. Sin embargo la suerte no estaba echada. Electra podría curarse con la quimioterapia, o mantenerse sana por un buen tiempo.

Ante la empatía de especialistas sensibles, la paciente admitió que estaba destrozada. La mujer siempre tuvo pechos hermosos y con la mastectomía se veía deforme, poco femenina. Había comido poca grasa y hecho ejercicio todos estos años: ¿Por qué ahora el cáncer? Quería saber si era posible una cirugía de reconstrucción. Le dijeron que sí, pero tenía que esperar un año.

Era necesario que nos quedáramos dos semanas para que mi madre empezara el tratamiento que luego continuaría en Costa Rica. Estábamos en pleno diciembre y había que pasar las Navidades y el Año Nuevo en California.

Yo estaba mal; no conocía nada de cáncer y mucho menos de los tratamientos que se nos venían encima. Mientras me instruía en los efectos adversos, llevaba a mi progenitora al hospital.

Una noche, después de llevar a Electra al hospital, decidí ir a la ópera. Al regresar, el auto empezó a fallar en medio de la carretera de San Francisco y Santa Rosa.

A las tres de la mañana, se detuvo un vehículo con un hombre de unos cincuenta años. Le dije que me dirigía hasta Santa Rosa y que si podía darme un ride; me dijo que sí, que él iba hasta San Rafael. Ahí podría pasar la noche y tomar, en la mañana, un bus. Lo miré de reojo y no observé nada extraño; el hombre era fornido pero se veía respetable. Cuando llegamos a su hogar, el tipo cambió y me dijo que quería tener sexo conmigo. Si no me hubiera parecido repulsivo, lo hubiera hecho por agradecimiento. Traté de decirle sutilmente que no, pero fue imposible. Sacó un revólver y me lo puso en la cabeza. “Si no haces lo que te digo, no vas a salir de aquí vivo”. Hasta ahí llegó mi promesa de nunca acostarme con alguien que no me gustara.

Cuando finalmente llegué al hotel, Electra estaba desesperada.

                                                                                                                                                            

-Nada, mamá, no te preocupes. Me dieron un ride, dormí en San Rafael y hoy me vine. No fue nada.

Pasaron las dos semanas y finalmente, pudimos regresar a Costa Rica. 

Capítulo 37

 

Me quedé unas semanas en Costa Rica y pude regresar a Columbia. Mi estadía en Estados Unidos la miré como precaria; si Electra tenía una metástasis, me devolvería. No la iba a dejar sola, mucho menos después de haber descubierto la solidaridad del resto de la familia. Cada receso que tuve, tomé el avión para Costa Rica y planeé hacer mi tesis sobre las relaciones diplomáticas de Estados Unidos con esta nación centroamericana durante los años treintas y cuarentas. De esta manera, podía hacer mi investigación en los Archivos Nacionales de San José.

Aprecié como nunca Nueva York porque la vida me enseñó que ninguna tranquilidad es duradera. La crisis me hizo más fácil establecer una relación estable, esta vez con un psiquiatra neoyorquino. Greg era un joven profesional que tenía un hermoso departamento en el Village y su práctica privada en el East Side, en la Primera Avenida. Además, era un compositor de piano y fue él quien me trajo la noticia de que unas enfermedades terribles estaban apareciendo en la comunidad de Nueva York. La primera, era el herpes viral y luego, vendría otra peor, el cáncer gay.

Entre los años de 1979 y 1983 más del cincuenta por ciento de los hombres gays de Nueva York se contagiaron de lo que luego se conocería como sida. En mi caso, pude haber sido fácilmente uno más; si no me pasó fue porque estaba deprimido y obsesionado con el cáncer de Electra. En 1981, me fui a Costa Rica a recopilar información para mi tesis y esta elección fue quizás la que más contribuyó a mi salvación: me ausenté en el año de más contagio. Mi progenitora, por su parte, había concluido su primaria y secundaria por madurez y se prestaba a ingresar, por la puerta grande, en la carrera de Trabajo Social en la Universidad de Costa Rica.

A finales de ese año, me fui otra vez a Nueva York a defender mi tesis doctoral. Greg estaba más alarmado por el avance del sida; en enero del 2002, dos mil personas habían sido diagnosticadas. Hasta la fecha, los enfermos eran homosexuales, hemofílicos y haitianos, las tres haches que a nadie le importaban. Empecé a prestar atención a la televisión; se decía que en San Francisco, se estaban tomando medidas de prevención pero no explicaban en qué consistían. En los bares de Nueva York, la gente negaba lo que estaba pasando; ninguno de los cuartos oscuros fue cerrado. De la misma manera que Larry Kramer, el dramaturgo, miré la similitud con algunos aspectos del holocausto. Miles de personas estaban siendo condenadas a la muerte, sin que la sociedad reaccionara. Los enfermos eran tratados como basura; en mi departamento de Historia, los compañeros dejaban de beber en tazas compartidas y se esfumaron los saludos con besos en la mejilla.

Empecé a temer que sería el próximo. Le pedí a Greg que debíamos evitar otras relaciones porque nos podríamos contagiar; cuando me di cuenta de que no respetó la regla, sin ningún miramiento, terminé la relación. El temor de estar en el ojo de la tormenta me hizo aceptar una oferta de trabajo en la ciudad de Atlanta. Fui a dar clases a Emory University. A finales de 1982, no había aún casos en Georgia y la gente ahí esperaba el milagro de que el virus no pasara la frontera. El condón apenas se usaba y oí cosas absurdas como que la sociedad sureña era más sana que la yanqui y que tenían mejor alimentación. Según algunos, el pollo sureño los inmunizaría.

En mayo de 1983, volví a Nueva York y aproveché mis ahorros para invitar a Electra a un viaje a España para celebrar mi graduación. Madrid, para la fecha, estaba libre de sida y parecía un lugar seguro. Cuando fui a los lugares nocturnos, encontré la misma negación que en Estados Unidos: los madrileños creían que serían respetados por ser menos promiscuos. Sin embargo, las saunas y los cuartos oscuros estaban hasta la coronilla y a cien millas a la redonda, no encontré un condón.

Preferí hacer turismo con mi madre y la pasamos de las mil maravillas en Sevilla, en Granada y en Córdoba. Ahí también escuché a los colegas achacar la epidemia a la promiscuidad de las grandes ciudades y que seguramente serían –como durante las plagas egipcias- perdonados por el Ángel de la Muerte. Regresamos tres semanas después a Nueva York y de ahí me fui devuelta a Atlanta. Para ese entonces, apareció el primer caso en Georgia y la primera refutación de que el pollo sureño serviría de barrera.

La crisis del sida empezó a preocuparme. Me salió un ganglio inflamado y corrí al hospital de la universidad: “No es nada –me dijo el galeno- es producto de una espinilla en la cara”. Pero no me consoló. Empecé a tocar los ganglios de las axilas; analicé mi lengua para buscar hongos blancos, observé mi piel por manchas oscuras y me tomé la temperatura. Tan alarmado me puse que decidí regresar a Costa Rica y buscar refugio.

Una vez en el país, la preocupación principal era que mi madre no sufriera una recaída. Cada vez que la acompañé a hacerse sus exámenes en los laboratorios, perdía un poco de vida; el sufrimiento de la espera era terrible. Alguien la protegía: no había evidencia de cáncer en el pulmón o en la sangre. Fueron unos buenos dos años en que volví a enseñar en la Universidad Nacional, adquirí un lote en las montañas de Heredia y ayudé a mi progenitora a sacar su carrera de Trabajo Social.

Tuve algunos compañeros sexuales, pero no en demasía. Aún no había casos de sida en Costa Rica y algunos amigos tenían las raras ideas que me eran familiares: “Los ticos somos más sanos que los gringos –me dijo un agente de seguros- y tomamos muchos frescos naturales”. El hombre creía que el batido de mora era el antídoto del sida.

Convoqué un grupo de amigos a una reunión en casa de Mario Losano. Les expliqué lo que había experimentado en Estados Unidos: negación y apatía. Las consecuencias estaban a la vista: los homosexuales morían como moscas. Debíamos hacer algo para advertir a los ticos ya que estábamos aún a tiempo. Algunos se opusieron porque no querían hacer un escándalo; otros estuvieron de acuerdo en alertar a la comunidad, pero de manera discreta. Debíamos concertar una nueva reunión para traer propuestas, a la que nadie llegaría.

Aunque quería hacer algo y estaba aterrorizado con las perspectivas de una epidemia en mi país, la situación de Electra me era prioritaria. Los expertos me dijeron que si en cinco años después de la operación, no había trazos de cáncer, mi madre estaría curada. Solo faltaba un año y conté cada día.

 

No se me daría. Exactamente en el quinto aniversario, apareció una mancha en la placa de los pulmones. El oncólogo quería una repetición. Corrí a mi casa para acompañar a Electra, que había recibido personalmente la noticia. No existía otra cosa que esperar al otro día; un frío sudor me salió de la cabeza. Los resultados serían adversos: había un derrame pleural; era una metástasis. No había más que correr de nuevo a Stanford. Tal vez ahí nos dirían que había sido un error, pero el doctor de cabecera me advirtió que esto no era nada bueno: “Si hay metástasis, la prognosis de vida es de unos meses”.

El día antes del viaje me fui a tomar un trago a La Taberna, un bar gay por el Hotel Europa. Entré y lo único que deseaba era un güisqui que me hiciera olvidar. Cuando me lo sirvieron, miré en la barra y estaba ahí el joven más hermoso que había visto; tenía el color de piel moreno, la nariz larga semita, pelo rizado negro, ojos grandes y profundos, una boca mediterránea llena de dientes blancos como grandes ajos frescos. Parecía judío, casi lo hubiera jurado y me recordaba al rey David de las películas bíblicas. Iba a ser, como se dice en inglés, mi life partner. Obviamente, no era nada parecido a mi persona ya que provenía del campo y era más autóctono que la guaria morada. Sus raíces eran firmes y me hacía sentir seguro; exactamente lo que buscaba. Como dice la canción, cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta…

Tan pronto como intercambiamos teléfonos y prometimos volvernos a ver, tomé, al otro día, el avión para San Francisco. En esta ocasión, Stanford no tenía mejores pronósticos. Electra debía iniciar un tratamiento hormonal y como estábamos destrozados, nos recomendaron ir a Los Ángeles donde los Simonton, unos médicos que habían iniciado un famoso tratamiento alternativo.

Cuando en el año 1984, el ser más querido recibió  el diagnóstico de que el tumor canceroso, operado cuatro años  y medio antes, había metastizado, o sea, había invadido otro órgano, mi reacción, similar a la mayoría de personas que se enteran de que alguien que quieren tiene un tumor inoperable fue de total desesperación. ‘Mi madre -me dije- estaba condenada a muerte por esta maldita enfermedad.

Después del golpe emocional inicial, experimenté una serie de sentimientos que contribuyeron a reafirmar mi temor original. A pesar de las visitas a los centros médicos nacionales y los norteamericanos, el mal parecía incontenible e implacable. Ni los médicos ni las máquinas prometían algo mejor que una prolongación limitada de la vida. Esto no se puede curar’, me dijo el especialista norteamericano.

La tecnología actual es tan poderosa que cuesta pensar que su influencia en un cáncer avanzado sea tan reducida. Durante nuestras consultas al exterior, me encontré con máquinas gigantescas que hacían y emitían toda clase de sonidos; que buscaban señales de la enfermedad por todo el cuerpo, y que quemaban o radiaban aquellos tejidos afectados.

Sin embargo, ninguna de ellas prometía una curación y su fracaso hacía que percibiera el cáncer como un enemigo cada vez más poderoso, traicionero y letal. Entre más grandes las máquinas, me confesó una paciente que esperaba su turno para la radiación, más miedo me da el cáncer y más vulnerable me siento’.

La experiencia con los Simonton valió la pena porque estos galenos interpretaban el cáncer como una enfermedad de la depresión. Según ellos, todos producimos células cancerosas pero solo los que tenemos sistemas inmunológicos debilitados, desarrollamos tumores. De acuerdo con los estudios de personalidad y de cáncer, las personas deprimidas y sin manera de expresarlo, son las más propensas a la enfermedad. Si esta es la causa del mal, la solución era salir de la depresión.

Los Simonton preguntaron a los quince participantes y sus acompañantes que si recordaban un episodio traumático que sucedió entre doce y dieciocho meses antes del diagnóstico. Electra no tuvo problema: la muerte de su hermana. En aquél tiempo, admiré a mi progenitora porque no lloró, ni expresó nada. La gente la felicitaba por su coraje y su valentía; ahora resultaba que haberse tragado su dolor, contribuyó a su mal. Además, según ella, había otro factor: el descubrimiento de la relación de mi padre con la empleada; la humillación no pudo manejarla.

El curso nos enseñó a utilizar las meditaciones y las visualizaciones contra el cáncer, ejercicios para el control del dolor y la ansiedad, la alimentación apropiada y el enfrentamiento con la muerte. Instrumentos que probarían ser invaluables cuando las cosas se pondrían mal.

Electra era una luchadora. Ese último año hizo su tesis sobre el tema que la mataba: el cáncer de mama. Se graduó de Licenciada y promovió cambios en los hospitales. Fundó una organización de autoayuda: a partir de esta asociación, ninguna mujer, en donde estuvo su seno, saldría del nosocomio con un bodoque.

Unos meses en tratamiento hormonal fueron aceptables pero con el descubrimiento de la metástasis en los huesos, se inició la radioterapia. Esto la dejaría en silla de ruedas. Luego, el cáncer se extendió al cerebro y comenzaron los desmayos. Finalmente, se dio la pérdida de peso y el gradual descenso de energía; mamá –rápidamente- se consumía.

El Método Simonton no constituyó un seguro contra la muerte, ni una garantía de vida eterna. Era más bien una filosofía de vivir. Sus técnicas son una auxilio  para los pacientes de cáncer y sus familiares que sienten, generalmente, que han perdido el control. El modelo le sirvió a mi madre para llevar con decoro su enfermedad. Las meditaciones, la música, y la fe, contribuyeron a que durante muchas ocasiones, los dolores y las angustias desaparecieran. El Método me cambió a mí la vida. En vez de utilizar el tiempo para castigarme con los miedos de que perdería irremediablemente al ser más querido, aprendí a meditar, a cantar, a jugar, a hacer ejercicios y a llorar con ella. Fue una ayuda,  a pesar del cáncer, para disfrutar de mi progenitora.

Antonio siguió en su tienda y ni siquiera conoció a su médico de cabecera; mi hermano no volvió a llamar y no lo hizo hasta el día en que mi madre murió

Electra falleció después de horas en coma. Me metí en su cama y en el momento en que se detenía su corazón, haciendo un ruido angustiante, la tenía abrazada: “Mamá agárrate de mi mano y no tengas miedo”- le susurré en la oreja. Sentí que alguien había cortado mis órganos internos.

Capítulo 38

 

¿En qué se diferencia la llamada telefónica de un padre cristiano a la de uno judío? El primero quiere saber qué está su hijo haciendo mientras que el segundo, en qué está pensando.

Las familias judías y las latinas, con respecto a la homosexualidad,  tienen muchas cosas en común y algunas diferencias. Una amiga mía ecuatoriana me dijo que la madre andina era lo más cercano que conocía a la judía. Era sobre protectora y posesiva, demostraba su cariño por medio de la comida y controlaba con la culpa. El padre, por su parte, era distante cuando no ausente y obsesionado por el trabajo. El tiempo que dedica a sus retoños es tan extenso como el canto de un gallo.

La familia cristiana costarricense es similar. La madre establece una relación muy próxima con sus hijos, principalmente si son hombres. Si sumamos el hecho que casi un tercio o más de los niños nace fuera del matrimonio y que existe un enorme grupo de madres solteras, el patrón se acentúa: una población importante no sabe quién fue su padre. En el caso del inmigrante polaco, la presencia física es más significativa, aunque la emocional, igual de ausente. En mi hogar, vivía con un gran desconocido. 

El corte con su país, idioma, historia y oficio –lo que es común en los viajeros intercontinentales- hizo que mi progenitor tuviera como preocupación primordial la sobre vivencia. Él vino de una región en que la estabilidad geográfica y la política estuvieron ausentes. Un día –resultado de las múltiples guerras- el pueblo al que pertenecía pasaba de Polonia a Rusia, de Austria a Checoeslovaquia o de Ucrania a Lituania. Se amanecía con el idioma oficial alemán para, en la tarde, estar ocupado por ruso parlantes. Una semana, la iglesia oficial era la grecoortodoxa mientras que en la otra, la católica. La gente compraba papas con zlotis a una hora para minutos después hacerlo con marcos alemanes. En un período escolar, los niños terminaban cantando hasta tres himnos nacionales.

Si la vida exterior era impredecible, se compensaba con la interior: la gente esperaba encontrar certeza por dentro. Los progenitores buscaban que sus hijos pensaran como ellos ya que lo que nos protegería del caos –creían-  era la obediencia a las costumbres. Un rompimiento en este campo, se interpretaba -no como una mala conducta- sino como una traición. Se toleraba la migración, por ejemplo, porque era comprensible en una Polonia hambrienta, pero siempre y cuando los críos se mantuvieran judíos. Pocos padres se rasgaron las vestimentas porque estos cruzaran el Gran Charco, pero sí lo hicieron cuando cambiaron de credo.

En el caso costarricense, en que el pasado militar se redujo a unas pocas guerras, las invasiones fueron contadas y no hubo cambios de religión, de idioma o de nacionalidad, no existía la misma preocupación. El mundo interior de los hijos no tenía por qué ser un campo sustituto de inseguridades externas: ni se esperaba que fuera similar. Es más, en la tradición latina, la rebeldía era bien vista y cada generación debía variar de la otra. Esto significaba que se aspiraba a una cercanía física, a demostraciones materiales de cariño y al respeto de ciertas normas básicas de conducta pero, al mismo tiempo, uno podía hacer muchas cosas prohibidas.

La distancia en los cristianos, sin embargo,  no era bien tolerada. Estos no querían que sus retoños se fueran de su nido y cuando lo hacían para casarse, se les pedía que compraran su casa no más lejos de cien metros de distancia. La migración a los Estados Unidos, por ejemplo, era interpretada como una tragedia y recuerdo que los despidos en el aeropuerto de Costa Rica eran desgarradores y que los padres lloraban como si fueran al cementerio. En el caso hebreo, la gente entendía que los cuerpos no estaban para quedarse en un mismo lugar: uno se daba un abrazo y no más.

El padre judío veía con malos ojos la homosexualidad no tanto porque iba en contra de su machismo, sino porque se percibía como una ruptura con el pueblo. En nuestro caso, optar por personas del mismo género lo ponía a uno en la misma categoría de aquellos que buscaron mujeres de otras religiones, o que abrazaron causas ajenas como el comunismo. Para  ellos, la respuesta era parecida: el ostracismo.

La reacción del padre cristiano era diferente. Preocupado más por la conducta, este rechazaba la homosexualidad  -no por simbolizar un irrespeto a la tradición- sino por hacer público lo que debía ser estrictamente privado. Mientras el hijo homosexual fuera discreto y no expusiera su sexualidad en público, el padre se hacía de la vista gorda.  Lo que pasaba por la mente, si estaba silenciado, no era de su incumbencia.

No así con los judíos.  La homosexualidad  era un rompimiento ideológico que no gozaba de exenciones. Una vez que mi padre se enteró de  mi condición, quedé en el mismo espacio vital de mis dos hermanos que se habían casado con no judíos: los tres estábamos en la categoría de los ateos. Obviamente, como mi hermano era heterosexual, tuvo mayores privilegios que Derek y mi persona; sin embargo no tantos como se esperaría en el lado cristiano.

Este rechazo de la homosexualidad era más profundo porque significaba el fin posible de la comunicación y el exilio espiritual de la casa. Ninguno de los homosexuales judíos ticos fue echado de su hogar, como a veces sucedía entre los cristianos, sino que más bien ellos optaron por el exilio: la mayoría terminó en México o como nosotros, en los Estados Unidos. Parecería, entonces,  que había más comprensión por parte de los paisanos, pero no era así. La decisión cristiana siempre fue temporal y un castigo a una conducta inapropiada. Una vez que pasaba un  tiempo, si los gays eran discretos, los dejaban volver: la expatriación era breve.  Mientras que para nosotros, no había forma de componenda.

Mi padre rompió conmigo y culpó a mi madre de mi homosexualidad. Si las ideas progresistas hacen que la gente se case con personas de otras religiones -pensó él- asimismo incitan a buscar individuos del mismo género y la etiología de la orientación sexual estaba en un pensamiento torcido.

En un momento histórico del que no tengo memoria, pasé al mundo del olvido y no importaba si vivía en Costa Rica, en Estados Unidos o en la Conchinchina: los puentes de comunicación se cerraron. Lo mismo hizo con mi madre, la que me la heredó como un Complejo de Edipo resuelto al revés. El padre era desplazado por el hijo y buscaba como objeto del deseo a la shikseh de la tienda. En el momento en que me di cuenta que mi padre tenía una relación con ella y lo hacía mientras a Electra le cortaban el seno, debí haber roto con él para siempre.

No lo hice porque los varones gays, seamos o no cristianos, heredamos como una maldición, la responsabilidad del hogar. Como no nos casamos de manera heterosexual, se nos mira como solteros permanentes, sin las responsabilidades de quienes tienen familia.  Mi cuñada mexicana, por ejemplo, solía reclamar más dinero porque “ellos eran cuatro en vez de uno”. Esto los llevaba a esperar que los gays supliéramos las necesidades materiales y emocionales de nuestros padres y en el momento en que uno desapareciera, era nuestra la obligación de rescatar al otro. Por nuestra parte, creíamos que haciéndolo, lograríamos –finalmente- abrir la puerta a sus corazones.

¡Falsa premisa! No lo hacen porque intuyen que de aceptarnos, perderían su poder de hacernos pagar hasta el fin de los días por el gran pecado de haber nacido con una orientación sexual distinta. Esto lo apreció mi madre antes de morir cuando me lo advirtió: “¡No te quedes cuidando a tu padre como lo hice  toda mi vida!” Ella muy bien sabía que nada sacaría más que desgracias y que detrás de su puerta, no había más que rechazo.

Me tomaría doce años hacerle caso pero finalmente, lo acepté: le dejé el cuido de  don Antonio a mi hermana Derek

No pude más. Corté con mi padre y no fue una revancha personal sino parar el abuso. En algún momento, todo hombre gay debe llegar a la conclusión que muchos de los que dicen querernos se han aprovechado de nuestras miserias. Mantener la relación es a veces continuar con la explotación y cuando uno ha experimentado el irrespeto de sus límites, ya sea por abuso sexual u emocional, se vuelve costumbre permitirlo.  Mi caso no ha sido distinto del de miles de hombres gays que tuve en mis cursos: como Judas contemporáneos estamos condenados a pagar el castigo por la venta de un ser humano, solo que en este caso, no es otro que uno mismo.

Pero como dice la canción, Enough is Enough.

Capítulo 39

 

En 1985 un amigo mío de Nueva York, se vino con sida a Costa Rica. Pronto, otros conocidos sufrieron diarreas incontenibles. Se hizo evidente que el virus, ya identificado, había llegado al país y hacía la homosexualidad evidente. Hombres casados, con hijos, respetables y masculinos se enfermaron y las familias tuvieron que aceptar -de un plumazo- que eran homosexuales y, además, que estaban condenados. Para 1987, las cosas se pusieron peor. El gobierno, para detener la infección, decidió hacer redadas masivas en los bares y amenazó a todos los empleados públicos con hacerles el examen obligatorio. Esta política punitiva buscaba identificar y aislar a los seropositivos; no se consideró hacer una campaña de prevención.

 

Cuando la policía hizo la peor redada en el Bar La Torre y se llevó a más de doscientas personas, sentí que era hora de poner un freno a la persecución. Hasta la fecha, las razzias habían sido aceptadas estoicamente. Sin embargo, pensé que era tiempo de incrementar su costo y planeé dos estrategias simultáneas: publicar una carta de protesta contra el gobierno y abrir cursos de concientización para gays en la UNA. En el primer caso, una abogada redactó la carta y me aconsejó que buscara firmas de homosexuales y de heterosexuales. Me dijo que no la apoyaría solo si había firmas de los primeros.

Más de ciento cincuenta profesionales firmaron, principalmente en mi universidad. En cuestión del dinero, los dueños de los bares no dieron un cinco. Si sus clientes se enfermaban, decían, era su problema. Tan pronto como se publicó la carta, para mi absoluta sorpresa, el conservador periódico La Nación salió en nuestra defensa; aducía que las redadas no eran forma de hacer prevención y que eran violatorias de los derechos humanos. Oscar Arias, que anticipaba un premio Nóbel de la Paz, se dio cuenta de que peligraba su candidatura y giró órdenes al Ministro de Seguridad para detener la persecución policial.

                                                                                                                                                                              

En el campo de la prevención, los talleres en la UNA fueron un éxito. Había aprendido de mis errores en el grupo de terapia y formulé un taller con buenas lecturas, ejercicios y temas para discutir. De los participantes saldrían los que me ayudarían a establecer la organización para luchar contra el flagelo.

En 1988, uno de mis mejores amigos fue internado en el hospital por complicaciones debidas al sida. William no le había dicho a nadie, ni siquiera a mí, que estaba infectado y cuando lo fui a visitar, estaba en estado de coma; había vivido estoicamente con su enfermedad.  Ingresé en su cuarto, en compañía de la doctora Quesada, la única que se atrevió en este tiempo a defender los derechos de los pacientes,  y estaba solo, se había orinado y defecado en la cama y nadie lo había limpiado.

William murió al día siguiente. Después de su muerte me enteré del calvario que había sufrido; había estado internado en otro hospital y tuvo vergüenza de que la gente supiera que tenía sida. Prefirió irse a su hogar antes que estar en el salón especial para los sidosos. “Si no me dan de alta me tiraré del último piso de este hospital”, le dijo a los médicos. Lo dejaron irse para su casa y cuando entró en estado de coma fue llevado a otro hospital, que resultó más homofóbico que el primero.

Mi amigo no fue un caso especial. Cientos de jóvenes sufrían por “haber pecado” contra la Biblia. Tomás, un muchacho de diecinueve años, me dijo que no le tenía miedo al sida sino al “castigo que me espera en el cielo”. Le pregunté qué esperaba encontrar cuando llegara y me  dijo que Cristo lo recibiría y lo condenaría. Los ojos se le habían hundido y estaba lleno de llagas causadas por un herpes. “Es que Dios lo ha dicho muy claro: los homosexuales están condenados al infierno”, me dijo en voz baja.

Otros decidieron que nadie los visitara, para mantener oculta su homosexualidad y evitarle “vergüenzas” a sus familiares. Ernesto, hijo de un empresario, prefirió ser tratado en su hogar y no en el hospital para que sus sobrinos no fueran rechazados por tener un tío homosexual. No sólo los enfermos sufrían. Los padres de estos muchachos también compartían los temores. Ana, una sufrida mujer que amaba a su hijo, me confesó un día: “Temo por su alma. Aquí en la tierra yo lo cuido, pero ¿quién me lo verá en el Reino de Dios?”.  “Espero que sea perdonado por lo que ha hecho. ¡Es tan joven este hijo mío!”.

La madre de Joaquín luchó de otra manera. Hizo que su hijo se “arrepintiera” de su pasado homosexual y que no volviera a frecuentar a sus amigos. “Pero doña Beatriz, ¿cómo no me va a dejar entrar en la casa si Joaquín y yo somos compañeros de hace años?”, imploró su pareja. “¿Y de quién es la culpa de que mi hijo se esté muriendo?”, espetó la mujer.

Otras personas promovían las más inusuales “curas espirituales” para sus seres queridos. A Carlos, quien había sido ateo, le pusieron una estatua de Cristo en la cruz con un bombillo rojo que se encendía y se apagaba. La mamá de Pepe, un joven de Cartago, convocaba a sus vecinas para rezar. Por una o dos horas hacían sus oraciones y rogaban por el perdón de Pepe.

Los padres, hermanos, hijos y familiares tenían buenas intenciones. No querían ver a los enfermos sufrir física o espiritualmente y como sabían que podían hacer poco por curar el cuerpo, optaban por sanar el alma; sin embargo, esta curación espiritual era un veneno.

Capítulo 40

 

Durante cuatro años la asociación luchó contra la discriminación y promovió el uso del condón. El gobierno y su Ministerio de Salud, en lugar de apoyarnos, nos hostigó. Mientras los muertos eran solo los homosexuales, pensaron ¿para qué parar la epidemia?

La lucha contra el virus, a pesar de no desearlo, se convirtió en trabajo de tiempo completo. Nadie quería dar la cara y mucho menos con una enfermedad tan temida; los individuos acudían a mí para que peleara por ellos y estas pequeñas luchas fueron poniendo mi rostro en la prensa, en la radio y en la televisión y cuando me di cuenta, era la personificación de la prevención. Pronto el gobierno y la sociedad civil me buscaron para ayudarme o para destruirme.

La directora del Departamento de Control del Sida del Ministerio de Salud me comunicó por teléfono, por ejemplo, que tres personas enfermas habían dicho que tuvieron relaciones conmigo. Se notaba que la mujer estaba contenta: tenía ahora una carta para usar en mi contra y racionalizar que mi crítica a su gestión era solo por un interés personal. “Lamento mucho decírselo de esta manera, pero para el Ministerio es importante que se haga el examen para que no infecte a más jóvenes”- me solicitó.

Esto me removió la vida y la muerte de Electra. Odiaba hacerme exámenes porque temía que, tarde o temprano, si uno buscaba, algo encontraba. Si ella había luchado -y muerto en el proceso- contra el cáncer de mama, pensé, a mí con el sida me pasaría lo mismo. Sabía que no había estado con nadie más que mi pareja y que los que dieron mi nombre, lo hicieron porque la directora les exigía diez contactos y si no los tenían, los inventaban. Pero no me había hecho el examen y era tiempo de averiguarlo. Si el resultado era negativo, estaba dispuesto a detener estas tácticas de intimidación.

Ingresé en la oficina de mi doctor en la Clínica Americana. El hombre que no sabía el miedo que tenía, empezó a jugar con el resultado. “¿De verdad quieres saber si lo tienes o no?”- me dijo con una sonrisa irónica. “Sí, dámelo de una vez por todas. He estado con esta incertidumbre desde 1983”- le respondí con la voz entrecortada.

“¡Es negativo!”- me lo dijo a carcajadas. El pobre se asustó cuando me vio llorando y abrazándolo. Al otro día, fuimos mi pareja y yo a Cartago, en romería a la Virgen de los Ángeles. Él había hecho la promesa y no pude dejarlo ir solo, sabiendo que no le agradaba caminar.

No todo fue negativo. Dos años después, recibí dinero de Holanda y de Estados Unidos para realizar un manual de prevención para gays. El monto me serviría para contratar a algunos miembros de nuestro grupo. Los resultados fueron tan buenos que, en 1990, recibimos fondos de Holanda para un programa regional para la prevención del sida. 

Al contar con estos recursos, cometí un error: contraté como profesionales en salud a los que hasta la fecha habían sido nuestros voluntarios. El Instituto nacía así con un grupo de personas que no estaba preparado para hacer campañas de prevención y que creía que había sido contratado únicamente por ser homosexual.

Hubo muchas satisfacciones en la labor. En cárceles, se redujo la infección al nivel más bajo de toda América Latina. Se crearon los primeros manuales en español para el trabajo en autoestima y en salud con gays. En trabajadoras del sexo se fundó un club de empoderización que se exportaría a más de diez países. Se montaron proyectos para niños de la calle, travestidos, invidentes, autistas, prostitutos, marineros, drogadictos, rhastas, camioneros, ex prisioneros, lesbianas, mujeres y amas de casa. Desarrollamos modelos alternativos para el alcoholismo y la drogadicción. Se impartieron talleres para decenas de miles de estudiantes. Llevamos a cabo una serie de investigaciones y encuestas regionales que se publicarían en español e inglés; una de ellas, quedó entre las cinco mejores de la sexualidad del prestigioso concurso Lammy en los Estados Unidos.

No obstante los frutos, los sinsabores se fueron acumulando. Uno de ellos, para mi sorpresa, tuvo que ver con el judaísmo. Algunos de los donantes del partido socialista holandés eran pro palestinos y esto no era otra cosa que un antisemitismo disimulado. Cuando traté de celebrar el Levantamiento del Gueto de Varsovia y denunciar que tanto judíos, homosexuales y gitanos fueron escogidos para el exterminio, los diplomáticos objetaron que incluyera un apartado sobre los primeros y me dijeron que nosotros no merecíamos una celebración aparte. No pude creer lo que oía: las racionalizaciones de que muchos otros sufrieron en la guerra las miré como una excusa para no enfrentar su pasado de colaboración: es un hecho que Holanda entregó con facilidad y con premura los judíos a los nazis y que las tres cuartas partes murieron en los campos.

Otro problema era el programa gay. Tanto conflicto, denuncias, saboteos y ataques personalizados promovían los homosexuales que los funcionarios del Instituto y yo mismo, en el proceso, nos agotamos. Si se le llamaba atención o se exigía cuentas a uno de ellos, la respuesta era enviar anónimos lesivos, mal informar o cuestionar la manera de manejar los fondos. La razón era que los espacios se convirtieron en lugares para expresar el odio aprendido sobre la homosexualidad. Y el problema no era la personalidad de los dirigentes costarricenses, la corrupción, o el ansia de poder, sino un mal universal que aqueja a los homosexuales y que hace que la gente huya de trabajar con ellos.

En mis clases en la UNA, por ejemplo, pregunto a mis estudiantes qué es lo que odian de los homosexuales y casi ninguno responde que le molesta que tengan relaciones con otros hombres. La respuesta es que no gustan de ellos por chismosos e hipócritas. Obviamente, esto es prejuicio y una percepción distorsionada. Sin embargo, tiene algo de verdad porque la manera en que respondemos es usualmente indirecta y solapada.

Bruce Bawer en su libro Beyond Queer, Changing Gay Left Orthodoxy nos da otra razón cuando dice que las organizaciones, en un principio, atraen a los miembros más mediocres y a un gran número de sociópatas: desempleados, lunáticos, inadaptados, inestables, poco educados y vagos. La razón es sencilla: son los que no tienen nada que perder. Estos individuos dominan los grupos e impiden que maduren, crezcan y se desarrollen. Cuando existe la posibilidad de profesionalizarlos, son quienes los destruyen.

La ausencia de una clase profesional, centrada, exitosa y segura de sí misma, es la que ha hecho que fracase el movimiento de respeto de los derechos en Estados Unidos o en Costa Rica. Por más que busqué en las universidades y en los colegios profesionales ayuda de este sector, los intentos fueron en vano. Prefirieron vivir en el armario e invertir su energía en otras obras. Este abandono hizo que nos llegara lo peor de la supuesta comunidad.

La homosexualidad dejó de representar para mí una casa, una nacionalidad y un refugio. Con el paso de los años, la práctica sexual me empezó a parecer como insignificante y optar por amistades o una misión política con base en la orientación sexual, o tener bandera y hasta himno a la homosexualidad, me pareció ridículo. En el momento en que la nueva ministra de desarrollo exterior holandesa decidió terminar con los programas en América Latina, aproveché para concentrarme en la investigación. Acordé, como lo hizo Henry Hay, fundador de la primera organización norteamericana, La Mattachine Society, dejar que los críticos de siempre dijeran lo que se les ocurriera y hacer que asumieran su responsabilidad: debían buscar otra cara que los representara.

Capítulo 41

 

Mi averiguación sobre el pasado polaco se inició en Varsovia. Justo unos meses después de que cayera el gobierno comunista, decidí hacer una visita a Polonia. Quería ir al pueblo de mi madre, Dlugosiodlo: estaba cerca de Wiskow, a mitad del camino entre Varsovia y Bialistok; pertenecía a esta última provincia.

Llegué en diciembre desde Londres. El frío era tan acentuado que los motores del avión de British Airways estaban a punto de congelarse. El aeropuerto parecía un granero: ni en Centroamérica se veía algo tan primitivo por lo sucio e inadecuado; ahí me esperaba una guía turística que contraté desde México. La mujer, profesora de literatura y traductora oficial de español, trabajaba para su agencia de viajes solo por la pitanza. Fui con mi pareja y mi guía directo al hotel, un nuevo edificio para el turismo internacional. Aunque amplio y elegante, no había ninguno de los servicios a los que uno estaba acostumbrado. Las comidas no podían escogerse; servían lo mismo para todos. Las mucamas estaban dedicadas a la prostitución y en la noche ofrecían “Madame Polacas” a todas horas.

Varsovia no tenía luces de neón, restaurantes abiertos, o las ventas navideñas. Al día siguiente, visité las grandes tiendas de departamentos para encontrar cientos de clientes que buscaban, decepcionados, algo de mercadería. Me impresionó que en un piso entero de una tienda de siete plantas, parecida a La Gloria en San José, solo hubiera una caja de calzones al estilo de los de Costa Rica en 1930. 

El casco antiguo de la ciudad había sido bombardeado por Hitler y reconstruido con base en fotos. No solo era poco auténtico sino que no tenía vida. La parte moderna era aún peor: edificios donados por la Unión Soviética que con su realismo socialista, solo se le ocurrió hacer cajas de fósforos. Varsovia, la otrora París de Europa Oriental, era ahora la Tegucigalpa europea.

Traté de comunicarme con un tío comunista que había sido miembro del Partido y que con la purga antisemita de 1968, lo habían fletado a algún puesto de poca importancia. Pero el Partido quemó los archivos de sus miembros y no había forma de encontrar su dirección. Una lástima porque me hubiera encantado conocerlo; decidí irme para Dlugosiodlo y a los campos de concentración.

El viaje duró aproximadamente dos horas. Mi guía me contó que el pueblo era famoso antes de la guerra por ser un lugar de veraneo. También había sido un centro comercial importante. Llevé conmigo un mapa hecho por un paisano en Costa Rica, don Manuel, en que dibujó la casa de doña Mina, una amiga de antes de la guerra. Si daba con ella, me dijo don Manuel, sabría cómo encontrar la casa de mi mamá.

Llegamos, finalmente, por una estrecha carretera que se desviaba de la principal y de ahí pasamos por pequeñas aldeas y comunas. La calle se fue haciendo más angosta y después de media hora, llegamos al letrero que anunciaba  Dlugosiodlo. El pueblo era simpático, rodeado, como Electra lo había descrito, de bosques de pino; el edificio principal, como en Costa Rica, era el de la iglesia católica.

Las casas de este poblado eran de madera, de colores pasteles, con cercas y techos inclinados del mismo material. En el centro del pueblo se levantaba una plaza con un monumento dedicado al General Naczelnikowi Bojownikov, héroe nacional polaco que debía haber matado a quién sabe cuántos rusos y ucranianos. El hombre amenazaba aún sentado sobre su exuberante caballo y en pose de guerra, listo para terminar con más "enemigos" de la patria.

Busqué a doña Mina y el mapa resultó preciso; tocamos la puerta de su casa y ahí estaba la mujer: pequeña, gordita, pelo castaño y piel blanca como la nieve. Con mi intérprete le dije que don Manuel me había enviado y creí que no sabría de quién le hablaba, pero me equivoqué: “¿Cómo está Manuel?”- me preguntó. Le dije que bien y que le mandaba saludos; se sonrió e inmediatamente me hizo entrar en su casa. Esta era pequeña y de madera con sillones que seguramente estaban desde antes de la guerra; me dio un té caliente, como Electra lo hacía y me contó lo que fue Dlugosiodlo en tiempos antes de la invasión alemana.

No había luz eléctrica en el pueblo, explicó doña Mina,  ni conciencia de la existencia de los peculiares poderes del electromagnetismo.  El transporte se hacía principalmente con carretas y caballos. El pueblo era cruzado por carretones llenos de tucas de madera que iban para Varsovia o Bialistok. En el invierno, la nieve cubría los techos y las copas de los árboles y  perdía su blancura al mezclarse con la tierra de las calles sin asfalto, lo que manchaba los zapatos de los transeúntes. Algunas veces el invierno era tan crudo que la temperatura llegaba hasta menos de 38 grados bajo cero. Cuando esto sucedía, la escuela se cerraba.

La única diversión era la taberna, a la que solo los polacos y los judíos menos religiosos asistían debido a su mala fama de ser centro de borrachos y de pleitos. El dueño de esta era un paisano, don Israel, que las malas lenguas decían que gustaba mucho del vodka y era un enamorado de las mujeres cuyos maridos habían emigrado. En el verano, la gente solo tenía dinero para ir a los bosques cercanos y el pueblo quedaba desierto. Un reducido número de paisanos judíos tenía dinero. “Entre ellos, tus abuelos”- me dijo doña Mina.

La casa de mi abuela había sido demolida y en su lugar estaba la nueva taberna.  Mi tío me la había descrito: era de madera y olía siempre a humedad. Las habitaciones, pequeñas y sombrías. El único lugar más caliente era la cocina en donde había una enorme chimenea que servía de calefacción. Las ventanas daban al patio en donde se localizaba el corral y el excusado de hueco. Los tres hermanos dormían en la misma cama, mientras que mi abuela tenía su dormitorio.

Mirar el espacio donde alguna vez estuvo la casa y oír de doña Mina historias de mi familia, me produjo un sentimiento extraño: “¿Cómo era posible que en este lugar vivió mi madre y mi familia por mil años? Tenía, por vez primera, evidencia material de la existencia de mi pasado. Aunque un pedazo de césped era algo que podía tocar. Esta mujer polaca, simpática y cariñosa, conocía bien a mi familia y me contó viejas historias. Una de ellas era que mi bisabuelo materno había sido asaltado y asesinado en el bosque. Lo que no sabía era que el criminal fue capturado y enviado a prisión por doce años. “En Polonia, me dijo doña Mina, antes castigábamos a los maleantes”. Luego, me habló de lo progresista que era mi abuela, lo que yo desconocía.

Doña Mina me relató cómo mi bisabuela materna que era dueña de una de las dos tiendas, terminó sus días: los alemanes entraron y sacaron la mercadería de la Tienda Elegante, como se llamaba, y la tiraron a la calle. A mi bisabuela, Rivke Malke, la enviaron en tren a Treblinka, junto con tres de sus hijos más pequeños. “Tu abuela tuvo suerte al irse porque los ricos se quedaron en Polonia”- me agregó.

Que mi abuela no era pobre sería confirmado luego por mi tío que me señaló que no recuerda razones para haber emigrado. Según él, a doña Anita le iba bien con su tienda, algo muy diferente de lo que me había contado Electra; según ella, se vinieron porque se estaban muriendo de hambre. “Nada de hambre –me refutaría mi tío- nosotros vivimos muy bien en Polonia. Recuerdo que comía mejor que en Costa Rica”.

Los habitantes del pueblo, que antes tiraban piedras a los judíos, se mostraron amables. Veníamos de América, la tierra de la leche y de la miel. Trataron de comprarnos lo que llevábamos y lo más risible era que había adquirido en la tienda del pueblo un mapa de Polonia. Los curiosos, creyendo que era algo del extranjero, me ofrecieron el doble de su precio en zlotis. De ahí partimos para los campos de concentración y Cracovia.

Auschwitz-Birkenau me sorprendió por su tamaño. No me imaginaba que sería un complejo tan grande. Acostumbrado a mirar fotos del edificio principal, no estaba consciente del número de barracas. En este campo de concentración, en un día “normal”, hubo medio millón de prisioneros. No solo estaban las industrias de guerra, sino que hasta una cancha de fútbol y un prostíbulo. La guía turística me dijo que en lo que duraba un partido de fútbol, tres mil judíos eran gaseados. “Mientras los Sonderkomandos y los nazis jugaban, se oían los gritos de las víctimas que golpeaban las puertas de metal”.

También participaron en conciertos y en dudosos estudios médicos. El famoso Menguele, el Ángel de la Muerte, hizo sus experimentos con gemelos cerca de las cámaras de gas.  Ahí les inyectaba sustancias químicas en los ojos para averiguar si los podía hacer del color celeste.  En la barraca Canadá, observé el montón de pelo, de zapatos y de valijas. Busqué en vano por la de mi bisabuela materna.

Me provocaron náuseas las fotos. Ahí estaban miles de prisioneros que miraban a la cámara unas semanas antes de morir en las fatídicas cámaras de gas. Algunos sonreían como era natural hacerlo y miré prisioneros atractivos, hombres jóvenes que llamarían la atención en cualquier lado. Luego, me dio vergüenza mi deseo y sentí la misma cólera conmigo mismo que experimenté cuando en los bares norteamericanos, algún alemán o un holandés me cortejaban. “¿Cómo se atreven?”- me decía.

Finalmente, vimos lo que quedaba de las cámaras de gas, dinamitadas para borrar la evidencia. Se bajaba por unas estrechas escaleras y ahí estaba el resto del cuarto para desvestirse y una réplica en mármol del proceso que se seguía hasta terminar en la cámara de gas. Les decían que iban a darse un baño pero la mayoría sabía el desenlace. Unos pelearon con los guardias y fueron empujados a bastonazos; otros ingresaban con resignación. Nos contaron que una vez una joven de catorce años sobrevivió las cámaras de gas probablemente por una burbuja de oxígeno; no sabían qué hacer con ella porque se había salvado de milagro; por un momento, pensaron en perdonarle la vida, sin embargo, no hubo clemencia: los alemanes le dieron un tiro en la cabeza.

Después de estar en el infierno, no tenía ganas de hacer turismo en Cracovia. No obstante, no podía salirme del itinerario. La ciudad, contrario a Varsovia, fue menos arrasada en la guerra y aún mantiene su casco antiguo intacto.  Mi guía me contó lo que les pasó en la guerra. Los alemanes llegaron a Cracovia e invitaron a una reunión a todos los intelectuales y a los profesores universitarios. Estos, halagados por la consideración y pensando que los tomarían en cuenta, asistieron sin chistar. Una vez reunidos en la plaza, empezaron a fusilarlos. “Los alemanes no querían una clase intelectual polaca, solo esclavos para la guerra. En Varsovia, nadie hubiese sido tan iluso; los cracovianos pagaron por su petulancia”- me relató la mujer.

Capítulo 42

 

Una de mis mayores dichas fue escribir mi primera novela sobre la vida de mi madre. Tan pronto como se publicó, la obra tomó vuelo y se me sugirió que la tradujera al inglés y una vez en las librerías de los Estados Unidos, recibí un correo electrónico. Se trataba de un tal Stanley que quería saber si era judío porque buscaba desde hace años a su familia. De acuerdo con él, Tzipora, entre los cristianos, era un apellido muy común en Polonia, pero no así en los judíos. Él tenía el recelo que los Tzipora paisanos estábamos relacionados; más aún si proveníamos de pueblos cercanos a Varsovia que en su caso, era Wiskow.

Sentí una gran curiosidad porque del lado de mis abuelos maternos, no sabía nada. Fuera de ellos nunca conocí algún consanguíneo; algo extraño por cuanto las familias judías en Europa Oriental eran extensas. Empezamos a unir datos de los pocos que tenía y algo más importante: fotos e información sobre características físicas y emocionales. En las mujeres, salió a relucir el cabello fino, los dedos de los pies montados, las caderas grandes. En los hombres, la estatura corta y robusta, y los ataques cardíacos. Había una predilección por los nombres Samuel, Jacques y David.

Después de meses de búsqueda, se me ocurrió ir al cementerio para averiguar el pueblo natal de mi abuelo y el nombre de su padre. Ahí encontré que don Jacques, el patriarca, nació en Wonzubi, cerca de Wiskow, una aldea cercana a la de los abuelos de Stanley.

Un año después, este hombre ha hecho un descubrimiento sorprendente: un primo suyo de Nueva York, de apellido Poszner, le admitió que sabía que tenía familia en Costa Rica. El nombre del hermano de su madre, según él, era don David, quien tuvo tres hijos, uno de ellos Samuel, que llegó a visitarlos en 1948.

No lo pude creer. Si mi mamá me había llevado a Nueva York en 1952, ¿cómo era que nunca mencionó que tenía familia? Después de ese año, estuvimos varias veces en la ciudad y ella no hizo ningún intento de contacto. La manera de averiguarlo era llamar a mi tío Samuel, hermano de Electra, y preguntarle si había visitado a esta familia.

“Sí, claro, había una hermana de tu abuelo que se casó con un Poszner, un electricista. Yo fui a conocerla en 1948 cuando iba en tránsito a luchar por la guerra de independencia en Israel. Ella creyó que me iba a quedar en su casa y apenas me recibió. Sé que tu abuelo, cuando vino de visita a Israel en 1952, estuvo ahí. Nunca quise saber nada de los primos; una vez fue suficiente ¿Para qué vas a ir a buscarlos?”- me cuestionó.

Ahora resultaba que no solo mi tío había estado ahí, sino que también mi abuelo y en el mismo año en que estuve internado en el hospital. Algo no calzaba. Si había una hermana de mi abuelo en la Gran Manzana, su tía, ¿cómo era que Electra no la mencionó?

Stanley me invitó a Nueva York a conocer a mi familia, cosa que acepté sin titubear. Después de pasar unos días con ellos, los primos mencionaron parientes en Argentina, con los que no había podido establecer contacto y cabía la posibilidad de que estuviéramos relacionados. Me dieron una lista de los teléfonos y los llamé desde la casa de Stanley; me dijeron que solo sabían que eran originarios de Wiskow y no  recordaban el nombre de su abuelo.

La hermana de don David había muerto años atrás y solo quedaba en la metrópoli dos de los hijos. Uno de ellos, la mujer, había nacido en Polonia. Los otros, en Nueva York. La polaca, por ser mayor, se acordó cuando mi abuelo visitó a su madre y también cuando años después, lo hizo mi tío. No tenía claro por qué se interrumpió el contacto y por qué no nos dijeron nada de ellos.

De la información genealógica averigüé que mi tatarabuelo, don Aviézer, era un hombre religioso que tuvo seis hijos. Uno de ellos era el abuelo de Stanley y el otro, el del mío, don Jacques. Aviézer tuvo 12 hijos, pero solo dos sobrevivieron la guerra; David y su hermana; los otros diez fueron asesinados en Bialistok.

Había encontrado a mi familia. 

Stanley me solicitó que no me olvidara de los Tzipora de Argentina. Estos no habían podido relacionarse con ninguna de las seis ramas que descendían de Aviézer. Para indagar sobre una posible relación, debía visitar a mi tío en Haifa, Israel. Samuel había roto–cosa común en los Tzipora- su relación con sus padres y mi madre; salió de Costa Rica para no volverlos a ver y después de cuarenta años, consideré que era hora de encontrarnos.

Tan pronto como llegué al Barrio Carmel en Haifa en donde tiene un lindo departamento con vista a la bahía, mi tío me contó la razón por qué creía que don David, mi abuelo, no quiso más contacto con su hermana. Según él, sus hermanos y sus padres les imploraron antes de la guerra que los ayudaran a salir pero no hicieron nada por ellos y cuando se dieron cuenta de la Shoa, la culpa los mortificó.

“Está bien, tío, entiendo lo de don David. ¿Pero por qué Electra no me habló de ellos? Ella no tenía culpa de que su familia haya perecido. Tampoco don David en realidad, pero ella menos, ¿así que por qué el secreto?”- le pregunté.

“No era un secreto. Es que hubo que empezar una nueva vida. ¿Qué importancia tenían los primos? A mí, me daba lo mismo”.

Con respecto a los Tzipora de Argentina, mi tío me contó que uno de los hermanos de don David, Abraham, había partido para ese país del Sur pero como era religioso, había regresado a Polonia. “Seguramente lo mataron junto con todos los demás”- me dijo Samuel. No estuve tan seguro. En primer lugar, este Abraham nació en Wiskow, el mismo pueblo de donde procedían los Tzipora. En segundo lugar, había ido a Argentina y en ese país había unos diez Tzipora que no conocían un solo pariente en el extranjero. Finalmente, cabía la posibilidad de que don Abraham haya escapado de la Shoa y emigrado a Argentina.

El misterio crecía. No estuve satisfecho con ninguna de las explicaciones y no tenía más camino que buscar a los Tzipora de Sudamérica. Llamé y pregunté si tenían familiares en Israel. Había dos que se habían venido de Rosario y de Buenos Aires a Jerusalén y a Tel Aviv. Una era diseñadora de joyas, Graciela, que tenía mi edad y no recordaba gran cosa de sus abuelos; sin embargo, era idéntica a mi madre. El otro, Fabel, tenía alrededor de setenta años y seguramente sí recordaría quién fue su abuelo. De acuerdo con Stanley, mi misión era clara: buscarlo y averiguar si su abuelo era Abraham, hermano de nuestros abuelos, ya que de ser así, los Tzipora de Argentina eran nuestros primos. Lo llamé por teléfono y me puse de acuerdo en que nos viéramos en el Hotel Aviv.

Capítulo 43

 

Quedamos en reunirnos en el hotel porque la intifada estaba en lo peor. Mis amigos me pidieron que no hiciera el viaje: Israel era peligroso. Desde que llegué a Tel Aviv, tuve muchos problemas por mi facha. En cualquier lugar, la policía se me venía encima, nuevamente incrédula de que fuera judío. De un momento a otro, una persona parecida a mí, estallaba en un bus, un restaurante o en medio de un centro comercial.

Había venido a encontrar familiares y el motivo mismo era poco creíble. No era común que la gente –cincuenta años después- buscara parientes perdidos en la Shoa. Así que opté por hacer mis pesquisas en el hotel. Miré desde la ventana un carro que intentaba estacionar y lo hizo tan mal y lo intentó tantas veces que pensé que este Fabel debía ser pariente.

Un hombre distinguido, que cojeaba un poco, salió del auto. Tenía el pelo aún oscuro y una cara agradable que se me hizo familiar. Vestía como abogado, con traje entero y corbata; tenía una mueca de sonrisa. ¿Parecía un pariente? Definitivamente sí: era de corta estatura, corpulento, como los Tzipora. Me saludó amablemente y nos sentamos a tomar un café.

 

Me miró de reojo y no me preguntó por qué tenía interés en averiguar si éramos o no familia.

“Sí, mi abuelo se llamaba Abraham y lo recuerdo bien. Yo nací en Polonia y salí cuando era niño. Mis padres y mis hermanos pasamos la guerra en Rusia, a donde huimos de Bialistok cuando los alemanes usurparon la ciudad. Pero mi abuelo Abraham se quedó y murió con el resto de su familia. Solo se salvaron tres hijos de don Abraham, uno de ellos mi padre. Después de la guerra, buscamos dónde irnos y partimos para Argentina. Teníamos conocidos allá”- me contó.

Fabel me revelaba el misterio de por qué mi tío estaba seguro de que solo dos hermanos habían sobrevivido y por qué los Tzipora de Argentina eran nuestros parientes.  El hombre me contó lo terrible que había sido internarse en Rusia y huir de los nazis y de las privaciones que tuvieron durante la guerra. También que fue espantoso averiguar –después de regresar de Siberia- la suerte del resto de los Tzipora: “Los mataron a todos en las cámaras de gas”- me dijo con la voz entrecortada. “Tu tío tiene razón, solo dos hermanos se salvaron. Lo que él no supo era que los hijos de don Abraham sí sobrevivieron”.

Estuvimos dialogando por horas de Polonia, de la familia en Wiskow y de lo que había sido migrar a Israel. Me contó que otros parientes Tzipora tuvieron una editorial de siddurim en Varsovia.  Fabel, quien estaba retirado pero que trabajó de maestro, tenía varios hijos y era casado por segunda vez; su primera mujer había muerto hace más de treinta años. “Me casé nuevamente en Israel después de que murió mi primera esposa; que Dios la tenga en su gloria”- agregó.

Desde que sufrí el abuso o la famosa alucinación, estaba acostumbrado a que en ciertos momentos, me desconectara del presente. Era una reacción corriente que me protegía de situaciones peligrosas; al irme para las nubes, el dolor o el miedo desaparecían. Esto me empezó a suceder y de un momento a otro, no le presté atención a las historias de Fabel.

 

“¿Sabe que le tengo el mejor café del mejor?”- le dije para cambiar de tema. Había traído tres kilos de café Rey de Costa Rica y se me había olvidado dárselos. De esta manera, apresuraba la despedida.

“¡Claro que lo sé!”- respondió Fabel.

No le presté atención y le entregué el café.

-¿No quiere saber por qué le dije que sé que es el mejor café del mundo?- insistió mi primo.

-Perdone, es que no le oí- contesté en piloto automático.

-Pues que sé que es el mejor café del mundo porque yo conozco Costa Rica- me responde con malicia.

-¿No me diga? ¿Cuándo estuvo ahí?

- Pues en los años cincuentas, cuando viajé desde Argentina en ruta para Israel.

-¿Y cuánto se quedó en el país?

-Unos tres o cuatro años.

No tenía sentido. “Si este hombre era Tzipora de segundo apellido y había estado en el país, ¿cómo era que no se contactó con mi madre, que era su prima?”- me dije para mis adentros. Sin embargo, algo pasaba que no me dejaba pensar correctamente; debí darme cuenta de que el hombre ocultaba información.

-      ¿Y qué hacía usted en Costa Rica?

-      Pues daba clases igual que en Israel.

-      ¿Clases de qué?

-      De hebreo

-      ¿Pero cómo es que no lo conocí si yo asistía a las clases de hebreo?- le pregunté confundido.

-      No sé, me imagino que no eran los mismos años en que usted fue a la escuela.

-      ¿Puede repetirme qué años fueron?

-      En los cincuentas pero no recuerdo exactamente cuáles. Sé que fue antes del accidente de mi esposa en Guatemala, a donde fui después de Costa Rica.

Si estaba desconectado de la conversación desde hacía media hora, las palabras “Guatemala” y “accidente”, me hicieron sentir un frío sudor en la frente. Mi amiga Lisa, antes de partir, me había dicho que la morá Ruth había muerto en Guatemala.

-      ¿Cómo se llamaba su esposa?- pregunté

-      Ruth- contestó Fabel

-      ¡No puede ser- le dije, no puede ser! ¿Usted es Pablo Koplovich, mi profesor de hebreo?

-      ¡Pues sí!, ¿quién otro?

Cuando me doy por enterado, eran las cinco de la tarde, la hora de retirarse. Este hombre sabía, desde el principio, que fui el alumno al que atacó sin misericordia. Había estado cuatro horas conmigo y precisamente, antes de irse, me lo hace saber. Y no solo conocía quién era ahora, sino en aquél tiempo. Por alguna razón enfermiza, se guardó la información hace cuarenta años y lo volvía a hacer en este preciso momento.

Pude haberle hecho mil preguntas más, pero un pío saldría de mi boca. Estaba paralizado. Fabel se paró y salió cojeando hacia el carro; no nos dijimos nada más.

“¿Cómo podía explicar el odio que me tenía y las humillaciones que me hizo pasar? ¿Cómo es que se obsesionó conmigo si era sangre de su sangre?”- me repetí cien veces.

La cólera que sintió contra mí no era entonces porque fuera afeminado, tonto, mal estudiante o porque no vivía en La Sabana, como creí toda la vida. Era por algún secreto familiar. El hombre –pensé- se desquitó conmigo por habernos salvado antes de la guerra, o porque odiaba a todos los Tzipora que no hicieron nada por ayudarlos, o porque estaba tan traumatizado que odió a su mishpuje.

Por otro lado, estaba la posibilidad de que mi mamá supiera la verdad, que hubo una confrontación entre ellos, o algo más que no sabía.

No obstante, la persona que me hizo odiar el judaísmo, no era otro que mi primo.

Capítulo 44

 

Dos años después del reencuentro con Fabel, Stanley hace otro descubrimiento en la Internet: una foto de mi mamá en la escuela, justo antes de partir para el Nuevo Mundo.

Nunca había visto una foto de ella cuando niña. Se miraba triste y no mostraba lo hermosa que se haría: pero era mi madre, sin lugar a dudas. Había una docena de otras niñas y la maestra de la Escuela Beit Yaacov. Debajo de la imagen, había una leyenda sobre tres de las niñas reconocidas; entre ellas, Electra Tzipora que había muerto en Costa Rica.

Inmediatamente, me puse en contacto con el sitio que había colocado esta foto. Mandé a decir que era hijo de Electra y quería saber quién la había entregado. Días después, recibo un correo electrónico con la dirección de un abogado en Israel, cuya madre fue la que envió la fotografía. Le escribí y le pregunté si su progenitora era otra de las niñas de la clase y me respondió que sí y que Electra y su madre habían sido compinches en Dlugosiodlo.

Insistí en que le preguntara a su progenitora qué recordaba de la mía. En otro correo, me dijo que habían sido las mejores amigas y que se acuerda que le molestó que no se despidiera de ella cuando partieron para Costa Rica. Electra me había contado que como temían que los detuvieran, habían salido solapadamente, sin embargo la mujer me mandó a decir que no era cierto, que todo el mundo sabía que se iban para América. Y además, incluyó una información de la que luego se arrepintió: salieron disimuladamente porque no querían que “el padre supiera”. No tenía sentido: mi abuelo estaba en América desde 1927.

Se me vino a la mente un asunto que se hablaba a medias: la identidad de mi tía. Recordé que mi progenitora me había contado que cuando llegaron a América, mi abuelo no quiso reconocer que la hermana menor de Electra, era su hija. La niña, que arribó en 1934, era muy pequeña para tener siete años y además, era rubia y blanca, distinta de Electra y de Samuel.

Le mandé a preguntar si el hombre que no quería que partieran, era el padre de mi tía y me dijo que sí y que el pueblo sabía que esa niña no era de mi abuelo y que esto fue un escándalo. El hombre que procreó a mi tía era rubio y cojeaba; además, estaba casado. Cuando insistí en que quería saber quién era, me dijo que pereció en la Jurbn y no quiso contar nada más, ni volvió a escribirme ya que seguramente se sintió culpable.

Las cosas empezaron a encajar. Mi abuela no se vino al Nuevo Mundo porque se estaba muriendo de hambre, como sostuvo mi madre, sino porque huía del escándalo y del padre de mi tía. En segundo lugar, mi progenitora, que todo me lo contaba, hasta lo que no debía, debió haber sentido tanta vergüenza por  la conducta de doña Anita, que ocultó la ilegitimidad de su hermana y lo mismo hizo mi tío.

Electra me había dicho que mi abuelo no quiso a su hija menor y que nunca se tragó el cuento de sus siete años, pero que las sospechas eran infundadas.  Tiene sentido que Electra haya querido proteger a su hermana y negado ante su padre tener conocimiento de su fecha de nacimiento. Pero, ¿por qué a mí no me contó la verdad? ¿Para qué hablar de las aprensiones de mi abuelo y negarme, al mismo tiempo, que tuvieran fundamento? La respuesta finalmente me llegó: “Electra deseaba que aprendiera a no creer en estos cuchicheos”- me dije un día.

Para los judíos, la mujer no se podía casar con el hombre que cometió adulterio y los hijos ilegítimos eran la peor deshonra. Ser un mamzer, o hijo de padres no casados o desposados con otros, era un pasaporte para la exclusión. Ningún descendiente podía tener un matrimonio hasta por diez generaciones y la acusación obligaba a la persona a huir de la comunidad y buscar una identidad alterna. El niño de padre desconocido (shekutí) y el expósito (asumí) no son aceptables en una familia judía y su estatuto legal es el de un mamzer dudoso, o sea como si fuera hijo de unión legalmente inválida. A diferencia de la Iglesia Católica, los rabinos no admiten excepciones, ni dispensas en esta materia.

Si ella sabía que esta hija no era de don David, también todos sus hermanos en Polonia y su tía en Estados Unidos; probablemente, el mismo Pablo Koplovich. Los Tzipora no podían estar contentos, ni ser fácilmente convencidos y si mi abuelo fue a Nueva York, lo hizo para averiguar la fecha de nacimiento de su hija menor. 

Luego, me recordé de la relación ilícita de mi madre con Ernesto ¿No hizo ella lo mismo? Tuvo una relación con un hombre casado en una comunidad del mismo tamaño que la de Dlugosiodlo. Y además, levantó sospechas, la gente debió dudar, fuera cierto o no, de la misma forma que con su progenitora, del hijo menor, el nacido en medio del trío. Electra había repetido la historia y también la censura; por eso no buscó más a los Tzipora y trató de que yo aprendiera a no creer este tipo de rumores.

El odio de Pablo y el de mi propio padre, entonces, se debieron no a que veían en mí a un niño afeminado, sino uno ilegítimo: esto explica la solicitud del aborto y mi grave enfermedad. El hecho de que me odiaron algunos muchachos paisanos pudo deberse a que estuvieron influidos por los hijos de Ernesto, que seguramente sabían la verdad.

La teoría freudiana, que tanto aprecié y que parecía revelarlo todo, no explicaba nada. No fui yo quien corté con Antonio por deseos sexuales inconscientes, su acento o su religión y, finalmente, recordé que el día en que salimos a caminar por el Barrio La California, hablamos de que él sabía, desde hacía años, que mi mamá no lo quería.

 


GLOSARIO

 

 

A broj- Una maldición, una calamidad.

Aliá- Migración a Israel.

Bar Mitzvah- ceremonia de confirmación judía a los 13 años.

Borsht- sopa de remolacha.

Campus- ciudad universitaria.

Chachque- mujer atractiva, muñeca.

Downtown- centro de la ciudad.

Dlugosiodlo- pueblo de Bialistok, Polonia.

Dybbuk- Espíritu de alguien que ronda en la tierra.

Farfelej- macarrones.

Flashback- pensamiento recurrente.

Folg mir a gang!- ¿Para qué hacerlo/seguirlo?

Forros- apuntes escritos en pequeños papeles para copiar en exámenes

Gai Avek!- ¡Váyase!

Galitsianer- originario de Galicia, Polonia. Se asocia con primitivismo.

Gedenkst?- ¿Te acuerdas?

Gan Eiden – Cielo/paraíso

Guefilte Fish-  pescado relleno.

Guelt-dinero.

Grits- puré de maíz que se sirve con los huevos en el Sur.

Hudna- tregua

Intifada- resistencia armada palestina

Iom Kippur- Día del perdón

Hostess- anfitriona

Jale- pan trenzado (tradicional de sábados y fiestas judías)

Jaloshes- mareos, nausea

Jogem- sabio; dependiendo del tono, también puede significar ‘tonto’ (la acepción más común).

Judenrat- Consejo Judío establecido por los nazis para hacer el trabajo sucio.

Jurbn- Holocausto judío-implica destrucción y se usa para la destrucción de los dos templos de Jerusalén

Kadish- rezo para los muertos.

Ken- Organización juvenil

Kibutz- granja agrícola en Israel

Kind un kait- joven y viejo.

Koch, Ilse- carcelera alemana famosa por su crueldad en Buchenwald.

Kósher- comida preparada de acuerdo con las leyes dietéticas judías.

Kreplaj- empanadas estilo Wantan

Kristallnacht- la noche de los vidrios rotos, ataque nazi en 1938 a comunidad judía alemana.

Kitsch- mal gusto.

Koch, Ilse- policía en campo de concentración famosa por su crueldad.

Kurveh- prostituta.

Latkes-tortas de papa.

Litvak- lituano.

Madrij- instructor.

Maje- tipo, muchacho (no conozco)

Majané- campamento.

Mamzer- hijo ilegítimo.

Matza balls- albóndigas de harina de Matza.

Mazel Tov- Felicidades.

Metsieh- baratillo, ganga.

Meshiguene- loca(o).

Mishpuje- familia

Minián- cuota de diez hombres necesaria para celebrar ceremonias religiosas.

Moré(a)- maestro(a).

Naches- bendiciones, placeres.

Nerds- jóvenes excéntricos y estudiosos, especialmente para quienes están obsesionados por la tecnología.

Oif maine sonim- ¡Que esto le pase a mis enemigos!

Olé- inmigrante a Israel.

Olím- plural de olé.

Ombudsman- persona que coordina y resuelve problemas internos en las organizaciones.

Pepeado- enamorado.

Pisk-malogeh! Mucho habla y nada hace.

Potz- verga, palabra vulgar; se usa para ‘tonto’

Pogromo- matanza de judíos en Europa Oriental por muchedumbres enfurecidas

Poo!- tonterías.

Redneck- persona prejuiciosa y conservadora.

Sapo-muchacho que cuenta secretos a las autoridades.

Sha!-¡Silencio!

Shidaj- matrimonio arreglado.

Shikseh- criada.

Shil-sinagoga.

Shmutzik- sucio.

Shoa- Holocausto judío.

Sholem Aleijem- Se usa como saludo de bienvenida y despedida.  Dice: La paz sea con ustedes.

Shteitl- pequeño pueblo judío en Europa Oriental.

Siddurim- libros religiosos.

Spik- palabra despectiva para referirse a los latinos

Strudel- pastel de manzana

Tuges- trasero

Tsitskes-tetas

Tchvok -es un clavo, también tacaño en sentido figurativo.

Ulpán- Instituto de hebreo,

Ulpanim- miembro de un Ulpán.

Verdes- jóvenes estudiosos.

WIZO- Organización de Mujeres Sionistas

Yenteh- chismosa

Zeier Gut- Muy bien


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