Quilito by Carlos María Ocantos - HTML preview

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A las cinco y media, cuando ya no se veía en el escritorio, místerRobert cerró su libro; la claraboya dejaba caer una luz mortecina, queembrollaba los números sobre el papel, simulando extraña danza deesqueletos, y no era posible continuar el trabajo. A veces, cuando laurgencia del asunto lo requería, encendía el gas y seguía en su tarea,sin preocuparse de la hora, ni de la que marcara su estómago, mientrassu aristocrático socio faroleaba en Palermo, descuidado. No salía, sindejarlo todo en orden, cada cosa en su sitio de costumbre: la pluma, muylimpia, envuelta en el mismo pedacito de tela negra, que trajo el primerdía; la chaqueta de casa, en el segundo clavo de la percha del fondo; ellápiz, la regla y el lacre en el cajón del centro de su mesa, objetostodos que cuidaba con cariñoso esmero, como dóciles compañeros de lalabor diaria. Así resplandecía el sitio que él ocupaba de sorprendentelimpieza, en medio del desorden y la dejadez del resto de la habitación;al principio, quiso imponer sus hábitos morigerados, asignando su puestoa cada objeto y haciendo que la escoba y el plumero desempeñaran elpapel que aconseja y manda la higiene; pero aquello fué lo mismo quepretender aplicar la regla de San Benito a una tropa de reclutas.Jacintito tenía convertido el escritorio en club familiar, y allí secharlaba y fumaba, como se jugaba al box y al palo, y en momentos deamistosa expansión volaban los libros, cual si tuvieran alas; todo locual contribuía a darle el aspecto de sala de escuela, manchado de tintael suelo y garabateadas las paredes por los muchachos revoltosos.

MísterRobert creyó poner un dique a la invasión, ordenando su mesa y los avíosde escribir con la minuciosidad femenina que le caracterizaba, mas nologró escapar a sus efectos: su querida pluma, cuyo rum-rum le era tangrato, abandonaba a lo mejor el lecho de cartón y el cobertor de lana,que tan bien sabía prepararle, y salía a recorrer las otras mesas,volviendo de estas calaveradas maltrecha y sin barbas; parecidasexcursiones hacían el lápiz, que llegaba despuntado; el secante, quetraía perfiles grotescos, y la regla, con más porrazos que cabeza deturco. Puso entonces todo bajo llave, pero asimismo no le dejabantranquilo: ya era Jacintito, que le pedía papel y lo borroneaba o plumay la echaba a perder; ya el escribientillo que tenían, cagatinta conaires de ministro, de onda sobre la frente, que escribía a fuerza deraspador y de sandáraca, quien no sabía resistir ante la roja barra delacre o el paquete de sobres, liado en su elegante cinturón de colores.A pesar de su carácter blando, el inglés tenía sus cuartos de hora demal humor, y nada le incomodaba más que encontrar una cosa fuera de susitio, o no encontrarla en ninguna parte: entrecerrando sus ojos dealbino, como un murciélago a quien daña la luz, se revolvía en su bancode patas largas, buscando en los cajones, palpando sobre la mesa;convencido de la inutilidad de sus pesquisas, miraba al escribiente,como si quisiera devorarle, pero no decía nada, porque guardaba sussentimientos y sus pasiones bajo la llave de la reflexión, tan bien,como los objetos de su escritorio.

Con Jacinto no se llevaba mal, y con esto queda dicho que, si susrelaciones no eran cordiales, tampoco estaban a matar. Para un hombretan metódico como míster Robert, que tenía clasificadas las horas deldía y llevaba el debe y haber de su vida, con la mismaescrupulosidad que el libro mayor de la casa, el carácter inconsistentede su socio, aquella falta de instrucción y de juicio, que denotaba ensus actos y en sus palabras, no podía inspirarle confianza ni simpatía.La ley de la necesidad le obligaba, sin embargo, a soportar compañía tanincómoda, pues el otro representaba la fuerza bruta, es decir, elcapital, y él no traía sino la inteligencia y el trabajo, que noalcanzan en plaza cotización alguna, menos cuando van refrendados por lafirma del favoritismo.

Míster Robert no concurría a cafés ni a teatros; su distracción única,suprema, que saboreaba con el deleite de un goloso, era su familia: lamujer, un ángel; el hijo, otro ángel, y el padre, viejo patriarca deIrlanda, más católico que el Papa y de una honradez a toda prueba; deesos caracteres que ya no se estilan y que, temerosos, se esconden enel santuario del hogar, como prenda pasada de moda, para no exponerse ala irrisión del público. Tal como llega al nido la paloma amorosa,trayendo en el pico el alimento para su prole, las alas fatigadas, perosatisfecha de no haber perdido el viaje, así entraba en su casa místerRobert cada noche; besaba a su mujer, a su hijo y a su padre, yaoctogenario y medio baldado, y se sentaba sonriente, mientras la soperahumeaba sobre la mesa. ¿Qué había de ir él buscando fuera, si el amor yla felicidad le hacían compañía?

Salió del escritorio, cerrando la puerta con el llavín, que guardó, y sefué por la acera de la izquierda, que seguía siempre con lluvia o conbuen tiempo, a tomar el tranvía en la esquina de la Catedral. Al pie delfarol, recorría los diarios de la tarde, espiando la aparición, del ladodel río, de la luz verde, azul o roja del vehículo; el frío y la humedadle incomodaban, e impaciente por la tardanza, se paseaba por el atriosolitario, como galán que espera: el rumor inmenso de la ciudad se habíaapagado, las luces palidecían en medio de la neblina, las vidrieras delos escaparates sudaban de frío, las palmeras tísicas de la plaza sequejaban... Andando, míster Robert pasó la esquina de Reconquista yllegó hasta la Bolsa, en su afán de salir al encuentro del tranvía,creyendo así alcanzarle más pronto.

¡Qué triste y silencioso estaba el edificio, que en el día rebosa deanimación y de gente! Las puertas cerradas, las bombas de gas apagadas,las banderas, con que se engalanara la víspera, enrolladas al asta porel viento, todo envuelto en la niebla, como en un sudario. Ahí estaba,en la actitud de fiera que reposa, bien nutrida de vidas y de honras;los lamentos de las víctimas no se oían, pero quizá, aplicando el oído,se escuchara la voz doliente de los desgraciados, que la loca ambiciónsacrificara. Semejante a aquel palacio de los cuentos, en el cual seentraba por una puerta riendo y salíase por la otra llorando; ¡cuántos ycuántos habrían penetrado en el fatal recinto, con la sonrisa de laesperanza en los labios, y salido con las lágrimas del desengaño en losojos! Picados todos por la tarántula del lucro fácil, vienen, en danzainfernal, a ofrecer sus dádivas al monstruo: uno, el pan suyo de cadadía; otro, el blanco cordero de sus ilusiones; aquél, su crédito; éste,su nombre, el porvenir, la vida... Todo lo devora la fiera hambrienta.Las filas se clarean; pero, como en las batallas, los que vienen detrásocupan el sitio de los caídos y el asalto a la fortaleza de la fortunase renueva, con más vigor en cada acometida. Sigilosamente, tiende eltrabajo su escala al primer baluarte, y va subiendo peldaño a peldaño,regando el camino con el sudor de su frente, y llega y se reposa y miratodo aquel estruendo y aquel chocar de pasiones, que bulle en suderredor, como mar agitado por la tormenta; cobra nuevos alientos, ysube y sube, siempre peldaño a peldaño... a veces, flaquean las fuerzas,se detiene, vacila, cae...

pero, agarrado a la escala, recobra pronto elequilibrio y vuelve a subir penosamente. Mira hacia arriba, y le espantael camino que aun falta; mira hacia abajo, y le asusta el espectáculodel combate. Y mientras el trabajo recorre el áspero camino paso a paso,ya animoso, ya desfallecido, hay afortunado que, de un golpe de ala,llega a la cima, y desde lo alto ríe desdeñosamente de aquel quepretende subir arrastrándose como la culebra, y le apostrofa y leinsulta. Torna el otro a mirar hacia arriba y ve con desconsuelo, quehay quien sube con alas que a él le negaron y que la ansiada meta no latocará él con sus manos callosas, sino a costa de esfuerzos supremos.¿Por qué no mejor dejarse caer y abandonar la empresa? Se reanima, ysigue subiendo, siempre peldaño a peldaño, en tanto que la cima vacoronándose de vencedores. Y llega él también, fatigado, enfermo,moribundo casi, y se sienta en la altura a descansar, satisfecho deltriunfo...

Mas he aquí, que se oye un gran estruendo y la fortaleza sederrumba, falta de cimientos, arrastrando a los que subieron con alas yal que subió paso a paso. ¡Y en el campo de la catástrofe, la fieraescarba y se ceba!

De pie en la acera, meditabundo, enfrente del silencioso edificio,míster Robert pensaba que no es otro el destino del trabajo honrado, enlucha abierta con el agio: el interés los une en apretada cadena, y estal la solidez de sus eslabones, y tal el engranaje de la máquina, queel que cae, arrastra a los demás que le siguen, envolviendo a todos enla propia ruina. ¿Y las fatigas y los desvelos del que sembró susemilla, cuidó su germinación, se recreó en la florescencia y se preparóa recoger el fruto apetecido? ¡Quién sabe! él era de los que van poco apoco, por la recta de la honradez, enemigo de las curvas delmercantilismo, y quizá en el nublado que se aproximaba, cayera también,víctima inocente de ajenos errores. ¿Qué sería entonces de su pobrefamilia? ¿sembraría nueva semilla, sin temor de que las bestias delvecino pisotearan su sembrado y le arruinaran una vez más?

Había caído en dos ocasiones: la primera, por manipulaciones de un sociodesordenado; la segunda, por manejos de un corredor desleal, y en ambastuvo que responder con su capital y sus ahorros de la impericia y de lamala fe ajenas. ¡Horas más amargas, no las recordaba en su vida! Sucasamiento postergado, su porvenir obscurecido, decaído el ánimo... Yvolvió al trabajo, con rabioso tesón, dispuesto a llegar o a perecer.Divisaba ya la tierra prometida, cuando nuevo golpe le sume otra vez enla desgracia, y otra vez encuentra fuerzas para rehacerse, y llega yrealiza todo su programa de felicidad. Pero entonces luchaba solo, noarriesgando sino el propio bienestar, mas ahora, que tenía seres débilesy queridos que proteger... Cual otro Sisifo, subía por tercera vez lamontaña, con el peso de su honradez sobre los hombros, expuesto a laacometida del agio, que le acechaba y le echaría a rodar al menordescuido. Y bien, si era vencido, no había de ser sin una ferozresistencia, sin luchar cuerpo a cuerpo con el odiado enemigo y tratarde ahogarle entre sus brazos robustos.

La niebla se hacía más espesa y la fachada de la Bolsa adquiría extrañoaspecto, detrás de aquella cortina de tules; míster Robert creía ver enlos huecos de las columnas, en el borde de las cornisas y sobre elmarco de puertas y ventanas, urnas cinerarias y fúnebres inscripciones,antorchas volcadas y figuras de buhos solitarios, el conjunto, en fin,de las tristes alegorías de los comenterios. Llegaba a leer el aquíyace fatal y deletreaba nombres; entre éstos el suyo. Antojábasele eledificio, inmenso panteón de vivos.

Las puertas se abrían sin ruido y veíanse luces amarillas y nichos quese descubrían por sí solos y tumbas que se destapaban, y allá en elfondo una mesa, sobre la mesa una bandeja y sobre la bandeja monedasapiladas; un juego de dados muy cerca, y de pie, al lado de ella, unafigura enmascarada, que bien podía ser Mercurio, a juzgar por el piealado, que trataba de disimular bajo la vestidura que le servía dedisfraz. Y de cada nicho

y

de

cada

tumba

salían

sombras

que,

en

correctaformación, avanzaban hasta la mesa, cada una con un bolsillo de oro enla mano, y en llegando arrojaban el bolsillo, al mismo tiempo que lafigura enmascarada volvía los dados. Una voz siniestra cantaba losnúmeros, y a cada cifra, que repercutía lúgubremente bajo las bóvedas,se desprendía una sombra de la mesa, abandonando sobre la bandeja elbolsillo. Luego volvían con otro y más tarde con otro, y el oro seamontonaba de manera tal, que tocaba al techo en soberbia columna detentadores chispazos. Y los dados seguían bailando y cantando la vozsiniestra. De repente, escuchóse un gran rumor y estallaron, como truenoformidable, las lamentaciones de las sombras; dando ayes dolorosos, seapartaban de la mesa, volvían a sus nichos y a sus tumbas, yregistraban los cuatro rincones, buscando una moneda más que arrojar enla bandeja; las que tropezaban con ella, corrían a ofrecerla a la figuraenmascarada, quien, de una vuelta de dados, hacíala desaparecer; las quenada encontraban, gemían, la cara contra la tierra. Bien pronto, no seoyó sino el concierto colosal de quejas, que la mala suerte arrancaba alos perdidosos; los dados quedaron quietos y la voz siniestra se apagó.Tímidamente, acercóse una sombra y echó sobre la mesa algo que brillabacomo diamantes.

—Aquí traigo las lágrimas de mi esposa—dijo,—tómelas usted el peso yaprecie bien los quilates.

Otra trajo el corazón de su madre, diciendo:

—Es de oro macizo.

Dos llegaron, entregando la primera un escudo y la otra una lanza. Estadijo:

—Doy a usted mi nombre; no tiene mella.

La del escudo dijo:

—Entrego a usted mi crédito; no lleva abolladura.

Con arrogancia, una quitó de sus hombros el manto y lo arrojó sobre eltapete, diciendo:

—Ahí va mi honra; no tiene tacha.

Otra, que aparecía encorvada por el pesar o por los años, trajo costosajoya, manchada de sangre.

—Aquí tiene usted la felicidad de mi hogar—dijo;—esas manchas salencon oro derretido.

Fueron así todas ofreciendo lo poco que tenían, lo único que lesquedaba; y cuando la última vuelta de dados faltaba que dar, aparecióuna sombra más pequeña que las otras, con toda la cara y todas lastrazas de Jacintito Esteven, trayendo un ave desplumada y malherida, ypresentándola, dijo:

—Este es el trabajo; ábrale usted el vientre y encontrará dentro huevosde oro...

Aquella fantasmagoría desapareció; el telón de niebla cayó sobre lafachada de la Bolsa, y quedaron ocultas las figuras del sombrío drama,que la imaginación del comerciante acababa de hacer representar. MísterRobert levantó su brazo, cual si lanzara un anatema, y exclamó:

—¡Garito amparado por las leyes, ladrón de haciendas, yo te maldigo!

Venía el tranvía, el suyo, con su luz roja brillando, como un ojo defuego, en medio de la neblina; míster Robert se metió en él, transido defrío. El reloj del Cabildo daba las seis.

Era la hora ordinaria de su regreso al hogar, en invierno, porque enverano no lo hacía hasta después de las siete. Al escritorio llegabasiempre a mediodía; el mismo tranvía le dejaba en la esquina de laCatedral. De ida y de vuelta, irremediablemente, tenía que pasar pordelante de la Bolsa, y no lo hacía sin arrojarle una mirada de odio, talera la ojeriza que sentía por aquella institución, no por lo que ellarepresentaba, sino por lo que era al presente, convertida en mercado deespeculaciones vergonzosas. Pasaba sin querer detenerse, contemplandocon lástima a los que penetraban en el sitio maldito, viejos y jóvenes,espoleados todos por la misma idea de crear fortuna sobre base de arena;mirábales al rostro y sorprendíale la palidez intensa, la miradainquieta, el respirar anheloso, de los que corren tras una quimera, comotras la mariposa un niño, y a intervalos, ya ponen sobre ella la mano,como la retiran desengañados, se agitan, se revuelven y consumen enestériles esfuerzos. El, entretanto, iba a su trabajo con latranquilidad del hombre que todo lo espera de su propia iniciativa y node una vuelta de dados, sólo con el cuidado del que lleva un pedazo depan y trata de defenderlo de los canes famélicos que le siguen.

A la hora en que míster Robert pasaba para el escritorio y desde esahora en adelante, todos los días hábiles, es tal la afluencia de genteen la Bolsa, que diríase ermita de santo milagroso en día de romería.Por ambas puertas, porque tiene dos entradas, y es por eso tan difícilde guardar, llegan, salen, se tropiezan, se codean los neófitos y losiniciados en el culto del sagrado becerro, que van a prosternarse anteel ara y a consultar el oráculo; no da éste a conocer sus sentencias pormedio de epiléptica pitonisa, sentada en su trípode y acompañada detruenos y relámpagos, sino por modesto civil que, tiza en mano, lastraduce fielmente sobre negro pizarrón, y son escuchadas con avidez yrecogidas y transmitidas de los que salen, a los que entran, de éstos alos que llegan después y de los últimos que se retiran, a la ciudadinmensa, que espera anhelante, como si de la cotización bursátildependieran su bienestar y su porvenir, y se regocija o alarma,alternativamente.

La fila de tílburis se estaciona a lo largo de la ancha acera; decada uno baja ligeramente el corredor, abandonando las riendas en manosdel lacayo, sube aprisa la escalinata y se pierde en el grupo numerosodel pórtico. A bocanadas sale a la calle el rumor de adentro, y arreciapor instantes la agitación y el vocerío; una sola pregunta rueda entodos los labios: ¿A cuánto el oro? Se hacen comentarios sobre lascontingencias que pueden ofrecer las operaciones realizadas, se discutenlas noticias políticas y se habla de las bajas que la crisis produce. Elsol cae a plomo sobre la gran plaza, y los chicos de los tílburis dormitan, aburridos. Sale a paso de carga el corredor que acaba deentrar y se aleja en el ligero vehículo; va preocupado, el ceñofruncido, con el aire de un diplomático encargado de la resolución dearduo asunto; a poco vuelve, y cinco minutos después está otra vez en lacalle. Tal entrar y salir de gentes apresuradas, tanto secreteo en losrincones, la inquietud que en los semblantes se retrata, todo hace creeral transeunte curioso que en aquella casa tan grande, que quiere serpalacio, hay un enfermo grave que se muere por momentos. Por eso, lasconsultas de médicos se multiplican y aparecen los parientes y amigoscontristados.

De los primeros en llegar era el insigne portugués don Raimundo, despuésde dar una regular batida por las aceras del Cabildo y del Palacio deGobierno, tarea que llevaba a cabo con el arte de un consumadopolizonte; llegaba malhumorado, porque él decía repugnarle en extremoesta caza cotidiana al deudor olvidadizo, verse obligado a acechar acada uno, correr detrás, cogerle por los faldones y recordarle por lacentésima vez, por la milésima vez que en tal fecha le hizo talpréstamo, y esto todos los días, y siempre sin resultado. No entrabainmediatamente, sino que se quedaba en el pórtico viendo el desfile,caladas las gafas y sonriendo a unos y a otros. ¡Señor don Raimundo,aquí!

¡Señor don Raimundo, allá! Era alguien que le reconocía o alguienque le necesitaba. Charlaba con todos, pedía informes y daba noticias, ya lo mejor se escurría, rodeaba la manzana e iba a apostarse en lapuerta de la calle Piedad.

—Entre usted, amigo don Raimundo—le decían.

—Luego, luego—contestaba,—es la hora de levantar la caza y no quieroasustarla.

De allí marchaba de nuevo al Palacio de Gobierno y otra vez al Cabildo,para volver a ponerse de facción en la Bolsa.

—¿Ha visto usted a S***?—preguntaba.

—Acaba de entrar.

Seguía el rastro de S***, como perro perdiguero, y no lo abandonabahasta no dar con él, empresa tanto más difícil, cuanto que las dosopuestas salidas del edificio son obstáculo no pequeño para todavigilancia; a pesar de su acentuada miopía, iba directamente tras lapista, de tal manera, que diríase era el olfato y no la vista que leguiaba. Veíasele atravesar la plaza, agitando los faldones de su levitóncolor de café, pasar bajo la arquería de la Recova, perderse entre elhormiguero de la acera y al cabo de corto rato reaparecer, por el ladocontrario, la chistera en la mano y secándose la frente y la calva conel pañuelo. Concluída la requisa, entraba tranquilamente en el sagradorecinto, y como era así tan locuaz y francote, tenía su círculo que lefestejaba; mas, ocurría a veces con él lo que con aquella gata doncellade la fábula, que, en viendo un ratón, le corría detrás, olvidando sunuevo papel y su alto rango: alguien pasaba junto al grupo, en que donRaimundo peroraba con su grandilocuencia de costumbre, veíale el oradory allí mismo se dejaba su discurso y su público, para correr en pos delotro y echarle el guante sin más trámite. Luego volvía, y connaturalidad pasmosa tomaba el hilo de la oración, donde la había dejado:

—Pues bien, señores, sucedió que...

A pesar del cargo que ejercía, que es en el comercio lo que el verdugoen la justicia, no puede decirse que fuera un mal hombre mi donRaimundo: tenía sus escrúpulos de conciencia, sus asomos de caridad ymás fama de blando y misericordioso, que de inexorable y de cruel;aunque esto quizá dependa de la manera en que él, ejecutor de la ley dela necesidad, se conducía con el mísero sentenciado, pidiéndole perdónantes de apretar el nudo de la garganta, porque la forma suele salvar elprincipio.

Hay que aclarar esto de los escrúpulos de conciencia del insigneportugués: con ello ha querido decirse, que no era capaz de cometer unrobo en despoblado, ni de llevar a cabo, ostensiblemente, acción algunade las que pena el código; pero realizaba sin ambages negocitos de doblefondo y a tan delicada y lucrativa faena dedicaba todo su tiempo, todasu inteligencia y todas sus uñas. Apoderarse del caudal del prójimo, esun robo; sisar del tesoro público, no lo es. El que cae en aquel pecado,pierde la estimación y la libertad; el que mete mano en las arcasfiscales, gana posición y renombre. Don Raimundo, pues, la metía hastael codo sin miramientos, y procuraba acercarse del lado que máscalentaba el sol, tras del servicio por proveer, tierras que liquidar oconcesión que acordar. Así tenía, a más del producto de sus préstamosusurarios, la renta fabulosa que sacaba sin repugnancia del estercolerode los negocios sucios. En cuanto a su caridad, practicaba la de suconveniencia, y nada más.

Cualquiera dirá, enterado de estos datos, que, siendo don Raimundo untipo moral despreciable, era un tipo social despreciado. Pues, ¡no,señor! Don Raimundo de Melo Portas e Azevedo era un hombre a quien seagasajaba y mimaba, como puede serlo, y en realidad no lo es, el varónde grandes y positivos méritos. La ola de la emigración europea, entrelo bueno y lo malo que periódicamente nos aporta, había arrojado anuestras playas este digno ejemplar de la familia de los natobdélidos,honorable agrupación zoológica a la que da tono y carácter lasanguijuela; la prodigiosa bondad del suelo y del ambiente contribuyó asu rápido desarrollo.

Es indudable que don Raimundo tenía talento, no esa facultad creadoraque da vida al libro, a la estatua, al cuadro, y que tan bajo se cotizaen el mercado social, sino ese sexto sentido indispensable para andarsuelto, sin peligro, por los vericuetos del mundo, y se llama sentidopráctico, el savoir vivre de los franceses, y consiste en buscarle lavuelta, como quien dice, a las cosas y hablar a cada cual en su idioma.Este talento especialísimo poseíalo el portugués en grado sumo, y asíera él de escurridizo, de flexible y de listo; sabía amoldarse a lascircunstancias, aprovechar los momentos y servirse de los hombres. Detodo sacaba partido y lo mismo espigaba en los campos de la miseria, quesegaba en los de la opulencia.

Su hablar dulzón, su aire humilde, su afabilidad exquisita, le abríantodas las puertas y le ganaban todas las voluntades. De lo que se decíade él, burlábase desdeñoso: don Raimundo trabajaba en la sombra y sussecretos guardábanlos sus cómplices y sus víctimas, empeñados todos encallar, por conveniencia o por vergüenza.

No era en llegar tan exacto ni tan matinal don Bernardino Esteven, otrafisonomía curiosísima del pandemónium bursátil.

Entraba majestuosamente,como gran sacerdote que va a oficiar de pontifical, saludaba condistracción, hablaba con misterio, tenía ¡oh! y ¡ah! en abundanteprovisión, para servirlos de comentario a lo que escuchaba, pasando asípor hombre que sabía muchas cosas, a quien sus altas vinculacionesimpiden ser explícito... Había engrosado hasta el punto de parecerobeso; se teñía la barba y llevaba pelada la coronilla; pero su aire erasiempre el mismo: diríase que estaba más hinchado de orgullo, que degrasa. Cual si fuera zahorí que lleva en la mano el número ganancioso,estrecho círculo le rodeaba, tratando de adivinarlo en un gesto, enmedia palabra de tan conspicuo personaje; y cuando las ráfagas de latormenta próxima, que así temían los árboles corpulentos como los enanosarbustos, se hacían sentir con mayor ímpetu, a él se acercaban todos,como barómetro seguro, a consultar su prestigioso consejo. Sabían que suvoz era la del Sinaí, que por su boca hablaban los profetas deloficialismo, porque era compadre y socio en primer grado del ministroEneene, de aquella encanijada personilla que había subido a la poltronaministerial a gatas, y convertido el despacho en pulpería;forzosamente, tenía que saber algo, que conocer el pensamiento luminosoy la fórmula salvadora de los pastores del asustado rebaño: el loboestaba ahí y la hora del banquete iba a sonar. Esteven hablaba entoncesde planes financieros, más o menos complicados, de economías, dereformas, que habían de volver todo a su quicio, ajustando las clavijasque el favoritismo dejara demasiado flojas, y se mostraba partidario deconcluir con el despilfarro, con el agio y demás plagas de la época, mástemibles aún que las egipcias: su lenguaje era el de un puritano amachamartillo, ardoroso, intransigente. Y citaba, como prueba al canto,el presupuesto que su amigo ilustre el doctor Eneene componía: rebaja desueldo a todos los empleados de inferior categoría, porque para lo quehacen bien pagados están con cuatro cuartos; supresión de media docenade ordenanzas y de las pastas, que una malísima costumbre había dado decompañía al te de las tres de la tarde, en la oficina, y hasta quizá sehiciera cuestión de gabinete el suprimir también el te. A la tropa palolimpio, dieta perpetua a los maestros e impuestos al buen pueblo, sobretodo impuestos, muchos impuestos; la hacienda no se nivela de otramanera. Con esto, y un par de sablazos más a los ingleses, quedaba lasituación dominada. ¡Era mucho hombre este doctor Eneene!

Sulugarteniente ensalzaba los planes del señor ministro con convicción queparecía sincera, pero los que le oían no se dejaban ganar de suentusiasmo. ¿Era cierto que Eneene y Esteven estaban metidos hasta elpescuezo, en el pantano de los negocios turbios? ¿que don Bernardino erael maestro concertador de los chanchullos oficiales, quien organizabalas empresas subterráneas, dirigía detrás del anónimo toda clase decompañías, pescaba toda clase de concesiones y disponía, como de cosapropia, de los empleos del Gobierno y del dinero de los Bancos? Hastalos niños lo sabían y repetíanlo todos los ecos.

Su palacio era un jubileo de postulantes, un steeple-chase detrás dela cartita de recomendación, de doctorcitos sin conchavo e inútiles detodo pelaje, desde los que no tienen colocación en la estancia, hastalos que estorban en su casa; daba audiencias como un ministro y dossecretarios le asistían en el despacho de su correspondencia. Venalhasta la impudicia, recibía regalos de sus protegidos y el precio de sufirma variaba según la ocasión y según el asunto: desde el portal hastael desván, el pie tropezaba con objetos de arte, abandonados, oferta dela turba de ambiciosos agradecida. Su mujer, Gregoria, ostentaba lasjoyas de una reina, que los amigos del omnipotente socio de S. E. seapresuraban a ofrecerla el primero de año o el día de su santo; y sushijas, Susana y Angelita, no bebían las perlas disueltas en el vino desus comidas, se decía, porque no les daba la gana.

Este detentador de fortunas ajenas, llegado a una insolente altura porsendas extraviadas y procedimientos vergonzosos, gozaba de un favor y deuna influencia más insolentes todavía.

Se le adulaba, como si susantecedentes no se conocieran o quizá porque se conocían; entre donRaimundo y él, igualmente criminales y condenados a la misma pena por laopinión pública, había una capitalísima diferencia: la que existe entreel ladrón y el ratero, no porque el portugués se contentara con pequeñosrobos al por menor, que era un pez de primera magnitud, sino porque antelas hazañas de don Bernardino, quedábase en mantillas. La llave paraabrir las arcas fiscales de que éste se servía, era la amistad de lacorrompida Excelencia ya citada, y por sus manos poco escrupulosaspasaban los caudales, que dejaba caer, como lluvia de oro, sobre sufamilia, sus parientes y sus amigos. Naturalmente, una levita biencortada impone siempre respeto, y cuando se sabe que el que tanairosamente la lleva es dispensador de beneficios, veneración profunda:todos se inclinaban ante don Bernardino Esteven.

Su aparición en la Bolsa era saludada con entusiasmo; los especuladores,olfateando un indicio cualquiera, para lanzarse en las corrientes delalza, o de la baja, salían a su encuentro, le preguntaban, le seguían.

—¿Qué dice don Bernardino? ¿compra oro? ¿vende cédulas?

Misterio. El señor Esteven iba solo a charlar un rato, a ver a susamigos, a tomar el pulso del mercado. Sin perder el menor de sus gestos,le hablaban de política, sacando a colación las cuestiones candentes deldía: ¿Era cierto que el doctor Eneene renunciaba? Los diarios deoposición le vapuleaban de lo lindo por la concesión aquella consabida.Esteven se enfadaba entonces; calumnias de la oposición: cuatro perdidosque gritan, porque no se les ha tapado la boca con un empleo. ¡Si eneste país no sale a luz medida administrativa alguna, sin que la maliciala vuelva de todos lados, para encontrarle el secreto o el quid quenecesariamente debe encerrar! Eneene no renunciaría, ni por la grita dela prensa, ni por la antipatía del público tornadizo, sino cuando elseñor Presidente se mostrara cansado de sus servicios, y ya había pararato, pues ministro más sumiso, maleable y fiel no encontraría. Allímismo espetaba su discursito, ungido de la doctrina moralizadora másortodoxa, semejante a un fraile que, dominado de la gula y con todos lossíntomas de su pasión a la vista, predicara la abstinencia, y se iba enbusca del corredor favorito, a darle órdenes.

En la mirada inquieta con que seguía la marcha, siempre ascendente, deloro en la pizarra, los conciliábulos que celebraba y el aire decontrariedad que no sabía disfrazar, denunciaba claramente que la cosano marchaba a su gusto, como él decía.

—Vamos, don Bernardino, confiese usted que esto se acaba, de seguirasí; si las economías y la buena administración y la política honrada ytodo eso que usted nos canta ahí, no es infundio puro, ¿por qué continúael oro su viaje a las regiones etéreas?

—Calma, mi amigo, ¿acaso pretende usted que la situación se normalicede golpe y porrazo? Hay que ir despacio, ensayar medios, ver,consultar...

Hombre más marrullero no se ha visto, y sin embargo, los incautos lecreían; no ignoraban que sus manos estaban manchadas y que, aduladorendiosado del poder, era uno de los llamados a dar estrecha cuenta antela barra de la opinión en el día del juicio público, lejano, peroseguro; mas, entretanto, le iban a la zaga, como perros tras el hueso.No, la cosa no marchaba a su gusto, y prueba de ello era la cortediscreta que hacía a don Raimundo el prestamista, aquel pájaro que no seaventuraba en una empresa, sin probar antes la resistencia de sus alas,tan prudente, que no daba nunca un paso en falso, tan sutil, que nodejaba rastro; la situación empeoraba, apremiaban las deudas, escaseabael dinero, los Bancos iban a cerrarse, la campana de la liquidaciónsuprema a tocar a rebato... Si la marea subía siempre y llegaba hasta lapoltrona de Eneene, su protector y su cómplice, era seguro que las aguasle arrastrarían también a él... Miraba el levitón café de don Raimundomoverse de grupo en grupo, y se decía que quizá su salvación estaba enagarrarse de aquellos faldones y dejarse allí las uñas, antes quesoltarlos.

Pero no osaba acercarse al portugués en público, y espiaba la ocasión deuna entrevista; un día y otro día entraba en la Bolsa, y antes que lapizarra, sus ojos buscaban el levitón café, le seguía, le rozaba con lamanga al pasar, pero sin detenerse; don Bernardino saludaba sonriendo yel señor de Melo Portas mostraba sus dientes de jabalí, lo que másparecía amenaza de mordisco, que expresión de cortesía.

—Si yo pudiera hablarle—decía Esteven.

—¿Qué querrá de mí?—pensaba don Raimundo.

Parecíale muy singular que el opulento personaje diera tales muestras desu deseo de acortar distancias, cuando operaban en diversa esfera. Y elotro pensaba que con sólo abrir el pico, daríase cuenta el portugués dela verdad de su situación, y el oropel de su nombre quedaba aldescubierto, como alhaja falsa que pierde la capa de oro con que haengañado la vista.

Seguramente que el levitón de don Raimundo no ejercía atracción talsobre Jacinto y Quilito y el grupo de congresistas de la calle Piedad,que capitaneaban; al contrario, era odio mortal, era terror pánico, loque experimentaban así que le veían acercarse, dando el hombretropezones a causa de su miopía.

Cada cual tenía sus cuentecitaspendientes con el abominable acreedor, y era de los que don Raimundoperseguía, la zarpa en el aire, a la hora de la batida diaria; elabogadillo aquel, aspirante a diputado, que perseguía el nombramiento, como si se tratara del más menguado empleo delGobierno, escurría el bulto, cual figura de tramoya, y con él, Quilito,que más que nadie, tenía por qué ocultarse.

El cigarro en la boca y el junco cimbreño en la mano, entraban en laBolsa las dos primos, atropelladamente, asaltando los grupos, codeando atodo el mundo, en dirección a la pizarra, a ver la cotización de losvalores: hacían un gesto, lanzaban una exclamación, y con el lapicerotomaban rápidamente apunte.

—¿Qué te parece, ché? ¡El oro ha subido diez puntos!

Nuevo gesto y nueva exclamación del otro. Intervalo de algunos minutos,durante los cuales, Quilito y Jacinto miran los números que la tiza vamarcando en la pizarra, en medio de la baraúnda de la rueda.

—Las vitalicias siguen firmes—dice Quilito,—creo que debemoslanzarnos.

—Vamos a ver al gringo Rocchio—dice Jacinto.

Y buscan a Rocchio, el corredor, llevados de la idea de que siempre esbueno tentar al diablo. Rocchio habla en un corro y da noticias de lacrisis; es un hombrazo con muchas barbas, italiano con sus ribetes decriollo.

—Fulano, el senador, quebrado; la casa tal y compañía, quiebrafraudulenta; el corredor B., desaparecido; Mengano, en descubierto pordoscientos mil pesos; éste, por quinientos mil; aquél, obligado a hacercesión de bienes...

A cada nombre conocido se eleva un clamor del grupo, como si Rocchiodiera un pinchazo en carne viva; las caras se alargan y los comentariosse suceden sordamente.

—¡También Fulano!

Y como cuando en los días sombríos de epidemia, al pasar por las callesdesiertas y ver el fúnebre convoy de los apestados camino delcementerio, la terrible idea de la muerte viene con la pregunta:

—¿Me tocará a mí mañana el turno?

Los que escuchan a Rocchio el corredor, ante este alud de nombres y defortunas, que ven desaparecer en el abismo del agio, se dicen, allá ensu fuero interno:

—¿Quién de nosotros caerá mañana?

Y las orejas gachas, se separan con apretones de manos silenciosos.

Quilito y Jacinto, dos capitalistas con más agujeros en los bolsillosque moneda sonante, no se preocupaban de estas historias; si la guerraes así y la vida es así: el soldado no huye, ni abandona el fusil,porque el compañero cae y las balas silban...

Adelante; el camino escorto y el premio a conseguir brillante; ofuscada la mente por la visiónde fortunas instantáneas, iban derecho al enemigo, sin temor al fuego nia la muerte.

—Amigo Rocchio—dice Jacintito tirando desapiadadamente de la punta desus bigotes,—va usted a comprarme quinientas acciones del BancoVitalicio.

—Y otras quinientas para un servidor—dice el joven Vargas con muchoaplomo.

—Perfectamente—contesta Rocchio,—pero... andar con cuidado, no seacosa que se les vayan los pies.

Los dos clientes se encogen de hombros y se marchan a ver los telegramasexpuestos.

—En la primera alza las vendemos—dice Jacinto.

—Y el alza vendrá en pocos días—contesta Quilito convencido;—¡ya loverás!

Las ideas de pérdida y de insolvencia que, a pesar suyo, se entrechocanen su cerebro, les produce desagradable comezón.

—Si pierdo—piensa Jacinto,—pagará el viejo.

Quilito no tiene viejo que pague los platos rotos, y piensa que sipierde, no tendrá más recurso que el tirito prometido a la tía Silda.

Las alternativas de la suerte les mantiene en una agitación penosa, ydiariamente van a leer su sentencia en la pizarra; ningún curso decatedrático es seguido con más asiduidad que este de la Bolsa, dictadopor el demonio del juego. Allí están los dos primos, a la misma hora,infaltables, ya alegres, ya decaídos, según el número que marca la tiza;ayer en la primera rueda la fortuna les sonrió, hoy se les muestrahuraña.

—¡Mañana será!

Y el mañana no llega, parece no querer llegar nunca.

Después de las cuatro se marchan, encargando a Rocchio mucho ojo; no hayque dejar pasar el cuarto de hora de la suerte.

El lujoso faetón lesespera, y se dirigen a Palermo, soñando que al siguiente día andarán conel oro a paletadas.

La cara que ellos llevan, iluminada por la esperanza que lainconsciencia de la edad alimenta, no la muestran todos los que en laBolsa han entrado. Poco a poco van saliendo, abatidos unos, mohinosotros, preocupados todos; en el pórtico, que hormiguea, se detienenalgunos para dar la última puntada de un negocio o comentar losincidentes de la jornada, mientras los demás se alejan, encorvados bajola pesadumbre del presente y la inquietud del porvenir; los tílburis semueven y uno a uno se desprenden de la acera. Sale don Bernardino,receloso, y don Raimundo, desconfiado, y Rocchio, un corredor que temeser corrido, y la turba de jovenzuelos bulliciosa; la ceremonia haconcluído y parece oírse el galop final de endiablada orquesta.

Losúltimos grupos se disuelven, se cierran las pesadas puertas y queda elinmenso edificio sumido en el silencio, en medio de la penumbra de latarde que cae... Allá van todos, enroscada la horrible duda al corazón,en triste compañía con el fantasma de la bancarrota, luchando entre elpesimismo de sus impresiones y la promesa de sus esperanzas.

Entretanto, la plaza se anima, con los mecheros de gas, que se enciendeny el rodar de los coches, que pasan. Los tranvías hacen sonar suscascabeles y la corneta ensaya alegres aires; se siguen, se cruzan,doblan gallardamente las curvas de la vía, cada cual con su farol decolor al frente y sus banderolas al tope. El reloj del Cabildo muestrasu enorme esfera iluminada, marcando la hora bendita de la comida; lafeísima Pirámide va a quedar pronto sola, hundida hasta las rodillas,aterida de frío, porque el viento del río la consume y la humedaddevora la cal y el revoque de su vestimenta; aburrida, porque losfigurones en camisa, que la decoran, no la prestan compañía. Las tristespalmeras, sujetas al suelo por largos hilos de alambre, como prisionerasengrilladas ante el temor de una evasión al trópico, salúdanla de lejos,agitando sus penachos amarillos.

Sentado en un banco Agapo, el filósofo cínico, ha visto con miradadistraída el desfile de bolsistas; tiene sobre sus rodillas un periódicodoblado en cuatro, a guisa de servilleta, y come tranquilamente unarueda de salchichón, un trozo de queso, pan y dos naranjas, de postre.

—¡Vaya, vaya!—refunfuña,—que si yo tuviera aquí un rifle, unmiserable rifle, os cazaba como a patos en una laguna; no quedaría unode vosotros para un remedio, grandísimos pillos.

Con qué gusto cargaríael arma, apuntaría al más pintado y ¡zas!

lo echaría a rodar hechopolvo. El primero que caía era mi señor hermano, por ladronazo y sinentrañas; ¡qué bala más bien puesta y más merecida! luego mi sobrinoJacintito, por botarate y sinvergüenza, y ese portugués, que se mefigura un lagartón de marca mayor. ¡Y tantos otros! a éste quiero, aéste no quiero

¡zás! ¡zás! ¡zás! ¡Qué limpia más necesaria y más útil!Después, llevaba mi cartuchito de dinamita a ese caserón que llaman laBolsa, donde las gentes se descamisan entre sí, y otro cartuchito alPalacio de Gobierno, esa caverna de pícaros.

Dió un mordisco al pedazo de pan y se sonrió, cual si asistiera alespectáculo que describía y viera los cadáveres y los escombros.

—No me vengan a mí con revoluciones—prosiguió,—con salidas a lacalle, gritando ¡viva la libertad! en la creencia estúpida que vais avencer, con el solo esfuerzo del patriotismo y que los mandones se van aamilanar ante la opinión. ¡Pa los pavos! la opinión son losremingtons, ajo. Ya veréis la que os espera, y cómo se barren las callesa bala rasa, y cómo os mandan a casita a puntapiés, como muchachos deescuela revoltosos que sois, con la promesa obligada de no volver ahacerlo más, y cuidadito con alzar el gallo. Nada, nada, la dinamita ola horca; aquí en la plaza, una buena horca, sólida, y a colgar a todobicho que sea perjudicial o lleve las uñas largas. ¡Si me dieran a mí elpoder por una hora, nada más que por una hora, lo arreglaba todo muylindamente, y entregaba el país más limpio de pícaros y más sano decrisis! Claro, como que los malos gobiernos son como los microbios en elcuerpo, que lo devoran y destruyen, si no se les expulsa a tiempo, ypara esto se necesita un enérgico medicamento.

Agapo se irguió en el banco, animándose con la idea de ejecutar lashazañas que decía; allí, al pie de la Pirámide, para escarmiento, conmucho alarde de tropas y de pueblo; ¡qué función de gala!

El queso había sido ya devorado y tenía la boca seca; sacó del bolsillode su gabán raído una botella tapada con cuidado, y bebió. Luego atacólas naranjas, navaja en mano. Una vez concluída la cena, plegó laservilleta, digo, el periódico y atravesó a la acera de la Bolsa, enbusca de colillas de cigarro.

Casi a gatas, como un trapero que hurga enlos rincones, recogía los puchos, jurando cuando no encontraba o lacosecha era escasa.

—¡Estos bolsistas hasta los puchos pierden en la rueda!—

murmuraba.

Y volviendo a su idea de hacer justicia, como él la entendía, añadió:

—¡Vaya si lo hacía, y qué bien hecho estaría! ¡zas! ¡zas! y

¡zas! nohay otro remedio.

Aplicó el oído a la puerta del edificio, creyendo oír sonar el oro o elcrujido de las arcas que se abrían.

—¡Ca!—dijo riendo burlonamente,—¡si aquí no hay oro ni nada!

Dió un golpe en la madera, que devolvió el eco como lejano trueno, y sefué en dirección al río, vacilante a causa del vino. El Palacio deGobierno erguía su fachada churrigueresca, del otro lado de la plaza,también obscuro y silencioso, como la Bolsa. Al pasar, Agapo le mostrólos puños.

Y mientras él se alejaba, en la esquina de la Catedral aparecía, elhonrado y pacífico míster Robert, en busca de su tranvía, el de la luzroja; el día ha sido malo, el trabajo rudo y piensa con delicia en elhogar, donde va a encontrar el descanso del cuerpo y del espíritu. Pasala luz verde, la azul, la anaranjada, pero la roja no se columbratodavía. La espera, mirando hacia el río, y su pensamiento, entretanto,vuela al escritorio que acaba de abandonar, abre el libro mayor, yverifica las cifras amontonadas al pie de cada hoja. Es evidente; lacasa se hundirá, como edificio de cartón, a pesar de toda suinteligencia, de toda su probidad y de todo su cuidado: no hayequilibrio entre las entradas y las salidas. Los gastos son enormes, losdeudores numerosos, y las operaciones que se malogran, por falta deconfianza o de oportunidad, incalculables. ¡Ese Jacintito!

Nunca fué unsocio de consejo, y pronto dejará de ser un socio de dinero, porque elcapital está ya comprometido; cada jugada de Bolsa del atolondrado jovenes un golpe de azada para la casa, que descubre ya sus poco seguroscimientos. Es cierto, que ahí está don Bernardino Esteven, pero malosvientos soplan también de ese lado; la fortuna de don Bernardino estáanémica, dicen, y su caída no es sino cuestión de tiempo.¡Perfectamente!

Míster Robert suspira y sigue andando; al tocar el límite de laescalinata del templo, ve, cerca de la última columna, dos hombres quehablan en la sombra: uno es alto y grueso y está de cara a la calle; elotro lleva un levitón color de café y da la espalda. Míster Robert lesreconoce y siente dolorosa angustia.

¡El rico Esteven en conciliábulocon el prestamista don Raimundo! aquello sí que no es una visión. Losrumores que corren son entonces ciertos, y el opulento personaje estáherido de muerte cuando acude al recurso supremo del portugués...

Parécele escuchar el estrépito de su casa que se derrumba, la casaEsteven y Compañía, y no quiere darse vuelta, de temor de no podersoportar el espectáculo de la catástrofe.

La luz roja llega y míster Robert sube al tranvía. Se sienta y abandonala cabeza sobre el pecho; va con más frío que nunca, con más tristezaque nunca, porque ha creído sentir ahora, como en otro tiempo, la férreamano del agio sobre su brazo robusto de trabajador.

V

Rocchio se sentó, al fin, aniquilado. El trajín que llevaba desde por lamañana, era suficiente para quebrar la fibra de un individuo más bientemplado, si podía haberlo, que aquel italiano atlético, cuadrado, conlas crines erizadas, cuya voz era un rugido; tan brusco en sus maneras,que un buenas tardes de su boca hacía el efecto de un escopetazo aquema ropa, y un apretón de manos producía la sensación de arrancar elbrazo, a tirones, brutalmente. Trabajador, eso sí, como una mula decarga, y ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perdía un minuto de sudía comercial, ni gastaba un centavo más de su cuenta del mes, que élestiraba cual si fuera de goma elástica, a fin de cubrir sus escasasnecesidades, porque él aseguraba venirle la sábana corta para suspiernas tan largas.

Con esto, de tan mala sombra, que siempre estaba a la cuarta pregunta, yhabía que creerle; no se dió nunca quiebra en que él no estuvieramezclado, ni colega fugado que no le comprometiera, ni deudor que no leengañara. Así, venía la hora de los pagos, y todo era tirar de lacuerda, y esforzarse en hacerla llegar hasta el extremo adonde llegardebía, pero la cuerda no daba más de sí y se rebelaba contra laviolencia, amenazando romperse; Rocchio decía, melancólicamente, que supresupuesto parecía el del Gobierno; que para una gotera que se tapa,ciento se abren, de tanto manotazo y dentellada que sufre al cabo delaño.

Se sentó, pues, aniquilado y con un humor de todos los diablos; era díade liquidación y todavía uno que le plantaba en medio del arroyo, sinpresentarle sus excusas siquiera, con una grosería verdaderamenteirritante. Otros, al confesar su insolvencia, invocan el nombre sagradode la familia, piden plazos, ofrecen una satisfacción probable,entregando su crédito en rehenes, en medio de las lamentaciones en quesu dignidad, herida por la desgracia, estalla; pero éste, unfalsificador de votos, gran matachín de elecciones, actor principal entodos los enjuagues políticos y picardigüelas de su parroquia, títulostodos que le facilitaron la entrada al Congreso y le aseguraban elascenso a la primera poltrona ministerial vacante, le había dado con lapuerta en las narices, acompañando la acción con estas palabras:

—Déjeme usted en paz; ¡qué gringo más impertinente y más j...! No tengodinero, ¿quiere que vaya a robarlo a los caminos?

En viendo a Rocchio, cualquiera se imaginaría que a aquel corpachón deelefante, correspondía un carácter de avasalladora energía, y que, siaquellos puños de gladiador, eran manejados por un genio violento eirascible, el acceso a la temible fiera era tan difícil como peligroso.Pues bien: en Rocchio todo era apariencia; incapaz de matar una mosca,su espíritu conciliador acogía a todos con la misma sonrisa, sincuidarse de los rasguños de la malicia, semejante a un león al que hanlimado las uñas, desdeñoso de la curiosidad que despierta, cautivo ydomesticado, pero que sabe bien que, de un golpe de zarpa, puedepulverizar al audaz que pretenda molestarle en demasía. Mas que aRocchio no le tocaran al bolsillo, su punto vulnerable, porque entoncesya no respondía de sí mismo; salía a su defensa con aquella voz tonante,que infundía pavor cual una descarga de metralla, y levantando sus puñosformidables, dispuesto a aplastar, como un insecto, al que cogieradebajo. Así, cuando el politicastro aquel le obsequió con tal andanadade perrerías, de una patada abrió la puerta, y estoy por creer que unbuen boquete en ella, y puso verde y de todos colores al infeliz,alcanzándole una caricia de la mano en la mejilla. No se lo comió allímismo, porque no tenía hambre, sino mucha rabia. Entretanto, no cobrabade él, ni cobraría nunca, por las trazas. Lo mismo habíale ocurrido conotro cliente, un saladerista más exacto que un reloj y cuya palabrapodía venderse al peso; es decir, lo del plantón repentino, que no hubonecesidad de pedir la razón a la fuerza, pues el hombre las dió tanjustas y aceptables, que Rocchio se conformó y aun llegó a disculparsepor haberle molestado tan temprano.

¡Otro reloj descompuesto que nomarcaba la hora! Pero la de la liquidación apuntaba en la esfera de laBolsa. ¿Y qué hacer?

¡Acudir, otra vez, a los ahorrillos! Era precisover antes si quedaba algo todavía, pues bien podía ser que su cuentacorriente estuviera

exhausta,

como

bota

de

vino

que

las

libacionesfrecuentes han exprimido. El político de marras le había dicho:

—¿Conque no tiene usted de dónde sacar dinero? pues busque usted en lalana de sus colchones o en el forro de su chaqueta.

Quisiera yo tener elgato que, sin duda, tiene usted encerrado.

¡Valiente gringo está usted!siempre llorando lágrimas...

No, lo que es la bofetada se la había ganado bien y todas susinmunidades no le valdrían para quitársela de encima.

Tanto andar aquella mañana, y sin resultado, abatió su ánimo; además, nohabía probado bocado y sentía un amargor en la boca y undesfallecimiento en el estómago... ¡Pero buenos eran los momentos parapensar en cuestiones de bucólica! aunque de bucólica se trataba, la másgrave y pavorosa de las cuestiones...

La Bolsa presentaba un aspectoimponente; un rumor inmenso llenaba el vasto local, como huracán queruge en la selva, y la atmósfera parecía cargada de tanta electricidad,que era inminente el incendio, si estallaba la chispa. Y todos,apiñados, ahogados,

torturados

por

una

tensión

de

nervios

insoportable,volvíanse ansiosos, deseando ver saltar, por fin, la chispa salvadora,en la esperanza de que la bóveda se abriera y se desplomara la fábrica yse hundiera el mundo entero. El humo de los cigarros y el polvo de laspisadas formaban una nube azulada sobre las cabezas, que el sol dorabacon sus rayos, al pasar por las altas vidrieras; la rueda era como laroca, contra la cual se estrellan las oleadas tempestuosas; allí losgritos eran más fuertes, los apóstrofes más rudos, la lucha más reñida,más desesperada, más implacable; los bastones, esgrimidos por brazos quela pasión enardecía hasta la epilepsia, se levantaban amenazadores. Comomontón de hojas secas que el viento arremolina, arrastra y desparrama,los grupos se movían, atropelladamente, se formaban y se disolvían;dominando el fragor del tumulto, alzábase una voz:

—¡Oro 325!

E inmediatamente un alarido colosal la apagaba, recorriendo todos losámbitos de la sala estremecida.

Desde la mesa en que Rocchio se había refugiado, distinguíase el fúnebrepizarrón; las cifras aparecían tan claras, tan netas, tan blancas, queproducían el vértigo: el oro, como habilísimo acróbata, daba saltosmortales: 325, 330, 336, 340... ¡dos puntos, cinco puntos, diez puntosde golpe! y ahí quedaba con un pie en el trapecio y en el aire el otro,pronto a dar nuevo salto, delante del público aterrado, que seguía susmovimientos con espantosa ansiedad. Los demás valores bajabanrápidamente, como piedras que ruedan la pendiente de un precipicio. Lasacciones y las cédulas, de toda especie y categoría, ensayan posturas deequilibrio, se esfuerzan y luchan por sostenerse, pero a paso decangrejo, a reculones, van perdiendo terreno y caen, las alas rotas. Eloro hace una cabriola y del 40 baja al 35, de éste al 29 y luego al 28;los pechos respiran con más facilidad... ¡cinco puntos de golpe! estoanimará quizá a las cédulas, y las acciones saldrán de su postración.Pero ellas no se mueven, y el oro, de repente, salta del 28 al 42, enmedio de la gritería del público desengañado.

—¡Oro 342! ¡Compro! ¡Vendo!

Rocchio, el cuello estirado, los ojos febriles, mira las volteretas delmetal y su corazón le hace ¡pum! ¡pum! allá dentro; su mano ancha ypeluda se crispa sobre la mesa. Como un toro herido, resuellaruidosamente y echa pestes en su lengua contra el oro y los agiotistasque, entre las bambalinas, tiran de la cuerda de aquel títere y le hacenbailar al son del organillo de sus conveniencias.

Brigantes, estafadores, ¡qué celda más confortable os preparaba yoen la Penitenciaría! Allí podríais hacer todos los juegos de manos quequisierais; ¿hasta cuándo os burlaréis de nosotros? estáiscomprometiendo el país y no lo veis, egoístones sin vergüenza... Ahorabaja el oro otra vez, dos puntos, tres puntos, cuatro puntos, y lasacciones del Banco Vitalicio suben medio punto, un punto, con un trabajoque ya, ya... Pero, ya daréis vosotros un tironcito de la cuerda, yvuestro mono hará una pirueta, saludará con una mueca a los tontos queasistimos a la función, e irá otra vez a meter la cabeza en las nubes. Yesas pobrecitas, desalentadas, de nuevo boca abajo... ¿no lo dije?

ochopuntos más el oro, y las acciones en el suelo. ¡Ah!

¡sacramento!¡sacramento!

A su lado, un anciano respetable comenta también en voz alta el curso delas operaciones, con palabras agrias que nadie escucha; a pesar de susanteojos, no ve bien la pizarra: se empina, empuja a los vecinos y juracada vez que algún oficioso repite la cifra que él no alcanza adistinguir. Encarándose con Rocchio, exclama:

—¡Pero esto es la ruina de todos! El país está perdido.

Rocchio, desolado, hace un gesto. Y se ponen a hablar de la crisis, delcallejón sin salida en que todos se han metido, del krac que seanuncia, con todos los síntomas de un terremoto bursátil.

—Ya verá usted esos chalets de la especulación desmoronarse; claroestá, todos han querido construir su home con materiales prestados, enel aire, endeudándose con los Bancos para pagar a los obreros...

Se callaron, porque muy cerca, dos corredores reñían y se daban demojicones. Quién corría, quién gritaba y algunos se interpusieron entreambos combatientes; apabullado el sombrero, la corbata deshecha y lacara amoratada, se fueron cada cual por su lado, echándose miradas dedesafío.

—Los nervios están cargados de dinamita—dijo Rocchio.

—Esto es el diluvio universal, el fin del mundo—repuso el viejo.

—¡Ojalá!—exclamó un joven pálido, ojeroso, que acusaba en susemblante el desgaste precoz de sus fuerzas.

Y volviéndose al anciano, añadió:

—¿Sabe usted cuánto llevo perdido? ochenta mil nacionales, y tengo quepagarlos en las veinticuatro horas, y mujer e hijos que mantener, y unsueldo en una oficina que apenas me alcanza para comer y vestir. ¡Quevenga, que venga el diluvio! ¡Ojalá!

Bondadosamente, el viejo, un antiguo conocido, le hizo reflexiones, quele impresionaron.

—Ya lo sé—contestó el joven,—pero he querido hacer como todos; veíacada día salir de la nada en un periquete a éste, a aquél, y triunfarcon lujo soberbio en todas partes. Si la Bolsa levantaba a tantos, ¿porqué no había yo de subir también? El empleado, en nuestro país, estásujeto al capricho del jefe, sin la salvaguardia de un reglamento que,en todos los casos, es siempre la arbitrariedad y el favoritismo másvergonzoso, más humillante, más indigno. No llega sino el que es amigodel ministro, el que es pariente del ministro; los méritos contraídos,los servicios prestados nada significan, y sin buenas cuñas no hayascensos, y sin adulación y sin bajeza: el empleado que quiere marcharpor sus cabales, es condenado a vegetación perpetua, y esto si, en undía de mala digestión del señor ministro, no se le borra del cuadro deuna plumada. El deseo de salir de una situación semejante y el malejemplo me arrastraron, y jugué, jugué lo que tenía y lo que no tenía.¡Ochenta mil nacionales! ¿de dónde sacarlos? Mi alma al diablo vendería.¡Que venga el diluvio! ¡Ojalá!

Calló el joven pálido y los dos hombres se miraron, entristecidos.Rocchio pensaba que él, siquiera, era un hongo, y que en su tristecuarto de hombre solo, no encontraría lágrimas en el día de ladesgracia, si llegaba. Ya que se cae, por la propia falta, sufrir solosus consecuencias es siempre un consuelo para los corazones generosos.

Detrás, se contaba dinero sobre las mesas, afanosamente: no se escuchabala agradable música de las monedas, porque eran enormes mazos debilletes, sucios y deleznables, espulgados por dedos que la prácticahacía parecer mecánicos. Las mesas desbordaban; sobre las sillascercanas había pilas simétricas: era una orgía de dinero, tentadora,insolente y cruel, como mesa cubierta de suculentos platos, a los que esprohibido tocar, y que el hambriento mira encandilado, de lejos, bajo latortura de su estómago y de su olfato. Las narices se inflaban, ysorbían con delicia el aroma que la diosa Fortuna desparramaba en lasala, como oxígeno vivificante, estímulo fugaz de cansados pulmones;regocijábanse los ojos, y las manos sentían cosquilleos extraños,impulsos poderosos de pasearse sobre las mesas y tocar y acariciar tantariqueza acumulada, y revolcarse en aquel lecho voluptuoso, poseídas deuna sensualidad irresistible. Don Raimundo Portas rondaba el tesoro,arrojando miradas

de

codicia,

embriagado,

subyugado

con

aquelespectáculo, relamiéndose golosamente.

—¡Oro 343!—gritó una voz.

Alguien tocó en el hombro a Rocchio. Era Jacintito, descompuesto, con elsombrero ladeado, amarillo, muy grave. El coloso se levantó.

—Amigo Esteven, me alegro de verle.

—Amigo Rocchio, una palabrita...

Se apartaron, y a boca de jarro, Jacinto soltó la palabrita:

—No puede ser, no puede ser y no puede ser; el mes que viene quizá,pero hoy no, no y no.

Sacudía la cabeza a cada negativa.

—La liquidación de mayo es un desastre general; no habrá uno que sesalve de la volteada: ¡hasta Schlingen quiebra, dicen!

¿qué puedo yohacer? Usted me conoce bien y sabe que he cumplido siempre miscompromisos, pero hoy me es imposible, absolutamente imposible,irremediablemente imposible pagarle los cincuenta mil nacionales. ¡Ustedve cómo está esto! ¿quién podía prever lo que ha pasado? Acciones quehan bajado veinte y treinta puntos de golpe...

—¡Perfectamente!—dijo Rocchio, temblándole las manazas, con ganas dehacer una atrocidad, porque era la tercera acometida que sufría subolsillo aquel día.—¿De modo que usted también me planta? ¿y con quévoy a pagar yo las acciones compradas a su nombre y por su orden? ¿Sabeusted que ya me andará buscando el vendedor, y que si no le pago saldréa la vergüenza en la pizarra?

—Pero, amigo Rocchio...

—Amigo Esteven, cuando no se tiene dinero a mano, no se hacenoperaciones de Bolsa; comprar al fiado, con ánimo de pagar si se gana yde trampear si se pierde, es una estafa, sí, señor, una estafa; y noretiro la palabra.

Jacintito de amarillo se puso rojo, y de rojo, amarillo otra vez, porqueel vozarrón del italiano se oía como un trompetazo, y la gente sevolvía, con curiosidad.

—Cálmese usted, no tiene usted derecho de tratarme así; cuando yo ledigo que para junio...

—Si usted no puede responder, responderá su padre.

—¿Mi padre? imposible; está agobiado de compromisos.

—O su socio; el señor Robert es una persona decente y no querrá dejarempañada la reputación de su casa; precisamente, acabo de verle aquí, yhe de hablarle.

El muchacho enrojeció de nuevo hasta las orejas, hasta el blanco de losojos.

—Ya sabe usted que mi socio no tiene nada que ver con mis negocios deBolsa; yo juego porque sí, porque me da la gana, solo, por mi cuenta yriesgo. No mezcle usted mi casa en este asunto.

—¡Bonita excusa!—tronó el gigante.—¿Qué galimatías es ése? ¿No formausted parte de la razón social Esteven y Compañía? Pues la casa Esteveny Compañía es la responsable de sus operaciones comerciales.

El chico se ahogaba; ¡no poder tapar la boca de aquel animal!

Ensayódomesticarlo, con frases cariñosas y acento humilde.

—Vamos, amigo Rocchio, no sea usted malo, que no es tan fiero comoquiere hacerse; no es la primera vez que usted me concede plazos, y máslargos todavía. Será en junio... ¡piense cómo está el mercado! ¡hastaSchlingen!

Rocchio, siempre encrespado, refunfuñaba:

—Y su alhajita de primo, el joven Vargas, también me dará la castaña...

—No sé—dijo Jacintito,—no le he visto. Con que quedamos que en junio.

Escabullóse, sin esperar respuesta, y desapareció.

—La culpa me la tengo yo—masculló Rocchio volviendo a su sitio,—yo,que me acuesto con estos mequetrefes sin responsabilidad. ¡Sacramento!

En medio de su mala ventura, la idea de que Schlingen, el especuladorafortunado, el atrevido acaparador de títulos, el rey de la rueda, enfin, estuviera comprometido en la liquidación, le hizo el efecto de unaducha en la nuca. ¿Era entonces tan seria la catástrofe? ¿No habíabarreras para el torrente? Si Schlingen caía, ¿quién iba a quedar enpie? Como árbol frondoso, al que se enganchan helechos y enredaderas,poblado de nidos y cubierto de musgo, cuyo tronco arranca el huracán ocorta el hacha del leñador, y al venirse a tierra sepulta en su propiaruina a la colonia de parásitos que sustenta, el soberbio bolsistaarrastraría tras sí a toda esa turbamulta que le seguía cantando el hosanna, de pequeños comerciantes sin capital, de ilusos con másambición que buen sentido, cadena sin fin, vigorosamente remachada. Conrazón le había dado a él en la nariz aquel famoso Banco Vitalicio,creado de la nada y formado en menos de siete días; y chocado tanto sufundador, Schlingen, un alemán, caído no se sabía de dónde, de lasnubes, sin duda, como un aerolito, y que deslumbró en la Bolsa y dominóel mercado desde el primer día, con las trazas todas de un conquistador.

¡Sacramento! —repitió entre dientes.

Quilito andaba por allí, como alma en pena, más amarillo y descompuestoque su primo. Testigo de la escena entre Jacinto y Rocchio, vió venir algigante y huyó, pues lo menos que él deseaba era dar de bruces con suenemigo y sufrir el vapuleo que acababa de ganarse Jacintito. Pero,llevado en volandas por el rebullir continuo de la muchedumbre, fué adar sobre el levitón de don Raimundo, en éxtasis ante la pirámide debilletes de la sala contigua.

—Usted dispense—tartamudeó el muchacho aterrado.

Y remando con los codos, escapó a un pasillo, temblando todavía de habervisto tan de cerca la cara del portugués, aquella nariz movediza comouna trompa y aquellos dientes de mastín, tan salientes que el labioalcanzaba apenas a cubrir. En el pasillo le encontró Jacinto, y allícambiaron ambos sus impresiones de especuladores corridos.

—¿Creerás que el viejo no ha querido soltarme un centavo? ¡ni medio!No han valido súplicas ni amenazas. Le dije que me iba a pegar un tiro,y me contestó muy fresco que para él lo querría.

Con ese bruto deRocchio he tenido una agarrada y casi nos hemos pegado; ¿pues nopretende el mastodonte que le dé hoy mismo los cincuenta milnacionales? En cincuenta mil pedazos me partiría yo para pagarle, yluego, de yapa, le daba cincuenta mil puntapiés con mucho gusto.¡Mira, ché, no hay suerte más perra que la nuestra!

—¿Sabes una cosa?—dijo Quilito,—a mí me parece que tu padre se haenredado también en las cuartas; él tiene acciones del Vitalicio, y esmuy amigo de Schlingen.

—No sé, pero a papá le pasa algo; te digo que nunca le he visto así,tan duro en negarme, tan inflexible. Me dejó salir del despacho, sinhacer caso de mi amenaza de suicidio; creía yo que me llamaría luego, ybajando la escalera, me decía: de seguro que ahora me llama y me da loscincuenta mil nacionales. ¡Que si quieres! Nada, ni se movió, ni chistó.¡Si las cosas no pintan mejor en junio, te juro que me regalo una bala,como hay Dios!

Quilito repuso:

—No tengas cuidado, que ya pintarán mejor.

—Me admira tu confianza y tu frescura—exclamó el primo,—

porque si amí me llega el agua a la cintura, a ti te debe subir hasta el pescuezo;¿qué vas a hacer con el portugués?

El joven Vargas hizo un movimiento olímpico de desdén.

—Mira, Jacinto, lo que yo sé es que en estos casos hay que mostrarsehombres y tener muñeca y saber vivir; al gringo le emplazo, como tú,para junio, y al portugués... la letra vence el 22. ¿Crees que de aquíal 22 de junio no me habré alzado con una suma suficiente para saldar mideuda y comprarme corbatas?

Todavía puede ser que me anime y le pegueotra pechada a don Raimundo... O mucho toupet o hundirse. ElVitalicio nos ha fumado esta vez, pero, ¿y si hubiéramos ganado? ¡quéatracón de nacionales!

En realidad, estaba más abatido que Jacinto, pues el porrazo sufrido conel desastroso bajón de las vitalicias, como llamaban a las accionesdel Banco de Schlingen, le había partido por la mitad, pero era él así,fanfarrón, embustero y más soberbio cuanto más castigado de la suerte.Decía de acercarse nuevamente a don Raimundo, y don Raimundo acababa deecharle de sí con cajas destempladas, hacía una hora: andaba elportugués aquel día, como cuervo revoloteando en el campo de batallasobre los cadáveres abandonados; la liquidación era río revuelto y lapesca fenomenal. Pero sabía el usurero escoger su presa, y cuando el pezcogido en la malla era pequeño o no prometía nada de sí, sin piedadarrojábalo a la corriente; el joven Vargas, no hay que decirle, era unmiserable pececillo, pura escama y pura espina, a pesar de sus coloresbrillantes y sus aires pretenciosos; reconocerle y echarle al agua decabeza, fué todo uno.

—¿Otro préstamo más?—dijo el usurero.—¡Estamos frescos!

Ni al veintepor ciento. Usted es el sobrinito de Esteven,

¿verdad? pues peor.

—Sin embargo—se atrevió a argüir Quilito,—usted tiene un pagaré a minombre, que... que mi tío... garantiza.

Balbuceaba, temeroso que le oyeran.

—¿Su tío?—exclamó don Raimundo con desdén,—ya lo veremos para junio;entretanto, abur, joven, que no estoy para perder tiempo.

Igual cosa aconteció, cuando Jacintito trató de echar mano de susfaldones, como ahogado que se agarra a un cable. El solo nombre deEsteven, produjo en el prestamista desgraciado efecto; no, no teníadinero disponible, y mucho lo sentía: más tarde, después, quizá...

—Pero, amigo Portas—dijo Jacintito furioso,—yo no le debo a ustednada. ¿Duda usted que he de pagarle? Con el interés que quiera, démeusted cincuenta mil pesos, a treinta días.

—¡Diez centavos que me pidiera, no se los daría a usted!

Y se largó. ¡Chúpate esa!

Pero lo gordo, lo grave, lo extraordinario que en aquel fatal fin de mesocurrió al asendereado chico, fué el rompimiento con su socio, místerRobert. Rechazado por su padre, desoído por el usurero, entró en elescritorio, dispuesto a sacar de la caja los cincuenta mil pesos quenecesitaba, si los había, o a girar contra la casa, si no los había. Nocontaba con la huéspeda, es decir, con el inglés, quien, saliendo desu habitual pachorra, al averiguar los malos designios que se traía elsocio, allí mismo le dijo cuántas son cinco, y armó el gran escándalo.Con los libros a la vista, expuso el verdadero estado de la casa: deudasque no podían pagarse y créditos que no se cobrarían nunca: la cajavacía, y en el Banco escaso depósito para hacer frente a las necesidadesmás apremiantes.

—¿Y quién tiene la culpa de todo esto?—exclamó Jacinto;—

usted es elque lo maneja todo, el que hace y deshace, el administrador y eltesorero de la casa. No me dirá usted que soy yo el responsable desemejante ruina.

Los ojos de albino de míster Robert relampaguearon.

—¿Ahora salimos con ésas?—gritó dando un golpe con la regla sobre elpupitre, que la hizo saltar en dos pedazos,—yo soy un hombre honrado,señor Esteven, y en los tiempos que corren, en medio de la corrupción yde la podredumbre política y social que nos devora, un hombre honradomerece respeto. El culpable y el responsable de lo que aquí pasa, esusted y sólo usted; sus locas jugadas de Bolsa, sus francachelas, susinconsecuencias, es la casa quien lo ha pagado y si la casa ha perdidosu crédito, se lo debe a usted y sólo a usted. Ya sé lo que va usted adecirme: que su señor padre le ha ayudado a salir de apuros en muchasocasiones, pero, ¿no ha respondido el capital en muchas otras, bajo lagarantía de don Bernardino Esteven? Y esta garantía, ¿podrá sersostenida por su padre, hoy que corren rumores que no quiero repetir?

—¡Calumnias!—vociferó Jacintito.—Canalladas de los envidiosos.

—Lo que usted quiera, pero esto es así y no de otro modo. Por lo tanto,no dejaré a usted sacar ni un centavo del Banco.

—Me someto, porque me falta la firma; pero en cuanto a registrar lacaja, ¡venga usted a impedírmelo!

De una manotada cogió el llavero de sobre el pupitre y se abalanzó a lacaja de hierro. Míster Robert le dejó hacer. Jacinto abrió y noencontró nada: papeles, pero ni rastros de dinero.

—¡Maldita sea mi alma!—exclamó cayendo en el sofá, desesperado.

Acercóse míster Robert, y con desprecio y cólera, le dijo:

—Esto se acabó, señor Esteven, ¿entiende usted? Voy a proceder a laliquidación de la casa, porque ni usted me conviene, ni estoy yodispuesto a ser víctima de sus desaciertos por más tiempo. ¡Basta!

—Liquidaremos, señor Robert, ¡pues no faltaba más! ¡Valiente susto meha dado usted! Liquidaremos, y entonces se sabrá quién es el culpable deque la casa se haya fundido. ¿Sabe usted una cosa? ¡Lo estaba deseando,pues los hombres honrados me revientan!

Se caló el sombrero de lado y salió del escritorio, echando chispas.

Pues esto, tan trascendental como era, tuvo buen cuidado de no decírseloa su primo en el pasillo; los dos habían corrido un temporal deshecho, yallí se guarecieron manteniéndose a la capa, la mano en el timón y losojos en el horizonte, en compañía de los fieles del escritorio, todosmás o menos aporreados, renegando de las vitalicias y de su suerte. Elpseudo diputado, como pollo que han zambullido en una cuba de agua,furioso, hablaba nada menos que de fusilar al alemán Schlingen por laespalda; así aprendería a no engañar a la gente.

En todos los ámbitos de la inmensa sala, esta idea de venganza contra elembaucador tomaba cuerpo. ¡Abajo Schlingen! ¡a la cárcel con él! Nopodía quedar impune semejante crimen. ¿Y la ruina de tanto padre defamilia? En la calle, en la miseria, sin pan, por las malas artes deaquel aventurero, que supo engatusar a todos con su Banco de fantasía.Los bastones en alto, se gritaba a voz en cuello; la atmósfera hacíasecada vez más pesada, con el humo, con el polvo y el ardor de losconcurrentes.

—¡Muera Schlingen!