Quilito by Carlos María Ocantos - HTML preview

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Sí, se lo decía cara a cara, bien claro para que lo entendiera; ella nosabía jota de códigos ni de la práctica de tribunales: se daba porconvencida de que había que vender todo, todo, aunque esto le parecía undespropósito que no podía mandar la ley, pero no de un modo irrisorio, abajo precio; se daba por convencida que había mucho que pagar y eraforzoso sacar el dinero de alguna parte, mas, ¿por qué se eternizaba unasunto tan sencillo?

¿qué deudas eran ésas? ¿qué cuentas eran ésas? Allíno había más cuentas que las del Gran Capitán y una persona sinconciencia, que quería enriquecerse a costa de los herederos.

—Esto no lo puedo yo tolerar—exclamó Bernardino, fuera de sí.

Gregoria se dirigió a su hermana, increpándola; Pablo Aquiles, queservía una taza de tisana a la enferma y no había querido hasta entoncestomar parte en la disputa, se vió precisado a intervenir, porque la cosatomaba mal aspecto. Los improperios se cruzaban de parte a parte, yentre las voces enardecidas, oíase la de Casilda, que chillaba:

—¡Sí, señor, lo dicho, dicho!

Pilar se cubrió la cara con su pañuelo.

—¡Mala lengua!—decía Gregoria.

—¿Quién había de creer esto de usted?—exclamaba con dramático acentoEsteven.

—Esto es una vergüenza—decía Pablo.

Y entonces, dominando el tumulto, se alzó de nuevo la voz de Casilda,para arrojar a la cara de su cuñado esta palabra:

—¡Ladrón!

Si a Pilar no se le ocurre desmayarse, se pegan.

—Hay que salir de aquí—gritó Bernardino, como un energúmeno.

—Ya debía haberlo usted hecho—contestó Casilda.

Gregoria, demudada, metiendo las manos por los ojos de la hermana,exclamó:

—¡Nos iremos, sí, y no hemos de vernos jamás, jamás y jamás!

A los pocos días, Esteven y su familia se mudaban; Casilda vió a suhermana guardar alhajas que habían pertenecido a su madre, cubiertos deplata y muchos objetos de uso de la familia y llevarse muebles,suficientes para llenar tres carros hasta el tope, pero no chistó. Desdeel día de la disputa no se hablaban, mirándose entre ojos, como enemigasa muerte, y cuando salió Gregoria de la casa, la cabeza muy levantada,ni se despidió de ella ni de Pablo Aquiles, a quien llamaba mandria,echándole la culpa de todo.

—Si es la que mató a nuestro padre, ¿qué entrañas ha de tener?—dijoCasilda llorando.

Triste quedó el caserón, después del rompimiento. Pilar empeoró,sacudidos sus nervios por tanto suceso desagradable, herida en elcorazón por el desvío de su hermano, que así la abandonaba en susúltimos días; en cuanto a Casilda, bondadosa siempre, lamentó el cismade la familia, que ella misma provocara, aunque sin quererlo. ¿Qué culpatenía ella, si Esteven era un mal hombre y la puso en el disparadero dedecirle cuatro verdades? Pero Gregoria, su hermana mayor, criada yeducada a su lado, copartícipe siempre de sus penas y placeres...

¿eraposible que pudiera conducirse así? Casilda no podía consolarse. Tuvo alprincipio la idea de buscar un abogado y presentarse al juez demandandoa Esteven, y aun llegó a hablar de esto a Pablo Aquiles, que no sabía nilo que hacía ni lo que le pasaba, pero desistió, temerosa del escándaloy entristecida con lo ocurrido. Está bien; que se llevaran todo, quedilapidaran la herencia o la guardaran para sí, en detrimento de ellamisma y de su hermano, pero que no le hablaran más del asunto, porque ledaba

dolor

y

vergüenza.

Habíale

entrado

un

descorazonamiento tal, queno salía, llorando a solas en su cuarto, cuando el cuidado de la enfermano la ocupaba.

Pilar murió un mes más tarde; su vida se apagó dulcemente en brazos dePablo y de Casilda, después de besar al pequeño Aquiles, o Quilito, comoella le decía. Ni Bernardino ni Gregoria asistieron a sus últimosmomentos, aunque se les mandó recado de su gravedad; ni se mostraron enel entierro ni en los funerales, probando con esta actitud su propósitode no verse más, de romper para siempre toda relación.

Golpes fueron éstos, que acabaron de anonadar a Pablo Aquiles. Unabogado vino a verle un día, de parte de Esteven, para que firmaraciertos documentos que eran indispensables para la terminación de latestamentaría, y él firmó y firmó también Casilda, al pie del nombre deGregoria, estampado el suyo con segura mano; deseosos ambos de concluirde una vez, sin protesta, porque no tenían ya fuerza para seguir lalucha.

Cuando aparecieron en la ruinosa fachada de la casa paterna loscartelones anunciando, en letra muy gorda, la subasta, Pablo Aquiles yCasilda comprendieron que había que marcharse; buscaron una casa pequeñay modesta, recogieron lo poco que quiso dejarles Gregoria, y salieronambos del hogar de sus padres, como tristes desterrados.

La visita de Bernardino Esteven es digna de ser contada. Se presentó enla nueva casa correctamente vestido de negro, serio y grave, con unrollo de papeles en la mano; Casilda no quería recibirle, pero Pablo,más conciliador, le hizo pasar a la sala y allí, inclinándose conafectación de académico, declaró que iba a rendir cuentas del albaceazgoy a entregar lo que en la partición había correspondido a los herederos,después de pagar deudas y honorarios, para lo cual había habidonecesidad de vender las propiedades, como lo sabían muy bien. Hablabacon voz campanuda, muy despacio, sin mirar a Pablo Aquiles, mudo delantede él. Vino Casilda, y con aire digno se sentó, sin saludar a su cuñado.Entonces desenrolló éste el paquete que traía y puso delante de los ojosde ambos muchos garabatos y números, que él descifraba con negligencia;luego sacó de su cartera un mazo de billetes, que contó: veinte milpesos, diez mil para cada uno y diez mil que había recibido Gregoria;él, a pesar de sus trabajos en la testamentaría, del derecho que leasignaba la ley, renunciaba generosamente al cobro de sus haberes.¿Querían conservar

las

cuentas

para

examinarlas

despacio?

Maquinalmente,Pablo Aquiles y Casilda dijeron con la cabeza que no. Firmado elcorrespondiente recibo, Esteven recogió sus papeles y sin añadirpalabra, salió como había entrado. ¿Quién reconocería en aquel personajetan finchado, al tenedorcillo de libros de marras?

—¿Te convences ahora?—dijo Casilda mirando tristemente los billetesdejados sobre la consola.

Pablo Aquiles bajó la cabeza y suspiró.

Y él, que nunca había servido para nada, se vió obligado a buscar unempleo fácil, para ayuda de gastos. ¡Qué disgustos pasó antes delograrlo! Con su pequeño sueldo y la escasa renta que les habían dejado,no le faltaría pan a su hijo. En medio de todas sus desdichas, sólo lequedó una ilusión y una esperanza: Quilito.

Tales son los antecedentes que he conseguido reunir, acerca de lasfamilias de Vargas y Esteven.

III

Agapo no era, así como así, un tipo cualquiera, sino, un atorrante deraza, que había seguido la carrera por sus pasos contados, y conquistadoel título a fuerza de contracción y desvelo, favorecido, es verdad, porsu vocación a tan honroso oficio y sus excepcionales facultades.Matriculado, cuando niño, en una banda de pilluelos de barrio, sin elfreno de la autoridad paterna, porque no tenía padres y no hacía caso desus hermanos, libre como un pájaro y celoso de su independencia; con elsucio pantalón doblado sobre la rodilla y la camisa desteñida asomandopor los fondillos, un sombrero agujereado sobre la rubia cabeza,recorría las calles de su parroquia, entretenido en jugar a los cobresen la acera, darse de mojicones con los compañeros y decir desvergüenzasa las señoras; no había bautizo en que él no tomara parte, esperando ala comitiva en el atrio de la iglesia para llamar pelao al padrino, niescándalo callejero en que no estuviera, como espectador de primerafila.

Parecióle muy pronto estrecho el campo de sus operaciones yextendió su radio hasta el Bajo; allí entre las toscas y bajo lossauces, se daban batallas a pedradas y rara era la vez que no sacabaalguno de la banda soberbia magulladura. Como el dinero escaseaba encasa y cada vez que se presentaba Agapo, era recibido con una lección desolfeo, no se atrevía él a ir y pasaba los días vagando, comiendonaranjas o un pedazo de pan duro, mojado en el cocido de algunalavandera caritativa; a veces, por ganar algo, hacía changas en elmuelle, llevando la maleta de algún

viajero

o

vendía

periódicos

yfósforos,

pero,

decididamente, no servía él para el trabajo; un día lellevaron a la comisaría por desorden, y ya aprendió el camino, de talmodo, que rara era la noche que no dormía en duro banco, en compañía deborrachos y ladrones. Se familiarizó con su jerga, adquirió amistadesvergonzosas, aprendió a beber y a jugar, pero no cayó nunca en el viciodel robo; en medio de la crápula, supo mantenerse honrado, porque él noera malo, sino haragán.

Sus largas ausencias no preocupaban a nadie; eran eclipses parciales, enque desaparecía por encanto y reaparecía por milagro, más sucio, másandrajoso y más hambriento que antes.

El cambio de fortuna de sushermanos, no varió su situación; le recibían ellos de tan mala manera,le llamaban con motes tan injuriosos, que Agapo evitaba verles; y luego,¿para qué? para recibir consejos, en vez de cuartos. Que abandonara esavida de vagancia, que se hiciera hombre de provecho, que trabajara...¡Trabajar Agapo! ¡si apenas podía llevar su alma a cuestas! sus brazoscolgaban lánguidos de los hombros, sus piernas se negaban a sostenerlemucho rato y hasta su pensamiento era tardo y perezoso, como obreroholgazán que ama el descanso. Su delicia era tenderse al sol sobre unbanco, o bajo un sauce en la ribera, según la estación, y dormir apierna suelta, sin cuidados, con un sueño de ángel o de niño; y también,sentarse en un portal de calle muy concurrida y ver pasar la genteafanosa tras el pan de cada día, mientras él, libre de preocupaciones,sonreía filosóficamente. ¡Trabajar Agapo! ¡si no vale la pena! ¡muchosudar, mucho sufrir; el hombre, como bestia de carga, dando vueltas, desol a sol, a la rueda de la fortuna, para recibir el esquinazo, enpremio de sus fatigas! más vale estarse con el pico abierto, para que enél caiga el maná del cielo, y manos quietas; dejar que los demás cuidendel árbol y comer nosotros su fruto sazonado.

Hasta Agapo no habían llegado aún esas ideas de socialismo, anarquismo ynihilismo que corren por ahí, haciendo temblar las carnes de todo el quetiene algo que perder, pero él poseía su credo, que era éste: vivir acosta del prójimo, pedir al vecino lo que falte en casa y no trabajarsino en provecho propio, dando quehacer a las mandíbulas; que, al fin yal cabo, todos somos iguales: el estómago del rico, no se diferencia delpobre, y no es justo que mientras aquél engulle y se regala, sean paraéste todos los días de cuaresma.

Por lo demás, estaba él orgulloso de su categoría de atorrante: no teníacasa y no pagaba alquileres; no tenía criados y no le robaban yvendían; no tenía suegra, ni mujer, ni hijos, que le quemaran la sangre;ni negocios, que le preocuparan; ni amigos, que le engañaran; sobre élno pesaban impuestos ni carga alguna.

Se consideraba feliz, y lo era enefecto: no ambicionaba nada y nada temía del día siguiente; envuelto ensus guiñapos, paseaba por los sitios públicos y gozaba del sol, como elque iba arrastrado en carretela; dormía donde le cogía el sueño, tanricamente como sobre un colchón de plumas; comía cuando tenía hambre yno le faltaban buenos platos de casa grande, y en lo tocante a viciosmenudos, llevaba en el bolsillo de su raída chaqueta provisión abundantede colillas de cigarro. Era gran maestro en el arte de pechar o darsablazos, y lo hacía con tal comedimiento, que pocas veces quedabadesairado.

El alud de las revoluciones pasó sobre él y le arrastró como hoja seca,pero, restablecida la calma, aparecía Agapo, de nuevo, sobre lasuperficie, como cuerpo boyante; sus peregrinaciones, ya voluntarias, yaforzadas, le llevaron por toda la República y aun fuera de ella, pero sucuartel general era Buenos Aires, y a la capital volvía, como bestiaextraviada a la querencia. Frisaba en los cuarenta años y parecía tenersesenta, con su barba gris de patriarca, la melena casi blanca y lasarrugas de su frente de pensador: diríase un hombre combatido por lasadversidades, un inválido del trabajo, un paria de la suerte, todo menosel prototipo del holgazán.

Era digno, a su manera. Aunque no pudiera tachársele de delito alguno,porque no era ladrón, ni capaz de hacer mal a nadie, ocultaba suapellido y pocos eran los que sabían que pertenecía a la opulentafamilia de Esteven. No quería él que se supiera el cercano parentesco deAgapo el atorrante con el rico bolsista don Bernardino, por vergüenza desu propia situación; conservaba hondo rencor contra su hermano, a quienacusaba de haberle abandonado y hasta empujado al vicio para librarse deél, y no le socorría como debiera, ahora que era dueño de cuantiosafortuna. Sabedor de los enredos de la testamentaría de Vargas, y delprofundo cisma de ambas familias, solía él decir con maligna intención,en el seno de la confianza, que quién sabe cuál de los dos, si elmillonario don Bernardino o Agapo el atorrante, mantenía más honrado elapellido.

A casa de los Esteven iba contadas veces. Le imponía tantamagnificencia: la escalera toda de mármol, con dos leonazos melenudos alpie, a derecha e izquierda, las fauces abiertas, como si quisierantragarse al incauto visitante; en el primer descanso, plantas exóticas;arriba, una vidriera de colores, y cuando la puerta se abría, veíaselujoso recibimiento, con estatuas y cuadros. No conocía Agapo lo demás,porque nunca le habían dejado pasar de allí, pues podía manchar lasalfombras con sus patas embarradas o ensuciar la seda de los muebles consus ropas grasientas; se sentaba humildemente en la escalera, después detocar el timbre. El criado salía, le miraba de pies a cabeza ydesaparecía, cerrando la puerta. Pasaba largo rato; se oía el manoteodel piano en la sala; Agapo pensaba que serían sus sobrinas, Susana yAngela. La puerta volvía a abrirse y el criado entregaba un billete alatorrante, con este recado:

—Dice el señor que no venga usted con tanta frecuencia.

—Si no he vuelto desde el mes pasado... pero diga usted al señor que nole incomodaré más.

Y se iba, colérico, jurando no volver... y volvía, reflexionando que erafuerte cosa que mientras su familia estaba podrida en plata, notuviera él ni para cigarros. En estas visitas solía ver, por la puertaentreabierta del recibimiento, a su cuñada Gregoria, con su aireorgulloso y muy compuesta siempre, a pesar de sus canas y su obesidad;un día tropezó en la escalera con Jacintito, que bajaba los escalones dedos en dos, silbando, de habano y bastón, y no le miró, porque lechocaba mucho este mequetrefe, que jugaba en la Bolsa y tiraba eldinero, que no sabía ganar.

Mostrábase, sí, muy satisfecho cuandolograba ver a las dos muchachas, tan lindas y frescas como dospimpollos; ellas pasaban a su lado, plegando las faldas vaporosas demiedo de mancharlas y haciendo un gestito de desagrado con la bocaencantadora. En cuanto a su hermano, nunca le vió y si llegaba acolumbrarle en la calle, escabullíase avergonzado.

Pero donde él iba con gusto, era a casa de los Vargas, calle Moreno, sino todos los días, porque era él muy comedido, por lo menos tres vecesen la semana. Pampa le recibía poco menos que a escobazos, diciéndoleque la señora no estaba, que se marchara, pues no había nada para él.

—Esperaré, muchacha; no tengo prisa.

Y se sentaba en el umbral de la puerta del comedor, viendo barrer elpatio a la india, admirando la limpieza y el orden que allí reinaban,mucho más agradables que el lujo y la farsa de Esteven; el pequeñojardín daba gloria verle, tan verdecito y tan cuidado.

—¡Hola! ya estás aquí—decía en esto la voz simpática de misia Casilda.

Y aparecía la señora con un plumero en la mano, muy sofocada por eltrajín de la casa, amable y sonriente. Agapo se descubría, como ante unaimagen, y entraba en el comedor y se sentaba, sí, señor, se sentaba enuna silla de rejilla, porque allí no temían que lo manchara todo con sucontacto; en la alacena no faltaba el trozo de carne fría guardado paraél, o el platito de arroz con leche o el resto de carbonada, que laseñora calentaba por sus manos en la maquinilla de alcohol. Y luego, erauna de charlar de todo, al compás de la escoba de Pampa...

Al día siguiente de aquella noche del 25 de Mayo, en que don PabloAquiles vió cosas que le suspendieron y preocuparon hasta el punto deinterrumpir su paseo de digestión, Agapo se presentó en la casa, pasadaslas doce, siendo recibido con el ceremonial de estilo.

—Señora no estando—dijo Pampa cerrándole el paso y esgrimiendo eldoméstico cetro.

—¿Y el patrón?

—En el Ministerio.

—¿Y el niño?

—En la Bolsa.

—¡Esperaré!

—Déjale pasar—dijo misia Casilda desde adentro.

El atorrante entró en el comedor; iba menos rotoso y sucio que decostumbre, porque para esta visita hacíase esmerada toilette, en loque cabe.

—¿Ha visto usted la inquina que tiene la india conmigo?—

exclamó Agapo,sentándose en el borde de una silla, a la vez que echaba hambrientamirada a la alacena.

La señora tenía dos ruedecitas de patata sobre las sienes, y con susemblante fatigado mostraba a las claras padecer fuerte neuralgia.

—Tengo un dolor de cabeza...—dijo ella, llevando una mano a la frente.

Fué a la alacena, sacó un plato en que se veían restos de los hojaldresdesdeñados por el niño la noche antes, y lo puso delante de Agapo,quien, dejando finezas a un lado, empezó a devorar glotonamente.

—¿No estás borracho?—preguntó la señora, mirándole a la cara.

—¡Oh! no—protestó el atorrante.

—Pablo Aquiles te encontró ayer en un estado deplorable.

—Era día de la patria... y había que festejarlo.

—¡Jesús! ¡qué vicio más feo! mira, si se te ocurre presentarte aquí deesa manera, te haré dar cuatro escobazos por Pampa y llamaré alvigilante.

Agapo seguía comiendo, sin hacer mayor caso de la amenaza.

Cuando quedóel plato limpio, cual si lo hubieran lamido los perros, se pasó la manopor la boca, restregó los dedos sobre el pantalón, y mirando con ojostiernos a la señora, sentada al otro extremo de la mesa, exclamó:

—¡Ay, señora! ¡yo merezco más lástima que castigo! A buen corazón no megana nadie, y si no fuera la fatalidad y mi hermano...

—Eso sí—saltó misia Casilda,—siempre he dicho yo que eres lomejorcito de esa familia; sólo que te dió por no querer trabajar... ¡yahí tienes!

Agapo se encogió de hombros. No, señor, no era por eso; él queríatrabajar, pero no encontraba en qué: buscó un empleo mucho tiempo y noquisieron dársele y ahora andaba tras de una concesioncita deferrocarril, sin resultado; había visitado a senadores y diputados yhasta a cierto ministro, que tenía fama de dejarse untar la mano...

—Pero, ¿qué van a darte con esa facha?—dijo riendo la señora.

Ahí está; si él fuera vestido, de levita, y hablara en extranjero osiquiera en provinciano, lo conseguiría al momento, sin más capital quemucha labia y poca vergüenza. Negocio más lucrativo no se ha visto: ledan a usted la concesión, usted la vende al momento y se hace rico, opoco menos. Y el ferrocarril se construye o no; generalmente, no seconstruye... ¡Cuántas cosas podría hacer valiéndose de la influencia desu hermano!

Hoy, para medrar, no hay más que meterse con el Gobierno...o en la Bolsa: un compañero suyo, que dormía en los bancos de las plazasy en los caños abandonados, se había metido no se sabe cómo en unnegoción de tierras, y se ganó lo que quiso, convirtiéndose en unpersonaje que arrastra coche...

—Aquí tenemos lo de Quilito—observó misia Casilda,—esas fortunasimprovisadas me hacen a mí el efecto de casa sin cimientos; deja quesople el aire y verás dónde van a parar.

Mejor sería que tuvieran máscabeza, pues esto se va poniendo muy malo: esta mañana el casero nosmandó aviso que para el mes que viene subirá el alquiler, y siempre conel mismo pretextito: el oro; ¿qué culpa tenemos nosotros de que se vayaa las nubes?

—¡Y lo que vendrá!—dijo Agapo en tono profético, acariciando susbarbazas.

—Tengo un dolor de cabeza...—volvió a decir misia Casilda.

—Algún disgusto, ¿no es verdad?

—Sí, ese atolondrado de Quilito tiene la culpa. La noche antes habíallegado don Pablo Aquiles de mal talante, porque se encontró al niño enla puerta de Colón, detrás de las de Esteven, lo que vino a corroborarsus sospechas de que festejaba a una de ellas; ya se lo habían dichono sé en qué parte, y la idea de que fuese cierto y que los otrospudieran creer que ellos autorizaban semejante cosa, les teníadisgustadísimos. Decidieron sondar al muchacho, y cuando bajó aalmorzar, le espetaron la preguntita.

¿Crees tú que negó? ¡qué esperanzas! es muy deslavado y tiene una manerade contestar al padre... Que sí, que Susana le gusta mucho, y que sipuede que ya lo creo que se casará con ella, pero que todavía, no haynada serio... ¡Todavía! ¡vaya un consuelo! Entonces, yo tomé la cosa pormi cuenta y le dije las del barquero.

Eso es, muy bien; ¿le parecía decente poner los ojos en una niña, cuyafamilia era enemiga mortal de la suya propia? ¿no había en Buenos Airesninguna otra más que ella, tan buena o mejor? ¿no temía que la gente esadijera que iba por su dinero y que su padre y su tía estaban mezcladosen el negocio? Y luego,

¿qué significaba eso de casarse un mocoso, queno sabe dónde tiene las narices? ¿con qué contaba para el casorio?¿tenía siquiera su carrera concluída? Estos muchachos de ahora son deuna impavidez extraordinaria; todo se lo llevan por delante, y creen apies juntillos en la engañifa aquella de «querer es poder»; así, no sonpocos los desengaños.

En fin, que me despaché a mi gusto, y como golpe final, le hice estapregunta: Pero, ¿has hablado con la niña.—No.—¿Y

entonces?—Ella memira, y con esto basta.—¡Inocente! ¡te fías de los ojos, cuando laspromesas de la lengua no se cumplen! si todas las mujeres bonitas mirany remiran, porque buscan el homenaje de los hombres y quieren ver elefecto que su hermosura, su tocado o sus alhajas producen. Entonces él,retorciendo su bigotillo, dijo con petulancia:—Hay modos de mirar,tía... y yo me entiendo.—¿Habráse visto botarate? ¡Un chico que nolevanta media vara del suelo! Quedaba el gran argumento y se lo largué:Mira, Quilito, que se te quiten tales disparates de la cabeza: el señordon Bernardino Esteven nunca consentirá en ese casamiento. Lo aplasté.Pero él se irguió, y en tono de amargo reproche, replicó:—Seré muydesgraciado entonces, pero la causa de mi desgracia serán ustedes, consu terquedad ridícula y su odio injustificado.—¿Qué te parece?

mira quePablo Aquiles tiene una paciencia de santo, pero al oír aquello no sepudo contener, y eso que le aguanta cosas al muchacho, que parecementira. Total, que Quilito subió a su cuarto muy enfadado, Pablo se fuéa la oficina de mal humor, y yo quedé con jaqueca. ¡Qué muchacho, Señor!

—Eso me lo sabía yo de corrido—dijo Agapo,—¡las veces que le he vistoen la calle Florida detrás de ella! y una tarde, al salir de casa de miseñor hermano, tropecé en la acera con Quilito, y cuando doblaba laesquina vi a Susana en el balcón... Que ellos se entienden, no hay duda.

—Si esto es una fatalidad—exclamó misia Casilda, va a ser un semillerode disgustos para nosotros.

Lo que Agapo no se atrevía a decir, es que él era el protector deaquellos amores contrariados, el correo de gabinete entre los dostórtolos; su buen corazón no había podido resistir al ruego deQuilito... y a la propina de dos pesos por carta, enternecido ante ladesgracia que separaba a sus sobrinos más simpáticos y que más quería.Esto le obligaba a ir con alguna más frecuencia a casa de donBernardino, y a valerse de estratagemas para comunicar con la muchacha;pero todo lo hacía con gusto... y con provecho. Seguramente que si misiaCasilda sabe que en la ocasión en que ella tanto se lamentaba de laocurrencia, era portador Agapo de una carta traidora, que había deencender más la hoguera sobre la cual ella, por amor propio y amor de susobrino, trataba de echar el agua fría de la reflexión, no hubiera sidoflojo el escándalo. Pero él se guardaba bien de descubrirse... si no,¡adiós platitos de arroz con leche! la escoba de Pampa y el vigilante...

El sol entraba en el comedor, tan alegre, que parecía de primavera; a sugrato calorcito, el morrongo de la casa, espatarrado, exponía su vientrede terciopelo. Afuera, cantaba Catalina la genovesa un aire de su país,con acompañamiento de platos y cacerolas.

—¿Está Quilito?—preguntó Agapo tímidamente.

—Debe estar en su cuarto—contestó la señora.

¡Había subido más enfurruñado! dando portazos y diciendo que iba a hacery acontecer, con las palabritas escogidas de uso diario. Todo se lepodía perdonar, menos aquel capricho desatinado de enamorar a la hija deGregoria, que le despreciaba hasta el punto de no haberle jamás dirigidola palabra, como que le dejó en mantillas... y hasta la fecha. Pero élno entendía de razones. Era un muchacha que no tenía pies ni cabeza.

—¿Sabes a qué hora llegó anoche?... hoy, mejor dicho: ¡a las tres ytreinta y cinco!

Hacía muy poco que habían dado las tres y media, cuando ella, metidaentre sábanas, oyó abrir la puerta de calle, con cautela de malhechor, ypasos apagados en el patio: era el niño que entraba.

¡A las tres ytreinta y cinco de la mañana!

—Si todos hacen lo mismo, señora—se atrevió a decir Agapo.

—Ese es el razonamiento de Pablo; pues yo digo que si todos hacen lomismo, no sé qué juventud es la de ahora; ¡siquiera estuvieran de visitaen casas honestas! pero, no, señor, no tienen sociedad ninguna; que sepongan en rueda de señoras y no hay quien les saque una palabra delcuerpo. Quilito se esconde apenas ve gente en casa, y cuando lereprendo, me contesta que él no está para perder su tiempo convejestorios. Lo que a aquel chiquillo hacía falta, era un padre como donAquiles, su abuelo, que le arreglara a ordenanza; el látigo es unremedio excelente: con esto y rienda tirante, no hay hijo indócil nidescarriado.

—Más se consigue con el cariño, que con los azotes—dijo Agapoacordándose de los sopapos y tundas de su niñez.

—Pues éste no echará de menos los mimos...

Se oyó sonar la escalera del patinillo.

—Aquí le tenemos—murmuró misia Casilda poniéndose muy seria.

Quilito entró, con un cigarro en la boca.

—¡Hola! ¡tanto bueno por acá!

Tiróle de las barbas a Agapo, y mientras le presentaba su cigarrera deníquel, le deslizó hábilmente en el oído esta pregunta:

—¿Hay algo?

El atorrante dijo que sí, moviendo la cabeza, muy risueño, a la vez quese apresuraba a desocupar la cigarrera.

—¿Vienes, Agapo?—dijo el joven.—Me voy a la Bolsa y tengo prisa.

Y mientras el otro se levantaba, la señora, silenciosa hasta entonces,llamó aparte a Quilito; en un rincón, pasando la mano por el cuello desu gabán para quitarle las hilachas que siempre se dejaba, le dijobajito que no le parecía bien saliera en compañía de aquel hombre; ¿quédirían los que le vieran?

—¿No es mi tío?—dijo él con afectada seriedad.

Eso, felizmente, nadie lo sabía; bueno era protegerle en su desgracia,pero no mostrarse con él.

—Si no voy a ir por la calle Florida, tiíta Silda, es para darlealgo... y no quiero hacerlo delante de usted por no avergonzarle... Enla esquina le despacho.

—Eso es otra cosa.

Y levantando la voz, añadió:

—¡Que les vaya bien!

Salieron ambos, y ya en la acera, a pocos pasos de la puerta, el joven,ansiosamente, pidió la carta, que le entregó Agapo con precaución,contando las fatigas que le había costado conseguirla. El criado deEsteven era muy bruto, y se permitía ofrecerle puntapiés cada vez que leveía; luego, como misia Gregoria estaba con frecuencia en la pieza queda al recibimiento, no era posible hablar a Susana, sin que ella lo pispara. Generalmente, la muchacha abría la puerta de la sala y por larendija echaba la carta; pero aquel día hasta este recurso faltó, porqueestando sin cerrar la vidriera de colores, a causa de la limpieza, delrecibimiento se veía todo lo que pasaba en la escalera; hubo queesperar la hora de Palermo. Al salir ellas al paseo, recogió en elzaguán la carta de manos de la santita, en las mismas narices de laoronda misia Gregoria y de Angela, sin que ninguna se enterara. ¿Quétal? Quilito no le escuchaba: había rasgado el sobre y leía; con el afánde un sediento ante un vaso de agua, saboreaba la miel de la fraseologíade su prima, temblándole las manos de emoción.

—¡Ca... ramba!—exclamó echando un terno,—¡maldita suerte la mía! ¿hede estar condenado a vivir siempre separado de ella?

Con gesto de mal humor, dió los dos pesos de la tía a Agapo,recomendándole que no fuera a emborracharse, y allí mismo le dejóplantado, siguiendo la calle de Moreno a buen paso. La verdad es quetenía por qué quejarse de su estrella. El abismo que separaba a las dosfamilias era tan hondo, que no había medio de salvarle: en la escena delalmuerzo pudo comprobarlo; no, ni su padre, tan condescendiente siempre,ni la bondadosa tiíta Silda se prestarían jamás a una reconciliación, ypor el lado de los otros, ya se lo había dicho Jacintito con muchafrescura: la tía Goya decía que si se atrevía a poner los pies en sucasa, le echaría de escaleras abajo. Pero, ¿qué culpa tenían Susana y élsi hubo o dejó de haber en la malhadada testamentaría del abuelo?¡Renunciar a Susana! nunca, aunque en ello se empeñaran el cielo y latierra juntos. Se amaban hacía tiempo, de lejos, porque las chicas noiban a bailes y no había medio de hablarse, y se decían muchas cosas conlos ojos cuando se

veían,

que

las

cartitas

traducían

luego

en

períodosalmibarados. La fatalidad había levantado infranqueable barrera entreellos; pero el joven, caprichoso de suyo y testarudo, con la agravantede encamotado, tenía hecho el juramento de vencer todos losobstáculos, y conseguir la mano de la muchacha: ítem más, lareconciliación de las dos familias. ¡Qué final de melodrama más hermoso;una boda y pelillos a la mar, o canje de abrazos fraternales entre losque han andado durante toda la obra tirándose los trastos a la cabeza!Por eso quería hacerse rico de prisa, para tener algo que ofrecer a lanovia y con qué amansar a los padres: la lotería, la Bolsa y la timba declubs y cafés, todo lo ponía a contribución; hasta entonces su estrellaseguía nublada, pero el gran día llegaría... porque forzosamente teníaque llegar.

Entretanto, ¿a dónde iba? Por la tarde debía encontrarse en Palermo: ella estaría. Y aquí cumple confesar otro de los inconvenientes en queel pobre muchacho tropezaba, un síntoma más de la vida artificial, quesu mala educación y las pretendidas exigencias sociales le obligaban allevar. Para ir a Palermo, se necesita coche de lujo y para hacer lacorte a una muchacha high-life concurrir a teatros y a bailes; Quilitoera pobre, pero él iba en coche de lujo y se mostraba en palco todas lasnoches.

¿Cómo hacía semejante milagro? Digamos la verdad: a costa de susamigos ricos; era un gorrón y nada más, dicho sea sin ofenderle.Pegajoso con aquellos de quienes podía sacar algo, sabía llegar a lacasa en el momento en que iban a sentarse a la mesa, cansado de losguisotes de Catalina y los platos criollos de la tía Silda; cuando ibanal teatro, cuando iban al paseo: era un lebrel a caza de invitaciones.En todas partes estaba, y siempre de arriba. Así podía darse esebarniz de rico, que engañaba a los más y hacía sonreir desdeñosamente alos paganos y sabedores del secreto, pero que bastaba para lasatisfacción de sus gustos y de sus propósitos, desde que la suerte lehabía colocado en posición inferior a la que él tenía derecho a ocupar,y la sociedad, no su presunción, le exigía cubrir las apariencias.

Ahora pensaba de qué amigo valerse para ir a Palermo. X***

le habíaconvidado la víspera a comer en el Café de París; Y***[**] le pagó elcoche y las entradas de las carreras del domingo último; Z*** le llevó asu palco de la Opera, el lunes.

De dos o tres más, había recibido en lasemana iguales o parecidos favores. Quedaba Jacinto Esteven. ConJacintito tenía más confianza: cierto es que la butaca de Colón se laregaló él la noche anterior, pero era su primo y no tenía nada departicular que ocupara la tarde siguiente su elegante faetón. Endefinitiva, el chico de Esteven cargaba con los gastos de representaciónde Quilito, comodidad muy grande e inapreciable para el que no tiene ensu presupuesto partida tan importante y necesaria.

Quilito pasaba por elrodrigón de su primo Jacinto, y a él acudía siempre aunque, pordelicadeza, no dejaba de hacerlo también con X***, Y*** Z*** y los demásde su círculo. Vaya por Jacintito, pues.

Tenía éste un escritorio de comisiones en la calle Piedad, en una casavieja que parecía iba a derrumbarse de vergüenza al ver, a sus lados y asu frente, edificios nuevos y lujosos, y de mostrar su fachadadesconchada y sus ventanas del año 10 en barrio tan concurrido. Era elescritorio una pieza reducidísima, tan obscura, que había sido necesarioabrir una claraboya; las paredes cubiertas de un papel de ramos dorados,que la humedad había deslustrado y dejaba colgar en jirones; sin másmuebles que dos mesas de patas largas, con sus bancos correspondientes,un sofá y cuatro sillas sueltas; una mampara de pino pintado cubría lapuerta de calle, y al exterior, a ambos lados de esta puerta, se veíandos planchas de metal, que nunca se limpiaban, con este letrero: Esteven y C.a—Comisionistas. Adentro, la atmósfera apestaba acigarro; el polvo blanqueaba los muebles con espesa capa, sobre la cualel dedo de algún desocupado se había entretenido en hacer dibujosestrafalarios, pues allí parecía no haber más plumero que los faldonesde los visitantes y la manga de los escribientes; el suelo, de madera,estaba esmaltado de puchos, salivazos, fósforos servidos y papelesrotos.

Cuando Quilito entró, Jacinto en el sofá leía un periódico, y encaramadosobre un banco, escribía un joven muy rubio, casi albino, el socio, o lacompañía de que hablaba el letrero. Hijo de inglés y nacido, en el país,seriote, reservado, un erizo a primera vista y un pedazo de pan en eltrato diario, sobre él gravitaba todo el peso de la razón social; porqueJacintito no era sino un socio de lujo, que había aportado gran partedel capital y su apellido conocido, sin dar palotada en lo que teníaentre manos, pues él sólo entendía de juego y de caballos. Míster Robertllevaba los libros, trataba con los clientes, discutía transacciones;era el poder legislativo y ejecutivo del escritorio.

El otro tenía sólolos honores de pantalla: llegaba después de las doce, siempresoñoliento; oía bostezando la relación que, por mera fórmula, hacía el inglés, plantado en su alto sitial; recorría los periódicos, mientrasvenían los amigos...

—¿A cuánto el oro?—preguntaba.

Quedábase absorto, como un gran financista abismado en sus cálculos.

—Qué le parece, míster Robert, las cédulas siguen bajando; esta es laocasión de dar el golpe.

El inglés protestaba de estas especulaciones bursátiles; a pesar de laangustia que invadía poco a poco la plaza, la casa parecía marchar condesembarazo, sabiamente guiada por tan prudente piloto.

—La mejor jugada es no jugar—contestaba.

No insistía porque, al fin y al cabo, Jacinto iba a la Bolsa de sucuenta y riesgo, y tenían además las espaldas bien guardadas, puesdetrás de la razón social estaba la robusta fortuna de don Bernardino.

Antes de la una, salía Jacintito para la Bolsa, después de charlar en elescritorio con los amigos y discutir con míster Robert. Aquella sesiónde barbilampiños, en que se exponían las más peregrinas teoríaseconómicas, con la gravedad de padre de la patria, y se barajaban losmillones de pesos como simples naipes, ofrecía especial interés; habíaempleadillo de tres al cuarto, que hablaba de hacer una operación demuchos miles, y niño apenas destetado, que decía con arrogancia que elBanco acababa de otorgarle fuerte suma con su sola firma; el hermano dealguien que estaba en el candelero, pellizcándose el bozo incipiente,brindaba su poderosa influencia, y un rabonero recalcitrante, sin máshaber que las dádivas de su papá, se lamentaba de sus pérdidas en laúltima liquidación. Pero el que allí predominaba, por su desfachatez ysu audacia, era Quilito; como su padre estaba empleado en un Ministerio,y debía conocer al dedillo los secretos políticos, hacíase él sabedor denoticias gravísimas, que iban a influir de manera formidable sobre laplaza; ¡ya verían a dónde llegaba el oro! Se lo acababan de decir alsalir del Café de París, con el palillo todavía entre los dientes.¿Quién? Un personaje que entra y sale en la Rosada, como Pedro por sucasa: tal ministro se apretaba el gorro, porque el que todo lo puede,se lo había sumido hasta las orejas.

O si no era algo muy feo,descubierto en cierta repartición, o algo peor atribuído a algúnfantoche de las esferas oficiales. Los otros abrían tamaña boca. Debíaser cierto, cuando Quilito lo decía. ¿Y si soltaba el trapo a disertarsobre finanzas? tenía tales trazas de catedrático, que nadie chistaba.

—¿Qué noticias traes?—le preguntó Jacinto.

—¡Psh!—hizo Quilito,—lo de siempre, que esto se lo lleva el diablo.

Echóse el sombrero a la nuca, y saludó con un gesto familiar a místerRobert.

—A quien se va a llevar el diablo es a mí—dijo Jacintito estrujandocon rabia el periódico,—¡estoy de un humor! ¡maldito sea o senhor donRaimundo de Melo Portas e Azevedo!

—¿Te ha echado otra vez la garra?

—¿Cómo no? pero la culpa es mía. ¡No le costó poco arrancarle al viejo los cinco mil nacionales, que debía al pícaro portugués! Si unopudiera adivinar las oscilaciones de los valores en la Bolsa...

Jugó a la alza, cuando ésta se mostraba firme, y de repente la baja sepronunció, sin saber cómo ni por qué, arrastrando en su caída a muchosincautos, él entre ellos; quedó deudor de cierta suma, a pagar dentro delas veinticuatro horas, no se atrevió a acudir al padre, esperandoresarcirse en otra jugada, y para salir del paso valióse del usurero.Siguió adversa la suerte, y entretanto, llegó el plazo fijado por donRaimundo; no hubo más remedio que impetrar del viejo la salvación. Lepuso una cara y le echó un sermón de fraile descalzo, pero aflojó la mosca, que era lo esencial; dióle a entender, sin embargo, que aquellasería la última vez, pues la borrasca se acercaba, y según indicios, ibaa ser muy fuerte y muy pocos los que escaparían de ella.

—¡Chocheces de viejo!—dijo Quilito con suficiencia:—si te cierra labolsa, acudes al Banco, que es el padre común de los fieles.

—No habrá más remedio...

Bajó la voz, porque quería contar algo que no convenía oyera el socio,inclinado sobre el pupitre. El padre le había dicho también, que veíacon sumo disgusto, su amistad con el Varguitas de la otra banda, por lacentésima vez, y cuando en esto estaban, hizo irrupción la madre en eldespacho, y adhirió su protesta a la de don Bernardino, significando quehabía observado ciertos paseos y ciertas ojeadas entre Susana y elprimito que le olían a festejo descarado, lo que hizo enfurecer alpadre. Salió Jacinto en defensa del acusado y sostuvo que no había taldelito, que no podía haberlo, porque él, compañero inseparable, y amucha honra, de su primo, tenía que estar enterado, como lo estaba, deque el otro no pensaba en semejante cosa; pero, la tía Goya, sin dar subrazo a torcer, llamó a la barra a la supuesta cómplice, y entre todosse la sometió a minucioso interrogatorio. Susana negó de plano, y eljuicio quedó terminado con esta sentencia inapelable de don Bernardino:

—¡Ni ahora ni nunca daré mi consentimiento, en el caso desgraciado quea un hijo mío se le ocurriera unir su nombre al de la familia que nos haofendido!

—¡Nunca, nunca!—apoyó el fiscal, o sea misia Gregoria.

Y el abogado defensor, es decir, Jacintito, impugnó la sentencia,declarándola improcedente, porque no había motivo para dictarla, einicua, porque era la sanción de odios que los años debían haberapagado. En cuanto a la amistad del primo, demostró el propósito deperseverar en ella... porque no le quitaba a él ningún pedazo, ni leharía perder casamiento, como aseguraba su madre.

—Tenía los cinco mil en el bolsillo—concluyó Jacinto,—y bien podíadesahogarme; si todo esto les digo antes, de seguro no me los dan.

Quilito, muy contrariado, replicó:

—Sobre el mismo tema me han regalado hoy una sonata destemplada encasa. ¿Quién será el inventor de esa zoncera? Ni yo miro a tu hermana,ni ella a mí. Además, ninguno de nosotros tiene nada que ver en queellos anden como el perro y el gato.

Cambiando de conversación, preguntó:

—¿Vas a Palermo?

—Sí, iremos; a las cuatro viene el faetón.

—Bueno; ya que te empeñas...

Abrióse la mampara y entró un hombre, que parecía una figura de cromo:muy encendido el color, el bigote afeitado, la nariz encorvada, los ojospequeños y penetrantes, con un levitón color de café y una chisteratornasol; era el muy respetable señor don Raimundo de Melo Portas eAzevedo, de estado casado, de nacionalidad portugués y de profesiónusurero, el ángel protector de empleados impagos y pensionistasatrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz detoda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados. Entróhaciendo saludos de miope y se sentó sin ceremonia en la primera sillaque encontró, colocando la chistera sobre sus rodillas, después de mirary convencerse que no había sitio más apropiado.

—Ya está usted aquí, señor don Raimundo—dijo Jacintito.

—Hoy estamos a 26 de mayo—contestó el viejo secamente.

—Lo sé, lo sé; ¡Dios nos libre de su buena memoria, de su reloj y de sualmanaque!

Sacó la cartera y le pagó, presentando los billetes con arrogancia;calóse las gafas el otro, maravillado de tal espectáculo y metió lasnarices en ellos, menos por causa de su miopía, que por regalarse elolfato con su dudoso perfume, que al usurero debe trascender a gloria; ycomo quiera que don Raimundo, poco acostumbrado a la puntualidad de susclientes, iba preparado a decir cuatro palabras agrias, los oídosrellenos de algodón para hacerse el sordo a las lamentaciones del deudormoroso, quedóse desarmado al ver los billetes en su mano, y sonrió, másde gozo íntimo, que por parecer amable.

—Me alegro y me felicito—dijo ensayando nuevo saludo;—

esto me pruebaque marchamos viento en popa.

—¡Y tanto!—contestó Jacinto con petulancia.

Quilito, así que vió aparecer al portugués, sintió cierto desasosiego, ypara ocultarlo, cogió el periódico que tenía cerca y lo colocó delantede su cara, fingiendo estar entregado a la más interesante lectura; devez en cuando, miraba al descuido a don Raimundo, y le parecía tan feo yrepulsivo como aquella vez que tuvo necesidad de sus servicios y seabocó a él, más muerto que vivo. La punta de la nariz se le movíaentonces, como ahora, y mostraba también sus dientes mellados y loscolmillos saltones, al preguntarle su nombre y el de las personas quepodían servirle de fiador.

—Sí, Vargas, Vargas—decía mascullando las palabras,—

empleado conochenta nacionales... esto no basta. ¿No tiene usted un pariente o amigode representación?...

Y Quilito echó mano al clavo ardiendo, largando el nombre de su tío, donBernardino Esteven.

—Eso es otra cosa—exclamó el usurero;—conozco mucho al señor Esteven;cuente usted, mi amigo, con la cantidad pedida.

—Espero que no hablará usted a mi tío, ni a nadie, de este asunto.

—Sólo a plazo vencido y letra protestada—contestó don Raimundolevantando un dedo, lo que al muchacho se le antojó terrible signo deamenaza.

Todavía el plazo no había vencido, faltaba un mes, pero la suerte letrataba tan mal que pensaba con terror ver llegar el 22

de junio, sin uncentavo que ofrecer a aquella fiera de los colmillos saltones. ¿Lehabría conocido? Era tan corto de vista...

Inquieto, sin embargo, selevantó y fué a hablar con míster Robert, procurando dar la espalda;ambos se enredaron en una discusión política de tono muy subido.

—Si aquí no hay opinión, ni energía, ni principios, ni nada, ni quiense levante y se ponga en frente del gobierno. Nos hace falta un hombre,como a Diógenes, míster Robert.

—Lo que hace falta es no vivir al día, y gastar menos de lo que setiene; no arrastrar coche cuando el puchero escasea, y confiar elporvenir al trabajo honrado y no al azar del juego.

—Diríase que es usted situacionista.

—No lo fuí nunca y menos lo sería ahora.

—Pero no me negará usted que aquí todo se vuelve hablar y nada entredos platos. Luego, el ministro de Hacienda...

—¡Si todos fueran como usted!—decía don Raimundo guardando enternecidolos billetes en el bolsillo interior de su levitón;—se está poniendo laplaza de tal modo, que no sabe uno ya con quién trata.

—Ya tendrá usted sus quebraderos de cabeza—insinuó Jacinto,—y quégastar muchas botas y cansar mucho las piernas.

—¡Ay, ay, ay! le citaré a usted un caso, uno de los mil que me hanocurrido, de los cien mil que van a ocurrirme; usted conoce a S***,¿verdad? un hombre que se ha improvisado millonario, politiquero de visoy jugador de muñeca, que vino de su provincia cantando y ahora hacebailar los títeres a su antojo...

Pues no puede pagarme los veinte milpesos que me debe y que en un momento de apuro le presté a escasointerés, créalo usted, a muy escaso interés. Y S*** es un hombre quetiene todos los Bancos a su disposición, pero está de tal modo metido ennegocios y comprometido, que para vestir un santo tiene que desnudar aotro. Y si esto sucede con los pájaros gordos, ¿qué no ha de suceder conesos chingolos, que la enfermedad de la época ha contaminado, pichonescaídos del nido y desplumados? Pero, señor, si aquí todos estamos locoso poco menos; la pasión del juego de Bolsa se ha desarrollado en formatan alarmante, que hasta mi señora, Belarmina, una excelente mujer queno ha hecho otra cosa en su vida que espumar el cocido y pegarme losbotones, ha echado también su cuarto a espadas, y hoy mi cocinera me hapreguntado, con mucho interés, si las cédulas tales subían o bajaban. Mihijo, que tiene ocho años, me ha declarado que él será corredor deBolsa, para ganar mucho, mucho dinero, cuando salga delcolegio.—Siquiera tuviera quince años—dijo la madre.—Por mí lehabilito la edad—

contesté;—para ser corredor más que inteligencia,necesita buenas piernas. En fin, sería el cuento de nunca acabar: elsebo de una fácil ganancia ha engatusado a muchos, y con el afán dellucro se han metido a ojos cerrados en el pantano, y ya han perdido piey empiezan a hundirse; el liquidar de cuentas será un rechinar dedientes.

—Así tuviéramos buen gobierno—decía Quilito.

—Pero si no sabemos gobernarnos nosotros mismos, ¿cómo hemos degobernar al país?—replicaba el inglés descargando golpes con la reglasobre el pupitre;—lo que yo siento, es que aquí vamos a pagar justospor pecadores.

En la calle el rumor de vehículos y transeuntes ensordecía; losmuchachos pregonaban a grito herido los periódicos de la tarde.

—¿Y su papá de usted?—preguntó don Raimundo bajando la voz,—¿qué talle va en medio de esta marejada? Me habían dicho que tuvo pérdidas deconsideración el último mes y que dos quebrados le dejaron clavado.

¡Macanas! —respondió Jacintito con desprecio;—el viejo sabe lo quese hace.

—Muchas veces por saber demasiado, se yerra peor, mi amigo.

Le miraba a través de sus gafas con insistencia: el chico debía estar enel secreto de la verdadera situación de su padre, porque ésta no puedeocultarse en el hogar; si los cimientos de la fortuna de Esteven seguíaninconmovibles, ¿por qué le había buscado a él, don Raimundo? Cuando seacordaba de que existían prestamistas, es que iba a pedir lo que quizáen aquel momento no tenía... Sus pérdidas recientes en la Bolsa y suvisita, sin resultado, porque no le encontró. Don Raimundo ataba estoscabos.

Jacintito miró el reloj y dijo que se marchaba a la Bolsa.

¡Aquel era elgran día! Su corredor le esperaba después de la primera rueda; si labaja se acentuaba, la operación se realizaría con una no despreciableganancia. No había de hacer siempre el perdidoso...

—Pues vamos allá, a ver si logro pescar algunos clientes, que se meescurren como anguilas.

Levantóse el señor de Melo Portas e Azevedo, cubrió su calva con lachistera tornasol y se dirigió a la puerta, después de saludar a derechae izquierda.

—¿No vienes?—preguntó a su primo, Jacintito.

—Te espero—respondió Quilito sin volverse.

Cuando el joven y el prestamista salieron, un sol radiante iluminaba laciudad; eran las dos y un hacinamiento de carros, carruajes, caballos ytranseuntes obstruía la calle y las aceras, con zumbido colosal decolmena entregada al pillaje. El tranvía, inmóvil, pedía con estridentetoque de corneta paso franco, mientras un grupo de desocupados rodeabaal caballo de un vehículo, caído en mitad de la vía, bajo el peso de sucarga y de sus largos servicios; entre el vigilante, el carrero y elmayoral, había ruda porfía a quién gastaba más ajos y cebollas, paradejar bien sentado su derecho y su cultura: el vigilante, un chinazo depera, los ojos atravesados, el kepis sobre la oreja, usando de malosmodos y peores palabras; el carrero, un criollo pura sangre, dechambergo ladeado y pañuelo al cuello, y el mayoral, un compadrito demelena, dandy echado a perder, contoneando las caderas a compás. Ymientras estos tres oradores de plazuela desfogaban su elocuencia, enmedio de las risotadas del auditorio, yacía el triste animal sinmovimiento, la noble cabeza cogida bajo las varas del carro, echando encada resoplido espumarajos sanguinolentos. Pasaban lujosos equipajes,camino de Palermo; en la calle, demasiado estrecha, no había espaciopara todos: al lado de elegante victoria, marchaba enorme carromato,cargado de cajones, o de pipas o de sacos, dando tumbos en los bachesdel empedrado, con espantoso chirriar de ruedas; se encabritaban loscaballos, juraban los cocheros, y había linda cabeza que se asomaba a laportezuela, con inquietud o impaciencia. Por la acera, las gentesandaban de prisa, no como personas que se pasean y a quienes la horapoco importa; cada cual con rumbo fijo, al grano de sus negocios,contando los pasos y los minutos. Y sobre todo aquel rumor de océanoencrespado, resonaba el grito de los vendedores ambulantes y el toque decorneta del tranvía, que parecía la llamada pavorosa del juicio final.

—¡Que vengan después a decirnos que estamos en crisis!—

exclamó donRaimundo;—mire usted, amigo Esteven, el movimiento y la vida de estaciudad populosa y rica; todos parecen nadar en la opulencia y llevancara de satisfacción. Allí va la mujer de S***, el fantasmón de quien lehablaba hace poco: fíjese en su tren de princesa; entretanto, el maridono paga a nadie. Y así muchas y muchos. Pero de esto no tiene la culpael país, cuya prosperidad no puede sufrir eclipse sino momentáneo, paravolver a brillar con nuevo y poderoso resplandor. La crisis que aquítenemos, amigo Esteven, es de sentido común.

Siguió filosofando a sus anchas, desatada su lengua y animada suimaginación por la pesca de los cinco mil. Pasó en revista las causas dela crisis y discutió sus efectos, con cifras y con datos, mientras dabaa las alas de su nariz aquel movimiento de bomba aspirante, que tantochocaba a Quilito. Jacinto, tirando nerviosamente de su patillita rala,pensaba que aquel hombre se ponía muy fastidioso, cuando tomaba lapalabra; contestaba con signos afirmativos a las disquisiciones delportugués, reservando su opinión para no caer en la polémica. Pero elotro no callaba; volvió a la carga sobre aquello de los pájaros gordos,que parecían repletos y sin embargo iban a pedirle un poco de alpiste,bajo secreto de confesión... Jacinto no chistó.

—O no hay nada, o no sabe nada—se dijo don Raimundo.

Entretanto, en el escritorio, Quilito se aburría. Agotada la discusiónpolítica, míster Robert reanudó sus anotaciones en el libro mayor, y eljoven fué a sentarse en el sofá, donde encendió un cigarro y se puso aleer de nuevo la carta de su prima. Pero esta vez, las palabritasdulces, no le hacían ningún efecto; sin concluirla la guardó, y quedósecavilando sobre la relación de Jacinto, desalentado ante la gravedad dela lucha; él iba a la conquista de la felicidad y de la fortuna, alasalto, al escalamiento, como tanto guerrero intrépido de la época.

¿Porqué no había de hacerse rico, por un golpe audaz de la suerte? Entonces,seguramente que don Bernardino no haría ascos a su candidatura, y lasdiferencias de familia quedarían olvidadas. Miraba a míster Robert y seencogía de hombros con lástima. No, no se vería él en ese espejo. Allíestaba de la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedosagarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sindescanso, sin distracción, esclavo del trabajo, prisionero del deber; yasí todos los días, todos los días... hasta que la enfermedad le clavaseen el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte.Entretanto, habría pasado los mejores años de su vida sin gozarlos,dejando para otros el fruto de lo que él sembrara...

Un doctorcito, de estos que apenas salen de las aulas, ya se presentancandidatos a todos los puestos vacantes de importancia, sin más títulosque su título y sin más bagaje científico que los atracones, a fin decurso, de textos sin digerir, y así hacen de jueces y diputados, comojuegan los niños haciendo de generales y de obispos, entró con muchosonar de botas nuevas, preguntando dónde estaba Jacintito.

—Hace una hora que le busco, porque mi corredor me dice que lasacciones siguen bajando y ya es tiempo de largarlas.

Decía mi corredor, como diría mi zapatero.

Quilito contestó:

—En la Bolsa le encontrarás.

Y cuando el otro salía, acompañado del chasquido de sus suelas, leasestó esta cuchufleta:

—¿Y qué tal la diputación? ¿te nombran; quiero decir, te eligen, porfin?

Reíase del flamante doctor, aunque con secreta envidia.

Todavía no habíaalcanzado él la suspirada borla, pero se consolaba, porque él teníatambién su corredor.

Pasaba el tiempo. Míster Robert escribía imperturbable, abstraído en sutarea, como si estuviera solo. Quilito tiró el cigarro y se acostó en elsofá, bostezando. Cerró los ojos, decidido a esperar la vuelta del primodurmiendo, porque la compañía del inglés, a quien nadie arrancaba de suslibros, era más soporífera que una infusión de opio. La mampara volvió aabrirse, y apareció primero una chistera descomunal, luego una cara demuñeco llorón y por último un cuerpecito ataviado de larga levita, ybotas altas, que todo él hubiera cabido, como en una funda, dentro delsombrero de copa; era el lacayo de Jacinto, que traía el faetón. Quilitosaltó del sofá y fué a la puerta a ver el carruaje. ¡Qué corte máselegante tenía y cómo deslumbraban su caja y los rayos de las ruedas! elcaballo, un alazán hermosísimo, tascaba el freno, impaciente, moviendosus piernas finas y nerviosas.

—¿No has visto al niño?—preguntó Quilito al lacayo.

El chico contestó que no, ajustándose el sombrero, que parecía venirlealgo grande.

—Mira que concluirá por cubrirte del todo—dijo el joven riendo.

Por fin llegó Jacinto, cariacontecido y de mal humor.

—No he podido hacer la operación—exclamó con un juramento.

—Lo dejas para mañana, hombre, ¿qué apuro tienes?

Jacinto entró en el escritorio, vió a míster Robert trabajando siempre,y no queriendo interrumpirle, salió y dijo a Quilito:

—¡Vamos a Palermo!

Subieron ambos en el faetón, colocóse detrás el lacayito, empuñó Jacintolas riendas y al ligero latigazo, arrancó el alazán gallardamente.

Y entonces, vínole a la memoria a Quilito la frase de su tía aquellamañana:

—¡Por este camino, hijo mío, no llegarás a ser sino un segundo Agapo enla familia!

IV