Quilito by Carlos María Ocantos - HTML preview

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

CARLOS M.a OCANTOS

———

Q U I L I T O

BUENOS AIRES 1913

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X

I

Pampa se había quedado dormida, acurrucada en el umbral.

Envuelta sumonstruosa cabeza en el refajo de bayeta amarilla, que había levantadopor detrás al sentarse; un pie montado sobre el otro, como paraprestarse mutuo calor, calzados ambos en gruesos zapatos claveteados;las manos debajo del delantal blanco, dormía sobre la dura piedra, comosobre un cómodo colchón de muelles. ¡Pobre Pampa! Cansada del fregoteode platos, del bruñido de cuchillos y del lavado de vasos, de traer yllevar, de bajar y subir, de salir y de entrar, había obtenido lapromesa de acompañar a la señora a una visita de intimidad aquel día, loque le serviría de pretexto, para ver las calles y quizá la plaza de laVictoria; pues con ser 25 de Mayo, fiesta patria, había Tedéum, rifa,parada militar y qué sé yo. Soñaba la india en las lindas cosas quevería: tanta bandera; tanta gente endomingada; los niños, con traje deterciopelo, muy orondos, agarrotados los dedos por los guantes; lasniñas, de blanco, unas con banda azul y otras no; las personas que seagolpaban a las ventanas del Cabildo, donde el transeunte es asaltadopor una, dos o tres señoritas, que le meten por las narices, como sidieran a oler una pastilla, la cedulita de la rifa, y le marean y lecercan, y le siguen y le persiguen, repitiendo:

—¡Caballero! ¿una cedulita? ¿una cedulita, caballero?—como muletillade mendigo.

Detrás de la reja, majestuosa y cómodamente sentadas, dos matronas, tangordas, que casi no caben las dos de frente, con las costas repletas depapelillos en la falda, despachan su mercancía, echando de vez en cuandopor aquella boca un ¡Caballero! que más parece un bostezo, que unllamado. Luego, los vendedores de naranjas, de silbatos y de globos; lacorriente humana que no cesa de circular, engrosada por los torrentesque cada bocacalle vomita sobre la plaza; los soldados, tan marciales,en fila, los ojos sobre el jefe, que recorre la línea a caballo, dejandoondear al viento su penacho azul y blanco; las músicas, que tocan; elcañón, que truena; los cohetes, que estallan; las campanas, que vibran,y por último, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la Catedral, enmedio de los acordes graves y solemnes del himno nacional, precedido,rodeado y seguido de brillante cortejo.

Pampa hacía sonar, con fruición, en el bolsillo de su vestido de lananuevo, los centavos que le diera el patrón para la rifa, cuandoalguien la llamó.

—¡Pampa! que tienes que lavar las medias del niño, y traer azúcar delalmacén y limpiar el espejo de la sala, que está perdido de moscas.

Y vuelta al trajín, sin una queja, encerrada en su mutismo de salvaje,no desbastada aún. Y las medias quedaron lavadas, y se trajo el azúcar yse limpió el espejo; pero, entonces, faltaron fósforos y hubo que ponerun remiendo.

En el patio de la cocina, el último de la casa, tan frío que la humedadtrazaba verdosos arabescos en la pared sin cal, trabajaba la chicafebrilmente. Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta,donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas,envuelta en el humo espeso del asado, que chirriaba sobre las parrillas;en las habitaciones altas, las del niño, se oía el chasquido delcepillo.

—¡Pampa!—chilló allá arriba una voz atiplada.

Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió disparado delas alturas y, rebotando contra los peldaños de la escalera, vino a caeren medio del patio.

—¡Voy, niño, voy!—- dijo la india sin asustarse, como acostumbrada aaquella singular forma de llamamiento.

—A ver si te mueves, ¡china salvaje!—chilló de nuevo la voz atiplada.

Y cayó otro proyectil, un frasco vacío, que explotó como una bomba. Lamuchacha echó a correr escalera arriba, a tiempo que salía del comedormisia Casilda, con su cara de muñeca sin expresión, tan rosada ylustrosa que de porcelana parecía, y el pelo partido al medio y recogidodetrás de las orejas, ennegrecido y pegado a la frente por el cosmético.

—¿Qué hay? ¿qué escándalo es éste? La cocinera se mostró en la puertade su santuario, limpiando sus manazas en el sucio delantal.

—¡Pues el niño, señora!—dijo en su jerga endiablada.

Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano.

Naturalmente,¿quién había de ser sino ella? Siempre que el niño llama, ha deincomodársele. En concluyendo de servirle, a poner la mesa, que ya estarde, y la salida queda para otro día.

Está bien; ¡ya no saldría Pampa! Entró en el comedor, sin chistar, ypuso la mesa con el orden y simetría de siempre: en la cabecera, elcubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la derecha, el de misiaCasilda, y a la izquierda, el del niño; luego, los vasos, el pan, laservilleta... nada olvidaba, y si, por acaso, cometía una torpeza, allíestaba la muñeca de porcelana, vigilante en el sofá. Entretanto, habíaobscurecido ya; se encendió luz, y el comedor apareció tan pobre, tanfrío y desmantelado, que más hubiera valido no encenderla: la calva dedon Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea, resplandeciócomo bruñida patena, y las frutas, aves y peces de los cromos queadornaban las paredes, se animaron con la crudeza de sus colorines. Dabala chica la última mano a su tarea, cuando sonó, de nuevo, la vozatiplada en las alturas.

—¡Voy, niño, voy!—repitió maquinalmente Pampa.

Y escabullóse del comedor y subió a saltos la escalera del patinillo yvolvió a bajar y a subir con los zapatos del niño y la ropa del niño yla camisa del niño... El cielo estaba obscuro y a intervalos los cohetesestallaban con alegre estampido, trazando en el espacio un reguero defuego y deshaciéndose en fantástica lluvia de colores.

Pampa salió a la puerta de la calle y se sentó en el umbral.

¿Ladejarían tranquila, ahora? El niño acababa de vestirse, los señorescharlaban en el comedor; la mesa estaba puesta; ya que no la plaza, nilas niñas de banda azul, ni las señoras de la rifa, ni tanto detallecurioso del animadísimo cuadro que ofrece aquel día de las fiestaspatrias, vería los cohetes desde la puerta; y era mucho, si la dejaban.La casa era de estas bajas, trazada según el patrón antiguo, que lapiqueta del progreso va ahuyentando del centro de la ciudad: una puertay dos ventanas a la calle; el zaguán recto hasta el fondo, cortado pordos patios embaldosados y el comedor abriendo sus puertas sobre ambos; ya la derecha, cuatro o seis habitaciones en fila; plantas y aljibe en elprimer patio, la escalerilla de las piezas altas en el segundo, cuyomaderamen pintado de verde se ve desde la calle. Las pinturas muralesdel zaguán; los figurones de las cornisas; el caprichoso enrejado de lasventanas; el alegre color del frente, ya azul, ya verde, ya rosa, en sunota más tenue y apagada, da un aire coquetón al conjunto, que seconvierte en interesante y misterioso, si el transeunte esimpresionable y ve, detrás del visillo alzado de la sala, dos ojoscriollos, que ven sin mirar y hablan sin voz. Desgraciadamente, en estacasita de la calle de Moreno, en cuyo umbral se había sentado Pampa, nose veía tras los visillos más que la figura acartonada de misia Casilda,en las tardes de los días festivos... La calle, con ser central y lahora temprana, estaba desierta; el frío era crudísimo. Miraba al cielola pequeña india, como en éxtasis; los cohetes subían tan alto, queparecía iban a agujerear la negra bóveda. El chico del almacén saliópara un recado, y al pasar echó la zarpa a los pelos ásperos de lamuchacha, verdadera diadema de cerda, y la obsequió con un tirón, aguisa de saludo.

—¡Malo!—dijo ella.

—¡India!—dijo él.

Y se alejó, sacando la lengua. Al rato volvió.

—¡India, Pampa, china fea!—dijo adelantando la zarpa de nuevo.

Ella le pidió castañas; él la dió un puntapié. Y se marchó, soplándoselos dedos: tanto frío hacía. La muchacha acabó por sentirlo: abrigósecomo pudo, pegada a la pared, y cerró los ojos, para contemplar mejorlas cosas lindas de la plaza: tanta bandera, tanta gente endomingada,los globos, la música y los cohetes...

La fatiga del trabajo diario lavenció y quedó dormida, en el umbral, dando al olvido el servicio de lamesa. Y como siempre que soñaba, veía a su madre, perdida, como sushermanos, en la gran ciudad, la odiosa escena de la Boca se reprodujocon fidelidad pasmosa: el buque atracado al muelle; el muelle atestadode curiosos; sobre la cubierta el montón de indios sucios, desgreñados,hediondos, como piara de cerdos que se lleva al mercado, cohibidos ytemblando, por lo que ven y lo que temen; las mujeres, cerca del marido;las madres, apretando a los hijos junto a los senos escuálidos ytratando de ocultar a los más grandes bajo sus andrajos... Y unmilitarote, que arrastra su sable con arrogancia, procede al repartoentre conocidos y recomendados, separando violentamente a la mujer delmarido, al hermano de la hermana, y lo que es más monstruoso, másinhumano, más salvaje, al hijo de la madre. Todo en nombre de lacivilización. Porque aquella turba miserable es el botín de la últimabatida en la frontera...

Detrás de los cristales de la puerta del comedor, apareció una sombra:la señora Casilda escudriñaba en la obscuridad; pero estaba la chica tanarrebujada, tan perfectamente escondida dentro de su refajo y enroscada,por así decirlo, sobre el umbral, que era difícil distinguirla. Laseñora repiqueteó con los dedos sobre el cristal y Pampa dió un salto,despertada bruscamente por este llamamiento, que ella conocía bien.

—¡Voy, niño, voy!—barbotó medio dormida.

Ambos puños en los ojos, entró sin darse mayor prisa.

¡Vamos! no ladejarían tranquila nunca.

En el comedor, don Pablo Aquiles ocupaba todavía el sillón y misiaCasilda había vuelto a sentarse en el sofá, sus manos de ceraextendidas sobre la falda negra; se esperaba al niño, a Quilito, quehabía subido a su cuarto y nunca acababa de bajar a comer. La cocineraasomó dos o tres veces su cara encendida.

—Espere usted que el niño baje—decía la señora con su voz de flauta.

Entretanto, don Pablo Aquiles volvía al tema que tanto le preocupaba: suinasistencia al Tedéum. ¿Cómo presentarse a la luz del día con un fracdescolorido, deshilachado y remendado?

¿y la galera color decucaracha, con golpes de grasa atornasolados? ¿y el pantalón, conrodilleras y flequillo? ¿y las botas, con puertas y ventanas, paracomodidad de los dedos y recreo del calcetín? ¡Siquiera fuese permitidoir a tales solemnidades

en

traje

de

paisano,

con

chaqué

o

chaqueta,pantalón a cuadros y sombrero hongo! Pero su traje de ceremonia estabaverdaderamente indecente, más gastado por el tiempo y la polilla, que dehaberle llevado a cuestas; la chistera no sufría ya la plancha, porquehabía perdido el pelo y las botas estaban en manos del remendón de laesquina, por más que decía Quilito, y era peritísimo en la materia, queel becerro no sienta al frac y el charol, de no ser nuevo, no sirve paramaldita la cosa. Y

vaya un modesto empleado de ochenta pesos al mes, quetiene que sostener una familia, y dar carrera al hijo único, que, portratarse con lo más granadito de la sociedad, está obligado apresentarse con decencia; vaya, digo, un empleadillo de éstos, amandarse hacer un frac cada dos carnavales y a gastarse la asignaciónmensual para cigarrillos del niño en botas de charol, con que poder ira cortejos oficiales. En el Ministerio, habíale recomendado el jefe queno faltara.

—Vargas, que no deje usted de venir. Vargas, que ya sabe usted que a S.E. le complace que vengan todos los empleados.

Prometió ir, pero no fué. No fué, porque no pudo; porque los ochentapesos de su sueldo no le alcanzaban para comer, pagar la casa... y lascuentas de Quilito, la esperanza y el orgullo de la familia. ¿Qué lediría el jefe al día siguiente? Iba a entrar en la oficina sin hacerruido, tratando de no llamar la atención, y sin chistar se sentaría ensu despacho y trabajaría hasta las seis, sin levantar cabeza. Y si a lahora del te, en que pasan los negros con las bandejas repletas de tazas,venía el jefe, como de costumbre, a liar un cigarro y echar un párrafo,le daría cualquier excusa, porque él era hombre tan estricto en elcumplimiento de sus deberes, que consideraba falta grave haberle dichoque iría y no haber ido. Volviéndose a su hermana, más atenta a susmanos que a su discurso, exclamó:

—¿Quién diría que un Vargas, Casilda...?

No concluyó la frase, pero sobrada elocuencia tenía el movimientomelancólico de su cabeza. Cuando se ha tenido y ya no se tiene, el pannegro se hace más amargo y el blanco más deseado, y los Vargas lo habíancomido sobre manteles de holanda...

—Ese Quilito que no baja—dijo impaciente la tía.

—Estará acicalándose para la función de gala—contestó don PabloAquiles,—ya que no ha podido ir su padre al Tedéum, que luzca elniño su frac nuevo en Colón.

El día anterior lo había pagado, juntando algunos picos sobrantes demeses atrasados, retardando la cuenta del almacén y del carnicero ypellizcando en la caja del Ministerio, gracias a la complacencia delhabilitado y correspondiente recibo por adelantado de sueldos. PorqueQuilito, un Vargas, no podía andar vestido de cualquier manera, sinocomo correspondía a su origen, y a sus relaciones y a su porvenir. Queen la chimenea faltara leña y carne en el puchero; pero la camisa deQuilito, el sombrero de Quilito, las botas de Quilito y el traje deQuilito, habían de ser de la más irreprochable elegancia y novedad. Y

nose sufragaban sus gastos de coche y palco, porque lo proporcionaban susamigos, hijos de millonarios todos, y por ende, riquísimos. ¡VálgameDios! pensar que Quilito fuera a apolillarse en una oficina, seembruteciera en una estancia o se degradara en el comercio... ¡UnVargas! El niño estudiaba leyes y sería abogado, y estamparía su títulosobre plancha de bronce, en la puerta de calle, como muestra desacamuelas. Y esto tenía que ser el punto de partida de sus brillantesdestinos. Lo que no sabía el padre, ni lo sabía la tía, que le mimabacomo no lo hubiera hecho su propia madre, es que el niño no parecía porla Facultad y seguía estudios menos académicos en aulas más favorecidas.

Siempre que don Pablo Aquiles volvía de la oficina, éste era el temafavorito de conversación con su hermana; sentado al lado de la lumbre,cuando había leña, y mirando melancólicamente los pajarracos de lapantalla de chimenea, cuando ésta estaba apagada. Pero en esta noche del25 de Mayo, no era sólo su falta en el cortejo lo que le preocupaba:había tenido un encuentro aquel día, ¡y qué encuentro! en la calleFlorida, en el sitio más frecuentado, cuando iba él más distraído;¡cataplúm! la gente esa, la familia de Esteven, frente a frente, a pie,en la misma acera; la mamá y las dos niñas, tan esponjadas y orgullosas,que rebosaban de la acera. Aquí misia Casilda dejó de mirar sus manos, yse puso pálida, muy pálida.

—Y ¿qué hiciste?—preguntó ansiosa;—cruzarías la calle, sin mirarlas.

—Me quedé plantado—contestó don Pablo Aquiles.

La señora protestó. Siempre había de ser el mismo. Haberse hecho elindiferente, y seguir su camino, como si tal cosa, canturriando algopara darse aplomo; que, al fin y al cabo, quien debiera perderlo eraella, Gregoria, como mujer y casi cómplice del picaronazo de su marido.Pues ¡qué! no era la primera vez que ella se las había encontrado, no enla calle, frente a frente, sino en tiendas, lado a lado, viendo telas yregateando con el dependiente, como si no tuvieran lo poco suyo y lomucho de los otros, total, una gran fortuna; y sin embargo, ella... tantranquila.

No tenía por qué ponerse colorada y a soberbia nadie leganaba.

Con esto, estaba misia Casilda tan agitada, que su cara demuñeca se había encendido, hasta el punto de hacer dudar de su aserto.

—Pero, Casilda—dijo don Pablo Aquiles,—es nuestra hermana, ¿podremosnegarlo?

—Sí, lo niego; el parentesco no lo hace la sangre, sino el cariño, ¿quéquieres? yo soy así.

¿No era cosa que clamaba al cielo que, mientras ellos comían losmendrugos de la miseria, él, atado al potro de una oficina, esclavo deun sueldo miserable y expuesto el día menos pensado a un puntapié delministro; ella, lidiando con el trajín de la casa, sin más criados queaquella indiecita y la italiana, remendando ropa, punteando medias yhasta fregando cacerolas, si era menester; Quilito, ese pobre muchacho,obligado, muchas veces, a hacer mal papel entre sus amigos, él, quenació entre encajes; los Esteven, ladrones de su fortuna, se regalen yse den la gran vida con lo que no es de ellos, con lo que han robado,sí, señor, robado? Daba a esta palabra tal acentuación, que parecía unlatigazo. ¡Y luego, pretender perdón y olvido! Bastante se había hechocon evitar el escándalo, no acudiendo a los tribunales, contentándosecon romper toda relación. En cuanto a Gregoria (no quería llamarlaGoyita, como antes, porque no lo merecía), había demostrado tener menoscorazón y menos entrañas que el bribón de don Bernardino; porque éste notenía en sus venas sangre de los Vargas, y por eso la chupaba sinremordimiento, pero ella era Vargas por los cuatro costados, y sinembargo, le ayudaba a chuparla. ¿Había nunca pronunciado una palabra dereconciliación? ¿No se había mantenido encastillada en su orgullo,fulminando con su insolente desprecio a sus hermanos despojados?

Don Pablo Aquiles callaba, convencido de la verdad y justicia deaquellas lamentaciones. Y misia Casilda, tan bondadosa y tranquilasiempre, una malva, según la expresión de sus amigos, honrosocalificativo de que rara vez es merecedora una solterona, no podíaestarse quieta, porque aquel tema de los Esteven la sacaba de suscasillas; movía los vasos, cambiaba los platos, con movimientosnerviosos, sin fijarse donde colocaba los objetos, hablando aborbotones. Seguro que aquella noche iban a Colón, como que tenían abonoa palco bajo, con mucho relampaguco de piedras y mucho crujir de seda;entretanto, ellos comerían su carbonadita en paz y gracia de Dios y seacostarían a la hora de las gallinas, para no gastar mucha luz, pues elgas está cada día más caro. Aquí, una copa se quejó tan dolorosamenteentre los dedos de la señora, que cayó partida en dos sobre el mantel,detalle en que no paró mientes misia Casilda, tan sobreexcitada y fuerade sí estaba. ¡Si le parecía que fué ayer la muerte de Pilar; la ventade la casa paterna, calle de Méjico; la desaparición de muebles, alhajasy efectivo entre las manos de don Bernardino, el albacea de latestamentaría, el depositario de la confianza de los tres herederos!¡que fué ayer cuando quedaron casi sin techo, obligado él, don Pablo, aacudir a la influencia de los amigos, para calzar un empleíto, queayudara a tirar adelante! que fué ayer cuando Esteven, con el lutotodavía del suegro, se presentó en la casa, y después de muchopreámbulo y mucho carraspear, les mostró no sé qué papelotes y leyó nosé qué cuentas... total, que les entregó unos veinte mil pesos, la partede la herencia que les correspondía; pues lo demás se había ido entreescribanos, abogados y papel sellado. Entretanto, los Esteven subían,subían y subían, como globo hinchado por el gas, y hoy era una casa ental parte, y mañana dos y luego tres, coche, palco, caballos y muchoruido y mucha bambolla. ¿De dónde salían estas misas? ¿Era de losnegocitos del marido, de los picholeos equívocos, de la jugarreta deBolsa? A otro, que no cuela. En dos años que duró el arreglo de latestamentaría, por el incidente aquel del pretendido hijo natural, donBernardino había encontrado medio de acapararlo todo, de devorarlo todo,insaciable, como lobo hambriento. ¡Diríase que hay un Dios para lospícaros! Y don Pablo Aquiles que escuchaba, en silencioso coloquio conlas cigüeñas de la pantalla, cerró el capítulo de las lamentaciones desu hermana, exclamando sentenciosamente:

—Lo que hay, Casilda, lo que hay, es que los pillos reciben surecompensa en este mundo y los buenos tienen que esperar al otro paraalcanzarla, y según es ésta de problemática y aquélla de positiva, casile vienen a uno ganas de encanallarse, ya que de los pillos es el reinode la tierra.

Catalina, la genovesa, avisó una vez más que la comida se pasaba.

—¿Y ese Quilito? ¿qué hace ese muchacho?

—Iré yo a llamarle—dijo la señora.

Salió y subió a las habitaciones altas, donde encontró al niño de lacasa, a medio vestir todavía, plantado delante del armario de luna, atirones con la corbata, que no conseguía poner a su gusto.

—Pero, ¡Quilito!—dijo la señora en la puerta,—¿acabarás?

—Entre usted, tiíta Silda, así me ayudará a atar la corbata.

Era él delgaducho y endeble, rubito y anémico, los ojos azules, muygrandes y muy abiertos, ojos de tonto o de inocente, como angelote deretablo; estatura, menos que regular; señas particulares, ninguna... alparecer. El cuarto era una liorna: las prendas de vestir se veíandesparramadas por el suelo y sobre los muebles; todos los cajonesabiertos y el espejo del lavabo tan salpicado del agua de la palangana,que parecía sudar de fatiga; un ligero tabique dividía la habitación endos: la primera hacía las veces de despacho o pieza de estudio, con unamesa en el centro, en que andaban revueltos los libros y los papeles,advirtiéndose más novelas que textos y más álbumes de fotografías quecuadernos de apuntes; y la segunda, alcoba y gabinete a un tiempo, conel techo muy bajo y las puertas muy estrechas; todo modesto, casihumilde, pero aseadísimo, como que la escoba y el plumero de Pampahacían maravillas, bajo la inteligente dirección de misia Casilda.

—Vamos a ver esa corbata—dijo la complaciente tía,—y acabemos de unavez, que tu padre espera.

Y mientras anudaba los lazos a su gusto, con tal esmero que ponía enello sus cinco sentidos, el joven, con la cabeza echada atrás parafacilitar la operación, se impacientaba porque aquello concluía nunca.Al fin estuvo listo, se miró y se remiró; ahora el chaleco, luego, elfrac...

—¿Sabe usted, tía, que me ajusta un poco? ¡Qué sastres!

Entretanto, la señora había quedado parada delante de un grabado puestoen la cabecera de la cama, en lugar de la imagen de San Pablo, que yacíadescolgada irreverentemente de su clavo. Y había por qué quedarseparado, pues el tal cuadrito representaba una dama en traje tanprimitivo, que no podía darse más, ¡qué horror!

—Pero, ¡Quilito!—exclamó la tía escandalizada,—y aquí entra esacriatura y verá esta vergüenza.

Y él, sin volverse, muy tranquilo:

—Si es la Verdad, tía, o la Fuente, que no lo sé bien, ¿puede darsenada más natural?

Indudablemente, en cuanto a natural, lo era, y aun sobraba.

—¡Cómo estará Colón esta noche, tía!

¿Por qué no iba ella a la cazuela? Mucho calor y mucha gente, pero unanoche de las fiestas Mayas no debe desperdiciarse. El tenía una butaca,que le había regalado, ¿a qué no sabía quién?

¡Jacintito Esteven! Estenombre hizo en la tía el efecto de una picadura. Si ya sabía que andabaen grande con el chico de Esteven, pero ella no se lo perdonaba, porqueno debía olvidar que aquella familia era enemiga de la suya y lacausante de la triste situación en que se hallaban.

—Pero, ¿qué culpa tiene Jacintito, tía Silda? Es un excelente muchacho,muy alegre y muy trabajador, a pesar de su fortuna;

¡ha puesto unescritorio de corretajes en la calle Piedad!

Con la tía Goya era otra cosa; él no la saludaba, y en cuanto a donBernardino, no hacía aún dos días le había tomado la acera, dispuesto aarmar camorra. Bien sabía Jacinto que él no podía verles, a causa de losdisgustos de familia, pero no por eso eran menos amigos; todas lastardes se reunían en el escritorio, y allí discutían si debían entrar ono en la jugada bursátil del día.

Porque él jugaba en la Bolsa, sí,señor, convencido de que la carrera de abogado no le sacaría nunca depobre, y de que, después de mucho romperse la cabeza, alcanzaría untítulo, que no sirve de otra cosa, que para adorno del apellido, y severía obligado a mendigar un empleo, que no conseguiría sino a fuerza dehacer antesala a mucho tipo con influencia y sin educación, y de gastarsaliva y paciencia. El tenía que ser rico, abrigaba el firme propósitode serlo y lo sería. Y del modo más fácil, sin matarse trabajando, nivaciándose el cerebro; sin que sufran ni los brazos ni los sesos; juegoa la alza, sube el oro, gano; juego a la baja, baja el oro, gano. Y senecesita ser muy torpe y muy desgraciado, para que suceda lo contrario.Si la suerte le favorecía, bueno; si no... se pegaba un tiro. Tancierto, como ahora es de noche.

Misia Casilda tomó a lo serio aquello y se asustó. ¡Vaya un bonito modode pensar! Quién le metía a él en la Bolsa, sin experiencia y sinfondos, porque, sin duda, para comprar oro y comprar acciones, y jugar ala baja o a la alza, como él decía, se necesita tener con qué; lo mismoque en la ruleta de los garitos.

El joven se rió.

—Pues no, no se necesita, y ahí está la gracia. Se da orden al corredorde comprar tanto o cuanto, y una vez hecha la operación y llegado el díade liquidar, se deducen las ganancias o las pérdidas, y en caso de malasuerte se paga o no se paga.

Perfectamente. Para pagar se necesita dinero y para no pagar, no tenervergüenza, y como ella sabía, que escaseaba tanto de lo uno, como lesobraba lo otro, pues no podía creerse otra cosa, le aconsejaba que sedejara de alzas y de bajas y se ocupara seriamente de sus estudios, quedebían andar muy descuidados con aquella manía de la Bolsa, que le habíaentrado. Si no hay cosa mejor que ganarse el pan honradamente, por suscabales, con tesón, sin impaciencias ni desfallecimientos, que así se valejos, y de golpe y porrazo no puede hacerse nada bueno.

Quilito volvióa reírse.

—Mire usted, tía, no de otra manera se hacen fortunas en Buenos Aires;ahí tiene a fulano, a zutano y a mengano: ¿dónde se han hecho ricos?¿detrás de un mostrador? No, en la Bolsa.

Ayer no poseían un centavo yhoy se les saca el sombrero. Yo quiero hacer como ellos y ser comoellos.

Bien se veía que el tal Jacintito le había imbuído aquellas ideas; ¡sisiendo Esteven no podía ser bueno! Quilito ensayaba el frac delante delespejo. ¡Cuán equivocada estaba! era excelente...

y luego tan cariñosocon sus hermanas, y Susana y Angelita se lo merecían todo, francamente.¿No le parecía que los faldones no caían bien?

—Lo que no cae bien—replicó con acritud misia Casilda,—es tantoelogio de osa gente en tu boca.

—Convénzase usted, tía, que es porque no les conoce; los viejos serántodo lo que usted quiera, pero los hijos son diferentes.

Susana y Angelita eran las muchachas más bonitas de Buenos Aires, sinexageración; en Palermo no se veía nada mejor.

Luego, con una educaciónde primera, amables, sencillas...

Siguió ensartando alabanzas, hasta quela señora se impacientó.

—Mira, Quilito, que no seremos amigos, si no dejas ese tema; ya sabescuánto me desagrada.

—¡Oh! tiíta Silda... ¡pues no faltaba más!

Estampó un beso sonoro en la lustrosa mejilla de la señora, acompañadode cariñosos palmoteos en la espalda.

—Eres un loco, ¿cuándo sentarás el juicio?

No le quitaba ojo, admirada de su aire desenvuelto y de lo bien que lecaía el traje de etiqueta; la luz del gas le volvía más pálido yseñalaba sus profundas ojeras, esa huella de las malas noches que nopuede ocultarse. El, mientras hacía jugar el resorte del claque,ensayaba la petitoria de ordenanza, algo para llevar en el bolsillo, dospesos siquiera, que le prometía devolver intactos; como después delteatro, es fuerza ir a tomar cualquier cosa al café y cuando llega elmomento de pagar al mozo, es costumbre echar mano a la cartera,discutiendo con los amigos el mejor derecho a satisfacer el gasto, él,siempre que llegaba el caso, mostraba el billete sin soltarlo, mientrasdaba tiempo al vecino de saldar cuentas. ¡Qué papel iba a hacer aquellanoche si no tenía dinero que mostrar! dos pesos siquiera... la tía erabastante rica, porque poseía su rentita de las cédulas hipotecarias y elalquiler de la casita aquella. ¡Buen alquiler te dé Dios! cien pesos,que el inquilino, un herrero con más hijos que días tiene el año, no lepagaba nunca, siempre llorando lástimas y pidiendo prórrogas. Sí, ¿perolas cédulas? eso es seguro.

—Tiíta Silda, se los devolveré intactos.

Así decía siempre, y luego venía con esto y con lo otro, pero con lasmanos vacías. ¿Qué había hecho de los veinte pesos de la semanaanterior? Quilito, con la cara muy afligida, dijo que los había gastadoen muchas cosas, en muchísimas cosas, en libros, por ejemplo... Bienestá, le prestaría los dos pesos, pero con la condición que no había detirarlos de mala manera. Y mientras el joven intentaba hacerla dar unasvueltas de vals, en señal de regocijo, ella le espetaba el sermoncitocon que solía sazonar sus dádivas. Más seriedad y más contracción alestudio; la vida que llevaba, no era conveniente para un mocoso que notenía pelo de barba; aquellas trasnochadas frecuentes, sobre todo,debían concluir, por su salud y por su nombre. Que no le viniera condianas, que ella se sabía bien que a las tantas no se vuelve de laiglesia, y no pusiera en el duro trance a su padre de quitarle la llavede la puerta de calle que, por mal de sus pecados, había conseguido ellase le diera antes de cumplir los catorce años.

Luego, ¡menos gastos! ¡sien aquella casa nunca se acababa de pagar sus cuentas! ¿se figuraba,acaso, que tenían algún tesoro escondido? Ni la rentita de las cédulas,ni el sueldo de don Pablo alcanzaban para cubrirlas. La situación de lafamilia no permitía aquellas ruinosas liberalidades, de que él abusaba;¿a dónde iban a parar por aquel camino? El joven dió un bostezo.

—¿Tiene usted, tiíta, el dinero a mano?—preguntó.

Y mientras la señora buscaba en el bolsillo, él largó las botaratadascon que siempre respondía a tales prédicas: si no había que apurarse portan poca cosa, cuando él trabajaba por echar los cimientos de la fortunade la familia, y lo conseguiría en un dos por tres, porque además de susoperaciones de Bolsa, tentaba al demonio de la lotería, comprando unnumerito en cada jugada. Ya verían cuando entrara por aquellas puertas,con la gran noticia: ¡el número tantos, su número, con tantos miles demiles de premio! ¡o en tal venta de acciones, han resultado cuántosmillones de ganancia! todo así, de la noche a la mañana.

Hacerse rico deotro modo, no tiene gracia. Se desloma uno sobre el yunque, suda elquilo, gasta su juventud, y cuando la mano tiembla y el cuerpo no puedetenerse en pie, alcanza el fruto de su trabajo, ¿de qué le sirveentonces? ¡para pagarse el responso y hacer gozar a los demás! No severía él en ese espejo.

Mascar mientras haya dientes, porque a bocadesportillada sabe mal el mejor bocado. Pronto iba a cumplir veinteaños: pues antes, mucho antes de cumplirlos, sería rico o por lo menosestaría en vía de serlo. Y entonces...

—¡No le digo a usted nada, tiíta, no le digo nada!

La señora le oía y se reía. ¡Qué cabeza más destornillada! era untarambana, y nunca haría cosa de provecho, si no tenía más juicio y nodejaba de lado aquellas ideas de fortunas improvisadas, que le quitabanel sueño. Dióle el billete de dos pesos, que sacó de su cartera detafilete, a tiempo que don Pablo Aquiles golpeaba las manos en la puertadel comedor, impaciente. Tía y sobrino bajaron la escalerilla,encontrando en el patio a Pampa, que pasaba con la sopera humeante enlas manos; ya don Pablo Aquiles se había sentado a la cabecera de lamesa y desdoblaba con calma la servilleta.

—¿Qué es esto, caballerito? ¡cómo se hace usted esperar!

Minia Casilda ocupó su asiento, mientras Quilito sacaba los guantes delbolsillo interior de su abrigo, arrojando de paso una mirada a la malprovista mesa: el mantel, remendado a trechos, no alcanzaba a cubrirla;la vajilla era de loza, tan maltratada, que el borde de los platosparecía haber estado expuesto a los mordiscos de hambrientos canes; loscubiertos, desdentados los tenedores y gastados los cuchillos.

—Yo no como aquí—dijo el joven, enfundando las manos en sus guantes,como en el Café de París, con unos amigos.

¡Muy bien! ¿y para eso había hecho esperar tanto tiempo? ¡Ir a comerfuera, cuando la tía se había esmerado tanto en la confección deaquellos hojaldres, que olían deliciosamente, recién saliditos delhorno! Quilito dijo que tenía un compromiso anterior con los tales y loscuales, citando media docena de nombres del más legítimo high-life, ymientras sacaba con negligencia un grueso habano y se disponía aencenderlo, añadió, dirigiéndose a su padre:

—Esta tarde encontré a tu jefe, el Subsecretario, y me preguntó siestabas enfermo; le dije que sí, ¿he hecho mal?

—No, señor, perfectamente.

¿De qué otro modo disculpar su falta? Ya se encontraría bueno al díasiguiente, para preparar la mejor excusa. Tomó una fuente de manos dePampa, y al colocarla sobre la mesa, insistió sobre aquello de loshojaldres:

—¡Ea, anímate, muchacho! que esto vale más que tus trufas del Café deParís.

—Si él es muy francés—dijo la tía,—y desprecia estas cosas.

Don Pablo Aquiles le miraba sonriendo y no se hartaba de contemplarle;¡qué buen mozo y qué elegante era! tenía los ojos de su madre, aquellaPilar tan amada, que tanto le había hecho sufrir, y también su genio, unpolvorín de explosiones sin consecuencia. Entretanto, el joven habíatomado pie del dicho de misia Casilda, para fundar sus teoríasgastronómicas y anonadar con sus invectivas a la humilde cocinacasera... mucha grasa, mucho aceite y ningún aparato; una fuente que sepresenta en la mesa sin adorno, es como un comensal que se sienta enmangas de camisa. La señora empezó a toser, a causa del humo delcigarro; daban las siete.

—Buenas noches—dijo Quilito.

Y salió, haciendo resonar sus tacones sobre las losas del patio.

—¡Que te diviertas!—gritó el padre.

—¡Que no vuelvas tarde!—apuntó la tía.

Concluyó tristemente la modesta comida; con el último bocado selevantaron y Pampa entró a quitar la mesa. Siempre sucedía lo mismo,cuando faltaba el niño; era él el alma, la luz, el calor y la alegría dela casa, y sabía con su picante charla entretener a los viejos, quebabeaban, escuchándole; ¡qué de cosas refería, qué ideas las suyas y quépico de oro aquél!

—Casilda—dijo don Pablo Aquiles a su hermana,—voy a salir; cuidadocon la reja del zaguán, y no dormirse hasta que yo vuelva, que no serátarde.

Abrigado en su ruso, que llevaba más de seis inviernos encima, salió adar su paseíto higiénico de costumbre; podía él perder la sobremesa, yaún la lectura de los diarios vespertinos, pero no su paseo dedigestión, que ocupaba lugar preferente en su programa de cada día.

Nadie hubiera dicho que era aquélla, noche de popular regocijo, en quese celebraba una fecha memorable, tales eran la soledad, la tristeza yel silencio de la calle. Verdad es que la casa de don Pablo Aquilesquedaba un poco al oeste y lejos, por lo tanto, del centro delbullicio, pero él pensaba lo que era en sus tiempos aquella fiesta: dedía, pruebas, palo jabonado, rompe-cabezas en la Plaza de la Victoria,y fuegos artificiales, por la noche. ¿Qué digo en sus tiempos? hastahace poco se cumplía idéntico programa. Pero, como si la ciudad seavergonzara de que el extranjero la vea celebrar sus solemnidades a lamoda de aldea, aquellos populares festejos se han desterrado a losbarrios extremos, y ha quedado la gran plaza solitaria y fría, en mediode los resplandores de sus luces de gas. Don Pablo Aquiles no estaba porestas innovaciones; pensaba en el entusiasmo que presidía entonces a lasfiestas: en las pruebas, de día; en los fuegos, de noche, que servían depretexto para animada tertulia, no de soldados y niñeras, compadritos y pilluelos, sino de damas principalísimas, que no tenían a menosdescender de sus salones a la arena de la plaza. ¡Cuánta mirada de amor,cambiada entre dos volteretas del acróbata! ¡Cuánto pacto amoroso,sellado durante el colosal incendio de un castillo de colores!

¡Quéalegría entonces! los balcones ostentaban colgaduras y las ventanasramos de olivo y de laurel; las músicas recorrían las calles, y el himnonacional resonaba en todas partes; dentro de su pecho, cantaba tambiénel amor su himno y el nombre de Pilar aparecía asociado al de la patriaen aquel día de tantas emociones. Después... los desengaños, la miseria,la vejez. ¿Qué mucho que le pareciera ahora, todo negro y todo triste?Pero él no lo atribuía al lente de su pesimismo, y se decía:

—O ya no hay patriotas, o el cosmopolitismo va ahogándolo todo.

Seguía su camino, apoyado en el bastón, mirando, con burlona sonrisa,los colgajos de las tiendas de carne y comestibles: las ramas de saucede la puerta, los faroles de papel de la muestra y la vistosa exposicióndel escaparate; en las casas, muy pocas banderas se veían, pero conformeiba acercándose a las calles centrales, los establecimientos públicos ylos comercios de lujo resplandecían de luces: en el borde de lascornisas, a lo largo de las columnas, en balcones y ventanas, ya enhaces, ya sueltas, encerradas en bombas de cristal azul y blanco. Pero,la nota del entusiasmo popular no resonaba en parto alguna; el silencioy la falta de animación contrastaban con el alegre espectáculo de lasiluminaciones. Hacía aquello el mismo efecto que un salón de baile,adornado y dispuesto para la fiesta, al que faltan los convidados. Conel estruendo de costumbre sobre el malísimo empedrado,

pasaban

muchoscarruajes,

cuyos

cristales,

empañados por el frío de la noche, dejabanapenas percibir la blanca forma de una dama de copete; y seguían lostranvías su trotar monótono, entretenido el conductor en regalar el oídode los viajeros con espantables sonatas de corneta.

Al entrar don Pablo Aquiles en la plaza de la Victoria, quedóse un rato,embobado como un chiquillo, mirando las luces y las banderas. Y cátateque cuando más distraído estaba, deslumbrada la vista por losresplandores del Cabildo y de la Catedral, sintió a su espalda elgalopar violento de soberbio tronco y al volverse, vió a Quilito, a suhijo, seguir, pegado a la pared, el carruaje que pasaba. ¿Quién diablosiba en aquel carruaje? Vióle don Pablo llegar a Colón, abrirse laportezuela y bajar dos niñas de blanco, que al punto no reconoció, yluego... misia Goya y don Bernardino Esteven, llevando detrás, comocosido a sus talones, al mismo, al mismísimo Quilito. ¿Era casualidad?¡Lo que le dió aquello que pensar! Volvióse mohino, con la boca amargasin saber por qué, tan preocupado, que tropezaba en la acera con lasbandadas de lindas muchachas, que se dirigían al teatro, ávidas depresenciar la función de gala. Echóse al medio de la calle, para caminarcon más desembarazo.

Cuando llegó a casa, Pampa dormía otra vez en el umbral de la puerta.

II

Todos le han conocido, de lejos o de cerca, de vista o de oídas.

DonAquiles Vargas, el primer Aquiles de la familia, padre de don Pablo yabuelo de Quilito, tuvo tienda muchos años en la que se llamó calle deMendocinos, y en tiempos en que todo andaba revuelto y no se contabasegura la cabeza, supo hacer fortuna comerciando en géneros de lasprovincias. Era unitario puro, aunque llevaba el chaleco rojo de losfederales, pues él decía que para andar entre lobos, es precisodisfrazarse de tal, y tan bien le salió la práctica de este consejo, quesalvó piel y fortuna y vino a morir, ya anciano, en olor de millonario.Había casado muy joven con una niña de familia, sin belleza, sinvoluntad y sin criterio propio, que veía por los ojos de su marido; tantonta, sosa y descolorida, que era como cuerpo sin alma o lámpara sinaceite, precisamente el conjunto de cualidades que debía reunir unamujer, para poder desempeñar el pesadísimo cargo de esposa, ante Dios ylos hombres, de don Aquiles Vargas. Porque don Aquiles Vargas, de suyohonradote y trabajador, de alegre carácter en corro de amigos y hastagalanteador de afición en sus horas perdidas, tenía un geniecito que nohabía quien le aguantara en la casa, y sólo una mujer de las condicionesapuntadas, sorda, muda y ciega, podía salir airosa de tan difícilcometido. Los que le han conocido, en la puerta del registro de lacalle Florida, arrellanado en ancho sillón de rejilla, con su chalecofloreado y sus zapatos de paño, echando piropos a las muchachas yllevando la batuta en aquel concierto de viejos babosos y apolillados,no se imaginarían que setentón tan decidor y risueño era una fiera en sucasa. El había de reñir con todos, con la mujer, con los hijos y con loscriados, con pretexto o sin pretexto, y en ocasiones con todos a la vezporque era hombre muy bien templado. Aunque unitario por simpatía, nuncase metió en dibujos políticos y pasó la mayor parte de su vida dobladosobre el trabajo, sin más distracciones que llevar el pendón de lacofradía, de que era protector, o las andas del santo, en la procesióndel titular, porque era creyente de boca abierta, y chismorrear en elcitado mentidero. ¡Quién le ha visto con el escapulario sobre el pecho,pequeñito y regordete, avanzar entre dos hileras de cirios, sudando bajoel peso del aparatoso estandarte, tan hinchado y satisfecho de su papel,que parecía creer que el incienso y las genuflexiones se ofrecían a suexcelsa persona! Cuando murió su mujer, sin hacer cama ni gastos debotica, como vela que apaga invisible soplo, nada varió en la casa,porque la falta de aquella bienaventurada apenas se echó de ver: donAquiles dió a las iglesias abundantes limosnas por misas y novenarios ylas cosas siguieron su corriente acostumbrada.

Don Aquiles vivía en la calle de Méjico, pues la antigua casa en quetuvo su tienda, fué vendida y derribada; y aunque alejado del comercio,metía baza en negocitos fáciles y sin peligro, pero sin caer en elpecado de la usura; él no tenía más defecto que su genio endemoniado yaquella manía de las cosas religiosas, que secaba su corazón ydescarrilaba su buen sentido.

En aquel caserón de la calle de Méjico, que más parecía dependencia decuartel que habitación de familia, de techo de teja abohardillado yventanas voladas de gruesos barrotes, vivió, pues, muchos años el viejodon Aquiles, con sus tres hijos: Gregoria, la mayor; Pablo Aquiles, elvarón, y Casilda, la menor, no la vida de paz del hogar, seguramente,porque allí se andaba de zarpa a la greña todos los días de la semana, acausa de la mala educación de los hijos y el carácter atrabiliario delpadre.

Este era duro, inflexible y tiránico, más bien juez de su hogar,que padre de su familia; de aquellos que no inspiran cariño y respeto,sino miedo y terror a los hijos; que usan el azoto, el encierro y elayuno, como medios de represión. Cuando se presentaba en el espaciosocomedor, a la hora de la cena, que es la hora de las expansiones, loshijos se ponían de pie; las mujeres, acoquinadas y silenciosas; elvarón, nervioso y temblando, y eso que gastaba barbas; el padre hablabacuando lo tenía por conveniente, y los hijos escuchaban y callaban; nohabía discusión de temas, ni intercambio de ideas; a una pregunta, unarespuesta y otra vez el silencio. En una ocasión, Gregoria contestó demal talante y el padre le arrojó un pan a la cara, bañándosela ensangre; el varón estuvo desterrado quince días de la casa, por igualdelito. Sólo se reunían a la hora de la mesa y cuando él no salía a lacalle no permitía el menor ruido, ni que tocaran el piano las niñas; lasventanas debían estar siempre cerradas y la puerta no se abría, sino amuy contadas personas. Ni visitas, ni teatros; muy pocos paseos; ningúnvino en las comidas y ayuno todos los viernes y demás días deabstinencia. Con la edad y los achaques, se volvió tan santurrón, queoía misa a diario, obligando a acompañarle a los tres hijos, PabloAquiles el primero, con el libraco de horas, en la mano. No entraban enla casa sino sotanas; y de tal manera la admisión de seglares estabaprohibida que, cuando Gregoria echó novio, no se sabe cómo, en medio deaquel cautiverio, aunque para esta clase de pesca las mujeres son muyduchas, se vió y se deseó para comunicar con él. Seamos francos: niGregoria, ni Pablo Aquiles tenían mejor carácter que el padre; Gregoria,sobre todo, a quien una simple contradicción producía una pataleta, enque se mordía los puños de rabia impotente; Pablo Aquiles desdeñaba elestudio, y sin talento ni aspiraciones, se había dedicado a la máscómoda de las carreras: la de heredero de ricacho; y si no de genio tanviolento como su hermana, luchaban ambos, sin embargo, en encarnizado yfraternal combate, no dejando vaso que romper, ni porrazo que dar,cuando el padre no estaba delante. Allí la bondadosa, la tierna y ladelicada era Casilda, y por esta sola circunstancia era ella el pavo dela boda; sobre su humilde cabeza descargaban el mal humor del padre ylas iras de los hermanos. Era tan poquita cosa, que se ahogaba en undedal de agua, pero reconcentrada, como todos los caracteres tímidos,era a la vez rencorosa y no perdonaba fácilmente ofensas que consideraseinjustas. Pero, con esto, tan paciente, tan sufrida, que nunca se la oyóuna palabra de censura contra su padre. Ni Gregoria ni Casilda eranbellas; rubias cenicientas ambas, y de ojos que ni eran verdes niazules, ni tenían color definido; eran de buen talle y de mejor andar,más graciosa Casilda que Gregoria y más elegante Gregoria que Casilda.Fuese cuestión de temperamento o de gusto, Casilda no anduvo nunca ennoviazgos; para ella no había más hombre que su hermano Pablo Aquiles, aquien adoraba, y que sabía corresponder dignamente a aquel afecto; sicon Gregoria andaba a brazo partido, con Casilda estaba a partir de unpiñón. Los tres hermanos gemían bajo aquel sistema carcelario; PabloAquiles, que tenía ya veinticinco años, no salía de noche sin permiso, yestaba obligado, bajo las más severas penas, a regresar a casita a lasdiez: antes de acostarse, registraba el padre en camisón y palmatoria enmano las habitaciones de los hijos; una noche estaba vacío el lecho delvarón... Esperóle en el zaguán; y cuando entró, casi le desnuca delgarrotazo. Había que recurrir al ardid, a la mentira, y todos tres,hasta la bondadosa, la tierna y la delicada Casilda, engañaban al viejoa las mil maravillas. Se hartaban de carne en los días de abstinencia,después de haber comido en la mesa pescado y legumbres; salían de paseo,a visitas y a compras, a las horas en que don Aquiles estaba fuera,exponiéndose a ser pilladas infraganti... Pero las tretas de Pablo eranlas que ofrecían más peligro: después de la ronda nocturna y de haberfingido estar entregado al más profundo sueño, levantábase conprecaución, vestíase con prisa y saltando por la ventana al patio,escabullíase a la calle, para no volver hasta el alba.

En lo que no valían tretas ni engañifas, era en lo de sacarle dinero alviejo; los domingos, después de misa, daba a cada uno de los hijos unbilletito de cinco pesos, de los pesos de entonces, y hasta el domingosiguiente. ¡Atreverse a pedir más! ¿quién lo intentaba? Aunque ello seaen desdoro de Pablo Aquiles, diré que una vez pretendió meter mano en lagaveta del padre, pero la terca cerradura no se dejó violentar y aquíparó la tentativa. ¡Y

qué hacer, cuando se tiene veinticinco años, lacabeza llena de ilusiones, el corazón de deseos y los bolsillos vacíos!

Figuraba en la no muy numerosa servidumbre de la casa, con el título,las atribuciones y preeminencias de ama de gobierno, una mujer yacuarentona, hija de antigua criada de la familia, de esas criadas deantaño que nacían, vivían y morían a la sombra, protectora de sus patrones, la cual mantenía a su lado un niño, que el maligno rumorpúblico susurraba ser obra y gracia de don Aquiles. Era feo el muchachoy antipático, por su facha y y por sus hechos; tenía vara alta yenredaba con todos, siendo el único que escapaba a las granizadascotidianas del amo. Mientras vivió la mujer de don Aquiles, no se viósemejante mostrenco en la casa, pero así que aquella buena alma semarchó para no volver, por la misma puerta que ella salía, entró elchiquillo aquel, tan orondo y campante, como quien pisa paísconquistado. Y desde aquel día, para él fueron las golosinas, losregalitos de imágenes y medallas y las caricias que el viejo santurrónescatimaba a sus hijos. ¡Lo que se dijo en el barrio, se repitió, seinventó y se propaló a los cuatro vientos! Ni Pablo Aquiles ni las niñassabían nada, y si Pablo Aquiles lo había oído, no lo creía, más porrepugnancia de semejante parentesco, que por falta de convicción o sobrade dudas; pero, como de casi todas las baraúndas domésticas era el niñoel principal causante, por ser correo de chismes y tejedor de embustes,cuando el viejo estaba en la calle y la cara aceitunada de Pepa, lamadre, no estaba delante, entre Pablo y Gregoria y Gregoria y Casilda ledaban tal vuelta de azotes y rociada de moquetes, que quedaba el chicohecho un ecce homo, sin temor a las reclamaciones y reconvencionesposteriores. ¡Cosa rara! la madre, en estas circunstancias y en otras yen todas, no olvidaba su papel de mujer reposada, que todo lo tieneprevisto y resuelto; cuidadosa de no ponerse mal con los niños,evitando todo choque con habilidad estudiada, acudía a calmar alinocente con un par de sonoras palmadas, que daban fin al asunto,aunque no al llanto de la víctima. Y era por la noche, según los dichosde cocina adentro, que elevaba Pepa hasta su señor sus quejas y obteníael desagravio de las ofensas hechas, que se traducía al día siguiente entempestad tan violenta, que parecía desplomarse la casa.

Aparte estos frecuentes nublados, la favorita no intervenía más que enlos quehaceres de su cargo, sin despegarse de las niñas, a quienesacompañaba a la iglesia, tan melosa y solícita, que ellas no podíansufrirla. Los sucesos posteriores vinieron a desmentir este aserto, peroera entonces voz corriente entre la servidumbre, que esta mujer habíalogrado para sí y su hijo un lugarcito ventajoso en el testamento de donAquiles y a guardar el puesto conquistado tendían todas sus artimañas.

Se ha dicho que Gregoria tenía novio. Cómo tuvo lugar aquella pescamilagrosa no se sabe; sin duda, el pretendiente, que era pobre, olfateóla herencia en un día de vagancia, como los perros hambrientos quehuelen la carne de lejos, y se plantó en la esquina y rondó la casa ehizo todas las tonterías que en semejantes casos se hacen, pero no entróen la fortaleza, porque estaba bien guardada. Era Bernardino Esteventenedor de libros, de familia obscura y sin más beneficio que sumezquino sueldo; de facha vulgar, pero listo y truhán, supo colarse enel corazón de Gregoria, por más que la tarea no fuese difícil, pues lapobre estaba tan harta de aquella vida de ayunos, sermones, gritos,cerrojos y amenazas, que al sacristán de la parroquia diera oídas, contal de salir de su purgatorio. Y acá hace nuevamente su aparición elcondenado hijo de la Pepa; ¡ay de la carta que caía en sus manos!Fisgoneaba en los pasillos y acudía a la esquina a espiar la llegada deBernardino, vigilando que Gregoria no entreabriera la ventana de lasala. ¡Qué sustos pasaron ambos, qué sinsabores, y cuántas vecescontempló de lejos el pretendiente la cara acongojada de su prometida,víctima de paternal corrección la víspera!

¡Lo que pueden el amor y el hambre, cuando van aparejados!

Cansado desuspirar a la luna y de pasear su chaqué avellana por el barrio,ocurriósele a Bernardino robar a la muchacha, expediente muy socorridoen la vida y en el teatro. Los que han conocido, después al fastuosoEsteven, tan formalote y estirado, de una gravedad de campana mayor quetoca a muerto, creerán que es pura invención y fantasía esta aventura desus mocedades; pero no es así, sino verdad incontestable, que el señorEsteven tuvo sus veinte años, y sufrió las agonías del amor y losdolores del hambre, como cualquier mortal, y arrastrado e impulsado porestas dos invencibles fuerzas, quiso apoderarse por la violencia, y seapoderó, en efecto, de lo que de grado se le negaba. ¿Cómo? Aunqueparezca mentira, Bernardino tenía su casa entonces, es decir, dormíabajo techado, y una hermana, muy mona, que se llamaba Pilar y cosía parafuera; ésta, que sabía los quebraderos de cabeza del joven, no cesaba dedecirle:

—¡Mira, Bernardino, no eres hombre, si no te casas con la de Vargas!

Aguijoneado su amor propio por la frasecita ésta, y no hallando otrasalida, se le metió en la cabeza aquello del rapto: una carta, un cocheen la esquina, y andando; su casa sería el asilo, su hermana laguardadora y aquí paz y después gloria.

Ante razones de tal calibre,tenía el viejo que ceder o reventar.

La carta llegó sin contratiempo a poder de Gregoria, que se pasmó de talproyecto, quedando aturdida y sin saber qué hacer; vinieron a las manossu pudor y su cariño, el deber filial y su conciencia, y en esta lucha yen este sobresalto estaba, cuando llegó la hora de sentarse a la mesa.Anochecía. Don Aquiles había entrado de la calle tan regañón, que todosandaban con alas en los pies, huyendo el bulto; al ocupar el sillón decabecera, notaron los hijos, con terror, que había nubarrones en elhorizonte, y metieron los ojos en el plato, abriendo el paraguas de laresignación. La tempestad empezaba por movimientos violentos en lasilla, paseo de dedos crispados por el mantel o por la calva,resoplidos, palmadas en el borde de la mesa... Algunas veces, seagregaba a estos síntomas, el retintín del tenedor sobre el plato o elbaile de la copa, a la que hacía dar vueltas su mano de perlático... Elcriado servía, los hijos comían, o lo aparentaban, sin hablar, y elviejo, en tanto, rechazaba su ración, contentándose con la corajina quele andaba por el cuerpo y debía servirle de alimento. De repente, sonabaun trueno y caía el chaparrón, es decir, daba el padre un puñetazo yrompía a hablar, en períodos entrecortados... Aquella noche, le tocó elturno a la infeliz Gregoria, a quien llamó desvergonzada, terca y malahija, comparándola a las mucamas de barrio, que pelan la pava por laventana con el novio descamisado o hacen señas a los mayorales deltranvía; mientras la cosa no pasó de aquí, Gregoria se estuvo quieta,devorando su rabia y una pierna de gallina en pepitoria, pero cuando oyóel nombre de Bernardino y vió que le ponía patas arriba, con cruel y nomerecido ensañamiento, sin temor a los rayos paternales protestó conenergía, y dijo, o quiso decir, porque no se le entendía, tal era susoberbia, que no y que mil veces no, que aquello era una gran mentira yuna infamia (esta palabra la largó bien clara) lo que se decía. Granconfusión.

Levantóse el padre, con los puños cerrados, se interpusoPablo Aquiles, muy pálido, y Casilda, llorando; pero Gregoria, ya sinfreno, se desbocó, vociferando que cansada de aquella vida, se marchabalejos y no la volverían a ver más, nunca, nunca. Dió una manotada alvaso que tenía delante y salió del comedor, ciega, fué a su cuarto, seenvolvió en un mantón y se plantó en la calle. En aquel momento, seacordó de su madre. ¡Su madre! ¿la había tenido ella acaso? Este podermoderador entre la indisciplina de los hijos y la absoluta autoridad delpadre, no se hizo sentir nunca en vida de aquella buena mujer, víctimaella misma y culpable inconsciente de las desventuras de la familia.

Enla esquina había un coche y alguien dentro que la esperaba.

Se cerró laportezuela, y andando, coma había dicho Bernardino.

Cuando el viejo se enteró de la escapatoria de su hija, tuvo un accesode coraje tal, que todos en la casa creyeron llegada su última hora,pero pasado el ciclón de gritos y juramentos y la granizada de moquetesque descargó a ciegas y que alcanzó hasta al mismo chico de la Pepa, secalmó, aparentemente por lo menos, y ni volvió a hablar ni hizo cosaalguna que con el asunto se refiriese. Siguió su vida de siempre, y seapartó más que nunca del trato de sus hijos, dándose por completo a lavisita de iglesias y sacristías, exacerbado su furor religioso conaquella desgracia, que parecía no haber rozado siquiera su corazón degranito. Pablo no se atrevía a chistar y la pobre Casilda no tenía yaojos para llorar a su hermana.

Así las cosas, dió don Aquiles el gran batacazo, cuando menos seesperaba. No sé qué dimes y diretes tuvo aquella mañana con Pepa, puesse oyó el vocear de ambos en el despacho, y hasta lloriqueos y aúnporrazos sobre los muebles, signos evidentes de violenta disputa; luegosalió la mujer muy agitada, con los pelos desordenados y echando chispaspor los ojos, y alguien que la encontró al paso, la oyó decir:

—¡No quiere, no quiere! pues veremos si la ley le obliga.

En esto, se oyó un gran ruido en el despacho, acudieron todos los que enla casa estaban y hallaron desplomado, junto al sofá, a don Aquiles, conlos ojos torcidos y la boca contraída, barbotando palabras sin sentido.Mientras le trasladaban a su alcoba y se iba a buscar el médico, llegóPablo de la calle, y enterado del suceso, convino con la desoladaCasilda en que era urgente avisar a Gregoria.

Pablo sabía el escondite de Gregoria; fué, pues, a golpear a la puertade Esteven. Recibióle la muchacha llorando, arrepentida sin duda de sucalaverada, pues vistas ya las patas de la sota, no la quedaba ilusiónque la sirviera de disculpa; y mientras el galán hacía protestas de queél no era el responsable de aquel desaguisado, sino el propio señorVargas por su maldita terquedad, estando dispuesto a reparar lo hechodel mejor modo posible, Pablo miraba la pieza, que le pareció muy pobrey hasta desaseada, y a Pilar, sentada delante de la máquina, absorta ensu tarea de desenredar el hilo de un carrete, la que encontró muy bonitay muy de su gusto. Otro en su lugar se las hubiera liado con elseductor, pero él, que disculpaba la escapatoria por razones que sesabía, creía que demasiado duramente la había condenado, desoyendo losruegos de Gregoria, que en varias cartas le había pedido fuera a verla.Limitóse, pues, a dar la referencia de la desgracia. Ella, muerta depena y de vergüenza, preguntó entre sollozos:

—¿Me recibirá si voy, Pablo?

—No conoce a nadie y nada debes temer.

Gregoria, sumisa, se cubrió con su mantón. Cuando los dos hermanossalieron, volvióse Esteven a la joven, que cosía indiferente, y con unasonrisa burlona, exclamó:

—¡Bien lo dije yo, que tenía que ceder o reventar!

Pablo y Gregoria llegaron silenciosos a la casa paterna, que entoncesmás que en ocasión alguna, parecía convento de cartujos; y empujando lapuerta entornada, atravesaron el zaguán y el patio desiertos, dondealgunas plantas amarilleaban ya bajo el cielo nublado de otoño, yentraron en la alcoba de don Aquiles. Al punto nada vieron, sino lallama temblorosa de una lamparilla; luego aparecieron, como esfumadas,las figuras principales del cuadro: un franciscano, rezando bajodescomunal y tétrico crucifijo; en un rincón, la Pepa, silenciosa comouna esfinge; a la cabecera del lecho, Casilda... Sobre la blancura delas almohadas, destacábase la cara lívida del muerto, con los ojostodavía abiertos, vueltos del lado de la puerta, por donde acababa deaparecer Gregoria; esta mirada de ultratumba, figurósele a la tristearrepentida señal de eterno y enconado reproche, y sacudida por temblorconvulsivo, se precipitó en el cuarto y fué a prosternarse delante delpadre que había ofendido, derramando sinceras lágrimas. Pero él ya no laveía, como si hubiera de ser sordo siempre a toda compasión.

Al día siguiente, avisados los amigos y parientes cercanos, hubo en lacasa numeroso desfile de sotanas y sayales, que iban olfateando algunamanda del testamento, y de levitas de entierro y caras compungidashechas de encargo; en las habitaciones interiores, cerrada toda ventana,en una obscuridad de catacumba, andaban a tropezones las sombras de lasmujeres enlutadas, en busca del sitio donde pudieran estar lasdoloridas, para darles el largo apretón de manos y besos de rúbrica, conla frase dicha entre mal ensayados suspiros:

—¡Ay, Goyita! ¡qué desgracia! esto ha sido un escopetazo.

Cuéntemeusted, Casildita, cómo ha pasado esto. En fin, no hay más queconformarse.

Gregoria y Casilda en un rincón, rodeadas de media docena de inmóvilesfantasmas, contestaban a cada saludo con una nueva explosión desollozos, y a esto se seguía un tan furioso sonar de narices delconcurso, que no parecía sino que estaban todas acatarradas. En elcomedor, entretanto, se tomaba chocolate con bollos, y un grupo discutíapolítica en la puerta de la sala, donde el muerto se estaba quietecitoen la caja, rodeado de blandones.

Dos señoras salían, con los ojos muycolorados de tanto restregarlos con el pañuelo, y decía la una a laotra, al llegar al zaguán:

¿Sabés la noticia que me han dado? que Goyita se escapó la semanapasada con un dependiente de almacén, y ésta es la causa de la apoplejíadel padre.

—¿De veras, ché? pues, la cosa no era para menos.

Cuando Pablo Aquiles volvió del cementerio, se encerró en el despacho desu padre; la idea de que hubiera hecho testamento le preocupaba. Buscó yrebuscó sin encontrar nada; nada había tampoco en el armario de caoba,que registró luego, tapándose las narices a causa del olor desagradablede ácido fénico, que saturaba la atmósfera del cuarto mortuorio. Volvióal despacho, para seguir buscando, y en la puerta tropezó con la Pepa,enlutada, llevando al chico de la mano.

—No, no busque usted—dijo ella,—si no ha querido hacerlo.

Y prorrumpió en lamentaciones sin fin, diciendo que el difunto no habíacumplido con sus promesas ni con su deber; que ella no ambicionaba nadapara sí, sino pedía lo que de derecho correspondía a aquel inocente, queninguna culpa tenía de su triste origen. Atónito Pablo Aquiles, no sabíaqué responder, temeroso de que sus hermanas se enterasen del escándalo;tuvo, sin embargo, un asomo de energía, cosa rara en él, y dijo a lamujer que se mandara mudar de prisita y en silencio.

Lívida, ella chilló:

—¿Irme yo? ¡pues no faltaba más! si el mismo derecho de estar en lacasa que usted lo tiene mi niño, como que lleva su sangre.

—¡Cállese usted!—dijo Pablo Aquiles, ahogado y descompuesto.

—Que no y que no; he de gritar y me han de oír los sordos, me quiereusted echar a la calle, ¿eh? pues lo veremos.

Se sentó en el umbral de la puerta que caía al patio, como quien ocupacómoda tribuna para hacerse oír de los vecinos; a sus voces se unió elllanto del niño, y ante tamaña algarada acudieron Gregoria y Casilda,sorprendidas. Verlas la Pepa y descargar su boca cuanta palabrota ydesvergüenza llevaba almacenadas, fué instantáneo; hecha una fiera, lasguedejas caídas sobro los ojos, increpaba a todos con el puño cerrado,maldiciendo del difunto, a quien condenaba a los fuegos del infierno.

—No le han de valer rezos ni responsos—vociferaba, ¡miren el muyhipócrita, que comía los santos y besaba la pezuña a los frailes, quese daba disciplinazos y se ponía cilicio, dejar en la calle a mi niño, asu hijo, tan hijo como ustedes y con tanto derecho a llevar su nombre!¡Hipócrita santurrón!

—¡La hipócrita y la deslenguada es usted!—exclamó Pablo, furioso,cogiéndola del brazo y tirando de ella.

Se empeñó una lucha deplorable en medio del patio; chillaba el chico, ylas muchachas, asustadas, refugiáronse en sus habitaciones.

—¡Déjeme usted, que me hace daño!—decía Pepa, agarrada con ambas manosa la reja del zaguán.

Pablo Aquiles la soltó. Ella recogió su mantón, se arregló los pelos,limpióse las babas con la bocamanga.

—Queden ustedes con Dios—dijo,—me voy, pero al juzgado;

¡la ley ha deampararme!

Y se largó, arrastrando tras sí al renacuajo.

La muerte de don Aquiles produjo en la casa radical transformación; todocambió, como en una decoración de teatro.

No más ayunos, no mássermones, no más caras foscas, ni escándalos a diario; no había quiensiguiera los pasos, espiara los gestos, pescara las palabras,fiscalizara los actos. Se respiraba a plenos pulmones, se comía a doscarrillos, sin sustos ni encogimiento; se salía cuando se deseaba, seentraba cuando se quería; y todos tres, esclavos de un viejo maníaco quehabía entristecido su niñez y sofocado su juventud, manteniendo el almade sus hijos sujeta, por así decirlo, bajo su férrea mano, como pájaro aquien encierran en jaula demasiado estrecha, se creían felices, porquese veían libres. No faltaba, sin embargo, una oración y una lágrima parael padre difunto, y ninguno de ellos osó tocar uno solo de los objetosque le pertenecieron; los que conservaban, como reliquias, en el antiguodespacho, cuya llave guardaba Pablo con respeto.

El casamiento de Gregoria se celebró a los dos meses, entre gallos ymedia noche, porque el luto y las circunstancias que le habíanprecedido, no permitían otra cosa; fué una ceremonia triste, casifúnebre: los cuadros de la sala ostentaban aún negros crespones y laaraña de cristal los colgajos negros, entonces de rigor; para alegrar lavista, se pusieron flores en los jarrones de las consolas. Gregoria sepresentó de luto, sin azahares, y Bernardino con la misma levita que leprestaron para asistir al entierro de don Aquiles, y delante de loshermanos y de dos testigos, bajo la luz tristona de las bujías, leyó laepístola el cura y echóles la bendición, de prisa y corriendo. Esto fuétodo.

Instalóse la nueva pareja en la misma casa, y Pilar con ella, congran regocijo de Pablo, a quien quitaban el sueño los atractivos de lamuchacha.

Ni Bernardino ni Pilar tenían un cuarto; hasta entonces habían vividolos dos de su trabajo, ella de la costura, él llevando los libros de unalmacén, siempre tan pobres y hambrientos que la escasez hacía paraellos todos los días iguales, por lo cual abrigaban la ambición, muylegítima, de verlos lucir mejores.

Familia no la tenían, pues sus padreshabían muerto, y Agapito o Agapo, como familiarmente le decían, no erapara ellos un hermano, sino un pilluelo que vivía en medio de la calle,a quien no se le veía sino cuando se presentaba a pedir dinero,aporreado siempre y harapiento. Y como el dinero allí no era posiblehallarle, ni con candil, Agapo desaparecía por meses enteros, sin dejarrastros; ya se le daba por muerto, cuando otra vez volvía, paraescurrirse al día siguiente, sordo a las amonestaciones de su hermanomayor y a los ruegos de Pilar, y aun a los golpes de ambos, entregado ala vagancia y a todos los vicios que ella engendra, sin reconocer másley que su santa voluntad. A parte de las malas inclinaciones y delcarácter indomable del muchacho, la verdad es que Bernardino, obligado abuscarse el pan cotidiano donde podía, no hacía por él todo lo quedebiera; siendo causa de esta desidia el poco cariño y aun cierto enconoque sentía contra aquel rapazuelo, hijo de la vejez de su padre y de unaodiada madrastra, que apenas muerto el anciano, de privaciones ydisgustos, alzó el vuelo con un bombero vecino, dejándoles el niño aquelen hipoteca.

Bernardino

tenía

aspiraciones,

una

conciencia

poco

escrupulosa,entendimiento claro y audacia, sobre todo audacia; con esto y la suertede por medio, se va siempre lejos. Sin embargo, nunca soñó él calzar eltítulo de yerno de don Aquiles Vargas, que tanta fama de ricacho tenía,pues, lo cierto es, que más que a su viveza e ingenio debió tal venturaa las circunstancias especiales en que se hallaba colocada laaburridísima Gregoria; así es que, cuando se vió metido en aquel lío,que la mano de la fortuna desenredó bonitamente, y trasplantado de sumodesta morada al caserón de la calle de Méjico, sintió mareos y algoasí como un sentimiento de orgullo.

Pero, ante todo, Bernardino eraprudente. No creyó deber abandonar su trabajo, sino que, por elcontrario, acudió a sus quehaceres con más asiduidad, si cabe, queantes. En cuanto a Pilar, ufana con el cambio, olvidaba las miseriaspasadas junto a la máquina de coser, las veladas fatigosas, losmadrugones constantes, la visita, noche a noche, de registros, aentregar o recibir los pantalones de paño y los chalecos de bayeta.

Pilar era alta, rubia y de ojos negros; no era hermosa, como una heroínade novela antigua, pero sí muy agraciada y simpática; no tenía los dedoshechos a torno, porque la aguja y el trabajo los habían deformado, ni elbusto escultural, porque no me atrevería a decir si la corrección de suslíneas era debida al corsé o era natural patrimonio de su dueña; mas, laverdad sea dicha: Pilar pasaba por buena moza y aun llegaba a parecerbonita, y lo hubiera parecido mucho más sin aquella palidez de su cara,que no se sabía si atribuirla a la fatiga o a la anemia. Naturalmente,entre el bobalicón de Pablo Aquiles y ella se estableció, desde elprimer día, una corriente de simpatía, que favorecieron Casilda yGregoria, y más que todos Bernardino, como hombre sagaz que buscaafianzar su prestigio. El idilio tuvo su lógico desenlace, y digológico, porque así debieran concluir todos los idilios: hubo, pues,nueva boda en la casa, la que fué solemniza con algo más de ruido y supoquito de música, en reunión de íntimos; fiesta, que vino a aguar, aúltima hora, la aparición del perdido de Agapo, que después de una jirade recreo por los fortines de la frontera, llegaba descalzo y muerto dehambre, a recoger las migajas del banquete.

Pablo Aquiles era un bendito de Dios. Entregado, por completo, al amorde su mujer, dejaba el gobierno de la casa en manos del cuñado, quemandaba en jefe; éste pagaba las cuentas, recibía los criados, hacía ydeshacía, sin consulta ni apelación.

De la testamentaría iniciada, eraél el albacea, y se entendía con abogados, procuradores y escribanos.Había echado unas carnazas y unas barbas de a pulgada, que no parecía elmismo: aquel mozo lánguido del chaqué avellana, que rondaba el barrio,escapado del almacén, donde llevaba los libros, sino un rentistasatisfecho y protector.

La testamentaría, entretanto, seguía sus pesados trámites, y hoy era untítulo que faltaba y mañana una reclamación que surgía y venganconsultas y vayan pesos; aunque, felizmente, había con qué hacer frentea todo: además de la casa calle de Méjico, otras tres en la ciudad, unaquinta en Quilmes, una estancia en Cañuelas y regular número decédulas en el Banco.

La presentación, ante el juez, del chico de laPepa, como hijo natural de don Aquiles, vino a entorpecer los trámites;y mientras unos querían probar la paternidad y los otros le declaraban,por lo menos, adulterino, con lo cual la reputación del muerto andaba enlenguas, tanta declaración, tanta prueba, tanto reponer de fojas, talentra y sal de testigos y de curiales, aquello era un laberinto y nadiese entendía. Lo cierto es que pasaban los meses y la testamentaría no seacababa.

—De todos modos, no hay apuro—decía Pablo Aquiles.

Las explicaciones de Bernardino le satisfacían, pero a la callada yobservadora Casilda se le antojaba que en una sucesión tan clara como elagua, no había para qué tanto ajetreo y que el enredador y el chicanero era el despierto albacea.

Hacía tiempo que le habían a ella chocado las libertades que se tomaba,sus aires de dueño de casa, la impertinencia con que respondía a todaobservación, encogiendo, los hombros desdeñoso. Siempre que podía,recriminaba a su hermano por su indolencia, de dejar así todo en manosde aquel advenedizo; poco a poco, le había cobrado desconfianza y no leperdía de vista; cuando salía, de buena gana le hubiera registrado losbolsillos, para ver si se llevaba algo. Entre ella y el cuñado, habíanhabido ya ligeras escaramuzas, alfilerazos que no se olvidan, por laintención de la frase y la acritud del acento. Un día, disputando porfruslerías, él la llamó: ¡Solterona! y ella:

¡Perdulario! y en unaocasión le dijo ella, que no debía darse tantos humos, cuando allí teníacasa y comida gratis y se le había matado el hambre. De aquí, tiroteo deimproperios y arañazos de cuñados. Pero, el primer disgusto grave lotuvieron cuando el parto de Gregoria; a Bernardino se le puso ocupar eldespacho del viejo, que era para los hijos un sagrario, a fin de huirdel lloriqueo del recién nacido y poder trabajar tranquilo, pero Casildadijo que jamás lo consentiría y cogió la llave y se la guardó,desafiándole a que se la quitara; Esteven, en broma o de veras, hizoademán de tomarla por la fuerza, con lo que se armó una marimorenaescandalosa. El despacho siguió cerrado, y Casilda y Bernardino pasaronmucho tiempo sin hablarse. Fueron así separándose; del cuñado pasó laantipatía a la hermana, Gregoria, que se ponía siempre del lado delmarido, y que con su genio altanero lo echaba todo a perder, y sedeclararon una guerra sorda, agravada por las demoras de latestamentaría y la actitud insolente de Bernardino, que tomabadisposiciones sin la intervención de los herederos, estallando durantela enfermedad de Pilar.

Pilar no había gozado nunca de buena salud; era endeble, paliducha,tosía con frecuencia, sufría accidentes nerviosos, síntomas todos que seatribuyeron primero a la vida de trabajo que había llevado, y luego alestado interesante en que quedó a los dos años de casada. Pero cuandoempezó a escupir sangre y a no querer comer, el pecho desgarrado por latos, todos se alarmaron y se llamó al médico: según el sabio profesor,no era nada; después del alumbramiento, aquello pasaría. Y salió lajoven de su cuidado, dando a Pablo Aquiles un niño que era un pimpollo,con una cabezota tal, que los tíos declararon unánimemente que allídebía estar encerrado todo el talento del mundo. Pablo Aquiles lerecibió en palmitas, orgulloso de aquel presente; pensaba el infeliz queaquel nuevo ser había de indemnizarle de sus horas amargas, porque noestará de más decir, que no se tenía él por dichoso, a pesar del amor desu mujer, en medio de aquella lucha abierta de intereses y de cuñados.Además, no había encontrado en Pilar el ánimo y el calor que le hacíanfalta, carácter débil el suyo y corazón candoroso; Pilar era, ante todo,Esteven, mujer de cálculo y de reflexión, no apasionada ni sentimental.Si bien no habían reñido nunca seriamente, de los siete días de lasemana pasaban seis de morros, porque él quiso besarla y ella no estabade humor de consentirlo, o porque ella pensó ir al teatro y a él se leocurrió meterse en cama, con dolor de cabeza; pero, así y todo, nopertenecían al grupo de los mal casados, teniendo ambos la discreción deno ahondar lo que pudiera separarles y manteniéndose alejados, en loposible, de la lucha que dividía a sus hermanos. La enfermedad alteró elcarácter de Pilar, y se hizo caprichosa, díscola y regañona; teníaantojos estrafalarios, como el que se le ocurrió un día, de hacersellevar por el patio en un carro de mano, que servía de distracción aJacintito, el niño de Gregoria, tirando de él su marido, a guisa decaballo; y accesos de mal humor tan violentos, que llegó, una vez, aarrojar por la ventana una taza de manzanilla, porque tenía demasiadoazúcar.

En la mesa acribillaba a pelotillas a Pablo Aquiles, que erasiempre el pavo de la boda, y se hacía servir por él la comida yponérsela en la boca, impacientándose iracunda por su demora o sustorpezas. Con su hijo tenía rachas de vehemente cariño, besuqueándolecon tal ímpetu y grosería, que había que quitarle el angelito de losbrazos; o le rechazaba con desvío, mandando que le llevaran muy lejos,para que no la aturdieran sus vagidos.

Marido más complaciente y sufridoque Pablo Aquiles, no se ha visto; no tenía voluntad propia, y eramanejado por su mujer como obediente maniquí, dándose el espectáculo deque él cuidara del niño y le llevara en brazos, haciendo arrorró ypasara junto a la cuna, muchas noches, sin dormir.

Pablo esperaba, conforme a lo asegurado por el médico, que el malestarde su mujer cesaría, una vez libre de su cuidado; pero no sucedió así:si el niño trajo la alegría a la casa, no devolvió la salud a la madre.Los meses pasaron y la enfermedad fué acentuándose, con caracterestales, que se cayó por fin en la cuenta de que era una tisis incurable.

Entretanto, de orden del juez, según Bernardino, se habían vendido laquinta de Quilmes y la estancia de Cañuelas, para pagar no sé quédeudas dejadas por don Aquiles y luego, siempre de orden del juez, lastres casas de la ciudad. Los gastos de la testamentaría eran tales, quetodo de lo que se echara mano, no bastaba para sufragarlos. Las cuentaseran bien claras y ahí estaban para que las examinasen: Don Aquilesdebía casi, casi más de lo que tenía; luego, la baja de la propiedadraíz, el mal estado de los campos, los honorarios de ahogados yprocuradores, que sumaban un dineral, y más que esto y más que todo, elincidente del hijo natural. Si él sabe a tiempo la cosa, aquello sehubiera arreglado fácilmente, tapando la boca a la Pepa con un buenrollo de billetes; pero, arrojarla violentamente a la calle, al díasiguiente de muerto el amo, vamos, había sido no mediana torpeza; escierto que el juez había declarado no tener derecho a la sucesión yrechazado de plano la demanda; pero, ¡cuánto trabajo y cuántas desazonesy cuánto tiempo había costado! Luego, la Pepa no se daba por vencida, yapelaría, y mientras venía el fallo definitivo, ¡cuánto tiempo másperdido! Era preciso, pues, quitar este obstáculo, dar algo a aquellamujer para que desistiera de la apelación, muy poco, una bicoca. Ybicoca fué, que se vendieron las cédulas del Banco y aun llegó aretirarse cierto depósito de reserva. Pablo Aquiles dejaba hacer yGregoria lo aprobaba todo, diciendo que más valía quedarse sin nada, queenredados en pleitos y debiendo a cada santo una vela; pero Casilda nose conformaba con lo que ella llamaba despojo y decidió dar elcampanazo, antes de quedarse en la calle.

Francamente, las cosas habían llegado a un extremo tal, que senecesitaba estar ciego para no ver en lo que iban a parar.

Estevenmarchaba

derecho a

su

objeto,

imperturbable;

despertada su codicia conel manejo de intereses, cuya tercera parte le correspondía, pareciólepoco esto y quiso apoderarse de todo: muchas noches pasó en vela, con lavisión de aquella fortuna que tenía en sus manos, y que estaba obligadoa repartir; tonto sería él si desperdiciaba la ocasión de enriquecerse,de realizar su sueño dorado, tan a poca costa. Hábilmente trazó su plan,contando con la debilidad de Pablo Aquiles y la pasividad de Casilda, ysi no con la complicidad, por lo menos con la aquiescencia absoluta desu mujer; el resultado fué excelente.

Con pretextos siempre plausibles,que él fundaba en elocuentes párrafos, porque poseía el pico de oro delos sinvergüenzas para engañar a los incautos, iba desmenuzando laherencia y recogiendo glotonamente los pedazos en su bolsa, cuya boca nose cerraba sino para volverse a abrir y devorar con más apetito queantes. Las casas desaparecieron así, se evaporaron como tocadas porvarita mágica, y lo propio aconteció con la quinta en Quilmes; respetóla estancia cierto tiempo, pero ya en la pendiente, no había más querodar al fondo: la estancia se vendió y luego lo que pudo o mejordicho lo que quiso, porque nadie le ponía cortapisas. Era un vampiro,siempre insaciable.

Quería

resarcirse

ampliamente

de

su

pasada

miseria,abasteciendo su granero, de modo que no le faltara trigo si el maltiempo llegaba.

Pero había un ojo que seguía sus maniobras, alguien que adivinaba suscábalas: Casilda. Resuelta a hablar, y a hablar fuerte, una tarde que sehallaban todos reunidos en la habitación de Pilar, rodeando el sillón enque descansaba la enferma, abordó el tema de la testamentaría,quejándose de sus demoras y de aquella furia de vender que les habíaentrado; lanzó dos o tres saetazos dirigidos a Esteven con tantoacierto, que saltó el hombre descompuesto y con muy malos modos dijo queél no hacía sino lo que mandaba el juez, y que la culpa se la tenía élen haberse hecho cargo de tamaño lío.

—Claro está—apoyó Gregoria,—sólo que a esta cabeza dura nadie laconvence que para hacer las particiones, hay que vender...

Casilda, con mucha calma, preguntó:

—¿Me quiere decir mi señor cuñado, qué se ha hecho del producto de lasventas?

—Pues... el juez se lo dirá a usted y los acreedores de latestamentaría.

Levantó la voz, gritando que aquello ya le aburría, que tales preguntasdenotaban desconfianza, que ahí estaban las firmas de todos autorizandola venta de las propiedades, ejecutada de orden del juez; en suma, quesi tenía tanto apuro en recibir su parte, la comunicaba que esto nopodía ser, hasta que no se vendiera la casa en que vivían.

—¡También ésta!—exclamó Casilda.

—Pues la compra usted, si la tiene tanto apego.

—¡Es que no podré, porque no ha de dejarme usted lo suficiente!