Poemas by Edgar Allan Poe - HTML preview

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de

aquel

que,

¡pobre

de

él!

te vio en tu día

nupcial, cuando tu

frente

se

cubría de ese rubor

invencible, a pesar

de

que

estuvieras rodeada

de dicha y que el

mundo

no fuera sino amor

ante ti!

1827.

LOS ESPÍRITUS DE LOS MUERTOS

——

Tu

alma

se

encontrará

sola,

cautiva

de

los

negros

pensamientos de la

gris piedra tumbal;

ninguna persona te

inquietará en tus

horas

de

recogimiento.

——

Quédate

silenciosamente en

esa soledad que

no es abandono,—

porque

los

espíritus de los

muertos

que

existieron

antes

que tú en la vida,

te alcanzarán y te

rodearán

en

la

muerte,—y

la

sombra

proyectada

sobre

tu cara obedecerá

a su voluntad; por

lo

tanto,

permanece

tranquilo.

——

Aunque serena, la

noche fruncirá su

ceño,

y las estrellas, de

lo alto de sus

tronos

celestes,

no bajarán más sus

miradas con un

resplandor

parecido al de la

esperanza que se

concede

a

los mortales; pero

sus órbitas rojas,

desprovistas

de todo rayo, serán

para tu corazón

marchito

como

una

quemadura, como

una

fiebre

que querrá unirse a

ti para siempre.

——

Ahora, te visitan

pensamientos que

no

ahuyentarás

jamás;

ahora

surgen

ante

ti

visiones

que

no

se

desvanecerán

jamás; jamás ellas

dejarán

tu espíritu, pero se

fijarán como gotas

de rocío sobre la

hierba.

——

La

brisa,—esa

respiración

de

Dios,—reposa

inmóvil,

y

la

bruma

que

se

extiende como una

sombra sobre la

colina,—como una

sombra

cuyo

velo no se ha

desgarrado

todavía,—resulta

así

un símbolo y un

signo. Como logra

permanecer

suspendida a los

árboles, ese es el

misterio

de los misterios!

1827.

LA ROMANZA

——

¡Oh romanza que

gustas cantar, la

frente

adormecida y las

alas

plegadas,

entre

las

hojas

verdes agitadas a

lo

lejos

sobre

algún

lago

umbrío, tú has sido

para

un

papagayo

de

vivos colores, un

pájaro

muy

familiar;

me has enseñado a

leer mi alfabeto, a

balbucear

todas mis primeras

palabras, mientras

que,

niño

de

mirada sagaz, me

hundía en huraños

bosques.

——

En estos últimos

tiempos, el eterno

Cóndor

de los tiempos ha

estremecido de tal

modo

mi

cielo hasta en sus

alturas,

agrandando

el

tumulto

producido por el

pasaje y la huida

de

los años, y tengo

tan

obstinadamente los

ojos

fijos

en

el

inquietante

horizonte, que no

me

queda tiempo para

mis dulces ocios.

EL REINO DE LAS HADAS

——

Valles

oscuros,

torrentes umbríos,

bosques

nebulosos en los

cuales nadie puede

descubrir

las formas a causa

de las lágrimas que

gota

a

gota se lloran de

todas partes! Allá,

lunas

desmesuradas

crecen y decrecen,

siempre,

ahora,

siempre, a cada

instante

de

la

noche, cambiando

siempre de lugar, y

bajo el hálito de

sus

faces

pálidas

ellas

oscurecen

el

resplandor de las

temblorosas

estrellas. Hacia la

duodécima

hora del cuadrante

nocturno una luna

más

nebulosa que las

otras,—de

una

especie que las

hadas han probado

ser la mejor,—

desciende

hasta

bajo

el

horizonte y pone

su centro sobre

la corona de una

eminencia

de

montañas,

mientras

que

su

vasta

circunferencia

se

esparce

en

vestiduras

flotantes sobre los

caseríos, sobre las

mismas mansiones

distantes,

sobre

bosques

extraños, sobre la

mar,

sobre

los

espíritus

que

danzan, sobre cada

cosa adormecida, y

los

sepulta

completamente en

un laberinto de luz.

Y entonces, ¡cuán

profundo

es

el

éxtasis

de

ese su sueño! De

mañana, ellas se

levantan,

y

su

velo lunar vuela

por

los

cielos

mientras se agitan

como

pálido

albatros al soplo

de la tempestad

que

las

sacude

como a casi todas

las

cosas.

Pero cuando las

hadas que se han

refugiado

bajo esa luna de la

que se han servido,

por

así

decirlo, como de

una

tienda,

la

dejan, no pueden

jamás

volver

a

encontrar

abrigo.

Y

los

átomos

de ese astro se

dispersan

y

se

convierten

bien

pronto

en

una

lluvia, de la cual

las

mariposas

de esta tierra, que

buscan en vano los

cielos

y

vuelven

a

descender,—

¡criaturas

jamás

satisfechas!—nos

devuelven

partículas a veces

sobre

sus

alas

estremecidas.

1831.

EL LAGO

——

En la primavera de

mi juventud, fué

mi

destino

no frecuentar de

todo

el

vasto

mundo

sino

un solo lugar que

amaba más que

todos los otros,

tanta

era

de

amable la soledad

de su lago salvaje,

rodeado por negros

peñascos y de altos

pinos

que

dominaban

sus

alrededores.

——

Pero

cuando

la

noche tendía su

sudario

sobre

ese lugar como

sobre

todas

las

cosas,

y

se

agregaba

el místico viento

murmurando

su

melodía,

entonces,

¡oh,

entonces

se

despertaba

siempre en mí el

terror por ese lago

solitario!

——

Y sin embargo ese

terror

no

era

miedo,

sino

una

turbación

deliciosa,

un

sentimiento

que

ninguna mina de

piedras preciosas

podría inspirarme

o convidarme a

definir, ni el amor

mismo, aunque ese

amor fuera el tuyo.

——

La muerte reinaba

en el seno de esa

onda

envenenada, y en

su remolino había

una

tumba

bien hecha para

aquel que pudiera

beber

en

ella un consuelo a

su

imaginación

taciturna,

para

aquel cuya alma

desamparada

pudiera

haberse

hecho un Edén de

ese lago velado.

1827.

LA ESTRELLA DE LA TARDE

——

Era en el corazón

del verano y en

medio

de

la

noche.

Las

estrellas

marchando en sus

órbitas

brillaban con un

pálido resplandor a

través

de la luz más viva

de la fría luna,

mientras

que

ésta, rodeada de

los planetas, sus

esclavos,

lanzaba desde lo

alto de los cielos,

sus

rayos

sobre las olas.

——

Yo contemplaba su

triste

sonrisa,

demasiado

fría,

demasiado

fría para mí. Una

nube

oscura

vino

a

pasar,

semejante

a un

sudario,

y

fué

entonces que me

volví

hacia

ti,

Estrella

del

Sur, orgullosa en

tu gloria lejana. Y

ahora

me

será

más

querida

tu

luz,

porque lo que me

traes

de

más

magnificente

a

través del cielo

nocturno,

es

la

alegría

de

mi

corazón,

y

yo

prefiero

tu discreto y lejano

resplandor a esa

llama

cercana pero más

fría!

1827.

EL DÍA MÁS FELIZ

——

El día más feliz, la

hora más dichosa,

los

ha

conocido

mi

corazón agotado y

marchito;

pero

siento

que

ha

desaparecido ya mi

más alta esperanza

de orgullo y de

poderío.

——

¿He

dicho

de

poderío? Sí. Pero

desde

hace

largo tiempo, ¡ay

de mí! se han

desvanecido

los bellos ensueños

de la juventud; han

pasado

ya: dejémoslos que

se desvanezcan!

——

Y tú, orgullo, ¿qué

haré de ti ahora?

Otra

frente puede bien

heredar el veneno

que

me

has dado. Que por

lo

menos

mi

espíritu

permanezca

tranquilo.

——

El

día

más

hermoso, la hora

más feliz que mis

ojos hayan visto y

hayan podido ver

jamás,

mi más brillante

mirada de orgullo

y

de

poderío,

todo

eso

ha

existido pero ya no

existe;

yo

lo siento.

——

Y si esa esperanza

de orgullo y de

poderío

me fuera ofrecida

ahora acompañada

de

un

dolor semejante al

que experimento,

no

quisiera

revivir esa hora

brillante.

——

Porque bajo su ala

llevaba una oscura

mezcla y mientras

volaba, dejaba caer

una

esencia

todopoderosa para

consumir un alma

que

tan

bien

la

conocía.

1827.

IMITACIÓN

——

Una ola insondable

de

invencible

orgullo,

un misterio y un

sueño, tal debió

parecer

mi

primera edad. Yo

añado

que

ese

sueño

estaba

atravesado por un

pensamiento

huraño,

siempre

despierto, de seres

que han existido, y

que

mi

espíritu no hubiera

apercibido jamás si

los

hubiera

dejado

pasar cerca de mi,

bajo

mi

ensoñadora

pupila. Que ningún

otro, acá abajo,

herede esta visión

de mi espíritu, de

esos pensamientos

que a cada instante

quisiera

dominar

y que se extienden

como un hechizo

sobre

mi

alma. Porque, al

fin, esa brillante

esperanza

y

ese

tiempo

liviano se han ido,

y

mi

reposo

terrestre, me ha

dejado, él también,

con

un

suspiro, al pasar.

Entre tanto, no me

preocupo

de que él perezca

con

un

pensamiento

que

entonces amaba....!

1827.

TRADUCIDOS

POR

CARLOS ARTURO TORRES

LAS CAMPANAS

I

Por el aire se dilata

alegre

campanilleo...

Son las campanas

de

plata

del

trineo...

¡Oh, qué mundo de

alegría expresa su

melodía!

¡Qué retintín de

cristal

en

el

ambiente

glacial!

Mientras las luces

astrales

que titilan en los

cielos

se miran en los

cristales

de

los

hielos,

y sube la nota

única

como un ágil rima

rúnica

que allá en la

noche

serena

va dilatando sus

ecos por el último

confín,

y la campanilla

suena

dilín,

dilín...

¡Melodiosa

y

cristalina

suena,

suena,

suena,

suena,

suena,

suena

la nota ágil y

argentina

con

metálico

y

alegre y límpido

retintín!

II

¡Escuchad!

Un

dulce

coro

puebla

la

atmósfera

toda:

son las campanas

de

oro

de

la

boda.

¡Qué mundo de

venturanza

la

plácida nota lanza

Su voz como una

caricia

o como un suave

reproche

desgrana

en

la

calma

noche

las perlas de su

delicia.

Son

las

áureas

notas una fuente

de ledo murmullo

o el enamorado

arrullo

de

la

tórtola: la Luna

en

la

dormida

laguna

vierte

miradas de plata,

y en el éter y en las

linfas palpita la

serenata...

¡Y cómo en el aire

flota

la

áurea

nota!

¡Cómo

brota,

cual dice la dicha

ignota,

en el balsámico

efluvio de noche

primaveral!

¡Y cuán dulce y

cuán

sonoro,

—din dan, din

dan—,

es

el

coro,

—din dan, din

dan—,

de la campana de

oro,

que en su lengua

musical

celebrando está el

misterio

de

la

noche nupcial.

III

¡Turba el nocturno

sosiego

súbita alarma, y

entonces

a gran campana de

bronce

toca

a

fuego!

¡Qué

terrífica

pavura la siniestra

nota

augura!

Es

desesperado

ruego

desgarrador

y

tenaz

al rojo elemento

ciego

cada instante más

frenético,

cada

instante

más

voraz!

En

indescriptible

pánico

el

cataclismo

volcánico

con raudo impulso

titánico

avanza,

la

campanada alarido

es

de

terror;

sigue el bronce,

sigue el bronce

con su clamoroso

estruendo

diciendo

cuál

crece

el

peligro horrendo,

cuál se inflama

la

llama,

y la Luna como

forma

de

sangriento

tabernáculo,

alumbra el rojo

espectáculo

en su fantástico

horror.

Y

el

bronce

alarmante

clama,

clama,

clama

como se extiende

la

injuria

del

incendio

y

crece

en

furia,

y es ya locura el

pavor...

Bajo

cielos

escarlatas

se

extiende inflamado

manto,

el

espanto

en

tanto

crece, y sigue la

campana

de

su

rebato el clamor.

¡Y en ese rebato

armígero,

—dan dan, dan

dan—,

crece el estrago

flamígero

—dan dan, dan

dan—,

al són violento que

dan

las campanas de la

torre que tocando a

fuego están!

IV

Dobla

y

dobla

lentamente

negra campana de

hierro

que invita con són

doliente

al

entierro.

¡Qué

solemnes

pensamientos

despiertan

esos

acentos!

Del lento y triste

sonido

cada toque, cada

nota

en el vago viento

flota

como

doliente

gemido,

y de la noche en la

calma

el

melancólico

són,

siente estremecida

el

alma

cual

solemne

admonición.

¡Se

desprenden

esos

dobles

lúgubres

y

funerarios

de

los

altos

campanarios

en

fúnebre

vibración;

en

esos

dobles

alienta

algún

espíritu

irónico

que a cada nota

que

zumba,

con agrio gesto

sardónico

rueda implacable y

derrumba

y oprime con todo

el peso de la piedra

de

una

tumba

el

humano

corazón!

¡Quienes tañen las

campanas de los

toques

funerales

no

son

pobres

campaneros,

no

son

sencillos

mortales,

son

espectros

sepulcrales!

¡Y es el Rey de los

espectros

quien

toca

con

más

tesón!

Pausado,

implacable, lento

su toque a cada

momento

resuena como un

lamento

pregonando la hora

única

en extraña rima

rúnica,

y

parece

que

sintiera

intenso

placer

diabólico

en

este

toque

simbólico

de

muerte

y

desolación.

—Din dan, din

don—,

—din dan, din

don—,

dobla, dobla el són

monótono,

dobla

el toque funeral,

y el Rey espectro

su

gozo

refina

en

este

sollozo,

en

este

intenso

suspiro

que en su giro

remeda el doble

augural

que va recordando

al hombre de su

existencia el final.

El toque sigue y no

cesa

y vibra en el alma

opresa

sordamente como

un

cuerpo

que

cayera

en

una

huesa...

—¡Din dan, din

don—,

resuena

en

el

corazón,

—din dan, din

don—,

de la campana que

dobla el lento y

lúgubre són!

ULALUME

I

Los

cielos

cenicientos

y

sombríos,

crespas las hojas,

lívidas y mustias,

y era una noche

del

doliente

octubre

del

tiempo

inmemorial entre

las

brumas,

era en las tristes

márgenes

del

Auber,

el lago tenebroso

de aguas mudas,

ante los bosques

tétricos del Weir,

la región espectral

de la pavura.

II

A solas con mi

alma,

recorría

avenida titánica y

oscura

de

fúnebres

cipreses... con mi

alma,

con Psiquis, alma

que, al misterio

turba...

Era la edad del

corazón volcánico

como las llamas

del

Yanek

sulfúreas,

como las lavas del

Yanek que brotan

allá del polo en la

región nocturna.

III

Pocas palabras nos

dijimos,

era

como

una

confidencia íntima

y

muda;

palabras

serias,

pensamientos

graves

que la memoria

para

siempre

turban;

no recordamos que

era

el

triste

octubre,

que era la noche

(¡noche infausta y

única!)

no recordamos la

región del Auber

que tanto conoció

mi

desventura,

ni

el

bosque

fantasmático

del

Weir,

la región espectral

de la pavura.

IV

Y cuando la noche

ya

avanza

de estrellas al vago

tremer,

al fin de la oscura

avenida

un lánguido rayo

se

ve,

fulgor diamantino

que

anuncia

de fúnebre velo al

través,

que

emerge

de

nube

fantástica

la Luna, la blanca

Astarté.

V

Y yo dije a mi

alma: «Más que

Diana

ardiente,

aquella

misteriosa

Luna

rueda al través de

un

éter

de

suspiros;

lágrimas de su faz

una

por

una

caen

donde

el

gusano

nunca

muere.

Para mostrarnos la

celeste

ruta

y el alma imperio

de la paz Letea

atrás dejó al león

en

las

alturas,

del

león

las

estrellas

traspasando,

del

león

a

despecho, ora nos

busca

y

sus

miradas

límpidas y dulces

son las miradas

que

el

amor

anuncian.»

VI

Mas Psiquis dijo

señalando al Cielo:

«La palidez de ese

astro me conturba;

pronto,

huyamos

de aquí, pronto, es

preciso.»

Y de sus alas

recogió las plumas

con intenso terror,

y

sollozando,

presa de pronto de

invencible

angustia

plegó

las

alas,

hasta el polvo frío

lentas

dejando

descender

las

plumas.

VII

Y yo le dije: «Tu

terror

es

vano,

sigamos esa luz

trémula y pura,

que nos bañen sus

rayos

cristalinos,

sus rayos sibilinos

que ya auguran

e

irradian

la

belleza

y

la

esperanza.

Mira: la senda de

los cielos busca;

sigamos sin temor

sus limpios rayos

que ellos a playa

llevarán

segura,

sigamos esa luz

limpia y tranquila

a través de la

bóveda cerúlea.

VIII

Tranquilicé a mi

Psiquis,

y

besándola,

de su mente aparté

las

inquietudes

y

sus

zozobras

disipé profundas,

y convencerla que

siguiera

pude.

Llegamos hasta el

fin; ¡ojalá nunca

llegara! Al fin de

la avenida lúgubre

nos

detuvo

la

puerta

de

una

tumba

(¡oh, triste noche

del

lejano

octubre!)

nos detuvo la losa

de

una

tumba,

de

legendario

monumento

fúnebre.

¡Oh,

hermana!—

dije—¿Qué

inscripción

confusa

en la sellada losa

se

descubre?

Respondiome:

«Ulalume», esta es

su

tumba,

¡la tumba de tu

pálida Ulalume!

IX

Quedó mi corazón

como ese Cielo

ceniciento,

como

esas hojas mustias,

como esas hojas

yertas

y

crispadas...

¡Ay!

pensé:

el

mismo

octubre

fué,

sin

duda

fué en esa misma

noche cuando vine

al través del horror

y de la bruma

aquí trayendo mi

doliente

carga...

¡Oh,

noche

infausta,

infausta

cual

ninguna!

¡Oh! ¿Qué infernal

espíritu me trajo

a esta región fatal

de

la

tristura?

Bien reconozco el

mudo

lago

de

Auber,

y esta comarca que

el horror anubla,

y

el

bosque

fantasmático

de

Weir,

la región espectral

de la pavura!

ESTRELLAS FIJAS

(TO HELEN)

I

Te vi un punto;

era una noche de

julio, noche tibia y

perfumada,

noche

diáfana,

de la Luna plena y

límpida,

límpida como tu

alma,

descendían

sobre el parque

adormecido

gráciles velos de

plata;

ni

una

ráfaga

el infinito silencio

y

la

quietud

perturbaban;

en

el

parque

evaporaban

las

rosas los perfumes

de

sus

almas,

para

que

los

recogieras

en aquella noche

mágica;

para que tú lo

aspiraras su último

aliento exhalaban,

como

en

una

muerte

extática;

y era una selva

encantada,

y era una noche de

ensueños

y

claridades

fantásticas!

II

¡Toda de blanco

vestida,

toda

blanca

sobre un banco de

violetas

reclinada

te

veía,

y

a

las

rosas

moribundas y a ti

una luz tenue y

diáfana

alumbraba

luz de perla diluida

en un éter de

suspiros

y

de

evaporadas

lágrimas!

III

¿Qué hado extraño

(¿fué ventura, fué

desgracia?)

me

condujo

aquella

noche

hasta el parque de

las

rosas

que

exhalaban

los

suspiros

perfumados

de

su

alma?

Ni

una

hoja

susurraba;

no

se

oía

una

pisada,

todo

mudo,

todo

en

calma,

todo

en

sueño

menos y yo

(¡cuál me agito al

unir

las

dos

palabras!)

menos tú y yo. De

repente

todo

cambia.

De la Luna la luz

límpida, la luz de

perla

se

apaga,

el perfume de las

rosas muere en las

dormidas

auras,

los senderos se

oscurecen

expiran las violas

castas,

menos y yo, todo huye, todo

muere, todo pasa...

¡Todo se apaga y

se extingue menos

tus

hondas

miradas,

tus dos ojos donde

arde

tu

alma!

Y sólo veo entre

sombras aquellos

ojos...

¡Oh,

amada!

¡Qué

tristezas

extrahumanas,

qué

irreales

leyendas de amor

relatan!

¡Qué

misteriosos

dolores,

qué

sublimes

esperanzas,

qué

mudas

renunciaciones

expresan aquellos

ojos que en las

sombras fijan en

mí sus miradas!

IV

¡Noche

oscura,

ya

Diana

entre

turbios

nubarrones hundió

la faz plateada;

y

sola

en medio de la

avenida

funeraria,

te

deslizas

ideal, mística y

blanca,

te deslizas y te

alejas

incorpórea

cual

fantasma;

sólo

flotan

tus

miradas,

sólo

tus

ojos

perennes,

tus ojos de hondas

miradas

fijos

quedan!

A través de los

espacios

y

los

tiempos

marcan,

marcan

mi sendero, y no

me dejan cual me

dejó la esperanza.

¡Van siguiéndome,

siguiéndome

como dos estrellas

cándidas,

cual fijas estrellas

dobles en el Cielo

apareadas!

En

la

noche

solitaria

purifican con sus

rayos y mi corazón

abrasan

y me prosterno

ante

ellos

con

adoración extática;

y

en

el

día

no se ocultan cual

se

ocultó

mi

esperanza;

por todas partes

me

siguen

mirándome

fijamente

en

mi

espíritu

clavadas...

¡Misteriosas

y

lejanas

me persiguen tus

miradas

como dos estrellas

fijas, como dos

estrellas

tristes,

como dos estrellas

blancas!

DREAMLAND

I

En

una

senda

abandonada

y

triste

que recorren tan

sólo

ángeles

malos,

una

extraña

Deidad la negra

Noche

ha erigido su trono

solitario;

allí llegué una vez;

crucé

atrevido

de Thule ignota los

contornos

vagos

y al Reino entré

que extiende sus

confines

fuera del Tiempo y

fuera del Espacio.

II

Valles sin lindes,

mares sin riberas,

cavernas, bosques

densos y titánicos,

montañas que a los

cielos

desafían

y hunden la base

en

insondables

lagos,

en

lagos

insondables

siempre

mudos

de

misteriosos

bordes escarpados,

gélidos

lagos,

cuyas

muertas

aguas

un Cielo copian

tétrico y extraño.

III

Orillas

de

esos

lagos que reflejan

siempre un Cielo

fatídico y huraño

cerca de aquellos

bosques

gigantescos,

enfrente de esos

negros

océanos,

al pie de aquellos

montes

formidables,

de esas cavernas

en

los

hondos

antros,

vense

a

veces

fantasmas

silenciosos

que pasan a lo

lejos

sollozando,

fúnebres

y

dolientes...

¡son

aquellos

amigos que por

siempre

nos

dejaron,

caros amigos para

siempre

idos,

fuera del Tiempo y

fuera del Espacio!

IV

Para

el

alma

nutrida de pesares,

para el transido

corazón,

acaso

es el asilo de la

paz

suprema,

del reposo y la

calma

en

Eldorado.

Pero el viajero que

azorado

cruza

la

región

no

contempla

sin

espantos

que a los mortales

ojos sus misterios

perennemente

seguirán sellados,

así lo quiere la

Deidad

sombría

que tiene allí su

imperio

incontrastado.

V

Por

esa

senda

desolada y triste

que recorren tan

sólo

ángeles

malos,

senda fatal donde

la Diosa Noche

ha erigido su trono

solitario,

donde

la

inexplorada,

última

Thule

esfuma en sombras

sus

contornos

vagos,

con

el

alma

abrumada

de

pesares,

transido

el

corazón,

he

paseado...

¡He paseado en

pos de los que

huyeron

fuera del Tiempo y

fuera del Espacio!

EL CUERVO

TRADUCIDO POR J. PÉREL BONALDO

Una fosca media noche,

cuando

en

tristes

reflexiones,

sobre más de un raro

infolio

de

olvidados

cronicones

inclinaba

soñoliento

la

cabeza,

de

repente

a mi puerta oí llamar:

como

si

alguien,

suavemente, se pusiese con

incierta

mano

tímida

a

tocar:

«Es—me dije—una visita

que llamando está a mi

puerta:

eso es todo, ¡y nada más!»

¡Ah!

Bien

claro

lo

recuerdo: era el crudo mes del

hielo,

y su espectro cada brasa

moribunda

enviaba

al

suelo.

Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura

procurando en vano hallar

tregua

a

la

honda

desventura de la muerte de Leonora,

la radiante, la sin par

virgen

pura

a

quien

Leonora

las

querubes

llaman

hora

ya sin nombre... ¡nunca

más!

Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras

me aterraba, me llenaba de fantásticas

pavuras,

de tal modo, que el latido de mi pecho palpitante

procurando

dominar,

«es,

sin

duda,

un

visitante—repetía

con

instancia—

que a mi alcoba quiere

entrar;

un tardío visitante a las puertas de mi estancia...

eso es todo, ¡y nada más!»

Paso a paso, fuerza y bríos fué mi espíritu cobrando:

«Caballero—dije—o dama:

mil perdones os demando;

mas, el caso es que dormía,

y

con

tanta

gentileza

me vinisteis a llamar,

y

con

tal

delicadeza

y tan tímida constancia

os

pusisteis

a

tocar

que no oí»—dije—y las

puertas

abrí al punto de mi

estancia;

¡sombras

sólo

y...

nada

más!

Mudo,

trémulo,

en

la

sombra por mirar haciendo

empeños,

quedé allí, cual antes nadie

los soñó, forjando sueños; más

profundo

era

el

silencio, y la calma no

acusaba

ruido alguno... Resonar

sólo

un

nombre

se

escuchaba que en voz baja a

aquella

hora

yo me puse a murmurar,

y que el eco repetía como un

soplo:

¡Leonora!...

esto apenas, ¡nada más!

A mi alcoba retornando

con el alma en turbulencia pronto

llamar

de

nuevo—esta vez con más

violencia,

«De seguro—dije—es algo

que se posa en mi persiana;

pues, veamos de encontrar

la razón abierta y llana de este caso raro y serio

y el enigma averiguar.

¡Corazón!

Calma

un

instante y aclaremos el

misterio...

—Es el viento—y nada

más!»

La ventana abrí—y con

rítmico aleteo y garbo

extraño

entró un cuervo majestuoso

de la sacra edad de antaño.

Sin pararse ni un instante ni señales

dar

de

susto,

con

aspecto

señorial,

fué a posarse sobre un

busto de Minerva que

ornamenta

de mi puerta el cabezal;

sobre el busto que de Palas

la

figura

representa,

fué y posose—¡y nada

más!

Trocó entonces el negro

pájaro en sonrisas mi

tristeza

con su grave, torva y seria decorosa

gentileza;

y le dije: «Aunque la cresta

calva llevas, de seguro

no eres cuervo nocturnal,

viejo,

infausto

cuervo

oscuro, vagabundo en la

tiniebla...

Dime:—«¿Cuál tu nombre,

cuál

en el reino plutoniano de la

noche y de la niebla?...»

Dijo el cuervo: «¡Nunca

más!»

Asombrado quedé oyendo

así hablar al avechucho,

si bien su árida respuesta no

expresaba

poco

o

mucho;

pues

preciso

es

convengamos en que nunca

hubo

criatura

que

lograse

contemplar

ave alguna en la moldura

de su puerta encaramada,

ave

o

bruto

reposar

sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,

con tal nombre: «¡Nunca

más!»

Mas

el

cuervo,

fijo,

inmóvil, en la grave efigie aquella,

sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada—ni una pluma

sacudía,

ni

un

acento

se le oía pronunciar...

Dije entonces al momento:

«Ya otros antes se han

marchado,

y la aurora al despuntar, él también se irá volando cual

mis

sueños

han

volado.»

Dijo el cuervo:»¡Nunca

más!»

Por respuesta tan abrupta

como justa sorprendido,

«no hay ya duda alguna—

dije—lo

que

dice

es

aprendido;

aprendido de algún amo

desdichoso a quien la

suerte

persiguiera

sin

cesar,

persiguiera hasta la muerte,

hasta el punto de, en su duelo,

sus canciones terminar,

y el clamor de la esperanza

con

el

triste

ritornelo

de jamás, ¡y nunca más!»

Mas el cuervo, provocando

mi alma triste a la sonrisa mi sillón rodé hasta el

frente al ave, al busto, a la cornisa;

luego, hundiéndome en la

seda, fantasía y fantasía

dime entonces a juntar,

por saber qué pretendía

aquel

pájaro

ominoso

de un pasado inmemorial,

aquel

hosco,

torvo,

infausto, cuervo lúgubre y odioso

al

graznar:

«¡Nunca

jamás!»

Quedé

aquesto,

investigando

frente

al

cuervo en honda calma,

cuyos ojos encendidos me

abrasaban pecho y alma.

Esto y más—sobre cojines

reclinado—con

anhelo

me empeñaba en descifrar,

sobre el rojo terciopelo do imprimía

viva

huella

luminoso

mi

fanal—

terciopelo cuya púrpura

¡ay! jamás volverá ella

a oprimir—¡Ah! ¡Nunca

más!

Pareciome el aire entonces,

por incógnito incensario

que un querube columpiase

de

mi

alcoba

en

el

santuario,

perfumado—«Miserable

sér—me dije—Dios te ha

oído

y por medio angelical,

tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora

te ha venido hoy a brindar:

¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.

Dijo el cuervo: «¡Nunca

más!»

«Eh,

profeta—dije—o

duende,

mas profeta al fin, ya seas ave o diablo—ya te envíe

la tormenta, ya te veas

por los ábregos barrido a esta

playa,

desolado

pero intrépido a este hogar por los males devastado,

dime, dime, te lo imploro:

¿Llegaré jamás a hallar

algún bálsamo o consuelo

para el mal que triste

lloro?»

Dijo el cuervo: «¡Nunca

más!»

«Oh,

profeta—dije—o

diablo—Por

ese

ancho

combo

velo

de zafir que nos cobija, por

el mismo Dios del Cielo

a quien ambos adoramos,

dile a esta alma adolorida, presa infausta del pesar,

si jamás en otra vida la doncella

arrobadora

a mi seno he de estrechar, la alma virgen a quien

llaman

los

arcángeles

Leonora!»

Dijo el cuervo: «¡Nunca

más!»

«Esa

voz,

oh,

cuervo,

sea

la

señal

de

la

partida,

grité

alzándome:—

¡Retorna,

vuelve a tu hórrida guarida,

la plutónica ribera de la noche y de la bruma!...

de tu horrenda falsedad

en memoria, ni una pluma

dejes, negra, ¡El busto

deja!

¡Deja en paz mi soledad!

Quita el pico de mi pecho.

De mi umbral tu forma

aleja...»

Dijo el cuervo: «¡Nunca

más!»

Y aun el cuervo inmóvil,

fijo, sigue fijo en la

escultura,

sobre

el

busto

que

ornamenta de mi puerta la moldura...

y sus ojos son los ojos de un

demonio

que,

durmiendo,

las visiones ve del mal;

y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja, trunca su ancha sombra funeral,

y mi alma de esa sombra

que en el suelo flota...

¡nunca

se alzará... nunca jamás!

fin.