Plick y Plock by Eugène Sue - HTML preview

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Este movimiento resultó hermoso, pero no produjo ningún efecto, porqueel gitano respondió riendo:

—¡En nombre de Dios, de Dios!... ¿qué se figura usted, padre mío? Nobromee, pues. El momento es grave, ¡grave!... vea usted a ese cristianoque se retuerce y pierde su sangre.

A la risa espantosa del gitano se unió el ruido del mar, que ascendía,y empequeñecía cada vez más el espacio donde se oprimía aquel puñado dehombres.

Los contrabandistas se persignaron temblando. Uno de ellos tomó suescopeta y la dirigió contra el gitano. El fraile se precipitó sobre él.¡Desgraciado! ¡sólo él puede salvarnos! ¡sólo él conoce la salida!

Viendo aquel movimiento hostil, el gitano había entrado en el mar que yacubría el pecho de su caballo.

—He ahí a los aduaneros que bajan las últimas rampas, hijos míos, y yasabéis que ahora las balas hacen daño—dijo el maldito señalando alcontrabandista herido de muerte.

Los demás se echaron entonces a los pies del fraile.

—¡Padre mío, ruegue por nosotros!

Y el fraile y ellos se prosternaron gritando:

—¡San Juan, San Juan, rogad a Dios por nosotros!

Y se golpeaban el pecho, mientras que al resplandor de las descargas, seveía al gitano, a caballo, y aquella figura extraña, cuyas proporcionesla noche parecía doblar, se destacaba en negro con vivos reflejos decolor de fuego sobre una lluvia de espuma deslumbrante de blancura.

Los fogonazos se sucedían sin interrupción; un segundo contrabandistacayó, y se oían ya las voces de mando de los aduaneros.

El espanto del fraile había llegado al límite; se arrastró hasta laorilla del mar, y allí, arrodillado en el agua, gritó al gitano con elacento del más profundo terror. ¡Sálvame, sálvame!

¡Y el fraile lloraba!

—¡Por el alma de tu padre, sálvanos! ¡te daremos tanto oro que podrásllenar tu tartana!—aullaron los contrabandistas.

E imploraban con las manos juntas, mientras que tres de ellos serevolvían en las últimas convulsiones de la agonía.

—¡Dios mío! ¡Dios mío!—balbuceó el fraile.

Y el desgraciado se retorcía los brazos y se revolcaba sobre la rocaensangrentada.

—¡Dios está sordo!—dijo el gitano—; invoca a Satanás.

Y se echó a reír.

—¡Atrás, atrás, blasfemo!—respondió el hermano levantándosehorrorizado.

Pero el mar adelantaba de tal modo, que las olas iban a romperse a suspies y les cubrían de espuma.

—Invocad a Satanás, y os salvaré. Detrás de esas rocas hay una salidasecreta oculta por una piedra; ella os pondrá al abrigo de losaduaneros. Aun estáis a tiempo, porque ahora no os ven—dijo el gitano,que ya estaba a flote con su caballo.

Y los contrabandistas interrogaban cada roca con desesperación, y elfraile, con la mirada fija y el rostro lívido, hizo un movimiento dehorror pensando en la proposición del maldito... Después, no obstante,pareció vacilar.

Y esto es concebible, porque en aquel momento, aunque ya no se veía alos aduaneros, se oía el ruido de sus armas y los preparativos de lasbaterías que armaban.

—¡Pues bien!—dijo el fraile en su delirio—, ¡pues bien! Satanás,sálvanos, ¡porque tú no puedes ser más que Satanás!

—¡Sí, Satanás, sálvanos!—gritaron los demás con un acento de terrorindefinible.

Y jadeante, con los ojos fijos y chispeantes, esperaban.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . .

El gitano se encogió de hombros, volvió la cabeza de su caballo del ladode la tartana, y la ganó a nado en medio de una granizada de balas,cantando una antigua canción mora del Hafiz:

—¡Oh! permites, encantadora niña, que yo envuelva mi cuello con tusbrazos, etc., etc.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . .

Los contrabandistas se quedaron anonadados.

—¡Fuego! ¡por Santiago! ¡Fuego! Tirad sobre el caballo y sobre la plumablanca, y sobre el mismo bandido—gritaba el oficial al que sedistinguía perfectamente, porque su tropa se había parapetado detrás deuna rampa, y desde allí hacía un fuego nutrido y continuo sobre loscontrabandistas.

Porque los que quedaban de estos negociantes sin patente, no tenían másque elegir que entre el fuego y el agua, como había dicho el gitano.

—¡Fuego! ¡fuego sobre esos descreídos!—repetía el oficial paraestimular a su gente—; el señor obispo ha prometido indulgencias paraesta Cuaresma, y puesto que el jefe se nos escapa, aniquilemos al restode la banda. ¡Fuego!...

—Pero, capitán, veo a un religioso...

—¡Infame! se ha disfrazado. ¡Fuego!

—¡Por San Pedro! fuego, pues. ¡Por usted, reverendo!

El fraile recibió el tiro en el pecho y cayó de rodillas. No quedabanmás que dos, él y el filósofo, también herido. Los otros habían sidomuertos, se habían ahogado entre los rompientes al querer ganar a nadola tartana, o arrastrados por las olas.

—¡Hijos míos!—gritaba el fraile—, soy un religioso de San Juanenviado por el superior; ¡piedad en nombre de Cristo! ¡piedad!

Y se agarraba a las agudas puntas de la roca.

—Esto quiere decir—balbuceó el filósofo recibiendo una segunda ymortal herida—

que si yo hubiera de creer en algo, no creería ni en Diosni en el diablo, porque he llamado a los dos... y... y...

Sus brazos se abrieron; dejó el trozo de granito que oprimía con fuerza,abrió desmesuradamente los ojos... y desapareció.

—¡Gracia! ¡gracia! ¡Dios mío! ¡me ahogo!—aulló el fraile que sedebatía entre las olas.

—¡Cómo!—dijo el oficial—, ¡aun vive el impío! ¡fuego, pues, porSantiago!

Tres disparos de carabina partieron a la vez; el hábito azul delreverendo flotó un instante, y después ya no se vio nada, nada... nicaballos, ni hombres, ni fraile... nada más que olas espumosas quehabían invadido ya la primera rampa del sendero e iban a estrellarsecon gran estrépito contra la segunda.

Sólo el gitano se había salvado.

—¡Por Cristo! su tartana va a estrellarse contra los escollos—exclamóel oficial—.

Dios es justo, y puesto que sale del canal contra lamarea, su pérdida es segura.

En efecto, el condenado bordeaba intrépidamente aquel paso, que el furorde las olas debía hacer impracticable.

VI

L A M O N J A

¡Ah!

este

corazón

ha

descendido

vivo

a

la

tumba,

y

las

austeridades

del

sombrío

convento

no

me

han

preservado

de

una

mirada

criminal.

En

vano

he

llorado

amargamente.

DELFINA GAY, « Madame de la Vallière».

Ciertamente, si yo fuese monje, y tuviese que elegir un convento,elegiría el de Santa Magdalena; es un digno convento, triste y sombrío,situado a orillas del mar, a siete leguas de Tarifa. Al Norte, el Océanogolpea sus muros; al Sud, lagunas impracticables; al Oeste, rocascortadas a pico; pero al Este... ¡ah! al Este, una bella pradera verde,atravesada por un riachuelo que serpentea y brilla al sol como una largacinta plateada; y luego, las violetas y las clemátides que perfuman susbordes, las palmeras de largas flechas y los almendros que dan sombra. Yluego, en medio de la llanura, la encantadora aldea de la Pelleta, consu alto campanario, blanco y esbelto, sus casas albas y su ramillete denaranjos y de jazmines. Y después, más lejos, las montañas obscuras deMedina, cuyas vertientes están cubiertas de olivos y de tejos...

Os lo repito, si yo fuese monje, no elegiría otro convento que elconvento de Santa Magdalena.

¡Y los días de fiesta, pues! los jóvenes van a bailar casi bajo susmuros, y no negaréis que, para una pobre reclusa, es un gran placer oírel restallido embriagador de las castañuelas bajo los ágiles dedos delos andaluces... y ver los movimientos lentos y tranquilos del bolero...al majo perseguir a su maja que le huye y le evita... después seaproxima a él y le arroja un extremo de su corbata que él besa contransporte, y se envuelve una mano, mientras que con la otra haceresonar sus castañuelas de marfil.

Agitad, agitad vuestras castañuelas, jóvenes, porque la cachuchareemplaza al bolero. ¡La cachucha! ¡he aquí una verdadera danzaandaluza, una danza ardiente y animada, vertiginosa y lasciva! Id...id... rodead con vuestro brazo amoroso la cintura de vuestra amante, yarrastradla rápidos y estremecidos al son del instrumento sonoro.

Id...su seno palpita... su ojo brilla, y el viento levanta su negra cabelleray deshoja su guirnalda de flores; después, murmuraréis a su oído:

—Amor mío... cuán dulce me será respirar esta noche a tu lado elperfume de los almendros...

Y ella se lanza más vivamente aún, y su brazo os ha oprimido tanfuertemente que habéis sentido su corazón brincar bajo su mantilla.

Vaya, no temas, muchacha, tu madre no ha oído nada, y esta noche,después del rosario, cuando tu abuelo te haya besado en la frente,trémula, inquieta, tus piececitos desflorarán el césped, y te detendrásveinte veces, conteniendo la respiración. Por fin, te sentarás,palpitante, al pie de ese bello almendro florido, cuyas hojasrelucientes reflejarán la dulce claridad de la luna. Allí, de pronto,dos fuertes brazos te envolverán.

¡Virgen santa! ¡qué atrevimiento! Peroentonces, valerosa muchacha, tú no tendrás miedo.

Ya el son de las castañuelas es más opaco, el sol se pone, la cachuchavertiginosa ha cesado, las jóvenes regresan a su aldea y ríen, y cantan,alisándose con la mano los rizos sedosos de sus húmedos cabellos.

Ahora no diréis como yo que es un digno convento el convento de SantaMagdalena; porque, en fin, figuraos una pobre joven encerrada en él, consus diez y ocho años, sus ojos negros y su corazón español que late bajosu escapulario.

A primera hora, maitines, una larga plegaria en una iglesia sombría yhelada; después vísperas, después la misa, después la novena, después el Angelus ¿y qué sé yo?

Por toda distracción, dos horas de paseo en el jardín del viejoclaustro. ¿Conocéis un jardín de claustro? grandes encinas negras ysilenciosas, un césped raquítico encuadrado en verjas de cañas, y el sola mediodía; eso es todo.

Así, confesad, que cuando un día de fiesta se ha podido escapar de laiglesia para ir a su celda, ¡el corazón late desahogado y alegre!

La reclusa entra en ella, cierra cuidadosamente la puerta, y ya está ensu casa. ¡En su casa! ¿comprendéis esta palabra? cuatro paredesdesnudas, pero blancas; un crucifijo de ébano encima de una mesita denogal cubierta de flores; una reja que da sobre la verde pradera; unacama estrecha, sobre la cual se puede soñar. Francamente, con todas esasriquezas y vuestros recuerdos de niña, ¿envidiaríais la suerte de lacamarera mayor de la reina de todas las Españas?

Pues, no obstante, una joven está allí sola; el crucifijo, la mesita, lareja, la cama, el perfume dulce y tenue, todo lo tiene; pero ella nomira ni la pradera, ni el baile, ni el sol que se ocultaresplandeciente.

Oculta la frente entre sus manos y las lágrimas ruedan a través de susdedos.

Ya podemos figurárnoslo: era la monja que asistió a la corrida de toros.

Ya no brillaban encima de ella el raso ni las pedrerías como el día enque se despidió del mundo. ¡Oh! ¡no! un amplio sayal de burdo pañoenvolvía su lindo talle como una mortaja, sus largos cabellos negros,habían sido cortados, y los que le quedaban estaban ocultos tras lablanca toca que dibujaba su frente cándida, más blanca aún. Pero, ¡SantoDios! ¡qué pálida estaba! sus ojos azules, tan bellos y tan puros,estaban rodeados de un ligero círculo amoratado, en el que las venassurcan la piel suave y rosada.

—¡Dios mío! ¡perdón! ¡perdón!—dijo, y se dejó caer de rodillas sobreel duro suelo.

Algún tiempo después se levantó con las mejillas purpurinas y los ojosbrillantes.

—¡Huye! ¡huye, peligroso recuerdo!—exclamó precipitándose hacia lareja—. ¡Oh!

¡oh! ¡aire! ¡me abraso! ¡Oh! quiero ver el sol, losárboles, las montañas, esos bailes, esa fiesta. Sí, quiero ver esafiesta, ser absorbida completamente por ese espectáculo brillante.¡Dichosos ellos! ¡Bravo, joven! ¡qué ligereza! ¡qué gracia! ¡cómo megustan el color de tu basquiña y las trenzas de tu moño! ¡qué bien haceesa flor azul en tus cabellos rubios! Pero tú te aproximas a tupareja... ¡Guapo mozo! sus ojos te miran con amor... El también teníauna dulce mirada, pero...

Y se calló, ocultando su cabeza entre las manos; porque su corazón latíacon tal fuerza, que parecía querer saltársele del pecho. Después,reponiéndose, y hablando de prisa, como si hubiera querido escapar a unrecuerdo que la oprimía:

—¡Qué brillante está el sol! ¡Jesús! ¡qué hermoso matiz de púrpura conreflejos de oro! ¡qué tornasolado tan magnífico y tan raro! Tan prontoparece una elegante torre morisca con mil cresterías, ahora es un globode fuego; pero sus contornos varían siempre, y se presentandestacados... ¡Virgen del Carmen! se diría que es un rostro humano...Sí... esa ancha frente... y esa boca... ¡Oh! no... sí... Jesús... ¡es él!...

Y jadeante, había caído de rodillas, con las manos juntas, en unaespecie de éxtasis, ante aquella imagen fantástica, que el vapor fuerevelando, se borró poco a poco y desapareció del todo.

Cuando ya no vio más que un horizonte inflamado, se levantó en unviolento paroxismo, y se arrojó sollozando sobre la cama.

—¡ Él!... ¡siempre él... él en todas partes!—exclamó con un gestode desesperación—. ¡Horror! cuando me prosterno ante tu imagen sagrada,¡oh Cristo!

tus divinas facciones se borran... y es él a quien veo...¡ él a quien adoro!... Sí, muda y confusa, quiero escuchar a lasuperiora, cuando lee un libro santo; pues bien, su voz parecedebilitarse y desaparecer y es a él a quien oigo; porque el sonidoarmonioso de sus palabras vibra siempre en mi corazón... ¡Horror! enfin, si me arrastro penitente al tribunal divino, allí también está él... porque mi amor es el único crimen de que pueda acusarme.

Se echó a llorar.

—¡Un crimen! ¿es verdaderamente crimen? ¡Oh madre mía! si no hubiesesmuerto, estarías conmigo; yo tendría mi cabeza sobre tus rodillas ytú... acariciarías con tus manos mis cabellos largos y rizados; y medirías si es un crimen, porque yo te lo confesaría todo. Ya ves, madremía, me habían dicho que yo sería dichosa en el convento, pero que paraesto era preciso abandonar el mundo; dije que sí, porque entonces aún nosabía lo que era el mundo... Y después me vistieron y me adornaron comouna santa y me llevaron a una fiesta en la que un toro mató a doscristianos—así me dijeron—, porque yo permanecí oculta en el regazo demi superiora durante todo el tiempo que duró aquel horribleespectáculo... Pero de pronto, un grito de extrañeza resonó y yo levantéla cabeza... era... era él. Sí, él... que fijó sobre mí unamirada... que me matará; y él me dijo la primera vez, ¡oh, lo estoyoyendo aún: Por usted señora, y en honor de sus hermosos ojos, azulescomo el cielo. Después, rápido, se revolvió... y yo me estremecí a mipesar... La segunda vez, me dijo con la misma voz, con la misma mirada,sonriéndome y saludándome con la mano derecha: Por usted también,señora, y en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral. Ycon intrepidez esperó al monstruo cuyos cuernos estaban tintos ensangre, y lo abatió a sus pies... El espanto se había apoderado de mí,puse las manos en la balaustrada del palco, tanto temía por él; porqueme parece que si él hubiese sido herido, yo habría muerto. Entonces él se apoderó de mi mano, ¡oh!, bien a mi pesar, madre mía... y labesó, sí...

Sus ojos se cerraron. Apoyó la cabeza sobre la almohada y continuó envoz baja y con palabras entrecortadas:

Y—quizá tú me dirás, madre mía: «Mi rosita, ¿le amas tú, pues? Bien,entonces os prometeréis y Dios os bendecirá». ¡Oh! sí, prometidos...Mira a mi novio, ¡qué hermoso es!... Flores, flores por todas partes...He ahí a mis compañeras con sus largos velos blancos... ¿no oyes elgrave sonido del órgano... y la multitud que repite como yo: «¡Quéhermoso es el novio!» ¡Oh! llega el viejo sacerdote... su mano tiemblaal unirnos; ya es mío, es mi esposo ¡es mi esposo... ¡Oh! madre mía,quédate, quédate...

¿Me dejas?

—Tu esposo está contigo, ángel mío.

—¡Madre mía! ¡mi buena madre!

Dichosa joven, dormía. ¿No es, repito, un digno convento, el convento deSanta Magdalena?

VII

E L L E V A N T E

...¡La muerte!

CERVANTES, « Don Quijote».

El levante es un viento del Este; cuando sopla, palidecen hasta losmarinos más intrépidos. No es una de esas inocentes brisas que levantanolas como montañas, ¡no!; el mar se eleva muy poco, porque es tal lafuerza del levante que rechaza las olas, que las nivela por el poder depresión que ejerce la columna de aire sobre la superficie del agua.

Pero también es preciso que el timonel vele a la barra ¡Virgen santa! ¡yque vele bien si no quiere ver al navío desaparecer entre un torbellino!

Después, el sol brilla, el cielo queda limpio, de un azul magnífico, conlindos matices de un rosa vivo, que producen el más encantador efecto.

Las embarcaciones de un tonelaje elevado, tal como navíos, fragatas ycorbetas, aun maniobrando con mucha prudencia, tienen mucho que temer deese viento; pero las goletas, tartanas y faluchos, tienen todas lasprobabilidades posibles de zozobrar.

Si el peligro es grande durante el día, debe ser inmenso durante lanoche, sobre todo cuando se bordea cerca de las costas, que confrecuencia son atravesadas por corrientes de una velocidad de cuatro ocinco nudos.

Era, pues, de noche, y el levante que soplaba sobre la costa, erizada derocas, era un poco más violenta que no lo fue cuando el memorablevendaval de 1797, que hizo naufragar a todas las embarcaciones fondeadasen la rada de Cádiz; todo pereció, personas y buques.

Era uno de esos temibles huracanes durante los cuales los marineros sequedan lívidos y creen en Dios.

Las estrellas brillaban, las olas, al chocar unas contra otras,desprendían tantas luces fosforescentes, que aquella vasta llanura, deun negro sombrío, aparecía casi iluminada por millares de chispasazuladas, y verdaderamente, salvó el levante que mugía más que eltrueno, era un hermoso espectáculo.

Las dos escampavías que habían salido a la caza de la figurada tartanadel gitano, bailaban sobre aquella sima abierta.

Habían arriado sus gavias, sus foques, su vela mayor, y huían con elviento de proa sólo con el aparejo de mesana; había sido amarrada labarra del timón, y los sesenta y tres hombres que componían las dostripulaciones, estaban muy ocupados en el sollado poniéndose a bien conDios. Como no había ningún sacerdote presente, se confesaban los unos alos otros.

La confesión es una cosa admirable en sí misma, en tierra, por ejemplo,en una iglesia de aldea donde las vidrieras dejan penetrar un alegrerayo de sol, cuando vais a partir para una larga campaña, y vuestraabuela está allí arrodillada, llorosa, haciendo arder un cirio benditoque ha dedicado a Nuestra Señora: ¡oh! sí, entonces, la confesión aloído de un juicioso y virtuoso sacerdote de cabellos blancos, que, alsalir del confesionario y apoyando su brazo trémulo sobre el vuestro, osdice: «Hijo mío, vamos a ver a mis ovejas que bailan bajo los saucesallá abajo, al borde del arroyo, y de pasada llevaremos una botella debuen vino al pobre viejo Juan Luis, el protestante.»

De este modo, sí, comprendo la confesión; pero a bordo, en medio de unatempestad, cuando únicamente a fuerza de brazos se puede escapar a unamuerte inminente, cuando las olas se estrellan con furia contra laembarcación, cuando a cada momento se ve desaparecer una vela, cuandolos palos se inclinan y crujen, cuando el oleaje se abate y muge sobreel puente, lo arrolla todo y arrastra hombres, vergas, botes... ¡oh!entonces la confesión es una práctica por lo menos fuera de uso y sinutilidad ninguna para virar en redondo o para largar una gavia.

Quedamos en que a bordo de las dos escampavías habían sido amarradas lasbarras del timón; las dos embarcaciones navegaban en las mismas aguas, ycomo nadie, absolutamente nadie, había quedado sobre el puente, lagracia de Dios cuidaba de ellas; y esto, en la práctica, resultababastante mal, porque la escampavía Urna de San José, a consecuenciadel ángulo que su barra formaba con su quilla, se dejó ir violentamentesobre su compañera la Bendición de Nuestra Señora de los SieteDolores y la abordó por la popa, y como la parte de detrás de un buqueacostumbra ser menos resistente que la anterior, la Bendición deNuestra Señora de los Siete Dolores recibió el bauprés de la Urna deSan José, en la obra muerta, que se abrió y dio libre acceso a una víade agua que echó a pique a la escampavía y a los sesenta confesados yconfesores.

Ya veis que la confesión no vale nada en semejantes ocasiones.

Pero la escampavía no se hundió rápidamente.

La Urna de San José sintió, a la espantosa conmoción queexperimentara, que algo extraordinario pasaba en su exterior, y fueenviado un grumete, que se disponía a confesar su sexagésimo terceropecado, para que se enterase de lo ocurrido. Montó en el acto,arrastrándose por el puente, vio el bauprés enteramente destrozado, y aun tiro de fusil a la otra escampavía, con la popa hundida, elevar suproa, donde se habían refugiado los tripulantes que quedaban.

El capitán del buque que se hundía, puso sus dos manos ante su boca enforma de trompa, y por medio de esta bocina improvisada dijo no sabemosqué cosa al grumete que tuvo la atención de formar también con su manouna especie de trompeta acústica.

Pero desgraciadamente la Bendición de Nuestra Señora de los SieteDolores estaba bajo el viento y el grumete no entendió ni una palabra;pero como le habían dicho que viese lo que ocurría, se acurrucó en unrincón y miró.

Algunos de los náufragos se arrojaron al mar; pero ¡por el ángel de SanPedro! había que nadar contra viento y marea para llegar a laescampavía, que no obstante no estaba lejos. Imposible. Se ahogaron,pues, los imprudentes, después de haber sido cegados por el remolino delas olas, que les azotaba y les ensangrentaba la cara.

El grumete veía todo esto a la luz de su farol, tratando de no perder niuna convulsión, ni un rechinar de dientes a fin de ser exacto en surelación, pero rogaba a Dios por ellos; ¡el pobre y digno muchacho!

Bien pronto, la proa de la escampavía se hundió también, y los quesobrevivieron a este desastre se subieron al palo de mesana, el únicoque había quedado en pie, y era cosa curiosa ver este palo, sobre elcual las cabezas de aquellos hombres estaban agrupadas, y que se meperdone la imagen como las cerezas sobre esos ligeros bastones que tantoplacen a los niños.

Esta viga, cargada de hombres, no permaneció ni diez minutos fuera delagua; pero durante esos diez minutos ¡qué drama más terrible!...

Al final no quedaron más que dos sobre el palo, dos hermanos, segúncreo, gente piadosa y juiciosa; pero el instinto vital se sobrepuso a lafraternidad; cuando eran niños ¡oh! se amaban mucho. El más hermoso delos frutos era el que ellos se ofrecían, y cuando uno cometía una falta,su madre tenía que castigar a los dos, porque el uno no quería acusar alotro. Más tarde se enamoraron de la misma mujer, y la mataron para queno perteneciese a ninguno de los dos. Eran españoles, perdonadles. Poresta causa fueron condenados a cinco años de galeras; el mayor consiguióescaparse, pero no habiendo conseguido favorecer la evasión de suhermano, volvió a ingresar en presidio, por no querer abandonar a aquelser querido.

En fin, dos valientes y leales camaradas, si los hay; pero, ¿quéqueréis? enfrente de la muerte está permitido sentirse un poco egoísta.

El palo sobresalía aún unos seis pies del agua, y, para el que ocupabala parte más elevada de él, era una altura comparable a las de lasmontañas más altas, porque en aquellos momentos decisivos, un minuto deexistencia era un año... una pulgada de terreno, era una legua.

El hermano mayor, que, no obstante, ocupaba el sitio inferior, sintiendola frescura del agua, que le oprimía como un círculo de hierro helado,hizo un violento esfuerzo, y se agarró a las rodillas del menor.

Este, que oprimía el palo con todas las fuerzas convulsivas de laagonía, intentó apoyar su pie sobre el pecho de su hermano paraahogarle... ¡Desesperación!

¡Imposible! Se apretaba las rodillas como untorno.

Y, cosa rara, aquellas dos cabezas, que tantas veces se habíanalegremente sonreído y tiernamente besado, allí se seguían con ojos deodio, se mataban con la mirada.

En fin, el que ocupaba lo alto del palo, lo abandonó un instante.

El otro advirtió el movimiento, y se soltó también.

Es lo que el pequeño esperaba. Le arrojó los dos brazos alrededor delcuello, no suavemente como otras veces y diciéndole: «Buenos días,hermano», sino con frenesí.

De modo que le estranguló oprimiéndole lagarganta contra un tope de la mesana con un cabo de cuerda que flotaba.¡Crimen inútil! sólo el pensamiento se extinguió en aquel cuerpo, porquelos brazos del cadáver estrechaban siempre las rodillas del fratricida,hasta que desaparecieron los dos.

Cuando el grumete no vio nada más, se frotó los ojos, miró aún otra vezy bajó para contar lo que había presenciado, causando gran extrañeza,pero le dejaron con la palabra en la boca, con la promesa de que ledejarían acabar otra vez su relación, y el encargado del cuarto debabor, subió al puente por orden del capitán. El viento soplaba con unpoco menos de violencia, pero la noche era clara; colocose un buenmarinero en la barra del timón para evitar la deriva, y continuó laembarcación con rumbo al Oeste.

Hacía algún tiempo que se dejaban llevar en esta dirección, cuando elmarinero de guardia gritó:

-¡Barco a estribor!

Se precipitaron todos a la luz de los faroles y pudieron ver a latartana completamente desmantelada, ¡a la tartana que perseguían desdela víspera! ¡a la tartana causa primera de todos sus desastres!

—¡Por fin!—aulló el capitán—, la Santa Virgen nos protege y Dios esjusto. ¡Vas a pagar, maldito, la muerte de nuestros hermanos!

Y a pesar de la impetuosidad del viento, intentó sesgar.

VIII

L A « U R N A D E S A N J O S É »

¿Por miedo?... No, señor...

CALDERÓN.

—¡Santiago! ¡Santiago!—gritó el capitán de la Urna de San José—.¡Santiago! haz que los artilleros ocupen sus piezas.

—Capitán... yo...

—¡Cualquiera diría que tiemblas!...

—No, capitán, pero el levante ha alterado mis nervios...

—¡Por Cristo! ¿Qué se diría si se viese al teniente del navío que yomando temblar como una gaviota entre un temporal? Vamos, artilleros, avuestras piezas; ¡y vosotros, rumbo hacia la tartana, que Satanásconfunda! Cuando hayamos cambiado de disposición le largaremos unaandanada. ¡Que Dios me ayude!... el levante cede...

¡Ah! ¡por la Virgen!¡será una hermosa fiesta para el pueblo de Cádiz verte entrar conhierros en las manos y en los pies, con tu tripulación de demonios,perro maldito!—decía el honrado Massareo mostrando el puño a la tartanadesamparada, silenciosa y sombría, que se balanceaba al movimiento delas olas.

Sí, sí—continuó Massareo—, ¡por San José! ¡conozco tus astucias! temeneas menos que una boya para que me ponga a tu alcance... Entonces túarrojarías, a mi pobre barco una andanada de azufre que nos haría arderlindamente... ¡o me jugarías alguna otra pasada diabólica! Pero Diosprotege al viejo Massareo. Más de una vez ha escapado con los ricosgaleones de Méjico a los garfios de esos malditos ingleses, que, noobstante, no tienen nada de tontos, ¡los herejes!—y se persignó.

Después, dirigiéndose, al timonel:

—No vayas contra el viento; orza, orza, torpe, y piensa en virar enredondo.

El levante disminuía sensiblemente, y se veía, por las nubes queavanzaban rápidamente desde el horizonte y por las oscilaciones de labrisa, que el viento cambiaba de dirección. Las estrellas aparecieronveladas, y la noche, de clara que era, se tornó sombría. La tartanaestaba sumergida en la obscuridad; solamente un punto luminoso brillabaen su popa, en la dirección de la cámara; pero no se oía el más ligeroruido a bordo, ni se veía a nadie sobre el puente.

El capitán del guardacostas, habiendo efectuado dichosamente su cambiode amuras, se dejó ir sobre la tartana, hasta una distancia de mediotiro de pistola. Entonces llamó a su teniente Santiago, pero éste,creyendo que se trataba de mandar el fuego, había desaparecido con larapidez del relámpago.

—¡Santiago!—repitió.

—Señor capitán, está en el fondo de la cala; dice que le ha enviadousted para que vigile cómo sacan la pólvora.

—¡El miserable! ¡Por Santiago! que le traigan muerto o vivo; y tú,Alvarez, dame mi bocina de combate.

Entonces el bravo Massareo volvió hacia el barco mudo el enorme orificiodel instrumento y gritó:

—¡Ah de la tartana!... ¡ah!

Después bajó la bocina, se llevó la mano a la oreja para no perder niuna palabra, y escuchó atentamente.

Nada... Profundo silencio...

—¿Eh?—dijo al primer contramaestre que estaba cerca de él.

—No he oído nada absolutamente, señor capitán, a no ser una especie degemido; pero, ¡por el Cielo! no se fíe usted, vale más que les hable acañonazos; ese lenguaje lo entenderán perfectamente, ¡por San Pedro!,porque nuestro valiente almirante Galledo, que Dios tenga bajo su brazoderecho—aquí se quitó su gorra—, nuestro valiente almirante decíasiempre que ésta era la lengua universal, y que...

—¡Paz, Alvarez, paz! cállese el viejo congrio. Me ha parecido vermoverse alguna cosa sobre el puente.

Y de nuevo, empuñando la inmensa bocina, gritó:

—¡Ah de la tartana!... ¡ah!... enviad una embarcación, si no os echo apique...

—Como perros malditos que sois—añadió Alvarez.

—¡Te callarás! pueden haber hablado, y tu necia lengua que va tan deprisa como el gato de un cabrestante, me ha impedido oír nada—dijo elcapitán con una volubilidad colérica, repitiendo por tercera vez—: ¡Ahde la tartana!... responded o hago fuego.

Esta vez se distinguió un gemido prolongado que no tenía nada de humano,y que hizo estremecer al capitán Massareo.

—Capitán, si usted quiere creerme—dijo Alvarez, persignándose—,enviémosles una andanada y viremos en redondo; porque veo el fuego deSan Telmo que revolotea en su popa, y ¡por la Virgen! no se está bienaquí.

—¡Esto es demasiado!—exclamó Massareo—. ¡San Pablo, rogad pornosotros!

¡Vamos! ¡por la gracia de Dios! Artilleros, a vuestras piezas;armad vuestras baterías.

Bien. Haced la señal de la cruz. Bien. Ahora¡fuego!... ¡fuego a estribor!...

La andanada partió, y el fogonazo, iluminando un instante la tartana,proyectó sobre las aguas un vivo reflejo de luz.

Después, cuando el humo blancuzco de la pólvora se hubo disipado, se vioal navío inmóvil, silencioso, con su punto luminoso a popa, obscurecidode cuando en cuando por una sombra que pasaba y repasaba en la cámara.

—¿Y bien, Alvarez?—preguntó Massareo que no comprendía la obstinacióndel barco cañoneado.

—Señor, todas las balas le han caído encima y el maldito no se menea. Ysin embargo, hay gente a bordo, lo juraría por mi rosario.

—El caso es espinoso—dijo Massareo con inquietud—; voy a hacer correruna bordada, mientras que yo, tú, Pérez y ese poltrón de Santiago, cuyoconsejo es sin embargo muy provechoso, nos reunimos para deliberaracerca de lo que hay que hacer.

Viraron en redondo dirigiéndose hacia el Este; se envió a buscar aSantiago, se reunieron los cuatro miembros de la asamblea, y comenzó ladiscusión.

Ningún plan había sido adoptado, cuando el prudente Santiago exclamó:

—Con la protección de la Virgen, he aquí lo que yo haría; armaría unachalupa, me aproximaría a la tartana maldita y entraría al abordaje...¡Eh, compadres! ¿qué les parece?

A los compadres también se les había ocurrido este medio, el único querazonablemente podía emplearse, pero se habían guardado muy mucho dedecir esta boca es mía, porque sabían que el que propusiera esta medidasería naturalmente encargado de ejecutarla. La inconcebible temeridad deSantiago les sacó de su embarazo y no tuvieron más que una voz paraalabar y felicitar al autor de aquel admirable plan de campaña, que vio,pero demasiado tarde, en qué peligrosa situación se había colocado.

—El Cielo le ha inspirado, Santiago, dele las gracias—dijo el capitán.

—¡Hermano

Santiago,

qué

dichoso

eres!—exclamó

Alvarez

golpeándoleamistosamente la espalda—. ¡Por Cristo! es una hermosa ocasión paraascender a oficial. ¡No estar yo en tu lugar! ¡Cuánta gloria vas arecoger ejecutando tu audaz proyecto! ¡¡¡Abordar al maldito!!! Venderántu retrato por las calles de Cádiz y te sacarán canciones. ¡Dichosomortal!

Y se precipitó por la escalera que conducía a la cala silbando unmotete.

—¡Pero—exclamó el desgraciado Santiago, trémulo y aturdido—, yo no hedicho que...!

—Usted tendrá más probabilidades para abordar al maldito atacándole porestribor, hijo mío—le dijo gravemente el artillero Pérez—; por babortrae desgracia, y he aquí probablemente lo que la pasará: Se acercausted a cierta distancia... tiran contra usted...

Perfectamente,compadre... Se aproxima aún más... y desde lo alto de las vergas letiran un puñado de balas que caen sobre su chalupa... Muy bien,compadre. Entonces, con la agilidad que usted debe poseer, usted y sugente, tratan de aferrarse a los portaobenques, a las escalas y a todolo que esté a su alcance... Perfectamente, compadre. Pero he aquí que¡por todos los santos del paraíso! mientras que estáis agarrados a laborda, se abre de pronto una escotilla y os encontráis frente a la narizcon una docena de anchos esmeriles cargados hasta la boca de balas,clavos y lingotes que, como usted puede suponer, hacen un fuego delinfierno y matan por lo menos a las tres cuartas partes de sus hombres.Entonces los que quedan, si es que queda alguno, se lanzan ágilmente alabordaje como gatos salvajes, el puñal entre los dientes y la pistola enla mano; viene una lucha cuerpo a cuerpo, se mata, se muere...

perosiempre se recoge gloria y... esto es todo. ¡Por los dolores de NuestraSeñora, que no esté yo en su lugar! ¡oh! sí, ¡que no esté yo en sulugar, hijo mío!—repitió lanzando un ardiente suspiro, perodesapareciendo velozmente en el sollado.

—¡Pero, Santa Virgen!—exclamó Santiago que había estado a punto deinterrumpir veinte veces al artillero Pérez—, pero ¡por la corona deespinas de Jesucristo! si yo he dado ese consejo, no ha sido paraejecutarlo yo mismo, y puesto que envidian mi lugar...

—No, Santiago—repuso el bravo Massareo—, eso sería una injusticia;esa misión le pertenece de derecho, y usted la tendrá, Santiago, ustedla tendrá. Sería llevar la delicadeza demasiado lejos.

—Usted ha sembrado, justo es que recoja—dijo otro.

—Sin duda, hace falta mucho valor, sangre fría, agilidad y sobre todomucha suerte para llevar a cabo una empresa tan peligrosa; pero con laayuda de Dios y de su patrón, Santiago, usted saldrá de ella con honor,o bien morirá con la muerte de los valientes, lo que no es dable a todoel mundo. Vamos, hijo mío, cumpla bien, que Dios y su jefe tienen lavista fija en usted—dijo el capitán.

—¡Pero, por todos los santos de la capilla de la catedral deCádiz!—exclamó Santiago pálido de cólera y de temor—, yo quiero alinstante...

—No puedo por menos que alabar semejante prisa, Santiago. Voy, pues, adar las órdenes oportunas para hacer armar la chalupa. Nada le faltará:puñales, hachas, picas de abordaje, esmeriles, balas, cartuchos demetralla. Esté tranquilo, hijo mío, que yo velo con la solicitud de unpadre... Vamos, vamos, modere ese ardor, y, como un verdadero español,piense en Dios, en su rey y en su dama, si es que usted la tiene.Piense, pues, cuál será su alegría, cuando le vea volver moribundo,cubierto de heridas y seguido de la multitud que gritará: «¡Es él, es elvencedor del gitano! ¡es el valeroso Santiago!» ¡Ah! hijo mío; si micargo no me obligase a permanecer a bordo...

¡muerte de mi vida! notendría usted esa misión. ¡No, por Santiago! yo se la habría disputado.

Y tomaba el mismo camino que los demás miembros del consejo, cuandoSantiago le retuvo por el brazo gritando:

—No, capitán, no; preferiría mejor no descubrirme en la iglesia, noarrodillarme ante el Santo Sacramento, faltar a mi rosario, que ir abordo de ese condenado barco, de ese barco donde Satanás tiene su corte;y además—continuó con tranquilidad, muy convencido de haber encontradoun argumento sin réplica—, además, mi religión me prohíbe el contactode los excomulgados y de los apóstatas.

—¿Quién habla de eso, hijo mío?—dijo el capitán persignándose—; soydemasiado buen cristiano, aprecio demasiado la salvación del cuerpo ydel alma de mis marineros para exponerlos así.

—En hora buena, capitán, eso es; cuide sobre todo de la salvación del cuerpo,

¿entiende usted? del cuerpo de sus marinos, es lo másimportante—dijo Santiago un poco más tranquilo.

—Hijo mío—repuso el capitán—, usted no me ha comprendido; yo estoylejos de exigir de usted que estrangule al descreído con sus propiasmanos. ¡Virgen santa! no, sin duda; ese contacto me hace estremecer dehorror; pero la bala de su mosquete o la hoja de su puñal evitará esamancilla a sus cristianas manos.

Santiago, más exasperado aún por la decepción que experimentaba,exclamó:

—¡Ni el hierro, ni el plomo, ni yo daremos muerte a ese excomulgado!¡No iré a bordo, por las mil llagas de San Julián, no, no iré!—añadiógolpeando violentamente el suelo con el pie.

—Santiago, amigo mío—dijo fríamente el capitán—; tengo el derecho devida y muerte sobre todo hombre de mi tripulación que se me rebele o seniegue a ejecutar mis órdenes.

Y diciendo esto, le mostró dos pistolas que había sobre el cabrestante.

Ante aquella espantosa alternativa, Santiago prefirió el abordaje, ydescendió a la chalupa que le esperaba, con la sombría resignación delhombre a quien llevan a la muerte.

Al alejarse de la escampavía, el desgraciado Santiago, acordándose delos consejos y las predicciones de Pérez, que el miedo había grabado ensu mente, esperaba a cada momento una súbita descarga de mosquetería. Seacercó, no obstante, a lo largo de la tartana, sin que se oyese ni unsolo disparo. Entonces, arrojando su amarra, recomendó su alma a Dios,porque, según los informes topográficos y precisos del artillero, era enaquel momento cuando las amplias bocas de los esmeriles debían hacer un fuego del infierno.

Esperó, pues, y besó su rosario exclamando:

—¡De rodillas, hermanos míos, somos muertos!

Los diez hombres que le acompañaban, aprovechando a todo evento estaadvertencia, se arrojaron al fondo de la chalupa.

Silencio, siempre silencio. No se oía... no se veía nada... más que laluz que brillaba siempre en la cámara, y que de cuando en cuandoaparecía obscurecida por una sombra que la ocultaba.

Santiago, un poco más tranquilo, se atrevió a levantar la cabeza, perola bajó prontamente al oír un crujido de la tartana, y luego la volvió alevantar, sin ver esmeriles ni escotillas.

Como nada da tanta tranquilidad como un peligro pasado o evitado,Santiago se enderezó presa de un ardor marcial, y trepó a bordo de latartana seguido de sus diez hombres, a quien su ejemplo electrizaba.Llegados al puente, no encontraron más que despojos, jarcias destrozadaspor el viento, un desorden, en fin, que anunciaba que aquel buque habíasufrido cruelmente los efectos del levante. Pero de pronto se oyó unruido desordenado en el sollado.

Los diez marineros y el segundo de la Urna de San José se miraronpalideciendo; no obstante, gritaron con voz un poco temblorosa, esverdad:

—¡Viva el rey! ¡Adelante la Urna de San José y el valiente Santiago!

Porque los compañeros de armas del valiente Santiago, que se apretujabanlos unos contra los otros, al oír aquel ruido imprevisto, se aproximarontan bruscamente a él, que el desgraciado héroe fue precipitado por laescotilla que tenía a sus pies, y desapareció.

Sus marineros, tomando aquella caída por una prueba de abnegación y deintrepidez, siguieron al nuevo Curcio a los gritos de ¡viva Santiago! ysaltaron en el sollado como los carneros de Panurgo.

Santiago se había levantado prontamente, y aprovechando el error de sushombres, les dijo en voz baja:

—Hijos míos, el valor y la sangre fría no son nada; ya habéis vistotodos que, aun a riesgo de caer sobre millares de picas o de sables, mehe precipitado ciegamente en el sollado... eso es audacia,sencillamente.

—¡Viva nuestro Santiago!—repitieron los marinos.

—Callaos, hijos míos, en nombre del Cielo, callaos; lanzáis unos gritoscapaces de asustar a las gaviotas. Guardaos vuestros ¡viva Santiago!para más tarde. Ya gritaréis eso en la plaza de San Antonio. Será de ungran efecto; pero, mientras tanto, veamos el medio de forzar el reductode esos condenados.

Y mostraba la cámara en la cual se hacía siempre un ruido infernal. Depronto, como si se le ocurriese una idea súbita, exclamó:

—¡Amigos míos, armad vuestras carabinas!... ¡Fuego sobre ese tabique!

Lo que había decidido sobre todo a Santiago a esta maniobra, es queencontrándose necesariamente detrás de su tropa, se vería libre delprimer choque de la salida que podrían intentar los sitiados.

—¡Fuego! ¡y que el Cielo nos ayude!—repitió empujando a su pelotón.

Y sonó la descarga.

A una distancia tan corta, las balas, llegando en masa sobre el tabique,lo hundieron en parte, y antes de que los marineros hubiesen vuelto acargar sus armas, una masa espantosa les derribó y pasó por encima deellos lanzando horribles mugidos.

—¡Desconfiad!—gritaba Santiago, que estaba guarecido detrás de uno desus valientes al que hacía servir de escudo—; desconfiad, es unaastucia de guerra; quieren caer de improviso sobre nosotros; volved acargar las armas.

—Señor teniente—dijo uno de los marinos—, ¡pero si el sitiado tieneel más hermoso par de cuernos que jamás cristiano alguno haya tenidoplantados sobre la cabeza!...

—¡Apresad al monstruo!—gritó Santiago retrocediendo con su escudoviviente—, es el condenado, apresadle... Vade retro, Satanas...¡Santiago, San José, tened piedad de nosotros!

—Pero, teniente... si esto no es... más que un buey ¡por la Virgen! unexcelente buey que se mueve. ¡Con siete balas en el cuerpo!

Y la luz que se trajo de la cámara, permitió comprobar la exactitud deeste curioso boletín. Era, en efecto, un buey destinado a la comida dela tripulación de la tartana, y que se habían probablemente vistoobligados a dejar al abandonar la embarcación.

—¡Un buey! ¡un innoble buey!—decía Santiago—. Un plan de ataquecombinado con tanta sangre fría y ejecutado con tanta audacia para...¡para apoderarnos de un buey al abordaje!

—Nos lo llevaremos, ¿verdad, teniente? Nos vendrá al pelo porque ¡hacetanto tiempo que no comemos carne fresca!

—Os guardaréis de ello... ¿lo oís?—repuso Santiago con cólera—. ¡Québrutos y qué asnos sois! es decir, que queréis exponeros a las burlas devuestros camaradas presentando ese hermoso trofeo... Me opongoterminantemente; subid al puente, seguidme, cerrad las escotillas, ysobre todo, una vez a bordo, no desmintáis ni una palabra de lo que diréal capitán, tanto en vuestro interés como en el mío.

Santiago volvió a bordo de la escampavía, donde ya comenzaban a estarinquietos, e hizo con una rara imprudencia, un relato detallado de sucombate con el gitano y sus demonios.

—En fin—añadió—, en fin, lo cierto es que todos están muertos o fuerade combate.

Al escuchar aquella heroica narración, en que la intrepidez de Santiagose revelaba por primera vez, el capitán Massareo, que conocíaperfectamente la cobardía de su segundo, no concebía un cambio tanrápido; pero, acordándose de la quijada de Sansón, de la burra deBalaam, y de tantos otros milagros, acabó por mirar a Santiago como unelegido a quien Dios había animado de pronto con un soplo divino, paradarle la fuerza de combatir a un réprobo, a un hijo del ángel rebelde.De modo que una vez que hubo adoptado esta desgraciada idea, creyóciegamente todas las tonterías y todas las mentiras que Santiago tuvo abien contarle.

—¿Y el gitano?—preguntó el capitán.

—El gitano, capitán, estaba probablemente disfrazado, pero yo estoyconvencido de que ha muerto también. ¡Diablo de sangre, cómomancha!—dijo Santiago que quería sin duda desviar la conversación de unasunto tan delicado, y se interrumpió para limpiarse un ancho trazo desangre que surcaba su vestido, último vestigio de la agonía del pobrecuadrúpedo.

—¿Está usted herido, valiente Santiago?—preguntó el capitán coninterés—. ¡A ver!

—No, no, por mi madre, no verá usted nada. Es una insignificancia, unatontería—

respondió Santiago con una indiferencia afectada,retrocediendo precipitadamente—; pero lo que es importante, capitán, esechar a pique ese nido de demonios. Las escotillas están cerradas, escuestión de unos cuantos cañonazos, y habremos purgado la costa del másgrande bandido que jamás haya infestado la costa.

Massareo se moría de deseos de preguntar por qué no habían traídoprisioneros que hubieran podido dar fe del feliz éxito de la expedición;pero comprendiendo que tendría que encargarse él de esta segunda misión,y como ello no era muy de su gusto, accedió a todo lo que quiso elvaliente y bienaventurado Santiago, y comenzó a cañonear vigorosamentela pretendida tartana del gitano, que no podía resistir largo tiempo unfuego tan nutrido.

IX

E L R E L A T O

No matarás.

Mand. de la ley de Dios.

Mientras que el bravo Massareo destruía una de las tartanas, la otrasalía del canal de la Torre, y navegaba con habilidad a pesar de lasráfagas del levante, cuya violencia disminuía, sin embargo,sensiblemente.

No había nada en el mundo más resplandeciente que la pequeña cámara deaquel buque, en la cual dos invitados estaban comiendo. Un enorme globode cristal pendiente del plafón, proyectaba una claridad viva y purasobre un rico tapiz turco, de un azul brillante, en el que se veíanbordados hermosos pájaros rojos que desplegaban sus alas doradas, ytenían entre sus patas de plata largas serpientes de escamas verdes comoesmeraldas; un diván de raso obscuro, daba la vuelta a toda la pieza.

En el centro, y cerca del diván, se levantaba una mesa servida con gustoy riqueza exquisitos; pero en lugar de ser sostenida sólo por las patas,cuatro ligeras cadenas la ataban al suelo, para librarla de losvaivenes. El tinto de Rota, el Jerez y el Pajarete centelleaban enpreciosos frascos de cristal cuyas mil facetas reflejaban una luzcambiante y coloreada como los matices del prisma, mientras que losracimos de Sanlúcar, de granos violados y aterciopelados, las brevas deMedina, las granadas de Sevilla, que el sol había abierto, y lasnaranjas de Málaga, se elevaban en elegantes pirámides en las cestastejidas con un ligero hilo encarnado, tal como se ven en Esmirna; elmantel, resplandeciente de blancura, estaba atravesado, según la modaoriental, por brillantes dibujos de oro y de seda.

Unicamente sencillas botellas de un verde obscuro, de cuello largo yestrecho, de tapón lacrado y sujeto por alambre, botellas, en fin, queolían a Francia y a champaña a una legua, contrastaban singularmente conel lujo y el aparato asiático que dominaba en aquella pieza.

Y era efectivamente champaña, porque dos copas cónicas y cilíndricas,que se levantaban sobre su ancho pie de cristal, aparecían gloriosamentellenas, y el licor rosado que hervía y centelleaba, elevó bien pronto suespuma temblorosa por encima de los bordes del vaso.

—¡Atención, comandante, la marea sube!

Esto decía el joven imberbe que mandaba aquella tartana, sosia de la delgitano, perseguida con tanto encarnizamiento y desgracia por los dosguardacostas, mientras que el comandante desembarcaba el contrabando delconvento de San Juan al pie de las rocas de la Torre...

La misma tartana de que el valiente Santiago se apoderara al abordajecon un buey y sus cuernos y que el no menos valiente capitán acababa dedestruir a cañonazos.

—Comandante, la marea baja, y si usted no tiene cuidado habrá bajadodel todo en un instante—repitió el muchacho, y de un trago apuró lo queél llamaba la marea, de modo que su vaso quedó seco—. ¡Cómo amo estevino de Francia! Porque nuestro Jerez y nuestro Málaga, con su coloramarillo sombrío, me parecen tan tristes como el canto de una dueña;mientras que el color rosado y riente de este champaña me llenan el almade alegría. ¡Dios de verdad! Es como si oyese a mi Juana rasguear en miguitarra un vivo bolero. Por mi fe; viva el vino de Francia—repusodejando tan vivamente el vaso sobre la mesa, que lo rompió.

Este ruido sacó al otro comensal de su ensimismamiento: era el gitano.

—¡Francia, Blasillo! palabra ¡es un digno país!

—¡País de hospitalidad!—dijo Blasillo apurando un segundo vaso dechampaña.

El gitano miró, inclinó la cabeza hacia atrás recostándola sobre loscojines del diván, y soltó una carcajada.

—Y de la libertad—continuó Blasillo en el mismo tono.

Aquí las carcajadas del gitano fueron tan violentas que resonaron porencima del ruido de la tempestad eme mugía fuera, con gran confusión delpobre Blasillo, que le miraba con aire de disgusto y de estrañeza.

El gitano lo advirtió.

—Perdón, Blasillo, perdón, hijo mío; pero tu ingenua admiración por esedulce país de Francia, como le llaman, ¡me ha recordado tantascosas!...

Después de un momento de silencio, el gitano se pasó rápidamente la manopor la frente, como para desechar una idea penosa, y dijo sonriendo:

—Ahora que ya no podemos dedicarnos al contrabando y que nuestraescuadra ha quedado reducida a la mitad, ¿a dónde iremos, Blasillo?

—¡A Italia, comandante! Como aquí, el sol es caliente, el cielo azul,los árboles verdes; como aquí, las mujeres son morenas, cantanacompañándose de una guitarra y se arrodillan delante de la Virgen; sincontar con que más de una ensenada de la costa de Sicilia ofrecería unbueno y seguro refugio a la tartana. Vamos, ¡rumbo hacia Italia,comandante!

—¡A Italia!... no, porque los asesinos son castigados con la muerte,¿no lo sabes, Blasillo?

—¡Dios mío! ¡usted asesino!—dijo el muchacho con espanto.

—Escucha. Blasillo, yo tenía catorce años; mi hermana Sed'lha y yoconducíamos a nuestro padre que apenas podía andar, cuando cayó heridode un tiro de carabina. Era el fruto del odio santo, que nos tenía uncristiano. Yo no llevaba encima más que mi estilete; me lancé enpersecución del asesino le alcancé cerca de una roca. El era fuerte yvigoroso, pero la sangre de mi padre había manchado mis ropas... y ledegollé con fruición. He aquí cómo abandoné Italia con mi pobre Sed'lha¿qué habrías hecho tú, Blasillo?

—Hubiera vengado a mi padre—dijo el adolescente después de un momentode expresivo silencio—. Viremos en redondo, comandante—añadió con unprofundo suspiro—, y vayamos a Egipto. Se dice que Mehemet Alí eIbrahim acogen muy bien a los extranjeros. Vamos a Alejandría...

—Es una hermosa ciudad Alejandría: es allí donde yo desembarqué al huirde Italia.

Un buen emir me recogió con mi hermana y me envió al colegio,porque hay más instrucción y más colegios en Alejandría que en todas lasEspañas, Blasillo.

—Le creo a usted, comandante.

Aprendí allí la lengua francesa, el español, la ciencia de los números,el arte náutico.

Salí de allí hecho un buen marino.

—¡Y que lo diga usted!

—Al cabo de seis años yo mandaba un brick, que tuvo un encuentro con elbrulote de Canaris, Blasillo.

Este hizo el saludo militar.

—Y volví a puerto para reparar las averías y reclutar una nuevatripulación, lo que ocurría siempre que se encontraba a Canaris. EnAlejandría me recibieron afectuosamente. Verdaderamente es una alegreciudad, sobre todo en las hermosas tardes en que el sol se pone detrásde las arenas del desierto y cuando dora con sus rayos el harem deMehemet, las fortificaciones del viejo puerto, el palacio del faraón yla columna de Pompeya. Entonces el aire del mar refresca el aireabrasador; los negros extienden la tienda rayada sobre la terraza, yuno, tendido sobre un muelle cojín, aspira el vapor del tabacolevantino, que se perfuma al atravesar un agua de rosas y de lilas, ydespués, una hermosa joven de Candía o de Samos, se arrodilla ante unoofreciéndole ruborizada un sorbete helado en una copa ricamentecincelada. Haces un signo y ella se aproxima a ti, y, con un brazopasado alrededor de su cuello, miras con indiferencia aquella cabeza deángel que se dibuja como una aparición fantástica en medio de un humoazulado y oloroso, que se eleva en torbellinos del narguile.

Los ojos de Blasillo brillaban ciertamente tanto como las facetascentelleantes de los frascos de vidrio:

—Vamos a Alejandría, comandante—dijo incorporándose.

—¡A Alejandría! ¿qué te parecería, mi querido niño, si te sentasensobre la flecha aguda de un minarete que se lanza hacia las nubes?¡flecha, por otra parte, brillante y dorada! ¿y si se te dejase en esaincómoda posición hasta que los cuervos hubiesen devorado las pupilas detus grandes ojos negros?

Esta proposición apagó el ardor de Blasillo, que llenó prestamente sucopa sonriendo:

—Viremos, pues, en redondo, comandante.

—Sí, Blasillo, tal es la suerte que me espera en Egipto, si el bauprésde mi tartana se dirigiese hacia ese suelo encantado.