Plick y Plock by Eugène Sue - HTML preview

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En el mismo instante, un niño pequeño se aproximó a la puerta y avanzósu linda cabeza rubia, después la retiró, la volvió a avanzar como sihubiese buscado a alguien, vio al desconocido y en dos saltos se plantóen sus rodillas.

Apenas le hubo hablado al oído, se levantó bruscamente, tomó su capa yarrojó un escudo a Flores, diciendo con aire singular:

—Forzosamente, señores, ese gitano tiene que ser Satanás en persona,puesto que está en tres lugares a la vez; porque yo os juro ¡porCristo!—añadió persignándose—, que bordea desde hace dos horas a lavista de Sanlúcar.

Terminadas estas palabras, saltó ágilmente sobre su caballo, querelinchaba a la puerta, puso al niño a la grupa, y desaparecióprontamente en un espeso torbellino de polvo que el galope de su caballohizo levantar en medio de la calle.

Los parroquianos de Flores que se habían precipitado a la puerta paraseguir con la vista a aquel personaje, hicieron, al volver a entrar enla tienda, las conjeturas más raras sobre la triplicidad verdaderamente fenomenal del contrabandista gitano, conjeturas queabandonaron sin agotarlas, como hubieran hecho en otra ocasión, parahablar de la corrida de toros que debía celebrarse al día siguiente.

II

L A C O R R I D A D E T O R O S

Madrid,

cuando

tus

toros

brincan,

Hay

manos

blancas

que

aplauden

Y mantillas que se agitan.

A. DE MUSSET.

¡España! ¡España! ¡cuán puro y brillante es tu cielo! Santa María estábañada en oleadas de luz; los mil balcones de sus blancas casascentellean y arden, y los naranjos perfumados de la Alameda parecencubiertos de hojas de oro. A lo lejos, Cádiz, envuelta en un vaporcálido y rojizo, que allá, sobre la arena resplandeciente de la playa,las olas azules y transparentes iban a deshacer como un largo listón dediamantes en espuma centelleante hecha de agua y de sol; después, en elpuerto, centenares de faluchos, de balandros, cuyas flámulas sedespliegan levantadas por una ligera brisa que circula silbando porentre las cuerdas. El fresco olor de las algas marinas, el canto de losmarineros que despliegan las amplias velas grises aun húmedas por elrelente de la noche, el toque de las campanas de las iglesias, elrelincho de los caballos que saltan lanzándose hacia las verdes praderasque se extienden detrás de la ciudad... todo, en fin, es música,perfume y luz.

Y el apresuramiento causado por el anuncio de una corrida de toros quedebía celebrarse el mismo día en Santa María, aumentaba aún el tumulto.Casi toda la población de las ciudades y aldeas vecinas llena loscaminos. Allá, las calesas rojas, cubiertas de ricos dorados, vuelanarrastradas por un caballo rápido, cuya cabeza está cargada de plumasabigarradas y de cascabeles que resuenan a lo lejos; aquí, el pavimentotiembla y gime bajo el peso de ocho mulas cuyos arneses resplandecen decifras y de escudos de armas de plata, y que arrastran un coche pesado ymacizo, rodeado de lacayos con las magníficas libreas de un grande deEspaña y precedido de picadores de trajes deslumbrantes.

Más lejos, el portante ágil y jacarandoso del campesino andaluz. ¡Portodos los santos de Aragón! ¡qué hermoso está con su amante a la grupa ysu airoso traje obscuro bordado en seda negra y encarnada! ¡Y esosmillares de botoncitos de oro que serpentean a lo largo del muslo y vana detenerse por encima de sus polainas de piel de camello! ¡Con quévigor su pie se apoya en el amplio estribo morisco! Pero no se puede versu cara, porque está casi oculta entre los pliegues de la mantilla de suandaluza.

¡Por Santiago! ¡Vaya la linda pareja! ¡cómo le aprieta ella con sus dosbrazos, y con qué gracia las mangas verdes de su jubón se destacan sobreel color sombrío de la chaqueta de su amante! ¡Qué fuego en esas pupilasque centellean bajo unas espesas cejas negras! ¡vive Dios! ¡quémiradas! ¡qué talle tan flexible!... ¡que la Virgen bendiga esacomplaciente basquiña con largas franjas de raso, que deja ver unapantorrilla fina y redonda y un pie de niña!... ¡Tres veces bendita sea,porque ha dejado ver un momento la liga azul, y su media de seda y elpequeño puñal de Toscana que una verdadera andaluza no abandona jamás!

¡Adelante! El brioso caballo galopa: sus crines negras trenzadas concintas encarnadas flotan sobre su cuello nervioso, y la espuma blanqueasu bocado y sus brillantes copas! ¡Adelante, muchacho! ¡que tu espuelase hunda en el flanco de tu montura, porque tu morena de las largaspestañas, trémula y asustada, te estrechará violentamente contra sucorazón y tú sentirás sus latidos! ¡y sus cabellos acariciarán tu frentey su respiración abrasará tus mejillas!

¡Por Santiago, adelante, joven pareja, y desapareced ante las miradasenvidiosas entre esa nube de polvo dorado!

Pero ya estamos a las puertas de Santa María. Todo son apreturas ygritos; gritos de dolor y de alegría confundidos; hombres, mujeres,viejos, niños, están allí inmóviles, esperando con angustia el momentode la corrida. Por fin, las barreras se abren, el pueblo se precipita ylas inmensas galerías que rodean la arena se llenan de espectadoresjadeantes de deseo y de impaciencia.

—¡Plaza! ¡plaza al alcalde, a la Junta y al señor gobernador!

Delante de ellos marchan los milicianos de la ciudad con sus largascarabinas; después los guardias, que tocan sus clarines, y llevan lospendones rojos y amarillos en los que se ven bordados los leones deCastilla y la corona real.

¡Plaza! ¡plaza a la monja! porque es la primera y la última fiesta a laque la pobre joven asistirá. Hoy, aun pertenece al mundo, mañana yapertenecerá a Dios; por eso hoy está deslumbrante de pedrería, su ropabrilla bajo las lentejuelas de plata, y cinco hileras de perlas rodeansu cuello de alabastro; también hay perlas sobre sus brazos blancos ymórbidos, perlas y flores sobre sus bellos cabellos negros que sombreansu pálida frente. ¡Ved, qué cosa más conmovedora! ¡con qué amor yrespeto mira a la superiora del convento de Santa María! Ni una miradapara ese espectáculo brillante y ruidoso, ni una sonrisa para esemurmullo de admiración que la sigue, para los homenajes que la rinde lamás alta nobleza de Sevilla y de Córdoba. Nada puede distraerla de sussantos pensamientos. Huérfana, rica, se entrega a Dios, y en surepresentación a la superiora de Santa María. Ese corazón puro eingenuo, teme al mundo sin conocerle, porque han querido hacerle ganarel cielo sin combatir. Mañana, según la costumbre, esa espesa cabelleracaerá bajo las tijeras; mañana, el paño y el sayal reemplazarán a esosbrillantes tejidos; mañana quedará sometida a un juramentoinquebrantable; pero hoy, la costumbre quiere que asista a las vanidadesy a las alegrías engañadoras de un mundo que ella no conoce, como paradarle un eterno y último adiós.

¡Plaza, pues! plaza a la monja que entra en su palco toda adornada ycubierta de tela blanca sembrada de flores.

¡Bravo! los clarines suenan, es la señal, y las puertas del toril seabren; ¡un toro se precipita a la arena! Es un bravo toro salvaje nacidoen las selvas de Sanlúcar; es pardo de color; solamente una estrechafaja blanca serpentea por su lomo. Sus cuernos son cortos, pero fuertesy afilados; no hay acero que se le pueda comparar. Su cuello musculososoporta sin esfuerzo una cabeza enorme, y sus patas secas y nervudas noflaquean bajo el peso de su pecho y de su grupa que son de una amplitudextraordinaria.

En cuanto a sus flancos, son huesudos, redondeados, y retiemblan bajolos golpes reiterados de su larga cola, que, al herirlos, zumba como unlátigo.

Cuando entró, hubo una formidable explosión de admiración, y los gritosde ¡bravo, toro! resonaron por todas partes. El animal se detuvo enseco, suspendió un momento los movimientos de su cola, y miró conextrañeza a su alrededor... Después, a pasos lentos, dio la vuelta a labarrera que separaba la arena de los espectadores, buscó una salida, yno encontrándola, volvió al centro del ruedo, y allí comenzó a afilarsus cuernos y a levantar con ellos torbellinos de arena.

En aquel momento se presentó un chulillo.

¡Que la Virgen te proteja, hijo mío! ¡y haga el Cielo que tu hermosotraje de raso azul bordado de plata no se tiña de rojo, como labanderola que haces flamear ante los ojos de ese compadre que muge y seirrita!

¡Bravo, chulillo, tu patrona vela por ti! porque apenas si has tenidotiempo de saltar la barrera para escapar del toro, cuyos ojos comienzana brillar como carbones ardientes.

Pero, paciencia, se ve venir al picador con su larga pica y montadosobre un valiente alazán; un ancho sombrero gris lleno de cintas cubresu cabeza, y lleva polainas y perneras para preservarse de los primerosataques.

¡Bravo, toro! ¡toma carrera con la cabeza baja y te precipitas sobre elpicador!...

Pero él te detiene en seco, hundiéndote su excelente hoja enel lomo. Tu sangre salta, tu muges y tu furor redobla. ¡Como hay Dios!¡será una hermosa corrida!

¡Por Santiago! ¡qué brincos! ¡qué mugidos! ¡bravo, toro! el picadorrueda derribado; su valiente caballo tiene el flanco abierto; susentrañas salen entre torrentes de sangre.

Da algunos pasos... cae... ymuere... ¡Bien, compadre de los cuernos agudos, bien! por eso oyesresonar los pataleos y los gritos de una alegría frenética. Yo le digoaún:

¡como hay Dios! ¡será una hermosa corrida!

¡Pero, silencio! aquí están las banderillas de fuego, ¡oh! ¡oh!...retrocedes hacia la barrera escarbando la tierra y lanzando aullidosterribles. ¿Qué será, pues, hijo mío, cuando ese bravo chulillo ¡que laVirgen proteja! te hunda en el pecho esas largas flechas adornadas deflores y cubiertas de cohetes y petardos que se encienden como porencantamiento? ¡Toma! ¿no lo decía yo?... ¡Por el alma de mi padre!...¡el chulillo está destripado! ¡Jesús! ¡magnífica cornada! La culpa essuya; no se ha apartado a tiempo. ¡Bravo, toro! ¡qué noble y magníficoestás saltando en medio de esas llamas que estallan y se cruzan! Tusangre se mezcla al fuego; tu piel se estremece y cruje bajo los cohetesque serpentean y forman guirnaldas cayendo en lluvia de oro; tu rabia hallegado al límite, y los espectadores han huido de la primera barrera,temiendo que la franquees, ¡y no obstante, tiene seis varas de alta!

¡Condenación! ¡el matador no llega! y sin embargo es la hora. ¿Podríaestar más a punto? Jamás; porque jamás la furia de ese compadrealcanzará un grado más elevado, y yo apostaría mi buena escopeta contraun fusil inglés a que él perecerá. ¡Santa Virgen! ¡cómo tarda! haced quellegue pronto.

Pero, ya está aquí, es él... es Pepe Ortiz.

¡Viva Pepe! ¡viva Ortiz!

¡Ah!... saluda al señor gobernador, a la junta y a la monja... Se haquitado el sombrero y ahora se pone su redecilla roja. ¡Bueno! Despuésapoya contra el suelo su ancha espada de dos filos... ¡Jesús! ¡Cuántooro en su traje color de naranja! ¡estoy deslumbrado! ¡oro por todaspartes!... oro hasta en sus medias y en sus zapatos... En fin, ya estáen la arena...

—Mata al toro por mí, amor mío—le grita una andaluza de tez morena yde dientes de esmalte—. ¡Por Cristo! ¡no sonrías así a tu amante!...¡Huye, José, huye, que el toro se te echa encima!...

Pero él lo espera a pie firme, con la espada entre los dientes; leagarra uno de los cuernos y salta ágilmente por encima de él. ¡Bravo, midigno matador, bravo! recoge la flor de almendro que tu amada te haechado mientras juntaba las manos para aplaudirte.

¡Pero he aquí que el toro se revuelve! ¡Virgen del Carmen! ¡mala señal!Se detiene, ya no muge; sus piernas tendidas, los ojos sangrientos y lacola enroscada.

Encomienda tu alma a Dios, José, porque la barrera estálejos y el toro cerca...

Adelante, demonio... ¡adelante la afilada,espada!... ¡Demasiado tarde! la espada se ha roto en pedazos, y José,atravesado por un cuerno del toro, ha quedado clavado en la balaustrada.Ya decía yo bien. ¡Como hay Dios! ¡será una hermosa corrida!

Entonces fueron los aullidos de alegría, los gritos de admiraciónconvulsiva, gritos que hubieran resucitado a un muerto.

—¡Bravo, toro! ¡bravo!—gritaron todas las voces de la multitud...¿Todas?... no, una sola faltó, la de la joven de la flor de almendro.

Desde hacía mucho tiempo, no se había visto semejante fiesta; el toro,aún excitado por su triunfo, daba saltos espantosos, se encarnizabacontra los restos sangrientos del matador y del chulillo, y los jironesde aquellos desgraciados caían sobre los espectadores. Se estaba, pues,en una cruel incertidumbre sobre la suerte de la corrida, porque el finde Pepe Ortiz había singularmente enfriado el celo de sus colegas,cuando un incidente extraño, inaudito, dejó a la multitud estupefacta ysilenciosa.

III

E L G I T A N O

¡Cómo

hacen

estremecer

sus

miradas

ardientes!...

¡qué

hermoso

es!

DELFINA GAY, « Magdeleine», cap. V.

Ya sabéis que el circo de Santa María está construido a orillas del mary que a él sólo dan acceso dos puertas. ¡Pues, bien! De pronto se abrióla barrera que daba frente al palco del gobernador y se presentó uncaballero.

No era un chulillo, porque no agitaba en el aire el ligero velo de sedaroja, y su mano no blandía ni la larga lanza del picador, ni la espadade dos filos del matador; no llevaba tampoco ni el sombrero adornado decintas, ni la redecilla, ni el traje bordado de plata. Vestidocompletamente de negro, a la moda de los acróbatas, llevaba polainas degamo que caían en numerosos pliegues sobre su pierna, y una gorra demarinero sobre la que flotaba una pluma blanca; montaba con una destrezay una elegancia poco comunes, un pequeño caballo blanco enjaezado a lamorisca, lleno de vigor y de fuego; en fin, largas pistolas ricamentedamasquinadas pendían de los arzones de su silla, y él no llevaba másque uno de esos sables cortos y estrechos que usan los marinos deguerra.

Apenas había aparecido, el toro se retiró al otro extremo de la arenapara aprestarse a combatir al nuevo adversario. Gracias a esto, elhombre negro tuvo tiempo de hacer ejecutar algunas cabriolas a sucaballo y de apostarse al pie del palco de la mujer. ¡¡¡Y

tuvo elatrevimiento de mirar fijamente a aquella prometida del Señor!!!

El rostro de la pobre joven se volvió rojo como la flor del granado, yocultó su cabeza en el seno de la superiora, indignada de la temeridaddel desconocido.

—¡ Ave María... qué atrevimiento!—dijeron las mujeres.

—¡Por la Virgen! ¿de dónde sale ese demonio?—se preguntaban loshombres, estupefactos de tanta audacia.

De repente, resonó un grito general, porque el toro tomaba impulso paralanzarse sobre el caballero de la pluma blanca, que se volvió, saludó ala monja y la dijo sonriendo:

—Por usted, señora, y en honor de esos hermosos ojos azules como elcielo.

Apenas acabó estas palabras, el toro embistió... El jinete, con unaprontitud maravillosamente servida por la agilidad de su caballo, dio unbote y se encontró a diez pasos del toro, que le perseguíaencarnizadamente. Pero, gracias a su velocidad, el caballo se leadelantaba siempre y tomó bastante ventaja sobre él para que su dueñopudiera detenerse un momento ante el palco de la monja, y decirle:

—Por usted también, señora; pero esta vez en honor de esa bocaencarnada, purpurina como el coral.

El toro llegó con furia; el hombre de la pluma blanca, arrancó unapistola del arzón, apuntó y disparó con tanta habilidad, que el torocayó mugiendo a los pies de su caballo. Viendo el peligro inminente quecorría aquel hombre singular, la monja había lanzado un grito penetrantey se había precipitado sobre la balaustrada de su palco, apoyando enella las dos manos; él se apoderó de una, imprimió sobre ella un besoardiente, y continuó dirigiéndola una mirada terrible y fija.

Había en aquella escena extraña tantos motivos de asombro para losespañoles, que permanecían como petrificados. Aquel traje singular,aquel toro muerto, contra la costumbre, de un pistoletazo; aquel hombreque besaba la mano de una semisanta, de una prometida de Cristo, todoaquello contrastaba tanto con las enseñanzas recibidas, que la junta, elalcalde, el gobernador, se quedaron boquiabiertos, mientras que el quetan vivamente excitaba la curiosidad general, continuaba con los ojosinflamados y fijos sobre la monja, que, trémula y confusa, no teníafuerzas para salir del palco. Era en vano que la superiora tratase deanonadarle con toda suerte de epítetos como:

¡impío, condenado,miserable, renegado! En vano le gritaba con el acento de la más santaindignación: «¡Tema la cólera del Cielo y de los hombres, usted que haosado hacer oír palabras mundanas a unos oídos castos, usted que no hatemblado al tocar la mano de una esposa de Dios!

El miserable miraba siempre a la monja, repitiendo con admiración: «¡Quéhermosa es! ¡qué hermosa es!»

Por fin, la voz chillona del alcalde vino a sacarle de su éxtasis, tantomás fácilmente cuanto que la monja había abandonado el palco apoyada delbrazo de la superiora, y que dos alguaciles habían sujetado la brida desu caballo, a lo que él no opuso resistencia alguna.

—Por quinta vez, usted, cualquiera quien sea, responda—decía elalcalde—. ¿Con qué derecho ha matado usted de un pistoletazo un torodestinado a divertir al público?

¿Con qué derecho ha dirigido usted lapalabra a una joven que mañana debe pronunciar sus votos santos eirrevocables? En una palabra, ¿quién es usted?

Y el munícipe volvió a su asiento, enjugándose la frente, miró algobernador con aire satisfecho y dijo a los dos alguaciles:

—Tenedle bien por la brida.

—¿Que quién soy?—dijo el extraño caballero levantando altivamente lacabeza, que hasta entonces no se había podido distinguir bien.

Y viéronse sus facciones de una regularidad perfecta; sus ojos eranatrevidos y penetrantes, un bigote negro y brillante sombreaba suslabios encarnados, y su poblada barba, que se dibujaba en dos arcos a lolargo de las mejillas, iba a detenerse en un mentón con un hoyuelo. Sucolor era pálido y mate.

—¿Que quién soy?—repitió con una voz llena y sonora—, va usted asaberlo, digno alcalde.

Y apoyó vigorosamente sus espuelas en los flancos del caballo que diouna violenta sacudida. Entonces el animal se enderezó bruscamente y dioun salto tan prodigioso, que los dos alguaciles rodaron por el suelo...

—¿Que quién soy?... ¡soy el gitano, el bohemio, el maldito, elcondenado, si usted lo prefiere, digno alcalde!

Y en dos saltos franqueó la puerta y la barrera, ganó la playa queestaba próxima y pudo verse cómo se arrojaba al mar con su caballo...

Entonces ocurrió un suceso bastante raro. El nombre del gitano hizo unefecto tal, que todos los espectadores quisieron salir a la vez y seprecipitaron hacia los vomitorios demasiado estrechos para dar paso aaquella masa de hombres que se agrupaban en la misma dirección. Por estacausa, las vigas de la plaza se resquebrajaron y crujieron, no pudiendosoportar una sacudida tan violenta y toda una parte del anfiteatro sehundió bajo los pies de los espectadores. El tumulto y el espantollegaron a su límite, una multitud de personas estaban amontonadas lasunas sobre las otras, y sobre todo aquellas que soportaban un peso tanenorme, lanzaban gritos lamentables y se encomendaban al santo de sunombre.

—¡Es ese maldito, ese condenado—decían—, que ha atraído la cólera delCielo osando profanar a la prometida de Cristo! su presencia es unazote... ¡Anatema, anatema sobre él!

Y luego venían unas maldiciones capaces de hacer estremecer a nuestrosanto padre.

En vano el alcalde y el gobernador que habían escapado al desastre,trataban de restablecer el orden: ni siquiera podían conseguir hacerseoír, ya que eran algunos millares de seres magullados o aplastados losque aullaban a la vez. Las autoridades estaban ya invocando a losúltimos santos del calendario, cuando aquel inmenso montón de hombres sedisipó como por encanto. De pronto todos se encontraron de pie, pero enmuchos, los acentos de un verdadero dolor habían reemplazado a losgritos de temor o de sorpresa.

He aquí por qué:

El desgraciado barbero Flores, situado en la parte más baja del circo,se encontró entre el número de los que soportaban todo el peso de lamultitud. Después de haber hecho con sus compañeros de infortunioincreíbles esfuerzos para escapar a la presión, y viendo que las sanas ybuenas razones no podían nada sobre la indolencia de los compadres delas capas superiores, sin pensar que con ello aumentaban el malestar delos de abajo, el barbero Flores magullado, aplastado, articuló con penaa algunos desgraciados que gemían como él.

—Compadres, estoy convencido de que jugando el cuchillo por encima denosotros, a derecha e izquierda, conseguiremos despertar la sensibilidady la piedad de nuestros opresores, gracias a algunos rasguños que yodespués me encargaré de curar, sea con diaquilón, el ungüento, o la...

Aquí se detuvo para tomar aliento, porque su desgraciado destino lehabía hecho caer inmediatamente bajo el cuerpo de dos frailes y de uncarnicero.

—O la balsamina—continuó respirando apenas—. Así, pues, padres míos,absolvedme por anticipado, porque es por la salvación de todos, sobretodo por los de abajo; y van ustedes a ver, mis reverendos, cómo lapunta de un cuchillo persuade mejor que las más elocuentes palabras.

Ave María, que Dios nos guarde—respondieron los dos frailes queoprimían al barbero con toda su rotundidad monacal y que comprendieron,por sus movimientos bruscos y agitados que aquél buscaba su cuchillo—.En nombre del Cielo, ¡no haga usted eso, hijo mío! ¿No comprende quesería un homicidio?

—Pero, padres míos, los homicidas son ustedes... ¿no comprenden que meestán ahogando?

—¡Por Cristo! A nosotros también nos ahogan.

—Es por ustedes, pues, por quien voy a trabajar. Pónganse de lado,padres míos, las heridas son así menos peligrosas, porque no seencuentran más que las falsas costillas.

En fin, yo la tengo—dijoabriendo con dificultad su navaja.

—¿Están dispuestos, compadre?

—¡Jesús! no lo estamos.

—¡Es igual, que Dios nos ayude!

Y se puso a herir de la manera que pudo por encima de su cabeza. Los querecibieron esta caritativa advertencia no encontraron nada más eficazpara hacerla cesar que imitarla, y este medio incisivo, propagándose deabajo arriba, con rapidez, tuvo bien pronto el resultado mássatisfactorio, salvo los rasguños que Flores se encargó de cicatrizar ycicatrizó probablemente con su habilidad acostumbrada.

Rehechos todos de esta violenta emoción, el primer grito fue el depreguntar dónde estaba el maldito, y correr a la orilla. Una tartana,con las velas rojas, empavesada como en un día de fiesta, se balanceabaa lo lejos... Era él, no podía dudarse—. ¡Al puerto! ¡al puerto!—y seprecipitaron hacia el embarcadero para volar en su persecución.

¡Pero allá, gran Dios, qué espectáculo! El pueblo español es talmenteávido de corridas de toros, que ni un hombre, ni una mujer, ni un niñohabían quedado en la población; todos estaban en la plaza, los marinosmismos habían abandonado sus embarcaciones, y cuando llegaronapresuradamente, se encontraron todas las amarras cortadas y vieron a lolejos faluchos y balandros que el mar se había llevado al retirarse.

Entonces cayó un nuevo aluvión de maldiciones sobre el gitano, y todo elpueblo, en un movimiento espontáneo, se dejó caer de rodillas para pedira Dios que hiciera hundir aquella tartana, que parecía burlarse de lallorosa multitud desplegando sus brillantes paveses de mil colores.

De pronto, el cielo pareció escuchar aquella demanda, ciertamente justa,porque dos velas aparecieron a lo lejos; las dos cortaban el vientocorriendo la una cerca de la otra, de modo que la embarcación del gitanodebía encontrarse encerrada entre las dos o bien arrojarse a la costa;¡y cuál no fue la alegría pública cuando reconocieron a dos escampavíasdel Gobierno que izaron el pabellón español, asegurándole con uncañonazo!

Entonces la tartana cambió rápidamente sus amuras, viró en redondo conuna preteza prodigiosa, pasó por entre las dos escampavías y fue a pararfuera del alcance de sus perseguidores. Aunque la maniobra sabia yprestigiosa de la tartana hubiera derrotado los planes de campaña y latáctica de los espectadores de Santa María, ellos contaban siempre conla velocidad y el número de sus atacantes para ver a su enemigoaprehendido y arrastrado a remolque. Pero la tartana, teniendo sobre lasdos escampavías una ventaja de marcha positiva, desapareció bien prontodetrás de la punta de la torre que avanzaba mucho sobre el mar; y no fuehasta después de un cuarto de hora de navegación que los guardacostasque navegaban en las mismas aguas, desaparecieron también a los ojos dela multitud, ocultos por el promontorio.

Y todo Santa María temblaba de impaciencia y de deseo por conocer elresultado del combate que iba a librarse detrás de la montaña.

IV

L A S D O S T A R T A N A S

Zarpa

el

balandro

que

se

balancea

sobre

las

olas,

y

brilla

en

el

azul

de

los

mares

como

una

centella.

VÍCTOR HUGO, « Navarin».

—¡Adelante, mi fiel Iscar! ¡ya lo ves, el mar está azul y el oleajeviene a acariciar dulcemente tu ancho pecho, blanqueado por la espuma!¡Adelante! ¡tú hundes en el agua límpida tus narices que se abrentemblorosas! y tu larga crin se cubre de perlas brillantes como gotas derocío. ¡Adelante! mueve aún tus corvas vigorosas que hienden las olas.Valor, mi fiel Iscar, valor, porque ¡ay! los tiempos han cambiado.¡Cuántas veces, sobre la fresca verdura del prado de Sevilla o deCórdoba, tú alcanzabas y dejabas atrás las brillantes calesas quearrastraban a las hermosas granadinas, morenas y rientes, con suredecilla de púrpura que volaba al viento y su rica mantilla prendidacon broches tornasolados! ¡Cuántas veces tú has relinchado deimpaciencia cerca de la estrecha ventana cerrada por una cortina deseda, detrás de la cual suspiraba mi Zetta! ¡Cuántas veces tú hasrelinchado mientras que nuestros labios se buscaban y se oprimíanardientes, aunque separados por el tejido celoso!

Pero entonces yo erarico; entonces el pabellón de guerra de las anchas franjas y del leónreal, se izaba en el palo mayor cuando yo subía a bordo de mi fragata;entonces la inquisición no había puesto aún precio a mi cabeza...¡entonces, no me llamaban el condenado! y más de una vez la mujer dealgún grande de España me sonreía tiernamente cuando, en una bella tardede estío, yo acompañaba con mi guzla su voz pura y sonora. ¡Vamos,valor, mi fiel Iscar, porque el pasado está lejos! Pero tú me hasentendido, porque tus orejas se levantan y tus relinchos redoblan.¡Valor, he ahí mi tartana! he ahí mi enamorada que se balancea sobre lasolas como una gaviota se deja mecer en su nido por una ondatransparente. Pero, ¿no oyes, como yo, pitos confusos y alejados, unrumor que viene a extinguirse en nuestros oídos? ¡Por el disco de orodel sol! ¡es esa innoble multitud de Santa María a quien mi nombre haaterrado! Por lo menos he visto a esa monja por segunda vez. ¡Quéhermosa es! ¡y mañana enterrada para siempre en el convento de SantaMaría! ¡Qué crimen!... ¡y no se la robaré a Dios!

Apenas el gitano pronunció estas palabras, cuando de la tartana cayó alagua una especie de puente flotante, e inclinado, que estaba amarrado ala borda del buque por largos brazos de hierro. El caballo apoyófuertemente sus patas delanteras sobre la extremidad de la plancha y deun vigoroso salto ganó el combés que se elevaba muy poco por encima delmar.

En el interior de aquella embarcación se notaba un esmero y una limpiezararos, y no se veía nadie a bordo, a excepción de un fraile, grueso yrechoncho, que llevaba un hábito azul y una cuerda ceñida a la cintura;pero el reverendo parecía presa de la mayor inquietud y angustia; armadode un enorme anteojo, lo paseaba incesantemente sobre el espacio quesepara Santa María de la isla de León, lanzando a intervalosexclamaciones, lamentos e invocaciones que hubieran enternecido a uncorregidor.

Pero cuando hubo visto al gitano su rostro adquirió un aire queinspiraba verdadera piedad; su frente baja y rasurada, coronada de unalínea de cabellos de un rubio pálido que parecían erizarse de furor.Movía a un lado y a otro sus hoscos ojos, y un temblor convulsivoagitaba sus labios y su triple barba. Por fin, habiendo hechoevidentemente todos los esfuerzos para articular una palabra y nohabiéndolo podido conseguir, agarró al gitano por un brazo, y con elextremo de su anteojo, que temblaba en su mano de un modo espantoso, ledesignó un punto blanco que se advertía a la entrada del golfo.

—¡Y bien! ¿qué es eso?—preguntó el réprobo.

—¡Es... es... el... el... el guardacostas!—balbuceó el fraile con unapena extrema.

Y se oían rechinar sus dientes. Y miraba, con los brazos cruzados sobresu pecho jadeante.

El gitano se encogió de hombros, fue a sentarse sobre un empalletado yse volvió hacia Santa María repitiendo:

—¡Qué hermosa estaba!

El anteojo cayó de las manos del fraile; se golpeó la frente, tuvo unmomento de recogimiento, se secó el rostro inundado de sudor, hizo unesfuerzo sobre sí mismo como para tomar una resolución atrevida, ydirigiéndose al comandante de la tartana, que parecía aún absorto en suamoroso ensueño, exclamó:

—¡Réprobo... renegado... condenado... apóstata, excomulgado... hijo deSatanás...

brazo derecho de Belcebú!...

—¿Qué pasa?—dijo el gitano a quien este insultante exordio habíasacado de su éxtasis.

—¡Pues bien! ¡tres veces maldito! yo te conjuro en nombre del superiordel convento de San Francisco que es mi dueño y el tuyo...

—El mío, no, fraile.

—Mi dueño y el tuyo—continuó—; te conjuro a desplegar las velas y atomar el portante. Ese guardacostas se aproxima y nosotros deberíamosestar ya a la vista de Tarifa, si el infierno no te hubiera sugerido elloco pensamiento de ir a esa maldita corrida de toros y dejarme solo, amí, que no entiendo nada de vuestras malditas maniobras. Y si tehubieran preso, ¡ahora que tu cabeza está a precio!

—No les temo.

—No se trata de ti, por Cristo, sino más bien de mí. Si tú hubiesessido detenido en tierra, ¿qué habría hecho yo aquí?

—¡Qué quiere usted! las distracciones son tan raras en nuestroestado... la idea de ver esa fiesta me ha sonreído, ¡y sin duda me haguiado mi buen ángel, padre mío!

—¡No me llames tu padre, condenado! El que tú llamas tu buen ángel,¡por San Juan! tiene el pie torcido.

—Como usted quiera, no insisto en ello... En cuanto a su invitación,hago tanto caso de ella como esto...—Y golpeó con su varilla sus botasque chorreaban agua—. Sepa usted que esperaré no sólo ese guardacostas,sino otro que debe llegar del Este.

—¡Les esperarás! ¡virgen santa! ¡les esperarás! ¡Oh San Francisco,rogad por mí!

Y después de un momento de silencio, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Arriba todo el mundo, arriba, hermano mío! En nombre del superior deSan Francisco, yo os orde...

—¡Acabemos, fraile!—dijo el condenado; y le puso una mano sobre laboca, y con la otra oprimió tan violentamente el brazo del tonsurado,que el desgraciado comprendió toda la significación del gesto y searrojó sobre el puente del navío con la expresión de ese terror mudo quenos anonada cuando tenemos la convicción íntima de no poder escapar a unpeligro inminente.

El gitano sonrió compasivamente; después miró fijamente en dirección ala bahía de Cádiz.

—¡Por las rocas de la Carniola! ¡tardas bastante tú también!—exclamóviendo la segunda escampavía destacarse del horizonte y avanzar conrapidez—. Llegan aquí como dos sabuesos que atacan a una corza en unzarzal; pero los sabuesos son pesados y torpes mientras que la corza esastuta y ligera. ¡Por sus ojos azules! la caza va a comenzar, porque seoyen los cuernos.

Era una de las escampavías que había disparado un cañonazo. A esteruido inesperado, el desgraciado fraile dio un salto convulsivo, levantóinstintivamente la cabeza por la borda, y, viendo las dos escampavías,la bajó rápidamente y se precipitó en el sollado haciendo repetidasveces la señal de la cruz.

El gitano se aproximó silenciosamente a la brújula, comparó su direccióncon la del viento, calculó las probabilidades de la brisa, reflexionó uninstante... después tomó un silbato de oro suspendido de su cintura, selo llevó tres veces a la boca, y de un salto se plantó en elempalletado.

A esta señal, diez y ocho negros subieron silenciosamente al puente.Apenas se había oído un segundo toque de silbato, cuando la tartanahabía aparejado y desplegado su antena, su bauprés y su trinquete y elcondenado manejaba la barra del timonel. Las dos escampavías se ibanaproximando, una por cada lado, y no estaban a un tiro de cañón de latartana, cuando ésta viró en redondo, pasó intrépidamente por entre susenemigos, al mismo tiempo que les enviaba una andanada, y se precipitóen dirección a la punta de la Torre. Esta increíble maniobra no podíaintentarse más que con un navío tan velero y de una marcha tan segura;porque antes que las dos escampavías se hubiesen colocado de popa alviento, el gitano bordeaba ya el promontorio, que le ocultaba a los ojosde los españoles, ocupados aún en orientarse.

Es en este lugar donde loshabitantes de Santa María le perdieron de vista.

A un tiro de fusil de la base de este promontorio se elevaba una cadenade enormes bloques de granito que formaban, avanzándose hacia el mar,los bordes escarpados de un estrecho canal que serpenteaba entre ellos yel pie de la montaña y no tenía más salida que a través de losrompientes más peligrosos.

El gitano estaba tan acostumbrado a semejantes escollos, que se aventurósin temor por aquel pasaje, y después de haber navegado con una destrezamaravillosa, hizo cargar todas las velas y desarbolar largando losobenques, que no estaban establecidos sobre un sitio fijo, sino sobrelas garruchas; de modo que al cabo de algunos minutos la tartana, quetenía muy poco calado, había quedado lisa como un pontón y enteramenteoculta por las rocas que disimulaban el canal por la parte del mar.

Una vez allí, el silbato del condenado resonó de nuevo, pero en dosveces distintas, con modificaciones singulares.

Bien pronto se oyó el ruido de unos remos que batían el aguaacompasadamente, y se vio salir de detrás de un grupo de rocas unatartana semejante en un todo a la del gitano. En ella iba el joven decara femenina e imberbe que tanto había asombrado al barbero Flores. Elcondenado le hizo un gesto que él pareció comprender, porque haló sunavío a lo largo de los escollos mientras la profundidad del agua no erasuficiente; luego, habiendo llegado al otro extremo del canal, despuésde haber evitado hábilmente una multitud de arrecifes, el viento hinchósus velas y desembocó por el pasaje en el instante mismo en que las dosembarcaciones españolas doblaban el promontorio. Cuando vieron estanueva tartana, forzaron las velas y se echaron sobre ella, creyendoperseguir aún al gitano.

—Sois unos valientes cazadores—decía éste tranquilamente desde suescondite—.

La corza os ha dado el cambiazo, y estás sobre una falsapista; y mientras que ese pavo va a cruzar en todos los sentidos parafatigarlos y arrastraros en su persecución, la corza pondrá a buenrecaudo los ricos tejidos de Venecia, los aceros de Inglaterra y loscobres de Alemania que tiene encerrados en su vientre. ¡Vamos, vamos! ¡ala caza, y por esa estrella que comienza a brillar, pueda la mía serdichosa esta noche, porque el sol baja!

En efecto, ya el sol tocaba a su ocaso, y el mar y el cielo,confundiéndose en el horizonte inflamado, no formaban más que un inmensocírculo de fuego. La cima de las olas centelleaba iluminada por loslargos reflejos dorados que venían a extinguirse en las sombras queproyectaban las grandes rocas de la costa.

Largo tiempo se vio a la tartana maniobrar con una agilidad sorprendentepara escapar a las dos escampavías. Tan pronto aligeraba el aparejo yponía la proa a través del oleaje que cubría al buque de una espumablanca que caía en lluvia brillante con todos los matices del arco irisy parecía rodearle de una aureola de púrpura y azul; y allí,pérfidamente, esperaba a sus enemigos, abandonándose a las ondulacionesdel agua... Después, cuando se aproximaban, creyendo ya echarle mano,ponía la popa al viento, extendía sus velas como grandes alas depúrpura, y dejaba bien lejos a los bonachones guardacostas que se habíanlocamente alabado de atraparle.

Tan pronto, virando en redondo y cubriéndose repentinamente debanderolas y paveses de mil colores, corría al encuentro de susperseguidores. Estos se separaban inmediatamente para tomarla entre dosfuegos, y se precipitaban activamente al combate. Pero la tartana, comouna coqueta, inconstante y caprichosa, reanudaba su rumbo primitivo, y ala velocidad de todo su velamen, iba a sumergirse en las oleadas de luzque abrazaban la atmósfera, desesperando así a los honrados guardacostasque se apuntaban un nuevo fracaso. En fin, después de dar numerosaspruebas de su superioridad maniobrera y de marcha y fatigar a lasescampavías, conseguía arrastrarlas bien lejos del lugar donde el gitanocontaba llevar a cabo su desembarco.

Porque la maldita tartana cumplió tan bien sus instrucciones, que poco apoco el vapor fue velando a las tres embarcaciones que se hundieron enla bruma y desaparecieron cuando el sol no arrojaba ya más que unaclaridad sombría y rojiza, y las estrellas comenzaban a brillar.

En aquel momento, el gitano, inclinado sobre la borda de su tartana,escuchaba con oído atento un ruido cadencioso que resonaba pesadamentecomo el paso de muchos caballos.

—¡Ellos son, por fin!—exclamó.

V

L A B L A S F E M I A

¿No eres, pues, más que un fraile llorón?

J. JANIN, Confesión.

No se podía descender de la cima de la montaña de la Torre, más que porun sendero estrecho tallado en la roca, que daba una serie de rodeos. Lapendiente del camino era casi menos rápida, pero se necesitaba muchotiempo para llegar hasta la playa.

A la entrada de este sendero apareció un hombre a caballo, al que sedistinguía difícilmente a la pálida luz del crepúsculo; se detuvo depronto, pareció conferenciar con algunos de sus compañeros, sin dudaocultos entre los áloes, y después arrojó al aire un cigarrilloencendido que describió una ligera faja de fuego.

Cuando la misma señal hubo partido de la tartana, aquel hombre continuósu marcha seguido de una docena de españoles, también a caballo, queavanzaron con precaución por entre las numerosas rampas de aquel difícilcamino. Los unos llevaban sombrero, los otros una redecilla o un simplepañuelo de colores vivos cuyos extremos flotaban sobre sus hombros; perotodos tenían el color atezado, los ragos duramente característicos y elaspecto poco tranquilizador que distingue a los contrabandistas detierra que operan en el litoral andaluz. Sus caballos iban cargados condos anchos cofres cubiertos de una tela alquitranada, de una ligerezaextraordinaria, pero tan grandes, que el jinete no podía montar más quesobre la grupa, donde se sentaba como un timbalero delante de sustimbales; además, pieles de carnero rodeaban sus cascos, de modo que eraimposible oírlos cuando marchaban al paso.

Llegados a la playa, a dos tiros de fusil de la tartana, el jefe deaquellos hombres detuvo su caballo y dijo a sus compañeros:

—¡Por la silla de mi patrón!—aquí se quitó el sombrero—; hijos míos,a la claridad de la luna que se levanta, yo no veo sobre el puente delnavío más que al maldito con su gorra y su pluma blanca.

—¿Dónde está, pues, el hermano?

UNA VOZ.—Si el hermano no está presente, ni un real de esas mercancíasentrará en mis cofres, ¡Dios me salve! pero el superior del convento deSan Juan hace muy mal en emplear a semejante descreído para desembarcarsu contrabando, y aunque tenga allí un fraile para bendecirlo y paraborrar las garras de Satanás, soy de opinión que tarde o tempranoseremos castigados por traficar con un excomulgado. ¡Amén!

EL JEFE.—¿Y crees que no temo, como tú, la cólera de la Virgen al tocarunas mercancías que ¡por Santiago! huelen más a azufre que a cera?

UN FILÓSOFO ( que había sido cocinero)—.¡Pero pensad, compadres,pensad que en todas las tiendas del camino las cambiarán por buenosdóllares de a cuatro sin preocuparse de si huelen a azufre o a cera!

EL JEFE.—¡Cállate, impío!

EL FILÓSOFO.—Después de todo, no son los exorcismos del reverendo losque le quitarán el olor, si es que lo tienen; a mí que me den lasmercancías endiabladas, si son más baratas, y yo hago mi negocio; porquesoy de opinión...

¡Ave María purísima! compadeced al blasfemo—dijeron loscontrabandistas persignándose y estremeciéndose de horror.

Muchos fervientes católicos hasta se buscaron sus cuchillos.

El gitano, que no concebía la causa de este retraso, reiteró la señalcon el cigarrillo encendido.

—¡Cuánto tiempo perdido!—dijo el filósofo, y avanzó por el agua hastapoder ser oído de los de la tartana—: ¡Señor condenado, señormaldito!—gritó con aire burlón—

, ¿ha olvidado usted que estas santasgentes no se acercarán si el reverendo, con su presencia, no tranquilizalas conciencias tímidas de estos corderos?—Y volvió a unirse a suscompañeros que le maldecían.

El gitano se golpeó la frente y dio un silbido.

—¡El hermano!—dijo a un negro que se mostró a la entrada de laescotilla.

El negro desapareció y volvió solo al cabo de un instante, haciendo unsigno negativo con la cabeza.

—¡Pues bien, izadle!

El negro entonces, con una prontitud admirable, levantó una antena de laque ató una polea y una cuerda, descendió al sollado y tres minutosdespués se vio al reverendo elevarse majestuosamente, cernerse unmomento por el aire y, descendiendo en un vuelo audaz, tomar tierra allado del condenado, que le desembarazó amablemente de las cuerdas ygarfios de que había sido rodeado aquel nuevo Icaro.

Viendo la ascensión del fraile, los contrabandistas, que esperaban en laplaya, habían gritado gloria in excelsis y se habían arrodillado,creyendo que era un milagro; pero el filósofo rió mucho de susimplicidad.

Cuando el nuevo Icaro estuvo de pie, midió con la vista al gitano con elaire más digno y más despreciativo que le fue posible, casi como elmártir mira a su verdugo.

EL GITANO.—Dispénseme, padre, si le he ayudado a subir, pero esoshonrados contrabandistas esperan con impaciencia que usted ejerza susagrado ministerio.

Y le mostró el grupo que observaba atentamente lo que pasaba a bordo.

EL FRAILE.—¡De cuánta caridad cristiana no he de estar dotado paraconsentir en pasar días enteros con un apóstata, con un réprobo de lapeor especie, y todo para purificar lo que tu herético y satánicocontacto ha manchado; a fin de que los cristianos puedan servirse deesas mercancías sin temer la cólera del Cielo!

EL GITANO.—¡Qué quiere usted, padre mío! Su superior me paga bien y meemplea para desembarcar los objetos de contrabando de que el conventoestá abarrotado; me emplea porque sabe que nadie mejor que yo conoce lasrevueltas y los escondrijos de esta costa, y que, si me prenden, en nadahe de comprometerle... Pero ¡anatema, como usted dice, anatema! estoymaldito. Ya se sabe... y como los españoles, aun siendo contrabandistas,son demasiado religiosos para comprar cualquier cosa que haya tocado unexcomulgado, le envían a usted para que bendiga estas ricas telas, estosbrillantes aceros, a fin de que quede tranquila la conciencia de loscompradores y de aligerar la cueva del convento. En fin, aunque enpequeño, somos Dios y el diablo.

EL FRAILE.—¡Miserable!... ¡renegado!... ¡descreído!

EL GITANO.—Además, usted hace un honrado comercio con esas buenasgentes, porque les vende un poco demasiado caro sus bendiciones y susexorcismos, que, aquí entre nosotros, no hacen la seda más fina ni elacero más flexible.

EL FRAILE.—¡Hijo de Satanás! ¡infame condenado!

EL GITANO.—Pero como vuestro gracioso soberano paraliza todas lasindustrias y prohíbe todo aquello que no deja fabricar, el contrabandose hace indispensable; los frailes lo explotan con Gibraltar, y losespañoles pagan doble lo que podrían fabricar en casa. A mí me hace estomucha gracia.

EL FRAILE.—¡Execrable réprobo! yo...

EL GITANO.—¡Basta, fraile, esas gentes te esperan! Ve a cumplir tuobligación, porque el tiempo pasa y la noche avanza.

—¡Perro maldito! ¡mi obligación!... ¡mi obligación!...—murmuró elfraile ganando la orilla por medio de un puente lanzado desde latartana, y por el cual también el gitano había bajado, montado sobre sucaballito que habían izado desde la cala, lo mismo que al reverendo.

Mientras que el gitano se ocupaba en hacer desembarcar las mercancías,el reverendo se había aproximado a los contrabandistas.

—¡La paz sea con vosotros, hermanos míos!—les dijo.

—¡Amén!—respondieron ellos, besándole el hábito.

EL FRAILE.—Ya veis, hijos míos, cuán cara me es vuestra salvación, y...

EL FILÓSOFO.—Es decir: nos es cara... a nosotros. ¡Pero Dios haga queese capital, colocado aquí en oremus, nos proporcione allá arriba lavida eterna!

—¡Silencio, el hereje!—gritaron.

El fraile hizo un gesto despreciativo y continuó:

—¡Cuán cara me es vuestra salvación!... porque yo me expongo a pasardías enteros con ese hijo de Satanás, para que Dios no se irrite devuestras relaciones con él.

—Y para hacer su pacotilla—repuso el incorregible filósofo.

—Por eso os bendecimos, padre mío—gritaron los otros contrabandistas afin de ahogar aquella impertinente interrupción.

EL FRAILE.—¡Jesús! hijos míos, yo lamento tanto como vosotros el queesa tartana sea mandada por un renegado; pero ese renegado es el únicohombre, es decir, el único descreído, que conoce bien esta costa. ¡Ay!¡no presentarse un cristiano!

—Oiga, padre mío—dijo el hombre víctima de la distracción de Flores,el hombre de la evacuación sanguínea—, oiga, ¿es una buena acciónlibrar al mundo de un pagano?

—¡Se gana el Cielo, hijo mío!

—Gracias, padre mío—y se alejó.

En aquel momento, el gitano había descendido de su caballo, y permanecíaabsorto en sus reflexiones, mientras que los negros acababan eldesembarque. Su fiel Iscar se revolcaba sobre la arena y mojaba suslargas crines, cuando de pronto dio un brinco y lanzó un relincho quehizo volver bruscamente a su dueño y le sacó de su ensimismamiento.

En aquel momento, el cuchillo del marino se levantaba sobre el pecho delgitano; éste asió al asesino por la garganta con tal prontitud y fuerza,que no pudo ni lanzar un grito. El cuchillo cayó de sus manos; sus ojosgiraron en sus órbitas y sus dedos quedaron rígidos; poco a poco sefueron aflojando, sus brazos cayeron a lo largo del cuerpo, sus piernasse debilitaron, y cayó estrangulado. Sus compañeros creyeron que setrataba de un fardo.

—¡De rodillas, hijos míos!—dijo el fraile a los contrabandistas.

Todos se arrodillaron, menos el filósofo, que miraba la luna silbando el Trágala.

Entonces el fraile, armado de un hisopo, se aproximó a los fardos y diouna vuelta alrededor de ellos diciendo:

—¡Atrás, Satán, atrás! y que este signo de redención purgue a esasmercancías de la mancha que la herejía ha impreso en ellas. ¡Atrás,Satán, atrás!

Y echó torrentes de agua bendita sobre las cajas.

—Las moja demasiado; va a estropearlas—dijo el filósofo.

—¡Silencio!—gritaron todos a la vez.

—¡Atrás, Satanás!—dijo otra vez el fraile—. Ahora, hermanos míos, yapodéis tocar esos objetos.

Los contrabandistas le rodearon apresuradamente, y él sacó un largopapel de su cintura.

—Esas seis balas, hijos míos, son de sederías venecianas cuyas muestraspodéis ver a la luz de este farol. ¡Ved qué hermosos colores! ¡y quétejido tan suave y tan apretado! La pondremos a dos doblones la vara,hijos míos.

—¡Oh! ¡padre mío!

—Tened en cuenta que ya está bendecida, hijos míos.

—¡Por los cuernos de Satanás! el sello de la aduana del Cielo noscuesta más caro que la de Cádiz—exclamó el maldito filósofo.

—¡Cállate, miserable!—dijo el fraile.

—Pero, reverendo, ¡dos doblones!

—Si es regalado, hijo mío. Ya se los cuesta al superior.

Y la discusión iba a entablarse, cuando, de lo alto del sendero, acudiócorriendo un hombre presa de la mayor agitación; era el pescador Pablo.

—¡Por la Virgen, huid!—exclamó—, ¡huid! los aduaneros me persiguen;hemos sido traicionados por el marino Punto. El ha indicado el lugar deldesembarque al alcalde de Vejer; le ha prometido matar al gitano y le haprometido además aumentar el desorden que produciría su muerte, largandolas amarras de la tartana para dar tiempo a los aduaneros de llegar y decortaros la retirada.

—¡Muera! ¡muera Punto!—y los cuchillos brillaron.

—Eso no es todo—añadió—; los crímenes y las profanaciones del malditorecaerán sobre vosotros, y el señor obispo ha ordenado que os prendan oque os den muerte como a los lobos de la sierra, por haberos unido a unrenegado.

—¿El santo pastor cambia sus ovejas por lobos? ¡Qué milagro!—añadió elfilósofo.

—Así, pues, ¡huid!... ¡huid!... no habrá cuartel para vosotros.

—¡Muera Punto el traidor, muera!—y todos los cuchillos salieron de susvainas.

—Ya está muerto—dijo el gitano empujando el cadáver con el pie—. Demodo que, cargad de prisa vuestras mercancías, porque la marea sube y elcielo se cubre de nubes; y una vez que hayáis visto brillar allá arribalas carabinas de los aduaneros, tendréis que escoger entre el fuego y elagua, hijos míos.

Después dio un silbido prolongado, y todos los negros, habiendo vuelto ala tartana, retiraron el puente y marcharon a lo largo de las rocas queformaban el borde opuesto del canal. El condenado permaneció en laplaya, montado sobre su fiel Iscar.

—Ya se lo decía siempre al superior—gritaba el fraile—. Prevenga alseñor obispo de que el condenado está a su servicio, y así él obrará enconsecuencia. Nada... él ha querido ocultárselo, y he aquí lo queocurre.

Y dirigiéndose al gitano, le preguntó con inquietud:

—¿Por qué haces alejar tu embarcación? ¿es que tendremos que abordarlaa nado?

—¿Y de qué nos serviría la embarcación ahora padre mío? No puedo ir conniebla por entre esos rompientes.

—Pero al menos estaríamos en seguridad, en el caso en que los aduanerosbajasen para sorprendernos; y, ¡por Cristo! no podrían aproximarse a latartana entre esos peñascos y esas olas. Haz poner el puente.

El gitano, sonriendo, hizo un gesto negativo que aterró al fraile.

Los contrabandistas no habían tomado parte en esta discusión; tal prisase daban a embalar las mercancías que contaban obtener a mejor precio,gracias a este incidente.

El filósofo, sobre todo, cargaba de tal modo asu caballo, que el desgraciado animal se doblegaba bajo el peso de lasmercancías; no obstante, el filósofo continuaba acumulando fardo sobrefardo, mientras murmuraba:

—Una vez en el camino de Vejer, será preciso que Dios te preste lasalas de un serafín para que me alcances, fraile.

Y su caballo llevaba, al menos, una tercera parte de la carga de latartana.

—¡Ah! ya caigo—dijo el fraile a quien el signo del gitano habíaasustado mucho—, ya caigo; el señor capitán se queda con nosotros,porque conoce una salida secreta que puede ayudarnos a salir de estaensenada sin necesidad de subir por ese camino, tan alto como la escalade Jacob. El señor capitán me lo ha dicho cien veces, ahora lo recuerdo.

Al acabar estas palabras, sus dientes se entrelazaban; estaba tan pálidocomo un cadáver, y no obstante quiso sonreír y miró al excomulgado conel aire más humilde y más amable.

El rostro del gitano adquiría una expresión equívoca, cuando, alfogonazo de un tiro que partió de lo alto de la montaña, se vio a losaduaneros que se preparaban y tomaban posiciones. Toda esperanza deretirada por aquel lado se había perdido.

—¡Virgen santa!, ¡sálvenos, señor capitán, sálvenos!—dijo el fraile—;¡la salida!

¡Señor! ¡indíquenos la salida!

—¡La salida!—repitieron los contrabandistas con espanto, sin saber delo que se trataba.

—¿Qué salida?—preguntó el gitano—. Usted está soñando, padre mío, yme temo que sea un mal sueño; porque los aduaneros empiezan a bajar ylas balas silban.

¡Oiga!...

—¡Pero, Dios mío! Usted me había dicho que en medio de esas rocasexistía un paso oculto que daba a la costa, un paso que podía darnos elmedio de salir de esta, ensenada que ya el mar va cubriendo... ¡Virgensanta! ¡por todas partes rocas cortadas a pico!—exclamó el frailedesesperado, mirando por encima de su cabeza.

—¡Por todas partes rocas cortadas a pico!—repitió el gitano.

—Vamos, reverendo, un milagro; éste es el momento—dijo el filósofo quemiraba dolorosamente su caballo tan ricamente cargado.

Muchos tiros partieron de nuevo de la cima de la montaña, pero las balascaían muertas; porque los aduanares se aproximaban lentamente y estabanaún muy lejos, a causa de las vueltas que daba el sendero. La lunabrillaba en medio de un hermoso cielo, y su dulce claridad alumbraba entodos sus detalles aquel curioso cuadro.

—¡Cuánto me gusta una hermosa noche de verano!—dijo el gitano—; lasflores se abren para aspirar la frescura del aire, y sus perfumes nosllegan más suaves. ¿Sentís, hermanos míos, el rico olor de los áloes yde los naranjos?

Una nueva descarga interrumpió este inconveniente monólogo, pero estavez cayó un contrabandista.

—¡En nombre de Cristo! tú debes salvarnos ¡en nombre de Dios, yo te loordeno!—

gritó el fraile enseñándole el cielo.