Plick y Plock by Eugène Sue - HTML preview

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L A C A ZA

¡Away!... ¡Away!...

BYRON.

¡Adelante!... ¡Adelante!

Todo dormía a bordo de El Gavilán; únicamente Melia había subido alpuente, agitada por una vaga inquietud. Aunque la noche fuese aúnsombría, un resplandor pálido que asomaba por el horizonte, anunciaba laproximidad del crepúsculo. Bien pronto, amplias fajas de un rojo vivo ydorado surcaron el cielo, las estrellas palidecieron y desaparecieron,el sol se anunció por un incendio lejano y luego se elevó lentamentesobre las aguas azules e inmóviles del Océano, que pareció cubrir de unvelo de púrpura.

La calma continuaba siendo completa y el brick permanecía en la mismasituación que desde la noche. Melia meditaba sentada en un banco, con lacabeza oculta entre las manos; pero cuando la levantó, el día, yabastante adelantado, le permitió distinguir todos los objetos que larodeaban, y se estremeció de horror y de asco.

Se veía a los marineros acostados entre los platos y los restos delfestín de la noche, y todo en el desorden más completo; las brújulasderribadas, las jarcias y las cuerdas confusamente mezcladas, armas yvasos hechos añicos, toneles desfondados dejando correr sobre el puenteríos de vino y de aguardiente... Aquí, bravos camaradas dormidos, en lasposiciones más extravagantes, y oprimiendo aún una botella de la que noquedaba más que el cuello, parecidos a esos fieros guerreros musulmanes,que, ya muertos, aun conservaban el puño de la daga. Allá, dormía unpirata con el cuello bajo la rueda del timón, de modo que, al menormovimiento de rotación, su cabeza debía quedar indefectiblementedestrozada.

Un verdadero amanecer de orgía, ¡y de orgía de pirata!

Melia comenzó por bendecir a la Providencia porque había protegido contanta solicitud a toda aquella honrada sociedad, que el brick mecíasobre las aguas; porque, gracias a la incuria que de momento reinaba abordo, si una tempestad se hubiese elevado durante la noche, todo sehubiera ido a rodar, El Gavilán, Kernok, la tripulación y los diezmillones, ¡qué lástima!

Por esto quería rezar. ¡La pobre joven encontraba a bordo tan pocasocasiones de elevar su alma al Ser Supremo! Para rezar, se arrodilló yvolvió involuntariamente los ojos hacia la línea vaporosa y azulada queceñía el horizonte; pero no rezó. Su mirada, dejando de vagar, se fijóen un punto al principio incierto, pero que bien pronto pareciódistinguir mejor; en fin, poniéndose las manos encima de las cejas, paraaislarse mejor de los rayos del sol, permaneció un instantecontemplativa, después sus facciones adquirieron una viva expresión detemor, y en dos saltos se plantó en la cámara de Kernok.

—Estás loca—decía el pirata subiendo al puente con un paso aún pesadoy vacilante—; pero si me has despertado por nada...

—Mire—respondió Melia presentándole un anteojo con una mano, mientrasque con la otra designaba un punto blanco que se veía en el horizonte.

—¡Maldición!—gritó Kernok después de haber mirado atentamente, y llevóvivamente el aparato al ojo izquierdo—. ¡Mil rayos!

Y frotó el vidrio del anteojo como para asegurarse de que veíaclaramente y de que ninguna ilusión de óptica le engañaba. No, no seengañaba... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

... ... ...

(Aquí

un

crescendo

de

todo

lo

que

podáis

escoger

de

más

vigorosamenteimprecativo en el glosario de un pirata.) Apenas este torrente de maldiciones y de juramentos hubo salido de suboca, Kernok se armó de un espeque. Un espeque es un palo de madera deunos cinco o seis pies de longitud y de cuatro pulgadas decircunferencia. El espeque sirve para maniobrar la artillería de abordo. Kernok cambió provisionalmente este destino, porque empleó elsuyo en despertar a la gente. Y los golpes de espeque, gloriosamenteacompañados de juramentos capaces de pulverizar al buque, fueron cayendocomo lluvia de granizo, tan pronto sobre el puente, como sobre losmarineros dormidos. Así, cuando el capitán hubo acabado su ronda, casitodos los hombres estaban en pie, frotándose los ojos, la cabeza o laespalda, y preguntaban, dando unos bostezos horrorosos:

—¿Qué pasa, pues?

—¡Que qué pasa!—gritó Kernok con voz de trueno—; ¡que qué pasa,perros! pues que un barco de guerra; una corbeta inglesa que fuerza suaparejo para alcanzarnos...

una corbeta que tiene sobre El Gavilán laventaja de la brisa, porque el viento es más fuerte allá abajo, y sólonos llegará con ese inglés ¡que mal rayo parta!

Y todas las miradas se volvieron hacia el punto que Kernok designaba conel extremo del anteojo.

—¡Ocho, diez, quince portas!—exclamó—; una corbeta de treintacañones; ¡muy bonito! y por añadidura, de la escuadra azul.

Llamó a Zeli.

—Oye, Zeli, no se trata de hacer tonterías; haz colocar los remos yponerlo todo en orden lo más pronto posible; viremos en redondo ydespejemos el campo; El Gavilán no tiene el pico ni los espolonesbastante duros para recrearse con semejante presa.

Después echó mano de la bocina:

—¡Cada uno a su sitio para largar las gavias y los foques! ¡En líneapara largar los juanetes y los contrajuanetes, a aparejar las barrederasaltas y las bajas! y vosotros, muchachos, a los remos; si podemos tomarel viento, El Gavilán no tiene nada que temer. Ya sabéis ¡pardiez! quetenemos diez millones a bordo. ¡De modo que, elegiréis entre sercolgados en las vergas del inglés, o entre volver a Saint-Pol con losbolsillos llenos, a beber grog y a hacer bailar a las muchachas!

La tripulación le comprendió perfectamente; la alternativa erainevitable; así, gracias a las velas de que estaba cargado y a susvigorosos remeros, El Gavilán comenzó a hacer tres nudos.

Pero Kernok no se engañaba sobre la marcha de su buque; veía bien que lacorbeta inglesa tenía sobre él una ventaja real, puesto que venía con elviento. Por lo tanto, obrando como un capitán prudente, ordenó hacerzafarrancho de combate, abrir el pañol de la pólvora, llenar losdepósitos de balas, subir al puente las picas y las hachas de abordaje,velando en todo con una actividad increíble y pareciendo multiplicarse.

La corbeta inglesa avanzaba, avanzaba siempre...

Kernok hizo llamar a Melia, y la dijo:

—Querida amiga, probablemente se calentará el horno; vas a bajarinmediatamente a la cala, sin menearte más que lo haría un cañón sobresu afuste... ¡Ah! y a propósito, si notas que el brick hace algúnmovimiento y desciende, es que nos vamos a fondo.

Ya me comprendes... ymás bien espero eso que no ver a una marsopla fumar en pipa.

Vamos bastade lloros, bésame, y que no vuelva a verte hasta después del baile, sies que no dejo la piel.

Melia se puso talmente pálida, que se la hubiera podido tomar por unaestatua de alabastro...

—Kernok... déjeme a su lado—murmuró, y arrojó sus brazos al cuello delpirata, que se estremeció un momento y después la rechazó.

—¡Vete!—exclamó—; ¡vete!

—¡Kernok!... ¡déjame velar por tu vida!—dijo echándose a sus pies.

—Zeli, líbrame de esta loca y bájala a la cala—dijo el pirata.

Y como fuese a apoderarse de Melia, ella se desprendió violentamente, yse aproximó a Kernok, con el color animado y la vista brillante.

—Al menos—dijo—, toma este talismán; póntelo y protegerá tu vidadurante el combate; su efecto es cierto; fue mi abuela quien me lo dio.Ese mágico talismán es más fuerte que el destino... Créeme, póntelo.

Y ella tendía a Kernok un saquito suspendido de un cordón negro.

—¡Atrás esa loca!—dijo Kernok encogiéndose de hombros—; ¿me has oído,Zeli?

¡a la cala!

—Si tú mueres, que sea por tu voluntad; pero al menos yo compartiré tusuerte.

Ahora, nada, nada en el mundo protegerá mi vida; ¡vuelvo a sermujer como tú eres hombre!—exclamó Melia que arrojó el saquito al mar.

—¡Excelente muchacha!—dijo Kernok siguiéndola con la vista mientrasque dos marineros la bajaban al sollado por medio de una silla atada auna larga cuerda.

Y la corbeta inglesa se aproximaba siempre...

Zeli se aproximó a Kernok.

—Capitán, la corbeta nos toma la delantera.

—¡Bien lo veo, viejo tonto! nuestros remos no hacen nada y fatiganinútilmente a los hombres; hazlos retirar, cargar los cañones con dosbalas, colocar los garfios de abordaje, los pedreros en las gavias. Haztambién arriar las barrederas; si la brisa nos ayuda, nos batiremossobre las gavias; es el mejor portante de El Gavilán.

Cuando la maniobra fue ejecutada, Kernok arengó a sus hombres en lasiguiente forma:

—Muchachos, he ahí una corbeta que tiene las costillas sólidas;estrecha tan de cerca a El Gavilán, que no podemos esperar escaparnosde ella; además, tampoco es necesario. Si nos hacen prisioneros, seremoscolgados; si nos entregamos, también; combatamos, pues, como bravosmarineros, y quién sabe si, como dice el proverbio, apretando lostalones, salvaremos los calzones. ¡Voto a tal! muchachos, El Gavilán ha echado a pique a un gran buque sardo de tres palos en las costas deSicilia, después de dos horas de combate; ¿por qué ha de temer a esacorbeta del pabellón azul? Pensad también que tenemos diez millones queconservar. ¡Pardiez! ¡muchachos, diez millones, o la cuerda!

El efecto de esta peroración fue inmediato, y toda la tripulación gritóa la vez:

—¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!

La corbeta se hallaba entonces tan próxima que se distinguíanperfectamente sus amuras y su aparejo.

De pronto se elevó una ligera humareda, brilló un relámpago, resonó unruido sordo y una bala silbando pasó cerca del bauprés de El Gavilán.

—La corbeta empieza a hablar—dijo Kernok—, es nuestro pabellón el quequiere ver, ¡la curiosa!

—¿Cuál hay que izar?—preguntó Zeli.

—Este—contestó Kernok—, porque hay que ser galante.

Y empujó con el pie una vieja chaqueta de marinero, cubierta de manchasde vino y de alquitrán.

—¡Es raro!—dijo el contramaestre, y el guiñapo subió majestuosamentehasta lo alto de la driza.

Se supone que la broma pareció un poco pesada a los de la corbeta,porque dos cañonazos partieron casi inmediatamente y las balas hicieronbastantes destrozos en el aparejo de El Gavilán.

—¡Oh! ¡oh! ya nos incomodamos... no hay que hacerse de rogar—dijoKernok—.

¡A mí, Melia!—y se precipitó sobre la culebrina que él habíabautizado con este nombre, tomó medidas y apuntó—: ¡Ahí va eso!—e hizojugar la batería.

—¡Bravo!—exclamó cuando el humo se hubo disipado y pudo apreciar elefecto del disparo—, ¡bravo! Mira, Zeli, mira, ya tiene su mastelero defoques destrozado: esto promete, muchachos, esto promete; pero es cuando El Gavilán le arañe sus costados con los garfios de abordaje, cuandoreirá el inglés.

—¡Hurra, hurra!—gritó la tripulación.

La corbeta no respondió al disparo de Kernok, reparó prontamente susaverías, y se dejó ir sobre el corsario.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . .

Entonces estaba tan cerca, que se oían las voces de mando de losoficiales ingleses.

—Muchachos, a vuestras piezas—dijo Kernok precipitándose hacia unbanco con la bocina en la mano—; a vuestras piezas, y ¡voto a tal! nohagáis fuego sin que os lo manden.

XI

E L C O M B A T E

¡El

abordaje!...

¡El

abordaje!...

Unos

se

suspenden

de

las

jarcias,

otros

se

lanzan

hacia

los

obenques.

VÍCTOR HUGO, « Navarin».

—¡Maestro Durand, balas!—¡Maestro Durand, acaba de declararse una víade agua!—¡Maestro Durand, mi cabeza, mi brazo, mire cómo sangra!

Y el nombre del maestro Durand, el artillero-cirujano-calafate de abordo, resonaba desde el puente a la cala, dominando el ruido y eltumulto inseparables de un combate tan encarnizado como el que selibraba entre la corbeta y el brick; y, en efecto, a cada andanada queenviaba, El Gavilán temblaba y crujía en su armazón, como si hubieseestado a punto de abrirse.

—¡Maestro Durand, balas!—¡La vía de agua!—¡Mi pierna!—repetían vocesconfusas.

—Pero ¡con mil diablos! un instante; no puedo hacerlo todo; llevarbalas arriba, reparar abajo una avería, curar vuestras heridas... Espreciso empezar por lo primero, y después se ocuparán de vosotros,montón de vocingleros; porque, ¿para qué sois buenos ahora? sois taninútiles como una verga sin velas y sin relingas.

—¡Maestro, balas! ¡pronto, balas!

—¡Balas! ¡santo Dios, qué cañonazos! si vais tan de prisa durante uncuarto de hora, las gargantas de nuestros cañones se secarán pronto.Tomad, hijos míos, y cuidadlas bien, son las últimas.

Entonces el señor Durand abandonó el saco de artillero para tomar elmartillo del calafate, y se precipitó hacia la bodega para tapar la víade agua.

—¡Voto a tal! sufro mucho—decía el maestro Zeli.

Estaba tendido en tierra en el fondo del sollado, iluminado apenas porun farol cuidadosamente cerrado; el muslo derecho estaba casi separadodel tronco; en cuanto al izquierdo, una bala se lo había llevado.

A su alrededor gemían otros heridos, confundidos todos sobre el suelo,esperando que el señor Durand pudiese abandonar el martillo por elcuchillo.

—¡Voto a tal! tengo sed—continuó el maestro Zeli—; me siento débil;apenas si oigo hablar nuestros cañones; ¿es que están constipados?

Al contrario, las andanadas eran más fuertes y más frecuentes que nunca;lo que ocurría es que el oído del maestro Zeli estaba ya debilitado porla proximidad de la muerte.

—¡Oh! tengo sed—dijo—y frío, ¡yo que tanto calor tenía hace unmomento!

Después, volviéndose a un compañero:

—Fíjate tú, polaco, ¿es que quieres quedarte tieso como ese que tienesal lado? ¡Oh!

¡el cochino! ¡qué feo es! ¡Toma! ahora pone los ojos enblanco.

Era uno que expiraba en las últimas convulsiones de la agonía.

—Durand, ¿vendrás de una vez?—gritó de nuevo Zeli—; ven a ver mipierna, viejo mío.

—Al instante estoy para ti; otro martillazo nada más, y la avería quetenemos en la línea de flotación habrá desaparecido del todo... Bueno,ya te ha llegado el turno; ¿es que no somos cuñados?

—Sí, un poco—respondió Zeli.

El señor Durand descolgó el farol y lo aproximó al maestro Zeli queesbozó una entre mueca y sonrisa, muy orgulloso de la sorpresa que iba adar a Durand.

—¡Toma!—dijo el cirujano-calafate-artillero—, ¿dónde está tu otrapierna, farsante?

—Allá arriba, sobre el puente, quizás aún... Vamos, desembarázame deésta, porque me incomoda mucho. Parece que me han atado una bala detreinta y seis al pie. ¡Oh! y tengo sed, siempre sed.

Mientras examinaba la pierna del maestro Zeli, el señor Durand sacudiótres o cuatro veces la cabeza y silbó, muy bajo, es verdad, el aire del Botón de rosa, para acabar diciendo:

—Estás... fastidiado, viejo mío.

—¡Ah! pero, ¿de veras?

—Sí, sí.

—Entonces, si tú eres un buen muchacho, toma mi pistola y levántame latapa de los sesos.

—Iba a proponértelo.

—Gracias.

—¿No tienes ningún encargo que hacerme?

—No. ¡Ah! sí; toma mi reloj; se lo darás a Grano de Sal.

—Bien. Vamos...

—¡Ah! me olvidaba; si el capitán no revienta allá arriba, dile de miparte que ha mandado como un valiente.

—Bien. Vamos...

—¿De modo que tú crees que estoy lo que se llama...?

—Sí, a fe de hombre, y ya comprenderás que yo no querría hacer una malapartida a un amigo.

—Es verdad. Pero a pesar de eso siempre... Brrr... ¡Qué frío! Casi nopuedo hablar...

Me parece que mi lengua pesa tanto como un pedazo deplomo. Toma, ahora estoy mareado... Adiós, viejo. Otro apretón demanos... Vamos, ¿estás dispuesto?

—Sí.

—Perfectamente. ¡Fuego! eso me curará...

Cayó.

—Pobre b...—dijo el señor Durand.

Esta fue la oración fúnebre del maestro Zeli.

El señor Durand hubiera deseado quizá terminar todas sus operaciones tancaballerescamente, pero sus otros clientes, espantados de la violenciadel tópico, que había, no obstante, dado tan buenos resultados en elmaestro Zeli, prefirieron emplasto de estopa y de grasa, que el honradodoctor aplicaba indistintamente a todo y para todo, con un suplementode consuelos para los moribundos. Tan pronto era:

«¡Bah! Después denosotros, el fin del mundo». O bien: «La próxima campaña debía ser ruda,el invierno frío, el vino malo»; y una multitud de otras graciasdestinadas a endulzar los últimos momentos de los pobres piratas, quetenían el cuidado de abandonar una honorable existencia sin saberdemasiado a dónde iban.

El señor Durand fue interrumpido bruscamente en sus cuidadosespirituales y temporales por Grano de Sal, que cayó como una bomba enmedio de siete agonizantes y de once muertos.

—¿Vienes a estorbarme en mi trabajo, perro?—dijo el doctor.

Y el grumete recibió con esta admonición una bofetada que hubieraabrumado a un rinoceronte.

—No, maestro Durand; al contrario, es que piden municiones allá arriba,porque acaban de enviar la última granada; y no crea usted, la corbetainglesa ha quedado rasa como un pontón, pero sigue haciendo un fuego demil demonios... ¡Ah! Mire, una bala se me ha llevado un dedo. Vea usted,maestro Durand...

—¿Y quieres que yo pierda el tiempo en mirar tu rasguño, bribón, perro?

—Gracias, señor Durand; lo cierto es que vale más eso, que tener unbrazo de menos—dijo Grano de Sal envolviendo precipitadamente en estopalo que le quedaba del dedo—. Pero mire—añadió—, ahí llega unparroquiano, maestro.

Era un herido que descendía al sollado; como estaba mal atado, cayósobre el suelo, quedando muerto.

—Otro que ya está curado—dijo el maestro Durand que estaba absortopensando cómo remediar la falta de balas.

—¡Municiones!... ¡municiones!—gritaban muchas voces con un acento deterror.

—¡Voto a tal! ¡aun cuando debiéramos cargar los cañones con grumetes,se hará fuego contra los ingleses!—exclamó el maestro Durand subiendorápidamente al puente.

Grano de Sal le siguió, no sabiendo si la intención que el doctor habíamanifestado de emplearle como proyectil, era una broma o no. Pero, fiela su sistema de consolarse, se dijo:

—Preferiría eso a ser colgado por los ingleses.

XII

S I G U E E L C O M B A T E

¡Silencio!

todo

ha

terminado,

todo

se

lo

ha

tragado

el

abismo.

La

espuma

de

los

altos

mástiles

ha

cubierto

la

cima.

VÍCTOR HUGO, « Navarin».

—¡Y bien! ¡o vienen balas, o somos hundidos como perros!—gritó Kernokal maestro Durand tan pronto como le vio aparecer sobre el puente.

—¡No queda ni una!—dijo el doctor rechinando los dientes.

—¡Que mil millones de rayos se lleven al brick! ¡y no tener nada, nada,para recibir a los ingleses que van a abordarnos! ¡Mira! ¡voto a tal!¡mira!...

Y diciendo esto, Kernok empujó a Durand contra el empalletado, que caíaa pedazos. En efecto, aunque la corbeta estuviese horriblementeaveriada, se adelantaba viento en popa sobre el brick con un jirón devela de su mesana, mientras que El Gavilán, que había perdido todassus velas, no podía evitar el abordaje que el inglés quería intentar, yque había de serle ventajoso porque eran más.

—¡Ni una bala! ¡ni una bala! ¡San Nicolás! ¡Santa Bárbara, y todos lossantos del calendario, si no venís en mi auxilio—gritó Kernok en unestado de espantosa exasperación—, juro hacer añicos vuestrashornacinas del mismo modo que rompo este compás! ¡Y que un rayo mepulverice si queda piedra sobre piedra de una sola de vuestras capillasen toda la costa de Pempoul!

Y el pirata, echando espumarajos por la boca, había arrojado contra elsuelo una brújula.

Parece que los santos que Kernok implorara tan brutalmente, quisieronportarse como corresponde a gente canonizada. Los hombres hubierancastigado al temerario; los semidioses acudieron en su auxilio,demostrando así que su creencia etérea era superior a nuestrasinteligencias estrechas y rencorosas.

Así, apenas Kernok había terminado su singular y horrible invocación,que, herido por una idea súbita, por una idea de las alturas, quizás,exclamó rugiendo de alegría:

—¡Las piastras!... ¡voto a tal! muchachos, ¡las piastras!... carguemosnuestras piezas hasta la boca: esa metralla vale tanto como la otra. Elinglés quiere moneda; la tendrá, y bien caliente, tanto que, saliendo denuestros cañones, parecerán más bien lingotes de bronce que buenosescudos de España... ¡Subid las piastras!... ¡las piastras!

Esta idea electrizó a la tripulación. El maestro Durand se precipitóhacia el pañol y bien pronto aparecieron tres barriles sobre el puente,unos ciento cincuenta mil francos aproximadamente.

—¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!—gritaron los diez y nueve piratas quequedaban en estado de combatir, ennegrecidos por la pólvora y por elhumo, y desnudos hasta la cintura para maniobrar con más facilidad.

Y una especie de alegría feroz y delirante los exaltó.

—Esos perros de ingleses no podrán decir que somos avaros—exclamóuno—; porque esa metralla les pagará con creces el cirujano que lescura.

—Ya se ve que combatimos con una dama. ¡Voto a tal! ¡cuánta galantería!¡balas de plata!...—dijo otro.

—Yo no pediría más que una carga como esa para divertirme enSaint-Pol—añadió un tercero.

Y efectivamente, echaban el dinero en los cañones a puñados, hastaahogarlos. De este modo pasaron cincuenta mil escudos.

Apenas todas las piezas estuvieron cargadas, cuando la corbeta, que seencontraba cerca del brick, maniobró de modo de meter su bauprés en losobenques de El Gavilán; pero Kernok, por un movimiento hábil, evitó elchoque y luego se dejó derivar por el inglés.

A dos tiros de pistola, la corbeta envió su última andanada, porque ellatambién había agotado sus municiones; también se había batido bravamentey también había hecho prodigio de valor durante las dos horas delencarnizado combate.

Desgraciadamente, el oleaje impidió a los inglesesapuntar bien, y toda su andanada pasó por encima del corsario, sinhacerle daño.

Un marinero del brick hizo fuego antes de la orden.

—¡Perro aturdido!—exclamó Kernok, y el pirata rodó a sus pies, abatidode un hachazo.

—Sobre todo—añadió—, no hagáis fuego hasta que estemos casitocándonos; en el momento en que los ingleses vayan a saltar sobrenuestro puente, nuestros cañones les escupirán en el rostro, y ya veréiscómo eso les molesta; ¡estad seguros!

En aquel instante mismo, los dos navíos se abordaron. Los tripulantesingleses que quedaban estaban en los obenques y sobre los empalletados,con el hacha a punto, el puñal entre los dientes, prestos a lanzarse deun brinco sobre el puente del brick.

Un gran silencio reinaba a bordo de El Gavilán.

Away! goddam, away! lascars—gritó el capitán inglés, hermoso jovende veinticinco años que, habiendo perdido las dos piernas, se habíahecho meter en un barril de salvado, para contener la hemorragia y podermandar hasta el último momento—. Away! goddam! —repitió.

—¡Fuego, ahora, fuego sobre el inglés!—aulló Kernok.

Entonces todos los ingleses se lanzaron sobre el brick.

Los doce cañones de estribor les vomitaron en la cara una granizada depiastras, con un estruendo espantoso.

—¡Hurra!—gritaron los piratas.

Cuando el espeso humo se hubo disipado y se pudo apreciar el efecto deaquella andanada, no se vio ya a ningún inglés, a ninguno... Todoshabían caído al mar o sobre el puente de la corbeta, todos estabanmuertos o espantosamente mutilados. A los gritos del combate sucedió unsilencio sombrío e imponente; y aquellos diez y ocho hombres, únicossupervivientes, aislados en medio del Océano, rodeados de cadáveres, nose miraban sin cierto espanto.

El mismo Kernok fijaba los ojos con estupor en el tronco informe delcapitán inglés; porque la metralla se le había llevado un brazo. Sushermosos cabellos rubios estaban teñidos de sangre; no obstante, lasonrisa aparecía en sus labios... Es que había muerto sin duda pensandoen ella, en ella que, bañada en lágrimas, vestiría largos hábitos deluto al saber su glorioso fin. ¡Afortunado joven! Tenía quizá también asu anciana madre para llorarle, para llorar al que había mecido en susbrazos cuando niño. ¡Era quizás un porvenir brillante que se malograba,un nombre ilustre que se extinguía en él! ¡Qué pesar debía producir sumuerte! ¡Cuánto debían llorarle! ¡Dichoso, tres veces dichoso joven!¡qué no debía a la culebrina de Kernok! con una bala había hecho unhéroe llorado en los tres reinos. ¡Qué hermosa invención la de lapólvora!

Tal debía ser, poco más o menos, el resumen de las reflexiones deKernok, porque permaneció risueño y tranquilo a la vista de aquelhorrible espectáculo.

Sus marineros, al contrario, se habían mirado largo rato con una especiede extrañeza estúpida. Pero, pasado este primer movimiento, el naturalindiferente y brutal se adueñó otra vez de ellos, y todos, en unimpulso espontáneo, gritaron:

—¡Hurra! ¡Viva El Gavilán y el capitán Kernok!

—¡Hurra! ¡muchachos!—dijo él—. Y bien, ya lo veis; El Gavilán tieneel pico duro; pero ahora hay que pensar en reparar las averías. Según miestima, debemos estar por el lado de las Azores. La brisa fresquea;vamos, muchachos, limpiemos el puente. Y

en cuanto a los heridos... encuanto a los heridos—repitió golpeando maquinalmente el empalletado consu hacha—, les harás llevar a la corbeta, maestro Durand—

dijobruscamente.

—¿Para...?—preguntó éste con aire interrogativo.

—Ya lo sabrás—respondió Kernok con aire sombrío, frunciendo susespesas cejas.

El maestro Durand fue a cumplir las órdenes del capitán, murmurando:

—¿Qué querrá hacer? Es raro...

—¡Aquí, grumete!—gritó Kernok a Grano de Sal que estaba enjugando conaire de tristeza el reloj que le había legado el maestro Zeli, porqueestaba cubierto de sangre.

El marmitón levantó la cabeza; las lágrimas brillaban en sus ojos.Avanzó hacia el terrible capitán, pero sin el menor temor. Una idea fijale dominaba, y era el recuerdo de la muerte de Zeli, al cual era bienadicto.

—Vas a bajar a la cala y decir a mi mujer que puede venir a besarme:¿oyes?—dijo Kernok.

—Sí, capitán—respondió Grano de Sal; y una gruesa lágrima cayó sobreel reloj.

En el acto desapareció por la escotilla.

Kernok subió con agilidad a las gavias y examinó el aparejo con la másescrupulosa atención; las averías eran numerosas, pero no inquietantes,y con la ayuda de los palos y de las vergas de recambio, comprendió quepodría continuar su ruta y llegar al puerto más inmediato.

Grano de Sal volvió a subir al puente, pero solo.

—¡Y bien!—dijo Kernok—; ¿dónde está mi mujer, animal?

—Capitán, es que...

—¿Qué es? ¿hablarás, perro?

—Capitán... está en la cala...

—Ya lo sé. ¿Por qué no ha subido, bribón?

—¡Ah! ¡caramba! capitán... es que está muerta...

—¡Muerta! ¡muerta!—dijo Kernok palideciendo; y por la primera vez surostro expresó el dolor y la angustia.

—Sí, capitán, muerta, muerta por una bala que ha entrado por debajo dela línea de flotación; y lo más raro es que el cuerpo de la señora hatapado justamente el agujero que el cañonazo había hecho, sin lo cual elagua hubiese entrado y el brick se habría ido a pique. De todos modos,la señora ha salvado a El Gavilán, y vale más eso que...

Grano de Sal, que había bajado los ojos al comenzar su narración, nopudiendo sostener la mirada chispeante de Kernok, se aventuró a levantarla cabeza.

Kernok ya no estaba allí; se había precipitado en la cala, y miraba,con los ojos secos, los brazos cruzados, los puños convulsivamenteapretados; porque, según la relación del grumete, la cabeza y una partede la espalda de Melia, empotradas en el agujero producido por la bala,habían impedido al proyectil ir más lejos.

¡Pobre Melia! hasta la muerte había sido útil a su Kernok.

El pirata permaneció solo unas dos horas, encerrado en la cala al ladode los restos de Melia. Allí desahogó su dolor, porque cuando subió alpuente, su rostro estaba impasible y frío. Solamente, un poco antes desu regreso, un grito doloroso se había oído y una masa informe habíadesaparecido entre las aguas. Era el cadáver de Melia.

Durante este tiempo, el maestro Durand había hecho conducir los heridosa bordo de la corbeta inglesa.

—Pero, ¿por qué no nos dejan a bordo del brick?—preguntaban coninsistencia al buen doctor.

—Hijos míos, yo no sé nada; tal vez porque aquí son mejores los aires,y en las heridas graves hay que cambiar de aires, ya se sabe.

—Pero, maestro Durand, vea usted que se llevan para el brick todos lospalos y todas las vergas de recambio de la goleta. ¿Cómo vamos, pues, anavegar?

—Quizá por el vapor—respondió el señor Durand, que no podía resistirel placer de hacer un chiste.

—¡Cómo! Usted se va, maestro Durand, y vosotros también, camaradas.

¿Ynosotros? ¿y nosotros?... ¡Maestro Durand!... ¡Maestro Durand!

Así decían los heridos, bastante fuertes para gritar, pero no paraandar, viendo al señor Durand y a sus compañeros que se embarcaban en lacanoa.

—Lo más probable es que no sea para hacernos tomar el aire para lo quenos envían aquí—dijo un parisiense que tenía un brazo de menos y unbalazo en la columna vertebral.

—¡Pues bien! ¿para qué nos han enviado aquí, parisiense?—preguntaronmuchas voces con inquietud.

—¿Para qué?... con objeto de que reventemos aquí, mientras ellos sereparten nuestra parte de presa. ¡Eso está muy mal hecho! Unicamente, sihubieran tenido un poco de corazón, habrían hecho un agujero en la calapara que nos hundiésemos... en lugar de dejarnos aquí para que nosdevoremos como fieras. Esto será por el estilo del Colin que yo vi enel Mont-Thabor, en casa del señor Franconi—aquí su voz comenzaba adebilitarse—, porque acabo de oírles decir que ya no quedan víveres abordo de la corbeta, y a eso se debe principalmente el que nos hayandejado de lado.

Sin embargo, es sensible morir cuando se es rico; porquecon mi parte de la presa, me hubiera divertido de lo lindo en París...¡Dios! ¡la Cabaña!... ¡el Vauxhall!... ¡el Ambigú!... ¡y las señoritas!¡Ah! sí, ¡es mortificante! porque ahora, en el tiempo de atar un gratelya estaré cocido... ya no tengo sensación en las piernas... Es porvosotros por quienes lo siento... porque vosotros no sois muy tiernos,corderos míos... Estaréis endiabladamente duros, y para comeros haráfalta una famosa salsa...

Sus restantes palabras no pudieron entenderse, y cinco minutos despuésestaba muerto. El parisiense había adivinado la verdad; es imposible darcuenta de las maldiciones de que Kernok y demás cofrades fueron objeto.Un herido inglés, que conocía el francés, comunicó a sus compañeros eldestino que les esperaba. El barullo aumentó, y cada uno juraba yblasfemaba en su lengua. ¡Vaya un barullo! un barullo capaz de despertara un canónigo. Pero todos aquellos desgraciados estaban demasiadogravemente heridos para poder levantarse; y, además, carecían debotes...

Hubo muchos que, rodando, se dejaron ir hasta los empalletados, y deallí se arrojaron al mar, preveyendo todo el horror de la suerte queestaba destinada a sus compañeros.

—Ya se han quedado allí—dijo el maestro Durand a Kernok cuando hubovuelto a bordo.

—Bien—respondió Kernok—; la brisa sopla del Sud. Con esta mesana porvela y los juanetes en lugar de las gavias, podemos continuar la ruta.Orienta hacia el NNE.

—¿Así—dijo

el

maestro

Durand

mostrando

la

corbeta

que

se

balanceabadesmantelada—, abandonamos a esos pobres diablos?

—Sí—respondió Kernok.

—Pues no deja de ser un procedimiento bien poco delicado.

—¡Ah! es verdad... ¿Sabes los víveres que nos quedan a bordo, graciasal festín que os he dado, salvajes? ¡Pues bien! no nos queda más queuna caja de galleta, tres toneladas de agua y una caja de ron; porque enun día habéis echado a perder los víveres de tres meses.

—Tanta culpa es de los de aquí, como de los que quedan allá.

—Me... río; tenemos aún, quizá, ochocientas leguas que hacer y diez yocho hombres que mantener; además, éstos deben ser los primeros, porquese hallan en estado de trabajar.

—Los que deja usted en la corbeta van a reventar como perros o acomerse los unos a los otros; porque mañana, pasado mañana... tendránhambre.

—Me... río, ¡que revienten! Vale más que sean los que están mediomuertos que no nosotros, que aun tenemos mucho que hacer.

Los marineros del brick oían esta conversación y comenzaron a murmurar:

—No queremos abandonar a nuestros camaradas.

Kernok paseó sobre ellos su mirada de águila, puso su hacha bajo elbrazo, se cruzó las manos a la espalda y dijo con voz imperiosa:

—¿Eh? vosotros... ¿no queréis...?

Se hizo un profundo silencio.

—¡Sois unos animales bien singulares!—exclamó—. Sabed, pues,canallas, que estamos a ochocientas millas de tierra; que hemos decontar al menos con quince días de navegación, y que si guardamos losheridos a bordo se beberán toda nuestra agua y nos harán tanto serviciocomo los remos a un navío de tres puentes.

—Eso es verdad—interrumpió el artillero-cirujano-calafate—, nadabebe tanto como un herido; son lo mismo que los borrachos, siempretienen la boca seca.

—Y cuando estemos sin agua y sin galleta, ¿será el señor Kernok el queos dará lo que falte? Nos veremos obligados a comer nuestra carne y abeber nuestra sangre, como tendrán que hacer ellos; ¡vaya un alimentoperro! Eso os tienta, ¿no es cierto, bergantes?... mientras que sitratamos de arribar a Bayona o a Burdeos, podemos ver de nuevo Francia yvivir como buenos burgueses con nuestra parte de presa, que no serápequeña, puesto que también nos repartiremos la de esos...—añadióKernok designando a los heridos de la corbeta.

Este argumento calmó victoriosamente los últimos escrúpulos de losrecalcitrantes.

—En fin—terminó Kernok—, esto será así porque yo lo quiero; ¿estáclaro? Y al primero que abra la boca se la cerraré yo; ya sabéis queacostumbro cumplir lo que prometo. Conque, en marcha, muchachos.

Los diez y ocho hombres que componían entonces la tripulación,obedecieron en silencio y dirigieron una última mirada a sus compañeros,a sus hermanos, que lanzaban gritos espantosos viendo al brick alejarse.Después, como la brisa soplaba mucho, El Gavilán se encontró bienpronto lejos del lugar del combate. Pero al día siguiente se levantó unahorrible tempestad, enormes montañas de agua parecían a cada momentoquerer tragarse al buque que, capeando el temporal, huía ante el tiempo.

En fin, después de una penosa travesía, El Gavilán recaló en Nantes,donde reparó sus averías, y después, de acuerdo con los deseos deKernok, se hizo de nuevo a la mar para fondear una vez más en la bahíade Pempoul.

Allí se formó una comisión para verificar la legalidad de la presa.Entonces Kernok juró, con todos sus juramentos, que en lo sucesivo iríaa desembarcar a Santo Tomás,

¡porque aquellos cormoranes deadministradores habían pescado en sus aguas! Estas fueron sus propiasexpresiones.

XIII

L O S D O S A M I G O S

¿Un

alma

tan

rara

y

ejemplar

no

costaría

más

de

matar

que

un

alma

popular

o

inútil?

MONTAIGNE, lib. II, c. XIII.

Es una excelente posada la del Áncora de Oro, en Plonezoch. Cerca dela puerta se elevan dos hermosas encinas, verdes y frondosas, que dansombra a las mesas, siempre atractivas, de tan lustrosas que están; ycomo el Áncora de Oro está situada en la plaza mayor, no se encuentraun golpe de vista más animado, sobre todo a la hora del mercado, durantelas hermosas mañanas de julio.

Por eso dos honrados compañeros, dos apreciadores de aquella hermosalocalidad, habían echado raíces ante una de aquellas mesas tan lustrosasy tan limpias; hablaban de esto y de lo de más allá, y la conversacióndebía ser ya larga, porque buen número de botellas vacías formaban unimponente y diáfano reducto alrededor de los interlocutores.

El uno podía tener sesenta años, feo, moreno, grueso, con largas yblancas patillas que hacían un raro contraste con su tez bronceada.Llevaba un holgado frac azul grotescamente cortado, un ancho pantalón detela y un chaleco escarlata con botones de áncoras, y al que lefaltaban por lo menos seis pulgadas para llegar a la cintura;finalmente, un inmenso cuello de camisa rígido y almidonado se levantabaamenazador por encima de las orejas de este personaje. Además, anchashebillas

de

plata

brillaban

en

sus

zapatos,

y

un

sombrero

charolado,impertinentemente ladeado, acababan de darle un aire coquetón y calaveraque contrastaba singularmente con su edad avanzada. Por lo demás, seveía que iba vestido de etiqueta y que le incomodaban sus adornos.

Su amigo, de un traje menos afectado, parecía mucho más joven. Unachaqueta y un pantalón de tela componían todo su atavío, y una corbatanegra, negligentemente anudada, permitía ver un cuello nervioso quesoportaba un rostro risueño y abierto.

—Se acerca San Saturnino—dijo golpeando ligeramente su pipa sobre lamesa para hacer salir toda la ceniza—, se acerca San Saturnino, y haráveinte años que El Gavilán—aquí llevó una mano a su gorra de lana decuadros azules y rojos—, que nuestro pobre brick fondeó por última vezen la bahía de Pempoul al mando del difunto señor Kernok.

Y suspiró sacudiendo la cabeza.

—¡Cómo pasa el tiempo!—contestó el hombre del cuello alto echándose alcoleto un enorme vaso de aguardiente—; me parece que fue ayer: ¿no eseso, Grano de Sal?

Y si te llamo Grano de Sal entre nosotros, es porquetú me lo has permitido, muchacho. Esto me recuerda los tiempos pasados.

Y el viejo se echó a reír dulcemente.

—¡Voto a tal! no se moleste usted, señor Durand; usted es uno de losantiguos, un amigo del pobre señor Kernok.

Y de nuevo levantó los ojos al cielo suspirando.

—¡Qué quieres, muchacho! cuando llega la hora de desamarrar—dijo elseñor Durand sorbiendo, con un largo resoplido, una gota de aguardienteque quedaba en el fondo de su vaso—, cuando el cable cede, el áncora seva al fondo. Es lo que decía yo siempre a mis enfermos, a mis calafates,o a mis artilleros, porque tú sabes...

—Sí, sí, ya lo sé, maestro Durand—respondió prontamente Grano de Salque temblaba a la idea de oír al ex artillero-cirujano-calafate comenzarde nuevo el relato de sus triples hazañas—; pero eso es más fuerte queyo, y se me parte el corazón cuando pienso que aun no hace un año estabaese pobre señor Kernok allá abajo en su granja de Treheurel y que todaslas noches fumábamos una pipa con él.

—Es verdad, Grano de Sal. ¡Dios de Dios! ¡qué hombre! ¡y le querían entoda la comarca! Un desgraciado marinero le pedía algo, y lo obtenía alinstante. En fin, desde hace veinte años que se había retirado de losnegocios para vivir de sus rentas, todos se hacían lenguas de sucaridad. Y después, ¡qué respetable cara con sus largos cabellos blancosy su frac marrón! ¡qué aire más bondadoso cuando llevaba a la espalda alos hijos del viejo Cerisoët, el artillero, o les hacía barquitos decorcho! Solamente yo le hacía siempre un reproche a ese pobre Kernok,se había aficionado demasiado a la gente de sotana.

—¡Ah! ¡porque era mayordomo de la parroquia! Y además, por pasar eltiempo.

Pero no podrá usted dejar de confesar que infundía respeto en subanco de encina, con sus guantes blancos y su pechera, el día de lafiesta de la parroquia de San Juan.

—Yo prefería verle en el puente, con un hacha en la mano y su bocina enla otra—

respondió el ex artillero-cirujano-calafate llenando su vaso.

—Pues, ¿y en la procesión, señor Durand? cuando presumía con su cirio,que quería llevar siempre como una espada, a pesar de las lecciones delmonaguillo... Pero lo que desolaba sobre todo al señor cura es que elcapitán Kernok mascaba tanto, que durante la misa escupía sobre todo elmundo.

—Le desolaba... le desolaba... es por eso por lo que embruteció a micamarada para hacerle dejar al presbiterio veinte fanegas de sus mejoresprados.

Aquí Grano de Sal alargó inverosímilmente el labio inferior guiñando losojos, miró al maestro Durand con el aire más picaresco, más malicioso,más burlón que fuera posible imaginar, moviendo negativamente la cabeza.

—¡Caray! ¡si lo sabré yo!—repitió el maestro Durand casi ofendido dela pantomima del antiguo grumete.

—Vamos, vamos, tranquilícese usted—repuso éste—, no es al cura aquien ha hecho esta donación.

Aquí una pausa, y la extrañeza del maestro Durand se manifestó por unexcesivo enarcamiento de sus cejas y por la absorción de un gloriosovaso de vino.

—Es—dijo Grano de Sal—, a la sobrina del cura, ¡eh!

—¡Ah! el viejo farsante, el viejo farsante—murmuró el maestro Durandlanzando una carcajada homérica—; ya no me extraña que fuese mayordomoy que comulgase con tanta frecuencia.

Y se entregó con Grano de Sal a unos arrebatos de alegría tan ruidosa;que unos perros comenzaron a ladrarles.

—Lo más mortificante es que—continuó Grano de Sal—toda la fortuna delcapitán Kernok vuelve al Gobierno. Como no había hecho testamento...

—¿Cómo había de pensarlo? ¿Es que podía prever ese accidente?

—Usted le vio después... después de la cosa... ¿no es cierto, señorDurand? porque yo había ido a Saint-Pol.

—Seguramente que le vi. Figúrate tú, muchacho, que vienen a decirme:«Señor Durand, se siente olor de quemado en casa del señor Kernok; ¡perode una chamusquina más rara!» Eran las ocho de la mañana y nadie seatrevía a entrar en su habitación; ¡son tan bestias! Me decido yo aentrar, muchacho, y... ¡Ah! ¡Dios mío!

échame de beber, porque me pongomalo cada vez que lo recuerdo.

Se repuso un poco después de un largo trago de aguardiente, y continuó:

—Entro, y figúrate tú qué espectáculo: el cuerpo de mi pobre viejoKernok cubierto de una ancha llama azulada que le corría de la cabeza alos pies, lo mismo que cuando arde un ponche. Yo me aproximé y le echéagua; ¡bah! aún ardía más fuerte, porque estaba casi cocido.

Grano de Sal palideció.

—¡Esto te extraña, hijo mío! pues bien, yo se lo había predicho.

—¡Usted!...

—Sí. El bebía demasiado aguardiente, y yo le decía siempre: «Mi viejocamarada, tú acabarás por una concustion invantánea—dijo el maestroDurand con importancia, apoyando cada palabra e hinchando los carrillos.

Quería decir una combustión instantánea, solución exacta y verdadera dela muerte de Kernok, dada por un médico de Quimper, hombre muyentendido, al que se había enviado a buscar un poco demasiado tarde.

—¿Y eso no le hace temblar, señor Durand?—dijo Grano de Sal que veíacon pena al ex artillero-cirujano-calafate tomar la misma dirección quesu difunto capitán.

—Yo, es diferente, muchacho; yo mezclo el aguardiente con vino,mientras que él lo bebía puro.

—¡Ah!...—respondió Grano de Sal poco convencido de la temperancia delseñor Durand.

—¡Toma!—dijo éste—, ahí tienes uno que morirá en la piel de unbandido, si es que no le desuellan vivo.

Y señalaba a un hombre alto y delgado, con uniforme azul bordado, queatravesaba la plaza.

—¡Cuánto daría por estar a bordo con ese perro de Plick, él con losbrazos atados a una cuerda de obenques y la espalda desnuda... yo con unbuen rebenque en la mano!

¡Cuando pienso que por haber pasado por lasmanos de ese miserable de comisario nuestra parte de presa ha disminuidoen nueve décimos; que en lugar de los sesenta mil francos con que vivodesde hace veinte años podría tener un millón, y que a ese pobre Kernokno le tocaron más que doscientos mil francos de las toneladas de plataque recogimos a bordo del buque español!

—¡Bah!—dijo Grano de Sal—, un poco más, un poco menos, es igual. Yoestoy bien contento de haber abandonado el oficio con lo que tengo y dehaberme comprado un quechemarín para el cabotaje. Pero desde que no veoal pobre señor Kernok, parece que me falta algo.

—A propósito—dijo el señor Durand—, creo que se acerca la hora de lamisa que hacemos decir en San Juan a ese pobre viejo.

Grano de Sal sacó un reloj lo menos de una pulgada de grueso.

—Tiene usted razón, señor Durand, son las diez.

Después, alargándole el reloj, atado con cuidado a una larga cadena deacero reforzada con un cordón negro:

—Vea, ¿lo reconoce usted?—dijo al maestro.

—¡Si lo reconozco!... es el que el pobre Zeli me dio para que te loentregase el día del combate de El Gavilán contra la corbeta. ¡PobreZeli! Aun le veo, tendiéndome la mano y diciéndome: «¡Toma!... esto espara Grano de Sal... Adiós... viejo... no te olvides». ¡Voto atal!—dijo el viejo emocionado—, esto me da más pena ahora, cada vezque me acuerdo, que en el momento en que ocurrió. ¡Pobre Zeli!

Y la cabeza del señor Durand cayó entre sus manos callosas y arrugadas.

Grano de Sal parecía absorto en un doloroso recuerdo mirando su reloj.

—Son cinco litros de vino y una botella de aguardiente—dijo elposadero, con su gorra en la mano, e inquieto de la prolongadapermanencia de los dos marinos.

—Lo que sobre para ti—dijo Grano de Sal arrojándole una moneda de oro.

Y dando el brazo al viejo Durand, se encaminó con él hacia la capilla deSan Juan.

XIV

L A M I S A D E D I F U N T O S

...Golpea

los

aires

como

el

toque

funesto

Que

pide

a

los

vivos

las

primas

para

los

muertos

Cuando

un

frío

ataúd

es

lo

único

que

queda

De

la

que

sonrió

a

nuestros

primeros

esfuerzos.

S. DELAUNAY, « Ob. inéditas».

Figuraos una ensenada entre dos montañas, en la cual una multitud deembarcaciones bretonas, de velas rojas y cuadradas, han abordado varandosobre un hermoso fondo de arena de una blancura deslumbrante.

En el fondo, el mar, cuyas ondas azules, después de haber prolongado loscontornos de la bahía, van a morir sobre frescas praderas cortadas porsetos de rosales silvestres y por oxiacantos floridos que esparcen a lolejos su perfume.

Aquí y allá algunas encinas seculares sostienen un techo de rastrojoscubierto de lindas matas azules y de clemátidas, que penden en largasguirnaldas.

Dan animación a este paisaje, aquí una cabra levantada sobre sus patastraseras que parece suspendida de los verdes festones; allá una pequeñacarreta tirada por grandes bueyes, y el chirrido ronco y continuo de larueda y la canción salvaje del Dragoubras, y el aspecto ágil delmontañés de Arrés que monta en pelo a uno de esos caballitos negros, depelo rizado, de ojo brillante, de patas nerviosas, que franquean lossalientes de la costa con tanta ligereza como un camello.

Después, en medio de aquella colina, cuya pendiente es casi insensible,se ven los edificios consagrados a San Juan. Aquí la iglesia gótica, consus arcos y sus ojivas, sus altas y delgadas columnas, sus frontonesesculpidos como un encaje, contrasta singularmente con el pesadocampanario de plomo que eleva su techumbre gris y sombría por encima delobscuro verdor de los abetos y alerces.

Los toques redoblados de todas las campanas de la iglesia de San Juan,anuncian la ceremonia de que hemos hablado, un servicio fúnebre por elalma del difunto señor Nicolás-Bárbara-Kernok, propietario de Treheurel.Porque toda la población de la comarca, donde el digno anciano eraadorado, había abandonado sus trabajos para ir a rendir un postrerohomenaje a su respetable bienhechor.

Era necesario ver la multitud que se apretujaba bajo los pórticos de laiglesia, las jóvenes con su corpiño escarlata bordado de azul y con suscofias, las viejas con sus capas que las tapaban por completo, loshombres con sus birretes negros, de los que se escapaban largos cabellosque caían hasta su ancho cinturón de cuero, del que pendía un largocuchillo.

Todos esperaban que las puertas fuesen abiertas.

Bien pronto llegaron Grano de Sal y el maestro Durand. A su vista todaslas cabezas se inclinaron; ellos respondieron con un saludo protector aestas muestras de deferencia.

Por fin, se abrió la puerta; y entre apreturas, empellones y codazos,cada cual se colocó en su sitio.

El sol enviaba alegremente sus dorados rayos a través de las vidrierasde colores de la capilla, e iba a reflejar sus mil maticos sobre elbanco pulimentado y negro de encina, cargado de pesadas esculturas,banco en el cual se sentaba Kernok en los días solemnes. ¡Ah! ¡y con quédignidad tranquila y majestuosa ostentaba en él su pechera y su fracmarrón! ¡con qué destreza ocultaba su chicote a la vista del cura! ¡conqué aire de compunción cerraba los ojos, fingiendo rezar y recogerse,cuando la plática del sacerdote le sumía en la más agradablesomnolencia!

Y era preciso que el recuerdo de aquella figura venerable estuviese aúnbien presente en el pensamiento de Grano de Sal y del señor Durand,porque permanecieron un buen rato inmóviles ante el banco.

—Me parece estarle viendo aún—dijo el señor Durand.

—Y a mí también—respondió Grano de Sal.

Un rumor sordo anunció la llegada del señor Karadeuc, el párroco.

Primero ofició y después subió al púlpito.

Los fieles aprovecharon este momento para estornudar, sonarse, toser,bostezar, suspirar, volverse de un lado y de otro...

Después se hizo el silencio... ¡el más profundo silencio!

El predicador avanzó hasta el borde del púlpito, apoyó en él sus manoshuesudas y velludas; sus ojos brillaban bajo sus espesas cejas rojas ysu boca esbozaba una singular sonrisa... después comenzó:

«Mis queridos hermanos, apprehendi te ab extremis terræ et a longinquisejus vacari te; elegi te, et non abjeci te; ne timeas, quia ego tecumsum

Como el auditorio se componía de sencillos habitantes de la bajaBretaña, este exordio hizo poco efecto.

«Sí, hermanos míos, lo que quiere decir: Te he tomado de la mano paratraerte de los lugares más alejados del mundo; te he llamado de lospuntos más distantes; te he elegido y no te he rechazado; no temas nada,porque yo vengo a ti.

»Porque, hermanos míos, estas palabras pueden aplicarse al virtuoso, aldigno, al respetable anciano que todos lloramos... en una palabra, aNicolás Kernok, antiguo negociante.»

Aquí el señor Durand dio un primer codazo a Grano de Sal, que,apretándose la nariz con el pulgar y el índice, dejó escapar una especiede mugido sordo, como una risa ahogada.

«¡Ay! hermanos míos—continuó el cura—, ese antiguo negociante, eldigno Kernok, era también un cordero alejado del redil. Ese cordero seencontraba también en países lejanos... y la Providencia le tomó por lamano.»

—¡Por la pata!—dijo el viejo Durand.

—¡Mire que comparar al capitán a un cordero!—dijo Grano de Salponiéndose la gorra delante de la cara.

Sin embargo, el predicador continuó:

«La Providencia le ha dicho también: Elegi, non abjeci te... te heelegido y no te he rechazado, aunque tu vida haya sido agitada.»

—Llama agitada a aquello—murmuró Durand dando un segundo codazo aGrano de Sal que le respondió con la misma energía, es decir, con otrocodazo capaz de hundir dos costillas al artillero-cirujano-calafate.¡Oh! los dos se comprendían.

«...Sí, hermanos míos, agitada. Pero después de haber navegado en un marproceloso, la popa de su esquife ha conseguido una orilla de paz y dereposo.»

—¡La popa, la popa!—dijo Durand con aire despreciativo—; ¡la proa, laproa, sacristán!

El cura lanzó una mirada de indignación a Durand y repitió conobstinación:

«Pero la popa de su esquife consigió por fin la orilla de paz y dereposo, donde ese virtuoso, ese digno, ese respetable anciano hizobrotar la flor de la caridad y de la religión.»

¡Qué bestia es ese cura!—murmuró Grano de Sal.

—Bestia como un arenque—contestó Durand encogiéndose de hombros.

«...Así, hermanos míos—continuó el predicador—, uníos a mí para darlas gracias al Rey de los reyes por haber coronado al que todos lloramoscon una aureola de su eternidad.»

—Amén—respondieron los asistentes.

—Oye, Grano de Sal: ¿ves tú al capitán Kernok tocado con unaaureola?—dijo el maestro Durand.

Pero Grano de Sal ya no le escuchaba, porque el cura había descendidodel púlpito para dirigirse al cementerio donde reposaba Kernok; prontollegaron ante la tumba.

El rostro de Grano de Sal se había vuelto severo y sombrío, tenía lagorra entre sus manos, y Durand le apretaba el brazo mientras seenjugaba los ojos.

Entonces el cura dijo algunas oraciones, que fueron repetidas a coro porlos asistentes arrodillados, y luego todos se retiraron.

Sólo quedaron Durand y Grano de Sal.

Y el sol había desaparecido hacía ya rato detrás de las montañas deTregnier, mientras que los dos amigos aun continuaban sentados cerca dela tumba de Kernok, mudos y pensativos, con la cabeza oculta entre lasmanos.

EL GITANO

Cara de ángel y corazón de demonio.

LOPE DE VEGA.

CAPÍTULO I

E L B A R B E R O D E S A N T A M A R Í A

Un barbero di qualidad.

—Por el ojo de San Procopio, le juro, compadre, que el gitano piensadesembarcar en Matagorda. Mi digna tía Isabel, volviendo de la isla deLeón, ha visto todos los guardacostas dispuestos y me ha dicho quehabían apostado dos centinelas en el faro para vigilar las evolucionesde la embarcación de ese condenado que se ve a lo lejos.

—¡Por la silla de Santiago, compadre! el pescador Pablo, que ha llegadode Conil, me ha repetido de nuevo que la tartana de rojas velas estáfondeada a medio tiro de cañón de la costa, y que todos los carabinerosestán alerta...

—Han abusado de su credulidad, señor don José.

—Le han engañado, señor rapabarbas—respondió José saliendo con aireburlón.

Esta calificación de señor rapabarbas hizo estremecer violentamente aFlores, porque si él rejuvenecía al público, era por no desmentir lasignificación ¡ay!

demasiado positiva de la bacía de cobre relucienteque se balanceaba en un rincón obscuro de la puerta; pero también, en elsitio más visible, aparecía un inmenso cuadro representando una manoarmada de lanceta que abría delicadamente las venas de un brazo colosal.De modo que el observador comprendía fácilmente que el barbero ponía suamor propio y su gloria en ejercer ciertas prácticas quirúrgicas, y queera casi a su pesar si descendía a la innoble navaja, cuyos provechosparecían, no obstante, bastante honrosos.

El maestro Flores gozaba además de una consideración merecida; subarbería, como lo son generalmente las barberías de España, era el lugarde reunión de todos los chismosos, y particularmente de todos losmarinos retirados que habitaban en Santa María; y si las noticias que serecogían en aquella fuente no estaban revestidas de un carácter bienauténtico, no se puede negar que por lo menos estaban fabricadas aconciencia; detalles, palabras históricas, retratos, circunstancias,nada faltaba.

Devoto, de un espíritu flexible y conciliador, el barberoexhalaba beatitud por todos sus poros; siempre iba cuidadosamentevestido de negro; sus cabellos grises y lisos se reunían detrás de susorejas, y dos anchos surcos rojos, reemplazando a las cejas, sedibujaban encima de dos ojitos pardos, de una movilidad extraordinaria;pero lo que más llamaba en él la atención eran sus manos, cuya pielblanca y fresca y las uñas rosadas hubieran hecho honor a un canónigo deToledo.

Ya hemos dicho que Flores se estremeció violentamente ante elimpertinente apóstrofe de José, y este movimiento súbito y colérico hizodesgraciadamente desviar aquella mano ordinariamente tan firme y tansegura; el acero rozó ligeramente el cuello de uno de sus parroquianos,que se arrellanaba con complacencia en el gran sillón de nogal dondeiban sucesivamente a sentarse todos los marinos de la isla de León y deSanta María.

—¡Que el diablo le lleve!—dijo el paciente dando un brinco sobre suasiento—. La plaza de verdugo está vacante en Córdoba, ¡por Cristo!usted puede obtenerla, porque tiene excelentes disposiciones para abrirla garganta a los cristianos.

Y enjugó con la punta de su corbata la sangre que salía de su herida.

—Tranquilícese—respondió Flores con importancia, consolado, casicontento de su torpeza ante la idea de que podría poner en práctica susgloriosos conocimientos de cirugía—; tranquilícese, mi querido hijo,porque sólo ha sido atacada la epidermis; no están interesados más quelos vasos capilares, y un emplasto de diaquilón, o de ungüento remediarámi inadvertencia; y a decir verdad, esa pequeña evacuación sanguínea leserá muy saludable, porque usted me parece un individuo muy propenso ala plétora; de modo, hijo mío, que en lugar de blasfemar, deberíausted...

—Darle las gracias, ¿no es eso, maestro? Lo tendré presente, y a laprimera cuchillada que tenga la desgracia de dar, le diré al alcalde:Señor, mi enemigo es un individuo propenso a la plétora y esto no es másque una evacuación sanguínea. Tenga en cuenta, señor, que lo he hechopor su bien.

Aquí, los numerosos parroquianos que llenaban la tienda de Flores seecharon a reír tan fuertemente, que el barbero se puso rojo de cólera.

—¡Hijo de Satanás!—murmuró mientras aplicaba su benéfico bálsamo sobrela herida sangrienta.

—¡Me maldice usted, padrecito!—dijo el marino—; vaya, no se incomode;se lo perdono todo, incluso la sangría, gracias a la buena noticia queusted acaba de darnos... ¡Ah! ¡conque la tartana de ese maldito hafondeado cerca de Conil! ¡Por mi madre, daría con gusto los ocho años desoldada que Fernando me debe por ver a ese condenado gitano congrilletes en los pies y en las manos y arrodillado en la capillaardiente! ¡Cuántas veces, al querer darle caza con la escampavía herenegado de mi patrón por las bordadas que nos hacía correr ese favoritodel infierno! ¡porque siempre se embarca cuando peor tiempo hace! Ymientras que nuestra embarcación rodaba cubierta por el oleaje, la suyaparecía saltar y deslizarse por las olas... ¡Virgen del Carmen!apostaría este par de alpargatas nuevas a que si el gitano tocase con eldedo la pila del agua bendita, ésta se estremecería y herviría como sihubiesen metido un hierro candente.

—Puede ser—dijo Flores—; pero es lo cierto que mi noticia espositiva.

—Que el cielo le oiga—dijo uno—, y yo prometo a San Francisco hacerdormir a mis criados sobre la piedra y no darles más que garbanzoscocidos con agua por espacio de nueve días.

—Que lo prendan, y yo prometo a la Virgen una hermosa mantilla y unanillo.

—Yo prometo a la Virgen del Pilar ir de aquí a Jerez con los piesdesnudos, un cirio de tres libras entre los dientes y las manos atadas ala espalda, cuando vea a ese renegado en un calabozo esperando susuplicio—dijo un tercero.

—Y yo—exclamó un tratante en ganado—, me comprometo a dar dos de mismejores cabritos a los santos padres de San Juan, si me prometen que eldescreído será descuartizado y le echan plomo derretido en los ojos;porque ¡por San Pedro! yo no quiero la muerte del pecador, pero ha dehaber una justicia. Si ese primo de Satanás se contentase con hacer elcontrabando, aunque esté condenado, se le podrían comprar sus mercancíasexorcizándolas; pero el maldito saquea las casas de campo de la costa,roba nuestras hijas y comete profanaciones en nuestras capillas. Aun nohace mucho se ha encontrado la imagen de San Ildefonso con una gorra demarinero en la cabeza y una larga pipa en la boca. ¡Por los sieteDolores de la Virgen! ¡semejantes abominaciones no anuncian nada bueno!

—¡Y pensar—dijo el marino—que el señor gobernador de Cádiz no puededisponer de una buena fragata para poner término a tales horrores y queno tenemos para defendernos más que algunos guardacostas que huyen asíque divisan el bauprés de la tartana maldita! Armemos algunos faluchospor cuenta nuestra, compadre, y ¡por Santiago! ya veremos si Satán leprotege y si está al abrigo del plomo.

—Una cosa bien singular—dijo en voz baja el tratante en ganados—, esque Pedrillo, mi cabrero, me ha asegurado haber visto un bote de laembarcación del gitano abordar a lo largo de las rocas donde estáconstruido el convento de San Juan, y que...

—¿Y qué?—dijeron todos a la vez.

—Y que el condenado había entrado en el santo lugar.

—¡Jesús! ¡Virgen santa! ¡qué horror!—dijo la multitud persignándose.

—Pues eso no es nada aún: el condenado se ha atrevido a subir a latorre del reloj, y mi cabrero lo ha visto perfectamente fumando sucigarro maldito, y poco después... ¡le ha oído acompañarse una canciónblasfema con su guitarra maldita!

—Pero, los dignos padres, ¿cómo han sufrido semejanteabominación?—preguntó Flores con aire contrito.

—¡Ahí verá usted!—y el interlocutor entornó los ojos sonriendomaliciosamente.

A pesar de todo el peligro que había en hablar de cosas del clero, seiba quizás a discutir gravemente sobre este asunto, cuando una vozaguda y estridente dijo en tono burlón:

—¡A menos que el condenado del gitano no sea el mismo Satanás!

Todos los ojos se volvieron hacia un rincón obscuro de la barbería,porque era allí donde se encontraba el desconocido que había pronunciadotan singulares palabras.

Cuando vio todas las miradas de la asambleafijas en él, se levantó, dejó caer su obscura capa, atravesó el largosalón del establecimiento y fue a sentarse gravemente en el gran sillón,que entonces esperaba un paciente.

Su talla resultaba airosa, aunque inferior a la media, y su rico trajeandaluz le dejaba ver en toda su elegancia. Se desató el pañuelo rojoque rodeaba su cabeza, escapándose un bosque de cabellos que casicubrieron su cara; sus grandes ojos brillaban con un dulce brillo.

—Vamos, maestro—dijo a Flores, al mismo tiempo que se pasaba el índiceextendido por el mentón, imitando el movimiento de la navaja—; y pormis pecados—añadió—, no me trate usted como al amigo de los botones deáncora. Sobre todo, nada de evacuación sanguínea.

El amigo de los botones de áncora iba a responder, cuando un rumor, alprincipio lejano y en seguida más próximo, lo impidió; se distinguía unavoz de hombre tímida y suplicante, y una voz de mujer agria y regañona.

—¡Grandísimo embustero, te voy a confundir!—dijo ella al entrar, conlas ropas en desorden y arrastrando a un jovencito de unos quince años.

—¡Mi tía Isabel!—dijo Flores con la navaja levantada.

—¡Y el pescador Pablo!—exclamaron los otros.

—Señora—decía el niño—, le juro por el alma de mi padre que yo hevisto hace dos horas la tartana de las velas rojas fondeada cerca deConil.

La señora Isabel hizo un gesto que hubiera tenido toda su significacióny toda su eficacia, sin el marino que se interpuso prudentemente entrelos dos campeones.

—¡Aun ese maldito gitano!—dijo el joven del traje andaluz—. Señores,he aquí una buena ocasión de probar lo que os decía hace un momento, esdecir, que ese condenado es Satanás en persona.

Y se levantó gravemente.

—Vamos, señora, estoy dispuesto a aclarar la cuestión, porque yo hevisto el buque de las velas rojas aun no hace dos horas.

—Lo mismo que yo—respondieron a la vez Isabel y Pablo.

—Un momento—dijo el desconocido—, ¿jura usted por el santo nombre deDios y por el mártir de la cruz decir la verdad?

—Lo juramos.

—Hable usted, pues, señora.

—Pues bien, tan verdad como Santa Isabel, mi patrona, tiene su trono enCórdoba (aquí se persignó), es que yo he visto, aun no hace dos horas,el buque, y que Dios me quite la vida si yo miento.

—Habla tú—dijo al pescador.

—Que San Pablo me haga perecer la primera vez que salga al mar, si noes verdad que hace dos horas he visto la tartana del condenado fondeadaa un tiro de fusil de Conil; y es tan verdad, señores, que he encontradocerca de Vejer un destacamento de aduaneros que se dirigíanapresuradamente a la costa, guiados por Blasillo, el hijo de Blas, quehabía ido a prevenirle; yo no quiero contradecir a la señora Isabel,¡pero que Dios me aplaste si miento!

Había en las dos versiones tan diferentes[7] un tal acento de verdad yde convicción, que los espectadores se miraban con extrañeza. El mismoforastero sonreía con un aire de incredulidad. En cuanto a Flores, no sedaba cuenta de que, desde que el nuevo cliente se hallaba sentado en elsillón, no había cesado de pasar el dorso de la navaja por el mentón deaquel improvisado Salomón.

—¡Hola! maestro—dijo el joven—, si continúa usted de ese modo, notengo que temer, ciertamente, ninguna evacuación sanguínea; y además, espreciso que esté usted furiosamente preocupado para no haber visto enseguida que no se trataba de afeitarme sino de arreglarme el pelo.

—En efecto—dijo el barbero confundido—, en efecto; tiene usted labarba tan lisa como una manzana; una mujer no la tendría más suave.

—¡Una mujer!—repitieron Pablo y la señora Isabel.

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