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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

EUGENIO SUE

PLICK Y PLOCK

TRADUCCIÓN DE

T. ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

ÍNDICE

Prefacio

KERNOK EL PIRATA

I. —El degollador y la bruja

II. —Kernok

III. —La buena ventura

IV. —El brick «El Gavilán»

V. —Regreso

VI. —La partida

VII. —Carlos y Anita

VIII. —La presa

IX. —Orgía

X. —La caza

XI. —El combate

XII. —Sigue el combate

XIII. —Los dos amigos

XIV. —La misa de difuntos EL GITANO

I. —El barbero de Santa María

II. —La corrida de toros

III. —El gitano

IV. —Las dos tartanas

V. —La blasfemia

VI. —La monja

VII. —El levante

VIII. —La «Urna de San José»

IX. —El relato

X. —El prodigio

XI. —Amor

XII. —La capilla ardiente

XIII. —El garrote

XIV. —Maestro Plok

PREFACIO

15 enero 1831.

A través de la profunda concentración que cautiva todos los intereses enun orden de ideas graves y elevadas, el autor de estos relatos esperadeslizarse inadvertido entre el mundo literario. Después, habiéndoseasignado fecha y lugar, como tantas honradas gentes a las que seencuentra, pasadas nuestras largas tormentas sociales, colocadas muyalto en la opinión de un gran número, aspira a colocarse, como ellas, enuna decente reputación negativa, nublada al silencio de la crítica y ala oportunidad de los grandes acontecimientos, tan favorable a losespíritus mezquinos.

Porque la carrera de esos veteranos de que hablamos ha sido plena,entera, honrada, gracias a su ancianidad que en la literatura prueba elmérito, casi lo mismo que un costurón prueba el valor.

El tranquilo porvenir, la dulce y perezosa quietud de esos gruesoscanónigos de la literatura, han engolosinado de tal modo al autor deeste libro, que se apresura a inscribirse como profeso, en su orden,estimando que las mismas circunstancias llevarán sin duda un día a losmismos resultados.

Un certificado de vida literaria es, pues, toda la ambición del autor.

Dicho esto, continuemos.

Antes de Cooper, hubiera tenido, quizá, la audacia de intentar interesaral público francés en las costumbres, en los caracteres que nodespiertan en él ninguna simpatía.

Ignorante, además, de las costumbresmarítimas, le sería verdaderamente imposible apreciar la exactitud delos cuadros que se desarrollaran ante sus ojos.

Por la topografía de su país y gracias a su política, los americanosestaban llamados, mejor que nadie, a comprender todo el alcance delgenio de Cooper. ¿Es que no hay en sus creaciones más que una obra deartista? ¿No existe un profundo pensamiento patriótico en el género queha encontrado? Este género es una expresión de los deseos, de lasnecesidades, de la potencia de los Estados Unidos; es la historia de losEstados Unidos dramatizada.

Por ello, ved si de Nueva Orleáns a Boston hay un corazón que no lata,una frente que no se coloree, cuando se leen esas bellas páginas en lasque se pintan las luchas de esa salvaje y vigorosa América, cuyareligión fue la de permanecer libre bajo su hermoso cielo, en medio desus ricas selvas, sobre su suelo virgen, y de rechazar hasta su brumosaisla a la aristocrática Inglaterra, llena de prejuicios, abrumada porsus viejos sistemas de colonización.

A causa de nuestra indiferencia por el mar, nuestras glorias navalesson casi ignoradas en París. Bonaparte había visto que le era imposibleluchar directamente con Inglaterra. Le era necesario reunir a cadamomento todas sus fuerzas para aplastar al enemigo en el continente. Sila marina tuvo una plaza secundaria en sus combinaciones, fue porque pordos veces sus almirantes perdieron los navíos de Francia, y porque, paraservirnos de una de las expresiones de Napoleón, una flota no seimprovisa como un ejército. Por esta causa, a pesar de algunosadmirables combates parciales sostenidos por nuestros marinos, la famano ha tenido voz más que para celebrar la gloria de nuestro ejército detierra.

Y esto fue una grave injusticia como arte y como política.

Como política, porque la mayoría de los hombres creen lo que leen,porque los relatos de nuestras victorias marítimas, adornadas por laliteratura, poetizadas, exageradas quizás, hubiesen acabado por darnos anosotros mismos una idea de nuestra importancia marítima. Estesentimiento se hubiera infiltrado entre las masas en Francia y en elextranjero; esta fe nacional hubiese producido grandes resultados, sinduda; porque se equivocaría, creo, el que pensase que las historias, lasnovelas, las memorias sobre las conquistas de Bonaparte no han aumentadonuestras fuerzas morales en el interior, nuestra potencia en elexterior.

Y además, ¡si se supiese de qué modo las costumbres marítimas son nuevasy picantes! ¡qué pocas cosas hay tan singulares, curiosas y dignas deestudio como el interior de un barco! ¿No es éste un resumen de todoslos conocimientos, de todas las artes, de todas las industrias humanas?¿No es una obra que prueba a cuánta altura puede elevarse nuestrainteligencia?

Sobre todo, constituyen un campo digno de estudio esas costumbres, esosafectos, esos odios floreciendo sobre frágiles tablas, y esos caracterespuestos ásperamente de relieve por el aislamiento, por la concentración;y esa fisonomía moral de un pueblo acusada allí más vigorosamente que enparte alguna, porque, en aquella vida incesantemente peligrosa, elhombre, menos gastado por las costumbres de una civilización decrépita,reproduce más vivamente el tipo impreso a cada raza por la Naturaleza.

¡Y los marineros!... ¡Qué estudio para el que los comprende, para el quesabe bucear en la profundidad de sus almas! Es un pueblo poderoso ydébil a la vez: tan pronto furioso como un soldado el día de pillaje,tan pronto tímido e ingenuo como un niño, cuando la embarcación se meceperezosamente en la calma; en el mar, resistente a todas las pruebas, elmarinero soporta las privaciones con un desdén, con una firmezaestoicas; en tierra, sumergiéndose en todos los excesos, se entrega alplacer con un ardor que se puede comparar más que con el vigor deorganización desplegado en delirantes orgías: a bordo, durmiendo sobreel puente, corriendo en lo alto de un palo; en tierra, llevando losrefinamientos y el lujo de la mesa hasta un grado inaudito, disipandoen ocho días el fruto de dos años de ahorros forzosos.

Y en efecto, el marinero, ese pobre hombre, ¿no debe olvidar en unalegre festín, que acaba con su oro, sus largos cuartos de noche[1]durante los cuales temblaba bajo la escarcha? ¿y esas horas detempestad, cuando, balanceándose sobre una verga, contemplaba sonriendoel remolino que amenazaba tragarle? ¿y esos días miserables en que,prisionero en un lugar estrecho y malsano, ha carecido de aire, de agua,de pan, de esperanza y de luz?...

¡Pobre hombre, mañana ya no tendrá más oro! ¡mañana no más vino humeantey generoso, no más muelle cama, no verá ya a la muchacha riente y loca!¡mañana, no más alegres espectáculos que ensanchaban su franco y jovialrostro, siempre granujiento, enrojecido, radiante!...

¡Se acabó todo!

Mañana, pobre marinero, besarás a tu vieja madre entregándolaescrupulosamente una parte sagrada de tus ahorros; porque una hermosahostelera de ojos brillantes, de cabellos negros, se esforzará enelogiarte aún la calidad superior de su grog, el perfume de su tabacoy sus platos apetitosos...

—Que me trague diez brazas de cable, si toco esta suma; ¡es la partede mi madre! ...—dirás cerrando con rapidez el largo bolsillo de cuero.

¡Ahora vas a embarcarte de nuevo! ¡ahora te esperan una valientefragata y una disciplina severa!...—¡Larga velas! ¡arría velas!¡Arriba, abajo! ¡Galleta dura, agua corrompida y algún vergazo si noandas listo!...

Y bien, ¡qué importa! él se encamina a su flotante casa cantando, sinuna lamentación, sin un suspiro. Durante esos ocho días tanbrillantemente coloreados por placeres sin número, ha hecho unaprovisión de recuerdos para los dos años que pasará en el mar. Durantelas largas noches insomnes, se acordará de sus goces uno a uno; seaislará del presente hundiéndose en sus pensamientos; encontrará en elfondo de su alma no sé qué perfume de vino, qué sonrisa de mujer, quévagos reflejos del tiempo pasado que le harán olvidar la aflictivarealidad.

Tal es ese pueblo, esencialmente bueno, pero uniendo a la altivez de unescocés la ingenua bondad de un bretón; doblando pacientemente laespalda ante un puñetazo, pero dando una puñalada por una mirada,pasando de la extrema alegría al extremo disgusto, pero sin perder nadade la vivacidad de estos dos sentimientos. A bordo, con una alegríadulce y melancólica, con una imaginación ardiente alimentada sin cesarpor una vida sedentaria y por relatos cuya grosera poesía no carece deoriginalidad ni de grandiosidad, ¡ser complejo, múltiple, en fin!viviendo de anomalías y de oposiciones, pero, por encima de todo,impregnando su vida entera de una despreocupada e irónica intrepidez,que no le abandona nunca a pesar de todos los peligros corridos, despuésde tantos años de una existencia que no es otra cosa que un largopeligro.

Ya lo hemos dicho, Cooper, en sus admirables novelas, ha pintado a esehombre de una manera tan amplia como pintoresca. Ha excitado vivamentela curiosidad, el interés por costumbres cuyos detalles contrastanrudamente con los de nuestra vida ciudadana. Pero, desgraciadamente, laenergía, la finura del original, se debilitan casi siempre en latraducción. En francés, ese estilo queda despojado de su nerviosaconcisión. Así, y todo, podemos admirar los grandes rasgos quecaracterizan a ese talento verdaderamente nuevo; pero los matices, elcolor local, la preciosa ingenuidad de los idiomas, escapan a los que nopueden leer en inglés esas páginas maravillosas.

Sin embargo, nosotros creemos que si uno de nuestros talentos de primerorden, que si Víctor Hugo, de Vigny, Janin, Merimée, Nodier, Balzac, P.L. Jacob, Delatouche, etc., quisieran cambiar un año de su vidaestudiosa por un año de existencia marítima, e intentasen entoncesaplicar su potencia, su riqueza de ejecución a la pintura del mar,tendríamos ciertamente una gloria literaria más. Y, ¿por qué Lamartineno ha de ensayar conducir su musa por el mismo camino donde Byron haconducido la suya en el segundo canto de Don Juan y en su Corsario?El temor de la imitación no sería racional; Cooper ha pintadoamericanos; vosotros podríais pintar las costumbres de los franceses,otros sitios, otros lugares, otras costumbres, otros combates...

Todo talento que se basa en la observación exacta de la Naturaleza, ¿noserá siempre más sui generis, más personal, original, influyente?...¿No son así Corneille y Shakespeare, Goethe y Chateaubriand?

Pero yo me equivoco. Tenemos ya nuestro Cooper: un poeta que conmueve yatrae por la energía de su composición, por la verdad de susdescripciones. En presencia de sus obras el corazón se oprime... ¿Veisesas olas enormes que estallan y se rompen contra ese navíodesmantelado... ese cielo sombrío y brumoso, esos rostros de mujeresllorosas, palpitantes, y que contrastan de una manera tan sublime con laactitud tranquila, fría, de un marino que manda siempre a la tempestad,aun en el momento de perecer?

Otras veces, al contrario, vuestra alma se dilata, se ensancha... Laatmósfera es pura; ni una nube vela ese ardiente sol que desaparece enel horizonte entre un vapor rojizo.

¡Y después, qué calma! ¡qué dulcealegría anima a esos pescadores al dejar sus redes y sus barcas sobreesa playa resplandeciente a los últimos rayos del sol!

¿Oís los gritos de los niños... los cantos de los marineros? ¿Veis lanoble cabeza del abuelo, del viejo marino que se hace llevar a la puertade su choza para gozar aún del imponente espectáculo que siempre leemociona, aun después de tantos años?

Ese poeta, vosotros le conocéis, estoy seguro. ¿No habéis admirado el Kent, el Colombus, la Puesta del sol en el mar?... ¿Ese poeta,pues, vuestro Cooper, no es Gudin? ¿Acaso en sus cuadros no hay el mismocolorido, la misma ingenuidad, la misma alteza de concepción que en laspáginas del Piloto y del Corsario rojo?

¡Ah! si alguno de los escritores que hemos nombrado oyese nuestra débilvoz, tendríamos una doble gloria en este género; poseyendo ya la poesíapintada, gozaríamos además de algunas deliciosas poesías escritas.

En cuanto al autor de este libro, su papel es poco más o menos el de unenano de la edad media, cuya historia quiero contaros.

«Un día, algunas bandas de salteadores y de arqueros galos, habíansitiado la abadía de San Cutberto, en Bretaña. Su jefe, Manostuertas,cabalgaba insolentemente a la vista de las murallas, pero, no obstante,fuera del alcance de los tiros de los hombres de armas de la abadía.

»Viendo esto los monjes desde lo alto de las murallas, invocabanpiadosamente la intercesión de San Cutberto, cuando advirtieron, no sinextrañeza, al enano del prior que conducía o más bien arrastraba unaballesta prodigiosamente pesada y maciza.

»—¡Dios me valga!—exclamó el prior—; ¡el muy necio se ha atrevido aponer mano sobre la ballesta dedicada a nuestro señor San Cutberto, enla nave de nuestra iglesia!... sobre la ballesta, ¡gran Dios!, que esesanto hizo caer de las manos de un gigante que la usaba para esperar alos mercaderes lombardos y a los peregrinos que pasaban por tierras dela abadía.

»—Pero—dijo el enano—, ¿olvidáis, señor, que esta ballestatraspasaría la más sólida muralla de Granada a mil pasos de distancia?

»Y diciendo esto había apoyado entre las almenas el poderoso arco quearmara el gigante, pero el pobre enano ni siquiera pudo hacer mover elrudo mecanismo que impulsaba el proyectil.

»Y el jefe de los salteadores, el condenado Manostuertas, injuriabasiempre con sus gestos, al prior, a la abadía y a los monjes.

»Mientras que el prior se burlaba del enano porque había osado poner susdébiles manos sobre un arma tan pesada... un caballero, vasallo delprimado, y de brazo maravillosamente fuerte, asió la ballesta que elenano había dispuesto sobre la muralla, la cuerda de hierro se tendió,la flecha silbó y alcanzó a Manostuertas a pesar de su armadura.

»Por la noche, los arqueros galos, espantados de la muerte de su jefe,habían dejado libres todas las salidas de la abadía de San Cutberto.

»Y viendo las últimas lanzas de los salteadores brillar al sol ponientey después bien pronto desaparecer en el horizonte, el pobre enano sealababa de su loca e impotente tentativa, porque uno más fuerte que élhabía valerosa y felizmente realizado su idea.»

El lector ha comprendido el sentido de este apólogo. Nosotros nosconsideraríamos muy dichosos, si algún escritor de nombre quisieramarchar por la vía que indicamos en estos ensayos.

Eugenio Sue.

PLICK Y PLOCK[2]

KERNOK EL PIRATA

Got callet deusan

Armoriq.

Era un hombre duro

de

la

Armórica.

Prov. bretón.

CAPÍTULO PRIMERO

E L D E S O L L A D O R Y L A B R U J A

Los desolladores e hiladores de cáñamo viven

separados del resto de los hombres...

La presencia de un loco en una casa defiende

a sus habitantes contra los malos espíritus.

CONAM-HEK, Crónica bretona.

En una noche de noviembre, sombría y fría, el viento del NO. soplaba conviolencia, y las altas olas del Océano iban a estrellarse contra losbancos de granito que cubren la costa de Pempoul, mientras que laspuntas destrozadas de aquellas rocas tan pronto desaparecían bajo lasolas como destacaban su fondo negro sobre una espuma deslumbradora.

Colocada entre dos rocas que la protegían contra los efectos delhuracán, se elevaba una cabaña de miserable apariencia; pero lo quehacía verdaderamente horrible su aspecto, eran una multitud de huesos,de cadáveres de caballos y de perros, de pieles ensangrentadas y deotros despojos que anunciaban bien claramente que el propietario deaquel chamizo era desollador.

Se abrió la puerta y apareció en ella una mujer cubierta con una mantanegra que la tapaba enteramente y no dejaba ver más que su cara amarillay arrugada, casi oculta por mechones de pelo blanco. Llevaba una lámparade hierro en una mano y con la otra trataba de resguardar la llama, queel viento agitaba.

—¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët!—gritó con un acento de cólera y de reproche—;¿dónde estás, maldito niño? ¡Por San Pablo! ¿no sabes que se acerca lahora en que las cantadoras de la noche[3] se disponen a errar por laplaya?

No se oyó más que el mugido de la tempestad que parecía redoblar sufuror.

—¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët!—gritó una vez más.

Pen-Ouët prestó por fin oído.

El idiota estaba inclinado sobre un montón de huesos a los cuales dabalas formas más variadas y extravagantes. Volvió la cabeza, se levantócon aire descontento, como el niño que abandona a disgusto sus juegos, yse dirigió a la cabaña, no sin llevarse una hermosa cabeza de caballo,de huesos blancos y pulidos, que él apreciaba mucho, sobre todo desdeque había introducido en su interior unos guijarros que resonaban de lamanera más agradable, cuando Pen-Ouët sacudía aquel instrumento de nuevogénero.

—¡Entra, pues, maldito!—exclamó su madre, empujándole con tantaviolencia que su cabeza fue a dar contra la pared, y la sangre salió.

Entonces el idiota se echó a reír a carcajadas, con una risa estúpida yconvulsiva, enjugó su herida con sus largos cabellos, y fue a dejarsecaer bajo la campana de una vasta chimenea.

—¡Ivona, Ivona, cuida de tu alma, en lugar de derramar la sangre de tuhijo!—dijo el desollador que estaba arrodillado y parecía absorto enuna profunda meditación—.

¿No oyes, pues?...

—Oigo el ruido de las olas que golpean esa roca, y el silbido delviento.

—Di mejor la voz de los muertos. ¡Por San Juan del dedo! hoy es el díade los difuntos, mujer, y los náufragos que nosotros...—aquí unapausa—, podrían muy bien venir a arrastrar a nuestra puerta el carriquet-ancou[4], con sus vestidos blancos y sus lágrimassangrientas—respondió el desollador en voz baja y trémula.

—¡Bah! ¿qué podemos temer? Pen-Ouët es idiota; ¿no sabes tú que losmalos espíritus no entran nunca bajo el techo que cubre a un loco? Jany su fuego que dan vueltas con tanta rapidez como la devanadera de unavieja, Jan y su fuego huirían a la voz de Pen-Ouët como una alondraante el cazador. ¿Qué temes, pues?

—Entonces, ¿por qué desde el último naufragio, ya sabes, aquel lugreque se estrelló contra la costa, atraído por nuestras señalesengañadoras... por qué tengo una fiebre ardiente y pesadillasespantosas? En vano he bebido tres veces, a media noche, el agua de lafuente de Krinoëck; en vano me he frotado con la grasa de una gaviotasacrificada en viernes; nada, nada, me ha calmado. Por la noche tengomiedo. ¡Ah! mujer, mujer, tú lo has querido.

—Siempre cobarde. ¿Es que no hay que vivir? ¿tu estado no te hacehorroroso a todo, Saint-Pol? y sin mis predicciones, ¿a qué nos veríamosreducidos? La entrada en la iglesia nos está prohibida; los panaderoscasi no quieren vendernos pan. Pen-Ouët no va una vez a la población queno vuelva molido a golpes, el pobre idiota. Y si se atreviesen nosdarían caza como a una bandada de lobos de las montañas de Arrés, yporque nosotros aprovechamos lo que Teus[5] nos envía, tú tearrodillas como un sacristán de Plougasnou y estás tan pálido como unamuchacha que saliendo de la velada encontrase a Teus Arpouliek con sustres cabezas y su ojo de fuego.

—Mujer...

—Eres más cobarde que un hombre de Cornouailles—dijo finalmente Ivonaexasperada.

Y como el más sangriento ultraje que se pueda hacer a un leonés escompararle con un habitante de Cornouailles, el desollador agarró a sumujer por el cuello.

—Sí—repitió con voz ronca y ahogada—, ¡más cobarde que un hijo de lallanura!

La rabia del desollador no conoció límites, y se apoderó de su hacha,pero Ivona se armó de un cuchillo.

El idiota reía a carcajadas, agitando su cabeza de caballo llena deguijarros que producían un ruido sordo y extraño.

Afortunadamente, llamaron a la puerta de la cabaña, cuando estaba apunto de ocurrir una desgracia.

—¡Abrid, voto a...! ¡abrid de una vez! El NO. sopla con una fuerza comopara descornar a un buey—dijo una voz ruda.

El desollador dejó caer su hacha, e Ivona se arregló la cabeza lanzandosobre su marido una mirada en la que aun brillaba la cólera.

—¿Quién puede venir a esta hora a importunarnos?—dijo el hombre;después se subió hasta una estrecha ventana, y miró.

II

K E R N O K

Got

callet

deusan

Armoriq.

Era un hombre duro de la Armórica.

Prov. bretón.

Era él, era Kernok el que llamaba a la puerta. He aquí un bravo y dignocompañero.

Juzgad, si no.

Había nacido en Plougasnou; a los quince años se escapó de casa de supadre y se embarcó en un barco negrero, comenzando allí su educaciónmarítima. No había a bordo grumete más ágil ni marinero más intrépido,ni nadie tenía la mirada más penetrante para descubrir a lo lejos latierra velada por la bruma. Nadie apretaba con más gracia y presteza unagavia. ¡Y qué corazón! Un oficial se descuidaba su bolsa, y el jovenKernok la recogía cuidadosamente, pero sus camaradas tenían parte en elcontenido; si robaba ron al capitán, lo partía también escrupulosamentecon sus amigos.

¡Y qué alma! ¡Cuántas veces, cuándo los negros que eran transportadosdel África a las Antillas, entumecidos por el frío húmedo y penetrantede la cala, no podían arrastrarse hasta el puente para aspirar el airedurante el cuarto de hora que a este efecto se les concedía, cuántasveces, digo, el joven Kernok les hacía recobrar el movimiento y latranspiración de la piel a fuerza de golpes! Y el señor Durand,artillero-carpintero-cirujano del brick, hacía notar juiciosamente queninguno de los negros sometidos a la vigilancia de Kernok padecía deaquella somnolencia y de aquella pesadez peculiar a los demás negros. Alcontrario, los suyos, a la vista del amenazador cabo de cuerda, estabansiempre en un estado de irritabilidad nerviosa, como decía el señorDurand, de irritabilidad nerviosa muy saludable.

De este modo, Kernok obtuvo bien pronto la estimación y la confianza delcapitán negrero, capaz, afortunadamente, de apreciar sus rarascualidades. El buen capitán se aficionó tanto al joven marinero, que ledio algunas lecciones de teoría, y un día le nombró segundo de a bordo.Kernok se mostró digno de este ascenso por su valor y su habilidad;descubrió, sobre todo, una manera de encajonar a los negros en elsollado tan ventajosamente, que el brick, que hasta entonces no habíapodido llevar más que doscientos, pudo contener trescientos, a laverdad, apretándolos un poco—rogándoles que se pusieran de lado enlugar de tenderse panza arriba como bajás—, así decía Kernok.

Desde aquel día el negrero predijo a su protegido el más alto destino.¡Dios sabe si se cumplió esta predicción!

Al cabo de algunos años, una tarde que singlaba hacia la costa deÁfrica, el digno capitán de Kernok, que había bebido un poco más que decostumbre, estaba del más jovial humor. A horcajadas sobre una ventana,fumando su larga pipa, se divertía en seguir con la vista la direcciónde los espesos torbellinos de humo que lanzaba gravemente o en mirarfijamente la rápida estela del navío, apresurando con sus deseos elmomento en que volvería a ver Francia.

Después pensaba con emoción en las bellas campiñas de Normandía, dondehabía nacido; creía ver aún la choza dorada por los últimos rayos delsol, el arroyuelo límpido y fresco, el viejo manzano, y su madre, y sumujer, y sus hijitos que esperaban su regreso, suspirando junto a loshermosos pájaros dorados y a las telas de vivos colores que él no dejabade llevarles nunca como recuerdo de sus lejanas correrías. El creía vertodo esto, ¡pobre hombre! Su pipa, que el tiempo había vuelto negra comoel ala de un halcón, había caído de su boca entreabierta, sin que él sediera cuenta; sus ojos se llenaban de lágrimas, su corazón latía conviolencia. Poco a poco los esfuerzos de su imaginación encaminada haciaun mismo objeto, quizá también por la influencia del aguardiente, dierona esta visión fantástica una apariencia de realidad; y el buen capitán,creyendo, en su embriaguez, que el mar era aquella riente pradera tandeseada, tuvo la loca idea de querer ir hacia ella. Y en efecto,poniéndose en pie avanzó hacia el líquido elemento.

Otros dicen que una mano invisible le empujó y que la estela plateadadel buque se enrojeció un momento.

Lo cierto es que se ahogó.

Como el brick se encontraba cerca de las islas de Cabo Verde, el oleajeera fuerte y la brisa fresca, el timonel no oyó nada; pero Kernok, quehabía ido a dar cuenta de la ruta al capitán, debió ser el primero enadvertir el accidente, al cual no era quizás ajeno.

Kernok tenía una de esas almas fuertemente templadas, inaccesibles a lasmezquinas consideraciones que los hombres débiles llaman reconocimientoo piedad. No es extraño, pues, que cuando apareció en el puente no senotara en él la menor emoción.

—El capitán se ha ahogado—dijo con calma al contramaestre—; es unalástima, porque era un valiente.

Aquí Kernok añadió un epíteto que nosotros nos abstenemos de repetir,pero que terminó de una manera pintoresca la oración fúnebre deldifunto.

—¡Oh! ¡Kernok era lacónico!

Después, dirigiéndose al piloto, añadió:

—El mando del buque me pertenece, como segundo de a bordo; de modo quevas a cambiar de ruta. En lugar de gobernar al SE. te dirigirás al NE.porque vamos a virar en redondo y a dirigirnos a Nantes o a Saint-Malo.

El hecho es que Kernok había tratado de desviar al capitán difunto deltráfico de los negros, no por filantropía, ¡no!, sino por un motivobastante más poderoso a los ojos de un hombre razonable.

—Capitán—le decía continuamente—, usted hace adelantos que leproducen todo lo más un trescientos por ciento; yo en su lugar ganaríalo mismo, o más, sin desembolsar un céntimo. Su brick marcha como unadorada; ármelo en corso, yo respondo de la tripulación; déjeme hacer, ya cada presa oirá usted la canción del corsario.

Pero la elocuencia de Kernok no había quebrantado jamás la voluntad delcapitán, porque él sabía perfectamente que los que abrazan tan nobleprofesión acaban tarde o temprano por balancearse al extremo de unaverga; y el inexorable capitán había caído al mar por accidente.

Apenas Kernok se vio dueño del buque, retornó a Nantes para reclutar unatripulación conveniente, armar su nave y poner en práctica su proyectofavorito.

Y para que digáis que no hay una Providencia, apenas llegado a Franciase entera de que los ingleses nos han declarado la guerra, obtiene laautorización competente, sale, da caza a un buque mercante y entra consu presa en Saint-Pol de León.

¿Qué más diré? La suerte favoreció siempre a Kernok, porque el Cielo esjusto: hizo numerosas presas a los ingleses. El dinero que obtenía seliquidaba rápidamente en las tabernas de Saint-Pol; y es en el momentode disponerse a embarcarse de nuevo para fabricar moneda, como él decíaen su ingenuo lenguaje, cuando le vemos llamar a la puerta de larespetable familia del desollador.

—Pero, ¡voto al diablo!, abrid de una vez—repitió sacudiendovigorosamente la puerta—. ¿O es que queréis quedaros agazapados comolas gaviotas en el hueco de una roca?

Por fin abrieron.

III

L A B U E N A V E N T U R A

La bruja dijo al

pirata:

«Buen capitán, en

verdad,

No seré yo tan

ingrata,

Y tendréis vuestra

beldad.»

VÍCTOR

HUGO,

« Cromwell».

Entró, se quitó su capote impermeable que chorreaba agua, lo extendiócerca de la lumbre, sacudió su ancho sombrero de cuero barnizado, y sedejó caer sobre una silla vieja.

Kernok podría tener treinta años; su ancha cintura y busto cuadrado queanunciaba un vigor atlético, sus facciones bronceadas, su negracabellera, sus espesas patillas, le daban un aire duro y salvaje. Sinembargo, su rostro hubiera pasado por hermoso a no ser por la constantemovilidad de sus pobladas cejas que se unían o se separaban, según laimpresión del momento.

Su traje no le distinguía en nada de un simple marinero; solamentellevaba dos áncoras de oro bordadas en el cuello de su grosera chaqueta,y un ancho puñal encorvado pendía de su cintura por un cordón de sedaroja.

Los habitantes de la cabaña examinaban al recién llegado con unaexpresión de temor y de recelo y esperaban pacientemente que elsingular personaje hiciera conocer el objeto de su visita.

Pero él no parecía ocupado más que en una cosa, en calentarse, y arrojóal fuego con desparpajo algunos trozos de madera en los que se veían aúnaplicaciones de hierro.

—Perros—dijo entre dientes—, ésos son los restos de un buque queellos habrán atraído y hecho naufragar. ¡Ah! si alguna vez ElGavilán...

—¿Qué quiere usted?—dijo Ivona cansada del silencio del desconocido.

Este levantó la cabeza, sonrió desdeñosamente, no pronunció una solapalabra, extendió sus piernas sobre la lumbre, y después de haberseacomodado lo mejor posible, es decir, con la espalda apoyada contra lapared y los pies sobre los morillos.

—Usted es Pen-Hap el desollador, ¿no es cierto, buen hombre?—dijo porfin Kernok que, con su bastón herrado atizaba el fuego con tantafruición como si se hubiese encontrado en el rincón de la chimenea dealguna excelente posada de Saint-Pol—, ¿y usted la bruja de la costa dePempoul?—añadió mirando a Ivona con aire interrogativo.

Después, midiendo al idiota con la vista, con disgusto:

—En cuanto a ese monstruo, si lo llevaseis al aquelarre, causaría miedoal mismo Satanás; por lo demás, se parece a usted, vieja mía, y si yopusiera esa cara en el mascarón de mi brick, los bonitos, asustados, novendrían más a jugar ni a saltar bajo la proa.

Aquí Ivona hizo una mueca de cólera.

—Vamos, vamos, bella patrona, cálmese usted y no abra el pico como unagaviota que va a dejarse caer sobre un banco de sardinas. He aquí lo quela apaciguará—dijo Kernok haciendo sonar algunos escudos—; tengonecesidad de usted y del... señor.

Este discurso, y la palabra señor sobre todo, fueron pronunciados conun aire tan evidentemente burlón, que fue preciso la vista de una bolsabien repleta y el respeto que inspiraban los anchos hombros y el bastónherrado de Kernok, para impedir que la digna pareja no estallase en unacólera demasiado largo tiempo contenida.

—Y no es—añadió el corsario—que yo crea en vuestras brujerías. Antes,en mi infancia, ya era otra cosa. Entonces, como los demás, yo temblabadurante la velada oyendo esos bellos relatos, y ahora, hermosa patrona,hago tanto caso de ellos como de un remo roto. Pero ella ha queridoque viniese a hacerme decir la buena ventura antes de hacerme a la mar.En fin, vamos a empezar; ¿está usted dispuesta, señora?

Este señora arrancó a Ivona una mueca horrible.

—¡Yo no me quedo aquí!—exclamó el desollador, pálido y trémulo—. Hoyes el día de los muertos; mujer, mujer, tú nos perderás; ¡el fuego delCielo abrasará esta morada!

Y salió cerrando la puerta con violencia.

—¿Qué mosca le ha picado? Corre a buscarle, viejo mochuelo; él conocela costa mejor que un piloto de la isla de Batz, y yo le necesito. ¡Ve,pues, bruja maldita!

Diciendo esto, Kernok la empujó hacia la puerta...

Pero Ivona, soltándose de las manos del pirata, repuso:

—¿Vienes para insultar a los que te sirven? Calla, calla, o no sabrásnada de mí.

Kernok se encogió de hombros con un aire de indiferencia y deincredulidad.

—En fin, ¿qué quieres?

—Saber el pasado y el porvenir, nada más que eso, mi digna madre; esoes tan fácil como hacer diez nudos con el viento en popa—respondióKernok jugando con los cordones de su puñal.

—¿Tu mano?

—Ahí va; y me atrevo a decir que no hay otra más fuerte ni más ágil. ¡Aver, pues, lo que lees en ella, vieja hada! Pero creo tanto en eso comoen las predicciones de nuestro piloto que, quemando sal y pólvora decañón, se imagina adivinar el tiempo que hará por el color de la llama.¡Tonterías! yo no creo más que en la hoja de mi puñal o en el gatillo demi pistola, y cuando digo a mi enemigo: «¡Morirás!» el hierro o el plomocumplen mejor mi profecía que todas las...

—¡Silencio!—dijo Ivona.

Mientras que Kernok expresaba tan libremente su escepticismo, la viejahabía estudiado las líneas que cruzaban la palma de su mano.

Entonces fijó sobre él sus ojos grises y penetrantes, después aproximósu dedo descarnado a la frente de Kernok, que se estremeció sintiendola uña de la bruja pasearse sobre las arrugas que se dibujaban entre suscejas.

—¡Hola!—dijo ella con una sonrisa repugnante—; ¡hola! ¡tú, tanfuerte, y tiemblas!

—Tiemblo... tiemblo... Si crees que es posible sentir tu garra sobre mipiel, te equivocas. Pero, si en lugar de ese cuero negro y curtido setratase de una mano blanca y regordeta, ya verías entonces si Kernok...

Y balbuceaba, bajando involuntariamente la vista ante la mirada fija einsistente de la bruja.

—¡Silencio!—repitió; y su cabeza cayó sobre su pecho; se hubiera dichoque estaba absorta en un profundo ensueño.

Solamente de cuando en cuando la agitaba una especie de temblorconvulsivo, y sus dientes se entrechocaban. La luz vacilante del hogarque se extinguía iluminaba únicamente con su rojiza claridad el interiorde aquel chamizo; y destacándose en el fondo la cabeza disforme delidiota que dormitaba agazapado en un rincón, resultaba verdaderamenteespantosa. De Ivona no se veía más que su manta negra y sus largoscabellos grises; en el exterior mugía la tempestad. Había no sé qué dehorrible y de infernal en aquella escena.

Kernok, el mismo Kernok, experimentó un ligero estremecimiento, rápidocomo una chispa eléctrica. Y sintiendo poco a poco despertarse en él suantigua superstición de niño, perdió aquel aire de incredulidad burlonaque se pintaba en sus facciones al entrar.

Bien pronto un sudor húmedo cubrió su frente. Maquinalmente asió supuñal y lo sacó de la vaina...

Y como aquellas gentes que, medio dormidas aún, creen salir de un sueñopenoso haciendo algún movimiento violento, exclamó:

—¡Que el infierno se lleve a Melia, a sus estúpidos consejos y a mímismo por haber sido tan tonto en seguirlos! ¿He de dejarme intimidarpor esas mojigangas, buenas para asustar a las mujeres y a los niños?¡No, voto a tal! no se dirá que Kernok... ¡Ea!

prometida del demonio,habla pronto; tengo que marcharme. ¿Me oyes?

Y la sacudió fuertemente.

Ivona no respondía; su cuerpo seguía las impulsiones que le daba Kernok.No se notaba siquiera la resistencia que hace experimentar un seranimado. Se hubiera dicho que era una muerta.

El corazón del pirata latía con violencia.

—¿Hablarás?—murmuró, levantando la cabeza de Ivona que estabainclinada sobre su pecho.

Ivona quedó en la posición que la dejara, pero su mirada continuabasiendo fija y sombría.

Los cabellos de Kernok se erizaban sobre su cabeza; con las dos manoshacia adelante, el cuello tendido, como fascinado por aquella miradapálida y siniestra, escuchaba respirando apenas, dominado por un podersuperior a sus fuerzas.

—Kernok—dijo por fin la bruja con una voz débil y entrecortada—,tira, tira ese puñal, porque hay sangre en él; sangre de ella y de él.

Y la vieja sonrió de una manera espantosa; después, poniendo el dedosobre su cuello:

—La has herido ahí... y sin embargo, aun vive. Pero no es eso todo...¿Y el capitán del barco negrero?

El puñal cayó a los pies de Kernok; se pasó la mano por su frenteardiente y se apretó las sienes con tal fuerza, que la huella de susseñas quedó impresa en ellas.

Apenas si se sostenía y tuvo que apoyarsecontra el muro.

Ivona continuó:

—Que hayas arrojado al mar a tu bienhechor después de haberle dado depuñaladas, pase; tu alma irá a Teus; pero que hayas herido a Melia sinmatarla, eso está mal; porque para seguirte, ella ha abandonado esebello país donde se crían los venenos más sutiles, donde las serpientesjuegan y se enlazan a la claridad de la luna, confundiendo sus silbidos,donde el viajero oye, estremeciéndose, el estertor de la hiena, quegrita como una mujer a la que se estrangula; ese bello país, donde lasvíboras rojas producen unas mordeduras mortales, que llevan en las venasuna sangre que las corroe.

E Ivona retorcía sus brazos, como si ella hubiese experimentado aquellasatroces convulsiones.

—¡Basta, basta!—dijo Kernok, que sentía que su lengua se pegaba alpaladar.

—Has herido a tu bienhechor y a tu amante; su sangre caerá sobre ti,¡tu fin se aproxima! ¡Pen-Ouët!—llamó en voz baja.

A esta voz sorda y ronca, Pen-Ouët, al que se hubiera creídoprofundamente dormido, se levantó en una especie de acceso desomnabulismo, y se sentó en las rodillas de su madre, que tomó sus manosentre las suyas, y, apoyando su frente contra la del idiota, dijo:

—Pen-Ouët, pregunta el tiempo que Teus le concede de vida... En nombrede Teus, respóndeme.

El idiota lanzó un grito salvaje, pareció reflexionar un instante,retrocedió un paso e hirió el suelo con la cabeza de caballo que siemprellevaba.

Golpeó al principio cinco veces, después otras cinco y luego tres más.

—Cinco, diez, trece—dijo su madre, que iba contando—, trece días tequedan aún que vivir, ¡ya lo oyes! ¡y quiera Teus enviarte a nuestracosta, con el cuerpo lívido y frío, rodeado de algas, los ojos sombríosy abiertos, la boca llena de espumarajos y la lengua apresada entre losdientes! ¡Trece días... y tu alma para Teus!

—¡Pero ella, ella!—dijo Kernok, jadeante, presa de un delirio atroz.

¡Ella! —repuso Ivona—; pero no me has pagado más que por ti. ¡Bah!seré generosa.

Después reflexionó un momento poniéndose el dedo en la frente.

—Pues bien, ella también quedará con los miembros rígidos, la caraazulada, la boca espumeante y los dientes apretados. ¡Oh! haréis unoshermosos prometidos, ¡y quiera Teus que yo os vea, en una noche denoviembre, sobre una roca negra que será vuestro lecho nupcial, con lasolas del Océano por cortinajes, con el graznido de los cuervos porcanto de bodas y el ojo ardiente de Teus por antorcha!

Kernok cayó desvanecido y dos carcajadas siniestras resonaron en lacabaña.

En esto llamaron a la puerta.

—¡Kernok, Kernok mío!—dijo una voz dulce y fresca.

Estas palabras produjeron sobre Kernok un efecto mágico; abrió los ojosy miró a su alrededor con extrañeza y espanto.

—¿Dónde estoy, pues?—dijo levantándose—; ¿ha sido una pesadilla, unaespantosa pesadilla? Pero no... mi puñal... esta capa... Es demasiadocierto... ¡al infierno!

¡maldita vieja! yo sabré...

La vieja y el idiota habían desaparecido.

—Kernok, Kernok, abre ya—repitió la dulce voz.

—¡ Ella—exclamó—, ella aquí!

Y se precipitó hacia la puerta.

—¡Ven—dijo—, ven!

Y saliendo de la cabaña, con la cabeza desnuda, la arrastró rápidamente,y a través de las rocas que bordean la costa, alcanzaron bien pronto elcamino de Saint-Pol.

IV

E L B R I C K « E L G A V I L Á N »

¡Adelante,

famoso

bricbarca!

Desde el codaste

hasta

la

gavia

No hay otro en el

arsenal

Que con él se pueda

igualar;

Viento en popa y

adelante.

Canción

del

marinero.

La niebla que rodeaba los alrededores del pequeño puerto de Pempoul sedisipaba poco a poco, y el disco del sol aparecía de un rojo obscuro enmedio del cielo gris y sombrío.

Bien pronto Saint-Pol, dominado por sus grandes edificios negros y suscampanarios de piedra, se presentó vago e incierto a través del vaporque ascendía de las aguas, después se dibujó de una manera más precisa,cuando los pálidos rayos del sol de noviembre arrojaron el aire espeso yhúmedo de la mañana.

A la derecha se elevaba la isla de Kalot con sus rompientes, el molino yel campanario azul de Plougasnou, mientras que a lo lejos se extendía laplaya de Treguier, de fina y dorada arena, limitada por inmensospeñascales que se pierden en el horizonte.

La linda bahía de Pempoul no contenía ordinariamente más que mediocentenar de barcas y algunos buques de un tonelaje más elevado.

No es extraño, pues, que el hermoso brick El Gavilán se destacase contoda la altura de sus gavias entre aquella innoble multitud de lugres,faluchos y botes que estaban fondeados a su alrededor.

¡Ciertamente! ¡no había un brick más hermoso que El Gavilán!

¿Es posible cansarse de verlo recto y ligero sobre el agua, con susformas esbeltas y estrechas, su alta armadura un poco inclinada haciaatrás, que le da un aire tan coquetón y tan marinero? ¿cómo no admirarsu velamen fino y ligero, con sus amplias piezas, sus gavias y susjuanetes tan elegantemente sesgados, y esas barrederas que se despliegansobre sus flancos graciosas como las alas del cisne, y esos foqueselegantes que parecen voltear al extremo de su bauprés, y su línea deveinte carronadas de bronce, que se dibuja blanca y negra como los ladosde un juego de damas?

Y después, ¡jamás el vapor oloroso de la mirra ardiendo en pebeteros deoro, jamás la violeta con sus hojas aterciopeladas, jamás la rosa ni eljazmín destilados en preciosos frascos de cristal se podrán comparar aldelicioso perfume que exhalaba la cala de El Gavilán! ¡qué olorosoalquitrán, qué brea tan suave!

¡A fe de Dios! ¡Ciertamente no había un brick más hermoso que ElGavilán!

Y si le admiráis dormido sobre sus áncoras, ¿qué diríais, pues, si levieseis dar caza a un desventurado buque mercante? ¡No! jamás caballo decarrera con la boca espumante bajo el freno, ha saltado con tantaimpaciencia como El Gavilán, cuando el piloto no le dejabaprecipitarse sobre el buque perseguido. Jamás el halcón, rozando el aguacon el extremo de su ala, ha volado con tanta rapidez como el hermosobrick, cuando, impulsado por la brisa, sus gavias y sus juanetes izados,se deslizaba por el Océano, de tal modo inclinado, que los extremos desus vergas bajas desfloraban la cima de las olas.

¡Ciertamente, no hay un brick más hermoso que El Gavilán!

Y ése es el que estáis viendo, amarrado por sus dos cables.

A bordo había poca gente: el contramaestre, seis marineros y un grumete;nadie más.

Los marineros estaban agrupados en los obenques o sentados sobre losafustes de los cañones.

El contramaestre, hombre de unos cincuenta años, envuelto en un largogabán oriental, se paseaba por el puente con un aire agitado, y laprotuberancia que se notaba en su mejilla izquierda anunciaba, por suexcesiva movilidad, que mordía su chicote con furor.

Tanto es así, que el grumete, inmóvil cerca de su jefe, con el gorro enla mano como quien aguarda una orden, observaba aquel peligrosopronóstico con espanto creciente; porque el chicote del contramaestreera para la tripulación una especie de termómetro que anunciaba lasvariaciones de su carácter; y aquel día, según las observaciones delgrumete, el tiempo anunciaba tempestad.

—¡Mil millones de truenos!—decía el contramaestre hundiéndose elcapuchón hasta los ojos—, ¿qué infernal viento le ha empujado? ¿Dóndeestá? ¡Son las diez y aun no ha venido a bordo! Y la bestia de su mujerque parte a media noche para ir a buscarle, el diablo sabe dónde... ¡Unabrisa tan hermosa! ¡Perder una brisa tan hermosa!—

repetía en tonodesgarrador mirando un ligero catavientos colocado en los obenques, yque por la dirección que le daba el viento anunciaba una fuerte brisadel NO—. Es preciso estar tan loco como el hombre que pone el dedoentre el cable y el escobén.

El marmitón, impaciente de la duración de este monólogo, había intentadoya por dos veces interrumpir al contramaestre, pero la mirada furiosa yla movilidad excesiva del chicote de su superior se lo habían impedido.Por fin, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, con su gorro bajo elbrazo, el cuello tendido, la pierna izquierda hacia adelante, seaventuró a tirar de la hopalanda de su jefe.

—Señor Zeli—le dijo—, el desayuno le espera.

—¡Ah! ¿eres tú, Grano de Sal? ¿qué haces ahí, miserable, estúpido,animal, rata de bodega? ¿Quieres que te haga curtir la piel, o que teponga el espinazo rojo como un rosbif crudo? ¿Contestarás, grumete dedesgracia?

A este torrente de injurias y de amenazas, el grumete no oponía más queuna calma estoica, acostumbrado, como estaba, a los arranques de susuperior.

Y, dicho sea de paso, habéis de saber que, si yo creyese en lametempsicosis, preferiría habitar por toda mi vida en el alma de uncaballo de coche de alquiler, de un temporero, de un burro deMontmorency, animar, en fin, a lo que hay de más miserable, queencontrarme bajo la piel de un grumete.

Ya hemos dicho que el grumete no soltaba una palabra; y cuando elmaestro Zeli se detuvo para tomar aliento. Grano de Sal repitió con unaire más humilde que de costumbre:

—El desayuno le...

—¡Ah! ¡el desayuno!—exclamó el contramaestre encantado de hacer caersu furor sobre alguien—; ¡ah! ¡el desayuno! ¡Toma, perro!

Esto fue acompañado de un bofetón y de un puntapié tan violento, que elgrumete, que estaba en lo alto de la escalera del sollado, desapareciócomo por encanto, y llegó al fondo de la cala resbalando con rapidez alo largo de los tramos de la escalera.

Llegado al final de su viaje, el grumete se levantó y dijo frotándoselos riñones:

—Estaba seguro; lo he conocido en el modo de mascar el tabaco.

Y después de un momento de silencio, Grano de Sal añadió con un aire muysatisfecho:

—Prefiero eso que no haber caído de cabeza.

Luego, consolado por esta reflexión filosófica, fue fielmente a cuidardel desayuno del maestro Zeli.

V

R E G R E S O

¡Hola!

¿de

dónde

viene

usted,

bello

señor,