Pepita Jimenez by Juan Valera - HTML preview

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En suma, yo me defiendo como puedo de las bromas de mi padre y me limitoa ser buen jinete, sin estudiar esas otras artes, tan impropias de losclérigos, aunque mi padre asegura que no pocos clérigos españoles lassaben y las ejercen a menudo en España, aun en el día de hoy, a fin deque la fe triunfe y se conserve o restaure la unidad católica.

Me pesa en el alma de que mi padre sea así; de que hable conirreverencia y burla de las cosas más serias; pero no incumbe a un hijorespetuoso el ir más allá de lo que voy en reprimir sus desahogos untanto volterianos. Los llamo un tanto volterianos, porque no acierto acalificarlos bien. En el fondo, mi padre es buen católico y esto meconsuela.

Ayer fue día de la Cruz y estuvo el lugar muy animado. En cada callehubo seis o siete cruces de Mayo llenas de flores, si bien ninguna tanbella como la que puso Pepita en la puerta de su casa. Era un mar deflores el que engalanaba la cruz.

Por la noche tuvimos fiesta en casa de Pepita. La cruz, que había estadoen la calle, se colocó en una gran sala baja, donde hay piano, y nos dioPepita un espectáculo sencillo y poético que yo había visto cuando niño,aunque no lo recordaba.

De la cabeza de la cruz pendían siete listones o cintas anchas, dosblancas, dos verdes y tres encarnadas, que son los colores simbólicos delas virtudes teologales. Ocho niños de cinco o seis años, representandolos Siete Sacramentos, asidos de las siete cintas que pendían de lacruz, bailaron a modo de una contradanza muy bien ensayada. El bautismoera un niño vestido de catecúmeno con su túnica blanca; el orden otroniño de sacerdote; la confirmación, un obispito; la extremaunción, unperegrino con bordón y esclavina llena de conchas; el matrimonio, unnovio y una novia, y un Nazareno con cruz y corona de espinas, lapenitencia.

El baile, más que baile, fue una serie de reverencias, pasos,evoluciones, y genuflexiones al compás de una música no mala, de algocomo marcha, que el organista tocó en el piano con bastante destreza.

Los niños, hijos de criados y familiares de la casa de Pepita, despuésde hacer su papel, se fueron a dormir muy regalados y agasajados.

La tertulia continuó hasta las doce, y hubo refresco; esto es, tacillasde almíbar, y, por último, chocolate con torta de bizcocho y agua conazucarillos.

El retiro y la soledad de Pepita van olvidándose desde que volvió laprimavera, de lo cual mi padre está muy contento. De aquí en adelante,Pepita recibirá todas las noches, y mi padre quiere que yo sea de latertulia.

Pepita ha dejado el luto, y está ahora más galana y vistosa, con trajesligeros y casi de verano, aunque siempre muy modestos.

Tengo la esperanza de que lo más que mi padre me retendrá ya por aquíserá todo este mes. En Junio nos iremos juntos a esa ciudad; y ya Vd.verá cómo libre de Pepita, que no piensa en mí, ni se acordará de mípara malo ni para bueno, tendré el gusto de abrazar a Vd. y de lograr ladicha de ser sacerdote.

7 de Mayo.

Todas las noches, de nueve a doce, tenemos, como ya indiqué a Vd.,tertulia en casa de Pepita.

Van cuatro o cinco señoras y otras tantasseñoritas del lugar, contando con la tía Casilda, y van también seis osiete caballeritos, que suelen jugar a juegos de prendas con las niñas.Como es natural, hay tres o cuatro noviazgos.

La gente formal de la tertulia es la de siempre. Se compone, como sidijéramos, de los altos funcionarios: de mi padre, que es el cacique,del boticario, del médico, del escribano y del señor vicario.

Pepita juega al tresillo con mi padre, con el señor vicario y con algúnotro.

Yo no sé de qué lado ponerme. Si me voy con la gente joven estorbo conmi gravedad en sus juegos y enamoramientos. Si me voy con el estadomayor, tengo que hacer el papel de mirón en una cosa que no entiendo. Yono sé más juegos de naipes que el burro ciego, el burro con vista, y unpoco de tute o brisca cruzada.

Lo mejor sería que yo no fuese a la tertulia: pero mi padre se empeña enque vaya. Con no ir, según él, me pondría en ridículo.

Muchos extremos de admiración hace mi padre al notar mi ignorancia deciertas cosas. Esto de que yo no sepa jugar al tresillo, siquiera altresillo, le tiene maravillado.

—Tu tío te ha criado—me dice—debajo de un fanal, haciéndote tragarteología y más teología, y dejándote a obscuras de lo demás que hay quesaber. Por lo mismo que vas a ser clérigo y que no podrás bailar nienamorar en las reuniones, necesitas jugar al tresillo. Si no, ¿qué vasa hacer, desdichado?

A estos y otros discursos por el estilo he tenido que rendirme, y mipadre me está enseñando en casa a jugar al tresillo, para que, no bienlo sepa, lo juegue en la tertulia de Pepita. También, como ya le dije aVd., ha querido enseñarme la esgrima, y después a fumar y a tirar lapistola y a la barra; pero en nada de esto he consentido yo.

—¡Qué diferencia—exclama mi padre—, entre tu mocedad y la mía!

Y luego añade riéndose:

—En sustancia, todo es lo mismo. Yo también tenía mis horas canónicasen el cuartel de guardias de Corps: el cigarro era el incensario, labaraja el libro de coro, y nunca me faltaban otras devociones yejercicios más o menos espirituales.

Aunque Vd. me tenía prevenido acerca de estas genialidades de mi padre,y de que por ellas había estado yo con Vd. doce años, desde los diez alos veintidós, todavía me aturden y desazonan los dichos de mi padre,sobrado libres a veces. Pero ¿qué le hemos de hacer? Aunque no puedocensurárselos, tampoco se los aplaudo ni se los río.

Lo singular y plausible es que mi padre es otro hombre cuando está encasa de Pepita. Ni por casualidad se le escapa una sola frase, un solochiste de estos que prodiga tanto en otros lugares.

En casa de Pepita esmi padre el propio comedimiento. Cada día parece además más prendado deella y con mayores esperanzas del triunfo.

Sigue mi padre contentísimo de mí como discípulo de equitación. Dentrode cuatro o cinco días asegura que podré ya montar en Lucero, caballonegro, hijo de un caballo árabe y de una yegua de la casta deGuadalcázar, saltador, corredor, lleno de fuego y adiestrado en todolinaje de corvetas.

—Quien eche a Lucero los calzones encima—dice mi padre—, ya puedeapostarse a montar con los propios centauros; y tú le echarás calzonesencima dentro de poco.

Aunque me paso todo el día en el campo a caballo, en el casino y en latertulia, robo algunas horas al sueño, ya voluntariamente, ya porque medesvelo, y medito en mi posición y hago examen de conciencia. La imagende Pepita está siempre presente en mi alma. ¿Será esto amor?, mepregunto.

Mi compromiso moral, mi promesa de consagrarme a los altares, aunque noconfirmada, es para mí valedera y perfecta. Si algo que se oponga alcumplimiento de esa promesa ha penetrado en mi alma, es necesariocombatirlo.

Desde luego noto, y no me acuse Vd. de soberbia porque le digo lo quenoto, que el imperio de mi voluntad, que Vd. me ha enseñado a ejercer,es omnímodo sobre todos mis sentidos. Mientras Moisés en la cumbre delSinaí conversaba con Dios, la baja plebe en la llanura adoraba rebeldeel becerro. A pesar de mis pocos años, no teme mi espíritu rebeldíassemejantes. Bien pudiera conversar con Dios con plena seguridad, si elenemigo no viniese a pelear contra mí en el mismo santuario. La imagende Pepita se me presenta en el alma. Es un espíritu quien hace guerra ami espíritu; es la idea de su hermosura en toda su inmaterial pureza laque se me ofrece en el camino que guía al abismo profundo del alma dondeDios asiste, y me impide llegar a él.

No me obceco, con todo. Veo claro, distingo, no me alucino. Por cima deesta inclinación espiritual que me arrastra hacia Pepita está el amor delo infinito y de lo eterno. Aunque yo me represente a Pepita como unaidea, como una poesía, no deja de ser la idea, la poesía de algo finito,limitado, concreto, mientras que el amor de Dios y el concepto de Diostodo lo abarcan.

Pero por más esfuerzos que hago, no acierto a revestirde una forma imaginaria ese concepto supremo, objeto de un afectosuperiorísimo, para que luche con la imagen, con el recuerdo de labeldad caduca y efímera que de continuo me atosiga. Fervorosamente pidoal cielo que se despierte en mí la fuerza imaginativa y cree unasemejanza, un símbolo de ese concepto que todo lo comprende, a fin deque absorba y ahogue la imagen, el recuerdo de esta mujer. Es vago, esoscuro, es indescriptible, es como tiniebla profunda el más altoconcepto, blanco de mi amor; mientras que ella se me representa condeterminados contornos, clara, evidente, luminosa con la luz velada queresisten los ojos del espíritu, no luminosa con la otra luz intensísimaque para los ojos del espíritu es como tinieblas.

Toda otra consideración, toda otra forma, no destruye la imagen de estamujer. Entre el Crucifijo y yo se interpone; entre la imagen devotísimade la Virgen y yo se interpone; sobre la página del libro espiritual queleo viene también a interponerse.

No creo, sin embargo, que estoy haciendo de lo que llaman amor en elsiglo. Y aunque lo estuviera, yo lucharía y vencería.

La vista diaria de esa mujer y el oír cantar sus alabanzas de continuo,hasta al padre vicario, me tienen preocupado; divierten mi espírituhacia lo profano y le alejan de su debido recogimiento; pero no, yo noamo a Pepita todavía. Me iré y la olvidaré.

Mientras aquí permanezca, combatiré con valor. Combatiré con Dios paravencerle por el amor y el rendimiento. Mis clamores llegarán a él comoinflamadas saetas y derribarán el escudo con que se defiende y oculta alos ojos de mi alma. Yo pelearé como Israel en el silencio de la noche,y Dios me llagará en el muslo y me quebrantará en ese combate, para queyo sea vencedor siendo vencido.

12 de Mayo.

Antes de lo que yo pensaba, querido tío, me decidió mi padre a quemontase en Lucero. Ayer, a las seis de la mañana, cabalgué en estahermosa fiera, como le llama mi padre, y me fui con mi padre al campo.Mi padre iba caballero en una jaca alazana.

Lo hice tan bien, fui tan seguro y apuesto en aquel soberbio animal, quemi padre no pudo resistir a la tentación de lucir a su discípulo, ydespués de reposarnos en un cortijo que tiene a media legua de aquí, y aeso de las once, me hizo volver al lugar y entrar por lo más concurridoy céntrico, metiendo mucha bulla y desempedrando las calles. No hay queafirmar que pasamos por la de Pepita, quien de algún tiempo a esta partese va haciendo algo ventanera y estaba a la reja, en una ventana baja,detrás de la verde celosía.

No bien sintió Pepita el ruido y alzó los ojos y nos vio, se levantó,dejó la costura que traía entre manos y se puso a miramos. Lucero, que,según he sabido después, tiene ya la costumbre de hacer piernas cuandopasa por delante de la casa de Pepita, empezó a retozar y a levantarseun poco de manos. Yo quise calmarle, pero como extrañase las mías, ytambién extrañase al jinete, despreciándole tal vez, se alborotó más ymás y empezó a dar resoplidos, a hacer corvetas y aun a dar algunosbotes; pero yo me tuve firme y sereno, mostrándole que era su amo,castigándole con la espuela, tocándole con el látigo en el pecho yreteniéndole por la brida. Lucero, que casi se había puesto de pie sobrelos cuartos traseros, se humilló entonces hasta doblar mansamente lasrodillas haciendo una reverencia.

La turba de curiosos, que se había agrupado alrededor, rompió enestrepitosos aplausos. Mi padre dijo:

—¡Bien por los mozos crudos y de arrestos!

Y notando después que Currito, que no tiene otro oficio que el depaseante, se hallaba entre el concurso, se dirigió a él con estaspalabras:

—Mira, arrastrado; mira al teólogo ahora, y, en vez de burlarte,quédate patitieso de asombro.

En efecto, Currito estaba con la boca abierta, inmóvil, verdaderamenteasombrado.

Mi triunfo fue grande y solemne, aunque impropio de mi carácter. Lainconveniencia de este triunfo me infundió vergüenza. El rubor colorómis mejillas. Debí ponerme encendido como la grana, y más aún cuandoadvertí que Pepita me aplaudía y me saludaba cariñosa, sonriendo yagitando sus lindas manos.

En fin, he ganado la patente de hombre recio y de jinete de primeracalidad.

Mi padre no puede estar más satisfecho y orondo; asegura que estácompletando mi educación; que usted le ha enviado en mí un libro muysabio, pero en borrador y desencuadernado, y que él está poniéndome enlimpio y encuadernándome.

El tresillo, si es parte de la encuadernación y de la limpieza, tambiénestá ya aprendido.

Dos noches he jugado con Pepita.

La noche que siguió a mi hazaña ecuestre, Pepita me recibióentusiasmada, e hizo lo que nunca había querido ni se había atrevido ahacer conmigo: me alargó la mano.

No crea Vd. que no recordé lo que recomiendan tantos y tantos moralistasy ascetas; pero, allá en mi mente, pensé que exageraban el peligro.Aquello del Espíritu Santo de que el que echa mano a una mujer se exponecomo si cogiera un escorpión, me pareció dicho en otro sentido. Sin dudaque en los libros devotos, con la más sana intención, se interpretanharto duramente ciertas frases y sentencias de la Escritura. ¿Cómoentender, si no, que la hermosura de la mujer, obra tan perfecta deDios, es causa de perdición siempre? ¿Cómo entender tampoco, en sentidogeneral y constante, que la mujer es más amarga que la muerte? ¿Cómoentender que el que toca a una mujer, en toda ocasión y con cualquierpensamiento que sea, no saldrá sin mancha?

En fin, yo respondí rápidamente dentro de mi alma a estos y otrosavisos, y tomé la mano que Pepita cariñosamente me alargaba y laestreché en la mía. La suavidad de aquella mano me hizo comprender mejorsu delicadeza y primor, que hasta entonces no conocía sino por los ojos.

Según los usos del siglo, dada ya la mano una vez, la debe uno darsiempre, cuando llega y cuando se despide. Espero que en esta ceremonia,en esta prueba de amistad, en esta manifestación de afecto, si seprocede con pureza y sin el menor átomo de livianidad, no verá Vd.

nadamalo ni peligroso.

Como mi padre tiene que estar muchas noches con el aperador y con otragente de campo, y hasta las diez y media o las once suele no verse libreyo le sustituyo en la mesa del tresillo al lado de Pepita. El señorvicario y el escribano son casi siempre los otros tercios. Jugamos adécimo de real, de modo que un duro o dos es lo más que se atraviesa enla partida.

Mediando, como media, tan poco interés en el juego, lo interrumpimoscontinuamente con agradables conversaciones y hasta con discusionessobre puntos extraños al mismo juego, en todo lo cual demuestra siemprePepita una lucidez de entendimiento, una viveza de imaginación y una tanextraordinaria gracia en el decir, que no pueden menos de maravillarme.

No hallo motivo suficiente para variar de opinión respecto a lo que yahe dicho a Vd.

contestando a sus recelos de que Pepita puede sentircierta inclinación hacia mí. Me trata con el afecto natural que debetener al hijo de su pretendiente D. Pedro de Vargas, y con la timidez yencogimiento que inspira un hombre en mis circunstancias; que no essacerdote aún, pero que pronto va a serlo.

Quiero y debo, no obstante, decir a Vd., ya que le escribo siempre comosi estuviese de rodillas delante de Vd. a los pies del confesionario,una rápida impresión que he sentido dos o tres veces; algo que tal vezsea una alucinación o un delirio, pero que he notado.

Ya he dicho a Vd. en otras cartas que los ojos de Pepita, verdes comolos de Circe, tienen un mirar tranquilo y honestísimo. Se diría que ellaignora el poder de sus ojos y no sabe que sirven más que para ver.Cuando fija en alguien la vista, es tan clara, franca y pura la dulceluz de su mirada, que, en vez de hacer nacer ninguna mala idea, pareceque crea pensamientos limpios; que deja en reposo grato a las almasinocentes y castas, y mata y destruye todo incentivo en las almas que nolo son. Nada de pasión ardiente, nada de fuego hay en los ojos dePepita. Como la tibia luz de la luna es el rayo de su mirada.

Pues bien, a pesar de esto, yo he creído notar dos o tres veces unresplandor instantáneo, un relámpago, una llama fugaz devoradora enaquellos ojos que se posaban en mí. ¿Será vanidad ridícula sugerida porel mismo demonio?

Me parece que sí: quiero creer y creo que sí.

Lo rápido, lo fugitivo de la impresión, me induce a conjeturar que no hatenido nunca realidad extrínseca; que ha sido ensueño mío.

La calma del cielo, el frío de la indiferencia amorosa, si bien templadopor la dulzura de la amistad y de la caridad, es lo que descubro siempreen los ojos de Pepita.

Me atormenta, no obstante, este ensueño, esta alucinación de la miradaextraña y ardiente.

Mi padre dice que no son los hombres sino las mujeres las que toman lainiciativa, y que la toman sin responsabilidad, y pudiendo negar yvolverse atrás cuando quieren. Según mi padre, la mujer es quien sedeclara por medio de miradas fugaces, que ella misma niega más tarde asu propia conciencia si es menester, y de las cuales, más que leer,logra el hombre a quien van dirigidas adivinar el significado. De estasuerte, casi por medio de una conmoción eléctrica, casi por medio de unasutilísima e inexplicable intuición se percata el que es amado de que esamado, y luego, cuando se resuelve a hablar, va ya sobre seguro y conplena confianza de la correspondencia.

¿Quién sabe si estas teorías de mi padre, oídas por mí, porque no puedomenos de oírlas, son las que me han calentado la cabeza y me han hechoimaginar lo que no hay?

De todos modos, me digo a veces, ¿sería tan absurdo, tan imposible quelo hubiera? Y si lo hubiera, si yo agradase a Pepita de otro modo quecomo amigo, si la mujer a quien mi padre pretende se prendase de mí, ¿nosería espantosa mi situación?

Desechemos estos temores fraguados sin duda por la vanidad. No hagamosde Pepita una Fedra y de mí un Hipólito.

Lo que sí empieza a sorprenderme es el descuido y plena seguridad de mipadre. Perdone usted, pídale a Dios que perdone mi orgullo; de vez encuando me pica y enoja la tal seguridad.

Pues qué, me digo, ¿soy tanadefesio para que mi padre no tema que, a pesar de mi supuesta santidad,o por mi misma supuesta santidad, no pueda yo enamorar, sin querer, aPepita?

Hay un curioso raciocinio, que yo me hago, y por donde me explico, sinlastimar mi amor propio, el descuido paterno en este asunto importante.Mi padre, aunque sin fundamento, se va considerando ya como marido dePepita, y empieza a participar de aquella ceguedad funesta que Asmodeo uotro demonio más torpe infunde a los maridos. Las historias profanas yeclesiásticas están llenas de esta ceguedad, que Dios permite, sin dudapara fines providenciales. El ejemplo más egregio quizás es el delemperador Marco Aurelio, que tuvo mujer tan liviana y viciosa comoFaustina, y, siendo varón tan sabio y tan agudo filósofo, nunca advirtiólo que de todas las gentes que formaban el imperio romano era sabido;por donde, en las meditaciones o memorias que sobre sí mismo compuso, dainfinitas gracias a los dioses inmortales porque le habían concedidomujer tan fiel y tan buena, y provoca la risa de sus contemporáneos y delas futuras generaciones. Desde entonces, no se ve otra cosa todos losdías, sino magnates y hombres principales que hacen sus secretarios ydan todo su valimiento a los que le tienen con su mujer.

De esta suerteme explico que mi padre se descuide, y no recele que, hasta a pesar mío,pudiera tener un rival en mí.

Sería una falta de respeto, pecaría yo de presumido e insolente, siadvirtiese a mi padre del peligro que no ve. No hay medio de que yo lediga nada. Además, ¿qué había yo de decirle? ¿Que se me figura que una odos veces Pepita me ha mirado de otra manera que como suele mirar?

¿Nopuede ser esto ilusión mía? No; no tengo la menor prueba de que Pepitadesee siquiera coquetear conmigo.

¿Qué es, pues, lo que entonces podría yo decir a mi padre? ¿Había dedecirle que yo soy quien está enamorado de Pepita, que yo codicio eltesoro que ya él tiene por suyo? Esto no es verdad; y sobre todo, ¿cómodeclarar esto a mi padre, aunque fuera verdad, por mi desgracia y por miculpa?

Lo mejor es callarme; combatir en silencio, si la tentación llega aasaltarme de veras; y tratar de abandonar cuanto antes este pueblo y devolverme con Vd.

19 de Mayo.

Gracias a Dios y a Vd. por las nuevas cartas y nuevos consejos que meenvía. Hoy los necesito más que nunca.

Razón tiene la mística doctora Santa Teresa cuando pondera los grandestrabajos de las almas tímidas que se dejan turbar por la tentación: peroes mil veces más trabajoso el desengaño para quienes han sido, como yo,confiados y soberbios.

Templos del Espíritu Santo son nuestros cuerpos, mas si se arrima fuegoa sus paredes, aunque no ardan, se tiznan.

La primera sugestión es la cabeza de la serpiente. Si no la hollamos conplanta valerosa y segura, el ponzoñoso reptil sube a esconderse ennuestro seno.

El licor de los deleites mundanos, por inocentes que sean, suele serdulce al paladar, y luego se trueca en hiel de dragones y veneno deáspides.

Es cierto: ya no puedo negárselo a Vd. Yo no debí poner los ojos contanta complacencia en esta mujer peligrosísima.

No me juzgo perdido; pero me siento conturbado.

Como el corzo sediento desea y busca el manantial de las aguas, así mialma busca a Dios todavía. A Dios se vuelve para que le dé reposo, yanhela beber en el torrente de sus delicias, cuyo ímpetu alegra elParaíso, y cuyas ondas claras ponen más blanco que la nieve; pero unabismo llama a otro abismo, y mis pies se han clavado en el cieno queestá en el fondo.

Sin embargo, aún me quedan voz y aliento para clamar con el Salmista:¡Levántate, gloria mía!

Si te pones de mi lado, ¿quién prevalecerácontra mí?

Yo digo a mi alma pecadora, llena de quiméricas imaginaciones y de vagosdeseos, que son sus hijos bastardos: ¡Oh, hija miserable de Babilonia;bienaventurado el que te dará tu galardón: bienaventurado el que desharácontra las piedras a tus pequeñuelos!

Las mortificaciones, el ayuno, la oración, la penitencia serán las armasde que me revista para combatir y vencer con el auxilio divino.

No era sueño, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con laardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos están dotados de unaatracción magnética inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fijan enella los míos. Mis ojos deben arder entonces, como los suyos, con unallama funesta; como los de Amón cuando se fijaban en Tamar; como los delpríncipe de Siquén cuando se fijaban en Dina.

Al mirarnos así, hasta de Dios me olvido. La imagen de ella se levantaen el fondo de mi espíritu, vencedora de todo. Su hermosura resplandecesobre toda hermosura; los deleites del cielo me parecen inferiores a sucariño; una eternidad de penas creo que no paga la bienaventuranzainfinita que vierte sobre mí en un momento con una de estas miradas, quepasan cual relámpago.

Cuando vuelvo a casa, cuando me quedo solo en mi cuarto, en el silenciode la noche, reconozco todo el horror de mi situación, y formo buenospropósitos, que luego se quebrantan.

Me prometo a mí mismo fingirme enfermo, buscar cualquier otro pretextopara no ir a la noche siguiente en casa de Pepita, y sin embargo voy.

Mi padre, confiado hasta lo sumo, sin sospechar lo que pasa en mi alma,me dice cuando llega la hora:

—Vete a la tertulia. Yo iré más tarde, luego que despache al aperador.

Yo no atino con la excusa, no hallo el pretexto, y en vez decontestar;—no puedo ir—, tomo el sombrero y voy a la tertulia.

Al entrar, Pepita y yo nos damos la mano, y al dárnosla me hechiza. Todomi ser se muda.

Penetra hasta mi corazón un fuego devorante, y ya nopienso más que en ella. Tal vez soy yo mismo quien provoca las miradassi tardan en llegar. La miro con insano ahínco, por un estímuloirresistible, y a cada instante creo descubrir en ella nuevasperfecciones. Ya los hoyuelos de sus mejillas cuando sonríe, ya lablancura sonrosada de la tez, ya la forma recta de la nariz, ya lapequeñez de la oreja, ya la suavidad de contornos y admirable modeladode la garganta.

Entro en su casa, a pesar mío, como evocado por un conjuro; y, no bienentro en su casa, caigo bajo el poder de su encanto; veo claramente queestoy dominado por una maga, cuya fascinación es ineluctable.

No es ella grata a mis ojos solamente, sino que sus palabras suenan enmis oídos como la música de las esferas, revelándome toda la armonía deluniverso y hasta imagino percibir una sutilísima fragancia, que sulimpio cuerpo despide, y que supera al olor de los mastranzos que crecena orillas de los arroyos y al aroma silvestre del tomillo que en losmontes se cría.

Excitado de esta suerte, no sé cómo juego al tresillo, ni hablo, nidiscurro con juicio, porque estoy todo en ella.

Cada vez que se encuentran nuestras miradas, se lanzan en ellas nuestrasalmas, y en los rayos que se cruzan, se me figura que se unen ycompenetran. Allí se descubren mil inefables misterios de amor, allí secomunican sentimientos que por otro medio no llegarían a saberse, y serecitan poesías que no caben en lengua humana, y se cantan canciones queno hay voz que exprese ni acordada cítara que module.

Desde el día en que vi a Pepita en el Pozo de la Solana, no he vuelto averla a solas. Nada le he dicho ni me ha dicho, y sin embargo nos lohemos dicho todo.

Cuando me sustraigo a la fascinación, cuando estoy solo por la noche enmi aposento, quiero mirar con frialdad el estado en que me hallo, y veoabierto a mis pies el precipicio en que voy a sumirme, y siento que meresbalo y que me hundo.

Me recomienda Vd. que piense en la muerte; no en la de esta mujer, sinoen la mía. Me recomienda Vd. que piense en lo inestable, en lo insegurode nuestra existencia, y en lo que hay más allá. Pero esta consideracióny esta meditación ni me atemorizan ni me arredran. ¿Cómo he de temer lamuerte cuando deseo morir? El amor y la muerte son hermanos. Unsentimiento de abnegación se alza de las profundidades de mi ser, y mellama a sí, y me dice que todo mi ser debe darse y perderse por elobjeto amado. Ansío confundirme en una de sus miradas; diluir y evaporartoda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus ojos; quedarme muertomirándola, aunque me condene.

Lo que es aún eficaz en mí contra el amor, no es el temor, sino el amormismo. Sobre este amor determinado, que ya veo con evidencia que Pepitame inspira, se levanta en mi espíritu el amor divino, en consurrecciónpoderosa. Entonces todo se cambia en mí, y aun me promete la victoria.El objeto de mi amor superior se ofrece a los ojos de mi mente como elsol que todo lo enciende y alumbra llenando de luz los espacios; y elobjeto de mi amor más bajo, como átomo de polvo que vaga en el ambientey que el sol dora. Toda su beldad, todo su resplandor, todo suatractivo, no es más que el reflejo de ese sol increado, no es más quela chispa brillante, transitoria, inconsistente, de aquella infinita yperenne hoguera.

Mi alma, abrasada de amor, pugna por criar alas, y tender el vuelo, ysubir a esa hoguera, y consumir allí cuanto hay en ella de impuro.

Mi vida, desde hace algunos días, es una lucha constante. No sé cómo elmal que padezco no me sale a la cara. Apenas me alimento; apenas duermo.Si el sueño cierra mis párpados, suelo despertar azorado, como si mehallase peleando en una batalla de ángeles rebeldes y de ángeles buenos.En esta batalla de la luz contra las tinieblas, yo combato por la luz;pero tal vez imagino que me paso al enemigo, que soy un desertor infame;y oigo la voz del águila de Patmos que dice:

«Y los hombres prefirieronlas tinieblas a la luz»; y entonces me lleno de terror y me juzgoperdido.

No me queda más recurso que huir. Si en lo que falta para terminar elmes, mi padre no me da su venia y no viene conmigo, me escapo como unladrón; me fugo sin decir nada.

23 de Mayo.

Soy un vil gusano y no un hombre: soy el oprobio y la abyección de lahumanidad; soy un hipócrita.

Me han circundado dolores de muerte, y torrentes de iniquidad me hanconturbado.

Vergüenza tengo de escribir a Vd., y no obstante le escribo. Quieroconfesárselo todo.

No logro enmendarme. Lejos de dejar de ir a casa de Pepita, voy mástemprano todas las noches. Se diría que los demonios me agarran de lospies y me llevan allá sin que yo quiera.

Por dicha, no hallo sola nunca a Pepita. No quisiera hallarla sola. Casisiempre se me adelanta el excelente padre vicario, que atribuye nuestraamistad a la semejanza de gustos piadosos, y la funda en la devoción,como la amistad inocentísima que él le profesa.

El progreso de mi mal es rápido. Como piedra que se desprende de lo altodel templo y va aumentando su velocidad en la caída, así va mi espírituahora.

Cuando Pepita y yo nos damos la mano, no es ya como al principio. Amboshacemos un esfuerzo de voluntad, y nos transmitimos, por nuestrasdiestras enlazadas, todas las palpitaciones del corazón. Se diría que,por arte diabólico, obramos una transfusión y mezcla de lo más sutil denuestra sangre. Ella debe de sentir circular mi vida por sus venas, comoyo siento en las mías la suya.

Si estoy cerca de ella, la amo; si estoy lejos, la odio. A su vista, ensu presencia, me enamora, me atrae, me rinde con suavidad, me pone unyugo dulcísimo.

Su recuerdo me mata. Soñando con ella, sueño que me divide la gargantacomo Judith al capitán de los asirios, que me atraviesa las sienes conun clavo, como Jael a Sisara; pero a su lado, me parece la esposa del Cantar de los Cantares, y la llamo con voz interior, y la bendigo, y lajuzgo fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de loscampos, paloma mía y hermana.

Quiero libertarme de esta mujer y no puedo. La aborrezco y casi laadoro. Su espíritu se infunde en mí al punto que la veo, y me posee, yme domina, y me humilla.

Todas las noches salgo de su casa diciendo: esta será la última nocheque vuelva aquí; y vuelvo a la noche siguiente.

Cuando habla, y estoy a su lado, mi alma queda como colgada de su boca;cuando sonríe, se me antoja que un rayo de luz inmaterial se me entra enel corazón y le alegra.

A veces, jugando al tresillo, se han tocado por acaso nuestras rodillas,y he sentido un indescriptible sacudimiento.

Sáqueme Vd. de aquí. Escriba Vd. a mi padre que me dé licencia parairme. Si es menester, dígaselo todo. Socórrame Vd. ¡Sea Vd. mi amparo!

30 de Mayo.

Dios me ha dado fuerzas ara resistir y he resistido.

Hace días que no pongo los pies en casa de Pepita; que no la veo.

Casi no tengo que pretextar una enfermedad porque realmente estoyenfermo. Estoy pálido y ojeroso; y mi padre, lleno de afectuoso cuidado,me pregunta qué padezco y me muestra el interés más vivo.

El reino de los cielos cede a la violencia, y yo quiero conquistarle.Con violencia llamo a sus puertas para que se me abran.

Con ajenjo me alimenta Dios para probarme, y en balde le pido que apartede mí ese cáliz de amargura: pero he pasado y paso en vela muchasnoches, entregado a la oración, y ha venido a endulzar lo amargo delcáliz una inspiración amorosa del espíritu consolador y soberano.

He visto con los ojos del alma la nueva patria, y en lo más íntimo de micorazón ha resonado el cántico nuevo de la Jerusalén celeste.

Si al cabo logro vencer, será gloriosa la victoria; pero se la deberé ala Reina de los Ángeles, a quien me encomiendo. Ella es mi refugio y midefensa; torre y alcázar de David, de que penden mil escudos y armadurasde valerosos campeones; cedro del Líbano que pone en fuga a lasserpientes.

En cambio, a la mujer que me enamora de un modo mundanal, procuromenospreciarla y abatirla en mi pensamiento, recordando las palabras delSabio y aplicándoselas.

Eres lazo de cazadores, la digo; tu corazón es red engañosa y tus manosredes que atan: quien ama a Dios huirá de ti, y el pecador será por tiaprisionado.

Meditando sobre el amor, hallo mil motivos para amar a Dios y no amarla.

Siento en el fondo de mi corazón una inefable energía que me convence deque yo lo despreciaría todo por el amor de Dios: la fama, la honra, elpoder y el imperio. Me hallo capaz de imitar a Cristo; y si el enemigotentador me llevase a la cumbre de la montaña y me ofreciese todos losreinos de la tierra, porque doblase ante él la rodilla, yo no ladoblaría: pero cuando me ofrece a esta mujer, vacilo aún y no lerechazo. ¿Vale más esta mujer a mis ojos que todos los reinos de latierra; más que la fama, la honra, el poder y el imperio?

¿La virtud del amor, me pregunto a veces, es la misma siempre, aunqueaplicada a diversos objetos, o bien hay dos linajes y condiciones deamores? Amar a Dios me parece la negación del egoísmo y delexclusivismo. Amándole, puedo y quiero amarlo todo por él, y no me enojoni tengo celos de que él lo ame todo. No estoy celoso ni envidioso delos santos, de los mártires, de los bienaventurados, ni de los mismosserafines. Mientras mayor me represento el amor de Dios a las criaturasy los favores y regalos que les hace, menos celoso estoy y más le amo, ymás cercano a mí le juzgo, y más amoroso y fino me parece que estáconmigo. Mi hermandad, mi más que hermandad con todos los seres, resaltaentonces de un modo dulcísimo. Me parece que soy uno con todo, y quetodo está enlazado con lazada de amor por Dios y en Dios.

Muy al contrario, cuando pienso en esta mujer y en el amor que meinspira. Es un amor de odio, que me aparta de todo, menos de mí. Laquiero para mí; toda para mí y yo todo para ella.

Hasta la devoción y elsacrificio por ella son egoístas. Morir por ella sería por desesperaciónde no lograrla de otra suerte, o por esperanza de no gozar de su amorpor completo, sino muriendo y confundiéndome con ella en un eternoabrazo.

Con todas estas consideraciones procuro hacer aborrecible el amor deesta mujer; pongo en este amor mucho de infernal y de horriblementeominoso; pero como si tuviese yo dos almas, dos entendimientos, dosvoluntades y dos imaginaciones, pronto surge dentro de mí la ideacontraria; pronto me niego lo que acabo de afirmar, y procuro conciliarlocamente los dos amores. ¿Por qué no huir de ella y seguir amándola sindejar de consagrarme fervorosamente al servicio de Dios?

Así como elamor de Dios no excluye el amor de la patria, el amor de la humanidad,el amor de la ciencia, el amor de la hermosura en la naturaleza y en elarte, tampoco debe excluir este amor, si es espiritual e inmaculado. Yoharé de ella, me digo, un símbolo, una alegoría, una imagen de todo lobueno y hermoso. Será para mí, como Beatriz para Dante, figura yrepresentación de mi patria, del saber y de la belleza.

Esto me hace caer en una horrible imaginación, en un monstruosopensamiento. Para hacer de Pepita ese símbolo, esa vaporosa y etéreaimagen, esa cifra y resumen de cuanto puedo amar por bajo de Dios, enDios y subordinándolo a Dios, me la finjo muerta, como Beatriz estabamuerta cuando Dante la cantaba.

Si la dejo entre los vivos, no acierto a convertirla en idea pura, ypara convertirla en idea pura, la asesino en mi mente.

Luego la lloro, luego me horrorizo de mi crimen, y me acerco a ella enespíritu, y con el calor de mi corazón le vuelvo la vida, y la veo, novagarosa, diáfana, casi esfumada entre nubes de color de rosa y florescelestiales, como vio el feroz Gibelino a su amada en la cima delPurgatorio, sino consistente, sólida, bien delineada en el ambientesereno y claro, como las obras más perfectas del cincel helénico, comoGalatea, animada ya por el afecto de Pigmalión, y bajando llena de vida,respirando amor, lozana de juventud y de hermosura, de su pedestal demármol.

Entonces exclamo desde el fondo de mi conturbado corazón: Mi virtuddesfallece; Dios mío, no me abandones. Apresúrate a venir en mi auxilio.Muéstrame tu cara y seré salvo.

Así recobro las fuerzas para resistir a la tentación. Así renace en míla esperanza de que volveré al antiguo reposo no bien me aparte de estossitios.

El demonio anhela con furia tragarse las aguas puras del Jordán, que sonlas personas consagradas a Dios. Contra ellas se conjura el infierno ydesencadena todos sus monstruos. San Buenaventura lo ha dicho: «Nodebemos admirarnos de que estas personas pecaron, sino de que nopecaron». Yo, con todo, sabré resistir y no pecar. Dios me protege.

6 de Junio.

La nodriza de Pepita, hoy su ama de llaves, es, como dice mi padre, unabuena pieza de arrugadillo: picotera, alegre y hábil como pocas. Se casócon el hijo del Maestro Cencias, y ha heredado del padre lo que el hijono heredó: una portentosa facilidad para las artes y los oficios.

Ladiferencia está en que el Maestro Cencias componía un husillo de lagar,arreglaba las ruedas de una carreta o hacía un arado, y esta nuera suyahace dulces, arropes y otras golosinas. El suegro ejercía las artes deutilidad: la nuera las del deleite, aunque deleite inocente o lícito almenos.

Antoñona, que así se llama, tiene o se toma la mayor confianza con todoel señorío. En todas las casas entra y sale como en la suya. A todos losseñoritos y señoritas de la edad de Pepita, o de cuatro o cinco añosmás, los tutea, los llama niños y niñas, y los trata como si los hubieracriado a sus pechos.

A mí me habla de mira, como a los otros. Viene a verme, entra en micuarto, y ya me ha dicho varias veces que soy un ingrato, y que hago malen no ir a ver a su señora.

Mi padre, sin advertir nada, me acusa de extravagante; me llama búho, yse empeña también en que vuelva a la tertulia. Anoche no pude yaresistirme a sus repetidas instancias, y fui muy temprano, cuando mipadre iba a hacer las cuentas con el aperador.

¡Ojalá no hubiera ido!

Pepita estaba sola. Al vernos, al saludarnos, nos pusimos los doscolorados. Nos dimos la mano con timidez, sin decirnos palabra.

Yo no estreché la suya: ella no estrechó la mía; pero las conservamosunidas un breve rato.

En la mirada que Pepita me dirigió nada había de amor, sino de amistad,de simpatía, de honda tristeza.

Había adivinado toda mi lucha interior: presumía que el amor divinohabía triunfado en mi alma; que mi resolución de no amarla era firme einvencible.

No se atrevía a quejarse de mí; no tenía derecho a quejarse de mí;conocía que la razón estaba de mi parte. Un suspiro, apenas perceptible,que se escapó de sus frescos labios entreabiertos, manifestó cuánto lodeploraba.

Nuestras manos seguían unidas aún. Ambos mudos. ¿Cómo decirle que yo noera para ella, ni ella para mí?; ¡Qué importaba separamos para siempre!

Sin embargo, aunque no se lo dije con palabras, se lo dije con los ojos.Mi severa mirada confirmó sus temores: la persuadió de la irrevocablesentencia.

De pronto se nublaron sus ojos; todo su rostro hermoso, pálido ya de unapalidez traslúcida, se contrajo con una bellísima expresión demelancolía. Parecía la madre de los dolores. Dos lágrimas brotaronlentamente de sus ojos y empezaron a deslizarse por sus mejillas.

No sé lo que pasó en mí. ¿Ni cómo describirlo, aunque lo supiera?

Acerqué mis labios a su cara para enjugar el llanto, y se unieronnuestras bocas en un beso.

Inefable embriaguez, desmayo fecundo en peligros invadió todo mi ser yel ser de ella. Su cuerpo desfallecía y la sostuve entre mis brazos.

Quiso el cielo que oyésemos los pasos y la tos del padre vicario quellegaba, y nos separamos al punto.

Volviendo en mí, y reconcentrando todas las fuerzas de mi voluntad, pudeentonces llenar con estas palabras, que pronuncié en voz baja e intensa,aquella terrible escena silenciosa:

—¡El primero y el último!

Yo aludía al beso profano; mas, como si hubieran sido mis palabras unaevocación, se ofreció en mi mente la visión apocalíptica en toda suterrible majestad. Vi al que es por cierto el primero y el último, y conla espada de dos filos que salía de su boca me hería en el alma, llenade maldades, de vicios y de pecados.

Toda aquella noche la pasé en un frenesí, en un delirio interior, que nosé cómo disimulaba.

Me retiré de casa de Pepita muy temprano.

En la soledad fue mayor mi amargura.

Al recordarme de aquel beso y de aquellas palabras de despedida, mecomparaba yo con el traidor Judas, que vendía besando, y con elsanguinario y alevoso asesino Joab, cuando al besar a Amasá, le hundióel hierro agudo en las entrañas.

Había incurrido en dos traiciones y en dos falsías. Había faltado a Diosy a ella.

Soy un ser abominable.

11 de Junio.

Aún es tiempo de remediarlo todo. Pepita sanará de su amor y olvidará laflaqueza que ambos tuvimos.

Desde aquella noche no he vuelto a su casa.

Antoñona no parece por la mía.

A fuerza de súplicas he logrado de mi padre la promesa formal de quepartiremos de aquí el 25, pasado el día de San Juan, que aquí se celebracon fiestas lucidas, y en cuya víspera hay una famosa velada.

Lejos de Pepita, me voy serenando, y creyendo que tal vez ha sido unaprueba este comienzo de amores.

En todas estas noches he rezado, he velado, me he mortificado mucho.

La persistencia de mis plegarias, la honda contrición de mi pecho hanhallado gracia delante del Señor, quien ha mostrado su granmisericordia.

El Señor, como dice el Profeta, ha enviado fuego a lo más robusto de miespíritu, ha alumbrado mi inteligencia, ha encendido lo más alto de mivoluntad, y me ha enseñado.

La actividad del amor divino, que está en la voluntad suprema, ha podidoen ocasiones, sin yo merecerlo, llevarme hasta la oración de quietudafectiva. He desnudado las potencias inferiores de mi alma de todaimagen, hasta de la imagen de esa mujer; y he creído, si el orgullo nome alucina, que he conocido y gozado en paz, con la inteligencia y conel afecto, del bien supremo que está en el centro y abismo del alma.

Ante este bien todo es miseria; ante esta hermosura es fealdad todo;ante esta felicidad, todo es infortunio; ante esta altura todo esbajeza. ¿Quién no olvidará y despreciará por el amor de Dios todos losdemás amores?

Sí: la imagen profana de esa mujer saldrá definitivamente y para siemprede mi alma. Yo haré un azote durísimo de mis oraciones y penitencias, ycon él la arrojaré de allí, como Cristo arrojó del templo a loscondenados mercaderes.

18 de Junio.

Ésta será la última carta que yo escriba a Vd.

El veinticinco saldré de aquí sin falta. Pronto tendré el gusto de dar aVd. un abrazo.

Cerca de Vd. estaré mejor. Vd. me infundirá ánimo y me prestará laenergía de que carezco.

Una tempestad de encontradas afecciones combate ahora mi corazón.

El desorden de mis ideas se conocerá en el desorden de lo que estoyescribiendo.

Dos veces he vuelto a casa de Pepita. He estado frío, severo, como debíaestar: pero ¡cuánto me ha costado!

Ayer me dijo mi padre que Pepita está indispuesta y que no recibe.

En seguida me asaltó el pensamiento de que su amor mal pagado podría serla causa de la enfermedad.

¿Por qué la he mirado con las mismas miradas de fuego con que ella memiraba? ¿Por qué la he engañado vilmente? ¿Por qué la he hecho creer quela quería? ¿Por qué mi boca infame buscó la suya y se abrasó y la abrasócon las llamas del infierno?

Pero no: mi pecado no ha de traer como indefectible consecuencia otropecado.

Lo que ya fue no puede dejar de haber sido, pero puede y deberemediarse.

El 25, repito, partiré sin falta.

La desenvuelta Antoñona acaba de entrar a verme.

Escondí esta carta, como si fuera una maldad escribir a Vd.

Solo un minuto ha estado aquí Antoñona.

Yo me levanté de la silla para hablar con ella de pie y que la visitafuera corta.

En tan corta visita, me ha dicho mil locuras que me afligenprofundamente.

Por último, ha exclamado, al despedirse, en su jerga medio gitana:

¡Anda, fullero de amor, indinote; maldecido seas; malos chuqueles tetagelen el drupro, que has puesto enferma a la niña, y con tusretrecherías la estás matando!

Dicho esto, la endiablada mujer me aplicó de una manera indecorosa yplebeya, por bajo de las espaldas, seis o siete feroces pellizcos, comosi quisiera sacarme a túrdigas el pellejo. Después se largó echandochispas.

No me quejo: merezco esta broma brutal, dado que sea broma. Merezco queme atenacen los demonios con tenazas hechas ascuas.

¡Dios mío, haz que Pepita me olvide: haz, si es menester, que ame a otroy sea con él dichosa!

¿Puedo pedirte más, Dios mío?

Mi padre no sabe nada; no sospecha nada. Más vale así.

Adiós. Hasta dentro de pocos días, que nos veremos y abrazaremos.

¡Qué mudado va Vd. a encontrarme! ¡Qué lleno de amargura mi corazón!¡Cuán perdida la inocencia! ¡Qué herida y qué lastimada mi alma!

-II-

Paralipómenos

No hay más cartas de D. Luis de Vargas que las que hemos transcrito. Nosquedaríamos, pues, sin averiguar el término que tuvieron estos amores, yesta sencilla y apasionada historia no acabaría, si un sujeto,perfectamente enterado de todo, no hubiese compuesto la relación quesigue.

Nadie extrañó en el lugar la indisposición de Pepita, ni menos pensó enbuscarle una causa que sólo nosotros, ella, D. Luis, el señor deán y ladiscreta Antoñona, sabemos hasta lo presente.

Más bien hubieran podido extrañarse la vida alegre, las tertuliasdiarias y hasta los paseos campestres de Pepita, durante algún tiempo.El que volviese Pepita a su retiro habitual era naturalísimo.

Su amor por D. Luis, tan silencioso y tan reconcentrado, se ocultó a lasmiradas investigadoras de doña Casilda, de Currito y de todos lospersonajes del lugar que en las cartas de don Luis se nombran. Menospodía saberlo el vulgo. A nadie le cabía en la cabeza, a nadie le pasabapor la imaginación, que el teólogo, el santo, como llamaban a D. Luis,rivalizase con su padre, y hubiera conseguido lo que no había conseguidoel terrible y poderoso D. Pedro de Vargas: enamorar a la linda,elegante, esquiva y zahareña viudita.

A pesar de la familiaridad que las señoras de lugar tienen con suscriadas, Pepita nada había dejado traslucir a ninguna de las suyas. SóloAntoñona, que era un lince para todo, y más aún para las cosas de suniña, había penetrado el misterio.

Antoñona no calló a Pepita su descubrimiento, y Pepita no acertó a negarla verdad a aquella mujer que la había criado, que la idolatraba, y que,si bien se complacía en descubrir y referir cuanto pasa en el pueblo,siendo modelo de maldicientes, era sigilosa y leal como pocas para loque importaba a su dueño.

De esta suerte se hizo Antoñona la confidenta de Pepita, la cual hallabagran consuelo en desahogar su corazón con quien, si era vulgar o groseraen la expresión o en el lenguaje, no lo era en los sentimientos y en lasideas que expresaba y formulaba.

Por lo dicho se explican las visitas de Antoñona a D. Luis, suspalabras, y hasta los feroces, poco respetuosos y mal colocadospellizcos, con que maceró sus carnes y atormentó su dignidad la últimavez que estuvo a verle.

Pepita, no sólo no había excitado a Antoñona a que fuese a D. Luis conembajadas, pero ni sabía siquiera que hubiese ido.

Antoñona había tomado la iniciativa y había hecho papel en este asunto,porque así lo quiso.

Como ya se dijo, se había enterado de todo con perspicacia maravillosa.

Cuando la misma Pepita apenas se había dado cuenta de que amaba a D.Luis, ya Antoñona lo sabía. Apenas empezó Pepita a lanzar sobre élaquellas ardientes, furtivas e involuntarias miradas que tanto destrozohicieron, miradas que nadie sorprendió de los que estaban presentes,Antoñona, que no lo estaba, habló a Pepita de las miradas. Y no bien lasmiradas recibieron dulce pago, también lo supo Antoñona.

Poco tuvo, pues, la señora que confiar a una criada tan penetrante y tanzahorí de cuanto pasaba en lo más escondido de su pecho.

A los cinco días de la fecha de la última carta que hemos leído, empiezanuestra narración.

Eran las once de la mañana. Pepita estaba en una sala alta al lado de sualcoba y de su tocador, donde nadie, salvo Antoñona, entraba jamás sinque llamase ella.

Los muebles de aquella sala eran de poco valor, pero cómodos y aseados.Las cortinas y el forro de los sillones, sofás y butacas, eran de telade algodón pintada de flores; sobre una mesita de caoba había recado deescribir y papeles; y en un armario, de caoba también, bastantes librosde devoción y de historia. Las paredes se veían adornadas con cuadros,que eran estampas de asuntos religiosos; pero con el buen gusto,inaudito, raro, casi inverosímil en un lugar de Andalucía, de que dichasestampas no fuesen malas litografías francesas, sino grabados de nuestraCalcografía, como el Pasmo de Sicilia de Rafael, el San Ildefonso y laVirgen, la Concepción, el San Bernardo y los dos medios puntos deMurillo.

Sobre una antigua mesa de roble, sostenida por columnas salomónicas, seveía un contadorcillo o papelera con embutidos de concha, nácar, marfily bronce, y muchos cajoncitos, donde guardaba Pepita cuentas y otrosdocumentos. Sobre la misma mesa había dos vasos de porcelana con muchasflores. Colgadas en la pared había por último, algunas macetas de lozade la Cartuja sevillana, con geranio-hiedra y otras plantas, y tresjaulas doradas con canarios y jilgueros.

Aquella sala era el retiro de Pepita, donde no entraban de día sino elmédico y el padre vicario, y donde a prima noche entraba sólo elaperador a dar sus cuentas. Aquella sala era y se llamaba el despacho.

Pepita estaba sentada, casi recostada en un sofá, delante del cual habíaun velador pequeño con varios libros.

Se acababa de levantar, y vestía una ligera bata de verano. Su cabellorubio, mal peinado aún, parecía más hermoso en su mismo desorden. Sucara, algo pálida y con ojeras, si bien llena de juventud, lozanía yfrescura, parecía más bella con el mal que le robaba colores.

Pepita mostraba impaciencia; aguardaba a alguien.

Al fin llegó y entró sin anunciarse la persona que aguardaba, que era elpadre vicario.

Después de los saludos de costumbre, y arrellanado el padre vicario enuna butaca al lado de Pepita, se entabló la conversación.

—Me alegro, hija mía, de que me hayas llamado; pero sin que te hubierasmolestado en llamarme, ya iba yo a venir a verte. ¡Qué pálida estás!¿Qué padeces? ¿Tienes algo importante que decirme?

A esta serie de preguntas cariñosas, empezó a contestar Pepita con unhondo suspiro. Después dijo:

—¿No adivina Vd. mi enfermedad? ¿No descubre Vd. la causa de mipadecimiento?

El vicario se encogió de hombros y miró a Pepita con cierto susto,porque nada sabía, y le llamaba la atención la vehemencia con que ellase expresaba.

Pepita prosiguió:

—Padre mío, yo no debí llamar a Vd., sino ir a la iglesia y hablar conVd. en el confesonario, y allí confesar mis pecados. Por desgracia noestoy arrepentida; mi corazón se ha endurecido en la maldad, y no hetenido valor ni me he hallado dispuesta para hablar con el confesor,sino con el amigo.

—¿Qué dices de pecados, ni de dureza de corazón? ¿Estás loca? ¿Quépecados han de ser los tuyos, si eres tan buena?

—No, padre, yo soy mala. He estado engañando a Vd., engañándome a mímisma, queriendo engañar a Dios.