Pepita Jimenez by Juan Valera - HTML preview

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No hay que decir que mi padre se mostró tan embelesado como siempre dePepita, y ella tan fina y cariñosa con él, si bien con un cariño másfilial de lo que mi padre quisiera. Es lo cierto que mi padre, a pesarde la reputación que tiene de ser por lo común poco respetuoso ybastante profano con las mujeres, trata a ésta con un respeto y unosmiramientos tales, que ni Amadís los usó mayores con la señora Oriana enel período más humilde de sus pretensiones y galanteos: ni una palabraque disuene, ni un requiebro brusco e inoportuno, ni un chiste algoamoroso de estos que con tanta frecuencia suelen permitirse losandaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita

«buenos ojos tienes»; yen verdad que si lo dijese no mentiría, porque los tiene grandes, verdescomo los de Circe, hermosos y rasgados; y lo que más mérito y valor lesda, es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre enella la menor intención de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lodulce de sus miradas. Se diría que cree que los ojos sirven para ver ynada más que para ver. Lo contrario de lo que yo, según he oído decir,presumo que creen la mayor parte de las mujeres jóvenes y bonitas, quehacen de los ojos un arma de combate y como un aparato eléctrico ofulmíneo para rendir corazones y cautivarlos. No son así, por cierto,los ojos de Pepita, donde hay una serenidad y una paz como del cielo. Nipor eso se puede decir que miren con fría indiferencia. Sus ojos estánllenos de caridad y de dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz,en una flor, hasta en cualquier objeto inanimado; pero con más afectoaún, con muestras de sentir más blando, humano y benigno, se posan en elprójimo, sin que el prójimo, por joven, gallardo y presumido que sea, seatreva a suponer nada más que caridad y amor al prójimo, y, cuando más,predilección amistosa, en aquella serena y tranquila mirada.

Yo me paro a pensar si todo esto será estudiado; si esta Pepita será unagran comedianta; pero sería tan perfecto el fingimiento y tan oculta lacomedia, que me parece imposible. La misma naturaleza, pues, es la queguía y sirve de norma a esta mirada y a estos ojos. Pepita, sin duda,amó a su madre primero, y luego las circunstancias la llevaron a amar aD. Gumersindo por deber, como al compañero de su vida; y luego, sinduda, se extinguió en ella toda pasión que pudiera inspirar ningúnobjeto terreno, y amó a Dios, y amó las cosas todas por amor de Dios, yse encontró quizás en una situación de espíritu apacible y hastaenvidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que censurar, sería unegoísmo del que ella misma no se da cuenta. Es muy cómodo amar de estemodo suave, sin atormentarse con el amor; no tener pasión que combatir;hacer del amor y del afecto a los demás un aditamento y como uncomplemento del amor propio.

A veces me pregunto a mí mismo, si al censurar en mi interior estacondición de Pepita, no soy yo quien me censuro. ¿Qué sé yo lo que pasaen el alma de esa mujer, para censurarla? ¿Acaso, al creer que veo sualma, no es la mía la que veo? Yo no he tenido ni tengo pasión algunaque vencer: todas mis inclinaciones bien dirigidas, todos mis instintosbuenos y malos, merced a la sabia enseñanza de usted, van sin obstáculosni tropiezos encaminados al mismo propósito; cumpliéndolo se satisfaríanno sólo mis nobles y desinteresados deseos, sino también mis deseosegoístas, mi amor a la gloria, mi afán de saber, mi curiosidad de vertierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y fama. Todo esto se cifraen llegar al término de la carrera que he emprendido. Por este lado, seme antoja a veces que soy más censurable que Pepita, aun suponiéndolamerecedora de censura.

Yo he recibido ya las órdenes menores; he desechado de mi alma lasvanidades del mundo; estoy tonsurado; me he consagrado al altar, y sinembargo, un porvenir de ambición se presenta a mis ojos y veo con gustoque puedo alcanzarle y me complazco en dar por ciertas y valederas lascondiciones que tengo para ello, por más que a veces llame a la modestiaen mi auxilio a fin de no confiar demasiado. En cambio esta mujer ¿a quéaspira ni qué quiere? Yo la censuro de que se cuida las manos; de quemira tal vez con complacencia su belleza; casi la censuro de supulcritud, del esmero que pone en vestirse, de yo no sé qué coqueteríaque hay en la misma modestia y sencillez con que se viste. ¡Pues qué!¿La virtud ha de ser desaliñada? ¿Ha de ser sucia la santidad? Un almapura y limpia, ¿no puede complacerse en que el cuerpo también lo sea?

Esextraña esta malevolencia con que miro el primor y el aseo de Pepita.¿Será tal vez porque va a ser mi madrastra? ¡Pero si no quiere ser mimadrastra! ¡Si no quiere a mi padre! Verdad es que las mujeres sonraras: quién sabe si en el fondo de su alma no se siente inclinada ya aquerer a mi padre y a casarse con él, si bien, atendiendo a aquello deque lo que mucho vale mucho cuesta, se propone, páseme Vd. la palabra,molerle antes con sus desdenes, tenerle sujeto a su servidumbre, poner aprueba la constancia de su afecto y acabar por darle el plácido sí.¡Allá veremos!

Ello es que la fiesta en la huerta fue apaciblemente divertida: se hablóde flores, de frutos, de injertos, de plantaciones y de otras mil cosasrelativas a la labranza, luciendo Pepita sus conocimientos agrónomos encompetencia con mi padre, conmigo y con el señor vicario, que se quedacon la boca abierta cada vez que habla Pepita, y jura que en los setentay pico de años que tiene de edad, y en sus largas peregrinaciones, quele han hecho recorrer casi toda la Andalucía, no ha conocido mujer másdiscreta ni más atinada en cuanto piensa y dice.

Cuando volvemos a casa de cualquiera de estas expediciones, vuelvo ainsistir con mi padre en mi ida con Vd. a fin de que llegue el suspiradomomento de que yo me vea elevado al sacerdocio; pero mi padre está tancontento de tenerme a su lado y se siente tan a gusto en el lugar,cuidando de sus fincas, ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, yadorando a Pepita y consultándoselo todo como a su ninfa Egeria, quehalla siempre y hallará aún, tal vez durante algunos meses, fundadopretexto para retenerme aquí. Ya tiene que clarificar el vino de yo nosé cuántas pipas de la candiotera; ya tiene que trasegar otro; ya esmenester binar los majuelos; ya es preciso arar los olivares, y cavarlos pies a los olivos: en suma, me retiene aquí contra mi gusto; aunqueno debiera yo decir «contra mi gusto», porque le tengo muy grande envivir con un padre que es para mí tan bueno.

Lo malo es que con esta vida temo materializarme demasiado: me parecesentir alguna sequedad de espíritu durante la oración; mi fervorreligioso disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando enmi naturaleza. Cuando rezo, padezco distracciones; no pongo en lo quedigo a mis solas, cuando el alma debe elevarse a Dios, aquella atenciónprofunda que antes ponía. En cambio, la ternura de mi corazón, que no sefija en objeto condigno, que no se emplea y consume en lo que debiera,brota y como que rebosa en ocasiones por objetos y circunstancias quetienen mucho de pueriles, que me parecen ridículos, y de los cuales meavergüenzo. Si me despierto en el silencio de la alta noche y oigo quealgún campesino enamorado canta, al son de su guitarra mal rasgueada,una copla de fandango o de rondeñas, ni muy discreta, ni muy poética, nimuy delicada, suelo enternecerme como si oyera la más celestial melodía.Una compasión loca, insana, me aqueja a veces. El otro día cogieron loshijos del aperador de mi padre un nido de gorriones, y al ver yo lospajarillos sin plumas aún y violentamente separados de la madrecariñosa, sentí suma angustia, y, lo confieso, se me saltaron laslágrimas. Pocos días antes, trajo del campo un rústico una ternerita quese había perniquebrado; iba a llevarla al matadero y venía a decir a mipadre qué quería de ella para su mesa: mi padre pidió unas cuantaslibras de carne, la cabeza y las patas; yo me conmoví al ver laternerita y estuve a punto, aunque la vergüenza lo impidió, decomprársela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin,querido tío, menester es tener la gran confianza que tengo yo con Vd.para contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerlever con ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, amis altas especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuegoque devora mi alma el alimento sano y bueno que debe tener.

14 de Abril.

Sigo haciendo la misma vida de siempre y detenido aquí a ruegos de mipadre.

El mayor placer de que disfruto, después del de vivir con él, es eltrato y conversación del señor vicario, con quien suelo dar a solaslargos paseos. Imposible parece que un hombre de su edad, que debe detener cerca de los ochenta años, sea tan fuerte, ágil y andador. Antesme canso yo que él, y no queda vericueto, ni lugar agreste, ni cima decerro escarpado en estas cercanías, a donde no lleguemos.

El señor vicario me va reconciliando mucho con el clero español, a quienalgunas veces he tildado yo, hablando con Vd., de poco ilustrado.¡Cuánto más vale, me digo a menudo, este hombre, lleno de candor y debuen deseo, tan afectuoso e inocente, que cualquiera que haya leídomuchos libros y en cuya alma no arda con tal viveza como en la suya elfuego de la caridad unido a la fe más sincera y más pura! No crea Vd.que es vulgar el entendimiento del señor vicario: es un espírituinculto; pero despejado y claro. A veces imagino que pueda provenir labuena opinión que de él tengo, de la atención con que me escucha; pero,si no es así, me parece que todo lo entiende con notable perspicacia yque sabe unir al amor entrañable de nuestra santa religión el aprecio detodas las cosas buenas que la civilización moderna nos ha traído.

Meencantan, sobre todo, la sencillez, la sobriedad en hiperbólicasmanifestaciones de sentimentalismo, la naturalidad, en suma, con que elseñor vicario ejerce las más penosas obras de caridad. No hay desgraciaque no remedie, ni infortunio que no consuele, ni humillación que noprocure restaurar, ni pobreza a que no acuda solícito con un socorro.

Para todo esto, fuerza es confesarlo, tiene un poderoso auxiliar enPepita Jiménez, cuya devoción y natural compasivo siempre está élponiendo por las nubes.

El carácter de esta especie de culto que el vicario rinde a Pepita, vasellado, casi se confunde con el ejercicio de mil buenas obras; con laslimosnas, el rezo, el culto público y el cuidado de los menesterosos.Pepita no da sólo para los pobres, sino también para novenas, sermones yotras fiestas de iglesia. Si los altares de la parroquia brillan a vecesadornados de bellísimas flores, estas flores se deben a la munificenciade Pepita, que las ha hecho traer de sus huertas. Si en lugar delantiguo manto, viejo y raído que tenía la Virgen de los Dolores, lucehoy un flamante y magnífico manto de terciopelo negro, bordado de plata,Pepita es quien lo ha costeado. Estos y otros tales beneficios elvicario está siempre decantándolos y ensalzándolos. Así es que cuando nohablo yo de mis miras, de mi vocación, de mis estudios, lo cual embelesaen extremo al señor vicario y le trae suspenso de mis labios, cuando esél quien habla y yo quien escucho, la conversación, después de milvueltas y rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jiménez. Yal cabo, ¿de quién me ha de hablar el señor vicario? Su trato con elmédico, con el boticario, con los ricos labradores de aquí, apenas damotivo para tres palabras de conversación.

Como el señor vicario poseela rarísima cualidad en un lugareño, de no ser amigo de contar vidasajenas ni lances escandalosos, de nadie tiene que hablar sino de lamencionada mujer, a quien visita con frecuencia y con quien, según sedesprende de lo que dice, tiene los más íntimos coloquios.

No sé qué libros habrá leído Pepita Jiménez, ni que instrucción tendrá;pero de lo que cuenta el señor vicario se colige que está dotada de unespíritu inquieto e investigador, donde se ofrecen infinitas cuestionesy problemas que anhela dilucidar y resolver, presentándolos para ello alseñor vicario, a quien deja agradablemente confuso. Este hombre, educadoa la rústica, clérigo de misa y olla, como vulgarmente suele decirse,tiene el entendimiento abierto a toda luz de verdad, aunque carece deiniciativa, y, por lo visto, los problemas y cuestiones que Pepita lepresenta, le abren nuevos horizontes y nuevos caminos, aunque nebulososy mal determinados, que él no presumía siquiera, que no acierta a trazarcon exactitud; pero cuya vaguedad, novedad y misterio le encantan.

No desconoce el padre vicario que esto tiene mucho de peligroso, y queél y Pepita se exponen a dar sin saberlo, en alguna herejía; pero setranquiliza porque, distando mucho de ser un gran teólogo, sabe sucatecismo al dedillo, tiene confianza en Dios, que le iluminará, yespera no extraviarse, y da por cierto que Pepita seguirá sus consejos yno se extraviará nunca.

Así imaginan ambos mil poesías, aunque informes, bellas, sobre todos losmisterios de nuestra religión y artículos de nuestra fe. Inmensa es ladevoción que tienen a María Santísima, Señora nuestra, y yo me quedoabsorto de ver cómo saben enlazar la idea o el concepto popular de laVirgen con algunos de los más remontados pensamientos teológicos.

Por lo que relata el padre vicario entreveo que en el alma de PepitaJiménez, en medio de la serenidad y calma que aparenta, hay clavado unagudo dardo de dolor; hay un amor de pureza contrariado por su vidapasada. Pepita amó a D. Gumersindo, como a su compañero, como a subienhechor, como al hombre a quien todo se lo debe; pero la atormenta,la avergüenza el recuerdo de que D. Gumersindo fue su marido.

En su devoción a la Virgen se descubre un sentimiento de humillacióndolorosa, un torcedor, una melancolía que influye en su mente elrecuerdo de su matrimonio indigno y estéril.

Hasta en su adoración al niño Dios, representado en la preciosa imagende talla que tiene en su casa, interviene el amor maternal sin objeto,el amor maternal que busca ese objeto en un ser no nacido de pecado y deimpureza.

El padre vicario dice que Pepita adora al niño Jesús como a su Dios,pero que le ama con las entrañas maternales con que amaría a un hijo, sile tuviese, y si en su concepción no hubiera habido cosa de que tuvieraella que avergonzarse. El padre vicario nota que Pepita sueña con lamadre ideal y con el hijo ideal, inmaculados ambos, al rezar a la VirgenSantísima, y al cuidar a su lindo niño Jesús de talla.

Aseguro a Vd. que no sé qué pensar de todas estas extrañezas. ¡Conozcotan poco lo que son las mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padrevicario me sorprende, y si bien más a menudo entiendo que Pepita esbuena y no mala, a veces me infunde cierto terror por mi padre. Con loscincuenta y cinco años que tiene, creo que está enamorado, y Pepita,aunque buena por reflexión, puede, sin premeditarlo ni calcularlo, serun instrumento del espíritu del mal; puede tener una coqueteríairreflexiva e instintiva, más invencible, eficaz y funesta aún que laque procede de premeditación, cálculo y discurso.

¿Quién sabe, me digo yo a veces, si a pesar de las buenas obras dePepita, de sus rezos, de su vida devota y recogida, de sus limosnas y desus donativos para las iglesias, en todo lo cual se puede fundar elafecto que el padre vicario la profesa, no hay también un hechizomundano, no hay algo de magia diabólica en este prestigio de que serodea y con el cual emboba a este cándido padre vicario, y le lleva y letrae y le hace que no piense ni hable sino de ella a todo momento?

El mismo imperio que ejerce Pepita sobre un hombre tan descreído como mipadre, sobre una naturaleza tan varonil y poco sentimental, tiene enverdad mucho de raro.

No explican tampoco las buenas obras de Pepita el respeto y afecto queinfunde por lo general en estos rústicos. Los niños pequeñuelos acuden averla las pocas veces que sale a la calle y quieren besarla la mano; lasmozuelas le sonríen y la saludan con amor; los hombres todos se quitanel sombrero a su paso y se inclinan con la más espontánea reverencia ycon la más sencilla y natural simpatía.

Pepita Jiménez, a quien muchos han visto nacer, a quien vieron todos enla miseria, viviendo con su madre, a quien han visto después casada conel decrépito y avaro D. Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparececomo un ser peregrino, venido de alguna tierra lejana, de alguna esferasuperior, pura y radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, aalgo como admiración amantísima a todos sus compatricios.

Veo que distraídamente voy cayendo en el mismo defecto que en el padrevicario censuro, y que no hablo a Vd. sino de Pepita Jiménez. Pero estoes natural. Aquí no se habla de otra cosa. Se diría que todo el lugarestá lleno del espíritu, del pensamiento, de la imagen de esta singularmujer, que yo no acierto aún a determinar si es un ángel o una refinadacoqueta llena de astucia instintiva, aunque los términos parezcancontradictorios. Porque lo que es con plena conciencia estoy convencidode que esta mujer no es coqueta ni sueña en ganarse voluntades parasatisfacer su vanagloria.

Hay sinceridad y candor en Pepita Jiménez. No hay más que verla paracreerlo así. Su andar airoso y reposado, su esbelta estatura, lo terso ydespejado de su frente, la suave y pura luz de sus miradas, todo seconcierta en un ritmo adecuado, todo se une en perfecta armonía, dondeno se descubre nota que disuene.

¡Cuánto me pesa de haber venido por aquí y de permanecer aquí tan largotiempo! Había pasado la vida en su casa de Vd. y en el Seminario, nohabía visto ni tratado más que a mis compañeros y maestros; nada conocíadel mundo sino por especulación y teoría; y de pronto, aunque sea en unlugar, me veo lanzado en medio del mundo, y distraído de mis estudios,meditaciones y oraciones por mil objetos profanos.

20 de Abril.

Las últimas cartas de Vd., queridísimo tío, han sido de grataconsolación para mi alma.

Benévolo como siempre, me amonesta Vd. y meilumina con advertencias útiles y discretas.

Es verdad: mi vehemencia es digna de vituperio. Quiero alcanzar el finsin poner los medios; quiero llegar al término de la jornada sin andarantes paso a paso el áspero camino.

Me quejo de sequedad de espíritu en la oración, de distraído, de disiparmi ternura en objetos pueriles; ansío volar al trato íntimo con Dios, ala contemplación esencial, y desdeño la oración imaginaria y lameditación racional y discursiva. ¿Cómo sin obtener la pureza, cómo sinver la luz he de lograr el goce del amor?

Hay mucha soberbia en mí, y yo he de procurar humillarme a mis propiosojos, a fin de que el espíritu del mal no me humille, permitiéndoloDios, en castigo de mi presunción y de mi orgullo.

No creo, a pesar de todo, como Vd. me advierte, que es tan fácil para míuna fea y no pensada caída. No confío en mí: confío en la misericordiade Dios y en su gracia, y espero que no sea.

Con todo, razón tiene Vd. que le sobra en aconsejarme que no me liguemucho en amistad con Pepita Jiménez; pero yo disto bastante de estarligado con ella.

No ignoro que los varones religiosos y los santos, que deben servirnosde ejemplo y dechado, cuando tuvieron gran familiaridad y amor conmujeres, fue en la ancianidad, o estando ya muy probados y quebrantadospor la penitencia, o existiendo una notable desproporción de edad entreellos y las piadosas amigas que elegían; como se cuenta de San Jerónimoy Santa Paulina, y de San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Y aun así, yaun siendo el amor de todo punto espiritual, sé que puede pecar pordemasía. Porque Dios, no más, debe ocupar nuestra alma, como su dueño yesposo, y cualquiera otro ser que en ella more, ha de ser sólo a títulode amigo o siervo o hechura del esposo, y en quien el esposo secomplace.

No crea Vd., pues, que yo me jacte de invencible, y desdeñe los peligrosy los desafíe y los busque. En ellos perece quien los ama. Y cuando elrey profeta, con ser tan conforme al corazón del Señor y tan su valido,y cuando Salomón, a pesar de su sobrenatural e infusa sabiduría, fueronconturbados y pecaron, porque Dios quitó su faz de ellos, ¿qué no debotemer yo, mísero pecador, tan joven, tan inexperto de las astucias deldemonio, y tan poco firme y adiestrado en las peleas de la virtud?

Lleno de un provechoso temor de Dios, y con la debida desconfianza de miflaqueza, no olvidaré los consejos y prudentes amonestaciones de usted,rezando con fervor mis oraciones y meditando en las cosas divinas paraaborrecer las mundanas en lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro aVd. que hasta ahora, por más que ahondo en mi conciencia y registro consuspicacia sus más escondidos senos, nada descubro que me haga temer loque Vd. teme.

Si de mis cartas anteriores resultan encomios para el alma de PepitaJiménez, culpa es de mi padre y del señor vicario y no mía; porque alprincipio, lejos de ser favorable a esta mujer, estaba yo prevenidocontra ella con prevención injusta.

En cuanto a la belleza y donaire corporal de Pepita, crea Vd. que lo heconsiderado todo con entera limpieza de pensamiento. Y aunque me seacostoso el decirlo, y aunque a Vd. le duela un poco, le confesaré que sialguna leve mancha ha venido a empañar el sereno y pulido espejo de mialma en que Pepita se reflejaba, ha sido la ruda sospecha de usted, quecasi me ha llevado por un instante a que yo mismo sospeche.

Pero no: ¿qué he pensado yo, qué he mirado, qué he celebrado en Pepita,por donde nadie pueda colegir que propendo a sentir por ella algo que nosea amistad y aquella inocente y limpia admiración que inspira una obrade arte, y más si la obra es del Artífice soberano y nada menos que sutemplo?

Por otra parte, querido tío, yo tengo que vivir en el mundo, tengo quetratar a las gentes, tengo que verlas, y no he de arrancarme los ojos.Usted me ha dicho mil veces que me quiere en la vida activa, predicandola ley divina, difundiéndola por el mundo, y no entregado a la vidacontemplativa en la soledad y el aislamiento. Ahora bien; si esto esasí, como lo es, ¿de qué suerte me había yo de gobernar para no repararen Pepita Jiménez? A no ponerme en ridículo, cerrando en su presencialos ojos, fuerza es que yo vea y note la hermosura de los suyos, loblanco, sonrosado y limpio de su tez; la igualdad y el nacarado esmaltede los dientes que descubre a menudo cuando sonríe, la fresca púrpura desus labios, la serenidad y tersura de su frente, y otros mil atractivosque Dios ha puesto en ella. Claro está que para el que lleva en su almael germen de los pensamientos livianos, la levadura del vicio, cada unade las impresiones que Pepita produce puede ser como el golpe deleslabón que hiere el pedernal y que hace brotar la chispa que todo loincendia y devora; pero, yendo prevenido contra este peligro, yreparándome y cubriéndome bien con el escudo de la prudencia cristiana,no encuentro que tenga yo nada que recelar. Además que, si bien estemerario buscar el peligro, es cobardía no saber arrostrarle y huir deél cuando se presenta.

No lo dude Vd.: yo veo en Pepita Jiménez una hermosa criatura de Dios, ypor Dios la amo, como a hermana. Si alguna predilección siento por ellaes por las alabanzas que de ella oigo a mi padre, al señor vicario y acasi todos los de este lugar.

Por amor a mi padre desearía yo que Pepita desistiese de sus ideas yplanes de vida retirada y se casase con él; pero prescindiendo de esto,y si yo viese que mi padre sólo tenía un capricho y no una verdaderapasión, me alegraría de que Pepita permaneciese firme en su castaviudez, y cuando yo estuviese muy lejos de aquí, allá en la India o enel Japón, o en algunas misiones más peligrosas, tendría un consuelo enescribirle algo sobre mis peregrinaciones y trabajos. Cuando, ya viejo,volviese yo por este lugar, también gozaría mucho en intimar con ella,que estaría ya vieja, y en tener con ella coloquios espirituales ypláticas por el estilo de las que tiene ahora el padre vicario. Hoy, sinembargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas la hablo.Prefiero pasar por encogido, por tonto, por mal criado y arisco, a darla menor ocasión, no ya a la realidad de sentir por ella lo que no debo,pero ni a la sospecha ni a la maledicencia.

En cuanto a Pepita, ni remotamente convengo en lo que Vd. deja entrevercomo vago recelo.

¿Qué plan ha de formar respecto a un hombre que va aser clérigo dentro de dos o tres meses?

Ella, que ha desairado a tantos,¿por qué había de prendarse de mí? Harto me conozco, y sé que no puedo,por fortuna, inspirar pasiones. Dicen que no soy feo, pero soydesmañado, torpe, corto de genio, poco ameno; tengo trazas de lo quesoy; de un estudiante humilde. ¿Qué valgo yo al lado de los gallardosmozos, aunque algo rústicos, que han pretendido a Pepita; ágilesjinetes, discretos y regocijados en la conversación, cazadores comoNembrot, diestros en todos los ejercicios de cuerpo, cantadores finos ycelebrados en todas las ferias de Andalucía, y bailarines apuestos,elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo esto, ¿cómo ha defijarse ahora en mí y ha de concebir el diabólico deseo y más diabólicoproyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar mi vocación,tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a Pepita, y a mí,lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya se entiende queme creo insignificante para enamorarla, no para ser su amigo; no paraque ella me estime y llegue a tener un día cierta predilección por mí,cuando yo acierte a hacerme digno de esta predilección con una santa ylaboriosa vida.

Perdóneme Vd. si me defiendo con sobrado calor de ciertas reticencias dela carta de Vd. que suenan a acusaciones y a fatídicos pronósticos.

Yo no me quejo de esas reticencias; Vd. me da avisos prudentes, granparte de los cuales acepto y pienso seguir. Si va Vd. más allá de lojusto en el recelar consiste sin duda en el interés que por mí se toma yque yo de todo corazón le agradezco.

4 de Mayo.

Extraño es que en tantos días, yo no haya tenido tiempo para escribir aVd.; pero tal es la verdad. Mi padre no me deja parar y las visitas measedian.

En las grandes ciudades es fácil no recibir, aislarse, crearse unasoledad, una Tebaida en medio del bullicio: en un lugar de Andalucía, ysobre todo teniendo la honra de ser hijo del cacique, es menester viviren público. No ya sólo hasta al cuarto donde escribo, sino hasta a mialcoba penetran, sin que nadie se atreva a oponerse, el señor vicario,el escribano, mi primo Currito, hijo de doña Casilda, y otros mil que medespiertan si estoy dormido y me llevan donde quieren.

El casino no es aquí mera diversión nocturna sino de todas las horas deldía. Desde las once de la mañana está lleno de gente que charla, que leepor cima algún periódico para saber las noticias, y que juega altresillo. Personas hay que se pasan diez o doce horas al día jugando adicho juego.

En fin, hay aquí una holganza tan encantadora que más nopuede ser. Las diversiones son muchas, a fin de entretener dichaholganza. Además del tresillo se arma la timbirimba con frecuencia; y sejuega al monte. Las damas, el ajedrez y el dominó no se descuidan. Y porúltimo, hay una pasión decidida por las riñas de gallos.

Todo esto, con el visiteo, el ir al campo a inspeccionar las labores, elajustar todas las noches las cuentas con el aperador, el visitar lasbodegas y candioteras, y el clarificar, trasegar y perfeccionar losvinos, y el tratar con gitanos y chalanes para compra, venta ocambalache de los caballos, mulas y borricos, o con gente de Jerez queviene a comprar nuestro vino para trocarle en jerezano, ocupa aquí dediario a los hidalgos, señoritos o como quieran llamarse. En ocasionesextraordinarias, hay otras faenas y diversiones que dan a todo másanimación, como en tiempo de la siega, de la vendimia y de larecolección de la aceituna; o bien cuando hay feria y toros aquí o enotro pueblo cercano, o bien cuando hay romería al santuario de algunamilagrosa imagen de María Santísima, a donde, si acuden no pocos porcuriosidad y para divertirse y feriar a sus amigas cupidos yescapularios, más son los que acuden por devoción y en cumplimiento devoto o promesa. Hay santuario de estos que está en la cumbre de unaelevadísima sierra, y con todo, no faltan aún mujeres delicadas quesuben allí con los pies descalzos, hiriéndoselos con abrojos, espinas ypiedras, por el pendiente y mal trazado sendero.

La vida de aquí tiene cierto encanto. Para quien no sueña con la gloria,para quien nada ambiciona, comprendo que sea muy descansada y dulcevida. Hasta la soledad puede lograrse aquí haciendo un esfuerzo. Como yoestoy aquí por una temporada, no puedo ni debo hacerlo; pero, si yoestuviese de asiento, no hallaría dificultad, sin ofender a nadie, enencerrarme y retraerme durante muchas horas o durante todo el día, a finde entregarme a mis estudios y meditaciones.

Su nueva y más reciente carta de Vd. me ha afligido un poco. Veo queinsiste Vd. en sus sospechas, y no sé qué contestar para justificarmesino lo que ya he contestado.

Dice Vd. que la gran victoria en cierto género de batallas consiste enla fuga: que huir es vencer. ¿Cómo he de negar yo lo que el Apóstol ytantos Santos Padres y Doctores han dicho?

Con todo, de sobra sabe Vd.que el huir no depende de mi voluntad. Mi padre no quiere que me vaya;mi padre me retiene a pesar mío; tengo que obedecerle. Necesito, pues,vencer por otros medios y no por el de la fuga.

Para que Vd. se tranquilice, repetiré que la lucha apenas está empeñada;que Vd. ve las cosas más adelantadas de lo que están.

No hay el menor indicio de que Pepita Jiménez me quiera. Y aunque mequisiese, sería de otro modo que como querían las mujeres que Vd. citapara mi ejemplar escarmiento. Una señora, bien educada y honesta, ennuestros días, no es tan inflamable y desaforada como esas matronas deque están llenas las historias antiguas.

El pasaje que aduce Vd. de San Juan Crisóstomo es digno del mayorrespeto; pero no es del todo apropiado a las circunstancias. La grandama, que en Of, Tebas o Dióspolis Magna, se enamoró del hijo predilectode Jacob, debió ser hermosísima; sólo así se concibe que asegure elSanto ser mayor prodigio el que Josef no ardiera, que el que los tresmancebos, que hizo poner Nabucodonosor en el horno candente, no seredujesen a cenizas.

Confieso con ingenuidad que lo que es en punto a hermosura, no atino arepresentarme que supere a Pepita Jiménez la mujer de aquel príncipeegipcio, mayordomo mayor o cosa por el estilo del palacio de losFaraones; pero ni yo soy, como Josef, agraciado con tantos dones yexcelencias, ni Pepita es una mujer sin religión y sin decoro. Y aunquefuera así, aun suponiendo todos estos horrores, no me explico laponderación de San Juan Crisóstomo sino porque vivía en la capitalcorrompida, y semi—gentílica aún, del Bajo Imperio; en aquella corte,cuyos vicios tan crudamente censuró, y donde la propia emperatrizEudoxia daba ejemplo de corrupción y de escándalo. Pero hoy que la moralevangélica ha penetrado más profundamente en el seno de la sociedadcristiana, me parece exagerado creer más milagroso el casto desdén delhijo de Jacob que la incombustibilidad material de los tres mancebos deBabilonia.

Otro punto toca Vd. en su carta que me anima y lisonjea en extremo.Condena Vd. como debe el sentimentalismo exagerado y la propensión aenternecerme y a llorar por motivos pueriles de que le dije padecía aveces; pero esta afeminada pasión de ánimo, ya que existe en mí,importando desecharla, celebra Vd. que no se mezcle con la oración y lameditación y las contamine. Vd.

reconoce y aplaude en mí la energíaverdaderamente varonil, que debe haber en el afecto y en la mente queanhelan elevarse a Dios. La inteligencia que pugna por comprenderle hade ser briosa; la voluntad que se le somete por completo es porquetriunfa antes de sí misma, riñendo bravas batallas con todos losapetitos y derrotando y poniendo en fuga todas las tentaciones; el mismoafecto acendrado y ardiente, que, aun en criaturas simples y cuitadas,puede encumbrarse hasta Dios por un rapto de amor, logrando conocerlepor iluminación sobrenatural, es hijo, a más de la gracia divina, de uncarácter firme y entero. Esa languidez, ese quebranto de la voluntad,esa ternura enfermiza, nada tienen que hacer con la caridad, con ladevoción y con el amor divino.

Aquello es atributo de menos que mujeres:éstas son pasiones, si pasiones pueden llamarse, de más que hombres, deángeles. Sí; tiene Vd. razón de confiar en mí, y de esperar que no he deperderme porque una piedad relajada y muelle abra las puertas de micorazón a los vicios transigiendo con ellos. Dios me salvará y yocombatiré por salvarme con su auxilio; pero, si me pierdo, los enemigosdel alma y los pecados mortales no han de entrar disfrazados ni porcapitulación en la fortaleza de mi conciencia, sino con banderasdesplegadas, llevándolo todo a sangre y fuego y después de acérrimocombate.

En estos últimos días he tenido ocasión de ejercitar mi paciencia engrande y de mortificar mi amor propio del modo más cruel.

Mi padre quiso pagar a Pepita el obsequio de la huerta y la convidó avisitar su quinta del Pozo de la Solana. La expedición fue el 22 deAbril. No se me olvidará esta fecha.

El Pozo de la Solana dista más de dos leguas de este lugar y no hayhasta allí sino camino de herradura. Tuvimos todos que ir a caballo. Yo,como jamás he aprendido a montar, he acompañado a mi padre en todas lasanteriores excursiones en una mulita de paso, muy mansa, y que, según laexpresión de Dientes, el mulero, es más noble que el oro y más serenaque un coche.

En el viaje al Pozo de la Solana fui en la mismacabalgadura.

Mi padre, el escribano, el boticario y mi primo Currito, iban en buenoscaballos. Mi tía doña Casilda, que pesa más de diez arrobas, en unaenorme y poderosa burra con sus jamugas. El señor vicario en una mulamansa y serena como la mía.

En cuanto a Pepita Jiménez, que imaginaba yo que vendría también enburra con jamugas, pues ignoraba que montase, me sorprendió, apareciendoen un caballo tordo muy vivo y fogoso, vestida de amazona y manejando elcaballo con destreza y primor notables.

Me alegré de ver a Pepita tan gallarda a caballo; pero desde luegopresentí y empezó a mortificarme el desairado papel que me tocaba haceral lado de la robusta tía doña Casilda y del padre vicario, yendonosotros a retaguardia, pacíficos y serenos como en coche, mientras quela lucida cabalgata caracolearía, correría, trotaría y haría milevoluciones y escarceos.

Al punto se me antojó que Pepita me miraba compasiva, al ver la fachalastimosa que sobre la mula debía yo de tener. Mi primo Currito me mirócon sonrisa burlona, y empezó enseguida a embromarme y atormentarme.

Aplauda Vd. mi resignación y mi valerosa paciencia. A todo me sometí debuen talante, y pronto, hasta las bromas de Currito acabaron, al notarcuán invulnerable yo era. Pero ¡cuánto sufrí por dentro! Elloscorrieron, galoparon, se nos adelantaron a la ida y a la vuelta. Elvicario y yo permanecimos siempre serenos, como las mulas, sin salir delpaso y llevando a doña Casilda en medio.

Ni siquiera tuve el consuelo de hablar con el padre vicario, cuyaconversación me es tan grata, ni de encerrarme dentro de mí mismo yfantasear y soñar, ni de admirar a mis solas la belleza del terreno querecorríamos. Doña Casilda es de una locuacidad abominable, y tuvimos queoírla. Nos dijo cuanto hay que saber de chismes del pueblo, y nos hablóde todas sus habilidades, y nos explicó el modo de hacer salchichas,morcillas de sesos, hojaldres y otros mil guisos y regalos.

Nadie lavence en negocios de cocina y de matanza de cerdos, según ella, sinoAntoñona, la nodriza de Pepita Jiménez, y hoy su ama de llaves ydirectora de su casa. Yo conozco ya a la tal Antoñona, pues va y viene acasa con recados, y en efecto es muy lista: tan parlanchina como la tíaCasilda, pero cien mil veces más discreta.

El camino hasta el Pozo de la Solana es delicioso; pero yo iba tancontrariado, que no acerté a gozar de él. Cuando llegamos a la casería ynos apeamos, se me quitó de encima un gran peso, como si fuese yo quienhubiese llevado a la mula, y no la mula a mí.

Ya a pie, recorrimos la posesión, que es magnífica, variada y extensa.Hay allí más de ciento veinte fanegas de viña vieja y majuelo, todo bajouna linde: otro tanto o más de olivar, y por último un bosque de encinasde las más corpulentas que aún quedan en pie en toda Andalucía. El aguadel Pozo de la Solana forma un arroyo claro y abundante, donde vienen abeber todos los pajarillos de las cercanías, y donde se cazan acentenares por medio de espartos con liga, o con red, en cuyo centro secolocan el cimbel y el reclamo. Allí recordé mis diversiones de laniñez, y cuantas veces había ido yo a cazar pajarillos de la maneraexpresada.

Siguiendo el curso del arroyo, y sobre todo en las hondonadas, haymuchos álamos y otros árboles altos, que con las matas y yerbas, creanun intrincado laberinto y una sombría espesura.

Mil plantas silvestres yolorosas crecen allí de un modo espontáneo, y por cierto que es difícilimaginar nada más esquivo, agreste y verdaderamente solitario, apacibley silencioso que aquellos lugares. Se concibe allí en el fervor delmedio día, cuando el sol vierte a torrentes la luz desde un cielo sinnubes, en las calurosas y reposadas siestas, el mismo terror misteriosode las horas nocturnas. Se concibe allí la vida de los antiguospatriarcas y de los primitivos héroes y pastores, y las apariciones yvisiones que tenían, las ninfas, de deidades y de ángeles, en medio dela claridad meridiana.

Andando por aquella espesura, hubo un momento en el cual, no acierto adecir cómo, Pepita y yo nos encontramos solos: yo al lado de ella. Losdemás se habían quedado atrás.

Entonces sentí por todo mi cuerpo un estremecimiento. Era la primera vezque me veía a solas con aquella mujer, y en sitio tan apartado, y cuandoyo pensaba en las apariciones meridianas, ya siniestras, ya dulces, ysiempre sobrenaturales, de los hombres de las edades remotas.

Pepita había dejado en la casería la larga falda de montar, y caminabacon un vestido corto que no estorbaba la graciosa ligereza de susmovimientos. Sobre la cabeza llevaba un sombrerillo andaluz, colocadocon gracia. En la mano el látigo, que se me antojó como varita devirtudes, con que pudiera hechizarme aquella maga.

No temo repetir aquí los elogios de su belleza. En aquellos sitiosagrestes se me apareció más hermosa. La cautela, que recomiendan losascetas, de pensar en ella afeada por los años y por las enfermedades;de figurármela muerta, llena de hedor y podredumbre y cubierta degusanos, vino, a pesar mío, a mi imaginación; y digo a pesar mío, porqueno entiendo que tan terrible cautela fuese indispensable. Ninguna ideamala en lo material, ninguna sugestión del espíritu maligno turbóentonces mi razón, ni logró inficionar mi voluntad y mis sentidos.

Lo que sí se me ocurrió fue un argumento para invalidar, al menos en mí,la virtud de esa cautela. La hermosura, obra de un arte soberano ydivino, puede ser caduca, efímera, desaparecer en el instante; pero suidea es eterna, y en la mente del hombre vive vida inmortal, una vezpercibida. La belleza de esta mujer, tal como hoy se me manifiesta,desaparecerá dentro de breves años: ese cuerpo elegante, esas formasesbeltas, esa noble cabeza, tan gentilmente erguida sobre los hombros,todo será pasto de gusanos inmundos; pero si la materia ha detransformarse, la forma, el pensamiento artístico, la hermosura misma,¿quién la destruirá? ¿No está en la mente divina? Percibida y conocidapor mí, ¿no vivirá en mi alma, vencedora de la vejez y aun de la muerte?

Así meditaba yo, cuando Pepita y yo nos acercamos. Así serenaba yo miespíritu y mitigaba los recelos que Vd. ha sabido infundirme. Yo deseabay no deseaba a la vez que llegasen los otros. Me complacía y me afligíaal mismo tiempo de estar solo con aquella mujer.

La voz argentina de Pepita rompió el silencio, y, sacándome de mismeditaciones, dijo:

—¡Qué callado y qué triste está Vd., señor D. Luis! Me apesadumbra elpensar que tal vez por culpa mía, en parte al menos, da a Vd. hoy un malrato su padre trayéndole a estas soledades, y sacándole de otras másapartadas, donde no tendrá Vd. nada que le distraiga de sus oraciones ypiadosas lecturas.

Yo no sé lo que contesté a esto. Hube de contestar alguna sandez, porqueestaba turbado; y ni quería hacer un cumplimiento a Pepita, diciendogalanterías profanas, ni quería tampoco contestar de un modo grosero.

Ella prosiguió:

—Vd. me ha de perdonar si soy maliciosa, pero se me figura que, ademásdel disgusto de verse Vd. separado hoy de sus ocupaciones favoritas, hayalgo más que contribuye poderosamente a su mal humor.

—¿Qué es ese algo más?—dije yo—, pues Vd. lo descubre todo o creedescubrirlo.

—Ese algo más-replicó Pepita—no es sentimiento propio de quien va aser sacerdote tan pronto, pero sí lo es de un joven de veintidós años.

Al oír esto, sentí que la sangre me subía al rostro y que el rostro meardía. Imaginé mil extravagancias, me creí presa de una obsesión. Mejuzgué provocado por Pepita que iba a darme a entender que conocía queyo gustaba de ella. Entonces, mi timidez se trocó en atrevida soberbia,y la miré de hito en hito. Algo de ridículo hubo de haber en mi mirada,pero, o Pepita no lo advirtió o lo disimuló con benévola prudencia,exclamando del modo más sencillo:

—No se ofenda Vd. porque yo le descubra alguna falta. Esta que henotado me parece leve.

Vd. está lastimado de las bromas de Currito, y dehacer (hablando profanamente) un papel poco airoso, montado en una mulamansa como el señor vicario, con sus ochenta años, y no en un briosocaballo, como debiera un joven de su edad y circunstancias. La culpa esdel señor deán, que no ha pensado en que Vd. aprenda a montar. Laequitación no se opone a la vida que Vd.

piensa seguir, y yo creo que supadre de Vd., ya que está Vd. aquí, debiera en pocos días enseñarle. SiVd. va a Persia, o a China, allí no hay ferro-carriles aún, y hará Vd.una triste figura cabalgando mal. Tal vez se desacredite el misioneroentre aquellos bárbaros, merced a esta torpeza, y luego sea más difícilde lograr el fruto de las predicaciones.

Estos y otros razonamientos más adujo Pepita para que yo aprendiese amontar a caballo, y quedé tan convencido de lo útil que es la equitaciónpara un misionero, que le prometí aprender enseguida, tomando a mi padrepor maestro.

—En la primera nueva expedición que hagamos—le dije—, he de ir en elcaballo más fogoso de mi padre, y no en la mulita de paso en que voyahora.

—Mucho me alegraré—replicó Pepita con una sonrisa de indeciblesuavidad.

En esto llegaron todos al sitio en que estábamos, y yo me alegré en misadentros, no por otra cosa, sino por temor de no acertar a sostener laconversación, y de salir con doscientas mil simplicidades por mi poca oninguna práctica de hablar con mujeres.

Después del paseo, sobre la fresca yerba y en el más lindo sitio juntoal arroyo, nos sirvieron los criados de mi padre una rústica y abundantemerienda. La conversación fue muy animada, y Pepita mostró mucho ingenioy discreción. Mi primo Currito volvió a embromarme sobre mi manera decabalgar y sobre la mansedumbre de mi mula: me llamó teólogo, y me dijoque sobre aquella mula parecía que iba yo repartiendo bendiciones. Estavez, ya con el firme propósito de hacerme jinete, contesté a las bromascon desenfado picante. Me callé, con todo, el compromiso contraído deaprender la equitación. Pepita, aunque en nada habíamos convenido, pensósin duda como yo que importaba el sigilo para sorprender luegocabalgando bien, y nada dijo de nuestra conversación. De aquí provino,natural y sencillamente, que existiera un secreto entre ambos; lo cualprodujo en mi ánimo extraño efecto.

Nada más ocurrió aquel día que merezca contarse.

Por la tarde volvimos al lugar, como habíamos venido. Yo, sin embargo,en mi mula mansa y al lado de la tía Casilda, no me aburrí ni entristecía la vuelta como a la ida. Durante todo el viaje oí a la tía sincansancio referir sus historias, y por momentos me distraje en vagasimaginaciones.

Nada de lo que en mi alma pasa debe ser un misterio para Vd. Declaro quela figura de Pepita era como el centro, o mejor dicho, como el núcleo yel foco de estas imaginaciones vagas.

Su meridiana aparición, en lo más intrincado, umbrío y silencioso de laverde enramada, me trajo a la memoria todas las apariciones, buenas omalas, de seres portentosos y de condición superior a la nuestra, quehabía yo leído en los autores sagrados y los clásicos profanos.

Pepita,pues, se me mostraba en los ojos y en el teatro interior de mi fantasía,no como iba a caballo delante de nosotros, sino de un modo ideal yetéreo, en el retiro nemoroso, como a Eneas su madre, como a CalímacoPalas, como al pastor bohemio Kroco la sílfide que luego concibió aLibusa, como Diana al hijo de Aristeo, como al Patriarca los ángeles enel valle de Mambré, como a San Antonio el hipocentauro en la soledad delyermo.

Encuentro tan natural como el de Pepita se trastrocaba en mi mente enalgo de prodigio. Por un momento, al notar la consistencia de estaimaginación, me creí obseso; me figuré, como era evidente, que en lospocos minutos que había estado a solas con Pepita junto al arroyo de laSolana, nada había ocurrido que no fuese natural y vulgar; pero quedespués, conforme iba yo caminando tranquilo en mi mula, algún demoniose agitaba invisible en torno mío, sugiriéndome mil disparates.

Aquella noche dije a mi padre mi deseo de aprender a montar. No quiseocultarle que Pepita me había excitado a ello. Mi padre tuvo una alegríaextraordinaria. Me abrazó, me besó, me dijo que ya no era Vd. solo mimaestro, que él también iba a tener el gusto de enseñarme algo.

Measeguró, por último, que en dos o tres semanas haría de mí el mejorcaballista de toda Andalucía; capaz de ir a Gibraltar por contrabando yde volver de allí, burlando al resguardo, con una coracha de tabaco ycon un buen alijo de algodones: apto, en suma, para pasmar a todos losjinetes que se lucen en las ferias de Sevilla y de Mairena, y paraoprimir los lomos de Babieca, de Bucéfalo, y aun de los propios caballosdel Sol, si por acaso bajaban a la tierra y podía yo asirlos de labrida.

Ignoro qué pensará Vd. de este arte de la equitación que estoyaprendiendo; pero presumo que no lo tendrá por malo.

¡Si viera Vd. qué gozoso está mi padre y cómo se deleita enseñándome!Desde el día siguiente al de la expedición que he referido, doy doslecciones diarias. Día hay, durante el cual, la lección es perpetua,porque nos le pasamos a caballo. La primera semana fueron las leccionesen el corralón de casa, que está desempedrado y sirvió de picadero.

Ya salimos al campo, pero procurando que nadie nos vea. Mi padre noquiere que me muestre en público hasta que pasme por lo bien plantado,según él dice. Si su vanidad de padre no le engaña, esto será muy prontoporque tengo una disposición maravillosa para ser buen jinete.

—¡Bien se ve que eres mi hijo!—exclama mi padre con júbilo alcontemplar mis adelantos.

Es tan bueno mi padre, que espero que Vd. le perdonará su lenguajeprofano y sus chistes irreverentes. Yo me aflijo en lo interior de mialma, pero lo sufro todo.

Con las continuadas y largas lecciones estoy que da lástima de agujetas.Mi padre me recomienda que escriba a Vd. que me abro las carnes adisciplinazos.

Como dentro de poco sostiene que me dará por enseñado, y no deseajubilarse de maestro, me propone otros estudios extravagantes y hartoimpropios de un futuro sacerdote. Unas veces quiere enseñarme aderribar, para llevarme luego a Sevilla, donde dejaré bizcos a losternes y gente del bronce, con la garrocha en la mano, en los llanos deTablada. Otras veces se acuerda de sus mocedades y de cuando fue guardiade corps, y dice que va a buscar sus floretes, guantes y caretas y aenseñarme la esgrima. Y por último, presumiendo también mi padre demanejar como nadie una navaja, ha llegado a ofrecerme que me comunicaráesta habilidad.

Ya se hará Vd. cargo de lo que yo contesto a tamañas locuras. Mi padrereplica que en los buenos tiempos antiguos, no ya los clérigos, sinohasta los obispos andaban a caballo acuchillando infieles. Yo observoque eso podía suceder en las edades bárbaras, pero que ahora no debenlos ministros del Altísimo saber esgrimir más armas que las de lapersuasión.—Y

cuando la persuasión no basta—añade mi padre—, ¿noviene bien corroborar un poco los argumentos a linternazos?—Elmisionero completo, según entiende mi padre, debe en ocasiones apelar aestos medios heroicos; y como mi padre ha leído muchos romances ehistonas, cita ejemplos en apoyo de su opinión. Cita en primer lugar aSantiago, quien sin dejar de ser apóstol más acuchilla a los moros, queles predica y persuade en su caballo blanco; cita a un señor de la Vera,que fue con una embajada de los Reyes Católicos para Boabdil, y que enel patio de los Leones se enredó con los moros en disputas teológicas,y, apurado ya de razones, sacó la espada y arremetió contra ellos paraacabar de convertirlos; y cita, por último, al hidalgo vizcaíno D.

Íñigode Loyola, el cual, en una controversia que tuvo con un moro sobre lapureza de María Santísima, harto ya de las impías y horrorosasblasfemias con que el moro le contradecía, se fue sobre él, espada enmano, y si el moro no se salva por pies, le infunde el convencimiento enel alma por estilo tremendo. Sobre el lance de San Ignacio, contesto yoa mi padre, que fue antes de que el santo se hiciera sacerdote, y sobrelos otros ejemplos digo que no hay paridad.