Pepita Jimenez by Juan Valera - HTML preview

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Pepita Jiménez

Por

Juan Valera

J. Noguera a cargo de M. Martínez

Madrid, España

1874

Capítulos:-I--II--III-

El señor deán de la catedral de..., muerto pocos años ha, dejó entre suspapeles un legajo, que, rodando de unas manos en otras, ha venido a daren las mías, sin que, por extraña fortuna, se haya perdido uno solo delos documentos de que constaba. El rótulo del legajo es la sentencialatina que me sirve de epígrafe, sin el nombre de mujer que yo le doypor título ahora; y tal vez este rótulo haya contribuido a que lospapeles se conserven, pues creyéndolos cosa de sermón o de teología,nadie se movió antes que yo a desatar el balduque ni a leer una solapágina.

Contiene el legajo tres partes. La primera dice: Cartas de mi Sobrino;la segunda, Paralipómenos; y la tercera, Epílogo. Cartas de mi hermano.

Todo ello está escrito de una misma letra, que se puede inferir fuese ladel señor deán. Y como el conjunto forma algo a modo de novela, si biencon poco o ningún enredo, yo imaginé en un principio que tal vez elseñor deán quiso ejercitar su ingenio componiéndola en algunos ratos deocio; pero, mirado el asunto con más detención y, notando la naturalsencillez del estilo, me inclino a creer ahora que no hay tal novela,sino que las cartas son copia de verdaderas cartas, que el señor deánrasgó, quemó o devolvió a sus dueños, y que la parte narrativa,designada con el título bíblico de Paralipómenos, es la sola obra delseñor deán, a fin de completar el cuadro con sucesos que las cartas norefieren.

De cualquier modo que sea, confieso que no me ha cansado, antes bien meha interesado casi la lectura de estos papeles; y como en el día sepublica todo, he decidido publicarlos también, sin más averiguaciones,mudando sólo los nombres propios, para que, si viven los que con ellosse designan, no se vean en novela sin quererlo ni permitirlo.

Las cartas que la primera parte contiene parecen escritas por un jovende pocos años, con algún conocimiento teórico, pero con ninguna prácticade las cosas del mundo, educado al lado del señor deán, su tío, y en elSeminario, y con gran fervor religioso y empeño decidido de sersacerdote.

A este joven llamaremos D. Luis de Vargas.

El mencionado manuscrito, fielmente trasladado a la estampa, es comosigue.

-I-

Cartas de mi sobrino

22 de Marzo.

Querido tío y venerado maestro: Hace cuatro días que llegué con todafelicidad a este lugar de mi nacimiento, donde he hallado bien de saluda mi padre, al señor vicario y a los amigos y parientes. El contento deverlos y de hablar con ellos, después de tantos años de ausencia, me haembargado el ánimo y me ha robado el tiempo, de suerte que hasta ahorano he podido escribir a Vd.

Vd. me lo perdonará.

Como salí de aquí tan niño y he vuelto hecho un hombre, es singular laimpresión que me causan todos estos objetos que guardaba en la memoria.Todo me parece más chico, mucho más chico; pero también más bonito queel recuerdo que tenía. La casa de mi padre, que en mi imaginación erainmensa, es sin duda una gran casa de un rico labrador; pero más pequeñaque el Seminario. Lo que ahora comprendo y estimo mejor es el campo depor aquí. Las huertas, sobre todo, son deliciosas. ¡Qué sendas tanlindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a ambos, corre el aguacristalina con grato murmullo. Las orillas de las acequias estáncubiertas de yerbas olorosas y de flores de mil clases. En un instantepuede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas sendaspomposos y gigantescos nogales, higueras y otros árboles, y forman losvallados la zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva.

Es portentosa la multitud de pajarillos que alegran estos campos yalamedas.

Yo estoy encantado con las huertas, y todas las tardes me paseo porellas un par de horas.

Mi padre quiere llevarme a ver sus olivares, sus viñas, sus cortijos;pero nada de esto hemos visto aún. No he salido del lugar y de lasamenas huertas que le circundan.

Es verdad que no me dejan parar con tanta visita.

Hasta cinco mujeres han venido a verme que todas han sido mis amas y mehan abrazado y besado.

Todos me llaman Luisito o el niño de D. Pedro, aunque tengo ya veintidósaños cumplidos.

Todos preguntan a mi padre por el niño, cuando no estoypresente.

Se me figura que son inútiles los libros que he traído para leer, puesni un instante me dejan solo.

La dignidad de cacique, que yo creía cosa de broma, es cosa harto seria.Mi padre es el cacique del lugar.

Apenas hay aquí quien acierte a comprender lo que llaman mi manía dehacerme clérigo, y esta buena gente me dice con un candor selvático quedebo ahorcar los hábitos, que el ser clérigo está bien para lospobretones; pero que yo, soy un rico heredero, debo casarme y consolarla vejez de mi padre, dándole media docena de hermosos y robustosnietos.

Para adularme y adular a mi padre, dicen hombres y mujeres que soy unreal mozo, muy salado, que tengo mucho ángel, que mis ojos son muypícaros, y otras sandeces que me afligen, disgustan y avergüenzan, apesar de que no soy tímido y conozco las miserias y locuras de estavida, para no escandalizarme ni asustarme de nada.

El único defecto que hallan en mí es el de que estoy muy delgadito, afuerza de estudiar. Para que engorde se proponen no dejarme estudiar nileer un papel mientras aquí permanezca, y además hacerme comer cuantosprimores de cocina y de repostería se confeccionan en el lugar.

Estávisto: quieren cebarme. No hay familia conocida que no me haya enviadoalgún obsequio. Ya me envían una torta de bizcocho, ya un cuajado, yauna pirámide de piñonate, ya un tarro de almíbar.

Los obsequios que me hacen no son sólo estos presentes enviados a casa,sino que también me han convidado a comer tres o cuatro personas de lasmás importantes del lugar.

Mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien Vd. habrá oídohablar sin duda alguna. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende.

Mi padre, a pesar de sus cincuenta y cinco años, está tan bien que puedeponer envidia a los más gallardos mozos del lugar. Tiene además elatractivo poderoso, irresistible para algunas mujeres, de sus pasadasconquistas, de su celebridad, de haber sido una especie de D.

JuanTenorio.

No conozco aún a Pepita Jiménez. Todos dicen que es muy linda. Yosospecho que será una beldad lugareña y algo rústica. Por lo que de ellase cuenta, no acierto a decidir si es buena o mala moralmente; pero síque es de gran despejo natural. Pepita tendrá veinte años; es viuda;sólo tres años estuvo casada. Era hija de doña Francisca Gálvez, viuda,como Vd. sabe, de un capitán retirado

Que

le

dejó

a

su

muerte

Sólo su honrosa espada por herencia,

según dice el poeta. Hasta la edad de diez y seis años vivió Pepita consu madre en la mayor estrechez, casi en la miseria.

Tenía un tío llamado D. Gumersindo, poseedor de un mezquinísimomayorazgo, de aquellos que en tiempos antiguos una vanidad absurdafundaba. Cualquier persona regular hubiera vivido con las rentas de estemayorazgo en continuos apuros, llena tal vez de trampas y sin acertar adarse el lustre y decoro propios de su clase; pero D. Gumersindo era unser extraordinario: el genio de la economía. No se podía decir quecrease riqueza; pero tenía una extraordinaria facultad de absorción conrespecto a la de los otros, y en punto a consumirla, será difícil hallarsobre la tierra persona alguna en cuyo mantenimiento, conservación ybienestar hayan tenido menos que afanarse la madre naturaleza y laindustria humana. No se sabe cómo vivió; pero el caso es que vivió hastala edad de ochenta años, ahorrando sus rentas íntegras y haciendo crecersu capital por medio de préstamos muy sobre seguro. Nadie por aquí lecritica de usurero, antes bien le califican de caritativo, porque siendomoderado en todo, hasta en la usura lo era, y no solía llevar más de un10 por 100 al año, mientras que en toda esta comarca llevan un 20

yhasta un 30 por 100, y aún parece poco.

Con este arreglo, con esta industria, y con el ánimo consagrado siemprea aumentar y a no disminuir sus bienes, sin permitirse el lujo decasarse, ni de tener hijos, ni de fumar siquiera, llegó D. Gumersindo ala edad que he dicho, siendo poseedor de un capital, importante sin dudaen cualquier punto, y aquí considerado enorme, merced a la pobreza deestos lugareños y a la natural exageración andaluza.

D. Gumersindo, muy aseado y cuidadoso de su persona, era un viejo que noinspiraba repugnancia. Las prendas de su sencillo vestuario estaban algoraídas, pero sin una mancha y saltando de limpias, aunque de tiempoinmemorial se le conocía la misma capa, el mismo chaquetón y los mismospantalones y chaleco. A veces se interrogaban en balde las gentes unas aotras a ver si alguien le había visto estrenar una prenda.

Con todos estos defectos, que aquí y en otras partes muchos consideranvirtudes, aunque virtudes exageradas, D. Gumersindo tenía excelentescualidades: era afable, servicial, compasivo, y se desvivía porcomplacer y ser útil a todo el mundo aunque le costase trabajo, desvelosy fatiga, con tal de que no le costase un real. Alegre y amigo dechanzas y de burlas, se hallaba en todas las reuniones y fiestas, cuandono eran a escote, y las regocijaba con la amenidad de su trato y con sudiscreta aunque poco ática conversación. Nunca había tenido inclinaciónalguna amorosa a una mujer determinada; pero inocentemente, sin malicia,gustaba de todas y era el viejo más amigo de requebrar a las muchachas yque más las hiciese reír que había en diez leguas a la redonda.

Ya he dicho que era tío de la Pepita. Cuando frisaba en los ochentaaños, iba ella a cumplir los diez y seis. Él era poderoso; ella pobre ydesvalida.

La madre de ella era una mujer vulgar, de cortas luces y de instintosgroseros. Adoraba a su hija, pero continuamente y con honda amargura selamentaba de los sacrificios que por ella hacía, de las privaciones quesufría y de la desconsolada vejez y triste muerte que iba a tener enmedio de tanta pobreza. Tenía además un hijo mayor que Pepita, que habíasido gran calavera en el lugar, jugador y pendenciero, a quien despuésde muchos disgustos, había logrado colocar en la Habana en un empleíllode mala muerte, viéndose así libre de él y con el charco de por medio.Sin embargo, a los pocos años de estar en la Habana el muchacho, su malaconducta hizo que le dejaran cesante, y asaetaba a cartas a su madrepidiéndole dinero. La madre, que apenas tenía para sí y para Pepita, sedesesperaba, rabiaba, maldecía de sí y de su destino con paciencia pocoevangélica, y cifraba toda su esperanza en una buena colocación para suhija que la sacase de apuros.

En tan angustiosa situación, empezó D. Gumersindo a frecuentar la casade Pepita y de su madre y a requebrar a Pepita con más ahínco ypersistencia que solía requebrar a otras. Era, con todo, tan inverosímily tan desatinado el suponer que un hombre, que había pasado ochenta añossin querer casarse, pensase en tal locura cuando ya tenía un pie en elsepulcro, que ni la madre de Pepita, ni Pepita mucho menos, sospecharonjamás los en verdad atrevidos pensamientos de D. Gumersindo. Así es queun día ambas se quedaron atónitas y pasmadas cuando, después de variosrequiebros, entre burlas y veras, D. Gumersindo soltó con la mayorformalidad y a boca de jarro la siguiente categórica pregunta:

—Muchacha, ¿quieres casarte conmigo?

Pepita, aunque la pregunta venía después de mucha broma, y pudieratomarse por broma, y aunque inexperta de las cosas del mundo, por ciertoinstinto adivinatorio que hay en las mujeres y sobre todo en las mozas,por cándidas que sean, conoció que aquello iba por lo serio, se pusocolorada como una guinda, y no contestó nada. La madre contestó porella:

—Niña, no seas mal criada; contesta a tu tío lo que debes contestar:Tío, con mucho gusto; cuando Vd. quiera.

Este Tío, con mucho gusto; cuando Vd. quiera, entonces, y varias vecesdespués, dicen que salió casi mecánicamente de entre los trémulos labiosde Pepita, cediendo a las amonestaciones, a los discursos, a las quejasy hasta al mandato imperioso de su madre.

Veo que me extiendo demasiado en hablar a Vd. de esta Pepita Jiménez yde su historia; pero me interesa y supongo que debe interesarle, pues sies cierto lo que aquí aseguran, va a ser cuñada de Vd. y madrastra mía.Procuraré, sin embargo, no detenerme en pormenores y referir en resumencosas que acaso Vd. ya sepa, aunque hace tiempo que falta de aquí.

Pepita Jiménez se casó con D. Gumersindo. La envidia se desencadenócontra ella en los días que precedieron a la boda y algunos mesesdespués.

En efecto, el valor moral de este matrimonio es harto discutible; maspara la muchacha, si se atiende a los ruegos de su madre, a sus quejas,hasta a su mandato; si se atiende a que ella creía por este medioproporcionar a su madre una vejez descansada y libertar a su hermano dela deshonra y de la infamia, siendo su ángel tutelar y su Providencia,fuerza es confesar que merece atenuación la censura. Por otra parte,¿cómo penetrar en lo íntimo del corazón, en el secreto escondido de lamente juvenil de una doncella, criada tal vez con recogimiento exquisitoe ignorante de todo, y saber qué idea podía ella formarse delmatrimonio? Tal vez entendió que casarse con aquel viejo era consagrarsu vida a cuidarle, a ser su enfermera, a dulcificar los últimos años desu vida, a no dejarle en soledad y abandono, cercado sólo de achaques yasistido por manos mercenarias, y a iluminar y dorar, por último, suspostrimerías con el rayo esplendente y suave de su hermosura y de sujuventud, como ángel que toma forma humana. Si algo de esto o todo estopensó la muchacha, y en su inocencia no penetró en otros misterios,salva queda la bondad de lo que hizo.

Como quiera que sea, dejando a un lado estas investigacionespsicológicas que no tengo derecho a hacer, pues no conozco a PepitaJiménez, es lo cierto que ella vivió en santa paz con el viejo durantetres años; que el viejo parecía más feliz que nunca; que ella le cuidabay regalaba con un esmero admirable, y que en su última y penosaenfermedad le atendió y veló con infatigable y tierno afecto, hasta queel viejo murió en sus brazos dejándola heredera de una gran fortuna.

Aunque hace más de dos años que perdió a su madre, y más de año y medioque enviudó, Pepita lleva aún luto de viuda. Su compostura, su vivirretirado y su melancolía son tales, que cualquiera pensaría que llora lamuerte del marido como si hubiera sido un hermoso mancebo.

Tal vezalguien presume o sospecha que la soberbia de Pepita y el conocimientocierto que tiene hoy de los poco poéticos medios con que se ha hechorica, traen su conciencia alterada y más que escrupulosa; y que,avergonzada a sus propios ojos y a los de los hombres, busca en laausteridad y en el retiro el consuelo y reparo a la herida de sucorazón.

Aquí, como en todas partes, la gente es muy aficionada al dinero. Y digomal como en todas partes: en las ciudades populosas, en los grandescentros de civilización, hay otras distinciones que se ambicionan tantoo más que el dinero, porque abren camino y dan crédito y consideraciónen el mundo; pero en los pueblos pequeños, donde ni la gloria literariao científica, ni tal vez la distinción en los modales, ni la elegancia,ni la discreción y amenidad en el trato, suelen estimarse nicomprenderse, no hay otros grados que marquen la jerarquía social sinoel tener más o menos dinero o cosa que lo valga. Pepita, pues, condinero y siendo además hermosa, y haciendo, como dicen todos, buen usode su riqueza, se ve en el día considerada y respetadaextraordinariamente. De este pueblo y de todos los de las cercanías hanacudido a pretenderla los más brillantes partidos, los mozos mejoracomodados. Pero, a lo que parece, ella los desdeña a todos conextremada dulzura, procurando no hacerse ningún enemigo, y se supone quetiene llena el alma de la más ardiente devoción y que su constantepensamiento es consagrar su vida a ejercicios de caridad y de piedadreligiosa.

Mi padre no está más adelantado ni ha salido mejor librado, según dicen,que los demás pretendientes; pero Pepita, para cumplir el refrán de queno quita lo cortés a lo valiente, se esmera en mostrarle la amistad másfranca, afectuosa y desinteresada. Se deshace con él en obsequios yatenciones; y, siempre que mi padre trata de hablarle de amor, le pone araya echándole un sermón dulcísimo, trayéndole a la memoria sus pasadasculpas y tratando de desengañarle del mundo y de sus pompas vanas.

Confieso a Vd. que empiezo a tener curiosidad de conocer a esta mujer;tanto oigo hablar de ella. No creo que mi curiosidad carezca defundamento, tenga nada de vano ni de pecaminoso; yo mismo siento lo quedice Pepita; yo mismo deseo que mi padre, en su edad provecta, venga amejor vida, olvide y no renueve las agitaciones y pasiones de sumocedad, y llegue a una vejez tranquila, dichosa y honrada. Sólo difierodel sentir de Pepita en una cosa; en creer que mi padre, mejor quequedándose soltero, conseguiría esto casándose con una mujer digna,buena y que le quisiese. Por esto mismo deseo conocer a Pepita y ver siella puede ser esta mujer, pesándome ya algo, y tal vez entre en estocierto orgullo de familia, que si es malo quisiera desechar, losdesdenes, aunque melifluos y afectuosos, de la mencionada joven viuda.

Si tuviera yo otra condición, preferiría que mi padre se quedasesoltero. Hijo único entonces, heredaría todas sus riquezas, y, como sidijéramos, nada menos que el cacicato de este lugar; pero Vd. sabe bienlo firme de mi resolución.

Aunque indigno y humilde, me siento llamado al sacerdocio, y los bienesde la tierra hacen poca mella en mi ánimo. Si hay algo en mí del ardorde la juventud y de la vehemencia de las pasiones propias de dicha edad,todo habrá de emplearse en dar pábulo a una caridad activa y fecunda.Hasta los muchos libros que Vd. me ha dado a leer y mi conocimiento dela historia de las antiguas civilizaciones de los pueblos del Asia unenen mí la curiosidad científica al deseo de propagar la fe, y me convidany excitan a irme de misionero al remoto Oriente. Yo creo que, no biensalga de este lugar, donde Vd. mismo me envía a pasar algún tiempo conmi padre, y no bien me vea elevado a la dignidad del sacerdocio, yaunque ignorante y pecador como soy, me sienta revestido por donsobrenatural y gratuito, merced a la soberana bondad del Altísimo, de lafacultad de perdonar los pecados y de la misión de enseñar a las gentes,y reciba el perpetuo y milagroso favor de traer a mis manos impuras almismo Dios humanado, dejaré a España y me iré a tierras distantes apredicar el Evangelio.

No me mueve vanidad alguna; no quiero creerme superior a ningún otrohombre. El poder de mi fe, la constancia de que me siento capaz, todo,después del favor y de la gracia de Dios, se lo debo a la atinadaeducación, a la santa enseñanza y al buen ejemplo de Vd., mi queridotío.

Casi no me atrevo a confesarme a mí mismo una cosa; pero contra mivoluntad esta cosa, este pensamiento, esta cavilación, acude a mi mentecon frecuencia, y ya que acude a mi mente, quiero, debo confesársela aVd.; no me es lícito ocultarle ni mis más recónditos e involuntariospensamientos. Vd. me ha enseñado a analizar lo que el alma siente, abuscar su origen bueno o malo, a escudriñar los más hondos senos delcorazón, a hacer, en suma, un escrupuloso examen de conciencia.

He pensado muchas veces sobre dos métodos opuestos de educación: el deaquéllos que procuran conservar la inocencia, confundiendo la inocenciacon la ignorancia y creyendo que el mal no conocido se evita mejor queel conocido, y el de aquéllos que, valerosamente y no bien llegado eldiscípulo a la edad de la razón, y salva la delicadeza del pudor, lemuestran el mal en toda su fealdad horrible y en toda su espantosadesnudez, a fin de que le aborrezca y le evite. Yo entiendo que el maldebe conocerse para estimar mejor la infinita bondad divina, términoideal e inasequible de todo bien nacido deseo. Yo agradezco a Vd. que mehaya hecho conocer, como dice la Escritura, con la miel y la manteca desu enseñanza, todo lo malo y todo lo bueno, a fin de reprobar lo uno yaspirar a lo otro, con discreto ahínco y con pleno conocimiento decausa. Me alegro de no ser cándido, y de ir derecho a la virtud, y encuanto cabe en lo humano, a la perfección, sabedor de todas lastribulaciones, de todas las asperezas que hay en la peregrinación quedebemos hacer por este valle de lágrimas, y no ignorando tampoco lollano, lo fácil, lo dulce, lo sembrado de flores que está, enapariencia, el camino que conduce a la perdición y a la muerte eterna.

Otra cosa que me considero obligado a agradecer a Vd., es laindulgencia, la tolerancia, aunque no complaciente y relajada, sinosevera y grave, que ha sabido Vd. inspirarme para con las faltas ypecados del prójimo.

Digo todo esto porque quiero hablar a Vd. de un asunto tan delicado, tanvidrioso, que apenas hallo términos con que expresarle. En resolución,yo me pregunto a veces: este propósito mío

¿tendrá por fundamento, enparte al menos, el carácter de mis relaciones con mi padre? En el fondode mi corazón, ¿he sabido perdonarle su conducta con mi pobre madre,víctima de sus liviandades?

Lo examino detenidamente y no hallo un átomo de rencor en mi pecho. Muyal contrario: la gratitud le llena todo. Mi padre me ha criado con amor;ha procurado honrar en mí la memoria de mi madre, y se diría que alcriarme, al cuidarme, al mimarme, al esmerarse conmigo cuando pequeño,trataba de aplacar su irritada sombra, si la sombra, si el espíritu deella, que era un ángel de bondad y de mansedumbre, hubiera sido capaz deira. Repito, pues, que estoy lleno de gratitud hacia mi padre; él me hareconocido, y además, a la edad de diez años me envió con Vd., a quiendebo cuanto soy.

Si hay en mi corazón algún germen de virtud, si hay en mi mente algúnprincipio de ciencia; si hay en mi voluntad algún honrado y buenpropósito, a Vd. lo debo.

El cariño de mi padre hacia mí es extraordinario, es grande; laestimación en que me tiene, inmensamente superior a mis merecimientos.Acaso influya en esto la vanidad. En el amor paterno hay algo deegoísta; es como una prolongación del egoísmo. Todo mi valer, si yo letuviese, mi padre le consideraría como creación suya, como si yo fueraemanación de su personalidad, así en el cuerpo como en el espíritu. Perode todos modos, creo que él me quiere y que hay en este cariño algo deindependiente y de superior a todo ese disculpable egoísmo de que hehablado.

Siento un gran consuelo, una gran tranquilidad en mi conciencia, y doypor ello las más fervientes gracias a Dios, cuando advierto y noto quela fuerza de la sangre, el vínculo de la naturaleza, ese misterioso lazoque nos une, me lleva, sin ninguna consideración del deber, a amar a mipadre y a reverenciarle. Sería horrible, no amarle así y esforzarse poramarle para cumplir con un mandamiento divino. Sin embargo, y aquívuelve mi escrúpulo: mi propósito de ser clérigo o fraile, de no aceptaro de aceptar sólo una pequeña parte de los cuantiosos bienes que han detocarme por herencia y de los cuales puedo disfrutar ya en vida de mipadre, ¿proviene sólo de mi menosprecio de las cosas del mundo, de unaverdadera vocación a la vida religiosa, o proviene también de orgullo,de rencor escondido, de queja, de algo que hay en mí que no perdona loque mi madre perdonó con generosidad sublime? Esta duda me asalta y meatormenta a veces; pero casi siempre la resuelvo en mi favor, y creo queno soy orgulloso con mi padre; creo que yo aceptaría todo cuanto tienesi lo necesitara; y me complazco en ser tan agradecido con él por lopoco como por lo mucho.

Adiós tío: en adelante escribiré a Vd. a menudo y tan por extenso comome tiene encargado, si bien no tanto como hoy, para no pecar de prolijo.

28 de Marzo.

Me voy cansando de mi residencia en este lugar, y cada día siento másdeseo de volverme con Vd. y de recibir las órdenes; pero mi padre quiereacompañarme, quiere estar presente en esa gran solemnidad y exige de míque permanezca aquí con él dos meses por lo menos. Está tan afable, tancariñoso conmigo, que sería imposible no darle gusto en todo.Permaneceré, pues, aquí el tiempo que él quiera. Para complacerle, meviolento y procuro aparentar que me gustan las diversiones de aquí, lasgiras campestres y hasta la caza, a todo lo cual le acompaño.

Procuromostrarme más alegre y bullicioso de lo que naturalmente soy. Como en elpueblo, medio de burla, medio en son de elogio, me llaman el santo, yopor modestia trato de disimular estas apariencias de santidad o desuavizarlas y humanarlas con la virtud de la eutropelia, ostentando unaalegría serena y decente, la cual nunca estuvo reñida ni con la santidadni con los santos.

Confieso, con todo, que las bromas y fiestas de aquí,que los chistes groseros y que el regocijo estruendoso me cansan. Noquisiera incurrir en murmuración ni ser maldiciente, aunque sea con todosigilo y de mí para Vd.; pero a menudo me doy a pensar que tal vez seríamás difícil empresa el moralizar y evangelizar un poco a estas gentes, ymás lógica y meritoria, que el irse a la India, a la Persia o la China,dejándose atrás a tanto compatriota, si no perdido, algo pervertido.¡Quién sabe! Dicen algunos que las ideas modernas, que el materialismo yla incredulidad tienen la culpa de todo; pero si la tienen, pero siobran tan malos efectos, ha de ser de un modo extraño, mágico,diabólico, y no por medios naturales, pues es lo cierto que nadie leeaquí libro alguno ni bueno ni malo, por donde no atino a comprender cómopuedan pervertirse con las malas doctrinas que privan ahora. ¿Estarán enel aire las malas doctrinas, a modo de miasmas de una epidemia?

Acaso (ysiento tener este mal pensamiento, que a Vd. sólo declaro), acaso tengala culpa el mismo clero. ¿Está en España a la altura de su misión? ¿Va aenseñar y a moralizar en los pueblos? ¿En todos sus individuos es capazde esto? ¿Hay verdadera vocación en los que se consagran a la vidareligiosa y a la cura de almas, o es sólo un modo de vivir como otrocualquiera, con la diferencia de que hoy no se dedican a él sino los másmenesterosos, los más sin esperanzas y sin medios, por lo mismo que esta carrera ofrece menos porvenir que cualquiera otra? Sea como sea, laescasez de sacerdotes instruidos y virtuosos excita más en mí el deseode ser sacerdote. No quisiera yo que el amor propio me engañase;reconozco todos mis defectos; pero siento en mí una verdadera vocación ymuchos de ellos podrán enmendarse con el auxilio divino.

Hace tres días tuvimos el convite, del que hablé a Vd., en casa dePepita Jiménez. Como esta mujer vive tan retirada, no la conocí hasta eldía del convite: me pareció, en efecto, tan bonita como dice la fama, yadvertí que tiene con mi padre una afabilidad tan grande que le daalguna esperanza, al menos miradas las cosas someramente, de que al caboceda y acepte su mano.

Como es posible que sea mi madrastra, la he mirado con detención y meparece una mujer singular, cuyas condiciones morales no atino adeterminar con certidumbre. Hay en ella un sosiego, una paz exterior,que puede provenir de frialdad de espíritu y de corazón, de estar muysobre sí y de calcularlo todo, sintiendo poco o nada, y pudiera provenirtambién de otras prendas que hubiera en su alma; de la tranquilidad desu conciencia, de la pureza de sus aspiraciones y del pensamiento decumplir en esta vida con los deberes que la sociedad impone, fijando lamente, como término, en esperanzas más altas. Ello es lo cierto, que obien porque en esta mujer todo es cálculo, sin elevarse su mente asuperiores esferas, o bien porque enlaza la prosa del vivir y la poesíade sus ensueños en una perfecta armonía, no hay en ella nada quedesentone del cuadro general en que está colocada, y sin embargo, poseeuna distinción natural que la levanta y separa de cuanto la rodea. Noafecta vestir traje aldeano, ni se viste tampoco según la moda de lasciudades; mezcla ambos estilos en su vestir, de modo que parece unaseñora, pero una señora de lugar. Disimula mucho, a lo que yo presumo,el cuidado que tiene de su persona; no se advierten en ella nicosméticos ni afeites; pero la blancura de sus manos, las uñas tan biencuidadas y acicaladas, y todo el aseo y pulcritud con que está vestida,denotan que cuida de estas cosas más de lo que se pudiera creerse en unapersona que vive en un pueblo y que además dicen que desdeña lasvanidades del mundo y sólo piensa en las cosas del cielo.

Tiene la casa limpísima y todo en un orden perfecto. Los muebles no sonartísticos ni elegantes; pero tampoco se advierte en ellos nadapretencioso y de mal gusto. Para poetizar su estancia, tanto en el patiocomo en las salas y galerías, hay multitud de flores y plantas. Notiene, en verdad, ninguna planta rara ni ninguna flor exótica; pero susplantas y sus flores, de lo más común que hay por aquí, están cuidadascon extraordinario mimo.

Varios canarios en jaulas doradas animan con sus trinos toda la casa. Seconoce que el dueño de ella necesita seres vivos en quien poner algúncariño; y, a más de algunas criadas, que se diría que ha elegido conempeño, pues no puede ser mera casualidad el que sean todas bonitas,tiene, como las viejas solteronas, varios animales que le hacencompañía: un loro, una perrita de lanas muy lavada y dos o tres gatos,tan mansos y sociables, que se le ponen a uno encima.

En un extremo de la sala principal hay algo como oratorio, donderesplandece un niño Jesús de talla, blanco y rubio, con ojos azules ybastante guapo. Su vestido es de raso blanco, con manto azul, lleno deestrellitas de oro, y todo él está cubierto de dijes y de joyas. Elaltarito en que está el niño Jesús se ve adornado de flores, y alrededormacetas de brusco y laureola, y en el altar mismo, que tiene gradas oescaloncitos, mucha cera ardiendo.

Al ver todo esto, no sé qué pensar; pero más a menudo me inclino a creerque la viuda se ama a sí misma sobre todo, y que para recreo y paraefusión de este amor tiene los gatos, los canarios, las flores y alpropio niño Jesús, que en el fondo de su alma tal vez no esté muy porencima de los canarios y de los gatos.

No se puede negar que la Pepita Jiménez es discreta: ninguna bromatonta, ninguna pregunta impertinente sobre mi vocación y sobre lasórdenes que voy a recibir dentro de poco, han salido de sus labios.Habló conmigo de las cosas del lugar, de la labranza, de la últimacosecha de vino y de aceite y del modo de mejorar la elaboración delvino; todo ello con modestia y naturalidad, sin mostrar deseo de pasarpor muy entendida.

Mi padre estuvo finísimo; parecía remozado, y sus extremos cuidadososhacia la dama de sus pensamientos eran recibidos, si no con amor, congratitud.

Asistieron al convite el médico, el escribano y el señor vicario, grandeamigo de la casa y padre espiritual de Pepita.

El señor vicario debe de tener un alto concepto de ella, porque variasveces me habló aparte de su caridad, de las muchas limosnas que hacía,de lo compasiva y buena que era para todo el mundo; en suma, me dijo queera una santa.

Oído el señor vicario y fiándome en su juicio, yo no puedo menos dedesear que mi padre se case con la Pepita. Como mi padre no es apropósito para hacer vida penitente, éste sería el único modo de quecambiase su vida, tan agitada y tempestuosa hasta aquí, y de que viniesea parar a un término, si no ejemplar, ordenado y pacífico.

Cuando nos retiramos de casa de Pepita Jiménez y volvimos a la nuestra,mi padre me habló resueltamente de su proyecto: me dijo que él habíasido un gran calavera, que había llevado una vida muy mala y que no veíamedio de enmendarse, a pesar de sus años, si aquella mujer, que era susalvación, no le quería y se casaba con él. Dando ya por supuesto queiba a quererle y a casarse, mi padre me habló de intereses; me dijo queera muy rico y que me dejaría mejorado, aunque tuviese varios hijos más.Yo le respondí que para los planes y fines de mi vida necesitaba hartopoco dinero, y que mi mayor contento sería verle dichoso con mujer ehijos, olvidado de sus antiguos devaneos. Me habló luego mi padre de susesperanzas amorosas, con un candor y con una vivacidad tales, que sediría que yo era el padre y el viejo, y él un chico de mi edad o másjoven. Para ponderarme el mérito de la novia, y la dificultad deltriunfo, me refirió las condiciones y excelencias de los quince o veintenovios que Pepita había tenido, y que todos habían llevado calabazas. Encuanto a él, según me explicó, hasta cierto punto las había tambiénllevado; pero se lisonjeaba de que no fuesen definitivas, porque Pepitale distinguía tanto, y le mostraba tan grande afecto, que, si aquello noera amor, pudiera fácilmente convertirse en amor con el largo trato ycon la persistente adoración que él le consagraba. Además, la causa deldesvío de Pepita tenía para mi padre un no sé qué de fantástico y desofístico que al cabo debía desvanecerse. Pepita no quería retirarse aun convento ni se inclinaba a la vida penitente: a pesar de surecogimiento y de su devoción religiosa, harto se dejaba ver que secomplacía en agradar. El aseo y el esmero de su persona poco tenían decenobíticos. La culpa de los desvíos de Pepita, decía mi padre, es sinduda su orgullo, orgullo en gran parte fundado: ella es naturalmenteelegante, distinguida; es un ser superior por la voluntad y por lainteligencia, por más que con modestia lo disimule; ¿cómo, pues, ha deentregar su corazón a los palurdos que la han pretendido hasta ahora?Ella imagina que su alma está llena de un místico amor de Dios, y quesólo con Dios se satisface, porque no ha salido a su paso todavía unmortal bastante discreto y agradable que le haga olvidar hasta a su niñoJesús. Aunque sea inmodestia, añadía mi padre, yo me lisonjeo aún de serese mortal dichoso.

Tales son, querido tío, las preocupaciones y ocupaciones de mi padre eneste pueblo, y las cosas tan extrañas para mí y tan ajenas a mispropósitos y pensamientos de que me habla con frecuencia, y sobre lascuales quiere que dé mi voto.

No parece sino que la excesiva indulgencia de usted para conmigo hahecho cundir aquí mi fama de hombre de consejo: paso por un pozo deciencia; todos me refieren sus cuitas y me piden que les muestre elcamino que deben seguir. Hasta el bueno del señor vicario, aunexponiéndose a revelar algo como secretos de confesión, ha venido ya aconsultarme sobre vanos casos de conciencia que se le han presentado enel confesionario. Mucho me ha llamado la atención uno de estos casos queme ha sido referido por el vicario, como todos, con profundo misterio ysin decirme el nombre de la persona interesada.

Cuenta el señor vicario, que una hija suya de confesión tiene grandesescrúpulos, porque se siente llevada con irresistible impulso hacia lavida solitaria y contemplativa, pero teme a veces que este fervor dedevoción no venga acompañado de una verdadera humildad, sino que enparte le promueva y excite el mismo demonio del orgullo.

Amar a Dios sobre todas las cosas, buscarle en el centro del alma dondeestá, purificarse de todas las pasiones y afecciones terrenales, paraunirse a él, son ciertamente anhelos piadosos y determinaciones buenas;pero el escrúpulo está en saber, en calcular si nacerán o no de un amorpropio exagerado. ¿Nacerán acaso, parece que piensa la penitente, de queyo, aunque indigna y pecadora, presumo que vale más mi alma que lasalmas de mis semejantes; que la hermosura interior de mi mente y de mivoluntad se turbaría y se empañaría con el afecto de los seres humanosque conozco y que creo que no me merecen? ¿Amo a Dios, no sobre todaslas cosas, de un modo infinito, sino sobre lo poco conocido que desdeño,que desestimo, que no puede llenar mi corazón? Si mi devoción tiene estefundamento, hay en ella dos grandes faltas: la primera, que no estácimentada en un puro amor de Dios, lleno de humildad y de caridad, sinoen el orgullo; y la segunda, que esa devoción no es firme y valedera,sino que está en el aire, porque

¿quién asegura que no pueda el almaolvidarse del amor a su Creador, cuando no le ama de un modo infinito,sino porque no hay criatura a quien juzgue digna de que el amor en ellase emplee?

Sobre este caso de conciencia, harto alambicado y sutil para que asípreocupe a una lugareña, ha venido a consultarme el padre vicario. Yo hequerido excusarme de decir nada, fundándome en mi inexperiencia y pocosaños; pero el señor vicario se ha obstinado de tal suerte, que no hepodido menos de discurrir sobre el caso. He dicho, y mucho me alegraríade que Vd. aprobase mi parecer, que lo que importa a esta hija deconfesión atribulada, es mirar con mayor benevolencia a los hombres quela rodean, y en vez de analizar y desentrañar sus faltas con elescalpelo de la crítica, tratar de cubrirlas con el manto de la caridad,haciendo resaltar todas las buenas cualidades de ellos y ponderándolasmucho, a fin de amarlos y estimarlos; que debe esforzarse por ver encada ser humano un objeto digno de amor, un verdadero prójimo, un igualsuyo, un alma en cuyo fondo hay un tesoro de excelentes prendas yvirtudes, un ser hecho, en suma, a imagen y semejanza de Dios. Realzadoasí cuanto nos rodea, amando y estimando a las criaturas por lo que sony por más de lo que son, procurando no tenerse por superior a ellas ennada, antes bien, profundizando con valor en el fondo de nuestraconciencia para descubrir todas nuestras faltas y pecados, y adquiriendola santa humildad y el menosprecio de uno mismo, el corazón se sentirálleno de afectos humanos, y no despreciará, sino valuará en mucho elmérito de las cosas y de las personas; de modo que, si sobre estefundamento descuella luego, y se levanta el amor divino con invenciblepujanza, no hay ya miedo de que pueda nacer este amor de una exageradaestimación propia, del orgullo o de un desdén injusto del prójimo, sinoque nacerá de la pura y santa consideración de la hermosura y de labondad infinitas.

Si, como sospecho, es Pepita Jiménez la que ha consultado al señorvicario sobre estas dudas y tribulaciones, me parece que mi padre nopuede lisonjearse todavía de ser muy querido; pero si el vicario aciertaa darla mi consejo, y ella le acepta y pone en práctica, o vendrá ahacerse una María de Ágreda o cosa por el estilo, o lo que es másprobable, dejará a un lado misticismos y desvíos, y se conformará ycontentará con aceptar la mano y el corazón de mi padre, que en nada esinferior a ella.

4 de Abril.

La monotonía de mi vida en este lugar empieza a fastidiarme bastante, yno porque la vida mía en otras partes haya sido más activa físicamente;antes al contrario, aquí me paseo mucho, a pie y a caballo, voy alcampo, y por complacer a mi padre concurro a casinos y reuniones; enfin, vivo como fuera de mi centro y de mi modo de ser; pero mi vidaintelectual es nula; no leo un libro ni apenas me dejan un momento parapensar y meditar sosegadamente: y como el encanto de mi vida estribabaen estos pensamientos y meditaciones, me parece monótona la que hagoahora.

Gracias a la paciencia, que usted me ha recomendado para todaslas ocasiones, puedo sufrirla.

Otra causa de que mi espíritu no esté completamente tranquilo es elanhelo que cada día siento más vivo de tomar el estado a queresueltamente me inclino desde hace años. Me parece que en estosmomentos, cuando se halla tan cercana la realización del constante sueñode mi vida, es como una profanación distraer la mente hacia otrosobjetos. Tanto me atormenta esta idea y tanto cavilo sobre ella, que miadmiración por la belleza de las cosas creadas; por el cielo tan llenode estrellas en estas serenas noches de primavera, y en esta región deAndalucía; por estos alegres campos, cubiertos ahora de verdessembrados, y por estas frescas y amenas huertas con tan lindas ysombrías alamedas, con tantos mansos arroyos y acequias, con tanto lugarapartado y esquivo, con tanto pájaro que le da música y con tantasflores y yerbas olorosas; esta admiración y entusiasmo mío, repito, queen otro tiempo me parecían avenirse por completo con el sentimientoreligioso que llenaba mi alma, excitándole y sublimándole en vez dedebilitarle, hoy casi me parece pecaminosa distracción e imperdonableolvido de lo eterno por lo temporal, de lo increado y suprasensible porlo sensible y creado. Aunque con poco aprovechamiento en la virtud,aunque nunca libre mi espíritu de los fantasmas de la imaginación,aunque no exento en mí el hombre interior de las impresiones exterioresy del fatigoso método discursivo, aunque incapaz de reconcentrarme porun esfuerzo de amor en el centro mismo de la simple inteligencia, en elápice de la mente, para ver allí la verdad y la bondad, desnudas deimágenes y de formas, aseguro a Vd. que tengo miedo del modo de orarimaginario, propio de un hombre corporal y tan poco aprovechado como yosoy. La misma meditación racional me infunde recelo. No quisiera yohacer discursos para conocer a Dios, ni traer razones de amor paraamarle. Quisiera alzarme de un vuelo a la contemplación esencial eíntima. ¿Quién me diese alas, como de paloma, para volar al seno del queama mi alma? Pero, ¿cuáles son, dónde están mis méritos? ¿Dónde lasmortificaciones, la larga oración y el ayuno? ¿Qué he hecho yo, Diosmío, para que tú me favorezcas?

Harto sé que los impíos del día presente acusan, con falta completa defundamento, a nuestra santa religión de mover las almas a aborrecertodas las cosas del mundo, a despreciar o a desdeñar la naturaleza, talvez a temerla casi, como si hubiera en ella algo de diabólico,encerrando todo su amor y todo su afecto en el que llaman monstruosoegoísmo del amor divino, porque creen que el alma se ama a sí propiaamando a Dios. Harto sé que no es así, que no es ésta la verdaderadoctrina; que el amor divino es la caridad, y que amar a Dios es amarlotodo, porque todo está en Dios y Dios está en todo por inefable y altamanera. Harto sé que no peco amando las cosas por el amor de Dios, locual es amarlas por ellas con rectitud; porque

¿qué son ellas más que lamanifestación, la obra del amor de Dios? Y, sin embargo, no sé quéextraño temor, qué singular escrúpulo, qué apenas perceptible eindeterminado remordimiento me atormenta ahora, cuando tengo, comoantes, como en otros días de mi juventud, como en la misma niñez, algunaefusión de ternura, algún rapto de entusiasmo, al penetrar en unaenramada frondosa, al oír el canto del ruiseñor en el silencio de lanoche, al escuchar el pío de las golondrinas, al sentir el arrulloenamorado de la tórtola, al ver las flores o al mirar las estrellas.

Seme figura a veces que hay en todo esto algo de delectación sensual, algoque me hace olvidar, por un momento al menos, más altas aspiraciones. Noquiero yo que en mí el espíritu peque contra la carne; pero no quierotampoco que la hermosura de la materia, que sus deleites, aun los másdelicados, sutiles y aéreos, aun los que más bien por el espíritu quepor el cuerpo se perciben, como el silbo delgado del aire fresco,cargado de aromas campesinos, como el canto de las aves, como elmajestuoso y reposado silencio de las horas nocturnas, en estos jardinesy huertas, me distraigan de la contemplación de la superior hermosura, yentibien ni por un momento mi amor hacia quien ha creado esta armoniosafábrica del mundo.

No se me oculta que todas estas cosas materiales son como las letras deun libro, son como los signos y caracteres donde el alma, atenta a sulectura, puede penetrar un hondo sentido y leer y descubrir la hermosurade Dios, que, si bien imperfectamente, está en ellas como trasunto o másbien como cifra, porque no la pintan, sino que la representan. En estadistinción me fundo a veces para dar fuerza a mis escrúpulos ymortificarme. Porque yo me digo: si amo la hermosura de las cosasterrenales tales como ellas son, y si la amo con exceso, es idolatría;debo amarla como signo, como representación de una hermosura oculta ydivina, que vale mil veces más, que es incomparablemente superior entodo.

Hace pocos días cumplí veintidós años. Tal ha sido hasta ahora mi fervorreligioso, que no he sentido más amor que el inmaculado amor de Diosmismo y de su santa religión, que quisiera difundir y ver triunfante entodas las regiones de la tierra. Confieso que algún sentimiento profanose ha mezclado con esta pureza de afecto. Vd. lo sabe, se lo he dichomil veces; y Vd., mirándome con su acostumbrada indulgencia, me hacontestado que el hombre no es un ángel y que sólo pretender tantaperfección es orgullo; que debo moderar esos sentimientos y no empeñarmeen ahogarlos del todo. El amor a la ciencia, el amor a la propia gloria,adquirida por la ciencia misma, hasta el formar uno de sí propio nodesventajoso concepto; todo ello, sentido con moderación, velado ymitigado por la humildad cristiana y encaminado a buen fin, tiene sinduda algo de egoísta; pero puede servir de estímulo y apoyo a las másfirmes y nobles resoluciones. No es, pues, el escrúpulo que me asaltahoy el de mi orgullo, el de tener sobrada confianza en mí mismo, el deansiar gloria mundana, o el de ser sobrado curioso de ciencia; no esnada de esto; nada que tenga relación con el egoísmo, sino en ciertomodo lo contrario. Siento una dejadez, un quebranto, un abandono de lavoluntad, una facilidad tan grande para las lágrimas; lloro tanfácilmente de ternura al ver una florecilla bonita o al contemplar elrayo misterioso, tenue y ligerísimo de una remota estrella, que casitengo miedo.

Dígame Vd. qué piensa de estas cosas; si hay algo de enfermizo en estadisposición de mi ánimo.

8 de Abril.

Siguen las diversiones campestres, en que tengo que intervenir muy apesar mío.

He acompañado a mi padre a ver casi todas sus fincas, y mi padre y susamigos se pasman de que yo no sea completamente ignorante en las cosasdel campo. No parece sino que para ellos el estudio de la teología, aque me he dedicado, es contrario del todo al conocimiento de las cosasnaturales. ¡Cuánto han admirado mi erudición al verme distinguir en lasviñas, donde apenas empiezan a brotar los pámpanos, la cepaPedro-Jiménez de la baladí y de la Don-Bueno!

¡Cuánto han admiradotambién que en los verdes sembrados sepa yo distinguir la cebada deltrigo y el anís de las habas; que conozca muchos árboles frutales y desombra; y que, aun de las yerbas que nacen espontáneamente en el campo,acierte yo con varios nombres y refiera bastantes condiciones yvirtudes!

Pepita Jiménez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan lashuertas de por aquí, nos ha convidado a ver una que posee a cortadistancia del lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella secrían. Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a mi padre, quien lapretende y a quien desdeña, me parece a menudo que tiene su poco decoquetería, digna de reprobación; pero cuando veo a Pepita después, y lahallo tan natural, tan franca y tan sencilla, se me pasa el malpensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que no la llevaotro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia laliga.

Sea como sea, anteayer tarde fuimos a la huerta de Pepita. Es hermosositio, de lo más ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachueloque riega casi todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa allado de la que visitamos: se forma allí una presa, y cuando se suelta elagua sobrante del riego, cae en un hondo barranco poblado en ambasmárgenes de álamos blancos y negros, mimbrones, adelfas floridas y otrosárboles frondosos. La cascada, de agua limpia y transparente, se derramaen el fondo, formando espuma, y luego sigue su curso tortuoso por uncauce que la naturaleza misma ha abierto, esmaltando sus orillas de milyerbas y flores, y cubriéndolas ahora con multitud de violetas. Lasladeras que hay a un extremo de la huerta están llenas de nogales,higueras, avellanos y otros árboles de fruta. Y en la parte llana haycuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas, judías ypimientos, y su poco de jardín, con grande abundancia de flores, de lasque por aquí más comúnmente se crían. Los rosales, sobre todo, abundan,y los hay de mil diferentes especies. La casilla del hortelano es másbonita y limpia de lo que en esta tierra se suele ver, y al lado de lacasilla hay otro pequeño edificio reservado para el dueño de la finca, ydonde nos agasajó Pepita con una espléndida merienda, a la cual diopretexto el comer las fresas, que era el principal objeto que allí nosllevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para lo temprano de laestación, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que Pepitatambién posee.

Asistimos a esta gira el médico, el escribano, mi tía doña Casilda, mipadre y yo; sin faltar el indispensable señor vicario, padre espiritual,y más que padre espiritual, admirador y encomiador perpetuo de Pepita.

Por un refinamiento algo sibarítico, no fue el hortelano, ni su mujer,ni el chiquillo del hortelano, ni ningún otro campesino quien nos sirvióla merienda, sino dos lindas muchachas, criadas y como confidentas dePepita, vestidas a lo rústico, si bien con suma pulcritud y elegancia.Llevaban trajes de percal de vistosos colores, cortos y ceñidos alcuerpo, pañuelos de seda cubriendo las espaldas, y descubierta lacabeza, donde lucían abundantes y lustrosos cabellos negros, trenzados yatados luego formando un moño en figura de martillo, y por delante rizossujetos con sendas horquillas, por acá llamados caracoles. Sobre el moñoo castaña ostentaban cada una de estas doncellas un ramo de frescasrosas.

Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era máscortesano el traje de Pepita. Su vestido de merino tenía la misma formaque el de las criadas, y, sin ser muy corto, no arrastraba ni recogíasuciamente el polvo del camino. Un modesto pañolito de seda negra cubríatambién, al uso del lugar, su espalda y su pecho, y en la cabeza noostentaba tocado, ni flor, ni joya, ni más adorno que el de sus propioscabellos rubios. En la única cosa que note por parte de Pepita ciertoesmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en llevar guantes.Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad entenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas y sonrosadas,pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza humana, y alfin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo la mismavanidad cuando era joven, lo cual no le impidió ser una santa tangrande.

En efecto, yo me explico, aunque no disculpo, esta pícara vanidad. ¡Estan distinguido, tan aristocrático, tener una linda mano! Hasta se mefigura a veces que tiene algo de simbólico. La mano es el instrumento denuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde lainteligencia reviste de forma sus pensamientos artísticos, y da ser alas creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedió alhombre sobre todas las criaturas. Una mano ruda, nerviosa, fuerte, talvez callosa, de un trabajador, de un obrero, demuestra noblemente eseimperio; pero en lo que tiene de más violento y mecánico. En cambio, lasmanos de esta Pepita, que parecen casi diáfanas como el alabastro, sibien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangrepura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo,de dedos afilados y de sin par corrección de dibujo, parecen el símbolodel imperio mágico, del dominio misterioso que tiene y ejerce elespíritu humano, sin fuerza material, sobre todas las cosas visibles quehan sido inmediatamente creadas por Dios y que por medio del hombre Dioscompleta y mejora. Imposible parece que quien tiene manos como Pepitatenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que esté endiscordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.