Peñas Arriba by José María de Pereda - HTML preview

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—¡Celso!—rugió aquí don Pedro Nolasco, dando patadas en el borde de lameseta en que apoyaba los pies, calzados con zapatillas de cintosnegros, lo mismo que el señor Cura y que mi tío.

Y entonces me fijé yo en que debajo de las zapatillas calzaba mediasalagartadas, verdes, con grandes pintas negras.

—Eso es lo único que te afea, salvo la cara—díjole mi tíoserenamente—: el genial... En ese punto eres una jabalina celosa, a lomejor de una chanza. Salimos de una chamusquina, y ya te quieres meteren otra...

—¡Barájolas!—exclamó don Pedro Nolasco santiguándose—.

¿Ustedes hanvisto otra como ella? Trapalón de los demonios,

¿pues me he metido yocontigo ni tanto así, desde que se acabó lo otro?

Mi tío no le hizo caso, y me preguntó a mí:

—¿Le has visto ya bien? Pues con esas cerdas y todo, es el vecino másnoblón del pueblo y el mejor amigo de sus amigos, y además es uva de lanuestra cepa. Lleva el corazón en la mano, y dará la piel cuando notenga capa que partir con el pobre. Te lo digo yo, Marmitón de losdemonios, aunque me pegues—añadió encarándose con el gigante—; te lodigo yo, ¡cuartajo!, yo, que tengo buenas pruebas de ser verdad: y te lodigo con el alma y vida. Si quieres creerme, me crees, y si no, peorpara ti. ¿No es así, Cura?

Est Deus in nobis—respondió éste moviendo la cabeza de un lado aotro, como quien afirma algo bueno que es además indiscutible—. No hayque darle vueltas, est Deus in nobis, semper et ubique. Y si no fueraasí, pobres de nosotros a cada chapucería de las que arma Satanás en lasdisputas de los hombres.

—Pues bueno—repuso mi tío volviéndose hacia su amigo que no chistabani se movía, con los ojazos clavados en la lumbre—.

Ahora quiero que tequedes a cenar con nosotros, no por mí, que no lo merezco, sino porhonrar a mi sobrino.

—¡A buen tiempo!—murmuró el gigante revolviendo un poco la miradahacia don Celso y descargando mucho los celajes de su faz.

—¿Lo dices porque has cenado ya?—le replicó mi tío.

—Naturalmente.

—Pues por eso mismo, porque lo presumía, te convido yo. En estómagoscomo el tuyo, ceba llama ceba... Y para animarte más y hacerla redonda ycabal esta noche, también te convido a ti, Cura.

—Eso ya es otra cosa—dijo entonces don Pedro Nolasco, entrando defrente a la porfía—: si él se queda...

Negábase el Cura a ello de todas veras; pero a fuerza de insistir mi tíoy de empeñarme yo también, aceptó al cabo.

—¿Lo has oído, Tona?... Pues llévale el cuento a Facia para que pongados platos más en la mesa, y añade tú lo que falte, si es que falta algoen la cocina.

Tona respondió que sobraba con lo que había arrimado a la lumbre,siempre que cada cual comiera «como Dios mandaba»; y mi tío, mientras elhombrón recibía con carraspeos la condicional que la sirviente habíaechado hacia allá con los ojos, dio por rematada la historia y mandó quese tratara de otra más divertida.

No lo fueron ni tanto siquiera, para mi gusto, las pocas que salieron arelucir después, mientras la mocetona rubia, y Facia, la mujer gris, queentraba y salía a menudo, daban los últimos toques a los condumiosarrimados al fuego. Por mi parte, y «para ir tirando de la conversación»tuve que suministrar, a instancias del Cura y de don Pedro Nolasco,cuatro vaguedades sobre «esos mundos de Dios», por los que tanto habíarodado, al decir de los mismos señores; y menos interesado ya que alprincipio en lo que allí se trataba, y pudiendo llevar mi atención aotros términos del cuadro, observé, entre otras cosas, que Tona y Chiscono tomaban parte en ello más que con los ojos y alguna que otraexclamación o risotada, y que la tal sirvienta, por su cara y por sutalle, de pies a cabeza, en fin, era lo que se llamaba una buena moza.

—Ya ves—llegó a decirme mi tío—, que aquí no se pasa el rato del todomal, después de hecho el hombre a estas cosas tan diferentes de las de«allá». Y mejores se pasan todavía, como irás viendo, porque esta nocheno hace regla: no es sazón de ello hoy por hoy, en que no aprieta elfrío y está mucha de la maíz sin deshojar, y hay que deshojarla, porquelo primero es lo primero; pero déjate que corran días y empiece aempardecerse el cielo y a

«rebombar» el pozón de Peña Sagra, ¡trastajo!y verás acudir gente a esta cocina, hasta haber noche de no caber enestos bancos, cada cual con su avío y con su tema... toda gente montuna,por de contado: puros jastialones. Hay que armarse a veces de muchoaguante, eso sí, porque en un rebaño, ¡zancajo!

no todas las bestias sonde una misma condición; pero las mejores de éste son las más; y con talde no pedir castañas al camueso... Vamos, que te ha de entretener, si esque te avezas a ello... y Dios lo haga así.

—¡Pues no ha de jacerlu!—exclamó don Pedro Nolasco, asombrado de quese pusiera en duda lo que él tenía por indudable.

A custodia matutina usque ad noctem speret Israel inDomino—confirmó don Sabas—, sin contar con lo que tengo dicho y no mecansaré de repetir: est Deus in nobis; y por eso no hay que desesperarde nada que sea honrado, conveniente al hombre de bien y conforme a lasanta ley de Dios.

Cuando llegó el momento de irnos a cenar, preguntó don Pedro Nolasco muysorprendido:

—¿Pero, cómo?... ¿No cenamos aquí?

—¡No señor!—respondió mi tío empujándonos hacia la puerta.

—Pero ¿por qué?—insistió aquél erguido sobre el fogón.

—Curiosón de los demonios—replicó el otro volviéndose hacia él desdela mitad de la cocina—. En primer lugar, a zoquete regalado no debierasponerle tachas; y, por último, has de saberte, traga-aldabas del jinojo,que ni todos los tiempos corren unos, ni todos los hombres son iguales.¿Me entiendes ahora?

Esto ocurría en el instante en que Chisco, por mandato de Tona, seacercaba a la pared que yo había tenido enfrente, a la cual estabaadaptado un tablero, soltaba la taravilla que le sujetaba por arriba, lehacía girar sobre el eje que tenía en el lado de abajo, y le dejaba enposición horizontal sostenido por un tentemozo. Pidiendo informes sobreel uso de aquel aparato, averigüé que era la mesa «perezosa» a quienhabía aludido mi tío en el comedor.

—Y ¿para qué la ponen ahora?—preguntéle.

—Para cenar los criados en cuanto nosotros nos larguemos deaquí—respondióme.

Me gustó el artefacto, que quedaba armado a muy corta distancia delfogón; tentóme la novedad aquella, y desde luego uní mi parecer al biennotorio de don Pedro Nolasco.

—Pues por mí—dijo mi tío con firme resolución—, que levanten losmanteles de la otra mesa y los tiendan en ésta. Por regalarte el gusto,mandé que se cenara allá: ya sabes que el mío es muy diferente. Además,para lo que he de cenar yo... Conque si te gusta más esto...

Convinimos, a mis ruegos, en que por aquella noche quedaran las cosascomo estaban, cenando en adelante en la perezosa y dejando la mesa delsalón para la comida del mediodía; bajóse de su pedestal don PedroNolasco, y salimos de la cocina los cuatro comensales en ringlera,siguiendo a Tona que nos alumbraba el camino con el candil que habíadescolgado de la campana de la chimenea.

Y sucedió lo que yo estaba temiendo rato hacía, por lo que había idoobservando alrededor de la lumbre y en los trajines de la repolludacocinera; que la cena dispuesta en honor mío era para servir de espantomás que de tentación y de consuelo a un comensal de mis tragaderas,hecho y avezado a las sabrosas parvidades de la cocina mundana.Comenzando a contar por los cubiertos y dos cucharones de plata deanticuada forma, una torta de pan «casero», ocho vasos de cristalverdoso y un botellón muy negro, todo cuanto había y fue apareciendosobre la mesa era

macizo

y

grande

y

abundante

hasta

lo

increíble.Primeramente, un cangilón de sopas de leche, después una fuente muyhonda, de un potaje de nabos en ensalada; luego una tortilla detorreznos, seguida de una asadura picante, y, por último, una compotadescomunal de manzanas, y mucho queso curado de ovejas. Lo único queescaseaba allí eran la luz y el calor, porque la de las mechas del velóncasi se perdía en el negro espacio antes de llegar a la mesa, y elchamuscón que yo me había dado en la cocina sólo me servía en el comedorpara sentir doblemente la glacial temperatura de aquel páramo.

El Cura, contra lo que yo esperaba de su tamaño, comía nada más queregularmente, y era limpio y reposado en el comer. Mi tío probaba detodo sin gustarle nada, y yo satisfice mi necesidad, más que apetito, dedoce horas, casi tanto con la vista de tan copiosos alimentos, como conlas parvidades que de ellos tomé... ¡Pero don Pedro Nolasco!... No teníacalo ni medida su estómago de buitre; devoraba hasta con los ojos; ymucho de lo que no le cabía en la boca mientras funcionaba su gaznate,corríale en regatos por el exterior hasta sumirse bajo la sobarba entrecuero y camisa, o mezclarse gota a gota con la mugre del chaleco.

Se habló poco en la mesa, y de esto poco la mayor parte fue de mi tíopara decir injurias al glotón, que no le contestaba, ni creo que le oía,y para ponderarme su asombro por lo melindroso que le parecí en elcomedor, y muy especialmente por el «plan» de cena mía, para enadelante, que le tracé. No podía comprender el buen señor que un mozo demis años y con mi salud, no comiera cuanto se le pusiera delante acualquier hora del día o de la noche. «Abundante y sustancioso» era ladivisa del bien comer entre los hombres rumbosos del pelaje de mi tío.

Andando en esto y «regoldando» ya el gigante por no tener su estómagocosa de más jugo en que entretenerse, oyóse una campanada de reló hacialo más obscuro y remoto de la estancia.

—¡Las diez y media!—dijo mi tío revolviéndose en el banco—. Me pareceque ya es hora de que te dejemos en paz. El viaje te habrá molido bienlos huesos, y tendrás ganas de tumbarlos en la cama. Por lo demás, no tecreas: entre el laberinto del ganado abajo, y la tertulia de arribadespués de rezar el Rosario, rara es la noche en que nos acostamos mástemprano... Ya verás, ya verás, ¡pispajo! cómo sabemos vivir aquí,aunque montunos y pobres, a uso de pudientes de ciudad... Conque¿entendístelo, Marmitón? Pues, ¡jorria! ya que estás jartu, y a su casael que la tenga.

Levantámonos todos, dio gracias el Cura, respondímosle cumplida ydevotamente, y se fue con don Pedro Nolasco, no sin haberme hecho volvera ver las estrellas con los apretones de manos que me dieron pordespedida.

Poco tiempo después, encerrado yo en mi cuarto, paseábame a lo largo deél intentando pensar en muchas cosas sin llegar a pensar con fundamentoen nada, no sé si porque realmente no quería, o porque no podía pensarde otra manera. Con esta oscuridad en mi cerebro y el continuo zumbardel río en su cañada, acabé por sentirme amodorrado, y me acosté.

Blanca de ropas y limpia como un sol era mi cama; pero ¡qué fría... yqué dura me pareció!

V

Sin embargo, dormí toda la noche de un solo tirón; pero soñando mucho ysobre muchas cosas a cual más extravagante.

Recuerdo que soñé con el osodel Puerto; con desfiladeros y cañadas que no tenían fin, y tan angostasde garganta, que no cabía yo por ellas ni aun andando de medio lado.Obstinado en pasar huyendo de la fiera que me seguía balanceándose sobresus patas de atrás y relamiéndose el hocico, tanto forzaba la cuña de micuerpo, que removía los montes por sus bases y oscilaban allá arriba,¡muy arriba! las cúspides pedregosas, y hasta se desplomaban muchas deellas sobre mí, pero sin hacerme daño.

También soñé con mi tío bailandoen la cocina, junto a la lumbre, unas seguidillas que cantaba la mujergris tañendo una sartén muy grande; y después con don Pedro Nolasco, elcual comía becerros crudos y troncos de abedul y peñascos de granito conbardales, mientras iban comiéndome a mí, fibra a fibra y muy poco apoco, el Tedio y la Melancolía, un matrimonio de lo más horrible, quevivía en el fondo de un abismo sin salida por ninguna parte.

Quizás por haber sido éste mi último sueño de la noche, fue tan tristemi despertar por la mañana. ¡Porque fue triste de veras!

Pero me habíadormido con la curiosidad recelosa de conocer de vista la tierra en quevoluntariamente acababa de sepultarme; y sintiendo revivir de golpeaquel vehemente deseo al ver un poco de luz que se filtraba por losresquicios de las puertas, levantéme de prisa, lavéme tiritando de frío,envolvíme en el abrigo más espeso de los varios que tenía a mi alcance,y me asomé al mismo balcón a que me había asomado por la noche.

Ya no llovía; pero estaba el mezquino retal de cielo que se veía desdeallí levantando mucho la cabeza, cargado de nubarrones que pasaban atodo correr por encima del peñón frontero y desaparecían sobre el tejadode la casa. Entre nube y nube y cuando se rompía algún empalme de los dela apretada reata,

asomaba

un

jironcito

azul,

salpicado

de

veladurasanacaradas; algo como esperanza de un poco de sol para más tarde, si porventura regían en aquella salvaje comarca las mismas leyesmeteorológicas que en el mundo que yo conocía.

Dejando este punto en duda, descendí con la mirada y la atención a loque más me interesaba por el momento: lo que podía verse de la tierra entodas direcciones desde mi observatorio de piedra mohosa con barandillade hierro oxidado.

¡Bien poco era ello, Dios de misericordia!

Delante y casi tocándole con la mano, un peñón enorme que se perdía devista a lo alto, y aún continuaba creciendo según se alejaba cuestaarriba hacia mi izquierda, al paso que hacia la derecha decrecíalentamente y a medida que se estiraba, cuesta abajo, hasta estrellarse,convertido en cerro, contra una montaña que le cortaba el pasoextendiendo sus faldas a un lado y a otro.

Rozando las del peñón y ladel cerro hasta desaparecer hacia la izquierda por el boquete quequedaba entre el extremo inferior del cerro y la montaña, bajaba el ríoa escape, dando tumbos y haciendo cabriolas y bramando en su cauceangosto y profundo, cubierto de malezas y de misterios. Inclinado haciael río, entre él y la casa, debajo, enfrente y a la izquierda delbalcón, un suelo viscoso de lastras húmedas con manchones de césped,musgos, ortigas y bardales. A la derecha y casi a plomo del balcón, elprincipio de un corral que seguía fachada abajo y daba vuelta en ángulorecto hacia la otra, lo mismo que el cobertizo que le cercaba por ellado del río, y estaba destinado, por las muestras visibles, a cuadras,leñeras y pajares. Por el estorbo de estos tejadillos y de la largalínea de fachada de la casona, sólo se alcanzaba a ver, por la derecha,una estrecha faja de terreno cultivado, paralela al río y pertenecienteal valle que, según todas las trazas, se extendía hacia aquella parte,es decir, a la derecha del río. Y a todo esto, el patio y sus tejados, yel terreno de afuera, y las zarzas y los helechos y la baranda delbalcón, en fin, cuanto se veía o se palpaba desde mi observatorio,húmedo, reluciente y goteando.

No habiendo cosa más risueña en que poner la vista por aquel lado, fuimea la otra fachada, la que correspondía al claro frontero a mi alcoba.Por esta puerta salí a un largo balcón o

«solana», de madera encajonadaentre dos «esquinales» o mensulones de sillería, llamados también«cortafuegos». En el de mi derecha resaltaba el grueso y tallado cantode un escudo de armas, cuyo frente no podía ver por lo que sobresalía elesquinal de la baranda del balcón. No pudiendo ver tampoco desde allí, ypor idéntico motivo, el resto de la fachada, supuse, y no sinfundamento, que la parte de edificio habitada por mí formaba un cuerposaliente. El balcón caía sobre un huerto del mismo ancho que aquellafachada de la casa, y muy poco más de largo, con sus correspondientesinclinaciones hacia ella y hacia el río; una docena de frutales enesqueleto; un cuadro de repollos medio podridos; algunas matas de ruda,de mejorana y de romero; un rosal vicioso y en barbecho lo demás; unmuro viejo para cercarlo todo; y por encima del muro, surgiendo lasmoles de un negro anfiteatro de fragosos montes, que allá se andaban enaltura con el peñón de la derecha, que formaba parte de él. Y

no se veíaotra cosa.

Por la dirección de la luz y otras señales bien fáciles de estimar, dipor seguro que aquella fachada de la casa miraba al Sur, y que por ellastral que bajaba a mi izquierda, es decir, al Este, entre la pared delhuerto y el monte de aquel lado desde un alto desfiladero que se veíaalgo lejano, había venido yo la noche antes. Por este viento nada teníaque observar, pues bien a la vista estaba la montaña que corría paralelaa la casa asombrándola con su mole. Había, pues, que buscar por el Nortedel «solar de mis mayores» la perspectiva del valle entero, que leparecía a Chisco «punto menos que la gloria».

Con este propósito me retiré de la solana de mi aposento, y salí alcomedor. Estaban abiertos los dos claros de él que daban al exterior dela casa. Acerquéme a uno de ellos, y vi que correspondían ambos a otrasolana muy escondida al socaire de la pared de mi habitación que,efectivamente, sobresalía mucho de la línea general de la fachada. Entreesta pared y otro mensulón mucho menos saliente que ella al extremoopuesto, corría la solana, a la que daba también una puerta deldormitorio de mi tío.

Estaba abierta y me colé dentro. No había allí más que una cama delmismo estilo que la mía, pero grande, de las llamadas de matrimonio; uncrucifijo y una benditera en la pared del testero, una cómoda, dosperchas, un palanganero, un sillón de vaqueta, dos sillas y un felpudo.La cama estaba ya hecha, el suelo barrido y todas las cosas en orden,señal de que mi tío había madrugado más que yo. Me asomé a una ventanaabierta en la pared del Este junto a una alacena, y vi lo que ya mehabía imaginado: el peñascal negro, jaspeado de grietas con vegetacionessilvestres y separado de la casa por un callejón pendiente, de lastrasresbaladizas.

Al volver al comedor por la salona, halléme con mi tío que entraba en élpor la puerta de enfrente. Llegaba fatigoso y se apoyaba en un bastón. Ala luz del día parecíame su traza muy otra de lo que me había parecido ala luz artificial. El blanco y fino cutis de su cara tenía un matizazulado, y había en sus ojos y en su boca una muy marcada expresión deanhelo. Sin embargo, su «humor» era el de siempre; y si era disimulo delo contrario, no se le conocía. Se admiró de hallarme levantado tantemprano.

Venía a ver qué era de mí; si se me oía revolverme en la cama,para entrar, en este caso, a abrirme los balcones, si lo deseaba, y sino, para tener el gusto de darme los buenos días. Le agradecí mucho sucuidado, y después de abrazarle le pregunté cómo había pasado la noche ypor qué madrugaba tanto.

—Como siempre, hijo del alma—contestóme entre toses y jadeos—. Y nome las dé Dios peores. En buena salud, me levantaba con el alba; desdeque tengo tan mal dormir, madrugo mucho más que el sol, y con todo y conello, me sobra tiempo de cama.

Parecióme que el relente frío de las madrugadas no debía de sentarlebien, y así se lo dije, aconsejándole que se guardara de él.

—Eso será entre vosotros—me contestó con su aire chancero decostumbre—, avezados a vivir entre cristales; ¡pero entre los montunosde por acá!... ¡Pobre de tu tío Celso el día en que no pueda desayunarsecon una tripada de esa gracia de Dios! Pero, vamos a ver, ¿y tú? ¿te hasdesayunado ya con algo más de tu gusto? Porque no falta de ello en casa,como te dije anoche. Y si no has pensado en eso, ¿en qué trastajo haspensado?... ¡Mira que como sea falta de franqueza!...

Díjele en qué me estaba entreteniendo desde que me había levantado y loque llevaba visto ya, y me replicó, agarrándome por un brazo al mismotiempo y tirando de mí hacia los carrejos interiores:

—¡Por vida del ocho de copas, hombre!... Pues, mira, en parte me alegrode que hayas empezado por donde empezaste: así te queda lo mejor para loúltimo... ¡Ven acá, ven acá!

Y me llevó a remolque hasta la cocina, donde me hallé a la mujer gris, aTona y a Chisco, sentados a la perezosa y almorzando unas fritangas conborona. Diéronme risueños los buenos días, levántandose muy corteses, yapenas me dejó tiempo mi tío para cambiar con ellos algunas palabras;porque tan pronto como abrió una puerta cercana a la mesa y en la mismapared, comenzó a llamarme a su lado.

Obedeciéndole, salí a un balcón de madera de mucha línea y muy volado,la mitad del cual caía sobre el patio de las cuadras, que no pasaba delcentro de aquella fachada, y la otra mitad afuera. De este modo podíaver el panorama completo y sin estorbos. Formaban la barrera de enfrentela montaña atravesada delante del cerro de la izquierda, y otra que laseguía hacia mi derecha, bien poblada de vegetación en su base, de colorpardo muy obscuro en la mitad, de alto abajo, de lo que pudiera llamarsesu tronco; de verde crudísimo en la otra mitad, y con la enorme cabezagris, como un cráneo despellejado y seco, entornada hacia el hombroizquierdo, con la blanca osamenta al aire también. Me hacía el efectoaquella vasta mancha verde, fina y jugosa, iluminada entonces casi defrente por un rayo de sol, de un remiendo de terciopelo riquísimo en unvestido de tosco sayal. Formando ángulo con esta montaña y quedando unboquete entre las dos, terminaba, coronada de crestas y picachos, la quedescendía por el Este de la casa rozándola el costado con sus bardales.

Dentro de todo este marco, que parecía una contradanza de colososencapuchados, se extendía una tierra de labor tijereteada en pedazos, depradera y de boronales, los primeros de un verde aterciopelado, y lossegundos con la nota pajiza que les daban los tallos secos, aún nocortados, del maíz recién cogido. Entre mi observatorio y esta mies, quedescendía en rampa hacia los montes de enfrente, y muy inclinada almismo tiempo hacia el río, un pedregal erizado de malezas y surcado desenderos y camberas de comunicación con el pueblo, cuyas casitas seveían, hechas un rebaño, en lo más alto de la mies, con la iglesia enmedio, que parecía, y lo era en sustancia, su pastor. En todos aquellosedificios, con las fachadas muy lavaditas y las puertas y ventanas depar en par, veía yo otras tantas caras de seres desdichados yenfermizos, con la boca y los ojos muy abiertos, ávidos de aire y de luzque les iban faltando. Y entre aquellas caras las había de variasexpresiones, desde el patético compasible, hasta el cómico y elgrotesco. Daba gana de echar a algunas de ellas una limosna, paracalmarles las angustias del estómago, o un sombrero de desecho parasustituir la ruinosa chimenea, y a todas un asidero para sostenerse, sinrodar hasta el monte, en la postura violenta en que yo las veía.

Tan embebido me hallaba en este linaje de visiones, que ni siquiera meenteraba de los informes que iba dándome mi tío sobre cada cosa de lasprincipales del cuadro. Parecíame todo el valle, relativamente a laaltura de su marco, de una pequeñez asfixiadora, y considerábame caídode las nubes en el fondo de un dedal enorme. ¿Qué idea tendría Chisco dela Gloria celestial, cuando la ponía solamente un punto más arriba queaquello en la escala de lo hermoso y admirable?

¡Dios eterno, qué envidia tuve entonces a los pájaros porque volaban!

—Dígame usted, tío—preguntéle de golpe, y sin reparar en que lecortaba a lo mejor un entusiástico discurso precisamente sobre laanchura y salubridad del valle—, ¿por dónde se sale de aquí?

—¿Jacia ónde?—me preguntó él a su vez.

—Pues... hacia... hacia fuera, hacia el mundo, vamos—

respondíle yoaturullado como un chicuelo imprudente, temeroso de que me descubrieralos pensamientos que me habían arrancado la pregunta.

—¡Jacia el mundo!—repitió él soltando una carcajada—. Pues me hacegracia la ocurrencia, ¡pispajo! ¿Estamos aquí en el limbo, o qué?

—He querido decir—repuse celebrando con una risotada contrahecha lapregunta de mi tío—, que cuáles son las salidas principales...

—Ya, ya: ya te había calado yo el pensamiento—respondióme él, dejandode pronto el aire jaranero—, sino que como la ocurrencia tuya seacaldaba bien en una chanza, y yo soy así...

Pues te diré: una de lassalidas principales es el camino por donde tú has venido anoche, éste deal lado nuestro.

—Corriente.

—Y la otra es la que se ve allá abajo, a la mano izquierda: la mismasalida del río. ¿No ves un camino que va por encima de él siguiendo todala ladera? El puente está aquí a la izquierda, entre aquellos jarales.Puede que le confundas con ellos por lo viejo que es... Pues por esecamino se va...

—¿Hasta dónde?

—¡Hasta dónde!... ¡Trastajo! hasta la mar, si te conviene.

—Bien; pero ¿por dónde?

—Pues río abajo, río abajo... de pueblo en pueblo. ¿Quieres que te losnombre uno a uno?

—No hay necesidad.

—Hasta que llegas a un camino real. Si quieres seguirle por la derecha,porque te jale lo mundano, le sigues; y si te contentas con menos, lecruzas; y no apartándote de la vera del río, en un dos por tres daráscon los jocicos en la mar... Mira, hombre, aquí donde me ves y con losaños que tengo, no llegan a cuatro las veces que he estado en Santander.La primera con tu tía, recién casado con ella. Entonces no había elcamino real de que te hablo, que es de ayer, y había que ir a buscarlemás lejos. Íbamos a caballo, como siempre se ha ido desde aquí por lospudientes.

Ella, en un sillón de terciopelo azul y clavillossobredorados, con las galas de novia, a la moda de entonces. Campaba deveras, porque era guapetona de firme... ¡trastajo, si lo era! No noscomía la prisa y jicimos noche en la villa de San Vicente, que al otrodía abrió puertas y ventanas para vernos salir... Mira, hombre, poco másde un mes antes había salido de España, a tiro limpio, el último ladrónde los de Pepe Botellas... Cabalmente.

Pues bueno: paramos poco en laciudad, porque no nos gustó aquello. La segunda vez fue a raíz de lo delveintitrés, con un pariente de los de Promisiones, que deseaba, como yo,ver cómo andaban las cosas del mundo, después de la taringa que habíanllevado los botarates de la «Pitita». ¡Cuartajo, qué cumplida se ladieron... y qué merecida la tenían los arrastrados!

Pues la tercera fueayer, como quien dice, no más que por el gusto de saber por mí propioqué era eso del camino de fierru que acababa de estrenarse... Y para decontar, después de enterarte de que no pasan de doce las que he salidodel valle más allá de dos leguas... Y te aseguro que nunca que dormífuera de él, jice sueño con arte, y toda comida que no sea la de micasa, me ha sabido siempre a condumio sin sustancia; y en no viendo yoestos picachones encima de la cabeza por donde quiera que ando, me hagocuenta que no veo cosa de gusto ni de traza, y hasta la mar de la costame parece una pozuca, comparada con las anchuras de este valle... De lascasas en ringle no se me hable, ¡trastajo! porque solamente de mentarlasme falta la respiración y me ajoga el hipo... La verdad, Marcelo... Cadauno a lo suyo, y con su cada cual. Y a este respective, has de saberteque hay en este valle gentes que se caen de viejas sin haber salido deél más allá de lo que corre de una «alentá» un perro con asma. Y semorirán tan satisfechas como si murieran de jartura del mundo que túconoces: igual que ha de pasarme a mí en el día de mañana. Créeme, hijo:cuanta menos carga de antojos se saque de esta vida, más andadero seencuentra el camino de la otra. Hay quien jalla la mina cavando en unrincón de su huerto, y hay quien no da con ella revolviendo la tierra demedia cristiandad. Ahora, tú dirás quién es más afortunado de los dos ymás digno de envidiarse... ¡Cascajo! y vamos adelante con la historia,que como dé yo en irme por los atajaderos.

¿Dónde habíamos quedado conella? ¿Qué más deseas saber?

—Por de pronto—respondíle, maravillado de aquélla su vivacidad deimaginación y soltura de «pico», que parecían incompatibles con ladolencia que le acababa—, si se ensancha el paisaje más allá delboquete por donde se cuela el río.

—Al contrario—respondióme—: en cuanto doblas el recodo, vuelven aencalabrinarse los picachos a la vera del río, tan pronto a un lado comoa otro, cuando no a los dos a un tiempo.

Anchuras de éstas no seencuentran hasta el camino real: medio día de rodar, agua abajo, en unacaballería de buenos pies; un paseo, como quien dice, y de los cortos...Enfrente de ese boquete tienes aquel otro de la mano derecha, por dondese mete una tira que va a acabar en punta allá dentro. ¿Le ves? al piemismo de la montaña manchada de verde por arriba. Pues por ese callejohay otra salida que va trepando por los breñales... en fin, hombre,hazte cuenta que en cada resquebrajo que veas en un monte de éstos, hayun sendero por donde andan estas gentes como por el portal de laiglesia, y se pasean y toman el aire y recrean la vista los hombresdesocupados y sanos de pecho, como tú. Ya verás, ¡trastajo! ya verás loque es bueno.

—Así lo espero—respondí faltando a la verdad de lo que pensaba—. Ydiga usted—añadí apuntando al mismo tiempo con el dedo hacia allá—,¿qué significa aquella mancha verde en que ya me había fijado yo antesque usted me la mencionara?

—¡Oh!—contestóme alzando los dos brazos a un tiempo—,

¡eso es la granriqueza del lugar, amigo! Eso es el «Prao-Concejo» de aquí, porquetambién hay otros pueblos que tienen el suyo correspondiente; pero nocomo el nuestro. ¡Quia!

¡Pispajo, ya le quisieran! Es de todos y cadauno de estos vecinos: un caudal de yerba que se reparte «por adra» todoslos años. Ya verás, ya verás qué romería se arma el día de la siega, site coge aquí el primer agosto que llegue...

—Pero

¿cómo

demonios—pregunté

verdaderamente

asombrado de lo que mecontaba mi tío—, se puede segar en aquel precipicio, ni bajar al vallelo que en él se siegue, ni mucho menos subir allá para segarlo yrecogerlo?

Rióse mi tío de lo que él llamaba mi inocencia, «con tanto como yo sabíadel mundo», y prometiéndome la explicación de lo que me asombraba paracuando la pidiera «sobre el terreno», no quiso decirme más.

—Y en finiquito—concluyó—, ¿qué te parece de todo lo que hasvisto?... porque creo que no falte nada en que no hayas puesto los ojos.

—Sí, señor—le respondí al punto—: falta algo que busco con ellosdesde que me puse a mirar esta mañana, y no hallo por ninguna parte.

—Y ¿qué cosa es ella, hombre?

—Pues un palmo de tierra llana.

—¡Trastajo!—exclamó aquí mi tío, mirándome con el asombro pintado enlos ojos—, ¿cómo demonios ha de jallarse lo que no hay?

—¡Que no!—exclamé yo a mi vez.

—No, hombre, no—insistió él con la mayor seriedad—.

Entendí queconocías el dicho que corre aquí como evangelio.

—Y ¿qué dicho es ése?

—Que no hay en todo este valle más llanura que la sala de don Celso.¿Oístelo ahora?—añadió riéndose y mirándome a la cara con sus ojillosde raposo—. Pues atente a ello.

Y volvió a reírse, y me reí yo también, pero de dientes afuera, con locual, dejando ambos el balcón, volvimos a la cocina, en cuya perezosa seme antojó desayunarme aquella mañana.

En aquel desayuno y en la comida del mediodía adquirí dos nuevos datos,que no resultaban de escasa cuenta sumados con los que ya poseía: el panera de hornadas hechas en la taberna cada media semana, y no había otracarne que la de cecina, con excepción del domingo, en que se mataba unares en el pueblo.

Allí no se conocía fresco, bueno y a diario, más quela leche y sus preparados... precisamente lo que estaba reñido con losgustos de mi paladar y con los jugos de mi estómago.

Pocas noches he pasado en mi vida tan largas, tan tristes y de taninsoportable desasosiego, como la de aquel día. Porque visto yreconocido ya en todas sus fases, a lo ancho, a lo largo y a loprofundo, el terreno en que tenía yo que dar la batalla, pero batalla amuerte, contra los hábitos y refinamientos de mi vida de hombre mundano,comodón, melindroso y «elegante», había para que las carnes metemblaran.

¡Ay! toda aquella mi fortaleza levantada en Madrid al calor de unentusiasmo irreflexivo y sentimental, se desmoronaba por instantes; ylos fríos razonamientos a que yo me había amparado en horas de sensatezpara defenderme de los asedios de mi tío cuando me llamaba a su ladohasta por caridad de Dios, revivían en mi cabeza con un empuje y unvigor de colorido que me espantaban. Sucedíame entonces lo que altemerario que por un falso pundonor, por un arranque nervioso y de maldisfrazada vanidad, desciende al fondo de un precipicio. Ya está abajo,ya hizo la hombrada, ya demostró con ella que llega hasta donde llegueel más intrépido... Corriente. Pero ahora hay que subir.

¿Cómo? ¿Pordónde?... ¡Y allí es ella, Dios piadoso!

Sólo de tres maneras podía volver a la luz y a la libertad del mundo: opor el fin y acabamiento de... (¡qué barbaridad! hasta el tropezar conel supuesto sin haberle buscado yo con el deseo, me repugnaba); o por elrestablecimiento del pobre señor, cosa imposible a sus años y con lomortal de la dolencia que padecía; o por meterlo yo todo a barato a lomejor, liar el equipaje cuando me diera la gana y volverme a Madrid porel camino más corto, lo cual me parecía una canallada que podía costarla vida al bondadoso octogenario, para quien mi presencia en su casaparecía ser el pan y el sol que le nutrían y le alegraban. Es decir, dossalidas con la puerta cerrada, Dios sabía hasta cuándo, y una que no seme franquearía jamás, por repugnancias de mi conciencia. En definitiva,una eternidad.

Si entre tanto hubiera habido en mí alguna inclinación natural, algunaaptitud de las que hacen hasta placentera a muchos hombres, sin seraldeanos, la vida campestre, menos mal; pero, por desgracia mía, mefaltaban todas en absoluto. Yo no era cazador, ni había manejado otrasarmas que las de adorno en los salones de tiro; ni entendía jota deganados, ni de labranzas, ni de arbolados, ni de hortalizas, ni pintabani hacía coplas; y por lo tocante a la señora Naturaleza, la de losmontes altivos y los valles melancólicos y los umbríos bosques y lasnieblas diáfanas, y las sinfonías del «favonio blando» entre el peladoramaje, y los rugidos del huracán en las esquivas revueltas de loshondos callejones,

vista

de

cerca,

mejor

que

madre,

me

parecíamadrastra, carcelera cruel, por el miedo y escalofrío que me daban sufaz adusta, el encierro en que me tenía y los entretenimientos con queme brindaba... Y a todo esto había que añadir que el invierno con susfríos, con sus nieblas, con sus aguaceros y con sus nevascas, estaba yacerniéndose encima de los picachos del contorno y de la casona de mitío... Y aunque, por misericordia de Dios, no pasara yo allí más que él,¡sería tan largo, tan largo!... ¡Cuántos libros devorados sin sacarlespizca de

sustancia!

¡cuántos

chamuscones

en

la

cocina!

¡cuántaindigestión de bazofia! ¡cuántos paseos en corto!

¡cuántas rendijas delsuelo contadas maquinalmente con los ojos!

¡cuántas rúbricas echadas conel dedo en los empañados cristalejos de mi cuarto!... ¡Virgen de laSoledad, qué perspectiva!

Y así, por este orden, batallando horas y horas. ¿Cómo hallar una breve,ni momento de reposo, ni bien mullida la cama, con semejante gusaneraentre los cascos?

VI

Dios, que, como dice el adagio, aprieta, pero no ahoga, permitió que aaquella triste noche siguiera un día muy risueño, con el cielo barridode nubes y un sol que, aunque pálido y frío, iluminaba el valle ydecoraba las cumbres de los montes envolviéndolas en nimbos de luzreverberante. Yo recibí la primera salutación del astro vivificador dela madre tierra como uno de los mayores beneficios que podía otorgarmeel cielo en medio de la oscura soledad en que me veía, y mi tío seapresuró a aconsejarme que aprovechara la «escampa», que había de ser delarga «dura» por señales que él consideraba infalibles, para

«hacerme alas armas y tomar la tierra como era debido y cuanto más antes». Diomecon el consejo informes y programas que me parecieron excelentes; y comono tenía a mis alcances otros recreos más tentadores y de mi gusto, optépor lo que se me proponía, y me dispuse en el acto a echarme a lamontaña, que vale tanto allí como en el mundo culto y refinado «echarsea la calle», es decir, a la ventura de Dios, «a matar el tiempo».

Antes de salir de casa entró en ella el médico, que iba a saludarmeaprovechando la oportunidad de la visita casi diaria que hacía a mi tío,particularmente desde su última y grave enfermedad. Era un mozo queandaría con los treinta años, no muy corpulento, pero de reciacomplexión; de pelo y barba cortos, negros y fuertes; de mirada firme,pero sin dureza; agradable de cara y de voz; muy sobrio de palabras;limpio, holgado y modesto de traje, y natural de un pueblo de losribereños del Nansa. Esto fue todo lo que de él supe en aquella ocasión.Su visita fue breve, y nos despedimos muy afablemente, quedando yo muycomplacido de aquel hallazgo en Tablanca, más por lo que se leía en lacara y en el aire del mediquillo, que por las ponderaciones que de susprendas hizo mi tío al presentármelo. Bajamos juntos hasta el portal,echando él enseguida por la cambera del pueblo y yo por otradiametralmente opuesta, hacia la montaña.

Acompañábame Chisco, por donación muy recomendada de su amo, con lamisma vestimenta y el propio calzado con que le había conocido yo en elpaso de la cordillera, y nos acompañaba a los dos un perrazo sabueso;llamado Canelo, de una casta para mí singularísima por lo grande, queiba perpetuándose en casa de mi tío desde que su padre fue mozo ycazador. Chisco llevaba una escopetona de pistón con anchas abrazaderasreforzadas con bramante encerado sobre el larguísimo cañón roñoso, uncuerno para la pólvora y una bolsa de badana verde para el perdigón ylas postas que iban mezcladas con él. Yo una elegante y fina Lafaucheuxde dos cañones, canana correspondiente, cuchillo de monte, borceguíes deancha y recia suela claveteada, polainas de cuero inglés, y todo elequipaje, en suma, de un cazador de figurín. Chisco me miraba de reojo yhasta se sonreía un poquillo, particularmente cuando se fijaba en micalzado, y, sobre todo, cada vez que me veía resbalar en la arcillablanda o sobre las lastras de los encalabrinados senderos. Al fin llegóa declararme que para pisar firme no tendría más remedio que apechugarcon un par de almadreñas como las suyas; que lo de mi ropa, «podíapasar», y que, en cuanto al armamento, «ya se vería». ¡Vaya si teníacamándulas el mozallón! Por de pronto, ni él ni yo íbamos entoncespropiamente «de caza», sino de paseo; sólo que así como en las tierrasllanas se pasea un hombre con un bastón en la mano o con las dosdesocupadas, allí se pertrecha el paseante de armas y de municiones porlo que pueda acontecer.

Como la excursión me resultó muy entretenida y también muy provechosa,porque me dio buen apetito y mejor sueño, al día siguiente la repetí,aunque por distinto lado de la montaña, pero sin extender mucho más queen la anterior el radio de mis valentías, porque el teatro de misexperiencias era vastísimo, y el aprendizaje muy duro de pelar.

A los tres o cuatro días de andar en estas pruebas y continuando eltiempo alegre y primaveral, se unió a nosotros Pito (Agapito) Salces,«Chorcos» de mote, hijo de un casero de mi tío; buen cazador también,como casi todos los hombres de aquel valle; algo torpe de magín y muylargo y deslavazado de miembros. Le había conocido yo en casa una noche,y me habían caído muy en gracia su catadura y sus «cosas»; por lo que mitío, que pescaba en el aire las ocasiones y los medios de agasajarme,dispuso que desde el día siguiente se agregara a Chisco para acompañarmeen mis correrías. Era además muy amigo de éste, y a los dos les supierona gloria el licor de mi frasquete y los cigarros de mi petaca en cuantolos cataron.

A todo esto, yo no había estado en el pueblo más que una sola vez, y ésamuy de pasada y muy temprano, casi de noche todavía, yendo a la misaprimera de don Sabas; ni conocía de cerca a otras personas que las quefrecuentaban la cocina de mi tío, con el cual no había hecho nuncaconversación empeñada sobre cosa alguna... ni siquiera sobre Facia, cuyoaspecto singular y un tanto misterioso me llamaban mucho la atención,particularmente desde una noche (la del tercer día de mis excursiones ala montaña) en que la hallé, saliendo yo de mi aposento, como extraviadaen los pasadizos, con el farol en la diestra, la mirada de espanto y elandar de una sonámbula. Se estremeció al verme de improviso junto aella, y me pidió perdón por haberme tomado por... No me dijo por qué nipor quién; pero rompió a llorar y huyó a ocultarse en el cuarto fronteroa la puerta de la escalera, el cual habitaban ella y Tona. En un momentoen que me hallé a solas con mi tío, antes de recogerme aquella noche, lehablé del suceso. De pronto me pareció algo picado de la curiosidad;pero enseguida cambió de aspecto, se encogió de hombros y me dijo:

—Está mema la infeliz. Cosas de ella. Siempre es por ese arte.

También se me había antojado que Chisco miraba a Tona con muy buenosojos. De esto no hablé a mi tío; pero sí al mozallón, y por hablar dealgo, subiendo los dos solos una vez al «Prao-Concejo».

—¡Jorria!—me contestó trepando delante de mí, sin detenerse un puntoni volver la cara, pero sacudiendo al aire su mano derecha.

No me sacó de dudas la respuesta, y le pedí otra más terminante. Diómelaen estos términos:

—No estarían mal puestus en eya los pensaris de unu... ¡y esu que!...Pero van los míos jacia muy otra parti. Los de Pitu, pongo el casu, yaes pleitu difirente.

—Conque Pito... Y ella, tan repolluda y tan guapota, ¿le corresponde?

—Esu es lo que yo no sé... ni pué que lo sepa él tampocu.

—Es muy posible... aunque antes has puesto una tacha a esa buena moza.

—¡Una tacha!... Y ¿cuál fue eya?

—No la pintaste muy clara, pero la diste a entender. Después deponderar por cosa buena a la moza, añadiste «y eso que...»

como quiendice: «no es oro todo lo que reluce».

—Lo diría yo, si es casu, por su padre... o por su madre.

—Y ¿qué tienen su padre o su madre que tachar?

—¡Qué sé yo! Historias.

—Conque historias... ¿Y quién es el padre?

—Echeli usté un galgu.

—¡Anda, morena! ¿Y la madre?

—¡Ahora sí que panojó! ¡Y la tien él en casa!

—¿Quién, hombre de Dios?

—Usté.

—¿Yo?

—Usté mesmu... ¿Pa qué demontres quier los ojus de la cara, si no es paver lo que está delanti de eyus?

—Acaba de decirlo con mil demonios que te lleven: ¿quién es la madre deTona?

—Pos Facia.

—¡Facia!—exclamé lleno de asombro—. Pero ¿Facia es casada?

—Por lo vistu—me respondió el mozallón con mucha flema.

—¿Con quién?—volví a preguntarle.

—Esa es la historia—respondióme él apuntando al suelo hacia atrás conel índice de su diestra, sin volver la cara ni disminuir el paso.

—Pues cuéntamela enseguida—le dije yo entonces, sentándome ahorcajadas en el pico de una roca que sobresalía a un lado del sendero,no tanto por oír más a gusto lo que Chisco me relatara, como pordescansar de la fatiga que me iba dando aquel nuestro incesante subirpor la ladera del agrio monte.

Habíamos ganado el primer tercio de sualtura, y estábamos ya dentro de los términos de la gran mancha verdeque se veía desde la casona «de mis mayores», es decir, del«Prao-Concejo», que desde allí me parecía interminable, inmenso, en ladirección oblicua de la senda que llevábamos. Chisco, cuando notó que yome había sentado, se detuvo, volvióse hacia mí, se sonrió a su manera alverme tan bien acomodado, y, por último, retrocedió lentamente.

—Cuéntame eso—le dije en cuanto se detuvo a mí lado—; pero con todossus pelos y señales.

Para infundirle buenos ánimos le di un trago de los de mi frasquete, queera la mejor golosina para él, y un cigarro de los mayores de mi petaca.Bebió y paladeó el confortante licor, relamiéndose de gusto, y echódespués una yesca, mientras yo contemplaba a vista de pájaro elvallecito de Tablanca, con sus casitas trepando mies arriba detrás de lade mi tío, sola y encaramada en lo alto, como si se hubiera detenidoallí para animarlas con la voz y algunas cuchufletas de don Celso; y,por último, recostándose contra el terreno y estribando con las abarcasen las asperezas del camino, me refirió lo siguiente, que yo traduzco,poco más que en sustancia, al lenguaje vulgar, con verdaderosentimiento, porque no me es posible, por falta de memoria y decostumbre, reproducir al pie de la letra aquel pintoresco lenguaje, cuyosabor local excedía con mucho, en interés, al asunto relatado.

Facia era, en efecto, una huérfana desvalida cuando la recogieron mistíos en su casa. Educóse y creció en ella; llegó a ser una gran moza,porque tenía de quién heredarlo, lo mismo que el ser honrada y discreta;y por buena moza, y por honrada, y por discreta, y hasta por muyagradecida, pasaba, y con razón, en el pueblo, cuando se presentó en él,como llovido de las nubes, cierto galán, un baratijero que asombró aTablanca, no sólo por las maravillas, jamás vistas allí, de la tiendaque plantó en un ferial del valle, sino por el encanto de su pico, porla «majura» de su cara y por el rumbo de su porte. Como moscas acudían asu tenducho reluciente los pobres papanatas de la feria, y como moscascaían en la miel de sus ponderaciones y lisonjas, dejando en el ceboengañador hasta el último maravedí de los ahorrados para fines biendistintos. Para las mujeres, sobre todo, tenía el charlatán un anzueloirresistible; y para las buenas mozas, en particular, un «aquel» que lasatolondraba. Tan bien le fue al indino en aquel empeño, que acabada laferia trasladó el tenducho al pueblo y le abrió en un cobertizo queimprovisó junto a la iglesia. A creerle por su palabra, él no eratraficante por necesidad, sino por lujo. Le gustaba correr el mundo yver de todo, y para lograrlo a su antojo, como era rico por su casa y lesobraba el dinero, le corría de aquella manera, comprando alhajas «atodo coste» en las grandes ciudades de la tierra, para cedérselas a lospobres hombres y a las buenas mozas de los lugarejos por un pedazo depan. Así daba él perlas finísimas de Oriente al precio de los garbanzosde Castilla; puñalitos de Damasco y relojes de oro, más baratos que lasnavajas de Albacete y las coberteras de hojalata. Como había vistomuchas tierras y estudiado muchos libros, sabía un poco de todo cuantohabía que saber, y daba remedios, y aun los vendía, al

«desbarate», porsupuesto, para toda casta de enfermedades... y de contratiempos, porque,en su opinión, nada existía verdaderamente incurable, sabiendo buscar alas cosas su motivo, como lo sabía él, por haber estudiado muchos librosy haber corrido muchas tierras. Aquella segunda campaña de baratijerofue una barredera en el lugar. Ni una mota dejó el pícaro en Tablanca.Particularmente Facia, que era de suyo sencillota y noble, sedespilfarró. Gastó en gargantillas de todos colores, en sortijas,espejucos y alfilerones de todas hechuras, un dineral: todo lo ahorradode sus soldadas y algo más que pidió a cuenta, afrontando valerosa lasindignidades con que la apostrofaba su amo. Porque resultaba queaquellos antojos insaciables y aquel atrevimiento inconcebible en la,poco antes, tan modesta, comedida y respetuosa muchacha, dimanaban de un«qué sé yo de mal aquél», a modo de maleficio, y que «la jalaba, lajalaba» contra su gusto hacia las baratijas de la tienda, y muyparticularmente hacia los donaires del baratijero. Como éste le habíanotado la inclinación y era ella (sin ofender) la mejor moza entre lasmuchísimas y muy buenas que había en el lugar, apretó el pícaro laslisonjas y los chicoleos, y hasta la rondó la casa por las noches y lacantó unas coplas «finas» al son de una guitarra «que propiamentehablaba entre sus manos». En fin, que la inocente borrega llegó aprendarse en tales términos del hechicero galán, que solamente le quedóuna pizca de juicio, lo puramente indispensable para responderle en unode sus asedios más obstinados, que «en siendo como Dios mandaba y pordelante de la Iglesia y para vivir en Tablanca a la vera de su amo,cuando lo tuviera por conveniente».

Contuvo el hombre sus ímpetus con la respuesta; meditóla durante algunosdías; resolvió al cabo que sí; corrióse la noticia por el pueblo;envidiaron a Facia su loca fortuna todas las mozas de él; llegó el casoa oídos de don Celso; tocó el cielo con las manos; puso a la infelizenamorada de loca y de sin vergüenza que no había por dónde cogerla;juró y perjuró que el baratijero era un bribón de siete suelas; que nohabía más que mirarle a la cara para convencerse de ello; que sabe Diosdónde sería nacido, de dónde vendría y por dónde habría andado hastaentonces, y que por la cruz de Jesucristo considerara esto y lo otro ylo de más allá... Como si callara. El hechizo estaba tragado, y Facia nocejaba un punto en su empeño. Bien persuadido entonces su amo de que nohabía razonamiento capaz de convencerla, ni medida rigurosa, como la deplantarla en la calle, que no empeorara el destino de la infeliz, entreverla perdida o desgraciada, optó por lo menos malo al cabo de los días:arregló un casucho que tenía medio abandonado al extremo inferior delvalle; agrególe tierras y ganado; hizo, en fin, cuanto puede hacer unpadre por un hijo en casos tales, y dijo a Facia después de habersenegado a recibir al novio y a verle al alcance de su voz:

—Cásate cuando te dé la gana, y meteos ahí para que, siquiera,siquiera, cuando las pesadumbres te maten, tengas cama propia en quemorir después de haber pedido a Dios perdón de tus ingratitudes ylocuras.

A los pocos días de casado, y con gran pompa, el baratijero, ya era otrohombre distinto de lo que fue en el lugar antes de casarse: hasta lacara parecía diferente, sobre todo cuando hablaba con su mujer lo pocoque hablaba; miraba bajo y mal, y parecía que le estorbaba hasta susombra. Al mes de esto, como no sabía trabajar la tierra ni manejar elganado, y de aquellas riquezas que tenía «por su casa», según dijo desoltero, no se veía un maravedí para levantar las cargas de su nuevoestado, cogió lo que le quedaba de su tenducho y se fue a correr feriasy mercados con ello. Volvió a los dos meses, muerto de hambre, malencarado y peor vestido. Hízose temible para su mujer, a quien golpeabacon el más leve pretexto, y sospechoso a todo el vecindario, que noestaba hecho a ver en aquel honrado suelo holgazanes y renegados desemejante catadura.

A los diez meses de casados, tuvo Facia una niña; y sin llegar acumplirse el año, su marido, que había desaparecido del pueblo unasemana antes, volvió a casa de noche, roto y desgreñado; dio dosbofetones a su mujer porque le preguntó cariñosamente cómo le había ido,por dónde había andado y a qué venía; y mientras la amenazaba conabrirla en canal si contaba a nadie que no le había visto el pelo desdela semana anterior, hizo apresuradamente un lío con las baratijas que lequedaban en casa y con otras, al parecer, semejantes que fue sacando delos anchos bolsillos de su ropa, y sin despedirse de Facia desaparecióde la casa y del pueblo, perdiéndose en la oscuridad de los montes...hasta hoy.

A los dos días de esto, llegó al pueblo una pareja de la guardia civil yuna requisitoria del juez del partido preguntando por él.

Se trataba delrobo de una iglesia y de unas puñaladas al pobre sacristán que intentóimpedirle... Dos pájaros de la cuadrilla habían caído ya en el garlito,y se buscaba al tercero, al capitán de ella, al famoso baratijero casadoen Tablanca... y en otras tres o cuatro parroquias más de España y susIndias, según resultaba de sus antecedentes procesales.

Con este golpe se espantó el vecindario, se llevó don Celso las manos ala cabeza, y envejeció de repente quince años la pobre Facia.

Del pícaro fugitivo sólo volvió a saberse que anduvo por las repúblicasde América, recién escapado de España, y se le daba por muerto muchosaños hacía o arrastrando una cadena.

A poco de verse abandonada, triste y arrepentida la desventurada Facia,recogióla otra vez don Celso por caridad de Dios; y por caridad de Diostambién no la dijo una palabra desde entonces que se refiera de cerca nide lejos a su locura ni a su desgracia; y a su lado fue creciendo laniña Tona, ignorando los verdaderos motivos de las tristezas y amargurasde su madre, y viviendo en la creencia de que su padre había sido unhombre de bien que, como otros muchos, se había marchado a «la otrabanda» para mejorar la fortuna, y que allí había muerto sin conseguirlo,al cabo de los años.

Tal es la sustancia de lo que me refirió Chisco. Con ello sólo podíaexplicarse el arrechucho aquel de Facia, y podía también no explicarse:de todas suertes, el caso, aun después de conocida la historia de lamujer gris, que no dejaba de ser interesante, no era para meterme enescrupulosas indagaciones; y no me metí.

VII

Con dos guías tan complacientes y tan expertos como los míos, prontoconocí las principales sendas, cañadas y desfiladeros, la fauna y laflora de los montes más cercanos del contorno; perdí el miedo que meinfundían los «asomos» u orillas descubiertas de los precipicios, siendode advertir que allí no hay camino chico ni grande que no sea un asomocontinuado, y adquirí la soltura y la fortaleza de que mis piernascarecían al principio para soportarme lo mismo en las cuestas arriba queen las cuestas abajo; es decir, siempre que andaba, porque es la puraverdad el dicho corriente en el lugar, de que en aquella fragosa comarcano hay otra llanura que la sala de don Celso. No subí a grandes alturas,porque no me tentaban mucho los espectáculos de esa casta, ni tampocohicieron mis rudos guías grandes esfuerzos para animarme a vencer lasinclinaciones de mi complexión relativamente perezosa; pero no dejé poreso de satisfacer mi escasa curiosidad en la contemplación dehermosísimos panoramas. Por último, conocí también los principalespuertos de invierno y de verano, a los cuales envían sus ganados losvalles circunvecinos, y admiré la lozanía de aquellas brañas («majadas»)de apretada y fina yerba, verdaderas calvas en medio de grandes ytupidos bosques de poderosa vegetación. Cada una de estas calvas tiene,en los puertos de verano, una choza, y en los otros un «invernal»: lachoza para albergue de las personas que pastorean el ganado, y elinvernal, edificio amplio y sólido, de cal y canto, para establo y pajarde una buena cabaña de reses. Por lo común, cada invernal corresponde alos ganados de ocho o diez condueños de las

«hazas» o partes de la brañacontigua. Algunos de esos invernales estaban ya ocupados. De noche comeel ganado prendido en la pesebrera, de la «ceba» del pajar, segada enlas hazas en agosto; de día pasta al aire libre, mientras el tiempo loconsiente, al cuidado de sus dueños, que después de dejarlo recogido alanochecer, bajan a dormir al pueblo; al revés que en verano, durante elcual duermen amontonados en la choza, quedando la cabaña «acurriada», esdecir, reunida en la majada circundante. Las yeguadas hacen vida másindependiente y libre, y las hallábamos, en estado semisalvaje, dondemenos lo pensábamos.

Pito era muy bruto, y aconteció más de una vez ir yo muy descuidado ysentir a mi espalda un estampido feroz que me hacía dar dos vueltas enel aire. Era la espingarda del gaznápiro: un escopetón más viejo yremendado que el de Chisto, que había hecho una de las suyas. Pito no secansaba en avisar a nadie ni en tomar la más leve precaución cuando unapieza se le ponía a tiro, es decir, en cuanto él la atisbaba, lo mismoen los aires que entre los matorros, que atravesando la sierraescampada, porque para un arma de las dimensiones de la suya y con lametralla de que la atascaba, no había lejos ni cercas: se la echaba a lacara, y por encima de un hombro mío o entre las piernas de Chisco, segúnlo pedía la situación de las cosas y de las personas, sin cansarse endecir «allá va eso», «¡puuunnn!» Aquello parecía el fin del mundo: losmontes retemblaban, y quedaba la pieza, no sólo muerta, sino hechatrizas, porque él no perdía golpe, ni la pieza un solo grano de lametralla del escopetón.

Y la pieza era una liebre, una zorra, un gato montés, un

«esquilo»(ardilla), un faisán o una alimaña de regular cuantía, pues es muy denotarse que de ese y otros linajes parecidos son los animales con que setopa uno yendo de paseo, aun por los sitios más inmediatos al pueblo,como se topa en cualquier otra parte del mundo, que no sea aquélla, conel gato doméstico, el perro cariñoso o las aves de corral.

Chisco se conducía de muy distinto modo que su camarada: todo lo hacíasin alterar en lo más mínimo aquella su placidez de continente. Si se meponía una pieza a tiro, con una mano me detenía suavemente, con la otrame la señalaba, y con un gesto expresivo o con media palabra me daba aentender que me la cedía. Si yo erraba el golpe, como sucedía casisiempre, él me le enmendaba, si no se le había anticipado la espingardade Chorcos desde donde menos podíamos esperarlo; y notaba yo, en elprimer caso, cierta complacencia maliciosa en la mirada que me dirigía,mientras pataleaba la víctima en el suelo o descendía de los aires dandotumbos, como si quisiera decirme: «¿Vey usté cómo no val un pitu esaescopeta, con ser tan maja como es?»

Pero Chisco se engañabagrandemente, porque el arma era inmejorable, y las municiones muy dignasde ella. Lo que fallaba era el cazador, que siendo tan diestro como yolo era en el tiro al blanco, no sabía por dónde se andaba cuando habíaque tirar a la carrera o al vuelo. El caso es que llegó a mortificarmeesta torpeza; y contribuyeron mucho a ello, más que las miradas dulzonasde Chisco, las risotadas brutales con que solemnizaba Chorcos cadaenmienda que hacía su espingardón roñoso a los fracasos de mi escopeta.Y tan adentro me llegaron las mortificaciones, que poniendo mis cincosentidos en el negocio aquel, conseguí pronto, ya que no la destreza demis acompañantes, portarme de tal manera, que no fueran

«enmendables»por ninguno de ellos los tiros que yo desaprovechara. Con esto cesaronlas sonrisas del uno y las risotadas del otro, y sentí yo descargado elánimo de un gran peso; porque así vienen hilvanadas las flaquezas de lavida, y jamás se ha dicho verdad como la del pedante don Hermógenes:

«Nohay poco ni mucho en absoluto.»

Dos veces nos acompañó en estas expediciones, mixtas de exploración y decaza, el cura don Sabas; pero sin más arma que el cachiporro pinto quele servía de bastón. Hallaba él algo como mengua en gastar la pólvora enaquellas salvas de puro recreo, y llamaba «animalitos de Dios» a cuantoshabía en la escala de magnitudes, desde el jabalí o el corzo para abajo.Pero ¡cuánto sabía de toda la escala entera y verdadera, y de aquellosmontes y de otros tales, y con qué respeto le oían los dos mozos que,como cazadores, tanto se crecían a mi lado, y con qué gusto le oía y lecontemplaba yo a ese propósito... y otros muchos, para los que no teníanojos ni oídos las rudas entendederas de Chisco y su camarada!

Porque es lo cierto que aquel hombrazo tan soso de palabra y tan pobrede recursos en la tertulia de mi tío; algo más agradable y sueltooficiando en la iglesia, donde hablaba desde el altar mayor bastante alcaso y a la medida del entendimiento de sus rústicos feligreses, en lasalturas de la montaña no se parecía a sí propio. Lo de menos era en él,con ser mucho, el interés que sabía dar en pocas y pintorescas frases alas noticias que yo le pedía, por no satisfacerme las que mesuministraban Chisco y su compañero, acerca de las grandes alimañas, susguaridas en aquellos montes y la manera de cazarlas; los lances de apuroen que se había visto él y cuanto con esto se relacionaba de cerca y delejos; sus descripciones de travesías hechas por tal o cual puertodurante una desatada «cellerisca» sus riesgos de muerte en medio deestos ventisqueros, unas veces por culpa suya y apego a la propia vida,y las más de ellas por amor a la del prójimo: lo demás era, para mí, sumanera de «caer» sobre la montaña, como estatua de maestro en su propioy adecuado pedestal; aquél su modo de saborear la naturaleza que lecircundaba, hinchiéndose de ella por el olfato, por la vista y hasta portodos los poros de su cuerpo; lo que, después de este hartazgo, ibaleyéndome en alta voz a medida que pasaba sus ojos por las páginas deaquel inmenso libro tan cerrado y en griego para mí; la facilidad conque hallaba, dentro de la ruda sencillez de su lengua, la palabra justa,el toque pintoresco, la nota exacta que necesitaba el cuadro para serbien observado y bien sentido; el papel que desempeñaban en esta laborde verdadero artista su pintado cachiporro, acentuando en el aire y alextremo del brazo extendido, el vigor de las palabras; el plegado delhumilde balandrán, movido blandamente por el soplo continuo del aire delas alturas; la cabeza erguida, los ojos chispeantes, el chambergoderribado sobre el cogote, la corrección y gallardía, en fin, de todaslas líneas de aquella escultura viviente... ¡Oh! diéranle al pobre Curaen el llano de la tierra, en el valle abierto, en la ciudad, una mitra;la tiara pontificia en la capital del mundo cristiano, y le darían conellas la muerte: para respirar a su gusto, para vivir a sus anchas, paraconocer a Dios, para sentirle en toda su inmensidad, para adorarle ypara servirle como don Sabas le servía y le adoraba, necesitaba

elcontinuo

espectáculo

de

aquellos

altares

grandiosos, de aquellanaturaleza virgen, abrupta y solitaria, con sus cúspides desvanecidastan a menudo en las nieblas que se confundían con el cielo.

Nada de esto, que tan hermoso era y tan a la vista estaba, sabían leerni estimar los dos mozones que tan profundo respeto tenían a don Sabassolamente por ser cura de su parroquia y hombre de indiscutiblecompetencia en cuanto se les alcanzaba a ellos.

Mi temperamento, en la escala de lo sensible, ni siquiera llegaba algrado de los innumerables que para «sentir el natural»

necesitan verlereproducido y hermoseado en el lienzo por la fantasía del pintor y losrecursos de la paleta; y, sin embargo, yo leía algo que jamás habíaleído en la Naturaleza cada vez que la contemplaba a la luz de lasimpresiones transmitidas por don Sabas encaramado en las cimas de losmontes. Y era muy de agradecerse y hasta de admirarse por mí estemilagro del pobre cura de Tablanca; milagro que nunca habían logradohacer conmigo ni los cuadros, ni los libros, ni los discursos.

En la última ocasión de aquéllas, volviendo a casa los dos, yo rendido ydescuajaringado, y él tan fresco y tan brioso como si no hubiera salidodel lugar, díjome que todo lo visto por mí hasta entonces era como nover nada y que había que ver algo de lo que me tenía prometido.

—Lo que usted quiera y cuando usted quiera—respondí yo temblando, porel compromiso que adquiría con aquel hombre para quien eran cosa dejuego excursiones que a mí me descoyuntaban.

—Pues queda de mi cuenta el caso—me replicó—; y no hay más quehablar.

VIII

Mis visitas de exploración minuciosa al pueblo las hice solo y por mipropia cuenta, dejándome aparecer en él como a la descuidada, parasorprenderle mejor en sus intimidades. Al conocer «de vista» a suvecindario en la misa del domingo anterior, ya me había llamado laatención muy vivamente cierta uniformidad monótona de «corte», digámosloasí, y hasta de indumentaria. Todos los mozos usaban el «lástico»encarnado, y verde todos los viejos, y todas las mujeres llevaban la«manta» o chal de parecido color y cruzado de igual modo sobre el pechoy los riñones; en todas y en todos abundaban el tipo rubio y la líneacurva, no sin gracia, con tendencia al cuadrado hacia los hombros; todosy todas andaban, hablaban y se movían con la misma parsimonia, y entodas las caras, viejas y juveniles, se notaba la misma expresión debondad con cierto matiz de sobresalto, como si la continua visión de lasgrandes moles a cuya sombra viven aquellas gentes, las tuvieraamedrentadas y suspensas. Pues no tuve que rectificar un ápice de estasimpresiones, recibidas de un simple vistazo al conjunto del vecindarioaquél, cuando traté de estudiarle en detalle y más a fondo; alcontrario, resultóme que a la monotonía de su manera de ser y de vestir,bien confirmada de cerca, hubo que agregar otra monotonía no menossaliente por cierto: la de sus habitaciones. Todas las casas deTablanca, con excepciones contadísimas, me parecieron construidas por unmismo plano: la planta baja, destinada a cuadras del ganado lanar ycabrío; en el piso, la habitación de la familia, y la cocina sin mástecho que el tejado, y en lo alto el desván, limitado por un tablerovertical sobre el borde correspondiente a la cocina, formando con lastres paredes restantes lo que pudiera llamarse «caja de humos».

Afuera,una accesoria para cuadra y pajar del ganado vacuno, y pegado a ella o ala casa, un huerto muy reducido.

De igual modo que en la cocina de mi tío se hablaba en todo el lugar porchicos y grandes, viejos y mozos. Como nota característica de aquellenguaje, las haches como jotas y las oes finales como úes; verbigracia:«jermosu» y «jormigueru» por hermoso y hormiguero. Pero tan acompasada ytan melódica es la cadencia que dan a la frase, que no resultan lasasperezas de la palabra desagradables al oído: al contrario; y tienenexpresiones y modismos de un sabor tan señaladamente clásico, que conello y el sonsonete rítmico de que las acompañan, oyendo unaconversación entre aquellos montañeses, se me venía a la memoria la«música» de nuestros viejos romanceros.

Es también muy de notarse que ninguna de estas singularidades en el modode ser y de expresarse, sufre visible alteración por el cambio delugares o de costumbres. Es allí muy corriente la de emigrar durante elverano los hombres mozos a provincias tan lejanas como las de Aragón,para ejercer el oficio de serradores de madera, o las de Castilla, conaperos de labor o con castañas, para cambiarlos por trigo o por dinero.Yo hablé con hombres de estos, recién llegados al valle tras de muchosmeses de ausencia de él, y no hallé la menor diferencia que losdistinguiera en el vestir ni el hablar, ni en la manera de conducirse entodo, de sus otros convecinos; ni tampoco he hallado después,buscándolas de intento, muy notorias señales de que les interese, fuerade sus hogares, más que el asunto que los saca de ellos, como si sólotuvieran ojos y corazón para ver y sentir el terruño nativo.

La raza es de lo más sano y hermoso que he conocido en España, y yo creoque son partes principalísimas de ello la continua gimnasia del monte,la abundancia de la leche y la honradez de las costumbres públicas ydomésticas. Supe con asombro que no había en el lugar más que unataberna, y ésa de la propiedad del Ayuntamiento, que vendía el vino casicon receta y para que cada consumidor lo bebiera en su casa; de donderesultaba, por la fuerza de la costumbre, que era muy mal mirado elhombre que mostraba instintos «taberneros», y mucho peor el que sedejaba arrastrar de ellos, aunque fuera pocas veces. No me asombró tantola noticia de que allí escaseaba mucho el dinero, por ser un linaje deescasez muy común en todas partes; pero me pareció muy de notarse la deque, en cambio, eran moneda corriente los frutos de la tierra, como enlos pueblos primitivos; y así sucede que hay servicios muy importantesque se pagan con media docena de panojas o con un maquilero de castañas.Lo que tampoco hay en aquel valle son patatas; pero, en cambio, secosechan abundantes en el de Promisiones, el valle de mi abuela paternay aguas arriba del Nansa, donde no se da el maíz, que es la principalcosecha de Tablanca, por lo cual estos dos valles, separados entre sípor cuatro horas de camino a buen andar, están en frecuente trato paracambiar aquellos importantes frutos de la tierra.

Casi todos los hombres de Tablanca son abarqueros, algunos de loscuales, sin dejar de ser labradores, hacen una industria de aqueloficio. Éstos acampan, durante el verano, en el monte, en cuadrillas deocho a diez; cortan la madera, preparan en basto las abarcas a pares, yasí las bajan al pueblo, donde, después de bien curadas, vanconcluyéndolas poco a poco. En esta tarea hallé ocupados a algunos deellos; y me embelesaba viéndolos manejar la azuela de angosto y largopeto cortante, o sacar con la legra rizadas virutas de lo más hondo eintrincado de la almadreña, o

«pintar», las ya afinadas, a punta denavaja sobre la pátina artificial del calostro secado al fuego. Otrosson más carpinteros, y acopian también y preparan en el monte maderapara rodales y

«cañas» (pértigas) de carro, o aperos de labranza queluego afinan y rematan abajo.

Otra singularidad de aquellas gentes sepultadas entre montes de los máselevados de la cordillera: llaman «la Montaña» a la tierra llana, a losvalles de la costa, y «montañeses» a sus habitantes.

Una de las primeras personas con quienes me puse «al habla»

en aquellaocasión, fue un hombre que resultó muy original. Le hallé recogiendocantos del suelo y cerrando con ellos el boquete de un «morio» que sehabía desmoronado por allí. Trabajaba con gran parsimonia, y pujabamucho, sin quitar la pipa de su boca, a cada esfuerzo que hacía, porqueya era viejo. Me saludó muy risueño al verme a su lado, y hasta me llamópor mi nombre,

«señor don Marcelo».

Bastaba mi cualidad de «señor» y de forastero para merecer aquelloshomenajes de una persona de Tablanca, donde son todos la misma cortesía;pero yo era además sobrino carnal de don Celso, hijo «del difunto donJuan Antonio», sangre de los Ruiz de Bejos, de la enjundia nobiliaria deTablanca, de la

«casona» «de allá arriba...», vamos, de los Faraones deallí; algo indiscutible, prestigioso y respetable per se y como dederecho divino; pero no a la manera autoritaria y despótica de lastradiciones feudales, sino a la patriarcal y llanota de los tiemposbíblicos.

No me extrañó, pues, ni debía extrañarme, vistas las cosas por estelado, el cariñoso acogimiento que me dispensó el hombre del morio.

Estaba «amañandu aqueyu» porque le daba en cara verlo «en abertal». Noeran hacienda suya, «como podía comprender yo», ni aquella tierra niaquel cercado; pero había visto un día removido el primer canto de losde en medio; después otros dos de los «apareaos» con él, y luego «otrosde los arrimaus a eyus», y por último, se había dicho, «a las primerascelleriscas que vengan, o a la primera res que jocique una miaja palamberse estus verdinis, se esborrega el moriu por aquí». Y así habíasucedido. Tres días estuvo el boquete abierto sin que lo viera el dueñode la finca; otros cuatro «pedricándole» él sin fruto para que le echaraarriba antes que se picaran las bestias a aquel portillo y acabaran conla «pobreza» del cercado... hasta que pasando el «moriu» semanas enterasen aquel estado

«bichornosu», se había resuelto él a cerrar el boquete.Porque era de ese «aquel», y no lo podía remediar. No en todas lasocasiones llegaba a tanto el interés que se tomaba por lo ajeno; perosiempre le daban en cara y le metían en grandes cuidados los descuidosde los demás. Ya sabía él cuándo había llegado yo a Tablanca y la vidaque había hecho desde entonces.

Le gustaba mucho verme apegado a latierra y a la casa de mis abuelos. Chisco era buen compañero para andarpor donde yo andaba con él; también Pito Salces, pero no tan «amañau»como el otro «pa el autu de rozasi con señores finus». Si Chisco fuerade Tablanca como era de Robacío, no habría nada que pedirle. Así y contodo, fiel, honrado y trabajador como era y sirviendo donde servía,ningún padre de aquel lugar debía, en

«josticia de ley», cerrarle lapuerta de su casa. Pues había quien, si no la cerraba propiamente,tampoco se la abría de buena voluntad. Temas de los hombres. La moza eramaja, y algunos bienes tenía que heredar en su día; pero no seencontraba «al regolver de cada calleju» un hombre de bien, que era uncaudal

«de por sí mesmo». Bien lo conocía ella, y por eso miraba aChisco con buenos ojos; pero era muy otro el mirar de su padre, y él seentendería. La madre iba por caminos diferentes que su marido, y searrimaba más a los de la hija... En suma y finiquito, ya lo arreglaríadon Celso, si la cosa era conveniente para todos. Pero ¡qué «amejao» ami padre resultaba yo! Le había conocido él poco más que de «mozucu»,porque el señor don Juan Antonio le llevaría, si viviera, al pie de diezaños. Se había marchado del lugar sin tener pelo de barba todavía;después volvió, «jechu un mozallón arroganti»; pero

«entrar por aquí ysalir por ayá, como el otru que diz». «Le jalaban muchu jacia lo mundanulos dinerales que había apañau por esas tierras de Dios», y la mujer quele aguardaba para casarse con él. Había vuelto a quedarse solo «elmayoralgu» que nunca quiso raer de Tablanca. «Aunque no era mujeriegu depor suyu», la soledad y otras penas le habían obligado a casarsetambién. ¡Bien casado, eso sí, «por vida del Peñón de Bejo»! con lomejor de Caórnica, de la casa de los Pinares: doña Cándida Sánchez delPinar. Le parecía que estaba viéndola, tan arrogantona y tan... y luegocon su blandura de entraña... Pero Dios no había querido que las cosaspasaran de allí; y hoy un hijo y mañana otro, le había llevado los tresque había ido teniendo, y por último a ella, que valía un Potosí de oropuro, y con ella, la luz y la alegría de la casona, que fenecería«mañana u el otru»

con el pobre don Celso, que ya había estado a puntode morir. Y

en feneciendo este último Ruiz de Bejos, y en cerrándose lacasona o pasando a dueños desconocidos, ¿qué sería de Tablanca ni quévivir el suyo, sin aquel arrimo, tan viejo en el valle como el mismo ríoque le atravesaba? Por eso se alegraba él tanto de mi venida. Bien podíaser permisión de Dios. Porque si yo tomara apego a aquella tierra, ¿quémejor dueño para la casona, ni más pomposo señor para el valle entero,cuando don Celso faltara? ¡Ah, cuánto se alegraría él de que yo fueraanimándome! Por lo pronto, allí le tenía para servirme en lo quequisiera mandarle... Nardo Cucón, el «Tarumbo», si lo quería más llano yconocido, porque así le llamaban de mote, no sabía por qué, pero era lapura verdad que no le ofendía... En fin, ya estaba cerrado el boquete...

Entonces fue cuando el Tarumbo se incorporó del todo, aunque algoencorvado de riñones todavía y bastante esparrancado, y se encaróconmigo. Su charla había durado tanto como su labor, y yo no había hechomás que mirarle y oírle. Se quitó la pipa de la boca después derestregarse ambas manos contra el pantalón; golpeóla boca abajo sobre lauña del pulgar de la izquierda, y me enseñó en una sonrisa toda la cajadesportillada de sus dientes. Era un vejete de rostro plácido y greñasmuy canas, algo atiplado de voz y muy duro de

«bisagras»; es decir,torpe de todos sus movimientos. Para un hombre tan cuidadoso como él dela hacienda de los demás, no me pareció muy bien cuidada la propia quetenía a la vista.

Dígolo por el desaliño y desaseo de toda su persona,que eran muy considerables... Así y todo, resultaba interesante y muysimpático el vejete.

Hablé con él un buen rato todavía, porque me entretenía mucho suconversación pintoresca, y acabé por preguntarle por la casa del médico.

—Vela ahí—me respondió dando media vuelta hacia la derecha, yapuntando con la mano hacia un edificio algo más aseñorado que los deltipo corriente en el pueblo—. De dos zancajás está en ella.

—¿Y la de don Pedro Nolasco?—preguntéle después.

—Vela a esta otra manu—respondióme apuntando con la suya al ladoopuesto—. Por encima del tejau de esa primera que tien frutales en elgüertu, asoma el aleru vencíu y el jastialón detraseru de eya, con subalconaje de fierru.

En esto venía hacia nosotros de la parte alta del lugar, cuyas casas,como las de todos los lugares montañeses, no guardan orden ni conciertoentre sí, una moza de buena estampa, con un calderón de cobre muybruñido sobre la cabeza, y un cántaro de barro en cada mano. El Tarumbo,después de conocerla, me guiñó un ojo, la volvió la espalda y me dijomientras cargaba de tabaco su pipa:

—Esa es Tanasia.

—¿Y quién es Tanasia?—le pregunté yo.

—La hija mayor del Toperu—respondióme.

—¿Y quién es el Toperu?—volví a preguntarle.

—Pos es el padre de Tanasia... Vamos, de la mozona que corteja Chiscu.

—¡Ajá!—exclamé mirándola con mucha atención, porque precisamentepasaba entonces por delante de nosotros.

La mozona, que debió presumir algo de lo que tratábamos el Tarumbo y yo,se puso muy colorada y se sonrió, bajando los ojos al darnos los buenosdías. Alabé de corazón el buen gusto de Chisco, y no me expliqué bien eldel Topero.

—Pues ¿qué demonios quiere para su hija?—pregunté al Tarumbo.

—A un tal Pepazus—me respondió éste—. Un mozallón como un cajigu, queremueve dos hazas de una cavá, come por cuatru cavones, y descurre menosque este moriu que tenemus delante.

Dícese que tien el Toperu estamanía: no es porque yo sea capaz de juralu, que como usté, señor donMarcelu, pué cavilar, a mí ya

¿qué me va ni qué me vien en estascantimploras?

Poniéndome en marcha hacia la casa del médico, a quien deseaba pagar suvisita aquel día, despedíme del Tarumbo; pero éste, atajándome a lamitad de la despedida, díjome que «payá»

iba él también, porquecabalmente estaban las dos casas, la suya y la del médico, frente porfrente, y echó a andar a mi lado.

Pasamos una calleja con muchosbardales, y al desembocar en una plazoleta de suelo verde y contorneadaen su mayor parte de morios con yedras y saúcos, dijo mi acompañante,apuntando hacia la izquierda y al fondo de un saco que se formaba allípor dos cercados, uno de «busquizal» (zarzal espeso) y otro de paredmedio derruida entre malezas:

—Esta es la mi casa.

Y volviéndose al lado opuesto, añadió, mientras apuntaba hacia otra quecerraba la plazoleta por allí:

—Y ésta es la del méicu.

La casa del Tarumbo arrimaba por un costado al muro ruinoso, y allá seandaba con él en achaques y quebrantos y con los atalajes de su dueño.Con estos pensamientos en la cabeza, miré al Tarumbo sin decirle nada;pero debió de leérmelos él en la cara que le puse, porque me dijoenseguida:

—No se espanti de eyu, porque es de nesecidá. Quedamos yo y la mujer,que no sal ya de la cama; los hijus, entre casaus y ausentis, lo mesmuque si no los tuviera; y a mí no me alcanza el tiempu pa ná con elquehacer que me dan los cuidaos ajenus...

Porque, créame usté, señor donMarcelu, lo que pasó con el moriu que me ha vistu usté levantar, pasaaquí con las mil y quinientas a ca hora del día y de la nochi; y si nojuera por el Tarumbu, créame usté don Marcelu, créame usté y no lo tomia emponderancia: si no juera por el Tarumbu, la metá del vecindariu deTablanca andaría por estus callejonis devorá por la jambre y en cuerusvivus.

Guardéme bien de ponérselo en duda siquiera; me despedí de él muyafable, y me dirigí a la casa del médico, que estaba a dos pasos.

IX

Desde que le había conocido, poco más que de vista, en casa de mi tío,sentía yo gran deseo de echar un párrafo a mi gusto con el médico deTablanca; porque se me antojaba que en aquel mozo había más «cantera» dela que se halla en el tipo usual y corriente de los hombres de su edad ycircunstancias. Y resultó la cantera a los primeros desbroces; a flor detierra, como quien dice.

Como me había visto acercarme a su casa, salió a recibirme hasta elportal con una ropilla casera, poco más que de verano, a pesar de lafrescura invernal del ambiente que corría; pero con buenos abrigos decarne blanca y rolliza que le asomaba en ronchas por los puños recogidosde su camisa de dormir y por encima del leve cuello de la americana.Condújome escalera arriba por una de pocos tramos; después, por unpasadizo corto, y, por último, me introdujo en una salita con solana ygabinete, la cual, por los muebles y los libros que contenía, supusedesde luego que le serviría de despacho. Sentámonos frente a frente encómodos, aunque no ricos ni elegantes sillones, con una mesita entre losdos, cargada de papelejos, una plegadera, cajas de fósforos llenas ydesocupadas, cenicero con colillas, una petaca de suela y una bolsaabierta de cirugía; y hubo primeramente las vaguedades acostumbradas entoda visita; después fumamos, sin dejar de hablar del tiempo, por loinusitado de su relativa templanza, ni del juicio que iba formando yo deaquella tierra, para mí desconocida hasta entonces; luego tocamos elpunto de las condiciones higiénicas del valle; y por este resquiciosalió a relucir la quebrantada salud de mi tío Celso, sobre la cualtenía yo muchos deseos de hablar con el mediquillo aquél.

Es más difícil de lo que parece mostrar ingenio, discreción, tino y,sobre todo, arte en las trivialidades y pequeñeces que son el temaobligado a los comienzos de esas visitas «de cumplido»