Peñas Arriba by José María de Pereda - HTML preview

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Lo que Chisco había hecho poco antes en el entrellano de la sierra,repitió en su loma: cuando agotó el caudal de sus informes, tiró de lasriendas de su rocín y comenzó a sumirse con él en las honduras de aquelpozo.

Yo me resigné a seguir su ejemplo, mas no sin despedirme antes con unamirada cariñosa del esplendente panorama de la vega, contempladoentonces por mí desde una altura digna de las águilas.

Hecho el descenso de aquella parte del brocal muy fácilmente, notardamos en subir la ladera del cerro que seguía a la primera hondonada.Arrastrábame hacia allí la fuerza misteriosa de una curiosidad que teníamucho de la atracción de los abismos. Llegó Chisco a la loma antes queyo, según costumbre, y aguardóme en ella con el brazo extendido ya, comola otra vez, para mostrarme lo que desde allí se veía... ¡Y por Dioscrucificado que no era poco! El pozo de antes se ahondaba por aquel ladomucho más, y su suelo, ondulante y caprichoso, se perdía en todasdirecciones entre espesas neblinas sobre las cuales alzaban sus cabezasde granito las montañas del brocal. Toda aquella interminable superficieparecía un mar de lava cuajado de repente; un mar hasta con sus islotesy escollos; unos monolitos muy grandes que se destacaban, escuetos ydescarnados, sobre la aridez del suelo entre matojos de «escobinos», deárnica o de regaliz. Abundaban los manchones verdes de las brañas dejugosos pastos, y no era ingrato a la vista el color de otros detalles;pero ¡lo demás!...

Aquellos cantos pelados, tan grandes, tan secos, tanesparcidos en todas direcciones; aquella inmensa extensión calva, monda,rapada y desnuda de todo follaje; aquellas nieblas tenaces cerrandotodas las salidas y surgiendo de todas las hoyadas; aquellos riscosinaccesibles y fantásticos elevándose sobre todo y por todos lados;aquel cierzo continuo y gemebundo que parecía el espíritu funerario delas grandes necrópolis, llevando consigo los jirones de la niebla comosi fueran sudarios arrancados de las tumbas en los senos entenebrecidosde las barrancas; aquellos buitres que me señalaba Chisco, revolando enlas alturas; aquel cielo que iba encapotándose poco a poco...

todo ello,que era lo más, visto a través de las lentes pesimistas de mis ojos, seimponía al resto, que era, relativamente, muy escaso, y me presentabatoda la superficie del Puerto bajo un aspecto feroz y repulsivo. Yo noveía más que una llanura infinita, plagada de costras y tumores; y losmonolitos solitarios y dispersos, se me antojaban erupciones de verrugasasquerosas sobre una inmensa piel de leproso.

Contemplando desde la sierra lo que se veía del panorama del Puerto,habíame comparado yo, por la fuerza del contraste, con un míserogusanejo; pero al hallarme en el observatorio de más adentro, ¡quécambio tan radical y tan súbito de ideas, y cuán extrañas lasimpresiones recibidas!... Creo que fue de espanto, de frío y de«arrepentimiento» la primera, y estoy seguro de que fue de melancolía lasegunda, como lo estoy también de que la siguiente me infundió lasensación de lo que tenía a la vista, de tal modo y con tal intensidad yfuerza, que hubiera jurado yo que circulaban por mis venas líquidospedernales, y era mi cuerpo una estatua de granito coronada con manojosde «loberas» y acebuches.

Dejándome llevar del único pensamiento racional que sobrevivía en micabeza, pregunté a Chisco:

—Dime, hombre, ¿se parece a esto nuestro valle?

—¡Quiá!—me respondió el espolique con el mayor desdén.

—Es más ancho, ¿eh?... y más...

—¡Quiá! Ni la metá siquiera.

—¡Demonios!—repliqué—. Pero serán más bajos los montes...

—Tampoco da en el jitu ahora—me contestó el arrastrado con una flemadesesperante—, porque son hasta más altus; sólo que están más«tupíus»... más arrimaus unus a otrus.

—Pues entonces—exclamé hasta con ira—, ¿en qué está la ventaja de tuvalle sobre este puerto, alma de cántaro?

—Pos la ventaja del nuestru vayi está—contestóme Chisco dulce ysonriente—, en que es de suyu más terreñu y más...

vamus, más... Porúltimu, ya verá lo que es el nuestru vayi; y si no le paez puntu menosque la gloria, no sé yo lo que sea cosa buena.

Convencido de que cuanto más ahondara en el informante, más negroshabían de salirme los informes que buscaba, y deseando perder de vistacuanto antes aquel cuadro de desolación, dije al espolique:

—Y ahora ¿por dónde tomamos?

—Tou por derechu—me respondió.

—Pues hala, y a buen andar, si puedes.

—¡Jorria!—exclamó Chisco comenzando a descender la otra ladera conigual frescura que si no se hubiera movido hasta entonces. Seguíle yosin titubear; y al verme luego en las honduras de aquel inmensobarranco, me pareció que se quebraba el último vínculo que me ligaba almundo que yo conocía.

Estábamos indudablemente, si no en el corazón, en una de las víscerasmás considerables de la cordillera. ¡Y en otra víscera por el estilo seescondería mi nuevo hogar!... ¡Santo Dios, en qué empresa me habíaarrojado un momento de sensiblería humanitaria! Por ver de todo, sepodía ver hasta aquella espantosa desolación; ¡pero habitar allí!...

Este modo de discurrir a que me entregué cediendo a la fuerza de misinveterados resabios de mal disfrazado egoísmo, resucitados en presenciade aquél, para mí, tan nuevo como aflictivo espectáculo, llegó acausarme cierto rubor. Acudí con todo el poder de mi memoria y de midiscurso al recuerdo de lo pactado con mi tío y a lo resuelto desdeMadrid; requerí de nuevo el alto cuello de mi abrigo, porque la tardeavanzaba y el cierzo iba haciéndose por momentos más frío y másgemebundo, y arrimé dos espolazos a la bestia, precisamente en elinstante en que ella daba una huida hacia la derecha, enderezando lasorejitas y mirando recelosa hacia la izquierda: lo mismo exactamente quehacía el caballejo de Chisco; el cual espolique, notándolo y mirando enla misma dirección que los caballos, me decía con cierto matiz de alarmaen el acento:

—¡Pique, pique, y tierra atrás!

Y me daba el ejemplo tomando un medio trotecillo delante de su rocín,que no necesitaba ruegos ni amenazas ni castigos para seguirle. Tampocoel mío echaba en falta esas cosas para seguirlos a los dos. Chocándometodo esto, pregunté al espolique la razón de ello.

—Poca cosa—me respondió—, y ná de malu, sino que la tarde va decaída, y nos quedan entoavía güenas tiras que medir con los pies.

No me satisfizo la respuesta, pero no insistí con nuevas preguntas.

Más de una hora tardamos en atravesar el Puerto, que mide, por aquellalínea, cerca de dos leguas. Al fin de esta jornada fastidiosa, nuevasorpresa para mí, nuevo espectáculo, nuevas ideas y nuevas impresiones.Un despeñadero al frente, otro a la derecha, otro a la izquierda... ¿Porcuál de ellos tomaría Chisco...? Por el peor, por el primero, por elúnico que, aunque mala, tenía salida visible. Esta salida era laresultante de algo así como desmoronamiento de una colosal murallaconstruida por titanes para escalar nuevamente el cielo. Por uno de losintersticios de aquella escombrera de montes dislocados, musgosos unos ya medio revestir de avellanales, árgomas y acebuches otros, alguno deellos bien poblado de hayas robustas o de esbeltos «mostajos» (el árbolde sabroso y encarnado fruto), con grandes manchas rojizas en la falda,impresas por los secos helechales, y todos con parte de sus esqueletosde roca asomando por los desgarrones de sus vestiduras, iba el caminoque conducía al término de mi empecatada expedición. Mas para llegar aél teníamos que bajar una pendiente que daba vértigo.

Por allí sedeslizaba la vereda, de lastras resbaladizas lo más de ella, en ziszás,entre jarales y arbustos algunas veces; muchas al descubierto sobre labarranca, en cuyo fondo, entenebrecido por las malezas de ambas orillas,refunfuñaban las aguas de los regatos vagabundos encauzadas allí para ira engrosar por caprichosos derroteros el caudal del río que se despeñabaa nuestra izquierda y al otro lado del Puerto.

A todo esto, la noche se aproximaba; el tinte amarillento del follajeque se moría, destacando sobre el plomizo obscuro de los montes, daba alos términos más cercanos una lividez cadavérica; y del fondo de losprecipicios donde se pudría la vegetación que ya había muerto, subía unolor acre, un vaho de tanino que me crispaba los nervios.

En presencia de aquel nuevo espectáculo y con la llanura del Puerto a laespalda, ya no era yo la estatua de granito con sangre de líquidospedernales: la contemplación de aquel laberinto de sierras bravías, decuetos escarpados y de picachos inaccesibles; de ásperos y sombríosrepliegues, de pavorosas quebradas y de abruptos peñascales, transportósúbitamente mis imaginaciones a los entusiasmos «arqueológicos» de mipadre: allí me sentí contaminado de ellos; allí concebí al cántabro desus himnos en toda su bárbara grandeza, hasta vestido de pieles ybebiendo sangre de caballo; y aun llegué a verle: le vi, sí, resucitadoen carne y hueso, en la carne y en los huesos de mi propio espolique.Aquel cuerpo fornido e incansable; aquellas guedejas estoposas, aquelpalo pinto, que en su diestra remedaba un venablo; aquel paraguas azulque, bajo su brazo izquierdo, podía tomarse por un haz de flechasenvenenadas; aquella mandíbula saliente; aquel mirar poderoso eimperturbable; aquella faz montuna y atezada... ¡oh! escarbando un pocoen todo aquello, no había duda, resultaba el cántabro primitivo.Comprendí entonces

su

resistencia

de

seis

años

contra

las

invencibleslegiones de Augusto; y las legiones enteras despedazadas en el fondo delos desfiladeros, o rodando por las agrias laderas, aplastadas por lospeñascos desgajados de las cumbres; el sentimiento exaltado de susalvaje independencia; la muerte en cruz antes que el yugo delconquistador... todo, todo lo comprendí y todo lo sentí, lo mismo que lohabía comprendido y sentido mi padre, menos que pudiera vivir entretales vericuetos y tan esquivas soledades, un hombre de mi educación, demis sentimientos y de mis hábitos.

Con estas fantasías en la cabeza y los ojos cerrados muy a menudo por nover los abismos a mis pies, fui bajando la pendiente cómo y por dóndequiso mi caballejo, a cuya juiciosa firmeza me había entregado con ciegafe desde arriba, por encargo del propio Chisco, que me precedíacaminando por el derrumbadero con igual desembarazo que yo por lospasillos de mi casa.

Metido ya en la grieta como una lagartija, apenas daba el camino,«usgoso» y desconcertado, para sentar sus pies, con grandesprecauciones, mi jamelgo. A lo mejor, grandes doseles de granito conlambrequines de zarzas y escaramujos raspándome la cabeza, mientras quepor el lado derecho me punzaban las espinas de los escajos, y el másligero resbalón de mi cabalgadura podía lanzarme a las simas de laizquierda. Y

mirando hacia arriba en busca de luz, que ya nos faltabaabajo, montes erizados de crestas blanquecinas, y conos encapuchados deespesa niebla, y gárgolas de tajada roca amenazando desplomarse sobrenosotros; y a todo esto, el camino estrechando y retorciéndose cada vezmás, subiendo aquí, bajando allá, y sin poder yo darme cuenta de si,desde que habíamos descendido del Puerto, bajábamos o subíamos endefinitiva.

¡Oh, condenados admiradores de la Naturaleza «en toda su grandiosidadsalvaje»!—decíame yo, entumecido y quebrantado de alma y de cuerpo.Aquí os daría yo el pago de vuestras sensiblerías de embuste, poniéndoosa pasto de admiración durante media semana.

Al fin resultó que bajábamos; y esto lo noté cuando me vi en terreno unpoco más abierto y despejado: una espaciosa rambla que terminaba en unavadera por la que corrían hacia el Nansa, aún no visto por mí, losacumulados tributos que le pagaban los montes de aquella vertiente.

Pasada la vadera, volvía a subir el terreno, que era un inmenso lastralcomo los montes áridos que le servían de fondo, particularmente hacia laizquierda. Recuerdo que el sonido de las herraduras de los caballejos yel de los tarugos de Chisco sobre las lastras de la subida, juntamentecon el murmullo de las cristalinas aguas de la vadera, no meimpresionaba en el espíritu, sino en el cuerpo: me daba frío. Hasta talpunto llevaba yo pervertidas las sensaciones por obra del tedio y delcansancio.

El espolique me sacaba, como siempre, una buena delantera; y cuandollegué a lo alto, encontréle esperándome, sombrero en mano, en elvestíbulo o «asubiadero» de un santuario que hay allí. Detrás de la rejaque sirve de fondo al vestíbulo, veíase, no muy claramente, a la luz deuna lamparilla que le alumbraba, porque la del crepúsculo podía darseafuera por extinguida, un altarcito con la imagen de la Virgen llamadade las Nieves, según informes de Chisco. Descubríme yo también, y sinobligarme a ello el mandato que leí en una mirada del espolique. Elcual, vuelto enseguida hacia el retablo y después de persignarse congran unción y parsimonia, cruzó las manos sobre el palo pinto y comenzóa rezar en voz muy alta por el alma de su padre.

La oración era unPadrenuestro; y con ser tan usual y corriente entre todo fiel cristiano,sonaba en mi corazón y en mis oídos a cosa nueva en medio de aquelsalvaje escenario, tan cerca de Dios y tan apartado de los ruidos, delas miserias y hasta del amparo de los hombres. Pero noté que Chisco, alconcluir la primera parte de la oración, se detuvo en seco; lo cualquería decir que rezara yo lo restante. Por fortuna me cogía bastantepertrechado para salir airoso de compromisos como aquél, y recé lo queme pedía, aunque no tanto por su intención como por mis necesidades delmomento. Tenía racional disculpa mi egoísmo en las emociones de la bregaexcepcional que traía y en la que me aguardaba entre las tinieblas de lanoche, tan pavorosa en aquellas abruptas soledades.

Pero hubo tiempo y oraciones para todo y para todos; porque tras el rezopor el alma de su padre, rezó por la de su madre, y después por las deabuelos, y enseguida por las de todos sus parientes, y luego por las decada uno de los míos, y, finalmente, por las necesidades de lacristiandad entera. Con ello, «una Salve a la Virgen de las Nieves» yun «Viva Jesús sacramentado», santiguámonos, cubrímonos, acabó de cerrarla noche y nos dispusimos a continuar la interminable jornada.

Según Chisco, nos faltarían, para terminarla, tres cuartos de hora; elcamino, «por el arte» del que habíamos andado entre el Puerto y lavadera; pero siempre bajando hasta la misma puerta de casa, lo cual «erauna ventaja», porque se andaba ello solo

«tan guapamente». Además, micaballo se le sabía de memoria, y con dejarme llevar por él, estaba «alcabo del negocio».

—Corriente—dije a Chisco por todo comentario a sus informes, que medieron escalofríos—; pero ¿de qué se espantaron los caballos en elPuerto, y por qué me aconsejabas tú que picara al mío de firme?

—Y ¿por qué es la pregunta a estas horas, si se pué saber?—

preguntó asu vez el espolique, no poco sorprendido.

—Porque ha vuelto a clavárseme el caso de repente, ahora mismo, en lamemoria, y la ocasión me ha parecido de perlas para que respondas aquílo que no quisiste responderme en el Puerto.

—Pos espantáronse—dijo Chisco algo roncero todavía—; espantáronse (yno hay por qué se niegue ya), espantáronse... del osu.

—¡Del oso!—exclamé con los pelos de punta—. ¿Dónde estaba?

—Estaba... como a cincuenta brazas de nos, jechu un reguñu, a la verade un busquizal. Tomaríale usté por un cantu gordu de los muchus que hayen el Puertu: el que no está avezau a verli de esi arti, confúndilos.Sueli asomar en veces por ayí; gústali el oreu a lo mejor, y soleáse unpocu, si tien ocasión de eyu. Pero no hay que temeli cosa mayor, porquedel hombri ajuyi siempri como el hombri no se meta con él. Con too y conesu, güenu es teneli a distancia, por un por si acasu... Conque vamospalanti, si le paez, y no arreceli alcuentrus talis, que por aquí no seusan, y de nochi mayormenti.

Con el saboreo de aquellas noticias y de estas «seguridades», sin unastro visible en el cielo, la tierra envuelta en la más cerrada ytenebrosa de las noches, y empezando a lloviznar, me dejé sumir en labarranca que se abría a corta distancia del santuario, encomendando mialma a Dios y mi vida al instinto del cuadrúpedo que me conducía.

Y así llegué, sin saber cómo ni por dónde ni a qué hora, al suspiradofin de mi jornada memorable.

III

Un silbido muy original de Chisco; el latir de un perrazo poco después;una luz tenue y errabunda aparecida de pronto; la detención repentina demi caballo, tras el último par de resbalones con las cuatro patas sobrelos lastrales «pendíos» de la vereda; bultos negros en derredor de laluz y rumor de voces ásperas y de distintas «cuerdas»; mi descensodificultoso del caballo, al cual parecía adherido mi cuerpo por losquebrantos de la jornada y los rigores de la intemperie; mi caída sobreun pecho y entre unos brazos envueltos en tosco ropaje que olía a humode cocina, y la sensación de unas manazas que me golpeaban cariñosamentelas costillas, al mismo tiempo que los brazos me oprimían contra elpecho; mi nombre repetido muchas veces, junto a una de mis orejas, poruna boca desportillada; mi entrada después, y casi a remolque, en unestragal o vestíbulo muy obscuro; mi subida por una escalera algoesponjosa de peldaños y trémula de zancas; mi ingreso, al remate deella, en otro abismo tenebroso; mi tránsito por él llevado de la mano,como un ciego, por una persona que no cesaba de decirme, entre jadeosdel resuello y fuertes amagos de tos, cosas que creería agradables ydesde luego le saldrían del corazón, advirtiéndome de paso hacia dóndehabía de dirigir los míos, o dónde convenía levantar un pie o pisar condeterminadas precauciones, sin dejar por ello de pedir a gritos y coninterjecciones de lo más crudo, una luz que jamás aparecía, porque, comosupe después, toda la servidumbre andaba en el soportal bregando con losequipajes y las cabalgaduras; de pronto un poco de claridad por laderecha, y la entrada en otro páramo de fondos negrísimos con una lumbreen uno de sus testeros; después, el acomodarme, a instancias muyrepetidas de mi conductor, en el mejor asiento de los que habíaalrededor de la lumbre; y el ponerse él, pujando y tosiendo, a amontonarlos tizones esparcidos, y a recebarlos con dos grandes, resecas ycopudas matas de escajo.

A esto se reducen todos los recuerdos que conservo de mi llegada al«solar de mis mayores». La noción exacta de cuanto me rodeaba allí enaquellos momentos, y aun la de mí propio, no la adquirí hasta que alcalor de la fogata descomunal que resultó del hábil manipuleo de mi tío,se desentumecieron mis ateridos miembros, volvió a circular mi sangrecon su acostumbrada regularidad, y revivieron con ella y se enquiciarontodos los componentes de la entorpecida máquina de mis ideas.

Dueño y señor ya de ellas y comenzando a orientarme, reparé que lacocina era enorme, y que sus negras paredes relucían como si fueran deazabache bruñido; que la lumbre, cuyos penachos de llamas subíanlamiendo los llares recubiertos de espesos copos de hollín, hastarebasar de la ancha campana de la chimenea, estaba arrimada a un poyocon bovedilla, que era la jornía o cenicero, sobre una espaciosa yembaldosada meseta, en uno de cuyos bordes de empedernida madera, y amenos de un pie de altura sobre el suelo general, apoyaba yo los míos;que a mi sillón, grande y con brazales derechos, seguían, hasta cerrartodo el perímetro de la meseta, bancos y escabeles de madera desnuda ymuy brillante por el uso, lo mismo que el sillón, y que este hogarocupaba la cabecera más abrigada de la cocina. Después pasé la vista portodos y cada uno de los innumerables e inconexos trastos, enseres ychirimbolos que había en aquel recinto, y hasta me interesaron dosollones y tres cazuelas de barro, cuyas coberteras temblaban entreespumarajos al impulso de lo que hervía debajo de ellas, arrimados a lalumbre y calzados con sendos morrillos por detrás; por último, y cuandoya nada tenía que examinar en la cocina y sus accesorios, fijé toda miatención en mi tío, que andaba a mi vera, o tan frontero a mí como se lopermitía la fogata que ambos teníamos delante, buscándome la palabra ycolmándome de atenciones

cariñosas.

¡Vaya

usted

a

saber

de

qué

caprichoinconsciente, de qué evolución desacordada, nació aquel procedimientotan descortés con lo más interesante y, desde luego, lo más estimado yrespetable para mí, entre cuanto había, en aquella ocasión, al alcancede mis ojos!...

Eran chiquitos y garzos los de mi pariente, y miraban con la vivacidadde los del raposo, a la sombra de unas cejas grises, muy espesas yerizadas; la nariz, aguileña; la boca, nunca enteramente cerrada niquieta, parlanchina como los ojos, aunque callara; la tez, muy pálida yrugosa; la barbilla, redonda y algo prominente debajo del labioinferior; las orejas, formidables y muy velludas en las cercanías de losoídos; la cabeza, bastante plana por detrás, y el pelo (descubierto enel instante de examinarle yo, por haberse quitado don Celso la gorracasera con que de ordinario se cubría, para pasarse ambas manos por él,cosa que le gustaba mucho, como puede observarse más adelante), de lamisma casta y de igual color que el de las cejas, cayendo en reciosmechones sobre la frente, y sin visibles muestras de calva en susalturas. El cuerpo era proporcionado a la cabeza, de regular tamaño, ydaba señales de recientes y muy considerables mermas de robustez, en losexcesivos sobrantes del chaquetón y de los pantalones pardos con que levestía; como las daban de pérdidas de vigor y fortaleza, la cerviz algohumillada y el andar no muy seguro. Calzaba medias azules y zapatillasde

«cintos» negros y tenía echado sobre los hombros un gabanote obscuro,forrado de tartán de muchos colores. Nada de corbatín ni siquiera decuello alto ni planchado.

Indudablemente había más vida en el espíritu que en la materia de mitío; pero así y todo, entre sus pronósticos pesimistas y el de Chisco,más risueño, a juzgar yo por aquel conjunto de alma y cuerpo, inclinémemás al dictamen de mi espolique, aunque sin acercarme mucho a él: podíahaber «hombre para largo»; y aun más halagüeño todavía se lo puse porcomienzo de nuestra conversación.

—¡Ay, hijo de mi alma!—me respondió, sentándose a mi lado ypalmoteando sobre mi espalda con su mano derecha—. ¡Cómo te engaña elbien querer! Cierto que no soy lo que te pinté en mis cartas, sin faltara la verdad, porque desde que me diste el sí que te pedía en ellas,esponjé de pronto medio palmo, por un respingo de la alegría que aún medura... ¡Qué cosas, hombre!

¡Quién había de decirme a mí, poco tiempohace, que el caer o no caer de repente un roble viejo, podía dependerde!... Vamos, que cuanto más se vive, más se aprende. Pero adentro de laviga anda la carcoma; asegúrotelo yo que la siento roer sin hora dedescanso. (Aquí un amago de tos convulsiva.) ¿No te lo dije?

Pues a lavista le tienes ya. ¡Éste, éste es el ujano pícaro que me acaba!... Enfin, Dios es Dios, y lo que Él quiera ha de ser, y lo que debe de ser...Conque dejemos el punto para tratarlo en su ocasión, y vamos a otrosparticulares más urgentes por ahora.

Con esto empezó a descargar sobre mí una granizada de observaciones y depreguntas que casi se empalmaban unas con otras, sin dejarme el menorespacio para ingerir una respuesta. Si era yo alto, si era bajo; siresultaba más o menos parecido a los retratos que conservaba él; si másguapo, si más feo; si «salía»

más a mi padre que a «la andaluza» (mimadre), de la que también conservaba retrato; cuántos «pedimentos»habría hecho desde que me recibí de abogado; si tenía novia y si eramaja y rica; qué tal era «París de Francia»; cuánto costaba un viaje«desde Madrid allá», y qué capitales del mundo había visitado; a cuántosreyes conocía de vista, y quizás de trato; qué me había parecido elcamino desde Reinosa; si traía ganas de cenar; en dónde nos habíaanochecido; por qué usaba toda la barba y no el bigote solo como en elretrato... Y así; y todo ello entreverado de golpeteos sobre mi espalda,de gestos indescriptibles y de injurias contra la tos que le amagaba, deadmiraciones estruendosas, de risotadas... y de «ajos», porque losechaba por ristras el buen don Celso y como la cosa más natural ycorriente.

Yo tenía noticia, por mi padre, de lo regocijado y expansivo de sucarácter cuando no le daba por ponerse hecho un erizo y hacer andar atodos en un pie; pero no creí, vistas sus cartas y su lacia catadura,que le quedara en el cuerpo tanto acopio de aquellos ingredientesretozones. Terminó la escena porque se movió gente en los pasadizosinmediatos y entró en la cocina una mujer de cierta edad, gris de pelo ygris también de envolturas de pies a cabeza, y con un farol en la mano,para decirnos con voz algo hombruna:

—Aqueyu ya está ayí.

Y como «aqueyu» era mi equipaje, y «ayí» mi habitación.

—¡Jorria!—exclamó mi tío volviéndose hacia la mujer—.

Pues pica aponer una luz... pero una luz de vela... ¿Entiendes?

Porque tú—añadiódirigiéndose a mí—, tendrás que hacer algo en tu cuarto... siquieraconocerle de vista; a más de que

«hacienda, tu amo te vea...» y como haynoche larga por delante, tiempo nos queda de sobra para que vuelvas a lacocina a darte otro chamuscón, si te le pide el cuerpo... ¿Todavía estásahí, fantasmona de los demonios?

—Es que tamién está ya la luz ayí—respondió la mujer que no se habíamovido del vano de la puerta.

—¡Acabaras de resollar!... Pues entonces, dáca el farol y quédate aquítú a cuidar de estos potingues... ¡Mira, mira cómo se va esa olla!...¡Quítale la cobertera en el aire y échala un poco atrás! Y a ver cómoestá la cena en punto para cuando se te pida... Porque tú (por mí)querrás cenar temprano, ¿no es verdad?... Digo yo: con lo que hasandado, y en ayunas desde tan lejos... Yo que tú, hubiera tomado a buenacuenta el tente en pie que te ofrecí según llegaste; pero ¡que siquieres!... porque las gentes finas vivís del aire y sois así... ¿Conqueandando?... Digo, si te parece.

Cogió en esto el farol que le entregaba la mujer gris; y como yo, que yaestaba de pie, hiciera ademán de seguirle, echó por delante hacia lapuerta y fuime tras él, medio a tientas, en cuanto salimos de la cocina,porque la desmayada luz del farol apenas se veía en las densasoscuridades de afuera. Andando así a lo largo de un pasillo, llegamos adesembocar en otro que se cruzaba con él, y le seguimos hacia laderecha. Por este lado terminaba en un salón que me pareció más negroque los pasillos, porque en sus ámbitos desmesurados parecía la luz delfarol la de una pajuela.

—Esta es la salona, o comedor—dijo mi tío al entrar en él—.

¡Comedor!¡Qué comedor ni qué cuartajo!... Le llamo así porque de eso sirve cuandose alojan en esta casa personajes finos como tú, o algún señor Obispo deacá o de allá, o cuando hay boda en ella y algunos días después... hastaque llega la confianza y se arregla uno tan guapamente en la «perezosa»de la cocina: en invierno, al amor de la lumbre, y en verano... por lafrescura...

¡Cascajo!, no te rías, porque en la cocina de mi casa setirita de frío en agosto en cuanto se dejan de par en par las dospuertas y la ventana que tiene... ¡Figúrate tú lo que pasaría sihiciéramos otro tanto esta noche, y eso que todavía estamos al acabarseel otoño! ¿Ves una puerta en esa pared de la izquierda? Pues es la de micuarto: ahí duerme tu tío sesenta años haz; los restantes, quierodecirte, los primeros de la vida, me los dormí en esa alcoba de estelado de la entrada: mucha parte de ellos con tu padre, en una mismacama, hasta que, por andar a testerazos muy a menudo los dos debajo dela ropa sobre quién estorbaba a quién... ¡qué pernear el de aquelarrastrado, hombre! nos separaron, y le echaron a él a dormir solo en uncuarto de los de atrás... Aquí tienes la mesa, de encina pura, como losbancos...

Bien retallados de espaldar, ¿eh?... como los bordes de lamesa y las cuatro patas; digo, no, que las patas están como torneadas enrosca, igual que los fierros cruzados que tiene por debajo...

Tambiéntienen algo de torneo las sillas arrimadas a las paredes.

En fin, cosarústica todo ello, pero de firmeza y buena calidad, como corresponde agentes de nuestro porte. ¡Trabajo le mando al que se empeñe en buscarlela fe de bautismo! ¡Zancajo, cómo estará de polillas!... Esta es lapuerta de la sala: vamos, la pieza de respeto. Por eso te la he dado ati... Es cortesía de obligación, sin contar con el cariño... Ya lo ves,frente por frente de mi cuarto. ¿Te enteras? Pues jala para dentro.

Y entramos. Allí ya se veía más claro, no solamente por la doble luz delfarol y de la vela, la cual ardía en candelero de azófar muy bruñido,sobre una cómoda con columnitas de basas y capiteles de bronce dorado,sino porque la sala tenía cielo raso y no de viguetas al descubiertocomo el salón contiguo, y estaba, lo mismo que los muros, muy bienblanqueado. Arrimados a ellos había un canapé, varias sillas y otrosmuebles contemporáneos de la cómoda; colgado sobre ésta, un Eccehomo entre dos cornucopias de buena talla dorada; sobre el canapé, unaPurísima, y enfrente de estos cuadros, otros dos, de santos también,todos ellos al óleo y en marcos dorados, pero sumamente deslucidos ya.La sala tenía una gran alcoba, y la puerta de ingreso a ella cortinasblancas recogidas en pabellones sobre grandes clavos romanos. En elfondo de la alcoba, una cama de madera de altísimo testero con moldurasdoradas y medallones pintados, colcha de damasco rojo y sábanas muyfinas con puntillas y bordados en el embozo de la encimera.

—Vas a dormir—me dijo mi tío paseando el farol sobre todos aquelloslujos—, en la misma cama en que han dormido los Obispos de Santander yde León... ¿Eh? ¿qué tal?

—Que es gran honra para mí—le contesté—. Pero yo dormiría más a gustoen ella sin la colcha de damasco y las sábanas bordadas, principalmentesin la colcha.

—¡Hombre! Pues ¿para qué se quieren las cosas buenas sino para lasocasiones como la presente?

Me costó algún trabajillo hacer comprender a mi tío, que tomaba miresistencia a desaire, que se duerme mejor y más descuidadamente queentre encajes y damascos, bajo las coberturas sencillas que usamos adiario los simples mortales.

—Pues anda, hijo—díjome al fin—: lo primero, tu gusto, y ése es elque ha de hacerse en esta casa mientras en ella estés... ¡A buena partevienes, cuartajo!... Irá fuera la colcha y cuanto te estorbe con ella enla alcoba. Aquí tienes un felpudo para los pies... Creo que no te vendrámal al acostarte, porque estos suelos de castaño viejo son fríos comoellos solos... ¿eh? Pues esta lacenuca, o como la llaméis vosotros«allá», a la cabecera de la cama, para poner la luz encima y meteradentro... ¿ves? el ingrediente éste, no pienso yo que te estorbe... nitampoco esta sillona del rincón... ven acá, ven acá a verla... Comosomos mortales y nadie está libre de un apuro, y las noches son tanlargas ahora, y los carrejos tan obscuros y tan fríos y no los conocestú mayormente... En fin, no hay que decirte más. Pues bueno: aquí tienesperchas, con su guardapolvo correspondiente, clavadas en la pared... yen la de enfrente ese armario desocupado, en que puedes meter una tiendade ropa... Me parece,¡pispajo! que por mucha que traigas, entre él y lacómoda y las perchas, con sobras te ha de caber... Para tus rezos,porque alguno usarás, como buen cristiano que eres, al meterte en lacama y al salir de ella, ahí tienes, a la cabecera, a Dios Nuestro Señoren cruz, y la benditera al lado, con su agua correspondiente, y suramuco de laurel bendito, por si quieres rociarla por el cuarto; porqueel demonio no descansa un punto, y se cuela por el ojo de una cerradura.Aquí el palanganero con todos los avíos de limpieza... y todavía sobracampo para otro tanto más... Y con esto, lo dicho: en tu casa estás. Loque te estorbe, fuera con ello; si algo deseas y no lo tienes, pídelo,que, como lo haya a mano, tuyo será... Y ahora te dejo en paz y a tusanchuras. Cuando acabes, avisa, que en la cocina estamos.

Y se fue, zarandeando el farol en una mano y requiriendo con la otra elabrigo que se le deslizaba de los hombros; pero tosiendo mucho y muyanheloso de respiración. Aquel cuerpo caduco y herido de muerte ya, nopodía resistir sin grandes quebrantos y protestas los ajetreos en que leempeñaba la vivacidad del espíritu encerrado en él.

Mientras anduve trajinando en aquél mi aposento, pensé mucho, y no todode color de rosa. La última parte de mi viaje, de noche y lloviznando;los pasillos negros de la casona; la cocina tan grande, tan oscura alprincipio, de tan extraño aspecto después a la luz de la enorme fogata;el pelaje y las cosas de mi tío; la mujer gris aparecida de repente; eltenebroso páramo del comedor, explorado a la luz mortecina del farolillode cuatro cristales empañados por la roña; el silencio de «afuera»...peor que el silencio absoluto: un rumor lejano e intermitente, bronco,algo por el estilo del que puso espanto en el esforzado pecho de DonQuijote cierta noche en las proximidades de Sierra Morena, y el otrosilencio de la casa en cuanto cesaba de hablar mi tío, me habíanimpresionado de mala manera. Lo mejor del cuadro era mi habitación,amplia, sin llegar a lo enorme, como su colindante y la cocina, blanca ybien provista de muebles; pero

¡qué frío se sentía en ella! ¡Y aún nohabía empezado el mes de noviembre! Instintivamente palpé el espesor delas ropas de mi cama; y aunque era muy considerable, retiré la colcha dedamasco rojo y puse en su lugar mi pesada manta de viaje en dosdobleces. Sentía los pies helados, y me calcé unas zapatillas forradasde piel; y no me envolví el cuerpo en un abrigo ruso de que ibaprovisto, porque estaba resuelto a darme otro chamuscón en la cocinainmediatamente. En lo que llamaba sala mi tío, además de la puerta quecomunicaba con el comedor, había otras dos que debían corresponder aotras tantas fachadas de la casa.

Por curiosidad abrí el ventanillo o«cuarterón» de una de las hojas del claro más próximo a mí, y todo lo vinegro, negrísimo, al través de un mezquino cristalejo; abrí después lahoja entera, que daba a un balcón con repisas de piedra, y aún mepareció más negro que antes lo que de este modo se veía. En cambio, losrumores que desde adentro se percibían lejanos y con intermitencias,desde allí resultaban continuos, más acentuados y más próximos. Debíaproducirlos el río despeñándose a corta distancia de la casona. A estemurmurio incesante que casi era bramido ya, servía de fastidiosoacompañamiento el golpeteo de la lluvia, vertida en el suelo por lascanales del tejado. Me daba esta «música» gran tristeza y cerré lapuerta del balcón más que de prisa.

Al salir a la salona con el candelero en la mano, me encontré con lamujer gris ocupada en poner la mesa, a la luz de un velón de tresmecheros, colgado de un listón de madera, sujeto por una de susextremidades a una vigueta del techo. No era antipática, ciertamente, lacara de aquella sirviente; y bien mirada, hasta se hallaban en ellavestigios de haber sido guapa en sus mocedades.

Expresábase con unlaconismo que tenía ciertos matices clásicos, y respondía con agrado alas preguntas que me arriesgué a hacerla, por hablar de algo y alegrarun poco el tedioso colorido de mis ideas. Así supe que se llamaba Facia;que desde muy joven servía en casa de mi tío y que en ella pensabamorir, si esa era la voluntad de su amo, a quien quería y respetaba comoa padre y señor, y aun con eso no le pagaba bastante los grandesbeneficios que le debía. Él y su señora la habían recogido huérfana ydesamparada, dándola desde entonces buena enseñanza y poco trabajo, panabundante, y lo que vale más que eso, cariño y sombra. Todo esto me loiba declarando como a la descuidada, en periodos cortados y sin mirarmea la cara, pero reflejando en la suya cierta expresión de dulzuramelancólica que la hacía muy interesante, mientras se movía lentamentede acá para allá, poniendo aquí un plato después de pasarle con unlienzo blanquísimo, y allí un vaso o un tenedor. De este modo, y echandoyo la conversación hacia ese lado, llegó a decirme que su amo habíatenido siempre una salud «de fierru», hasta que una noche, pocos meseshacía, después de una semana de resfriado que no le privó de andar porel mundo, se había despertado «ajuegándose de anseo, con un jirvor depecho, un color de cera en la cara, y un mirar de espanto en los ojosque desaflegía». Salió de aquello, pero para no levantar cabeza.«Tristezón y acobardao», ya era otro hombre. La tos le sofocaba denoche, y se pasaba en vilo la mitad de ellas. «Entróle malenconía» delas más negras; y si llego a no acudir yo a su lado, se va «como lossospiros». «Con ello y con too», Dios sabía hasta dónde llegaría elcarro sin atollarse para siempre.

Y la pobre mujer, con los ojos empañados, apenas hallaba voz en sugarganta para decirme esto. ¡A buena puerta había llamado yo paracurarme de tristezas!

Agravadas las que había sacado de mi habitación con el contagio de lasde Facia, apartéme de ella con dos fórmulas de consuelo, que para míhubiera querido yo, y fuime en derechura a la cocina.

IV

Estaba allí mi tío, sentado en el sillón de cabecera, y a su izquierda,en el banco que le seguía inmediatamente, un señor Cura muy corpulento,con balandrán de paño, gorro de terciopelo raído, y entre manos unacachavona muy recia; frontero a los dos, con la lumbre entre ambos, otropersonaje más corpulento aún que el señor Cura, de cabeza canosa ygorda, cara cetrina y ojos muy saltones; en el mismo banco, pero arespetuosa distancia de este sujeto, Chisco secándose el barro de susperneras a la lumbre; y junto a ella, y acurrucada en el suelo sinestorbar a nadie, con una cuchara de palo en la mano derecha, y en laizquierda el mango de una sartén colocada sobre las trébedes, unamocetona de ojos azules, hermoso y abundante pelo rubio y cuerpo bienmetido en carnes.

Al aparecer yo en la cocina, cesó el recio clamoreo de la empeñadaconversación que me había parecido disputa desde el pasadizo inmediato,y todas las personas del grupo se encararon conmigo de repente.Descubríme yo entonces y avancé algunos pasos hacia la meseta del fogón.

—¡Hola, hola!—exclamó mi tío al verme—. Ya vienes en busca de lagracia de Dios, ¿eh? Me alegro, hombre, me alegro...

A ver, toma,cógele... Bien que tú no puedes, porque estás ocupada... Tú, Chisco,cógele ese candelero que trae en la mano... Vaya—añadió mirandoalternativamente al Cura y al hombrón del otro banco—, aquí le tenéisya: éste es mi sobrino Marcelo, el hijo de mi difunto hermano JuanAntonio. ¿Eh?

¿Qué tal? ¿Qué hay que pedirle en estampa ni en ropaje?...Mira—me dijo a mí—, estos señores vienen a visitarte...

Entonces se enderezaron a una los aludidos, que me parecieron dosgigantes, particularmente el seglar, que metía la cabeza hasta loshombros dentro de la campana de la chimenea; pero ni el Cura se quitó elgorro, ni el otro el chambergazo con que tapaba una parte mínima de lablanquísima greña que se le desbordaba por todo el perímetro de lacabezota. Me dieron sendos apretones de manos, que me hicieron ver lasestrellas; y mientras volvían a sentarse, a mis ruegos, y me sentaba yotambién a los de mi tío entre él y el señor Cura, continuó diciendo elprimero, señalando al segundo:

—El señor don Sabas Peñas, párroco de este pueblo desde que cantómisa... ¡ya hace fecha! porque te advierto que no baja una peseta de lostres duros y medio... Se los llevo bien contados...

Buen amigo, buencumplidor de sus deberes, eso sí, y muy docto en latines de todasclases... y en poner una bala en el corazón de un oso sin que le tiembleel pulso... No se le conoce otro vicio.

El Cura soltó aquí una carcajada que retumbó en el embudo de lachimenea, y hasta farfulló unos latines de breviario que no pudeentender.

Después dijo mi tío refiriéndose al hombrazo del banco frontero:

—El señor... Hombre—añadió encarándose repentinamente con él—, ¿medejas entregar todo tu pasaporte de una vez, para acabar primero yentendernos mejor? Ya sabes que le tengo bien aprendido en la memoria...

El hombrazo se revolvió en su banco gruñendo un poco, y dijo al fin, convoz cavernosa y resonante:

—En ese que tú llamas pasaporte no hay cosa que me agravie, y puedeestamparse siempre a la misma luz del sol: bien lo sabes tú. ¡Perocuidado con el retintín! porque hay bocas que hasta el mismo «Credo» dela misa hacen sonar a lo que no es...

—Esa boca no es la mía, ¡cuidado con ello!

—Digo que hay esas bocas, y no digo más que eso—replicó el hombrazo.

—Santo y corriente; pero yo vuelvo a preguntarte si va o no va, paraconocimiento de mi sobrino, todo tu pasaporte,

¡cuartajo!

—Y yo te respondo que lo que es honra para mí, no puede ofenderme. Conque allá te veas, y no hay más que decir.

—Pues escucha, Marcelillo, que allá va el documento: don Pedro Nolascode la Castañalera, alcalde que fue de este Real Valle en mil ochocientostreinta y dos, regidor en mil ochocientos treinta, teniente de alcaldeen mil ochocientos veintisiete, síndico en mil ochocientos veinticinco,antiguo empleado en el lavadero de lanas de los señores Botifora yCompañía, extramuros de la ciudad de Valencia... Ordeno y mando.

—¿Lo ves?—saltó aquí el hombrazo, con un vozarrón que aturdía. ¡Yasacastes la pata!... ¡ya la jicistes!

—¿En qué?—preguntó mi tío, fingiendo extrañeza, mientras el Cura reíaa borbotones y lanzaba latines y yo no sabía qué pensar de todoaquello...

—Oiga, usted, caballerito—díjome entonces don Pedro Nolasco, algotembloroso de voz—: es la pura verdad que yo he sido, y a mucha honra,todas esas cosas que usted ha oído... pero contra el «ordeno y mando»del remate, protesto una vez, y dos veces, y dos millones de ellas.

—Consta en papeles—afirmó mi tío con gran entereza.

—Y mucho que consta—respondió don Pedro Nolasco—; pero con su cuentay razón: en bandos que yo publiqué en su día, cuando las cosas andaban apaso más firme que ahora... sí, señor; allí estaba bien y en su punto;pero no lo está donde tú acabas de ponerlo con la mala intención quesiempre tuvistes...

—¡Eso es agraviarme!—exclamó mi tío sofocado por la tos.

—¡De que me faltaras tú sin motivo me estoy quejando yo!

—¡Yo no te he faltado!

—¡Yo aseguro que sí!

La cosa estuvo a punto de encresparse de veras por este camino; pero conla intervención del Cura y con la mía, conjuróse a tiempo la tempestad,que no era nueva en aquella cocina entre los mismos contrincantes, segúnluego supe; porque los dos eran sulfurosos de genio, y las cosas del donPedro Nolasco una continua tentación para el espíritu marrullero de mitío.

Puestos en paz bien pronto, continuó éste:

—Por lo demás, llévame dos años de fecha, aunque niégalo el arrastrado,sin pizca de temor de Dios, y tiene ya los cuatro duros bien corridos depeso. Fue siempre de mucho odre, buen apetito y mejor conducta. Así hallegado él tan acá, sin un mal retortijón de tripas. Nunca le tomóapego, como el Cura, a la caza mayor...

en los breñales, se entiende,porque a la vera de su casa o al amor de la lumbre, se zampa un buey endos sentadas, si hay quien se le ofrezca. Por eso y otras cosas, lellamamos los que bien le queremos, sin que a mal lo tome ni se ofenda,«Marmitón».