Peñas Arriba by José María de Pereda - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

PEÑAS ARRIBA

José María de Pereda

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII,

XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII,

XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI,

XXXII, XXXIII, XXXIV

Dedicatoria

A la santa memoria de mi hijo Juan Manuel Hacia el último tercio del borrador de este libro, hay una cruz y unafecha entre dos palabras de una cuartilla. Para la ordinaria curiosidadde los hombres, no tendrían aquellos rojos signos gran importancia; y,sin embargo, Dios y yo sabemos que en el mezquino espacio que llenan,cabe el abismo que separa mi presente de mi pasado; Dios sabe también acosta de qué esfuerzos de voluntad se salvaron sus orillas para buscaren las serenas y apacibles regiones del arte, un refugio más contra lastempestades del espíritu acongojado; por qué de qué modo se ha terminadoeste libro que, quizás, no debió de pasar de aquella triste fecha ni deaquella roja cruz; por qué, en fin, y para qué declaro yo estas cosasdesde aquí a esa corta, pero noble, falange de cariñosos lectores que meha acompañado fiel en mi pobre labor de tantos años, mientras voysubiendo la agria pendiente de mi Calvario y diciéndome, con el poetasublime de los grandes infortunios de la vida, cada vez que vacila mipaso o los alientos me faltan:

«Dominus dedit; Dominus abstulit.

Sicut Domino placuit, ita factum est».

J. M. DE PEREDA

Diciembre de 1894.

I

Las razones en que mi tío fundaba la tenacidad de su empeño eran muyjuiciosas, y me las iba enviando por el correo, escritas con mano torpe,pluma de ave, tinta rancia, letras gordas y anticuada ortografía, enpapel de barbas comprado en el estanquillo del lugar. Yo no las echabaen saco roto precisamente; pero el caso, para mí, era de meditarse muchoy, por eso, entre alegar él y meditar y responderle yo, se fue pasandouna buena temporada.

La primera carta en que trató del asunto fue la más extensa de las ochoo diez de la serie. Temía colarse en él de sopetón, y me preparaba elcamino para sus fines, «tomando las cosas desde muy atrás, y como si nostratáramos entonces, aunque de lejos, por primera vez».

«Mucho le estorbaba la pluma entre los dedos», y bien lo revelaban larudeza de los trazos, la desigualdad de las letras y las señales de másde un borrón lamido en fresco o extendido con el canto de la mano; «perocon paciencia y buena voluntad se vencían los imposibles».

«Tus abuelos paternos—me escribía—, no lograron otros hijos que tupadre y yo. Yo fui el mayorazgo, y como tal, aquí arraigué desde elpunto y hora en que nací. Tu padre, como más necesitado, echóse almundo, y rodando mucho por él, adquirió buenos caudales y una mujer queno había oro con qué pagarla.

De esta traza me la pintó cuando vino adarme cuenta de sus proyectos matrimoniales, y a tomar posesión, en purachanza, de la pobreza que le correspondía por herencia libre de tusabuelos.

Fuese a los pocos días de haber venido, y no he vuelto nivolveré a verle más en la tierra. Dios le tenga en eterno descanso.

»También yo me casé andando los días, y tuve mujer buena, e hijos que elSeñor me iba quitando a medida que me los daba.

Con el último de ellosse llevó a su madre. ¡Bendita y alabada sea su divina voluntad, hasta enaquello con que humanamente nos agobia y atribula! Como aún no era yopropiamente viejo y me sentía fuerte, y en estas angosturas y asperezasdel terruño hallaban pasto y solaz abundante las cortas ambiciones de miespíritu, aprendí a arrastrar con valentía la cruz de mis dolores, yhasta logré olvidarme, tiempo andando, de que la llevaba a cuestas:vamos, que me hice a la carga, y volví a ser el hombre de buen contentary apegado a la tierra madre como la yedra al morio. De tarde en tardenos escribíamos mi hermano y yo, y de este modo supo él mis venturas ydesventuras, y yo tu nacimiento y el de tu hermana, el casamiento deésta después con un americano rico que se la llevó a su tierra, lamuerte de tu madre y los rumbos que tomabas con los libros de las aulas,según ibas esponjándote y haciéndote hombre.

»Una vez dio en faltarme carta vuestra más de lo acostumbrado, que erabien poco, y la primera que tuve al cabo de los meses fue tuya y paradecirme que tu padre se había muerto de un tabardillo enconado, o cosapor este arte. Ausente tu hermana y cargada de familia y de bienes en laotra banda, quedábaste solo en la de acá, y aticuenta que en el mundo,aunque con medios de fortuna para bracear a tus anchas en él. Lo mismoque yo, salvo la comparanza de gentes y lugares. Te brindé con éste mío,desconfiando mucho, en verdad se diga, de que me quisieras el envite,hecho de todo corazón, porque barruntaba tu modo de vivir y conocía tuestampa por retratos que me habías ido mandando. Ni el uno ni la otra seamañaban bien con la pobreza y rustiquez de estos andurriales; meparecía a mí. Y no iba el parecer fuera de camino, porque eso resultó detu respuesta, bien desentrañadas sus finezas y cortesías. Desde entoncesfueron peras de a libra las cartas entre nosotros dos. Tú corriendo laCeca y la Meca, y yo firme y agarrado a estos peñascales como bardamontuna. Y así hemos ido tirando tan guapamente: tú sin acordarte dosveces al año del santo de mi nombre, y yo sin apurarme por ello cosamayor, porque mientras tuve salud, tuve alegría, y a la luz de ella metenía por bien acompañado con vivir entre estas gentes y estos riscos yhasta sus alimañas, que me parecían ya, a fuerza de verlos y palparlos,carne de mis huesos y sangre de mis propias venas. Pero tú eras mozo ytenías mucho tiempo y mucha tierra por delante; yo viejo y con muy pocasfantasías en la cabeza, y no sobrado de calor en la masa de la sangre;los muchos años hicieron al cabo una de las suyas, y ayer mañana, comoquien dice, una pizca de nada, un sorbo de leche más de losacostumbrados, el aire de una puerta, el aletazo de un mosquito, meacaldó en la cama. Tardé en salir de ella, y salí como para entrar en lasepultura. El roble se bamboleaba como si le faltara la tierra que lesostenía, o se te despegaran de ella las raíces, o no pudiera con elpeso de su propio ramaje. Ya me dan anseo las cuestas arriba con solomirarlas, y la mano que ayer venteaba gustosa el apero o el hacha conque yo me entretenía en la tierra de labor o en la espesura del monte,hoy me pide el paluco

del

tullido,

como

el

puntal

de

sostén

el

jastialresquebrajado; y lo que es peor que todo ello, que el ánimo va cantandoal son de la osamenta que se descuajaringa y no puede ya con el pellejo.En suma, hombre: que en un dos por tres, y cuando menos lo esperaba, diel bajón que había de dar más tarde o más temprano. Es de ley que latierra llame a lo que es suyo, y a mí no cesa de llamarme unos díashace. No te diré que tenga miedo, propiamente miedo, a ese vocerío queno calla día ni noche; pero es la verdad que a estas horas quisieraverme algo más acompañado de lo que me veo en la soledad en que mehallo. Soledad digo, porque con estar cada cosa de estos lugares en elpunto en que siempre estuvo, y con ser estas buenas gentes lo quesiempre fueron para mí, ahora resulta que tengo codicia de algo que mellegue más adentro que todo ello, por lo mismo que lo hay y sé por dóndeanda. Sí, hombre, sí: has de saberte que toda la ley que tuve a mishijos, y a su madre, y a tu padre, y a los míos, y que por tantos añosha estado como dormida en lo más hondo del corazón, se me ha despertadode repente, cebando su hambre envejecida en la única carne de la nuestraque conoce: en ti, para que lo sepas de una vez. Porque tu hermana, a ladistancia que está de nosotros, es para el caso como si ya no viviera, yno quiero tener por de la casta nuestra a dos sobrinazos segundos míos,por parte de mi madre: dos bigardones de mala catadura y peor vivir.Hace no mucho tiempo bajaron de su pueblo a pedirme «algo», a taleshoras y en tales términos, que tuve que darles el «Dios vos ampare» conla escopeta echada a la cara. Primera y única vez que los he visto.

»Pues bueno, y para fin y remate del camino que traigo y ya me cansa:creo que si tú te animaras y me dieras el regalo de tu compañía en estacasona, el vocear de la tierra me sería más llevadero. No hay cosa mayorcon qué tentarte entre estos solitarios despeñaderos, a ti que estásavezado a las pompas y regalos de la corte; pero a todo se hacen loshombres cuando se empeñan en ello, sin contar con que también aquí haysu sol correspondiente; y aunque es cierto que tarda un poco por lamañana en trasponer los picachos que rodean el lugar, una vez arribaalumbra y calienta y regocija el ánimo como el sol más majo decualquiera parte. Además, tu destierro no podría durar mucho por razonesque yo me sé; y por último y finiquito, con salir de él en cuanto nopudieras resistirle, estaba el cuento acabado para ti.

»Ítem más: tengo ciertos planes en el magín, que me dan mucho que hacer.¿Qué hombre anda sin ellos en mi caso? No tengo herederos forzosos, y nodeja de haber en casa algo que echar a perder de mi propia pertenencia;algo que irá a parar Dios sabe adónde, si en mis últimas y postreras notopo al alcance de la vista con un ser que me haga un poco de cosquilleoen las entretelas del corazón.

»Por supuesto, que no trato de encender tu codicia con estas indirectas.¡A buena parte iría! Pero es bien que todo se estipule y se tengapresente en horas como las que han empezado a correr para mí.

»En fin, hombre, anímate a venir por acá; y si no puedes hacerlo porgusto, hazlo por caridad de Dios.»

Menos lo del «bajón» y sus consecuencias, todo lo que mi tío me contabaen esta carta me lo tenía yo bien sabido; y sabía también, por lo que sededucía fácilmente de su anterior y escasa correspondencia con nosotrosy lo poco que me había dicho mi padre, que su hermano Celso era unhombre campechano, de escasas letras y excelente corazón, agudo de magíny un tanto marrullero, como buen montañés, y más cuidadoso del cultivo yprosperidad de sus tierras y ganados, que del fomento de su cariño a lafamilia que le quedaba; dejadez que a ratos tocaba en una indiferenciaque parecía rayana del absoluto olvido. Menos que de mi tío sabía yo desu tierra nativa y de nuestra casa solar, no tanto por culpa de mi pocacuriosidad sobre estos particulares, como por obra de una de lasflaquezas más salientes de mi padre.

Le llamaban más la atención losapellidos que las condiciones personales de «los nuestros»: así es queal preguntarle por la vida y milagros de cualquiera de ellos, en lugarde responder derechamente a la pregunta, se encaramaba en la copa delárbol genealógico de la familia, y gateando de rama en rama hacia abajo,no paraba hasta dar, lo que menos, con la pata del Cid, si es que seconformaba con eso. De sus padres sólo pude sacar en limpio, en lasdiferentes veces que le pedí noticias sobre ellos, que habían sido elentronque de la casa «única» de los Ruiz de Bejos, de Tablanca, con lade los Gómez de Pomar, la más ilustre de las de Promisiones. Pocoscaudales, eso sí, por parte de estos últimos principalmente, es decir,por la de mi abuela paterna, que sólo aportó al matrimonio unasgargantillas y unas arracadas de coral, dos relicarios de plata con unaastilla de la Vera-Cruz, y un hueso de Santa Felícitas, respectivamente;tres mudas de ropa blanca, dos mantelerías de hilo casero, una cadena deoro cordobés, el vestido de gala con que se casó, y otro a medio usopara todos los días. Por parte de mi abuelo ya fue cosa muy diferente.Nuestra casa de Tablanca ejercía en todo el valle, por virtud de sucondición benéfica amén de ilustre, cierto señorío indiscutible ypatriarcal, y era el paradero obligado de todas las personas notablesque pasaban por allí, incluso los obispos.

Solamente en lo que recordabami padre, se habían hospedado dos en ella: el de Santander y el de León.Para estos y otros parecidos menesteres había en arcas y alacenas buenaprovisión de sábanas y mantelerías superiores, maciza y abundante platade mesa y hasta dos colchas de damasco y un crucifijo de marfil y ébano.Nada faltaba allí de lo que no debía de faltar en la casa de una familiacomo la nuestra. Pero de su situación, de su forma, de su amplitud, desus comodidades, ni una palabra: a lo sumo, que era grande, con solanas,escudo nobiliario y accesorias. Del terreno en que estaba enclavada ysus aledaños, de las condiciones y aspecto del paisaje, de su clima, desus recursos para la vida algo más que animal, de las costumbres de sushabitadores, era ocioso inquirir cosa alguna por informes de aquel buenseñor, que con estar tan pagado de su estirpe y poner en los cuernos dela luna los blasones de su casa y la tierra en que había nacido, sólouna vez y muy de prisa volvió a ella después de haberla abandonado,aunque por imperio de la necesidad, siendo muchacho todavía. Seremontaba a lo más alto de cuanto había oído y leído sobre aquellaempingorotada región de la cordillera cantábrica, y era de ver cómo selas había, primeramente, con los celtas, nuestros supuestosprogenitores, y se descolgaba enseguida de allí para enzarzarse mano amano y como quien ventila y justiprecia ordinarios y corrientes asuntosde familia, con aquellas tribus montaraces, con aquel cántabro feroz quepasó los Alpes y luchó con Aníbal contra Roma y derrotó a Escipión en elTesino. Después hablaba de Augusto y sus legiones, venidos a Cantabriaexpresamente para someternos al yugo romano; de que tal era nuestro empuje, tal

«nuestro» valor y tal «nuestro» apego a la independencia,que el César había necesitado seis años para triunfar en un empeño quele había parecido obra de pocos días; de los horrores de esta guerrabárbara entre inaccesibles peñascales y profundos y sombríos barrancos,donde rugían las aguas tintas en la sangre de

«los nuestros» y de losaguerridos legionarios. No faltaba lo de las madres que durante laguerra mataban a sus pequeñuelos para no verlos esclavos de lostriunfadores extranjeros, ni lo de la muerte en cruz de tantos mártiresentonando himnos de libertad entre maldiciones al conquistador, y contodo esto, un sinnúmero de pormenores sobre el tipo y las costumbres desus héroes, pormenores que yo hubiera querido sobre la tierra quehabitaron, tal y como era en mis días. Lejos de ello, sólo dejaba loscántabros para mezclar a sus sucesores en la epopeya de Covadonga o enlos líos de los «Bandos» de Castilla; y ya puesto aquí con losditirambos a sus ínclitos «antepasados», recorría con ellos las cincopartes del mundo, hasta no saber por dónde se andaba, ni yo tampoco.Porque sobre estas materias tenía mi padre una erudición abundante, peroun tanto sospechosa, obra de una voracidad que entraba con lo cierto lomismo que con lo fantástico, por apego tenaz, aunque meramenteplatónico, a las cosas de su tierra.

De esta manera sabía yo de ella, al recibir la carta de mi tío, poco másde lo que se sabe, por conjeturas o por comparación, de otras semejantesque se han visto «al pasar», y muy de prisa.

Entre tanto, yo había cumplido ya los treinta y dos años; hacía seis queera doctor en ambos derechos, aunque sin saber, por desuso de ellas,para qué servían esas cosas; más de siete que campaba por mis respetos,y me daba la gran vida con el caudal que había heredado de mi padre.Porque de mi madre no heredé un maravedí. Fue una granadina muy guapa,hija de un magistrado de aquella Audiencia territorial. La conoció mipadre andando por allá una temporada, ocupado en negocios de minas, y secasó con ella de la noche a la mañana. El magistrado era viudo y pobre,y se murió dos años después de la boda de su hija.

Debo a Dios, entre otras muchas mercedes, la de un temperamentosingularmente equilibrado de humores, que me ha permitido atravesar porlas más peligrosas asperezas de la vida, sin dejar entre ellas la menortira del pellejo. Muy pocas cosas me han llegado al alma, y rara vez mehe apasionado por la mejor de ellas. Esta ha sido mi mayor fortuna enmedio de la libertad y de la abundancia en que viví, siendo niño mimadoy consentido, mientras fui «hijo de familia», y rico y desligado de todatraba en cuanto quedé huérfano de padre y madre y me declaré «mozo decasa abierta». En estas condiciones y con un temperamento másapasionado, sabe Dios lo que hubiera sido de mí y de mi dinero. Así ytodo, no acrecenté el heredado de mi padre, y hasta le mermé en unabuena tajada, porque no todos los tiempos corrían iguales para el vilochavo; y yo, aunque sin perder de vista lo útil que es este ingredientepara vivir a gusto entre los hombres, no había nacido para esclavo de ély tenía muy arraigadas aficiones que no eran baratas. Me gustaba viajar,y viajaba mucho dentro y fuera de España; me gustaba el llamado «granmundo» o «alta sociedad», y la frecuentaba en sus salones, en losteatros, en los paseos y hasta en los balnearios de moda, y en eldeporte; me gustaban las Bellas Artes, aunque consideradasprincipalmente como artículo de lujo, y compraba cuadros y esculturas enlas exposiciones; me gustaban ciertos hombres de la política y de laliteratura, no por políticos ni por literatos precisamente, sino por laresonancia de sus nombres y el atractivo de sus conversaciones, yfrecuentaba su trato y los acompañaba en sus círculos y en sus banquetesy en sus tertulias y francachelas... hasta me gustaban los toreros acierta distancia, y a cierta distancia cultivaba la amistad de algunosde ellos.

Todo esto, y otro tanto más que de ello se sigue por ley forzosa, al finy a la postre resultaba caro y producía hondos desgastes, si no delpellejo, cuando menos de la sensibilidad moral, aun tratándose de unmozo como yo, que en ningún cuadro aspiró a ser figura de primertérmino, ni a levantar media pulgada sobre la talla común de la masa deespectadores; y esto, no por virtud, sino por exigencias de mitemperamento.

Es muy de notarse que en la afición más acentuada de todas las mías, lade los viajes, me seducía mucho más el artificio de los hombres que laobra de la Naturaleza. Como buen madrileño, amaba a Madrid sobre todaslas cosas de la tierra, y después de Madrid, a sus similares de España ydel extranjero: las más grandes y más alegres capitales del mundocivilizado. Lo que quedaba entre unas y otras, me tenía sin cuidado, ypasaba sobre ello, para ir adonde fuera, como insensible proyectil quelleva el paradero determinado desde su punto de origen. Hijo y habitantede tierra llana, los montes me entristecían y los cielos borrosos meacoquinaban. Una vez sola había estado en la capital montañesa,disfrazando con el deseo de pisar «la tierra de mis mayores», como diríami padre, la tentación de veranear en aquel puerto que comenzaba a ser«elegante». Atravesando en ferrocarril la cordillera cantábrica casi porencima de las fuentes del Ebro, recordé que «por allí», no sabía si a laderecha o a la izquierda, debía de andar mi casa solariega, en algúnrepliegue de aquellos montes encapuchados de neblinas y ceñidos denegros robledales. Y no tuvo entonces mayor resonancia que ésta en micorazón el tan cacareado «grito de la sangre». Días después, y desde unade las alturas que dominan la ciudad, un santanderino, práctico en ello,me nombraba, señalándolos con el dedo, cada picacho y cada monte de lagrandiosa cordillera que empieza al Oriente en Cabo Quintres y Galizano(la cola del enorme reptil), y acaba al Occidente metiendo entre lasnubes los Picos de Europa (su cabeza).

Después, al trazar en el aire con el mismo dedo el curso de cada río delos que en ella nacen y por el fondo de sus negras barrancas sedespeñan, llegó a encararse al Oeste; y marcando tres rayas casiverticales, me nombró el Saja, el Nansa y el Deva; y allí le atajé yocon el pensamiento, diciéndome a mí propio:

«Junto a uno de esos tresríos (creo que el Nansa), más arriba o más abajo, debe de andar el solarde mis mayores.» Y a esto solo se redujo, por segunda vez, «el grito dela sangre» que llevaba en las venas. Como decoración, me enamoraba aquelrosario de escalonadas montañas que de Este a Oeste por el Sur sirven de marcograndioso a la admirable bahía; ¡pero como tierras habitables!...

Tales eran, pico más, pico menos, mis antecedentes personales cuandorecibí la carta en que mi tío Celso me llamaba a su lado, y por tiempoindefinido, desde lo más recóndito y montaraz de la región cantábrica;y, sin embargo, no me causó la embajada impresión tan desagradable comopudiera presumirse tomando al pie de la letra lo dicho sobre mi modo deser y de sentir.

Aparte de lo que me interesó el estado físico y moral de mi tío, noestaba yo tan enamorado de mi sistema de vida, que me espantaran losriesgos de trastornarle radicalmente por algún tiempo. Sin sentirme«cansado» de vivir como vivía, porque no cabía el cansancio en un andartan reposado y, relativamente, metódico como el que había usado yo hastallegar adonde había llegado por tantos y tan peligrosos caminos,comenzaba a notar a la sazón cierta languidez de espíritu, ciertainapetencia moral que no estaban reñidas seguramente con un paréntesisde reposo, y mucho menos con un cambio de impresiones y de

«alimentos».Por este lado, la carta de mi tío no podía llegar más a tiempo de lo quellegó a mis manos. Lo grave, lo inesperado, lo terrible para mí estabapor otro lado: la calidad de lo que se me pedía en ella. Resuelto acambiar de vida por algún tiempo, Dios sabe qué derroteros hubieraadoptado yo; pero es indudable para mí que jamás habría elegido el quemi tío deseaba y me proponía. Llegarme allá para hacerle una visita;pasar por allí de largo, siquiera por conocer de vista el solar de misabuelos, menos mal; pero establecerme en él; hacer la vida de las fierasentre riscos y breñales; aclimatarme a ella de repente en la estaciónque corría (más que mediado el otoño), la antesala del invierno, ¡quétendría que ver en Tablanca! recién llegado yo de Aguas-Buenas y deParís y de medio mundo «distinguido», con las maletas atestadas de«novedades», lo mismo en ropas que en libros; reinstalado en mi«confortable» casita de soltero...

Vamos, era el colmo de lo imposiblesoñar siquiera en trocar todo eso y de repente por lo que se me ofrecíadesde Tablanca.

Pero yo no podía decir a mi tío estas cosas que le hubieran lastimadomucho en la situación de ánimo en que se hallaba; y le entreteníadespachando sus apremiantes instancias con evasivas corteses,pretextando negocios que no tenía, y apuntando

«veremos» sin el menorpropósito de cumplirlos.

Ente tanto, la visión, a mi modo, de la casa de Tablanca, con sus montesy sus fieras y sus gentes y su desolación inverniza, no se apartaba uninstante de mis ojos, porque las súplicas de mi tío, cada vez más vivas,llegaron a tocarme muy adentro; y por lo que pudiera suceder, sentía lanecesidad de poner el caso en tela de juicio, que vale tanto, según lasreglas de la experiencia, como empezar a transigir.

Lo cierto es que un día, el en que recibí la anteúltima carta de mi tío,que me comovió muy hondamente, di en el tema de buscar dentro de mí elporqué de ser yo tan poco sensible a los convenidos encantos de laNaturaleza. ¿Faltaba esa cuerda en mi organismo, o la tenía y no lahabía puesto en ocasión de que vibrara? Pues había que averiguarlo,porque comenzaba a mortificarme el temor de carecer de ella. Además, oes uno hombre, o no lo es; o tiene o no tiene entrañas de humanidad,agallas para ir por donde vayan y hacer lo que hagan otros; o sirve o nosirve para algo más útil y de mayor jugo y provecho que pisar alfombrasde salones; engordar el riñón a fondistas judíos, sastres y zapateros demoda; concurrir a los espectáculos; devorar distancias embutidas enmuelles jaulas de ferrocarril, y gastar, en fin, el tiempo y el dineroen futilidades de mujerzuela presumida y casquivana.

Encarrilado el discurso en este sendero, llegué a sentir un vigor deespíritu, una virilidad desconocida en mí; soliviantóse mi amor propiode mozo bien saneado de alma y cuerpo; y aprovechando la fiebre, portemor de que, si era pasajera, se llevara consigo mi ardimiento aldesaparecer, escribí a mi tío diciéndole «allá voy» y hasta fijándole lafecha de mi salida de Madrid. Entre tanto haría yo mis preparativos deviaje, y me contestaría él dándome las necesarias instrucciones parallegar a su casa desde la última estación del ferrocarril.

Mientras anduve ocupado en hacer abundante provisión de ropas de abrigo,calzado recio, armas ofensivas y defensivas, libros de Aimard, deTopffer y de cuantos, incluso Chateaubriand, han escrito cosas amenas apropósito de montañas, de selvas y de salvajes, lo mismo que siproyectara una excursión por el centro de un remoto continenteinexplorado, puedo responder de que no me faltó la fiebre. Menosseguridad tuve de ello cuando intenté «levantar» mi casa. Me parecía queesto equivalía a quemar mis naves, o, por lo menos, a darme ya porconsentido en que había de ser muy larga mi permanencia entre los ososde Cantabria; y el temor de este riesgo me inclinó a dejar esas cosascomo estaban, sobrándome buenos amigos en Madrid que mirarían por ellas.De todas suertes, nada más fácil que resolver lo contrario desde allá,si así lo pidieran las circunstancias.

En fin, temiendo que por este resquicio de mis flaquezas se me fuerancolando otros aires aún más fríos y enervadores, cerré las puertas deldiscurso a toda reflexión contraria a lo convenido, y Alea jacta est, me dije, como César, resuelto a pasar a todo trance micorrespondiente Rubicón.

II

Y acometí la empresa en la fecha convenida, un día de los últimos deoctubre, frío y nebuloso en las alturas de la romana

«Juliobriga». En laclásica villa inmediata, termino de mi jornada primera, y única posibleen ferrocarril, hice un alto de media hora escasa: lo puramenteindispensable para desentumecer los miembros y confortar el estómago;porque no había tiempo que perder, según dictamen del espolique que meaguardaba en aquel punto desde la víspera con dos caballejos de latierra, espelurciados y chaparretes, uno para conducirme a mí y otropara cargar con mis equipajes.

Puestos en marcha todos, bien corrida ya la media mañana, delante elespolique llevando del ramal la cabalgadura que apenas se veía debajo dela balumba de mis maletas y envoltorios, sin salir del casco de la villaatravesamos por un puente viejo el Ebro recién nacido; y a bien cortotrecho de allí y después de bajar un breve recuesto, que era por aquellado como el suburbio de la población que dejábamos a la espalda,vímonos en campo libre, si libre puede llamarse lo que está circuido debarreras. De las cumbres de las más elevadas se desprendían jirones dela niebla que las envolvía, y remedaban húmedos vellones puestos a secaren las puntas de las rocas y sobre la espesura de aquellas seculares ycasi inaccesibles arboledas, con el aire serrano que soplaba sin cesar,y tan fresco, que me obligaba a levantar hasta las orejas el cuello demi recio impermeable.

Siguiendo nuestro camino encarados al Oeste, llevábamos continuamente ala izquierda, aguas arriba, el cauce del río, con sus frescas y verdesorillas y rozagantes bóvedas y doseles de mimbreras, alisos y zarzamora,y topábamos de tarde en cuando con un pueblecillo que, aunque no muyalegre de color, animaba un poco la monotonía del paisaje.

A la vera del último de los de esta serie de ellos, en el centro de unreducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas, se veían surgirreborbollando los copiosos manantiales del famoso río que, después deformar breve remanso como para orientarse en el terreno y adquiriralientos entre los taludes de su propia cuna, escapa de allí, a todocorrer, a escondidas de la luz siempre que puede, como todo el que obramal, para salir pronto de su tierra nativa, llevar el beneficio de susaguas a extraños campos y desconocidas gentes, y pagar al fin de sudesatentado curso el tributo de todo su caudal a quien no se le debe enbuen derecho.

Y a fe que, o mis ojos me engañaron mucho, o sería obrabien fácil y barata atajar al fugitivo a muy poca distancia de susfuentes, y en castigo de su deslealtad, despeñarle monte abajo sin darlepunto de reposo hasta entregarle, macerado y en espumas, a las iras desu dueño y natural señor, el anchuroso y fiero mar Cantábrico.

Debí pasar demasiado tiempo en meditar sobre éstas y otras puerilidades,y en paladear los recuerdos que despertaba en mí la contemplación deaquellas cristalinas aguas que tanto han dado que hacer a la Historia ya la fantasía de los poetas, porque el espolique, salvando todos losrespetos de costumbre en su ruda cortesía, me apuntó la conveniencia deque continuáramos andando.

—Da grima—le dije obedeciéndole—, pensar en la conducta de esterenegado montañés.

Tuve que descifrar la metáfora para que el espolique me entendiera loque yo quería decirle; y en cuanto me hubo entendido, me respondió:

—Déjeli, déjeli que se vaya en gracia y antes con antes aonde jaz másfalta que aquí. Pa meter buya y causar malis a lo mejor, ríus como éstinos sobran por la banda de acá.

Explicóse a su vez el espolique para que yo le entendiera, y llegué aconvencerme, con ejemplos que me puso de ríos montañeses desbordados alo mejor sin qué ni para qué, arrollando casas, puentes y molinos en lasalturas, y comiéndose en los valles las tierras que debieran de regar,de que bien pudiera ser obra meritoria lo que me había parecido en elEbro falta imperdonable.

Por cierto que no se explicaba mal ni dejaba de tener su ladointeresante mi rudo interlocutor, en quien apenas me había fijado hastaentonces. Era un mocetón fornido, ancho y algo cuadrado de hombros;vestía pantalón azul con media remonta negra, sujeto a la cintura por unceñidor morado; y sobre la camisa de escaso cuello, un «lástico» ochaquetón de bayeta roja.

Calzaba abarcas de tres tarugos sobreescarpines de paño pardo, y por debajo del hongo deformado con quecubría la abultada cabeza, caían largos mechones de pelo áspero yentrerrubio, casi el color de su cara sanota y agradable, cuyo defectoúnico era la mandíbula inferior más saliente que la otra, como la denuestros Príncipes de la casa de Austria. Llevaba en la mano derecha unpalo pinto, y debajo del brazo izquierdo un paraguas azul, muy grande ycon remiendos.

Habíame dado noticias sumamente lacónicas de mi tío.

—¿Cómo anda de salud?—le había preguntado yo en cuanto se me pusodelante y a mis órdenes.

—Tan majamenti—me había respondido él—. Es de güena veta, y hayhombri pa largu.

En concreto, sólo pude saber que quedaba muy alegre esperando millegada.

Dábame los nombres de pueblos y montañas cuando yo se los pedía, sincambiar el ritmo airoso de su andadura ni volver por completo la carahacia mí. Verdad que tampoco le miraba yo derechamente cuando lepreguntaba alguna cosa, porque más que en él, llevaba puesta la atenciónen los detalles del paisaje y en el arrastrado vientecillo que me ibaponiendo las orejas encarnadas.

Quejándome de ello una vez y mostrando recelos de que lloviera al cabo.

—No hay que temelu—me dijo levantando, tan alto como pudo, el índicede su mano derecha, después de haberle metido en la boca—. El aire escierzu, y la niebla espienza a jalar parriba en los picachus.

Cuando intimamos algo más, supe que se llamaba «Chisco», que servía encasa de mi tío muchos años hacía, y que no era natural de aquel pueblo,sino de otro más abajo. Me admiraba, y así se lo dije, verle caminarsuelta y desembarazadamente con un calzado tan pesado y tan recio, quesonaba en las lastras del camino como si las golpearan con un mazo.

—Por acá no se gasta otru en lo más del añu—me respondió saltando conla agilidad de un bailarín por encima de un jaral que le cortaba lalínea recta que iba siguiendo—. ¡Y probes de nos con otra cosa másblanda en los pies pa trotear por estos suelus!

Desconcertado y pedregoso era a más no poder el que íbamos dejandoatrás, y no le prometía más placentero la muestra del que teníamosdelante. Por fortuna, el repliegue en que el sendero se arrastraba erarelativamente descubierto y franco, en particular a nuestra izquierda.

—¿Será por este orden—pregunté a Chisco—, todo lo que nos falta porandar?

—¡Jorria!—contestó el espolique haciendo casi una zapateta—

. ¡Quéyanu se lo pide el cuerpu! ¡Si estu es una pura sala!

¡Buen consuelo para mí, que llevaba ya los riñones quebrantados decabalgar por tantos y tan repetidos altibajos, y comenzaba a sentir enmi espíritu madrileño el peso abrumador de los montes y la nostalgia dela Puerta del Sol y de las calles adoquinadas!

Andando, andando, siempre arrimado a las estribaciones de la derecha,fueron enrareciéndose los estribos de la izquierda, y dejándose ver, porlos frecuentes y anchos boquerones, llanuras de suelo verde salpicadasde pueblecillos entre espesas arboledas, unos al socaire de los monteslejanos, y otros arrimaditos a las orillas de un río de sosegado cursoque serpeaba por el valle.

—¿Es éste el Ebro?—pregunté a Chisco sin considerar que dejábamos susfuentes muy atrás y sus aguas corriendo en dirección opuesta a la quellevábamos nosotros.

—¿El Ebru?—repitió el espolique admirado de mi pregunta—.

Echeli ungalgu ya, por el andar que yevaba cuando le alcontremus nacienti. Esties el «Iger» (Híjar), que sal de aqueyus montis de acuyá enfrenti. Perobien arrepará la cosa, no iba usté muy apartau de lo justu, porque si noes el Ebru ahora propiamenti, no tarda muchu ratu en alcanzali pa dirsejuntus los dos en una mesma pieza por esus mundos ayá; y tan Ebruresulta ya el unu como el otru.

—Y este valle, ¿cómo se llama?

—Esta parte de él que vamus pisandu, pa el cuasi, Campóo de Arriba.

De buena gana hubiera revuelto mi cabalgadura hacia sus risueñaspraderías, cruzadas de senderos blandos y tentadores; pero me arrastrabaa la derecha el pícaro deber encarnado en aquel condenado espolique,siempre cosido a las faldas de los montes, como si de ellos tomara elvigor y la fortaleza que parecían crecer en él según iba caminando.

También llegó a interrumpirse la desesperante continuidad de la barrerade aquel lado, y entonces columbré sobre un cerro, encajonado en elfondo de un amplio seno de montes, un castillo roquero que, aunqueruinoso y cargado de yedra, conservaba las principales líneas de susencilla y elegante arquitectura.

—¿Qué castillo es aquél?—pregunté al espolique.

—El de Argüesu—respondióme; y dicen si es obra de morus.

Para aquellos rudos montañeses, como pude observar más adelante, todaconstrucción de parecida traza es debida a los moros... o a «lafrancesada».

En éstas y otras, volvieron a unirse y apretarse los altos muros de labarrera; fue estrechándose el valle del otro lado, y cuando quedóconvertido en un saco angosto, dimos en una aldehuela que llenaba todoel fondo de él.

—Aquí se acabó lo yanu y andaderu—me dijo Chisco entonces; y comotampoco hemos de jayar en más de tres horas otru lugar ni alma vivientique nos estorbe el caminu, si algo le pidi el cuerpo pa levantar lasfuerzas, no desaprovechi esta güena proporción de jacelu.

Nada necesitaba yo ni apetecía; pero estaba Chisco en muy distinto caso.Autoricéle para que se despachara a su gusto, y se satisfizo con mediopan de centeno y un cuarterón de queso ovejuno. Y fortuna fue para élque no se extendieran a más sus apetitos, porque hubiera jurado yo queno había otra cosa de mayor regalo en aquella desmantelada venta.Autoricéle también para que descansara un rato mientras despachaba lafrugal pitanza, y para que ayudara la digestión con algunos tragos devino; pero a todo se negó: a lo del reposo, porque con las paradas asíse «enfriaban los gonces y se perdía el buen caminar, y los buenoscaminantes debían de descansar andando»; a lo de la bebida, porque lamás sana y mejor para él era el agua corriente y fresca de los regatosque hallaríamos «a patás» en los puertos. Con esto colgó de una muñecael palo pinto, ató al correspondiente brazo las riendas de lacabalgadura, aprisionó el paraguas en el sobaco; y con el pan y el quesoen una mano y en la otra una navaja abierta, me dio a entender, con unademán y una mirada, que estaba apercibido y a mis órdenes.

Nos hallábamos entonces al pie de una altísima sierra que sedesenvolvía, a diestro y a siniestro, en interminable anfiteatro.

—¿Por dónde tomamos ahora—pregunté a Chisco—, y adónde iremos asalir?

—¿Vey usté—respondióme levantando y extendiendo el brazo y apuntandocon la navaja abierta mientras mascaba los primeros bocados de pan yqueso—; vey usté, enfrenti de nos, ayá-rriba, ayá-rriba de tou, unacoyá (collada) entre dos cuetus... vamos, al acabar de esta primerasierra?

—Sí la veo—contesté.

—Pos güenu: ¿vey usté tamién, por entre los dos cuetus de la coyá, otralomba (loma) más alta, que cierra tou el boqueti?

—La veo.

—Pos por ayí hemos de pasar.

—¿Por entre los dos cuetos?

—Por encima de la lomba que va del unu al otru.

—¿Por encima de aquella última?

—Por encima de la mesma.

—¡Pero, hombre—dije estremeciéndome—, si sobre aquella loma no se vemás que el cielo!

—Pos crea usté—me replicó el espolique con gran prosopopeya—, que,así y con tou, hay mucha tierra que pisar al otru lau.

No quise estimar con la imaginación las dificultades que podíanaguardarme en aquella empresa que acometía por mi propia y libérrimavoluntad; y sin decir otra palabra, me puse en seguimiento delespolique.

El cual tomó a pecho, y a buena cuenta, los agrios callejones queparecían ser las raíces con que estaba el monte adherido al valle;callejones sarpullidos de cantos removidos y descarnados por elconstante fluir de los regatos que por allí bajan desde sus cercanosmanantiales.

A estas incómodas sendas, encerradas entre setos bravíos ydesconcertadas arboledas, sucedió muy pronto el suelo blando yenteramente despejado de la sierra.

A veces era tan fino el tapiz de yerba menuda entre brezales rastreros yapretados, que resbalaban sobre él los caballos con mayor frecuencia quesobre los pedruscos y lastrales del camino andado por la finde delvalle; pero como había espacio abundante y desembarazado en todasdirecciones, aprovechaba yo bien estas ventajas para cuartear a mi gustola subida e ir ganando la altura por donde mejor me pareciera. Chisco meprecedía trepando sosegadamente por derecho, garantido por sus tarugoscontra los resbalones de que no se libraba el caballo que conducía delas riendas, cuando pisaba sobre el atusado ramaje de los brezos. Poco apoco, el bombeo de la sierra, que desde abajo parecía continuo yuniforme, empezó a encoger el radio de su curva hasta quedar la trilladasenda que nos era forzoso seguir como raya de mulo sobre su espinazo, ya cada lado una profunda «hoyada» con hermosas brañas en sus laderas, yarroyos cristalinos en el fondo, golosinas que saboreaban a sus anchaslas yeguadas y rebaños que se buscaban la vida por allí.

Llevábamos ya más de una hora de subir y aún nos faltaba un buen tramopara llegar a la cumbre que habíamos de trasponer.

Pasado el lomo de lasdos hoyadas, empezó Chisco a dar señales de tener mucha prisa por llegara algún sitio determinado, y al fin resultó ser un arroyo de aguaspurísimas y transparentes como el cristal, en que bebieron a un mismotiempo y en una misma poza, el espolique y su caballo. Noté, alacercarme a ellos, que andaba el mío algo codicioso del mismo regalo, yno traté de negársele. Mientras bebía con ansia la pobre bestia, quedéyo encarado en opuesta dirección a la que había llevado subiendo, y conun panorama a la vista que me dejó maravillado.

—¿Qué valle es ese?—pregunté a Chisco que se limpiaba los hocicos conla manga de su lástico.

—Pos el vayi por onde hemos pasau—me respondió—; sólo que como novimus más que lo de la parte de acá, y esu en racionis...

Era verdaderamente hermosa aquella planicie que se perdía de vista haciael Sur, circundada de altos montes de graciosas líneas y de calientestonos, y adornada de cuantos accesorios pintorescos puede imaginar unartista aficionado a aquel género de cuadros: praderas verdes, manchasterrosas, esbeltos montículos,

cauces

retorcidos

con

orillas

dearbolado,

pueblecillos diseminados en todas direcciones, y uno másgrande que todos ellos, con una alta torre en el medio, como en muestrade su señorío indisputable sobre la planicie entera.

Aunque no fiabamucho de mi memoria ni de mi sensibilidad artística, creía yo que aquelpanorama, con ser montañés de pura casta, se diferenciaba mucho de losque yo había visto «abajo»

alguna vez: era pariente de ellos, sin duda,pero no en primer grado. Desde luego no había, entre todos los vallesque yo conocía de peñas al mar, uno tan extenso ni de tanta luz comoaquél; y ya, puesto a comparar, me atreví a hallarle más semejante, ensus líneas y en la austeridad de su color, a los valles de Navarracuando aún verdeguean en el campo sus sembrados. De todas suertes, eramuy bello, y podía considerarse como una gallarda variante de lahermosura campestre de que tanta fama goza la Montaña, con sobradarazón.

Por las noticias no muy minuciosas que fue dándome Chisco, supe queaquel valle era el de los tres Campóes: el de «Suso», o de Arriba (elmás cercano a nosotros), el de Enmedio, y el de

«Yuso», o de Abajo; y elpueblo grande con la torre en el centro, que se veía en lo más lejano dela llanura, Reinosa, la villa en que yo había dejado el tren yencontrado a Chisco.

Cuando éste no tuvo más que decirme, continuó su acompasada marcha montearriba, y no tardé en verle detenido con su caballo, y como encaramadoslos dos en el parapeto de una azotea, sobre el perfil de la loma,destacándose ambas siluetas en una mancha azul del cielo remendado denubes cenicientas. Dejé yo entonces mis éxtasis contemplativos y piqué ami dócil y resignada cabalgadura, que arrancó trotando a la querencia dela otra.

Pocos pasos antes de llegar yo al punto en que me aguardaba elespolique, volvióse éste hacia mí; y tendiendo el brazo derecho endirección opuesta, me dijo con cierta solemnidad que entonaba muy biencon lo señalado por su mano:

—El Puertu.

Subí lo que me faltaba, púseme junto a Chisco y miré... Tenía razón elespolique: era mucha la tierra que había que pisar por aquel lado. ¡Peroqué tierra, divino Dios! A mi izquierda, y en primer término, dosaltísimos conos unidos por sus bases, de Norte a Sur, como dos gemelosde una estirpe de gigantes; enfrente de ellos, a mi derecha, las cumbresde Palombera dominadas por el «Cuerno» de Peña Sagra que extendía suslomos colosales hacia el Oeste; y allá en el fondo, pero muy lejos,cerrando el espacio abierto entre Peña Sagra y los dos conos, lasenormes Peñas de Europa, coronadas ya de nieve, surgiendo desde lasorillas del Cantábrico y elevándose majestuosas entre blanquecinasveladuras de gasa transparente, hasta tocar las espesas nubes del cielocon su ondulante y gallarda crestería. Por el lado en que me encontrabayo, descendía la sierra blandamente hasta la base del primer cono, de lacual arrancaba hacia la derecha un cerro de acceso fácil, que resultaríamontaña desde el fondo de la barranca en que terminaba bruscamente. Loque había entre la loma de este cerro y el espacio limitado por lasPeñas de Europa, no era posible descubrirlo, porque lo bajo quedabaoculto por el cerro, y lo alto me lo tapaba una neblina que andabacerniéndose en jirones, de quebrada en quebrada y de boquete en boquete.Sin aquel obstáculo

pertinaz,

hubiera

visto,

al

decir

del

espolique,maravillas de pueblos y comarcas, y hasta el mar por el boquete de PeñaSagra. Hacía más imponente el cuadro el contraste de la luz del soliluminando gran parte de los altísimos peñascos más próximos yreluciendo a lo lejos sobre las veladuras de los Picos, con la tétricapenumbra del fondo de aquel brocal enorme, cuyo lado más bajo me servíaa mí de observatorio.

Ni entonces supe ni sabré jamás definir las complejas impresiones que meprodujo la súbita aparición de aquel espectáculo ante mis ojos, en cuyasretinas conservaba todavía estampada la imagen del risueño valle de lostres Campoés. Lo que recuerdo bien es que, sin apartar la vista delcuadro que tenía al alcance de ella, me fui con el pensamiento al otro,y me abismé en la contemplación del contraste que formaban los dos.

«Allá—me decía—, la llanura abierta, los campos amenos, el solradiante, los frutos, las flores, la égloga, el idilio de la vida; aquí,la bravura salvaje, la lobreguez de los abismos, el silencio mortal delos páramos, la inclemencia de la soledad; allí, el hombre, rey y señorde la tierra fértil; aquí, siervo infeliz, sabandija miserable de susriscos escarpados y de sus moles infecundas.» Y me sentí invadido de unaprofunda tristeza.