Paternidad by Andre Theuriet - HTML preview

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SEGUNDA PARTE

I

Al poner Francisco Delaberge la palabra «urgente» en su informe dirigidoa la Administración esperaba recibir una pronta respuesta. Los días quese pasaron aguardando la decisión ministerial pareciéronle tanto máslargos por cuanto vivía muy solitario en la hospedería del Sol de Oro.La señora Miguelina se había hecho invisible de nuevo y parecía ponercada vez más empeño en esconderse. El mismo Simón Princetot, hacia elcual sentíase atraído y con quien le hubiera gustado conversar, nomanifestaba grandes deseos de continuar las relaciones empezadas enRosalinda.

También se escondía. El inspector general no quería acusarlea él de reserva tan extremada; sospechaba más bien que la señoraPrincetot había procurado alejar de él a su hijo y quitarle así todopretexto de nuevas entrevistas. Estas ofensivas y misteriosasprecauciones mantenían en el espíritu de Delaberge la enervanteinquietud que tanto le hacía sufrir desde su conversación con Miguelina.

Para distraerse de tan hondas preocupaciones y quizás también con laesperanza de encontrar a Simón Princetot en Rosalinda, resolvióFrancisco hacer una nueva visita a la señora Liénard.

La perspectiva de pasar una hora o dos en compañía de la encantadoraviuda le alegraba suavemente el corazón.

Cierto que se hubiera mentido así mismo si se hubiese querido convencer de que sentía hacia Camila unade esas tardías pasiones que atormentan a veces con tan dura crueldad alos hombres que han doblado el cabo de la cincuentena. No, no era eso;pero, cuando volvía a sus pensamientos matrimoniales, cuando se forjabaen su imaginación una vida nueva en que había de verse convertido enpadre de familia, veía siempre el franco y amable rostro de la señoraLiénard asomarse en alguna de las ventanas de sus castillos en el aire.Mientras caminaba hacia Rosalinda, se entretuvo en edificar una vez másese quimérico refugio en que soñaba abrigar su edad madura.

«Seguramente—pensaba,—enamorarse a mi edad se presta un poco alridículo, pero no hay duda que la señora Liénard realizaríacumplidamente mis ideales. Con su gracia, con su naturalencantadoramente expansivo, alegraría los años que me falta vivir; notiene ni la frivolidad, ni la empalagosa coquetería de las señoras quetrato en París; sería una mujer de su casa, activa y alegre, una esposaque me haría honor y que, no habiendo tenido antes hijos, amaría a losque pudiesen nacer de nuestro matrimonio... Sí, pero, suponiendo queaceptase unir su existencia a la mía, ¿no sería demasiado joven para miscincuenta años?...»

Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un poquitín egoístas,atravesó Delaberge la avenida de los fresnos y llegó a la misma terraza,donde encontró a la señora Liénard formando un magnífico ramo con lasflores de su jardín.

—Ya lo ve usted, señora—dijo saludándola,—cómo abuso de la libertadque me dio y vengo a pasar unos momentos en su compañía a títuloúnicamente de vecino.

Camila Liénard le recibió con amable sonrisa y le tendió su

morenamanecita,

cuya

fina

epidermis

habían

ligeramente rasgado las espinas delos rosales; y dijo la viuda:

—Estoy encantada de su visita y le pido solamente permiso para acabareste ramo... No tardaré mucho, pero es faena que no puedo aplazar... Hevisto que necesitaban ser cambiadas las flores que tengo en los jarronesdel salón...

Hay dos cosas que no puedo sufrir: las cintas descoloridasy las flores mustias.

—¿Puedo ayudarle?

—Ciertamente. Tome esas tijeras y tenga la bondad de cortar las floresque yo vaya designando.

Delaberge se puso alegremente al trabajo. A medida que ella le ibanombrando las flores las cortaba él dócilmente, alguna vez se equivocabay la viuda le reñía... De pie en medio de los caminillos del jardín, alviento los cabellos, relucientes los ojos en la sombra de su sombrero depaja, la señora Liénard, apretando contra el pecho el ramo ya voluminosode sus flores, le iba dando sus indicaciones con voz límpida y musical.

—Sobre todo, córteme largos los tallos... Deme esos narcisos... No, no,esas flores, ésas no lo son... Aquellas otras, blancas con el corazónanaranjado... ¿Cómo no conoce usted el narciso de los poetas?... Noparece usted muy fuerte en la botánica de jardín, señor forestal.

Y ambos se reían. Delaberge se complacía en esa labor florida quecompartía con la amable mujer. Sentíase rejuvenecido por el contacto delos fresquísimos pétalos de tantas y tantas flores, de todos colores yformas, subiéndosele a la cabeza los primaverales perfumes de las rosas,de los junquillos y de los iris... Cada vez que añadía una flor albrazado de la viuda, era para él una delicia rozar apenas los dedos deCamila por entre las hojas llenas de humedad.

—Basta—dijo ella al cabo de algunos minutos.—Ya tenemos bastantesflores. Ahora sólo falta ponerlas en los jarrones.

Y con Delaberge se encaminó hacia un emparrado, bajo el cual habíaalgunas sillas de junco y una mesa; encima de ésta lucían sus brillantescolores dos pequeños jarrones llenos de agua.

Entonces comenzó el delicadísimo trabajo de arreglar los ramos.Francisco presentaba una a una las flores a la señora Liénard, quien lasiba disponiendo artísticamente en los jarrones, combinando los matices yvariando de sitio las flores según su forma y su tamaño. Poco a pocolos iris violados, las blancas madreselvas y los miosotis iban surgiendogentilmente de entre una corona formada de rosas y de narcisos.

Por debajo del emparrado se veía una parte de la terraza, bordeada denaranjos y un trozo de la fachada con sus ventanas abiertas, animadotodo por el susurro de innumerables insectos, borrachos de sol.

Delaberge, muellemente enternecido, y sintiéndose expansivo, aun a pesarsuyo, se atrevió a hacer una tímida insinuación:

—¡Esta Rosalinda es un paraíso!... Pero un paraíso en que se vivaconstantemente en compañía de sí mismo, puede a la larga hacersemonótono... ¿No ha pensado usted nunca en animar un poco esta soledad?

La señora Liénard fijó sus límpidos ojos en su interlocutor. Dejó caerde sus manos la rosa cuyas espinas iba quitando y, apoyándose de codosen la mesa, se quedó pensativa un momento. Se entreabrieron sus labios,como a punto de hacer una confidencia, mas en seguida cerráronse otravez.

Hubo un corto silencio y volviendo a su labor de ir colocando con artelas flores en los jarrones, habló Camila de este modo:

—Sin duda cree usted, señor Delaberge, que es demasiado absoluto miaislamiento... ¡Dios mío, también yo, algunas veces, lo creo así!... Yme pregunto si no haría mucho mejor modificando un poco mi existencia,aunque es ésta una pendiente hacia la cual no me agrada guiar misensueños... Y no obstante...

Hizo la señora Liénard un gracioso mohín y se calló.

Los dos jarrones estaban ya listos. La viuda se levantó, sacudióse lasverdes hojitas que se le habían quedado adheridas en la falda y tomandouno de los jarros suplicó a Delaberge que tomase el otro, diciéndolosonriente:

—Continúo abusando... Pero es usted tan amable que no temo serindiscreta.

—Tiene usted razón, señora—replicó galantemente Delaberge;—trátemecomo un amigo... Siento únicamente que se limiten mis servicios a tanpoca cosa... Quisiera poder

pagar

mucho

mejor

mi

deuda

de

reconocimientohacia

usted,

tan

hospitalaria,

tan

benévolamente amable con un pobredesterrado como yo. Si alguna vez le parece su casa un poco solitaria,es ésta al menos una soledad deliciosa, mientras que la hospedería del Sol de Oro no es más que un fastidioso desierto.

Habían entrado ya en el salón.

—Entonces—repuso la señora Liénard, tomando de sus manos eljarrón—cuando se sienta demasiado triste allá abajo, véngase aquí unosmomentos.

—¿Me permite usted que vuelva?... Entonces, márchome enteramente feliz.

Creyó conveniente no prolongar más su visita y se dispuso a despedirse.

—¡Hasta bien pronto!—le dijo ella tendiéndole con amable vivacidad sumano.—Hasta mañana, si quiere usted.

Sí, venga usted mañana: tal vez...tal vez tenga un consejo que pedirle.

Y salió Delaberge de la casa, animado por la esperanza de una tanpróxima visita y también por la perspectiva de esa misteriosaconfidencia que la viuda quería hacerle.

II

Al día siguiente de aquel en que Delaberge había ayudado a la señoraLiénard al arreglo de sus jarrones, Simón Princetot, terminado elalmuerzo, atravesó la cocina del Sol de Oro y se dirigió hacia laescalera que conducía a la habitación roja. Había ya puesto el pie sobreel primer escalón cuando la señora Miguelina que le seguía con miradaansiosa, le preguntó:

—¿Dónde vas?

—Al cuarto del señor Delaberge. Mañana se reúne en la alcaldía elsindicato formado por los usuarios y antes de convenir con ellos laforma en que habremos de proceder, desearía ver al inspector general...Ya comprendes... No estaría de más hacerle hablar y saber cuáles sonsus intenciones...

Miguelina sacudió de un lado a otro la cabeza y levantó los hombrosdiciendo:

—Trabajo inútil, el inspector ha salido apenas ha acabado elalmuerzo... ¡Ah! ¡no para un momento en su cuarto! Ayer se pasó la tardeen casa de la señora Liénard y pienso que hoy ha vuelto allá, pues le hevisto que tomaba el camino de Rosalinda...

Mientras ella hablaba íbase oscureciendo la fisonomía de Simón, lo queno se escapó a las miradas de la señora Miguelina. Hacía tiempo quehabía leído ya en el fondo del corazón de su hijo y adivinó fácilmenteque lo que a éste le disgustaba no era la ausencia del inspectorgeneral, sino la noticia de sus reiteradas visitas a Rosalinda.

Entonces se le ocurrió que el medio mejor para impedir que Francisco ySimón llegasen a más íntimas amistades era separar a aquellos doshombres por medio de los celos, sirviéndose de la señora Liénard como deun seguro elemento de discordia. En el fondo temía la influencia quepudiera ejercer en su hijo la propietaria de Rosalinda.

Sabía que Simónhabíase encargado del asunto de los deslindes sólo para complacer a laseñora Liénard y veía con terror el desarrollo de una pasión, que, segúnella, no podía tener para su hijo sino crueles desengaños. Díjose queexcitando los celos de Simón podía lograr dos cosas de una vez: hacerleolvidar su engañoso amor y alejarlo para siempre de Delaberge.

Se aproximó al joven, le puso una mano en el hombro y murmuró con acentode maternal compasión:

—¡Pobre hijo mío, te das mucho trabajo por nada y aun creo que te hasmetido en un mal negocio!...

—No soy de tu parecer, mamá; la causa que defiendo es justa y además nopuedo abandonar ahora a las honradas gentes que me han confiado susintereses.

—No quieras engañarme ni engañarte a ti mismo... Tengo fina la mirada yveo claras las cosas... Si has tomado con tanto empeño este asunto, noha sido por los hermosos ojos de los usuarios de Val-Clavin, sino porlos de la señora Liénard.

—Mamá—interrumpió Simón ruborizándose un poco,—

calla, te lo ruego...¿Por qué dices eso?...

—Digo lo que pienso, lo que es verdad... Estás enamorado de la señoraLiénard y te imaginas que va a recompensar tu trabajo consintiendo enllamarse la señora Princetot...

—¡No!—exclamó el joven.—¡Nunca he pensado cosa tan absurda!

—Tanto mejor si me engaño, hijo mío, pues yo te aseguro que, de haberloesperado, tú te habrías de arrepentir temprano o tarde... Más que ellavales, no hay que dudarlo; pero esas señoras se creen hechas de otrapasta que nosotros. Quieren casarse con gentes de su mundo propio ymientras te engaña con palabras dulces y alegres sonrisas, la señoraLiénard se deja hacer la corte por el inspector general.

—¡Vaya, mamá!—dijo Simón.—¡Qué sabes tú de eso!

—Lo sé muy bien—afirmó la señora Miguelina;—¡si salta a los ojos!...Hace una semana que está aquí y le ha hecho ya tres visitas a lapropietaria de Rosalinda. Parece que se habían visto ya en Chaumont y elasunto de estos deslindes no ha sido más que un pretexto para explicarsu estancia en Val-Clavin... Ese forestal entretiene a todos conpalabras y vagas promesas a fin de poder estar más tiempo cerca de laviuda y acabar su conquista... En la reunión de mañana trata tú deponerle entre la espada y la pared pidiéndole una contestacióncategórica y ya verás cómo yo tengo razón...

Simón inclinó la cabeza, se mordió los labios y frunció duramente lascejas. Miguelina comprendió que comenzaba a dudar y adivinó al mismotiempo, por la contracción dolorosa de su rostro, que sufría el muchachocruelmente.

Entonces le atrajo hacia sí, le tomó la cabeza entre lasmanos y le besó con profunda ternura en la frente...

—¡Pobre hijo mío!—agregó.—Duéleme el mal que te hago, pero yo noquiero que se burle nadie de ti...

Reflexiona sobre todo esto y, créeme,no te dejes engañar ni por las coqueterías de la señora Liénard, ni porlos halagos del señor Delaberge...

Simón se desprendió de los brazos de su madre y se alejó rápidamente.Tenía necesidad de encontrarse a solas y de pensar mucho en las celosasaprensiones que las palabras de su madre habían despertado en suespíritu.

Al salir de su casa dirigióse hacia los bosques de Carboneras:Ciertamente, con su intuición femenina, Miguelina Princetot habíaadivinado lo que pasaba en el corazón de su hijo; pero le atribuía almismo tiempo miras ambiciosas que él no había tenido jamás. Amaba, enrealidad, a la señora Liénard, pero la amaba con amor cándido yapasionado, aunque nunca se había hecho la ilusión de que su ternura sepudiese ver correspondida. No ignoraba que una barrera casiinfranqueable le separaba de la viuda. Y aunque amaba sin esperanza ysin la ilusión de verse a su vez amado, no por eso había de ser menosaccesible a los celos. Recordaba la impresión de hondo disgusto quehabía dejado en su alma la primera visita que hizo Delaberge aRosalinda... Por encima de los árboles del bosque, distinguía entonceslas puntiagudas torrecillas de la casa de la señora Liénard y decíaseque, sin duda, en aquel mismo momento se encontraba el inspector generalconversando con la joven y aprovechando la ocasión para llevar a buentérmino sus propósitos matrimoniales... A esta idea, un acceso de ira lehizo subir la sangre a la cabeza mientras una angustia terrible leoprimía el corazón. No pudo resistir más... Aunque hubiese de serhorrendo el sufrir, quería de una vez acabar con sus mortalesinquietudes y conocer toda la realidad de sus angustiosas sospechas.Abandonó las alturas del bosque y caminando por entre los herbajes sedirigió hacia la cerca del parque.

III

Mientras la señora Princetot hablaba con su hijo y arrojaba en su pechola mala semilla de los celos, el inspector general, conmovido lo mismoque un muchacho que acude a su cita primera, seguía a buen paso elcamino de Rosalinda.

Se había vestido con más cuidado que de costumbre y su andar era másfirme que otras veces... Vivamos en plena lozanía juvenil o hayamos yamadurado como una fruta de otoño, siempre que se trata del eternofemenino nos sentimos

prisioneros

de

las

mismas

ilusiones,

nosenloquecen las mismas dulces fantasías.

Caminando aprisa, Delaberge encontraba mayor frescor en la verdura delos prados, un sabor mucho más dulce en el aire que respiraba. Losargentinos sones de las campanas del pueblo, volando por encima de losbosques, le mecían alegremente, mientras iba saboreando con fruiciónlos recuerdos de su anterior visita.

¡Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los viejos campanariosque las sustentan, de sonido ligero y límpido como la atmósfera de losbosques en que vibra, cristalino y cantante como los riachuelos encimade los cuales se para un momento, inmenso es el encanto que desparramanpor los solitarios campos... meciendo con pacíficos ensueños el espíritude quienes lo escuchan!... Sea joven o viejo, esté triste o alegre,aquel hasta cuyos oídos llega el dulcísimo son se siente conmovido en lomás hondo y le parece elevarse por encima de las miserias terrenales...Despiertan en el corazón no se sabe qué de un gran frescor matinal ycándido: es el acompañamiento amistoso de nuestros ensueños, de nuestrosdeseos, de nuestras

añoranzas...

intensificándolas

todavía.

El

encantode su música despierta en nosotros, con sus colores de alba purísima,los más caros recuerdos de nuestra juventud...

Regocijado interiormente por el clarísimo son de las campanas, Franciscose representaba con mayor fuerza en su imaginación a la señora Liénardsentada bajo el emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia,con su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con sugracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras y se lasrepetía complacientemente, como nos gusta oler de vez en cuando la rosaque hemos arrancado al paso.

Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las cortinas del salón,Camila Liénard dejó precipitadamente el bordado en que trabajaba;brillaron sus ojos y una rápida oleada de rubor coloreó sus mejillas.

—¡Bienvenido, señor Delaberge!—dijo.—Ha sido usted muy amablecumpliendo tan puntualmente su promesa...

Grande es mi contento...

Y le tendió la mano, que el inspector general besó con caballerescagalantería.

—No había de olvidar lo prometido—repuso Delaberge reteniendo unmomento los dedos de la joven entre los suyos.—¿De qué se trata, señoramía?

Ruborizóse ella otro poco, retiró la mano y la puso suavemente sobre elbrazo del caballero al tiempo que murmuraba, mostrándole una de lasventanas.

—Venga usted, hablaremos con más libertad en el jardín...

Y a través de las avenidas asoleadas le condujo hasta el centro delparque. Había allí, en medio de una encrucijada en forma de estrella, unpabellón rústico, adornado su exterior por multitud de plantastrepadoras. El interior estaba decorado con sencillez y eran sus mueblesde una elegante rusticidad. Por los ventanales del pabellón cuya luztamizaban las plantas que a medias los cubrían, distinguíanse hastaperderse de vista las verdeantes avenidas del parque. En el centro delpabellón había una mesa y sobre la mesa estaban preparados algunosrefrescos.

—Instalémonos aquí—dijo Camila acercándose a la mesa.—Aquí estaremosbien y, como creo que ha de tener usted mucho calor, voy a prepararle unjarabe de frambuesas.

Aquella hospitalaria acogida, la discreta intimidad de aquel pabellónque el ramaje caído de las hayas cubría de verdor, el rostro franco yligeramente encendido de la joven viuda sentada, enfrente de él, todoeso llenaba a Delaberge de un sutil desvanecimiento y hacíale perderpoco a poco el sentido de la realidad.

Con la ingenua presunción de un hombre que no tiene una experienciagrande de las cosas de amor, interpretaba según su propio deseo elcomportamiento de la señora Liénard, y vagas reminiscencias de novelasleídas en su juventud

le

hacían

creer

en

una

tierna

y

delicadapremeditación por parte de la joven viuda. El aislado pabellón y lasprecauciones tomadas para sustraerse a toda clase de indiscretasmiradas, daban a aquella cita un aspecto galante que de una maneradeliciosa conturbaba su corazón de viejo soltero.

Al dejar el vaso sobre la mesa, volvió Delaberge hacia la señora Liénardsu mirada tiernamente interrogativa.

—Usted se preguntará, sin duda—comenzó ella,—qué es lo que yo puedotener que decirle a usted... Pues bien, vamos a ello... Es un pocodelicado y quizás se extrañe de la facilidad con que hago misconfidencias a una persona a quien he visto por la primera vez haceapenas diez días... En primer lugar, usted no es para mí undesconocido... Su amigo el señor Voinchet me ha hablado con el máscaluroso elogio de su lealtad y de su claro juicio. Además, piense quevivo sola aquí, sin parientes próximos, sin más relaciones que las quepuedo tener con honrados campesinos o con agentes de negocios. No es muyfrecuente encontrarme con un hombre como usted, de su carácter y de suautoridad, por todo lo cual habrá de perdonarme la libertad que acabo detomarme para pedirle consejo...

Finalmente—prosiguió

con

expresióntodavía

más

afectuosa,—creo ya haberle dicho que desde los primerosmomentos me inspiró usted una gran confianza.

Cuando me son simpáticaslas personas, siento en mí un algo que no me engaña nunca y me impulsahacia ellas...

Esta especie de confesión murmurada en la quietud de aquel sitio, dondeel roce de los movientes verdores contra los cristales de las ventanasrevelaban tan sólo la existencia del mundo exterior, aumentó todavía laemoción y las esperanzas de Francisco. Estrechó la mano de la señoraLiénard y declaróse profundamente agradecido por la confianza que sedignaba mostrarle.

—Le agradezco—añadió Delaberge—que me trate como amigo; aunque es dereciente fecha nuestro conocimiento, le puedo asegurar, señora, quehabré de serle enteramente leal.

Siento por usted la más tiernaestimación y el ardiente deseo de serle útil.

—En tal caso, voy a poner ahora mismo su indulgencia a prueba...

Se detuvo un momento, bebió un poco de agua de frambuesas para darsealgún aplomo y después prosiguió:

—He pensado muchísimo en una frase que se le escapó a usted ayer conrespecto a mi vida solitaria... Su observación vino precisamente enapoyo de ciertas reflexiones que yo vengo haciéndome alguna que otra vezdesde hace lo menos un año... Sí, aunque pongo en mi vida algunaactividad, me pesa mi aislamiento con frecuencia... Pienso que tengoveintiséis años y que no es ciertamente una edad para entregarse porcompleto al retiro. Tengo salud excelente, un humor más bien alegre quemelancólico, no me siento con vocación para una viudez perpetua y mepregunto algunas veces si no obraría muy santamente casándome denuevo...

—Tiene usted razón—afirmó Delaberge animándose;—la soledad no esbuena para nadie, pero es peor todavía para una mujer joven, para unalma expansiva y encantadora como la suya... No aguarde para hacerlo laedad de las vacilaciones y de las añoranzas...

—Sin duda—replicó ella sonriendo;—pero, aunque estoy todavía lejos dela treintena, pienso que la edad de las vacilaciones ha llegado ya... Unprimer matrimonio medianamente feliz despierta una precoz desconfianza;es como un vuelco de carruaje, que nos hace cobardes para siempre. Midifunto marido, el señor Liénard, era un hombre honrado, pero uncompañero poco agradable; débil y a la vez duro de corazón, enfermizo yprematuramente viejo, me tenía encerrada sin quererlo en una atmósferallena de melancolías y de fastidio. Necesité toda mi juventud, toda lafuerza que había en mí para conservar, después de cinco años desemejante régimen, mi buen humor y mi excelente salud. Me casé con élcasi sin conocerle, y no quisiera caer de nuevo en el propio error sialguna vez me decido a casarme. Desearía que ahora guiasen mi elecciónmenos las puras conveniencias que una inclinación sinceramentesentida... He aquí por qué, antes de dar a mis ensueños actuales unaforma de realidad, he querido oír el parecer de un hombre serio... Ustedvive en París, señor Delaberge, usted tiene experiencia del mundo ypodrá, por tanto, aconsejarme bien.

—¡Ay, señora!—replicó suspirando—yo soy un célibe que ha hechosiempre vida muy retirada, puedo decir que he pasado toda mi existenciaen las oficinas. Sin embargo, conozco algo a los hombres y puedoayudarle a ver con claridad a través de sus vacilaciones... Antetodo—agregó sonriendo discretamente,—¿cuál sería su ideal? ¿Lo haentrevisto ya usted en sus ensueños?

—Alguna vez—contestó ella bajando los ojos.—En primer lugar, detestoa los caracteres ligeros, a las gentes frívolas y ociosas; me gustaría,pues, si yo llegase a tomar un segundo marido, que fuese hombre de unespíritu bien cultivado y que se ocupase útilmente en algo; me gustaríaque fuese a la vez tierno y fuerte, reservado y digno...

Delaberge estaba encantado; sin adularse mucho, tenía plena concienciade poder cumplir el programa de la joven, y una alegre claridadiluminaba su rostro.

—¡Muy bien!—dijo.—Esto en cuanto a lo moral...

Pasemos ahora a lascualidades físicas... ¿Desearía usted que el marido ideal fuese muyjoven?

—Sin creerlo en absoluto necesario—repuso ella,—

paréceme, sinembargo, que la juventud no estaría de más...

La juventud es la que haceresaltar las cualidades morales y las hace fecundas. Recuerdo dos versosde Víctor Hugo que me impresionaron hondamente cuando los leí y que sepueden aplicar muy bien al caso:

Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antessi vivimos con gente vieja...

Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edadentre la mujer y el marido es posible la mutua estimación ybenevolencia.

—¿Cree usted?—murmuró Delaberge.

Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azulesojos desapareció de pronto, como apagada por un soplo trágico.

—¿Le parece a usted que soy exigente?—preguntó ella al notar esecambio de fisonomía.

—¡Tiene

usted

derecho

a

serlo!—repuso

melancólicamente.

—Entiéndame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llamanfigura brillante...

Levantó sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movían másallá de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagendel marido soñado y continuó con la mirada fija en los lejanoshorizontes:

—No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo...

Yo desearía quefuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha deentusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad,ni de las elegancias superficiales de los jóvenes de hoy. Me causanhorror los hombres desocupados... Yo desearía que el marido de mielección tuviese el espíritu lleno de nobles ambiciones, que tuviesesencillo el corazón y amase como yo el campo y sus grandesespectáculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posición ni a untítulo de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por suspropios méritos. Yo entonces le amaría por sí mismo, por su espíritu,por su fuerza de carácter, por su alma entusiasta escondida bajoapariencias de frialdad y aun de rudeza...

Abría ella su corazón con ingenua espontaneidad, parecía que soñaba envoz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delabergeque ese marido descrito con tanta precisión era menos imaginario de loque la joven pretendía;

en

ciertos

rasgos

característicos,

veíaseclaramente que ese ideal se parecía muchísimo a un joven que uno y otroconocían... a Simón Princetot.

No cabía duda de que la viuda sentía una secreta inclinación por el hijode Miguelina... ¿Cómo no lo había él adivinado ya desde el primer día,él que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egoístavanidad y su estúpida preocupación de representar tan bien su papel deenamorado le habían puesto una venda en los ojos. Se necesitaba serfatuo para imaginarse que a su edad había de producir la menor impresiónsobre la joven... La señora Liénard con su ingenua franqueza, acababa dedarle una durísima lección de modestia.

Le vio ella hondamente preocupado y se atrevió a decir:

—Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.

—No, señora mía; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensatoy le aseguro que su manera de pensar lo hace todavía más simpática a misojos.

—Entonces, ¿es usted de parecer que, si encontrara un día el ideal queacabo de esbozarle, podría tomarlo por marido sin hacer lo que se diceuna tontería?

—Sin duda ninguna.

Exhaló Delaberge en un suspiro su última ilusión y se levantó.

—Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se ibahaciendo tarde.

—Es verdad—dijo ella;—el sol camina ya hacia el ocaso.

—Adiós, señora.

—¿Adiós?—exclamó ella.—¿Es que se marcha usted de veras?

—No... No marcharé de Val-Clavin sino después de haber recibido larespuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar mañana a losusuarios, que han de reunirse en la alcaldía; sin embargo, esta reuniónen nada modificará mis proposiciones y pienso que de aquí a muy pocopodré comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.

—Entonces no diga usted esa triste palabra «adiós», pues hemos devernos todavía.

—Ciertamente, no marcharé sin despedirme de usted y sin estrechar sumano.

Hablaba Delaberge con voz contristada y se disponía a salir.

Lo notó Camila Liénard y vio el aire de tristeza que oscurecía surostro. Temió haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez conexcesivo desdén y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redoblótodavía su natural amabilidad.

—Si quiere—dijo Camila,—daremos un paseo por el parque y leacompañaré hasta una puertecilla que da al campo y que no alargará muchosu camino... Deme usted el brazo.

Delaberge obedeció y suavemente apoyada en él, trató la señora Liénard,a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar laspalabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron unbuen trecho por una de las avenidas del parque, ya bañada por una mediaoscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copasde los árboles y moría la tarde en medio de los armoniosos cantos de lospájaros.

Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atencionesque tanto se asemejaban a la ternura y se parecían a la indulgencia conque se trata de consolar a un niño, acrecieron todavía en Delaberge suinterno sufrir:

«No soy para ella nada—pensaba;—me acaricia lo mismoque se hace con un anciano...»

Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstruía y que laseñora Liénard pudo abrir apenas. Le acompañó todavía algunos pasosfuera del parque y después tendió al inspector general la mano.

—No tiene más que seguir este camino... Hasta muy pronto... Yperdóneme que haya abusado de su paciencia.

Por toda respuesta, se inclinó hacia la pequeña mano que le tendían y larozó suavemente con sus labios. La joven corrió hacia la puertecilla delparque y antes de atravesar sus umbrales se volvió hacia Delaberge y lesonrió gentilmente. En seguida desapareció.

Profundamente conmovido, se disponía Francisco a seguir el camino que lajoven le había indicado, el cual en aquel sitio cruzaba un pequeñobosque de sauces y de abedules, cuando despertó su atención un ligerorumor de hojarasca y vio al mismo tiempo, confusamente, por entre losárboles la figura de un hombre joven que huía del bosquecillo y sealejaba a través de un campo de centeno.

Hubiérase dicho que,avergonzado de haber sido visto en aquel sitio, trataba de escapar y deesconderse tras las altas espigas a fin de no ser reconocido.

El inspector general se detuvo un momento contemplando la figura deaquel hombre que cada vez se iba haciendo menos distinta.

—¡Es singular!—dijo Delaberge casi en voz alta.—Tiene este fugitivouna gran semejanza con Simón Princetot.

IV

Preocupado por este incidente, siguió Delaberge muy pensativo el senderoindicado, separado del parque solamente por un seto vivo y un arroyuelo,por el que discurrían las aguas derivadas del Aubette. Por el otro ladosubían hacia los bosques los anchurosos campos, plantados de centenos yde alfalfas, que mostraban solamente aquí y allá algunos claros, tierraspantanosas en que crecían tristísimas plantas acuáticas. Toda la extensallanura se iba adormeciendo, como mecida por el monótono canto de losgrillos. Solamente, en medio de ese rumoreo adormecedor, lanzaban de vezen cuando al aire sus agudos chillidos algunos pequeños mochuelos quevolaban de rama en rama e iban a posarse finalmente en las mediodesnudas de un viejísimo roble. Los salvajes gritos de los mochuelos, elmurmullo intermitente de las aguas y el vespertino canto de losinsectos, añadían todavía mayor tristeza a la impresión de soledad queoprimía el corazón de Francisco.

Desde que las confidencias de la señora Liénard habían derribado suscastillos en el aire sentíase dolorosamente desencantado. El hondomalestar que le hacía sufrir antes de su visita a Rosalinda, y que susquiméricas esperanzas habían por un momento disipado, de nuevoapoderábase de su espíritu, ahora que ya la señora Camila, sin saberloella, había disipado sus caros ensueños. Esta mortificante decepción sele aparecía como un anillo más de la cadena de hechos dolorosos que ibansucediéndose desde su llegada a Val-Clavin.

Una fresca brisa que bajaba de las alturas inclinaba muellemente lossembrados y movía con levísimo rumor las copas de los árboles. Sehubiera dicho que era el alma de los bosques exhalando en suspiros deinquietud la melancolía que pone en ellos la caída de la tarde. Lainfinita tristeza del crepúsculo en aquel sitio tan lleno de soledad,penetraba hasta lo más íntimo en el espíritu del inspector general y unahonda amargura le subía a los labios: «¡Demasiado tarde!—pensaba.—¡Esdemasiado

tarde!...

¡No

se

recomienza la vida cuando se quiere!...»

Caminando lentamente llegó por fin a los límites del bosque y desde loalto del camino que seguía pudo ya distinguir las casas del pueblo comoveladas sus techumbres por una azulada humareda. Poco a poco ibanapagándose los rumores de los campos. De vez en cuando pasaban por sulado rudos leñadores que regresaban a su casa y cuyo pesado caminar seiba extinguiendo a lo lejos.

Muy cerca del estanque, un lavadero mostraba a los cielos sus aguas deun azul de turquesa, rodeadas por una valla hecha de juncos y deherbajes. Arrodillada sobre una piedra ancha y lisa una campesina estabalavando, inclinada la cabeza y al parecer dándose gran prisa para acabarcuanto antes su faena... Al rumor de los pasos de Delaberge, levantócuriosamente la cabeza y suspendió el trabajo para mirar de hito en hitoal paseante. Este no se había fijado y continuaba su camino pensativo,cuando la lavandera, con voz chillona le interpeló atrevidamente:

—Buenas tardes, señor Delaberge, pasa usted muy distraído...

Extrañado, se detuvo un punto y fijó sus ojos en aquella mujer quesabía su nombre y cuyo rostro no despertaba en él ningún recuerdo.

Delgada, más bien escuálida y mal vestida, parecía pasar bastante de loscincuenta. Sus cabellos mal peinados caían en grises mechones sobre suarrugado cuello; su rostro de cabra vieja, en que lucían dos brillantesojos, tenían una expresión de maligna desvergüenza.

—¿No me reconoce usted?—insistió.—La verdad es que ha pasado agua pordebajo del puente, desde los tiempos aquellos en que lavaba yo suropa... Soy la Fleurota.

Entonces la recordó: esta Celia Fleurota lavaba en otros tiempos la ropade los huéspedes del Sol de Oro. No era ya por aquel entonces muyjoven, pero fresca todavía, limpia siempre, de gestos vivos y sin fríoen los ojos. Sus maneras provocativas, sus alegres palabras y susencendidas miradas, trastornaban a los hombres. Tenía la reputación deser un tanto ligera y el inspector general recordaba que durante dos otres meses había dado muchísimas vueltas en torno de él, encaprichada ydispuesta sin duda a concederle el beneficio de sus gracias. Yaenamorado de la señora Miguelina, había permanecido frío a talesavances y desdeñado esta conquista demasiado fácil.

En el estado de espíritu en que sentíase aquella tarde, el encuentro deesa mujer habría de serle poco agradable; sin embargo, no quiso humillara la Fleurota y le respondió precipitadamente:

—En efecto, me acuerdo muy bien... ¿Cómo le va, Celia?

—Ya lo ve usted, trabajando como un negro para los demás y teniendomiseria sobrada.

—¿Sigue usted lavando?

—De algún modo se ha de ganar el pan... Pero es un endiablado oficio;estoy medio muerta de reumatismo... No ha tenido una buena suerte... Notodos nacen con estrella, como el Príncipe y su mujer... Estos hanhecho ya lo suyo y pueden ahora cruzarse de brazos.

—¿Ha conservado usted al menos la clientela del Sol de Oro?

—¡Ah! no... Hace ya mucho tiempo que el Sol de Oro no luce para mí...Se han hecho demasiado orgullosos...

Además, es necesario saber que mirostro disgustaba a la señora Miguelina: recordábale cosas que elladesea tener olvidadas. Ahora confiesa todas las semanas y comulga todoslos domingos, y por eso no gusta de ver a las gentes que la han conocidoen tiempos en que, más que ir a misa, agradábale acudir a una cita.

Poco deseoso Delaberge de sostener una conversación que comenzaba deeste modo, hizo ademán de proseguir su camino, cuando la Fleurota,poniéndose en pie, añadió sonriendo con malicia.

Ciertamente que ha tenido gran suerte el Príncipe...

Comenzó sin naday hoy apenas sabe el dinero que posee; no tenía hijos y le cayó uno delcielo cuando menos se lo figuraba... ¿Lo conoce usted al hijo de laseñora Miguelina?

—Sí—replicó brevemente.—Es un excelente muchacho.

Abrió la lavandera su desdentada boca y rióse desvergonzadamente;después fijó sus maliciosos ojos en el rostro del inspector general yexclamó:

—¡Pardiez!... Tiene a quien parecerse... También usted, señorDelaberge, también usted era un excelente muchacho en la época en quenació ese niño...

Delaberge se estremeció. Esta maligna insinuación de la Fleurota acababade despertar en su espíritu una inquietud mal adormecida. Esta mujer,contemporánea de Miguelina, a la que había tratado sin duda confamiliaridad, recibió tal vez algún día íntimas confidencias de lahostelera del Sol de Oro. Era mujer muy despierta y debía saber muchascosas.

Aunque experimentando cierta repugnancia a dirigirle determinadaspreguntas, Delaberge sentíase mortificado por una imperiosa curiosidad.A la prisa que antes había sentido para alejarse, sucedió un ansiosodeseo de esclarecer las sospechas que desde hacía algunos días seagitaban en su cerebro. Volvió hacia su interlocutora, cuya delgadasilueta se recortaba sobre el rojizo cielo de poniente, y murmuró:

—¿Qué quiere usted decir?

—No se haga usted el ignorante, ya me entiende usted...

Cuando vinoSimón al mundo, fue para todos una gran sorpresa y más que nadie sesorprendió el Príncipe... Usted, usted solamente estaba en elverdadero secreto...

—Yo no estaba en nada, y usted debería guardar mejor su mala lengua...¿No le da vergüenza manchar de ese modo la reputación de las gentes ylanzar tan a la ligera acusaciones que luego le sería imposible probar?

—¿Que a mí me sería imposible probar?... Sepa usted que me encontrabaen la hospedería el día en que Miguelina se dio cuenta de su verdaderoestado... Precisamente el Príncipe estaba de viaje hacía ya dosmeses... ¡Ah! ¡no estaba ella muy alegre entonces, yo se lo aseguro!...Pero como fue siempre una endiablada mujer, supo engañar tan bien a sumarido, que éste nunca sospechó nada... Llegó por fin el niño, fuerecibido como el Mesías y el Príncipe no se percató siquiera de que elpequeñuelo se le parecía a usted como una gota de agua a otra gota.

—¡Está usted loca!

—No estoy loca... Mírele usted bien. Querría usted desconocerlo y lesería imposible... Es necesario todo el aplomo de la señora Miguelinapara atreverse a afirmar que el muchacho tiene algo de los Princetot. Yhace mal en afirmarlo de tal manera, pues, como dice el proverbio:

«Lagallina que canta es la que huevos pone.» Por aquellos tiempos no habíamás que una gallina en Sol de Oro...

Había también un gallo joven quecantaba con voz clarísima y ese gallo, señor Delaberge, usted le conocemucho mejor que yo...

—¡Cállese!... La desgracia la ha vuelto a usted mala,

¡pobre mujer!...

—Sí, ya lo sé, los ricos tienen siempre razón... Cuando abren la bocase les cree por su sola palabra; pero cuando una pobretona como yoquiere decir la verdad, se le cierra el pico diciendo que es unamentirosa... La miseria es la miseria, no hay remedio...

Francisco sacó de su bolsillo una moneda de oro y la dejó caerprecipitadamente en la mano de la Fleurota.

—Tenga esto, para usted, pero guarde su lengua... Buenas tardes.

Y reanudó apresuradamente su camino mientras la lavandera de pie alborde del agua movía maliciosamente la cabeza apretando la moneda en sudescarnada mano. No había dado veinte pasos cuando Delaberge se volviótodavía para mirarla...

La Fleurota había ya cargado sobre el hombro el cubo lleno de ropa ypermanecía inmóvil en medio del camino, en actitud de vieja Parcameditabunda. Pensaba sin duda en que acababa de dar un buen tijeretazoen carne viva, pues así lo demostraba la limosna que el inspectorgeneral tan generosamente le acababa de hacer.

En efecto, el golpe había estado bien dirigido. La chillona voz de Celiaacababa de reavivar cruelmente las sospechas de Delaberge. Las palabrasde esa mujer iluminaban la oscuridad en que se movían sus temoresimprecisos y sus inquietos presentimientos.

A favor de esa súbita claridad iba ahora coordinando Delaberge lospequeños detalles en que antes no se había atrevido a detenersiquiera... Simón tenía ya veinticinco años y se cumplían ahoraveintiséis desde que Delaberge y Miguelina se vieron por la última vez.Era esto, en efecto, una concordancia muy significativa. Por otra parte,esta primera presunción venía corroborada por la semejanza que le habíanhecho notar la Fleurota y aun la misma señora Liénard, y de la cualtambién se había él vagamente percatado. Simón tenía, como él, azuleslos ojos, castaños los cabellos y la fisonomía seria y reservada.Después de la comida en Rosalinda, al encontrarse de nuevo en lahospedería del Sol de Oro, ¿no había por un momento sentido la ilusiónde verse a sí mismo apoyado de codos en la ventana de su antiguo cuarto?

¿No explicaba también esta singular semejanza la espontánea simpatía dela señora Liénard, apenas se vieron en casa de su amigo el inspector? Alencontrar en la fisonomía de un extraño un reflejo de la personalidaddel hombre a quien ella amaba, compréndese que aquella mujer demostrasea Delaberge la amistosa confianza que la vanidad le había hecho atribuira sus méritos propios.

Los hechos más insignificantes le sugerían ahora nuevos motivos deconvicción. Recordaba curiosas similitudes de gusto, la paridad deciertas entonaciones, de ciertos gestos; comentaba también la conductaextraña, el espanto y las angustias de la señora Miguelina, y seextrañaba ahora de no haber sentido antes más viva inquietud. Para quetodas estas coincidencias no le hubiesen advertido desde un principio,para

no

haber

tenido

antes

un

íntimo

presentimiento de esa posiblepaternidad, era necesario haber estado ciego o muy preocupado.Preocupado, efectivamente, estuvo por sus quimeras matrimoniales, por laegoísta infatuación que le había hecho creer en la posibilidad decasarse con la propietaria de Rosalinda. Pero todo había ya finido y lamisma viuda acababa de desengañarle entonces. Ahora, en que la espesavenda le había ya caído de los ojos; ahora en que ya no corría peligrode extraviarse su natural perspicacia, una clarísima luz iluminaba lasituación: «El hijo de Miguelina podía ser también su hijo.»

V

Un sentimiento de orgullosa alegría, llenó de pronto el corazón deDelaberge: «Este apuesto muchacho, robusto y hermoso como un roblejoven; este Simón de alma noble y de voluntad enérgica eraverdaderamente su hijo...»

Después toda su alegría se disipó al solopensamiento de que este hijo suyo llevaba el nombre de otro y seríasiempre un extraño para su padre natural. Era el hostelero Princetotquien,

habiéndole

alimentado,

educado

y

sostenido en la vida, podía sóloenorgullecerse de su paternidad legal; y a ese hombre era a quien Simónamaba como si fuese su padre...

Entonces, bajo una forma nueva volvió la duda a penetrar en el espíritude Francisco: «Después de todo, pensaba,

¿qué sabemos? Cuando se penetraen esos misterios de la filiación, no es nunca posible tener unaabsoluta certeza. El adulterio tiene de fatal que deja siemprecerniéndose una sombra sobre el verdadero origen del niño... No se puedesaber nunca si es el marido o el amante quien tiene realmente derecho ala paternidad.» Verdad es que Delaberge podía invocar esa singularísimasemejanza que había notado; pero sábese también que, durante el oscurotrabajo de la concepción, el absorbente recuerdo del amante ejercealgunas veces sobre la mujer una misteriosa influencia y hace parecersea este último al hijo que nació en realidad del marido... El inspectorgeneral se hacía todas estas reflexiones, pero su conciencia seguíahondamente conturbada. La duda le cansaba ya; quería escapar de una veza la incertidumbre que le mataba. Solamente Miguelina podía iluminar suentendimiento y a pesar de la perspectiva de una escena penosa, decidiótener con ella una explicación decisiva.

Apretó el paso hacia el Sol de Oro y viendo en la cocina a una de lascriadas, le preguntó prudentemente si el Príncipe estaba en casa.

—No, señor—le contestaron;—el patrón está en la ciudad; su hijo hasalido también para encontrarse con él y regresar juntos, de modo que nohabrán vuelto antes de las diez.

—¿Y la señora Princetot?

—La señora está en la iglesia, pero no puede ya tardar.

En efecto, acababa de hablar la criada cuando apareció la señoraMiguelina en el umbral llevando en una mano su libro de rezos y tocadacon una austera capota negra. A la vista de Delaberge un débil ruborcoloreó su rostro siempre mate, y como si presintiese las intenciones deFrancisco alejó a la criada dándole un recado para una vecina; despuéssus inquietos ojos dirigieron al inspector general una interrogativamirada.

—¿Podemos estar solos un momento?—dijo Delaberge con vozgrave.—Necesito hablarle.

—Pero...—objetó ella buscando una escapatoria.

—¡Es necesario!—insistió Francisco con mayor energía.

Había en su acento algo tan imperativo que ya no resistió más.

—Venga usted—murmuró con sorda resignación.

Y Delaberge la siguió por un corredor que llevaba a las habitacionesparticulares de la familia y le hizo entrar en una pieza que servía almismo tiempo de despacho y de comedor; con trémula mano encendió unabujía que iluminó vagamente las paredes, adornadas con estampasreligiosas, con dos medianos retratos del Príncipe y de su mujer y conlos diplomas de Simón, magníficamente encuadrados.

Se quitó luego elsombrero, y por la primera vez pudo Francisco verla con la cabezadescubierta, mostrando su espesa cabellera gris ligeramente rizada.

—¡Hable usted!—dijo ella sentándose, pues la angustia la hacía temblarcomo una hoja en el árbol y apenas podían sus piernas sostenerla.

—Miguelina—comenzó

diciendo

Delaberge,—

perdóneme que vuelva sobre tandoloroso asunto, pero un interés mayor lo exige así... No eran vanos sustemores; mi vuelta a Val-Clavin ha despertado la maledicencia y hace unmomento me he encontrado en el camino con una mujer a quien usted conocemuy bien, la Fleurota.

Miguelina tembló, se contrajo todo su rostro y exclamó con voz llena deprofunda alarma:

—¡Dios mío!... ¿Qué ha pasado?...

—La Fleurota me ha recordado maliciosamente los tiempos antiguos; tieneuna lengua de víbora, pero ella sabe indudablemente muchas cosas y no esprobable que me haya querido engañar... Pretende que Simón es hijo míoy no de...

Miguelina le interrumpió con gran violencia:

—¡Calle usted!... No diga estas cosas, pues no son sino viles mentiras.

—Usted solamente puede darme la certidumbre y yo le suplico que seafranca. ¿Cuál es la fecha exacta del nacimiento de Simón?

—No sé... No lo recuerdo bien—balbuceó la hostelera visiblementeturbada.

Adivinó Delaberge en la expresión de su rostro que aquella mujerpreparaba una mentira con el objeto de desvirtuar sus presunciones yreplicó severamente:

—Contésteme sin vacilaciones... Reflexione que puedo saber la verdadconsultando el registro civil... ¿En qué época nació?

Comprendió ella que toda mentira había de ser inútil y contestóresignadamente.

—En 1859... El veinticinco de julio.

Delaberge permaneció un momento pensativo... Se había marchado deVal-Clavin a fines de octubre de 1858 y por aquellos tiemposencontrábase el Príncipe ausente.

—Precise bien sus recuerdos—murmuró ya convencido Delaberge—y veacómo tengo razón para...

—¿Qué prueba esto?—repuso ella con irritación grande.—¿Se puede nuncasaber si...?

—Existen otras presunciones. Simón se me parece y usted lo ve muchomejor que nadie, pues ha hecho todo lo posible para evitar que nosviésemos... Temía usted que esta semejanza, pues no es imaginaria, mesaltase a los ojos y confirmase mis sospechas... Simón nada tiene deaquél cuyo nombre lleva, mientras que todos sus rasgos recuerdan losmíos cuando yo tenía su edad... Otras personas lo han observadoigualmente y me lo han hecho ver... Yo le suplico, señora, que me digatoda la verdad.

Escondido el rostro entre sus manos, la señora Princetot movíanegativamente la cabeza y se limitaba a repetir con obstinación.

—¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¿Por qué... por qué?...

Se defendía aún, pero mucho más débilmente.

—¿Por qué?—replicó Delaberge.—Porque tengo el derecho de saberlo,porque sus principios religiosos le obligan a decirme toda la verdad, y,finalmente, porque, si usted se empeña, recurriré a otros medios paraesclarecer mis dudas...

Esta amenaza, lanzada casi sin querer, destruyó las últimasresistencias de la señora Princetot. Apartó sus manos, dejando ver surostro convulso por el dolor y fijó en Francisco sus ojos llenos demiedo.

—¡No lo haga usted!—exclamó y después prosiguió con voz muyapagada:—Pues bien, sí... Simón es hijo suyo...

Cuando volvió Princetotdespués de una ausencia de dos meses, yo estaba ya casi segura de miembarazo, y hasta me alegraba de ello, tan hundida en el pecado vivíaentonces, de tal modo me había usted conturbado el espíritu; estabacontenta además de que mi hijo fuese también hijo de usted... El amor mehabía endurecido la conciencia, y sin escrúpulo ninguno procuré engañara mi marido. Quise escribírselo a usted, pero luego, temiendo algunaposible indiscreción preferí callarme... Vino al mundo el niño; erahermoso y fuerte, fue recibido con alegría inmensa y yo le he amadolocamente... También Princetot estaba loco por él... Pero cuando comenzóa crecer y su semejanza con usted se me hizo cada vez más visible, ungran temor se apoderó de mi alma. Pensé en lo que podía suceder sillegaba mi marido a concebir ciertas dudas, y comencé a arrepentirme dehaber engañado a ese hombre para mí tan bueno... En aquellos momentosdescendió sobre mí la gracia del cielo y mis ojos se abrieron a la luz;tuve horror de mi conducta y he tratado de hacerla olvidar, humillándomeante Dios y confesando mis pecados... He cumplido las más duraspenitencias que se me han impuesto, y nada eran si las comparaba con laangustia que me oprimía el corazón a la sola idea de que mi maridollegase un día a descubrir mi crimen... Cuando creía acabado misuplicio, perdonada mi falta, asegurada por completo mi tranquilidad,surge usted de nuevo en mi camino... Al verle comprendí que mi verdaderosufrir comenzaba ahora y ya ve cómo no me he engañado... ¡Dios mío, Diosmío! ¿Será preciso que...? En fin, le he dicho la verdad, toda laverdad, señor Delaberge, y pues la sabe usted ya, yo se lo ruego juntaslas manos, sea usted bueno y honrado: haga como si nada supiese ydéjenos...

Le suplicaba con efusión en que se sentía vibrar un poco de la ternurade otros tiempos. Bajo sus abundantes cabellos grises, algo más serenoel rostro, sus humedecidos ojos tomaban una expresión hondamentedolorosa y parecían reflejar toda su antigua belleza.

—Sí—iba repitiendo la pobre mujer.—Márchese usted y olvídenos...Déjenos tranquilos a los tres en este rincón. A usted, que goza de unaposición elevada, que vive en París en medio de las diversiones y delruido, nada le ha de importar la existencia de pobres gentes comonosotros.

Nada tampoco le han de interesar nuestros asuntos ni los de mihijo.

—¡Pero es mi hijo también!—exclamó Delaberge con acento lleno deemoción y que vibrante salía de lo más hondo de su alma.—Le he visto yestoy orgulloso de él...

Comprenda usted que yo deseo probarle mi amor,contribuir de algún modo a su felicidad y a su porvenir...

—Nada puede usted hacer por él—interrumpió la señora Miguelina—Todolo que usted intentase sería en desventaja suya. Piense que si élllegaba a sospechar los verdaderos motivos de su interés, si llegaba asentir un día la menor duda, significaría esto el fin de nuestratranquilidad, la vergüenza y la desesperación de su vida toda... ¡Ah!por eso yo le suplicaba a usted que no le viese de nuevo... Temblé a laidea de que podía el muchacho percatarse de esa desdichada semejanza yesto llevarle al descubrimiento de lo que no ha de saber jamás... Esnecesario, entiéndalo usted bien, que siempre sea para usted unextraño... Es el castigo de nuestro pecado y es justo que tenga ustedtambién su parte... Lo mejor que puede usted hacer es callar...

ymarcharse.

Miguelina se levantó y se apartó a un lado para dejarle libre el paso altiempo que murmuraba en voz muy baja:

—Buenas noches, señor Delaberge... ¡Si en verdad siente usted algunaafección por él... y por mí... márchese, olvídenos!...

Sintió Delaberge tan claramente la implacable lógica que encerraba estaúltima súplica, que bajó humildemente la cabeza y salió de la habitaciónsin decir una sola palabra.

VI