Paternidad by Andre Theuriet - HTML preview

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El Príncipe medio cerró de nuevo sus pequeños ojos, se pasó la manopor sus cabellos ya enteramente blancos, se rascó la oreja y dijodescubriendo su gran perplejidad:

—A fe mía, señor, que no tengo el placer...

—Soy, no obstante, uno de sus antiguos huéspedes... El señor Delaberge.

Una mujer en quien antes no había reparado y que estaba ocupada en elfondo de la cocina se volvió bruscamente, y sólo por la visible emociónque demostró la dama adivinó el inspector general que tenía enfrente aMiguelina...

Respiraba penosamente, bajaba los ojos, retorcía con gestomaquinal las puntas del pañuelo que tenía en la mano y acabó por saludarsin despegar los labios.

¡Ay! no se parecía mucho a la seductora Miguelina de otros tiempos...Había engordado, había perdido su rostro toda expresión, sus tocas lecaían sobre la frente y escondían sus cabellos ya bien canosos. Suvestido de oscuro color, de rectos pliegues, sus ojos medio cerrados, sucara de cera, la expresión reservada y dulzona de su fisonomía, le dabantodo el aspecto de una beatucha.

—¡Señor Delaberge!—murmuró con mayor sorpresa que alegría.

Después añadió, mordiéndose los labios y sin levantar los ojos:

—No pensábamos verle a usted de nuevo en Val-Clavin.

—¿El señor Delaberge?—preguntaba de nuevo el Príncipe.—Aguarde...Ahora caigo... ¿Estaba usted aquí, como guarda general en la época enque reconstruían la iglesia?... Dispense que no le haya reconocidoantes, pero ha pasado desde entonces por esta casa tantísima gente...

Mientras hablaba iba examinando al recién llegado y al ver que lucía unahermosa roseta en la solapa y sospechando que se las había ahora con unparroquiano de consideración, se mostró ya menos indiferente.

—¡Ah!—continuó diciendo,—el caso es que todos hemos envejecido unpoco y veinticinco o veintiséis años cambian endiabladamente lasfisonomías... Y he aquí que le tenemos de nuevo entre nosotros...Miguelina, habrá que dar al señor la sala roja.

Delaberge algo desconcertado por tan vulgar acogida y aún más por lacomprobación de tan mortificante olvido, declaró que no estaba por lasala roja y que prefería el cuarto que había ocupado en otros tiempos ycuya ventana daba al jardín.

—¿Su antigua habitación?—replicó el hostelero.—¡Ah!

sí, pero, veausted... El caso es que no la tenemos libre... La hicimos restaurar porcompleto y la ocupa ahora nuestro hijo... Simón, que regresó hace dosaños de la Escuela de Cluny con todos sus títulos.

—¿Tienen ustedes un hijo?—preguntó el inspector general con algunasorpresa.

—En realidad no podía usted saberlo... Nuestro Simón no había nacidoentonces todavía... Se ha hecho aguardar un poco, pero de todas manerasha sido en nuestra casa el bienvenido, ¿no es verdad, señora Princetot?

La señora Miguelina parecía disgustada por la charla de su marido; suplácido rostro de mujer devota tomaba una expresión de vivo descontentoy sus labios se plegaban con gesto nervioso. Hizo notar que el señorDelaberge tendría necesidad de descanso y que era inútil fatigarlehablándole de un muchacho a quien no conocía.

—Pero—replicó obstinadamente Princetot,—el señor podrá conocerle sise queda algunos días en Val-Clavin, y Simón es muchacho que lo vale...Por desgracia volverá tarde esta noche, pues ha ido al monte para unacuestión de peritaje... Algunas personas del pueblo han recorrido a susluces para un asunto de deslindes y como es muy despierto y conoce afondo el régimen de montes, se le ha encargado la defensa de losderechos del pueblo...

—Sí, sí, un asunto de que en mal hora se ha encargado—

interrumpió laseñora Princetot.

Más perspicaz que el Príncipe su esposo, ella había ya sospechado queDelaberge venía sin duda por esta misma cuestión de deslindes y temióque su marido hablase demasiado.

—¿Qué sabes tú de estas cosas?—replicó Princetot guiñando con gestode misterio sus ojos.—Simón tiene mucho talento y es ya bastantecrecido para andar solo.

—En fin—exclamó suspirando la señora Miguelina,—es de desear que detodo ese enredo no saque más disgustos que provecho.

Después, para cortar en seco esta conversación, preguntó al viajero sicomería en la mesa común.

—No—contestó Delaberge;—tengan la bondad de servirme en mi cuarto yháganme el favor de avisar mi llegada al guarda general... Necesitohablar con él esta misma noche.

Algunos minutos después estaba ya instalado en la sala roja, reservadade ordinario a los huéspedes de importancia.

En este cuarto había unagran cama muy bien puesta y tenía dos ventanas, una que daba a la calley la otra al jardín, el cual iba subiendo en suavísimo declive hacia losbosques.

Apenas había tenido tiempo Delaberge de quitarse el polvo del camino yde arreglarse un poco, cuando llamaron discretamente en la puerta de sucuarto y no sin una pequeña emoción contestó Delaberge que se podíaentrar.

Creyó ver aparecer a la señora Miguelina, deseosa, sin duda, depoder hablar a solas con él, pero muy pronto salió de su engaño. Entróen la habitación una joven delgada y de vivos movimientos, la cual traíaplatos, botellas y manteles y comenzó a poner la mesa, después de locual se retiró para volver a poco con la humeante sopera.

Al hacerse servir en su cuarto el inspector general había creído quepodría de este modo tener con la señora Miguelina una amistosaexplicación que valiese por todas.

Mas era evidente que la señoraMiguelina no pensaba provocar una semejante explicación retrospectiva.¿Era eso indiferencia o bien que, desde un principio, deseaba hacercomprender a su huésped la necesidad de evitar toda alusión al pasado?

«—Como quiera ella—se dijo Delaberge—y aun tal vez vale más que seaasí.»

No obstante, en su fuero interno, sentía Delaberge una especie dedesencanto. Mientras a lo largo del camino se hundía su imaginación enel recuerdo del pasado y revivía los tiempos de Val-Clavin, no creía quese le hubiese tan completamente olvidado, ni esperaba que se le tratasecomo a un extraño... Esto le puso profundamente melancólico y con gestodisplicente se sentó ante su mesa solitaria.

Cuando estaba ya en los postres le anunciaron al guarda general: unmuchacho lleno de obsequiosidad y balbuciente, que se confundía ensalutaciones y no osaba sentarse, tanto le intimidaba la presencia delinspector general. Hizo Delaberge inútiles esfuerzos para ponerle atono, acabando por darle brevemente sus instrucciones e indicándole lahora en que se encontrarían para ir juntos al monte; luego salió con élde la hospedería y una vez solo se quedó paseando unos momentos por lasriberas del Aube.

La noche era oscura, pero en el cielo relucían millares de estrellas ycantaban los ruiseñores en las alamedas próximas... Era la misma músicaque en otros tiempos acompañó sus dúos de amor con la señora Miguelina.Sentía surgir en su espíritu el sentimentalismo; pero, por desdichasuya, al notar que le molestaba un poco la frescura del río, comprendióque no vivía ya en aquella dichosa edad en que se sueña con lasestrellas. Volvió sobre sus pasos y deshizo el camino andado.

Al regresar a la hospedería habían ya desaparecido el señor Princetot ysu esposa. En la cocina no había sino una criada, que encendió una bujíay le acompañó hasta su habitación, dándole después las buenas noches. Alcerrar Delaberge las ventanas del cuarto, pensó que Rosalinda estabamuy cerca y que al día siguiente, si quería, podría indemnizarse de sudesencanto de aquella tarde haciendo una visita a la señora Liénard.Esta idea volvió la serenidad a su espíritu. Se desnudó yfilosóficamente se metió en la cama.

VII

Delaberge era la puntualidad misma. A la hora convenida y en compañíadel guarda general y de otros funcionarios subalternos, estaba yaexaminando los campos de Carboneras que el inspector de Chaumontproponía afectar al servicio de los usuarios de Val-Clavin.

A fines de mayo es cuando los bosques de las montañas de Langres semuestran en toda su gloria y el tiempo convida como nunca al paseo. Unsuave vientecillo había secado los caminos; el cielo, de un azulpurísimo, sonreía, por encima del renaciente follaje; bordaban todaclase de flores las márgenes de los caminos y los pajarillos cantabanpor

doquier.

Delaberge,

cuyas

funciones

sedentarias le habían recluidoen París tanto tiempo y que no conocía ya más verdores que los de lascarpetas de la oficina, gozaba de esta fiesta primaveral en pleno bosquecomo se goza de un antiguo amigo otra vez hallado.

Respiraba converdadera delicia el penetrante perfume que despedían los cerezos enflor y poco a poco su mal humor y su melancolía de la noche antes sefueron disipando...

Por la mañana, en la hora del desayuno pudo comprobar que

la

señoraMiguelina

procuraba

prudentemente

substraerse a sus miradas cada vez queentraba en la cocina.

Esta reserva de su antigua amante, que alprincipio le molestó, le parecía ya entonces el mejor modus vivendi que se pudiese desear. Esto dejaba más clara su situación y el contentoexperimentado le disponía para mejor saborear las alegrías de su regresoa los bosques. Sentía un placer casi infantil, al reconocer los caminosque había recorrido en otros tiempos. Dotado de una excelente memorialocal se envanecía sorprendiendo al guarda, al indicarle por adelantadola naturaleza del terreno y la dirección de las capas terrosas. Y a cadamomento exclamaba con grandes explosiones de alegría:

—¡Todo está igual!... Nada ha cambiado y, sin embargo, hace yaveintiséis años.

A medida que iba penetrando en los bosques, parecíale que cada uno delos pasos que daba le quitaba de encima un año y que su juventudreverdecía lo mismo que el follaje de las hayas. Desaparecía y no teníaningún valor todo aquel largo intervalo de un cuarto de siglo. Muchomejor que otro medio cualquiera, posee el bosque esta maravillosa virtuddel rejuvenecimiento. Menos que en parte alguna se marcan en él lasmetamorfosis que el paso del tiempo produce. Vemos siempre en el bosquelos mismos árboles, las mismas floraciones, los mismos cantos de lastiernas avecillas y esto nos da la ilusión de un alto de ensueño, de unasuspensión en el vuelo rápido de los días.

Durante su paseo al través de los bosques de Carboneras, Delaberge pudofácilmente comprobar la exactitud de las observaciones hechas por laseñora Liénard. Las tierras que se quería ahora dar a los usuarios deVal-Clavin, no estaban unidas al pueblo sino por antiguos caminos todosellos en muy mal estado y que a trechos desaparecían del todo.

Variosmanantiales subterráneos humedecían el suelo esponjoso y las aguas, noencontrando la necesaria pendiente, se estancaban formando anchospantanos en que crecían toda clase de plantas muy hermosas, peroimpropias para el pastoreo.

La vegetación en general se resentía de la mala calidad del suelo, losherbajes eran cortos y pobres y de trecho en trecho se veían algunosviejos robles de tronco rugoso y cubierto de liquen, mostrando en partesus ramas desnudas de todo follaje. Era evidente que, tal vez por unexceso de celo, la Administración local intentaba desembarazarse de unasmalas tierras con daño evidente para los usuarios de Val-Clavin. Elinspector general vióse obligado a confesar que las proposiciones de suamigo Voinchet eran inicuas y abusivas.

Como era natural, nada de esto dejó entender a sus subordinados; perodespués de haber tomado sus notas, dirigió la exploración hacia unastierras que ocupaban la vertiente opuesta del valle y pertenecían a losbosques de Montegrande.

Allí, por el contrario, el suelo era duro y fresco al mismo tiempo yademás riquísimo en humus. Las hayas y los robles crecían fuertes ysanos, elevando al espacio su frondoso ramaje. El herbaje era excelentey variadísimo, llenando el aire con sus aromas. Además un hermoso caminoforestal seguía toda la cresta de la colina y descendía luego suavementehacia Val-Clavin. En realidad la designación de esas tierras había desatisfacer por completo a las mayores exigencias de los usuarios, sinperjudicar en nada al Tesoro, y Delaberge se dijo a sí mismo que porese lado había de ser fácil encontrar una fórmula de transacción.

Ciertamente que en todo eso no le guiaba, sino el deseo de conciliar elderecho más estricto, con la justicia; sin embargo, no pudo dejar depensar que, si aceptaba esta proposición la Administración central,habría de sentir él un gran placer en comunicarlo así a la señoraLiénard. Esta reflexión despertó en su espíritu el agradable recuerdo dela viuda y de la invitación que le hizo al despedirse.

Precisamente entonces entraban en una especie de ancho barranco, al otroextremo del cual aparecía el cono puntiagudo de una torrecilla.

—¿No es Rosalinda aquello?—preguntó Delaberge.

—Sí, señor inspector general; este camino nos conduce a elladirectamente.

Esta brusca aparición de Rosalinda en el preciso instante en que pensabaen su dueña, fue para Delaberge dulcemente sugestiva, tanto que leindujo a modificar sus primeros planes. Al salir por la mañana de Solde Oro no pensaba hacer aquel mismo día su visita a la señora Liénard.Había decidido dejar pasar algunos días, temiendo que pareciese de malgusto una prisa excesiva. Pero la proximidad de Rosalinda obró en sualma como un imán y modificó por completo sus resoluciones.

Lanzó una rápida mirada sobre todo su vestido: su calzado, en verdad,aparecía lleno de polvo, pero ni su americana ni su pantalón habíansufrido gran cosa de su paseo a través de los bosques y su totalapariencia era suficientemente correcta. Recordó, además, que la señoraLiénard no concedía sino muy mediana importancia a las cuestiones deforma y esto acabó de decidirle.

En el sitio donde el camino forestal que bajaba a Val-Clavin cruzábasecon el barranco que iban siguiendo, Delaberge despidió a susacompañantes y se dirigió solo hacia Rosalinda; al cuarto de hora saliódel bosque y vio ante sus ojos el parque y los jardines que rodeaban lacasa.

Aunque en el país se le daba todavía el nombre de castillo, Rosalindano era más que una cómoda casa burguesa, construida a fines del sigloXVIII y flanqueada por dos torrecillas con techo de pizarra que le dabanun vago aspecto señorial. El parque se extendía a una y otra parte delAubette, cuyas verdosas aguas rodeaban luego la casa y alimentaban lasalbercas construidas al pie mismo de las terrazas. La avenida defresnos cuyo recuerdo tan bien había conservado Delaberge, conducía auna verja de hierro y después se continuaba más allá del puente depiedra echado sobre el riachuelo.

Desde la vertiente en que se había detenido, el inspector general veíaclaramente la fachada principal de la casa tapizada de madreselvas yrosales; veía también los caminillos del jardín trazados al estilofrancés y más allá del parque y de las paredes de cierre, en el espacioque el bosque dejaba todavía libre, se veían extensos campos de hierba,de centeno, de alfalfa que la brisa movía como las olas del mar y el soliluminaba esplendorosamente; más lejos comenzaban de nuevo los bosquesque iban subiendo dulcemente y coronaban con su verdor esa pacífica yriente soledad.

La casa con sus ventanas abiertas, los jardines con sus vivísimoscolores, los campos ondulantes, todo aparecía como envuelto en unaatmósfera de paz y de supremo bienestar. El conjunto tenía un aspectoalegre y hospitalario que animó a Delaberge a persistir en susintenciones. Le pareció descubrir en todo ello el reflejo de lapersonalidad atrayente y cordial de la propietaria.

Algunos minutos después llegaba el inspector general a la verja dehierro, llamaba en ella y preguntaba por la señora Liénard, atravesandoluego los caminillos, guiado por la jardinera que le dejó a la entradade la casa donde esperaba una elegante camarera, la cual le introdujo enun salón de la planta baja.

—¡Ah! señor, ¡cuánto le agradezco que haya cumplido su promesa!

Y al decir esto avanzaba hacia el inspector general y le tendíagentilmente la mano la propia señora Liénard, que vestía una vaporosafalda de muselina y un cuerpo de lo mismo en forma de blusa que le dabanuna suprema elegancia.

Inclinándose Delaberge contestó lo mejor que supo al apretón de aquellapequeña mano un poco tostada por el sol y después se excusó de lodescuidado de su traje.

—Una excursión por el bosque me ha llevado a dos pasos de Rosalinda yno me habría perdonado jamás estar tan cerca de usted y no entrarsiquiera a saludarla...

Al acabar sus cumplidos vio Delaberge en el fondo del salón a unvisitante que se había levantado al entrar él y que se disponía adespedirse.

Era un joven de mediana estatura, de aspecto rústicamente elegante y deuna evidente robustez. Muy moreno, con una barba castaña ligeramenterizada, parecía un poco azorado por la aparición del forastero; peroeste movimiento de timidez no le quitaba nada de su natural prestancia.De pie junto a un sillón, con el sombrero en la mano, aguardabaseriamente que el recién llegado hubiese dejado de hablar paradespedirse de la dueña de la casa. En los primeros momentos, sufisonomía seria y meditabunda le hacía parecer de mayor edad de la quetenía realmente; pero, cuando se le examinaba con más atención, sedescubría en sus ojos, de un azul intenso, un brillo de juventud y depasión que se contradecía con la precoz madurez de sus rasgos. En elmomento en que Delaberge se volvió hacia él, acercóse el joven a laseñora y dijo con cierta brusquedad:

—Hasta otra vez, señora; he de subir todavía a los bosques deCarboneras.

—¿Pero volverá usted por aquí?—exclamó la señora Liénard.—Es quenecesito todavía de usted...

Y volviéndose seguidamente hacia Delaberge prosiguió la dama:

—Puesto que ha venido usted a Rosalinda, permítame que le convide acomer, sin ceremonias... Ya sabe usted que en el campo se hacen lasvisitas en la mesa... Además tendrá usted compañía para volver aVal-Clavin, pues quiero que me prometa el señor Simón que al regresar delos bosques ha de venir aquí a comer con nosotros... ¡Buena es ésta!—

seinterrumpió a sí misma riendo.—Soy tan aturdida que olvidé lapresentación... El señor Princetot... el señor Delaberge, inspectorgeneral de montes.

Los dos hombres se saludaron ceremoniosamente.

Delaberge, despierta sucuriosidad por el nombre de Princetot, examinó atentamente al joven queacababan de presentarle; pero éste se dirigía ya hacia la puertamientras la viuda acompañándole le repetía:

—Convenido, cuento con usted... A las siete en punto nos sentaremos ala mesa.

Cuando hubo salido, Delaberge preguntó:

—¿Este señor Princetot sería acaso el hijo de mi hospedero del Sol deOro?

—Sí... ¿Le extraña a usted?... No ha salido a su padre, por fortuna...Es un corazón excelente y un espíritu distinguido.

Adora el pueblo enque nació y, aunque sus padres son muy ricos, no ha querido convertirseen un señor... Después de haber hecho excelentes estudios agrarios, havuelto a su casa, y en materia forestal no dudo que puede dar quince yraya al guarda general de Val-Clavin.

Delaberge se echó a reír.

—¡Apuesto, señora Liénard, que es él quien le aconseja en este asuntode los deslindes!

—Lo ha adivinado usted... Cuando hace dos años regresó Simón de laEscuela de Cluny, ofreció a los usuarios del pueblo defendergratuitamente sus intereses y todos le dimos plenos poderes... Y así escomo entré en relaciones con él. El joven me interesa, y si mi situaciónno me obligase a una gran reserva, tendría un gran placer en recibirlecon mayor frecuencia; pero él mismo pórtase con gran discreción y noviene nunca aquí sino para hablar de negocios... Estoy encantada, señorinspector, de que haya sido usted bastante amable para aceptar miinvitación: esto me ha permitido invitar a Simón también.

Delaberge en su interior decíase que hubiera preferido comer a solas conla viuda. Esta, con su vivacidad de siempre, abrió una de las ventanas ymostrando a su huésped los jardines le dijo así:

—No piense usted escapar a las molestias de una visita completa, puesme siento siempre propietaria... Antes, sin embargo, será preciso que medispense por algunos minutos....

Tocó el timbre, dio rápidas instrucciones a sus criadas, cubrió sucabeza con un gran sombrero de paja y volvió en seguida a reunírsele,diciéndole:

—¿No es verdad que Rosalinda se ha embellecido mucho desde que usted nola había visto? En tiempos de mi difunto tío estaba esto muy mal; lasaguas del riachuelo inundaban las partes bajas, los árboles crecían comoy donde les daba la gana... Yo he puesto un poco de orden en todo eso yhe convertido la finca en lo que usted va a ver.

VIII

Alegre y vivaracha acompañaba a su huésped a través de los jardines,enseñándole sus colecciones de flores de todas clases, explicándole cómohabía secado las tierras y canalizado las aguas del río que ahoraserpenteaba entre orillas plantadas de iris y de cañaverales. Elescuchaba encantado su graciosa charla y admiraba su espíritu a la vezpráctico y lleno de imaginación. Durante la prolongada visita a parquesy jardines, pasaba ella sin transición ninguna de un asunto a otro conla gracia exquisita de una mariposa que vuela o se detiene en algunaflor según su propia

fantasía.

Ora

disertaba

sabiamente

sobre

laaclimatación del pino; ora se permitía ligeras alusiones al asunto delos deslindes; y después, haciéndose más comunicativa, contabaingenuamente su propia historia y la de su primer marido, sus luchaspara la transformación de Rosalinda y sus proyectos de futurosembellecimientos.

Halagado Delaberge por la confianza que le mostraba,la encontraba cada vez más encantadora. De pronto se paró ellaexclamando:

—¡Estoy cierta, señor, de que mi charla le molesta un poco!

—Se engaña usted, señora—repuso Delaberge con viva entonación.—Todolo

que

me

cuenta

me

interesa

muchísimo... Hablándome de usted y de susocupaciones, iniciándome en su retirada existencia, me da usted unaprueba de confianza de que estoy encantado...

Y en efecto, estaba el inspector general bastante más encantado de loque él mismo creía.

Ese carácter tan lleno de alegría y de franqueza, ese corazón de mujerjoven que se abría con tan buena fe, esos límpidos ojos que sonreían tanconfiados, esa íntima conversación en medio de unos jardines llenos deflores, con el acompañamiento del cantar de los pájaros y el arrullo delas palomas, todo junto iba desvaneciendo los sentidos del inspectorgeneral como podía haber hecho un vino dulce y generoso, vino que,cuando se ha llegado a los cincuenta, se sube con tanta mayor facilidada la cabeza por cuanto no se está ya acostumbrado. Para ese funcionarioque tantísimo tiempo había vivido en medio de sus expedientesadministrativos, habían de ser mucho más peligrosas que para otrocualquiera, esas confidencias femeninas murmuradas con voz clarísima eiluminadas por la vivacidad de dos ojos llenos de alegría y de juventud.

—Sí—prosiguió diciendo con tono de profunda gravedad.—Aunque nosconocemos tan sólo desde hace pocos días, veo que me habla usted como aun antiguo amigo y le estoy por ello profundamente agradecido.

Una llamarada de rubor coloreó las mejillas de la señora Liénard.

—¡Dios mío—dijo,—quizás soy demasiado expansiva!...

Es mi defecto...Pero desde que cambiamos las primeras palabras en casa de la señoraVoinchet, me sentí inclinada a una sincera confianza con usted. A ver sime explica usted por qué motivo ciertas personas nos atraen y nos hacencomunicativos... A primera vista, parece usted un hombre grave yreservado, y sin embargo, yo que soy una verdadera salvaje, me sentí enseguida bien a su lado. Había en sus ojos algo que me tranquilizaba y mealentaba a hablar. Yo me dije: He aquí un hombre recto, leal, serio;puedo, sin temor ninguno, confiarme a él...

—Casi tanto como al señor Simón Princetot—

interrumpió riendoDelaberge.

—¿Se ríe usted?... Pues bien, el señor Simón se le parece a usted en lomoral, y también un poco en lo físico... ¿No lo ha reparado usted?

—No le he visto bastante para poderlo observar...

Recorrían entonces las grandes avenidas del parque y como el camino noera ya tan llano como antes creyó deber suyo ofrecer cortésmente subrazo a la señora Liénard; ésta lo aceptó sin cumplidos y así siguieronpaseando hasta que la campana les avisó la hora de la comida; volvieronhacia la terraza y allí encontraron a Simón Princetot aguardándoles.

Al ver a la joven, apoyada en el brazo de Delaberge que iba atento ysonriente, Simón pareció sentir una impresión desagradable. Se oscureciósu rostro y con una gran frialdad saludó de nuevo al inspector general.Pasaron todos al comedor y se sentaron a la mesa.

Comenzó la comida en medio de un frío malestar. Los dos hombres seobservaban sin dirigirse la palabra y eran vanos los esfuerzos que hacíala señora Liénard para animar la conversación, pues ella deseabasinceramente servir como de enlace entre sus dos invitados. Así,procuraba llevar al joven Simón a terrenos que le eran familiares.

Hizograndes elogios de su amor por las cosas del campo, le preguntó sobresus estudios de selvicultura, de sus proyectos para el porvenir... Eljoven contestaba con sencillez

y

sobriamente.

Cuando

hablaba

de

economíaagraria o forestal, demostraba conocer muy a fondo el asunto. Alguna vezen la conversación, le ocurrió tocar, aunque solamente de soslayo,ciertas cuestiones científicas o sociales, y su manera de tratarlasdescubría en él una cultura muy extensa y sólida. Aun contradiciéndole ypresentándole

objeciones

embarazosas,

quedaba

Delaberge sorprendido porla claridad y la precisión de todas sus réplicas: la señora Liénard nohabía exagerado.

Corazón lleno de caluroso entusiasmo, firmeza dejuicio, noble generosidad, todo eso se adivinaba oyéndole hablar.

Y erarealmente extraordinario en un joven que había nacido y se había educadoen una hospedería de pueblo.

Mientras hablaba y desarrollaba sus ideas, con frecuencia opuestas a lasdel inspector general, éste estudiaba la fisonomía de su adversario y envano buscaba en ella semejanzas con el matrimonio Princetot. Enrealidad, el joven no había salido a su padre ni aun a su madre. Notenía en los ojos ni la somnolencia maliciosa del Príncipe, ni tampocola indolente languidez de su madre. Solamente sus cabellos

castaños,espesos

y

ligeramente

rizados,

recordaban un poco la opulenta cabellerade la señora Miguelina. El tono de su voz era algo brusco y áspero,aspereza de manzana silvestre que no se dulcificaba un poco sino cuandocontestaba a las preguntas de la señora Liénard. Con ella tomabasúbitamente su voz entonaciones afables, casi tiernas.

Con una mezcla de envidia y de inconsciente interés, contemplabaDelaberge a ese joven robusto, bien tallado, de mirada profunda yfranca, de maneras simples y correctas, y pensaba aun sin quererlo: «Heaquí un muchacho del que me gustaría ser padre». Después, dejándosellevar por la pendiente de sus ensueños matrimoniales, añadía para sí:«Todavía puedo tener hijos, no he de perder la esperanza; no falta sinola mujer, y yo sé de una, no lejos de aquí, con la que me casaría debuena gana...»

Y sus ojos se dirigían con mayor complacencia cada vez hacia la señoraLiénard. Decíase que la viuda tenía ya sus veintisiete años, que unía aun espíritu encantador, un corazón honrado, rectitud de juicio y gransensibilidad; que sería a la vez una excelente ama de casa y unacompañera ciertamente deseable. Y como si continuase en voz alta estaconversación interior, se inclinaba con ternura hacia su vecina, leprodigaba toda clase de finas atenciones y la hacía objeto de sus másexquisitas galanterías, cuya forma algo anticuada descubría que nohabían servido mucho desde los tiempos de su juventud.

En su deseo de cumplimentar a la viuda, no veía que sus galantescumplimientos ponían luces de disgusto en los ojos de Simón y queensombrecían su buen humor.

Levantáronse de la mesa y pasaron a la terraza, en el momento en que elsol desaparecía tras los bosques de Montegrande. La señora Liénard sehizo traer una cafetera rasa y preparó por si misma el café. Cuandoofreció el azúcar al inspector general, éste le dio las gracias,diciendo que tomaba el café sin azúcar.

—¡Es raro!—exclamó aturdidamente la viuda.—Lo mismo que el señorSimón...

Esta semejanza de gustos con un joven que, durante toda la comida lehabía demostrado más hostilidad que simpatía, dejó frío e indiferente aDelaberge, que sentía contra Simón cierto rencor por su actitud llena dedesconfianzas.

Hablaron todavía un buen rato en la terraza, donde, enmedio de un suave crepúsculo, esparcían las madreselvas su penetranteperfume; después, ya casi completamente oscurecido y cuando comenzó amostrarse la luna por encima de los bosques, levantóse Delaberge paradespedirse y Simón Princetot hizo lo mismo.

—¡Buenas noches, señores!—dijo la señora Liénard.—

Juntos haránustedes el camino... Señor Delaberge, puesto que se queda todavía unasemana en Val-Clavin, espero que no olvidará usted el camino deRosalinda...

Ya fuera de la verja, los dos caminaron un buen trecho bajo la bóveda delos fresnos, sin dirigirse una palabra. El mismo malestar que habíahelado los comienzos de la comida, parecía ponerles nuevamentetaciturnos. Siendo ambos

por

temperamento

nada

comunicativos,

amenazabaeternizarse esa frialdad, cuando Delaberge, molestado por su mismosilencio, se decidió a romperlo, diciendo:

—Señor Princetot, ya sé que es usted el adversario de la Administracióna la que yo represento; pero, pues me hospedo en casa de su padre yacabamos de comer el pan sobre unos mismos manteles, no veo el motivopara que nos tratemos personalmente como enemigos. Por mi parte, tengausted la seguridad de que yo llevaré al cumplimiento de mi misión el másconciliador espíritu, y si me parecen bien fundadas sus reclamaciones...

—Lo están, señor—interrumpió Simón, sin abandonar sufrialdad;—solamente las personas extrañas al país y a susnecesidades...

—He de advertirle que no soy tan extraño al país como usted parececreer... He vivido aquí mucho antes de que viniese usted al mundo...¿Qué edad tiene usted?

—Voy a cumplir veinticinco años.

—Pues yo tenía apenas veinticuatro cuando era guarda general enVal-Clavin... No hay un rincón en todos estos bosques que yo no hayavisitado y cuya naturaleza desconozca.

—En tal caso, señor, si es usted justo cambiará el proyecto de laAdministración... Lo que la Administración propone es inadmisible;perjudica nuestros intereses y nos arruina.

—Los intereses del pueblo son respetables, pero nuestros bosques tienentambién derecho a algún miramiento...

Tenemos la misión de conservarlosy si usted fuese como yo un viejo forestal...

—¡Sin ser forestal de profesión—exclamó animándose el joven—se puedetener amor a los bosques! Ustedes los aman por el dinero que dan alTesoro; nosotros los amamos por ellos mismos.

—¿Ama usted los árboles?—preguntó Delaberge un poco más afable.

—¡Sí, los amo!...—replicó el joven con viva entonación.—Los amo comoa buenos amigos con quienes ha crecido uno, como amo a mi país cuyahermosura ellos son. Sepa usted que nací casi en los bosques y que desdemuy niño he vivido en medio de ellos... Un árbol hermoso, vea usted,como éste...

Y al decir esto corrió hacia una de las hayas que bordeaban el camino yprosiguió, rodeando casi con uno de sus brazos el robusto y argentadotronco:

—Un árbol sano y hermoso es para mí como una persona, como un hermano yhasta a veces me entran ganas de besarle...

Encantado Delaberge por ese rapto de entusiasmo, que brotó de prontocomo una fuente de agua viva, contemplaba con emoción a ese esbeltomuchacho de veinticinco años, cuyos ojos brillaban a la luz de la luna.La haya y él parecían, efectivamente, de una misma esencia. Uno y otrodescubrían una fuerza y una juventud iguales; uno y otro, robustos yllenos de energía, se lanzaban con ímpetu a la vida.

—Vaya—dijo sonriendo Delaberge,—he aquí al menos un punto acerca delcual nos hemos de entender muy fácilmente... En el terreno jurídicopodremos combatirnos, siempre con armas corteses; pero hasta entoncesfirmemos una tregua,... ¿Quiere usted?

Tendió su mano al joven; éste tuvo un momento de sorpresa o devacilación; luego tendió la suya y Delaberge la estrechó con ademánamistoso. Después continuaron su camino hablando tranquilamente de larepoblación de los montes y no se separaron sino en la misma cocina del Sol de Oro, donde una criada les estaba aguardando medio dormida.

* *

*

Subió Delaberge a su habitación, pero los incidentes de aquella tarde letenían un poco excitado y no se sentía con ganas de dormir. Abrió laventana que daba al jardín.

Hacia el otro extremo de la fachada vio una luz en una ventana yrecordó que era aquélla su habitación, ahora ocupada por SimónPrincetot. Poco después vio al joven asomarse a la ventana y apoyado decodos en ella, soñar tal vez, como él había hecho en días lejanos,enfrente de los campos dormidos. Sin poder apartar sus ojos de esa vagasilueta, el inspector general se dejó dulcemente deslizar hacia lasmayores profundidades del recuerdo, y escuchando los nocturnos rumoresde los campos y de los bosques fue perdiendo poco a poco la noción delos días y de los años...

El murmullo de las aguas ribereñas, el canto melancólico de las ranas,el lejano rodar de un carruaje, todos esos rumores resonabanmisteriosamente en el espacio y le mecían con una música semejante a lamúsica de otros tiempos.

Y lentamente alucinado, acabó por parecerle que se veía a sí mismocuando tenía veinticinco años, apoyados los codos en la misma ventana,en pleno florecimiento de su robusta juventud.

IX

Pasó Delaberge la mañana siguiente redactando un informe en que exponíaa la Administración Central el resultado de su visita a los bosques deCarboneras y después de hacer valer sus propias apreciaciones sobre elcambio de terrenos

propuesto

por

la

Administración

Provincial,demostraba la necesidad de tener en cuenta las legítimas objeciones delos usuarios, formulaba un contraproyecto con planos a la vista ysolicitaba una pronta resolución, a fin de que en la próxima reunión delos representantes de la comarca pudiese ya indicar las bases de unarreglo.

Trabajaba con entusiasmo, bajo la fresca impresión de los incidentes dela víspera. A pesar suyo, ejercían sobre sus determinaciones unasutilísima influencia la sonriente imagen de la señora Liénard y lasimpática persona del joven Simón. Su razonamiento era firme y caluroso;sus conclusiones tenían una elocuencia que no suele encontrarse en losinformes administrativos y que en Delaberge no era tampoco habitual.

Por las abiertas ventanas penetraban en la habitación roja la claraalegría de la mañana, la sonoridad despertadora de los mil rumores delcampo, y su vivacidad fue ganando poco a poco el corazón y el espíritude Francisco Delaberge.

Cuando había llegado ya a las últimas líneas desu informe, distrajeron su atención una serie de rumores y voces que oyójunto a la misma entrada de la hospedería. Enfrente de la casa piafaba ypateaba un caballo, mientras una voz robusta de hombre intentaba calmarsus impaciencias con interjecciones

acariciadoras:

«¡So...

So...

Quieto, Brunete!...». Luego esta misma voz exclamaba:

«Vamos, papá, dateprisa, vamos a llegar tarde...»

Delaberge se asomó a la ventana y vio ante el portal una charrette inglesa tirada por un pequeño caballo bayo, de vivos movimientos, juntoal cual estaba el joven Simón. En aquel momento salió de la casa el Príncipe, lenta y majestuosamente, acompañado de la señora Miguelina.

El hospedero del Sol de Oro, recién afeitado, se había puesto unaancha blusa encima del traje y cubría su cabeza con un sombrero deanchas alas. Pesadamente subió en la charrette se le reunió en seguidasu hijo Simón con las riendas en la mano. Y entretanto que la señoraPrincetot les hacía las más prolijas recomendaciones, sonreía el Príncipe, guiñaba sus ojos llenos de malicia y con su gordinflona manoacariciaba suavemente el hombro de Simón y le daba cariñosos golpecitos,mientras le contemplaba lleno de una profunda beatitud.

—Esté tranquila la madre, no le pasará nada a su hijito...—decía el Príncipe a su mujer.—Y ya sabes, si no volvemos hasta la noche, nopor eso te preocupes nada.

Al mismo tiempo el muchacho enviaba a la señora Miguelina un tierno besoy le decía:

—Hasta la noche, mamá, yo te respondo de papá.

Con la punta del látigo acarició el cuello del caballo y el animal tomóinmediatamente el trote en la dirección de Recey.

La señora Miguelina, puesta una mano sobre los ojos les siguió con lamirada hasta que hubieron vuelto la próxima esquina y luego entró solaen la casa.

«Esa gente es feliz y se aman unos a otros—pensaba Delaberge, que lohabía visto todo desde la ventana.—Ese Princetot, tan positivo, tanmetido en lo material, quiere tiernamente a ese único hijo de que estátan orgulloso.

Miguelina, a pesar de su aparente indiferencia demojigata, devora con los ojos a su hijo, y éste siente por uno y otra unafecto que le encubre y disimula todos sus defectos. Con mirada deprofundo reconocimiento pagaba a su padre sus groseras caricias, y paratranquilizar a su madre sabía poner en sus palabras y en su vozinflexiones tiernamente acariciadoras... Decididamente, este Simón no essólo un muchacho de clara inteligencia, sino que tiene también elcorazón en su sitio...»

El inspector general se maravillaba además de que ese muchacho, tansuperior en aspiraciones y en cultura a su propia familia, nomanifestaba ese estúpido respeto social que hace que ciertos hijos deburgueses rápidamente enriquecidos se avergüencen de las ridiculeces desus padres. Por el contrario, con sus delicadas atenciones y con subuen humor esforzábase en allanar el abismo que de ellos le separaba, yasí vivían los tres sin tropiezos y en la más completa armonía.Necesario era que hubiese en la vida de familia virtudes y graciasparticulares para unir de tal manera seres tan desemejantes en educacióny en gustos. La Escritura había dicho con razón: Vœ soli! El célibeignora o comprende muy difícilmente esa fusión de las almas, esaexpansión de los corazones del padre hacia el hijo; esos sacrificios,esas tiernas solicitudes, que dan precio y verdadero interés a laexistencia de los humanos...

Meditando sobre todo eso, Delaberge volvió a su mesa de trabajo, releyósu informe, examinó de nuevo las notas puestas en los planos y doblandocuidadosamente todos esos papeles, los metió en un sobre.

Quiso llevar él mismo el pliego a correos, y luego, cuando ya lo hubodejado en manos de la receptora, regresó despacio a la hospedería. Alllegar al corredor del primer piso oyó ruido en su cuarto cuya puertahabía quedado sin cerrar. Intrigado por ello la empujó bruscamente y vioa la señora Miguelina ocupada en arreglar los muebles de la habitación.Había creído, sin duda, que tardaría en volver algunas horas y,aprovechando la ocasión, había querido atender a la limpieza y arreglode aquella magnífica «sala roja». La súbita aparición de Delaberge lecausó tal sorpresa, que dejó caer el plumero que tenía en la mano y sepuso intensamente pálida.

—No se moleste por mí, señora Princetot—dijo Delaberge mientrascerraba tras de sí la puerta.

Ese encuentro, que él no había buscado, le embarazaba un poco; peroluego pensó que, después de todo, el encuentro habría de ser inevitabley que si era entre ellos necesaria una explicación siempre había de serpreferible aprovechar la ausencia del Príncipe y de su hijo.

—Dispense, señor Delaberge—repuso la hostelera, con voz no muysegura.—Creí que estaba usted en el bosque, de otro modo no me hubieraatrevido...

Delaberge vio su palidez, sus labios crispados, su espanto.

Seguíamurmurando

la

pobre

palabras

ininteligibles y se apoyaba para no caer enel repecho de la chimenea, sin atreverse a levantar los ojos. SintióDelaberge una profunda lástima...

—No tiene usted necesidad de excusa alguna, señora—

dijo entonces conentonación más amable.—Por el contrario, grande ha sido misatisfacción al encontrarla aquí, pues, desde mi llegada, apenas si hepodido verla un momento... Precisamente tenía mucho interés enfelicitarla por su excelente hijo, con quien tuve el gusto de trabarconocimiento ayer...

—¡Ah!... ¿Le ha visto usted?—murmuró muy débilmente Miguelina.

Y un temor ansioso alteró más todavía la expresión de su rostro, como siel encuentro de aquellos dos hombres hubiese sido para ella unadesgracia, o como si viese en ello el presagio de una inminentecatástrofe. Separó sus manos, que tenía cruzadas sobre el pecho y congesto desmayado cayeron pesadamente sus brazos a lo largo del cuerpo...

Su exclamación llena de un inexplicado temor y su desmayada actitudextrañaron mucho al inspector general.

Manifestábase en su rostro y entoda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternación queexperimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, susmás nobles esfuerzos. Delaberge no podía comprender cómo y por qué elsolo anuncio de su entrevista con Simón había asustado de tal modo aaquella mujer. Supuso que la señora Princetot se alarmaba sin duda acausa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administraciónforestal y temiendo que esto le había de causar algún disgusto.

Paratranquilizarla añadió:

—Sí, pasé ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...

Un doloroso suspiro se escapó de los labios de Miguelina y esto aumentótodavía la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y despuésprosiguió:

—Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencermede que la señora Liénard no me había exagerado las brillantes cualidadesde Simón. Es un muchacho de espíritu recto y de corazón noble.

Aunqueadversario de la Administración forestal, espero que seremos buenosamigos... Estoy contentísimo de haberle conocido.

Estas palabras, lejos de tranquilizar a la señora Princetot, parecieronaumentar todavía su espanto; había de nuevo juntado sus manos y se lasretorcía nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lágrimashumedecían los ojos de la hostelera.

—¿Qué tiene usted?—continuó.—Diríase que mis palabras le causanpena... Sentiría con toda el alma que involuntariamente...

Se acercó un poco más a la hostelera y con su voz más afectuosa murmuródulcemente:

—Vamos, Miguelina, ¿por qué no tiene usted confianza en mí?... Yo nosoy ciertamente un extraño... Recuerde que en otros tiempos...

Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechazó con el gestoindignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nuevatentación.

—¡Calle

usted!—murmuró

suplicante.—Me

da

vergüenza oír hablar deaquellos tiempos.

—¿Por qué?—replicó Delaberge, extrañado de una tan extremosacastidad.—En nuestra edad, señora, ya no hay peligro alguno... Yademás, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jóvenes,fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.

Miguelina se cubría la cara con ambas manos y de buena gana se hubieratapado los oídos.

—¡Calle usted!—repetía.—¿Por qué habrá vuelto, Dios mío?

—Nunca imaginé—dijo Delaberge impaciente—que mi presencia le había decausar tan gran disgusto... Supongo que no me habrá de creer usted capazde la menor indiscreción... Tranquilícese, pues, que todo se quedó y sequedará entre nosotros.

Miguelina se dejó caer en una silla, gimiendo con voz doliente:

—Eso no impedirá a las malas gentes charlar de nuevo al verle en micasa.

Y haciéndola el dolor más expansiva, comenzó toda una serie de hondaslamentaciones: ciertamente, no había ella dudado ni un punto de lahonradez del señor Delaberge; pero eso no había de impedir que sullegada al Sol de Oro despertase la malignidad de los envidiosos quehablaban mal del Príncipe sólo porque había hecho fortuna. Iban aremover y a remozar antiguas historias. Y ella, sin embargo, había yallorado mucho para lavar con sus lágrimas sus pecados... Había idomuchísimo a la iglesia y quemado innúmeros cirios y cumplido las másduras penitencias... Creía que el secreto de sus faltas quedabaenterrado en el confesionario del cura párroco...

Poco a poco las malaslenguas se habían cansado y acabado por dejarla tranquila... Comenzabaya a respirar, vivía feliz entre el Príncipe y su hijo, creyendo quetodo había acabado, cuando vuelve Delaberge y cae en su casa como unrayo... ¡Oh, sí, un rayo verdadero!... Cuando le vio entrar en lacocina se le agolpó toda la sangre en el corazón y estuvo a punto decaer redonda en tierra... Después ya no había podido conciliar el sueño,viviendo en una continua angustia y pareciéndole que estaba suspendidasobre su casa la amenaza de una gran desdicha.

X

Delaberge escuchaba con disgusto toda esa letanía de lamentaciones.Compartía muy medianamente el dolor de esa mujer a quien, más que elremordimiento, atormentaba el decir de las gentes. Creía ademásdesproporcionados sus terrores por la falta cometida. Veintiséis añoshabían pasado por encima de sus pecadillos de la juventud. La señoraPrincetot, que se había refugiado en las sombras del templo, había decreerse por completo absuelta... La falta pasada había ya prescrito. Elseñor Princetot, que no había sospechado nada cuando la infidelidad erapatente, sería menos accesible aún a las sospechas hoy, en que lahostelera del Sol de Oro edificaba con su religiosidad a los fielestodos. Por eso parecieron al inspector general verdaderamente puerileslas lamentaciones de la señora Princetot.

De todas maneras esta escena de lágrimas se iba haciendo penosa. Elcontinuado sollozo movía con violencia el desbordante pecho de lahostelera y sus carnosos labios agitábanse convulsivamente.

Como había sido la causa de esa tempestad, se creyó Delaberge en eldeber de calmarla.

—Señora—dijo,—se da usted una pena inmensa por simples quimeras...Cálmese... Fíe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portaré demanera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometoabreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.

Miguelina por la primera vez levantó hasta él sus ojos humedecidos, alos que habían las lágrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y desu sensual languidez.

—¡Sí!—exclamó juntando las manos.—¡Márchese...

márchese lo antes quepueda, yo se lo ruego!...

Admiróse Delaberge al ver con qué egoísta ingenuidad, aquella mujer, queen otros días estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, ledespedía ahora para siempre, como tardándole el momento de versedesembarazada de la presencia de su antiguo amante.

—Mi marcha—replicó Delaberge con cierta ironía—

dependerá en mucho delas disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de losdeslindes.

—¡Ah!—gimió la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo lacabeza.—¿Por qué se habrá metido en ese malhadado asunto? De él nosviene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todavía.

—Tenga paciencia. Todo se arreglará. Veré al señor Simón, y si esrazonable...

La señora Miguelina le interrumpió precipitadamente:

—No, no le vea usted otra vez. ¡Ya es demasiado que se encontraranayer!...

Delaberge se le quedó mirando lleno de sorpresa, preguntándose si noestaría loca aquella mujer.

—No la entiendo... ¿Qué quiere usted decir?

—Nada, nada...

Se vio entonces que hacía grandes esfuerzos para recobrar suimpasibilidad de figura de cera y prosiguió:

—Deje usted que hable con Simón; será mejor para mí y para usted...Prométame que se marchará usted apenas quede arreglado este asunto.

—Se lo prometo.

—Gracias, señor Delaberge.

Y se levantó con el aire contrito de una mujer que sale delconfesionario. Pero, como antes de salir lanzó una furtiva mirada alespejo, vio que tenía enrojecidos los ojos y que desarregladas sus tocasdejaban al descubierto sus cabellos grises. Y reflexionandoprudentemente entonces que era peligroso dejar que notasen los demás lashuellas de su emoción, dirigióse hacia el lavabo y con una toallahumedecida se lavó los ojos, se arregló los vestidos y rehizo toda sufigura de antes.

La manera de poner otra vez en orden sus cabellos, de lavarse los ojos yde arreglarse las ropas, recordó de pronto a Delaberge los tiemposlejanos de sus citas amorosas en que usaba de las mismas minuciosasprecauciones al abandonar sus brazos. Esta súbita resurrección delpasado, evocada por la repetición de gestos familiares, conmovió máshondamente al inspector general que todas las lamentaciones de suhostelera. Olvidó a la cincuentona con tocas de beata y creyó que teníaante sí a aquella dulce y cariñosa Miguelina que por la noche sedeslizaba en su cuarto como una gatita, llena de voluptuosidades... Alfin y al cabo, en toda su laboriosa carrera de funcionario, el amor deesa mujer había sido el único rayo de sol de su juventud, la única copade placer que habían gustado sus labios.

Se enterneció su corazón, y, obedeciendo a un inconsciente impulso de susensibilidad, atrajo hacia sí a Miguelina y quiso besarla como paradarle un testimonio de su agradecida ternura. Mas ella se resistió, lerechazó casi con ira y salió de la habitación precipitadamente.

Mortificado, inquieto, disgustado, resolvió Delaberge salir a tomar unpoco el aire a fin de sacudir tan penosa impresión. Abandonó a su vez elcuarto y la hospedería y comenzó a remontar el curso del Aubette,siguiendo una estrecha garganta por donde corre el riachuelo bajo unabóveda de verde follaje, antes de arrojar sus aguas en el estanque deVal-Clavin.

El lugar era solitario, cubierto de sauces, de abedules y de alisos, quehabían crecido rápidamente en aquéllas tierras de aluvión. Por encima delas aguas casi invisibles del riachuelo, entrelazaban su tupido ramajelas clemátides y madreselvas silvestres y se hacía tan espeso en aquelsitio el bosque de hayas y otros árboles, que reinaba allí una oscuridadverdaderamente crepuscular.

También en aquel paraje, por donde había paseado Delaberge tanto en susaños juveniles, dejó el tiempo con evidencia impresas las huellas de supaso. Lo que eran tiernos retoños entonces se habían hecho árbolesaltísimos.

Ramas muertas que la borrasca había roto, grandes piedras quelas heladas habían hecho desprenderse de las montañas, todo elloobstruía el sendero y parecía imagen de la escasa duración que tienenlas cosas de este mundo... En esa garganta tenebrosa, llena de sordosrumores, sintió de nuevo el inspector general aquella misma sensación demalestar, aquella inquietud, que le habían apretado el corazón alrechazarle la señora Miguelina.

A medida que iba recordando los detalles de su entrevista, le parecíanmás extrañas aún las palabras y la actitud de la hostelera.

¿Por qué tanta prisa en verle marchar? Admitiendo que su presenciapudiese despertar en algunos espíritus malévolos las malicias de otrostiempos, la señora Princetot era mujer bastante experimentada para nohaber tomado sus precauciones y preparado sus medios de defensa. Porotra parte, el bueno de Princetot, que por tanto tiempo había estadosordo, no lo iba a estar ahora menos...

De pronto un rayo de luz atravesó el cerebro de Francisco. Seguramenteno al Príncipe tan sólo deseaba Miguelina hacer ignorar sus faltas dela juventud...

Súbitamente surgió la simpática figura de Simón ante losojos del inspector general. Sin duda, la señora Princetot deseaba que suhijo ignorase su culpable conducta de otros tiempos, y por él sealarmaba principalmente.

¿Cómo Delaberge no había pensado antes en esto? Y se sintió invadido poruna tierna lástima al pensar en que semejante revelación sería sin dudauna terrible puñalada para aquel joven de corazón tan noble y tan llenode filial amor... Por la primera vez comprendió cómo pesan más tardesobre nuestros destinos aquellas antiguas faltas que creíamos leves ysin ninguna trascendencia. Esos amoríos que tan ligeramente tratamos enlos tiempos de nuestra juventud, dejan esparcidas simientes que, una vezllegada la edad

madura,

pueden

dar

nacimiento a

plantas

atormentadoras ymortíferas.

Tembló Delaberge al presentir en la sombra el vuelo de esa misteriosaNémesis que acerca a nuestros labios la copa que nosotros mismos, connuestras acciones, envenenamos.

Tuvo entonces conciencia de que esa ley fatal del Talión iba también acumplirse para él. El asunto de los deslindes llevándole de nuevo aVal-Clavin, que él creía no ver jamás; la hospedería del Sol de Oro,en que se encontraba de nuevo frente a frente con sus antiguos huéspedesy en donde su llegada despertaba las adormecidas maledicencias de otrosdías; su encuentro con el hijo de su antigua amante, con ese Simón cuyatranquilidad de espíritu se exponía a turbar para siempre, ¿no eranotros tantos signos precursores de alguna terrible desgracia?

Sintió Delaberge rebelarse contra todo ello su lealtad generosa. Eranecesario a toda costa impedir que el castigo, si castigo había, pudiesecaer también sobre una cabeza inocente. No era justo que Simón pagaselas faltas cometidas por su madre y por un extraño, en momentos dedebilidad que no habían dejado huella ninguna... No era Delaberge ungran filósofo. Durante toda su carrera administrativa, la naturaleza desus ocupaciones le habían inclinado a interesarse por los fenómenosexteriores y se había estudiado muy poco a sí mismo. Nunca fue muyaficionado a escrutar a fondo su conciencia y a pesar y sopesar conrigor sus escrúpulos. Sin embargo, el estado de ansiosa angustia en quese sentía después de su entrevista con la señora Princetot lepredisponía a penetrar algo más en esa oscura región del alma en que seesconden y permanecen

en

profunda

quietud

nuestros

más

secretospensamientos.

Mas, apenas agitamos un poco tan misteriosas profundidades, nos extrañaver cómo surge de ellas todo un extraño mundo de insospechadasaprensiones, de confusos remordimientos y de dudas jamás presentidas. Amedida que el inspector general iba descendiendo en sí mismo, una súbitaluz iluminaba los más tenebrosos repliegues de su alma y entreveía laposibilidad de ciertas hipótesis, a las cuales nunca hasta entonceshabía concedido la menor atención.

Había comenzado por parecerle inicuo que Simón hubiese de sufrir lasconsecuencias de una falta cometida por un extraño, de un pecado que nohabía dejado huella ninguna; y ahora su conciencia, haciéndose mástimorata y más escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez más turbadoraspreguntas:—¿Un extraño?... ¿Huella ninguna?...

¿Estaba bien seguro?...

Tembló de pies a cabeza y le faltó la respiración como si hubieserecibido un golpe formidable. Después, sacudiendo con fuerza la cabezapara arrojar la idea que acababa de producirle tan violenta emoción,prosiguió, vacilante, su marcha. «No, ello no era posible... Lo hubierasabido...

Miguelina, después de su separación, no le hubiera dejadoignorar una cosa semejante...»

Por un momento, pareció que estas reflexiones le tranquilizaban, pero enseguida volvió su corazón a latir con fuerza y su mente atrabajar.—«¿Cómo explicar la extraña actitud de la señora Princetot?...Sus frases llenas de ambigüedad y sus terrores... ¿Por qué le habíaprohibido que viese de nuevo a Simón? ¿Por qué había exclamado con elespanto reflejado en sus ojos: ¡Ya es demasiado que se encontraranayer!...»

A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el bosque hacíase másespeso, el barranco se estrechaba, interceptaban cada vez más la sendatoda clase de plantas trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagadaluz de ese desfiladero le parecía al inspector general que, como unnuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge, llenos los labiosde amenazadores enigmas...