Pasarse de Listo by Juan Valera - HTML preview

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Entonces recordaba don Braulio y analizaba en su mente toda caricia,toda palabra de amor, toda señal de simpatía, y pugnaba por descubrir enello lo que sólo procedía de amor, apartando lo que del deber, unido ala bondad y hasta a la compasión, acaso procedía. Casi siempre sacaba deeste análisis que todo se evaporaba en bondad, en cumplimiento de unaobligación, en deseo de no afligir, en agradecimiento, y que nadaquedaba para el amor en el fondo de la retorta, donde su impía críticahabía puesto a alambicar las muestras todas de cariño que doña Beatrizle había dado desde que se casaron.

Fingíase, por último, a doña Beatriz casada con un hombre joven, hermosoy brillante, con un hombre a quien ella pudiese amar y amase con toda laenergía del alma juvenil; y entonces imaginaba don Braulio coloquios,éxtasis, arrobos, ternuras inefables, deleites infinitos, gloriasdivinas de amor, ocultas aún en el fondo del alma de doña Beatriz; todoun cielo de bienaventuranza allí sumido, y que él no había jamás hechosurgir y aparecer con sus débiles conjuros. Considerábase como dueño deun arca misteriosa, fabricada por los genios; arca de cuya exterior ysomera beldad gozaba él sólo a todo su sabor y talante, mientras queocultaba en su seno la joya más rica, la felicidad más cabal en estemundo, un trasunto del Olimpo, del Edén y de cuantos Paraísos y CamposElíseos soñaron los poetas y los videntes antiguos; la visión beatífica,la unión esencial del alma con el objeto condigno de su anheloinsaciable; pero arca que no mostraba todo esto a quien no tocase elresorte que había de hacerlo aparecer, y que él no tenía ni fuerza, nimaña, ni merecimiento

para

tocar.

Don

Braulio

se

desesperaba,perdiéndose en tan crueles meditaciones, de las que no quería confiarnada a su mujer, ni tal vez hubiera acertado a confiarle algo aunquehubiera querido.

XII

Mientras que andaba don Braulio agitado, allá en el fondo de su alma, detan varios afectos, de los cuales salía siempre por consecuencia, laprecisión en que se creía de dar a su mujer y a su cuñada libertadcompleta para ir a casa de la Condesa y acompañarla a teatros y paseos,Beatriz, aprovechándose de dicha libertad, vino a ser casi tertulianadiaria de la San Teódulo, ora la siguiese sólo Inesita, ora la siguiesetambién su marido.

Cuando iba éste, la natural simpatía le impulsaba siempre a hablar conel Conde de Alhedín más que con otro alguno. El Conde hablaba conformalidad, con sumo acierto y con sano juicio, de las cuestiones másgraves, y hasta cuando estaba de broma todos sus chistes parecían a donBraulio no groseros y vulgares, sino delicados e ingeniosos, por dondeera el primero que los reía.

El Conde, hecho así muy amigo de don Braulio, hubo de acompañar algunasnoches a las dos hermanas hasta la casa de ellas; y como doña Beatriz sela ofreció, él pudo visitarlas y las visitó del modo más correcto.

Nada de esto hacía recelar a don Braulio. El no tenía celos de personaalguna determinada, y en todo caso, por la especie de admiración queprofesaba al Conde, tenía más confianza en él que en otro cualquiera.Imaginaba que el Conde le comprendía, le respetaba y no abusaría de suamistad aunque pudiese. De esta suerte, por lo mismo que reconocía en elConde más capacidad de seducir que en todos los otros, temía menos laseducción por parte del Conde.

No eran de igual parecer los de la tertulia de Rosita. Sin odio, sindeseo de dañar, por pura ligereza y alegre malicia, suponían cuanto hayque suponer, fundándose en los siguientes datos.

El Conde, que debía haber ido a Biarritz, había desistido de suexpedición y se había pasado en Madrid todo el verano.

Con mucha frecuencia hablaba con Beatriz en largos apartes.

Se sabía que la visitaba en su casa.

El Conde estaba sin amores conocidos, la crónica escandalosa nodesignaba, ni en la sociedad elegante, ni entre la gente de la clasemedia, ni entre las bailarinas y actrices, ninguna que le tuviesecautivo en sus redes.

En sujeto de tanto valer, tan gallardo y afortunado siempre con lasmujeres, era inexplicable esta soledad amorosa, si no se suponía algunapasión oculta.

La pasión, por consiguiente, se supuso. Y una vez supuesta, se supusotambién que no podía menos de ser correspondida.

La falta de pruebas que había, el enojo del Conde cuando empezaron aembromarle con doña Beatriz, sus negaciones rotundas y el respeto yconsideración ceremoniosa con que trataba en público a aquella mujer,todo ello sirvió sólo para que se pasmasen los amigos del maravillosodisimulo, de la hidalga prudencia y del noble sigilo de aquel dichosomortal.

Rosita, a quien el Conde se lo confiaba todo, quiso no pocas vecesaveriguar, en secreto y para ella sola, la verdad del caso.

El Conde negó a Rosita que hubiese caso alguno que redundase en daño dedon Braulio, y mostró enojo de que ella creyese que le había, y lesuplicó, y hasta le exigió, que disipase tan absurdos rumores.

Por desgracia, no valió esto sino para que Rosita dejase de hablar alConde de sus relaciones con doña Beatriz, y hasta para que afirmase confrecuencia en alta voz que no había tales relaciones; pero, en voz bajay al oído, Rosita solía hacer estupendos elogios de la caballerosidad desu amigo, que ni siquiera a ella le confiaba su triunfo. Este callar eraheroico, este disimular demostraba a gritos la vehemencia y sublimidadde un generoso afecto.

—Llega a tal extremo el Conde—decía Rosita—, que será capaz de tenerun desafío con quien divulgue por ahí que Beatriz le ama.

E pur si muove—añadía el poeta Arturo, si por acaso se hallabaallí.

El rumor, la suposición, la calumnia, si era calumnia; la hablilla, enfin, si así queremos llamarla, se movió en efecto con rapidezportentosa.

Apenas quedó en la coronada villa hombre ni mujer, iniciados en lahistoria anecdótica de los salones, en aquella historia que Asmodeo ysus imitadores no pueden ni deben revelar por impreso, si bien tiene milcronistas orales y clandestinos, que no diese ya por cierto, firme yapretado, el lazo que unía el corazón de Beatriz y el de Ricardo, queasí llamaban al Conde de Alhedín sus íntimos o los que por tales queríanpasar para darse tono.

Don Braulio era quizá el único que ignoraba todo aquello, y la gente sepasmaba de su ignorancia.

Los sujetos más benévolos decían:

—No es extraño. El buen señor está en Babia siempre. ¡Es tan distraído!Vaya: más vale así.

Otros exclamaban:

—Bien se conoce que el hombre es un verdadero filósofo.

Otros:

—¿Quién sabe? Estos varones severos no incurren casi nunca en latorpeza de averiguar lo que no les conviene. La distracción, el andarsiempre por los espacios imaginarios suele traer muchos provechos.

Otros, por último:

—Ya verán ustedes cómo el pobrecito don Braulio adelanta en su carreray llega a ser personaje. Su mujer hará que suba.

El respeto y hasta el temor que inspiraba el Conde de Alhedín, pocosufrido con nadie, pronto para el enojo, y diestro y feliz en lances ypendencias, no consentían que los hombres se insinuasen con doñaBeatriz, hablándole de sus amores con el Conde.

Beatriz no trataba con mujeres de la sociedad, que no hubieran respetadoal Conde y que se hubieran insinuado con ella.

Y Rosita quería tanto al Conde, que por nada del mundo le hubieracausado el pesar de darse por entendida con Beatriz de que sospechaba osabía lo que, a su ver, pasaba.

Doña Beatriz, por consiguiente, podía imaginar, o imaginaba sin duda,que nadie sospechaba de ella.

Los rendimientos y las deferencias de que era objeto los podía atribuira su mérito propio, y el que los galanes no se le acercasen en son deguerra y de conquista, a que su buena reputación los tenía a raya.

Durante, pues, todo el verano y hasta el principio del mes de octubre,momento en que ocurrieron casos importantes, que pronto hemos dereferir, pudo muy bien doña Beatriz, nada experimentada ni escarmentadaaún de la maledicencia de los madrileños, vivir tranquila y persuadidade que nadie la acusaba de ser la enamorada del Conde, y de que donBraulio no estaba en ridículo de resultas de haber sido tan bueno y tancomplaciente con ella.

Al llegar a este punto siento yo cierto prurito de declamar y demoralizar, a fin de que mi historia merezca contarse entre lasejemplares. No atino, sin embargo; no me decido siquiera a señalar elblanco contra el cual he de dirigirme.

¿Declamaré contra la sociedad murmuradora? No me atrevo, sinconsiderarme como injusto. ¿Quién sabe aún lo que en realidad pasaba?Pero las apariencias estaban en contra de doña Beatriz.

¿Declamaré contra ésta? ¿Y si era inocente? ¿Y si las apariencias eranengañosas? ¿Y si ella, ignorante aún de la vida, no notaba que, sinquerer, quizá sin merecerlo, daba pábulo a la maledicencia?

Sería, por último, harto cruel que yo me estrellase contra el bueno dedon Braulio, que era tan honrado, tan noble, tan excelente, y cuya únicafalta, si falta había, se originaba del amor entrañable y de laindulgencia bien meditada con que miraba a su mujer.

Lo mejor, por lo tanto, es que nos abstengamos de declamar y demoralizar, aguardando a ver qué sale en claro de todo esto.

Por lo pronto, lo que podemos asegurar es que la reputación de doñaBeatriz estaba perdida; gravísimo mal, aunque no del todo irremediable,dado que fuese una calumnia lo que se recelaba o afirmaba: dado que lasuposición no tuviese fundamento alguno.

Verdad es que para poner remedio a aquel mal era ya menester que lospacientes lo supiesen primero, condición terrible para el enamorado donBraulio, quien, atormentado por sus vagas y melancólicas imaginaciones,no advertía nada de lo que en realidad estaba pasando en torno suyo, ycuyo corazón, que tanto se angustiaba sólo con presentir la pérdida delcariño de Beatriz, parecía que no había de tener resistencia bastantepara sufrir el rudo golpe de la certidumbre y la realización de supresentimiento.

XIII

Confieso, con la ingenuidad que me es característica, que he tenidotentaciones de pintar al Conde de Alhedín como a un seductor perverso,endemoniado y profundo en sus ardides y planes de guerra. «De estasuerte—me decía yo cuando iban ocurriendo estas cosas y yo mismo noestaba aún en el secreto—, si doña Beatriz ha sido en efecto seducida,su caída tendrá cierta disculpa, y, si no lo ha sido, su triunfo serámás glorioso y memorable.»

No hay nada, sin embargo, que me repugne más que la mentira. Ni siquieragusto de apelar a ella para escribir un cuento. Y como el Conde deAlhedín existe en realidad y yo le conozco y trato, se me hace cargo deconciencia presentarle diverso de lo que es, aunque sea envolviéndole enel velo del seudónimo.

El Conde de Alhedín, dicho sea en honor de la verdad, no pasa de ser unbuen muchacho, si hemos de juzgarle con el relajado criterio que en elmundo se usa.

El Conde de Alhedín dista tanto de ser un Don Juan Tenorio como dista elcielo de la tierra. Jamás ha empleado engaño ni violencia contra solterani casada.

Doy además por seguro que, si hacía examen de conciencia, por muy severoy escrupuloso que fuese antes de la época de nuestra historia, nollegaría jamás a persuadirse de que él hubiese seducido a mujer alguna.

Hallando fácil y abundante cosecha de laureles entre las seductoras y yaseducidas, no tuvo el Conde la mala idea de extraviar a ninguna cándidae inocente doncella, o de turbar la santa paz de algún matrimonio modelopor lo bien avenido, ejemplar y amoroso.

Si en algunos casos reconocía el Conde que la seducción había sidomutua, en los más, con notable consolación de su ánimo y con no cortomenoscabo de su vanidad, el Conde no veía en su propia persona sino a laque padece, esto es, a la verdaderamente seducida.

Ni una sola de sus conquistas había tenido hasta entonces asomos decarácter trágico. No se acusaba al Conde de haber arrancado de frentealguna el luminoso nimbo de la santidad y de la pureza. No había mujerque hubiese descendido por él de un pedestal sagrado donde hubieraestado antes, sin que jamás la tocase el lodo de la tierra, sin que seempañase en lo más mínimo la nítida blancura de la fimbria de su veste.O bien había sido el Conde uno de tantos, y no primero en una serie máso menos larga y variada, o bien, si por dicha había sido el primero, elmismo diablo había allanado antes los caminos tan suave y aviesamente,que harto se podía dar ya por perdido lo que había que perder, y alCondesito sólo le remordía la conciencia, como al joven filósofo de lafábula, por haber cedido con fragilidad al capcioso argumento que estosversos expresan: Tómelo

por

su

vida,

y

considere

Que otro lo comerá si no lo quiere.

Cuando me paro a meditar acerca de la virtud en grado heroico se meocurre un pensamiento que me apesadumbra bastante.

Verdad que hay aún, y seguirá habiendo de seguro, guerras civiles

einternacionales,

revoluciones

violentas,

pestes,

enfermedades y otramultitud de plagas con que Dios quiere y puede probar y ejercitarnuestra paciencia. Verdad que todos estamos condenados a morir, y no eschico mal la muerte, sobre todo cuando se la contempla desde la cumbrede la vida, en el pleno goce de la mocedad y del brío sano de nuestraprimavera; pero en circunstancias normales, en la vida burguesa,ordenada y política que hoy se vive, es difícil, cuando no imposible,que aparezca o se dé en cualquier sujeto un caso de heroísmo, desufrimiento extraordinario, de entereza sublime o de otra virtud magna ypasmosa, sin que aparezca o se dé, como motivo u ocasión, en otro sujetoo en varios, un caso de vicio o de maldad o de fiereza no menos fuera detodo término razonable.

Para que haya un Régulo es menester que hayacartagineses; para que haya un sabio que beba tranquilo la cicuta esmenester que haya jueces inicuos que por odio a sus discreciones ysabidurías le condenen a beberla, y para que haya mártires que se dejendesollar o que se dejen asar a fuego lento en unas parrillas es menesterque haya tiranos tan empedernidos y atroces, que los manden desollar oasar porque no se prestan a adorar los ídolos o por otra tontería por elestilo.

Ahora bien; no sé si por fortuna o por desgracia, pero es lo cierto quemalvados y pícaros en grado tan superlativo y extremoso van siendo másraros cada día, y, por consiguiente, la áspera senda de la virtud se vaallanando y macadamizando, sin que aquellos que tienen virtud en dichogrado logren casi nunca ocasión propicia para lucirla, viéndoseobligados a conservarla en estado latente allá en el fondo de suscorazones.

No quiero, pues, alterar la verdad de mi historia e ir contra esta leydel progreso humano, convirtiendo en un monstruo al Conde de Alhedín.Atengámonos a la verdad.

El Condesito, según he declarado ya, era un excelente chico, ligero,amigo de divertirse, muy tentado de la risa, pero mejor que el pan.

Su madre, la Condesa viuda, le idolatraba y le había mimado siempre;pero los mimos, lejos de pervertir las buenas naturalezas, las hacenmejores y más dulces; convierten la hiel en almíbar.

Para el Condesito era fácil ser bueno. Nada envidiaba. Todo le sonreía.Ya hemos dicho que poseía quince mil duros de renta, que era de buenafamilia y que gozaba de perfecta salud. No había ejercicio corporal enque no brillase: gran jinete, certero tirador de pistola, ágil y diestroen la esgrima y valsador airoso y gallardo. Sus chistes eran reídos, susdiscreteos celebrados.

Todos le creían capaz de los negocios más seriossi llegaba algún día a emplear en ellos su tiempo y sus facultades.

Vivía el Conde con su madre, pero en un enorme caserón, donde gozaba decompleta independencia. Así es que recibía amigos y visitas de variasclases sin que su madre, ni por acaso, tuviese que tropezar con ellas nidarse por entendida de nada.

La Condesa, sin embargo, no ignoraba la vida frívola y harto disipada desu hijo. La Condesa ansiaba que la abandonase, que se casase ya, y que,hecho todo un padre de familia, se mezclase en la política de su país yfuese un hombre de Estado.

La Condesa era una gran señora en toda la extensión de la palabra y muyal gusto antiguo. Estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarentaaños, si bien conservando no pocos restos de su en otro tiempo admiradahermosura. Se vestía con severa elegancia y notable sencillez. Erareligiosa sin afectación ni fanatismo. Y no estaba muy en contra de estoque llaman el espíritu del siglo, aunque lamentaba que la aristocraciaespañola careciese de espíritu de clase, y fuese, por lo tanto, incapazde ser contada como un elemento político, por más que, consideradosaisladamente,

no

valgan

menos

bastantes

individuos de los que a ellapertenecen que muchos de aquellos que se encaraman a las más altasposiciones y mandan y gobiernan, partiendo desde los más humildes puntosde la esfera social.

Ni por esto andaba desavenida la Condesa con la época en que vivimos,porque percibía claramente que la invasión y encumbramiento de plebeyosastutos venía de muy atrás y no era cosa del día. La aristocracia, creíaella, que dormitaba siglos hacía en dorada servidumbre, y que, contentao resignada con vanas distinciones áulicas, dejaba el influjo y el mandoa los Cisneros, los Pérez y los Vázquez, habiendo sido España unademocracia frailuna, y ganando ahora con ser algo parecido a unamesocracia seglar.

La Condesa, al menos, sin que nosotros salgamos responsables de susjuicios, se explicaba así, de un modo sintético, la historia de supatria. Resultaba de aquí que, de puro aristocrática y por odio a lademocracia antigua, casi era la Condesa liberal y progresista. Preferíaal dominio de un valido prepotente, a quien el Monarca sacaba de lanada, el mando de esto que llaman clases conservadoras, en las cualesentraba por algo la suya, aunque mezclada con el instable remedo de laaristocracia de buena ley y con el furioso aluvión de injustificadas eimprovisadas notabilidades.

En suma, y sea de ello lo que se quiera, la Condesa deseaba que su hijono consumiese la mocedad toda en galanteos y diversiones, sino que sehiciese hombre formal y de pro, y añadiese a la nobleza heredada nuevolustre y blasones con la adquirida por su talento y demás prendaspersonales.

Ya sabemos que el Conde había pasado el verano sin salir de Madrid. LaCondesa no había salido tampoco.

Estamos en el mes de octubre.

Casi todas las damas elegantes que habían ido a Biarritz, a Spa y aotros puntos, y que habían hecho una visita a París, estaban ya devuelta de la expedición veraniega. Venían, como era natural, cargadas degalas y primores de Worth, de la Ferrière, de Alexandre y de otrosartistas; galas que se disponían a lucir durante el invierno.

Entre estas damas expedicionarias y ya reinstaladas cerca de sus laresse contaba la linda Adela, prima del Condesito. Era la bondadpersonificada, sin frisar en tonta, y era además heredera única, conesperanzas de ser más rica que su primo cuando heredase. La Condesaviuda quería casar con ella a su hijo.

Ya varias veces había procurado inducirle a que la pretendiera.

Siemprehabía sido en balde.

Ahora, a los tres o cuatro días de haber llegado Adela, la Condesa llamóuna mañana a su hijo a su cuarto, entre once y media y una, antes delalmuerzo, y tuvo con él la siguiente importantísima conferencia.

XIV

Después de los cariñosos saludos de costumbre y de un breve preámbulosobre asuntos insignificantes, sentados madre e hijo en cómodos sillonesy enfrente ella de él, la Condesa entró en materia de este modo:

—Bien conoces tú, Ricardo mío, que yo me he pasado contigo deindulgente. Así he perdido toda fuerza moral, y apenas si me siento conautoridad y valor para darte un consejo.

—La bondad de usted para conmigo no puede ni debe disminuir el respetoy la veneración con que yo miro a usted, madre mía—respondió Ricardo—.No ya para aconsejarme, para mandarme tiene usted autoridad, y debetener valor. Yo obedeceré a usted si está en mi mano obedecerla.

—No pretendo que me obedezcas, sino que me escuches y que te dejespersuadir por mis razones. Es una lástima que pierdas tu tiempo comocualquier mozalbete casquivano, sin dedicarte a nada serio. Hastacierta edad es perdonable ese modo de vivir; pero ya eres mayor ydebieras servir a tu patria y mostrar que vales... ¿Por qué no te haceselegir diputado? ¿Por qué no te interrogas sobre tus propias opiniones,te forjas tu credo político, te trazas tu línea de conducta, y entras enla vida pública? ¿Vas a llegar a viejo,

En cínica e infame soltería,

como dijo, quizá harto duramente, el austero y satírico poeta, sin hacermás que cortejar a mujeres livianas? ¿Por qué no te casas con una mujerhonrada, de tu clase, y te formas una familia?

A esta lluvia de preguntas contestó con mucho reposo el Condesito:

—Todas las excitaciones de usted, querida madre, son tan buenas, que yolas seguiría sin vacilar si de mí dependiera seguirlas. Por desgracia,no depende esto de mí. Para ser diputado, importa proponerse algo conserlo, y yo nada me propongo. Usted misma lo declara: importa tener uncredo político y trazarse una línea de conducta. Pero en balde meinterrogo: yo no sé lo que quiero ni lo que creo. Casi todos lospartidos me parecen bien y me parecen mal. No sé a cuál afiliarme. ¿Hede inventar yo un partido nuevo, cuando ya hay tantos? Además, que no estan fácil inventar ese partido. Para su credo, apenas se me ocurre otroartículo de fe que aquella sentencia constitucional del año de 1812: quetodos los españoles sean justos y benéficos. Lo demás me esindiferente. Yo amo la libertad como un medio, y el progreso como unfin; pero los amo de una manera vaga y encumbrada y comprensiva, que sepresta en la práctica a mil interpretaciones. Así es que por un lado meamoldaría a casi todos los partidos medios, aceptando sus principios, ypor otro lado sería rebelde o indisciplinado en todos los partidos,porque sus prohombres no me satisfacen. En resolución: yo noto que mefalta vocación para la política. Soy más a propósito para lacontemplación que para la acción.

Créame usted, yo lo haríadetestablemente; me desluciría si me metiese a repúblico. ¿Por qué hemosde ser todos actores en tan pesado drama, que dura siempre sin que sellegue jamás al desenlace? ¿No basta que esté uno condenado a serespectador?

Mire usted, madre, yo me canso de asistir a ese drama, queno termina nunca, que siempre es lo mismo, donde hay enredos sobreenredos, cambios de decoraciones, y entrada y salida de personas, quecasi todas lo hacen mal, y en cuyo argumento no hay principio ni fin, nitérmino ni pensamiento. Imagine usted, pues, si me canso de ser meroespectador, y mero espectador poco atento y distraído, cuánto mecansaría si reclamase también un papel y tratase de representarle.Desengáñese usted: la política es un oficio fastidioso, que sólo debenejercer los que no tienen dinero ni posición, y necesitan adquirirlosejerciéndole; pero yo, que tengo mi caudal, puedo y debo ser más útil ami patria y a mí mismo cuidando ese caudal, mejorándole y aumentando asíla riqueza pública, que no añadiendo un individuo más al número yadesmedido de los que se disputan las carteras, las plenipotencias y lasdirecciones generales. Soy tan escéptico, que no atino a creer en lascreencias de los otros. Se me figura que los más consecuentes suelen serlos menos sinceros;

que

son

consecuentes

a

fuerza

de

ser

testarudos.Adoptan una opinión, como pudieran haber adoptado otra, sin fe nicaridad; y ya la siguen siempre, para que se diga que hacen bien supapel, y porque al fin es más fácil representar un papel que digasiempre lo mismo, sean las que sean las circunstancias, que no otropapel donde se digan muchas y diversas cosas, según importe quizá encada momento no sólo al bien particular o singular, sino al bienpúblico. Con esta reflexión me siento inclinado a perdonar lasapostasías; pero, como mi espíritu es una perpetua contradicción,reflexiono en seguida otra cosa y condeno duramente a los apóstatas yvolubles. Los sospecho de interesados y de tunantes. Recelo que nocambian de buena fe, sino porque quieren estar encima y hacer su agosto.En fin, ¿para qué hablar más? Soy incapaz para la política. Más fácil mesería echarme a filósofo, a naturalista o a poeta. ¿No es mejor, sinembargo, que cuide de mi hacienda en santa paz, y procure ser un buenciudadano, un miembro útil y activo del cuerpo social, y un caballeroagradable y entretenido?

Ahora, que apenas hay majadero o galopín que nose meta a sabio o a gobernador del pueblo o a personaje importante;ahora, que todos los hombres se pasan la vida echando discursos en lassociedades científicas, en los clubs, en las asambleas y en otros focosde luz, ¿no es conveniente que haya algunos que se vayan a los salonespara que las pobres mujeres no se queden solas, sin nadie que les habley las entretenga un poco? Ya ve usted si tengo razón en seguir apartadode la política. En cuanto al otro consejo capital de usted, nada tengoque objetar. En efecto, debo casarme; pero yo no quiero casarme porcasarme.

Para contraer esa temerosa unión, que sólo la muerte rompe,quiero hallar mujer en quien confíe y a quien ame, y cuyo espíritu seabra al mío y me muestre que puede estar en duradera, firme, santa eíntima comunión con él. Deje usted que halle esa mujer y al punto meverá casado.

—Perdona que te diga, Ricardo—replicó la Condesa—, que todo cuantoestás diciendo es un cúmulo de sofisterías y de extravagancias. Si doypor cierto, y no lo doy por cierto, que la política es sólo un medio demedrar en la mayoría de cuantos a ella se dedican, culparé más aún a losegoístas que no quieren intervenir en la política porque ya estánmedrados. Todavía se debe presumir que el que busca materialmente sumedro personal busca también el aplauso, la gloria, y se siente movidopor el deseo de hacer el bien de todos, que al cabo no es incompatiblecon el bien singular suyo; pero del perezoso, del frío de corazón, deldescreído, que por no molestarse y porque no necesita medro, porque yale tiene, no interviene en nada, y no sabe más que censurarlo todo, yseñala mil males y no pone remedio a uno solo, de éste, digo, no hayalma, por generosa y benévola que sea, que se preste a suponer nadabueno. Este último es peor y más ruin que el más interesado buscavidasde los políticos activos. Buscándosela, trabaja al fin, y sirve de algo,y tal vez hace el bien general, o procura hacerlo, a costa de fatigas ypeligros, cuando procura asimismo, como es lícito y natural, su propioencumbramiento y provecho. ¿Qué héroe antiguo, qué guerrero, qué granpolítico de los que ensalza la historia ha sido tan absurdamentedesinteresado como sería menester serlo para estar libre de tusinvectivas? Esto en cuanto a la política. En cuanto a tu casamiento, nodebo negarte que tienes razón en desear para mujer propia una que tengalas prendas de que me hablas; pero ¿por qué no la buscas? ¿Ha de pasarella casualmente delante de tus ojos? ¿Ha de abrir su espíritu al tuyo yha de mostrarte que merece entrar en íntima comunión con él, sin que tetomes siquiera el trabajo de llamar a la puerta? ¿Vas a buscar acaso esetesoro que necesitas entre las aventureras, entre las damas galantes,entre las mal casadas a quien enamoras?

—Madre, yo no enamoro ni pretendo ahora a ninguna aventurera, a ningunadama galante, a ninguna mal casada. Si tiene usted noticias tales, estáusted mal informada.

—Pues entonces, ¿por qué no te dedicas a tu prima Adela? Se diría queel cielo la destina para ti. ¡Es tan buena, es tan discreta en medio desu inocencia! Y hablando en confianza..., la creo muy propensa aprendarse de ti. Estoy segura de que te adoraría.

—El amor de madre acaso ciegue a usted; pero, aunque ella propendiese aamarme, ¿cómo he de mandar yo a mi corazón que la ame? No la amo, y sinamor no me casaré con mujer alguna.

—Tú amas, lo sé, a la que no puede ser tu mujer, porque lo es deotro—dijo al fin la Condesa, no pudiendo sufrir más las rebeldías de suhijo.

—Ya he dicho a usted que no amo ahora a ninguna mujer casada.

—Me han dicho que estás en relaciones con la mujer de un empleadillo enHacienda, con una aventurera que va a casa de la Condesa de San Teódulo.

—Madre, los que tal han dicho mienten. Ni yo estoy en relaciones conesa mujer, ni esa mujer es una aventurera. Caro le costaría a cualquierhombre que se atreviese a calificarla de tal en mi presencia.

—Tú mismo te delatas. Esa vehemencia con que la defiendes me prueba másaún que la amas. Tal vez esa mujer te ha hechizado. La cosa es peor delo que yo presumía. No es un capricho, es una verdadera pasión.

—Si la estimación y la amistad son pasiones, estoy apasionado de ella,lo confieso. Por lo mismo, madre mía, suplico a usted que desmienta misrelaciones amorosas con esa mujer, y que no contribuya a difamarla yhacer acaso la infelicidad de su marido, que es un hombre excelente. Siel infeliz llegase a saber lo que, tan a pesar mío y tan sin fundamento,dice de nosotros la maledicencia, se moriría de dolor. ¡No lo permitanunca el cielo!

La Condesa no se atrevió a continuar la conversación, al ver lo exaltadoque su hijo se ponía, y la vehemencia con que hablaba en pro de doñaBeatriz.

Allá, en el fondo de su alma, la Condesa se afligió mucho, imaginandoque su hijo no tenía unas relaciones vulgares, un pasatiempo inmoral,pero sin consecuencias, sino una pasión vivísima. Pensó, además, que laocasión era menos favorable que nunca para inducir a su hijo a que sededicase a la política y a su prima Adela, y, muy contrariada, dió otrogiro a la conversación, esperando mejores días.

XV

La conversación que tuvo con su madre puso al Conde de Alhedín de muymal humor contra los deslenguados, chismosos e insolentes que ibanpropalando por todas partes sus amores con doña Beatriz; pero no por esoprocuró en lo sucesivo ser más cauto y mirado a fin de no dar ocasión yfundamentos a aquellas habladurías.

El Condesito había adquirido tal costumbre de ir todas las noches a latertulia de los de San Teódulo, que a cualquiera cosa faltaría antes dedejar de ir. La misma costumbre había adquirido doña Beatriz. De estasuerte se veían de diario y en presencia de muchos hombres maliciosos,amigos de burlas y muy propensos a explicarlo todo por el lado más feo.

Sostenía el Condesito que doña Beatriz era la discreción personificada,que su conversación tenía un atractivo irresistible, y que su honra y sucastidad estaban por encima de toda sospecha. Así era que él no setomaba trabajo alguno para disimular, y hablaba con doña Beatrizaparte, y horas enteras, en casa de Rosita.

El Conde, y la misma doña Beatriz, en quien al cabo era esto másdisculpable por su falta de mundo, se habían empeñado sin duda en quelas gentes los tuviesen por superiores a toda crítica; en que juzgasensus coloquios santos, puros y sublimes, como los que tuvo allá en laantigüedad Numa con la ninfa Egeria, o como aquellos que en la cumbredel Purgatorio, y después entre los esplendores del Paraíso, tuvo Dantecon la tocaya de nuestra heroína.

Las gentes, sin embargo, no estaban de este parecer. Apenas si, por locomún, son capaces de alcanzar tales sublimidades y de prestar crédito alo que llaman sutilezas o tiquismiquis amorosos.

Creen siempre en algomenos etéreo, sobresubstancial y trascendente. La amistad de losespíritus, el platonismo, la adoración desinteresada a una mujer, aunquese mire como grosero el símil, les parece a manera de salsa picante;pero entienden que no es plato de gusto aquel donde no hay más que lasalsa. El misticismo es un condimento sin el cual el amor seríadesabrido para los paladares delicados; mas nunca pasa, para las gentesvulgares, de ser un condimento; es como la sal, la mostaza, la pimientay otras exóticas especierías.

Lastimoso, abominable es que las gentes piensen así; pero ello es queasí piensan. Lo que es en la tertulia de Rosita, todos eran bastantecultos y hasta refinados para no desdeñar la parte mística del amor, yninguno era bastante metafísico para conceder a esta parte mística uncarácter substantivo, como dicen ahora los filósofos. Del misticismo,por mucho que le pusiese en prensa allá en la mente, no sacaba ningúntertuliano el amor, sino un adjetivo, un epíteto, un atributo del amor.Amor con misticismo era para el más espiritualista de los tertulianoscomo miel sobre hojuelas; pero con una diferencia, a saber: que si enlas hojuelas con miel quitamos las hojuelas, la miel subsiste, mientrasque en el amor con misticismo, si se quita el amor... la del humo.

Con este modo de mirar las cosas no es extraño que todos tuviesen porpretensión exorbitante y por capricho absurdo el afán del Condesito enquerer pasar por un amigo devoto o por un adorador petrarquista de doñaBeatriz.

Alguna disculpa había, fuerza es confesarlo, para tan bellacaincredulidad. Los antecedentes del Conde y su carácter y posiciónmilitaban en contra de lo que deseaba; no se avenían con el papel queanhelaba representar.

El Conde de Alhedín tenía fama de conquistador punto menos queirresistible. Y por otra parte, nadie dejaba de notar que los adoradoresperpetuos, los amantes de eterno suspiro han sido siempre de abajoarriba, y no al revés. Jamás el rey se enamoró platónicamente de lapastora, ni el rico de la pobre, ni el duque de la costurera. Logeneral es que en este linaje de amores vea siempre el amante a su amadacomo en andas, como sobre un altar, o allá en el cielo, muerta ya, comoDante la veía. De esta suerte han suspirado los trovadores de humildecuna y de bolsa vacía por la gran señora feudal que los recibió benignaen su castillo; los cortesanos, por alguna linda reina de las que hahabido virtuosas y ariscas, aunque aficionadas a que suspiren por ellas,y muchos Gerineldos de mayor o menor jerarquía, por la hermosa dama aquien sirvieron. Todos estos casos de amor platónico son verosímiles. Loes también el de algún colegial o novicio que viene de provincias a lacapital, y cae bajo el poder de cualquiera lionne experimentada,curtida, deseosa de adoración, y que se aparece como divinidad a losojos del inexperto y tímido mancebo.

Lo que no era verosímil, lo que no cabía en la cabeza de nadie era queel dichoso, que el hastiado, que el rico y noble Conde de Alhedín,delicia de la corte, suspirase no por emperatriz, reina o gran duquesasiquiera, sino por una muchacha obscura, pedestre, venida de un lugar ycasada con un casi escribiente feo y viejo.

El Conde, sin embargo, se empeñaba en que esto se había de creer, o másbien algo más extraordinario aún. Ni el suspiro en balde quería él quese creyese. El Conde no suspiraba, porque no se suspira por loinasequible; no anhelaba, porque no se anhela lo que no se puedealcanzar, y no deseaba, porque el deseo presupone esperanza, por remotay leve que sea. El suspiro, además, el anhelo y el deseo, aunque nuncase logren, implican algo de ofensivo para la mujer deseada: son lainfracción de un mandamiento cuando esa mujer es de otro. Y con doñaBeatriz—

tal era el respeto y consideración que quería se le tuviese—

elConde se enojaba de que alguien pudiera imaginar que él se atrevía adesearla.

El Conde quería, pues, aparecer como amigo finísimo, como admiradorconstante y como el que se deleita en hablar, en ver, en comunicarpensamientos, sin el menor interés ni propósito que no sea limpio comoel cristal y el oro. Para esto no había necesidad de disimular quehablaba largos ratos al oído con doña Beatriz. No era el secreto a finde ocultar lo pecaminoso, sino a fin de no contaminar lo santo. No erael misterio en que se envuelve el delincuente con respecto a laspersonas honradas, sino el misterio del iniciado con relación al profanovulgo.

Por desgracia, el profano vulgo no se conformaba con creer en lasantidad del misterio, y se le explicaba de un modo harto pocoedificante.

Casi todas las noches doña Beatriz y el Condesito tenían un dúolarguísimo, inaudito para todos, salvo para ellos.

Delante de don Braulio tenía lugar el dúo misterioso lo mismo que cuandodon Braulio estaba ausente. Ni ellos se recataban, ni don Braulio seinquietaba. Se diría que los tres vivían convencidos por igual de lainmaculada inocencia de todo aquello, si bien se diría asimismo que laconvicción se había consumido por completo en ellos tres, no quedandonada para el resto del mundo.

Todos los tertulianos murmuraban por lo bajo de la impostura y de ladesvergüenza, que por tal la tomaban, del Conde, de doña Beatriz y hastadel excelente don Braulio, en quien, merced a la fama que ibaadquiriendo de pasarse de listo, no había persona que supusiese candideze ignorancia, sino notorio y ruin disimulo.

Quien más extremaba y propagaba esta mala opinión era Arturo, el poeta.En sus versos era casi siempre religioso y moral; ya ascético, yamístico, sin mezcla de molinosismos; pero en prosa, como si ya en losversos hubiese gastado toda la poesía de su alma, era de lo más prosaicoy realista que puede imaginarse. De esta disonancia entre su palabrarítmica y su palabra desatada del ritmo resultaba una extrañacontradicción.

El metro y los consonantes parecían el imperativocategórico de su conciencia. Recitaba sus poesías, y los oyentes seinclinaban a considerarle como a un santo padre, doctor iluminado ybendito siervo de Dios. Hablaba sin número y sin rima, y daba miedooírle; era un desenfrenado galopín, sin creencias y sin respeto a cosaalguna.

La noche que siguió a la mañana en que tuvo lugar la conferencia entreel Conde y su madre, el Conde, por lo mismo que estaba de mal humor, semezcló poquísimo en la conversación general de la tertulia de Rosita.Habló cuatro palabras con ella; habló un momento con Inesita, quetambién estaba allí; saludó a los tertulianos, y se fué a hacer suaparte con doña Beatriz, el cual fué más prolongado y en apariencia másíntimo que nunca.

Aquella noche vino don Braulio y vió el aparte con la serenidad decostumbre.

La tertulia duraba de ordinario hasta cerca de las dos; pero don Braulioy sus damas solían irse antes de la una. Así lo hicieron aquella noche.

El Conde de Alhedín, aunque no tenía gana de más tertulia, no se atrevióa irse cuando se fué doña Beatriz, ni inmediatamente después. Se quedó,entrando en el corro general de los que estaban allí hasta última hora.

No hablaba el Conde, sin embargo, porque estaba ensimismado eimaginativo.

El poeta, por lo regular era quien hacía el mayor gasto de palabrascuando no hablaba el Conde. Aquella noche el poeta estaba en vena.Charlaba mucho, decía mil jocosidades, se las reían, y él era de los quese embriagaban con hablar y con ser aplaudidos, más que bebiendo vinos ylicores. Arturo, quizá sin haber llevado una copa a sus labios, estababorracho.

Viendo, pues, al Conde silencioso, empezó a estimularle para quehablara, lanzando algunas mal encubiertas pullas sobre las pasionesmeramente espirituales; sobre lo felices y tranquilos que deben de vivirlos maridos cuyas mujeres tales pasiones inspiran, y sobre los coloquiossemi-divinos que deben de tener los que así aman.

—Dios—decía el poeta—les desanuda la lengua y les infunde por fuerzaun idioma más rico y perfecto que todos los conocidos entre los míserosmortales. Los primores que tienen ellos que decirse no hallan adecuadaexpresión en esta jerga en que nosotros nos entendemos. ¿Cómo es posibleque con el habla misma con que pedimos nosotros de comer, de beber yotros menesteres mecánicos, se pida lo que tales amantes pedirán yobtendrán? Hasta la idea de lo que piden y obtienen apenas se percibepor los profanos sino de un modo confuso, allá en lo más recóndito ytenebroso del alma, allá en los abismos insondables del sentir con elsentido del espíritu, abstrayéndose de los otros sentidos.

Siempre que Arturo hacía algunas frases pomposas e irónicamente elevadaspor el estilo las terminaba exclamando:

—¿Qué tal? ¿Me explico? ¿Entiendo o no entiendo la metafísica de amor?

El Conde reprimía su disgusto: no se daba por aludido cuando podía, y sidecía alguna palabra era con gravedad, sin seguir la broma.

—Hay multitud de amores—continuaba el poeta—, hijos todos de lasninfas: Amores terrenales que son los que nosotros por lo comúnconocemos; pero hay además un solo y único Amor, hijo de Venus Urania,el cual, según refiere el fabulista Esopo, y después han repetido muchosotros poetas y fabulistas, vive casi siempre en el cielo. Los diosesinmortales no pueden vivir sin él. La presencia de este Amor constituyela bienaventuranza de los dioses. Sin embargo, este amor es tan bueno ytan piadoso, que, lastimado de la miseria y bajeza de los hombres, pidede vez en cuando licencia a Júpiter para descender a la tierra ytraernos consolación y cierto reflejo de la luz de la gloria. Condificultad concede Júpiter esta licencia: a él y a los demás inmortalesles es en extremo penosa la ausencia de Amor; pero cuando concede lalicencia, que es de siglo en siglo a lo más, y por breve plazo, Amordesciende entre nosotros, y dejando siempre que sus hermanitos menoresle remeden, hiriendo a las almas vulgares, emplea sus flechas de oro enatravesar pocas almas encumbradas y divinas. De estas almas, asíheridas, brota entonces un raudal de ideas puras, de sentimientossobrehumanos y de conceptos cercanos de la perfección, que vienen a sercomo faros luminosos colocados de trecho en trecho en la historia, en elobscuro y áspero camino que sigue la humanidad errante. ¡Gran noticia,señores, gran noticia!

La Correspondencia no la ha publicado aún, peroténganla ustedes

por

cierta.

Este

Amor

celeste

ha

venido

recientementeentre nosotros. Por más que se oculte por modestia, hemos llegado averle. Está lleno de gracia y de verdad. Su gloria nos deslumbra, mas nonos ciega.

Tampoco a esta parodia de la más bella fábula de Esopo ponía el Conde elmenor comentario.

El poeta prosiguió más excitado:

—El Amor del cielo va hiriendo, como he dicho, algunas almas di primocartello; pero al cabo, mientras que vive por acá, en la tierra, noanda siempre errante y sin hogar. Elige el alma más noble, más pura ymás bella, y allí hace su morada. Esta alma suele ser la de una mujer,con frecuencia, casada.

Imagínense ustedes, ¡qué honra, qué distinciónpara el marido!

En el caso presente, en la venida de Amor, en nuestradescreída y viciosa edad de hierro, la mansión de Amor, su cuartelgeneral, como si dijéramos, es el alma de una mujer casada.

¿Estaráhueco y ufano su marido?

Ya aquí el Conde no pudo contener y disimular su enojo.

Reprimió, noobstante, la lengua, porque en plena tertulia le parecía ridículo y demal gusto desatarse en injurias contra el procaz Arturo. Sus ojos sólodenotaban su furor. Miraba al poeta como si quisiera devorarle con elfuego de su mirada.

Rosita, por ligereza de carácter, por irreflexión, se había dejadollevar de la charla del poeta y le había reído los chistes.

Arturo habíaestado muy cómico, dando un énfasis chusco a sus expresiones yacompañándolas con el debido manoteo. Pero Rosita volvió en sí,advirtió cuán airado estaba el Conde y, aunque tarde, impuso silencio alpoeta.

Cuando los hombres salieron juntos de la tertulia y se dieron en lacalle, ya el Conde no acertó a refrenar su enojo. Olvidó todo respeto,echó a rodar toda la prudencia, no previó consecuencia alguna, y,llegándose a Arturo, le dijo, si en voz baja, no tanto que alguno de losotros tertulianos no le pudiese oír:

—Sábelo para tu gobierno. Ni con fábulas de Esopo, ni con citas dePlatón, ni de manera alguna, por indirecta que sea, consentiré enadelante que, estando yo presente, y aun cuando no esté yo presente,pongas en solfa mi amistad con doña Beatriz. Si llego a saber que hablasotra vez de ella, que aludes a ella, que te burlas de su marido, losentiré mucho, pero te romperé la crisma.

Pronunció el Conde estas frases con tanta seriedad y energía, que Arturono pudo escurrirse tomándolas a risa. Era necesario contestar por loserio. Y para contestar por lo serio, siendo hombre que se respetaba, nole quedó más recurso que contestar como contestó:

—También yo lo sentiré muchísimo—dijo—; pero como me conozco, y séque he de seguir poniendo en solfa tu amistad con doña Beatriz y he deseguir burlándome de la credulidad o socarronería de don Braulio cadavez que se me antoje, es excusada esa tregua o espera que me concedes.Rompámonos la crisma en el acto, ya que así lo deseas.

Pocas más palabras mediaron entre ambos. De los mismos tertulianos allípresentes eligieron uno y otro los padrinos, quienes arreglaron un dueloa sable para el día siguiente por la mañana.

Los

padrinos,

como

personas

de

juicio,

hicieron

esfuerzosextraordinarios para cortar el lance amistosamente, convirtiendo ensúplica cortés la amenaza del Conde, y en promesa generosa y noarrancada por conminación la del poeta, de no hablar mal del Amor delcielo; pero Conde y poeta estaban tan acalorados, que ni el primero seallanaba a hacer el papel de suplicante, ni el segundo, aunque se losuplicasen de rodillas, decía que se sentía capaz de callarse y de noser maldiciente y burlón, siempre y cuando estuviese de humor para ello,que era a menudo. No hubo, por consiguiente, más remedio que reñir.

Ya sobre el terreno, percibió el Conde toda la serie de imprudencias quehabía cometido para llegar a aquel término, en el cual no podíaretroceder, y del cual todo éxito era malo. Malo y deslucido si poracaso Arturo, que en la vida había tomado un sable en la mano, le heríao le descalabraba; malo y cruel si él, que iba todos los días a la salade armas, acuchillaba a su sabor al pobre poeta, y malo y remalo, orasaliese vencedor, ora vencido, porque de todos modos el lance iba a sercontraproducente. El lance era para que no se murmurase de doñaBeatriz, y con el lance iba el Conde a lograr que resonase el nombre deella en las diez mil trompetas de la Fama.

Mas, sobre todo esto hubiera importado pensar a tiempo y no entonces.Entonces no quedaba otro arbitrio que darse de sablazos.

Los sablazos se dieron, y, como era de prever, los recibió Arturo. Pordicha, ninguna herida fué de cuidado. Un mes de cama bastó al poeta paracurarse.

También se cumplió, como no podía menos, la otra previsión.

No quedó enMadrid perro ni gato que no hablase del frenético amor del Conde por lamujer de un empleadillo en Hacienda; de su loca pretensión de hacerlarespetar como criatura angélica, semi-divina, y fuera del orden ycondición que naturalmente se usan; y de su afecto singular hacia elesposo sufrido, de cuyo sufrimiento tenía el Conde el imposible empeñode que nadie se percatase ni se riese.

Como el Conde no había de desafiar y matar a todo Madrid,particularmente a las mujeres, la historia de sus amores con doñaBeatriz, imaginada o real, pero bordada y comentada por todos estilos,circuló por tertulias, cafés, casinos y teatros.

La reputación de doña Beatriz quedó así más lastimada que el cuerpo deArturo, de resulta del lance que tuvo con él el caballeroso Conde deAlhedín, inhábil, por la persuasión y por la violencia, para convencer anadie de su platonismo.

XVI

Entre las muchísimas faltas que me ponen los críticos, nada me afligetanto como que me acusen de pintar siempre mujeres algo levantiscas ydesaforadas. «¿Con quién se trata el autor?—

dicen—. ¿No ha conocidosino mujeres livianas? ¿Por qué no nos presenta en sus historias a lashonradas y puras, a las que cumplen siempre con su deber, a las quepueden y deben servir de modelo?» «Este autor—añaden—odia a lasmujeres o tiene malísima opinión de ellas.»

En contra de tan injusta acusación me toca decir que ni Clara, ni Lucía,en El Comendador Mendoza, ni menos aún Irene, en El Doctor Faustino,carecen de todas aquellas prendas y requisitos que pueden y deben hacerde la mujer una criatura angelical. No negaré, en cambio, que doñaBlanca había pecado, y que la ferocidad de su penitencia era peor queel pecado mismo; que Pepita Jiménez fué demasiado coqueta y másapasionada de lo razonable, y que una vez enamorada no sabía contenerse,y se disparaba como una pistola al pelo; que María, la inmortal amiga,se abandonó a su pasión como si no hubiese tenido libre albedrío, comosi hubiese sido impulsada por una fuerza irresistible; que Constancitaera interesada, calculadora y caprichosa, y que Rosita no reconocía másley divina o humana que la de su antojo; pero en todas estasmujeres—nadie sostendrá lo contrario—se advierten, en medio de susmayores extravíos, tal anhelo de infinito amor, tan dulce ternura y tanfervoroso ahinco de hacer el papel de salvadoras y redentoras, deproporcionar

la

bienaventuranza

o

un

asomo

de

bienaventuranza para elhombre querido, aun a costa de la propia condenación, que las perdonamossin esfuerzo y nos parecen simpáticas.

Por otra parte, lo tengo que repetir aquí, aunque peque de cansado: deuna virtud completa no se puede sacar acción que interese y que tengaalgo dramático, a no imaginar monstruos horrendos, perseguidores dedicha virtud.

Como también me acusan, y sin duda con más motivo, de pobreza deimaginación, no debe de extrañarse que yo no haya tenido hasta ahora elsuficiente brío para inventar esos monstruos.

Importa, por último, tener en cuenta que, en estas historias profanasque llaman novelas, no conviene que sean los personajes como alegoríasde virtudes o de vicios, sino que se tomen de la vida real, donde, porlo común, se advierte en ellos cierta mezcla de buenas y de malascualidades, de vicios y de virtudes, de arranques sublimes y deflaquezas lastimosas, que es lo que constituye la verdad de loscaracteres y lo que da a los personajes fingidos, si el estilo del autores poderoso para tanto, más viva y persistente realidad que a lospersonajes históricos.

En una narración poética, que tal es cualquiera novela, aunque en prosaesté escrita, una mujer inmaculada, una santa, un ángel, no puedemezclarse en la acción sino a costa de los otros personajes; lo mejor esque aparezca, sin llegar con el extremo de su vestidura al lodo de latierra, y acabe por esfumarse en el éter o por subir al empíreo. Suspies apenas si deben tocar al suelo.

En suma: sea como sea de todo lo dicho, pues no aspiro a dar reglasestéticas para escribir novelas, es lo cierto que yo, no porque opinemal de las mujeres, sino por falta de imaginación y por el infortunio deno haber hallado con frecuencia a santas—ni a santos tampoco—en estemundo sublunar, me he de permitir introducir en esta historia, verdaderay sencilla, un nuevo personaje, mujer también, que dista más que ningunaotra de mis heroínas de ser un dechado de perfección; pero queinterviene poderosamente en los sucesos que debo referir.

Esta mujer es una Marquesa. Su título no es menester decirle.

Lallamaremos por su nombre de bautismo, como si tuviésemos con ella lamayor intimidad. La llamaremos Elisa.

Hacía cerca de tres años que se había quedado viuda. No llegaba aún alos treinta de edad. No tenía hijos. Era riquísima y muy elegante. Nisus más acérrimas enemigas negaban que era discreta, ingeniosa,divertida y alegre. Ni sus más decididos adoradores se atrevían allamarla hermosa, ni sus detractores se propasaban jamás a calificarlade fea. Todos, por unanimidad, la declaraban distinguida en gradoeminente. Pero ¿en qué y por qué se distinguía? No era ni muy alta nimuy baja, ni muy blanca ni muy morena, ni pelinegra ni rubia. En ningunade sus facciones había nada de extraordinario ni de marcado. Su nariz noera larga ni chata, ni muy regular ni muy irregular; su boca no era nigrande ni chica; contra sus dientes no podía lanzar nadie un epigrama,pero tampoco, sin hipérbole, podía compararlos con las perlas. Enresolución: desmenuzadas y analizadas todas las visibles y corporalesprendas de Elisa, como, por ejemplo, manos, talle, pies, brazos,garganta y frente, nada había que llamase la atención ni por bueno nipor malo. La simétrica disposición o el orden de todas estas partes nadatenía tampoco de singular. Lo singular de Elisa estaba en el conjunto,pero de un modo extraño. La expresión de su fisonomía era sin duda loque la hacía notable, lo que, más que notable, la hacía inolvidable paraquien la había visto una vez sola.

Se diría que su aparición tenía para todas las almas una fuerzasemejante a la de la prensa que estampa en el bronce o en el oro, conindeleble y firme dibujo, la imagen que lleva en sí el troquel. Y Elisaademás hacía de suerte que, cediendo a todas las exigencias de la modavoluble, adoptando todas sus mudanzas en vestido y peinado, conservabasiempre inalterable, inmutable, la traza material de su persona, como lafigura que en el troquel de acero está grabada. El tiempo mismo parecíahaberse parado para ella desde hacía ocho años. Al menos se requeríacontemplar a Elisa muy de cerca a fin de advertir sobre su rostro algunalevísima huella del tiempo que había pasado.

Contábanse tales prodigios acerca del poder seductor de Elisa, que hastalos hombres más fatuos y más preciados de invulnerables temíanenamorarse si llegaban a tratarla mucho. Se suponía que había inspiradopasiones frenéticas, tercas, profundas y duraderas, y que ella, o habíapermanecido insensible, o había cedido por un instante a una efímerasimpatía, a una alucinación momentánea que antes de dominar su corazónse había desvanecido como sueño. Si había levantado algún ídolo en elaltar de su mente, le había derrocado en seguida.

El Marqués, marido de Elisa, había sido un señor insignificante y muy comm'il faut. Su matrimonio, hecho por razón de estado y de hacienda,ni había procedido de amor, ni le había creado después. La completavanidad, el vacío perfecto de todo cariño, de toda estimación y de todaconfianza, desde el día de la boda hasta el día de la muerte, se habíaocultado primorosamente

bajo

las

formas

corteses

de

la

consideraciónmutua, del frío respeto y de la más delicada galantería.

Por lo demás, Elisa siempre había pasado por recatada y prudente. No secitaba, durante su matrimonio, un solo triunfo que el amor hubiesealcanzado sobre ella. Había sabido infundir, o sin saberlo nipretenderlo ella, había infundido esperanzas que no llegaban acumplirse.

Hasta ya viuda, Elisa no había tratado con frecuencia al Conde deAlhedín.

Verle y desear enamorarle fué en ella todo uno. Ella era un genio paralo que procederíamos rudamente en llamar coquetería, porque sucoquetería era tan sutil, tan aérea y tan refinada, que necesitaba de unnombre más peregrino y más nuevo. Así es que, según lo que yo he llegadoa averiguar, por causa de Elisa hubo de introducirse en el dialectoelegante y aristocrático de Madrid el vocablo inglés flirtation, queya empieza a divulgarse y hasta a avillanarse. Hace algunos años era unvocablo que no se pronunciaba sino en los salones más elegantes, yapenas si se aplicaba a otra mujer que no fuese Elisa.

Elisa empezó, pues, a flirtear con el Condesito.

Pronto logró enamorarle un poco; pero no era el Condesito de los que serinden y se esclavizan con facilidad.

La flirtation no deja rastro, ni huella, ni señal de la herida, ypuede no obstante penetrar en lo profundo del alma y herirla de muerte.El más esencial primor de la flirtation consiste, a lo que me hanasegurado, en disparar dardos tan invisibles, que la persona que losdispara pueda darse por desentendida; en augurar favores sin que seatine jamás ni con el fundamento ni con el testimonio del agüero, y enevocar esperanzas en virtud de conjuros tan misteriosos que no losperciba quien los pronuncie.

La duda de que una mujer ha hecho algo paraalentarnos, debe quedar en pie. Sobre esta duda debe aparecer otra nomenos importante, a saber: dado que la mujer haya hecho algo en elmencionado sentido, ¿lo ha hecho con voluntad reflexiva o arrebatada?¿Hubo premeditación o fué todo inspiración inconsciente?

Justo es advertir que esta teoría acerca de la flirtation me la haexplicado una señora de mucho talento y muy docta en tales estudios. Delo que yo no respondo, es de que el vocablo inglés tenga el mismosignificado por dondequiera. Tal vez flirtation y coquetería sean enla Gran Bretaña perfectos sinónimos. Pero aquí no tratamos de filología.Importa poco el valor etimológico y genuino de la palabra. Lo que nosimporta resolver es que la palabra flirtation, en los saloneselegantes de España, tiene un valor muy distinto; significa unrefinamiento, un alambicamiento de coquetería, y no la coquetería llanay sencilla que por lo común se estila.

Desgraciadamente para nuestra Marquesa, el Conde de Alhedín no erahombre contra quien pudiesen valer artes tan sutiles. El Conde quizágustaba de reposarse tranquilamente en la duda cuando se trataba deotras materias; pero en negocios de amor, gustaba de salir de la dudacuanto antes.

Los coqueteos de Elisa no tuvieron, pues, el éxito que con otros hombreshabían tenido.

El Conde planteó el problema de tal suerte, que fué menester que laincógnita se despejase. Elisa escamoteó, negó todos sus coqueteos, y elConde se apartó serena y hasta fríamente de su pretensión amorosa.Volvieron los coqueteos; se renovaron las exigencias; ella negó denuevo, y el Condesito, sin darse por ofendido, desistió por completo dehacer la corte a Elisa. Todo coqueteo ulterior fué trabajo perdido. ElCondesito ni siquiera dió a Elisa una satisfacción de amor propio,dejando ver su enojo o exhalando una queja.

El último coqueteo, la última flirtation a que el Conde se habíamostrado sensible, había sido en París, durante la primavera. En Paríssobrevino también la firme decisión del Conde de no mostrarse sensiblenuevamente. Y el Conde supo cumplir su firme decisión. Conquistas másfáciles le consolaron y distrajeron de aquel ligerísimo contratiempo.

Mil veces más mortificado quedó en esto el orgullo de Elisa que el delConde. Poco acostumbrada Elisa a que los galanes desistieran tan prontode pretenderla y se retirasen además con tan glacial reposo, se sintióalgo picada, si bien disimuló el pique.

El Condesito y ella quedaron, en apariencia, al menos, muy amigos.

Tuvo él que venir a Madrid para negocios, y prometió a Elisa ir aBiarritz a pasar el verano.

Ocurrió, estando en Madrid el Conde, la aparición de doña Beatriz y deInés en los Jardines del Buen Retiro; el empeño del Conde en conocerlasy tratarlas, y cuanto a la larga hemos ya referido.

El Conde no fué a Biarritz a cumplir su promesa amistosa.

Elisa, al principio, distraída con otros coqueteos, circundada deadoraciones y triunfante como nunca, no echó de menos la falta delConde. Supuso que sus negocios duraban aún y le retenían en Madrid.

Más tarde, cuando llegó a los oídos de ella que al Conde le retenían enMadrid nuevos amores, Elisa se sintió un tanto cuanto contrariada; perono bien averiguó que los nuevos amores no eran con ninguna gran señora,con ninguna dama encopetada y célebre, sino con una lugareña, mujer deun escribiente o cosa por el estilo, le entró una terrible gana de reíry de burlarse del Condesito,

y

olvidó

sus

brillantes

victorias

pasadas,considerándole como un infeliz parapoco, que se refugiaba entre las cursis, o por no lograr nada en esferas superiores, o por tener ánimoabatido, o gusto estragado, ruin y plebeyo.

Volvió Elisa a Madrid. Vió al Conde en teatros, paseos y tertulias, yhalló en él tanta cordialidad y tan amistoso afecto, que tuvo por máscierta que nunca su indiferencia para con ella en punto a los amores. Laindiferencia no podía ser afectada o fingida de aquella manera.

Esto empezó a herir la vanidad de Elisa. No nos atrevemos a asegurar quehiriese también alguna otra fibra de su corazón, menos mezquina queaquella que a la vanidad corresponde.

Se apoderó asimismo del ánimo de Elisa la más viva curiosidad de conocera la mujer del empleadillo, de quien todos afirmaban ya que el Condeandaba enamorado.

Pero doña Beatriz no había penetrado en más salones que en los de laCondesa de San Teódulo; no iba a paseo en coche, por la sencilla razónde que no le tenía, y a misa iba a otras iglesias y a otras horas quelas de Elisa.

Sea como sea, se pasaron meses sin que Elisa llegase a ver a doñaBeatriz. Bien es verdad que, si Elisa andaba curiosa, andaba tambiéntemerosa de verla. Tenía miedo de hallarla hermosa y naturalmentedistinguida. Se deleitaba con fingírsela vulgar y ordinaria.

Entre tanto, vino a noticia de Elisa algo que hubo de mortificarla másque nada: el empeño del Conde en hacer creer que sus relaciones con doñaBeatriz eran el propio petrarquismo.

Fuese esto verdad o mentira,implicaba una consideración, un respeto, una atención tan delicada haciala mujer del empleadillo, que Elisa se llenaba de ira y hasta de envidiacuando en ello cavilaba. Mientras más esfuerzos hacía por no cavilar,más frecuentes eran las cavilaciones.

Todavía se conformaba Elisa con explicárselo todo por cierta cobardía,desidia o pobreza de espíritu, que retraía al Conde de lo difícil y leinclinaba a lo fácil; que le inducía a apartarse de los caminos ásperosy de escarpada subida para seguir los senderos trillados y llanos. Loque no podía sufrir con paciencia era que el Conde se complaciese y aunse gloriase de ir subiendo por mayores asperezas, y de estar luchandocon dificultades más rudas que las que ella le había excitado en balde asubir y a vencer.

A pesar de su empeño en fingirse todo lo contrario, Elisa insistióentonces en formar gran idea del mérito de doña Beatriz.

—Debe de ser—decía para sí—una mujer diabólica, hermosa, discreta,poseedora de infernales recursos, cuando ha logrado hechizar y embobaral Conde, que no es ningún chico inexperto ni ningún majadero.

Con estas y otras parecidas reflexiones la Marquesa se atormentaba caside continuo.

La nueva, por último, del duelo del Conde con el poeta Arturo pordefender la inmaculada pureza de la mujer del empleadillo, estalló comouna bomba en el corazón de Elisa.

—La quiere, la adora con frenesí—decía Elisa en el fondo del alma—.¿Qué habrá hecho ese demonio para cautivar aquellos libres pensamientos,para turbar aquella mente despejada y serena, para mover una tempestadde pasiones en aquel espíritu tan calmoso?

Nada de fijo se contestaba Elisa a tales preguntas; pero vagamente sefingía ya a doña Beatriz tan bella, tan discreta y tan elegante como loera en realidad, y suponía asimismo en doña Beatriz un arte noaprendido, una sabiduría infusa tal y tan extraordinaria, que todas las flirtations que ella solía emplear eran burdas, pueriles o necias, encomparación de las de aquella obscura y venturosa provinciana.

En esta situación de ánimo ocurrió un día la maldita casualidad de que,yendo Elisa a paseo en landó, al pasar por la Puerta del Sol a eso delas cuatro de la tarde, se interpusiesen unas mujeres distraídas yestuviesen a punto de ser atropelladas.

El hombre que las acompañaba laslibró del peligro agitando su bastón delante de los caballos, loscuales, espantados, se alzaron de manos, y encabritándose y manoteandoestremecieron el landó y asustaron a su vez a Elisa.

¡Cuán sorprendida no quedaría ésta al reconocer en el hombre que leacababa de dar el susto al propio Conde de Alhedín, quien la saludabacortésmente y le pedía por señas humilde perdón de aquellaimprescindible irreverencia!

No hubo tiempo para que el Conde hablase a Elisa, cuyos caballos,apartado el Conde que les estorbaba el paso, arrancaron con furia, apesar del brío con que los retenía el cochero.

Elisa tuvo tiempo, no obstante, para mirar, para examinar a ambasmujeres. Al punto adivinó quiénes eran.

Cruel fué el resultado de su examen. Absorbida su atención en Beatriz,apenas se fijó en Inesita; pero a Beatriz la vió, la contempló, laestudió con una intensidad tan honda, que compensó de sobra lo breve deltiempo que duró el estudio.

En lo más íntimo de su conciencia, en aquel abismo adonde no llega elamor propio por grande que viva en nosotros, y hasta donde elentendimiento penetra rara vez ofuscado, Elisa se reconoció por uninstante muy inferior en todo a doña Beatriz.

Pronto, sin embargo, volvió su ánimo de la postración; se recobró delamilanamiento, del desmayo en que había caído.

La reacción del orgullo herido fué violentísima y poderosa.

Entonces, corriendo en su coche por la calle de Alcalá abajo, Elisa juróguerra a muerte a doña Beatriz, la cual estaba muy ajena de que sealzaba contra ella tan temible enemiga.

En nombre del orgullo, en nombre del amor, que con el orgullo nació desúbito en su alma, si bien con bastardo e impuro nacimiento, Elisa seresolvió a luchar, a aventurarlo todo por atraer de nuevo al Conde y porquitárselo a doña Beatriz y tomarle ella.

Marido o amante, todo le era igual en aquel momento de ira: lo que leimportaba era rendir al Conde, conseguir que no fuese de doña Beatriz,lograr que aquella mujer se viese abandonada.

XVII

A pesar de su culto a doña Beatriz, el Condesito seguía yendo a teatros,paseos y reuniones aristocráticas. En dichos puntos siempre encontraba aElisa.

Esta volvió a emplear para cautivarle cuantos medios había antesempleado; pero el Condesito, firme y frío como una roca, no se mostrabasensible ni aun se daba por entendido.

Elisa no perdió por eso la esperanza: esforzó sus artes y llegó más alládel término hasta donde en toda su vida había llevado la flirtation.Tampoco así consiguió que el Conde diera la menor señal de que seinclinara a rendirse.

Elisa se esmeró entonces en su vestido y peinado; lució nuevas y ricasgalas; aguzó el ingenio para que en las tertulias tuviese mayor hechizosu conversación; atrajo en torno suyo a cuantos hombres valían más porcualquier estilo; se rodeó de más brillante y numerosa corte que nunca,y ni aun así pudo vencer la indiferencia del Conde.

Dióle las muestras más patentes y lisonjeras de su predilección; dejómil veces plantado a todo un círculo de admiradores, y rompiéndole, enlos bailes, fué a asirse del brazo del desdeñoso. Para él fueron las másdulces miradas, las más afectuosas sonrisas; todos aquellos signos, ensuma, que suelen augurar favor y revelar amor, sin traspasar los límitesde la modestia y del decoro.

El Conde no respondía con desvío. Esto hubiera sino menos cruel. ElConde respondía con gratitud, con cortesanía extremada y con tan glacialacatamiento, que ponía fuera de sí a la pobre Marquesa.

Imaginó, por último, Elisa, que le iba sucediendo con el Conde lo que alpastorcillo embustero de la fábula, que gritaba: «¡Al lobo! ¡Al lobo!»cuando el lobo no venía, y que una vez que el lobo vino, no le valiógritar «¡Al lobo!» porque los que podían socorrerle no dieron crédito asus gritos. Elisa calculó que el Conde no acudía al reclamo, temeroso denueva burla. Era, pues, indispensable darle pruebas de completasinceridad.

Mucho se violentó antes de resolverse. Su orgullo se resistía.

Suscostumbres, tan contrarias a la humilde franqueza, ponían dique a sudeseo. Elisa sabía prometer, alentar, dar esperanzas de un modo tanaéreo y confuso, que se pudiese negar hasta ella misma que habíaprometido y alentado. Su amor, o más bien el fantasma, la apariencia deamor que ella creaba y alimentaba en su alma, era tan sutil y vaporoso,que se deslizaba hasta el seno de los más empedernidos, despertando aveces tempestades, y no dejaba huella ni rastro de su paso. Sedesvanecía como sombra; era ilusorio, vano como silfo, y tenía la fuerzade un gigante para destrozar corazones.

Pero este fantasma de amor no le valía ya con el Conde.

Verdadero amor,aunque nacido de envidia y celos, no le valía tampoco. El Conde,escarmentado ya del amor falso, tomaba por falso el verdadero. Eraindispensable que el amor mostrase su verdad y su realidad, sin queofreciese la más pequeña duda.

Elisa ansiaba robar a doña Beatriz elcorazón del Conde, costase lo que costase.

En esta disposición de ánimo, Elisa estaba determinada a todo lo quepudiese asegurarle la victoria. Pero, en medio de sus más violentaspasiones, la prudencia no la abandonaba. Calculaba con serenidad, comosi estuviese en calma.

Calculó, pues, en esta ocasión, que rendirse sin condiciones no eratriunfo, sino derrota; que podría suceder que el Conde, verdaderotriunfador, volviese a doña Beatriz, ocultándole una infidelidad efímerao pidiéndole perdón de su culpa. Sólo con pensarlo temblaba Elisa dedespecho.

Su primera idea de que el Conde fuese, si dejaba a doña Beatriz, o sumarido o su amante, se limitó a uno solo de los dos términos del dilema.La Marquesa, tan libre hasta allí, decidió sujetarse al dominio deaquel hombre. Era rica; a pesar de sus vanos coqueteos, su reputación sehabía conservado sin mancha; era de una familia no menos ilustre que elConde; era para el Conde un excelente partido; ¿por qué no habían decasarse los dos? Era el único medio seguro que tenía Elisa de triunfarde doña Beatriz.

En mujer tan orgullosa como Elisa no cabía una insinuación directa conel Conde: no cabía que ella se le declarase.

Decidióse, pues, a dar unpaso, que no comprometía su buena fama, que la dejaba ilesa, aunquepudiese mortificar su vanidad.

Llamó a su casa a un anciano tío suyo que le inspiraba la mayorconfianza; hizo con él confesión general de sus coqueteos con el Condede Alhedín; reconoció que con el amor no hay burlas; declaró que,burlando ella con el amor, era ya la burlada, la cautiva y la enamorada;y suplicó al prudente tío que viese a la madre del Condesito, y que,como cosa suya, si bien dando a entender que le constaba que la Marquesaestaba propicia, propusiese a dicha señora tan brillante matrimonio parasu hijo.

El tío cumplió con discreción y habilidad el delicado encargo.

LaCondesa viuda de Alhedín halló que su hijo no podía soñar con mejorboda, y se puso enteramente de parte de la Marquesa, cuya decididavoluntad en favor del Conde la lisonjeaba en extremo.

No hay que decir que esta negociación se llevó con el mayor sigilo.

La Condesa de Alhedín tuvo con su hijo una larga conversación: le hablóde la boda propuesta como de una gran dicha para su casa; como de unfausto suceso que merecería toda su aprobación, y trató de apartarle delos enredos galantes que le suponía, pintándole las delicias del hogardoméstico y repitiendo lo que otras veces había manifestado, de que yaera tiempo de que

tuviese

una

familia,

adquiriese

otra

gravedad

yrespetabilidad y emplease su vida y las altas prendas que Dios le habíadado en asuntos serios, que redundasen en pro y mayor lustre de sunombre y en bien de su patria.

El Condesito volvió a negar a su madre que él tuviese relaciones condoña Beatriz, y le confesó que había estado prendadísimo de la Marquesa;pero añadió que su coquetería sin entrañas le había curado de aquelprincipio de amor, y que tan radicalmente le había curado, que le era yaimposible amar a la Marquesa, y por consiguiente casarse con ella, sibien reconocía que era merecedora de llevar el nombre de él y de ser sucompañera de toda la vida.

En resolución, aunque de un modo indirecto, y con el más profundosigilo, y suavizando el golpe los dos medios por quien pasó, a saber:primero, la Condesa, al hablar con el tío, y el tío luego al hablar conla sobrina; ésta, como dura lección y como castigo de sus flirtations,recibió lo que vulgarmente llamamos unas terribles calabazas.

La soberbia de Elisa, ofendida y humillada en lo más vivo, pedíavenganza desde el fondo de su corazón.

Jamás Elisa había previsto, ni en sus sueños más negros y desesperados,que un hombre se había de resistir a sus atractivos poderosos y a lamagia de sus coqueteos; que este hombre la había de enamorar cuando eraella la que solía enamorar a todos los hombres, y que al fin la había deimpulsar hasta el punto de tomar la iniciativa y de mendigar su mano, yde recibir de él una repulsa insolente y desapiadada.

La causa de todos estos males era doña Beatriz. Por culpa de doñaBeatriz creía Elisa que se había enamorado del Conde; por culpa de doñaBeatriz creía que el Conde la desdeñaba.

La cólera se apoderó de su alma; la cólera arrojó de allí todosentimiento generoso, todo escrúpulo, toda consideración que se opusieraa la venganza.

Con tal de vengarse no le arredraba ya ni el delito; no le sonrojabameditar en los medios más viles y llegar a valerse de ellos.

XVIII

Dos días después del cruel desengaño de Elisa, don Braulio González, alir a sentarse en la mesa de su despacho en el Ministerio, vió sobre elpupitre una carta que le iba dirigida. La abrió y leyó lo que sigue:

«Señor don Braulio: La fama va esparciendo por todas partes que es ustedlistísimo. Yo le he tomado a usted afición y no quiero creerlo. En lasituación de usted, llamarle listo es hacerle la mayor injuria.Verdaderamente usted no puede ser listo dentro de lo justo. O usted noes listo, o usted se pasa de listo. Prefiero creer y decir que usted estonto. ¡Sería tan infame saber y disimular! No; usted ignora lo que enMadrid sabe todo bicho viviente. Usted no disimula. No se disimula contanta habilidad.

Discreto es el Conde de Alhedín, discreta es doñaBeatriz, y sin embargo no han disimulado.»

Así terminaba la infame carta. Ni una palabra más. No tenía firma. Laletra parecía contrahecha.

Don Braulio leyó la carta una, dos, hasta tres veces, como quien no seentera bien, como quien no da crédito al testimonio de sus sentidos,como quien duda aún de si es realidad o si es una pesadilla o un deliriolo que percibe.

Sin alterarse luego, hizo con pausa mil añicos de la carta, incluso delsobre; después estuvo a punto de echar los añicos en el cesto que teníaal lado para los papeles rotos; y al cabo, como reflexionándolo mejor, ycomo temiendo que la carta destrozada pudiera juntarse y recomponerse,se alzó don Braulio de su asiento, se dirigió a la chimenea que ardía enun lado de la sala, y arrojó con cuidado en la llama todos aquellospedacitos de papel.

Volvió entonces a su mesa para empezar sus trabajos del día; pero, nobien dió tres o cuatro pasos, no acertó a tenerse en pie, y cayódesplomado sobre la estera del suelo que cubría la estancia.

Los compañeros y escribientes que allí se hallaban corrieron alevantarle.

—¿Qué es esto, señor don Braulio?—dijo uno.

—¡Amigo González!—exclamó otro.

Don Braulio no respondió.

—Es un ataque de apoplejía.

—¡Qué demonio de accidente!

—¿Qué apoplejía?—dijo otro—. Buena facha de apoplético tiene esteseñor, más seco que un bacalao.