Pasarse de Listo by Juan Valera - HTML preview

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JUAN VALERA

PASARSE DE LISTO

NOVELA

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV,

XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII

I

Toda persona elegante que se respeta debe ir a veranear. Es unaordinariez quedarse en Madrid el verano.

Lo más tónico es ir a algunas aguas en Alemania o Francia; pasar luegouna temporadita a la orilla del mar en Biarritz, en Trouville o enBrighton, y acabar el verano, antes de volver a esta villa y corte, enalgún magnífico château o cosa por el estilo, que debemos poseer, sies posible, en tierra extraña, y cuando no, aunque esto es menos comm'il faut, en nuestra propia tierra española.

Tal es el supremo ideal aristocrático a que aspiramos todos en lotocante a veraneo. Para realizarle totalmente se ofrecen no pocosobstáculos. Lo más común es no tener château, ni algo que remotamentese le asemeje, ni en la Península ni en la vasta extensión delcontinente europeo; pero esta falta se suple o se disimula si poseemosuna casa de campo, una casería o un cortijo, lo cual, hablando enfrancés, puede calificarse de château, sin gran escrúpulo deconciencia.

Todavía, sin embargo, ocurre muy a menudo que la familia elegante, o conhumos de elegante, carece de hogar de donde los humos procedan; esto es,no tiene ni siquiera cortijo. Si le tiene algún amigo o pariente, lafamilia puede aprovecharse de la amistad o del parentesco. Si de ningúnmodo hay ni cortijo, se suprime la parte meramente rústica y se limitael veraneo a la parte hidropática, dulce, salada o ambas cosas. Quiereesto significar que, no habiendo château ni cortijo donde pasar unmes, se emplea todo el tiempo en los baños, aunque nadie de la familiase bañe nunca. Basta tomar las aguas por inhalación, respirando, pongopor caso, las brisas del Atlántico en el mencionado Biarritz, en SanJuan de Luz, en San Sebastián, en Santander o en Deva.

Por último, si el afán de eclipsarse en estos meses de calor atribulademasiado, y la bolsa se halla tan escurrida, que no hay ni para ir abañarse o a ver la mar en Motrico, se va el elegante, o la familiaelegante, a cualquier lugar de la Mancha, donde a veces lo llano yescueto, y sin árboles ni matas del terreno, imita la mar, y loscigarrones, los cangrejos y peces, y allí se está tomando el fresco atodo su sabor, hasta que ya es la época y sazón oportuna de volver aMadrid sin infringir las leyes y liturgias del buen tono.

Hay familias, pero yo apenas lo quiero creer, de quienes se asegura que,por no infringir dichas leyes y liturgias, hacen como que se van deviaje, y con discreto y económico disimulo se quedan aquí, en reclusiónseverísima, sufriendo este linaje de martirio, para tener propicia a ladeidad a quien rinden culto, que es la Moda.

Sea como sea, ya de veras, ya valiéndose de tretas y de recursos algosofísticos, ello es el caso que en los meses de julio, agosto yseptiembre apenas queda en Madrid persona conocida.

Las personas que quedan, se dice en estilo culto, que no son conocidas,para dar a entender que no son de la crema de la sociedad; de la flor yla nata. Por lo demás, harto conocidas suelen ser de los que se han ido,no pocos de los cuales, cabe en los límites de lo verosímil, y a vecesde lo probable, que les deban el dinero con que se fueron, o el calzadoo la vestidura con que se engalanarán en los baños.

Tranquilicémonos, no obstante, y no compadezcamos a las personas noconocidas que fiaron o prestaron. Ya lo cobrarán, como es justo,incluyendo en el cobro todo lucro cesante y todo daño emergente.

En suma, y sin meternos en más averiguaciones ni en honduras económicaso crematísticas, Madrid en verano se queda sin su aristocracia; se quedacomo acéfalo; se queda como jardín sin sus más bellas flores; se quedacomo haza segada: parece un barbecho de distinción y de finura.

Yo lo siento y lo extraño. Madrid, desde que vino el Lozoya, ha ganadomucho, y no merece este abandono general cuando no es verdaderamentenecesario tomar aguas o visitar la heredad o hacienda propia, o cuandono se posee bastante dinero para viajar por esos mundos como un nababo.

Aquí, en verano, digan lo que quieran los que no piensan como nosotros,no hace más calor que en Biarritz o en San Sebastián; aquí, en verano,hay no pocas diversiones, más o menos inocentes, y no se emplea mal lavida.

Arderíus y sus bufos son baratos y entretenidos. ¿En qué aguas seencontrará un teatro como el de Arderíus? Es cierto que, desde hacepoco, nos ha entrado un furor de moralidad, un púdico rubor, que todo locondena y de todo se solevanta. Críticos y moralistas han levantado unacruzada contra los bufos. Pero los bufos seguirán triunfantes, a pesarde todas las disertaciones morales que contra ellos se fulminen. Lessucederá lo mismo que a los toros. Hasta se puede sostener que los bufosson más invencibles. Las razones que contra ellos se aducen soninfinitamente menos fundadas.

Sublime espectáculo, sin duda, es ver a un mozo gallardo, sin másdefensa ni escudo que flotante velo rojo, vestido de seda, más aderezadopara fiesta o baile que para brava y terrible lucha, ponerse delante deirritada y poderosa fiera, llamarla a sí y darle muerte pronta, cayendosobre ella con el agudo acero. Si, por desgracia, fuere el lidiadorquien en aquel instante muriese, su muerte, ya que no moral, tendrá nopoco de hermosa, y la compasión y el terror que causare estaránpurificados por la belleza, de acuerdo con las reglas de la tragedia,escritas por el gran filósofo griego. Lo malo es que para llegar a estetrance de la muerte tenemos que presenciar antes el brutal, largo y rudosuplicio del noble animal destinado a morir; tenemos que ver acribilladasu piel con pinchos y garfios, que se quedan colgando, si no se losarrancan con las túrdigas del pellejo; y tenemos que contemplar asimismola inmunda crueldad con que son tratados los infelices jamelgos. Ellossirven de diversión en las convulsiones y estertores de la agonía;derraman por la arena su sangre y sus entrañas; se pisan al andar elredaño y los sueltos intestinos, y andan, no obstante, a fuerza de losespolazos del picador y en virtud de los palos que sacude en susdescarnados lomos un fiero ganapán, quien innoble y grotescamente va pordetrás dando aquella paliza, a fin de aumentar el dolor y sacar deldolor un resto de movimiento y de energía en un ser moribundo, que, sino tiene pensamiento, tiene nervios y siente como nosotros. Con escenastales no debiera haber tan duro corazón que a piedad no se moviese, nisujeto de gusto artístico y de alguna elegancia de costumbres que no lasrepugnase por lo groseras y villanas, ni estómago de bronce que nosintiese todos los efectos del mareo.

En resolución: la muerte del toro es bella, si el matador atina y nopasa de dar dos o tres estocadas; pero, francamente (hablo consinceridad; yo no soy declamador ni aficionado a sentimentalismos), loque precede es abominable por cualquier lado que se mire.

Repetimos, a pesar de todo, que los toros seguirán. Nosotros mismos nonos atrevemos a pedir que se supriman, porque hay en ellos algo depoético y de nacional, que nos agrada. Nos contentaríamos con ciertasreformas, si fueran posibles. Casi nos contentaríamos con que nomuriesen caballos de tan desastrada y fea muerte.

En cuanto a los bufos, que, según hemos dicho, tienen hoy más enemigosque los toros, ni reforma ni nada pedimos. Nos parecen bien como son.Casi no comprendemos la causa de la censura que de ellos se hace.

En primer lugar, los bufos son los bufos, y no son el sermón o eljubileo. La madre que anhele conservar el tesoro de candor que hay en elalma de su hija, y hasta acrecentarle, llévela a cualquiera de lasmuchas iglesias que contiene Madrid, y no la lleve a oír las zarzuelas.Vayan sólo a los bufos, si tan malos son, los hombres curados deespanto, y aquellas mujeres, que no faltan, curtidas ya en todo génerode malicias, o bien las que son tan inocentes, que, si alguna maliciallegan a oír, no aciertan a entenderla.

Por otra parte, yo me atrevo a sostener que en la más desvergonzadazarzuela bufa no hay la quinta parte de los chistes primaverales overdosos que en muchas comedias de Tirso, que en muchos sainetes de donRamón de la Cruz y que en muchas otras producciones dramáticas denuestro gran teatro clásico.

El principal motivo de la censura contra los bufos procede de unacuriosa manía que, desde hace pocos años, se ha apoderado de lasinteligencias más sentenciosas. Los bufos vinieron de París; en losbufos suele bailarse el cancán; los bufos gustan en Francia; Francia hasido vencida por Alemania en la última guerra; luego los bufos,enervando y corrompiendo a la nación, han tenido la culpa de la derrota.Esto se ha dicho ya en todos los tonos, y sobre esto se han escritoprofundas disertaciones. A nadie, con todo, se le ha ocurrido declararque en Alemania agradan los bufos más aún que en Francia; que enAlemania se pirran los hombres por el cancán, y que los que han vencidoa los franceses no salían de zurrarse con unas disciplinas, sino de verbailar el cancán o de bailarle cuando los vencieron.

En cuanto a que los bufos corrompen o tiran a corromper el buen gustoliterario, aún es más infundada la acusación. Pues qué, ¿la música, malao buena, es incompatible con la discreción, con el sentido común, con elingenio, con la gracia urbana y con otros requisitos y excelencias deque va o pudiera ir adornada una fábula dramática? Si alguna fábuladramática, de estas ligeras, regocijadas o bufas, carece de talesprendas, cúlpese singularmente al autor y a su obra, y no al género todoy a todos los autores. ¿Tiene más el público que silbarla? Y si elpúblico no la silba, sino que la aplaude, y la zarzuela es tonta, estoprobará la bondad del público. Denle algo menos tonto y lo aplaudirámás.

Y cuando no se da algo menos tonto, crean los críticos que es porque nohay nada menos tonto. Si lo hubiera, se daría.

Lo que acabamos de decir parece una perogrullada; pero reflexiónese bieny se verá que no lo es. El autor de zarzuelas es siempre autordramático. Si escribe malas zarzuelas, peores dramas escribirá. Eldiscurso del crítico que condena la zarzuela, despojado de tiquismiquis,es éste: «Tu zarzuela es tonta y chabacana: escribe dramas y no escribaszarzuelas.» A lo que modestamente pudiera contestar el autor: «Siescribiendo zarzuelas, que son más fáciles y tienen menos pretensiones,lo hago mal, ¿qué haré si me pongo a escribir dramas?»

La zarzuela, además, es una cosa, y otra cosa es un buen drama o unabuena comedia, y no se opone el que se escriban zarzuelas a que salgan arelucir nuevos Lopes y Calderones que escriban dramas magníficos.

Veo que me voy muy lejos con mi digresión. Volvamos al asunto de quequiero tratar aquí.

Decía yo que, en verano, aunque se van de Madrid las personas máselegantes, Madrid queda bastante animado y divertido.

El centro de la animación, el principal hechizo de Madrid en verano,está en los Jardines del Buen Retiro, de nueve a doce de la noche.

La historia que voy a referir empezó allí, hoy hace justamente cuatroaños, a 9 de agosto de 1873.

II

Era noche de grande entrada. Allí estaban casi todos los jóvenesperiodistas, empleados y poetas; cuanta cursi hay en Madrid, esto es,todas las señoras y señoritas de poquísimo dinero que aspiran a sernotadas o conocidas en la buena sociedad, o dígase en la sociedad de másdinero, por mala que sea; muchas familias honradas de la clase media,sin otras aspiraciones que las de aspirar el aire fresco y distraerse unpoco oyendo la música; las suripantas o hetairas de todos los gradosy categorías, con tal de haberse encontrado poseedoras de una peseta ala hora de entrar; multitud de hombres políticos notables de los quinceo veinte partidos que hay en España; un centenar de generales; no pocosdiputados, senadores y ministros, y, por último, aquella parte del beaumonde que aun no había salido a veranear, que prometía salir, o que sehallaba tan segura de su crédito de pudiente, que no temía comprometerlepasando en Madrid un verano.

Todo este público, o estaba sentado en sillas y bancos, formando corros,murmurando, politiqueando, coqueteando o enamorándose, o giraba en tornodel quiosco, desde donde sonaba la música, dando vueltas y vueltas,aunque sea pérfida comparación, como mulos de noria.

El jardín, como nadie ignora, es muy bonito, y por la noche, iluminadocon luces de gas veladas por globos de cristal blanco y opaco, parecemayor. Aquella iluminación presta a los árboles y a la verde hierba y alas flores cierta vaguedad y hermosura. La animación y el bullicio danal conjunto superior agrado.

Las mujeres, cuando no las ciega la vanidad o el prurito dedistinguirse, van por lo común bien vestidas. De cada veinte se puedeafirmar que una, a lo más, y no es mucho, suele encomendarse al diablopara que la vista y la peine, por donde aparece en los Jardines hechauna tarasca; pero las otras diez y nueve van como Dios manda; unas demantilla, otras de sombrero, y no pocas son muy guapas, sea como sea loque lleven.

Lo único que, en general, pudiera censurarse aquella noche, y puedecensurarse aún en el traje de las mujeres, es lo largo de las colas.Para ir a pie a los Jardines, y, aunque se vaya en coche, para pasearluego a pie, es feísimo y sucio todo aquel aditamento de enagua blanca yde vestido que va arrastrando, llenándose de polvo, levantándole yesparciéndole en el aire, y barriendo, por último, cuanta inmundiciaencuentra al paso. La cola no está bien sino para andar sobre limpias ymullidas alfombras, o sobre mármol bruñido y lustroso, o sobre preciosasy pulidas maderas, incrustadas en forma de primoroso mosaico. Para andarpor las calles o por el campo, donde suele haber lodo y quién sabecuántas cosas peores, toda mujer de gusto debe prescindir de la cola.Algunas, aunque son las menos, prescinden ya.

En la noche a que nos referimos iba declamando contra las colas uncaballerito, como de veintiocho años, recién llegado de Alemania y deFrancia, y de lo más elegante, atrevido y alegre que puede imaginarse.Rodeábanle, e involuntariamente le admiraban y le reían las gracias,otros cinco jóvenes de lo más atildado y encopetado de Madrid.

Nuestro declamador había venido tan extemporáneamente para un negocio desu casa. Pensaba pasar en Madrid tres o cuatro semanas a lo más e irse aBiarritz en septiembre.

Tenía fama de calavera, pero no de los calaveras víctimas y explotados,ni tampoco de los verdugos y explotadores. Aunque generoso, no solíaprestar a los que se llaman amigos ni había tomado prestado de losusureros, y sabía contenerse cuando jugaba y perdía, y no se dejabasaquear de sus administradores, y llevaba en la memoria todas susfincas, rentas y productos, y miraba por todo, y cuando daba era con sucuenta y razón, y sin cegarse nunca por vanidad o por afecto.

Este caballerito poseía más de 15.000 duros al año; era soltero,andaluz, no tenía una sola deuda, y llevaba el título de Conde deAlhedín el Alto.

Jamás había querido estudiar ni seguir carrera ninguna. Era, sinembargo, curioso y despejado; había leído muchas novelas y librospopulares y amenos de toda clase de ciencias; y con esto, y con el tratodel mundo, y los viajes por lo mejor de Europa, había llegado a tener unespíritu bastante cultivado y que lo comprendía todo, si biensomeramente.

Detestaba la política. Abominaba de los periódicos. Jamás tomaba uno enla mano sino para leer anuncios. Los acontecimientos públicoscontemporáneos le fastidiaban, y no quería enterarse de ellos. Hallabamil veces más poéticas las historias antiguas que las modernas, y leinteresaba mucho más la caída de Sardanápalo que la de Napoleón III, ylas fabulosas conquistas de Osiris que las del primer Napoleón.

No había querido decidir consigo mismo si era realista o republicano,liberal o no liberal, partidario de esta Constitución o de aquella.

En religión y en filosofía era menos perezoso; pero, si en política eraindiferente, en esto otro era vacilante. En aquéllo, poco le importabano resolverse; en ésto, a pesar suyo, no se resolvía.

Por lo demás, en cuanto tenía que hacer con lo práctico de su vida y desu conducta, el Conde de Alhedín tenía una filosofía propia, unadoctrina determinada, una colección de principios que le servían depauta y de norma para su conducta.

Réstame decir que este héroe, que pongo en campaña, era de medianaestatura, airoso, fuerte y ágil. Tiraba al florete como pocos, y con unapistola en la mano casi nadie se le adelantaba.

Gran jinete y buencazador, jamás había presumido de torero. A lo que sí tuvo afición,durante dos o tres años de su juventud más temprana, fué a imitar aLeotard, y con tan buen éxito, que volaba por los aires, en loscombinados trapecios, como si fuera brujo. No lo era, sin embargo, sinoun lindo muchacho, moreno, con hermosos ojos, pelinegro y de retorcidosbigotes y bien peinada y reluciente barba.

Después de haber disertado contra las colas refirió una serie deanécdotas ocurridas a él o a algún conocido suyo, en las tierrasextrañas de donde venía. Algunas de estas anécdotas eran de caza o deequitación; las más fueron de amores, hallando medio de divulgar sustriunfos y conquistas, que aparentaron creer o creyeron susinterlocutores, o mejor dicho, su auditorio, pues el Conde era deaquellos que, si bien hablan primorosamente, fatigan y ofenden a losmenos sufridos, monopolizando el uso de la palabra y no consintiendo,como vulgarmente se dice, que nadie meta baza o cucharada sino ellos.

A pesar de este monopolio no se ha de negar que el Conde era divertidoen

su

conversación.

Hablando,

encantaba

o

deslumbraba. Narraba comopocos, y con tal arte, que él mismo se creía la historia, aunque fuesementira, y el auditorio solía creérsela también. Se diría que laimaginación y la memoria eran en el Conde una sola y única facultad delalma.

Era petulante, pero con petulancia graciosa, jovial y dulce, que a nadieofendía. Sus finos modales y su simpática figura contribuían mucho aproducir tan buen efecto.

Aquella noche le había dado por denigrarlo todo. Recordando a lasprincesas rusas, a las ladies inglesas, a las condesas alemanas, a lasfrancesas del Faubourg Saint-Germain, y hasta a las griegas fanariotas,que había tratado con la mayor intimidad, iba sosteniendo que no valíanun bledo todas las mujeres que se paseaban en aquel momento en losjardines.

«Apenas—decía—si de toda esta desdichada muchedumbre se podráentresacar media docena que merezca una declaración de amor.»

Los amigos impugnaban tan cruel censura, y el Conde, para defenderse,sostenía su opinión con gracia y desenfado.

Conforme iba así disputando y paseando, advirtió de pronto que delantede él paseaban dos mujeres, pequeñitas ambas, esbeltas, jóvenes alparecer, aunque sólo de espaldas las veía, y que algo habían oído yseguían oyendo de su diatriba y de la disputa, porque de vez en cuandocuchicheaban y se reían, como si hicieran comentarios a la conversaciónde los que venían detrás.

No había visto el Conde la cara de ninguna de aquellas dos mujeres. Eltraje de ellas nada tenía de notable para ojos vulgares y profanos. Launa vestía de ligera seda negra y la otra un traje obscuro de pobrepercal; las dos iban de mantilla. Había, no obstante, tal pulcritud yaseo en todo el ser y hasta en el ambiente que circundaba y envolvía aaquellas mujeres, que, sin atinar con la explicación, el Conde creyósentir como una corriente magnética, y se dió a imaginar que aquellasdos mujeres iban impugnando su aserto, y que cualquiera de ellas seconsideraba, con sobrada razón, un argumento vivo, fortísimo eirresistible, contra sus fatuas afirmaciones.

Advirtió el Conde además que ambas tenían bonito cuerpo y movimientosairosos sin afectación, y que llevaban la falda bastante recogida paraque no se manchase o empolvase torpemente en la arena y para que sepudiesen columbrar de vez en cuando sus pies menudos, afilados, altos detorso y calzados con esmero de graciosos botincillos.

El deseo de verles la cara se hizo sentir en seguida en el ánimo delConde; pero ellas, quizá sospechando aquel deseo, no volvían la cara,puede que a fin de contrariarle y de hacerle más vivo.

El Conde tuvo que caminar más de prisa y pasar delante de ellas paramirarlas. Entonces vió con grato asombro que ambas eran lindísimas. Enel rostro iban declarando que eran hermanas.

Se parecían con eseparecido que llamamos aire de familia, y eran, con todo, muy diferentes.La mayor de edad y menor de estatura, la del traje de seda, eratrigueña, con ojos y pelo negros, labios colorados como una guinda yblanquísimos dientes, que mostraba riendo. La menor, la del vestido depercal, era más alta; parecía tener cuatro o cinco años menos que laotra, diez y ocho a lo más; era blanca y rubia, y con ojos azules, ypropiamente semejaba un ángel. No reía tanto como la mayor, y semostraba más seria y menos desenvuelta. Tenía singular expresión dedulzura, serenidad y apacible contentamiento.

Bien conoció el Conde que las para él desconocidas, ni eran de lo quellaman la sociedad, ni podían tampoco colocarse en ninguno de losgrados de la jerarquía del heterismo.

Su mirada penetrante y experimentada conoció en seguida que eran ambasde la clase media, o pobres, o muy modestas; que la morena debía deestar casada y que era soltera la rubia. Vió que nadie las acompañaba, ycreyó notar que estaban apuradas y como arrepentidas de haber venidosolas y que, si por un lado les lisonjeaba el amor propio haber llamadola atención de tan desdeñoso galán, por otro andaban recelosas, casiconsternadas de aquel pequeño triunfo.

Entre los amigos del Conde los había que se jactaban de conocer a todoMadrid, alto, bajo y mediano, con tal que perteneciesen las personas alsexo femenino. El Conde les preguntó quiénes eran aquellas muchachas.Todos las miraron, y todos dijeron que no las conocían.

—Serán forasteras—añadió uno.

—Serán recién llegadas a Madrid—dijo otro.

—Deben de ser o malagueñas o sevillanas—exclamó un tercero.

—Sevillanas son—repuso el Conde—. No me cabe la menor duda.

Entonces hizo un pomposo elogio de las sevillanas en general con clarasalusiones a las dos que iban delante y que por tales tenía, y habló envoz mucho más alta que la que había empleado en la diatriba, a fin deque le oyesen ellas y sirviese su discurso como función de desagravios.

Pero las damas parecían temer los encomios y no las sátiras.

No bien seoyeron encomiar apretaron el paso, y aprovechando un momento deconfusión y bullicio, trataron de escabullirse.

El Conde tenía fija la vista en ellas. Siguió aquel movimiento; vió quese iban del jardín, y aprovechándose él también del bullicio, se separóde sus amigos, como si por acaso los perdiese, y tomó la misma calle deárboles por donde vió que las dos jóvenes se habían precipitado buscandola puerta del jardín.

Ridículo le parecía que hombre tan corrido como él corriese entoncesdesalado en pos de dos pobres chicas. No se juzgó conde aristocrático ysoberbio, sino estudiantillo novato o alférez recién salido de laescuela. Mas, a pesar de sus juiciosas reflexiones, el Conde fué en posde aquellas mujeres, y hasta formó el propósito de hablarles en cuantosaliesen del jardín, a fin de que, en el caso de un sofión, que harto lemerecía por su vulgar mala crianza, no le viesen sujetos que lo pudierancontar.

Al salir del jardín vió el Conde a su lacayo, que iba a llamar alcochero para que se acercase con la victoria.

—¡Ramón!—dijo el Conde—. Id a aguardarme a la puerta del Veloz-Club.

A poco la victoria partió.

El Conde siguió a pie a las dos mujeres.

Dos o tres veces se acercó a ellas y quiso hablarlas. Las miró, seencaró con ellas, casi las detuvo; pero hallaba tan feo, tan plebeyo,tan de mala educación, abusar así de que iban solas dos mujeres, yperseguirlas y querer hablar con ellas, que se contuvo y no les habló.

En medio de estas vacilaciones, las dos mujeres vieron pasar un cochevacío. Se apoderaron de él rápidamente, dieron la dirección al cochero,le pagaron adelantado y doble para que picase, y salieron comoescapadas, subiendo por la calle de Alcalá y entrando luego por la delTurco.

El Conde quiso seguirlas, pero su coche había ido a parar al Veloz, ycoches de alquiler no parecían.

Quedóse, pues, nuestro héroe parado como un bobo a la altura de lafuente de la Cibeles y burlándose de sí propio por la serie de tonteríasy chiquilladas que acababa de hacer.

¿Quién sabe si serían algunas costurerillas, algunas profesoras deprimera enseñanza que habían venido a oposiciones, o algo no menos cursi, aquellas dos que le habían hecho hacer lo que no hizo jamás nipor reinas y emperatrices?

III

El Conde de Alhedín se guardó muy bien de contar en el Veloz-Club suconato frustrado de persecución y el desdén con que le habían tratadolas dos desconocidas.

«Ya volverán a los Jardines del Buen Retiro—decía para sí—; ya lasencontraré por ahí mañana o pasado. Ellas volverán. No despertemos lacodicia de los amigos con desmedidas alabanzas.

Dios sabe cuántos seempeñarían en la conquista, y me serían estorbo, aunque no me vencieran.Yo no estoy enamorado de ninguna de las dos. Jamás he creído en pasionesrepentinas. Pero mi curiosidad es extraordinaria. Cada una por su estiloes hermosa y está llena de no aprendida elegancia. No sé por cuáldecidirme, si por la rubia o por la morena. Esta misma indecisiónaumenta mi deseo de volver a verlas. Lo que observe en la nueva vista medecidirá o por la una o por la otra. Verdad es que en esta predilecciónsólo entra por algo el tiempo. Quiero pasar mi tiempo con ambas; peroes menester empezar por hacerme querer de una. Si no fuesen hermanas, sino anduviesen juntas, bien podría yo acometer a la vez las dosconquistas; pero estando como están, conviene ir por su orden.»

Este soliloquio, hecho y repetido de mil formas, aunque en substancia elmismo siempre, ocupó el pensamiento del Conde por espacio de dos días ydos noches.

Hallábanle distraído sus compañeros. El se disculpaba, sin declarar elverdadero motivo de su distracción.

Entre tanto, ni en las calles, ni en los Jardines de noche, ni en partealguna, volvió el Conde a ver a las dos beldades, por más que lasbuscaba. Y eso que tenía vista de lince y siempre iba con cuidado paraque si pasaban cerca de él no se le escapasen.

El Conde se creía dotado de prodigiosa sagacidad para averiguarmisterios; para conocer las calidades de las personas sólo por la pistao el rastro. Se juzgaba tan curtido y experto en lo que atañe a lasociedad humana, como los antiguos sabios solitarios del Oriente se diceque lo eran en lo que depende de la madre naturaleza. Zadig habíacomprendido y descrito todas las condiciones y circunstancias delcaballo del Rey y de la perrita de la Reina con sólo ver sus huellasestampadas en el suelo. El Conde, en su arte, no era menos que Zadig, ydaba por seguro que él sabría decir quiénes eran las dos desconocidaspor el mero hecho de haberlas visto un instante; pero no queríareflexionar, no quería interrogarse sobre este punto. Otra vanidad mayorque la vanidad de ser tan experto se lo impedía. La vanidad de creersesobrado interesante para que aquellas mujeres, que le habían visto y quehabían notado su persecución, volviesen al cabo a buscarle, oarrepentidas del desvío primero, o no arrepentidas, sino siguiendo enlos mismos propósitos, ya que la fuga, según el Conde, había estado muyen su lugar, so pena de haberse humillado ellas a pasar por hartofáciles y livianas, prestándose desde el primer momento a dejarseacompañar por quien no conocían ni de nombre, sólo porque habíanreparado, sin duda, que era rico, titulado y tenía coche.

El Condesito no quiso, pues, molestarse ni con el pensamiento en buscara sus dos beldades, porque estaba casi seguro de que ellas volverían abuscarle.

Como no volvieron ni la siguiente noche ni la noche después, elCondesito se sintió picado y hasta ofendido.

En su fatuidad forjó aún varias hipótesis para explicarse, comoinvoluntaria y muy a pesar de las desconocidas, su ausencia de losJardines.

«¿Quién sabe?—pensaba el Conde—. Quizá el marido no las deje salir.Quizá tenga la casada algún chiquillo con sarampión.»

En fin, todo lo suponía por no suponer que por su libérrima voluntaddejaban de acudir las muchachas a una cita que, implícita, peroclaramente, él, tan guapo, tan distinguido, tan ilustre, tan rico y tanseductor, les había dado para los Jardines, no pudiendo entenderse niponerse desde luego en relaciones con ellas por no faltar a los respetosy consideraciones sociales.

Con tan consoladores discursos el Conde dominó a duras penas suimpaciencia; acudió otras dos noches más a los Jardines, y tampoco vió alas damas.

Ya entonces resolvió emplear su sagacidad y su actividad para buscarlas.

«Si huyen, si se ocultan—dijo—, es porque me temen. Yo las buscaré. Yolas encontraré.»

Justificado así el trabajo que en discurrir iba a tomarse, el Condesitodiscurrió lo que en resumen vamos a exponer.

Las desconocidas eran sevillanas. No podían ser malagueñas, comopresumió aquel ignorante. Confundir a una sevillana con una malagueña esun error tan craso en un galanteador andaluz, que debe saber de mujeres,como en un cazador confundir una codorniz con una tórtola. Era tambiénevidente que una era casada; entre otras razones, porque, de sersolteras ambas, no irían solas. La casada era la morena. En esto tampococabía duda. Se conocía en tener más edad y en otros indicios que, juntostodos, llegaban a la más completa certidumbre. ¿Con quién estaba casadala morena? Ambas eran forasteras: recién llegadas a Madrid, ya que nadielas conocía. No era probable que hubiesen venido a Madrid a divertirse,porque entonces el marido, labrador, hacendado, mercader o algo así, dealguna población

de

Andalucía

o

de

Sevilla

misma,

las

hubieraacompañado, y él también se divertiría y curiosearía. El marido debíaser un hombre ocupado. ¿Y qué ocupación podía tener el marido en Madrid,sino la de un empleo del Gobierno?

El Conde decidió, pues, que el maridoera un empleado. Calculó, por último, por el aire algo misterioso quetenían las desconocidas, por cierta inquietud que había creído notar enellas, que la noche que estuvieron en los Jardines habían venido sinprevia licencia del marido, improvisando aquella excursión en un momentoen que él faltaba de casa, salva la prudente lealtad de decírselo luegopara que aprobase y legitimase el hecho consumado. Si toda estasuposición era exacta, el marido trabajaba a veces de noche, lejos delhogar doméstico. De noche se trabaja en muchas oficinas; pero en ningunason tan frecuentes las largas veladas como en Gobernación o en Hacienda.El marido estaba, por lo tanto, empleado en uno de estos dosMinisterios.

Descubierto ya el enigma hasta dicho punto, faltaba saber el nombre delmarido y dónde vivía; pero esto era muy fácil.

Antes de proceder a las convenientes investigaciones, ya que el nombrede una persona y el número y calle de una casa no pueden adivinarse pormero discurso, aunque se tenga un entendimiento agudísimo, el Conde,aficionado a ejercitar el suyo, pensó también lo que sigue.

La sociedad elegante es más fácil, más abierta en Madrid que en ningunaotra capital de Europa, hasta para las mujeres. Aquí no se le pregunta anadie, antes de dejarle entrar, si es más o menos noble de nacimiento,más o menos rico. La dama más encopetada no desdeña por amiga, ni seavergüenza de ir acompañada

de

las

hijas

o

de

la

mujer

de

un

empleadillocualquiera, con tal de que por sus modales y facha no seanimpresentables. La pobreza del vestido se perdona también, como no sehaga notar por presumida extravagancia o por abominable mal gusto. Nohay señora principal ni semi-principal que no acoja bien a la másmodesta provinciana, que conoció en el campo o en algunos baños o enalguna ciudad de provincia, y que no la llame prima y la trate como apariente, si por acaso lo es.

«En Madrid—pensaba el Conde—falta ahora mucha gente por el verano,pero Madrid no se ha quedado desierto. Mis niñas—

que así las llamabaya—son un primor de bonitas: son natural e ingénitamente distinguidas.¿Cómo es que no tienen amigas o parientes entre las personas que yotrato? ¿Cómo es que, habiendo en Madrid tanta gente de Sevilla, o que haestado en Sevilla, mis niñas no conocen a nadie? En ninguna casa las hevisto. ¿Por qué viven tan aisladas? En la misma Sevilla han de habervivido en el mayor aislamiento.»

De aquí infería el Conde que sus desconocidas, aunque sevillanas, habíanvivido lejos del mundo, o por carácter tímido, o por excesiva pobreza, opor extravagancia del marido.

Pasando luego del pensamiento a la acción, abandonando el métodoespeculativo y apelando al estudio y averiguación de los hechos, elConde, que tenía en todas partes buenas relaciones, fué al jefe delpersonal del Ministerio de Hacienda y le preguntó por los nombres de losmás recientes empleados que en todas aquellas dependencias había. Lalista era larga, porque no hacía mucho tiempo que había habido cambios,renovación y trasiego de empleados; pero no faltaba un oficial en elpersonal que tuviese algunas noticias biográficas de todos los nuevos.

«Don Anacleto Pérez», decía, por ejemplo, la lista.—¿De dónde ha venidoéste?—preguntaba el Conde.—De la Coruña—

contestaba

el

oficial.—¿Escasado?—Es

soltero.—Pues

adelante—replicaba el Conde.

Así fué el oficial indicando varios nombres, hasta que dijo:—

DonBraulio González.—¿De dónde ha venido?—preguntó el Conde.—DeSevilla—contestó el oficial.—¿Es casado?—volvió a preguntar elConde.—Es más que casado—dijo el oficial—: podemos calificarle debígamo, porque, a más de su mujer, que es muy guapa, tiene consigo a sucuñada, más guapa aún, si cabe, y rubia como unas candelas.—Ese es elque yo busco—dijo el Conde. Luego recomendó de nuevo, pues ya antes lohabía hecho al jefe del personal, el sigilo respecto a su investigación.

Por el oficial supo el Conde asimismo que don Braulio no hacía más queun mes que estaba en Madrid; que disfrutaba un sueldo de 3.000 pesetas,menos el descuento; que tenía fama de excelente empleado; que la ibajustificando con trabajos que el mismo Ministro le encomendaba; que eraun hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años de edad, aunque parecíamás viejo, porque estaba bastante calvo y muy achacoso; que sólo llevabatres años de matrimonio; que no tenía hijos; que su mujer, doña Beatriz,y la hermana de su mujer, llamada Inesita, eran de un lugar de laprovincia de Córdoba, donde él había estado de Administrador de Rentas;que poco después de la boda le habían trasladado a Sevilla con ascenso;que en Sevilla él y su familia habían vivido muy apartados del trato delas gentes; que ahora vivían en la calle del Olivo, en el piso tercerode una casa cuyo número también le dió, y que eran todos tan hurones,que apenas se trataban en Madrid con alma viviente.

Enterado el Conde de todo, volvió a sus meditaciones y cálculos. Habíadado el primer paso; pero era menester dar el segundo. Sabía ya conquién tenía que habérselas; pero esto de nada servía si no lograba contino ponerse en comunicación con don Braulio y su familia.

El Conde distaba infinito de ser un atolondrado. Si bien no le arredrabaningún peligro; si bien no le dolía tener que aventurar la piel, temíasiempre dar un golpe en vago, hacer alguna cosa que pudiera ponerle ensituación desairada y ridícula. De esto tenía más miedo, no ya que deuna espada desnuda, sino que de quince ametralladoras que fuesen adispararse contra él.

Dada esta su natural condición, las dificultades no eran pequeñas.

¿Cómo hacerse presentar en una casa donde nadie de su clase, y quizánadie tampoco de otra clase cualquiera, entraba de visita?

¿Qué pretextoalegar para encajarse de patitas en la morada de aquella pobre gente?

La presentación es el medio más correcto de conocer y tratar a laspersonas; pero el Conde no se sentía con la desvergüenza suficiente paraser allí presentado.

¿Escribiría un billete amoroso a fin de entrar en relaciones?

Sobre cartas de este género, su uso, utilidad, inconvenientes yventajas, el Conde, que, según hemos dicho ya, era muy circunspecto yarreglado, tenía formuladas sus leyes y hechas sus consideraciones, alas que procuraba ajustar siempre su conducta.

Escribir de amor a las mujeres le parecía un excelente recurso.

Casitodas dan más solemnidad e importancia a lo que se les escribe que a loque se les habla. Muchas cosas, de que se ofenden o sonrojan si lasoyen, las pesan y las meditan, y se deleitan en ellas con amorosadelectación cuando las leen. Si contestan de palabra a un galán que depalabra las pretende, les es fácil esquivar las cuestiones graves,tomándolo todo a risa. Lo escrito infunde o impone, por el contrario,casi inevitable seriedad. Contestar de palabra, dejar entrever depalabra algún átomo, rayo o vislumbre de esperanza, apenas compromete.La palabra es vaga, punto menos que espiritual; pasa por el aire ypenetra en el oído sin dejar el menor rastro. Hasta en la memoria seborra y queda confusa. Tal vez su mayor valer, su más substancialsignificado no está en ella misma, sino en el acento con que sepronunció, en el gesto fugitivo de que fué acompañada, en el mirar suavey rápido, en un relámpago instantáneo de los ojos, cuando la palabrabrotó de los labios.

En lo escrito no hay nada de esto. En lo escrito, ni el gesto, ni lamirada, ni la voz pueden modificar palabra alguna y darle un valormomentáneo que en sí no tenga. Aunque no sea mas que por esto, escribires comprometidísimo para las mujeres. La manía de escribir es, con todo,epidémica en el día, y, como son raras las mujeres que escriben para elpúblico, cuando presumen de discretas o lo son y alguien les escribe,sienten las más un invencible prurito de contestar, aunque sólo sea paralucirse. Una vez puestas en este resbaladero es muy factible que sedeslicen.

El mismo sujeto a quien contestan se magnifica y hermosea enla imaginación, por poco que en realidad se le estime, gracias a que nose halla presente. El temor del peligro es mayor escribiendo quehablando; pero también el rubor, la timidez, el recato ceden a veces conmás facilidad estando a solas y cara a cara con el papel que cara a caracon un hombre, y quizá rodeada la mujer de personas curiosas y que sesupone que serán maldicientes.

Así

escriben

muchas;

sueltan

prendas

quepermanecen, y se ven al cabo comprometidas. Si hubiera estadística delos enredos amorosos, tal vez más de la mitad de ellos se vería quehabían nacido del prurito de escribir que tienen las mujeres.

Todo esto lo sabía y pensaba el Conde; pero pensaba asimismo que unhombre prudente y discreto, que no quiere hacer una cadetada, secompromete en cierto modo y se expone a burlas, risas y desaires si seadelanta a escribir antes de que llegue cierto período; antes de que sepresente la ocasión oportuna; antes de haber pasado por ciertostrámites; antes de tener, por lo menos, ciertos indicios racionales deque será bien recibida la primera carta. Y como ni la casada ni lasoltera, ni con sonrisas, ni con miradas, ni recibiendo de dulce modoindescriptible, aunque inequívoco, las miradas y las sonrisas de él,habían dado motivo a que él considerase que la una o la otra, o ambas,estaban ya, predispuestas a recibir la carta, creía una absurdatemeridad escribirles: lo miraba como un acto de delirio estudiantil,como un arrebato de hortera o de mozo de café, que en un Conde tandiscreto, atildado y hábil como él; que en un hombre de mundo, conocidoen todos los salones de Europa, casi no tenía perdón ni disculpa.

Por lo pronto, sin embargo, no se le ocurría otra más ingeniosa manerade entrar en comunicación con las de don Braulio González.

Pero ¿a cuál de ellas escribiría? ¿A la señora o a la señorita?

Una y otra resolución estaban erizadas de gravísimos inconvenientes.

Ninguna de las dos mujeres, valiéndonos de una expresión vulgar, lehabía dado pie para nada. Ni le habían excitado, ni le habían animadomirándole, ni le habían sonreído, ni se habían mostrado enojadas cuandolas siguió, cuando casi las detuvo, cuando descaradamente se quedómirándolas. La más glacial indiferencia había aparecido en ambasmujeres. Habían estado tan dignas, tan severas, tan naturales, tan sinespantos o alharacas de hembra vulgar que es honrada o presume de serlo,como si hubieran sido dos duquesas o princesas que hubieran tenido elcapricho de salir de noche a recorrer las calles y se hubiesen vistoperseguidas, durante algunos minutos, por un lacayo mal criado ybastante vano para creerse seductor.

El Conde, a pesar de todo, quizá porque así fuese, quizá porque el amorpropio le engañaba, había creído notar, en gestos imperceptibles, en elademán, en algo que apenas se había podido ver y que apenas se podíaapreciar ni evaluar sino por un entendimiento tan sutil como el suyo ytan perito en las aventuras amorosas, que la casada se le había mostradomenos indiferente y más propicia; que se adivinaba en su cara elcontentamiento, la vanidad satisfecha de verse seguida por un joven tanprincipal y tan gallardo, y hasta que le miró una o dos veces de soslayoy con disimulo, con curiosa simpatía.

¿Escribiría, pues, a la casada? Pero ¿qué derecho tenía para ello? ¿Quéle iba a decir? ¿Y si el marido era celoso y cogía la carta? ¿No seexponía desde el principio a imposibilitar o dificultar así grandementepara lo futuro el buen éxito de su aventura?

El Conde desistió, por consiguiente, de escribir a la casada.

La soltera le parecía más bonita y más distinguida; pero estabaenojadísimo contra ella. Allí sí que no se forjaba ilusiones: allí síque no le cabía la menor duda. Inesita no había hecho más caso de él quede un perro callejero. No acertando a explicarse

aquella

serenidadolímpica,

aquel

suave

endiosamiento, que por extraña contraposición seconciliaba con la humildad y la modestia, el Conde se daba a sospecharsi Inesita sería idiota; pero recordaba sus ojos, su airoso modo deandar y la expresión inteligente de su hermosa cara, y tenía queconfesarse que, o él no sabía lo que eran mujeres, o Inesita era de lomás discreto que había nacido de madre.

¿Cómo, pues, escribir a Inesita? Esto era más difícil que escribir adoña Beatriz.

No incurramos aquí en la necia hipocresía de suponer, cuando se escribeuna historia, que la sociedad tiene una moral muy superior a la querealmente tiene. Digamos las cosas como son.

Es singular, es poco lógico, es absurdo, pero ocurre lo siguiente. Estátan en los usos y costumbres que cualquier caballero diga su atrevidopensamiento a una mujer casada, que ésta se ofenderá rara vez. Porvirtuosa que sea, se limitará a rechazar o a desengañar con dulzura alpretendiente. No se dará por ofendida, cuando en realidad le hanpropuesto la infracción de una ley moral, civil y religiosa, su deshonray la de su casa, y tal vez la vileza de un hurto de bienes materiales,si llega a tener un hijo. En cambio, apenas habrá soltera, como no estécompletamente perdida, que no se considere injuriada si le piden amorsin presuponer matrimonio de un modo explícito o implícito; y, enrealidad, la falta a que entonces se induciría a la soltera sería muchomenor que la que se pretendía de la casada.

La soltera, libre, noengañaría a su marido, no faltaría a ninguna promesa, no se expondría adar a nadie por heredero legítimo a aquel que no debiese serlo.

Esto es exacto. No hay argumento que pueda valer en contra.

Y con todo,apenas habrá seductor, por brutal, irreverente y desaforado que sea, queose pretender a una soltera, sin proponer la buena fin: y apenas hayTenorio, por enclenque, canijo y fehuelo que Dios o el diablo le hayanhecho, que no tiente el vado, se declare con desenfadada audacia y seatreva a pretenderlo todo de una mujer casada.

Nuestro héroe, sin meterse en filosofar sobre lo dicho, lo tenía más quesabido. Así es que, por esta consideración, aunque no atendiese a otras,hallaba más difícil escribir a Inesita que a doña Beatriz. Escribir adoña Beatriz, como casada, el uso, la práctica, la jurisprudenciaestablecida, lo consentía sin que pasase por injuria. Escribir aInesita, en cambio, no podía ser sin menospreciarla y vejarlacruelmente, como el Conde no dijera o diese lugar a que sesobreentendiera que aspiraba a casarse con ella.

Ahora bien; el Conde ni estaba enamorado, ni pensaba en casarse connadie, ni mucho menos con Inesita: sólo aspiraba a pasar el rato; peroel Conde tenía también su moral, y no había rato, por bueno que fuese,que mereciera que él se rebajase hasta mentir y engañar a una pobrechica, haciéndola creer que podría casarse con ella.

Así, pues, el Conde desistió de escribir a doña Beatriz por razones deprudencia y estrategia amatoria, y desistió de escribir a Inesita pormás delicadas consideraciones. Mas no por eso desistió de conocerlas ytratarlas a las dos. Dejémosle cavilando y discurriendo el medio másatinado de lograrlo, y adelantémonos nosotros, penetrando invisibles encasa de nuestras heroínas y conociéndolas antes que el Conde.

IV

El crítico más hábil y atinado, quizá, entre cuantos hay en España me hahecho ya dos o tres veces, al juzgar otras novelas mías, un favor y undisfavor que no creo merecer; pero si los merezco, esta vez, lejos deenmendarme, incurro más de lleno que nunca en su censura, que por otraparte me lisonjea. Supone el crítico que mis personajes todos son yo,con lo cual hace de mí un Proteo, pues harto diversos caracteres heretratado; y supone además que todos hablan, como yo en igual situaciónhablaría, con erudición, discretas sutilezas y espíritu filosóficoimpropios de su condición humilde y hasta de su sexo, ya que a menudo mis mujeres se pasan de listas.

En la presente historia, donde, según el título lo indica, los másimportantes personajes, cada uno por su estilo, van a pasarse de listos,pecaré, sin poderlo remediar, contra lo que el crítico quiere. La culpa,si la hay, porque me resisto a declararme culpado, está en la eleccióndel asunto. Ya elegido, no tengo más recurso que hacer a mis héroes,conservando a cada uno su índole, sus pasiones y su singular fisonomía,todo lo más discretos, sutiles y listos que yo sepa y pueda, porque talha de ser el defecto mayor de todos ellos, y sobre todos ellos, delprotagonista de la historia.

Hago aquí esta declaración para que doña Beatriz, a quien pronto oiránhablar mis lectores, no los coja desprevenidos. Doña Beatriz eralistísima.

No recuerdo en qué libro, tratado o epístola del Antiguo o del NuevoTestamento, se dice que el espíritu sopla donde quiere: sentencia conla cual basta y sobra para justificar la verosimilitud de que elespíritu, ora sea divino, ora sea diabólico, hubiese soplado y penetradoen el ser de una muchacha de veintidós años, que no tenía más doñaBeatriz, nacida y criada en un lugar de la provincia de Córdoba. Haytambién otra sentencia macarrónica, llena de verdad, que reza de estemodo: Quod natura non dat, Salamanca non proestad, de la cual puedeinferirse, según buena lógica, que la madre naturaleza no ha menester deSalamanca, o dígase de hondos estudios y largo trato de mundo, parahacer muy sutiles y entendidos a aquellos a quienes gusta de favorecer,aun cuando sean mujeres, y mujeres de lugar.

En este número se contaba doña Beatriz, la cual, sobre su innatodespejo, si bien no había cursado en ninguna universidad, tenía ciertosaber adquirido en la conversación frecuente de su marido don Braulio,quien gozaba fama de sujeto muy ilustrado, aunque sólo tuviese 3.000pesetas anuales de sueldo.

Doña Beatriz e Inesita, huérfanas de padre y madre desde la niñez,habían estado bajo la tutela y criadas en casa del cura del pueblo. Noeran enteramente pobres. Tenían algunas finquillas, que venían aproducir, bien administradas, unos 4.000 reales de renta para cada una.Con esto era difícil que en el pueblo, a no infundir una violentapasión, se casase ninguna de ellas con los hidalgos o señores ricos; ycomo ambas eran muchachas finas, señoritas verdaderas, no era probableque se hubieran querido casar con ningún arriero palurdo o con ningúnlabrador rústico e ignorante.

El padre cura receló, aunque tarde, que había educado a sus pupilas malde puro bien, y que, de resultas de su esmerada educación, iban aquedarse para vestir imágenes. Por fortuna no sucedió así. ElAdministrador de Rentas, don Braulio, trató a doña Beatriz, y la hallótan bonita y discreta que se enamoró de ella. Ella pensó haber halladoen don Braulio un hombre que, aunque viejo, podía enamorar por sutalento y por otras nobles prendas del alma, y enamorados, o persuadidosde que lo estaban, se casaron, después de un noviazgo corto.

El cura tutor, que era muy anciano, murió pocos meses después de estecasamiento.

Nada absolutamente dejó a sus pupilas.

De una hermana suya, viuda, tenía el cura un sobrino, de edad deveintiocho años, llamado Paco Ramírez. Este fué el universal heredero desu tío, consistiendo el activo de la herencia en la casa con los mueblesy libros, que valdría todo 40.000 reales, y el pasivo en varias deudas,que pasaban, también en reales, de 30.000.

Paco Ramírez era un mozo muy guapo, y tan morigerado, económico, activoy fecundo en recursos, que con 50.000 reales que su padre le habíadejado en dinero, empleando en cebada y en trigo, comprando mosto baratoen tiempo de vendimia, haciéndole vino potable en unas cuantas pipas quetenía, vendiéndole luego por cargas a los arrieros, y, en suma,trapicheando de otras mil maneras, si bien todas lícitas, no sólomantenía con holgura a su madre, sino que se vestía él hasta con majezay elegancia, al uso del pueblo, e iba, poco a poco, aumentando elcapital.

Muchas veces había pensado el cura en que su sobrino podría ser un buenmarido para cualquiera de sus dos pupilas; pero, como no era un buenpartido, calló el cura su pensamiento y propósito, y jamás hizo nada porrealizarle.

Paco, Beatriz e Inesita se querían como hermanos. Paco, que tenía seisaños más que la mayor de ellas, y diez más que la segunda, lo cual en laprimera edad parece enorme diferencia, les tenía un cariño que élcalificaba de paternal. Ellas eran hijas del caballero más ilustre delpueblo, por más que hubiesen venido a tanta pobreza, y él, plebeyo, yarchiplebeyo por todos cuatro costados, y con menos bienes de fortunaque las pupilas de su tío, ¿cómo había de atreverse ni siquiera aimaginar que podría casarse con ninguna de las dos?

Así las cosas, se casó don Braulio con doña Beatriz, y a poco, como yahemos dicho, murió el cura, que era excelente sujeto.

Inesita, según era natural, se fue a vivir con su hermana y cuñado; lossiguió a Sevilla, y después los siguió a esta alegre capital de lasEspañas.

Desde que salieron del lugar dejaron encomendada a Paco laadministración de los bienes que en él tenían, con la seguridad de quenadie había de administrarlos mejor. Paco, en efecto, respondió aaquella confianza. Así es que en la época en que comienza nuestrahistoria, cuando aparecen en el Buen Retiro nuestras dos heroínas,tenían entre ambas algo más de 8.000

reales al año, que juntos a los12.000 mal contados de don Braulio, sumaban una taleguita anual muycorrida y larga de talle.

Aunque hacían vida retirada, como todo está caro, y se trataban bien, yse vestían con cierto lujo para su clase, renta y sueldo se consumíancompletamente, y gracias si no se hallaban a veces en apuros.

Para salir de ellos, vivir con esplendidez y elevarse a mayor posiciónen la jerarquía social, se presentaban dos caminos, iluminados por laesperanza, a la aguda consideración de doña Beatriz, la cual cavilabamucho sobre estas cosas desde que había salido del lugar, ya casada.

Doña Beatriz tenía el concepto más elevado de la inteligencia y delsaber de su marido. Atribuía su poco éxito en el mundo a descuido,desprecio o desdén que don Braulio tenía de todo lo práctico, a ciertafalta de estímulo que notaba en su alma, y se inclinaba a creer que siella estimulaba y aguijoneaba el alma de su marido, apartándola de vagosensueños y de teóricas distracciones, que a nada conducían, aun eraposible que le viese de Ministro de Hacienda, o por lo menos de Directorde Rentas Estancadas.

El otro punto, que era como cimiento o piedra angular sobre la cuallevantaba doña Beatriz el alcázar de sus esperanzas ambiciosas, era lahermosura, el garbo y la distinción de su hermana Inesita.

Doña Beatriz, casada ya con un hombre a quien veneraba y quería, y aquien era deudora de haber salido del lugar, donde se ahogaba, y deespaciarse por grandes ciudades, limitaba su misión para lograr elengrandecimiento a servir como de espuela a la reacia voluntad de sumarido; pero en Inesita, soltera y libre y llena de atractivos, que ellasabría completar y hacer valer con su prudencia, veía doña Beatriz unfilón intacto aún, un minero riquísimo de todos los bienes,encumbramientos y prosperidades.

Importa declarar, en honor de doña Beatriz, que al trazar en suimaginación el proceso ascendente de uno y otro plan de ventura, oravaliéndose de don Braulio, ora de Inesita, jamás se le ocurría poner enla composición de su cuadro el menor toque pecaminoso. Nada defullerías. Doña Beatriz quería jugar limpio.

Don Braulio había de serpersonaje de primera magnitud sin mancharse las uñas, e Inesita había deser condesa, marquesa, y quién sabe si duquesa, sin la menor liviandad ycon todos los requisitos eclesiásticos y civiles.

El orgullo de doña Beatriz, su decoro aristocrático, que le tenía,aunque nacida en pobres pañales, y sus creencias cristianas, vivas yfervorosas como de persona educada por un sacerdote de ejemplarísimavirtud, repugnaban todo recurso que pudiera mancillar; pero su afán deelevarse y de elevar a su familia le sugería, a su ver, medios decentesy honrados por donde lograr riqueza, dignidades y distinciones, confacilidad y sin desdoro ni culpa.

Doña Beatriz no descubría por completo sus planes y sus esperanzas a donBraulio y a Inesita. Temía asustarlos y que del susto saliesen lacontradicción y la oposición. Cauta y astuta, soñaba con atraerdiestramente al uno y a la otra por los caminos que ella juzgabaconducentes al término a que aspiraba, y ya comprometidos y metidos enél, y cuando fuese muy difícil volver atrás, declarar ella su propósitoy mostrarles el término, si no le veían.

Con Inesita, sobre todo, que era sobrado poética e inexperta, procedíadoña Beatriz con superior cautela y disimulo.

Desde la noche que habían ido al Buen Retiro le había hablado variasveces del gentil caballero que las había seguido, pero sin descubrirjamás todo su pensamiento.

Doña Beatriz, por las frases que había oído al Conde de Alhedín y a suscompañeros, por el coche que había visto y por algunas noticias quedespués había recogido con habilidad, sabía que el Conde era soltero,muy rico, muy noble, huérfano de padre, y con una madre que no tenía másvoluntad que la suya.

Ahora bien; ¿qué imposibilidad habría en que elConde se enamorase resueltamente de Inesita y se casase con ella?

Másdesiguales casamientos se han visto y se ven todos los días.

Con un poco de fortuna y con la rara discreción de que doña Beatriz sejuzgaba dotada, bien podría casar a Inesita con el Conde. Inesita era,como ya se ha dicho, una criatura adorable.

Hasta su indiferencia, hastasu espíritu, dormido a toda ambición, podría contribuir al triunfo. Nadasuele perjudicar tanto a otras muchachas, en esto de atrapar un buencasamiento, como el afán cándido y mal encubierto de atraparle.

Así, pues, doña Beatriz dejaba dormir a su hermana y no procurabadespertar su ambición. Aquel sueño indiferente y sublime era un armapoderosa de que no convenía desprenderse.

Ella, sin decírselo hasta quellegase la ocasión oportuna, guiaría a su hermana sin sacarla delpoético sonambulismo.

Sonámbula y todo, importaba, no obstante, que Inesita por sí misma semoviese; y para ello doña Beatriz había ya tocado, y aun pensaba tocar,cualquiera otro resorte de su alma menos el de la ambición y la codicia.

Con estos planes e intenciones, la noche del día en que el Conde supo enel Ministerio de Hacienda quiénes eran sus desconocidas, hablaban éstasa solas en su pobre casa, mientras aguardaban a don Braulio, que estabatrabajando en la Secretaría.

—No te entiendo, Inesita—decía doña Beatriz, sentada en una butacaenfrente de su hermana—. Que yo no rabie, nada tiene de particular.Quiero bien a mi marido; mi deber y el fin de mi vida estriban enhacerle dichoso, y así nada tengo que buscar fuera de casa.

Puedo

vivirencerrada

entre

cuatro

paredes

sin

desesperarme. ¿Qué voy a hacer yo, aqué puedo aspirar yo fuera de aquí? Pero tú, soltera, joven y tanbonita, es un prodigio que te resignes a este retiro y aislamiento enque vivimos. Braulio es muy bueno; sería un santo si fuera mejorcristiano; pero es un hurón y tiene sus caprichos. No quiere quevolvamos solas a los Jardines. Y eso que ignora la persecución de aquelCondesito.

Yo deseo llevarte a los Jardines a ver si te distraes, porqueme pareces melancólica; pero, ¿qué le hemos de hacer? Solas no podemosir con licencia de Braulio, ni menos aún a escondidas.

Dios me libre deoponerme a lo que él ordena. Además sería fácil que lo supiese todo. Nohay, pues, más recurso que aguardar a que Braulio quiera y puedaacompañarnos. Pronto acabará su tarea extraordinaria y no tendrá que irde noche al Ministerio.

Entre tanto no irá mañana, que es domingo.Mañana nos llevará.

Yo lo conseguiré. ¿Te acomoda?

—Yo no tengo impaciencia ninguna ni afán de divertirme—

respondióInesita—. Comprendo bien que Braulio no quiera que vayamos solas.¡Somos tan muchachas ambas!... Casi pareces tú más joven que yo. Nosexponemos a mil sustos... a que nos persigan... a que nos falten alrespeto... como el libertino de la otra noche.

—Tú exageras... el Conde de Alhedín no nos faltó al respeto.

El pobrenos siguió como un tonto... tuvo sus tentaciones de hablarnos, pero alcabo no se atrevió, e hizo bien. Hubiera sido una botaratadaimperdonable en persona de tantas campanillas y tan corrido. La verdades que se entusiasmó demasiado para jactarse de tan hastiado, desdeñosoe invulnerable. Hija mía, le diste flechazo.

—Hermana—replicó Inesita con la mayor sencillez y naturalidad—, notrates de lisonjear mi amor propio. No te creo.

En todo caso fuiste tú,y no yo, quien flechó al Condesito: aunque, dejándonos de bromas, lo quedebemos creer es que ni tú ni yo le flechamos. Excitamos su curiosidadpor lo mismo que nadie nos conoce. Como es un vago, quiso seguirnos parapasar el tiempo. Tal vez la causa de que nos siguiese no fué paranosotras lisonjera, sino ofensiva; tal vez, al vernos solas y tanjóvenes, formó de nosotras una idea...

—Es posible... quizá al principio nos juzgó mal; pero, no lo dudes,juicio tan aventurado y poco favorable fué pasajero. No se sigue a quienno se estima, como nos siguió el Conde. Aquellas vacilaciones, aquellosmiramientos, aquella timidez en persona tan desenfadada y atrevida,nacen de respeto, y no de menosprecio. Además, un hombre de mundo,entendido como es él, no podía caer sino por un breve instante en tanabsurda alucinación. Mírate en aquel espejo—y doña Beatriz señalaba unoque estaba colgado enfrente, adornando la sala—; sería menester ser unestúpido para no comprender quién eres tú; para pensar mal de ti al veresa cara.

Doña Beatriz dió en ella a su hermana una docena de sonoros besos,alzándose de su asiento y abrazándola.

—¡Qué buena y qué loca eres!—dijo Inesita.

En seguida añadió:

—Vamos, quiero dar por cierto que el Conde nos siguió con entusiasmo;pero el entusiasmo ¿por qué había de ser yo, y no tú, quien leinspirase? ¿Crees tú que el Conde adivinó que estás casada?

—Indudable. No pudo creer de mí otra cosa, al verme sola contigo y altenernos por mujeres honradas.

—Pero yo he oído decir que los libertinos persiguen más a las casadasque a las solteras—prosiguió Inesita con la terrible franqueza de suinocencia casi infantil.

—No es regla general. Voy, sin embargo, a conceder que lo es.

Todavíaafirmo que no hay regla sin excepción, y que en este caso el Conde haperseguido a la soltera.

—¿Y por qué lo afirmas?

—Porque lo he visto.

—Yo no vi nada, porque no miraba.

—Apruebo que no mirases. Ese recato, esa indiferencia tuya, picaron alConde. Si llegas a mirarle te hubiera seguido, aunque más audaz, conmenos empeño.

—Entonces tú, que le miraste, ya que observaste tantas cosas,

¿cómo nole hiciste formar ruín concepto de ti?

—Porque las casadas, cuando no somos muy tontas, usamos diversosestilos de mirar, y yo le miré como debía.

Inesita abrió los ojos y la boca, como espantada, al oír que habíadiversos estilos de mirar.

Doña Beatriz, sin desistir de su idea de que el candor de su hermana ledaba más precio, empezó a reflexionar que, si este candor rayaba enceguera, podía perjudicar a sus planes. Algo le pareció que convenía ya,cuando no desatar la venda, aflojarla un poquito. Era tiempo de iniciara Inesita en los más sencillos misterios de este pícaro mundo. Movidapor este pensamiento, añadió doña Beatriz:

—Sí, hija mía, hay diversos estilos de mirar.

—Está bien, hermana, ya me lo explico—contestó Inesita—.

Aunque soybastante boba e ignorante de todo, porque en el pueblo me he pasado lavida cosiendo, jugando a las muñecas, cuidando a nuestro anciano tutor yarreglando el altarito donde estaba San Antonio con el Niño Dios en losbrazos, mientras que tú leías, estudiabas y conversabas, todavía se mealcanza que se mira de distintos modos: por ejemplo, con afecto y conindiferencia.

—Así es.

—Lo que no comprendo es por qué las casadas saben de eso, y no saben deeso las solteras.

—Porque las solteras no deben saberlo; porque si lo saben, debenaparentar que lo ignoran, y porque pierden mucho si miran con arte, a noser tan maravilloso el arte con que miren, que ni el más ladino le note.

—Y dime, hermana, ¿no pudiera ser que, sin reflexionarlo, y en virtudde ese instinto, más inspirado y menos falible que la reflexión, mirasea veces una soltera boba tan bien o mejor que las más hábiles casadas?

—Todo es posible. El ingenio lo puede todo. Voy, no obstante, aindicarte los tres principales escollos en que puedes tropezar si tepones a mirar a los hombres. Primer escollo: que se te vayan los ojostras de aquel a quien mires, lo cual es rendirte, entregarte como atadade pies y manos, hacer que se entibie el amor si ya le inspiras, o queburlen y profanen y escarnezcan tu amor si no te corresponden. Segundoescollo: que por timidez o desconfianza mires como asombrada y arisca,exponiéndote a pasar por boba o por sosa no siéndolo. Y tercer escollo:que, poseedora de la ciencia del mirar y de las otras ciencias que ladel mirar presupone, no atines a disimular y velar esta sabiduría, y teacusen y zahieran de lagarta, de licurga, de desenvuelta y libre, y deharto sabida para soltera.

—Me parece, Beatriz, que para evitar esos escollos lo mejor es dejarsellevar del impulso.

—¡Ay, hija mía! No hay frase más vacía de sentido. Según Braulio, quelee muchos librotes en los ratos de ocio, lo menos lleva ya el génerohumano doce mil años de civilización. ¿Dónde habrá ido a parar ellegítimo y puro natural impulso, después de tanto jaleo de creencias,leyes, doctrinas, costumbres, usos, modas y convenciones sociales?Échale un galgo a tu natural impulso. Hazte salvaje, o búscale entre lossalvajes si quieres tenerlo. Además, que el natural impulso, el impulsomeramente natural, es vicioso y malo. Extraño mucho que una joven, tanbuena cristiana como tú eres, se fíe del natural impulso. Pues buenaquedó la naturaleza después del pecado original, para que de ella nosfiemos.

—Mujer, me equivoqué, me expliqué mal. Lo que yo quería decir era quedebía dejarme llevar, para mirar, como para todo, de mis sentimientoscristianos, de ese natural impulso mío, modificado y depurado por laeducación moral y religiosa que, a Dios gracias, he recibido.

—¡Pero ven acá, inocente! ¿Qué trae la doctrina del Padre Ripalda sobreesos interesantísimos pormenores? No los previó y te dejó a obscuras.Nuestro tutor, en los largos sermones que nos echaba, jamás tocó estepunto. ¿Cómo habían de calcular el Padre Ripalda ni nuestro tutor queibas a pasearte en el Buen Retiro, y que ibas a ser perseguida por unCondesito, buen mozo, elegante, ilustre, con coche y con más de 15.000duros de renta?

En este caso complicado intervienen mil elementos ajenosa la teología moral. Y lo que es el coche, la elegancia, el condado, larenta de los 15.000, los conciertos del Buen Retiro y otra infinidad decircunstancias, nada tienen que ver con la naturaleza; están por cima deella; pueden y deben calificarse de sobrenaturales, ya que vanañadidas y como sobrepuestas a lo natural por la cultura del siglo.

La risa y el buen humor con que doña Beatriz decía todo estodesconcertaron un poco a Inesita. No sabía si echarlo también a broma oreplicar seriamente. Resolvióse al fin por lo segundo, y dijo:

—Hermana,

sean

naturales

o

sobrenaturales

las

circunstancias,persisto en creer más seguro que cualquier artificio y estudio esto queyo llamo mi impulso natural. La sinceridad y la franqueza son siempre loque más cuenta nos trae hasta por el lado práctico y útil. Niego esaciencia o ese arte de mirar. Para nada le necesito. Una doncella honraday modesta debe mirar a todo galán como la buena crianza le aconseja,para no aparecer grosera, con el afecto general que siente o debe sentirpor todo prójimo, y con la debida circunspección, para que el galán nointerprete mal su benevolencia y se las prometa felices. Si el galánpasa de galán indiferente a galán amado, ya el amor inspirará a ladoncella el conveniente modo de mirar a quien le enamora, sin que secanse en aprenderlo por arte.

—Oye, Inesita—dijo doña Beatriz—; no te hablo de broma, sino con granseriedad en el fondo. Tú tendrías razón en lo que dices si no hubieseperíodo de transición entre el estar enamorada y no estarlo. Tú misma lohas dicho. Si el galán pasa de indiferente a amado. Pues bien; paraeste paso son las reglas y el arte. A quien te ame y sea correspondidode veras, mírale como quieras. El amor mismo te enseñará el modo demirarle; pero, hija mía, no se trata de eso; se trata de aquel a quienno amas aún y que aún no te ama.

—A ése le miraré como a prójimo.

—Ahí está tu error, Inesita. Tú no pones término medio entre el desamory el amor. Ese salto sí que es antinatural, peligroso e inverosímil.Nadie pasa, por fortuna, de la indiferencia al amor sin grados, trámitesy términos medios. ¡Pues no faltaba más!

Hija, el amor viene poquitoapoco. Desde la indiferencia, o mejor dicho, desde el afecto general atodo prójimo hasta ese exclusivo sentimiento que se llama amor, hay unaescala gradual, que se va subiendo punto por punto, y que constituye elperíodo del coqueteo. Sin tal coqueteo, sin irse encaramando por losgrados o escalones de la precitada escala, nadie llega jamás hasta eltemplo del verdadero amor, ni alcanza su gloria y sus favores regalados.

—¿Cómo es eso? ¿Conque yo no podré amar ni ser amada nunca sincoquetear antes?

—No te niego la posibilidad; pero sería difícil, extraordinario.

Ennovelas, en poesía sólo, se ve, por ejemplo, a un señor que ve pasar porla calle a una dama, y pataplum..., de repente..., cátale muerto de amorpor ella. Ella también le mira..., y adiós reposo y juicio; sin saber sies un tunante o un hombre de bien, un tonto o un sabio, un rico o unpobre, ya la tenemos enamorada. Lo racional no es esto; lo racional esque las personas se traten, se hablen, se conozcan, se estimen, vayanaficionándose una a otra, hasta que al cabo se amen. Todo este períodoes lo que yo he llamado el coqueteo. Mira tú si el coqueteo es necesarioy útil.

Sin él no hay amor. Y si no ponte con una cara que despidahuéspedes, no hagas caso de nadie, no mires a nadie sino como a prójimomientras no sientas amor, y el amor ni acudirá jamás a tu alma ni tú leinfundirás jamás en otra alma humana. El coqueteo es, pues, un rito, unculto, una plegaria, una evocación del amor para que venga. Digo todoesto a fin de que te dejes de gazmoñerías y vayas siendo algo coqueta. Ycomo yo deseo que lo seas con distinción y suavidad, sin desafuero deninguna clase, con la compostura y modestia que se requieren, yconservando ese maravilloso candor, ese aspecto de inocencia purísimaque Dios ha puesto en tu ademán y en tu semblante, por eso te recomiendoel arte divino.

—Y con ese arte, ¿qué ganaré?

—Ganarás que te amen. Vamos a un caso particular.

Hablemos delCondesito de la otra noche. Bien sé que no le amas. Demos gracias a Diosde que no te ha hecho tan inflamable que te pongas a amar a un hombresólo con verle de pasada. No es de presumir tampoco que él estéperdidamente enamorado de ti. Tampoco los hombres se enamoran de súbito.Lo que sí es probable, casi seguro, es que el Condesito te ha encontradobella, airosa y elegante; ha imaginado que eres buena y que estás bieneducada, en lo cual no se equivoca, y te admira y le atraen hacia ticuriosidad, simpatía y otros vagos deseos y pensamientos. Te concedo,además, que el Condesito, con su petulancia, que es mucha, se prometetriunfos y victorias que no te hacen favor. Pues bien; todo esto es elfundamento de un

coqueteo.

Importa

no

espantar

esas

simpatías

nacientesponiendo cara de baqueta; importa refrenar las esperanzas infundadas yatrevidas; es menester domar con el debido respeto todo irreverentepropósito; y se debe, por último, atraer al Condesito, a ver si te ama ytú le amas.

—Pero si yo no le amo.

—Ya sé que no le amas. ¿No lo he dicho? Ni él te ama tampoco. Pero ¿teamará nadie nunca ni tú amarás a nadie si sigues así? ¿Cómo ha de acudira ti el amor si le oseas cual si fuese pájaro de mal agüero?

Inesita casi se sintió vencida. Su hermana siguió haciendo tan sabias yprofundas reflexiones, que la chica vino a alucinarse y a imaginar queel coqueteo, dentro de ciertos límites, era un deber, al que estabafaltando. Inesita prometió, pues, seguir los consejos de su hermanahasta donde, sin violentarse, le fuera posible, y ser un poquitocoqueta, con dignidad y con el arte que iría aprendiendo.

Doña Beatriz dió por cierto que a la noche siguiente, en el Buen Retiro,hallarían al Condesito, serían perseguidas por él y habría ocasión deque Inesita mostrase su aptitud, no probada aún, para la coquetería.

Según doña Beatriz, todo el papel de Inesita en la noche siguiente debíalimitarse a decir con los ojos, por estilo vago y claro sin embargo, contal arte que pareciese la frase irreflexiva y espontánea, con impecablepureza y sencillez de intención y sin prometer nada que pasase deamistad: «Me es usted simpático, aunque deploro que sea usted un tantocuanto fatuo. Me alegraré de tratar a usted, mas para ello quiero quesea usted menos presumido y más comedido, y que se haga presentar comola buena sociedad exige y de modo que no choque.»

Inesita sostenía que con los ojos era imposible enjaretar tan largaperorata. Doña Beatriz, por el contrario, aseguraba que con los ojos sedecía todo sin dificultad alguna.

En esta cuestión estaban, cuando llamó a la puerta don Braulio, y entróluego en el cuarto, interrumpiendo a las dos hermanas.

El hombre era según se le habían descrito al Conde de Alhedín: flaco,calvo, pequeño de cuerpo, nada bonito; y, aunque sólo tenía cuarenta ycinco años, parecía tener diez más, porque el trabajo, los cuidados ylos disgustos le habían envejecido.

Estaba vestido con limpieza ysencillez. Su rostro moreno tenía admirable expresión de bondad y deinteligencia. Sus ojos negros, única cosa bella que había en él,brillaban a cada mirada con luz viva y penetrante. Sus mejillas,hundidas, estaban surcadas de arrugas; pero en su boca, más bien grandeque pequeña, había firmeza y brío, y sus labios delgados se plegaban congracia, prestando animación a toda la fisonomía y dejando ver doshileras de dientes blancos, sanos y bien puestos. La nariz de donBraulio, aunque no deforme, era un si es no es acaballada o de pico deloro.

Don Braulio venía muy fatigado, y a las pocas palabras que habló con lasmujeres pensaron todos en retirarse a dormir.

La primera que salió de la sala fué doña Beatriz.

Don Braulio quedó un momento solo con Inesita. Acercóse entonces a ellay le dijo en voz baja:

—Inés, tengo que cumplir con una comisión que para ti me han dado. Tomaesta carta, guárdala y léela con detención y reposo. El que la escribeexige que no hables con nadie de la carta, sino conmigo si quieres.Hasta para tu hermana ha de ser un secreto. ¿Lo entiendes? Hay ademásotra condición extraña.

La contestación que has de dar no se te admitehasta dentro de un mes, y se te suplica al mismo tiempo que no retardesel darla más de cuatro meses.

Don Braulio, dicho esto, puso la carta en manos de Inesita, y se fué pordonde su mujer había ido, sin aguardar a que Inesita leyese la carta ole hiciese alguna pregunta sobre ella. Parecía que don Braulio deseabatambién que Inesita meditase con sosiego, antes de hablarle delimportante negocio de que sin duda la carta trataba.

V

Apenas Inesita se quedó sola miró el sobrescrito de la carta, y, sinemoción, casi sin curiosidad, al menos perceptible, iba a abrirla y aleerla, cuando apareció en escena un nuevo personaje, que hizo que lamuchacha se guardase precipitadamente la carta en el bolsillo.

Este nuevo personaje era el ama Teresa. Llamábanla ama no porque jamáslo hubiera sido de cría, sino porque había sido ama de gobierno delseñor Cura. Estaba ya más cerca de los sesenta que de los cincuentaaños, y había cuidado con grande esmero y cariño de Beatriz y de Inésdesde que ellas habían quedado huérfanas. A las dos las quería mucho;pero, como había cuidado a Inesita desde más niña, y como Inesita seguíasoltera, tenía con ella mayor familiaridad y confianza.

Por extraña alucinación, más frecuente de lo que se piensa, el ama, comosi los años hubieran pasado en balde o no hubieran pasado, no veía enInesita a la mujer ya formada, sino a la niña pequeñuela que habíamimado tanto.

Seguía, pues, mimándola y tratándola como si Inesita tuviera cinco oseis años. Sus acciones con relación a Inesita se resentían de dichaalucinación; pero en sus discursos, cuando hablaba con ella, había unacombinación graciosa de los mimos e inocentadas con que se habla a lascriaturitas, y de los esfuerzos de ingenio y de estudiada discreción conque las personas ignorantes y rudas procuran nivelarse con aquellas decuyo saber e inteligencia han formado el concepto más ventajoso.

En cuanto tenía o creía tener por experiencia alguna superioridad, elama hablaba a Inesita con dulce imperio, mientras que en negocios de másalta trascendencia, en lo que iba más allá de lo material y presuponíacierta cultura del espíritu, el ama se dirigía a Inesita con respetoprofundo y con el afán de ponerse a su altura. Por lo demás, el ama secomplacía en discretear con Inesita, en contarle sus impresiones y enbuscar modo de poder decir que discurría como ella; que su espíritu y elde Inesita estaban en completa consonancia.

—Vamos—dijo el ama—, ¿qué haces aquí tonteando? Ven a acostarte. Nadaes más dañino para la salud que esta picara usanza de Madrid de hacerdel día noche y de la noche día.

—Ya voy—contestó Inés.

Y siguió al ama, que la acompañaba siempre, la ayudaba a desnudarse,como a vestirse, y nunca se apartaba de ella por la noche hasta dejarlaen la cama.

El cuarto de dormir de Inés estaba puesto con singular esmero ylimpieza. Sobre la cómoda, en una urna de vidrio, se veía un San Antoniode Padua, de bulto, hecho de barro cocido y pintado por no vulgarartista. El joven Santo, gloria de Lisboa, era muy lindo de cara, teníabuenos colores, como si la vida penitente no le hiciese mella por lagracia de Dios, y se mostraba alegre y extasiado mirando al Niño Jesús,el cual estaba en sus brazos y le prodigaba mil regalados favores.

La pobre cama de Inesita, las tres sillas que tenía y un pequeñovelador, sobre el cual había recado de escribir, eran la pulcritudmisma. Completaba el mueblaje un armario de pino con puertas vidrieras,dentro del cual había varios libros y no pocas curiosidades y primoresde casi ningún valor, pero que allí estaban custodiados como si fueranlos más portentosos objetos de arte. Allí aparecían, colocados en buenorden, los reyes magos y algunos pastores y zagalas de un antiguonacimiento, un ángel, dos muñecas vestidas con mucho aseo, y variascajitas y otros juguetillos que daban testimonio de lo cuidadosa yguardadora que era su hermoso dueño.

La ropa blanca de Inesita estaba en la cómoda, y los vestidos y demásgalas se conservaban en un cuartucho obscuro, inmediato a la alcoba,donde había perchas, y donde los cubrían algunas colchas viejas deindiana y de coco.

Lo primero que hizo Inesita fue esconder la carta con el mayor disimuloentre la almohada de su cama y la funda. Luego dejó reposadamente que elama la ayudara a desnudarse, lo cual fué obra de pocos minutos. Y quedóal fin en la cama, con el pelo no recogido en red ni en cofia, sinosuelto en rica y adorada madeja.

Dijo Inesita que no tenía ganas de dormir, y rogó al ama que la dejaseluz para leer en un libro devoto durante media hora siquiera. El ama,aunque a regañadientes, tuvo que aproximar a la cama el veladorcito ydejar en él encendida una vela.

Durante todo esto no estaba ociosa la lengua del ama. Inesita casirespondía siempre por monosílabos, deseosa de que terminase la charla yde quedarse sola; pero el ama estaba en vena aquella noche y no acababacon sus reflexiones y discursos.

Entre otras cosas decía:

—Hija, no se me alcanza el gusto que puedan tener tu hermana y sumarido en vivir en este laberinto de la corte. ¡Cuánto mejor estábamosen nuestro pueblo! Verdad es que allí el sueldo era más ruin; pero... siallí con una peseta se hace más que aquí con un duro... Yo, lo confieso,me ahogo en estos tabuquillos y chiribitiles en que vivimos. ¡Cuántoecho de menos aquellos patios, aquellos corralones de mi tierra! ¡En lacocina del señor Cura cabía toda esta habitación y sobraba sitio! ¡Yluego... vivir tan altos... tan encaramados! ¡Vaya si hay escaloneshasta llegar aquí! Y no es esto lo peor. Lo peor es el poco o ningúncaso que le hacen aquí a una. Todavía no tengo en Madrid persona conquien hablar. Allá en el pueblo, ¡qué delicia! Salía yo a la calle y nohabía perro ni gato que no me dijese: «Dios guarde a su merced; adiós,ama Teresa. ¿Cómo lo pasa usted, señora?», y otras cosas por el estilo.Aquí no hay un alma que me dirija la palabra y me dé los buenos días.Luego todo está carísimo; se come oro: o es menester ponerse a dieta, ogastar en comer cuanto dinero hay. Dentro de poco empezarán loszorzales, y en nuestra tierra llegan a ponerse hasta a cinco cuartos elpar. Vé tu a comerte aquí dos zorzales tan gordos como aquéllos. Ya,ya..., trabajo te mando... Sobre que no los hay... Y toma... Si loshubiera, costarían un ojo de la cara. ¡Pues a fe que te gustaban a tipoco los zorzales! ¿Y las anguilas? ¿Y las ancas de rana? Nada de estoestá por aquí a nuestros alcances sino cuando repican recio.

—No seas golosa, ama; no seas golosa; no te acuerdes tanto de las ollasde Egipto, como decía el señor Cura, quien te solía reprender por esevicio de la gula—dijo Inesita riendo.

—No es gula, ingrata. Yo me lamento por ti, y no por mí. A mí me bastacon un plato de alboronía o con un gazpacho. Por otra parte, yo no meduelo sólo de la comida, sino también de otras cosas. Y me duelo conrazón. Y si no, seamos francas...