Obras Completas de Armando Palacio Valdés -Tomo XV -Tristán o el Pesimismo - Novela de Costumbres by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO XV

TRISTÁN

O E L P E S I M I S M O

NOVELA DE COSTUMBRES

MADRID

LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ

Preciados, número 48.

1922

Imp. Helénica. Pasaje de la Alhambra, 3. Madrid.

ÍNDICE

———

I. —El dueño de la finca

II. —Felices esposos

III. —¡Quieto, Fidel!

IV. —Una Visita y otras visitas

V. —Lo que dicen las abejas

VI. —La familia de Tristán

VII. —Sus amigos

VIII. —Un buen día que concluye mal

—Un tropezón de Gustavo Núñez y otro de su amigo

IX. Tristán

X. —Una noche de novios

XI. —El estreno de una obra de carácter

XII. —La novena sinfonía

XIII. —Vida literaria

XIV. —Un descubrimiento del paisano Barragán

—El paisano Barragán comercia con los espíritus y luego

XV. con los cuerpos

XVI. —¡Corazón, arriba!

XVII. —La boda de Araceli

XVIII. —La flecha del desterrado

XIX. —Fieros desengaños de Tristán

XX. —Consecuencias de unos celos

XXI. —La maldición

XXII. —Hacia otro mundo I

EL DUEÑO DE LA FINCA

Un bando prodigiosamente grande de palomas vino a posarse sobre eltejado de la casa. Este quedó blanco como si una copiosa nevada hubiesecaído sobre él. Las palomas todas, sin fallar una, eran blancas. En lapared enjalbegada de la casa, encima del amplio corredor con rejas demadera se abría un ventanillo que daba acceso al palomar. Las palomas nipor un instante soñaron con acercarse a él; ninguna intentó siquieraponerse sobre la tabla que, a guisa de recibimiento, tenía delante. Eldía era demasiado espléndido para meterse en casa; un día tibio y clarode primavera en Castilla.

Por el ventanillo del palomar, con toda precaución y cuidado, asomó elrostro un hombre; un rostro atezado, varonil, de bigote gris. Giró susojos recelosos, inspeccionó minuciosamente los contornos y se retiró enseguida; volvió a asomarse y otra vez se retiró, como si espiase lallegada de un ladrón.

El ladrón llegó, en efecto. Dio un brinco y se plantó sobre la barandadel corredor; ascendió luego fácilmente por el grueso sarmiento de laparra que se enlazaba retorciéndose a las columnas de madera quesostenían el tejadillo, encaramose sobre éste y echando una miradarecelosa en torno y otra de ávido anhelo a la ventana del palomar, sacóla lengua y se relamió repetidas veces con repugnante ausencia desentido moral.

Luego, no sin cierto estremecimiento nervioso que corriópor todo su cuerpo, se preparó a dar el gran salto. Grande era, enefecto; enorme. Sólo un bandido avezado a correrías peligrosas tuvierala audacia de intentarlo. Después de algunas vacilaciones lanzose alespacio, logró tocar con las uñas la tabla, y presto se encaramó sobreella. Y sin pérdida de tiempo se introdujo en el palomar. ¡Desdichado!La traición le acechaba.

Apenas puso allí la planta, un pesado garrotecon furia manejado le hizo pagar cara su osadía. El criminal comenzó aarrastrarse por el suelo dando mayidos bien lastimeros. Su feroz agresorle contempló estupefacto con ojos extraviados, los brazos caídos yrespirando anhelante. Quiso acercarse a su víctima, pero ésta huíaarrastrándose por el sucio aposento donde estaban colocados, como enanaquelería de tienda, los nidos de los pichones.

—¡Válgate Dios! Le he roto una pata—exclamó con voz temblorosa elhombre.

Era un caballero alto, fornido, de unos cuarenta años de edad, la tezmorena, los ojos negros, los cabellos crespos y comenzando a blanquear;fisonomía abierta y simpática. Vestía traje de casa, chaqueta obscura ygorra de cazador.

—¡Bis, bis...! ¡menino...! ¡pobrecito, pobrecito!

El gato permitió al fin que se le acercase y le dirigió una miradatriste y medrosa.

—¡Vaya por Dios! ¡vaya por Dios!—murmuró el caballero con acento quedistaba mucho de sonar como el grito de triunfo del vencedor satisfecho.

Le pasó la mano suavemente por el lomo y quiso reconocerle la herida;pero el pobre animal lanzaba mayidos cada vez más dolorosos.

—¡Qué diablo! ¡qué diablo!—profirió en el colmo del disgusto.

De pronto, como si le hubiese ocurrido una idea feliz, se irguió denuevo y abandonando al estropeado gato en el suelo salió del aposento,bajando un poco la cabeza para no chocar con el dintel de la puertecillaque le daba acceso. No tardó muchos minutos en presentarse otra vez conun canasto en las manos guarnecido en el fondo por un cojín de lana.Tomó al gato con infinitas precauciones y lo depositó sobre él. Luego,sacando del bolsillo un paquete de vendas, se puso a liarle la piernarota con la delicadeza de un cirujano. El gato le dejaba hacer como sientendiese que de aquello dependía su salud. Cuando estuvo hecha laoperación cogió de nuevo el cesto, transformado ya en camilla dehospital, y a paso lento y prevenido lo sacó de allí, bajó la escalera ylo depositó en una de las estancias del único piso alto que tenía lacasa.

Era ésta una mansión de hidalgo o labrador acomodado. Los pisos deladrillo rojo, las paredes enjalbegadas, los techos con las vigas aldescubierto. Los muebles eran viejos, macizos, lustrosos; en las alcobascamas enormes de madera sin pabellón; en las paredes colgados grandescuadros al óleo renegridos y confusos.

Reynoso, que así se nombraba el inventor de la emboscada descrita,contempló largo rato a su víctima que a su vez le miraba con expresiónindefinible de temor, reconvención y tristeza dejando escapar débilesmayidos. El agresor respondía a estos mayidos con otros obscuros sonidosguturales que expresaban remordimiento. Al fin, no pudiendo resistir mástiempo la vista de aquella tragedia dolorosa, giró sobre los talones ysalió de la estancia. Recorrió algunas otras desiertas en busca de subastón de boj hasta que, recordando que lo había dejado en el palomar,hizo un gesto de pesar y no atreviéndose a empuñar otra vez el fatalinstrumento descendió a la planta baja, también desierta, y salió a lacalle.

Delante se abría un anchuroso patio recientemente empedrado, cercado porelevada verja de hierro. Nadie pensaría que aquel magnífico patiopertenecía a la hidalga pero humilde morada de donde salía nuestrocaballero. Y en realidad no era así. Aquella casita de paredes blancas ybalcones de madera estaba allí solamente como un recuerdo de familia. Asu lado, apartado treinta o cuarenta pasos, se alzaba un moderno ysuntuoso hotel que bien pudiera denominarse palacio. Gran escalinata demármol, montera de pizarra a lo Luis XIV, lunas enormes de cristal enlos balcones, todo el arreo, en fin, de que ahora hacen gala los hombresopulentos cuando fabrican una mansión para su regalo. Las cuadras y lascocheras, también suntuosas, cerraban el patio por la izquierda.

Así que las palomas del tejado le divisaron en medio del patio abrieronlas alas repentinamente y vinieron a posarse sobre él transformándole eninforme estatua de nieve. Reynoso no recibió aquella acostumbradacaricia con la benevolencia de otras veces.

El peso de su culpa le hacíaatrabiliario.

—¡Quitad, quitad! ¡Fuera!

Y abriendo los brazos como aspas de molino y sacudiendo puntapiés a unlado y a otro las rechazó groseramente.

Herida la susceptibilidad de las cándidas palomas por aquel insólitorecibimiento, se escaparon nuevamente al tejado.

Algunas más zalamerasque persistieron en querer picotearle la cabeza, fueron llamadas a ladignidad por sus compañeras y no tardaron también en remontar el vuelo.

Reynoso se acercó a las cocheras y dirigiéndose a un mozo que limpiabaun carruaje:

—Dile a Pedro que enganche antes de las diez para ir a buscar a laestación al señorito Tristán.

Sacó luego su cronómetro. Eran las ocho. Dejó las cocheras y abriendo lagran puerta enrejada se introdujo en el parque. Bello, esmeradamentecuidado, pero no de grandes dimensiones. En el centro había unaplazoleta rodeada de cañas de la India y dentro una glorieta conenredadera de madreselva y pasionaria. En el fondo y en uno de losángulos, adosada al alto muro que lo cercaba, estaba la casita deljardinero. Reynoso, sin pasar delante de ella como tenía por costumbre,quiso abrir la puerta de madera que comunicaba con el bosque, pero antesde hacerlo lo divisaron los chicos del jardinero que volaron hacia éldando chillidos penetrantes. Quedó un instante inmóvil y una sonrisa dealegría iluminó su semblante enfoscado. Las palomas habían tenido menossuerte.

—¿Qué queréis?—preguntó fingiéndose serio.

—Un beso... un beso—respondieron los chicos, una niña y un niño deseis y cinco años respectivamente.

—¿Nada más?

La niña, avergonzada, hizo signos negativos con la cabeza.

Reynoso seinclinó para besarla. Mas he aquí que cuando lo estaba haciendo, el niñole introdujo suavemente la mano en el bolsillo.

—¿Qué haces, pícaro?—exclamó el caballero alzándose bruscamente ymirándole con afectada severidad.

El chico, aterrado, se dio a la fuga. La niña reía: sus carcajadassonaban frescas y cristalinas como el gorjeo de los pájaros.

—¡A ése! ¡a ése...! ¡Al ladrón!—gritaba Reynoso.

Luego, sacando del bolsillo un caramelo, se lo dio a la niña diciendo:

—Tú, que eres buena, toma. A ese tunante nada.

Pero el chico, advertido, comenzó a volver sobre sus pasos gimoteando:

—¡A mí! ¡a mí también!

—Tú ya lo has robado.

—¡No! ¡no!

Y movía la cabeza a un lado y a otro hasta querer descoyuntársela, yenseñaba las palmas de sus manecitas untadas de tierra.

—Bien. ¡Pero lávate esa cara y esas manos, gorrino!

El chico, sin vacilar, se fue corriendo al pequeño estanque de unafuente de mármol y comenzó a echarse agua a la cara. En vez de quitarsela tierra, la esparció de tal modo por sus rosadas mejillas que dabahorror. Reynoso no pudo menos de soltar la carcajada. El niño comenzó allorar perdidamente. Entonces su hermanita se brindó con maternalsolicitud a lavarle. Le llevó al estanque, le restregó la carahaciéndole pasar sucesivamente del negro al gris, luego al blanco,después al rojo subido, tan rojo que el niño chillaba como un condenadoy estuvo a punto de renunciar de una vez y para siempre a aquel caramelotan dolorosamente comprado.

Reynoso estaba enajenado. Su faz resplandecía como la de un justo,aunque distaba mucho de serlo, como acabamos de ver.

Después que sehartó de besar a los chicos salió del parque en una felicísimadisposición de ánimo, prueba irrecusable de que un fútil suceso bastano pocas veces para acallar los más atroces remordimientos de nuestraalma.

El bosque contiguo al parque era delicioso: una espesura casiimpenetrable formada de robles, olmos y fresnos que había dado nombre ala finca. Esta era conocida con el nombre de El Sotillo y estabasituada en las inmediaciones de Escorial de Abajo: toda ella, desde lacasa, en suave declive hasta la cañada, por donde corría un arroyo.Después ascendía de nuevo el terreno. Reynoso atravesó el bosque por unlindo y retorcido camino enarenado que él mismo había hecho construir.Al cabo de algún tiempo de marcha el bosque dejaba de ser espesurasombría, impenetrable, y se transformaba en monte ralo de olmos yencinas por cuyos grandes claros pastaban algunas vacas negras y bravascon sus chotillos al lado. El pastor le salió al encuentro. Llevose lamano a su sombrerote de fieltro y le informó con rostro alegre de queaquella misma madrugada una de las vacas había parido. El propietario seacercó con satisfacción también a la vaca que lamía al tierno chotillo,echado debajo de ella, dejando escapar débiles mugidos de amor y deorgullo. Después emprendió de nuevo su paseo.

Según caminaba, el montese hacía cada vez más ralo y más bajo: las robustas encinas setransformaban en chaparros. La naturaleza rocosa del terreno, oculta enel parque y en el bosque, se mostraba ya al descubierto. Las piedrasasomaban por todas partes. Algunas veces veíaselas desprendidas yyacentes en enormes bloques unas sobre otras en perenne equilibrio. Enla tierra que había entre ellas, ardiente y feraz, crecían innumerablesespecies de flores silvestres de formas caprichosas, de aromapenetrante.

Reynoso arrancó a puñados el tomillo, lo aspiró con voluptuosidad y selo guardó en los bolsillos.

—Rico olor el de la mejorana, ¿verdad, mi señor?—dijo una voz a suespalda.

—No es mejorana, Leandro, es salsero. ¿No ves sus florecitas?

—Verdad es. Muy rico también, muy majo; pero me gusta más la mejorana.

Leandro se había acercado. Era el anciano pastor encargado de losgrandes rebaños de ovejas que Reynoso poseía, el personaje másconsiderable de aquellos campos, grave, prudente, sentencioso. En pos deél otros tres zagalones que le ayudaban, y más tarde el pastor de lasvacas que acudía como siempre al señuelo del cigarro. Porque Reynosogustaba de pararse en compañía de sus servidores y fumar con ellos uncigarro.

—Hasta ahora no hemos disfrutado de una mañana tan templada como esta.Mirad los trigos qué verdes aún. El cierzo y la escarcha no les hadejado crecer; pero unos cuantos días como este bastarán para hacerlesganar lo perdido. No sé por qué sospecho que este año vamos a tener unaabundante trilla.

Así dijo el propietario pasando su petaca en torno. Los pastores, consus grandes sombreros de fieltro y sus medios calzones de cuero,formaban círculo. Tomaron gravemente un cigarrillo, lo pusieron en elrincón de la boca y cada cual sacó sus avíos: yesca de trapo quemado,eslabón y pedernal. Bastaría con que uno encendiese; pero se hubiesenjuzgado desairados si no se mostrase claramente que eran poseedores detodos los medios conducentes a producir el fuego. Chocaron los eslabonescontra los pedernales, saltaron las chispas, ardió la yesca y más tardelos cigarros, todo en medio de un silencio solemne como el casorequería. Se dieron algunos ansiosos chupetones, y uno de los zagalonescon inclinaciones más señaladas a la retórica dejó al cabo escapar estadeclaración inesperada:

—Me paece a mí, me paece a mí que si el tiempo no tuerce el hocico, encosa de ocho días levantarán los trigos un par de palmos más... Es undecir, mayormente.

El auditorio guardó silencio, dando tiempo para que estas notablespalabras penetrasen lenta y profundamente en su espíritu. El tío Leandrolas rebatió al fin severamente.

—Cuando se habla una cosa, Celipe, es porque se sabe. ¿Sabes tú, por unsi acaso, que han de levantar los trigos dos palmos?

—Es un decir, tío Leandro.

—Bien, pero ¿se sabe o no se sabe?

Nadie chistó. La lógica inflexible del tío Leandro pesaba como una losasobre todos los cerebros, particularmente sobre el del zagalón que tantose había aventurado en su discurso. Pero haciendo al cabo terriblesesfuerzos para levantar el enorme peso que le agobiaba, logró al finproferir, dando a su fisonomía una impresión de increíble astucia:

—Me paece a mí, tío Leandro... Yo he visto...

—Tú no has visto na—replicó el viejo pastor con un gesto de supremodesdén.

Nuevo y profundo silencio. Aquel osado Ícaro que había querido elevarsecon alas de cera, vino al suelo para no levantarse ya. La sabiduría deltío Leandro cayó sobre él y le dejó sepultado por siempre. La paz y elsilencio debidos a los que han desaparecido le acompañaron piadosamente.Se dieron algunos chupetones funerarios para honrar su memoria.

Mas he aquí que al pastor de las vacas se le ocurre resucitarlo de entrelos muertos.

—Tío Leandro, yo no diré mayormente dos palmos... pero que han decrecer ¡eh! ¡eh...! que han de crecer ¡eh! ¡eh!

Y se puso a reír bárbaramente, abriendo una boca de oreja a oreja sinque nadie le secundase.

El tío Leandro dio un profundo y amenazador chupetón al cigarro, y sedisponía a disparar una de sus granadas formidables para reducir alsilencio a aquel zángano, cuando no muy lejos de allí sonaron dos tiros.

—¿Cómo?—exclamó Reynoso levantando súbito la cabeza—.

¿Un cazadorfurtivo?

—¡Quiá!—replicó un zagal—. Es la señorita Clara. Bien tempranito pasópor aquí con los perros.

El rostro del amo se serenó, dilatándose con una sonrisa decomplacencia.

—¡Qué chica! ¡Qué chica!

Todos los rostros se volvieron hacia el sitio en que habían sonado losdisparos, expresando cordial alegría.

—¿Y para cuándo es la boda, mi amo?—se atrevió a preguntar uno.

—Allá para octubre—respondió amablemente el caballero.

El tío Leandro extendió la mano solemnemente y habló de esta manera:

—Que Dios, nuestro Señor, esparza a puñados la felicidad sobre esabuena señorita. La hemos visto nacer, la hemos visto crecer y volversemás hermosa que una azucena. Más de uno y más de dos entre nosotros lahan llevado en los brazos. No levantaba una vara del suelo y ya legustaba montar a caballo como ahora. Una tarde la bestia se le espantó yse metió ala adentro por una charca. La madre (que en gloria esté)gritaba.

Sólo yo, que estaba cerca, la oí; me planto en dos saltos a laorilla, me echo al agua, y cuando ya andaba cerca de llegarme al cuello,pude alcanzar el caballo y sujetarlo. Salimos chorreando y la niña meabrazó y me besó. Podéis creerme—

añadió volviéndose a sus compañeros—,más estimé yo aquel beso que si me hubieran puesto una onza de oro en lapalma de la mano.

—¡Está visto, hombre!—¡Pues bueno fuera!—¡Ni que decir tiene!

Así aplauden todos las nobles palabras del viejo pastor.

—Lo único que siento—prosiguió éste—es que nuestro amo se nos vaya deesta finca donde tanto dinero tiene enterrado cuando se concluya elpalacio que está fabricando, según creo, allá en el camino de la FuenteCastellana de Madrid.

—Me paece a mí, tío Leandro—dijo el imprudente Felipe—, que nuestroamo no se va de buena gana, porque aquí bien se regala... Pero como laseñora es tan amiga del lujo...

—¿Qué dices?—exclamó Reynoso levantando vivamente la cabeza yencarándose con el zagalón.

Este se puso pálido y balbució miserablemente:

—Es lo que tengo oído por ahí...

—¿A quién se lo has oído?—preguntó el caballero afectando calma, perocon el rostro contraído.

—¡Calla, zángano, calla! ¡Si eres más cerrado que un cerrojo!

¿No te davergüenza, grandísimo zote?

Todos le recriminan duramente. Reynoso un poco dulcificado le dijo:

—Ni a ti ni a nadie puedo consentir que pronuncie una palabra queredunde en desprestigio de la señora. Hasta ahora no ha hecho más quevivir con arreglo a su clase; pero aunque gastase todo el lujo que puedeostentarse en Madrid, todo sería poco para lo que ella merece...Entiéndelo tú y los que te lo hayan dicho.

—¡Bien puede usted perdonarlo, mi amo—manifestó el tío Leandro—,porque este mozo no es más que una caballería salvo el alma que es deDios y no de él...! Es que cavilo que si tarda un cuarto de hora más ennacer, nace ya con la albarda puesta... En fin, señor, que es unagrandísima bestia... No hay más que verlo.

Como nadie, ni el mismo interesado, tuvieron por conveniente oponer elmenor reparo a los extremos de este sensato discurso, todo él quedóaprobado por unanimidad. Nuestro caballero se serenó por completo.Despidiose afectuosamente y caminó de nuevo la vuelta de su casa sinvolver la cabeza atrás. Si la hubiese vuelto habría visto con cuántasolicitud los pastores seguían inculcando en el ánimo de su compañeroFelipe la idea enteramente panteística de su identidad esencial con lafamilia de los équidos.

II

FELICES ESPOSOS

Reynoso hizo una visita a su víctima y le mandó proveer de agua yalimento. Luego subió lentamente la gran escalinata de mármol y seintrodujo en el hotel. Pasó a las habitaciones de su esposa que sehallaban en el piso principal.

—¿Quién es la que está durmiendo todavía? ¿Quién es...?

¿quién?

—¡Nadie... nadie... nadie!—respondió una voz femenina de timbre claroy armonioso.

—¿No es Elena?

—¡No, no es Elena!

Y al mismo tiempo hizo irrupción en el gabinete una hermosa joven y leechó los brazos al cuello.

Era la esposa del propietario, rubia, con ojos negros; poseía un cutisnacarado. Su talle esbelto lo ocultaba un espléndido salto de cama.

—¿Para qué necesito yo salir al campo de madrugada, si el campo viene ami cuarto...? Hueles a mejorana... hueles a romero... hueles a malvarosa—decía colgada a su cuello como una niña mimosa.

Era una niña por la frescura de su rostro y por la viveza de susmovimientos, aunque ya tenía cumplidos veintidós años.

—Te equivocas; hoy no puedo oler más que a tomillo—

respondió Reynososacando el puñado que traía en el bolsillo.

—¡Milagro sería!—exclamó la joven soltando a reír y apoderándose deaquella yerba y restregando con ella la cara de su marido—. ¿Para quéhas atravesado la mar? ¿Para qué has estado tantos años trabajando ymetiendo en la hucha dinero?

Hubieras sido tan feliz aquí comiendoensaladas de pimientos, corriendo tras las ovejitas, plantandoárboles... y metiendo puñados de tomillo en los bolsillos.

—¡Bien puedes decirlo!—repuso Reynoso con franca sonrisa—. El cielome destinaba para pobre. No me agradan los alimentos de los ricos, no meagradan los colchones de pluma, no me agradan los muebles suntuosos. Unacamita blanca sin cortinas, unas sillas de rejilla, una mesa de pino, yleche y judías a pasto... ¡he aquí mi felicidad!

—Pero entonces, gran perverso—replicó la joven esposa con voz de mimoy atusándole el bigote con la punta de los dedos—, no podrías regalar atu Elena un aderezo tan hermoso como le has regalado el día de su santo,no podrías llevarla en coche, no podrías vestirla con trajes elegantes,no podrías traerle pastelitos de casa de Lhardy, ni bombones de laMahonesa.

—Ni sobreasada de Mallorca.

—¡Oh, Dios mío, cómo me gusta a mí la sobreasada...! Hoy mismo la como,aunque me haga daño... Tú te tienes la culpa por haberla mentado... ¡Ypor fin, y por fin! ¿quién le hubiera dado a Elena un hotelito en laCastellana, con un budoir tan lindo que no hay otro en todo Madrid,con su serre, con su cuarto de baño...? Mira, vamos a hablar un pocode la casa de Madrid. Voy a desayunarme aquí mismo.

Puso el dedo en el timbre, acudió un criado y no tardaron en servirlecafé con leche y picatostes en un primoroso juego de plata. Se sentódelante de una mesilla volante mientras su marido se dejó caer en undiván de raso azul bordado en blanco.

Y hablaron largamente de la casa de Madrid aún no terminada.

Reynosodaba pormenores del decorado, consultaba el asunto del mobiliario. Sumujer le pedía una cosa, y después otra y después otra para susaloncito, para su cuarto de baño mientras engullía lindamente.

—¡Elena, Elena! Que no vas a tener apetito a la hora de almorzar.

—Ya verás que sí. Déjame ser feliz.

—¿Eres feliz de verdad?

—Muchísimo... No puedo serlo más.—Y al decir esto extendió la mano asu esposo que la besó repetidas veces.

—¿Y tú lo eres también?—dijo levantándose de la silla y viniendo asentarse a su lado.

—¿Yo?—exclamó Reynoso pasándole el brazo por detrás de la cintura—.¡Yo estoy gozando de un cielo anticipado! Dios no tiene ya nada quedarme cuando me muera.

—Pues yo te digo... te digo... que eres un grandísimo embustero (y letiraba de las guías del bigote, que era al parecer su ocupación másapremiante). Porque me han dicho... me han dicho... que no te vas debuena gana a vivir a Madrid.

—Pues te han engañado.

—¿No serás tú el que me engañas...? Mira, Germán, voy a pedirte unfavor y es que me hables con toda franqueza. Sé que por condescendencia,por lo bueno que eres y por lo mucho que me quieres, serías capaz defingir que vas contento a Madrid aunque te disguste. Me parece granlocura ese disimulo. Ya sabes que me hallo bien, que soy feliz en todaspartes estando a tu lado, y que si me agrada ir a Madrid, he vividohasta ahora bien contenta en el Sotillo. En realidad, más que por mí voya Madrid por proporcionarte a ti una sociedad más escogida. Yo estoyacostumbrada a la vida de pueblo... ¡como que no he salido de él...!Pero tú, aunque goces en el campo, has viajado mucho y no puedes menosde sentir el aburrimiento de esta soledad...

Háblame, pues, francamente.¿Vas con gusto a Madrid? Pues Elena va con gusto a Madrid. ¿Prefieresquedarte en el Sotillo?

Pues Elena se queda tan ricamente en el Sotillo.

Reynoso la miró prolongadamente con ojos escrutadores.

—Está bien, hija mía; ya que quieres a todo trance que te hable confranqueza, y ya que veo que no tienes ese empeño en vivir en Madrid queyo imaginaba, te lo confesaré... No dejo el Sotillo con placer. Aquí henacido y me he criado y aquí y en todas partes donde he vivido lasoledad ha sido mi fiel compañera.

Aunque tengo un carácter sociable,según dicen, la Providencia ha querido tenerme alejado de los hombresacaso porque no sea capaz de hacerles mucho bien... ¿Pero quién habla desoledad estando cerca de ti, Elena mía? ¿Qué sociedad en este mundopodrá proporcionarme goce alguno no estando tú presente? ¿Y si tú estáspresente qué falta me hacen los demás?

Ninguna conversación vale lo quetu silencio, ninguna música lo que tu voz, ningún rumor más suave ni másgrato que el de tus menudos pies sobre la alfombra, ningún espectáculomás delicioso que el de tu cabellera rubia cuando la dejas caer sobre laespalda... ¡No busco, no quiero, no necesito más en este mundo!

Y al pronunciar estas palabras la estrechaba contra su pecho.

Estaba en verdad bien enamorado aquel caballero. ¡Feliz el hombre que,como él, no ha tenido más amor que el de su esposa!

Don Germán Reynoso era hijo de un agente de Bolsa. Cuando sólo contabaseis o siete años, su padre, por virtud de algunas operacionesdesgraciadas, quedó arruinado. El matrimonio se vio necesitado aabandonar la casa lujosa de Madrid y a refugiarse en el Sotillo, fincaque pertenecía a la esposa por herencia de sus padres. Donde antessolían pasar solamente algunos días de primavera, en uno de los cualeshabía nacido Germán, tuvieron que residir forzosamente todo el año. Conlos escasos productos de ella, pues no era entonces lo que ahora es, ycon un cortísimo caudal que habían salvado, vivió aquel matrimonioalgunos años en la soledad bastante más feliz que lo había sido entrelos negocios y los esplendores de la corte. Germán seguía sus cursos delbachillerato en el colegio del Monasterio; su padre le destinaba a losnegocios, pero el chico no mostraba afición a la carrera de comercio:todo su amor y entusiasmo era por la música. Con las nociones que habíaadquirido en Escorial tocaba ya medianamente el piano. Tantasdisposiciones mostraba, tanto le instaron los amigos y su misma esposa,que tenía sobrados motivos para odiar los negocios, que al fin consintióel viejo Reynoso en enviar a su hijo a Madrid para estudiar en elConservatorio. Residía en casa de unos amigos y venía al Sotillo lossábados por la tarde para marchar el lunes por la mañana. Tenía yacatorce años y llevaba dos de carrera con brillantes notas cuandofalleció su padre. Su pobre madre tuvo la debilidad de casarse antes decumplir los dos años de viudez con un sujeto de carácter bondadoso, perodominado por el vicio del juego, y después de casado también por laembriaguez. Aquello fue un desastre. Germán, desesperado, viendo a sumadre desgraciada y previendo una ruina inminente, pues su padrastroestaba ya terminando con su caudal y no tardaría en comenzar con el desu esposa, decidió emigrar a América, abandonando sus esperanzas de serun artista de fama.

En Guatemala un hermano de su padre beneficiaba algunas fincas,dedicándose principalmente al cultivo del café. Allá se fue Germáncuando no contaba aún diez y ocho años. ¡Cuántas horas transcurridas enla soledad y en el silencio! Nadie con quien hablar y reír a la edadprecisamente en que más lo exige el hombre si Dios le ha dotado de untemperamento abierto y sociable. Su tío era de carácter adusto y lostrabajadores tan rudos que no era posible conversar con ellos de nadaplacentero.

La vida se deslizaba igual, monótona, soñolienta. Pero alfin se acostumbró a ella. El campo, donde permanecía casi todo el día,vigorizó su cuerpo y comunicó a su espíritu un equilibrio que lepreservó para siempre del tedio. Al principio no disponía de másinstrumento musical que un violín, y con él se entretenía por lasnoches; mas andando el tiempo logró traer hasta aquel desierto un piano,y fue feliz. Horas dulces, horas dichosas aquellas en que, después deuna jornada laboriosa, regresaba a su casa y se ponía delante del pianopara interpretar una sonata de Beethoven o un concierto de Chopin.

Su tío regresó a España poco después, retirándose de los negocios ydejándole en arriendo dos fincas. La suerte favoreció al joven Reynoso.Las cosechas de café, que últimamente habían sido bien limitadas,principiaron a ser abundantes, copiosísimas.

En pocos años Germán logróhacerse dueño de las dos fincas comprándoselas a su tío; tomó enarrendamiento otra magnífica y al cabo se hizo también dueño de ella.Viajó por la América del Sur y por los Estados Unidos. A los treinta ycinco años Germán era un hombre rico, mucho más rico de lo que se lesuponía en Escorial, aunque se le suponía bastante.

En el transcurso de este tiempo su padrastro había muerto: el niño queel matrimonio había tenido y que Germán conocía, también: sólo vivía unaniña, nacida después que él se marchara a América. La finca del Sotilloestaba hipotecada y corría riesgo de pasar a manos de acreedores. Germánenvió bastante dinero para rescatarla y mantuvo a su madre y a suhermana con holgura. Cuando, atendiendo a las reiteradas súplicas deaquélla, pensaba en realizar su hacienda, recibió la triste noticia desu fallecimiento. Inmediatamente se puso en camino para España, a fin deencargarse de aquella hermanita de trece años que quedaba abandonada.

Al llegar la sacó de casa de unos parientes donde provisionalmente sealbergaba y la trajo de nuevo al Sotillo, tomó un aya francesa paraella, tomó criados, compró coche y caballos, hizo algunos reparos en lacasa y la montó con boato.

No pasaba, sin embargo, mucho tiempo enEscorial. Tan pronto hacía una excursión a París, tan pronto a Londres,tan pronto a Berlín y Roma; todas rápidas, porque no quería dejar a suhermanita sola mucho tiempo. En los días que pasaba en el Sotillo solíasubir alguna que otra tarde al Escorial y allí conoció a Elena.

Elena era huérfana de un farmacéutico. Su madre, que sabía de farmacopeacasi tanto como él, regentó la botica algún tiempo después de viuda conanuencia del vecindario. Pero vino una denuncia del subdelegado; se vioobligada a traer un regente con título; y como el producto de la boticano era bastante para pagar este sueldo y mantenerse, la enajenó al fin auno de sus cuñados que tenía un hijo en Madrid estudiando la carrera defarmacia.

Con el dinero que le dieron puso una tiendecilla heterogénea,bisutería, mercería, cacharrería, debajo de los arcos.

Las gananciasfueron muy exiguas. Elena y su madre vivían bien estrechamente a lallegada de Reynoso al Escorial.

Cuando aquél entró por casualidad un día en la tienda fue reconocido pordoña Dámasa. Se habían conocido de niños.

Saludáronse afectuosamente, yel indiano comenzó a tutear a la madre y por de contado a la hija, quecontaba entonces diez y siete años. Siempre que subía al Escorial dabasu vueltecita por la tienda de doña Dámasa y allí se estaba charlando unrato.

Estas visitas, al principio raras, se fueron haciendo másfrecuentes y prolongadas. La hermosura espléndida de Elena comenzó aimpresionarle. Y a medida que le impresionaba le hacía más tímido.Cuando la niña estaba sola en la tienda mostrábase embarazado,silencioso. Y, sin embargo, era evidente que buscaba las ocasiones enque estuviese sola. A ninguna mujer se le hubiera escapado esta táctica,pero mucho menos a Elena que era traviesa y picaresca y se gozaba enverle apurado.

La timidez de un hombre tan maduro halagó mucho suvanidad y la riqueza que se le suponía también. Principió a coquetearcon él de lo lindo. Pero cuanto más segura y aun atrevida se mostrabaella, más tímido aparecía él. Esta timidez y el sufrimiento que leacarreaba llegaron a tal punto que le retuvieron de subir al pueblo yvisitarla. Sus visitas comenzaron a ser más raras y cuando las hacía seingeniaba para quitarles el objetivo que tenían. O pasaba al Escorialpara un negocio en el Ayuntamiento, o venía acompañando a un amigo paraenseñarle el Monasterio, o había subido para buscar un operario...

Estospretextos, aunque bien sabía que eran falsos, irritaban, sin embargo, aElena y la iban interesando en la aventura. Había juzgado al principioque era cosa de pocos días que aquel hombre se le declarase, y cuantomás tiempo transcurría más lejos veía esta declaración. Por otra parte,sus conocidos la embromaban y ya se hablaba en el pueblo no poco deaquellas supuestas relaciones amorosas.

La noticia de que Reynoso se iba otra vez a América cayó como una bombaen la pequeña tienda de doña Dámasa. El mismo la comunicó con afectadaindiferencia; tenía muchos negocios pendientes; necesitaba liquidar; nosabía el tiempo que permanecería por allá. Elena recibió la nueva sinpestañear, pero el corazón le dio un vuelco. No sabía si amaba a Reynosoaunque estaba segura de que pensaba en él todo el día. Aquel golpe lereveló su amor. Sí, sí, estaba enamorada de él, no porque fuese ricocomo se decía en el pueblo, sino por su figura arrogante, por sucaballerosidad, por su bondad, por su esplendidez, por todo, por todo,hasta por aquellas hebras de plata que asomaban en sus cabellos y en subigote.

Después que él partió estuvo algunos días enferma y aunque mucho trabajósobre sí misma para vencer la tristeza, no pudo conseguir que dejase deser observada y comentada. Pero transcurrieron los meses y se fueolvidando su abortada aventura.

Ella misma vivía ya tranquila sin pensarmás en el indiano cuando una tarde le entregó el cartero una carta deGuatemala.

Era de Reynoso; se informaba de su salud, de la de su madre yamigos de la casa, le hablaba en tono jocoso de su viaje, de su vida enaquellas soledades; por último, antes de despedirse le decía que habíallegado a sus oídos por medio de un paisano recién desembarcado que secasaba. Le daba la enhorabuena y lo mismo a su mamá y le deseaba todasuerte de felicidades.

Elena tuvo una inspiración. Tomó la pluma para contestarle; adoptó elmismo tono amical y jocoso; le dio cuenta de su vida y de las noticiasmás culminantes en el pueblo. Pero al concluir estampó con increíbleaudacia las siguientes palabras: «En cuanto a la noticia de mi boda esabsolutamente falsa. Yo no me caso ni me casaré jamás con nadie si no escon usted.»

La contestación a esta carta fue un cablegrama que decía:

«Salgo en elprimer correo. Prepara todo para nuestro matrimonio.»

He aquí cómo aquella linda y picaresca niña logró, invirtiendo lospapeles, alcanzar la meta de sus afanes. Con el amor vino la opulenciaque no suele ser su compañera. Los recién casados se instalaron en elSotillo. Elena y Clara, que ya eran amigas, lo fueron en seguidamuchísimo más y aunque la una tenía catorce años y la otra diez y ochose trataron como si no mediase tal diferencia, a lo cual ayudó ladisparidad de sus caracteres; la una era más niña, la otra más mujer delo que reclamaban sus respectivas edades.

Los dioses no se fatigaron en cuatro años de verter sobre aquella casatoda suerte de mercedes. Sólo se reservaron una. El matrimonio no tuvohijos. Elena se mostraba por esta privación inquieta y dolorida algunasveces; otras lo echaba a broma y abrazaba y besaba con entusiasmo unaperrita que su marido le había regalado, diciendo que aquella era suhija y que muy pronto la casaría para darse el gusto de tener nietos alos veinte años. Don Germán aún lo sentía más que ella, pero lodisimulaba mejor. Entregose con afán a la mejora de su finca: logrócomprar otra contigua de enorme extensión y la añadió a la suya.

Estanueva finca, que había sido residencia antiguamente de una comunidad defrailes, se componía de monte y tierras laborables, y contenía ademásdos grandes charcas donde se criaban sabrosas tencas y se cazaban lasaves emigrantes que allí se reposaban. Aunque no necesitaba más que suantigua casa, porque estaba acostumbrado a una vida sencilla, Elena leexcitó a construir el magnífico hotel que se ha visto. Con tristeza dejóel pequeño pero dulce hogar que albergó su niñez, para habitar la nuevay suntuosa morada. Pero conservó aquél con el mismo esmero con que seguarda una joya de sus padres; y nunca dejó de ir a dormir la siesta ala cama en que nació y en que sus padres durmieron la primera noche denovios.

Elena recibió la confesión de su esposo con sorpresa y secreto despechoque se esforzó en disimular.

—Me alegro, me alegro en el alma de que hayas sido franco—

exclamó conafectación—. ¡Qué dolor sería para mí si al cabo hubiera descubiertoque te ibas a Madrid sólo por complacerme!

Te vería de mal humor, tevería huraño y silencioso, y la pobre Elena tan inocente, sin saber queella era la causa.

—¡Huraño, Elena! ¡Silencioso!

—Sí, huraño, incivil... inaguantable.

—¿Pero cuándo me has visto...?

—Si no te he visto te vería... Ea, hablemos de otra cosa pues que éstaya está resuelta.

Hablaron de otra cosa, pero la joven no podía disimular su decepción.Saltaba de un asunto a otro con nerviosa volubilidad, se placía enllevar la contraria; por último, cayó en un silencio obstinado,fingiendo hallarse absorta en la franja de la tapicería que estababordando. Su marido la observaba con disimulo y en sus ojos brillaba unachispa maliciosa.

—Vaya, vaya—dijo frotándose las manos—. ¡Cuánto me alegro de que noshayamos entendido! Yo sin atreverme a decirte que no tenía ninguna ganade ir a Madrid, y tú sacrificándote por proporcionarme una sociedad másescogida.

Elena levantó los ojos y dirigió una rápida mirada recelosa a su marido.Este miraba fijamente al reloj de estilo Imperio que había sobre lachimenea.

—No sé cuándo me he de convencer—prosiguió—de que tu temperamento seacomoda admirablemente a todas las circunstancias y que tu felicidad nose cifra en vivir en un sitio o en otro, sino en el sosiego y lacomodidad de tu casa.

Nueva mirada y más recelosa por parte de Elena. Reynoso seguía encontemplación extática del reloj.

—Y no era yo solo: había mucha gente (sin sentido común, por supuesto)que suponía que estabas encaprichada con vivir en Madrid. Yo les diríaahora: ¡no conocen ustedes a mi mujer...!

¡no la conocen!

Elena, cada vez más desconfiada, volvió a levantar los ojos.

Esta vezchocaron con los de su marido. Este no pudo aguantar más y soltó unaestrepitosa carcajada. Elena se levantó airada, y presa de un furorinfantil se arrojó sobre él y comenzó a apretarle el cuello con suspreciosas, delicadas manos, a tirarle de las orejas y del bigote.

—¡Toma! ¡por cazurro...! ¡por malo! ¡por gañán!

Reynoso no podía defenderse; se lo impedía la risa.

—¡Pues sí, quiero ir a Madrid! ¡quiero ir a Madrid! ¿Qué hay...? Y túte darás por muy satisfecho con que te admita en mi hotelito y no tedeje aquí para siempre entre las vacas y las ovejas...

Al fin, cansada de golpearle, se dejó caer a su lado en el diván.Reynoso, acometido de un acceso de tos, estuvo algún tiempo sin hablar.

—¿Pero es de veras que quieres ir a Madrid?

—Mira, Germán, no empecemos, o...

Y se levantó otra vez para echarle las manos al cuello.

Reynoso cogió al vuelo aquellas lindas manecitas y trató de llevarlas alos labios.

—¡No! ¡no!

—¿Qué quiere decir no?

—No quiero que me beses... no quiero... Eres un gañán... Te pasas lavida haciendo burla de mí...

Y se defendía furiosamente. Al cabo se dejó caer de nuevo en el diván,se llevó las manos al rostro y se puso a llorar.

—¡Hija mía, no llores!—exclamó Reynoso conmovido.

—¡Sí, lloro! ¡lloro...!, y lloraré hasta que se me pongan los ojosmalos—decía sollozando con dolor cómico—. Porque eres muy malo...Porque te complaces en hacerme rabiar... Si no quieres ir a Madrid, ¿porqué no lo dices de una vez...? Y no que te pasas la vidaatormentándome...

—¡Atormentándote, Elena!

—Sí, sí, atormentándome.

—Mira, prefiero que me arranques el bigote a que me digas eso.

—¡Oh, no por Dios! ¡Qué feo estarías sin bigote!—exclamó separando susmanos de los ojos, donde brilló una sonrisa maliciosa detrás de laslágrimas.

Reynoso aprovechó aquel furtivo rayo de sol para consolarla.

Pero no fueobra de un instante. Elena estaba muy ofendida,

¡mucho! Era preciso queel detractor cantase la palinodia, hiciese una completa retractación desus errores.

—Confiesa que tienes más ganas que yo de ir a Madrid.

—Lo confieso a la faz del mundo.

—Porque te aburres aquí.

—Porque me aburro soberanamente.

—Y porque necesitas un poco de expansión con tus amigos.

—Y porque necesito mucha expansión.

—¿Bromitas todavía, socarrón?—exclamó la mujercita tirándole de lanariz.

En aquel momento se oyó el ruido de un coche en el patio.

—Ya está ahí Tristán... Sal tú a recibirlo... Voy a peinarme y vestirmeen un periquete. Adiós, gañán... ¡Toma, por malo! (Y le dio unabofetada.) ¡Toma, por bueno! (Y le dio un sonoro beso en la mejilla...)¡Rosario! ¡Rosario! Venga usted a peinarme.

III

¡QUIETO, FIDEL!

El joven que descendía del carruaje en el momento en que don Germánponía el pie en la escalinata era alto, delgado, de agradable rostroornado por unos ojos de suave mirar inteligente y por un pequeño ysedoso bigote negro. Se saludaron alegremente con un cordial apretón demanos.

—No entremos en casa—dijo Reynoso—. Clara anda por ahí cazando yElena se está vistiendo. Vamos a la glorieta a descansar y tomaremos unacopa de vermut o de cerveza, lo que tú quieras.

Se introdujeron en el parque, penetraron en la glorieta de pasionaria ymadreselva y se acomodaron en dos butacas rústicas de paja delante deuna gran mesa de mármol. No tardaron en servirles los aperitivos pedidospor el amo.

—¿Cómo has dejado a tus tíos?

—Sin novedad: mi tía casi loca y mi tío demasiado cuerdo—

respondió eljoven riendo.

—¡Oh, es un matrimonio que me encanta!—replicó don Germán tambiénriendo—. Son dos elementos químicos que se neutralizan y forman uncompuesto admirablemente sólido.

—¡Y tan sólido! Como que mi tío es de mampostería.

—No, hombre, no; tu tío es un hombre de una razón muy clara. No sabráescribir, como tú, libros y comedias ni tendrá gran ilustración, perodiscurre con acierto, juzga con justicia y sabe lo necesario paraconducirse en la esfera en que Dios le ha colocado. Desgraciadamente losque como él y yo hemos pasado nuestra vida dedicados al comercio nopudimos disponer de mucho tiempo para ilustrarnos...

—¡Oh, no se compare usted con él!

—¿Por qué no? Que yo he conservado alguna mayor relación con el mundoespiritual gracias a la música eso significa poco.

Ambos, como vosotrosdecís, somos mercachifles.

—Usted ha leído mucho.

—Algunos libros que llegaban a mis manos allá en las soledades delcampo. Lectura dispersa, heterogénea que entretiene el hambreintelectual sin nutrir el cerebro... Por lo demás, si tu tío carece delas cualidades de hombre de estudio, las de hombre de acción las poseelargamente. Yo le he visto no hace mucho tiempo en circunstancias biencríticas dar pruebas relevantes de ello. Acababa de estallar la guerracon los Estados Unidos. El pánico se había apoderado de los hombres denegocios: por la Bolsa, por todos los círculos financieros soplaba unviento helado de muerte; los más audaces huían; los más valientes seapresuraban a poner en salvo su dinero; a las puertas del Banco deEspaña se acumulaba la muchedumbre para cambiar por plata los billetes.En aquel día memorable he visto a tu tío en la Bolsa hecho un héroe, laactitud tranquila, los ojos brillantes, la voz sonora, lanzando conarrojo todo su capital a la especulación. «¡Compro! ¡compro! ¡compro!»gritaba. Y su voz sonaba alegre, confiada, en medio del terror y ladesesperación.

No sabes el aliento que infundió y cuánto levantó elánimo de todos en aquellos instantes aciagos. No contento con esto hizoponer en los balcones de su casa un cartel que decía: Se cambian losbilletes del Banco de España con prima. Y esto lo llevó a cabo sin serconsejero del Banco ni tener sino una parte pequeña de su capital enacciones.

—Sí, ya sé que hizo esa locura.

—¡Locura sublime! Locura de un mercachifle que acaso no realizara unpoeta... Si tú lo eres, Tristán, si tú puedes tranquilamente entregartea la contemplación de la belleza y verter en las cuartillas tus ideas ytus sueños, lo debes a que tu padre hizo el sacrificio de sus ideas y desus sueños para labrarte un capital... Él también era un poeta, éltambién tenía talento...

Pero naciste tú y comprendiendo que su lira nopodía darte de comer la arrojó lejos de sí y se puso a trabajar...Agradece al diario, al mayor, al copiador, a esos prosaicos librosen blanco que tú desprecias el que puedas recrearte ahora con otros másamenos. ¡Feliz el que en su juventud no necesita luchar por laexistencia y puede gozar libremente de su propio corazón y de lostesoros de poesía que la Providencia ha depositado en él!

—Vamos, no me sermonee usted más, don Germán. Lo que he dicho de mi tíoes una broma. Ya sabe usted demasiado que le estimo.

—Serías un ingrato si otra cosa hicieras. Tu padre no dejó mucho más decincuenta mil duros y tu tío acaba de entregarte ochenta mil.

Tristán Aldama era hijo de un periodista que abandonó muy joven suprofesión para dedicarse a asuntos comerciales. Cuando sólo contabacinco años falleció su madre y aún no tenía doce cuando quedó tambiénhuérfano de padre. Este tenía una hermana casada con don Ramón Escuderoy a este encomendó por testamento la tutela de su hijo. Escudero habíasido cuando joven, primero criado, luego cobrador y más tardedependiente y hombre de confianza del padre de Reynoso. Cuando éste hizoquiebra, gracias a la reputación de honrado, activo e inteligente quehabía adquirido entre los hombres de negocios se abrió pronto camino enla Bolsa, montó una casa de banca y logró adquirir un capitalconsiderable. Claro está que así que don Germán regresó a España, laprimera persona que visitó en Madrid fue al antiguo y fiel dependienteque tantas veces le había llevado de niño al colegio. En su casa fuedonde Tristán y Clara se conocieron y entablaron las relaciones amorosasque estaban a punto de consolidarse tan felizmente con la bendiciónnupcial.

—¿Cómo van las obras del cuarto?—preguntó Reynoso.

—Así, así... Madrid no es una capital; es un lugarón. En cuantotratamos de introducir en la vida algo elegante o cómodo, algo parecidoa lo que en otras naciones es ya de uso corriente, tropezamos connuestros operarios desmañados, rutinarios, zafios...

Los futuros esposos habían elegido para vivir un piso en la calle delArenal y lo estaban arreglando. Tanto Escudero como Reynoso poseíanmagníficas casas en Madrid y ambos les habían ofrecido habitación encualquiera de ellas; pero Tristán había rehusado la oferta de su tío yClara la de su hermano. Este, resarciéndola de la parte que lacorrespondía en el Sotillo, la había dotado generosamente con mediomillón de pesetas.

Hablaron del piso alquilado y de los preparativos matrimoniales. Tristánse mostraba sobrio de palabras y ensimismado.

—¿Qué es eso...? Parece que estás de mal humor.

—Nada tengo distinto de otros días. En general no encuentro en la vidagrandes motivos para estar muy contento.

—Así hablan solamente los que son demasiado felices en este mundo.

—¿Lo cree usted?—preguntó distraidamente el joven.

—Sin duda; y tu ejemplo me lo confirma. Eres un hombre mimado por lafortuna. Naciste rico, inteligente, dotado de buena figura, y aunqueperdiste temprano a tus padres hallaste en tus tíos un afecto parecido yuna vigilancia igual. Los éxitos universitarios comenzaron a halagardesde niño tu amor propio, siguieron después los del Ateneo, escribisteun libro y lograste llamar sobre ti la atención pública; presentas undrama en el teatro y te lo aceptan.

—Me lo aceptan... pero no lo representan... Mire usted, don Germán,como todo el mundo, usted juzga por las apariencias. Se adivina que hahabido un esfuerzo cuando se ve un resultado; pero aquellos otros que nohan logrado cuajarse en el espacio, tomar cuerpo y gozar de la luz,aquellos que viven y mueren en la sombra miserables y desgraciados,aquellos el mundo los ignora y no se le echan en cuenta al hombrefeliz.

—Porque no deben echársele. Las aspiraciones del hombre son infinitas yquisiera beber la eternidad de un trago. ¿Pero son todas ellaslegítimas? ¿Todas deben realizarse? Mete la mano en tu seno y verás quemuchos de tus deseos no podrían satisfacerse sino a expensas de lasatisfacción de tus semejantes... ¡Y todos tenemos que vivir, quédiablo!

—Es que si tenemos que partir la felicidad con todos tocamos a muypoco.

—Sería mucho si la felicidad de los demás fuera la nuestra; sisupiésemos salir de nosotros mismos.

Tristán soltó una carcajada. Don Germán se puso un poco colorado.

—Comprendo bien que en estos asuntos no estoy en disposición de medirmecon los que como tú los estudian y los discuten a diario...

—No es eso, don Germán... Me río porque toda la vida estoy oyendo esamisma frase sin haber logrado saber lo que significa.

No sé por quépuerta o balcón podemos salir fuera de nosotros mismos... Es decir, heaveriguado que haciendo un agujero en la sien con la bala de un revólverse sale inmediatamente fuera de sí..., pero es para no volver a entrar.

—Repito que carezco de conocimientos y de medios de expresión paraexplicarte esa frase ni ninguna otra por ese estilo.

Pero si no puedoexplicarla siento su verdad en el fondo del alma y me basta... Perovolvamos a ti. Por un don gracioso de Dios tú eres de los pocos que aunencerrados en sí mismos encuentran la dicha. Después de todos loselementos de felicidad de que hemos hablado te enamoras; la mujer que esobjeto de tu amor te corresponde; vas a casarte y al satisfacer losardientes deseos de tu corazón, te encuentras con que el ángel de tussueños no viene a ti con las manos vacías...

Esta frase causó una mordedura en el amor propio de Tristán.

Disimuló,sin embargo, lo echó a risa y siguió la plática en tono jocoso.

Pocos minutos después saltaban ladrando en la glorieta dos perros decaza y detrás de ellos una gallarda joven de tez morena, cabellos negrosensortijados que apretaba una gorrilla rusa de piel, pecho exuberante,amplias caderas ceñidas por una falda corta de color gris, calzada conbotas altas y llevando colgada del hombro una primorosa carabina.Recordaba por su arrogancia la estatua de Diana cazadora que se admiraen el Museo del Louvre; pero esta arrogancia estaba templada por unosgrandes ojos negros de suave y afectuosa expresión. Era a la vez Diana yClorinda la heroína del poema del Tasso.

Los ojos de los futuros esposos se encontraron y brillaron con alegría.A Tristán se le disipó repentinamente su mal humor.

—Tus perros, linda cazadora, han descubierto este par de piezas...¡Tira, tira sobre ellas!—exclamó don Germán riendo.

—¡Fuego!—respondió la joven acercándose a él y dándole un beso en lamejilla.

—Dispara el segundo. Mira que la otra pieza se escapa.

Clara se ruborizó.

—Aunque se escape volverá de nuevo al tiro como las palomas torcaces.

Y alargó al mismo tiempo su mano a Tristán que la estrechó tiernamente.

—Ya estoy encañonado, y por lejos que me vaya el tiro de Clara mealcanzará.

—¡Oh, si supieseis qué lejos he disparado a uno de estos ánades!—ymostraba los dos que traía colgados al cinto—. Una verdadera casualidadque haya caído... Del lado de allá de la charca grande Fidel levantó losdos. ¡Pan! Tiro al primero y cae a la orilla. ¡Pero el otro...! El otroestaba ya en lo alto en medio de la charca. Disparo sin esperanza algunay con gran sorpresa le veo caer al agua. ¡Allí vierais a Fidel echarseal agua y nadar como un pez mientras este otro animalito, la Dora, aquien tenía sujeta por el cuello, aullaba y se estremecía de afán porseguirle!

La joven se animaba narrando los incidentes de la cacería.

Tristán lamiraba embelesado, admirando en lo íntimo de su ser la juventud, elvigor y la hermosura de su prometida.

—¿Pero estás segura de que has alcanzado con los perdigones a eseánade?

—¿Cómo no, puesto que ha caído?

—Es que yo no creo una palabra de la eficacia de tu puntería.

Ese ánadecomo el otro y como todos los demás que has cazado mueren de orgullo deverse tiroteados por ti.

—¡Sería mucha galantería!—replicó la joven ruborizándose de nuevo.

Don Germán quiso dejarlos solos algunos momentos y salió de la glorietacon el pretexto de dar orden para que pintasen las canoas de lascharcas. Llamó a los perros para que le acompañasen. Los animalessalieron gozosos en su compañía, pero viendo que Clara se quedabavacilaron unos instantes, ladraron a Reynoso como recriminándole porponerles en aquella disyuntiva y al fin se decidieron a volverse a laglorieta, echándose a los pies de su ama.

—Te lo digo con todas las veras de mi alma, Clarita; yo quisiera morirde un tiro de tu mano como han muerto esos patos.

—No te acerques tanto. A mí me gusta tirar de largo—dijo la jovenriendo.

Tristán se sentó frente a ella delante de la mesa de mármol.

—Lo que me sorprende es que tengas tanta afición a la caza:

¡porquecuidado que es aburrido eso de cazar! Yo no salí más que tres o cuatroveces en mi vida y pensé que moría de tedio.

—¡Aburrido!—exclamó Clara en el colmo de la sorpresa.

—¡Aburridísimo! Levantarse de madrugada cuando más a gusto se encuentrauno entre sábanas, echarse al monte, sufrir los rigores del sol y aveces los de las nubes, caminar todo el día con la lengua fuera, caerse,pincharse, ensuciarse, y de vez en cuando tropezar con uno de esosanimalitos que se encuentran en todas las pollerías y restauranes deMadrid.

—Calla, calla, Tristán; estás diciendo disparates. Tú no sabes lo quees sentir la brisa matinal en las mejillas porque te has acostumbradoal aire viciado de la cervecería y del círculo; no gozas con el solporque vives la mayor parte de la vida con luz artificial; te repugna elcaminar porque has estado demasiado tiempo tendido en las butacas...Pero yo soy otra cosa... yo he nacido en el campo; el sol me conoce ylas nubes también y las piedras y los abrojos... Para mí es un grandisgusto que tú no seas cazador.

—¿De veras...? Pues no tengas cuidado, hermosa mía, que por tu amor soycapaz, no diré de cazar patos y conejos, sino hasta tigres y leones...Aún más: soy capaz, si tú lo exiges, hasta de pescar con caña.

—¡No tanto!—exclamó la joven riendo—. Bastará con que alguna vez meacompañes. Te prometo no llevarte lejos.

—¡Qué hermosa eres, Clara! Si no fueses el emblema de la belleza seríasel de la salud y de la fuerza. Dice Gustavo Núñez que si me dieses unabofetada me harías polvo... y voy creyendo que tiene razón.

—¿Pues cuándo me ha visto tu amigo Gustavo Núñez?

—Días pasados cuando íbamos de compras con Elena.

—Debe de ser muy burlón ese amigo.

—Es el hombre más gracioso que conozco.

Y acto continuo se puso a hacer el elogio caluroso de aquel su amigoGustavo, un pintor eminente que hacía ya algunos años había obtenidoprimera medalla en la Exposición, un hombre de mundo, elegante, fino,culto ¡y con unas salidas! Todo el mundo las celebraba en Madrid.Sofocado por la risa nuestro joven narró algunas de ellas.

Clara escuchaba con fingida atención. En realidad estaba distraída.Aquellos chistes de café, aquella maledicencia que se revelaba en ellosno podía producir efecto en una naturaleza sencilla y recta como lasuya. Así que cuando Tristán dio tregua a su panegírico desvió laconversación a otro sitio. Le preguntó por las obras del cuarto, por unajoya que había encargado a Holanda, por los muebles que les estabanconstruyendo.

La conversación languideció al cabo. Tristán comenzó a mostrarsepreocupado, a emplear un estilo más conciso, que poco a poco seconvirtió en displicente. Clara lo observó, pero como ya estabaacostumbrada a estos cambios repentinos de humor, que rara vezpersistían largo tiempo, no hizo en ello mucho alto.

Sin embargo, setrataba de asuntos que atañían a su próximo enlace y el acento de sunovio sonaba por momentos más displicente.

—¿Qué te pasa?—preguntó al fin desazonada—. Hace un momento eras mássuave y más blando que una piel de liebre y ahora pinchas por todaspartes como los cardos del monte.

Tristán hizo un gesto de indiferencia y permaneció silencioso.

—¿He dicho algo que pudiera molestarte?

El mismo silencio.

—O hablas o me marcho—dijo con energía haciendo ademán de levantarse.

Tristán clavó en ella sus ojos con expresión colérica.

—Me estás probando de esa forma—dijo con acritud—que mis recelos noson infundados. Desde hace algún tiempo parece que todo el mundo poneempeño en hacerme comprender que debo estar no sólo satisfecho sino muyagradecido a que se me conceda tu mano. Es decir, quieren a toda costapersuadirme de que soy un quídam que ha buscado su negocio y lo hahallado al fin...

—¿Qué palabras son esas, Tristán, tan feas... tan indignas de ti?

—Sí, que soy por lo visto un buscavidas—insistió el joven con másviolencia—y que si me caso contigo no lo hago tanto por amor como portu dote... Hace un momento tu mismo hermano me decía que debo estarsatisfecho porque tú no vienes a mí con las manos vacías... ¿Qué quieredecir eso? O no quiere decir nada o es una grosería...

—Eso no es cierto—profirió la joven con acento vibrante deindignación—, no puede ser más que un mal sueño de los muchos que tútienes... Y si Germán hubiera pronunciado esas palabras lo habría hechoburlando y sin intención de causarte la más pequeña ofensa, porque mihermano es el hombre más bueno y más delicado de la tierra.

—No soy un náufrago, hija mía—siguió diciendo con sonrisa amarga ycomo si no hubiese oído la interrupción de su prometida—, no soy unnáufrago que corriendo un temporal deshecho viene a refugiarse en tupuerto para abrigarse dentro de él. Yo he navegado siempre con las velasdesplegadas en un mar de aceite, iluminado por el sol radiante, empujadopor la brisa y acompañado de las musas y las gracias. Estoy acostumbradoa vencer; he hallado en la vida todas las puertas abiertas y todos loscorazones también. Cuando me acerqué a ti y te ofrecí el mío no reparési estabas dorada o plateada: te vi buena, inocente, hermosa y me bastópara quererte y me sigue bastando.

—¿Tiene eso algo que ver con la ofensa que has inferido a mi hermano?

—Primero me la ha inferido él a mí. Estoy fatigado... estoy harto derecoger alusiones más o menos embozadas a tu fortuna presente y futura.Esto hiere mi amor propio y no estoy dispuesto a sacrificarlo por ningúnmatrimonio, ni contigo ni con nadie.

—¿Quieres decir que no me estimas lo bastante para sufrir por míninguna molestia?

—Esa clase de molestias no.

—Entonces tu amor es más ligero que esa niebla que cae sobre lascharcas y que barre un pequeño soplo de viento.

—Ligero o pesado, mi amor es como yo, y yo soy como la naturaleza me hahecho. El gozo de unirme a ti no es bastante poderoso para cambiar micondición...

—No necesitas hablar más... ¡Basta...! Leo en tu corazón bienclaramente que buscas un pretexto para romper nuestra unión. No teesfuerces tanto, porque si no estás satisfecho y no esperas ser feliz,yo te devuelvo tu palabra.

—En tu actitud altiva advierto que estás infiltrada de la misma idea deque están llenos al parecer tus parientes y tus amigos.

¿Me devuelves mipalabra? Pues yo la recojo. Mi dignidad se subleva ante esa idea.

Tristán profirió estas palabras exasperado como si realmente acabaran dedar a su dignidad un golpe de pronóstico reservado.

La joven se pusopálida y llevándose la mano al corazón se alzó del asiento para salir dela glorieta.

Tristán había sido su primero y su único amor. Cuando se conocieron ellatenía trece años y él veintiuno. La impresión que en su naturalezainfantil produjo aquel joven guapo, elegante y de cuya inteligencia todala familia se hacía lenguas no se borró jamás. Paró él muy poco laatención en ella, embriagado por sus triunfos en la cátedra y en lasociedad; la trató con la protección amable que concede un grande hombrea un niño. Pero don Germán hizo su segundo viaje a América, transcurriómás de un año sin verla y cuando al cabo se encontraron Clara se habíatransformado en mujer. Nuestro joven la miró entonces con más atención ybajando de su pedestal académico la trató con menos condescendencia. Sevieron a menudo, unas veces en casa de Escudero, otras en el Sotillo,adonde éste solía ir con su familia algunos días. En cada una de estasentrevistas el sabio ateneísta perdía un poco de su majestad. Esta ruinallegó a tal punto que hay quien asegura haberle visto pegandocalcografías en los cristales en compañía de aquella niña grande y, loque es más absurdo, ella dando a la cuerda sujeta a un árbol por el otrocabo y él con las mejillas inflamadas y los cabellos pegados a la frentesaltando y gritando «¡tocino! ¡tocino!» Realmente hay cosas que laimaginación no puede representarse. Preferimos creer que ésta es una detantas calumnias a las que han estado siempre expuestos los hombresserios y científicos. De todos modos cierto es, porque hay personas quelo certifican, entre ellas mademoiselle Amelie, el aya de Clara, que undía porque le ganó dos partidas de tennis ella le llamó antipático, ledijo que no le quería y se fue muy desabrida y que él entonces desahogósu pecho en el de la citada mademoiselle y lloró a hilo como un buey.Pero aun aquí la historia llega a nosotros tan envuelta y obscurecidapor la leyenda que es casi imposible discernir lo que hay en ella deverdad y de error. ¿La misma mademoiselle no pudo equivocarse? ¿Quiénsabe si Tristán sacó el pañuelo para sonarse y a ella se le antojó queera para secarse las lágrimas?

Reynoso vio con buenos ojos aquellos amores. Era hombre a quien eltalento y los libros inspiraban un respeto idolátrico. La familia deTristán apetecía unión tan ventajosa por todos conceptos. Todo marchóviento en popa, aunque durante más tiempo de lo que los novios hubierandeseado. Reynoso se opuso resueltamente a que su hermana se casase antesde tener diez y ocho años. Iba a cumplirlos y su dicha a colmarse.Porque realmente amaba profundamente a aquel hombre a pesar de su humorsombrío y fantástico, o tal vez por esto mismo. La armonía de loscontrarios no pudo jamás mostrarse de un modo más cabal que en aquellagentil pareja.

Clara iba a salir de la glorieta con el corazón mortalmente herido, puesen las muchas reyertas que habían tenido nunca habían llegado a palabrastan agrias, cuando entraba Elena en su busca. Al verla de aquella forma,descompuesta y pálida y observar la actitud airada de Tristán, hizo altosorprendida.

—¿Qué es eso, habéis reñido...? ¡Qué feo, qué feo en vísperas de boda!

Pero Clara en aquel momento se abrazó a ella y estalló en sollozos. Laestupefacción de su cuñada llegó a los últimos límites.

—¡Cómo! ¿Qué significa esto...? ¿Qué le ha hecho usted a mi hermana,caballero...? ¡Dígalo usted ahora mismo! ¡Ahora mismo o me pierdo y letiro a usted del bigote!

Esta feroz decisión que expresaba muy bien la nativa incompatibilidad desus preciosas manos con los bigotes masculinos abatió por completo elánimo ya muy alterado de Tristán.

—Hágame usted el favor de no poner esos ojos de besugo a medioasfixiar. ¿Lo oye usted? A mí no me gustan los besugos ni crudos niguisados... ¡Hable usted...! ¡Hable usted en seguida...!

—Acaso...—profirió el joven balbuciendo.

Elena llevó a su cuñada hasta la butaca de paja, la hizo sentarse enella y cubrió su rostro de besos. Después vino a plantarse delante deTristán que continuaba sentado.

—¿Acaso qué...? vamos a ver.

—Acaso haya dicho a Clara algunas palabras mortificantes...

—¿Y con qué derecho dice usted a Clara palabras mortificantes?

—Con ninguno.

—¡Ah, con ninguno! ¿Entonces conviene usted en que es un hombreatrevido, intratable, digno de que le vierta toda la cerveza de estabotella por el cuello abajo?

—Convengo.

—¿Confiesa usted, además, que es un novio fastidioso, antipático,pesado, insufrible?

—Lo confieso.

—¿Promete usted enmendarse y no decir en adelante a Clara más quepalabras suaves y cariñosas?

—Lo prometo.

—Está bien. Ahora pida usted perdón de su fechoría que no conozco niquiero conocer.

—Clarita—dijo Tristán mirando a su prometida que continuaba tapándoselos ojos con la mano—, perdóname lo que te he dicho. Te juro que teadoro, que te quiero con toda mi alma...