Novelas y Teatro by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Aquí dió fin a su razonamiento la lastimadaperegrina, y principio a un copioso llanto, que, en parte,fué consolado por las muchas y buenas razones que mi mujerle dijo. Finalmente, ésta se

fué abuscar donde llevar la niña, que era lamás hermosa que mis ojos hasta entonces habían visto,y es esta misma que vuesa merced acaba de ver ahora.

Fué la madre a su romería. Cuandovolvió, estaba ya la niña dada a criar por mi orden,con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas de aquí.En el bautismo se le puso por nombre Costanza; que así lodejó ordenado su madre, la cual, contenta de lo que yohabía hecho, al tiempo de despedirse me dió una cadena de oro, que hasta agora tengo, dela cual quitó seis trozos, los cuales dijo quetraería la persona que por la niña viniese.También cortó un blanco pergamino a vueltas y aondas, a la traza y manera como cuando se enclavijan las manos y enlos dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados losdedos se pueden leer, y después de apartadas las manos quedadividida la razón, porque se dividen las letras, que envolviendo a enclavijar los dedos, se juntan y corresponden demanera, que se pueden leer continuadamente: digo que el unpergamino sirve de alma del otro, y encajados se leerán, ydivididos no es posible, si no es adivinando la mitad delpergamino; y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todolo tengo, esperando el contraseño hasta ahora, puesto queella me dijo que dentro de dos años enviaría por suhija, encargándome que la criase, no como quien ella era,sino del modo que se suele criar una labradora; que la perdonase elno decirme su nombre, ni quién era; que lo guardaba paraotra ocasión más importante. En resolución,dándome cuatrocientos escudos de oro y abrazando a mi mujercon tiernas lágrimas, se partió, dejándonosadmirados de su discreción, valor, hermosura y recato.Costanza se crió en el aldea dos años y luego latruje conmigo, y siempre la he traído en hábito delabradora, como su madre me lo dejó mandado. Quinceaños, un mes y cuatro días ha que aguardo a quien hade venir por ella, y la mucha tardanza me ha consumido la esperanza de ver esta venida; y si en esteaño en que estamos no vienen, tengo determinado deprohijalla y darle toda mi hacienda, que vale más de seismil ducados, Dios sea bendito.

Resta ahora, señor Corregidor, decir a vuesa merced, sies posible que yo sepa decirlas, las bondades y las virtudes deCostancica. Ella, lo primero y principal, es devotísima deNuestra Señora; confiesa y comulga cada mes; sabe escribir yleer; no hay mayor randera en Toledo; canta a la almohadilla comounos ángeles; en ser honesta no hay quien la iguale. Pues enlo que toca a ser hermosa, ya vuesa merced lo ha visto.

Calló el huésped, y tardó un gran rato elCorregidor en hablarle; tan suspenso le tenía el suceso queel huésped le había contado. En fin, le dijo que letrujese allí la cadena y el pergamino; que queríaverlo. Fué el huésped por ello, ytrayéndoselo, vió que era así como lehabía dicho. Tuvo por discreta la señal delconocimiento y juzgó por muy rica a la señoraperegrina que tal cadena había dejado al huésped; yteniendo en pensamiento de sacar de aquella posada la hermosamuchacha cuando hubiese concertado un monasterio donde llevarla,por entonces se contentó de llevar sólo el pergamino,encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, leavisase y diese noticia de quién era el que por ellavenía, antes que le mostrase la cadena, que dejaba en supoder. Con esto, se fué, tan admirado del cuento y suceso de la ilustre fregona como desu incomparable hermosura.

Todo el tiempo que gastó el huésped en estar conel Corregidor y el que ocupó Costanza cuando la llamaron,estuvo Tomás fuera de si, combatida el alma de mil variospensamientos, sin acertar jamás con ninguno de su gusto;pero cuando vio que el Corregidor se iba y que Costanza se quedaba,respiró su espíritu y volviéronle los pulsos,que ya casi desamparado le tenían. No osó preguntaral huésped lo que el Corregidor quería, ni elhuésped lo dijo a nadie sino a su mujer; con que ellatambién volvió en si, dando gracias a Dios que de tangrande sobresaltó la había librado.

El día siguiente, cerca de la una, entraron en la posadacon cuatro hombres de a caballo dos caballeros ancianos devenerables presencias, habiendo primero preguntado uno de dos mozosque a pie con ellos venían si era aquella la posada delSevillano; y habiéndole respondido que sí, seentraron todos en ella. Apeáronse los cuatro y fueron aapear a los dos ancianos, señal por do se conoció queaquellos dos eran señores de los seis. Salió Costanzacon su acostumbrada gentileza a ver los nuevos huéspedes, yapenas la hubo visto uno de los dos ancianos cuando dijo alotro:

--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquelloque venimos a buscar.

Tomás, que acudió a dar recado a las cabalgaduras,conoció luego a dos criados desu padre, y luego conoció a su padre y al padre de Calmazo,que eran los dos ancianos a quien los demás respectaban; yaunque se admiró de su venida, consideró quedebían de ir a buscar a él y a Carriazo a lasalmadrabas: que no habría faltado quien les hubiese dichoque en ellas, y no en Flandes, los hallarían; pero no seatrevió a dejarse conocer en aquel traje: antes,aventurándolo todo, puesta la mano en el rostro, pasópor delante dellos y fué a buscar a Costanza, y quiso labuena suerte que la hallase sola; y apriesa y con lengua turbada,temeroso que ella no le daría lugar para decirle nada, ledijo:

--Costanza, uno de estos dos caballeros ancianos que aquíhan llegado ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar donJuan de Avendaño: infórmate de sus criados si tieneun hijo que se llama don Tomás de Avendaño, que soyyo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando quete he dicho verdad en cuanto a la calidad de mi persona, y que tela diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido. Yquédate adiós; que hasta que ellos se vayan no piensovolver a esta casa.

No le respondió nada Costanza ni él aguardóa que le respondiese, sino volviéndose a salir, cubiertocomo había entrado, se fué a dar cuenta a Carriazo decómo sus padres estaban en la posada. Dió voces elhuésped a Tomás, que viniese a dar cebada; pero comono pareció, dióla él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte a una delas dos mozas gallegas, y preguntóle cómo se llamabaaquella muchacha hermosa que habían visto, y que si era hijao parienta del huésped, o huéspeda de casa. LaGallega le respondió:

--La moza se llama Costanza; ni es parienta del huéspedni de la huéspeda, ni sé lo que es.

El caballero, sin esperar a que le quitasen las espuelas,llamó al huésped, y retirándose con élaparte en una sala, le dijo:

--Yo, señor huésped, vengo a quitaros una prendamía que ha algunos años que tenéis en vuestropoder; para quitárosla os traigo mil escudos de oro, y estostrozos de cadena, y este pergamino.

Y diciendo esto, sacó los seis de la señal de lacadena que él tenía. Asimismo conoció elpergamino, y alegre sobremanera con el ofrecimiento de los milescudos, respondió:

--Señor, la prenda que queréis quitar estáen casa; pero no está en día la cadena ni elpergamino con que se ha de hacer la prueba de la verdad que yo creoque vuesa merced trata; y así, le suplico tenga paciencia;que yo vuelvo luego.

Y al momento fué a avisar al Corregidor de lo que pasaba,y de como estaban dos caballeros en su posada, que veníanpor Costanza.

Acababa de comer el Corregidor, y con el deseo que teníade ver el fin de aquella historia, subió luego a caballo yvino a la posada del Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra. Y

apenas hubo vistoa los dos caballeros, cuando, abiertos los brazos, fué aabrazar al uno, diciendo:

--¡Válame Dios! ¿Qué buena venida esésta, señor don Juan de Avendaño, primo yseñor mío?

El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:

---Sin duda, señor primo, habrá sido buena mivenida, pues os veo, y con la salud que siempre os deseo. Abrazad,primo, a este caballero, que es el señor don Diego deCarriazo, gran señor y amigo mío.

--Ya conozco al señor don Diego --respondió elCorregidor--, y le soy muy servidor.

Y abrazándose los dos, después de haberse recebidocon grande amor y grandes cortesías, se entraron en unasala, donde se quedaron solos con el huésped, el cual yatenía consigo la cadena, y dijo:

--Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa mercedviene, señor don Diego de Carriazo: vuesa merced saque lostrozos que faltan a esta cadena, y el señor Corregidorsacará el pergamino, que está en su poder, y hagamosla prueba que ha tantos años que espero a que se haga.

--Desa manera --respondió don Diego--, no habránecesidad de dar cuenta de nuevo al señor Corregidor denuestra venida, pues bien se verá que ha sido a lo que vos,señor huésped, habréis dicho.

--Algo me ha dicho; pero mucho me quedó por saber. Elpergamino, hele aquí. Sacó don Diego el otro, y juntando las dos partesse hicieron una, y a las letras del que tenía elhuésped, que eran E T

E L S Ñ V D D R,respondían en el otro pergamino éstas: S A S A E ALER A E A, que todas juntas decían: ÉSTA ES LASEÑAL VERDADERA. Cotejáronse luego los trozos de lacadena, y hallaron ser las señas verdaderas.

--¡Esto está hecho! --dijo el Corregidor--. Restaahora saber, si es posible, quién son los padres destahermosísima prenda.

--El padre --respondió don Diego-- yo lo soy; la madre yano vive: basta saber que fué tan principal que pudiera yoser su criado.

A estas razones llegaba don Diego cuando oyeron que en la puertade la calle decían a grandes voces:

--Díganle a Tomás Pedro, el mozo de la cebada,cómo llevan a su amigo el Asturiano preso; que acuda a lacárcel, que allí le espera.

A la voz de cárcel y de preso, dijo elCorregidor que entrase el preso y el alguacil que le llevaba.Dijeron al alguacil que el Corregidor, que estaba allí, lemandaba entrar con el preso, y así lo hubo de hacer.

Venía el Asturiano todos los dientes bañados ensangre, y muy mal parado, y muy bien asido del alguacil, yasí como entró en la sala, conoció a su padrey al de Avendaño. Turbóse, y por no ser conocido, conun paño, como que se limpiaba la sangre, se cubrió el rostro. Preguntó elCorregidor que qué había hecho aquel mozo, que tanmal parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozoera un aguador que le llamaban el Asturiano, a quien los muchachospor las calles decían: "¡Daca la cola, Asturiano; dacala cola!", y luego en breves palabras contó la causa porquele pedían la tal cola, de que no riyeron poco todos. Dijomás, que saliendo por la puente de Alcántara,dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, sehabía apeado del asno, y dando tras todos, alcanzó auno, a quien dejaba medio muerto a palos; y que queriéndoleprender se había resistido, y que por eso iba tan malparado.

index-49_1.png

"¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!"...

Mandó el Corregidor que se descubriese el rostro, yporfiando a no querer descubrirse, llegó el alguacil yquitóle el pañuelo, y al punto le conoció supadre, y dijo todo alterado:

--Hijo don Diego, ¿cómo estás desta manera?¿Qué traje es éste? ¿Aún no sete han olvidado tus picardías?

Hincó las rodillas Carriazo, y fuese a poner a los piesde su padre, que, con lágrimas en los ojos, le tuvo abrazadoun buen espacio. Don Juan de Avendaño, como sabía quedon Diego había venido con don Tomás su hijo,preguntóle por él; a lo cual respondió que donTomás de Avendaño era el mozo que daba cebada y pajaen aquella posada. Con esto que elAsturiano dijo se acabó de apoderar la admiración entodos los presentes, y mandó el Corregidor al huéspedque trujese allí al mozo de la cebada.

--Yo creo que no está en casa--respondió elhuésped--; pero yo le buscaré.

Y así, fué a buscalle.

Preguntó don Diego a Carriazo que quétransformaciones eran aquéllas, y qué leshabía movido a ser él aguador y don Tomás mozode mesón. A lo cual respondió Carriazo que nopodía satisfacer a aquellas preguntas tan en público;que él respondería a solas.

Estaba Tomás Pedro escondido en su aposento, para verdesde allí, sin ser visto, lo que hacían su padre yel de Carriazo. Teníale suspenso la venida del Corregidor yel alboroto que en toda la casa andaba. No faltó quien ledijese al huésped como estaba allí escondido;subió por él, y más por fuerza que por grado,le hizo bajar; y aun no bajara si el mismo Corregidor no saliera alpatio y le llamara por su nombre, diciendo:

--Baje vuesa merced, señor pariente; que aquí nole aguardan osos ni leones.

Bajó Tomás, y con los ojos bajos y sumisióngrande se hincó de rodillas ante su padre, el cual leabrazó con grandísimo contento, a fuer del que tuvoel padre del Hijo Pródigo cuando le cobró deperdido.

Ya, en esto, había venido un coche del Corregidor, paravolver en él, pues la gran fiesta no permitíavolver a caballo. Hizo llamar aCostanza, y tomándola de la mano, se la presentó a supadre, diciendo:

--Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimalda porla más rica que acertáredes a desear. Y

vos, hermosadoncella, besad la mano a vuestro padre, y dad gracias a Dios, quecon tan honrado suceso ha enmendado, subido y mejorado la bajeza devuestro estado.

Costanza, que no sabía ni imaginaba lo que lehabía acontecido, toda turbada y temblando, no supo hacerotra cosa que hincarse de rodillas ante su padre, ytomándole las manos se las comenzó a besartiernamente, bañándoselas con infinitaslágrimas que por sus hermosísimos ojos derramaba.

En tanto que esto pasaba, había persuadido el Corregidora su primo don Juan que se viniesen todos con él a su casa;y aunque don Juan lo rehusaba, fueron tantas las persuasiones delCorregidor, que lo hubo de conceder; y así, entraron en elcoche todos. Pero cuando dijo el Corregidor a Costanza que entrasetambién en el coche, se le anubló el corazón,y ella y la huéspeda se asieron una a otra, y comenzaron ahacer tan amargo llanto que quebraba los corazones de cuantos leescuchaban.

El Corregidor, enternecido, mandó que asimismo lahuéspeda entrase en el coche, y que no se apartase de suhija, pues por tal la tenía, hasta que saliese de Toledo.Así, la huéspeda y todos entraron en el coche, y fueron a casa del Corregidor, dondefueron bien recebidos de su mujer, que era una principalseñora. Comieron regalada y sumptuosamente, y despuésde comer contó Carriazo a su padre cómo por amores deCostanza don Tomás se había puesto a servir en elmesón, y que estaba enamorado de tal manera della, que sinque le hubiera descubierto ser tan principal como era siendo suhija, la tomara por mujer en el estado de fregona. Vistióluego la mujer del Corregidor a Costanza con unos vestidos de unahija que tenía de la misma edad y cuerpo de Costanza, y siparecía hermosa con los de labradora, con los cortesanosparecía cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba aentender que desde que nació había sido señoray usado los mejores trajes que el uso trae consigo.

Entre el Corregidor y don Diego de Carriazo y don Juan deAvendaño se concertaron en que don Tomás se casasecon Costanza, dándole su padre los treinta mil escudos quesu madre le había dejado, y el aguador don Diego de Carriazocasase con la hija del Corregidor.

Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos, yla nueva de los casamientos y de la ventura de la fregonailustre se extendió por la ciudad, y acudíainfinita gente a ver a Costanza en el nuevo hábito, en elcual tan señora se mostraba como se ha dicho.

Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron a Burgos don Diego de Carriazo y sumujer, su padre y Costanza, con su marido don Tomás.Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchasjoyas que Costanza dio a su señora: que siempre con estenombre llamaba a la que la había criado. Dio ocasiónla historia de la fregona ilustre a que los poetas deldorado Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en alabar la sinpar hermosura de Costanza, la cual aún vive encompañía de su buen mozo de mesón, y Carriazoni más ni menos, con tres hijos, que sin tomar el estillodel padre ni acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoyestán todos estudiando en Salamanca; y su padre, apenas veealgún asno de aguador, cuando se le representa y viene a lamemoria el que tuvo en Toledo, y teme que cuando menos se cate hade remanecer en alguna sátira el "¡Daca la cola,Asturiano! ¡Asturiano, daca la cola!"

index-52_1.png

HISTORIA DE LOS TRABAJOS DEPERSILES Y

SIGISMUNDA

LIBRO I

CAPITULO XXII

Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas queacostumbraba a hacer en su reino el rey Policarpo.

--"Una de las islas que están junto a la de Hibernia medio el cielo por patria: es tan grande, que toma nombre de reino,el cual no se hereda, ni viene por sucesión de padre a hijo;sus moradores le eligen a su beneplácito, procurando siempreque sea el más virtuoso y mejor hombre que en él sehallara; y sin intervenir de por medio ruegos o negociaciones, ysin que los soliciten promesas ni dádivas, de comúnconsentimiento de todos sale el rey y toma el cetro absoluto delmando, el cual le dura mientras le dura la vida o mientras no seempeora en ella. Y con esto, los que no son reyes procuran servirtuosos para serlo, y los que lo son, pugnan serlo máspara no dejar de ser reyes; con esto se cortan las alas a la ambición, se atierra la codicia, yaunque la hipocresía suele andar lista, a largo andar se lecae la máscara y queda sin el alcanzado premio; con esto lospueblos viven quietos, campea la justicia y resplandece lamisericordia, despáchanse con brevedad los memoriales de lospobres, y los que dan los ricos, no por serlo son mejordespachados; no agobian la vara de la justicia las dádivasni la carne y sangre de los parentescos: todas las negociacionesguardan sus puntos y andan en sus quicios; finalmente, reino esdonde se vive sin temor de los insolentes y donde cada uno goza loque es suyo.

"Esta costumbre, a mi parecer justa y santa, puso el cetro delreino en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso,así en las armas como en las letras, el cual teníacuando vino a ser rey dos hijas de extremada belleza, la mayorllamada Policarpa y la menor Sinforosa; no tenían madre, queno les hizo falta cuando murió sino en lacompañía: que sus virtudes y agradables costumbreseran ayas de sí mismas, dando maravilloso ejemplo a todo elreino. Con estas buenas partes, así ellas como el padre sehacían amables, se estimaban de todos. Los reyes, porparecerles que la malencolía en los vasallos suele despertarmalos pensamientos, procuran tener alegre el pueblo y entretenidocon fiestas públicas y a veces con ordinarias comedias;principalmente solenizaban el día que fueron asumptos alreino con hacer que se renovasen los juegos que los gentiles llamaban Olímpicos, en el mejor modoque podían. Señalaban premio a los corredores,honraban a los diestros, coronaban a los tiradores y subíanal cielo de la alabanza a los que derribaban a otros en la tierra.Hacíase este espectáculo junto a la marina, en unaespaciosa playa, a quien quitaban él sol infinita cantidadde ramos entretejidos que la dejaban a la sombra; ponían enla mitad un suntuoso teatro, en el cual, sentado el rey y la realfamilia, miraban los apacibles juegos. Llegóse un díadéstos, y Policarpo procuró aventajarse enmagnificencia y grandeza en solenizarle sobre todos cuantos hastaallí se habían hecho; y cuando ya el teatro estabaocupado con su persona y con los mejores del reino, y cuando ya losinstrumentos bélicos y los apacibles querían darseñal que las fiestas se comenzasen, y cuando ya cuatrocorredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían lospies izquierdos delante y los derechos alzados, que no lesimpedía otra cosa el soltarse a la carrera sino soltar unacuerda que les servía de raya y de señal, que ensoltándola habían de volar a un términoseñalado, donde habían de dar fin a su carrera, digoque en este tiempo vieron venir por la mar un barco que leblanqueaban los costados el ser recién despalmado, y lefacilitaban el romper del agua seis remos que de cada bandatraía, impelidos de doce, al parecer, gallardos mancebos, dedilatadas espaldas y pechos y de nervudos brazos; veníanvestidos de blanco todos, sino el queguiaba el timón, que venía de encarnado, comomarinero. Llegó con furia el barco a la orilla, y elencallar en ella y el saltar todos los que en élvenían en tierra fué una misma cosa. MandóPolicarpo que no saliesen a la carrera hasta saber qué genteera aquélla y a lo que venía, puesto queimaginó que debían de venir a hallarse en las fiestasy a probar su gallardía en los juegos. El primero que seadelantó a hablar al rey fué el que servía detimonero, mancebo de poca edad, cuyas mejillas, desembarazadas ylimpias, mostraban ser de nieve y de grana; los cabellos, anillosde oro; y cada una parte de las del rostro tan perfecta, y todasjuntas tan hermosas, que formaban un compuesto admirable. Luego lahermosa presencia del mozo arrebató la vista y aun loscorazones de cuantos le miraron, y yo desde luego le quedéaficionadísimo. Lo que dijo al rey:

"--Señor, estos mis compañeros y yo, habiendotenido noticia destos juegos, venimos a servirte y hallarnos enellos, y no de lejas tierras, sino desde una nave que dejamos en laisla Scinta, que no está lejos de aquí; y como elviento no hizo a nuestro propósito para encaminaraquí la nave, nos aprovechamos de esta barca y de los remosy de la fuerza de nuestros brazos. Todos somos nobles y deseosos deganar honra, y por la que debes hacer, como rey que eres, a losextranjeros que a tu presencia llegan, te suplicamos nos concedaslicencia para mostrar o nuestrasfuerzas o nuestros ingenios, en honra y provecho nuestro y gustotuyo.

"--Por cierto--respondió Policarpo--, agraciado joven,que vos pedís lo que queréis con tanta gracia ycortesía, que sería cosa injusta el negároslo.Honrad mis fiestas en lo que quisiéredes; dejadme amí el cargo de premiároslo: que, según vuestragallarda presencia muestra, poca esperanza dejáis a ningunode alcanzar los primeros premios.

"Dobló la rodilla el hermoso mancebo y se inclinóla cabeza en señal de crianza y agradecimiento, y en dosbrincos se puso ante la cuerda que detenía a los cuatroligeros corredores; sus doce compañeros se pusieron a unlado, a ser espectadores de la carrera. Sonó una trompeta,soltaron la cuerda, y arrojáronse al vuelo los cinco; peroaún no habrían dado veinte pasos, cuando, conmás de seis se les aventajó el recién venido,y a los treinta, ya los llevaba de ventaja más de quince;finalmente, se los dejó a poco más de la mitad delcamino, como si fueran estatuas inmovibles, con admiraciónde todos los circunstantes, especialmente de Sinforosa, que leseguía con la vista, así corriendo como estandoquedo, porque la belleza y agilidad del mozo era bastante parallevar tras sí las voluntades, no sólo de los ojos decuantos le miraban. Comenzó luego la invidia a apoderarse delos pechos de los que se habían de probar en los juegos,viendo con cuánta facilidad se había llevado elextranjero el precio de la carrera. Fué el segundo certamen el de la esgrima:tomó el ganancioso la espada negra, con la cual, a seis quele salieron, cada uno de por sí, les cerró las bocas,mosqueó las narices, les selló los ojos y lessantiguó las cabezas, sin que a él le tocasen, comodecirse suele, un pelo de la ropa. Alzó la voz el pueblo, yde común consentimiento le dieron el premio primero. Luegose acomodaron otros seis a la lucha, donde con mayorgallardía dio de sí muestra el mozo: descubriósus dilatadas espaldas, sus anchos y fortísimos pechos, ylos nervios y músculos de sus fuertes brazos, con loscuales, y con destreza y maña increíble, hizo que lasespaldas de los seis luchadores, a despecho y pesar suyo, quedasenimpresas en la tierra. Asió luego de una pesada barra queestaba hincada en el suelo, porque le dijeron que era el tirarla elcuarto certamen; sompesóla, y haciendo de señas a lagente que estaba delante para que le diesen lugar donde el tirocupiese, tomando la barra por la una punta, sin volver el brazoatrás, la impelió con tanta fuerza, que, pasando loslímites de la marina, fué menester que el mar se losdiese, en el cual bien adentro quedó sepultada la barra.Esta monstruosidad, notada de sus contrarios, les desmayólos bríos, y no osaron probarse en la contienda.Pusiéronle luego la ballesta en las manos y algunas flechas,y mostráronle un árbol muy alto y muy liso, al cabodel cual estaba hincada una media lanza, y en ella, de un hilo,estaba asida una paloma, a la cualhabían de tirar no más de un tiro los que en aquelcertamen quisiesen probarse.

"Uno, que presumía de certero, se adelantó ytomó la mano, creo yo, pensando derribar la paloma antes queotro; tiró, y clavó su flecha casi en el fin de lalanza, del cual golpe, azorada la paloma, se levantó en elaire; y luego, otro no menos presumido que el primero, tirócon tan gentil certería, que rompió el hilo dondeestaba asida la paloma, que suelta y libre del lazo que ladetenía, entregó su libertad al viento y batiólas alas con priesa. Pero el ya acostumbrado a ganar los primerospremios disparó su flecha; y, como si mandara lo quehabía de hacer, y ella tuviera entendimiento paraobedecerle, así lo hizo, pues, dividiendo el aire con unrasgado y tendido silbo, llegó a la paloma y le pasóel corazón de parte a parte, quitándole a un mismopunto el vuelo y la vida. Renováronse con esto las voces delos presentes y las alabanzas del extranjero; el cual en lacarrera, en la esgrima, en la lucha, en la barra y en el tirar dela ballesta, y entre otras muchas pruebas que no cuento, congrandísimas ventajas se llevó los primeros premios,quitando el trabajo a sus compañeros de probarse en ellas.Cuando se acabaron los juegos, sería el crepúsculo dela noche; y cuando el rey Policarpo quería levantarse de suasiento, con los jueces que con él estaban, para premiar alvencedor mancebo, vió que, puesto de rodillas anteél, le dijo:

"--Nuestra nave quedó sola y desamparada; la noche cierraalgo escura; los premios que puedo esperar, que por ser de tu manose deben estimar en lo posible, quiero, ¡oh granseñor!, que los dilates hasta otro tiempo, que conmás espacio y comodidad pienso volver a servirte.

"Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo quese llamaba Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa unaguirnalda de flores con que adornaba su hermosísima cabeza,y la puso sobre la del gallardo mancebo, y, con honesta gracia, ledijo al ponérsela:

"--Cuando mi padre sea tan venturoso de que volváis averle, veréis cómo no vendréis a servirle sinoa ser servido."

LIBRO II

CAPITULO X

Cuenta Periandro el suceso de su viaje.

--"El principio y preámbulo de mi historia, ya quequeréis, señores, que os la cuente, quiero que seaéste: que nos contempléis a mi hermana y a mí,con una anciana ama suya, embarcados en una nave cuyo dueño,en el lugar de parecer mercader, era un gran corsario. Las riberasde una isla barríamos; quiero decir que íbamos tan cerca de ella quedistintamente conocíamos, no solamente los árboles,pero sus diferencias. Mi hermana, cansada de haber andado algunosdías por el mar, deseó salir a recrearse a la tierra;pidióselo al capitán, y como sus ruegos tienensiempre fuerza de mandamiento, consintió el capitánen el de su ruego, y en la pequeña barca de la nave, consolo un marinero, nos echó en tierra a mí y a mihermana y a Cloelia, que éste era el nombre de su ama.

Altomar tierra vio él marinero que un pequeñorío, por una pequeña boca, entraba a dar al mar sutributo; hacíanle sombra por una y otra ribera gran cantidadde verdes y hojosos árboles, a quien servían decristalinos espejos sus transparentes aguas. Rogámosle seentrase por el río, pues la amenidad del sitio nosconvidaba. Hízolo así, y comenzó a subir porel río arriba, y habiendo perdido de vista la nave, soltandolos remos, se detuvo y dijo: "Mirad, señores, del modo quehabéis de hacer este viaje, y haced cuenta que estapequeña barca que ahora os lleva es vuestro navío,porque no habéis de volver más al que en la mar osqueda aguardando, si ya esta señora no quiere perder lahonra y vos que decís que sois su hermano, la vida."Díjome, en fin, que el capitán del navíoquería darme a mí la muerte, y queatendiésemos a nuestro remedio, que él nosseguiría y acompañaría en todo lugar y en todoacontecimiento. Si nos turbamos con esta nueva júzguelo elque estuviere acostumbrado a recebirlas malas de los bienes que espera.

Agradecíle elaviso y ofrecíle la recompensa cuando nos viésemos enmás felice estado. "Aun bien--dijo Cloelia--, que traigoconmigo las joyas de mi señora." Y aconsejándonos loscuatro de lo que hacer debíamos, fué parecer delmarinero que nos entrásemos el río adentro;quizá descubriríamos algún lugar que nosdefendiese, si acaso los de la nave viniesen a buscarnos.

"Mas novendrán--dijo--, porque no hay gente en todas estas islasque no piense ser cosarios todos cuantos surcan estas riberas, y enviendo la nave o naves luego toman las armas para defenderse, y sino es con asaltos nocturnos y secretos, nunca salen medrados loscosarios." Parecióme bien su consejo; tomé yo el unremo y ayúdele a llevar el trabajo. Subimos por elrío arriba, y habiendo andado como dos millas, llegóa nuestros oídos el son de muchos y varios instrumentosformado, y luego se nos ofreció a la vista una selva deárboles movibles que de la una ribera a la otra ligeramentecruzaban; llegamos más cerca, y conocimos ser barcasenramadas lo que parecían árboles, y que el son leformaban los instrumentos que tañían los que en ellasiban. Apenas nos hubieron descubierto, cuando se vinieron anosotros y rodearon nuestro barco por todas partes.Levantóse en pie mi hermana, y, echándose sushermosos cabellos a las espaldas, tomados por la frente con unacinta leonada o listón que le dio su ama, hizo de sícasi divina e improvisa muestra; que,comodespués supe, por tal la tuvieron todos los que en lasbarcas venían, los cuales, a voces, como dijo el marinero,que las entendía, decían: "¿Qué esesto? ¿Qué deidad es ésta que viene avisitarnos y a dar el parabién al pescador Carino y a la sinpar Selviana de sus felicísimas bodas?" Luego dieron cabo anuestra barca y nos llevaron a desembarcar no lejos del lugar dondenos habían encontrado.

index-57_1.png

¿Qué deidad es ésta que viene avisitarnos?

"Apenas pusimos los pies en la ribera, cuando unescuadrón de pescadores, que así lo mostraban ser ensu traje, nos rodearon, y uno por uno, llenos de admiracióny reverencia, llegaron a besar las orillas del vestido deAuristela, mi hermana, la cual, a pesar del temor que lacongojaba de las nuevas que la habían dado, se mostróa aquel punto tan hermosa, que yo disculpo el error de aquellos quela tuvieron por divina. Poco desviados de la ribera, vimos untálamo en gruesos troncos de sabina sustentado, cubierto deverde juncia, y oloroso con diversas flores, que servían dealcatifas al suelo; vimos ansimismo levantarse de unos asientos dosmujeres y dos hombres, ellas mozas y ellos gallardos mancebos; launa, hermosa sobremanera, y la otra, fea sobremanera; el uno,gallardo y gentil hombre, y el otro, no tanto; y todos cuatro sepusieron de rodillas ante Auristela, y el más gentil hombredijo: "¡Oh, tú, quienquiera que seas, que no puedesser sino cosa del cielo! Mi hermano y yo, con el extremo a nuestras fuerzas posible, te agradecemosesta merced que nos haces honrando nuestras pobres y ya de hoymás ricas bodas. Ven, señora, y si, en lugar de lospalacios de cristal que en el profundo mar dejas, como una de sushabitadoras, hallares en nuestros ranchos las paredes de conchas ylos tejados de mimbres, o, por mejor decir, las paredes de mimbresy los tejados de conchas, hallarás, por lo menos, los deseosde oro y las voluntades de perlas para servirte. Y hago estacomparación, que parece impropia, porque no hallo cosa mejorque el oro ni más hermosa que las perlas." Inclinósea abrazarle Auristela, confirmando con su gravedad, cortesíay hermosura la opinión que della tenían. El pescadormenos gallardo se apartó a dar orden a la demás turbaa que levantasen las voces en alabanzas de la recién venidaextranjera y que tocasen todos los instrumentos en señal delregocijo. Las dos pescadoras, fea y hermosa, con sumisiónhumilde, besaron las manos a Auristela, y ella las abrazócortés y amigablemente. El marinero, contentísimo delsuceso, dió cuenta a los pescadores del navío que enel mar quedaba, diciéndoles que era de cosarios, de quien setemía que habían de venir por aquella doncella, queera una principal señora, hija de reyes; que para mover loscorazones a su defensa le pareció ser necesario levantareste testimonio a mi hermana. Apenas entendieron esto, cuandodejaron los instrumentos regocijados y acudieron a losbélicos, que tocaron"¡Arma, arma!" por entrambas riberas.

"Llegó en esto la noche; recogímonos al mismorancho de los desposados, pusiéronse centinelas hasta lamisma boca del río, cebáronse las nasas,tendiéronse las redes y acomodáronse los anzuelos,todo con intención de regalar y servir a sus nuevoshuéspedes; y, por más honrarlos, los dosrecién desposados no quisieron aquella noche pasarla con susesposas, sino dejar los ranchos solos a ellas, y a Auristela y aCloelia, y que ellos, con sus amigos, conmigo y con el marinero, seles hiciese guarda y centinela; y aunque sobraba la claridad delcielo por la que ofrecía la de la creciente luna, y en latierra ardían las hogueras que el nuevo regocijohabía encendido, quisieron los desposados quecenásemos en el campo los varones y dentro del rancho lasmujeres. Hízose así, y fué la cena tanabundante, que pareció que la tierra se quiso aventajar almar, y el mar a la tierra, en ofrecer la una sus carnes y la otrasus pescados.

"Pasóse la noche; vino el día, cuya alboradafué regocijadísima, porque con nuevos y verdes ramosparecieron adornadas las barcas de los pescadores; sonaron losinstrumentos con nuevos y alegres sones; alzaron las voces todos,con que se aumentó la alegría; salieron losdesposados para irse a poner en el tálamo dondehabían estado el día de antes; vistiéronseSelviana y Leoncia de nuevas ropas deboda.

"Celebróse la fiesta, y luego salieron de entre lasbarcas del río cuatro despalmadas, vistosas por las diversascolores con que venían pintadas, y los remos, que eran seisde cada banda, ni más ni menos; las banderetas, quevenían muchas por los filaretes, ansimismo eran de varioscolores; los doce remeros de cada una venían vestidos deblanquísimo y delgado lienzo, de aquel mismo modo que yovine cuando entré la vez primera en esta isla. Luegoconocí que querían las barcas correr el palio, que semostraba puesto en el árbol de otra barca, desviada de lascuatro como tres carreras de caballo; era el palio detafetán verde, listado de oro, vistoso y grande, puesalcanzaba a besar y aun a pasearse por las aguas. El rumor de lagente y el son de los instrumentos era tan grande, que no se dejabaentender lo que mandaba el capitán del mar, que en otrapintada barca venía. Apartáronse las enramadas barcasa una y otra parte del río, dejando un espacio llano enmedio, por donde las cuatro competidoras barcas volasen, sinestorbar la vista a la infinita gente que desde el tálamo ydesde ambas riberas estaba atenta a mirarlas; y estando ya losbogadores asidos de las manillas de los remos, descubiertos losbrazos, donde se parecían los gruesos nervios, las anchasvenas y los torcidos músculos, atendían laseñal de la partida, impacientes por la tardanza, y fogosos, bien ansí como lo suele estarel generoso can de Irlanda, cuando su dueño no le quieresoltar de la trailla a hacer la presa que a la vista se lemuestra.

"Llegó, en fin, la señal esperada, y a un mismotiempo arrancaron todas cuatro barcas, que no por el agua, sino porel viento parecía que volaban. La que traía porinsignia a la Buena Fortuna, cuando estaba desmayada y casi paradejar la empresa, apretó, como decirse suele, lospuños, y, deslizándose por un lado, pasódelante de todas. Cambiáronse los gritos de los que miraban,cuyas voces sirvieron de aliento a sus bogadores, que, embebidos enel gusto de verse mejorados, les parecía que, si los quequedaban atrás entonces les llevaran la misma ventaja, nodudaran de alcanzarlos ni de ganar el premio, como lo ganaron,más por ventura que por ligereza. En fin: la Buena Fortunafué la que la tuvo buena entonces.

CAPITULO XII

--"La fiesta de mis pescadores, tan regocijada como pobre,excedió a las de los triunfos romanos: que tal vez en lallaneza y en la humildad suelen esconderse los regocijos másaventajados. Pero como las venturas humanas estén por lamayor parte pendientes de hilos delgados, y los de la mudanzafácilmente se quiebran y desbaratan, como se quebraron lasde mis pescadores, y se retorcieron yfortificaron mis desgracias, aquella noche la pasamos todos en unaisla pequeña que en la mitad del río se hacía,convidados del verde sitio y apacible lugar. Holgábanse losdesposados, y ordenaron que en aquella isla del río serenovasen las fiestas y se continuasen por tres días. Lasazón del tiempo, que era la del verano, la comodidad delsitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, lafruta de los árboles, el olor de las flores, cada cosadéstas de por sí, y todas juntas, convidaban a tenerpor acertado el parecer de que allí estuviésemos eltiempo que las fiestas durasen.

"Pero apenas nos habíamos reducido a la isla, cuando, deentre un pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hastacincuenta salteadores armados a la ligera, bien como aquellos quequieren robar y huír, todo a un mismo punto; y como losdescuidados acometidos suelen ser vencidos con su mismo descuido,casi sin ponernos en defensa, turbados con el sobresalto, antes nospusimos a mirar que acometer a los ladrones, los cuales, comohambrientos lobos, arremetieron al rebaño de las simplesovejas, y se llevaron, si no en la boca, en los brazos, a mihermana Auristela, a Cloelia, su ama, y a Selviana y a Leoncia,como si solamente vinieran a ofendellas, porque se dejaron muchasotras mujeres a quien la naturaleza había dotado de singularhermosura. Yo, a quien el extraño caso máscolérico que suspenso me puso,me arrojé tras los salteadores, los seguí con losojos y con las voces, afrentándolos, como si ellos fuerancapaces de sentir afrentas, solamente para irritarlos a que misinjurias les moviesen a volver a tomar venganza de ellas: peroellos, atentos a salir con su intento, o no oyeron, o no quisieronvengarse, y así se desaparecieron; y luego los desposados yyo, con algunos de los principales pescadores, nos juntamos, comosuele decirse, a consejo, sobre qué haríamos paraenmendar nuestro yerro y cobrar nuestras prendas.

Uno dijo: "No esposible sino que alguna nave de salteadores está en la mar,y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en tierra,quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas.

Siesto es ansí, como sin duda lo imagino, el mejor remedio esque salgan algunos barcos de los nuestros, y les ofrezcan todo elrescate que por la presa quisieren, sin detenerse en él,tanto más cuanto que las prendas de esposas, hasta lasmismas vidas de sus mismos esposos merecen en rescate." "Yoseré--dije entonces--el que haré esa diligencia: que,para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como si fuera lavida de todos los del mundo." Lo mismo dijeron Carino y Solercio,ellos llorando en público, y yo muriendo en secreto.

"Cuando tomamos esta resolución, comenzaba anochecer;pero, con todo eso, nos entramos en un barco los desposados y yo,con seis remeros; pero, cuando salimos al mar descubierto,había acabado de cerrar lanoche, por cuya escuridad no vimos bajel alguno. Determinamos deesperar el venidero día, por ver si con la claridaddescubríamos algún navío, y quiso la suerteque descubriésemos dos, el uno que salía del abrigode la tierra, y el otro que venía a tomarla; conocíque el que dejaba la tierra era el mismo de quien habíamossalido a la isla, así en las banderas como en las velas, quevenían cruzadas con una cruz roja; los que venían defuera las traían verdes, y los unos y los otros erancosarios. Pues como yo imaginé que el navío quesalía de la isla era el de los salteadores de la presa, hiceponer en una lanza una bandera blanca de seguro; vine arrimando alcostado del navío, para tratar del rescate, llevando cuidadode que no me prendiese. Asomóse el capitán al borde,y cuando quise alzar la voz para hablarle, puedo decir que me laturbó y suspendió y cortó en la mitad delcamino un espantoso trueno que formó el disparar de un tirode artillería de la nave de fuera, en señal de quedesafiaba a la batalla al navío de tierra. Al mismo punto lefué respondido con otro no menos poderoso, y, en uninstante, se comenzaron a cañonear las dos naves, como sifueran de dos conocidos y irritados enemigos.

Desviósenuestro barco de en mitad de la furia, y desde lejos estuvimosmirando la batalla; y habiendo jugado la artillería casi unahora, se aferraron los dos navíos con una no vista furia.Los del navío de fuera, o más venturosos, o, pormejor decir, más valientes, saltaron en el navío de tierra, y en un instantedesembarazaron toda la cubierta, quitando la vida a sus enemigos,sin dejar a ninguno con ella.

"Viéndose, pues, libres de sus ofensores, se dieron asaquear el navío de las cosas más preciosas quetenía, que por ser de cosarios no era mucho, aunque en miestimación eran las mejores del mundo, porque se llevaron delas primeras a mi hermana, a Selviana, a Leoncia y a Cloelia, conque enriquecieron su nave, pareciéndoles que en la hermosurade Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate. Quisellegar con mi barca a hablar con el capitán de losvencedores; pero como mi ventura andaba siempre en los aires, unode tierra sopló y hizo apartar el navío. No pudellegar a él ni ofrecer imposibles por el rescate de lapresa, y así fué forzoso el volvernos, sin ningunaesperanza de cobrar nuestra pérdida; y, por no ser otra laderrota que el navío llevaba que aquella que el viento lepermitía, no podimos por entonces juzgar el camino queharía, ni señal que nos diese a entenderquiénes fuesen los vencedores, para juzgar siquiera,sabiendo su patria, las esperanzas de nuestro remedio. Elvoló, en fin, por el mar adelante, y nosotros, desmayados ytristes, nos entramos en el río, donde todos los barcos delos pescadores nos estaban esperando. No sé si os diga,señores, lo que es forzoso deciros: un ciertoespíritu se entró entonces en mi pecho, que, sinmudarme el ser, me pareció que le tenía másque de hombre, y así, levantándome en pie sobre la barca, hice que la rodeasen todas lasdemás y estuviesen atentos a éstas o otras semejantesrazones que les dije: "La baja fortuna jamás seenmendó con la ociosidad ni con la pereza; en losánimos encogidos nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotrosmismos nos fabricamos nuestra ventura, y no hay alma que no seacapaz de levantarse a su asiento; los cobardes, aunque nazcanricos, siempre son pobres, como los avaros mendigos. Esto os digo¡oh amigos míos! para moveros y incitaros a quemejoréis vuestra suerte y a que dejéis el pobre ajuarde unas redes y de unos estrechos barcos, y busquéis lostesoros que tiene en sí encerrados el generoso trabajo:llamo generoso al trabajo del que se ocupa en cosas grandes. Sisuda el cavador rompiendo la tierra, y apenas saca premio que lesustente más que un día, sin ganar fama alguna,¿por qué no tomará, en lugar de la azada, unalanza, y, sin temor del sol ni de todas las inclemencias del cielo,procurará ganar con el sustento fama que le engrandezcasobre los demás hombres? La guerra, así como esmadrastra de los cobardes, es madre de los valientes, y los premiosque por ella se alcanzan se pueden llamar ultramundanos.

¡Ea,pues, amigos, juventud valerosa, poned los ojos en aquelnavío que se lleva las caras prendas de vuestros parientes,encerrándonos en estotro que en la ribera nos dejaron, casi,a lo que creo, por ordenación del cielo! Vamos trasél, y hagámonos piratas, no codiciosos, como son los demás, sino justicieros,como lo seremos nosotros. A todos se nos entiende el arte de lamarinería; bastimentos hallaremos en el navío, contodo lo necesario a la navegación, porque sus contrarios nole despojaron más que de las mujeres; y si es grande elagravio que hemos recebido, grandísima es la ocasiónque para vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el quequisiere, que yo os suplico, y Carino y Solercio os lo ruegan, quebien sé que no me han de dejar en esta valerosaempresa."

"Apenas hube acabado de decir estas razones, cuando seoyó el murmureo por todas las barcas, procedido de que unoscon otros se aconsejaban de lo que harían, y entre todossalió una voz que dijo: "Embárcate, generosohuésped, y sé nuestro capitán y nuestraguía, que todos te seguiremos."

Esta tan improvisaresolución de todos me sirvió de felice auspicio, y,por temer que la dilación de poner en obra mi buenpensamiento no les diese ocasión de madurar su discurso, meadelanté con mi barco, al cual siguieron otros casicuarenta; llegué a reconocer el navío: entrédentro, escudriñéle todo, miré lo quetenía y lo que le faltaba, y hallé todo lo que mepudo pedir el deseo que fuese necesario para el viaje.Aconsejéles que ninguno volviese a tierra, por quitar laocasión de que el llanto de las mujeres y el de los queridoshijos no fuese parte para dejar de poner en efeto resolucióntan gallarda. Todos lo hicieron así, y desde allí sedespidieron con la imaginación de sus padres, hijos y mujeres. ¡Caso extraño, yque ha menester que la cortesía ayude a darlecrédito! Ninguno volvió a tierra, ni seacomodó de más vestidos de aquellos con quehabía entrado en el navío, en el cual, sin repartirlos oficios, todos servían de marineros y de pilotos,excepto yo, que fuí nombrado por capitán por gusto detodos. Y, encomendándome a Dios, comencé luego aejercer mi oficio, y lo primero que mandé fuédesembarazar el navío de los muertos que habían sidoen la pasada refriega, y limpiarle de la sangre de que estaballeno; ordené que se buscasen todas las armas, ansíofensivas como defensivas, que en él había, y,repartiéndolas entre todos, di a cada uno la que, a miparecer, mejor le estaba; requerí los bastimentos, y,conforme a la gente, tanteé para cuántos díasserían bastantes, poco más o menos.

Hecho esto, yhecha oración al cielo, suplicándole encaminasenuestro viaje y favoreciese nuestros tan honrados pensamientos,mandé izar las velas, que aún se estaban atadas a lasentenas, y que las diéramos al viento, que, como se hadicho, soplaba de la tierra, y, tan alegres como atrevidos, y tanatrevidos como confiados, comenzamos a navegar por la misma derrotaque nos pareció que llevaba el navío de la presa.

"Veisme aquí, señores que me estáisescuchando, hecho pescador y casamentero rico con mi queridahermana, y pobre sin ella, robado de salteadores y subido al gradode capitán contra ellos: que las vueltas de mi fortuna no tienen un punto donde paren nitérminos que las encierren.

CAPITULO XVI

--"Dos meses anduvimos por el mar sin que nos sucediese cosa deconsideración alguna, puesto que le escombramos demás de sesenta navíos de cosarios que, por serloverdaderos, adjudicamos sus robos a nuestro navío y lellenamos de innumerables despojos, con que mis compañerosiban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio depescadores en el de piratas, porque ellos no eran ladrones sino deladrones, ni robaban sino lo robado.

"Sucedió, pues, que un porfiado viento nos salteóuna noche, que, sin dar lugar a que amainásemos algúntanto o templásemos las velas, en aquel término quelas halló, las tendió y acosó, de modo que,como he dicho, más de un mes navegamos por una mismaderrota; tanto, que, tomando mi piloto el altura del polo donde nostomó el viento, y tanteando las leguas que hacíamospor hora, y los días que habíamos navegado, hallamosser cuatrocientas leguas, poco más o menos. Volvió elpiloto a tomar la altura, y vió que estaba debajo del norte,en el paraje de Noruega, y con voz grande y mayor tristeza dijo:"Desdichados de nosotros, que si el viento no nos concede a dar lavuelta para seguir otro camino, enéste se acabará el de nuestra vida, porque estamos enel mar glacial, digo, en el mar helado; y si aquí nos salteael hielo, quedaremos empedrados en estas aguas." Apenas hubo dichoesto, cuando sentimos que el navío tocaba por los lados ypor la quilla como en movibles peñas, por donde seconoció que ya el mar se comenzaba a helar, cuyos montes dehielo, que por dentro se formaban, impedían el movimientodel navío. Amainamos de golpe, porque, topando en ellos, nose abriese, y en todo aquel día y aquella noche secongelaron las aguas tan duramente y se apretaron de modo que,cogiéndonos en medio, dejaron al navío engastado enellas, como lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en uninstante comenzó el hielo a entumecer los cuerpos yaentristecer nuestras almas, y haciendo el miedo su oficio,considerando el manifiesto peligro, no nos dimos másdías de vida que los que pudiese sustentar el bastimento queen el navío hubiese, en el cual bastimento desde aquel puntose puso tasa y se repartió por orden, tan miserable yestrechamente, que desde luego comenzó a matarnos la hambre.Tendimos la vista por todas partes, y no topamos con ella en cosaque pudiese alentar nuestra esperanza, si no fué con unbulto negro que, a nuestro parecer, estaría de nosotros seiso ocho millas; pero luego imaginamos que debía de seralgún navío a quien la común desgracia dehielo tenía aprisionado. Este peligro sobrepuja y seadelanta a los infinitos en que deperder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y un temor novencido fatiga más el alma que una repentina muerte: que enel acabar súbito se ahorran los miedos y los temores que lamuerte trae consigo, que suelen ser tan malos como la misma muerte.Esta, pues, que nos amenazaba, tan hambrienta como larga, nos hizotomar una resolución, si no desesperada, temeraria, por lomenos, y fué que consideramos que, si los bastimentos se nosacababan, el morir de hambre era la más rabiosa muerte quepuede caber en la imaginación humana; y así,determinamos de salirnos del navío y caminar por encima delyelo, y ir a ver si en el que se parecía habríaalguna cosa de que aprovecharnos, o ya de grado, o ya porfuerza.

"Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un instantevieron las aguas sobre sí formado, con pies enjutos, unescuadrón pequeño, pero de valentísimossoldados, y siendo yo la guía, resbalando, cayendo ylevantando, llegamos al otro navío, que lo era casi tangrande como el nuestro. Había gente él que, puestasobre el borde, adevinando la intención de nuestra venida, avoces comenzó uno a decirnos: "¿A quévenís, gente desesperada? ¿Qué buscáis?¿Venís, por ventura, a apresurar nuestra muerte y amorir con nosotros? Volveos a vuestro navío, y si os faltanbastimentos, roed las jarcias y encerrad en vuestrosestómagos los embreados leños, si es posible, porquepensar que os hemos de dar acogida será pensamiento vano y contra los preceptos dela caridad, que ha de comenzar de sí mismo. Dos meses dicenque suele durar este yelo que nos detiene; para quince díastenemos sustento; si es bien que le repartamos con vosotros, avuestra consideración lo dejo."

A lo que yo lerespondí: "En los apretados peligros toda razón seatropella; no hay respeto que valga ni buen término que seguarde. Acogednos en vuestro navío de grado, y juntaremos enél el bastimento que en el nuestro queda, y comámosloamigablemente, antes que la precisa necesidad nos haga mover lasarmas y usar de la fuerza." Esto le respondí yo, creyendo nodecían verdad en la cantidad del bastimento queseñalaban; pero ellos, viéndose superiores yaventajados en el puesto, no temieron nuestras amenazas niadmitieron nuestros ruegos; antes arremetieron a las armas y sepusieron en orden de defenderse. Los nuestros, a quien ladesesperación, de valientes, hizo valentísimos,añadiendo a la temeridad nuevos bríos, arremetieronal navío y casi sin recebir herida le entraron y le ganaron,y alzóse una voz entre nosotros que a todos lesquitásemos la vida por ahorrar de balas y deestómagos por donde se fuese el bastimento que en elnavío hallásemos.

Yo fuí de parecer contrario,y, quizá por tenerle bueno, en esto nos socorrió elcielo, como después diré, aunque primero quierodeciros que este navío era el de los cosarios quehabían robado a mi hermana y a las dos reciéndesposadas pescadoras. Apenas le hubereconocido, cuando dije a voces: "¿Adóndetenéis, ladrones, nuestras almas? ¿Adóndeestán las vidas que nos robastes? ¿Quéhabéis hecho de mi hermana Auristela y de las dos, Selvianay Leoncia, partes, mitades de los corazones de mis buenos amigosCarino y Solercio?" A lo que uno me respondió:

"Esas mujerespescadoras que dices las vendió nuestro capitán, queya es muerto, a Arnaldo, príncipe de Dinamarca."

CAPITULO XVIII

--"En tanto que los míos andaban escudriñando ytanteando los bastimentos que había en el empedradonavío, a deshora, y de improviso, de la parte de tierradescubrimos que sobre los hielos caminaba un escuadrón dearmada gente, de más de cuatro mil personas formado.Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante,aprestando las armas, más por muestra de ser hombres que conpensamiento de defenderse. Caminaban sobre sólo un pie,dándose con el derecho sobre el calcaño izquierdo,con que se impelían y resbalaban sobre el margrandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el golpe,tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte, enun instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes, yuno de ellos, que, como después supe, era el capitánde todos, llegándose cerca denuestro navío, a trecho que pudo ser oído, asegurandola paz con un paño blanco que volteaba sobre el brazo, enlengua polaca, con voz clara, dijo: "Cratilo, rey de Bituania yseñor destos mares, tiene por costumbre de requerirlos congente armada, y sacar de ellos los navíos que del hieloestán detenidos, a lo menos la gente y la mercancíaque tuvieren, por cuyo beneficio se paga con tomarla por suya. Sivosotros gustáredes de acetar este partido, sin defenderos,gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha decautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos adefenderos de nuestras armas, continuo vencedoras."

"Contentóme la brevedad y la resolución del quenos hablaba. Respondíle que me dejase tomar parecer connosotros mismos, y fué el que mis pescadores me dieron,decir que el fin de todos los males, y el mayor de ellos, era elacabar la vida, la cual se había de sustentar por todos losmedios posibles, como no fuesen por los de la infamia; y que, puesen los partidos que nos ofrecían no interveníaninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos, comodudosos de la defensa, sería bien rendirnos y dar lugar a lamala fortuna que entonces nos perseguía, pues podríaser que nos guardase para mejor ocasión. Casi esta mismarespuesta di al capitán del escuadrón, y al punto,más con apariencia de guerra que con muestras de paz,arremetieron al navío, y en un instante le desvalijarontodo, y trasladaron cuanto enél había, hasta la misma artillería y jarcias,a unos cueros de bueyes que sobre el hielo tendieron;liándolos por encima, aseguraron poderlos llevartirándolos con cuerdas, sin que se perdiese cosa alguna.Robaron ansimismo lo que hallaron en el otro nuestro navío,y, poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando unaalegre vocería, nos tiraron y nos llevaron a tierra, quedebía de estar desde el lugar del navío como veintemillas.

Paréceme a mí que debía de ser cosa dever caminar tanta gente por cima de las aguas a pie enjuto, sinusar allí el cielo alguno de sus milagros.

"En fin, aquella noche llegamos a la ribera, de la cual nosalimos hasta otro día por la mañana, que la vimoscoronada de infinito número de gente, que a ver la presa delos helados y yertos habían venido. Venía entreellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por lasinsignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era;venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísimamujer, armada de unas armas blancas, a quien no podíanacabar de encubrir un velo negro con que venían cubiertas.Llevóme tras sí la vista, tanto su buen parecer comola gallardía del rey Cratilo, y, mirándola conatención, conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien lacortesía de mis compañeros pocos días antes habían dado la libertad que entoncesgozaba. Acudió el rey a ver los rendidos, y,llevándome el capitán asido de la mano, le dijo: "Eneste solo mancebo ¡oh valerosorey Cratilo! me parece que te presento la más rica presa queen razón de persona humana hasta agora humanos ojos hanvisto." "¡Santos cielos! --dijo a esta sazón lahermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al suelo--. O yono tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador,Periandro." Y el decir esto y añudarme el cuello con susbrazos, fué todo uno, cuyas extrañas y amorosasmuestras obligaron también a Cratilo a que del caballo searrojase y con las mismas señales de alegría merecibiese. Entonces la desmayada esperanza de algún buensuceso estaba lejos de los pechos de mis pescadores; pero cobrandoaliento en las muestras alegres con que vieron recebirme, les hizobrotar por los ojos el contento y por las bocas las gracias quedieron a Dios del no esperado beneficio: que ya le contaban, no porbeneficio, sino por singular y conocida merced. Sulpicia dijo aCratilo: "Este mancebo es un sujeto donde tiene su asiento la sumacortesía y su albergue la misma liberalidad; y aunque yotengo hecha esta experiencia, quiero que tu discreción laacredite, sacando por su gallarda presencia--y en esto bien se veeque hablaba como agradecida, y aun como engañada--en limpioesta verdad que te digo. Este fué el que me diólibertad después de la muerte de mi marido; éste elque no despreció mis tesoros, sino el que no los quiso;éste fué el que, después de recebidas misdádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo dedármelas mayores, si pudiera; éste fué, en fin, el que, acomodándose, o, pormejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus soldados,dándome doce que me acompañasen, me tiene ahora en tupresencia." Yo, entonces, a lo que creo, rojo el rostro con lasalabanzas, o ya aduladoras o demasiadas, que de míoía, no supe más que hincarme de rodillas anteCratilo, pidiéndole las manos, que no me las dió parabesárselas, sino para levantarme del suelo. En esteentretanto, los doce pescadores que habían venido en guardade Sulpicia, andaban entre la demás gente buscando a suscompañeros, abrazándose unos a otros, y, llenos decontento y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes: losdel mar, exageraban su yelo, y los de la tierra, sus riquezas. "Amí--decía el uno--me ha dado Sulpicia esta cadena deoro." "A mí--decía otro--esta joya, que vale por dosde esas cadenas." "A mí--replicaba éste--medió tanto dinero." Y

aquél repetía:"Más me ha dado a mí en este solo anillo de diamantesque a todos vosotros juntos."

"A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor quese levantó entre la gente, causado del que hacia unpoderosísimo caballo bárbaro, a quien dos valienteslacayos traían del freno, sin poderse averiguar conél. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas,que sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo,porque no consentía ensillarse del mismo rey; pero no leguardaba este respeto después de puesto encima, no siendobastantes a detenerle mil montes deembarazos que ante él se pusieran, de lo que el rey estabatan pesaroso, que diera una ciudad a quien sus malos siniestros lequitara. Todo esto me contó el rey breve y sucintamente.

CAPITULOXX

--"La grandeza, la ferocidad y la hermosura del caballo que oshe descrito tenían tan enamorado a Cratilo, y tan deseoso deverle manso, como a mí de mostrar que deseaba servirle,pareciéndome que el cielo me presentaba ocasión parahacerme agradable a los ojos de quien por señortenía, y a poder acreditar con algo las alabanzas que lahermosa Sulpicia de mí al rey había dicho. Yasí, no tan maduro como presuroso, fuí donde estabael caballo, y subí en él sin poner el pie en elestribo,

index-65_1.png

pues no le tenía, y arremetí con él,sin que el freno fuese parte para detenerle, y llegué a lapunta de una peña que sobre la mar pendía, y,apretándole de nuevo las piernas, con tan mal grado suyocomo gusto mío, le hice volar por el aire y dar conentrambos en la profundidad del mar; y en la mitad del vuelo meacordé que, pues el mar estaba helado, me había dehacer pedazos con el golpe, y tuve mi muerte y la suya por cierta.Pero no fué así, porque el cielo, que para otrascosas que él sabe me debe de tener guardado, hizo que laspiernas y brazos del poderoso caballo resistiesen el golpe, sin recebir yo otro daño que habermesacudido de sí el caballo y echado a rodar, resbalando porgran espacio. Ninguno hubo en la ribera que no pensase y creyeseque yo quedaba muerto; pero cuando me vieron levantar en pie,aunque tuvieron el suceso a milagro, juzgaron a locura miatrevimiento.

Le hice volar por el aire y dar con entrambos en la profundidad delmar.

"Volví a la ribera con el caballo, volví asimismoa subir en él, y, por los mismos pasos que primero, leincité a saltar segunda vez; pero no fué posible,porque, puesto en la punta de la levantada peña, hizo tantafuerza por no arrojarse, que puso las ancas en el suelo yrompió las riendas, quedándose clavado en la tierra.Cubrióse luego de un sudor de pies a cabeza, tan lleno demiedo, que le volvió de león en cordero y de animalindomable en generoso caballo, de manera que los muchachos seatrevieron a manosearle, y los caballerizos del rey,enjaezándole, subieron en él y le corrieron conseguridad, y él mostró su ligereza y su bondad, hastaentonces jamás vista; de lo que el rey quedócontentísimo y Sulpicia alegre, por ver que mis obrashabían respondido a sus palabras.

"Tres meses estuvo en su rigor el yelo, y éstos setardaron en acabar un navío que el rey teníacomenzado para correr en convenible tiempo aquellos mares,limpiándolos de cosarios, enriqueciéndose con susrobos. En este entretanto, le hice algunos servicios en la caza,donde me mostré sagaz y experimentado, y gran sufridor detrabajos; porque en ningún ejercicio corresponde así al de la guerra como el de lacaza, a quien es anejo el cansancio, la sed y la hambre, y aun aveces la muerte. La liberalidad de la hermosa Sulpicia semostró conmigo y con los míos extremada, y lacortesía de Cratilo le corrió parejas. Los docepescadores que trujo consigo Sulpicia estaban ya ricos, y los queconmigo se perdieron, estaban ganados. Acabóse elnavío; mandó el rey aderezarle y pertrecharle detodas las cosas necesarias largamente, y luego me hizocapitán dél, a toda mi voluntad, sin obligarme a quehiciese cosa más de aquella que fuese de mi gusto. Ydespués de haberle besado las manos por tan gran beneficio,le dije que me diese licencia de ir a buscar a mi hermanaAuristela, de quien tenía noticia que estaba en poder delrey de Dinamarca. Cratilo me la dió para todo aquello quequisiese hacer, diciéndome que a más le teníaobligado mi buen término, hablando como rey, a quien esanejo tanto el hacer mercedes como la afabilidad y, si se puededecir, la buena crianza. Esta tuvo Sulpicia en todo extremo,acompañándola con la liberalidad, con la cual, ricosy contentos, yo y los míos nos embarcamos, sin que quedaseninguno.

"La primer derrota que tomamos fué a Dinamarca, dondecreí hallar a mi hermana, y lo que hallé fueronnuevas de que, de la ribera del mar, a ella y a otras doncellas lashabían robado cosarios.

Renováronse mis trabajos, ycomenzaron de nuevo mis lástimas, a quien acompañaronlas de Carino y Solercio, los cualescreyeron que en la desgracia de mi hermana y en su prisiónse debía de comprehender la de sus esposas.

"Barrimos todos los mares, rodeamos todas o las más islasdestos contornos, preguntando siempre por nuevas de mi hermana,pareciéndome a mí, con paz sea dicho de todas lashermosas del mundo, que la luz de su rostro no podía estarencubierta por ser escuro el lugar donde estuviese, y que la sumadiscreción suya había de ser el hilo que la sacase decualquier laberinto. Prendimos cosarios, soltamos prisioneros;restituímos haciendas a sus dueños, alzámonoscon las mal ganadas de otros, y con esto, colmando nuestronavío de mil diferentes bienes de fortuna, quisieron losmíos volver a sus redes y a sus casas y a los brazos de sushijos, imaginando Carino y Solercio ser posible hallar a susesposas en su tierra, ya que en las ajenas no las hallaban.

Antesdesto llegamos a aquella isla, que, a lo que creo, se llama Scinta,donde supimos las fiestas de Policarpo, y a todos nos vino voluntadde hallarnos en ellas. No pudo llegar nuestra nave, por ser elviento contrario, y así, en traje de marineros bogadores,nos entramos en aquel barco luengo, como ya queda dicho.Allí gané los premios, allí fuícoronado por vencedor de todas las contiendas, y de allítomó ocasión Sinforosa de desear saber quiényo era, como se vió por las diligencias que para ello hizo.Vuelto al navío, y resueltos los míos de dejarme, lesrogué que me dejasen el barco,como en premio de los trabajos que con ellos había pasado.Dejáronmele, y aun me dejaran el navío, si yo lequisiera, diciéndome que, si me dejaban solo, no era otra laocasión, sino porque les parecía ser sólo mideseo, y tan imposible de alcanzarle, como lo había mostradola experiencia en las diligencias que habíamos hecho paraconseguirle.

"En resolución: con seis pescadores que quisieronseguirme, llevados del premio que les di y del que lesofrecí, abrazando a mis amigos, me embarqué, y pusela proa en una isla bárbara, de cuyosmoradores sabía ya la costumbre y la falsa profecíaque los tenía engañados, la cual no os refiero porquesé que la sabéis. Di al través en aquellaisla; fuí preso y llevado donde estaban los vivosenterrados: sacáronme otro día para ser sacrificado;sucedió la tormenta del mar; desbaratáronse losleños que servían de barcas; salí al mar anchoen un pedazo dellas, con cadenas que me rodeaban el cuello yesposas que me ataban las manos; caí en las misericordiosasdel príncipe Arnaldo, que está presente, por cuyaorden entré en la isla para ser espía que investigasesi estaba en ella mi hermana, no sabiendo que yo fuese hermano deAuristela, la cual otro día vino en traje de varón aser sacrificada. Conocíla, dolióme su dolor, previnesu muerte con decir que era hembra, como ya lo había dichoCloelia, su ama, que la acompañaba; y el modo cómoallí las dos vinieron, ella lodirá cuando quisiere. Lo que en la isla nos sucedió,ya lo sabéis, y con esto y con lo que a mi hermana le quedapor decir, quedaréis satisfechos de casi todo aquello queacertare a pediros el deseo en la certeza de nuestros sucesos."

LIBRO III

CAPITULO X

En un lugar, no muy pequeño ni muy grande,de cuyo nombre no me acuerdo, y en mitad de la plaza dél, había mucha gente junta, todos atentos mirandoy escuchando a dos mancebos que, en traje de reciénrescatados de cautivos, estaban declarando las figuras de unpintado lienzo que tenían tendido en el suelo;parecía que se habían descargado de dos pesadascadenas que tenían junto a sí, insignias y relatorasde su pesada desventura; y uno dellos, que debía de ser dehasta veinticuatro años, con voz clara y en todo extremoexperta lengua, crujiendo de cuando en cuando un corbacho, o, pormejor decir, azote que en la mano tenía, le sacudíade manera que penetraba los oídos y ponía losestallidos en el cielo, bien así como hace el cochero, que,castigando o amenazando sus caballos, hace resonar su látigopor los aires.

Entre los que la larga plática escuchaban, estaban losdos alcaldes del pueblo, ambos ancianos, pero no tanto el uno comoel otro. Por donde comenzó su arenga el libre cautivo,fué diciendo:

--Esta, señores, que aquí veis pintada, es laciudad de Argel, gomia y tarasca de todas las riberas del marMediterráneo, puerto universal de cosarios, y amparo yrefugio de ladrones, que, deste pequeñuelo puerto queaquí va pintado, salen con sus bajeles a inquietar el mundo,pues se atreven a pasar el plus ultra de las colunas deHércules, y a acometer y robar las apartadas islas, que, porestar rodeadas del inmenso mar Océano, pensaban estarseguras, a lo menos de los bajeles turquescos. Este bajel queaquí veis reducido a pequeño, porque lo pideasí la pintura, es una galeota de ventidós bancos,cuyo dueño y capitán es el turco que en lacrujía va en pie, con un brazo en la mano, que cortóa aquel cristiano que allí veis, para que le sirva derebenque y azote a los demás cristianos que van amarrados asus bancos, temeroso no le alcancen estas cuatro galeras queaquí veis, que le van entrando y dando caza. Aquel cautivoprimero del primer banco, cuyo rostro le disfigura la sangre que sele ha pegado de los golpes del brazo muerto, soy yo, queservía de espalder en esta galeota; y el otro queestá junto a mí es éste mi compañero,no tan sangriento, porque fué menos apaleado. Escuchad,señores, y estad atentos: quizá la aprehensióndeste lastimero cuento osllevará a los oídos las amenazadoras y vituperosasvoces que ha dado este perro de Dragut, que así se llamabael arráez de la galeota, cosario tan famoso como cruel, ytan cruel como Falaris o Busiris, tiranos de Sicilia; a lo menos, amí me suena agora el rospeni, el manahora y el denimaniyoc, que, con coraje endiablado, va diciendo quetodas éstas son palabras y razones turquescas, encaminadas ala deshonra y vituperio de los cautivos cristianos:llámanlos de judíos, hombres de poco valor, de feenegra y de pensamientos viles, y, para mayor horror y espanto, conlos brazos muertos azotan los cuerpos vivos.

Parece ser que uno de los dos alcaldes había estadocautivo en Argel mucho tiempo, el cual, con baja voz, dijo a sucompañero:

--Este cautivo, hasta agora, parece que va diciendo verdad, yque en lo general no es cautivo falso; pero yo le examinaréen lo particular, y veremos cómo da la cuerda; porque quieroque sepáis que yo iba dentro desta galeota, y no me acuerdode haberle conocido por espalder de ella, si no fué a unAlonso Moclin, natural de Vélez-Málaga.

Y volviéndose al cautivo, le dijo:

--Decidme, amigo, cúyas eran las galeras que os dabancaza, y si conseguistes por ella la libertad deseada.