Novelas y Teatro by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

--Pues por ese buen ánimo que habéis mostrado,señor don Juan de Cárcamo, a su tiempo haréque Preciosa sea vuestra legítima consorte, y agora os ladoy y entrego en esperanza, por la más rica joya de mi casa,y de mi vida, y de mi alma; y estimadla en lo que decís,porque en ella os doy a doña Costanza de Meneses, miúnica hija, la cual, si os iguala en el amor, no os desdicenada en el linaje.

Atónito quedó Andrés viendo el amor que lemostraban, y en breves razones doña Guiomar contó lapérdida de su hija y su hallazgo, con las certísimasseñas que la gitana vieja había dado de su hurto; conque acabó don Juan de quedar atónito y suspenso, peroalegre sobre todo encarecimiento: abrazó a sus suegros;llamólos padres y señores suyos; besó lasmanos a Preciosa, que con lágrimas le pedía lassuyas.

index-29_1.png

Vistióse don Juan los vestidos de camino que allíhabía traído la gitana; volviéronse lasprisiones y cadenas de hierro en libertad y cadenas de oro; latristeza de los gitanos presos, en alegría, pues otrodía los dieron en fiado. Recibió el tío delmuerto la promesa de dos mil ducados, que le hicieron porque bajasede la querella y perdonase a don Juan.

Dijo el Corregidor a don Juan que tenía por nueva ciertaque su padre don Francisco de Cárcamo estaba proveído por corregidor de aquella ciudad,y que sería bien esperalle, para que con subeneplácito y consentimiento se hiciesen las bodas. Don Juandijo que no saldría de lo que él ordenase; pero que,ante todas cosas, se había de desposar con Preciosa.Concedió licencia el Arzobispo para que con sola unaamonestación se hiciese. Hizo fiestas la ciudad, por ser muybien quisto el Corregidor, con luminarias, toros y cañas eldía del desposorio; quedóse la gitana vieja en casa;que no se quiso apartar de su nieta Preciosa.

Llegaron las nuevas a la Corte del caso y casamiento de laGitanilla; supo don Francisco de Cárcamo ser su hijo elgitano, y ser la Preciosa la Gitanilla que él habíavisto, cuya hermosura disculpó con él la liviandad desu hijo, que ya le tenía por perdido, por saber que nohabía ido a Flandes; y más porque vió cuanbien le estaba el casarse con hija de tan gran caballero y tan ricocomo era don Fernando de Azevedo. Dió priesa a su partida,por llegar presto a ver a sus hijos, y dentro de veinte díasya estaba en Murcia, con cuya llegada se renovaron los gustos, sehicieron las bodas, se contaron las vidas, y los poetas de laciudad, que hay algunos, y muy buenos, tomaron a cargo celebrar elextraño caso, juntamente con la sin igual belleza de laGitanilla. Y de tal manera escribió el famoso licenciadoPozo, que en sus versos durará la fama de la Preciosamientras los siglos duraren.

Olvidábaseme de decir cómo la mesoneradescubrió a la justicia no ser verdad lo del hurto deAndrés el gitano, y confesó su culpa, a quien norespondió pena alguna, porque en la alegría delhallazgo de los desposados se enterró la venganza yresucitó la clemencia.

LA ILUSTRE FREGONA

En Burgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años queen ella vivían dos caballeros principales y ricos: el uno sellamaba don Diego de Carriazo, y el otro, don Juan deAvendaño. El don Diego tuvo un hijo, a quien llamó desu mismo nombre, y el don Juan otro, a quien puso don Tomásde Avendaño. A estos dos caballeros mozos, como quien han deser las principales personas deste cuento, por excusar y ahorrarletras, les llamaremos con solos los nombres de Carriazo y deAvendaño. Trece años, o poco más,tendría Carriazo, cuando, llevado de una inclinaciónpicaresca, sin forzarle a ello algún mal tratamiento que suspadres le hiciesen, sólo por su gusto y antojo, sedesgarró, como dicen los muchachos, de casa de sus padres, yse fué por ese mundo adelante, tan contento de la vidalibre, que en la mitad de las incomodidades y miserias que traeconsigo no echaba menos la abundancia de la casa de su padre, ni elandar a pie le cansaba, ni el frío le ofendía, ni el calor le enfadaba: paraél todos los tiempos del año le eran dulce y templadaprimavera; tan bien dormía en parvas como en colchones; contanto gusto se soterraba en un pajar de un mesón como si seacostara entre dos sábanas de Holanda. Finalmente, élsalió tan bien con el asumpto de pícaro, que pudieraleer cátedra en la facultad al famoso de Alfarache.

En tres años que tardó en parecer y volver a sucasa aprendió a jugar a la taba en Madrid, y al rentoy enlas Ventillas de Toledo, y a presa y pinta en pie en las barbacanasde Sevilla; pero con serle anejo a este género de vida lamiseria y estrecheza, mostraba Carriazo ser un príncipe ensus cosas: a tiro de escopeta, en mil señales,descubría ser bien nacido, porque era generoso y bienpartido con sus camaradas. En Carriazo vió el mundo unpícaro virtuoso, limpio, bien criado y más quemedianamente discreto. Pasó por todos los grados depícaro, hasta que se graduó de maestro en lasalmadrabas de Zahara, donde es el finibusterræ de lapicaresca.

El último verano le dijo tan bien la suerte, queganó a los naipes cerca de setecientos reales, con loscuales quiso vestirse, y volverse a Burgos y a los ojos de sumadre, que habían derramado por él muchaslágrimas. Despidióse de sus amigos, que lostenía muchos y muy buenos; prometióles que el veranosiguiente sería con ellos, si enfermedad o muerte no loestorbase; dejó con ellos la mitad de su alma, todos sus deseos entregó a aquellassecas arenas, que a él le parecían más frescasy verdes que los campos Elíseos. Y por estar ya acostumbradode caminar a pie, tomó el camino en la mano, y sobre dosalpargates se llegó desde Zahara hasta Valladolid, cantando"Tres ánades, madre". Estúvose allí quincedías para reformar la color del rostro, sacándola demulata a flamenca, y para trastejarse, y sacarse del borrador depícaro y ponerse en limpio de caballero.

Todo esto hizosegún y como le dieron comodidad quinientos reales con quellegó a Valladolid, y aún dellos reservóciento para alquilar una mula y un mozo, con que se presentóa sus padres honrado y contento. Ellos le recibieron con muchaalegría, y todos sus amigos y parientes vinieron a darles elparabién de la buena venida del señor don Diego deCarriazo su hijo.

Entre los que vinieron a ver el recién llegado fueron donJuan de Avendaño y su hijo don Tomás, con quienCarriazo, por ser ambos de una misma edad y vecinos, trabó yconfirmó una amistad estrechísima. ContóCarriazo a sus padres, y a todos, mil magníficas y luengasmentiras de cosas que le habían sucedido en los tresaños de su ausencia; pero nunca tocó, ni por pienso,en las almadrabas, puesto que en ellas tenía de continopuesta la imaginación, especialmente cuando vio que sellegaba el tiempo donde había prometido a sus amigos lavuelta. Ni le entretenía la caza, en que su padre leocupaba, ni los muchos, honestos ygustosos convites que en aquella ciudad se usan le daban gusto:todo pasatiempo le cansaba, y a todos los mayores que se leofrecían anteponía el que había recebido enlas almadrabas.

Avendaño su amigo, viéndole muchas vecesmelancólico e imaginativo, fiado en su amistad, seatrevió a preguntarle la causa, y se obligó aremediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre misma. Noquiso Carriazo tenérsela encubierta, por no hacer agravio ala grande amistad que profesaban; y así, le contópunto por punto la vida de jábega, y cómo todas sustristezas y pensamientos nacían del deseo que teníade volver a ella: pintósela de modo, que Avendaño,cuando le acabó de oir, antes alabó quevituperó su gusto. En fin, el de la pláticafué disponer Carriazo la voluntad de Avendaño demanera, que determinó de irse con él a gozar unverano de aquella felicísima vida que le habíadescrito, de lo cual quedó sobremodo contento Carriazo, porparecerle que había ganado un testigo de abono quecalificase su baja determinación.

Trazaron ansimismo dejuntar todo el dinero que pudiesen; y el mejor modo que hallaronfué que de allí a dos meses había de irAvendaño a Salamanca, donde por su gusto tres añoshabía estado estudiando las lenguas griega y latina, y supadre quería que pasase adelante y estudiase la facultad queél quisiese; y que del dinero que le diese habríapara lo que deseaban.

En este tiempo propuso Carriazo a su padre que tema voluntad deirse con Avendaño a estudiar a Salamanca. Vino su padre contanto gusto en ello, que hablando al de Avendaño, ordenaronde ponerles junios casa en Salamanca, con todos los requisitos quepedía ser hijos suyos. Llegóse el tiempo de lapartida; proveyéronles de dineros, y enviaron con ellos unayo que los gobernase, que tenia más de hombre de bien quede discreto. Los padres dieron documentos a sus hijos de lo quehabían de hacer, y de como se habían de gobernar parasalir aprovechados en la virtud y en las ciencias, que es el frutoque todo estudiante debe pretender sacar de sus trabajos yvigilias, principalmente los bien nacidos. Mostráronse loshijos humildes y obedientes; lloraron las madres; recibieron labendición de todos; pusiéronse en camino con mulaspropias y con dos criados de casa, amén del ayo, que sehabía dejado crecer la barba, por que diese autoridad a sucargo.

En llegando a la ciudad de Valladolid dijeron al ayo quequerían estarse en aquél lugar dos días paraverle, porque nunca le habían visto, ni estado en él.Reprehendiólos mucho el ayo, severa y ásperamente, laestada, diciéndoles que los que iban a estudiar con tantapriesa como ellos no se habían de detener una hora a mirarniñerías.

Los mancebitos, que tenían ya hecho su agosto, y suvendimia, pues habían ya robado cuatrocientos escudos de oroque llevaba su mayor, dijeron que sólo los dejase aquel día, en el cualquerían ir a ver la fuente de Argales, que la comenzaban aconducir a la ciudad por grandes y espaciosos acueductos. Enefecto, aunque con dolor de su ánima, les diólicencia.

Los mancebos, con sólo un criado y a caballo en dos muybuenas y caseras mulas, salieron a ver la fuente de Argales, famosapor su antigüedad y sus aguas. Llegaron, y cuando creyóel criado que sacaba Avendaño de las bolsas del cojínalguna cosa con que beber, vió que sacó una cartacerrada, diciéndole que luego al punto volviese a la ciudady se la diese a su ayo, y que en dándosela les esperase enla puerta del Campo. Obedeció el criado, tomó lacarta, volvió a la ciudad, y ellos volvieron las riendas, yaquella noche durmieron en Mojados, y de allí a dosdías, en Madrid, y en otros cuatro se vendieron las mulas enpública plaza, y hubo quien les fiase por seis escudos deprometido, y aun quien les diese el dinero en oro por sus cabales.Vistiéronse a lo payo, con capotillos de dos haldas, zahoneso zaragüelles y medias de paño pardo. Ropero hubo quepor la mañana les compró sus vestidos, y a la nochelos había mudado de manera, que no los conociera supropia madre. Puestos, pues, a la ligera y del modo queAvendaño quiso y supo, se pusieron en camino de Toledo adpedem litteræ y sin espadas; que también elropero, aunque no atañía a su menester, se lashabía comprado.

Dejémoslos ir, por ahora, pues van contentos y alegres, yvolvamos a contar lo que el ayo hizo cuando abrió la cartaque el criado le llevó y halló que decía destamanera:

"Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, detener paciencia y dar la vuelta a Burgos, donde dirá anuestros padres que, habiendo nosotros sus hijos, con maduraconsideración, considerado cuán más propiasson de los caballeros las armas que las letras, habemos determinadode trocar a Salamanca por Bruselas, y a España por Flandes.Los cuatrocientos escudos llevamos; las mulas pensamos vender.Nuestra hidalga intención y el largo camino es bastantedisculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal,si no es cobarde. Nuestra partida es ahora; la vuelta serácuando Dios fuere servido, el cual guarde a vuesa merced como puedey estos sus menores discípulos deseamos. De la fuente deArgales, puesto ya el pie en el estribo para caminar aFlandes.-- Carriazo y Avendaño."

Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo laepístola, y acudió presto a su valija, y el hallarlavacía le acabó de confirmar la verdad de la carta; yluego al punto, en la mula que le había quedado, separtió a Burgos a dar las nuevas a sus amos con todapresteza, porque con ella pusiesen remedio y diesen traza dealcanzar a sus hijos; pero destas cosas no dice nada el autor destanovela, porque así como dejó puesto a caballo a Pedro Alonso,volvió a contar de lo que les sucedió aAvendaño y a Carriazo a la entrada de Illescas, diciendo queal entrar de la puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas,al parecer andaluces, en calzones de lienzo anchos, jubonesacuchillados de anjeo, sus coletos de ante, dagas de ganchos yespadas sin tiros; al parecer, el uno venía de Sevilla y elotro iba a ella. El que iba estaba diciendo al otro:

--Esta noche no vayas a posar donde sueles, sino en la posadadel Sevillano, porque verás en ella la más hermosafregona que se sabe: Marinilla la de la venta Tejada es asco en sucomparación. Es dura como un mármol y zahareñacomo villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero tieneuna cara de pascua y un rostro de buen año: en una mejillatiene el sol, y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y laotra de claveles, y en entrambas hay también azucenas yjazmines. No te digo más sino que la veas, y verásque no te he dicho nada, según lo que te pudiera decir,acerca de su hermosura.

Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuyaplática y conversación dejó mudos a los dosamigos que escuchado la habían, especialmente aAvendaño, en quien la simple relación que el mozo demulas había hecho de la hermosura de la fregonadespertó en él un intenso deseo de verla.

En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el modo y los ademanes con que lasdecían entretuvieron el camino hasta Toledo; y luego, siendola guía Carriazo, que ya otra vez había estado enaquella Ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con laposada del

index-33_1.png

Sevillano; pero no se atrevieron a pedirla allí,porque su traje no lo pedía. Era ya anochecido, y aunqueCarriazo importunaba a Avendaño que fuesen a otra parte abuscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la del Sevillano,esperando si acaso parecía la tan celebrada fregona.Entrabase la noche, y la fregona no salía;desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo;el cual, por salir con su intención, con excusa de preguntarpor unos caballeros de Burgos que iban a la ciudad de Sevilla, seentró hasta el patio de la posada; y apenas hubo entrado,cuando de una sala que en el patio estaba vio salir una moza, alparecer de quince años, poco más o menos, vestidacomo labradora, con una vela encendida en un candelero.

No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de lamoza, sino en su rostro, que le parecía ver en él losque suelen pintar de los ángeles; quedó suspenso yatónito de su hermosura, y no acertó a preguntarlenada: tal era su suspensión y embelesamiento. La moza,viendo aquel hombre delante de sí, le dijo:

--¿Qué busca, hermano? ¿Es por venturacriado de alguno de los huéspedes de casa?

--No soy criado de ninguno, sino vuestro--respondióAvendaño, todo lleno deturbación y sobresalto.

No soy criado de ninguno, sino vuestro...

La moza, que de aquel modo se vio responder, dijo:

--Vaya, hermano, norabuena; que las que servimos no hemosmenester criados.

Y llamando a su señor le dijo:

--Mire, señor, lo que busca este mancebo.

Salió su amo y preguntóle qué buscaba. Elrespondió que a unos caballeros de Burgos que iban aSevilla, uno de los cuales era su señor, el cual lehabía enviado delante por Alcalá de Henares, dondehabía de hacer un negocio que les importaba, y que junto conesto le mandó que se viniese a Toledo y de esperase en laposada del Sevillano, donde vendría a apearse, y que pensabaque llegaría aquella noche, o otro día, a mástardar. Tan buen color dió Avendaño a su mentira, quea la cuenta del huésped pasó por verdad, pues ledijo:

--Quédese, amigo, en la posada; que aquípodrá esperar a su señor hasta que venga.

--Muchas mercedes, señor huésped--respondióAvendaño---, y mande vuesa merced que se me dé unaposento para mí y un compañero que viene conmigo,que está allí fuera; que dineros traemos para pagarlotan bien como otro.

--En buen hora--respondió el huésped.

Y volviéndose a la moza, dijo:

--Costancica, di a Argüello que lleve a estos galanesal aposento del rincón, y queles eche sábanas limpias.

--Sí haré, señor--respondióCostanza; que así se llamaba la doncella.

Y haciendo una reverencia a su amo, se les quitó delante. Avendaño salió a dar cuenta a Carriazode lo que había visto y de lo que dejaba negociado; el cualpor mil señales conoció cómo su amigovenía herido de la amorosa pestilencia; pero no le quisodecir nada por entonces, hasta ver si lo merecía la causa dequien nacían las extraordinarias alabanzas y grandeshipérboles con que la belleza de Costanza sobre los mismoscielos levantaba.

Entraron, en fin, en la posada, y la Argüello, que era unamujer de hasta cuarenta y cinco años, superintendente de lascamas y aderezo de los aposentos, los llevó a uno que ni erade caballeros ni de criados, sino de gente que podía hacermedio entre los dos extremos. Pidieron de cenar;respondióles Argüello que en aquella posada no daban decomer a nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que loshuéspedes traían de fuera comprado; pero quebodegones y casas de estado había cerca, donde sinescrúpulo de conciencia podían ir a cenar lo quequisiesen.

Tomaron los dos el consejo de Argüello, y dieroncon sus cuerpos en un bodego.

Lo poco o nada que Avendaño comía admiraba mucho aCarriazo. Por enterarse del todo de los pensamientos de su amigo,al volverse a la posada, le dijo:

--Conviene que mañana madruguemos, porque antes que entrela calor estemos ya en Orgaz.

--No estoy en eso--respondió Avendaño---; porquepienso antes que desta ciudad me parta ver lo que dicen que hayfamoso en ella, como es el Sagrario, el artificio de Juanelo, lasVistillas de San Agustín, la Huerta del Rey y la Vega.

--Norabuena--respondió Carriazo--: eso en dos díasse podrá ver.

--En verdad que lo he de tomar de espacio; que no vamos a Roma aalcanzar alguna vacante.

--¡Ta, ta!--replicó Carriazo---. A mí mematen, amigo, si no estáis vos con más deseo dequedaros en Toledo que de seguir nuestra comenzadaromería.

--Así es la verdad--respondió Avendaño.

En estas pláticas llegaron a la posada, y aún sele pasó en otras semejantes la mitad de la noche.

Durmió el que pudo hasta la mañana, la cualvenida, se levantaron los dos, entrambos con deseo de ver aCostanza. A entrambos se los cumplió Costanza, saliendo dela sala de su amo, tan hermosa, que a los dos les parecióque todas cuantas alabanzas le había dado di mozo de mulaseran cortas y de ningún encarecimiento. Su vestido era unasaya y corpiños de paño verde, con unos ribetes delmismo paño. Los corpiños eran bajos; pero la camisa,alta, plegado el cuello, con un cabezón labrado de sedanegra, puesta una gargantilla de estrellas de azabache sobre unpedazo de una coluna de alabastro: queno era menos blanca su garganta; ceñida con un cordónde San Francisco, y de una cinta pendiente, al lado derecho, ungran manojo de llaves. No traía chinelas, sino zapatos dedos suelas, colorados, con unas calzas que no se leparecían, sino cuanto por un perfil mostraban tambiénser coloradas. Traía tranzados los cabellos con unas cintasblancas de hiladillo; pero tan largo el tranzado, que por lasespaldas le pasaba de la cintura; el color salía decastaño y tocaba en rubio; pero, al parecer, tan limpio, tanigual y tan peinado, que ninguno, aunque fuera de hebras de oro, sele pudiera comparar. Pendíanle de las orejas doscalabacillas de vidrio, que parecían perlas: los mismoscabellos le servían de garbín y de tocas.

Cuando salió de la sala, se persignó ysantiguó, y con mucha devoción y sosiego hizo unaprofunda reverencia a una imagen de Nuestra Señora, que enuna de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los ojos,vió a los dos que mirándola estaban, y apenas loshubo visto, cuando se retiró y volvió a entrar en lasala.

Resta ahora por decir qué es lo que le pareció aCarriazo de la hermosura de Costanza; que de lo que lepareció a Avendaño, ya está dicho, cuando lavió la vez primera. No digo más sino que a Carriazole pareció tan bien como a su compañero; peroenamoróle mucho menos; y tan menos, que quisiera noanochecer en la posada, sino partirse luego para sus almadrabas. Acudieron los mozos de loshuéspedes a pedir cebada; salió el huésped decasa a dársela, maldiciendo a sus mozas, que por ellas se lehabía ido un mozo que la solía dar con muy buenacuenta y razón, sin que le hubiese hecho menos, a suparecer, un solo grano. Avendaño, que oyó esto,dijo:

--No se fatigue, señor huésped: déme ellibro de la cuenta; que los días que hubiere de estaraquí, yo la tendré tan buena en dar la cebada y pajaque pidieren, que no eche menos al mozo que dice que se le haido.

--En verdad que os lo agradezca, mancebo--respondió elhuésped---, porque yo no puedo atender a esto; que tengootras muchas cosas a que acudir fuera de casa. Bajad; daros he ellibro, y mirad que estos mozos de mulas son el mismo diablo, yhacen trampantojos un celemín de cebada con menos concienciaque si fuese de paja.

Bajó al patio Avendaño y entregóse en ellibro, y comenzó a despachar celemines como agua, y aasentarlos por tan buena orden, que el huésped, que loestaba mirando, quedó contento; y tanto, que dijo:

--Pluguiese a Dios que vuestro amo no viniese, y que a vos osdiese gana de quedaros en casa; que a fe que otro gallo os cantase.Porque el mozo que se me fué, vino a mi casa, habráocho meses, roto y flaco, y ahora lleva dos pares de vestidos muybuenos, y va gordo como una nutria.

Porque quiero que sepáis, hijo, que en esta casa hay muchosprovechos, amén de los salarios.

--Si yo me quedase--replicó Avendaño---, norepararía mucho en la ganancia; que con cualquiera cosa mecontentaría a trueco de estar en esta ciudad, que me dicenque es la mejor de España.

--A lo menos--respondió el huésped---, es de lasmejores y más abundantes que hay en ella; mas otra cosa nosfalta ahora, que es buscar quien vaya por agua al río; quetambién se me fué otro mozo que con un asno que tengofamoso me tenía rebosando las tinajas, y hecha un lago deagua la casa; y una de las causas porque los mozos de muíasse huelgan de traer sus amos a mi posada es por la abundancia deagua que hallan siempre en ella; porque no llevan su ganado alrío, sino dentro de casa beben las cabalgaduras en grandesbarreños.

Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual, viendo que yaAvendaño estaba acomodado y con oficio en casa, no quisoél quedarse a buenas noches, y más, queconsideró el gran gusto que haría a Avendañosi le seguía al humor; y así, dijo alhuésped:

--Venga el asno, señor huésped; que tambiénsabré yo cinchalle y cargalle como sabe mi compañeroasentar en el libro su mercancía.

--Sí--dijo Avendaño---, mi compañero LopeAsturiano servirá de traer agua como un príncipe, yyo le fío.

Enjaezó Carriazo el asno, y subiendo enél de un brinco, seencaminó al río, dejando a Avendaño muy alegrede haber visto su gallarda resolución.

He aquí tenemos ya (en buena hora se cuente) aAvendaño hecho mozo del mesón, con nombre deTomás Pedro, que así dijo que se llamaba, y aCarriazo, con el de Lope Asturiano, hecho aguador: transformacionesdignas de anteponerse a las del narigudo poeta.

Al día siguiente caminaba nuestro buen LopeAsturiano la vuelta del río, por la cuesta del Carmen,puestos los pensamientos en sus almadrabas y en la súbitamutación de su estado. O ya fuese por esto, o porque lasuerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de lacuesta, encontró con un asno de un aguador, que subíacargado; y como él descendía, y su asno era gallardo,bien dispuesto y poco trabajado, tal encuentro dió alcansado y flaco que subía, que dió con él enel suelo, y por haberse quebrado los cántaros, sederramó también el agua, por cuya desgracia elaguador antiguo, despechado y lleno de cólera,arremetió al aguador moderno, que aún se estabacaballero, y antes que se desenvolviese y apease le habíapegado y asentado una docena de palos tales, que no le supieronbien al Asturiano. Apeóse, en fin; pero con tan malasentrañas, que arremetió a su enemigo, yasiéndole con ambas manos por la garganta, dió conél en el suelo, y tal golpe dió con la cabeza sobreuna piedra, que se la abrió pordos partes, saliendo tanta sangre, que pensó que lehabía muerto.

Otros muchos aguadores que allí venían, comovieron a su compañero tan mal parado, arremetieron a Lope ytuviéronle asido fuertemente, gritando:

--¡Justicia, justicia! ¡Que este aguador ha muerto aun hombre!

Y a vuelta destas razones y gritos, le molían a mojiconesy a palos. Otros acudieron al caído, y vieron quetenía hendida la cabeza y que casi estaba expirando.Subieron las voces de boca en boca por la cuesta arriba, y en laplaza del Carmen dieron en los oídos de un alguacil, elcual, con dos corchetes, con más ligereza que si volara, sepuso en el lugar de la pendencia, a tiempo que ya el herido estabaatravesado sobre su asno, y di de Lope asido, y Lope rodeado demás de veinte aguadores que no le dejaban rodear, antes lebrumaban las costillas de manera, que más se pudiera temerde su vida que de la del herido, según menudeaban sobreél les puños y las varas aquellos vengadores de laajena injuria.

Llegó el alguacil, apartó la gente, entregóa sus corchetes al Asturiano, y antecogiendo a su asno, y al heridosobre el suyo, dió con ellos en la cárcel,acompañado de tanta gente, y de tantos muchachos que leseguían, que apenas podía hender por las calles. Alrumor de la gente, salió Tomás Pedro y su amo a lapuerta de casa, a ver de qué procedía tanta grita, y descubrieron a Lope entre los doscorchetes, lleno de sangre el rostro y la boca; miró luegopor su asno el huésped, y vióle en poder de otrocorchete que ya se les había juntado; preguntó lacausa de aquellas prisiones; fuéle respondida la verdad delsuceso; pesóle por su asno, temiendo que le había de perder, o, a lo menos, hacer más costas porcobrarle que él valía. Tomás Pedrosiguió a su compañero, sin que le dejasen llegar ahablarle una palabra; tanta era la gente que lo impedía y elrecato de los corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente,no le dejó hasta verle poner en la cárcel, y en uncalabozo, con dos pares de grillos, y al herido en laenfermería, donde se halló a verle curar, yvió que la herida era peligrosa, y mucho, y lo mismo dijo elcirujano. El alguacil se llevó a su casa los dos asnos, ymás cinco reales de a ocho que los corchetes habíanquitado a Lope.

Volvióse a la posada lleno de confusión y detristeza; halló al que ya tenía por amo con no menospesadumbre que él traía, a quien dijo de la maneraque quedaba su compañero, y del peligro de muerte en queestaba el herido, y del suceso de su asno. Díjolemás: que a su desgracia se le había añadidootra de no menor fastidio, y era, que un grande amigo de suseñor le había encontrado en el camino y lehabía dicho que su señor, por ir muy de priesa yahorrar dos leguas de camino, desde Madrid había pasado porla barca de Azeca, y que aquella nochedormía en Orgaz, y que le había dado doce escudos quele diese, con orden de que se fuese a Sevilla, donde leesperaba.

--Pero no puede ser así--añadióTomás---, pues no será razón que yo deje a miamigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro: mi amo mepodrá perdonar por ahora; cuanto más que él estan bueno y honrado, que dará por bien cualquier falta quele hiciere, a trueco que no la haga a mi camarada. Vuesa merced,señor amo, me la haga de tomar este dinero y acudir a estenegocio; y en tanto que esto se gasta, yo escribiré a miseñor lo que pasa, y sé que me enviará dinerosque basten a sacarnos de cualquier peligro.

Abrió los ojos de un palmo el huésped, alegre dever que en parte iba saneando la pérdida de su asno.Tomó el dinero, y consoló a Tomás,diciéndole que él tenía personas en Toledo detal calidad, que valían mucho con la justicia, especialmenteuna señora monja, parienta del Corregidor, que le mandabacon el pie, y que una lavandera del monasterio de la tal monjatenía una hija que era grandísima amiga de unahermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de ladicha monja; la cual lavandera lavaba la ropa en casa...

--Y como ésta pida a su hija, que sípedirá, hable a la hermana del fraile, que hable a suhermano, que hable al confesor, y el confesor a la monja, y lamonja guste de dar un billete (que será cosa fácil)para el Corregidor, donde le pidaencarecidamente mire por el negocio de Tomás, sin dudaalguna se podrá esperar buen suceso. Y esto ha de ser contal que el aguador no muera, y con que no falte ungüento parauntar a todos los ministros de la justicia; porque si noestán untados, gruñen más que carretas debueyes.

En gracia le cayó a Tomás los ofrecimientos delfavor que su amo le había hecho, y los infinitos y revueltosarcaduces por donde le había derivado; y aunqueconoció que antes lo había dicho de socarrónque de inocente, con todo eso, le agradeció su buenánimo y le entregó di dinero, con promesa que nofaltaría mucho más, según éltenía la confianza en su señor, como ya lehabía dicho. En resolución, dentro de quincedías estuvo fuera de peligro el herido, y a los veintedeclaró el cirujano que estaba del todo sano, y ya en estetiempo había dado traza Tomás como le viniesencincuenta estudos de Sevilla, y sacándolos él de suseno, se los entregó al huésped con cartas ycédula fingida de su amo; y como al huésped le ibapoco en averiguar la verdad de aquella correspondencia,cogía el dinero, que, por ser en escudos de oro, le alegrabamucho. Por seis ducados se apartó de la querella el herido;en diez, y en el asno y las costas, sentenciaron al Asturiano.Salió de la cárcel; pero no quiso volver a estar consu compañero. Díjole que lo que pensabahacer era, ya que él estaba determinado de seguir y pasar adelante con su propósito,comprar un asno y usar el oficio de aguador en tanto que estuviesenen Toledo; que con aquella cubierta no sería juzgado nipreso por vagamundo, y que con sola una carga de agua sepodía andar todo el día por la ciudad a sus anchuras,mirando bobas.

--Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, quetiene fama de tener las más discretas mujeres deEspaña, y que andan a una su discreción con suhermosura; y si no, míralo por Costancica, de cuyas sobrasde belleza puede enriquecer, no sólo a las hermosas destaciudad, sino a las de todo el mundo.

--Paso, señor Tomás--replicó Lope--:vámonos poquito a poquito en esto de las alabanzas de laseñora fregona, si no quiere que, como le tengo por loco, letenga por hereje.

--¿Fregona has llamado a Costanza, hermanoLope?--respondió Tomás--. Dios te lo perdone y tetraiga a verdadero conocimiento de tu yerro.

--Pues, ¿no es fregona?--replicó el Asturiano.

--Hasta ahora le tengo por ver fregar el primer plato.

--No importa--dijo Lope--no haberle visto fregar el primerplato, si le has visto fregar el segundo, y aun elcentésimo.

--Yo te digo, hermano--replicó Tomás--, que ellano friega, ni entiende en otra cosa que en su labor, y en serguarda de la plata labrada que hay en casa, que es mucha.

--Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad --dijoLope-- la fregona ilustre, si es que no friega?

Mas sin dudadebe de ser que como friega plata, y no loza, la dan el nombre deilustre. Pero, dejando esto aparte, dime, Tomás: ¿enqué estado están tus esperanzas?

--En el de perdición--respondió Tomás--;porque en todos estos días que has estado preso nunca la hepodido hablar una palabra.

--Pues ¿qué piensas hacer con el imposible que sete ofrece en la conquista desta Porcia, desta Minerva y desta nuevaPenélope, que en figura de doncella, y de fregona, teenamora, te acobarda y te desvanece?

--Haz la burla que de mí quisieres, amigo Lope; que yosé que estoy enamorado del más hermoso rostro quepudo formar la naturaleza, y de la más incomparablehonestidad que ahora se puede usar en el mundo. Costanza se llama,y no Porcia, Minerva o Penélope. No es posible que, aunquelo procuro, pueda un breve término contemplar, si asíse puede decir, en la bajeza de su estado, porque luego acuden aborrarme este pensamiento su belleza, su donaire, su sosiego, suhonestidad y recogimiento, y me dan a entender que debajo deaquella rústica corteza debe de estar encerrada y escondidaalguna mina de gran valor y de merecimiento grande. Finalmente, sealo que se fuere, yo la quiero bien. Y ya te he dicho, amigo, quepuedes hacer tu gusto, o ya en irte atu romería, o ya comprar el asno y hacerte aguador, comotienes determinado.

Al otro día acudió Tomás adar cebada, y Lope se fué al mercado de las bestias, que esallí junto, a comprar un asno que fuese tal como bueno.

Habiendo salido aquel día Costanza con una tocaceñida por las mejillas, y dicho a quien se lopreguntó que por qué se la había puesto, quetenía un gran dolor de muelas, Tomás, a quien susdeseos avivaban el entendimiento, en un instante discurriólo que sería bueno que hiciese, y dijo:

--Señora Costanza, yo le daré una oraciónen escrito que a dos veces que la rece, se le quitará comocon la mano su dolor.

--Norabuena--respondió Costanza--; que yo larezaré, porque sé leer.

--Ha de ser con condición--dijo Tomás--, que no laha de mostrar a nadie; porque la estimo en mucho, y no serábien que por saberla muchos se menosprecie.

--Yo le prometo--dijo Costanza--, Tomás, que no ladé a nadie; y démela luego, porque me fatiga mucho eldolor.

--Yo la trasladaré de la memoria--respondióTomás--, y luego se la daré.

Estas fueron las primeras razones que Tomás dijo aCostanza y Costanza a Tomás en todo el tiempo quehabía que estaba en casa, que ya pasaban de veinticuatrodías. Retiróse Tomás, y escribió laoración, y tuvo lugar dedársela a Costanza sin que nadie lo viese, y ella, con muchogusto y más devoción, se entró en un aposentoa solas, y abriendo el papel, vió que decía destamanera:

"Señora de mi alma: Yo soy un caballero natural deBurgos; si alcanzo de días a mi padre, heredo un mayorazgode seis mil ducados de renta. A la fama de vuestra hermosura, quepor muchas leguas se extiende, dejé mi patria, mudévestido, y en el traje que me veis, vine a servir a nuestrodueño; si vos lo quisiéredes ser mío, por losmedios que más a vuestra honestidad convengan, miradqué pruebas queréis que haga para enteraros destaverdad; y enterada en ella, siendo gusto vuestro, serévuestro esposo y me tendré por el más bien afortunadodel mundo."

En tanto que Tomás entendió que Costanza sehabía ido a leer su papel, le estuvo palpitando elcorazón, temiendo y esperando, o ya la sentencia de sumuerte, o la restauración de su vida.

Salió, en esto,Costanza, tan hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebiraumento su hermosura con algún accidente se pudiera juzgarque el sobresalto de haber visto en el papel de Tomás otracosa tan lejos de la que pensaba había acrecentado subelleza. Salió con el papel entre las manos hecho menudaspiezas, y dijo a Tomás:

--Hermano Tomás, esta tu oración más parecehechicería y embuste que oración santa, y así,yo no la quiero creer ni usar della, ypor eso la he rasgado, porque no la vea nadie que sea máscrédula que yo. Aprende otras oraciones másfáciles, porque ésta será imposible que te seade provecho.

En diciendo esto, se entró con su ama, y Tomásquedó suspenso; pero algo consolado, viendo que en solo elpecho de Costanza quedaba el secreto de su deseo.

En tanto que esto sucedió en la posada, andaba elAsturiano comprando el asno donde los vendían; y aunquehalló muchos, ninguno le satisfizo, puesto que un gitanoanduvo muy solícito por encajalle uno que máscaminaba por el azogue que le había echado en losoídos que por ligereza suya; pero lo que contentaba con elpaso desagradaba con el cuerpo, que era muy pequeño, y nodel grandor y talle que Lope quería, que le buscabasuficiente para llevarle a él por añadidura, orafuesen vacíos o llenos los cántaros. Llegóse aél, en esto, un mozo, y dijole al oído:

--Galán, si busca bestia cómoda para el oficio deaguador, yo tengo un asno aquí cerca, en un prado, que no lehay mejor ni mayor en la ciudad; y aconséjole que no comprebestia de gitanos, porque aunque parezcan sanas y buenas, todas sonfalsas y llenas de dolamas; si quiere comprar la que le conviene,véngase conmigo y calle la boca.

Creyóle el Asturiano, y díjole que guiase adondeestaba el asno que tanto encarecía. Fuéronse losdos mano a mano, como dicen, hasta quellegaron a la Huerta del Rey, donde a la sombra de una azudahallaron muchos aguadores, cuyos asnos pacían en un pradoque allí cerca estaba.

Mostró el vendedor su asno,tal, que le hinchó el ojo al Asturiano, y de todos los queallí estaban fué alabado el asno de fuerte, decaminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y sin otraseguridad ni información, siendo corredores y medianeros losdemás aguadores, dió diez y seis ducados por el asno,con todos los adherentes del oficio. Hizo la paga real en escudosde oro.

Diéronle el parabién de la compra, y de laentrada en el oficio, y certificáronle que habíacomprado un asno dichosísimo, porque el dueño que ledejaba, sin que se le mancase ni matase, había ganado conél en menos tiempo de un año, después dehaberse sustentado a él y al asno honradamente, dos pares devestidos, y más aquellos diez y seis ducados con que pensabavolver a su tierra.

Amén de los corredores del asno, estaban otros cuatroaguadores jugando a la primera, tendidos en el suelo,sirviéndoles de bufete la tierra y de sobremesa sus capas.Púsose el Asturiano a mirarlos, y vió que no jugabancomo aguadores, sino como arcedianos, porque tenía de restocada uno más de cien reales en cuartos y en plata.Llegó una mano de echar todos el resto, y si uno no dierapartido a otro él hiciera mesa gallega. Finalmente, a losdos en aquel resto se les acabóel dinero y se levantaron; viendo lo cual el vendedor del asno,dijo que si hubiera cuarto, que él jugara, porque eraenemigo de jugar en tercio. El Asturiano dijo que élharía cuarto. Sentáronse luego, anduvo la cosa debuena manera, y queriendo jugar antes el dinero que el tiempo, enpoco rato perdió Lope seis escudos que tenia, yviéndose sin blanca, dijo que si le querían jugar elasno, que él le jugaría. Acetáronle el envite,y hizo de resto un cuarto del asno, diciendo que por cuartosquería jugarle. Dijole tan mal, que en cuatro restosconsecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, yganóselos el mismo que se le había vendido; ylevantándose para volverse a entregarse en él, dijoel Asturiano que advirtiesen que él solamente habíajugado los cuatro cuartos del asno; pero la cola, que se la diesen,y se le llevasen norabuena.

Causóles risa a todos la demanda de la cola, y huboletrados que fueron de parecer que no tenía razón enlo que pedía, diciendo que cuando se vende un carnero o otrares alguna, no se saca ni quita la cola, que con uno de los cuartostraseros ha de ir forzosamente. A lo cual replicó Lope quelos carneros de Berbería ordinariamente tienen cincocuartos, y que el quinto es de la cola, y cuando los tales carnerosse cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que a lode ir la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea,que lo concedía; pero que la suya no fué vendida,sino jugada, y que nunca suintención fué jugar la cola, y que al punto se lavolviesen luego con todo lo a ella anejo y concerniente, que eradesde la punta del celebro, contada la osamenta del espinazo, dondeella tomaba principio y decendía, hasta parar en losúltimos pelos della.

--Dadme vos --dijo uno-- que ello sea así comodecís, y que os la den como la pedís, y sentaos juntoa lo que del asno queda.

--¡Pues así es! --replicó Lope--. Venga micola; si no, por Dios que no me lleven el asno si bien viniesen porél cuantos aguadores hay en el mundo; y no piensen que porser tantos los que aquí están me han de hacersuperchería, porque soy yo un hombre que me sabréllegar a otro hombre y meterle dos palmos de daga por las tripas,sin que sepa de quién, por dónde, o cómo levino; y más, que no quiero que me paguen la cola rata porcantidad, sino que quiero que me la den en ser y la corten delasno, como tengo dicho.

Al ganancioso y a los demás les pareció no serbien llevar aquel negocio por fuerza, porque juzgaron ser de talbrío el Asturiano, que no consentiría que se lahiciesen, y uno dellos, que parecía de másrazón y discurso, los concertó en que se echase lacola contra un cuarto del asno a una quínola, o a dos ypasante. Fueron contentos, ganó la quínola Lope,picóse el otro, echó el otro cuarto, y a otras tresmanos quedó sin asno. Quiso jugar el dinero; no quería Lope; pero tanto le porfiarontodos, que lo hubo de hacer, con que hizo el viaje del desposado,dejándole sin un solo maravedí; y fué tanta lapesadumbre que desto recibió el perdidoso, que searrojó en el suelo y comenzó a darse de calabazadaspor la tierra. Lope, como bien nacido y como liberal y compasivo,le levantó y le volvió todo el dinero que lehabía ganado, y los diez y seis ducados del asno, y aun delos que él tenía repartió con loscircunstantes, cuya extraña liberalidad pasmó atodos; y si fueran los tiempos y las ocasiones del Tamorlán,le alzaran por rey de los aguadores.

Con grande acompañamiento volvió Lope a la ciudad,donde contó a Temas lo sucedido. No quedó taberna, nibodegón, ni junta de pícaros donde no se supiese eljuego del asno, el esquite por la cola y el brío y laliberalidad del Asturiano; pero como la mala bestia del vulgo, porla mayor parte, es mala, maldita y maldiciente, no tomó dememoria la liberalidad, brío y buenas partes del gran Lope,sino solamente la cola; y así, apenas hubo andado dosdías por la ciudad echando agua, cuando se vióseñalar de muchos con el dedo, que decían: "Este esel aguador de la cola." Estuvieron los muchachos atentos, supieronel caso, y no había asomado Lope por la entrada decualquiera calle, cuando por toda ella le gritaban, quién deaquí y quién de allí:

"¡Asturiano, dacala cola! ¡Daca la cola, Asturiano!" Lope, que se vió asaetear de tantas lenguas y contantas voces, dió en callar, creyendo que en su muchosilencio se anegara tanta insolencia; mas ni por esas; puesmientras más callaba, más los muchachos gritaban; yasí, probó a mudar su paciencia en cólera, yapeándose del asno, dió a palos tras los muchachos,que fué afinar el polvorín y ponerle fuego, yfué otro cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugarde una que quitaba, apaleando a algún muchacho,nacían en el mismo instante, no otras siete, sinosetecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedían lacola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse a una posada quehabía tomado fuera de la de su compañero, y deestarse en ella hasta que la influencia de aquel mal planetapasase, y se borrase de la memoria de los muchachos aquella demandamala de la cola que le pedían.

Seis días se pasaron sin que saliese de casa, si no erade noche, que iba a ver a Tomás y a preguntarle del estadoen que se hallaba, el cual le contó que no había podido hablar una sola palabra conCostanza. Lope le contó a él la priesa que ledaban los muchachos pidiéndole la cola, porque élhabía pedido la de su asno, con que hizo el famoso esquite.Aconsejóle Tomás que no saliese de casa, a lo menos,sobre el asno, y que si saliese, fuese por calles solas yapartadas, y que cuando esto no bastase, bastaría dejar eloficio, último remedio de poner fin a tan poco honestademanda. Retiróse, con esto, asu posada Lope, con determinación de no salir della en otrosseis días, a lo menos, con el asno.

Las once serían de la noche, cuando de improviso y sinpensarlo vieron entrar en la posada muchas varas de justicia y, alcabo, el Corregidor. Alborotóse el huésped, y aun loshuéspedes; porque así como los cometas cuando semuestran siempre causan temores de desgracias e infortunios, nimás ni menos la justicia, cuando de repente y de tropel seentra en una casa, sobresalta y atemoriza hasta las conciencias noculpadas. Entróse el Corregidor en una sala, y llamóal huésped de casa, el cual vino temblando a ver lo que elseñor Corregidor quería. Y así como levió el Corregidor, le preguntó con muchagravedad:

--¿Sois vos el huésped?

--Sí, señor --respondió él--; paralo que vuesa merced me quisiere mandar.

Mandó el Corregidor que saliesen de la sala todos los queen ella estaban y que le dejasen solo con el huésped.Hiciéronlo así, y quedándose solos, dijo elCorregidor al huésped:

--¿Dónde está una muchacha que dicen quesirve en esta casa, tan hermosa, que por toda la ciudad la llamanla ilustre fregona?

--Señor --respondió el huésped--, esa fregona ilustre que dicen es verdad que está en estacasa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo. --No entiendo lo que decís, huésped, eneso de ser y no ser vuestra criada la fregona.

--Yo he dicho bien --añadió el huésped--; ysi vuesa merced me da licencia, le diré lo que hay en esto,lo cual jamás he dicho a persona alguna.

--Primero quiero ver a la fregona que saber otra cosa; llamadlaacá --dijo d Corregidor.

Asomóse el huésped a la puerta de la sala, ydijo:

--¿Oíslo, señora? Haced que entreaquí Costancica.

Sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó, Costanza, una vela encendida sobre un candelero deplata, y con más vergüenza que temor fué dondeel Corregidor estaba.

Así como el Corregidor la vió, mandó alhuésped que cerrase la puerta de la sala; lo cual hecho, elCorregidor se levantó, y tomando el candelero que Costanzatraía, llegándole la luz al rostro, la anduvo mirandotoda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto,habíasele encendido la color del rostro, y estaba tanhermosa y tan honesta, que al Corregidor le pareció queestaba mirando la hermosura de un ángel en la tierra; ydespués de haberla bien mirado, dijo:

--Huésped, ésta no es joya para estar en el bajoengaste de un mesón. Digo, doncella, que no solamente ospueden y deben llamar ilustre, sino ilustrísima; pero estostítulos no habían de caer sobre el nombre de fregona, sino sobre el de una duquesa.

--No es fregona, señor --dijo el huésped--;que no sirve de otra cosa en casa que de traer las llaves de laplata, que por la bondad de Dios tengo alguna, con que se sirvenlos huéspedes honrados que a esta posada vienen.

--Con todo eso --dijo el Corregidor--, digo, huésped, queni es decente ni conviene que esta doncella esté en unmesón. ¿Es parienta vuestra por ventura?

--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustarede saber quién es, como ella no esté delante,oirá vuesa merced cosas que, juntamente con darle gusto, leadmiren.

--Sí gustaré --dijo el Corregidor--; ysálgase Costancica allá fuera, y prométase demí lo que de su mismo padre pudiera prometerse; que su muchahonestidad y hermosura obligan a que todos los que la vieren seofrezcan a su servicio.

No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizouna profunda reverencia al Corregidor, y salióse de la sala,y halló a su ama desalada esperándola, para saberdella qué era lo que el Corregidor la quería. Ella lecontó lo que había pasado, y cómo suseñor quedaba con él para contalle no séqué cosas que no quería que ella las oyese.

No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempreestuvo rezando hasta que se fué el Corregidor y viósalir libre a su marido, el cual, entanto que estuvo con el Corregidor le dijo:

--Hoy hacen, señor, según mi cuenta, quinceaños, un mes y cuatro días que llegó a estaposada una señora en hábito de peregrina, en unalitera, con una niña recién nacida, yacompañada de cuatro criados de a caballo, y de dosdueñas y una doncella, que en un coche venían.Traía asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricosreposteros, y cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina;finalmente, el aparato era principal, y la peregrina representabaser una gran señora; y aunque en la edad mostraba ser decuarenta o pocos más años, no por eso dejaba deparecer hermosa en todo extremo. Venía enferma ydescolorida, y tan fatigada, que mandó que luego le hiciesenla cama, y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Yo y mimujer preguntamos a éstos quién era latal señora y cómo se llamaba, de adóndevenía y adónde iba, y por qué causa sevestía aquel hábito de peregrina. A todas estaspreguntas, que le hicimos no hubo alguno que nos respondiese otracosa sino que aquella peregrina era una señora principal yrica de Castilla la Vieja, y que porque había algunos mesesque estaba enferma de hidropesía, había ofrecido deir a Nuestra Señora de Guadalupe en romería, por lacual promesa iba en aquel hábito.

En cuanto a decir sunombre, traían orden de no llamarla sino la señoraperegrina. Esto supimos por entonces; pero a cabo de tresdías que, por enferma, la señora peregrina se estaba en casa, una de lasdueñas nos llamó a mí y a mi mujer de suparte; fuimos a ver lo que quería, y a puerta cerrada ydelante de sus criadas, casi con lágrimas en los ojos, nosdijo creo que estas mismas razones: "Señores míos,los cielos me son testigos que sin culpa mía me hallo en un riguroso trance y me veo obligada, porcuestión de honra, a apartar de mi lado a estaniña. Y es menester, amigos, busquéiscon todo secreto donde llevarla a criar, buscandotambién mentiras que decir a quien la entregáredes; que por ahora será en la ciudad, ydespués quiero que se lleve a una aldea. De lo quedespués se hubiere de hacer, cuando de Guadalupe vuelva losabréis, porque el tiempo me habrá dado lugar de quepiense y escoja lo mejor que me convenga."

index-45_1.png

...que llegó a esta posada una señora enhábito de peregrina, ...