Novelas de Voltaire by 1694-1778 Voltaire - HTML preview

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DE LOS VIAGES

DE ESCARMENTADO,

ESCRITA POR ÉL PROPIO.

En la ciudad de Candía vine yo al mundo el año de 1600. Era sugobernador mi padre, y me acuerdo que un poeta ménos que mediano,aunque no fuese medianamente desaliñado su estilo, llamado Azarria,hizo unas malas coplas en elogio mio, en las quales me calificaba dedescendiente de Minos en línea recta; mas habiendo luego quitado elgobierno á mi padre, compuso otras en que me trataba de nieto dePasifae y su amante. Mal sugeto era de veras el tal Azarria, y elbribon mas fastidioso que en toda la isla habia.

Quince años tenia quando me envió mi padre á estudiar á Roma, y yollegué con la esperanza de aprender todas las verdades, porque hastaentónces me habian enseñado todo lo contrario de la verdad, según esuso en este mundo, desde la China hasta los Alpes. Monsiñor Profondo,á quien iba recomendado, era sugeto raro, y uno de los mas terriblessabios que en el mundo habia. Quísome instruir en las categorías deAristóteles, y por poco me pone en la de sus gitones: de buena melibré. Ví procesiones, exôrcismos, y no pocos robos. Decian, aunquecontra toda verdad, que la siñora Olimpia, dama muy prudente, vendiaciertas cosas que no suelen venderse. De mi edad todo esto me pareciamuy gracioso. Ocurrióle á una señora moza, y de muy suave condicion,llamada la siñora Fatelo, prendarse de mí: obsequiábanla elreverendísimo padre Puñalini, y el reverendísimo padre Aconiti,religiosos de una congregacion que ya no exîste, y los puso de acuerdoá entrámbos dándome sus favores; pero me ví á peligro de serenvenenado y excomulgado. Dexé á Roma muy satisfecho con laarquitectura de San Pedro.

Viajé por Francia, donde reynaba á la sazon Luis el justo; y loprimero que me preguntáron fué si queria para mi almuerzo un trozo delmariscal de Ancre, que habia asado la gente, y le vendian muy barato álos que querian comprar su carne para regalarse.

Era este estado un continuo teatro de guerras civiles, unas veces poruna plaza en el consejo, y otras por dos páginas de controversiasteológicas. Mas de sesenta años hacia que estaban asolados estoshermosos climas por este volcan que unas veces se amortiguaba, y otrasardia con violencia; y eso eran las libertades de la iglesia galicana.¡Ay! dixe, este pueblo es de natural apacible: ¿quién le ha sacado asíde su índole? Dice chufletas, y hace el degüello de San Bartolomé.¡Venturoso tiempo aquel en que no haga mas que decir donayres!

Pasé á Inglaterra, donde las mismas contiendas ocasionaban los mismoshorrores. Unos santos católicos, en obsequio de la iglesia, habiandeterminado volar con pólvora el rey, la familia real, y todo elparlamento, y librar la Inglaterra de tanto herege. Enseñáronme elsitio donde habia hecho quemar á mas de quinientos de sus vasallos labienaventurada reyna María, hija de Henrique octavo; y me aseguró unclérigo hiberno que fué accion de mucho mérito para con Dios: loprimero porque los quemados eran todos ingleses, y lo segundo porquenunca tomaban agua bendita, ni creían en la cueva de San Patricio;pasmándose de que aun no hubiesen canonizado á la reyna María, bienque abrigaba la esperanza de que no se tardaria en ponerla en losaltares, así que tuviera un poco de lugar el cardenal nepote.

Fuíme á Holanda, donde esperaba encontrar mas sosiego en un pueblo masflemático. Quando llegué á La Haya, estaban cortando la cabeza á unanciano venerable, y era la cabeza calva del primer ministroBarnevelt. Movido á compasion, pregunté qué delito era el suyo, y sihabia sido traydor al estado.

Mucho peor que eso, me respondió unpredicante de capa negra; que es hombre que cree que puede unosalvarse por sus buenas obras lo mismo que por la fé: y bien veis quesi se acreditaran semejantes opiniones, no podria subsistir larepública; por eso es menester leyes severas para poner freno áescándalos tan horrorosos. Díxome luego suspirando un políticoprofundo: ¡Ha, señor! este buen tiempo no ha de durar siempre; estepueblo se muestra tan zeloso por mero acaso: su verdadero carácter seinclina al abominable dogma de la tolerancia, y un dia le abrazará;cosa que me estremece. Yo empero, miéntras no llegaba esta fatal épocade indulgencia y moderacion, dexé á toda priesa un pais donde ninguncontento templaba su severidad, y me embarqué para España.

Estaba la corte en Sevilla, habian llegado los galeones, y en la mashermosa estacion del año todo respiraba abundancia y alegría. Al cabode una calle de naranjos y limones, ví un palenque inmenso rodeado degradas cubiertas de preciosos texidos. Baxo un soberbio dosel estabanel rey, la reyna, los infantes y las infantas.

Enfrente de la augustafamilia habia un trono todavía mas alto. Dixe, volviéndome á uno demis compañeros de viage: Como no esté aquel trono reservado para Dios,no sé para quien pueda ser. Oyó un grave Español estas imprudentespalabras, y me saliéron caras. Yo me figuraba que íbamos á ver untorneo ó una corrida de toros, quando subió el Inquisidor general altrono, y desde él bendixo al monarca y al pueblo.

Vino luego un exército de frayles en filas de dos en dos, blancos,negros, pardos, calzados, descalzos, con barba, imberbes, con capillapuntiaguda, y sin capilla; iba luego el verdugo; y detras, en medio dealguaciles y duques, cerca de quarenta personas cubiertas con sacosdonde habia llamas y diablos pintados. Eran estos, ó judíos que sehabian empeñado en no renegar de Moisés, ó cristianos que se habíancasado con sus comadres, ó no habian sido devotos de Nuestra Señora deAtocha, ó no habian querido dar dinero á los padres capuchinos.Cantáronse unas devotísimas oraciones, y luego fuéron quemados vivos,á fuego lento, todos los reos; con lo qual quedó muy edificada lafamilia real.

Aquella noche, quando me iba á meter en la cama, entráron dosfamiliares de la inquisicion, acompañados de una ronda bien armada;diéronme un cariñoso abrazo, y me lleváron, sin hablarme palabra, á uncalabozo muy fresco, donde habia una esterilla para acostarse, y unsoberbio crucifixo. Aquí estuve seis semanas, pasadas las quales memandó á pedir por favor el señor inquisidor que me viese con él.Estrechóme en sus brazos con paternal cariño, y me dixo que sentia muyde veras que estuviese tan mal alojado, pero que estaban ocupadostodos los quartos de aquella santa casa, y que esperaba otra vez darmemejor habitacion.

Preguntóme luego con no ménos amor, si sabia porqueestaba allí. Respondí al varon santo, que sin duda por mis pecados.Eso es, hijo mió: ¿pero por qué pecados? habladme sin rezelo. Por masque me mataba, no atinaba, hasta que la caridad del piadoso inquisidorme dió alguna luz. Acordéme al fin de mis imprudentes palabras, y nofuí condenado mas que á exercicios, la disciplina, y treinta milreales de multa. Lleváronme á dar las gracias al inquisidor general,sugeto muy afable, que me preguntó que tal me habia parecido sufiesta.

Rospondíle que era deliciosísima, y fui á dar priesa á miscompañeros á que saliésemos del pais, puesto que es tan ameno. Habianestos tenido lugar para informarse de todas las grandes proezasexecutadas por los Españoles en obsequio de la religion, y leido lasmemorias del célebre obispo de Chiapa, donde cuenta que degolláron,quemáron ó ahogáron unos diez millones de idólatras Americanos porconvertirlos á nuestra santa fé. Bien creo que pondera algo el obispo;pero aunque se rebaxe la mitad de las víctimas, todavía quedaacreditado un zelo portentoso.

Atormentábame sin cesar el ardor de viajar, y estaba resuelto áconcluir mi peregrinacion de Europa por la Turquía. Encaminéme á esta,con firme propósito de no decir otra vez mi parecer acerca de lasfiestas que viese. Estos Turcos, dixe á mis compañeros, son unospaganos que no han recibido el santo bautismo, y sin duda han de sermas crueles que los santos inquisidores; callémonos pues, miéntrasvivamos entre Moros.

Con este ánimo iba; pero quedé atónito al ver en Turquía muchos mastemplos cristianos que en la isla donde habia nacido, y hasta crecidascongregaciones de frayles, á quienes dexaban en paz rezar á la virgenMaría, y maldecir á Mahoma, unos en griego, otros en latin, y otros enarmenio. ¡Qué honrada gente son los Turcos! exclamé. Los cristianosgriegos y los latinos eran irreconciliables enemigos enConstantinopla, y se perseguían estos esclavos unos á otros comoperros que se muerden en la calle, y que separan á palos sus amos.Entónces el gran visir protegia á los Griegos: el patriarca griego meacusó de que habia cenado con el patriarca latino, y fui condenado porel diván á cien palos en la planta de los pies, que rescaté á preciode quinientos zequíes. Al otro dia ahorcáron al gran visir; y altercero su sucesor, que no fue ahorcado hasta de allí á un mes, mecondenó á la misma multa por haber cenado con el patriarca griego: desuerte que me ví en la triste precision de no freqüentar la iglesiagriega ni la latina. Por consolarme arrendé una hermosa circasiana,que era la mas cariñosa persona á solas con un hombre, y la mas devotaen la mezquita. Una noche, entre los suaves gustos de amor, exclamódándome un abrazo:

Alah, Ilah, Aláh

, que son las palabrassacramentales de los Turcos; yo pensé que fuesen las del amor, y dixecon mucho cariño:

Aláh, Ilah, Aláh

. Ha, dixo la mora, loado sea Diosmisericordioso; ya sois Turco. Respondíle que daba las gracias alSeñor que me habia dado fuerza para serlo, y creí que era muy dichoso.Por la mañana vino á circuncidarme el iman; y poniendo yo algunadificultad, me propuso el cadí del barrio, hombre de buenacomposicion, que me mandaria empalar. Por fin libré mi prepucio y mitrasero por mil zequíes, y me escapé corriendo á Persia, resuelto á nooir en Turquía misa griega ni latina, y á no decir nunca Aláh, Ilah,Aláh

en los ratos de los gustos de amor.

Así que llegué á Ispahan, me preguntáron si era del partido delcarnero negro ó del carnero blanco.

Respondí que lo mismo me daba unoque otro, con tal que fuera tierno. Se ha de notar que todavía estabadividida la Persia en dos facciones, la del carnero negro y la delblanco. Creyéron que hacia yo burla de ámbos partidos, y me encontréen un terrible compromiso á la puerta misma de la ciudad, del qualsalí pagando una buena cantidad de zequíes, por no tener que ver concarneros.

No paré hasta la China, donde llegué con un intérprete que me dixo queera el pais donde se podia vivir alegre y libre: los Tártaros que lehabian invadido todo lo ponian á sangre y fuego, miéntras que losreverendos padres jesuitas por una parte, y los reverendos padresdomínicos por otra, decian que ganaban almas para el cielo, sin quenadie lo advirtiese. Nunca se han visto convertidores mas zelosos;unos á otros se perseguían con el mas fervoroso ahinco, escribian áRoma tomos enteros de calumnias, y se trataban de infieles yprevaricadores por un alma. Habia entre ellos una horrorosa disputaacerca del modo de hacer la cortesía; los jesuitas querian que losChinos saludaran á sus padres y madres á la moda de la China, y losdomínicos que fuera á la moda de Roma. Sucedióme que los jesuítascreyéron que yo era un domínico, y le dixéron á Su Magestad Tártaraque era espía del Papa. Dió comision el consejo supremo á un primermandarín para que me arrestara; el qual mandó á un alguacil, que teniaá sus órdenes quatro corchetes, que me prendiesen, y me atasen contoda ceremonia. Conduxéronme, despues de ciento y quarentagenuflexîones, ante Su Magestad, que me preguntó si era yo espía delPapa, y si era cierto que hubiese de venir este príncipe en persona ádestronarle. Respondíle que el Papa era un clérigo de mas de setentaaños; que distaban sus estados mas de quatro mil leguas de los de suSacra Magestad Tártaro-China; que su exército era de dos mil soldadosque montaban la guardia con un para-aguas; que no destronaba á nadie,y que podia Su Magestad dormir sin miedo. Esta fué la ménos fatalaventura de mi vida, pues no hiciéron mas que enviarme á Macao, dondeme embarqué para Europa.

Fué preciso calafatear el navío en la costa de Golconda, y meaproveché de la oportunidad para ver la corte del gran Aurengzeb, dequien se contaban entónces mil portentos. Estaba este monarca en Deli,y gocé el gusto imponderable de contemplarle facha á facha el dia dela pomposa ceremonia en que recibió la celestial dádiva que le enviabael cherif de la Meca, y era la escoba con que se habia barrido lasanta casa, la

caaba

, la

belh-Alah

: escoba que es el símbolo quealimpia todas las suciedades del alma. Parece que no la necesitabaAurengzeb, que era el varon mas religioso de todo el Indostan, puestoque habia degollado á uno de sus hermanos, y dado veneno á su padre, yhabia hecho perecer en un patíbulo á veinte rajaes y otros tantosomraes; pero no queria decir eso nada, y no se hablaba de otra cosaque de su devocion, á la qual la de ningun otro era comparable, comono fuese la de la sacra magestad, del serenísimo emperador deMarruecos, Mulcy Ismael, el qual cortaba unas quantas cabezas todoslos viernes, despues de hacer oracion.

No articulé yo palabra, que me habian escarmentado los viages, y sabiaque no era juez competente para fallar entre estos dos augustossoberanos. Confieso empero que un francés mozo, con quien estabaalojado, faltó al respeto debido á los emperadores de Indias y deMarruceos, diciendo con mucha imprudencia que en Europa habiasoberanos muy píos que gobernaban con acierto sus estados, yfreqüentaban tambien las iglesias, sin quitar por eso la vida á suspadres y hermanos, ni cortar la cabeza á sus vasallos.

Nuestrointérprete dio cuenta en lengua india de las expresiones impías deeste mozo. Instruido yo con lo que en otras ocasiones me habiasucedido, mandé ensillar mis camellos, y me fui con el francés. Luegosupe que aquella misma noche habian venido á prendernos los oficialesdel gran Aurengzeb; y no habiendo encontrado mas que al intérprete,fue este ajusticiado en la plaza mayor, confesando sin lisonja todoslos palaciegos que era muy justa su muerte.

Quedábame por ver la Africa para disfrutar de todas las delicias denuestro hemisferio, y con efecto la ví.

Unos corsarios negrosapresaron mi embarcacion. Quejóse amargamente mi patron, y lespreguntó por qué violaban las leyes de las naciones. Fuéle respondidopor el capitán negro: Vuestra nariz es larga, y la nuestra chata;vuestro cabello es liso, y nuestra lana riza; vuestra cutis es decolor ceniciento, y la nuestra de color de ébano; por consiguiente, envirtud de las sacrosantas leyes de naturaleza, siempre debemos serenemigos. En las ferias de Guinea nos compráis, como si fuéramosacémilas, para forzarnos á que trabajemos en no sé qué faenas tanpenosas como ridiculas; á vergajazos nos haceis horadar los montespara sacar una especie de polvo amarillo que para nada es bueno, y queno vale, ni con mucha, un cebollino de Egipto. Así quando osencontramos nosotros, y podemos mas, os obligamos á que labreisnuestras tierras, y de lo contrario os cortamos las narices y lasorejas.

No habia réplica á tan discreto razonamiento. Fuí á labrar el campo deuna negra vieja por conservar mis orejas y mi nariz, y al cabo de unaño me rescatáron. Habiendo visto todo quanto bueno, hermoso yadmirable hay en la tierra, me determiné á no ver mas que mis diosespenates: me casé en mi pais, fuí cornudo, y ví que era la mas gratacondicion de la vida humana.

Fin de los viages de Escarmentado

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* * * * *

MICROMEGAS,

HISTORIA FILOSOFICA.

* * * * *

CAPITULO PRIMERO.

Viage de un morador del mundo de la estrella Sirio al planeta deSaturno

.

Habia en uno de los planetas que giran en torno de la estrella llamadaSirio, un mozo de mucho talento, á quien tuve la honra de conocer enel postrer viage que hizo á nuestro mezquino hormiguero. Era su nombreMicromegas, nombre que cae perfectamente á todo grande, y tenia ocholeguas de alto; quiero decir veinte y quatro mil pasos geométricos decinco piés de rey.

Algún algebrista, casta de gente muy útil al público, tomará á estepaso de mi historia la pluma, y calculará que teniendo el Señor DonMicromegas, morador del pais de Sirio, desde la planta de los piés alcolodrillo veinte y quatro mil pasos, que hacen ciento y veinte milpiés de rey, y nosotros ciudadanos de la tierra no pasando por locomún de cinco piés, y teniendo nuestro globo nueve mil leguas decircunferencia, es absolutamente indispensable que el planeta dóndenació nuestro héroe tenga cabalmente veinte y un millones yseiscientas mil veces mas circunferencia que nuestra tierra. Pues nohay cosa mas comun ni mas natural; y los estados de ciertosprincipillos de Alemania ó de Italia, que pueden andarse en mediahora, comparados con la Turquía, la Rusia, ó la América española, sonuna imágen, todavía muy distante de la realidad, de las diferenciasque ha establecido la naturaleza entre los seres.

Es la estatura de Su Excelencia la que llevamos dicha, de dondecolegirán todos nuestros pintores y escultores, que su cuerpo podiatener unos cincuenta mil piés de rey de circunferencia, porque es muybien proporcionado. Su entendimiento es de los mas perspicaces que sepuedan ver; sabe una multitud de cosas, y algunas ha inventado: apénasrayaba con los doscientos y cincuenta años, siendo estudiante en elcolegio de jesuitas de su planeta, como es allí estilo comun, adivinópor la fuerza de su inteligencia mas de cincuenta proposiciones deEuclides, que son diez y ocho mas que hizo Blas Pascal, el qualhabiendo adivinado, segun dice su hermana, treinta y dos jugando,llegó á ser, andando los años, harto mediano geómetra, y malísimometafísico. De edad de quatrocientos y cincuenta años, que no haciamas que salir de la niñez, disecó unos insectos muy chicos que nollegaban á cien piés de diámetro, y se escondían á los microscopiosordinarios, y compuso acerca de ellos un libro muy curioso, pero quele traxo no pocos disgustos. El muftí de su pais, no ménos cosquillosoque ignorante, encontró en su libro proposiciones sospechosas,mal-sonantes, temerarias, heréticas, ó que olian á heregía

, y lepersiguió de muerte: tratábase de saber si la forma substancial de laspulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles.Defendióse con mucha sal Micromegas; se declaráron las mugeres en sufavor, puesto que al cabo de doscientos y veinte años que habia duradoel pleyto, hizo el muftí condenar el libro por calificadores que ni lehabian leido, ni sabian leer, y fue desterrado de la corte el autorpor tiempo de ochocientos años.

No le afligió mucho el salir de una corte llena de enredos y chismes.Compuso unas décimas muy graciosas contra el muftí, que á este no leimportáron un bledo, y se dedicó á viajar de planeta en planeta, paraacabar de perfeccionar su razon y su corazon, como dicen. Los queestán acostumbrados á caminar en coche de colleras, ó en silla deposta, se pasmarán de los carruages de allá arriba, porque nosotros,en nuestra pelota de cieno, no entendemos de otros estilos que losnuestros. Sabia completamente las leyes de la gravitacion y de lasfuerzas atractivas y repulsivas nuestro caminante, y se valia de ellascon tanto acierto, que ora montado en un rayo del sol, ora cabalgandoen un cometa, andaban de globo en globo él y sus sirvientes, lo mismoque revolotea un paxarillo de rama en rama. En poco tiempo hubocorrido la vía láctea; y siento tener que confesar que nunca pudocolumbrar, por entre las estrellas de que está sembrada, aquelhermosísimo cielo empíreo, que con su anteojo de larga vista descubrióel ilustre Derham, teniente cura [Footnote: Sabio Inglés, autor de laTeología astronómica, y otras obras, en que se esfuerza á probar laexîstencia de Dios por la contemplacion de las maravillas de lanaturaleza.]. No digo yo por eso que no le haya visto muy bien elSeñor Derham; Dios me libre de cometer tamaño yerro; mas al caboMicromegas se hallaba en el país, y era buen observador: yo no quierocontradecir á nadie.

Despues de muchos viages llegó un dia Micromegas al globo de Saturno;y si bien estaba acostumbrado á ver cosas nuevas, todavía le paróconfuso la pequeñez de aquel planeta y de sus moradores, y no pudoménos de soltar aquella sonrisa de superioridad que los mas cuerdos nopueden contener á veces. Verdad es que no es Saturno mas grande quenovecientas veces la tierra, y los habitadores del pais son enanos deunas dos mil varas, con corta diferencia, de estatura. Rióse alprincipio de ellos con sus criados, como hace un músico italiano de lamúsica de Lulli, quando viene á Francia; mas era el Sirio hombre derazon, y presto reconoció que podia muy bien un ser que piensa notener nada de ridículo, puesto que no pasara de seis mil piés suestatura. Acostumbróse á los Saturninos, despues de haberlos pasmado,y se hizo íntimo amigo del secretario de la academia de Saturno,hombre de mucho talento, que á la verdad nada habia inventado, peroque daba muy lindamente cuenta de las invenciones de los demas, y quehacia regularmente coplas chicas y cálculos grandes. Pondré aquí, parasatisfaccion de mis lectores, una conversacion muy extraña que con elseñor secretario tuvo un dia Micromegas.

CAPITULO II.

Conversacion del morador de Sirio con el de Saturno

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Acostóse Su Excelencia, acercóse á su rostro el secretario, y dixoMicromegas: Confesemos que es muy varia la naturaleza. Verdad es, dixoel Saturnino; es la naturaleza como un jardin, cuyas flores…. Ha,dixo el otro, dexaos de jardinerías. Pues es, siguió el secretario,como una reunion de rubias y pelinegras, cuyos atavíos….. ¿Qué meimportan vuestras pelinegras? interrumpió el otro. O bien como unagalería de quadros, cuyas imágenes…… No, Señor, no, replicó elcaminante, la naturaleza es como la naturaleza. ¿A qué diablos andaisbuscando esas comparaciones? Por recrearos, respondió el secretario.Si no quiero yo que me recreen, lo que quiero es que me instruyan,repuso el caminante. Decidme lo primero quantos sentidos tienen loshombres de vuestro globo. Nada mas que setenta y dos, dixo elacadémico, y todos los dias nos lamentamos de tanta escasez; quenuestra imaginacion se dexa atras nuestras necesidades, y nos pareceque con nuestros setenta y dos sentidos, nuestro anulo, y nuestrascinco lunas, no tenemos lo suficiente; y es cierto que no obstantenuestra mucha curiosidad y las pasiones que de nuestros setenta y dossentidos son hijas, nos sobra tiempo para aburrirnos. Bien lo creo,dixo Micromegas, porque en nuestro globo tenemos cerca de milsentidos, y todavía nos quedan no sé qué vagos deseos, no sé quéinquietud, que sin cesar nos avisa que somos chica cosa, y que hayotros seres mucho mas perfectos. He hecho algunos viages, y he vistootros mortales muy inferiores á nosotros, y otros que nos son muysuperiores; mas ningunos he visto que no tengan mas deseos queverdaderas necesidades, y mas necesidades que satisfacciones. Acasollegaré un dia á un pais donde nada haga falta, pero hasta ahora no hepodido saber del tal pais. Echáronse entónces á formar conjeturas elSaturnino y el Sirio; pero despues de muchos raciocinios no ménosingeniosos que inciertos, fué forzoso volver á sentar hechos. ¿Quantotiempo vivís? dixo el Sirio. Ha, muy poco, replicó el hombrecillo deSaturno. Lo mismo sucede en nuestro pais, dixo el Sirio, siempre nosestamos quejando de la cortedad de la vida. Menester es que sea estauniversal pension de la naturaleza. ¡Ay! nuestra vida, dixo elSaturnino, se ciñe á quinientas revoluciones solares (que vienen á serquince mil años, ó cerca de ellos, contando como nosotros). Ya veisque eso casi es morirse así que uno nace: es nuestra exîstencia unpunto, nuestra vida un momento, nuestro globo un átomo; y apénasempieza uno á instruirse algo, quando le arrebata la muerte, ántes deadquirir experiencia. Yo por mí no me atrevo á formar proyectoninguno, y me encuentro como la gota de agua en el inmenso océano; ylo que mas sonroxo me causa en vuestra presencia, es contemplar quanridícula figura hago en este mundo. Replicóle Micromegas: Si nofuérais filósofo, tendria, rezelo de desconsolaros, diciéndoos que esnuestra vida setecientas veces mas dilatada que la vuestra; pero biensabeis que quando se ha de restituir el cuerpo á los elementos, yreanimar baxo distinta forma la naturaleza, que es lo que llamanmorir; quando es llegado, digo, este momento de metamorfósis, pocoimporta haber vivido una eternidad ó un dia solo, que uno y otro es lomismo. Yo he estado en paises donde viven las gentes mil veces mas queen el mio, y he visto que todavía se quejaban; pero en todas partes seencuentran sugetos de razon, que saben resignarse, y dar gracias alautor de la naturaleza, el qual con una especie de maravillosauniformidad ha esparcido en el universo las variedades con unaprofusion infinita.

Así por exemplo, todos los seres que piensan sondiferentes, y todos se parecen en el don de pensar y desear. En todaspartes es la materia extensa, pero en cada globo tiene propiedadesdistintas. ¿Quantas de estas propiedades tiene vuestra materia? Sihablais de las propiedades sin las quales creemos que no pudierasubsistir nuestro globo como él es, dixo el Saturnino, no pasan detrescientas, conviene á saber la extension, la impenetrabilidad, lamobililad, la gravitacion, la divisibilidad, etc. Sin duda, replicó elcaminante, que basta ese corto número para el plan del criador envuestra estrecha habitacion, y en todas cosas adoro su sabiduría,porque si en todas veo diferencias, tambien contemplo en todasproporciones.

Vuestro globo es chico, y tambien lo son sus moradores;teneis pocas sensaciones, y goza vuestra materia de pocas propiedades:todo eso es disposicion de la Providencia. ¿De qué color es vuestrosol bien exâminado?

Blanquecino muy ceniciento, dixo el Saturnino, yquando dividimos uno de sus rayos, hallamos que tiene siete colores.El nuestro tira á encarnado, dixo el Sirio, y tenemos treinta y nuevecolores primitivos. En todos quantos he exâminado, no he hallado unsol que se parezca á otro, como no se vé en vuestro planeta una caraque no se diferencie de todas las demás.

Despues de otras muchas qüestiones análogas, se informó de quantassubstancias distintas se conocian en Saturno, y le fué respondido quehabia hasta unas treinta: Dios, el espacio, la materia, los seresextensos que sienten, los seres extensos que sienten y piensan, losseres que piensan y no son extensos, los que se penetran, y los que nose penetran, etc. El Sirio, en cuyo planeta hay trescientas, y quehabia en sus viages descubierto hasta tres mil, dexó extraordina-riamente asombrado al filósofo de Saturno. Finalmente, habiéndosecomunicado uno á otro casi todo quanto sabian y muchas cosas que nosabian, y habiendo discurrido por espacio de toda una revolucionsolar, se determináron á hacer juntos un corto viage filosófico.

CAPITULO III.

Viage de los dos habitantes de Sirio y Saturno

Ya estaban para embarcarse nuestros dos caminantes en la atmósfera deSaturno con muy decente provision de instrumentos de matemáticas,quando la dama del Saturnino, que lo supo, le vino á dar amargasquejas.

Era esta una morenita muy agraciada, que no tenia mas que mily quinientas varas de estatura, pero que con sus gracias reparaba lochico de su cuerpo. ¡Ha cruel! exclamó, despues que te he resistidomil y quinientos años, quando apénas me habia rendido, no habiendopasado arriba de cien años en tus brazos, ¡me abandonas por irte áviajar con un gigante del otro mundo! Anda, que no eres mas que uncurioso, y nunca has estado enamorado; que si fueras Saturninolegítimo, mas constante serias. ¿Adonde vas? ¿qué quieres?

ménoserrantes son que tú nuestras cinco lunas, y ménos mudable nuestroanulo. Esto se acabó; nunca mas he de querer. Abrazóla el filósofo,lloró con ella, puesto que filósofo; y la dama, despues de habersedesmayado, se fué á consolar con un petimetre.

Partiéronse nuestros dos curiosos, y saltáron primero al anulo queencontráron muy aplastado, como lo ha adivinado un ilustre habitantede nuestro glóbulo; y desde allí anduviéron de luna en luna. Pasó uncometa por junto á la última, y se tiráron á él con sus sirvientes ysus instrumentos. Apénas hubiéron andado ciento y cincuenta millonesde leguas, se topáron con los satélites de Júpiter. Apeáronse en esteplaneta, donde se detuviéron un año, y aprendiéron secretos muycuriosos, que se habrian dado á la imprenta, si no hubiese sido porlos señores inquisidores que han encontrado proposiciones algo durasde tragar; pero yo logré leer el manuscrito en la biblioteca delIlustrísimo Señor Arzobispo de … que me permitió registrar suslibros, con toda la generosidad y bondad que á tan ilustre preladocaracterizan.

Volvamos empero á nuestros caminantes. Al salir de Júpiter,atravesáron un espacio de cerca de cien millones de leguas, ycosteáron el planeta Marte, el qual, como todos saben, es cinco vecesmas pequeño que nuestro glóbulo; y viéron dos lunas que sirven á esteplaneta, y no han podido descubrir nuestros astrónomos. Bien sé que elabate Ximenez escribirá con mucho donayre contra la existencia dedichas lunas, mas yo apelo á los que discurren por analogía; todosexcelentes filósofos que saben muy bien que no le seria posible áMarte vivir sin dos lunas á lo ménos, estando tan distante del sol.Sea como fuere, á nuestros caminantes les pareció cosa tan chica, quese temiéron no hallar posada cómoda, y pasáron adelante como hacen doscaminantes quando topan con una mala venta en despoblado, y siguenhasta el pueblo inmediato.

Pero luego se arrepintiéron el Sirio y sucompañero, que anduviéron un largo espacio sin hallar albergue.

Alcabo columbráron una lucecilla, que era la tierra, y que pareció muymezquina cosa á gentes que venian de Júpiter. No obstante, rezelandoarrepentirse otra vez, se determináron á desembarcar en ella. Pasároná la cola del cometa, y hallando una aurora boreal á mano, se metiérondentro, y aportáron en tierra á la orilla septentrional del marBáltico, á cinco de Julio de mil setecientos treinta y siete.

CAPITULO IV.

Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra

.

Habiendo descansado un poco, se almorzáron dos montañas que lesguisáron sus criados con mucho aseo.

Quisiéron luego reconocer elmezquino pais donde se hallaban, y se dirigiéron de Norte á Sur. Cadapaso ordinario del Sirio y su familia era de unos treinta mil piés derey: seguíale de léjos el enano de Saturno, que perdia el aliento,porque tenia que dar doce pasos miéntras alargaba el otro la pierna,casi como un perrillo faldero que sigue, si se me permite lacomparacion, á un capitán de guardias del rey de Prusia.

Como andaban de priesa estos extrangeros, diéron la vuelta al globo entreinta y seis horas: verdad es que el sol, ó por mejor decir latierra, hace el mismo viage en un dia; pero hemos de reparar que escosa mas fácil girar sobre su exe que anclar á pié. Volviéron al caboal sitio donde etaban primero, habiendo visto la balsa, casiimperceptible para ellos, que llaman el Mediterráneo, y el otroestanque chico que con nombre de grande Océano rodea nuestramadriguera; al enano le daba el agua á media pierna, y apénas si sehabia mojado el otro los talones. Fuéron y viniéron arriba y abaxo,haciendo quanto podian por averiguar si estaba ó no habitado esteglobo: baxáronse, acostáronse, tentáron por todas partes; pero erantan desproporcionados sus ojos y manos con los mezquinos seres queandan arrastrando acá baxo, que no tuviéron la mas leve sensacion pordonde pudiesen caer en sospecha de que exîstimos nosotros y nuestroshermanos los demas moradores de este globo.

El enano, que á veces fallaba con alguna precipitacion, decidió luegoque no habia vivientes en la tierra, y su razon primera fué que nohabia visto ninguno. Micromegas le dió á entender con mucha urbanidad,que no era fundada la conseqüencia; porque, le dixo, con vuestros ojostan chicos no veis ciertas estrellas de quinquagésima magnitud, quedistingo yo con mucha claridad. ¿Colegis por eso que no haya talesestrellas?

Si lo he tentado todo, dixo el enano. ¿Y si no habeissentido lo que hay? dixo el otro. Si está tan mal compaginado esteglobo, replicó el enano; si es tan irregular, y de una configuracionque parece tan ridicula, que todo él se me figura un caos. ¿No veisesos arroyuelos, que ninguno corre derecho; esos estanques que ni sonredondos, ni quadrados, ni ovalados, ni de figura regular ninguna;todos esos granillos puntiagudos de que está erizado, y se me hanentrado en los piés? (y queria hablar de las montañas). ¿No notais laforma de todo el globo, aplastado por los polos, y girando en tornodel sol con tan desconcertada direccion, que por necesidad los climasde ámbos polos han de estar incultos? Lo que me fuerza á creer deveras que no hay vivientes en él, es que ninguno que tuviese razonquerria habitarle. ¿Qué importa? dixo Micromegas, acaso no tienensentido comun los habitantes, pero al cabo no es de presumir que sehaya hecho esto sin algun fin.

Decis que aquí todo os pareceirregular, porque está todo tirado á cordel en Júpiter y Saturno. Puespor esa misma razon acaso hay aquí algo de confusion. ¿No os he dichoya que siempre habia notado variedad en mis viages? Replicó elSaturnino á estas razones, y no se hubiera concluido la disputa, si enel calor de ella no hubiese roto Micromegas el hilo de su collar dediamantes, y caídose estos; que eran unos brillantes muy lindos,aunque pequeñitos y desiguales, que los mas gruesos pesabanquatrocientas libras, y cincuenta los mas menudos. Cogió el enanoalgunos, y arrimándoselos á los ojos vió que del modo que estabanabrillantados, eran microscopios excelentes: cogió pues un microscopiochico de ciento y sesenta piés de diámetro, y se le aplicó á un ojo,miéntras que se servia Micromegas de otro de dos mil y quinientospiés. Al principio no viéron nada con ellos, puesto que eranaventajados; fué preciso ponerse en la posicion que se requeria. Alcabo vió el morador de Saturno una cosa imperceptible que se meneabaentre dos aguas en el mar Báltico, y era una ballena: púsolabonitamente encima del dedo, y colocándola en la uña del pulgar, se laenseñó al Sirio, que por la segunda vez se echó á reir de la enormepequeñez de los moradores de nuestro globo. Convencido el Saturnino deque estaba habitado nuestro mundo, se imaginó luego que solo porballenas lo estaba; y como era gran discurridor, quiso adivinar dedonde venia el movimiento á un átomo tan ruin, y si tenia ideas,voluntad y libre albedrío. Micromegas no sabia que pensar; mashabiendo exâminado con mucha paciencia el animal, sacó de su exâmenque no podia residir un alma en cuerpo tan chico. Inclinábanse puesnuestros dos caminantes á creer que no hay razon en nuestrahabitacion, quando, con el auxîlio del microscopio, distinguiéron otrobulto mas grueso que una ballena, que en el mar Báltico andabafluctuando. Ya sabemos que hácia aquella época volvia del círculopolar una bandada de filósofos, que habian ido á hacer observacionesen que nadie hasta entónces habia pensado. Traxéron los papelespúblicos que habia zozobrado su embarcacion en las costas de Botnia, yque les habia costado mucho trabajo el salir á salvamento; pero nuncase sabe en este mundo lo que hay por debaxo de cuerda. Yo voy á contarcon ingenuidad el suceso, sin quitar ni añadir nada: esfuerzo que departe de un historiador es sobremanera meritorio.

CAPITULO V.

Experiencias y raciocinios de ámbos caminantes

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Tendió Micromegas con mucho tiento la mano al sitio donde se vía elobjeto, y alargando y encogiendo los dedos de miedo de equivocarse, yabriéndolos luego y cerrándolos, agarró con mucha maña el navío dondeiban estos señores, y se le puso sobre la uña, sin apretarle mucho,por no estruxarle. Hete aquí un animal muy distinto del otro, dixo elenano de Saturno; y el Sirio puso el pretenso animal en la palma de lamano. Los pasageros y marineros de la tripulacióon, que se creíanarrebatados por un huracán, y que pensaban haber barado en un baxío,estan todos en movimiento; cogen los marineros toneles de vino, lostiran á la mano de Micromegas, y ellos se tiran despues; agarran losgeómetras de sus quartos de círculo, sus sectores, y sus muchachaslaponas, y se apean en los dedos del Sirio: por fin tanto se afanáron,que sintió que se meneaba una cosa que le escarabajeaba en los dedos,y era un garrote con un hierro á la punta que le clavaban hasta un piéen el dedo índice: esta picazon le hizo creer que habia salido algodel cuerpo del animalejo que en la mano tenia; mas no pudo sospecharal principio otra cosa, pues su microscopio, que apénas bastaba paradistinguir un navío de una ballena, no podia hacer visible unentecillo tan imperceptible como un hombre. No quiero zaherir aquí lavanidad de ninguno; pero ruego á la gente vanagloriosa que paren laconsideracion en este lugar, y contemplen que suponiendo la estaturaordinaria de un hombre de cinco piés de rey, no hacemos mas bulto enla tierra que el que en una bola de diez piés de circunferenciahiciera un animal que tuviese un seiscientos mil avos de pulgada dealto. Figurémonos una substancia que pudiera llevar el globoterraqúüeo en la mano, y que tuviese órganos análogos á los nuestros,y es cosa muy factible que haya muchas de estas substancias; ycolijamos que es lo que de las funciones de guerra, en que hemosganado dos ó tres lugarejos que luego ha sido fuerza restituir,pensarian.

No me queda duda de que si algun capitán de granaderos leyere estaobra, haga á su tropa que se ponga gorras dos piés mas altas; pero leadvierto que, por mas que haga, siempre serán él y sus soldados unosinfinitamente pequeños.

¡Qué maravillosa maña hubo de necesitar nuestro filósofo de Sirio paraatinar á columbrar los átomos de que acabo de hablar! QuandoLeuwenhoek y Hartsoeker viéron, ó creyéron que vian, por la vezprimera, la simiente de que somos formados, no fué, ni con mucho, tanasombroso su descubrimiento. ¡Qué gusto el de Micromegas quando vióestas maquinillas menearse, quando examinó sus movimientos todos, ysiguió todas sus operaciones! ¡Cómo clamaba! ¡con qué júbilo alargó ásu compañero de viage uno de sus microscopios!

Viéndolos estoy, decianámbos juntos; contemplad como se cargan, como se baxan y se alzan. Asídecian, y les temblaban las manos de gozo de ver objetos tan nuevos, yde temor de perderlos de vista. Pasando el Saturnino de un extremo deconfianza al opuesto de credulidad, se figuró que los estaba viendoocupados en la propagacion. Ha, dixo el Saturnino, cogida tengo lanaturaleza "con las manos en la masa." Engañábanle empero lasapariencias, y así sucede muy freqüentemente, quando uno usa y quandono usa microscopios.

CAPITULO VI.

De lo que les aconteció con unos hombres

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Muy mejor observador Micromegas que su enano, vió claramente que sehablaban los átomos, y se lo hizo notar á su compañero, el qual con lavergüenza de haberse engañado acerca del artículo de la generacion, noquiso creer que semejante especie de bichos se pudieran comunicarideas. Tenia el don de lenguas no ménos que el Sirio; y no oyendohablar á nuestros átomos, suponia que no hablaban: y luego ¿cómohabian de tener los órganos de la voz unos entes tan imperceptibles,ni qué se habian de decir? Para hablar es indispensable pensar; y sipensaban, tenian algo que equivalia al alma: y atribuir una cosaequivalente al alma á especie tan ruin, se le hacia mucho disparate.Díxole el Sirio: ¿Pues no creíais, poco hace, que se estabanenamorando? ¿pensais que enamora nadie sin pensar, y sin hablarpalabra, ó á lo ménos sin darse á entender? ¿ó suponeis que es cosamas fácil hacer un chiquillo que un silogismo? A mí uno y otro meparecen impenetrables misterios. No me atrevo ya, dixo el enano, ácreer ni á negar cosa ninguna; procuremos examinar estos insectos, ydiscurrirémos luego. ¡Que me place! respondió Micromegas; y sacandounas tixeras, se cortó las uñas, y con lo que cortó de la uña de sudedo pulgar hizo al punto una especie de bocina grande, como un embudoinmenso, y puso el cañon al oido: la circunferencia del embudo cogiael navío y toda su tripulacion, y la mas débil voz se introducia enlas fibras circulares de la uña, de suerte que, merced de suindustria, el filósofo de allá arriba oyó perfectamente el zumbido denuestros insectos de acá abaxo, y en pocas horas logró distinguir laspalabras, y entender al cabo el francés. Lo mismo hizo el enano,aunque no con tanta facilidad. Crecia por puntos el asombro de los dosviageros, al oir unos aradores hablar con bastante razon, y lesparecia inexplicable este juego de la naturaleza. Bien se discurre quese morian el enano y el Sirio de deseos de entablar conversacion conlos átomos; mas se temia el enano que su tenante voz, y mas aun la deMicromegas, atronara á los aradores sin que la oyesen.

Tratáron, puesde disminuir su fuerza, y para ello se pusiéron en la boca unosmondadientes muy menudos, cuya punta muy afilada iba á parar junto alnavío. Puso el Sirio al enano sobre sus rodillas, y encima de una uñael navío con la tripulacion; baxó la cabeza y habló muy quedo, ydespues de todas estas precauciones y otras muchas mas, dixo losiguiente: Invisibles insectos que la diestra del Criador se plugo enproducir en el abismo de los infinitamente pequeños, yo le bendigoporque se dignó manifestarme impenetrables secretos.

Acaso nadie sedignará de miraros en mi corte, pero yo á nadie desprecio, y os brindocon mi proteccion.

Si ha habido asombros en el mundo, ninguno ha llegado al de los queestas razones oyéron decir, sin poder atinar de donde salian. Rezó elcapellan las preces de conjuros, votáron y renegáron los marineros, yfraguáron un sistema los filósofos del navío; pero, por mas sistemasque imagináron, no les fué posible atinar quien era el que leshablaba. Entónces les contó en breves palabras el enano de Saturno,que tenia ménos recia la voz que Micromegas, con que gente estabanhablando, y su viage de Saturno: les informó de quien era el señorMicromegas, y habiéndose compadecido de que fueran tan chicos, lespreguntó si habian vivido siempre en un estado tan rayano de la nada,y qué era lo que hacian en un globo que al parecer era peculio deballenas; si eran dichosos, si tenian alma, si multiplicaban, y otrasmil preguntas de este jaez.

Enojado de que dudasen si tenia alma, un raciocinador de la banda, masosado que los demas, observó al interlocutor con unas pínulasadaptadas á un quarto de círculo, midió dos triángulos, y al tercerole dixo así:

¿Con que creeis, señor caballero, que porque teneis dosmil varas de piés á cabeza, sois algun?… ¡Dos mil varas! exclamó elenano, pues no se equivoca ni en una pulgada. ¡Con que me ha medidoeste átomo! ¡con que es geómetra, y sabe mi tamaño; y yo que no lepuedo ver sin auxîlio de un microscopio, no sé aun el suyo! Si, que oshe medido, dixo el físico, y tambien mediré al gigante compañerovuestro. Admitióse la propuesta, y se acostó Su Excelencia por elsuelo, porque estando en pié su cabeza era muy mas alta que las nubes;y nuestros filósofos le plantáron un árbol muy grande en cierto sitioque Torres ó Quevedo hubiera nombrado por su nombre, pero que yo no meatrevo á mentar, por el mucho respeto que tengo á las damas; y luegopor una serie de triángulos, conexôs unos con otros, coligiéron que lapersona que median era un mancebito de ciento y veinte mil piés derey.

Prorumpió entónces Micromegas en estas razones: Ya veo que nunca sehan de juzgar las cosas por su aparente magnitud. O Dios, que diste lainteligencia á unas substancias que tan despreciables parecen, loinfinitamente pequeño no cuesta mas á tu omnipotencia que loinfinitamente grande; y si es dable que haya otros seres mas chicosque estos, acaso tendrán una inteligencia superior á la de aquellosinmensos animales que he visto en el cielo, y que con un pié cubririanel globo entero donde ahora me encuentro.

Respondióle uno de los filósofos que bien podia creer, sin que lequedase duda, que habia seres inteligentes mucho mas chicos que elhombre, y le contó, no las fábulas que nos ha dexado Virgilio sobrelas abejas, sino lo que Swammerdam ha descubierto, y lo que hadisecado Reaumur. Instruyóle luego de que hay animales que son, conrespecto á las abejas, lo que son las abejas con respecto al hombre, ylo que era el Sirio propio con respecto á aquellos animales tancorpulentos de que hablaba, y lo que son estos grandes animales conrespecto á otras substancias ante las quales parecen imperceptiblesátomos. Poco á poco fué haciéndose interesante la conversacion, y dixoasí Micromegas.

CAPITULO VII.

Conversacion con los hombres

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O átomos inteligentes, en quien se plugo el eterno Ser en manifestarsu arte y su potencia, sin duda que en vuestro globo disfrutaiscontentos purísimos; pues teniendo tan poca materia y pareciendo todosespíritu, debeis emplear vuestra vida en amar y pensar, que es laverdadera vida de los espíritus. En parte ninguna he visto laverdadera felicidad, mas estoy cierto de que esta es su mansion.Encogiéronse de hombros al oir este razonamiento los filósofos todos;y mas ingenuo uno de ellos confesó sinceramente que, exceptuando uncortísimo número de moradores poquisimo apreciados, todo lo demas esuna cáfila de locos, de perversos y desdichados. Mas materia tenemos,dixo, de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de lamateria, y mas inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabeispor exemplo que á la hora esta cien mil locos de nuestra especie, quellevan sombreros, estan matando á otros cien mil animales cubiertos deun turbante, ó muriendo á sus manos, y que así es estilo en toda latierra, de tiempo inmemorial acá?

Horrorizóse el Sirio, y preguntó elmotivo de tan horribles contiendas entre animalejos tan ruines.Trátase, dixo el filósofo, de unos pedacillos de tierra tamaños comovuestro pié, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierdenla vida solicite un terron siquiera de dicho pedazo; que se trata desaber si ha de pertenecer á cierto hombre que llaman Sultan, ó á otroque apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto niverá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio; ni ménos casininguno de los animales que recíprocamente se asesinan ha vistotampoco al animal por quien asesina.

¡Desventurados! exclamó indignado el Sirio: ¿cómo es posible imaginartan furioso frenesí? Arranques me vienen de dar tres pasos, y con trespatadas estruxar todo ese hormiguero de ridículos asesinos. No ostoméis ese trabajo, le respondiéron, que sobrado se afanan ellos enlabrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida eldiezmo de estos miserables; y que, aun sin sacar la espada, casi todosse los lleva la hambre, la fatiga, ó la destemplanza, aparte de que noson ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados, quemetidos en su gabinete mandan, miéntras digieren la comida, degollarun millon de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias á Dios.Sentíase el caminante movido á piedad del mezquino linage humano, enel qual tantas contradicciones descubria. Siendo vosotros, dixo áestos señores, del corto número de sabios que sin duda á nadie matanpor dinero, os ruego que me digais quales son vuestras ocupaciones.Disecamos moscas, respondió el filósofo, medimos líneas, combinamosnúmeros, estamos conformes acerca de dos ó tres puntos que entendemos,y divididos sobre dos ó tres mil que no entendemos. Ocurrióles alSirio y al Saturnino hacer preguntas á los átomos pensadores, parasaber sobre qué estaban acordes. ¿Qué distancia hay, dixo este, desdela estrella de la Canícula hasta la grande de Géminis? Respondiéronletodos juntos: Treinta y dos grados y medio.—¿Quanto dista de aquí laluna?—

Sesenta semi-diámetros de la tierra.—¿Quanto pesa vuestroayre? Creía haberlos cogido; pero todos le dixéron que pesabanovecientas veces ménos que el mismo volumen del agua mas ligera, ydiez y nueve mil veces ménos que el oro. Atónito el enanillo deSaturno con sus respuestas, estaba tentado á creer que eran mágicosaquellos mismos á quienes un quarto de hora ántes les habia negado lainteligencia.

Díxoles finalmente Micromegas: Una vez que tan puntualmente sabeis loque hay fuera de vosotros, sin duda que mejor todavía sabréis lo quehay dentro: decidme pues qué cosa es vuestra alma, y cómo se formanvuestras ideas. Los filósofos habláron todos á la par, como ántes,pero todos fuéron de distinto parecer. Citó el mas anciano áAristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes, este el deMalebranche, aquel el de Leibnitz, y el de Locke otro. El ancianoperipatético dixo con toda confianza: El alma es una

entelechîa

, unarazon en virtud de la qual tiene la potencia de ser lo que es; así lodice expresamente Aristóteles, pág. 633 de la edicion del Louvre:

Entelexeia esti

, etc. No entiendo el griego, dixo el gigante. Ni yotampoco, respondió el arador filosófico. ¿Pues á qué citais, replicóel Sirio, á ese Aristóteles en griego? Porque lo que uno no entiende,repuso el sabio, lo ha de citar en lengua que no sabe.

Tomó el hilo el cartesiano, y dixo: Es el alma un espíritu puro que enel vientre de su madre ha recibido todas las ideas metafísicas, y queasí que sale de él se vé precisada á ir á la escuela, y aprender denuevo lo que tan bien sabia y que nunca volverá á saber. Pues estásmedrado, respondió el animal de ocho leguas, con que supiera tanto tualma quando estabas en el vientre de tu madre, si habia de ser tanignorante quando fueras tú hombre con barba. ¿Y qué entiendes porespíritu? ¿Qué es lo que me preguntais? dixo el discurridor, no tengoidea ninguna de él: dicen que lo que no es materia.—¿Y sabes lo quees materia? Eso sí, respondió el hombre. Esa piedra por exemplo esparda, y de tal figura, tiene tres dimensiones, y es grave ydivisible. Así es, dixo el Sirio; ¿pero esa cosa que te parecedivisible, grave y parda, me dirás qué es?

Algunos atributos vés, pero¿el sosten de estos atributos le conoces? No, dixo el otro. Luego nosabes qué cosa sea la materia.

Dirigiéndose entónces el señor Micromegas á otro sabio que encima desu dedo pulgar tenia, le preguntó qué era su alma, y qué hacia. Cosaninguna, respondió el filósofo malebranchista; Dios es quien lo hacetodo por mí; en él lo veo todo, en él lo hago todo, y él es quien todolo hace sin cooperacion mia. Tanto monta no exîstir, replicó elfilósofo de Sirio. ¿Y tú, amigo, le dixo á un leibniziano que allíestaba, qué dices? ¿qué es tu alma? Un puntero de relox, dixo elleibniziano, que señala las horas miéntras las toca mi cuerpo; ó bien,si os parece, el alma las toca miéntras el cuerpo las señala; ó mialma es el espejo del universo, y mi cuerpo el marco del espejo: todoesto es claro.

Estábalos oyendo un sectario de Locke, y quando le tocó hablar, dixo:Yo no sé como pienso, lo que sé es que nunca he pensado como no seapor medio de mis sentidos. Que haya substancias inmateriales éinteligentes, no pongo duda; pero que no pueda Dios comunicar lainteligencia á la materia, eso lo dudo mucho. Respeto el eterno poder,y sé que no me compete limitarle; no afirmo nada, y me ciño á creerque hay muchas mas cosas posibles de lo que se piensa.

Sonrióse el animal de Sirio, y le pareció que no era este el ménoscuerdo; y si no hubiera sido por la mucha desproporcion, hubiera dadoun abrazo el enano de Saturno al sectario de Locke. Por desgracia seencontraba en la banda, un animalucho con un bonete en la cabeza, quecortando el hilo á todos los filósofos dixo que él sabia el secreto,que se hallaba en la Suma de Santo Tomas; y mirando de pies á cabeza álos dos moradores celestes, les sustentó que sus personas, sus mundos,sus soles y sus estrellas, todo habia sido criado para el hombre. Aloir tal sandez, nuestros dos caminantes hubiéron de caerse uno sobreotro, pereciéndose de aquella inextinguible risa que, segun Hornero,cupo en suerte á los Dioses; iba y venia su barriga y sus espaldas, yen estas idas y venidas se cayó el navio de la uña del Sirio en elbolsillo de los calzones del Saturnino. Buscáronle ámbos mucho tiempo;al cabo topáron la tripulacion, y la metiéron en el navio lo mejor quepudiéron. Cogió el Sirio á los aradorcillos, y les habló con muchaafabilidad, puesto que estaba algo mohino de ver que unosinfinitamente pequeños tuvieran una vanidad casi infinitamente grande.Prometióles que compondria un libro de filosofía escrito de letra muymenuda para su uso, y que en él verian el porque de todas las cosas; ycon efecto ántes de irse les dió el prometido libro, que lleváron á laacademia de ciencias de Paris. Mas quando le abrió el secretario, sehalló con que estaba todo en blanco, y dixo: ha, ya me lo presumiayo

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Fin de la historia de Micromegas

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