Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda by Juan Valera - HTML preview

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Al oír Morsamor aquel relato, reflexionó melancólicamente que loslaureles incruentos que él había imaginado acaso eran imposibles enaquella edad en que él vivía. Pensó que sin duda era menester regarloscon sangre: que el temple de voluntad de quien los cultivase había deser como el del acero y las entrañas como las del tigre. Así se absolvióde su pecado, si le hubo, en la muerte de Tomás Cardoso. Así se calificóhasta de benigno. No por eso en absolución fue acompañada de alegría,sino que sintió pesar más negro en el fondo del alma al imaginar cuándifícil era, sin culpa, sin estrago y muerte, conquistar por la acciónla suspirada gloria.

Sustrayéndose luego a las tristes reflexiones de su harto exageradopesimismo, Morsamor preguntó a Juan de Cartagena:

—¿Y quién es este que Magallanes dejó abandonado en tu compañía?

—Este—respondió Juan de Cartagena—fue quien más nos solevantó yalborotó con sus discursos. Es un fraile cordobés, llamado Fray Blas deVillabermeja.

Morsamor fijó entonces su atención en el fraile, le reconoció, fue haciaél y le echó los brazos al cuello.

—¡Querido Paisano!—le dijo—. Cuánto me alegro de poder servirte yvalerte en esta ocasión.

Tú eres de un lugar que apenas dista un cuartode legua de mi patria, Zuheros.

Morsamor y también Tiburcio reconocieron en el fraile abandonado a unantiguo colega del mismo convento en que ellos habían vivido, pero elfraile no reconocía a ninguno de los dos por más que maravillado loscontemplaba. Se lo impedían el mágico remozamiento del uno y la gallardae insolente apostura del otro, tan distinta de la humildad claustral quehabía afectado cuando era novicio. Pero sin que le importase muchoreconocerlos o no, Fray Blas de Villabermeja se dejó querer y agasajar ydio gracias al cielo que de su abominable destierro le libertaba.

Después de tan raro encuentro, la historia de la navegación de la nueva Argo nada notable ofrece ni refiere durante más de cuarenta días. Sólose sabe que Morsamor fue tan venturoso, que navegó con velocidadincreíble. Al fin vino a hallarse a corta distancia, casi a la vista deSagres, como si la Providencia dispusiese que en el punto que habíahecho famoso el Infante don Enrique, iniciador de los grandesdescubrimientos, terminase su viaje el hombre que iba a cerrar el cicloy a dar comienzo a nueva Era.

-XL-

No todas las dificultades se habían allanado. Nadie hasta el fin puedecantar victoria. A veces el más hábil auriga, al ir a alcanzar la palmasalvando la meta, suele tocar en ella y dar lastimoso y mortíferovuelco.

De repente vieron Morsamor y los de su nave un gravísimo peligro quevenía sobre ellos, de que ya no podían esquivarse con la fuga y que eramenester arrostrar con heroica y casi sobrehumana valentía.

Una enorme galera se aproximaba dándoles caza. En su proa y en su popatenía sendas bombardas, y tres falconetes en cada costado. Estrecho erael barco de babor a estribor, y la longitud de su eslora hacía quehendiese rápidamente las olas a impulso de los treinta remos que llevabaen cada banda.

Lorenzo Fréitas no dudó ni un instante de que aquella nave era decorsarios argelinos.

—Salvarse huyendo—decía—sería un milagro que no debemos esperar de labondad divina.

Nuestra artillería vale poco o nada, y, si la empleamos,sólo conseguiremos provocar y enojar al cosario, que con la suya nosechará pronto a pique, sobreponiéndose su cólera a la codicia que lemueve a apoderarse de la presa. Rica debe de imaginársela. Nuestro barcono tiene aspecto guerrero, sino trazas de lo que es: de nave mercanteque vuelve de la India. En su imaginación verá ya el corsario los ricostesoros de que pronto va a hacerse dueño. Podemos pelear y defendernos,pero sin esperanza. Señor Miguel de Zuheros, creo de mi deber deciros miopinión con franqueza.

—Yo la acepto y la estimo—respondió Morsamor—. Y con la mismafranqueza voy a exponer mi parecer, aunque ya en forma de órdenesimperativas e ineludibles, porque no hay tiempo para discusiones

nidiscursos.

Espero

que

todos

cumpliréis

con

vuestro

deber,

me

obedeceréisciegamente y haréis con puntualidad y exactitud lo que yo prescriba.

Soldados y marineros juraron obedecer a su capitán. Morsamor entoncesdispuso las cosas con arreglo al plan que había concebido y dividió entres partes sus fuerzas: la marinería al mando del piloto; al mando deTiburcio lo mejor de la hueste, contándose en ella Juan de Cartagena yFray Blas de Villabermeja, a quienes excitó para que se luciesen,pagando así la franca hospitalidad con que los había acogido. Él guardóbajo su inmediato gobierno a veinticuatro de sus más leales, astutos yvalientes aventureros, en cuyo número figuraban los mestizosmongoles-castellanos.

En seguida dio Morsamor sus instrucciones a los jefes y ordenó queocupase su puesto cada uno. La nueva Argo siguió huyendo, pero conmuestras de desesperación y de miedo, sin desplegar más velas, como sipareciese resignada ya a entregarse al enemigo.

El corsario, impaciente, lanzó, no obstante, tres disparos de falconetepara que la nueva Argo se rindiera. Una de las balas tocó en el cascodel buque y abrió en él ancho agujero, aunque por fortuna muy sobre lalínea de flotación, cerca de la popa. Sólo con mar muy alborotado y conarfar muy violento podría la nave hacer agua. Nada contestó Morsamor aaquel daño y a aquel ultraje. Su nave, inerme, dejó que se le aproxímasela galera, que la prendiese con enormes garfios, y que los corsarios,armados de hachas, se lanzasen al abordaje, o más bien, confiados en supoder incontrastable, a tomar posesión de la nave sin recelarresistencia alguna.

Así fue en un principio. Morsamor y los veinticuatro capitaneados por élcejaron como amedrentados, aunque sin desordenarse ni separarse. Loscorsarios, con su capitán al frente, llenaban ya la cubierta. El grupode Morsamor se arrinconó hacia la popa; hacia la proa, Fréitas y susmarineros. En el barco no parecía haber más tripulantes. El aspecto deambos grupos inspiraba compasión y fomentaba la confianza y el descuidode los corsarios. Sin duda Morsamor y Fréitas querían rendirse anhelandosólo las menos duras condiciones. No intentaban hacer uso de las armas,aunque las tenían en las manos. A fin de que las entregasen, loscorsarios se dividieron, dirigiéndose a un grupo y a otro.

En la pequeña cámara de Morsamor, que estaba sobre cubierta, no parecíaposible que hubiese capacidad bastante para que en ella se ocultasenmuchos hombres armados. En ella, no obstante, estaban hacinados yapretados Tiburcio y su tropa.

De súbito abrieron la puerta de la cámara y salieron con inauditarapidez. Todos corrieron hacia el lado opuesto al en que estabanMorsamor y Fréitas y hacia el punto en que la nueva Argo estaba asidaal barco corsario. Con prodigiosa agilidad y con tal prontitud que nodieron tiempo para que se apercibiesen y cerrasen paso, saltaron todosen la galera. Y entonces, más listos y expeditos aún, dieron muerte alos cómitres, quitaron grillos y cadenas y pusieron en libertad a losgaleotes, que eran más de sesenta cristianos cautivos. Estos hallaronsin dificultad armas de que apoderarse.

Tarde semi-comprendió el capitán corsario la estratagema que le habíanurdido, mas no desmayó por eso. Antes bien, arremetió impetuoso contrael grupo de Morsamor, mientras que otro buen golpe de su gente caíasobre Fréitas y sus marineros, los cuales tuvieron por desgracia queluchar proporcionalmente contra mayor número de contrarios. Fréitas fueuno de los primeros que perdieron la vida, abierta su cabeza de unhachazo. Otros ocho de su tropa sucumbieron también, al principio caside la pelea.

Morsamor, entre tanto, parecía invulnerable, pero también sus enemigoseran más que los hombres de que él disponía. Acorralados Morsamor y lossuyos se mantenían a la defensiva.

Todo esto, no obstante, fue obra de pocos minutos. Tiburcio supo darseprisa. En la galera corsaria dejó a Juan de Cartagena y a Fray Blas condiez hombres más de su fuerza y con veinte galeotes, ya libres yarmados, y se precipitó en la nueva Argo con todos los demás que leseguían y que eran más de sesenta. Ansiosos de combatir se sentíantodos, y particularmente los ya libres forzados, a quienes aguijoneabael rencor e impulsaba el deseo de curar con la sangre de los corsarioslas llagas y los verdugones que la penca del cómitre había hecho en susespaldas desnudas.

Atacados los corsarios por todas partes, no pudieron resistir. Aunquevendieron caras sus vidas, perecieron los más valientes y el capitánargelino, rindiéndose a discreción los otros, que fueron aherrojados yconvertidos en nueva chusma.

Morsamor pasó en triunfo a la conquistada galera. Resonar de clarines,vivas, altos aplausos y el estampido de algunos disparos de losfalconetes solemnizaron la victoria. Con lamentos y hasta con lágrimasse deploró la muerte de Fréitas y de las otras víctimas.

Para escarmiento ejemplar y para dar testimonio del brillante éxito deaquella lucha, Morsamor mandó colgar el cadáver del capitán argelino enel mástil de la galera, sobre el cual dispuso que se izase la bandera deCastilla.

Rodeado de Tiburcio, Cartagena, Fray Blas y otros, se hallaba Morsamorpresenciando aquella maniobra y recibiendo plácemes, cuando a deshoraapareció una rubia y majestuosa dama, vestida de luto, y se arrojó enlos brazos de Morsamor y cubrió su rostro de besos, exclamandoentusiasmada:

—¡O givia ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!

-XLI-

Más sorprendido que complacido vio Morsamor la aparición de donnaOlimpia de Belfiore, pues no era otra la dama enlutada que le saludó contanto entusiasmo y cariño.

Hermosa como siempre estaba donna Olimpia. El tiempo no imprimía ladestructora huella en su rostro, en el cual se notaba mayor majestad queantes y honda tristeza.

Donna Olimpia no había aparecido sola. Teletusa, tan regocijada como decostumbre, apareció con ella. Y aparecieron igualmente entre loslibertados galeotes, siendo de los que mejor pagaron la libertadcombatiendo a los corsarios, los dos fieles y robustos escuderos aquienes llamaban Asmodeo y Belcebú, más por broma que con suficientemotivo.

Para satisfacer la curiosidad natural de Morsamor y de Tiburcio, donnaOlimpia, en presencia de Teletusa y del doncel, no tardó en contar agrandes rasgos sus aventuras. Y como donna Olimpia era tan latina y tanabastada de erudición clásica, empezó diciendo como el Eneas deVirgilio:

¡In fandum, Morsamor, jubes renovare dolorem!

Traía ella consignados en precioso manuscrito todos los peregrinossucesos de que había sido testigo, agente o paciente. Con ellos,imitando a César, se proponía dar al público sus comentarios. Esindudable que si los hubiese publicado y si no se hubiesen perdido,serían casi tan interesantes como los del Dictador romano. Si nosotroslos poseyésemos o pudiésemos reconstruirlos, compondríamos con ellos unahistoria no menos extensa que la presente, pero aquí deben entrar comoepisodio, y el episodio no debe extenderse más que el principal asunto.Para no faltar a esta regla de los preceptistas y cumplir con el semperad aventum festina de Horacio, nos abstendremos de referir las cosascon la pausa con que las refirió donna Olimpia, y las referiremos tan enresumen, que más parezcan el plan o el índice de la historia que lahistoria misma.

Con la presencia en Melinda de nuestras dos damas, la corte estababrillantísima: las fiestas y diversiones se sucedían sin tregua:cacerías, banquetes, cabalgatas, simulacros de batallas, o algo a modode bárbaros torneos, todo se sucedía con grande lujo y no menoresgastos. El pueblo, negro y tacaño, se hartó de tanta magnificencia yhalló que le costaba muy cara. Donna Olimpia tuvo indicios de que seconspiraba contra ella y contra el rey. Para aquel generoso príncipetemió un mal percance y para ella fin no menos trágico que el de lafamosa Raquel, judía de Toledo, o que el de doña Inés de Castro, tancelebrada más tarde por los poetas épicos y dramáticos portugueses.

Donna Olimpia sabía eclipsarse y evadirse a tiempo. En esta ocasión nole faltó su habilidad.

Con raro disimulo ganó el corazón y hechizó alcapitán de una nave lusitana que tocó en Melinda de paso para Massauá adonde iba a reunirse con la flota, que había llevado a don Rodrigo deLima y que debía volver a la India con dicho señor y con toda su pomposaEmbajada, después que hubiesen visitado al Preste Juan, o sea al monarcade Abisinia o por otro nombre de la alta Etiopía.

No tenemos espacio para describir aquí aquel país desconocido hastaentonces de los europeos ni para relatar los peligros y trabajos quepasaron y los triunfos que obtuvieron nuestras dos atrevidas viajeras.

La Etiopía alta era y es a modo de inmensa fortaleza natural, de navadilatadísima, que se levanta, sostenida por abruptos cerros, muy sobreel nivel de las otras circunstantes tierras africanas. Allíencastillado, resistiendo a la creciente inundación del Islamismo,vivía, desde muy antiguo, un pueblo cristiano, y había un reino un tantodecaído ya, pero en otro tiempo muy poderoso que se extendía por Arabiay por otras regiones.

Hacía ya más de treinta años que Pedro de Covillán había sido enviado aaquel reino por el príncipe perfecto don Juan II. Aquel varón simpáticoy astuto se había ganado la voluntad de los etíopes y singularmente lade la sapientísima reina Elena, quien le tuvo por consejero y muy por suprivado. Pedro de Covillán se había hecho abisinio, Grande del reino yGobernador o más bien príncipe feudatario de fértiles y dilatadascomarcas. Él influyó para que viniese a Lisboa y viviese en la corte dedon Manuel el ilustre señor Mateo, Embajador del rey David y de la reinaElena.

En respuesta a dicha Embajada, había ido a visitar al Preste Juan el yamencionado don Rodrigo de Lima con gran pompa y séquito. En el séquitodescollaba el Reverendo Padre Fray Francisco Álvarez, elocuente yverídico historiador de la Embajada misma, a cuya narración nosremitimos, y alma además de las negociaciones diplomáticas, porque eltal don Rodrigo era muito parvo, si hemos de dar crédito a lashablillas y murmuraciones de sus subordinados. Todo esto, no obstante,importa tan poco a nuestra historia, que debiéramos pasarlo en silencio.Bástenos decir que donna Olimpia se ingenió de tal suerte y se dio tanbuena maña, que se hizo amiga de Pedro de Covillán, de don Rodrigo, y detodo el personal de la Embajada. Por este medio fue presentada en lacorte que iba siempre vagando de un lugar a otro y habitaba bajohermosas tiendas en campamento vastísimo capaz de contener y quecontenía más de veinte mil personas, desde el Abuna o Patriarca, laclerecía, las princesas de la sangre y los altos dignatarios, hasta lossoldados y sirvientes.

En fin, y para no cansar a los lectores, consignaremos sin más preámbuloque el Preste Juan o soberano de aquella tierra que se llamaba entoncesDavid, se enamoró perdidamente de donna Olimpia, y acabó por casarse conella.

David era ya casado, pero esto no era óbice, porque allí el rey podía ysolía tener dos mujeres legítimas: una se llamaba cuan-baaltihat oreina de la mano derecha, y la otra, gerâ—baaltihat o reina de lamano zurda. Esta última dignidad fue la que obtuvo donna Olimpia, mas nopor eso fue menos considerada, y según la etiqueta de la corte, severa yminuciosa por todo extremo, donna Olimpia fue tratada, respetada yatendida como esposa del Negus Nagat, o Rey de reyes y Soberano Señorde Aksum, de Homer, de Raydan, de Habaset, de Sabá, de Silhi, de Tiyam,de Kas, de Bega y de otros Estados, de la mayor parte de los cuales, ya in partibus infidelium, sólo quedaba el título.

Algo influyó donna Olimpia en la renaciente cultura de los abisinios, yde ello con razón se jactaba. Censuró y condenó las muy frecuentesborracheras de onfacomeli, bebida de que se abusaba mucho en Abisinia, yde cuya composición, tal como la explica el diccionario de la RealAcademia Española, tantos donaires y chistes acertó a decir nuestroamigo don Manuel Silvela. Con más eficaz energía se opuso aún a que lossúbditos de su esposo comiesen carne cruda, y sobre todo, a que losrefinados y sibaríticos la comiesen invirtiendo los trámites, o sea (nolo creeríamos si no nos lo contasen autores de grave autoridad yrespeto), cortando la carne del buey vivo para que, sazonada con sal ypimienta, entrase en la boca conservando aún el calor vital inimitable ydelicioso.

Nuestra heroína logró modificar también el desorden abominable con quesolían terminar los banquetes, cuando se abusaba del onfacomeli y delbuey vivo. El desenfreno era tal, que el pudor de donna Olimpia hubo desublevarse, transmitiendo tan honrada sublevación a su esposo. Como enaquel país hay muchísimas hienas, que tan cobardes como carnicerasdevoran las bestias de carga y tienen miedo del hombre, aunque rodean einvaden a veces el campamento regio, cada personaje de la corte y elmismo rey van siempre armados de un látigo para osear y castigar lashienas con que tropiezan a su paso. De este látigo se valió, pues, elrey David, incitado por donna Olimpia, para infundir recato y composturaa sus cortesanos y hasta a las princesas de la real familia en una deaquellas orgías endemoniadas.

Un poco atenuó también donna Olimpia lo sobrado servil de algunasetiquetas o ceremonias de aquel ambulante palacio, impidiendo que en losucesivo se pusiesen todos de rodillas, besasen la tierra yprorrumpiesen en jaculatorias o breves y fervorosas oraciones, no sólocuando aparecía el Negus, sino cuando cualquier rumor, como suspiro,tos o estornudo, indicaba su cercanía.

Con tales mejoras, con tan buenos consejos y con el ameno trato de donnaOlimpia, el rey estaba cada día más prendado de ella. El nacimiento deun Principito puso el colmo a la ventura de amantes esposos. Pero el reyenfermó y creyó a pies juntillas que era llegada su última hora.

No había que vacilar ni que retardarse. Muerto el rey, le sucedería alpunto su primogénito, hijo de la reina de la mano derecha, príncipe muyapegado a los antiguos usos y muy receloso además. De seguro que no bienempuñase el cetro, encerraría a donna Olimpia y a su vástago en ciertocastillo, levantado a este propósito encima de muy alta y escarpadaroca, a donde sólo podía subirse por estrecha escalera abierta en losduros peñascos y muy bien defendida y custodiada. En aquel retiro, a finde evitar contiendas civiles, eran encerrados cuantos podían tener algúnderecho a la sucesión de la corona, arrancándoles a menudo los ojos consabia cautela.

Era menester evitar tan ruda catástrofe. El Negus tenía que enviar unEmbajador al bajá que, derribado ya el poder anárquico de los mamelucos,gobernaba en el Cairo. El Abuna, al mismo tiempo, tenía que enviar unmensajero y parte del diezmo al Patriarca de Alejandría, de quien erasufragáneo. Se aprovechó, pues, aquella excelente ocasión, y con lalucida y bien custodiada caravana, se largó de Abisinia donna Olimpia,en compañía del Principito, de Teletusa y de sus dos fieles escuderosque nunca la abandonaron.

En su tránsito por Egipto, vio y admiró donna Olimpia la esfinge, laspirámides y multitud de otros monumentos del tiempo de los Faraones.

Llegada sana y salva a Alejandría, se embarcó con su gente en un barcomercante de Venecia, que navegaba con diploma o patente del gran turcoSolimán, a quien para obtener tales diplomas pagaba un considerabletributo anual la Señoría.

A la vista ya de la costa occidental de Italia ocurrió la enormedesventura de que el barco veneciano fuese apresado por el corsario omás bien por el feroz y desalmado pirata cuya merecida y trágica muertehemos ya narrado. El diploma del gran Sultán de los osmanlíes, aunquefue exhibido, estaba escrito en vítela con letras de púrpura y oro y erauna maravilla caligráfica, no sirvió absolutamente de nada. El pícarocorsario supuso que era falso a fin de no darle cumplimiento y se llevóa remolque el barco veneciano, transbordando a su galera y hasta a sucamarote a donna Olimpia y a Teletusa.

-XLII-

Terrible situación era esta para una reina, aunque fuese de Abisinia yde la mano zurda.

Según los anales etiópicos, allá en tiempo del Rey Salomón, hubo enEtiopía una señora llamada Makeda que no fue otra sino la misma reina deSabá, la cual visitó al monarca de Israel, examinó y tomó el pulso a susabiduría poniéndole mil acertijos y enigmas, y le enamoró además, hastael punto de volver ella a su país muy ilustrada y en estado interesante.El augusto niño que nació de resultas, se llamó Menilek o Menelik y fueantiquísimo y reverendísimo tronco de la dinastía a la sazón reinante,en cuya comparación eran frescas, plebeyas de ayer y de mañana todas lasdinastías de Europa.

Ansiosa estaba donna Olimpia de rivalizar con la señora Makeda y aun deobscurecer la gloria de otra reina de Etiopía llamada Candace que sehizo cristiana y difundió la verdadera religión entre sus súbditos,inducida a ello por su virtuoso valido, aquel eunuco a quien convirtióel diácono Felipe, explicándole un texto obscuro de Isaías.

Donna Olimpia proyectaba criar y educar a su Principito con el mayoresmero por monjes benedictinos, ya que todavía ni San Ignacio de Loyola,ni San José de Calasanz habían fundado escuelas; y luego que estuviesebien educado y crecido, enviarle a conquistar la Abisinia y a sacarla dela barbarie en que había caído.

El corsario argelino había venido en mal hora a contrariar tan altosproyectos.

Durante dos o tres días, sin embargo, renació la esperanza de donnaOlimpia.

El Mediterráneo se hallaba a la sazón surcado de continuo por muchasgaleras de los Caballeros de San Juan de Jerusalem, los cuales vagabansin hogar de un punto a otro. Acababan de perder la isla de Rodas queera su dominio. Solimán, poderoso monarca de los osmanlíes, habíadirigido todas sus fuerzas contra aquella isla, la cual, después delargo asedio y de una defensa pasmosamente heroica en que perecieron másde cien mil turcos, tuvo necesidad de rendirse. Honrosa fue lacapitulación que firmó el Gran Maestre Felipe de Villiers de Lisle Adan,quien salió con armas y banderas desplegadas y con cinco mil personasque le siguieron. La noble emulación entre los Caballeros de las ocholenguas, su espíritu militar y su ardiente fe religiosa, dieron aspectode triunfo a aquella pérdida, hermoseándola con palmas y laureles.

Los expulsados Caballeros de Rodas vagaban por el Mediterráneo en susgaleras, ansiosos de tomar en los corsarios algún desquite.

Dos galeras de los Caballeros de Rodas avistaron la galera del corsarioy la persiguieron con ahínco; pero la galera del corsario era ligerísimay despiadados sus cómitres. El rebenque, cayendo sobre las espaldas delos forzados, acrecentó su fuerza locomotora, y el corsario logróescapar de la persecución, aunque sin arribar a Argel, sino llegando ensu fuga hasta cerca de las costas de Málaga. Desde este puerto,divisaron el bajel corsario barcos de guerra de Castilla que salieron adarle caza. Acosado el corsario por todas partes, pasó el Estrecho deGibraltar para ponerse en cobro.

En aquellos días de angustia, el corsario, como era natural, estaba muyrabioso y se sentía capaz de toda suerte de atrocidades.Infortunadamente, el Principito estaba muy empalagoso con los dolores ymolestias de la dentición. De noche, sobre todo, tomaba estruendosasperras, berreaba mucho y no dejaba que ni donna Olimpia, ni Teletusa, niel corsario, pegasen los ojos.

El corsario, durante tres noches, loaguantó todo por galantería; pero en la noche cuarta, se puso tannervioso y tan frenético que apenas nos atrevemos a decir lo que hizo,tanto es el horror que nos causa. Imitando, o mejor diremos,prefigurando al héroe de una novela de Gabriel d'Anunnzio, aunque sinpremeditación ni alevosía, sin sutilezas psicológicas y sin celosretrospectivos, sino en el arrebato y en la excitación del insomnio,agarró al Principito y lo arrojó al mar por la ventana del camarote.

Desgarradores fueron los gritos que en aquella ocasión lanzó donnaOlimpia, al considerar que se ahogaban sus más bellas esperanzas. DonnaOlimpia tuvo, sin embargo, que callarse, porque el corsario, brutal eiracundo, la amenazó con arrojarla también al mar si no se callaba.

De lo que ocurrió al día siguiente ya hemos dado cuenta. Ya sabemos cómoel corsario pagó de una vez todos sus delitos.

Cuando Morsamor supo los lastimeros ocasos que acabamos de referir, secompadeció de donna Olimpia y procuró consolarla; pero el cuidado de sunave le preocupaba más todavía. Y

como iba ya acercándose a la costa,Fréitas había muerto y no era muy de fiar el contramaestre, Morsamorvelaba y sólo por breve rato entraba a reposar en la cámara.

-XLIII-

Antes de amanecer, se levantó Morsamor y fue sobre cubierta.

Fresco vientecillo de Poniente empujaba la nave hacia la costa. Era deesperar que, al rayar el alba llegase la nave a la desembocadura delTajo y penetrando y subiendo por el río, se presentase frente a Lisboa.

En pos de la nave de Morsamor iba el barco del vencido corsarioargelino, brillante trofeo de la recién alcanzada victoria.

Tiburcio de Simahonda había tomado en él el mando. La bandera deCastilla, izada en el mastelero de gavia, continuaba allí en señal deposesión, a pesar de la noche. De las entenas pendían, cual horribleadorno y para ejemplar escarmiento, los cadáveres del capitán argelino yde ocho satélites suyos, cada uno de ellos colgando por el pescuezo conun lazo escurridizo.

Densísima niebla lo envolvía todo. En la vaga penumbra del crepúsculosólo se percibía la forma indecisa del bajel apresado, como negro bultoque se destacaba sobre un fondo de color de ceniza.

Ni los cercanos montes de la costa, ni las pálidas y moribundasestrellas, ni mar ni cielo se percibían con claridad. Si algo sevislumbraba era como a través de muy tupido velo.

Morsamor triunfante se engreía y deleitaba en la contemplación de sugloria, sólo compartida acaso por Fernando de Magallanes. ¿Habría estelogrado o iría pronto a lograr su propósito después de pasar el Estrechodonde encontró Morsamor el rastro y las muestras de su cruel energía?Morsamor se lo preguntaba y no acertaba a responderse. Pero fuera cualfuera la respuesta que diese al cabo el destino, la gloria de Morsamor,aunque compartida, no menguaba.

Él había circunnavegado el planeta,obtenido experimental conocimiento de su magnitud y de su forma, ycerrado el ciclo de los grandes descubrimientos y navegaciones.

Soberbio, engreído estaba Morsamor por todo ello. Y sin embargo, en vezde ensancharse su corazón y de regocijarse, se sentía abrumado enaquellos momentos por amarga tristeza. Un enjambre de pensamientosdesconsoladores acudían a su espíritu y le atormentaban y picaban conponzoñoso estímulo. Y en aquel estímulo ponzoñoso había, como en elestro de los poetas, la eficacia de revestir de imágenes lo pensado,prestándoles movimiento y vida y poblando y animando con ellas elambiente de nieblas que a Morsamor circundaba.

No, no era arco triunfal el que acababa de erigir y por dondegloriosamente se entraba en la edad moderna. Era más bien puerta con queél cerraba y terminaba un inmenso periodo histórico, una larga serie demás de treinta siglos, durante los cuales los pueblos que habitan entorno del Mar Mediterráneo habían sido guías, iniciadores, maestros yhierofantes del humano linaje.

Egipto, Fenicia, Grecia, Italia y España,habían tenido sucesivamente el primado, el cetro y la virtudcivilizadora.

El mismo orgullo de Morsamor, el superior valer que atribuía a sushechos se revolvía en daño suyo y servía para deprimirle. Acabada por élla obra que incumbía a los pueblos meridionales de nuestro continente,la fuerza, el imperio y la inteligencia dominadora iban a pasar a otrasmanos.

Al reconocer Morsamor tal como es la tierra en que vivimos, habíadisipado el encanto que nos hizo señores de ella. La abandonaba su fe ycon su fe la abandonaban los genios, los dioses y los poderes einteligencias sobrenaturales que sucesivamente su fe había creado.Esquilmado y seco el suelo, no se prestaba ya, aun herido de nuevo porel corcel con alas, a que brotase de él otra Hipocrene. Circe y Calipsohuían buscando refugio y sin hallar en los mares espacio misterioso yesquivo y afortunadas islas donde erigir espléndidos palacios, socavarfrescas grutas y plantar deleitosos jardines para recibir, agasajar yembriagar de amor a los héroes. Venus no surgía ya del seno de las ondassalobres, ni las Nereidas, abandonando sus alcázares submarinos, veníana consolar a Aquiles por la muerte del amigo, ni aparecían en limpia yhermosa desnudez ante los ojos mortales de Jasón y de sus compañeros queiban a conquistar el Vellocino. Los oráculos callaban; cesaban losmilagros. Parados y ocultos los cíclopes, ni en Letnos ni en lascavernas del Etna forjaban armaduras lucientes. Apolo y las musassentían el prurito de abandonar a Delos, el Parnaso y el Pindo, desalvar las Montañas Rifeas y de instalarse en las regiones hiperbóreas,mientras no las visitaba algún viajero curioso y les quitaba todo suhechizo. En suma, era tan temeroso y destructor el desencanto que Miguelde Zuheros imaginaba haber producido, que hasta los santos y los ángelesse iban volando y abandonaban nuestra tierra desengañada.

Pero lascristalinas esferas se habían desbaratado y roto, no giraban ya enarrebatada consonancia y nadie podía oír su musical armonía en losarrobamientos del éxtasis. Soledad y fúnebre silencio reinaban en lafría y desierta amplitud del éter sin límites. Muy lejos, muy lejos delos hombres tenían que subir los coros celestiales para acercarse alprimer móvil y descubrir el Empíreo.

Así se atormentaba Morsamor con cavilaciones nacidas de vanidadatrabiliaria en que muchos después de él han caído y caen. Han creídoque llevaban en una mano la férula del progreso y la antorcha de larazón en la otra, y que iban arrollando con ellas cuantas creencias ypoesía se les paraban delante, despejando el mundo de visiones y defantasmas para que sólo quedase en él la realidad monda y escueta.

Y sin aquietarse Morsamor y pasando adelante en su cavilar lastimoso,supuso, por último, que la ciencia empírica, hija del exterior sentido,iba a arrebatarnos el imperio y a dársele a los pueblos del Norte,patentizando el jactancioso embuste de las profecías del Padre Ambrosio.Morsamor dio entonces forma y vida a este nuevo pensamiento, y vio entorno suyo, discurrir entre la niebla diminutas y vaporosassemideidades, geniecillos sutiles que apenas eran algo y casi seconvertían en flores retóricas: gnomos deformes y enanos, que trabajabansin cesar en el centro obscuro de la tierra y sacaban de allí para susnaciones favoritas piedras y metales preciosos, raros documentos de losarchivos subterráneos, y primitivas selvas, alimento del fuego, motor yartífice infatigable. En pos venían los silfos y las ondinas. Y luegolas aladas salamandras extraían del escondido seno de las cosas unaincomprensible virtud, de mayor ligereza que la luz y el fuego, rápida ypotente como el rayo, y se la prestaban a los hombres para queiluminasen y moviesen con ella los seres inertes y obscuros ytransmitiesen con instantánea y casi ubicua rapidez el pensar y elsentir, la palabra y el sonido.

Salió al fin Morsamor de aquel piélago de tristes meditaciones en que sehabía engolfado.

El sol, que se alzaba sobre los montes, desgarró los velos de niebla quelos envolvían.

Morsamor vio entonces el promontorio que estaba cerca yhacia donde dirigía el rumbo su nave.

En seguida reconoció que eran loscerros de Cintra, cubiertos de feraz y lozana verdura. En la más altacima de la Peña, creyó distinguir con envidia al enamorado BernardínRiveiro, que todavía oteaba la extensión del Atlántico y buscaba conlágrimas la estela de la nave que le arrebató a doña Beatriz.

Y vagando por la frondosidad umbría de aquellos valles, apareció tambiéna Miguel de Zuheros la virginal figura de doña Sol de Quiñones, que nole censuraba, sino que le compadecía de que volviese a verla, olvidadode su poético enamoramiento y acompañado y consolado por donna Olimpia.La Ínsula Firme se había sumergido también en el Atlántico como otrasmil fábulas venerandas. En ningún mapa habría ya sitio en que ponerla.Ni era menester porque el mágico Apolidón había derribado el Arco de losleales amadores, enojado de que ya nadie pasara por él, como pasó Amadísfiel a Oriana.

-XLIV-

Poco satisfecho estaba Morsamor de sí mismo en aquellos instantes.Cuando iba a llegar al término de su peregrinación, un fúnebrepresentimiento contristaba su alma. La agitaba negra tempestad depasiones.

De súbito se encapotó el cielo con densas nubes. Por breve rato hubocalma abrumadora como si algo pesado oprimiese el ambiente. Pero prontose desencadenó la tempestad más furiosa. El viento del Norte sobrevinocon ímpetu rabioso y sacudió y levantó las aguas del mar en gigantescasolas.

Chocaron

las

nubes

con

estruendo.

Intensos

relámpagos

iluminaronsiniestramente el aire. Los rayos le surcaban de continuo.

El bajel apresado no tardó en apartarse de la nave de Morsamor. Laborrasca le llevó lejos de su vista.

Morsamor hizo esfuerzos inauditos para salvar su nave, harto trabajadaya por larguísima navegación y por el choque y combate con el bajelcorsario.

Los marineros todos le ayudaron con celo y con brío en la ruda faena,mientras que conservaban esperanzas; pero la nave, impulsada por losvientos y por las olas, ya parecía elevarse a las nubes, ya hundirseentre dos enormes montañas de agua, y no obedecía al timón, y se ladeabaa veces como si fuera a volcarse, y el agua subía por cima de lacubierta, la barría con furia y penetraba hasta el fondo.

Muchos tripulantes, en el delirio ya de la desesperación, blasfemaban orezaban y no acudían a la maniobra.

Casi abandonada la nave de dirección y de auxilios humanos, corrió aúnno poco tiempo con velocidad vertiginosa, a merced del huracán que laimpelía sobre la líquida faz del Océano, que ya la levantaba en susoleadas, ya la precipitaba en la medrosa hondura que entre dos montes deagua a cada momento se abría.

La nave de Morsamor no pudo resistir más. Acaso bastó a destrozarla elfuror de los vientos y de las olas. Acaso fue a romperse, chocandocontra oculto bajío. Ello es que la nave, desbaratada la trabazón de sustablas se deshizo en pedazos.

Cada uno de los que la tripulaban luchó por la vida y procuró salvarsecomo pudo.

En aquel momento de angustia, Morsamor cayó en el agua y pensó salvarsenadando, pero pronto sintió un peso que le oprimía, que le estorbabanadar y que fatalmente iba a ahogarle.

Despavorida donna Olimpia, pálidapor el miedo de la muerte, frenética de terror y de funesto cariño, sehabía agarrado a Miguel de Zuheros, ciñéndole y estrechándole entre susbrazos.

O la falta de brío o la sobra de piedad impidió a Morsamor apartar de síaquel obstáculo que se oponía a su salvación; aquella mujer por quieniba a perderse sin que ella se salvara.

Morsamor, en vez de rechazarla, en aquellos instantes, acaso los últimosde su vida, la cogió con ternura. Y movida ella por gratitud y poramorosa vehemencia, unió su boca a la de Morsamor y la regaló con hondoy prolongadísimo beso.

Extrañas fueron las impresiones de Morsamor. Se figuró que donna Olimpiaabsorbía con sus labios toda la mocedad y toda la vida nueva que laspociones mágicas del Padre Ambrosio le habían infundido. Volvió la vejeza apoderarse de su cuerpo y empezó a sentirse casi decrépito.

El fríodel agua atravesaba su carne, penetraba en sus huesos y le congelaba lostuétanos y la sangre descolorida y pobre.

Todavía se sostuvo Morsamor en la superficie del agua a su parecer porextraño e imprevisto socorro.

Tiburcio de Simahonda le tenía asido por la cabeza, impidiendo que sehundiese; pero de sus hombres brotaron negras alas que velaron aMorsamor la horrenda claridad de aquel día.

Por último, una sensación grotesca, a par que espantosa, vino a colmarel delirio de aquella en su sentir postrera agonía. Los dos tremendosrufianes, Asmodeo y Belcebú, le habían cogido cada uno por una pierna,tiraban de él y le arrastraban al fondo de los mares.

Entonces Morsamor perdió el conocimiento y el sentido.

Reconciliación suprema

-I-

Después de las portentosas aventuras que acabamos de referir y deltrágico fin que tuvieron, bien podemos asegurar que no murió Morsamor.No nos consta de qué suerte pudo salvarse. En nuestra historia hay aquíuna tenebrosa laguna. Saltemos por cima de ella y volvamos al conventoen que el Padre Ambrosio seguía viviendo y ejerciendo sus artes mágicas.

Por su virtud, aunque se ignore de qué manera, nadie en el conventohabía notado la ausencia de Fray Miguel y del hermano Tiburcio.

Acaso el Padre Ambrosio había evocado y atraído a dos espíritus, quehabían tomado la apariencia del fraile y del lego. Acaso, sin evocarespíritu alguno, aquel gran mago había creado dos fantasmas quereemplazasen en el claustro a los dos ausentes. Ello es que nadie losechó de menos. Por lo demás, según imaginaban los otros frailes, FrayMiguel vivía siempre retraído, encerrado en su celda y casi de continuopostrado en cama.

Lo que es ahora, bien podemos asegurar también nosotros que Morsamor oFray Miguel, de vuelta ya de sus excursiones, yacía en cama, en muymísero estado. Sin duda su segunda mocedad se había consumido toda en elcumplimiento de las grandes empresas a que su voluntad y la ciencia delPadre Ambrosio la consagraron. Fray Miguel se hallaba casi ciego, másviejo, más acabado, más baldado por los dolores que antes de remozarse yde encontrarse apto para la fuga.

Se diría que aquel impetuosorenacimiento de vitalidad, que aquella fuerza nueva que de laprofundidad de su ser había surgido, se había derramado como torrente,se había volcado como ingente catarata, y se había gastado toda conrapidez en inauditas acciones, sin dejar resto alguno, sino llevándose yarrastrando en su curso parte de la vida que él conservaba aun antes delcambio prodigioso.

Pasaron algunos días en esta situación. Fray Miguel estaba cada vez másenfermo y débil. Y

sin embargo, lejos de ofuscarse o de anublarse, suinteligencia se sentía bañada en luz serena y clara y Fray Miguel creíao más bien estaba seguro de que iban disipándose las nieblas orasgándose los velos que le encubrían la verdad, y de que empezaba a verlas cosas todas sin alucinación alguna que se las desfigurase ytrastrocase. Era, no obstante, tan sigiloso y tan reservado que nadie,ni el mismo Padre Ambrosio, descubría los cambios que iban realizándoseen el fondo de aquel alma, aunque el Padre Ambrosio visitaba a menudo aFray Miguel y era perspicaz zahorí de los pensamientos ajenos.

Llegó por fin un momento en que Fray Miguel se encontró menos agobiadode sus males, con la mente despejada, con las piernas y los brazos másfirmes para accionar y moverse y con la voz entera para poder expresarsin fatiga ni esfuerzo cuanto sentía y pensaba.

Desvelado, en las altas horas de la noche, se levantó de su mezquinolecho, se vistió precipitadamente el sayal, encendió con eslabón, yescay pajuela, una lamparilla de hierro, salió de su celda, atravesó losclaustros desiertos y sombríos, se dirigió a la puerta de la celda delPadre Ambrosio, y llamó golpeando en ella.

Había cierto reposo enérgico en el espíritu de Fray Miguel; mas, aunqueparezca contradictorio, coexistía con este reposo la impacientedecisión, que no daba espera, de hablar al Padre Ambrosio, deinterrogarle sobre no pocas dudas y de pedirle cuenta y explicacionesque las resolviesen.

El Padre Ambrosio se oyó llamar, reconoció la voz de Fray Miguel, nopudo resistirse al imperio con que este exigía que le oyese, se vistióel hábito y le abrió la puerta refunfuñando.

Entró en la celda Fray Miguel, colocó su lamparilla sobre la mesa, dondehabía papeles y libros, y la misma calavera y el mismo crucifijo que laprimera vez que allí había entrado. Se sentó Fray Miguel en la silla enque también se había sentado la primera vez, y diciendo, tengo quehablarte, excitó por señas al Padre Ambrosio a que tomase asiento.

El diálogo que hubo entre ambos, y que Fray Miguel comenzó, requierecapítulo aparte.

-II-

—¿Qué delirio es el tuyo?—dijo el Padre Ambrosio—. Me pasma que hayasvenido a verme.

Si te he de hablar con franqueza, no creía yo posibleque pudieses salir de tu celda, débil como estás, baldado por losdolores y velados tus ojos de densa nube que desde hace algún tiempoapenas te deja ver distintamente las cosas, sino de un modo vago yconfuso y como al través de una neblina. ¿Qué quieres de mí? ¿Por quéhas venido hasta aquí, con paso vacilante e incierto, a tientas y sinduda apoyándote en las paredes? ¿Qué es lo que de mí pretendes todavía?

Fray Miguel contestó:

—Pretendo que seas conmigo franco y leal, como yo lo he sido contigo.Yo abrí para ti los más escondidos senos de mi alma y te mostré todossus arcanos. Nada te oculté ni de mis pensamientos ni de mis pasiones.Mi espíritu, lleno de confianza en ti se te rindió por completo.

Derechotengo a que tú también seas franco y leal conmigo. Vengo a pedirtecuenta de tu conducta y de tus promesas. Dime toda la verdad. ¿Te hasburlado de mí? ¿Me has hecho víctima de un engaño? ¿Es cierto cuanto meha ocurrido o ha sido todo, como yo recelo, una endiabladafantasmagoría? ¿Acaso las pociones mágicas que me administraste,hundiéndome en hondo letargo, han suscitado visiones en mi cerebro,grabándose en él con el poderoso vigor y con la clara distinción de larealidad misma?

Interrogado el Padre Ambrosio tan de improviso y de manera que hacíaimposible toda respuesta ambigua, permaneció en silencio y como quienduda y cavila sobre lo que le incumbe contestar y sobre la forma en quela contestación ha de ir expresada, para que implique la justificación ola disculpa al menos. Después de larga pausa, contestó al cabo el PadreAmbrosio:

—Sean cuales sean los medios que he empleado, ora se considerenrealidad, ora vano prestigio, no debes tú dudar de la bondad de misintenciones. Yo he querido sanarte a toda costa del peor de los males.Recuérdalo bien, de un orgullo satánico despechado que te hacíaaborrecible hasta la misma bienaventuranza del cielo. Contra enfermedadtan horrenda, no hay remedio, por duro que sea, que pueda censurarse.Supongamos por un momento que cuanto viste, y cuanto hiciste, desde quepor virtud de las pociones mágicas imaginaste despertar remozado, todocarece de ser real fuera de ti. Aun así, aunque yo haya tenido fuerzapara crear en tu mente un mundo imaginario y para dártele en espectáculoy para hacer de él amplio y pasmoso teatro en que tú fueses el principalactor, bien puedes estar seguro de que he carecido de fuerza parasujetar a mi propósito tu juicio y para someter tu voluntad a la mía. Yopodré haberte ofrecido y presentado todas las ocasiones, todos losobjetos, todos los premios a que podía aspirar tu codicia, en que podíahartarse tu sed de deleites y donde tu ambición y tu orgullo podíanquedar satisfechos; mas para lo que yo no tuve fuerzas, ni aunteniéndolas las hubiera empleado, fue para violentar tu libre albedrío.Sueño o no, te considero responsable de todos los actos de tu extrañavida de descubridor y navegante. Si me cabe alguna duda es sobre elgrado mayor o menor, sobre la intensidad de tus méritos y de tus culpas.Hay no pocos extremos hasta donde no llega mi ciencia, si bien presumoque no es tan sereno y firme el juicio en quien duerme como en quienvela, y que tu voluntad, sin ser violentada por mí, pudo ceder másfácilmente que en la vigilia a los incentivos que en sueños se lepresentaron. De todos modos, aunque tu gloria hubiese sido soñada, túhas sabido mostrarte capaz de esa gloria, y aunque hayan sido soñadostus delitos, también eres responsable de ellos, aunque no en tantogrado. En sueños tiene la voluntad menos brío para resistir a latentación que la provoca. Si no resiste y cede, entonces es menor sudelito; pero esa mayor flaqueza de la voluntad, que atenúa su falta siincurre en pecado, tal vez da superior valer a toda acción buena que ensueños se realiza, porque si la voluntad, poco briosa, basta arealizarla soñando, mayor será su virtud cuando al despertar recobretodo su poder y le emplee en darle cima. La diferencia entre el éxitodichoso, ya en la realidad ya en el sueño, es que en la realidad dependeen gran parte de lo que llama el vulgo caprichos de la fortuna, o sea delo que los juiciosos y piadosos califican de inescrutables designios deDios, a fin de que se cumpla el plan maravilloso de la historia y de quecamine la humanidad hacia su término con dirección invariable y segura.Todos nos agitamos y todos contribuimos a que se cumpla dicho plan,quedando, no obstante, nuestra libertad en salvo, merced al soberanoconcierto prescrito desde la eternidad por la Providencia.

—Tu discurso—dijo Fray Miguel—se quiebra de puro sutil. En mi sentirson alambicados y obscuros tus conceptos. Presumo, pues, o que noentiendes o que entiendes lo contrario de lo que dices para mi consuelo,y para atenuar la crueldad de la burla que me hiciste. Es falsedad, essofisma lo que sostienes. Si no debo condenarme porque mis crímenes hansido soñados, tampoco debo glorificarme si también han sido soñadas misproezas. Convengo en que el mal éxito o el buen éxito final es obra dela fortuna o hablando cristianamente, de Dios mismo; pero la acción,independientemente del éxito, no vale sino en la vigilia para quien laejecuta. En sueños, el avaro es generoso, y tal vez quien despierto nose desprende de un maravedí, para socorrer a un pordiosero, es capazsoñando de prodigar todas las riquezas de los Cresos y de los Fúcares.El cobarde puede soñar que es valiente. Hasta por lo mismo que despiertole humilla y le atormenta su incurable cobardía, en sueños se consuelacreando y atribuyéndose el denuedo de que carece. En suma, yo infiero,de lo que me dices, estas desconsoladoras y amargas verdades; que te hasburlado de mí; que mi segunda juventud, mis hazañas y mi gloria fueronsoñadas; que mis delitos también lo fueron; y que siéndolo, quedan enduda las energías de mi ser y no merezco ahora, ni más ni menos queantes, alabanza o vituperio, galardón o castigo.

—Muy extremada manera es la de tu discurso y a mi ver es falsa, pero noquiero que discutamos, porque así no lograríamos convencernos. Bastepara mi intento de convencerte de la aptitud y del poder que hay en ti,tanto para lo bueno como para lo malo, la ilimitada confianza que en mípusiste y la constancia y el valor con que te sujetaste a mis conjuros,arrostraste pruebas tremendas y no retrocediste, lleno de terror, antemis mágicas operaciones. Quien fue capaz de todo esto es capaz tambiénde todas las hazañas y digno de las victorias y de los triunfos. Sólo dela fortuna, sólo de las circunstancias exteriores, y no de la virtud delalma, depende que en realidad se logren o que sólo se logren en sueños.Eres injusto al afirmar que me he burlado de ti.

No; yo no me heburlado; yo quise confortarte, puse los medios para conseguirlo, y lohubiera conseguido si no fueses tú tan descontentadizo y caviloso. Antesde que mi magia se emplease en ti, tú no habías sido héroe y ademásdudabas de que pudieses serlo. Ahora, aunque puedes dudar de que enrealidad lo hayas sido, no puedes dudar del poder que para serlo habíaen tu alma.

A estas últimas palabras del Padre Ambrosio, no replicó Fray Miguel paracontradecirlas ni mucho menos para manifestar que había quedadoconvencido y satisfecho. Su única contestación fue un sonidoinarticulado que exhaló su pecho y que brotó de sus labios, de tanindefinible condición que podía dudarse de si era suspiro o refunfuño,bendición o maldición, muestra de gratitud o de queja.

Hubo una larga pausa. Los ojos casi sin vista de Fray Miguel se fijaronintensamente en el Padre Ambrosio, como si fuese el alma sin elintermedio del material aparato quien por ellos mirase y viese. A pesarde su poder mágico, y a pesar de su ánimo brioso, bajó los ojos el padreno pudiendo resistir la intensidad y el fuego de aquella mirada. ElPadre, con todo, estaba sereno y tranquilo. No le remordía laconciencia. Su conducta con Fray Miguel había procedido de la intenciónmás sana.

Sin duda Fray Miguel pensó lo mismo, después de la larga pausa y de lamirada escrutadora.

No quiso, sin embargo, hablar más. Se levantó de la silla, tomó sulámpara, pronunció un Dios te guarde, inclinando la cabeza, y se volvióa su celda sin más explicaciones, preguntas ni discursos.

-III-

Pasaron aún más de cinco semanas después del coloquio nocturno de queacabamos de dar cuenta. El esfuerzo violento y el consumo de vitalidad,hechos por Fray Miguel, para ir hasta la celda del Padre Ambrosio y parahablar con él lo que había hablado, produjeron terrible reacción,hundiendo a Fray Miguel en el mayor abatimiento físico. Se diría quehasta para hablar, hasta para pronunciar algunas palabras, le faltabanya bríos. Fray Miguel estaba postrado en cama y callado como muerto.

Sólo acudían a visitarle en su celda el Padre Ambrosio, cuya reputaciónde excelente médico era grandísima e indiscutible, y el hermano Tiburcioque, ayudante del Padre, cuidaba de Fray Miguel, y le suministrabaalimentos y medicinas.

En medio, no obstante, de aquella enfermiza inacción de su ser materialy de aquel desmadejamiento y quebrante de su organismo, el pensamientode Fray Miguel lucía con más viveza dentro de su cerebro, y como si lehubieran nacido pujantes alas, se remontaba a luminosas esferas y veía ocreía ver con mayor claridad y serenidad que nunca, lo pasado, lopresente y lo futuro, fijando la mirada de águila en el radiante foco,donde lo real y lo ideal se compenetran, se confunden y son una cosamisma.

En la mente de Fray Miguel se realizó así saludable mudanza. En virtudde ella, depuso todo enojo contra el Padre Ambrosio. Lo que tal vezconsideraba antes como burla, le pareció lección provechosa, rica enbeatíficos resultados.

Harto bien conocía Fray Miguel la postración de su cuerpo y laproximidad de su muerte; pero, al mismo tiempo, conocía con reposadojúbilo que nunca había estado su espíritu más sano, más perspicaz, nimás sereno que entonces.

En tal disposición, quiso Fray Miguel comunicar a alguien que lecomprendiese los pensamientos y las ideas que en aquellos momentossupremos había en su alma. Y movido por este anhelo, con voz sumisa ydébil, no en una vez sola, sino en varias veces, en diferentes visitasque el Padre Ambrosio le hizo, le fue manifestando en breves discursossu pensar y su sentir más íntimos.

Piadosamente recogió el Padre Ambrosio y puso por escrito aquellasconfidencias, que ahora trasladamos aquí y que son como siguen:

—Veo con claridad, Padre Ambrosio, que la hora de mi muerte seaproxima. La veo sin desearla y también sin temerla. Rara vez la duda haentrado en mi espíritu, y menos aún ha entrado en él una negativaconvicción. Pero, aunque yo estuviese convencido de que la muerte eracompleta, de que para mí no había nada después, ni pena, ni gloria deque yo tuviese conciencia, ni siquiera una inconsciente prolongación demi ser en el recuerdo de los demás hombres, la muerte no me aterraría nime afligiría. No es que yo esté resignado. Es algo de más noble y demenos pasivo. Es que, dando yo aún inmenso precio a mi vida, la daría,la vertería toda en el seno de la naturaleza, en una efusión de amorhacia ella y hacia el ser inmenso que lo ha creado todo y que todo lollena. Pero no, yo no dudo de mi inmortalidad individual y consciente.Yo creo en ella y ahora, cuando mis ojos, débiles y enfermos, apenasperciben la luz material, de la que huyen medrosos, luz clarísima,procedente de foco increado, penetra e inunda mi mente, ilustrándola yenseñándole la verdad. Yo fui, días ha, a tu celda con el intento deinterrogarte y de disipar dudas sobre mi última vida pasada. Ahora mearrepiento y nada te pregunto porque nada quiero saber. Me es igual, mees indiferente que hayan sido realidad mi razonamiento, misperegrinaciones y mis ulteriores crímenes y hazañas, o que todo hayasido prestigios, embustes o creaciones fantásticas formadas y sugeridaspor tus elixires y linimentos y por el pasmoso poder de tus mágicasartes. En estos últimos días, desde que volví vi convento o desde quecreí que había vuelto al convento, desde que me hallé más viejo yabatido que antes, casi ciego, baldado y postrado en el lecho, hecavilado y meditado mucho y siento que se ha mejorado y casi se hatransformado mi alma. Tal vez sin los últimos sucesos de mi vida, orasean imaginarios, ora sean reales, no hubiera sobrevenido en mi ser estatransformación, esta conversión, que califico de dichosa. A ti te ladebo y por ello te doy las gracias. El pensamiento, cuando no se expresay se determina por medio de la palabra, cuando persiste hundido en lasprofundidades de nuestro ser, sin comunicarse y declararse a otro serinteligente, es confuso caos, de cuya verdad o de cuya mentira, de cuyabondad o de cuya insignificancia, no estamos seguros. La plenaconciencia no aparece sino con la palabra emitida y comunicada. Por esoes con Dios coeterno su Verbo. Ni el amor inefable y divino hubierabrotado nunca en la mente suprema, si de la contemplación del propioVerbo desde la eternidad no hubiera nacido. Débil trasunto, pobresemejanza de tan altos misterios hay sin duda en el fondo del almahumana. Dios, con su palabra, engendró el amor y creó el Universo. Yo,con mi palabra, si acierto a expresar con ella lo que agita mi mente deun modo confuso, engendraré también mi amor y daré consistencia a latodavía vaga creación en que este amor mío ha de satisfacerse yaquietarse, cumpliéndose así mi destino. Tales son los motivos que meimpulsan hoy a dirigirme a ti y a hacerte una confesión sincera yamplia, procurando poner orden y concierto en mis ideas y expresarlasluego y presentarlas a tu inteligencia, creando yo así mi luz, mi amor ymi universo hasta donde alcancen mis limitadas y débiles facultadeshumanas.

-IV-

Fray Miguel se fatigaba tanto al hablar, que, en breve, tenía quesuspender su discurso y dejarle para otro día. Prescindiendo nosotros detales interrupciones, aunque en cierto modo marcándolas e indicándolas,pondremos aquí los diversos fragmentos, unos en pos de otros, en elorden en que Fray Miguel los pronunció y en el que el Padre Ambrosio losconservó por escrito.

—Convencido estoy de que has querido darme una lección de moral,parecida en su traza a la que dio don Illán de Toledo, famoso mágico, acierto ambicioso Deán de Santiago. Tú, con todo, no has queridodemostrar que yo soy ingrato. Tú estabas seguro de mi gratitud. Más altaera la moraleja que de mi historia, semejante a la que refirió al CondeLucanor su consejero Patronio, has querido tú sacar ahora. Yo soy buendiscípulo, aspiro a ayudarte en tu trabajo, y voy a sacar de éldeducciones tan trascendentales que ya coincidan con las que túesperabas sacar, ya vayan más lejos o suban más alto todavía.

—Alégrate y enorgullécete. Has querido curarme de mi ambicióndesesperada. Duro ha sido el remedio. Como quien con hierro candentequema un cáncer, tú has curado el que roía mis entrañas. No sólo teperdono, sino que te agradezco la cauterización dolorosa. Mi sed depoder y de gloria se aquietó y sació con satisfacciones soñadas. Hoy, alreconocer que fueron sueño, reconozco también la vanidad de talessatisfacciones, aun cuando sean reales. El sabio lo ha dicho: que ni lacarrera es de los ligeros, ni la guerra de los fuertes, ni el pan de lossabios, ni las riquezas de los doctos, ni la gracia de los artífices;sino el tiempo y la casualidad en todo. De mis victorias y de mistriunfos no debo, pues, jactarme. Si al tiempo y a la casualidad sedeben, para contentamiento de mi orgullo, lo mismo valen e importan, orahayan sido realidad, ora sueño.

—Tales son las consideraciones que me mueven a desechar primero elengreimiento personal y más tarde el engreimiento de nación y de casta.Por cima de todo está Dios, y con él y en él la fe y la esperanza de queno hay mal que no sea aparente o caduco y que no se ordene a fin dichosoy grande. Así, en mi interior meditación vine yo a resignarme y a buscary hallar dulce quietud y algo a modo de bienaventuranza en mi plenaconformidad con los designios divinos. Me desnudé del estrecho egoísmo yarrojé lejos de mí el amor propio sin anhelar ya gozarle complacido ysin el temor ya de sufrirle lastimado.

—Conforme hubiera estado desde entonces mi voluntad, con la voluntaddel Altísimo, si un obstáculo, que me pareció insuperable, no se hubieraopuesto. Con este obstáculo he tenido que trabar tremenda lucha. Yo pudelibertarme de la ambición y de la codicia, pude desdeñar y desdeñégloria, poder y riqueza. El amor de la mujer quedó, no obstante, firmeen contra mía, atajando el camino por donde ansiaba yo acercarme a lareconciliación suprema. Disípense en buena hora como niebla o como humotodas las proezas de que me sentí capaz y que realicé o soñé. Lo que yono consentía era que el amor de la mujer también se disipase. Hasta loscrímenes, hasta las horribles tragedias que este amor produjo, no meresignaba yo a que se convirtiese en sueños, convirtiendo en sueños elamor mismo. Urbási, la bella Urbási, se me aparecía, como recuerdo vivole algo real, no como sombra fantástica, y me mostraba su admirable yhermosa figura y el blanco pecho desnudo, donde yo veía, en el lado delcorazón, profunda herida brotando hirviente y roja sangre que ansiaba yorestañar y represar con mis labios. Pena infernal me causaba estaaparición trágica, pero me causaba a la vez tan inefable y sublimedeleite, que mi alma toda se enfurecía de que fuese aquello ilusorio yvano y pugnaba aún por mantenerlo, al menos por recuerdo, como real yconsistente. No; la causa de nuestro amor a la mujer no reside sólo ennuestro miserable cuerpo. Aunque el cuerpo decaiga, envejezca y enferme,el alma, inmortal, sigue amándola. El alma inmortal es alma de mujer ode hombre, y a veces imaginaba yo que esta diferencia de inmortalduración hacía también inmortalmente duradero e invencible el amor queuna mujer me había inspirado. Y esta mujer, o si se quiere estehermosísimo aunque terrible fantasma de mi mente, se interponía entreella y lo infinito en que su raíz estriba, y no me dejaba llegar hastaél, reteniéndome cautivo y arrancando a mi espíritu las alas con queanhelaba volar tan alto y el ímpetu vigoroso con que pensaba sumirse enel abismo del ser y hacerse superior a todo lo creado y contingente alpenetrar en dicho abismo. No acierto a ponderar el esfuerzo pasmoso demi voluntad para llegar a destruir, después de haber destruido y rotolos demás ídolos, la imagen seductora de la mujer amada. Esta imagen,que llegué a suponer indeleble, lo perturbaba y lo bastardeaba todo enmi alma. No había concepto moral ni religioso al que ella no dieseforma, profanando mi religión y convirtiéndola en idolatría. Ella, suimagen, ya se me mostraba representando la ciencia, ya la filosofía, yala caridad, ya cualquiera de las otras virtudes, ya la ninfa pulquérrimay predilecta del cielo, esposa o amante de los dioses inmortales y madredichosa de los semi-dioses o héroes salvadores. Yo me explicaba a mimodo, porque también los sentía, los encontrados sentimientos queinspira la mujer, desde hace muchos siglos. Ora el misticismo amoroso ycaballeresco la ensalza y la purifica como algo venido del Empíreo, comofuente inexhausta de todo noble sentir y de todo arranque generoso, ycrea la Beatriz y la Laura de los egregios poetas, ora el ascetismoadusto la aborrece y la teme, como nido de víboras, como oficina deembustes y de pecados, y como el más seguro anzuelo de que se valeSatanás para perdernos. Rudo combate y grandísima pena me costó lanzarde mi pensamiento la imagen de la mujer, que con tan contrarios aspectosse me mostraba y que del efímero enlace o de la mentida concordia,producida por la atracción irresistible que nos lleva hacia ella, hacíabrotar discordias sin término y dualidad irreducible, como si hubiesedos eternos creadores y conservadores del mundo y no uno solo. En fin,mi empeño fue tan obstinado que logré borrar la imagen de Urbási,grabada en mi corazón como sello puesto allí por el demonio en señal deque yo era su esclavo. Entonces brotaron de nuevo y más pujantes lasalas de mi espíritu. Y no por la ciencia, no por el presunto conocer,sino con humildad, desprendiéndome de todo afecto pasajero, de todaliviana inclinación a las cosas creadas, logré subir hasta el manantialinagotable de donde todas manan y en el amor del bien soberano cifrar yconfundir todos mis otros amores, empezando por el de mí mismo. Hoy nohay mal que bien no me parezca, ni desdicha que no me parezca ventura,porque lo que Dios quiere no puede menos de ser lo mejor y lo másdeseable.

Aunque para el cumplimiento de su inflexible justicia, y apesar de su infinita misericordia, tuviese yo que padecer las penaseternas, al padecerlas yo por su amor, gozaría de tan inefable deleite,que se me transformaría el infierno en cielo, de la misma manera queantes, dominado yo por el egoísmo, transformaba el cielo en infierno.