Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda by Juan Valera - HTML preview

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Súbitamente, antes de que le viesen y le hiciesen cara,Tiburcio hizo caer por tierra mortalmente heridos a dos de los cuatroeunucos. No fue larga la lucha con los otros dos. Morsamor peleó contrael uno, Tiburcio peleó contra el otro, y ambos perecieron también.

Sin un leve instante de reposo, Tiburcio tocó en la puerta con el pomode su espada y gritó alto para que le oyese quien estaba dentro:

—¡Urbási! ¡Urbási! Abre. Ten confianza en nosotros. Venimos a salvarte.

La puerta se abrió enseguida y Urbási se mostró bajo el dintel,serenamente hermosa, como una aparición del cielo. Desalumbrado,extático quedó Morsamor al contemplar de cerca tanta hermosura. Luego serepuso haciendo un esfuerzo, y con la mano izquierda, desnuda de lamanopla que en la escarcela guardaba, asió a Urbási de la diestra, yguiado siempre por Tiburcio, buscó por donde había venido la únicasalida del harén.

Al llegar al salón, donde el rey yacía muerto, Morsamor retrocedióhorrorizado.

En torno del salón no había cundido el incendio porque eran los muros desólida mampostería, revestida de mármoles, que sin arder se calcinaban;pero lo interior del salón parecía un infierno: medroso torbellino dehumo y de llamas.

Inevitable era pasar por allí. Tiburcio dio el ejemplo. Se diría que asu paso se apartaban las llamas y el humo como si le conociesen yrespetasen.

Vergüenza tuvo Morsamor de quedarse atrás, pero temía que, si Urbásiseguía andando, prendiese el fuego en su larga y flotante vestidura,cuya fimbria tocaba y se extendía sobre el pavimento. Morsamor,entonces, tomó a Urbási en sus brazos, recogiéndole cuidadosamente lafalda; atravesó con rapidez y valentía por el salón incendiado; y,precedido de Tiburcio llegó sano y salvo hasta el arranque de la grandeescalera.

Hechizado y orgulloso de su dulce carga, nada le fatigaba su peso, yMorsamor no la hubiera soltado a no exigir ella descender la escalerapor su pie.

Rápidamente la bajaron, asidos de nuevo de la mano Morsamor y Urbási.

Con cariñoso afecto estrechó Morsamor la mano de Urbási, blanca, suave yadmirablemente formada.

Al llegar al último tramo, ella estrechó también la mano de Morsamor; yde su fresca boca, que a él pareció cáliz de perlas y rubíes, colmadodel aroma y del néctar que aspiran y beben los inmortales, salieron envoz baja y suave estas dulces palabras:

—Me has salvado la vida. Tómala si lo deseas. Eres su dueño.

Absorto en su alegría, nada acertaba a contestar Morsamor, cuando se viocercado de multitud de gente, así del pueblo como de los mismosaventureros que militaban bajo sus órdenes.

Entusiasmados todos por sushazañas, le aclamaban por héroe, casi le adoraban como a un semidiós yle levantaban en hombros para llevarle en triunfo.

En aquel bullicio y alborozo Urbási y Morsamor se separaron. Y él estuvolargo rato desesperado e inquieto, en medio del aplauso popular y de lamultitud que le vitoreaba, hasta que vio por dicha que a no muchadistancia, Urbási en compañía del viejo brahmán Narada, subía en unpalanquín e iba a salir fuera del recinto murado. Antes de salir, ella,que tenía en él la vista fija, le miró con amor e hizo ondear en su manoun blanco cendal, como despidiéndose. Su larga mirada fue elocuentísimay decía con toda claridad: hasta que pronto, muy pronto volvamos avernos.

-XXIV-

En un extremo de la ciudad y en espacioso edificio, Morsamor con toda sugente estaba acuartelado. No llegaban a ciento ochenta, porque más deciento habían perecido en la batalla.

Cargados de riquísimo botín,consolábanse los vivos de la muerte de sus compañeros de armas.

Limitadoel incendio a la gran cámara, el alcázar dio extraordinarias riquezas alos que, después de Morsamor, le entraron a saco. Los caballos y loselefantes, de que Tiburcio y los suyos se habían apoderado, cedidosluego o vendidos a Balarán, príncipe de los brahmanes, produjeroncuantiosa suma de rupias.

La rebelión triunfante, había entronizado a Balarán, invistiéndole deomnímodos poderes; concediéndole lo que en Europa llamamos la dictadura.

Era Balarán de nobilísima prosapia, de majestuosa presencia y de bellorostro resplandeciente en juventud lozana; era celebrado por su profundoconocimiento de los Vedas, de las Leyes de Manú, de los Puranas y demáslibros sagrados, y de todos los sistemas filosóficos-ortodoxos yheterodoxos de la India; y era venerado además por su energía, por su feinquebrantable en los altos destinos de su religión y de su casta, y porotras raras virtudes aparentes o verdaderas.

Gozaba, por último, depingüe y casi regio patrimonio, parte del cual había consumido,comprometiéndole todo en la conjura.

Fundamento tenía su propósito de que fuese seguido el ejemplo queacababa de dar; de que la rebelión se propagase a otros Estados y de quese extirpase de la India el predominio del Islam.

Así quedaría suambición plenamente satisfecha; llevaría él con justo título el nombrede Balarán; el mismo nombre del pasmoso hermano de Crishna. Y asílograría él ser Brahmatma o jefe supremo de su casta, de su secta y delimperio que en ella se fundase.

Repugnaba Morsamor ser mero y dócil instrumento del brahmán ambicioso.Harto conocía que era delirio aspirar a más. Lo razonable, pues, eraretirarse con sus aventureros, volviendo todos a Goa victoriosos yopulentos como nababos. Sólo un interés personalísimo retenía a Morsamoren Benarés. La bella Urbási había cautivado su alma. Necesitaba volver averla, declararle su amor y pedirle el cumplimiento de lo prometido enaquellas dulces palabras que ella pronunció, dejándolas grabadas en elcentro de su corazón: Me has salvado la vida. Tómala si lo deseas.

Eressu dueño.

Harto presentía Morsamor lo aventurado y peligroso de su nueva empresa.No quiso comprometer en ella sino a los que le fuesen completamenteadictos y estuviesen resueltos a arrostrar el enojo de Balarán y aresistir el poder que ellos habían contribuido a poner en sus manos.

Morsamor convocó, pues, a su gente, expuso su determinación depermanecer en Benarés con algunos pocos aventureros que quisiesenacompañarle y reconociendo que todos habían cumplido ya con elcompromiso y la obligación que contrajeron, los dejó en libertad devolver a Goa, conducidos por buenos guías y con el espléndido botín quehabían conquistado.

Deplorando o aparentando deplorar la separación, ciento veinteabandonaron a Miguel de Zuheros. Con él sólo quedaron sesenta valientesde los más devotos a su persona. No hay que decir que el fiel Tiburcioquedó también con él.

Después de esto, de noche y con misterioso recato, el anciano Naradavino a visitar a Morsamor. Previos muy corteses saludos y sin otropreámbulo, Narada, dijo lo siguiente:

—La verdad, sin jactancia, es que yo he fomentado y estimulado laambición de Balarán desde mucho tiempo ha, infundiendo en su alma miardiente deseo de sacudir el yugo de los muslimes.

Nada a pesar de miempeño hubiéramos hecho todavía, si un imprevisto suceso no hubierareanimado el espíritu reacio de Balarán, atizando su ambición con la iray los celos y prestándole actividad y arrojo. La bella Urbási, a quienBalarán pretendía y adoraba rendido, desapareció de su magníficavivienda; fue víctima de misterioso rapto. No bastó la habilidad de losraptores y no bastó el secreto con que la ejercieron, para que Balarándejase de presumir y aun de tener por seguro que el tirano Abdul benHixen, ardiendo por Urbási en lascivos amores, era quien la había robadoy quien en su harén la guardaba cautiva. Entonces Balarán no vaciló uninstante. Forjó su plan y lo realizó con presteza de acuerdo conmigo. Lafama de tus bizarrías había llegado hasta nosotros. Consideramos útil tuauxilio y yo fui a buscarte. Harto bien sabes lo demás por haber sidotan principal actor en todo. Lo que tú ignoras es que Urbási se halla denuevo en grave peligro. Ha desdeñado al rey muslime y se le haresistido, pero no desdeña menos a Balarán, el cual la adora y estáresuelto a hacerla suya de grado o por fuerza.

—No será, no será mientras yo viva—interrumpió Morsamor con ímpetuapasionado—. Yo liberté y salvé a Urbási, y Urbási será mía o pereceréen la demanda.

—No sé cómo ponderarte—dijo Narada—la alegría y la confianza que tusnobles palabras infunden en mi pecho. Bien puedo ya declarártelo todosin recelo alguno. Urbási, nobilísima doncella, huérfana de padre ymadre, es venerada por mí como una deidad y amada como el más tierno delos padres puede amar a la mejor de sus hijas en quien se mira como enun espejo y en quien contempla el limpio dechado de todas lasexcelencias y perfecciones. Por sus venas azules corre la etérea ypurísima sangre de nuestros antiquísimos richis, héroes y monarcas,celebrados en leyendas divinas y en inmortales epopeyas. La naturaleza,pródiga con Urbási, la adornó de todos sus primores y prestó a su alma ya su cuerpo gentileza tal que bien pudiera creerse que cuantos son losnúmenes que pueblan y dirigen los tres mundos, acudieron en la hora delnacimiento de ella otorgándole cada uno el don más precioso y la másalta virtud de que dispone. Ilustrada luego la mente de Urbási porsuperior inteligencia, ha concebido el ideal completo de la mujer. YUrbási con voluntad firme y constante, ha logrado realizarle en símisma, tanto en lo íntimo del espíritu como en la visible y terrenalapariencia. Sabe, sin hacer le ello alarde, las ciencias reveladas yocultas de los brahmanes. Y sin ignorar el conjunto de las sesenta ycuatro artes de amor y deleite, que constituyen la padmini o hembrahumana de mérito supremo, es casta, inocente e inmaculada virgen, así enel sentir y en el pensar como de hecho. No; el claro y abundantemanantial de amorosas venturas, el tesoro de hechizos, el cáliz colmadode licor de celestial bienandanza, que con el auxilio de los dioses ellaha creado y en sí tiene, no puede ni debe tocar a labios impuros,apagando su sed, ni puede ser entregado para que le goce y profane aquien no sobresalga entre el vulgo de los mortales con eminenciadesmedida.

—¿Es posible—interpuso Morsamor, con cierto despecho—que ella, encuyas encarecidas alabanzas te quedas corto, se complazca tanto en supropio valer, le tome por objeto de culto y se haga incapaz de amar aotro ser humano? Yo que la amo, yo que la adoro, ¿he de perder laesperanza de ser correspondido?

—Urge que lo sepas todo—replicó Narada—. No hay vagar para rodeos nidisimulos. Urbási, desde que llegó a ser núbil, se sintió atormentadapor amor sin objeto; pero no sin objeto, sino por objeto a su verimaginario, que columbraba su mente en la vaga penumbra de confusosrecuerdos, en las casi borradas impresiones que anteriores existenciasacaso han dejado en el alma. El ser que Urbási fingía, recordaba ocreaba, (¿por qué no confesártelo, si ella lo confiesa?) se parecía a ti¡oh venturoso Miguel de Zuheros! Antes de que te viese, Urbási te amaba.Te vio, y tú fuiste su salvador. En el día, Urbási te idolatra. Ellacree que los cisnes de alas de oro, fatídicos nuncios del destino,vinieron a pronosticar su amor por ti y tu amor por ella, comopronosticaron a Damayanti que Nal debía ser su enamorado esposo. YUrbási, no menos enamorada que Damayanti, desdeñaría por ti, no sólo aBalarán, sino a Indra, a Varuna y a los demás dioses, que desde elBaikounta bajasen a pretenderla. Por ti se siente Urbási capaz de losmayores sacrificios.

Por seguirte lo abandonaría todo, e imitando aSavitri fiel consorte de Satyavat, acosaría sin temor a Yama, dios de lamuerte, para sacarte de entre sus manos, como tú la sacaste a ella, yestrecharte luego apasionadamente en sus hermosos brazos.

Al oír a Narada, el corazón de Morsamor latía y saltaba agitadísimo porjúbilo inefable.

Morsamor se echó a los pies de Narada para mostrar sugratitud besándolos. Narada le alzó, le abrazó y se despidió de él,designando el momento en que volvería para llevarle donde Urbási estaba.

-XXV-

En una quinta, a corta distancia de la ciudad, secretamente estaba tododispuesto para la boda que había de ser clandestina, sin festín para losconvidados, sin baile y sin música. No por eso dejaba de estar revestidode costosos tapices y de otros raros adornos, el salón donde se elevabael pandal, estrado o sitio consagrado a la ceremonia.

En compañía de Narada, Morsamor entró allí primero. Llevaba el viejobrahmán vestimenta litúrgica de escarlata, sobre cuyo fondo carmesí sedestacaba la barba blanquísima y luenga.

Morsamor, ataviado con esmero yelegancia, parecía más joven y más gentil que nunca. De su cinto,bordado de oro, pendían la espada, la daga y la primorosa escarcela;coleto de finísimo ante, lleno de prolijas labores, cubría su pecho ysus espaldas. Las mangas acuchilladas, así como los gregüescos eran deblanco raso. La calza muy ceñida, de elástico punto de seda, hacía queluciesen las bien modeladas formas de sus ágiles piernas musculosas apar que enjutas. Muy lindo gabán colgaba airosamente de sus hombros.Tenía la mano derecha libre y desnuda, y en la izquierda los guantes deámbar y la graciosa gorra de Milán con airón de blancas y rizadasplumas, prendido a la gorra por una piocha de esmeraldas y rubíes.

Narada, al contemplar a Morsamor a la luz de las muchas lámparas que enel estrado había, no pudo menos de decirle que competía con el divinoHari, cuando se casó Rukmini en el magnífico palacio de Duarika.

No tardó la bella Urbási en aparecer sobre el estrado. La acompañabancuatro matronas casadas y la seguían sus siervas, y los pocosconvidados, amigos íntimos o parientes de su familia.

La presencia de Urbási, deslumbradora de hermosura, excitó la admiraciónde todos. En el alma de Morsamor se avivó con violencia el amorosofuego.

El andar de Urbási más parecía de deidad que de criatura humana. Sinoprimir su esbelto talle, le ceñía amplia zona de púrpura recamada deperlas, sosteniendo las flotantes ropas talares de cándido lino, quedescendían en artísticos pliegues y dejaban adivinar la armoniosacorrección del delicado cuerpo. La doble redondez del firme pecho, sincompresión ni arrimo, se estremecía suavemente, al moverse la hermosa,entreviéndose por la transparencia de la tela su puro color de rosa ynieve. Recogidas con gracia en alto las abundantes crenchas de susnegros cabellos, dejaban ver el cuello despejado y cuan bien puesta seerguía sobre él la noble cabeza. Verde-obscuras y hondas como la mar,eran las pupilas de sus ojos; su brillo como el del sol; y la sonrisa desu fresca boca, como presentimiento del Paraíso.

Según el rito, la novia debía acabar de adornarse en el pandal, enpresencia de todos, y las cuatro matronas casadas procedieron a hacerlo.De diamantes y perlas eran las joyas con que la adornaron. Pusieron unadiadema sobre su frente; en sus pequeñas orejas, a guisa de zarcillos,dos gruesos solitarios asidos a sendos y sutiles aretes; junto a loshombros y en las finas muñecas de los desnudos brazo y en las gargantasde los pies ligeros, brazaletes y ajorcas; y varios anillos en losafilados dedos de las manos y también en los dos dedos gruesos de ambospies, cuyo admirable dibujo no estragó jamás rudo calzado de cuero, ycuya desnudez dejaba ver la nítida blancura de la piel sonrosada y ellimpio nácar de las pulidas uñas, sobre las elegantes sandalias.

En la cabeza de Urbási las cuatro matronas echaron por último un rojo ytransparente velo.

Recitando himnos con entonada melopeya, Narada invocó a los lares y alos manes, genios protectores del hogar y espíritus de los antepasados.

Dos purohitas o brahmanes que oficiaban asistiendo a Narada, pusieronen la mano derecha de Morsamor algunos hilos de azafrán, enlazados porlarga cinta a otros hilos de azafrán que pusieron en la mano izquierdade Urbási.

Narada asió después la diestra de Morsamor y la unió a la diestra deUrbási. Sobre ambas manos juntas fueron todos los asistentes vertiendoalgunas gotas de agua lustral perfumada.

Morsamor enseguida dio a Urbási algunas hojas de betel picante.

Entonces se renovó la invocación, dirigiéndola Narada a los más egregiosseres divinos, a la propia Trimurti con el complemento femenino deSarasvati, esposa de Brahma; de Laksmi, esposa de Vishnú, y de Uma,esposa de Siva.

En amplio canastillo de flexibles entretejidos juncos, de pie yabrazándose se colocaron los novios; y cuantos allí asistían derramaronsobre sus cabezas puñados de arroz que tomaban de otros canastillosmenores.

Morsamor asió luego el táli, largo cordón de seda y oro en cuyosextremos resplandecían dos esmeraldas. Morsamor enredó el táli a lagarganta de Urbási, dándole tres vueltas y sujetándole con triplelazada. La novia miraba hacia el Oriente mientras que el novio así laprendía.

Sentados ambos después en blandos cojines, comieron juntos, sobre anchashojas de plátano, butiro fresco extendido en leves y esponjadas tortasde flor de harina, y miel de azahar a la postre: manjares simbólicos deiniciación en los misterios orientales, para aprender a reprobar lo maloy a elegir lo bueno.

En el centro del pandal se levantaba el ara, donde había algunasbrasas. Los purohitas echaron sobre las brasas canela, sándalo,espliego y otras plantas y yerbas secas y fragantes. Se levantó llama yNarada la avivó más con libaciones de soma divino.

Narada entonces habló así con Agni, dios del fuego, devorador de laofrecida hostia, conductor alado del holocausto:

—¡Oh, tú que te ocultas en el seno de los seres todos, que sin ti noserían, escúchame, Agni, tú que animas el universo. Concede a Urbási lalealtad y la firmeza que Satchi consagró a su marido cuando él laabandonó, y lleno de remordimientos, huyó a empequeñecerse y aesconderse en el tallo hueco de una de las flores de loto que cubrían ellago donde tú le hallaste, más allá de los montes de Himabat, en losúltimos términos de la tierra. Movido tú por las súplicas de Satchi y deacuerdo con los dioses, corriste por la tierra, volaste con tus alas dellamas por el aire y el éter, y hasta penetraste en el agua, tu temidamadre, para encontrar a Satacrátu en su penitente y escondido refugio!El pecado de Satacrátu vino a recaer entonces y a diluirse en todas lascriaturas, y recobrando él sus bríos, las hizo dichosas, venció altirano Nahucha y volvió a reinar en los tres mundos. ¡Oh, Agni, haz queUrbási sea para Morsamor tan regeneradora y purificante como DaraSatacrátu fue Satchi! Oye también y sé testigo, ¡oh Agni, del solemnejuramento de amor y de fidelidad, que van a pronunciar ambos esposos!

Morsamor y Urbási, en efecto, extendidas las manos sobre el ara y cercadel fuego prestaron el juramento debido.

Así terminó el acto religioso.

En aquella misma noche, sin demora ni reposo, a fin de sustraerse a lacelosa furia, a la venganza y al poder de Balarán, Morsamor y Urbási,depuestas las galas y en traje de camino emprendieron un largo viaje.

-XXVI-

Muchos días, fugitivo de Balarán, caminó Morsamor con su dulcecompañera. Dejándose persuadir por Narada, había creído en ellevantamiento general de toda la India, en favor del predominiobrahmánico, y no juzgó prudente ni seguro tratar de volver a Goa, nidirigirse a otro lugar que no estuviese fuera de los límites de laIndia.

En grandes barcas que de antemano contrató Narada, Morsamor había pasadoel Ganges, y había ido hacia el nordeste, esquivando los sitiospoblados.

Con él iban, todos a caballo, Tiburcio y los sesenta valientes devotos asu persona. En ligero palanquín que veinte robustos negros sostenían yllevaban turnando, iba la bella Urbási, asistida sólo por su siervafavorita Rohini. Completaban la caravana treinta poderosas mulas,alquiladas a dos ricos banianes en quienes Narada fiaba mucho y que sehabían comprometido a ir a donde se les mandase, cuidando y guiando lasmulas con el auxilio de cinco hábiles naires. Las mulas llevaban a lomoel espléndido equipaje de Urbási, abundancia de víveres, cuanto serequiere para desplegar tiendas en el campo y otros objetos útiles a lacomodidad y regalo de los ilustres viajeros y al alivio de sus fatigas.

Harto presentía Morsamor que el Brahmatma, con gran golpe de gente deguerra, había salido a perseguirle, aunque no había podido hastaentonces darle alcance por la mucha delantera que Morsamor y los suyoshabían tomado.

Sin tropiezo vi encuentro alguno desagradable, llegaron los que huían auna vastísima e intrincada selva, resplandeciente de lozana pompa yflorida verdura.

La frondosidad era tan densa por algunos puntos, que era menesterabrirse paso rompiendo y destrozando con la segur los enormes bejucos ydemás plantas enredaderas que, formando festones y guirnaldas, pendían yse entrelazaban de unos árboles en otros. Las alimañas esquivas yferoces huían a la aproximación de la hueste, pero no faltaban seresanimados, más mansos y menos recelosos del hombre, que apenas seapartaban al sentirle llegar, y hasta que se adelantaban y mostrabancomo si acudiesen a darle la bienvenida. A veces, con alegre desentono,graznaban los pavos reales, desplegando la brillante rueda de suspintadas plumas.

Zumbaban las abejas que en los huecos de añosos árboleslabraban sus panales. Las libélulas y las mariposas de los más nítidoscolores y variados matices poblaban y esmaltaban el ambiente.

Laabundancia de hojas en lo más alto de las plantas formaba verde toldo,por el cual se filtraba tamizada y tenue la lumbre solar, mitigando susardores y formando caprichosos cambiantes de refulgente claridad y desombra apacible. El kokila y otras aves cantoras entonaban sus trinosy gorjeos. Un vientecillo suave que apenas movía los más tiernos tallosy renuevos, esparcía con sus alas el grato aroma de las flores,trasladaba a larga distancia las aladas semillas y llevaba de unoscálices a otros el polen fecundante. Arroyuelos de agua cristalinacorrían serpenteando y murmurando por el somero cauce que naturalmentehabían abierto, y en cuyas márgenes crecían violetas, rosas silvestres ymil hierbas de olor. No bien empezaba a anochecer discurrían por el aireen multitud sin cuento las luciérnagas, como brillantes joyas con quebordaba allí su manto la primavera.

Tan amenos eran aquellos lugares que, embelesados Morsamor y los suyos,olvidaban casi el peligro que corrían.

Continuaban, no obstante, su peregrinación, aunque a la aventura y sinsaber a punto fijo en dónde podrían refugiarse para escapar o paradefenderse de sus perseguidores.

La selva parecía interminable y desierta. Los fugitivos no hallaron enella criatura humana.

Al cabo llegaron a un ancho espacio, casi despejado de árboles, y encuyo centro se alzaba un grande edificio de extraña arquitectura,palacio, fortaleza o tal vez abandonado asilo de anacoretas penitentes.Los peregrinos le visitaron y reconocieron, hallando que en él no vivíanadie.

Morsamor resolvió parar allí, reposar y hacerse fuerte, si por acaso ledescubrían y sorprendían sus enemigos en aquel misterioso retiro.

Sólo Tiburcio de Simahonda, con cuatro soldados que le escoltasen, todosen buenos y ligeros caballos, debía seguir adelante, como explorador,para ver si hallaba no muy largo y seguro camino por donde todospudiesen ir a la corte del gran monarca de los mongoles, Babur, si estehabía apaciguado ya sus dominios, si se hallaba en alguna ciudad menosdistante que la remota Samarcanda, y si concedía su favor y la esperanzade una recepción amistosa.

La gente de Morsamor estaba cansadísima. Y Urbási, rendida por la fatigay emociones violentas, necesitaba para reponerse tranquilidad y reposo.

En el desierto edificio había muchas estancias separadas y capaces, peromuy pocos y antiguos muebles, rotos o desvencijados. Por dicha, lasmulas traían de repuesto cuanto era conveniente para hacer agradableaquella vivienda.

En el patio del edificio manaba agua abundante y clara de una hermosafuente. Y cerca de ella había en amplio sótano una alberca para bañarse.

En el edificio no había provisiones de boca, pero la caravana distabamucho de haber consumido las que sacó de Benarés, y en la selva ademásabundaban los cocoteros, los plátanos, los mangos, las palmeras, losnaranjos, los limoneros y otros árboles cargados de fruta. Y

todosaquellos contornos convidaban con fácil y riquísimo éxito a la caza y ala pesca.

Alabando, pues, al cielo, que por lo pronto tan buen refugio le ofrecía,Morsamor se instaló con su gente en el abandonado edificio que se alzabaen el centro de la intrincada y vastísima selva.

-XXVII-

El edificio estaba casi al pie de muy altos montes. La ingentecordillera del Himalaya se erguía cerca de él, extendiéndose a un lado ya otro. Las cumbres, que se alzaban en el aire a millares de codos,estaban cubiertas de hielo perpetuo y de cándida nieve, que heridos porlos rayos del sol, vertían destellos radiantes y hacían más bella latemplada y apacible llanura en que se hallaba el palacio, bañándolotodo, a la hora del crepúsculo, en mágicos reflejos.

Morsamor había enviado esculcas y puesto atalayas, que debían renovarsecon frecuencia y vigilar de continuo para avisar la llegada de cualquierenemigo y evitar una sorpresa. El terreno quebrado y áspero y losintrincados y revueltos desfiladeros estaban tan próximos, que erafácil, previo aviso de que llegaban fuerzas muy superiores, escapar atoda persecución, refugiándose en las entrañas de la serranía.

Confiado en esto, Morsamor hacía en el palacio larga parada, aguardandola vuelta de Tiburcio.

Era alta noche. Morsamor reposaba al lado de Urbási en la repuestaalcoba. La tenue luz de una lámpara, que ardía en vaso de diáfanaporcelana, iluminaba suavemente el hermoso rostro y las gallardas yjuveniles formas de la mujer dormida.

Morsamor se despertó y se puso a contemplarla extasiado. No acertando areprimir su admiración amorosa, se acercó con lentitud y cuidado, paraque ella no despertase e imprimió dos tiernos besos sobre los párpados ylargas pestañas de sus cerrados ojos. Aunque el toque de los labios deMorsamor fue delicadísimo, sacudida Urbási como por una conmocióneléctrica, volvió en su acuerdo, abrió los ojos, llenos de dulzura, miróa su amante esposo y le estrechó afectuosamente en sus desnudos yblancos brazos. La felicidad y la vehemencia del amor de ambos, no hubopalabra articulada con que pudiera expresarse en aquel punto.

Después, sostenida en el brazo derecho de Morsamor y reclinada en suhombro, tras no breve pausa de silencio y reposo, Urbási con lánguida yentrecortada voz, dijo a Morsamor casi al oído:

—No; este amor invencible, fuerte, gigante, inmenso, no ha podido naceren mí, ni ha nacido de súbito. Antes de conocerte yo te presentía y teamaba. Al verte por vez primera, recordé tu rostro

y

columbré

susemejanza

en

la

nebulosa

lejanía

de

tiempos

pasados.

Reminiscenciasconfusas de una vida anterior se despertaron en mi alma. En tierras muyremotas, nacida yo en humilde, en casi vil condición, te había amado yhabía sido tuya. ¡Tú te avergonzabas de mí, cruel! Tú me abandonaste.Morir fue mi sino, pero no quise morir desesperada. Entregué mi alma aSmara, dios del amor, y él me hizo en pago la promesa de poseerte denuevo: de hacerme renacer, rica, noble y venerada para que no teavergonzases de mí y mil veces más hermosa para que me amases mil vecesmás que hasta entonces me habías amado. Dime, Morsamor, ¿no es ciertoque Smara ha cumplido su promesa?

Al oír Morsamor las palabras de Urbási, retrajo a su memoria la imagende Beatricica y pensó tenerla allí presente y que ella le encadenabaentre sus brazos y le besaba y le acariciaba. Como si hiriesen otra vezsus oídos, percibió las palabras de la vieja gitana que le dijo enSevilla la buenaventura. Los cabellos de Morsamor se erizaron deespanto. A pesar del contacto íntimo y delicioso de su prenda querida, apesar del tibio y grato mador de aquella piel, cuya tersura, suavidad yfragancia envidiarían los pétalos de la magnolia y de la flor del loto,Morsamor sintió el frío de la calentura y se santiguó maquinalmente.Entonces recordó con horror que era católico cristiano, aunque apóstatay réprobo.

En aquel momento sonaron fuera de la alcoba voces, precipitados pasos,ruido de armas y rechinar de puertas.

Aquella sensación, que avisaba a Miguel de Zuheros un peligro presente yreal, disipó de su espíritu las sombrías imaginaciones, que sin duda unamuy natural coincidencia había creado.

Natural era que Urbási, bajo elinflujo de las creencias religiosas, propias de su nación y de su casta,se diese a entender que había transmigrado su alma, que en otras vidashabía amado a Morsamor, y que más tarde había renacido para volver aamarle.

Miguel de Zuheros desechó, pues, aquellos vanos pensamientos, se serenó,recobró su brío indomable, se arrojó del lecho y se revistió a escapelas armas.

Tomás Cardoso, teniendo de la pequeña hueste por ausencia de Tiburcio,acudió a llamarle desde la puerta de la alcoba. Armado ya Morsamor,salió a juntarse con Tomás Cardoso.

Numerosa hueste enemiga había sorprendido y muerto a los descuidados ydormidos atalayas, había invadido la selva y había cercado por todaspartes el edificio.

A la luz del alba naciente, miró Morsamor por las ventanas en variasdirecciones, y por donde quiera vio guerreros indios capitaneados sinduda por Balarán, el Brahmatma. No había medio de huir. Era inevitablecombatir hasta la muerte o hasta lograr milagrosa victoria.

Los sitiadores dieron sin tardanza un furioso asalto por la fachada dela quinta, pugnando por derribar la puerta. Morsamor y los suyos sedefendían con valor y con tino, causando en los sitiadores grandeestrago y haciendo repetidas veces que retrocedieran, poseídos deterror.

La puerta resistía aún al embate del enemigo; pero, en la previsión deque pronto la derribase, Morsamor no vacilaba en defender sin reparo laentrada abierta.

A este fin, iba ya a descender al piso bajo del edificio, cuando oyó, enel piso principal, angustiosos gritos y clamores. El enemigo habíaentrado por una pequeña puerta, a espaldas del palacio, le habíainvadido, y llenaba ya el piso en que Morsamor se hallaba. Entoncesacudió Morsamor a la defensa de Urbási, pero ya fue tarde. El mismoBalarán, rodeado de sus más audaces satélites, había llegado donde ellaestaba, la había asido de un brazo e intentaba apartarla de aquel sitiopara acabar luego con Morsamor y los suyos sin que ella padeciese nipeligrase.

No como débil mujer, sino como fiera leona, se resistió Urbási alpropósito de Balarán, lanzando contra él enérgicas palabras de odio ydesprecio.

En aquel punto apareció Morsamor donde Urbási pugnaba por que Balarán nose la llevase consigo.

—¡Sálvame, Morsamor!—dijo al verle—. ¡Amor mío, libértame de esteaborrecido tirano!

El corazón del Brahmatma ardió en celosa ira, al ver a su rival y al oírlas amorosas palabras con que Urbási le llamaba.

En su ciego arrebato, desnudó Balarán la daga que llevaba en el cinto yse la hundió a Urbási en el seno, causándole instantánea muerte.

Atónitos, estupefactos quedaron los de uno y otro bando, al ver caer aUrbási desplomada en el suelo.

Con ímpetu irresistible se lanzó Morsamor contra Balarán, yendo a sulado Tomás Cardoso y otros ocho valientes, que arrollaban o derribabancuanto obstáculo se les oponía. Así llegó Morsamor hasta donde se alzabaBalarán con la sangrienta daga en la diestra y tomó rápida venganza,atravesándole el cuerpo con su espada.

La gente de Morsamor le defendía a un lado y a otro, rechazando a losindios. Morsamor pudo entonces asir de la barba al muerto Brahmatma yarrastrarle hasta la ventana principal del edificio. La abrió, sin temerel diluvio de flechas que le dispararon; alzó a Balarán en sus brazospara que los de su bando le vieran, y en seguida, con titánica fuerza,arrojo por el aire el cuerpo inerte, que dio tremendo golpe en eldespejado o en el claro abierto por la gente de guerra al apartarsehorrorizada.

En los primeros instantes que a la venganza de Morsamor se siguieron,parecía que Morsamor iba a triunfar por raro prodigio de su ferozvalentía.

Los que habían entrado en el edificio con Balarán huyeron al verlemuerto. Volvió a cerrarse la puerta por donde habían entrado. Laposición de Morsamor y de los suyos parecía inexpugnable, merced a sudesesperada resistencia y a la consternación de unos contrarios sincaudillo.

Pronto, no obstante, se rehicieron estos, fiados en su muchedumbre yaguijoneados por la vergüenza y por el deseo de que la muerte de Balaránno quedase impune.

No era como el alcázar de Benarés el edificio en que Morsamor serefugiaba. Apenas se había empleado la piedra para construirle, sino lamadera, tan abundante en la selva que en torno se extendía. Allí erafácil de conseguir el incendio, y el incendio era el medio más seguro devencer sin sacrificar muchas vidas.

Gran número de sitiadores, con actividad diligente, solícita, casifrenética, allegó y trajo leña y hojas secas, y, formando con ellasenormes montones y altos rimeros, las arrimó a las puertas y a lasparedes. Los sitiadores más decididos prendieron fuego por variospuntos, y, favorable el viento a su intención, estimuló el fuegosoplando. Rojas llamas se levantaron lamiendo y escalando los muros.Negra y espesa humareda envolvió el edificio como en velo enlutado defúnebres crespones.

Nada había advertido Morsamor. Satisfecha en Balarán su venganza, dabarienda suelta a su pena, abrazado al cuerpo inerte de Urbási,cubriéndole de besos y de lágrimas y anhelando hacerle revivir con sualiento.

Tomás Cardoso y los demás aventureros tuvieron que apartarle de allí,bajándole casi en volandas hasta la puerta principal del edificio. Eramenester salir fuera, abrirse paso o morir hiriendo y matando, si noquerían todos perecer ahogados por el humo o devorados por las llamas.

Morsamor se repuso de su doloroso desfallecimiento, hizo abrir lapuerta, que ya empezaba a arder, y con heroica furia se abalanzó contralos sitiadores.

-XXVIII-

Aunque Morsamor parecía invulnerable y aunque los cincuenta hombres quepermanecían vivos bajo su mando eran diestros y prodigiosamentevalerosos, todos sin duda iban a perecer allí peleando contra unejército. No peleaban por la victoria. No peleaban por la salvación enla fuga.

Peleaban sólo para vender caras sus vidas. Caras las vendían,en efecto, pero Morsamor notaba con angustia compasiva que sus fieles ydevotos amigos iban cayendo también.

De súbito el ronco clangor de retorcidas y bárbaras trompetas estremecióel ambiente. Mil y mil gritos salieron de las bocas de los indios,medrosos y aterrados. Morsamor y los suyos vieron con sorpresa que suscontrarios, en confuso desorden, huían a la desbandada, tiraban lasarmas para correr con mayor ligereza y buscaban refugio y escondite enlo más intrincado del bosque, ya que no en las entrañas de la tierra.

¿Qué poder misterioso acudía en auxilio de Morsamor? No tardaron enaparecer los imprevistos auxiliares. Venían en ligeros caballos. Eranguerreros, de fea y terrible catadura, armados de largas lanzas, deagudas flechas y de flexibles arcos. En sus rostros, casi imberbes,aunque varoniles y fieros, resplandecía, sobre el amarillo obscuro de latez curtida, la exultación alegre del triunfo. Sus pómulos eransalientes, gruesos sus labios y la nariz aplastada, oblicuos y pequeñossus ojos, y negras las ralas cerdas del largo bigote, y negros loscabellos que pendían lacios sin ondas ni rizos. Cubrían sus cabezasgorras de hirsutas pieles, envolviendo capacetes de cobre, y sostenidaspor barbuquejos de lana cuyas extremidades flotaban sobre el pecho.

Extraordinaria fue la sorpresa de Morsamor cuando vio en medio de estatropa, que parecía fantástica legión de demonios, a su doncel sutilTiburcio, que venía como guiándola y capitaneándola, más gallardo ygentil que nunca.

Fugados o muertos los indios, Tiburcio llegó donde estaba Morsamor y leestrechó en sus brazos. Algunos de los al parecer más importantessoldados de su extraña tropa desmontaron de los caballos, lanzaronaullidos, en señal de alabanza, admiración y júbilo, alzaron a Morsamoren hombros, y se apartaron del palacio que el voraz incendio yaconsumía. Hicieron luego que Morsamor y los suyos montasen todos acaballo, y con profundo acatamiento y pompa triunfal se pusieron enmarcha.

Tiburcio cabalgaba al lado de Morsamor y se lo explicó todo.

Aquellos hombres eran los mongoles. Babur, su monarca, apaciguados yasus vastos dominios, había caído como el rayo sobre la India. Acababa dereconquistar a Lahor y se había apoderado luego de Delhí y de Benarés,la ciudad santa, donde le habían dicho que Balarán se había declaradoBrahmatma. No encontró allí a Balarán y salió en su busca, a fin devencerle y de vencer su ejército. Internado Balarán en la selva, Baburhubiera tardado en encontrarle o no le hubiera encontrado, si Tiburcio,acertando a presentarse ante él, no se hubiera ofrecido a servirle y nole hubiera servido de guía.

Muerto Balarán, y sabiendo ya Babur por sus esculcas las apenas creíbleshazañas de Miguel de Zuheros, iba, según anunciaba Tiburcio, a recibirlecon palmas y laureles.

Cualquiera otro héroe, no atormentado del dolor más acerbo, hubieratenido por altamente dichoso el éxito de aquella jornada y se hubieraenorgullecido de las distinciones honrosas de que colmó Babur a Miguelde Zuheros cuando este llegó a su presencia.

Babur quiso tomarle a su servicio, pero Morsamor se excusó cortésmente,alegando su honda melancolía y afirmando que su destino le llamaba pormuy distinta senda y que él no podía menos de acudir a su misteriosavocación y de cumplir las órdenes del destino.

Tiburcio de Simahonda, Tomás Cardoso y cuarenta aventureros portugueses,que sobrevivieron a la batalla, acompañaron a Morsamor, y cargados depresentes y riquezas se separaron de Babur y de sus mongoles.

Babur dio a Miguel de Zuheros una áurea lámina, como la que Kubilai-Kanhabía dado a Marco Polo, para que le sirviese de salvoconducto opasaporte por donde quiera que fuese. En el oro de la lámina estabangrabadas, en caracteres mongólicos, las más encarecidas recomendaciones,autorizado todo ello por la firma de Babur y por su regia marca.

Como curioso accidente, que no debe omitirse aquí, haremos constar quela tropa de Morsamor partió reforzada por seis mongoles que seresolvieron a seguirle, movidos de afecto a España y de vivo deseo dever aquella tierra distante. No parecerá el caso inverosímil si decimosque dos de los mongoles se apellidaban Pérez, dos Fernández y Jiménezotros dos. Aunque confusa y enmarañadamente, los seis presumían debuenos cristianos, y todos eran tataranietos de tres elegantes y lindosescuderos de Castilla, que habían acompañado a Ruy González de Clavijocuando visitó a Tamerlán como Embajador de Enrique III. Tres señoronasde la corte de Samarcanda, tan encopetadas como antojadizas, se habíanprendado de los escuderos susodichos, se habían casado con ellos,reteniéndolos en el centro del Asia, y de tales enlaces procedían losPérez, los Fernández y los Jiménez, de cuyo patriótico atavismo aquídamos cuenta.

-XXIX-

Transida el alma de dolor por el trágico fin de Urbási y por lamortífera lucha que había sostenido, Morsamor huyó de la India, comopara librarse de los malos espíritus que le acosaban y le atormentaban.Como Orestes, perseguido por las Furias, caminaba Morsamor sin sabercasi hacia dónde caminaba. Confiado en él y en su ventura, le seguía suvaliente tropa. Tiburcio solía cabalgar junto a él y procurabaconsolarle y entretenerle con pláticas amenas y con juiciosasreflexiones.

—El mal y el bien—dijo una vez—, la próspera o la adversa fortunacarecen a menudo de ser real y dependen de nuestro modo de entender lascosas. De aquí que yo pueda afirmar razonablemente que tú no debesquejarte de tu suerte, sino tenerla por próspera. El problema másdifícil que hay que resolver, la suerte te le dio resuelto desde elprincipio. En la más penosa e ingrata tarea en que los hombres tienenque emplearse no te has empleado tú, pudiendo elevarte así sin estorbohasta una posición donde tanto la felicidad como la infelicidad tienensuperior magnitud a las del vulgo de los mortales.

—Cada día me convenzo más—interrumpió Morsamor—del fundamento y de lajusticia, con que te llamo doncel sutil. Tales son en este momento tussutilezas, que no las entiendo.

—Pues préstame atención y óyeme—replicó Tiburcio—y ya verás, cuánbien me entiendes y cuán claro me explico. Por la generosidad primero ypor la alquimia del Padre Ambrosio, y más tarde por lo mucho que hemosgarbeado en guerras, saqueos y batallas, no somos pobres, sino ricos. Alomo de unas cuantas mulas traes contigo un tesoro de despojos; ocultaen bolsa de cuero, bajo el sayo y pegada a tu carne, llevas grancantidad de piedras preciosas, de tal valor algunas que podrías,vendiéndolas, adquirir con su precio la mitad de Castilla, o restauraren todo su esplendor a Medina del Campo, que el ejército fiel a nuestromonarca Carlos de Gante, robó y asoló casi en los mismos días en que nosescapamos nosotros del convento en busca de aventuras.

Te hallas, pues,y te has hallado desde que te escapaste en posición muy ventajosa. Lamayoría de los hombres consumen la vida en ganarse la vida, y, como sela ganan perdiéndola y gastándola, no les queda vida de sobra ni paraamar, ni para deleitarse, ni para trazar heroicos planes y realizarlosluego, ni para otros mil asuntos que debemos calificar de lujo y depoesía. La gente humilde y trabajadora, los ganapanes ydestripaterrones, que sudan y se afanan para procurarse el sustento, soncomo las orugas y como los míseros gusanos, que se arrastran conlentitud, que se esconden entre el follaje, y que no pueden ejercer otrafunción sino la de nutrirse, mientras que tú y otros como tú, siemprebien nutridos y exentos de tan ruin cuidado y de menester tan vil, soiscomo las mariposas, que desplegáis a la luz del sol los nítidos coloresde vuestras alas, que voláis entre las flores, que libáis el néctar desus cálices y que gozáis de amor y de gloria.

—Algo de verdad hay en lo que afirmas—dijo Morsamor—. No carezco deriquezas. Además de las que llevo conmigo, tengo confiadas no pocas alfiel y cauto Gastón Vandenpeereboom.

Puedo con desahogo aventurarme enlas más altas empresas. Y sin embargo, me considero tan infeliz quepreferiría volver a ser un pobre fraile, despreciado, viejo y enfermizo,o ser un ruin y hambriento pordiosero.

Ingeniosamente impugnó Tiburcio estas razones, manifestando que elpordiosero y el fraile, sobre ser desvalidos y menesterosos, lo cual noes chica pena, pueden padecer además tormentos insufribles.

—¿Has olvidado, acaso—concluyó Tiburcio—, cuánto te atormentabas enel claustro? No me parecías allí virtuoso penitente, ministro delAltísimo, sino energúmeno o criatura poseída de un enjambre de demonios.

Así cuidaba Tiburcio de consolar a Morsamor, no probando que eradichoso, sino tratando de probar que otros habían sido más desdichados.

Poco a poco, y aunque algo a la ventura, con el propósito de llegar algrande imperio del Catay, nuestros viajeros se internaron por tortuosasy revueltas cañadas, que a cada instante se tornaban más ásperas ysolitarias. Por donde quiera breñas, matorrales y riscos, y confrecuencia despeñaderos medrosos, en cuyo borde resbaladizo sedesenvolvía la apenas trazada senda que iba hollando.

El horror y la esquividad del paisaje crecían a cada paso. Hasta los másaudaces se asustaban y anhelaban volver atrás. La terca persistencia deMorsamor y el respeto que Morsamor infundía los forzaba a seguiradelante. Con prudente cautela, y como por milagro, lograban que notropezasen los caballos y las mulas en aquellos vericuetos y que nocayesen rodando en hondo precipicio con el jinete o con la carga quellevaban. Más propios de cabras monteses que de hombres eran aquellossitios. Podría asegurarse que jamás se había estampado en ellos laplanta humana. Era terreno desconocido, por donde, si lograbanatravesarle, llegarían sin duda a no menos desconocida e inexploradacomarca.

La vereda daba innumerables rodeos. A veces iba en muy pendiente cuestaabajo, pero más a menudo se elevaba en cuesta no menos pendiente. Loscerros, a un lado y a otro, parecían ir creciendo. En sus enhiestospicos relucía el hielo perpetuo. La amontonada nieve bajaba hasta no muylejos del camino, si era camino el desfiladero, cada vez más angosto,por donde marchaban.

Lo terrible de aquella peregrinación estaba por cima de todoencarecimiento cuando la noche envolvía en sus tinieblas a los viajeros.

Una noche, por último, fue indescriptible la angustia de todos. A pesarde la densa y casi impenetrable obscuridad, sintieron que se hallaban enuna grande altura; que los cerros, por medio de los cuales habíancaminado, quedaban atrás; que a un lado y a otro se les abría despejado,extenso horizonte; y que, delante de ellos, o descendía la senda, coninclinación que la hacía intransitable para hombres y para bestias decarga, o se convertía en despeñadero o abismo.

Allí se pararonaguardando ansiosos el día y acurrucados bajo algunas tiendas de campañaque un viento frío e impetuoso amenazaba derribar y que los amedrentabacon siniestros silbidos.

Larga como un siglo se les antojó aquella noche, pero el alba perezosavino al cabo a disipar las sombras, a dorar las nubes, a teñir el cielode azul y de púrpura y a impregnar el aire en claridad luminosa.

Extraordinarias fueron la sorpresa y la alegría de los peregrinos cuandovieron extenderse a sus pies, desde la elevación en que se hallaban, lamás amena, fértil y bien cultivada llanura que imaginarse puede. La vegadeleitosa estaba regada por dos ríos y por muchos arroyos y acequias deagua cristalina. Se veían huertos, sembrados, y muy elegantes jardines.Bien cuidadas sendas iban de un lugar a otro, entre dos hileras deárboles copudos y umbríos. Los frutales más preciosos se ostentaban enlas huertas. Se distinguían bien los muros, palacios, templos ymonumentos de una muy hermosa ciudad; y más cerca, casi al pie de lasierra, un edificio amplísimo, a modo de suntuoso monasterio, tal por suesplendor y grandeza, que nada en la mente de los viajeros se leigualaba en España ni en Portugal, ni en la propia Samarcanda, aunqueellos magnificasen con el afectuoso recuerdo la esplendidez de lo quecada cual había visto y admirado en su patria.

La cuestión ahora era bajar hasta la vega desde la enriscada cumbre oviso en que estaban.

Harto se afanaron por conseguirlo, pero loconsiguieron al fin dando muchas vueltas y describiendo muchas eses,para no despeñarse por los tajos de aquella agria ladera.

Ya casi en lo llano, se hallaron en un verde soto, en medio de frondososy gigantescos árboles, y por cuyo centro se precipitaba caudalosoarroyo, dando saltos y formando copos de rizada y cándida espuma sobreel haz de sus agitados cristales.

Muchas aves había por allí que ya trinaban alegres, ya volaban de ramaen rama, sin el menor recelo de los hombres. Francolines de vistosasplumas corrían en bandadas.

Tomás Cardoso, que era gran cazador, no pudo resistir a su deseo dematar el que le pareció más grueso y más cercano. Disparó una flecha, yel pájaro cayó herido a poca distancia.

Entonces salió de la espesura un viejo, algo encorvado por la edad, queparecía llegar a cien años, y con airado acento censuró la cruelconducta de Tomás Cardoso y hasta le amenazó con un castigo. Con burla ydesprecio respondió el portugués al pobre anciano y dirigió sobre él elcaballo para asustarle. Mas, ¡oh raro prodigio!, el viejezuelo alzó enel aire el báculo en que se apoyaba y dirigió la contera hacia elcaballo que sobre él venía. El caballo dobló al punto las rodillas ybajó la cabeza hasta el suelo, como para besarle con humildad. Aquellosmovimientos fueron tan rápidos, y fue tanto el descuido de TomásCardoso, por no preverlos, que el caballo le botó de la silla y le apeópor las orejas, excitando el caído la risa de sus compañeros a pesar delasombro que el sobrehumano poder del viejo les había causado.

Se adelantó entonces Tiburcio, y, sirviendo de intérprete, en vulgardialecto indostaní, preguntó al viejo quién era él y en qué país sehallaban ellos.

El viejo contestó al punto en un idioma de cuyos vocablos no sabían unosiquiera ni Tiburcio, ni Morsamor, ni ninguno de los que ibanacompañándolos.

Pero esto fue lo más raro y maravilloso. Ni Tiburcio, ni Morsamor, ni elmás rudo de los allí presentes dejó de entender lo que el viejo decía,como si a cada uno en su patria lengua le hablase.

El viejo les dijo:

—Os hago saber que yo soy ayuda de cámara, secretario o fámulo del muyegregio señor Sankarachária. Gracias a él, y comunicados por él, poseovarios importantes dones. Es uno de ellos el de adivinar lospensamientos ajenos, y es otro el de sugestionar o infundir lospensamientos propios en las ajenas mentes sin valerme del auxilio de lapalabra y del intermedio de los sentidos corporales. Os he escuchado yos he hablado por costumbre y rutina y para no faltar al uso corriente,pero sin hablar entiendo y me hago entender y así continuaremos nuestraconversación. Os digo con franqueza que no comprendo cómo habéis podidollegar hasta aquí. Mi amo me lo explicará todo, porque todo lo sabe.Ahora conviene que os lleve a su presencia. Es cortés y benigno;perdonará vuestra audacia y os recibirá amistosamente. Seguidme y osserviré de guía.

Dicho esto, volvió la espalda, empezó a andar y todos le siguieron.

-XXX-

No tardaron mucho en hallarse a la vista de un edificio tan suntuoso,grande y de tan florido estilo, que en su comparación, parecía miserablechoza, la casa más capaz y elegante de Padres Jesuitas, sin exceptuar laque tienen en Loyola. Sobre la puerta principal había una inscripción engruesas letras de oro. Como ya estaban todos sugestionados por elfámulo, aunque la inscripción estaba en sánscrito, la leyeron yentendieron, como si estuviese en portugués o en castellano. Lainscripción decía: Cenobio de la jubilación varonil.

El fámulo aclaró el concepto de esta suerte:

—Los señores que aquí viven, son los señores más sabios que hay en elmundo. Con su exquisito régimen higiénico, con su dieta herbívora, y consu prudente y morigerada conducta, prolongan mucho la vida. Aquí nocontamos por decenas sino por docenas. El término natural y ordinario dela existencia, es aquí de una gruesa de años o dígase de ciento cuarentay cuatro.