Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda by Juan Valera - HTML preview

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Donna Olimpia había expresado su resolución del modo más terminante.

—Os seguiremos—había dicho—y os seremos fieles. Unidos,conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos enamazonas. Teletusa será Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estarécontigo, Morsamor, hasta que se harte de mí tu alma. Sólo entonces, y siacertamos a dar con el verdadero y legítimo Preste Juan, que tantos hanbuscado en balde hasta ahora, yo le rendiré, le cautivaré, me sentaré ensu trono y vendré a ser la Papisa Juana del Oriente.

Teletusa, Tiburcio y los dos jaques, holgaron mucho de oír esterazonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas.

Allá en su interior, todo aquello repugnaba no poco a Miguel de Zuheros;pero cierto vehemente atractivo de amor vicioso luchaba con larepugnancia y la vencía. Morsamor no quiso o no se atrevió a rechazarlos propósitos y ofrecimientos de donna Olimpia.

Dichos propósitos se cumplieron.

Apenas despuntó el día, acudieron a la puerta de la quinta dos criadosde Morsamor y Tiburcio con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa,auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y embaularon sus alhajas,vestidos y demás prendas.

Todo esto, así como las mismas damas y sus escuderos, habían de viajaren mulas que los genoveses tenían en la caballeriza y de las que sedispuso como de bienes mostrencos. Y no mucho después, antes de que elsol apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron enmarcha, formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes.

La llave del desván quedó en poder de las sirvientas de los señoresAdorno y Salvago, para que pusiesen en franquía a la vieja Claudia y alos señores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de haber salido de laquinta Morsamor y su acompañamiento.

La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y él podía tripularla asu antojo. Con holgura, pues, instaló en ella a su gente. Y aquel mismodía, antes de que el sol rayase en lo más alto del cielo,

no

largo

Oceano

navegavam,

As

inquietas

ondas

apartando:

Os

ventos

brandamente

respiravam,

Das naos as velas concavas inchando.

-XI-

Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar comonacidas: como si fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se sentíatambién más a gusto que en tierra, lleno de esperanzas y forjando en sumente los más audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio eran demaravillar sus conocimientos náuticos, su alegre humor y su útilactividad a bordo. Por la traza seguía pareciendo mancebo de menos deveinte años, mas por las acciones podría suponérsele viejo yexperimentado navegante. Así se lo decía Lorenzo Fréitas, piloto de lanave, que tenía más de sesenta años, que había navegado mucho y quehabía hecho ya otros dos viajes de ida y vuelta a la India.

Pronto Lorenzo Fréitas trabó amistad íntima con Tiburcio y se ganó elafecto y la confianza de Morsamor y de las damas aventureras.

Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero franciscano,cuyo nombre era Fray Juan de Santarén. Grandísima gana llevaba este dedifundir la luz del Evangelio, de convertir idólatras y mahometanos y debautizarlos a centenares. No se oponía todo ello a que Fray Juan,reservando la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese porlo pronto jocoso y alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y atratarse bien para sufrir más tarde las fatigas del apostolado, y hartopropenso a contar chascarrillos y a decir chirigotas, que no siempredespuntaban por su urbanidad y delicadeza.

Como cielo y mar estaban serenos y el viento era próspero, el viaje ibahaciéndose con felicidad y prontitud.

Al subir una mañana sobre cubierta, nuestros seis principales personajesse extasiaron admirando el azul transparente de las aguas, rizadasapenas por el soplo de la brisa, donde se reflejaban el más claro azuldel cielo y las ligeras nubes, que parecían de nácar, purpura y oro.

Laluz del sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rielesluminosos y se diría que penetraba por curiosidad en el senotransparente del agua para iluminar las grutas y los alcázaressubmarinos que allí se esconden.

La costa europea había quedado lejos. Sólo mar y cielo se hubiera visto,sino apareciese ante los ojos encantados de los de la nave, no lejos deella y en medio del piélago azul, algo a modo de ingente y preciosocanastillo de flores y verdura, que parecía flotar sobre la superficiedel Atlántico. Mil lozanos y frondosos árboles subían hasta la cima delcerro que en el centro de la isla se alzaba, como ramillete en forma depiña, en cuya punta, destacándose sobre el limpio fondo del aire,resplandecía un blanco santuario de la Virgen, dorado ya por los casihorizontales rayos del sol naciente.

—Esa—dijo Lorenzo Fréitas a nuestros cuatro aventureros—es la isla deMadera, descubierta por Juan Gonzalves y Tristán Vaz en tiempo delglorioso Infante Don Enrique, instigador y fundador de nuestras grandesempresas marítimas, hoy tan en auge.

A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre cubierta y bajoun toldo, se desayunaron aquel día Miguel y Tiburcio, ambas damas, elmisionero Fray Juan y el viejo piloto.

No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros. Pasaremos delargo cuando nada les ocurra de singular y memorable. Si ahora nosdetenemos aquí es por considerar que, durante aquel desayuno, todosestuvieron expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantesa la narración que vamos haciendo.

Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una mesaredonda, tenía algo de exótico para los europeos de entonces, porquebebieron en hondas tazas, mezclada con leche y azúcar, una infusión decierta hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traía aPortugal de los remotos reinos del Catay, que están mucho más allá delIndo y del Ganges.

—Larga y penosa—dijo Miguel de Zuheros—va a ser nuestra navegaciónhasta llegar a las regiones del extremo Oriente. Enorme es el rodeo quetenemos que dar, bajando hasta el Cabo de las Tormentas, hoy de BuenaEsperanza, que Bartolomé Díaz dobló por vez primera. Pasman el esfuerzoconstante y el secular empeño, primero del Infante Don Enrique y despuésde sus sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que hanconseguido.

—Con menos tiempo y trabajo—repuso donna Olimpia—me parece a mí que,si mis compatriotas los venecianos se hubiesen puesto de acuerdo conárabes y turcos y con el Soldan de Babilonia y con el de Egipto, tal vezhubieran podido abrir algún ancho canal por donde sin tantos rodeoshubieran pasado sus naves del mar Mediterráneo al mar Rojo,encaminándose luego por allí hasta más allá de Trapobana, a Cipango y alremoto país de los seras. El pensamiento de abrir ese canal no es cosanueva. Ya le tuvieron algunos Faraones, y sin duda le tuvieron tambiénSalomón e Hiran rey de Tiro, cuando unidos en estrecha alianza enviabansus flotas a Ofir, de donde volvían cargadas de riquezas. Si talpensamiento se hubiera realizado no hubieran perdido Venecia y todaItalia la supremacía en la navegación y en el comercio, y el poder queconsigo trae y que hoy tienen los portugueses.

Fray Juan de Santarén tomó parte en la conversación y exclamó:

—Lo que menos importa al bien de la cristiandad y del humano linaje esque decaigan Venecia y otros Estados de Italia a causa de losdescubrimientos y conquistas de los portugueses. Más alto es el fin queestos han tenido y han de tener en lo futuro. No van los de mi nación adespojar en Oriente a los venecianos: van a que la religión de Cristoprevalezca allí sobre la de Mahoma: van a quebrantar allí el poderío deturcos, árabes y persas; y van, por último, a despertar del hondo sueñode muchos siglos a las dormidas naciones orientales, que aletargadas einertes yacen en el seno letal de la idolatría.

—Todo eso, estará muy bien—interrumpió Tiburcio, riendo como tenía decostumbre—. Pero

¿a qué tanto rodeo? ¿A qué ir por tan extraviadocamino hasta el extremo Sur de África? ¿A qué dejar atrás misterioso einexplorado, este continente enorme, en cuyo centro, que nos fingimosabrasado, acaso esté el Paraíso que perdieron nuestros primeros padres?¿A qué, en fin, dar tan desaforada vuelta y buscar el bien tan lejos,cuando le tenemos cercano?

El piloto Lorenzo Fréitas, aunque sospechaba que Tiburcio no hablaba conseriedad, sino para embromarlos, se enojó y no quiso consentir que ni enbroma se tildara de poco razonable la gloriosa y secular empresa de losportugueses, y habló así en su defensa:

—No es sólo la codicia mercantil la que nos ha llevado a la India, noes sólo el deseo de sobreponernos a la Señoría del Adriático, ni es sólotampoco el afán de vencer al Islam, buscándole en la fuente misma de sumayor riqueza y despojándole de sus ocultos tesoros, lo que movió alInfante Don Enrique y ha movido después a sus sucesores a hacer cuantohan hecho. Mil veces más elevadas eran y son sus miras. Noble curiosidadnos impulsó y nos impulsa.

Anhelamos desgarrar el velo en que Naturalezase envuelve aún y se encubre a nuestros ojos mortales. Y hemos aspiradoy aspiramos todavía a que, así como se nos reveló el misterio del MarTenebroso, por la persistente violencia que sobre él ejercimos, se nosrevelen también la magnitud y estructura de la tierra, y después todo elartificio y la máquina del Universo, con las leyes de su movimiento yvida.

—En verdad—dijo Fray Juan de Santarén—el señor Fréitas tiene razónque le sobra. Hay un enigma de la mayor transcendencia, no resuelto aún,que trae sin sosiego a cuantos hombres piensan y discurren en el día.

—Años ha, siendo yo muy mozo y reinando Don Juan II—interrumpióentonces Lorenzo Fréitas—aportó a Lisboa un genovés muy presumido ysoberbio que estaba al servicio de Castilla y se llamaba CristóbalColón. A ser cierto lo que él imaginaba y afirmaba, el enigma se hubieraexplicado y dejado de serlo. Aquel hombre audaz, fiado en sentencias einsinuaciones de antiguos sabios griegos, y singularmente deAristóteles, había ido en busca de la India navegando hacia Occidente, ycasi creía haberla hallado y se jactaba de ello. Había aportado agrandes y fértiles islas, y poco más allá casi daba por seguro quedebían de estar Cipango y otros países visitados por Marco Polo. Sejactó también Colón de haber descubierto extensa costa al parecer de ungran continente, y supuso que aquello era el extremo oriental del Asia,y que más al Norte estaba el Catay, y la India más al Mediodía. A puntoestuvo de costarle la vida esta jactancia, porque algunos señores de lacorte, muy poco sufridos, creyeron lo que aseguraba y recelando que asíel rey de Castilla iba antes y por camino más corto a llegar a la India,donde todavía no habían llegado los portugueses, decidieron provocar aColón, y como era poco sufrido reñir con él y darle muerte, con lo cualsu descubrimiento quedaría para Portugal y no aprovecharía a loscastellanos. Por dicha, los mencionados señores expusieron su proyectoal Rey Don Juan II, apellidado con razón el Príncipe Perfecto, el cual,aunque vehementísimo en su cólera y de ímpetus tan vitandos que mataba apuñaladas a quien juzgaba que le ofendía, sin excluir al hermano de sumujer, reflexivamente era tan recto, tan temeroso de Dios y tan buenCatólico, que rechazó el plan, indignado. Colón pudo pues volver aCastilla a lucir su descubrimiento y a que los reyes Don Fernando y DoñaIsabel le aprovechasen. Suscitó esto, no obstante, recelos y diferenciasentre los soberanos de España; pero pronto se arregló todo por virtud deaquella línea, que tiraron idealmente desde un Polo a otro, dividiéndoseasí las tierras y los mares apenas explorados y los que pudieranexplorarse en lo venidero. El Padre Santo sancionó el convenio con elpoder y la autoridad de que goza como Vicario de Cristo. Pocos añosdespués, enviado por el rey Don Manuel, llegó a Malabar Vasco de Gama,Tristán de Acuña, el grande Albuquerque y otros héroes de Lusitaniadilataron nuestro dominio y nuestra gloria por el Oriente. Y

loscastellanos en tanto llenos de noble emulación, hicieron nuevasconquistas y descubrimientos en aquellas tierras occidentales a dondeColón había llegado por vez primera y que por su magnitud merecieronllamarse Nuevo Mundo. Según las últimas noticias que yo tengo, unextremeño, cuyo nombre es Hernán Cortés, ha surcado el mar, ha pasadopor medio de vastos territorios y ha llegado a la capital populosa de unbárbaro y desconocido Imperio, del que está a punto de enseñorearse.Todavía pretenden algunos que este Imperio, donde Hernán Cortés haentrado a saco, está al Sur del Catay y al Norte de la India. De aquípresumo yo que está aclarado el enigma, que hay antípodas y que esevidente la redondez de la tierra.

—Poquito a poco, señor Fréitas—replicó Tiburcio—. Las cosas distanmucho de ser tan claras.

Yo tengo noticias más recientes que invalidanlo que el señor Fréitas dice. Otro castellano, no menos valiente aunquemenos venturoso que Hernán Cortés, un tal Vasco Núñez de Balboa hacruzado ese continente por una región en que es muy estrecho; ha salvadoaltas montañas y ha descubierto más allá un mar extensísimo que tienetoda la traza de dilatarse más que el mar de Atlante. El enigma quedapor consiguiente en pie en toda su obscuridad misteriosa. Posible seráque los castellanos, navegando siempre hacia el Occidente por ese marrecién descubierto se alejen cada vez más de la India. Y posible seráque los portugueses yendo siempre en dirección contraria a la que el solsigue, no aporten jamás a las regiones visitadas ya por Colón, Cortés yBalboa.

—Ya sabía yo—dijo Morsamor—que ese Balboa de que habla Tiburcio habíadescubierto un gran mar al otro lado del mundo de Colón, entrando en susaguas con la espada desnuda en la diestra y enseñoreándose de él ennombre del César Carlos V. Esto complica y retarda la resolución delproblema, pero no me induce a creer que la resolución sea otra de la queyo pensaba. Para mí es evidente la forma esférica o casi esférica de latierra. A la extremidad de ese mar han de estar Cipango, el Catay y laIndia. Lo difícil ahora ha de ser para el que navegue hacia el Occidentehallar el término de ese valladar o hallar un canal o estrecho, pordonde se pase del mar del Atlante a ese otro mar de Balboa. El que estologre y tenga además valor y fortuna para surcar el nuevo mardesconocido, aportará sin duda a la India y podrá luego dar la vuelta almundo en que vivimos. Y el que navegue hacia Oriente, como navegaremosnosotros cuando salvemos el obstáculo que África nos opone, podrá volvertambién a su patria por opuesto camino si encuentra modo de salvar elvalladar que el Nuevo Mundo de Colón le ofrece. Yo os confieso, señores,que la ambición me induce a señalarme en la India en empresas guerreras,pero como no cuento con muchos soldados para eclipsar allí las hazañasde Alejandro de Macedonia, preferiría yo sin estrago y sin sangreemprender y llevar a cabo un propósito que me daría gloria nueva y sinrival entre los seres nacidos de mujer: la gloria de circunnavegar esteplaneta. Así probaría yo experimentalmente que no es enorme disco,suspendido en el éter y asido por eje de diamante a las cristalinasesferas que giran en torno suyo sobre dicho eje con arrebatada y pasmosaarmonía.

Así aduciría yo razones y pruebas a los que pretenden quenuestra tierra no es el centro del Universo, sino astro pequeño y opaco,que va rodando en torno del sol, como Venus, Marte, Saturno y otrosplanetas.

—Atrevida es la tal suposición—dijo Fray Juan de Santarén—pero ni enCoimbra ni en Salamanca faltan doctores que la tienen por probable y aunpor casi demostrada, respondiendo a los que tratan de invalidarla pormal entendidas sentencias de las Sagradas Escrituras, con aquellascélebres frases de Francisco de Villalobos, médico de la Reina Católica:los que acuden a la religión en asuntos de ciencias naturales son comolos delincuentes que buscan en la iglesia un asilo.

—También en Italia—añadió donna Olimpia—anda desde hace años muyválida la opinión de que no es la tierra, sino el sol quien está en elcentro; y ya, en mi primera mocedad, conocí yo y traté en Roma a ciertodoctor polaco, cuyo nombre era Nicolás Copérnico, que enseñaba dichosistema y andaba muy afanado componiendo un libro, que pensaba dedicaral Papa, sobre las revoluciones de los orbes celestes. No sería impío niherético tal sistema cuando con semejante dedicatoria intentaba su autorsantificar el libro que le defendiese.

—Así podrá ser—dijo Tiburcio—. Nadie, sin embargo, logrará quitarmede la cabeza un endiablado razonamiento que agua o mejor diré envenenael gozo de esta invención. Por ella resulta degradado y hasta envilecidoeste mundo en que habitamos. No es ya el centro y objeto principal de lacreación entera para cuya iluminación, regocijo y deleite salieron de lanada el sol, la luna y todas las estrellas. Nuestro globo queda reducidoa un astro opaco, pequeñuelo y hasta deforme que gira como otros muchosplanetas más grandes y más hermosos que él, perdido en la inmensidad deléter. ¿Qué será de nuestra preeminencia sobre las demás criaturas; quéde la dignidad humana, si tal suposición llega a demostrarse porcompleto?

Morsamor, que coincidía por lo común con las opiniones de su joven amigoy se complacía en aceptar su parecer y su consejo, estaba en aquellaocasión tan poseído del parecer contrario y tan lleno de la fe y de laesperanza de contribuir a la demostración de su verdad, que encarándosecon Tiburcio, exclamó con enojo:

—Sin duda tendrías razón si por lo material aspirase el hombre alprincipado y si su valer se midiese por varas o se pesase por arrobas.Pero como el gran ser del hombre es por el espíritu, lo mismo importapara que le conserve que tenga su vivienda corporal en el centro delUniverso o en el más ruin y esquivo lugar de las profundidades del éter.Donde quiera que mi espíritu se halle, allí estará, allí creará elcentro de todo; y en la capacidad inmensa de su entender encerrarácuantos seres existen y pueden existir, y comprendiendo sus leyes, serácomo si se las impusiera, porque si Dios está en todas partes, másesencialmente está en el alma humana. Y así el alma humana, si procuraestar conforme con Dios y unirse con Dios, sólo será inferior a Diosmismo y no a los habitantes de otros mundos, dado que tales habitanteshaya. Podrán ser más corpulentos, podrán tener sentidos más variados yperspicaces, pero la ley moral y los primeros principios absolutos, raízde todo saber, y el amor inextinguible de lo infinito que sólo en loinfinito se aquieta, en nadie podrán asistir con mayor energía y virtudcreadora que en el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.

Todos aplaudieron el discurso de Morsamor. El propio Fray Juan deSantarén, aunque con escrúpulos de que en el calor de la improvisaciónhubiese dejado escapar alguna herejía, aplaudió también a Morsamor, engracia del entusiasmo y de la buena fe con que había hablado.Convinieron además en que no hay ni habrá sistema de astrólogos o desabios empíricos que baste a desbaratar ninguna teología ni ningunametafísica bien cimentada. Y decidieron, por último, que Morsamor, sinperjuicio de mostrarse en la India, dando allí razón de quién era, debíavolver a Lisboa, caminando siempre hacia Oriente y circunnavegando elmundo en que vivimos, cuya redondez resolvieron todos que era innegable.

-XII-

Bien se puede afirmar que el poder de los elementos, sojuzgado yhechizado por la confianza magnánima de nuestros navegantes, secomplació en favorecerlos, haciendo fácil y rápido su viaje. Pronto,casi siempre a la vista de la extensísima costa, llegaron al extremo surdel continente negro. El terrible gigante Adamastor, domado ya por lasecular constancia y el valor de los portugueses, estaba sin duda de muybuen talante en aquella ocasión, y sin tormentas ni furores dejó queentrasen en el mar de la India la nave de Morsamor y otras cuatro navesmás, que formaban la escuadra en cuya compañía Morsamor navegaba.

La pequeña flota iba como refuerzo de otra mucho mayor y más poderosa,que tres meses antes había salido del Tajo, conduciendo a don Duarte deMeneses.

Este personaje, que se había señalado mucho por su valor y pericia, comoGobernador de Tánger, en la guerra que de continuo sostenían losportugueses contra los marroquíes, iba como Virrey de la India con mássueldo y más amplias facultades que sus predecesores. Le llevó unaarmada de quince velas, en donde fueron Francisco Pereira Pestana paraGobernador de Goa, Juan Silveira, para ejercer el mando en Cananor, ypara el gobierno de Calecut, Juan de Lima.

Habían ido también, custodiando al nuevo Virrey, cuatro naves a lasórdenes de Martín Alfonso de Melo, el cual debía después visitar elImperio chino.

La escuadra de que formaba parte la nave de Morsamor, viniendo a sercomplemento de dicha grande flota, con la misma felicidad que habíapasado el Cabo, aportó más tarde a Sofala, puerto muy estimado entoncesde los portugueses por creer que era el antiguo Ofir, de donde Salomón eHiran llevaron a Jerusalén mucho oro. De aquí que los portuguesesbuscasen allí con afán aunque poco dichoso, las antiguas minas que elhijo de David había laboreado.

Algo se detuvo en Sofala la pequeña flota, pero no tardó en zarpar paraGoa.

La nave de Morsamor no pudo seguirla. Tenía antes que ir a Melinda, adonde enviaban los señores Adorno y Salvago no pocos artículos decomercio. En Melinda debían venderlos o dejarlos en depósito y tomar encambio mercancías de Abexin, Arabia y Egipto y aun algunas de Siria, delas islas de la Grecia y de la misma Italia que todavía llegaban hastaallí, importadas en Egipto por los venecianos, a pesar del golpe mortalque a su comercio habían dado los portugueses.

Durante tan larga navegación el tiempo pasó muy agradablemente paraMorsamor y Tiburcio, merced a la precaución o a la buena suerte quehabían tenido de embarcar con ellos a donna Olimpia y a Teletusa. Podíaconsiderarse la primera como la personificación de la amenidad serena yelevada, y la segunda como la del regocijo y bullicioso trastulo de losseres humanos: de tal al menos calificaba donna Olimpia a su compañera.Y Tiburcio añadía, en alabanza de ambas, que eran, por estilo profano,como Marta y María, representando una de ellas la vida contemplativa yla vida activa la otra.

Dulce y modesta era donna Olimpia. Nadie con justicia hubiera podidocensurarla de marisabidilla y bachillera; pero en su trato íntimo, ycuando Morsamor la estimulaba a hablar, mostraba su rara discreción y sumucha doctrina con sencillez y sin pedantería ni jactancia.

Habíantraído a bordo los Diálogos de amor de León Hebreo, a quien Morsamorquedó muy aficionado desde que logró salvarle de los insultos de laplebe.

A veces leían en dichos Diálogos y luego los comentaban. Y eran tanatinadas y profundas las ilustraciones de donna Olimpia que, si sehubiesen conservado y reunido en un volumen, formarían hoy la Filosofíade amor más interesante y sublime.

En otras ocasiones, Morsamor y donna Olimpia ponían por las nubes milinvenciones y descubrimientos recientes, que en sentir de ellos hacíande la época en que vivían la más fecunda e ilustre de todas. Y comosobre este punto no estuviese de acuerdo Teletusa, la ninfa gaditana noquería callarse y asentir con su silencio, sino que tomaba la palabra ydecía de esta manera:

—No he de negar yo lo muy ingeniosas que son las invenciones de nuestraedad: el empleo de la pólvora, en arcabuces, bombardas, culebrinas yfalconetes; la brújula y la imprenta; los instrumentos del famosoestrellero y geómetra portugués Pedro Núñez, y el hallazgo y laobservación de nuevos astros en el cielo, y en la tierra de nuevoscontinentes, islas y mares.

Todo esto, no obstante, se explica confacilidad por el entendimiento humano. Si Satanás ha intervenido enello, ha sido de tapadillo y sin dar la cara dejando que los inventoresse jacten de haberlo logrado sin sobrenatural auxilio. En cambio, lasinvenciones primitivas son las que no se pueden explicar humanamente ylas que tenemos que admirar. ¿Quién inventó el habla? ¿Quién laescritura? Estas y otras cosas por el estilo son las que no secomprenden ni se explican sin acudir a la enseñanza y a la revelación deDios mismo, de los ángeles o de los genios. Yo doy por seguro que elprimero que cultivó el trigo y luego sacó de él harina e hizo pan,realizó algo más estupendo que cuanto hace un siglo se ha descubierto oinventado.

Todos aplaudieron el breve discurso de Teletusa, y animada ella con elaplauso, se atrevió a proseguir:

—La pólvora da muerte y la harina es el mejor y más usado sustento dela vida. A la harina, pues, me atengo. Quiero que sepáis, señores, queuna prima mía muy guapa fue la buena amiga y tal vez el oíslo del famosococinero Ruperto de Nola. De él aprendió a condimentar exquisitosguisos, no pocos de los cuales tuvo luego la bondad de enseñarme. Ahorabien, yo quiero mostraros mi habilidad y probar al mismo tiempo laextraordinaria importancia de la harina. Voy a ser, además, como ciertotocador de viola en extremo habilidoso que tocaba en una sola cuerdamultitud de sonatas. Yo me he apoderado de un barril de harina y de unaenorme botija llena de aceite, y valiéndome de estas sustancias voy adaros, mientras dure nuestra navegación, una fruta de sartén, distintacada día.

Teletusa cumplió su promesa, y sin estropear sus manos, que las teníabonitas y bien cuidadas, amasó y frió de diario los más deliciosos ydiferentes manjares farináceos que imaginarse pueden. Ya eran buñuelosde una clase, ya buñuelos de otra, ya sopaipas, ya empanadillas, yagajarros, ya pestiños, ya hojuelas, ya piñonate.

Aun sobre estas frutas de sartén filosofaba Teletusa con agudeza y congracia exclamando:

—Nadie me quitará de la cabeza, que la materia prima es única, sin quesean menester elementos distintos para producir las mil distintas cosasque llenan y enriquecen el universo.

Cierta fuerza que hay, reside o sepone en la materia prima, agita y ordena sus partecillas infinitamentesutiles, y de los diversos movimientos y coordinaciones de dichaspartecillas, que los sabios llaman átomos, resulta la infinita variedadde los seres. De fijo la diferencia de ellos está en la forma. Por laforma es uno feo y otro bonito, uno triaca y otro veneno, uno soso yotro salado, uno amargo y otro dulce, uno huele bien y otro hiede, ¿quéno podrá hacer la naturaleza cuando yo flaca mujer, con harina sólo,hago cosas tan distintas y de tan diferente sabor sin que seansustancialmente más que harina? Y sin embargo, ¿cuán de otro modo que elesponjado buñuelo sabe por ejemplo, el piñonate o la crocante empanadilla, que con tan grato crujidito se desmorona entre los dientes?

No se limitaba Teletusa a freír masa y a filosofar sobre la fritura. Másalegre pasatiempo solía proporcionar casi de diario y particularmentecuando el tiempo era muy bueno, a sus dichosos compañeros de navegación.Todos formaban corro en torno de ella. Tiburcio tocaba la vihuela o laflauta, y Teletusa, repiqueteando las castañuelas bailaba como unasílfide.

Teletusa era asimismo egregia cantora, no indigna del siglo y de lapatria en que la música estaba tan floreciente, merced a Bartolomé Ramosde Pareja, a Pedro Ciruelo, a Juan Anchieta, a Juan de la Encina y aotros insignes compositores y maestros.

La propia Teletusa, acompañándose con la vihuela, cantaba deliciososvillancicos y coplas.

Ora cantaba

Dos

ánades

madre

Que van por aquí.

Ora por lo sentimental y lo tierno, coplas como esta:

Pues

que

jamás

olvidaro

No

puede

mi

corazón

Si

me

falta

galardón

¡Ay que mal hice en miraros!

Ora, por último siguiendo el estilo picaresco, aquello de

Yo

me

iba,

mi

madre,

Las

rosas

coger,

Hallé

mis

amores

Dentro en el vergel.

Cualquiera pensará que, en medio de tanto deleite, Morsamor estabacontento. Mucho distaba, no obstante, de ser así. En cierto modo puedebien afirmarse que Morsamor se hallaba cada día más prendado de donnaOlimpia. El apasionado mirar de sus ojos glaucos le fascinaba; leencantaban su discreta conversación y su apacible trato; y de continuoprestaba pábulo a la encendida llama de sus afectos la presencia deaquella mujer dechado de elegancia y de majestuosa hermosura. Entoncesse creía ligado a ella para siempre por invencible hechizo.

Entoncespresumía que ella era su bien, que la amaba y que no podía vivir sinella.

En la mente y en el corazón humanos hay un mar tempestuoso de ideas y desentimientos que se combaten. Así eran el corazón y la mente deMorsamor. Y cuando no los subyugaba ni los rendía el influjo encantadorde la aventurera italiana, acudían en tropel a atormentarlos mil amargascavilaciones que le herían y emponzoñaban el alma y sacaban a su rostroel color rojo de la vergüenza. ¿Qué héroe de tan ruin condición era élcuando tal dama llevaba consigo? Si hubiese robado a doña Sol deQuiñones, y a despecho de la Reina y de todo el mundo, la tuviese abordo, el caso, aunque pecaminoso, sería digno de él; pero llevar adonna Olimpia, que lo mismo se hubiera ido acaso con otro cualquiera,era triunfo tan miserable, que, en vez de lisonjear su amor propio, lelastimaba y abatía.

Hasta el indisputable mérito de donna Olimpia, su talento, su belleza yla fuerza misteriosa que había en todo su ser para dominar y cautivar acuantos la veían y trataban, si bien complacían a Morsamor cuandopensaba que era suyo aquel tesoro, le ofendían más a menudo alconsiderar que su brillo atraía las miradas, la voluntad y la admiraciónde las gentes, y a él le dejaba obscurecido y como eclipsado.

Algunas bromas de Tiburcio, dichas sin duda irreflexivamente y parareír, ofendían y herían a Morsamor en lo íntimo de su conciencia y leponían de un humor de todos los diablos. Cuando Morsamor le abría sucorazón a Tiburcio y le confiaba parte de sus pesares, Tiburcio, con elpropósito de despojar de gravedad el asunto, le decía burlando:

—En verdad que tiene sus contras el poseer tan gentiles enamoradas ytan famosas amigas como la mía y la tuya. Debemos, con todo,conformarnos y hasta convertir el inconveniente en estímulo. Voy aexplicarme mejor. El marido o el amante de una mujer muy bella, sabia oilustre, queda mil veces peor que en la obscuridad si él es uncualquiera. En la obscuridad nadie le recordaría ni le nombraría,mientras que, en el caso que supongo gozaría, o mejor dicho padecería deridícula e indeleble fama. En todo el mundo sería conocido por su mujero por su amiga y no le llamarían Fulano ni Mengano, sino el de Mengana oel de Fulana. No floja contrariedad es esta, pero bien puedes túsobreponerte a la contrariedad, dando razón de quién eres por virtud detus altos hechos, a fin de que seas célebre y ensalzado como Morsamor yno meramente conocido y mencionado por amigo de donna Olimpia. Lo propiodigo de mi persona. Yo quiero hacer de suerte que no me conozcan sólopor el amigo de Teletusa, sino que me celebren por mis audaces ydichosas empresas como Tiburcio de Simahonda. No he de negarte yo,porque quiero ser franco, que nuestro propósito es difícil de realizar.Estas dos mujeres (permíteme lo vulgar de la expresión) que nos hemosechado a cuestas, son de tal magnitud y valer, que nos abruman con supeso. Y es tal el resplandor con que brillan, que ha de costarnosmuchísimo resplandecer por nuestras acciones por cima del resplandor quedespiden ellas con sólo manifestarse. No creas tú que Putifar fue unpersonaje insignificante. Yo he leído en antiguas historias y sé debuena tinta que se distinguió como hábil capitán, venciendo al Faraóndel alto Egipto, acérrimo contrario del Faraón pastor a quien él servía,y domando en Chipre los filisteos, gente rubia y belicosa que habíanvenido del Norte, que se habían apoderado de aquella isla, y que muchomás tarde se repuso, invadió la tierra de Canaan y le dio nuevo nombre,aunque hizo en ella grandes estragos.

Hay además quien asegura quePutifar era muy buen letrado, que poseía casi toda la ciencia de losegipcios, y que compuso memorias sobre las inundaciones del Nilo y sobreotros puntos no menos importantes. Pero todo esto se ha olvidado y yanadie le recuerda ni le nombra, sino a causa o por culpa de su mujer.Sólo se habla de él cuando de ella se habla, llamándola, la mujer dePutifar, por donde él es sólo mencionado como marido. Escarmentemos puesen cabeza ajena y procuremos que nada semejante nos ocurra.

Este y otros razonamientos por el mismo estilo tenía a Morsamor sobreascuas. Y

verdaderamente era poco honroso y nada glorioso ir a laconquista de un nombre inmortal en compañía de damas tan desenfadadas yalegres, cuyas conquistas era de temer que se realizasen más pronto.

Aunque Morsamor disimulaba su disgusto, que solía rayar a veces enrepugnancia, donna Olimpia, era muy avisada y no dejó de conocerle; perodonna Olimpia era muy soberbia y no se dio por entendida ni formuló lamenor queja.

-XIII-

A bordo toda la tripulación estaba encantada de la bondadosa amenidad dedonna Olimpia y más aún del regocijo de Teletusa, de sus danzas ycantares y hasta de sus frutas de sartén, hechas a veces con talabundancia que había para que todos comieran. Ya hemos visto cómo elpiloto intimó con Morsamor y formó parte de su corro, y cómo Fray Juanse holgaba de estar en él y hasta de reír y charlar con las dosaventureras, pues, aunque piadoso, era indulgente, muy conocedor de lasflaquezas humanas y bastante ejercitado en la virtud de la eutropelia.

Había, no obstante, un personaje que no llevaba bien aquel alboroto,sino que estaba escandalizado de la constante huelga, si bien lodisimulaba y sufría porque era prudentísimo.

Era este personaje el administrador o comisionista encargado de lasmercancías y de sus ventas, compras y cambios. Notable por su habilidadmercantil y por su experiencia y largas peregrinaciones, poseía ademásel talento de hablar afluentemente la lengua arábiga, lo cual le valía yhabía de valerle para sus tratos y negocios con los mercaderes deaquellas regiones.

El tal administrador, holandés o flamenco que en esto no están deacuerdo los autores, se llamaba Gastón Vandenpeereboom, nombre yapellido en completo desacuerdo con sus prendas personales, como si porantífrasis los llevara. En lugar de ser Gastón tenía fama de roñoso ypor no gastar en nada, no hablaba nunca sino por necesidad o provecho, afin de no gastar saliva. Y

su apellido, semejante al resonar del truenoo de la artillería, también se concertaba mal con sus lacónicos ypausados discursos, pronunciados siempre en voz baja y suave. El señorVandenpeereboom era además tan pequeñuelo y delgado, que parecía unduende. Casi no se le oía ni se le veía. Cuando no estaba haciendocuentas estaba rezando sus devociones, por ser muy religioso y devoto.Era harto feo de cara, pero en ella, y singularmente en la vivezapenetrante de sus ojillos, se revelaba su inteligencia y su astucia.

Nadie podía acusarle de que murmurase, pero harto se notaba, a pesar desu disimulo, que el señor Vandenpeereboom aguantaba con repugnancia lapresencia a bordo de las dos aventureras y el jaleo continuo que allíarmaban. Como quiera que fuese, y sin más novedad ni disgusto, la navede Morsamor llegó al fin al puerto de Melinda.

La ciudad de este nombre era entonces populosa y estaba floreciente yrica. Era hijo su rey del que tan cortés y lealmente recibió a Vasco deGama y le proporcionó piloto para llegar a Calecut con menos peligro.

Feridún se llamaba el rey nuevo, joven todavía, gallardo y muy agraciadode rostro. Tenía un hermano menor, llamado Rustán, a quien estimaba yquería tanto que casi compartía con él su trono. Y no debe extrañarseque tuviesen estos príncipes nombres propios de los antiguos persas oiranios, porque era más blancos que morenos, y pretendían descender, asícomo la más ilustre nobleza del reino, de gente venida del Irán.Asegurábase que la ciudad de Chiraz y el fértil territorio que la rodeahabían sido la cuna de los antiguos emigrantes. Y asegurábase, porúltimo, que estos habían abandonado la madre patria, llegando a laremota costa de África y fundando allí una colonia, expulsados por eltremendo conquistador Temugín, alias Gengis Khan, emperador de lostártaros mongoles.

Causa de la expulsión o más bien de la fuga para sustraerse a unatiránica intolerancia, había sido la refinada cultura de aquellospersas, y el modo incompleto y libre con que se llamaban mahometanos. Laantigua religión de la luz increada vivía en sus almas sobrepuesta alislamismo.

Zoroastro valía para ellos más que Mahoma, como anterior ysuperior en la serie de los profetas.

Las tradiciones patrióticassostenían y fomentaban en la mente de ellos la fe en los dogmas del Avesta y del Bundehesch, libros sagrados que tal vez ya no poseíanni conocían. La poesía maravillosa, tan floreciente en el reinado deMahamud de Gazna el Grande, había hecho que resurgiesen aquellas ideas yaquellos sentimientos en los espíritus y en los corazones. Dicen lashistorias que aquel rey glorioso tuvo muy regalados y agasajados en sucorte, para mayor ostentación y brillo, a más de cuatrocientos poetas:cosa que aturde y pasma, sobre todo en el día, cuando críticos tanjuiciosos e ilustrados como Clarín apenas conceden que tengamos enEspaña dos y medio. Lo cierto es que entonces se escribieron en Persialindísimos poemas descollando sobre todos el colosal de Firdusi,titulado Libro de los Reyes. En él renacen y viven idealmente lasglorias del Irán y sus seculares luchas, en defensa y para difusión dela luz, contra los turaníes, propugnadores de las tinieblas. El reyMahamud gustó tanto de la obra de Firdusi que pensó en darle por ellatodo el oro que pudiese sostener y llevar como carga el más gigantesco ypoderoso de sus elefantes. No llegó el rey, por malquerencia y chismesde sus cortesanos, a premiar tan generosamente al poeta, pero consta quele envió a Tus, lugar de su nacimiento, donde él estaba retirado, unregalo casi equivalente, si bien fue ya tarde, porque le llevaban aenterrar cuando entraron en Tus los que dicho regalo traían.

No fue sólo la epopeya la que pervirtió la ortodoxia muslímica de loshabitantes de Chiraz y de toda su comarca, sino también los cuentos ynovelas que después se escribieron, los tratados de filosofía moralharto poco severa, y más que nada, la poesía lírica, consagrada aensalzar el vino, los amores y toda clase de deleites. Mal podíanavenirse con el Corán las sentencias y los versos del Gulistán, deSadí y los voluptuosos madrigales de Hafiz que él titulaba Gacelas.

Todavía, por último, se corrompieron más las creencias y las costumbrescon un misticismo que después se puso de moda, merced a muy eminentesescritores. Era el tal misticismo todo lo contrario de ascético. En lotocante a indulgencia con pasiones y goces, echaba la zancadilla al denuestro famoso Padre Miguel de Molinos, no siendo menester lamortificación y la penitencia para que el alma se uniese con loinfinito, sino más bien absolver en ella toda la hermosura, todo eldeleite y todo el bien de las cosas creadas. El libro titulado El hablade los pájaros, fue precursor de esta doctrina. Y quien más la propagóe ilustró luego fue el admirable poeta y filósofo Chelaledín Rumí, autordel poema Mesnewi. Así se fundó una secta herética muy dada alsibaritismo y una a modo de orden religiosa de derviches, inclinadísimosa todo linaje de diversiones, músicas y danzas.

Tales sectarios fugitivos fueron los fundadores de la colonia deMelinda, donde se habían dado tan buena maña que habían atraído millaresy millares de negros, formando un reino importante del que dichos negrosconstituían la numerosa plebe.

Cuando Vasco de Gama aportó allí veinte y tres años antes, el reymelindeño, que era muy pacífico, le recibió leal y amistosamente. Elhéroe portugués, ya por sí mismo, ya por medio de su alférez NicolásCoello, había acrecentado tan buenas disposiciones, ponderando lagrandeza y el poderío de Portugal y de su monarca. Gama y Coellotrataron de hacer creer a los de Melinda que España era la cabeza deEuropa y Portugal la cumbre de la cabeza; que el rey portugués era elprimero de los reyes y que el mismo nombre de Dios era su nombre; quecon su innumerable caballería imponía respeto y subyugaba a las demásnaciones; que sus naves, bien artilladas, recorrían el mar a centenares;y que las rentas y tributos, que le rendían sus vasallos y los pueblosvencidos, eran tan abundantes, que, después de pagados todos los gastos,dejaban cada luna un sobrante de doscientos mil cruzados lo menos.

No se sabe hasta qué punto creerían los melindeños tan enormesexageraciones; pero, como vieron después que los portugueses enviaron almar de la India poderosas flotas, que eran valientes y terribles, queconquistaron muchos puertos y ciudades, que asolaron no pocas provinciasy que iban enseñoreándose de todo, acabaron por creer lo que alprincipio les habían dicho; a formar de Portugal el más elevadoconcepto, y a considerar como la mejor política la conservación y elacrecentamiento de la amistad portuguesa.

Esta era la opinión que prevalecía entre los de Melinda cuando la navede Morsamor entró en su puerto.

-XIV-

No bien saltaron en tierra algunas personas de a bordo, visitaron laciudad y hablaron con sus mercaderes y con otros de sus habitantes,entre los cuales no faltaba ya quien chapurrease el portugués o elitaliano, corrió por todas partes la voz de que mandaba la nave reciénllegada un señor de mucho fuste y campanillas, cuyo nombre era Miguel deZuheros. Se difundió también que venían en la nave dos princesas de lomás encopetado de Europa, que iban viajando para su instrucción yrecreo.

Hubo no pocos curiosos y desocupados que fueron a visitar la nave, dondeMorsamor los recibió con franca cordialidad y agasajo. Y como allíviesen a donna Olimpia y a Teletusa, se maravillaron y embelesaron,dándose a propalar entre sus compatricios que en la nave europea había,no dos mujeres bonitas, sino dos péris o dos huríes. Donna Olimpia fuela que más agradó y sorprendió por su porte majestuoso, y más aún por lanítida blancura de su tez y por el áureo fulgor de sus cabellos rubios,prendas muy raras en aquella tierra. Así es que la consideraron yponderaron como si fuese criatura sobrehumana y hasta la propiaParabanú, emperatriz de las hadas.

Cuando todos estos rumores llegaron a los oídos del rey y de su hermano,ambos anhelaron obsequiar a Morsamor, ver a las dos hermosas princesas ymostrar a él y a ellas el esplendor de la capital de su reino y lafértil amenidad de los huertos y cármenes que a imitación y encompetencia de Chiraz había en su ruedo y en ambas orillas del Sabaki,que desemboca en la mar a corta distancia.

Pronto se concertó y dispuso una fiesta y jira campestre a la queMorsamor, Tiburcio, el piloto, Fray Juan de Santarén, las dos princesasy el señor Vandenpeereboom fueron convidados.

En bateles del país, empavesados con vistosos gallardetes y flámulasmulticolores, y defendidos de los ardores del sol por elegantes toldos,los convidados fueron a tierra, donde había para las damas dos soberbiospalanquines llevados por robustos negros; para Morsamor y Tiburcio,hermosos caballos árabes ricamente enjaezados; y para el piloto, elcomisionista y el fraile, sendos pollinos tordos y lustrosos, conprimorosas albardas, de las que pendían caireles y flecos de seda y conlas cabezadas y jáquimas de seda también, alegrando los oídos el sonarde los cascabeles de plata que había en los pretales, y alegrando lavista los relucientes y airosos penachos que descollaban muy por cima delas largas y puntiagudas orejas.

Debemos advertir aquí que en Oriente no es el asno, como en nuestrospaíses, animal plebeyo y vilipendiado, sino que, por el contrario, gozade notable crédito y suele servir de cabalgadura a las personas graves,constituidas en dignidad y que conviene que caminen con reposo y pausadaprosopopeya.

Con muy brillante acompañamiento el rey y su hermano llegaron a recibira sus huéspedes en una gran plaza que estaba cerca del muelle. Variosulemas, magos y astrólogos del Real Consejo privado, venían también enburros; monteros y cazadores, de a pie y de a caballo, traían la jauríade podencos y lebreles; doce diestros cazadores de altanería, todos acaballo, llevaban en el antebrazo izquierdo, asidos a la lúa de becerrocon las acicaladas garras, ya poderosos neblíes, traídos a mucha costade las montañas de Elburz o de Mazenderán a orillas de mar Caspio, yaágiles alfaneques africanos, retenidos por la pihuela para que noechasen a volar, y todos con sus capirotes de grana y con sutilescascabelillos de oro en las nervudas patas.

El rey se presentó en un lujoso carro, tirado por cuatro caballosblancos y conducido por su propio hermano Rustán, que se ufanaba de serhábil auriga. Se parecían también en el carro un venerable escudero, quesostenía el quitasol de raso amarillo, bordado de oro, dando sombra alrey y siendo símbolo e insignia de su poder soberano; y dos pajecillos,muy graciosos y compuestos, que oseaban las moscas y movían yrefrescaban el aire que circundaba a la persona regia, agitando grandesabanicos, uno de pintadas plumas de pavo real, y otro de plumas deavestruz blancas como la leche.

El rey y su hermano recibieron y saludaron a las damas, a Morsamor y alos suyos con gran cortesía y finura, y después de recorrer lasprincipales calles de la ciudad y de mostrarles las más interesantescuriosidades, los llevaron al campo, donde los cazadores y las bienindustriadas aves de rapiña lucieron su destreza en la cetrería, artecultivadísimo en Persia desde los tiempos primitivos de Jemshyd,fundador del primer imperio.

Todos fueron luego a un parque o coto muy extenso que poseía el rey enla margen del río, y donde había mucha caza, especialmente de ciervos.Espantados y perseguidos por los ojeadores, los ciervos pasaron enmanadas por muy cerca de las paranzas donde el rey y los que leacompañaban se habían puesto a aguardarlos. Así hicieron en ellos nopequeña carnicería, lanzándoles flechas, venablos y azagayas.

El rey Feridún obsequió por último a sus convidados y a los individuosde su servidumbre con una exquisita merienda, en la que el guiso que másagradó fue uno de ánades silvestres en arroz blanco, condimentado con lapicante salsa llamada curry. Los almíbares de azahar y de rosas fuerontambién muy celebrados. Y los señores principales consumieron enabundancia el famoso vino de Chiraz a pesar de Mahoma, mientras que lagente menuda se regaló con arrack, bebida fermentada de la India,harto menos costosa.

Las dos damas fueron muy admiradas y requebradas, rayando en frenesí elentusiasmo que excitaron, sobre todo hacia el fin de la merienda.

El rey, el príncipe, su hermano, los ulemas y los astrólogos, todos ensuma, apenas se atrevieron a dirigirles la palabra en prosa, sino queles echaron a porfía mil piropos, ya en versos persas, ya en versosarábigos, que los señores Vandenpeereboom y Tiburcio se encargaban detraducir. Porque según la costumbre de aquella tierra casi hubiera sidodesacato o irreverencia hablar en prosa a señoras tan bellas y de tanalta guisa. Por fortuna no era difícil a las personas elegantes de porallí hablar siempre en verso, porque la menos instruida de todas ellassabia de memoria millares de kasidas y de gacelas, apropósito paratodos los casos, y que podían ensartarse unas en otras, como las perlasen un hilo, por medio de la prosa rimada.

En resolución, los viajeros se divirtieron mucho aquel día y todosvolvieron a bordo muy lisonjeados y satisfechos.

-XV-

Después de la jira campestre y contrariando los planes de Morsamor, sunave permaneció aún en el puerto de Melinda una semana entera. La cargay descarga de artículos de comercio y los tratos y contratos que tuvoque hacer el señor Gastón Vandenpeereboom fueron la causa de talesestadías.

Llegó al fin el momento de continuar el viaje. Era una hermosa tarde deotoño, víspera de la salida. Morsamor, Tiburcio, las damas y toda latripulación estaban a bordo.

Una almadía, conduciendo gente muy bulliciosa y regocijada, se acercó alcostado de la nave.

Uno de los de la almadía pidió permiso para quevisitasen la nave él y sus compañeros.

Componían estos una tropa o cofradía de los derviches místicos,apellidados mevlevies, de que fue fundador y patriarca el ya citadocelebérrimo Chelaledín-Rumí, egregio poeta entre los orientales ymelodioso ruiseñor de la vida contemplativa.

Miguel de Zuheros no estaba de muy buen humor y repugnaba recibir a losderviches; pero donna Olimpia y Teletusa, que habían oído hablar de susextravagantes y vertiginosos bailes y del extraño método que empleabanpara llenarse de furor divino y entrar en la vía unitiva, intercedieronpor ellos y consiguieron que subiesen sobre cubierta. Hasta veinteserían los de aquella tropa, todos vestidos de flotantes y ligerospaños, todos contentos y satisfechos como quien priva con la divinidad yde los demás seres del mundo no se le importa un prisco.

Al son de una música muy rara entonaron los derviches algunas de las másbellas canciones panteísticas de su fundador. Luego tejieron la másarrebatada y frenética danza que puede imaginarse. Y, por último, cuatrode los derviches, trompeteros de resuello pujante, hicieron resonar las kernas de que venían provistos. La danza se precipitó entonces conrapidez sobrehumana. Verlos bailar causaba mareo.

Aquel espectáculo asustaba más que divertía, pero tenía tan invencibleatractivo que todas las miradas quedaban fijas en los derviches sinpoder apartarse de ellos.

Atronador era el sonido de las kernas, trompetas enormes de más de dosmetros de longitud, en figura de serpientes y enroscadas en girotortuoso.

—Nadie me quitará de la cabeza—dijo Tiburcio a donna Olimpia, queestaba a su lado—que si bien la música, como todas las demás artes, haadelantado mucho en estos últimos tiempos, todavía hay en ella secretosmisteriosos, descubiertos en las edades primitivas y conservadosocultamente en los santuarios y en los colegios sacerdotales. Al oírestas trompetas se entrevé y se adivina la relación, conocida en loantiguo y desconocida hoy, entre la música y la arquitectura. Al oírestas trompetas no parece del todo ponderación, encarecimiento omilagro, lo que se cuenta de Anfión erigiendo al son de la música lasmurallas de Tebas, y lo que se cuenta de Josué derribando las murallasde Jericó a trompetazos. Tal vez la música del porvenir llegue enEuropa, dentro de cuatro siglos o antes a tener eficacia parecida, maspor ahora distamos mucho de ello.

Donna Olimpia estaba tan absorta oyendo el trompeteo y contemplando ladanza, que no contestó palabra alguna.

La observación de Tiburcio era, sin embargo, muy atinada aunqueincompleta.

Sin duda aquella música profunda y sabiamente bárbara no estaba sólo enrelación con la arquitectura, no era sólo una fuerza motriz material,sino que era asimismo un pasmoso vehículo de la fuerza psíquica,trasmitiendo con el aliento vital por el retorcido tubo de bronce eldeseo imperioso del espíritu. Esto que recientemente han inventado loshombres y han apellidado magnetismo animal no es más que un leve eimperfecto atisbo y un ensayo rudo y embrionario, digámoslo así, delempleo de la fuerza psíquica, que en los venideros tiempos ha deconocerse mejor y ejercitarse con gran fruto.

Como quiera que ello sea, lo cierto es que aquellos trompeteros osonadores de kerna podían ya, por virtud de la ciencia ocultacustodiada en Oriente, emplear la fuerza del alma y producir el letargomagnético en quien se les antojaba.

No nos maravillemos pues, de que Morsamor, que también veía la danza yescuchaba el trompeteo, viniese a caer en hondísimo letargo. No hubomodo de despertarle, y permaneció traspuesto cerca de veinticuatrohoras.

Cuando Morsamor volvió a su acuerdo, la nave estaba en alta mar, lejosde Melinda, y navegando con viento favorable hacia las distantes playasde Malabar.

Cuán extraordinaria sorpresa y cuán tremenda cólera no serían las deMorsamor no bien supo que donna Olimpia y Teletusa, así como susescuderos Asmodeo y Belcebú, habían desaparecido, sin que se hallasen enla nave por más que los habían buscado.

Sin duda, en la tremolina y rebullicio que se armó cuando Miguel deZuheros cayó en su hondo letargo, las dos damas y los dos escuderoshubieron de escabullirse yéndose con los derviches.

Las órdenes de levar anclas y darse a la vela al amanecer habían sidotan terminantes que, a pesar de lo ocurrido, el piloto no quisodesobedecerlas. El letargo de Morsamor podía por otra parte terminar enmuerte, y lo más seguro era salir para la India, por no considerarsenadie a bordo con poder bastante para desembarcar y tomar venganza deaquel desaguisado, en la suposición de que los derviches o algunas otraspersonas tuviesen la culpa de todo.

Interrogado por Morsamor, Tiburcio le dijo:

—De tu letargo, no sé qué pensar. Yo creo que le produjeron lastrompetas mágicas, pero tal vez la intención de los derviches no fue entu daño. Y por lo tocante a donna Olimpia y a Teletusa nada tenemos quereclamar. No ha habido rapto. Ni la violencia ni la astucia han sidoparte en su fuga. Ellas nos han abandonado en el pleno uso y ejerciciodel libre albedrío. De nadie, pues, ni de ellas mismas, podemosquejarnos. Lee esta carta que me dejó escrita Teletusa antes de partir.

Morsamor tomó la carta y leyó lo que sigue:

«Mi adorado Tiburcio: La fatalidad lo quiere y lo dispone y es menestersometerse a ella. En las entretelas de mi corazón llevo yo pintada tuimagen con preciosos y vivos colores que nunca han de desteñirse. Estoyconvencida de que no volveré a hallar jamás hombre tan guapo como tú yque me pete tanto, aunque, como el Infante don Pedro de Portugal,recorra yo en su busca las siete partidas del mundo. Y, sin embargo,tengo que abandonarte. Donna Olimpia lo quiere.

Seguirla es para mídeber ineludible. Si ella abandona a Morsamor es porque conoce que, sibien Morsamor la quiere, Morsamor tiene vergüenza de llevarla en sucompañía. Harto ha notado ella que cuando Morsamor no está bajo elhechizo de su mirada y recobra la calma y el juicio que le roba laembriaguez del deleite amoroso, ella, si no es objeto de repugnanciapara Morsamor, es considerada por él como un estorbo y como unescándalo. No queremos estorbar ni escandalizar y por eso nos quedamosen Melinda. Hemos celebrado un contrato con el Rey Feridún y con elpríncipe Rustán, los cuales, bajo palabra de honor, corroborada porsolemnes juramentos, nos dejan en completa libertad de largarnos dondese nos antoje, si dentro de seis meses nos hartamos de ser el adorno yel esplendor de su corte. Donna Olimpia ha querido que nuestraseparación sea súbita y por sorpresa para ahorrarnos a todos el trancedesgarrador de la despedida. Ella desea que Morsamor alcance grandesvictorias, triunfos y laureles en la India; entiende que para estoperjudicaría a Morsamor si le siguiese y por eso le deja. Si él por unlado, ella también separadamente por otro, puede vencer y triunfar sola.El continuar juntos, dice ella, sería causa de debilidad y a todos nosdañaría. Ella sola tiene también colosales proyectos. Quiere visitar laMeca, el reino del Preste Juan, el Egipto, la Tierra Santa y qué sé yocuántas otras regiones. Por Dios no tengáis pesadumbre de que nosseparemos de vosotros. La pesadumbre de Morsamor sólo podría nacer, sila tuviese, de su vanidad ofendida. En el fondo de su alma debealegrarse y de fijo se alegrará de verse libre de nosotras. Lo que es túbien sé yo que me quieres un poquito y que sentirás algo mi ausencia. Nome olvides. Guarda de mí tan dulce recuerdo como el que yo de ti guardo.¿Quién sabe? Ya nos volveremos a encontrar algún día. Entre tanto, quedeyo en tu memoria tan gentil y enamorada, como tú en la mía quedas, y tenpor cierto que nunca dejará de amarte tu Teletusa».

Leída esta carta, Tiburcio entregó a Morsamor otra que donna Olimpiahabía dejado escrita para él. Era esta carta tan elocuente y tan sentidaque no me atrevo a recomponerla aquí, pues no teniéndola a mano tal comose escribió la falsearía yo y la echaría a perder, recomponiéndola yofreciéndola a mis lectores. Baste, pues, que sepan que donna Olimpia sedespedía de Morsamor con inmensa ternura, y tratando de justificar laseparación por ineludible.

Morsamor sintió muy mortificado su amor propio, pero en el fondo de sualma tuvo que dar la razón a donna Olimpia, y no halló motivo paraquejarse de ella ni de nadie. Sospechó, con todo que el mediador quehabía habido entre Feridún y Rustán y las dos aventureras no podía habersido otro que el Sr. Gastón Vandenpeereboom, pero disimiló su enojo porvergüenza y no quiso vengarse, al menos por lo pronto.

-XVI-

El piloto Lorenzo Fréitas dirigió la nave con habilidad pasmosa,aprovechando la monzón favorable del sud-oeste, y, con mayor rapidez quela ordinaria, cruzó el Mar de la India hasta hallarse ya, según suscálculos, a cuatro o cinco días de distancia del puerto de Goa. Allíestaba sin duda el virrey Don Duarte de Meneses, a quien Morsamor queríapresentarse, poniéndose a sus órdenes, aunque hubiera preferido que estofuera llevándole algún presente y después de haber dado cima a empresasde importancia y de lucimiento.