Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda by Juan Valera - HTML preview

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Morsamor contestó:

—En verdad, se me ha ocurrido una empresa, que me parece bien. Si pecapor algo, es por ser sobrado clara. Pongo yo un campo dividido enquiñones o suertes, pero que nadie puede cultivar ni gozar porque lerodea una salamandra que en torno del campo se enrosca. Y en el centrohay un sol de oro cuyos rayos enamoran a la salamandra a par que laqueman. Y de la boca de la salamandra sale una cinta que va hacia el soly lleva este escrito: En ti vivo, muero y ardo.

Tiburcio no pudo menos de hallar la empresa sutil e ingeniosa; pero comoera muy franco y decía su parecer sin rodeos y aconsejaba con todalibertad, habló a Morsamor de esta suerte:

—De perlas encuentro yo todo eso. He de permitirme, no obstante, haceralgunas observaciones, y aun de atreverme a aconsejarte y amonestarte,pues aunque novicio y más joven que tú, soy como el apoderado yrepresentante del sapientísimo Padre Ambrosio, en cuyo nombre hablo.Declaro, pues, en su nombre, que estos enamoramientos son un tantocuanto pueriles y pueden ser perjudiciales. ¿Has venido acaso a nuevavida por la virtud pasmosa de la ciencia para volver a las andadas eincurrir (perdóname que así las califique) en las mismas locuras ysandeces de tu vida anterior? Tú te has remozado para acometer grandesempresas que honren y glorifiquen a ti y a todo el linaje humano y nopara enamorarte como un bobo de una damisela entonada y cogotuda queacabará por apartarse de sí con melindroso desprecio cuando se satisfagay harte su amor propio de recibir adoraciones. Si yo creyese comoPitágoras que las almas transmigran y que van sucesivamente informandodistintos cuerpos, lo que recelo que pasa en ti, me inclinaría aentender que de nada vale la tal transmigración para el adelanto de lasalmas.

Aunque tuviésemos siete vidas como los gatos, haríamos en laséptima simplezas no menores que en la primera y daríamos idénticostropiezos y caídas. Nada censuraría yo si se limitasen estos amoríos aser un galante y fugaz pasatiempo, pero los hallo muy mal si son serios.El inaudito esfuerzo que el Padre Ambrosio hizo para remozarte, no debetener tan mezquino resultado.

—Tu amonestación—contestó Miguel de Zuheros—es infundada y hastaperversa. Blasfemas calificando de sandio y de mezquino al amor, germenfecundo de virtudes y de grandes acciones.

Acuérdate de la divina fábulade Esopo. Amor bajó del Olimpo para consolar al linaje humano.

En elbanquete de los dioses faltó la antigua alegría porque Amor estabaausente. Amor volvió entonces al cielo y rara vez y muy de pasada acudeal mundo, donde sus menores hermanos, hijos de las ninfas, toman suapariencia y le imitan hiriendo las almas vulgares. Pero el verdadero yceleste Amor hiere las almas escogidas, e hiriéndolas, las habilita ydispone para llevar a cabo las más altas hazañas. De este celeste Amorimagino y pretendo yo estar herido. ¿En qué contraría, en qué desluce oesteriliza semejante enamoramiento el propósito que pudo tener el PadreAmbrosio al remozarme?

—Mucho podría yo argumentar en contra—replicó Tiburcio—. Para impulsode grandes hazañas, preferiría yo en ti el amor de la gloria, el de lapatria, el de todo el humano linaje, el de Dios mismo y no el de unamujer cualquiera. Tal amor tiene no poco de idolatría. Tú te le fingesespiritual y alambicado, mas yo sospecho que no lo es. Yo le creo nacidodel consorcio de tu vanidad mundana con cierto prurito que proviene sinduda de que al Padre Ambrosio se le fue la mano cuando compuso la pociónpreparatoria que te propinó antes de remozarte, vertiendo en ella endemasía cierto ingrediente: el zumo de las mandrágoras con que Líaapartaba a Jacob de Raquel y le atraía a su regazo.

—Inverosímil parece—interpuso Morsamor—que tú, siendo tan mozo, dudesde lo verdaderamente poético o más bien lo niegues, entregándote acavilaciones diabólicas.

—¿Quién sabe?—dijo Tiburcio—. Posible es que tenga yo algo de diablo,pero, aun así, yo sería siempre un diablo muy puesto en razón y muyjuicioso.

Sin enojo oyó Morsamor las amonestaciones de Tiburcio, pero no atendió asus consejos y siguió pretendiendo y rindiendo culto a doña Sol deQuiñones.

En las justas figuró con brillantez y lució la empresa que él mismo nosha descrito.

Hubo en palacio otra magnífica fiesta. El egregio poeta Gil Vicentehabía compuesto un auto alegórico y mitológico para celebrar la boda dela Infanta y desearle toda ventura en su viaje a los Estados de suesposo. El auto se representó en palacio con gran lujo y primor en losadornos y vestimentas de cuantos farsantes figuraron en él.

Nada menos que la Divina Providencia toma las convenientes medidas y loapercibe todo para que la navegación de la recién desposada seapróspera, decorosa y grata. A este fin llama a Júpiter y le encomiendael asunto. Júpiter entonces convoca y reúne a las divinidades de losmares y de los vientos y con ellas arregla y ordena tan benignamente lascosas que la Infanta puede llegar al puerto de Villafranca, sana, salvay complacida, como llegó en efecto.

El lindo y candoroso auto de Gil Vicente se titula Cortes de Júpiter,y fue muy aplaudido por el noble auditorio. Pero, en medio de losaplausos, no faltaron cortesanos y damas que en voz baja hablasen de unsujeto cuya ausencia no extrañaban aunque hacían sobre ella comentarios,tal vez piadosos, tal vez malignos.

Era este sujeto el trovador Bernardín Riveiro, estimado como nuevoMacías. Nadie ignoraba su audacia, su fervoroso amor a doña Beatriz. Yno pocos creían que ella había correspondido a aquel amor con afecto tanpuro como vehemente. Por cierta se daba la desesperación de BernardínRiveiro al ver que iba a ausentarse el alto objeto de su adoración y desu culto. ¿Dónde habría ido Bernardín Riveiro a ocultar su dolor o másbien a darle en la soledad rienda suelta?

Esto se preguntaban loscaballeros y las damas, si bien se lo preguntaban como profundo misterioque todos sin embargo sabían. De lo que tal vez se dudaba era de sicompartía doña Beatriz la pena del trovador, de si engreída con la pompanupcial y con su triunfo, no se cuidaba de aquella pena o de si laconvertía en su corazón en melancolía suave, en algo a modo de ensueñodulce, triste y vago que la brillante realidad iba desvaneciendo como sedesvanece la pálida luz de las estrellas ante el alegre esplendor de larosada aurora.

Como quiera que fuese, la Infanta doña Beatriz, acompañada de losembajadores, de su esposo y de gran comitiva de damas y de señoresilustres de la primera nobleza de Portugal, partió al fin de Lisboa paraVillafranca de Niza. El Rey, su padre, y la señora Reina fueronembarcados hasta el convento de Belén para despedirla. Y de allí zarpóla magnífica armada de dieciocho bajeles, tan poderosos y bienartillados que, como dice Gil Vicente en su auto, no podían menos dehacer temblar al turco.

A poco de la partida de la Infanta doña Beatriz, la corte se fue aCintra, deliciosa residencia de verano.

Morsamor, como gran forastero, siguió a la corte, acompañado de sudoncel Tiburcio.

Aún no hermoseaban a Cintra los espléndidos bosques de camelias que leprestan hoy tan singular atractivo. En la más elevada cumbre de susmontes no resplandecía aún restaurado el castillo que llaman de la Peña,donde el maravilloso ingenio artístico del Rey D. Fernando, consorte dedoña María de la Gloria, ha mostrado su inspiración y lucido suinventiva, labrando la piedra con mil primorosos caprichos y dando ser aun extraño monumento arquitectónico que más que de hombres parecevivienda de silfos y de hadas.

Cintra, no obstante, era entonces tan encantadora como en el día.Aquellos cerros, que estriban en el Atlántico y forman el promontoriomás occidental de Europa, parecían tener, en edad de tanto predominio ytriunfo de los portugueses, un simbólico significado; eran el trono deflores y de perenne verdura, donde había venido a sentarse el Genio dePortugal para derramar luz sobre el Mar Tenebroso, abrir nunca holladoscaminos y extender su conocimiento y su dominación por los más apartadospaíses y entre los más diversos pueblos.

Flora y Pales han prodigado sus tesoros en aquellos sitios. Arroyos deagua cristalina fecundan por donde quiera el suelo y dan grata frescuraal ambiente, embalsamado por la esencia olorosa de una vegetaciónexuberante. Árboles lozanos y gigantescos crecen hasta en los máselevados picos, arraigan hasta en las hendiduras de las peñas y formanenramadas y verde bóveda sobre los mil senderos y veredas que cruzan losvalles y que serpentean por la falda de los cerros, dibujándose comobordado de oro sobre el florido manto y sobre la mullida alfombra dehierba fresca que por todas partes se extiende.

Además del regio alcázar, ya había entonces en Cintra no pocos palaciosy quintas de particulares ricos y no faltaban hospederías donde losextranjeros pudieran albergarse.

-VI-

Doña Sol y algunas otras damas de palacio habían acompañado a la Reina aCintra. Natural era que hubiesen acudido allí también los galanes que aestas damas servían.

Algo me incumbe decir aquí de que me pesa por dos razones. Es laprimera, que lo que yo diga como historiador verídico redunda quizá enmenoscabo, aunque ligero, de la alta opinión que de doña Sol debetenerse. Y es la segunda que no acierto a decirlo, sin grandes rodeos yperífrasis, a no valerme de términos o vocablos disonantes por suanacronismo.

Nadie ignora en el día lo que significa coquetear. Otro verbo novísimose va introduciendo ya en nuestro idioma, verbo que no sé bien siexpresa la misma acción del coqueteo o si tiene un leve diferente matiz,que se opone a la completa sinonimia. Flirtear es el verbo novísimo.

Permítaseme, pues, que, desechando mis escrúpulos morales ylingüísticos, me atreva a declarar aquí que doña Sol era muy inclinada acoquetear o a flirtear y que con Morsamor había coqueteado o flirteado mucho.

El anhelo de ser servidas y adoradas es tan poderoso en las mujeres, aunen las más recatadas y honestas, que las mueve a atropellar muchosrespetos y a ponerse en ocasión de graves dificultades y compromisos.

Sin duda no fue amor lo que Miguel de Zuheros inspiró a aquella dama:fue sólo sobrada y muy poética estimación de su gallarda apostura,elegancia, bizarría y ameno trato. Pero, al distinguir a Morsamor coninocentes favores, al atraerle con blandas sonrisas y con apenasperceptibles, fugaces y dulces miradas, y al mostrarse con él másconversable y benigna que con los otros hombres, doña Sol hizo que él seengriese y se juzgase correspondido. Doña Sol entonces hubo de asustarsede su poca prudencia, y deseosa sin duda de cortar las alas a losatrevidos pensamientos que ella misma había hecho nacer en el alma deMorsamor, apeló a un recurso, empleado con harta frecuencia, aunque pordemás peligroso. Para que Miguel de Zuheros reconociese que no era amorlo que por él sentía, sino gratitud a sus rendimientos y obsequios ycierta vaga e indecisa predilección doña Sol atrajo y cautivó, aunquecon menos marcados favores, con menos blandas sonrisas y con miradasmenos dulces y más fugaces, a otro caballero de los que en la corteasistían.

El remedio fue peor que la enfermedad. El nuevo galán semi-favorecidofue Pedro Carvallo, hidalgo poco sufrido y en extremo orgulloso por lasriquezas y por la fama de valiente soldado que de la India había traído.Pedro Carvallo era además infatigable emprendedor en conquistas amorosasde todo linaje. Con igual ahínco acometía la más fácil como la másdifícil empresa, y ya le hemos visto aparecer en esta historiaacompañando a la célebre aventurera italiana Donna Olimpia de Belfiore.

Con gusto entró Pedro Carvallo en más arduo y noble empeño. Y sobre elcontento y la satisfacción de amor propio que por enamorar a tan bella eilustre dama se prometía, hubo de prometerse también desbancar yhumillar a aquel castellano intruso, a quien sin saber porqué, puede serque por envidia, había cobrado odio desde que le vio por vez primera.

Pedro Carvallo, no obstante, distó mucho de conseguir su propósito. DoñaSol no le favoreció sino hasta el punto de hacer notar que su afectohacia Morsamor no era exclusivo, y siguió otorgando a Morsamor favoresmás marcados y preferencia más clara.

Así acrecentó y emponzoñó doña Sol en el alma de Pedro Carvallo el enojoque Morsamor le Inspiraba. Y como Pedro Carvallo era poco circunspecto ymuy jactancioso y no sabía refrenar la lengua, habló en varios sitios ycon no pocas personas, contra el aventurero castellano y hasta llegó adecir que le provocaría, le retaría y le daría muerte.

Nadie, por fortuna, llevó a los oídos de Morsamor tales fieros yjactancias. Pero la Reina, con la propia condición de mujer, y más aúnde la que vive retraída y desocupada, se complacía en saber todas lasintrigas y sucesos, sobrando siempre damas de la servidumbre que seempleasen a porfía en averiguarlos y en contárselos luego.

Pronto, pues, supo la Reina la rivalidad de Pedro Carvallo y deMorsamor, así como las coqueterías de doña Sol que la habían causado. LaReina no tardó entonces en reprender severamente a su dama favorita.Doña Sol se arrepintió, lloró y prometió enmendarse. Hizo examen deconciencia y creyó sacar en limpio del examen que no amaba aunqueagradecía; que la habían deleitado y lisonjeado el acatamiento y lasfinuras amorosas de ambos galanes, pero que no estaba prendada deninguno de ellos y que sin pena quería y podía despedir al uno y alotro.

Entre tanto, en Cintra no era como en Lisboa. En Cintra no había enpalacio grandes fiestas, sino íntimas reuniones.

Morsamor y Pedro Carvallo no eran de los íntimos, no iban a palacio y enbalde procuraban acercarse y hablar a doña Sol, a quien sólo veían raravez y desde lejos.

No por eso desistían ellos de sus pretensiones. Muy pertinaces y tercoseran los dos. La Reina acabó por enfadarse de encontrarlos siempre a supaso cuando salía del alcázar e iba a cualquiera parte. El temor de quesobreviniese un conflicto aumentaba su enfado.

La Reina volvió entonces a reprender a doña Sol y esta alegó que ya notenía culpa. Y al cabo para mostrar mejor que no la tenía y para lograrque acabasen aquellos obstinados galanteos, concertó con la Reina elmedio que le pareció más prudente.

Doña Sol no podía escribir decorosamente a ninguno de los dos galanes nipara despedirlos siquiera. El encargado de todo, por la Reina misma, fueel anciano Duarte de Mendaña, que tenía empleo en palacio y que habíasido el que introdujo a Morsamor en la corte, según ya referimos.

Duarte de Mendaña se apresuró a cumplir con su comisión. Visitó primeroa Pedro Carvallo, le enteró del enfado de la Reina y en nombre de suAlteza y con pleno y libre consentimiento de doña Sol, le intimó quedesistiese de sus pretensiones y persecuciones.

Duarte de Mendaña, más severamente aún y con no menor recato, habló conMorsamor, le robó de parte de doña Sol toda esperanza de ser amado deella y le exigió que no siguiese pretendiéndola.

Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibió tan malrecado.

Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados los puños,acudió Morsamor a su confidente Tiburcio para desahogarse hablando delcaso.

-VII-

Con entrecortadas y rápidas frases refirió Morsamor a Tiburcio suconversación con Duarte de Mendaña.

Luego añadió Morsamor:

—Ya ves cuán cruel ha sido mi desengaño. Casi me arrepiento de haberquerido volver a ser joven. Viejo y retirado del mundo, ni yo meenamoraba de nadie ni nadie me desdeñaba. ¿Qué puedo yo ser en estanueva vida sino el arrendajo miserable, la mal trazada copia del pobreBernardín Riveiro?

—Cálmate, Miguel, y no imagines que debes ser copia de original tanmenguado y atribulado.

Yo topé con él varias veces y me dio lástima ygrima el verle. Ya iba cruzando por entre las breñas e internándose enlo más esquivo, ya emulando con las cabras monteses, saltaba por esosvericuetos. Dos o tres veces pasó cerca de mí y me causó horror. Rota ymanchada la vestidura y enmarañado el cabello, más parece fiera quehombre. Seguro estoy de que en las venideras edades no han de creer yhan de negar los críticos juiciosos estos ridículos desatinos; pero yolos he visto y no puedo negarlos. Bernardín Riveiro, por otro lado,tiene algún fundamento para hacer lo que hace. La Infanta habíacorrespondido a su pasión; le había querido y había dejado de quererle,pues se casó con otro. Tú distas mucho de hallarte en el mismo caso.

Nidoña Sol es Infanta, ni doña Sol te ha querido nunca, ni inspirado túpor doña Sol has de escribir églogas, canciones, romances e historias enprosa que te inmortalicen. Dado que le imitases, sólo imitarías aBernardín Riveiro en lo tonto. Serías la víctima candorosa de ciertasinvenciones poéticas, falsas o exageradas, que deleitan mucho en el día,como, por ejemplo, la famosa Questión de Amor. Indigno de ti y más queridículo sería que te empeñases en traer a la vida real los ensueños dela fantasía y en convertir las flores retóricas en hechos. Bien está quese diga:

El

primer

día

que

os

vi

tan

mortal

fue

mi

ferida

que

en

veros

quedé

sin

vida

y el vivir se vio sin mí.

Y todavía me parece mejor, más alambicado y más agudo, aquello otro quecon tintas variantes suele repetirse:

Morir

a

vivir

prefiero;

y

de

tu

beldad

cautivo,

o

no

vivo

porque

vivo

o muero porque no muero.

No creas que no me deleitan estas y otras coplas parecidas. Son muyingeniosas. Pero del dicho al hecho, hay gran trecho. Y el PadreAmbrosio tendría una desazón enorme si viese frustrado el buen éxito desu ciencia pasmosa y que no había valido el remozarte sino para que túhicieses sin razón la parodia de Beltenebros en la Peña pobre. Si esverdad lo que se refiere de D. Enrique de Villena, yo me complazco enesperar que no salga jamás de la redoma a vivir segunda vida paraincurrir en las mismas necedades que hizo en la primera. Escarmienta túen el caso del monje Teófilo, cuya historia nos refirió el poeta Berceo,y escarmienta en otros casos de algunos sujetos que ya se remozaron conel auxilio del demonio y no disparates como ellos disparataron.Considera que tú tendrías menos disculpa, porque no te has dado aldemonio como se dieron ellos y porque esta juventud nueva, que te hacaído encima como llovida del cielo, no se debe a Satanás, sino aciencia y arte muy sanas. Indispensable es, por consiguiente, que tú teconserves sano también, que mires por tu gloria, que aproveches laocasión que de alcanzarla se te ofrece y que no hagas muchas tonterías.Lícito te será, a mi ver, hacer algunas, por distracción y como depasada, pero tu mira principal debe ponerse muy alto.

—Tan conforme estoy contigo en lo esencial—dijo Morsamor—que tusermón es inútil porque predicas a un convertido. Antes que todo y sobretodo yo quiero gloria y harto sabes tú cuan dispuesto y apercibido estoya buscarla. Concertado lo tengo todo con los ricos mercaderes genovesesGabriel Adorno y Gaspar Salvago. La gruesa nave que ellos han fletado ycon real privilegio han cargado de mercancías nos aguarda ya en Cascaes,pronta a zarpar para la India.

Las direcciones náutica y mercantil estánencomendadas por dichos mercaderes a un hábil piloto y a unadministrador inteligente, pero yo he de ser el verdadero capitán de lanave y el que gobierne y ordene en ella cuanto importe a la defensa delas riquezas que conduce y cuanto sea menester para castigar y arrollara los enemigos de la fe de Cristo, mahometanos o idólatras, que seatraviesen en nuestro camino. Iremos con la expedición que manda aOriente el Rey D. Manuel y estaremos a las órdenes de su almirante y desu virrey, pero gozaremos de cierta independencia que yo sabré hacermayor cuando conviniere. Acaso mañana mismo nos podremos ya dar a lavela. ¿Qué inconveniente hubiera habido en que yo, en vez de salirdesdeñado, saliese alentado por el favor de una dama, señora de mispensamientos, por sus promesas de ser mía cuando yo volviese triunfantey por el anhelo de acometer y dar cima a grandes hazañas para poner asus pies mis laureles y mis trofeos?

—Bello era tu plan—replicó Tiburcio—pero de falsa y vana belleza. Ungran propósito se empequeñece cuando se subordina a fin pequeño. Por lapatria a que perteneces, por la raza de hombres, cuya religión, culturay lenguaje sostienes y defiendes, por amor de todo el humano linaje, porel afán de lograr altos fines a que puedes creerte como fadado ypredestinado, comprendo que no haya empresa a que no te aventures;comprendo que todas ellas sean sublimes por la elevación del término quetú les busques. Pero, si todo se hace por lisonjear la vanidad de unadama, todo será también vanidad y lisonja, y nada serio habrá en ello nidigno de varón discreto y prudente. Extraños fueron a los sandiosenamoramientos que tú fantaseas los héroes sanos de cuerpo y de alma quehubo en las antiguas edades. Y si por acaso caía alguno de ellos ensandez por el estilo era para su vencimiento y vergonzosa desventura.Sírvante de lección la vida y los amores de Marco Antonio y Cleopatra,que habrás leído o habrás oído referir a personas doctas.

—Juiciosa es la doctrina que expones—interpuso Miguel de Zuheros—. Noatino contradecirla ni a disputar contigo. El corazón, no obstante,puede más que la cabeza. Y no bastan todas tus reflexiones, que hagomías, para que deje yo de lamentar la pérdida de la ilusión que me habíaforjado: que el recuerdo de doña Sol fuese como la estrella que meguiase en mis peregrinaciones, y que mi amor y mi esperanza de ser amadome prestasen aliento para dar cima a las proezas más altas. Te confiesoque la pérdida de esta ilusión me tiene harto triste, aunque me esfuerzopara no estarlo.

—Bueno será—dijo Tiburcio—que sacudas de ti esa melancolía. Elabatimiento y la tristeza enervan a los hombres y los incapacitan paratodo. Menester es que tu ánimo se regocije. No se riegan con lágrimaslos laureles. La alegría es quien mejor cuida de ellos y hace queflorezcan lozanos.

-VIII-

De acuerdo con lo ya expuesto, el previsor y hábil Tiburcio lo preparótodo de la manera más conveniente, para que la partida de Morsamor nofuese con lágrimas humillantes y amargas, como nacidas de desdenes, sinocon alegría, y hasta con cierto estrépito y alborozo según a un héroe yfuturo conquistador correspondía y cuadraba.

Tiburcio era un hurón para descubrir y acosar su presa, por muy borradoque el rastro quedase en la pista y por muy oculta que fuese lamadriguera.

No acertaremos a explicar con qué arte diabólico Tiburcio habíaaveriguado que al anochecer del día anterior dos gentiles damas,conocidas suyas, habían llegado a Cintra muy recatadamente, y habían idoa instalarse en una hermosa casa de campo que allí poseían los señoresAdorno y Salvago.

La casa estaba lejos de la población, en lugar retirado y esquivo, másallá de la sombría quinta que fue más tarde de D. Juan de Castro, y enamenísimo valle, camino de Colares.

Los genoveses, viudo el uno y solterón el otro, aunque eran ambos deedad provecta, enemigos del escándalo y muy inclinados a la devoción,gustaban de echar de vez en cuando una cana al aire, sin perder su gravecircunspección y con la debida cautela. En aquellos días, estabanafanadísimos con los preparativos y el embarque de víveres y de otrosbastimentos que por contrata debían hacer y que hacían para la salida dela flota.

No bien esta se diese a la vela, se proponían ellos reposar de susfatigas y recrearse y holgarse en su retiro campestre, con un idiliodelicioso y bien concertado. A este fin, enviaron por delante, para quelo tuviesen todo dispuesto y los aguardasen nada menos que a donnaOlimpia de Belfiore y a su compañera Teletusa. Ambas, se comprometieroncon gusto y fueron a esta excursión.

Donna Olimpia era muy singular mujer por todos estilos. Se preciaba debien nacida, de leal en sus tratos, de fiel a sus compromisos y de teneruna conciencia tan escrupulosa y estrecha, cuanto su profesiónconsentía.

Jactábase donna Olimpia de la nobleza de su cuna, procuraba hacer creerque era su familia del patriciado de Venecia y que figuraba en el Librode oro, y aun llegaba a afirmar en ocasiones que en el Tribunal de losDíez se había sentado un tío suyo.

Años atrás, donna Olimpia había figurado con brillo en los saraos de labella Imperia, Aspacia del siglo de León X, como la cortesana de Miletolo había sido del de Pericles. Donna Olimpia, satélite ya de un astrotan refulgente, acaso hubiera llegado a igualarse con dicho astro, si sudesatentada afición a correr mundo y ver tierras extrañas no lo hubieseestorbado. Era tal afición, que Pedro Aretino, autor de la preciosahistoria de La p... errante, pensó con insistencia en tomar a donnaOlimpia por modelo, para dotar su historia de una segunda parte másvariada y peregrina. Acaso impidió que dicho propósito se realizase larepentina muerte de Pedro Aretino, el cual, según aseguran, aunque donnaOlimpia, que era muy su amiga, lo negaba como calumniosa patraña, murióde risa, al oír contar los embustes, embelecos y travesuras de unahermana suya, famosa por sus devaneos.

Como quiera que fuese, donna Olimpia, según hemos dicho, tenía laconciencia muy estrecha y jamás faltaba a sus compromisos, a no sersorprendida por irrupciones y agresiones inesperadas y violentas.

Había, sin embargo, quien la acusase de que una vieja, llamada la señoraClaudia, que iba siempre en su compañía como aya o como dueña, solíapreparar dichas irrupciones y agresiones.

A lo que parece, la señoraClaudia había caído en aquellos días del favor de su ama, suplantándolaTeletusa que se había apoderado de su voluntad por completo.

Empleado Morsamor en sus rendimientos y obsequios a doña Sol, no habíavuelto a ver y apenas había recordado a donna Olimpia, desde que la viosalir de Belén el día del Rey: pero donna Olimpia, aunque distraída yempleada también a su manera, nunca había dejado de recordar a Morsamordesde entonces, porque le hizo impresión viva y profunda y porque dabapor cierto que en toda nuestra península no había ni podía haber galánmás apuesto y hermoso, ni más gallardo y gentil hombre.

Tiburcio que, libre de amores platónicos, privaba tiempo hacía conTeletusa, sabía por ella el buen concepto que donna Olimpia tenía de suamigo y la inclinación que hacia él le llevaba.

Aquella tarde vio Tiburcio a Teletusa, y juntos concertaron un plan muyalegre y una grata sorpresa para donna Olimpia.

A la hora de ánimas, Miguel y Tiburcio cenaron juntos en su posada, y yasolos y de sobremesa, con la regocijada confianza que el haber comido ybebido bien inspiran, Tiburcio expuso a Morsamor lo sustancial de suplan, venció su repugnancia y logró que le aceptase para desecharmelancolías y para consolarse de los desdenes y sobreponerse a laaltivez de la noble amiga de la Reina.

Para no dar tiempo a que Morsamor lo reflexionase y se arrepintiese,Tiburcio le condujo enseguida a la casa de campo donde las dos ninfasvivían.

A un silbido de Tiburcio, que era la convenida señal, Teletusa, queestaba aguardando, abrió sin ruido la puertecilla falsa del jardín, yguiándolos por lo más umbrío de la frondosa espesura, los introdujo enla casa, subió con ellos la escalera, atravesó corredores y salas, yvino a parar a amplio dormitorio escasamente alumbrado por tres velas decera, puestas en un candelabro de plata, sobre una mesa que estaba en elcentro de la estancia. Teletusa que tenía a Morsamor de la mano, le dijoentonces con voz dulce y sumisa:

—Quedaos aquí, señor Morsamor, que pronto vendrá quien os alegre y sealegre de veros.

Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestación o pregunta,desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo.

Solo ya, recapacitó Morsamor sobre lo que había hecho y casi searrepintió y se afligió de su viciosa ligereza. Indigno del héroe que élanhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballerías:entrar con engañoso recato en casa ajena como ladrón astuto, y todo paraalcanzar los venales y fáciles favores de una cortesana.

Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la impacienciacrecía en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propósitos de sudoncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes,como ligero y hasta cínico cuando se trataba de otra clase de locuras.

Contrariado Morsamor, se sentó en una silla en el rincón más obscuro dela estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que había en ella.

En medio de sus cavilaciones, oyó o creyó oír de súbito voces ycarcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en queestaba él. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sería, pero movidode recelosa curiosidad, intentó Morsamor ir adonde sonaba el ruido a finde enterarse de todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuandopor el lado contrario, se abrió una puertecilla, penetró por ella unbulto y Morsamor oyó una voz varonil que decía:

—¡Voto a los demonios todos del infierno! ¡Olimpia! ¡Olimpia! ¿Estásahí? Al fin, tropezando en la obscuridad y dándome de calabazadas contralas paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita viejaClaudia me dejó solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volvery yo me cansé y he venido sin guía. Aquí estoy, Olimpia.

Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previó las fatalesconsecuencias que podía tener aquel encuentro, Morsamor se adelantóhacia el personaje que había entrado y le dijo:

—Mucho lamento, señor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujías os dade lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos reúna aquídonde y cuando los dos esperábamos encuentro más grato y suave.

Era Pedro Carvallo, el hombre de más violento carácter y más iracundoque hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era además su enconocontra Morsamor, primero por natural antipatía, y después por surivalidad en amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto modohabía sido harto más favorecido.

Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y lereplicó de esta suerte:

—Mi encuentro contigo, no será ni quiero que sea suave, pero me serágrato. Tiempo ha, que me tienta el demonio con el prurito de matarte, yahora me ofrece la ocasión más propicia.

¡Defiéndete, miserable!

Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia adelantándosehacia Morsamor.

Este, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún excusar unlance que le parecía poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:

—Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruinfundamento tendrían nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotrosdos en esta casa extraña, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa seríala victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término dequien aquí quedase muerto o herido.

—La poca vergüenza—contestó Pedro Carvallo feroz y groseramente—es lade esas viles palabras con que tratáis de disimular vuestra cobardía.Defendeos o mataros he como a un perro.

Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.

Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con inauditadestreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darlemuerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sinarte del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, poreso mismo, consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha conaquel energúmeno, ciego por el rencor y la soberbia.

La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo,aunque inhábil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, quelos quites de Morsamor tenían que ser también muy violentos. En uno deestos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de sucontrario, que le derribó por tierra la espada.

Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera aarmarse. Y ya Pedro Carvallo había recogido la espada; y sin tener encuenta en su furiosa locura la magnanimidad de Morsamor, se disponía denuevo a embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido elcuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos.

Donna Olimpia,

In tutto il vezzo, della sua persona,

le tenía asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo:

¡O gioja ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!

-IX-

Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana, fueronacompañadas de un diluvio de improperios y de blasfemias, que salían dela boca de Pedro Carvallo, haciéndole coro con risotadas alegresTeletusa y Tiburcio.

Pedro Carvallo sólo podía herir ya con la lengua. Dos robustos yestupendos rufianes le tenían bien cogido entre sus enormes manazasfuertes como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de reír, leataban de pies y manos con suma destreza y valiéndose de lienzosretorcidos a falta de cuerdas que por allí no había.

—¡Matadme o soltadme para que le mate!—gritaba Pedro Carvallo.

Y Tiburcio respondía riendo siempre:

—Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamospor caridad y para que no mueras.

Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pensó ypropuso ponerle una mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia y convoz imperiosa dijo:

—Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela. Quepasen allí la noche. Ya veremos cómo sin peligro ni escándalo se les dasuelta cuando sea de día.

Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia, y queella traía siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a losinsolentes, sobre todo, cuando eran spiantati, oído el mandato de suseñora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desváncon delicadeza y esmero cuidadoso.

Donna Olimpia así lo recomendaba diciendo:

—Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta podéisdesatarle las manos cuando esté en el desván y llevarle de comer y debeber y un colchón para que duerma.

Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:

—Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os hacausado el venir a verme.

No hubo en ello la menor culpa mía. Toda laculpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse más que a supropia codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de Teletusa yde mí, cuando menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen enCintra los señores Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambosfurtivamente. Dejó solo a Carvallo para que aguardase por un momento suvuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallábase allívuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla.Buen doncel y consejero tenéis en él. Si la imaginación humana fuese tanviva y creadora en nuestros días como lo fue en la antigua Grecia, yo medaría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó y guió aTelémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así osacompaña y guía al presente bajo la figura de un garzón barbilindo,disfraz más adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo.Pero dejando a un lado alabanzas, diré en cifra y resumen, que Acevedo,lo mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y queprevenidos a tiempo mis dos escuderos, que andan siempre alerta y ojoavizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio desenvainasen las espadas,se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de Teletusa y de vuestrodoncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja Claudia ytraspusieron con ellos al desván, donde se los encontrará el Sr.Carvallo cuando allí llegue. La algazara promovida por estos sucesos queatrajo al cuarto de Teletusa en donde ocurrían. Tal ha sido la causa demi tardanza en venir por aquí, donde algún indicio leve tenía yo de quetan dulce bien me aguardaba.

Por dicha, y merced a vuestra destreza,serenidad y generosa sangre fría, todos hemos llegado a tiempo de evitaruna tragedia.

—Y ya que no la hubo—dijo Teletusa—celebrémoslo bebiendo un trago ala salud de los amos de esta casa que no tienen mal provista ladespensa. No os propongo que cenéis, porque no tendréis gana. Tal vezhabréis cenado ya. Siempre, no obstante, habrá quedado lugar para unbocadillo de algo picante y salado que sea despertador de la sed. Lasdos criadas de esta casa van a serviros al punto en esta misma mesa.

En efecto, salió Teletusa y a poco volvió, riendo, brincando y bailando,con un gran plato levantado en alto en sus manos como si representase aHerodias.

—No os asustéis—exclamó—que no os traigo la cabeza de Juan, sino lade un jabalí, rellena de verdes alfónsigos y de lengua y lomo con muchasal, pimienta y otros aliños. Estas manos, que se ha de comer la tierra,lo han condimentado todo. Estoy orgullosa de mi habilidad culinaria.

Hasido mi tarea del día de hoy.

—Bien puedes decir como Tito—interpuso donna Olimpia—que no hasperdido tu día.

—¿Lo oyes, Tiburcio? Llámame tu Tita que es más breve y más dulce quetu Teletusa.

Y diciendo esto, puso sobre la mesa el plato con la cabeza de jabalí.

Las dos criadas, que entraron en pos de ella, colocaron también sobre lamesa blanco pan, anchas copas y sendos y grandes jarros.

Señalándolos Teletusa con el dedo, habló así:

—Este es vino rancio y seco de Chipre, néctar exquisito, consagrado aVenus, cuya fue aquella isla, allá en las edades felices en que vivierony reinaron las diosas entre los mortales. Este otro es moscatel deSiracusa, vino del que se embriagaba el Cíclope para consolarse de losdesdenes de Galatea, con el que Arquímedes se inspiraba para sus másraras invenciones y del que siempre bebía Teócrito antes de componer susidilios. No os pasméis, señores, de mi notable erudición.

No en baldesoy la discípula predilecta de donna Olimpia. De tal palo tal astilla,como suele decirse.

Donna Olimpia y Tiburcio aplaudieron a Teletusa. Y Morsamor, algopensativo aún y no muy conforme con que todo aquello se aviniese biencon su papel de héroe, empezó a rendirse y a contagiarse del regocijoharto profano que allí reinaba. Morsamor se sintió ebrio antes de beberel vino.

—Que mis escuderos vuelvan aquí también—dijo donna Olimpia—para quecoman y beban patriarcalmente con nosotros, que bien lo merecen despuésdel primor con que se han conducido.

—Y vaya si lo merecen—dijo Teletusa—. ¡Hola! Asmodeo y Belcebú,acudid a beber y a regocijaros. Y vosotros, señores Morsamor y Tiburcio,no os maravilléis ni asustéis de los fingidos nombres que damos a estosdos galanes (y como ya habían entrado los señalaba), porque sus nombresverdaderos se guardan para mayores cosas. Ambos son de noble prosapia yaun creo que algo parientes de donna Olimpia.

—No hay duda en ello—interpuso esta—. Nuestro parentesco es evidenteaunque remoto. Soy prima quinta de Belcebú y sexta de Asmodeo.

—Pues que sea enhorabuena—dijo Morsamor, desechando escrúpulos, echadoa rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principalen la orgía que hubo de seguirse.

-X-

Resbaladizo y difícil sería describir aquí lo que allí ocurrió después.La cabeza de jabalí casi desapareció. Los dos enormes jarros quedaronvacíos. A las risas, a los brincos y a los cantares, con que se animó lacena, sucedió profundo silencio. Tiburcio y Teletusa se fueron por unlado.

Asmodeo y Belcebú, por otro.

Sólo la tenue luz de una lámpara velada por el vaso de alabastro en queardía iluminó la estancia tranquila, hasta que rayó el alba y susresplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta

a

causadel

calor

del

estío,

penetrando

también

fresco

y

manso

vientecillo,impregnado de aromas de mil flores, y el gorjeo de los pájaros quecantaban en la enramada y saludaban el día naciente. Poco más tarde, enla gran sala de la quinta, aparecieron Morsamor y Tiburcio, donnaOlimpia y Teletusa y los dos formidables escuderos. Todos se movían y seafanaban como en el momento que precede a un largo viaje.

Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y habían resueltoacompañar a Morsamor y a Tiburcio al extremo Oriente. Los hijos deLusitania no se les habían mostrado pródigos de los tesoros que de allávenían y así determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance,además, de la noche anterior podría acarrearles no pocas desazones,sobre todo cuando las abandonaran sus dos triunfantes amigos.